5. DESCARTES. LA DUDA Y EL MÉTODO.
La filosofía escolástica experimenta una clara decadencia y se considera excesivamente
teórica e inútil para las necesidades y metas de los nuevos tiempos. Con la llegada de la
modernidad, la filosofía se desprende de los lazos que la unían a la religión y establece
un diálogo con la ciencia. La filosofía y la ciencia se abren a nuevas concepciones del
universo y del hombre.
El universo ya no es algo cerrado, finito y gobernado por Dios, sino que está sometido a
unas leyes regulares que hay que descubrir y que se pueden expresar en términos
matemáticos y físicos. El hombre ahora quiere ser independiente y autónomo. Puede
usar sus sentidos y su razón para comprender tanto el orden del mundo, a través de la
ciencia, como el sentido de su vida.
La revolución científica, iniciada por Galileo, abanderó un nuevo método de saber
científico basado en la combinación de razón y experimentación
A René Descartes (1596-1649), máximo representante del racionalismo, lo situamos en
la época Moderna ([Link]-XVIII). En dicho periodo, el problema del conocimiento se
convierte en el problema fundamental. La solución que da Descartes abrirá las puertas
del idealismo (el punto de partida es el yo y sus ideas) en detrimento del realismo (la
realidad es percibida, tal cual es, por el sujeto). Entre sus obras destacan El Discurso del
Método y Meditaciones Metafísicas.
1. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO.
El problema del conocimiento se convierte en el problema fundamental de la filosofía
moderna. La solución que da Descartes abrirá las puertas al idealismo en detrimento del
realismo.
El racionalismo, con Descartes, se basa en la tesis de que el criterio de certeza procede
de la razón, única instancia que puede dar lugar a un conocimiento seguro (carácter
unitario de la razón). El conocimiento que se da a través de los sentidos puede resultar
engañoso, y lo mismo ocurre con los procesos de abstracción propios de Aristóteles y
49
Santo Tomás, pues comienzan, en definitiva, con la información que aportan los
sentidos. El racionalismo se caracteriza, además, por la defensa de ideas innatas como
fuente de conocimiento seguro.
Por este motivo, las matemáticas, que no dependen de la experiencia, son el referente
para todo racionalista. El racionalismo valora la intuición intelectual de principios e
ideas evidentes (“el todo es mayor que sus partes”, por ejemplo) a partir de los cuales
comienza la deducción del saber, del mismo modo que todo el cuerpo de las
matemáticas se deduce de unos principios evidentes: los axiomas. Descartes se propone
seguir este camino para la elaboración de su sistema filosófico.
Descartes, en su análisis de la filosofía anterior no encuentra nada más que inseguridad,
falta de rigor y estancamiento. Todo lo contrario ha sucedido en otros ámbitos como la
física y la astronomía, y en general en todas las disciplinas ligadas a las matemáticas.
Ellas, se basan en principios evidentes e indiscutibles y llegan a conclusiones seguras.
Lo mismo pretende Descartes para la filosofía, encontrar un método seguro que permita
llegar a conclusiones seguras desde principios evidentes.
Este método constará de cuatro reglas y dos herramientas. Éstas últimas las tomará
Descartes de las matemáticas, la intuición y la deducción.
La intuición: Descartes la define como un instinto natural por el cual captamos
los conceptos simples. Nos pone en conexión directa con nuestro objeto de
conocimiento, y destaca por su inmediatez (“el triángulo está definido sólo por
tres líneas que se cruzan”).
La deducción: Gracias a ella podemos descubrir y recorrer las conexiones entre
las diversas intuiciones, es decir, la deducción es el mecanismo que nos permite
pasar de una intuición a otra. Nos da las consecuencias de los principios y
depende de la memoria (“el triángulo está definido por tres líneas que se cruzan
y forman ángulos”)
En resumen, la intuición nos ofrece el conocimiento de los principios, y la
deducción, el de las consecuencias de los mismos.
50
Por otro lado, en el Discurso del Método, Descartes expone cuatro reglas básicas cuyo
cumplimiento garantizará la adquisición de un conocimiento evidente:
a) Regla de la Evidencia: no aceptar como verdadero nada más que aquello que
aparezca a nuestro entendimiento exento de toda duda o error posible. Se
relaciona directamente con la intuición.
b) Regla del Análisis: Consiste en descomponer cualquier cuestión compleja
hasta sus elementos más simples. Elementos cuya verdad es posible establecer a
través de la intuición.
c) Regla de la Síntesis: Consiste en recomponer lo complejo a partir de lo
simple. Hay que proceder ordenadamente, yendo de lo simple a lo complejo a
través de la deducción. Ahora hay que hacer una síntesis del análisis anterior.
d) Regla de la Enumeración: Consiste en revisar cuidadosamente cada uno de los
pasos de los que consta nuestra investigación hasta estar seguros de no omitir
nada y de no haber cometido ningún error en la deducción.
Para poner en marcha este método es necesario partir de cero y poner en duda todas las
elaboraciones metafísicas anteriores. No admitirá, como los escépticos, la imposibilidad
de que haya un conocimiento verdadero, por lo que su duda será provisional y tendrá un
objetivo muy claro: encontrar una verdad absolutamente indudable desde la que
empezar a reescribir la filosofía.
¿Cómo se puede llegar a esa idea? El punto de partida ha de ser pues una verdad de la
que no sea posible dudar. Descartes, en consecuencia, toma como punto de partida la
duda radical y empieza a examinar los principales motivos de duda que podrían afectar
a sus conocimientos.
1-Duda sobre los sentidos: Los sentidos son el principal recurso a la hora de elaborar el
conocimiento, pero éstos a veces son engañosos y fallan, por lo que su conocimiento no
se puede considerar verdadero, puede inducirnos a error.
2-Duda sobre el estado de vigilia: los sueños nos muestran mundos de objetos que
parecen reales pero que no lo son. Podríamos estar en un sueño tan profundo y realista
que lo confundiéramos con la vigilia, de modo que los datos y los pensamientos que
estamos teniendo ahora deben ser puestos en duda.
51
3-Duda sobre el entendimiento mismo: parece haber ciertos conocimientos que, incluso
en los sueños, se mantienen (los matemáticos: no podemos soñar un triángulo
cuadrado). Pero puede que haya un genio malvado que esté interviniendo siempre en
nuestras operaciones mentales y nos haga confundir lo verdadero con lo falso.
Tras esta triple duda, Descartes se ve obligado a dudar de todo, pero observa que hay
algo que parece inalterable, imbatible en todo el proceso de duda: la propia duda.
Deducirá de esto que si hay duda, hay pensamiento, y si hay pensamiento, se existe (al
menos como sustancia pensante). De aquí la célebre frase “cogito, ergo sum”, “pienso,
luego existo”.
Una vez descubierta esta verdad, una verdad de la que Descartes puede estar seguro, se
propondrá reconstruir sobre ella el edificio del saber, y lo hará siguiendo el método
matemático: por deducción.
Dado que de lo único que podemos estar seguros es de que existen mentes que piensan,
el único camino en el que se podrá seguir avanzando deductivamente será el estudio de
esas mentes que piensan: la res cogitans. ¿Qué hay en el pensamiento?: contenidos
mentales, es decir, ideas. Solo podemos seguir avanzando analizando dichas ideas.
Descartes distinguirá tres tipos de ideas:
I)Ideas adventicias: proceden del exterior, de los sentidos, por lo que están sometidas a
duda.
II)Ideas facticias: son las que yo mismo produzco usando ideas adventicias. Sometidas,
por tanto, a duda.
III)Ideas innatas: no proceden del exterior ni son producidas por mí. Hay en mi
pensamiento ciertas ideas (infinito y perfección) que no pueden haber sido causadas por
mi (pues no poseo la cualidad de perfecto ni infinito). Solo pueden haber sido causadas
por un ser infinito y perfecto: Dios.
Demostrada la existencia de Dios, Descartes da por sentado que no puede existir un
genio maligno que nos engañe. Además, Dios no puede ser imperfecto, por lo que su
existencia perfecta nos garantiza que tanto mi percepción de la realidad como mis ideas
no sean siempre erróneas.
52
Es decir, la evidencia de la existencia de Dios le permitirá demostrar la existencia del
mundo: "Puesto que Dios existe y es infinitamente bueno y veraz, no puede permitir que
me engañe mostrándome un mundo que no existe, luego puedo estar seguro de la
existencia de la realidad (Res extensa).
Dios, res infinita, será causa última de las otras dos sustancias que expone Descartes: el
mundo, res extensa, y la sustancia pensante, res cogitans.
2. TEOLOGÍA O EL PROBLEMA DE DIOS.
Descartes define a Dios como una sustancia perfecta, infinita, eterna, inmutable,
independiente, omnipresente y omnipotente; por la cual todas las cosas han sido creadas
y mantienen su existencia gracias a su “creación continua”. Dios recrea continuamente
el mundo, que se mueve por el primer impulso recibido de Él.
Dios ocupa un papel fundamental en el pensamiento racionalista y, por lo tanto, en
Descartes. Es la garantía de que todo lo que se concibe clara y distintamente es
verdadero, así como de la correspondencia entre el orden del pensamiento y el de la
realidad, creación suya.
Descartes elabora un método para el que es necesario partir de cero y poner en duda
todas las elaboraciones metafísicas anteriores. No admitirá, como los escépticos, la
imposibilidad de que haya un conocimiento verdadero, por lo que su duda será
provisional y tendrá un objetivo muy claro: encontrar una verdad absolutamente
indudable desde la que empezar a reescribir la filosofía.
El punto de partida ha de ser pues una verdad de la que no sea posible dudar. Descartes,
en consecuencia, toma como punto de partida la duda radical y empieza a examinar los
principales motivos de duda que podrían afectar a sus conocimientos.
1-Duda sobre los sentidos: Los sentidos son el principal recurso a la hora de elaborar el
conocimiento, pero éstos a veces son engañosos y fallan, por lo que su conocimiento no
se puede considerar verdadero, puede inducirnos a error.
2-Duda sobre el estado de vigilia: los sueños nos muestran mundos de objetos que
parecen reales pero que no lo son. Podríamos estar en un sueño tan profundo y realista
53
que lo confundiéramos con la vigilia, de modo que los datos y los pensamientos que
estamos teniendo ahora deben ser puestos en duda.
3-Duda sobre el entendimiento mismo: parece haber ciertos conocimientos que, incluso
en los sueños, se mantienen (los matemáticos: no podemos soñar un triángulo
cuadrado). Pero puede que haya un genio malvado que esté interviniendo siempre en
nuestras operaciones mentales y nos haga confundir lo verdadero con lo falso.
Tras esta triple duda, Descartes se ve obligado a dudar de todo, pero observa que hay
algo que parece inalterable, imbatible en todo el proceso de duda: la propia duda.
Deducirá de esto que, si hay duda, hay pensamiento, y si hay pensamiento, se existe (al
menos como sustancia pensante). De aquí la célebre frase “cogito, ergo sum”, “pienso,
luego existo”.
Dicho axioma será la evidencia “pienso, luego existo”, y se da cuenta, analizando los
contenidos mentales que se encuentran en los sujetos cognoscentes (res cogitans), que
poseemos ciertas ideas que no pueden provenir de nosotros mismos. Perfección e
infinito son conceptos que no pueden descubrir por sí mismos los seres finitos e
imperfectos. Luego se necesita de un Ser infinito y perfecto que haya puesto estas ideas
en nosotros: Dios.
Descartes presenta ciertas similitudes con el argumento ontológico de San Anselmo:
1-Dios es el ser más perfecto que existe, por definición.
2-La inexistencia es una carencia, un defecto. Entre algo que existe y algo que no existe,
será más perfecto lo que existe.
3-Si Dios no existiese, tendría un defecto, y no sería perfecto. Si Dios es el ser más
perfecto tiene, por tanto, que existir.
Del mismo modo que San Anselmo se apoya en la idea de existencia, como algo propio
de un ser perfecto, Descartes se apoya en las ideas de Infinito y Perfección, rasgos
propios de un ser infinito y perfecto: Dios.
Pero Descartes se apoya también en otros argumentos para demostrar la existencia de
Dios, como el argumento cosmológico que nos remite al creador: Si el yo existe sin
54
haberse dado la existencia a sí mismo, tiene que existir necesariamente un ser que le
haya concedido la existencia, esto es, Dios.
El papel de Dios en el sistema cartesiano es primordial. A partir de la idea de Dios,
demuestra la existencia de la idea de mundo o sustancia extensa: el yo pensante posee la
idea clara y distinta de mi cuerpo extenso, y Dios, que es bueno y veraz, no puede
permitir que yo me equivoque constantemente. Así, Dios neutraliza cualquier tipo de
duda o desconfianza respecto a la realidad, y elimina la posibilidad de que haya un
genio maligno que me engañe permanentemente
3. ANTROPOLOGÍA O EL PROBLEMA DEL SER HUMANO.
Descartes presenta una visión antropológica dualista: el ser humano es alma y cuerpo.
La razón de este dualismo cuerpo/alma es la defensa de la libertad humana: El alma
es una sustancia que de ninguna manera se puede someter a las leyes mecánicas y
deterministas que rigen el cuerpo.
El ser humano es esencialmente su mente, su pensamiento, es lo único de lo que
podemos estar seguros tras la duda metódica. El pensamiento es el alma, la sustancia
espiritual cuyo único atributo es el pensamiento (juzgar, razonar, querer, imaginar,
sentir: todas son formas del pensar). Por eso Descartes llama al alma Sustancia pensante
(res cogitans).
El cuerpo es una sustancia finita cuyo único atributo o esencia es la extensión. Así, lo
propio del cuerpo es estar regido por las leyes generales de la mecánica, es decir, por
la extensión, el movimiento y el reposo. Descartes denomina al cuerpo “res extensa”.
Su vida se reduce a puro movimiento mecánico, y está, por tanto, determinado. Es
concebido como una máquina, cuyo motor principal es el calor del corazón. El cuerpo
no goza de sensaciones, ya que éstas son modos de pensar pertenecientes propiamente al
alma.
El cuerpo y el alma, si son sustancias, no se necesitan mutuamente para existir. Cómo es
posible, entonces, la relación entre el cuerpo y el alma, lo explica Descartes con el
dilema conocido como “el problema de la comunicación de las sustancias”:
55
Aunque alma y cuerpo son sustancias que están aparentemente separadas, Descartes
mantiene que el alma se une a todo el cuerpo a través de la glándula pineal alojada en el
cerebro1. Así, es el alma el que siente cuando el cuerpo se ve afectado, la información
sensitiva llega por el cuerpo hasta la glándula pineal, y allí queda registrada en el alma.
Y, de este mismo modo, las actividades que tienen lugar en el alma se ven reflejadas en
el cuerpo realizando el viaje inverso.
Con este dualismo consigue Descartes salvar la discusión acerca de la libertad
humana. Lo espiritual no queda regido o determinado por las leyes mecánicas, los
individuos pueden ejercer de este modo con libertad, tomando decisiones no
determinadas por la física. Si el ser humano fuera, en esencia, materia, estaría
gobernado y regido, y sus actos y decisiones no serían en absolutos libres.
1
Esto puede constituir una profunda contradicción dentro del propio sistema cartesiano, pues Descartes
explica que nada espiritual tiene extensión, no debería localizarse en ningún lugar.
56
*TEXTOS:
1. “Y nada tiene de extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea -Dios- para que
sea como el sello del artífice impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo
distinto de la obra misma; sino que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha
producido, en cierto modo, a su imagen y semejanza, y que yo concibo a Dios mediante la
misma facultad por la que me concibo a mí mismo; es decir, que, cuando reflexiono sobre mí
mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente de otro, que
tiende y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, sino que también conozco, al
mismo tiempo, que aquel de quien dependo posee todas esas cosas grandes a las que aspiro, y
cuyas ideas encuentro en mí; y las posee no de una manera indefinida y sólo en potencia, sino
de un modo efectivo, actual e infinito, y por eso es Dios. Y toda la fuerza del argumento que he
empleado para probar la existencia de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que
mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que yo tuviese la idea de Dios, si Dios no existiera
realmente.”
Descartes, Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
2. “Por lo que atañe, en fin, a mis padres, de quienes parece que tomo mi origen, aunque sea
cierto todo lo que haya podido creer acerca de ellos, eso no quiere decir que sean ellos los que
me conserven, ni que me hayan hecho y producido en cuanto a que soy una cosa que piensa,
puesto que sólo han afectado de algún modo a la materia, dentro de la cual pienso estar
encerrado yo, es decir, mi espíritu, al que identifico ahora conmigo mismo. Por tanto, no puede
haber dificultades en este punto, sino que debe concluirse necesariamente que, puesto que
existo, y puesto que hay en mí la idea de un ser sumamente perfecto (esto es, de Dios), la
existencia de Dios está demostrada con toda evidencia”.
Descartes, Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
3. “Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda
proceder de mí mismo. Por Dios entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable,
independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás
cosas que existen. Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y tan eminente, que
cuanto más atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda
57
proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho,
que Dios existe; pues, aunque yo tenga la idea de substancia en virtud de ser yo una substancia,
no podría tener la idea de una substancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí
una substancia que verdaderamente fuese infinita”.
Descartes, Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
4. “Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna para creer que haya algún Dios
engañador, y que no he considerado aún ninguna de las que prueban que hay un Dios, los
motivos de duda que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y, por así decirlo,
metafísicos. Mas a fin de poder suprimirlos del todo, debo examinar si hay Dios, en cuanto se
me presente la ocasión, y, si resulta haberlo, debo también examinar si puede ser engañador;
pues, sin conocer esas dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna.
Y para tener ocasión de averiguar todo eso sin alterar el orden de meditación que me he
propuesto, que es pasar por grados de las nociones que encuentre primero en mi espíritu a las
que pueda hallar después, tengo que dividir aquí todos mis pensamientos en ciertos géneros, y
considerar en cuáles de estos géneros hay, propiamente, verdad o error”. Descartes,
Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
5. “Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí,
hay algunas que existen fuera de mí. Es a saber, si tales ideas se toman sólo en cuanto que son
ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas diferencias o desigualdad alguna, y todas
parecen proceder de mí de un mismo modo; pero, al considerarlas como imágenes que
representan unas una cosa y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de
otras. En efecto, las que me representan substancias son sin duda algo más, y contienen (por
así decirlo) más realidad objetiva, es decir, participan, por representación, de más grados de
ser o perfección que aquellas que me representan sólo modos o accidentes. Y más aún: la idea
por la que concibo un Dios supremo, eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y
creador universal de todas las cosas que están fuera de él, esa idea —digo— ciertamente tiene
en sí más realidad objetiva que las que me representan substancias finitas”.
58
6. “Mas, por lo que atañe a las ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles,
fácilmente concibo que puedan haberse formado por la mezcla y composición de las ideas que
tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando fuera de mí no hubiese en el mundo ni
hombres, ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas corpóreas, nada me parece
haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí mismo; pues si las considero más a
fondo y las examino como ayer hice con la idea de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas
que yo conciba clara y distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en longitud,
anchura y profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión; la situación que
mantienen entre sí los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de tal
situación; pueden añadirse la substancia, la duración y el número. En cuanto las demás cosas,
como la luz, los colores, los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades
perceptibles por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad y confusión,
que hasta ignoro si son verdaderas o falsas y meramente aparentes, es decir, ignoro si las ideas
que concibo de dichas cualidades son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan
sólo seres quiméricos, que no pueden existir. Pues aunque más arriba haya yo notado que sólo
en los juicios puede encontrarse falsedad propiamente dicha, en sentido formal, con todo,
puede hallarse en las ideas cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es
nada como si fuera algo”.
Descartes, Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
7. “Mas podría suceder que yo fuera algo más de lo que pienso, y que todas las perfecciones
que atribuyo a la naturaleza de Dios estén en mí, de algún modo, en potencia, si bien todavía
no manifestadas en acto. Y, en efecto, estoy experimentando que mi conocimiento aumenta y se
perfecciona poco a poco, y nada veo que pueda impedir que aumente más y más hasta el
infinito, y, así acrecentado y perfeccionado, tampoco veo nada que me impida adquirir por su
medio todas las demás perfecciones de la naturaleza divina; y, en fin, parece así mismo que, si
tengo el poder de adquirir esas perfecciones, tendría también el de producir sus ideas. Sin
embargo, pensándolo mejor, reconozco que eso no puede ser, porque, aunque fuera cierto que
mi conocimiento aumentase por grados sin cesar, y que hubiese en mi naturaleza muchas cosas
en potencia que aún no estuviesen en acto, nada de eso atañe ni aun se aproxima a la idea que
tengo de la divinidad, en cuya idea nada hay en potencia, sino que todo está en acto”.
Descartes, Meditaciones metafísicas, Tercera meditación.
59