0% encontró este documento útil (0 votos)
4K vistas665 páginas

Flojera

El documento presenta los derechos de autor de un libro, indicando que está prohibida la reproducción total o parcial sin permiso expreso por escrito de la autora. Además, menciona que se trata de una obra de ficción cuyos nombres, situaciones y lugares son producto de la imaginación de la autora y cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Finalmente, contiene el índice de capítulos de la historia.

Cargado por

Yesmin Pertuz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
4K vistas665 páginas

Flojera

El documento presenta los derechos de autor de un libro, indicando que está prohibida la reproducción total o parcial sin permiso expreso por escrito de la autora. Además, menciona que se trata de una obra de ficción cuyos nombres, situaciones y lugares son producto de la imaginación de la autora y cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Finalmente, contiene el índice de capítulos de la historia.

Cargado por

Yesmin Pertuz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

©Octubre 2023

Todos los derechos reservados, incluidos los de reproducción


total o parcial. No se permite la reproducción total o parcial
d este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni
su transmisión, copiado o almacenado, utilizando cualquier
medio o forma, incluyendo gráfico, electrónico o mecánico,
sin la autorización expresa y por escrito de la autora,
excepto en el caso de pequeñas citas utilizadas en artículos
y comentarios escritos acerca del libro.
Esta es una obra de ficción. Nombres, situaciones, lugares y
caracteres son producto de la imaginación de la autora, o
son utilizadas ficticiamente. Cualquier similitud con
personas, establecimientos comerciales, hechos o
situaciones es pura coincidencia.

Diseño de cubierta: H. Kramer


Corrección: Noni García
Índice

AGRADECIMIENTOS
GLOSARIO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
CAPÍTULO 50
CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52
CAPÍTULO 53
CAPÍTULO 54
CAPÍTULO 55
CAPÍTULO 56
CAPÍTULO 57
CAPÍTULO 58
CAPÍTULO 59
CAPÍTULO 60
CAPÍTULO 61
CAPÍTULO 62
CAPÍTULO 63
CAPÍTULO 64
CAPÍTULO 65
CAPÍTULO 66
CAPÍTULO 67
CAPÍTULO 68
CAPÍTULO 69
CAPÍTULO 70
CAPÍTULO 71
CAPÍTULO 72
CAPÍTULO 73
CAPÍTULO 74
CAPÍTULO 75
CAPÍTULO 76
CAPÍTULO 77
CAPÍTULO 78
CAPÍTULO 79
CAPÍTULO 80
CAPÍTULO 81
EPÍLOGO 1
EPÍLOGO 2
EPÍLOGO 3
EPÍLOGO 4
LA AUTORA
BIBLIOGRAFÍA
Agradecimientos
Cuando conocí a Ray, porque me lo presentó Raven, supe de inmediato que
este personaje iba a ganarse un lugar en mi corazón. No solo por su carisma,
sino por la manera en cómo ve la vida.
Dicen que hay personas amarillas, que son aquellas que encuentras en
algún momento y, sin más, te cambian la vida. Sin lugar a duda Ray Wright es
un amarillo.
Y era necesario, un personaje como él, para aligerar la carga emocional de
este libro, que es mucha.
Vamos a sumergirnos en el oscuro mundo de las maras, de ese grupo de
pandilleros adoradores del diablo, que nos llevaran de la mano para conocer un
mundo oscuro, violento, en el que nadie querría verse envuelto.
Esta es una serie de Dark Romance, y en este libro los contenidos sensibles
son muchos. Entiendo que no sea para todo el mundo, así que si no te gustan
este tipo de libros, con escenas explícitas, tramas truculentas, no sigas leyendo,
porque puede que no lo disfrutes.
Gracias a mi familia siempre, por cederme el espacio que necesito y
comprender mis ausencias dentro de mi propia casa.
A mis ceros, que lo han pasado realmente mal en algunas escenas y partes
de la trama. Nani, Vane, Irene y Jean. Gracias por vivirla junto a mí, sé que en
ocasiones algunas habéis tenido que tragar con fuerza, así que millones de
gracias.
A Noni, Marisa y Sonia, como dijo Marisa, esta historia es de las que
producen vértigo. Una montaña rusa de emociones en la que montarse es un
riesgo. Gracias por ser tan geniales.
A Kramer porque cuando me presentó la primera portada y se la derrumbé,
persistió hasta que conseguimos algo superior, gracias por tu magia.
A Tania, que siempre está aunque nos separen kilómetros de distancia. Te
quiero mil.
A Noe, Maca y Lau, quienes han visto a Bruce Willis aparecer por el SKS y la
han gozado junto a mí, capítulo a capítulo..
A Christian @surfeandolibros, Sandra @libro_ven_a_mi, Ángeles, Adriana
@mrs.svetacherry Marcos @booksandmark, Henar @clubdelecturaentrelibros,
Luisa @literaliabooks, Andrea @andreabooks, Yole @el_rincon_dela_yole, y todos
los bookstagramers con los que hablo que tanto me aportáis y que siempre
sumáis.
A mis chicas de La Zona Mafiosa, Clau, Anita, que sois unas cracks.

A Mari Hoyos, Adriana Freixa, Noe Frutos, Rocío, Mada, Edurne Salgado, Eva
Suarez, Bronte Rochester, Piedi Lectora, Elysbooks, Maca (@macaoremor), Saray
(@everlasting_reader), Vero (@vdevero), Akara Wind, Helen Rytkönen,
@Merypoppins750, Lionela23, lisette, Marta (@martamadizz), Montse Muñoz,
Olivia Pantoja, Rafi Lechuga, Teresa (@tetebooks), Yolanda Pedraza, Ana Gil
(@somoslibros), Merce1890, Beatriz Ballesteros. Silvia Mateos, Arancha Eseverri,
Paulina Morant, Mireia Roldán, Garbiñe Valera, Silvia Mateos, Ana Planas, Celeste
Rubio, Tamara Caballero, Toñi, Tamara.
A todos los grupos de Facebook que me permiten publicitar mis libros, que
ceden sus espacios desinteresadamente para que los indies tengamos un lugar
donde spamear. Muchas gracias.
A todos aquellos lectores que siempre dejáis vuestro nombre bajo el post de
Facebook o Instagram:
Lucía Soto, Zaraida Méndez, Laura (mowobooks), Mónica (elrincondeleyna),
eli.p.r, Lucía Moreno, Isabel García, María Marques, Cati Domenech,
@booksbyclau, Nieves Nuria, @sara_cazadoradelibros, Maria Amparo Lorente
Navarro, Sandra Ruiz, Evelyn Lima, Ana, y cruzando los dedos, Manuela Molina,
Inma Bretones, Lory G, @leerconverynia, Meghan Salvador Ibáñez, Mina,
Pilisanchezurena, yudith.hernandezdeyepez, Kevin Fuertes, Josep Fibla, María
Victoria Lucena Peña, Gloria Cano, Nieves Muñoz, María Rubio, Gemma Pastor,
@luciaanddogs, Mireia tintaypluma, Ana Moreno, Desi, Flori, 6lanca, Athene_mc,
Tere Lafuente, Marijopove, Ana Paula Sahagun, Toñy Gómez, Isabel Guineton,
Jennifer Escarez, Teresini, marianitacolon, Laura @7days7books, Gema Guerrero,
Beatriz Maldonado Perona, Lucía Ruiz, Vanesa Rodríguez, Mariana Colón, Sylvia,
Cris Bea López, Ana M.M., Beatriz Sánchez, Diana García, Yaizza Jiménez, Edurne
Ruiz, Nira (lecturasdenira), Laura071180, Betsabe, Mery (elrinconcitode_mery),
belloisamary04, Liletty, Menchu, Fimedinai, Sonia p. Rivero, Isabel Guardia,
Cecilia, @irenita19mm, @cris.bealopez, @angela_fp16 Anuska, Valeria, Luz,
Alicia Barrios, Mónica Rodrigues, Martina Figueroa, Nurha Samhan, Stephanie
Lara, Sandra Rodriguez, Luz Anayansi Muñoz. Reme Moreno, Kathy Pantoja y al
Aquelarre de Rose: Jessica Adilene Rodríguez, Beatriz Gómez Prieto, Gabi
Morabito, Cristy Lozano, Morrigan Aisha, Melissa Arias, Vero López. Eva P.
Valencia, Jessica Adilene Rodríguez, Gabi Morabito, Cristy Lozano, Morrigan
Aisha, Melissa Arias, Vero López, Ainy Alonso, Ana Torres, Alejandra Vargas
Reyes, Beatriz Sánchez, Alexandra Rueda, Almudena Valera, Cristina Tapia, May
Fg, Andrea Bernardino Muñoz, Flori Gil, Lucia Pastor, Ana María Pereira Glez,
Amelia Sánchez, Amelia Segura, Ana Cecilia Gutierrez, stylo barrio, Elena Perez,
Ana de la Cruz, Ana Farfan Tejero, Kayla Rasquera Ruiz, Dolors ArtauAna FL y su
página Palabra de pantera, Ana García, Ana Gracía Jiménez, Ana Guerra, Ana
Laura Villalba, Ana María Manzanera, Ana Maria Padilla, Ana Moraño, Ana Planas,
Ana Vanesa María, Anabel Raya, Ángela Martínez, Ale Osuna, Alicia Barrios,
Amparo Godoy, Amparo Pastor, Ana Cecilia, Ana Cecy, Ana de la Cruz Peña, Ana
Maria Aranda, Ana María Botezatu, Ana Maria Catalán, Ana María Manzanera,
Ana Plana, Anabel Jiménez, Andy García, Ángela Ruminot, Angustias Martin,
Arancha Álvarez, Arancha Chaparro, Arancha Eseverri, Ascensión Sánchez,
Ángeles Merino Olías, Daniela Mariana Lungu, Angustias Martin, Asun Ganga,
Aurora Reglero, Beatriz Carceller, Beatriz Maldonado, Beatriz Ortiz, Beatriz Sierra
Ponce, Bertha Alicia Fonseca, Beatriz Sierra, Begoña Llorens, Berenice Sánchez,
Bethany Rose, Brenda González, Carmen Framil, Carmen Lorente, Carmen Rojas,
Carmen Sánchez, Carola Rivera, Catherine Johanna Uscátegui, Cielo Blanco,
Clara Hernández, Claudia Sánchez, Cristina Martin, Crusi Sánchez Méndez, Chari
Guerrero, Charo Valero, Carmen Alemany, Carmen Framil, Carmen Pérez,
Carmen Pintos, Carmen Sánchez, Catherinne Johana Uscátegui, Claudia Cecilia
Pedraza, Claudia Meza, Consuelo Ortiz, Crazy Raider, Cristi PB, Cristina Diez,
Chari Horno, Chari Horno Hens, Chari Llamas, Chon Tornero, D. Marulanda,
Daniela Ibarra, Daniela Mariana Lungu Moagher, Daikis Ramírez, Dayana Lupu,
Deborah Reyes, Delia Arzola, Elena Escobar, Eli Lidiniz, Elisenda Fuentes,
Emirsha Waleska Santillana, Erika Villegas, Estefanía Soto, Elena Belmonte, Eli
Mendoza, Elisabeth Rodríguez, Eluanny García, Emi Herrera, Enri Verdú,
Estefanía Cr, Estela Rojas, Esther Barreiro, Esther García, Eva Acosta, Eva
Lozano, Eva Montoya, Eva Suarez Sillero, Fati Reimundez, Fina Vidal, Flor
Salazar, Fabiola Melissa, Flor Buen Aroma, Flor Salazar, Fontcalda Alcoverro,
Gabriela Andrea Solis, Gemma Maria Párraga, Gael Obrayan, Garbiñe Valera,
Gema María Parraga , Gemma Arco, Giséle Gillanes, Gloria Garvizo, Herenia
Lorente Valverde, Inma Ferreres, Inma Valmaña, Irene Bueno, Irene Ga Go, Isabel
Lee, Isabel Martin Urrea, Itziar Martínez , Inés Costas, Isabel Lee, Itziar Martínez
López, Jenny López, Juana Sánchez Martínez, Jarroa Torres, Josefina Mayol Salas,
Juana Sánchez, Juana Sánchez Martínez, Juani Egea, Juani Martínez Moreno,
Karito López, Karla CA, Karen Ardila, Kris Martin, Karmen Campello, Kika DZ,
Laura Ortiz Ramos, Linda Méndez, Lola Aranzueque, Lola Bach, Lola Luque,
Lorena de la Fuente, Lourdes Gómez, Luce Wd Teller, Luci Carrillo, Lucre
Espinoza, Lupe Berzosa, Luz Marina Miguel, Las Cukis, Lau Ureña, Laura
Albarracin, Laura Mendoza, Leyre Picaza, Lidia Tort, Liliana Freitas, Lola Guerra,
Lola Gurrea, Lola Muñoz, Lorena Losón, Lorena Velasco, Magda Santaella,
Maggie Chávez, Mai Del Valle, Maite Sánchez, Mar Pérez, Mari Angeles Montes,
María Ángeles Muñoz, María Dolores Garcia, M Constancia Hinojosa, Maite
Bernabé, Maite Sánchez, Maite Sánchez Moreno, Manuela Guimerá Pastor, Mar A
B Marcela Martínez, Mari Ángeles Montes, Mari Carmen Agüera, Mari Carmen
Lozano, María Camús, María Carmen Reyes, María Cristina Conde Gómez, María
Cruz Muñoz, María del Mar Cortina, María Elena Justo Murillo, María Fátima
González, María García , María Giraldo , María González , María González
Obregón, Maria José Estreder , María José Felix Solis , Maria José Gómez Oliva ,
María Victoria Alcobendas , Mariló Bermúdez , Marilo Jurad, Marimar Pintor,
Marisol Calva , Marisol Zaragoza, Marta Cb, Marta Hernández, Martha Cecilia
Mazuera, Maru Rasia, Mary Andrés, Mary Paz Garrido, Mary Pérez, Mary Rossenia
Arguello Flete, Mary RZ, Massiel Caraballo, May Del Valle, Mencía Yano,
Mercedes Angulo, Mercedes Castilla, Mercedes Liébana, Milagros Rodríguez,
Mireia Loarte Roldán, Miryam Hurtado, Mº Carmen Fernández Muñiz, Mónica
Fernández de Cañete , Montse Carballar, Mónica Martínez, Montse Elsel,
Montserrat Palomares, Myrna de Jesús, María Eugenia Nuñez, María Jesús Palma,
María Lujan Machado, María Pérez, María Valencia, Mariangela Padrón, Maribel
Diaz, Maribel Martínez Alcázar, Marilu Mateos, Marisol Barbosa, Marta Gómez,
Mercedes Toledo, Moni Pérez, Monika González, Monika Tort, Nadine Arzola,
Nieves López, Noelia Frutos, Noelia Gonzalez, Núria Quintanilla, Nuria Relaño,
Nat Gm, Nayfel Quesada, Nelly, Nicole Briones, Nines Rodríguez, Ñequis Carmen
García, Oihane Mas, Opic Feliz, Oana Simona, Pamela Zurita, Paola Muñoz, Paqui
Gómez Cárdenas, Paqui López Nuñez, Paulina Morant, Pepi Delgado, Peta Zetas,
Pilar Boria, Pilar Sanabria, Pili Doria, Paqui Gómez, Paqui Torres, Prados Blazquez,
Rachel Bere, Raquel Morante, Rebeca Aymerich, Rebeca Gutiérrez, Rocío
Martínez, Rosa Freites, Ruth Godos, Rebeca Catalá, Rocío Ortiz, Rocío Pérez Rojo
, Rocío Pzms, Rosa Arias Nuñez , Rosario Esther Torcuato, Rosi Molina, Rouse
Mary Eslo, Roxana-Andreea Stegeran, Salud Lpz, Sandra Arévalo, Sara Lozano,
Sara Sánchez, Sara Sánchez Irala, Sonia Gallardo, Sylvia Ocaña, Sabrina Edo,
Sandra Solano, Sara Sánchez, Sheila Majlin, Sheila Palomo, Shirley Solano, Silvia
Loureiro, Silvia Gallardo, Sonia Cullen, Sonia Huanca, Sonia Rodríguez, Sony
González, Susan Marilyn Pérez, Tamara Rivera, Toñi Gonce , Tania Castro Allo,
Tania Iglesias, Toñi Jiménez Ruiz, Verónica Cuadrado, Valle Torres Julia, Vanesa
Campos, Vanessa Barbeito, Vanessa Díaz , Vilma Damgelo, Virginia Lara, Virginia
Medina, Wilkeylis Ruiz, Yojanni Doroteo, Yvonne Mendoza, Yassnalí Peña, Yiny
Charry, Yohana Tellez, Yolanda Sempere, Yvonne Pérez, Montse Suarez, Chary
Horno, Daikis Ramirez, Victoria Amez, Noe Saez, Sandra Arizmendi, Ana Vanesa
Martin, Rosa Cortes, Krystyna Lopez, Nelia Avila Castaño, Amalia Sanchez, Klert
Guasch Negrín, Elena Lomeli, Ana Vendrell, Alejandra Lara Rico, Liliana Marisa
Scapino, Sonia Mateos, Nadia Arano, Setefilla Benitez Rodriguez, Monica Herrera
Godoy, Toñi Aguilar Luna, Raquel Espelt Heras, Flor Guillen, Luz Gil Villa, Maite
Bernabé Pérez, Mari Segura Coca, Raquel Martínez Ruiz, Maribel Castillo Murcia,
Carmen Nuñez Córdoba, Sonia Ramirez Cortes, Antonia Salcedo, Ester Trigo Ruiz,
Yoli Gil, Fernanda Vergara Perez, Inma Villares, Narad Asenav, Alicia Olmedo
Rodrigo, Elisabet Masip Barba, Yolanda Quiles Ceada, Mercedes Fernandez, Ester
Prieto Navarro, María Ángeles Caballero Medina, Vicky Gomez De Garcia,
Vanessa Zalazar, Kuki Pontis Sarmiento, Lola Cayuela Lloret, Merche Silla Villena,
Belén Romero Fuentes, Sandrita Martinez M, Britos Angy Beltrán, Noelia Mellado
Zapata, Cristina Colomar, Elena Escobar Llorente, Nadine Arzola Almenara,
Elizah Encarnacion, Jésica Milla Roldán, Ana Maria Manzanera, Brenda Cota,
Mariló Bermúdez González, María Cruz Muñoz Pablo, Lidia Rodriguez Almazan,
Maria Cristina Conde Gomez, Meztli Josz Alcántara, Maria Garabaya Budis, Maria
Cristina Conde Gomez , Osiris Rodriguez Sañudo , Brenda Espinola, Vanessa
Alvarez, Sandra Solano, Gilbierca María, Chanty Garay Soto, Vane Vega, María
Moreno Bautista, Moraima selene valero López, Dalya Mendaña Benavides,
Mercedes Pastrana, Johanna Opic Feliz, María Santos Enrique, Candela Carmona,
Ana Moraño Dieguez, Marita Salom, Lidia Abrante, Aradia Maria Curbelo Vega,
Gabriela Arroyo, Berenice Sanchez, Emirsha Waleska Santillana, Luz Marina
Miguel Martin, Montse Suarez, Ana Cecy, Maria Isabel Hernandez Gutierrez,
Sandra Gómez Vanessa Lopez Sarmiento, Melisa Catania, Chari Martines, Noelia
Bazan, Laura Garcia Garcia, Alejandra Lara Rico, Sakya Lisseth Mendes Abarca ,
Sandra Arizmendi Salas , Yolanda Mascarell, Lidia Madueño, Rut Débora PJ,
Giséle Gillanes , Malu Fernandez , Veronica Ramon Romero, Shirley Solano
Padilla , Oscary Lissette, Maria Luisa Gómez Yepes, Silvia Tapari , Jess GR ,
Carmen Marin Varela, Rouse Mary Eslo, Cruella De Vill, Virginia Fernandez
Gomez, Paola Videla, Loles Saura, Bioledy Galeano, Brenda Espinola,Carmen
Cimas Benitez, Vanessa Lopez Sarmiento, Monica Hernando, Sonia Sanchez
Garcia, Judith Gutierrez, Oliva Garcia Rojo, Mery Martín Pérez, Pili Ramos, Babi
PM, Daniela Ibarra, Cristina Garcia Fernandez, Maribel Macia Lazaro, Meztli Josz
Alcántara, Maria Cristina Conde Gomez, Bea Franco, Ernesto Manuel Ferrandiz
Mantecón. Brenda Cota, Mary Izan, Andrea Books Butterfly, Luciene Borges, Mar
Llamas, Valenda_entreplumas, Joselin Caro Oregon, Raisy Gamboa, Anita Valle,
M.Eugenia, Lectoraenverso_26, Mari Segura Coca, Rosa Serrano, almu040670.-
almusaez, Tereferbal, Adriana Stip, Mireia Alin, Rosana Sanz, turka120, Yoly y
Tere, LauFreytes, Piedi Fernández, Ana Abellán, ElenaCM, Eva María DS,
Marianela Rojas, Verónica N.CH, Mario Suarez, Lorena Carrasco G, Sandra Lucía
Gómez, Mariam Ruiz Anton, Vanessa López Sarmiento, Melisa Catania, Chari
Martines, Noelia Bazan, Laura Garcia Garcia, Maria Jose Gomez Oliva, Pepi
Ramirez Martinez, Mari Cruz Sanchez Esteban, Silvia Brils, Ascension Sanchez
Pelegrin, Flor Salazar, Yani Navarta Miranda, Rosa Cortes, M Carmen Romero
Rubio, Gema Maria Párraga de las Morenas, Vicen Parraga De Las Morenas, Mary
Carmen Carrasco, Annie Pagan Santos, Dayami Damidavidestef, Raquel García
Diaz, Lucia Paun, Mari Mari, Yolanda Benitez Infante, Elena Belmonte Martinez,
Marta Carvalho, Mara Marin, Maria Santana, Inma Diaz León, Marysol Baldovino
Valdez, Fátima Lores, Fina Vidal Garcia, Moonnew78, Angustias Martín, Denise
Rodríguez, Verónica Ramón, Taty Nufu, Yolanda Romero, Virginia Fernández,
Aradia Maria Curbelo, Verónica Muñoz, Encarna Prieto, Monika Tort, Nanda
Caballero, Klert Guash, Fontcalda Alcoverro, Ana MªLaso, Cari Mila, Carmen
Estraigas, Sandra Román, Carmen Molina, Ely del Carmen, Laura García, Isabel
Bautista, MªAngeles Blazquez Gil, Yolanda Fernández, Saray Carbonell,
MªCarmen Peinado, Juani López, Yen Cordoba, Emelymar N Rivas, Daniela Ibarra,
Felisa Ballestero, Beatriz Gómez, Fernanda Vergara, Dolors Artau, María Palazón,
Elena Fuentes, Esther Salvador, Bárbara Martín, Rocío LG, Sonia Ramos, Patrícia
Benítez, Miriam Adanero, MªTeresa Mata, Eva Corpadi, Raquel Ocampos, Ana Mª
Padilla, Carmen Sánchez, Sonia Sánchez, Maribel Macía, Annie Pagan, Miriam
Villalobos, Josy Sola, Azu Ruiz, Toño Fuertes, Marisol Barbosa, Fernanda Mercado,
Pili Ramos, MªCarmen Lozano, Melani Estefan Benancio, Liliana Marisa Scarpino,
Laura Mendoza, Yasmina Sierra, Fabiola Martínez, Mª José Corti Acosta, Verónica
Guzman, Dary Urrea, Jarimsay López, Kiria Bonaga, Mónica Sánchez, Teresa
González, Vanesa Aznar, MªCarmen Romero, Tania Lillo, Anne Redheart, Soraya
Escobedo, Laluna Nada, Mª Ángeles Garcia, Paqui Gómez, Rita Vila, Mercedes
Fernández, Carmen Cimas, Rosario Esther Torcuato, Mariangeles Ferrandiz, Ana
Martín, Encarni Pascual, Natalia Artero, María Camús, Geral Sora, Oihane Sanz,
Olga Capitán, MªJosé Aquino, Sonia Arcas, Opic Feliz, Sonia Caballero, Montse
Caballero, María Vidal, Tatiana Rodríguez, Vanessa Santana, Abril Flores, Helga
Gironés,Cristina Puig, María Pérez, Natalia Zgza, Carolina Pérez, Olga Montoya,
Tony Fdez, Raquel Martínez, Rosana Chans, Yazmin Morales, Patri Pg, Llanos
Martínez, @amamosleer_uy, @theartofbooks8, Eva Maria Saladrigas, Cristina
Domínguez González (@leyendo_entre_historia), @krmenplata, Mireia Soriano
(@la_estanteria_de_mire), Estíbaliz Molina, @unlibroesmagia, Vanesa Sariego,
Wendy Reales, Ana Belén Heras, Elisabet Cuesta, Laura Serrano, Ana Julia Valle,
Nicole Bastrate, Valerie Figueroa, Isabel María Vilches, Nila Nielsen, Olatz Mira,
@marta_83_girona, Sonia García, Vanesa Villa, Ana Locura de lectura,
2mislibrosmisbebes, Isabel Santana, @deli_grey.anastacia11, Andrea Pavía, Eva
M. Pinto, Nuria Daza, Beatriz Zamora, Carla ML, Cristina P Blanco
(@sintiendosuspaginas), @amatxu_kiss, @yenc_2019, Gabriela Patricio, Lola
Cayuela, Sheila Prieto, Manoli Jodar, Verónica Torres, Mariadelape @peñadelbros,
Yohimely Méndez, Saray de Sabadell, @littleroger2014, @mariosuarez1877,
@morenaxula40, Lorena Álvarez, Laura Castro, Madali Sánchez, Ana Piedra,
Elena Navarro, Candela Carmona, Sandra Moreno, Victoria Amez, Angustias
Martin, Mariló Bermúdez, Maria Luisa Gómez, María Abellán, Maite Sánchez,
Mercedes Pastrana, Ines Ruiz, Merche Silla, Lolin García, Rosa Irene Cue, Yen
Córdoba, Yolanda Pedraza, Estefanías Cr, Ana Mejido, Beatriz Maldonado, Liliana
Marisa Scarpino, Ana Maria Manzanera, Joselin Caro, Yeni Anguiano, María Ayora,
Elsa Martínez, Eugenia Da Silva, Susana Gutierrez, Maripaz Garrido, Lupe
Berzosa, Ángeles delgado, Cris Fernández Crespo, Marta Olmos, Marisol, Sonia
Torres, Jéssica Garrido, @laurabooksblogger, Cristina León, Ana Vendrell, M
Pulido, Constans, Yeimi Guzman, Lucía Pastor, Aura Tuy, Elena Bermúdez,
Montse Cañellas, Natali Navarro, Cynthia Cerveaux, Marisa Busta, Beatriz
Sánchez, Fatima (@lecturas de faty), Cristina Leon, Verónica Calvo, Cristina
Molero, @lola.lolita.loliya, Mª Isabel Hernández, May Hernández, @isamvilches,
May Siurell, Beatriz Millán, @Rosariocfe65, Dorina Bala, Marta Lanza, Ana Belén
Tomás, Ana García, Selma, Luisa Alonso, Mónica Agüero, Pau Cruz, Nayra Bravo,
Lore Garnero, Begikat2, Raquel Martínez, Anabel Morales, Amaia Pascual, Mabel
Sposito, Pitu Katu, Vanessa Ayuso, Elena Cabrerizo, Antonia Vives, Cinthia
Irazaval, Marimar Molinero, Ingrid Fuertes, Yaiza Jimenez, Ángela García, Jenifer
G. S, Marina Toiran, Mónica Prats, Alba Carrasco, Denise Bailón (@amorliteral),
Elena Martínez, Bárbara Torres, Alexandra álverez, @Silvinadg9, Silvia Montes,
Josefina García, Estela Muñoz, Gloria Herreros, @Mnsgomezig, @sassenach_pol,
Raquelita @locasdelmundo, Leti Leizagoyen, Soledad Díaz, Frank Jirón,
Keilan.Setuto, @annadriel Anna Martin, Ivelise Rodríguez, Olga Tutiven, María del
Mar, Yolanda Faura, Inma Oller, Milagros Paricanaza, Belén Pérez, Esther Vidal,
Pepi Armario, Suhail Niochet, Roxana Capote, Ines Ruiz, Rocío Lg, Silvia Torres,
Sandra Pérez, Concha Arroyo, Irene Bueno, Leticia Rodríguez, Cristina Simón,
Alexia Gonzalex, María José Aquino, Elsa Hernandez, Toñi Gayoso, Yasmina Piñar,
Patricia Puente, Esther Vidal, Yudys de Avila, Belén Pérez, Melisa Sierra, Cristi
Hernando, Maribel Torres, Silvia A Barrientos, Mary Titos, Kairelys Zamora,
Miriam C Camacho, Ana Guti, Soledad Camacho, Cristina Campos, Oana Simona,
María Isabel Sepúlveda, Beatriz Campos, Mari Loli Criado Arcrlajo, Monica
Montero, Jovir Yol LoGar Yeisy Panyaleón, Yarisbey Hodelin, Itxaso Bd, Karla
Serrano, Gemma Díaz, Sandra Blanca Rivero, Carolina Quiles, Sandra Rodríguez,
Carmen Cimas, Mey Martín, Mayte Domingo, Nieves León, Vane de Cuellar,
Reyes Gil, Elena Guzmán, Fernanda Cuadra, Rachel Bere, Vane Ayora, Diosi
Sánchez, @tengolibrospendientes, @divina_lectura_paty, María José Claus,
Claudia Obregón, Yexi Oropeza, Bea Suarez, @Victorialba67, @lady.books7,
valeska m.r., Raquel Attard @missattard, @lola_lectora, Marisol,
@lecturasdefaty, Lola Toro, Cati Domenech, Chari García, Lisbeth de Cuba,
Vanesha, Cris, Oropeza, Montserrat Castañeda, Alicia Cecilio, Estrella, Susana
Ruiz,Rosa González, Noelia, _saray89_, Mercè Munch, Maite Pacheco, Cris E,
María del Carmen, Adriana Román, Arantxa_yomisma, inmamp18,
@nerea_y_los_libros, Pris, Martita, Gema Gerrero, Gisela,
MariVega,CristinaPinos,@josune1981,m.jaresav,caroo_gallardoo, @beccaescribe,
@rosemolinar, Tami, @elicaballol, Maruajose, Paloma Osorio, Thris, Lorena Royo,
@flor.s.ramirez, Mar Llamas, @starin8, AguedaYohana Téllez, Maria Belén
Martínez, @lalylloret, Mayte Ramírez, Camino Combalina, María Isabel Salazar,
Teresa Hernández, Mari Titis, Paula Hernández, Valeska Miranda, María Victoria
Lucena, Daniela, Cecilia, Karina García, Olga Lucía Devia, Miryam Hurtado, Susy
Gómez Chinarro, Amaya Gisela, María Barbosa, Sandra Rodriguez, Montse
Domingo y Elia Company, Kristibell73, ros_g.c, majomartinez_43, CamiKaze��,
Mery Martín Pérez y Vanessa Martin Perez, zirim11, Desirée Mora, Isabel San
Martín, Paky González, Maggie Chávez, Damasa, Jenny Morató, Camila
Montañez, Lodeandru, Sagrario Espada, Jessica Espinoza, Davinia Mengual,
Blanca Nuñez, @ crisbetesponce, Orly Puente, Carmen Pacheco, Yovana Yagüe,
Genuca15, Lidia GM, Lidia Verano, Judith Olivan, Elenagmailcom, Elena
Carranza,Deli, Belloisamary04, Andru, Silvia Barrera, Begoña Fraga, María Isabel
Epalza, María Escobosa, @cristinaadan4256, Verónica Vélez, Carolina Cieri,
Sandra Salinas, MariCarmen Romero Maroto y Mayte Gallego, Michelle Llanten,
Maria Jose Cortia, Miss_carmens, Ángela García, Esmeralda Rubio, Encarni
Pascual, Rocítri69, Kenelys Duran, Isabel Guerra,.

A todos los que me leéis y me dais una oportunidad, y a mis Rose Gate
Adictas, que siempre estáis listas para sumaros a cualquier historia e iniciativa
que tomamos.
GLOSARIO

Accionar: atentar contra la vida de una persona.


Ahuevado: avergonzado.
Andar bolo: estar ebrio, borracho.
BBM: bebés mayores, así los llaman los mareros.
Bichas: niñas.
Bombazo: disparo.
Brincada: Acción que realiza una mujer u hombre,
mediante un ritual que consiste en aguantar golpes y con el
único permiso de protegerse la cara y sin poderse defender.
Cerote: estúpido.
Chancho: cerdo.
Chante: casa, para los mareros.
Chantys: casas, para los mareros.
Chavala: miembro de una pandilla rival.
Chero: amigo, compañero, camarada.
Chiches: tetaso.
Chimar: follar.
Chuco: sucio.
Chulona: desnuda.
Chúntaro: término despectivo para nombrar a una persona
que no pertenece a la mara.
Cipotes: niños.
Cuca: coño
Cuchumbo: recipiente
Cuetiar: Disparar contra una persona con arma de fuego
Dar una cachimbiada: dar una paliza o castigo físico.
Darle corte: Castigar a un miembro de la mara.
Detonar: disparar.
Doblado: follado, en salvadoreño.
Encachimbado: Enfadado, en salvadoreño.
Encularte: enamorarte.
Estar a cheles: saldar una deuda.
Estar sin pisto: estar sin dinero.
Güero/a: rubio/a.
Güilas: niñas que no han llegado a la pubertad.
Guïros: persona de corta edad que no llega a la pubertad.
Hablar pajas: decir mentiras.
Huevear: robar.
Jaima: novia de un marero.
Lana: dinero.
Llevar a nadar: ahogar a alguien.
Machete, estate en tu vaina: No te metas.
Meter casaca: mentir a alguien.
Miguelean: coquetean, en salvadoreño.
Niñas: pandillero de una mara rival.
Pararse: ponerse dura.
Pasarse de vivo: ir de listo.
Pegadas: atentar contra la vida de alguien.
Peseta: traidor, para un marero.
Pincha: niña.
Pinchos: niños.
Pipián: maricón.
Pisto: dinero
Pitufos: policía, para los mareros.
Ponerse vivos: ponerse en alerta.
Rentear: Acción de exigir dinero a una o más personas,
mediante amenazas a muerte, a la víctima o familiares de la
misma. La intimidación se realiza a través de colaboradores
de la pandilla, por medio de teléfono celular o fijo, cartas,
escritos, medios informáticos y redes sociales.
Strike: tirar todos los bolos de una vez.
Taca: sobrenombre que te otorga la mara.
Tener volado: tener novia.
Tronera: prostituta.
Vuelto y traído: Venganza, es decir, devolver la acción que
le hacen a un pandillero.
Ruca: madre de un marero.
Yunaís: Estados Unidos.

Advertencia de la autora:

Este libro puede herir sensibilidades.

No está basado en hechos reales, pero sí en las


circunstancias de muchos niños y personas, que viven en la
violencia y la más absoluta pobreza.

Si eres una persona emocionalmente sensible, leerás


escenas crudas, que ocurren a diario, en un mundo del que
muchas veces no somos conscientes.

Tras un país quevende la libertad del sueño americano, se


esconde otrolleno de oscuridad, que comercia con los más
indefensos.

Espero que esta historia se convierta en una experiencia


vital para ti, querido lector, y que cuando leas una escena
que te dé vértigo, te haga reflexionar sobre lo afortunado
que eres.

Un niño debería tener el derecho, siempre, de ser un


niño y de ser protegido por todos, en cualquier
circunstancia.

Rose Gate
Introducción

Ray

«Me lo quiero follar».


Es lo primero que me pasó por la cabeza en cuanto lo vi.
Ni siquiera pensé en que él era el motivo por el cual mis
jefes me querían allí, lo que me había hecho infiltrarme en
el SKS, el club de moda más exclusivo de todo Manhattan
solo para mujeres.
Noté un apretón hosco en la pretina del pantalón, y esa
sensación de hambre, de apetito voraz, que se desataba en
mí cuando un tío me llamaba lo suficiente la atención, y ese
lo hacía.
Lo observé a través de las gafas de sol. Sí, era uno de
esos capullos que incluso las llevaba de noche o en el
interior de un local nocturno, como era el caso. Mis Ray-Ban
y yo éramos inseparables, tanto era así que mi mejor amigo
me llamaba como a las gafas.
Lo recorrí sin disimulo con el escudo que me ofrecía el
cristal oscuro. Ni siquiera había desplazado una sola vez su
mirada hacia mí, aunque yo la conocía a la perfección, tenía
un dosier en mi casa lleno de sus fotos, gustos, horario y
familia. Lo conocía tan bien que incluso podría decirte a qué
se dedicaban sus abuelos maternos y su talla de condón.
Bueno, eso quizá no, pero me bastaba con contemplar su
entrepierna para saber lo que calzaba.
En el club, todos los trabajadores tenían sobrenombre de
pecado capital, no en vano se llamaba Seven Kapital Sins,
aunque era popularmente conocido como SKS.
Acababan de ficharme para trabajar en él, un lugar
diseñado para pecar y caer en la tentación.
Las mujeres soñaban con subir al escenario para
acariciar a los tíos más sexis y codiciados de toda Nueva
York.
Todas querían ser tocadas, besadas, folladas y cumplir
sus fantasías con los portadores de aquellos escuetos slips.
Querían forrarlos de billetes con la intención de terminar
empaladas por uno de esos hombres enmascarados.
—¿Me has oído? —preguntó la voz masculina cerca de
mí.
Desvié la vista. Me había quedado empanado. El hombre
que acababa de dirigirse a mí era el primero al mando
después del jefe, Lujuria, aunque a mí no me la desatara.
—Pe-perdón, me he distraído con la manguera de ese tío
—cabeceé.
Mi comentario iba con segundas, ya que el bombero
estaba enrollando una que formaba parte de su atuendo.
Lujuria me sonrió y alzó las cejas.
—Su manguera está pillada —carraspeó—. Envidia es el
bombero, así que tú, querido mío, te quedas sin su
herramienta para enfundarte en una toga de emperador
romano.
Me dio la impresión de que la ambigüedad de su
respuesta pretendía darme dos explicaciones en una.
—Siempre me gustaron los romanos, sobre todo, sus
orgías, las bacanales y el concepto de sexualidad tan
abierto. Para ellos, el sexo era sexo, sin etiquetas, sin
importar si se daba entre hombres, mujeres, personas de
distintos sexos… —Lujuria sonrió.
—También eran pedófilos.
—Ya, bueno, nadie dijo que fueran perfectos.
—Al margen de los romanos, este lugar es la casa del
pecado, aunque casi todo lo que viene son mujeres. ¿Cómo
llevas lo de fingir? —Alcé las cejas. «Si tú supieras»—.
Vamos, a mí no me la das, te has entretenido demasiado
con su… «manguera» —cabeceó hacia mi objetivo.
—¿Eso importa?
—No, siempre y cuando tengas en cuenta que Envidia es
hetero, padre de familia y que tu papel aquí es que las
mujeres suelten su pasta porque te han convertido en su
fantasía.
—Me las apañaré.
—Con eso no basta, tienen que creer que te las follarías
en todas las superficies de este puto local, da igual si no son
tu tipo, si te recuerdan a tu abuela o a tu hermana pequeña.
—No tengo ni abuela ni hermana.
—Pues a tu madre, lo mismo da. Aquí las tratamos a
todas como a reinas, de su satisfacción dependen nuestros
sueldos, así que las mimamos y las tratamos a todas como
si fueran un regalo divino, sin distinción.
—¿Incluso si les huele el aliento?
—Les das un Smint con la lengua.
—Lo pillo.
—Mejor, o no vas a durar más que un pase por mucho
que hayas convencido a Jordan. Me ha dicho que no te
mueves mal.
—¿Quieres comprobarlo? —pregunté sugerente. Él solo
sonrió.
—Reserva las fuerzas para las clientas, Adriano.
—Me llamo Dave. —Ese era mi nombre encubierto.
—Lo sé, Adriano fue el emperador romano más guapo,
marcó tendencia en la Roma Imperial, esperemos que tú
también lo hagas. Algunas puede que te pidan su propia
bacanal, en tu mano está aceptar o no. ¿Follas con mujeres?
Me encogí de hombros.
—No es lo que prefiero, pero si en alguna ocasión hay
que sacrificarse…
—Aquí nadie te va a forzar a eso. Es un extra y
completamente voluntario. Si os pagan por follar, que sea
siempre fuera del local y sin pasarle un dólar a Jordan.
¿Estamos?
Asentí.
Sabía que algunos bailarines se prostituían. Mi mejor
amigo, Raven, también trabajaba en el local. Aunque de
cara a los demás pecados y al boss, íbamos a conocernos
esa misma noche, como con los demás chicos.
Raven, o Ira, como era conocido allí, se estaba
abrochando los cordones de sus botas negras, enfundado en
un atuendo de motorista.
—El jefe ya me lo ha comentado —aclaré.
—Pues te lo repito para que te quede claro; si aceptas
intimar, siempre será bajo tu cuenta y riesgo, fuera de estas
paredes. Hay un lugar que algunos de los chicos usan para
eso, cuando te ganes su confianza, quizá te lo cuenten.
La prostitución estaba permitida desde que la ley cambió
en 2021, bueno, más que permitida, no estaba perseguida
para aquellos que la ejercían. El fiscal del distrito ya no
procesaba a los trabajadores del sexo, o a los masajistas sin
licencia. Según él, perseguirlos no erradicaba el problema y
los hacía más vulnerables.
Lo que sí seguía persiguiendo era el proxenetismo y los
traficantes de sexo. De ahí que Jordan quisiera
desentenderse.
—¿Él puede decirme dónde? —Cabeceé hacia Envidia.
Sus músculos se contoneaban bajo la chaqueta abierta
de su uniforme.
—Quizá —respondió críptico Lujuria—. Ya te dije que igual
cuando te tengan confianza… Aquí cada uno se preocupa de
lo suyo y, sobre todo, nadie hace preguntas indiscretas o se
inmiscuye en la vida de los demás pecados. Tenemos un
código.
—¿Porque sois prófugos de la justicia? ¿Por eso lleváis
máscara?
—Las llevamos para salvaguardar nuestra intimidad, a
nadie le importa quiénes somos o qué nos ha traído hasta
aquí. Esto no es el mundo real, solo una fantasía. ¿Te
supone un problema?
—No —mentí. Porque si estaba allí era para conseguir
información, mucha, y, sobre todo, de él.
CAPÍTULO 1

Ray, unos meses antes

La noche era cerrada. Hacía un frío de mil demonios fruto


de la última bajada de temperaturas, aunque en ese
momento me ardían las entrañas.
Si no hubiera llevado el pasamontañas puesto, el vaho
habría emborronado la visión de mis ojos.
Miré a un lado y al otro en el interior del edificio, e hice la
señal para iniciar el avance junto con mi compañero de
unidad.
El viento helado auguraba un nuevo temporal de nieve
que solo me apetecía recibir en el interior de mi
apartamento jugando a la Play. La madera podrida crujía
bajo nuestras pisadas; por mucho que intentáramos ser
sigilosos, estaba en tan mal estado que era imposible hacer
menos ruido.
Sostuve con firmeza el fusil de asalto AK-15, con mira
telescópica y visión nocturna incorporada. Cualquier
precaución era poca para una operación como aquella. El
chaleco antibalas cubría mi pecho, no obstante, podría
recibir un tiro en el entrecejo y caer como un fardo. No tenía
intención de que ocurriera. Era mejor no pensar en ello y
centrarme.
Torcimos a la derecha y un grafiti de los SM-666 nos
indicó que estábamos en zona hostil.
Avanzábamos por las entrañas de uno de los moteles
abandonados cerca del Aeropuerto Kennedy, en el barrio de
Queens. Lo de abandonado era un decir, porque habíamos
recibido un soplo de que lo habían convertido en un lugar
donde recepcionar «pollitos». Y no me refiero a esas aves
pequeñitas, amarillas, emplumadas y adorables que dicen
pío pío, sino a niños procedentes del tráfico de menores.
Las maras salvadoreñas se habían hecho con una porción
del barrio. Algunos moteles olvidados cerca del aeropuerto
se reconvirtieron en prostíbulos, otros en pensiones en las
que alojar indocumentados en «tránsito», allí esperaban
recibir los papeles por los que habían pagado y así poder
trabajar en nuestro país. Falsos, por supuesto.
La mara SM-666 no solo dominaba aquella parte alejada
de la zona centro, también controlaba la prostitución
callejera en la zona de Queens Plaza o Rockaway Boulevard.
Aunque los trabajadores sexuales nunca lo reconocerían; si
lo hacían, estaban muertos.
En Jackson Heights, Corona y Flushing, encontrabas los
prostíbulos más variopintos y los salones de masaje. Todo
para engordar a los jefes de la SM-666 que engrosaban su
cuenta bancaria en alguna puta mansión de lujo o ático con
vistas.
—Este sitio huele a orín y mierda —jadeó mi compañero
por el intercomunicador.
—¿Pretendes decirme que el baño de tu piso huele
mejor?
—Te garantizo que si oliera así, me mudaría. Voy a potar.
—No tenemos tiempo para eso —gruñí.
Jennings me sacaba un par de años, tenía más
experiencia que yo en la unidad, pero, en lugares como ese,
se convertía en una delicada flor de invernadero. Se notaba
su procedencia, hijo de un ama de casa, de las que solían
tener bandejas de galletas recién horneadas para llevar a
clase, y de un poli local de Jersey, que ganó una medalla al
mérito al intervenir en un atraco a mano armada. No tuvo
una infancia como la mía, llena de peligro y podredumbre.
En el instituto, solía pasar por un cacheo y un arco de
metales nada más cruzar la puerta. Cuando llegábamos al
24h que había cerca de la parada del bus, no era raro que
nos sorprendiera una lluvia de balas fruto de una riña
pandillera.
Si alguien conocía a esa gente, sabía cómo moverse
entre ellos y comprendía sus motivaciones, ese era yo.
Quizá por eso, cuando creí que había llegado mi hora y
me despedí de todo y de todos, le juré a Dios que, si por
una remota posibilidad sobrevivía, me dedicaría en cuerpo y
alma a hacer de mi ciudad un lugar mejor.
Puedo decir con conocimiento de causa que Dios tiene un
humor cabrón y perverso.
¿A cuántas personas conoces que hayan sobrevivido a
una leucemia teniendo el VIH y se haya curado de ambas
cosas?
Pues eso, nunca apuestes contra él o te hará cumplir tus
promesas.
—Jennings, yo bajo por la izquierda y tú por la derecha.
—Había dos escaleras, una a cada lado del pasillo, no
podíamos arriesgarnos. Habíamos hecho el reconocimiento
de las demás plantas y todo estaba vacío, así que solo
quedaba el sótano, lo cual no era extraño, esa gente se
movía como alimañas.
—Está bien, ten cuidado.
—Descuida —mascullé—, he quedado en una hora para
que me la chupen y no es de buena educación llegar tarde a
una mamada. —Él gruñó.
No era cierto, solo pretendía molestar un poco su alma
heterocristiana tradicional. Jennings era un buen tío, nunca
había intentado exorcizarme o reconvertirme.
Ambos formábamos parte de una unidad del HSI
(Homeland Security Investigations) de Nueva York. En
concreto, el ICE, que era uno de sus muchos brazos
armados. Las siglas pertenecían al Servicio de Inmigración y
Control de Aduanas.
Aunque parezca mentira, la mayor red de tráfico de
personas indocumentadas, menores abusados y
trabajadores sexuales, pertenecía a una pandilla, una mara
de lo más cruenta nacida bajo el seno de las terribles MS-13
y Barrio-18, que se apodaba SM-666, haciendo honor a la
Santa Muerte y el número del Diablo.
Podías ver en el exterior, como en cada planta del
edificio, las marcas de la mara en las paredes. Solían
reclamar sus propiedades y sus zonas con grafitis que
pudieran identificar otras pandillas.
Bajé los primeros peldaños pegado a la pared. Las
escaleras metálicas estaban cubiertas de óxido. El estado
del motel era lamentable.
En mi departamento había miles de investigaciones
penales y civiles abiertas, la mayoría relativas a la
explotación infantil, el comercio, el narcotráfico, el fraude,
los delitos financieros, la extorsión, la trata de personas, la
exportación ilegal de armas, el contrabando humano, el
terrorismo y la violencia entre pandillas, entre otras
amenazas para la seguridad nacional y ciudadana.
Por eso estaba allí en ese momento, avanzando en plena
noche entre paredes descascarilladas y símbolos que
hubieran acojonado al más pintado.
—¡Dios! —masculló Jennings, poniéndome en alerta.
—¿Qué pasa, estás bien? ¿Has visto algo?
—Creo que acabo de pisar una mierda y un charco de
orín. He llegado abajo.
—¿Conoces la expresión cagarse de miedo? Pues eso es
lo que acabas de pisar, el miedo de alguien. No está ahí
porque sí, piensa en ello, avanza y respira por la boca. —
Parecía yo el mayor de los dos. Aunque claro, Jennings había
estado los últimos dos años haciendo trabajos de oficina,
desde que fue padre, pidió algo menos peligroso y tranquilo.
Pero ese año tuvimos un par de bajas y tuvo que regresar a
las operaciones en activo. Le tocaba ponerse las pilas.
—¡¿Y qué crees que llevo haciendo en los últimos diez
minutos?! —respondió.
—¡¿Lloriquear y quejarte como una jubilada a la que le
han caducado los cupones del supermercado?! Espabila,
Jennings, ¡que esos críos tienen que estar ahí abajo!
—¿Todo bien? —preguntó la voz de mi jefe a través del
intercomunicador.
—Sí, jefe, a juzgar por la última pisada de Jennings,
estamos llegando.
—Tenga cuidado, Wright, esa gente vive y muere por la
mara. No tienen nada que perder salvo la vida, y para ellos
no vale nada.
—Soy consciente de ello.
Había llegado al sótano, a esos tipos les flipaban los
túneles, se decía que tenían más de cuarenta para pasar
droga e indocumentados de México a Los Ángeles.
La SM-666 ganó presencia a raíz de la pretensión de
acabar con los pandilleros salvadoreños por parte del
presidente Nayib Bukele, en El Salvador, su país de origen.
El presi le echó un par de huevos, y el 27 de marzo de 2022
proclamó un régimen de excepción. Soltó a miles de
uniformados para que detuvieran, de manera
indiscriminada, a toda persona mayor de doce años que
creyeran pudiera pertenecer a una mara. Lo peor de todo
era que no tenían posibilidad de defensa o de juicio,
dependían de que la policía los creyera o no para meterlos
en la trena.
Fue una cacería que arrastró a casi setenta mil personas
a un penal con las dimensiones de nueve campos de fútbol.
La construyeron en un tiempo récord, únicamente, para ese
fin.
De la batida escaparon muy pocos, y de los
encarcelados, solo cinco mil lograron ser puestos en libertad
demostrando su falta de vinculación con las pandillas. Los
peces gordos, los dirigentes de las maras, no estaban en la
cárcel porque no se encontraban en los barrios, sino en
Estados Unidos, viviendo a cuerpo de rey en mansiones y
áticos de lujo, mientras sus soldados vivían hacinados,
torturados y golpeados.
Era un puto caldo de cultivo, el sentimiento de odio hacia
el presidente crecía exponencialmente entre los mareros
que clamaban venganza, no estaba muy convencido de que
Bukele hubiera tomado la mejor decisión en un país que
tenía la tasa de homicidios más alta hasta el momento.
Aunque debía reconocer que le había echado pelotas.
La prisión era una bomba de relojería, sus habitantes
habían sido adiestrados por la cúpula militar de Al-Qaeda y
se rumoreaba que recibían subvenciones para poder
renacer.
La corrupción entre los muros de aquel lugar y los líderes
de las clicas era imparable.
A los terroristas islámicos les interesaba mantener vivo el
corredor que trazaron los mareros de El Salvador a Los
Ángeles, por si en algún momento necesitaban tirar de ello.
—Creo que he escuchado algo —susurró Jennings,
entrecortado, sacándome de mis pensamientos, por el
pinganillo. La cobertura en el sótano no era demasiado
buena.
—Voy hacia ti, no te muevas.
—Vamos, Wright, no puedo contener las arcadas.
—Como vomites, te quedas sin regalo de Navidad, y te
juro que este año no serán unos calcetines de renos. —
Siempre le regalaba unos ridículamente navideños porque
sabía que su mujer se los haría poner sí o sí como señal de
agradecimiento cuando me invitaran a su casa. Me molaba
torturarlo.
Oí un ruido de vómito a través del comunicador.
¡Mierda! Esperaba que no lo hubiesen oído y que hubiera
tenido tiempo de levantarse el pasamontañas.
Aceleré el paso, una de las puertas se abrió y salieron un
par de tipos riéndose y abrochándose los pantalones.
No quería pensar que se trataba de lo que parecía. Quizá
fuera el baño y los homeboys, como se les llamaba a los
miembros de la mara, fueran de dos en dos.
«¡Alto! ¡Policía!». Las palabras se formularon en mi
cabeza pero no llegaron a alcanzar mis labios. Debería
haberlo gritado, pero no lo hice.
—Que rico coñito apretado tenía esa putica, man.
—¿Viste cómo gritaba cuando la enculé, perro?
—Tenía buenas tetas, bien tiernitas, como a mí me
gustan —rieron.
—¡Eh! —proferí. Fue entonces cuando se dieron cuenta
de que estaba ahí. No necesité oír más para saber lo que
habían hecho.
—¡Puto pitufo! —blasfemó uno de los dos antes de recibir
mi primer disparo certero. Así nos llamaban a los polis;
pitufos, levas, azules, placas, estudiantes… El tío que seguía
respirando fue a echar mano a su arma para dispararme y
recibió su premio en la yugular. El chorro escandaloso de
sangre salpicó la pared mientras emitía otro tiro más para
rematarlo.
—Wright, ¡¿qué pasa?! —Era mi jefe. Seguro que había
escuchado los disparos desde el exterior.
—Dos menos.
—¡No les dio el alto!
—Si se lo di, jefe, pero falló el intercomunicador y no me
escuchó, hay mala cobertura, le pierdo… —Un gruñido—.
Necesitamos una ambulancia —añadí, pensando en lo que
podía encontrar en la estancia de la que habían salido.
—¿Siguen vivos?
—No, no es para ellos.
Ese par estaban en el lugar del que nunca debieron salir,
el puto infierno.
Cuando atravesé la puerta de la que habían salido,
arrugué la nariz, no por el olor nauseabundo. Si hubiera
podido apretar los puños, lo habría hecho. Bajé mi arma, el
lugar estaba despejado salvo por aquel cuerpo que
temblaba y sollozaba en una esquina.
Hay cosas que, por mucho que veas, no te acostumbras
a ellas.
La niña debía rondar los doce, o quizá tuviera trece. No
llevaba ropa encima y tiritaba como una hoja fruto del
miedo y del frío. Estaba sucia, golpeada y las lágrimas
surcaban unas mejillas enrojecidas e inflamadas. Una
pequeña vela alumbraba un cuarto de calderas en desuso.
Su pie estaba sujeto a una cadena que la ataba a la pared,
como un elefante de circo, mientras ella se hacía un ovillo
sobre un colchón mugriento lleno de fluidos.
Tragué con dureza.
En cuanto me vio aparecer, los ojos se le llenaron de
terror. Vio mi arma y se puso a suplicar.
—Por favor, no me mate, no me mate… —Incluso en sus
circunstancias, tenía ganas de vivir.
—Shhh, tranquila, soy de los buenos, estás a salvo, esos
hombres ya no te harán daño. Soy policía. —Ella negaba y
temblaba hecha un ovillo. Mierda, no tenía nada para
cubrirla salvo el chaleco antibalas y hacía un frío de mil
demonios.
—¡¿Wright?! ¿Qué cojones pasa?
—Estoy atendiendo a una niña, señor, ahora sigo.
Me quité el chaleco con premura y se lo tendí. Ella me
miró desconfiada antes de agarrarlo al fin.
—Te sacaré de aquí, no tendrás de qué preocuparte, los
hombres que te dañaron están muertos. —Vi el alivio
asomar en su cara—. ¿Hay más niños? —Ella asintió—.
¿Cuántos días lleváis aquí?
—Cuatro. A mí me separaron del grupo por bonita. —
Apreté los labios. A veces, ser guapa era una maldición,
sobre todo, si nacías en un ambiente hostil dominado por
las pandillas.
—¿Cómo te llamas?
—Soledad.
—Muy bien, Soledad, voy a ayudar a tus amigos y
regreso. ¿Hay más hombres? —Me hizo el número tres con
la mano—. Eres una niña muy valiente.
—No me deje —suplicó apenas audible.
—No lo haré, solo voy a buscar al resto, nada más,
vuelvo antes de que llegues hasta cien. Te lo juro. ¿Confías
en lo que digo? —Ella torció el cuello, era lógico que no lo
hiciera. Di gracias de saber español.
De pequeño, mi madre solía dejarme con la vecina, una
mujer mexicana que tenía más de doce hijos, aprendí a
base de jugar con ellos.
—¡Wright! ¡Jennings no contesta! ¡Vamos a entrar!
—Deme un minuto, jefe —mascullé—. Voy a por él.
—Cuenta —le susurré. Y ella empezó a hacerlo.
Regresé al pasillo.
—Jennings, ¿me oyes? —El jefe tenía razón, no respondía,
quizá solo fuera la mierda de la señal. Como le pasara algo,
su mujer me cortaba las pelotas, y les tenía mucho aprecio.
¡Me cago en la puta!
Pasé por encima de los cuerpos lo más deprisa que pude.
Atravesé el pasillo como alma que lleva el diablo, abrí la
puerta que comunicaba con la otra zona del motel, el mal
olor tumbaba incluso a un muerto. Vi un charco de vómito
en el suelo y una puerta abierta.
Apunté con mi arma hacia el interior, y lo que encontré
me dejó sin aliento.
CAPÍTULO 2

Leo

Sentía el calor. El denso aroma a humo apoderándose de


todo, incluso de mi visión. No importaba que llevara
máscara, ni equipo de protección, porque el infierno se
desataba sin reparos para engullirme en él.
Apagar el fuego de un edificio o de una propiedad en
llamas era lo que solía calmar el que rugía en mi interior.
Cuando me enfrentaba a un incendio, olvidaba por unos
instantes mi pasado, pulverizaba los poderosos lametazos
amarillos, naranjas y rojos que bailoteaban con virulencia.
Pestañeé un par de veces al ver emerger su rostro en el
fuego. Ahí estaba su cara, deformada por una intensa
sonrisa y una promesa que me perseguía.
Las llamas se intensificaron, sudaba profusamente y era
incapaz de hacer otra cosa que quedar abducido por
aquellos dos pozos sin fondo que me arrojaban al abismo.
Quería mi alma, había venido a por ella, y lo peor de todo
era que deseaba entregársela.
—Leo, despierta. —La mano femenina me zarandeaba—.
¡Leo!
Abrí los ojos, alterado, encontrándome con la cara de
María, que me contemplaba con angustia.
—Tenías otra de tus pesadillas —comentó con suavidad
—. Toma, bebe agua.
Me acercó un vaso y, como un autómata, bebí hasta la
última gota.
Se lo devolví vacío y me hundí en el colchón de nuevo,
con el antebrazo cubriendo mis ojos.
—¿Qué hora es?
—Tarde, las niñas están a punto de volver del colegio,
tendrías que levantarte.
Pincé mis lagrimales. El sol brillaba a través de la
ventana del pequeño piso de tres habitaciones en el barrio
de Queens. No era muy grande, de hecho, tenía las
dimensiones de uno de dos, lo que significaba que los
espacios eran bastante reducidos. Lo más grande era el
salón con cocina integrada, donde pasábamos la mayor
parte del tiempo.
María solía bromear y decía que así estaba bien, que
mucho espacio era más trabajo de limpieza, y que con un
bebé, menos es más. Yo sabía que lo decía para que no me
agobiara, con nuestra economía, el incremento del precio de
las cosas y el seguro médico, era difícil aspirar a algo más,
por lo menos, por ahora.
—Voy a darme una ducha, ¿hay agua caliente?
—Sí, cariño.
Estuve bajo el chorro hasta agotar el depósito del
calentador y que el frío inundara mis huesos.
La noche anterior ya había pasado por una, aunque no
en el piso. Lo hice cuando terminé el servicio y la clienta ya
se había ido. Odiaba que María respirara en mi piel el
perfume de otra mujer cuando me metía en nuestra cama.
No es que se lo ocultara. Ella sabía lo que hacía, a lo que
me dedicaba, tomamos la decisión juntos, con sus ojos
cubiertos de unas lágrimas que se empeñaba en no verter y
nuestros dedos trenzados.

—Nena, es lo único que se me ocurre, sé que no es lo que


queríamos, pero…
—¿Estás seguro? —se limitó a preguntar. Tener una hija
más y que yo no trabajara de lo mío nos estaba pasando
una factura demasiado alta—. ¿Podrás con ello?
Asentí. Y ella sorbió por la nariz, enjugándose la
humedad no derramada.
—Está bien entonces, hazlo.
—¿Segura?
—Es tu cuerpo. Yo seguiré estando aquí. Solo te pido una
cosa, que no hablemos de ello. No puedo soportar la idea de
que yo sea la culpable de todo esto.
—Eh, tú no eres culpable de nada, estamos casados, lo
mío es tuyo y lo tuyo es mío, por poco que tengamos.
—Ya, pero vas a… —se calló.
—Si no vas a poder aguantarlo…
—¿Yo? ¿Y qué me dices de ti?
—Yo voy a poder. —Nos quedamos en silencio, con las
manos apretadas con fuerza—. Si tú puedes, yo puedo.
Hazlo.
Cerré el grifo y me envolví en una toalla.
No conocía a una mujer más dura que la mía.
María fue criada en El Salvador, en un barrio llamado la
Campanera, hogar de la mara Barrio-18 y con un nivel de
analfabetismo muy alto, sobre todo, entre las mujeres.
Allí, ellas solo tenían un cometido, servir a la mara o
dedicarse en cuerpo y alma a su familia.
Sufrían un 90 % de la violencia intrafamiliar. La
explotación sexual estaba a la orden del día y apenas tenían
voz porque habían sido educadas para respetar la voluntad
de los hombres.
Yo no me consideraba uno de ellos, de hecho, no lo era,
daba igual que fuera mitad salvadoreño, mitad americano, o
que en una época hiciera cosas que pudieran llegar a
confundirme, incluso a participar en la creación de los
cimientos de…
—¡Papá! —el grito de una de mis hijas seguido de una
precipitada apertura de puerta me premió con la imagen de
Elena saltando a mis brazos, sin previo aviso, para que la
cogiera.
Suerte que gozaba de buenos reflejos y un buen par de
brazos para hacerlo. Tenía siete años y era la mediana.
La cogí al vuelo y le di una vuelta de campana, como a
ella le gustaba, mientras reía sin parar.
—¿Cómo está mi Papita linda? —pregunté, mordiéndole
el cuello mientras ella lo disfrutaba.
—Ay, papi, ¡que me lleno de escalofríos!
La bajé al suelo y alcé la vista. Magaly, mi hija mayor,
estaba al lado de su madre. Era una réplica exacta de mi
mujer a su edad. Preciosa, de cutis suave, tostado, con un
rostro exótico enmarcado por una melena de pelo negro y
brillante igual que sus ojos oscuros.
Magaly estaba a punto de cumplir los catorce, y María los
veintiocho. Nacieron el mismo día. Una bonita coincidencia.
Muchos pensaban que eran hermanas, por el poco tiempo
que se llevaban.
Mi hija mayor estaba en esa edad en la que besar a su
padre, mientras estaba medio desnudo en el baño, pasaba a
ser motivo de vergüenza.
—¿Qué tal el día en el instituto? —Era su segundo año y
estaba un tanto aturullada.
—Bien, pero si quieres que te lo cuente, vístete antes. —
Arrugó la nariz.
—Pues a mí me gusta cómo le sienta la toalla. —María
me guiñó un ojo, y Magaly resopló.
—Qué pereza dais. —Se oyó un llanto de bebé—. Yo me
ocupo, así podéis seguir comiéndoos con los ojos.
María rio y Elena hizo rodar los suyos espetando un
«adolescentes» que nos hizo reír a ambos.
La que lloraba era Deysi, o lo que venía a ser lo mismo,
Margarita en inglés.
María le puso aquel nombre a nuestra última hija en
honor a su madre. Elena llevaba el nombre del de la mía, y
me pareció justo.
Deysi no fue una niña buscada. De hecho, no queríamos
tener más hijos debido a nuestra ajustada economía, pero
las cosas vinieron así, nos apretaríamos el cinturón.
La vida en Estados Unidos era muy cara, y con mi sueldo,
llegar a fin de mes era como pasarte el juego de Tetris,
sobre todo, desde que tuve que dejar la brigada hacía un
año.
—Vamos a comer ya, antes de que el asado se carbonice
—interrumpió mi pensamiento—. Elena, lávate las manos.
—Voy a vestirme. —Mi mujer asintió. Le besé la frente
cuando pasé por su lado y ella me acarició los abdominales.
—¿Por qué papá tiene ese montón de cuadrados en la
tripa? —preguntó curiosa Elena.
—¡Para poder levantarte y lanzarte por los aires, Papita!
—exclamé, arrojándola como a ella le gustaba. Volvió a
carcajearse.
—Pues mi profesor, en vez de cuadrados, tiene una
sandía —observó en cuanto pisó el suelo.
—No digas eso, Elena —la corrigió María—, cada cuerpo
es distinto y es hermoso tal cual es.
—Pues yo prefiero los cuadraditos de papá, parecen una
rica tableta de chocolate, ¡odio la sandía! —María se mordió
la sonrisa. Mi hija apuntaba maneras desde pequeña.
—Bueno, que a ti no te guste no significa que a otro no
pueda gustarle, hay que respetar, Elena —apoyé a mi mujer
corrigiendo a mi hija—. Además, seguro que su panza es
mucho más cómoda que la mía cuando te quieres echar una
siestecita.
Ella lo pensó dubitativa y terminó negando.
—Me da igual, prefiero la tuya, cuando me case, lo haré
con un chico con panza de chocolate.
—Puede que no te cases. —Ella arrugó el ceño como si lo
que hubiera dicho no formara parte de su pensamiento en
ningún momento.
—¿Y por qué no iba a casarme?
—Quizá quieras quedarte soltera y vivir la vida loca —
mascullé. En cuanto solté la frase, me di cuenta de lo que
había dicho.
María se había descompuesto un poco. Daba igual el
tiempo que pasara, esa frase seguía estando unida a los
mareros, a nuestro pasado y a la vida de la que una vez
fuimos parte.
—Lo siento —murmuré arrepentido. Ella negó restándole
importancia.
—Pero yo quiero casarme y tener muchas hijas, como tú
y mamá, puede que más.
—También puedes estudiar para ser doctora y traer
muchas niñas al mundo que no sean tuyas, eso da más
dinero que parirlas y hará que puedas comprarte todos los
lazos de colores para el pelo que te gusten —sugirió mi
mujer.
A mi hija le brillaron los ojos, le encantaba cambiarse el
adorno de color dependiendo de la ropa que llevara. Al
escuchar la propuesta de su madre, sonrió.
—¿Y puedo ser doctora, tener muchas hijas y un marido
con tripa de chocolate?
—Venga, lávate las manos, y mejor dedícate a estudiar
por el momento. Y tú, vístete —palmeó mi trasero—, que si
no, la comida se enfría.
—Como ordenes, cariño.
Esa vez sí que le hice caso. Fui al cuarto y me puse una
camiseta de manga corta gris y unos pantalones. Metí la
mano en uno de los bolsillos, y cuando saqué el contenido,
me puse tenso. Era un cajetín de cerillas, de esos que te
dan en los bares y contienen unas pocas para que las
arranques.
Lo puse frente a mis ojos. Apreté los labios y lo envolví
en mi puño aplastándolo. Rememoré a la persona que lo
puso en mi palma y recubrió mi mano con la suya.
Expulsé de inmediato el recuerdo, devolví el objeto a su
lugar y salí del cuarto para ir con mi familia.
CAPÍTULO 3

Ray, dos semanas antes

—¡Eres un pedazo de capullo! —gruñí con la mirada


puesta en Jennings.
—¿Y qué querías que hiciera? —se excusó, alzando las
manos mientras se balanceaba en la silla de su perfecto
jardín.
El sol brillaba como de costumbre, y él y su mujer me
habían invitado a comer para celebrar el éxito del operativo.
—¿No quitarte el pinganillo, por ejemplo? —Nessa negó
mientras me ofrecía el segundo botellín de cerveza—.
¡Díselo tú!
—Ya lo conoces, le entra por un oído y le sale por el otro.
—Desde luego que se le salió, y podría habernos costado
muy caro.
—¿Qué querías que hiciera? Ese niño lloraba a mares, no
debía tener más de cuatro o cinco años. Tuve que cogerlo
en brazos porque me daba miedo que nos delatara, y a él
pareció hacerle gracia quitarme el intercomunicador del
oído.
—Pues si lo hubieras llevado puesto, podría haberte
dicho que ahí dentro quedaban tres tíos por batir, casi
pierdo un huevo por tu culpa.
Era cierto, cuando me sorprendieron, recibí un disparo
que casi me perforó el escroto.
—¡Eres un exagerado! La bala solo te rozó el tejido del
pantalón, además, reaccioné al segundo devolviéndoles el
disparo.
—Tuve suerte de que esa vez fuera munición y no un
nuevo trallazo de tu estómago.
—¡Fue por el hedor! Tú porque estás habituado a tu
apartamento. Además, tendrías que estar agradecido de
que le volara la mano que amenazaba tu descendencia —
casi escupí la cerveza de la risa.
—¿Descendencia? Cuando te dije que tenía prisa porque
había quedado para que me chuparan el rabo, no me refería
a una tía, lo tienes claro, ¿verdad?
—¡Ray! —exclamó Nessa, llevando las palmas de las
manos a los oídos del pequeño David Jr.
—Chupa, drabo, chupa, drabo. —Reí por la nariz.
—Eso es, little David, cuanto antes aprendas lo bueno,
mejor.
—Hay cosas que es mejor que no corran por aprender,
por lo menos, a los dos años y medio. —Nessa se puso
tensa.
—Disculpa, la próxima vez que me invites a comer,
esperaré a que vaya a la uni. Es hora de que me vaya —
comenté, poniéndome en pie.
—No te estamos echando —aseguró Jennings, buscando
la mirada cómplice de su mujer—. ¿Verdad, Nessa?
—Puede que no, pero tengo cosas que hacer y las tres
cervezas que llevo me han aflojado el filtro. Gracias por los
tercios y la comida.
Me puse en pie, me coloqué las gafas y cogí el casco
para encaminarme a la puerta. Jennings me acompañó.
—Oye, que lo del crío no ha sido nada. Lo más seguro es
que a David se le haya olvidado mañana.
—Esperemos que lo haga antes de ir a la misa del
domingo. Porque los parroquianos podrían pensar que eso
es lo que escucha tu hijo cuando le pides a Nessa una
mamada.
—Yo no…
—Aunque también podrías decirles que tu vecina no deja
de repetirlo y se filtra por el seto del jardín.
—¡La vecina es una señora viuda de ochenta años!
—Sí, pero tiene perro —agité las cejas.
—Eres un puto depravado.
—En eso estamos de acuerdo. Me largo, que el jefe me
ha dicho que me pase por el despacho porque quiere hablar
conmigo.
—¿Piensas que es por lo de Asuntos Internos?
Me habían abierto una investigación porque no quedaba
clara la muerte de los dos tíos a los que me cargué. El jefe
no estaba solo en la furgoneta, había más gente oyendo lo
que ocurría, así que estaba siendo investigado.
—Espero que no. Además, ya los conoces, mucho ruido y
pocas nueces.
—En mi declaración dije que si no tenían el arma en la
mano, tú nunca habrías disparado. —Palmeé su hombro—.
Aunque no pude añadir nada más porque saben que no
estaba en el mismo pasillo que tú.
—Te lo agradezco, tampoco te habría pedido que
mintieras, así que es mejor que no vieras lo que sucedió.
—Entonces…
—Entonces hice lo que haría el padre de esa niña. ¿Qué
habrías hecho tú si se tratara de Nessa, o David, o tu
hermana pequeña? —Él tragó con dureza y le cambió la
expresión—. No hace falta que contestes, ni te pido que lo
compartas, ni siquiera debería habértelo contado, porque es
peor para ti. ¿Ves como tenía que largarme?
—No voy a contarlo, si es lo que te preocupa, tu secreto
está a salvo conmigo; somos compañeros, y por encima de
eso no hay nada.
—Te lo agradezco.
Y lo decía en serio. Jennings era un buen tío.
—¡David! —lo llamó Nessa—. Tu hijo tiene popó y te toca
a ti —lo llamó su mujer.
—El deber me llama. ¿Nos vemos mañana?
—Si no me quitan la placa y el arma, y me mandan a
casa, ten por seguro que sí. Ten cuidado con los olores, no
vayas a potarle a David Junior encima.
—Muy gracioso.
Me puse el casco y me encaminé hacia la moto. Di gas
para llegar lo antes posible a las instalaciones del ICE. A mi
jefe no le gustaba que llegara tarde y no tenía intención
alguna de cabrearlo más de lo que ya estaba.
La operación había terminado con tres detenciones y dos
cabrones en el infierno. Los críos habían sido liberados y
puestos en manos de las autoridades, quienes se ocuparían
de ellos.
¿Eso era bueno? Por lo menos, era menos malo.
Si existían dos negocios en auge gracias al tráfico de
«pollitos» eran la prostitución y la pornografía infantil, y su
explotación laboral.
Aunque parezca mentira que eso ocurriera en Estados
Unidos, había críos que trabajaban más de doce horas
diarias en aserraderos, fábricas, como recolectores o
zurciendo las etiquetas de Made in America en las camisas
de J. Crew, entre otras cosas.
El dinero que ganaban los menores se dividía entre tres.
Una parte iba a parar a la deuda con la mara, para pagar los
gastos de hacerlos cruzar, facilitarles el trabajo, el
alojamiento y la documentación. Otra parte se la quedaban
los «patrocinadores», adultos que, después de que los niños
pasaran unos meses en los albergues del HHS, se ocupaban
de ellos y también solían ponerlos a trabajar a la menor
oportunidad. Les pedían a los pequeños una parte del dinero
en concepto de gastos, cualquier cosa era susceptible a
ello, desde apuntarlos a la escuela, o comprarles algún
capricho por el que añadían una comisión. Lo poco que les
quedaba era enviado a las familias, dejándolos en un estado
de vulnerabilidad total.
Era un negocio redondo, para el cual el gobierno todavía
no tenía solución. Si los apartaban de los patrocinadores, la
única vía era hacerlos regresar a sus países de origen, y
muchas veces no tenían ni un solo dato de sus familias, por
lo que eran presas fáciles.
Si caían en un buen lugar, podían tener la suerte de ir a
la escuela, tener una oportunidad, por pequeña que fuera.
Solo en los últimos dos años, más de 250.000 niños
habían entrado solos y de manera ilegal en mi país.
Dejé la moto en el aparcamiento que albergaba las
oficinas del HSI, cerca del Hudson River Park. Tomé el
ascensor y llamé a la puerta del director Price cuando
estuve enfrente.
—Adelante. —Su voz grave me dio paso.
—Buenas tardes, Señor.
—Wright —me saludó, alzando la nariz del ordenador—.
Deme un minuto.
Me acomodé en la silla con vistas al edificio de hormigón
que se alzaba justo delante. Si hubiera estado en una planta
más alta, podría haber visto el mar.
—Listo. —Se recolocó las gafas y me miró enjuto.
Edmund Price rondaba los cincuenta y largos, todo el
mundo decía que tenía muy buen olfato para reclutar
agentes para el ICE y su porcentaje de éxito en las
operaciones era de los más altos en el HSI.
—Usted dirá, pero si me ha llamado por lo de Asuntos
Internos, le juro que me falló el intercomunicador.
—No es por eso. —Hizo tamborilear los dedos sobre la
mesa—. Aunque ya estamos revisando todos los equipos. Si
le he llamado es porque tengo una misión nueva de
incorporación inmediata que requiere un agente atractivo y
que se mueva bien.
Solté una carcajada.
—¿Va en serio? ¿Va a darme un puesto por guapo y
mover el culo? —Price carraspeó incómodo.
—No haga que me arrepienta de esto, Wright, como ya
sabe, tengo a los de Asuntos Internos pegados al culo por su
«intervención divina», y estoy dando la cara por usted. —Mi
jefe solía llamar intervención divina cuando uno de los
agentes se creía Dios y se cargaba a alguno de los objetivos
en circunstancias dudosas. Yo prefería llamarlo justicia—.
Tendría que dar gracias a su cara de modelo y alzarse con el
título de vencedor de Just Dance en la última cena del
departamento.
—Para que luego digan que una cara bonita y jugar a los
videojuegos no te lleva lejos.
—Creo que eso se llama streamer.
—Le veo muy puesto, director —reí.
—Deje de pitorrearse, Wright, el asunto es muy serio.
Solo quiero saber si… —volvió a carraspear. Estaba
visiblemente nervioso. Bajó el tono de voz y se acercó a mí
—. Si le supone un problema desnudarse en directo.
—Nunca creí que me pediría esto —bromeé.
—Wright…
—Perdón.
—El puesto es para infiltrarse en un club donde los
hombres se desnudan y las mujeres lanzan billetes.
—¿Se refiere al SKS?
—¿Lo conoce?
—De oídas —mentí—. Ya sabe, Manhattan no deja de ser
una isla. —Él pareció estar conforme con mi explicación.
—Tendrá que presentarse a la audición y ganar.
—¿Ganar?
—Bueno, no sé cómo se llama a eso, pero me han dicho
que cuando uno de los estríperes se va del club, hay colas
kilométricas para optar al puesto. El trabajo está muy bien
remunerado, y algunas de las mujeres que van son muy
ricas y atractivas. En fin, que no va a ser fácil entrar, pero
necesitamos que lo haga.
—Ya sabe que me gustan los desafíos y lo de perder lo
llevo muy mal. Cuente conmigo para el puesto. ¿Cuál será
mi misión?
Mi superior deslizó una carpeta para colocarla frente a
mí.
—Ábrala.
Juro que hiperventilé cuando vi la fotografía del tío que
se desplegó ante mis ojos, en la primera página.
Era la primera vez que me empalmaba con la imagen de
un sospechoso, porque no me cabía duda de que eso era lo
que estaba viendo.
—¿Quién es? —Me removí inquieto.
—Lionel Torres, alias Envidia, uno de los pecados
capitales del SKS, exbombero de la empresa privada Elite
Fire y… —lo interrumpí porque me pareció curioso.
—¿Exbombero? ¿Ya no ejerce?
—Lleva un año de baja, algo ocurrió en el último incendio
que atendió. Se despidió de la empresa dedicada a sofocar
incendios de los más pudientes alegando estrés.
Ese tío estaba como para encender fuegos, no para
apagarlos.
—Y lo más importante, el motivo por el cual le quiero
dentro y pegado a su culo. —Eso no me costaría ningún
esfuerzo, estaba deseando pegarme a él.
—¿Cuál es? —pregunté, despegándome de su mirada
profunda.
—Lionel Torres fue uno de los fundadores de la SM-666 y
conoce la identidad de Muerte.
CAPÍTULO 4

Ray, una semana antes

Miré a mi amigo de frente mientras él se descojonaba en


mi cara.
—¿Estás de broma?
—¿Me ves cara de bromear?
—Te veo cara de no saber dónde estás metiendo el rabo.
En el SKS vas a tener que enseñarlo.
—¿Y desde cuándo eso me ha supuesto a mí un
problema? Me gusta mi polla, la tengo muy bonita, de
hecho, una vez recibí una proposición para nominarla como
Patrimonio de la Humanidad.
—Sería de la enormidad, que para llenar eso de sangre
pierdes todo el riego del cerebro.
—Eso se llama envidia.
—No, elefantiasis.
—Dijo el tío que se ha tragado Dumbo más de treinta
veces. Además, si tú puedes frotar cebolleta, ¿por qué yo
no?
—Porque a ti te pone una tía lo mismo que a mí una
puerta, es decir, nada —dijo Raven, mordisqueando una de
las manzanas que compraba expresamente para él.
A mí la única fruta que me gustaba eran las uvas, y si era
en formato botella, mejor que mejor.
—Te olvidas de que soy un agente infiltrado —le recordé
—, se me da bien fingir.
—Jordan no es gilipollas, tiene un sexto sentido para los
chicos y para las mentiras.
—¿Y qué quieres decir?, ¿que no lo voy a conseguir?
—Lo veo complicado.
—Agárrame el cubata.
—¿Te refieres a tu polla?
—Es un decir —bufé—. Si tú pudiste, yo puedo; además,
tengo más ritmo, más rabo y más encanto que tú, don
sieso. Y me he tragado las pelis de Magic Mike cinco veces,
aparte de practicar varios pasos con ese tío de Instagram
que es el doble de Channing Tatum.
—¿Y cuántas veces te has pajeado?
—Eso no cuenta. ¿Quieres hacer el favor de ayudarme?
Para eso eres mi mejor amigo.
Raven resopló.
—Jordan se ha portado de puta madre conmigo, no
quiero que lo jodas.
—¡Y no voy a joderlo! Esto no va con tu jefe, sino con uno
de los chicos.
—¿Con cuál?
—Cuanto menos sepas, mejor, sabes que no puedo
contarte nada.
—Y tú sabes que se me da bien guardar secretos.
Estábamos en tablas porque era cierto; si había una
persona que conocía toda la oscuridad que tenía dentro, ese
era Raven, y era en el único que podía confiar al cien por
cien, aun así…
—No puedo.
—Vale, no pienso insistir —dijo, lanzando el corazón de la
manzana a la papelera.
—Entonces, ¿vas a sentarte en esa silla? —señalé.
—¿Para qué?
—Para evaluar mi coreografía, he visto que hay una
entrevista y que tienes que llevar preparada una.
—¿Estás de guasa? Paso de que aproveches esto para
pasarme tu nardo por la cara.
—¡Venga ya! Rav, me lo debes. Y nunca te lo restregaría
en contra de tu voluntad.
—¡Yo no te debo nada!
—Puede que no, pero eres el único que va a ser sincero
conmigo. —Le hice un puchero, y él terminó claudicando
con un bufido.
—Vale, pero que sea rápido, he quedado con Jordan para
echar unos guantes.
—Alexa, ponme Cream, de Prince y Power Generation —
añadí dos palmadas para darle teatralidad.
—Aquí tienes.
Los primeros acordes empezaron a sonar. Arranqué bien,
o eso parecía. Raven aguantaba una de esas sonrisas
ladeadas que solo emitía cuando algo le gustaba.
Caminé hasta él, me hubiera arrancado la camiseta si no
llevara una de mis favoritas, así que me limité a sacármela
por la cabeza poniéndome con las piernas separadas sobre
él, pero sin sentarme.
La arrojé, le agarré de la mano y le hice acariciarme los
abdominales como había visto en uno de los vídeos; cuando
llegó al botón de mi pantalón, lo aparté, me agarré del
respaldo, le hice una especie de serpiente, y cuando fui a
sentarme encima de él, las patas de la silla de madera
cedieron y nos vimos vencidos por la ley de la gravedad y la
madera carcomida.
Raven se llevó la peor parte. Su cabeza rebotó contra el
suelo y le aplasté los pulmones.
Nota mental: no volver a rescatar sillas del contenedor,
por muchos tutoriales de YouTube que viera para darles una
segunda vida.
—¡Me cago en la puta, Ray! —blasfemó mi mejor amigo,
con sus ojos color mercurio abiertos como platos.
—¿En tu madre, o en la mía? —Su mirada me indicó que
me había pasado y no le hizo gracia.
—Perdón, la broma ha estado fuera de lugar, ya sabes
que soy de lengua rápida.
—Lo que eres es gilipollas, ¡aparta!
Lo había ofendido, aunque fuera verdad. Nuestras
madres se conocieron ejerciendo al trabajo más antiguo del
mundo. Me hice a un lado y lo ayudé a levantarse.
Raven se sacudió las astillas.
—No sé por qué te hago caso, bueno, sí lo sé, porque soy
imbécil rematado y porque esto es una puta señal del
karma. Te va a ir mal.
—Gracias por los ánimos.
—¿Qué quieres que te diga? No me hace ni puta gracia
tener al HSI metiendo las narices en el SKS.
—Te lo vuelvo a repetir, no voy a por Jordan.
—Pero sí a por alguien que trabaja allí.
—Solo necesito información, quizá se trate de eso o de
algo más, hasta que no evalúe al sujeto, no lo sabré.
—Absolutamente genial —alzó los brazos.
—Escúchame bien, Raven, si supieras lo que pasa,
sentirías la misma necesidad que yo en infiltrarte. Responde
a una pregunta: ¿qué haces tú en casa de Bruce?
Nuestras pupilas se encontraron y permanecimos en
silencio mientras las últimas notas de la canción
acompasaban nuestros pensamientos.
Por el cabrón de Bruce Wright, nuestras vidas fueron una
puta mierda, sobre todo, la de Raven, que perdió a su
madre por su culpa.
—No ibas mal con la coreografía, sigue ensayando, sobre
todo, que sean movimientos masculinos, las tías tienen que
desear al animal que habita en tu interior, has de conseguir
que te quieran follar y arrancar la ropa con los dientes.
—Tomo nota, ¿algo más?
—Cómprate una puta silla nueva y no rescates ningún
mueble del contenedor, con tu sueldo, puedes permitirte
algo más que un asiento que alguien tira porque ya no sirve.
—No estoy de acuerdo contigo. He encontrado auténticas
joyas en el contenedor. La gente tira cosas no porque no
sirvan, sino porque estamos obsesionados con dejar de
darle valor a aquello que de por sí nos hace felices. Un día
pasamos por un escaparate, vemos una silla de diseño, sin
un rasguño y resplandeciente, y creemos que es lo que
necesitamos y que lo que tenemos en casa es una puta
mierda.
»Bajamos la silla al contenedor, la desechamos y
dejamos de darle importancia a que en su momento nos
pareció la más cómoda de la historia. Llevamos la nueva a
casa, nos sentamos y, a medida que pasan los días, nos
damos cuenta de que quizá sea más bonita, pero es mucho
menos confortable. En el fondo, siempre tuvimos a nuestro
lado lo único que necesitábamos, aquello que nos hacía
sentir arropados y felices, pero que ya no percibíamos
cuánto nos gustaba.
—¿Seguimos hablando de la silla, o es que te has fumado
un libro de autoayuda, pitufo filósofo? —Puse los ojos en
blanco. Puede que hubiera pecado un pelín de intenso con
mi teoría.
—Bueno, en cierta medida, es lo que nos pasaba a
nosotros, no en nuestra casa, sino con la sociedad, hasta
que llegó Robbins y nos dio una segunda oportunidad.
—Quizá sea aplicable en esa circunstancia, en la de una
pareja que se ha separado por cuernos, pero no en esta.
Que yo sepa —se agachó para coger una pata—, esta
mierda nunca fue tuya, y a la vista está su estado de
putrefacción. Quien la tirara al contenedor sabía lo que se
hacía, ni era recuperable, ni el que la tenía hubiera hecho
bien en quedársela. ¡Cómprate una nueva, cabrón!
—Lo haré cuando me metan el primer fajo de billetes en
el interior del calzoncillo en el SKS.
—Haz lo que te dé la gana, al fin y al cabo, es lo que
harás. Y mete toda esta mierda en una bolsa, que la bajo al
contenedor.
—Cómo te quiero, Cuervo. —Lo agarré por el cuello y lo
besuqueé mientras él intentaba deshacerse de mis
carantoñas—. Te prometo que esta noche te mando un
vídeo con mis avances para que la goces en la cama.
—Lo que voy a gozar es de una mamada de Beni, no de
tu intento de parecer sexi. Practica en una gasolinera a lo
Joe Manganiello y asegúrate de que a quien le bailes ni
tenga manguera ni esté en un surtidor de gasolina, podrías
prenderle fuego con tu movimiento de caderas y hacerlo
saltar todo por los aires.
—¡Píratelas! —Raven llegó a la puerta de entrada.
—Y tú practica tus mentiras frente al espejo, o Jordan te
despedazará, quedas avisado.
En cuanto Raven se largó, me repantingué en el sofá y
agarré el informe del director Price.
Me detuve un rato en la foto de Lionel Torres antes de
seguir avanzando por la ficha. Ni siquiera sabía qué tenía
esa imagen que me obsesionaba tanto, solo que llevaba el
título de mis últimas pajas.
Pasé la hoja y repasé sus datos.
Tenía treinta años, medía metro ochenta, complexión
atlética y una piel en la que podría perder mi lengua —eso
no lo ponía en el informe—, casado, con tres hijas, nació en
Estados Unidos, aunque pasó parte de su adolescencia en El
Salvador. —Mal momento para llevarlo a un nido de maras
—. Hijo de un militar americano fallecido por las FARC y una
salvadoreña.
Cuando la madre enviudó, decidió regresar a su país de
origen con su hijo y refugiar su dolor en la familia.
En el informe no ponía que fuera marera, pero si
tenemos en cuenta que una de cada ocho personas están
relacionadas con las maras, quizá fuera un hermano, un
primo o una amiga de la infancia.
Lionel estudió en el instituto, donde conoció a Muerte, y,
según los papeles, allí fue donde lo apodaron Lion. Se
hicieron inseparables y juntos asentaron las bases de lo que
sería el nuevo SM-666.
La última noticia que se tenía de Torres fue que
abandonó El Salvador para regresar a Estados Unidos tras
un tiroteo en el que su madre perdió la vida, quizá aquel
hecho sirviera para dos cosas; para regresar junto a los
abuelos paternos, quienes no soportaban la idea de que su
hijo se hubiera casado con una salvadoreña, y para
encargarse de abrir territorio a la SM-666 desde tierras
americanas.
Nunca había sido detenido. Estuvo viviendo poco tiempo
en casa de sus abuelos porque, al parecer, no llegó solo. Lo
hizo con María Solís y fue padre a los diecisiete. Algo muy
común en la comunidad latina.
Se casó con la madre de sus tres hijas, tuvo trabajos de
lo más variopintos, hasta terminar de bombero en la
empresa privada Elite Fire, después de llevar varios años
como voluntario en la comunidad. Complementaba su
puesto de extinción de incendios prendiendo fuego a las
mujeres en el SKS. Hasta que lo dejó.
Quizá toda esa vida de aparente penuria enmascaraba a
uno de los líderes de la mara más temida del panorama
actual, tal vez se tratara de un camuflaje y en algún lugar
de los Cayos le esperaba una mansión con un pedazo de
barco con el que traficar por agua o pasar a personas desde
México.
Tener una identidad que no levantara sospechas era de
ser una persona lista y muy previsora; si quería acercarme a
él y ganarme su confianza, debería planear una buena
estrategia.
También podría ser que no fuera nada de eso, que se
hartara de la SM-666 y huyera, pero, entonces, ¿por qué
nuestro soplón nos había dicho que Muerte y él seguían en
contacto?
La mara no perdona; o estás con ellos, o mueres.
Regresé a la primera página.
—¿Quién eres, Lionel Torres?
Pronto lo descubriría.
CAPÍTULO 5

Leo, diecisiete años antes

Doblé las piernas encima del asiento y miré a través de la


ventana.
Mi madre estaba sentada a mi lado, con los ojos
enrojecidos, perdidos en un lugar que solo ella conocía, y el
cuerpo mucho más delgado que de costumbre.
Mi padre murió hacía seis meses, seis meses de
auténtico calvario y de lucha para que ella obtuviera una
pensión decente con la que ambos pudiéramos vivir, ya que
nunca había trabajado fuera de casa, se había dedicado en
cuerpo y alma a su familia.
Con la pensión de viudedad que nos quedaba, apenas
podíamos cubrir los gastos de alquiler, comida y lo
necesario para seguir en nuestro barrio.
Los abuelos nunca soportaron la idea de que mi padre se
casara con una mujer de El Salvador, y a mí me toleraban a
duras penas porque era su nieto.
Cuando iba a visitarlos, lo hacía solo con mi padre, y
porque a él le sabía mal que no tuviéramos contacto.
Él ya no estaba, y parecía que nada nos quedaba allí,
salvo mi escuela, mis amigos y todo lo que yo conocía hasta
la fecha.
Las veces que los abuelos, por parte de mi madre,
habían venido a vernos, fue muy distinto. Ellos estaban
encantados de que su hija tuviera una buena vida en
Estados Unidos, adoraban a mi padre y siempre nos
invitaban a ir cuando quisiéramos. El problema, que su casa
era pequeña y no cabíamos, mi padre siempre prefirió
pagarles el pasaje y que nos visitaran, debido a la
inseguridad del país.
Ya no teníamos más remedio que mudarnos. Mi madre
me aseguró que con la pensión de mi padre podríamos
conseguir una vivienda en un buen barrio, una buena
escuela y que nos sobraría dinero para cubrir los gastos con
comodidad.
Era la única opción viable que nos quedaba, y a mí no es
que me hiciera especial ilusión mudarme a una
Centroamérica hostil.
El tren se detuvo y mi madre recuperó el enfoque.
—Hemos llegado, hijo. —Asentí serio—. Seguro que
estaremos bien, te lo prometo.
—No hagas promesas que no puedes cumplir —respondí
duro.
Su cara se inundó de pena, y yo me sentí mal por haber
sido tan seco. No necesitaba que le pusiera las cosas más
difíciles, suficiente melancólica estaba como para aguantar
mis pullas, pero es que para mí tampoco estaba siendo fácil.
Ella había perdido a su marido, y yo perdí a mi padre.
Había dejado atrás todo lo conocido para embarcarme en
ese viaje; mis amigos, el equipo de béisbol, mi barrio y a
Emily Dikinson, la animadora que todos adoraban y que se
rumoreaba había puesto los ojos en mí.
No tenía ni idea de lo que me esperaba en El Salvador.
Tenía miedo de ser incapaz de encajar, de hacer nuevos
amigos o sentirme bien.
Una fina capa de sudor pegaba mi camiseta de los
Yankees a mi espalda.
—Lo siento —me disculpé.
—No importa, ayúdame con la maleta, anda.
Ahí estaba todo lo que quedaba de nuestra anterior vida,
en un par de maletas. Una de mi madre y otra mía. Lo
demás fue vendido o lo regaló, según mi madre, no
podíamos permitirnos cargar con un montón de cosas que
no sabíamos si nos cabrían. Y gastar el dinero en una
mudanza internacional era una locura. Me aseguró que allí
la vida era mucho más barata, así que podríamos comprar
un montón de cosas nuevas, y lo bueno era que la casa ya
estaba amueblada, por lo que no tendríamos un gasto inicial
demasiado elevado.
Nos apeamos del tren. Mis abuelos nos esperaban en la
misma estación. Nos recibieron con los brazos abiertos y la
cara surcada en lágrimas por la pérdida de mi padre, sobre
todo, la abuela, quien lloró con mucha más fuerza al ver a
mi madre.
El abuelo y yo esperamos a que los ánimos se calmaran
un poco. Les ofreció un par de pañuelos, y ellas se
enjugaron la cara.
Mi abuela inspiró con fuerza y se aclaró la garganta. Yo
cogí una maleta y mi abuelo la otra, para dirigirnos hacia el
coche.
Ambas iban agarradas del brazo.
—Con el dinero que enviaste, he podido alquilar una casa
muy cerca de la nuestra, así yo me quedo más tranquila y
puedo ayudaros con lo que sea —proclamó la abuela al oído
de mi madre—. Todo irá bien, Elena, ya lo verás. —Su mano
ajada palmeó la de su hija—. Tienes que ser fuerte por
Lionel.
—Lo intento, mamá, lo intento —suspiró ella—, pero se
hace muy duro.
—Lo sé, hija.
Llegamos al coche y cargamos las maletas.
Mi madre y yo ocupamos los asientos traseros del
desvencijado automóvil. Según el abuelo, lo importante era
que contaban con una nave que los trajera y los llevara, así
le llamaban allí a los coches.
Mis abuelos vivían en Soyapango, la segunda ciudad más
poblada del área metropolitana de El Salvador, conocida
como la Ciudad Industrial.
Tenían un pequeño negocio de víveres en la planta baja
de su casa, con el dinero que ganaban, fueron capaces de
sacar adelante a una familia de siete miembros, ellos dos y
sus cinco hijos.
Mi madre era la mayor, tenía dos tías y dos tíos. Uno de
mis tíos varones murió, no lo conocí, pero escuché a mis
padres decir que se había visto envuelto en una reyerta
entre maras.
Lo busqué en internet, las maras eran los grupos de
pandilleros en El Salvador, no es que no hubiera pandilleros
en Estados Unidos, de hecho, había multitud de pandillas;
por suerte, en la zona que vivía, era un barrio muy familiar y
tranquilo, por lo que no debíamos preocuparnos en exceso
por peleas entre bandas.
Según me comentó mi madre, su casa de la infancia no
era muy grande. Contaba solo con tres habitaciones, la de
mis abuelos, la de las chicas y la de los chicos, quienes
dormían en literas.
Después, esos dos cuartos fueron ocupados por la tía
Rosalía, su familia y el tío José, con su mujer embarazada,
por eso nosotros no cabíamos.
La única manera de llegar al barrio era a través de
carretera; o ibas en coche, o en bus, esa era la razón por la
cual habían venido a buscarnos.
—¡Estás hecho todo un galán, Lionel! —exclamó mi
abuelo, refiriéndose a que era guapo. Gracias a que mi
madre siempre me habló en salvadoreño, comprendía todos
los vocablos. Poco tenía que ver con el español que nos
daban en el colegio—. ¿Ya tienes tu volado[1]?
—No, abuelo, no dejó atrás ninguna chica —aclaró mi
madre por mí.
—Mejor, aquí encontrarás una pincha[2] que esté bien
galana para encularte[3].
—Ya tendrá tiempo de eso, Manuel —lo regañó mi abuela
mientras yo volvía a mirar hacia la carretera.
Mis abuelos pusieron al día a mi madre sobre el negocio,
la situación actual del país y lo bonita que era la propiedad
en la que íbamos a vivir. Mi mente voló de nuevo a todo lo
que dejaba atrás, convirtiendo su conversación en un leve
rumor que acompañaba mis pensamientos.
—¿Y las extorsiones? —preguntó mi madre con la boca
pequeña. La palabra extorsión hizo que retomara mi interés
por la conversación.
—No te preocupes por eso, Elena, José se ocupa.
—¿José? —Mis abuelos se miraron.
—Ahora solo debes centrarte en recuperarte y que Lionel
se haga a su nueva vida, nada más.
Mi madre se hundió en el asiento, a mi lado.
—¿Qué extorsiones, mamá? —pregunté, queriendo saber
a lo que se refería.
Mi abuela subió el volumen de la radio, como si con ello
pudiera opacar lo que mi madre fuera a contarme, se dio la
vuelta esperando lo que fuera a decir con una mirada de
advertencia.
Mi madre suspiró y me cogió la mano.
—Nada, Lio, cariño, cosas nuestras, no tienes que
preocuparte por eso. La abuela tiene razón, ahora lo
importante es centrarnos en que te aclimates.
Vi sonreír y asentir con complacencia a su madre. La
conversación había llegado a su fin y el turno de preguntas
había finalizado.
Mi madre volvió a centrar su mirada en aquel lugar
perdido en el que parecía encontrar refugio. Yo regresé a
aquel amasijo de casitas bajas con techos ondulados y
metálicos que se desplegaban en un mar poco uniforme
frente a mis ojos.
Aquel lugar no tenía nada que ver con el barrio en el que
me había criado, un lugar cuidado, con jardines, casas
blancas y amables vecinos que intentaban ayudarse porque
habitaba en ellos el sentimiento de comunidad.
Cerré los ojos e intenté alejar cualquier pensamiento de
culpa hacia mi padre, por habernos dejado y que nos
viéramos ahora mismo tan lejos del que consideraba mi
hogar.
CAPÍTULO 6

Ray, cuatro días antes

El director Price no exageraba cuando dijo que las colas


para trabajar en el SKS eran kilométricas. De hecho, no fue
algo que le preguntara a Raven en su momento. Di por
sentado que lo soltó para que me pusiera las pilas. Debería
haber tenido en cuenta que Price nunca mentía.
Llegaba directo de casa de Jennings. Como Raven trabajó
la noche anterior, no podía mostrarle mis avances y
necesitaba pasar por la prueba de fuego.
—Nessa, ¿te importa que te haga un estriptis? —
pregunté después de haber engullido una torre de tortitas
caseras con sirope de Arce. Ella parpadeó sin comprender, y
Jennings puso cara de haberse comido un limón, en lugar de
un montón de dulce—. Es para que me evalúes, lo necesito
para la próxima misión.
—¿Necesitas desnudarte delante de mi mujer?
—Necesito que me diga si le pongo cachonda o le
parezco gay.
—Espera, que esto mejora con cada frase —rio ella.
—¡Ni de broma! —Jennings se puso en pie.
—Oh, venga ya, David, si tú vas a estar delante —
protestó Nessa—, y nuestro hijo está echando la siesta, no
es de buen cristiano no ayudar al prójimo.
—Ni de permitirle a tu compañero de trabajo que se
desnude delante de tu esposa. Como comprenderás,
después de verle a él en pelotas, siempre saldré perdiendo,
se te quedará hospedado en el cerebro, como un maldito
parásito, y cuando yo me desnude, será lo que pediste
versus lo que te llegó.
—¿Y quién te dijo que yo pedí un tío de metro noventa,
guapo, rubio y repleto de abdominales? Quizá me gustaba
el de metro setenta y cinco, de pelo castaño, sonrisa
amable, que es un buen padre y me ofrece sexo brutal.
—¿Sexo brutal? —preguntó mi compañero algo más
relajado.
—Eso he dicho. Eres una bomba en la cama, y a él,
conmigo, no se le levantaría nunca.
—Eso es verdad —asumí divertido.
—Vale, bueno, pero los calzoncillos se quedan puestos —
masculló mi amigo.
—No pensaba llegar tan lejos, aunque si Nessa quiere
meterme algún billete, no me quejaré. ¿Puedo poner la
música? —Jennings se encogió de hombros dándome el
beneplácito, y su mujer tardó tres segundos en colocarse en
mitad del salón con una silla.
Al terminar la coreografía, miré a Nessa y después a mi
compañero, quien sostenía los pantalones, que cayeron
sobre su cabeza.
—¿Y bien? ¿Qué opináis?
—Creo que necesito ir a la iglesia porque incluso yo he
tenido dudas sobre mi orientación después de verte bailar
—proclamó mi amigo sin tapujos, lo que me hizo soltar una
carcajada.
Nessa se abanicó enrojecida.
—Por mi parte diré que OMG! Nadie me había preparado
para algo así, y te juro que no sentí para nada que te fueran
los tíos, fue como… Bueno…
—¿Te puse cachonda?
—Si no pusiste cachonda a Nessa y a mí sí, tenemos un
problema.
Los tres nos pusimos a reír. Me quedé un rato más en su
casa y después conduje directo hacia el SKS. Tuve que
esperar bastante rato. Lo bueno era que nos hacían entrar
de cinco en cinco, con lo que la cola avanzaba con mayor
fluidez.
Cuando accedí al local, sentí admiración, todo estaba
cuidado al mínimo detalle, destilaba lujo y perversión.
Sonreí frente a un cartel de neón apagado que rezaba:
«Bienvenidas, pecadoras».
Alcancé a ver el escenario, el lugar donde tendría que
desnudarme a diario, y me detuve al verle a él.
¡Joder! ¿Qué hacía Lionel allí?
Tragué con fuerza. Vestía un pantalón de deporte,
camiseta de tirantes y su piel morena estaba repleta de
sudor. Levantó un poco del bajo de algodón blanco para
limpiarse la cara y mi entrepierna rugió.
—Bienvenidos al SKS —proclamó un hombre alto, rubio,
con pinta de deportista retirado—. Soy Jordan Stein, el
propietario del Seven Kapital Sins y quien va a evaluaros. Le
he pedido a uno de mis pecados que me eche una mano
hoy. Él es Envidia, y os va a mostrar unos pasos de la
coreografía grupal que realizan juntos cada noche.
Queremos ver vuestra rapidez para aprender los pasos y la
de trabajo en equipo.
—Perdón, yo creía que eran coreografías individuales —
comentó uno de los chicos.
—Sí, también veremos la que habéis preparado. Como he
dicho, esto es para que nos quede claro si sois lo que
estamos buscando, al margen de los buenos bailarines que
seáis. Tenéis un par de minutos para prepararos.
Algunos de los chicos se cambiaron de calzado, se
quitaron la ropa, yo preferí quedarme tal cual estaba; si
después necesitaba quitarme la camiseta porque lo exigía la
coreografía, ya lo haría.
Lionel y Jordan intercambiaron algún que otro comentario
mientras nos miraban. Cuando los ojos oscuros con motas
doradas de Envidia se encontraron con los míos, fue como si
el núcleo de la tierra me absorbiera por su magnetismo.
No sé si fue cosa mía, o fruto de los nervios por no
cagarla y olvidarme de la coreografía, pero juraría que se
había detenido en mí varios segundos de más.
Nos pidió que nos colocáramos en fila y marcó una serie
de movimientos que la mayoría tardaron cero coma cinco en
memorizarlos.
—¿Puedes repetir? —pregunté, ganándome un
alzamiento de cejas por su parte.
—¿Te cuesta retener, o es que el puesto te queda
grande?
—Lo que tengo grande no está a la vista.
—¿Te refieres al ego?
—Más bien a la polla, que es por lo que estoy aquí, no
creo que se me vaya a juzgar por mi cerebro.
Se oyeron varias risitas detrás de nosotros, y Lionel
frunció el ceño.
—Envidia, no tenemos todo el día, ¿puedes repetirle los
pasos?
—¿No dijiste que los quieres rápidos? —protestó,
contemplando al jefe, que se mantenía abajo.
—Sí, pero lo de la polla grande suma puntos, tú hazlo.
—Esta vez mira mis pies y no a mi culo —gruñó el objeto
de mis poluciones nocturnas.
«Como si fuera tan fácil».
Me concentré y, al final, creo que obtuve un resultado
más que decente.
Cuando llegó el turno de mi coreografía en solitario, le
pedí a Jordan si alguien podía acompañarme en el
escenario.
No esperaba que accediera, y mucho menos que hiciera
subir a Lionel.
—¿Estás de broma? —protestó hosco el bombero.
—Venga ya, quiero verlo en acción al cien por cien.
—Si tengo que subirme con ese tío hoy, cobro el doble. —
Jordan rio.
—Tú hazlo, ya hablaremos después de la minuta.
Envidia alzó las manos y subió al escenario.
Jordan puso el pen que contenía el tema que había
preparado. Gasoline, de Maneskin. Cuando los golpes bajos
arrancaron, me encaminé decidido hasta él para empujarlo
desafiante, sentarlo en la silla y tirarle del pelo hacia atrás,
ganándome algunos grititos de entusiasmo de uno de los
bailarines.
Las motas doradas de sus ojos brillaron incendiarias, y
esos labios sensuales se apretaron formando una línea fina.
Sonreí desafiante y me relamí sin apartar la mirada de la
suya.

No eres más que gasolina.


Comenzando incendios desde los diecisiete.
Cuchara de plata en los jeans de papá.

Utilicé la siguiente frase para escenificar los


movimientos.
Cuatro, le solté el pelo. Tres, me di la vuelta para
ponerme de espaldas a él. Dos, uno, me ubiqué sobre su
regazo y me tiré al suelo, para darle tres pollazos contra la
entrepierna cuando Damiano, el cantante de voz rasgada de
los Maneskin, coreaba Count it, count it down. Ganándome
los gritos de aprobación de mis compañeros.
CAPÍTULO 7

Leo, en la actualidad

Me ajusté la casaca y miré de reojo a Lujuria, acababa de


bajar a la zona de camerinos acompañado del nuevo
pecado.
En cuanto mis ojos capturaron la hendidura de la barbilla,
la mandíbula cincelada y esa manera de caminar que
parecía reclamar el mundo como suyo, maldije para mis
adentros.
¿Cuántos tíos vimos con opciones claras para poder
entrar? Y Jordan tuvo que quedarse con el que más me
tocaba los cojones.
Hubo tíos mucho mejores que ese altanero que iba de
listillo.
Reconozco que era guapo, que su aura de sobrado y ese
rostro de príncipe azul malvado podría ponerles a muchas
tías. El problema era que a mí no me entraba, no lo hizo
desde el principio, y odiaba a los tíos que se confrontaban
porque se creían los reyes del mambo.
Tensé la mandíbula y pasé de mirarlo antes de que sus
ojos se percataran de mi presencia.
Escuché cómo Corey iba detallándole las cosas,
comentándole el funcionamiento con la precisión de un
banquero suizo. Se me hizo un nudo en el estómago cuando
le indicó la ubicación de su taquilla para guardar las cosas.
¡Mierda! ¡Estaba pegada a la mía! ¡Puta mala suerte!
Los ignoré deliberadamente y me dediqué a preparar mi
indumentaria. Vestía de bombero para el espectáculo,
porque cuando Jordan se enteró de mi otra profesión, dijo
que podríamos sacarle partido; a las tías les ponían los
hombres de manguera larga que luchaban contra el fuego.
Esos eran ya los únicos incendios que apagaba, los de las
mujeres que pagaban lo suficiente como para gozar de mi
compañía. No había vuelto a participar en un incendio
desde…
Su risa hizo cortocircuitar mis neuronas. ¿Tenía que
hacerlo tan fuerte? Agarré la manguera con la chaquetilla
abierta y me puse a enrollarla. Podía sentir sus ojos
surcando mi piel sin permiso, tenía ganas de ladrarle. No lo
hice porque eso le habría dado más importancia de la que
estaba dispuesto a entregarle.
Indiferencia, esa es la mejor arma a blandir con aquellos
que te disgustan. Y él me disgustaba, sobre todo, lo que
veía en aquella mirada color miel fundida al chocar contra la
mía.
Cerré los ojos porque la imagen de los suyos
hundiéndose en los míos mientras me tiraba del pelo me
golpeó duro. Me tensé cuando se giró para ubicarse sobre
mis piernas y golpear su entrepierna contra la mía.
¡Puto cabrón!
Toda la jodida coreografía estaba pensada para provocar,
suscitar y que la víctima quedara envuelta en su tela de
araña, pensando en lo que sería capaz de hacer con esa
boca, esa lengua y esa…
Me removí incómodo.
¡Joder! Ese tío no me la podía poner dura, ¡no podía ser!
Apreté los párpados con fuerza y visualicé a María, las
niñas, la vida que construí con ella. Eran mi familia, mi
refugio y las protegería a toda costa.
Realicé unas cuantas inspiraciones profundas hasta
conseguir sosegarme.
«Que no te afecte su presencia, tú puedes, Leo».
Con un poco de suerte, ese capullo la cagaría, se le
notaba a la legua que lo suyo no eran las tías. Lo vi por
cómo me miraba el trasero a través de uno de los espejos.
También porque tonteó con ese bailarín de su grupo que le
facilitó el teléfono y quedaron para follar.
¡No iba a funcionar! ¡¿Es que Jordan no se daba cuenta?!
«¡No es tu problema!», me reprendí.
Terminé de enrollar mi herramienta de trabajo y Lujuria
silbó para que acudiéramos a la presentación de la nueva
adquisición. No tenía más remedio que ir, aunque me
inundara el disgusto.
—Bien. Deja entonces que te presente a los demás —le
dijo Corey a Dave.
«¿A los demás?», eso implicaba que Pereza conocía a
alguno de los pecados. Quizá se refiriesen a mí. ¿Habrían
estado hablando de lo que sucedió en la audición? ¿Y a mí
qué cojones me importaba?
Me importaba porque desde pequeño odiaba que
hablaran de mí a mis espaldas, ese rubio tenía pinta de
metiche, de ir clavando pollas y puñaladas.
El único motivo que me llevó a aprenderme su nombre
fue para poder olvidarlo.
Cuando Jordan me preguntó por mis cinco favoritos para
el puesto, ni lo menté, aunque poco importó que no lo
hiciera, porque era obvio que al jefe debió causarle la buena
impresión que no obtuvo de mi parte. Quizá fuera porque el
único rubio potente que tenía en plantilla era Lujuria y
necesitaba compensar la balanza. La cuestión era que ahí
estaba e iba a tener que comérmelo con patatas.
—Chicos, acercaos un segundo, dejad que os presente a
nuestro nuevo compañero.
Todos se aproximaron y, por mucho que no me
apeteciera nada, no podía hacerle a Corey el feo de
desobedecerlo. Podía mantenerme al margen de ese tío, no
era tan difícil, hablaría lo justo con él y listo.
—Este es Soberbia. —Marlon, nuestro músico de pelo
largo y sonrisa canalla, le estrechó la mano a Dave. Debían
tener una edad aproximada, quizá con él pudiera congeniar
y llevarse bien—. Nuestro rockero —puntualizó el segundo
de a bordo del SKS—. Gula. —El mulato de dientes
blanquísimos, que de vez en cuando nos sorprendía con
alguna de sus creaciones hechas comida, le hizo un gesto
casi militar, marcando su frente con dos de sus dedos.
Pereza recorrió su piel oscura y brillante con hambre, se
detuvo en su paquete con descaro, seguro que se había
percatado de que cargaba a la izquierda y estaba muy bien
dotado. Apreté los puños. Era un jodido descarado.
»Avaricia. —La mirada de Ares era fría, cargada de
hastío, no le gustaban las novedades, como a mí,
simplemente cabeceó ajustándose los gemelos. Era el
mayor del grupo, aunque solo se notaba por las finas
arrugas que se afanaban en las comisuras de sus ojos. Era
muy atractivo y el único que no necesitaba estar allí por la
pasta—. Nuestro millonario —apostilló, ganándose un bufido
por parte del portador de un traje que costaba más que dos
mensualidades de mi sueldo.
—El de negro es Ira. —Llegó el turno del Cuervo. Era
buen tío, aunque algo arisco. Tenía unos ojos grises que te
taladraban por dentro y no era extraño verlo fumar un porro
de maría o meterse una raya de vez en cuando.
Yo pasaba de esas mierdas, y para qué nos íbamos a
engañar, tampoco me las podría permitir con el estado de
mi cuenta corriente, demasiados gastos. Prácticamente
vivía al día desde que nació Daisy.
—Y tú eres Envidia —se adelantó, poniéndose frente a mí
con una sonrisa burlesca que me habría encantado borrar.
—Sabes perfectamente quién soy —mascullé ofendido.
Corey se dio la vuelta para responder a algunas de las
preguntas de los chicos.
—¿En serio? ¿Nos hemos visto antes? Mi retentiva suele
ser escasa, las neuronas y la sangre siempre se me
concentran en el mismo punto y tiendo a olvidar las caras.
Pero ¿de qué iba ese capullo? Pasaba de sus mierdas.
—Mejor que no me recuerdes, yo tampoco he pensado en
ti. —Me fui a dar la vuelta para seguir con lo mío, pero me
interrumpió.
—¿Sabes? No te la tengo.
—¿El qué? —pregunté, totalmente fuera de la
conversación.
—Envidia.
—Pues a mí sí que me das mucha pereza, tú por tu lado y
yo por el mío.
—Oh, venga ya, tío, estaba de broma, claro que me
acuerdo de ti, sería imposible olvidarme de quién eres —
dijo, entrando en mi espacio personal. Su aliento recorrió el
lateral de mi cuello y mi corazón golpeó con fuerza—. No
suelo olvidarme de los tíos a los que les chupo la bragueta
—masculló ronco.
Le di un empellón perturbado porque la mía acababa de
responder alterada.
—Tú a mí no me has… —Se mordió el labio y me
contempló canalla—. Apártate de mi camino, ¿me oyes?
¡Déjame en paz!
—¿O qué?, ¿me harás pecar? —Se relamió. Abrí y cerré
los puños alterado, sacando aire por la nariz con fuerza.
Negué, alcé las manos, y esa vez sí que me di la vuelta
para seguir con mis cosas. Lo mejor era no perder un
minuto más con él, obviar sus pullas. Si le partía la cara,
Jordan se iba a cabrear.
—Pereza, ven, que te cuento cómo va el cuadrante —
respiré aliviado al escuchar la voz de Lujuria. Lo más
prudente era que terminara de arreglarme y me centrara en
dar un buen espectáculo.
Lo miré de reojo, y él me ofreció una sonrisa que
anunciaba un juego al que no estaba dispuesto a jugar.
CAPÍTULO 8

Leo, diecisiete años antes

¿Que me iba a acostumbrar a vivir en ese sitio? ¡Ja!


Odiaba la casa, odiaba el barrio, odiaba mi instituto,
odiaba mi vida y, sobre todo, odiaba a mis compañeros de
clase.
Los oía reír, murmurar, hablar con desprecio y lo
suficiente alto para que los oyera apodarme gringo. No lo
hacían a bien, sino de forma despectiva.
Les importaba muy poco que mi madre fuera de El
Salvador, no pertenecía a su grupo, ni querían que lo
hiciera. Tampoco me dejaban que me mantuviera a un lado.
Su único objetivo era amargarme la existencia a la menor
oportunidad. Alguna de las chicas sí que había mostrado
cierta amabilidad, el problema era que si ellos las veían
hablar conmigo, yo terminaba pagando las consecuencias.
No podía contárselo a mi madre, ella seguía sumida en
aquella melancolía que cada día la consumía más y la
alejaba de la realidad en la que vivíamos. Apenas se
levantaba de la cama, comía o hacía algo más que no fuera
dormir.
Mi abuela nos visitaba a diario, se ocupaba de traernos
víveres, mantener la casa limpia y hacer la comida.
Cuando me preguntó, a principios de semana, qué tal me
iba en la escuela, le expliqué que no me sentía a gusto en el
instituto, que los chicos no eran como en Estados Unidos y
que me costaba hacer amigos. Tampoco quería contarle
demasiado. Me pidió que les diera tiempo a mis compañeros
para que se adaptaran.
¿Ellos tenían que adaptarse a mí? Pero ¡si yo no les hacía
nada! ¡Solo existir! Aunque entendía que ser hijo de un
militar americano, que luchaba contra el narcotráfico en
Latinoamérica, cuando la mayor parte de sus familias
pertenecían a las maras y se dedicaban al menudeo de la
droga, no era un buen punto de partida.
Ellos me veían con otros ojos, los de los nacidos bajo el
umbral de la pobreza. Bajo su punto de vista, yo tenía todo,
y no se equivocaban, comparado con ellos, era así; el
problema, que yo no lo sentía de esa forma porque había
perdido a mi padre y a mi madre de un plumazo. Además,
estaba en territorio hostil. Mis amigos se encontraban a
miles de kilómetros y todo se estaba convirtiendo en una
pesadilla. Ni siquiera estaba practicando deporte alguno
cuando me apasionaba el béisbol.
No encajaba. La cultura, la manera de ver la vida, era
extremadamente opuesta a la mía, a la que mis padres me
habían inculcado. Era una maldita diana a la que arrojar su
fobia hacia todo lo que yo representaba.
Al mes de mi llegada, pasó algo que lo cambió todo, o
que fue el inicio del cambio, como prefieras decirlo.
Era la hora del recreo, yo estaba en el baño haciendo pis,
apurando los últimos minutos porque después no nos
dejaban salir, cuando la puerta se abrió.
Oí varios pasos a mis espaldas, pero yo seguí a lo mío.
Lo siguiente que noté fue un fuerte impacto contra mis
riñones. Alguien me pateó con tanta fuerza que perdí el
equilibrio y me golpeé la frente contra el urinario.
Había sido tan de repente que no pude hacer nada, ni
siquiera controlar el pis que empapó el suelo en el que mis
rodillas se hundieron.
—¿Qué pasó, pipián[4]? ¿No sabes apuntar y te flojean las
rodillas cuando nos ves?
Mis manos estaban tan mojadas como mi vaquero y noté
que algo goteaba por mi frente. Una punzada me recorrió el
cuerpo, desde la cabeza a los riñones.
Una gota roja se disolvió en el líquido amarillento. ¿Eso
era sangre?
A la primera le siguieron varias, uniéndose en el charco,
alcé la mano para intentar palparme la cabeza con la
muñeca.
Las risas sonaron demasiado cerca.
—¡Dejadme en paz! —protesté, queriendo ponerme en
pie.
Lo habría conseguido si uno de los tres chicos que me
acorralaban no hubiera hundido su rodilla en el punto
lastimado y aplastado mi cabeza contra el orín para
restregarla en él.
Sentí asco y escozor.
—¿Lo oyeron? Que lo deje en paz, dice. ¿Por qué tendría
que hacerlo? ¿Porque tu papá muerto estaba en el ejército?
No le saliste en nada a tu pa, ni siquiera tienes pelotas —rio
—. ¿Vieron que ridícula pija tiene? Bueno, tal vez en algo sí
que salieras a él. ¿De verdad creías que podías
huevearnos[5] a nuestras chicas? ¿En nuestra propia cara?
No lo harás. —Volvió a frotarme la cara contra el suelo
mientras yo aguantaba la respiración y la humillación.
Los demás lo jaleaban. Cuando pude apartar lo suficiente
el rostro, le respondí.
—¡Yo no he querido venir a su país! ¡A mí sus chicas me
importan bien poco! —proclamé, intentando zafarme sin
éxito. Escuché una risa sin humor a mis espaldas.
—No te importan, ¿eh? Y, entonces, ¿por qué hueveas a
la Wendy?
—Te repito que yo no hago eso, ella no me interesa. —
Acercó su nariz a mi oreja.
—Ah, ¿no?
—¡No, no, no! Les juro que yo no quise que ninguna chica
se fijara en mí, ella fue quien vino a hablarme, de hecho, no
hay ninguna que me guste.
El chico que me había agredido era el cabecilla de la
clase, siempre iba acompañado de sus dos secuaces.
—¿La estás llamando fea? ¿Piensas que nuestras chicas
no son tan bonitas como las gringas? —Estaba
tergiversando mis palabras, por supuesto que Wendy era
preciosa, la más bonita de la clase, era solo que a mí no me
interesaba, ni ella ni nadie, en mi cabeza no quedaba
espacio para eso.
—¡No! —traté de excusarme—. Es solo que… las respeto,
son de ustedes —intenté mediar sin éxito.
—Me da igual, ellas te miran, te buscan, te miguelean[6].
—Pero ¡eso no es mi culpa!
—Es de tu cara y ya no va a pasar, porque voy a rajarte
ese rostro de galán para que no quieran volver a mirártela.
Escuché el sonido de una navaja al desplegarse y entré
en pánico. Me revolví con todas mis fuerzas.
—¡¿Qué está pasando?! —oí que alguien espetaba.
—Machete, estate en tu vaina[7] —gruñó Carlos Alberto,
el tipo que me sujetaba.
—Eso lo decido yo. ¡Suéltenlo! Ya me han oído —ladró el
recién llegado.
—Este gringo me miguelea a la Wendy y me pertenece.
—¡Yo no hago eso!
—Si no sabes mantener la atención de mi hermana, quizá
sea porque no la merezcas, y ahora déjalo ir y lárguense, ¿o
quieren que yo me ocupe de decirles que a ese de ahí no se
le toca?
—¿Y eso por qué?
—No les debo ninguna explicación. Lárguense o
aténganse a las consecuencias.
Por un instante, creí que no le harían caso, solo se
escuchaban las respiraciones de los cuatro, hasta que mi
agresor se acercó de nuevo a mi oreja.
—Esto no ha terminado aquí, cerote[8]. Me da igual quién
te proteja.
Carlos Alberto y sus secuaces se apartaron y yo
permanecí en el suelo, avergonzado y tembloroso.
—Ey, ¿estás bien, man?
No, no lo estaba, pero me daba muchísima vergüenza
reconocerlo. Me limité a ponerme a cuatro patas e intentar
meter mi polla dentro de la bragueta. Estaba sucio,
manchado de sangre y orín, además, apestaba a miedo.
—Deja que te ayude.
Noté una mano intentando incorporarme, me revolví con
lágrimas de impotencia en los ojos, no quería que nadie me
viera o me tocara en ese estado.
—Intento ayudarte, man. Tienes un corte feo en la
cabeza. Alguien debería verte eso.
—Yo me ocupo —sorbí por la nariz.
—No soy el enemigo, te he ayudado. —Tenía razón, era
consciente de ello. Que si no fuera por su aparición, tendría
el rostro cosido a navajazos.
Ni siquiera me conocía, era más de lo que nadie había
hecho por mí en esas semanas.
Había dicho que era el hermano de Wendy, la chica que
se rumoreaba era la novia de Carlos Alberto, nadie en su
sano juicio se atrevería a quitarle la chica a un homeboy de
la MS-13. Era meterse gratuitamente en problemas, y a mí
me sobraban.
Fui hasta el lavamanos, abrí el grifo y hundí las manos en
el agua fría para limpiarme la cara, al pasarlas por la herida
de la frente me dolió. Di un respingo. Me toqué la brecha,
era algo profunda, pero no muy larga, y seguía sangrando.
Miré hacia abajo y sentí asco de mí mismo. Mi ropa
estaba meada, no podía volver a clase de aquella guisa y
me daba mucha vergüenza montarme en el autobús,
tendría que regresar andando, mi madre no vendría a
buscarme en el estado en el que se encontraba y mis
abuelos estaban trabajando.
—Soy Julio César.
Alcé la mirada y me encontré con un chico dos o tres
años mayor que yo. Me sorprendió lo guapo que era, de
rasgos marcados y mirada profunda. Llamaba la atención el
tatuaje de una minúscula cruz tatuada bajo la comisura de
su ojo derecho.
—El hermano de Wendy —murmuré, y él me ofreció una
sonrisa ladeada.
—Sí, mi hermana me ha hablado mucho de ti.
—¿De mí? —pregunté aturullado.
—Eres sobrino de José, e hijo de Elena y el militar
muerto, ¿verdad? —Asentí—. Tu tío es muy amigo de mi
padre, le pidió que te echara un ojo porque, al parecer, no
te adaptas.
Quizá fue mi abuela quien le habló a tío José de mi falta
de amigos en la escuela, o que no lo estaba llevando bien.
—Gracias.
—No hay de qué. Anda, vámonos.
—No puedo ir así a clase.
—¿Quién ha hablado de ir a clase? Estás muy chuco[9]. Te
vienes a casa, está cerca, necesitas una ducha para no ir
apestando, que curen esa herida y te deje algo de ropa
limpia.
—No puedo irme…
—¿Quién lo dice? —Abrí y cerré la boca—. ¿De verdad
pensabas volver así a clase? ¿Para que se metan más
contigo? —Miré de nuevo mi aspecto y negué—. Entonces,
sígueme.
Julio César abrió la ventana del baño. Sonó la campana
que indicaba fin del recreo. Aunque quisiera, ya no llegaría a
tiempo y el profesor no te dejaba entrar después de que la
señal de aviso sonara.
Lo vi impulsarse sin dificultad para trepar por ella y
después asomarse con una sonrisa franca. A diferencia de
muchos chicos, no le faltaba ninguna pieza dental, lo que
indicaba que sabía defenderse.
—Venga, que te echo una mano —alargó el brazo.
Caminé hasta él avergonzado, no me gustaba que hubiera
tenido que defenderme, no ser capaz de hacerlo por mí
mismo. ¿Qué pensaría mi padre de tener un hijo tan
cobarde como yo?—. Agárramela —se ofreció.
Atrapé su mano entre los dedos y él tiró sin dificultad.
Tenía mucha fuerza. Ojalá yo tuviera la misma.
La cabeza me dolió y tuve ganas de vomitar, aun así, me
contuve y salté imitándolo. La ventana daba a un callejón
sin asfaltar. Caí levantando algo de polvareda.
—Por aquí —me guio. Me coloqué a su lado cabizbajo.
—Yo soy Lionel. —Tuve la necesidad de presentarme,
hasta entonces no lo había hecho.
—Ya.
No añadió nada más. Andamos unos veinte minutos.
—¿No decías que estaba cerca?
—Mentí. Si no, no habrías venido y no podías quedarte
ahí. Es importante hacerse respetar; o comes, o te comen.
Tú decides.
—Yo solo quiero pasar desapercibido, que me dejen en
paz.
Él me ofreció una sonrisa burlona.
—Puede que eso funcione en Estados Unidos, pero no
aquí. En Soyapango, las cosas son distintas.
—Ya me he dado cuenta.
—Deberías hacerte de la mara, así contarías con su
protección.
—Paso, no quiero ser un pandillero —carraspeé,
temiendo haberle ofendido—. Disculpa.
—No tienes por qué disculparte, pertenecer o no a la
mara es una decisión voluntaria.
No era estúpido, sabía lo que suponía formar parte de
una banda; si entrabas en una, vivías o morías por la
pandilla.
—Ya hemos llegado, pasa.
Hizo a un lado una cortina, detrás de ella había una
puerta que ni siquiera estaba cerrada. Era una casa humilde
pero limpia, como la mayoría de viviendas de ese barrio.
Julio César me llevó hasta el baño, me dijo que podía
lavarme mientras él iba a por algo de ropa. Cuando regresó,
yo estaba en plena ducha, frotando con intensidad la
pastilla de jabón para alejar de mí el mal olor. Me sobresalté
al ver que se abría la puerta sin previo aviso. Tapé mis
partes de inmediato, la cortina que cubría la puerta de la
casa no estaba en la ducha.
—Tranquilo, a estas horas no hay nadie en casa, solo yo,
y te aseguro que tengo una de esas, no te la pienso quitar
—rio—. Te dejo una toalla limpia, una camiseta y un
pantalón de deporte que me quedan chiquitos. Están
desgastados, pero servirán.
—G-gracias —comenté incapaz de moverme.
El hermano mayor de Wendy era algo más alto y
corpulento que yo. Me sacaba una cabeza y por su físico
diría que hacía pesas.
—Cuando termines, te curo la herida.
—¿Sabes hacerlo?
—Cuando naces aquí, lo raro es no saber, piel
inmaculada —dijo, repasándome de cabeza a pies—. Te
faltan cicatrices y tinta, aunque eso se soluciona rápido
viviendo aquí. Te espero fuera.
Salió del baño y me dejó a solas.
CAPÍTULO 9

Ray, en la actualidad

Lionel era un puto arisco. No tenía sentido del humor y me


ponía muy cerdo.
Eso era un buen resumen. Además de que en mi escala
de follabilidad se salía de la tabla.
El problema era que debería estar con la mente fría en
lugar de con la polla caliente, no obstante, ¿quién podría
culparme cuando el exbombero acababa de incendiar todo
el quorum femenino del local, y en ese momento se
dedicaba a pasearse por las mesas, medio desnudo, con esa
jodida máscara.
Una pelirroja con muchas curvas lo detuvo. Se puso en
pie para estar a su altura y poder sobarlo mucho mejor. La
señora, rondaría los cincuenta, estaba de muy buen ver,
aunque el bótox paralizara parte de su expresión facial
otorgándole un aire diabólico.
Tenía aspecto de actriz famosa de los noventa, quizá
fuera una exvigilante de la playa con semejantes
salvavidas, a punto de ser arrojados al mar por la borda del
escote. Le susurró algo al oído, Lionel asintió y sacó una
tarjeta del bolsillo del pantalón, que ella guardó en el
canalillo con una promesa en la mirada.
—Eh, ¡Pereza! —exclamó Soberbia, palmeando encima
de la barra con fuerza.
Era el pecado que tenía pinta de rockero y que tocaba la
guitarra eléctrica que lo flipabas. Cuando oí su solo antes de
que se quitara la ropa, pensé que era playback de lo bien
que lo hacía.
—¿Sí?
—¿Puedes dejar de mirar a Envidia y servirme las
bebidas que te he pedido? Las clientas están sedientas y tus
babas no van a calmarles la sed.
—Disculpa, es que esa mujer lleva rato sobándolo y
hablando con él. ¿Se puede perder tanto tiempo con
alguien? —disimulé. Aunque estaba claro que me acababa
de pillar en pleno escaneo visual y que se había enterado de
que Lionel no me era indiferente.
—Se puede y se debe. ¿Es que no sabes quién es? —
Negué.
—Lorraine Fox.
—¿Una pornstar que salió en la página central de
Playboy? —Mi compañero hizo chasquear la lengua con
disgusto.
—Yo lo flipo, menuda mierda de cultura musical. Esa
mujer es una leyenda del country, hizo una pasta gansa en
la zona de Alabama, Tennessee, Oklahoma y Texas, ha dado
conciertos por todo Estados Unidos, lo que la convierte en
una clienta PFP.
—¿Así llamáis aquí a las VIP? —Soberbia rio burlón. Dejó
la bandeja en la barra y se acercó haciéndome una señal
con los dedos para que recortara el espacio entre nosotros.
Lo hice, aproximé mi cuerpo por encima de la barra y él
susurró en mi oído.
—PFP, para follar pagando. —Se separó con un brillo
travieso en la mirada y esa sonrisa burlona en la boca.
Como todos los tíos del SKS, era muy guapo si te iban
con el pelo largo, alborotado, los labios gruesos, las barbas
de dos días y los ojos castaños muy brillantes.
—¿Tú lo haces? —Asintió sin pudor. Eso me gustó.
—Y, como has visto, también lo hace Envidia —cabeceó
hacia mi sujeto de estudio—, y Avaricia.
—¿El ricachón?
—Sí, aunque no lo necesite. Creo que lo hace por puro
vicio, aunque es difícil saberlo. Ares es un tío hermético,
difícil de conocer, incluso más que Raven, no como tú y yo.
—¿Tú y yo?
—No disimules, se te nota a la legua que eres un tío
abierto y divertido, sin subterfugios. —«No tienes ni puta
idea de mis subterfugios, rockero»—. Le miras el culo a
Envidia y te la pela —rio—. ¡Eso mola! Y me lleva a
plantearme cuán abierto eres —musitó ronco.
—¿Te postulas para jugar conmigo al Teto? —Él rio y se
relamió la boca.
—Me postulo a asociarme contigo en alguna ocasión.
Verás, algunas clientas tienen fantasías particulares, como
hacer un trío, y mis compis no están muy por la labor.
Viendo tu predilección por los orificios traseros… ¿Yo por
delante y tú por detrás? Un ojete es un ojete, y a ti es lo que
te va. —Su verborrea me hizo reír—. ¿Qué me dices? ¿Te
sumas a mi equipo, Pereza?
—Ya veremos, me lo tengo que pensar. Anda, toma tus
bebidas.
—Un ya veremos no es un no, y puedo ser de lo más
persuasivo… —Agitó las cejas.
Reí por la nariz mientras él se daba la vuelta para dejar
que me enfrentara a la mirada penetrante de Envidia.
Parecía molesto, ¿era por mi tonteo con Soberbia, o por otro
motivo?
Le guiñé un ojo descarado y él apretó los dientes, la
tensión le iba desde la mandíbula hasta los abdominales,
quizá incluso más abajo. Apartó con rapidez sus ojos de los
míos y continuó con su servicio a mesas.
¿Cómo iba a acercarme a él si no quería ni hacer
contacto visual?
Tenía que encontrar algún punto débil, volvería a revisar
el informe en cuanto llegara a casa para poder pillarlo
desprevenido.
La noche fue larga, tanto que en cuanto llegué a mi piso,
ni siquiera pasé por la ducha. Me limité a quitarme la ropa,
quedarme en gayumbos y sentarme en el sofá dispuesto a
hurgar de nuevo en la vida de Lionel Torres.
Por una parte, estaba contento; hice un par de bailes
privados y Lujuria dijo que estaba de puta madre para
tratarse de mi primera noche, que era buena señal. Por lo
menos, no me habían echado, aunque mi objetivo me evitó
toda la noche, y cuando quise darme cuenta, ya no estaba.
Acababa de aposentar mi culo en el sofá cuando alguien
golpeó la puerta. A esas horas, solo podía tratarse de una
persona.
La abrí sin mirar, esperando hallar al otro lado a Raven
para comentar qué tal me había ido la noche. No fue así, la
persona que estaba al otro lado se arrojó contra mi boca sin
mediar palabra y sin pensar.
Cerró la puerta de una patada y siguió comiéndome con
un deseo desenfrenado, tirándome del pelo para ir dando
trompicones hasta llegar a la zona del sofá.
La polla me palpitó con la misma violencia que estaba
siendo tratado.
Sus manos grandes y cuidadas empujaron mis hombros
hasta que clavé las rodillas en el suelo. En un visto y no
visto, tenía su polla enfundada en un condón alcanzando el
fondo de mi garganta.
No había palabras, solo gruñidos y un deseo encendido,
hosco.
Olía a sudor, no de muchos días, sino de alguien que
acababa de aterrizar directo de una reunión y no le había
dado tiempo a volver a pasar por la ducha. Alcé los ojos
mientras lo engullía y él me follaba la boca descontrolado,
empujando, empujando, empujando.
Siempre le había puesto el sexo duro, sin palabras, no
quería que le hablara mientras me convertía en su juguete.
Acaricié sus pelotas amasándolas sin apretar demasiado, él
se agitó del gusto y siguió moviéndose contra mi cara, con
el bajo de la camisa cosquilleando mi nariz.
De cara a la galería, siempre seguiría siendo un hombre
respetable, hábil en los negocios, hetero y padre de familia.
A mí no me importaba.
Me alzó agarrándome de la barbilla para darme la vuelta
y apoyar mi vientre sobre el reposabrazos del sofá, rasgó el
sobre de lubricante que sacó de la cartera con el condón,
me bajó los calzoncillos, vertió el líquido viscoso entre mis
nalgas, introduciendo un par de dedos en mí que abría,
cerraba y rotaba, y cuando lo consideró oportuno, me la
metió.
Gemí con fuerza, siempre la tuvo gorda y cabezona. Con
ella dentro, me acarició la espalda desnuda y pasó la lengua
por mi piel.
—Sabes a sudor y aceite —gruñó.
—Y tú a buen sexo y a aeropuerto —respondí, notando
sus dedos en mi boca para acallarme. Me penetró con ellos
al mismo tiempo que lo hacía con la polla.
Sus acometidas eran duras, sus dedos ahondaban cada
vez más. Mi saliva se escurrió entre ellos. Estaba muy
empalmado y él también. Bajó la mano empapada hacia mi
polla, hundiendo las yemas de la otra en mi cadera para
pajearme con vigor.
Cerré los ojos y pensé en Lionel. En cómo me sentiría
siendo penetrado y tocado por sus manos hoscas, no tan
cuidadas como las de mi amante. Solo necesité eso para
estar a punto de reventar.
—Me voy a correr —anuncié sin temor a que eso pudiera
ofenderlo.
—Hazlo.
Y vaya si lo hice. Me vine sobre su palma, un chorro
impactó contra el lateral del sofá, suerte que era de cuero, y
se escurrió hasta el suelo. El hombre que me inició en el
sexo siguió arremetiendo contra mi culo, sin dejar de
acariciarme la polla, que comenzaba a perder su vigor,
hasta descargar.
CAPÍTULO 10

Ray, en la actualidad

Tras la ducha de rigor, envueltos en un par de toallas y con


unos tercios en las manos, nos acomodamos en el sofá.
Me cogió de la cara y me besó. Un beso lento profundo y
relajado. Nada tenía que ver con la premura de hacía un
rato.
—Hola, Ray —me saludó.
—Hola, señor Stern.
Nunca quiso que usara su nombre de pila, tampoco es
que hubiera una presentación formal, pese a los años que
llevábamos acostándonos. Lo sabía porque una vez, cuando
fue a pagarme, lo vi en su licencia de conducir. Era el único
cliente que conservaba, ni siquiera Raven sabía de su
existencia porque me daba pudor decirle que nunca lo dejé
del todo, no cuando Anton Stern seguía en mi vida.
—Follar contigo siempre es la mejor manera de concluir
un día de mierda. Mi vuelo ha llegado con un retraso de tres
horas por culpa del tiempo y sigo sin llevar bien lo de no
poder fumar en el aeropuerto.
—Espero haber aliviado tu estrés.
—Lo has hecho, siempre lo haces. ¿Puedo encenderme
uno?
—Ya sabes que sí, pero fuma en la ventana.
Miré cómo se levantaba del sofá para encenderse un
Marlboro y apoyarse en el quicio de la ventana.
El aire le alborotó el pelo y pensé en el día en que nos
conocimos.
Yo era un puto crío, tenía catorce y estaba hecho mierda.
Caminaba cerca de la estación de autobuses, me había visto
envuelto en una pelea por una mierda de vídeo que
circulaba de mi madre y la noche anterior hice algo que me
revolvió por dentro. Quizá fuera eso lo que me llevó a entrar
al trapo.
No hacía mucho que había empezado a mirar a Raven,
mi mejor amigo, que por aquel entonces compartía piso
conmigo, su madre y la mía, de una forma diferente. Tan
diferente que esa noche me llevó a pajearme mirándolo
mientras él dormía plácidamente. Nunca se lo conté.
Me sentí mal, muy mal, porque no estaba bien que me
tocara sin que él lo supiera. Me hizo sentir sucio y un mal
amigo. Me levanté con un humor de perros porque sabía
que el deseo solo fluía en mí, de manera unilateral, a él le
gustaban las chicas, y yo no hacía demasiado que me di
cuenta de que a mí no me ponían una mierda.
Después de la pelea, solo quería desaparecer. Mi realidad
era oscura; mi madre era puta, a mí me ponían los tíos y los
pandilleros del barrio habían empezado a rondarnos, a
Raven y a mí, para que curráramos para ellos.
En lo único que podía pensar era en ganar mucho dinero
y largarme a alguna parte del mundo en la que nadie me
conociera, lejos de todo y de todos. Donde poder empezar
de cero sin la losa que suponía vivir en el Bronx y ser hijo de
una trabajadora del sexo.
Me sentí mareado y entré en el baño de la estación.
Arrugué la nariz. Olía a orín y cierta suciedad se acumulaba
en forma de envases que rebosaban de la papelera. Algunos
de los homeless usaban los baños públicos para asearse y
había rumores de que algunos hombres iban allí a follar.
Quizá por eso entré. Quizá por eso, cuando enfrenté un
urinario, me saqué la polla y noté la presencia de un
hombre que dirigía su mirada a mi entrepierna, y olía a caro,
no dije nada. Incluso me sentí excitado. Eché el primer
chorro y dejé que me contemplara a voluntad.
¿Eso era lo que se sentía cuando un hombre atractivo te
miraba? Sentí la boca seca y me relamí. Mi polla comenzó a
adquirir grosor, y él me sonrió. Debía rondar los cuarenta,
como mi profesor de mates, aunque ese tío estaba mejor.

—La tienes grande y bonita para tu edad. ¿Cuántos años


tienes? ¿Dieciséis? —Asentí. Me daba miedo que si le decía
catorce se marchara. No quería que lo hiciera—. Tu novia
tiene que estar muy contenta con semejante portento de la
naturaleza. —Él empezó a mear y yo desvié los ojos hacia la
suya. Tragué con fuerza. Tenía el vello recortado, se veía
limpia, gruesa y estaba circuncidado. Volví a relamerme
imaginando cómo sería tenerla en la boca, igual que había
visto en internet.
—No tengo novia —respondí, buscando sus ojos. Los
tenía cubiertos por unas gafas tipo aviador que llamaron mi
atención.
—¿Y eso? Con esa cara y ese cuerpo, resulta difícil creer
que no haya ninguna chica. —Era alto y me gustaba hacer
deporte, no era raro que me hubiera echado dieciséis.
—No me gustan. —Fue la primera vez que lo decía en voz
alta y resultó liberador.
—¿En serio? —Asentí. La sacudí y me la guardé en el
calzoncillo.
Fui hasta el lavamanos y lo miré de reojo mientras
terminaba. Por raro que fuera, estábamos solos, lo que me
aceleró el pulso.
Hundí las manos en el agua helada y me las lavé, sin
dejar de observarlo de reojo. Me cazó y, en lugar de ponerse
a mi lado como hubiese esperado, se colocó detrás de mí y
me empujó el culo con su polla semierecta, mientras sus
manos aprovechaban el jabón de las mías.
—¿Y esto te gusta? —gruñó.
Lo miré a través del espejo. No era guapísimo, pero tenía
algo, a mí me resultaba atractivo, quizá fuera esa seguridad
que irradiaba, o que aquel tipo de hombres no se veían por
el barrio. Se frotó de nuevo y jadeé sin mostrar oposición.
—Creo que sí —titubeé, gozando del contacto de
nuestras manos llenas de espuma. Cada vez que se
restregaba, yo me ponía más cachondo, su boca buscó mi
cuello y lo mordió—. Me gusta —susurré erizado.
—Ya veo. ¿Cuánto quieres? —Abrí los ojos de forma
desmesurada y tragué—. No soy estúpido, sé lo que hacen
los jovencitos como tú en lugares como este. ¿Te parece
cien? Si me la chupas bien, subiré a ciento veinte.
¿Me parecía? ¡Claro que me parecía! Estaba
empalmadísimo, quería follar con un tío y ese hombre iba a
pagarme por lo que deseaba probar.
—Sí. —Él sonrió.
—Entonces tenemos un trato. Ven conmigo.
Entramos en uno de los urinarios, se puso un condón, me
hizo arrodillarme para albergarlo en mi boca hasta estar lo
suficientemente empalmado y después follamos.
Dolió, no voy a negarlo, por mucho que me estimulara
con el dedo y me lubricara con el lubricante en formato
sobre que sacó de su cartera, algo que ni sabía que existía,
nadie me la había metido antes.
Mis manos se apretaron contra las baldosas mientras él
me hacía suyo y me masturbaba.
El señor Stern tenía gustos muy específicos, tenía claro lo
que quería. Siempre fue un amante generoso y buen
pagador.
Pese al dolor inicial, yo también obtuve mi dosis de
placer y me corrí. Mi primera eyaculación a manos de un
hombre que no era yo.
Cuando salimos del urinario, había un par de hombres
que no dijeron nada al vernos. En cuanto se largaron, el
señor Stern me dio los ciento veinte dólares prometidos, y
eso que mi mamada fue muy mejorable.
Mientras sacaba el dinero de la cartera, no podía dejar de
mirarle las gafas.
—¿Te gustan? —preguntó cuando salimos del retrete.
—Sí, nunca he tenido unas.
—Pues estas te las regalo. —Se las quitó y me las puso—.
Estás muy guapo con ellas. —Fueron mis primeras Ray-Ban,
y casi un objeto de culto al cual le cogí mucho cariño
porque, de algún modo, el señor Stern hizo que mi mal día
mejorara—. Suelo pasar por la estación de autobuses la
última semana del mes, los jueves, sobre esta hora. ¿Te
apetecería repetir? —Asentí.
—Me ha gustado.
—Eso es bueno, porque a mí también, aunque quiero que
te quede claro que esto es lo que es, una transacción
comercial que da placer. ¿Entiendes?
—S-sí.
—Bien. Soy el señor Stern.
—Yo, Ray.
—Encantado de conocerte, Ray —buscó mi boca y me
besó. Un beso con lengua de los que te dejan con ganas de
más, o, por lo menos, a mí me dejó esa sensación—. Nos
vemos en un mes.

Y nos vimos, claro que nos vimos, pero la puerta que había
abierto en mí me hizo querer más y volver a la estación de
autobuses en busca de nuevos clientes que llenaran mi
hucha y mi avidez de sexo.
Me gustaría decir que todos los tíos que me tiré fueron
como él, pero no fue así, tampoco me arrepentía, con los
que no me gustó, no repetí.
Aunque Anton no lo quisiera, se convirtió en un
imprescindible en mi vida. Nunca me enamoré de él, porque
siempre me dejó muy claro lo que yo era, una válvula de
escape, una preferencia sexual que no encajaba en su vida
y que no podía contarle a sus hijos o a su mujer.
Se portó muy bien conmigo, sobre todo, cuando me
diagnosticaron VIH y tuve que decirle que se hiciera la
prueba. Si lo hubiera pillado, no me lo hubiese perdonado,
porque siempre fue un hombre de puta madre a la par que
generoso. Por suerte, no fue así y yo respiré aliviado.
Imagino que él también.
Dejamos de vernos. Su empresa se lo llevó unos meses
fuera y coincidió con mi otro diagnóstico: Leucemia. Mi vida
iba de mal en peor. La madre de Raven había muerto, a él lo
metieron en el reformatorio y todo apuntaba a que yo iba a
seguir los pasos de su madre.
No dejé que nada de eso me tumbara, por muy jodidas
que estuviesen las cosas. Leí un libro de Tom Robbins que
me enseñó que incluso cuando la vida se ponía cabrona era
por un motivo, y solo tenías que abrazarlo. Podía
culpabilizarla por todas mis desgracias, o también podía
darle las gracias por entregarme una vivencia de la cual
sacaría algún tipo de aprendizaje. Me aferré con uñas y
dientes a la segunda opción.
Anton y yo nos comunicábamos a través del móvil que él
me regaló. Le pedí un favor. No tenía derecho, pero lo hice,
y él cumplió. Le ofreció a mi madre un trabajo en la empresa
de un amigo para que ella pudiera empezar una nueva vida,
lejos de las drogas y la prostitución.
También se ofreció a abrirme una cuenta y enviarme
dinero para el tratamiento. Le dije que no porque no lo
necesitaba, como me sometieron al tratamiento
experimental de trasplante de médula, no lo necesité. Podía
salir bien o ser funesto. Por fortuna, el trasplante de un
donante con una mutación del gen CCR5 fue de puta madre,
y fui uno de los pocos casos de éxito, cuando digo pocos,
me refiero a que solo hubo tres.
Esa mutación impedía que el virus del VIH pudiera
penetrar en mis células, y no solo me curé del virus, sino
que mi organismo quedó limpio de cáncer.
Una vez recuperado, con Anton de vuelta en la ciudad,
retomamos nuestro trato, en fin, que nos veíamos para
follar. Le dije que no iba a prostituirme más, pero que
podíamos seguir acostándonos. No quería dejar de verlo, se
había vuelto una parte importante de mi vida, un rincón
seguro y placentero.

—No quiero dejar de ser un cliente para ti, aunque sea el


único. —Me acarició el labio.
Entendí que pagarme era su manera de poner distancia,
de que no me confundiera.
—Vale, pero prefiero que me pagues con gafas.
—¿Con gafas?
—Quiero coleccionar Ray-Bans. —Él rio, me besó y me
pidió que me vistiera para ir a comprar unas.

Anton se dio la vuelta al terminar su cigarrillo, fue hasta la


cocina para apagar la colilla bajo el agua y la tiró a la
papelera. Caminó hasta su chaqueta y me ofreció una cajita
alargada, que ambos sabíamos lo que era, mientras volvía a
acomodarse a mi lado.
—Espero que estas no las tengas, es difícil acertar
cuando tienes tantas. Pedí que fueran el último modelo y
van con un ticket regalo, por si acaso. Me comentaron que
son edición limitada.
—Agradezco tu generosidad —sonreí sin siquiera abrir el
papel.
—Y yo la tuya, cada día estás más bueno y yo estoy
echando tripa, tanto comer fuera me pasa factura. —Se
frotó la barriga.
—Eso no te resta atractivo ni habilidad. Ya sabes que me
gusta mucho cómo follas.
—Seguro que por ahí hay algún chico que te coma el
rabo mejor, aunque no me quejo, que hayas querido seguir
conmigo todo este tiempo ha sido un lujo.
—¿Ha sido?
—He venido a despedirme. —Fruncí el ceño.
—¿Te vas? ¿Cuánto tiempo? ¿Tres meses? ¿Cuatro?
—Puede que para siempre. —Volvió a coger la cerveza y
bebió—. Mi empresa ha abierto una sucursal en el
extranjero y me trasladan. Soy el jefe de Operaciones y
quieren abrir mercado, ya sabes cómo funcionan estas
cosas.
—¿Y tu mujer? ¿Tus hijos?
—Los chicos ya son grandes y Martha se vendrá
conmigo. Es el amor de mi vida, ya lo sabes.
—No hace falta que te excuses conmigo.
—Lo sé, y esa es una de las cosas que te agradezco.
Siempre has sido especial, lo sabes, ¿verdad? —murmuró
acariciándome la cara.
—Lo sé. —Volvimos a besarnos, un beso amargo con
sabor a tabaco, cerveza y a despedida.
—Te extrañaré.
—Yo también, fuiste mi primera vez. —Él sonrió.
—Te follé porque me engañaste, me dijiste que tenías
dieciséis.
—Con dieciséis seguía siendo menor. Me follaste porque
te gusté.
—Eso también, y porque vi una tristeza en tus ojos que
quería disipar.
—Bonita forma de decir que querías que te comiera el
rabo.
Anton soltó una carcajada.
—Y lo hiciste fatal, aunque por fortuna has mejorado con
los años, como el buen vino. Si alguna vez te apetece
aventurarte fuera de los Estados Unidos, a mí no me
importará volver a verte. —Sabía que era sincero con su
propuesta—. Siempre tendrás un lugar especial en mi vida,
y si en algún momento me necesitas, solo tienes que
llamarme, no voy a cambiar de número.
—Gracias, te lo agradezco.
—Quien te da las gracias soy yo a ti, Ray, espero que
seas muy feliz y que algún día encuentres a esa persona
con la que recorrer el camino, lo mereces.
—Ahora lo que merezco es un bis, ¿repetimos? —
pregunté, abriéndole la toalla para volver a hundir mi boca
entre sus piernas.
CAPÍTULO 11

Leo, un mes y dos semanas después.

Por fin, ¡miércoles de chicos!


Tomé aire y lo solté despacio antes de abrir la puerta de
la bolera, sabía lo que allí me aguardaba, unas birras y mis
excompañeros de brigada dispuestos a echar unas partidas
que durarían dos o tres horas, y de ahí al SKS, a bailar para
un puñado de mujeres y, con suerte, que alguna quisiera
comerme la polla pagando un buen fajo de billetes.
Alcé la barbilla oteando el local para fijarme en la pista
número tres, era nuestra favorita y Raúl solía reservarla
para que nadie nos la quitara.
Parpadeé varias veces sin creer lo que veía.
¡¿Qué cojones hacía ese aquí?!
Un temblor me recorrió el cuerpo al ver su sonrisa blanca
amorrada a un tercio mientras reía con mis colegas.
Desde que Dave pisó el club, se había convertido en un
puto grano en el culo, me lo encontraba en cada maldita
esquina, siempre sonriente, desafiante y con esa mirada
que me engullía sin disimulo. ¡¿Es que nadie le había dicho
que estaba casado?! Claro que se lo habían dicho, y le
importaba una mierda, porque, con cada uno de sus
repasos, dejaba en evidencia lo mucho que le ponía, aunque
no lo dijera.
Le importaba tres pares de cojones que lo mandara a la
mierda, que lo ignorara cuando me hablaba, o mis
respuestas sin tacto. Siempre estaba ahí, provocador,
jodidamente insoportable. Y ahora lo tenía sentado en el
centro de mi puto grupo de la brigada, carcajeándose por
alguna sandez que habría soltado John o vete a saber quién.
Llevaba puestas esas malditas gafas de chulo de manual
que me daban ganas de arrancar y pisotear hasta dejarle
claro que no hacía falta llevarlas dentro de un local.
¡Es que era insoportable!
Caminé hasta él con ganas de cortarle la cabeza y
colocarla a modo de trofeo en una pared en la que poder
arrojar dardos. Sería una diana perfecta.
—¡¿Qué narices haces aquí?! —ladré sin un ápice de
humor.
—Buenas tardes a ti también, colega. Yo he venido a
jugar a los bolos, ¿y tú?
—¡Y una mierda! ¿Me has estado espiando? ¿Por eso
sabías que hoy estaría aquí? —espeté.
—Relaja los ánimos, Leo. ¿Os conocéis? —preguntó uno
de mis colegas.
Apreté los labios en una mueca muy tensa. ¡Mierda! Ellos
no sabían nada de mi curro en el SKS, y yo había entrado a
degüello. Todos me miraban, así que tuve que inventarme
una excusa rápido.
—Es el lechero —fue lo primero que se me vino a la
cabeza. Dave escupió el trago de cerveza que tenía
acumulado en la boca. Poniendo perdido a Pascual.
—¡Joder! —espetó mi amigo, levantándose del asiento
para sacudirse.
—Lo-lo siento —se disculpó atragantado—. Se me ha ido
por el otro lado.
—¿Todavía hay lecheros? —preguntó Ronnie, arrugando
el ceño—. Creía que se habían extinguido junto a los
dinosaurios.
El resto de mis amigos rieron.
—Pues ya veis que no —comentó divertido—, aquí Dave,
el lechero, dispuesto a embotellar y servir un montón de su
leche recién ordeñada.
Su eslogan hizo que mis colegas se miraran partiéndose
la caja. Los conocía y sabía que, con el material inflamable
que les había proporcionado, el incendio no iba a
extinguirse, ni mucho menos.
—Entonces, para que me aclare, ¿tú le das tu leche a
María, o a nuestro querido Leo? —rio John.
—¡No te pases ni un pelo! —lo amenacé, estirando el
dedo.
—A Leo, por supuesto —respondió de inmediato,
haciéndome enrojecer—. Al principio se mostró un poco
reticente, pero en cuanto la degustó, dijo no haber probado
nunca nada igual. —Casi hice volar mis dientes de lo fuerte
que los apreté. ¿Era yo, o ese capullo hablaba con doble
intención sin que hubiera pasado lo que sugería?
El ambiente se estaba cargando de una tensión que iba a
hacerme estallar de un momento a otro.
—¿Y por qué piensas que te persigue el lechero? ¿No
será para llevarte a ordeñar?, porque con la mala leche que
gastas últimamente —anotó jocoso Raúl.
—Es que no paro de encontrármelo en todas partes, hace
unos días que le dije que no le iba a comprar más porque no
iba bien de pasta y, desde entonces, aparece en los lugares
más insospechados.
—Es lo que tiene compartir barrio, Queens es un pañuelo,
además, que ya te dije que si el dinero era un problema,
podía hacerte una rebaja —respondió con descaro—. Lo
importante es que estés bien alimentado y te guste mi
producto.
No aguantaba más.
—¡Largo! —prorrumpí aun a riesgo de que mis
compañeros no comprendieran qué me estaba pasando.
—Pero ¿por qué lo echas? Ya te ha dicho que se trata de
una coincidencia, además, hemos sido nosotros quienes le
hemos insistido para que se uniera. Él ya estaba aquí
cuando hemos llegado.
—¿Y por qué se lo habéis pedido?
—Ricardo está de baja, se rompió el brazo, un capullo lo
embistió de noche mientras corría y se lo ha fracturado por
tres partes.
—Menuda putada —exhaló Dave—. Ya ni siquiera se
puede salir a correr por el barrio con tranquilidad.
—¿Y habéis pensado que era buena idea pedírselo a él?
—Tú también lo hubieras pensado si le hubieses visto
jugar. Te recuerdo que el campeonato es en nada y no
podemos ser solo cinco —comentó Pascual.
¡¿Que le habían ofrecido un puesto en el equipo?! ¡Lo
que me faltaba ya! Si no hubiera sabido que era imposible,
aseguraría que el atacante de Ricardo era él mismo, para
ocupar su lugar.
Esto empezaba a parecerse a una de esas películas que
ponen cuando no tienen nada más.
—Tu lechero es muy bueno y no ha aceptado de buenas a
primeras. Echa a un lado tu esquizofrenia paranoide, porque
no te estaba acosando, si no fuera porque nos ha dicho que
se une, estaríamos fuera de la competición —explicó John.
Estaba iracundo. No, si encima le tendría que dar las
gracias. Compartir más tiempo con él me apetecía tanto
como que me pusieran un enema y diez supositorios de
glicerina.
El tiempo que pasaba en la bolera era para desconectar,
para ser algo más que un padre de familia o un estríper que
se follaba a cualquier mujer que estuviera dispuesta a
pagar. Si Dave se quedaba, lo iba a estropear todo, porque
era incapaz de mantener su bocaza bajo control.
—Si él se queda, yo me voy —proclamé.
—¡No puedes irte! —Raúl se puso en pie—. Eres nuestro
capitán.
—Pues nombradlo a él y que os ponga una ronda de mi
mala leche, invita la casa.
Me di la vuelta, y antes de alcanzar la puerta de la
bolera, noté una mano en mi hombro que me detenía y
provocaba en mí una fuerte descarga eléctrica.
—Espera, tío.
—¡Suéltame! —rugí, desembarazándome de él. Pereza
alzó sus manos y me contempló apenado, como si sus ojos
ocultos, detrás de los cristales de aquellas gafas, pudieran
derretirme.
—No quería joderte, ni acosarte. No ha sido adrede.
—¡Pues no lo parece! ¿Qué haces aquí? —Se encogió de
hombros.
—¿Socializar?
—Tú no necesitas socializar, tienes a Marlon, que no deja
de comerte el culo por todo el local; si quieres amigos,
queda con él.
—Soberbia y yo solo nos llevamos bien, no tanto como
para quedar fuera del SKS.
—Nadie lo diría… —gruñí.
—Si no supiera que es imposible, diría que estás celoso.
—¿Celoso? ¿Yo? ¿De ti y Marlon? ¿Te has fumado el
cerebro? Mira, mejor me marcho.
—Oye, que no, que no te vayas, que si alguien tiene que
irse soy yo. Si lo que te preocupa es que pueda hablarles a
tus colegas sobre a lo que te dedicas por las noches, mis
labios están sellados. —Fue pronunciar la palabra labios y
caí como una puta mosca. Mis pupilas se fijaron en su boca,
tan apetecible, tan… ¡Mierda!
—No.
—No, ¿qué?
—No te quiero en mi equipo, no te quiero cerca, no
quiero hablar contigo porque no me caes bien.
—Eso es culpa mía, no empezamos con buen pie, quise ir
de gracioso contigo y la cagué. Te prometo que no soy un
mal tío, puedo llegar a ser un poco capullo, pero lo único
que quiero es despejarme un poco de mi mierda de vida.
—¿Tu mierda de vida? —negué—. Tú no sabes lo que es
tener una mierda de vida.
—¿Cuánto te apuestas?
Sin titubear, empezó a arrojarme dardos sobre su pasado
que me dejaron rígido y sin aliento. En ese momento
entendí lo que vio Jordan en él, adoraba a las almas
torturadas, y Dave tenía una.
Quizá lo hubiera juzgado mal.
—¿Y bien? ¿Cuáles son tus cartas? ¿Un trauma en algún
incendio? De exputo a puto. ¿Por qué te pagan por follar?
—¿Quieres hacer el favor de hablar más bajo? —gruñí,
echando una mirada atrás por si mis compañeros se
acercaban y nos oían—. No voy a contarte mi vida y
milagros. No soy tan abierto como tú, además, no te
considero mi amigo.
—Ni a mí, ni a esos —cabeceó—, que no saben nada de
tu doble vida.
—Y van a seguir así.
—Lo pillo, no soy quién para entrar ahí, solo quiero
ganarme tu perdón.
—¿Mi perdón?
—Desde que nos conocimos, parece ser que te ofendí. No
era mi intención. Suelo ser un poco payaso, bocazas y
lamento si te incomodé al sacarte al escenario, solo
pretendía llamar la atención. Aunque te parezca que no, me
cuesta socializar, no tengo amigos y…, bueno, no me iría
mal poder quedar con un grupo de tíos con la única
intención de echar unas birras y jugar a los bolos. ¿Me
comprendes?
Por supuesto que lo hacía, ¿acaso no era lo mismo que
yo buscaba? Esos tíos eran mis compañeros, mis colegas,
pero ninguno era alguien en quien poder confiar, yo
tampoco tenía amigos desde que traicioné a…
—Vale, lo pillo, no soy bienvenido —prosiguió en mi
silencio—. Siento haberme metido en tu territorio, me
buscaré otra bolera, igual pongo un anuncio en alguna app
random de almas solitarias. Ojalá encontréis el jugador que
necesitáis.
Se dio la vuelta para largarse, había agarrado ya el
tirador de la puerta cuando le puse la mano en el hombro.
Estaba seguro de que iba a arrepentirme, pero es que me
había tocado la fibra, y si no lo hacía, tampoco me sentiría
bien.
—¿Cómo de bueno eres?
Su sonrisa era tan esplendorosa que me contrajo las
tripas.
—Mucho.
—Hagamos un trato, si me ganas en número de strikes
en diez tiros, accedo a que entres en el equipo; si no me
superas, no quiero volver a ver en esta bolera tu apestoso
culo, ¿estamos? —Me ofreció su puño para que lo chocara.
—Estamos —aceptó cuando nuestros nudillos se rozaron
—. Prepárate para ver lo bien que la encajo —me guiñó un
ojo con descaro y caminó hacia la pista alzando los puños,
ganándose los vítores de mis colegas.
—¡Todavía no está hecho! —exclamé para que pudieran
oírme todos—. Antes tiene que vencerme.
—Diez a uno a que te fulmina —Ronnie sacó un fajo de
billetes y yo parpadeé incrédulo.
—¡Yo también quiero apostar! —se sumó Raúl.
—Y yo.
—Y yo.
Concluyeron John y Pascual. Boqueé perplejo al darme
cuenta de que ninguno apostaba por mí.
—¿Todos vais a su favor, perros traidores?
—Créenos, tú tampoco hubieras apostado por ti si lo
hubieras visto jugar —comentó Pascual, echándome un
brazo por encima.
Me arremangué la camisa e intuí el brillo de ojos que
coronaría las pupilas de Dave.
—¡Muy bien! Pues yo voy a apostar por mí, os pienso
joder a todos.
—Ni en tus mejores sueños —me provocó Pereza,
acariciando la hendidura de su barbilla.
CAPÍTULO 12

Leo

Miré a Dave sin dar crédito a lo ocurrido, incluso palpé la


bola por si era algún tipo de truco para tomarme el pelo.
Nada, no había trampa ni cartón.
—¡Te lo advertimos! ¡Este tío va a hacer que ganemos el
campeonato! —John chocó la mano con Pereza, quien ya no
llevaba puestas las gafas y sus ojos ambarinos centelleaban
emocionados.
De diez tiros hizo nueve strikes[10] y un spare[11]. Yo tuve
que conformarme con cinco de cada. Sin lugar a dudas, era
buenísimo y, aunque fuéramos aficionados, a nadie le
amarga el dulce de la emoción de tener una posibilidad de
vencer, sobre todo, si venía de un culo como el suyo.
Dave estaba en camiseta de tirantes y los vaqueros se le
ajustaban demasiado a aquella redondez cada vez que
lanzaba la bola. Los músculos de sus brazos se contraían
bajo la piel dorada, era una escultura en movimiento, hasta
mis compañeros lo contemplaban boquiabiertos por la
gracia con la que arrojaba la pesada esfera.
En cuanto terminaba, se daba la vuelta y me guiñaba un
ojo sin esperar a ver el resultado. El sonido de los bolos al
caer era lo único que me arrancaba de su magnetismo,
además de su voz deseándome suerte.
Perdí algo más que el dinero que llevaba encima,
también cayeron algunas de mis defensas al ver que no era
el imbécil redomado que había supuesto. Era ingenioso,
divertido, algo capullo y su historia había hecho mella en
mí. Quería saber más, todo lo que me contó en unos
minutos me dejó sin aliento y cambió mi decisión de querer
apartarlo de mí, lo cual no estaba muy seguro de que fuera
buena idea, pese a que mis excompañeros estuvieran
encantados con la nueva incorporación.
—Adrián, pon una ronda de cervezas, que las paga el
lechero —espeté, mirando al camarero, que asintió con
rapidez para preparar un cubo con hielo y los seis tercios—.
El que pierde paga, pero en mi caso me has dejado sin
blanca, así que pagas tú.
Dave sonrió.
—Está bien, no hay problema, asumo tu deuda mientras
ideo algo creativo para que me lo devuelvas. —Su lengua
asomó para repasar el grueso labio inferior y alargar la
mirada hasta mi paquete.
Tuve la necesidad de estirar el brazo y pillar una cerveza
del cubo antes de que llegara a tocar si quiera la mesa.
—Podrías pedirle que fuera a tu granja a ordeñar… —rio
John.
—¡Sí, sería increíble ver a Leo sacando leche! Eso
tendrías que grabarlo y nos lo mandas al grupo.
Los ojos de Dave volvieron a brillar con picardía, porque
ambos sabíamos que la única leche que yo podría ordeñar
en la inexistente granja de su familia jamás procedería de
una vaca.
Por suerte, no dijo nada y yo me bebí la cerveza en dos
tragos. Tenía mucho calor, lo notaba ascender por mi cuello.
La iluminación del local y mi piel morena hacían que no se
notara.
—¿Todos os conocisteis en la brigada? —preguntó Dave,
cambiando de tema.
—Sí, la mayoría de nosotros nos conocimos en el curro,
salvo Raúl y Pascual, que son primos —aclaró Ronnie.
—Entonces, ¿sois bomberos de vocación? ¿Os gusta la
idea de veros envueltos en llamas y salvar a personas de los
incendios? Yo sería incapaz de hacer algo tan heroico y
peligroso.
—Yo soy de la opinión de que un bombero nace, no se
hace —murmuró Ronnie, siguiendo con la conversación—,
pero estos te dirán que entraron por la pasta. En el sector
privado no pagan mal, y menos en la empresa en la que
curramos, que a quien cubrimos las espaldas es a un
puñado de ricachones. Ahora estamos destinados a una
casa que fliparías, ni siquiera sé cuánto dinero puede tener
esa gente, están podridos. El único fuego que vemos en esa
residencia es el de la cocina, cuando la señora Valdés nos
hace pasar.
—Ufff, esa mujer es fuego puro, tiene unas… —Raúl hizo
un gesto con las manos emulando unos pechos grandes—.
Seguro que por eso Leo pilló la baja, demasiado fuego para
un hombre tan casado y tan legal.
Cogí otra cerveza del cubo y seguí bebiendo.
—Pensaba que estabas de baja por algún trauma en un
incendio —murmuró Dave, estrechando la mirada.
—Los que me trauman son estos idiotas que hablan de
más. —No iba a explicarle los motivos que me llevaron a
largarme—. Es tarde, o nos ponemos a jugar ya u hoy no
vais a rascar bola, panda de charlatanes —zanjé,
dirigiéndome a mis colegas.
Algunos se pusieron a estirar y a crujir los dedos,
mientras que Pereza no me quitaba los ojos de encima. Pasó
la lengua por el filo de la botella antes de beber con la
sensualidad de quien emula algo prohibido.
Intenté que no me afectara, desvié la vista con disimulo,
me puse en pie, tenía que centrarme, poner distancia y
comportarme como un padre de familia, olvidar el maldito
botón que ese rubio activaba en mí y que me hacía pensar
en cosas indebidas. No iba a joderla, no me lo podía
permitir. María y las niñas lo eran todo para mí.
Pensé en ella y en lo mucho que nos había costado tener
una vida calmada. Desde hacía un tiempo a esa parte,
parecía que la cúpula con la que nos protegía se había
vuelto más frágil y quebradiza. Era mi responsabilidad que
no se destruyera.
Las siguientes dos horas pasaron en un santiamén. Dave
se hizo al grupo, bromeó con ellos, nos enseñó algunos
trucos, todos estaban encantados con el nuevo fichaje, y
yo… Yo ni siquiera sabía cómo estaba.
Nos despedimos del resto en la puerta de la bolera,
quedándonos a solas. La noche era agradable, soplaba una
brisa fresca que rebajaba un poco nuestra temperatura.
—Gracias por dejarme formar parte del equipo, son muy
majos.
—A veces un poco capullos, pero buena gente —admití.
—¿No lo echas de menos? Me refiero, ¿el trabajar con
ellos?
—Los veo aquí, con eso me basta. Oye, me voy a pillar el
metro, que si no, no llego, me has dejado sin blanca y no
me da para pillarme un Uber. En transporte público tengo
una hora de trayecto.
—Yo te llevo. En moto son veinte minutos y me siento
responsable de tu pobreza financiera.
—No importa, en serio, estoy acostumbrado, casi
siempre voy en él, salvo los miércoles, que voy más justo
con la bolera.
—Es que es una gilipollez, vamos al mismo sitio y en la
moto cabe otro. —Miré el vehículo que señalaba. Un
escalofrío me recorrió por dentro al imaginarme subido en
ella y la proximidad que tendrían ciertas partes de nuestro
cuerpo—. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo montar en una, o es por
mi cercanía? Te aseguro que no huelo mal.
—Pfff. ¡No seas idiota! —respondí, temiendo que me
pillara. Con los años, uno aprende a enmascarar muchas
cosas.
—Eso va a ser difícil, ya sabes que la mayor parte del
tiempo me encanta ser un imbécil. —Una sonrisa afloró en
mis labios, y él sonrió—. Vaya, contemplar tu sonrisa es casi
tan sobrecogedor como ver una aurora boreal.
—¿Has visto alguna? —Alcé las cejas.
—En una peli de Santa Claus.
Esa vez solté una carcajada.
—Me gusta cuando la gente ríe, parece que la vida es
menos mala.
—La vida es muy cabrona —respondí.
—En eso estamos de acuerdo, aunque a veces nos
sorprende y es capaz de presentarnos a personas increíbles,
en los momentos más insospechados —murmuró, bajando
el tono de voz para acercarse a mí.
Mucho, muchísimo. Tanto que mi corazón comenzó a latir
desbocado al tenerlo tan cerca, le sacaba dos o tres
centímetros, por lo que su boca quedaba casi a la misma
altura que la mía.
—¿Q-qué haces? —Su mano ascendió sin responderme y
la llevó a mi pelo. Fue un roce pequeño que me estremeció
por dentro.
¡No, no! ¡Para, joder!
—Tenías esto. —Me mostró un pequeño papel en la yema
de su dedo—. Ahora ya está perfecto, como siempre. —El
tono era tan tórrido que arrugó los dedos de mis pies—.
¿Vamos, bombero?
—Ya no soy bombero.
—Lógico, porque lo que mejor se te da es provocar
incendios. —Se relamió, apartándose por fin. Iban a ser los
veinte minutos más largos de mi existencia.
CAPÍTULO 13

Ray

Cuando le dijera al director Price que había encontrado una


puta grieta y que ahora jugaba a los bolos en el equipo de
Torres, iba a condecorarme con la medalla al mérito.
Y no solo por eso, sino porque al abrirle un poco la puerta
hacia mi pasado, vi en sus ojos empatía. Estaba ahí,
gritándome alto y claro.
No me fue muy difícil intuir que un chaval de trece, a
quien se le murió el padre y que de la noche a la mañana
fue llevado a Soyapango, no debió tener una adolescencia
suave, y más si había terminado en una mara. Solo
necesitaba conectar con el niño que llevábamos dentro, y lo
logré. Vi su muro resquebrajarse, y cuando no me dejó irme,
sabía que lo había logrado.
Después estaban esas miradas. ¿De verdad pensaba que
no me daba cuenta de que le ponía del mismo modo que él
a mí? Tenía una dilatada experiencia con tíos casados, me
había hecho un máster a lo largo de los años, y sabía que
ser gay en una mara era peor que serlo en el fútbol, porque
en una pandilla te costaba la vida.
Los mareros no eran gais, era un hecho, porque serlo era
una deshonra que se pagaba muy cara.
Incluso en las cárceles, donde la mayoría de reclusos
pasan por la piedra al no tener mujeres, lo tenían prohibido.
En un penal californiano, donde la presencia de los mareros
era muy alta, detectaron que un homeboy quería hacer caer
en el pecado a alguno de su propia pandilla.
Le rozaba con disimulo los genitales mientras veían una
película, o incluso le hacía insinuaciones si pensaba que
tenían alguna posibilidad.
Cuando el líder de la clica, que estaba fuera, fue
informado, hizo que uno de ellos se dejara hacer una
mamada mientras que el resto miraba a escondidas para
pasarle el reporte.
Coco, como apodaban al homosexual, fue encontrado a
la mañana siguiente estrangulado en las duchas, en el
mismo lugar en el que hizo la felación al Yuca.
La homosexualidad era una falta imperdonable y
deshonrosa, por lo que era difícil que uno de sus miembros
reconociera ser gay. Los que vivían en Estados Unidos eran
muy discretos y recurrían, casi siempre, a chicos de
compañía, como lo había sido yo.
La única manera de poder penetrar a alguien de tu
mismo sexo era a través de la violación. La violación en sí
misma podía llegar a convertirse en elemento de castigo, el
penetrador expresaba su poder sobre la persona sometida,
convirtiéndolo en algo que nada tenía que ver con el placer
o el erotismo.
No me extrañaba que Lionel hubiera construido su propia
cámara acorazada sobre los cimientos de una familia
tradicional, ocultando sus gustos personales.
Los hijos no significaban nada, muchos gais eran padres
a través del método natural. Y que pudiera mantener
relaciones sexuales con mujeres, tampoco. Cuando te crías
en un mundo como ese, aprendes a desdoblarte. Ubicas a
un lado de la línea lo que te gusta y al otro lo que debes
hacer para conservar la vida.
A mí no es que me fuera la vida en ello, pero, en parte, sí
mi supervivencia, así que aprendí a tener mi propia
estrategia con algunos clientes que no me ponían, pero que
pagaban de puta madre, y me corría.
Lo de que un hombre no puede fingir en el sexo no es
cierto, lo único que necesitas es cierta habilidad para
aprender a autoengañarte. Creas una realidad paralela con
el único objetivo de eyacular.
—¿Por qué has llegado con Envidia? ¿Te lo estás tirando?
«Ojalá», tuve ganas de contestar.
La pregunta me la había hecho Raven, con cierto
disimulo, porque los demás estaban liados mirando los
turnos de esa noche. Yo prefería evitar el embotellamiento y
ser de los últimos.
Estaba sentado en el banco, estirando la toga.
—No, no me lo estoy tirando —respondí—, vive en mi
barrio y coincidimos. Lo vi antes de que fuera a bajar por las
escaleras del metro y me ofrecí a traerlo.
—¿Te ofreciste? Cuánta amabilidad. Tú lo que quieres es
comerle el rabo. Todos lo sabemos.
—¿Desde cuándo hablas con los demás sobre mí?
—Desde que alguien inició una apuesta para ver si el
casado caía a manos del gay. No te lo tomes a mal, alguien
lo sugirió y todos se pusieron a apostar, no podía quedarme
fuera, hubiera sido raro. De lo que sigo teniendo dudas es
de si solo es eso o el exbombero es tu motivo de trabajar
aquí.
—Ya sabes que no puedo hablar de eso.
—Lo sé, lo que no quita que me genere curiosidad.
—Pues olvídate de mí y usa tu curiosidad para echarte
una partida al Cluedo con Dakota, o para explorar nuevos
horizontes. Por cierto, ahora que ya ha pasado todo, ¿qué
tal está?
—Más tranquila. Yo solo espero que se les caiga el puto
pelo en el juicio.
—Lo importante es que todo se ha puesto en su sitio. En
cuanto dicten sentencia, me presentaré en la cárcel cuando
concedan el primer vis a vis. Quiero ver la cara que se le
pone cuando le dé el golpe de gracia.
—Todo llega. ¿Te apetece que después me pase por tu
piso y echamos unas partidas a la Play, o tienes planes con
el de la manguera?
Jugar un rato a los videojuegos con Raven, mientras
charlábamos de nuestras cosas, era de mis momentos
favoritos.
—No tengo planes, ya te he dicho que solo lo he
acercado.
—Eso es que no se ha dejado —rio por lo bajo.
—¿Y Dakota? ¿No le va a importar que llegues tarde por
estar jugando a la consola en lugar de acurrucarla entre tus
brazos?
—Está en casa de sus abuelos, y si la tengo entre mis
brazos, me da por follar.
—Entonces se trata de eso, prefieres mi compañía a la de
Robbins porque tu chica no está. Deberías pillarte un piso
para ti solo.
—Estoy en ello, las paredes son muy finas y odio oírle
roncar.
Me reí por lo bajo.
—Disculpad que interrumpa, pero Corey me ha dicho que
necesitabas otro calzoncillo para el show, que el que llevas
te puede estrangular un huevo y tu polla puede morir por
asfixia, así que, antes de que se te gangrene, vengo con mi
cinta métrica a tomarte las medidas.
Asomé la cabeza, porque la voz femenina procedía de
detrás de mi mejor amigo, quien ejercía de pantalla.
Ahí estaba Janelle, la hermana de Marlon, quien se
ocupaba del vestuario y de recogernos la ropa cuando
terminábamos el show. Era muy escrupulosa con sus
creaciones y no le gustaba que pudieran sufrir daño alguno
o que las clientas pudieran quedarse las prendas que con
tanto mimo decoraba.
—¿Quieres medirme la polla y que te diga el volumen de
mis huevos? —pregunté sin tapujos. La pelirroja con cara de
elfo tenía lengua incendiaria.
Físicamente, se parecía a su hermano como un huevo a
una castaña.
—No, lo que quiero es pasarte mi cinta métrica por ellos
—comentó juguetona, tirando de los dos extremos. La
llevaba colgada en el cuello.
—Me gusta el descaro de esta chica —reí, guiñándole un
ojo a Raven—. ¿Necesitas que me quite los que llevo
puestos? —pregunté, poniéndome en pie—. ¿O prefieres
evaluar el género?
Le agarré la mano descarado y la llevé a mi entrepierna,
dándole opción a que se apartara. Solo se trataba de un
inocente juego, ambos lo sabíamos.
—¡¿Qué cojones haces, tío?! ¡Mantén las manos de mi
hermana fuera de tu polla!
Marlon me embistió como un toro enfurecido, y Janelle se
puso a chillar como las locas.
—Pero ¡¿de qué vas?! ¡Solo le estaba tomando las
medidas!
—¿Las medidas? ¿Para qué tienes la cinta?
—¡No te metas en mi trabajo!
—Tu trabajo no es ir tocando pollas.
—Pero el tuyo sí que es dejártela tocar —rugió ella como
una leona. ¡Menudo carácter.
—Eh, ¿qué está pasando?
Lujuria, quien había dado la orden de que Janelle
arreglara mis calzoncillos, vino hacia nosotros.
—Mi hermano, ¡que es un troglodita y un machista!
—¡Yo no soy un machista! —respondió alterado. Las
aletas de su nariz estaban hinchadas, al igual que la vena
de su cuello.
—Ya lo creo que sí, te comportas como uno en cuanto a
lo que a mí se refiere.
—¡Porque te protejo!
—Yo no necesito que me protejas.
—He visto cómo este capullo te cogía la mano y se la
llevaba al paquete.
—Porque debía sopesar su capacidad volumétrica más
allá de la cinta de medir. La tiene mucho más grande que el
resto de vosotros, así que no tenía claro lo que necesitaba.
»Los cocineros prueban la comida para saber si está
sabrosa, y las modistas tocamos los huevos para que no se
os pongan morados.
—Aquí el único que se ha puesto morado es el amigo.
—¡No te metas en mis asuntos, o empezaré a meterme
en los tuyos y le diré a papá dónde trabajas! —Marlon se
puso blanco, aunque no se dejó amilanar y contraatacó.
—¿En el mismo lugar que tú?
—Yo coso ropa, no me despeloto, ni hago otras cosas que
haces tú. Por lo menos, todavía —musitó por lo bajo.
—¡¿Cómo que todavía?!
—¡Basta! —bramó Corey, que se había hartado de tanta
disputa—. Tú —señaló a Marlon—, a la ducha, necesitas una
buena dosis de agua fría para rebajar esos humos. Y
vosotros dos… —Fue nuestro turno—. Seguidme, vamos a
encontrar un lugar más relajado e íntimo en el que poder
tomarte las medidas sin que peligre vuestra integridad
física.
Marlon dio un puñetazo contra la pared y me miró
ofendido.
—Ni la mires.
¡Mierda! La había cagado, pero bien, con él, le debía una
disculpa. Se marchó renegando por lo bajo.
—¿Puedo ir a…? —sugerí en dirección al rockero.
—No, déjalo que se atempere —musitó Corey, pasándose
la mano por la melena.
—Es culpa de nuestra sangre italiana, todos los tíos de la
familia se creen unos machos alfa que tienen a su cargo a
unas debiluchas —resopló Janelle.
—¿Sois italianos?
—Por parte de padre, mi madre es irlandesa —se señaló
las pecas—. Somos cuatro. Todos morenos y yo la oveja
pelirroja, como mamá.
—Las pelirrojas son de lo más exóticas —la elogié.
—Eso díselo a Jordan, que no hay manera de que me deje
formar parte del espectáculo. Yo pensaba que me iba a dar
tu pecado, pero no, las chicas están prohibidas sobre el
escenario a no ser que sea para recoger ropa.
—¿Tú querías ser un pecado?
—¿Por qué todos os extrañáis?
—Janelle, ya hablamos de eso, es un club para mujeres,
no tiene lugar que uno de los pecados sea una pecada.
—Claro, obviemos a las bisexuales y las tortilleras. Arriba
la homofobia.
—¡No se trata de eso, y lo sabes! —exclamó Lujuria.
—Estoy con ella, en la diversidad está el gusto —rompí
una lanza a favor de Janelle.
—Gracias —me sonrió, y Corey resopló.
—No necesito que me presionéis más de lo que ya estoy.
Haced el favor de dejar a un lado vuestras pretensiones
reivindicativas, y si no os gusta, os montáis vuestro local,
con vuestras normas. Trabajáis para Jordan y es lo que hay.
¿Estamos?
—Estamos —tuvimos que aceptar.
—Bien, y ahora id a la sala en la que cose Janelle y
limitaos a lo que os he pedido. ¡Menuda nochecita me
espera!
La modista y yo nos miramos y sonreímos cómplices.
—Venga, que voy a hacerte un maravilloso calzoncillo en
el que quepa tu paquetón.
—¿Y vas a volver a tocarme? —pregunté jocoso.
—Por supuesto, todo lo que pueda y más. ¡Que le den a
Marlon!
Ambos reímos pasando por el lado de Leo. Envidia tenía
el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
Los dorsos de nuestras manos se rozaron por accidente,
y Nueva York se iluminó sin necesidad de corriente eléctrica.
CAPÍTULO 14

Leo

Me estaba volviendo loco, definitiva y rematadamente


loco.
El viaje en moto fue una auténtica pesadilla; o Dave era
un conductor pésimo, o le hacía gracia dar frenazos para
que me encajara en su culo cada dos por tres.
Fueron los veinte minutos más largos y sudorosos de
toda mi historia.
Cuando bajé de la moto, lo hice con un gruñido y una
erección tan bestia que le arrojé el casco de malas maneras,
le dije que nunca más me montaría con él porque había
temido por mi integridad física, y entré como un vendaval
directo a la ducha con la excusa de la bolera.
¡Puto niñato de los cojones! Que le sacaba cinco años por
lo menos y, a esas alturas, no podía permitirme algo como
lo que me estaba pasando.
El agua me ayudó a relajarme un poco, intenté obviar su
presencia, su sonrisa, su cuerpo, sus comentarios hacia
otros compañeros, en fin, que lo ignoré; hasta que el roneo
que mantuvo con la hermana de Marlon casi me hizo
estallar por los aires. ¿De qué mierda iba? La familia es
sagrada, si hubiera sido la mía, ya le habría partido la cara.
Además, ¿no se suponía que le iban los tíos? Todo apuntaba
a que era así. No tenía sentido alguno que tonteara con ella.
Era un puto dolor de cabeza. Un provocador nato al que
le gustaba gustar, esa era la conclusión a la que había
llegado, y su mierda de actitud solo me llevaba al borde de
una delgada línea que no estaba dispuesto a cruzar.
Ni podía, ni debía.
En cuanto se largó con Janelle, me centré en mi curro, en
las mujeres que eran mi sustento, en la actuación, o eso
intenté, porque mis ojos traicioneros lo buscaban cada dos
por tres. Tenía ansia por ver con quién estaba, qué hacía y,
sobre todo, si me miraba.
Tenía ganas de darme de cabezazos contra cualquier
objeto lo suficientemente contundente, hacía demasiado
que yo no… Que creía tenerlo controlado, mi fuerza de
voluntad, la vida que había creado, mi familia, eran más
fuertes que la pulsión que enterré hace mucho tiempo. Eso
solo me trajo problemas, unos que no me interesaba
remover.
Estaba tan fuera de mi lugar, tan alterado, que por poco
tiré a una de las clientas del escenario al verlo abrazándose
a Marlon.
«Pero ¡qué cojones!».
Trastabillé mientras estaba girando con la mujer anclada
a mi cintura, me había acercado tanto al borde del
escenario para mirarlo que por poco tuve que pagarle una
dentadura nueva a la clienta.
Las mujeres de la sala gritaron contenidas. Tuve suerte
de los reflejos que hacía gala y de que no me fallaron las
fuerzas. Pude remontar maldiciéndome por dentro. Dave era
una distracción y me iba a costar el trabajo. «¡No me lo
puedo permitir!», volví a repetirme para ver si me quedaba
claro.
La chica me miraba con cara de susto, ella también debió
ver peligrar su vida.
—Perdona —me disculpé—. He calculado mal.
—No pasa nada —respondió temblorosa—, yo también
soy muy patosa, suerte que no nos hemos caído —rio
nerviosa.
La bajé y la acompañé a su mesa antes de que se
complicaran todavía más las cosas. Mi número terminó y me
metí entre bastidores pateando una de las prendas de
vestuario.
Jordan me esperaba con el ceño fruncido y los brazos
cruzados.
—¿Qué ha pasado ahí arriba?
—He sufrido un mareo. Lo siento. ¡Menuda mierda de
actuación! ¡Casi la tiro!
—Serénate. No te había pasado nunca, ¿estás bien?,
¿puedes seguir trabajando?
—Sí, no te preocupes, he cenado poco, debe ser eso —
mentí—, me refresco y salgo a servir mesas, lo siento.
Fui a marcharme, pero el jefe me agarró del brazo.
—Si no estás bien, vuelve a casa.
—No, voy a seguir trabajando. —Lo que me molestaba
era que la culpa era mía, por no saber separar las cosas y
ser capaz de tener la atención puesta en el espectáculo,
que era por lo que estaba en el SKS, bueno, por eso y por el
anonimato.
—Si es por el dinero, sabes que puedo hacerte un
préstamo.
—No es eso, de verdad. Voy justo, como siempre, eso no
lo puedo negar, sin embargo, no necesito un anticipo, solo
algo de comida, te lo agradezco, boss, puedo seguir.
—Te estaré observando, y si vuelvo a ver algún indicio de
que no te sientes bien, te mando con María, ¿estamos? —
asentí. Gula era el siguiente en salir, se puso a mi lado y
Jordan le preguntó si tenía alguno de los dulces que muchas
veces nos traía para comer después del espectáculo. Que
necesitaba comer algo en ese momento.
—Sí, hoy traje, la taquilla está abierta, así que píllate
uno, Leo.
—Con uno de esos, fijo que remonto.
—Pues venga, ya estás tardando. —Me palmeó el jefe.
La verdad es que era de agradecer cómo Jordan siempre
estaba ahí para todos nosotros, no se le escapaba una, y
cuando entré a trabajar en el SKS, no dudó en darme un
anticipo cuando le comenté que iba algo apurado con lo del
bebé.
Para no destapar la mentira, fui directo a engullir una de
esas obras de arte azucaradas de Gula. A él le encargué el
último pastel de cumpleaños de Elena, y la niña no dejaba
de preguntar cuándo volvía a ser su cumple para comer otro
igual.
Pensar en mis hijas me revolvió las tripas. No se
merecían que les hiciera eso, que les fallara, y mucho
menos María. Le juré que funcionaría, que la protegería, y
sentía que en esos días no lo estaba haciendo.
Fui al lavamanos, me quité la máscara y me mojé la cara.
Miré mi rostro en el espejo e intenté encontrar al hombre
que construí a base de esfuerzo. No podía destrozar lo que
tanto nos había costado, mis chicas dependían de las
decisiones que tomara, por eso tuve que dejar la brigada.
Me aparté con brusquedad y fui a ponerme el atuendo de
camarero. Necesitaba dinero, era lo único que importaba en
ese momento.
En cuanto llegué a la zona de mesas, empecé a recibir
peticiones de bailes privados, podría haber aceptado
alguno, aunque no era eso lo que estaba buscando, sino un
servicio extra.
Me acerqué a la barra en la que se encontraba Pereza, y
le hice los pedidos para llevar a las mesas.
—Me han dicho que casi te caes del escenario, que te ha
dado un mareo, ¿estás bien? ¿Te doy un zumo o algo?
—¡Métete en tus asuntos, Pereza, y prepárame lo que te
he pedido! —gruñí—. No eres mi amigo, ni mi familia como
para tener que preocuparte por mí, que ya tengo pelos en
los huevos.
—¿En serio? Porque yo te los he visto depilados. —Le
miré mal y le di la espalda mientras se ponía con las copas.
No tenía ganas de ver su cara o cualquier maldito punto de
su anatomía sin camiseta.
—Disculpa —murmuró una mujer que acababa de
plantarse delante de mí. Alcé la mirada, y me encontré con
alguien que definitivamente esperaba no volver a ver.
—¿Sí? —carraspeé, recordándome que llevaba la
protección de la máscara.
Ella me sonrió y relamió sus labios carnosos.
—Quiero un privado.
—Hoy no hago privados, lo siento.
—No me has entendido —dio un paso hacia mí, y clavó
las uñas rojas en mi pecho para deslizarlas hacia abajo—.
Quiero follar contigo, no me importa cuánto tenga que
pagar.
Tensé la mandíbula.
—No puedo. Lo siento, pregúntale a él —señalé a
Soberbia—, o a él. —La mujer ni siquiera miró hacia
Avaricia, tenía los ojos negros clavados en mí y no los
movía.
—No. Te quiero a ti, y siempre consigo lo que quiero, pon
una cifra.
—Disculpe, mi compañero acaba de decirle que no. —La
respuesta de Dave me hizo cerrar los ojos. Ella torció el
cuello y lo contempló con interés.
—Mantente fuera de esto, Pereza —le reclamé.
—Sí, un poco de pereza sí que da —comentó ella,
volviendo a mí—. Voy a hacer como si no hubiera escuchado
tu rechazo, te esperaré en cuanto termines el servicio, no
me hagas esperar o… —Pasó la mano por detrás de mi nuca
y murmuró en mi oído, poniéndome tenso al cien por cien.
¡Joder!
Cuando se separó de mí, lo hizo dándome un pico, con
una sonrisa triunfal, para largarse contoneando su generoso
trasero embutido en un vestido de tirantes finos repleto de
cristales rojos.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada que te importe —respondí, dándome la vuelta
para golpear la barra con el puño—. ¡Aléjate de mis asuntos,
Pereza!
Cogí la bandeja repleta hasta los topes y me largué.
CAPÍTULO 15

Leo, quince años antes

Tenía un amigo, uno que apareció en mi vida cuando más


lo necesitaba y sin pedir nada a cambio, uno que había
cambiado mis últimos dos años en Soyapango.
No importaba que nos lleváramos tres años, o que
fuéramos de culturas distintas, porque a Julio César no le
importaba eso.
Él ya tenía dieciocho y yo los quince, llevaba uno
saliendo con su hermana y Julio estaba encantado. Carlos
Alberto era historia, lo habían metido en un centro de
menores por menudeo y pertenencia a la MS-13. Era la
misma mara a la que pertenecía mi mejor amigo y,
supuestamente, a la que pertenecería mi novia si se decidía
a pasar por uno de los ritos de iniciación; o la paliza, o la
violación grupal. Si no se había sometido a ninguna de las
dos era porque yo me oponía a formar parte del grupo.
Mi mejor amigo llevaba tiempo insistiendo en que me
uniera, también mi tío, que pertenecía a la misma pandilla,
pero parte de mí tenía ciertas reticencias porque no me
convencían algunas de las normas.
Julio lanzó el balón de baloncesto al aire tumbado en mi
cama.
—¿Por qué sigues negándote? ¡Si casi eres uno de los
nuestros, man! ¿Por qué te resistes? No vas a volver a los
Yunaís[12], tu vida está aquí, con nosotros. Tienes madera de
homeboy.
Julio César se había portado conmigo como un hermano
mayor. Sin que se enterara la mara, me había enseñado a
pelear, a disparar, sus códigos, obviando mi falta de interés
por unirme a la pandilla. Había cuidado de mí, se ocupó no
solo de que nadie volviera a ponerme una mano encima,
sino de enseñarme a hacerme respetar, a no sentirme
indefenso, a que los demás me percibieran como alguien
que les podía plantar cara.
El problema radicaba en que si no pertenecías al grupo,
tenías menos posibilidades de sobrevivir. Tenía muchísimo
que agradecerle, y últimamente me estaban entrando
dudas sobre si era buena idea seguir oponiéndome a tener
una familia que me protegería y cuidaría de mí.
Mi madre no estaba mucho mejor, mis abuelos eran
mayores, y si no fuera por tío José, estarían sufriendo
extorsiones.
No solo tenía dudas sobre si quería o no pertenecer al
grupo, también sobre lo que sentía por mi mejor amigo. Al
principio, creí que se trataba de admiración, pero ya no
estaba tan seguro.
Llevaba un año que, cada vez que Julio César estaba
cerca de mí, mi corazón se aceleraba, si me tocaba, me
estremecía mucho más que cualquier beso de su hermana,
y había tenido sueños que no debería.
—Eh, Lion, te estoy hablando —me llamó la atención.
Estaba tumbado sobre mi cama, sin camiseta, con el
torso cubierto de músculos flexibles y más tinta que la
última vez. Muchas veces se quedaba a dormir en casa y
compartíamos colchón, como esa noche.
Me levanté tan duro que tuve que salir corriendo antes
de que se percatara. Tenía su culo pegado a mi entrepierna,
mi nariz hundida en la piel suave de la espalda y lo rodeaba
con el brazo mientras él dormía plácido. Era pensar en ello y
mi polla reaccionaba.
No podía gustarme, en El Salvador estaba muy mal visto
ser gay, tenía que tratarse de otra cosa. Intenté volver a la
conversación.
—Lo-lo sé —respondí con la boca seca. Él me sonrió, se
relamió y tocó sus abdominales, haciendo girar la pelota
sobre un dedo.
—¿Te gustan? —Mi cara ardió y no supe qué responder.
Me daba miedo y vergüenza que me acusara de ser un
pipián[13]—. Podrías hacerte alguno, ya te dije que te
faltaban tinta y cicatrices.
Sentí alivio, no lo decía por su cuerpo, sino por los
nuevos tatuajes que lo decoraban.
—He estado dándole vueltas —siguió sin esperar mi
respuesta—, y creo que quiero formar una pandilla propia,
una en la que te sintieras bien, y me gustaría contar contigo
—suspiró soñador.
—¿Una propia?
Detuvo el movimiento del balón, me sonrió y se puso de
lado con la cabeza apoyada en la mano.
—¿Lo ves una locura?
—Lo veo difícil, las otras maras no te dejarán.
—Bueno, todo es ponerse, estoy cansado de estar
siempre sin pisto[14], mientras otros se llenan los bolsillos a
mi costa. ¡Que les jodan! ¡Tengo cabeza y tengo ambición,
man! Estoy hasta los huevos de tener que depender de mi
padre —proclamó, acariciándose un costado. Los tonos
violáceos de la última paliza que le dio su padre se habían
vuelto amarillos.
Julio César se revolvió contra él, ya no era un niño, y su
padre terminó con un ojo morado, la boca sangrando y
riendo por haber criado a tremendo hijo de puta.
Después de la paliza, mi amigo vino para decirme que no
lo aguantaba más, que quería largarse de casa, tener la
suya propia, que estaba harto, que cualquier día se le iría la
olla y lo mataría, esa sería su ruina.
—Dudo que tu padre te deje salirte de la clica.
—¿Y piensas que me importa? Casi siempre anda
bolo[15], cualquier día los de Barrio-18 lo matan de un
cachimbazo[16]. Las maras están cambiando y están
saliendo nuevos grupos que quieren su trozo del pastel, solo
hace falta contar con la gente adecuada y dar un golpe
sobre la mesa lo bastante contundente como para que te
respeten. Camarón que se duerme se lo lleva la corriente,
tenemos que ser de los primeros en hacer algo así, a lo
grande. ¿Te imaginas? ¿Un grupo tuyo y mío? —Los ojos le
brillaban—. Eres más que cualquiera de mi familia, y
terminarás siéndolo. Mi hermana y tú os casaréis, y ella
alumbrará a tus hijos. Tendrás un montón de cipotes[17]
correteando por la casa. —La idea me dio un escalofrío,
porque lo que de verdad me apetecía no era eso—. ¿Ya te la
has doblado[18]?
—¡No! —exclamé rápido.
—Tranquilo, no pasa nada, sería lo más normal. Wendy
está muy guapa y le han salido un buen par de chiches[19].
—Respeta a tu hermana.
—¿O qué? ¿Eh?
Salió de la cama y se abalanzó sobre mí para pelear. Al
igual que él, lo único que llevaba puesto era un pantalón
corto porque hacía muchísimo calor. Me dio varios
agarrones, tirones y golpes. Por supuesto que me defendí y
contraataqué. Me faltaba el aire, en lo único que podía
pensar era en el tacto de su piel, en cuánto me gustaba
tenerlo cerca, en su olor masculino llenando mis fosas
nasales.
Cuando finalmente logró tumbarme sobre el suelo, me
bloqueó con las manos por encima de mi cabeza. Su torso
cubría el mío, seguía siendo un poco más alto, aunque
tumbados no se notaba. Me fijé en su rostro, en la firmeza
de sus labios, y deseé que los bajara para comerme la boca.
Julio César resolló. Me gustó la sensación de no ser el
único que se había cansado, aunque me hubiera superado.
Su aliento cálido rozaba mi mejilla cuando se acercó hasta
ella para hablar en mi oído.
—Te quiero en mi vida, para siempre, haz esto conmigo,
haz esto por mí, y te juro que nunca te abandonaré. Tú y yo
unidos para siempre en un proyecto común, seremos todo lo
que siempre hemos querido ser. ¿De verdad que no te
gustaría? —Volvió a enfrentar su mirada a la mía—. Dime
que no quieres eso para nosotros.
El pulso me iba a mil. Nosotros, él, yo, para siempre.
Sonaba tan bien. La polla se me empezó a endurecer sin
que pudiera evitarlo, estaba demasiado cerca, había
demasiado contacto, y sus palabras… Sabía que no se
refería a una relación, aun así, las sentía como si aceptara
que pudiéramos tener un futuro juntos.
Julio César pasó la lengua por sus labios resecos y me
sonrió sin moverse. ¿Estaría notando cómo me estaba
poniendo? Si era así, no lo demostraba. Una pátina ligera de
sudor cubría mi frente.
—Dilo —insistió inamovible. Me retorcí un poco y él siguió
sujetándome con fuerza—. Dilo, ambos sabemos que lo
estás deseando, no te contengas, Lion, hazlo de una puta
vez.
Bajó el tono de voz. ¿Era yo, o se había aproximado
todavía más? Me estaba muriendo de deseo.
—Quiero —respondí hipnotizado por todas las emociones
que despertaba en mí.
—Lo sabía. No te vas a arrepentir, te lo juro, voy a
hacerte un hombre extremadamente rico y cabrón.
CAPÍTULO 16

Ray

Lo estaba siguiendo.
No estaba muy seguro de qué ocurría, pero sí de que esa
mujer era alguien perteneciente a la SM-666. Lo supe
cuando me acerqué a su mesa y vi asomar, parcialmente,
ese tatuaje tan característico en uno de sus muslos.
Cuando fue el turno de que Leo se pusiera tras la barra y
a mí me tocó la sala, no dudé en ir hasta ellas, quería
averiguar si el oído no me falló y el acento que había
detectado en ella era de El Salvador.
Cuando trabajas en una brigada como la mía, te habitúas
a discernir entre los diferentes acentos latinos, sobre todo,
los que tienen que ver con el tráfico y las pandillas.
—Buenas noches, ¿todo bien por aquí? Parecéis
sedientas y vuestros vasos demasiado vacíos. ¿Os pongo
algo?
Las tres se giraron y alzaron sus rostros hacia mí. Eran
guapas, morenas, de ojos oscuros y rasgos que hablaban de
sus orígenes. La mujer que se había dirigido a Leo era la
más mayor, aunque no demasiado, no creía que llegara a
los treinta.
—¿Qué puedes ofrecernos? —bromeó una de ellas
repasándome con interés.
—Lo que os apetezca, una bebida, un show privado para
después… O algo de placer —murmuré ronco. Ellas rieron
pizpiretas, salvo la que era objeto de mis atenciones, que se
mantenía imperturbable, esquiva.
—Tres margaritas estarán bien —respondió por las demás
con intención de despacharme.
—A mí lo del placer no me parece mal —jugueteó la del
vestido plateado.
—Compórtate, Flor —la riñó ella. La chica arrugó el ceño,
pero calló, puede que fueran hermanas. Porque la de rojo
exudaba autoridad sobre las otras.
—Entonces, ¿nada de placer? Os garantizo que podría
daros mucho.
—¿A las tres? —cuestionó interesada la que quedaba por
hablar.
—¡Mercedes! —Otra vez las reñía.
—¡Nos trajiste aquí para divertirnos! —se quejó Mercedes
—. Y él nos está dando chance, está bien galán.
—¡Basta! —exclamó contrariada.
Se removió en la silla, y fue entonces cuando me fijé en
el tatuaje del muslo, una liga con una catrina en el centro
que se asemejaba mucho a ella. Aunque lo que más me
llamó la atención fueron las letras bajo la imagen. Podían
distinguirse una S y una M mayúscula, seguidas de un
guion. La tipografía era la misma que empleaban los de la
mara SM-666, por lo que el tatuaje incluiría la cifra después
del guion, el problema era que no lo podía ver debido al
cruce de piernas.
—¿A ti te pagan para servir, o para mirar? —inquirió sin
moverse un ápice.
—Con esa cara, ese cuerpo y esas piernas —puntualicé
—, tendría que ser muy poco hombre si no lo hiciera. —Flor
y Mercedes rieron por lo bajo, añadiendo un suspiro. La de
la liga seguía con esa expresión dura—. Me gustan mucho
los tatuajes. El tuyo se ve bonito, ¿qué significa?
Ella cogió el bolso y lo cubrió.
—Que o te largas y nos sirves los cócteles, o estarás
metido en problemas.
—Lo lamento, no pretendía incomodaros, solo hacía mi
trabajo. Chicas, ahora mismo traigo lo que habéis pedido,
disculpad.
Mientras me iba, escuché a las dos más jóvenes
protestar, le reprochaban a la del tatuaje que les estuviera
amargando y cortando la diversión.
Les llevé los margaritas y les dije que invitaba la casa.
Me pasé el resto de la noche observándolas, hubo más
de un cruce de miradas entre ella y Lionel, algo pasaba.
Al ver que Envidia recogía sus cosas y se iba, lo imité, ni
siquiera me acordé que había quedado con Raven para
jugar a la Play. Todos mis sentidos estaban en alerta. ¿Y si la
morena era una enviada de Muerte para que Leo acudiera a
un encuentro con él?
Me mantuve a una distancia prudencial para que no
detectara que lo estaba siguiendo con la moto. Lo que
menos quería era ser descubierto.
Mi corazón latía con fuerza mientras aceleré a través de
las calles del distrito financiero. La lluvia ligera había
comenzado a caer, lo que hacía que las calles brillaran bajo
las luces de neón. Mi objetivo estaba claro: no perderlos y
determinar si el lugar al que se dirigían pertenecía a la SM-
666 y estaba vinculado con Muerte.
Intenté mantener una distancia segura para no levantar
sospechas. La lluvia dificultaba la visibilidad, mientras me
adentraba en el Ed Koch Queensboro Brg para cruzar el río
Este y tomar la 25A, aunque ello también me daba cierta
ventaja, mi moto era más ágil que el pesado coche que
perseguía.
Sabía que debería respetar las señales de tráfico, pero en
ese momento la adrenalina y la urgencia no me permitían
mirar más allá del objetivo.
A medida que nos acercábamos a Queens, me tensé.
¿Qué hacían en nuestra zona? ¿Irían a casa de Lionel? ¿Y si
esas mujeres eran amigas de María? En el informe no tenía
ningún tipo de información sobre la mujer de Torres, sobre
su pertenencia a alguna mara, aunque era de lo más común
que cuando cruzaban a Estados Unidos, cambiaran de
identidad.
No podía tratarse de sexo, los chicos se tiraban a las
clientas en el Savage, un hotel en el que tenían sus propias
habitaciones alquiladas para ello.
O quizá la morena y sus hermanas quisieran una fiesta
privada en su casa.
No, no, no, tenía que ser algo más.
Di gas cuando estaba a punto de cruzar el Flushing
Creek, necesitaba adelantar a los vehículos que estaba
usando de salvapantallas. Y por poco salí volando por los
aires por culpa de la incorporación de dos Audis negros, con
cristales tintados, que surgieron de la nada para colocarse
delante de mí, cerrándome el paso de manera abrupta.
Pero ¡¿qué demonios?! La sorpresa y el peligro se
combinaron en un instante, haciendo que mi corazón
corriera todavía más que mi moto.
Sin tiempo para dudar, giré el manillar y derrapé hacia
un lado, evitando por poco chocar contra uno de los SQ7.
El pavimento estaba resbaladizo, por culpa del agua, sin
embargo, mi experiencia como agente infiltrado del HSI me
había preparado para situaciones extremas como esa.
El sonido de los motores rugiendo llenaba el aire
mientras intentaba mantenerme íntegro en la persecución.
Los Audis intentaban bloquearme en cada oportunidad, no
se trataba de dos capullos queriendo jugársela en una
carrera nocturna, más bien eran un obstáculo para que
perdiera de vista a Lionel, la morena y sus acompañantes.
Que me hubieran detectado no era una buena señal,
encima iba desarmado.
No podía permitir que escaparan.
Intenté adelantarlos por la izquierda, no podía perder al
objetivo, el coche se pegó tanto a mí que temí ser
despedido y caer al agua. Tuve que aflojar e intentar otra
maniobra.
Me había ido de muy poco.
Me estaba empapando, una mezcla de lluvia y sudor que
pegaba la ropa a mi cuerpo.
Reculé para intentar, a la desesperada, meterme entre
ellos lo suficientemente rápido para no terminar aplastado.
¿Quién querría joder la carrocería de dos SQ7 por un
estríper motorizado?
Al parecer, esos tíos, porque fue asomar la rueda y
ambos vehículos cerraron filas. Sus retrovisores quedaron
separados por unos milímetros.
Ya estábamos al otro lado del agua, en el distrito de
Queens, y no tenía ni puta idea de si el vehículo en el que
Leo se había subido seguía ahí delante o habría girado en
cualquier calle.
¡Mierda!
Necesitaba deshacerme de esos dos, pero parecía
imposible.
En la primera oportunidad que tuve, cogí la salida de la
derecha, apurando para que ellos no pudieran dar marcha
atrás. Intentaría acelerar por las calles y meterme en la
siguiente. Quizá todavía pudiera atraparlos.
La esperanza es lo último que se pierde, y yo la tenía en
cantidades industriales.
Me salté un semáforo en rojo y tuve que derrapar para
que un Ford rojo no me llevara por delante. No me di cuenta
del enorme charco, ni de que iba a hacer aquaplanning. La
moto patinó con fuerza, incapaz de evacuar la gran cantidad
de agua, perdí el control total y salí disparado por el asfalto.
Tenía suerte de llevar pantalón largo, chaqueta de cuero
y casco, o podría haber terminado reventado.
Me di un buen golpe en la cabeza contra la acera.
Algunos sintecho se acercaron a mí, tanto para socorrerme
como para ver si había perdido la cartera. Sin embargo, se
apartaron de golpe al escuchar un chirrido de ruedas.
Cuatro tíos emergieron de los coches y me rodearon. Uno
me quitó el casco sin que pudiera evitarlo.
—¡Eh, no se le quita el casco a un accidentado! —gritó
un hombre algo embriagado.
—¡He llamado a emergencias! —proclamó otro que
paseaba a su perro. Mientras, ellos se fijaban en mi cara
salpicada por la lluvia.
Todos tenían la piel oscura, la cabeza rapada, algunos
tatuajes asomando por el cuello y una pequeña cruz en lo
alto de la mejilla.
Eran homeboys de la SM-666, no había duda.
Algunas maras habían optado por dejar a un lado lo de
su afición por la tinta, porque les delataba y no tenían ganas
de que la policía les pisara los talones. Los de la SM-666
eran distintos, no renegaban de su pertenencia a la mara,
sus decoraciones los representaban, igual que los animales
vistosos que advierten a sus oponentes del veneno que
llevan encima. Se sentían orgullosos de lo que eran, y no
dudaban en mostrarlo a la menor oportunidad.
—Miren lo que nos trajo la lluvia… —rio uno. Se puso de
cuclillas y me agarró de la chaqueta—. Un perro con ganas
de que le metan un bombazo[20]. —Escupió a un lado—. ¿Por
qué perseguías uno de nuestros coches?
—No sé de qué me hablas —gruñí dolorido.
—No sabe de qué hablo —rio, y los otros lo secundaron—,
deja que te refresque la memoria.
Cerró el puño y me golpeó la mandíbula. Intenté zafarme
de aquel tío, pero dos armas me encañonaron.
Las personas que estaban cerca, al ver las pistolas,
salieron corriendo despavoridas. Nadie quería meterse en
guerras que no le pertenecían.
—A ver si esto te aclara las ideas, perro. —Me zarandeó
—. ¿Por qué perseguías a Nuestra Señora?
¿Nuestra Señora? El apodo retorció mis tripas. ¿Era
posible que los rumores fueran ciertos y que Muerte
estuviera casado?
Según las últimas informaciones que le llegaron al
director Price, Muerte podría estarlo. El soplón comentó que
la llamaban Nuestra Señora, como si fuera una maldita
virgen a la que adorar.
Si no les daba un motivo creíble sobre por qué perseguía
el coche en el que iba Leo, me iban a matar.
—Vale, os lo cuento, pero guardad eso —pedí,
contemplando las armas. Uno de ellos se puso a registrarme
hasta dar con mi cartera, por suerte, llevaba la
documentación falsa, que fue lo que le enseñó al que
parecía el jefe.
—Habla. Ahora sabemos quién eres y dónde vives.
—Trabajo en el SKS, un club para mujeres en el distrito
financiero. Uno de mis compañeros aceptó un servicio
especial a una mujer muy atractiva, uno fuera del local —
carraspeé—. Cuando eso ocurre, uno de nosotros siempre lo
acompaña a una distancia prudencial para asegurarse de
que todo va bien. Me puse nervioso al ver que no tomaban
la ruta de siempre, por eso los seguía.
—Pues no deberías haberlo hecho, te equivocaste, perro,
nadie sigue a Nuestra Señora.
—Vale, vale, lo siento, me ha quedado claro. —Alcé las
manos.
Se oyó el sonido de las sirenas, tanto de las ambulancias
como de la policía, acercándose.
—Hoy es tu día de suerte, perro, pero como te volvamos
a ver cerca, no lo cuentas, ¿estamos?
—Sin problema. No lo volveré a hacer.
Uno tenía que saber cuándo retirarse a tiempo, esos
cabrones no se andaban con chiquitas.
El que se había dirigido a mí pateó mi abdomen para
clavarme contra el asfalto, se subieron a sus coches y
desaparecieron.
Solo esperaba que no le pasara nada a Leo.
CAPÍTULO 17

Leo, catorce años y medio antes

Lo miré entre nervioso y expectante, no estaba muy seguro


de que le gustara, aunque había puesto todo el empeño en
que así fuera.
Julio alzó los ojos del papel y me miró con aquella
intensidad que me dejaba sin aliento y provocaba que mis
tripas se encogieran.
—No te gusta —sentencié ahuevado[21].
No solía enseñarle mis dibujos a la gente, me daba
vergüenza lo que pudieran pensar de ellos. Al principio, era
un acto sistemático para relajarme y no pensar; después,
empecé a imitar dibujos, y más tarde, a crearlos sin un
modelo delante.
Creí que podría aportar el distintivo de la SM-666, hacer
algo realmente bueno, el dibujo que nos identificaría como
mara. Quizá hubiera sido demasiado pretencioso.
—Lo repetiré, o puede que sea mejor que lo haga otro, no
soy un profesional. Déjalo, no pasa nada.
Fui a quitarle el dibujo de los dedos, pero él me los cogió
antes de que se lo arrebatara. En sus labios se perfiló una
sonrisa y entrecruzó los suyos con los míos, uniendo
nuestras palmas.
—¿Bromeas? Se ve cachimbón[22]. Es perfecto.
—¿En serio?
—Yo no miento, man. Me gusta, es un proyecto común, y
debes sentirlo tanto tuyo como mío. —Sus palabras
aceleraron mi ritmo cardíaco—. Me gustaría saber por qué
te has decidido por esta imagen y lo que simboliza.
Estábamos en el parque Flores, frente al lago Ilopango.
Julio César había ido a buscarme en su moto, y me dijo que
llevara algo de comer en la mochila; que había llegado el
día de establecer las normas de nuestra mara y que
pasaríamos un buen rato allí.
Hacía calor, el ambiente era muy húmedo, por lo que no
descartábamos nadar un rato después de charlar.
Wendy y la chica de Julio se habían enfadado un poco por
no venir, pero yo no tenía vehículo y eran cosas nuestras,
como decía él. Les pidió que hicieran un día de chicas y se
divirtieran, que más tarde las pondríamos al día.
Solté su mano y señalé el dibujo. Los dos estábamos
tumbados sobre la manta, con el sol calentando nuestros
cuerpos.
—Las tres calaveras somos nosotros tres. Tú el de arriba,
Wendy la de la izquierda y yo el de la derecha. —No iba a
poner a su novia, que era una recién llegada, a no ser que
me lo pidiera—. Representamos a la Santa Muerte, y el
principio del grupo. Ver, oír y callar. Lo que pasa en la mara
se queda en la mara.
—Me gusta —suspiró—, sigue.
—El 666 hace referencia a lo que adoramos, Satán. —Al
nombrarlo, se me encogió un poco la tripa. Sabía que el
Diablo y la Santa Muerte eran nuestros patrones, pero, aun
así, me causaba un poco de nerviosismo, por mucho que
Julio me lo hubiera explicado.
—Bien. ¿Y las rosas?
—Las negras son en honor a nuestros caídos, y las rojas,
la promesa de que ninguna muerte quedará impune y se
pagará con sangre. Son las flores más hermosas,
apasionadas y peligrosas. Si alguien nos toca, le hacemos
sangrar.
—Veo más caídos que promesas.
Me mordí el labio.
—Si quieres, puedo modificar algunas, intenté que fuera
un dibujo armónico en cuanto a color, pero puedo poner esa
de ahí —señalé. Él rio por debajo de su nariz.
—Era una broma, está perfecto.
—¿En serio? —Mi corazón se puso a dar brincos.
—Tanto que mañana me lo pienso tatuar en la espalda, y
tú deberías hacer lo mismo.
—¿Yo?
—Eres el creador, el otro fundador, estaría feo que no lo
llevases, ¿no te parece? Yo invito. —Tragué con dureza—.
¿Te da miedo el dolor?
—No.
—¿Seguro? —Julio me había enseñado a pelear, y eso
había conllevado más de una golpiza bastante dura.
—Sí.
—Entonces, demuéstramelo, háztelo conmigo. —Sus ojos
brillaban, estaba tan guapo, lo deseaba tanto, que solo
pude asentir.
—Lo haré.
—¿En serio?
—Sí. —Me dio un abrazo y nuestros cuerpos se pegaron.
El calor que sentía se acrecentó. También la excitación
por su cuerpo pegado al mío.
—Vamos a hacer grandes cosas juntos, chero.[23] Vamos
a celebrarlo.
Tiró de mí para ponerme en pie. Me agarró de la
camiseta y tiró de ella hacia arriba.
—¿Qué haces? —pregunté cuando voló por los aires.
—Ayudarte, estás demasiado vestido y el agua muy
buena. Vamos a darnos un remojón y después seguimos,
hace demasiado calor para que piense con claridad.
Julio César se desnudó primero mientras yo me quedaba
inmóvil y era incapaz de hacer otra cosa que admirar su
cuerpo, cada vez más musculado y cubierto de tinta.
Al llegar a los calzoncillos, contuve el aire. Dio un tirón,
dejándome sin aliento al contemplar su belleza desnuda. Se
me pasaron mil cosas por la cabeza, entre ellas, ponerme
de rodillas y saborear su grosor. Cada vez pensaba más en
eso, aunque sabía que nunca sucedería, que mis
pensamientos eran tan incorrectos como inevitables.
—Deja de admirarle la pija al Diablo y quítate tu ropa —
rio mientras yo enrojecía.
Salió a la carrera y se zambulló de cabeza al lago. Yo
estaba erecto y me daba mucho pudor que se diera cuenta.
Necesitaba relajarme antes de nadar a su lado. Pensar en
ambos, sin ropa y dentro del agua no ayudaba.
Lo vi alejarse dando grandes brazadas y pensé que era el
momento perfecto para que no viera la reacción que
producía en mí. Me quité las prendas lo más rápido que
pude, suplicando para que el agua fría rebajara mi calentón.
En cuanto el frescor me engulló, noté cierto alivio, solo
duró hasta que Julio vino a por mí y se puso a jugar a
hacerme ahogadillas.
Lo que tendría que haber sido algo divertido, se convirtió
en una tortura, nuestras pieles no dejaban de rozarse
húmedas, él no dejaba de apretarse y yo de enfermar.
Estaba durísimo, tanto que tuve que alejarme y salir del
agua corriendo para tumbarme bocabajo en la manta sin
que me viera. Iba a partirme la cara, estaba seguro, y no
quería perderlo, era la persona más importante en mi vida.
Cerré los ojos con fuerza e intenté relajarme. Pero algo
sumamente duro y mojado impactó contra mi espalda
cubriéndome por completo. Sufrí un colapso al escuchar su
risa ronca en mi oído y percibir su entrepierna en mis
nalgas.
—¡¿Qué haces?! —pregunté alterado.
—El ritual de iniciación —murmuró cerca de mi oído—.
Todavía no te lo había contado porque quería que fuera una
sorpresa y que estuvieras al cien por cien en esto. Creo que
es así, que estás conmigo en todo, así que nuestra energía
tiene que confluir, convertirnos en uno, y solo conozco un
modo de que sea así. —Separó mis nalgas y se puso a frotar
su polla entre ellas, endureciéndose con el roce.
Yo temblaba, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo.
Mis fantasías se estaban cumpliendo entre unos arbustos.
Cualquiera podría vernos, aunque escogimos un lugar
bastante privado.
—Pe-pero, esto está mal…
—No, no lo está, nunca entre nosotros, no somos
pipianes. Esto es distinto, esto es unión, es fuerza, es una
promesa de futuro, es un tú y yo para siempre, es mi
esencia en ti y la tuya en mí para unirnos y hacernos crecer
—gruñó cerca de mi oído, presentando su polla en mi
agujero. —Jadeé.
—¿E-estás seguro? —titubeé deseoso de que lo hiciera.
—Por supuesto, chero. —Alzó mi tripa un poco, la palma
callosa se puso en contacto con mi pubis y mi glande lo
rozó.
—¿Lo ves?, Satán nos bendice —murmuró, acariciándolo
sutilmente con su meñique. Separó mis nalgas escupiendo
entre ellas y se dispuso a penetrarme.
—Para un momento, así vas a hacerme daño… Ayer nos
dieron una charla de sexo en el instituto. Aún no sé cómo
salió vivo de allí el man cuando habló de las relaciones
entre dos hombres. —La política social estaba intentando
concienciar a los jóvenes sobre las enfermedades de
trasmisión sexual y los embarazos no deseados.
Alargué el brazo, tiré de mi mochila y abrí el bolsillo
delantero, del que saqué una de las muestras de lubricante
que nos regalaron y un condón.
—Esto me sobra —sentenció Julio, echando el
preservativo a un lado—. Nuestra unión tiene que ser
completa.
Sentí cómo vertía el frío líquido viscoso entre mis nalgas.
Pensé en contarle que primero había que preparar la
entrada jugando con ella, pero lo necesitaba tanto que lo
único que quería era sentirlo.
—¡Ah!
Todo el aire que había estado conteniendo salió a través
de una mezcla de placer, dolor y expectación. Dolió y me
llenó a partes iguales. Él también jadeó, agarrándome por
las caderas.
—Siénteme, Lion, siente nuestra unión, siente cómo
nuestros patrones sellan y bendicen esta promesa de futuro.
Julio empujó hasta estar totalmente enterrado en mí. No
estaba acostumbrado a tener nada allí, por lo que grité. Una
de sus manos buscó mi pelo y tiró un poco de él.
Comenzó a moverse. Al principio lento, salía casi hasta el
final para volver a entrar con calma, ahondando en cada
embestida, abriendo mi carne como tantas veces había
fantaseado. No podía estar más cachondo.
Mis dedos se hundieron en la tierra mojada, más allá de
la manta. Me estaba ofreciendo a él y no podía sentirme
más eufórico. Mi polla se frotaba contra el áspero tejido
dándome un placer inesperado.
Respiraba con dificultad, mientras que lo escuchaba
jadear y me estremecía por completo.
—¿Lo notas? ¿Sientes cómo crezco dentro de ti? ¿Cómo
nos convertimos en uno?
—Sí —jadeé, escuchando el entrechocar de nuestra
carne.
—Es la comunión de nuestros seres volviéndose uno,
nuestro rito de iniciación.
—Sí —volví a gemir con los ojos en blanco y la boca seca.
Las acometidas de Julio se volvieron brutales. Ya no podía
controlar los sonidos de goce que fluían y se retorcían en
cada poro de mi piel, igual que nuestros cuerpos.
Julio rugió y se corrió con fuerza en mi interior mientras
yo convulsionaba y lo imitaba sobre la manta fuera de
control.
Caí sobre mi propia corrida, con su cuerpo aplastando el
mío.
—Ahora ya resido en ti, somos más que familia,
indestructibles, inseparables. Es mi turno, me toca recibirte
para completar el rito y que seamos uno.
Un temblor crepitó a lo largo de toda mi anatomía.
—¿Te importa esperar un momento? Ne-necesito
recuperarme. —Mi voz no sonaba todo lo entera que
debería. Me daba vergüenza reconocer que me había
corrido.
—No tenemos prisa, Lion, puedes recuperarte —musitó,
haciéndose a un lado para tumbarse con los ojos cerrados.
En cuanto salió de mí, me mordí el brazo para no jadear
de nuevo. Notaba su semen escurrirse por mis nalgas y en
lo único que podía pensar era en retenerlo. Estaba enfermo.
No tenía ni idea de si Julio César había meditado lo que
habíamos hecho, o si iba a ser algo puntual. Me
atormentaba pensar que no iba a volverse a repetir. Giré el
rostro y contemplé cómo su pecho subía y bajaba
satisfecho, casi perezoso. Los rayos de sol incidían en su
preciosa cara. Quería acariciarlo, besarlo, abrazarlo, pero
volví a contenerme. Jamás imaginé que algo así pudiera
ocurrir entre los dos, y necesitaba atesorarlo. No obstante,
la pregunta picaba en la punta de mi lengua, necesitaba
hacérsela.
—Oye —musité.
Él entreabrió los ojos y me sonrió con suavidad. Me llené
de aquel sentimiento que no dejaba de revolotear en mí,
desde que aquella mañana entró en mi vida.
—¿Qué?
—Lo del vínculo, ¿basta con hacerlo una vez, o crees que
tendremos que ir repitiendo para reforzarlo con el tiempo?
—pregunté temeroso de su respuesta.
Él se puso de lado y acercó su boca a la mía.
—Lo reforzaremos todas las veces que haga falta —
masculló, agarrándome de la nuca para besarme y
volverme loco.
Él era mi felicidad y, por fin, íbamos a estar juntos.
CAPÍTULO 18

Ray

Cuando llegué a casa, Raven estaba sentado en el rellano,


junto a mi puerta, con un canuto en la mano al que le daba
una honda calada con los ojos cerrados.
—¿Alguna vez te has planteado que tus neuronas no son
veganas y que el mejor lugar para los cogollos son las
ensaladas?
—Muy gracioso —musitó, separando los párpados para
focalizar su mirada en mí—. ¡¿Qué cojones te ha pasado?! —
preguntó sobresaltado al ver mi estado. Era conocedor de
que muy buena pinta no tenía a juzgar por el dolor de mi
cuerpo y el aspecto de mi ropa.
—No ha sido un tranvía. Pinta peor de lo que es, así que
no te preocupes.
—¡¿Lo dices en serio?! ¿Te has visto la cara y el cuerpo?
Me encogí de hombros.
—Gajes del oficio.
—¡¿Qué gajes ni qué gajos?!
—Cuando el gajo vuela bajo, hace un frío del carajo.
—Eso es el grajo, y deja ya el refranero de la vecina que
te cuidaba de pequeño. ¡¿No habíamos quedado para jugar
a la consola?! ¡Llevo una hora esperándote y llamando
como un loco a tu móvil!
Saqué el teléfono.
—Pues ya ves, me dio por tener un accidente derrapando
sobre la lluvia, y no, no estaba versionando a Gene Kelly.
Metí las llaves en la cerradura y abrí la puerta. Lo único
que quería era quitarme la ropa mojada, llamar a mi jefe
para reportarle los últimos acontecimientos y tumbarme en
el sofá.
Raven se levantó del suelo y entró detrás de mí.
—¿Por qué no has entrado con tu llave?
—Porque no la llevaba encima. ¿Y dónde te has caído?
—En la carretera —respondí críptico.
—No jodas, pensaba que había sido en un prado con
suelo de nubes —masculló por lo bajo—. ¿Te llevo al
hospital?
—No hace falta, son solo unos rasguños.
—¿Rasguños? —cuestionó sin humor, recorriéndome el
cuerpo—. Tu cara es una oda al feminismo —comentó
irónico—, lo digo por el color morado, por si no lo pillas. Y tu
pierna podría pertenecer a un zombi de The Walking Dead.
—Mi pierna es mucho más bonita —carraspeé, dejando el
casco y quitándome la chaqueta con un quejido que no dejé
aflorar.
—Sabes que Jordan no va a dejarte trabajar así, ¿verdad?
—Si lo dices por mi nueva gama cromática corporal, no
te preocupes. Salen unas chinas en Instagram diciendo que
con una capita de maquillaje te dejan sin tatuajes y sin
cejas. Y a prueba de agua. Mañana me paso por Chinatown.
—Mañana te quedas en la cama, porque no te vas a
poder mover.
—No puedo dejar de currar en el SKS.
—Pues haberlo pensado antes de rebozarte en asfalto y
creerte un luchador de la WWE. Porque esa herida de guerra
—señaló mi cara— no te la has hecho con el casco, salvo
que condujeras sin él y en el suelo hubiera unos nudillos.
—Seguro que en otra vida fuiste Jessica Fletcher —
bromeé mientras él se dirigía a la nevera y abría los cajones
del congelador.
—Soy más de Sherlock Holmes —sentenció al arrojarme
un paquete de alitas de pollo congeladas—. Haz el favor de
ponerte algo frío en la cara mientras voy a por el botiquín.
—Sí, enfermera Joy.
Raven gruñó, pero no dijo nada. Los Pokemon siempre
nos gustaron, y la enfermera Joyce fue el amor platónico de
Rav, aunque lo negara.
Apoyé la bolsa helada contra mi rostro y contraje el
gesto. Estaba jodido, y ya no hablaba del físico, mi mente
no había conseguido descansar ni un minuto elucubrando
posibilidades. Ninguna era buena.
Al levantar mi camiseta, arrugué la nariz. Tenía otro
moratón mucho más grande, a juego con el de la cara, en el
abdomen. Lo palpé. Dolía como un demonio, aunque no
creía que fuera más allá de un mal golpe por la ubicación.
Me bajé los pantalones, y al pasar por el muslo, necesité
apretar los labios. Uno de los rotos del vaquero se había
abierto debido a la fricción y mi piel a la altura del muslo
tenía un raspón enorme, del tamaño de la palma de mi
mano. No habría maquillaje que lo pudiera disimular.
Además, lo acompañaban más rasguños y golpes de
diferentes intensidades.
Tenía que dar gracias de no haberme partido ningún
hueso dada a la velocidad a la que iba. ¡Puta lluvia de los
cojones!
—Lo que yo te decía, eso no lo tapas ni con tinta china.
¿Te llevo al hospital? —preguntó por segunda vez.
Entró en el salón, yo me dirigí a la nevera, en busca del
consuelo que una cerveza fría pudiera otorgarme, cogí otra
para Raven y las puse en la encimera.
—Me bastan sus sabias y dulces manos, enfermera Joy,
con una pasadita por su clínica del amor fraternal, tendré
suficiente.
Mi mejor amigo me miró malhumorado. Me desplacé
hasta uno de los dos taburetes que tenía la barra
americana.
Raven dio un buen trago, dejó el botellín y abrió el
botiquín, para sacar varias gasas, yodo y esparadrapo.
Tampoco es que tuviera mucho más, salvo pegamento y
tiritas para puntos, y alguna que otra pastilla para la fiebre
y el dolor.
—Es Leo, ¿verdad? —preguntó sin anestesia mientras me
limpiaba el muslo. Seguí sujetando las alitas de pollo contra
mi cara.
—No es nadie. Ya te lo dije, mantente al margen.
—¡No soy estúpido! ¡Y soy tu mejor amigo, Ray-Ban!
Guardé el mayor de los secretos durante años, hasta que tú
decidiste revelarlo a cierta persona.
—Y te lo agradezco, sabes que no hay otra persona en la
que confíe más que en ti. Pero conoces mi trabajo y no me
perdonaría ponerte en riesgo, saber detalles podría situarte
en el punto de mira. No puedo hablarte del tema, lo mejor
es que no insistas.
—Te vi seguirlo —confesó.
Sus ojos grises se clavaron en los míos, con esa
profundidad retadora que te escudriñaba el alma.
—¿A mí? Te confundirías —resoplé sin darle importancia.
—Ya… —suspiró—. Sé que no debería haberte seguido,
pero lo hice, te vi aguardar a que él entrara en un coche y
después salir como alma que lleva el diablo. Y no me digas
que arrancaste así porque te olvidaste de ir a por el pan.
—Llegaba tarde a un sitio, no puedo decirte más.
Sentí pesar por no poder hacerlo, sin embargo, sabía que
no debía hablar por mucho que quisiera.
—Muy bien, no me lo cuentes —terminó renegando.
—Si me viste irme, ¿por qué viniste hacia aquí?
—Porque necesitaba asegurarme de que estabas bien.
Llámalo instinto, algo me dijo que me necesitarías.
Ya había limpiado mi herida y ahora me estaba colocando
la gasa para cubrirla.
—¿Has probado a echar las cartas? Igual tienes un
talento de pitoniso desaprovechado.
—El único pito que tengo está entre mis piernas, y lo
tengo muy bien aprovechado, gracias por preocuparte.
—¿A Dakota no le importa que sigas currando en el SKS
mientras vas a la academia? —Intenté cambiar de tema.
—Confía en mí, sabe que jamás la traicionaría.
—En quien no debería confiar es en esas cachondas que
quieren arrancarte la ropa con los dientes.
—Es curro, necesito el dinero si quiero independizarme.
—Me gustaría ver, si fuera al revés, si serías tan
comprensivo. —Su cara mutó y yo me reí—. ¿Sabes que eso
no es justo?
—Nadie dijo que fuera perfecto. Respondiendo a tu
pregunta, dudo que Dakota dejara que me inmiscuyera o le
prohibiera algo. Eso sí, los tíos que le pusieran una mano
encima quizá despertaran sin sus falanges.
—Uh, un futuro descuartizador en potencia —reí con una
mueca debido al dolor del abdomen. Raven terminó—. Una
preciosa obra de arte, enfermera Joy, muchas gracias.
—Cómeme la cofia.
—Prefiero tu polla —bromeé, y él me hizo una peineta—.
Que me metas el dedo también me gusta.
—Lo único que te metería sería una patada que te llevara
directo al hospital. Sigue sin gustarme ese morado. ¿Y si es
un derrame interno?
—Te chupaste demasiadas temporadas de 911. Sabes
que te quiero, ¿verdad? —Raven puso la misma cara que si
se hubiera tragado un pepino amargo.
—La única que quiero que me quiera es Dakota, con tu
amistad me basta. —Lo estaba diciendo en tono jocoso, por
lo que le permití obviar sus sentimientos. No importaba si lo
decía o no, porque Raven valía más por lo que callaba que
por lo que decía. Sus actos hablaban por sí solos, como
esperarme esa noche sentado en el rellano de mi piso y
curar mis heridas—. ¿Quieres que me quede a dormir?
—Tú lo que no quieres es volver al piso de Robbins y a
sus ronquidos perforatímpanos. —No respondió, tampoco es
que lo necesitara—. En mi sofá cama siempre eres bien
recibido. Voy a lavarme un poco y a hacer un par de
llamadas. Te advierto que las haré con el grifo abierto, no
hace falta que te pongas en modo cotilla con la oreja
pegada, porque lo más fuerte que oirás será un pedo.
—Tú siempre tan generoso. —No me reí más porque cada
sonrisa era un dolor que sumaba.
Abandoné a mi mejor amigo en el salón. Le había dicho
lo de escuchar a hurtadillas a sabiendas de que jamás
pegaría su oreja en mi puerta. Meterme con él siempre
resultaba divertido.
Me miré en el espejo. De verdad que tenía un aspecto de
mierda.
Marqué el número del director Price, era indispensable
que hablara con él, las cosas no habían ido como esperaba
y tenía que saberlo.
Le costó varios tonos responder y lo hizo con voz de
dormido.
—Price.
—Perdone que lo moleste, señor.
—William, ¿quién es?
—Vuelve a dormirte, cariño, ahora vuelvo.
—Lamento haber despertado a su mujer, señor, bueno, y
a usted también.
—Vaya al grano, Wright. Solo espero que sea importante.
—Lo es. Tengo una buena y una mala noticia.
—La mala primero, y suéltela rápido.
Lo puse al día de lo ocurrido, desde la conversación que
había escuchado en el SKS, la persecución y el
encontronazo con los homeboys de la SM-666.
—¿Y dice que le vieron la cara? —preguntó disgustado.
—Me arrancaron el casco. —Soltó un improperio—.
Tranquilícese, si no hubieran creído mi explicación, también
me habrían arrancado la cabeza, ambos sabemos cómo
actúan.
—Puede que tenga razón, o puede que quieran que crea
eso, que no saben quién es en realidad. No los tome por
estúpidos, porque no lo son.
—No hago eso, señor.
—Quizá sea mejor relevarle del caso.
—¡No!
—Eso lo decidiré yo, que para eso soy su superior.
—Sé que es mi superior, pero he avanzado, estoy en el
grupo de bolos de Torres, ahora me detesta menos, estoy
avanzando con él, no puede apartarme.
—Me alegra oír eso, lo que no quita que esté preocupado.
—Me mantendré en alerta, por cierto, esa era la buena
noticia, y que he visto la cara de la mujer a los que la SM-
666 protegían con uñas y dientes, la llamaban Nuestra
Señora, me parece que el rumor de que Muerte podría estar
casado es cierto.
—Buen trabajo, Wright. Venga mañana a primera hora a
mi despacho, necesitamos un retrato robot de esa mujer
para ver si la identificamos.
—Descuide, allí estaré. Lamento haberlos perdido, señor.
—Mejor lamentar eso que haberle perdido a usted.
—Gracias, buenas noches, director Price. Para su mujer
también.
—Descanse, Wright —suspiró antes de colgar.
Mi último pensamiento antes de regresar al salón fue
para Lionel.
«Espero que estés bien». No pude evitarlo, y tampoco
estaba seguro de si desear eso era buena señal.
CAPÍTULO 19

Leo

El barrio de Malba era famoso por albergar, en sus lujosas


casas de arquitectura europea, a celebridades y millonarios.
Se necesitaba un permiso exclusivo de la asociación de
vecinos y preservadores históricos de la zona para poder
poner en venta o para adquirir cualquiera de sus
propiedades. El precio mínimo con el que asomar la nariz
para hacerse con una de ellas rondaba los cuatro millones
de dólares, y a partir de ahí, cualquier cifra era posible.
Conocía el lugar a la perfección, porque era el sitio de
actuación de mi brigada desde hacía algo más de un año.
Al principio, trabajábamos en el Upper East Side, pero, en
los últimos años, una serie de incendios había sacudido
Malba, y el jefe nos quería allí.
Casi todo apuntaba a las antiguas instalaciones
eléctricas, uno de los problemas derivados de residir en
propiedades antiguas. Los peritos de las aseguradoras
aconsejaban reemplazarlas para no tener sustos. Muchos de
los propietarios hicieron caso, pero otros tantos no.
Mi empresa tuvo que quintuplicar la plantilla, abrir un
nuevo parque para los vehículos y no dejaba de crecer.
Los políticos, deportistas, empresarios o famosos, no
estaban dispuestos a que sus hogares fueran pasto de las
llamas. Elite Fire vivía un momento glorioso, mientras que
yo me hundía en la mierda.
Cuando firmé el contrato, no tenía ni idea de a quién
pertenecía la empresa.
Yo seguiría trabajando allí si no nos hubieran enviado a
custodiar la casa de la señora Valdés, fue verla, al igual que
todos mis compañeros, y sentir que mi mundo era engullido.
El pasado siempre volvía, y por mucho que me hubiera
alejado de El Salvador, había regresado a por mí.
Llevaba catorce años sin verla, y ojalá hubiera sido toda
la vida.
El coche paró frente a una imponente casa de ladrillo
rojo. En muchas de las viviendas, no había verjas ni muros
altos. El motivo, que la zona residencial era tan segura que
no lo necesitaban, además de no romper la estética del
lugar.
Aquella enorme mansión estaba rodeada por un murete
bajo y una verja decorativa, más que intimidatoria, estaba
ubicada frente al río Este, en Point Crescent, y albergaba a
una de las familias que pocos se atreverían a tocar.
Mi puerta se abrió, al igual que la trasera, donde viajaban
las chicas.
Estaba hecho un manojo de nervios, por primera vez
desde que hui, sentía verdadero pavor, porque sabía que,
ya que habían dado conmigo, no se iban a detener.
Nadie traiciona a la mara, y mucho menos, uno de sus
fundadores.
Intenté alertar a María, necesitaba que ella y las niñas se
resguardaran en alguna parte.
La llamé al móvil, pero debía tenerlo en silencio. Quise
abandonar el SKS para ir a casa, pero en cuanto llegué al
rellano del edificio, me di cuenta de que algunos hombres
de la SM-666 estaban apostados en la puerta y conocía a
uno de ellos.
¡Mierda!
Quizá, por el momento, mi familia estuviera a salvo.
Quizá Anita hubiera dado conmigo por pura casualidad; si
no, ya lo habría hecho antes. Seguramente, las chicas
vinieron al club a divertirse y se toparon conmigo.
A Flor y a Mercedes las conocía de oídas, pero ella y yo
nos habíamos visto muchas veces, Anita Valdés era la
jaima[24] de Julio César cuando vivía en Soyapango. La
misma que el día en que él y yo sellamos nuestro pacto se
divertía pintándose las uñas con Wendy, ajenas a lo que
ocurrió en el lago.
No podía negarme a entrar en la mansión. No había
traído el móvil conmigo ni la documentación por precaución.
Las dejé en el SKS. Si alguien debía morir esa noche era yo,
jamás revelaría el paradero de mi mujer o de mis hijas.
Miré hacia un lado y al otro. Ni siquiera sabía qué
esperar, quizá que un montón de tíos salieran a darme una
paliza y me aniquilaran antes de entrar.
La lluvia había cesado. El olor a césped recién cortado y
tierra mojada se entremezclaban con el nerviosismo que
sentía. Las cámaras de la entrada se movieron
enfocándonos y la puerta se abrió sin llegar a llamar al
timbre.
—Adelante, Lion, esta es tu casa —masculló Anita,
agarrándose de mi brazo—. ¿A que es bonita? —No respondí
—. ¿Qué te pasa? ¿Estás encachimbado[25]?
—¿Qué quieres, Anita? —Ella me sonrió curvando sus
labios rojos.
—Ya te lo he dicho. Que chimemos[26], ese es tu trabajo,
tronero.
Acababa de llamarme puto y seguía con la intención de
follar. O eso decía, no era estúpido, Anita tramaba algo,
estaba seguro.
Su mano de uñas afiladas descendió hasta mi bragueta y
apretó con saña.
Yo le aparté la mano como acto reflejo, y escuché el
característico sonido de varias armas colocando una bala en
la recámara, ninguna llevaba el seguro puesto.
—Tranquilos —murmuró Anita—. No hace falta que se
pongan vivos[27]. Lion y yo somos viejos amigos y solo
estábamos bromeando. No sería tan cerote de querer
contrariarme en mi propia chante[28].
Anita se colgó de mi brazo y entró junto a mí mientras los
hombres se mantenían alerta y no dejaban de observarnos.
—Ustedes, vayan a sus cuartos.
—Ay, Anita, no seas aguafiestas, nosotras también
queremos gozarla… —rio Flor pizpireta.
—¡A sus cuartos! ¡Se acabó la diversión! Ya tuvieron
suficiente, par de descaradas —rugió ella sin darles opción a
contrariarla.
—¡Pues vaya con la vida loca! —masculló entre dientes
Flor.
—Buenas noches —dijo Mercedes, manteniéndose más
prudente.
—¿Tus hermanas están de visita?, ¿o viven aquí?
—Olvídate de ellas, ven conmigo, perro, entra ahí y
desnúdate.
Habíamos cruzado el vestíbulo y nos acercábamos al
salón.
—¿Bromeas?
—¿Me ves cara de chiste? Hazlo.
—¿Por qué?
—Porque puedo, porque quiero y porque me lo debes. —
Arqueé las cejas—. ¿Qué? ¿Perdiste la memoria? ¿Quieres
que te recuerde mi chequeo?
El chequeo era el ritual a través del cual se entraba en la
mara SM-666.
—Lo elegiste tú, podrías haber escogido la golpiza.
—Sabes que para nosotras no es así. ¡Desnúdate o llamo
a los seises!
Ese era el nombre que recibían los homeboys de nuestra
mara.
—Después de todo, no creo que te cueste tanto cuando
te vendes cada noche por un puñado de dólares.
Tensé la mandíbula. Dejé que sus manos hicieran caer las
piezas de ropa hasta que nada cubrió mi piel morena.
Ella sonrió y dio una vuelta a mi alrededor,
contemplándome sin pudor.
—¿Cuánto cobras? Siempre me hizo gracia esa frase.
Apreté los puños a los costados de mis muslos mientras
oía pasos procedentes del pasillo.
Cuando él entró, y contemplé su rostro, la piel se me
erizó por completo. Fue como si el tiempo se hubiera
detenido y me mandara de una patada a El Salvador de
nuevo, a aquella noche que lo cambiaría todo.
Julio César vestía una camisa blanca de algodón,
desabotonada hasta el abdomen, mostrando toda la tinta
que cubría su interior. Llevaba un pantalón de traje negro y
zapatos Tom Ford.
Su mirada implacable había ganado dureza a lo largo de
los años, su cuerpo era de una envergadura intimidante, el
mismo que me había sumido en el placer más absoluto.
—Hola, mi amor —lo saludó Anita—, mira qué regalo te
traje.
Ella se puso de puntillas y besó su boca. Julio no se había
pronunciado todavía, tan solo me contemplaba inexpresivo,
mientras mi corazón golpeaba de un modo absurdo.
—Estoy agotada, os dejo a solas, seguro que tenéis
muchas cosas de las que hablar. Que te diviertas —musitó
en su oreja lo suficientemente alto como para que yo lo
oyera.
—Buenas noches, luz de mis días, te compensaré —le
respondió él sin apartar la mirada de la mía.
—Lo sé, mañana pienso llevarte a que me compres un
anillo de Cartier.
Anita se alejó de nosotros, como si no hubiese dejado a
un hombre desnudo en mitad de su salón.
Julio avanzó y se dirigió a la licorera para llenarse una
copa.
—¿Cuánto hace que no bebes un vaso de atol de maíz
tostado? —preguntó.
Lo hizo con voz neutra, no parecía impactado al verme,
sino como si lleváramos un fin de semana sin hacerlo.
—Desde que me fui —respondí con la garganta seca.
—Irte es una forma demasiado suave para determinar lo
que hiciste. —Sirvió una segunda—. Este lo fabricamos
nosotros, lo importamos a todo el mundo, es de la mejor
calidad.
Caminó hasta mí con los dos tragos servidos y me ofreció
uno de ellos.
Sus manos y sus antebrazos estaban tan cargados de
tatuajes como el cuello o el pecho. ¿Seguiría llevando el
nuestro? Expulsé el pensamiento de inmediato cuando lo
noté vibrar de un modo inapropiado en mi espalda. Lo que
una vez sentí por Julio César estaba muerto, igual que
cuando yo fingí estarlo.
—No doy crédito de que estés aquí, en mi salón, la última
vez que te vi, lo hice con los ojos cargados de lágrimas
encima de un montón de huesos. Juré vengarme de todos
aquellos que te habían hecho eso, y ya ves… —rio amargo
—. Nuestra Patrona te ha devuelto a mi lado, la vida no deja
de sorprenderme. —Seguí rígido sin saber qué decir o qué
hacer—. ¿No te alegras de verme, o qué? ¿No quieres
brindar con tu chero?
—¿De qué va esto, Julio? Si vas a matarme, no hace falta
que lo alargues. —Él dejó ir una carcajada seca y chasqueó
la lengua.
—Si te quisiera contando las estrellas, ni siquiera habrías
puesto un pie en esta casa.
—¿Puedo vestirme?
—¿Para qué? Así te gustaba estar cuando estábamos
juntos, intercambiando energía, fluyendo conmigo. ¿Lo
recuerdas?
Me estremecí intentando que los recuerdos no afloraran,
llevaba años intentando evitar pensar en él, desde aquella
noche que lo cambió todo.
Julio César siempre sería mi primer amor; por mal que se
pusieran las cosas, era una jodida ascua capaz de desatar el
peor de los incendios.
—Antes era antes, y yo ya no soy el que una vez fui.
Volvió a reír.
—Eso es cierto, las cosas han cambiado, y nosotros ya no
somos los mismos. Bebe —insistió, tendiéndome la copa,
finalmente, acepté y la apuré de un solo trago. Necesitaba
algo fuerte si quería templar los nervios.
En cuanto el licor recorrió mi garganta, un fogonazo
fundió la capa helada con la que recubrí mis vivencias a su
lado. La de veces que habíamos vaciado juntos botellas
como aquella, desnudos, en mi cama, follando y sin follar,
planeando una vida que nunca tendríamos porque yo me
ocupé de acabar con todo, de arrasarlo. En sus ojos vi
oscilar el mismo pensamiento, lo percibía, estaba ahí,
conectándonos en mitad de una tormenta eléctrica.
El magnetismo de Julio siempre fue capaz de sacudirme.
Cuando se pegó a mí y tiró de mi pelo, un jadeo brotó de
mis labios.
—Lion, Lion, Lion… ¿Qué fue lo que hiciste? El mundo era
nuestro. No está bien fingir tu propia muerte y huir de lo
que tú mismo has construido.
—Sobreviví —respondí sin retirar mis pupilas de las
suyas.
—¿A tu vida de mierda la llamas sobrevivir? Fíjate en
todo esto —rotó mi cabeza—, podría haber sido tuyo,
nuestro, pero preferiste firmar tu sentencia de muerte,
romper nuestro pacto y joderme de tantas maneras
distintas que no habrá suficientes vidas que te puedan
redimir.
—Mátame entonces —le ofrecí.
—¿Es lo que quieres? —Arrastró el cristal vacío por mi
cuerpo, deslizándolo por mi abdomen hasta llegar al pubis.
Tragué con fuerza.
Ahí estaba su olor, su musculatura, aquella mirada
incendiaria que tan loco me volvía. Mi polla reaccionó y él la
acarició a través del vaso
—¿No es lo que terminará ocurriendo? En definitiva,
todos acabaremos igual, ¿qué más da hacerlo antes o
después? Hazlo de una vez si mi muerte nos deja en tablas.
—Es gracioso que digas algo así, porque no tienes ni idea
de lo que pasé, ni del caos que sembraste. No quiero acabar
contigo, Lion, quiero que limpies la chaqueta.
—¿Mi redención? —Reí al oír la expresión salvadoreña—.
¿Por qué ibas a querer eso?
—Porque me la debes. Además, ahora que has
resucitado, tengo otros planes para ti, por muy peseta[29]
que hayas sido.
—Julio, no lo entiendes, lo que ocurrió…
—Shhh. ¿Cómo dijiste? Ya no somos los que fuimos. Ven,
quiero enseñarte algo.
Arrastró una silla y la plantó frente al televisor,
soltándome el pelo.
—¿De qué va todo esto?
—No seas impaciente, siempre te gustaron las sorpresas,
así que déjame que lo haga y te redima con tu ofrenda.
—¿Mi ofrenda es ver la tele? ¿Has fumado?
—Siempre adelantándote a las cosas y sacando tus
propias conclusiones. Deberías recordar las normas, las
hicimos juntos, aunque después de catorce años, puede que
necesites que te las refresque.
Las recordaba, las tenía grabadas a fuego en la memoria.
—No voy a sentarme.
—Como quieras, aunque quizá después lamentes tu
decisión.
Le ordenó al televisor que se encendiera por voz y la
imagen que emergió en la pantalla me dejó sin aliento.
CAPÍTULO 20

JC

Allí estaban la mujer y las hijas de Lion, durmiendo


plácidamente en sus camas, ajenas a que uno de mis
hombres estaba en el interior de su piso grabándolas.
Había sido tan fácil entrar en él que, si me apeteciera, ya
estarían nadando en sangre.
—¡Hijo de puta! —bramó Lionel, poniéndose en pie para
enfrentarme.
Cuando Anita me dijo creer haberlo visto, al principio,
pensé que se debía a una mera coincidencia, era imposible
que se tratara de él. Lio llevaba muerto catorce años, era
imposible que estuviera trabajando de estríper en el club al
cual habían acudido mi mujer y sus dos hermanas, porque
Flor se iba a casar y les apetecía una noche de chicas.
Ella siguió mandándome mensajes e insistiendo. Grabó
parte del número de aquel hombre vestido de bombero y yo
lo miré hipnotizado, con la esperanza y el desasosiego
anudándose en mi pecho.
Pese a que aquel bailarín trabajaba con máscara, había
algo familiar en él, eso no lo podía negar. Daba igual que
hubieran pasado los años, que su cuerpo fuera mucho más
ancho, los músculos más rígidos, o en el lugar que debería
haber estado el tatuaje que nos hicimos juntos hubiera otro.
Quizá lo cubriera a modo de parche. Una calavera en llamas
era lo que ocupaba aquel espacio en el que debería estar el
dibujo que él mismo realizó para nosotros, para nuestra
mara.
Ahora que estaba desnudo, que lo tuve hacía unos
minutos sentado en la silla para mostrarle a su mujer y a
sus hijas, lo había visto, quiso eliminar todo el rastro de lo
que una vez fuimos, de lo que significamos el uno para el
otro.
Cuando le pregunté si lo seguía teniendo, lo hice con la
intención de que confesara que no le había bastado con
hacerse pasar por muerto, que tuvo que arrancarme tanto
de su vida como de su piel, mientras que yo lo había estado
extrañando en silencio sin poder llenar el hueco que dejó.
Catorce años sin verlo, catorce años creyendo que había
fallecido pasto de las llamas después de joderla. Catorce
años sin las dos personas más importantes de mi vida.
Si quisiera, podría matarlo, sacar la pistola o rodearle el
cuello con las manos para hundir su tráquea bajo mis dedos.
Ver su rostro alejándose de este mundo como tributo. Podría
arrebatárselo todo, como él me lo arrebató a mí al
abandonarme, o al causar la muerte de Wendy.
—Como las toques… —amenazó, empujándome con
fuerza.
Su contacto me tensó por dentro. La de veces que había
soñado con nuestros encuentros, casi lo santifiqué, y en ese
instante me estaba haciendo descender a los infiernos.
Estaba enculado de él hasta las trancas.
—¿Qué harás? Antes de que pudieras intentar algo en mi
contra, estarías muerto, ambos lo sabemos —lo amenacé.
—¿Y no lo estoy ya?
—Ya te he dicho que no; si colaboras, esto no tiene por
qué ser tu final, o el de esa bonita familia que te has creado
a mi costa. —Cerró los ojos con fuerza. Sus motas doradas
eran tan características, en el pasado me gustaba hacerlas
brillar para mí.
El muy cerote ni siquiera se había cambiado de nombre,
debió pensar que alejándose lo suficiente bastaría como
para que no nos cruzáramos nunca más.
Me bastaron un par de llamadas a mi contacto de la
policía para obtener sus datos, su dirección y entender que
no solo él se libró del incendio. También lo hizo María. Lion
llevaba ciento setenta meses, y quince días, riéndose de mí.
La ira y el deseo de hacerle pagar todo el sufrimiento
que me generó me retorcieron las tripas.
—Pídele a tu hombre que salga del piso.
—¿Y qué me darás a cambio?
—Lo que quieras.
—Lo que quiera… —chasqueé la lengua. Eso era
imposible. No podía dar marcha atrás en el tiempo y borrar
de un plumazo todo lo que ocurrió.
—¡Sí! ¡Joder! ¡Lo que quieras! Pero ¡déjalas!
—¿Tanto las amas?
Que las hubiera preferido antes que a mí escocía, me
hería profundamente, me hacía sangrar por dentro.
—¡Son mi familia!
—Yo también lo fui, y mira lo que me hiciste. Y a Wendy…
—Vi algo cercano a la vergüenza ondeando en sus ojos—.
Podríamos haberlo tenido todo, los tres, y decidiste
convertirte en un peseta a mis espaldas, me hiciste llorar a
un traidor durante años.
—¡No podía quedarme! ¡Mi madre había muerto por mi
culpa! Todo lo que representábamos la mató.
—No te equivoques, la mataron los de Barrio-18, y tú
deberías haberte vengado. ¡Sabías lo que tenías que hacer,
yo te apoyaba!
No podíamos dejar de gritarnos. El pecho de Lionel subía
y bajaba tan rápido como el mío. Quería joderlo de tantas
maneras distintas que ni siquiera sabía por dónde empezar.
—Tu palabra vale más bien poco —escupí—, sobre todo,
después de lo que hiciste.
Las contradicciones me sacudían por dentro. Lo tenía en
la palma de la mano, podía estrujarlo hasta dejarlo sin
aliento. Podía acabar con una simple orden con su familia,
incluso con él.
—¿Qué quieres de mí? —insistió.
Quería volver atrás en el tiempo, quería que aquella
semana en la que todo cambió se evaporara, quería la vida
que nos prometimos. Él, Anita, Wendy y yo. Tenía que darle
corte[30], uno ejemplar.
—De momento, que me sigas; si haces todo lo que te
pido, ellas vivirán.
Por lo menos esta noche.
Ya no éramos unos pinchos[31], sino hombres, y Lionel
debía cumplir.
CAPÍTULO 21

Ray

Fuera del caso y relegado a trabajo de oficina hasta nuevo


aviso. ¿Te lo puedes creer?
Solo tenía ganas de patear cosas, aunque con el estado
de mi cuerpo, la cosa no estaba como para hacer grandes
esfuerzos, o terminaría desmenuzándome como una galleta.
Al director Price le importó poco o nada que los de la SM-
666 no me estuvieran persiguiendo. Entendía su
razonamiento de que me pillaran en plena persecución y
que vieran mi cara no había sido algo positivo, sin embargo,
tampoco tan negativo como para tener que hacerme a un
lado.
Apenas pude dormir pensando en Lionel, en lo que le
podría haber ocurrido, así que dejé a Raven durmiendo en el
sofá cama y me largué antes de que amaneciera para llegar
a primera hora a la oficina. Me lie con el tema de los
retratos robot, y cuando Price llegó, me hizo pasar a su
despacho, junto con un par de cafés de máquina, para
darme la noticia.
Puse el grito en el cielo, para qué te voy a mentir.
—No puede hacerme eso, señor, ¡soy el mejor agente de
campo que tiene!
—Nadie cuestiona eso, es por tu seguridad y por no
poner en peligro nuestros avances.
—¿Avances? Si no fuera por mí, ni siquiera tendríamos la
opción de estar en el equipo de bolos. Lionel Torres no es el
tipo más amistoso del planeta que digamos. Si me aparta,
no tendrá a otro agente que pueda llegar a él.
Mi superior se pinzó los lagrimales.
—Eso también lo he sopesado, puede que lo más
interesante ahora sea poner el foco en las mujeres. Quizá, si
ponemos sus rostros en el programa de reconocimiento
facial, podamos hallar coincidencias con las cámaras de la
ciudad.
—El departamento correspondiente ya está con ello,
señor, pero déjeme que le diga que eso sería un error.
—¿Y eso por qué?
—Pues porque todos sabemos el papel de las mujeres en
las maras, lo más interesante es ganarse la confianza de
Torres y que él me lleve hasta Muerte.
—¡Jefe! —interrumpió uno de mis compañeros del ICE
entrando en el despacho sin llamar.
—¿Qué ocurre?
—Hay un incendio.
—¿En el edificio? ¡Pues evacuemos!
Mi jefe se puso en pie de inmediato, agarró el cactus que
tenía al lado de la pantalla y la foto de su familia. Dicen que
cuando se desata un incendio, siempre coges lo más valioso
para ti, en el caso del director, una planta pinchona y un
marco de fotos.
Yo iría a por mi colección de gafas, seguro.
—¡No es aquí! —exclamó Somers.
Tanto el director como yo nos miramos sin comprender
nada.
—Lo que arde es el piso de Lionel Torres, el hombre que
me dijo que vigilara.
Noté un estallido en el interior de mi pecho. En primer
lugar, porque el piso de Leo estaba ardiendo, y en segundo,
porque Somers no estaba custodiando nada, que yo supiera,
a no ser que le hubiera dado mi puto caso a aquel
cantamañanas, recién salido del cascarón.
Necesitaba ordenar mis pensamientos por prioridades.
Tragué el nudo que se me había formado en la garganta y
fijé mi atención en él.
—¿Está Torres dentro? —pregunté acelerado.
—No-no lo sabemos, solo que el incendio parece haberse
iniciado en su piso, los bomberos están intentando sofocar
el fuego que ahora mismo está descontrolado.
Eso no sonaba bien.
—¿Y su mujer? ¿Y sus hijas? —insistí, poniéndome en pie.
—Ni-ni idea… —tartamudeó.
—Pero ¡¿tú sabes algo?! ¿Y a este tío pretende darle mi
caso? ¡Ja! ¡Y una mierda!
—¡Wright! —vociferó mi superior al verme avanzar hacia
la puerta sin reparos—. ¡¿Dónde va?!
—Donde debería estar, y no convirtiéndome en su
maldita secretaria.
—¡Está fuera del caso! —rugió mientras me alejaba sin
mirar atrás.
—¡No lo estoy! —bramé camino de las escaleras. No iba
a perder el tiempo esperando al ascensor. Me monté en la
moto y di gas cagando hostias.
El tráfico era demasiado denso, no era buena hora para
conducir por Nueva York, demasiada gente yendo hacia el
trabajo. No me quedó más remedio que cometer unas
ciento cincuenta imprudencias e infracciones. No respeté ni
una sola señal de tráfico. Rayé alguna que otra carrocería y
me excedí en el límite de velocidad hasta alcanzar la de la
luz.
Batí mi propia marca aterrizando en Queens en menos de
quince minutos.
Se me salía el corazón por la boca al contemplar la
escena dantesca que se formulaba frente a mis ojos.
Las intensas llamaradas consumían gran parte del
edificio, sobre todo, los pisos superiores. Los bomberos
estaban haciendo todo lo posible para sofocarlo, mientras la
gente se arremolinaba alrededor de aquella masa ardiente,
atraída por el calor y la desgracia ajena.
Me puse de puntillas y busqué entre el gentío a Torres o a
su familia. Varias unidades estaban intentando lidiar con la
catástrofe, mientras que las ambulancias atendían a las
víctimas.
Me metí en esa zona intentando dar con ellos. Muchas
personas estaban atendidas por quemaduras de diversos
grados o por ataques de ansiedad.
—Disculpe, ¿ha atendido a María Torres? —pregunté a
uno de los sanitarios que le estaba poniendo un apósito a
una mujer.
—No, lo lamento.
—Y, ¿ha visto por aquí una mujer con tres niñas, una de
ellas un bebé?
—No tengo ni idea, señor, ¿es su mujer?
—Es la mujer de mi amigo y compañero de trabajo.
Lionel Torres, ¿lo ha visto? Vive en el piso donde se ha
originado el incendio. —Esperaba que Somers no se hubiera
equivocado con eso.
—Lo lamento, señor, yo solo estoy atendiendo. A algunas
personas se las ha llevado la ambulancia.
—¿Y usted? —inquirí esperanzado a la mujer. Ella negó.
—Lo siento, esto es muy grande. Hay muchos
apartamentos. —Asentí.
—Gracias.
Recorrí el resto de ambulancias sin éxito alguno.
Uno de los bomberos exigió nervioso que nos fuéramos
hacia atrás.
—¡Rápido! ¡Va a estallar! —vociferó.
Casi todos corrimos envueltos en una maraña de
desesperación, y la deflagración no se hizo esperar.
Un montón de cristales sobrevolaron nuestras cabezas.
Los chillidos, el olor a quemado, la tensión y el calor
extremo nos envolvieron en una gran masa de ceniza,
incertidumbre y miedo.
El llanto de los niños intentaba ser calmado por las
palabras de aliento de sus padres. El edificio era grande, de
ladrillo rojo y repleto de familias.
—¡¿Qué hace ese loco?! ¡Que alguien lo frene! —escuché
a otro de los bomberos.
Alcé la cabeza por instinto y lo vi. Corriendo hacia
aquella trampa mortal estaba Lionel. Reconocí la ropa que
había llevado la noche anterior, lo que significaba que
acababa de llegar a su piso para toparse con aquella
desgracia.
¡Mierda!
—¡Enfocad las mangueras! —bramó el hombre que
advirtió sobre el estallido.
Debía actuar. No podía dejar que se internara ahí por
muy exbombero que fuera, no llevaba el traje, ni nada que
lo aislara del fuego; si entraba, era la crónica de una muerte
anunciada.
Su desesperación por entrar solo podía significar una
cosa. Que su familia estaba dentro, o eso pensaba. Dudaba
que se hubiera detenido a preguntar.
Corrí como alma que lleva el diablo en pos de él. Me salté
el cordón policial. Un agente me dio el alto e intentó
perseguirme, pero se detuvo al ver que no tenía nada que
hacer y que yo estaba entrando. La adrenalina fluía con
tanta furia por mis venas que nada ni nadie podría alejarme
de mi objetivo.
—¡Enfocad! ¡Enfocad! —seguían bramando a mis
espaldas, envolviéndome en una nube de agua
espolvoreada.
—¡El edificio no va a aguantar! —gritó otro de la misma
unidad—. Va a venirse abajo.
Eso significaba que tenía que acelerar todavía más.
Los pulmones me ardieron cuando me vi en el hall. La
condensación de CO2 me hizo toser como un loco, apenas
se veía nada. El humo era demasiado denso como para ver
con claridad.
—¡Leo! —grité en dirección a las escaleras. Todo el
mundo sabía que un ascensor en un edificio en llamas era
un peligro mortal. Lionel nunca lo usaría.
Me cubrí la nariz e intenté no tocar nada. El metal era un
gran conductor del calor, por lo que no era de lo más
interesante agarrarse a la barandilla de hierro forjado.
Los ojos me lagrimeaban.
—¡Lionel! —intenté de nuevo.
El edificio crujía a cada paso que daba y el calor se volvía
más insoportable.
Un fuerte estruendo seguido de un quejido me hizo alzar
la cabeza, una parte se había venido abajo, justo como
había augurado el bombero. El edificio estaba a punto de
colapsar y mis pulmones también.
Subí los peldaños de tres en tres, y lo vi, atrapado bajo
unos cascotes que intentaba remover sin mucho éxito. Tenía
el ritmo cardíaco a mil. Me puse de cuclillas, a su lado, e
intenté hacer fuerza para apartar aquello que mantenía
atrapada su pierna.
—¡¿Qué cojones haces aquí?! —escupió.
—Yo también te quiero —respondí sobresforzándome.
Aparté la mayor parte de los escombros de la pared que se
había vencido, y entonces lo vi, lo que lo mantenía inmóvil
era una viga que ardía.
¡Puto calor!
—Si la tocas, ¡te abrasarás los dedos! —gruñó.
—Y si no la toco, te quedarás sin huevos, sin pelo y sin
darme las gracias por haberte salvado el cuello.
Me quité la chaqueta de cuero para utilizarla. Era lo
suficientemente gruesa como para no quemarme durante
unos segundos, me daba igual si se echaban a perder los
dos mil dólares que me costó si le salvaba la vida.
—Cuando empuje, sacas la pierna —lo insté.
—Pesa demasiado.
—Tengo mucha fuerza, aunque no lo creas. —Leo resopló
—. ¡Deja de protestar y colabora! ¡El edificio va a
derrumbarse!
—¡Tengo que sacar a mi familia! —espetó.
—Sabes tan bien como yo que si siguieran ahí arriba, ya
no estarían vivas. —Lionel negó, no quería escucharme, solo
ir a por ellas.
—¡Déjame aquí! ¡Ve a por ellas!
—No seas idiota. Los bomberos han evacuado a casi todo
el mundo. Los más afectados ya están en el hospital. Seguro
que María y las niñas ya están allí —tosí contra mi
antebrazo.
—¿Y si no lo están? ¿Y si no las han sacado? —preguntó
con pavor. En su situación, yo estaría igual, necesitaba
mantener la calma para serenarlo.
—Lo estarán. Confía en mí, uno de los bomberos dijo que
las plantas altas estaban despejadas. —Lionel asintió.
—¿Qué cojones haces aquí? Y no me digas que vives en
el mismo barrio.
—Vi el incendio por la tele y me acerqué para echar una
mano, fue casualidad que te viera correr hacia este infierno,
así que la respuesta correcta sería que he entrado a por ti y
no voy a salir solo.
Los dos tosimos y nos miramos con los ojos arrasados
por el humo. No podía perder más tiempo.
—¿Preparado?
—Sí —asintió sin abandonar mi mirada—. Haz que te
deba una.
Tenía la cara llena de hollín, sudor y determinación.
Nunca lo había visto más guapo y vulnerable.
Sabía que no era momento de pensar esas cosas, ni en lo
que me hacía sentir, sin embargo, no podía evitarlo.
Coloqué de una vez mi chaqueta. Contaba con unos
pocos segundos y mis fuerzas estaban algo mermadas por
el accidente, no obstante, no lo iba a dejar tirado.
—Vamos allá. A la de tres, cuenta conmigo —le advertí—.
Una, dos…
¡Boom!
CAPÍTULO 22

Ray

Abrí los ojos con pesadez y giré el rostro; primero a la


derecha y después a la izquierda. No sé qué esperaba
encontrar, pero desde luego que no a mi jefe. No me refería
al director Price, sino a Jordan, quien estaba sentado en una
silla, al lado de Raven.
No tenía idea de cómo había terminado allí, lo último que
recordaba era estar intentando liberar a Lionel, y al
segundo, un fuerte estruendo que me bajó los plomos.
«Lionel».
Miré hacia la cama de al lado, donde no había nadie.
—¿Qué ha pasado? —pregunté con la voz pastosa. Mi
cabeza estaba embotada y un dolor sordo se había
instalado en la base de mi cráneo.
—Pues que debes haber desayunado kryptonita,
mientras sufrías un estado de enajenación mental
transitoria que te hizo creer que eras Superman —comentó
irónico—. ¡¿En qué mierda estabas pensando para meterte
en un puto incendio?! —ladró mi mejor amigo, y Jordan se
mantenía al margen, en silencio y de brazos cruzados.
—Deja que piense… ¿En alitas a la barbacoa? —respondí.
—De todas las estupideces que has cometido a lo largo
de tu vida, con esta te has coronado. ¡¿Eres consciente de
que has estado a punto de morir?!
«¿Y tú de lo que acabas de decir delante de Jordan, que
se suponía que no nos conocíamos antes de que yo entrara
en el club y pareces mi madre?».
Apreté los labios y miré al boss de soslayo. Raven debió
captar la indirecta, porque me dio la explicación que
necesitaba.
—Se lo he contado, que tú y yo nos conocemos desde
niños, pero que no querías que intercediera por ti, que
querías entrar en el club sin ningún tipo de enchufe.
—Siento haber mentido, Jordan.
—No mentiste, nadie te preguntó si conocías a alguno de
los trabajadores, y dice mucho de ti que no quisieras que
nadie interfiriera en tu elección. —Asentí.
—¿Estáis aquí porque os llamaron? ¿D-dónde está Leo? —
cuestioné con miedo de lo que pudieran decirme. Era un
sospechoso, no debería estar tan preocupado por él, pero lo
estaba, obviarlo no haría que el sentimiento se esfumara.
—En la mesa de operaciones —respondió mi jefe.
—Menos mal que los excompañeros de Leo se
presentaron en el incendio porque reconocieron el edificio
en las noticias. Fueron tan camicaces como vosotros,
porque os vieron entrar de lejos mientras uno de los
bomberos que intentaba sofocar el incendio decía que dos
locos se habían metido en el edificio. Si no fuera por ellos,
estaríais muertos. Hubo una explosión que os dejó
sepultados bajo un montón de escombros. Tuvisteis suerte
de su eficiencia y coraje.
—Entonces…, Leo está vivo, ¿verdad?
—Sí, lo están operando, tiene una pierna fracturada. Tu
flor en el culo te salvó, solo te llevaste un buen surtido de
cascotazos, uno golpeó tu cabeza de chorlito, perdiste el
conocimiento, por eso no recuerdas nada. Te han puesto
algunos puntos. Los chicos te sacaron en brazos y esta es tu
suite nupcial. Están en la sala de espera aguardando a que
saquen a Lionel de quirófano.
—¿Y la mujer y las hijas de Leo?
Jordan, que se había mantenido en un segundo plano,
tomó la palabra.
—Las niñas están en el hospital, ingresadas en pediatría
por inhalación de humo, la que más cuidados está
necesitando es la bebé, aunque está estable.
—¿Y María? —insistí.
—No se sabe nada de ella. Pregunté en recepción, lo
único que supieron decirme es que, tras pedirle a su hija
mayor que se llevara a las niñas fuera del edificio, volvió a
entrar en el piso a por la insulina de Elena. Hace unos
meses le detectaron que tenía diabetes al sufrir un episodio
que la dejó convulsionando.
—¿Entró a por la insulina? —pregunté lívido.
—La economía de Leo es bastante compleja, y al precio
que está la medicación… Imagino que María no quiso
dejarla allí.
¿Podría haber muerto María intentando ir en busca del
medicamento para su hija?
—Sé que estás pensando en lo peor, porque yo también
me lo he planteado, pero quizá esté inconsciente en otro de
los hospitales a los que derivaron a los afectados más
graves. Los bomberos sacaron a mucha gente con pérdida
de consciencia y quemaduras de distintos grados —
masculló Jordan.
Tenía que llamar a Price, averiguar si María estaba en
otra clínica, como apuntaba Jordan.
—Voy a por un café, ¿os traigo algo?
Yo negué y Raven hizo lo mismo, en cuanto el boss salió
por la puerta, me dirigí a mi mejor amigo.
—¡¿Qué hace él aquí?!
—Preguntó el tío con el que pasé la noche y que cuando
abrí los ojos ya no estaba.
—No pensaba que tuviéramos ese tipo de relación, creí
que anoche te quedó claro que cada uno tenía que seguir
con su vida, sin ataduras —agité las cejas y Raven resopló.
—Muy gracioso. Para tu información, estaba en el
gimnasio con Jordan, calentando antes de subir al ring. Un
tío estaba mirando la tele en la que está puesto el canal 24h
y…
—Para que luego digan que ver televisión no te pone en
forma —comenté jocoso.
—¿Quieres que te lo cuente, o no?
—Vale —murmuré, arrugando la nariz al sobrevenirme
otra punzada de dolor—. ¿Qué pasó?
—Pues que os vimos, el cámara que estaba
retransmitiendo el incendio en directo enfocó a los dos
putos camicaces que entraban en el coloso en llamas. Una
cosa es que seas un agente infiltrado del HSI y otra que te
creas Charmander. ¿En qué momento creíste que las llamas
no iban a afectarte?
Solo a Raven se le ocurriría compararme con un Pokemon
de fuego.
—Ya me conoces, soy un tío ardiente, forjado en fuego.
—Tú lo que eres es un descerebrado.
—No podía dejar a Lionel ahí dentro. Además, tú no eres
el más indicado para hablar, te recuerdo que has estado
viviendo durante años en un nido de víboras,
narcotraficantes y asesinos. —Raven siguió con las pupilas
ancladas en las mías. Su cara de malas pulgas no se había
relajado ni un poco—. Asumo que fue una temeridad, pero
estamos vivos, eso es lo que cuenta. —Mi mejor amigo
resopló—. ¿Estuviste llamando a todos los hospitales para
dar conmigo?
—No, eso fue gracias a que me tienes como primer
contacto en el móvil, ya sabes, la doble A. Jordan no quiso
dejarme solo, además, estaba preocupado por vosotros.
—¿Y qué piensa de todo esto? ¿Has hablado con él?
—Más o menos, como comprenderás, no íbamos a estar
en silencio.
—¿Y bien?
—Cree que estáis liados.
—¡No jodas! ¿Así te lo ha dicho?
—No exactamente, lanzó un comentario al aire, algo así
como que el amor te hace cometer los actos más estúpidos
y más valientes.
—Quizá lo dijera por Leo. Porque entró a por su familia.
—Puede, aunque a mí no me dio esa sensación.
—Ray, ¿estás bien?
Dakota abrió la puerta con los ojos verdes cargados de
preocupación. Le dediqué una sonrisa amable y ella se
acercó a la cama para cogerme de las manos con los ojos
brillantes.
—¿Ha sido este capullo el que ha preocupado a mi chica?
—pregunté en tono de broma, cabeceando hacia Raven.
—¿Qué querías que le dijera si cuando me ha llamado
estaba en el hospital?
—Pues que te estaban haciendo un tacto rectal.
—Entonces, ¿estás bien? —Dakota me acarició la piel de
las manos.
—Había pedido una cama king size con vistas al mar,
pero no les quedaba la suite presidencial, y me han dicho
que la calidad de la comida es bastante mejorable. Pienso
ponerles una crítica constructiva en TripAdvisor cuando
haga el check out.
Dakota rio, y yo me sentí aliviado de conseguir que su
expresión preocupada mutara a una más liviana. Sus tripas
sonaron y Dakota se mordió el labio.
—Tu chica tiene hambre, deberías llevarla a comer algo.
—Eso parece. ¿Estarás bien?
—Claro, tengo un botón rojo para llamar al servicio de
habitaciones.
—Pues me llevo a mi chica para alimentarla.
—Así me gusta, hombre de las cavernas.
—Verás como saque el garrote lo que te pasa.
—Lo que deberías es calmar a Jordan, que de un plumazo
se ha quedado sin dos de sus pecados.
—Es consciente de ello. Te vemos luego.
—Sed buenos y no caigáis en la lujuria, a la gente no
suele gustarle encontrar vello púbico en la comida de la
cafetería.
Dakota rio, y Raven me hizo una peineta.
Alargué el brazo y cogí el móvil. Llamar al director Price
era una emergencia, necesitaba dar con María y entender
qué había ocurrido en el edificio.
Era muy extraño que se incendiara justo el piso de Leo.
¿Y si había sido provocado por los miembros de Barrio-18?
La SM-666 hizo mucho daño tanto a los MS-13 como a los
Barrio-18, los mareros de la Santa Muerte les habían quitado
una buena parte del negocio y del territorio, además del
golpe que les dio el presidente Bukele en El Salvador. Quizá
había sido una llamada de atención, o puede que se tratara
de uno de los ritos de iniciación de otra mara emergente.
Cuando un pandillero deseaba entrar en una pandilla,
además de recibir una paliza, o en el caso de las mujeres,
una violación grupal, se les pedía que entregaran una vida a
cambio del integrante de una banda rival.
Si el muerto era uno de los líderes, o la familia de este, el
prestigio era mayor, porque se suponía que eso implicaba
mayor coraje y peligrosidad.
—¡¿Dónde cojones estás, Wright?! —respondió la gruesa
voz al otro lado de la línea.
—Jefe, tenemos que hablar.
CAPÍTULO 23

Leo

—¡He dicho que quiero ver a mis hijas y a mi mujer! —


rugí desencajado hacia la enfermera que me observaba con
la expresión cargada de intransigencia.
—Como ya le dije, señor Torres, en su estado es
imposible que lo suba a otra planta para verlas, acaba de
despertarse hace media hora de una operación, y el doctor
Forest ha dicho que debe estar inmovilizado. Cuando sus
hijas estén mejor, yo misma las acompañaré para que lo
visiten.
—¡Daisy necesita estar conmigo o con su madre! —Su
paciencia estaba al límite, y la mía también.
—Su hija pequeña está requiriendo algunos cuidados
extra, inhaló mucho humo y sus pulmones son muy
pequeños, aun así, como le he comentado antes, está fuera
de peligro.
—¿Y mi mujer?
—Su mujer no está en este hospital, estamos haciendo
todo lo posible para localizarla cuanto antes; en cuanto
sepamos su ubicación, le avisaremos. Es imprescindible que
se mantenga en calma para recuperarse lo antes posible.
«¡¿Calma?!», esa mujer no tenía ni idea de lo que me
estaba pidiendo. No sabía el giro que había dado mi vida en
las últimas horas, ni de la ceremonia de redención a la que
me sometí en manos de JC.
—Por cierto, en su analítica, se detectaron restos de
droga, por su bien, espero que su mujer esté limpia, o nos
veremos en la obligación de llamar a Servicios Sociales.
Buenas tardes.
Se despidió de mí dejándome mucho peor que antes.
—¡Joder! —bramé.
Lo que menos necesitaba era que los de Servicios
Sociales metieran mierda.
«¿Dónde estás, María?», gruñí para mis adentros.
Me daba miedo que se la hubieran llevado, sabía cómo
se las gastaban demasiado bien, yo se la arrebaté hacía
catorce años y ahora lo estaba haciendo él. Tenía un pálpito,
dudaba que mi mujer estuviera en otro hospital.
Ella fue mi tributo y la jodí a base de bien, tanto que la
noche anterior tuve que enfrentarme a la ceremonia.
Apreté los puños y cerré los ojos, sentí náuseas al
recordar el pentagrama pintado en el suelo, las velas negras
prendidas alrededor de una estancia con pinturas de la
Santa Muerte y Satán decorando las paredes.
JC me puso en el interior del símbolo, sobre las tres
calaveras dibujadas en el suelo y las siglas de la mara. El
mismo dibujo que yo realicé para que nos identificaran, el
que lucí durante un tiempo en mi piel y que me vi con la
necesidad de sustituir.
En ningún momento me planteé negarme a lo que me
pudiera ocurrir, la vida de mi familia estaba en juego. Debía
claudicar ante él.
Hizo que me arrodillara mientras llamaba a los hombres
para que fueran entrando en la estancia.
Se puso en la misma posición que yo y se prendió un
cigarrillo, el que usaba en los rituales, una mezcla de tabaco
y sustancias estupefacientes.
Yo debía permanecer con la boca abierta y aspirar el
humo que él me volcaba, del interior de sus labios a los
míos.
Los hombres hacían algo muy parecido, todos fumaban
para entrar en trance y abrirse a Nuestra Señora. Ella sería
quien dictara sentencia por boca de Julio.
No era la primera vez que fumaba aquella mezcla,
aunque lo hice en otras circunstancias mucho más
placenteras.
Cuando Julio César dio la última calada, se puso en pie y
dedicó unas palabras a todos los allí presentes, cuyos torsos
estaban desnudos y mostraban sus tatuajes. Nos recordó lo
que suponía ser miembro de la SM-666, sus principios, su
base y su nacimiento.
Los hombres aguardaban expectantes sobre la voluntad
de Nuestra Señora, la nube de fervor y embriaguez los hacía
asentir tomando la palabra de el big. —Tal y como llamaban
al jefe.
Invitó a sus hombres a ponerse en pie y darme corte
mediante una talegada, una paliza grupal que duraría entre
trece y catorce segundos, igual que la que sufría cualquier
homeboy que quisiera entrar en la pandilla.
Los hombres reían, gruñían mientras vapuleaban mi
cuerpo entre crujidos y chasquidos. El dolor era una bruma
debida al opio; si no estuviera drogado, se sentiría mucho
peor.
Cuando terminó el tiempo, apoyó mi cuerpo contra el
suelo, separó mis nalgas y concluyó el rito poniéndome en
mi lugar, con la peor ofensa que podía recibir un hombre, el
peor de los castigos, el más vergonzante.
Julio se puso detrás de mí y me penetró con una
estocada severa que me hizo rugir.
—Ruge para tus hermanos, Lion, paga el precio de la
traición. —Esas fueron sus palabras.
No se trataba de un acto sexual, para ninguno de los dos.
Ese pago era el último tributo, no había castigo mayor,
era eso, o la muerte, y me había dicho que no quería
matarme.
Conocía las normas, Julio César y yo plasmamos las leyes
sobre papel. No me sentía orgulloso de ellas, pero en aquel
entonces estaba envuelto por las circunstancias, por mi
deseo de pertenencia, de un futuro junto al que creía el
amor de mi vida, en mitad de un temporal de violencia que
nos arrullaba a diario.
El sexo entre hombres solo se daba en situaciones de
castigo, se trataba de demostrar a los demás miembros del
grupo mi sumisión y arrepentimiento, asumiendo que Julio
estaba por encima de mí. Ya no éramos iguales, no quedaba
nada de lo que una vez fuimos.
El tiempo y el espacio se fundieron en uno, mientras la
canción de La vida loca sonaba para recordarme lo que fue
pertenecer a su mundo.
Entré en una especie de trance del que me costó volver.
No recuerdo lo que ocurrió después, ni siquiera cuándo me
quedé dormido. Al despertar, estaba solo. Tenía la ropa
amontonada a los pies y la estancia olía a cera quemada y
hierba.
Me puse en pie, me dolía todo el cuerpo. Quizá tuviera
alguna costilla fisurada, no estaba seguro.
«María, las niñas, ¿cuánto tiempo he dormido?».
Controlé la fuerte náusea que me sobrevino. En lo único
que podía pensar era en que mi familia estuviera bien, que
no les hubiera pasado nada. Lo que había sucedido en el
interior de aquel cuarto era secundario, sabía que si alguna
vez daban conmigo, las represalias no iban a ser una
palmadita en la espalda, era consciente de ello y llevaba
años preparándome por si ocurría. Podría haber sido mucho
peor que una paliza y que mi examante me diera por el culo
delante de sus acólitos para dar su ejemplo de supremacía y
justicia.
Quizá debiera sentirme peor por ello, y no lo hacía
porque, en cierto modo, pensaba que se la debía por lo que
le hice. Además, mi mente estaba focalizada en otra parte.
Necesitaba salir de allí y asegurarme de que mi familia
estuviera bien, yo era lo de menos.
Emergí del sótano trastabillando. Anduve por los pasillos
sin que nadie me detuviera o me impidiera salir. Al abrir la
puerta principal, cerré los ojos por la fuerza del sol. Los
hombres de Julio me recibieron con un simple buenos días,
no sacaron sus armas, no me amenazaron y dijeron que
volviera al interior, lo que significaba que debían haber
recibido órdenes de que me dejaran pasar.
Llegué hasta la verja, había tres opciones; que me
dispararan por la espalda, que tuviera un sistema
electrificado a través del cual me frieran o que se abriera.
Noté el corazón rebotando en mi garganta al sentir el
primer zumbido.
Una vibración me hizo dar un paso atrás. No me
electrocuté, el cercado se abrió dándome paso y, una vez
fuera, me alejé todo lo deprisa que pude para llamar a un
Uber.
Tenía el estómago hecho trizas y ganas de desaparecer.
No obstante, sabía que nunca más podría hacerlo, ya no,
era imposible volver a librarme de lo que prometí ser.
Con la poca batería que me quedaba, hice el intento de
llamar a María, pero se apagó antes incluso de dar señal.
Era demasiado pedir que Julio me hubiera puesto a cargar el
móvil mientras me aleccionaba.
Los tres años que viví en Soyapango, a su lado, junto a
Wendy, pasaron por mi mente como una película. Wendy…
¿Qué le habría sucedido? Había un atasco tremendo.
El conductor protestó y preguntó por radio a uno de sus
compañeros qué ocurría. Yo estaba de los nervios, agobiado
por no saber si mis chicas estarían bien. Cuando el hombre
al otro lado de la radio contestó que un incendio muy bestia
tenía a la ciudad colapsada y nombró la calle de mi piso,
sufrí un colapso; si el coche hubiera estado en marcha,
habría saltado.
Fuego, mi calle, ¡mierda!
Le di un billete al conductor sin esperar que me
devolviera el cambio y arranqué a correr ignorando las
señales de dolor que envolvían mi cuerpo.
Julio iba a arrebatarme a mi familia del mismo modo en
que yo le arrebaté la suya. Su hermana y yo éramos su
todo, y me tocaba a mí sufrir lo mismo que él sufrió.
Entré con desesperación en el edificio, me salté a los
bomberos, el cordón policial, subí las escaleras de tres en
tres sin importarme el fuego, gritando el nombre de mi
mujer y mis hijas, hasta que una pared se desplomó sobre
mi pierna y lo siguiente que vi fue a…
CAPÍTULO 24

Leo

—¡Por fin! ¡Ya está aquí mi compi de cuarto!


La puerta acababa de abrirse y en el umbral estaba
Dave, sentado en una silla de ruedas, con la cabeza
envuelta en una venda elástica. Incluso con la cara
amoratada cortaba el aliento.
«¡Lo guapo que sea debería importarme una mierda!»,
me reproché a mí mismo. Estaba cabreado por no
centrarme en lo que importaba: encontrar a María debería
ser mi prioridad, no fijarme en sus putos rasgos faciales.
—Dime que eres fruto de la anestesia y no estamos en la
misma habitación —gruñí.
—Te lo diría, pero dicen que empezar una relación
habitacional a base de mentiras no es positivo para los
compañeros de cuarto. Empiezas por ahí y terminas
acusando a Papá Noel de las salpicaduras del baño.
El celador que lo traía rio, y yo hice rodar los ojos.
—-¿Puedo pedir un cambio? Me da igual la habitación
que sea, también me sirve el cuarto de los utensilios de
limpieza, cualquier lugar que pueda ofrecerme lejos de él
será un descanso, o mejor todavía, deme el alta, necesito
largarme de aquí cuanto antes.
El celador aparcó a Dave al lado de mi cama, y el rubio
se puso en pie.
—No puedo darte el alta porque no soy tu médico,
además de que no puedes ir a ninguna parte, acabas de
salir de una operación bastante peliaguda que va a requerir
que estés de una semana a diez días ingresado. Eso que ves
ahí no es por gusto, te han puesto una placa y tornillos para
soldarte la tibia.
—Cómo mola, Leo, ahora eres mitad biónico y recibirás
unos buenos cacheos en el aeropuerto cuando alteres al
detector de metales.
—Lamento decirte que es de titanio —le aclaró el celador
—, esas no pitan.
—¿Y qué hay del cambio de habitación? —inquirí
desesperado.
—Lo siento, estamos completos —proclamó, ganándose
un bufido de mi parte—. Chicos, os dejo, que paséis una
buena tarde, tengo que llevar al señor Mortimer a hacerle
un TAC.
—¡Que te sea leve, Will! —lo despidió mi compañero.
—¿Te sabes el nombre del celador? —Dave me sonrió.
—Cuando pasas mucho tiempo en el hospital, aprendes
que la gente suele tratarte mejor cuando te interesas por
ellos, sabes su nombre e intentas hacerle el trabajo más
fácil en lugar de protestar.
Recordé cuando el día de la bolera me confesó que tuvo
leucemia y VIH de adolescente, me sentí mal, no tuvo que
ser fácil para él.
—¿Fue muy duro?
—¿El qué?
—Tu tratamiento.
—No mucho más que un sobre entrenamiento en el
gimnasio, ya me entiendes, uno de esos que te dejan en
fallo muscular.
—Ya, seguro…
Me hundí un poco en la almohada y dejé salir un suspiro
largo.
—¿Cómo estás? —se interesó. Su habitual tono bromista
mutó a uno más prudente.
—Algo mareado todavía.
—No me refería a eso.
Nuestras miradas se encontraron y supe de inmediato a
qué se refería.
—Jodido, no me dejan ver a mis hijas y no sé dónde está
María. —Él asintió y se sentó a un lado de mi cama. No pidió
permiso, tampoco es que lo fuera a empujar y tirarlo al
suelo. El tío había demostrado tener un par de cojones
entrando en un edificio en llamas para venir a por mí—. ¿Por
qué entraste? —cuestioné, queriendo saber el motivo que lo
llevó ahí dentro. Me ofreció una sonrisa suave.
—Actué por instinto, no podía dejarte solo.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, mi mejor amigo dice que sufrí una
enajenación mental transitoria y creí ser Charizard, es un
Pokemon de fuego.
—Sé quién es Charizard —reí por lo bajo.
—¿En serio?
—Sí, según tú, ¿quién ganaría si se enfrentara contra
Blaziken?
—A ver, Charizard es tipo fuego volador y Blaziken es
tipo fuego lucha, según la wikia, el tipo volador vence al de
lucha; en mi opinión, Chari gana a Blaz, aunque en la liga de
Johto el de Ash perdiera contra un Blaziken.
—Pero en la liga de las islas Naranjas, si mal no recuerdo,
luchó contra Dragonite y perdió. —Su expresión se iluminó,
y yo fui incapaz de no sonreír.
—Joder, si va a resultar que tenemos algo en común.
—No te emociones —le advertí.
Mi vida era una auténtica pesadilla, pero ese cabrón
desvergonzado me había hecho reír.
—No deberías haber entrado a por mí, no soy un buen
tío.
—Yo tampoco me considero de lo mejor, pero no era plan
de dejar a tus hijas huérfanas.
Se puso en pie y se dirigió a su mesilla para coger el
móvil, ofreciéndome unas vistas inmejorables de la abertura
trasera de la bata. Allí asomaba su espalda tonificada y
aquel culo redondo.
Disimulé y fijé la vista en el techo. Regresó a mi lado
para darle a la galería de fotos.
—Oye, paso de ver tus últimas vacaciones.
—Iba a enseñarte una fotopolla, pero acabo de darme
cuenta de que ya la tienes muy vista.
«Mucho menos de lo que me gustaría», mordí mis
palabras malhumorado.
—Anda, echa un vistazo, que esto te gustará, y no, no
son mis pelotas.
Me pasó el teléfono, y cuando vi lo que trataba de
mostrarme, abrí los ojos como platos.
—¡¿Cómo has conseguido esto?! —Eran fotos de mis
hijas en el hospital.
Me emocioné al ver a Magaly, la mayor, jugando una
partida de cartas con Elena. Ambas estaban en el mismo
cuarto y parecían estar bien. La siguiente imagen era un
vídeo, alguien las grababa para que me dijeran unas
palabras. Magaly dijo que esperaba que la operación
hubiera ido bien, y Elena que no me preocupara.
Me emocioné. Eran una parte fundamental en mi vida, lo
había dado todo por ellas, por criarlas, porque estuvieran
bien.
Mis ojos se humedecieron e intenté limpiarlos antes de
que se me escurriera una lágrima. El siguiente vídeo era de
Daisy, estaba conectada a un respirador, la enfermera que
la atendía tenía una expresión muy dulce. También se dirigió
a mí para tranquilizarme y decirme que estaba bien, en las
mejores manos, y que solo le estaban dando una buena
dosis de oxígeno para que se pudiera recuperar mejor.
No había más imágenes.
—Pero ¿cómo…? —pregunté con la voz temblorosa. Alcé
la vista, y Dave se encogió de hombros.
—Imaginé que verlas te sentaría bien, así que tiré de
encanto personal. Tus chicas son fuertes, tío, unas
luchadoras como su padre.
Mi compañero me palmeó el brazo y yo puse la mano
encima de la suya. Se quedó inmóvil, su sonrisa se disipó.
—Gracias —susurré con el calor de su piel inundando la
mía.
—No he hecho nada que no hubiera deseado para mí, se
llama empatía, no te emociones. —Me guiñó un ojo.
Y sabía que no tenía que hacerlo, que debería aferrarme
a sus palabras y restarles importancia. No podía sentir nada
hacia otro hombre, porque la única vez que ocurrió, me
enamoré como un loco y fue mi ruina, y la de él.
No necesitaba más complicaciones, ni ahogar en mi
mierda a nadie.
Tenía que apartarlo de mí, aunque fuera lo que menos
me apeteciera en ese momento.
—Quiero dormir un rato —carraspeé, y rompí el contacto
visual.
—Por supuesto, yo voy a echar un ojo al Tinder. Si cambio
mi foto de perfil por una sexy de hospital, ¿piensas que
podría encontrar a un tío como tú que me quisiera cuidar?
«De eso no me cabe duda».
—Yo a ti no te cuido ni aunque me pagues. —Cerré los
ojos para no seguir deseando lo que no debía.
—Siempre me han puesto los cascarrabias. Descansa.
Como si eso fuera tan fácil sintiéndolo a mi lado.
CAPÍTULO 25

Ray, una semana después

—Yo puedo quedármelas.


Lo dije sin titubeos, ni siquiera me tembló la voz.
El médico y la enfermera de Leo me miraron, iban
acompañados de la mujer de Servicios Sociales, que
acababa de darle la noticia a mi compañero de que sus hijas
irían a un centro de acogida para asignarlas a una o varias
familias, hasta que todo se pusiera en su lugar y él
demostrara que era capaz de cuidarlas y mantenerlas como
correspondía.
María no había aparecido. Los trabajos de desescombro
estaban siendo arduos porque el edificio era gigantesco y se
vino literalmente abajo. Todavía no habían terminado. Había
un total de tres desaparecidos, entre ellos, la mujer de Leo,
y dado que los indicios de los primeros informes apuntaban
a que alguien se había ocupado de verter líquido inflamable
por todas partes, la temperatura alcanzada fue la de un
maldito horno. Los bomberos y los de la científica dudaban
que quedaran huesos. Por eso, la tarea de extinción se hizo
casi imposible por mucho empeño que le pusieran.
Cada vez estaba más convencido de que se trataba de
una venganza, de una mara rival de la SM-666. Si Lionel era
uno de sus fundadores, no era de extrañar que alguien
hubiera ido a por él y su familia mientras creía que dormían.
Los mareros, y los narcos en general, solían provocar ese
tipo de incendios en los que identificar un cadáver era
prácticamente imposible, así enviaban un mensaje alto y
claro a quien correspondía, y en la mayoría de casos se
libraban, a no ser que el cadáver contara con algún
elemento que lo identificara y no fuera susceptible a
perecer bajo las llamas. Como por ejemplo un tornillo con un
número de serie de alguna operación, o algo similar.
Las circunstancias de Torres no eran buenas.
Su análisis confirmó un rotundo positivo en varias
sustancias estupefacientes, además, no tenía hogar,
necesitaría cuidados en los próximos meses y no podría
trabajar. Si a ello le sumábamos que su mujer parecía haber
fallecido en el incendio y que tenía tres niñas que cuidar,
era complejo.
Price se iba a cabrear muchísimo cuando le contara lo
que había hecho, pero me daba lo mismo. Tener a mi
objetivo y sus hijas en casa me acercaba todavía más a la
SM-666. Si tenía una posibilidad de ganarme su total
confianza, era esa, a través de sus hijas, además, no podía
dejar a esas crías en manos de Servicios Sociales. Lo más
probable era que las separaran y no todas las familias de
acogida eran maravillosas y encantadoras, muchas solo lo
hacían por el dinero, y en los días que habían estado
pululando por la habitación, les cogí simpatía.
Me dieron el alta el día anterior, al constatar que mi
cerebro ya no estaba inflamado. Y en ese momento había
ido a retirarme los puntos, estaban curando bien.
A Lionel todavía le quedaban unos tres o cuatro días de
ingreso, dependiendo de su evolución.
Si esperaba que Muerte o alguno de los mareros se
pasara a visitar a Leo, me equivoqué. Los únicos que
vinieron fueron sus excompañeros de brigada, quienes
quisieron hacer una colecta para aliviar la factura del
hospital.
Jordan y los chicos del SKS también se ofrecieron a
colaborar, porque el seguro no lo cubría todo y los gastos
eran como para no levantar cabeza.
Las niñas ya no podían seguir quedándose en pediatría,
lo habían alargado al máximo con la esperanza de dar con
María, pero no estaba en ningún otro centro hospitalario.
Necesitaban las camas, por lo que, dada la situación,
Servicios Sociales había intervenido para proteger a las
menores. En cuanto la señora Álvarez le anunció a Lionel
que se las iban a llevar por su bienestar, no dudé en
ofrecerme voluntario para la acogida.
—¿Usted? —Alzó las cejas contemplándome.
—Sí, yo, ¿qué ocurre? ¿No le sirvo? Tengo un piso, cobro
lo suficiente como para ocuparme de ellas mientras Lionel
se recupera y disponibilidad horaria. El señor Torres y yo
vivimos en Queens, el suceso ya ha sido lo suficientemente
traumático como para que las niñas queden desperdigadas
por Manhattan, lejos de sus amigos, barrio o colegio. Los
niños necesitan estabilidad, rutina, y yo estoy dispuesto a
dársela.
—Esto es totalmente inusual —musitó la mujer sin dar
crédito.
—¿Lo dice porque soy un hombre joven y soltero? —
Obvié lo de guapo, porque dudaba que la hiciera reír.
—No, lo digo porque hay unos protocolos que seguir.
—¿Qué necesita saber de mí para que sea un candidato
apto? Sea lo que sea, estoy dispuesto a dárselo.
La enfermera me sonrió, habíamos hecho buenas migas
esa semana, además de con Will, el celador. Quien no abría
boca era Lionel, parecía desbordado por la situación, las
sábanas estaban echas un gurruño de tan fuerte que las
apretaba. Tenía los nudillos blancos.
—¡No puede quitarme a mis hijas! —rugió, pillándonos a
todos desprevenidos. El incendio no era nada comparado al
calor que desprendía su mirada, y no era uno agradable.
—No se las estoy quitando, señor Torres, estoy
protegiéndolas.
—¡¿De mí?! ¡Soy su padre!
—Uno que ha demostrado no estar en condiciones… —
carraspeó la mujer.
—¡No tiene ni idea de lo que está diciendo! ¡Siempre he
estado en condiciones para ellas!
—Ahora mismo, lo único que veo es un carácter violento
—masculló entre dientes.
—¡¿Violento?! —Soltó una carcajada sin humor—. Usted
no tiene ni idea de lo que es la violencia, pase un año en El
Salvador y después me lo cuenta.
Su estado de irritabilidad profunda no ayudaba en nada.
—Shhh.
Intenté calmarlo agarrándolo del antebrazo para que se
callara. Su actitud empeoraba las cosas.
—No pienso callarme, ya le dije al doctor Forest que no
me drogo, estuve en una fiesta y tuvieron que meterme
algo en la bebida. Me desperté desorientado.
—Ya, bueno, eso es lo que usted dice —rezongó la mujer.
Nunca había visto a Lionel pasado, jamás, lo que no
quería decir que, como mi amigo Raven, tomara algo de vez
en cuando. En las maras solía consumirse droga, sobre todo,
cuando se reunían o hacían fiestas. Tal vez fuera lo que
ocurrió, aunque entendía que Leo no fuera a confesárselo a
la de Servicios Sociales.
—No tengo ninguna denuncia, ni antecedentes, mire mi
ficha policial, ¡estoy limpio! ¡Tiene que creerme!
—Aunque lo creyera, señor Torres, ahora mismo no es
capaz de hacerse cargo de su familia, las niñas necesitan un
adulto responsable que les pueda ofrecer un techo, comida,
cubrir sus primeras necesidades y llevarlas a la escuela.
¡Daisy es solo un bebé y está aprendiendo a dar sus
primeros pasos! ¿Qué hará si se le cae con una pierna rota?
—Y ahí es donde entro yo —me sumé.
La mujer resopló exasperada.
—¿Ha cuidado alguna vez a tres menores, señor…?
—Dave.
—Dave —concluyó ella.
—A ver, a tres al mismo tiempo no, pero al señor Torres
apenas le quedan unos días aquí dentro y podrá darme
instrucciones. Él también se vendrá a vivir con nosotros.
—¿Cómo? —preguntó Lionel. Me limité a sonreírle y
guiñarle un ojo.
—Señora Álvarez, ¿le importaría concederme unos
minutos fuera, por favor?
La mujer emitió un largo suspiro y accedió, el doctor
Forest nos siguió dejando a la enfermera con Leo, era el
momento de su aseo.
—No voy a cambiar de opinión.
—Puede que sí, o puede que no.
—A ver, ¿qué tiene que decirme?
No parecía demasiado receptiva a mi candidatura, pero
sabía qué teclas debía tocar para conseguirlo. Nunca
obtendría los suficientes votos como para presidir la Casa
Blanca, sin embargo, confiaba en poder convencer a aquella
mujer para ocuparme de Lionel y sus hijas.
—Veamos. Comprendo que esté preocupada por las
analíticas de mi amigo, pero le aseguro que fue algo
puntual, como le ha aclarado Leo, no consume. La noche del
incendio salió, sí, y puede que a usted le parezca poco
responsable, pero tiene que pensar que es un hombre que
se ha dedicado íntegramente a que a su familia no le falte
de nada. Puede que vayan justos y que llegar a fin de mes
sea un puzle difícil de armar, pero él consigue encajar todas
las piezas por complicado que parezca.
»Es un padre y un marido ejemplar, y ahora mismo no
tiene ni idea de si ha perdido a su mujer para siempre. No le
he visto verter una sola lágrima, pero sí un montón de
palabras reconfortantes a sus hijas. No puede
arrebatárselas. ¡Entró en un edificio en llamas porque creía
que ellas estaban ahí dentro, y lo hizo a pecho descubierto,
sin protección!
—Lo que denota falta de control y no entender la
magnitud del peligro.
—¡Lo que no podía era dejar que su familia se calcinara!
¿Tiene marido? ¿Tiene hijos? ¿Qué habría hecho en sus
circunstancias? No puede culparlo por querer rescatarlas,
¡tiene alma de bombero!
Su expresión denotaba que estaba en un debate interno,
necesitaba seguir tanteándola.
—Escúcheme, señora Álvarez. Lionel y las chicas solo
necesitan un lugar en el que estar a salvo, una persona que
les eche una mano desinteresada con su economía. Somos
un país que apoya a su comunidad, y yo quiero apoyarlos.
»Vivo solo, tengo ahorros, un buen sueldo y espacio
suficiente para que estemos los cuatro. —Eso no era del
todo cierto, pero si hiciera falta, podría llegar a plantearme
un cambio de apartamento.
—No sé qué decir —comentó la mujer.
—Pues diga que sí —insistí. Ella y el doctor se miraron—.
Rellenaré todo el papeleo necesario, soy el candidato ideal y
no me dirá que, dada la delicada situación emocional que
están atravesando las pequeñas, separarlas de su padre, de
su entorno y su colegio, no sería más traumático todavía.
Los tres sabemos que su madre no está viva, que falleció en
el incendio cuando fue a por la insulina de Elena. Quizá
quedó atrapada y ya no pudo salir. La hemos buscado en
todos los hospitales y no está.
Estaba convencido de que había sido así, con la cantidad
de líquido inflamable que había esparcido, habría sido un
milagro que hubiera salido del edificio.
—Por favor, señora Álvarez, deje que los ayude.
—Bárbara —susurró el médico con familiaridad—, he
visto con mis propios ojos la implicación de Dave con esa
familia y esas niñas, estarán bien.
—¿Y si no? Sabes cómo funciona esto, Richard.
—Tú mejor que nadie sabes que las separarán, lo hemos
hablado muchas veces, las familias de acogida no suelen
tener espacio para tres a la vez, además, Elena es diabética,
eso lo agrava todo, nos guste o no. Las familias no quieren
niñas enfermas, y te recuerdo que su diabetes es del tipo
uno. Ayúdalas, ponles las cosas fáciles, ya lo han pasado
bastante mal. —Ella nos miró a uno y a otro, puse mi
expresión de «soy tu mejor opción, y los sabes», y ella
terminó alzando los brazos.
—Agrrr, ¡está bien! Pero iré a supervisarlas a su piso, y si
detecto que en algún momento no están bien…
—¡Lo estarán! Se lo juro —admití lleno de felicidad.
—Más le vale.
—Gracias, doctor, le debo unas entradas para ver a los
Yankees.
—Me conformo con que los Torres estén bien.
—Delo por hecho.
—Acompáñeme, Dave, necesito rellenar bastantes
papeles y evaluar si es un candidato apto.
—Le garantizo que voy a sacar un diez.
—Eso ya lo veremos. Richard, me debes una.
—En casa puedes pedirme lo que quieras.
«¡¿Cómo?!».
—¿Es su mujer? —pregunté anonadado, y el doctor
Forest me guiñó un ojo.
—No podía dejarla escapar después de que la vi actuar
por primera vez, es la mejor en lo suyo, sexy e implacable.
—Ella le sonrió coqueta.
—No digas esas cosas.
—Es la verdad, ahora voy a seguir con la ronda, portaos
bien y… Dave.
—¿Sí, doctor?
—Lo harás genial.
CAPÍTULO 26

Leo, catorce años y once meses antes

Separé los labios y dejé que el humo que exhalaba Julio


penetrara en mis pulmones, sorbiéndolo con avidez,
maravillándome por el brillo de sus ojos oscuros enturbiados
por la droga y el deseo.
Estábamos en su cuarto, de rodillas, el uno frente al otro,
sobre un pentagrama trazado en tiza y mi dibujo en el
centro. No me había quedado muy bien, no tanto como el
que llevaba tatuado en la espalda, en el mismo lugar que
Julio César y Wendy.
Cuando nos lo hicimos, sentí la conexión a través de la
tinta, la marca colándose bajo mi piel y trazando un mapa
de carreteras invisibles que nos llevarían del uno al otro
para siempre.
A mí llegada a El Salvador, no entendía nada, aterricé
perdido, no solo porque mi padre hubiera muerto y se
hubiera ido un pilar fundamental de mi vida, sino porque
todo mi mundo se había venido abajo. Mi madre no estaba
en condiciones, Soyapango era un lugar hostil, los chicos del
instituto se encargaban de hacerme entender, a diario, que
nunca encajaría, que aquel no era mi lugar, y en lo único
que yo podía pensar era en huir, en correr hacia delante sin
mirar atrás.
Todo cambió con la llegada de Julio a mi vida, él lo hizo
todo fácil. Me protegió, me cuidó, me ayudó a entender los
beneficios de pertenecer a una nueva familia cuyos lazos
iban mucho más allá de la sangre, y no se limitó a eso,
quiso crear un entorno seguro para nosotros, uno en el que
marcáramos las directrices.
Lo teníamos todo planeado, cuando tuviéramos el
suficiente dinero, nos mudaríamos a una casa los cuatro.
Anita, Wendy, él y yo. Ellas se encargarían de las homegirls
y nosotros de los homeboys. Incluso creé un logo nuevo
para las chicas del SM-666, uno que llevarían en el muslo
para identificarlas, a Anita le pareció de lo más sexy.
Como era habitual, ellas estaban juntas, pintándose las
uñas o maquillándose en casa de Anita, mientras que
nosotros nos refugiábamos en el cuarto de Julio. A su padre
lo habían metido en la cárcel y el ambiente estaba mucho
más tranquilo.
Su madre se había ido a comprar y nosotros nos
escondíamos de la vista del mundo para crear el nuestro.
Uno en el que lo que compartíamos no estaba mal, porque,
al ser los líderes, fundamentábamos los principios de la SM-
666.
No había sacado el tema sobre permitir las relaciones
entre personas del mismo sexo porque sabía que seguía
siendo tabú, que no era algo que pudiéramos cambiar, la
homofobia estaba demasiado arraigada en El Salvador, y
mucho más en las maras. Por lo que Julio me entregó una
solución en nuestro primer encuentro, entre nosotros estaba
bien porque se trataba de compartir nuestro liderazgo,
nuestra energía, un lugar en el que poder ser, en el que
poder sentir y fluir a nuestro antojo.
Nadie tenía por qué saberlo, porque era cosa nuestra,
nos pertenecía.
Lo miré con hambre, recorrí su piel, cada vez más
tatuada, con avidez. Julio siempre conseguía mantenerme
en ese estado de admiración y deseo. Su manera de
concebir la vida era tan potente que era muy fácil dejarme
llevar por él.
—Nos queda muy poco para nacer, Lion, para que la SM-
666 sea una realidad. La nuestra, la que creamos.
—Lo sé —suspiré.
Su mano ascendió y acarició mi rostro, la piedra que
habíamos fumado magnificaba todas las sensaciones. Mi
cuerpo se erizó cuando su pulgar trazó el contorno de mi
cara hasta el labio inferior.
—Tienes todo mi apoyo y el de Wendy, Lion, pero
necesitas que los homeboys te sientan y te respeten, que te
vean más allá que un Avatar.
—¿Un Avatar? —La imagen de un ser azul de dos metros
emergió en mi mente.
—Un gringo dispuesto a salvarlos —aclaró.
No iba tan desencaminado.
—Yo no soy…
—Shhh —me silenció con un pico suave.
—Sé lo que tú sientes, tú sabes lo que yo y mi hermana
pensamos al respecto, pero tienes que entender que el
resto no te ve así, no todavía, y es por eso que he pensado
que necesitas demostrarles lo que eres capaz de hacer por
ellos. Una prueba, un tributo, necesitan ver con sus propios
ojos que reniegas de tu sangre gringa, de tu padre militar,
que eres uno de los nuestros y no un Avatar, que no vas a
traicionarnos ni que llegas a nuestras tierras con la
intención de salvarnos.
—Yo no quiero salvar a nadie, tú me salvaste.
Julio dio la última calada y la volcó en mi boca para
después besarme. Me quedé suspendido en ella, lo
necesitaba tanto; era mi mundo, era capaz de cualquier
cosa por él.
—Nos salvamos mutuamente —agarró mi mano y la puso
en su pecho mientras él ponía su palma en el mío.
Mi corazón latía con mucha fuerza, hubiera hecho
cualquier cosa que me hubiera pedido.
—¿Confías en mí? —me preguntó.
—Ya sabes que sí.
—Voy a darte la llave para que puedas convertirte en
quien quieres ser, van a aceptarte, van a seguirte, van a
protegerte con sus vidas —murmuró mientras nuestras
lenguas se enredaban y nuestros cuerpos se encontraban.
—¿Qué debo hacer?
CAPÍTULO 27

Ray

—Aquí no vamos a caber —rezongó Magaly de brazos


cruzados, con una de sus cejas negras alzadas y pasando
revista al piso con una intensidad que hubiera hecho
temblar al director Price.
Yo intentaba sacar a Daisy de la trampa mortal de la
sillita de bebé que me había prestado Nessa, la mujer de
Jennings, ellos tenían un par porque tanto los padres de mi
compañero como los de Nessa les hicieron el mismo regalo,
no querían quedar mal con ninguno, así que se quedaron
con los dos juegos alegando que siempre iba bien tener uno
de repuesto, sobre todo, por si ampliaban la familia.
También me prestaron una cuna de viaje y un adaptador
para que pudiera bañar a la pequeña.
El día anterior me sometí a una masterclass por parte de
Nessa sobre cómo cambiar pañales, dar el biberón y otros
cientos de cosas que bombardearon mi cerebro haciéndome
sentir un inútil de manual.

—Nessa, el muñeco me mira mal.


—El muñeco no te mira, es un muñeco, o mejor dicho,
una muñeca.
—Sabe que no sé limpiar culos, lo intuye.
—Lo único que intuye es que lo estás agarrando por una
pierna y está bocabajo. Eso no suele gustarle a nadie, y
mucho menos a un bebé.
—Es que le goteaba el culo.
—Lógico, le hemos dado papilla para que le gotee y
aprendas a atenderlo. ¿O es que cuando tú vas al baño te
pones a hacer el pino para limpiarte?
—El pino lo planto en el interior de la taza, y mi ojete no
tiene el tamaño de una moneda de un centavo. Y si no
calculo bien y se me resbala, puedo destrozarla —comenté,
contemplando el tamaño de mis manos.
Jennings se estaba descojonando vivo, mientras que el
pequeño David jugaba con sus coches y un sudor frío se
apelmazaba en la base de mi espalda.
—Sería la primera vez que a alguien le pasa algo así. Que
los culos de los bebés no están hechos de vaselina. Además,
no te quejes tanto, que no es tan difícil. —Me presenté en
casa de Nessa con una muñeca interactiva que la mujer de
la tienda me aseguró que era la última moda. Las niñas se
volvían locas porque se trataba de lo más parecido a tener
uno de verdad. Habían fusionado tecnología con látex y
creado un bebé con las mismas necesidades que uno
humano—. A ver, Ray, pon a Linette sobre el empapador. —
La muñeca venía incluso con su partida de nacimiento en el
set—. Levántale las piernecitas y límpiala hacia atrás.
—¿Cómo voy a limpiarla hacia atrás? Debería ser hacia
delante.
—Si lo haces así, podría entrarle caca o bacterias por
delante y sufrir una infección.
—Quién me ha visto y quién me ve, que a mí los órganos
reproductores femeninos me dan alergia —resoplé.
—Pues tendrás que acostumbrarte, chaval, porque su
padre va a estar una temporadita bastante larga metido en
tu cama, sin poder hacer nada más —susurró Jennings.
La imagen de Leo, tumbado a mi lado, me estremeció
por completo.
El director Price estaba con un cabreo de tres pares de
cojones. Cuando le dije que me llevaba a Torres y a sus hijas
a mi piso por el bien de la misión, casi echó abajo el edificio.
Quise hacerle entender que el motivo de tenerlo tan
cerca era una ventaja absoluta. Nuestro sospechoso no
podría dar paso sin que yo lo supiera, y no me refería a los
que pudiera dar del sofá cama al baño.
No bastaba con investigar a una persona, solían
aprenderse más cosas mirando, observando, igual que
hacían los niños persiguiendo, y yo iba a analizar muy de
cerca a Lionel Torres.
Fui a recolocar la muñeca en el cambiador, sin querer, le
apreté un poco la tripa, y en cuanto lo hice, un enorme
chorro de vómito me pringó la cara.
—Pero ¡¿qué cojones?! —Escupí el pringue que había
caído en mi boca y cerré los ojos con fuerza. Esa cosa era
peor que la niña del exorcista. ¿Cuánto mejunje le cabía en
esa tripa?
—¡Le has cortado la digestión! No puedes presionarle el
abdomen cuando acabas de darle de comer. ¿Es que no has
leído las instrucciones? Le has cortado la caca y provocado
una vomitona. Es una muñeca interactiva, lo que no sale por
abajo sale por arriba.
—¡Se acabó! —Espeté desesperado, mi compañero se
retorcía de las carcajadas—. Voy a contratar una canguro
24/7.
—¿Y dónde va a dormir? ¿En el ventilador de techo de tu
habitación rollo Gremlin? —rio Jennings. Nessa también se
reía, aunque trataba de disimularlo para que no me sintiera
peor de lo que ya me sentía. Me pasó un par de toallitas
para que me limpiara—. Ya te dije que no estás preparado
para ser padre, y menos de tres niñas de golpe y sin
preparación. La paternidad es mucho más difícil que
cualquier misión a la que te hayas sometido antes, y tú
estás muy verde.
—Por eso le he pedido clases a tu mujer, ¿o es que
piensas que estoy aquí para jugar a las muñecas?
—¡Con un día no basta! —insistió.
—¡Pues tendrá que bastar! —proclamé enfurruñado. Me
quité el pringue como pude y me arremangué las mangas
de la camiseta. Miré a Nessa obcecado—. Enséñame a ser
padre y no morir en el intento.

—Dave, aquí solo hay una habitación, ¿cómo vamos a


dormir? ¿Dónde pondré mis cosas? ¿Y qué son esas revistas
de hombres sin ropa del último cajón del mueble del baño?
Solía ser un tipo bastante ocurrente y desvergonzado,
hasta que una niña de siete años acababa de ponerme en
mi sitio y hacerme sentir como un depravado, solo esperaba
que no le hubiera dado tiempo a rebuscar en el cajón de los
condones y los consoladores.
Esas revistas ni siquiera deberían estar ahí, eran un
recuerdo de mi adolescencia y en sus páginas centrales
descansaban en paz mis soldados caídos. No las tiré porque
eran una especie de presente, y nadie solía meterle mano a
ese cajón. Cuando un tío venía a mi casa, me la metía a mí.
Debería haber ordenado mejor.
«Nota mental: comprar una caja fuerte a prueba de crías
curiosas que no puedan abrir».
Daisy lloriqueaba, alargaba sus bracitos para tirarme de
las gafas, que estaban en peligro mortal, mientras yo
empezaba a desesperarme.
«Pero ¡¿quién cojones idea los sistemas de sujeción para
bebés?! ¿Un ingeniero aeronáutico de la NASA que sueña
con enviarlos a la luna?, ¿o un sociópata que odia a los
padres primerizos?».
—Tranquila, nena, que estoy a punto de cortar el cable
correcto antes de que estalle la bomba, me parece que voy
a ir a por unas tijeras, no te muevas.
Me aparté recolocándome las gafas sobre la cabeza,
sintiéndome un inútil total. A ver cómo le explicaba a Nessa
que me había cargado la sillita el primer día.
—Deja, ya lo hago yo, se nota que eres novato.
Magaly se acuclilló frente a Daisy y la sacó en un
santiamén. La pequeña se puso a hacer ruiditos de felicidad
frente a su heroína.
—¿Cómo has hecho eso? —Magaly se limitó a encogerse
de hombros.
—Casi todos funcionan igual, tienen un cierre de
seguridad, un bloqueo para que los niños pequeños no
puedan abrirlo. Si no, estarían cayéndose del carrito cada
dos por tres.
—Tiene sentido —exhalé, llevándome la mano a la nuca.
—Dave —volvió a llamarme Elena—. No has contestado a
mis preguntas —me recordó. Magaly resopló.
—No necesitamos habitación porque dormiremos en el
sofá, y puesto que lo perdimos todo en el incendio, no
tenemos cosas que guardar. —Obvió la parte de las revistas,
lo cual agradecí.
Me aclaré la voz dispuesto a darle a la pequeña la
información que necesitaba. Nessa me dio un consejo muy
valioso. Los niños no necesitan respuestas complejas o muy
elaboradas, basta con decirles lo que necesitan oír para
tranquilizarlos, normalmente somos los adultos los que
pecamos de darles más información de la que precisan.
Ella lo sabía porque estudió para ser profesora de
primaria.
La carita triste de Elena me dio ganas de consolarla.
—Escucha. ¿Ves esa habitación? —La señalé y ella asintió
—. No le he puesto una colcha de cupcakes, arcoíris y
unicornios porque los adore, que también —bromeé para
arrancarle una sonrisa—. Pues ahí dormiréis las tres, la
cama es enorme, así que Magaly y tú cabréis muy bien, y
Daisy ocupará la cunita. Vuestras cosas están por llegar,
hay mucha gente solidaria que ha querido echar una mano
y estamos esperando que alguien de la parroquia se
acerque y nos las traiga. He hecho mucho espacio en las
cómodas y el armario para que quepan. Y yo ocuparé el
sofá, el cual también tiene una cama grande.
»Si os falta algo, iremos de compras, quiero que estéis
bien aquí, que seáis francas conmigo; sé que no es un
palacio, pero creo que nos podremos adaptar. Por lo menos,
hasta que vuestro padre salga del hospital y pueda valerse
por sí mismo.
—¿Y mamá? —preguntó Elena temerosa de mi respuesta.
Hasta entonces, Leo no había querido que las niñas
perdieran la esperanza, tampoco ponerse en lo peor, era
una situación difícil y compleja que, de algún modo, me
tocaba afrontar a mí en su ausencia.
—La están buscando, cielo.
—Murió por mi culpa —sentenció.
—Elena —musité con toda la calma que pude reunir al
ver a alguien tan pequeño e indefenso roto por las
suposiciones—, no sabemos si ella…
—¡Sí lo sabemos! Fue a por mi insulina, se me olvidó
cogerla, había muchas llamas y mamá no salió. Estuve
gritando su nombre, la llamé muy fuerte mientras mi
hermana tiraba de mí, y no salió. —Hizo un puchero y a mí
se me rompió el corazón—. Se la tragaron las llamas, ¿ahora
está en el infierno?
—Dios, ¡no! —exclamé acercándome a ella—. Ven aquí —
la acurruqué entre mis brazos.
—Fue mi culpa, fue mi culpa —repetía en un soniquete
lloroso. Si alguien tenía un máster de culpa esos éramos
Raven y yo. Sabía perfectamente lo que era lidiar con la
responsabilidad de una muerte.
—Escúchame bien —mascullé sin soltarla, intentando
darle el confort que necesitaba—. Que tu mamá volviera ahí
dentro a por tu medicación no fue por tu culpa, sino por este
sistema de mierda que hace que una madre deba meterse
en un incendio por un envase de insulina, no tú, ella solo
protegía tu vida. —La estreché entre mis brazos y sentí
cómo su pequeño cuerpo se agitaba lloroso.
—Has dicho una palabrota —murmuró entre hipidos.
—Lo siento —respondí, acariciándole el pelo sedoso.
—Le debes un dólar al bote de las palabrotas —comentó
con la voz todavía tomada por el llanto. Alcé la mirada y vi
cómo Magaly se encogía de hombros.
—En casa teníamos uno.
Me sorprendía la entereza con la que lo estaba llevando
todo, no la había visto derramar ni una sola lágrima, como si
se hubiera autoproclamado el pilar fundamental de la casa,
adquiriendo el rol de sus padres.
—Pues aquí tendremos otro, y yo pagaré mi multa.
¿Puedes encargarte de prepararlo? —pregunté, haciéndola
partícipe. Necesitaba que Elena pensara en otra cosa más
allá de la pérdida de su madre.
—Si tú te ocupas del pañal de Daisy, toca cambiárselo. —
Pensé en Linette y rogué al cielo que con un bebé de verdad
se me diera mejor.
Elena se despegó de mí e hicimos intercambio de niñas.
Magaly cogió a su hermana mediana de la mano y me
entregó la bebé, quien reía y decía papá suspendida en mis
manos.
—Rrr-Dave, me llamo Dave. —Casi se me escapó mi
nombre de verdad—. Tu papi llegará en unos días y tú
hueles francamente mal.
A Daisy no pareció importarle mis palabras, porque
volvió a reír y a nombrarlo, con sus gigantescos ojos oscuros
brillando.
—En lugar de Daisy, tendrían que haberle puesto Flor.
—Daisy es un tipo de flor —le comenté a Elena.
—Yo me refiero a la mofeta de Bambi. —respondió,
arrugando su diminuta nariz.
Tenía que moverme, poner el empapador en el sofá,
coger uno de los pañales, las toallitas y la pasta al agua, tal
y como me enseñó Nessa.
«Una cosa detrás de la otra, Ray, esta bebé no es
ninguna situación límite, aunque huela como una».
—¿Tienes un bote de cristal con tapa, pegamento, cola,
purpurina, tijeras y rotuladores? —me interrumpió Magaly
mientras yo respiraba por la boca e intentaba
tranquilizarme.
—No, pero tengo una tarjeta de crédito y algunos dólares
en la cartera. Justo debajo del edificio hay una tienda en la
que venden casi de todo, ¿crees que puedes bajar y…?
—Claro. ¿Y tu cartera?
—En el bolsillo de dentro de la chaqueta que está en el
colgador. Elena, ¿qué tal se te da ser ayudante de
cambiador de pañales?
—Bien, somos muy buenas ayudando, mamá nos ha
enseñado a colaborar.
—Se nota que sois unas chicas muy listas, y yo voy a
necesitar cantidades industriales de ayuda, nunca he tenido
tantas chicas a mi cargo, así que…
—Saldrá bien —musitó Magaly—. Papá me contó que era
esto o separarnos, así que saldrá bien. No cogeré cosas
caras.
—Tranquila, puedes comprar lo que necesites.
Ella asintió, pero vi en sus ojos que no lo haría, que
estaba acostumbrada a que el dinero en casa no sobraba
nunca, y me vi reflejado en ella, en aquel adolescente que
quiso otra vida porque la suya era una mierda.
—Ya he puesto el empapador, Dave, ¿la cambiamos?
—Por supuesto, pequeña.
CAPÍTULO 28

JC
Contemplé a mi hombre sentado frente a mí, a su derecha
quedaba el coyote que debería haber cuidado de la nueva
entrega de pollitos.
Sus manos temblaban y no era para menos, la había
cagado, era un trabajo sencillo y el muy hijueputa lo
estropeó.
Los aduaneros habían recibido un montón de dinero para
hacer la vista gorda y que el camión entrara sin dificultad.
Cruzó a los Yunáis sin problema alguno y solo se le ocurrió
parar en el primer maldito bar de carretera clandestino
plagado de troneras[32]. Tomó hasta que su sangre se tornó
alcohol, y cuando puso sus sucias manazas en el volante, a
las pocas millas de haber arrancado, volcó con la carga.
Al verse incapaz de hacer nada, salió huyendo,
abandonando a los pollitos como la rata cobarde y apestosa
que era.
Mis hombres tardaron tres días en dar con él, y perdimos
un cargamento de BBM[33] muy costoso.
—Lo lamento muchísimo, señor. Le juro que no fue mi
intención, se me cruzó un animal, di un volantazo y…
—¿Un animal? —pregunté con expresión consternada,
como si me afectaran sus sucias mentiras.
—Sí, un animal —corroboró agitado.
El coyote aplastaba su sombrero de paja entre las
manos, era la primera vez que trabajaba para nosotros, e
iba a ser la última.
—¿De qué tipo?
—Eh, em… Yo… Estaba muy oscuro…
—¿Conducías sin las luces puestas por una carretera
secundaria y de noche? —El labio le tembló.
—E-es que no estoy seguro.
—Pero ¿era uno de esos de los que se les da caza? —
insistí—. ¿Grande como un cerdo salvaje?, ¿o pequeño como
una alimaña apestosa? —gruñí, clavando la mirada en él.
Su respiración superficial y el sudor que le perlaba la
frente denotaba su estado. Estaba sucio, golpeado y sabía
que su destino no era el mejor.
—Fue mala suerte, le prometo que la próxima vez lo haré
mejor, no le cobraré ni un centavo en los próximos viajes.
No pude evitar el accidente.
—En eso estamos de acuerdo, yo tampoco puedo evitar
este.
Alcé la mano que tenía oculta bajo la mesa y le disparé
entre ceja y ceja. No le dio tiempo a reaccionar, sus ojos se
quedaron tan abiertos que vi la vida escapar de ellos. Uno
no puede cagarla así conmigo y seguir respirando.
La puerta se abrió y uno de mis hombres asomó la
cabeza.
—Limpia toda la sangre de chancho[34] que ha dejado
este hijueputa y dáselo de comer a los perros —le ordené,
admirando la salpicadura sanguinolenta que manchaba el
piso de madera.
—Sí, big.
Llamó a otro de los homeboys para encargarse entre los
dos, mientras yo miraba por la ventana que daba al río.
La operación había sido un desastre y ya iban dos
cargamentos de pollitos perdidos. El primero hacía unos
meses, a manos de los agentes del HSI que asaltaron una
de nuestras chantys[35], y ahora esto.
Golpeé la mesa enfadado. Traer BBM a los Estados
Unidos era un buen negocio, limpio, fácil y consentido. Ni
siquiera teníamos que secuestrarlos, la mayoría de estos
eran vendidos a la SM-666 por sus propias familias.
Mejor vendérnoslos y darles una en los Yunaís que
terminar como troneras para los pederastas que utilizaban
el triángulo de la América Central para doblarse a un menor.
No obstante, había madres que veían a esas niñas como
la fórmula para tener algo que llevarse a la boca.
Enseñaban a sus hijas a coquetearles a los gringos, con la
esperanza de que esos viejitos se encapricharan de ellas y
les solucionaran la vida a ambas. En el peor de los casos,
conseguían una buena suma.
A veces no se trataba de la madre, era un familiar el que
nos ofrecía a los BBM. Me gustaba pagar bien, sobre todo,
porque eso nos permitía mantener el negocio. El precio lo
marcaba la edad y el estado de su virgo. No todos los
güiros[36] eran para abusarlos, algunos gringos los querían
para adoptarlos, sobre todo, a los bebés, o para lograr mano
de obra barata.
Pagábamos por la mayoría, incluso por los huérfanos,
para esos tenía a chequeos, aspirantes a entrar en la
pandilla a los que pedía ciertas pruebas de lealtad. No les
costaba hacerse amigos de los críos porque muchas veces
tenían una edad similar. En El Salvador era difícil llegar a los
treinta si vivías en un barrio pobre. A los ocho, los críos eran
captados por las maras para pertenecer a ellas, o se
convertían en mercancía con la que sacarles dinero a los
gringos.
El repiqueteo de unos tacones hizo que me girara,
conocía muy bien el sonido. Anita siempre tuvo un paso
muy firme. Entró en el despacho como la reina que era y
miró con repugnancia la mancha sanguinolenta que todavía
no había sido limpiada.
—Ahora se ocupan —murmuré todavía molesto. Sería
difícil contentar a los clientes y reemplazar con rapidez las
dos cargas perdidas.
Anita se acercó a mí. Tenía mucha facilidad para detectar
mi humor o mi falta de él.
—¿Puedo hacer algo para aliviarte? —murmuró
contoneándose.
Era preciosa, exuberante, mis hombres se volvían locos
cada vez que ella pasaba por su lado. Siempre tan hermosa,
oliendo a caro, a inalcanzable.
Venía de la joyería, le habían tenido que ajustar el anillo
que le compré por su ofrenda. Me masajeó los hombros, y
yo incliné la cabeza hacia atrás lanzando un suspiro.
—Ya hiciste mucho —susurré, disfrutando del contacto.
Seguía tenso de la preocupación.
Anita dio la vuelta, se puso de puntillas, buscó mis labios
y me dio un beso tentador.
—Estoy ovulando —admitió en mi boca, y yo sonreí.
Quizá me fuera bien descargar.
—Entonces hay que aprovechar.
Volví el beso más intenso, la agarré del culo levantando
el vestido corto de Versace y la senté sobre la mesa del
despacho.
Ella rio cuando le bajé las bragas y se las lancé a uno de
mis hombres, que había entrado con el cubo de la fregona.
—Puedes quedártelas de premio —le sugerí. Él se las
guardó en el bolsillo y me sonrió. Ni a Anita ni a mí nos
importaba que hubiera gente delante si queríamos
chimar[37].
Me bajé los pantalones y me toqué para que la pija se me
parara[38], ella tenía las piernas abiertas y se ofrecía a mí
relamiéndose los labios. Anita tenía muchas ganas de ser
madre. Yo también quería hijos que continuaran nuestro
legado, aunque todavía no habíamos sido bendecidos por la
Santa Muerte. Cerré los ojos por un instante buscando la
excitación que necesitaba.
Invoqué el rostro y el cuerpo de Lion, de inmediato se me
puso dura al recordar el estremecedor placer que sentí
hacía unas noches, entrando de nuevo en él.
Un escalofrío me recorrió por dentro. Mis huevos se
tensaron y alcancé la dureza que necesitaba. Me encajé en
mi mujer y me puse a bombear con lujuria. Su calor me
envolvió por completo, al igual que los gemidos femeninos.
Tanto ruido me desconcentraba.
—Shhh, en silencio —mascullé, poniéndole la mano en la
boca. Ella calló, mordió mi carne con fuerza y se agarró a la
mesa.
Arremetí contra ella con hosquedad, la madera crujía y
mi hombre nos dedicaba miradas furtivas con la bragueta
apretada, limpiaba sobre limpio. Le hice un gesto para que
se largara y obedeció de inmediato.
Volví a presionar los párpados para imaginar un cuerpo
que nada tenía que ver con el de mi mujer. Mucho más
duro, más rudo, con un agujero mucho más fruncido.
Empujé con todas mis fuerzas rememorando el
entrechocar de nuestra carne, sus gruñidos bajo mi presión,
mientras me moría de ganas por degustarlo con la boca.
Eso no habría sido correcto frente a los hombres. Me
conformé con volver a sentirlo cuando había creído que era
imposible. La Santa Muerte me lo había devuelto, lo hizo
con un propósito, que no era el de hacerlo perecer.
Anita apretó los músculos de su vagina estrechándose
para mí, y me corrí.
Grité liberando mi simiente en ella, quien la recibió con
una sonrisa en los labios, envolviéndome con sus piernas
suaves.
—Te has venido muy fuerte —susurró ronca en mi oído.
—Te tenía muchas ganas —mentí, y ella me acarició la
nuca sin moverse. Yo tampoco lo hice, quería arraigar en su
vientre.
—Estoy segura de que esta vez sí que habrá suerte,
nuestra patrona bendecirá esta unión, la doctora dijo que
era cuestión de tiempo, de que nos relajáramos.
—Con las circunstancias actuales, no puedo estar muy
relajado —exhalé.
Salí de su interior y ella se tumbó en la mesa levantando
las piernas para colocar los tobillos en mis hombros. Yo
masajeé sus pantorrillas morenas.
Estábamos a solas. Mi hombre había cerrado la puerta
para darnos intimidad.
—¿Vas a ir a verle al hospital? Miguel dice que lo han
operado y tiene para unos meses sin poder moverse.
—Ya hablé con Miguel. —No me hacía gracia que Anita
hablara con mi segundo al mando, lo que pasara a partir de
entonces con Lion era cosa mía.
—¿Qué vas a hacer entonces? ¿Quieres que lo traigamos
con las niñas?
Algo oscuro me engulló por dentro, me entraron ganas
de mandarla a callar, aunque sabía que debía estarle
agradecido; si no fuera por Anita, no habría dado con él.
—Yo me ocupo, olvídate. —Mi tono fue cortante, y ella no
necesitó más para saber que la quería callada, aun así,
insistió.
—Quizá deberíamos traerlos, ese gringo que le iba
detrás, el que talegaron nuestros hombres. ¿Piensas que
puede haber algo entre ellos? —Estaba de malhumor.
Pensar en Lion con otro hombre me alteraba, no podía
pertenecerle a otra persona.
—Lo que piense no te incumbe, dedícate a lo tuyo, Anita,
son cosas de hombres. —Había opinado demasiado y ese no
era su papel. Ella se alteró.
—No eres justo conmigo, yo te lo traje.
—Y te lo agradecí, fin de la historia.
Le bajé las piernas y la hice ponerse en pie. Hundí los
dedos en la carne suave de su cintura, con excesiva fuerza,
fruto de mi enfado.
—Me haces daño.
—Pues recuerda cuál es tu sitio —la solté de malas
maneras, y ella se masajeó la piel dolida—. Mis asuntos son
míos, tu función es la de hacerme sentir bien y controlar a
las jaimas o a las homegirls. Nada más.
Un zigzagueo de odio resplandeció en su mirada al verse
relegada a su lugar. A Anita tenías que atarla en corto, tenía
un temperamento fuerte que necesitaba un macho que la
doblegara.
—¿No tienes que ir a preparar la boda de tu hermana o a
pintarte las uñas?
Ella bufó enfurruñada.
—A veces te detesto.
—Pues ya somos dos —arremetí encachimbado[39]. La
apreté contra mi cuerpo y le di un beso castigador para
después empujarla en dirección a la puerta, dándole un
sonoro cachete en el trasero. La palma me picó.
Ella salió del despacho sin mirar atrás.
Tenía carácter, nada que no pudiera controlar. Cuando la
conocí, supe que era la mujer perfecta para mí, su padre era
el cabecilla de la ranfla del penal de La Esperanza, el mismo
donde estaba el mío. Nos encontramos en una de las visitas
que ambos le hicimos a nuestros padres.
Sabía lo que suponía nacer en la mara, su madre era una
ruca[40], una de raza, y ella aspiraba a ser lo mismo, la mía.
Comprendía cuál era su lugar, y cuando llegó el momento,
no dudó en someterse voluntariamente al chequeo, el rito
de iniciación en el que recibió una golpiza.
Anita tenía agallas, quiso dar ejemplo al resto de mujeres
que esa noche optaban a entrar en la SM-666 y se sometió
delante de ellas y de mis hombres. No solo fue golpeada,
también compartida, adorada por la clica una única vez
para coronarse como hembra superior. Fue bendecida por
todos, entró en comunión al entregarse a mis hombres, y
desde ese momento todos darían su vida por ella.
Me senté en la silla, cogí el encendedor de plata de ley,
que fue el último regalo de Lion, y pensé en el trato que
habíamos hecho. Lo tenía en mis manos, ambos lo
sabíamos, lo cual me reconfortaba.
Pronto estaría de vuelta y cumpliría, no iba a arriesgarse,
no con eso, tanto él como yo sabíamos que ya no tenía
escapatoria, y eso me llenaba de placer.
¿Qué suponían un par de meses cuando nos aguardaba
la eternidad?
Podría haber hecho desaparecer al gringo con un
chasquido de dedos, pero antes quería averiguar qué había
entre ellos, y solo había una forma de saberlo.
Abrí la tapa del encendedor y pasé el pulgar por la
ruedecilla. La llama osciló frente a mis ojos y el fuego rugió
en mi interior.
CAPÍTULO 29

Leo

Parpadeé varias veces con fuerza.


Nadie me había preparado para aquel estallido de
confeti, globos de colores, lazos, guirnaldas y cantidades
industriales de purpurina.
Elena sujetaba un cartel emocionada, Magaly estaba
cruzada de brazos mascando chicle, como si todo aquel
festival no fuera con ella, y Daisy daba saltitos suspendida
en una especie de sillita-columpio que quedaba fijada en el
marco de la puerta.
—Pero ¿qué demonios…? —ni siquiera pude terminar la
pregunta.
—¡Bienvenido, papi! —gritó Elena.
Alzó la colorida pancarta para después dejarla caer y
salir a la carrera hacia mí.
Trepó hasta subirse en mi regazo. Me encontré con el
familiar aroma de mi hija y sus bracitos envolventes.
Estaba sentado en una silla de ruedas que me prestó
Pascual, uno de mis excompañeros de brigada. Le
perteneció a su madre, hasta que falleció hacía seis meses,
después de sufrir a manos de una larga enfermedad
degenerativa que la mantuvo postrada en aquella silla.
Pascual no había podido deshacerse de ella, y dijo que
prefería que yo me la quedara el tiempo que la necesitara y
después la diera al hospital.
Elena se removió encima de mí y noté un fuerte tirón en
las costillas.
—Cuidado, Papita —musité apretando los dientes.
Mi hija frenó en seco, usaba aquel mote desde que ella
se obsesionó con las patatas fritas. Desde los tres hasta los
cinco, cada vez que le preguntabas qué quería comer, ella
respondía papitas.
María y yo reíamos al oírla.
Me estremecí por dentro al pensar en mi mujer, en lo que
debió ser morir abrasada por las llamas. Era consciente de
que Julio César estaba detrás de su muerte, que por eso me
dejó salir de su casa, porque quería que llegara en el preciso
instante en que mi mujer se hubiera consumido por las
llamas.
Yo se la quité, le mentí, lo traicioné, y ahora pagaba las
consecuencias. En su pérdida radicaba su mensaje; de la
mara no se sale, en la mara se vive o se muere, y lo que
quería que hiciera por él.
—Dakota y su mamá Samantha nos ayudaron a
organizarlo, ¿te gusta? —preguntó Elena entusiasmada.
Yo miré a mi alrededor. Sabía quién era Dakota. Vino a
visitarnos un par de veces al hospital acompañando a
Raven.
—Es muy… colorido —zanjé, no quería disgustarla
diciéndole que tanto adorno sería demasiado inclusive para
un mexicano.
—Os dije que era mucho, has estresado a papá —
refunfuñó Magaly.
—Dakota y Sam dicen que nunca hay demasiada
purpurina, ni sobran colores. Yo estoy de acuerdo —le
replicó Elena cubierta de brillos.
Dave no parecía enfadado de que su piso pareciera un
bazar chino regentado por los protas de Priscila, Reina del
Desierto. Alejé el pensamiento y me fijé en el entorno. No es
que el piso en el que vivía fuera la leche de grande, pero sí
algo más que este, por lo menos, tenía varias habitaciones.
Solo había dos puertas además de la de la entrada. Un
cuarto, un baño. En el salón estaba la cocina y no se
adivinaba nada más.
Para una persona era suficiente, pero para dos tíos y tres
niñas se me antojaba un nido de problemas.
—Esto es minúsculo —observé.
—Yo prefiero llamarlo acogedor. El espacio está
sobrevalorado, en lugares como este es donde se aprende
el verdadero significado de la palabra convivencia.
—O de la palabra piojos, porque como uno los pille,
vamos todos de cabeza —gruñí. Dave rio por lo bajo.
—Pues yo agradecería una habitación propia y una ducha
en la que poder estar más de diez minutos porque se acaba
el agua caliente.
—Dicen que el agua fría va genial para tener un cutis
suave —Dave le guiñó un ojo.
—Y encogértela como un cacahuete.
—Magaly —corregí a mi hija incómodo tanto por sus
quejas como por sus palabras.
—Tú siempre le decías a mamá que con el agua fría se os
encoje —intervino Elena, apoyando a su hermana.
—Y es verdad —se sumó mi nuevo compañero de piso.
—Y también aprenderemos a repartir los recursos y
rebajaremos el calentamiento global. Maggie, ¿has oído
hablar de Greta Thunberg? —preguntó Elena, dejándome
boquiabierto. Esa frase no era suya ni de broma. ¿Y de
dónde había salido ese nombre?
—Choca ese puño, chica lista —se ofreció Dave,
revelando el origen de la fuente de Papita. Mi hija rio
complacida y Magaly bufó como un toro bravo—. Ya te dije,
Maggie, que si sigues resoplando de esa manera, en unos
años, tu boca parecerá un ojete de lo arrugada que la
tendrás.
—¡Has dicho ojete! Le debes un dólar al bote —espetó
Elena.
—Ojete no es un taco, y si lo fuera, tú también le
deberías uno al bote por repetición. —Ella se llevó las
manos a los labios—. Ojete es el nombre de un orificio
corporal.
—¿Qué es un oficio? —cuestionó intrigada.
—Orificio, que no oficio, es un agujero. La mejor que sabe
utilizarlo es Daisy. —Dave miró su smartwach—. Atentos,
que se acerca el zurullo de las dos.
Elena rio al escucharlo decir la palabra zurullo, una risa
vergonzosa y divertida.
Fue extraño verlos interactuar, y más todavía sentirme
fuera de la ecuación, como si el que estuviera mal en
aquella estampa fuese yo. No me adapté tan rápido a mi
vida en Soyapango, en cambio, mis hijas parecían estar bien
con Dave.
No sé lo que esperaba encontrar cuando llegara al piso,
pero desde luego que no era un recibimiento como aquel, ni
que estuviesen tan adaptadas.
—Maggie, Ellie, creo que ha llegado la hora del cóctel de
bienvenida, pero para servirlo necesitamos espacio, estaría
bien retirar los adornos que impiden el paso y ocupan la
mesa. ¿Os parece bien?
—¡Qué remedio! —protestó Magaly sin resoplar. Esa vez
ofreció una sonrisa tensa que mostró todos sus dientes. Lo
de tener cara de culo parecía haber surtido más efecto que
mi advertencia.
Elena se bajó de mis rodillas sin protestar. Mientras
caminaba hacia la pared más saturada, se puso a tararear
una canción de Taylor Swift. ¿Desde cuándo conocía ese
tema y se sabía esa letra?
Estaba tan aturullado con tanta novedad. No sabía qué
me estresaba más de toda esa situación, aunque tenía muy
claro que, por el bien de todos, tenía que buscar algo lejos
de Dave. Si había sido capaz de abducir a mis hijas en cinco
días, ¿qué no haría conmigo?
—Ya te dije en el coche que las chicas se habían hecho a
la perfección al piso y que estaban bien. ¿Ves como no
tenías de qué preocuparte? Vamos a estar bien.
«¿Bien? Voy a estar de todo menos bien».
—¿Te has fijado en cómo salta Daisy en el saltador? Está
a puntito de dar sus primeros pasos, parece que estaba
esperando a que vinieras para hacerlo. Yo creo que tenemos
una futura campeona olímpica de salto de altura. ¿Nos
imaginas animándola desde las gradas?
¿Nos? Pero ¡¿qué cojones le pasaba?! Mi corazón golpeó
con fuerza, no podía estar hablando en serio y
autoincluyéndose en mi futuro.
—Se te está yendo un poco la olla, ¿no crees?
—¿A mí? ¿Por qué? Tu hija apunta maneras, ya lo verás.
Quise mirarlo mal, por lo menos lo intenté, porque
cuando me topé con su rostro perfecto, aquellos ojos cálidos
de mirada soñadora puestos en las piernas regordetas de
Daisy, sentí que me derrumbaba un poco.
Nada era más importante para mí que mis hijas. Puede
que no tuviera una familia convencional, pero las adoraba
más que a mi propia vida, y estaría dispuesto a hacer
cualquier cosa por ellas.
Dave bajó la mirada para encontrarse con la mía. Se me
secó la boca y mi estómago decidió anudarse al toparme
con sus labios.
Pero ¡¿qué demonios me pasaba?! Veía a tíos guapos y
desnudos todos los días, no me ocurría nada, sin embargo,
con él… Me empalmaba, suerte que llevaba la cazadora
sobre las piernas.
—¿Qué ocurre? ¿Tú también cagas a las dos? —me
preguntó altanero.
—No —carraspeé, intentando demudar la expresión y mi
atención hacia otros derroteros que no fueran lo mucho que
de forma inexplicable me ponía—. ¿Cómo has llamado a mis
hijas cuando has dicho lo del cóctel? —Dave arrugó el ceño
y después me ofreció una sonrisa.
—¡Ah! ¿Qué pasa? ¿No te gustan mis diminutivos?
—Es que no se llaman así.
—Oh, disculpa, entonces, ¿Elena se llama Papita de
segundo? ¿Es porque en tu familia sois muy de cultivar
patatas, o porque te van las Lay’s?
—¡No seas absurdo! Sabes que es un apelativo.
—Pues ya está. Lo mío también, uno bonito y
consensuado, a ellas les gusta, ¿verdad que sí, chicas?
Magaly alzó el pulgar mientras desataba un nudo con los
dientes y Elena asentía con fervor.
—A mí me gusta, papi, tengo el mismo nombre que la
elefanta rosa de Pocoyó. Ellie mola —aseveró mi hija
mediana.
—¿Quieres llamarte como un paquidermo? —pregunté.
—No, padermo no me gusta, prefiero Ellie. —La risa de
Dave se coló por debajo de su nariz.
Magaly y ella retomaron la canción de Taylor en el punto
que la habían dejado, mientras que Dave se ponía de
cuclillas para estar a mi altura.
—No voy a ponerte en el brete de que Elena puntúe si le
gusta más Papita o Ellie, no soy tan macabro, aunque
ambos sabemos quién ganaría —comentó burlón,
cambiando el tono de voz hacia uno más bajo y profundo—.
Por cierto, ¿te apetece una ducha? Se me dan muy bien los
lavados profundos con esponja y mucha espuma. O tal vez
prefieras que te coja en brazos y te lleve hasta el sofá.
La primera imagen resecó mis cuerdas vocales, y la
segunda encendió mi rostro como una boca de incendios.
—No soy ninguna novia como para que me tengas que
coger en brazos.
—Puede que no lo seas, pero podría hacerte pasar una
gran noche de bodas incluso con una pierna rota. Ese sofá
es muy mullido, y yo la mar de creativo.
Dave estaba de broma, lo sabía por su mirada canalla y
la forma de agitar las cejas rubias, lo que no significaba que
todo lo que saliera de sus labios provocara en mí
sensaciones indebidas.
Mi entrepierna protestó.
—¿Puedes dejar tu humor para alguien que lo sepa
apreciar? Conmigo cae en saco roto.
Él rio por lo bajo.
—En eso, Maggie es clavadita a ti —insistió, llamándola
por su diminutivo—, sin embargo, Ellie podría ser hija mía,
se ríe de todos mis chistes.
—Eso es porque no entiende la mayoría.
—Lo que tú digas. ¿Sabes?, creo que es diabética porque
es tan dulce con todo el mundo que su cuerpo no admite
más azúcar. —No me enfadó su comentario, al contrario, me
hizo ladear una sonrisa porque sabía que lo decía como un
cumplido hacia ella—. Uh, ¿eso ha sido un alzamiento de
comisura, señor Torres? —la pregunta de Dave se ocupó del
resto, y mis labios se estiraron en una mueca inusual y
estúpida—. ¡Sí! ¡Que se oiga la ovación! ¡Lionel Torres es
capaz de sonreír! —Daisy lo acompañó con un gorjeo y él se
desplazó hasta la bebé para sacarla del columpio con total
desenvoltura. Mi hija lo tomó del rostro y se dispuso a
mordisquearle la barbilla con deleite, justo como a mí me
habría apetecido.
¿En qué demonios estaba pensando?
Dave la colocó con cuidado sobre mis piernas.
—Rápido, aprovecha a achucharla antes de que su
aterciopelado culito nos honre con un torpedo nuclear.
—Hola, bebé —susurré, y ella sonrió complacida,
amasándome con las manitas.
—Papá.
—Sí, soy papá, ¿me echabas de menos? —ella giró el
rostro y señaló a Dave.
—Papá.
—No, ese no es papá, es Dave. Da-ve —repetí,
intentando que me imitara. Daisy lanzó uno de sus
chilliditos y volvió a llamarlo papá. No es que dijera muchas
palabras, la pediatra le dijo a María que no se estresara, que
cada niño era un mundo y tenía su propio ritmo.
—¿Le has dicho que te llame papá? —inquirí, intentando
encontrar una explicación.
—No, una cosa es ponerles un diminutivo a tus hijas y
otra usurpación de la identidad. No soy la mano que mece
la cuna, aunque muchos me querrían tener cuidando de sus
hijos.
«Lo que querrían es otra cosa», tragué solo para mí.
—Igual está confundida. Le cuesta un poco hablar.
—A mí no me importa.
—Pero a mí sí. Yo soy su padre —soné más hosco de lo
que me hubiera gustado. Quizá porque me sobrevino una
estampa en la que me daba miedo pensar—. Me ocuparé de
enseñarle tu nombre.
—Me parece perfecto.
La tensión se vio rota por un aroma denso e insoportable
que acaparó todo el salón.
—¡El torpedo de las dos! —exclamó Magaly, mirando a su
hermanita.
—Puaj, ¡qué peste! —Elena agitó la mano frente a su
nariz y todos miramos a Daisy. La muy bribona arrugaba la
naricilla y sonreía.
—De esta vez te libras porque sigues montado en la silla,
pero el siguiente te acomodo en el sofá y te toca a ti. Que
estés ahí sentado no te convierte en un incapacitado. ¿Me
echas una mano, Ellie?
Dave cogió a mi hija con total desenvoltura, como si
llevara haciéndolo toda la vida y no cinco días. Mi alta se
había atrasado un poco porque la pierna no fue lo único que
tenía fastidiado. Todo el mundo creía que mi cuerpo estaba
hecho polvo por los cascotes, no por la golpiza que sufrí en
casa de Julio.
—Claro que sí, Dave —respondió mi hija solícita.
Creía que las niñas estarían más tristes y apagadas por
la ausencia de su madre. No esperaba nada de todo eso.
Verlos trabajar en equipo, con tanta complicidad y
desenvoltura, me dejó una sensación extraña en la boca del
estómago. ¡¿Qué narices me pasaba?!
Intenté encontrar una explicación razonable y di con ella
demasiado rápido. Lo que estaba mal en aquella ecuación
era Dave. No tendría que estar cambiándole el pañal a mi
hija, ¡tendría que ser María! ¡O yo!
¡María, joder, María!
Me estremecí ante su recuerdo. No es que hubiera
hablado con las niñas sobre ello, y sabía que me
correspondía hacerlo después de que la policía la hubiera
dado por muerta al encontrar su alianza de boda entre los
escombros. No se la sacaba nunca. Según ellos, la
temperatura alcanzada había sido tan alta que no quedaban
ni los huesos. ¿Cómo les diría a mis hijas que nunca
volvería?
—¿Estás bien?
No me había dado cuenta de que Magaly se había
acercado a mí y me observaba con cautela.
—Sí.
—¿Seguro? Les mirabas raro, como enfadado.
—No estoy enfadado con ellos —me pincé el puente de la
nariz—, es solo… —¿Qué iba a decirle?—. Déjalo. No pasa
nada.
—Yo también estoy enfadada, ¿sabes? —Mi hija se puso
más seria de lo habitual—. Dave nos dijo que era normal
que nos ocurriera, que cuando alguien a quien quieres
mucho desaparece de manera inesperada, tus emociones te
dan una paliza.
—¿Una paliza? —Ella asintió.
—Nos hizo palomitas y puso la peli de Del Revés. Cuando
terminó, entendimos que, a veces, eres incapaz de esquivar
todo lo que se remueve en tu interior. Debatimos con él y
llegamos a la conclusión de que no hay que sentirse mal por
todo lo que nos pasa y que no somos capaces de controlar.
Que la felicidad no es buena si nos forzamos a sentirnos
bien. Que a veces necesitamos estar tristes y es bueno
dejarnos fluir. Que el enfado no tiene por qué ser siempre
desagradable, pues lo usamos como una señal de alarma,
para defendernos o para poner límites a lo que no nos
gusta, y el miedo nos evita situaciones en las que
podríamos hacernos mucho daño. Que esa frase que todo el
mundo usa empujándote a hacer cosas en plan: hazlo,
aunque sea con miedo, no siempre vale. Por ejemplo, a
nadie se le ocurriría nadar en un río infestado de pirañas o
en la lava de un volcán.
—Todo eso os dijo Dave, ¿eh? —Ella asintió—. ¿Y cómo os
sentisteis después? —me interesé con el corazón encogido.
—Que no estábamos solas, que no pasaba nada si un día
no estábamos bien, que Dave estaría ahí para escuchar sin
juzgar. Es un tío guay, papá; rarito, pero guay. Me gusta que
tengas un amigo así, aunque a él no se lo diré, podría
convertirse en un creído. Tendrías que ver a las madres
cuando lo vieron en la puerta del colegio yendo a buscar a
Elena, parecían hienas que se lo fueran a comer.
Me hacía cargo, porque me había pasado a mí también.
Pese a todo lo que me había ocurrido, cada segundo que
pasaba a su lado me daba más ganas de comer.
Iba a ser una convivencia muy dura y, aunque Julio me
hubiera dejado tranquilo por el momento, sabía que tendría
que cumplir con él.
CAPÍTULO 30

Leo, quince años antes

Apenas faltaban un par de días para la ceremonia y estaba


nervioso.
No eran unos nervios agradables, como cuando sabes
que se acerca tu cumpleaños o viene alguien muy esperado
de visita.
Había cosas de la mara que seguían sin gustarme, por
mucho que Julio dijera que no había otra opción, que las
vías de ingreso económico de los mareros eran el menudeo,
el tráfico de personas o la extorsión; a mí se me retorcían
las tripas al pensarlo.
Además, estaba la iniciación; la de los hombres era
tolerable, trece o catorce segundos de golpiza, pero que las
mujeres sufrieran una violación en grupo para recibir la
energía de los miembros masculinos seguía sin parecerme.
Discutí con Julio sobre ello.
—¿Por qué te encabronas? —me preguntó mientras yo
caminaba de un lado al otro del cuarto—. Creía que
estábamos de acuerdo en todo.
Y así era, sobre el papel no me importaba, lo que ocurría
es que ya debía cumplirse lo que plasmamos y mis
principios seguían estando ahí, estrujando con fuerza mi
cabeza y mis intestinos.
La mara me abrió sus puertas a un nuevo mundo, me
permitió encontrar un refugio, y, sobre todo, estar con Julio
César y enamorarme de él. No quería decepcionarlo, quería
que se sintiera orgulloso, el problema radicaba en que si
aceptaba aquellas bases, a la larga no me sentiría bien.
Matar, violar, extorsionar; estaba sobrepasado. Y
después estaba el tema de la ofrenda, la que debía hacer al
grupo como líder para demostrarles que podían confiar en
mí. Me dolía el estómago nada más imaginarlo.
Me agarró de los brazos para frenarme en seco y
encararme a él.
—Cuéntamelo. —Suspiré. Me mordí el labio, estaba
confuso. Tenía demasiadas inseguridades enroscándose en
mi cuerpo—. Hazlo —me insistió.
—A-anoche soñé con mi padre. —Una sonrisa dulce se
curvó en sus labios.
—Si tu padre te visitó es porque nuestra Señora le dijo
que te diera su bendición, lo dejó cruzar para verte, es un
buen augurio para lo que va a acontecer.
—No estoy seguro.
—¿A qué te refieres?
—A que lo habría sido si me hubiese dicho que estaba
bien lo que íbamos a hacer, pero no fue así.
Julio César arrugó el ceño.
—Puede que no sepas interpretar sueños. Cuéntamelo.
Si lo hacía, volveríamos a discutir, y no me apetecía estar
a malas con él, aun así, accedí, al fin y al cabo, terminaría
accediendo, resistirme era una estupidez.
—Era el gran día y había traído el tributo a la clica —
callé.
—Sigue.
—Bueno, ya sabes, íbamos a… —Se me cortó la voz.
—A ofrecérsela a Satán y a la Santa Muerte para que nos
bendijeran —pronunció por mí. Yo me limité a asentir porque
mi cabeza decía otra cosa, algo así como que íbamos a
tomar por la fuerza a una virgen, entre todos, mientras que
yo le cortaba las muñecas para que se desangrara durante
el rito.
El objetivo era ungirnos y beber de su sangre pura. Su
cuerpo sería usado como recipiente para recibir la semilla
de la SM-666 hasta que muriera. Así nos aseguraríamos de
obtener la protección y el beneplácito de nuestros ídolos. Tal
y como me explicó Julio hacía una semana.
Los mismos días que habían empezado las pesadillas y
apenas podía dormir. Yo era el encargado de traer la
ofrenda, de entregarla para que los homeboys no me vieran
como un simple Avatar, sino uno más, que me aceptaran
como líder gracias a la prueba de fe.
—Lion —musitó para que siguiera hablando.
—Ella no tenía rostro, era incapaz de vérselo.
Supuse que eso era porque nunca jamás vi la cara de la
chica que tenía que llevarme. Era la hija del actual líder de
la mara Barrio-18. Ofrecerles al grupo la hija sin mácula del
grupo rival era un gran logro, además de una declaración de
intenciones. Íbamos a por los peces grandes, a demostrar
nuestra fuerza haciéndoles un pulso.
—Sigue.
—Yo iba a… Ya sabes.
—¿A chimarla? —No, no me refería a follarla.
—A cortarle las muñecas —lo corregí—. Ella temblaba y
me suplicaba que no lo hiciera.
—Es lógico, ninguna chavala[41] quiere que la maten.
—Y entonces apareció mi padre, se puso detrás de ella y
me miró con reproche, me dijo: «No te reconozco, tú no eras
así».
—Típico de los padres…
—Si te lo vas a tomar a pitorreo, no sigo.
—Eh, calma, solo pretendía aligerarte, cuéntame. —Me
acarició los antebrazos y su actitud cambió.
—Pu-pues entonces el rostro de la ofrenda cambió y era
mi madre la que estaba ante mí, temblando porque yo
sujetaba un cuchillo, era ella quién me rogaba que no lo
hiciera o no habría vuelta atrás, que no podría salvarme.
Hubo una explosión, mucho fuego, cerré los ojos, se me
cayó el arma, y cuando volví a abrirlos, mi padre estaba en
el suelo, herido, con un hilo de sangre saliendo por la boca,
la mirada cargada de decepción y repetía un «tú la has
matado». Giré el rostro hacia mi madre, quien también
yacía en el suelo cubierta de sangre, y el cuchillo no
aparecía por ninguna parte. ¡Fue horrible!
Mis mejillas estaban húmedas, hacía tanto que no lloraba
que casi ni recordaba la sensación de congoja que te
aprisionaba el pecho para después liberarte.
Julio pasó sus pulgares por mis mejillas y besó las nuevas
lágrimas que brotaron de mis ojos.
—Lo has malinterpretado todo, ven.
Entrecruzó los dedos de su mano con la mía y me llevó a
la cama, estábamos en mi habitación, no se oía un solo
ruido salvo el tráfico o nosotros. Nos tumbamos en el
colchón que tantas veces nos había acogido, me abrazó y
nos enfrentó, con sus ojos puestos en los míos.
—No eran tus padres, eran sus imágenes tomadas por
Satán y la Santa Muerte, por eso a la ofrenda no le veías el
rostro y después lo mutó. Estaban en tu prueba de fe. Te
estaban dando la oportunidad de rajarte o seguir adelante,
comprobando si eres merecedor de lo que quieren
entregarte. Y el mensaje oculto estaba ahí, en las palabras
«no lo hagas, no hay vuelta atrás, no podrás salvarte». El
triple no, los tres seises, negarse a Dios es darles la
bienvenida a ellos, te han hablado, Lion, te han bendecido y
han reclamado el alma de tus padres para que estén a su
lado, por eso los viste morir. Los han aceptado en su seno.
—Pe-pero mi madre sigue viva.
—Todos moriremos, y cuando ella lo haga, nuestra
patrona la reclamará y la protegerá, tal y como te ha hecho
saber. Eres muy afortunado. —Sus labios se pusieron a
esparcir besos por mi cara—. Eres tan importante para mí,
para la mara, lo que te ha pasado es un milagro, eres mi
milagro.
Nuestras bocas se encontraron y a los pocos segundos la
calma se volvió tormenta.
La ropa voló y mi desesperación por creerle se convirtió
en gemidos de placer cuando se tumbó bocabajo y me pidió
que lo tomara. Le di la vuelta, necesitaba verle la cara. Cogí
un poco de lubricante efecto calor que tenía pegado al lado
del colchón para que mi madre no lo viera, y lo ungí
subiendo sus tobillos a mis hombros.
Julio jadeó ronco cuando lo tanteé un par de veces.
—Suficiente, házmelo. —No le gustaba estar
excesivamente dilatado, prefería un poco de dolor. Le
coloqué mi glande en él y empujé. Ambos gemimos con
fuerza y dejó que lo poseyera mientras se daba placer.
—Somos uno, Lion —musitó cuando llevábamos un rato
follando. Tiró de mi mano para que lo envolviera y lo hiciera
gozar—. Siéntenos.
Y lo hice, en cuanto lo noté duro en mi palma y sus
gruñidos reverberaron en mi cabeza, empujé cinco veces y
me corrí ganándome su sonrisa. Me gustaba cuando reía
para mí. Bajé el cuerpo, me aferré a sus muslos y lo engullí
albergándolo en mi boca como un loco, succionando su
grosor hasta recibir su esencia y que gritara mi nombre.
Adoraba cuando lo hacía.
Lo saboreé con lentitud y subí hasta sus labios para
besarnos y sellar nuestro pacto de futuro. Me quedé
dormido en sus brazos, agotado, saciado y confiando en que
todo saldría bien mientras permaneciera con él.
Cuando desperté, se oían ruidos en la planta de abajo.
—Despierta, nos hemos quedado fritos. —Julio parpadeó
todavía enredado en mi cuerpo.
—Solo un poco más, ven —gruñó mimoso.
—No podemos… ¿No les dijiste a Anita y a Wen que
iríamos al cine?
—Joder, es cierto, no debería haberles dicho nada y así
podríamos quedarnos toda la tarde aquí —protestó,
dándome un último beso.
Era raro el día que no follábamos, Julio decía que éramos
más fuertes si intercambiábamos mucho nuestra esencia,
que lo notaba. A mí no me importaba si eso era cierto o no,
porque lo único que quería era estar con él. Me daba igual la
excusa que pusiera. Cualquier rincón oscuro nos iba bien,
aunque prefería la comodidad de un cuarto en el que poder
recrearme todo el tiempo posible.
Una vez vestidos, nos dirigimos a la cocina. Allí estaban
nuestras chicas.
—Vaya, creíamos que no estaban en casa, no se les oía…
—murmuró Anita, acercándose a Julio para besarlo.
—Nos quedamos secos en la cama, tanto darle a la
lengua nos hizo entrar sueño. —Julio la apretó, y ella rio
juguetona diciéndole algo al oído que lo puso tenso.
¿Qué le habría dicho? No es que estuviera celoso, sabía
que ellos follaban, Julio me lo había dicho, y aunque al
principio no me sentara bien, era conocedor de lo que
había.
Wendy me ofreció una de sus sonrisas dulces y me tomó
de las manos.
—¿Cómo está tu mamá hoy?
—¿No les abrió ella? —Wendy negó—. La puerta estaba
abierta.
—Quizá fue a comprar algo, es raro porque casi siempre
va mi abuela.
—Puede que hoy se sintiera con fuerzas, es buena señal,
¿no crees? —Asentí.
—¿Ya saben qué película veremos?
—Anita paga, así que ella la eligió, dice que está muy
bien —comentó mi chica.
—Está perfecta para que nos sentemos en la última fila y
nos divirtamos —añadió la aludida, que lo único que
buscaba era meterse mano con Julio alejada de los ojos de
su familia—. ¿Te parece bien, mi amor? —susurró,
apretándole el culo a mi amigo.
Él se apartó y sus palabras fueron casi como un ladrido.
—Voy a por el coche. —Parecía enfadado, mientras que
Anita tomaba esa actitud beligerante que tanto le gustaba,
como si supiera cosas que los demás no.
—Denme un minuto, chicas, voy a ver si mi madre salió o
está en su habitación durmiendo. —Que la puerta estuviera
abierta no era extraño, muchas veces lo estaba, eso no
significaba que hubiera salido.
Llamé a su puerta, no respondió nadie, la abrí y me
cercioré de que no estaba. Las chicas tenían razón, puede
que saliera a comprar o tal vez fue a ver a mi abuela. Que
saliera era buena señal, así que me alegré.
Miré por la ventana y vi a Julio hablando por teléfono.
Anita salió y él la miró malhumorado, ella se colgó de su
cuello roneándolo, pero él la apartó.
—¿No está? —Negué.
Era la voz de Wendy. Se puso a mi lado y observó lo que
yo mismo estaba viendo.
—Siempre discuten. No son como tú y como yo.
Me giré hacia ella y la miré.
—¿Cómo somos nosotros?
—Perfectos el uno para el otro —se puso de puntillas y
besó mis labios con dulzura.
Nunca nos habíamos acostado y ella jamás me había
presionado. Para mí era un alivio, no porque Wendy fuera
fea, sino porque yo estaba loco por su hermano y no me
imaginaba acostándome con ella, aunque tarde o temprano
tendría que suceder.
—¿Bajamos? Si no, se terminarán matando.
—Vayamos.
CAPÍTULO 31

Ray

Tener a Lionel y las niñas en casa estaba siendo una obra


de ingeniería doméstica, y no lo decía solo por la
preparación del piso, que incluyó borrar todo rastro de que
ahí vivía Ray Wright, sino porque la convivencia con el señor
Torres y sus hijas no era una balsa de aceite, sobre todo, por
él.
Tenía suerte de que el director Price decidiera no
apartarme del caso. También es cierto que no le quedó otra
opción después de que metiera al principal objetivo del caso
en mi piso.
Price no era estúpido, sabía tan bien como yo que todo lo
que pudiera sacarle a aquel hombre era oro, aunque de
momento no tuviéramos mucho. La información que había
obtenido hasta entonces era más bien escasa.
Los cinco días que estuve con las niñas sin él, averigüé
que estas no conocían a sus abuelos, y no me refiero solo a
los maternos, que estaban bastante lejos. Los abuelos de
Lionel vivían en una granja de Wyoming, según mi informe y
lo que Magaly me contó. No mantenían el contacto con su
nieto desde que su hijo falleció. No llevaron bien que se
casara, como ellos decían, con una indígena, y mucho
menos que su nieto siguiera sus pasos y les diera donde
más les dolía.
Lo curioso del caso era que el abuelo de Leo era de
origen Español, inmigró a Estados Unidos y se casó con una
americana obteniendo la nacionalidad. No hay nada peor
que un inmigrante racista, son cosas que escapan a mi
entendimiento.
María siempre estuvo dedicada al cuidado de sus hijas.
Según ellas mismas, era muy hogareña, apenas salía de
casa, salvo para llevarlas o traerlas de la escuela y acudir,
un par de veces a la semana, a un taller de cerámica donde
impartía clases a mujeres con dificultades de reinserción
social. Era un voluntariado sagrado para ella.
Según las pequeñas, tenía muy buenas manos, su abuelo
fue alfarero y le enseñó a hacer varias cosas muy útiles.
Parecía una madre ejemplar, devota de su familia,
volcada al cien por cien en ella. No es que eso me
extrañara, al contrario, las salvadoreñas criadas en barrios
marginales eran educadas para complacer a su marido,
conformar un hogar sólido y ocuparse de los hijos.
Lo que sí llamó mi atención fue que en todo ese tiempo
ni la familia hubiera viajado a El Salvador, ni los padres de
María vinieran a visitarles, o a conocer a sus nietas. Cuando
le pregunté al respecto, dijo que su madre solía explicarles
que allí solo había miseria y muy poco que contar, que los
abuelos no tenían dinero para un viaje tan caro, aunque me
costaba creerlo, me sonaba a excusa.
Quizá sus padres la echaran de casa al enterarse de que
estaba embarazada, o sufriera abusos por parte de un
familiar cercano y hubiera roto los vínculos. Otra opción era
que fuera vendida a la mara y Lionel se encaprichara. Las
posibilidades eran muchas. No obstante, en el tiempo que
llevaba conviviendo con Leo, algo me decía que ninguna de
las opciones que barajaba era la buena.
Las pocas veces que intenté hurgar en su pasado, que
me interesé por su relación, él se mostró esquivo. Lo evitaba
a toda costa, respondía con monosílabos y terminaba
alegando que no estaba listo para recordar cosas que
implicaran a su mujer. Por lo que no me daba pie a seguir
con mis preguntas.
Lionel parecía envolverse en una corona de espino a la
que le crecían las púas en cuanto nos quedábamos a solas,
en la calma de la noche, arropados en la misma cama.
En cuanto me quitaba la ropa, él empezaba a enfermar, y
yo a gozarla mucho.
Al ver que me metía en la cama en calzoncillos, me
recriminó que no era una cosa que quisiera que vieran sus
hijas.
—¿Te refieres a mis calzoncillos Ghindin Klin? Vale, son
del chino y una burda imitación, pero no creo que les afecte.
—Lo digo por el bien de sus retinas —gruñó.
—Llevan cinco días viéndome así, si a estas alturas no
han sufrido un glaucoma o desprendimiento ocular, dudo
que les pase nada.
Lionel se puso a renegar por lo bajo y terminó con un
buenas noches que no auguraba que las tuviera.
Habían transcurrido dos semanas de convivencia y, en el
momento de dormir, siempre ocurría lo mismo, aquel
«Buenas noches» que se asemejaba al ladrido de un perro
rabioso.
Era recordar la primera noche juntos y me entraba la
risa.
Las niñas ya se habían acostado y, como en todo
matrimonio, llegaba nuestro momento de intimidad. Es
broma.
Solo tendrías que ver cómo se puso el par de veces que
me ofrecí entrar al baño para sujetarle la chorra y que no
me inundara el piso.
Hacerle cabrear era un puto vicio, mucho más que los
Reese’s de chocolate blanco con mantequilla de cacahuete
por dentro, los cuales almacenaba con delirio.
El médico le dijo que empleara la silla de ruedas solo
para los trayectos largos, que intentara ir apoyando el pie
con cuidado, y que en breve empezaba con la rehabilitación.
Reconozco que a mí el momento ducha me aterraba, una
vez mi madre vino pasada y por poco no lo contó en una
caída en la bañera. Así que cuando vi sus intenciones de
lavarse, no dudé en ofrecerme.
—¿Seguro que no quieres que te enjabone? ¿Y si te
resbalas o algo? Que este piso es antiguo y hay una
pequeña bañera, no es un plato.
—Me las ingeniaré —masculló.
—Oye, que yo también tengo rabo y he tocado muchas
chorras en mi vida, no serías el primero.
—¿Por qué no me sorprende?
—Porque te conté que en un pasado me dediqué a la
prostitución.
Puede que hubiera personas a quienes les acongojara
hablar de ello, o les diera pudor, a mí no.
Él se detuvo a medio camino entre el salón y el baño, lo
que vienen a ser cinco pasos de los nuestros, que si alguien
quería plantar un árbol en mi piso, tendría que ser un
bonsái.
—¿Cómo fue? —Me encogí de hombros.
—Dolió un poco la primera vez. —Lion bufó del mismo
modo que hacía Magaly tantas veces, que lo hicieran de la
misma forma me hizo reír por dentro—. Dicen que es como
cagar para adentro, pero en mi caso con un zurullo bastante
gordote.
—Eres un capullo.
—Y qué quieres que te cuente, a ver… Adolescente
necesitado de pasta, cuarentón vicioso, baño de la estación
de autobuses y pasta fácil. Ya me entiendes.
—No, no te entiendo, mi hija tampoco es que vaya
sobrada de dinero, pero nunca se le ocurriría hacerlo.
—Puede que no, y espero de todo corazón que así sea,
pero la prostitución de menores está a la orden del día, y
cada vez hay más. No todos tienen la suerte de que sea
voluntario. ¿Te sorprende? —Era imposible que lo hiciera
cuando su mara traficaba con pollitos. Se le endureció el
gesto.
—Me asquea, que es diferente. No me gusta que abusen
de los niños ni de los adolescentes. No me gusta que
abusen de la gente en general, odio los roles de poder.
«Cualquiera lo diría. Para no gustarte, te forras a costa de
ello». O era muy buen actor, o algo se me escapaba, porque
si lo pensaba bien, Leo no nadaba en la abundancia, al
contrario, había tenido que acceder a vivir conmigo porque
apenas le quedaba pasta, era muy extraño.
—¿No le cogiste fobia al sexo? —preguntó con la boca
pequeña.
—No, no me dio tiempo, estuve apenas un año. Quizá si
hubiera perdurado en el tiempo, igual sí, no sé. Follar me
gusta y tampoco es que tenga un mal recuerdo. Fue una
decisión mía, nadie me obligó. Yo decidía con quién me iba y
con quién no, fui libre de escoger en todo momento, sé que
puede resultar chocante, pero entonces a mí no me lo
parecía. Era un adolescente que acababa de descubrir su
orientación sexual, estaba ávido de lujuria, quería
experimentar, y si encima me daban dinero…
¿Comprendes? —Él me miraba intenso—. No espero que lo
entiendas, o lo compartas, mi mejor amigo tampoco lo
comprendía. Pero fue así, no supuso un trauma para mí, —
suspiré—. De exputo a exputo, ¿se la has cogido tú?
—¿El qué?
—Fobia al sexo. ¿De qué coño estamos hablando?, ¿del
cultivo del champiñón? —Si esperaba una sonrisa, no la
obtuve, estaba demasiado serio.
—No.
—Eso me parecía. Yo hace poco que lo dejé con mi
primer cliente.
Lion me miró con extrañeza.
—Pero ¿no decías que lo habías dejado?
—Con todos menos con él, y tampoco es que me pagara,
me regalaba gafas, tengo una colección muy extensa. Sé
que puede parecer una locura, pero, de algún modo, me
hacía bien, estar con él era liberador y se portó genial
conmigo.
—¿Le querías?
—Esa palabra es muy amplia. Si te refieres a si estaba
con él por amor, no. Lo quise mucho y lo sigo queriendo,
pero de un modo entre sexual y paternal. Por favor, qué mal
ha sonado eso. No me follaría a mi padre, me va el vicio,
pero no el incesto, de hecho, nunca lo conocí.
—¿Y querrías hacerlo?
—Tal vez, de niño sí, ahora no sé… Mi cliente se convirtió
en un follamigo. Alguien que se convirtió en un gran soporte
cuando la vida decidió darme una patada en las pelotas.
—¿Te refieres a la leucemia y el VIH? —Se apoyó contra
la pared para descansar la pierna mientras yo lo observaba
sentado en uno de los taburetes de la cocina.
—Entre otras cosas. Aquel combo de cabronas
enfermedades me enseñaron dos cosas. Que sin pelo estoy
igual de bueno y que la vida nunca deja de sorprenderte.
Aquel tipo le dio curro a mi madre y la sacó de un mundo
que no le convenía nada.
—No parece un mal hombre, ¿por qué habéis terminado?
—Se fue con su mujer y sus hijos a la otra punta del
mundo, y el sexo virtual nunca me ha gustado, me siento un
pelín ridículo tocándome a mí mismo frente a una pantalla,
soy más de piel con piel, ya me entiendes.
—¿Has dicho que estaba casado? —cuestionó rígido.
—¿Te sorprende? Tú también lo estabas, y te metías en la
cama con mujeres por una buena suma.
«Zasca, en toda la boca, moreno».
—Pero ¡eran mujeres! Y mi mujer lo sabía, ¿la de tu
amigo también? —Negué.
Hostias, ¡eso era nuevo! Así que María accedía a que su
precioso maridito se tirara a otras por pasta. Bueno, en las
maras era común que ellos fueran infieles, incluso que
cedieran a sus mujeres a otros para conseguir tratos de
favor.
Lo que no lo era tanto y seguía dándome vueltas en la
cabeza fue que Leo tuviera una vida tan austera, no era
nada propio. ¿Por qué los homeboys no habían venido a
buscarlo? Podía tratarse de una cortina de humo, ¿y si Leo
me estaba investigando? Entonces el que se puso tenso por
dentro fui yo.
Lo tenía todo muy bien atado, era cuidadoso, si se
trataba de eso, no me iba a pillar. Seguí hablando,
necesitaba desconcertarlo y que bajara la guardia era una
buena herramienta para llegar a entender lo que ocurría y
acicatearlo para que se le escaparan algunas cosas.
Sabía qué camino tomar.
—Sigue habiendo muchos tíos incapaces de reconocer lo
que de verdad les gusta, en el siglo en el que estamos, aún
existe el miedo y muchos prejuicios, lo que hace que haya
hombres que se casen movidos por las circunstancias —
disminuí el tono, bajé del taburete de un salto y me
desabroché la camisa beisbolera que llevaba. Su nuez bajó
y subió demasiado rápido.
—¿Qué haces?
—Lo mismo que deberías estar haciendo tú, quitarte la
ropa para poder asearte —mascullé, acercándome. Leo
tenía las pupilas dilatadas y las aletas de la nariz no podían
expandirse más. Daba la impresión de poder absorberme en
una de sus inspiraciones.
«¿Quieres que juguemos al ratón y al gato, león? Muy
bien, porque me encantan los animales y la caza».
El ritmo de su respiración iba tan rápido como el de mi
pulso. Seguí hablando.
—Ambos sabemos que no voy a dejarte entrar ahí dentro
sin mí, voy a lavarte. Te guste o no, serán mis manos las
que enjabonen y recorran cada recoveco de tu cuerpo. Y lo
haré porque tienes tres hijas que ya han perdido demasiado
y no pueden permitirse que su padre termine desnucado.
Agarré el bajo de su camiseta y rocé un poco la piel de su
tripa al tirar de ella. Él siseó.
—¡No me toques!
—¿Por qué? ¿No te gustan los maricas?
—¡No es eso! —exclamó fuera de sí.
—¿Y qué es? —Arqueé las cejas—. ¿Tienes miedo a lo que
pueda pasar ahí dentro? ¿A descubrir que eres uno de esos
casados que pueden ser tentados tanto por la carne como
por el pescado?
—No digas gilipolleces. —Me arreó un manotazo. Nuestra
respiración se hizo un tanto errática.
—¿Las digo? —Él tiró de la camiseta hacia abajo para
recolocársela, y yo aproveché para quitarme la mía.
—Sí, y muy grandes.
—Entonces no hay problema alguno. El médico dijo que
no podías mojarte los puntos, solo es muy difícil que no
ocurra, yo te ayudaré a que se te empape lo que debe —me
relamí los labios y las motas doradas de sus ojos
zigzaguearon sobre ellos.
«Ay, león, que voy a convertirte en un dulce gatito y
pronto te tendré suplicando por mi leche».
—¡No!
—¿No? ¿En serio piensas que estás en disposición de
negarte? Estás en mi casa, tus hijas duermen en mi cama y
yo contigo. Pago la ropa, la comida y, sin ánimo de
ofenderte, paso de acostarme con alguien a quien le apeste
el culo más que a Daisy.
—Puedo acceder a mi ojete sin necesidad de tu mano.
—Tal vez sí, pero reconoce que no sería tan divertido —
me mordí el labio inferior.
Estaba tan cerca que las motitas de sudor que perlaban
su frente parecían brillantes. Podía oler su deseo, estaba ahí
palpitando junto al mío a la altura de nuestras braguetas. Si
empujaba la cadera, sería como un choque de trenes, me
toparía con una rigidez tan estimulante como prohibida.
—¿Papi? —la vocecilla de Ellie nos interrumpió.
—Haz el favor de apartarte.
Leo rugió sorprendido por la pequeña Elena y se
encaminó renqueante hacia su hija.
—¿Qué ocurre, Papita?
—Me duele un poco la tripa, ¿puedo dormir contigo esta
noche? Es que mi hermana no deja de patearme.
—Cariño, el sofá cama es muy pequeño para que
quepamos los tres.
—Dave puede dormir en su cuarto, a Maggie no va a
importarle, está durmiendo y no se entera.
—Yo creo que sí se enteraría, tiendo a hacer ruidos muy
fuertes con la boca mientras duermo.
—¿Porque sueñas que eres una moto? —bostezó la
pequeña.
—Más bien un oso —le sonreí.
—¿Te parece si te doy un beso de buenas noches y te
tapo? —sugirió su padre.
—Solo si me cuentas el cuento del león y el ratón.
—¿Qué cuento es ese? —me interesé.
—Le puedes pedir a papá que te lo cuente cuando
termine de contármelo a mí, igual así no sueñas que eres un
oso y te quedas en ratón.
—Buena idea, me lo apunto, además, me chifla el queso.
Ambos entraron en el cuarto y, mientras yo me sentaba
en el sofá, cogí el móvil y respondí a algunos mensajes de
Raven, Robbins y Jennings. Cuando quise darme cuenta, se
cerraba la puerta del baño y el agua de la ducha me
indicaba que no podía pasar.
A los quince minutos, Leo se desplomó a mi lado con el
pelo húmedo. Oliendo a mi jabón y su piel. Intenté que no
me afectara.
—No me he desnucado y no me apesta el culo. —Sonreí.
—¿Y los puntos?
—Intactos.
—Vaya, eres todo un dechado de virtudes, si no fuera
porque estás sin un duro, tienes tres crías a tu cargo y estás
sin curro, te pediría que te casaras conmigo.
—Yo ya estoy casado —dijo tan cortante que me maldije
por haber metido la pata hasta el fondo.
—Lo siento, ha sido sin pensar.
—Como la mayor parte de cosas que salen por tu boca.
No te preocupes, intentaré irme lo antes posible para que
retomes tu vida cuanto antes. Buenas noches.
—¿Me quedo sin cuento?
—Buenas noches —repitió, girando la cabeza a falta de
poder mover todo el cuerpo.
No pensaba tirar la toalla, el juego no había hecho más
que empezar.
CAPÍTULO 32

Anita

—¿Crees que sospecha algo? —preguntó Miguel,


recorriéndome el cuerpo con los labios.
—Si sospechara algo, ambos estaríamos contando
estrellas —jadeé cuando su boca se encontró con mi sexo
húmedo.
Me había subido la falda del vestido, bajado las bragas y
metido la cabeza entre los muslos sin apartar su mirada
oscura de la mía.
—Lo del cargamento de pollitos fue muy arriesgado —
murmuró con su lengua batiendo mi cuca.
—Nada que tú no pudieras solucionar, eres muy macho y
muy listo, man —jadeé agasajándolo.
Lo agarré del pelo y me abrí al placer que me ofrecían
sus atenciones.
Me gustaba verlo arrodillado ante mí, postrado a los pies
de su señora.
Estábamos en los baños de la tienda de novias. Nos
había acompañado a mis hermanas y a mí a que Flor se
probara el traje para que no nos pasara nada.
Julio era muy meticuloso en lo que respectaba a nuestra
seguridad. Miguel era su sombra y también la mía. Una que
me proporcionaba muchas cosas a espaldas de mi marido.
Estiré el cuello hacia atrás y, mientras gemía, me
recreaba en las mieles del éxito.
Joder a Julio César Valdés no estaba al alcance de
muchos.
Yo lo había hecho no una, sino dos veces.
Estaba orgullosa de todo lo que había aprendido en esos
años, sabía manejarme, y cada vez era más consciente de
ello.
Reconozco que la primera vez estaba de los nervios.
Miguel me consiguió una rata, un soplón que jugaba a
dos bandas y le chismoseaba a los pitufos[42]. Gracias a él le
jodimos la carga de pollitos a Julio con la intervención del
ICE. ¡Cómo pataleaba! Sonreí y jadeé al mismo tiempo,
Miguel había dado con mi punto débil y sorbía con maestría.
Mi mente voló llena de placer. La segunda jodienda
tampoco se la vio venir.
Mi amante se encargaba de escoger a los coyotes, los
conductores que transportaban a los pollitos por carretera.
A Julio le gustaba cambiarlos de vez en cuando, porque no
se fiaba de que pudieran jugársela, así que fue sencillo
fijarse en uno que le gustaran demasiado el tequila y las
troneras.
Bastó una recomendación de un local de carretera, una
puta bien pagada para que tomara tragos sin cesar y una
buena cantidad de aceite de motor volcada en una carretera
secundaria al lado de un bache profundo. Su ineptitud hizo
el resto.
Llevaba mucho tiempo planeando mi liberación. Vivir en
Estados Unidos, el país de las oportunidades, me había
abierto los ojos.
No necesitaba a mi marido para nada, ya no, tenía un
plan bien pensado que me estaba haciendo ganar mucho
dinero, surtiendo unos fondos nada despreciables en mi
cuenta de las Caimán.
Al ver todo el sistema corrupto y putrefacto de los Yunaís,
tuve claro lo que debía hacer, encima, apenas me
manchaba las manos.
Cuando el cargamento de pollitos era recibido por
Servicios Sociales, la trabajadora que tenía untada se
encargaba de enviarlos a las familias de acogida que yo les
asignaba.
Le daba la vuelta a Julio con sus propios clientes, los que
buscaban mano de obra barata, ahí iban a parar los pollitos
mayores. Para los chiquitos, encontré una red que los
enviaba a Arabia o a Rusia, los magnates del petróleo y del
gas pagaban mejor que los pederastas americanos. Y yo no
tenía la intención de regentar prostíbulos de menores.
Los políticos americanos pensaban que esos chiquitines,
que no le importaban a nadie, eran repatriados a su país de
origen, junto a sus familias.
Si no les importaban a ellos, ¿por qué tenía que
importarme a mí?
—¿No te corres? —preguntó Miguel, insistiendo en el
clítoris.
—Sigue un poco más —murmuré, restregándome contra
su cara.
No era un hombre tan atractivo como mi marido, pero
por lo menos me hacía correr y no le iban los tíos.
Sabía que a Julio no le gustaban las mujeres, me follaba
por compromiso, siempre con los ojos cerrados, como si le
molestara mi presencia. Lo hacía para demostrarme a mí y
a los demás su hombría y para asegurar su descendencia.
Nunca me quedaría preñada de alguien como él, de un
pipián que le gustaban los hombres.
Tuve dos accidentes, y Miguel fue rápido para
conseguirme la pastilla del día después.
Me tomaba la anticonceptiva sin que él lo supiera.
Supe que le iba la carne aquel día que Wendy y yo
fuimos a buscar a Julio y a Lion para ir al cine. Según ellos,
estarían planeando la ceremonia de la SM-666, pero cuando
subí con sigilo las escaleras y abrí la puerta para
sorprenderlos, la sorpresa me la llevé yo.
Estaban desnudos, en la misma cama, con el aroma a
sexo fluyendo en el cuarto.
Quise gritar, echar la casa abajo, pero algo me hizo
callar, tomar una foto con el celular que me regaló mi novio
y cerrar la puerta.
Me apoyé contra la pared y la bilis subió por mi garganta.
Lo que acababa de ver era asqueroso, una ofensa; para mí,
para Wen, para la mara SM-666. Temblé y me dieron ganas
de llorar, aunque me aguanté. Si lo hacía, Wendy querría
saber. Quizá fuera lo mejor, que lo supiera.
Bajé las escaleras y me topé con su cara alegre en la
cocina.

—¿Bajan ya?
—Están ocupados reponiendo fuerzas.
Le mostré la foto y su sonrisa se bloqueó. El labio inferior
le tembló y sentí la necesidad de abrazarla. Era mi mejor
amiga, mi cuñada, estábamos juntas en eso.
—Lo siento —murmuré.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
Se apartó de mí un poco.
—No podemos decir nada, esto sería un revés para la
SM-666. Si lo contamos…
Era consciente de lo que supondría, de que algo así
arruinaría no solo la vida de Julio y de Lionel, también la
nuestra y de todos aquellos que habían creído en el nuevo
grupo que arrasaría Soyapango.
Le di varias vueltas. Teníamos pactado que Wendy y yo
nos encargaríamos de las homegirls y los renteos[43]. No
podía aspirar a algo mejor, mi padre estaba en la cárcel y él
era un buen partido, además de galán. Iba a tener su propia
pandilla, y yo sería su reina. ¿Qué más me daba si era un
poco pipián? Al fin y al cabo, si no lo hubiera sido, se habría
acostado con otras mujeres, no me hubiese sido fiel jamás.

—Creo que es mejor que no digamos nada —insistió Wendy.


Ella perdía todavía más, eran su novio y su hermano.
—Está bien —cedí—. Guardaremos el secreto, haremos
como si esto no hubiese pasado nunca. —Wen me sonrió y
me abrazó.

El problema era que a mí no se me daba muy bien estar


callada, solía tener una lengua bastante afilada, y cuando
los vi descender, no pude contenerme, le dije al oído a Julio
que los había visto, pero que no iba a delatarlos.
Él se enfadó. Se mostró rabioso y salió fuera para
arrancar el coche.
Leo fue en busca de su madre al cuarto, y Wendy lo
siguió, yo salí fuera para aclarar las cosas con mi futuro
marido.
Como era de esperar, discutimos, me dijo que no tenía ni
idea de lo que había visto, que se trataba de parte del ritual
del intercambio de energías. No quise contradecirle, era
mejor así.
Y lo fue durante años, lo que ocurría era que ya me había
cansado, quería ser la propia reina de mi reino. No lo
necesitaba, tenía los ovarios necesarios para crear mi
propio imperio, y para eso tenía que hundir el suyo.
Ningún hombre iba a decidir por mí.
Mientras mi marido se entretenía con su venganza
personal hacia su amante resucitado, yo erigiría mi propio
reino y haría arder el suyo.
Miguel profundizó su empeño en que me corriera y,
finalmente, estallé en su boca.
Mi amante sonrió complacido, siempre estuvo
enamorado de mí en secreto, y su ambición era casi tan
desmedida como la mía.
No lo amaba, por muy bien que me comiera la cuca, solo
lo usaba para mi propósito y lo seguiría haciendo hasta que
todo terminara. Cerré las piernas, me bajé el vestido
exigiéndole que me pusiera las bragas.
—Llevo demasiado rato ausente y mi hermana se va a
impacientar.
—¿Y qué hago con esto? —Se tocó el paquete.
Agarré la palma de su mano, la lamí y escupí en ella.
—Te las apañarás.
Él cerró el puño y con la mano libre me dio una nalgada
sonora.
—Me pones muy bruto cuando haces esas cosas.
Cuanto más perra era, más se excitaba. Salí fuera del
cubículo, me pasé la mano por las bragas, presionándola
contra el encaje, me las quité y se las lancé con una sonrisa
pérfida.
—Disfruta —musité antes de darme la vuelta y largarme.
CAPÍTULO 33

Leo

Lo había hecho adrede, estaba seguro, bueno, seguro no,


segurísimo.
Mi respiración estaba más que alterada al encontrarme
en aquel minúsculo cuartito pegado al torso del origen de
mi insomnio profundo.
Era el cumpleaños de Magaly, y con la excusa de que el
piso era muy pequeño, Dave había decidido prepararle un
«Día especial» con la ayuda de su amiga Dakota.
Fuimos a una tienda especializada en ropa de diseño
para familias. Algo así como si Julia Roberts y la prota de
Sonrisas y Lágrimas hubieran decidido montar un negocio
juntas.
Dave, Magaly, Elena y Daisy no dejaban de entrar y salir
de los probadores, con atuendos elaborados con el mismo
estampado, pero en distintas tallas y modelos acordes a su
género y edad, mientras que yo permanecía sentado en una
butaca porque me negaba a perder la poca integridad que
me quedaba.
Tres cortinas se abrieron al mismo tiempo, y el hilo
musical de la tienda estaba puesto con el volumen
suficiente como para que improvisaran una coreografía.
Debíamos habernos mudado a Río de Janeiro, porque mis
hijas y Dave se contoneaban con el tema Ritmo de la Noche,
una samba muy popular. Llevaban unos atuendos de lo más
coloridos y tropicales.
Me tragué la sonrisa al ver a Daisy moviendo las
manitas, encaramada a los brazos de Dave mientras lo
miraba traviesa y coreaba un «papá, papá» que ya no me
molestaba.
Efectivamente, mis intentos de que aprendiera su
nombre, u otra cosa que no fuera aquel título que le entregó
voluntariamente y sin ningún tipo de esfuerzo, cayeron en
saco roto.
Dave era como un enorme Ken con la palabra follable
tatuada en esa franja de piel que quedaba visible por culpa
de aquellos tres botones sin abrochar.
Cada vez me costaba más resistirme a sus
provocaciones, que eran múltiples, y se habían ido
acumulando en mi sistema límbico a lo largo de los días.
Un mes, con sus correspondientes treinta días y treinta
noches, bastaron para que su presencia me alterara de tal
modo que apenas conseguía conciliar el sueño.
Era imposible dormir en la misma cama, compartir la
misma almohada, sin despertar por el roce de su piel o la
suavidad de su aliento en mi nuca.
Y eso que la mayoría de noches trabajaba en el SKS, pero
yo era incapaz de pegar ojo hasta que no notaba hundirse
su parte del colchón. Fingía que estaba dormido para no
tener que darle conversación, aunque a veces era
imposible.
Cuando la claridad asomaba en el comedor, era incapaz
de seguir durmiendo, abría los ojos y me encontraba esa
boca a escasos milímetros de la mía, entreabierta,
tentadora, jugosa, sobre aquella barbilla partida en dos, a la
que había fantaseado mordisquear.
Mis pensamientos solían llevarme hacia una erección
matutina difícil de obviar, así que me levantaba lo antes
posible, premiándome con un buen chorro de agua fría. Si
alguna vez se me habían pegado las sábanas porque el cielo
estaba encabronado, era su rigidez la que solía
sorprenderme buscando cobijo entre mis nalgas.
No sabía qué era peor. Aquel estado de alerta roja sexual
me tenía de los putos nervios, y si no había salido huyendo
ya era porque mis cuentas bancarias temblaban más que un
indigente en Nueva York en plena nevada, y porque aquella
extraña normalidad que habíamos instaurado alejaba a Julio
César hacia una dimensión lejana que no me quería
plantear.
Sabía que vendría a por mí, lo que me exigiría en cuanto
estuviera recuperado, se había encargado de hacérmelo
saber a través de una nota en mi chaqueta en una de mis
sesiones del fisio. Sus tentáculos estaban por todas partes,
nunca más podría librarme de él, a no ser…
No, yo no era así, acabar con la vida de alguien no
estaba hecho para mí, y alejarme de Dave sería un
sobresalto demasiado bestia para mis hijas. Me gustara
reconocerlo o no, había sido un gran soporte con todo el
tema referente a la muerte de María, tenía una mano innata
con las chicas y una paciencia infinita que las empujaba a
adorarle.
Lo más sensato habría sido llamar a Jordan, pedirle un
anticipo y buscar algún sitio, apartarme de todo aquel
vendaval de sensaciones que se agitaba en mí cada vez que
lo tenía cerca, pero no les arrebataría a mis hijas otra
persona más a la que habían cogido aprecio, y dudaba que
su estabilidad emocional soportara otro mal trago.
—Ritmo, ritmo de la nocheee —tarareaba Elena,
meneando su faldita.
Magaly también bailaba, aunque de un modo algo más
maduro. Ya era una pequeña mujer. Siempre fue muy
madura, pero la pérdida de su madre le hizo aflorar su lado
de hermana mayor con muchísima más fuerza.
Dave bajó a Daisy al suelo, quien ya había empezado a
dar sus primeros pasos. La seguridad que le faltaba la suplía
con su falta de miedo. Le encantaba soltarse de las manos y
probar suerte con su nueva habilidad desbloqueada.
Dio unos cuantos pasitos titubeantes hacia mí, alargando
sus regordetes brazos.
—Papá, papá.
—Sí, preciosa, estoy aquí.
—Vamos, levántate, Leo —me instó Dave con su sonrisa
reluciente—. El dependiente me ha dicho que tiene una
camisa igual que la mía pero de tu talla. ¿Quieres que se la
pida y te ayudo a cambiarte? —cuestionó, agitando las
seductoras cejas.
—Ni hablar —respondí seco con Daisy agarrada a mis
dedos índice.
—Oh, venga ya, papi, ¡hazlo por nosotras, queremos que
te vistas igual que Dave! Estaríais muy guapos. —Elena
agitó sus gruesas pestañas oscuras.
—He dicho que no.
—Déjalo, es un aburrido —expresó Magaly resoplando.
—Es el día de tu hija mayor, no te cuesta nada hacerla
un poco feliz. —Mi hija pequeña se soltó de mis dedos y
Dave dejó caer sus manos sobre el apoyabrazos del sillón,
en el punto exacto en el que estaban mis muñecas.
¿Sería capaz de escuchar lo fuerte que fluía mi sangre?,
¿oler la excitación que despertaba bajo la fina tela de mi
calzoncillo? Algo me decía que sí, que Dave tenía intuición
para esas cosas, que sabía cuándo estaba delante de una
presa y le divertía jugar con ella.
—¿De qué tienes miedo, Leo? —me preguntó,
atravesándome con aquella mirada que prometía
envolverme en caramelo espeso.
—De muchas cosas, pero no de ti, si es tu pregunta. —Se
mojó la boca.
¿Para qué cojones hacía eso?
Me imaginé agarrándolo de la nuca para hacerlo con mi
lengua en lugar de la suya.
—¿En serio? —me tanteó provocador.
No tenía miedo, sentía pavor, un terror extremo a no
tener la suficiente fuerza como para seguir resistiéndome a
él. Mi cuerpo exigía saltar por el precipicio y ser engullido
por el vacío, ahogarme en lo prohibido hasta desfallecer.
Dave no tenía ni idea de mi pasado, del mundo en el que
me moví y al que debía volver. Si me conociera de verdad,
sentiría asco, desprecio profundo, el mismo que muchas
veces me corroía por dentro cuando buscaba mi reflejo en el
espejo.
Si no había vuelto a estar con otro hombre fue porque
temía volver a perderme, a caer en las garras de aquella
emoción que me hizo perder el mundo de vista y sentirme
con la capacidad de crear uno que burlaba toda ley.
Un hogar construido a base del sufrimiento de los demás.
Mutilé mis emociones, no me permití amar más allá de la
familia que con tanto esfuerzo había construido, porque
sabía que jamás me enamoraría de una mujer como lo hice
de Julio.
Alcé unos muros inexpugnables, me castigué por todo el
mal que hice y me prometí que nunca más iba a ocurrir. Que
alejaría el fuego que ardía en mí, el pecado que me
devoraba las entrañas. El problema era que Dave me hacía
desear arder, consumirme en el fuego de su libertad, y me
moría de envidia, de mi pecado capital, porque lo único que
me apetecía era dejarme llevar.
Intenté refugiarme en mi jaula de acero y volver a blindar
cada puta emoción.
—¡Aparta! ¡¿Dónde está la puñetera camisa?! Si no me la
pongo, no me dejaréis en paz.
Lo único que quería era algo de espacio, respirar.
—¿En serio?
—¿Me ves cara de mentir? Cuanto antes termine, mejor
para todos.
—Juraría que Maurice dijo que la dejaba detrás de aquella
puerta por si te lo pensabas.
Me levanté agobiado y caminé hacia el lugar que Dave
me había dicho.
«Serénate, Lionel, ¡joder!».
Me metí en el cuarto sin mirar, ni siquiera me fijé dónde
estaba el puñetero interruptor, daba lo mismo, bastaba con
sacarme la camiseta, darme la vuelta y ponerme la camisa
sin cerrar la puerta.
Me la estaba sacando por la cabeza cuando noté que la
puerta se cerraba y la oscuridad me envolvía.
—¡Mierda!
Tiré de la prenda, me giré rápido y, en lugar de darme de
bruces con una lama de madera, lo hice contra un cuerpo
duro que conocía demasiado bien.
Di un paso atrás por inercia y mi espalda se clavó en la
estantería. Aquel lugar era enano para dos tíos de nuestra
envergadura.
La poca luz que se filtraba por la diminuta rendija del
suelo apenas te dejaba ver.
Empujé el pecho de Dave con fuerza para apartarlo.
—¡¿Qué cojones haces?!
—Demostrarte que sí me tienes miedo.
Su respiración estaba pegada a la mía, igual que
nuestros cuerpos.
—¿Ahora te crees el hombre del saco? Te estás pasando
de la raya.
—Esto no es pasarse de la raya, lo que tú haces sí lo es.
—¿Yo? —Noté un roce sutil en la cara. Si sus manos
estaban en mi pecho, tenía que haberlo hecho con la nariz,
o con la barbilla.
El corazón me iba a mil. Su olor estaba en todas partes,
no podía respirar sin percibir cada partícula de su aroma en
mi nariz.
—No sé de qué hablas —insistí con la garganta seca.
—Pues yo creo que sí.
Ahora fue su erección la que patinó sobre la mía. De mi
boca salió un sonido estrangulado.
—Mira lo que me haces —susurró ronco—. Quiero follarte
y que me folles, quiero convertir tu boca en mi primero,
segundo y postre. Quiero que mis manos se aprendan todo
aquello que te gusta y lo que no. Que mis dientes te
arranquen la ropa interior para comértela tan jodidamente
bien que no puedas evitar estallar en mi lengua. Quiero
paladear tu sabor y que tú hagas lo mismo conmigo. ¿Sigo?
—Estás loco… —murmuré agitado, y sentí algo húmedo
en mi cuello.
No podía creerme que me estuviera lamiendo. Sí, sí podía
porque lo estaba haciendo y yo no lo apartaba. Estaba
consumiéndome de necesidad por probar todo lo que
acababa de prometerme. Era una maldita locura.
—Dilo, Leo, di que quieres lo que te ofrezco y lo tendrás.
Lo tienes desde hace tiempo, ni siquiera sé por qué te
resistes a ello cuando ambos sabemos que está ahí. Sé lo
que veo cada vez que te miro, y tú también. Tu cuerpo
habla, y yo lo escucho.
Su mano buscó mi paquete y lo tanteó.
No podía estar más rígido. El sudor se arremolinaba en
mi columna vertebral. Abría y cerraba los puños sobre la
tela de la maldita camisa, con ganas de hacer saltar cada
uno de los botones.
—Di que lo necesitas tanto como yo y te lo ofreceré —lo
dijo en la comisura de mi boca, haciendo saltar por los aires
todo aquello por lo que había trabajado.
Un pellizco breve en mi labio inferior me sacó de mis
casillas. Noté la detonación y el fuego en cada célula.
Lo empotré contra la puerta y, literalmente, le borré la
sonrisa de la cara. Sabía que estaba ahí, al igual que sabía
que dos por dos eran cuatro.
Besarlo fue caer rendido ante una tormenta eléctrica
cargada de truenos, rayos y mucha humedad.
Le tomé la cara con violencia, envolviendo nuestras
lenguas en un torbellino de dientes, jadeos y saliva.
Su mano seguía sobándome, recordándome lo mucho
que quería lo que estaba ocurriendo, las ganas feroces que
me empujaban a despedazarlo porque ya no había espacio
para la contención.
—¿Todo bien ahí dentro?
La voz de Maurice sonó lejana, lo que no fue tan lejano
fueron los golpes que hicieron crujir la madera con
suavidad.
¡Mierda! ¡¿Se me había ido la olla por completo?! Me
aparté de un salto, golpeé la mano de Dave mientras que
mis pulmones intentaban buscar una brizna de oxígeno que
no estuviera viciado por su olor.
Intenté ser coherente y responder.
—Ehm, sí, perdona, Maurice. E-es que no encontraba la
camisa y Dave ha entrado a ayudarme.
No me hacía falta ver la cara de mi compañero de piso
para saber que tenía esa expresión estúpida de pagado de
sí mismo.
—¡¿Qué camisa?! Ahí no hay ninguna, estáis en el
almacén de la ropa premamá.
La puerta se abrió sin previo aviso. Como le ocurrió a
aquella pareja de las noticias, a quienes les sorprendió un
azafato en pleno vuelo intentando unirse al club de las cinco
mil millas.
Parpadeé varias veces por culpa de la luz, pero no me
perdí la mirada canalla cargada de triunfo con la que me
premiaba Dave, ni la suspicaz del dependiente, al admirar
mi torso desnudo y la inocultable erección que pujaba en
mis vaqueros.
—Juraría que me habías dicho que le dejabas a Leo la
suya ahí, por si se animaba a probársela.
Dave no tenía vergüenza, seguro que no la había
conocido en su vida.
—Animado lo veo —bromeó Maurice—, solo que debiste
malinterpretar mis palabras. No te preocupes, que ahora le
busco una, con ese cuerpo es difícil dar con una prenda que
no le vaya a sentar bien. Qué envidia, chicos —suspiró—.
Sois tan cuquis. Adoro a las parejas que saben mantener la
chispa. —Me guiñó un ojo. Tuve ganas de decirle que lo
había malinterpretado, que ni éramos pareja, ni las niñas
eran de los dos. Aunque, con Daisy llamándonos papá a
ambos todo el tiempo, era lógico que hubiese llegado a esa
conclusión—. Adorables, y vuestras niñas también, ojalá
hubiera más como vosotros, me siento orgulloso de
pertenecer al colectivo. Valientes como vosotros son los que
nos hacen soñar a los demás con la posibilidad de una
familia fuera de lo heteronormativo. Ah, y tranquilos, mi
boca está sellada de lo que ahí ha ocurrido —señaló el
almacén—. Vuestras pequeñas se están probando el nuevo
outfit que les he dado. Voy a por vuestras camisas.
Cuando el dependiente se alejó y Dave fue a hablar, yo
lo apunté con el dedo.
—Ni se te ocurra decir nada, lo que ha ocurrido ahí no ha
pasado, ni se va a volver a repetir.
Fui a por la camiseta y salí malhumorado.
—Pues para no haber pasado, sigues con la polla dura,
muchas farmacéuticas se matarían por la fórmula de tu
viagra imaginaria.
—Cierra la puta boca, Dave.
—¿Por qué no vuelves a cerrármela tú?
«Porque si lo hago, no voy a poder detenerme por
muchos Maurice que entren por la puerta».
No respondí. No podía hacerlo. Me puse la camiseta y di
la callada como respuesta.
CAPÍTULO 34

Leo

Una cagada.
Eso había supuesto para mí besarlo, porque desde que
habíamos salido de la tienda, mis labios no dejaban de
hormiguear.
Estuve ausente durante la comida, mientras que mis
hijas disfrutaban de cada ocurrencia de Dave.
Nos encontrábamos en nuestro restaurante favorito. A
las niñas les encantaba porque tenían una zona de juegos
que incluía una superpantalla para hacer retos de Just
Dance.
Solíamos venir cada año, era una especie de ritual
familiar, cada vez que uno de nosotros cambiaba de
número, íbamos allí a comer o a cenar.
Nos pusieron en la mesa de siempre, Magaly debió
contárselo a Dave porque yo no me había ocupado de la
reserva. Estaba sentado frente a mí, en la silla que le
perteneció a mi mujer durante años, lo que acrecentó mi
malestar.
Era como si con su desaparición se hubiera adjudicado su
lugar. Dormía a mi lado en la cama, ahora el asiento y, hacía
unos minutos, su boca estaba en la mía. Aunque poco tenía
que ver el beso que compartimos con los de María.
Apenas lo miré mientras comíamos la lasaña y las pizzas.
Trajeron el pastel, y cuando Magaly sopló las velas e hicimos
contacto visual, la boca del estómago se me cerró, no podía
dejar de contemplar esos labios y rememorar su sabor.
Ellos cantaban. Daisy estaba sentada en una trona, al
lado de la pared, agitando unas llaves que Dave le prestó
para que se entretuviera. Yo apenas podía mover los labios,
la voz no me salía con mi habitual fuerza, como si mi cuerpo
no me perteneciera y solo fuera capaz de pensar en él.
¡No, no, no, eso no estaba bien, no podía obsesionarme,
no podía ocurrirme de nuevo!
—Pide un deseo —susurró sin apartar la mirada de la
mía.
Su timbre ronco me alcanzó y recorrió por dentro, mi
cuerpo captaba el mensaje como si en lugar de decírselo a
mi hija me lo estuviera diciendo a mí.
—¿Y yo puedo pedir uno? —preguntó Elena
entusiasmada. Ella estaba sentada frente a Daisy, al lado de
Magaly, con Dave en la cabecera.
—Claro que sí, Ellie —le sonrió, prendiendo de nuevo la
vela.
Mi hija sopló y recitó en voz alta con los ojos cerrados.
—Quiero vivir para siempre con Dave. —Su petición fue
como recibir un puñetazo en la boca del estómago.
—¡Elena! —espeté sin dudarlo. Ella separó los párpados.
—¿Qué?
—Pues que no podemos vivir para siempre con Dave,
solo estamos de paso —le aclaró Magaly con un suspiro
fastidiado.
¿Qué había sido eso? Si ella no dejaba de quejarse por la
falta de espacio, ¿también quería vivir con Dave?
Mi hija mediana arrugó el gesto.
—Pues a mí me gusta estar con él; es divertido, baila con
nosotras, las tortitas le salen ricas, no como a papá, que las
quema todas. Me gusta que juguemos a Super Mario en la
Play y que me deje su colección de gafas molonas.
—A mí también me gusta jugar a la consola contigo, Ellie,
aunque la mayor parte de veces pierda contra la campeona.
—Elena le sonrió pizpireta.
—Eso es porque la dejas ganar —rezongó Magaly.
—¡No es cierto, soy muy buena! —protestó mi hija
mediana.
Ya se empezaban a pinchar. Era raro el día que no
ocurriera.
—Sea como sea, cuando dices los deseos en voz alta, no
se cumplen —pronunció Magaly con ganas de fastidiarla—.
Y recuerda que solo estamos de paso, es mejor no
acostumbrarse a vivir bien.
Esa última parte me escoció a mí.
—¿Vivir bien? ¿De qué demonios hablas? —refunfuñé—.
Nunca os ha faltado nada en casa, me he matado a trabajar
para que fuera así, y tú no has dejado de quejarte sobre las
dimensiones de su piso.
—Puede que el piso no sea grande, pero ahora mi ropa
mola, no tengo que llevar cosas de segunda mano, y tú
estás. Antes apenas te veíamos.
Me reprochó sulfurada.
—No es un día en el que debamos discutir, es mejor que
todos nos relajemos un poco, ¿no crees?
¿Y ahora de qué iba Dave?, ¿de pacificador? María
hubiera actuado igual, ella habría intentado restaurar la
calma, solo que ella ya no estaba y Dave usurpaba todo lo
que le pertenecía. El enfado creció en mí, estaba demasiado
alterado por culpa de mis emociones, de lo que me
despertó, como para actuar con la cabeza fría.
—Os juro que no os entiendo —mastiqué, mirando a
Magaly y a Ellie—. De hecho, no deberíamos estar aquí.
—¿Por qué no? —quiso saber Elena—. Venimos en cada
cumple.
—Por respeto, porque no está vuestra madre, porque hoy
también era su cumpleaños, y Dave no la puede reemplazar
por muy guay que sea y muchas cosas que os compre.
Mi boca escupía fuego e incoherencias. En cuanto solté el
veneno que me corroía las entrañas, me arrepentí al
momento al fijarme en las caras de las niñas.
Demasiado tarde, ya estaba hecho, volvía a cagarla
estrepitosamente, y esa vez con quien menos debía.
A Elena le tembló el labio y Magaly arrojó la servilleta
que estaba sujetando.
—Gracias por arruinarlo todo, eres único estropeando
momentos. ¡Todas hemos pensado hoy en mamá! Cuando
estabas en la ducha, Dave nos hizo escribirle nuestros
buenos deseos y los quemamos para que le llegaran al
cielo. —No sabía que eso había pasado—. Si querías que
mamá estuviera aquí, ¡haber venido a dormir la noche del
incendio! ¡Deberías haber estado en casa e impedirle que
fuera a buscar la insulina! Elena no tuvo la culpa de
habérsela dejado, o yo de correr como ella me indicó para
salvarnos. ¡Tú eras el bombero! ¡Tú deberías haber estado!
¡Y ahora nos culpas de querer cambiarla por Dave cuando
no es cierto! ¡Él solo nos ha ayudado! —Sus ojos estaban
cargados de lágrimas—. ¡Yo no quería que mamá muriera!
—gritó.
Se puso en pie, tiró la silla y salió corriendo del
restaurante.
—¡Magaly! —vociferé sin conseguir que se detuviera.
Elena se puso a llorar, y yo solté el aire con brusquedad.
—Ya voy yo —musitó Dave con la intención de ir en pos
de mi hija mayor.
—No, es cosa mía, tú no te metas. Yo soy su padre por
mucho que Daisy te llame papá —apreté los puños. Dave no
dijo nada—. ¿Las puedes vigilar? —pregunté abrupto.
El movió la cabeza afirmativamente y no me perdí cómo
Elena buscaba sus brazos para consolarse.
No había actuado bien, y no me refería solo a ese
momento. Le dejé a Dave la responsabilidad de hablarles a
mis hijas sobre el fallecimiento de María, no quise tocar el
tema con ellas porque mi hija mayor tenía razón, era el
único responsable de que María no siguiera con vida.
Debería haber estado en casa, debería haber protegido a
mi familia, pero no lo hice; estaba drogado, durmiendo en el
suelo de la casa del hombre que una vez creí amar con toda
el alma.
Julio se ocupó de que terminara cumpliendo, de manchar
mis manos de sangre, porque yo había terminado matando
a María.
Salí a la calle y miré a un lado y a otro.
¿Dónde demonios se había metido?
Grité su nombre, corrí arriba y abajo desesperado, con
una opresión en la boca del estómago.
No, no, no, no, ¿dónde estaba?
Me detuve en una parada de fruta para dirigirme a una
señora de mediana edad que estaba pagando.
—Disculpe, ¿ha visto a una niña de catorce años? Es
morena, muy guapa, con un vestido morado y bailarinas del
mismo color, más o menos de esta estatura —le indiqué,
señalándole mi barbilla.
—No, lo siento.
—¿Y usted? —me dirigí al hombre que le cobraba.
—Lo lamento, señor, estaba atendiendo.
—Gracias.
Me giré en redondo, trescientos sesenta grados en los
que mi corazón rebotó en mi garganta. La desesperación
por encontrarla sacudió mi vientre, me pasaron mil cosas
por la cabeza, entre ellas, que Julio César podría haberse
hecho con ella.
¿Y si me había estado siguiendo? ¿Y si esperó la
oportunidad, como yo hice con María, y se la había llevado?
La historia no se podía estar repitiendo. Recordé sus
palabras.
«O cumples, o pagas».
Y el pagas significaba joder a mi familia.
Saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón.
Busqué su número en la agenda.
—Vamos, vamos, vamos, contesta.
Magaly apenas llevaba unos días con él. Fue mi regalo de
cumpleaños, con los puntos acumulados de la compañía
telefónica me hice con un terminal nuevo. Le cedí a mi hija
mayor el número de María.
No había tenido uno hasta entonces porque tener una
tercera línea nos suponía más gastos. Llevaba tiempo
argumentando que lo necesitaba, que todas sus amigas
tenían uno y ella era una paria.
El móvil dio señal, lo cual me tranquilizó.
Al descolgar, sentí un alivio inmediato que se esfumó al
escuchar la voz al otro lado de la línea.
CAPÍTULO 35

Ray

—¡¿Qué haces respondiendo?! —exclamó la voz al otro


lado de la línea.
—Se supone que cuando alguien te llama, espera que le
respondas.
—Sí, pero no tú, ese es el móvil de Magaly, ¡¿qué haces
con él?!
—Bueno, teniendo en cuenta que se lo dejó encima de la
mesa y en la pantalla aparecía papá, pensé que sería buena
idea responder. ¿Qué ocurre?, ¿pensabas que lo había
perdido o algo?
—No está conmigo, de hecho, llevo todo este rato
buscándola y no aparece. —Leo estaba muy alterado, lo que
despertó todas mis alarmas—. Joder, ¡no la encuentro!
—Vale, calma, ¿estás seguro de que no se ha escondido
en alguna tienda para hacerte sufrir mientras mira? Eso es
muy de adolescente cabreado.
Chasqueé los dedos y le hice el gesto al camarero de
pedir la cuenta. Elena estaba entretenida en la zona de
juegos, tras calmar su llanto, le insistí en que bailar un ratito
le sentaría bien. Le dije que no le tuviera en cuenta a su
padre ni a su hermana lo que habían dicho, que ambos
estaban muy nerviosos porque era una fecha señalada y los
dos extrañaban a su madre.
Tuve suerte de que una niña de la mesa de al lado, con la
que había estado jugando antes, viniera a buscarla. La
capacidad de asimilación de los niños siempre me
alucinaba.
Daisy estaba frita entre mis brazos, la pillé cabeceando y
decidí acurrucarla. En cuanto su cabeza tocó mi pecho, cayó
rendida.
Leo llevaba diecisiete minutos fuera del restaurante, si
no le di importancia fue porque pensé que estaría hablando
con Magaly, solucionando las cosas, y no quería
interrumpirlos.
Me puse en pie y, mientras el camarero regresaba, fui a
buscar a Ellie.
—Vale, escucha, si no se ha escondido, puede que haya
ido en dirección al piso, total, estamos solo a seis
manzanas. Igual necesitaba tomar el aire o charlar con una
amiga, ¿sabes con quiénes suele quedar?
—Mi hija no queda con amigas.
—¿Cómo que no queda? ¿Tiene fobia a la amistad?
—No, no se trata de eso —respondió y se quedó en
silencio.
—Vale, bueno, ahora mismo salgo y hablamos, ¿vale?
Respira y piensa, ¿qué suele hacer tu hija cuando se enfada
contigo?
Llegué a la zona donde Elena acababa de terminar su
partida de Just Dance y sonreía sudada. Le susurré que nos
marchábamos, y ella se despidió con una sonrisa de su
nueva amiga.
Tras unos segundos esperando la respuesta de Lionel,
respondió.
—No sé, a su cuarto, supongo.
—Eso no ayuda mucho, porque no me dejaste darle un
juego de llaves a Maggie, así que a no ser que tu hija pueda
atravesar paredes o viajar en el espacio, dudo que podamos
encontrarla tumbada en su cama. Aunque no descartemos
que esté sentada en la puerta cuando lleguemos, es una
posibilidad. —Me acerqué a la mesa y pasé la tarjeta de
crédito por el TPV—. Acabo de pagar, ahora salgo, te cuelgo.
—¿Qué pasa, Dave? —preguntó Ellie, que no se perdía
una.
—Nada, sweety, no pasa nada. —Besé su cabecita
morena.
—¿Es Maggie? —Tampoco podía andar mintiéndole, se
daría cuenta de que algo pasaba.
—Es que tu hermana mayor necesitaba tomar el aire, y
en lugar de decirle a papá dónde ha ido, se ha despistado y
yo tengo su móvil. ¿Tú sabes dónde puede estar? —Elena
negó y me miró con cara de preocupación.
—¿Y si se la llevó el hombre de los tatuajes? —Frené en
seco. Una cosa era el hombre del saco y otra el de los
tatuajes.
—¿A quién te refieres?
—Mamá siempre nos decía que había un hombre de los
tatuajes que se llevaba a las niñas buenas, que debíamos
tener mucho cuidado si nos encontrábamos con él.
—¿Y cómo es ese hombre de los tatuajes?
—No lo sé, nunca lo vimos, por suerte, pero mamá decía
que muy guapo, porque el diablo siempre intenta
engañarnos.
—Vaya, menudo susto. Lo que no sé es si no lo habéis
visto nunca, ¿cómo podíais distinguirlo por guapo que
fuera? A ver, mi amigo Raven es muy guapo y lleva muchos
tattoos, pero no se lleva a las niñas.
—Eso es porque él no lleva la marca.
—¿Qué marca?
—La cruz bajo el ojo, aquí —se señaló la comisura
exterior—, o el tatuaje de las tres calaveras. Mamá nos dijo
que si alguna vez nos cruzábamos con él, teníamos que salir
corriendo, escondernos e ir a buscar a la policía. Puede que
Magaly lo viera y por eso corriera.
—¿Tú lo has visto alguna vez? —Elena negó.
—¿Crees que mi hermana sí?
—Espero que no —reanudamos el paso—. Tu mamá era
una mujer muy lista, te enseñó muy bien; si ves al hombre
de los tatuajes y no estoy cerca, haz lo que ella te enseñó, y
si estoy cerca, dime quién es. ¿Lo harás?
—Sí, Dave.
—Buena chica. Venga, que tu padre nos espera fuera.
Cerca de la entrada cogí el cochecito y acomodé a Daisy
en él. La pequeña ni se inmutó, seguía durmiendo como un
tronco.
El dueño del restaurante vino a despedirnos y desearnos
que volviéramos pronto, le comenté que si Magaly aparecía
por el restaurante, que nos llamara, tenía mi número de la
reserva, que a la niña le había dado una rabieta, había
salido corriendo y no la encontrábamos.
Me dijo que no me preocupara, que si aparecía, él mismo
la llevaría a su despacho, que tenía cinco hijas y sabía de
qué iba. Me deseó buena suerte y me dio el pastel de
cumpleaños, que hice guardar en una caja y lo metí debajo
del cochecito dándole las gracias de nuevo.
Leo estaba desencajado.
—¿Nada? —Negó.
—Dame su teléfono.
Le tendí el móvil y nos pusimos a caminar en dirección al
piso todo lo rápido que su pierna en recuperación nos
permitió.
Le vi meterse en la agenda de contactos mientras yo
empujaba el carrito. Por suerte, el móvil no estaba
bloqueado, por lo que fue sencillo acceder.
Sus ojos se desplazaron entre la multitud de nombres.
—¡¿Cómo puede tener mi hija ciento cincuenta contactos
si solo hace unos días que se lo regalé?! —preguntó,
paseando los ojos por la larga lista.
—La vida social de los estudiantes americanos es muy
agitada, sobre todo, si eres tan guapa como Maggie. Fijo
que tenía la misma lista de espera que cuando Taylor Swift
pone a la venta las entradas para ir a uno de sus conciertos.
Lionel me miró mal, a ningún padre le gusta la idea de
que su hija pueda tener tremenda base de datos de posibles
conquistas.
Necesitaba que le echara una mano con urgencia, se
notaba que estaba fuera de sí.
—Respira hondo, Leo, seguro que solo se trata de una
rabieta. Te sugiero que, en lugar de empezar a llamar por
orden alfabético, entres en su WhatsApp. Seguro que las
personas con las que más se mensajea son su círculo más
cercano. Es un buen principio.
—Bien pensado.
No podía dejar de pensar en lo que Elena me había
contado. María tenía miedo de alguien de la SM-666, el
tatuaje de la cruz y el de las calaveras eran propios de ellos,
de los hombres que me atacaron cuando seguí a Lionel y a
las mujeres del SKS. ¿Y si Price se estaba equivocando? ¿Y si
Leo ya no pertenecía a la SM-666 y por eso María había
advertido a sus hijas? Todo era muy extraño, aunque podría
ser. A la mañana siguiente de que él se fuera con aquella
mujer y a mí me dieran la paliza, se desató el incendio,
daba igual que no hubiera ninguna marca o pintada cerca,
puede que no les diera tiempo e intuyeran que Lionel
pillaría el mensaje.
—¿Panteras negras? ¿Bloodygirls? ¿Just do it? ¿Silent
Killers? Pero ¿qué tipo de amigos tiene mi hija?, ¿asesinos
en serie? —Casi me eché a reír, no lo hice por la cara que
estaba poniendo Leo, pero en otra situación, ya estaría
metiendo el dedo en la llaga.
—No entres en esos grupos, forma parte de su intimidad.
Conociendo a Maggie, no le perdonaría a su padre una
intromisión a lo bestia en su parcela privada.
—¡Pues que lo hubiera pensado antes de largarse!
Leo pulsó uno de los grupos y lo vi bizquear.
—¿Qué ocurre? —Solo esperaba que no estuviera viendo
fotos comprometidas, porque si era así, me daba a mí que
Maggie no salía de su cuarto en la vida.
—Son todo audios, y hay más de quinientos cincuenta,
solo de ayer. Pero ¡¿de qué tienen qué hablar las Panteras
Negras?
—Igual hablan en rugidos —comentó Elena.
—Mejor no te metas en los grupos y busca en los
mensajes que…
—A ver, panteras, soy el padre de Magaly y no la
encuentro, se ha dejado el móvil, si está con alguna de
vosotras, decidme con quién y la dirección y paso a
buscarla.
Soltó el botón.
—No creo que sea buena idea… —Lionel me ignoraba.
Repitió la acción con varios grupos, y lo único que consiguió
fue que el terminal no dejara de vibrar ni cuando
alcanzamos la portería, donde, por cierto, Magaly no estaba.
El grupo de las Panteras se llenó de audios, el de las
Bloodygirls de emoticonos y palabras a las que les faltaba la
mitad de las letras, además de gifs de vampiros sugerentes.
Just do it estaba formado por algunas de las panteras y de
las Bloodygirls que alegaban que ya habían respondido en
los otros grupos. En Silent Killers no respondió ni Dios, es
más, el grupo estaba vacío de mensajes.
—Vayamos con el móvil a la policía, ellos sabrán qué
hacer.
Lo sugerí porque cualquier persona normal es lo que diría
al ver que la niña no aparecía.
—¡No! —exclamó demasiado rápido, con la mirada
cargada de horror.
—¿No?
—Se-se me acaba de ocurrir un sitio. Hazme un favor,
quédate con las niñas, y si no he vuelto en unas horas,
entonces llama a la policía. —Estreché la mirada.
—No me parece buena idea, llamo a Raven y Dakota para
que nos hagan de canguro y te acompaño.
—¡No! Por favor, no confío en otra persona que no seas
tú para dejárselas, por favor, Dave. —Su mirada era
suplicante. La había visto antes, no en él, sino en Raven, y
aquel día fue una puta mierda.
—Lion… —Su cara se desfiguró.
—No me llames así —susurró entre dientes—, lo odio.
—Perdona, Leo, estás demasiado angustiado para ir
solo…
—Unas horas, no te pido más, por favor —suplicó. Ya lo
empezaba a conocer, y sabía que no entraría en razón.
—Está bien, pero si pasa cualquier cosa…
—Te llamo. Te debo una muy grande.
—No dudes que me la cobraré. Anda, llévate mi moto —
le comenté, arrojándole las llaves—, así irás más rápido.
—Gracias —musitó, cogiéndolas al vuelo.
CAPÍTULO 36

Leo

Entré en la propiedad de Julio con la misma facilidad que


salí.
En cuanto las cámaras me captaron, no tuve que llamar
al timbre, se abrieron sin necesidad de decir «Abre u os
mato a todos». Aunque mi amenaza fuera difícil de cumplir.
Un par de los homeboys estaban apostados en el jardín,
contemplándome con sus miradas silenciosas cargadas de
advertencia y las armas insinuándose sin pudor. En sus
expresiones se intuían los niños que una vez fueron,
correteando semidesnudos por un hormiguero repleto de
chabolas, con la mugre apelmazándose bajo las uñas de los
dedos y los ojos brillantes de una felicidad lista para ser
arrebatada.
De ellos quedaba poco. Igual que ocurrió conmigo. Mi
interior bullía de una rabia incontrolable que tensaba cada
músculo de mi cuerpo. Julio ya me quitó a María, pagué por
la ofensa que les hice, no podía quitarme también a Magaly.
—¿Dónde está? —les pregunté, obteniendo un simple
levantamiento de cejas. Ninguno de los dos habló, se
limitaron a observarme con una turbidez cortante.
El del pelo rapado tenía las marcas que te deja en el
rostro pasarte consumiendo piedra.
El otro mascaba chicle mostrando la dentadura. Tenía los
dientes manchados y las encías ennegrecidas. Un fino
bigote quedaba suspendido en su labio superior y una tira
vertical de vello facial le partía la barbilla en dos.
—¡Os he hecho una pregunta! —El rapado ladeó el cuello.
El otro habló.
—Tú no eres el big, no te debemos nada —escupió la
goma de mascar al suelo.
Quiso decir que no era el jefe y que las explicaciones
estaban de más.
—Gracias por la cortesía, yo mismo lo encuentro —
mascullé cargado de rabia.
Avancé hacia ellos y me bloquearon el paso.
—¿Vienes a que te encule de nuevo? ¿No tuviste
suficiente? ¿Le cogiste el gusto? —rio una tercera voz que
se sumó a la de ellos.
Era Miguel, la mano derecha de Julio. Cuando estábamos
en Soyapango, iba a ser responsable de la clica que se
ocuparía de traer y llevar a los pollitos.
No disimulaba la desconfianza y el asco que sentía por
mí. Los años ocultaron las señales que le dejó el acné sobre
sus mejillas, una barba negra y fina las camuflaba. Sus
labios eran tan breves como la fina línea que delimitaba el
territorio de la SM-666 con Barrio-18.
—Apartad, vengo a por lo que es mío, no a discutir con
vosotros. —Él rio.
—¿Lo que es tuyo? Pensaba que la puta de tu mujer se
hizo barbacoa.
Los tres rieron. Apreté los puños dispuesto a partirles la
cara, sin importarme que fueran armados y yo no. Iba a
atacar cuando el rey de la corte se asomó a la puerta.
—Perros, no sean descorteses y dejen pasar a Lion.
Julio César vestía de forma impecable; en lugar de
marero, parecía un hombre procedente de la banca o
dedicado a los bienes raíces. Si no fuera por la tinta que
ascendía y descendía como una segunda piel, por su cuello
y sus manos, o la cruz en su rostro, podría ser cualquier
cosa, incluso modelo.
—¡Hijjueputa! —exclamé, lanzándome hacia él, pero sin
llegar.
Si pretendía marcarme un Misión Imposible, saltando por
encima de sus acólitos, lo llevaba claro.
Los hombres me bloquearon el paso. Aunque esa vez no
me quedé quieto, afilé los puños dispuesto a enfrentarme a
ellos y a todo el que se interpusiera entre mi hija y yo. Esa
vez no iba a llegar tarde.
Poco me importó mi pierna o que fueran tres, mis puños
impactaban contra ellos, sentí el chasquido de la nariz del
rapado bajo los nudillos, la sangre caliente me los envolvió.
Usé el codo para golpear la mandíbula del que llevaba
bigote y mi pierna buena siguió la inercia del camino que
llevaba a su entrepierna. Se dobló en dos. Lo suficiente
como para dejar espacio a Miguel, quien no esperó su turno,
y me recibió con uno de sus afilados cuchillos. Se ganó el
sobrenombre de Navaja, esa era su taca[44], la que le otorgó
la mara por su pasión a manejar armas blancas.
—¿Quieres una de mis señales, peseta[45]? —preguntó,
blandiendo el arma. Buscó atestarme una puñalada en el
abdomen que esquivé por muy poco. Casi me jodió la
camiseta.
—¿Qué pasa? ¿No sabes usar las manos que necesitas
emplear tu cuchillo con un hombre desarmado? —lo increpé.
Julio parecía divertido, contemplándonos sin necesidad
alguna de intervenir.
Todavía recordaba cuánto le gustaban esas cosas,
enfrentarme a sus hombres para que pusiera en práctica
todo lo que me enseñaba. Después de una pelea cuerpo a
cuerpo, solíamos ir a un lugar apartado y…
—Yo no veo un hombre, solo un peseta y un pipián. Has
venido a morder la mano que te dio el perdón, hijueputa —
Volvió a atacar.
Lo esquivé, di dos pasos atrás, pero la pierna mala
tropezó con una piedra del camino, trastabillé y él
aprovechó para hacerme un barrido que me hizo perder el
contacto con el suelo. Mi espalda crujió con el golpe.
Se abalanzó sobre mí como un coyote, el cuchillo se
incrustó en mi gaznate y solo lo detuvo el bramido de Julio.
—¡Basta!
—Pero, big… —protestó Miguel con el filo hundiéndose en
mi carne.
—He dicho que es suficiente —siseó.
—¡Lo ha insultado! ¡Ha venido a atacarlo en su propia
chanty[46]!
—¿Y le has preguntado por qué?
Miguel, que tenía los ojos incrustados en los míos, giró la
cabeza sin entender.
Que yo entrara en la propiedad de Julio César sin ser
invitado era suficiente afrenta, que lo insultara me convertía
en hombre muerto sin necesidad de atacar. Era lógico que
su mano derecha se mostrara desorientado por su actitud.
No podía desaprovecharlo, con un movimiento, atrapé su
muñeca, se la retorcí, me hice con el arma y cambié las
tornas.
Miguel se vio sorprendido por mi ataque, y en cuanto lo
aplasté sin un ápice de temor, fue su piel la que se
estremeció bajo la punta del cuchillo. Dejó de moverse.
—Así que el león no ha perdido sus garras —se jactó Julio
—, me tenías preocupado, pensaba que la noche del
incendio perdiste los huevos. Remátalo —sugirió
relamiéndose.
—¡¿Qué dice, big?!
Miguel no daba crédito a la petición de su jefe, la sangre
brotaba de la herida abierta. Dudaba que Julio en persona
hubiera ido a por mi hija, quizá enviara a Miguel.
—Te has dejado vencer, eres su presa, él pagó su tributo
y tú lo has ofendido. Tiene derecho a cobrarse tu vida.
Además, estás con la espalda en el piso, ya sabes lo que
eso significa.
Era una de las normas. Si dos miembros de la mara
peleaban, el caído podría llegar a morir a manos del
atacante sin que este sufriera ningún perjuicio. Perder en
una pelea era señal de debilidad, y en la SM-666 no había
cabida para los débiles.
—¿Qué me dices, Lion? ¿Quieres su sangre?
Ante la pregunta, el pecho de Miguel subió y bajó
nervioso. No quería morir, por lo que intentó deshacerse de
mi agarre, el movimiento hizo que la hoja se hundiera. El
líquido carmesí brotó con fuerza. Unos milímetros más y el
cuchillo le hubiera perforado la tráquea.
—¡Acaba! —espetó Julio.
—¿Dónde estabas hace una hora? —le pregunté a Miguel.
—¿Y a ti qué mierda te importa? ¡Acaba! ¿No le has oído?
—Si quieres vivir, responde —gruñí.
—Viendo el partido de los Knicks, en la cocina.
—¿Cuál ha sido el resultado?
—Noventa y seis contra noventa y dos de los Miami Heat.
Aparté el arma y la lancé bien lejos.
—Los Knicks te han salvado el pescuezo, perro —proferí,
poniéndome en pie.
No quería mancharme las manos con una muerte
innecesaria. Si alguien tenía que morir sería quien le
hubiera puesto una mano encima a Magaly.
Avancé iracundo hacia Julio, quien me esperaba con una
sonrisa en los labios y los brazos cruzados.
—Eres un blando, Lion.
—¿Dónde la tienes? —pregunté, subiendo los peldaños.
—¿El qué?
—Dirás a quién.
—No sé de qué me estás hablando.
—¡Ya lo creo que sí! ¡De mi hija! —rugí, abalanzándome
sobre él para arrearle un empujón que nos metió a los dos
dentro—. ¡Magalyyy! —vociferé, esperando escucharla.
—Yo no tengo a tu hija.
—Sé que la tienes tú.
—Te equivocas.
—¡Magalyyy! —volví a gritar.
—¡¿Qué ocurre?! ¿Se te ha perdido? No es de extrañar,
está igual de tiernita que María a su edad. ¿Recuerdas?
Todos se la querían brincar. Igual es lo que están haciendo
sus amigos en este momento —sugirió como una serpiente
de las que se enroscan y te asfixian—, divertirse con tu
hijita.
—Voy a matarte, cabrón —lo amenacé, buscando
romperle la boca, pero él me bloqueó el golpe y me encajó
un upper cut en las costillas.
—Has de ser más rápido —rio apartándose. Siempre le
gustó que nos diéramos de hostias.
—¿No tuviste suficiente con matar a María que has
tenido que secuestrar a mi hija? —Mi puño ávido de
violencia buscó incrustarse en su torso. Casi lo logré, le fue
de unas décimas.
—Has perdido rapidez, Lion, estás desentrenado. —
Busqué la remontada con un gancho que le acarició,
aprovechó el movimiento para tomarme del brazo y
arremeter contra mí encajándome en la pared.
El aire abandonó mis pulmones.
—No se golpea a quien te enseñó a pelear, no está bien
—musitó contra mi cuerpo. Me tenía bien agarrado. Su
respiración calentaba mi oreja—. Si quisiera a la zorrita de
tu niña, ya me habría hecho con ella. No la tengo, al igual
que no maté a tu mujer.
—¡Mientes! —zozobré—. Yo mismo vi a tu hombre con el
encendedor, tú me lo mostraste.
—Pura coincidencia. En las noticias dijeron que fue uno
de tus vecinos, un pirómano que acumulaba varias
denuncias, además de un arsenal de líquidos inflamables.
Fue uno de los desaparecidos en el incendio. En esos
edificios colmena nunca sabes quién duerme a tu lado.
Lamento no haberme podido pasar por el funeral, estaba
ocupado, ¿te gustaron las flores que le mandé a tu mujer?
Sus dientes atraparon el lóbulo de mi oreja. El gesto que
en otra época me erizaba la piel ahora me producía asco.
—¡Me mandaste una corona de flores muertas! —
protesté, moviendo la cabeza incómodo.
Por suerte, las vi yo antes que las niñas, o Dave, llevaban
el logo de la SM-666. Pedí que las retiraran de inmediato y
se deshicieran de ellas. Si ya tenía sospechas de que Julio
César estaba detrás de su muerte, la corona lo terminó de
confirmar.
—Exacto, igual que tu mujer, muy acordes. Aunque no te
ha durado mucho la soledad, un pajarito me ha dicho que te
has mudado y que un putito nuevo calienta tu cama. ¿Qué
dicen tus hijas? ¿Les gusta el cambio? —Chasqueó la lengua
—. ¿No les importa que su papito sea un pipián?
—¡Cabrón! —forcejeé, y Julio César me soltó. Había
veneno en su mirada.
—Podríamos haberlo matado. Te siguió la noche que
Anita dio contigo, lo tenías bien encabronado. —Mi ceño se
frunció. Dave no me contó nada de eso. ¡¿Cómo narices no
me había dicho nada?! Julio me ofreció una risa hueca—.
¿No lo sabías? Curioso, porque él le dijo a mis hombres que
era un pacto, que cuando ejercías de tronero, él te cuidaba
las espaldas. Quizá te siguiera porque estaba celoso. ¿Te
culeas a un controlador?
—No tienes ni idea, él no tiene nada que ver con todo
esto. Puede que se preocupara porque me vio discutir con
Anita y no quise decirle de qué se trataba.
—Por supuesto, tienes que darle explicaciones a tus
compañeros… A mí no me la das, Lion, ¿por qué vives en su
piso y lleva a tus hijas al colegio?
Volvió a recortar la distancia entre nosotros. Estaba muy
cabreado, y yo sentía la necesidad de quitar a Dave de su
punto de mira. Era culpa mía, no debí aceptar su ayuda, y
ahora estaba con la mara al cuello.
—Solo es un compañero de trabajo, puede que se
obsesionara un poco conmigo, pero no hay nada. —Tenía
que darle algo para que me creyera—. Las niñas le cogieron
aprecio mientras estuvimos en el hospital, yo apenas tenía
dinero, las facturas del hospital eran altas y mi piso se había
quemado. ¿Dónde querías que fuera? No estaba como para
rechazar la oferta de Dave. —Julio rio sombrío.
—Dave… —susurró. Su nombre en sus labios me produjo
un escalofrío. Seguramente, ya lo sabía, solo me estaba
jodiendo—. Podrías haberme pedido ayuda a mí, yo te
habría brindado mi casa, hubiera pagado las facturas y
metido a tus hijas en un colegio mejor que en el que están,
sabes que cuidamos de los nuestros. Te redimiste, ya nada
está mal, solo necesitas asumir tu rol —murmuró, pegando
su cuerpo al mío. Fue a tomarme de la nuca, pero yo lo
frené agarrándolo de la muñeca.
—No quiero a mis hijas metidas en este mundo.
Devuélveme a Magaly y, como te dije, seré tuyo, te
entregaré mi vida, para que hagas con ella lo que quieras.
—Se relamió los labios y se acercó a mi boca sin rozarla.
—A ti ya te tengo, ambos sabemos que nunca podrás
volver a huir de lo que eres, de lo que prometiste, o
acabarás mirando las estrellas, tú y esas crías que tanto te
importan, claro que antes sufrirían, mucho, muchísimo, y tú
lo verías, me ocuparía personalmente de ello. —Acarició mi
boca y volvió a apartarse—. No tengo a Magaly, busca en
otra parte, y Lion… —Mis ojos buscaron los de él—. Te doy
tres semanas, me da igual si todavía no estás al cien por
cien. Se acabaron tus vacaciones y empieza tu nueva vida,
deshazte de Dave, o yo mismo lo haré.
Se acercó a la puerta y la abrió.
CAPÍTULO 37

Ray

En cuanto subí al piso, dejé la tarta en la nevera, coloqué a


Daisy en la cuna sin despertarla y ubiqué a Elena delante
del televisor para que se entretuviera. Yo me metí en el
baño, tenía que hacer varias llamadas para intentar
localizar a Magaly, no iba a quedarme de brazos cruzados.
La primera fue al director Price. Tenía que ponerlo al
corriente y conocer la posición de Torres. Al llevar el móvil
encima, era sencillo dar con él.
Tuve que esperar un par de minutos porque estaba
reunido, y en cuanto se puso al otro lado de la línea, le
mandé una ráfaga de información que lo dejé sin habla.
Sobre todo, al contarle lo que Elena me comentó del
hombre de los tatuajes.
—¿Piensa que Torres pudo desertar y por eso Muerte está
detrás de él y su familia?
—Es una posibilidad —le respondí.
—Todo encajaría, teniendo en cuenta el fallecimiento de
su mujer y la desaparición de su hija. Sobre todo, porque no
hemos encontrado ninguna cuenta corriente a su nombre o
al de su mujer, ningún movimiento extraño. Parecía que de
verdad pasaban penurias económicas. Es más, mandé a una
patrulla para visitar a los abuelos de Torres. El hombre
apenas quiso contestar, pero la mujer…
—¿Les dijo algo?
—Salió de la casa por la puerta trasera cuando su marido
los despachó. Preguntó por cómo estaba su nieto y lamentó
el fallecimiento de María. Parecía sincera. Lo único que
pudieron sacarle los agentes fue que su marido era muy
intransigente con ese asunto y que ella intentó ayudar un
poco a su nieto cuando él y María se presentaron en su
casa.
—¿Cómo?
—Los envió a una granja que buscaba mano de obra
barata.
—Menuda ayuda.
—Ya sabe cómo funciona esto, Wright. De todas las
posibilidades, era la menos mala, por lo menos, no los dejó
desasistidos y les dio una opción teniendo en cuenta que
ella estaba embarazada.
—Cada familia es un universo paralelo.
—Por cierto, debería apartarse de los Torres; si lo que
insinúa es cierto, está en peligro, ya tiene que estar en el
punto de mira de la SM-666.
—No hay indicios, y estoy bien, director.
—Y cuando deje de estarlo, quizá sea demasiado tarde.
—Yo me ocupo, relájese. ¿Puede darme la ubicación de
Torres?
—Haré algo mejor, enviaré una patrulla para que se dé
una vuelta por la zona. Le mantendré informado de lo que
encontremos, Wright. Buen trabajo.
Me colgó antes de que pudiera exigirle la dirección.
Tampoco es que pudiera ir en ese momento, sin embargo,
podría hacerlo más adelante. Si no me la daba Price,
conocía a alguien a quien podría pedírsela.
Mi siguiente llamada fue a Jennings.
—David, necesito un favor.
—No me lo digas, has conseguido que te salga leche de
los pezones y ahora necesitas un sacaleches.
—De esos ya tengo uno manual y no me sale de los
pechos precisamente.
—Puaj, no seas cerdo, que por mucha proteína que digan
que contiene, son todo leyendas urbanas…
—Escucha, que la cosa va en serio, Magaly ha
desaparecido.
—¡No jodas! ¿La cría de Torres? ¿Quieres que te pase a
Price?
—Ya he hablado con él.
—Pero ¿cómo ha sido? —se interesó.
Le conté cómo habían ido las cosas.
—Puede que esté con una amiga o un novio, a esa edad
son muy proclives a ocultar cosas.
—Hemos revisado su WhatsApp y nada, ninguna de las
amigas sabe dónde está.
—Si yo tuviera catorce años, mi móvil no tuviera bloqueo
de pantalla y lo más probable fuera que mi padre lo
revisara…, me ocuparía de que los posibles mensajes del
chico que me gusta no estén, borraría las conversaciones y
los archivos, o puede que lo tenga con un bloqueo
específico para que nadie pueda acceder a ese chat.
Me vino a la mente el grupo vacío.
—Hostia puta, Jennings, eres un maldito lince. Ojalá se
trate de eso, tengo que colgar.
—Vale, pero mi mujer insiste en que te vengas a cenar un
día de estos, dice que la avises con tiempo para que llame a
sus amigas y les hagas un bailecito de los tuyos. —Reí por lo
bajo.
—Dile que lo dé por hecho.
—De eso nada, vas a pagarme el favor que me has
pedido, que te saque la ubicación de Torres y mi teoría
sobre el novio de Magaly.
—¿Y cómo quieres que te lo pague?
—Le dirás que estás muy ocupado y que solo enseñas el
rabo en ese club pornográfico en el que zorreas de noche. —
Volví a reír.
—Vale. Te cuelgo, voy a hacer la comprobación. Echo de
menos currar codo con codo contigo.
—Yo también, tío, aunque si me lo preguntan, lo negaré.
Voy a hacerme con esa info y te la paso.
Ni siquiera me había sacado la chaqueta. Tenía el
teléfono de Magaly en el bolsillo interior, se lo pedí a Lionel
antes de que se largara con la moto por si podía averiguar
algo.
Entré en el grupo Silent Killers, en la parte de arriba
estaban los integrantes, solo había tres y un administrador.
Cuando pulsé sobre él, una sonrisa se me formuló en los
labios, el teléfono me pidió la huella digital para abrir
conversación.
«Pequeña granuja», mascullé para mis adentros.
Volví a levantar el teléfono, y en esa ocasión llamé a
Robbins.
—¿Qué pasa, Ray? —Llevaba tantos días escuchando a
las niñas, Leo y los compañeros del SKS llamándome Dave,
que mi propio nombre me parecía extraño.
—¿Puedes averiguar a quién pertenece un número de
móvil y darme su ubicación? —Jennings estaba ocupado con
el de Leo, así que preferí echar mano de Tony.
—¿Qué ocurre?
—Es largo de contar, ¿puedes o no?
—Em, sí, bueno, puedo pedir el favor.
—Vale, pues házmelo. Te lo mando de inmediato —dije,
poniendo el manos libres para teclear—. ¿En cuánto lo
tendrás?
—¿Para cuándo lo necesitas?
—Para hace unas horas.
—Ok, entonces lo antes posible. Tengo a los colegas de
informática aquí al lado.
—Gracias, Tony.
—A mandar. Por cierto, ¿te ha dicho Raven que ya hay
fecha para el juicio?
—No. —Tragué con fuerza.
—Va a ser en unas semanas, tienes que estar preparado,
seguro que te hacen declarar por lo del parking.
—Lo estaré. Gracias por avisar.
—No hay de qué, me pongo con lo tuyo y ya me estás
pidiendo una caja de cervezas de esas de importación que
tanto me gustan.
—Hecho, dale un abrazo a Sam de mi parte.
—Ese se lo doy yo —gruñó.
Me senté sobre la tapa del baño y respiré profundo. El
juicio era muy importante, tanto para Raven como para mí.
Tenía que estar de los putos nervios, igual que Dakota.
Todo por lo que nos habíamos esforzado, los años de
sacrificio, por fin iban a dar sus frutos.
Busqué en la agenda, su nombre salía el primero, pulsé
la tecla y esperé a que respondiera.
—Ey, Ray-Ban.
—Tony me lo ha dicho.
—Las noticias vuelan… ¿Estás cabreado? No te he
llamado antes porque pensé que no podrías hablar.
—Tranqui, lo he imaginado. ¿Cómo estáis?
—Bien, bueno, Dakota un poco nerviosa, ya sabes, lo de
tener que declarar siempre pone de los nervios. Lo único
que quiero es que se imparta justicia.
—Tenemos que confiar, además, lo único que
necesitamos es que entren en la cárcel, una vez allí, yo me
ocupo.
—Ray, ¿estás seguro de que eso es lo que quieres?
—¿Tú no? Es lo que acordamos.
—Lo sé, pero no quiero joderte, creo que me basta con
que no vuelva a asomar la nariz y le jodan a base de bien.
—Déjalo en mis manos, ¿vale? Llevas toda la puta vida
cuidando de mí, cargando con toda mi mierda. Me toca
devolverte el favor, te lo debo.
—No me debes nada.
—Te lo debo todo.
—Pues si quieres devolvérmela, espérame desnudo y a
cuatro patas encima de la cama.
—Ya te he dicho mil veces que mi orificio es de salida, no
de entrada, y que los pelos de tu culo me echan para atrás.
—¿No te has fijado en que me los depilo?
—Tu ojete no es objeto de mi atención, así que
muéstraselo a alguien a quien le interese.
—Si probaras mis mieles, no querrías las de tu novia.
—Dakota, mira lo que dice Ray…
—Escudándote tras el poder femenino, quién te ha visto
y quién te ve.
—¡Hostia puta!
—¿Qué?
—Te dejo, las orejas de Dumbo acaban de tomar una
nueva dimensión encima de un cuerpo mucho más
apetecible que el del elefante. Ya te contaré… ¿Eso es
pintura? Dime que es comestible —le oí murmurar antes de
colgar.
Me alegraba que mi mejor amigo hubiera dado con la
horma de su zapato. Se merecía a Dakota tanto como ella a
él.
Cuando salí del baño, Ellie estaba con las piernas
encogidas, mirando la tele y algunas lágrimas salpicando
sus mejillas.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —Ella asintió y sorbió por
la nariz.
—Es que esa peli fue la última que vi con mamá y me he
acordado. —La hice sentarse sobre mis rodillas y la
acurruqué—. ¿Tú tienes mamá?
—Sí, pero vive lejos.
—¿Por qué?
—Por trabajo. —Ella asintió conforme—. Escucha, sé que
no tenerla contigo es muy duro y que es lógico echarla de
menos, pero seguro que aquel día lo pasasteis de miedo.
—No hubo miedo.
—Me refiero a que lo pasasteis bien.
—Ah, sí, eso sí. Hizo palomitas, estábamos las dos solas
en el piso porque Magaly había ido con papá y Daisy al
pediatra. Fue una tarde para las dos.
—¿Lo ves?, esos momentos son mágicos y se quedarán
en tu corazón para siempre.
Ella asintió suave.
—¿Piensas que morir duele? Yo me quemé una vez al
tocar una olla en la cocina y se me puso toda la palma roja.
Mamá tuvo que ponerme mucho rato agua fría y una crema.
¿Los bomberos le echaron agua a mamá?
Besé su cabecita morena y noté la angustia que fluía por
su diminuto cuerpo. Morir quemado era horrible, pero no
podía decirle eso.
—Seguro que sí. Tu mamá era una mujer fuerte, y os
quería muchísimo, es en lo que tienes que pensar. Ahora os
cuida desde el cielo.
—No está en el cielo.
—¿No? —Ella negó.
—No le gustaban las alturas. Ella se ha quedado en la
tierra para protegernos del hombre de los tatuajes, nos lo
prometió.
—Entonces seguro que está cumpliendo con su palabra.
Mi móvil vibró interrumpiendo la conversación. Era un
mensaje de Tony.
Al parecer, el número del administrador del grupo era de
una tarjeta prepago registrada a nombre de una tal Wanda
Vance. Me añadió la dirección. Conocía esa calle, no estaba
demasiado lejos del edificio en el que vivía la familia Torres.
Tecleé la dirección en Google Maps y apareció frente a mí
un edificio algo desvencijado, como muchos de los del
barrio.
—¡Es la asociación! —exclamó Ellie, quien había estado
cotilleando mi pantalla sin que me percatara.
—¿La asociación?
—Sí, a la que iba mamá para hacer barro.
—¿Fuisteis alguna vez con ella?
—Sí, mamá nos llevó alguna vez. Yo pintaba y Maggie
charlaba con los hijos de algunas mujeres que iban al taller
de mamá.
—¿Te fijaste si hablaba con alguien en concreto? ¿Había
una chica que se llamaba Wanda?
—No lo sé, pero había un chico muy guapo que la hacía
reír. Magaly se sonrojaba y movía los ojos como la conejita
de la peli de Bambi, esa marrón que aparece con Tambor.
Ellie me hizo una caída de ojos que interpreté de
inmediato, benditos dibujos animados. Había sido de lo más
gráfica.
Puede que Wanda fuera la madre del chico al que Magaly
le hacía ojitos, por eso la tarjeta estaba a su nombre.
—Vale. ¿Quieres que vayamos a la asociación? Puede que
tu hermana haya ido a charlar un rato con su amigo. —Su
mirada brilló.
—¡Es una gran idea! Igual ha querido ir a decirle que es
su cumple.
—Podría ser. Voy a por Daisy, a ver si la encontramos.
Elena me apretó en un abrazo casi más grande que ella.
—Te quiero mucho, Dave, eres muy bueno con nosotras.
El corazón se me encogió por aquel acto espontáneo y
cargado de sentimientos.
Las emociones de los más pequeños eran tan intensas,
tan arrebatadoras, que cuando entré a trabajar en el HSI y
participé en mi primera misión, supe que quería dedicarme
a desarticular la trata de niños. Devolverles la vida que les
habían querido arrebatar.
—Yo también te quiero, pequeña, a todas y cada una de
vosotras —respondí con sinceridad.
—¿Y a papá? —cuestionó, alzando su mirada oscura.
Preguntas simples, respuestas directas.
—Os quiero a todos.
Su sonrisa se hizo amplia. Entendía que su concepto de
amor distaba mucho del que yo quería darle a su padre, uno
mucho más carnal e incendiario.
Las hijas de Leo se habían ido metiendo bajo mi piel con
su ingenio, su afecto y aquellas respuestas que muchas
veces me dejaban temblando.
Pensé en mi piso, en cuando no había braguitas de flores
en la colada, junto a mis calzoncillos. O biberones en la
cocina acompañando a mis cervezas. Al imaginar lo que
supondría retomar la normalidad, me vi sobrecogido por una
sensación de vacío. Pensé en Jennings y su pequeña familia;
cuando me hablaba de ellos, se le llenaba la boca, el pecho
y supuraba amor por todos los poros. En ese momento, lo
comprendía, porque tener a los Torres conmigo me había
llevado a un estado nuevo, uno en el que el trabajo o el
dinero estaban en un segundo plano. Siempre quise tener
una familia, el problema era que ellos no eran la mía, y era
consciente de que apegarme tanto no me hacía bien.
Insté a que Elena se pusiera los zapatos mientras iba a
por su hermana.
En el momento en que sacaba a la pequeña de la
habitación, llamaron al timbre.
CAPÍTULO 38

Anita

—¡Voy a matar al cabrón de tu marido! —rugió Miguel,


entrando en el baño.
Dio un portazo tan bestia que tembló toda la estantería
de mis perfumes, mientras yo estaba inmersa en toneladas
de espuma y aceite esencial.
—Como te cargues mi botella de 24 Faubourg, la que te
matará seré yo —musité cortante. Estaba terminando de
enjabonar mi pierna cuando me interrumpió—. Por cierto,
¿qué haces aquí dando portazos?
—Están reunidos en la zona de rituales fumando y tu
marido se ha ido detrás de ese hijueputa sarnoso,
olisqueando su rastro de pulgoso. ¿No has oído los gritos?
—Este baño está bien insonorizado. —No me costó
mucho interpretar sus palabras—. ¿Lion se ha presentado
aquí? ¿Y qué hueso se le ha perdido a ese perro?
—La niñita se le escapó.
—¿Cuál?
—La mayor, esa putica con alma de tronera. —Mis labios
se estiraron en una sonrisa.
—Vaya, vaya, qué interesante…
Me puse en pie. El agua y el jabón se deslizaron por mi
cuerpo exponiéndolo ante él. Los ojos hambrientos de
Miguel me recorrieron con voracidad.
—Tú no sabrás nada, ¿no?
—¿Yo? ¿Debería? —pregunté sin apartar la mirada de la
suya.
—El ruso quería… —Hice un aspaviento con los dedos,
restándole importancia a su insinuación.
—Acércame el albornoz.
Lo hizo, pero antes me tendió una mano para que saliera
del agua.
—Eres una diosa —murmuró. Su enfado se disipaba y la
lujuria tomaba las riendas. Ver mi desnudez siempre lo
ponía duro, no como a Julio. Me complacía que así fuera,
aunque no siempre lo necesitaba para abastecerme. Su
boca fue a buscar uno de mis pezones. Lo detuve.
—No tengo ganas de mancharme otra vez, acabo de
bañarme, no seas irrespetuoso.
Me puse el albornoz dando ligeros toques sobre mi
cuerpo para que el tejido absorbiera la humedad. Olía a
jazmín, sándalo y pétalos de rosa.
Adoraba oler bien y verme bonita, una mujer tiene que
levantar pasiones allá donde pisa, y yo me ocupaba de ello.
Miguel me deseó desde el primer momento que me crucé
en su camino, y yo disfrutaba viéndolo babear. Cuando me
propuse acabar con Julio, tuve claro que necesitaba un
secuaz, alguien lo suficientemente cercano, preparado y
capaz de traicionarlo por mí y su sed de poder.
Miguel cumplía todos los requisitos, y con la barba no se
veía del todo mal.
Fueron pequeños gestos, conversaciones, coqueteos, una
red tejida al milímetro durante años, hasta que vi el brillo de
la seducción titilando en él. Daría lo que fuera por culearme,
y lo hizo, me chimó.
Pero no fue hasta que me demostró su lealtad
levantándole a mi marido el primer cargamento de pollitos.
Se embarró por completo, me ayudó en todo lo
necesario, sabía que era capaz de cualquier cosa para
tenerme, saborearme, incluso si para ello debía traicionar al
big.
—Cuéntame, perro —musité cariñosa—, ¿por qué estás
tan enfadado?
—Le pidió al pipián que me mandara a contar estrellas.
—Abrí mucho los ojos.
—No, ¿y eso cómo fue? —pregunté sin dejar de presionar
mi piel hasta los tobillos.
Después dejé caer la prenda al suelo y tomé la botella de
loción hidratante corporal con aceite de rosas.
—¿Puedo? —cuestionó ávido de contacto.
—Solo si hablas y no intentas culearme.
—Lo prometo.
Le di permiso y se llenó las manos de crema, para
calentarla y distribuirla sobre la piel de mi espalda sin
mácula. La suya estaba llena de cicatrices y tinta, con el
símbolo de la mara.
Era extraño encontrar un homeboy que no tuviera
marcas. Las lucían con orgullo, porque en ellas se leía la
historia de sus vidas.
Emitió un sonido de placer al pasar las palmas callosas,
sus pupilas se dilataron al contemplarme en el reflejo del
espejo.
—Eres mi perdición.
—Cuéntame algo que yo no sepa, por ejemplo, ¿por qué
mi marido pidió tu cabeza? —Llevaba el pelo recogido en un
moño alto para que no se me mojara.
Miguel masajeó mis trapecios sin apartar la mirada de
mis pechos llenos. Se humedeció los finos labios y se puso a
hablar.
—Ese cerote vino porque no encontraba a su hija, creía
que el big la retenía. Tenía la muerte tiñendo sus retinas,
aunque el muy pendejo se apareció desarmado. —La madre
de Miguel era mexicana, y él utilizaba siempre algunos
insultos en su lengua materna cuando se cabreaba—. Vino
con intención de matarlo con sus propias manos, el Pelón y
el Lobo le cerraron el paso, yo me sumé. Todo eso de la
ceremonia de redención fue una pantomima, tú y yo
sabemos por qué. —No era la única que vio a mi marido
joder con otro hombre, ni la única que guardaba su secreto
—. Se puso a darles una n a ambos e intervine con el
cuchillo. Tu marido lo protegió cuando iba a rebanarle el
pescuezo. No tuve que frenar, porque cuando lo hice,
cuando miré al big, el hijueputa aprovechó la pequeña
distracción para arrebatarme el arma, voltearme y
pincharme en el cuello. —Señaló la marca. Yo reí al verla, lo
que detuvo el movimiento de sus manos.
—Si te volteó, te desarmó y te pinchó, merecías la
muerte por flojo.
Sus manos volaron de mi espalda a mi cuello para
apretar.
—¡¿Flojo?!
—Como me marques, estás muerto —espeté
amenazante. Sus dedos se apartaron de mí como si
abrasara—. Debiste matarlo sin preguntar o atenerte a las
consecuencias. Mi marido no puede tener un segundo al
mando que se deje vencer delante de sus hombres, te
perdiste el respeto, man.
—Pues entonces acabaré con él, con tu esposo y con el
Pelón y el Lobo.
—Ya habrán ido con el chisme mientras se fuman la
piedra, ¿o qué crees?
Me di la vuelta. Miguel se pasó las manos por el pelo
nervioso.
—Necesito hacer algo. ¿Piensas que me va a mandar
matar?
Le acaricié la nuca.
—No lo dejaré, aunque no debiste perder, man. —Vi alivio
en su rostro y después sorpresa en cuanto sintió el primer
pinchazo.
Estaba tan enajenado que ni siquiera notó que con la
otra mano le sacaba el cuchillo, se lo clavé tres veces en su
estómago. Una, dos, tres.
La sangre me tiñó, y eso que le había pedido que no me
manchara.
—Yo te mataré —mascullé, sintiendo el poder de su vida
entrando en la mía.
En su intento de seguir respirando, me golpeó, toda su
intención era arrebatarme el arma. Perfecto, un golpe lo
haría más creíble.
—¡Hijaeputa! —Alcé las cejas y sonreí cantarina. No me
dejé vencer, Miguel patinó en el charco que se estaba
formando bajo sus pies y aproveché para arremeter contra
su cuerpo, que se desangraba, rajé la tripa de lado a lado.
—¡Puta! —voceó entre estertores sanguinolentos.
—Pero no tuya, ya estás muerto, perro —proclamé,
asestándole una puñalada mortal en el pecho, dejando que
la gloria de la Santa Muerte anidara en mi pecho. Le bajé los
calzones, los calzoncillos, le rebané su pija y se la metí en la
boca, y solo entonces, me asomé a la ventana y me puse a
gritar dando la voz de alarma.
CAPÍTULO 39

JC

Estaba en el despacho cuando uno de mis hombres llamó a


la puerta y me dijo que Lion estaba frente a la verja.
Que apareciese sin que lo hubiera llamado hizo que la
esperanza oscilara en mí, aunque duró poco al ver lo
enfadado que estaba.
Llevaba encerrado entre papeles toda la mañana, tenía
claro que alguien me la estaba jugando desde dentro, y
Miguel estaba en el punto de mira.
Por muchas vueltas que le daba, era la única persona
que encajaba, y ello me llenaba de cabreo porque llevaba
años siendo mi mano derecha.
Fue quien contrató al coyote, el encargado de que el
tráfico de pollitos llegara a buen puerto, conocía el origen,
el destino, cada maldita ruta. Hacía cosa de un año, me
pidió una mayor responsabilidad, y tenía la intención de
convertirlo en palabrero, en jefe de su propia clica, y así me
pagaba.
Dos de mis mejores hombres estaban tirando esquina
con él, lo vigilaban desde que empecé a sospechar. Las
últimas informaciones me habían llenado de inquietud,
ambos coincidían en que, a la menor oportunidad, Miguel
buscaba quedarse a solas con mi mujer.
Mi intención fue ofrecerle a Mercedes, la hermana
pequeña de Anita, para convertirla en su esposa, aunque en
su punto de mira parecía estar la mía.
Anita siempre despertó la admiración en cualquier
hombre que posara sus ojos en ella, y no me pasó
desapercibido el exceso de lujuria que serpenteaba en la
mirada de Miguel cada vez que ella entraba en una
estancia.
Todo encajaba, hacía un tiempo que él empezó a
contradecirme en algunas de mis decisiones, como si se
creyera con el derecho de hacerlo, de ser superior y estar
más cerca de la Santa Muerte que yo.
Lobo me dijo que lo había escuchado coquetearle a mi
mujer, decirle lo galana que estaba, y llegó a traspasar el
límite cuchicheándole las cosas que le haría si yo no
estuviera en la casa y se quedaran a solas. Mi mujer solo
reía coqueta, a ella siempre le gustó que la adularan.
Conocía sus necesidades como hembra, siempre fue muy
fogosa, y aunque intentaba satisfacerla, en mi fuero interno
sabía que la parte de mi naturaleza que mantenía oculta a
los demás la alejaba.
La Santa Muerte me castigaba por ello y no me otorgaba
el heredero que tanto ansiaba. El doctor dijo que todo
estaba bien, que era cuestión de tiempo, pero yo sabía lo
que andaba mal, ese deseo que me comía por dentro y me
hacía querer lo que no debía.
Miré la silueta que era engullida entre el tráfico.
Lionel, su pelo oscuro, sus labios sensuales, aquel cuerpo
que había crecido y madurado, el mismo que pude catar
para estar a cheles[47] frente a los hombres. No fue
suficiente, quería más, mucho más, y la angustia de que
estuviera compartiendo su esencia con el rubio que
compartía piso me atormentaba.
¡Él siempre fue mío! ¡Desde el día que lo vi en el colegio!
Desde que lo salvé en aquel baño, lo llevé a mi chanty para
que se lavara y le presté mi ropa. Desde que lo enculé en el
lago y besé su boca.
Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron
blancos.
Lo teníamos todo y lo perdimos todo, por culpa de esa
tronera de María.
Llevaba años odiándola, supurando rencor por ella,
porque con sus ardides fue capaz de apartar de mi lado a lo
que yo más quería, además de mi hermana. Por su culpa,
los perdí a ambos aquella noche.
Cuando entendí que estaba viva, y él también, que
habían engendrado a tres niñas y que llevaban años
riéndose a mis espaldas, quise acabar con todo. Mandé a
uno de mis hombres con intención de prenderle fuego al
edificio. Con suficiente líquido inflamable para hacer arder a
todo Nueva York.
Quería castigar a Lion, que sufriera lo mismo que yo,
aniquilar lo que nos separó y que el fuego abrasara su
pecado, su abandono, y lo hiciera renacer entre mis brazos.
Aunque, en el último momento, cambié de opinión. Le
dije a mi hombre que no prendiera nada. Quería otro tipo de
venganza, una que redujera a Lion y lo hiciera darse cuenta
de que yo siempre fui lo que había querido, que se equivocó
al elegir.
Y eso solo podría hacerlo si las mantenía vivas.
Cuando vi el incendio en las noticias, no podía creerlo.
¡Deshice la orden! ¡¿Por qué se había desatado aquel
incendio?! Llevábamos tiempo trabajando en un nuevo
modelo de negocio. El que nos permitía blanquear dinero
con las brigadas privadas.
Prendíamos fuegos controlados, manipulábamos
sistemas eléctricos y las casas de los más pudientes se
quemaban como ramas secas en pleno verano.
La Santa Muerte quiso que Lion formara parte de una de
mis brigadas, y que custodiara mi casa, porque daba
imagen. No sabía que hacía un año lo tuve tan cerca, hasta
que me puse a investigarlo.
Había estado en mi casa con ellos, y debió darse cuenta
de quién era su jefe porque vio algo. Dejó la brigada con
excusas baratas e intentó desaparecer del mapa. Si no se
largó bien lejos fue porque no tenía suficiente dinero y
porque en aquel entonces nosotros íbamos y veníamos de
Los Ángeles a Nueva York. Hizo todo lo posible para
ocultarse, sin tener en cuenta que Manhattan podía resultar
de lo más pequeño y que una máscara no iba a apartarlo de
su destino.
Lo de María fue un accidente. No le mentí a Lion, no fui
yo y no tenía ni idea de lo que pasó, en parte, aunque podía
intuirlo.
Lo primero que hice fue coger a mi enviado y someterlo a
un interrogatorio que terminó en una golpiza. Juró y perjuró
no haber sido él, que acató la orden; sin embargo, no lo
creía, su compañero me dijo que había estado tomando
tragos y fumando algo de piedra.
Tuve que tirar de influencias, untar a un pitufo para
cargarle la muerta a alguien y que a la policía no le diera
por husmear donde no debían.
Lion casi murió pasto de las llamas, debería haber sido
feliz al enterarme, pero no fue así. Lo odiaba y deseaba a
partes iguales. Odiaba lo que nos hizo, cómo me abandonó,
cómo traicionó todo nuestro plan de futuro, y con ello me
arrebató a Wendy.
Aquella noche me desgarré, me sumí en la más profunda
oscuridad, y, por primera vez, tuve ganas de morir para
irme con ellos. Fueron años duros, estaba roto por dentro,
solo Anita tiró de la cuerda y no permitió que me hundiera.
Si hubiera muerto, no me lo hubiese perdonado nunca,
sobre todo, porque él no lo estaba, el muy cabrón huyó con
María, la preñó y la convirtió en su mujer, prefirió al tributo
que a mí, y me abandonó en plena guerra.
Los inicios de la SM-666 no fueron fáciles. Soyapango se
convirtió en una herida abierta, sangrante, en la que el
silbido de las balas y los navajazos por la espalda se hacían
presentes en cada esquina.
Hice de mi dolor mi refugio, mi fortaleza, no me quedaba
nada que perder, salvo a Anita, quien se convirtió en mi
muleta, mi bastón.
Me demostró estar a la altura, juntos nos hicimos una
reputación. Barrio-18 quedó reducido bajo nuestro yugo y
crecimos sin mirar atrás, arrasándolo todo, convirtiéndonos
en la mara más respetada y temida desde el triángulo de
América Central hasta Estados Unidos.
Mi móvil sonó, y al descolgar, puse el manos libres. Era
uno de mis hombres, fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre? Pedí que no me molestaran.
—Big, es su mujer —pronunció Lobo.
Frené en seco, no había visto que el semáforo cambiaba
de estado y un taxista casi me embistió en el cruce. Me
llevé un buen bocinazo prolongado a la par que perdía de
vista a Lion en el asfalto.
¡Mierda!
—¡¿Qué le pasa a Anita?! Como me digas que ha perdido
su anillo por el desagüe… —ladré.
—No es eso, jefe. De-debería venir. Miguel intentó…
—¡¿Qué intentó?!
—Culearla, entró en el baño cuando estábamos fumando
y…
—¡Hijueputa! —Di un volantazo, ganándome otro pitido
prolongado mientras pisaba el acelerador para cambiar de
dirección. Vi el odio de Miguel cuando le sugerí a Lion que
acabara con él. Había aprovechado la ocasión para
vengarse—. ¡Lo voy a matar! ¿Cómo está Anita?
—Bi-bien, bueno, no va a hacer falta que se ocupe de
eso, señor, ella lo mató. Lo cosió a navajazos, cuando
llegamos al baño, estaba desnuda, cubierta de su sangre.
Tenía un golpe feo en un costado, pero nos dijo que no lo
había dejado culearla. El Navajas estaba en el suelo,
desangrado, con el vientre abierto y la pija en la boca.
Nuestra Señora se la rebanó.
Una sonrisa se perfiló en mis labios. Solté una carcajada
de alivio y admiración. No había una reina mejor que ella, lo
supe desde el día que le encargué su primera muerte y
cumplió, no puso pegas porque se tratara de…
—Dile que voy para allá y que no se preocupe, ha hecho
lo correcto. Deshaceos del cuerpo y que quede todo limpio.
—Sí, big.
En cuanto llegué, Anita se arrojó a mis brazos, la apreté
contra mi cuerpo, tenía los ojos enrojecidos y sus hermanas
la estaban consolando en el cuarto.
—Lo siento, yo no pensé, solo actué.
—Tranquila, mi amor. —Tenía el pelo húmedo y estaba
envuelta en un albornoz.
Flor y Mercedes nos dejaron a solas. Vi una infusión en la
mesilla de noche. Busqué los labios de mi mujer y la besé,
deseando sentir la misma atracción que me consumía
cuando besaba la boca de Lion.
No sucedió, me maldije para mis adentros y me aparté
un poco, recolocándole el pelo detrás de las orejas.
—Ni siquiera sé por qué lo hizo, bueno, sí sé, entró
diciendo que lo habías jodido, que quisiste matarlo a manos
del pipián de Lion y que iba a demostrarme qué era tener
un macho entre las piernas mientras tú habías salido en pos
de él —suspiró, y a mí se me llevaron los demonios porque
era cierto. Casi había perdido a mi mujer por ir en busca de
Lion—. Me sacó por el pelo de la bañera, nunca lo había
visto así, me arrojó contra el mueble del baño diciendo
obscenidades sobre mi cuerpo y lo que me quería hacer.
Intenté mantener la templanza, recordé todo lo que me
enseñaste y… —Se le cortó la voz—. Tuve que fingir que me
gustaba, que quería que me demostrara sus palabras, pero
solo lo hice para salvar mi vida y mi honra —tembló
mientras yo le acariciaba la espalda—. No te lo dije por
vergüenza y porque Miguel era tu mano derecha, pero
llevaba un tiempo insinuándose, nunca pensé que llegaría a
tanto.
—Sé lo que estaba haciendo.
—¿Lo sabías? —Sus ojos se abrieron con estupor.
—Lo lamento, mi reina, tenía sospechas de que Miguel
era un peseta, llevo varios días dándole vueltas. No he
conseguido todavía pruebas, pero creo que fue el culpable
de que nos levantaran a los pollitos para hundirnos en la
mierda. Quería acabar conmigo y conseguirte para él.
—¡Yo nunca haría eso! —proclamó con fervor—. ¡Eres mi
marido! ¡Te soy leal! Siempre he sido tuya, incluso cuando
ocurrió lo de Soyapango, me mantuve a tu lado.
—Lo sé, mi reina, lamento no haber estado a la altura. —
Volví a estrecharla y le besé el pelo.
—Fingí que se la iba a mamar —rio seca—. Él me tomó
del pelo, dijo que no pudo olvidar la noche que todos los
hombres me hicieron suya, que quería volver a tenerme de
nuevo, pero solo para él. Me puse de rodillas, y entonces
aproveché para arrebatarle el arma y hundírsela en el
vientre sin contemplaciones. Quería cortarlo en dos, sacarle
las tripas.
—Hiciste bien, mi amor, ese hijueputa merecía la muerte.
Nuestra Patrona te protegió para que le ofrecieras la sangre
del traidor.
—Siento haberte interrumpido y que hayas tenido que
volver.
—No pasa nada, no tuve que haberme ido. —Y lo sentí
así.
—Te quiero, Julio.
—Y yo a ti.
Puede que no del modo que Anita hubiera deseado, pero
a mi manera. Besé su boca y me propuse llenarla por una
vez de placer, tanto como el que ella me había dado
matando a Miguel. Solo necesitaba cerrar los ojos.
CAPÍTULO 40

Leo, trece años antes

Las sábanas se me habían pegado. Parte de la culpa la tuvo


todo lo que bebimos y fumamos después del cine, tanto fue
así que Julio tuvo que ayudarme para que pudiera meterme
en la cama.
—Descansa, mañana es el gran día —susurró en mi oído.
Su boca buscó la mía y nos dimos un beso largo.
—No te vayas —supliqué ávido de su contacto.
—Tengo que hacerlo, Anita y Wendy me esperan abajo.
—Pero yo te necesito, te quiero —mascullé ebrio.
Nunca se lo había dicho antes. Su sonrisa se perfiló en la
comisura de mi boca, para volver a azotarla con la
respuesta que tanto ansiaba.
—Yo también, vamos a ser épicos. Tú y yo, juntos, para
siempre.
Yo también lo creía.
—¿Puedo pedirte algo?
—Ya sabes que sí.
—¿Podemos no matarla? —pregunté temeroso de su
respuesta.
—¿A quién?
—Al tributo —mascullé con la boca pequeña—. No nos ha
hecho nada, sé lo que me dijiste de Nuestra Señora, pero
creo que lo entenderá, algo así me parece demasiado. —Su
cuerpo se tensó de golpe.
—Esto es más por ti que por mí, sabes que lo necesitas
para que te respeten y que los hombres te acepten.
Necesitamos el recipiente para la ceremonia.
—Pero no nos ha hecho nada, no sé si podré matarla —
confesé agobiado.
—Su familia es nuestro rival, con eso basta. —No quería
hacerlo y, sin embargo, bostecé, el sueño etílico estaba
bajando todas mis defensas llenándome de sopor—.
Tenemos que darles donde más les duele, mostrarles que
somos superiores, hacerle la ofrenda a nuestra patrona y
que un útero virgen nos reciba a todos. Su sangre protegerá
la nuestra. Si me quieres, si crees en nosotros, tienes que
hacerlo, solo así sabré que te lo tomas en serio.
»¿Estás dispuesto a demostrarme lo mucho que te
importo? ¿A devolverme un poquito de todo lo que te he
entregado?
En mi mente respondí sí a todo, pero solo salió el
ronquido áspero del vencido. El sueño acababa de ganar la
batalla y darme un respiro.
No me enteré de cuándo se marchó.
Los golpes en la puerta solo empeoraron mi malestar.
—¡Mamá! —grité.
Mi propia voz me estremeció, el cráneo me iba a estallar.
Los golpes siguieron.
—¡Joder! ¡Ya voy! —rugí. Aunque lo que salió de mi
garganta se asemejaba más a un lamento.
Salí de la cama y me arrastré. Lo de la noche anterior fue
demasiado bestia.
¿Dónde demonios se había metido mi madre? Quizá
hubiera salido, últimamente estaba más animada y solía
hacerlo. Desde el susto que me dio, parecía estar algo
mejor.
Ya te he contado que la depresión y la melancolía la
llevaron a convertirse en una zombi viviente. Lo que no te
he dicho es que la llevó a vaciarse un bote de pastillas
mientras yo estaba con mis amigos.
Si no hubiera vuelto antes de tiempo, muy
probablemente, estaría muerta.
¡Incluso dejó una nota de suicidio para que no me
sintiera culpable! ¿Te lo puedes creer?
Voy a ahorrártela, decía algo así como que ya no
aguantaba más, que necesitaba reunirse con mi padre, que
había luchado todo lo posible por seguir viviendo
únicamente por mí, pero que no podía con ello y que se
marchaba. Que el dolor era demasiado intenso y que mi
abuela se ocuparía de lo que necesitara.
¡Y una mierda!
Me sentí enfadado, iracundo.
¿Que vivía por mí? ¡Si no se enteraba de la mitad de las
cosas! Nunca tenía idea de dónde o con quién estaba, ni de
cuándo salía o entraba. ¡Siempre estaba encerrada en la
habitación a oscuras!
¿Que se rendía? ¿Con qué derecho? ¿Y yo? ¡Me había
abandonado en vida! ¡No solo había perdido a mi padre,
también a mi madre!
Julio y Wen eran los únicos que se preocupaban por lo
que me sucediera, mi madre pasaba de mi culo y no tenía
ningunas ganas de ponérselo fácil. No le iba a permitir
largarse de este mundo y abandonarme así. ¡No después de
hacerme abandonar todo lo que me importaba para venir
aquí!
Tembloroso, me aseguré de que aún tuviera pulso y
respirara. La puse de lado y le metí los dedos hasta el fondo
de la garganta para provocarle el vómito. Insistí con saña
hasta que reaccionó y llenó el lateral del suelo, y parte de
mis zapatos, con el contenido de su estómago.
Después le palmeé el rostro, le arrojé un vaso de agua
para espabilarla y salí corriendo en busca de un médico.
Teníamos uno cerca, vivía a cinco casas de la nuestra y
pasaba consulta en ella.
Me dijo que mi madre había tenido mucha suerte. Llamé
a Julio y pasó aquella noche conmigo, soportando mis
reproches, mi odio y, finalmente, mis lágrimas.

—No la culpes, perdió al amor de su vida. Está rota de dolor.


—¿Y yo?
—Tú me tienes a mí, ya sabes que siempre cuidaré de ti.

Fue una de las pocas noches que no follamos, solo


dormimos abrazados, soñando con un futuro muy distinto a
nuestra vida de ese momento. Tendríamos una gran casa,
con piscina, en la que viviríamos los cuatro, una mansión de
esas que salen en las pelis. Siempre habría bebidas caras,
tendríamos un vestidor lleno de ropa de las mejores marcas.
No habría penurias, y lo más importante, nada nos
separaría.
Al día siguiente, vino mi abuela, la sermoneó y la obligó a
ir a un psicólogo. Apenas podía mirarme a la cara cuando le
contó que fui yo quien le salvó la vida.
Su disculpa fue un «lo siento» susurrado para segundos
después echarse a llorar. Tampoco es que esperara que por
arte de magia regresara esa madre cariñosa, comprensiva y
atenta que me llenaba de bromas y me hacía tartas de
arándanos. La tristeza ahogó a la mujer que una vez fue, y
lo único que quedaba de ella era una sombra amarga,
autodestructiva, en la que no encontraba un resquicio de su
alma.
Aunque estuviera seguro de que la había perdido para
siempre, un rayito de esperanza se negaba a dejar de
brillar.
Las visitas al psicólogo le sentaron bien. No tuvo un
cambio espectacular, pero sí empezaba a vislumbrarse algo.
Fue muy progresivo. Empezó a salir con mi abuela a la calle,
a acompañarla a comprar y, por último, a hacer mandados
sola. Seguía medicándose, el médico le controlaba las dosis
de ansiolíticos y antidepresivos, y yo las custodiaba.
En la última semana, incluso había comenzado a
arreglarse un poco.
Hubo un día en concreto que me pareció casi la misma
de antes. Se hizo una cola, se puso un vestido de flores que
le regaló mi padre y cocinó mi tarta favorita.
Cuando terminamos de cenar, vi que me miraba
dubitativa.
Me sentí incómodo, ni siquiera sé por qué, pero ella debió
captarlo.

—¿Estás bien?
—He quedado con Julio, solo es eso, tengo prisa, pero
todo estaba muy bueno, gracias.
—¿Seguro que solo es eso?
—Em, sí, ¿por?
—No sé, te veo inquieto y tan cambiado de cuando
llegamos… —suspiró.
Alargó la mano y, por primera vez en mucho tiempo, me
acarició el pelo. El gesto me congeló por dentro, no sabía
qué decir o cómo actuar. Agité la cabeza un pelín molesto.
—Han pasado tres años, mamá, y tú te has pasado todo
este tiempo ausente, es lógico que me notes cambiado.
—Lo lamento muchísimo, Leo —dijo con pesar—. No ha
sido fácil para mí regresar, enfrentarme a la muerte de tu
padre. La tristeza es un monstruo invisible que te mata en
vida, que te arrebata las ganas y te impide ser tú. Él fue
quien me sacó de aquí.
—Y tú nos trajiste de vuelta. —No era una acusación, solo
una afirmación.
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Porque te estoy convirtiendo en ellos, y tú no mereces
esto. Pensé que podría darte una vida mejor, pero he sido
incapaz, me equivoqué con mi decisión y te he empujado a
los brazos de la mara.
—No soy un marero, mamá. —Por lo menos, no todavía.
—No me tomes por tonta, la gente habla, sé lo que tú y
ese chico tratáis de hacer, es muy peligroso. Yo no quería
que fueras un pandillero, me siento fracasada como madre,
he pensado en hacerte regresar, que te vayas a vivir con tus
abuelos. A mí nunca me aceptarán, pero a ti sí, eres su
nieto; si les hablo del peligro que conlleva vivir aquí…
—No —la corté.
—¿No?
—No voy a dejarte atrás. —Sus ojos se humedecieron.
Además, amaba a Julio con todo mi ser, no estaba dispuesto
a perderlo—. Eres mi madre y te quiero, te necesito.
Era cierto. ¿Cuánto tiempo llevaba sin decírselo?
Demasiado. Las lágrimas caían por su rostro acongojado
mientras mi pecho se constreñía.
—Yo también te quiero, hijo. Aunque no te lo haya
parecido todo este tiempo, lo hago, y ahora sufro por ti, por
tu futuro.
—Pues no lo hagas, voy a estar bien, mamá, te lo juro. Lo
único que quiero es que me prometas que harás el esfuerzo
de cuidarte, como estás haciendo ahora, papá querría que
estuvieras bien. —Ella me sonrió triste.
—Lo sé. No va a ser fácil, el médico me ha dicho que
puedo volver a recaer, y no me gustaría que volvieras a
verme mal.
—Podemos ir poco a poco, como hasta ahora, y si tienes
un día flojo, me lo cuentas. Podríamos hacer que vivir aquí
funcione, yo estoy dispuesto si tú lo estás. —Ella me cogió
de las manos.
—Pero prométeme que no harás nada de lo que tu padre
no se sintiera orgulloso, los dos nos esforzaremos para ser
las personas que él habría querido a su lado. —Aquellas
palabras fueron como una flecha en llamas lanzada a mi
corazón, porque sabía lo que conllevaba. Mi padre nunca
aprobaría los cimientos de la mara—. Prométemelo —
insistió.
—Si tú me prometes que te vas a cuidar. —Ella sonrió. No
fue una sonrisa espléndida, pero sí una bonita, con sabor a
futuro.
—Te lo prometo —besé sus manos.
—Y yo a ti.

Los golpes volvieron a hacer crujir la madera. Llegué al hall,


y cuando abrí la puerta, me topé con mi tío desencajado.
—¿Qué pasa? —pregunté, arrugando los ojos por la
fuerza del sol. Él me abrazó contra su pecho.
—Lo siento.
—¿El qué? —inquirí sin comprender.
Varios homeboys, pertenecientes a su clica, estaban a
sus espaldas, cabizbajos. Mi corazón se aceleró.
—¿Qué ocurre?
—Mi hermana, tu–tu madre —se le cerró la garganta. Mil
teorías sin respuesta tomaron forma en mi cabeza.
—¿Qué le pasa a mi madre? ¡Habla! —lo espoleé—. ¡Que
alguien diga algo! —En mi timbre retumbaba el sonido de la
desesperación.
—Fueron los hijueputas de Barrio-18, vinieron montados
en sus naves para detonarnos[48] —comentó uno a quien
llamaban Smiley—. Alguien abrió la bocaza y les fue con el
chisme del nacimiento de una nueva mara. Vinieron a dejar
su mensaje.
—Lo lamento, sobrino, no pude hacer nada por ella, fue
todo muy rápido.
Me contó que mi abuela había llamado a mi madre
porque necesitaba comida. Ella se ofreció a llevarle la
compra. Cruzaba la calle cuando una bala la alcanzó por la
espalda. Murió en el acto.
—¡No! ¡Nooo! —grité ahogado por el dolor y la rabia.
Sentí ganas de golpear al mundo, de quemarlo, de
arrasarlo por completo. Lo que no habían conseguido unas
pastillas lo hizo un marero.
Mi tío me sujetó.
—Vamos a vengarnos, vamos a ir a por ellos. Esto es
vuelto y traído[49], sobrino, no te preocupes.
—¡No! ¡Es cosa mía! ¡Yo voy a vengarla!
La Santa Muerte acababa de darme un motivo para
honrarla. No iba a tener piedad con los de Barrio-18, sangre
por sangre.
CAPÍTULO 41

Ray

Abrí la puerta y respiré hondo al encontrarme con la


mirada desesperada de Leo.
—Lo siento, debo haberme dejado las llaves, dime que
Magaly ha aparecido.
—Me encantaría poder decirte eso. —Soltó un suspiro
prolongado, no me gustaría estar en su pellejo, se notaba la
angustia desbordándolo.
—Gracias por la moto —masculló, devolviéndome las
llaves. Fue entonces cuando me fijé en sus nudillos
inflamados.
¿A quién le habría partido la cara Leo?
—Tengo una pista, igual no es nada o igual es algo.
Entiendo que tú no has tenido suerte. —Negó. Y entonces se
dio cuenta de que tenía a Daisy en el carrito y Elena cogida
a él.
—¿Ibais a alguna parte?
—Ya te he dicho que creo que tengo una pista.
—La asociación a la que nos llevaba mamá —proclamó
Elena. Leo arrugó el ceño, como si no comprendiera. ¿Era
posible que Lionel no estuviera al corriente de que María
llevaba allí a sus hijas?
—Ellie dice que Magaly hizo amistades, por lo que he
podido averiguar, los Serial Killers parecen ser esos amigos.
—¿Han respondido al mensaje?
—No.
—Entonces, ¿cómo has llegado a esa conclusión? —
preguntó sorprendido.
—Puede que tenga algún amiguete bastante bueno
localizando IP.
—¿Con qué tipo de gente te codeas? —Se cruzó de
brazos y alzó las cejas negras.
—Del tipo que puede localizar a tu hija.
—Touché. ¿Nos ponemos en marcha?
—Antes deberías ponerte algo en las manos.
No quería ser demasiado explícito por Ellie. Además de la
rojez de los nudillos, tenía una pequeña herida en el cuello,
la experiencia me decía que de arma blanca. Su nuez bajó y
subió con rapidez.
—No es necesario, estoy bien.
—Como prefieras.
Añadir algo más sobraba, sobre todo, porque Elena no
dejaba de mirarnos y escuchar atenta.
Fuimos directos a la asociación. Mientras andábamos, mi
móvil vibró, era un mensaje de Jennings, no podía abrirlo
delante de él. Lionel caminaba a mi lado, por lo que podría
mirar la pantalla con facilidad y darse cuenta de que lo que
me enviaban era la ubicación en la que había estado, lo que
contribuiría al concepto de acosador que ya tenía sobre mí.
No era necesario añadir más leña al fuego. Me dediqué a
entretener a Elena mientras él tenía la mirada perdida hacia
delante. Hubiera dado parte de mi sueldo por ver qué
estarían tramando sus neuronas.
«¿Quién cojones eres, Lionel Torres?».
Lionel subió los peldaños que nos separaban de la puerta
del edificio de ladrillo rojo donde rezaba el cartel de la
asociación y llamó al timbre.
Según el horario, no abría hasta dentro de una hora. Alcé
la mirada y vi un movimiento de cortina detrás de una de
las ventanas de la planta superior. Había alguien dentro, eso
estaba claro, ¿sería Maggie?
Leo volvió a insistir, y, finalmente, la puerta se abrió. Una
mujer de llamativos tatuajes en el rostro se asomó sin
reservas. El número uno cruzaba su ojo derecho y el ocho el
izquierdo, debía rondar los treinta. No había duda de que
era una homegirl, y pertenecía a la mara Barrio-18.
Lionel se puso rígido al instante. Elena se soltó del lado
del cochecito y subió las escaleras deprisa para saludar.
—¡Hola, Teresa! —La mujer de la puerta sonrió.
—¡Elena! ¿Qué haces aquí?
—Él es mi papá y venimos buscando a Magaly, es su
cumple.
—Ya… —No parecía sorprendida. O sabía cuándo Maggie
cumplía años, o la hija de Lion estaba allí.
La tensión envolvía el cuerpo de Leo, que había agarrado
la manita de Ellie para sujetarla a su lado.
—Mucho gusto, Lionel, lamento tu pérdida. María era
alguien muy especial, nos ayudó mucho a todas las que
estamos aquí. ¿Queréis pasar? —los invitó.
—No. Solo he venido para saber si mi hija está aquí.
—Yo no la he visto, aunque he llegado hace solo media
hora, puede que haya salido con mi hijo Nelson. A estas
horas, casi siempre se encuentra en la cancha con sus
amigos, está dos calles abajo, se le da muy bien jugar al
baloncesto.
Se notaba el disgusto de Leo, no podía apartar los ojos
de la cara de la pandillera.
—¿De la 18? —preguntó. Ella le ofreció una sonrisa
comedida.
—Ya sabes cómo son las cosas. Fue una etapa. Gracias a
Dios, la iglesia me recibió en su seno y en este lugar
encontré la paz que necesitaba para mí y mi hijo. Siempre
hay una ventana por la que poder saltar.
La única forma de salir de la mara era rendirte a Dios y
que la iglesia quisiera acogerte. Existía esa salvedad para
los expandilleros, aunque también era cierto que muchas no
los aceptaban y que algunos mareros habían abierto
templos. El 50 % buscaba un refugio para salir de la mara,
el otro 50 %, una tapadera para dar con los prófugos de las
pandillas.
Me dio la impresión de que esa mujer lo había
conseguido y que el lugar que tenía enfrente era más que
un sitio para hacer vasijas de barro.
—Me alegro por ti. Voy a ver si encuentro a mi hija.
—Un gusto haberte conocido, espero que, aunque María
ya no esté, dejes a tus hijas venir a visitarnos, los niños
siempre son una bendición.
Leo se limitó a ofrecerle una sonrisa poco sincera. Dejó
que Teresa se despidiera de Elena, y cuando llegó a mi lado,
no hizo falta que me dijera hacia dónde debíamos dirigirnos.
Tenía muchas preguntas, demasiadas, necesitaba hablar
con él, entender qué estaba pasando, pero tendría que ser a
solas, en privado y desde luego que no en ese instante, sin
tener localizada a su hija.
El sonido de los balones rebotando nos advirtió de que
estábamos en el lugar indicado. Un grupo de jóvenes se
dedicaba a lanzar canastas.
—¡Ese es el amigo de Magaly! —señaló Elena—. El que
lleva la camiseta de los Bulls.
Rondaría los dieciséis o diecisiete años. Como su madre,
era moreno, de piel tostada, rizos en el pelo y un tatuaje
con el número dieciocho en el antebrazo.
Hice un barrido visual y entonces la vi, no fui el único
porque Lionel arrancó en su dirección sin hablar. Estaba
sentada de espaldas a nosotros, en una esquina, con la
barbilla clavada en las rodillas viendo cómo los chicos
arrojaban pelotas al aro.
Ellie se le adelantó a su padre y se abalanzó sobre su
hermana mayor.
—¡Maggie! —Ella giró el rostro asustada y se percató de
que estábamos allí.
Tenía los ojos enrojecidos de haber estado llorando. No
sabía qué esperar, si ella se echaría a correr, si su padre la
atraparía y se abriría el cielo debido a la monumental
bronca…
Crucé los dedos para que, pasara lo que pasase, Lionel
no le riñera delante de Nelson. Tenía toda la pinta de ser su
chico, frenó en seco el lanzamiento al ver aparecer a Leo, y
la preocupación se reflejaba en su rostro.
Elena se fundió en un abrazo con su hermana, quien no
tenía muy claro cómo actuar.
—Arriba —le dijo Leo extendiendo la mano para que se
levantara. Ella lo hizo sin rechistar—, nos vamos a casa.
—Pe-pero…
—He dicho que nos vamos —su voz era cortante y no
admitía réplica.
Magaly desvió los ojos hacia Nelson y el muchacho
asintió. No es que le estuviera pidiendo permiso, o por lo
menos a mí no me lo pareció, era más como si necesitara
que él la apoyara en su decisión.
Cuando estuvo frente a su padre, este hizo algo de lo
más inesperado, la abrazó. La apretó contra su cuerpo y le
habló flojo al oído, lo que hizo que una sonrisa se formara
en mi boca. Los más duros por fuera suelen ser los más
blanditos, si no, que se lo digan a mi amigo Raven.
Al contemplar su estampa, me llené de ternura, eran el
claro ejemplo de que el ser humano, desde que nace, solo
busca amor y aceptación. El sino de nuestras vidas era
encontrar el afecto de todo aquel que perteneciera a
nuestro viaje de vida. Deseábamos que las personas
importantes para nosotros nos dijeran que lo estábamos
haciendo bien y que, cuando fallábamos, nos arroparan en
sus brazos para darnos sosiego.
El cuerpo de Magaly se sacudió, pude intuir su llanto. Leo
la apretó todavía más contra sí, ofreciéndole una serenidad
que se evaporó en el momento en que su hija salió por la
puerta del restaurante, y que justo entonces acababa de
encontrar. Espolvoreó su pelo oscuro con algunos besos y
terminó agarrándola del hombro para venir hacia nosotros.
No miró al chico de la cancha, ni una sola vez. Tampoco es
que Nelson hiciera algo para acercarse.
Bajo mi punto de vista, obró bien, teniendo en cuenta la
volatilidad emocional que estaba atravesando Lionel.
Cuando Magaly estuvo a mi altura, me miró a los ojos y
con el labio inferior temblando murmuró un:
—Siento haberte preocupado.
—No pasa nada, lo importante es que estés bien. ¿Te
sientes un poco mejor ahora que te ha dado el aire? —Ella
asintió—. Pues entonces podríamos ir al piso y comer pastel.
Si quieres, puedes invitar a tus amigos. —Lo dije en plural
por si había alguno más además de Nelson.
—Si entra alguien más en esa caja de cerillas, se hunde
el edificio —masculló su padre, arrancando el paso.
—Alguno más podría entrar, sobre todo, ese chico de la
camiseta roja, no ha dejado de mirarte desde que hemos
llegado. —Magaly permaneció con la mirada en el suelo
mientras caminábamos.
—¡Ese es Nelson! —proclamó Ellie—. ¿Voy a buscarlo?
—Ni hablar —comentó Leo.
—¡¿Por qué no, papi?! Es su amigo.
—No es mi amigo, solo nos conocemos.
—Mejor que no sea tu amigo, porque no te quiero cerca
de ese chico, y ya estás borrando ese grupito del teléfono
en el que lo tienes dentro.
«Y así es como un padre vuelve a cagarla
estrepitosamente. Dadle un caluroso a plauso a… Lioneeel
Torreees», canturreó mi mente.
Magaly lo miró estupefacta.
—¿Me estás prohibiendo que vea a Nelson y me has
mirado el móvil?
—Si solo sois conocidos, no debería importarte. Y te
recuerdo el trato, el móvil es mío, solo te dejo utilizarlo, así
que puedo mirarlo siempre que quiera. No será por ser
cotilla, solo para protegerte.
—¿Protegerme? ¿De Nelson? No tienes ni idea, desde que
me vio aparecer, me instó a volver a casa o a llamarte para
que estuvieras tranquilo. No puedes prohibirme que lo vea
si quiero, además, va a mi instituto.
Leo se detuvo y enfrentó a su hija.
—Escúchame bien, Magaly, ese chico es un pandillero, si
te digo que no lo veas es por tu bien.
—¡No lo es! ¡Es por el tuyo!
—Por favor, ¿has visto la cara de su madre y el tatuaje de
su antebrazo? ¡Es de Barrio-18!
—Mamá tenía el mismo tattoo en el tobillo, lo llevó años,
hasta que se lo borró —murmuró Magaly.
—Se lo borró porque no son buena gente, y no pudo
hacerlo antes porque no teníamos dinero, lo gastábamos
todo en vuestras necesidades.
—¿Qué tiene de malo ese número? —cuestionó Ellie.
—Pues que la gente de esa pandilla mata, extorsiona,
trafica y hace cosas malas a las niñas pequeñas —soltó
Lionel como una ametralladora. Noté el impacto de cada
palabra, alojándose en el cerebro de Elena.
—¿Mamá mataba?
—¡No! ¡Papita! —Leo se pinzó el puente de la nariz.
—No lo entiendo —protestó ella acongojada—. ¿Teresa y
Nelson son como el hombre de los tatuajes?
—¡Al contrario! —gritó Magaly—. ¡Ellos son lo opuesto!
—¡Basta! —rugió Leo—. No tienes idea de todo esto, y
mejor que sigas sin tenerla. Te lo repito, si vuelves a ver a
ese chico, hablas por teléfono, o me entero de que estás
cerca de su edificio, te quedas sin móvil y te cambio de
instituto. ¿Estamos?
Meterme en aquella discusión era tener ganas de morir,
y por muchas ganas que tuviera, seguían faltándome datos.
Me mordí la lengua y los imité. Retomé el camino al piso
sumido en mis propias cábalas.
Entendía la preocupación de Lionel, Barrio-18 era el
enemigo a batir de la SM-666, si alguien le quería el mal a él
y a toda su familia era esa mara.
Lo que me pilló por sorpresa fue el tatuaje que Elena dijo
que su madre tenía en el tobillo.
Quizá ahí tenía la clave de todo, un Romeo y Julieta entre
mareros.
Puede que Lionel y María se conocieran sin saber quiénes
eran, se enamoraran y, al ser de bandas rivales, solo
tuvieran una opción; huir y desaparecer del mapa.
Lo que nos llevaba al siguiente punto. Si tuvieron una
vida austera, sin hacer alarde de nada, era porque se
estaban escondiendo, hasta que los de la SM-666 dieron con
Leo en el SKS.
Por la cara que puso Lionel, no tenía ni idea de que al
lugar al que acudía su mujer estaba repleto de mareros de
la 18.
Lo que me llevaba al incendio del piso mientras Leo
pasaba la noche fuera. Quizá la muerte de María fue el pago
que se cobró la mara.
También cabía la posibilidad de que si era cierto lo que
Teresa decía, que era una exmarera arrepentida, fuera
Barrio-18 quien castigara la huida de los dos amantes
convertidos en marido y mujer.
De la mara solo se sale con los pies por delante, por
mucho que algunos quisieran creer que podrían lograrlo
abrazando a Dios.
Tenía que quedarme a solas con Lionel como fuera para
desentramar todo ese entuerto, y solo se me ocurrió una
opción.
CAPÍTULO 42

Ray

Me costó convencerlo, pero al final claudicó.


Todavía no daba crédito a que hubiera aceptado, aunque
habían pasado demasiadas cosas como para que no
asumiera que me debía una explicación y que no iba a cesar
en mi empeño de conseguirla.
Dakota y Samantha me hicieron el favor de venir al piso
para que las chicas pasaran una noche inolvidable. Tony iba
a estar montando guardia fuera, aunque eso no se lo dije a
Leo; si ocurría cualquier cosa extraña, me llamaría.
Tenía la noche libre en el SKS, lo que implicaba que
Raven curraba sí o sí. Aunque daba por hecho que cuando
terminara, se pasaría para compartir la guardia con él.
Magaly estaba enfadada porque su padre la había
castigado sin móvil hasta nueva orden, y Elena, eufórica,
porque las veces que Sam y su hija pasaron por casa,
terminaron inundadas de purpurina.
Estábamos sentados el uno frente al otro, en una de las
mejores pizzerías de Nueva York, y no es que lo dijera yo,
llevaba abierta desde 1929, en un lugar nada pretencioso
de Bleecker Street.
El John's of Bleecker Street era un lugar peculiar, un local
nada ostentoso, que se abarrotaba a diario para probar sus
pecaminosos platos.
Cada persona que visitaba el local estampaba su firma
en las paredes de madera, o en los asientos tipo banco que
rodeaban las mesas. Había multitud de cuadros suspendidos
en la parte que terminaba la madera y daba paso al chillón
papel pintado.
Estábamos en la última mesa, quedaba al lado de la
cocina vista donde el cocinero alzaba la masa de la pizza
obrando el mejor de los espectáculos y haciéndonos babear
a los presentes.
El olor a humo y comida se quedaría impregnado en la
ropa de todos, aunque a nadie parecía importarle.
—Adoro este lugar, ¿has venido alguna vez? —Leo negó,
acomodando la servilleta de cuadros rojos y blancos.
—María y yo no éramos de salir mucho, casi siempre
íbamos justos, así que lo de ir a comer fuera con las niñas
era muy puntual.
—Entiendo. Bueno, espero no te importe que, para
nuestra primera cita, haya escogido un lugar donde sirven
pan de ajo.
Lionel me miró mal, aunque no demasiado, en plan
enanito gruñón, no dragón incendiario. Había sido un día
duro, pasó muchos nervios y se le veía cansado.
—Ey, que era broma, ya me conoces. ¿Quieres algo en
concreto? ¿Eres alérgico a algo, al gluten o a los rubios? —
Le guiñé un ojo. Después de más de un mes conviviendo, ya
sabía que no tenía ninguna alergia alimentaria y sus
preferencias, al igual que las de sus hijas, solo pretendía
destensarlo un poco.
Lionel puso los ojos en blanco, si el asiento no hubiera
sido de madera, estoy seguro de que se habría dejado caer
en él.
—Lo que pidas estará bien —bufó.
—Confianza, dicen que esos son los cimientos de toda
buena relación, me alegra que empecemos la noche bien.
—Dave, no estoy de humor, así que, ¿puedes cortarte
con las bromas? Quizá sea mejor que nos larguemos.
—No vamos a irnos de aquí sin haber cenado. Las niñas
están bien, ¿tantas ganas tienes de huir de mí?
—Es un día complicado —musitó con las arrugas de su
frente más visibles que nunca.
No había caído en que también era el cumple de María,
había vuelto a olvidarme.
—Disculpa, a veces soy poco delicado.
Cuando el camarero se acercó, me ocupé de pedir por los
dos. Un par de entrantes y dos principales. Para beber, un
par de cervezas heladas.
—Espero que vengas con hambre. Las croquetas de arroz
y los palitos de mozarela están de vicio, y ya verás los
espaguetis con albóndigas y salsa casera. Babeo solo de
pensarlo.
—Déjalo ya.
—¿El qué?
—Intentar ser amable, que lo pase bien. Voy a irme de tu
casa —soltó de manera abrupta. Esa sí que no la esperaba.
—¡¿Por qué?!
—Necesito hacerlo, tomar distancia.
—Oye, si es por lo del beso…
—No es por lo del beso —carraspeó incómodo—. Mis hijas
y yo ya hemos abusado mucho de ti. Estoy mejor de la
pierna y no puedo depender de tu caridad.
—¿Caridad? Yo os ofrecí mi casa y os la sigo ofreciendo,
somos amigos.
Debería estar diciéndolo para convencerlo, no porque en
realidad lo sintiera así, pero lo sentía. De algún modo
extraño, Leo y sus pequeñas se habían colado en mi
corazón y no tenía ganas de separarme de ellos.
—Te lo agradezco, pero no. Tenemos que irnos.
Algo en su tono de voz me hizo entender que su motivo
iba más allá. Normalmente, la gente solo nos deja ver la
punta del iceberg, ocultan más de lo que dicen, y Lionel
llevaba años jugando al escondite.
—Cuéntamelo.
Esa vez sí que me puse serio.
—No te entiendo.
—Yo creo que sí. Ambos sabemos que no estamos aquí
porque yo haya querido que pruebes su fantástica pizza,
sino para hablar sin que tus hijas estuvieran delante y
pudieran escuchar lo que no debían, así que, cuéntamelo,
¿qué pasa, Lionel? —Él negó.
—Lo siento.
—Eres capaz de construir frases que contengan más de
dos palabras. ¿Por qué no lo intentas de nuevo?
—Es que no puedo contártelo. No soy una buena
persona, Dave, ya deberías haberlo intuido.
—Que seas un poco rancio no te hace mala persona,
además, a mí San Pedro tampoco me está esperando con
las llaves del cielo en la mano. —Esbozó una sonrisa triste
—. Del uno al diez, ¿cómo de mierdas crees que eres?
—¿Qué tipo de pregunta es esa?
—Una sencilla de responder.
—Doce.
—Um, bueno, tampoco es tanto, ¿y por qué? —Un sonido
de exasperación se formuló en su garganta—. ¿Tiene algo
que ver con ese señor de los tatuajes que secuestra a niñas,
según Elena?, ¿o tu fobia a los pandilleros con intención de
reinsertarse en la sociedad?
—No tienes ni puta idea.
—¡Pues cuéntamelo! —insistí.
—Lo único que voy a decirte es que estás en peligro.
—¿Yo? ¿Por qué? A ver, Teresa intimidaba un poco con
esa cara pintada y dudo que a su chaval le hiciera gracia
que no dejes a Magaly salir con él, pero más allá de eso…
Lionel dio un golpe sordo en la mesa que hizo vibrar los
cubiertos y la vajilla.
—¡No es eso, me han encontrado! ¡Saben que vivo
contigo y conocen dónde trabajas!
—¿Quién? ¿Tiene que ver con tus nudillos machacados y
la herida de tu cuello?
—¿Por qué no me dijiste que te dieron una paliza, que
aquella noche me perseguiste con la moto?
Vale, empezábamos a girar las cartas de la baraja.
—Porque me habrías tomado como un loco acosador, y
en parte no es que no tuvieras algo de razón. Te seguí
porque esa mujer no me dio buena espina, ni cuando habló
contigo delante de mí, ni cuando serví su mesa. En fin, que
actué un poco sin pensar, te seguí y por mi insana
curiosidad me dieron una somanta de hostias, fin de la
discusión.
—Tuviste suerte de que no te mataran, esa gente es muy
peligrosa.
—Eso me pareció, sí. ¿Y qué tienen que ver contigo? ¿Les
debes pasta, o algo así? —Me hice el despistado.
Trajeron las cervezas y ambos dimos un trago largo.
—Lo que les debo no es dinero.
—¿Y qué es? ¿Vamos a estar toda la noche así? ¿Jugando
a los acertijos?
—Es que no debería estar hablando de esto contigo.
—¿Y con quién deberías hacerlo si no es conmigo?
—Con nadie, como siempre.
—Eso suena a muy solitario, y probablemente termines
con una úlcera, no es bueno callarse las cosas tanto tiempo,
el cuerpo es muy sabio.
—Antes tenía a María, nos lo contábamos todo, o eso
creía hasta hoy. —Apretó los puños.
—¿No sabías que iba a la asociación?
—Sí lo sabía, lo que no tenía ni idea es que había llevado
a mis hijas, o que había gente de Barrio-18. Estoy muy
enfadado con ella, y lo peor de todo es que ya no está para
que me pueda responder todos los por qué que surgen en
mi cabeza.
Se masajeó las sienes. Su rostro era una mezcla de
decepción y agotamiento.
—Ey. —Extendí la mano por encima de la mesa y la puse
sobre su antebrazo. Sentía la necesidad de aliviar su
congoja—. Es muy jodido que ella no esté, pero también lo
es que tengas que tragártelo todo solo. Yo nunca seré ella, y
no puedo responder lo que solo tu mujer sabía, pero tengo
mis propios por qué y me encantaría que respondieras a los
que yo tengo sobre ti. ¿Te ves capaz de que lo hagamos, de
que nos sometamos el uno al otro a una ronda de preguntas
y respuestas siendo totalmente sinceros?
—No sé si puedo, no quiero fastidiarte la vida más de lo
que ya lo he hecho. Te tengo aprecio, Dave.
Que me dedicara esas palabras me calentó por dentro.
Algo en mi interior seguía diciéndome que nos habíamos
equivocado con él y necesitaba más información, tanto para
poder ayudarlo como para permitirme que lo que sentía por
ese hombre siguiera creciendo.
—Yo también te aprecio, empecemos por algo sencillo,
algo que no te haga sentir incómodo, pregunta tú primero.
Me recoloqué en la silla y dejé de tocarlo. Él puso la vista
en el punto en el que antes estaba mi mano, aguardó unos
segundos en silencio, como siempre solía hacer, pensaba
mucho las respuestas antes de decidirse, no como yo, que
era el puto rayo de la tormenta.
—¿Por qué nos acogiste?
Sonreí, esa era muy fácil de responder, podía ser sincero
y omitir un poco de información a la vez.
—Porque me gustas, llevas poniéndomela como el cuello
de un cantaor de flamenco desde que te vi por primera vez.
¿Has visto alguna vez alguno? —Negó—. Pues deberías, se
les hinchan una barbaridad y se les llenan de venas. Y eso
me pasa cada vez que te tengo cerca, y cuando duermo
contigo, más. —La tez morena de Lionel se sonrojó, joder,
cómo me gustaba sacarle los colores—. No te agobies,
jamás me propasaría sin tu permiso, aunque debo
confesarte que me gustaría darte más que al botón de un
ascensor estropeado. —Tragó con dureza—. Por otra parte,
están las niñas.
—¿Mis hijas?
—Son lo puto más, en serio, sois lo más parecido a una
familia de verdad que he tenido nunca. Aun a riesgo de que
suene muy moñas, siempre quise tener la típica familia feliz
americana.
—Tu piso tiene poco de casita baja, con jardín, en un
barrio de las afueras.
—Sabes que no me refiero a eso, sino al sentimiento de
pertenencia, a ser algo más que un tío que vive solo. Me
gusta cuando Magaly me enseña alguna receta de las que
cocinaba con María, o ayudar a Elena a hacer los deberes y
que cantemos juntos subidos en el sofá con las gafas de sol
puestas. Encontrarme clips de colores para el pelo
acompañando los restos de tu afeitado, o a que Daisy, mal
que te pese, me llame papá. —Los ojos de Leo ahora
brillaban de un modo cálido y acogedor—. Puede que mi
piso sea pequeño, que esté algo abarrotado, pero lo que de
verdad importa es lo que me hacen sentir las personas que
hay dentro, y créeme si te digo que no estoy dispuesto a
renunciar tan rápido.
Estaba más relajado, y eso me gustaba. El primer botón
de su camisa estaba desabrochado, el olor de mi jabón se
fundía con el de su piel y me alcanzaba aunque no quisiera,
estremeciéndome por dentro.
—Mi turno —carraspeé—. Y sé franco. ¿Por qué me
besaste esta mañana si no te gusto nada de nada? —Las
motas doradas de sus ojos centellearon.
—Quizá me apeteciera cerrarte la boca, que no siguieras
hablando.
—¿Y para eso tuviste la necesidad de meterme la
lengua? ¿No podías usar la mano?
—Quizá a mí también me apeteciera ser por un día tu
botón del ascensor. —Fui incapaz de disimular la sonrisa.
«¡Seeeh! Señoras y señores, ¡Lionel Torres quiere que lo
folleee!», mi mente lo pronunció como si estuviera en una
batalla de boxeo y acabaran de anunciarme ganador.
—Buena respuesta. ¿Y qué tengo que hacer para que
vuelvas a sentirte así?
—Esa pregunta no sirve, no incluye ningún por qué,
además, es mi turno, queda invalidada.
Si el Lionel serio me ponía muy cerdo, el bravucón
todavía me ponía más.
—Adelante, soy un libro abierto.
Trajeron los entrantes y seguimos con la ronda de
preguntas, algunas subidas de tono y otras que tenían que
ver con nuestras vidas, manías y preferencias.
Cuando el enorme plato de espaguetis con dos únicas
albóndigas se plantó en mitad de la mesa, Lionel rio.
—No me jodas que quieres recrear la escena de La Dama
y el Vagabundo.
—Si te soy franco, ni me lo había planteado, el friki de
Disney es Raven, aunque si tenemos que recrearla…, ambos
sabemos quién es la dama de los dos. Empújame la
albóndiga con la nariz.
—¿Me estás llamando perro pulgoso? ¿O es porque no
llego a fin de mes?
—Lo digo porque las mujeres en el club te llaman golfo.
—Ahí no tengo nada que objetar.
—¿Por qué no le importaba a María que te prostituyeras?
¿Teníais una relación abierta, o algo similar? —ronda de
preguntas difíciles. Había tocado una tecla que le generaba
incomodidad, pero si quería ahondar para entenderlo,
necesitaba empezar por algún sitio. Mordió el interior de su
carrillo y sopesó la respuesta—. Debo recordarte que sigue
primando la verdad.
—No iba a mentirte, es solo que lo que pueda decir a
partir de ahora puede complicar más las cosas.
—Me gusta lo complejo, no tengas miedo, estoy
dispuesto a asumir riesgos en cuanto a todo lo concerniente
a ti.
—Mi relación con María era distinta. —Se notaba que le
costaba encontrar las palabras adecuadas—. Ella y yo
estábamos unidos por las circunstancias, las mismas que
nos sacaron de El Salvador. Fingimos nuestra propia muerte
para poder huir.
—No has contestado bien la pregunta, así que la invalido
y te pregunto… ¿Por qué la fingisteis?
Podría haberse negado a seguir, decirme que no tenía
razón, pero no lo hizo, se notaba que tenía ganas de seguir
abriéndose a mí.
—Nunca le he contado a nadie esto.
—Pues ya va siendo hora, ¿no crees? —En un movimiento
arriesgado, cubrí su mano con la mía y se la acaricié—.
Hazlo, cuéntamelo, te prometo que tu secreto estará a salvo
y yo te contaré otro también.
—Si lo hago, nuestras vidas estarán jodidas.
—Lo que tengo ganas de joder no es tu vida y, si quieres,
más tarde, te lo demuestro. Ahora dime, ¿por qué te fuiste,
de qué huyes y a quién temes?
—Eso son tres preguntas y solo hay un por qué.
—Dime una cosa, de corazón, ¿no estás harto de no
poder desahogarte con normalidad? Te juro por lo más
sagrado que lo que me digas quedará entre nosotros.
—Me estás pidiendo que salte por un precipicio a
sabiendas de que me puedo estrellar.
—¿Y no te apetece saltar? —Agité las cejas—. Te prometo
que mis brazos estarán al final.
—Yo no estaría tan seguro —suspiró.
Los ojos le brillaron, esa vez de manera lúgubre.
Respondió a mi agarre entrecruzando sus dedos con los
míos, buscando la fuerza que necesitaba para hablar. No
pensaba soltarlo hasta que hubiera terminado.
—Allá voy. Conocí a mi mujer porque iba a matarla.
CAPÍTULO 43

Leo, trece años antes.

Apenas podía respirar, el dolor y la ira que se acumulaban


en mi pecho estallaban como nunca.
Wendy y Julio vinieron a casa de mi abuela en cuanto se
enteraron de la noticia. Mucha gente se pasaba a verla
porque, al tener una tienda en el barrio, era muy conocida.
Existía la creencia de que los asesinados sentían, que el
alma se aferraba al cuerpo hasta que lo enterraban, y en
esas horas, hasta la sepultura, la presencia cercana de
amigos y familiares servía para que Lucifer no se llevara su
espíritu. Que sentían cuando su asesino estaba en el
velorio, porque su cuerpo sangraba por algún orificio, ya
fuera la nariz, las orejas o la boca. A veces el líquido era
rojo, otras amarillento. Aunque lo más importante era que
permaneciera en un ataúd, para que el cuerpo y el alma
estuvieran unidos.
Yo no quería que Satán se llevara el alma de mi madre,
porque estaba seguro de que mi padre estaba con Dios, por
mucho que yo fuera a venerar a la Santa Muerte. Ellos
debían permanecer juntos.
Wendy vino a darme el pésame, me agarró de la mano
llorosa y me dio un sentido abrazo, mientras se dirigía a mis
abuelos porque Julio la espoleaba a que nos dejara solos.
Wen me apretó la mano. No tenía ganas de mirarla, solo
quería acabar con todo aquel que me hubiera quitado a mi
madre.
—¿Por qué no vas a ver si la abuela de tu hombre
necesita algo, Wen? Yo me quedo con tu macho.
—Permiso —se marchó prudente—, después hablamos,
mi amor. Lamento mucho tu pérdida. —Me besó la mejilla
para irse como Julio ordenó.
—Es una buena hermana, y será una gran esposa para ti.
—Ahora no puedo pensar en eso —susurré, viendo cómo
se alejaba.
—No, ahora tenemos que centrarnos en la misión. Te lo
dije, man. No se puede tener compasión con esos
hijueputas de Barrio-18. Son de la peor escoria, siempre
actuando por la espalda.
—¡La mataron porque alguien les contó que íbamos a
formar una mara! Fue una advertencia.
—La advertencia se la tendríamos que dar nosotros de
vuelta. Tu tío no va a quedarse de brazos cruzados. ¿Qué
piensas hacer?
—¿De verdad me lo preguntas? ¡Quiero matarlos a todos!
Quiero vuelto y traído.
—Claro que sí, man, nadie le ruje al león, y mucho menos
mata a su mamá y queda impune. Vamos a prepararlo todo
al detalle, los asaltaremos, les daremos donde más les
duele. Vamos a nacer y a consagrarnos, vamos a darles el
lugar que les corresponde, que es bajo la suela de nuestros
zapatos. Porque quieres eso, ¿verdad? —me cuestionó.
—Más que nunca.
—Bien, hoy el rey de la mara va a consagrarse, nos honrará,
a nuestra patrona y a su mamá. Hoy nace un nuevo Lion,
uno que nos hará vibrar de orgullo. ¿A que sí, man? —Asentí
—. Para que todo cuadre, debemos conseguir a la tronera de
María y darles donde más duele.
—Voy a ir a por ella ahora. —Sentía tanta rabia que
necesitaba hacer algo o me volvería loco.
Julio dejó ir una risotada.
—¿Quieres ir a por María ya?
—Tú dijiste que sería lo más sencillo, ir a por ella cuando
todavía estaba en la escuela. Será muy difícil sacarla de La
Campanera si no. —En la cara de Julio se formó una sonrisa.
Me palmeó la espalda.
—Pensé que con la muerte de tu mamá no tendrías el
suficiente ánimo y que me pedirías que fuera yo, o tu tío
Miguel, a por ella, pero me equivoqué, eres increíble.
—Te necesito para poder hacerlo.
—Ya sabes que cuentas conmigo. Tú y yo para siempre.
—Llevó su mano a mi pecho y puso la mía en el suyo. No
hacía falta que me dijera que me quería porque lo leía en
sus ojos, lo hacía del mismo modo que yo lo amaba a él.
Pusimos rumbo a La Campanera, conocido como el barrio
más peligroso de Soyapango y el nido de hijueputas de
Barrio-18.
Vista desde el aire, parecía una gigantesca raspa de
pescado sin cola ni cabeza.
Las novecientas cincuenta y ocho casas estaban
distribuidas en pasajes largos y estrechos. Solo se entraba y
salía por la misma calle. Los estrechos callejones estaban
llenos de postes, o lo que es lo mismo, integrantes de la
mara cuya función era ejercer de vigías. Entrar en La
Campanera era como hacerlo en un agujero infestado de
alimañas donde se convivía con la extorsión, el asesinato, o
el miedo.
Al fondo estaba la escuela y el punto de buses de las
rutas 49 y 41-D. Más al fondo, la cancha de fútbol, los cerros
y la nada.
La forma más segura de acceder era a través del
barranco que quedaba en la última calle y daba acceso a las
poblaciones vecinas.
La misión debía salir bien, no podía fallar.
María vivía entre una casa destroyer, así se llamaban los
lugares habitados por mareros donde se planificaban o
ejecutaban crímenes, y la escuela. Era lo más práctico,
puesto que su padre era el hombre cuya palabra era ley y
siempre la tenían muy vigilada.
En contadas ocasiones, estaba sola, por eso era
importante esperarla a la salida de la escuela.
Tenía el corazón revolucionado. Julio me esperaba al otro
lado del barranco, con la nave de mi tío en marcha.
«Rápido y preciso como un león», murmuró, besando mis
labios para darme suerte antes de apearme.
Vestíamos sudaderas oscuras, las capuchas nos
permitían ocultar nuestros rostros, para pasar lo más
desapercibidos posible. Lo único malo era el sol. Hacía tanto
calor y estaba tan nervioso que no dejaba de sudar.
Necesitaba serenarme, me lo fui repitiendo al avanzar
entre los escombros.
La escuela era una chabola más, de techado metálico y
paredes cubiertas por símbolos de Barrio-18. Con la edad de
María, muchas de las chicas ya no estudiaban, se quedaban
en casa ayudando a sus madres o cuidando de sus vientres
abultados. Con trece años, muchas de las dieciocheras
tenían bebés o estaban preñadas.
La imagen de María estaba grabada a fuego en mis
retinas. Julio me enseñó una foto en la que ella sonreía a
cámara, era guapa, mucho, quizá demasiado. Si no hubiera
sido la hija del big, ya la habrían tomado.
Mi vientre estaba revuelto y los nervios a flor de piel.
Me agazapé entre la podredumbre y la hojarasca. El
hedor en días de sol era insoportable. Las moscas y las
ratas se acumulaban sobre los restos orgánicos, muchos de
ellos, con seguridad, humanos. Era un lugar de fácil acceso
para desprenderse de los muertos a manos de los mareros.
Nadie sabía con certeza de dónde procedía el término
mara, algunos apostaban a que era por la marabunta, un
atajo de hormigas caníbales que arrasaban con todo bicho
viviente que entrara en su horizonte.
En ese momento, yo me sentía con ganas de arrasar el
mundo, de comerme vivo a cualquiera que hubiera tenido
que ver con el dolor punzante que me dejaba sin aire. No
obstante, eso vendría después, cuando hubiéramos
consolidado la SM-666, el ritual estuviera hecho y se
desatara la jauría de los adoradores de la Santa Muerte.
Aniquilaríamos a cada integrante de la pandilla enemiga.
Avancé a cuatro patas, con el corazón en la garganta, sin
pensar en la mugre que se me acumulaba bajo las uñas o su
procedencia, era importante que nadie me viera.
Atisbé un poste afincado en uno de los laterales de la
cancha, con la mirada puesta en la calle. Apreté los labios, a
la distancia a la que estaba, dificultaba que me viera,
aunque no podía fiarme. Que estuviera allí no ayudaba.
Cerré los ojos y le pedí a nuestra patrona que me
ayudara, que haría todo aquello que me pidiera si me
echaba una mano.
La respuesta vino en forma de homegirl, una mujer de
curvas generosas y escasos pantalones que se encaminó
hacia el pandillero para coquetearle y comerle la boca.
Era ahora o nunca.
Corrí lo más deprisa que pude y no paré hasta alcanzar la
escuela. Que a esas alturas no tuviera una bala incrustada
era buena señal.
Me asomé a una de las ventanas, los niños, de unos siete
años, estaban atendiendo a la maestra, sentados en
desvencijados pupitres. Un pequeño me vio, pero yo le hice
la señal de silencio, esperaba que no diera la voz de alarma.
Seguí caminando y pensé en lo que me dijo Julio. La clase
de María era la última, por lo que debía seguir hacia
delante. Estaba completamente pegado al muro, me mordí
la lengua cuando vi una rata cruzando presurosa para
alcanzar el cerro, por poco solté un grito, menos mal que
pude contenerme.
Llevaba la jeringa lista en el bolsillo, era sencillo, solo
necesitaba unos segundos para sorprenderla y clavársela en
el cuello, que el líquido inundara sus venas y al poco tiempo
ella quedaría desmadejada. Sería incapaz de moverse, por
lo que yo tendría que cargarla y llevarla a través del
barranco, sujeta entre mis brazos. Sin lugar a dudas, se
trataba del momento más delicado.
Miré el reloj. María era la primera en salir de la escuela,
su madre era diabética y tenía pánico a las agujas. Ella se
encargaba de ponerle la insulina, por eso tenía un permiso
especial y salía antes. No lo hacía por la puerta principal,
sino por la trasera, la que quedaba más cerca de su casa.
Nadie la vigilaba en aquel momento, imagino que era
porque ningún loco se atrevería a entrar en La Campanera e
ir a por la única hija del big al salir de clase.
Seguía pegado a la pared cuando escuché el chirrido. Me
había colocado en el lado hacia el que se abría la hoja, para
quedar cubierto cuando se abriera.
Miré por la ranura con el corazón en la boca, en ella se
perfiló la silueta de la chica que esperaba, de curvas
suaves, rostro bonito y pelo negro.
En cuanto se cerró la puerta, me abalancé sobre ella
para cubrirle la boca con la mano y clavarle la jeringa.
No tuvo tiempo de gritar. Sus ojos cargados de temor me
atravesaron suplicantes, todo mi interior se contrajo a la par
que ella se debilitaba entre mis brazos.
CAPÍTULO 44

Leo, en la actualidad.

La porción de pizza que iba de camino a su boca se detuvo.


—No me creías capaz de algo así, ¿verdad? Ya te dije que
no era una buena persona.
Dave soltó la comida en su plato y se limpió los dedos en
la servilleta.
—No, no, qué va, no se trata de eso. Estaba intentando
procesar todo lo que me has contado. La muerte de tu
madre a manos de Barrio-18, el velatorio, cómo debiste de
sentirte de perdido y desorientado. Julio y su hermana, tu
novia consolándote, mientras él te empujaba a ir a por una
chica y cumplir un ritual de iniciación a la mara
aprovechándose de tu desequilibrio emocional… Para que
yo me aclare. ¿Salías con su hermana, pero estabas
enamorado de él?, ¿o es que teníais un rollo familiar a dos
bandas?
—Wendy y yo nunca llegamos a intimar.
—Pero ¿tú y Julio sí?
—Sí. En Soyapango no se podía ser gay. Los mareros
matan a los homosexuales, y en El Salvador sigue sin estar
bien visto que dos personas del mismo sexo tengan algo
más que una amistad.
—¿Eres gay? —parecía sorprendido—. Pensaba que eras
bisexual.
No me molestó su pregunta. Lo que ocurría era que no
daba crédito a su actitud. Pensaba que en cuanto escuchara
la parte del secuestro, se levantaría de la mesa y se
marcharía, que me echaría de su casa, sin embargo, ahí
seguía.
No había odio, asco o reprobación en su mirada, solo
simple curiosidad.
—Puedo follar con mujeres, pero no podría enamorarme
de una jamás. No me malinterpretes, a lo largo de los años
quise muchísimo a mi mujer, pero no de un modo
romántico. Nos unían muchas cosas, aunque nunca fue el
deseo.
—Vaya. Adiós a mi teoría de Romeo y Julieta. Hubiera
jurado que vuestra historia era la de dos mareros
enfrentados, que cuando la secuestraste surgió el flechazo y
tuviste que huir con ella.
—Lamento joderte la teoría, pero no fue así. Yo a quien
amaba era a Julio César y lo traicioné de la peor forma
posible.
—Entonces fuiste Bruto.
—¿Cómo?
—El tipo que traicionó al famoso emperador romano.
Bruto junto con otros senadores conspiraron para asesinar
al César, ocurrió en el 44 antes de Cristo. Él y los otros
senadores querían preservar la libertad y la soberanía de la
república, así que Bruto apuñaló fatalmente a su antiguo
amigo y líder.
—En mi caso, lo maté de un modo distinto y estaba solo
en ello. Nosotros nos queríamos, teníamos un plan de vida
juntos, tanto mi novia como la de Julio eran una tapadera.
—Tu vida es más interesante que leer sobre la caída del
Imperio Romano, me tienes muy intrigado. Entonces,
recopilando, nunca quisiste a Wendy de un modo romántico
y tampoco a María, lo que me lleva al siguiente punto; si no
fue así, ¿qué te llevó a traicionar al amor de tu vida, fugarte
con una chica que te importaba lo más mínimo y no vengar
la muerte de tu madre?
—Mi padre.
—¿Tu padre? ¿No me dijiste que su fallecimiento fue el
que os llevó a Soyapango?
Eso se lo había explicado antes de esa noche, un día que
hablamos sobre nuestra adolescencia.
—Y así fue, lo que ocurre es que, unos días antes de que
mamá fuera asesinada, le prometí que no haría nada que
pudiera decepcionar a mi padre, y si hubiera hecho lo que
Julio César me pedía para ser respetado por la SM-666 y
convertirme en uno de sus líderes…
—No te lo habrías perdonado —zanjó.
—Exacto. Lo amaba tan ciegamente que a punto estuve
de convertirme en un asesino, por eso, cuando conseguí
huir haciéndome pasar por muerto, me juré que nunca más
estaría con un tío. No podía arriesgarme a volver a
perderme a mí mismo.
—¿Renunciaste al amor, a tu sexualidad, por un
manipulador y un cabrón? ¡Eras un puto crío! ¡Eso no era
amor, sino obsesión! Te dio todo lo que necesitabas, te
envolvió en su tela de seducción y te moldeó para que te
convirtieras en lo que él esperaba de ti, no en lo que tú
realmente eras, por eso no pudiste matar a María, no fue
por tu padre, sino porque no está en tu naturaleza.
Su exposición fue tan fervorosa que pude sentirla como
un bálsamo, algo tibio y calmante. Nadie me había dicho
algo así jamás, ni siquiera María.
—Leo, que sacrificaras lo que tú pensabas que era tu
felicidad dice mucho de ti, del fantástico hombre que criaron
tus padres.
—¿Tú crees? —Dave asintió, volvió a alargar su mano por
encima de la mesa y tomó la mía. Noté una corriente
eléctrica caliente y chispeante extendiéndose por mi brazo
hasta alcanzar mi pecho. Su pulgar acarició el nacimiento
del mío.
—¿Quieres que siga contándote lo que pasó?
—Me encantaría, si tú quieres, por supuesto.
Algo me decía que tenía que seguir, que hablar con Dave
me liberaba, me hacía sentir bien. Como él pronosticó,
necesitaba contárselo a alguien, y no podía pensar en nadie
mejor.
—Quiero.
—Pues entonces hazlo, no voy a irme a ninguna parte,
por dura que se vuelva la historia, estoy aquí, Lionel, y no
pretendo juzgarte.
Fue entonces cuando, sin soltarme de la mano, utilizó la
otra para llevarse el trozo de pizza a la boca y me sentí
afortunado de que el SKS lo hubiera puesto en mi vida.
CAPÍTULO 45

Leo, trece años antes

Julio me llevó hasta el local abandonado donde habíamos


hecho la sede para nuestras reuniones y ceremonias. Estaba
cerca de la estación de tren.
Una especie de almacén donde antes hubo maquinaria
ferroviaria y se lo comió el paso del tiempo.
Las chicas lo habían limpiado y decorado con imágenes,
velas y, por supuesto, el pentagrama en mitad del suelo,
donde deposité a María sin mirarle la cara.
—Ha sido épico —susurró, apretándome contra él para
besarme con ansia.
La chica estaba tumbada en el suelo, con el vestido
arremolinado sobre sus muslos morenos, inmóvil, como una
estatua tan hermosa como inerte.
La droga la había dejado fuera de combate y seguía
dormida. Según Julio César, el efecto duraría horas.
Respondí al contacto de nuestras bocas por inercia, no
porque me apeteciera, solo buscaba un poco de alivio, y él
era el único capaz de proporcionármelo.
Rio contra mi boca y me acarició el pelo.
—Tendrías que haberte visto correr con ella en brazos,
atravesando el mugriento barranco de la puta Campanera.
Te hubiera chimado allí mismo. —Volvió a besarme con
hambre—. Has hecho algo muy grande, Lion, le echaste
huevos para arrebatarles en su propia casa a la tronerita del
big. ¡En sus narices! Verás cuando los nuestros se enteren,
van a adorarte tanto como yo. Su papito estará tirándose de
los pelos y cortando los cuellos a sus postes.
—Vendrán a buscarla.
—No saben que la tenemos.
—Lo intuirán, después de lo que le hicieron a mi madre,
quizá ya estén en el barrio.
—Si fuera así, Miguel me habría llamado, o Anita, o Wen.
Tranquilo. Ahora solo debes quedarte aquí custodiándola.
—Pe-pero mi madre… Debo estar en el velorio. —Julio se
lo pensó.
—Está bien, no despertará hasta dentro de unas horas,
ayúdame a atarla.
Julio fue a por una cuerda, me hizo ponerla de lado y
unirle los pies con las manos, tensándola hasta que pareció
un puto arco. Le tapamos la boca con un trozo de tela sucia.
Alzó el móvil y llamó a uno de los chicos para que se
ocupara de su custodia.
—Listo.
—Gracias.
—No debes dármelas, sabes que lo doy todo por ti.
Regresamos a casa de mi abuela con la radio a todo
volumen y Julio cantando cada uno de los temas.
Debía sentirme bien, pero no lo hacía, mi cerebro no
dejaba de ofrecerme los ojos horrorizados de María.
Una vez en casa de mi abuela, fui a la habitación en la
que tenían a mi madre.
Julio se quedó hablando con mi tío y vi cómo le devolvía
las llaves. Él me miró con aprobación.
Si todos estaban contentos con lo que había hecho, ¿por
qué yo tenía aquella desazón?
Me acerqué al ataúd y contemplé a mi madre. Parecía
una muñeca de cera, alguien le cambió de ropa y la
maquilló.
—Está hermosa, ¿verdad que sí? —preguntó Anita—. La
peiné y la maquillé yo.
—G-gracias.
—Voy a ver a Julio. —Asentí.
Me puse de rodillas, la tomé de la mano y le supliqué que
me perdonara. Cuando alcé la cabeza y vi sangre en su
oído, di un paso atrás horrorizado. Aquella era la señal de
que el culpable de su muerte estaba en el cuarto. Miré a los
demás y me di cuenta de que no sangraba por ellos, sino
por mí.
Si mi madre estaba en aquel ataúd era por mi culpa, por
haber querido conformar la SM-666 y joder a Barrio-18. Si
no hubiera querido crear mi propia mara, ella seguiría viva.
Una caricia en la espalda me sobresaltó, era Wendy.
—¿Cómo estás?
—Mal —admití con ella pegada a mi costado. La rodeé
con el brazo mientras los llantos de familiares y amigos se
amontonaban en una serenata lúgubre. Y yo me
autodestruía por dentro.
—¿Qué habéis hecho mi hermano y tú? —Miré a un lado y
a otro nervioso. Lo que menos necesitaba era darle
explicaciones en ese instante.
—Wen, no es momento.
—Cuéntamelo.
—Lo-lo siento, no es cosa tuya —besé su frente,
queriendo largarme a cualquier parte y hacerme un ovillo.
—Puedes confiar en mí, yo siempre guardaré vuestro
secreto —la revelación me pilló desprevenido, no podía
estar refiriéndose a eso. ¿O sí? Me quedé mudo, no sabía
qué decir.
—No-no sé de lo que… —Apretó los dedos contra mis
labios con suavidad.
—Yo no soy como los demás, te entiendo y no me
importa lo que hay entre él y tú. Mis labios están sellados.
Se abrazó a mí con ternura, yo seguía rígido. ¿Lo habría
hablado con Julio?
Quizá por eso nunca habíamos llegado más allá de unos
besos. Wendy jamás me presionó para que nos
acostáramos, ella conocía nuestro secreto y no le
importaba.
La sensación que me envolvió fue extraña y, aunque
Wendy no quería separarse de mí, le pedí que me dejara a
solas para poder despedirme. Necesitaba poner mis ideas
en orden.
Los de Barrio-18 no aparecieron por el barrio. No sabía si
aquello me ponía más o menos nervioso, mi tío me dijo que
si no habían aparecido y atado cabos era porque mis
acciones contaban con la bendición de la Santa.
Faltaba media hora para la ceremonia y acababa de
llegar al local.
Mi estado de malestar era tan grande que cuando abrí la
puerta, no di crédito a la imagen que me devolvían mis ojos.
Creía que el lugar estaría vacío, que Julio y yo daríamos
la bienvenida al resto, pero no fue así.
Todos los hombres ya estaban allí, excepto yo. Sus torsos
estaban descubiertos, formaban un círculo bastante amplio
mientras reían y fumaban, los unos en boca de otros. El
humo se condensaba por encima de sus cabezas formando
una suave neblina.
La droga les ofrecía aquel estado de trance y placidez
que todos mostraban.
Las velas iluminaban las imágenes brillantes, y en el
centro del pentagrama, Miguel empujaba entre las piernas
de María, quien seguía maniatada, con los muslos
separados y el rostro torcido hacia un lado. Su mirada
estaba perdida, no se movía, gritaba o se resistía. Dudé de
si seguía drogada o el humo la mantenía en aquella especie
de trance.
Algunos de los hombres jaleaban y animaban a Miguel a
que le diera más duro.
No entendía nada. Julio estaba sentado en una silla, le
daba caladas largas a su cigarro.
—Pero ¡mirad quién ha venido! ¡Nuestro león rugiente!
¡El portador del recipiente que todos estamos disfrutando!
¡Todos hemos culeado a esos hijueputas de Barrio-18!
¡Dadle la bienvenida a nuestro big, perros! —proclamó
desde su asiento.
Los homeboys se pusieron a gritar, hacer símbolos con
las manos que emulaban el número seis y celebrar mi
llegada como la de un auténtico héroe.
Entonces, ¿por qué me sentía como un mierda?
Miguel rugió y salió de entre las piernas de la chica,
quien seguía en la misma posición. El suelo de cemento gris
estaba mojado a la altura de sus caderas. Los muslos de
María tenían restos de sangre y fluidos. Un enorme
desasosiego me perforó las tripas. Aunque sabía del ritual,
nunca había estado presente en uno, y verlo en directo era
demoledor.
Su pequeño rostro estaba manchado de polvo, suciedad
y lágrimas. El pelo conformaba una nube enmarañada sin
lustre.
El roce de las manos que palmeaban mi espalda hacía
que me dieran ganas de salir huyendo.
—Siguiente —susurró Miguel, subiéndose los pantalones
—, te la he dejado bien mojadita —rio a otro de los chicos
que contemplaba a María con deseo.
No podía mirar, me di la vuelta, me abrí paso y me
aparté con la intención de salir de allí lo más rápido posible.
Julio me interceptó antes de que lo hiciera.
—Ey, ¿qué pasó?, ¿dónde vas?
—No-no me siento bien.
—No puedes irte ahora, el siguiente eres tú, debes cerrar
el círculo, todos hemos pasado ya por el recipiente.
—¡Me dijiste que estuviera a esta hora! ¡No sabía que
empezaríais antes! —estallé molesto.
—Lo hice por ti, Lion, por respeto a tu mamá, porque sé
que sigues teniendo el alma tiernita. Velo por ti, porque
estés bien. Tampoco te perdiste demasiado. Abrí la
ceremonia, encendimos los cigarros, le quitamos la ropa, la
sometimos a una pegadita dulce y la desfloré. Tendrías que
haber oído cómo chillaba. Fue mágico, man. En cuanto salí
de su interior, con mi simiente en su vientre y su virgo en la
punta de mi paloma, cada uno de nuestros homeboys la
echaron a volar con las suyas. Ahora mismito sigue siendo
un lugar cálido y húmedo donde venirse. Lleno de la esencia
de todos tus hermanos. Tienes el honor de elevarla, de
depositar tu flujo junto al nuestro y ofrecerle su sangre a la
Santa. —Sacó un cuchillo y lo presionó con la hoja plana
contra mi pecho—. ¿Has visto con el orgullo con el que te
han recibido? Está hecho, te aceptan, ya son tu familia, te
agradecen el regalo y obedecerán cada orden que les
demos cuando completes. A partir de esta noche, nuestra
palabra será ley, la SM-666 está a punto de nacer. Todo
gracias a ti, a tu devoción, a tu entrega, a tu sacrificio, a tu
arrojo.
Me agarró de la nuca y apretó su frente contra la mía. Me
sentía mareado, alejado de una realidad que no me
convencía.
Alguien nos acercó un cigarro rebosante de piedra y Julio
me lo fumó en la boca, como siempre ocurría. Su pulgar
movió mi barbilla hacia abajo y yo aspiré para sorber la
máxima cantidad de droga posible.
La necesitaba para templar los nervios, para evadirme,
para concluir lo que había ido a hacer. Debería ser fácil.
Todos parecían muy orgullosos de mí, todos excepto yo.
No había podido sacarme a María de la cabeza.
¡Era una puta cría, joder!
Intenté convencerme de que había hecho lo correcto, mi
tío volvió a repetirme que si los de Barrio-18 no habían
venido a por nosotros era porque la Santa Muerte nos
protegía, que la tenía de mi lado y, sin embargo, mis tripas
se encogían del disgusto al pensar en que María estaba así
porque yo se la ofrecí.
Otro grito masculino me arrugó por dentro.
Julio me sonrió.
—Ya han terminado todos, man. Te toca. —Me temblaban
las manos. Él notó mi desazón. Me conocía, sabía cuándo
dudaba y cuándo no. Estábamos apartados del resto, lo que
ayudó a que pudiera hablarme sin peligro de que nos
oyeran—. Mírame, Lion. —No había dejado de hacerlo—. Su
padre mató a tu madre, su alma te corresponde, debes
vengar a la mujer que te dio la vida con la suya, es lo
correcto, el Diablo no espera otra cosa de ti. —Las palabras
daban vueltas en mi cabeza. Julio suspiró—. ¿Tú me quieres?
—Eso era lo único que tenía claro en la vida.
—Por supuesto que sí—respondí mareado.
—Pues hazlo por mí, por nosotros, te juro que, después
de esto, todo irá a mejor. Regálame su vida y yo te daré la
mía, ofrécesela a la Santa. —Dio la última calada en mi boca
—. Tú y yo para siempre, no lo olvides.
—Para siempre —repetí, queriendo empaparme de sus
palabras y de lo que todos esperaban de mí.
Julio me guio hasta el centro. Tenía el puñal agarrado en
mi mano derecha y el cuerpo de María ofreciéndome cabida.
Todo me dolía al verla.
Alguien me desabrochó los pantalones y tiró de ellos
junto a los calzoncillos. Las manos de Julio presionaron mis
hombros para que bajara. Caí de rodillas raspándolas contra
el asfalto y busqué sin remedio su expresión hueca.
Se veía diminuta, vulnerable. Los moratones, mordiscos y
arañazos espolvoreaban su piel morena. Sentí cada uno de
ellos como si me los hubiesen infligido a mí.
—Frótate entre sus muslos para que se te pare, te la he
dejado al punto, león —rio el último tipo que la tomó en mi
oído. Ni siquiera recordaba su nombre.
No podía hacerlo, el simple hecho de imaginarlo me
volaba la cabeza, alguien subió el volumen de la música, La
Vida Loca tronaba en su máximo esplendor. Julio había
vuelto a su asiento, que quedaba justo en frente de mí.
—¡Admirad a nuestro nuevo big! —proclamó—. El que
traerá la gloria a la SM-666. Alentadlo con vuestro fuego,
seises, rugid para el león.
Los vítores me estremecieron, impactaron en mí como
disparos. Cerré los ojos, y cuando los abrí, ocurrió lo que
menos esperaba.
Los ojos de María estaban clavados en los míos, con la
misma mirada de terror que me ofreció cuando le clavé la
jeringa en el cuello, justo antes de que me la llevara de La
Campanera y la separara de los suyos.
—No lo hagas —suplicó—, por favor, sácame de aquí, y si
lo haces, te perdonaré, no diré nada de que fuiste tú quien
me trajo, te lo juro, por favor. Libérame.
La voz era ronca, apenas audible, estaba maltrecha por
todo lo que tuvo que gritar bajo el peso de todos aquellos
animales. ¿Eso era lo que quería? Si me sumaba al rito, ya
no había marcha atrás, y si no lo hacía, perdería a Julio para
siempre.
No quería perderlo, pero tampoco quería perderme.
En su cara vi el rostro de mi madre, cargado con las
mismas lágrimas de sufrimiento, recordándome las palabras
de mi padre, la promesa que le hice.
Debía de tratarse de la droga, porque juro que vi cómo el
rostro de María mutaba y era mi progenitor al que tenía
delante.
—Lionel, escucha, no tengo demasiado tiempo. Solo he
venido a recordarte tus principios. No hagas a los demás lo
que no quieras que te hagan. Respeta siempre a mamá, a
los mayores, a los niños, a las mujeres y a todo aquel que
merezca tu respeto. Sé compasivo. Ayuda al necesitado. Sé
valiente y no temas plantar cara a las injusticias, aunque los
que te rodeen opinen lo contrario, eso se llama ser íntegro.
Tiende una mano a las personas que sufran injusticias y, por
encima de todo, sé una buena persona. Solo así te irá bien
en la vida, haz que me sienta orgulloso del maravilloso hijo
que he criado. No te pierdas.
—¡Dale, cabrón! —gritó alguien, sacándome del
ensimismamiento.
Parpadeé con fuerza. María volvía a estar ahí con las
lágrimas suspendidas en su mirada.
Apreté el mango del cuchillo, alcé la vista y me topé con
la sonrisa de Julio y su fervor en la mirada. Mi corazón se
contrajo porque ya había tomado una decisión y no había
marcha atrás. Regresé la vista sobre María, con el pecho
estallando de dolor, y descendí sobre ella para susurrarle al
oído.
—Lo siento.
CAPÍTULO 46

Ray

—Perdonad, pero vamos a cerrar.


Estaba tan embebido por el relato de Leo, por el dolor y
la incertidumbre, que había perdido totalmente la noción del
tiempo y, al parecer, del lugar, porque no quedaba nadie en
el restaurante salvo nosotros dos.
La pizza se había quedado fría, olvidada sobre la mesa,
no habíamos logrado meternos en la boca más allá de una
porción, y eso que estaba buenísima.
—¡Lo siento! Se me ha ido la olla, ¿podrías ponérnosla
para llevar?
—Sin problema.
—¿Y sería mucho pedir que pueda llevármela con dos de
vuestros increíbles tiramisúes? Le prometí a mi amigo que
los probaríamos y…
—Por supuesto. Sé lo que es estar tan a gusto con
alguien que se te esfume el tiempo, y es un lujo poder verlo
de cerca —me guiñó un ojo.
—Gracias, Ángelo. Toma y quédate con la vuelta. —Le
tendí un par de billetes, y él sonrió farfullando algo así como
«Ay, el amor» en italiano, mientras se dirigía a la cocina con
la pizza entre las manos.
Aparté la vista del camarero y regresé a Leo.
—Perdona, menudo desastre de cena —me disculpé.
—La culpa es mía, he sido tan minucioso que no te he
dejado disfrutar de la comida. Por lo menos, deja que
paguemos a medias, no vas a cargar tú con todo.
—Ni hablar, si estamos aquí, ha sido porque yo he
insistido; yo propongo, yo pago. La próxima invitas tú.
—«Teniendo en cuenta que hubiera una próxima». Lo veía
tan incómodo que lo dudaba. Necesitaba recuperar el clima
de confianza entre nosotros—. Lamento que casi no hayas
comido por mis ansias de saber. Aunque la pizza de este
sitio está igual de buena recalentada.
—He sido yo, hacía tanto que no hablaba de mi pasado, y
que nadie me escuchaba con tanta atención, que… —Calló.
Siempre lo hacía cuando se sentía al borde de un acantilado
emocional, como si necesitara parar, reflexionar y decidir si
lo que fuera a decir podría afectarlo de un modo irreparable.
—Puedes decirlo.
—¿El qué?
—Lo que sea que has callado. —Apretó los labios—. A mí
puedes decirme cualquier cosa. Entiendo que cuando te das
cuenta de que la persona de la que te enamoraste, a la que
cediste todo el control y la confianza, era un manipulador de
manual, no debe ser fácil abrirse, decidir si la persona que
tienes enfrente es digna de que le cuentes lo que te pasa.
No voy a obligarte, lo único que te pido es que no te
guardes aquello que quieras decir, porque yo no soy él. —
Leo tenía la espalda totalmente apoyada en la silla, ya no
estaba hacia delante, lo que significaba que había querido
tomar distancia porque ya no se sentía cómodo—. Me
gustaría que me dejaras hacer una cosa.
—¿El qué? —preguntó dubitativo.
—Quiero abrazar a Lionel.
—¿Quieres abrazarme?
—No a ti, bueno, sí, pero no exactamente. Quiero que me
dejes estrechar al chaval de dieciséis años que sigue
estando ahí —señalé su pecho—, en tu interior. Quiero que
lo dejes salir, como hace un rato, y me permitas decirle que
lo entiendo, que no lo juzgo y que, aunque se equivocara o
tomara una mala decisión, la responsabilidad siempre fue
de ese cabrón del que se enamoró. Lionel no sabía que se
enfrentaba a un vampiro emocional. Nadie le enseñó que
hay personas que se dedican a absorber la esencia de otras,
de engatusarlas, de ofrecerles lo que necesitan hasta
hacerlas creer que desean ser la persona en la que ellos
quieren convertirlos, porque solo así serán dignos de su
amor. Porque solo así serán capaces de darles las gracias
por todo lo que han hecho. —Lo vi coger aire con fuerza.
»No eres el único al que le ha pasado algo así. Y lamento
profundamente todo lo que tuviste que sufrir, que tu madre
estuviera ausente cuando más la necesitabas, que tu familia
se mantuviera al margen de lo que ocurría y sin saberlo te
empujara a sus brazos. También siento que te hicieran
pensar que el amor o el deseo entre dos personas del
mismo género está mal, porque el amor es amor, un
sentimiento universal que no entiende de razas, edades o
condición.
»Me gustaría tener la capacidad de dar saltos
temporales, ir hasta allí y tenderte la mano de verdad, la
que necesitabas, una honesta que te hablara desde el
corazón y te ayudara sin un objetivo concreto, solo que te
sintieras mejor, querido, apoyado y valorado. Ambos
sabemos que no puedo hacerlo, y por eso… —Me puse en
pie, me acerqué a la silla y le tendí la mano—. Déjame que
lo haga ahora.
—Todavía no sabes lo que pasó después de lo que te he
relatado.
—No importa. No me malinterpretes, quiero saberlo, es
solo que ahora no importa porque sé lo que he visto
mientras me hablabas, y no era una mala persona, solo un
chico sin rumbo al que le habían hecho creer que
necesitaba ser un marero para tener un futuro junto a la
persona que amaba.
—Ahora lo veo de un modo distinto, sé que tuve una
relación tóxica, y que si no me hubiera marchado, me habría
perdido el respeto a mí mismo, me habría convertido en un
monstruo. Lo que no me exime de lo que María sufrió
aquella noche. Te juro que he dedicado cada día de mi vida
a compensarla por ello, aun así, sé que le arrebaté algo
irrecuperable, por mucho que ella me dijera que me
perdonaba.
—Fue una putada para ambos —concluí por él—, pero
intuyo que ella lo hizo, quien no se perdonó fuiste tú, y si
ella decidió no volver a El Salvador, o echarte a los perros
cuando esto está plagado de dieciocheros, será porque tuvo
un motivo de peso, aunque todavía no sepa cuál.
—¿En serio que no quieres salir corriendo después de lo
que te he contado? —La comisura de mi labio se crispó
hacia arriba.
—Hace falta mucho más que eso para que yo sienta la
necesidad de ir en dirección opuesta a la tuya. Mi vida
también podría haber sido una cagada muy bestia, pero
tuve suerte de dar con las personas correctas cuando más
lo necesité. Quizá yo pueda ofrecerte un poco de lo que a mí
me dieron. Ven.
Volví a hacerle un gesto para que se levantara, y en
cuanto se puso en pie, lo estreché entre mis brazos sin pedir
permiso.
Leo parecía una jodida señal de tráfico con un claro stop
en toda regla. Estaba rígido, tanto que parecía a punto de
romperse en cualquier instante.
No quedaba nadie en el local salvo un ayudante de
camarero que barría, Ángelo y Bruno, el cocinero, quien
estaba ocupado con los tiramisúes.
Lo estreché contra mi cuerpo como me hubiera gustado
hacer con aquel adolescente triste y asustado al que
estaban obligando a convertirse en otro ser. Di gracias de
que hubiera conseguido huir y no cumplir con lo que ese
cabronazo de Julio César le pedía. Si lo hubiera tenido
enfrente, no me habría detenido hasta hacerlo sangrar.
—¿Qué haces?
—Os abrazo —murmuré, negándome a soltarlo.
—Eso ya lo veo. Pe-pero estamos en un restaurante.
—¿Y eso te incomoda? —Su respiración se había
acelerado. Enfrenté su mirada a la mía—. No pasa nada
porque dos hombres se abracen, se consuelen, se quieran,
se deseen o se follen. No hay nada de malo en el afecto que
puedas recibir de alguien de tu mismo género. Los que
intentaron que lo vieras así tenían un problema serio, no tú.
—Subí la mano por su espalda hasta su cuello—. Deja que
os abrace a ambos, libéralo, déjalo salir.
—No-no sé si seré capaz.
—Shhh —dije, acomodando mi barbilla en su hombro
para que él hiciera lo mismo en el mío—. Cierra los ojos,
olvídate de dónde estamos, te prometo que conozco bien a
la gente que curra en este local y no les importa lo que
hagamos. Bruno tiene marido y lleva trabajando con Ángelo
casi desde el útero, son hermanos. Y el ayudante que está
barriendo es el pequeño de los tres, así que relájate o vas a
romperte una costilla en una de esas respiraciones tan
bestias.
Abrió y cerró los puños, intentó relajarse en un ejercicio
de semiconfianza que me hizo sonreír. Cuando su barbilla
alcanzó el lugar que yo había esperado, masajeé con
suavidad sus cervicales. Pasando la yema de los dedos por
ellas.
—Eso es, relájate. María supo desde que te pidió que la
liberaras que no eras una mala persona, te hizo el padre de
sus hijas y construyó una vida a tu lado. Si no te fías de la
mujer quien, siendo tu enemiga, te confió su vida, hazlo del
hombre que ha visto a un padre generoso, el que duerme a
tu lado y se ha fijado en que siempre las antepones a ti, a
tus necesidades. Eres una persona que cualquiera querría
en su vida, es por lo único que no puedo culpar a Julio César.
Y escucha, estoy de acuerdo con tu padre en una cosa.
—¿En qué? —murmuró.
—Crio a un hijo maravilloso y me alegro mucho de que te
hayas cruzado en mi vida, por mucho que pienses que mi
humor es pésimo y que soy un pelín acosador. Me importas,
Leo, y tus pequeñas también.
La tensión se disolvió como un terrón de azúcar en café
caliente y sus brazos me envolvieron la parte baja de la
espalda y la barbilla masculina quedó sustituida por la
frente.
Il Regalo Più Grande, de Tiziano Ferro, sonaba en el hilo
musical, acompasando el ligero balanceo de nuestros
cuerpos.
Era una canción preciosa que te recordaba que el regalo
más grande solía ser alguien, no algo, y ese alguien, en mi
caso, podía ser el hombre que tenía entre los brazos.
Me hubiera gustado estar así mucho más tiempo,
transmitiéndole con mi contacto, con cada terminación
nerviosa, que la maldad no estaba en él, sino en la persona
que quiso inculcársela. Con ello no quería decir que Leo no
se equivocara, lo hizo, como todos lo hacemos cuando
somos adolescentes y la cagamos de un modo tan
estrepitoso que parece que no haya vuelta atrás.
El pecado de Lionel no fue otro que estar solo y
desamparado en un mar infestado de pirañas; en cuanto
alguien le tendió una mano, se aferró a ella e intentó
encontrar en esa persona un motivo para seguir viviendo.
Su único pecado fue necesitar amor, comprensión y
protección. Enamorarse de la persona menos adecuada, de
alguien que se aprovechó de su fragilidad para manipularlo
y hacerse con cada una de sus emociones.
El leve carraspeo de Ángelo puso el punto y final a
nuestra muestra de afecto. Volví a no darme cuenta de que
la canción había terminado y que el tiempo, a su lado, era
un bien escaso.
—Disculpa, Ray, pero te juro que si no fuéramos a cerrar,
no os interrumpía, es que Giovanna me está esperando y no
se duerme hasta que no le doy el beso de buona notte.
—No hace falta que te disculpes, pídele perdón de mi
parte y salúdala, que hace mucho que no la veo.
—Descuida. Aquí tienes lo que me pediste, espero que
disfrutéis del postre, aunque no me cabe duda de que así
será —comentó pícaro—. Espero veros de nuevo, pareja.
Leo no había dicho nada, fruncía el ceño y su rostro
volvía a presentar una expresión de incomodidad.
—Descuida —respondí.
Al llegar a la calle, nos sorprendió una bocanada de aire
frío, el tiempo estaba cambiando y pronto haría falta ropa
de más abrigo.
—No quiero ir a casa todavía, ¿se te ocurre algún sitio en
el que podamos seguir hablando y que no nos cierren? —
Alcé las cejas.
—¿Por qué ese tío te ha llamado Ray?
«¡Mierda!». Ni siquiera había caído en ello, podía
inventarme algo, decirle que era un mote o una palabra en
italiano, pero no tenía ganas de excusarme en algo así. Él se
había abierto a mí, y yo no quería seguir mintiendo. Es más,
no quería hacerlo porque intuía que las cosas a partir de
entonces iban a ponerse feas, e iba a pasar de ser un
sospechoso a un testigo protegido, o, por lo menos, eso
quería.
—No eres el único que tiene cosas que contar. Te dije
antes que si tú hablabas, yo también hablaría. Estoy
dispuesto a hacerlo, a contártelo todo sobre mí, a abrirme
en canal como tú has hecho. —Su mirada se estrechó. Ni
siquiera sabía qué esperar. Otro de sus silencios, casi podía
oírlo pensar.
—No sé si es buena idea. Debería irme, coger a mis hijas
y… —Le cogí la mano y trencé los dedos con los suyos.
—Por favor, danos esta noche, y si después decides irte,
no puedo prometerte que vaya a ponerte las cosas fáciles,
pero haré lo posible. —Mi declaración de intenciones le hizo
morderse el labio por dentro.
No me había soltado y no parecía tener ganas de
hacerlo, lo que me daba una pequeña esperanza de que
quisiera que continuara la velada.
—Por favor —insistí, sujetando la pizza y los postres con
mi mano libre—. Además, nos falta el postre —le recordé,
lamiendo mis labios resecos fruto de la tensión.
Él los miró y noté cómo sus pupilas se ampliaban. Puede
que mi gesto y mis palabras lo hubieran hecho pensar en
algo distinto al tiramisú.
—Conozco un sitio en el que nadie nos molestará. —Le
sonreí.
—Eso suena genial.
CAPÍTULO 47

Leo

Llevé a Dave, o a Ray, o como demonios se llamara, al


Savage.
Ni siquiera estaba seguro de si me estaba equivocando,
si volver a entregarle mi confianza a un hombre que me
atraía. Estaban despertando en mí sentimientos que me
prohibí tener, que no quería volver a sentir y sin embargo
me sentía incapaz de controlarlos. Cada vez tenía más
hambre, y la necesidad hormigueaba bajo mi piel
empujándome a colmar cada impulso que vibraba en mí.
Años de autodeterminación arrojados por la borda.
No quería volver a perder el control con un hombre
porque corría el riesgo de convertirme en un puto títere.
Tenía pavor a que ocurriera eso, a hacer cosas de las que
pudiera arrepentirme porque me cegara el amor. Jamás
llegué a perdonarme por lo que hice. Mis actos tuvieron una
consecuencia catastrófica, una inocente pagó por mi ida de
olla, así que era justo pagar el precio de renunciar a aquella
parte de mí que me hizo joderlo todo. Renuncié a lo que era
porque me daba pavor que esa pulsión tomara el control.
No fue sencillo, en primer lugar porque me supuso ir en
contra de mi naturaleza. No me gustaban las mujeres, por lo
menos, no para mantener relaciones sexuales con ellas.
Si lo hacía era para expiar mis demonios interiores,
porque, cada vez que lo hacía, era venderme y sentirme
utilizado como María, además de una fuente de ingresos
para mi familia. Sentía profundo asco por lo que hacía cada
vez que estaba con una clienta y, sin embargo, era lo único
que en cierta medida aliviaba mi sufrimiento, el pensar que
le devolvía a mi mujer un poco de su dignidad perdida. Que
mi dolor, mi asco, era el precio a pagar por lo que ella tuvo
que sufrir.
Me daba igual que ella dijera que me había perdonado,
porque yo no pude hacerlo.
Abrí la puerta de la habitación que tenía alquilada y mi
compañero soltó un silbido.
—Qué bien te lo montas, Torres.
—Bienvenido al purgatorio —me salió del alma.
—Desde luego que aquí da para hacer una buena
purga…
La habitación estaba decorada para follar, ni más ni
menos, en tonos morados y negros, con imágenes
sugerentes cubriendo en vinilo alguna de las paredes.
Había objetos de todo tipo, cada vez que empleaba
alguno, los trabajadores del Savage se encargaban de
reemplazarlo, la seguridad y la higiene eran básicas,
además de que las mujeres con las que me acostaba, y
optaban por un juguete, pagaban por él y después se lo
llevaban a casa.
Dejó la pizza y los tiramisúes en el mueblecito que
quedaba en la entrada. No le costó demasiado dar con la
pequeña nevera en la que depositar los postres, que
quedaba integrada en el mismo aparador.
Se incorporó, deslizó la mano sobre la superficie de
madera y, al llegar a la pecera de los condones y los sobres
de lubricante, metió la mano para dejarlos caer entre los
dedos.
—Un buen surtido, sí señor.
—¿Eres inspector de sanidad? ¿Planificación familiar? ¿O
has venido a que hablemos? —Dave rio por lo bajo.
—Mira, si incluso tienes algo de humor.
—No pretendía sonar divertido —mascullé, cruzándome
de brazos. No sabía a qué atenerme con él, y eso me
generaba cierta incertidumbre.
—Es solo que este sitio me genera curiosidad y morbo a
partes iguales. Mi imaginación es muy volátil.
—Pues déjala en stand by. ¿Te pongo una copa? Yo la
necesito.
—Por favor…
Tenía botellines individuales de licor. Opté por dos
whiskies, los cuales serví en el par de vasos de cristal.
La cabeza me daba vueltas, estaba muy nervioso. No las
tenía todas conmigo de estar actuando bien. Las dudas me
asaltaban, sobre todo, cuando el camarero lo llamó Ray.
Quizá tuviera un nombre compuesto, o cuando entró a
currar en el SKS no quería que nadie supiera su auténtica
identidad. O puede que fuera su nombre de guerra, que lo
adoptara cuando ejercía la prostitución para separar sus dos
yoes.
Le ofrecí el vaso, y él lo alzó.
—Brindemos.
—¿Ahora quieres brindar? —pregunté escéptico.
—Por supuesto, la ocasión lo requiere.
—¿Y por qué brindamos?
—Por la verdad.
Entrechocó su cristal contra el mío mientras sus ojos me
atravesaban con profundidad.
Agradecí el ardor del alcohol deslizándose por mi
garganta. Y la calidez con la que se asentaba en mi
estómago. Él estaba muy cerca de la cama, por lo que se
dejó caer en ella para sentarse. Yo ocupé el sillón K.
En cada una de las habitaciones de los pecados
disponíamos de uno, era muy práctico y cómodo si querías
poner en práctica algunas de las posturas del Kamasutra.
Tenía la forma de una joroba de camello estilo Picassiano,
pues las zonas convexas no eran simétricas.
Me senté en la parte central, la que tenía forma de u,
para estar frente a él.
—¿Quién es Ray? —pregunté, removiendo el líquido de la
copa. Tenía demasiada curiosidad.
—Yo soy Ray.
—¿Es tu verdadero nombre, o es que tienes uno
compuesto?
—Es mi nombre —respondió sin tapujos.
—¿Ahora eres tú el que responde como si tuviera que
sacarle las palabras con sacacorchos?
Rio por lo bajo.
—Te lo contaré todo, te di mi palabra, aunque preferiría
que antes terminaras con tu relato, después seré todo tuyo.
Me miró con tanta intensidad que mi polla dio un brinco
malinterpretando sus palabras. Sabía que no se refería al
sexo, aun así, mi cuerpo respondía.
¡Mierda!
Di un suspiro largo y me tumbé, era mejor que lo
perdiera de vista para concentrarme. Clavé los ojos en el
techo y vi mi reflejo gracias al espejo que lo cubría. Mis
pupilas oscilaron atraídas por la silueta del hombre rubio
que yacía en la cama.
Presioné los párpados con fuerza. Mejor cerrar los ojos si
no quería más pensamientos indebidos.
Cuando me sometí a Julio, en su casa, no supuso nada
para mí. Ya no lo quería, no existía aquella conexión que me
atraía y me enloquecía a partes iguales.
No quedaba un solo resquicio de amor. Cuando lo
miraba, lo único que era capaz de ver era al monstruo que
habitaba en él.
Alguna vez, alejado de toda aquella realidad, quise
justificarlo, entender por qué se comportaba así. Tras darle
muchas vueltas y hablarlo con María, por fin lo comprendí.
Él mismo era hijo del jefe de una clica, se crio mamando
sus principios y soportando sus palizas para ser más
hombre que ninguno. En Soyapango, o eras de la mara, o
eras de la mara. Y si decidías no serlo, eras carne de
extorsión, porque Julio César jamás quiso otra realidad que
la que le había tocado vivir.
Lo que lo diferenciaba del resto de homeboys era su
ambición, su ansia de poder y de demostrarle a su padre
que podía ser mucho más grande que un ranflero de penal.
Él no había nacido para acatar, sino para sentenciar, su
nombre era el de un emperador, uno que soñaba no solo
con gobernar, sino con crear su propio imperio en el que
regirían sus normas. Las que el consideraba oportunas para
la SM-666.
Por eso quiso castigarme frente a sus hombres, porque lo
que le hice o se paga con la muerte, o con un castigo
ejemplar, y lo que él quería era convertirme en su perro,
quería condenarme en vida, y lo peor de todo era que me
tenía cogido por los huevos, u obedecía, o traficaría con mis
hijas. Ya no tenía opción a escapar, le debía mi vida.
Cuando me entregué en el salón de las ceremonias, no
hubo placer, solo sumisión y expiación. Él era el big y
decidía en cada momento qué quería.
—¿Qué pasó, Leo? —arrancó Ray.
Llevaba toda la cena ejerciendo casi de terapeuta, y
ahora, acomodado en el sofá, me sentía casi en la consulta
del psicólogo, listo para otra sesión de terapia emocional.
Respiré hondo y dejé salir aquello que llevaba años
oprimiéndome el pecho.
CAPÍTULO 48

Leo, trece años antes.

Hubo una explosión enorme, alguien había arrojado un


explosivo en el momento exacto en el que iba a cortarle las
ataduras de las muñecas a María mientras fingía que me la
tiraba.
No es que fuera un plan muy elaborado, tampoco sabía
qué haría cuando todos se dieran cuenta de que no tenía
intención alguna de matarla, aunque tampoco me hizo falta
pensarlo porque la cosa se puso muy fea en poco tiempo.
Se oyeron gritos de dolor, algunos de nuestros
homeboys, los que estaban más próximos a la entrada,
fueron alcanzados por ladrillos, cascotes, parte de la puerta
y material incandescente. El olor a carne quemada me llegó
de forma abrupta.
Actué por instinto. Me levanté lo más rápido que pude,
me subí los pantalones y, sin desatar a María, la cargué
sobre mi hombro derecho guardándome el cuchillo en la
parte trasera del cinturón.
Disparos, gritos, detonaciones, insultos. En el local se
había desatado el mismísimo infierno, miré en dirección a la
silla en la que estaba sentado Julio y él cabeceó hacia el
final de la nave, donde teníamos una trampilla que llevaba a
un túnel subterráneo que conectaba con la estación de
trenes.
—Llévatela, que no te arrebaten al recipiente, llévala a la
chanty de tu tío, él sabe qué hacer. Yo me ocupo de las
niñas[50].
Me temblaba todo el cuerpo. Lo vi sacar un fierro y
ponerse a disparar. Había armas escondidas allá dentro, por
lo que los demás seises fueron a por las suyas, sin perder
tiempo.
Teníamos la mayoría de las ventanas tapiadas con
maderas, estas habían empezado a arder envolviéndolo
todo en fuego. O salía rápido, o iba a cocinarme ahí dentro.
Corrí en dirección a la trampilla.
En mi cabeza, lo importante era llegar al túnel.
Quien conocía a los mareros sabía que eran tan buenos
moviéndose por los tejados como los gatos. Por eso
construimos aquella vía de escape.
Había sido un estúpido pensando que la Santa Muerte
estaba de mi lado y que los dieciocheros no vendrían a por
María, que se quedarían de brazos cruzados.
«¡Cerote, cerote, cerote!», me insulté a mí mismo.
Estaba tan acojonado que ni siquiera me di cuenta de
que María yacía laxa como un saco de patatas, no peleaba,
no gritaba, solo se mantenía ahí suspendida en mi hombro
sin apenas moverse. ¿Por qué no chillaba para que su padre
y sus hombres la oyeran? Vale que no tenía mucha voz,
pero… ¿Por qué no pataleaba?
Corrí hasta el fondo de la nave. Una bala me rozó la sien
y se incrustó en la pared. Me había ido de bien poco…
—¡Hijueputa! ¡Suéltala! —Oí el rugido demasiado cerca.
¿Dónde estaba el dieciochero? El pulso me iba a mil—. ¡Voy
a volarte los sesos, cabrón! —Alcé la barbilla buscando la
procedencia de la voz. Estaba agazapado en una de las
ventanas, había volado los maderos y se encontraba a unos
dos metros y medio por encima del nivel del suelo.
Estaba empapado en sudor frío. Me costaba respirar
porque el fuego había prendido en la nave y la estaba
arrasando sin tregua.
Puse mi mirada en la suya. Si no había disparado era
porque desde su posición el ángulo no era muy favorable,
podría dañar a María, así que si la soltaba, era hombre
muerto.
—¡¿No me oyes, hijueputa?!
Desvié la mirada hacia la trampilla, si iba hasta ella, el
homeboy saltaría, no iba a dejarme huir, pero era la única
posibilidad que tenía, era imposible regresar sobre mis
propios pasos.
En cuanto bajara a María al suelo para desbloquear el
acceso, corría el riesgo de que ella se hiciera a un lado y
convertirme en el blanco perfecto. Lo único que se me
ocurría era amenazarla con el cuchillo mientras yo intentaba
largarme.
A la mierda el recipiente, a la mierda la mara y a la
mierda todo el mundo. ¡Yo no quería vivir así! Mejor morir
intentando poner remedio a mi situación que dejarme matar
por uno de los cabrones que mataron a mi madre.
Puede que en el fondo fuera un cobarde, que no tuviera
las agallas de mi padre, ya me daba lo mismo, lo único que
quería era salir de ese sitio y olvidar.
Desoí su orden y fui directo a mi vía de escape. Oí su
imprecación, el salto y el quejido. Ojalá se hubiera
fracturado las dos piernas en la caída. Un disparo por lo
bajo. Había intentado darme en una rodilla, por suerte,
había fallado.
Llegué a la trampilla y bajé a mi rehén al suelo, con los
nervios me olvidé de amenazarla y coger el cuchillo, todo lo
que se me ocurrió fue alzar la plancha de hierro que pesaba
como un muerto y se había encasquillado, el calor la estaba
dilatando.
—¡Vamos, ábrete! —Tiré.
María seguía en el mismo sitio donde la dejé. Me estaba
cubriendo en lugar de correr.
—María, ven acá, ¡corre! —espetó el hombre.
¿Por qué no se movía?
—Tiré de nuevo con todas mis fuerzas.
—¡Vamos, joder!
—Úsame de escudo —escuché un murmullo ronco y
femenino. Alcé la barbilla y me topé con su mirada oscura.
Se estaba tapando su desnudez como podía. No había
tenido tiempo de ofrecerle algo para que se cubriera. Me
sentí mal—. Úsame de escudo —volvió a repetir.
—¡¿Qué?!
—Hazlo, úsame, no dejes que me atrapen.
—¡¿Quiénes?! —pregunté, creyendo que se trataba de un
shock postraumático. Mi padre me dijo que la gente solía
sufrirlos cuando les pasaban sucesos muy gordos y llegaban
a confundir la realidad con lo que les ocurría.
—Todos. Tengo que irme, no puedo quedarme aquí —
suplicó.
O quizá me equivocara y su vida en La Campanera era
tan mierda como la mía.
—Si lo que pretendes es jugármela, te juro que te
apuñalaré —la amenacé.
—No te la voy a jugar, solo quiero escapar.
—¡María! —volvió a ladrar el pandillero, pero ella no se
movió. Cada vez el humo era más denso. Todo estaba
ardiendo.
A lo lejos, oí que Julio vociferaba, su voz quedó opacada
por más disparos. ¿Le habrían dado? El pensamiento dolió,
no quería que muriera, era la persona más importante de mi
vida. Intenté de nuevo que el hierro se moviera, le pedí
ayuda a mi padre, le dije que si eso era lo que quería para
mí, que me ayudara, y yo me largaría de El Salvador sin
mirar atrás.
—María, ¡muévete! ¡No tengo ángulo para disparar! —Si
aquel capullo no había llegado ya hasta nosotros era porque
se había jodido algún hueso, estaba casi convencido. Desvié
unos segundos la mirada y vi su pierna torcida en un ángulo
muy feo, se estaba arrastrando.
María se puso a toser y yo también.
—Ya casi estoy —gruñí, notando un movimiento. «Vamos,
solo un poco más, ¡ayúdame, papá!»
El calor era sofocante, el humo se me metía en los ojos.
—Si no te apartas, voy a…
No concluyó la frase, alguien le voló la tapa de los sesos.
Por fin pude mover la trampilla.
—¡Vamos! —la espoleé.
—¡No! ¡Espera!
—¿A qué?
La agarré del tobillo. El fuego ya lo envolvía todo, no
podíamos esperar más. Sabía que el metal ejercería de
cortafuegos. Lo explicaron un día en clase y mi padre lo
había hecho con anterioridad. Antes de que falleciera,
cuando estaba de permiso en casa, solíamos organizar
salidas padre e hijo a la montaña. Lo llamaba fin de semana
de chicos. Me enseñaba todo lo necesario para sobrevivir en
caso de necesidad, desde cosas sencillas como hacer fuego,
nudos, reconocer plantas comestibles, o conseguir agua. Era
muy divertido, a mí me encantaba, porque era como
nuestro pedacito de espacio juntos. Daba lo mismo si en mi
día a día supiera que si necesitaba calentarme solo tenía
que encender la calefacción o para comer ir hasta la
despensa.
—He oído su voz, dame solo un minuto. —Estiraba el
cuello nerviosa. Si esperaba a alguien, no iba a quedarme
para verlo. Porque, con total seguridad, terminaría con un
disparo en el entrecejo.
—Yo me largo y cierro, si quieres convertirte en
barbacoa, allá tú.
Bajé el primer peldaño de la escalera. María gritó cuando
un trozo de tejado ardiendo se vino abajo, no había tiempo
que perder.
—¡Mierda!
Fui a por ella, aunque quisiera, no podía dejarla allí, no
después de lo que le había hecho.
—¡Vamos!
La forcé a entrar y, una vez la tuve dentro, dejé que la
pesada chapa cayera. Ella no paraba de llorar cuando sus
pies tocaron el suelo. En el estado en el que estaba, no
podría recorrer muchos metros. Me quité la camiseta y se la
ofrecí. Ella se la puso con ojos llorosos.
—Súbete a mi espalda.
—Ha muerto…
—¿Quién? —pregunté. Ella negó y sorbió por la nariz.
—La única persona que me importaba. —Estuve a punto
de decir que a mí también, pero habría mentido, porque
Julio quizá estuviera vivo.
—María, tenemos que seguir, el humo no tardará en
llegar hasta aquí, esto es una trampa para ratones; si no
nos movemos, nos ahogaremos.
—¿Qué voy a hacer? —le tembló la voz.
—No voy a matarte, si es lo que te preocupa, una vez
fuera, dejaré que te largues, te lo juro.
—¿Po-por qué me secuestraste? —El humo ya empezaba
a colarse por la rendija. Tenía que contestar rápido.
—La mara de tu padre ha matado a mi madre, esta
mañana, quería justicia, quería devolvérsela y… Aunque no
suene muy bien, tú eras la manera.
María se quedó en silencio y asintió.
—Lo entiendo. —Su respuesta me hizo fruncir el ceño.
—Siento lo que te hicieron, me gustaría decirte que no
tenía ni idea de que ocurriría, pero mentiría.
—Tú no querías hacerlo —respondió.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me he dado cuenta de que esta no es la vida
que quiero, porque si lo hubiera hecho, no me lo habría
perdonado. Por favor, camina —musité, ella tosió y,
finalmente, asintió.
Cogí el móvil, que llevaba en el bolsillo del pantalón, y
encendí la linterna.
—Siento que mi padre matara a tu madre.
—¿Lo sientes? —pregunté escéptico.
—Mi padre es un hombre horrible, po-por eso no quiero
volver a La Campanera. No tienes ni idea de lo que he
sufrido estando allí. No es la primera vez que paso por algo
así.
—¡¿Cómo?! —Ella miró al suelo avergonzada.
—No importa.
—¡Claro que importa! —mi estómago se retorció.
—Quizá, después de todo, hubiera sido mejor morir en
las llamas.
—E-entonces, ¿no eras virgen? ¿Y la sangre?
—Manché mientras… —se le cerró la garganta, la verdad
es que estaba haciendo un sobreesfuerzo para hablar—. Ya
sabes, me lo hizo muy duro.
—Lo siento. —Yo sabía a la perfección que a Julio le
gustaba a lo bruto—. Todo esto es culpa mía, no debí
aceptar, si hubiera controlado esa estúpida sed de
venganza, si no me hubiera dejado convencer…
—La mara es así —asumió ella.
—Pues no debería.
Habíamos llegado al otro extremo del túnel. La miré,
parecía tan frágil y perdida como yo. Era el único
responsable de lo que le había ocurrido; por mucho que no
fuera virgen, no merecía ni lo que le hizo su padre, ni lo que
le hicieron Julio y los demás.
María no tenía la culpa del cabrón que tenía como padre,
ni de que este hubiera matado a mi madre, era una víctima
de todo eso.
—¿Quieres matarme? —le pregunté.
—¿Cómo?
—Sería lo lógico —saqué el cuchillo del cinturón y se lo
ofrecí—. Yo tengo la culpa de lo que te pasó, así que… Toma.
—Tú no me tocaste.
—Pero te secuestré.
—Y también me salvaste la vida hace unos minutos,
aunque ahora mismo no sepa dónde ir o qué hacer.
Nos miramos en silencio y sentí una extraña conexión.
Los dos estábamos rotos, éramos víctimas de la violencia
del lugar, de los grupos de pandilleros que ejercían la
presión suficiente como para adueñarse de la vida de dos
adolescentes.
No soportaba más la angustia. Llevaba todo el día
buscando controlar mis emociones, no derramar una sola
lágrima para cumplir con la venganza, que cuando la
primera lágrima se desprendió por mi mejilla, no me pude
contener.
Me llevé las manos a la cara y rompí a llorar como un
crío, me derrumbé, caí sobre mis rodillas y le supliqué que
lo hiciera, que acabara con todo el mal que habitaba en mí,
que no quería ser así, que yo no era así.
María cogió el arma, y en lugar de utilizarla, la dejó caer
y me abrazó. Lo que provocó que llorara todavía con más
fuerza. Sus brazos me envolvieron y sus lágrimas se
sumaron a las mías.
Estuvimos un buen rato dejándonos llevar por la pena, la
rabia y el dolor.
Cuando nos serenamos, nos buscamos en la mirada del
otro.
—Tú eres al que llaman gringo, ¿verdad? —apenas ya le
quedaba voz. Tenía que forzarme a oír su susurro.
—¿Has oído hablar de mí?
—Un poco. Hace unos días, llegó a casa el rumor de que
el hijo de Valdés quería crear una mara nueva con el de los
Yunáis. Mi padre quería comprometerme con él, cerró un
trato con el suyo.
—Imposible, ¡Julio está con Anita! No hables pajas[51].
—Yo no miento. Anita era un pasatiempo… Su padre y el
mío querían estrechar lazos después de lo que estuvo
haciendo en el penal. El padre de Julio ayudaba al mío. —
Alcé las cejas, el corazón me iba a mil.
—Julio César no estaba al corriente de eso.
—¿Eso piensas? Quizá no lo conoces tanto como crees, él
lleva meses visitándome una vez a la semana, la intención
era cortejarme. Nos pasábamos una hora con mi padre, y
media más solos en mi habitación. Mi final era ser para él.
—¡Imposible!
—¿Por qué tendría que mentirte?
—Julio nunca quiso unirse a Barrio-18, solo hundirlo.
—Bueno, pues quizá venía a casa para sacar información,
para poder atacarnos. Tal vez nos mintiera a todos. A mí me
educaron para ser moneda de cambio, la perfecta esposa de
un marero. Ver, oír, abrirme de piernas y callar. El esposo
siempre satisfecho.
Aquellas palabras parecían fuera de lugar en un cuerpo
tan pequeño.
—Yo no quiero pertenecer a un mundo así —confesé.
—Ni yo matarte. Está claro que Julio no me quería casada
con él, sino acabar conmigo. Llévame contigo a Estados
Unidos. ¡Huyamos de todo esto!
—¿Cómo? —De todo lo que habría esperado, eso no se
aproximaba a nada.
—No soporto más vivir en La Campanera, si me quedo
aquí, los dos sabemos cuál será mi final. Si de verdad
quieres que estemos a cheles, ayúdame a salir de este
agujero, ofréceme una vida distinta a esto, y yo te
perdonaré. No te daré problemas, cuidaré de ti para
siempre.
—Lo que me estás pidiendo es muy difícil. ¡Nos
atraparán!
—No si piensan que hemos muerto. Solo tenemos que
lanzar tu colgante y mi pulsera al interior del local. Así
creerán que fallecimos.
Toqué las placas de acero que quedaban suspendidas en
mi cuello. Me las ponía en contadas ocasiones porque para
mí eran muy importantes, casi como un amuleto.
—No puedo hacerlo —murmuré tocándolas—.
Pertenecieron a mi padre, es lo único que me queda de él.
—Esta —sacudió la muñeca— era de mi abuela. Yo
tampoco quiero desembarazarme de ella, pero si lo
hacemos, podremos desaparecer. Creerán que no pudimos
salir del incendio. Mi abuela y tu padre siempre estarán con
nosotros. ¿Prefieres un collar, o la oportunidad de una vida
lejos de la mara?
No me costó decidir. María me dio su pulsera, y yo me
camuflé para arrojar ambos recuerdos al interior de la
fábrica sin que nadie me viera.
Después volví a por ella, y en lugar de ir hacia la casa de
mi tío, nos colamos en el último vagón de un tren de
mercancías que iba en dirección a México.
CAPÍTULO 49

Ray

—¡Hijo de puta! —La exclamación me salió del alma.


—Ya sé que soy un cabrón.
—No me refería a ti, sino a Julio César. Ahora que tengo
todas las piezas encajadas, me queda bastante claro, más le
vale a ese tío no cruzarse en mi camino o lo despedazo.
—¿A qué te refieres?
—¡A que todo era una jodida trampa! ¿No lo ves? Iban a
obligarlo a casarse y sacó esa mierda de rito de la virgen,
que está más que claro que era una pantomima porque él
sabía que no lo era. Lo hizo para librarse de la boda y
tenerte cogido por los huevos. Vio que, pese a sus tres años
de adoctrinamiento, flaqueabas, que podía perderte porque
tu madre estaba bien y quería enviarte con tus abuelos, y
esto no lo sé, pero me apostaría el cuello a que los de
Barrio-18 no tuvieron nada que ver con su muerte, que Julio
la orquestó para tenerte todavía más atado a él.
—¡Eso es imposible, mi tío vino a darme la noticia con los
suyos!
—¿El mismo tío marero que le dejó el coche a Julio César
para que secuestrarais a María? Yo no creo mucho en estas
cosas, pero dijiste que a tu madre le sangró el oído en el
velatorio, y ahí no había ningún dieciochero —lo vi dudar—.
Dime una cosa, ¿has sabido algo más de tu tío en estos
años?
—Me desarraigué por completo, no tengo idea de cómo
le va.
—Dame su nombre y apellidos, haré unas llamadas y lo
averiguaré, seguro que su vida es mucho mejor que la tuya,
incluso puede que sea el big de su propia clica en
Soyapango, por supuesto, de la SM-666. ¿Qué te apuestas?
—Lo que dices es imposible, mi tío no aceptaría matar a
su propia hermana y Julio no me habría hecho algo así por
aquel entonces.
—No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Juraría
que cada uno de sus actos fue una manipulación. ¿De
verdad piensas que se habría arriesgado a perderte? Eres
un tío listo, sabes la respuesta, por mucho que te duela. Te
presionó todo el tiempo, la mara iba a ser de los dos, pero él
puso las reglas, y tú un puto dibujo. No querías completar
un rito, y el movió las fichas para que lo hicieras. Antes me
has dicho que te resultó extraño que los dieciocheros no
fueran a por ti de inmediato. ¿Cómo iban a pensar en ti si no
mataron a tu madre? Si me das unos días, me ocuparé de
averiguarlo.
—¿Y cómo ibas tú a…? —Se quedó callado y tras tres
segundos en completo silencio, se puso en pie—. ¡Hijo de
puta! —El que ahora vociferó fue él—. ¡Eres poli!
Se abalanzó sobre mí para darme un puñetazo en toda la
cara. Lo habría conseguido si mis sentidos arácnidos no
estuvieran la mayor parte del tiempo en guardia.
Frené el golpe. Mi posición no era la mejor. Aunque Leo
no se vino abajo y siguió atacando.
—¡No soy poli!
—¡Claro que sí, todo encaja! Tu nombre falso, que
aparecieras en todas partes, que me persiguieras aquella
noche y me recibieras en tu casa. Soy un estúpido, ¿cómo
he podido confiar en ti y soltártelo todo? ¡¿Sabes lo que les
habrían hecho a mis hijas si la SM-666 hubiera descubierto
que vivo con un madero?! ¡Nos has puesto en peligro!
Atrapé su puño después de que lograra hundirlo en uno
de mis costados.
Necesitaba que me escuchara, y vi la oportunidad en esa
misma cama.
Forcejeamos, le dejé incrustarme un par de golpes más
para llevarlo al lugar exacto donde quería, y entonces me
empleé a fondo para que sus muñecas quedaran atrapadas
en un par de clics.
—¡Suéltameee! —rugió en cuanto se vio inmovilizado por
sus propias esposas.
—No hasta que te tranquilices y me escuches, hermano
mellizo de la niña del Exorcista.
Lionel sacaba espuma por la boca al verse atrapado. Di
gracias a que las esposas no fueran de esas que se abren al
primer tirón. Me acomodé en su cintura, tenía los ojos más
negros que nunca y las ganas de matarme brillaban en sus
pupilas.
Era mi turno, me hubiera gustado contarle quién era
después de haber echado el polvo de nuestra vida,
compartiendo un tiramisú en la cama, pero las cosas vienen
como vienen.
—Me llamo Ray Wright y soy agente del HSI, en concreto,
de una unidad llamada ICE. Nos encargamos de delitos
relacionados, mayoritariamente, con el tráfico de menores.
Hace unos meses, al terminar un operativo en el que estaba
involucrada la SM-666, nos llegó un soplo, uno sobre ti.
—¡¿Sobre mí?! ¡Eso es imposible!
—Nos dijeron que eras uno de los fundadores del grupo y
que podías estar asociado con Muerte.
—No sé quién es Muerte.
—Por lo que me contaste, intuyo que es Julio César.
—Ni hablar, la taca de Julio siempre fue Emperador, y la
mía Lion. Él bromeaba siempre que yo era el león del
Emperador, el único que lo devoraba, por eso no me gustó
cuando me llamaste por el apelativo que él empleaba. —
Arrugué el ceño.
—¿Y no puede ser que se la cambiara?
—Esto no es como un peinado, la taca solo se pone una
vez en la vida. Puede que quisieran despistaros dándoos
una falsa.
—Puede…
—Y ahora suéltame, tengo que ir a por mis hijas y
largarme lo antes posible de aquí.
—Tú no vas a ninguna parte, a no ser que tengas
superpoderes capaces de arrancar el cabecero de la cama.
—¡Vas a desatarme tú!
—No hasta que me escuches y entiendas que no soy el
enemigo, y que quiero ayudarte.
—¡¿Ayudarme?! ¡Has hecho todo lo contrario! ¡Igual por
eso hicieron arder el edificio! ¡Quizá tú seas el responsable
de la muerte de mi mujer! ¿Qué hiciste después de que te
dieran la paliza? ¿Fuiste a las oficinas a dar parte a tu
jefazo?
—No, fui directo a casa. Aunque puedas pensarlo, no soy
estúpido, me tomo muy enserio mi curro y soy muy
concienzudo. Soy de los mejores agentes infiltrándose, tú no
has sospechado de mí en momento alguno y jamás he
tenido un susto.
—Pues me parece que el primero te lo dará Julio, cree
que follamos, me lo ha dicho esta misma tarde. —Alcé las
cejas sorprendido.
—Así que allí es dónde fuiste esta tarde… ¿Y por qué
piensa eso?
—Ni lo sé ni voy a quedarme para averiguarlo.
—Lo tienes crudo, porque a no ser que seas mago o
escapista, te tengo esposado.
—¡Mis hijas podrían estar en peligro ahora mismo! Saca
las llaves del cajón de la mesilla y quítame las esposas.
—No te preocupes por las chicas, las tengo custodiadas.
—No jodas que Dakota y Samantha son…
—No, pero el novio de Sam sí que es poli y está
montando guardia hasta que lleguemos; si pasara algo, me
avisaría de inmediato.
Leo tenía la mirada desenfocada, estaba muy
angustiado, y era comprensible después de todo lo que me
había contado. Descubrir mi profesión no ayudaba. Su
pecho subía y bajaba acelerado.
—Creía que podía confiar en ti. ¡Mierda! ¡Siempre me
equivoco!
—Y puedes —murmuré suave, tomándole la cara. Él la
movió de un lado a otro para desembarazarse de mi caricia.
—¡No!
—¿Sabes cuánto me estoy arriesgando revelándote mi
identidad? Quizá no lo veas del mismo modo, pero me he
expuesto, sabes quién soy, a qué me dedico, conoces a mis
amigos, podrías pedirle a Julio que me matara. Confío tanto
en ti que me he expuesto al cien por cien. Tal vez sea mi
jefe el que me liquide y no haga falta que envíes a nadie —
rumié—. Ahora mismo estamos en tablas.
—Me mentiste —su murmullo fue de decepción.
—Cumplía con mi trabajo, que es distinto. Eso es lo único
respecto a lo que no te he dicho la verdad. Sabes todo lo
que hay que saber sobre mi vida, te lo conté yo mismo.
Vives en mi casa, duermes conmigo y abres la puerta de mi
nevera las veces que te da la gana. Incluso salpicas en mi
taza del váter.
—Yo no salpico.
—Casi me conoces mejor que yo mismo. —Lo vi resoplar
—. Nadie es tan bueno como para fingir las veinticuatro
horas ser alguien que no es, piénsalo. Lo único que ha
cambiado entre nosotros es mi profesión, ¿de verdad
piensas que eso es tan importante? Podría haber sido
cocinero o probador de toboganes acuáticos. Lo importante
está en los hechos.
»He ayudado a hacer los deberes a Elena a diario, le he
cambiado el pañal a Daisy tantas veces que creo que
empieza a gustarme el olor a mierda, y cuando no
encontrábamos a Magaly, hice todo lo posible para que
apareciera y borrar esas arrugas de preocupación de tu
frente —pasé los pulgares por ellas—. Lo creas o no, me
importas, mucho, muchísimo, y con lo que me has contado
esta noche, todavía más.
»Es lo más cierto que te he dicho nunca, cuando estás a
mi lado, a veces me olvido de respirar y no creo que tengas
dudas sobre cuánto me pones. —Contuve las ganas de
rozarme contra su entrepierna para mostrárselo—. Quiero
protegeros, cuidaros y que tengas esa vida que mereces y
que nadie debió arrebataros. Deja que os ayude.
Sus párpados cayeron y los apretó con fuerza.
—No puedo… —Mis nudillos recorrieron el contorno de su
mandíbula con mimo.
—¿El qué?
—Nada. Todo. ¡No tienes ni idea!
—Tienes miedo.
—¡¿Miedo?! ¡Soy un estúpido! ¡Les he arruinado la vida!
—¿A quiénes? ¿A tus hijas?
—¡Sí! ¡Y a María! ¡No la protegí! Se lo prometí y no lo
hice, terminó del mismo modo que debimos morir aquella
noche. Julio quiere vengarse y no parará hasta que lo
consiga.
—¿Y qué quiere?
—Lo que siempre debió ser suyo. ¡A mí! En unas
semanas, me quiere de vuelta en su vida y no va a aceptar
un no por respuesta.
—Tú no eres suyo, tú no eres de nadie. Mírame, Leo. —
Focalicé mi mirada en la suya—. Voy a ayudarte, quiero
ayudarte, y no aceptaré un no por respuesta. —Sus dedos
se crisparon y se apretaron contra las esposas—. Los dos
sabemos que si nadie le para los pies a la SM-666, tú y tus
hijas estaréis condenados.
—¿Y tú eres ese alguien? —rio sin humor.
—Quiero serlo.
—No puedes, nadie puede con ellos; si buscas una
medalla al mérito, este no es tu caso.
—Lo que busco es que se deje de traficar con la
inocencia, que quienes comercian con personas vulnerables
paguen sus delitos. No quiero que niños sean arrancados de
sus hogares para que pedófilos sin escrúpulos los
prostituyan. No quiero que niños de doce años trabajen de
sol a sol en lugar de ir a la escuela o que bebés sean
alejados de sus familias por unos cientos de dólares.
Llámame idealista, pero si puedo conseguir que uno solo de
esos niños tenga una vida digna, voy a hacerlo. No voy a
permitirle a Julio que toque a tus hijas, antes le meto una
bomba por el culo y vendo sus restos a un colega de un
restaurante chino que jamás preguntaría por la procedencia
de la carne.
—Todo lo que me dices es muy bonito, pero poco factible
cuando se trata de la mara. Tienen tentáculos por todas
partes, ¡mírame a mí!
—No dejo de mirarte. —Leo sopló de nuevo.
—No de ese modo. Me has hundido en el barro más de lo
que ya estaba.
—Lo que te estoy ofreciendo es una mano para salir de
él. Si no te dije nada antes es porque necesitaba
comprender la verdad y tener una visión global para poder
defender mi postura ante el director Price. Esta noche me
has dado las piezas que me faltaban, voy a pedirle que os
convierta en testigos protegidos.
—¡¿De qué?! ¡Yo no pertenezco a la mara, ni he visto
nada en los últimos años que os pueda servir en un juicio,
estoy vendido!
—Puede que ahora no lo tengas, pero lo puedes tener.
—¡¿Qué?!
—¿Quieres devolvérsela a Julio, apartarlo de tu vida para
siempre y que liquidemos a la SM-666? Podemos hacerlo
trabajando en equipo.
—No te entiendo.
—Es muy sencillo, dale a Julio lo que quiere, conviértete
en Lion y jodámosle desde dentro, como él hizo con Barrio-
18 para destruirlos.
—¿Quieres que sea como tú?
—Digo yo que algo bueno se te tiene que pegar después
de estos meses. Yo puedo prepararte en el tiempo que nos
queda. Me encantará adiestrarte —susurré, modulando el
tono de voz a uno más profundo.
—No sé qué decir…
—Tampoco es que tengas demasiadas opciones, ¿no
crees? Aunque me gustaría que creyeras que soy la mejor,
me conformo con ser la que elijas.
Ya que estaba más calmado y sin que me apeteciera
demasiado moverme, alargué el brazo para hurgar en la
mesilla y conseguir la llave.
Leo emitió un quejido ronco al corcovear sobre su
cuerpo. No lograba dar con la maldita llave.
—¿Q-qué haces? —preguntó entrecortado.
—Quitarte las esposas, ¿no querías que te desatara?
—Están en la otra mesilla —carraspeó. Volví a moverme y
él soltó un improperio. Algo empezaba a ponerse bastante
tenso y no me refería al ambiente, era algo más largo,
grueso y estaba justo debajo de mí. Sonreí.
—¿Cómo dices? —le pregunté sinvergüenza.
—No he dicho nada.
—Um, qué extraño, pensaba que me habías dicho que
cogiera la barra de hierro en lugar de las llaves. Que no
sabías dónde las habías metido y preferías que hiciera
palanca. —Esa vez me froté descaradamente contra su
polla. Leo exhaló con fuerza y su erección presionó contra el
vaquero movida por mis palabras—. Mmm. ¿Lo ves?, esta
herramienta me gusta mucho más que la llave.
Hice un movimiento ondulante que lo hizo jadear.
—Para.
—¿O qué harás? —pregunté sin detener el movimiento.
—¡D-Ray! —protestó. Me hizo gracia que titubeara con mi
nombre, aunque adoraba cómo sonaba en su lengua. Bajé el
cuerpo hasta que nuestras narices casi se rozaron.
—Dime, Lionel —musité tan cerca de su boca que
nuestros alientos se combinaron.
—No podemos…
—¿El qué?
—Esto, tú y yo… Ni siquiera sé si voy a llegar vivo a casa.
Uuuh, esa era de mis frases favoritas para poder darles
la vuelta.
—¿Y si no lo hicieras? ¿Y si murieras nada más salir por la
puerta porque tu ex nos estuviera esperando? ¿Preferirías
morir sin saber cómo sería un polvo entre nosotros? ¿O
preferirías que la muerte te alcanzara después del mejor
polvo de tu vida? —La duda estaba sembrada, y la cosecha
no dejaba de crecer entre sus piernas—. No te tenía por uno
de esos —seguí presionando.
—¿Uno de esos?
—Uno de los que huyen cuando les pasan cosas buenas.
—¿Y tú eres esa cosa buena?
—Cariño, a estas alturas de la novela, ya tendrías que
saber que soy el mejor, y que poder perder el alma en una
de mis mamadas… ¿No te lo dije? Soy doctor mamadis
causa, tengo la orla en mi casa, si quieres, luego te la
enseño, me gradué con honores. Siempre he tenido una
boquita de oro.
Leo no pudo contener la carcajada que se le acumuló en
la garganta, ni yo quise refrenar la sonrisa.
—¿Cómo lo haces?
—¿El qué?
—Que una situación terrible parezca un regalo, que en
lugar de querer darte una patada en el culo, quiera
follártelo.
«Ey, ey, ey, ¿quién ha dicho eso?».
—Repítemelo —murmuré ronco, dándole un mordisco en
el cuello, notando cómo el vello duro de un día pujaba en mi
boca. Leo gruñó.
—Quiero follarte.
Mi mano se deslizó por su torso hasta la bragueta para
masajear su miembro envuelto en la basta tela del
pantalón.
—Otra vez —musité, moviendo los dedos arriba y abajo
—, repítemelo hasta que me lo crea.
—¿Y por qué mejor no te lo demuestro? Yo soy mucho
más de hechos.
—Así que esas tenemos, ¿eh? —pasé la punta de la nariz
por el puente recto de la suya.
—Bésame y cállate, ¡joder! —Leo alargó el cuello con la
boca abierta para capturar la mía.
—Me gusta cuando me silencias con la lengua —
murmuré saboreándolo.
CAPÍTULO 50

Leo

Estaba hecho un puto lío, aunque de lo único que estaba


seguro era de que no quería morir sin haberme tirado a Ray.
No le pedí que me desatara, quizá porque encontraba
una falsa seguridad en aquel elemento que me retenía,
aunque me muriera de ganas de acariciarlo, de tocar cada
músculo, la perfección de su piel dorada.
Tras besarme, con aquella intensidad por la que
cualquiera vendería el alma, se separó de mí con una
sonrisa indolente. Tenía la polla al borde del colapso, hacía
tanto tiempo que no deseaba a alguien de aquella manera
primitiva y cruda que ni siquiera sabía cómo comportarme.
—En un sitio como este tiene que haber música,
¿verdad? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Ahí, al lado de la puerta, tienes un panel, está
conectado a Spotify. Pon lo que te dé la gana, aunque a mí
me bastaría con tus gruñidos.
Él se relamió los labios sin prisa, admirándome de la
misma manera que a los entrantes del restaurante italiano.
—Los hombres de calidad se degustan, así que si piensas
que voy a follarte como si trabajara en un fastfuck es que
no me conoces. Voy a hacerte la mejor comida de tu vida,
pero te advierto que no va a ser rápida.
Se dio la vuelta y fue hacia el control, dejándome a mí a
la deriva. Tenía la camisa pegada a la espalda, una erección
tan bestia que amenazaba con atravesar los putos
vaqueros.
Había llegado al límite. Me importaba muy poco quién
fuera Ray o su profesión, porque todos mis espermatozoides
se habían concentrado en mis huevos al grito de
«¡Espartanos! ¡Ahu, ahu, ahu!».
Ya casi no recordaba cómo se sentía uno al hacerlo por
placer, hacía demasiado. Por eso mi cuerpo estaba tan
erizado y la urgencia era extrema.
Las primeras notas envolvieron la estancia. Apagó la luz
y le dio al botón de los neones violetas que enmarcaban el
espejo del techo. Se dio la vuelta y avanzó como lo haría si
estuviera bailando en el club, de manera sinuosa, canalla y
excitante. Loose control, de Teddy Swims, fue el tema que
había escogido para mí. Y menudo acierto.
Si existía una letra que pudiera definir mi caos emotivo-
sexual era esa.
Ray era un soberano cabrón, sabía con exactitud lo que
hacía, mientras yo apenas tenía idea de si me equivocaba o
no.
Subió con suavidad la parte inferior de su camiseta
mostrando una pequeña zona de los abdominales,
asegurándose de que la boca se me hiciera agua con el
entremés.

Algo se apoderó de mí últimamente.


No, ya no me conozco.
Se siente como si las paredes se estuvieran cerrando.
Y el diablo llamando a mi puerta.
Woooahhh.

Subió el borde hasta atraparlo con los dientes y paseó la


mano de dedos largos por la parte central de su torso.
«¡Joder! Cómo me gustaría que esas manos fueran las
mías».
Tragué con fuerza.

Haciendo todo lo posible para evitar arrancar la piel de mis


huesos.
No lo sabes,
pierdo el control,
cuando no estás a mi lado.
Se desabrochó el botón del pantalón, bajó la cremallera,
metió la mano por dentro del calzoncillo y movió piel arriba
y abajo.
Apreté los puños, tenía el pulso disparado y los huevos
demasiado cargados.
Me estoy desmoronando justo en frente de ti.

¿No puedes ver?


Pierdo el control
cuando no estás a mi lado, mhm.
Se acercó por uno de los laterales de la cama sin dejar
de tocarse. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí,
dejó su polla asomar por la goma del bóxer. Aproximó la
palma de la mano caliente, impregnada de su sabor y su
aroma hacia mi ávida boca.
La lamí, joder si la lamí, buscando un resquicio de él en
ella, hallándolo con desesperación.

El problema problemático es que quiero tu cuerpo como un


demonio,
como un mal hábito.

La apartó con brusquedad y en mi garganta afloró una


protesta que silenció atrapándome la barbilla para hundir su
lengua en mí. Bastó aquel contacto cálido y lascivo para
volverme un salvaje y querer verme envuelto en un pecado
ardiente.
Succionó mi labio inferior y tiró de él a modo de
despedida. Su camiseta salió volando y mis pupilas
consumieron con avidez la carne masculina.
El problema problemático es que cuando estoy contigo, soy
un adicto,
y necesito un lanzamiento.
Mi piel en tus dientes.

Mis ojos buscaron la punta de su glande. Estaba tan


mojada, lista para ser degustada, que me relamí sin pudor.
Ray volvió a tocarse encendiéndome como un poseso.
Se subió a la cama y empezó a desabrocharme los
botones de la camisa con una lentitud asfixiante, besando
cada porción de piel expuesta, hasta tenerla abierta en dos.
No era capaz de llenar mis pulmones de aire, estaba
hiperventilando de necesidad extrema. Cada puta célula de
mi piel chillaba, y cuando llegó a mi ombligo y se puso a
follarlo con la lengua, como si la tuviera puesta en otro
punto de mi cuerpo…
—¡O paras, o me corro! —lo amenacé entre dientes.
—¿Te pone cachondo lo que te hago, Leo? —Me dio un
pequeño mordisco en la carne, volvió a lamerlo, para
después soplar en él.
—¡Me cago en la puta, Ray! —Rio ronco al ver el efecto
tan poderoso que tenía en mí. Estaba un poco asustado por
todo lo que prendía cada minúsculo contacto.
—Di qué quieres que te haga. ¿Quieres que te la chupe?
—preguntó. Sus dientes me torturaron ofreciendo pequeños
mordiscos en la pretina de mi pantalón.

Me puse de rodillas.
Cariño, por favor.
Oooohhhh.
Pierdo el control,
cuando no estás a mi lado.

—Voy a reventar —confesé sin vergüenza.


—Entonces déjame que te ayude, me encanta la artillería
pesada.
Me bajó los pantalones y los calzoncillos sin tocarme,
aunque sentía como si a sus ojos les hubieran crecido un
par de manos y no dejara de acariciarme.
Bajó hasta los pies de la cama para quitarme los zapatos
y la ropa estancada en mis tobillos. Después fue directo a la
pecera de los condones, la cogió y me la vació por completo
encima de la polla. Jadeé ante el impacto de los pequeños
sobres.
Escogió uno al azar, lo sacó de su encierro, pinzó la
punta con los labios, tomó la base de mi erección y, sin
abandonar mis ojos, lo deslizó hasta el fondo, albergando mi
totalidad en su calor.
Nunca había hecho puenting, aunque imaginaba que la
sensación sería muy parecida.
Arrojé una exhalación tan bestia que acabó con todas
mis reservas de aire. Su boca me engullía con una calma
angustiosa, era como si supiera qué velocidad y presión
debía ejercer para elevar mi desesperación hasta el borde,
sin que llegara a correrme.
Alcé las caderas, busqué cambiar el ritmo, pero sus
manos me frenaron.
Dios, ¡iba a consumirme en las llamas del pecado! Me
comía con pereza, sin prisa, con una lascivia que tensaba
cada rincón de mi anatomía.
La locura que desató en mí era irrefrenable.
Una de las manos, que sujetaba mis caderas para
inmovilizarme, cambió de lugar.
Ray lamió el dedo índice y lo ubicó en mi perineo para
recorrerlo con su humedad. Arrugué los dedos de los pies y
tiré con fuerza de las esposas cuando la yema alcanzó mi
ano y se puso a masajearlo sin entrar.
Julio nunca había sido tan delicado, lo nuestro solo era
meter y sacar, alguna que otra mamada, pero no tenía nada
que ver con aquella tortura sensual que me elevaba hacia
un lugar desconocido.
Paseó la lengua desde los huevos hasta la punta.
—¿Te gusta? —cuestionó sin dejar de trazar pequeños
círculos con la yema del dedo.
—No va a hacer falta que nadie me mate porque ya me
estoy muriendo.
—Me tomaré eso como un sí. ¿Quieres que termine de
desnudarme?
—Me encantaría, sí —claudiqué, anhelando el contacto
total.
Ray se apartó lo justo para desembarazarse de las
prendas. Era glorioso, no me extrañaba que le hubieran
dado una toga para el espectáculo porque era digno de ser
adorado y tener su propio imperio.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó masturbándose.
—Mucho.
Cogió uno de los sobres de lubricante, lo rasgó con los
dientes, lo vertió sobre su polla y se puso a acariciarse. El
sonido, el espectáculo de luces moradas sobre su piel y la
forma en que me miraba me hicieron apretar los dientes y
que mi polla alzara la cabeza en señal de protesta.
—Me pones muchísimo, Leo, tan moreno, tan estoico, tan
reservado, tan gruñón.
Dobló mis rodillas y volvió a acariciar el sendero que
separaba mis pelotas del agujero. Esa vez no lo hizo con la
yema del índice, sino con su glande, no había penetración,
lo único que buscaba era tentarme y por Dios si lo estaba
logrando.
—Ray… —susurré.
—¿Qué?
—Lo quiero todo.
—Tienes suerte de que yo también.
Apartó la erección. Y su dedo empezó a penetrarme con
tanto tiento, con tanto cariño, que nunca hubiera imaginado
que algo así fuera posible. Cogió otro sobre de lubricante y
me lo echó.
—Nunca es suficiente cuando se trata de lubricar. —
Debió ver la pregunta en mis ojos al ver que empleaba
tanto.
Rotó dentro de mí con tanta facilidad que apreté el
esfínter para sentirlo más. Noté como iban entrando las
falanges hasta ganar profundidad.
—¡Ah!
—Eso es, suéltate, disfrútalo.
Con la mano libre, se puso a dar ligeros apretones cerca
de mi glande mientras la otra se dedicaba a trabajar mi
amplitud, a prepararme para él. Cuando encajó el segundo
dedo y rotó ambos, usó el pulgar de la otra mano para
recorrer la hendidura del glande.
Jadeé con muchísima fuerza. Dudaba que pudiera volver
a tener una experiencia como esa.
—Fóllame —imploré.
—¿No eras tú el que quería follarme?
—Después, por favor, te necesito dentro, por favor…
—No hace falta que me supliques, llevo queriendo tu culo
desde que vi tu foto en el interior de una carpeta marrón.
Apartó el dedo, se puso un condón a la velocidad de la
luz y se hundió en mí. Firme, seguro, sin necesidad de
ofrecerme una estocada ruda como las de las pelis porno,
que terminan partiéndote en dos y sin poder moverte.
El sonido estrangulado de mis cuerdas vocales lo hizo
detenerse. Estaba arrodillado, con las manos envolviendo
mis muslos por delante y los ojos en los míos.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca.
—En eso te equivocas, esto solo va a mejor —anunció,
moviéndose con tiento. Salió casi hasta el final para volver a
entrar. Sin pausa, disfrutando de cada empuje.
—¡Joder!
Tomó otro sobre para verterlo sobre mi polla y así
masturbarme mientras me penetraba.
—No voy a aguantar.
—¿Y por qué vas a tener que hacerlo?
—Porque me da vergüenza durar tan poco.
—Tenemos muchos polvos por delante, así que por mí
córrete ya, quiero ver cómo te derrites sobre mi cuerpo.
Me sacó el condón, y en cuanto su mano se puso en
contacto directo con mi piel, supe que estaba perdido.
El vaivén de sus caderas, sumado a la presión que ejercía
sobre mi erección, me hizo estallar.
La corrida salió disparada. Me vertí sobre mi propio
estómago, alcanzando mi pecho y manchando parte de la
barbilla. Ray aumentó la velocidad y la profundidad de las
acometidas sin dejar de pajearme, aprovechando las
últimas sacudidas.
Todo en mí vibraba, todo. Mi cuerpo descontrolado se
agitaba, mi boca aullaba y apenas podía describir las
sensaciones que ceñían mi cuerpo.
—Me pones muy cerdo, Lionel —gruñó, soltando mi polla
para acariciar la piel manchada. Usó mi propio semen para
acariciarme, apreté el esfínter para aumentar la sensación
de fricción—. Me voy a correr.
—Hazlo —susurré. No podía tocarlo, pero lo estaba
haciendo a través de la mirada.
Dejó de acariciarme para cambiar de posición, separando
más mis muslos para alojarse mejor, uniendo su cuerpo
mientras buscaba mi boca para besarme.
Nuestras lenguas volvieron a enredarse, ya no había
espacio para las dudas ni para el arrepentimiento, sin
ninguna duda, habría un antes y un después tras acostarme
con Ray.
Noté el momento exacto en que su cuerpo se puso tenso
y engullí anhelante su grito de liberación.
CAPÍTULO 51

Ray

—¡Ni hablar! —espetó el director Price, mirándome con


fijeza. No esperaba que acogiera mi idea con los brazos
abiertos, sobre todo, conociéndolo, pero esperaba un
poquito menos de irascibilidad.
—¡¿Por qué no?!
—Pues porque es una idea pésima, no podemos infiltrar a
alguien que no ha recibido ningún tipo de formación y que
no sabemos si te miente o no.
—Lo sabemos, yo lo sé. Ayer se abrió completamente a
mí. —No iba a contarle de todas las maneras que lo hizo
porque no procedía—. Me contó su historia punto por punto,
rasqué toda la superficie y ya le he expuesto mi conclusión.
El Emperador lo quiere de vuelta porque es un puto
psicópata, porque la mara no perdona y mucho menos una
afrenta como esa. Valdés lo considera de su propiedad y
quiere que regrese porque está jodido y a Torres lo tiene
cogido por las pelotas.
—¿Y eso qué nos importa? ¡Nosotros vamos detrás de
Muerte! No del Emperador.
—Muerte no existe, nos colaron esa taca, el hombre al
que perseguimos es Julio César Valdés, el único y verdadero
big de la SM-666. Lionel Torres fue su títere durante tres
años, cuando Valdés quiso conformar la mara.
—Y su pareja.
—Sí, pero…
—¿No entiende que se la puede estar colando, Wright?
Puede que lo hayan descubierto, que todo esto solo sea una
cortina de humo para hacernos caer de cuatro patas.
—Si me hubieran descubierto, ya estaría muerto. —Mi
jefe resopló—. Le prometo que estoy en lo cierto. Torres tuvo
que fingir su propia muerte para escapar con María, por eso
llevan todo este tiempo ocultos viviendo en el límite de la
pobreza. Estoy seguro de que si rascamos, encontraremos
que el origen del incendio que afectó al edificio en el que
vivía la familia Torres está en uno de los homeboys de Julio
César. Tenemos que cuidar de esa familia, es lo único que
me ha pedido Torres, protección para sus hijas, a cambio de
colaboración. Nos dará toda la información que precisemos
para erradicar la SM-666. —Mi jefe lanzó un bufido
exasperado—. No es la primera vez que trabajamos con
soplones.
—Esto es más que un soplón, usted parece muy
convencido de la inocencia del señor Torres, pero yo sigo
teniendo mis dudas. Quizá Valdés se cargara a su mujer
porque amenazaba con delatar su relación al resto de
mareros.
—No es así.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Instinto. —Price lanzó una risotada sin humor.
—El cementerio está lleno de agentes con instinto,
Wright.
—Si la cago, la cago.
—Si la caga, ¡la operación se va a la mierda! —Jennings
permanecía en silencio, ocupando la silla de al lado. Quedé
antes con él para explicarle todo lo que había averiguado y
el planteamiento que quería hacerle al jefe.
—Si me lo permite, señor, yo creo que la baza de Wright
es lo mejor que hemos obtenido hasta el momento. Confío
en su criterio, y si él piensa que Torres puede hacerlo…
El director dio un golpe encima de la mesa.
—¿Es que los dos se han vuelto locos? ¿En qué momento
infiltramos civiles en un grupo de criminales organizados?
¡Esto no es un reality de A la caza del marero!
—Con todo el respeto, señor, si no lo infiltramos
nosotros, entrará por su propio pie. Valdés ha amenazado a
sus hijas con venderlas, y si no lo ayudamos, no parará
hasta conseguirlo. Sabe que cualquier padre haría lo
imposible por sus hijas, y también sabe que no podemos
impedirle que ingrese en la mara para protegerlas. Lo que sí
podemos hacer es sacar provecho de la circunstancia, y yo
me comprometeré a darle las herramientas necesarias para
que no intuyan que es un colaborador. Señor, no es un tipo
estúpido, ha sido bombero, recibió clases de lucha y
armamento de la mano del mismísimo Emperador, puede
que ahora esté un poco oxidado, pero Jennings y yo le
haremos un curso intensivo, será suficiente como para que
podamos atrapar a esos cabrones escurridizos. Lo único que
necesitamos para ello es documentación comprometedora y
tumbar la próxima misión de los mareros.
—Julio César Valdés no es estúpido. Si lleva todo este
tiempo dándonos esquinazo es porque sabe muy bien lo que
hace. Olerá el miedo de su presa y lo despedazará.
—No si nosotros lo aleccionamos. Por favor, señor, le
repito que es nuestra mejor opción, si cuando terminemos
con él usted no lo ve listo, abortamos la misión.
—Como si eso se pudiera —farfulló—. Intuyo que si
estamos manteniendo esta conversación es porque Torres le
ha pillado.
—Más bien yo se lo conté, pretendía largarse de mi piso y
meter a esas niñas inocentes en casa de Valdés. Tenía que
impedir eso.
Otro golpe encima de la mesa y una ristra de
imprecaciones salieron por la boca del director. Jennings me
miró de refilón.
—Podría expulsarlo por lo que ha hecho, es consciente,
¿verdad?
—Sí, señor, pero le juro que si no estuviera
completamente convencido de la inocencia de Torres y que
mi propuesta es nuestra mejor opción, no hubiera dado ese
paso tan arriesgado. Me conoce, sabe que jamás meto la
pata y que estoy más que volcado en mi trabajo.
—Siempre hay una primera vez para meterla —
refunfuñó.
—No va a ser esta.
—Más le vale, o le juro que no va a temblarme el pulso si
tengo que poner su cabeza en la picota, y la de usted —
apuntó a Jennings—. Si joden esta operación con sus
insensateces, caerán los dos. Y ahora lárguense.
—Pe-pero ¿tenemos su permiso para ponernos manos a
la obra? —cuestionó David.
—Tengo que hacer unas llamadas primero, por el
momento, fuera. ¡Fue-ra! —espetó, largándonos del
despacho.
Los gritos debieron escucharse por toda la planta, porque
cuando salimos, las cabezas de nuestros compañeros
estaban todas orientadas hacia la puerta por la que
acabábamos de salir. Algunos intentaron devolver la vista a
las pantallas de sus ordenadores con disimulo.
Mi compañero se rascó la nuca.
—Bueno, no ha ido tan mal, ¿no?
—¿Soy el único que le ha visto aflorar a nuestro jefe la
vena Reina de Corazones y su «que les corten la cabeza»?
He estado a punto de ir a por una lata de pintura para darle
rojo a las flores del florero que le regalaron para Navidad,
después me he dado cuenta de que lo único que tenía
dentro era polvo.
Jennings se puso a reír y le di unas palmadas en el
hombro.
—Gracias por echarme una mano con esto. Apúntala en
la larga lista de cosas que te debo.
—No podía dejarte solo ante el peligro, además,
reconozco que te echo de menos.
—Dime que eso solo me lo dices a mí y a tu mujer, que
sabes que soy un pelín territorial y este tipo de cosas me
ponen tontorrón.
—¡Cállate, capullo! —Me golpeó el costado sin emplear
demasiada fuerza.
—¿Nos tomamos unas cervezas? —propuse—. Tanto darle
a la lengua me ha dejado con la garganta seca.
—¿Te refieres a Price, o a Torres? —le ofrecí a David una
sonrisa ladeada.
—No sé de qué me hablas.
—Ya, por eso te brillan los ojos y supuras sexo por los
cuatro costados. Además, esta mañana tenías una cosa
blanca y reseca en la comisura del labio.
—Se llama baba.
—Ya… Te recuerdo que llevamos tiempo siendo
compañeros y hacía mucho que no te veía con esa cara de
recién ordeñado.
—¿Ahora soy una vaca?
—Más bien un toro de pelotas liberadas.
Solté una carcajada.
—Anda, vamos a por las pintas, que invito yo.
—Solo si puedo pedirme un bagel de cereales, queso
batido, salmón y pepinillos, ya sabes que son mi perdición.
—Cuenta con ello.
Bajamos al bar. Era el que nos quedaba más cerca y al
que acudíamos todos a desayunar.
Jennings se fue directo a la única mesa vacía, y yo me
ocupé de hacer cola para pedir las cervezas y el desayuno.
Me pincé los lagrimales y las imágenes de la noche
anterior se sucedieron en mi cerebro.
Tras dos polvos magistrales, uno con esposas y otro que
terminó con el cuerpo de Leo encima del mío, nos dimos
una ducha y volvimos al piso. Ojalá hubiera podido pasar
toda la noche tomándolo de mil maneras distintas, el
tiempo que compartimos no era suficiente para todo lo que
le quería hacer. El problema era que Sam y Dakota estaban
con las niñas y no podía abusar.
Volvimos a casa con mi corazón dando volteretas, lleno
de promesas que era incapaz de verbalizar. Dudaba que Leo
estuviera listo para algo más que sexo, sobre todo, teniendo
en cuenta su relación familiar y los problemas con los que
tenía que lidiar.
Solo tenía una oportunidad para que su pesadilla vital
terminara, y no la pensaba desaprovechar. Si atrapaba a
Julio César, mataría dos pájaros de un tiro. El mundo se
libraría de un mierdas, y yo tendría una posibilidad con Leo.
Por delante quedaba un operativo de lo más ambicioso,
pero no imposible.
Conocía la propuesta que le hizo Julio, Valdés quería
convertirlo en su nuevo coyote. No iba a ofrecerle ser su
socio después de que huyera, le costaría obtener un puesto
de confianza, por lo que debería ganárselo y empezar por
abajo.
La prueba de fuego propuesta implicaba viajar a
Soyapango. En unas semanas, los homeboys de Julio en El
Salvador tendrían listo un nuevo cargamento de pollitos, el
más ambicioso que hubiera llegado jamás a los Yunaís,
como ellos llamaban a Estados Unidos.
Las pérdidas de los dos últimos encargos dejaron a Julio
César con el culo al aire, el big estaba que se subía por las
paredes y quería compensar a sus clientes para que no
cambiaran de proveedor.
El presidente Bukele había estrechado muchísimo el
cerco a los mareros, muchos habían caído a manos de la
policía o del ejército y estaban encerrados en la megaprisión
que construyó para los pandilleros. Los recursos con los que
contaría Leo serían mínimos, ya que la caza de mareros
estaba a la orden del día.
No iba a ser fácil ni para él ni para mí. La idea de lanzarlo
a los brazos del enemigo me daba alergia, sobre todo,
cuando lo había tenido entre los míos.
Sonreí como un estúpido al recordar cómo lo abracé por
la espalda para hacerle la cucharita en nuestro sofá cama.

—¿Qué haces? —gruñó cuando notó mi mano colarse bajo


su camiseta para acariciarle los abdominales.
—Tocarte —susurré, aspirando el aroma de su cuello. No
me apartó la mano y tampoco se movió—. Me ha encantado
que folláramos, somos como el señor y la señora Smith —reí
por lo bajo.
—¿Porque duermes con el enemigo o porque tú te
consideras Brad Pitt y a mí Angelina Jolie? —Volví a reír.
—Más bien por el tamaño de nuestras armas y lo bien
que se nos da enfrentarlas —susurré, bajando la mano para
meterla en el interior del calzoncillo.
—Las niñas están en la otra habitación.
—Entonces, córrete en silencio, Angelina —musité,
mordiéndole el lóbulo de la oreja.

Llevaba tiempo sin dormir tan bien. Y cuando las niñas


despertaron, Elena le dijo a su padre que se había levantado
especialmente guapo y de buen humor.
Magaly seguía cabreada por no tener el móvil, así que no
comentó nada al respecto del día anterior.
Me hubiera encantado estimularlo con una mamada de
buenos días, pero era demasiado riesgo teniendo en cuenta
que dormíamos en el salón.
Tuve que conformarme con miraditas cruzadas y
mandarle una fotopolla desde la ducha. Oí cómo se le caía
el móvil y soltaba una imprecación.
La camarera del bar interrumpió mis pensamientos
tendiéndome el pedido que había hecho, y cuando me di la
vuelta, choqué con alguien que estaba demasiado pegado a
mi espalda y vertí un poco de cerveza en su camisa.
—Perdón, lo lamento, deja que pida algo para limpiarte.
—No pasa nada —murmuró una voz grave de claro
acento latino.
Alcé la barbilla y me encontré con un tío alto, moreno,
sumamente atractivo y con una pequeña cruz tatuada en la
parte alta del pómulo, justo debajo de la comisura del ojo.
Me ofreció una sonrisa y se relamió los labios. A mi
mente acudió Ellie y sus historias del tipo del tatuaje que
secuestraba niñas.
—¿Nos conocemos? —le pregunté incapaz de apartar la
mirada de la suya.
—No, aunque puede que lo hagamos. —La camarera
preguntaba quién era el siguiente—. Perdona, creo que es
mi turno.
Me aparté de él y me encaminé hacia la mesa con la
sensación de tener sus ojos clavados en la nuca; cuando fui
a sentarme y me di la vuelta, ya no estaba.
CAPÍTULO 52

Leo

La puerta del piso se abrió y mi corazón se puso a palpitar


al mismo tiempo que mi entrepierna.
Sabía que no debería, que la excitación ya tendría que
haberse consumido después de los dos polvos y la paja de
la noche anterior, pero no fue así, Ray era un bidón de
gasolina, y yo fuego desatado.
Las niñas estaban en el colegio, las dejé mientras Ray se
iba a hablar con su jefe y yo cogí el metro con Daisy porque
me tocaba visita en el hospital. El doctor dijo que la pierna
estaba evolucionando genial y que tenía recuperado el 80 %
de la movilidad. Si seguía con los ejercicios, todo parecía
indicar que estaría bien en un par de semanas.
Al salir de la consulta, y meterme en el ascensor, me
topé con uno de los chicos de la brigada, su mujer se había
puesto de parto y se disponía a tomarse un café porque le
habían dicho que iba para largo. Se ofreció a invitarme y nos
lo tomamos juntos.
Nos pusimos al día, y me comentó que últimamente se
habían multiplicado los casos de incendios en las zonas más
exclusivas en las que operaba la empresa que los tenía
contratados, es decir, la de Julio César. Que los chicos tenían
la sospecha de que alguien se estaba ocupando de que
parecieran fortuitos, no tenían evidencias claras, no
obstante, estaban con la mosca detrás de la oreja.
Yo estaba convencido de que Elite Fire era una tapadera
para blanquear dinero, quizá el mismo Julio enviara a
algunos de sus mareros para que no faltara el curro y seguir
blanqueando pasta.
Me reservé mi opinión y me despedí de John, le deseé
que el parto de Linda fuera corto y le aseguré que vendría a
ver al bebé.
En el viaje de vuelta al piso, seguí pensando en Ray, en
si había hecho bien al contárselo todo, o si aceptar una
posible colaboración era un acierto. Aunque el pensamiento
no duraba mucho, porque quedaba solapado por la imagen
de nuestras lenguas devorando el tiramisú sobre nuestros
cuerpos.
Jamás había hecho ese tipo de cosas con Julio, y acababa
de descubrir lo mucho que me gustaban. Me sentía igual
que uno de esos vídeos en los que un bebé prueba por
primera vez el helado, abre mucho los ojos y al siguiente
segundo se pone a devorarlo.
Mis neuronas no podían dejar de pensar en ello, estaba
completamente embriagado de Ray, por eso, en cuanto se
abrió la puerta, y lo vi atravesar el umbral con las gafas de
sol puestas, la cazadora de piel y la camiseta blanca de
tirantes, ni me lo pensé.
Lo estampé contra la pared y mi boca buscó la suya con
urgencia.
—Mmm, buenos días a ti también —fue lo que salió de su
boca antes de que me pusiera de rodillas, le bajara los
pantalones y me la metiera en la boca de golpe—. ¡Joder! —
proclamó—. Espera, espera, no llevo condón… ¿Y Daisy?
—Dormida, a ella ya le he dado el biberón —comenté,
pasando la lengua por toda su largura. La polla de Ray había
empezado a despertar.
—El condón —repitió.
—Te recuerdo que los dos estuvimos ingresados en el
hospital, nos hicieron analíticas completas, no me he
acostado con nadie desde entonces.
—Yo tampoco —aseveró. Su afirmación me alegró por
dentro, aunque no lo pensaba exteriorizar.
—Eso imaginaba, así que quiero comerte.
Volví a metérmela y él jadeó con fuerza, agarrándome
del pelo para follarme la boca.
—¡Joder, Leo! —jadeó—. Si llego a saber que ibas a
darme esta bienvenida, llego antes.
Sonreí contra el glande, tracé la circunferencia tentador y
lo mamé con ganas. Gocé al escuchar los sonidos de placer
que escapaban de su boca y hurgué en la hendidura con la
punta de la lengua. No era lo mismo chuparla envuelta en
látex sabor mora que hacerlo a pelo y degustar su sabor.
—Ven aquí —susurró, alzándome para besar mis labios.
Aproveché para quitarle la chaqueta, me encantaba el
punto macarra que le daban los tirantes. Me aparté lo justo
para que pudiéramos desnudarnos. Todavía sentía la boca
un poco hinchada por la cantidad de besos que
compartimos la noche anterior.
—Yo también quiero saborearte —confesó, tirando de mí
hacia el sofá. Me tumbó y se puso encima para que ambos
pudiéramos disfrutar de la misma experiencia al mismo
tiempo.
No sé quién se metió la polla del otro primero, solo sé
que una sensación indescriptible me abrasó por dentro. No
podía dejar de succionar y jadear. Quería comérmelo entero
mientras mis caderas subían y bajaban buscando ahondar
en su garganta.
Era una locura, una maravillosa que contraía cada una de
mis terminaciones nerviosas.
—Me encanta tu polla, Leo. —Se la sacó de la boca para
pajearla, morderme los muslos y volver a introducirla hasta
la campanilla. Le acaricié los testículos y aproveché parte
de la saliva para empezar a masturbar su ano y meterle el
dedo.
Su erección se contrajo en mi boca y bajó las caderas.
Me sobrevino una arcada porque lo hizo de golpe; cuando lo
notó, susurró un lo siento y se puso a follarme más
despacio.
Llamaron al timbre, me detuve unos instantes, pero al
ver que Ray no paraba, seguí a lo mío. Volvieron a llamar
con insistencia. Se sacó un momento mi polla de la boca y
se dirigió a mí sin dejar de pajearme.
—Sigue, será el cartero, o alguien vendiendo salvación
espiritual que no necesito. Estoy a punto de ser engullido
por el mismísimo infierno, así que ni se te ocurra parar —
gruñó Ray.
La verdad era que yo tampoco estaba por la labor de
detenerme, sobre todo, después de haber estado
imaginando ese momento de mil formas distintas y que lo
superara con creces.
Los dos seguimos comiéndonos vivos enroscándonos en
la boca del otro, hasta que noté el primer disparo caliente
llenándome de sabor. Sorbí y mis pelotas se tensaron listas
para premiar a Ray con la misma ofrenda.
No escuché las llaves en la cerradura, pero sí el chirriar
de las bisagras justo cuando yo estallaba. La puerta se abrió
al mismo tiempo que me corría y seguía tragando.
—¡Hostia puta! ¡Joder! ¡Lo siento! —Se oyó un portazo.
No me lo esperaba, fue tan de repente que se me fue por
el otro lado y me puse a toser como un loco.
Ray se apartó todo lo deprisa que pudo, mientras mi
polla goteaba y yo luchaba por respirar. Me ayudó a
incorporarme y se puso a darme toquecitos en la espalda.
—Voy a por un vaso de agua.
«¿Quién narices tenía las llaves y nos había pillado?». Era
un tío, de eso estaba seguro. El primero que me vino a la
cabeza fue el examante-cliente de Ray, y sentí una punzada
de celos que me retorció las tripas.
Fuera quien fuese, el único plano que se habría llevado
era el de su culo, sus pelotas y mi pelo negro. ¡Dios!
Ray me trajo el vaso de agua. Ni siquiera se había
quitado las gafas, ahora me daba cuenta. Me habría reído si
no estuviera tan aturullado. Me llevé una mano al pecho, no
quería fijarme en el desastre que había liado en un instante,
seguro que el sofá estaba manchado.
—¿Estás bien? —preguntó Ray con preocupación.
Asentí y seguí bebiendo intentando remontar. Fui a
preguntarle quién era la persona que acababa de entrar,
pero cuando quise darme cuenta, ya estaba en la puerta y
la había entreabierto sin importarle su aspecto.
Le escuché bronquear a la persona que estaba al otro
lado. La voz que respondía un lo siento entrecortado y un
que no esperaba encontrarlo follando me sonaba. ¿Por qué
me sonaba? Dejé el vaso en la mesa de café. No sabía si
seguir sentado o ponerme en pie. Opté por levantarme y
tapar mis partes con uno de los cojines manchados. En
cuanto recogí mis calzoncillos para ponérmelos, Ray cerró la
puerta y el invitado misterioso se quedó fuera. Con mis
vergüenzas cubiertas, lo miré con un interrogante en los
ojos.
—¿Quién era?
—Raven.
—¿Raven tiene las llaves de tu piso? ¿También te lo
follas? —Ni siquiera sé por qué me salió esa pregunta. Ya
sabía que era amigo de Ray antes de entrar en el SKS, que
se conocían, pero que él no quiso mediar para que fuera
una elección justa. Pero como su examante era un tío
casado y yo también lo había sido…, fue lo primero que me
vino a la mente.
Las gafas ya no ocultaban sus ojos, se las había puesto
encima de la cabeza a modo de diadema, lo que le confería
un aspecto curioso, dada su desnudez.
—¿Estás celoso? —preguntó con una sonrisa que quise
borrar a mordiscos.
—No.
—¿Seguro? Porque suenas como si lo estuvieras. —Se
acercó a mí con ese aspecto de canalla que me ponía a
cien.
—Deja de mirarme así.
—¿Así como?
—Como si te hiciera gracia mi reacción.
—Es que me la hace.
Ya lo tenía encima agarrándome la cara.
—Pues a mí no.
—Pues a mí sí —volvió a atacar para comerme la boca.
Quise desembarazarme de él, pero no podía frenar aquel
beso que solo podría catalogar de goloso y castigador, con
el sabor de ambos envolviendo nuestras lenguas.
—Me encanta cómo sabes —masculló, amasándome las
nalgas. Noté cierta humedad manchando mis calzoncillos,
no estaba seguro de si era suya o mía, tampoco es que me
importara.
—¿Por qué tiene tus llaves? —pregunté menos violento,
mordisqueando la barbilla que tan loco me volvía.
—Es mi mejor amigo, no solo mi amigo. Tuvimos una
época en la que vivimos juntos, de pequeños, hasta que
Raven terminó en el correccional por un asunto que no
cometió. —Seguí esparciendo besos por su cuello, y Ray
gruñó—. Puedes estar tranquilo, lo único que he hecho con
Raven es, para mi vergüenza, cascármela mientras él
dormía y yo empezaba a descubrir mis preferencias a los
catorce.
—¿Nada más?
—Raven es el tío más hetero que te puedas echar a la
cara, sería imposible que hubiese algo entre nosotros.
—Pero ¿te gustaría? —insistí con el corazón a mil. Me
daba pavor lo que pudiera responder.
—A mí el que me gusta eres tú, pero por si no te ha
quedado claro todavía —frotó su polla contra la mía—,
puedo aclarártelo mientras nos duchamos, no creo que
ahora tengas reparos en que te enjabone.
—¿Y Raven?
—A él tampoco le importará que te dé cremita.
—No me refiero a eso —reí más tranquilo—. ¿Se ha ido?
—cabeceé hacia la puerta.
—Sí, solo venía a traerme una cosa. Al ver que no abría,
pensaba que no estábamos en casa. No te preocupes, no
pasa nada.
—¿Sabe que yo…? ¿Que tú…?
—No te rayes.
—¿Cómo no voy a rayarme?
—A Raven no le importa con quién me acuesto.
—Pero ¡a mí sí!
—¿A ti te importa con quién se acuesta? —rio
desvergonzado. Paré de darle mimos.
—Sabes que no me refería a eso.
—¿Por qué te importa si cree que nos acostamos? ¿Qué
piensas que pasaría si alguien supiera que tú y yo estamos
liados? —Mi cabeza no paraba de arrojarme pensamientos,
algunos nocivos, que había arraigados en mí desde la época
en que vivía en Soyapango—. Mírame —busqué el cálido
marrón de sus ojos—. Puede que no estés preparado para
nada más que lo que compartimos ahora mismo y no te voy
a exigir aquello que no estés dispuesto a dar, pero, por tu
bien, tendrías que darte el permiso para ser quien te dé la
gana con quien te dé la gana.
—No puedo —resoplé.
—¿Es por la mara?
—Por ellos, por mis hijas, ellas no saben mis preferencias,
toda la vida han pensado que yo… —me callé.
—¿Y piensas que les afectaría que su padre fuera gay?
—No lo sé.
—A mí me da la impresión de que no, que subestimas la
capacidad de comprensión que tienen los niños, de
adaptarse. El amor es amor, Leo, independientemente de a
quién se lo des.
—Tú y yo no… —volví a callar.
—Termina, ¿no nos queremos? Asumo que puedas no
estar enamorado de mí, aunque sea jodidamente
irresistible, pero quizá llegue el día en que sí me quieras en
tu vida. O puede que no sea yo, quizá sí otro tío, aunque te
confieso que preferiría serlo. Y, entonces, ¿qué harás?
¿Renunciarás a la persona que te haga sentir pleno por el
qué dirán?
—Ahora mismo no me siento con fuerzas para pensar en
eso, bastante tengo encima como para plantearme otra
cosa que no sea sobrevivir. La vida de mis hijas y la mía
están en peligro, ni siquiera sé si llegaré a mañana como
para plantearme unos sentimientos para los que no me
siento preparado.
Llevé las manos a mi culo para apartar las de Ray y tomé
distancia.
—Comprendo que no es el mejor momento para que te
plantees algo más que sexo entre nosotros, yo mismo nunca
he tenido una relación estable, solo tíos con los que he
follado, lo que no quiere decir que no me apetezca
intentarlo contigo o que tú no debas asumir que tarde o
temprano tendrás que darte el permiso para salir de tu
propio armario, uno que tú solito te has construido a golpe
de prejuicios, porque si no lo haces, jamás tendrás una vida
plena.
—Eso si no muero.
—No vas a morir, yo me ocuparé de que sea así. Si no
hubieses atacado mi entrepierna como si no hubiera un
mañana, te habrías enterado de que mi jefe ha aceptado.
—¿En serio? —parpadeé incrédulo.
—No te negaré que me ha costado y que mi compañero y
yo hemos puesto toda la carne en el asador y ofrecido
nuestras pelotas al jefe en bandeja de plata, así que siento
presionarte, chaval, no nos puedes fallar. Nuestros testículos
tienen que dar todavía mucho de sí. Mañana mismo
empezaremos con tu preparación, que será más mental que
física, dado el estado de tu pierna. Aunque te enseñaremos
algunos truquillos que no te irán nada mal.
—¿Y mis hijas?
—Protección 24/7. Le dirás a Julio que, mientras estás
fuera, se quedarán con una amiga que hizo María, que no
quieres desestabilizar a las crías, su rutina ni que sospechen
lo que está pasando. Que les explicarás que viajas a El
Salvador por un asunto familiar. La verdad será que una de
nuestras mejores agentes del ICE convivirá con ellas. No
solo estará ella, dos patrullas de agentes vestidos de
paisano reforzarán la vigilancia, además de mi amigo Tony,
el novio de Samantha. Él se pasará en sus ratos libres. Será
como tener a las niñas en una caja fuerte, y para su total
seguridad, incluiremos dispositivos de rastreo, por lo que
sabremos en todo momento dónde están.
—No suena mal.
—Me alegra que lo veas bien, el principal objetivo es que
tú puedas estar tranquilo sabiendo que no les va a pasar
nada mientras no estés. ¿Puedo hacerte una pregunta que
lleva rondándome la cabeza desde que me contaste lo que
ocurrió con María?
—Sí, claro.
—¿Cabe la posibilidad de que Magaly sea hija de Julio?
Me puse en guardia de inmediato.
—Las tres son hijas mías.
—¿Biológicas?
—¿Y eso qué importa? Tú no sabes quién fue tu padre
porque a tu madre la violaron y no te crio ningún hombre,
mis hijas sí lo saben.
Había sido un golpe bajo, me arrepentí en cuanto le vi la
cara, pero ya lo había soltado, acababa de ser un maldito
cabrón despreciable con él.
—Por supuesto. Perdona si te ha molestado la pregunta.
—Lo-lo siento, no he sido justo, no quería mencionar… —
Él negó.
—No es asunto mío, lo he pillado. —La había jodido a
base de bien, aunque no podía desdecirme de mis palabras,
era mejor que tomara un poco de distancia, las cosas se
habían puesto demasiado intensas entre nosotros.
—Me voy a la ducha, si no te importa, prefiero lavarme
solo.
—Sin problema, yo me ocupo del sofá mientras.
Fue hacia la cocina con gesto contrito y yo tuve ganas de
abrazarlo y rogarle que me disculpara. No lo hice, quizá era
lo mejor, que nos diéramos espacio y lo que fuera que
hubiera entre nosotros se quedara estancado.
Cuando pasé por el lado del mueble de la entrada, para
encaminarme hacia el baño, me fijé en una carta que no
estaba allí antes, era una citación del juzgado y estaba a
nombre de Ray.
¿De qué sería? En ese instante, no podía preguntárselo,
recogí la ropa del suelo y fui directo a la ducha.
CAPÍTULO 53

Ray

Estaba algo intranquilo.


Sabía quién era el tío con el que tuve el tropiezo en el
bar. Lo sabía porque lo primero que hice cuando regresé a la
oficina fue buscar información de Julio César Valdés y su
cara apareció en la pantalla del ordenador, al lado de la
mujer que vino al SKS y se largó con Leo. Según rezaba a
pie de foto, era su esposa, Anita Valdés.
Aparecían en un artículo donde los tildaban de
triunfadores, los ponían como ejemplo de personas que
habían llegado de uno de los lugares más pobres del
planeta y, gracias a su perseverancia y creer en el sueño
americano, se habían convertido en referencia para muchos.
Inmigrantes, guapos, jóvenes y con una empresa próspera
que facturaba millones.
No me extrañaba que un jovencísimo Lionel hubiera
caído bajo el influjo de aquel hombre de mirada magnética,
innegable atractivo y, por lo que me había contado, dotes
de convicción. Si no supiera quién era, incluso a mí me
parecería más que apetecible.
Que me topara con él en la cafetería no era fruto de la
casualidad. La teoría de Leo de que me estaba siguiendo
cobraba fuerza. No me preocupaba que me llegara a
descubrir, puesto que los trabajadores de mi unidad
teníamos un acceso distinto a las oficinas del ICE, uno que
no comprometía nuestra seguridad.
Conocíamos el modus operandi de los mareros, sabíamos
que podíamos ser espiados en cualquier momento, por eso,
cuando yo iba a las oficinas, entraba por la puerta de un
edificio aledaño, que no tenía nada que ver con el HSI.
En él había un portero que sabía perfectamente quién
entraba y salía. No podías hacerlo sin pasar por él. Una vez
dentro, caminaba por el pasillo y giraba a la derecha, donde
o tomabas los ascensores, o seguías caminando hasta la
puerta que daba a un patio interior y que se abría a través
de un código.
Al meterlo, se desbloqueaba, cruzabas el patio y te
encontrabas con otro lector y un código distinto. Toda
seguridad era poca. Una vez en el interior del edificio anexo,
podías subir por las escaleras, o en ascensor, hasta las
oficinas.
Lo único que pudo ver Valdés, si es que llevaba
siguiéndome desde la mañana, era que entré solo y salí
acompañado para ir a un bar a desayunar. Aun así, su
presencia me inquietaba, teniendo en cuenta que Jennings y
yo pretendíamos aleccionar a Leo a diario.
Tendría que ver cómo lo hacíamos sin levantar sospecha,
quizá debiéramos buscar un lugar especial, lo más alejado
posible del HSI.
Tampoco es que pudiera ocultarle a Lionel que me lo
había encontrado, o mejor dicho, que él me había
encontrado a mí, el único problema era que después de
nuestra pequeña discusión, la cosa se había puesto tensa y
no sabía cómo sacarle el tema sin que pusiera el grito en el
cielo.
Cuando acabó en el baño, entré yo sin que mediáramos
palabra. No soportaba estar así con alguien, era superior a
mis fuerzas, así que cuando salí, lo hice con toda la
intención de reconciliarnos, y él debió tener la misma idea,
porque lo encontré apoyado en la pared de enfrente,
mirándome con cara de perro apaleado, con el pelo negro
todavía húmedo y sus gruesos labios pronunciando un
sentido «lo siento».
Le sonreí y di gracias porque me lo pusiera fácil.
—No tienes que disculparte, lo que dijiste no era incierto.
—Aun así, no debería haber dicho eso. No tengo excusa,
me puse nervioso al hablar de las niñas, soy
extremadamente protector con ellas, y que me preguntaras
si Magaly era hija de Julio me sacó de mis casillas.
—Me quedó claro que es hija tuya. —Él bufó.
—No biológica. Aunque tampoco sé si lo es o no de Julio,
cabe la posibilidad, supongo. María y yo nunca fuimos al
médico, así que no sé con exactitud cuándo fue concebida.
—¿Nunca?
Me había puesto cómodo, con un pantalón de chándal de
cintura baja, una de mis camisetas de andar por casa y
estaba descalzo, que era como más me gustaba ir cuando
estaba en el piso.
—Al ser menor y no tener papeles, nos daba miedo. No
fue fácil entrar en Estados Unidos. Pudimos cruzar por los
pelos, haciendo dedo y de milagro. En fin, que no fue
sencillo.
—Tu mujer debió ser muy fuerte para soportar todo lo
que le pasó y no venirse abajo.
—María estaba hecha de otra pasta. Nunca la oí
quejarse, por muchas cosas que tuviéramos que hacer para
sobrevivir —se le cerró la garganta.
—¿Dónde fuisteis cuando conseguisteis cruzar?
—Intenté llegar a casa de mis abuelos, dormíamos donde
podíamos, comíamos los deshechos que encontrábamos
cerca de los restaurantes, o robábamos árboles frutales y
algunas verduras en campos de cultivo. Mi padre me enseñó
a sobrevivir en la montaña, sin apenas recursos, así que
hacerlo cerca de lugares poblados nos facilitó algunas
cosas.
—Debió ser muy duro.
—No voy a mentirte, lo fue, intentábamos evitar lugares
con mucha gente por miedo a que pudieran detenernos y
devolvernos a El Salvador, o a que alguien nos reconociera.
Fueron días de muchísima incertidumbre.
—¿Y conseguisteis llegar a casa de tu familia? —Leo
asintió.
—Antes de llegar, fuimos a un lago que hay cerca de
casa de mis abuelos, nos dimos un baño en agua helada
para quitarnos la mugre y tomamos prestada un poco de
ropa tendida de una granja aledaña. Queríamos estar
presentables.
—Lógico.
—Cuando llamé a la puerta, lo hice con un nudo en el
pecho. Abrió mi abuela, le costó un poco darse cuenta de
que era yo, ya sabes, de los trece a los dieciséis se cambia
bastante, pero terminó reconociéndome, me abrazó y se
puso a llorar. Le dije que mamá había muerto, siguió
llorando diciendo que ya estaba a salvo, y entonces se dio
cuenta de que venía acompañado de una chica de rasgos
latinos. Fue ver a María y le cambió la cara. Me dijo que en
su casa había sitio para mí, pero para ella no, que si mi
abuelo la veía, nos echaría de inmediato. Sabía que era
cierto. María me miró asustada, con los ojos cargados de
preocupación, y yo la cogí de la mano.
»Le dije a mi abuela que si ella no podía quedarse, yo
tampoco. Íbamos a irnos, pero nos frenó. Nos hizo pasar,
nos puso un plato de comida caliente y dejó que nos
diéramos un baño con jabón, también nos dio algo de ropa
de cuando mi padre vivía con ellos y que ella conservaba.
Nos ofreció el granero para pasar la noche y que no
durmiéramos al raso.
—Qué amable… —rezongué.
—No todas las familias son geniales.
—Ya, pero creo que la humanidad y ayudar al prójimo no
deberían extinguirse como los dinosaurios. —Leo me ofreció
una sonrisa triste.
—No todo el mundo es tan generoso como tú. —Caminé
con prudencia hasta él y le acaricié la cara—. Estuvo fatal lo
que dije de tu madre.
—Shhh. —Presioné el dedo sobre sus generosos labios.
Acerqué mi cara a él, éramos prácticamente de la misma
estatura, por lo que no me costó alcanzar su boca para
besarla con suavidad. Estaba muy tenso—. Mi pasado no
supone ningún trauma para mí, aprendí a asumir quién soy
y de dónde vengo. Puede que mi origen no fuera el mejor,
pero fuera quien fuese el hijo de puta que me engendró, no
pienso dejar que eso me condicione como persona, al igual
que tampoco condicionará la gran mujer que será Magaly.
Volví a besarlo. Esa vez, Leo se abrió como una flor y
mostró mucho más entusiasmo.
—Me gusta muchísimo tu boca en la mía —confesó.
—Y a mí la tuya en mi polla. —Lionel rio ronco.
—Ahí también me gusta ponértela. Gracias por
perdonarme y ser tan comprensivo.
—Me pones demasiado para que no lo sea. —Ambos
sonreímos—. Vamos al sofá, te prometo que he hecho un
exhaustivo trabajo de limpieza antes de ofrecerte que te
sientes en él. Me gustaría que me contaras cómo lograsteis
sobrevivir teniéndolo todo en contra.
Entrecruzamos los dedos y nos sentamos el uno frente al
otro.
Leo me explicó que su abuela consiguió que entraran a
trabajar en una de las muchas granjas que empleaban
mano de obra barata, o lo que es lo mismo, adolescentes,
mayoritariamente indocumentados, por un puñado de
dólares.
Les ofrecieron una choza común en la que dormir
hacinados sobre colchones poco limpios y un par de platos
de comida caliente al día.
—Trabajábamos de sol a sol. María cumplió hasta el día
en que se puso de parto. Que estuviera embarazada nos
pilló un poco de sorpresa a los dos, imagínate cómo fue. Nos
echó una mano una de las trabajadoras que había ayudado
a otras chicas a dar a luz. Cuando los propietarios se
enteraron del nacimiento del bebé, nos quisieron echar.
—¿No os planteasteis que abortara?
—Ella no quería, además, nos daba mucho miedo de lo
que pudiera pasar con nosotros si nos presentábamos en un
hospital. Decidimos que ese bebé era suyo y mío. A ella
siempre le encantaron los críos, tenía muy claro que ser
madre era uno de sus objetivos vitales.
—Fue muy generosa.
—Como tu madre. —Asentí y acaricié el interior de la
palma de su mano.
Me sentí conectado a él, no todo el mundo está dispuesto
a criar un bebé que no es suyo y hacerse cargo de una
adolescente embarazada. Decía mucho de Leo, de su
calidad humana.
—Y como tú —terminé respondiendo.
Me gustaba, mucho, muchísimo, y cada vez que conocía
algo más de su historia, notaba cómo me pillaba más. Lo
que nunca me había pasado con nadie me estaba
ocurriendo con Lionel.
—Era lo que tenía que hacer, se lo debía.
—Te equivocas, es lo que escogiste hacer. María tuvo
mucha suerte de contar contigo en su vida.
—Yo no lo veo así.
—Pues deberías. —Me miró un tanto avergonzado—.
¿Qué pasó después?
—Allí éramos una piña, me ofrecí a doblar turno, a asumir
todo el trabajo de María, los dueños sabían que eso era
imposible, así que mis compañeros de trabajo se ofrecieron
a cubrir lo que yo no pudiera. Allí éramos una familia.
—¿Los has vuelto a ver?
—Qué va, al final nos perdimos la pista. Cambiamos
varias veces de granja a lo largo del tiempo, dependiendo
de lo que hubiera que cosechar.
—Comprendo.
—En cuanto María tuvo edad para casarnos, lo hicimos; si
queríamos un trabajo mejor, necesitaba tener nacionalidad
americana. Trabajamos mucho y muy duro para hacernos
con un pequeño colchón con el que dar un paso al frente.
Ambos teníamos muy claro que no nos gustaba el campo,
así que, a la que pudimos, pusimos rumbo a Nueva York. No
pensábamos que los alquileres estuvieran tan caros. Al
principio, ninguno de los dos teníamos trabajo, y estaba
Magaly, así que tuvimos que compartir piso en un barrio
poco recomendable, hasta que conseguimos lo suficiente
para poder establecernos en Queens.
—Tuvo que ser duro, erais muy jóvenes. Y en todo ese
tiempo, ¿tú y ella no intimasteis? —Negó.
—Jamás me acosté con María.
—Y, entonces, ¿cómo llegó Elena? ¿Ella tuvo alguna
pareja fuera de vuestra relación?
—No. Llegar a final de mes a veces se nos hacía un
mundo, tener un hijo y cubrir sus necesidades es muy caro.
Yo me pasaba casi todo el día fuera, rompiéndome los
cuernos, el casero amenazó con echarnos si volvía a
retrasarme con el alquiler. Llevaba tiempo con el ojo puesto
en mi mujer, ya sabes que era guapísima… —Leo tensó los
labios.
—No —suspiré. No hacía falta ser muy listo para imaginar
lo que pasó.
—Ella no esperaba quedarse embarazada, de hecho, me
dijo que usaron condón, pero pasó, se estuvo acostando con
él para que nos ampliara el plazo para pagar. No quiso
decirme lo que ocurría para no preocuparme, sabía que
hacía auténticos malabares y, en fin…, llegó Elena. María se
sintió fatal, estuvo llorando mucho tiempo, no por el bebé,
sino porque, en lugar de aliviar la presión que ya teníamos,
la incrementaba. Barajamos la opción de abortar o incluso
de darla en adopción. La primera la descartamos porque
ninguno de los dos se sentía capaz de matar a un pequeño
ser que estaba en su tripa, y la segunda fue imposible en
cuanto le vimos la carita. Cambiamos de piso y le hice
prometerme que nunca más se vendería.
—Pero terminaste haciéndolo tú.
—Ella no lo merecía.
—Ni tú tampoco, y puede sonar raro que te lo diga yo,
que hice lo mismo, pero me da a mí que tu motivación y la
mía eran muy distintas, además, tú te has estado forzando
a ir contra tu naturaleza. Te has estado castigando cuando
no lo merecías.
—Eso es bajo tu punto de vista.
—Bajo el mío y el de cualquiera. Eres un gran hombre,
Leo, y si a alguien se le ocurre decir lo contrario, le crujo
todos los huesos.
Daisy empezó a hacer ruiditos, señal de que había
terminado el momento confesiones, además, casi había
llegado la hora de ir a por Magaly y Elena.
—Voy yo —me ofrecí, yendo en busca de la princesa de
la casa. Cada vez que me llamaba papá, a mí se me caía la
baba—. Hola, bombón, ¿cómo ha dormido mi preciosidad?
¿Me has echado de menos? —Le hice una pedorreta en la
barriga y ella se echó a reír.
—Papá.
—Claro que sí, cariño, papá ya está aquí. —Le besé la
cabecita y aspiré su dulce aroma. Cuando me di la vuelta,
Leo estaba en el quicio de la puerta mirándonos con los ojos
brillantes—. Perdona, ya sabes que… —Hizo un gesto con la
mano restándole importancia.
—Quiero pedirte una cosa.
—¿Tengo que taparle las orejas a la niña? —Él negó con
una sonrisa—. Pide.
—Si me pasara algo en el viaje…
—No te va a pasar nada.
—Pero si me pasara, me gustaría, bueno, sé que es pedir
mucho, pero…
—No sigas. —Por el modo en que me miraba, sabía cuál
era su petición—. Sabes la respuesta que te daré incluso
antes de formular la pregunta.
—Lo suponía, pero quería asegurarme. No querría que
nadie las separara.
—No lo harán, no obstante, no voy a tener que ser el de
reemplazo, porque tú volverás, y cuando lo hagas, todo se
pondrá en su sitio.
—Gracias.
—Las gracias debería dártelas yo a ti, sois lo mejor que
me ha pasado en mucho tiempo y me siento bendecido de
que esa carpeta con tu expediente y el de tu familia cayera
en mis manos.
Su rostro estaba lleno de emoción, y aunque fuera
incapaz de darle voz a sus sentimientos, no necesitaba que
lo hiciera, los veía con la misma claridad que el negro es
negro y el azul, azul.
Iba a luchar por ese hombre y sus hijas, y no iba a
permitir que ningún Emperador de pacotilla me los
arrebatara.
CAPÍTULO 54

JC
Estaba cenando con mi mujer, sentado en la mesa del
salón, dándole vueltas al tipo rubio con el que vivía Lion.
Tras ocuparnos de hacer desaparecer el cuerpo de
Miguel, decidí que me apetecía conocer, en mayor medida,
al hombre con el que convivía la persona que me traicionó.
Lo estuve esperando fuera del edificio hasta que salió.
Conduje hasta que él se detuvo, frente a un edificio
residencial y entró. Aguardé a la espera de que saliera de
nuevo, lo hizo con un tipo alto, moreno, de buena planta,
con el que compartía confidencias. Caminaban juntos,
aunque no de la mano, ni se besaron, parecían más amigos
que otra cosa.
Sentí la tentación de acercarme más a ellos, así que
cuando los vi alejarse andando, los seguí a pie. Entraron en
un bar de desayunos que estaba abarrotado. Mientras el
moreno buscaba mesa, el rubio iba a pedir a la barra. No
podía negar que era muy atractivo y que no sería extraño
que entre él y Lion se hubiera despertado algo.
Me acerqué por la espalda y respiré su aroma, creí notar
ciertas notas de un olor que no le pertenecía. Me acerqué
tanto que cuando se dio la vuelta, chocamos sin remedio.
Su cara se encontró con la mía. Se deshizo en disculpas
hasta que se fijó en mis rasgos.
Me observó con la misma intensidad que yo lo hacía, con
miles de preguntas en las retinas. Apenas intercambiamos
una frase, pero me bastó para tener todavía más curiosidad.
Por eso quería conocerlo un poco más, quizá lo visitara en el
SKS.
Corté una porción de solomillo poco hecho para
llevármelo a la boca.
Anita me preguntó qué pensaba hacer con los clientes,
para serenarlos por las pérdidas de los anteriores
cargamentos, y le respondí que enviaría a Lion a por los
pollitos.
Dejó caer los cubiertos sobre el plato generando un
incómodo sonido que me hizo tragar con fuerza.
—¿A Soyapango a por tu último cargamento? —preguntó
boquiabierta.
—Eso he dicho —respondí, limpiándome la boca.
—¡No puedes hacer eso! ¡Nos la va a jugar! ¡Es un
chúntaro[52]!
—A mí no me la juega nadie —respondí con los ojos
brillantes.
—¿Qué me dices de Miguel?
—Si no lo hubieras matado tú, lo habría hecho yo, Miguel
tenía los días contados.
—Los tuviera o no contados, te la jugó. —Anita se me
quedó mirando con fijeza.
—No te lo voy a negar, sin embargo, hacía un tiempo que
ya no confiaba en él. ¿Sabes una cosa? No trabajaba solo.
—¿A qué te refieres?
—A que alguien medió con mis clientes y les revendió el
género.
—Pero ¿los pollitos no pasaron a manos de Servicios
Sociales?
—Ya sabes cómo funcionan estas cosas.
—¿Y tienes idea de quién?
—No todavía, aunque ya me conoces, soy perseverante y
tengo mucho tiempo.
—Quizá solo lo hiciera él y tuviera untado a alguien.
—Miguel nunca se caracterizó por tener mucho cerebro,
tuvo que haber alguien más. Un hijueputa listo y meticuloso.
—¡Qué malnacido! ¿Con todo lo que hiciste por él? Si no
lo hubiera matado, lo volvería a hacer, odio que te tomen
por tonto cuando no lo eres.
—Mi preciosa esposa protegiendo lo suyo —sonreí.
—Sabes que siempre lo he hecho y que lo volvería a
hacer. Por eso no me gusta la idea de que Lion vuelva. Si
estuviera en mi mano, ya lo habría liquidado por todo lo que
sufriste. ¡Por su culpa murió Wen!
—Los dos sabemos que no solo Lion tuvo la culpa de lo
que pasó aquella noche. Tú y Wendy no debieron estar allí.
—Anita resopló.
—Nosotras también formábamos parte de la SM-666,
merecíamos estar en el nacimiento, en la ceremonia.
—Te equivocas. Esa ceremonia era para los machos.
Sabíais cuál era vuestro sitio y me desobedeciste, tenías
que acatar, era simple.
—Quería hacerla fuerte, que viera cómo Lion abrazaba a
la Santa. Tu hermana mostraba ciertas debilidades.
—Aun así, no debiste.
—Ya te pedí perdón y me sometí a la brincada[53] por
parte de todos, me convertí en el nuevo recipiente.
—No debió ser así. —Ella rio seca.
—Tampoco debiste ocultarme que estabas culeando a
esa tronera y que su padre quería que te casaras con ella.
Tuve que enterarme por una mierda de casualidad.
—¿Lo hice? —pregunté sin apartar la mirada de la suya
—. Que yo sepa, te hice mi mujer. Si la chimaba era por
nosotros, para obtener información necesaria que nos
ayudara a entrar en La Campanera. Lo más sencillo habría
sido casarme con ella, matar a su padre y convertir a los
dieciocheros en seiseros, pero no lo hice, te respeté, la
convertí en tributo y a ti en mi esposa.
—Dime una cosa, ¿lo hiciste porque creías que merecía
ese puesto, o porque sabías que siempre mantendría la
boca cerrada sobre tus preferencias?
Golpeé la mesa con fuerza.
—¡Basta! —Anita bajó la mirada—. ¡Estoy harto de que
me hables con tan poco respeto! ¡Te he explicado cientos de
veces que no soy lo que crees! ¡Y te lo he demostrado!
¡Siempre que me has buscado me has tenido!
—Lo siento —reculó—. Han sido demasiadas cosas en
poco tiempo, y la llegada de Lion me ha alterado.
Discúlpame, lo mejor será que me marche a mi cuarto.
—¿Cabe la posibilidad de que esta vez sí estés gestando
y por eso estés más agitada que de costumbre?
—Es pronto para saberlo. ¿Tengo tu permiso para
retirarme?
—Vete, yo volveré tarde.
Anita vino hasta mí para darme un beso. La senté en mi
regazo y besé su pelo.
—Yo también estoy irritable —le confesé—. Ayer hubo
otro incendio.
Ella suspiró.
—¿Otro?
—Podría ser la misma persona que estaba aliada con
Miguel. Ese hijueputa me quería con el agua al cuello.
Empieza a rumorearse que podrían ser provocados y que a
quien más le conviene es a nuestra empresa. Hoy han caído
un par de contratos.
—¡No! ¡Lo siento! ¿Puedo hacer algo?
—Darme un hijo, ahora mismo es lo único que me
apetece. Me haría muy feliz. —Besé su frente.
—Sabes que lo pongo todo de mi parte.
Metí la mano en la chaqueta y saqué un blíster de
pastillas anticonceptivas.
—Yo también. Estas son de azúcar. —Vi la sorpresa
oscilar en su mirada—. ¿Pensabas que no lo sabía? Tras las
últimas analíticas, el médico quiso hablar conmigo, me dijo
que en los resultados se apreciaba una alteración hormonal
propia de estar tomando anticonceptivas. En un principio,
no quise creerlo, pero cuando llegué a casa, bueno, puedes
imaginarlo, la registré de arriba abajo aprovechando que tú
estabas de compras con tus hermanas. Me enfadé mucho
cuando di con el bote.
—Podrían no haber sido mías.
—¿No lo eran? —Enfrenté su mirada, y ella la agachó, tiré
del pelo hacia atrás con fuerza y dio un gritito—. ¡Contesta!
—¡Sí, sí que lo eran! —Asentí. Me hubiera molestado
mucho que me siguiera mintiendo.
Me puse como loco cuando las encontré, no se lo dije a
nadie para no caer en vergüenza. Fui directo a la clínica
para hablar con el doctor, también estaba una enfermera.
Me dieron varios motivos por los cuáles Anita podría haber
optado a engañarme.
Su madre falleció en el parto de uno de sus hermanos,
así que podría haber desarrollado cierto pánico a parir.
Muchas mujeres tenían un miedo atroz a no ser buenas
madres y por eso llegaban a retrasar el momento del
embarazo. La posibilidad de que Anita no quisiera estropear
su cuerpo era otra opción. Algunas mujeres no
sobrellevaban del todo bien el cambio anatómico que
suponía gestar un bebé.
Mi mano libre acarició sus pechos turgentes y el vientre
plano. Cuando me hablaron de aquella posibilidad, supe que
habían dado con la clave.
—Sé que odias engordar, cuidas muchísimo tu
alimentación, y que cuando tus hermanas se pasan un poco
de peso, siempre insistes en que lo bajen. Además, te he
escuchado en más de una ocasión comentar que las
mujeres se dejan cuando nacen sus bebés. Creo que tienes
animadversión a estropear tu figura, tanta que saboteas a
tu cuerpo para que no geste.
A Anita le tembló el labio y sus ojos se humedecieron.
—Me-me daba miedo que no lo entendieras. Sabía
cuántas ganas tenías de ser padre, y yo temía que si
engordaba, no volviera a gustarte. Me daba pudor decírtelo,
lo siento mucho, no sé qué decir.
—Tranquila, mi amor, estoy aquí para cuidarte y
protegerte, tanto a ti como a nuestro futuro bebé. Las
mujeres, a veces, no tomáis las mejores decisiones, es por
eso que nos necesitáis. Estáis hechas para parir, para
generar vida, y por mucho que cambie tu cuerpo, no hay
nada imposible para un buen cirujano.
Volví a meter la mano en el bolsillo y saqué un predictor.
—Háztelo, quizá el otro día se plantara en ti mi semilla.
La bajé al suelo, le quité las bragas y le di una copa vacía
porque no me fiaba.
—¿Quieres que mee ahí? ¿Aquí, delante de ti?
—Sí. O lo haces como te digo, o me ocuparé de que no
salgas de tu cuarto hasta que mi hijo haya arraigado.
Sus mejillas se encendieron y los ojos se le cargaron de
enfado. Me daba lo mismo si se cabreaba o no, a mí
tampoco me gustó enterarme de que mi mujer no me daba
hijos porque no le daba la gana, porque no le apetecía verse
con el vientre hinchado.
Cuando terminó, me tendió el test de embarazo.
—¿Lo ves?, no ha sido tan difícil. Ahora solo queda
esperar. ¿Te apetece niño, o niña?
CAPÍTULO 55

Ray

Había terminado de currar cuando Jordan me llamó al


despacho.
Estaba haciendo la sustitución de Leo, como
acostumbraba a hacer cuando uno de los pecados fallaba.
Quizá quisiera preguntarme por su estado, no estaba seguro
de lo que querría.
Llevaba una semana entrenando a Lionel, nos quedaba
una más para que estuviera listo y pudiera enfrentarse a
uno de los viajes más difíciles de su vida. Yo me debatía
entre quedarme e irme, no las tenía todas conmigo, pero
sabía que Price no me dejaría cruzar la frontera, poner en
peligro el operativo, para largarme a un país en el que
estaba vendido. Si caía en manos de una de las maras,
aunque no fuera la SM-666, era carne de cañón.
Magaly seguía de culo con su padre porque se había
negado a devolverle el móvil y la custodiaba como un perro
guardián, por lo que no había vuelto a ver a «su chico».
Intenté convencer a Leo de que así solo la alejaría más, pero
él no quería ni oír hablar del tema, la posibilidad de que su
hija estuviera cerca de un dieciochero lo ponía en guardia y
de muy malhumor, así que preferí dejar de lado la batalla.
Cada día que pasaba, estaba más pillado por él y por las
niñas. Aprovechábamos cada momento en que Ellie y
Maggie no estaban para dar rienda suelta al deseo. Suerte
que Daisy era un reloj, y cuando volvíamos del
entrenamiento, estaba dormida. Porque nos cogíamos con
tantas ganas que el sofá ya estaba medio resentido.
Llamé a la puerta del piso de Jordan y este me hizo
pasar.
Tenía una canción puesta que no reconocí, yo de música
clásica no tenía ni idea, era fuerte y melancólica, digna de
alguien a punto de cortarse las venas, o por lo menos, yo la
usaría para algo así si tuviera la intención de quitarme de en
medio.
La chimenea estaba encendida y el boss solo vestía los
pantalones del pijama, negros, de raso, mientras sujetaba
una copa de brandy y contemplaba las luces de la ciudad
desde el enorme ventanal.
—Dime que no me has llamado para saltar y que dé fe de
ello. Hoy no tengo el día como para ver al jefe arrojarse al
vacío, además, quiero cobrar la nómina de este mes.
En el reflejo, lo vi esbozando una sonrisa.
—¿Qué te hace pensar que querría tener un enorme
agujero en este ventanal?
—La música, es bastante lúgubre.
—¿Te lo parece? —me preguntó, girándose para
encararme por fin. Yo me encogí de hombros.
—No es que sea un experto, pero si tuviera que ponerle
algún título, sería Esta noche quiero morir o Suicidio. —Esa
vez sí que oteé sus dientes.
—Se llama El viejo castillo, y la compuso Modest
Mussorgsky después de una profunda depresión, lo que no
le resta belleza y profundidad a la pieza.
—¿Lo ves?, ya te decía yo que era carne de Prozac.
—¿Te sirvo una? —preguntó, alzando la copa. Yo negué.
—Tengo que coger la moto y conducir. ¿Ocurre algo? ¿Las
clientas se han quejado, o no estoy haciendo bien mi
trabajo?
—Al contrario, debes haber notado que cada vez solicitan
más tus privados, estoy contento con tu servicio, aunque no
tengo idea de cuánto tiempo más vas a seguir trabajando
aquí. —Arrugué el ceño. ¿Era posible que Raven le hubiera
contado a qué me dedicaba cuando quedaban para
hostiarse en el ring?
—No te pillo.
—Yo creo que sí. Sabes que no me meto en vuestras
vidas cuando salís por la puerta del club, pero llevo un
tiempo con la mosca detrás de la oreja. Ramón dice que
llevan varios días siguiéndote y que hoy un tío ha intentado
entrar en el club. No sé si es el mismo que te sigue porque,
según él, solo pretendía tomar una copa. Tenía una cruz
tatuada bajo el ojo derecho. ¿Te suena? —Apreté los puños
en silencio—. Voy a preguntártelo solo una vez. ¿Necesitas
mi ayuda? ¿Estás metido en algún lío y por eso curras en el
SKS?
—¡No!
—¿Sabías que te siguen? —Pensé la respuesta. Tampoco
es que fuera estúpido, intuía que mi encontronazo con el
Emperador no había sido fortuito, y que si andaba jugando
con su muñeco predilecto, tarde o temprano, vendría a
soplarme la nuca.
Por eso había sido cuidadoso con Lionel, iba a un
gimnasio en el que reservaban salas privadas, allí era donde
Jennings y yo lo entrenábamos. Por si alguien preguntaba, le
dije a la recepcionista que le estábamos haciendo un
tratamiento de rehabilitación a Torres, que David era
fisioterapeuta y yo entrenador personal.
—No hace falta que respondas —murmuró Jordan al ver
que seguía sin hablar.
—Puede que tenga a un ex celoso pisándome los talones,
no mío, sino de la persona con la que me acuesto. —Era una
verdad a medias.
—Pues ten cuidado, porque quizá debas cambiar de
amante si no quieres enfrentarte a gente conflictiva.
—Tomo nota, gracias, jefe.
—¿Cómo se encuentra Lionel?
—Mejorando, aunque todavía le quedan unos días para
poder regresar. —Él movió la cabeza afirmativamente y dio
un trago a la copa, se le veía un tanto agotado—. ¿Cansado
de ser Envidia, boss?
—Digamos que no es un trabajo que me apetezca hacer
durante mucho tiempo. Además, intenté contratar a un
sustituto y no fue tan bien como creía.
—No es tarea fácil bailar desnudo frente a un montón de
mujeres cuyo único objetivo es que te las tires al final de la
noche.
—No lo es —murmuró escueto—. La gente cree que sí,
pero a nadie le gusta terminar siendo un mero objeto.
—Salvo a Avaricia —reí por lo bajo. Era un secreto a
voces que ese tío se hinchaba a follar a diario, y a veces con
más de una clienta a la vez.
—Él es un caso aparte —musitó sin dar otra explicación.
Jordan no se caracterizaba por hablar de más, al contrario,
casi siempre que abría la boca era para un asunto
importante, o no decía nada—. No te entretengo más, dale
recuerdos a Leo, dile que estoy deseoso de que vuelva.
—Lo haré, gracias por preocuparte por mí, boss.
—Para eso estoy. Cierra la puerta al salir.
—Y tú cambia al maníaco-depresivo del piano por
Chayanne, o quizá el Himno de la Alegría, antes de que te
veas influenciado por esas notas asesinas y no consideres
tan mala idea lo de saltar sin paracaídas.
—Tomo nota. Buenas noches, Dave.
—Buenas noches.
Cuando salí del edificio, en lugar de ir a por la moto, me
fui al bar de la esquina, si tantas ganas me tenía Julio, quizá
fuera momento de mantener una charla.
Pedí un refresco con mucho hielo y una rodaja de limón.
No había mucha gente, quizá porque era entre semana, o
porque estábamos a fin de mes y eso se notaba. Eché un
vistazo sobre los congregados, nadie llamaba mi interés,
quizá el Emperador no iba a picar el anzuelo porque,
después de preguntar por mí, se había ido a casa.
A fin de cuentas, era lo que a mí me apetecía hacer, no
estar llenándome la garganta de burbujas. El cuerpo
caliente de Leo me esperaba en la cama, y yo haciendo el
capullo sin tener un objetivo claro. ¿Qué andaba buscando?
Ni yo mismo lo sabía.
Fui a llevarme el vaso a la boca para engullir el contenido
e irme cuanto antes, cuando alguien me empujó por detrás
y parte del líquido cayó sobre mi camiseta, empapándola
por completo. ¡De puta madre! Solté un improperio.
—Vaya, lo lamento —respondió una voz ronca con fuerte
acento latino. Me di la vuelta y me encontré con la sonrisa
ladeada de Julio. Si no quieres toparte con el enemigo es
mejor que ni lo busques ni lo invoques—. ¿Tú? —preguntó
como si hubiera sido cosa del destino.
—Al parecer, el karma me la quería devolver —respondí,
tenso, sacudiendo la camiseta blanca.
Llevaba puestas las gafas de sol, no me las había quitado
al entrar al local. Además, ya me conocían y sabían que,
cuando iba, siempre aparecía con ellas puestas.
—No creo en las coincidencias, y menos cuando se trata
de alguien como tú. —Alcé las cejas y estas se elevaron por
encima del metal.
—¿Como yo?
—Interesante, atractivo…
Decididamente, Julio habría sido un tío al que me follaría
si no supiera quién era y lo que había sido capaz de hacer.
¿Con cuántos asesinos en serie me habría topado sin
saberlo? Un estudio decía que, como mínimo, a lo largo de
tu vida, te cruzabas con nueve, con mi amplio historial
sexual y la depravación que habitaba en Nueva York, sería
extraño que no le hubiera dado por culo a alguno de ellos.
Se mojó los labios.
—Soy Dave —le tendí la mano para ver cómo
reaccionaba.
—JC —me la estrechó con fuerza y yo sentí repulsión ante
el contacto—. ¿Has venido solo?
—Trabajo cerca. ¿No lo sabías?
—¿Debería? —Me encogí de hombros.
—Puede, hace unas noches, unos tíos con un tattoo como
el tuyo me llenaron de caricias —señalé su mejilla—, quizá
fueran tus primos o pertenezcáis a la misma banda de
moteros y te hablaran de mí.
—Soy más de coche que de moto, y puede que
simplemente tuvieran buen gusto para elegir tatuaje.
—Ya, bueno, tengo que marcharme.
—¿Tan pronto? ¿No decías que acababas de salir del
trabajo? Además, estás empapado, podríamos ir al baño a
que te seque.
—Es que tengo que volver a casa.
—¿Te espera alguien?
—¿Y a ti?
—Quizá.
—Entonces, quizá también a mí. —Tenía ganas de irme,
me conocía, y con todos los datos que albergaba en mi
mente sobre aquel tipo, era extraño que mi puño no
estuviera incrustado ya en su mandíbula.
—Eso lo hace más interesante, ¿no te parece? La
monotonía es aburrida, a la vida hay que darle… «pecados».
—Y ahí estaba la respuesta, sabía con exactitud a lo que me
dedicaba y quién era.
—El mío es la pereza, así que dudo que te sirva, deberías
ir a por lujuria.
—Quizá me apetezca ser perezoso contigo. —Su dedo
recorrió mi camiseta mojada, se pegó un poco más a mí.
—Te agradezco la invitación, pero en serio que me tengo
que ir.
—¿Nos vemos otro día?
—Dependerá del destino…, o puede que de ti y tu
facilidad para dar conmigo.
Me mostró sus dientes blancos.
—Ten por seguro que sí. Siempre consigo lo que me
propongo. Yo invito a esta —comentó, dejando un billete
sobre la barra. No me perdí la tinta que decoraba cada uno
de sus dedos, pensar en ellos me hacía imaginarlos sobre la
piel de Leo y, por consiguiente, la sensación no me gustaba
nada. Si seguía pensando en todo lo que ese cabrón le
había hecho, le partiría la cara y no era buena idea, haría
saltar toda la operación por los aires. Lo mejor era
mantenerme al margen hasta que pudiera pillarlo en un
rincón solitario y sin testigos—. Buenas noches, Dave —se
acercó a mi oreja—, que sueñes con todo lo que soy capaz
de hacer, recuerdos a las niñas. —Golpeó la barra con los
nudillos y se marchó por donde había venido con una
sonrisa taciturna en los labios.
Resoplé con fuerza. No me gustaba nada esa amenaza
implícita, porque si dependiera de mí, el sueño se volvería
pesadilla.
Me fijé en que dos hombres lo aguardaban en la puerta,
no me quitaban los ojos de encima. Reconocí a uno de ellos
del último encontronazo. Ladeó el cuello e hizo un signo con
su mano. Si fuera un simple mortal, no tendría ni idea de su
significado, pero como era un agente del ICE, sabía con
exactitud lo que me decía.
Cuando me monté en la moto, pensé que en cualquier
momento una bala podría sorprenderme durante el
recorrido, por suerte, no lo hizo, aunque quizá lo hiciera
cuando menos lo esperara.
Tenía que acabar con Julio antes de que él lo hiciera
conmigo.
CAPÍTULO 56

Leo

Me despertó una vibración en el móvil.


Tampoco es que tuviera un sueño excesivamente pesado,
habitualmente, me quedaba en estado de duermevela hasta
que Ray llegaba y me envolvía en uno de sus abrazos.
Yo me hacía el dormido, porque no quería que viera cómo
mi expresión mutaba a una de absoluta complacencia.
Adoraba lo bien que encajábamos en la cama, y no solo me
refería al sexo, también a la hora de dormir. Despertar con
la cabeza sobre su pecho, con el cálido golpeteo de su
corazón llenándome de fe y posibilidades, era algo difícil de
describir.
Habíamos hablado mucho durante la última semana, casi
tanto como follado, que era mucho decir. Ray tenía una
facilidad pasmosa para hurgar en mi interior sin apenas
esfuerzo y que toda la mierda saliera a flote. Yo le decía que
si alguna vez se cansaba del HSI, podía estudiar psicología,
él reía y contraatacaba alegando que sería un gran
desatascador de alcantarillas en Nueva York.
Las palabras que el día anterior me dedicó, cuando
hablábamos de mi pasado con Julio, acudieron a mí como un
latigazo.

—Las cicatrices más feas no suelen hacérnoslas las


personas que odiamos o no nos caen bien, las que más
duelen son las que proceden de aquellos a quienes
entregamos nuestra confianza y nuestro corazón.

No fue porque sí, sino porque lo que menos esperaba


encontrar, cuando le di al mensaje que acababa de llegarme
al móvil, eran las imágenes que se desplegaban ante mis
ojos.
Un sudor frío descendió a lo largo de mi columna, mi
estómago se contrajo y me froté los ojos porque no daba
crédito.
Al principio, pensé que era un montaje fruto de la
Inteligencia Artificial, hasta que me di cuenta de que el
lugar en el que estaba Ray no me era ajeno.
Era el bar que se encontraba al lado del SKS, muchos de
los pecados iban allí a desconectar después del espectáculo,
incluso yo había ido alguna vez. Lo que más me impactó fue
que no estaba solo y que Julio era la persona que estaba
frente a él.
Lo miraba con hambre, con el mismo apetito que en su
día me ofrecía a mí. Ray llevaba puestas sus malditas gafas
de sol, por lo que no tenía ni idea de lo que había en sus
ojos.
Mis entrañas se retorcieron, estaban muy pegados. Ray y
yo no habíamos hablado sobre vernos con terceros,
tampoco es que hubiéramos establecido límites, porque yo
no quería hablar de que tuviéramos una relación. En teoría,
no éramos nada, por lo que podía tontear con quien le diera
la gana.
No conocía a Julio, no lo había visto nunca, era
demasiado atractivo para parecer un marero, aunque
llevara la cruz en el rostro. Quizá ni siquiera había
contemplado la posibilidad de que pudiera ser él.
En la siguiente imagen, la mano de Julio César acariciaba
su torso. Me estaba mareando. Salté de la cama. Mi ritmo
cardíaco estaba acelerado, me fijé en el emisor para
entender quién me las estaba pasando. Número oculto.
¡De puta madre!
La tercera y última imagen se había tomado desde un
ángulo distinto, ellos estaban muy pegados, Julio había
inclinado la cabeza hacia delante y, por cómo torcía el
cuello, juraría que lo estaba besando.
La bilis ascendió del estómago a mi garganta.
Sentí el impulso de salir corriendo, de ir a buscarlo, sin
importarme que estuviera descalzo, en pijama y tuviera que
pagar un taxi.
Pasé una de las manos con fuerza por mi pelo,
intentando averiguar quién me las enviaba.
Los celos y la preocupación de que algo malo pudiera
pasarle se disolvieron en mi estómago como si hubiera
ingerido ácido. Odiaba sentirlos, odiaba pensar que Ray
podía estar liándose en ese momento con Julio. Odiaba no
poder largarme cagando leches porque mis hijas estaban en
el piso, habría sido una temeridad.
Tenía que hacer algo, no podía quedarme de brazos
cruzados.
Los dedos me temblaban, repasé las fotos una y otra vez,
¿iban a llegarme más?, ¿por qué no me llegaban? El
pensamiento de que Julio lo había arrastrado hasta el baño
para hacer mucho más que morrearse cruzó mi mente.
Intenté serenarme. Él no era de hacer esas cosas en
lugares públicos, lo que no quitaba que pudiera habérselo
llevado a otra parte.
«¡Mierda! Nunca tuve que aceptar venir a vivir a su piso,
todo se está complicando demasiado».
Con el corazón en la garganta, tecleé un «¿Quién cojones
eres?». Nadie respondió, aunque tuviera clara la respuesta.
Por cojones tenía que ser Anita, seguro que esa serpiente
venenosa estaba disfrutando del espectáculo desde el
palco.
Tenía que avisar a Ray de que estaban tendiéndole una
trampa, que se estaba metiendo en la boca del diablo.
Busqué su número en la agenda y lo llamé.
«¡Contesta, contesta, vamos, contesta!». No respondió.
Estaba que me daba de cabezazos contra la pared.
Los minutos no pasaban, estaba de los putos nervios.
Hice lo único que se me ocurrió, que fue llamar a Raven, por
si estaba todavía en el SKS y podía ir en su busca para
avisarle de que tenía que venir a casa de inmediato. Le diría
que una de las niñas estaba con fiebre, o lo que fuera
necesario.
Apreté el terminal contra mi oreja. Apagado o fuera de
cobertura. ¡De puta madre!
Opción C, solo me quedaba Jennings, seguramente lo
despertaría, pero merecería la pena si con ello conseguía
salvarle el cuello a Ray, aunque tal vez esas fotos no eran
de ahora. ¿Y si hacía rato que las habían hecho para
torturarme y ya estaba muerto?
Expulsé la idea de inmediato, eso no era posible. Fui
directo a teclear la j, la e, la n, el nombre del compañero de
Ray emergió al mismo tiempo que la puerta se abrió y yo
me quedé sin aliento, contemplando a la persona que había
al otro lado y me observaba con sorpresa.
Creo que no me había alegrado de ver a alguien tanto
jamás.
—¿Qué haces levantado y con el móvil en la mano? ¿Las
niñas están bien? Pareces desencajado.
A mí solo me salió ir a por su boca y besarlo. Sin importar
que mis hijas estuvieran a unos pocos metros de nosotros,
sentí tanto alivio que fui incapaz de contenerme.
Como era lógico, no le hizo ascos a mi boca, al contrario,
me estrechó entre sus brazos y me llenó de su apetito.
Estuve así unos minutos, hasta que logré separarme con la
respiración agitada.
—¿Qué me he perdido? —preguntó resollante—, ¿o es
que has tenido un sueño erótico y me estabas esperando?
—Estaba preocupado.
—¿Una pesadilla? —Negué. Tragué con fuerza y lo miré a
los ojos.
—El tío con el que has estado en el bar es Julio.
Lo dejé ir con un nudo en la garganta, agobiado por lo
que hubiera podido ocurrir entre ellos. Por una parte, me
alegraba de que Ray estuviera bien; por otra, no podía
quitarme de la cabeza esa última imagen en la que ellos se
besaban.
—Eh. —Me cogió de la barbilla—. Mírame. —Lo hice,
estaba tan lleno de celos, intranquilidad y angustia que era
incapaz de hacer otra cosa—. ¿Cómo sabes que he estado
en un bar? —Le enseñé el móvil.
—Alguien me mandó esto. El tío con el que te has… —Ni
siquiera podía decirlo—. Es Julio César. Sé que no lo sabías y
que tú y yo no somos nada, pero, aun así… —Volví a callar
teniendo miedo de pronunciar lo que mi corazón gritaba.
—¿Quién dice que tú y yo no seamos nada? Tú y yo lo
somos todo, y si no te has dado cuenta, o yo no te he
hablado con la suficiente franqueza, ha sido para no
acojonarte. No pasó nada en ese bar, aunque las imágenes
sugieran lo contrario, solo me estaba hablando al oído, nada
más. Y te garantizo que no es por la ausencia de límites o
por no catalogar lo que hay entre nosotros. No me liaría con
él ni con otro tío porque no solo ocupas parte de mi piso o
del sofá cama, también ocupas mi corazón.
»A la mierda si no quieres oírme decirlo o si suena
terriblemente cursi. Quiero que te quede claro que tú estás
en cada jodido latido y que no quiero que sea otra persona
la que me haga sentir así. No quiero besar otra boca,
acariciar otra piel o acostarme con nadie que no seas tú.
—Yo no merezco…
—Tú mereces a alguien que esté dispuesto a no soltarte
nunca, por difíciles que se pongan las cosas. Que te mire y
te diga que va a comerte vivo el resto de su vida. —Su
última reflexión me hizo sonreír—. Y aunque me gustaría no
haber tenido que contártelo, no sería justo que siguiera
guardándomelo para mí. Sabía quién era Julio desde el
primer momento, porque el otro día lo vi.
—¿Lo viste? ¿Cómo que lo viste? —Su confesión me llenó
de estupor. Me solté de su agarre.
—No quería preocuparte, entró en el bar al que suelo ir
con Jennings a desayunar. Solo quería marcar territorio,
hacerse notar.
—¡¿Por qué no me lo dijiste?! —inquirí ahogado.
—Por esto mismo —me señaló—, no necesitabas más
presión, mira cómo te has puesto.
—¡¿Y qué piensas que debería haber hecho, montar una
fiesta?! —Ray soltó aire un tanto exasperado.
—Lidio a diario con tipos como él, sé cuándo apestan a
peligro y cuándo no.
—Te aseguro que como él no —resoplé.
—Leo, no voy a dejar que gane la partida. Sé muy bien lo
que hago, cada paso que doy está calculado.
—¿Por eso me ocultas información? ¿Qué más callas?
—Debes entender que soy Ray cuando debo serlo y el
agente Wright cuando corresponde.
—¿Y yo con quién demonios estoy ahora? No me gusta
que me mientas.
—Omito información porque hay partes del operativo que
es mejor que desconozcas.
—¿Como que Julio te seguía? ¿Que ha establecido
contacto contigo? ¡¿Sabes todo lo que se me ha pasado por
la cabeza cuando me han enviado las fotos?!
—Puedo hacerme una idea.
—¡No! ¡No tienes ni puta idea! Casi me da un infarto
planteándome las posibilidades. Ni siquiera era capaz de
pensar con claridad. Te llamé al móvil, también a Raven,
¡estuve a punto de dejar a mis hijas solas para ir a por ti
cuando pensé que podría estar tocándote o haciéndote algo
mucho peor!
Lejos de mostrar enfado, el rostro de Ray se iluminó, una
sonrisa ocupó toda su fea cara haciéndome apretar los
dientes.
—¿Y ahora de qué te ríes?
—¿Eso quisiste hacer por mí? —preguntó meloso.
—No te tomes esto a pitorreo.
—No lo hago, al contrario.
—Entonces, ¿por qué actúas así?
—Porque el modo en que has reaccionado significa que
me quieres más de lo que eres capaz de reconocer. —Lo
miré asustado—. No sufras, no necesito que me lo digas, me
basta con que me demuestres cuánto te alegras de que
haya vuelto sano y salvo a tu lado.
Me agarró de la camiseta y volvió a besarme con todo el
ímpetu que lo caracterizaba. Intenté cortarlo, no quería sus
besos, aunque mis labios y mi lengua opinaran lo contrario.
Me enganché a él con desesperación y fui incapaz de
detenerlo cuando nos arrastró al baño dando trompicones.
El único lugar con pestillo en el que poder refugiarnos y
dar rienda suelta al temporal que nos azotaba. La ropa voló
con ansia, y yo me encargué de encender el agua para
mitigar el sonido de nuestras gargantas.
Lo quería, lo deseaba, lo anhelaba más allá que cualquier
cosa.
Ray tenía razón, no importaba que no le pusiera letra a
mis sentimientos, porque nos bastaba con la banda sonora
de nuestros gemidos. Todos ellos estaban ahí, latentes en
cada roce, en cada silencio, en cada preocupación y caricia
entregada.
Estaban en mi boca, en mis dientes, en las sonrisas que
Ray atesoraba en el fondo de sus pupilas.
Nos metimos bajo el agua para convertirnos en caníbales
de almas. Con los chorros empapándonos de deseo y
verdad.
Sus manos enjabonaron cada recoveco hasta hacerme
estremecer. Coloqué las palmas contra la pared y anhelé el
cacheo profundo al que me sometió. Me estremecí cuando
cogió el bote de lubricante, lo dejó caer entre mis nalgas,
me estimuló con maestría y terminó entrando en mí.
Quería la plenitud que me ofrecía cuando me penetraba,
cargando mi garganta de jadeos sordos que morían en mi
brazo para que no fueran escuchados.
Empujó entre mis nalgas mientras mi erección era
acunada en su mano, con la presión justa y la velocidad
exacta.
Aumentó la intensidad de los embates. Las finas gotas
espolvoreaban mi piel, en un azote voluptuoso, cargado de
lujuria. Las yemas de los dedos se hundían en mi cadera,
mientras la otra mano seguía torturándome de placer.
Me incorporó. Sus dientes se hundieron en la carne de mi
trapecio y el calor me inundó por dentro. Ray seguía
penetrándome de un modo mucho más lento, amasando mi
polla hasta que perdió rigidez.
Salió de mí, me dio la vuelta, clavó las rodillas en el plato
de ducha y me dio una lamida larga y untuosa.
—Esto me lo como solo yo —susurró canalla.
Me bastaba su mirada para perderme en ella. Agarré su
pelo corto y bombeé incapaz de contenerme.
Fueron pocos empujes los que necesité para vaciarme.
Ahogué el grito de liberación sin renunciar al brillo de su
mirada.
Ray sorbió, hasta dejarme sin nada más que ofrecer.
Se puso en pie, y con la sonrisa más maravillosa que
había visto nunca, me dio un beso dulce, tentador.
—Te quiero, Lionel Torres.
«Y yo a ti», gritó mi interior. Mis labios no se movieron.
No pronuncié las palabras, pero las sentí y comprendí
que uno no es consciente de que está con un monstruo
hasta que la relación termina, te ves libre de él y asoma la
verdadera esencia de lo que siempre fue.
Ya era capaz de diferenciar lo que era que alguien te
quisiera de verdad y llenara tu vida de luz.
Ray era mi perdición, mi pecado capital, y, aunque
debería dejarlo ir, no quería renunciar a él.
CAPÍTULO 57

Anita

Barrí con fuerza los frascos de perfumes del tocador.


¡Embarazada! Estaba embarazada.
La noticia me llegó como un jarro de agua fría. Tuve que
acogerme al salvavidas que me arrojó el maldito cabrón de
mi marido y agarrarme con uñas y dientes a su teoría de
que mi cuerpo era el único freno que tenía.
No di positivo esa noche, pero me estuvo follando toda la
semana y mi cuerpo parecía estar ávido de
espermatozoides porque alguno de esos cabrones había
arraigado en mí.
Le bastaron doce días para preñarme.
Era muy puntual con mis periodos y jamás tenía malestar
matutino. Le pedí a una de mis hermanas que fuera a la
farmacia, no quería que los hombres de mi marido le fueran
con el chisme.
Le dije a Flor que fuera discreta, que no quería levantar
falsas esperanzas en Julio. Fue a por un maldito test de
embarazo, y ahí estaba la confirmación de que ese
engendro ya estaba en mis entrañas.
No iba a tenerlo, en cuanto todo se hubiera resuelto,
acabaría con él del mismo modo que haría con su padre.
Aunque antes tenía que ocuparme de su putita. El viaje
de Lion estaba previsto para dentro de tres días, y no tenía
intención alguna de que sobreviviera. El peor daño que
podía causarle a mi querido Julio era que le mandaran su
cabeza por correo certificado. Muerto el puto, se acabó la
rabia.
Fui hasta el armario, cogí el móvil que tenía oculto en el
interior del bajo de un abrigo de pieles y marqué el número.
—Estate atento, el Simba vuelve a la selva en tres días,
nunca debió abandonar la jungla, así que encárgate de su
fiesta de bienvenida. Ya sabes lo que tienes que hacer, Scar,
no me falles.
CAPÍTULO 58

Ray

—Por favor, Dave, te lo suplico, tienes que llevarme —me


imploró Magaly, cruzando los dedos de las manos.
Solo le faltaba ponerse de rodillas.
Su padre había bajado a la tienda a por algunas cosas, y
yo me quedé con las chicas.
—A ver, no puedo saltarme las normas de tu padre, él no
quiere que veas a «ese chico».
—¿Y tú qué piensas al respecto? —Se cruzó de brazos y
movió el pie nerviosa.
—Lo que yo piense está fuera de lugar, es tu padre y
debes respetar sus decisiones.
—¡No está fuera de lugar! Tiene que contar, ¡para eso
eres su novio!
Abrí y cerré la boca como un pez. Miré hacia el lugar en
el que estaba Ellie haciendo los deberes y di gracias que
llevara los auriculares puestos. ¡¿De dónde había sacado
eso de que éramos novios?! Habíamos sido muy cuidadosos.
—¿De qué demonios estás hablando?
—No me tomes por tonta, veo cómo os miráis y os
acariciáis cuando creéis que nadie os ve. Papá no miraba a
mi madre como a ti. Él es gay y tú también.
Y frente a una verdad tan rotunda, ¿qué podía
responder?
«Mayday, Mayday, estoy siendo atacado por la cruda
franqueza de una adolescente nada confundida».
—Me da igual si estáis enamorados y has ayudado a mi
padre a que salga del armario. Me caes genial, te portas
muy bien con nosotras y nunca había visto a papá sonreír
tanto, por mí incluso os podéis casar, si es lo que os
apetece, pero tienes que comprender que lo que se está
cometiendo conmigo es una injusticia. ¿Cuánto tiempo
piensa tenerme papá sin teléfono, o encarcelada como una
maldita presidiaria? Creo que el otro día el repartidor de
Amazon trajo unos grilletes y un pijama de rayas, y no para
Halloween.
Reí por debajo de la nariz.
—¿En serio que no te importa que tu padre y yo…?
—¿Estás de broma? ¡Por supuesto que no! Las madres de
mis amigas se van a morir de envidia cuando sepan que el
novio de mi padre es el tío bueno por el que todas babean.
La carcajada que nació en mi garganta fue del todo
involuntaria. Magaly me sonrió.
—Me gustas, y me gusta que lo hagas feliz.
—Tú también me gustas a mí. —La abracé sintiendo un
profundo alivio por su aceptación. Siempre había escuchado
que los niños eran mucho más sabios y naturales que los
adultos, y Magaly acababa de darme una lección de
aceptación y madurez que pocos adultos tendrían—.
¿Piensas que Ellie se lo tomaría igual que tú si se enterara?
—¿Bromeas? Mi hermana te adora, te tiene todo el día en
la boca, creo que está planeando abrir tu propio club de
fans. Si Taylor Swift tiene a los sweefties, tú tendrás a los
davies. —Reí por lo bajito—. En el cole, no dejan de darnos
charlas sobre la diversidad familiar, para normalizar los
nuevos tipos de familia, no creo que a Elena le supusiera un
trauma. Aquí el único estrecho de miras es mi padre, mira
que le cuesta asumir las cosas.
—No digas eso de él.
—Es verdad. Ni que fuera algo malo quererte, o que yo
salga con Nelson —puntualizó.
Aquella simple frase me llegó al alma.
—Gracias por aceptarme, Maggie, es lo más bonito que
me ha dicho una chica en la vida.
—Eso es porque cuando te ven, se les llena la boca de
baba y no puedes oírlas bien porque no se les entiende. —
Cada vez que Magaly abría la boca, subía el pan. ¿Podía
gustarme más? Imposible—. Entonces, ¿qué?, ¿vas a
llevarme a la asociación?
—Lo que me pides es que le mienta a tu padre.
—Lo que te pido es que no le cierres las puertas al amor.
¿Qué harías si alguien te impidiera ver a papá solo porque
te juzgan mal? ¿No lucharías por él? Si no me llevas, ¡una de
esas bobas que no dejan de echársele al cuello me lo va a
quitar! Y todavía lo nuestro no es oficial, no me lo ha
pedido, necesito que lo haga y deje claras sus intenciones
en el grupo.
—Entonces, ¿no salís? —Ella negó.
—Sé que le gusto, me mira mucho, habla conmigo más
que con nadie, pero soy más pequeña que él y creo que no
se atreve. ¡Las otras chicas me sacan ventaja, son más
grandes y les he dejado vía libre!
—Si ese chico te cambia por una de ellas, por no verte
dos semanas, o por no esperar a que crezcas, es que no
valora lo que tiene.
—Lo que tú digas, pero ¿me vas a llevar? Sé que mamá
querría que fuera, no por Nelson, sino por la asociación, me
gustaría seguir visitando a las demás mujeres y ayudar. Por
favor, Dave, por favor —volvió a suplicarme con ahínco.
¿Quién podía resistirse a esos ojazos negros
parpadeando?
—¿Cuánto rato sería? —Magaly me sonrió de oreja a
oreja y se tiró a mis brazos.
—Poquito, te juro que apenas te darás cuenta.
Todavía no les habíamos contado a las niñas que estarían
fuera del piso, en otro lugar alejado y custodiadas, que no
acudirían a clase mientras durara la operación y que apenas
podrían salir de casa.
La idea era que lo hicieran todo online, sin perder
materia, teníamos que minimizar riesgos, y ellas eran uno
muy importante. No descartaba que Julio César pudiera
querer hacerse con las niñas para tener mayor poder de
manipulación con Leo.
Teniendo en cuenta lo que se les venía encima, me
parecía justo que viera a Nelson, aunque fueran unos
minutos. Le pedí a Jennings que le echara un ojo a la
asociación para que estuviéramos seguros de que el lugar
que visitaba María no fuera un cuartel general de Barrio-18
bajo la fachada de un lugar seguro para mujeres y niños. No
era el caso, todo parecía estar en orden. Se dedicaban a
ayudar a mujeres en riesgo de exclusión social, y algunas
eran procedentes de pandillas.
Podía decirle a Leo que iba con las chicas a dar un paseo,
era jueves, su pierna estaba recuperada, así que quizá le
apeteciera ir a jugar a los bolos con sus excompañeros. No
mentiría. Cuando volviera, le diría que pasamos frente a la
asociación y, bueno, que entramos.
Ellie se levantó de la silla y vino correteando hacia mí,
interrumpiendo el abrazo con Magaly.
—¡Mira lo que he hecho, Dave! ¿Te gusta? —preguntó,
alzando el bloc de dibujo en el que había estado trabajando
—. En el cole, nos han pedido que dibujemos para mañana a
nuestra familia.
La garganta se me cerró y los ojos empezaron a picarme
al contemplar la creación de la pequeña.
En la hoja, Ellie había plasmado el trazo de un enorme
corazón con cera roja que envolvía la imagen principal.
Sobre un campo de hierba, estaba Leo, a la izquierda de
todo, sujetando un cartel que ponía papá. A su izquierda
Magaly, con un letrero exacto donde rezaba su nombre. La
siguiente era Ellie, con un contundente yo entre las manos.
Daisy aparecía en el cochecito, su nombre estaba
enmarcado por un par de margaritas y le puso el chupete en
la boca. Para terminar, aparecía un tipo rubio, vestido de
negro, excepto la camiseta blanca, con gafas de sol, la
barbilla en forma de w, y sostenía una pancarta donde podía
leerse papá Dave a modo de aclaración.
—El tuyo es más grande porque no me cabía todo —
comentó Elena, señalando la zona en la que estaba puesta
mi mirada.
Me aclaré la garganta.
—Se lee perfecto. —Ella me ofreció una sonrisa, y yo
seguí contemplando el dibujo.
Sobre nuestras cabezas, se encontraba una nube que
desprendía rayos de sol, en ella estaba sentada la
representación de su madre, con el pelo negro pintado con
bastante intensidad, al igual que los ojos. Había puesto
encima de su cabeza: «Mami nos proteje y obserba».
—Es precioso, Ellie, me-me encanta —comenté
emocionado.
—¿Sí? Tu pelo no me salía muy bien y creo que te he
hecho un brazo más largo.
—No importa, los seres humanos no somos
proporcionados, siempre tenemos un pie más grande, una
mano más grande, un brazo más largo…
—¿En serio? —Asentí, y su carita se llenó de felicidad.
—El dibujo es bonito, pero has escrito mal protege y
observa. Protege va con g, y en observa, la segunda es una
v, no una b. —La corrigió Magaly, haciéndola enfurruñar.
—Si protege fuera con g, sonaría protegue —le rebatió—,
tú no sabes tanto como la señorita Fawles.
—Dudo que la señorita Fawles te haya enseñado a
escribir protege así.
—Pues sí, me ha enseñado así, lista —le sacó la lengua.
—¿Qué pasa? —La puerta acababa de abrirse y Lionel
entraba cargando con una bolsa de papel.
—¡Que Magaly no sabe tanto como la señorita Fawles y
me chincha! —protestó Elena.
—Sé más que tú, voy al instituto.
—Chicas, por favor —suplicó, cerrando la puerta con el
pie.
Me acerqué a él y le cogí la compra.
—Yo lo coloco, intenta que no se batan en duelo con la g
—me ofrecí, guiñándole un ojo—, dicen que la ortografía es
un arma muy peligrosa —bromeé.
Leo se acercó a las niñas. Que se pelearan no era algo
fuera de lo común. A Elena le molestaba muchísimo que la
corrigieran, y Magaly era especialista en hacerlo a la
mínima oportunidad, bajo el paraguas de que todo lo hacía
por su bien.
—¿Me contáis qué ocurre? —quiso mediar Leo,
cargándose de paciencia.
—Pues que Maggie siempre va de lista —respondió Elena
con soniquete.
—Solo te ayudaba para que aprendas, no quería que
hicieras el ridículo y la señorita Fawles te llenara el dibujo de
rojo delante de tus compañeros. Si estuvieras en el instituto,
ya te habrían suspendido.
Ellie la miró horrorizada mientras yo vaciaba la bolsa en
la encimera.
—La señorita Fawles dice que pinto mejor que nadie en la
clase, y no va a llenarme el dibujo de rojo, ¡díselo, papá!
Leo permanecía con la mirada puesta en el bloc y estaba
algo rígido. Sus pupilas lo barrían de lado a lado, tenía los
dientes apretados. Intuí que había leído los carteles, sobre
todo, mi pancarta reivindicativa.
—¿Qué tenías que dibujar? —preguntó tenso.
—A mi familia. —Lo vi ponerse de cuclillas.
—Cariño, es muy bonito, pero igual la señorita Fawles se
hace un poco de lío, y no me refiero a la ortografía —desvió
la vista hacia Magaly y volvió a Elena—. Has puesto a Dave
en el dibujo —comentó sin incidir en lo que estaba escrito.
Dejé el bote de salsa barbacoa en la encimera y me quedé
mirándolo.
—Si vivimos con Dave, en su casa, es porque él es
familia.
—Él es… —Leo levantó la mirada y buscó la mía. Mi
respiración se había vuelto pesada y expectante. Sabía que
era un momento delicado y que Lionel seguía sin estar
preparado. Si no era capaz de decirme te quiero, ¿cómo iba
a reconocer nuestra relación frente a sus hijas?
—¿Qué es Dave para ti, papá? —pinchó Magaly como un
acicate.
—Mi amigo, mi compañero… —se le cerró la garganta.
«Tu pareja, tu amante, el hombre que se muere por pasar
el resto de su vida haciendo realidad ese dibujo».
—Y también es papá Dave —aclaró Elena. Daisy exclamó
Papá Ei, como había empezado a llamarme, desde la
alfombra de juego—. ¿¡Lo ves!? A él no le importa, le gusta,
cuida de nosotras como hacía mamá, es divertido, sus
tortitas son las mejores y hace unas palomitas con beicon y
queso que te chupas los dedos. No me quiero mudar más.
Daisy lo llama papá y yo también quiero que sea el mío y
poder llamarlo igual.
Si en ese preciso instante me pincharan, no sangraría.
—¿Votos a favor de papá Dave? —preguntó Magaly,
alzando el brazo.
Elena levantó los dos. Daisy, quien vio levantar los
brazos a su hermana mediana, hizo lo mismo por imitación,
y a mí no me quedó más remedio que dar un paso al frente
y ofrecerle a Leo el empujón que le faltaba añadiendo mi
palma al aire.
—¡Mayoría! —exclamó Elena aplaudiendo. Las Torres
estaban acostumbradas a hacer las cosas por votación, así
que para ella ya había ganado la candidatura. Correteó
hacia mí y me envolvió con sus bracitos las piernas.
—Ya eres mi papi Dave, te hemos elegido y ha salido que
sí.
—Él, yo, no… —Leo tartamudeó. Que no estaba listo era
un hecho, pero a veces las circunstancias te atraviesan sin
que puedas hacerle nada.
Magaly hizo algo tan tierno como insólito. Aparcó el
enfado que mantenía con su padre para abrazarse a su
cintura, clavar la barbilla en su esternón y mirarlo a los ojos.
—Todo está bien, papá. Déjanos ser la familia que todos
necesitamos.
Se me hizo un nudo en el pecho, otro en la garganta, y lo
único que pude ofrecerle a Leo, quien estaba totalmente
desubicado, fue una sonrisa cargada de calma.
No dijo nada, se limitó a devolverle el abrazo a su hija y a
asentir.
CAPÍTULO 59

Ray

¿Alguien ha visto West Side Story? Porque yo me sentía el


ayudante de producción en ese momento.
Me había costado un riñón convencer a Leo de que era
buena idea ir a la bolera con sus excompañeros.
Nada resultaba más convincente que un «Todo va a salir
bien en tu viaje, pero por si no saliera, ¿no crees que
deberías echar la última partida con ellos?».
En cuanto Lionel salió por la puerta, con la tranquilidad
de quien deja a sus hijas en buenas manos, una atacada
Magaly se emperifollaba en su cuarto.
El sonido de las perchas corriendo arriba y abajo, sumado
a algunos ruiditos de frustración y alguna imprecación que
engrosaría el bote de los tacos, se filtraban por la puerta de
la habitación.
Elena alzó su naricilla respingona y me miró. Estábamos
frente al televisor, con una serie de dibujos animados que le
gustaba tanto a ella como a Daisy, quien lanzaba gorjeos
sobre mis piernas. Ellie movió la cabeza en señal de
negación.
—Dos segundos y dirá que no tiene ropa… Pfff.
—Ya te llegará —reí al ver lo vieja que era.
—Yo siempre sé que ponerme.
—¡Si es que no tengo nada que me sirva! —se escuchó.
Ellie alzó sus pequeñas cejas con cara de marisabidilla, y yo
me eché a reír.
—Bruja —le dije, golpeando con el índice su minúscula
nariz.
Me puse en pie con Daisy en los brazos y golpeé la
puerta. Maggie me abrió, se intuía la desesperación en su
rostro, y la crisis existencial de vestuario formaba una
montaña encima de la cama de las dimensiones del
Annapurna. Quien quisiera llegar a lo más alto, tendría que
contratar un sherpa. ¿De dónde había salido todo eso si
hacía dos días que lo perdió todo?
Entonces recordé que la noche en que me llevé a cenar a
Leo, Samantha dijo que después subiría algunas cosas de
Dakota que seguía conservando y ya le quedaban
pequeñas.
—Creo que tu armario ha sufrido el asalto de una
manada de troles y por eso ahora no tienes nada que
ponerte.
—Muy gracioso —rezongó—, ¡es que con nada me siento
suficiente! —protestó.
—¿Suficiente? —Eso sí que no—. Escúchame bien,
Magaly Torres, nadie merece que pases una hora tirando
ropa y otra hora recolocándola, como si fueras una
trabajadora del Primark. Si ese Nelson no es capaz de ver lo
maravillosa que eres, con independencia de lo que lleves
puesto, es que el único que no es suficiente en la ecuación
es él. Dime que lo entiendes.
—Lo entiendo, pero ¿me ayudas a escoger? ¡Ya te dije
que la competencia es muy dura!
—Y yo que si no te elige es que es idiota.
—¡Un dólar para el bote de los tacos! —canturreó alguien
desde el salón.
—En esta familia voy a terminar arruinado y con un
máster en estilismo, veamos a ver con qué contamos —
resoplé, oteando hacia delante.
Media hora después, estábamos en la calle.
Magaly se puso un top negro que dejaba al aire su
ombligo, unos jeans con algunos rotos, una gargantilla
plateada alrededor del cuello, el pelo suelto enmarcando su
bonita cara y un poco de cacao en los labios.
Como ya había empezado a refrescar, la obligué a
llevarse una chaqueta vaquera, aunque sabía que se la
sacaría a la menor oportunidad.
Magaly era una belleza andante, y cada día que pasaba,
se parecía todavía más a su madre. Pensé en María, en todo
lo que tuvo que pasar, y en mi madre, ambas habían sido
mujeres fuertes que sacaron a sus hijos adelante sin
importarles quién había sido el padre, admiraba esa parte
de ellas, ese coraje de crear una familia en las condiciones
más adversas. No todo el mundo era capaz de amar a un
hijo fruto de una relación no deseada.
Sentí pena por ella, porque en el fondo no llegó a
enamorarse, vivió solo el amor de sus hijas, pero no el de
una pareja, por mucho que Lionel la respetara, la protegiera
y no la juzgara.
En cuanto llegamos a la asociación, Maggie subió los
peldaños y llamó a la puerta. Estaba hecha un flan, era
incapaz de dejar de tocarse el pelo y atusárselo. Una mujer
abrió la puerta, la saludó y ella le ofreció un abrazo. Escuché
cómo preguntaba por Nelson, la mujer le dijo que estaba
dentro, que pasara.
Cuando dirigió los ojos sobre mí, lo hizo con reticencia. A
esos lugares iban mujeres que lo habían pasado mal de
verdad, y mayoritariamente por culpa de los hombres, así
que no era de extrañar que hubiese cierto recelo.
En la calle de enfrente había un bar, así que le dije a
Magaly que la esperábamos allí, le había prometido a Elena
que le compraría una taza de chocolate caliente
espolvoreada con nubes.
Le había dado una charla de camino sobre la importancia
de protegerse y cuidarse cuando una chica está con un
chico. Ella me dijo que en el instituto ya le habían hablado
de ello y que María se encargó de aleccionarla muy bien
sobre el tema en cuanto tuvo el primer periodo. Que ella no
iba a cometer los mismos errores que su madre.
Me pareció que tenía los pies sobre la tierra e imaginé
que si quería hacer algo con Nelson, no lo haría dentro de
una asociación repleta de gente.
Buscamos una mesita en la terraza y nos sentamos. Con
el traqueteo, Daisy se había quedado frita, aunque se
despertó con el aroma a chocolate.
—Qué gusto verte por aquí de nuevo, Elena —murmuró
la camarera. La pequeña le sonrió.
—Mamá nos traía de vez en cuando, en la asociación le
daban unos vales para chocolate, por eso quería venir aquí,
además, lo hacen para diabéticos.
—Ya veo… —La pequeña removió la taza humeante, le
echó algunas nubes, que la camarera me aseguró estaban
hechas con edulcorantes que Elena podía consumir, y le
agregó canela. Me parecía todo un detalle que hubiera
lugares así, en los que pensaban que las personas con
enfermedades también tenían derecho a disfrutar.
Daisy movió los bracitos regordetes cuando su hermana
le preguntó si quería.
—Pero no le des mucho, solo una probadita y sopla
bastante —musité sin quitarle la vista de encima.
La bebé hizo una mueca en cuanto probó el dulce.
Solo quedaban tres días para que Leo se marchara, y,
aunque lo hubiéramos preparado muy bien, sabía que el
viaje era extremadamente peligroso.
No tenía claras las intenciones de Julio César, no lo había
vuelto a ver, lo que me llenaba de inquietud.
Tuve que contarle a Price el incidente que tuve en el bar,
y puso el grito en el cielo. Le aseguré que habíamos sido
cautos en extremo y que no había vuelto a tener noticias
suyas, aun así, hizo que algunos agentes me custodiaran, el
operativo no podía irse a la mierda, estábamos muy cerca
de atraparlos.
Me había quedado con la vista atrapada en mis propios
pensamientos cuando vi que Elena agitaba la mano y reía.
Alcé la vista en dirección al lugar al que dirigía el saludo,
una de las ventanas del edificio de en frente. Forcé la vista,
pero no vi a nadie.
—¿Has visto a Magaly?
—No —respondió sonriente.
—¿A alguna mujer de la asociación que conoces?
—Frío, frío —canturreó, hundiendo la cuchara en la taza
para llevársela a la boca.
—Quieres jugar, ¿eh? —Ella volvió a reír.
—¿A Nelson? —Agitó la cabeza y la coleta que llevaba
osciló—. ¿Voy muy perdido?
—Ajá.
—Vale, no es tu hermana, ni ninguna mujer de la
asociación, ni Nelson… Entonces, ¿a quién has saludado?
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué? —Se acercó a mí y bajó el tono de voz hasta
que alcanzó la tonalidad de un susurro.
—Porque los secretos no se cuentan.
La piel de mis brazos se erizó y sentí un escalofrío por
todo el cuerpo. Volví a mirar hacia la ventana y creí ver una
sombra asomada. Los últimos rayos del atardecer incidían
sobre el cristal y no pude ver de quién se trataba.
—A mí puedes contármelo, soy tu papi Dev, ¿recuerdas?
—Ella negó. Tuve una mala sensación, y para esas cosas
solía ser muy intuitivo—. Si no me dices a quién has
saludado, no podremos volver por aquí y tendré que decirle
a Maggie que salga ya, que nos vamos. —Elena arrugó la
nariz.
—¿Por qué?
¿Qué respondía a eso? No podía decirle la verdad, que
Julio podía venir a por ellas y que necesitaba saber que la
asociación era el lugar que aparentaba ser.
—Porque ahora soy yo quien os cuida, y me preocuparía
mucho que os pudiera pasar algo malo.
—Aquí no pasan cosas malas, mamá nos dijo que si el
hombre de los tatuajes venía a por nosotras, viniéramos
aquí. —Volvió a callar.
Tenía todo el sentido, se suponía que en ese lugar
protegían a víctimas de los mareros, lo que no me aclaraba
el secreto que guardaba Elena. Quizá se tratara de alguna
mujer en peligro. Se lo pregunté.
—¿Le has dicho hola a alguien que corre peligro? ¿Por
eso no me lo puedes contar?
—No, es porque se lo prometimos a mamá. Que no
hablaríamos de…
—¿De quién? A mí puedes contármelo, si me dibujaste
dentro del corazón es porque tu mami te estaba mandando
un mensaje, te guiaba para que reflejaras a las personas
que te quieren y en las que puedes confiar. Dímelo, Elena,
ella querría que me lo dijeras.
La pequeña abrió la boca y volvió a cerrarla cuando un
grito estremecedor nos alcanzó desde el otro lado de la
calle.
CAPÍTULO 60

Ray

Todo sucedió muy rápido.


No tengo idea de quién gritó, pero sí que gracias a ello vi
el reflejo de un arma asomando por la ventana de un coche
destartalado.
Las ruedas chirriaron mientras las balas silbaban en
nuestra dirección sin piedad.
Reaccioné saltando sobre el pequeño cuerpo de Elena,
que se estremeció al verse envuelta por el mío. Chilló
cuando notó que la mesa volcaba y la silla, en la que estaba
sentada, caía sin remedio. La taza de chocolate se hizo
añicos.
El corazón se me salía por la boca al pensar en Daisy, no
me había dado tiempo a hacer nada con el cochecito que
estaba aparcado en el lado derecho de Ellie. Sin dejar de
protegerla, intenté alargar el brazo para empujarlo y que se
desplazara, pero tenía puestos los seguros en las ruedas
para que no se moviera.
¡Mierda!
Las detonaciones siguieron unos segundos más mientras
el coche se alejaba. Los casquillos revoloteaban a mi
alrededor sin que me hubiera alcanzado disparo alguno.
«Por favor, que no le haya pasado nada, por favor»,
rogué, pensando en la pequeña mientras levantaba la vista
con temor.
Si le había ocurrido algo a Daisy, Leo jamás me lo
perdonaría teniendo en cuenta el lugar al que había traído a
sus hijas, y sin su permiso. Y yo mucho menos.
Miré hacia el cochecito temiendo lo peor y respiré al ver
que, en apariencia, todo estaba bien, la bala que podría
haber matado a Daisy estaba incrustada en una de las
barras de hierro. La pequeña ni se había inmutado,
parpadeaba con los ojos muy abiertos observando lo que
ocurría a su alrededor, mientras un suave llanto alcanzaba
mi oído desde el suelo. Era Ellie.
—Cariño, ¿estás bien? —Me puse en pie con ella a
cuestas, que se había enganchado a mí como lo haría un
primate—. ¿Te has hecho daño?
Había intentado que no se golpeara, pero no estaba
seguro.
Quité los anclajes de las ruedas del cochecito y fui a
buscar el resguardo del interior de la cafetería, cuando me
di cuenta de que la camarera yacía en el suelo de la terraza
con un tiro en el brazo.
—Ahora mismo te ayudo, voy a meter a las niñas dentro,
necesito protegerlas. ¿Puedes moverte?
—S-sí, creo que sí.
Le tendí la mano sin soltar a Elena, que seguía
lloriqueando contra mi cuello.
En cuanto me aseguré de que estaban seguras, llamé a
la policía, a una ambulancia y le hice un torniquete en el
brazo. Era una herida limpia.
Tenía que ir en busca de Magaly, pero no podía dejar a
las niñas solas, era peligroso que continuáramos allí.
—¿Tienes el teléfono de ese sitio? —le pregunté a la
camarera, que estaba lívida—. Necesito hablar con alguien
que está ahí.
—Em, sí.
—Tengo miedo —moqueó Ellie.
—Tranquila, peque, no voy a dejar que os pase nada a
ninguna.
—¿Y Magaly?
—Ella está protegida en el interior de la casa, con Nelson
y las demás. —Su cabecita morena se movió arriba y abajo.
—La guardiana también está dentro, no dejará que le
pase nada.
—¿Qué guardiana? ¿Te refieres a la conserje?
—No, la amiga de mamá, la que cuida de todos, a ella
era a quien saludaba a través de la ventana —hipó—. Se
llama Doleen, casi nunca sale, mamá me hizo prometer que
no le contaría a nadie que ella vivía ahí porque hay gente
mala a la que no le gusta que ayude a las personas, por eso
el secreto.
—Entiendo —acaricié sus mejillas surcadas por lágrimas
—. Yo no voy a decir nada, yo también la protegeré, ¿vale?
—Ella asintió.
Comprendía a Doleen, su trabajo era bastante peliagudo,
era lógico que intentara ocultar su identidad del mismo
modo que un agente infiltrado. Cuantas menos cosas
supiera la mara de ti, o los maridos de las mujeres a las que
ayudaba, mucho mejor.
—He pasado mucho miedo.
—Lo sé, peque, pero yo estoy aquí para que no te pase
nada. Ni a ti, ni a tus hermanas.
Estaba cavilando cómo hacer para ir a buscar a Maggie
cuando la puerta de la cafetería se abrió y ella entró con
cara de susto acompañada por Nelson.
—¡¿Estáis bien?! ¡Ay Dios! —exclamó llorosa para
abalanzarse sobre mí y Ellie, quien no me había soltado en
ningún momento.
—¡¿Cómo se te ocurre salir?! —exclamé agobiado.
—Yo la acompañaba, señor, nos fijamos que no hubiera
nadie en la calle.
—¡Da igual, es peligroso! ¿Y si hubiera habido alguien en
la esquina u otro coche estuviera esperando a que salierais?
—Sentía mis músculos como si fueran gelatina. Toda la
seguridad y el temple que tenía se me venían abajo cuando
se trataba de las niñas.
—Lo-lo siento —tartamudeó Magaly, sorbiendo por la
nariz—. Ne-necesitaba ver que estabais bien, si no te
hubiera pedido venir… —Se hundió y a mí se me rompió el
alma.
—No pasa nada, ha sido todo un susto, muy gordo, pero
un susto. —Se oyeron las sirenas a lo lejos. La policía y las
ambulancias ya se acercaban.
—Gracias por cuidar de ella, chaval.
—No hay de qué. —El pobre Nelson nos miraba contrito.
—En los próximos días, dudo que Magaly pueda hablar
contigo o que su padre la deje venir hasta aquí.
—Lo-lo comprendo. Ya le dije que no debería haber
venido, que se había arriesgado demasiado por mí.
—Pues toma nota, chaval, porque la gente que se
arriesga por uno es la que vale la pena de verdad. Ahora,
vuelve ahí dentro y prométeme que no te meterás en líos.
Ser un dieciochero es muy jodido —dije, mirando en
dirección a su antebrazo, donde el otro día vi su tatuaje. Él
se llevó la mano en el punto exacto.
—No me lo hice yo, ni fue decisión mía. Mi padre me lo
hizo cuando tenía ocho años, era el tatuador de todos los
homeboys en la Costa Oeste, también marcó el rostro a mi
madre para que nadie la tocara, en ambos dieciochos
estaba su firma, si alguien se atrevía a acercarse, sabía
quién se le vendría encima. —Asentí. Algunos mareros
tatuaban a su familia como método de disuasión. El
tatuador de la mara era alguien muy respetado en la
comunidad—. Sé lo que Barrio-18 hace, de lo que son
capaces, y te aseguro que yo no quiero ser un pandillero,
intentaron que me uniera, pero nunca quise. Me lo borraré
en cuanto tenga dinero —dijo serio.
—Me alegra escuchar eso —respiré tranquilo. Sabía que
no estaba mintiendo, había hablado con demasiados, y un
auténtico marero nunca renegaba de la pandilla, al
contrario, para él era una ofensa que alguien creyera que no
pertenecía a la mara.
Los siguientes en entrar fueron los chicos del 911, que
atendieron a la camarera y nos preguntaron cómo
estábamos. La poli llegó casi al mismo tiempo, acordonaron
la zona y entraron tanto en el bar como en la asociación en
busca de testigos para declarar.
Como estaba con las niñas y seguían asustadas, contesté
con rapidez las pocas preguntas que me formularon. Lo
zanjé lo más rápido posible y les pedí si alguna patrulla
podría acercarnos al piso por seguridad. No me pusieron
demasiadas pegas cuando les conté quién era y a lo que me
dedicaba, mientras las pequeñas estaban resguardadas en
la comodidad de una mesa.
La única información que pude darles fue el modelo del
vehículo. Durante el tiroteo, mi cabeza estaba demasiado
ocupada queriendo proteger a las niñas como para fijarme
en mucho más.
Al llegar al piso, hice que se dieran una ducha de agua
caliente, les di la cena y, mientras comían, Magaly sugirió
no contarle nada de lo ocurrido a Lionel.
—Si se lo contamos, no nos dejará salir hasta el día del
Juicio Final.
—¿Qué es un juicio? —preguntó Ellie—. Yo no quiero ir
mañana al cole, prefiero quedarme en casa, no quiero que
me disparen.
—Nadie te va a disparar. —Mientras las chicas se
duchaban, llamé al comisario para activar un nuevo
protocolo de protección más exhaustivo—. Nos van a poner
una especie de guardaespaldas unos días, hasta que nos
aseguremos de que los malos están en la cárcel, así que
mañana habrá cole. Por otra parte, Maggie, no podemos
ocultarle algo tan importante a tu padre. —Por mucho que a
mí también me fastidiara, tenía claro que me iba a caer una
grande.
—Pues maquillémoslo un poco, le decimos que
estábamos paseando y vimos un tiroteo en la siguiente
calle, yo qué sé.
—Ni podemos ni debemos hacer eso, no está bien mentir
a las personas que nos importan, así que cuando venga, yo
se lo cuento. —Ella resopló.
—Muy bien, va a encadenarme a la cama de por vida y a
ti te hará dormir en el baño.
—Te recuerdo que el piso es mío, así que asumiré el
riesgo.
Terminaron de cenar, seguían bastante nerviosas, así que
me tumbé entre ellas, en la cama, para leerles las páginas
de un cuento y que se relajaran.
Tanto estrés nos pasó factura a todos, y aunque al
principio les costó coger el sueño, terminamos todos fritos
en la posición que adoptamos cuando me dispuse a leer.
CAPÍTULO 61

Ray

Estaba tan profundamente dormido que ni me enteré


cuando llegó Leo. Se acercó sigiloso y me movió con tiento
el brazo.
Parpadeé amodorrado, con el libro en el pecho. Una
sonrisa cálida me esperaba en su rostro.
—No sabía si despertarte o dejarte que hoy durmieras
con ellas, parecías tan cómodo —musitó.
Me desperecé con suavidad, intenté que la cama no se
moviera demasiado al salir de ella.
Apagué la luz de la lamparita de noche asegurándome de
cubrir a las chicas con la sábana. En cuanto cerré la puerta,
los labios de Leo me dieron la bienvenida más dulce que
pudiera desear un hombre como yo.
—¿Te he dicho alguna vez que me encanta cómo besas?
—murmuré contra su boca.
—¿Y yo que tú me gustas al completo? —Le di un
pequeño bocado en el cuello para premiar su respuesta.
—No, pero puedes repetírmelo las veces que quieras.
Me tomó de las mejillas y me miró con fijeza.
—Me gustas mucho, muchísimo, tanto que soy incapaz
de expresarlo con palabras.
—Ya me había dado cuenta —respondí socarrón—,
aunque me gusta la manera en que tu cuerpo me lo
muestra. —Leo agarró uno de los dedos de mi mano y lo
lamió con profundidad. Mi polla dio un salto mortal y yo
gruñí por lo bajo.
—¿Así?
—Definitivamente, sí, no obstante, igual deje de gustarte
en un rato —aseveré, queriendo contarle la verdad antes de
que la cosa se pusiera intensa.
—Eso es imposible. Tenías razón, necesitaba una salida a
la bolera con los chicos para darme cuenta de que eres lo
mejor que me ha pasado nunca y que, aunque no te lo diga,
te quiero para siempre en mi vida. —Me mordí el interior del
carrillo porque no podía haber escogido peor momento para
ponerse romántico.
—Leo, escucha.
—No, escúchame tú a mí, te quiero, me va a costar
hacerlo público porque me enseñaron que el amor entre
hombres está mal, porque lo asumí como algo vergonzoso
que se debe ocultar, pero no quiero que sea así; si a mis
hijas no les importa tener dos padres y ellas son felices, yo
también debería ser capaz de serlo teniendo al lado a
alguien tan increíble como tú.
Sus fuertes manos se colaron en los bolsillos traseros de
mi pantalón para amasarme el culo y apretar su erección
contra la mía. Yo le abracé por la cintura.
—Me vuelves loco, Ray.
—Y tú a mí, pero antes tendríamos que hablar.
—¿En serio que ahora quieres hablar? —Su voz sonaba
gruesa, excitada y anhelante—. Porque tengo unos planes
mucho más lujuriosos.
—Y estoy convencido de que me encantarían, pero si me
lo callo, no vas a ser capaz de perdonarme.
—¿Perdonarte? ¿Qué ocurre?
—¿Por qué no nos sentamos?
—¿Tan malo es?
—Del uno al diez, digamos que es doce, aunque a mi
favor diré que todo está bajo control y que lo siento
muchísimo —mascullé, arrastrándole hasta el asiento.
—¿Qué has hecho?, ¿puré de brócoli para que cene?
—¿Eso sería un doce? Entonces me he quedado corto,
pongámosle veinte.
—Muy bien, habla.
Si algo tenía bueno Lionel era que te dejaba expresarte
hasta la última letra. No era de esas personas que te
interrumpen por sistema, que dan su opinión o preguntan.
Él escuchaba con atención y podías intuir cómo de brutal
sería la tormenta por el ensombrecimiento de su mirada, la
dilatación de sus fosas nasales y esa lombriz gorda que se
formaba en su cuello en formato «soy una puta vena que va
a estallar en cualquier momento».
—Todos estamos bien —concluí—, y tú deberías empezar
a respirar si no quieres sufrir una caída del sistema de la
que no puedas remontar.
—Créeme, no he dejado de respirar —masculló con los
dientes apretados y el ceño terriblemente junto.
—Pues el color morado de tu piel indica lo contrario.
—Debe ser porque mi cabeza está exigiendo que te
ahogue, y no, no como juego erótico.
—Ya, bueno, le tengo bastante aprecio a mi vida, así que
te pediría otro tipo de castigo mediante el cual pueda seguir
existiendo y no peligre mi integridad física.
—¿Eres consciente de lo que podría haber ocurrido?, ¿del
peligro al que os habéis enfrentado? No sé si eres un
inconsciente, o un inconsciente. ¿Y tú pretendes
responsabilizarte de mis hijas mientras yo esté cruzando
Latinoamérica? Me parece que me he equivocado.
—Antes de que sigas por ese camino, te diré que tus
hijas no van a estar conmigo, sino encerradas y
extremadamente protegidas por agentes supercualificados.
—¡¿No decías que tú eras el mejor de tu unidad?! —Se
puso en pie para caminar de un lado a otro—. ¡Y yo jugando
a los putos bolos mientras casi os matan! ¡Si es que es para
darme de cabezazos! —Y la tormenta empezaba a estallar.
—No ha pasado.
—Pero ¡podría haber ocurrido!
—Y también podría caernos un rayo, o un aluvión de
balas de camino al colegio. Por eso es tan importante esta
misión, porque hasta que no acabemos con la SM-666, no
habrá terminado el peligro. —Me puse en pie impidiendo el
diluvio universal—. No ha sido por ir a la asociación, podrían
habernos disparado bajando a por el pan.
—¡¿Y cómo lo sabes?! —preguntó sofocado—. Quizá eran
unos dieciocheros ávidos de sangre. ¡Has llevado a mi hija a
la guarida del lobo!
—La asociación no es una guarida de Barrio-18, y Nelson
es un buen chico, la única culpa de ese chaval es que su
padre era el tatuador de la pandilla. Jennings ha buscado los
trapos sucios de ese lugar y te aseguro que no hay. Le he
estado dando mil vueltas, y a la única conclusión que he
llegado es que esas balas no iban dirigidas a las niñas, sino
a mí. Julio lleva todo este tiempo dándome avisos, quería
quitarme de en medio.
—Pues no lo va a hacer —dijo, encaminándose hacia la
puerta.
—¿Dónde crees que vas?
—A hablar con él. Si voy a viajar a Soyapango, como
mínimo, espero que os respete a ti y a las niñas. —Lo tomé
de la muñeca.
—Te lo agradezco, pero no vas a conseguir nada yendo a
verle.
—La palabra del big se lleva hasta el final.
—¡Su palabra no vale una mierda! ¡¿Todavía no te has
dado cuenta de que te mintió todo el tiempo?! No vayas a
verlo, eso es exactamente lo que quiere, tenerte bailando
en la palma de su mano, he pedido refuerzos, van a estar
custodiándonos, demuéstrale que no le has cedido el
control, que sus actos no van a hacer que te arrodilles ante
él.
—¿No lo entiendes? ¡Necesito saber que vas a estar bien!
—Voy a estar bien. —Lo atraje hacia mí y lo abracé—. Yo
siento lo mismo por ti y tengo la misma necesidad. Te
quiero, y por mucho que intente destruirme, lo que siento
por ti no va a cambiar.
—¡Joder! —gruñó, comiéndome la boca con
desesperación.
—Esto ya me gusta más. ¿Me perdonas por lo de hoy?
—Pregúntamelo después del castigo que te voy a dar. Te
quiero desnudo, de rodillas y en el baño.
—Me encanta cuando te pones mandón.
—No tienes ni idea de lo que te voy a mandar.
Aguardé en el baño con el agua encendida en la posición
que me había pedido, un minuto, dos, tres, cuando llevaba
cinco, pensé que formaba parte del castigo, pero a los siete
me comencé a preocupar.
Agarré una toalla, me la anudé a la cintura, corté el agua
y salí del baño.
No había ni rastro de Leo, se había marchado.
CAPÍTULO 62

Leo

—¡Julio! —rugí en mitad del salón—. ¡Ven aquí, maldito


cabrón!
Estaba fuera de mis casillas, odiaba haber dejado a Ray
así, pero en cuanto me contó lo que había ocurrido, que
habían atentado contra sus vidas, tuve claro que era otra de
las amenazas veladas del Emperador, que me estaba
marcando con una de sus tretas.
Los seiseros no erraban los tiros, si no estaban muertos
era porque la orden no contemplaba su muerte, no le había
dado la gana acabar con ellos, lo que quería era tenerme
por los huevos.
Volví a gritar su nombre dirigiéndome a las escaleras, si
tenía que abrir cada maldita habitación de la casa, lo haría
hasta dar con él. Esa vez nadie me impidió la entrada, ni
Miguel ni los hombres de la puerta, nadie. En cuanto me
vieron aparecer, me hicieron el saludo de los SM-666 como
si fuera uno más. No les respondí y me limité a entrar.
—Siempre que vienes a mi chanty, ¿tienes que hacerlo
gritando? No tengo problemas de audición, man, y que yo
recuerde, tus papás te educaron con buenos modales, ¿o es
que los perdiste en los últimos años, gringo?
—Lo que vas a tener no son problemas de audición, sino
vitales, como sigas organizando pegadas[54] contra mis
hijas, voy a matarte —vociferé sin detenerme.
—¿Han querido matar a tus hijas? —preguntó con
extrañeza.
No podía fiarme de él, era un maldito saco de mentiras
andante. Llevaba puesto el pantalón del pijama y estaba
algo despeinado. Seguro que estaba retozando con Anita.
—Sabes que lo han intentado porque la orden ha salido
de tu boca.
—Te equivocas, cerote. Si tus troneritas no están
contando estrellitas con su madre, ya deberías saber que no
he sido yo. Julio César Valdés no amenaza, cumple y
sentencia.
—¡Maldito hijo de puta! —exclamé, subiendo los
peldaños que nos separaban para golpearlo. Esquivó el
primer golpe y soltó una carcajada.
—Me encanta lo bravo que te pones cada vez que me
visitas.
Volví a pegar con más virulencia, me atrapó el puño en el
aire y aproveché para hacerle un barrido que no esperaba,
cayó hacia atrás, pero me llevó con él.
Hizo una mueca de dolor cuando su espalda se clavó en
el filo del escalón. Aun así, no me soltó. Nos pusimos a
forcejear.
—Cuanto más luches, más dulce será la recompensa.
—¡Deja a mi familia en paz! —bramé, logrando clavarle
la rodilla en el estómago. Sus ojos se encendieron y empezó
a sacudirme con una sarta de puñetazos imposibles de
esquivar.
Los golpes se sucedían, tanto por su parte como por la
mía.
—Veo que te han estado poniendo en forma en ese
gimnasio al que vas, muéstrame qué más te han enseñado.
No podía hacerlo, si le enseñaba todas mis armas, estaría
jodido, así que intenté no revelarlas.
Las tornas cambiaron y me vi con la cara contra los
peldaños y su cuerpo encima, bloqueando mis movimientos.
—Mmm, cuántos recuerdos me vienen a la cabeza
cuando te tengo así —susurró en mi oreja, tirándome del
pelo. Mi espalda se arqueó en una posición forzada.
—Pues consérvalos porque es lo único que tendrás de mí.
—Su risa ronca me estremeció.
—¿Eso crees? —Clavó sus dientes en el lateral de mi
cuello con tanta fuerza que me abrió la piel. Rugí. Su
erección se plantó contra mi culo y se puso a frotarse.
Cuando éramos adolescentes, solíamos jugar a
marcarnos con los dientes en lugares poco visibles, nos
lamíamos, mordíamos, succionábamos, hasta beber el uno
del otro. Uno de los famosos intercambios de Julio, la sangre
del otro te da poder, casi como los vampiros.
Lamió y succionó la herida con deleite.
—Sigues estando tan bueno como siempre, cabrón,
incluso más. —Se siguió restregando contra mis nalgas—.
¿Te gusta follarte a tu putita rubia, o extrañas que te dé
duro como solía hacer yo?
—Lo único que extraño de ti es que no estés en mi vida.
Su carcajada hizo eco y me dejó ir.
Se puso en pie y me observó. Yo me llevé la mano al
cuello, los dedos se me quedaron impregnados de sangre
fresca.
—Dile al pipián de tu novio que no se ofenda, que es por
los viejos tiempos.
—Lo que tú y yo hagamos no le importa, además, lo
nuestro está obsoleto. Si quieres que sea tu coyote, vamos
a tener que pactar, quiero tu promesa de que no le vas a
tocar, ni a él ni a las niñas —puntualicé—, porque si lo
haces…
Chasqueó la lengua.
—¿De verdad te crees con la potestad de amenazarme?
¿Pactar? ¿Andas bolo[55], o qué? ¿Todavía no has
comprendido que si respiras es porque a mí se me antoja?
Escúchame bien, Lion, aquí el único que manda soy yo, solo
hay un big, así que no intentes montarte en mi espalda. Yo
mando, tú obedeces, es simple, porque si no lo haces, verás
a las troneritas de tus hijas en mi próximo catálogo.
¿Estamos? Yo no mato niñas, soy un hombre de negocios,
las vendo, que me rentan más que muertas.
Me arrojé sobre él y golpeé los laterales de la pared en la
que se apoyaba con los puños.
—Si no has sido tú, ¿quién ha sido?
—¡¿Y yo qué diablos sé?! Quizá tengas enemigos, o
puede que la muerta de tu mujer.
—Pues si tú no has sido, quiero que el hijo de puta que
haya ordenado atentar contra ellas lo pague con su vida.
—¿Me estás pidiendo un favor, Lion?
—Si no recuerdo mal, quien atenta contra uno de los
tuyos, o contra su familia, lo paga con la vida. Si voy a ser
un seisero, quiero el mismo trato que recibiría uno de tus
homeboys. —Una sonrisa se perfiló en sus labios.
—¿Y yo qué gano con eso?
—Mi lealtad y mi respeto —acercó la cara a mi cuello y
pasó la lengua despacio donde goteaba mi sangre. Apreté
los puños con fuerza. No porque me gustara, sino todo lo
contrario.
—Rico —susurró a escasos milímetros de mi boca—. Si
eres de mi familia, traerás a las güeritas[56] a mi casa, yo
cuidaré de tus hijas y me ocuparé de quien haya querido
dañarlas.
—No.
—¿No? —preguntó, arrugando el ceño.
—Mientras esté fuera, vivirán en casa de una amiga de
María, no las quiero en este mundo, se lo prometí a mi
mujer y voy a cumplir mi promesa. Lo único que te estoy
pidiendo es, si de verdad no has sido tú, que acciones[57] al
culpable. Si lo haces, cuando regrese de Soyapango, me
entregaré a ti por completo. Seré tuyo para lo que precises.
—¿Y tu puto?
—Yo no tengo ningún puto.
—No me tomes por cerote y no me digas que no te
culeas al rubio.
—Él y yo nunca hemos tenido lo que nosotros. —No
estaba mintiendo—. Cuando regrese, no volveré a verlo
más, me ha ayudado con las niñas este tiempo y con la
rehabilitación, pero nada más.
—¿Tengo tu palabra? —asentí—. Muy bien, cerremos el
trato, ponte de rodillas. —Cerré los ojos y apreté los dientes
—. Vamos, no tengo toda la noche.
Lo hice, me arrodillé en las putas escaleras y él se bajó
los pantalones mostrándome su orgullosa erección. Me
agarró del pelo.
—Manos a la espalda, Lion. —Las uní y me juré que esa
sería la última vez, que no volvería a venderme a nadie, por
ningún motivo, ni económico ni vital—. Chupa —ordenó.
Tragué con fuerza, saqué la lengua con un infierno desatado
en las tripas y avancé hacia su polla. Cuando iba a hacer
contacto, él me apartó—. No, ahí no, esa todavía no la
mereces, tienes la boca sucia. Lame mi ingle y muerde,
quiero tus dientes aquí. —Señaló una zona sensible,
próxima a la erección—. Hazme sangrar y bebe. —Dentro de
lo malo, no era lo peor, aunque me sentía igual de usado.
Pasé la lengua por la zona ofrecida y clavé los dientes
con rabia, con fuerza, como si pudiera arrancarle la vida a
mordiscos, joderlo tanto como había hecho conmigo.
Julio César gritó y su polla dio un brinco mientras yo
succionaba.
—Mmm, eso es, mi león, bebe de mí, aliméntate de mi
sangre.
Las palabras que antaño me supieron a gloria, en ese
momento, me repugnaban, solo quería escupir y
estrangularlo con mis propias manos. Seguí tragando hasta
que me apartó. Me observó complacido y pasó su pulgar por
la comisura de mi boca.
—Siempre me gustó cómo te quedaba el rojo. Súbeme
los pantalones y levanta.
Me ubiqué frente a él. Me limpié los restos de sangre con
el dorso de la mano.
—Tenemos un trato, Lion, tu entrega absoluta por la vida
de quienes atentaron contra tus hijas y mi palabra de que
no les ocurrirá nada, ni a ellas ni a tu muñeco, hasta que
estés de vuelta. No la jodas.
—No lo haré.
—Ten tu pasaporte listo, en breve, irán a buscarte, y
ahora largo, tengo cosas importantes que hacer.
No había venido a quedarme, por lo que en cuanto
obtuve su permiso, me fui todo lo deprisa que pude.
Julio no había confesado. Según él, no había tenido nada
que ver con el ataque de la tarde, ¿lo creía? Mi intuición me
decía que no mentía, aunque Ray insistiera en que cuando
se trataba del Emperador, no tenía ni idea de cuándo me
metía casaca[58].
Esperaba que por una vez en su vida cumpliera y
aniquilara al responsable del tiroteo. Todavía tenía la piel de
gallina cuando dijo que le rentaba más tenerlas en su
catálogo. Sabía a lo que se refería, los mareros de los
últimos tiempos tenían una especie de book fotográfico,
como el que usan las modelos, en el que se exponía a los
pollitos para su posterior venta, como si fueran un bolso o
un par de zapatos listos para usarse.
Pensar que yo estuve a punto de vivir de ello me revolvía
las tripas, menos mal que me di cuenta a tiempo. Uno no es
consciente del monstruo del que se enamora hasta que se
aleja de él y lo ve con perspectiva.
En el fondo, tenía que darle las gracias a Julio César,
porque ahora sabía lo que nunca querría.
CAPÍTULO 63

María

—¿No puedes dormir?


—¿Tú sí? —le pregunté inquieta. Su mano se paseó con
ternura por mi rostro.
—Las niñas están bien.
—Pero ¡podrían no estarlo, una de las balas casi mata a
Daisy! Además, no soporto que piensen que estoy muerta.
—No todas lo piensan —murmuró, pegándose a mí.
—Eso tampoco me gusta, le estoy haciendo cargar con
una responsabilidad que no le corresponde, ¡le está
mintiendo a su padre!
—Lion no es su padre.
—No es el biológico, pero se ocupó de ella desde que
nació, igual que hizo con Elena o con Daisy. No puedes decir
que no es su padre porque lo ha sido a todos los efectos.
—Estamos de acuerdo en que eso lo hizo bien, pero Lion
fue quien te llevó hasta ese almacén para que te golpearan,
violaran y mataran. Te juro que no creí que fuera capaz.
—Y yo lo perdoné, ya lo hemos hablado. Julio tuvo la
culpa, es un maldito encantador de serpientes, nos jodió la
vida a todos, incluso yo llegué a pensar… —callé. Tomó mi
cara y buscó mis labios. Nos dimos un beso largo—.
Perdona, sé que hablar de él te duele.
—No pasa nada, sé cómo es mi hermano, y entiendo que
en tus circunstancias pudieras enamorarte de él. Julio César
siempre ha despertado devoción en todos, tiene alma de
líder, de gurú, sabe qué dice y a quién se lo dice. No puedes
culparte por amarlo, yo también lo amé como hermano,
hasta que me di cuenta de que quería acabar contigo y no
pude soportarlo. No sabes cuánto me arrepiento de haberle
dicho que era como él, que conmigo no tenía que fingir, que
me alegraba de que fueras a ser su mujer porque así yo te
tendría cerca igual que él a Lion. ¡Qué estúpida fui!
Miré a Wendy con ternura, tenía parte del rostro
quemado fruto del incendio en el que se vio envuelta en
Soyapango, había entrado a por mí, porque era la única que
sabía que estaba esperando un bebé de su hermano y
porque me amaba, aunque yo no lo supiese.
Wen y yo nos conocimos porque, a veces, acompañaba a
Julio cuando este venía a visitarme a casa de mi padre.
Solíamos quedarnos solas mientras ellos hablaban.
Congeniamos desde el principio, ella era guapa, lista y muy
amable, además, la veía como un referente, como mi
cuñada, la mujer que permanecería a mi lado cuando su
hermano se casara conmigo, lo que desconocía era que yo
le gustaba.
Wen jamás me habló de sus sentimientos. En primer
lugar, porque el amor entre personas del mismo género
podía llevarte a la muerte en La Campanera y, en segundo,
porque yo iba a ser su cuñada, y me creía enamorada de su
hermano. Ella siempre me hablaba de Lion, el gringo con el
que salía, el que sería su futuro marido porque su hermano
así lo deseaba. Siempre tenía buenas palabras hacia él. Me
decía que era distinto porque no lo educaron como a
nosotros, que era bueno, de que no la forzaba a tener sexo
y que sus principios eran otros.
Yo la escuchaba obnubilada, incapaz de asumir que
pudiera existir alguien tan excepcional, me parecía un
unicornio en mitad de tanto burro, me alegraba por Wendy,
porque se merecía lo mejor.
Me llegaron rumores de que Julio se acostaba con una
chica de su barrio, que salían y todos los consideraban
pareja, eso me generó mucho malestar. Cuando él y su
hermana regresaron a vernos, fue lo primero que le
pregunté a Wen.

—No tienes por qué preocuparte por Anita. Julio tontea con
ella porque todos la desean, es mayor que tú y lo ayuda con
sus necesidades como hombre.

Por mucho que Wendy intentara quitarle hierro, sentía celos,


no quería que Julio estuviera con otra, sabía que formaba
parte de la condición de los chicos, que siempre tenían
ganas de culear a las mujeres. Por eso, cuando el trato entre
Valdés y mi padre se zanjó, le supliqué que nos dejara
tiempo a solas para conocernos mejor. No dudé en
entregarme a Julio desde el primer día. Al principio, se
mostró reticente, pero terminó accediendo a hacerme suya.
No obtuve placer en ninguno de nuestros encuentros, era
algo mecánico, siempre me lo hacía por detrás, poniéndome
a cuatro, aun así, lo hacíamos cada vez que venía a
visitarme. En lo único que podía pensar era en que dejara a
Anita, lo quería para mí, por eso malogré los preservativos,
porque no me quería arriesgar a que se lo pensara mejor y
me dejara por Anita rompiendo el compromiso. Un bebé
siempre ayudaba.
Cuando tuve mi primera falta, me sentí feliz. Pensé que
él también lo estaría, los hombres adoraban hinchar los
vientres de sus mujeres, que les dieran hijos de los que
sentirse orgullosos, el bebé aceleraría la boda y Julio tendría
que dejarla.
¡Cuánto me equivocaba! ¡Qué tonta fui!
Julio me pidió que no se lo dijera a nadie cuando le
confesé que estaba embarazada, ni siquiera a mi familia. Se
mostró complacido y cariñoso, me comentó que quería
hacer una fiesta para anunciarlo a lo grande y que pronto
nos casaríamos, pero que antes debía organizarlo todo. Yo
callé, me sentí afortunada porque iba a convertirme en su
mujer. Mi padre ya no me ofrecería más para cerrar tratos.
Desde que nací, supe que sería moneda de cambio, las
niñas solo servíamos para eso, para facilitar la vida a mi
padre o conferirle ingresos extra. Cada vez que me
entregaba a un hombre, solo ponía una condición, que
mantuvieran mi virgo intacto, todo lo demás estaba
permitido.
Me conservaba para su elegido, y yo crecí asumiendo mi
rol, lo que se esperaba de mí, por mucho que me
disgustara.
Julio César era lo mejor que me podía pasar, llevaría a
Barrio-18 muy lejos, y yo me ocuparía de la familia, era una
bendición que me hubiera quedado embarazada tan rápido.

—Voy a organizar tu iniciación en mi clica, necesito darte el


lugar que corresponde y deberás ser fuerte. Te someterás
porque es lo que espero de mi futura mujer, y te entregarás
a nosotros en cuerpo y alma.
—Lo haré —susurré deseosa de que por fin me diera el
lugar que me correspondía.
—No quiero que te asustes si alguien viene a por ti, ni
que te opongas, será por sorpresa y todo está pactado con
tu padre.
—No me opondré.
—Buena chica.

Era conocedora de las iniciaciones a las que debíamos


someternos las mujeres cuando entrábamos en la mara, lo
que desconocía era que se trataba de otra mentira. Cuando
Lionel vino a por mí, no opuse resistencia, me sentí feliz
porque había llegado el gran día. Por eso, cuando desperté y
escuché las palabras que Julio César les dedicaba a sus
homeboys sobre la creación de una mara nueva, sus
intenciones de convertirme en recipiente y ofrenda, no daba
crédito.
¡Iban a violarme y a sacrificarme! ¡Iban a matarme con
mi bebé en la tripa!
Intenté pelear con uñas y dientes, discutí con Julio
mientras iniciaba el rito. Supliqué con los ojos cargados de
lágrimas, le imploré que no me hiciera daño, que llevaba a
su hijo en el vientre.

—¿Y crees que eso me importa? Ni siquiera sé si esa cosa es


mía. Todos saben que tu papá te vendía, que eras su
tronera. Nunca me gustaste, nunca te deseé, naciste
tronera y morirás tronera, y yo voy a acabar con Barrio-18 y
todo lo que lo representa.
—¡Era virgen! —chillé. Se oyeron carcajadas de los
homeboys, que fumaban a nuestro alrededor.
—Eres puta.
Me di cuenta de que no tenía nada que hacer, recé para que
terminaran rápido y me dejé, intenté huir del dolor, buscar
un refugio después de que el tercero me tomara. Supliqué
que si Dios existía de verdad, obrara un milagro, y que si
alguien me salvaba, me entregaría a él en cuerpo y alma.
Aquella noche, Dios ganó una nueva fiel después de que
Lion se presentara entre mis piernas. Volví a conectar con la
realidad al verlo, al escucharlo y percibir su congoja. Ningún
otro me había mirado así. Recordé las palabras de Wen, él
era distinto, quizá fuera el milagro que Nuestro Señor me
daba.
Le supliqué que me ayudara, le dije todo lo que alguien
bueno querría oír, no era estúpida, al fin y al cabo, mi padre
era un big y me había criado en La Campanera.
Lo único que importaba era que me sacara de allí, no
morir. Dejé que me cargara hasta la trampilla cuando los
hombres de mi padre entraron para matarlos a todos.
Entendí que debía protegerlo contra el homeboy de mi
padre que pretendía liberarme, que solo Lionel era capaz de
ofrecerme otra vida lejos de toda aquella mierda.
Lo ayudé, y cuando por fin pudo abrir la plancha de
metal, escuché a lo lejos la voz de Julio discutiendo con
Wen. Ella preguntaba por mí, lo increpaba porque no sabía
que yo iba a morir, Anita se lo había contado y había
entrado para salvarme. El corazón me latía muy rápido, se
estaba enfrentando a su hermano por mí. No podía dejarla
atrás, tenía que llegar hasta nosotros y acompañarnos, era
la única amiga que tenía. Alargué el cuello buscándola. Lion
me instó a irnos, yo le pedí que esperara, pero entonces
aquella viga cayó y se desató el infierno.
Mi salvador me obligó a entrar y me llevó a través del
túnel. Fue la primera vez que un hombre me pidió perdón, vi
en él a mi salvaguarda, ya no tenía motivos para quedarme
en La Campanera, si lo hacía, ¿qué vida nos esperaba a mi
bebé y a mí?
Cumpliría la promesa que le hice a Dios, me entregaría a
mi salvador y le haría la vida fácil.
Lionel había sido un buen hombre y un gran marido, no
lo amaba, pero aprendí a quererlo, a respetarlo. Nunca se
me insinuó, me cuidó, alimentó, se ocupó de que no me
faltara techo y ropa. Se ocupó de Magaly cuando nació y se
portó como un buen padre. Nunca logró quitarse la culpa de
lo que hizo, de lo que sufrí, lo reconcomía por dentro y yo no
hice nada por aplacarla. Me daba vergüenza reconocer lo
que yo misma había hecho hasta llegar al almacén
abandonado. Prefería que creyera que era víctima. En cierto
modo, era así, porque el lugar en que nacemos, las
enseñanzas que nos dan, nos condicionan como personas.
Nos casamos, criamos a nuestra hija, y cuando ella tenía
cinco años, pasamos por una mala racha que me hizo volver
a ser la María de la que había renegado.
Estaban a punto de desahuciarnos, yo sufría bastante
fatiga, solía dolerme todo el cuerpo, además de tener
migrañas. Lionel insistió en que no trabajara más, que me
ocupara de la niña y de la casa, que él se ocuparía de los
ingresos, pero no bastaba.
Yo había necesitado medicación extra, tuvimos que
visitar el hospital por Magaly, ya que cogió la varicela en la
escuela y tuvieron que hacerle varias pruebas. Las facturas
subieron bastante y el dinero que teníamos no había dado
para todo.
Tenía mucho miedo de tener que volver a la vida de las
granjas, no lo habría resistido, y Magaly habría terminado
dejando la escuela y siendo una trabajadora más. No podía
permitirlo.
Leo estaba en el trabajo cuando el casero vino a
reclamar que le pagáramos la deuda, que si no lo hacía ya,
el viernes tendríamos que dejar el piso.

—No puede hacernos eso, tenemos una niña pequeña, es


invierno y hace muchísimo frío.
—Ya encontrarás alguna manera de calentar a tu marido
—me dijo, recorriéndome el cuerpo con lujuria—. Además,
ya he avisado demasiadas veces a tu esposo, me debéis
tres meses y no soy una hermanita de la caridad. Si no
tenéis dinero, deberías ayudarlo, apoyar un poco a tu
marido a pagar, seguro que sabes hacer muchas cosas.
Me miró el escote y yo vi en esa mirada una posible
salvación. Llevaba muchos años sin hacerlo, sin ser moneda
de cambio, dejándole toda la responsabilidad de sacarnos
adelante a Lionel, quizá el señor Pérez tuviera razón y, por
esa vez, pudiera contribuir de la forma más rápida y
efectiva que conocía para que no nos desahuciaran.
—Puede que podamos arreglarlo de otro modo —
murmuré, acariciándome el cuello de la camiseta. Él me
ofreció una sonrisa lasciva.
—¿Y esa manera cuál es?
—¿Le apetece pasar y le sirvo un café mientras lo
hablamos? —Él se pasó la mano por la bragueta de forma
obscena.
—Prefiero lo que tienes debajo de la ropa a un café.
—Entre, seguro que llegamos a un acuerdo.
Pérez cerró la puerta y pactamos. Acepté pagar la deuda
y que nos rebajara un año el precio del alquiler, a cambio de
tirármelo dos veces a la semana durante tres meses,
mientras mi hija estaba en el colegio.

Veinticuatro polvos después, volvía a estar embarazada.


Leo no se lo tomó nada bien, no por lo que yo había
hecho, sino porque sentía que me había fallado y que no
estaba cumpliendo con su palabra. Yo me sentí fatal, porque
mi nuevo embarazo incrementaba más nuestra carga, aun
así, no era capaz de abortar y deshacerme del bebé que ya
crecía en mí. Si allá arriba habían considerado que debía
pasar por otro embarazo, sería por algo.
Barajamos la opción de dar a Elena en adopción, pero en
cuanto me la pusieron en los brazos y le vimos la carita,
fuimos incapaces de llevarlo a cabo.
—¿En qué piensas? —preguntó Wendy, abrazándome por
la cintura.
—En todo, en cómo he llegado hasta aquí. No ha sido
fácil para ninguna de las dos.
—No, no lo ha sido, pero por fin estamos juntas y eso es
lo que cuenta. —Buscó mi boca y besó mis labios—. Pronto
terminará todo, cariño, te lo prometo, vamos a acabar con
mi hermano, con todo lo que representa, y formaremos la
familia que merecemos con las niñas.
—¿Y Leo?
—¿Leo? —Arqueó las cejas—. Leo murió el día que
conoció a mi hermano.
CAPÍTULO 64

Wendy

Vivir con un hermano como Julio nunca fue fácil.


Ser mujer en la mara tampoco lo era, y si a eso le
sumaba que mi orientación sexual no era la correcta, según
nuestra crianza, todavía más.
Por eso, el día que Anita me enseñó las imágenes de mi
hermano con Lionel, sentí que un enorme peso se
desprendía de mis espaldas. Fue como si todo lo malo se
convirtiera en bueno, como si, de repente, me hubieran
salido alas. Una sensación extraña y liberadora, porque si mi
hermano se acostaba con mi novio, tal vez no estuviera tan
mal que fantaseara con su prometida, y no me refería a
Anita.
Todo empezaba a cobrar un extraño sentido para mí,
quizá lo que me atrajo de Lionel, cuando llegó nuevo al
colegio, fue que vi en él a un chico especial, tenía otra
sensibilidad para las cosas, no decía palabrotas, se
mostraba dispuesto a ayudar. Que tuviera unos rasgos
medio gringos le daba un punto exótico que llamaba mi
atención y creí que quizá, con él, sí funcionaría, que por fin
me sentiría completa con un chico de verdad.
Le pedí a mi hermano que lo cuidara, que marcara a los
otros chicos que le hacían todo tipo de perrerías porque
quería salir con él. Él me dijo que primero necesitaba darle
el visto bueno y, al parecer, pasó la prueba con honores,
porque el que terminó interesándose por Lionel fue él,
aunque nunca me lo dijera.
Pasamos una época en la que solo éramos los tres, todo
fluía, y de verdad que creí que podría enamorarme de Lion.
Mi hermano empezó a salir con Anita, la chica más
codiciada del barrio con ínfulas de reina marera. Tenía buen
ojo crítico y sabía que mi hermano tenía un futuro brillante
dentro de la mara. Era como una perra de presa, pasé
demasiadas tardes con ella para saber que era de las que
muerden y no te sueltan.
Sabía que Julio fantaseaba con crear la mara más
respetada de todo El Salvador, que quería a Lionel
dominándola junto a él, y solo yo parecía ver las dudas que
asediaban al gringo.
Cuando Julio regresó de ver a papá de la cárcel y me dijo
que lo había prometido a la hija del big de los dieciocheros,
no daba crédito.
—¿Y Anita?
—No te preocupes, eso déjamelo a mí, tú solo hazte
amiga de tu futura cuñada y cuéntame todo aquello que te
diga.
—¿Mi futura cuñada?
—Te llevaré a La Campanera conmigo, haz lo que te pido
y serás la futura palabrera de las homegirls de la SM-666.
—¿Y Barrio-18?
—Está obsoleto, la mara renacerá con otro nombre, otras
bases, yo me ocuparé de eso, tú no te angusties y haz lo
que te pido.

Y lo hice, claro que lo hice, porque era mi hermano y porque


nadie en su sano juicio desobedecía a Julio César. Me sentí
importante, bendecida, hasta que la venda se me cayó de
los ojos.
Fue el día en que la madre de Lionel murió, todo fue tan
extraño como absurdo. ¿Quién iba a creer que los
dieciocheros vinieran al barrio a cuetiarla[59]? No tenían
motivo alguno, claro que eso solo lo sabía mi hermano,
porque todo el asunto con María se llevaba en secreto. No
tenía ningún sentido que Barrio-18 atacara, a no ser que
Julio hubiera roto el compromiso y el padre de María lo
tomara como una afrenta y quisiera darle un aviso; o
cumples, o mueres.
Tuve ganas de salir corriendo hacia La Campanera y
preguntarle a María qué había ocurrido, porque solo ella
podía saberlo, ni Anita ni Lion estaban al corriente. Mi
hermano no estaba en casa y mi madre me espoleó a que la
acompañara a ver a los Torres, que nos encontraríamos con
Julio allí.
Había demasiada gente, Lionel estaba como ido y apenas
escuchaba, le di el pésame y mi hermano pidió que los
dejara a solas para ir a consolar a los abuelos de mi chico.
A los diez minutos, vino hacia mí, Lion no estaba, quizá
hubiera ido al baño. Julio me pidió que me quedara en casa
de los Torres, con mamá y Anita, que cuidáramos de los
abuelos mientras él se iba con Lion a hacer unos mandados.

—¿Qué mandados?
—Son cosas de hombres, hermanita, tú ocúpate de las de
las mujeres —besó mi frente y se marchó.

Lo hice, intenté consolar, sobre todo, a la abuela, quien


estaba desesperada. Mi madre me dijo que fuera a la cocina
a prepararle una tila, y cuando entré, escuché un ruido
procedente de la alacena. ¿Serían ratones? Me daban
muchísimo asco, así que me acerqué con prudencia.
No lo eran, a través de una ranura que dejaba la cortina,
ya que no había puerta, la vi, mejor dicho, los vi.
Anita y el tío de Leo reían flojito, coqueteaban, y él le
amasaba un pecho mientras una de sus manos desaparecía
bajo la falda. Estaba besándole el cuello, susurrándole lo
mala que había sido.

—Soy una chica mala.


—Por supuesto que lo eres, y estás bien galana… Julio
César es poco para ti, necesitas un macho de verdad que te
dé verga. Te voy a chimar.
—Hazlo y celebremos mi puntería cuetiando a la tronera
de tu hermana.
—Nunca debió largarse con un gringo, y menos darle un
hijo, no merecía menos.

El tío de Lion se bajó los pantalones y la penetró.


Salí de la cocina hiperventilando, regresé al lado de la
abuela, y cuando mi madre me preguntó, le dije que no
quedaban hierbas, que me iba a comprarlas, necesitaba
tomar un poco de aire.
Anita estaba liada con José, y lo peor de todo, ella había
matado a Elena, no los dieciocheros. ¿Mi hermano lo sabía?
¿Lo habían hecho a sus espaldas? No tenía ni idea, pero era
grave. Saqué el móvil y llamé a Julio. No respondió, hice
tiempo yendo a la tienda de víveres y volví a intentarlo
después. Nada.
Cuando volví a casa de los abuelos, fui a la cocina, Anita
estaba allí bebiendo un vaso de limonada.

—Hola, cuñadita, ¿estás bien? Se te ha ido un poco el color


de la cara.
—Sé lo que hiciste —dije sin pensar.
—¿El qué?
—Tú la mataste, no los de Barrio-18. —Ella sonrió y se
acercó a mí.
—¿Y?
—Pues que se lo diré a Julio.
—No te pases de viva conmigo[60], ¿quién crees que me lo
pidió? Su juguete, quiero decir, el pipián de tu novio
flojeaba, quería largarse a los Yunaís, necesitaba un motivo
para quedarse, porque su mamaíta quería mandarlo de
regreso. ¿Te hubiera gustado perder a tu novio y que Julio se
quedara sin él? Yo solo he cumplido órdenes, y tú deberías
hacer lo mismo si quieres tener futuro como jaima de un
homeboy y un lugar en su nueva mara, ¿cuál es el principio
de la SM-666?
—Ver, oír y callar —repetí como una autómata.
—Exacto, güerita, pues ya sabes lo que tienes que hacer.
Procura tener el pico cerrado si no quieres que tu hermano
te dé una cachimbeada[61].

Preparé la tila de la abuela y se la subí. Mi hermano y Lion


estaban tardando mucho, mi madre me sugirió que la
ayudara, junto con Anita, a preparar la comida.
Cuando por fin llegaron a casa, Lion fue directo al cuarto
en el que estaba su madre, se clavó de rodillas y se puso a
llorar, vi a la perra de Anita acercarse a él, acariciarle la
espalda y dedicarle unas palabras. ¿Cómo podía tener tanta
sangre fría a sabiendas de que ella fue quien la mató?
Tenía ganas de arrancarla de su lado y contarle la verdad
a Lionel, pero no podía, le debía lealtad a mi hermano. Ella
me lanzó una mirada de serpiente y una sonrisa sibilina. Se
apartó y pasó por mi lado susurrando: «Todo tuyo, y
recuerda nuestra conversación».
Me acerqué a Lionel, que estaba deshecho, intenté
consolarlo y quise saber dónde había ido con Julio, qué
había hecho.

—Cuéntamelo.
—Lo-lo siento, no es cosa tuya —besó mi frente huidizo.
—Puedes confiar en mí, yo siempre guardaré vuestro
secreto. —Se quedó en silencio.
—No-no sé de lo que… —Apreté los dedos contra sus labios
con suavidad.
—Yo no soy como los demás, te entiendo, me pasa lo mismo
que a ti y no me importa lo que hay entre él y tú. Mis labios
están sellados. —Le estaba diciendo con pocas palabras lo
que yo era, lo que yo sabía, necesitaba saber qué ocurría,
estaba preocupada por María. Lo abracé y a los pocos
segundos me pidió que saliera del cuarto, que necesitaba
despedirse de su madre, que no estaba con ánimo para
charlar.

Lo respeté, no podía forzarlo a que hablara, cuando fui


donde estaba mi madre, Julio y Anita estaban abrazados y
José le tomaba de la mano a su madre.
Me uní a ellos en silencio y mi hermano alargó el brazo
para estrecharme junto a su chica.

—Eres la mejor hermana que podría tener, vamos a ser muy


grandes, Wendoleen.

Le hicieron una misa a la madre de Lion sin que él estuviera


presente, nadie quiso despertarlo, se había quedado
dormido y la familia creyó mejor dejarlo descansar; puesto
que ya se había despedido de Elena, no le quedaba más por
hacer.
Regresamos a casa. Julio dijo que se iba y Anita quiso
quedarse, yo estaba agobiada, me fui a mi cuarto a leer un
rato, ya era tarde, así que esperaría a que ella se marchara.
No lo hizo, y cuando vino a buscarme para cenar, apreté
los dientes. Comimos las tres solas, escuché cómo ellas
parloteaban mientras yo me mantenía en silencio.
Mi madre alegó que estaba agotada, nos pidió que
recogiéramos la cocina y ella se fue a dormir.

—Oye, no quiero que estemos mal por lo de antes.


—No estoy mal.
—Ya… Bueno, vamos a ser cuñadas y las encargadas de las
homegirls, así que debemos llevarnos.
—Quizá haya cambios. —Ella arrugó el ceño.
—¿Cambios? —Estaba harta de que se creyera la reina de
Soyapango, alguien tenía que bajarle los humos.
—Mi padre ha cerrado un compromiso entre Julio y María, la
hija del big de Barrio-18, van a casarse. —Soltó una
risotada.
—Eso es puro chisme, yo soy la jaima de tu hermano y solo
se casará conmigo.
—Si tú lo dices. —Ella alzó sus cejas perfiladas.
—¿No me crees?
—Yo no digo nada, ya he hablado demasiado. —Me
sacudí las manos y escurrí el agua.
—Si no me crees, tendré que demostrártelo, vamos —
comentó, tomando un trapo para secarse.
—Es muy tarde. No voy a ir a ninguna parte contigo, es
peligroso.
—¿Y tú quieres ser la palabrera de las homegirls de la
SM-666? Échale ovarios.
Me mordí el interior del carrillo y accedí.
Anita tenía moto, así que me subí detrás de ella. No
llevábamos casco, el viento agitaba nuestras melenas
oscuras. Condujo en dirección a la estación de tren.
—¿Dónde vamos?
—Hoy se va a constituir la SM-666, ¿sabes quién es el
cuchumbo[62]?, ¿a quién va a sacrificar tu querido león como
ofrenda a nuestra patrona? —Leo era incapaz de sacrificar a
nadie, como no fuera una gallina—. No hace falta que
contestes, en un minuto lo verás.

Anita hizo que la ayudara a apilar unas cajas para tener la


suficiente altura, nos encaramamos a una de las ventanas
laterales y no di crédito a la imagen que me devolvían mis
ojos.
Los homeboys fumaban rodeados de imágenes
alumbradas por velas, en mitad de un pentagrama se
encontraba María atada, chulona[63] y con Juan Andrés
empujando entre sus muslos.
Mis tripas se contrajeron al ver que mi hermano miraba
la escena complacido, con una sonrisa en los labios, Lionel
tenía un puñal en la mano.

—¡No, no, no pueden hacer eso! ¡No pueden matarla! —


Anita me agarró.
—Claro que pueden y deben. Vamos a aniquilar a Barrio-
18, y esa tronera será el inicio de una guerra entre las
maras sin precedentes.
Me dio una arcada. Anita se apartó y me dio un empujón.
—Si no tienes estómago, descarga ahí abajo. No quiero
tu vomitona encima.

Me metí entre unos matorrales, saqué el móvil temblorosa y


busqué el número de la madre de María, ella me lo dio por si
alguna vez le daba una bajada de azúcar, su hija estaba en
clase y su padre no respondía.
No tenía tiempo de ocultar mi número. Le mandé la
ubicación y tecleé rápido un: «Vengan a por su hija o la
matarán. Puerta cerrada con cadena gruesa. Háganlo
armados».
Un sudor frío recorrió mi espalda. Sabía que, tras pulsar
enviar, firmaba mi sentencia con Julio, que lo estaba
traicionando, pero no podía dejar que matara al amor de mi
vida.
Silencié el móvil, vi que había leído el mensaje y las
palabras de respuesta: «Gracias, no vamos a olvidar lo que
has hecho».
No sabía si quedarme o irme. La traición se pagaba cara.
Anita me dio un grito alegando que iba a perderme lo mejor.
No podría entrar por mucho que quisiera, y no
contemplaba salir corriendo, no con María dentro, así que
subí y crucé los dedos, La Campanera no estaba muy lejos;
si se daban prisa, podían llegar a tiempo.
Cuando me asomé, Miguel, uno de los amigos de Julio, la
estaba culeando. Los ojos me escocían, parecía tan pequeña
y estaba tan golpeada. No quería ni imaginar el dolor que
estaba sufriendo. María no lo merecía. Tuve ganas de gritar,
de romper la ventana y saltar a través de ella. Las manos de
Anita me agarraron los antebrazos, se había puesto detrás
de mí porque era más alta. Acercó su boca a mi oído.

—¿De verdad pensabas que tu hermano iba a casarse con


eso? —Rio—. Aquí no hay más reina que yo, cuñada, que te
quede claro.

Cuando Leo fue llevado hasta ella y se puso entre sus


piernas, supliqué por dentro que no lo hiciera. ¿Dónde
estaba el chico dulce que salía conmigo?
«Anita lo aniquiló cuando disparó contra su madre y le
hicieron creer que la culpa era de los de Barrio-18»,
respondió mi conciencia.
María giró su cara magullada, lo miró a los ojos y movió
los labios, casi podía escucharla suplicar. Fue como si me
arrancaran las entrañas, no lo podía tolerar, tenía que hacer
algo.
Empujé a Anita y bajé al suelo, eché a correr, mientras
ella gritaba. No había llegado a la esquina cuando se oyó la
detonación. Acababan de llegar los refuerzos.
Los dieciocheros sembraron el caos, en lo único que
podía pensar era en salvar a María. Me daban igual las balas
o los tipos armados.
Ni siquiera sé cómo llegué hasta Julio, no vi rastro de
María o Lion. Noté una mano que tiraba con fuerza de mí.
Era mi hermano.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! —rugió, llevándome detrás


de una columna. Parecía muy encachimbado[64].
—¿Y María? ¡¿Por qué le has hecho eso?! —Las balas
silbaban y el fuego devoraba parte de las paredes y el
tejado.
—¡No iba a casarme con ella, no quiero un pacto, lo
quiero todo!
—¡¿Por qué no me lo contaste?!
—No son cosas tuyas.
—¡Lo son, yo la quiero, soy como tú! —dije en un acto de
valentía.
—¿Como yo?
—Sé lo que hay entre tú y Lionel, no me importa, yo amo
a María. —Su cara se desencajó.
Una detonación impactó contra la columna en la que nos
resguardábamos, muy cerca de mi cara se oyó un rugido
que reconocí, pertenecía al padre de María.
—A ella no la maten, cerotes, le debemos la vida de mi
hija.
Aquella frase bastó para que mi hermano me mirara
desencajado.
—¿Qué has hecho?
—Lo siento, yo… ¡La quiero! —grité. Él alzó su arma y le
voló la cabeza al tirador que había vuelto a disparar
acertando de pleno. Después dirigió el arma hacia mí—.
¿Qué haces? Soy tu hermana.
—Mi hermana ha muerto esta noche.

Y después disparó. Todo se volvió negro.


CAPÍTULO 65

Leo

Miré a mi alrededor con turbación. Cuando conseguí salir


del agujero que era El Salvador, me juré que no volvería
nunca, y estaba de regreso.
Esa vez viajé en avión en lugar de en tren, desde el aire
se apreciaba el entramado de rascacielos envueltos en una
telaraña de chabolas. El calor sofocante y la humedad
propia de la estación me dieron la bienvenida. No era de
extrañar que el cielo luciera un color gris plomizo y que se
anunciaran tormentas para los próximos días.
Tras cinco horas de vuelo en las que repasé, una y otra
vez, lo que debía hacer, me encontraba en la terminal de
llegadas, con el corazón en un puño, porque, aunque sabía
que mis hijas estaban bien custodiadas, no podía sacarme
de la cabeza las palabras de Julio.
Si él no fue quien les disparó, ¿quién había sido?
Todavía no lo había descubierto, aunque me prometió
que lo haría. Lo único que me dijo antes de mi partida fue
que no cometiera ninguna estupidez, o entonces ya sabía lo
que ocurriría. Tras su amenaza, me comentó que alguien de
su confianza me esperaría en el aeropuerto, barajé la opción
de que fuera él quien estuviera al otro lado de las puertas
de cristal y no me equivoqué.
Mi tío José había envejecido, el tiempo había llenado su
frente de surcos profundos y premiado a su cuerpo con
algunos kilos de más. El traje que llevaba apestaba a caro,
tenía que dar imagen como palabrero de la clica de la SM-
666 en Soyapango.
No había resentimiento en su expresión, solo una sonrisa
de oreja a oreja que me mostró, una como las que solo
lucían los presentadores de televisión, no los mareros. Con
su apertura de brazos, se dispuso a recibirme.
—¡Querido sobrino! ¡Qué gusto ver que la Santa Muerte
te pateó el culo y te mandó con los vivos! ¿Sabes que te
hicimos un funeral, cabrón?
—Tío —susurré, dejándome atrapar. Él palmoteó mi
espalda y rio por lo bajo.
—No llevas mucho equipaje, ¿te cobraban mucho por las
maletas? —dijo, admirando la mochila que cargaba a mis
espaldas.
—Te recuerdo que no vine de vacaciones, llevo lo
necesario. ¿Está listo el pedido?
—Dieciséis años fuera y lo único que quieres es irte
cuanto antes de la selva, león.
—Sabes que el regreso no va a ser fácil y las lluvias
pueden complicar las cosas, cuanto antes me ponga en
marcha, mucho mejor.
—Está bien, está bien. Tú siempre tan atento y
responsable. Vayamos a por la nave.
Fuimos al aparcamiento del aeropuerto, en el que un
flamante Mercedes de importación nos esperaba.
—Veo que las cosas te han ido bien.
—No puedo quejarme, en cambio, tú… —chasqueó su
lengua, emitiendo un ruido de disgusto—. No tienes buen
aspecto, debe ser por esas tres bichas[65] que tienes, son
mejores los varones, no hay que perseguirlos para ver que
no los culeen. Además, no es bueno que un hombre esté
solo mucho tiempo, cuando vuelvas a los Yunaís, harías bien
buscándote una buena mujer que te las críe y te mantenga
el lecho caliente. Me han dicho que una de las hermanas de
Anita está disponible.
Me mantuve en silencio, hablar con mi tío me apetecía
tanto como estar de regreso.
—¿Te importa que hagamos una parada de camino?
Tengo que pasarme por las oficinas.
—Tú mandas —me abroché el cinturón—. ¿Y los abuelos?
—pregunté.
—Murieron, ¿no te llegó la invitación para el entierro? —
preguntó sarcástico—. Ay, claro, que pensábamos que
estabas muerto. A veces se me va la cabeza.
No añadí nada más, fijé la mirada en los edificios
mientras él sintonizaba la radio para llenar la ausencia de
palabras. Pensé en Ray, en nuestra despedida, en sus
consejos para los próximos días, dado que no podríamos
comunicarnos por mi seguridad.
Llevaba siete horas sin verlo y ya lo extrañaba al mismo
nivel que a mis hijas.
Alcé la mano y toqué el objeto que llevaba debajo de la
camiseta, una especie de amuleto que me regaló la noche
antes de nuestra despedida.

—¿Qué es esto? —le pregunté con una sonrisa de felicidad


genuina. Estábamos tumbados en la cama. Me había dado
una cajita de terciopelo morado que no dejaba de mover
entre los dedos hasta que la atrapé.
—Ábrelo —respondió en un susurro expectante.
Se había puesto de lado, con el torso descubierto, la
sábana enroscada en la cintura y esa expresión pícara que
tan loco me volvía.
Abrí la tapa y miré el interior.
—¿Una manzana morada? ¿No es el color de las uvas y
las ciruelas?
—El único ciruelo que hay aquí lo tienes entre las
piernas, y te garantizo que no es morado. ¡No es una
manzana morada, es una manzana de amatista!
—¿Y con ella me quieres decir que debo incrementar mi
consumo de fruta?
—Idiota, es un regalo para que pienses en mí estos días,
además, te va a ayudar.
—¿En serio? ¿Esta minúscula piedrecita?
—¿No has escuchado eso de que lo importante está en el
interior y que no importa el tamaño?
—Lo dijo el que tiene una berenjena entre las piernas.
—¡¿Quieres tomarte esto en serio?! Te recuerdo que yo
soy el gracioso, y tú el falto de humor.
—Está bien, está bien, ¿qué va a aportarme la piedra,
gran oráculo de la sabiduría?
—Ríete lo que quieras, pero esta cosita va a ayudarte a
calmar la mente y a relajarte, es buena para los dolores de
cabeza.
—Pues yo voy a tener bastantes en los próximos días, te
agradezco el detalle.
—No solo hace eso.
—Como me digas que es capaz de hacerme una paja, te
hago un monumento.
—Mmm, no, aunque puede que algo saquemos de eso. —
Los dos reímos con el tonteo.
—Entonces, ¿qué más hace?
—Pues dicen que ayuda con el insomnio y las pesadillas,
aporta paz interior y equilibrio, mejora la intuición y… lo
más importante —hizo una pausa dramática y habló en
susurros—, a quien la lleva le otorga protección.
—Interesante.
—Bueno, en realidad, los antiguos griegos y romanos
creían que te protegía de emborracharte, pero ahora la cosa
ha cambiado desde las grandes bacanales y es algo más
místico.
Dejé escapar una carcajada.
—¿Estás tratando de decirme que tengo un problema con
el alcohol? Porque tú eres lo único que llega a
emborracharme, ya sabes que tengo un alto nivel de
toxicidad en la sangre cuando se trata de ti.
Los dos reímos.
—Me gusta tener el poder de que te embriagues de mí.
—Si me paran en un control de alcoholemia, doy positivo
en Ray Wright.
Él se pegó a mi cuerpo y me besó con ganas.
—No sabes cuánto me gusta oír eso.
—Y a mí tu regalo, lo que más me gusta es que viene de
ti. —Me acerqué a él y lo besé de nuevo.
—Prométeme que no te la quitarás en todo el viaje y que
irás con cuidado. Ojalá la piedra te dé la lucidez que
necesitas. Después de que te presentaras en casa de Julio la
otra noche, dejándome arrodillado en mitad del baño, me
quedó claro que la necesitas. Raven me echó una mano
para conseguirla.
—Te lo prometo, si volviera a tenerte desnudo y de
rodillas, no volvería a irme a ninguna parte.
—¿En serio? —preguntó con las pupilas acrecentadas por
el deseo.
—Muy en serio —susurré—. ¿Me ayudas a ponerme el
colgante?
Me senté dándole la espalda para que pudiera
abrocharme el cierre. En cuanto lo hizo, me abrazó por
detrás y susurró en mi oído.
—Te doy cinco minutos para que te presentes en el baño,
estaré de rodillas y sin los calzoncillos.
—Me sobran cuatro —gruñí, notando cómo se
desembarazaba de mí para bajar de la cama de un salto.

—¿Te gusta? —La voz de mi tío me devolvió a la realidad,


alcé la mirada y me topé con un imponente edificio de
nueva construcción.
—Muy bonito.
—Acompáñame.
—¿Es necesario? —no respondió, se limitó a salir del
coche y abrir mi puerta.
No es que no quisiera acompañarlo, es que no quería
estar allí, odiaba todo lo que me quedaba en Soyapango,
malos recuerdos y un tío que se había enriquecido gracias al
sufrimiento ajeno. No pregunté por los demás porque
tampoco me importaban.
Subimos hasta una de las plantas superiores. Al salir del
ascensor, nos encontramos con el hall de lo que parecía una
agencia de moda y publicidad. Encima del mostrador había
un gran rótulo en el que podía leerse «SModel’s».
—Por acá.
Los pasillos estaban cargados de imágenes de mujeres y
hombres de todas las edades, cuando llegamos a la última
puerta, tuve un mal presagio que se confirmó en cuanto mi
tío la abrió dándome paso.
Era un estudio de fotografía inmenso, había focos, varias
personas pululando y un tipo que no dejaba de apretar el
obturador.
Frente a él posaba una niña que no tenía más de seis
años, con los labios pintados de rojo un poco corridos. La
habían sentado en un taburete del mismo color, que
contrastaba con el vestido blanco de tirantes y sus ojos
azules.
—Eso es, Priscila, mírame coqueta, te ves bien galana,
baja un poco ese tirante, así, perfecto, sonríe a cámara,
tócate el pelo, saca la lengua y pásala por tu boca como si
la sintieras seca. —La niña obedecía, y a mí se me encogía
el pecho con cada orden.
—Un bocadito dulce para nuestros clientes millonarios,
¿no crees?
—¿Bromeas? —pregunté disgustado. No disimulé, no
tenía por qué.
—A mí no me mires, me van las cucas[66] más maduras,
que ya tengan pelo, pero sí hay tipos a quien les gustan las
güilas[67] y sus padres están dispuestos a venderlas, no
seremos nosotros quienes queramos dejar de mediar para
llenarnos de lana[68]. —Rio—. ¡Hazle algunas tomas sin el
vestido, a los clientes les gusta ver la mercancía por la que
pagan, que no es un anuncio de moda! —vociferó.
—¿En serio? —cuestioné.
—Por supuesto, además, las imágenes también nos dan
dinero, tenemos otro público al que se las vendemos, no
dan tanto, pero complementa —me susurró.
El fotógrafo ni se inmutó. Una de las chicas de vestuario
se acercó a la niña, quien miraba asustada a mi tío por el
grito que había dado.
Solo tenía ganas de ir a por ella y sacarla de allí. De
destrozarlo todo igual que ellos querían descuartizar su
inocencia. ¿Cómo podía existir gente así, una panda de
enfermos degenerados dispuestos a pagar sumas
indecentes? Aunque lo peor eran esos padres que valoraban
más un puñado de pesos que a sus propios hijos.
Me di la vuelta y me vi con la necesidad de agarrar la
manzana que caía por dentro de mi camiseta. En ese
instante, más que nunca, requería la serenidad que
prometía la piedra. No podía echar a perder el operativo,
era demasiado importante, si lo hacía, bien podría acabar
con la SM-666.
Mi tío se acercó al fotógrafo y le dio algunas indicaciones.
Oí decir a la niña que no quería quitarse la ropa, que le daba
vergüenza, que quería ir con su mamá. Se me partió el
alma.
—Todo está bien, güerita[69], tu mamá estará muy
contenta de que nos obedezcas, y si te portas bien, cuando
terminen las fotos, te daremos un dulce, ¿verdad que sí,
Manuela?
—Sí, señor.
—Ahora separa las rodillas y…
No pude escuchar más. Salí del estudio sudando,
pregunté por el baño y fui hasta él para patear una de las
puertas y descargar mi ira peleando contra ella.
—Ey, sobrino, ¿qué pasó?
—¿De verdad me lo preguntas? —Me giré desencajado—.
¿Cómo puedes?
—Es trabajo. Siempre fuiste un poco blando. ¿No te sirvió
de nada tu época en Soyapango? Esos mocosos son como
terneros, bien que te hinchas de filete. La diferencia es que
ellos nos dan pisto[70]. Si no los vendiéramos nosotros, lo
haría otro, hay mucha demanda, sabes cómo funcionan
estas cosas.
—¡Eso no quiere decir que esté bien! ¡Bukele las está
cambiando! —proclamé, haciendo referencia al presidente.
Él dejó ir una risotada.
—¿Eso piensas? No, mijo, no, esto es una olla a presión.
Se está preparando una grande, este presidente tiene los
días contados. Nos estamos organizando, y cuando estemos
listos, el país estará en nuestras manos. Las armas, el
tráfico y la droga mueven el mundo, y en eso somos los
mejores. —No decía nada que yo no hubiera pensado—.
Dime una cosa, ¿te gusta la vida que has llevado todo este
tiempo? ¿De verdad piensas que tomaste la mejor decisión
largándote por la puerta trasera, haciéndote pasar por
muerto, en lugar de convertirte en big?
—Por lo menos, fui honrado conmigo mismo. Los dos
sabemos que nunca tuve alma de marero.
—¿Y ahora pretendes ser coyote? ¿Descender a la parte
baja de la pirámide? Pero si no has aguantado ni una triste
fotografía, ¿cómo harás cuando tengas a todos esos niños
listos para ser tomados?
—Eso no te importa.
—Claro que me importa, porque si no estás listo, tengo
que informar.
—Una cosa es ocuparme del transporte y otra muy
distinta… —Lo miré con repulsión. Y él rio.
—Eres como tu madre, ¿y de qué le sirvió su moralidad?
Para casarse con un gringo, parir a su bastardo y terminar
muerta. ¡Despierta, Lionel! —chasqueó los dedos—. El
mundo es cruel y solo sobrevive el más hijueputa. Si
hubieras sido listo, ella seguiría viva.
—¿Cómo?
—¡¿Qué?! ¿No ataste cabos? Siempre bailaste en la
palma de la mano del Emperador. Si no te hubieras
mostrado débil e inseguro, con ganas de renunciar, ella
seguiría viva. Necesitabas un empujoncito para hacer girar
los engranajes de la SM-666 y que todo cobrara sentido.
—¿Me estás diciendo que tú la mataste? —Embestí
contra él y lo aplasté contra la pared. No quería creerlo,
pero la posibilidad estaba ahí.
Ray ya me lo sugirió la noche en que nos acostamos por
primera vez, y yo no quise pensar que podía estar en lo
cierto. Julio sabía lo importante que mi madre era para mí,
no lo creía capaz de llegar tan lejos. Estaba equivocado en
todo lo que se refería a él. Había sido un necio.
Apenas podía respirar del dolor que sentía.
—¡¿Tú la mataste?! ¡Confiesa! —rugí.
—No fui yo, león, aunque eso no importa, Elena estaba
muerta desde que tu padre os dejó, en el fondo, le hicieron
un favor, ya no pintaba nada, solo embarraba tu cabeza.
—¿Un favor? ¡Maldito cabrón! —Lo golpeé con ganas.
Una, dos, tres veces—. ¡¿Quién lo hizo?! —pregunté con
ganas de aniquilarlo allí mismo.
—Pregúntale a tu big, él fue quien lo ordenó. —Hundí la
rodilla en su estómago. Él se quejó, alguien abrió la puerta
del baño y, al ver mi ataque, profirió un grito. Mi tío remontó
y me dio un cabezazo que me hizo soltarlo. Segundos
después, me tenían inmovilizado contra el suelo y alguien
me pateaba los riñones.
—¡Soltadme!
—Suficiente, ponedlo en pie —ordenó mi tío.
Lo hicieron, la cabeza me dolía, aunque no tanto como la
verdad. En cuanto estuve frente a él, me incrustó dos
puñetazos en el vientre y otro en la mandíbula.
—Así mucho mejor —dijo, masajeándose los nudillos—.
Nadie ha extrañado a un chupapijas como tú, como
tampoco a la tronera de tu mujer. No vales nada para la
familia, así que será mejor que se te dé lo de trasladar
pollitos, además de tu talento de hincarte de rodillas ante el
big. Si fuera por mí, ya te habría llevado a nadar[71], eres
una deshonra, por pipián y por peseta. ¡Soltadlo! —
proclamó, quitándose el polvo—. Es hora de que veas tu
mercancía y asumas tu destino.
CAPÍTULO 66

Anita

—Otro incendio, ¡otro puto incendio! —rugió Julio,


estampando la copa de vino que sostenía entre los dedos
contra el suelo.
Ese día se había casado mi hermana y estábamos en
mitad del banquete nupcial.
Miré de reojo al resto de los congregados que
aguardaban impacientes la llegada de la tarta.
Apenas se habían inmutado, el grupo de mariachis que
tocaban en directo estaban desgañitándose y muchos los
acompañaban.
El novio de Flor era mexicano, por lo que la boda tenía
muchos tintes de su país de origen.
Estaba contenta porque me hizo caso y terminó
aceptando la propuesta del hijo mayor de los Vargas.
Teníamos muchos tratos con esa familia, ellos eran los
encargados de que La Bestia, el tren que cruzaba la
República de México, desde la frontera de Guatemala hasta
Estados Unidos, llegara repletito de ilegales, entre ellos,
nuestros pollitos.
No solo se dedicaban a la industria ferroviaria, también
tenían una cantidad ingente de almacenes subterráneos
donde guardaban parte de la coca que nosotros
comercializábamos y que llegaba por mar a los Yunaís.
A Flor no le faltaría nada ahora que era la esposa de Juan
Gabriel.
Respiré varias veces antes de dirigirme a mi marido, que
estaba insoportable desde que Lion se había ido.
—¿Quieres calmarte? Nos están mirando —rezongué por
lo bajo, a sabiendas de que los ojos de las personas que
estaban sentadas con nosotros nos contemplaban con
disimulo.
—¡¿Que me calme?! ¿Has oído lo que te acabo de decir?
—¡Yo y todo el mundo! Por eso te lo digo —siseé. No
quería montar un espectáculo el día en que mi hermana
debía ser inmensamente feliz.
Julio no había dejado de tomar. Le tenía demasiadas
ganas a su peluche y la distancia no ayudaba. Tendría que
haberlo enculado antes de dejarlo marchar, la abstinencia
nunca le había sentado bien.
Su mano voló agresiva hacia mi barbilla.
—Escúchame bien, hago lo que se me da la gana, y si
quiero romper toda la vajilla de este maldito enlace, lo hago.
¡¿Me oíste?!
Agarré el cuchillo de la carne entre los dedos y, sin
pensarlo, le rebané el cuello.
La sangre caliente salpicó la piel de mi cara y la de mi
escote. Disfruté viendo sus ojos cargados de incredulidad,
de escepticismo, mientras hundía la afilada hoja con la que
acababa de comerme un solomillo sangrante.
El cuello de la camisa blanca era incapaz de contener el
rojo carmesí que emanaba de su gaznate.
¡Qué bien me sentaba contemplar su vida escapando en
cada estertor sanguinolento! Nunca más me diría lo que
tenía que decir, que hacer y, mucho menos, me tocaría con
sus dedos de nenaza.
—¡¿He dicho que si me oíste?!
Parpadeé varias veces. La ensoñación terminó
dejándome un regusto amargo en el fondo de la garganta.
—Te oí, cariño. Tú lo rompes, tú lo pagas. —Él me soltó de
mala gana y se puso en pie—. ¿Dónde vas?
—¿Ahora tengo que darte explicaciones de dónde voy? —
Chasqueó la lengua—. No, querida, no. Tú te quedas a
comer tarta, que para eso es la boda de tu hermana. Yo ya
cumplí, así que me largo, disfruta de la fiesta y no bebas —
comentó, acercándose amenazador a mi oreja—. Como des
un solo trago y le pase algo a mi hijo, estás muerta.
Después me dio un beso castigador, se apartó y le dijo a
uno de sus hombres que no me quitara la vista de encima
para que no bebiera. ¡Malparido!
No tenía ganas de armar bulla ni podía ponerme de culo
con él porque estaba muy mosqueado por lo que ocurría
con los incendios. Los contratos de nuestra empresa de
extinción de fuegos estaban cayendo como moscas, y si eso
ocurría, Julio tendría que encontrar otro modo para
blanquear capital.
La ranchera cesó, los aplausos y gritos de viva México
corearon la salida de mi marido, quien abandonó la sala sin
despedirse de los novios. La mujer que estaba sentada a mi
lado me ofreció una mirada cargada de lástima. Tuve ganas
de clavarle un par de tenedores de postre mientras le decía
«¿qué miras?».
Me contuve porque era la tía del novio.
Hubiera dado cualquier cosa por un buen trago de
tequila.
—Y ahora, para hacer bajar la comida, les ofreceremos
un buen digestivo en honor a la tierra del señor Vargas,
quien ha pagado todo este festín —comentó el DJ por el
micrófono. Los invitados lo jalearon—. No sean impacientes
y se lo beban en cuanto caiga en sus manos, porque antes
el padre del novio quiere dedicarles unas palabras a la feliz
pareja.
El camarero fue depositando los tragos, uno para cada
uno de los invitados.
—Señora —masculló un muchacho, contemplándome con
apetito, llevaba todo el banquete perdiendo la mirada en el
interior de mi escote. Era guapo y a mí me pasaba como a
Julio, me sentaba mal no follar.
—No bebo, gracias. Dáselo a ese —cabeceé hacia el
homeboy de mi perro guardián—. Lo necesita más que yo.
—Por supuesto.
—Por cierto, ¿me podrías indicar dónde está el baño?
—Se encuentra en… —Le hice una señal para que se
acercara y poder hablarle al oído.
—Mejor me esperas dentro, lo que necesito queda dentro
de tus pantalones. Te daré buena propina si cumples.
Se apartó con el rostro enrojecido y la mirada llena de
intenciones. Hizo un gesto afirmativo y llevó el vasito al
hombre de Julio, tal como le pedí.
—Cortesía de la señora —le musitó, entregándoselo.
Se marchó, no en dirección a la cocina. Vi cómo le
murmuraba algo a otro de los camareros y le daba su
bandeja. Este le sonrió, debían tener la misma edad, no
parecían camareros profesionales, más bien extras,
estudiantes universitarios que se sacaban un sobresueldo
trabajando en bodas.
El otro miró con disimulo en mi dirección.
Me daba igual si se había pavoneado diciéndole a su
compañero que iba a follarme. Me puse en pie y vi el amago
del perro de Julio de seguirme, y antes de que lo hiciera, lo
enfrenté.
—Solo voy al baño a vaciar la vejiga, no necesito ni que
me sujetes la puerta ni que me limpies, mi mamá me
enseñó muy bien.
—El jefe me dijo…
—Tu jefe te dijo que te ocuparas de que no tomara, y ahí
tienes mi trago. No soy ninguna niña y tú no tienes aspecto
de nany. Estamos en la boda de mi hermana, no va a
ocurrirme nada de aquí al servicio. Si vas a ser mi custodio,
deberías comprender que las embarazadas pasamos mucho
tiempo en el baño y que es mejor no contrariarnos. A mí no
me ha sentado bien algo de la comida, así que tengo para
rato. ¿Estamos? —Él tragó duro.
—Sí, mi señora. No quise incomodarla, solo seguir las
órdenes.
—Pues aprende a escucharlas bien, no a interpretarlas a
tu manera, deberías saber que tengo las hormonas algo
alteradas, si no, pregúntaselo a Miguel. —Él puso cara de
circunstancia—. Ay, no, que lo maté. —Le ofrecí una sonrisa
suave—. Vengo en un rato.
Me alejé en dirección al baño y, en cuanto entré, no me
costó nada dar con el servicial camarero que me iba a
atender.
—Por tu bien, espero que sepas complacer.
—Descuide, señora, se me da bastante bien.
—Eso ya lo veremos —comenté, empujándolo hacia el
urinario—. Bájate los pantalones y siéntate, voy a montarte.

Media hora más tarde, algo más calmada, me retoqué el


pintalabios.
Lancé un suspiro y una sonrisa de complacencia, lo cierto
era que al chico no se le dio nada mal.
Reajusté mis pechos en el interior del escote y me
coloqué unas gotitas de perfume que disimularan el olor a
sexo.
Entré justo en el momento que el padre del novio había
terminado sus palabras, y por el gesto de alivio de los
invitados, debió ser bastante soporífero.
—¡Vivan los novios! —jaleó.
—¡Vivan! —respondimos todos al unísono. Los invitados
alzaron los vasitos decorados con sal y bebieron.
Yo me maldije por dentro, lo que me hubiera gustado dar
un trago de esos, en cuanto llegara a casa, iba a vaciarme
una botella en el gaznate, a ver quién era el guapo que me
lo impedía.
Los vasos quedaron suspendidos entre los dedos, casi
parecía que estuviéramos en el espacio y la gravedad les
impidiera bajar los brazos. El gesto me hizo arrugar el ceño
y lo apreté todavía más cuando empezaron a caer al suelo.
Parecían pequeñas bombas de cristal listas para detonar
esquirlas por todas partes.
Todos se habían puesto rígidos.
Pero ¡¿qué diablos?! ¿Tan fuerte estaba?
Los camareros se miraron unos a otros, yo contemplé a
mi hermana, cuya mirada se encontró con la mía justo antes
de ponerse a convulsionar.
Algo no iba bien, nada bien, aceleré el pasó, me puse a
correr sin importarme los fragmentos rotos o mis sandalias
con tacón de quince centímetros. Corrí gritando sus
nombres, el de mis hermanas y el de mi madre, que
parecían incapaces de reaccionar.
Los cuerpos de los invitados empezaron a desplomarse al
mismo tiempo que My Heart Will Go On, de Céline Dion,
daba la entrada al pastel nupcial.
¿Acabábamos de chocar contra un iceberg invisible?
¿Qué les pasaba a todos?
El maître le gritó al DJ que parara la canción, pero era
demasiado tarde, pues también se encontraba en el suelo.
Vi cómo caían uno a uno. Tenía el pulso a mil y las
entrañas cargadas de pavor.
Cuando alcancé la mesa presidencial, todos estaban en
el piso, con el rostro cubierto de sudor y los ojos muy
abiertos. Extendí la mano hacia el cuello de mi madre, sin
pulso. El de mi hermana pequeña, sin pulso. El de Flor, sin
pulso.
Mi chillido hizo temblar los cristales de las lámparas y,
por mucho que intenté reanimarlas, apretando mis manos
contra su pecho, fui incapaz de revivirlas. Todos habían
muerto.
CAPÍTULO 67

Wendy

Estaba hecho y no podía sentirme más feliz.


La venganza era un plato que se servía frío, aunque a mí
me gustaba hacerlo arder.
En ese instante, mi querido hermano y su mujer debían
estar tirándose de los pelos. Nunca hubiera pensado que
Julio César fuera capaz de hacerme algo así, de dispararme,
de matar a su propia hermana.
Tuve suerte, el colgante que llevaba de Nuestra señora
de la Paz desvió lo suficiente el impacto para que no fuera
mortal, lo que no quitó que cayera al suelo fulminada y que
el 60 % de mi cuerpo sufriera quemaduras severas.
Un dieciochero arriesgó su propia vida para sacarme de
aquel infierno, empujado por las palabras de su big de que
tenían que protegerme.
La piel se desprendía de mi cuerpo abrasado, mientras él
sorteaba las llamas y me protegía del infierno.
Aquella noche morí y resucité, pasé mucho tiempo
ingresada en el hospital, debatiéndome entre la vida y la
muerte, largos meses en la unidad de quemados, donde me
mantenían sedada por los dolores.
Me hicieron varios injertos de piel, transfusiones, soporté
múltiples operaciones para mitigar los daños que había
sufrido y, en todo aquel tiempo, Antonio no se separó de mí.
Me sacaba veinte años, era la mano derecha del padre
de María, y su mujer murió tras ser violada por varios
hombres de la SM-666, en un asalto a La Campanera.
Cuando terminaron, pasearon el cadáver atado al coche por
toda la barriada. Tenía dos hijos, uno de mi misma edad,
que falleció la noche del asalto al almacén, y otro cinco años
más joven que yo.
No tenía dónde ir, ni motivos para vivir, Antonio me
acogió en su casa para que lo ayudara con el niño, y tiempo
después terminé casándome con él.
Se desató una guerra tan cruenta en Soyapango que
Barrio-18 terminó cayendo bajo el yugo de la SM-666. Por
fortuna, ese tiempo yo lo pasé en el hospital, así que
cuando salí, la cosa ya estaba calmada.
Mi hermano pensaba que estaba muerta y yo lo preferí
así, no quería volver a verlo en la vida, lo odiaba, había
matado lo que yo más quería por culpa de sus ansias de
poder y no le importó llevarse por delante a Lionel, o eso
pensaba por aquel entonces.
Al ver que ya no nos quedaba nada, Antonio nos propuso
irnos a Ciudad de México, donde su padre tenía un taller de
coches. Quería apartar a su hijo menor de la mala vida,
cuidar de ambos, e irnos a la capital le pareció la mejor
opción.
Estuvimos ocho años viviendo bien. Teníamos una vida
apacible, comida en la mesa y un techo sobre la cabeza,
hasta que Antonio enfermó y murió por una neumonía mal
curada.
Me vi sola, con Santos, mi suegro había fallecido tres
años atrás una noche mientras dormía, no nos quedaba
nadie más. Mi hijastro no quería quedarse en México, un
amigo suyo de Barrio-18, con quien recuperó el contacto
gracias a las redes sociales, le habló de la posibilidad de ir a
Estados Unidos, que allí podría forjarse un futuro mucho
mejor que en México, que algunos dieciocheros se habían
asentado en Los Ángeles y vivían el sueño americano.
Preparó una cena bonita y me propuso que me fuera con
él. México DF no era el mejor lugar para una mujer sola.
—Si vienes conmigo, yo te voy a cuidar, te haré mi mujer
—me dijo Santos, acariciando la parte del rostro que no
tenía quemada—. Siempre me gustaste, Wendy, eres
hermosa y buena, por eso no me casé, porque estaba
esperando el momento en que me vieras como lo que soy,
el hombre que puede hacerte feliz, no mi padre, que era
muy mayor para ti. Sé mi esposa y te prometo que
viviremos bien.
Dudé. Le tenía mucho cariño a Santos, prácticamente yo
lo había criado desde que era un muchacho y yo una
adolescente. Nunca lo vi con otros ojos, aunque en parte era
lógico, porque nunca sentí atracción por los hombres.
Ya había renunciado a lo que era, a lo que sentía, a lo
que estaba mal en mí. Así lo veía todo el mundo, no estaba
bien que me gustaran las mujeres, tenía que reprimirme,
tenía que hacer lo correcto. Ya me había acostumbrado a
abrirme de piernas para su padre, a veces, incluso llegaba a
sentir placer, no me resultaba muy desagradable. ¿Qué
cambiaría si lo hacía para Santos?
Era mi familia y, en mi estado, tampoco es que pudiera
aspirar a algo mejor. Me cuidaría, me lo había prometido, así
que acepté, él me besó, y yo le dejé que me hiciera el amor.
Tuvimos que pagar una gran suma a unos coyotes para
que nos ayudaran a saltar el gran muro que separaba
México de Estados Unidos. Atravesamos el Río Grande, de
noche, en una travesía de más de tres horas en la que
muchas veces el agua nos llegaba al cuello.
Llegamos al otro lado, calados hasta los huesos, donde
nos esperaban los coyotes cargados con una escalera. A
partir de ahí, debíamos hacerlo solos, encaramarla a lo alto
de la verja y saltar para alcanzar los Estados Unidos.
Logramos pasar sin incidentes, pero cuando tocamos
suelo, una patrulla nos arrestó.
Estuvimos varios días detenidos, transcurrió más de un
mes desde que logramos saltar el muro de acero hasta que
nos concedieron la libertad. No fue nada sencillo conseguir
asilo político, aun así, no cejamos en nuestro empeño
porque ya nos habían contado cómo Los Ángeles significaba
una oportunidad nueva, un lugar en el que ser felices. Allí
nos aguardaba el amigo de Santos, quien se dedicaba al
menudeo para Barrio-18.
Santos tenía alma de marero, aunque su padre lo hubiera
apartado, la violencia estaba impregnada en su sangre y la
sed de venganza corría en sus venas. No dudó en someterse
al rito de iniciación e insistió en que yo también lo hiciera.
Dieciocho segundos de golpiza bastaron para
convertirnos en dieciocheros, Barrio-18 me salvó la vida, y si
era la mujer de Santos, era justo que me sumara a la mara.
Pasamos un año habituándonos a nuestros nuevos roles,
Santos era mucho más vigoroso que su padre, siempre me
tenía ganas y yo… intentaba evitar el lecho lo máximo
posible, aunque no siempre podía alegar migraña o que
tenía la regla.
Ahí empezaron las discusiones, algunas por mi falta de
libido y otras porque empezó a llegar bebido o drogado. No
solo menudeaba, empezó a consumir, a salir de fiesta, a irse
con otras y, finalmente, llegaron las palizas.
Cada vez sentía más ira, porque mi hermano tenía toda
la culpa de la situación en la que me veía envuelta; si no
hubiera hecho lo que hizo, yo estaría casada con el buenazo
de Lionel y cerca de María.
El tronero de la clica de los dieciocheros en Los Ángeles
le comentó a Santos que quería enviarnos a Nueva York,
que quería que se encargara de la expansión del grupo allí y
de captar a otros pandilleros.
Ni siquiera me lo consultó, de un día para otro me vi
haciendo las maletas y cruzando el país de costa a costa.
Nos asentamos en un pequeño piso de Brooklyn. Santos
pasaba mucho tiempo fuera y yo me aburría bastante, por
lo que muchas veces daba largos paseos hasta Queens. En
uno de ellos, me fijé en un edificio que acogía a una
asociación para mujeres. Había un cartel en la puerta en el
que rezaba que se necesitaban voluntarias para echar una
mano, ni siquiera sé por qué lo hice, quizá fue el destino,
pero entré y pregunté qué buscaban.
Era una entidad sin ánimo de lucro, la mujer que lo
llevaba necesitaba a alguien joven que la ayudara. La
afrolatina septuagenaria que me dio la bienvenida con una
taza de té llevaba toda la vida luchando para sacar a flote a
cualquier persona vulnerable que lo necesitara.

—¿Te interesa el puesto? Aquí no se gana dinero, recibimos


lo justo para mantener este lugar y que quien acuda pueda
cubrir sus necesidades, lo único que se te va a llenar es el
alma —me comentó con una mirada afable cargada de
experiencia.
—Me lo tengo que pensar.
—¿Por qué?
—E-estoy casada —le mostré el anillo—, y no sé si a mi
marido…
—Muchas de estas mujeres también han estado casadas
y también temían que las decisiones que tomaran alargaran
las manos de sus maridos. —Desvió la vista hacia las
marcas que tenía en mi cuello, fruto de un agarrón por parte
de Santos. Yo las disimulé con el pelo—. Este lugar no solo
las ayudará a ellas, también te ayudará a ti.
—No sé de qué me habla —mascullé asustada.
—Yo creo que sí —contestó sin alzar el tono de voz. Alzó
la taza y se la llevó a los labios.
—Tengo que irme.
—Qué lástima, aunque la oferta sigue en pie. Vuelve
cuando quieras, o cuando lo necesites, nadie tiene por qué
enterarse de que nos echas una mano.

Pasaron varias semanas hasta que volví. Santos nunca


estaba por las tardes, de hecho, volvía siempre de
madrugada, por lo que pasaba gran parte de la mañana
acostado.
Necesitaba una distracción, y el centro estaba a una
media hora paseando.
La señora Dolores se puso muy contenta cuando me vio
regresar y le dije que la ayudaría unas cuatro horas al día,
que no podía ir más.

—Será suficiente, además, en tu estado, no es bueno forzar.


—¿Mi estado?
—Querida, ¿no me digas que no sabes que estás
embarazada?
—Eso es imposible, no puedo tener hijos. —Era cierto que
ya tendría que haberme bajado la regla, pero no podía estar
embarazada. Nunca usé métodos anticonceptivos con mi
difunto marido y no tuve susto alguno, ambos asumimos
que era estéril, pues él había tenido dos hijos.
—Pues será un milagro de nuestro señor, pero ya te digo
yo que mi radar nunca falla. Ven, te daré algo para que te
pongas en el labio.
—No es necesario.
—Sí lo es.

No me dijo nada sobre los golpes, supuse que no quería


presionarme y lo agradecí.
De camino a casa, entré en una Pharmacy, compré
cuatro cosas para la cena, un test para descartar la locura
de Dolores, y cuando estaba en la caja para pagar, una
revista llamó poderosamente mi atención.
En ella aparecía un reportaje sobre jóvenes
emprendedores latinos en Nueva York, y allí, en primera
página, estaba el cabronazo de mi hermano con Anita.
¡Habían montado una empresa de extinción de incendios
para ricos y les iba a las mil maravillas! Y yo casi morí en un
maldito incendio, ¡menuda desfachatez! Le dije a la cajera
que también me la cobrara.
Al llegar a casa, hervía de rencor y enfado, me leí el
reportaje íntegro andando. Lancé la revista sobre la mesa
de malas maneras, tenía ganas de matarlos con mis propias
manos. Hasta entonces me había mantenido alejada, había
intentado no pensar, pero fue verlos ahí y no podía parar de
darle vueltas. ¡No era justo! ¡Alguien tenía que hacerles
pagar! ¿No era una dieciochera y ellos unos seiseros?
¡Tenían que pagar por todo lo que me hicieron! Además,
¡vivían allí al lado!
Vacié la bolsa de papel sobre la encimera y miré el
paquete del test de embarazo, necesitaba salir de dudas.
Fui al baño, seguí las instrucciones y aquel trozo de plástico
me confirmó lo que Dolores me había dicho, que una vida
nueva crecía en mi interior.
No sabía cómo sentirme al respecto, estaba nerviosa,
emocionada, ¿cómo se lo tomaría Santos? ¿Sería una buena
madre? ¿Criaría bien al bebé?
Fueron horas de incertidumbre hasta que llegó mi
marido, había bebido, pero no como otras veces, así que
aproveché y se lo conté mordiéndome el labio.
Me miró incrédulo y parpadeó varias veces. Temí que me
pegara o que me dijera que había sido una inconsciente. No
pasó ninguna de esas cosas, su boca se amplió, me tomó en
sus brazos para estrecharme en un abrazo grande y empezó
a besarme con entusiasmo.

—¡Un bebé! —Le sonreí con el labio partido todavía dolorido.


Él se dio cuenta de que me hacía daño y paró—. Lo siento,
siento mucho lo que te hice anteayer, tomé demasiado y se
me fue de control. Pero te prometo que fue la última vez,
voy a cambiar, no volverá a pasar, os cuidaré a los dos, ¿me
oyes? ¡Te lo prometo! —Me besó con suavidad.
—Para eso tendrías que dejar de tomar y de consumir, tú
antes no eras así. —Su gesto se contrajo y temí que decirle
la verdad no hubiera sido buena idea. Lo contemplé
asustada, y él me ofreció una mueca de arrepentimiento.
—Lo haré, de verdad, mi vida, te lo juro, no quiero que
me tengas miedo, yo te quiero, os quiero —bajó hasta mi
vientre y lo besó.
Llevé las manos a su pelo y lo acaricié.
—Júramelo.
—Te lo juro, te lo prometo, ¡un bebé! —Me cargó en
brazos y me llevó a la cama para hacerme el amor con
suavidad, no como las últimas veces.

Pensé que quizá era lo que Santos necesitaba, que nuestro


hijo lo haría cambiar.
Me equivoqué, una semana después, no pude acudir a la
asociación por la paliza tan brutal que me había dado.
CAPÍTULO 68

Ray

—Respira, lleva puesta la manzana y sabes que está bien


—musitó Raven cerca de mi oído sentados en el vestuario.
Leo llevaba dos días fuera y no había recibido noticias
suyas. Sabía que estaba bien y que llamarme hubiera sido
toda una temeridad, por eso le regalé el colgante. En primer
lugar, porque la piedra tenía todas las propiedades que le
dije, y en segundo, como era un objeto artesano, pudimos
ponerle en su interior, en el lugar en el que se encajaba el
engarce, un minúsculo geolocalizador que a su vez
controlaba sus constantes vitales.
Gracias a ello, sabía que seguía en Soyapango con vida.
No debía faltarle mucho para ponerse en ruta en dirección
Guatemala, tenía que cruzar el país para llegar a la estación
de Arriaga, en México.
Julio no le dio demasiados datos, solo que, de El Salvador
hasta la famosa estación de tren, irían por carretera con el
cargamento, una vez allí, tendrían que montar en La Bestia,
un tren de mercancías que transportaba maíz, metales
pesados e indocumentados.
No quería imaginarme el trayecto de veinte horas
subidos en el tejado de los vagones con una tropa de niños
pequeños, y menos aún con el sentido de la responsabilidad
que tenía Leo. Sería difícil que sobrevivieran todos y, por
mucho que hubiéramos preparado a Lionel, nada te prepara
para sobrevivir a la muerte de un niño.
Mi corazón no dejaba de decirme que lo mandara todo a
la mierda y fuera a por mi chico, el problema era que si lo
hacía, la operación podría irse al carajo y no erradicaríamos
la mala hierba de la SM-666.
Me dejé caer con pesadez sobre el banco del vestuario.
Habíamos terminado el espectáculo y el club estaba a punto
de cerrar. Hoy le tocaba a Corey cuadrar caja con el jefe.
—Tienes que relajarte un poco, podríamos ir a tomar
unas birras y que te despejaras —sugirió mi mejor amigo.
—¿Alguien ha dicho cerveza y relax? —preguntó Gula la
mar de sonriente—. Porque yo lo necesito con urgencia, un
día de mierda —resopló, quitándose la máscara.
—¿Se aceptan chicas? —cuestionó Janelle, acercándose.
—Aunque se aceptaran, tú no vas —gruñó su hermano,
limpiándose el sudor de la frente con una toalla. Los rizos
negros enmarcaron su cara cabreada.
—Lo dice el que ha vuelto a quedar con la cincuentona
de las tetas operadas… —farfulló ella.
—No te metas en mis asuntos.
—¡Ni tú en los míos! ¡Esa mujer podría ser nuestra
abuela!
—Nuestra abuela no tiene esas tetas, y te recuerdo que
soy tu hermano mayor, me debes un respeto, ¡eres mi
responsabilidad! —La pelirroja con cara de duende maligno
resopló.
—Somos del mismo año, solo me sacas once meses y,
para tu información, soy mucho más madura que tú, si no,
pregúntale a papá.
—Eso lo dices porque él no sabe que trabajas aquí.
—Ni tú tampoco, campeón.
—¡¿Campeón?! ¿Acabas de llamarme campeón?
—¡He dicho que voy y voy! Chicos, ¡yo voy! —zanjó
Janelle, cruzándose de brazos para repasarnos a los tres.
—Si es porque te preocupa que pueda pasarle algo,
estamos nosotros, tío, yo me ocupo de acercarla a casa en
cuanto terminemos —se ofreció Elon, quitándose la pajarita.
—Queridos habitantes de La República Federal del Rabo,
soy una mujer mayor de edad, no necesito cantidades
industriales de testosterona para protegerme, para eso llevo
mi pistola de descargas y el bote de spray pimienta,
gracias.
—¿Acaba de decir República Federal del Rabo? —Me reí
por lo bajo en dirección a Raven—. Jane, eres mi heroína.
—Y tú mi Tarzán con liana incluida —musitó, agitando las
cejas. Solté una carcajada.
—Tengo que decir que estoy de tu parte. Tú te cuidas sola
y nosotros nos encargamos de los gilipollas a los que no le
alcance tu Taser. ¿Trato hecho?
—No creo que se me acerquen muchos tíos con tres
ejemplares como vosotros. Tú no vienes, ¿verdad, Ares?
Nuestro apreciado millonario la contempló del mismo
modo que si le hubieran salido tres cabezas.
—¿Socializar, bar y cervezas? ¿Es que no lo conocéis? Si
hace eso, le retiran el carné de Millonarios Anónimos —se
jactó Corey, saliendo de la ducha con la toalla alrededor de
la cintura.
Ares se limitó a aniquilarnos con la mirada, cogió su
abrigo de seis mil dólares y se marchó sin mediar palabra.
—Yo os acompañaría, pero alguien debe ocuparse de los
números, si termino pronto y no la habéis liado mucho con
los cambios, me paso. —Sacudió su melena rubia como si
fuera un perro de aguas.
—¿Quieres hacer el favor de no salpicar? —farfulló
Marlon, enfundando la guitarra eléctrica.
—¿Es lo que te dicen tus clientas? —inquirió Elon,
chocando el puño con Corey. Los dos se echaron unas risas
mientras el rockero seguía a lo suyo. Gula abrió la taquilla y
sacó un tupper con uno de sus famosos postres orgásmicos.
En cuanto Marlon les echó el ojo, su mano se disparó en
busca de una de las esferas color rosa brillante y se la metió
entera en la boca. Cerró los ojos y su cara cambió.
—¡Hostia puta! Pero ¿qué flipada es esta? —preguntó,
alzando las cejas.
—Pues es una esfera de chocolate blanco con vainilla de
Madagascar rellena de mousse de lichi, pistacho y fruta del
dragón.
—Joder, tío, me acabo de empalmar solo con oírte con
esta maravilla en la boca, ¿puedo pillar una para Lorraine?
—preguntó, poniendo los ojos en blanco.
—Claro, sobra la de Ares.
—Solo por esto te permito que lleves a mi hermanita a
pasear, pero mantén tu chorra negra lejos.
—¡No soy un puñetero perro! —se quejó Janelle.
—Pues yo juraría que eres una perra del mal. No metas a
los chicos en líos, ¿me oyes? —Janelle le hizo la peineta a
Marlon. Este cogió sus cosas y se marchó con la clienta al
Savage.
Veinte minutos después, alzábamos los botellines de
cerveza con tequila y un pedacito de limón en el borde.
—Brindemos —sugirió Janelle—. Por los tíos más buenos,
enrollados y simpáticos de todo el SKS.
—¿Estás segura de que incluyes a Raven en esa
afirmación? —inquirí con una sonrisa burlona. Mi mejor
amigo me clavó el codo en el abdomen.
—Ahí donde lo ves, el cuervo es pura fachada. Solo hay
que fijarse un poquito y ver cómo se derrite cuando viene a
verlo trabajar su chica, se le cae la baba y el pico —añadió
pizpireta.
—En eso estoy de acuerdo contigo —me sumé—. Pues yo
brindo por la mujer con los dedos más mágicos y la lengua
más afilada de todo el club. Por ti, Janelle —agregué.
Ella estiró sus brazos para agarrarme del cuello, apretar
su diminuto y proporcionado cuerpo contra el mío y
plantarme un pico bastante húmedo.
—Si fueras hetero, te pediría que me hicieras un hijo,
solo para joder a mi hermano y porque nos saldría
guapísimo. Como no lo eres, nos fastidiamos. —Me soltó y
yo fui incapaz de contener la sonrisa—. ¿Pensáis que tengo
alguna posibilidad de que el jefe me deje ser Envidia
mientras Leo vuelve?
—A mí no me mires… —susurró Elon—, me encantaría
verte las tetas, no me importaría perder los ojos porque tu
hermano me los arrancara ante tales maravillas. —Se llevó
la cerveza a la boca para darle un buen trago.
—¿Esa es tu fantasía? Deseo concedido —musitó,
bajándose el escote para mostrarnos su ausencia de
sujetador.
El contenido de la boca del mulato salió disparado para
apagar el incendio que podían llegar a provocar aquel par
de globos. Janelle reía como una loca.
—Tápate eso o salimos de aquí a hostias —profirió el
mulato, recolocándole la camiseta. Después cogió unas
cuantas servilletas para pasárselas.
—¿En qué quedamos? ¿No me querías ver las tetas? Me
ha parecido justo, yo te he visto muchísimas veces la polla y
te la he palpado.
—Nos las has palpado a todos —le restó importancia
Raven.
—Por eso bendigo mi trabajo. Es el puto paraíso, tíos
desnudos y mujeres desatadas, ¿qué más se puede pedir?
Me encantaría ser yo el objeto de codicia de esas mentes
calentitas —suspiró.
—¿Eres bi? —pregunté con toda la naturalidad del
mundo.
—Soy ilimitada, me gusta el sexo y la gente en general,
si saben hacerme disfrutar, el género es lo de menos,
aunque mi hermano siga pensando que veo a Peppa Pig en
lugar de Pornhub.
—¿Miras porno? —Elon parpadeó incrédulo.
—Evoluciona, moreno —chasqueó los dedos—. No solo lo
consumo, también me hago dedos, ¿quieres que hablemos
sobre mi predilección hacia el amor propio? Prefiero dedos
conocidos que orgasmos fallidos.
—Me la apunto —chasqueé la lengua.
—Yo paso palabra —susurró Gula, bebiendo de nuevo.
—Vale, y ahora que tenemos todos los puntos sobre las
íes… Dave, a las seis en punto tienes un tío bueno llenito de
tatuajes que no ha dejado de comerte con los ojos dispuesto
a que le borres la tinta, y te advierto que tiene mucha.
Me puse en guardia, no hacía falta que mirara para saber
de quién se trataba. Raven también se puso en alerta. Tenía
que disimular si no quería que Janelle y Elon preguntaran.
Me giré hacia el rostro de Julio César, que me
contemplaba con todo el descaro del mundo.
—¡Cómo está! —suspiró la pelirroja—. Si no es cien por
cien gay, dile que estoy dispuesta a que sea él quien me
lleve a casa.
—De eso nada, monada, yo me he responsabilizado y te
llevaré, no quiero que tu hermano me diseque las pelotas y
las convierta en púas de guitarra.
—Dirás puones.
—Voy a hablar con él —le susurré a Raven mientras
Janelle y Elon seguían entretenidos.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Necesito saber qué quiere, además,
no hará nada aquí, con tanta gente mirando.
—De todas formas, ten cuidado.
—Descuida, pasado mañana es el juicio y no tengo
ninguna intención de dejar que Bruce, su hijo y las del
servicio se vayan de rositas. Enseguida vuelvo, no tardo.
Dejé la cerveza sobre la barra y oí cómo Janelle me decía
que me bebiera al de la imprenta. Tenía guasa la tía.
Julio llevaba la camisa desabrochada y, como decía
nuestra pequeña modista, me contemplaba con apetito
desatado.
—Hola —lo saludé, torciendo el cuello.
—¿Tú nunca te quitas las gafas?
—Pocas veces, ¿te importa?
—En absoluto. —Le ofrecí una sonrisa distante.
—¿Qué quieres?
—¿Qué piensas que quiero?
—Follarme —dije sin miedo a estar equivocado. Tenía que
interpretar mi papel y se me daba genial ser un camaleón.
Él le dio un trago a su vaso de whisky.
—Te confundes.
—Vale, entonces quieres que te folle. Se me da bien leer
a las personas y, sobre todo, las pollas —desvié la vista
hacia su entrepierna—. La tuya ha venido cargada y con
ganas de vaciarse, pero me parece que no va a ser
conmigo.
—¿No? ¿Y eso por qué? ¿Te espera alguien en casa?
—Ambos sabemos que no. Y para tu información, ni me
van los casados, ni los que van con dobleces.
—Entonces, Lion no debe gustarte ni un ápice.
—Leo es mi amigo.
—¿Con derecho a que te folle?
—Con derecho a tener un hueco en mi piso y en mi vida.
No todo se reduce al sexo.
—¿Sabes qué? No te creo, y te advierto que no vas a
separarnos.
—Así que de eso se trata, vienes a marcar el hueso…
—El hueso está marcado desde que él tenía trece y yo
dieciséis. Lo vi primero, se enamoró de mí y me sigue
queriendo. ¿Te contó lo bien que follamos el día que mis
amigos te dieron una paliza?
—No me importa —respondí sin apartar la mirada de la
suya—. La fidelidad no se encuentra en la punta de la polla.
Su mano me agarró de la cara y se acercó a mí hasta que
tuve que respirar el aire que emanaban sus labios.
—No sé si te lo ha dicho, pero en cuanto vuelva de su
viaje, se vendrá a vivir conmigo y con las niñas.
Desaparecerá de tu vida para siempre y esta puta boca tuya
—arrastró el pulgar por encima de mi labio inferior— no
volverá a saborearlo.
Me relamí la extensión de piel que palpó la yema de su
dedo y observé cómo se le dilataban las pupilas.
Estaba cachondo, quizá no fuera por mí, quizá solo
necesitaba un rabo que satisficiera esas necesidades que
escondía bajo llave. Puede que su único objetivo fuera el
mismo que el de la otra vez que vino a verme.
—Oye, si has venido a por más instantáneas para
mandárselas a tu chico —recalqué la última palabra—, dile a
tu fotógrafo que puede empezar ya, que mi lado bueno es el
izquierdo. —Él arrugó el ceño.
—No sé de qué me hablas.
—Ya… —reí—. No hace falta que conmigo te hagas el
tonto, no te pega. —Sus fosas nasales se desplegaron.
—Nunca me hago el tonto.
—Vale, pues entonces sabrás que la otra noche, cuando
viniste a mi encuentro, le llegaron unas fotos nuestras de lo
más sugerentes; por el ángulo en que fueron tomadas,
parecía que nos estuviéramos enrollando, y los dos
sabemos que eso no pasó. —Sus dientes se apretaron—.
¿Qué? No jodas que no fuiste tú.
—Mientes.
—No miento. ¿Qué sacaría diciéndote algo así? —Se
quedó en silencio, casi podía escuchar la velocidad a la que
iban sus pensamientos.
—Si valoras tu vida, no te cruces en mi camino. ¡Lárgate!
—Que yo sepa, eres tú el que no deja de buscarme y
ponerse en el mío.
Se puso rígido, yo me di la vuelta e hice algo que con
total seguridad no esperaba, le froté el culo contra su
erección y él me agarró de la cintura para apretarme contra
sí.
—¿Qué haces? —jadeó en mi oreja. Volví a restregarme
ahogándolo en saliva.
—Demostrarte que tus amenazas distan mucho de las
intenciones de tu polla. —Volví a darme la vuelta y le sonreí.
Me pegué a su cuerpo por delante y su mano voló hasta mi
nuca cuando mi boca zozobró en el lóbulo de su oreja—.
Buenas noches, Julio César, dale recuerdos a tu mujer de mi
parte, y no te olvides descargar la pistola antes de meterte
en la cama, no vaya a ser que se te dispare.
Me dio un empujón enrabietado y yo le lancé un beso. El
odio fulguró en su mirada abarcando el espacio que
dominaba el deseo.
Muy pronto terminaría el juego, y haría caer su imperio.
CAPÍTULO 69

JC

Salí del bar muy cabreado.


Había ido hasta allí con una intención, comprobar qué le
hacía ese cabrón del güero[72] para tener a Leo tan pillado.
Llevaba rato mirándolo, estaba con sus amigos y no me
había visto entrar en el bar.
Me apoyé en una pared que tenía a unos metros y lo
observé. Tenía una cara y un cuerpo dignos de ser
deseados, aunque no me fueran mucho los rubios.
Cuando se acercó a mí, con esa actitud descarada, me
excité. Sentí el impulso de llevármelo al baño y encularlo de
todas las maneras posibles, para después hacerlo
desaparecer. No quería que nada se interpusiera entre Lion
y yo.
Me daba igual que insistiera en que no se acostaban,
porque sabía que mentía, conocía demasiado a Lionel para
saber cuándo un tío se lo tiraba.
Cuando el rubio se enfrentó a mí y me dijo que quería
follarlo sin tapujos, no se equivocaba. Me gustaba el tira y
afloja, por eso lo fui poniendo una y otra vez al borde del
acantilado hasta que me soltó lo de las fotos y me
descolocó.
Si no hubiese mentado eso, habría desplegado todas mis
dotes de persuasión para culearlo, pero me conocía, cuando
algo se implantaba en mi cerebro, no lo disfrutaba igual,
antes de tirármelo, necesitaba esclarecer lo que me contó.
Aquella noche fui solo con mis hombres y dudaba que
alguno de ellos se dedicara a tomarme fotos, ¿o sí?
La desconfianza se enroscó en mis tripas, era un parásito
que me devoraba por dentro y necesitaba erradicar.
Salí del bar con toda la intención de averiguar quién
había hecho eso.
¿Y si tenía al enemigo en casa? ¿Y si esos cabrones que
incendiaban las propiedades de mis clientes lo hacían
porque tenía un peseta que les soplaba la información?
¿Qué pretendían enviándole esas fotos a Lion?
La única que sabía algo sobre mis inclinaciones era mi
mujer, y ella no estaba. ¿O sí? ¿Y si envió a alguien a que
me siguiera y ese alguien fue el de las fotos? Anita nunca
soportó lo que tenía con Lionel, aunque no lo dijera, sabía
que lo veía como una competencia y se alegró cuando salió
de mi vida gracias al incendio.
Como si intuyera que pensaba en ella, el móvil sonó y vi
el nombre de mi mujer en la pantalla. No estaba de humor
para atenderla; en primer lugar, porque necesitaba hablar
antes con mis hombres como para acusarla de algo así sin
pruebas, y en segundo, porque me conocía y le contestaría
mal. Nuestra relación no estaba atravesando su mejor
momento, sobre todo, desde que vi su falta de ganas por
quedarse embarazada. Ella sabía cuánto quería un hijo
varón y me lo estaba negando.
No iba a parar hasta que me diera el niño que quería; si
venía niña, volvería a hincharle la barriga en cuanto pariera,
que se fuera habituando a vérsela así, porque no iba a
conformarme solo con uno.
Dejé que saltara el contestador sumido en mis
pensamientos. Había hablado con José, estaba previsto que
Lion saliera con los pollitos en unas horas. Lo harían metidos
en un camión, con todos ellos hacinados en la caja de carga.
No deberían tener ningún problema para cruzar Guatemala,
una vez en México, su mayor dificultad sería mantener viva
la carga hasta la frontera, por lo demás, todo estaba
controlado, el padre del marido de Flor era el dueño y tenía
a la policía untada.
Llegué al coche, me senté y coloqué el móvil en el
soporte. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi
mujer me había llamado varias veces, tenía multitud de
mensajes en el buzón de voz, no era propio de Anita, debía
haber ocurrido algo.
Le di al botón de rellamada mientras ponía el motor en
marcha.
La música del bar y la conversación con el puto de Lion
me impidió escuchar el soniquete, tenía la vibración
desactivada, me ponía de los putos nervios que algo me
zumbara en el bolsillo del pantalón.
Al primer tono, descolgó.
—¿Qué pasa?
—¡Los han matado! —chilló al otro lado de la línea.
—¿A quién? ¿Has bebido? —desconfié.
—¡A todos! —La escuché sorber por la nariz—. ¡Están
todos muertos! —Su tono fuera de sí me hizo saltar todas
las alarmas, no parecía ebria.
—¿Dónde estás? ¿De qué me hablas?
—¡No me he movido del hotel! ¡Los han envenenado
cuando fui al baño! Tuvo que ser con el chupito que
ofrecieron para el brindis, fue lo único que yo no tomé, ¡ni
tú! ¡Pensé que no respondías porque también habías
muerto! Esto se ha llenado de policías y no paran de hacer
preguntas, estoy en una sala porque me ha dado un ataque
de nervios. —Solté una imprecación.
—No te muevas, voy para allá. —Pisé el acelerador a
fondo al mismo tiempo que aporreaba el volante
cabreadísimo.
¡¿Qué cojones estaba pasando?! ¡¿Quién osaba
desafiarme?!
Mi pecho subió y bajó descompensado, me metí contra
dirección y unos faros me deslumbraron, aunque no perdí el
control del vehículo.
¡Necesitaba llegar cuanto antes!
Quien estuviera detrás de todas las mierdas que estaban
pasando no iba a tener país para huir.
CAPÍTULO 70

Leo

¡Por fin habíamos llegado a Arriaga!


Miré las caritas de los pequeños que me acompañaban,
estaban sucios, asustados y la mayoría extrañaba a la
mierda de padres que los habían vendido. Se me encogía el
corazón de solo pensarlo.
Sabía que el hambre era muy jodida, que cuando la
necesidad aprieta y te sientes ahogado, la desesperación te
lleva a hacer muchas cosas, como a mí, que me arrojó a la
cama de infinidad de mujeres para que a mis hijas no les
faltara nada. Pero jamás se me habría ocurrido venderlas a
ellas, ofrecerlas a unos monstruos degenerados que
corromperían sus almas y sus cuerpos.
Me pincé los lagrimales sin soltar a uno de los cuatro
bebés que no llegaban a los dos años, el que yo sostenía
tenía catorce meses y me recordaba muchísimo a Daisy.
Eran los más afortunados del grupo, ya que, según me
dijo José, su destino era ser adoptados por familias
extranjeras que habían pagado cientos de miles de dólares.
Los pequeños que oscilaban entre los tres y los once eran
los más vulnerables, se subastarían para vender sus
cuerpos en clubes o para uso exclusivo de algunos
pederastas. En sus rostros de ojos grandes y miradas
perdidas encontraba a Elena, y se me revolvían las tripas.
Los mayores iban de los doce a catorce, eran un total de
nueve, destinados a engrosar la mano de obra barata de
algunos negocios americanos. Yo mismo fui uno de ellos
cuando me vi con María a cuestas.
Un total de cuarenta y dos menores con los que
emprender un viaje en el que sortearíamos a la muerte.
Yo hice el mismo recorrido catorce años atrás.
Las altas temperaturas, que se alcanzaban sobre los
techos de los vagones de La Bestia, rondaban los cuarenta y
cinco o los cincuenta grados, era muy normal sufrir golpes
de calor o deshidratación por la falta de agua, además,
estaba la altura. Un movimiento en falso del tren podía
suponer que cualquiera de los críos saliera despedido desde
los ocho metros que nos distanciaban del suelo. Si no
morían por el impacto, podían hacerlo atropellados bajo sus
ruedas.
La Bestia no solo dejaba a su paso una cantidad ingente
de ilegales que no lograban subir al tren en marcha,
también un gran número de fallecidos o amputados de los
que sí lo lograban.
Me pasé todo el trayecto en camión aleccionando a los
más mayores para que fueran conscientes de que deberían
ayudarme con los pequeños si querían tener una
oportunidad. Los dividí en tres grupos, casi ninguno era hijo
único, tenían hermanos y estaban habituados a
responsabilizarse de ellos.
También les expliqué a los medianos que tenían que
obedecer, que no podían soltarse, y que cuando me
escucharan decir cuerpo al techo, debían pegarse a él para
sujetarse con todas sus fuerzas.
Llevábamos con nosotros treinta y nueve mochilas, en
treinta y cuatro había una manta, una botella de dos litros
de agua y algo de comida; en las cinco restantes, quedaban
dos de los cuatro pañales que pusieron cuando nos
metieron en la caja del camión, y comida para bebés.
Las provisiones que llevábamos tendrían que bastar para
las veinte horas de tren hasta llegar a Piedras Negras.
Intenté explicarles a todos que cuanto más racionaran el
agua, mejor, porque una vez estuviéramos montados en La
Bestia, sería difícil que pudiéramos hacernos con más,
aunque el tren parara. Era demasiado peligroso bajar.
Cuando mi tío se despidió de nosotros en Soyapango,
justo antes de cerrar la puerta trasera de las mercancías,
entre las cuales viajábamos nosotros, me premió con una
cálida despedida.

—Recuerda, querido león, que debéis tener cuidado cuando


atraveséis la selva, las ramas suelen ser bajas y golpean
con fuerza a los que no mantienen el cuerpo lo
suficientemente pegado al techo. Aprovecha para dormir
ahora, porque no podrás hacerlo en La Bestia, durante las
paradas nocturnas, ocurren muchas desapariciones,
violaciones y muertes violentas, ya sabes cuánto les gusta a
algunos los bocados más tiernos. No le quites ojo a la
mercancía, no sería la primera vez que una cuadrilla de
hijueputas los elimina para conseguir su espacio.
—Entonces, ¿no vienes con nosotros? —Pensaba que
igual iría montado con el camionero para asegurarse de que
los subía conmigo en el tren.
—¿Yo? No, querido sobrino, mi viaje termina aquí. —
Palmeó la puerta metálica—. Buena suerte y que la Santa
Muerte te proteja. Lo vas a necesitar.

Ayudé a los últimos niños a descender, de las trece horas


que llevábamos en carretera solo se nos permitió una
parada de media hora para que los pequeños pudieran ir al
baño, lo bueno fue que hicimos la ruta de noche y la mayor
parte del trayecto se la pasaron durmiendo gracias a que mi
tío les dio a todos un relajante… Dijo que era lo mejor para
que yo pudiera pegar ojo y no me dieran el viaje. No iba a
contradecirlo, las dosis estaban calculadas y era mejor que
los pequeños descansaran y no pensaran en sus familias.
Los hice ponerse en tres filas pertenecientes a los grupos
que había designado. Cada uno estaba capitaneado por dos
de los más mayores, uno se ocupaba del bebé de más corta
edad, además de los más mayorcitos, y el otro controlaba a
los más pequeños. El cuarto bebé, el más pequeño y
dependiente, iba conmigo.
—Escuchad, estad atentos, ¿qué es lo que tenemos que
hacer para que este viaje sea bueno? —Algunas manos se
levantaron entusiasmadas, otras temerosas, no todos los
niños se tomaban del mismo modo el trayecto.
Repasamos los puntos más importantes, si tener hijas me
había servido de algo era para saber que si querías que los
niños te obedecieran necesitaban ordenes precisas y claras,
la información justa, sin subterfugios.
Verlos a ellos me recordaba lo mucho que extrañaba a
mis hijas y a Ray. Lo único que me calmaba era acariciar el
colgante y confiar en que todo saldría bien. No me quedaba
otra, necesitaba centrar toda mi atención en que esos
pequeños no sufrieran ningún percance hasta que
cruzáramos la frontera. No treparíamos por el enorme muro
que separaba México de Estados Unidos, cruzaríamos a
través de uno de los túneles que la SM-666 tenía
escarbados.
Cuando llegáramos al otro lado, tocaba otra larga
travesía en camión, de por lo menos diez días hasta Nueva
York. Los del HSI intervendrían cuando fuera a hacerse
efectiva la entrega, no antes. Necesitábamos pillar a Julio
con las manos en la masa y tener la lista de clientes.
Oteé alrededor, muchos migrantes empezaban a subir ya
al tren que estaba estacionado. Trepaban intentando dar
con el mejor lugar para pasar la travesía. En los últimos
vagones, vislumbré una carga que parecía perfecta como
refugio. Eran una especie de cilindros gigantescos hechos
de metal enrollado, había por lo menos seis, si lográbamos
llegar hasta allí los primeros y meternos en ellos, sería una
buena opción para el camino. Obtendríamos sombra y
estaríamos resguardados de las ramas, el problema sería
lidiar con el calor; cuando los rayos incidieran en el metal,
se convertirían en un auténtico horno. Tampoco es que la
temperatura fuera a ser muy agradable en la parte superior.
Que estuvieran abiertos por los dos extremos nos
garantizaba la entrada de aire, eran la mejor opción para
viajar con niños, no me fiaba de que alguno se pudiera caer
desde lo alto de la cubierta de uno de los vagones.
Lo peor era que yo debería estar paseándome entre ellos
para controlar a los pequeños, un mal menor si tenía en
cuenta la peligrosidad de mantenerlos veinte horas a ocho
metros de altura.
—He encontrado el mejor sitio para el viaje, pero
tendremos que correr. ¿Veis aquellos cilindros? Ocuparemos
tres, tenemos que ser muy rápidos y llegar todos, no
podemos dejarnos a nadie atrás. Preparados, listos, ¡ya!
Todos echaron a correr, que se lo tomaran como un juego
y sintieran aquel lugar como un premio era de gran ayuda.
Muchos de ellos no vivían en condiciones mucho mejores
que aquellos cilindros. Una de las niñas mayores me había
contado que su madre y sus cinco hermanas vivían en una
chabola hecha con cuatro tablas y un trozo de plástico como
cubierta.
Que su madre veía aquel viaje como una oportunidad
para que pudiera tener una vida mejor.
El sueño americano era algo que les metían los padres a
los hijos en la cabeza desde que eran pequeños, como única
vía de salir de la pobreza. ¿Quién podía culparlos cuando la
tele solo vendía la fastuosidad americana del país de las
oportunidades?
La realidad era otra, yo lo había sufrido en mis propias
carnes, y eso que era mitad gringo.
Ojalá pudiéramos hacer algo bueno de verdad con todos
aquellos niños, una vez estuvieran en manos del jefe de
Ray.
Ayudé a los niños a subir a los cilindros, habíamos estado
de suerte y fuimos los primeros en alcanzarlos. Agarré con
fuerza la manzana, la saqué por fuera de mi camiseta, le di
un beso y sonreí. Ojalá fuera capaz de transmitirle a Ray lo
mucho que lo quería, lo valoraba y cuánto iba a amarlo si
todo salía bien.
CAPÍTULO 71

Anita

Me habían tomado declaración, los de homicidios se habían


personado porque el mismísimo director del hotel los había
llamado. Que ocurriera algo así en sus instalaciones era un
escándalo sin precedentes.
Estaba inmersa en una crisis, las únicas personas que de
verdad me importaban estaban muertas y yo también
podría haber muerto esa misma noche.
Le había dado muchas vueltas, no me fiaba ni siquiera de
mi marido; si lo llamé fue porque, de no haberlo hecho yo,
habría sido la policía y sería de lo más extraño. Si fue él era
mejor que pensara que no sospechaba, y para eso tenía que
llamarlo a la desesperada.
Julio se había ido de malos modos justo antes del brindis,
insistió en que no bebiera, incluso le dio indicaciones a su
hombre porque lo que más le interesaba era que el
engendro que crecía en mi barriga prosperara.
¿Y si ese bebé había sido mi salvaguarda? ¿Y si Julio lo
planeó todo? ¿Y si se trataba de una venganza hacia mí,
porque había descubierto mis planes y se propuso
torturarme?
Yo fui quien insistió en que Flor tenía que casarse con el
hijo de Vargas. Tenía en mente mejorar los acuerdos con
ellos, ya que íbamos a ser familia; en cuanto matara a mi
marido y me quedara con la SM-666, renegociaría y todo
quedaría en casa.
Mi marido no era tan crédulo como yo pensaba, si había
descubierto lo de las pastillas, quizá también supiera lo de
mi lío con Miguel, que le di la vuelta y estaba vendiendo los
pollitos a sus clientes.
—Señora, ¿está bien? —me preguntó una enfermera de
emergencias. Estaba sentada en una silla moviendo el pie
descontrolada fruto de los nervios.
—¡¿A ti te parece que puedo estarlo?! ¡Mis hermanas y
mi madre han muerto delante de mí! —proclamé irritada.
—Lo lamento mucho, sé que debe haber sido muy
traumático. Me gustaría poder darle algo más fuerte, pero
en su estado de gestación no puedo.
—Me da lo mismo, ¡nada va a devolverme a mi familia!
—espeté. Ella apretó los labios.
—¡Tengo que pasar, mi mujer está ahí dentro! —Levanté
la mirada y vi a Julio en el umbral de la puerta, lo retenían
un par de agentes.
Cambié la expresión de mi rostro, el cual pasó de la
molestia a la desesperación. Me levanté tambaleante y fui
corriendo hasta él para hundirme en sus brazos. Olía a
sudor y a bar, ¿dónde habría estado?
—¿Qué ocurrió? —cuestionó. Yo gimoteé mientras él me
besaba en lo alto de la cabeza.
—Todo apunta a un envenenamiento, la policía tiene
retenido a todo el personal que se ocupaba de la boda.
¡Están todos muertos, Julio, todos! ¿Quién ha podido hacer
esto? —pregunté contra su pecho, buscando la verdad en el
latido de su corazón.
—No lo sé, la familia de los Vargas tenía multitud de
enemigos, quizá no fueron a por nosotros, sino a por ellos.
Sea como sea, te prometo que lo averiguaré y que el
responsable pagará.
—¿Señor Valdés? —preguntó una voz femenina y
autoritaria.
Nos giramos hacia ella. Era una mujer de mediana edad,
con el pelo recogido en una cola baja bastante pulcra,
morena y cara de pocos amigos.
—Soy la inspectora Sepúlveda, de homicidios.
—Inspectora —la saludó mi marido. Ella nos contempló
con rictus serio.
—Me gustaría ofrecerles mis condolencias y hacerles
unas preguntas, ya que son los únicos supervivientes.
Apenas serán unos minutos. —Julio asintió. No era buena
idea poner trabas a los azules, mi marido lo sabía, lo mejor
cuando se trataba con ellos era mostrarse colaborativo—.
Me dijeron que abandonó la boda antes del brindis. —Noté
un leve apretón en mi cuerpo, seguro que pensaba que
había sido yo quien se lo había contado.
—Así es, tenía unos asuntos que resolver.
—¿Dónde estuvo? —Julio alzó las cejas.
—¿Qué ocurre? ¿Ahora soy sospechoso?
—Solo hago mi trabajo, señor Valdés. ¿Dónde estuvo? —
repitió.
—En un bar, tomando una copa, las celebraciones
multitudinarias no son lo mío.
—Entonces, ¿su asunto a resolver era irse porque no le
gustan las bodas?
—También tenía que hablar con alguien.
—¿Y ese alguien puede corroborar sus palabras?
—Por supuesto.
—Bien, necesitaremos los datos de la persona con la que
se reunió y el lugar. —Mi marido le dio el nombre del bar, la
dirección y reconocí el nombre del tipo con el que se
acostaba Lion. ¿Eso era lo que había hecho mi marido? ¿Ir a
la caza del putito de su león? Cada día me daba más asco—.
Antes de marcharse, ¿dónde estuvo?
—Cenando con mi mujer. ¿Qué tipo de pregunta es esa,
inspectora? La fallecida era mi cuñada, ¿está sugiriendo que
yo pude envenenar a toda esta gente? ¿Con qué objetivo?
—Yo no lo sé y tampoco sugiero nada, me limito a hacer
mi trabajo —respondió suspicaz.
—Pues si hace su trabajo, busque en otra parte, ¿de
verdad piensa que nosotros hemos tenido algo que ver? —
acababa de añadirme en el saco, ¿tendría poca vergüenza?
—Como le he dicho, solo hago mi trabajo, yo no pienso
nada, no se trata de algo personal, señor Valdés, me limito a
hacer las preguntas de rigor para esclarecer los hechos. Se
va a interrogar a todo el personal, y tenga en cuenta que, si
hubiera más supervivientes, los sometería a las mismas
preguntas.
—Di-disculpe a mi marido, inspectora, estamos muy
nerviosos con lo acontecido. Si yo no estuviera embarazada,
también habría bebido, y ahora mismo… —fingí un
gemidito.
Julio acarició mi tripa con suavidad.
—Entonces debe darle las gracias a su ángel de la
guarda —señaló ella—. Su hijo le ha salvado la vida, señora
Valdés, antes incluso de que usted se la haya dado a él. Es
una bendición, los niños siempre lo son.
Pensé en las palabras de la inspectora, hasta entonces
solo había tildado mi embarazo de molestia, pero quizá esa
mujer tuviera razón y hubiera sido una bendición.
—¿Podemos irnos? —preguntó mi marido—. En el estado
de mi mujer, es mejor que descanse, lo que ha pasado ha
sido demoledor y tengo que ocuparme de muchas cosas
ahora mismo.
—Por supuesto, aunque mañana nos pasaremos por su
domicilio para tomarles declaración, si no les importa.
—Para nada, colaboraremos todo lo posible para que el
culpable pague por lo que ha hecho. ¿Saben de lo que han
muerto?
—Eso lo dictaminará la autopsia, pero como ha dicho su
mujer, lo más probable es que haya sido un
envenenamiento, tendremos que ver de qué sustancia se
trata para que haya sido tan fulminante. Antes de que se
vayan… ¿Tienen idea de quién puede estar detrás? Por el
tipo de asesinato y mi dilatada experiencia, diría que todo
apunta a un ajuste de cuentas, aunque no puedo
asegurarlo.
—No tenemos ni idea, inspectora Sepúlveda, apenas
conocíamos a la familia del novio, vivían en México y se
trasladaron a Nueva York para la boda.
—¿Y pueden decirme a qué se dedicaban?
—El marido de mi hermana gestionaba parte de la
empresa de su padre, que se dedicaba al transporte de
mercancías, importaban metales y no sé cuantas más cosas
desde México —respondí imprecisa.
—Comprendo, no les entretengo más por esta noche,
muchas gracias por su colaboración, y vuelvan a recibir mis
condolencias —murmuró, cerrando el bloc de notas en el
que apuntó nuestras respuestas—. Nos pondremos a
trabajar de inmediato para atrapar al culpable y que reciba
la condena que merece. No obstante, si se ha tratado de un
ajuste de cuentas hacia la familia Vargas por parte de un
sicario, cabría la posibilidad de que esa persona ya esté
muy lejos en este instante, por eso es tan importante que
me faciliten toda la información que puedan por
insignificante que les parezca. —Su mirada escrutadora fue
de mí a mi marido.
—Descuide, inspectora —respondí escueta.
—Así lo haremos, buenas noches. —Julio me aferró al
lateral de su cuerpo y nos marchamos.
CAPÍTULO 72

Leo

Tenía los ojos cerrados mientras el bebé dormitaba sobre


mi pecho, el traqueteo del tren ofrecía un arrullo
inconstante, ya que la velocidad no era uniforme debido a
los distintos tramos.
Sonreí al escuchar el rasgar de las cuerdas de una
guitarra solitaria, el sonido de una joven voz trataba de
aligerar el horror de la travesía. No era fácil dar aliento a la
carga de desesperación que fluía en la marea humana que
cubría cada vagón.
Muchas de aquellas personas llevaban días aguardando a
que arrancara el tren. Nunca se sabía cuándo se iniciaba el
viaje. Debíamos rondar los mil o incluso los mil quinientos
pasajeros que se aferraban a la esperanza de un viaje
desgarrador.
Nosotros sabíamos con exactitud cuándo partiría aquel
amasijo de provisiones, mercancías e ilegales, gracias a que
quien tenía la concesión de La Bestia era el suegro de Flor,
la hermana de Anita.

Viento del sur,


chirrían los frenos.
Con su carga,
de rostros morenos.
Sobre el vagón,
el corazón.
Y sobre el lomo,
todo el deseo.

Canturreaba la voz que me hizo suspirar.


Estaba anocheciendo, por lo que el calor extenuante
había dado paso al frío desconsolado. Muchos de los
cuerpos estaban cubiertos por varias mantas, en nuestro
caso, no teníamos más que el mísero contenido de las
mochilas, por lo que les dije a los niños que se amontonaran
para ayudar a darse calor entre ellos. Era la mejor manera
de pasar la noche sin tener frío, hasta el amanecer no
llegaríamos a Piedras Negras.
Era el momento más peligroso, sobre todo, porque el tren
estaba colapsado, y si alguien pretendía subir, solo podría
hacerlo bajando a quienes ya se montaron antes.
—Tengo pis —anunció una vocecilla, tirándome de la
manga.
—Ximena, te dije que no molestaras al señor Lion; si
tienes pis, te lo haces encima, que ya os avisamos que no
podríais ir después de la última parada.
—No quiero hacérmelo encima, estaré mojada y oleré
mal —protestó la pequeña, que era la rubia de la sesión de
fotos.
—¡Ya hueles mal, todos lo hacemos! —le dijo Julia,
arrugando la nariz, era de las mayores, me recordaba
muchísimo a Magaly, aunque su vida había sido más dura,
con diferencia.
—¿No tenemos una de las botellas que esté vacía? Podría
hacerlo dentro de una —sugerí.
Era importante no perder los huecos, cuando bajamos en
las paradas, lo hicimos por turnos y con muchísima cautela,
sobre todo, para que el tren no arrancara sin nosotros.
—¡No puedo hacer pis en una botella! —gimoteó.
—Sí puedes, voy a buscar una —se ofreció Julia, mientras
yo aspiraba el aroma a bebé que desprendía la cabecita
castaña que dormitaba sobre mi pecho. Daisy solía hacer lo
mismo, le encantaba que la acurrucara así.
La música se paró de manera abrupta, se escuchó un
grito y muchas voces empezaron a vociferar exigiendo que
el tren se detuviera. La gente aporreaba los vagones
causando un fuerte estruendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ximena asustada. Julia regresó
con la botella vacía y la apretó contra su cuerpo, el resto de
pequeños que viajaban con nosotros miraban hacia fuera
asustados, perdidos en los gritos agónicos que se alejaban.
No era buena señal. Alguien había caído y estábamos
pasando por una zona totalmente inhóspita.
—¡Pare! ¡Pare! —chillaban—. ¡Ayúdenlo! ¡Solo tiene
quince años! —Las tripas se me encogieron. «Quince años»,
me dije. No debía moverme, mi misión era otra, no cometer
estupideces. En la posición que estaba, no podía tocar la
manzana.
Quizá por eso me puse en pie, le tendí el bebé a Julia, le
pedí que ocupara mi sitio y que lo sujetara.
—¿Qué va a hacer?
—No lo sé —murmuré—. Te dejo al mando.
No mentía, no estaba muy seguro de lo que pretendía.
Asomé la cabeza por el cilindro y vi varios hombres
descolgándose entre los vagones para forzar la detención.
Ya había viajado en el tren del horror, sabía lo que
intentaban. La única manera para que aquel demonio de
metal parara era soltar uno de los vagones. La Bestia nunca
seguía sin su carga.
—Amigo, ¡échenos una mano! —aulló uno de los
hombres que estaba intentando el desenganche.
Quizá debería haberme movido, quizá lo mejor hubiera
sido regresar a mi lugar, no involucrarme, pero lo hice.
Salí de la protección que me confería el tubo, poniendo
en peligro mi integridad, mientras caminaba por el estrecho
espacio que me llevaría a la parte del vagón en la que me
requerían. El aire azotaba mi cuerpo con fuerza, corría el
riesgo de perder el equilibrio y ser pasto de las ruedas.
—Apúrese, rápido, cuanto más nos alejemos, es peor.
Me desplacé todo lo deprisa que pude hasta el punto que
el hombre me señalaba.
—A la de tres, jale con todas sus fuerzas, nosotros
también lo haremos. Una, dos y tres.
Los anclajes protestaron, eran viejos y estaban oxidados,
no sabía qué esperaba, pero desde luego que no la sacudida
que me llevé. Mi cuerpo se desplazó y cayó sin remedio a la
vía.
Impacté con fuerza contra el suelo y me di un buen golpe
en la cabeza contra el hierro. Noté la quemazón del metal y
me aparté rápido. Tuve suerte de que acabáramos de
desenganchar y que mi parte no fuera la que seguía en
marcha, sino uno de los últimos vagones de carga, o ya
estaría muerto.
Se escuchó el chirrido desgañitado de La Bestia al
detenerse. Varios hombres bajaron, uno de ellos era el
mexicano que me espoleó a que los ayudara. Se detuvo a
mi lado para preguntarme si estaba bien. En cuanto se
aseguró que así era, siguió corriendo junto a los demás para
socorrer al muchacho.
Regresé con los pollitos algo dolorido y mareado, no
podía arriesgarme a abandonarlos.
Lo que había hecho era una temeridad, podría haber
muerto y el desenganche nos había retrasado. Busqué el
móvil desechable que mi tío me dio para comunicarme con
él, tenía que explicarle que el tren había sufrido un
percance y que nos retrasaríamos. Tecleé el mensaje y le di
a enviar.
Contestó a los pocos segundos, quería saber en qué
lugar nos habíamos detenido, y como no estaba seguro, le
mandé la ubicación, dijo que así podría calcular lo que nos
quedaba para llegar a los túneles.

¿Cómo está la carga?

Completa, conseguimos un

buen sitio, en los últimos vagones.

Dentro de unos cilindros

que nos dan cobijo.

Pues que siga así,

avísame cuando reemprendais

la marcha.

Descuida. Buensa noches.


Escuché pasos acelerados. Los otros niños que viajaban
en nuestro cilindro estaban nerviosos. Los tranquilicé
diciéndoles que todo estaba bien, que intentaran cerrar los
ojos. Julia me tendió una botella de agua.
—Está sangrando, debe limpiarse la herida. —Me llevé la
mano hacia el lugar que indicaba, tenía razón, la piel se me
había abierto y sangraba.
—No pasa nada. Guarda el agua para los niños, es más
importante que no os deshidratéis.
—Pero se podría infectar, hay que lavarla.
—He dicho que la guardes, hazme caso. —Estaba
acostumbrada a obedecer, así que no rechistó.
Salí fuera para ver cómo les iba a los demás chicos que
ocupaban los otros tubos de metal, todos parecían estar
bien.
Se oyeron gritos en las vías. Me asomé por la barandilla y
vi a los hombres del vagón de al lado cargando con el chico.
Habían improvisado un torniquete que estaba empapado en
sangre. Le faltaba el pie izquierdo. La Bestia ya se había
cobrado una nueva víctima. Estaba desmayado.
—Necesitamos ponerlo en alguna parte —espetó uno de
los hombres—. En lo alto no es seguro.
Lo que iba a decir era otra temeridad, mi colgante no
parecía estar en plenas facultades, pero no podía dejar al
chico en el tejado, necesitaba refugiarse para poder tener
una oportunidad, después de toda la sangre que había
perdido.
—Súbanlo aquí —grité, señalando mi refugio.
Era consciente de que no cabíamos, uno más suponía
unos metros menos, así que tendría que ocupar el lugar del
chico y vigilar a los pollitos desde lo alto. Les daría
instrucciones a los mayores, el tramo que quedaba podrían
pasarlo durmiendo, no debería haber mayor problema.
—Dios se lo pague, señor —masculló el mexicano
agradecido. Lo subieron con cuidado entre tres—. Es mi hijo,
se llama Sebastián, estaba tocando la guitarra, le dije que
no era buena idea, pero él insistió, le dio una rama y nada
pudimos hacer.
Miró al interior de mi improvisado refugio. No dijo nada.
Los que viajábamos en el tren sabíamos que no todos los
pasajeros iban en busca del sueño prometido, para muchos
era un negocio; maras, guerrilleros, enviados de los
cárteles…
Los demás volvieron a sus lugares temerosos de que la
parada forzosa atrajera a los ilegales que esperaban el paso
del tren para encaramarse y lograr un hueco entre el
amasijo de humanidad.
Era un momento peligroso, no podía despistarme.
Ximena pudo hacer pis, me aseguré de que todos
bebieran y comieran algo.
Llevábamos más de media hora parados y el dolor de
cabeza me estaba matando. No me quejé. Estaba fuera,
entre los tubos, apoyé la frente contra una de las barras de
metal que ejercían de barandilla y respiré hondo, buscando
calmar el desasosiego que sentía.
Los maquinistas y algunos de los hombres que
participaron en el desenganche colaboraban para
reemprender el viaje cuanto antes.
Hacía mucho que no veía un coche de policía, tampoco
es que fueran a intervenir, de todos era sabido lo que
ocurría sin que nadie hiciera nada.
Se oyó una bronca en la parte superior del vagón vecino,
era un hombre que buscaba usurpar uno de los espacios de
los que estaban abajo. No lo iba a tener tan fácil, porque las
setenta u ochenta personas que ocupaban el tejado
llevaban haciendo piña todo el viaje.
Un sonido sordo, contra la grava, anunció una nueva
caída, se desató la algarabía, debía tratarse del hombre que
quiso colarse. Tuvo suerte de que no estuviéramos en
marcha.
Estaba cansado, agobiado y necesitaba más que nunca
escuchar la voz de mis hijas, asegurarme de que estuvieran
bien, viajar con aquellos niños removía demasiados
sentimientos en mí. No podía llamarlas sin ponerlas en
peligro, así que me aguanté las ganas.
—Pero ¿qué tenemos aquí? Si es una piara de chanchitos.
Un vozarrón hosco de acento mexicano me puso en
guardia.
Tres tipos se habían acercado a los cilindros y uno de
ellos empezaba a encaramarse por el extremo más alejado.
—Eh, amigo, aquí no hay sitio para ti —mascullé
amenazante.
—¿Y eso quién lo dice? —rio el tipo que trepaba con una
botella de tequila en la mano. No llevaba mochila. Tampoco
los otros dos.
Mierda, ¡esos no eran ilegales, sino problemas!
Palpé la parte de atrás de mi cinturón, allí debería estar
la pistola que me dio tío José, solo quedaba vacío y piel
sudada. Acababa de darme cuenta de que no estaba.
¿La habría perdido en la caída? ¿Estaría en el lugar que
ahora ocupaba Sebastián?
—Ey, Diego, aquí hay un montón de cositas ricas, sube,
que lo vamos a pasar bien.
Me acerqué deprisa al tipo de pelo largo y bigote, que ya
estaba arriba.
—No te lo voy a repetir, bájate de aquí o tendrás
problemas —gruñí.
Dejó ir una carcajada hosca.
—¿Contigo? No nos hagas reír. Eres uno y nosotros tres,
queremos tu carga y la vamos a tener, ¿verdad que sí? —
preguntó. Los otros tipos estaban peligrosamente cerca.
—No me toquéis los huevos, soy un seisero —proferí,
como si gritarlo pudiera detenerlos.
—Y a nosotros, ¿qué?—se carcajeó el tal Diego.
—¡Enganchado! —gritó una voz a mi derecha.
Los hombres empezaron a subir al vagón contiguo. Los
conductores se alejaban y yo debería estar subiendo al igual
que los demás, pero no podía. La noche se había cerrado
como si alguien hubiera apretado el botón de modo
nocturno.
—Ven aquí, cosita linda —dijo el melenudo, agarrando a
una de las niñas por la muñeca.
¡Joder!
Los otros todavía no habían subido, así que, como me
enseñaron Ray y Jennings, fui al por el que me quedaba más
cerca y busqué cualquier elemento que pudiera servirme
como arma.
Me abalancé sobre él, golpeé uno de sus riñones con un
gancho contundente que le hizo soltar la botella de tequila.
La agarré al vuelo para estamparla contra el lateral de su
cabeza.
—¡Ven acá, malnacido! —rugió una voz demasiado cerca
de mi nuca. El pulso se me aceleró. El de la melena no había
soltado a la pequeña que gritaba, estampé la botella contra
el cilindro, mientras él la agarraba para arrojarla al vacío
como represalia.
Noté unas manos agarrándome por detrás. Me dio igual,
llevé el cuello de la botella roto hacia delante e hice lo que
nunca creí posible, se lo clavé en el lateral del suyo y
arrastré.
Lo hice porque en sus brazos no estaba una de esas
pequeñas que yo llevaba para ser vendidas, sino mi hija. Tal
y como me aconsejó Ray, pensé en que era Elena y afloró
en mí todo el instinto que necesitaba para sesgar una vida.
La pequeña gritó al verse cayendo contra el suelo, y yo
me vi volando fuera del vagón.
Me lanzaron por encima de la barandilla y mi cuerpo
impactó de nuevo contra el suelo. Diego la saltó para
patearme las costillas.
—Maldito cabrón, ¡voy a matarte! —vociferó.
Intenté agarrarlo del bajo del pantalón. No tuve suerte.
Me llevé otra patada en el esternón que me hizo vaciar los
pulmones de aire.
—¡Dale, Diego! —lo jaleaba su secuaz desde arriba.
—¡Ayúdenle! —Escuché gritar a Julia, supuse que se lo
pedía a los hombres de arriba porque se me nubló la vista—.
¡Él los ayudó!
—¡Cállate, perra! —Se escuchó el sonido de una bofetada
—. Ese tipo iba a venderte. ¡Ese tipo iba a vender a todos
esos chamacos a los pinches americanos! ¡Es un sucio
coyote! —gritó para que todos lo escucharan.
El tren pitó anunciando su partida. No podía perderlo.
¡Mis hijas! ¡Ray! Saqué fuerzas de flaqueza de la
desesperación que sentía, intenté arrastrarme hacia delante
agarrando un puñado de tierra en el camino.
—La Bestia pide que acabe contigo y toca contentarla —
susurró Diego, agarrándome del pelo para tirar de él.
Amartilló su arma, me dio la vuelta y me hizo girar sobre mí
mismo, para encajarla en mi boca—. No te lo tomes como
algo personal, cabrón, yo solo soy el mensajero, y ahí va el
mensaje —se aclaró la voz—. Recuerdos de Anita y de tu tío
José, pinche puto. Os veréis en el infierno, león.
Pum.
CAPÍTULO 73

Ray

—¿Todo bien? —me preguntó Raven justo antes de


conocer la sentencia.
Llevábamos un par de días de juicio y parecía que por fin
el jurado ya había tomado una decisión.
Me masajeé las sienes.
—Sí, es solo que me ha entrado un dolor muy fuerte de
cabeza, como si alguien me hubiera volado la tapa de los
sesos.
—Si alguien te la hubiese volado, no sentirías nada.
—Puede que tengas razón —mascullé.
En el banquillo de los acusados estaban todos los
implicados en el caso de Charlotte. Dakota tenía los ojos
llorosos y estaba flanqueada por mi mejor amigo, su madre
y Tony. Justo delante, teníamos al señor, la señora Thomas y
su otra hija.
Saqué el móvil y miré el programa del geolocalizador
para determinar la posición de Leo. Estaba en un punto de
la ruta de La Bestia, en San Luís de Potosí. Lo que
significaba que, seguramente, optarían por entrar por la
zona de Laredo si iban directos, o la de Reynosa si
cambiaban de tren.
—¿Has visto esto? —Raven me mostró su móvil, en él
aparecía la noticia de una boda en la que habían fallecido
prácticamente todos los asistentes excepto dos. No se
daban muchos datos porque la investigación estaba bajo
secreto de sumario.
—Esto sí que es una boda que te mueres —reí por lo
bajo.
—No seas macabro —me riñó.
—Pone que los asistentes eran mexicanos y
salvadoreños, esto huele a ajuste de cuentas o guerra entre
pandilleros.
—Es posible. ¿Qué más dice?
—No mucho.
—¿No pone quién se casaba?
—Salen las iniciales, ¿por qué? ¿Estabas invitado?
—Lo dudo, ¿qué iniciales son? —Raven iba a leérmelas
cuando entró de nuevo el juez para leer la sentencia, así
que calló y todos nos pusimos en pie para recibirlo.

Media hora más tarde, estábamos comiendo en Chinatown,


en un restaurante bastante cercano a los juzgados que nos
habían recomendado por lo ricos que estaban los
dumplings.
Teníamos que celebrar de algún modo que las condenas
que el juez Meyers había impuesto estaban a la altura de las
atrocidades cometidas.
Bruce no iba a escapar de la cárcel, y eso lo colocaba en
el lugar exacto donde yo lo quería. En unos días, podría
completar la venganza que llevaba fraguando durante años,
y ya podía saborearla, mi madre se sentiría orgullosa.
Contemplé a las dos parejas que compartían mesa
conmigo. Raven no dejaba de cuchichearle cosas al oído a
Dakota, y esta sonreía con suavidad jugueteando con los
palillos.
Tony tenía una capa de sudor perlando su frente y la
mirada encendida. La mano de Samantha no estaba encima
de la mesa, por lo que si mi imaginación sucia no fallaba,
estaba dándole caza al atún rojo.
Ojalá Leo y las niñas hubieran estado con nosotros, me
hubiese encantado hacerle la competencia a Sam y ver cuál
de los dos era capaz de llevar a nuestras parejas al orgasmo
más rápido, una competición así, bajo el mantel, me parecía
lo más.
Saqué el móvil para no interrumpir a las dos parejas, el
postre estaba al caer y yo me moría de curiosidad por
obtener más datos sobre la noticia que Raven me había
mostrado en el juzgado. A veces se filtraba información en
algunos medios digitales, solo hacía falta saber buscar.
No llegué a entrar en Google porque el chivato de
WhatsApp me avisó de que tenía un mensaje de la agente
Álamo. Era un vídeo de las niñas en el que me contaban que
estaban bien y nos echaban mucho de menos, tanto a su
padre como a mí. Daisy no dejaba de interrumpir a Elena
con sus grititos de papi y papa Dave. Magaly tenía
expresión de cabreo, según Álamo, era la que más acusaba
el encierro y la había pillado intentando hacerse con su
teléfono. Supuse que su necesidad de hablar con Nelson
tuvo algo que ver. Seguía sin su móvil, tenerlo era un riesgo
que debíamos evitar.
—¿Y sabes qué? Ayer terminamos el libro de Bethany en
la escuela, el siguiente es Bethany va al culista —Elena se
echó a reír como una loca—. ¿Te imaginas? ¡Bethany irá a
un médico de culos! —Magaly hizo rodar los ojos. Daisy se
puso a decir culo y Álamo se carcajeaba por lo bajo, en plan
peli muda, para no interrumpir a la niña.
—Culista no, te has comido la o —la corrigió Maggie.
—No se dice culoista, es culista —reiteró.
—Oculista, zoquete, no mira culos, sino ojos.
—¿Y para qué iba a querer Bethany que un médico le
mirara los ojos? —Arrugó la frente Elena.
—Pues para ver si necesitaba gafas, ¿para qué iba a
querer mirarle el culo?
—¡Por si le apestaban tanto las cacas como a Daisy! Yo
creo que sufre de peste aguda.
Fue inevitable que me echara a reír y que el corazón me
doliera de tanto amor. Si algo no le faltaba a Ellie era
imaginación.
Álamo las instó a despedirse y mandarme un beso.
Les dijimos a las niñas que su padre tenía que ir a
Soyapango por unos asuntos familiares y que yo tenía esa
semana mucho lío, que no podían quedarse solas en mi piso
y que, por ende, pasarían la semana con una amiga mía
muy divertida. Que estudiarían online y no se perderían
nada del curso. Que Álamo tuviera un perro llamado Sparky
ayudó, era de la unidad, lo usábamos en las misiones, por lo
que estaba sobradamente entrenado para ser un buen
animal y sabía hacer un montón de trucos.
Había bastante ruido, así que fui al baño para grabar un
mensaje de vuelta en el que les decía lo mucho que las
quería, cuánto las extrañaba y que su padre no podía
llamarlas porque hacerlo desde El Salvador era muy caro,
además de que la conexión era muy mala.
Odiaba mentirles, pero, por el momento, tendría que ser
así por su seguridad.
—¿Dave? —me giré en redondo y parpadeé varias veces
incrédulo al toparme con Elon, vestía una chaquetilla blanca
y un delantal negro.
—¿Qué haces aquí?
—Curro aquí. —Tenía sentido, bueno, no que trabajara en
un restaurante chino, lo hacía más en una pastelería
gourmet, pero vamos, que le pegaba.
—¡No fastidies! ¿Les haces los postres? —Él se rascó la
nuca.
—Más bien me ocupo de que los platos en los que
lleguen estén limpios —arrugué el ceño.
—¿Y eso por qué? Haces unos dulces que flipas.
—Soy negro.
—Y ellos chinos. ¡No me jodas que son racistas! —Elon
rio.
—Tradicionales. Su restaurante, sus cocineros, sus
postres.
—Y, entonces, ¿por qué curras aquí? Habría muchos
lugares en los que se te rifarían, yo conozco más de uno.
En su mirada brilló algo indescifrable, fue un pequeño
instante, pero estaba allí. Reconocía el resplandor de los
secretos en cuanto se me presentaban. Desvió los ojos
huidizo.
—Me pilla cerca de casa, solo es por eso, bueno, y
porque necesito la pasta. ¿Y tú?
Vale, no me lo quería decir, captaba la indirecta.
—He venido con Raven, su chica y unos amigos. Nos
dijeron que se comía bien y decidimos probar. Lo cierto es
que los dumplings y el pato laqueado son una puta pasada.
—Ya… Bueno, no están mal.
—¿No te gustan? Pues tu jefe tiene un imperio, dicen que
es el Elon Musk de Chinatown, casi todos los restaurantes
son suyos.
—Lo sé. Oye, ha sido un placer verte, pero tengo que
volver a la cocina, intentaré que sean generosos con los
postres, aunque soy el último mono del garito y no es que
me hagan mucho caso. ¿Nos vemos esta noche en el club?
—Sí, por cierto, menuda tajada pilló Janelle, ¿llegó bien a
casa, o la dejaste durmiendo en el portal?
—Digamos que ni una cosa ni la otra —bajó el tono de
voz—. Los dos íbamos muy achispados, bueno, ella más que
yo. Se pasó todo el camino lanzándome pullas, tonteando y,
en cuanto aparqué y fui a despedirme, su lengua terminó
enterrada en mi boca.
—¡No jodas!
—Nos enrollamos, esa Minion pelirroja es de lo más
persuasiva. Además, que besa de la hostia. La cosa se
calentó, quiso hacerme una mamada, y Marlon nos pilló.
—¡Joder!
—Fue de lo más aparatoso, se puso a golpear la
carrocería de mi cuatro latas y ella me vomitó encima.
—¡Hostia puta!
Me eché a reír imaginando la estampa.
—¡No te rías, cabrón!
—¿Te vomitó en plena garganta profunda? ¿Sabes que
hay miles de vídeos de esos en las páginas porno?, hay
peña que le mola la vomitona.
—Pues a mí no y, en realidad, ni siquiera me había
sacado la chorra. El vaquero y la tapicería de mi coche
terminaron cubiertos por su cena, mi postre y las cervezas.
—¡Menuda estampa! Bueno, por lo menos sigues vivo,
¿vas a empezar a salir con ella?
—¡Qué va! Fue un puto error fruto de nuestras malas
cabezas. Janelle es muy guapa y está como una cabra, pero
no es mi tipo, nos liamos por la gilipollez del momento y el
alcohol.
—Pues me extraña que Marlon no te arrancara la cabeza.
—Tentado estuvo, dudo que vuelva a hablarme, menudo
capullo estoy hecho.
—Todos cometemos errores.
Un chino con malas pulgas abrió la puerta del baño y se
puso a increpar a Elon en su idioma. Mi compañero del SKS
hizo una mueca de disculpa, abochornado, y salió corriendo
sin poder despedirse en condiciones. ¡Pobrecillo!
Regresé a la mesa y me senté de nuevo junto a Raven.
—¿Ese era Gula? —preguntó, señalando hacia la puerta
por donde salían los camareros—. Me ha parecido verlo
entrar en la cocina.
—Sí, trabaja aquí de friegaplatos, dice que le pilla cerca
de casa.
—¿Y por qué no hace los postres?
—Juraría que su jefe es un pelín demasiado asiático, por
no decir racista.
Mi mejor amigo resopló.
—Lo que es es un gilipollas si no se da cuenta de la joya
que tiene en su cocina.
—Totalmente de acuerdo —choqué el puño con el suyo.
Llegaron los postres.
Sam había pedido helado frito chino, que era una bola de
helado congelada rebozada en galleta triturada. Estaba
acompañada por canela, azúcar glass y miel.
Dakota optó por barbas de dragón, algo parecido al
algodón de azúcar que comen los niños en la feria. Raven,
Tony y yo preferimos cafés y aceptamos una ronda de licor
de flores para todos.
Cuando Sam hundió la cuchara y se la llevó a la boca,
puso una cara extraña.
—¿No está bueno? —pregunté.
Ella negó, movió la lengua y escupió algo en la palma de
su mano.
—¡¿Eso es un anillo?! —pregunté alucinado.
Todos miramos el hallazgo. Tony estaba impávido y
seguía sudando.
Pasamos de observar la pieza para contemplarlo a él.
—¡¿Vas a pedirle que se case contigo, Robbins?! —
prorrumpió Raven sagaz.
—¡No puede pedirme que me case con él, sigo casada
con Bruce! —se quejó Sam en un quejido ahogado—. Debe
tratarse de un error, se han confundido de mesa y el anillo
era para otra mujer.
—No se trata de ningún error, era para ti, y sí, quiero
casarme contigo. —Se hizo el silencio y la incomodidad
estaba presente en el rostro de Tony—. No sabía cómo
pedírtelo, ya sabes que no soy nada romántico y, bueno,
creí que era una buena opción.
Dakota se puso a reír, Raven y yo nos sumamos sin
poder evitarlo, mientras que Samantha se ponía del color de
las guindillas a juego con Tony, que no sabía dónde meterse.
—La he cagado, estas cosas no se me dan bien. —A Sam
se le relajó la expresión y le acarició el rostro.
—No es eso, es que es inesperado, sabes que sigo
asumiendo que alguien como tú pueda quererme y…
¡Diablos! ¡Sigo casada!
—Pero vas a divorciarte, ¿no? —preguntó—. Te casaste
con Wright por lo que todos sabemos, ahora ya nada te ata
a él.
—Oh, mamá, por favor, ¡dile que sí! —imploró Dakota.
—Pero ¡si no le ha hecho la pregunta! —protestó Raven,
metiendo el dedo en la llaga. Tony lo fulminó con la mirada.
—Hinca la rodilla, Robbins, y haz las cosas bien —me
carcajeé—. Tu chica lo merece y tienes que dejarle claro que
vas en serio.
—No hace falta que lo hagas —masculló Sam
avergonzada.
—Sí hace falta —claudicó él, arrebatándole la joya para
apartar la silla y hacer la petición con toda la formalidad
que requería.
Dakota sacó el móvil y se puso a grabar la escena.
—Samantha Wright, aunque por poco tiempo, ¿me harías
el inmenso honor de pedir el divorcio y convertirte en mi
mujer para que pueda hacerte feliz el resto de nuestras
vidas?
Sam se mordió el labio inferior, los demás comensales
miraban a la pareja conteniendo la emoción y la ternura.
—Mamá —la espoleó Dakota—, ¡responde! Dile que sí.
Sam se había mostrado reticente a querer formalizar su
relación con Tony debido a su diferencia de edad, no
obstante, en los últimos días no se habían separado ni un
instante y ya llevaban el suficiente tiempo juntos como para
saber que lo suyo era real e iba muy en serio.
—¡Sí! ¡Quiero divorciarme y ser tu mujer para siempre!
El semblante de Tony se llenó de alivio y emoción. El
restaurante se vino abajo por los aplausos. Tony le puso la
sencilla alianza en el dedo, levantó a Samantha y la besó
apasionadamente, para alegría de los presentes.
Ojalá yo pudiera hacer algo así con Leo, algún día,
cuando volviera y se diera cuenta de que nos merecíamos el
uno al otro.
Suspiré de felicidad y me recliné hacia atrás en la silla
recreándome en la estampa.
Raven y Dakota también se besaban.
Mi móvil vibró, arrugué el ceño, por el nombre que
aparecía en la pantalla, era mi jefe. Descolgué.
—Buenas tardes, director Price, ¿ocurre algo?
—Lamento interrumpir su comida, Wright, pero tenemos
una emergencia.
—¿Qué emergencia? —Recuperé mi compostura.
—Es Torres, hemos perdido la señal GPS del localizador y
sus constantes vitales no aparecen.
—Eso es imposible. Quizá le haya entrado humedad al
colgante o puede que haya sufrido algún golpe inesperado y
se haya roto la manzana.
—Ojalá fuera así, pero todo apunta a lo peor, creo que
nuestro infiltrado podría estar muerto. —Dejé de respirar—.
¿Wright? ¿Sigue ahí?
—Ahora mismo voy, jefe.
CAPÍTULO 74

Leo

La sangre caliente salpicó mi rostro, al principio pensé que


era mía, pero no, pertenecía a Diego, alguien le había
disparado desde atrás volándole los sesos y
desparramándolos en mi cara.
El tren empezaba a moverse, su secuaz seguía subido,
mientras que yo estaba en el suelo, unos metros alejado y
con el cuerpo dolorido.
Me quité al muerto de encima empujándolo a un lado.
Como pude, me puse en pie, tambaleante. Parecía que me
estuvieran acuchillando cada maldito músculo. No podía
demorar más tiempo, ni siquiera para recuperar el aliento
perdido; si lo hacía, me arriesgaba a que La Bestia me
abandonara en mitad de la nada, sin comida, ni agua, ni
refugio.
—¡Rápido, corra, apúrese, carnal! —escuché la voz que
me gritaba desde lo alto del vagón.
Era el padre de Sebastián, en su mano estaba mi pistola,
debió cogerla cuando vino a ver cómo estaba, o quizá se la
encontró cuando fue a ocuparse del enganche del vagón. No
podía culparlo de hacerse con ella, cualquiera hubiera
hecho lo mismo. Además, gracias a su puntería, seguía vivo.
—¡No se mueva o le vuelo las tripas, perro! —amenazó al
único de los tres atacantes que seguía en pie y contemplaba
a las niñas.
El mexicano no dudó en meterse dentro del cilindro para
ocultarse. Me puse a correr lo más deprisa que pude dado el
estado de mi cuerpo.
—¡Apúrese! —me espoleó.
Tenía que hacerlo antes de que el tren ganara velocidad.
Aceleré el paso con una mueca de dolor, conseguí
agarrarme a una de las barandillas que sujetaban la carga y
me di impulso. En el ascenso, mi colgante, que se había
salido de la protección que le aseguraba la camiseta, se
enganchó, y al tirar para subir, noté cómo se desprendía de
mi cuello sin que pudiera hacer nada por recuperarlo, por
mucho que alargara el brazo. Lo vi caer y rodar bajo las
ruedas del tren, que lo aplastaron sin piedad.
Fue como si me arrancaran el pecho, porque parte de mi
corazón estaba en aquel regalo que me había hecho Ray.
Apreté los dientes y seguí, ya no podía hacer nada por la
manzana, pero sí por los niños que debía proteger.
El viento azotó mi cuerpo y las fuerzas me fallaron un
poco, se me resbalaron los dedos y casi seguí el mismo
destino que el colgante.
Remonté sudoroso, no iba a rendirme y no pensaba morir
así. Busqué anclar el pie y me esforcé por trepar de nuevo.
Oí gritos, pertenecientes a las niñas, creí reconocer a
Ximena en uno de ellos.
¡Mierda!
Un empujón más y me clavé el hierro en el punto más
doloroso, justo donde Diego me pateó el esternón. Me
quedé sin aire, tensé la mandíbula y no me di por vencido.
Por fin logré escurrirme al otro lado, me desplacé por la
estrechez intentando que los tubos no me aplastaran
cuando el tren cogía una curva. Al llegar al mío, me asomé y
vi al mexicano tratando de llevarse a uno de los bebés, el
que yo había estado custodiando. Ximena le agarraba una
pierna para que no avanzara; Julia se había subido a su
espalda, y Berto, uno de los niños de nueve años, lo
golpeaba intentando aportar.
—¡Apartad, malditos mocosos! —espetó.
No tuvo miramientos, le dio a Berto una coz que lo llevó
contra una de las paredes de metal.
—Patrón, ¡agarre y salve a los chamacos! —Era el padre
de Sebastián quien me ofrecía el arma, la necesitaba si
quería librarme de ese cabrón. Me acerqué un poco más a
él, extendí los brazos y este me la lanzó.
Ni siquiera sabía por qué me estaba ayudando después
de lo que Diego había contado a los cuatro vientos, que era
un coyote y me los llevaba para venderlos a los americanos,
no era momento de preguntárselo.
El tren traqueteó con fuerza y el aire la golpeó, noté
cómo se escurría de mis dedos, no podía perder eso
también. Logré asirla y por poco me caí a la vía en el
intento. Mi ritmo cardíaco se aceleró, la visión se me nubló
un poco por el sobreesfuerzo. Llevaba demasiados golpes
encima y había perdido sangre por la cabeza. Tampoco
ayudaba que hubiera dado casi toda mi comida a los
pequeños. Tenía que ser fuerte, no podía desfallecer, ya lo
haría después, cuando los pollitos estuvieran a salvo.
Gritos, llantos, regresé a la entrada del cilindro para
encontrarme a Julia inconsciente en el suelo, Ximena lloraba
a su lado y el bebé se desgañitaba.
—¡Cállate, estúpido! —lo sacudió el mexicano.
—¡Suéltalo! —vociferé—, si no lo haces, te mato.
El tipo se giró e interpuso el bebé como escudo.
—Si me matas a mí, lo matas a él, huevón. —No sabía
qué hacer—. Suelta el arma o lo tiro a las vías —amenazó.
No parecía que llevara arma alguna. Debieron pensar que
no les hacía falta.
—Si lo tiras, mueres. Si lo sueltas, te doy mi palabra de
que te dejaré saltar.
—¿Saltar? ¿Estás loco, pendejo? —Di un paso hacia él
porque lo vi dudar. «Los malos de verdad no dudan, son
fríos y calculadores. Fíjate en su lenguaje corporal, en lo que
te dice con sus movimientos», me explicó Ray—. ¡Ni un
paso más! —gritó nervioso.
—Tengo que entregar la carga completa, y si no lo hago…
—Chasqueé la lengua y le quité el seguro al arma para que
tuviera clara la amenaza. Lo vi estremecerse, sudaba
profusamente y su mirada era dubitativa—. Ya sabes cómo
funciona, me pedirán la cabeza de alguien, y no estoy
dispuesto a que sea la mía.
Sumé dos pasos más. Si el otro extremo no estuviera
abierto, tendría muy claro lo que tenía que hacer. El tipo
miró hacia atrás, tuve miedo de que cumpliera su amenaza
y tirara al bebé. Nos miramos unos segundos en los que
perdí diez años de vida, en un duelo de miradas en el que
puse en práctica lo aprendido.
La decisión estaba en su mano, solo esperaba que
escogiera bien para ambos. El viento ululó con fuerza y vi
volar el bebé hacia mí. Tuve que tirar el arma al suelo en
una fracción de segundo y rezar para que no se disparara
accidentalmente, mientras me impulsaba hacia delante
para impedir que el pequeño sufriera daño alguno.
Aquel cabronazo aprovechó para salir por el otro
extremo. Tenía que asegurarme de que abandonaba el tren
cagando leches. Llevé contra mi pecho al pequeño que no
dejaba de llorar y se lo acerqué a Julia, quien ya había
recuperado la consciencia. Le dejé el bebé entre los brazos
—¿Estás bien?
—Sí, tranquilo.
Fui a por el arma y no hizo falta que le dijera que iba a
por él. Salí fuera por el mismo lugar en que el mexicano
desapareció.
—Por allá —gritó el padre de Sebastián, señalando hacia
delante.
El maldito cabrón había cruzado el estrecho paso entre
los cilindros, apunté hacia delante, no obstante, no iba a
disparar a no ser que fuera estrictamente necesario. Se dio
la vuelta hacia mí. Me sonrió y le vi pegar algo en uno de los
tubos. ¿Qué diablos? Al ver el puntito rojo parpadeante, me
sentí James Bond en una de sus películas.
—Hasta nunca. —Se despidió el mexicano,
encaramándose a la barandilla. Fue a saltar mientras yo
corría intentando llegar a la bomba antes de que estallara.
El tren viró en plena curva al mismo tiempo que él saltaba.
La gruesa rama de un árbol, dañada por un temporal, le
atravesó el abdomen como si fuera una brocheta y lo dejó
suspendido en el aire.
Arranqué la bomba lapa sin pensarlo y la lancé lo más
lejos que fui capaz mientras saltaba en sentido opuesto y
gritaba en el interior de uno de los cilindros «¡cuerpo al
suelo!».
Crucé los dedos y recé para que no volcáramos.
La brutalidad de la explosión hizo temblar a La Bestia,
que no se resintió y siguió adelante. Había despertado a
algunos de los niños, que me contemplaban sin comprender
nada.
—Tranquilos, ya pasó —dije, acariciando algunas de las
cabezas morenas.
Fui a ver cómo se encontraban Julia, Ximena, Berto y el
bebé. Todos parecían estar bien. También me aseguré de
que Sebastián siguiera respirando. Y le pedí a Julia que fuera
dándole agua de mi botella y se asegurara de que seguía
con la pierna en alto y le fuera dando el aire. No es que
fuera un experto, pero siendo bombero, nos enseñaban a
atender algunas heridas.
Yo me cambiaría de vagón para ocupar el puesto del
muchacho.
—Intentad dormir, yo pasaré la noche ahí arriba y seguiré
velando por vosotros. ¿Vale?
—Usted no es como ellos —aseveró Julia, con su mirada
oscura penetrándome.
—¿Como quiénes?
—Como ninguno.
No podía revelarle mi misión, ni quién era ni lo que
pretendía, así que me limité a ofrecerle una sonrisa que
esperaba le transmitiera calma.
—Descansa, y cualquier cosa…
—Yo le aviso. —Asentí.
Estaba al límite, necesitaba tumbarme como fuera. Subí
al cilindro, y desde este, salté al vagón contiguo, donde el
padre de Sebastián me reservaba un espacio.
—Venga aquí, patrón —señaló el hueco, y yo caminé
renqueante hacia él. Hice una mueca al dejarme caer. Me
tendió una botella de tequila—. Órale, dele un trago, José
Cuervo lo cura todo, y usted lo necesita. Deje que le vea ese
golpe de la cabeza. No se me dan mal las heridas.
—Lo he visto, a su hijo le ha hecho un buen torniquete,
pero sabe que no va a aguantar más de dos horas así,
¿verdad?
—Lo sé, nuestro viaje termina en la próxima parada, no
va a poder ser esta vez.
Sacó algo de su mochila y me pidió que me diera la
vuelta. La sangre ya estaba seca, pero igualmente me
desinfectó la herida. Apreté los dientes, no me quejé.
Cuando terminó, busqué la postura menos dolorosa.
—Me llamo Javier —se presentó.
—Lionel.
—El gringo.
—A medias, mi madre era de El Salvador. —Él asintió—.
¿Por qué me ayudó?
—Usted ayudó a mi hijo.
—Pero ese tipo le dijo que yo era un coyote. —Sabía que
con ese término entendería lo que quería decirle.
—La vida me ha enseñado a no juzgar a las personas por
lo que dicen de ellas, sino por lo que hacen. Usted dice
poco, Lionel, pero hace mucho. —Le sonreí dando un trago a
la botella para calmar los dolores—. No seré yo quien le
juzgue, para eso está el Todopoderoso y la virgencita de
Guadalupe.
—Su hijo está estable, Julia lo está ayudando a
hidratarse, no obstante, deberán bajar e ir a un hospital lo
antes posible, este viaje es demasiado largo. —Él palmeó mi
brazo.
—¿Lo ve?, usted es buena gente. Que Dios y mi
virgencita lo protejan.
—Me va a hacer falta, perdí mi amuleto —dije, tocando el
lugar en el que hasta entonces había estado la manzana.
Uno de los muchos migrantes se puso a cantar Color
Esperanza, de Diego Torres, en versión balada. Dicen que la
música ejerce como un bálsamo, que conecta a la gente y,
en esa ocasión, fue así, cuando las voces se fueron
sumando hasta cantar al unísono la estrofa.
Como decía la canción, de eso iba ese viaje, de
esperanza y de pintar el futuro con el corazón.
Cuando llegamos a Ciudad Victoria, ayudé a Javier a
llevar a Sebastián hasta la estación.
Me ofreció una medallita de su preciada virgen.
—Se me cuida, ¿sí?
—Lo intentaré. Mucha suerte con su hijo.
—Igualmente con los chamaquitos.
Nos estrechamos la mano y salí corriendo para ocupar mi
lugar en el tubo. Ojalá tuvieran toda la suerte que
necesitaban.
Cuando alguien arriesgaba su vida montando el lomo del
diablo como transporte, no era por inconsciencia, sino
porque todo lo que dejaba atrás era mucho peor que
cualquier futuro que pudiera encontrar.
Todo aquel que subía a La Bestia lo hacía con la fe del
que prefiere morir intentándolo que dejarse morir por la
miseria o la violencia de su país.
Llegamos a Aguas Negras sin ningún altercado más, por
delante nos quedaba una travesía de varios kilómetros bajo
tierra.
Tenía el móvil y no pensaba llamar a tío José para
indicarle mi llegada.
Necesitaba conectarme al GPS para llegar al punto
indicado, no obstante, no podía arriesgarme a presentarme
allí y que nos estuvieran esperando.
Memoricé su número antes de irme, sabía que lo podría
necesitar, marqué uno a uno los números y esperé que
respondiera.
Su voz grave lo hizo al otro lado de la línea.
—Tenemos que hablar —respondí.
—Te escucho.
CAPÍTULO 75

JC

—¿Dónde vamos? —preguntó Anita, mirándome de reojo.


—Necesitamos desconectar, nos vendrá bien pasar un
día de relax —respondí sin apartar los ojos de la carretera.
—Pero tengo que ocuparme de preparar las cosas para
los funerales y…
Mi mano buscó su muslo.
—Ya me he ocupado de eso, quiero que tú y el bebé
estéis lo más tranquilos posible. Llevo unos días bastante
irritado y te lo quiero compensar.
—No estoy de humor como para ir a ninguna parte.
—Yo soy tu marido, sé lo que te conviene, Anita, deja que
te cuide.
Ella calló al escuchar mi tono de voz cortante. Estaba
inquieta, podía notarlo. La policía vino a interrogarnos,
hicieron muchas preguntas, y esa inspectora metomentodo
era una mosca cojonera.
La autopsia había determinado que los invitados habían
sido envenenados por cicuta, un veneno que en las
cantidades adecuadas podía matar en tan solo treinta
segundos.
Tenían varias líneas de investigación abiertas y, al
parecer, una recaía sobre nosotros, los únicos
supervivientes.
Llevaba unos quince minutos respondiendo a sus
preguntas cuando me hizo una que me descolocó.

—He visto que se dedican a la extinción de incendios —


masculló la inspectora sentada frente a mí en el despacho.
Anita se había retirado a la habitación para tumbarse un
rato por las náuseas.
—Así es.
—No hace mucho hubo uno en Queens que se cobró
varias vidas.
—Algo he oído, sí —respondí incómodo—. ¿Qué tienen
que ver los incendios con el asesinato de mis familiares y
los de mi difunto concuñado?
—Quizá nada, pero soy muy meticulosa. —Me inquietaba
su mirada escrutadora y la manera en que movía el
bolígrafo—. Últimamente, parecen quemarse muchas casas
en esta zona, casas que su empresa custodia para que no
ocurra nada y…, ¿sabe?, una de las personas que falleció en
el incendio era la mujer de uno de sus extrabajadores, es
curioso que solo le sonara.
—No entiendo a qué viene todo esto, ¿Queens entra
dentro de su jurisdicción? ¿Está intentando culparme
también de esos incendios? Yo protejo casas, no causo
incendios. Además, no sé qué pretende. ¡Han asesinado a
más de cien personas y todavía no ha habido ni una sola
detención! Si no me hubiera marchado y mi mujer estuviera
embarazada, ¡también estaríamos muertos! Debería estar
buscando a los culpables y no metiendo las narices en
nuestro trabajo.
—En ello estamos, señor Valdés. Para su información,
como ha comentado antes, estoy al cargo de esta
investigación, y yo decido lo que es importante y lo que no.
Y ya que estamos, también en lo que meto mis narices. Si
quiere que dé con los culpables, tengo que ser concienzuda
y entender quién podría tener algún interés en matarles.
¿Podría decirme si su extrabajador, el que perdió a su
esposa en el incendio, se marchó por voluntad propia o
porque lo despidió? No sería la primera vez que un
trabajador descontento y deprimido hiciera algo de lo más
inoportuno contra el que cree causante de sus desgracias.
—Lionel no pudo hacerlo, ni siquiera estaba en el país. —
Ella alzó las cejas, y yo me maldije por dentro, no tendría
que haberme precipitado dándole esa respuesta.
—Vaya, ahora sí que lo recuerda. ¿Y cómo sabe eso?
—No sabía al edificio que se refería porque, como usted
misma ha anotado, ha habido muchos últimamente. La
salida del señor Torres de mi empresa fue voluntaria. —Ella
se puso a anotar en su libreta—. Nos vimos poco después de
que saliera del hospital, yo le di las condolencias por lo de
su mujer y me dijo que tenía previsto viajar a ver a su
familia, todos eran de El Salvador.
—Ya… —Pulsó el botón de retracción del boli varias
veces, lo que me puso más nervioso todavía.
—Disculpe, inspectora, pero tengo muchos asuntos que
resolver estos días, ¿hay algo más en lo que la pueda
ayudar? —Ella cerró el bloc y me ofreció una sonrisa tensa.
—No, muchas gracias por su amabilidad, señor Valdés, le
agradecería que se mantuviera bien comunicado estos días,
por si necesito volver a hablar con usted.
—Descuide.
En cuanto ella se marchó, me llené un vaso de whisky.
Algo no encajaba y no tenía muy claro qué era, pero la
sensación estaba ahí, consumiéndome las tripas.
Me sonó el móvil, era un teléfono desconocido con prefijo
de México. Quizá fuera algún familiar de los Vargas. Estaba
jodido. En plena operación de los pollitos.
—¿Sí?
—Tenemos que hablar —reconocí de inmediato la voz de
Lion.
—Te escucho —respondí, con el corazón latiéndome con
fuerza.
—No sé si estás metido en esto, pero si querías matarme,
no hacía falta que me mandaras a por los pollitos.
—¿De qué demonios me hablas? —Fue entonces cuando
Lion me puso al corriente de lo que había pasado.

Miré la casa que quedaba frente a nosotros, era una


mansión colonial del siglo XIX, completamente restaurada,
en un lugar de lo más discreto.
Anita contempló las verjas y arrugó el ceño.
—No sabía que aquí hubiera un spa. ¿Dónde has
encontrado este sitio?
—Alguien me habló de él en el último acto benéfico al
que acudimos, ahora no recuerdo quién. Verás cómo te
sentirás mejor en cuanto nos atiendan.
Llamé al botón, la verja se abrió y conduje hasta la
entrada principal. Los suelos eran de mármol blanco, el
mostrador de madera oscura, y olía a limpio. La casa estaba
rodeada de unos amplios jardines que pertenecían a la
propiedad.
Me acerqué al mostrador.
—Buenos días, soy el señor Valdés, y ella es mi esposa.
—La recepcionista, una guapa rubia que rondaría los
veintitrés, me miró coqueta.
—Bienvenido, señor Valdés, les estábamos esperando, el
director Sullyvan me comentó que llegarían sobre las doce,
todo está listo, ¿quiere que le muestre la habitación?
—¿Qué habitación? —preguntó Anita—. No vamos a
quedarnos a dormir, solo hemos venido a relajarnos. —Ella
desvió los ojos azules hacia mi mujer y sonrió.
—Por supuesto que sí, señora Valdés, por favor, tome
asiento y tranquilícese.
—¿Que me siente? —Dos hombres la asieron por los
brazos para acomodarla en una silla de ruedas sin
demasiados miramientos.
—Pero ¡¿esto qué es?! ¡Suéltenme! ¡Julio!
—No montes un espectáculo, querida. —Me puse a su
misma altura y la miré a los ojos—. Vas a quedarte aquí
hasta que mi hijo nazca, puedes estar agradecida de tenerlo
en el vientre y que sea mío, porque si no fuera por él, ya
estarías muerta. —Ella dejó de agitarse. Y me miró—. ¿Te
has divertido creyendo poder derrotarme en mi propio
juego? ¿Follarte a Miguel? ¿Confabular con él a mis espaldas
y traficar con mi mercancía? ¿Cómo pudiste caer tan bajo?
Anoche di con tu otro teléfono, me bastó una llamada de
Lion para saber de tu alianza con José. Eres una tronera
estúpida, siempre te creíste mejor que las demás, Anita, ¿o
debería llamarte Muerte? —La agarré de la barbilla con
fuerza—. ¿De verdad pensaste que podrías eliminarme,
maldita? En lo único que acertaste fue en la elección de tu
taca, porque sí que vas a morir, en cuanto alumbres a mi
heredero, me desharé de ti después de que te hayan
culeado y apaleado todos los hombres que se me dé la
gana. Así saldarás tu deuda. ¿Te gusta la idea?
—¡No voy a parirlo! En cuanto pueda, ¡mataré a tu hijo,
igual que hice con los demás! —chilló. Alcé la palma de la
mano y le crucé la cara. Los celadores que la sostenían ni se
inmutaron.
—¡Eres una hija de las mil putas!
—¡Y tú un comemierda! Abofetéame si eso te hace sentir
el hombre que no eres.
—No mereces que te roce. Lo tenías todo, un reino a tus
pies, y ahora te quedarás sin nada.
—¡¿Todo?! ¿Llamas a todo a estar casada con un pipián?,
¿a un perturbado que le gusta que lo culeen por poco
hombre? —Escupió contra el suelo—. Tú sí que no mereces
lo que tienes, la SM-666 necesita a alguien mejor que un big
desviado.
—Llévensela y asegúrense de que no daña a mi hijo en
los próximos meses.
—Descuide, señor Valdés —comentó uno de los
celadores, que aseguró las muñecas de mi mujer con unas
correas.
—¡Suéltenme, hijueputas!
—Disfruta mientras puedas —me despedí, viendo cómo
se la llevaban.
Me daba igual lo que hubieran escuchado aquellos
trabajadores, sabía que la discreción en aquel lugar era
máxima, al igual que los motivos que les llevaban a tener a
mujeres encerradas en sus habitaciones.
Volví a acercarme al mostrador.
—Dígale al doctor Sullyvan que cuente con que el
donativo que recibirá este año será mucho más generoso
que el anterior.
—Se lo diré de su parte, señor Valdés, que pase un buen
día.
—Igualmente.
Sería fácil encubrir la estancia de mi mujer en una clínica
de salud mental con los informes adecuados, nada que unos
cuantos ceros no pudieran arreglar.
Todavía no daba crédito a que Anita me la hubiera estado
pegando delante de mis narices, aunque ya no volvería a
hacerlo más.
Los pollitos estaban en camino, en un día y medio, Lion
sería todo mío, solo tenía que librarme de esas mocosas
hijas de María.
Me había costado varios días dar con la persona
adecuada que lo pudiera averiguar, no obstante, ya la tenía,
y no solo es que fuera la adecuada, sino que ella misma
había venido a buscarme.
Me metí en el coche y marqué su número. La voz
respondió al otro lado.
—¿Ya tienes la dirección?
—Sí, pero antes quiero el dinero que pactamos.
—Soy un hombre de palabra, siempre pago.
—Primero el dinero.
—Te daré el 50 % ahora y el otro 50 % en cuanto las
tenga en mi poder.
—Ese no era el trato —protestó al otro lado de la línea.
—¿Lo tomas, o lo dejas? —Aguardó unos instantes.
—Lo tomo.
—¿Dónde te lo transfiero?
—Te mando el número de cuenta, en cuanto vea que está
todo, te paso la ubicación.
—Perfecto. Un placer hacer negocios contigo.
Colgué.
A los pocos segundos, me llegó el lugar, envié la mitad
del dinero y sonreí. No era una cantidad exorbitada, aun así,
me gustaban las cosas bien hechas y negociar.
Respiré hondo. Todo iba poniéndose en su sitio, lo único
que me faltaba era averiguar quién estaba detrás de los
incendios, reconozco que cuando Lionel me llamó, llegué a
pensar que podría tratarse de Anita o incluso de José, pero
no.
Ese hijueputa ya debía estar muerto, me hubiera gustado
hacerlo a mí mismo si hubiese estado cerca, pero uno
aprende en esta vida a priorizar y a delegar. Uno debe
seleccionar bien sus muertos.
José no merecía que perdiera mi valioso tiempo.
Introduje la dirección en el GPS y arranqué el motor.
Le prometí a Lion que las protegería, debería haber
aprendido que fiarse de mí no era una buena opción.
Como dijo el emperador: El César debe ser una bestia sin
corazón. Es un derecho de guerra para los conquistadores
tratar como les plazca a aquellos a los que han conquistado.
Y yo fui el primero en conquistar al león.
CAPÍTULO 76

Magaly

Miré por la ventana y sonreí.


Le hice una señal con la mano a modo de saludo. Estaba
harta de estar encerrada, necesitaba verle casi tanto como
respirar.
La tarde que tirotearon a mis hermanas y a Dave fue un
soplo de aire fresco. Echaba muchísimo de menos a mi
madre, a Doleen y, sobre todo, a Nelson.

—Me han quitado el móvil. —Fue lo primero que le dije a mi


madre con un puchero la tarde que Ray me llevó a la
asociación a escondidas de mi padre—. Papá no quiere que
me relacione con dieciocheros y piensa que Nelson no es
una buena influencia.
—Tranquila, es normal que tu padre te quiera proteger. —
Me acarició el rostro.
—Siempre fue así, desde que lo conocí, tu padre es un
protector nato —admitió Doleen con cariño.
Estaba en la cocina de la asociación, tomando un
refresco mientras Nelson terminaba de darse una ducha.
Llevaba tiempo encubriendo su relación, sabía que
estaban juntas desde que las pillé besándose en el almacén
hacía unos tres meses. No se trataba de un simple beso,
jadeaban, se acariciaban, tenían la ropa desaliñada y las
manos en lugares donde no deberían estar.
Ya no era una niña pequeña, sabía lo que estaban
haciendo, y la imagen me impactó.
Se me cayó el recipiente de barro que llevaba sujeto en
las manos, con el que pretendía transportar algunas de las
pinturas que se habían terminado. Se resquebrajó frente a
mis pies, haciéndolas saltar por la sorpresa.
Quise salir huyendo, pero mi madre me frenó, no me dejó
que me fuera y aguantó mi ataque de ira hasta que me
calmé.
Me suplicó que la escuchara con lágrimas en los ojos y la
mirada compungida. Yo no quería oír nada, acababa de
pillarla poniéndole los cuernos a papá con una mujer,
aunque lo del género era lo de menos, lo que más me
pesaba era la traición.
—Por favor, Magaly, necesito que me escuches, si no,
nunca lo vas a entender.
—Dale a tu madre la oportunidad de explicarse, por favor
—me imploró Doleen.
Me costó aceptar, estaba hecha un mar de lágrimas y de
rencor. Aun así, escuché, lo hice porque necesitaba
aferrarme a cualquier tabla de salvación, mi mundo se
hundía y ni siquiera era consciente de por qué.
Fue así como me enteré de su historia, ellas se abrieron
con la crudeza de una infancia que nada tenía que ver con
la mía, con una adolescencia que arrastraba el horror de un
país que las crio en el seno del abuso y la violencia. Fue
crudo, duro y muy doloroso.
—¿Cu-cuánto lleváis juntas? —Ellas se miraron—.
¿Cuánto tiempo llevas engañando a papá? —pregunté más
directa.
—Solo llevamos un año. Me costó asumir que tenía
sentimientos por Wendy, en El Salvador, ser homosexual
está muy mal visto, ni siquiera sabía que me gustaban las
mujeres hasta que ella regresó a mi vida y la amistad que
compartíamos se convirtió en otra cosa. Sé que para ti no
debe ser fácil de comprender. Al principio, tampoco lo fue
para mí. La relación con tu padre nunca ha sido la de una
pareja tal y como tú la concibes. Tanto él como yo no
sentimos amor romántico el uno por el otro. Formamos una
familia, nos cuidamos, pero no hay pasión, no hay
mariposas en el estómago, no hay… —se calló.
—¿Sexo? —Sus mejillas enrojecieron.
—No. Tu padre también es distinto y no quiero que lo
juzgues por eso. Él te adora, os adora a las tres y os ha
criado como si fuerais suyas. —Todo estaba siendo muy
fuerte y difícil de comprender.
De algún modo, sentía que no conocía a aquellas
personas que eran mis padres. Por primera vez, los vi como
hombre y como mujer, más allá de las personas que me
habían criado, que me daban de comer a mí y a mis
hermanas, que pese a no ir sobrados, intentaban que no
tuviéramos ninguna carencia. Ninguno de los dos lo habían
tenido fácil en la vida.
—¿Hay algo más que deba saber? —Ellas volvieron a
mirarse, y mi madre asintió.
—Daisy es mi hija.
—¿Estamos criando a la hija de tu novia? —pregunté
incrédula.
Sabía que mi hermana pequeña era adoptada, pero no
que era de Doleen.
—El hombre con el que estaba casada Wendy era un
maltratador, tuvo que huir de él y esconderse, sigue
viviendo en Nueva York, de hecho, vive en Brooklyn. La
última paliza que le dio casi provocó que perdiera a Daisy,
por eso casi nunca sale a la calle.
—Por eso y porque mi hermano sigue vivo. Aunque eso
cambiará, tenemos un plan para que lo metan en la cárcel y
no salga nunca más.
—Dios mío —me masajeé las sienes—. Y papá piensa que
la madre de Daisy la abandonó en la puerta de la
asociación.
—Tenía que decirle algo, lo estábamos protegiendo. Es
por su bien.
—¿Por su bien? ¡Lo habéis engañado todo este tiempo!
—Si mi hermano me descubre o mi marido… No
queremos herir a Lionel. Se lo contaremos todo cuando
hayamos hecho justicia, nos merecemos ser felices de una
vez.
—¿Y él? ¿Qué pasará con nosotros? ¿Con nuestra familia?
—Lo solucionaremos, te lo prometo, conseguiremos que
esto funcione, ayúdanos a hacerlo posible, Magaly, sé que lo
que te estamos pidiendo es mucho, pero… —Mi madre se
calló y volvió a llorar—. La quiero, mucho, muchísimo —sus
ojos se llenaron de una emoción que nunca vi dedicarle a mi
padre, que se asemejaba a lo que veía en las películas o a lo
que yo misma creía sentir cada vez que Nelson se plantaba
delante de mí—. Cuando aquel día paseando vi un cartel en
el que se necesitaban voluntarias para impartir talleres, no
pensé que la vida fuera a ofrecerme una segunda
oportunidad junto a ella.
—Fue como una señal, creí que había perdido al amor de
mi vida en un incendio, y cuando entró por la puerta… —Me
mordí el labio, había tanta emoción en ellas que era difícil
no contagiarse.
—Entonces, mi padre salía contigo, pero en realidad
estaba enamorado de tu hermano. Y a ti te rescató estando
embarazada de mí, así que Wendy es mi tía, porque yo soy
hija del que fue novio de papá, el mismo que quiso matar a
su propia hermana, ¿es así? —Doleen asintió.
—Sí. Sé que es muchísima información y que ahora
mismo no me gustaría ser tú porque tu interior debe ser
como una olla a presión, pero las dos queremos lo mejor
para todos, hablaremos las veces que haga falta contigo
para que asimiles las cosas y no te genere ningún conflicto.
No queremos que lo pases mal con todo esto y, sobre todo,
queremos que entiendas que Julio solo puso un
espermatozoide, a ti te crio el hombre más bueno y
maravilloso del planeta.
Había cariño, tanto en la voz como en la expresión de
Doleen.
—¿Podemos contar contigo, Magaly? Nadie se puede
enterar, ni tu hermana, ni tu padre, nadie.
No me costó mucho decidir.
—No voy a hablar, pero tampoco quiero que sigamos
engañando a papá.
—No podemos darte una fecha exacta, pero antes de que
termine el año, todo habrá acabado.
—¿Me lo prometéis? —Las dos asintieron. Dejé que mi
madre me abrazara.
—Gracias, cariño.
—Júrame que nunca nos separaréis de papá.
—Jamás. Te lo repito, encontraremos la manera de que
funcione, si no fuera por tu padre, no seguiría viva, le debo
mucho más de lo que sería capaz de devolverle, por eso
queremos hacer esto solas y no involucrarlo. —Las creí.
—Está bien, os ayudaré.
Intenté hacerlo. El plan de Doleen y mi madre, porque
para mí siempre sería Doleen, era hundir a Julio César
mediante incendios provocados. Querían hacer creer a sus
clientes que él y Anita incendiaban las casas de sus propios
clientes para tener más trabajo, poniendo en peligro las
vidas de los ricos e influyentes.
Para que todo tuviera mucho más peso, necesitaban
muertos, fue así como se les ocurrió lo del incendio de
nuestro edificio, y los cadáveres que habían encontrado los
compraron a unos estudiantes de la universidad de
medicina. Se trataba de cuerpos donados a la ciencia, dos
hombres y una mujer que se aseguraron de que no tuvieran
nada para que no los pudieran reconocer.
Volví a sonreírle a Nelson. Mi madre me dio cuando fui a
visitarla su propio móvil, era uno desechable, así podríamos
hablar y que me fuera contando los avances. Lo escondí
muy bien para que Dave y mi padre no lo encontraran, y
fingí mi enfado por no recuperarlo. Lo primero que hice,
cuando Nelson bajó a la cocina la tarde del tiroteo y nos
dejaron a solas, fue darle mi número nuevo.
Él me acarició el rostro y me dio mi primer beso, uno
dulce, muy suave, que me llenó el estómago de mariposas,
igual que le pasaba a mi madre con su chica y a mi padre
con Dave.
Oímos varios estruendos que pusieron fin a nuestro beso,
se oyeron gritos y mi madre entró corriendo a la cocina
pidiendo que nos escondiéramos.
Los únicos que estaban en la asociación aquel día eran
Doleen, mi madre, Nelson y la suya. Solo ellos estaban al
corriente de su historia, de que mamá seguía con vida y las
estaban ayudando en todo lo posible.
Cuando nos aseguramos de que había pasado el peligro,
Nelson y yo salimos a la carrera para cerciorarnos de que
Dave y mis hermanas estuvieran bien. Fueron momentos de
muchísima angustia.
—Magaly, ¿me ayudas a pintar el círculo de los fríos y los
calientes? —Elena abrió la puerta de forma abrupta y yo me
despegué de la ventana con el pulso a mil.
—¿Qué? —me salió un gallo y me llevé el móvil al pecho.
—¿Eso es un teléfono?
—¡¿Qué?! —volví a repetir, escondiéndolo en el bolsillo
trasero del vaquero. Siempre lo llevaba en silencio, si lo
había sacado era porque hacía unos minutos recibí un
mensaje de Nelson que decía que mirara por la ventana.
—Lo que acabas de esconder, ¿era un móvil?
—Yo no tengo móvil, ¿lo recuerdas? Es una maqueta que
he hecho para el instituto.
—¿Qué es una maqueta? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Pues una cosa que se parece a otra, pero de mentira,
se hacen con cartón, madera, plastilina, a veces se les
ponen luces, se pintan…
—Ah, ¿como las figuras de barro de mamá?
—Eso. —Me estiré la sudadera para taparlo y acercarme
a ella—. A ver qué le pasa a ese círculo.
—Pues que los colores se me salen. ¿Por qué todo el
mundo quiere que se queden dentro de un sitio? A mí me
gusta que crucen la raya negra, y la llenen de color.
—Porque la raya negra es el límite, y los límites hay que
respetarlos.
—No me gustan los límites, está más bonita de color.
El timbre sonó y Riley, la amiga de Dave, con la que
estábamos pasando la semana, dijo que ella se encargaba
de abrir.
Daisy estaba descansando en su cunita. Sparky, el perro
que tenía encandilada a Elena, se puso a ladrar. Mi hermana
lo llamó para que callara, pero este no le hizo caso.
Riley se asomó a la mirilla, me llamó la atención que no
contestara, a veces actuaba de una forma extraña. Tenía los
ojos puestos en su coleta castaña cuando hubo una
detonación.
Su cuerpo se tambaleó y cayó hacia atrás como el de
una muñeca. La moqueta verde se tiñó con su sangre.
Ni siquiera sé cómo fui capaz de reaccionar, solo sé que
lo hice.
—¡Corre! —le grité a mi hermana mediana, arrastrándola
al cuarto en el que se encontraba Daisy. Cerré la puerta, le
grité a Elena que abriera la ventana y cogí a la bebé para
sacarla de la cuna.
CAPÍTULO 77

Ray

Podía estar en cualquier parte, ¡en cualquiera! Incluso


muerto, lo cual me llenaba de desesperación.
Price me dijo que lo único que podíamos hacer era
esperar y cruzar los dedos para que no se hubiera jodido
todo, y a mí se me daba francamente mal esperar, así que
cuando salí de currar por la noche en el SKS, conduje hasta
el barrio de Julio César y monté guardia en la furgo que
alquilé esa misma tarde.
Podía ser la de cualquier operario, o jardinero, la aparqué
a una manzana para que no sospecharan. La calle de Valdés
era de un único sentido, así que si salía de casa, pasaría
irremediablemente por delante de mí.
Lo hizo, sobre las diez de la mañana, a su lado iba
montada su mujer y no tenía buena cara. No me extrañaba,
teniendo en cuenta que habían liquidado a su única familia
en la boda de su hermana.
Fue una de las cosas que también me contó el jefe, los
de homicidios ya habían asomado la nariz en el caso y lo
llevaba la misma inspectora que el caso de Bruce, me
alegraba porque Sepúlveda era como un maldito grano en el
culo, tenía su teléfono, así que no dudé en llamarla cuando
me enteré para añadir más leña al fuego y contarle lo de los
incendios.
Estaba convencido de que Anita tuvo algo que ver con
eso, quedamos para tomar un café, y aunque los de
homicidios no eran muy de colaboraciones, escuchó con
atención todas mis teorías y me dio su palabra de que,
encontrara lo que encontrase, no intervendría hasta pasada
la entrega de los pollitos, para no jodernos la operación y
que los pequeños salieran ilesos.
Le pedí que pusiera nerviosos a los Valdés, si se veían
acorralados, cometerían algún fallo, y eso era justo lo que
necesitábamos. Y, en ese momento, yo seguía al Emperador
y a su mujer.
Jennings estaba intentando averiguar quién nos disparó a
las niñas y a mí. El coche con el que nos atacaron no
aparecía por ninguna parte, debía llevar la matrícula
cambiada, porque las cámaras que lo captaron nos llevaban
a un callejón sin salida.
Por lo que me dijo Julio en nuestro último encuentro, no
parecía estar al corriente, por lo que si no había sido él,
quizá detrás de todo estuviera su mujer. ¿El motivo? Tal vez
quería quitarse a las niñas y a Lionel de encima. Por cómo
los vi interactuar en el club, él no parecía santo de su
devoción.
Llegamos a un edificio colonial, los Valdés se adentraron
en él. No tenía ni idea de qué era ese sitio. Quise buscarlo
en Google, pero la cobertura era nefasta, así que le hice una
foto, quizá fuera algo o quizá nada.
Necesitaba matar el tiempo como fuera, pensar en todo
lo que podría haberle pasado a Leo me estaba matando en
vida, y si a eso le sumaba que no podía contactar con las
niñas, pues peor. Las echaba muchísimo de menos y me
había sorprendido a mí mismo mirando por internet barrios
residenciales con casitas bajas en los que poder darles una
buena vida.
¿Cuánto había querido una familia? Pensé en mi madre,
en Raven, en la suya, en nuestra infancia de mierda y, pese
a todo eso, nuestras risas. Quizá la quise siempre, quizá era
lo único que necesitaba para sentirme de puta madre y por
eso me había dedicado en cuerpo y alma a salvar niños.
Porque ellos eran la esperanza, el futuro, la vulnerabilidad
personificada, la esencia de todo lo bonito que los adultos
nos ocupamos de corromper.
Quería que tuvieran una oportunidad, que sintieran que
había alguien que de verdad se preocupaba por ellos y que
no todo era feo, aunque les hubiera tocado una infancia de
mierda, como a mí, quizá incluso peor.
Volví a escuchar el sonido de un motor, era el coche de
Julio, aunque solo estaba él. Arrugué el ceño y volví a mirar
al edificio, tal vez se tratara de una especie de hotel, de
club social para ricos o yo qué sé. Ya lo averiguaría después.
Seguí conduciendo a una distancia prudencial.
«¿Dónde narices vas, Julio?».

☐☐☐☐☐
Leo
El camión apenas había hecho paradas, nada más que
cuatro en veinticuatro horas de quince minutos cada una.
Tuvimos suerte de que mi llamada a Julio César pareciera
poner las cosas en su sitio. Nos dieron agua, comida y,
dentro de lo malo, el viaje fue tranquilo.
En dos horas y media, llegaríamos al punto de entrega, y
en lo único que podía pensar era en cruzar los dedos para
que todo saliera bien.
Bueno, en eso y en cómo cambiaría mi vida.
Sonreí al imaginar un futuro con Ray, con mis hijas, en un
mundo en el que Julio César y la SM-666 no existieran.
Quería hacer las cosas bien, quería tener un futuro a su
lado, porque él me hacía sentir mejor persona de lo que yo
me sentí nunca.
Era apasionado, cariñoso, divertido y adoraba a mis hijas.
¿Qué más podía pedir?
Llevaba toda la vida reprimiéndome, viviendo con miedo,
en una vida que no me correspondía. Me privé a mí mismo
de la libertad de amar, y ahora comprendía por qué era
Envidia, porque en realidad envidiaba la naturalidad con la
que Ray asumía quién era, sus emociones, sus elecciones.
En el fondo, yo quería ser como él, por eso me dio tanta
rabia cuando lo conocí, porque representaba todo lo que yo
quería y no podía ser.
Era gay, me gustaban los hombres, adoraba a mis hijas y
amaba a Ray. Ese era yo, y si a alguien no le gustaba, me
importaría una mierda a partir de ese momento.
—Señor Lion —murmuró la voz de Ximena a mi lado.
—¿Qué?
—¿Puede comprarme usted?
—¿Cómo? —pregunté, extrañado, mirándola. Julia estaba
a su lado, se habían hecho inseparables en ese viaje y me
miraba de refilón.
—Q-que si puede comprarme, yo… Prometo portarme
bien con usted, mi mamá me enseñó a… —No quería oírlo,
porque sabía lo que madres como la de Ximena le
enseñaban a sus hijas y el estómago se me revolvió.
—Escucha. Lo que tu mamá te dijo tienes que olvidarlo.
—Ella frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—A veces, los mayores nos equivocamos.
—Pero yo quiero que me compre, usted es muy bueno.
—Y yo —se oyó otra voz.
—Y yo —se sumó una tercera, hasta que fueron varias
que expresaron lo mismo.
—Usted no nos pega —dijo un niño.
—Ni nos ha tocado ahí para hacernos daño —añadió otro.
—Es bueno y nos ha cuidado —se sumó Julia—, pero no
puede cuidar de todos nosotros, así que no le pidáis lo que
no nos puede ofrecer. —Todos se callaron.
—Es cierto, no puedo ocuparme de todos —sentencié con
el corazón encogido—, pero sí prometeros que intentaré que
todo salga bien y que nadie abuse de vosotros.
Julia resopló y otro de los niños mayores también.
—No prometa algo que no pueda cumplir, es mejor que
seamos realistas y cada uno sepa a lo que viene a este país.
Nosotros somos pollitos y usted es un coyote, por mucho
que nos haya cuidado, lo ha hecho porque es su trabajo —
apostilló el muchacho, que se llamaba Mateo. No había
podido aprenderme todos los nombres, pero sí de los
responsables de grupo.
No podía darles información que comprometiera la
operación, eso seguía siendo así, por lo que debía ser muy
cauto con las palabras.
—La vida me ha enseñado que rendirse nunca es una
opción. Que hay que pelear hasta el último aliento, y que
cuando las cosas se ponen feas, uno debe buscar la forma
de reinventar el futuro. Lo único que puedo deciros ahora es
que no desfallezcáis, que aunque la vida haya sido horrible,
hay luz más allá. Que si lo deseáis con todas vuestras
fuerzas, al final encontraréis la forma de alcanzar esos
sueños que todos tenéis. No hace falta dar pasos de
gigante, con pequeños avances en la dirección correcta,
bastará. Descansad un rato y pensad con mucha fuerza en
lo que deseáis, no dejéis que nadie os diga que es
imposible, hacedlo cada día y veréis cómo al final se hará
posible.
—¿A usted le pasó así, señor Lion? —preguntó Ximena.
—Estoy en ello, pequeña, estoy en ello.
CAPÍTULO 78

Magaly

—¿Era el hombre malo de los tatuajes? —preguntó Elena


preocupada.
—No lo sé. No me ha dado tiempo a mirar —confesé,
espoleando a mi hermana mediana a que saliera por la
ventana.
Fuera estaba la escalera de incendios. Yo atranqué la
puerta de la habitación con una silla, cuando una convive
con hermanas pequeñas y quiere intimidad, TikTok te
enseña ese tipo de cosas.
Tenía a Daisy en los brazos y no pensaba perder tiempo
preguntando quién acababa de disparar a la amiga de Dave.
—Vamos, Ellie, apúrate. —Ayudé a mi hermana y saqué
el móvil para marcar el número de mi madre.
Un fuerte golpe en la puerta casi hizo que se me cayera
del susto.
—Rápido, Elena, corre —insistí mientras le daba a la tecla
de llamada.
Vi a Nelson abajo, miraba hacia arriba con el ceño
fruncido. Por suerte, estábamos en un segundo piso, y si nos
dábamos prisa, podríamos llegar al suelo antes que el
hombre que había matado a Riley.
—Nelson, ¡coge a Ellie! —grité, asomando un poco la
cabeza. Él nos contempló sin comprender. Volví a ponerme
bien y apoyé el móvil en mi oreja.
«Vamos, contesta».
Oí ladridos y otro disparo. No podía haber matado a
Sparky.
—¿Magaly?
—Mamá, rápido, nos disparan.
—¡¿Qué?! ¿Dónde estáis? —Le di la dirección.
—Nelson está abajo, creo que nos han encontrado.
—¡Venid aquí, malnacidas! —rugió una voz a mis
espaldas. Una bala silbó demasiado cerca de mi oído. Di un
grito, Elena otro y Daisy se puso a llorar porque acababa de
despertarse.
—¡Salta! ¡Yo te cojo! —le gritó Nelson a mi hermana. Ellie
no lo dudó y se lanzó a sus brazos. La atrapó al vuelo.
—¡Magaly! —escuché a mi madre gritar. No podía
responder—. ¡Magaly! —Me metí el móvil en el bolsillo
trasero del pantalón de nuevo, tenía miedo de que se me
cayera en la huida, después la llamaría si conseguía seguir
viva.
Llegué al suelo, Nelson estaba ahí protegiendo a mi
hermana bajo la escalera.
—¡Quiero a mi hija! —gritó la voz desquiciada, yo apenas
podía respirar.
«¿Su hija?». Con todo lo que sabía, podía ser mi padre, o
el de Daisy.
—¡Venid conmigo! —exclamó Nelson, utilizando la
protección de las escaleras de los bloques vecinos para que
no nos alcanzara ningún disparo. Él llevaba a Elena en
brazos
—¿Dónde vamos?
—Al coche, no creerás que he venido a pie, Doleen me
dejó el suyo para venir a verte.
—No sabía que Doleen tuviera coche, ni que tú
condujeras.
—Me saqué el carné la semana pasada —respondió sin
dejar de correr. Tampoco es que fuera a quejarme dadas las
circunstancias.
Doblamos la esquina y allí había un vehículo bastante
maltrecho. Nelson abrió la puerta, dejó a Elena en los
asientos de atrás, yo di la vuelta para sentarme al lado de
mi hermana, que no había dejado de llorar.
—Tranquila, Nelson va a ayudarnos y nos llevará a la
asociación. —En lugar de sentarse en el asiento del piloto,
se acomodó en el del copiloto—. ¿Qué haces? —pregunté
sin comprender—. ¡El volante está al otro lado! —Nelson
abrió la guantera.
—Ya lo sé.
Lo vi sacar un arma, quizá era para protegernos. No tenía
ni idea de que Nelson tuviera una pistola. ¿O sería de
Doleen?
—Lo siento, bebé —dijo apuntándonos.
La puerta del conductor se abrió y el tipo que nos
disparaba se sentó dejando ir una carcajada.
—¡Qué bien lo has hecho, perro!
¿Cómo? ¿Estaban compinchados? ¿Por qué? Fui a abrir la
puerta, pero estaba bloqueada. Ellie lloraba, Daisy también.
—No vas a poder salir, tienen el cierre echado —masculló
Nelson—. Será mejor que te estés quieta.
—No, no lo entiendo… —murmuré con el corazón hecho
pedazos—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás con ese?
—Me llamo Santos, y soy el papá de la linda bebé que
llevas en los brazos.
—¿Y por qué nos disparabas? ¿La querías matar? —Él rio.
—Si hubiera querido mataros, ya estaríais muertas, fue
por diversión y para haceros correr a los brazos de tu héroe.
—Volvió a reír cabeceando hacia Nelson. Yo apreté a Daisy
contra mí. Ese era el tipo que casi la mató estando en el
vientre de Doleen—. Me costó dar con mi querida esposa
fugada y con mi hija, pero soy un tipo persistente y al final
las encontré. La muy estúpida se dejó una tarjeta en una de
sus chaquetas, y cuando se la puso una amiga, la encontró.
Tardé un poco, eso sí.
—Nelson —supliqué—. Sabes lo que le hizo ese tipo a
Doleen.
—Estaba en su derecho, era su mujer. —Lo miré
horrorizada.
—Tu querido noviecito es marero de corazón. Nelson
nunca quiso renegar de la mara, fue su mamá que lo obligó.
Por suerte, uno de los nuestros captó su potencial en el
instituto, y fíjate, hace un mes que se sometió a su brincada
y ahora ya ha obtenido la taca de destructor. Creo que
nuestro querido Satanás lo puso en tu camino y en el de
Wendy porque quería que diera con vosotras, nadie escapa
de la mara ni del diablo.
—No —susurré.
Santos arrancó.
—¡¿Dónde nos lleváis?! —pregunté.
—Sois unas güilas muy solicitadas. Hay mucha gente que
quiere teneros, entre ellos… El Emperador.
—¿Quién es el Emperador? —El pulso me iba a mil. La
cabeza me daba vueltas y en lo único que podía pensar era
en cómo salir sin que sufriéramos ningún daño.
—Tu padre —respondió Nelson—. El que te engendró.
Él conocía toda la historia, había sido mi paño de
lágrimas y confesiones, conocía cada uno de mis secretos, y
Doleen había pensado que su madre y él eran personas en
las que confiar.
—¡Mi papá no es emperador, trabajaba de bombero! —
proclamó Elena.
—Tu papá era… —empezó Nelson.
—¡Calla! —grité.
—Su papá es el mismo que el mío y no es ningún
emperador.
Por suerte, no insistieron. Santos se dirigió a Nelson.
—¿Le has llamado?
—Sí —respondió él.
No tenía sentido que nos llevaran hasta él, según me
había contado mi madre, los de la SM-666 y Barrio-18 eran
rivales. Miré por la ventana para ver si alguien me veía, no
obstante, era imposible porque estaban tintados.
—¿Y? —insistió Santos. Nelson no nos dejaba de apuntar.
—Se lo tragó.
—Es un cerote. Valiente hijueputa el Emperador. Se la
metiste doblada, al final todo llega, nadie se ríe de los
dieciocheros y queda indemne. Y él pensando que te
compró… —Santos dejó ir una carcajada—. De esta no va a
librarse como ocurrió con el veneno. Si sale bien la
operación, seré el palabrero de la clica de Nueva York y tú
mi segundo, vamos a ser muy grandes, man.
No entendía nada de lo que estaban hablando, pero
estaba convencida de que era malo, muy malo.
Apreté a Elena contra mi costado.
—Eh, tú, ¡la bastarda! —proclamó, mirándome por el
espejo interior—. Suelta a mi hija y dásela al destructor.
—Está bien conmigo —protesté.
—Si me la da, no voy a poder apuntarlas bien. —Santos
lanzó un bufido.
Miré a Nelson a los ojos buscando al chico que me
aceleraba el corazón, por el que se me desataron miles de
mariposas cuando me dio mi primer beso, sin embargo, ya
no quedaba nada de él.
—¿Vamos a morir? —preguntó Elena, quien no había
dejado de gimotear.
—Todos moriremos alguna vez, ¿no te enseñaron eso ya?
—preguntó el marido de Doleen sin apartar los ojos de la
carretera.
Acuné a Daisy y pensé en cómo íbamos a poder salir de
esa.
«¡El móvil! ¡Lo llevaba todavía en el pantalón y no había
colgado la llamada!».
Quizá mi madre lo hubiera hecho al ver que no
contestaba, o quizá no y estaba escuchando. Intenté
recordar cómo lo había metido, juraría que no lo hice con el
micro hacia abajo. Crucé los dedos. Ojalá nos estuviera
escuchando.
—¿Dónde vamos? —pregunté, mirando las indicaciones
por si podía darle alguna pista.
—Pronto lo verás.
Encendió la radio y dudé que fuera a decir algo más.
CAPÍTULO 79

Leo

Cuando faltaba una hora para llegar al punto de entrega,


seguí las instrucciones de Price. Abrí el móvil desechable,
que me dio José, puse la dirección que me hizo memorizar
para poder contactar con ellos de manera indetectable y le
di al botón. No había podido cargar el teléfono, me quedaba
un veinte por ciento de batería y no sabía si los datos que le
había puesto serían suficientes. Esperaba que sí.
Miré de reojo todas aquellas cabecitas sucias repletas de
temores, ojalá pudiera tranquilizarlos más allá del discurso
que les había dado.
Noté un apretón en el brazo. Era de Ximena, quien no se
había separado ni de mí ni de Julia desde que nos
montamos en el camión.
—¿Pasa algo?
—Solo quiero que sepa que he rezado por usted, por
todos nosotros y he pensado en cómo quiero que sean las
cosas cuando lleguemos.
—Eso está muy bien, Ximena.
—¿Tiene hijos?
—Sí, tres niñas.
—¿Están con su mamá?
—No, su mamá murió en un incendio. —Ella asintió.
—Mi papá también murió, cuando lo hizo, casi nos
quedamos sin nada. Mamá hizo lo que pudo, hasta que el
hambre nos retorcía las tripas.
—Sé lo que es pasar hambre —me solidaricé.
—Un día vino un extranjero, le dijo a mamá que podía
ayudarnos. Sí…, bueno… Si podía jugar con una de nosotras
un rato. —Mis puños se cerraron con violencia—. Nos miró a
todas y dijo que yo le parecía la más bonita, que si jugaba
con él, tendríamos comida suficiente para una semana.
Había vivido en Soyapango el suficiente tiempo para
saber que esas cosas pasaban, aun así, seguía
estremeciéndome por dentro y llenándome de ganas de
arrancar cabezas.
—No hace falta que me lo cuentes ni recuerdes esas
cosas.
Ella me ofreció una sonrisa triste y asintió.
—Dolió mucho, pero comimos. Y, bueno, mamá me dijo
que a veces hay que hacer sac-sac-sacrificios. —«Sacrificios,
qué palabra tan grande para una niña tan pequeña»—. Que
la vida duele, pero que, gracias a mí, todos comeríamos.
—¡Son unos chanchos! —espetó Julia, que se había
mantenido con los ojos en el techo. Sus labios estaban
apretados y se enjugó un par de lágrimas concentradas en
las comisuras de sus ojos negros.
Me atreví a palmear con suavidad la manita de Ximena,
sabía que el contacto físico podía ser repulsivo para los
pequeños y no quería hacerle más daño que el que ya había
sufrido.
Ella cubrió de inmediato la mía y se arrebujó sin temor al
lateral de mi cuerpo. Ojalá pudiera quedármelos a todos,
aunque eso fuera un imposible.
Volví a tragarme las palabras que tenía ganas de
soltarles, que estábamos en un operativo y que los
americanos los rescatarían. No podía hacerlo, me mordí la
lengua y crucé los dedos en un gesto infantil de buena
suerte.
Price, Ray, Jennings y sus hombres asaltarían el lugar de
la entrega, y todos esos niños se librarían de una muerte en
vida. Ninguno de ellos merecía otro final.

☠☠☠☠☠
Ray
Nos estábamos alejando todavía más de Nueva York. Julio
César tomó la I-95 y nos habíamos adentrado en el estado
de Pensilvania, dirección Filadelfia. Llevaba cuarenta
minutos conduciendo cuando me sonó el móvil.
—Price —saludé a mi jefe al ver su nombre en la pantalla.
—¿Dónde está?
—Persiguiendo al Emperador. —Oí varios improperios al
otro lado de la línea.
—¡¿Cómo que persiguiendo al Emperador?! Cuando todo
esto termine, usted y yo tendremos una charla larga.
—Por supuesto, señor, me encantará hacerlo en una
cena en su casa, me han comentado que los raviolis de su
mujer son los mejores de la ciudad.
—Déjese de pamplinas, Wright, tenemos a Torres
localizado. —El corazón volvió a latirme muy rápido.
—¿Cómo?
—Activó el programa de rastreo, y de inmediato me puse
con el operativo, va en dirección a Filadelfia. Siguió las
instrucciones, lo que quiere decir que llegará en poco
tiempo. —Sonreí aliviado.
—Yo también voy en esa dirección, señor. —Un cosquilleo
de placer y otro de alivio me recorrieron por dentro.
—Sí, pero no va vestido para la ocasión, porque dudo que
lleve su indumentaria de asalto.
—No se preocupe, tengo línea directa con el Hada
Madrina y algo se nos ocurrirá para no desentonar en el
baile. —Le diría a Jennings que trajera algo de material para
mí. No es que no fuera armado, llevaba mi pistola encima
por si la cosa se ponía intensa. Aun así, necesitaba más
munición, y mi rifle de asalto no estaría nada mal.
—¡No diga estupideces, Wright! No quiero que
intervenga, no en las condiciones en las que se encuentra.
Siga de cerca a Valdés y no lo pierda, fin de su misión.
Cuando llegue al punto de intercambio, mándeme la
ubicación. Es lo único que tiene que hacer. ¿Estamos? —Iba
listo si pensaba que me quedaría mirando y de brazos
cruzados.
—El operativo es mío, yo tenía que dirigirlo —refunfuñé.
—Y lo habría hecho de no ser porque le dio por jugar al
Correcaminos y sin avisar. Jennings estará al mando, los
efectivos se están desplazando, así como las unidades de
rastreo. Todo apunta a que se dirigen a algún punto del
estado de Pensilvania. —Menudo lumbreras, seguro que el
puesto se lo dieron a dedo. En el HSI se rumoreaba que su
suegro tuvo mucho que ver—. Estoy haciendo varias
llamadas para reforzar el operativo.
—¿Tiene ya la orden de registro para la casa de Valdés?
—El juez se está demorando un poco, pero la tendremos
a lo largo del día. Es muy importante que, por una vez, siga
mis instrucciones, nos jugamos mucho, Wright.
—Soy consciente de ello, señor.
—Pues entonces no le va a costar obedecer —gruñó—.
Buena suerte.
—Gracias, señor.
En cuanto colgó, llamé a Jennings de inmediato.
—¿Dónde cojones estás?
—Jugando a la Cenicienta, al Emperador se le ha olvidado
su mujer en un castillo extraño, y yo no llevo zapatos para
el baile. Tráeme mis armas, ¿quieres?
—El director ha dicho…
—Ya sabes por dónde me paso yo lo que diga Price.
Tráeme mis juguetes y listo, yo vigilo al cabrón de Julio.
—Vale, pero las manos quietas hasta que lleguemos.
—Seguro que no le dices lo mismo a Nessa.
—¡Cállate, capullo!
—Yo también te quiero, terroncito de azúcar.
Le colgué. Estaba de buen humor, Leo estaba vivo, las
niñas custodiadas y muy pronto Julio se mudaría a la casa
de sus sueños. Las cárceles de máxima seguridad eran el
mejor hogar para los traficantes de niños que pretendían
una ampliación de su patio trasero.
Iba a divertirme de lo lindo.

☠☠☠☠☠
JC
Me estaba acercando a la nave, y no es que estuviera de
especial buen humor.
Mi hombre me confirmó lo que ya sabía, detrás del
tiroteo que sufrieron las hijas de Lion estaba Anita. La muy
estúpida pensó que eso me dañaría, que Lion creería que yo
fui el responsable, como pasó, y por eso vino a pedirme
explicaciones, y que no querría saber de mí tras la muerte
de su puto y de las mocosas. Le salió mal.
Si no la había matado era porque quería al bebé, en
cuanto pariera, me desharía de ella, tenía bastantes meses
por delante para pensar en un futuro a su altura, quería que
sufriera, joderla del mismo modo en que ella estuvo
jodiéndome a mí.
Mis hombres sujetaban las puertas de la nave, estaba en
una zona granjera, separada de todo y de todos. Cerca de
un pequeño helipuerto privado en el que aterrizarían
algunos de los clientes.
Al camión le quedarían unos veinte minutos para llegar,
por lo que tenía tiempo de recibir a las troneras de Lion.
Había conseguido bastante información, averigüé que
María acudía a una asociación donde prestaba voluntariado
a mujeres procedentes de las maras, que a veces llevaba a
las niñas con ella y que la mayor bebía los vientos por el
hijo de un dieciochero.
¿Qué podía esperarse de la hija de la heredera de Barrio-
18?
Por la mente se me cruzó la posibilidad de que esa niña
fuera el bebé que María me quiso colar, por edad podría ser,
aunque las mujeres solían usar esas tretas para acelerar los
matrimonios, y ella se moría de ganas de ser mi mujer.
Todavía la recuerdo ofreciéndose a mí, insistiendo como la
tronera que era.
Abrí la ventanilla y escupí.
Me daba lo mismo si esa güila era hija mía o no, mi
heredero no nacería del vientre de una dieciochera, nunca.
Me gustaba ir un paso por delante de todo el mundo, era
la única manera de que el enemigo no te pillara
desprevenido, anticiparse, por eso me fastidió tanto que
Anita se creyera con la potestad de lograr acabar conmigo,
con mi imperio, necesitaría varias vidas para un hito como
ese, y le quedaba demasiado grande.
Aparqué en el interior de la nave, uno de mis hombres
me abrió la puerta. Y salí estirando la chaqueta del traje
para abotonarme un botón.
—Big —me saludó Armando.
—¿Está todo listo?
—Así es, jefe. El camión está al llegar, los hombres en
sus posiciones y el comité de bienvenida aguarda en el
helipuerto.
—Bien, ya sabéis lo que tenéis que hacer, no quiero que
nadie actúe sin mi señal. ¿Estamos? —Él asintió.
Todavía no había encontrado un buen reemplazo para
Miguel, en mi fuero interno estaba guardando ese puesto
para Lion, porque sabía que tarde o temprano terminaría
besándome los pies y otras partes.
Se oyó el ronroneo lejano de otro motor. La nave de
Santos avanzaba por el camino de tierra levantando una
buena polvareda.
Sonreí. El cerote de Nelson estaba sentado en el asiento
del copiloto. ¡Menudo par de ilusos! Supuestamente, yo
debía creerme que eran unos renegados de la dieciocho,
sabía que no era cierto, que el big de Barrio-18 les había
pedido mi cabeza para ofrecerles Nueva York.
Tenía mis propios pesetas infiltrados en la ranfla del
penal, mis oídos alcanzaban a escuchar todo lo que
necesitaba. No había llegado donde estaba porque sí.
Sería divertido verlos esforzarse para terminar con el
Emperador. Un puesto grande no se ofrecía porque sí,
necesitabas echarle muchas pelotas, y esos dos eran un par
de huevones de manual.
El vehículo entró custodiado por algunos de mis
hombres.
Todavía no había visto a Santos en persona, nuestras
conversaciones habían sido escuetas y telefónicas.
Deberíamos habernos encontrado, pero con lo sucedido en
la boda, fue complicado. No me pareció nada del otro
mundo. Un tipo joven cuya misión le quedaba grande.
—Emperador —me saludó nada más salir del auto.
—Santo.
No se había roto la cabeza con su taca, se limitó a
quitarle la ese final a su nombre.
«Egocéntrico».
—¿Me trajisteis la mercancía? —No perdí de vista la
pistola que Nelson trataba de ocultar tras la cintura.
—La duda ofende, man —susurró.
Ambos abrieron las puertas. Santos sacó a una niña
morena, con los ojos hinchados de tanto llorar, que se
removía inquieta, estaba demasiado blanca, no parecía
sentirse bien, lo que era algo normal.
Por su parte, Nelson extrajo a la réplica de María, una
adolescente muy guapa que sujetaba entre los brazos un
bebé que no llegaba a los dos años. Sus ojos me taladraban
de un modo que yo mismo empleaba a diario.
¿Era posible que de verdad fuera mía?
Las colocaron delante del capó del coche, para que
pudiera verlas bien.
—¡Es el hombre de la cruz, el diablo, Magaly, va a
matarnos como dijo mamá! —chilló la niña que sujetaba
Santos.
La buenecita de María hablándoles de mí. La pequeña
alzó el pie y se lo clavó a su captor con saña, este la insultó
y le dio una bofetada que la arrojó contra el suelo.
La pequeña gritó por la violencia del contacto y se
golpeó la cabeza con fuerza contra el guardabarros. Perdió
todo el color.
—¡Elena! —gritó su hermana, buscando librarse del
agarre de Nelson. La niña empezó a convulsionar. Y Magaly
abrió mucho los ojos angustiada—. Nelson, ¡la insulina! ¡Le
está dando una subida de azúcar y no tengo su jeringuilla!
—¿Y a mí qué más me da? —preguntó el chico irritado.
—¡¿Vas a dejar que muera?! —preguntó Magaly,
mirándome. Reconozco que eso tuvo su gracia.
—A mi cuñado no le importáis. Si fue capaz de disparar
contra su propia hermana, no le temblará el pulso contra la
bastarda de su hija. —Cabeceó hacia ella—. Dame a mi niña
—dijo Santos, extendiendo los brazos.
Me costó asumir lo que ese hijueputa acababa de decir.
—¿De qué hablas? —pregunté sin dar crédito a sus
palabras—. Tú no eres mi cuñado. Mi hermana murió en el
incendio de Soyapango.
—Eso es lo que te hicieron creer, man, mi padre la salvó,
le dio una familia, y cuando él pasó al otro barrio, yo le tomé
el relevo. La muy desagradecida de tu hermana se largó
preñada a ese hogar de renegadas con mi hija. Me la quitó.
Así que ya ves, no eres el único del que esa chingona de
Wendy logró huir. A ver cuánto tarda la zorra de nuestra
Wendoleen en aparecer. —Santos le arrebató la bebé a
Magaly con una sonrisa de psicópata en los labios. Mis
hombres me miraron, sabían que la orden era no intervenir
hasta que yo lo dijera—. Wendyyy —canturreó—. ¿Estás ya
por aquí? Tu hermano y yo queremos verte —comentó,
voceando al aire.
Magaly intentó librarse de Nelson, y este le arrebató el
móvil del bolsillo trasero del pantalón para mostrarle a
Santos que estaba en llamada.
—Las niñatas sois tan previsibles. —Se carcajeó el que
hacía llamarse mi cuñado—. Has hecho exactamente lo que
quería, traerla a mí. —Aumentó el volumen de su voz,
dirigiéndose al aparato—: Cariño, ¿cuánto te falta para
llegar? ¿Has pillado un atasco? Si no llegas pronto, igual tu
hermanito quiere mostrarle a Magaly por lo que la tronera
de su mamá pasó.
—¡No las toques! —chilló una voz femenina al otro lado
de la línea—. ¡Voy a matarte, hijueputa! —Santos lanzó una
carcajada.
—¿Tú y cuántas más? —se burló—. Te lo dije, cuñado, tu
hermana está viva.
—Pero tú no lo vas a estar —rugí.
CAPÍTULO 80

JC
Santos intentó echar mano a su cachimba, pero yo fui más
rápido. Le atravesé la carótida de un balazo. La sangre
cubrió el rostro de su hija, que chilló asustada mientras el
cuerpo se desplomaba contra el suelo y la pequeña
rebotaba encima.
Nelson agarró a Magaly, y su arma iba de mi supuesta
hija a mí. El pulso le temblaba.
—Esto te queda grande, chavala, elegiste mal.
—Voy a matar…
—¿A quién? ¿A ella? ¿A mí? —reí—. ¿Todavía no te ha
quedado claro que esa cría no me importa? Que me da igual
si uno de mis espermatozoides está ahí. Ella nunca será
nada mío. ¡Mátala! —bramé.
Nelson me miró, después a ella, la duda sembraba sus
ojos. Hizo algo que solo un cobarde haría, la empujó hacia
delante, disparó sin mirar, creyendo que una de sus
detonaciones impactaría contra mí.
Quiso llegar al asiento del conductor. Lo dejé, quizá
tuviera suerte, le echara huevos en el último momento y les
pasara a todas las güilas por encima para poder
atropellarme.
No lo hizo, dio marcha atrás como un cobarde y le di el
único final que merecía. Avancé hacia delante varios pasos,
acerté a uno de sus neumáticos, al depósito de gasolina y la
última bala fue contra el líquido inflamable para hacerlo
saltar por los aires.
Dieciochero a la parrilla, me encantaba el olor que
desprendía.
Me di la vuelta y contemplé a Magaly corriendo con sus
dos hermanas en brazos. Coraje no le faltaba. Alcé la,
apunté a su rodilla, sería divertido verla caer con las otras
dos.
Amartillé la cachimba y sonreí saboreando el impacto
mientras escuchaba un chirriar de ruedas.
Pum.
☠☠☠☠☠
Ray
Un coche acababa de salir volando por los aires, el mismo
que entró derrapando con Nelson dentro y un tipo que no
había visto en la vida.
¿Qué hacía Nelson allí? ¡No podía ser un homeboy de la
SM-666!
No me había podido acercar todo lo que quería al
edificio, varios tiradores estaban encaramados en el tejado.
Si salía a campo abierto, estaba muerto.
Un segundo coche entró derrapando, centrando la
atención de los tiradores, no me dio tiempo a ver quién
estaba al volante, pero era la distracción que necesitaba
para colocarme en un ángulo muerto que había visto justo
debajo de una de las ventanas, quedaba oculto por un
tejadillo voladizo. Era ahora o nunca.
Eché a correr rezando para que Jennings estuviera al
caer.
Me asomé y mi corazón colapsó. Tras el cristal sucio, vi a
Magaly correr con Elena en brazos, Daisy también estaba
con ellas. Mi bebé tenía el rostro cubierto de sangre y, por
su mueca, estaba llorando sin parar.
Un dolor agudo me atravesó el pecho. El brazo de Julio se
estiraba en dirección a las niñas. El brillo de un cañón
apuntaba hacia ellas. Todas mis alarmas saltaron, no iba a
consentir que las matara, antes prefería que me cosieran a
balazos.
No lo pensé, alargué el brazo y disparé.

☠☠☠☠☠
María
Había dejado de respirar desde que mi móvil sonó y
escuché la voz de mi hija al otro lado de la línea anunciando
que les estaban disparando.
En mi cabeza, Julio las había encontrado e iba a matarlas
porque quería eliminar todo aquello que le recordara a mí.

Me puse a gritar como una loca para llamar a Wendy


cuando escuché el nombre de Nelson. No sabía qué pensar.
Wen vino hasta mí corriendo.
—¿Qué pasa? —Le hice señal de silencio.
—Escucha. —No se oía demasiado bien, pero la voz de
otro hombre había entrado en escena. La cara de mi chica
se transformó.
—¡Es Santos!
—¿Tu marido? —Ella asintió lívida. ¡Las ha secuestrado
junto con Nelson! Les ha disparado.
—¿Nelson? ¿Estás segura?
—¡Sí! —exclamé ahogada.
—Rápido, cojamos las armas y el coche.
—¡No sabemos dónde van! —grité.
—Sí lo sabemos, mientras el móvil no se apague,
tendremos la ubicación, es fácil con el sistema de rastreo.
No hay que perder tiempo, Santos es peligroso.
—¿Y por qué Nelson lo está ayudando?
—No lo sé —suspiró Wendy—, quizá Santos lo haya
captado.
—¿En nuestras narices? Dios, ¡no puede ser!
Mientras Wendy conducía el coche, que teníamos
escondido en el garaje del edificio anexo a la asociación, fui
escuchando la conversación que mantenían. A veces se
entrecortaba o no se escuchaba del todo bien.
Así comprendimos que no solo habíamos perdido a
Nelson, sino que iban a llevar a las niñas con Julio. O
llegábamos a tiempo, o estarían muertas.
Fueron unos kilómetros llenos de angustia y
adelantamientos indebidos.
No pude dejar de llorar en todo el trayecto, sintiéndome
culpable por hacerme pasar por muerta; si les pasaba algo a
las niñas por mi culpa, por haberlas abandonado en busca
de justicia, no me lo perdonaría nunca.
Cuando escuché a Santos dirigirse directamente a
Wendy, después de revelarle a Julio que su hermana seguía
con vida, que era su marido y Daisy su hija, vi cómo las
manos repletas de cicatrices, que en las últimas noches me
llenaron de consuelo, caricias y amor, se apretaban contra
el volante y pisaba a fondo el acelerador.
—Wen… —suspiré.
—Vamos a llegar y las vamos a salvar, te lo juro, María,
no podrá con nosotras, esta vez estamos preparadas, coge
las armas.
Habíamos hecho clases en una galería de tiro, sabíamos
fabricar bombas caseras, no quedaba nada de las mujeres
indefensas que Julio una vez conoció.

Cuando llegamos al lugar que nos indicaba el GPS, vimos


una nave gigantesca con aspecto de antiguo almacén en el
que guardar grano. Un coche salió y estalló por los aires.
Di un grito. La explosión no detuvo la determinación que
pintaba el rostro de Wen.
—¡Agárrate! —proclamó antes de volver a acelerar. Una
nube de balas nos dio la bienvenida, haciendo añicos la luna
delantera. Wendy derrapó entrando en el interior.
CAPÍTULO 81

JC

Mi fierro cayó al suelo y noté una quemazón en los dedos.


Me agaché y rodé por el suelo, haciendo una señal a mis
hombres.
Otro coche acababa de entrar, y algo me decía que sabía
con exactitud quién lo conducía. La ventanilla del copiloto
bajó y una mano arrojó algo desde el interior, alcanzando el
ángulo en el que estaban mis homeboys de la derecha.
—¡Cuidado! —rugí.
Salté hacia un lado al reconocer la bomba casera. Esta
estalló despedazándolos a los dos.
—¡Hijaeputas! —rugí, apuntando mi arma hacia delante
para disparar sin tregua a la luna delantera.
El cristal se hizo pedazos, y yo busqué la protección de
mi propio coche desplazándome en dirección al lugar en el
que vi resguardarse a las niñas.
Una de las ventanas de la nave se rompió y vi al puto
Dave saltar a través de ella. Cambié la dirección del disparo
y detoné el arma en su dirección impactando contra él.
«Nos vemos en el infierno, cabrón».
Se oyó el sonido de un helicóptero sobrevolar el almacén.
Eso no pintaba nada bien, alguien debió llamar a la policía,
¿y quién carajo había avisado a Dave? Quizá también
supiera que esas dos estaban vivas. ¿Lion también lo sabía?
La cabeza me daba vueltas, no tenía tiempo de llamar al
transportista para pedirle que detuviera la entrega. El
camión tenía que estar a punto de llegar y también los
compradores.
La puerta del conductor, del coche que acababa de
acribillar, se abrió. Como si de una profecía se tratara,
Wendy volvió de entre los muertos y se puso frente a mí.
—Hola, hermano, ¿me has echado de menos? Porque yo
a ti sí. Ha llegado la hora de que te reúnas con la única
mujer que has adorado en cuerpo y alma. Saluda a la Santa
de mi parte.
Estaba intentando dispararle, pero mi arma se había
encasquillado. Cuando conseguí desbloquearla, disparé
contra ella para asegurarme de que no resucitara. Alguien
me embistió por el lateral y la bala se incrustó en la puerta
mientras me desplazaba hacia el suelo.
Noté una patada a la altura de los lumbares, Wendy
apuntó hacia mí y, antes de que apretara el gatillo, uno de
mis hombres la alcanzó por detrás con uno de los rifles de
asalto, llegué a escuchar tres impactos. De esa ya no salía.
—¡Nooo! —gritó la zorra de María, saliendo del interior
del coche para tirar otra de sus mierdas en dirección al
homeboy que había detonado contra Wen.
Rodé por el suelo y me encontré con Dave. Mi bala no
había matado al rubio, aunque sí le causó un herida en el
hombro. Él había sido quien me atacó por el costado
intentando hacerse el puto héroe.
Mientras la bomba de la zorra de María estallaba, ella
corrió para poner a Wendy a salvo. Por mucho que quisiera,
de esa no la libraba nadie.
El almacén tembló. Empezaron a escucharse coches y
sirenas, nos estaban rodeando.
—Estás jodido, man —masculló Dave con una sonrisa que
tuve ganas de borrar—. Por cierto, no me llamo Dave, soy el
agente Wright del ICE, y voy a encargarme personalmente
de que pagues por ser el gran mierda que eres.
—Si yo muero, tú te vienes conmigo, cabrón.
No había soltado el arma en la caída, me bastó un giro
para apuntar a su cara y disparar el gatillo, pero él me ganó
en velocidad y me voló los dedos que sujetaban mi fierro.
Aullé del dolor mientras mi bala se perdía sin acertar.
—¡Mamá! —tronó el grito de Magaly—. ¡Necesitamos
insulina, rápido!
Vi de refilón a uno de mis hombres desplazándose por
una de las vigas que quedaba sobre ellas.
—¡Mátalas a todas! —ordené para que me oyera. Dave
cambió de objetivo, intentó apuntarlo, pero yo pateé su
muñeca.
La pistola salió despedida, él intentó recuperarla, pero yo
me puse en pie rápido, lo embestí y le di un cabezazo que lo
hizo trastabillar.
María salió a la carrera para proteger a sus hijas, se
escucharon más gritos, más disparos, el fuego empezaba a
consumir parte del almacén, lo que me hizo recordar
aquella noche en Soyapango.
No iba a morir. Solo tenía una oportunidad, mi coche
estaba blindado, así que montarme en él y pisar el
acelerador era la única oportunidad que tenía.
Corrí hasta alcanzar la puerta del conductor, las llaves
estaban puestas. Mis hombres dispararon contra el rubio
para ofrecerme una posibilidad de salida. No sabía si las
niñas habían muerto o no, pero me importaba un carajo.
Conseguí meterme en el interior y arranqué el motor.
«¡Sí! ¡Adiós, cabrones! ¡Volveré reforzado!», pensé,
mirando la imagen de la Santa Muerte que estaba en el
salpicadero de mi nave.
La puerta de atrás se abrió y María entró completamente
desquiciada.
—¡Hijueputa! —chilló—. ¡La has matado! ¡Vas a morir,
cabrón! —Pisé el acelerador con fuerza haciéndola rebotar.
La mano me dolía, aunque podía seguir sintiendo los dedos
que me faltaban.
—La única que vas a morir eres tú, como debiste hacer
aquella noche, maldita tronera. —Con la mano izquierda,
busqué el arma oculta en un lateral del asiento, la
adrenalina transformó aquella barricada de coches policiales
que bloqueaban el acceso a la nave en un obstáculo
salvable. Al fin y al cabo, el diablo estaba conmigo.
—¡¿Tú crees?! —preguntó María, abalanzándose hacia
delante. La miré por el reflejo del espejo interior y mi
sonrisa se borró al verla alzar la misma daga ritual que hice
fabricar para entregarla como ofrenda en la constitución de
la SM-666.
Solté el arma para agarrar el volante con la izquierda y
usar la mano derecha para interceptarla, pero cuando lo
hice, la hoja ya estaba abriéndome la carne y sesgándome
en zigzag.
—Esto es por Wen y por mí, conseguimos vivir todos
estos años de prestado e incluso ser felices la una en brazos
de la otra. Morirás sabiendo que no lo conseguiste, que lo
único que has cosechado es desprecio y que has sido un
amargado y un infeliz.
El coche siguió desplazándose hacia delante porque, en
mi intento de frenar su ataque, pisé todavía más el
acelerador.
Noté el momento exacto en el que salimos volando por
los aires.
Mientras, alguien rugía que no disparasen.
La última imagen que vi, mientras el techo del vehículo
se hundía y dábamos vueltas de campana, fue la pesadez
de la Muerte arrancándome el alma.
El movimiento del coche se detuvo en seco y creí ver la
cara de Lion asomándose por mi ventanilla.
—A-ayúdame —supliqué con estertores sanguinolentos—.
Te-te quiero.
Estiré los brazos hacia él. La sangre colapsaba mis
pulmones y lo único que quería era ser amado por aquel
hombre que siempre tuvo que ser mío. La visión se me
nublaba, aun así, conseguí ver su silueta de cuclillas a mi
lado.
—Tú no sabes lo que es querer. Ojalá te pudras en el
infierno. —Aquel fue su último deseo, o por lo menos el que
yo escuché.

☠☠☠☠☠
Leo
Cuando llegamos al punto de entrega, la policía y el HSI
abrieron el camión.
Escuché explosiones, balazos y me puse de inmediato en
tensión. Sabía que la operación podía complicarse, pero en
el fondo esperaba que fuera lo más tranquila posible.
—Rápido, llevad a los niños al lugar seguro —dijo uno de
los agentes.
—Lion… —murmuró Ximena, mirándome a los ojos con
terror.
—Tranquila, ellos son los buenos, se ocuparán bien de
vosotros, nos estaban esperando desde el principio, pero no
os podía contar nada porque era una operación secreta.
Todos vuestros sueños van a cumplirse, Ximena, confía.
—Te lo dije, que era de los buenos —sonrió Julia en mi
dirección—. Anda, bajemos.
Parpadeé varias veces hasta acostumbrarme a la luz del
sol. Mis retinas llevaban sufriendo todo el trayecto.
—¿Es usted Lionel Torres? —preguntó uno de los agentes
con la insignia del HSI.
—Sí —afirmé.
—Jennings me ha pedido que me ocupe de usted, venga
por aquí, señor Torres.
—¿Y el agente Wright? —pregunté con la anticipación por
verlo hirviéndome por dentro.
—No estoy autorizado para darle esa información,
necesito que me acompañe a una de las ambulancias para
que lo revisen, por favor.
Asentí sin dejar de mirar todo aquel despliegue de
medios que parecía sacado de una película. Incluso un
helicóptero sobrevolaba el almacén.
Me sentaron en una camilla, estaban atendiéndome el
golpe de la cabeza cuando alguien gritó un: «Viene hacia
nosotros».
—¡Rápido, apartaos! —vociferó una voz grave. Le pedí al
sanitario que me estaba evaluando que parara.
Los dos nos asomamos y vimos el momento exacto en
que un coche volaba por los aires, se elevaba por encima de
la barricada de vehículos y terminaba al otro lado, dando
tumbos y varias vueltas de campana. Se detuvo muy cerca
de donde me curaban.
Reconocí el vehículo de inmediato, era el de Julio, fui
incapaz de no acercarme a él.
Cuando lo hice, lo vi asomado por la ventana del
conductor, le salía sangre por la boca y el mango de un
puñal sobresalía de su cuello. No podía ser, era imposible
que fuera el de…
«María», pensé de inmediato y tuve un pálpito.
Julio se puso a hablar, a pedirme ayuda y decirme que
me quería.
—Tú no sabes lo que es querer. Ojalá te pudras en el
infierno. —Fue todo lo que le pude desear, lo único que me
producía ese ser era animadversión.
Oí gritos a mis espaldas. Alguien suplicaba que le dieran
la vuelta al vehículo. Varios agentes vinieron en mi dirección
para obedecer. Alcé el rostro y me topé con Ray.
Era como uno de esos héroes de guerra vestido de
paisano. Estaba sucio y avanzaba con alguien entre los
brazos, una mujer, no sabía de quién se trataba, pero me
daba lo mismo, mi corazón latía por todo el amor que ese
hombre me profesaba.
Le abrieron paso y se acercó a mí, con una mezcla de
alivio y tristeza en los ojos. Tenía el corazón que era incapaz
de bombear más sentimientos. Las ganas de abrazarlo y
consumirme en ese abrazo eran insostenibles.
—Mi amor —me salió del alma en cuanto lo vi.
—Lo-lo siento, no he podido salvarla.
No comprendía lo que estaba diciendo hasta que me fijé
en el rostro de la mujer que sujetaba. Lo tenía abrasado, la
ropa estaba cubierta de sangre, habían pasado muchos
años, pero, aun así, la reconocí.
—¿Wen? —pregunté.
—No ha sobrevivido. Ha recibido demasiados tiros.
—¡Rápido, esta mujer está en parada! —dijo uno de los
sanitarios, forzando a Ray a dejar el cuerpo de la que fue mi
novia en la ambulancia—. ¡Preparen el equipo de
reanimación!
—¿Cómo es posible? —pregunté sin entender el milagro.
Ray negó.
—No lo sé, pero apareció con…
—¡Aquí dentro hay otra mujer! —vociferó un agente—.
¡Tiene pulso! —miré hacia el coche—. ¡Rápido, una camilla!
—Es tu mujer —susurró Ray.
—¿María? No puede ser ella —exhalé.
—Creo que estaba con Wendy, y no me refiero solo al
coche. —Parpadeé incrédulo ante las palabras de Ray, y
corrí hacia mi mujer.
—¡Necesita una transfusión urgente! —dijo uno de los
médicos—. Hay que llevarla al hospital echando leches.
—Wen… Wen… —susurró ella. Yo me acerqué y le cogí la
mano.
—María.
—¡Apártese!
—Soy su marido.
—¡Pues súbase a la ambulancia, nos vamos ya!
Busqué con la mirada a Ray y vi que Jennings se
acercaba con mis hijas, ¿qué hacían allí las niñas?
Magaly corrió hacia mí para abrazarme con los ojos
llorosos.
—Pe-pero ¿qué ha pasado? ¿Qué hacéis aquí? —
cuestioné sin entender nada.
—Es largo de contar, pero estamos bien, papá, Elena ha
tenido una subida de azúcar, aunque ya le han puesto la
insulina y está estable.
—Señor, ¿va a subir, o se queda?
—Wen… —volvió a repetir María—. No-no quiero irme sin
ella —dijo, buscando mi mirada.
—Están intentando reanimarla. Por favor, María, ya has
oído al médico. —Ella negó.
—No quiero irme sin ella, no puedo hacerlo.
—Piensa en las niñas… —Mi mujer me sonrió triste, le
costaba un infierno hablar.
—Ellas estarán bien contigo y con él —miró hacia Ray—.
No voy a salir de esta, Lionel, lo sé.
—No digas eso. —Llevé su mano a mi boca y la besé.
—Siento mucho por todo lo que te hice pasar, por las
mentiras, queríamos acabar con Julio solas por todo lo que
hiciste por nosotras. Mereces ser feliz y tener una familia de
verdad. Cuida de las niñas, sé que lo haréis genial.
Uno de los sanitarios elevó la voz mientras hablábamos.
—No ha habido nada que hacer, lo lamento, hora de la
muerte…
Cuando me di cuenta de que se refería a Wendy,
exclamé:
—¡Sigan intentándolo! ¡No pueden dejarla morir!
El médico volvió a susurrar un lo siento y le taparon la
cara. Mi hija mayor se acercó a su madre con lágrimas en
los ojos.
—Todo esto ha sido culpa mía, mamá, lo siento, yo no
sabía que Nelson…
—Shhh. —Ella la acarició con las pocas fuerzas que le
quedaban—. Te has portado como una guerrera, ahora
tendrás que cuidar de tus hermanas y de tu padre. ¿Lo
harás por mí?
—Mamá, no te mueras —gimoteó encima de ella.
—Hace muchos años que debí morir, la vida me premió
con este tiempo de gracia para que os tuviera a ti y a tus
hermanas, para que supiera qué era amar de verdad, más
allá del amor de un amigo —me miró—, o el de una familia.
Voy a protegeros desde allí arriba con el amor de mi vida y
quiero ver solo lágrimas de felicidad. ¿Me prometes que
serás feliz? —Apenas le quedaba aliento por consumir—.
Hazlo por mí, Magaly.
—Te lo prometo —terminó susurrando mi hija.
—Buena chica.
María cerró los ojos con una sonrisa en los labios. Los
médicos la subieron a la ambulancia, querían darle una
oportunidad, aun así, yo sabía que la rechazaría, porque
nadie vive si quiere morir.
Subí con Magaly para acompañarla y miré en dirección a
Ray.
Estaba enjugándose las lágrimas, observándonos a unos
pasos de distancia, dándonos la privacidad que
necesitábamos.
—Tenemos que llevarlo a un hospital, señor, ha perdido
mucha sangre.
—Está bien, pero llévenme al mismo que a ella —
comentó, señalando nuestra ambulancia. Antes de que las
puertas se cerraran, gritó que Jennings se ocuparía de llevar
a Daisy y Ellie. Yo moví la cabeza afirmativamente, tan
destrozado como lleno de amor, viendo sus labios formular
un te quiero que abrazó mi corazón.
EPÍLOGO 1

Leo

Habían pasado dos meses desde que dos de las mujeres


más importantes de mi vida se reunieron con mis padres.
No fue fácil asumir todo lo que había ocurrido en tan
poco tiempo, sobre todo, el día que regresé de Soyapango
con el cargamento de pollitos.
El camino al hospital fue duro, porque María se debatía
entre la vida y la muerte, y Magaly no dejaba de decir que
todo era culpa suya.
Intenté que se tranquilizara, ambos nos habíamos
ocultado demasiadas cosas, y, aunque fuera su padre, el
hombre que la había criado desde que vino a este mundo,
no me sentía capaz de juzgarla.
La escuché en la sala de espera, frente a una infusión
caliente, que era más un agua con hierbas de máquina,
mientras intervenían tanto a su madre como a Ray.
Elena y Daisy descansaban en una habitación en la
unidad de pediatría, las dos se habían dormido y estaban en
observación, vivieron un momento muy traumático y los
médicos preferían asegurarse de que todo estaba bien.
Magaly me lo confesó todo, que su irritabilidad de los
últimos tiempos no fue fruto de la edad, como yo quise
imaginar, sino de la tremenda carga emocional que había
estado soportando, y aunque en parte entendía lo que
motivó a María, me dio rabia que sometiera a nuestra hija a
una presión que no le correspondía por edad.
A ello se le sumaba que la persona de la que se creyó
enamorada resultó ser una ilusión. Conocía de primera
mano los sinsabores de una decepción amorosa. Tanto su
madre como yo éramos culpables del mismo pecado, de
haber caído rendidos a los encantos del Emperador.

—Lo he hecho todo mal. Todo —gimoteó.


—No digas eso, a mí también me ocurrió, equivocarnos
en nuestro primer amor debe ser hereditario.
Me mordí la lengua de inmediato al darme cuenta de que
lo que había dicho ya no tenía ningún sentido para ella.
Magaly sabía que no era su padre, que era imposible que
hubiera heredado algo mío.
Ella levantó la barbilla, se había acurrucado contra mi
pecho para hablar, y yo le acariciaba el brazo con ternura,
escuchando todo el dolor que contenían sus palabras.
—Ojalá pudiera heredarlo todo de ti. —Paseé mi mano
por su cara con mimo y el corazón lleno de cariño—. Eres el
mejor padre del mundo, y no quiero a otro que no seas tú.
—¿Podía decir alguien tanto con tan poco? Podía. La
estreché en un abrazo y le besé el pelo.
—¿Ni siquiera a Ray?
En nuestra tarde de confesiones, Magaly ya conocía el
nombre del héroe que entró en nuestras vidas y en aquella
nave a pecho descubierto, para intentar salvarlas a todas,
sin importarle poner en riesgo su propia vida.
—¿Puedo votaros a los dos? Sois los mejores hombres
que he conocido nunca. —Le sonreí y asentí. Pensando en
que ya se lo recordaría cuando el amor volviera a golpear su
puerta pasado un tiempo, que lo haría.

Permanecimos abrazados hasta que el médico vino a


vernos. Nos comentó que habían hecho todo lo posible por
María, pero que no creía que pasara de esa noche. Sus
órganos estaban hechos puré y respiraba porque la tenían
conectada a una máquina.
A Ray acababan de subirlo a planta, ya estaba despierto
de la anestesia y su operación había ido perfecta.
Jennings, que había estado aguardando unas sillas más
allá, se ofreció a quedarse con Magaly mientras yo lo
visitaba. El médico fue muy estricto, solo podía pasar una
persona y tenía cinco minutos, porque había terminado el
horario de visitas.
Entré con cuidado, nervioso, con el pulso acelerado y
tantas ganas de besarlo que ni siquiera sentía los labios.
Mis contusiones habían pasado a un segundo plano, nada
me dolía después de verlo.
—Hola —lo saludé cauto.
—Hola —me sonrió—. Si digo muchas gilipolleces,
tendrás que disculparme, dicen que es un efecto secundario
de la anestesia.
—Entonces siempre debes andar anestesiado. —Él rio e
hizo una mueca de dolor—. Perdona. —Le restó importancia
con el movimiento de su mano.
—¿Cómo está María? —se interesó.
—Grave, en la UCI, la cosa no pinta bien, el médico cree
que no llegará a mañana —murmuré, sentándome en el
borde de la cama.
—Lo siento, me comporté como un idiota, tendría que
haber registrado mejor la asociación y haberte hecho caso
con el tema de Nelson, si lo hubiera hecho, tal vez…
—Shhh —lo silencié igual que hice con mi hija, poniendo
los dedos sobre sus labios, conteniendo el impulso de usar
mi boca para acallarlo—. Todos tenemos derecho a
equivocarnos, y tú has hecho más por mí y por mis hijas que
nadie. —Tomé aire y lo solté despacio—. Te quiero
muchísimo, Ray, siento no habértelo dicho más a menudo,
pero te garantizo que, a partir de hoy, lo voy a hacer. Quizá
haya necesitado toda esta locura para darme cuenta de que
lo que más quiero es una vida a tu lado, con mis hijas, para
formar esa familia que siempre hemos deseado, aunque
fuera cada uno por separado, porque todavía no te conocía
—aclaré, tomándolo de la mano—. Adoro tu forma de hacer
el capullo para sacarme de mi zona de confort. —Ray sonrió
—. Ese hoyuelo que te parte la barbilla en dos y me hace
desear pasar la lengua y mordisquearlo constantemente —
lo tracé con el pulgar.
—Sigue, que esto me gusta y se pone interesante. —Esa
vez fui yo el que sonrió.
—La ternura, la paciencia y el cariño con el que tratas a
todo aquel que te importa. Tu sentido del honor, de la
justicia, tu honradez al reconocerte, entenderte y no querer
ser perfecto.
—Eso es discutible, soy la hostia, mi amor. —Mi sonrisa
se hizo más amplia todavía.
—Adoro tu boca, tus besos, lo bien que encajan nuestros
cuerpos, con ropa o sin ella. Incluso cuando me follas con
las gafas puestas. —Él gruñó—. Y nuestras diferencias. —Le
pasé los dedos por el pelo rubio y Ray suspiró—. Ni quiero ni
puedo imaginar a otra persona más perfecta para ocupar el
otro lado de la cama. Estos días fuera, viviendo la dureza de
aquellos a los que solo les queda la esperanza, comprendí
que la mía estaba puesta en ti, en lo nuestro, y que si tú
quieres, voy a gritarle al mundo entero lo que soy, no me va
a dar miedo reconocer que lo único que deseo está aquí —
apoyé la mano en su pecho—, en cada latido de tu corazón.
Quiero ser feliz a tu lado, Ray Wright.
—Y yo, joder, y yo.
Alargó el brazo, tiró de mi nuca y me besó. Sentí mi lugar
en él, mi hogar no estaba en un bloque de ladrillos hecho
cenizas, o en un minúsculo apartamento de Queens, mi
hogar estaría donde estuviera ese hombre de sonrisa
canalla y gafas de aviador.
Nos besamos de manera dulce, apasionada, rellenando
nuestras almas con promesas de futuro, hasta que alguien
llamó a la puerta y puso fin a nuestro beso, alegando que el
tiempo de visita había concluido y que me había excedido
algunos minutos.
Apoyé la frente contra la suya y los dos sonreímos. Ray
me contempló con pereza, y yo acaricié las sábanas con
envidia, quería ser yo quien pasara la noche envolviéndolo
en mí.
—Volveré mañana con las niñas —suspiré, ofreciéndole
un pico suave.
—Y yo me meteré desnudo en tus sueños para hacerte
todo lo que no he podido estos días.
Reí, porque así iba a ser con él, una vida llena de risas y
de amor incondicional. Ray lo sabía, y yo también.
EPÍLOGO 2

Ray

—¿En serio que este es mi cuarto, papi Ray? —preguntó


Elena, saltando sobre la cama.
—¿Qué pone en el cabecero?
—Ellie —leyó ella entusiasmada, sin dejar de dar brincos
—Pues entonces diría que si no hay ninguna elefanta
rosa, sip, es la tuya. —Ella se carcajeó y dio otro salto más
alto para que la atrapara en el aire y engancharse a mí
como un monito.
Nos habíamos mudado al mismo barrio tranquilo y
familiar en el que residían los abuelos de Dakota, en Jersey.
Cuando la novia de mi mejor amigo se enteró de nuestra
intención de buscar un hogar más adecuado donde criar a
las niñas, no dudó en ofrecerse voluntaria para encontrarlo
junto a su madre, que para eso trabajaba en una
inmobiliaria.
Después de visitar varios lugares, la oportunidad llegó en
forma de preciosa casita baja, de cuatro habitaciones, con
amplio jardín y bonita caseta para perro donde descansaba
Sparky, jubilado en acto de servicio tras recibir un balazo en
la Operación Emperador.
—Pero ¿esto no era una fiesta de inauguración? —
preguntó Raven, entrando en el cuarto—. ¿Dónde están las
pintas?
—Eso pregúntaselo a Jordan y a Corey, que eran los que
tenían que traer las bebidas —musité.
—Quién te ha visto y quién te ve, Ray-Ban. Con una
preciosa chica entre los brazos —le guiñó un ojo a Elena—,
cuando decías que te daban alergia. —Mi mejor amigo me
sonrió, admirando la estampa familiar que le devolvían sus
ojos.
—Hay chicas y chicas.
Ellie sonrió pizpireta. La bajé al suelo tras hacerle
algunas carantoñas.
Habíamos invitado a todos nuestros amigos. Jordan nos
había regalado una gigantesca parrilla alrededor de la cual
estaba Leo y los firefighters de sus compañeros.
Los chicos del SKS también habían acudido a la
inauguración de la casa, porque no solo era eso, también
nuestra despedida del club, ni Leo ni yo íbamos a volver.
Mi incorporación en el ICE tras la baja era en una
semana, y los excompañeros de Leo le habían propuesto,
tras la disolución de Elite Fire, formar su propia empresa de
extinción de incendios.
Se mostró dubitativo, en parte porque le faltaba el
dinero, pero le dije que no lo dudara, que yo se lo prestaba
porque sabía que su vida era el fuego. Además, lo mío era
suyo, lo suyo era mío, y ya me cobraría los intereses en la
cama.
Cambiamos a las niñas de colegio. Magaly quería un
cambio de aires y Ellie alucinó con el aula inmensa
destinada a manualidades de su nueva escuela. Se habían
integrado a las mil maravillas en el nuevo vecindario, y
Elena apenas recordaba nada de lo ocurrido aquel día. La
psicóloga del hospital nos comentó que no la forzáramos,
que la observáramos por si veíamos en ella algún tipo de
trauma, pero que si no era así, la dejáramos a su ritmo. Que
había veces que, tras un episodio extremadamente
traumático, el cerebro bloqueaba los recuerdos demasiado
dolorosos, que lo mejor era darle espacio y no remover.
Así lo hicimos, para Ellie, su madre ya había muerto en el
incendio, por lo que, tras incinerar los cuerpos de Wen y
María, hicimos una ceremonia muy íntima, solo Leo, Magaly,
Daisy, que todavía no se enteraba de nada, y yo. Pedimos
que pusieran las cenizas en la misma urna, y las
depositamos en las raíces del árbol predilecto de la difunta
mujer de Leo, así, de algún modo, ambas se combinarían y
pasarían a formar parte de aquel majestuoso roble
centenario donde las niñas podrían ir a visitarlas cuando
quisieran.
A la fiesta de inauguración, se sumó Jennings, su mujer,
el pequeño David, Samantha, Tony, Dakota e incluso el
director Price.
Salimos al jardín, donde Marlon amenizaba la barbacoa
tocando la guitarra. Janelle hacía buenas migas con las
chicas y Elon se vanagloriaba de que íbamos a chuparnos
los dedos con su nueva creación.
Me acerqué a mi jefe admirando al hombre de mi vida,
con las mangas de la camisa arremangadas a la altura del
codo y los tipos de su unidad ayudándolo en las brasas.
«Bomberos y fuego, ¡qué extraña combinación!», reí para
mis adentros.
Las llamas siempre habían formado parte de su vida y
tenía todo el sentido del mundo, porque a mí me abrasaba
en cuerpo y alma. Como si hubiera percibido mi mirada
hambrienta, se dio la vuelta, me guiñó un ojo y me dedicó
una sonrisa que me dejó temblando de ganas. Adoraba la
intimidad que compartíamos, y esa noche no se iba a librar.
—Bonita casa nueva, Wright —admitió Price, alzando su
cerveza.
—Todavía estoy esperando a que me invite a la suya para
probar los raviolis de su mujer. —Él sonrió y le dio un trago
al botellín.
—Todo llegará.
—¿Cómo va el asunto de Anita Valdés? —pregunté
interesado.
La operación fue todo un éxito, pese a las bajas. No solo
conseguimos la orden del juez y, por ende, toda la
documentación que necesitábamos en el registro de la casa
de los Valdés, sino que por fin pudimos desarticular la SM-
666. No solo en Nueva York, dimos con los registros de los
representantes de la mara en los distintos estados, por lo
que el golpe fue aplastante, los seiseros americanos se
habían visto reducidos a cenizas. Y no solo eso, también
desarticulamos una importante red de pederastia y abuso
infantil. Atrapamos a los compradores de los niños en el
helipuerto y estaban pendientes de juicio al haber sido
imputados en el mayor golpe que los Estados Unidos daba a
la trata infantil.
El único fleco que se quedó suelto era el de la mujer de
Julio César. Anita Valdés.
Averiguamos que el lugar en el que vi entrar a la pareja
era un centro exclusivo de salud mental, no obstante,
cuando fuimos a preguntar por ella y a pedir los registros de
los pacientes, nadie recordaba que hubiera estado allí
jamás.
—Es como si se la hubiera tragado la tierra —admitió mi
jefe—. Ningún registro de entrada, ninguna visita a un
paciente. Convenientemente, en el sanatorio, no había
cámaras. He barajado la posibilidad de que nunca llegara a
entrar, que quizá, en los jardines, la estuviera esperando
alguien de la SM-666 pagado por Julio para acabar con ella.
Al fin y al cabo, Julio César se había enterado de la alianza
de esta con el tío de Lionel y sus intenciones de liquidarlo.
Sería lo más lógico.
—Lo sería —asumí.
—Esté viva o muerta, dudo que la volvamos a ver, sería
un acto suicida regresar aquí. Además, no le queda nada.
—Entonces, ¿van a dar por concluida su búsqueda?
—La pondremos en la lista de personas más buscadas, la
Interpol y la CIA repartirán su fotografía; si está en algún
lugar, terminará apareciendo, por ahora, no podemos hacer
más.
—¿Y los niños que rescataron? ¿Están en centros de
acogida? —me interesé.
—¿No te lo dije? Menuda cabeza la mía. Resulta que lo
estaban hasta que un alma filantrópica creó una fundación
nueva para víctimas de las maras. —Arqueé las cejas.
—¿En serio?
—Todavía queda gente con corazón y podrida de pasta
que ve las noticias. Ayudará a que esos niños tengan un
futuro mejor.
—Leo se va a poner muy contento. ¿Podremos visitarlos?
Seguro que le encantaría.
—No veo por qué no, es una institución completamente
transparente, así que les bastará con una llamada.
—Gracias, jefe.
—No hay de qué. Además, tengo una noticia que darle
respecto a su puesto de trabajo.
—¿Van a despedirme por haber desobedecido sus
órdenes? No me diga eso que tengo una hipoteca que
pagar. —Él frunció el ceño.
—Lo van a ascender y quieren entregarle una medalla al
mérito.
—¡Joder! ¿Y me lo dice así? ¿Sin más?
—Que no se le suba a la cabeza, Wright, sigo siendo su
jefe y todavía puedo patearle el culo fuera del ICE.
—Se lo recordaré cuando lo hayan jubilado y yo me
siente en esa butaca de piel de camello.
Price negó con la cabeza y se rio. Sabía que en el fondo
le gustaba mi impulsividad, aunque no fuera a reconocerlo
nunca. Se rumoreaba que en su época de máximo
esplendor, el director fue tan temerario como yo.
—¿Alguien está deseando probar nuestras Hurricane
burgers? —proclamó Leo.
Los asistentes se acercaron como buitres, el hambre
apretaba y retorcía las tripas frente al apetecible aroma a
barbacoa. Los chicos de la unidad se dispusieron a repartir
la comida en platos reciclables.
Le dije a Price que después seguiríamos hablando y
decidí acercarme a mi chico, que en ese momento hablaba
con Javier y Sebastián, a los que nos fue fácil encontrar en
un hospital de Ciudad Victoria. Mi jefe no pudo negarse a mi
petición de traerlos a Estados Unidos después de que Leo
hubiera arriesgado su cabeza, literalmente, por la misión. Y,
en agradecimiento a que le hubiera salvado la vida al
hombre que amaba, les alquilé mi pequeño piso a un precio
simbólico. Los comienzos siempre son duros, y nosotros le
debíamos demasiado.
Llegué hasta Leo, que había dispuesto nuestros
bocadillos en un plato, y me abrazó por la cintura nada más
me vio aparecer.
Todavía le costaba asumir su papel de novio cariñoso
delante de los demás.
—¿Sabes que me pones muchísimo con ese delantal? —
mascullé, mirándole la boca para darle un pico descarado.
—Me alegra saberlo, porque es lo único que pienso llevar
esta noche para hacerte una buena comida. Las niñas van a
pasar la noche con Sam y Dakota en casa de los abuelos. —
La carcajada brotó de mi garganta. Porque ese matrimonio
entrañable se había autoproclamado abus de las niñas. No
habían venido a la barbacoa porque estaban en una fiesta
del hogar del pensionista.
—Deseoso estoy ya de que te pongas de rodillas —gruñí.
—Uhhh, ¿suenan campanas de boda? —preguntó Dakota,
acercándose con Raven.
—Más bien de mamada —la corregí—, pero, para el caso,
es lo mismo. —La pobre casi se atragantó con el bocado que
se había llevado a la boca.
Ya había empezado las clases en la Universidad y estaba
encantada. Además, volvía a cantar de nuevo y una
discográfica se había interesado por el tema que Raven
quiso que grabara en el estudio para su cumpleaños.
Dakota les había dado largas porque decía que primero
quería acabar los estudios. No estaba seguro de que llegara
a ser así, su voz estaba hecha para embelesar al mundo,
como decía el capullo de su chico.
Me separé de Leo para charlar con Raven, mientras él lo
hacía con Jennings y su mujer. Habían hecho buenas migas
y me alegraba. Daisy estaba correteando y jugando con el
pequeño David.
—Oye, ¿estás seguro de querer visitar a Bruce?
—Lo tengo previsto para la semana que viene, sí.
—Me refiero a que si sigues con la misma idea en la
cabeza. Él está en la cárcel y tú eres feliz.
—¿Te estás ablandando, Wright? —le pregunté obcecado.
Él negó.
—Es solo que no quiero que te metas en líos, has
alcanzado tu sueño, lo que siempre quisiste, sería una
lástima que te lo estropeara.
—Necesito hacerlo para estar en paz. —Él resopló.
—Eres un puto cabezota, Ray-Ban. —Me quitó las gafas
de los ojos y se las puso.
—Anda, come y calla —dije, metiéndole la hamburguesa
en la boca.
Fui a por la mía. Leo me la ofreció con una sonrisa cálida.
—Te quiero, Pereza.
—Y yo a ti, Envidia.
Sentí el calor que me acunaba en su mirada oscura,
porque donde había fuego, siempre ardería el pecado.
EPÍLOGO 3

Ray

Acababa de aterrizar con la cabeza hecha una jodida olla


exprés.
Había estado todo el vuelo dándole vueltas a si lo que
Bruce me contó en la cárcel era cierto o no.
Podría haberse inventado toda aquella parafernalia para
tocarme los cojones y que le protegiera, o puede que no.
Solo había una forma de saberlo, y era visitar a mi
madre.
No le había dicho que iba, así que no era de extrañar
que, al llegar a su casa, no estuviera. Esperé sentado en el
balancín del porche cerca de una hora, el viento frío
estremecía mi cuerpo. Se notaba la llegada del invierno. El
barrio se veía bastante bien, era una zona familiar parecida
a la que yo me había mudado.
Un coche se acercó a la entrada, reconocí el Cadillac
color granate y a su conductora. Mi madre llevaba puestas
unas enormes gafas de sol de pasta negra y un pañuelo que
envolvía sus rizos, ahora más cortos y teñidos de rubio
platino.
Bajó del coche y, en cuanto me vio, me premió con una
sonrisa llena de sorpresa. Había varias bolsas de papel en el
asiento del copiloto, seguro que estaba en el súper.
—¡Ray Wright! ¡Menuda sorpresa, hijo! ¡Mírate! ¡Estás
guapísimo! —me repasó mientras yo descendía los tres
peldaños que nos separaban con las manos en los bolsillos.
—Hola, mamá. —Sus brazos intentaron abarcarme,
aunque le fue imposible, ya no era un niño.
—Cada día estás más ancho, ¿eso es por el gimnasio? Yo
debería hacer algo, estoy blandísima.
—Lo que estás es preciosa, te sientan bien el frío, los
años y el rubio. —Ella me sonrió.
—Los años no le sientan bien a nadie, adulador. —Me
gustaba verla bien. Anton Stern me ayudó muchísimo a que
pudiera tener una vida tranquila alejada de la prostitución
—. Anda, ayúdame con la compra. ¿Cuántos días te vas a
quedar?
—Me marcho esta misma noche.
—¿Tan rápido? —Hizo un mohín.
—Es una visita exprés, solo quería venir a verte para
hablar. —Su rictus afable se volvió un poco más tenso.
—¿Ocurre algo? ¿Es por lo del juicio? —me preguntó,
cogiendo las bolsas para pasarme una.
—Algo así —respondí, avanzando junto a ella.
—Me alegro de que por fin se haya hecho justicia, mi
hermano no debería salir de la cárcel en su puñetera vida,
siempre fue un indeseable.
Entramos en la casa y la seguí hasta la cocina. Todo
estaba ordenado y olía a manzanas con canela.
—De eso quería hablarte —le comenté, ayudándola a
colocar las cosas. Mi madre era bastante maniática con eso,
todo tenía su sitio y era invariable—. Fui a visitarlo a la
cárcel y hablamos de ti.
Ella se giró en redondo y me enfrentó.
—¿De mí? ¿Y qué mentiras vertió ese malnacido?
Imagino que no le creíste, ¿verdad? —Se había puesto a la
defensiva, y eso no era buena señal. Se quitó el pañuelo, las
gafas y los dejó encima de la encimera recolocándose el
pelo.
—¿Qué piensas que me dijo? —pregunté suspicaz.
—Viniendo de él, cualquier barbaridad.
La mirada de mi madre era huidiza, esquiva, como si
temiera que pudiera decirle algo que la pusiera en un brete.
—Coloquemos las cosas y hablemos. ¿Te parece? —Ella
aceptó.
Tampoco es que le quedara otra opción. Al terminar,
cogió una cerveza para mí y puso agua a hervir para
hacerse un té.
Con la taza lista entre los dedos, nos acomodamos en el
sofá tres plazas que quedaba delante del televisor.
—Tú dirás —comentó, poniéndose en guardia. Di un
suspiro largo y vertí sobre ella toda la información que
obtuve de la reunión con Bruce.
Los surcos que cruzaban su frente se hicieron más
profundos, a cada una de mis palabras, apretaba más la
taza, llegué a temer que la hiciera estallar.
Al terminar, la miré a los ojos, no hacía falta que dijera
nada porque yo ya había averiguado la verdad a través de
su lenguaje corporal, pero, aun así, necesitaba escuchárselo
decir.
—¿Y bien? —pregunté.
—Todo eso son…
—Verdades como puños —concluí por ella. Me miró
aterrorizada, negando con la cabeza—. No te estoy
acusando de nada, mamá, sabes que yo mismo me prostituí
en mi adolescencia para obtener dinero y experimentar. No
soy un tío estrecho de miras, puedo llegar a entender que
una chica llegue a vender su virginidad porque esté harta
de la mierda que le ha tocado vivir. No he venido a juzgarte,
sino a entenderte y comprender por qué me mentiste.
Ella se pinzó los lagrimales, intentando contener las
lágrimas que ya se estaban escapando de ellos. Tras varias
respiraciones erráticas, dejó la taza sobre el platillo, que
estaba en la mesita, y me miró intensa.
—¿Y qué querías que te dijera? ¡¿Que odiaba la familia
que me había tocado?! ¿Que envidiaba a mi hermano por
estar rodeado de lujos y yo tener que conformarme con la
ropa que nos daban de la parroquia? ¿Que me daba asco
ver en lo que se había convertido mi madre mientras el
holgazán de mi padre la humillaba? Si me quedaba en ese
agujero, ¡iba a terminar como ella! Con un tío cuya única
misión en la vida fuera tener una mujer que le limpiara la
casa, le tuviera un plato caliente sobre la mesa, la tratara
como un par de zapatillas viejas y para terminar
hinchándole el vientre y acostarse con alguna del gremio —
respondió con rabia—. Si no te lo conté así fue porque me
daba vergüenza admitirlo frente a ti. —Asentí—. Era joven y
estúpida. Vi un reportaje, un programa de esos de la tele en
el que salía una chica que había hecho lo mismo que quise
hacer yo, vendió su virginidad a un grupo de tres hombres
con dinero y se quedó embarazada de uno de ellos. Se
hicieron la prueba de paternidad y, al final, el padre del niño
y ella se enamoraron y tuvieron una vida de cuento.
»Los chicos habían empezado a perseguirme, todos
buscaban lo mismo, un lugar caliente en el que vaciar —
comentó cruda—, y me planteé si merecía la pena hacerlo
con ellos o con vistas a un futuro mejor, al fin y al cabo, a
esa chica no le salió mal —bufó—. No sabía cómo contactar
con un grupo de hombres que tuvieran tanto, así que…
—Le pediste ayuda a Bruce.
—Sí, bueno, puede decirse que sí. Mi hermano siempre
fue un cabrón, se marchó a la gran ciudad y todas las
noticias que nos llegaban de él era que estaba forrado, así
que si alguien podía lograrlo era él. Menuda imbécil. Vio el
negocio rápido. Ni siquiera sé lo que llegó a cobrar, me dijo
que me daba la mitad, pero estoy segura de que fue mucho
más. Yo le dije que quería a tres hombres, guapos, jóvenes y
que fueran cuidadosos. Solo un polvo por cada uno. Sabía
que estaba ovulando y tenía la esperanza de que uno
cuajara.
—Y no fueron tres —asumí, recordando el vídeo.
—No, tampoco fueron suaves o delicados, alguno debió
ser guapo porque mírate; si te soy franca, ya ni los
recuerdo. Cuando protesté el día que vinieron, mi hermano
me dijo que era lo que había, que me tocaba cumplir, que
ya había cobrado la pasta y que, cuantos más me follaran,
más opciones tenía de que me hicieran una barriga. Que no
me hiciera la estrecha, que fui yo quien se lo pedí, que le
había costado mucho que alguien como ellos quisiera
hacérselo a una pueblerina de baja estofa como yo, que si
me desdecía… Bueno, en fin…
—Te amenazó.
—Algo así. Es cierto que yo fui quien lo propuso, aunque
en última instancia intenté negarme, empecé a darme
cuenta de lo tonta que había sido confiando en él, pero no
pudo ser. No me siento orgullosa de la decisión que tomé,
¿podría haber hecho otra cosa? Seguramente, sin embargo,
sentía miedo de las represalias, quizá en el fondo no me
hubiese hecho nada. No lo sé y nunca lo sabré, aunque para
mí sí fue una violación, yo lo sentí así, no quería lo que me
hicieron. Se reían, me humillaban, se turnaban sin parar,
uno detrás de otro o a la misma vez, pensaba que esa
noche no terminaría nunca.
—Lo siento, mamá. —Ella lloraba, y yo me acerqué para
abrazarla.
—Es cierto que le pedí la lista y que no me la quiso dar,
pero no era para mí, sino para ti, por si me quedaba
embarazada y tú querías saber. Me dijo que si la quería,
tenía que volver a repetir con otros, que me buscaría más
clientes. Me negué. Me sentía asqueada por lo que había
hecho. No podía ni mirarme a la cara, cogí las pocas cosas
que tenía y me largué. Caí en una espiral de
autodestrucción de la que salí buscándome los clientes yo
solita. Fue una época jodida, en la que me planteé muchas
veces si me equivoqué no aceptando hacerlo otra vez, por
lo menos, ahora sabríamos quién es tu padre.
—¿De verdad piensas que eso me importa? Quizá no
hayas sido una madre ejemplar, pero has sido la mía. Nunca
he sentido que me faltara un ápice de cariño, compartiste
todo lo que tenías conmigo e intentaste hacerme la vida
fácil. Me has cuidado, me has alimentado, me has dado un
techo y no me abandonaste cuando la fastidié. Soportaste
mis tratamientos médicos y que yo fuera el responsable del
accidente. Por feas que se pusieran las cosas, permaneciste
a mi lado, sacándome a flote, ayudándome a ponerme en
pie. Da igual si te equivocaste, si tu decisión fue pésima.
Eras una cría, y a esa edad todos tomamos caminos de
mierda que nos llevan directos contra el muro. No puedes
culparte de todo. Sí, vale, tú tuviste la idea, pero fue tu
hermano quien la llevó a cabo, el mismo que debió
protegerte, aconsejarte y no hacerte lo que te hizo,
lucrándose de ti. —Cada vez lloraba más fuerte. Mi camiseta
estaba empapada—. Te quiero, mamá, y si algo he
aprendido estos días es que un padre no es el que te
concibe, sino el que te cría, así que tú eres para mí un 2x1
en amor.
—¡Dios, Ray! ¡No te pude parir mejor! —Sorbió por la
nariz y los dos reímos.
—En eso llevas razón. Por cierto, tengo novio, una casa
nueva, un perro jubilado en acto de servicio y tú tienes tres
nietas preciosas que agradecerán tener una abuela con
tanta experiencia.
Mi madre lloraba y reía al mismo tiempo.
—¡¿Qué?!
—Tengo muchas cosas que contarte antes de que salga
el avión. ¿Tienes tiempo?
—¿Para ti? Toda la vida.
EPÍLOGO 4

Elon

Marlon entró en el vestuario y me dedicó una de sus


miradas asesinas por debajo de sus rizos negros.
—En serio, tío, ¿cuánto tiempo vas a seguir así conmigo?
—Hasta que cumplas y te cases con mi hermana. ¿O
crees que se me va a borrar vuestra imagen, bajo el portal
de mi casa, con ella a punto de comerte la caña de
chocolate? Si os hubiera pillado mi padre, ya te hubiera
volado tus trufas. —Me aguanté la risa, porque sus
trampantojos dialécticos habían tenido su gracia.
—No seas antiguo, hermanito, que ni siquiera llegué a
degustarla, aunque indudablemente me he comido yo más
pollas que tú, y si hablamos de bollitos cremosos, quizá te
sorprenda —comentó Janelle con total desparpajo y un traje
de pedrería entre las manos. Acababa de entrar desde el
taller, aprovechando que todavía no había empezado el
espectáculo.
Marlon resopló y fue en busca de su guitarra para
afinarla. Me jodía estar a malas con él, sobre todo, porque
su hermana y yo ya habíamos pasado página. Fue un
calentón, una gilipollez, un instante que quedaría para
echarnos unas risas y ya.
—¿Qué es eso que llevas en las manos? —preguntó
Corey, cerrando los ojos deslumbrado.
—El vestuario de vuestro nuevo pecado.
—No sabía que Jordan hubiera contratado a alguien
nuevo ya —alegué.
El boss estaba cubriendo a Envidia, y Pereza lo tenía
adjudicado uno de los bailarines que participó en el último
casting, todavía estaba a prueba.
—Porque no lo ha hecho, este traje es para mí. —Lo
extendió ante todos nosotros. Era una reinterpretación textil
del pecado Original, con una serpiente verde brillante
enroscándose en una malla color carne. Su cabeza cubría un
pecho y la manzana otro. Puedes imaginar dónde iba la hoja
de parra—. ¿Qué me decís? ¿Os gusta? Podría ser Eva, la
tentación hecha mujer en el Paraíso. ¿Pensáis que al boss le
podría encajar?
—Para que al boss le encajara, la serpiente tendría que
estar saliendo de tus piernas y no enroscándose en tu
cuerpo —anotó Lujuria.
—Podría lograrlo si lo tuneo. Quizá si paso por aquí la
cola de la serpiente en 3D…
—¡Era broma! Jordan no va a claudicar, no quiere
mujeres encima del escenario —aseveró Corey, cruzándose
de brazos.
—Eso lo dices porque no me conoces, soy muy
perseverante, tarde o temprano, caerá —dijo, guiñándome
un ojo. Yo me reí. Marlon volvió a contemplarme como si le
debiera la vida, y mi sonrisa se borró.
Tenía suficientes problemas en mi vida como para
granjearme la enemistad del italoamericano, y no quería
resarcirme mediante una petición de mano. Ya se me
ocurriría algo para que me perdonara, quizá un tiramisú de
esos que tanto le gustaban.
Cerré los ojos y respiré hondo, necesitaba reunir el dinero
como fuera, y, sobre todo, aniquilar el imperio de los Yang.
Pasaría de quitar la mierda de sus platos a hundirlos en
ella.
El sabor de la traición tenía nombre de pecado.
La Autora

Rose Gate es el pseudónimo tras el cual se encuentra Rosa


Gallardo Tenas.
Nació en Barcelona en noviembre de 1978 bajo el signo de
escorpio, el más apasionado de todo el horóscopo.
A los catorce años descubrió la novela romántica gracias a
una amiga de clase. Ojos verdes, de Karen Robards, y
Shanna, de Kathleen Woodiwiss, fueron las dos primeras
novelas que leyó y que la convirtieron en una devoradora
compulsiva de este género.
Rose Gate decidió estudiar Turismo para viajar y un día
escribir sobre todo aquello que veía, pero, finalmente, dejó
aparcada su gran vocación.
Casada y con dos hijos, en la actualidad se dedica a su gran
pasión: escribir montañas rusas con las que emocionar a
sus lectores, animada por su familia y amigos.
Si quieres conocer las demás novelas de la autora, así como
sus nuevas obras, no dejes de seguirla en las principales
redes sociales. Está deseando leer tus comentarios.

https://www.facebook.com/ROSEGATEBOOKS
https://www.instagram.com/rosegatebooks

¿Dónde puedo comprar los libros?

Todos los libros están a la venta en Amazon, tanto en papel


como en digital.
Bibliografía
SERIE STEEL

1. Trece fantasías vol. 1

http://amzn.to/2phPzuz

2. Trece fantasías vol. 2

http://amzn.to/2FWjUct

3. Trece maneras de conquistar

http://amzn.to/2pb86ta

4. La conquista de Laura

http://amzn.to/2HAWGFT

5. Devórame

http://amzn.to/2FULyGK

6. Ran

http://amzn.to/2FD3sOM

7. Yo soy Libélula azul


http://amzn.to/2FwWhDF

8. Breogán, amando a una libélula

http://amzn.to/2DhLewl

9. Ojos de Dragón

https://amzn.to/2wb5kdk

10. Koi, entre el amor y el honor

https://amzn.to/2NNbtRk

SERIE KARMA

1.El Karma del Highlander

relinks.me/B07FBMJ68H

2.La magia del Highlander

relinks.me/B07L1SBM2V

3.Los Dioses del Karma


relinks.me/B092RCH8HC

SERIE SPEED

1. XÁNDER: En la noche más oscura, siempre brilla una


estrella

https://relinks.me/1092888659
2. XÁNDER 2: Incluso un alma herida puede aprender a
amar

https://relinks.me/1095485814

3. STORM: Si te descuidas te robará el corazón

https://relinks.me/107532971X

4. THUNDER: Descubre la verdadera fuerza del trueno y


prepárate para sucumbir a él

https://relinks.me/1692776584

5. MR. STAR: Siente la ley de la pasión hasta perder el


juicio.

https://relinks.me/B081K9FNRP

6. LA VANE: Soy sexy de nacimiento y cabrona por


entretenimiento

https://relinks.me/B085RJMT1F

COMEDIAS ROMÁNTICO-ERÓTICAS:

Lo que pasa en Elixyr, se queda en Elixyr

relinks.me/B07NFVBT7F

Si caigo en la tentación, que parezca un accidente.


relinks.me/B081K9QNLH

No voy a caer en la tentación, ni a empujones

https://relinks.me/B08T1CFGWG

Hawk, tú siempre serás mi letra perfecta

relinks.me/B087BCXTWS

¡Sí, quiero! Pero contigo no.

https://www.azonlinks.com/B08PXJZHQC

THRILLERS-ERÓTICOS:

Mantis, perderás la cabeza

https://relinks.me/B0891LLTZH

Luxus, entre el lujo y la lujuria

https://relinks.me/B08HS5MMRC

ROMÁNTICA BASADA EN HECHOS REALES:

Viviré para siempre en tu sonrisa

relinks.me/B08XXN2Q3D

SERIE HERMANOS MILLER:


Hermano de Hielo

relinks.me/B098GQSPYP

Hermano de Fuego

relinks.me/B098KJGTYF

Hermano de arena

relinks.me/B09F18VL6V

Hermano de viento

relinks.me/B09L9TL5KQ

SERIE GUARDIANES:

Los Guardianes del Baptisterio

relinks.me/B09K9QKT28

La Elección de la Única

relinks.me/B0B1P24WC4

La Gran Colonización

relinks.me/B0BCSCZP8W

SERIE ENTRE MAFIAS:

Koroleva.

relinks.me/B098GQSPYP
Capuleto

relinks.me/B09ZB778JJ
Vitale

relinks.me/B0BM3NHDC3

Kovalev

relinks.me/B0BW2RSP68

En tu cuerpo o en el mío

relinks.me/B0BY3N42T5

Todo Incluido

relinks.me/B0C3JC2V7Q

SERIE KAPITAL SIN:

Ira.

relinks.me/B0CF2TJCL8

[1] Tener volado: tener novia en salvadoreño.


[2] Pincha: niña, en salvadoreño.
[3] Encularte: enamorarte, en salvadoreño.
[4] Pipián: maricón, expresión salvadoreña.
[5] Huevear: robar, en salvadoreño.
[6] Miguelean: coquetean, en salvadoreño.
[7] Machete, estate en tu vaina: No te metas, expresión salvadoreña.
[8] Cerote: estúpido, en salvadoreño.
[9] Chuco: sucio, en salvadoreño.
[10] Strike: tirar todos los bolos de una vez.
[11] Spare: tirar todos los bolos de dos veces.
[12] Yunaís: Estados Unidos en salvadoreño.
[13] Pipián: gay, en salvadoreño.
[14] Estar sin pisto: estar sin dinero, en salvadoreño.
[15] Andar bolo: estar ebrio, en salvadoreño.
[16] Cachimbazo: golpe, en salvadoreño.
[17] Cipotes: niños, en salvadoreño
[18] Doblado: follado, en salvadoreño.
[19] Chiches: tetas, en salvadoreño.
[20] Bombazo: disparo, en salvadoreño.
[21] Ahuevado: avergonzado, en salvadoreño.
[22] Cachimbón: excelente, sensacional, en salvadoreño.
[23] Chero: amigo, compañero, camarada, en salvadoreño.
[24] Jaima: novia de un marero.
[25] Encachimbado: Enfadado, en salvadoreño.
[26] Chimar: Tener relaciones sexuales, en salvadoreño.
[27] Ponerse vivos: ponerse en alerta, en salvadoreño.
[28] Chante: casa, para los mareros.
[29] Peseta: traidor, para un marero.
[30] Darle corte: Castigar a un miembro de la mara.
[31] Pinchos: niños, en salvadoreño.
[32] Troneras: prostitutas, en salvadoreño.
[33] BBM: bebés mayores, así los llaman los mareros.
[34] Chancho: cerdo, en salvadoreño.
[35] Chantys: casas, para los mareros.
[36] Guïros: persona de corta edad que no llega a la pubertad, en salvadoreño.
[37] Chimar: follar, en salvadoreño.
[38] Pararse: ponerse dura, en salvadoreño.
[39] Encachimbado: cabreado, en salvadoreño.
[40] Ruca: madre de un marero.
[41] Chavala: miembro de una pandilla rival.
[42] Pitufos: policía, para los mareros.
[43] Renteos: Acción de exigir dinero a una o más personas, mediante amenazas
a muerte, a la víctima o familiares de la misma. La intimidación se realiza a
través de colaboradores de la pandilla, por medio de teléfono celular o fijo,
cartas, escritos, medios informáticos y redes sociales.
[44] Taca: sobrenombre que te otorga la mara.
[45] Peseta: Traidor, dentro de la mara.
[46] Chanty: Casa, para los mareros.
[47] Estar a cheles: saldar una deuda.
[48] Detonar: disparar.
[49] Vuelto y traído: Venganza, es decir, devolver la acción que le hacen a un
pandillero.
[50] Niñas: pandillero de una mara rival.
[51] Hablar pajas: decir mentiras.
[52] Chúntaro: término despectivo para nombrar a una persona que no
pertenece a la pandilla.
[53] Brincada: Acción que realiza una mujer u hombre, mediante un ritual que
consiste en aguantar golpes y con el único permiso de protegerse la cara y sin
poderse defender.
[54] Pegadas: atentar contra la vida de alguien.
[55] Andar bolo: ir borracho.
[56] Güerita: niña
[57] Accionar: atentar contra la vida de una persona.
[58] Meter casaca: mentir a alguien.
[59] Cuetiar: Disparar contra una persona con arma de fuego
[60] Pasarse de vivo: ir de listo.
[61] Dar una cachimbiada: dar una paliza o castigo físico.
[62] Cuchumbo: recipiente
[63] Chulona: desnuda.
[64] Encahimbado: enfadado.
[65] Bichas: niñas.
[66] Cuca: coño.
[67] Güilas: niñas que no han llegado a la pubertad.
[68] Lana: dinero.
[69] Güerita: persona rubia.
[70] Pisto: dinero
[71] Llevar a nadar: ahogar a alguien.
[72] Güero: rubio.

También podría gustarte