Por John Piper sobre Comunión y Hospitalidad
Una parte de la serie Galatians: Broken by His Cross
Healed by His Spirit
Traducción por Maria del Carmen Zanassi
Sobrellevando los unos las cargas de los otros
¿Quién está en peligro en este pasaje de las Escrituras? De acuerdo con el versículo uno, alguien fue
sorprendido en alguna falta. Se descubrió el pecado de alguien. Lo sorprendieron pasando el fin de
semana con otra mujer. Detectaron que ella le mintió a la gente de la asistencia social. Descubrieron
que él evadió los impuestos. Se halló el origen del rumor. La denigración constante hacia su marido se
puso de manifiesto ante todos. Existe transgresión en la iglesia y la gente lo sabe. ¿Quién está en
peligro? ¿A quién dedica, Pablo, tres versículos advirtiéndoles lo que podría sucederles en esta
situación de descubrimiento y restauración; al que pecó o al que está por ayudarlo a restablecerse?
Todos los versículos, excepto uno, tienen una gran luz amarilla intermitente: ¡Cuidado! ¡Cuidado! El
mensaje de advertencia no está dirigido a aquel que pecó, sino a los que se proponen ayudarlo.
El Virus de la Confianza en Sí Mismo
Durante la primavera, después de haber predicado sobre Gálatas por varios meses, alguien me
preguntó por qué estaba tan preocupado (incluso obsesivo) con el tema de la confianza en uno mismo y
la auto exaltación. Pensé mucho acerca de si eso es mi caballo de batalla, o si es el hilo negro
entretejido a través de este libro que Pablo mismo fustiga. Un texto como el de hoy es, para mí, una
confirmación contundente de que no estoy tejiendo con más hilo negro el tapiz de mis sermones que lo
que Pablo hizo en su carta. Si un doctor va a hablarles a sus estudiantes de medicina sobre
enfermedades múltiples que causa un virus determinado, se va a referir frecuentemente (quizás en cada
clase) a ese virus.
El orgullo, o auto exaltación, o confianza en sí mismo, es el virus que causa todas las enfermedades
morales del mundo. Siempre fue así, desde que Adán y Eva comieron del árbol del bien y del mal,
porque querían ser como Dios en vez de confiar en Dios. Será así hasta que el estallido final del orgullo
humano sea aplastado en la batalla de Armaguedón. Hay solo una cuestión moral básica: cómo superar
el impulso incesante del corazón para imponerse a la gracia y autoridad de Dios. ¿Por qué más Pablo le
escribiría a la gente espiritual que lleven las cargas de los otros y luego usaría el resto del párrafo
advirtiéndoles sobre los peligros del orgullo propio?
Algo más antes de que nos avoquemos a ver cómo Pablo hace esto. En 2 Corintios 1.24, Pablo describe
sus tareas pastorales así: “No es que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que somos colaboradores
con vosotros para vuestro gozo”. Cuando Pablo escribe Gálatas 6:1-5 y cuando yo predico Gálatas 6:1-
5, nuestro objetivo es vuestro gozo. La batalla contra el orgullo y la auto exaltación en nuestros
corazones es una batalla por el gozo. ¿Qué es lo que mantendrá las limpias brisas del gozo, la paz y la
bondad soplando sobre la familia de Bethlehem? Al reconocer y luchar contra las fuerzas de la
autosuficiencia que azotan las ventanas de nuestras vidas, abriremos al Espíritu del gozo las ventanas
de nuestro compañerismo.
El Viento del gozo soplará más inmaculado
Cuando tu y yo hayamos sentido y observado
Que el pecado el vasto gozo evita
Y cada pecado en el orgullo habita
Sobrellevar la carga y La Ley de Cristo
El punto principal de Gálatas 6:1-5 se encuentra en el versículo 2 de manera general y en el versículo 1
de manera específica. Versículo 2: “Sobrellevad unos las cargas de los otros y cumplid así la ley de
Cristo”. Si una hermana o un hermano cristiano se sienten agobiados o intimidados por alguna carga o
amenaza, estén alerta y rápidamente hagan algo para ayudarlos. No dejen que los aplasten. No
permitan que los destruyan. No sean como los escribas y los fariseos. Jesús dijo: “Atan cargas pesadas
y difíciles de llevar y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren
moverlas (Mateo 23:4). No aumenten las cargas. Háganlas más livianas para los demás. Algunos de
ustedes se preguntan que se supone que tienen que hacer con sus vidas. Hay una vocación que les
brindará más satisfacción que si se convierten diez veces en millonarios. Desarrollen la habilidad
extraordinaria de detectar las cargas de otros y dedíquense a alivianarlas diariamente.
De esa manera cumplen la ley de Cristo (6:2). Esa es una palabra extraña en un libro que dice (5:18):
“Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”. Y (3:13) dice: “Cristo nos redimió de la
maldición de la ley”. ¿Nos liberaron de la maldición y de la carga de la ley mosaica, solo para sentirnos
oprimidos con una ley más intransigente como la ley de Cristo? No. La diferencia es que Moisés nos dio
una ley, pero no pudo cambiar nuestros corazones para que pudiéramos obedecer libremente. Moisés
no pudo conquistar nuestro orgullo y nuestra rebelión. Pero, cuando Cristo nos convoca a obedecer su
ley de amor, se ofrece a matar al dragón de nuestro orgullo, a cambiar nuestros corazones, a darnos
poder mediante su Espíritu y a cumplir su ley. Esta es la razón por la que, aunque la ley de Cristo es
más intransigente que la de rectitud de los escribas y fariseos, Él puede decir: “Venid a mí todos los que
estáis cansados y agobiados, yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,
que soy manso y humilde corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y
mi carga ligera” (Mateo 11:28-30). La ley de Cristo no es fácil porque es intencionalmente amable y
permisiva. Resulta fácil porque cuando nos sentimos débiles, Él es fuerte. Es fácil porque Él produce el
fruto del amor: “Con Cristo he sido crucificado y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí”
(2:20). Cristo nunca nos ordena hacer algo por cuenta nuestra. Por lo tanto, cada mandato de la ley de
Cristo es un llamado a la fe. A través de la fe, Dios nos provee del Espíritu de Cristo (Gálatas 3.5); a
través del Espíritu producimos el fruto del amor (5:22); mediante el amor cumplimos la ley de Cristo
(6:2). En consecuencia, si confiamos en Él, cumpliremos su ley de amor. Podremos dedicarnos a
sobrellevar las cargas de los otros.
La Carga de los Pecados
Este es el punto principal del versículo 2: “sobrellevad los unos las cargas de los otros”. Pero, en el
versículo 1, Pablo se refiere a una carga específica y a cómo ayudar a alguien a sobrellevarla:
“Hermanos, aún si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en
un espíritu de mansedumbre (o sumisión)”. Tenemos tendencia a creer que las cargas son una
enfermedad, el desempleo, la pérdida de un ser querido, la soledad, el rechazo, etc., y que las personas
que las sobrellevan son víctimas. Eso es correcto. Si estamos llenos de Cristo, lograremos sobrellevar
esas cargas. Pero, en el versículo 1, Pablo nos muestra que las cargas incluyen los pecados y que
dentro de los oprimidos están incluidos los culpables. Probablemente, debemos definir una carga como
algo que amenaza con aplastar la alegría de nuestra fe – ya sea una tragedia, que nos hace dudar de la
bondad de Cristo o un pecado, que nos amenaza con arrastrarnos a la culpa y al juicio.
Una persona que peca necesita nuestra ayuda. Pablo dice, “Restauradlo”. La palabra significa repararlo.
Se usa para referirse a remendar redes cuando están rotas (Mateo 4:21). El pecado es una avería en la
maquinaria de nuestra vida. Hay que repararla. Si encuentran a alguien con una avería, hagan lo que
tengan que hacer para que vuelva a andar en una buena y consagrada condición. En otras palabras,
nadie, que viva de acuerdo a la ley de Cristo y en el poder de Cristo, puede decir sobre el pecado de un
hermano o una hermana: “No es de mi incumbencia. No tengo que agregar esto a mis cargas. Es su
problema, no el mío”.
Estuve bastante tiempo en Bethlehem, tanto como para aprender que esa es exactamente la actitud de
algunos de ustedes en la iglesia acerca del pecado. Me di cuenta de que algunos comportamientos y
actitudes en esta iglesia son tan claramente contrarios a la Palabra de Cristo, que algunos de ustedes
deberían haberlos enfrentado y reparado hace mucho tiempo. Pero, por alguna razón, se cultivó una
atmósfera de silencio y negligencia – no hay perdón, ténganlo en cuenta, porque se habla mucho de
esos pecados detrás de las puertas. Nos puede llevar un tiempo largo, pero yo oro para que podamos
cultivar en Bethlehem un ambiente donde el amor sea tan grande, que podamos considerar la avería del
pecado con seriedad y servirnos los unos a los otros como mecánicos misericordiosos.
En última instancia, solo Cristo puede perdonar y reparar la avería del pecado. Principalmente, nuestro
trabajo es amonestarnos, reprocharnos o advertirnos unos a otros acerca de actitudes, hábitos y planes
que no son correctos y luego encomendarnos mutuamente al Gran Mecánico, que puede arreglar
cualquier cacharro destartalado.
Ese es el punto principal del pasaje, entonces: Sobrelleven sus cargas mutuamente, específicamente,
asuman el problema de ayudar a la gente a darse cuenta de sus pecados y a repararlos. Si les resulta
fácil ayudar a una persona a sobrellevar la carga de la enfermedad o del desempleo o de la pérdida de
un ser querido o de la soledad o del rechazo, pero demasiado difícil sobrellevar la carga de enfrentar a
una persona a causa de su pecado, medítenlo: una actitud o un hábito pecadores son más peligrosos
para esa persona que cualquiera de las otras cargas. Por lo tanto, si realmente nos preocupa el
bienestar fundamental de las personas, tenemos que ayudarlos a enfrentar sus pecados, de la misma
manera que lo hacemos con sus problemas. ¡Sería grandioso pertenecer a una familia de creyentes,
que se aman unos a otros, de tal manera que no pueden mirar para otro lado si un hermano o una
hermana tienen la costumbre de pecar! ¡Seamos esa familia! Si no, no cumplimos con la ley de Cristo.
El Peligro del Orgullo
Después de haber tratado esta cuestión importante, todo lo demás en Gálatas 6:1-5 es una advertencia
sobre el peligro del orgullo en aquellos que nos ocupamos de corregir y restablecer a un compañero
creyente. ¡Atención! No es una advertencia sobre corregir, reprender y restablecer a una persona, es
una advertencia para no hacerlo con arrogancia. A diferencia de algunos de nosotros, Pablo no va a tirar
las frutas frescas de la confrontación junto con las del orgullo que se echaron a perder. Pablo no dice:
“Todos ustedes son orgullosos y pecadores, por lo tanto no les incumbe señalar los pecados de nadie”.
Él dice: “Como todos ustedes luchan contra el orgullo, entonces hagan todo el esfuerzo posible para ser
humildes cuando les advierten a otros de sus pecados”. Se tienen que deshacer de las frutas del orgullo
que se echaron a perder. Pero, las frescas y saludables de la confrontación humilde y cariñosa deben
permanecer.
Asumo que, de aquí en adelante, aquellos de ustedes que pertenecen a Cristo y ansían cumplir su ley
de amor buscarán sobrellevar mutuamente sus cargas y, especialmente, corregirse y reprenderse los
unos a los otros sobre los pecados de la vida de cada uno. Entonces, pasemos el resto del tiempo que
nos queda, escuchando las instrucciones de Pablo para destruir al orgullo.
En el versículo 1, él dice que debemos ser “espirituales” antes de asumir la carga del enfrentamiento.
Eso simplemente significa que debemos ser “guiados por el Espíritu” (5:18), “andando en el Espíritu”
(5:16-25), “produciendo el fruto del Espíritu” (5:22). No se refiere al escalón más alto del Cristianismo,
sino al Cristianismo común, pleno de Espíritu. La gente espiritual es gente común que confía en un
Espíritu extraordinario que, a través de ellos, produce amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre (o sumisión). Hay una conexión entre 5:22 y 6:1 – mansedumbre (o sumisión).
“Vosotros que sois espirituales. Restauradlo en un espíritu de mansedumbre”. Cuando uno enfrenta a un
hermano respecto a su pecado, la manera de evitar el orgullo es actuar solamente en el poder del
Espíritu. Cuídense, para no que no sean presa de la tentación de confiar en ustedes mismos o de
exaltarse. Recuerden que son un caso perdido si se apartan del misericordioso Espíritu de Dios. Por
consiguiente, la confianza total en Él da como resultado la mansedumbre, o sumisión, y la sumisión es
la hermana melliza de la humildad, que es lo opuesto al orgullo y a la jactancia.
En 1 Corintios 4:7, Pablo dijo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes
como si no lo hubieras recibido?”. Lo que implica que si confiamos en el Espíritu de Dios, respecto al
don de la ayuda y del poder para amar, no podemos jactarnos ni ser arrogantes sobre la madurez que
logramos. Todo pertenece a Dios. Examínense ustedes mismos, para ver si confían en el Espíritu con
sumisión como un niño necesitado o si se sienten orgullosos de confiar en ustedes mismos. La persona
espiritual va a ayudar al hermano o hermana que cometen un error a dirigirse solo a Cristo, donde van a
encontrar la sanación. La persona orgullosa no va a ayudar, porque la atención está dirigida a él mismo,
donde no hay sanación en absoluto.
Orgullo firme y Orgullo tímido
El versículo 3 constituye el ataque al orgullo más importante de este pasaje y se da como fundamento o
base para la sumisión, con la que tenemos que sobrellevar la carga de la confrontación. “Porque si
alguno se cree que es algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo”. La evaluación que
hace Pablo, acerca de por qué la gente no enfrenta a un hermano que peca o por qué la gente lo hace
sin sumisión, es justo lo opuesto a la valoración del siglo XX. Si no tenemos suficiente de la tan llamada
firmeza para enfrentar a alguien, o si la tenemos pero actuamos con arrogancia, los predicadores y
consejeros más contemporáneos (cristianos y no cristianos) les dirán que el problema es la falta de
autoestima. Pablo dice que nuestro problema es que pensamos que somos algo, cuando en realidad no
somos nada.
Alguien podría decir: “Oh no. La razón por la que no enfrento a la gente es porque tengo temor, no
porque soy orgulloso”. Escuchen la Palabra del Señor en Isaías 51:12-13: “Yo, yo soy vuestro
consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, al hijo del hombre, frágil como la hierba? ¿Has
olvidado al Señor, tu Hacedor, que extendió los cielos?” ¿Qué piensas quién eres para tenerle temor a
un simple hombre, cuando yo soy tu Dios y tengo poder infinito? El miedo del hombre puede parecer
humilde pero se basa en el orgullo, dice el Señor. La Palabra de Dios se mantiene: nuestro fracaso en
cumplir la ley de Cristo es porque pensamos que somos algo, cuando no somos nada.
Pablo está hablando moralmente, no físicamente. Por supuesto nosotros existimos y en ese sentido
somos algo. Lo que él quiere decir es que separados de la gracia especial de Dios, nuestra moral
equivale a cero a causa de nuestros pecados. “Yo sé que en mí, es decir en mi carne, no habita nada
bueno”, dice Pablo en Romanos 7:18. “Separados de mí nada podéis hacer”, dijo Jesús en Juan 15:5.
En 1 Corintios 3:7, Pablo dice nuevamente: “Ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el
crecimiento” (consulten también 2 Corintios 3:5, Romanos 15:17-18; Corintios 13:2; 15:10). En lo que
respecta a las capacidades morales, el hombre sin Cristo solo puede decir una cosa honestamente: No
soy nada, Dios ten misericordia de mí, un pecador.
Entonces cuando Dios es misericordioso y Cristo entra en nuestras vidas y hace posible que amemos,
no debemos hablar sobre auto-estima sino de Cristo- estima. “Con Cristo he sido crucificado y ya no soy
yo el que vive, sino que Cristo vive en mí” (2:20). Lo que tenemos que dejar escapar de las cadenas de
nuestro orgullo imperturbable y de nuestro orgullo tímido no es el apoyo de la autoestima, sino una
confianza fundamental en el incomparable Cristo ¡que vino al mundo para salvar completamente a los
pecadores indignos! Cuando nos entregamos totalmente a Cristo para obtener perdón, consejo, amor y
alegría, el pecador que reprendimos y restablecimos sabrá que no lo hacemos con un espíritu de
orgullo.
Examinar Nuestra propia Obra
Finalmente, en los versículos 4 y 5 Pablo dice: “Que cada uno examine su propia obra, entonces tendrá
motivos para vanagloriarse con respecto a sí mismo solamente y no con respecto a otro. Porque cada
uno llevará su propia carga”. El versículo 5 parece ser opuesto al versículo 2, según el cual tenemos que
sobrellevar las cargas los unos a los otros. Y el versículo 4 aparenta ser lo opuesto al versículo 3: ¿se
supone que tenemos o no tenemos que vanagloriarnos?
Brevemente, aquí está lo que creo que estos versículos quieren decir. El versículo 4 significa: al evaluar
nuestro propio logro, no hay que medir la obra de otros según nuestro estándar de evaluación. No
sentirse orgulloso porque un hermano está en un nivel inferior al nuestro. A nuestro orgullo le gusta ver
a los otros caer cuando estamos en una posición firme. Pablo dice que dejemos de alimentar nuestro
orgullo al compararnos con aquellos que pecan. No comparen sus logros morales con los de otros,
compárenlos, examínenlos según las leyes de Cristo. Entonces cualquiera sea el motivo que tengan
para vanagloriarse no será debido a la inferioridad de otro.
¿Podemos vanagloriarnos de algo? Diez versículos más adelante, Pablo dice (6:14): “Jamás acontezca
que yo me gloríe (la misma palabra que en el v. 4) excepto en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. En
1 Corintios 1:31, él dice: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”. En Romanos 15:17-18: “En Cristo
Jesús he tenido razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios. Porque no me atreveré a
hablar de nada, sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí”. La Cruz de Cristo y la obra de su
Espíritu en nuestros corazones esfuman todo el orgullo de nuestra jactancia, la cruz y el Espíritu
encaminan toda vanagloria hacia la gracia de Dios (1 Corintios 15:10) y la transforman en la exaltación
gozosa de lo que Dios hace a través de nosotros con misericordia.
El versículo 5 no es una contradicción del versículo 2 (“Porque cada uno llevará su propia carga”). Está
conectado al versículo 4 (“Porque”). Creo que significa: Nunca traten de alivianar la carga de su propio
pecado comparándose a un hermano o hermana que cometió una falta. ¿Por qué? Porque vamos a
sobrellevar nuestra propia carga en el juicio. Cuando la evaluación final llegue y todos seamos juzgados
por la ley de Cristo, nadie va a alivianar nuestra carga por ser peor que nosotros. Cada uno va a
sobrellevar su propia carga ese día. La excusa que escuchamos con frecuencia - “¡Pero si era tan bueno
como Jack! o “¡No era peor que Jane! – va a hacer oídos sordos en el juicio. No aumenten su orgullo al
compararse con otros: ustedes van a llevar su propia carga.
Padre, perdónanos por el orgullo de nuestros corazones, que nos refrena de reprendernos y repararnos
mutuamente con sumisión y cariño cuando pecamos. Transforma a Bethlehem en un pueblo cuyo odio
al pecado y el amor a los pecadores generen una comunidad de pureza, paz y alegría. Amén.