Elian
Elian
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Laertes (I)
1
de oro tan valoradas por los metropolitanos, que luego utilizaban para hacerse con otros bienes que
les eran más inaccesibles, como metales o productos de artesanía.
En Siempriedra respetaban a estas gentes; eran honrados, hacían buenos negocios con ellos,
les proporcionaban cuero de primera calidad, y no molestaban a nadie. Vivían en su bosque sin
meterse en líos ni política, y por ello tenían su fama bien ganada. Su particular indumentaria, hecha
a base de pieles de animales, les hacía bastante reconocibles.
El bosque era generoso, y proporcionaba a los habitantes de la aldea, no sólo la carne de
caza, sino también pesca y vegetales, así como frutos silvestres. También los ingredientes que
Laertes utilizaba en sus pociones, que luego utilizaba para sanar a su gente o para vender en la
ciudad a buen precio. Allí incluso le hacían encargos de bebedizos para curar determinadas
dolencias. El druida sonreía y tomaba nota de los síntomas de las gentes de la ciudad, iba al bosque,
recolectaba ingredientes, los mezclaba con un poco de su magia, y regresaba para entregarlos, y se
sacaba un buen dinero, con el que pagar algunos lujos para su esposa, como alguna pieza de
bisutería o alguno para él, como su arco mágico encargado a los hechiceros.
En esas se encontraba, una noche pocos días después de la fiesta, recogiendo bayas y hierbas
medicinales, encaramado en la copa de un árbol, cuando al mirar en dirección al pueblo, vio una
columna de humo. No una normal, no se trataba de una hoguera para cocinar, ni siquiera era hora de
comer; era medianoche, momento en que la flor que necesitaba se abría para recoger su polen, y la
mayoría del pueblo dormía… o así debería haber sido. El corazón le dio un vuelco: algo iba mal.
A toda prisa se bajó del frondoso árbol, y transformándose con su magia en un rápido felino,
corrió a todo lo que daban sus patas. A medida que se acercaba, y el olor a quemado llegaba a su
nariz, comenzó a temblar. No sólo olía a madera o tela quemadas, también a carne chamuscada, a
pelo, a muerte.
Cuando entró en el claro, aparte de destrucción, pudo ver a un humanoide, de largas orejas,
piel negra y cabello plateado saliendo a los lados de su yelmo. Llevaba una armadura completa tan
negra como su piel, una espada larga en su mano, y un escudo en forma de lágrima en la otra. Se
introducía en ese momento en un portal de teletransporte, mirando en todas direcciones, para
asegurarse de que nadie quedaba atrás. Vio al animal que observaba en el borde de la aldea, pero no
le prestó atención. Cruzó el portal, que se desvaneció junto al elfo drow.
Una cabeza de víbora, símbolo de Víperuss, y debajo, un escorpión morado. Era el símbolo
que el guerrero portaba en su escudo. Símbolo que Laertes difícilmente iba a poder olvidar jamás.
La aldea estaba completamente calcinada. Sólo quedaban cenizas de las chozas y objetos de
sus amigos y compañeros. También algunos esqueletos humeantes, imposibles de identificar. Y nada
más. Laertes recorrió el pueblo despacio, aun en su forma animal, intentando asumir lo que acababa
de pasar. No sabía cuánto tiempo había podido durar el ataque, pero no había sido mucho. Las
armas de sus vecinos descansaban en su mayoría en su sitio, si es que quedaba algo de ellas; los
arcos, lanzas y mazas habían ardido, aunque había alguna cabeza de hacha allá donde había estado
el arma completa. Aún atónito, se sentó al lado del pozo, completamente fuera de la realidad, como
si estuviera viendo una escena desde fuera de su cuerpo, ajeno al horror y la barbarie. Así estuvo por
varios minutos, no supo cuántos, pero ya amanecía cuando por fin reaccionó y recuperó su forma
humana. Se encaminó al pozo, sacó un poco de agua, y se lavó la cara llena de hollín. Miró a su
2
alrededor, por fin regresando al mundo real. Vio de nuevo los cadáveres, en posturas diferentes.
Había cuatro o cinco que por la posición en el pueblo, y la postura en la que habían caído, sin duda
murieron luchando. Sin embargo, la mayoría, yacían en donde había estado su choza,
probablemente dormidos cuando les sorprendió el fuego. Los niños. Contó al menos una docena de
esqueletos de niños. Habían muerto asfixiados por el humo, incapaces de salir de sus casas.
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, mientras lloraba en silencio. Recogió uno a uno los
restos mortales de sus vecinos, de sus familiares, de sus amigos. Cavó una fosa común para todos a
las afueras del devastado pueblo, la cubrió con tierra fértil, y plantó semillas, una por cada caído,
como mandaba la tradición de Dreídita. Después, pensó en limpiar el resto de la aldea, pero decidió
dejarla así como recuerdo, como advertencia para sí mismo. Apretaba los dientes con furia, al punto
que parecía que los iba a romper. Los rechinó con fuerza, notando como la ira iba abriéndose paso a
medida que su mente comprendía lo que había pasado aquella fatídica noche de verano. Consumido
por la rabia, no se dio cuenta de que había pasado varios días dando sepultura a sus vecinos, y el
estómago le recordó el paso del tiempo con un sonoro rugido.
Estuvo tentado de tirarse cuan largo era y dejarse morir, esperando que alguna bestia
carroñera se alimentase de sus restos. Pero la venganza no lo dejó. Se levantó, tomó su arco, y cazó
un par de liebres. Las asó donde hasta hace unos días siempre había estado la hoguera del poblado,
y se las comió en silencio. Ni siquiera el bosque parecía emitir sonido alguno, como si guardara luto
por sus amigos. Terminó su comida, y ya libre del shock, se levantó, y de nuevo, observó a su
alrededor.
- ¿Cómo puedes consentir esto, Dreídita? ¿Cómo te atreves a ignorar nuestras oraciones, a dejar que
unos desalmados vengan y nos reduzcan a cenizas? - decía Laertes, con los brazos en jarra, en voz
bien alta - ¿Cómo es posible que te quedes cruzada de brazos ante tal infamia? ¿Dónde estaban tus
criaturas faéricas? ¿Demasiado ocupadas custodiando estanques, gastando bromas a caminantes
perdidos?
Silencio ominoso. No se movía ni una brizna de hierba.
- ¿Nada que decir, Dama del Bosque? ¿Tanto te hemos ofendido en el festival del solsticio? ¿No
fue suficiente para ti, los bailes en tu honor, los rituales alabándote? ¿Qué más querías de nosotros?
Laertes cayó de rodillas en este instante, se le quebró la voz, y rompió a llorar, llevándose
las manos a la cara. El rostro de su mujer, Elma, sonriente, se le apareció en la imaginación, e
imaginó besarla, imaginó abrazar aquel cuerpo que ya no volvería a sentir.
- Yo te maldigo, Dreídita – dijo, con una sombra creciendo en su interior – yo te maldigo y renuncio
a tu magia, tan inútil como para dejar morir aquello que amaba. Yo escupo en tu nombre – y escupió
al suelo – en lo que representas, y en todo aquello que he creído hasta hoy.
Tras unos segundos, en los que sólo se oía en el bosque sollozar al druida, una gota de lluvia
cayó en la mejilla de Laertes, y luego otra, y otra más. Comenzó a llover, despacio, gotas finas,
como si la diosa misma estuviera llorando en silencio. Laertes se incorporó, volvió a escupir, y
consumido por su propia rabia, intentó convertirse en algún animal para alejarse de aquel lugar…
pero ya no pudo hacerlo. Acababa de renunciar a su magia, y ahora estaba en el mundo solo.
Completamente.
3
Con aún más ira, comenzó a caminar sin rumbo, internándose en el bosque, mientras
pensaba a toda prisa. ¿Qué iba a hacer ahora? Buscar aquel escudo. ¿Dónde podría adquirir esa
información? Aún no lo sabía, pero en la ciudad casi seguro que podrían indicarle. ¿Cómo iba a
enfrentarse a sus enemigos, una vez los encontrase, sin sus poderes? No tenía ni la más remota idea.
La determinación de vengarse por un lado, chocaba con la dura realidad, por el otro. Ahora
era un hombre normal, sin ayuda, sin poder. Era sólo venganza.
Vagó por el bosque un tiempo indeterminado, un tiempo en que la lluvia no cesó de caer. Le
mojaba hasta las entrañas, por más que se refugiase de aquellas gotas finas. En cualquier otra
ocasión, hubiese rezado a su diosa para pedir orientación, o simplemente para calmarse. No podía ni
pronunciar su nombre sin sentir un odio exacerbado, una rabia interior que le ardía en lo más
profundo de su alma.
Entonces lo entendió. Había dado la espalda a su diosa, y ella había hecho lo propio. No
pensaba pedir perdón, pues no se arrepentía, pero el hambre empezaba a hacer mella en Laertes, y la
lluvia hacía difícil ver presas, y hacía que los animalillos se refugiaban en sus seguras madrigueras.
Elevó una plegaria… al Cazador. Rogó a Cromn, dios de lo Salvaje, Señor de las Bestias, encontrar
una presa con la que saciar su hambre. Y así sucedió. No sólo dejó de llover, si no que al momento,
un gran ciervo, con enorme cornamenta, salió de su refugio y se quedó mirando a Laertes
confundido. No dudó ni un instante el ex-druida, cargó su arco y disparó certeramente, atravesando
el corazón de la bestia. Luego, poseído por un extraño frenesí, despellejó el cuerpo del ciervo, se
puso la piel sin curtir a modo de capa, y comió la carne cruda de su presa hasta que se sació.
Cuando tuvo suficiente, con la cara y manos llenas de sangre caliente, se levantó y se fue, momento
que aprovecharon las aves carroñeras para abalanzarse sobre lo que quedaba de animal.
Perdió completamente la noción del tiempo, mientras se hundía más y más en la oscuridad.
No contó las lunas, pero debieron ser más de veinte. Estaba rastreando una nueva presa,
prácticamente convertido en un salvaje, siguiendo un rastro de sangre. Cuando entró en el claro, la
visión de un grifo le hizo dudar. El animal, con un ala rota observó al hombre, y como leyendo sus
pensamientos, y sabiéndose perdedor, agachó la cabeza y se preparó a morir, pues no tenía fuerzas
para luchar. Algo se encendió dentro de Laertes, y en lugar de atacar, a pesar de que estaba
hambriento, se acercó cuidadosamente a la bestia, que dio un par de picotazos al aire a modo de
advertencia, pero sin mucha intención. Elevando su mano, Laertes continuó su avance, hasta que
estuvo al alcance del animal, que decidió no atacar. El ex-druida acarició el pico del grifo, que se
revolvió inquieto. Examinó el hombre la herida del animal. Era de algún tipo de arma de proyectil.
Le habían roto el ala justo donde se unía al cuerpo. Calculó que los atacantes no podían andar lejos,
pues el grifo no podría haber recorrido mucha distancia con esa herida. Se puso en guardia, y
decidió esconderse tras los árboles. No tardaron en aparecer dos humanos, hombre y mujer,
equipados con ballestas y con pinta de furtivos. Hablaban entre ellos en voz baja, pero Laertes pudo
distinguir palabras sueltas. “piel” “dinero” “mercado” “trofeo”. Tensó el arco, y sin decir una
palabra, disparó al hombre, que tenía más cerca, atravesándole la garganta. Intentó gritar, pero la
sangre que le subía hacia la boca se lo impidió, y cayó tosiendo y ahogándose por su propia sangre.
La mujer cargó su arma y buscó al atacante, pero en cuanto volvió la espalda al grifo buscando de
dónde venía la flecha, la bestia le arrancó la cabeza de un bocado y la arrojó al otro lado del claro.
El cuerpo permaneció unos segundo en pie, antes de desplomarse mientras el rojo líquido manaba a
4
borbotones. Laertes salió de su escondite, aun en guardia, por si venía alguien más, pero pasaron
unos minutos y no apareció nadie.
Se volvió a acercar al grifo, que bajó la cabeza, agradecido, y convencido de que era Cromn
quien le había enviado semejante regalo, agradeció en silencio al dios, mientras posaba la mano en
el pico del grifo.
- Te llamaré “Vronti”1.
1 Tanacio. “Trueno”
5
Acérquense, damas y caballeros, acérquense a este humilde bardo, para escuchar una nueva
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Laertes (II)
Laertes se estableció en el claro una temporada, mientras curaba las heridas de Vronti. Como
no disponía de su magia, comenzó a preparar ungüentos y cataplasmas con hierbas medicinales para
sanarlo, y le suministraba narcóticos para aliviarle el dolor. Vronti se dejó hacer, y se quedó quieto
como si entendiera lo que Laertes le decía; el ex-druida le cambiaba las compresas a menudo, hasta
que la herida cerró, y le proporcionaba carne que cazaba en los alrededores.
El hombre había perdido su capacidad para conjurar, pero algo le decía que aquella bestia no
era normal. Era bastante más grande que cualquier grifo que hubiese visto antes, y tenía una
presencia distinta a todos los demás animales. Había algo en él… mágico. Durante las noches, antes
de dormirse, elevaba una silenciosa oración a Cromn, cada vez más convencido que Vronti era la
respuesta del dios Cazador a su conversión. No le había dado los conjuros y poderes de druida, pero
a cambio, una formidable bestia mágica le miraba con ojillos inteligentes, entendiendo todo lo que
le decía.
Pasaron un par de lunas hasta que Vronti se levantó, agitó su ala herida, y pareció satisfecho
por las sensaciones. Como impelido por un instinto, Laertes escaló a su lomo y montó, cosa que
nunca había hecho antes, y sin embargo, se sintió como si llevara toda la vida haciéndolo. Vronti
dio un par de vueltas en círculos alrededor del claro, a media altura, divisó una presa (un cervatillo
que bebía en un estanque cercano) y bajó en picado. Atrapó al animal con su pico, que apretó con
fuerza, y se oyó en crujir de los huesos. Aterrizó de vuelta al claro y puso al ciervo mansamente en
el suelo, esperando a que Laertes bajase de su lomo, y se acercase a animal. Lo empujó con su pico
en dirección al hombre, entendiendo Laertes que se trataba de un regalo de agradecimiento. Asintió,
acarició a Vronti, y se dispuso a hacer una hoguera para cocinarlo.
Desde que se había establecido para cuidar de Vronti, Laertes había vuelto a cocinar sus
presas, liberado del frenesí sangriento. La ira y la venganza seguían ocupando su mente, pero ahora
ya era capaz de controlarse, así que apartó un par de buenas tajadas para él, que asó en el fuego, y le
dio el resto del animal crudo a Vronti, que se lo comió feliz.
Visto que Vronti estaba recuperado, y con sus pensamientos más en orden, Laertes miró la
posición del sol para orientarse, y se encaminó en dirección a Siempriedra. En la ciudad podrían
decirle algo acerca del Escorpión morado que poblaba sus pesadillas nocturnas, a cambio de las
pieles que había ido recopilando. Sin mediar palabra, Vronti siguió al hombre.
Cuando llegó a la ciudad, le dijo a la bestia que volase un rato por el bosque mientras él se
adentraba en la masa de edificios, y notó que Vronti lo agradeció, porque no le gustaban nada
aquellos montones de piedras. Recorrió la ciudad de arriba a abajo, pero no obtuvo nada de
información. Eso sí, pudo vender su cuero a buen precio, como siempre, y guardó el oro, pues
6
habría de servirle en otra ocasión. Se encaminó a la siguiente ciudad, alejándose de su hogar como
nunca había hecho antes, y no sintió la más mínima pena.
No fue tan sencillo como hubiese imaginado. Tardó meses en encontrar la primera pista
buena, vagando por todo Tanactos. Un aventurero de paso por Xenandor le informó a cambio de
unas monedas que había oído hablar de ese escudo en una de sus aventuras en la lejana Tysalevia,
capital del reino de Tyrsail, y debía tratarse de una casa noble menor de los elfos drow, que se
dedicaba a traficar con esclavos. Según el aventurero, sólo se sabía que hiciesen compra-venta,
aunque Laertes supo de inmediato que el ataque a su pueblo no había sido casualidad. Rezhias
mediante, el aventurero no recordaba el nombre de la familia, así que tuvo que seguir sus pesquisas.
Ya que la única pista que tenía le llevaba al oeste, hacia allí encaminó sus pasos, o aleteos,
pues hacía parte de los viajes a lomos de Vronti cuando no había poblaciones cerca que pudiesen
confundir al grifo con una amenaza. Durante sus viajes, ambos tuvieron que defenderse de algunos
salteadores y ladrones, a los que despacharon con furia. Cruzaron la frontera sin más problema que
pagar una tasa a los Caballeros de la Moneda que custodiaban el paso, una tasa que tuvo recargo por
pasar un animal “exótico”, dijeron los caballeros. De todas formas, Laertes tenía dinero guardado, y
pudo pagar, así que no tuvo problemas en llegar a Tysalevia.
La capital del reino era una gran ciudad, llena de actividades de todo tipo, pero lo importante
para Laertes era buscar alguien que supiera algo acerca de tráfico de esclavos; la esclavitud era
ilegal en casi todas partes en Athanae, pero como casi todo, si buscabas lo suficiente, podías
encontrar prácticamente cualquier cosa. Por supuesto, no fue fácil. Cuando preguntas por algo que
está fuera de la ley, nadie quiere saber nada, para no meterse en líos, menos aun cuando en la ciudad
imperaba una atmósfera de autoritarismo casi opresiva. Los guardias vigilaban cada paso que daban
los ciudadanos, máxime si eras extranjero, para buscar excusas con las que poder darte una paliza o
encerrarte en prisión. La mayoría de ellos parecían disfrutar del miedo que inspiraban en los civiles,
y abusaban de su posición en cuanto tenía ocasión, así que era prudente andarse con pies de plomo
cuando se preguntaba acerca de cosas ilegales, que sin embargo, había en cada esquina.
Le costó más de un mes empezar a enterarse de algo acerca de lo que buscaba; parecía ser
que se organizaba una especie de subasta de esclavos de manera periódica, en Alegort. Bueno, no
exactamente en Alegort, sino que allí, si uno tenía los suficientes contactos y dinero, se compraba
un pasaje para un barco que hacia un viaje de un mes y regresaba al mismo puerto. Allí, en alta mar,
lejos de las autoridades, se compraban y vendían todo tipo de mercancías ilegales, incluidos
esclavos. Allí se exponían, pujabas, y si lo ganabas, se te entregaba en tierra en el punto que
indicaras. Y entre los vendedores, los Lhoereb, el clan del Escorpión. A bordo de aquel barco habría
al menos una mercader con su escolta. Laertes debía conseguir un pasaje.
Le costó más de un año empezar a meterse en los círculos del crimen, haciendo toda clase de
acciones moralmente dudosas, como secuestros, extorsiones, asesinatos. Ya nada le importaba, sólo
lo veía como meras herramientas para lograr su objetivo último de venganza. Sólo veía aquel
escorpión lacado en el escudo, sólo veía cenizas y muerte.
Cada pocos días salía de la ciudad, y llamaba a Vronti, estaba un rato con él y cazaban
juntos. Era el único momento en que se sentía en paz consigo mismo, dando caza a presas para
alimentarse.
7
Luego regresaba a los suburbios y se sumergía en la oscuridad, hambriento, pero de forma
distinta. Un hambre que no podía apagar.
Cuando por fin se puso en camino para Alegort, tenía el pulso acelerado. Sabía que debía ser
cauteloso, intentar charlar con la mercader de los Lhoereb de forma casual, sin revelar sus
intenciones. Calmar sus instintos asesinos, para lograr la información que le llevaría a su venganza.
Subió al inmenso barco intentando acompasar su respiración. Pronto descubrió que estaba
repleto de drows, pues aunque también se traficaba con otros materiales ilegales, la principal
mercancía eran los esclavos. Estos estaban en la bodega, encadenados en una enorme jaula
comunal, numerados. Allí miraban confundidos a sus posibles compradores; había de todo, desde
niños a ancianos, desde gnomos a semidragones; familias enteras, individuos en deplorable estado
bien baratos, y poderosos magos a precio de oro. Era un espectáculo dantesco, todos hacinados en
aquella suerte de prisión, con apenas unos taparrabos para que se viera bien la mercancía. A veces,
un posible pujador pedía a un guardia que le enseñara a uno o varios esclavos; el guardia entraba en
la jaula, sacaba aquellos señalados, que eran inspeccionados como si se tratase de ganado,
obligándoles a abrir la boca o inspeccionando otras partes de la anatomía más íntimas, sin
miramiento ninguno. Después, los devolvían con los demás. En las paredes había unas grandes
pizarras, donde otros empleados del barco iban anotando el precio ofrecido por cada uno de los
esclavos.
Las distintas mercaderes, todas mujeres, de los drow, paseaban satisfechas por las diferentes
cubiertas del barco, con sus guardaespaldas. Se miraban unas a otras con una mezcla entre
desprecio y altivez. Por fin vio a su objetivo. Era difícil calcular la edad de una elfa, pero Laertes
pensó que era más bien madura. Caminaba confiada, seguida a poca distancia por su séquito de
guardias con el emblema del escorpión. Laertes quiso ser todo lo cauteloso posible, así que dio los
buenos días y no quiso abordarla aun, esperando y observando, por si pudiera sacar alguna
información. La elfa ni se dignó a contestar, pues como es costumbre en la sociedad drow, los
machos son poco mejores que los esclavos, pero lo miró con interés. Laertes era un tipo apuesto,
fuerte, bien formado. Hubiera valido una pequeña fortuna como esclavo… Eso debió pensar la elfa
del clan Lhoereb mientras Laertes se alejaba, en dirección a su camarote, humilde pero privado.
La travesía duraba 30 días, así
que tenía tiempo para ir masticando
su plan. Se acicalaba cada mañana
con esmero, consciente de que había
despertado el interés de la elfa, de
quien se enteró que se llamaba
Maegamp. Charlando en la barra del
bar de la primera cubierta, fue
enterándose cada noche que
Maegamp era una asidua a este barco,
ya que era el enlace de su familia con
la superficie, donde residía. Cuando
tocaba, bajaba a visitar a su clan,
subía los esclavos y se embarcaba en
8
el “Libertinaje”, el barco donde ahora se encontraban, para vender su mercancía. Se quedaba con su
parte y entregaba el resto del dinero en su siguiente visita.
Maegamp tenía fama de ser un tanto viciosa, aunque esto no era raro entre la cultura drow.
Habitualmente, saciaban estos apetitos con los esclavos, a los que utilizaban de las maneras… muy
imaginativas para satisfacer sus más oscuros deseos. Los más afortunados eran usados de
concubinas, mientras que los menos, morían torturados y mutilados de manera lenta y cruel. Sin
embargo, Maegamp encontraba aburrido obligar a un esclavo a proporcionarla placer, así que solía
merodear entre los hombres, elegía a quien le placía y lo seducía. Laertes se había asegurado de
llamar la atención de la elfa, y aunque le repugnaba la idea de acostarse con una miembro del clan
Lhoereb, estaba dispuesto a todo con tal de acceder a la ubicación de su casa. Cada noche, Laertes
se deleitaba imaginando el hogar del clan reducido a cenizas, como había sido el suyo, imaginaba
con placer los gritos de sufrimiento de los niños drows abrasados y consumidos por las llamas,
como habían sufrido los niños de su aldea.
Fingió estar interesado en alguno de los esclavos que vendía Maegamp, e hizo alguna puja
simbólica, sabiendo que tenía pocas opciones de ganarlas, pidió a los guardias de la familia
examinar los individuos, como hacían los demás compradores, y los maltrató con indiferencia,
como el resto. Después de unas cuantas pujas y un par de semanas de viaje, por fin Maegamp se
acercó a él mientras observaba a una hembra semielfa, que temblaba ligeramente mientras intentaba
mantener la compostura. Le habían quitado su taparrabos para que el cliente pudiera ver con detalle
todo cuanto quisiera, y al ver que la drow se acercaba, fingió un poco más de interés en los genitales
de la esclava.
- Me pregunto, ¿qué uso le iba a dar a este ejemplar? - inquirió Maegamp.
Laertes frotó a la semielfa en la entrepierna, y ésta ahogó una queja. Maegamp la dio una
bofetada.
- ¡No te quejes, esclava! Deja que este comprador examine cuanto quiera de lo que quiere adquirir.
La semielfa asintió en silencio mientras las lágrimas caían por sus mejillas.
- Pues estaba pensando en llevármela como sirvienta por el día, y como concubina por las noches.
- Os servirá bien, eso os lo puedo garantizar – contestó divertida la drow – pero… seguro que no os
puede proporcionar tanto placer como merecéis.
Laertes sonrió de medio lado, y señaló la jaula.
- Y, ¿cuál de estas esclavas me satisfaría mejor, según vos?
- Quizá aquella humana – dijo, señalando a una chiquilla que no tendría más de 13 – aún es joven,
pero es hija de una prostituta del barrio noble de Tysalevia, y ya sabe algunas técnicas. - Maegamp
chasqueó los dedos y trajeron a la niña.
- Desnúdate, esclava, y muéstrale a este macho cuánto placer puedes darle.
La chica, que sin duda era hermosa, se despojó de los harapos, revelando un cuerpo aun por
formar, pero bien proporcionado, y cayó inmediatamente de rodillas. Con una habilidad que sólo da
9
la práctica, buscó en la bragueta de Laertes, que, un tanto sorprendido, dio un paso atrás, justo antes
de que la muchacha, que ya abría la boca, sacase su verga de los calzones.
- No será necesario…
- ¿No os parece suficientemente atractiva? - Maegamp dio una bofetada a la chica con el dorso de la
mano, tirándola al suelo.
- Es hermosa, pero a mí me van un poco más… creciditas – dijo Laertes, intentado aparentar interés
en la drow.
Maegamp sonrió, satisfecha.
- Creo que ya entiendo. Dejaré que sigáis inspeccionando la mercancía, entonces – dijo, guiñando
un ojo, y acercándose al oído del humano, susurró – Si queréis saber lo que es el auténtico placer,
acudid esta noche a mi camarote de la tercera cubierta, 32.
Tras ello, se volvió y regresó junto a sus guardias, que esperaban unos pasos más atrás. A
Laertes le costó seguir fingiendo interés por la semielfa, pero se contuvo como mejor pudo, puso
una puja un poco más alta por ella que la anterior, y regresó con una enigmática sonrisa a su
camarote.
---
Nunca reconoció, ni siquiera a sí mismo, que aquella noche tuvo el mejor sexo de su vida,
incluso teniendo en cuenta las arcadas que tuvo que vencer al empezar a besar aquella boca negra y
ardiente. La elfa sabía de técnicas y posturas que tenían que proceder directamente de los textos
sagrados de Shindalar, pues Laertes nunca las hubiese imaginado. Entre orgasmo y orgasmo, pues
estuvieron toda la noche ocupados, Laertes procuraba tirar de la lengua de Maegamp, fingiendo
curiosidad por el exotismo de los drows, acerca de la Infraoscuridad, acerca de cómo de importante
era su casa dentro de los nobles, cómo acudía a recoger esclavos y los traía a vender a la superficie.
Por desgracia, la elfa había nacido en la superficie, y sólo viajaba a la infraoscuridad a recoger los
esclavos y dar el dinero a su familia, cosa que hacía en un lugar a medio camino entre el acceso y la
ciudad donde residía su familia. No era todo lo que esperaba Laertes, pero al menos tenía algo, un
nuevo objetivo. Reprimió, con mucho esfuerzo, las ganas de cortar la garganta de la elfa mientras se
despedían, aun solos, sin la presencia de sus guardias, pero sabía que si la asesinaba, era muy
probable que tampoco abandonase aquel barco con vida. Así que se pasó el resto del viaje
intentando aparentar normalidad. Como había planeado, no ganó ninguna puja, así que bajó del
barco y se encaminó de vuelta a Tysalevia. Maegamp había dicho que la entrada que utilizaba se
encontraba cerca de la capital, aunque tendría que esperar unos meses a que se produjera la
siguiente remesa. Mejor, ya que así tendría tiempo de averiguar dónde exactamente se ubicaba
aquel acceso. El sabor de la lengua de Maegamp aun permanecía en sus papilas después de
semanas, y necesitaba su sangre para quitárselo.
10
Acérquense, damas y caballeros, acérquense a este humilde bardo, para escuchar una nueva
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Laertes (III)
Nadie quería hacer guardia con Servan, una vez se metieron por el acceso, pues no
soportaban las interminables peroratas acerca de la virtud, el honor, y la bonhomía. A Laertes le
parecían especialmente pesados, más aún cuando el paladín le miraba a los ojos, y le decía:
- Veo la semilla del bien en ti. Muy profunda, enterrada, pero se intenta abrir camino. No la dejas,
pero sigue viva.
A medida que avanzaban por los pasadizos, se fueron encontrando algunas patrullas,
compuestas por drows y gnomos svirfneblin. De algunas tuvieron que esconderse, por ser muy
numerosas, y atacaron a otras, más reducidas. Ninguna era de la casa Lhoereb, lo que desilusionó un
poco a Laertes. Se aproximaban a la primera población, una pequeña ciudad que no aparecía en los
mapas que se habían procurado, aunque eran conscientes de que esto podría suceder, puesto que
esos mapas eran muy antiguos y desactualizados. Discutieron acerca de la mejor táctica para pasar
esta población, y decidieron que Amy se hiciera pasar por mercader, y el resto serían su escolta.
Servan no estaba de acuerdo, pero por el bien del grupo, escondió finalmente su símbolo sagrado.
Los drows miraron a los extranjeros con una mezcla de desinterés y desprecio, y les dejaron entrar
en la ciudad sin mucho problema, aunque les hicieron pagar un portazgo a la entrada.
11
Recorrieron las extrañas calles, tan distintas de las de la superficie. Atraían miradas como
forasteros que eran, pero enseguida cada cual se volvía a lo suyo. Preguntaron aquí y allá por la
familia Lhoereb, pero nadie se dignó ni a girar la cabeza. Ni siquiera cuando ofrecieron dinero.
A Laertes le estaba empezando a hervir la sangre, y Servan le puso una mano en el hombro,
tratando de calmarlo. El humano respiró despacio, tratando de contener las ganas de sacar su arma y
ponerse a disparar en todas direcciones. Salieron del asentamiento por la puerta contraria a la que
habían entrado, y les cobraron un nuevo impuesto. Cuando se alejaron lo suficiente, Laertes
explotó, y comenzó a gritar.
- ¡Me los voy a cargar a todos! ¿Me oís? ¡A todos!
- Cálmate, o harás que nos degüellen – dijo preocupado Oleg.
- Sí, cálmate, Laertes. Si te matan aquí abajo, nadie recordará tu sacrificio ahí arriba – dijo Servan
con su habitual tono tranquilo, señalando con su dedo a la bóveda de roca y tierra.
- ¡Bah, a la mierda! Vamos a la ciudad que marca el mapa, y espero que siga siendo una ciudad, y
no unas ruinas centenarias.
Laertes emprendió el camino, y los demás se encogieron de hombros y le siguieron.
---
Tras unas jornadas de viaje, llegaron a la ciudad, que seguía en pie, para alivio de todos.
Pagaron el impuesto a la entrada, y tuvieron que esperar a que un perito revisase una a una las
monedas, pues los drows no se fiaban de la mercader y su séquito. Recorrieron las avenidas en
dirección al barrio noble, en busca del emblema del Escorpión, y finalmente, dieron con la
hacienda. No era de las más lujosas, pero la vivienda no era pequeña, y tenía un buen patio. Laertes
estuvo a punto de cargar contra el par de guardias que custodiaban la puerta de la verja que
delimitaba la propiedad, y de nuevo fue Servan quien lo detuvo justo a tiempo. Arrastraron al ex-
druida a una taberna, donde pagaron unas bebidas a un precio bastante inflado, y comenzaron a
susurrar.
- Hay que trazar un plan. Intentar concertar una cita. Que Amy diga que quiere comprar esclavos, o
algo así – propuso Oleg.
- No suena mal – contestó la guerrera.
Consiguieron la audiencia para un par de semanas después, así que tuvieron que alojarse en
una posada cercana a la finca Lhoereb, desde cuya ventana veían la entrada principal. Laertes
apenas durmió esos días, consumido por la impaciencia, la venganza y la emoción. Pronto
reclamaría justicia, y poco le importaba si luego toda la ciudad le caía encima y lo descuartizaban.
Había de aniquilarlos a todos. No pensaba en nada más allá, convencido de que después todo se
acabaría. Moriría en paz. Se dio cuenta de que eso conllevaba sacrificar a sus compañeros, cosa que
durante una fracción de segundo lo entristeció, pero al momento la ira ciega ya había borrado aquel
fugaz pensamiento.
Para desgracia de Laertes, y como era de esperar, cuando les hicieron pasar a la audiencia,
no les recibió la matriarca, si no un secretario que fue haciéndoles preguntas acerca de los negocios
que deseaban tener con la señora Lhoereb. El humano, de nuevo como un animal enjaulado, se
12
contenía a duras penas de cargar contra los guardias presentes durante la charla. Amy tenía buena
labia y había preparado el guion, así que la negociación fue más o menos bien. Adelantando una
generosa suma de dinero, que pensaron, quizá sería a fondo perdido, les citaron de nuevo a un mes
vista, esta vez con la matriarca Schzitsva Lhoereb, para llevar a cabo una transacción de una docena
de esclavos, que se suponía que el grupo quería comprar. Habían pedido humanoides en buena
forma, luchadores, con la idea de romper sus cadenas y que les ayudasen a atacar a los drow y sus
guardias, y con la ayuda de esos aliados, escapar después a toda prisa, llevándose todo cuanto
pudieran por el camino; Servan dijo que él renunciaba a cualquier objeto saqueado, y guardó
silencio acerca del resto del plan. El paladín parecía cariacontecido, y apenas habló durante las
siguientes semanas, mientras esperaban su cita.
---
Les condujeron por la vivienda hasta el sótano, lo que les pareció un tanto sospechoso. Les
hicieron esperar en una sala bastante diáfana, con un escaño de madera recorriendo una de las
paredes, un par de antorchas colgadas en los muros y una única puerta de acceso. Era bastante
grande, y seguramente se tratase de algún almacén. La puerta se abrió, y entraron dos hombres drow
embutidos en armadura negra, con la heráldica del Escorpión en sus escudos. Tras ellos, tres
mujeres, la del centro con un gran parecido a Maegamp. Finalmente, otros dos guerreros con
armaduras, que cerraron la puerta tras ellos.
- Bien, bien, ¿qué tenemos aquí? - habló la mujer del centro, sin duda, por sus lujosas ropas, la
matriarca – un peculiar grupo que dice querer comprarme una docena de esclavos fuertes y listos
para luchar.
- Y no los veo por ningún lado – dijo Amy, tomando su papel de líder.
- Ni los verás, querida. Hedéis a chamusquina desde kilómetros. Pero antes de mataros, os voy a dar
la oportunidad de que me contéis quienes sois, y si me divierte la historia, quizá os haga sufrir poco.
El grupo fue a echar mano de sus armas, pero una de las otras mujeres conjuró
inmediatamente, y el grupo quedó paralizado.
- No, no, no, nada de armas por ahora – dijo Schzitsva moviendo de lado a lado su índice derecho.
- Aniquilaste a mi pueblo, maldita zorra – dijo Laertes, paralizado, pero descubrió que podía hablar
– no dejaste más que cenizas.
- Pobre macho, se quedó sin amigos – dijo burlonamente la matriarca, fingiendo lloriquear – Espero
que tengáis una excusa mejor para haber venido hasta aquí a morir.
Amy fue a abrir la boca, pero cambió de opinión.
- Habla, querida – dijo Schzitsva con condescendencia – es lo único que puedes hacer.
- Yo sólo quería volver con tu cabeza a Tysalevia para ganar fama.
La matriarca rio sin muchas ganas.
- Pues vaya fracaso. ¿Y tú, pequeño? ¿Qué viniste a buscar aquí abajo?
- Riquezas – lloriqueó Oleg.
13
- Bueno, de eso sí que hay, pero me gusta donde están – dijo divertida Schzitsva, que parecía
regodearse del miedo que sentía en gnomo. Sacó una daga de su cinto y la pasó por la garganta del
pequeño pícaro, despacio, sin apretar, a modo de juego, regodeándose en la cara de pánico de Oleg.
- Y, ¿qué tenemos aquí? - dijo volviéndose a Servan – no pareces un guerrero común. Pareces…
- Un paladín de Khala, mi señora – espetó el semielfo, que esperaba el momento – y he venido a
acabar con vuestra maldad. Había resistido el conjuro, pero había fingido quedarse paralizado como
sus compañeros. Desenvainando su espada bastarda, que refulgió como el sol mismo, todos los
presentes quedaron cegados, excepto él, que había cerrado los párpados. Propinó una estocada a la
matriarca, que gritó de dolor, mientras caía al suelo. Luego atacó a las otras dos mujeres,
encomendándose a su diosa, y una de ellas se desintegró en una explosión de luz, la otra, no
obstante, recuperada ya del fogonazo, contraatacó con su magia oscura de Viperuss.
Servan luchó como un valiente, defendiéndose con valor ante un enemigo superior. Abatió a
tres de los luchadores, antes de que las heridas infligidas por las espadas venenosas, y los conjuros
de la sacerdotisa le hicieran hincar la rodilla. Laertes observaba la escena, sin poder moverse,
sintiendo casi que iba a explotar de impotencia y rabia. El combate estaba perdido, y él no podía
hacer nada. Vio como la matriarca se levantó del suelo, con una terrible herida en la cara, de la que
emanaba luz divina, pero viva. Hundió su daga en la espalda de Servan, que se defendía de los otros
dos contendientes, antes de que Laertes pudiera advertirle.
El paladín se volvió a Laertes, y mirándole directamente a los ojos, le dijo, mientras el
veneno hacía su efecto:
- Veo el bien en ti, Laertes, no dejes que el mal acabe con tu ser… Siempre hay un camino de vuelta
a la luz.
Y haciendo un último esfuerzo, el paladín emitió un terrible grito, y su cuerpo explosionó en
energía divina, acabando con la sacerdotisa y el guardia, que estallaron en llamas sagradas.
Schzitsva salió despedida contra una pared, y cayó al suelo tras el terrible golpe.
Cuando se despejó la luz de la sala, Laertes ya pudo moverse, al igual que Amy. Sin
embargo, Oleg yacía en el suelo, con la cara hinchada y soltando espumarajos verdes por la boca.
La malnacida le había herido con la daga. No podían hacer nada por él, así que Laertes asintió, y
Amy le cortó la cabeza para acabar con su agonía con su enorme hacha.
El humano dio un paso hacia el cuerpo de Schzitsva, encendido por la rabia. Iba a arrancarle
el corazón con sus propias manos y se lo iba a comer allí mismo… Pero de repente el cuerpo se
desvaneció, como si fuera etéreo, y desapareció.
- ¡No, no, no! ¡No puede escapárseme ahora!
- Vámonos, imbécil – le espetó Amy – si quieres salir vivo de aquí hay que salir cuanto antes.
Miró al suelo donde Servan se había convertido en luz, y vio el símbolo de Khala intacto.
Extendió la mano para cogerlo, pero cambió de opinión en el último momento, y lo dejó allí,
mientras Amy tiraba de él.
Abrieron la puerta de la sala y ascendieron a la planta baja. El camino hacia la puerta
principal estaba cortado por una pareja de guardias, que les miraron con sorpresa,como si no
14
hubiesen oído todo el jaleo de abajo, y, señalándolos, empezaron a ir a por ellos mientras
desenvainaban. Amy y Laertes cambiaron de dirección, y al abrir la puerta de la siguiente sala, se
encontraron en una especie de enrome salón repleto de almohadas y velos, y vieron media docena
de esclavos con ropas ligeras reunidos frente a la chimenea que hacia de centro de la sala. No había
más salidas, ya que las ventanas habían sido tapiadas para proporcionar un ambiente más cálido y
oscuro a la estancia, así que no tuvieron más remedio que luchar. Amy se quedó bloqueando la
puerta repartiendo hachazos, mientras Laertes disparaba desde atrás. No les costó mucho derrotar a
los dos guardias, pero supieron que vendrían más.
- ¡Vámonos, rápido! - dijo Amy haciendo ademanes con la mano en dirección a la salida.
Entonces la vio. Entre los esclavos, Elma. Reconoció al instante a la mujer, que sin embargo,
no parecía reconocerlo a él, pues le miraba con los ojos vacíos, como si se tratase de un golem. Se
aceró a ella, ignorando a Amy, que continuaba gritando en la puerta. La humana, dio por perdido al
ex-druida y huyó de la casa, intentando salvar su pellejo.
Laertes abrazó a Elma que continuaba como en un trance. El resto de esclavos se apartaron
unos pasos, confusos.
- Elma, soy yo, Laertes, ¿no me reconoces?
La mujer entornó los ojos, como volviendo de una ensoñación, y por fin, reaccionó.
- Laertes… no puede ser… estás… tan… cambiado. ¿Qué estás haciendo aquí?
- Vengar a nuestro pueblo – dijo casi como acto reflejo el hombre.
- ¿Vengar? Tú no eres así…
- Me hicieron así, Elma… Pensé que te había perdido…
- Hay algo que quiero contarte – dijo Elma, mientras desviaba la mirada hacia un muchacho de unos
15 años entre los esclavos.
Entonces, la mujer, que había puesto expresión de ternura al mirar a aquel chico, abrió los
ojos como platos, y el terror, el dolor, se instalaron en su semblante. Quiso gritar, pero no pudo.
- ¿Elma? ¿Amor mío? - Laertes miraba al rostro de su mujer sin comprender lo que estaba
sucediendo. Entonces bajó la mirada, y vio la hoja de una daga asomar en el pecho de la mujer.
Reconoció aquella hoja.
- Si no he podido deshacerme de ti, al menos quiero ver cómo sufres – escupió Schzitsva, asomando
detrás de Elma, y le asestó otra puñalada, aunque no era necesaria. La hoja volvió a atravesar a la
mujer, que agonizó de dolor y cayó sobre sus rodillas.
- Sálvalo – consiguió decir Elma, mirando al chico, a pesar de que la boca se le llenaba de un
líquido verduzco, similar al que había visto en Oleg hacía unos minutos – no le arrastres contigo a
la oscuridad… - Elma cerró los ojos por última vez.
- Me has arrebatado a mi mujer, dos veces, maldita puta, y ahora, ¡yo voy a arrebatarte la vida! -
gruñó Laertes mientras se abalanzaba sobre la matriarca.
15
Sin embargo, cuando intentó apresarla, la elfa se escurrió entre sus brazos, como si no
tuviera huesos, y atacó a su vez al humano. Él desenfundó su espada corta, que casi nunca utilizaba,
acostumbrado a su arco. Lucharon, mientras los esclavos miraban entre horrorizados y
esperanzados, pues tenían una oportunidad de ser libres… Si Schzitsva perdía, y no parecía claro.
Ambos contendientes eran buenos luchadores, pero Schzitsva parecía más acostumbrada a la
pelea cuerpo a cuerpo. Sin embargo Laertes sabía que el contacto con aquella daga era fatal, así que
puso todo su empeño en intentar esquivar las puñaladas que la matriarca lanzaba, contraatacando
cuando tenía la oportunidad. Empezaron a flaquearle las fuerzas, y la elfa sabía que empezaba a
tener ventaja en el combate. Aun así el hombre gritó con rabia y cargó una vez más, con renovadas
fuerzas saliendo de su ira. Su hoja resbaló contra el cuero mágico de la armadura de Schzitsva, que
se vio ganadora, pues el ex-druida había quedado expuesto tras su impulsivo ataque. Elevó su
daga… Y entonces el muchacho que había mirado Elma saltó de entre los demás esclavos, y sujetó
la muñeca de su ama, impidiendo la fatal puñalada.
- ¿Qué haces, esclavo? ¡Te torturaré por esto, estúpido macho humano! - bramó la matriarca, presa
de la furia, intentando apartar al chico, que empezó a brillar con una luz blanca, del mismo blanco
inmaculado en el que había explotado Servan.
- Si no eres capaz de salvarte a ti mismo – habló el chico, pero fue la voz de Servan la que salió de
su garganta – al menos ten la decencia de no llevar a tu hijo contigo a la condenación.
Los ojos del chico refulgían en luz y Schzitsva tuvo que cubrirse la cara y aflojar su arma,
que cayó al suelo. El chico aprovechó su ventaja momentánea para derribar a la elfa, y corrió hacia
Laertes. Le tomó de la mano y lo levantó del suelo, y la voz de Servan volvió a resonar.
- Huye con tu responsabilidad, sabiéndote perdedor de este asalto - El chico rebuscó en sus ropajes
y extrajo un pergamino, que comenzó a leer, aún poseído. Justo cuando una explosión de luz
destinada a teletransportar a Laertes y al chico, Schzitsva cogió su daga del suelo y la arrojó contra
ellos, rozando la mejilla de Laertes justo antes de que ambos desaparecieran.
16
Acérquense, damas y caballeros, acérquense a este humilde bardo, para escuchar una nueva
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Elian (I)
17
Elian miró confundido a aquel hombre que acababa de conocer, y trató de asumir todos los
cambios que acababan de acontecer en su vida. Ahora era libre, había perdido a su madre, pero
había recuperado a su padre. Había conocido el cielo, del que sólo había oído hablar en cuentos, y
no necesitaba pedir permiso para ir al baño.
---
Costó años acostumbrar a Elian a la vida en la superficie, y aun más, a la vida libre. Años en
los que la herida de Laertes en la mejilla fue empeorando, expandiéndose lentamente en todas
direcciones, haciéndole perder el pelo primero, a medida que la infección se extendía a su cabeza,
además de ir perdiendo paulatinamente la movilidad y sensibilidad en el cuello y en el brazo
izquierdo. Las venas se marcaban en un gris enfermizo, la piel se blanqueaba y la carne se moría, y
a pesar de los preparados de hierbas medicinales que se aplicaba cada día, sólo conseguía retardar el
avance inexorable del veneno drow. El hombre sabía que la ponzoña acabaría con su vida más
temprano que tarde, así que se aplicó en enseñar a Elian todo cuanto sabía acerca de la naturaleza.
Le inició en la fe de Cromn, el Cazador, y como le enseñó todo cuanto podía acerca del arte
druídico. No obstante, no podía enseñar magia a su hijo, así que decidió que lo mejor sería buscarle
un maestro en otro arte.
Después de algún tiempo, Laertes se había vuelto a casar con Irina, una exploradora
allionita. Era bella, rubia, de piel pálida y penetrantes ojos grises, y habían coincidido en un par de
aventuras. Era tan buena con el arco como lo había sido Laertes, pero él ya no podía disparar, por su
parálisis en el brazo, y porque estaba perdiendo visión de su ojo izquierdo, así que ahora peleaba
con una espada corta cuerpo a cuerpo. Era Irina la que portaba el arco mágico de Laertes, y lo
manejaba con maestría al tiempo que enseñaba a Elian a disparar.
Irina y Laertes nunca se habían amado realmente, pero habían decidido casarse para dar una
figura materna a Elian. La exploradora había visto en el chico el hijo que deseaba y nunca tuvo, y la
propuesta de Laertes de enseñarle a ser explorador le daba la oportunidad de moldearlo a su antojo
en las artes de la caza. Aunque Irina rezaba a Geiath, poco a poco también empezó a encomendarse
a Cromn por influencia de su marido, y también de su hijo, que había aprendido de su padre la fe.
También de Laertes había tomado su odio exacerbado por los drows, incentivado además por los
años de esclavitud vividos. Poco a poco el muchacho empezó a amar su libertad y a odiar a los que
habían sido sus captores, que además le habían arrebatado a su madre.
La relación con Irina era más de admiración que de cariño; no era una madre, si no una
mentora, que le enseñó a rastrear y cazar presas, una guardiana, que protegía el campamento cuando
viajaban. Con quien se llevaba mejor era con Vronti el grifo, con quien correteaba por los bosques y
volaba, saboreando su libertad.
Se podría decir que eran una extraña familia, o bien un curioso grupo. Para cuando Elian
cumplió los 18, Laertes, que ya cojeaba ostensiblemente, y le costaba hablar, creyó que era el
momento en que su hijo visitara los restos de la aldea. Apenas podía distinguirse ya nada, pues la
vegetación había crecido por lo que antes era un claro, y allí donde Laertes había sepultado los
cuerpos, jóvenes árboles habían nacido y luchaban por crecer, benditos por Dreídita.
18
- Aquí yacen tus parientes, asesinados por aquellos que secuestraron a tu madre y al resto. Atacaron
de manera traicionera, con precisión y malevolencia. Asesinaron, secuestraron, robaron, nos
despojaron de todo.
Elian asentía mientras recorría con la mirada el paisaje.
- Nadie diría que este es el escenario de ese crimen, padre.
- Pero lo es – Laertes cogió del hombro a su hijo con fuerza con su mano buena, enfatizando las
palabras – y si la naturaleza no quiere recordarlo, tú sí has de hacerlo, pues yo ya no puedo reclamar
la venganza que nuestro pueblo merece. Pero tú tienes toda la vida por delante para hacer justicia.
- Justicia… - murmuró Elian, apretando el puño – Sí, padre.
Cuando se marcharon del lugar, Laertes, como era habitual, iba montado en Vronti, incapaz
ya de caminar. Al lado iba su mujer, y unos pasos por detrás, el chico.
- Siembras odio en tu hijo, Laertes. Quizá deberías dejar que elija su propio destino.
- Tiene motivos de sobra para odiar a los drow, y a los Lhoereb en concreto.
- Entonces, ¿por qué te esfuerzas tanto? - preguntó la mujer.
- Porque es la única manera de redimir a la familia.
- Es la única manera de que tu alma cansada de odiar encuentre algo de paz, y por el camino, vas a
condenar la de tu hijo, y único descendiente de la aldea.
Las palabras de Irina atravesaron el cerebro de Laertes como agujas, despertando las
olvidadas palabras de Servan: “Si no eres capaz de salvarte a ti mismo, al menos ten la decencia de
no llevar a tu hijo contigo a la condenación.” Hizo un ademán con la mano, molesto.
- Déjame en paz, tú no lo entiendes. No eres de la familia.
- Quizá por eso lo entiendo mejor que tú, maldito cabezota. Pero haz lo que quieras.
Irina no dijo nada más en ese momento, pero por la noche, en el campamento, mientras
Elian dormía, volvió a la carga.
- ¿Quieres que tu hijo sea un amargado como tú, sin más ideas en la cabeza que cazar drows?
- He dicho que lo dejes. Si tan amargado estoy, no entiendo qué haces conmigo.
- No me tientes, Laertes. Te soporto por él – dijo la mujer, señalando la tienda donde dormía el
joven – porque de cualquier otra manera, eres inaguantable. Eres peor que llevar un clérigo de
Rezhias dando la matraca con el fin del mundo, pero tu perorata es “venganza, venganza” como si
fueras un golem.
- Idos al infierno.
- ¿Idos? ¿Quiénes?
- Tú, Servan, Elma. Todos.
Irina agitó la cabeza, impotente.
19
A las pocas semanas, Laertes perdió la movilidad en la parte derecha del cuerpo. Ya no podía
moverse, tan sólo hablar, con dificultad, porque incluso respirar era un trabajo fatigoso. Tuvieron
que parar, y entre Irina y Elian, con la inestimable ayuda de Vronti, construyeron una pequeña
cabaña, con un lecho donde acomodar a Laertes. La hora se acercaba. Mucho había escapado del
fatal veneno. El hombre, que lucía un aspecto terriblemente demacrado, enfermizo, había incluso
perdido los casi todos los dientes, y los pocos que quedaban estaban podridos y grises. No llegaba a
50 años, pero su aspecto parecía el de un hombre de más de 150.
Cuando dormía, Laertes nombraba a menudo a un tal Servan, y a su mujer Elma. Por el día,
negaba acordarse de nada que hubiese soñado, y sólo tenía palabras de odio contra el clan Lhoereb
y su matriarca. “Has de matarla, Elian. A ella y a toda su familia. Y si puedes hacer que sufra, aun
mejor”
Elian e Irina cuidaron lo mejor que pudieron al enfermo, preparándole sus ungüentos y
haciéndole lo más confortable posible su convalecencia. Sólo el odio le mantenía respirando día tras
día, a pesar del cariño con que el hijo acomodaba la cabeza de su padre, le limpiaba pacientemente
sus excrementos, y le daba de comer a la boca. Finalmente, Laertes se sintió tan débil, que fue
consciente de que todo se acababa, y llamó a su hijo.
- Tengo algo que confesarte, Elian.
- Dime, padre.
- Hice una promesa a tu madre justo antes de que muriera, y no la he cumplido.
- ¿Qué promesa?
- Prometí que no te arrastraría conmigo a la oscuridad, que te enseñaría el legado de nuestro pueblo.
- ¿Qué legado es ese?
Laertes tosió débilmente.
- Éramos un pueblo bueno, amábamos la naturaleza, rezábamos a Dreídita y ella nos concedía sus
dones – tosió de nuevo, esputando un líquido verde – La culpé a ella de nuestra desgracia, del mal
que nos infligió Schzitsva, renuncié a su fe y condené mi magia y la de mi familia. He fallado a tu
madre. Y a Servan.
- ¿Quién es Servan?
Laertes tosió de nuevo, y miró a los ojos de su hijo, por última vez, viendo en su mirada el
bien que anidaba en el fondo de su corazón, pero también la determinación por cumplir la venganza.
- No importa, hijo. No importa. Tan sólo asegúrate de acabar con los Lhoereb.
- Sí, padre. Lo juro ante Cromn.
Laertes asintió, y cerró los ojos.
20
Acérquense, damas y caballeros, acérquense a este humilde bardo, para escuchar una nueva
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Elian (II)
21
- ¿Estás insinuando que te vas?
- Por ahora no, chico, pero quiero saber qué te propones.
- Buscar nuevas entradas a la Infraoscuridad, procurarme un grupo mejor que el que hizo padre,
tomar venganza.
- Sí, sí, esa parte ya me la sé, muchacho. Me refiero después. Imagina que bajas ahí abajo, con un
maldito ejército, capturas a la matriarca, le arrancas la piel a tiras y le obligas a suplicar clemencia
en nombre de tu padre y tu pueblo. Luego, ¿qué?
- No lo sé – dijo con expresión sombría Elian – no tengo ni la más remota idea.
- Tan obtuso como tu padre, digno hijo de él – dijo Irina con un deje de burla en la voz. - Pues vete
pensándolo, porque si no mueres en tu empeño suicida de una venganza que ni siquiera es tuya,
estaría bien que supieras qué hacer con tu vida después.
Elian la miró enfadado, sobre todo porque no tenía respuesta. Caminaron hasta la ciudad
más cercana, y Elian comenzó a volcar sus esfuerzos en recopilar información acerca de la
Infraoscuridad, preguntando y buscando en antiguos legajos en las bibliotecas, retomando el trabajo
que su padre hiciera años atrás. El acceso por el que habían salido en aquella ocasión estaba sellado,
y necesitaría uno nuevo. Encontró otro unos meses después, e incursiono con Irina y Vronti, pero
parecía un callejón sin salida, pues aunque se adentraba bajo tierra, no parecía llevar más que a un
conjunto de cavernas interconectadas entre sí, que no permitían avanzar. Quizá se tratase de una
trampa o el camino estaba oculto para ojos poco entrenados, pero el caso es que tras unos días de
expedición, habían descubierto que todos los caminos regresaban hasta la gruta principal. Un tanto
desanimados, regresaron a la superficie en busca de alternativas.
Tal y como había dicho, Elian también buscó compañeros que estuvieran interesados en ir a
la Infraoscuridad, pero no pudo encontrar muchos. Sólo un mediano que se hacía llamar el
“Puertas” se les unió. Era experto en trampas y cerraduras, o eso decía, y estuvo con ellos en otro
par de intentos, que acabaron de la misma manera que el primero. Los meses pasaban entre
investigaciones e incursiones, sin éxito.
Tras unos años, unas pistas prometedoras llevaron al grupo hasta las afueras de Aldavia,
donde se suponía que había una entrada que los drows utilizaban para comerciar con esta ciudad.
Incluso compraron un mapa, que les costó una pequeña fortuna, que se suponía que habían robado
de la última partida de drows que habían pasado por allí, así que Elian estaba emocionado, pues era
la mejor pista que habían tenido desde la muerte de Laertes.
- Esta vez sí…
- ¿Y la parte de procurarte un grupo mejor que el de tu padre? - preguntó Irina.
- Podrías ayudarme en lugar de quejarte. - dijo molesto Elian.
- Estás cometiendo los mismos errores que él – dijo, con tono neutro – y bastante ayuda te brindo,
que no me he ido y os he abandonado con tu loco plan.
- Preguntemos por Aldavia a ver si a alguien le puede interesar.
- Después de ti. - dijo Irina, cediéndole paso a Elian.
22
- Yo os espero en la taberna – dijo “Puertas”.
- Tú te vienes, que querrán ver el grupo completo.
- Bah – bufó el mediano – está bien.
Recorrieron tabernas, posadas y otros sitios de reunión de aventureros, y tras vender su
expedición como una incursión de poco riesgo a unas ruinas de una ciudad duérgar destruida, para
saquear tesoros, se les unió una maga semiorca, de nombre Zoida, un humano alma predilecta de
Oceronte, llamado Román, y una guerrera abejal, de nombre un tanto impronunciable, a la que
llamaban “Reina”.
Tras pactar un reparto justo del posible botín, y sabiendo que en realidad intentarían llegar
tan abajo como pudieran, para hacerse con más información de los Lhoereb, partieron en busca del
acceso. El mapa que tenían estaba en lo cierto; encontraron la entrada bien camuflada con un
conjuro ilusorio que Zoida pudo disipar sin problemas, y comenzaron su expedición.
Como casi todas las entradas, daba a grutas laberínticas que se introducían poco a poco en la
tierra, haciendo cada vez el aire más viciado y la visión más difícil. Cuando se acercaron al primer
asentamiento, tuvieron que esconderse de las patrullas de soldados, y los nuevos empezaron a
desconfiar.
- Demos la vuelta, no merece la pena arriesgarse tanto por unas ruinas. - dijo “Reina” zumbando.
- Seguro que la ciudad duérgar está cerca, solían aposentarse cerca de los pueblos drow – dijo
vehemente Elian, consultando el mapa – un poco más al oeste hay una marca, aquí – dijo, señalando
lo que podía ser una mancha de tinta, o una marca.
- Para eso hay que atravesar la ciudad – dijo Zoida, preocupada.
- Pues camúflanos con tu magia, y atravesémosla.
- Podría intentarlo… - la maga conjuró, y de repente, todos se vieron distintos.
- Ahora somos percibidos como miembros de la raza que nos mira – dijo – es decir, yo os veo a
todos como semiorcos, y los drows nos ven como…
- Como drows – dijo satisfecho Elian – ¡en marcha!
- Espera, a tu bestia habría que transmutarla en caballo, o en araña o algo de eso – dijo la maga.
- Adelante.
Una vez habían transmutado a Vronti en un palafrén negro, avanzaron decididos, y no
tuvieron problema en entrar en la población. Elian buscaba nerviosamente el Escorpión morado, por
si se diera la ocasión.
- Vamos a la taberna, quiero preguntar algo – dijo.
- ¿Seguro que es prudente? - dijo Irina, preocupada.
Elian hizo un ademán negativo, y se puso a caminar decidido hacia el establecimiento.
- Espera, idiota, deja que hable yo – dijo Irina, adelantando a Elian – recuerda que esta sociedad es
matriarcal.
23
Entraron en la taberna, y la mujer pidió unos vinos, y preguntó discretamente por los
Lhoereb a la camarera. Hablaron unos momentos, y luego, sirvió la botella con los vasos, que Irina
llevó a la mesa.
- En esta ciudad no saben nada de ellos – dijo a Elian – estamos muy lejos de su radio de acción.
- ¿De quién habláis? ¿Qué estáis tramando? - preguntó Román, curioso.
- Nada, no te preocupes, asuntos personales. Acabemos esta botella y vayámonos de aquí. - dijo
Elian.
- ¿En serio no me lo vais a contar? - se quejó amargamente el seguidor de Oceronte, siempre ávido
de conocimiento, mientras salían de la taberna.
---
Elian e Irina se las apañaron para mantener engañados durante semanas al resto del grupo,
“en la siguiente ciudad” “el mapa debe estar equivocado” “oh, no era por aquí, sino por allá”
mientras iban haciéndose con algo de información de los Lhoereb. Lograron escuchar que su líder,
conocida ahora como Schzitsva “mediacara” continuaba traficando con esclavos, pero se había
mudado de hogar, para evitar ser rastreada, y nadie sabía desde dónde dirigía las operaciones. La
drow no se dejaba ver, pues como su sobrenombre indicaba, la herida de Servan nunca había
llegado a curar, y su aspecto debía ser un tanto lamentable. De hecho, Schzitsva dirigía el cotarro
desde la sombra, y era su hermana, Maegamp, la cara visible de su casa. Ya que se trataba de una
casa menor, nadie prestaba demasiada atención a los trapicheos que se traían con la superficie. Todo
esto sacaron en claro, además de que corrían rumores de que se habían trasladado al este.
De la que regresaban al acceso a la superficie por el que habían bajado, encontraron, por la
gracia de Fortunna, unas ruinas de un asentamiento duérgar arrasado hacía años, posiblemente por
el demonio Drek-Torn, quien había aniquilado a todos los Enanos del mundo, y del Inframundo.
Lograron saquear algunas piezas de artesanía y armas oxidadas, que en manos de algún herrero
hábil, quizá tuvieran algún valor.
Cuando estaban a punto de llegar a la entrada, una comitiva de drows entraba a toda prisa
por el acceso, gritando aterrorizados en infracomún, algo acerca de no-muertos y de niebla. No les
hicieron mucho caso, y agradecieron que distraídos, corrieran en dirección opuesta a donde se
encontraba el grupo. Escalaron por el agujero que debía llevarles a la superficie. Era pasado el
mediodía, pero no se filtraba ninguna luz desde la superficie.
La primera en salir a tierra firme fue Reina, que ayudó a Román, y entre los dos, a los
demás. Cuando todos estuvieron fuera, se dieron cuenta de que parecía efectivamente, de noche, y
se preguntaron si habrían errado los cálculos de tiempo. Apenas se veía más de diez metros, pues
además de la oscuridad, una densa niebla lo cubría todo en todas direcciones. Estaban como en el
ojo de un huracán, rodeados.
- ¿Por dónde se va a la ciudad? - pregunto Reina.
Irina señaló en una dirección, y la abejal dio unos pasos, y la perdieron de vista. Román se
disponía a seguirla, cuando Irina lo detuvo.
- Algo no va bien – dijo la exploradora, olisqueando el ambiente – Huele a muerte.
24
- ¡Tonterías! - dijo Zoida, y se dispuso a seguir a Reina, cuando esta regresó por donde había
venido. Pero ya no era ella. Era un abejal zombificado, con su arma desenvainada, y sin mediar
palabra, agitó su mandoble y cortó en dos a la maga semiorca diagonalmente.
Irina y Elian comenzaron a disparar a la que hasta hace un minuto había sido su compañera,
y el “Puertas” saltó a su espalda, clavándole sus dagas, pero Reina parecía ignorar las flechas y los
puñales del mediano, que se le clavaban en la putrefacta quitina, con un desagradable crujido. Se
sacudió a Puertas, y sin dejarlo caer al suelo lo bateó con su enorme espada, saliendo el mediano
despedido hacia la niebla. Román se puso a conjurar su magia de custodias contra la muerte,
mientras retrocedía y esquivaba los barridos de Reina, y luego sacó su propia arma y se puso a
pelear con la abejal. Entre las flechas de los exploradores, los mordiscos de Vronti, y los mazazos
de Román, el cuerpo de Reina se fue descomponiendo en trozos cada vez más pequeños, hasta caer
derrotada. Los compañeros se miraron confundidos, cuando el cuerpo de Zoida comenzó a unirse de
nuevo mientras se levantaba, también convertida en no-muerto, y comenzó a conjurar sus hechizos
más destructivos.
- ¡Hay que largarse! - dijo Román, y estas fueron sus últimas palabras al ser alcanzado por el
conjuro de Zoida, un Asesino Fantasmal.
La niebla los rodeaba, y no había por dónde huir. Todo parecía perdido.
- ¡Arriba! ¡Por arriba! - señaló Irina.
Elian vio a lo que se refería su mentora. La niebla les rodeaba en forma de cilindro, pero
parecía no ser tan densa encima de sus cabezas. Elian montó de inmediato sobre Vronti y tendió la
mano a Irina para que subiese. La exploradora la tomó mientras la bestia despegaba batiendo sus
alas, que no eran capaces de despejar la densa bruma. Estaban elevándose, cuando la niebla, como
si fuese un ser vivo dotado de inteligencia, pareció darse cuenta de su error, y comenzó a cerrarse
intentando atraparlos. Irina, que colgaba de la mano de Elian, fue alcanzada por la nube y de
repente, su cuerpo se volvió del revés, implosionando su piel y explosionando su esqueleto y
órganos. No tuvo ni tiempo de gritar de dolor. Inmediatamente la carne comenzó a cubrir de nuevo
los huesos, pero ya no había piel, sólo sanguinolentos músculos que intentaban atacar a Vronti y
Elian. Horrorizado, el explorador soltó la mano huesuda de la que había sido su maestra y
protectora, que cayó y fue engullida por la oscuridad.
Vronti voló a toda velocidad hacia la ciudad, y cuando se acercaba, empezaron a lloverle
proyectiles provenientes de las balistas instaladas en lo alto de las murallas. Una cúpula mágica
rodeaba el recinto, y Elian gritó desesperado. Vronti fue alcanzado por uno de los virotes, entró en
barrena, y se golpeó con fuerza contra la muralla de Aldavia. Todo se volvió oscuro.
25
Acérquense, damas y caballeros, acérquense a este humilde bardo, para escuchar una nueva
historia, acérquense para escuchar acerca de un compañero, al que no podemos definir de otra
forma que no sea… bestial.
Elian (III)
Despertó días después. Se encontraba tumbado con Vronti hecho un ovillo a su lado,
dormido plácidamente. Estaba en el suelo, pero no directamente sobre el duro adoquinado, alguien
había tenido la delicadeza de arrojar un poco de paja antes de posarlo.
- Excusez-moi, ça va?2
- No entiendo – respondió Elian intentado levantarse, pero todo le daba vueltas y volvió a posar la
cabeza.
- ¿Se encuentra bien? - volvió a preguntar la misma voz, esta vez en común, con acento tyrsalita.
- He estado mejor.
Apenas terminó la frase, tuvo una náusea, e intentó girarse para vomitar, pero no tenía nada
que expulsar. La voz a su lado, que era de mujer, conjuró algo y se encontró mejor. La miró. Aun
veía borroso, pero parecía joven, de cabello pelirrojo suelto. La chica le tendió una jarra.
- Bebe.
Elian se incorporó un poco, ya menos mareado, tomó la jarra de peltre y se la llevó a los
labios. Parecía leche aguada, y la bebió con ganas.
- Gracias.
- De nada, extranjero. Deberías elevar una plegaria a Fortunna, si rezas a los dioses, o quizá a
Ashtorgoth, porque es casi un milagro que viéramos que no eras un muerto y te rescataran de la
muralla cuando chocaste con tu bestia.
- Lo haré, lo haré – dijo mientras se frotaba las sienes, intentado calmar el terrible pitido que tenía
en los oídos – y, ¿a quién debo mi vida, además de a la Dama Suerte?
La chica rio sin muchas ganas.
- Sólo a ella. Yo sólo soy clériga de Alunne, y me dedico a atender a todos los enfermos y heridos.
La Niebla está haciendo estragos.
- ¡La Niebla! - exclamó Elian, recordando todo de golpe - ¿qué es esa Niebla? Mis compañeros…
- Dalos por perdidos, y reza para que así sea – dijo la chica, con tono grave – porque si los
encuentras de nuevo, será para mal.
- Llevo una temporada fuera, ¿puedes explicarme lo que ha pasado?
26
- La verdad que no demasiado – respondió la enfermera – de la nada empezó a rodearnos esa
horrible bruma, convirtiendo todo lo que tocaba en muerte. Alaric del Grande, el archimago de la
ciudad, ha reclutado a todos los conjuradores arcanos de la ciudad para mantener la cúpula y repeler
a los no-muertos. Eres el primer superviviente que vemos llegar a nuestras fronteras que no es un
cadáver ambulante o un engendro.
- Pero, ¿cómo…? ¿Quién…?
- Sabemos tanto como tú, extranjero… a todo esto, no sé cómo llamarte.
- Elian.
- Suena exótico – dijo la chica – yo soy Laetitia.
- Gracias, Laetitia – Elian apuró el último sorbo de leche, y le devolvió la jarra a la sacerdotisa.
- Eso es todo cuanto la ciudad y yo podemos
ofrecerte, además de refugio, a partir de ahora
deberás valerte por ti mismo. Alimentarte a ti
va a ser un reto, pero a tu animal – dijo
mirando al grifo – va a a ser imposible.
Pronto te sugerirán que lo sacrifiques para
ahorrar alimento, luego empezarán a pedirte
que lo mates para comer su carne. Las cosas
se van a poner feas si el asedio no acaba
pronto.
- ¿Y va a acabar pronto?
- No tiene pinta – Laetitia sonrió débilmente,
se levantó y fue a atender al siguiente
paciente.
---
27
llegase, ya no la habían permitido salir, pues el Archimago advertía de un gran peligro que se
acercaba y estaba aprovisionando la ciudad; como clériga sanadora, sus habilidades eran muy
valoradas. No había templo de Alunne en la ciudad, pero la sacerdotisa se había hecho su propio
altar. Como privilegiada que era, le permitían tener una pequeña estancia privada en un edificio
cercano. Dedicaba todo el día a atender a los heridos, asegurándose que la niebla y la podredumbre
no había entrado en ellos. Si así era, derivaba a esos heridos a otra sección de la ciudad, donde no
sabía qué les pasaba, pero no era optimista respecto de su curación, así que sospechaba que los
sacrificaban e incineraban.
- Hoy se cumple un año desde que la ciudad se selló y Alaric levantó la cúpula – decía Laetitia,
triste – un año que vivimos en una noche eterna. Cada jornada es igual a la anterior. Ahora todos los
problemas del pasado parecen tan pequeños…
- ¿A qué te refieres?
- Mi hermano quedó cojo hace años mientras trabajaba de guardia en Tysalevia, estuvimos meses
litigando contra la guardia para que pagaran por el tratamiento para curarlo, sin resultados. Por eso
me hice clériga – sonrió – Perdí a mi hermano en la Niebla, en una de las primeras batallas, ahora
todo aquel asunto de los juicios parece una tontería comparado con… esto.
- No lo creo, esto es sólo una pausa – dijo Elian – en cuanto esto acabe, reanudaré mi vida anterior.
- ¿Y si no acaba? - dijo amargamente la clériga, mientras ponía unas vendas frías a un enfermo - ¿y
si los muertos ganan? ¿Qué importa todo lo demás?
- Sólo espero que no lleguen antes que yo a matar a cierta gente. Que la niebla no me arrebate la
venganza.
Laetitia negó con la cabeza, decepcionada.
- Déjame hacer mi trabajo, y ve a planear tu venganza, Elian. A veces pienso si merece la pena
salvar a algunos…
El muchacho se sintió ofendido por las palabras de la sacerdotisa, y se marchó enfadado.
---
No volvió a visitar a Laetitia en meses, meses que dedicó a buscarse la vida como
buenamente pudo. En ocasiones le requerían de la milicia para reforzar posiciones en la muralla,
sobre todo por Vronti, que resultaba un recurso valioso por su capacidad de combate. Su arco era
mucho menos eficiente contra los muertos que las zarpas y mordiscos del grifo, aunque poco a
poco, fue aprendiendo cómo hacerles más daño. Las lecciones de Irina acerca de puntos vitales no
se ajustaban a los muertos, pero supo adaptar las lecciones al nuevo enemigo.
La echaba de menos, y pensó que quizá era la única persona que le había tratado con
verdadero esmero a parte de su madre. Tragando un poco de orgullo, se encaminó al punto donde se
atendía a los heridos, y buscó la melena color fuego de la sacerdotisa, pero no la vio. Se acercó a
otro clérigo y preguntó por ella, pero no parecía saber nada de una seguidora de Alunne.
Confundido, regresó al día siguiente, y al otro, sin resultados. Era como si se la hubiese tragado la
tierra, y dado cómo estaban las cosas, cualquier cosa parecía posible.
28
Desistió unas semanas después, y continuó luchando en el frente, pues los muertos
golpeaban la cúpula mágica cada noche, y a veces conseguían penetrarla por un instante, y eran los
soldados los que tenían que contener los cadáveres mientras los magos restablecían la barrera. Las
bajas en esos momentos eran grandes, y normalmente se producían esas grietas casi todas las
noches. Los muertos no daban tregua, eran un enemigo implacable, indesmoralizable, invencible.
Sólo podían aguantar, y la perspectiva de aguantar no era suficiente para elevar mucho la moral, que
cada vez estaba más dañada en la ciudad, que sucumbía a la locura, al crimen, y a la desesperación.
Pasaron días, semanas, meses… años. Más de un lustro aguantando los embates de la muerte
llamando a las puertas de la ciudad. La depravación dentro de las murallas era casi total, con
agoreros vaticinando el fin del mundo, y gentes entregándose a placeres mundanos y crímenes de
toda índole, dándolo todo por perdido. Hubo momentos en los que del lado de la milicia, aparecían
horribles engendros casi tan abominables como los enemigos, y ya a nadie le preocupaban, sólo
querían luchar y vivir una noche más.
Cuando todo parecía irse al carajo, e incluso rumores de rendición e inmolación corrían de
boca en boca, llegaron los Consagradores. Arduin, voz de Plata, el mejor bardo del mundo, el Bardo
Mendigo, llegó con los estandartes de los Von Xavras ondeando, encabezando a su grupo de
aventureros, “El Coro Cegado” liderando a su cohorte de Consagradores, Guerreros Sagrados que
disipaban la Niebla a su paso trayendo luz divina. Liberaron la ciudad y se fueron tan rápido como
habían llegado, avanzando a una nueva urbe que liberar. La luz del sol acarició el rostro de Elian y
del resto de supervivientes por primera vez en años, y todos celebraron el fin de la Niebla.
Elian abandonó la ciudad tan pronto como tuvo oportunidad, recordando de repente las
promesas que le habían llevado a ser quien era; la niebla había retrasado sus planes, pero no podía
postergarlos más. La última información que tenía era muy vieja, pero era lo único por lo que
empezar. Por suerte, viajar al este era tarea sencilla, pues los Consagradores venían de esta
dirección, y por tanto, no quedaba apenas niebla hacia allí.
Reanudó las investigaciones de nuevo. Cada ciudad era una oportunidad de hablar con
aventureros o investigar en bibliotecas acerca de la Infraoscuridad. Se preguntó si la Niebla habría
llegado allí también, y de ser así, cómo la habrían enfrentado los drows. De eso poco o nada se
sabía, pero a medida que avanzaba hacia tierras más alejadas de lo que conocía, empezó a
encontrarse con que los hiraneanos se habían establecido por todo Athanae, ya que habían ayudado
en la lucha contra la Niebla, y a cambio, habían obtenido permisos para quedarse por las tierras
devastadas por la plaga, como repobladores. Los Dragones no se conformaban con esto, y su
influencia política había crecido, y a menudo, entraba en conflicto con los antiguos pobladores de
los territorios en los que se quedaban. Así todo, Elian continuó viajando al este y recopilando
pequeñas pistas, de ciudad en ciudad.
Tardó algún tiempo todavía en encontrar una nueva oportunidad de incursionar en la
Infraoscuridad. Tras muchas idas y venidas, y algunos fracasos, por fin parecía estar sobre una pista
buena, que le llevaba a un barco llamado “La Concha Negra” capitaneado por una tal Ishizaki
Hatsume. Así que sin dudarlo mucho, se encaminó al puerto donde se suponía que debía estar esta
nave, dispuesto a hacerse con un pasaje, dispuesto a continuar, con su historia de venganza...
29