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Teología

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Estudios de teologia Mend 3.- La manifestacién de Dios Deja un comentario LA MANIFESTACION DE DIOS (Exodo 3,1-6) Apacentaba Moisés el rebafio de Yetré, su suegro, sacerdote de Madién; condujo el rebafio mds alld del desierto y llegé hasta la montafia de Dios, Horeb. Se le aparecié el dngel de Yahveh en una llama de fuego, en medio de una zarza; y vio Moisés que la zarza ardia en el fuego, pero no se consumia. Dijose entonces Moisés: «Voy a ver ese gran prodigio: por qué no se consume Ja zarza.» Viendo Yahveh que se acercaba para mirar, lo llamé de en medio de la zarza y le dijo: «Moi- sés, Moisés!» El respondié: «Heme aqui.» Y él dijo: «No te acer- ques acd, y quitate de los pies las sandalias; pues el lugar donde estas, tierra santa es.» Y afiadié: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Ja- cob.» Entonces Moisés se cubrié el rostro, porque tema fijar su mirada en Dios. Estructura del texto La narracién se presenta como una teofania, una manifes- tacién de Dios al hombre. Tiene una profunda unidad, que se prolonga en los versiculos siguientes. Es también el ini- cio de un relato de vocacién y de misién: Moisés es Ila- mado por Dios, que le confia una tarea relacionada con su pueblo. En el resto del capitulo 3 y en el capitulo 4 se per- fila de una manera mucho mas precisa la misién del enviado. La estructura de estos versiculos es sencilla: a una intro- duccién que sefiala el lugar geografico del episodio (v. 1), sigue una teofanfa (v. 2), con la correspondiente reaccién y el didlogo entre Dios y el hombre (v. 3-6). Comentario Hasta ahora no se habia dicho, en esta narracién, que Moi- sés hubiera tenido experiencias religiosas ni que conociera al Dios de los padres, Abraham, Isaac y Jacob. La figura del Dios de Israel parecia estar fuera del horizonte de la vida de este hombre, que se habia adaptado perfectamente a su nueva situacion en el pais de Madian. Moisés se ha convertido en pastor, actividad por lo demas comutn para los habitantes de zonas esteparias o deserti- cas. Se aventura mds alld del desierto, hasta llegar al monte de Dios. Se trata de un lugar conocido, tal vez cen- tro de un culto preisraelita. El) nombre de Horeb ha sido afiadido a partir de denominaciones posteriores que se re- montan a la fuente deuteronornica, que llama asi al Sinai (cf. Dt 1,2.6.19; 4,10.15; 5,2; 9,8; 18,16; 28,69). Es imposible precisar la denominaci6n original de este monte, y resulta también dificil sefalar su ubicacidn exacta. Los especialis- tas han propuesto numerosas hipotesis. Su localizacion ac- tual, en la parte meridional de la peninsula homdnima, se remonta a una tradicion cristiana del siglo IV (cf. el comen- tario al capftulo 19). Aparte este problema histdrico-geogréfico, el relato nos describe uno de los momentos culminantes del éxodo: el encuentro de Moisés con Dios. El protagonista de la teofa- nia es inicialmente «el Angel de Yahveh» (v. 2), pero a con- tinuacion es ya «Yahveh» y «Dios» (v. 4). Es un procedi- miento que reaparece en otros pasajes de manifestacio- nes de Dios a los hombres. Véase, por ejemplo, Gen 22, donde al principio es Dios quien llama a Abraham (v. 1) y figura a continuacion el angel de Yahveh (v. 11.15), pero es evidente que se trata de la misma persona. De hecho se dice: «Ahora sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado a tu hijo, tu Unico hijo» (v. 12). Son numerosos los testimonios en los que el dngel de Yahveh es Yahveh mismo (cf. también Gen 16, 7-13; 21, 17-20). La teofania acontece a través del fuego. «Se le aparecié el angel de Yahveh en una llama de fuego» (v. 3). Dios se ma- nifiesta con mucha frecuencia en la Biblia a través de los elementos de la naturaleza, como el fuego, el viento, el te- rremoto, la tempestad, el rayo. Tal vez seria mejor decir que, en sus manifestaciones a los hombres, se hace acom- pafiar por estos elementos (cf. Am 9, 5; Ez 1-2; Sal 18, 8-16; 29; 68, 8s). Aqui es el fuego el que acompaiia a la teofania. No es, sin embargo, el fuego lo que llama la atencién de Moisés, sino mas bien el hecho de que la zarza, envuelta en llamas, no se consuma. La curiosidad, el prodigio, indu- cen a Moisés a aproximarse para ver aquel gran espec- taculo. Aquel hombre se siente atrafdo, como sin darse cuenta, por un fendmeno inhabitual y esto le invita a bus- car, le acerca al lugar de Dios. La bUsqueda de Dios puede nacer también de la admira- cién que suscitan algunas cosas, se dirfa que de la curiosi- dad. Seguin el Evangelio de Juan, los primeros discipulos buscaron a Jesus movidos por la curiosidad; querian saber quién era, ver donde vivia: «Al dia siguiente, Juan estaba otra vez alli con dos de sus discipulos. Y fijando la vista en Jess, que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios.» Al oirlo hablar asi, los dos discipulos siguieron a Jesus. Vol- viéndose entonces Jesus y mirando a los que lo seguian, les pregunta: «Qué desedis?» Ellos le contestaron: «Rabbi -que quiere decir ‘Maestro’, donde vives?» El les res- ponde: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, y vieron donde vivia; y se quedaron con él aquel dia. Era, aproximada- mente, la hora décima» (Jn 1, 35-39). Moisés no sabia absolutamente nada de lo que estaba aconteciendo. Se acerca, pero es detenido por la voz de Dios, que le llama por su nombre: «Moisés, Moisés.» Lo mismo le ocurrié a Samuel, mientras estaba, de noche, en el templo del Sefior; fue llamado por tres veces, y sdlo a la tercera, con un doble «Samuel, Samuel», reconocid la voz de Yahveh. Como Samuel, también Moisés responde sin reconocer a su interlocutor: «Heme aqui.» En esta res- puesta no se trasluce ninguna prontitud, ningun tipo de disponibilidad frente a la llamada de Dios. Responde como habria respondido a cualquiera que le hubiera llamado por su nombre. De hecho, en la secuencia del capitulo ve- remos aparecer su resistencia frente a la tarea que el Se- flor quiere confiarle. El prodigio no le lleva auin a advertir que se halla en pre- sencia de Dios. El lugar de Dios es santo y el hombre no puede presentarse ante la divinidad con su vestimenta ha- bitual. Existe en la Biblia un vivo sentido de la santidad de los lugares donde se aparece Dios. «Ciertamente esta Yah- veh en este lugar y yo no lo sabia. Tuvo miedo y exclamé: «jCuan terrible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo»» (Gen 28, 16-17). No son muy distintas de estas palabras de Jacob, que encontré a Dios en Betel, las que dirige el mismo Dios a Moisés en Ex 19, 10-12: «Después dijo Yahveh a Moisés: «Ve al pueblo y haz que se purifique hoy y manana. Que laven sus vestidos y estén prontos para el dia tercero, pues al tercer dia des- cendera Yahveh, a la vista de todo el pueblo, sobre la mon- tafia del Sinai. Fijaras al pueblo un limite alrededor de la montafia y le diras: Guardaos de subir a la montafia y de tocar la falda del monte; porque quien tocare la montana morira sin remisién».» Para el antiguo Israel, al igual que para los pueblos limitrofes, el problema no es tanto la existencia de Dios cuanto més bien su presencia concreta en el mundo, en este o en aquel lugar. Nunca se discute la existencia de Dios; el problema gira en torno a su posibili- dad de actuar, de mostrar su poder frente a los otros dio- ses, Tras la catastrofe del exilio babildnico, por ejemplo, el Deuteroisaias intentara convencer al pueblo de la capaci- dad de accién de Dios, de su omnipotencia y su poder: «A quién me compararéis que se me parezca?, dice el Santo. Levantad a lo alto vuestros ojos y mirad: ¢Quién creé aquello? El saca en orden su ejército, llama por su nombre a todos ellos; ante el grande en poder y ante el potente en fuerza ni uno solo falta» (Is 40, 25-26). Y otro tanto hara también el Tritoisaias para responder a la desconfianza de su pueblo frente a Dios: «Mirad que no es demasiado corta la mano de Yahveh para salvar, y no es demasiado. duro su ofdo para oir» (Is 59, 1). El sentido de lo sacro y de la santidad del lugar habitado por Dios no es producto arcaico de una cultura primitiva, sino un rasgo esencial de toda religién verdadera. En él se manifiestan la diversidad y la alteridad de Dios que, aun- que se acerca al hombre, no se asemeja enteramente a lo humano. Incluso cuando habla con los hombres, Dios es inaccesible. Su santidad implica comunicacién con los hombres y, a la vez, separacién, trascendencia. Hay una esfera de lo sacro, de lo santo. Todo cuanto pertenece a la esfera de Dios, cuanto entra en comunidn con él, es, para decirlo con sindnimos, santo y puro. En tiempos mas re- cientes, Israel codificara mediante leyes cada vez mas pre- cisas la diferencia entre lo santo-puro y lo no santo-im- puro. Hay un ejemplo tipico de esta codificacién en la ley de santidad recogida en Lev 17-26, 0 en el tratado Tehorot (= las cosas puras) de la Misna, recopilacion de leyes orales llevada a cabo en el siglo II d.C. En los mismos evangelios aflora el contraste entre puro e impuro, santo y no santo. A los demonios se les llama «espiritus impuros» (cf. Mc 1, 23), en cuanto que son expresién del mal, de una fuerza opuesta a Dios. Jesus, en cambio, es reconocido por estos mismos espiritus impuros como «el santo de Dios», el por- tador de la vida de Dios y de su poder (cf. Mc 1, 24). Santo es el apelativo con que los serafines cantan a Dios en Is 6, 3 y que la Iglesia repite en su liturgia eucaristica como re- conocimiento del poder de Dios que entra en la historia de los hombres.

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