Mundo Antiguo: Roma
Los horizontes geográficos de la Antigüedad Romana
El conocimiento que poseían los romanos acerca de las poblaciones y de los
territorios que ocupaban, no difería demasiado del que poseían los griegos antiguos,
con los que entraron en contacto hacia el siglo III a.C.
En efecto, el orbe Romano concebía también un mundo fragmentario, cuya
representación se ampliaba a medida que avanzaba sobre nuevos territorios. Así, los
romanos conocieron Inglaterra e Irlanda1, e inclusive, se atrevieron a cruzar los límites
que imponían los ríos Danubio y Rin, internándose en tierras de dacios y germanos,
respectivamente.
El horizonte geográfico del primer momento en la historia de roma, se circunscribe
a las siete colinas que después darían origen. La primitiva ciudad dio lugar a una
1
A las que denominaron Britania e Hibernia. Fueron anexadas al Imperio y poco tiempo después abandonadas,
cuando el sostenimiento de las tierras más productivas en el sur del continente Europeo los urgía. Sólo
conservaron un destacamento militar-guarnición- en Britania, asentado muy cerca de la ciudad de Londivium
(hoy Londres).
pronta expansión por la misma Italia que luego se extendió, más allá del Mediterráneo,
hacia el Norte de África.
Finalmente, en su máximo punto de extensión bajo el régimen Imperial, decir Rima
era igual que decir “el mundo”. Los límites del Imperio no parecían acabarse. En el
extremo occidental, España y al Norte Inglaterra. En el extremo oriental, el Bósforo, y
al sudeste los confines de la India. Hacia el Sur, Arabia y el Norte de África. Hacia el
Norte, un poco más allá del Danubio y el Rin. En sus diversas formas de pertenencia,
ya sea como provincias imperiales, provincias senatoriales o protectorados, el águila2
y la administración pragmática de Roma, se imponían. En definitiva, “todos los
caminos conducían- y conducen en la Historia- a Roma”.
Italia, el lugar donde la historia de los Romanos comenzó a gestarse, es una
península montañosa que penetra en el Mar Mediterráneo.
Se divide en dos regiones muy diferentes, la continental y la peninsular. La Italia
continental, situada al Norte, es una fértil llanura comprendida entre los Alpes y los
Apeninos, bañada por las aguas del río Po. Los antiguos llamaban a esta región Galia
Cisalpina.
La Italia peninsular se halla situada al sur, atravesada por los montes Apeninos
que la segmentan en dos: la parte oriental –Apulia- y la occidental –Calabria-. Esta
última separada de la isla de Sicilia por el estrecho de Mesina. Cerca del continente se
encuentran las islas de Cerdeña, Córcega y el Elba.
La historia de Roma está signada por sus conquistas y por la expansión de su
cultura. Su extensión territorial colaboró en la temprana concentración de poder en una
figura política como Julio César. Sobrevino, tras su muerte, el Imperio.
Una de las tantas provincias del Imperio Romano, Palestina, vio nacer al Salvador.
No es casual que el gran proceso de unificación territorial y cultural del mundo
Romano haya preparado el camino para la difusión del cristianismo.
2
En el estandarte, el águila acompañada por la divisa S.P.Q.R., correspondiente a la afirmación “El senado y el
pueblo romano”-senatus populusque romanus-expresión simbólica de la constitución republicana.
Aspectos generales
“Cuando los Romanos se retiraron de Inglaterra, se llevaron con ellos la
calefacción y la civilización” sentenció en 1943 Winston Churchill3. La civilización
romana, o romanitas, da a entender no sólo el conjunto de elementos materiales de
su cultura, sino –muy especialmente- “ el punto de vista y la manera de pensar”4 del
romano. Mentalidad romana que significaba ideas, costumbres, y por supuesto, unidad
de lengua, cultura y pertenencia a un único estado.
Las conquistas romanas tienen esto de característico, la asimilación de la cultura
del vencido y la tolerancia del vencedor. Una tolerancia cuyo único límite es el estado
romano.
Pierre Grimal lo señala muy claramente “La conquista por las armas romanas de
los diferentes territorios, fue seguida por un hecho mucho más significativo que la
simple transformación del territorio en una unidad administrativa romana; la creación
de un mundo romanizado, lo que supuso la incorporación de sus habitantes a las ideas
y costumbres romanas”.5 Estas conquistas se prolongaron a lo largo de toda la historia
Republicana, y fueron las bases de la transformación política que emprendió Augusto,
convirtiendo a Roma en un poderoso imperio.
El romano vive una buena parte de su tiempo en campaña y exploración de
territorios. La otra parte de su vida, está dedicada al cultivo de la tierra. Este
soldado-agricultor6 se convierte en el fundamento de la vida romana republicana y en
el principal “agente” de la romanización.
Los destacamentos y guarniciones que establece en los territorios conquistados
son el primer paso para la fundación de colonias romanas. Respeta las instituciones y
el derecho de los pueblos conquistados, siempre y cuando acepten la sumisión al
estado romano. A cambio, construirían acueductos en las ciudades conquistadas,
3
En A.A.V.V., Documentos para la historia de la Segunda Guerra Mundial, Bs. As., 1968, pág.
4
Barrow, H.D.F., Los Romanos, México, 1990, pág.14
5
Grimal, P., El mundo Mediterráneo en la Edad Antigua, Madrid, 1989, pág. 120
6
Barrow, H.D.F., ob. cit., pág., 12 y ss.
obras públicas, carreteras que unían los pueblos y que conducían a la gran ciudad,
Roma7. Veamos cómo se construyó esta cultura.
Los romanos relatan el origen de su ciudad con una leyenda. En una de sus
versiones más difundidas, se nos presentan como descendientes por parte paterna del
propio dios de la guerra-Marte- y por parte materna, del héroe griego Eneas, quien,
huyendo de su ciudad natal, Troya, después de la guerra, dio con el Lacio y fundó allí
la ciudad de Albalonga.
Según la tradición más corriente, el nacimiento de los gemelos, Rómulo y Remo,
puso en una comprometida situación el reinado del usurpador, Amulio, quien había
tomado el poder desplazando al abuelo de los gemelos. Mandó, por tanto, que los
depositaran en una canasta, a orillas del Tíber, con intenciones de que la corriente los
llevara a mar abierto8. Sin embargo, la crecida del río tuvo el efecto contrario,
depositando a los gemelos en una orilla donde fueron recogidos por una loba, que los
amamantó.9 El destino los condujo hacia un pastor, Faustulus, que apiadándose de
ellos, los llevó a su casa, donde fueron criados por su mujer, Aca Larentia.
Pasada su adolescencia, tras descubrir su origen real, restituyen el poder a su
abuelo, Numitor. Este les recompensó permitiéndoles fundar una ciudad sobre el
monte Palatino.
Consultada la voluntad divina acerca de quién debía ser el fundador, Rómulo
resultó beneficiado con el vuelo augural de doce buitres sobre su cabeza.10 Trazó
entonces los límites de su ciudad. Remo, decepcionado porque el favor de los dioses
estaba con su hermano, se burló del límite que éste delineó, cruzándose con facilidad.
Irritado, Rómulo mató a su hermano. En la forma más antigua de esta leyenda, el
7
En la Galia, conquistada por Julio César, vivían unos 60 pueblos celtas, belgas e ibéricos, netamente
campesinos, que desconocían la vida urbana. En el año 43 a.C., Julio César estableció las primeras colonias. Los
celtas no pudieron resistir la fuerza de esta floreciente vida urbana, la aristocracia gala se acostumbró a las
ciudades, símbolo de la civilización romana. En el siglo II d.C. ya no quedaba nada de las antiguas poblaciones
celtas.
8
Seguimos la narración de la leyenda que realiza Pierre Grimal en Diccionario de mitología griega y romana,
Madrid, 1990, pp. 769-70
9
Los lobos estaban consagrados a Marte.
10
Este acto religioso con el que se inicia la fundación de Roma es típicamente etrusco. Cf. Bloch, M., Los
etruscos, Bs. As., 1961.
homicidio tiene como único móvil, el sacrilegio que cometiera Remo al cruzar los
límites de la ciudad.
Esta breve exposición de una leyenda, que tiene como elementos esenciales la
construcción de una ciudad bajo el patrocinio del propio dios de la guerra -Marte-, y el
fratricidio como señal del destino que le esperaba; marcaron el inicio de la historia
romana. Según las cronologías, Roma fue fundada el 21 de abril del 753 antes de
nuestra Era11. Abandonemos la leyenda y veamos ahora qué dicen los hechos.
En tiempos de la fundación de Roma, el Norte de Italia estaba habitado por los
etruscos, los vénetos y los ligures. En la región peninsular vivían los latinos y los
sabinos, y el sur había sido ocupado por los griegos –Magna Grecia- durante su etapa
de colonización.
Latinos, etruscos y sabinos eran pueblos pastores que fundaron un primitivo
asentamiento que se denominó Albalonga. La región estaba circundada por siete
colinas. En la mayor de ellas -el monte Palatino- se estableció un grupo que dio origen
a la ciudad de Roma. La leyenda de Rómulo, que lo convierte de fundador en rey,
continúa con su gobierno sobre la ciudad y las primeras guerras por el control de sus
fronteras. Desde ella, podemos analizar los primeros años de concreción del dominio
romano sobre el Lacio.
Así, del período que se inicia con la fundación de Roma -753 a.C.- y hasta la
expulsión de los últimos reyes etruscos -510 a.C.- los datos conocidos son
mayoritariamente inciertos, y gran parte de ellos, pertenecientes a antiguas leyendas.
El período republicano, sin embargo, se nos presenta con mayor solvencia
histórica. Los historiadores romanos12 presentan un minucioso panorama de los siglos
republicanos, desde la expulsión de los reyes y la instauración del senado y del
consulado como máximos órganos de gobierno –hecho que da comienzo a la
República- hasta los conflictos entre Patricios y Plebeyos, por la obtención de los
11
Algunos autores sitúan cronológicamente la fundación entre el 755 y el 752 a. C. Cf. Grimal, P., Ob. Cit., pp.
460-62
12
Por ejemplo, Tito Livio, (59 a.C.-17 d.C.) en su obra Historia de Roma, nos presenta el origen de la ciudad hasta
la primera guerra Púnica y desde el principio de la segunda, hasta la sumisión de Macedonia. Los romanos
fueron muy afectos a las obras de corte histórico, cuya esencial protagonista era la propia Roma.
derechos políticos de éstos últimos, y la concesión de los mismos hacia el 449 a.C.
las campañas y conquistas también se relatan con claridad y abundancia de detalles
acerca de los pueblos conquistados, sus usos y costumbres13.
A partir del siglo V a.C., Roma inicia la expansión territorial y el ordenamiento
jurídico que le darán el dominio del orbe. Sin embargo, los efectos no deseados de la
guerra constante y de la extensión de sus territorios hacia zonas alejadas serán la
pérdida de los ideales republicanos y la concentración progresiva de poder en manos
de una sola persona.
En efecto, desde la primera guerra civil -88 a. C. a 78 A.C.-la república comienza a
mostrar síntomas de agotamiento institucional y de excesiva carga en las funciones
militares.
La antigua institución conocida como dictadura, que salvaguardaba el bien de la
república, suprimiendo las magistraturas ordinarias hasta el restablecimiento del orden
y la paz; se había convertido en una figura de existencia casi permanente, encarnada
por hombres fuertes de la vida pública. Julio César14 dictador perpetuo desde el 48
a.C. fue asesinado por los senadores que veían en él, la aborrecida sombra de la
monarquía. Su asesinato no fue, por mucho que lo desearan, el fin de las pretensiones
de un hombre por crear un imperio. La herencia de Julio César descansó en Octavio,
luego denominado César Augusto, su sobrino, quien después de vencer las últimas
rebeliones de los generales romanos y vengar la muerte de su tío, trajo la paz a la
república convertida ahora en un principado.
En la vida institucional del principado, que inició Augusto en el año 27 a.C.,
encontramos la fusión del ideario imperial, con las instituciones propias de la república.
13
Para conocer la vida de los Galos basta con leer Comentario de la guerra de las Galias, de Julio César, escrito y
publicado al concluir sus campañas por aquellas regiones (50-48 a.C.)
14
Julio César (100-44 a.C.) pertenecía a una noble familia afiliada al Partido Popular de Roma. Su brillante carrera
militar le llevó a los máximos honores y su vida pública estuvo regida por sus excelentes dotes oratorias. Electo
tribuno militar, cuestor y luego, senador. Entre el 58 y el 51 a.C. conquistó las Galias –hoy Francia y Suiza- y
Bretaña-hoy Inglaterra-. En el 48 a.C. fue nombrado dictador. El 15 de marzo del año 44 a.C .Fue asesinado por
miembros del senado, entre los que se contaba su hijo adoptivo, Bruto, para salvar los intereses y la vida de la
república.
Roma se recuperó tras años de luchas incesantes. Augusto trajo trece años de paz,
entre los cuales, nació el Salvador.
El Imperio, que continuó tras la muerte de Augusto, estuvo signado por una
ineficaz política y administración de Roma; por el olvido de las provincias, que sólo
aportaban mayores impuestos y por las persecuciones a los cristianos, contándose
diez entre los siglos I y IV d. C.
El advenimiento de Jesucristo es el acontecimiento más trascendente en la historia
de la cultura occidental, y como veremos, generó en el Imperio Romano un
movimiento de rechazo manifiesto, en el marco de una proverbial tolerancia religiosa.
Su posterior aceptación, fue camino de conversión y difusión de la Fe.
El siglo III proclamó el declive del Imperio Romano. La máxima extensión territorial
lograda a fines del siglo anterior no tuvo resguardo en las instituciones de la urbe, y
requirió de soldados que afianzarán sus fronteras, en constante peligro de invasión. La
presión de los bárbaros sobre las líneas Imperiales llegó a un punto crítico, un poco
más avanzado el siglo.
El cristianismo
Las relaciones entre el Imperio y el cristianismo
El nacimiento de Cristo en una recóndita provincia del Imperio Romano y la
extensión de sus fieles y credo, dio un nuevo significado a la historia de este pueblo.
Roma capital del Imperio, sede de la cabeza de la Iglesia desde el primer Papa, Pedro,
cobra un nuevo sentido que perdura hasta hoy en día. Iniciemos con una cita muy
clara, procedente de una alocución de San Juan Pablo II.
La difusión del cristianismo y sus valores internos. El desarrollo de la civilización
grecolatina y el proceso de unificación imperial romana prestaron el marco adecuado y
las condiciones óptimas para la difusión del cristianismo.
Fueron múltiples y complejos los motivos que la favorecieron:
● La decadencia del paganismo antiguo provocada por el desarrollo de la literatura
y en especial de las escuelas filosóficas griegas que habían modificado las antiguas
formas de concebir la divinidad.
● El uso y extensión de la lengua griega en todo el Oriente que fue el medio eficaz
para la difusión de la nueva doctrina.
● La problemática planteada por los filósofos griegos desde Platón en su búsqueda
de la verdad, que les llevó a considerar la limitación del conocimiento humano y su
imposibilidad de alcanzar el Supremo Bien.
● La diáspora o dispersión de los judíos helenizantes que vivían fuera de
Jerusalén.
● La paz que disfrutaba el Imperio Romano.
● La facilidad de comunicaciones que, merced a las vías romanas, existían en
todas las provincias del Imperio
● La esperanza general del Mesías o de una figura, un “niño”, que irrumpirá en la
historia y renovará toda la tierra tal como lo anunciaba Virgilio en su Égloga IV.
Entre los valores internos del cristianismo se destacan:
● La inserción del cristianismo en el acontecer humano dio un sentido escatológico
a la historia. La antigüedad fue la etapa de preparación del nacimiento de Cristo,
centro de la historia, y los siglos venideros en que el cristianismo será dado a conocer
a todos los pueblos, culminará con el fin de la historia, es decir el Juicio Final.
● Su doctrina es la respuesta cabal a todos los problemas humanos, por los que no
es un camino más, sino el único válido para llegar a la Verdad y el Bien.
● La posesión de la Verdad lleva a una obligación de comunicar a los demás, lo
cual desarrolla un profundo e intenso sentido misionero, factor totalmente novedoso
entre las escuelas filosóficas y los cultos hasta entonces existentes.
● El ejemplo de la vida de Cristo lleva a una transformación profunda del hombre y
su obrar
El marco del judaísmo
La irrupción del cristianismo en la vida imperial causó no pocos problemas en la
sociedad y administración romana a lo largo de cuatro siglos hasta su reconocimiento
definitivo.
La difusión de la doctrina cristiana estuvo antecedida por la especial situación del
judaísmo de la diáspora. Después de la liberación del cautiverio de Babilonia en 539
ac muchos judíos volvieron a Palestina reconstruyendo el templo, otros quedaron en
Babilonia o se dispersaron hacia otras ciudades de Siria, Egipto, Mesopotamia, Asia
Menor, etc.
Si bien se mantuvo la unidad religiosa entre los judíos de Palestina y los de la
diáspora el contacto de estos últimos con los pueblos paganos y la filosofía clásica dio
matices diversos a sus actividades religiosas. En ambas comunidades judías habían
surgido dos tendencias. La primera de un particularismo nacional reservaba el reino
sólo a los hijos de Israel, la segunda de un universalismo más amplio consideraba que
al fin los paganos serían convertidos y adorarían al Dios Único. La primera de estas
tendencias con tintes de nacionalismo y fanatismo creía que su nación dominaría el
mundo, pues Jehová, es decir, Dios, era dueño y señor de todo.
Los judíos de la diáspora llamados helenistas, formaron comunidades religiosas
relevantes como la de Alejandría que fue centro literario y filosófico. Allí se tradujo la
Biblia al griego en la versión llamada de los Setenta para satisfacer las necesidades de
los judíos de habla griega. Esta versión que igualó en prestigio al original griego sirvió
además como medio de difusión religiosa entre los paganos.
Además, los judíos alejandrinos incorporaron los métodos de pensamiento
filosófico griego para la explicación de las verdades reveladas en la Biblia y la
necesidad de la fiel observancia de la Ley. Filón fue el representante más relevante de
esta tendencia. Estos judíos de la diáspora, aunque podía haber algún disturbio entre
sus mismas facciones, solían vivir pacíficamente, a pesar de que los vecinos solían
burlarse de sus costumbres. La vida lejos de Palestina los había hecho más tolerantes
y aunque hicieran el viaje anual al Templo de Jerusalén, eran menos intransigentes y
menos nacionalistas.
Situación jurídica del judaísmo
Desde la época de César los judíos gozaban de ciertos privilegios, concedidos en
mérito al apoyo que habían brindado en la guerra de Alejandría. Se les reconoció
entonces el derecho a practicar su culto y podían tener su autoridad religiosa, el Sumo
Sacerdote de Jerusalén. Estaban eximidos del cumplimiento de obligaciones surgidas
del culto oficial y del servicio militar, y en algunas regiones mantenían privilegios
locales. Sin embargo, César no concedió libertades políticas, no devolvió las ciudades
–salvo Saffa- tomadas por Pompeyo, ni los liberó de los tributos anuales.
Augusto confirmó a los judíos el derecho de vivir según sus leyes. Estaban
dispensados del culto de las imágenes, rogaban a Dios por los emperadores, pero sin
tener que rendirles culto.
Roma trató de resolver el problema judío. Sus asuntos religiosos y civiles, los
dirimía el Consejo Judío presidido por el Sumo Sacerdote. Acuñaban su propia
moneda, sin la imagen del Emperador, no hacían el servicio militar. Debían pagar el
tributo a Roma y vivir en paz con sus vecinos y con los extranjeros en su mayoría
sirios y griegos.
Roma temía las crisis de fanatismo judío, como las que estallaron en tiempos de la
primera dinastía de emperadores (bajo los gobiernos de Calígula y de Nerón) Claudio
los acusó de querer lanzar una peste contra el mundo y prohibiendo sus reuniones los
expulsó de Roma, en el año 49.
Situación del Cristianismo.
La historia de la Iglesia cristiana comienza con el descenso del Espíritu Santo
sobre los Apóstoles. Conozcamos un poco lo que se relata en los Evangelios.
Antes de su Ascensión al cielo, Jesucristo mandó a sus apóstoles que no se
apartasen de Jerusalén hasta ser revestidos de poder supremo desde lo alto.
Esperando el cumplimiento de esta promesa del Señor, ellos después de rezar
eligieron a Matías como el duodécimo Apóstol en lugar del traidor Judas. A los
cincuenta días de muerto y resucitado Cristo en la festividad judía de Pentecostés, que
coincidió con un domingo, los apóstoles se reunieron para rezar. Asimismo, se
encontraba presente junto a ellos la Madre de Dios y algunos otros cristianos, en total
120 personas. Fue allí donde en forma de lenguas de fuego recibieron al Espíritu
Santo y perdiendo el miedo que hasta entonces habían sentido, empezaron a predicar
a quienes se habían reunido fuera de la casa. Muchos eran judíos de distintas partes
del Imperio que empezaron a oír la prédica cada uno en su lengua. Allí mismo
empezaron las conversiones.
Durante unos treinta años el cristianismo vivió sin problemas, no porque se le
hubiera concedido una libertad especial, sino porque ni el gobierno ni el pueblo lo
distinguía del judaísmo. Los primeros apóstoles y sus discípulos fundaron las primeras
iglesias colocando presbíteros en ellas que predicaban, bautizaban y conferían la
Eucaristía. El número de adeptos pasó pronto de 500 a 3000, enseguida a 5000. El
primer mártir fue San Esteban.
Se fundaron las primeras iglesias en Jerusalén, pero perseguidos por los judíos los
dirigentes cristianos abandonaron Jerusalén, pasando a Siria y Samaría y se fundaron
nuevas iglesias en Antioquía, Cilicia, Macedonia y Grecia. Santo Tomás llevó el
cristianismo más allá de las fronteras del Imperio, hasta Persia y la India. San Mateo
predicó en Etiopía, San Bartolomé en Armenia., San Marcos en Egipto. Al mismo
tiempo que San Pedro se estableció en Roma hacia el 42. Otras tradiciones afirman
que Lázaro y sus hermanas llegaron a Francia y Santiago el Mayor a España.
Un judío de Tarso llamado Saulo fue enviado por el Sanedrín a Damasco.
San Pablo –nombre con el que la Iglesia conoce a este gran santo-fue el gran
apóstol de los gentiles y dirimió con San Pedro, el primer Papa, el tema de si era
necesario para los paganos o gentiles hacerse judíos antes de bautizarse a la fe
cristiana. Finalmente triunfó la visión y la postura de Pablo en el Concilio Apostólico de
Jerusalén. Los paganos que se convertían pasaban a ser directamente cristianos,
luego de su instrucción y bautismo, no hacían falta los ritos judíos
Pablo viajaba por los caminos del comercio y las comunicaciones a los que la paz
romana había dado seguridad. Visitaba primero las comunidades judías y después
predicaba a los gentiles en el griego de aquel tiempo. Sus conversos eran por lo
general de las clases más humildes. Fue acompañado por Bernabé y secundado por
Timoteo y Tito que cumplieron un importante papel en la extensión de la nueva fe en
Asia Menor y Grecia.
En la primera persecución de Nerón, murieron Pedro y Pablo en Roma. Pedro en el
monte Vaticano murió crucificado boca abajo y Pablo murió apedreado en las afueras
de la ciudad camino de Ostia.
Durante el primer siglo los cristianos no eran comprendidos ni por el pueblo ni por
las autoridades. Fueron acusados de numerosos delitos de practicar magia, de
sacrilegio, de lesa majestad por negarse a hacer el juramento de fidelidad al
emperador ya que implicaba participar de un rito pagano. A los romanos les parecía
que los cristianos odiaban al género humano y esperaban la parusía o segunda venida
de Cristo que marcaría el fin de los tiempos. Eran acusados de practicar el canibalismo
ya que no entendían el significado de la Eucaristía.
El cristiano podía negarse a cooperar en los festivales religiosos, a servir en el
ejército o a asumir responsabilidades cívicas, manifestando, a veces, su creencia de
que el mundo terminaría pronto. El gobierno tenía un arma a la mano. Probar si esas
reuniones regulares de gente se enmarcan en las de las religiones con licencia. Sino
se daba esto había que suprimirlas por sus secretas aspiraciones antisociales o
criminales de extremo peligro para el imperio.
Para el Estado romano la unidad del Imperio era fundamental y el homenaje a
“Roma y Augusto” representa ese ideal. Otros cultos no tenían inconvenientes en
rendir ese homenaje del cual los judíos estaban exentos, pero en modo alguno por día
concederles a los cristianos, con adeptos conversos de todas las razas, esa condición.
Como explica Barrow “…un lado pensaba en términos políticos, el otro en términos
religiosos…el conflicto fue inevitable. La pretensión del cristianismo al universalismo
parecía aspirar a un Estado dentro del Estado…el punto de vista romano era muy
comprensible”. Para el cristiano, el acto de rendir homenaje a Roma y Augusto era un
acto de fe religiosa incompatible con su credo. El poder político romano vio en el
cristianismo un peligro por este hecho que el cristianismo proclama un ámbito de
libertad en la conciencia del hombre respecto de la autoridad estatal.
La primera persecución se desató en el año 64 cuando Nerón culpó a los cristianos
de un incendio acaecido en Roma. A ella seguirán otras tantas. Desde esta primera
persecución, el hecho de llevar el nombre de “cristiano” implicaba ser cómplice de
prácticas subversivas y repugnantes y era motivo suficiente para ser perseguido.
Estos primeros cristianos vivieron en una sociedad mayoritariamente pagana y
hostil. Eran vistos como partidarios de una fe supersticiosa, extraña e ilegal. Cuando
comienzan las persecuciones fueron apresados, acusados y sufrieron la muerte con
todo tipo de tormentos. Entre la fila de los mártires, término que se usó desde
entonces para quienes morían defendiendo su fe, hubo hombres y mujeres, como
ancianos, jóvenes y niños. Murieron de las formas más crueles y diversas en todos los
puntos del imperio con un ritmo que variaría dependiendo la época y el emperador.
Hubo mártires ricos, pobres, esclavos, libertos, etc. Gran parte de estos testimonios
han quedado en documentos muy valiosos que son las Actas de los Mártires que eran
la transcripción de los procesos verbales redactados por las autoridades romanas y
conservadas en los archivos oficiales.
Hubo una notoria diferencia entre las persecuciones de los dos primeros siglos,
realizadas por fanatismos locales y un mayor o menor celo de los gobernadores en
aplicar la ley y las llevadas a cabo a partir del año 200 que fueron generales, por
edictos a ser aplicados en todos los rincones del Imperio, con el claro objetivo de
destruir la Iglesia en las personas de sus jefes y dirigentes más relevantes.
La diferencia la marca el hecho que hacia el siglo III el cristianismo ya no era un
pequeño grupo mirado con extrañeza y desconocido, sino que representaba una
comunión de fe cuya realidad no pasaba desapercibida y cuya importancia iba en
aumento. Como afirmó Tertuliano un escritor cristiano de estos primeros siglos “La
sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”, ya que en modo alguno pese a
las crueles muertes y feroces persecuciones el número de fieles no mermaba sino
crecía y crecía. Los gentiles miraban la nueva fe con sorpresa y resquemor. La
presencia de la nueva fe era una amenaza para los fundamentos del imperio romano,
su desaparición fue una cuestión de Estado.
En este período de persecuciones también conocido como la época de la “Iglesia
de las catacumbas”. Conozcamos la nómina de persecuciones:
Antagonismo entre el paganismo y el cristianismo.
Desde el punto de vista religioso, social y moral las diferencias entre el cristianismo
y el paganismo eran marcadisimas.
Desde lo religioso, Roma había agregado al culto de sus dioses, el de las
divinidades de las naciones sojuzgadas. Había divinizado los placeres, los vicios y
hasta las pasiones. Los mismos emperadores sostenían el culto a su persona como
sustento de su poder. Justamente cuando había crisis debía respaldarse la figura del
emperador y se abogaba por acrecentar dicho culto. El cristianismo proclamaba, en
cambio, la existencia de un solo Dios para el que reclamaba un culto austero y
virtuoso.
En lo social, Roma había creado una separación egoísta entre los diversos grupos
sociales existentes. El amo tenía un poder absoluto sobre sus esclavos; el propietario
podía oprimir a sus colonos. El cristianismo predicaba que todos los hombres son
hermanos e iguales ante Dios, proclamaba la dignidad del esclavo y enseñaba los
deberes de una caritativa fraternidad.
Desde el punto de vista moral, en el momento que nace Cristo la degradación
moral era importante. La gran preocupación del pueblo romano era procurarse el
mayor placer posible, aunque fuera en detrimento de la humanidad o de la ley moral.
Todos sus apetitos los compendiaba en la conocida frase “Pan y circo”. Para satisfacer
esos apetitos, los emperadores hacían luchar en el circo a los esclavos con las fieras,
o contra otros esclavos armados con cuchillos. El cristianismo, por el contrario,
proclamaba que Dios debe ser servido por el trabajo y por el renunciamiento a todo
placer desordenado.
Constantino y la Iglesia.
La política para con la Iglesia cambiaría a principios del siglo IV cuando el
emperador Constantino demostró una actitud benévola hacia los cristianos. En 312
derrotó a su rival Majencio en una famosa campaña en la que dijo haber tenido una
visión celestial. En el mismo año, este emperador y su colega Licinio, que gobernaba
la parte oriental del Imperio, decretaron una serie de leyes por las que concedían la
libertad de cultos a todos sus súbditos. Fue el famoso Edicto de Milán que puso fin a la
era de las persecuciones e inauguró un nuevo período de la Historia del Cristianismo.
Lo que el Edicto establecía era la libertad religiosa y mandaba la devolución de los
bienes y tierras usurpados a la Iglesia en la época de las persecuciones.
Contrariamente a lo que generalmente se dice, el Edicto de Milán no estableció el
cristianismo como religión del imperio. Esto vendría después, en el año 380 bajo
Teodosio. El cristianismo no se convirtió en la religión oficial en tiempos de
Constantino Esta situación preparó el camino a la promulgación del cristianismo como
religión oficial del Imperio romano.
Mientras tanto, Licinio y Constantino fueron distanciándose cada vez más el uno
del otro; finalmente, abocaron en la hostilidad abierta. Licinio buscó entonces apoyo en
el partido pagano e intentó reanudar la intolerancia anticristiana en sus dominios. Pero
Constantino lo derrotó en el año 323, quedando dueño de todo el Imperio.
Por primera vez en la historia, un emperador se declaraba cristiano. No es éste el
lugar para hacer una investigación sobre la genuinidad de la fe de Constantino. Sólo
diremos que aplazó su bautismo hasta poco antes de su muerte (337) y que las
razones políticas no eran ajenas a su decisión: una política realista, aunque no se
inspirara en motivos religiosos, tenía que tomar en consideración la presencia y la
influencia del cristianismo en el siglo IV. Fueren cuales fueren las razones que
movieron a Constantino, demostró siempre un cierto disgusto por los paganos. Estos
eran todavía fuertes gracias a las poderosas familias romanas que constituían un
elemento importante de la sociedad. Tal vez fue ésta una de las razones que le
llevaron a trasladar su residencia a Bizancio (Constantinopla), ciudad de escasas
tradiciones paganas, situada en la región más cristianizada del Imperio.
Constantino fundó la ciudad de Bizancio (actual Estambul, en Turquía), llamándola
«Nueva Roma» o Constantinopla (Constantinópolis; la ciudad de Constantino)
asimismo, colmó de privilegios a los cristianos y elevó a muchos obispos a puestos
importantes. Debido, sin duda, al agradecimiento que querían expresar al emperador
que acabó con las persecuciones, los cristianos permitieron que éste se inmiscuye en
demasía en el terreno puramente eclesiástico y espiritual de la Cristiandad.
Ciertamente que cuatro siglos de predicación del Evangelio habían dejado una
huella cuyas influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del
hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los
esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la
esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños
abandonados por sus padres ya la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a
la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia
decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y
aún más allá de sus fronteras.
El Cristianismo se fue adentrando e impregnando de a poco en la cultura romana.
En la medida que había más cristianos entre los ciudadanos romanos su forma de
actuar y entender la vida iría transformando la cultura de este pueblo. Había muchos
aspectos de la vida que podían ser compatibles con el cristianismo, pero había
muchos también que debían cambiarse. Muchas costumbres eran salvajes, crueles,
inhumanas, desordenadas, etc., con lo cual el proceso de ir ganando espacio el
cristianismo en el pueblo romano llevaría a una depuración en las costumbres.
El concepto que se usa para hablar de la naciente presencia, de la cada vez más
importante influencia del cristianismo en la cultura antigua es INCULTURACIÓN (el
prefijo “in” marca el adentrarse, justamente adentrarse en una cultura vigente). Es
decir, sobre la base de una cultura ya existente comienza a llegar el cristiano y como
tal conservará muchos elementos de la cultura existente, pero depurará, cambiará,
corregirá otros que eran incompatibles con el credo y su cosmovisión trascendente.
Los cada vez más numerosos cristianos están presentes en todas las actividades
del imperio y cada vez irán aceptando menos lo que es contrario a la fe religiosa y a la
ley moral. Así las costumbres personales, familiares y sociales se irán transformando
en la medida que avanzaba y penetraba el cristianismo. Por cierto, el derecho romano
de la familia, la concepción romana de la propiedad, el patriotismo romano se
conserva, pero no ya animados por la vieja idolatría sino con el espíritu cristiano.
El problema de las herejías.
Jesucristo fundó la Iglesia sobre la roca que fue Pedro y les confía a éste y a sus
hermanos ser guardianes y transmisores de la fe. Los cristianos comparten una única
fe sostenida y comunicada por el testimonio de los Apóstoles y sus sucesores en todo
lugar y por los siglos de los siglos. Pero desde el comienzo hubo sectores que
cuestionaron y separaron alguna verdad fundamental del cuerpo de creencias que se
iba definiendo en los primeros Concilios de la Iglesia. Es allí cuando nacían las
herejías. El término "herejía" viene del griego heresis (elección) que en la Sagrada
Escritura aparece con el sentido de grupo o facción, o también de división.
En la historia, ya desde el tiempo de los Apóstoles aparecieron las herejías como
heridas a la unidad de la Iglesia, polarizando elementos de la doctrina cristiana y
negando otros o sosteniendo visiones que pretendían unir sincréticamente la doctrina
cristiana con otras religiones. Una de estas primeras herejías fue el arrianismo,
nombre que surge de un presbítero o sacerdote Arrio (256-336) oriundo de Alejandría
en Egipto.
Arrio propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola el Padre.
Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como punto de
apoyo para su plan. Era un hombre elevado a un rango especial pero no era eterno,
era un intermediario importante en el plan de salvación de la humanidad, pero no era
Dios eterno, perfecto, que existía desde siempre. Aunque Arrio se ocupó de despojar
la divinidad de Cristo hizo lo mismo con el Espíritu Santo luego, que era percibido
como creatura e incluso inferior a Cristo.
Las ideas de Arrio se empezaron a difundir en el Imperio y lograban adeptos que
se separaban de las enseñanzas fundamentales de la Iglesia. Lo grave de Arrio era
sobre todo que su error influía en otros, tenía mucha influencia sobre otros. La
cuestión tomó tal dimensión que Constantino el emperador convocó un Concilio en
325 el llamado Concilio de Nicea donde bajo la guía de un padre de la Iglesia San
Atanasio se clarifica bien la doctrina en torno a Cristo quien es Dios y como tal posee
la misma naturaleza o sustancia que Dios Padre. El término usado es homousia que
significa misma o igual naturaleza o esencia.
En este Concilio de Nicea como en el primero de Constantinopla (380) se condena
el arrianismo, se proclama solemnemente la divinidad de Cristo y compuso el Símbolo
o Credo Niceno-Constantinopolitano que hoy continúa rezando la Iglesia. La herejía
arriana no moriría aún por siglos y crecería en algunas tribus germanas que habían
sido evangelizadas por predicadores arrianos, los cuales las traerán de nuevo al
imperio en el siglo V con la invasión de Occidente y durarán hasta el siglo VII.
Europa y el Cristianismo
El origen de Occidente, nuestra cultura, se inició en Grecia y Roma y recibió el
sello del cristianismo que lo transformó radicalmente para siempre. Luego siguieron
otras vertientes, pero aquellos fueron sus rasgos fundantes y constituyentes.
Así, culturalmente Europa comenzó en Grecia donde adquirió algunos de sus
rasgos más peculiares: curiosidad científica, sentido de la belleza, búsqueda de las
últimas causas, reflexión ética, filosófica, etc. Roma conservó y difundió la cultura
griega, añadiendo su sello propio: el sentido de la organización. El nervio de la cultura
romana fue el derecho, su gran creación, de la que aún hoy somos herederos. Roma
fue unión y comunicación: por el derecho y por las calzadas. Roma fue el testimonio
continuo de una civilización que aglutinó a todo el mundo conocido. De su lengua
salieron las lenguas romances, una de ellas, nuestro español.
El cristianismo aceptó muchas de las conquistas de la cultura griega y romana y les
dio un sentido más humanista y espiritual. La idea ecuménica griega y romana fue
asumida y ampliada ya que estaba en la médula del Evangelio. Era algo que quizás se
respiraba en Grecia y estaba en Roma en la tradición de los estoicos, quienes habían
acuñado el término cosmopolita, ciudadano del mundo.
El Cristianismo asimiló todo lo válido que se encontraba en la cultura romana:
filosofía, medicina, arquitectura, derecho, botánica, urbanismo. Produciéndose así una
simbiosis de helenismo, romanidad y cristianismo que no se olvidó en tiempos
posteriores.
La crisis del siglo III y la disolución del Imperio Romano en
Occidente
En el año 212, la Constitutio Antoniniana confirió la ciudadanía a todos los
habitantes del Imperio, en un último afán por aumentar la recaudación y elevar el
caudal de soldados15. Pero las emigraciones hacia zonas rurales dejaban de lado la
ley. El proceso de ruralización mostraba que la crisis dejaba huellas profundas. Los
ciudadanos se mudaban al campo abandonando la vida urbana. Una nueva ley
imperial, determinó que nadie podía abandonar su oficio, dejando establecido que todo
oficio debía ser hereditario. Tampoco esta ley fue observada, acentuando la
desintegración urbana.
A estos sucesos debemos agregarle una agravante. Las continuas luchas por la
sucesión en el poder imperial colocaban al emperador como una figura elegida por
sectores militares. La mayor parte del siglo III estuvo signada por la anarquía militar.
Para remediar la situación, Diocleciano -283-305 d.C.- dividió el imperio en
Occidente y Oriente. Al frente de cada porción, colocó un emperador llamado augusto,
secundado por su sucesor llamado césar, quien ocuparía el lugar del augusto una vez
que éste muriera. La aplicación de esta forma de gobierno, llamada tetrarquía, no
sobrevivió mucho más tiempo que su creador. La anarquía se instaló nuevamente en
el Imperio, con breves interregnos de emperadores poco brillantes.
Un nuevo conflicto por el control del Imperio hizo avanzar tropas desde la Galia. En
el año 312, Constantino entró en Roma triunfante, como único emperador de
Occidente. Un año después, promulgó junto con el emperador de Oriente, Licino, el
15
El derecho de la ciudadanía romana, lo poseían hasta entonces los habitantes de la península itálica. La
condición de ciudadano imponía como obligación, el cumplimiento en el servicio de armas y el pago de
impuestos.
edicto de Milán (313), que estableció la libertad de cultos y puso término a las
persecuciones contra los cristianos. La impronta de este emperador, convertido al
cristianismo16, se plasmó en el año 325, al convocar un Concilio, de Niceo, en ocasión
de poner fin a las herejías.
Asimismo, estableció la capital del imperio17 en un lugar estratégico para la defensa
contra los bárbaros, eligiendo una población ubicada a orillas del Bósforo. Bizancio fue
un puerto natural de paso obligado para el tráfico con Europa. En el año 330 se
inauguró esta nueva capital: Constantinopla18. La paz y la tolerancia estuvieron
garantizadas, hasta que la muerte de Constantino puso otra vez en discusión el
problema sucesorio.
Finalmente, Teodosio fue designado emperador de Oriente-379- y en el año 394,
ciñó la corona de Occidente. Convertido al cristianismo, afianzó su difusión a través
del Edicto de Salónica, por el que otorgaba fuerza de ley a todos los acuerdos
establecidos por el Concilio de Nicea. Consolidó la definitiva división del Imperio,
disponiendo la herencia de sus dos hijos: Arcadio recibió el Oriente y Honorio, el
Occidente.
Pero la división del Imperio no evitó su indefectible declive, al menos para su
porción Occidental. En el año 476, el joven emperador Rómulo Augústulo fue
derrocado por Odoacro, rey de los hérulos, quien se proclamó, a su vez, Rey de Italia.
La caída del Imperio Romano en Occidente abre las puertas a un nuevo mundo,
construido sobre las cenizas de la vieja cultura romana, por la herencia invasora de los
bárbaros y la unidad de la fe que constituye el cristianismo. Asistimos así a los
comienzos del Mundo Medieval.
16
Se afirma que durante su marcha desde la Galia hacia Roma, Constantino y sus soldados observaron en el cielo
una cruz que tenía escrita la inscripción: “Con este signo vencerás”. Ante esta sorprendente aparición,
Constantino mandó grabar la cruz de Cristo en sus estandartes.
17
El desprestigio sufrido por Roma, movilizó al emperador en la idea de reemplazar la capital del Imperio.
Posteriormente, El Imperio en su parte Occidental se asentará en Milán y más tarde en Rávena.
18
Hoy Estambul.
Apuntes sintéticos sobre el Arte en la Roma Antigua.
Debido a las conquistas, Roma fue ampliando sus dominios y con la incorporación
de nuevas provincias para su imperio, también fueron importando nuevos dioses a su
panteón y asimilando estilos artísticos de los pueblos conquistados. Esta condición de
conquistadores, esencia del espíritu romano a partir del período republicano, se
expresa en el arte al que podemos caracterizar, en líneas generales, como:
➪ Práctico. Tendiente a la resolución de problemas asociados con las
necesidades constructivas. Por eso mismo tiende a la sobriedad y escasa
decoración.
➪ Funcional. La arquitectura cumple un servicio público o privado, pero siempre
responde a la necesidad de construir. Dicho de otro modo, no hay edificación
que no tenga un carácter utilitario.
➪ Ecléctico. El uso -separado o fusionado- de varios estilos en una misma
edificación es también una característica de su arte. A través de los etruscos, la
arquitectura romana incorpora dos de sus elementos distintivos: el arco de
medio punto y la bóveda de cañón que deriva de una sucesión de arcos de
medio punto.
Los romanos utilizan los órdenes griegos (dórico, jónico y corintio) y añaden
el orden toscano que es de origen etrusco. Además, sintetizan todos estos estilos
creando un orden propio: el Compuesto.
Para identificar los estilos arquitectónicos en Roma, podemos guiarnos por
las formas de sus columnas. Los romanos usaron con frecuencia la columna lisa, pero
también introdujeron innovaciones, aplicando el acanalado a columnas cuadradas.
Usualmente apoyan las columnas sobre bases muy elevadas, denominadas
pedestales.
De los griegos, no solamente tomaron los órdenes. También las plantas
arquitectónicas de los templos.
➩ Realista. Esta característica es propia de la escultura, en la que
particularmente se han destacado, y que no cumplía sólo una función
ornamental. Además de adornar las casas y lugares públicos, era un
instrumento al servicio de la política, de propaganda, para mostrar el poder de
Roma y el prestigio de los patricios.
Es clara la influencia helénica, particularmente en las de carácter religioso, y la
influencia etrusca, en bustos y esculturas de diversas personalidades de Roma.
Destacaron también en bajorrelieves siguiendo estas mismas concepciones que para
la escultura “de bulto”.
Otra gran aportación artística de Roma fue el relieve histórico narrativo, nacido de
la fusión de la tradición latina con el naturalismo helenístico. Los relieves decoraban
edificios (arcos de triunfo, columnas conmemorativas, sarcófagos) narrando los
hechos bélicos y civiles importantes de la historia de Roma con una finalidad docente.
Los materiales más utilizados en el retrato romano fueron el bronce y el mármol. A
diferencia de la escultura griega, policromada; las estatuas romanas no estaban
coloreadas.
También a diferencia de la escultura griega, estilizada y sofisticada, los romanos
prefirieron el realismo, evidente en el retrato por la fidelidad en los rasgos y en los
tocados.
A estas esculturas sobre personalidades destacadas -de todos los órdenes
sociales y actividades, no únicamente de carácter político- se les conoce como
escultura-retrato:
La escultura romana destacó sobre la griega en lo relativo a la creación de la
escultura-retrato. Y es que el retrato romano hunde sus raíces en el arte etrusco,
aunque también en el mundo helenístico griego y en las "máscaras mayorum", es
decir, máscaras de cera que se aplicaban al rostro de los difuntos para su
recuerdo y culto posterior (AA.VV. 1975: 218.)
➩ Pintura ornamental: La mayor parte de la pintura romana ha sido de carácter
ornamental, sobre los muros y paredes interiores de las casonas (villas). .
En general, podemos decir que, siguiendo a los helenos, la pintura romana
comenzó con un profundo hieratismo y falta de profundidad, destacándose los temas
narrativos, tales como: cenas y fiestas, representaciones de jardines y estanques, y
escenas de la vida cotidiana doméstica. Escasamente existen pinturas sobre dioses y
héroes.
La pintura mural se realizaba con la técnica del fresco, que tuvo continuidad a lo
largo de la historia del arte occidental. Para la pintura sobre tabla se utilizaban las
técnicas al temple y a la encáustica.
La gama de colores era amplia, ya que a la del mundo griego y egipcio se les
suman algunos colores más. Destacan el negro, el blanco, el rojo y el amarillo, aunque
a veces también se utilizaron verdes, azules y violetas. Se aplicaban mezclados con
agua y a veces con cola.
➩ Variedad de Mosaicos: El arte de realizar un mosaico es antiquísimo y halló
en Roma un amplísimo desarrollo. Los mosaicos eran para los romanos un
elemento decorativo para los espacios arquitectónicos de tal manera que no
había palacio o villa romana donde no hubiera mosaicos. Las teselas se
elaboraban con sumo cuidado y en diferentes tamaños y colores para que el
artista pudiera colocarlas según el dibujo a modo de rompecabezas y juntarlas
con cemento.
Ante todo, se realizaban con ellos bellos pisos para toda suerte de edificios
públicos y para casi todas las residencias privadas de los patricios o plebeyos más
ricos. A veces el dibujo consistía, simplemente, en figuras decorativas dispuestas en
agradables conjuntos de color; en otras, el mosaico ostentaba algún dibujo simbólico.
Otros mosaicos eran cuadros refinados y hermosos, artísticamente ejecutados con
fragmentos de mármol de color. Y, a veces, éstos eran muy grandes; por ejemplo, en
los vastos baños o termas de Caracalla había un inmenso piso de mosaico que
representaba a veintitrés atletas de tamaño natural.
➩ Desarrollo de la ingeniería que posibilitó técnicamente la consolidación de las
conquistas al darle al imperio una unidad “material”, conformada por caminos,
puentes, ciudades y acueductos.
La expresión “todos los caminos conducen a Roma” fue literal durante la
antigüedad. Roma había construido un entramado de caminos convergentes en la
magnífica urbe. La remodelación de las aldeas conquistadas seguía el patrón
urbanístico de Roma y las fundaciones de ciudades por los romanos no hicieron más
que reproducir, con diversas variaciones de acuerdo con su emplazamiento, el modelo
de ciudad que era Roma.
Ejemplos del arte romano
Apuntes sintéticos sobre el Arte Paleocristiano.
Este período artístico se halla comprendido entre el siglo II d.C., con las
persecuciones a los cristianos, extendiéndose hasta el comienzo de la Edad Media.
Diferenciamos en este estilo dos grandes etapas: una primera signada por las
persecuciones que se prolonga hasta el s. IV y una segunda, desde el Edicto de Milán
en el 313, hasta la formación del arte Románico entre los siglos V y VI, ya en la Alta
Edad Media.
Pese a estar perseguidos y vigilados, hacia el año 150 d.C. los cristianos
construyeron un par de pequeños templos sobre las tumbas de San Pedro y San
Pablo y comenzaron a realizar su culto. Para el año 300 d.C se calcula que la
comunidad cristiana en el Imperio Romano alcanzaba los seis millones de
personas. A partir del año 313 d.C., con el Edicto de Milán, la libertad religiosa
permitió a los cristianos edificar basílicas, baptisterios, iglesias, sepulcros, etc., y el
arte de la pintura salió de las catacumbas para decorar las paredes y techos de
estos nuevos edificios religiosos. Esta decoración tuvo más éxito y ha pervivido
hasta nuestros días mayoritariamente en forma de mosaicos.
El arte Paleocristiano recupera las técnicas artísticas de la antigua Roma a las que
las temáticas cristianas le proveen de un nuevo espíritu, cargado de símbolos.
Primera etapa: desde el s. II al s. IV.
En el contexto de las persecuciones a los cristianos, encontramos dos espacios
clave: las catacumbas y los domus ecclesiae.
Las catacumbas, como ya hemos dicho, son galerías subterráneas excavadas
en el suelo para organizar en ellas los enterramientos de los muertos de los primeros
cristianos en la Roma del siglo II.
Por lo general, están excavadas en toba o en otros terrenos fácilmente
transportables pero sólidos, para poder crear una “arquitectura negativa”, es decir, por
vaciado de material. Constan de escaleras que llevan a corredores denominados
galerías, en sus paredes están colocados los “nichos”, o sea, las sepulturas de los
cristianos ordinarios, realizadas a lo largo; están cerradas con losas de mármol o con
ladrillos.
Prevaleciendo el sentido comunitario de los primeros cristianos, estos nichos
representaron la humildad y la igualdad de todos los hombres ante Dios, predicada por
el cristianismo. Conforme pasó el tiempo, mártires destacados fueron sepultados en
tumbas más complejas, como los arcosolios, donde se excava un arco en la toba; y los
cubículos, que son auténticas celdas sepulcrales.
Las pinturas de las galerías se caracterizan por su sencillez, desarrollando
narraciones que recuerdan las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, con el
intento de presentar ejemplos de virtud y de salvación a los recién convertidos o bien
símbolos que los cristianos podían reconocer y comprender, en el contexto de las
persecuciones.
Es un arte muy sencillo desde el punto de vista técnico y formal, pero con un
contenido muy significativo. Muestra cómo los primeros cristianos representaban
la Historia de la Salvación con escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y con
otras escenas y símbolos que explican cómo llegar al Cielo. (Bisconti 2018)
Dentro de la pintura narrativa, se pintan escenas de intervención divina en el
rescate de las figuras bíblicas, como los jovencitos de Babilonia, salvados de las
llamas del horno; Susana, salvada de las insidias de los viejos; Noé escapado del
diluvio; Daniel, ileso en el foso de los leones.
En las pinturas y relieves de las catacumbas también se refieren imágenes
simbólicas. La atención está centrada en el mensaje que se desea transmitir, ello
conduce a la creación de una iconografía cristiana en la que la simbología es
esencial.
Ya hemos hablado de la simbología esencial de este primer cristianismo: El
símbolo de Cristo es un pez; la paz del paraíso, una paloma; y para expresar la
firmeza de la fe se dibuja un ancla. En algunos casos se representa un objeto que
recuerda el trabajo realizado en vida por el difunto.
Pero la mayor parte de los símbolos está relacionada con la salvación eterna.
Los primeros cristianos dieron testimonio de su fe en todas partes, pero fue en las
catacumbas donde hallaron la fuerza y el apoyo para hacer frente a las persecuciones.
A pesar de que las catacumbas son, estrictamente, cementerios, no deben ser
entendidos en este sentido. Para los cristianos -aún para los que hoy las visitan- sus
corredores y pinturas “hablan” al alma con un lenguaje silencioso y profundo. Las
catacumbas hablan más de la Vida que de la muerte, cada símbolo, cada inscripción,
revive el pasado ofreciéndonos su testimonio de fe.
Los domus ecclesiae eran casas privadas que los cristianos primitivos donaban a
las primeras comunidades, las cuales adaptan su interior a las necesidades del culto.
Podían recibir también el nombre de titulus y solían ser las viviendas romanas de dos
plantas en las cuales, por medio de nuevos tabiques, se construían las salas
necesarias para el buen desarrollo de los Sacramentos, en especial de la Eucaristía.
Con el tiempo, aparecen otras salas dedicadas a la formación doctrinal, tanto a los
ya bautizados (fieles) como a los catecúmenos (los que inician el aprendizaje de la
doctrina). Habitualmente llevaban el nombre del propietario de la casa. Hacia el siglo
IV comenzaron a cambiarse por los nombres de mártires y de santos.
Segunda etapa: desde el s. IV al V (313-476)
A partir del Imperio de Constantino (gobernando del 306 al 337) encontramos el
florecimiento del arte Paleocristiano, concomitante con la apertura provocada por el
Edicto de Milán, de tolerancia religiosa promulgado por Constantino en el año 313 y
ampliado luego por el Edicto de Tesalónica en 380, promulgado por Teodosio, en el
que el cristianismo se adopta como religión oficial del Imperio Romano.
El Edicto de Tesalónica unió las raíces judeocristianas con la cultura greco-romana.
Tras el Edicto de Milán los cristianos podían profesar libremente la fe. Es entonces
que surgen nuevas necesidades constructivas, identificándose este período con la
transformación de la basílica romana - edificación usada para la administración de
justicia- en basílica cristiana, templo para el culto y la oración.
Enfatizamos que el templo cristiano no deriva del pagano (que sólo era la casa
del dios) sino que es una transposición de la basílica civil greco-romana. El
Cristianismo recibió ya logrado este tipo arquitectónico. La tipología constructiva de la
basílica era el lugar idóneo, ya que ofrecía un amplio espacio para la liturgia. En ella
predomina el eje longitudinal, otorgando esa sensación de avance hacia el altar,
logrando transmitir este mensaje a los que entran en el edificio.
Encontramos una clara diferenciación de espacios dentro de una basílica. Una
parte pública en el acceso, espacio de reunión, al que se llega a través del pórtico de
entrada, dando paso a un atrio. Luego, se accede a través del Nártex, dispuesto
transversalmente, a la nave de la iglesia y era hasta allí donde podían acceder los no
bautizados.
Las basílicas podían tener varias naves separadas por filas de columnas o por
arcadas de columnas (intercolumnios). Un gran arco del triunfo da paso al presbiterio,
reservado a los presbíteros.
El presbiterio está separado de la anterior por una fila de columnas. Un ábside
prolonga la nave central, el cual suele estar decorado con mosaicos. En el centro se
encuentra el altar. A los laterales del trono del sacerdote está el coro, donde se
sentaban el clero mayor y menor. Si el templo guardaba las reliquias de un santo, se
construía una cámara subterránea, llamada cripta.
La basílica cristiana obedece a una simbología propia: el presbiterio donde surge
el altar es como el cielo al que tienden los fieles a través del recorrido de la nave,
acompañados por la sucesión de arcadas o por la hilera de columnas. (AA.VV.
1974:10)
La techumbre es plana y de madera, mejorando así la audición, y el tejado se
dispone a dos aguas en la nave central, y vertiente sencilla en las laterales. Se abrían
ventanales en la nave central logrando de esta forma la iluminación. También se
abrían pequeñas ventanas en el ábside y las naves laterales.
En el Paleocristiano, las construcciones -basílicas y mausoleos- tienen una
despojada decoración exterior y una inmensa riqueza ornamental en el interior, pues
así, simbólicamente se diferencian el espacio profano, exterior, terrenal; del espacio
sagrado, interior, acceso al mundo celestial.
Los mosaicos ornamentan y dotan de profunda simbología a la construcción, en
tanto la pintura va quedando relegada a la decoración de libros escritos en los
scriptorium de los monasterios.
A la tipología de las basílicas, debemos añadir dos tipos constructivos más, que
luego fueron integrados en las construcciones basílicas y catedrales.
Se trata de los martyria y de los baptisterios. Ambos, edificios de única planta, por
lo común circular u octogonal, también heredados de los antiguos mausoleos
romanos. Los martyria se dedicaban al culto de las reliquias de los mártires, y en
ocasiones contaban también con un deambulatorio. Los baptisterios se conformaban
con una planta circular en cuyo eje se disponía la pila bautismal, función fundamental
de la edificación.
Pinturas, mosaicos y bajorrelieves muestran una pérdida del equilibrio clásico, nos
presentan figuras en un solo plano, sin perspectiva, antinaturales, rígidas y de fuerte
esquematismo, simetría y frontalismo.
La escultura paleocristiana destaca más por su significado y su simbolismo que por
sus formas. El lugar donde más muestras escultóricas encontramos serán los
sarcófagos. Las esculturas exentas son más bien escasas, siendo Jesús el
protagonista de las que han subsistido. La pintura paleocristiana es bastante escasa,
quedando restos de frescos que siguen las técnicas pompeyanas.
Todas estas formas artísticas -y las tipologías constructivas en las que se
aplicaron, evolucionarán en Occidente en el arte Románico, a comienzos de la Edad
Media. En tanto, el Imperio Romano de Oriente desarrollará sus potencias expresivas,
generando el esplendor del arte Bizantino.
La creación de una iconografía cristiana.
El cristianismo se apartó de la prohibición de las imágenes que sostenían los
judíos, y las adaptó como símbolos, emblemas y motivadores de la devoción. Así, las
imágenes proporcionaron, con el paso del tiempo, no solamente un medio de
enseñanza catequética, sino también promover la imitación de la virtud y estimular la
oración y la reflexión.
En un comienzo, como hemos señalado, hay una búsqueda de sencillez y
esquematismo, pues lo importante no es la figura sino su significado, es decir,
predomina el mensaje sobre la forma. Se trataba de hacer comprensible el
cristianismo a quienes estaban imbuidos de una cosmovisión diferente. Por ello, las
formas y los temas romanos tienen un tiempo de continuidad, pero cambiando la
significación. Por ejemplo: la vid nada tiene ya que ver con las fiestas de Baco, sino
que simboliza la sangre de Cristo.
También comienzan a representarse con alegorías los cuatro evangelistas. Los
denominamos tetramorfos o representación simbólica: Juan como un águila, Lucas
como un toro, Marcos como un león y Mateo como un hombre con alas. Las
razones de estas representaciones se encuentran en la forma en la que comienza
cada evangelio. Mateo lleva alas porque su evangelio comienza con la lista de los
antepasados de Jesús, es decir, se “eleva” hacia atrás en el tiempo. Marcos se
simboliza con un león porque su evangelio comienza con la predicación del Bautista
en el desierto, donde había animales salvajes.
Lucas se ha simbolizado mediante un buey o un toro porque su evangelio
comienza con la visión de Zacarías en el Templo, donde se sacrificaban animales
como bueyes, terneros y ovejas. Juan es representado por un águila, la mirada dirigida
al sol, porque su evangelio se abre con la contemplación de Jesús-Dios.
El concepto cristiano del arte sustituye el interés estético por una finalidad
educativo-moral, desplegada con toda profusión en el arte medieval.
De los Padres de la Iglesia de habla latina San Agustín realiza un aporte sustancial
al explicar a su feligresía del norte de África, recordemos que él es obispo de Hipona,
su concepción de la historia y del sentido del obrar de Dios en la misma. Es el tema de
la libertad de Dios y de los hombres, del gobierno del mundo, del tiempo, de la
existencia del mal en la historia, etc. En su libro la Ciudad de Dios aborda todos estos
temas que son una respuesta para esos cristianos de entonces, pero constituyen una
respuesta u orientación para todo cristiano que se enfrente a estos interrogantes. Su
pensamiento es una verdadera teología de la historia que marcaría el pensamiento
posterior, en primer término, influenciará enormemente en la edad media y en épocas
sucesivas. Su concepción siempre será un referente de una cosmovisión cristiana del
tiempo, de la historia y del misterio que ella entraña al encontrarse en la misma
conjugadas la libertad de los hombres y la de Dios.
Su ciudad Hipona se encuentra sitiada por los vándalos y los romanos que allí
viven sufren la angustia de ver cómo peligra su vida y la existencia del mismo imperio
romano. La misma Roma es saqueada en esos días por el rey visigodo Alarico, corre
el año 410. Esto conmociona al mundo civilizado entonces, el imperio romano de
occidente tiene los días contados.
El cristianismo ya es la religión oficial del imperio romano, sus habitantes están
consternados ¿Cómo es posible que Dios permita que esto suceda?, ¿Acaso se ha
olvidado de ellos? Luego de haber sufrido tantos años de persecuciones, unos 250
años en los que los cristianos han muerto con tan diversos tormentos en todos los
puntos del imperio, ahora sucumbirán ante los pueblos que lo asolan desde distintos
puntos.
Nos dice Fraile que el peligro de los bárbaros o germanos afecta a los hombres de
entonces y sacudía como un “terremoto cósmico los espíritus de quienes confiaban en
la fuerza y perennidad del Imperio romano”. También están los paganos que acusan a
los cristianos de los males de Roma
En la primera parte de La Ciudad de Dios, San Agustín rechaza las acusaciones de
los paganos contra la Iglesia al ver el declinar de Roma en la ciudad capital y en
variados frentes de su territorio. Los paganos culpan a los cristianos de tal desastre,
argumentando que su pacifismo y el abandono de los dioses tradicionales en favor del
cristianismo, convertido desde hacía tiempo en la religión del imperio, han sido la
causa de la pérdida del poder de Roma y de su posterior destrucción. Pero al mismo
tiempo, el obispo de Hipona ataca a fondo el paganismo, demostrando su incapacidad
para asegurar la felicidad y prosperidad en la tierra y sobre todo para preparar la de la
vida futura. El expone y critica las diversas escuelas filosóficas y religiosas latinas y
griegas.
En la segunda parte de su obra hace la confrontación de los dos reinos, su origen,
su desarrollo, su fin. La ciudad de Dios y la ciudad Terrenal o de los hombres. El
distribuye los acontecimientos históricos en seis períodos, correspondientes a la
creación, con su mañana y su tarde. La raza humana se encuentra dividida entre estas
dos ciudades o sociedades. “Dos amores engendran estas dos ciudades”.
San Agustín ensaya una explicación histórica para tales hechos partiendo de la
concepción teológica de la historia de la Humanidad, desde la Creación del mundo
hasta el Juicio Final, proyectando sobre ella una simbología cristiana y como el
resultado de la lucha de dos ciudades, la del Bien y la del Mal, la de Dios y la terrenal,
de la luz y de las tinieblas.
Siguiendo este criterio y aplicando de nuevo su teoría de los dos amores: el amor
espiritual ( amor Dei) y el sensible o egoísta (amor sui) , San Agustín distingue dos
tipos de de sociedades o dos ciudades simbólicas : La Ciudad de Dios , símbolo del
amor espiritual y ordenado componen cuantos siguen su palabra, los creyentes; y la
Ciudad Terrenal, símbolo del amor material y desordenado , compuestos por la
comunidad de los que no creen.
La Ciudad de Dios, representada por Jerusalén fue fundada por Abel, y sobre ella
reina Dios: se trata en realidad de una ciudad interior, espiritual (aunque encuentra su
proyección exterior en la Iglesia), constituida por todos aquellos que aman a Dios,
anteponiendo este amor a todo lo demás. Sus miembros, que peregrinan por este
mundo a la espera de su reencuentro con la Divinidad en el más allá, buscan la gloria
de Dios y están unidos, no por la autoridad, sino por la caridad, garante del perfecto
orden y armonía que en ella reinan.
En cambio, la Ciudad Terrenal, simbolizada por Babilonia (confusión) o la Roma
pagana (corrupción, tiranía), debe su fundación a Caín, y sobre ella reinan el demonio,
las Tinieblas, y el Mal. Está formado por todos aquellos que anteponen el amor propio
y el amor a las cosas mundanas al amor divino. Su unidad es forzada, porque procede
del sometimiento a la autoridad del Estado que, para garantizar el orden, necesita
ejercer la violencia.
Desde esta perspectiva, la Historia se concibe como un drama sagrado, en el que
se desarrolla una continua lucha entre la Ciudad Divina y la Ciudad Terrenal, entre el
amor a Dios, la fe, la esperanza, la caridad y la justicia, por una parte, y el amor al
mundo, las pasiones, el egoísmo, la ambición y el poder del más fuerte, por otra. Se
trata de una lucha colectiva, porque afecta al conjunto de la Humanidad, y al mismo
tiempo, individual, pues se libra en el corazón de cada ser humano, cuya alma,
ayudada por la gracia de Dios, debe combatir las fuerzas del mal para merecer un
puesto en la Ciudad Celeste.
Las dos ciudades están mezcladas y se entrecruzan: no son dos tipos de
realizaciones históricas (Estado civil e Iglesia, por ejemplo), sino principios opuestos
de la conducta personal y de las realidades sociales. Por consiguiente, esta
contraposición no responde a las dos realidades sociales de la Iglesia y los Estados
civiles, sino que expresan más bien las dos comunidades espirituales según la ley de
Dios o contra ella, comunidad del orden o del caos, del ideal o del instinto. Así pues,
en el desarrollo de la historia, los contornos de las dos ciudades no son perfectamente
netos: la Iglesia no coincide con la ciudad de Dios, ya que en el interior de ella
conviven buenos y malos, del mismo modo en que la ciudad terrena no se identifica
con ninguna entidad política determinada.
Agustín reconoce el carácter natural de la sociedad civil y del Estado. La Iglesia,
por su parte, ha de servir de mentora de la sociedad y del Estado, para vigilar y
encaminar a los hombres a su salvación. La autoridad civil, si se halla impregnada del
espíritu cristiano, puede facilitar y promover la ciudad eterna postulada por la voluntad
divina.
Pertenece al sentido de la historia del mundo el hecho de que estas dos ciudades
se contrapongan y luchen entre sí. Sin embargo, y ésta es la conclusión de San
Agustín, cualquiera que sea la historia de la humanidad, con sus alternancias de
predominio del bien y del mal, al final la "civitas terrena" perecerá y saldrá vencedora
la "civitas Dei", en virtud del amor a Dios, "pues el bien es inmortal y la victoria ha de
ser de Dios". Esa lucha continuará hasta el final de los tiempos, en que la ciudad de
Dios triunfará sobre la terrenal, apoyándose San Agustín en los textos sagrados del
Apocalipsis para defender su postura. En este punto, San Agustín mantiene una
posición providencialista: Dios ha previsto y garantiza la victoria final del bien sobre el
mal, asegurando la paz eterna y la resurrección de los justos, así como el eterno
castigo de los réprobos.
San Agustín divide el curso de la historia en seis épocas, correspondientes a los
seis días bíblicos de la creación. Desde la venida de Cristo, vivimos en la última
época, pero la duración de la misma es indeterminada y sólo Dios la conoce. La caída
de Roma no significa, por consiguiente, que haya llegado el fin del mundo, sino que
representa únicamente el fin de uno de los exponentes de la Ciudad Terrenal. Mientras
justos y pecadores siguen subsistiendo, mezclados por sus cuerpos, pero en continua
lucha y separados por su corazón, hasta que se produzca la parusía o segunda venida
de Cristo, quien se encargará definitivamente de separar las dos ciudades,
asegurando el triunfo definitivo de la Ciudad Celestial. A la espera del Juicio, ambas
comunidades buscan alcanzar igualmente la paz, imagen temporal o histórica del Bien
Supremo. Éste, y no otro, es el fin último de las dos ciudades que distingue San
Agustín, ya que, por naturaleza, el hombre desea la paz.
Cree el teólogo que el orden es la condición necesaria para la paz, por lo que
define ésta como la “tranquilidad del orden”: el cuerpo, el alma, la familia y la sociedad
o ciudad alcanzan la paz cuando existe el orden, es decir, cuando la racionalidad se
impone la irracionalidad, y cada cosa ocupa el lugar que le corresponde, existiendo
una armonía o concordia entre sus partes. Los miembros de ambas ciudades anhelan
la paz; pero mientras los ciudadanos de la Ciudad Terrenal sólo buscan la paz
temporal ( pax temporalis) como fin último del Reino de este mundo, los miembros de
la Ciudad Celestial usan de la paz temporal como medio para alcanzar la verdadera
paz ,la paz eterna (pax aeterna), propia del Reino de Dios.
El ejercicio efectivo del orden, y por tanto, la garantía de la paz, es la justicia, base
del Derecho. Sin embargo, la justicia humana o terrenal es imperfecta; sólo en la
Ciudad de Dios, gobernada por la ley eterna, existe verdadera justicia. Así la Ciudad
de Dios, representada en la tierra por la Iglesia, se muestra también en San Agustín
como el ideal ético hacia el que debe encaminarse la realidad histórica del Estado. De
hecho, esta doctrina será utilizada para defender la prioridad de la Iglesia sobre los
poderes políticos, exigiendo su sumisión, lo que ocurrirá en la alta Edad Media.
Asegurada esa dependencia, San Agustín aceptará que la sociedad es necesaria al
individuo, aunque no sea un bien perfecto; sus instituciones, como la familia, se
derivan de la naturaleza humana, siguiendo la teoría de la sociabilidad natural de
Aristóteles, y el poder de los gobernantes procede directamente de Dios.
San Agustín usa una parábola, la del trigo y la cizaña para dar más fuerza a su
explicación. Así como el sembrador deja que crezcan en el campo el trigo y la cizaña y
espera el momento de la cosecha para separar la semilla buena de la mala, Dios
permite que exista la ciudad terrenal junto a la ciudad de Dios y no hace desaparecer a
la ciudad terrenal o de los hombres, como también la llama en su obra. Habrá que
esperar al Juicio final, al fin de la historia, para que Dios separe la semilla buena de la
mala.
A Dios la historia no se le ha escapado de las manos, Él da libertad al hombre, el
hombre muchas veces no realiza los designios de Dios sin embargo Dios sigue
estando presente en la historia, en su Providencia sigue guiando el curso de la
historia. En ella se conjugan la libertad de Dios y la del hombre, libertad está que
muchas veces se opone a la ley de Dios, pero Dios que todo lo puede sigue estando
bajo los acontecimientos. Dios es el Señor de la historia.
Encontramos así delineada la cosmovisión cristiana ya muy diversa de la pagana.
En esta cosmovisión, en la cual el aporte de San Agustín es evidente, la historia es
lineal, atrás queda la concepción cíclica del tiempo, el mito del eterno retorno. La
historia tiene un principio y un fin. El mundo ha sido creado de la nada, ex nihilo, sin
materia preexistente por este Dios que es eterno, existe desde siempre, trasciende el
mundo. En la diversidad de seres creados (minerales, vegetales, animales) el hombre
ocupa un lugar esencial, ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Es un ser
espiritual, inteligente y libre allí su cercanía a Dios. El hombre ha sido puesto en la
creación para administrar el mundo, para continuar y cooperar con la obra creadora de
Dios actuando sobre su entorno y sirviéndose de la creación para transformar el
mundo y poder vivir mejor él y las generaciones que le sucedan. Pero esta vida mejor
será siempre con una mirada hacia lo alto. Su destino final será volver a Dios de cuya
mano ha salido, allí está su felicidad plena.
En palabras de San Agustín “…nos has hecho para ti Señor y nuestro corazón está
inquieto hasta que repose en ti…”
El pecado original, cometido por nuestros primeros padres Adán y Eva, desordena
al hombre y lo distancia de Dios, pierde la amistad con Dios y pierde la armonía
original con la que ha sido creado. Hay una fisura interna en todo ser humano y esto
se transmite a todo el género humano. Y la muerte que todo hombre debe enfrentar
desde Adán y Eva entran al mundo por el pecado.
Pero Dios promete a la primera pareja humana un Salvador, un Redentor que
salvaría al mundo restituyendo la amistad perdida con Dios. Este Salvador es Cristo,
su nacimiento, muerte y resurrección son los hechos más importantes de la historia,
por ello los cristianos afirman que la historia es Cristocéntrica. Cristo deja la Iglesia
que será quien guíe al hombre en su transitar en la tierra y quien permita a partir de los
sacramentos llevar la misma vida de Dios a los hombres.
Con el Bautismo el hombre borra la huella del pecado original y se convierte en hijo
de Dios, la Santísima Trinidad habita a partir de entonces en su alma. Este
sacramento imprime un carácter indeleble al hombre, siempre será hijos de Dios,
cristiano, y con la presencia de Dios y su ayuda dada principalmente a través de los
sacramentos podrá hacer el bien, luchar con sus debilidades (recordemos que las
huellas o fisuras del interior del hombre, esa pérdida de unidad consecuencia del
pecado original perviven en todo hombre).
En la Historia cada hombre tiene un valor enorme, cada hombre viene al mundo
con una misión a través de cuyo cumplimiento alcanzará su salvación. Dios no pide a
cada uno algo irrealizable sino algo a la medida de cada uno. Pero Dios da al hombre
su libertad, por ello El respeta las decisiones de los hombres, seres libres y
contingentes, Él no nos avasalla. San Agustín habla de la suavidad de Dios en cuanto
que quiere conducirnos, pero no nos coarta. El respeta las decisiones de los hombres,
de allí la presencia del mal en el mundo.
Pero la historia tiene una trama más profunda, en ella se conjugan la libertad de los
hombres, pero bajo este actuar está Dios que sigue actuando, que sigue estando
presente y que, en su providencia, gobierna el mundo. A Dios el mundo no se le ha
escapado de las manos, en principio sigue dando el ser y la existencia a cada creatura
y permite que el hombre transite con libertad su vida, pero el plan salvífico de Dios
continúa en la historia buscando que cada hombre alcance su salvación, que no es
otra cosa que su plenitud y felicidad.
Muchas veces parece que Dios ha abandonado la historia, pero otras su presencia
irrumpe claramente a través de acontecimientos que suceden o quizás no suceden, a
través de personas que muestran su presencia en el mundo por su palabra y su
bondad, a través de su voz que resuena en el interior de cada uno de nosotros.
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