La casa de las Sombras
En un pequeño pueblo rodeado por un denso bosque oscuro, vivía un
joven llamado Julián. Todos en el pueblo sabían de la leyenda de la Casa de
las Sombras, un antiguo caserón abandonado en las afueras que, según se
decía, estaba habitado por entidades malignas.
Julián, sin embargo, era un chico valiente y desconfiado. Un día,
desafiando las advertencias de la gente, decidió explorar la Casa de las
Sombras por sí misma. Con una linterna en mano, entró en la estructura
de madera vieja y polvorienta.
A medida que avanzaba por los oscuros pasillos, escuchó susurros
inquietantes que parecían provenir de las sombras mismas. Ignorándolos,
Julián llegó a una habitación en el piso superior. Al entrar, la puerta se
cerró violentamente detrás de ella, dejándolo atrapado en esa casa.
La linterna comenzó a parpadear, y una voz susurrante le dijo a Julián que
había interrumpido el sueño de un alma en pena. De repente, las sombras
cobraron vida, retorciéndose y formando figuras grotescas que se
acercaban lentamente. Julián retrocedió asustado y sin saber que hacer.
Intentó abrir la puerta, pero estaba sellada por alguna fuerza inquietante.
Las sombras avanzaban más rápido, envolviéndolo lentamente. En un
intento desesperado, Julián gritó son saber que hacer, y la linterna se
apagó repentinamente. Julián estaba oculto en la oscuridad total.
En la negrura, Julián sintió frías manos agarrándolo por las espaldas,
arrastrándolo hacia una puerta donde te llevaba al vacío. Escuchó risas
merodeando las zonas y susurros que le decían que ahora era parte de la
casa, condenado a vagar eternamente en las sombras.
Al día siguiente, los ciudadanos encontraron la Casa de las Sombras vacía,
sin rastro de Julián. Algunos decían que la casa se había cobrado otra alma,
mientras que otros afirmaban haber escuchado susurros y risas
inquietantes al acercarse al lugar.
Desde entonces, la Casa de las Sombras permaneció desierta y maldita, un
recordatorio sombrío de la valentía imprudente de Julián al entrar a esa
casa. La leyenda continuó, transmitiéndose de generación en generación, y
nadie se atrevió a entrar en ese lugar siniestro otra vez. Fin.