REFLEXIONES SOBRE
LA SOLEDAD1
Pablo Saenz, OSB
parecen adquirir hoy una nueva actualidad, como si el rodar de la historia les
hubiera devuelto su valor profundo. Ideas como la de colaboración, solidaridad,
comunión, unidad, , tienen una vigencia tal que dan un verdadero tono
signo de la dialéctica comunitaria.
Es verdad que esto no es estrictamente un descubrimiento de esta
generación, y que para ser justo con la historia hay que recordar épocas en las que
Las cofradías medievales son un buen ejemplo de este hecho. Pero la novedad de
la dimensión social de hoy radica en el descubrimiento de la universalidad de la
socialización, aquello que tanto impresionaba a Theilard de Chardin. Hoy parece
que todo quiere ascender a nivel comunitario y alcanzar un nuevo estado, en el
caminar incesante de la humanidad.
La vida cristiana no es ajena a este fenómeno. En este contexto antropológico,
convergentes con el gran movimiento de “concentración” de la humanidad, adquieren
hoy un especial relieve, y entusiasman de un modo hasta ahora desconocido,
1 Publicado en Cuadernos Monásticos n. 6 (1968), pp. 1-27.
2 Gn 2,18.
27
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incluso a quienes no aceptan lo religioso. Esta vibración no se explica por una pura
coincidencia de valores: la Iglesia es, por institución divina, la maestra de la unidad,
de la unidad verdadera, y los hombres, sea cual fuere su orientación espiritual,
mientras conserven un fondo de sinceridad, tienen siempre en su alma, por lo menos
una oscura aspiración natural (y también, quizás, sobrenatural) al
como guardan también un oscuro deseo del Dios verdadero.
La aspiración general de la humanidad hacia la unión adquiere,
se está caminando hacia una conciencia cada vez mayor de que la unión entre los
hombres es un valor religioso del cristiano, y que si en otro tiempo no se le dio la
importancia que se merecía, y hasta se dejó abandonada en manos no cristianas,
3
ahora, como dice san Agustín, .
En consecuencia, el gran pecado del momento es el aislarse, el replegarse,
el retirarse. La soledad, y cualquier otra forma de aislamiento son sospechosas de
misantropía, de “odio al hombre”.
La “soledad” en la Iglesia
Por otra parte, es necesario, para ser verdaderamente sinceros, reconocer
que en el seno de la misma Iglesia ha existido durante siglos una corriente de
espiritualidad que considera la soledad como uno de sus elementos esenciales.
¿Qué pensar de semejante espiritualidad? ¿Es posible hablar todavía hoy de
“separación del mundo” como de un elemento válido de la espiritualidad cristiana?
Aunque no se tenga presente una condena formal, es fácil, aun sin haberse
preocupado demasiado de compenetrarse del espíritu de los documentos conciliares,
llegar a hacerse la idea de que la tónica del cristianismo de hoy es la “apertura
al mundo”, de que la espiritualidad de la “separación del mundo” es algo ya
también evolucionan, o por lo menos evolucionan las concepciones subyacentes que
pueden servir de apoyo a determinada espiritualidad, y, en consecuencia, ésta también
evoluciona. ¿Y no será este el caso de la espiritualidad de la soledad?
3 “La reivindicamos para utilidad nuestra” (N.d.R.).
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
De hecho, la mayor parte de las espiritualidades o enfoques más o menos
actuales de la vida cristiana dejan frecuentemente de lado la idea de soledad. Si
bien es cierto que existen formas nuevas de vida religiosa que aceptan de algún
modo una “separación del mundo”, y aun una separación radical, como el nuevo
brote de vida eremítica a que asiste hoy la Iglesia, hay que reconocer que para el
cristiano corriente la “separación del mundo” es algo difícil de captar como un
valor positivo. La óptica actual es totalmente diferente a la del cristiano medieval,
que casi instintivamente admiraba la “separación del mundo”.
Sin embargo, a pesar del visible predominio cuantitativo de la espiritualidad
del “cristiano en el mundo”, la idea de la soledad subsiste en la Iglesia, y hasta es
posible establecer toda una escala de apreciaciones a su respecto.
¿Qué es la “separación del mundo”? ¿Algo que tiene un papel imprescindible
en la vida de la Iglesia? ¿Algo que se puede tolerar siquiera como reliquia de un
cristianismo de una época pasada? ¿Una pura expresión equívoca? ¿Un resto de
maniqueísmo más o menos disfrazado de cristianismo, pero en el fondo opuesto
virulencia la periferia de la vida de la Iglesia durante siglos, y que ha sido una
rémora para la expansión del verdadero espíritu del Evangelio, y que en nuestro
por lo tanto, es un deber colaborar en su extinción total?
El problema existe en un estado más o menos latente en muchos cristianos,
ya sean laicos o pertenezcan al clero. Pero este problema se plantea de un modo
particular a los religiosos, y especialmente a aquellos que se consideran formando
parte de lo que el Decreto llama “la venerable institución de
la vida monástica”.
“Soledad” y monacato.
En efecto, se puede decir que la apreciación del valor y de la posición de
monástico, por una razón muy simple: la espiritualidad monástica nació, en líneas
generales, si no de la idea misma de la separación del mundo, por lo menos con un
fortísimo acento sobre ella. El monacato nació sellado con la impronta del desierto.
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grandes maestros de la espiritualidad monástica hablan hasta el cansancio de la
necesidad de apartarse del mundo para ser monje. Recordemos simplemente la
, donde aparecen las ideas de san Atanasio sobre la vida
monástica; los de los Padres del desierto, donde son precisamente los
más grandes Padres los que hablan más claramente de la “separación del mundo”;
las catequesis de san Pacomio y de sus sucesores; los escritos de Evagrio Póntico
general todos los grandes autores de los primeros siglos monásticos de Egipto
y del Cercano Oriente. A los cuales habría que agregar, aunque las apariencias
pioneros del monacato del norte de Europa. Sea lo que fuere, admitiendo aun
verdaderas excepciones, es fácil para quien tenga la curiosidad de asomarse a
los textos de los maestros monásticos primitivos, descubrir que el problema de la
“separación del mundo” no es un problema, es simplemente el primer presupuesto
de la vida monástica. Hasta la misma palabra “monje” ( ) con la que
comienza a llamarse a los primeros cristianos que emprenden este tipo de vida
y que manteniendo hoy en castellano su forma griega no nos habla claramente
de su relación con la soledad, recuerda la identidad fundamental de “monje” y
“solitario”4.
Esto lo han entendido claramente incluso los impugnadores de la vida
monástica de todos los siglos. Ya Juliano el Apóstata (+ 363) escribe:
“Hay hombres que abandonan las ciudades y se refugian en el desierto, a
pesar de que el hombre es por su naturaleza un animal social y civilizado.
Pero los demonios perversos a los cuales se han entregado los empujan a
esta misantropía”5.
En nuestros días, J. Lacarrière ve en el fenómeno monástico el caso límite
de la actitud “antisocial” del hombre6.
4 García COLOMBÁS, , en
“Studia Monastica” 1, pp. 260-262 y 271-274.
5 Carta 899 citada por P. F. ANSON, Partir au désert, Du Cerf, Paris 1967, p. 67.
6 J. LACARRIÈRE, Les hommes ivres de Dieu, Arthaud, Paris 1961. Todo el libro no es más que
un esfuerzo para probar que el monje es como un residuo social, reo de lesa sociedad.
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
La gran acusación contra el monacato ha sido, antes que cualquier otra,
el echarle en cara sus presupuestos “antisociales”, su apartamiento del mundo,
su . Lo cual no es una pura falsedad, sino que contiene un aspecto
histórico innegable. Por lo tanto, pretender defender la actualidad del monacato
negando su nacimiento en el desierto y el fuerte acento sobre la “separación del
mundo” que lo acompaña durante siglos, sería falsear la historia del modo más
evidente.
Estamos, pues, frente a una antinomia: por una parte, la “separación del
mundo” es, en cierto modo, uno de los pilares de la espiritualidad monástica
primitiva, y, por otra parte, el cristiano de hoy, al descubrir los valores evangélicos
sociales, cree ver, por oposición, que la idea de la “separación del mundo” no es
evangélica. Esta contradicción es necesariamente el substrato del interrogante que
se plantea al monacato. ¿Puede éste coexistir e integrarse en la vida de la Iglesia
de hoy, o es mejor que desaparezca o que se transforme de una buena vez? ¿Qué
acaso ser agua buena la del arroyo que nace de una vertiente envenenada? Es
el problema de las fuentes del monacato, que no es en sí despreciable, porque
siempre sigue siendo verdad que la planta, mientras no se la injerte en otro tronco,
se alimenta de sus propias raíces.
¿Qué se ha de pensar hoy de la “separación del mundo” en la vida
monástica? Dejando de lado la actitud que se limita a ignorar teórica o
prácticamente la necesidad de examinar las fuentes para renovar la vitalidad del
monacato de hoy, a lo que, por otra parte, la lealtad con el espíritu y con la letra
del Concilio nos obliga7, se puede intentar agrupar las respuestas al problema que
plantea la “separación del mundo” en tres grandes tipos. La esquematización que
sigue, corre el riesgo, como toda esquematización, de ser injusta, si se la toma
demasiado literalmente; no hay, pues, que olvidar que es sólo un esquema y que
muchos matices intermedios no se expresan aquí.
Pero antes de examinar las diversas respuestas al problema de la
“separación del mundo”, es necesario ponerse de acuerdo sobre el alcance de
esta expresión. Por ella vamos a entender, a grandes rasgos, lo que entendía el
monacato primitivo, lo cual, para el uso que vamos a hacer de ello, no es en modo
alguno difícil de precisar.
7 Ver Perfectae Caritatis 2.
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“Separación del mundo” en el monacato antiguo.
Cuando los monjes de los primeros siglos hablan de separación, de retiro,
de , de fuga, se trata primariamente de una separación real, física.
Es cierto que esta separación física tiene una “intención” espiritual, pero esta
físicamente sino moralmente del mundo podrá ser llamado asceta, pero no monje.
La separación puede estar constituida por el alejamiento a un lugar desierto,
como es el caso de los ermitaños, pero también puede realizarse retirándose a vivir
dentro de un recinto que aísla del mundo. Los cenobitas en un cenobio, los reclusos
en una celda, etc., son considerados verdaderos monjes, verdaderos solitarios.
La separación es necesariamente habitual, es un modo de vivir, una
contactos esporádicos con el mundo por necesidad o por utilidad, pero lo que
nos interesa es que estos no constituyen nunca el andamiaje de la vida monástica,
sino que el acento de la vida de relaciones está claramente en la “separación del
mundo”. Esto aparece sin duda en la estructura de la Regla, en la cual se describe
y organiza la vida del monje como una vida totalmente pensada para vivirla en la
soledad habitual dentro del monasterio, sin excluir en modo alguno excepciones
excepciones. La misma ley del silencio, que ciertamente no es disciplinar ni penal,
la soledad dentro del mismo cenobio.
abstracción: el aspecto malo, pecaminoso del mundo (cuyo alejamiento no obliga
sólo a los monjes sino a todo cristiano), sino a la sociedad común de los hombres
tal cual es, con sus aspectos buenos y malos. Es cierto que la razón formal del
alejamiento del mundo es “lo malo” del mundo, pero no se puede confundir
esto con el mundo concreto, que es lo que abandona el monje. Los únicos que
por excepción no forman parte del “mundo”, son aquellos que comparten la
“separación del mundo”. Toda la tradición monástica es concorde en creer que
un solitario que visita a otro solitario, no vuelve por eso al mundo. Es esto lo que
permite mantener íntegramente la “separación del mundo” dentro de los claustros
del monasterio, en el cual viven juntos muchos monjes, muchos solitarios, por
paradójico que parezca.
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
Aclarado el sentido en que usaremos la expresión “separación del mundo”,
veamos qué actitudes se pueden tomar al respecto.
Soluciones de la antinomia.
Se acepta el hecho histórico de que en los orígenes del monacato la
“separación del mundo” fue considerada como algo constitutivo de la vida
monástica. Se acepta que con los siglos, la Iglesia ha ido poco a poco descubriendo
que en este abandono de la sociedad hay algo negativo y aun casi opuesto al
sentido evangélico. En consecuencia, se reniega de la “separación del mundo” ya
sea total y abiertamente, ya sea en forma gradual, abandonando poco a poco todo
Esta actitud es fácil y clara. Sin embargo, queda en la penumbra una duda.
Si se reniega de algo que es esencial al monje, como lo es la soledad al solitario
(recordemos que en griego, monje y solitario se expresan con la misma palabra),
nos impulsa ¿no destruimos al mismo tiempo aquello que los primeros monjes
llamaban “monje”? ¿Hay derecho a conservar el mismo nombre que usaban ellos
si se lo ha despojado de su sentido primero? Además, parece difícil sostener que
pueda la Iglesia haberse equivocado durante tantos siglos en los que ha exaltado
de todas las formas imaginables la vida de muchísimos santos que realizaron la
plenitud del cristianismo en la soledad.
Se mantiene la idea de los monjes primitivos sobre la separación del
mundo como algo esencial a la vida monástica, pero se le da a la expresión un
sentido distinto del original. Por ejemplo, se exalta la idea de soledad interior
hasta el punto de hacer innecesaria la exterior; o se le da a la palabra “mundo”
el sentido exclusivo de “mundo de pecado”, con lo cual la separación física ya no
tiene razón de ser.
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Esta solución respeta los términos que emplea la espiritualidad monástica
primitiva, pero acaba por vaciarlos de su contenido. En el fondo, aunque esta
solución es menos lógica y valiente que la anterior, hay que decir, con todo, que ve
con más claridad la urgencia de una continuidad con las fuentes.
La “separación del mundo” se admite como fundamento de la espiritualidad
monástica primitiva. Se le concede también hoy un valor actual, pero se pone
más claramente a la luz algo que, es cierto, ya estaba no solo contenido sino
expresado en la espiritualidad monástica antigua, pero de lo cual las exigencias
de circunstancias históricas nuevas piden una expresión más explícita: su aspecto
positivo.
Este tipo de actitud se mantiene, pues, en perfecta comunicación con las
fuentes, pero renueva su expresión. Detengámonos un momento en este tercer tipo
de soluciones.
Soledad y Evangelio
La “separación del mundo”, tal como suena la expresión es algo negativo.
La realización misma, tomada en su aspecto más material, lo es también: consiste
en no vivir en la sociedad común de los hombres.
Pero es necesario no quedarse ni teórica ni prácticamente en este aspecto
por ejemplo, la poca atracción que ejercen hoy las virtudes llamadas “negativas”,
aunque en realidad nada tengan de tal. Otro tanto sucede con la formulación
tradicional de los tres votos religiosos, que acentúa más la idea de renuncia que la
La “separación del mundo”, como los “consejos evangélicos”, es también
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
La “separación del mundo” no es un “consejo evangélico” si se atiende
del mundo”. Hay que recordar, además, que la enumeración taxativa de los tres
“consejos” no se conoció en los primeros siglos, y que en el Evangelio hallamos
otros “consejos” que se extienden a todos o solamente a ciertos cristianos8.
Si en un sentido amplio entendemos por “consejo evangélico” un modo de
vivir no obligatorio sino propuesto por la Iglesia bajo la inspiración del Espíritu
Santo a ciertos cristianos, y que se deriva de la doctrina evangélica, es evidente
que junto a los tres grandes “consejos” existen otros más. En la Regla de san
del claustro del monasterio y el del silencio, ambos en estrecha relación con lo
que podríamos llamar convencionalmente el “consejo evangélico de la soledad”.
Pero, la vida de “separación del mundo”, ¿está realmente tomada del
Evangelio? ¿Se puede deducir de este sin forzar los textos? Indicios aquí y allá se
9
. Estrictamente hablando no es fácil
del solo sentido literal de las Escrituras inferir directamente la licitud o la bondad
de una vida consagrada a Dios en la soledad, lo que sucede también con los votos
religiosos. A pesar de todo, los primeros monjes supieron hallar en la Biblia, no
sólo la defensa de su modo de vivir, sino la razón de la misma institución del
monacato. ¿Exageraban acaso?
Es un hecho que un mismo texto escriturístico, que unas mismas palabras,
pueden penetrar de un modo muy diverso en aquel que las recibe según su grado
de “sensibilidad”, de docilidad, de permeabilidad. Así como, por ejemplo, un
santo como san Francisco de Asís percibía en la misma naturaleza que veían los
demás hombres de su tierra, la voz del Señor, su bondad, su misericordia, todo
un mundo de resonancias insospechadas por los demás, así un mismo texto de
las Escrituras puede hablar mucho más profundamente a quien tiene la gracia de
8 Ver J. M. R. TILLARD, Les grandes lois de la rénovation de la vie religieuse, en “Vatican II,
L’adaptation et rénovation de la vie religieuse”, Du Cerf, Paris 1967, Col. “Unam sanctam” 62,
pp. 96-97.
9 Ver Jean LECLERCQ, La separación del mundo en el monacato de la Edad Media, en “La
separación del mundo”, Col. “Problemas de la religiosa de hoy”, Ed. Paulinas 1963, pp. 77-97.
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una especial receptividad. En las vidas de los santos es frecuentísimo el hecho de
“descubrir” toda una perspectiva espiritual en una simple frase de la Escritura.
de los iniciadores de la vida monástica es lícito pensar que fue el Espíritu Santo
quien concedió a estos la capacidad de intuición profunda para percibir en la
doctrina y en los ejemplos del Señor, los principios de la vida solitaria.
En todo caso la Iglesia ha decidido la cuestión enseñando repetidas veces
el origen “evangélico” no sólo de un ideal de vida consagrada a Dios con los votos,
sino, en nuestro caso, de una vida consagrada a Dios en la soledad.
En el capitulo 6° (n° 43) de la Constitución ” leemos:
“Los consejos evangélicos... como consejos fundados en las palabras y
ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, los Padres, doctores
y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor
y que con su gracia se conserva perpetuamente. La autoridad de la Iglesia,
bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar esos consejos. De
ahí ha resultado que han ido creciendo... diversas formas de vida solitaria
o comunitaria... para provecho de sus miembros y para el bien de todo el
Cuerpo de Cristo”.
La inserción en el texto de la expresión “vida solitaria”, como lo demuestra
la historia del texto conciliar, fue hecha para referirse expresamente a la vida
eremítica, donde se realiza más visiblemente la “separación del mundo”. Es
evidente, por lo tanto, que la misma autoridad de la Iglesia, por medio del Concilio
Vaticano II enseña que la espiritualidad de la “separación del mundo” tiene su
origen profundo en el Evangelio (aunque no detalle cómo ni de dónde es posible
Sentido positivo
Pero la aprobación de la Iglesia, incluso expresamente hecha para el
“separación del mundo” para el hombre de hoy. Para el monacato de los primeros
siglos, y aun de toda la Edad Media, la “separación del mundo”, la soledad, no es
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sino el reverso de una vida consagrada a la intimidad con Dios10. Hoy, como en
todos los siglos precedentes, la “separación del mundo” tiene la misma razón de ser.
Pero por otra parte, hoy, quizás más que nunca, se percibe con toda claridad que es
perfectamente posible vivir una vida de entrega a Dios en pleno mundo. Es verdad
que un cierto grado de separación es siempre una exigencia imprescindible, pero
también es verdad que en modo alguno la separación total puede ser considerada
como el ideal (aun irrealizable) de todo cristiano.
La historia de la espiritualidad muestra la tendencia constante de los
hombres a querer uniformar, en cada época, los diversos caminos del Espíritu Santo.
idea de que solo el monje había tomado el verdadero sendero que lleva rectamente
a Dios; solo él era perfectamente lógico con su fe. Si esta opinión rara vez se
muchos autores cristianos: recordemos entre otros al gran san Juan Crisóstomo.
Hoy, inversamente, corremos el riesgo nada hipotético de querer uniformar los
llamados de Dios en la vocación a vivir “con, en y por el mundo”.
Para no pasar de una desviación a otra es necesario abandonar esta
actitud uniformante, para admitir con sencillez y sinceridad la diversidad real
de los dones de Dios, incluso en una misma situación histórica, lo que no es sino
reconocer la libertad omnímoda del Espíritu que sopla donde quiere, y respetar
en el mundo y es posible entregarse a Dios en la soledad. La diversidad radica
fundamentalmente, no en un razonamiento silogístico, sino en el don de Dios.
Por eso parece necesario que en el fondo del alma de quien es llamado a la vida
monástica se halle, como primer presupuesto de ese llamado, la convicción de
que, para é1, es posible entregarse a Dios en la soledad, y no solamente posible,
sino que ese es el camino que Dios le traza personalmente, su único camino.
Desde un punto de vista positivo, el llamado a la vida monástica se
confunde con el descubrimiento, quizás muy confuso y oscuro pero verdadero, de
lo absoluto de Dios, de lo absoluto de su bondad, de su justicia, de su misericordia,
de su amor. El es, en cierto sentido, el inicio y el término
de la vida monástica. Todo lo que no es Dios, sin dejar de valer lo que vale,
aparece claramente como relativo. Es importante comprender que el llamado a
10 J. LECLERCQ, op. cit., ver especialmente pp. 89-94.
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la soledad, si es verdadero, no implica ni la sombra del menor desprecio de los
auténticos valores del mundo, como la vida del cristiano en el mundo no implica
jamás el olvido de Dios. El monje, como todo cristiano, no solamente puede sino
que debe tener un aprecio verdadero de los verdaderos valores del mundo, pero su
gracia, su carisma, es precisamente vivir intensamente lo absoluto del misterio de
Dios, y en consecuencia, lo relativo de la criatura.
En este sentido se puede hablar de la vida del monje como de un testimonio
de que todo en la medida que le es lícito al hombre decir “todo” con su vida, de
que todo está por debajo de Dios. De ahí su soledad.
interna, de un particular descubrimiento de Dios que exige una libertad profunda.
Quisiéramos explicarnos con una aproximación o una comparación de dos
modos de vivir: el celibato y la vida monástica, aproximación que en los escritos
de autores monásticos de este último tiempo aparece con cierta frecuencia. Esto
no se hace sin un fundamento objetivo profundo. Hasta las palabras soltero y
solitario, no son más que dos formas casi idénticas que denuncian un común
origen de conceptos. Y si analizamos el contenido de ambas ideas, descubrimos
que realmente existe una correspondencia muy singular.
Ante todo, la vida célibe y la vida monástica, coinciden en un aspecto:
la soledad. Ambas se realizan renunciando a la sociedad: a la sociedad conyugal
para el célibe; a la sociedad común de los hombres para el monje. En ambos casos,
supeditada al llamado de Dios.
es claramente perceptible; vulnerables, además, porque es posible que el tiempo,
fácil defender, aun ante uno mismo, la licitud y la bondad de vidas consagradas
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
Hoy son frecuentes las críticas contra el celibato. Recordemos la reciente encíclica
de Pablo VI en la que aparece un elenco de las principales objeciones11. Todas ellas
podrían aplicarse a la vida monástica. Las respuestas de la encíclica
también podrían ser aplicadas, casi sin necesidad de adaptarlas, a los problemas
que presenta la vida monástica, al hombre de hoy.
La acusación más frecuente contra la vida célibe y contra la vida monástica,
consiste en atribuir al que la vive desprecio del mundo, o del matrimonio o del
cuerpo, maniqueísmo larvado, comodidad, egoísmo, pereza, miedo de afrontar la
vida, etc.; o también, contrariamente, atribuir a la misma vida célibe o monástica,
¿Pero por qué existe realmente la vida célibe o la vida monástica, en el
seno de la Iglesia? Un texto de san Pablo nos va a proporcionar la clave para
solucionar ambos problemas:
“El que es casado se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar
a su mujer; está, pues, dividido. El que no tiene mujer se preocupa de las
cosas del Señor y de cómo agradarlo”12.
Evagrio Póntico (+ 399), al comenzar su obra titulada “Bases de la vida
monástica”, después de citar las palabras de san Pablo que acabamos de transcribir,
agrega lacónicamente: “Así es el monje”13, así es el solitario. Para él, la vocación
a la soledad, como una vocación a la virginidad integral, tiene un único sentido:
la consagración a solo Dios.
Por su parte Pablo VI recuerda en su encíclica sobre el “Celibato
sacerdotal” (n° 43):
“El verdadero y profundo motivo del sagrado celibato es la elección de una
relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la
Iglesia”.
11 “Celibato sacerdotal”, Osservatore Romano ed. castellana del 4 de julio de 1967, n° 579.
12 1 Co 7,32-33.
13 PG 40,1252.
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Y unos años antes, Pío XII se expresaba así:
“Lo que ha podido llamarse la espiritualidad del desierto, esa forma de
espíritu contemplativo que busca a Dios en el silencio y la abnegación,
es un movimiento profundo del espíritu que jamás cesará: no es el miedo,
ni el arrepentimiento, ni la prudencia lo que puebla las soledades de los
monasterios. Es el amor de Dios”14.
incomprensibles si se las vacía de contenido, pero riquísimas de sentido si se las
considera desde su verdadera perspectiva.
La vocación a la soledad, a la “separación del mundo”, se formula no
separación del mundo, en la casi totalidad de los casos no puede ni debe ser
total o absoluta.
haber vivido largo tiempo en la sociedad de los hombres, sino también porque es
siempre necesario un mínimo de contactos a causa de las necesidades ordinarias de
la subsistencia, sin contar las relaciones indispensables de orden espiritual, que de
hecho son bastante numerosas. Las excepciones, pues, a esta necesaria limitación
de la separación, que pueden aparecer en determinadas “Vidas”, hay quizás que
considerarlas o anecdóticas o verdaderamente extraordinarias. El hecho de que la
“separación del mundo” no sea nunca total determina la existencia lícita de una
gama muy amplia de variantes.
La constante en esta variedad hay que descubrirla, más que en la
conservación rígida de alguna observancia, en el dinamismo, en la obstinación
sincera de buscar a Dios en la soledad.
14 PÍO XII, A los participantes del Encuentro Internacional de Estudios sobre el Monacato
Oriental, del 11 de abril de 1958.
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REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, Pablo Saenz, OSB
La “intensidad” de la soledad puede estar condicionada por muchos
sino que dentro de estos últimos puede haber diversidad de vocaciones, de
temperamentos, de aptitudes, de ocupaciones, que no solo excusan sino que exigen
diversos grados de soledad. El mismo Concilio, si bien recuerda a todos los monjes
de los monjes es ofrecer a la Divina Majestad un servicio humilde y noble a la
vez dentro de los claustros del monasterio”15
monástica: una, consagrada íntegramente al culto divino, y otra, que incluye cierta
actividad pastoral16. Además, puede haber variaciones en la “intensidad” de la
soledad a causa de su necesaria adaptación al momento histórico actual, como
lo pide el espíritu del Concilio. La adaptación debe hacer de la soledad un signo
del hombre de hoy, debe ser paciente, debe ser llena de bondad, pero también
debe hacer de la soledad, soledad verdadera. Una adaptación que nunca debiera
ser admitida sería la que acabara prácticamente por destruirla, o por destruir su
sentido profundo, su misterio.
modo de la vida profana, abrazasteis la soledad no sólo exterior sino también la
interior... Sois hombres dedicados al silencio y a la oración”17. De ahí que, para
cualquier monje, sea cual fuere su grado concreto de separación del mundo, las
grandes horas de su vida son precisamente las horas de silencio, de soledad.
Parece innecesario recordar que la adaptación de la “separación del
mundo” implique la revitalización de todo lo que asegure su realidad objetiva,
como lo es la clausura y el silencio. Estos pueden llegar a tener formas de
realización muy diferentes a las actualmente en vigor, pero siempre será necesario
hondo se arraiga en la tradición de la Iglesia. El gran de la
vida monástica, la medida de su rejuvenecimiento, consiste entonces, quizás, más
la búsqueda de formas que permitan al hombre de hoy valorar y redescubrir el
15 Perfectae Caritatis n° 9.
16 Ibid.
17 Osservatore Romano, ed. cast. del 18 de octubre de 1966, n° 727, p. 4.
41
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contenido eclesial profundo de la soledad, su sentido de vocación, de carisma,
de exigencia, de entrega, de signo, de misterio, de gozo; que todo esto encierra la
verdadera soledad. Por eso se podrá siempre decir con toda verdad, parodiando a
Evagrio Póntico:
“Cuando tu soledad sea tu mayor alegría, entonces habrás hallado
verdaderamente la soledad”18.
18 Ver EVAGRIO PÓNTICO (bajo el nombre de san Nilo). Tratado de la oración, cap. 153: PG
79,1200. El texto de Evagrio dice así: “Cuando tu oración sea tu mayor alegría, entonces habrás
hallado verdaderamente la oración”.
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