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Limitaciones del mentalismo como psicología evolucionista.
Article · January 1996
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José Carlos Sánchez González
University of Oviedo
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Sánchez, J. C. (1996). Limitaciones del mentalismo como psicología evolucionista. Revista de Historia
de la Psicología, 17, 3-4, 220-227.
LIMITACIONES DEL MENTALISMO COMO PSICOLOGIA
EVOLUCIONISTA
José Carlos Sánchez
Universidad de Oviedo
RESUMEN
Se revisa la crisis de la Teoría Sintética de la Evolución y se muestra que uno de los principales factores
de tal crisis es la (pretendida) eliminación de toda dimensión psicológica para explicar la adaptación orgánica. Se
muestra la incorporación progresiva y problemática de factores psicológicos en las recientes discusiones biológicas
y se examinan histórica y teóricamente los enfoques psicológicos generales que pudieran considerarse candidatos
para responder a los mencionados problemas del evolucionismo actual. Se muestran las limitaciones del
mentalismo para dar cuenta de los procesos de adaptación. Se justifica que la psicología de orientación
constructivista, surgida a partir del Funcionalismo ante problemas similares a los actuales, constituye la alternativa
más adecuada.
Los biólogos evolucionistas a los psicólogos: "Queridos colegas, últimamente tenemos problemas en biología que
parecen ser competencia vuestra. Quizá necesitamos vuestra ayuda. Decidnos de qué forma la actividad
psicológica construye los nichos ecológicos de las especies, es decir, su medio. Decidnos cómo podemos
entender que, partiendo de la herencia, se establezcan nuevas estrategias de predación, nuevas fuentes de
alimentarias, nuevas rutas de migración, en suma nuevas relaciones intra e interespecíficas que no pueden
estar previstas en la herencia".
Los psicólogos cognitivistas a los biólogos: "No, un momento. Sois vosotros, neodarwinistas, quienes estabais
comprometidos en explicar la actividad a través de la herencia. Lo habeis mantenido desde los años 30.
En vosotros hemos confiado. Hemos tratado de ajustarnos a vuestra biología y hemos hecho de lo innato
la guía esencial de la actividad psicológica. Nos hemos librado del empirismo, del conductismo, y ahora
nuestra noción de mente supone un conjunto de programas innatos que rigen estrictamente el manejo de la
información dada en la experiencia. Si hay alguna clase de adaptación en la ontogenia, es gracias a los
programas innatos, y si hay alguna novedad importante es gracias a variaciones genéticas en tales
programas, que habrán sido seleccionados por el medio. No es esto neodarwinismo riguroso?"
Los biólogos: "Bueno, quizá ya no somos neodarwinistas tan estrictos. Algunos incluso dudan del neodarwinismo.
Dudamos de que los procesos de adaptación estén preprogramados, dudamos de esa idea de que el medio
es el que selecciona. Necesitamos pensar que la actividad psicológica no es un mero subproducto de
estructuras hereditarias, sino que a menudo va por delante de la herencia o hace nuevos usos de la
herencia, estableciendo nuevas presiones selectivas, nuevas relaciones ecológicas, iniciando y acelerando
los procesos de especiación. Ya no podemos explicar la especiación sólo por aislamiento geográfico, ni el
altruismo a través del egoismo del gen, necesitamos conceder más beligerancia a la actividad innovadora
de los organismos en su propia ontogenia. Lo que nos importa ya no es la actividad entendida de un modo
rígido, sino la elaboración de estrategias nuevas. Creemos que la actividad psicológica es el "marcapasos"
de la evolución. Pero, decidnos, no teneis vosotros una teoría psicológica que venga en nuestra ayuda y
corrija los problemas del neodarwinismo?
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He aquí un hipotético diálogo entre cierta clase de biólogos, los más conscientes de las
limitaciones del neodarwinismo, los más "extravagantes" a los ojos de la mayoría de sus colegas
(quizá un signo añadido de su extravagancia es el respeto y la esperanza con que se dirigen a los
psicólogos), y cierta clase de psicólogos, los que ofrecen una psicología centrada en la idea de
programa innato, ya sea en su versión genérica de un programa que guía el aprendizaje
especificando la clase de contenidos a aprender y los usos a realizar con tales contenidos (por
ejemplo: Bolles, 1988), ya sea en la generalizada versión computacional de nuestros días. Lo
que hemos puesto en boca de nuestros biólogos "extravagantes" es una pequeña selección de las
anomalías del neodarwismo que desde hace quince o veinte años se han venido acumulando y
han generado una conciencia cada vez más clara de que los fundamentos de la biología
contemporánea están en crisis (Ho y Saunders, 1984; Eldredge, 1985; Wesson, 1991). Y lo que
nos importa ahora es que en el núcleo de esta crisis está la la psicología en un doble sentido: en
cuanto a las enormes dificultades neodarwinistas para dar cuenta de la actividad psicológica,
empezando por la percepción (Maynard-Smith, 1987); y en cuanto a la creciente necesidad
neodarwinista de dar un papel central a la actividad psicológica para resolver problemas de
evolución (Waddington, 1953; Plotkin, 1988; Olding-Smee, 1988; Wesson, 1991).
Nosotros vamos a analizar brevemente dichos problemas del neodarwinismo estándar y
sus exigencias para la psicología (véase Sánchez, 1994); vamos a tratar de mostrar que la
psicología centrada en la idea de "programa" y en particular la orientación mentalista y
computacional no puede cubrir esas exigencias porque asume prejuicios similares a los del
neodarwinismo estándar. Así que, en suma, defenderemos que la psicología mentalista no puede
presentarse como disciplina "naturalista" en la medida en que es inconsistente con el estado
actual de la teoría de la evolución. Este argumento se comprende mejor a la luz de la historia de
la psicología y responde a la posición general que venimos desarrollando hace tiempo, a saber,
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que las psicologías de la conducta y de la mente pertenecen a una vía de resolución inadecuada,
dualista, del funcionalismo, una vía que no logró articular adecuadamente las relaciones entre
psicología y evolución. Argumentamos, como siempre, desde la otra vía que surgió del
funcionalismo, la de orientación constructivista, en la que la psicología se reconstruyó en
términos de psicología genética y la relación entre biología y psicología se reformuló, sin
lamarckismo, a través de la Teoría de la Selección Orgánica (Fernández, 1988; Fernández y
Sánchez, 1990; Fernández, Loy y Sánchez, 1992).
Los problemas actuales del Neodarwinismo y el papel de la psicología.
Aunque en una situación de crisis y de intensa discusión teórica no es fácil presumir de
una visión exhaustiva, quizá podríamos resumir diciendo que al menos tres de los principales
problemas al neodarwinismo estándar son los siguientes. En primer lugar la discusión sobre la
forma o pauta general de la macroevolución. Los resultados de la paleontología muestran cada
vez más objeciones al clásico gradualismo, según el cual la evolución se presenta como un
proceso gradual y continuo de transformaciones de la forma orgánica gracias a variaciones y
selección, y defiende la teoría del equilibrio puntuado, que asume periodos de relativa calma
evolutiva interrumpidos por intensos períodos de especiación (Gould, 1989). En segundo lugar
aparecen objeciones a los postulados básicos de la genética molecular neodarwinista, y muchos
autores están defendiendo la posibilidad de contar de nuevo con mecanismos lamarckistas,
más o menos generales, en virtud de los cuales variaciones somáticas seleccionadas en la
ontogenia de un individuo podrían de algún modo ser asimiladas por su material hereditario y
pasar directamente a la descendencia, garantizando así una explicación más rápida de la
reorganización adaptativa del genoma (Temin, 1976; Steele, 1979; Pollard, 1984; Jablonka y
Lamb, 1995). Y en tercer lugar tenemos todo un conjunto de problemas directamente
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relacionados con el papel que la actividad psicológica ha de tener en la evolución y con la clase
de teoría psicológica que habría que desarrollar. Vamos a destacar en este tercer bloque los
problemas relativos a la especiación, al altruismo, a la definición de nicho ecológico y medio y
a la definición de adaptación y eficacia. Todos ellos están relacionados directa o
indirectamente, pero quizá los más generales y esenciales sean los relativos a la adaptación y la
especiación, pues la adaptación es la categoría central de toda la psicología -más aún de una
psicología que pretenda ser evolucionista-, y la especiación nos remite al núcleo de la idea de la
evolución, esto es, al "origen de las especies".
Frente a los intentos clásicos de teorizar el altruismo como "egoismo del gen" entre
individuos que comparten una alta proporción de genes, al menos en muchos órdenes de
vertebrados el altruismo ha sido conceptuado en términos de relación psicológica, que supone el
reconocimiento entre individuos no directamente emparentados, la memoria, las expectativas de
reciprocidad, etc (Trivers, 1978).
En ecología, la definición de nicho ecológico ha avanzado hacia una integración de
distintas dimensiones, fisicas y biológicas, pero también comportamentales. El nicho no puede
ser concebido, en lo esencial, como un mero escenario físico, sino como espacio de relaciones
inter e intraespecíficas sostenidas por los individuos de la especie en cuestión. Es el sistema de
explotación de su entorno físico, es la "profesión" más que el "paisaje". Esta concepción del
nicho afecta directamente al concepto clásico de "medio", simplemente porque no se puede
hacer una reducción fisicalista del medio, ya no puede conceptuarse como un conjunto de
valores físicoquímicos, climáticos, etc., ya que el medio de una especie, su nicho, no es una
entidad física preexistente sino que está siendo elaborado a través de la actividad de los
individuos y los grupos. Las críticas al adaptacionismo vienen en apoyo de esta idea. La
noción clásica de la adaptación como "ocupación" de nichos, "persecución" del ambiente,
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"adecuación" o "plegamiento" al ambiente es una simplificacón, precisamente porque los nichos
o los medios no preexisten, se construyen. No está predeterminado el sistema de explotación que
una especie habrá de desarrollar (Gould y Lewontin, 1979).
Este enjambre de nuevas ideas tiene un alcance insospechado: ya no es posible fiar la
evolución a un "medio-que-selecciona", como en el neodarwinismo estándar, ni la organización
de la actividad a un "medio-que-controla", como en el skinnerianismo. El medio o el nicho
existen a través de la actividad, no preexisten como selectores absolutos dotados de criterios
unívocos de selección. A la misma idea está llegando el neodarwinismo por otra vía que en
principio parecería independiente: el problema de la especiación. Aquí la cuestión es ésta: la
evolución no presenta un ritmo de especiación continuo a lo largo del tiempo, sino
crecientemente acelerado -salvando las "arritmias" que sostiene la teoría del equilibrio puntuado-
. Más concretamente, suponiendo un ritmo constante de variación al azar y selección por el
medio, y suponiendo como mecanismo básico de especiación el aislamiento geográfico no se
comprende bien la inmensa y velocísima radiación de formas orgánicas, de especies, que ha
tenido lugar en aves y mamíferos. Es Mayr, uno de los pilares del neodarwinismo, quien asume
que "a menudo o quizá siempre, la conducta es el marcapasos de la evolución"; que la selección
de un nuevo hábitat o fuente alimentaria desencadena nuevas presiones selectivas y conduce a
cambios adaptativos, y que acontecimientos esenciales en la historia de la vida, como la
conquista del medio terrestre o aéreo comenzaron a partir de cambios en el comportamiento
(Mayr, 1979). En suma, no sólo tenemos una crítica al concepto clásico de medio y la intuición
de que el medio es una construccion, es decir, no sólo tenemos imponiéndose en el propio
neodarwinismo la idea de construcción del nicho o del medio; tenemos, además, la necesidad
neodarwinista de que las reconstrucciones psicológicas del medio, las innovaciones
comportamentales, han de ser punta de lanza o motor de especiación, es decir, tenemos la idea
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de que la construcción del medio es factor central de la evolución. La biología actual, aún a
falta de una psicología completa y consistente que venga en su apoyo, tiende a conferir -casi
díríamos intuitivamente- al organismo, a la ontogenia y a los procesos psicológicos de
acomodación, un papel del que habían carecido en la formulación ortodoxa del neodarwinismo.
Un papel esencial en la con-formación de las especies y en la realización de la adaptación. Pero
tal intuición entra en conflicto con las posiciones más clásicas del neodarwinismo, que nació con
la pretensión de eliminar todo factor psicológico de la evolución, al menos en lo que se refiere al
mundo orgánico no humano. El tándem "variación herenditaria-medio selector" se derrumba
como lógica suficiente de explicación evolucionista. Ahora necesitamos explicar cómo se
construyen en la ontogeia las innovaciones funcionales, decisivas en la adaptación, en la
definición del medio o del nicho, y en la especiación, y que no pueden estar "programadas" o
contempladas en la herencia -aunque, por supuesto, se apoyen en ella o hagan uso de ella. El
"programa" nunca puede ser prioritario a la propia construcción funcional, contextual, de la
realidad del medio, porque de otro modo se está suponiendo al programa la anticipación de la
realidad, y esto es teología. Las decisiones, elecciones, valoraciones, etc., son realizadas,
necesariamente, en la ontogenia. Las tendencias innatistas con que el neodarwinismo estándar ha
tratado de conceptuar la actividad psicológica, reduciéndola a fenotipo y redefiniendo la teoría
de la Selección Natural de Darwin en términos estrictamente mecanicistas, son ahora el muro
principal para alcanzar la nueva visión -"constructiva"- de la actividad que el propio
neodarwinismo parece necesitar. He aquí las ventajas de una visión histórica: esa visión
"constructiva" no es tan nueva ni tan insospechada; está realizada en muchos aspectos en la
psicobiología genética constructivista que surgió del funcionalismo, en conflicto con el
conductismo y/o el mentalismo, para responder justamente a esta clase de problemas (Baldwin,
1902; Piaget, 1986); que ofreció la Teoría de la Selección Orgánica como respuesta concreta al
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papel de la psicología -redefinida en términos de psicología genética, sin la cual la Selección
Orgánica es inconsistente- en la evolución, sobre la que los biólogos, incluso neodarwinistas,
han vuelto una y otra vez (Huxley, 1942; Simpson, 1953; Waddington, 1953) y que, en lo
esencial, ya contenía las ideas que los neodarwinistas están redescubriendo y que hemos
expuesto hasta aquí.
Las justificaciones evolucionistas del mentalismo y sus deficiencias.
Hay una serie de coincidencias de fondo, muy conocidas, entre las psicologías centradas
en la idea de "programa" y las posiciones no ya de nuestros biólogos "extravagantes" sino del
neodarwinismo estándar. Son estas coincidencias las que han permitido que los propios
psicólogos computacionales trataran de justificar en términos evolucionistas el carácter
biológico-natural y la verosimilutud de su teoría de la mente.
Los psicólogos han abandonado la acepción extrema del "instinto", es decir, la
programación lineal, rígida, de pautas de acción en respuesta a ciertos estímulos. También el
neodarwinismo estándar parece haberlo abandonado, incluso para pensar el comportamiento
animal, debido en parte a la presión de la propia etología, y exceptuando las pretensiones
extremas de la Sociobiología. Sin embargo, tanto en el grueso de la biología como en las
psicologías centradas en la noción de "programa" -de aprendizaje o de cómputo- se mantiene la
prioridad de lo innato y el aprendizaje se concibe como un "relleno" contextual del programa,
pedido por el programa, dirigido por el programa. La ontogenia es así la ejecución concreta,
contextual, del plan estructural básico dado innatamente, como un rasgo. El programa dispone
internamente de los principios esenciales para la toma de decisiones. Los humildes y eventuales
"subprogramas" nacidos contextualmente, es decir, los hábitos y propósitos dirigidos hacia unos
u otros objetos, según la ontogenia de cada individuo, son en todo caso gobernados o tutorizados
por el programa innato. En suma, para estas opciones la adaptación sin duda cuenta con la
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experiencia, pero sus principios no están en la experiencia sino en el programa que la gobierna.
Si la actividad ontogenética es adaptativa lo es en virtud del programa innato, ya diseñado y
ajustado; en ella no se construyen "programas" decisivos, más bien se ejecutan los ya dados.
La adecuación de tales programas a las condiciones ambiente se supone ya garantizada
"por la selección natural", en donde las variaciones en los programas habrán sido seleccionadas
por "el medio". En el caso del mentalismo computacional se puede especificar aún mas: el
programa es una guía para elaborar una "representación" de la realidad gracias a la cual, es de
suponer, se regula la emisión de respuestas. La adecuación de tales programas a la realidad, de
nuevo, ha de ser garantizada por un pasado evolucionista que ha seleccionado los procesos de
transducción y cómputo adecuados, el "lenguaje del pensamiento" capaz de simbolizar y
computar la información sobre las cosas tal como las cosas son. Si esta garantía de adecuación o
correspondencia no se pide de antemano el mentalismo está inmeditamente condenado al
solipsismo y sus pretensiones como teoría del conocimiento se desvanecen. Pero exigir esta
garantía de correspondencia es exigir el privilegio del doble acceso, es decir, la posibilidad de
contrastar la realidad tal cual es con el modo en que nos la representamos. Y esto,
evidentemente, aun para un mentalista, es imposible, pues si defendemos la mente como un
sistema de representación "interior", habría que asumir que sólo conocemos la realidad tal cual
nos la representamos.
El rasgo que comparten ambas posiciones es que, aun alejándose del "instinto", la
concepción innatista y la idea de "programa" permiten aún concebir el comportamiento como
fenotipo, como una "expresión" contextual del genotipo. El neodarwinismo nació precisamente
ignorando o rechazando abiertamente toda dimensión psicológica en la evolución y ofreciendo
una lectura mecanicista de la selección natural, esa versión que reduce evolución a variación
genética y selección por parte del medio, como si en esta selección nada hubiese de psicología
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(cada vez estamos en mejores condiciones para asegurar que tal opción no era tanto "neo" como
"anti" darwinista; véase por ejemplo: Richards, 1987). Su crisis, ahora, como venimos diciendo,
le obliga a reincorporar la psicología, pero no la psicología que comparte el mismo innatismo
que se trataría de superar.
El problema de la propia evolución de los programas es otra de las limitaciones del
mentalismo para cuadrar con la teoría de la evolución. Es bien conocido (por ejemplo, Sihna,
1984; Rivière, 1993; 1995). Sólo pretendemos perfilarlo a la luz de los requisitos que antes
hemos expuesto. En general el mentalismo computacional ha tratado de mostrar su consistencia
con el neodarwinismo manteniendo que la mente modular es producto de variaciones
seleccionadas. Pero aquí las objeciones surgen del propio debate interno del cognitivismo.
Rivière ha reconocido frente a De Vega y Cosmides, que la evolución y el concepto
computacional de mente, como especificación de la máquina de Turing, son incompatibles. No
es fácil imaginar cómo podría haber evolucionado en diversos pasos, por medio de variaciones
continuas, un sistema de cómputo donde cualquier variación al azar sería con toda probabilidad
catastrófica (Dennett sí sostiene la posibilidad de construcción evolucionista de un "autómata",
pero argumenta desde la idea de selección natural del neodarwinismo estándar: Dennett, 1995).
El sistema tiene mínimas posibilidades endógenas de complicación y desarrollo. El propio
modelo en que se apoya la metáfora mentalista, el ordenador digital, es incompatible con
cualquier idea de evolución intrínseca. Y es que, como mantiene Rivière, si la mente es como
una máquina de Turing ha de ser o bien un objeto estático, o bien externamente evolucionado
gracias a una inteligencia superior. En ambos casos se niega el evolucionismo. Y esta es una
curiosa paradoja, pues el carácter innatista del mentalismo resulta incompatible con la propia
noción de herencia que hemos de manejar obligadamente hoy, una herencia que, teniendo sin
duda una organización, es sin embargo y necesariamente susceptible de variaciones no
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catastróficas. No es pues un innatismo que se pueda fundamentar biológicamente, y esta es la
razón por la que en el límite el mentalismo computacional apunta a la discontinuidad y al
creacionismo, como advierte Sihna. Lo que los propios biólogos están pidiendo a la psicología
no es que niegue el carácter aleatorio de las variaciones genéticas -dejando de lado aquí los
pretendidos efectos lamarckistas que hoy se aducen-, sino que lo complete con una teoría de la
construccion del nicho o de la adaptación que se convierta en modulador o en criterio selector de
dichas variaciones. El argumento computacional es doblemente ineficiente: ni cuadra con el
concepto biológico de lo innato ni permite comprender la génesis genuina de nuevas estrategias,
necesaria para dar cuenta de los procesos de adaptación y especiación.
Queda la cuestión del conexionismo, a menudo presentada como salvación y como
única alternativa. Pero los modelos conexionistas que han funcionado lo han hecho siendo
"tutorizados", es decir, suponiendo un "medio" que ha seleccionado para ellos los output
"buenos" y los "malos". Esta selección recuerda demasiado al concepto Skinneriano de "medio",
medio-que-controla. Pero ya hemos visto que lo que necesita la biología de la psicología no es
reincidir en la vieja idea de medio sino mostrar cómo es que los organismos construyen su
propio medio, su propio espacio de relaciones. Los modelos conexionistas, pues, con
independencia del indudable interés que poseen, tienen sin resolver la verdadera tarea si es que
quieren ser modelos evolucionistas, deberían poder presentarse como sistemas no tutorizados,
sistemas capaces de organización funcional ontogenética -que es lo que los organismos somos
desde una perspectiva constructivista-, una organización funcional que ya no puede estar
garantizada por el "programa" ni por el medio, pues si hacemos caso a los biólogos, carecemos
de un medio "tutor".
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