El duelo y sus implicaciones
La muerte de una persona querida supone una experiencia profundamente dolorosa vivida por
la mayoría de las personas. Concretamente, casi el 5% de la población sufren anualmente la
pérdida de un ser querido muy cercano. Sin embargo, la mayor parte de las personas (del 50%
al 85%) son capaces de superar adecuadamente esta situación, salvo cuando se trata de la
muerte de un hijo (Bonanno y Kaltman, 2001; Pérez Cuesta y Nicuesa, 1999). Sólo en un 10%
de los casos el duelo persiste más allá de 18 meses y se cronifica.
El duelo supone, en general, una reacción adaptativa ante la muerte de un ser querido, que
obliga al sujeto afectado a plantearse su propia muerte y a rehacer su vida desde una
perspectiva distinta (Pérez Cuesta y Nicuesa, 1999). Hay muchas diferencias de unas personas
a otras en la forma de sufrir y de recuperarse del trauma y del duelo. Hay quienes están
afectadas profundamente durante años y sólo con dificultad consiguen llevar un tipo de vida
normal, pero muy limitado. Otras sufren intensamente, pero durante un período corto de
tiempo. Y, por último, hay quienes superan lo acontecido casi de inmediato y reanudan su vida
en condiciones de normalidad (Bonanno y Kaltman, 2001).
Si bien no existe una receta infalible sobre la manera de afrontar la experiencia amarga de la
pérdida de un ser querido, sí hay ciertas directrices que pueden facilitar este trance:
1. Respetar el duelo individual. Cada persona necesita su propio tiempo y va a
sobrellevar el duelo a su manera, de una forma que no es necesariamente
intercambiable con la de otras personas (Echeburúa y Herrán, 2007).
2. Buscar un punto de apoyo. El paso del tiempo, la expresión de las emociones sentidas,
el apoyo social y familiar, la reanudación de la vida cotidiana y la implicación en
actividades gratificantes pueden contribuir a superar el malestar emocional
(Echeburúa y Herrán, 2007).
Hay algunos casos, sin embargo, en que por diversas circunstancias personales (una
personalidad vulnerable, la acumulación de pérdidas anteriores, etcétera), situacionales (el
fallecimiento de un hijo, mucho más si es violento) o sociales (la falta de apoyo requerida) el
malestar emocional por la muerte de un ser querido se convierte en un duelo patológico que
interfiere negativamente en la vida de la persona. Es en estos casos cuando se requiere una
intervención profesional psicológica y/o médica (Echeburúa, 2004).
Un reto de futuro es detectar de forma temprana a las personas realmente necesitadas de
tratamiento, establecer programas eficaces protocolizados de intervención para personas
afectadas por un duelo patológico e integrar los recursos terapéuticos existentes (Centros de
Salud Mental, Grupos de Autoayuda, asistencia privada, etc.). Otro reto de interés es abordar
el problema del duelo de forma diferenciada según las peculiaridades del ciclo evolutivo
(infancia, tercera edad, etcétera). Queda asimismo por conocer el perfil diferencial de las
personas que pueden beneficiarse de los grupos de autoayuda.
¿Cuál es el significado profundo de la superación del duelo? Recuperarse significa ser capaz
de haber integrado la experiencia en la vida cotidiana y de haber transformado las vivencias
pasadas en recuerdos, sin que éstos sobrepasen la capacidad de control de la persona ni
interfieran negativamente en su vida futura. Y recuperarse significa, sobre todo, volver a tener
la conciencia de que se ocupa de nuevo el asiento del conductor de la vida (Herbert y
Wetmore, 1999).
En ese sentido, es fundamental que la persona reciba un acompañamiento continuo con el que
el afrontamiento de la pérdida transcurra sin afectar su funcionalidad. Los objetivos del
acompañamiento psicológico durante el duelo son, principalmente:
Reducir la intensidad del duelo, es decir, del sufrimiento asociado a la pérdida.
Facilitar y promover la capacidad de disfrutar de los buenos recuerdos del fallecido.
Promover la recuperación y/o instauración de las relaciones con los otros.
Promover la reincorporación a la vida diaria.
Afrontamiento del duelo
Para Worden, el duelo no se trata únicamente de un estado en el que se sumerge una persona
tras la pérdida, sino que implica un proceso activo. Se trata de un tiempo en el que la persona
ha de realizar diferentes tareas a través de las cuales poder ir elaborando la pérdida. Para este
autor pues, existen cuatro tareas básicas que la persona en duelo ha de realizar tras la pérdida.
Estas tareas, al igual que las etapas propuestas por Parkes, no necesariamente siguen un orden
específico, aunque sí es cierto que se sugiere un cierto orden ya que hay determinada tareas
que resulta difícil incluso plantearlas si antes no se han llevado a cabo otras más elementales.
Las cuatro tareas propuestas son:
1. Aceptar la realidad de la pérdida. Esta primera tarea es básica para poder seguir
haciendo el trabajo del duelo. Aunque parezca algo evidente, incluso si la muerte es
esperada, como sucede en los casos de enfermedad terminal, en los primeros
momentos casi siempre existe la sensación de que no es verdad, una sensación de
incredulidad que generalmente se resuelve en poco tiempo.
2. Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida. Hace referencia tanto al dolor
emocional como al dolor físico que muchas personas sienten tras una pérdida
significativa. Es importante reconocer los sentimientos que ésta despierta y no
intentar evitarlos, sentir el dolor plenamente y saber que algún día pasará.
3. Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente. La realización de esta tarea
implica cosas muy diferentes en función del rol del fallecido y del doliente y de la
relación que existiese entre ambos, pues no es lo mismo el que el fallecido sea el
padre, la pareja o un hijo.
4. Recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo. Básicamente se trata de
poder continuar la vida de un modo satisfactorio, sin que el dolor por la pérdida
impida la vivencia plena de sentimientos positivos respecto a los otros.
Por su parte, Neimeyer considera también el duelo como un proceso activo y aunque su
planteamiento es muy similar al de Worden reformula las “tareas” de éste como “desafíos”,
añadiendo algunos elementos que lo diferencian del anterior. Estos desafíos que la persona ha
de superar, los superará de forma diferente en función de los recursos de que disponga y de la
naturaleza de la pérdida. Según Neimeyer, estos desafíos no se superan en un orden
determinado ni se resuelven todos totalmente para el resto de la vida.
Los desafíos a los que ha de enfrentarse el deudo serían:
1. Reconocer la realidad de la pérdida. Además de lo comentado anteriormente al
hablar de las tareas propuestas por Worden, Neimeyer añade una segunda dimensión
ya que considera que la pérdida se sufre no sólo como individuos sino también como
miembros de sistemas familiares, de forma que habría que reconocer y hablar de la
pérdida con todos los afectados incluyendo niños, personas enfermas o mayores en un
equivocado intento de “protegerlos”.
2. Abrirse al dolor. Hace referencia también, al igual que Worden, a la necesidad de
reconocer y darse tiempo para sentir el dolor y la pena por la muerte; sin embargo,
añade también un nuevo matiz ya que Neimeyer se hace eco de las nuevas teorías
acerca del duelo que hablan de la necesidad de alternar entre la atención a los
sentimientos y la atención a tareas más prácticas.
3. Revisar nuestro mundo de significados. Tras una pérdida importante es probable que
no sólo cambie nuestra vida a un nivel práctico, sino que este hecho nos haga
replantearnos todo nuestro sistema de creencias y valores que había sustentado hasta
el momento nuestra vida.
4. Reconstruir la relación con lo que se ha perdido. Para el autor la muerte no acaba con
las relaciones, sino que las transforma, de manera que hay que reconvertir la relación,
la cual pasa a estar basada en una conexión simbólica en lugar de en la presencia
física.
5. Reinventarnos a nosotros mismos. Tras una muerte importante podemos
recuperarnos y llevar una vida totalmente satisfactoria, pero es seguro que no
volvemos a ser igual que antes, es pues una ardua labor el encontrar una nueva
identidad que encaje con el nuevo rol. Este último desafío está ligado a la concepción
de la identidad como algo no únicamente personal sino también social.
Con independencia de cómo se considere, el proceso de duelo debería permitirnos, tanto en
los casos de pérdida imprevista como en los que puede anticiparse, adaptarnos gradualmente
a la nueva realidad hasta el momento en que podamos aceptarla e integrarla en una nueva
identidad. Y este proceso puede ser largo, complejo y difícil “.
Respecto a cuándo se considera que el duelo ha terminado, al igual que hacía referencia
Parkes, no existe un momento determinado que implique la finalización del mismo, ni puede
hablarse tampoco en términos de tiempo, ya que en su elaboración intervienen múltiples
factores que harán que las tareas se puedan realizar en mayor o menor tiempo, o bien que
alguna o algunas de las tareas no puedan realizarse de un modo satisfactorio.
Un punto importante a tener en cuenta es que hay que dar y darse tiempo para recuperarse
de una pérdida. En muchas, demasiadas ocasiones a la persona en duelo se le transmite la idea
de que “tiene” que estar bien, que ha de estar ya recuperada de la pérdida, en un periodo
relativamente breve de tiempo. Generalmente eso ocurre porque los demás no saben cómo
relacionarse con quien no está bien. Hay que tener muy presente pues que normalmente, el
proceso de recuperación es largo y con altibajos, tanto a nivel sentimental como de
funcionamiento y va a depender de múltiples factores (relación con el fallecido, edad del
fallecido y del doliente).
Aunque el dolor que conlleva la muerte de un ser querido es inevitable, un psicólogo puede
aligerar la carga del sufrimiento y guiar a la persona en la elaboración del duelo, previniendo o
resolviendo un duelo patológico o complicado. En ese sentido, la terapia psicológica para el
tratamiento del duelo nos ayuda a manejar la ansiedad, la culpa, la rabia o la tristeza que
sobrevienen tras la muerte de un ser querido.
Aunque en general una muerte significativa es un momento clave para recibir ayuda
psicológica, hay ocasiones en las que es especialmente importante acudir a un psicólogo
especialista en duelo que desde el acompañamiento y la comprensión nos ayude a avanzar y
superar el duelo.