Entre gobiernos civiles y militares, la dinámica sindical
Por Mónica Gordillo
El punto de partida de los textos compilados es septiembre de 1953. Para entonces
transcurría el segundo gobierno de Perón y la puesta en marcha del conocido como
“Segundo Plan Quinquenal”, lanzado en 1952, con el que se pretendía enfrentar la crisis
que atravesaba la economía nacional. Este plan, además de significar un cambio de rumbo
que implicaba la radicación de capitales extranjeros para desarrollar sectores de punta,
recurrió a la conciliación entre empresarios y sindicatos con el objeto de neutralizar la puja
distributiva y frenar los efectos inflacionarios. Así, la práctica de negociaciones colectivas,
sostenida desde la asunción de Perón a la presidencia en 1946, fue por primera vez
suspendida por dos años. Mientras tanto, en septiembre de 1953, se promulgó la ley 14.250
sobre convenios colectivos que, conjuntamente con la ley de asociaciones profesionales
dictada durante la primera presidencia, cristalizaron el modelo de estructura sindical
centralizada que reguló las relaciones laborales hasta fines de siglo: sindicato único por
rama industrial organizado verticalmente y una sola central de tercer grado que reuniera a
todos los sindicatos. La ley 14.250 intentó definir un marco legal que ratificara la
intervención del Estado, siguiendo ese modelo y el control de la negociación salarial a nivel
de cúpulas - sindical y empresaria- para disciplinar los movimientos de base que habían
crecido en los años previos, a partir de la labor de las comisiones internas de fábrica.
En abril de 1954 se realizaron elecciones legislativas. La crisis económica había
comenzado para entonces a revertirse pero el atraso salarial era muy notorio. Ante esa
coyuntura y las medidas de fuerza adoptadas por los trabajadores, el gobierno decidió
restablecer la negociación de convenios según lo pautado por la nueva ley. Hacia fines de
mayo la mayoría de los sindicatos había firmado acuerdos por aumentos salariales que
rondaban entre el 15% y el 18%. Sin embargo, para fin de año, el gobierno se hizo eco de
la demanda de los empresarios que se quejaban del aumento en sus costos laborales e
intentó generar un escenario de concertación entre la Confederación General del Trabajo
(CGT) y la Confederación General Económica (CGE) para discutir problemas de
productividad; esto llevó a la reunión del Congreso Nacional de la Productividad que
deliberó hasta abril de 1955, sin que se lograran acuerdos dado que las organizaciones
sindicales se negaron a ceder derechos anteriormente obtenidos.
Para entonces la oposición al gobierno iba en aumento, motorizada
fundamentalmente por la Iglesia, que encontró en algunos sectores de las Fuerzas Armadas
a los encargados de ejecutar el golpe militar, conocido como “Revolución Libertadora”, que
el 16 de septiembre de 1955 depuso a Perón, obligándolo a partir al exilio, proscribió el
peronismo e intervino los sindicatos y la CGT. Sin embargo, el golpe de 1955 había sido
hecho en nombre de la democracia, contra la demagogia y el autoritarismo, y con el amplio
apoyo de los partidos políticos que se encontraban en la oposición, así como de la mayor
parte de los sectores intelectuales de izquierda. De allí que no tenía como objetivo sostener
un gobierno militar sino, más bien, “tutelar” los gobiernos civiles para evitar desbordes
populistas y conducirlos hacia la “verdadera” democracia. Pero a poco de andar
comenzaron a producirse divisiones en torno a qué hacer con la cuestión peronista dentro
del heterogéneo bloque que había apoyado el golpe. Arturo Frondizi, de la Unión Cívica
Radical (UCR), fue uno de los primeros en mostrar una posición de apertura, dispuesto a
acordar una salida electoral con la participación del peronismo. Esto llevó a la división de
la UCR en dos sectores, la línea histórica, autodenominada UCR del Pueblo (UCRP), y la
de Frondizi, que pasó a llamarse UCR Intransigente (UCRI).
¿Cuál fue la situación en Córdoba tras el golpe militar? En la ciudad existían
sindicatos con una composición pluralista, como era el caso del sindicato de Luz y Fuerza,
donde un núcleo de activistas no peronistas habían elegido a Agustín Tosco como miembro
del consejo directivo en 1953 y asesor gremial en la Federación Argentina de Trabajadores
de Luz y Fuerza (FATLYF). En diciembre de 1956 fue electo como secretario general del
sindicato de Córdoba. Situaciones similares existían en otros sindicatos locales, como el de
los trabajadores gráficos y el de los ferroviarios. Los trabajadores de la industria automotriz
recién se organizaron hacia 1956, conformando el Sindicato de Mecánicos y Afines del
Transporte Automotor (SMATA) que reunió al personal de Industria Kaiser Argentina
(IKA) y de las plantas subsidiarias; en 1958 el dirigente peronista Elpidio Torres fue
elegido como su secretario. El personal de Fiat, la otra planta automotriz radicada en
Córdoba, fue encuadrado en la UOM ante la presión empresaria por evitar la consolidación
de un sindicato fuerte. En 1960 se constituyeron sindicatos de planta en todas las fábricas
de Fiat, en Concord Sindicato de Trabajadores de Concord, o SITRAC, en Materfer
Sindicato de Trabajadores de Materfer o SITRAM y en Grandes Motores Diesel Sindicato
de Trabajadores de Grandes Motores Diesel o SITRAGMD, si bien la personería gremial
fue recién otorgada en 1964 durante el gobierno radical de Arturo Illia. A diferencia de lo
ocurrido a nivel nacional, donde en 1957 la CGT no pudo normalizarse por el retiro de los
que se autodenominaron como “32 gremios democráticos” del congreso convocado por el
gobierno, lo que llevó –a su vez- a la conformación de las “62 organizaciones peronistas”,
en Córdoba sí lo hizo para esa época. El 1° de julio de 1957 Atilio López, Secretario
General de la Unión del Transporte Automotor (UTA), fue elegido Secretario General de la
Regional. En la primera época fue el sector peronista conocido como "ortodoxo", para
distinguirse del que luego sería llamado "legalista", más dispuesto a la negociación, el que
predominó en la central, sin embargo otros sindicatos no peronistas compartían también
este espacio. La delegación Córdoba convocó a un Plenario Nacional de Delegaciones
Regionales de CGT y de las "62 organizaciones peronistas", que se realizó en la localidad
de La Falda, provincia de Córdoba, en octubre de 1957. Allí se aprobó un programa de
lucha – con la participación y acuerdo de sindicatos no peronistas- que constituía un
verdadero plan de gobierno, conocido como el "Programa de La Falda", dividido en tres
grandes partes: "Para la independencia económica", " Para la Justicia Social" y" Para la
Soberanía Política". El sector de gremios no peronistas, que quería mantener autonomía
frente a los partidos sin que significara asumir posiciones anti-peronistas, conformó el
nucleamiento de los autodenominados “independientes” que reunía, entre otros, al
Sindicato de Luz y Fuerza y a la Unión Obrera Gráfica.
Como dijimos, el proyecto de la “Libertadora” no era permanecer en el gobierno
sino que se planteaba como uno de transición, por eso en 1958 convocó a elecciones.
Frondizi obtuvo la presidencia con el apoyo del voto peronista, tras haber pactado con
Perón el levantamiento de la proscripción y la restitución de la legislación sindical que
había sido derogada por el gobierno militar. De esta forma, tras su triunfo, las convenciones
colectivas fueron restablecidas y se dictó una nueva ley de Asociaciones Profesionales, la
14.455, que reeditó la estructura sindical vigente en los años de gobierno peronista. Así, a
partir de 1959 se abrió el proceso de normalización sindical y de restablecimiento de las
negociaciones colectivas, donde la mayoría de los sindicatos renovaron sus convenios,
incorporando cláusulas ventajosas para sus trabajadores, como fue el caso del sindicato de
Luz y Fuerza de Córdoba en 1960.
Sin embargo, la destitución de Perón, la proscripción del peronismo y de sus
símbolos identitarios no cumplieron su objetivo “desperonizador” sino que, por el
contrario, dieron lugar al surgimiento de lo que se conoció como la “resistencia” peronista,
caracterizada por acciones individuales y colectivas –bajo diferentes formatos- tendientes a
obstruir y desestabilizar la acción del régimen, con el objeto de crear las condiciones para el
retorno de Perón. Se fue así nutriendo un discurso y prácticas de intransigencia que dieron
contenido a propuestas de liberación nacional y que definieron la situación existente como
una de “ocupación”. La salida negociada con Frondizi atenuó circunstancialmente esas
acciones, sin embargo la tutela o control ideológico de los militares sobre el gobierno de
Frondizi fue en aumento, en especial a partir de la revolución cubana en 1959 y de las
posibles conexiones que comenzaron a señalarse con algunos referentes del peronismo,
como era el caso de Cooke –primer delegado de Perón luego de su exilio- que planteaba la
necesidad de profundizar el contenido revolucionario del peronismo y que había tenido
participación en enero de 1959 en la huelga del Frigorífico nacional Lisandro de la Torre,
oponiéndose a su privatización. De este modo el año 1960 se inició con una serie de
medidas que reforzaron la intervención de las Fuerzas Armadas, con el argumento de
mantener el orden amenazado por una serie de actos “terroristas” que se dieron en varias
provincias, adjudicadas a “fuerzas regresivas: peronistas, nacionalistas y comunistas”1,
como fue el caso del atentado a una estación de servicio Shell en Córdoba, en marzo, que
ocasionó trece muertos. Esa acción fue adjudicada a la Central de Operaciones de
Resistencia (COR) con el objeto de generar un clima de insurrección generalizado en todo
el país tendiente a restablecer el gobierno justicialista. La respuesta del gobierno fue la
implementación del plan “CONINTES” (Conmoción Interna del Estado), que puso a
disposición de tribunales militares a los acusados de subversión y que llevó al gobernador
de Córdoba, Arturo Zanichelli (UCRI), a presentar su renuncia ante la legislatura tras el
decreto del PEN que ordenó la movilización del personal de establecimientos carcelarios,
dependiente del Ministerio de Gobierno, sin el previo consentimiento del gobierno
provincial, acusando a éste de complicidad con la supuesta insurrección.2 Su renuncia fue
rechazada pero, a fines de mayo, renunció el Ministro de Gobierno, Hugo Vaca Narvaja,
señalando que debía derogarse el Plan CONINTES. El 11 de junio fue aprobada la
intervención a la provincia y designado como interventor Juan Francisco de Larrechea. Esta
fue repudiada por la UCRP que la adjudicó a las transacciones del partido gobernante con
“los factores militares que impulsaron la medida”.3 Por su parte, el mismo día de conocida
la decisión, el sindicato de Luz y Fuerza dio a conocer un comunicado oponiéndose a ella,
destacando que no lo hacía en defensa del gobierno sino contra el “escamoteo de la
voluntad popular”4, solicitando también que los cuatro trabajadores del gremio detenidos y
otros de distintas entidades fueran sometidos a la justicia ordinaria.
Dentro de ese clima, el 15 de junio la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de
ley de represión del terrorismo.
1
La Voz del Interior. Córdoba, 10/5/1960 p. 8 c. 1
2
La Voz del Interior. Córdoba, 13/5/1960 p. 7 c. 2
3
La Voz del Interior. Córdoba, 17/6/1960 p. 11 c. 3
4
La Voz del Interior. Córdoba, 12/6/1960 p. 14 c. 9
Durante el año 1962, sobre todo como consecuencia de la crisis en el sector
metalúrgico, Córdoba volvió a ocupar un lugar destacado en las luchas obreras; posición
que también se puso de manifiesto con motivo de la reunión en Huerta Grande, realizada
como parte del plan de lucha de las "62" los días 8 y 9 de julio. El conocido como
“Programa de Huerta Grande” fue una actualización del de La Falda, dado en un clima de
hostilidad hacia el peronismo, tras desconocerse los resultados electorales en los comicios
para gobernadores realizados el 18 de marzo, donde éste había triunfado y obligado a
Frondizi a renunciar. El control y la persecución hacia militantes peronistas se exacerbaron,
provocándose incluso algunos asesinatos, como el del obrero de la UOM –Felipe Vallese-
que nunca fueron aclarados. La posición de Tosco en esa coyuntura fue la de aceptar el
resultado de las urnas y respetar la voluntad popular.
Sin embargo las tratativas para avanzar en la normalización de la CGT no fueron
interrumpidas. Finalmente esto se logró en el Congreso de enero de 1963 con la
constitución de sus cuadros directivos; asumiendo José Alonso (FONIVA) como secretario
general. El 26 de febrero de 1964 quedó normalizada la Delegación Regional Córdoba de
la CGT. Las "62" lograron controlarla y los “independientes” debieron ceder sus
aspiraciones de una representación equitativa en la central. Sin embargo, a diferencia de lo
que ocurría en Buenos Aires, la política de acercamiento de este sector hacia el peronismo
continuó en Córdoba y esto fue lo que le posibilitó al Sindicato de Luz y Fuerza conseguir
su representación en el secretariado de la regional en la renovación de autoridades realizada
en 1965. Por su parte, este año el sindicato de Luz y Fuerza aprobó un nuevo Estatuto para
el personal que amplió a veintiocho el número de miembros del consejo directivo e
incorporó la figura de delegados gremiales, entre otros aspectos; este ventajoso Estatuto se
convirtió en el modelo de organización vigente hasta la nueva ley de asociaciones
profesionales sancionada en 1973.
Mientras tanto, en 1963 tuvieron lugar las elecciones presidenciales en las que
triunfó Arturo H. Illía (UCRP), al haberse mantenido proscripto el peronismo. Illia asumió
en octubre de ese año. A comienzos de 1964, estando en estudio en el Congreso nacional el
proyecto de ley sobre salario mínimo, vital y móvil, la CGT declaró un nuevo plan de
lucha con ocupaciones de fábrica en todo el país. En Córdoba se tomaron más de ciento
cincuenta establecimientos fabriles en un clima de tranquilidad, que fue acompañado por la
solidaridad del movimiento estudiantil. La presidencia de Illia se caracterizó por el normal
funcionamiento de las instituciones sindicales y de la negociación salarial.
Sin embargo el golpe militar que lo derrocó el 28 de junio de 1966 impuso nuevas
reglas de juego. El general Juan Carlos Onganía fue apoyado inicialmente por las dos
corrientes en que se encontraba dividido el peronismo sindical: los “legalistas”, que con el
liderazgo de Augusto Vandor pretendían mayor autonomía de Perón e institucionalizar el
movimiento peronista bajo la conducción sindical, y los “ortodoxos” que con la figura de
Alonso defendían la verticalidad absoluta bajo el liderazgo de Perón. Tanto Vandor como
Alonso tenían sus propios motivos para mostrarse expectantes ante lo sucedido y cada uno
consideraba que existía posibilidad de satisfacer sus objetivos. Sin embargo,
tempranamente, fue el Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba quien el 16 de agosto de 1966
criticó públicamente al nuevo régimen al publicar en la prensa una solicitada titulada
"Signos Negativos". Esta coincidió y sirvió para enmarcar las acciones represivas del
gobierno contra los estudiantes y profesores que se opusieron a las medidas de intervención
a las universidades y que, en Córdoba, le costaron la vida al estudiante y obrero Santiago
Pampillón y dejaron con graves lesiones al estudiante Aravena.
La profundización de la intervención militar y el movimiento obrero de Córdoba:
Las expectativas favorables no duraron mucho tiempo. Cuando el Ministro de
Economía, Adalbert Krieger Vasena, lanzó en marzo de 1967 su “Plan de Estabilización y
Desarrollo” las relaciones con los sindicatos comenzaron a tensarse. En efecto, éste
establecía una devaluación de la moneda del 40% y la liberación del mercado cambiario, la
fijación de derechos por un monto del 25% sobre las exportaciones no industriales y una
rebaja del 50% en las barreras aduaneras y, lo más importante desde el punto de vista de los
trabajadores, el congelamiento salarial por veinte meses luego de acordarse un aumento
general del 15%. Estas medidas, sumadas al decreto 16.936, dado en agosto de 1966, que
establecía el arbitraje obligatorio en caso de conflicto, limitaban tanto las negociaciones
colectivas como el derecho de huelga. Los sindicatos que llevaron adelante acciones de
protesta fueron privados de su personería gremial, entre ellos gremios importantes como la
Unión Ferroviaria y la Unión Obrera Metalúrgica. El descontento obrero comenzó a
manifestarse primero sectorialmente hasta que logró conformarse una oposición liderada
por el dirigente peronista Amado Olmos, integrada por los sindicatos más desfavorecidos
por la política de ajuste de Onganía, por muchas regionales del interior y por sectores de la
ortodoxia, los “duros” que se oponían a la línea negociadora de Vandor. Este grupo – en el
que se encontraban, entre otros, la Federación Gráfica Bonaerense- sostenía que en el
Congreso Normalizador de la CGT, convocado para fines de marzo de 1968, debían
participar también las organizaciones que habían sido intervenidas por el gobierno y
privadas de su personería gremial. Cuando el 28 de marzo se reunió el Congreso se resolvió
que las organizaciones intervenidas podían participar, ante esta decisión nueve miembros
de la Comisión Delegada encabezados por la UOM se retiraron del Congreso,
manteniéndose luego al margen del mismo con la intención de obstaculizar el quórum. Sin
embargo éste pudo lograrse y la votación dio el triunfo a la lista que sostenía la candidatura
de Raimundo Ongaro (FOGB) como secretario general. Pero los sectores vandorista y
alonsista no reconocieron a Ongaro y conservaron tanto el edificio de la calle Azopardo 862
como la denominación de Comisión Delegada de la CGT, pasando a conocérsela como
CGT Azopardo frente a la de Ongaro, conocida como CGT de los Argentinos o CGT Paseo
Colón, por desarrollar su actividad en la sede de la FOGB. Esta central recibió el
reconocimiento de las principales Regionales del interior, pasando a definir como sus
enemigos principales a la burocracia sindical, al régimen y al imperialismo. Tosco rechazó
un puesto en este comité pero, en cambio, dedicó sus energías en el congreso a obtener
respaldo para la nueva CGT, y en especial a fortalecer su posición entre las delegaciones
sindicales de las provincias. Sus esfuerzos tuvieron éxito: Córdoba, La Plata, Rosario, Santa
Fe, Paraná, Corrientes, Chaco, Tucumán, Salta, Mendoza adhirieron a la nueva CGTA. Esta
estrategia provincial y su creencia en la mayor combatividad de los sindicatos del interior,
se convirtieron en la marca distintiva de las tácticas de Tosco en los años venideros. Las
definiciones ideológicas de la central “rebelde” quedaron plasmadas en el conocido como
“Programa del 1° de Mayo”, donde se recogía la idea de Olmos de un sindicalismo integral,
que no sólo tenía que aspirar a negociar convenios sino también a conseguir la liberación
nacional. Esto la llevó al acercamiento con otros sectores del campo popular: intelectuales,
estudiantes, políticos, sacerdotes, que se veían reflejados en el discurso de Ongaro.
La prédica contra el imperialismo y la necesidad de sostener una política
independiente en materia energética fue un tópico recurrente en el discurso del sindicato de
Luz y Fuerza. La provincia de Córdoba poseía la red hidroeléctrica más extensa del país a
fines de los ´50. Sin embargo, las crecientes demandas resultantes de la gran ola de
industrialización automotriz, mecánica y metalúrgica de fines de los años cincuenta y
comienzos de los sesenta amenazaban su red de transmisión. El periódico sindical,
Electrum, se convirtió en un foro en el cual trabajadores de todas las categorías discutían la
naturaleza particular de los problemas energéticos del país y el papel de Córdoba en su
solución, así como la relación entre los modelos nacionales de desarrollo económico y la
producción de energía eléctrica. A lo largo de toda su historia, el sindicato cordobés
desechó los ataques contra las empresas públicas de energía. En particular durante el
gobierno de Onganía sintió el peso de los planes de racionalización, las suspensiones de
personal, las semanas laborales reducidas y el proyecto para transferir al gobierno central la
jurisdicción que la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC) tenía sobre la
energía nuclear en la provincia, considerados por muchos como un ardid para permitir la
posterior privatización de la empresa.
La importante adhesión que encontró en Córdoba la CGTA se explica por la fuerza
del sentimiento anti-burocrático que existía en su movimiento obrero pero que reconocía
dos vertientes diferentes: una que se oponía a la burocracia por sostener la necesidad de la
democracia interna y la participación efectiva de los afiliados en la toma de decisiones y, la
otra, enraizada en la ortodoxia del peronismo que aparecía como antiburocrática por
verticalista y por asumir una posición de intransigencia frente al gobierno hasta que se
consiguiera el objetivo primordial del retorno de Perón.
Como consecuencia de esa adhesión a la CGTA el sindicato de Luz y Fuerza de
Córdoba se enfrentó a los dirigentes de la FATLYF. Las diferencias ya se habían puesto de
manifiesto en el Congreso de Río Hondo, en octubre de 1967, cuando la moción de
Córdoba fue la de adoptar un pronunciamiento firme contra la política de Onganía y
elaborar un plan de lucha. Posteriormente, luego de varios pedidos para que el sindicato de
Córdoba abandonara la central disidente, el Plenario de Secretarios Generales de la
FATLYF dispuso, el 8 de noviembre de 1968, la desafiliación de los sindicatos de Córdoba,
San Nicolás y Pergamino por haber apoyado a la CGT de los Argentinos. Este hecho sirvió
para reforzar la prédica de Tosco contra lo que definía como sindicalismo
“participacionista” - que se adaptaba al sistema buscando participar en él sin importar el
signo ideológico del gobierno y que veía reflejado en los dirigentes de la FATLYF,
fundamentalmente en el sindicato de Capital Federal bajo la dirigencia de Juan José
Taccone- a diferencia de la función de liberación que para él debía cumplir el movimiento
obrero dentro de un proyecto más general de liberación nacional. Aunque esta posición se
definió con mayor precisión luego del cordobazo y de su encarcelamiento, estaba sin
embargo en la base de su adhesión a la CGTA.
El año 1968 fue de mucha actividad para el sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba,
en defensa de los sindicatos afectados por la política del gobierno y en contra también de la
orientación que adquiría el gobierno del interventor en Córdoba, Carlos Caballero. Al igual
que otros sindicatos de la ciudad, se opuso al proyecto de creación de un Consejo asesor
donde se buscaba integrar la representación de los distintos sectores de la sociedad y que
fue denunciada como con un claro sesgo corporativo. Se sumó también a las protestas y
denuncias contra el Poder judicial de la provincia, al que acusaban de proteger a los
poderosos, como se habría puesto de manifiesto con el “caso Valinotto” a comienzos de
1969. Buscó, en cambio, el apoyo de distintos sectores sociales que luchaban por la justicia
y bienestar del pueblo, como el del recientemente constituido “movimiento de sacerdotes
para el tercer mundo”.
Por otra parte, a comienzos de ese año, las dos CGT comenzaron a reclamar el
restablecimiento de las convenciones colectivas, cuya suspensión establecida por el plan
Krieger Vasena, había vencido en diciembre de 1968. Sin embargo, el gobierno en vez de
acceder a estos reclamos prorrogó la suspensión de las negociaciones. Esa decisión enervó
los ánimos de los trabajadores, en especial dentro de los de Córdoba cuando se conoció el
12 de mayo la derogación de la ley provincial de “sábado inglés”, vigente en la provincia
desde 1932. El SMATA se preparó inmediatamente para resistir, convocando a una
asamblea general para el 14 de mayo que fue disuelta violentamente por la policía, a lo que
los trabajadores respondieron con una serie de actos de violencia en el centro de la ciudad.
Las movilizaciones del movimiento obrero cordobés fueron simultáneas al repunte del
activismo estudiantil, el 15 una huelga en la Universidad del Nordeste en Corrientes fue
violentamente reprimida por el ejército, con el saldo de un estudiante muerto y varios
heridos. Los acontecimientos de Corrientes fueron la chispa de una protesta estudiantil
nacional, con las muertes de los estudiantes Juan José Cabral en Corrientes y las de Adolfo
Bello y Luis Norberto Blanco en Rosario, comenzó lo que algunos llamaron la “semana
rabiosa”. A partir de ese momento los hechos se precipitaron uno tras otro: la marcha del
silencio en Rosario, el paro general decretado por la Delegación Rosario para el 23 de mayo
en repudio por los actos de represión y muerte de los estudiantes y una serie de
manifestaciones de protesta en distintos puntos del país.
Entre tanto las presiones de las provincias, especialmente de la CGT cordobesa,
impulsaron tanto a la CGTA nacional como a la CGT de Vandor a coordinar un paro
general de 24 horas para el 30 de mayo. En Córdoba, los sindicatos negociaron para
iniciarlo el 29 con abandono del trabajo a las 10 hs y extender la protesta local a 48 horas.
Se trataría de un “paro activo”, con movilización hacia el centro de la ciudad para confluir
en un gran acto frente al local de la CGT.
Fue así que el 29 y 30 de mayo de 1969 tuvo lugar la protesta obrera, rebelión
popular e insurrección urbana conocida como el “cordobazo”. El 30 fueron detenidos los
principales dirigentes sindicales de Córdoba y condenados por tribunales militares con las
siguientes sentencias: Agustín Tosco 8 años y 3 meses de cárcel; Felipe Alberti 8 años;
Simón Grigaitis 3 años; Tomás di Toffino 4 años y Osvaldo Ortiz 2 años; todos del
sindicato de Luz y Fuerza; Elpidio Torres (SMATA) 4 años y 8 meses y Canelles
(UOCRA) fue condenado a 10 años. Desde la cárcel Tosco inició una comunicación
permanente con el sindicato, tomando posición sobre los diversos acontecimientos
nacionales y locales.
El legado del cordobazo:
Por su parte, el cordobazo cristalizó el cuestionamiento al régimen ya iniciado por
diversos sectores de la sociedad. En lo inmediato llevó al recambio del gobernador
Caballero por Huerta. El tenor que iría adquiriendo la confrontación se puso en evidencia
con el asesinato del dirigente Augusto Vandor en la sede de la UOM, al cumplirse un mes
del cordobazo, sin que nadie se adjudicara el hecho; de todos modos puso en evidencia las
profundas diferencias existentes en el interior del peronismo. Esto llevo al gobierno
nacional a declarar el estado de sitio, que se mantuvo hasta 1973, a intervenir varios
sindicatos afiliados a la CGTA y a encarcelar a muchos de sus dirigentes, desmantelando
así la central combativa. Sin embargo, conciente de la profundidad de ese cuestionamiento
–demostrado en el alto acatamiento al paro general nacional decretado para el 1° de julio-
el gobierno también trató de mitigar la protesta sindical restableciendo hacia el mes de
agosto el mecanismo de la concertación colectiva, aunque en forma condicionada y con
topes para los aumentos salariales. Esa situación abrió ciertos canales por donde expresar el
descontento obrero, actuando como disparadores de movimientos de base en las empresas
automotrices de Córdoba y en otros puntos del país.
De este modo la protesta continuó con la huelga general decretada por las dos CGT
a nivel nacional para el 27 de agosto de 1969. En Rosario el conflicto se prolongó con una
huelga ferroviaria. El 16 de septiembre la CGT Rosario decretó el paro activo por 38 horas,
llamando a una movilización y posterior concentración frente al local de la CGT. Como en
el cordobazo, los estudiantes se plegaron al paro y, a pesar de la fuerte represión que evitó
tomar el centro, la protesta se desplazó hacia los barrios. A las 24 horas del 17 de
septiembre culminó la huelga general con movilización, conocida como el “Rosariazo”.
Nuevas huelgas de la CGT tuvieron lugar en octubre, solicitando entre otros puntos la
liberación de los presos políticos. Con el objeto de suavizar la confrontación, a comienzos
de diciembre los presos del cordobazo fueron liberados. De nuevo en Córdoba Tosco
acentuó su lucha contra la dictadura buscando reunir a otros gremios.
Así a fines de enero de 1970 tuvo lugar en el sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba
la Reunión Nacional Sindical y Popular por la Justicia Social y la Liberación Nacional, que
no sólo mostraba el contenido político de la lucha sino también la proyección nacional de la
figura de Tosco. A partir de entonces se instó a la unidad de los diferentes movimientos de
base que planteaban la oposición a las burocracias, para ir aglutinando una ofensiva general
contra el gobierno. Se apoyaron así las reivindicaciones que los trabajadores de El Chocón
llevaban adelante en defensa de sus legítimos representantes y contra la dirigencia de la
UOCRA. En el mismo sentido se había apoyado la protesta estudiantil contra el examen de
ingreso a la universidad y prestado el local sindical para organizar cursos y reuniones.
Como consecuencia de ello y de su participación en la organización de la reunión sindical
opositora, el sindicato de Luz y Fuerza fue objeto de un atentado explosivo, utilizado como
argumento para decidir la intervención el 7 de febrero de 1970.
Por otra parte, entre los sectores dominantes se acentuaron las divisiones tras el
impacto que significó la aparición pública de la organización guerrillera peronista
“Montoneros”, con el secuestro y muerte del ex presidente general Pedro Eugenio
Aramburu en junio de 1970, y que llevó al reemplazo de Onganía por Levingston. Del
mismo modo el 27 de agosto de 1970 fue asesinado por Montoneros el ex secretario de la
CGT, José Alonso. Estos hechos sacudieron la estabilidad del bloque dominante creando
una fuerte sensación de incertidumbre que llevó al nuevo presidente a revisar la orientación
de la política económica y social dándosele mayor participación a los distintos sectores
sociales, fundamentalmente a los del trabajo, intentando con ello frenar la posible
radicalización. La predisposición favorable a la apertura y mantenimiento de los canales
para la negociación fue particularmente clara en Córdoba luego del cordobazo, sobre todo
desde mediados de 1970 a partir del gobierno de Bernardo Bas. Sin embargo la expansión
de la protesta no pudo evitarse y fue justamente ese año cuando tuvo lugar otra experiencia
emblemática de radicalización ideológica dentro del sindicalismo de Córdoba, el
autodenominado “clasismo” en los sindicatos de planta SITRAC y SITRAM de la empresa
Fiat. Desde una lucha inicial, tras la asamblea del 23 de marzo de 1970, por hacer efectiva
una verdadera representación en sindicatos que se habían mantenido al margen de las
disputas en el período previo, la democracia interna y un convenio similar al del SMATA -
al que la empresa Fiat sistemáticamente se había opuesto- se fueron agregando otros
contenidos que los convertiría en uno de los polos aglutinadores de una alternativa política.
En efecto, el “clasismo”, con una posición de autonomía obrera, cuestionó los fundamentos
peronistas de conciliación de clases para plantear, en cambio, una lucha anti-capitalista a
partir de la constitución de un poder obrero con base fabril. Es decir no sólo cuestionaba al
capitalismo y al imperialismo sino a la organización sindical existente que hacía posible la
consolidación de burocracias ajenas a los intereses de la clase.
Los movimientos de base que tuvieron lugar en Córdoba como consecuencia del
ciclo de protesta abierto con el cordobazo, convirtieron a la ciudad en el centro de la
radicalización ideológica y obrera que encontró diferentes expresiones en sus principales
dirigentes: Tosco, Masera, López y posteriormente Salamanca. El cordobazo y la figura de
Pampillon fueron tomados como símbolos de esa resistencia, que reforzó la oposición a
todo intento de sindicalismo conciliador, como el que se interpretaba caracterizaba a los
dirigentes nacionales que, justamente en la fecha del primer aniversario de la revuelta
popular, intentaron normalizar la CGT tras la división producida en 1968. Finalmente la
CGT se unificó en el congreso de unidad, que llevó el nombre de “Congreso Augusto
Timoteo Vandor” el 2 de julio de 1970, siendo electo Jose Rucci (UOM) como secretario
general. Sin embargo, como representante de los gremios independientes, Tosco en varias
oportunidades instó a diferenciarse de esa conducción a la que no consideraba
representativa de los intereses obreros. Fue así que propició la reunión el 3 y 4 de octubre
de 1970 de un Plenario sindical nacional que encarara un plan de lucha integral contra el
gobierno.
Por su parte, la desactualización salarial y los problemas específicos en las plantas
de Fiat en Córdoba, llevaron a los trabajadores mecánicos a una serie de medidas de fuerza
en el mes de enero de 1971. Estos trabajadores fueron los principales protagonistas del
“viborazo” o “segundo cordobazo” en marzo de 1971. Con este nombre se conoció la
jornada de protesta que, al igual que el primero, consistió en una marcha al centro, esta vez
desde las plantas de Fiat, donde se registraron enfrentamientos con la policía y en ese
momento también la presencia de algunas agrupaciones armadas como el ERP y
Montoneros apoyando a los trabajadores. Este acontecimiento fue decisivo para provocar el
relevo del presidente Levingston por Lanusse quien, desde Córdoba, lanzó el Gran Acuerdo
Nacional (GAN) prometiendo la salida electoral sin proscripciones como una forma de
intentar frenar la radicalización social. Sin embargo la lucha continuó porque, tras ese
movimiento, se sucedieron una serie de medidas represivas que activaron la oposición. A
pesar de haber sido electo el 13 de abril como Secretario Adjunto de la CGT Regional,
acompañando al peronista Atilio López, el 28 de abril Agustín Tosco fue detenido
nuevamente junto con otros dirigentes nacionales – como Raimundo Ongaro- y locales,
fundamentalmente de la empresa Fiat, acusados de instigar la subversión. Luego de una
estadía en Villa Devoto, Tosco fue trasladado al Penal de Rawson, utilizado como principal
lugar de reclusión para los presos políticos.
“La lucha debe continuar”
Mientras tanto la acción de los gremios de Córdoba por conseguir su liberación y
por profundizar la lucha llevó a la reunión de lo que se conoció como Plenario “29 de
Mayo” de la CGT Córdoba, realizado el 22 y 23 de Mayo de 1971 que, autodefiniéndose
como “plenario de los gremios combativos”, se planteó un programa político de alcance
nacional, constituyéndose como vanguardia revolucionaria del movimiento obrero
organizado del país. En el documento, aprobado por la mayoría de los sindicatos
cordobeses, se efectuó un diagnóstico donde se hablaba de la crisis del sistema capitalista,
por lo que la misión de los trabajadores como clase era la de encarar la lucha
antiimperialista pero a la que se le daba un contenido específico tendiente a la socialización
progresiva, a la que se consideraba como sinónimo de la verdadera e integral liberación
nacional. Reconocían como enemigos de la clase pero, a la vez, también de la Nación a la
oligarquía y a las Fuerzas Armadas sostenedoras del imperialismo pero, además, a los
grupos enquistados en las direcciones sindicales. Adoptaban como programa general el de
La Falda (1957), Huerta Grande (1962) y 1º de Mayo de la CGT de los Argentinos (1968).
El plenario decidió también convocar a un paro para el 28 de mayo para conmemorar
activamente el segundo aniversario del cordobazo y repudiar la conducción del secretariado
de la CGT nacional. En el plenario se dejaron de lado diferencias ideológicas para
anteponer la unidad del movimiento obrero, posición que se manifestó en la solidaridad
brindada por el peronismo frente al encarcelamiento de Tosco.
En junio, los dirigentes sindicales de Fiat que seguían en libertad se prepararon para
negociar con la empresa. Entre las demandas presentadas por los trabajadores estaba un
incremento salarial del 60% para equiparar sus sueldos con las escalas pagadas por otras
empresas automotrices, una jornada reducida en la forja y la eliminación de todas las
cláusulas de productividad. Al no llegar a un acuerdo se impuso el arbitraje obligatorio del
gobierno que apoyó las condiciones sustentadas por la empresa. Los sindicatos
reaccionaron y prepararon una serie de huelgas como protesta. Las huelgas, el trabajo a
desgano y otras formas de resistencia sindical dieron pocos resultados en julio y agosto.
Además del disgusto de los sindicatos con el convenio colectivo, seguían vigentes los
problemas de los dirigentes encarcelados, el hostigamiento y despido de activistas y los
ataques cada vez más frecuentes contra ellos. La bomba en la casa de Alfredo Curutchet,
abogado del SITRAC-SITRAM, fue sólo la primera de muchas de tales represalias contra
los sindicatos. Sus tensas relaciones con la CGT local motivaron que hubiera poco apoyo
para los trabajadores de Fiat. El 28 y 29 de agosto realizaron un “Congreso de Sindicatos
Combativos y Agrupaciones Clasistas” en Córdoba, una concentración nacional de
sindicalistas clasistas de todo el país. La reunión congregó no sólo a sindicalistas sino
también a representantes de la mayoría de los partidos marxistas del país, un hecho que la
expuso a las críticas de los dirigentes peronistas.
El aislamiento de los sindicatos de Fiat se comprobó desastroso cuando el Estado
decidió finalmente eliminar al movimiento clasista cordobés. El 26 de octubre, los turnos
matutinos de Concord y Materfer observaron que las tropas del ejército ocupaban una vez
más las fábricas. Poco después de las diez de la mañana, los dirigentes de SITRAC-
SITRAM se enteraron de que el Ministerio de Trabajo había cancelado su personería
gremial la noche anterior, al día siguiente 259 trabajadores, incluyendo a casi todos los
miembros de los comités ejecutivos y cuerpos de delegados de SITRAC y SITRAM fueron
despedidos.
De este modo terminaba la experiencia clasista en Fiat, iniciada tras la asamblea del
23 de marzo de 1970. Muchos de sus trabajadores reclamaron su incorporación por la vía
judicial, pero esas acciones fueron acompañadas también por la de organizaciones armadas
que apoyaban el movimiento. Esto arrojó una sombra sobre los sindicatos de Fiat y
terminaron efectivamente con sus posibilidades de recuperar la personería gremial, aunque
el movimiento clasista de Fiat nunca había sostenido la lucha armada como estrategia para
la construcción del socialismo.
Por lo analizado podemos señalar que el año 1971 marcó la transformación de la
protesta obrera en una lucha con contenido político, buscando trascender los límites
locales. La presión que venían ejerciendo distintos sectores de la sociedad tuvo que ser
asumida por el gobierno de la Revolución Argentina y, nuevamente como en 1969, lo
acontecido en Córdoba fue crucial para decidir su cambio de actitud. En ese contexto el
gobierno se vio obligado a abrir el juego político. De este modo, con sus diferencias y
matices, los distintos actores debieron también definir sus posiciones políticas: desde las
cúpulas sindicales que buscaron ocupar un lugar dentro de la nueva reorganización del
movimiento peronista a los que, sin negar la posibilidad del canal de acceso “democrático”,
se inclinaron más hacia un proyecto de socialismo nacional que uniera a los diferentes
sectores del campo popular.
Por su parte, el 17 de septiembre de 1971 el sindicato de Luz y Fuerza recuperó su
local, siendo levantada la intervención que pesaba sobre él desde comienzos de [Link]
secretario general interino, Ramón Contreras, proclamó su rechazo a un sindicalismo
meramente reivindicativo y declaró la adhesión de Luz y Fuerza al “sindicalismo de
liberación”, que compartía ampliamente las posiciones clasistas sobre la propiedad privada,
el Estado y la necesidad de construir un movimiento socialista en la Argentina.
Contrariamente a lo esperado, la ausencia de Tosco reforzó su imagen como la del ideal a
imitar, generándose una importante producción discursiva como parte de la lucha que llevó
a cabo el sindicato, acompañado por otras organizaciones del campo popular en favor de la
liberación de su secretario general. A través de Electrum se intentaba llegar a un público
amplio, fijando posición sobre temas generales, tanto nacionales e internacionales. Otros
titulares apuntaban a resaltar las prácticas políticas del régimen contra los trabajadores
cordobeses, reivindicando el papel de vanguardia del movimiento obrero cordobés o se
denunciaban las acciones represivas del gobierno y la violación a los derechos humanos en
las cárceles de Rawson y Resistencia. El papel del sindicato como uno de los principales
opositores obreros al gobierno y la notoriedad creciente de Tosco como líder sindical,
precipitaron su traslado el 9 de abril de 1972 de la cárcel de Villa Devoto a la de Rawson.
Por otra parte, en un contexto donde la popularidad de las organizaciones armadas
crecía, tuvo lugar el 22 de agosto un acto de represión por parte del gobierno, conocido
como la “masacre de Trelew”, en alusión al fusilamiento de dirigentes intermedios de las
principales organizaciones armadas que habían logrado fugarse del penal de Rawson pero
no pudieron abordar el avión que los esperaba en el aeropuerto de Trelew para, desde allí,
marchar a Cuba vía Chile. Este hecho generó amplio repudio y manifestaciones de protesta
ya que, aún antes de conocerse la verdad sobre lo acontecido, se sospechaba que se trataba
de una ejecución ilegal llevada a cabo por el régimen. El ejercicio de la solidaridad se puso
también de manifiesto hacia movimientos ocurridos en otras provincias, como frente a la
ocupación de facultades por parte de los estudiantes en Tucumán en junio de 1972 ante lo
cual la CGT Córdoba resolvió un paro por 14 horas el 28 de junio y un acto en el local
sindical, o frente a otros sectores sociales, por ejemplo, hacia los familiares de presos
políticos. De mucha importancia resultaron los contactos que comenzaron a establecerse
con sacerdotes y con diferentes entidades profesionales, en especial con los abogados
nucleados en la Asociación de Abogados de Córdoba (ADA) quienes acordaron realizar un
paro el 3 de septiembre con cierre de estudios y un acto público frente al Colegio de
Abogados contra las torturas, encarcelamientos y funcionamiento de grupos parapoliciales.
En abril de 1972 había sido electo Reneé Salamanca, militante del PCR, como
Secretario del SMATA Córdoba, buscando imponer su propia interpretación del clasismo.
En las huelgas generales del 24 de agosto y del 7 de septiembre, convocadas por la CGT
regional en repudio a lo ocurrido en Trelew y para exigir la libertad de Tosco, la
participación del SMATA fue muy destacada por la cantidad de trabajadores que aportó.
Cualquier signo de inquietud laboral en Córdoba era recibido ahora con nerviosismo en el
gobierno, y éste respondió asumiendo el control de la CGT local y emitiendo órdenes de
detención contra los principales organizadores de las huelgas, entre ellos López y
Salamanca. Sin embargo, preocupado por incrementar la violencia, el 22 de septiembre
finalmente anunció su intención de liberar a Tosco quien regresó a Córdoba el 26 de
septiembre.
Como ocurrió con muchos militantes sindicales que pasaron por las cárceles en esos
años, la prisión había sido para Tosco una experiencia profundamente politizadora. Allí su
prestigio como la más importante figura nacional del movimiento obrero disidente lo había
llevado a sostener muchas discusiones políticas con miembros de la izquierda guerrillera,
tanto en Villa Devoto como en Rawson. Su oposición a la lucha armada como una opción
política legítima en la Argentina no le impidió entablar fuertes amistades y sentir respeto
por otras posiciones, con quienes compartía enemigos comunes. Pero había sido
precisamente para evitar toda asociación entre el movimiento obrero disidente y la
izquierda guerrillera que Tosco se negó a acompañar a los militantes del ERP, las Fuerzas
Armadas Revolucionarias y los Montoneros en la fuga de la prisión de Rawson. En su
discurso de regreso a casa hizo una virtual declaración de guerra contra Rucci y la
burocracia sindical y anunció su compromiso de promover y proteger al movimiento obrero
alternativo centrado en Córdoba. La etapa que se abriría a partir de entonces estará teñida
por las expectativas puestas en la salida electoral pero, también, por la redefinición del
campo de los amigos y enemigos.