Agatha
Christie
Ilustrado por
ESTHER
GILI
Agatha
Christie
Asesinato en el Orient
Express es la novela de intriga
Asesinato en el Orient Express
más famosa de todos los tiempos,
el caso más popular de Hércules Poirot
y la primera obra de Agatha Christie
que fue llevada al cine. Asesinato
Tras quedarse atrapados de madrugada en una tormenta
de nieve, los pasajeros del Orient Express despiertan
en el
Orient
para descubrir que uno de ellos ha sido asesinado.
El reputado detective Hércules Poirot se enfrentará, entonces,
a un desconcertante crimen y a la búsqueda del asesino
que se oculta entre los ocupantes del tren.
Una edición especial de un clásico de la literatura ilustrado
con las maravillosas imágenes de Esther Gili, que representa
de forma excepcional la época y los personajes
Express
Ilustrado por ESTHER GILI
de una historia inolvidable.
Doce sospechosos y un misterio resuelto
con gran maestría por la autora más destacada
del género policíaco.
10332041
www.lunwerg.com
ORIENT EXPRESS_forro.indd 1 15/9/23 10:23
Agatha Christie
Asesinato
en el
Orient
Express
Ilustrado por Esther Gili
Traducción de Eduardo Machado Quevedo
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 3 15/9/23 10:09
La lectura abre horizontes, iguala oportunidades y construye una sociedad mejor.
La propiedad intelectual es clave en la creación de contenidos culturales porque sostiene
el ecosistema de quienes escriben y de nuestras librerías.
Al comprar este libro estarás contribuyendo a mantener dicho ecosistema vivo y en crecimiento.
En Grupo Planeta agradecemos que nos ayudes a apoyar así la autonomía creativa de autoras
y autores para que puedan seguir desempeñando su labor.
Dirígete a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesitas fotocopiar o escanear
algún fragmento de esta obra. Puedes contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.
com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
Murder on the Orient Express Copyright © 1934 Agatha Christie Limited. Todos los derechos
reservados.
AGATHA CHRISTIE, MURDER ON THE ORIENT EXPRESS, Poirot y la firma de Agatha
Christie son marcas registradas de Agatha Christie Limited en todo el mundo. Todos los derechos
reservados.
Iconos Agatha Christie Copyright © 2013 Agatha Christie Limited. Usados con permiso.
© de la ilustración de cubierta e interiores, Esther Gili, 2023
© de la traducción, Eduardo Machado Quevedo, 2015
© Editorial Planeta, S. A., 2023
Lunwerg es un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
Avenida Diagonal, 662-664 – 08034 Barcelona
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 17 – 28027 Madrid
[email protected] www.lunwerg.com
www.instagram.com/lunwerg
www.facebook.com/lunwerg
www.twitter.com/Lunwerglibros
Primera edición: noviembre de 2023
ISBN: 978-84-19875-10-5
Depósito legal: B. 14.080-2023
Imprime: Egedsa
Impreso en España – Printed in Spain
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado
como papel ecológico y procede de bosques gestionados de manera
sostenible.
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 2 15/9/23 10:09
P R I M E R A PA R T E
Los hechos
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 11 15/9/23 10:09
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 12 15/9/23 10:09
Capítulo 1
Un viajero importante en el Taurus Express
Eran las cinco de una madrugada de invierno en Siria. En la estación de Alepo es-
taba estacionado el tren que las guías ferroviarias llamaban pomposamente el
Taurus Express. Estaba compuesto por un vagón restaurante, un coche cama y dos
vagones ordinarios.
Junto al estribo del coche cama se encontraba un joven teniente francés de res-
plandeciente uniforme, conversando con un hombre embozado hasta las orejas, del
que solo podían verse la punta de una nariz enrojecida y los extremos de un enhiesto
bigote.
Hacía un frío muy intenso y la misión de despedir a un distinguido forastero no
era envidiable, pero el teniente Dubosc la cumplía como un valiente. No cesaba de
pronunciar frases corteses en el más correcto francés, aunque no tenía muy claro
quién era aquel personaje. Habían circulado rumores, como ocurre siempre en es-
tos casos. El humor del general —de su general— había ido de mal en peor. Enton-
ces había llegado ese belga, al parecer directamente desde Inglaterra. Habían vivido
una semana de tensión y luego habían ocurrido varias cosas. Un oficial muy dis-
tinguido se había suicidado, otro había pedido la baja; de los rostros preocupados
había desaparecido repentinamente la preocupación; se habían relajado ciertas
precauciones militares y el general —su general— había rejuvenecido diez años de
la noche a la mañana.
Dubosc había oído parte de una conversación entre su jefe y el forastero. «Nos
ha salvado usted, mon cher —decía el general con sus canosos mostachos temblando
de emoción al hablar—. Ha salvado usted el honor del ejército francés. ¡Ha evitado
que se produjera un baño de sangre! ¿Cómo puedo agradecerle que accediera a mi
petición de venir desde tan lejos?»
A lo cual el forastero (un tal Hércules Poirot) había contestado adecuadamente,
incluyendo la frase: «¿Cómo podría olvidar que en cierta ocasión me salvó usted la
vida?». Entonces, el general había rechazado todo mérito por aquel servicio y, tras
mencionar nuevamente Francia y Bélgica, el honor y la gloria de ambos países, se
habían abrazado calurosamente, dando por terminada la conversación.
13
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 13 15/9/23 10:09
En cuanto a lo ocurrido, el teniente Dubosc estaba todavía muy a oscuras, pero
le habían encomendado despedir a monsieur Poirot al pie del Taurus Express, y allí
estaba, cumpliéndolo con todo el celo y el ardor propios de un joven oficial que
tiene una prometedora carrera en perspectiva.
—Hoy es domingo —dijo el teniente—. Mañana, lunes, por la tarde estará en
Estambul.
No era la primera vez que hacía ese comentario. Las conversaciones en el an-
dén, antes de la partida de un convoy, tienden siempre a repetirse.
—Así es —convino Poirot.
—¿Piensa permanecer allí algunos días?
—Mais oui. Estambul es una ciudad que no he visitado nunca. Sería una lástima
pasar por ella comme ça. —Monsieur Poirot chasqueó los dedos sonoramente—.
Nada me apremia. Permaneceré allí como turista unos cuantos días.
—Santa Sofía es muy bella —afirmó el teniente, que nunca la había visto.
Una ráfaga de viento frío barrió el andén y ambos hombres se estremecieron.
Dubosc se las arregló para mirar subrepticiamente su reloj. Las cinco menos cinco.
¡Solamente cinco minutos más!
Ante el temor de que el otro se hubiera dado cuenta, se apresuró a reanudar la
conversación.
—En esta época del año viaja muy poca gente —dijo con la mirada puesta en
las ventanillas del coche cama.
—Así es.
—¡Esperemos que la nieve no cierre el paso al Taurus Express!
—¿Sucede a menudo?
—Sí, aunque este año todavía no ha ocurrido.
—Entonces, confiemos en ello. La previsión meteorológica en Europa es mala.
—Muy mala. En los Balcanes abunda la nieve.
—En Alemania también, según tengo entendido.
—Eh bien! —dijo el teniente Dubosc apresuradamente al ver que estaba a punto
de producirse otra pausa—. Mañana por la tarde, a las siete y cuarenta, estará usted
en Estambul.
—Sí —asintió Poirot, y añadió desesperado—: He oído decir que Santa Sofía es
muy bella.
—Magnífica, según creo.
Por encima de sus cabezas se descorrió la cortinilla de uno de los compartimen-
tos del coche cama y una joven apareció al otro lado del cristal.
Mary Debenham había dormido muy poco desde que salió de Bagdad el jueves
anterior. Ni en el tren de Kirkuk ni en el hotel de Mosul ni en la última noche de
14
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 14 15/9/23 10:09
su viaje había podido dormir relajadamente. Ahora, cansada de estar despierta en
la sofocante atmósfera del compartimento, excesivamente caldeado, se había levan-
tado para curiosear.
Aquello debía de ser Alepo. Sin el menor interés, naturalmente. Solo un largo
andén, pobremente iluminado, en el que resonaban las vocingleras conversaciones
en árabe. Bajo la ventanilla, dos hombres hablaban en francés. Uno era un oficial
del ejército, el otro un hombre con unos bigotes enormes. La joven sonrió. Nunca
había visto a nadie tan abrigado. Debía de hacer mucho frío en el andén.
Por eso calentaban el tren tan exageradamente. La joven trató de bajar la ven-
tanilla, pero no pudo.
El encargado del coche cama se aproximó a los dos hombres. El tren estaba
a punto de partir, los informó. Monsieur haría bien en subir.
El hombre se quitó el sombrero. ¡Su cabeza parecía un huevo! Mary sonrió a pe-
sar de sus preocupaciones. Sin duda, se trataba de un hombre de aspecto ridículo.
Uno de esos hombres insignificantes que nadie toma en serio.
El teniente empezó a despedirse. Tenía preparado un bello discurso y lo recitó
de corrido.
Poirot, para no ser menos, contestó en tono parecido.
—En voiture, monsieur —comentó el encargado del coche cama.
Poirot subió al tren con un aire de infinita desgana. El encargado lo siguió.
El belga agitó una mano. Dubosc le hizo la venia. El tren arrancó con una sacudida
terrible.
—¡Por fin! —murmuró Poirot.
—¡Brrr! —resopló Dubosc, sacudiéndose para entrar en calor.
II
—Voilà, monsieur. —El encargado del coche cama mostró a Poirot la magnificencia
de su compartimento y la adecuada colocación del equipaje—. La maleta pequeña
del señor la he colocado aquí.
Su mano extendida era sugestiva. Poirot colocó en ella un billete doblado.
—Merci, monsieur. —El encargado acentuó su amabilidad—. Tengo los billetes del
señor. Necesito también el pasaporte. ¿El señor interrumpirá su viaje en Estambul?
Monsieur Poirot asintió.
—No viaja mucha gente, ¿verdad? —preguntó.
—No, señor. Hay solamente otros dos pasajeros, ambos ingleses. Un coronel pro-
veniente de la India y una joven que viene de Bagdad. ¿El señor necesita algo más?
15
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 15 15/9/23 10:09
Poirot pidió una botella de Perrier pequeña.
Las cinco de la mañana era una hora realmente intempestiva para subir a un
tren. Faltaban todavía dos horas para el amanecer. Consciente de ello y satisfecho
por una delicada misión satisfactoriamente cumplida, monsieur Poirot se arrebujó
en un rincón y se quedó dormido.
Cuando despertó, eran las nueve y media, y se apresuró a dirigirse al vagón res-
taurante en busca de café caliente.
Solo había un viajero en aquel momento, la joven inglesa a la que se había re-
ferido el encargado. Era alta, delgada y morena, quizá de unos veintiocho años de
edad. La tranquila eficacia en la manera de tomar el desayuno y el modo de llamar
al camarero para que le sirviera más café denotaban que era una persona viajada
y con un buen conocimiento del mundo. Llevaba un vestido oscuro de tela muy
fina, muy apropiado para la caldeada atmósfera del tren.
Poirot, que no tenía nada mejor que hacer, se entretuvo en observarla disimu-
ladamente.
Era, opinó, una joven que sabía cuidar de sí misma allí adonde fuera. Le agradó
la severa simetría de las facciones y la delicada palidez de la piel. Le agradaron
también el pelo negro ondulado y los ojos grises de mirada fría e impersonal. Pero,
decidió, era un poco demasiado eficiente para ser une jolie femme.
Al poco rato entró otra persona en el vagón restaurante. Era un hombre alto,
entre los cuarenta y los cincuenta años, delgado, muy bronceado y con las sienes
encanecidas. «El coronel de la India», se dijo Poirot.
—Buenos días, miss Debenham.
—Buenos días, coronel Arbuthnot.
—¿Tiene algún inconveniente en que...? —preguntó el coronel con una mano
apoyada en la silla frente a la joven.
—¡Oh, no! Siéntese, por favor.
—Ya sabe que el desayuno no es una ocasión propicia para la charla.
—Por supuesto, coronel, pero no muerdo.
El coronel se sentó.
—¡Muchacho! —llamó de modo perentorio.
Pidió huevos y café.
Su mirada se dirigió por un momento a Hércules Poirot, pero pasó de largo,
indiferente. Poirot, buen conocedor de la mentalidad inglesa, sabía que acababa de
decirse: «Otro maldito extranjero». Fieles a su origen, los dos ingleses no eran muy
locuaces. Intercambiaron unos breves comentarios y la joven se marchó a su com-
partimento en cuanto acabó su desayuno.
16
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 16 15/9/23 10:09
A la hora de comer, ambos volvieron a ocupar la misma mesa y de nuevo igno-
raron al tercer viajero. Su conversación fue más animada que durante el desayuno.
El coronel habló del Punjab y le preguntó a la joven algunas cosas sobre Bagdad,
donde ella había trabajado de institutriz. En el transcurso de la conversación des-
cubrieron algunas amistades comunes, lo que tuvo el efecto inmediato de hacer la
charla más íntima y animada. El coronel preguntó después a la joven si iba direc-
tamente a Inglaterra o si pensaba detenerse en Estambul.
—No, haré el viaje directamente.
—¿No es una lástima?
—Ya recorrí este itinerario hace dos años y pasé tres días en Estambul.
—Entonces tengo motivos para alegrarme, porque yo tampoco hago escala.
El coronel hizo una especie de desmañada reverencia y enrojeció ligeramente.
«Qué susceptible es nuestro coronel —pensó Poirot con cierto regocijo—. ¡Los
viajes en tren son tan peligrosos como los viajes por mar!»
Miss Debenham dijo sencillamente que era una agradable casualidad. Su acti-
tud pareció un tanto contenida.
Poirot observó que el coronel la acompañaba hasta su compartimento. Algo más
tarde, cruzaron un magnífico escenario en el Taurus Express. Mientras contempla-
ban las Puertas Cilicias, de pie en el pasillo, uno al lado del otro, la joven lanzó un
suspiro. Poirot estaba cerca de ellos y la oyó murmurar:
—¡Es tan bello! Desearía...
—¿Qué?
—Poder disfrutar más tiempo de este gran espectáculo.
Arbuthnot no contestó inmediatamente. La enérgica línea de su mandíbula se
mostró un poco más rígida y severa.
—Yo, por el contrario, desearía verla a usted ya fuera de aquí —replicó.
—Cállese, por favor. Cállese.
—¡Oh! Está bien. —El coronel dirigió una rápida mirada hacia Poirot—. No me
agrada la idea de que sea usted una institutriz a merced de los caprichos de esas
tiránicas madres y de sus fastidiosos chiquillos.
Ella se echó a reír con cierto nerviosismo.
—¡Oh!, no debe usted pensar eso. El martirio de las institutrices es un mito de-
masiado explotado. Puedo asegurarle que son los padres quienes me temen a mí.
No hablaron más. Quizá porque Arbuthnot se sentía avergonzado de su arrebato.
«Esto ha sido una comedia algo extraña», se dijo Poirot pensativo.
Más adelante, recordaría esa escena.
Llegaron a Konya esa noche hacia las once y media. Los dos viajeros ingleses
bajaron a estirar las piernas, paseando arriba y abajo por el andén nevado.
17
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 17 15/9/23 10:09
Poirot se contentó con observar la febril actividad de la estación a través de una
ventanilla. Pasados unos diez minutos, decidió, no obstante, que un poco de aire puro
no le vendría mal. Hizo cuidadosos preparativos, se envolvió en varios abrigos y bu-
fandas y se calzó unos chanclos. Así ataviado, descendió cautelosamente al andén y se
puso a caminar. En su largo paseo llegó a rebasar un tanto la locomotora.
Fueron sus voces las que le permitieron identificar a las dos borrosas figuras
paradas a la sombra de un vagón de mercancías. Arbuthnot estaba hablando.
—Mary...
La joven lo interrumpió.
—Ahora, no. Ahora, no. Cuando todo haya terminado. Cuando todo quede
atrás, entonces.
Poirot se alejó discretamente. Se sentía intrigado. Le había costado trabajo re-
conocer la fría voz de miss Debenham.
«Es curioso», se dijo.
Al día siguiente se preguntó si habrían reñido. Se hablaron poco. La muchacha
parecía intranquila. Mostraba unas acentuadas ojeras.
Eran las dos y media de la tarde cuando el tren se detuvo. Algunas cabezas se
asomaron por las ventanillas. Un pequeño grupo de hombres, situado junto a la
vía, señalaba algo que estaba bajo el vagón restaurante.
Poirot sacó la cabeza por la ventanilla y le habló al encargado del coche cama,
que pasaba apresuradamente. El hombre contestó y Poirot retiró la cabeza. Al vol-
verse, casi tropezó con Mary Debenham, que estaba detrás de él.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella en francés—. ¿Por qué nos hemos detenido?
—No es nada, señorita. Algo se ha quemado bajo el vagón restaurante. Nada
grave. Ya lo han apagado. Están reparando los pequeños desperfectos. No hay pe-
ligro, tranquilícese.
Ella hizo un gesto brusco, como si desechara la idea del peligro como algo com-
pletamente insignificante.
—Sí, sí, comprendo. ¡Pero el horario!
—¿El horario?
—Sí, esto nos retrasará.
—Es posible... —convino Poirot.
—¡No podremos recuperar el retraso! Este tren tiene que llegar a las seis y cin-
cuenta y cinco para poder cruzar el Bósforo y enlazar con el Simplon Orient Ex-
press a las nueve. Si llegamos con una o dos horas de retraso, no podremos hacer
el transbordo.
—Es posible, sí —admitió Poirot.
18
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 18 15/9/23 10:09
La miró con curiosidad. La mano que se agarraba a la barra de la ventanilla
temblaba.
—¿Es muy importante para usted, señorita?
—¡Oh, sí! Tengo que coger ese tren.
Dio medio vuelta y se alejó por el pasillo para reunirse con el coronel.
Su ansiedad, no obstante, fue infundada. Diez minutos después, el tren volvía
a ponerse en marcha. Llegó a Haydarpasa con tan solo cinco minutos de retraso.
El Bósforo estaba bastante alborotado y a Poirot no le agradó la travesía. En el
barco se separó de sus compañeros de viaje y no volvió a verlos.
Al llegar al puente Gálata, se dirigió directamente al hotel Tokatlian.
19
ORIENT EXPRESS_1-224.indd 19 15/9/23 10:09