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Facio
Bartolomeo Facio Bartolomeo Facio (¿?, 1400, La Spezia – Nápoles, 1457)
a que todos sus hombres cruzasen el río, uno de los jinetes del
comandante Randolfo de Perugia perdió su caballo arrebatado
tituyen la crónica más completa de la campaña política y militar que el rey
de Aragón, Alfonso V el Magnánimo, llevó a cabo en territorio italiano. Los ¶ ¶ fue un destacado humanista italiano, autor prolífico y experto
historiador, a quien Alfonso el Magnánimo confió en 1447 la
por el ímpetu del río, y como el jinete que se había caído del ca- primeros siete libros abarcan la descripción de la guerra desde su llegada a confección de una crónica de sus gestas en territorio italiano,
ballo quedó en una situación de peligro extremo debido al peso Italia en 1420, justificada por una petición de ayuda de la reina Juana II de tarea a la que habían aspirado otros autores tan destacados
de sus ropajes mojados ante la vista del rey, este, conmovido por
Anjou-Durazzo, hasta la ansiada entrada triunfal en la ciudad de Nápoles LOS DIEZ LIBROS DE LAS HAZAÑAS DEL REY ALFONSO
la indigna muerte que aguardaba a un soldado, gritó a los suyos
LOS DIEZ como Lorenzo Valla. La obra, redactada originalmente en la-
en 1443. El autor culmina en los tres últimos libros el relato de los decisivos LIBROS DE
para que ayudasen al que se ahogaba. Pero como nadie acudió a LAS HAZAÑAS
tín, se compuso para legitimar la presencia de un rey arago-
acontecimientos que permitieron a Alfonso V convertir el Reino de Nápoles nés en la península italiana, y sigue de cerca en su factura los
LA CONQUISTA
DEL REY
socorrerlo por temor a su propia muerte, llamándolos crueles y
en el estado más poderoso y estable de toda Italia. ALFONSO
modelos narrativos genuinamente clásicos, a los que también
cobardes espoleó a su propio caballo y se adentró de inmediato
en el río. Cuando vieron esta acción los jinetes que estaban junto evoca en el uso de una lengua esmeradamente clasicista, lim-
Bartolomeo Facio entregó la versión definitiva de la obra en 1455, diseña-
a él, algunos lo siguieron por vergüenza y sacaron al hombre des- pia de neologismos, tal como propugnaban los humanistas de
vanecido del río y, tras llevarlo rápidamente junto al fuego, volvió
da y redactada con tal calidad y precisión histórica que puede rivalizar con LA CON su época.
DE NÁPOLES
las obras de la antigüedad de mayor prestigio. Los diez libros de las hazañas
en sí y lo colgaron por los pies para que vomitase toda el agua que QUISTA
había tragado. Tan pronto como se recuperó y pudo hablar dijo, del rey Alfonso, al modo de las décadas de la Historia romana de Tito Livio, Ana-Isabel Magallón García, doctora en Filología Clásica por
satisficieron tanto al rey de Aragón, realzado en esta obra hasta alcanzar la DE
gritando, «Aragón», y a partir de ese momento el rey lo tuvo en la Universidad de Zaragoza, con premio extraordinario, ejerce
gran aprecio». (VII, 8-9). figura histórica de un antiguo emperador romano, que encargó de inmedia- NÁPOLES en esa universidad como profesora de Filología Latina desde
to copias de la misma a los mejores copistas que trabajaban en la Biblioteca [1455] [1455] 1991. Es especialista en latín medieval e historiografía latina,
«(…) como si Dios quisiese manifestar su oposición a este trán- de Nápoles. No obstante, la desidia de los siglos posteriores ha dejado en el así como en lexicología latina, y ha publicado traducciones de
sito, que también un adivino le había aconsejado que podía ser olvido este gran relato de la conquista de Nápoles, una obra comparable a la textos jurídicos, gramaticales, históricos y epistolográficos.
fatal, un repentino dolor invadió su pierna derecha, y su fuerza Crónica de Ramón Muntaner o a la del propio rey Jaime I el Conquistador. También se ha ocupado en sus investigaciones de diversos as-
resultó tan dura que le impidió moverse de aquel lugar. Cinco días Inédita hasta la fecha en lengua castellana, La conquista de Nápoles de Facio pectos de historia del pensamiento lingüístico escrito en latín.
después se mantenía el dolor, pero pese a ello, decidió reanudar
se presenta hoy en una edición cuidadosamente preparada y anotada, acom-
el camino, transportado en una litera, y cruzar el río. Pero como
pañada de los dibujos que Francis Meléndez ha diseñado especialmente para
además del persistente dolor se añadió la fiebre, bajo la persua-
esta edición.
sión de sus médicos se vio obligado a cambiar de parecer y se
encargó de organizar su traslado a Fontana, un castillo próximo
a aquellos lugares. Allí, después de haber tomado un fármaco
para curar su enfermedad, cayó desvanecido entre las manos de
los suyos a causa de una súbita conmoción de los humores de su
cuerpo, y creyeron que había abandonado esta vida. La noticia
se divulgó de inmediato y afectó sobremanera los ánimos de sus
Edición, introducción y notas de
gentes. Después, tras recuperar la consciencia por las cataplasmas
de los médicos, mientras esperaba restablecerse día a día, se con- Ana-Isabel Magallón
tuvo durante algunos días de enviar la caballería por delante. (…) ¶
Y como era preciso cauterizar la herida del rey y parecía que no
podía sanar de otro modo, según apreciaban los médicos, y como
había algunos que le aconsejaban atarle las manos debido a la in-
soportable agudeza del dolor, él se opuso afirmando que él iba a
soportar todos los tratamientos que prescribiesen los médicos. Y
de esta manera soportó impertérrito y miró la cura de la herida
mientras la cauterizaban». (X, 91-94).
Institución Fernando el Católico
Motivo de cubierta:
Diputación Provincial de Zaragoza
Vista de Nápoles según la Tavola Strozzi,
MMXVII en dibujo de Francis Meléndez (detalle).
Facio
Bartolomeo Facio Bartolomeo Facio (¿?, 1400, La Spezia – Nápoles, 1457)
a que todos sus hombres cruzasen el río, uno de los jinetes del
comandante Randolfo de Perugia perdió su caballo arrebatado
tituyen la crónica más completa de la campaña política y militar que el rey
de Aragón, Alfonso V el Magnánimo, llevó a cabo en territorio italiano. Los ¶ ¶ fue un destacado humanista italiano, autor prolífico y experto
historiador, a quien Alfonso el Magnánimo confió en 1447 la
por el ímpetu del río, y como el jinete que se había caído del ca- primeros siete libros abarcan la descripción de la guerra desde su llegada a confección de una crónica de sus gestas en territorio italiano,
ballo quedó en una situación de peligro extremo debido al peso Italia en 1420, justificada por una petición de ayuda de la reina Juana II de tarea a la que habían aspirado otros autores tan destacados
de sus ropajes mojados ante la vista del rey, este, conmovido por
Anjou-Durazzo, hasta la ansiada entrada triunfal en la ciudad de Nápoles LOS DIEZ LIBROS DE LAS HAZAÑAS DEL REY ALFONSO
la indigna muerte que aguardaba a un soldado, gritó a los suyos
LOS DIEZ como Lorenzo Valla. La obra, redactada originalmente en la-
en 1443. El autor culmina en los tres últimos libros el relato de los decisivos LIBROS DE
para que ayudasen al que se ahogaba. Pero como nadie acudió a LAS HAZAÑAS
tín, se compuso para legitimar la presencia de un rey arago-
acontecimientos que permitieron a Alfonso V convertir el Reino de Nápoles nés en la península italiana, y sigue de cerca en su factura los
LA CONQUISTA
DEL REY
socorrerlo por temor a su propia muerte, llamándolos crueles y
en el estado más poderoso y estable de toda Italia. ALFONSO
modelos narrativos genuinamente clásicos, a los que también
cobardes espoleó a su propio caballo y se adentró de inmediato
en el río. Cuando vieron esta acción los jinetes que estaban junto evoca en el uso de una lengua esmeradamente clasicista, lim-
Bartolomeo Facio entregó la versión definitiva de la obra en 1455, diseña-
a él, algunos lo siguieron por vergüenza y sacaron al hombre des- pia de neologismos, tal como propugnaban los humanistas de
vanecido del río y, tras llevarlo rápidamente junto al fuego, volvió
da y redactada con tal calidad y precisión histórica que puede rivalizar con LA CON su época.
DE NÁPOLES
las obras de la antigüedad de mayor prestigio. Los diez libros de las hazañas
en sí y lo colgaron por los pies para que vomitase toda el agua que QUISTA
había tragado. Tan pronto como se recuperó y pudo hablar dijo, del rey Alfonso, al modo de las décadas de la Historia romana de Tito Livio, Ana-Isabel Magallón García, doctora en Filología Clásica por
satisficieron tanto al rey de Aragón, realzado en esta obra hasta alcanzar la DE
gritando, «Aragón», y a partir de ese momento el rey lo tuvo en la Universidad de Zaragoza, con premio extraordinario, ejerce
gran aprecio». (VII, 8-9). figura histórica de un antiguo emperador romano, que encargó de inmedia- NÁPOLES en esa universidad como profesora de Filología Latina desde
to copias de la misma a los mejores copistas que trabajaban en la Biblioteca [1455] [1455] 1991. Es especialista en latín medieval e historiografía latina,
«(…) como si Dios quisiese manifestar su oposición a este trán- de Nápoles. No obstante, la desidia de los siglos posteriores ha dejado en el así como en lexicología latina, y ha publicado traducciones de
sito, que también un adivino le había aconsejado que podía ser olvido este gran relato de la conquista de Nápoles, una obra comparable a la textos jurídicos, gramaticales, históricos y epistolográficos.
fatal, un repentino dolor invadió su pierna derecha, y su fuerza Crónica de Ramón Muntaner o a la del propio rey Jaime I el Conquistador. También se ha ocupado en sus investigaciones de diversos as-
resultó tan dura que le impidió moverse de aquel lugar. Cinco días Inédita hasta la fecha en lengua castellana, La conquista de Nápoles de Facio pectos de historia del pensamiento lingüístico escrito en latín.
después se mantenía el dolor, pero pese a ello, decidió reanudar
se presenta hoy en una edición cuidadosamente preparada y anotada, acom-
el camino, transportado en una litera, y cruzar el río. Pero como
pañada de los dibujos que Francis Meléndez ha diseñado especialmente para
además del persistente dolor se añadió la fiebre, bajo la persua-
esta edición.
sión de sus médicos se vio obligado a cambiar de parecer y se
encargó de organizar su traslado a Fontana, un castillo próximo
a aquellos lugares. Allí, después de haber tomado un fármaco
para curar su enfermedad, cayó desvanecido entre las manos de
los suyos a causa de una súbita conmoción de los humores de su
cuerpo, y creyeron que había abandonado esta vida. La noticia
se divulgó de inmediato y afectó sobremanera los ánimos de sus
Edición, introducción y notas de
gentes. Después, tras recuperar la consciencia por las cataplasmas
de los médicos, mientras esperaba restablecerse día a día, se con- Ana-Isabel Magallón
tuvo durante algunos días de enviar la caballería por delante. (…) ¶
Y como era preciso cauterizar la herida del rey y parecía que no
podía sanar de otro modo, según apreciaban los médicos, y como
había algunos que le aconsejaban atarle las manos debido a la in-
soportable agudeza del dolor, él se opuso afirmando que él iba a
soportar todos los tratamientos que prescribiesen los médicos. Y
de esta manera soportó impertérrito y miró la cura de la herida
mientras la cauterizaban». (X, 91-94).
Institución Fernando el Católico
Motivo de cubierta:
Diputación Provincial de Zaragoza
Vista de Nápoles según la Tavola Strozzi,
MMXVII en dibujo de Francis Meléndez (detalle).
LA CONQUISTA
DE NÁPOLES
[1455]
LA CONQUISTA
DE NÁPOLES
[1455]
Revisión de
Álvaro Capalvo
¶
ISBN: 978-84-9911-469-9
Depósito legal: Z 1846-2017
Imprime: Litocian, S. L.
Encuaderna: Raga, S. A.
INTRODUCCIÓN
por Ana-Isabel Magallón................................................................................ 9
Biografía del autor.................................................................................................... 9
Su formación intelectual................................................................................. 9
Su vida en la corte de Nápoles ....................................................................... 15
Un historiador al servicio de Alfonso V................................................................ 22
Antecedentes historiográficos........................................................................ 25
Análisis de los Rerum gestarum Alfonsi regis libri X............................................ 35
Los modelos clásicos de Facio: el modelo estilístico de César................... 36
Los modelos clásicos de Facio: el modelo narrativo de Tito Livio............ 41
Estructura y contenido de los Rerum gestarum Alfonsi regis libri X.................. 47
Recepción y difusión de la obra ............................................................................ 53
La recepción de la obra y la suerte de la biblioteca ..................................... 53
Copias, ediciones y traducciones................................................................... 59
Su formación intelectual
Bartolomeo Facio nació en La Spezia, Génova, en una fecha próxima a 14002, en
el seno de una familia acomodada de notarios con cierto renombre —su padre fue
canciller del Comune de La Spezia—, por lo que desde los primeros años de su
juventud pudieron costearle una esmerada enseñanza junto al intelectual Guarino
Guarini (1370-1460)3, radicado en Verona. Durante seis años, entre 1420 y 1426
al menos, desarrolló junto a dicho maestro el gusto por la escritura en lengua
latina y el análisis de los textos clásicos que se aprecia en sus obras escritas. A
lo largo de esta etapa de formación junto a Guarino no solo llegó a perfeccionar
sus conocimientos gramaticales, sino que además se interesó por la práctica do-
cente de los mismos. Precisamente, en aquellos mismos años Guarino publicó
1 Para llevar a cabo la investigación que ampara este trabajo la autora ha contado con el apoyo
económico del Grupo de Investigación consolidado «Textos Latinos: crítica, interpretación y difu-
sión» (H19), financiado por el Gobierno de Aragón y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional.
2 No existe todavía un estudio biográfico actualizado que recoja todos los datos que sobre este autor
se han ido publicando en los últimos años, por lo que aún resulta todavía útil el trabajo veterano
de U. Mazzini, «Appunti e notizie per servire alla bio-bibliografia di Bartolomeo Facio», Giornale
storico e letterario della Liguria 4 (1903), pp. 400-454. Las dos biografías de Facio que hasta la fecha
han sido publicadas, la de C. Marchiori, Bartolomeo Facio tra letteratura e vita, Milán, Marzorati,
1971, que no añade novedad alguna, y la de Marco Biagioni, Bartolomeo Facio. Umanista spezzino
(1400-1457). Filósofo, polemista, storico ufficiale di Alfonso d’Aragona, re di Napoli, La Spezia, Edi-
zioni cinque terre (coll. Vernazza), 2011, sin ningún aliento académico, no han logrado el objetivo
de convertirse en el estudio biográfico definitivo y bibliográficamente completo que este autor
merece. No obstante, es posible contar con algunas sinopsis biográficas muy útiles, como la de P.
Viti, s. v. «Bartolomeo Facio», en Dizionario biografico degli Italiani 44, Roma, 1994, pp. 113-121,
o las que contienen algunos estudios centrados en algunos aspectos más relevantes como el de
Ferraù, Il tessitore di Antequera, especialmente el capítulo «Nascità della leggenda “magnanima”:
Facio e dintorni», pp. 43-80, o los que aportan los trabajos recogidos en el volumen colectivo de G.
Albanese (ed.), Studi su Bartolomeo Facio, Pisa, ETS, 2000.
3 Véase el estudio de R. Sabbadini, Bartolomeo Facio, scolaro a Verona, maestro a Venezia, Venecia,
Grafico G. Di S. Fabbris, 1913, donde se traza la evolución de la relación entre Guarino y Facio,
quien siempre tuvo en cuenta las enseñanzas de su maestro a lo largo de toda su producción es-
crita.
4 Efectivamente en esta obra, escrita antes de 1420 —cuyo éxito propició que se alcanzasen 26 edi-
ciones durante el siglo XV—, el maestro veronés reunía lo esencial de la doctrina morfológica del
Doctrinale de Villadei junto a un extracto de Prisciano para las cuestiones de sintaxis, además de
otros preceptos provenientes de una síntesis de un Pseudo Donato del siglo XIII. Para los detalles
de la misma, y de otros opúsculos gramaticales tanto en prosa como en verso de Guarino, pueden
verse W. K. Percival, «Textual problems in the Latin grammar of Guarino Veronese», Res publi-
ca litterarum 1 (1978), pp. 241-254; M. Tavoni, «Guarino e l’ambiente ferrarese», en Id., Latino,
grammatica, volgare, Padua, 1984, pp. 73-104; W. K. Percival, «A Working Edition of the Carmina
differentialia by Guarino Veronese», Res Publica Litterarum 17 (1994), pp. 153–177 (reproducido
en Studies in Renaissance Grammar, Ashgate, 2004).
5 Al menos esa era su intención, según manifiesta en la carta que le dirige a su amigo Carlo Marsu-
ppini (Bibl. Apost. Vaticana, Vat. lat. 2906, f. 52).
10
décadas que había publicado para difundir sus enseñanzas varios opúsculos gra-
maticales para trabajar aspectos léxicos y gramaticales con sus alumnos. La obra
de Facio abarcaba dos aspectos complementarios del estudio lexicológico del
vocabulario latino en sus dos partes: la primera era un tratado de diferenciación
sinonímica, que recibía el título de De differentiis vocabularum, donde lo im-
portante era buscar los componentes semánticos presentes en una palabra para
garantizar su correcto uso frente al de otra aparentemente sinónima, homónima
o simplemente parónima. La segunda parte, con el título de Synonyma, era un
glosario de términos latinos que podían considerarse sinónimos en contextos
no excesivamente técnicos. Al tratarse de obras de tipo instrumental el elenco de
términos siempre podía ser objeto de ampliación por parte del docente o lector
culto que recurriese a ellas para ampliar su acervo léxico latino. En la época en
que Facio escribió este interesante tratado de diferenciación sinonímica, ade-
más de demostrar una sobrada competencia en el uso de la lengua latina, estaba
actuando como un auténtico humanista, tal como unos años antes había hecho
Valla con sus Elegantiae linguae latinae, publicadas en 1441, una obra funda-
mental de la lingüística del Renacimiento donde su autor expone sus personales
puntos de vista sobre la sintaxis, el léxico y los recursos retóricos de la lengua
latina. En las Elegantiae Valla también había recurrido al género de differentiis6
para la exposición de sus reflexiones léxicas, y para determinar acepciones y
valores de diversas palabras de la lengua latina. El De verborum proprietate7, por
sus dimensiones y su tipología de obra de consumo, sobrevivió aparejado en
la transmisión con otras obras de Facio consideradas en un plano secundario
frente a la restante producción, especialmente los escritos originados en la corte
del rey Alfonso.
11
La segunda obra que escribió Facio es una narración con trasfondo histórico,
titulada De origine inter Gallos et Britannos belli Historia8, en la que intentaba des-
entrañar el inicio de la rivalidad entre ambos pueblos que desembocó en su fase
final en la llamada guerra de los Cien Años. Facio comenzó su redacción en los
años en los que simultaneaba la actividad diplomática, entre Génova y Florencia,
con la enseñanza de las letras latinas a señalados pupilos. Sin embargo, no fue has-
ta haberse instalado en la corte aragonesa, aproximadamente entre los años 1445
y 1448, cuando redactó la versión definitiva. La obra de Facio fue objeto de una
temprana vulgarización por parte de Jacopo di Poggio Bracciolini bajo el título
Della origine della guerra tra Franciosi e Inghilesi, aparecida en torno a 1470, aun-
que la relación entre ambos escritos tardó mucho tiempo en quedar clara9. La ver-
sión definitiva de la obrita que Facio quiso publicar fue dedicada al conde Carlo
Ventimiglia, con quien mantuvo un intercambio epistolar que atestigua la amistad
entre ambos. La narración que contiene se desarrolla en forma de novella huma-
nistica, en la que se aprecia una summa de estratos narrativos que Facio combinó
de una forma personal. A partir del motivo folklórico de la «fanciulla perseguita-
ta»10, Facio crea un relato histórico y fantástico al mismo tiempo, protagonizado
por la hija de un rey de Inglaterra. Desde el momento en que la joven se casa con
el delfín del trono francés, afronta numerosas desventuras, que acabarán siendo la
causa del enfrentamiento de los dos países y, por tanto, se convertirían en el origen
de la llamada guerra de los Cien Años. En la descripción de las pruebas a las que
se ve expuesta la protagonista se advierte la influencia del personaje de Griselda,
a través de la interpretación del mismo que hizo Petrarca en 1373, cuando recibió
una copia del Decameron de Boccaccio, y versionó en latín de una forma muy libre
la historia de una joven esposa, a quien su marido exigió durísimos testimonios
8 Editada magníficamente por Gabriella Albanese y Rossella Bessi, All’origine della guerra dei cento
anni: una novella latina di Bartolomeo Facio e il volgarizzamento di Jacopo di Poggio Bracciolini,
Roma, Edizioni di Storia e Letteratura (col. Studi e testi del Rinascimento europeo, 4), 2000. Esta
obra fue publicada por primera vez en 1731 por iniciativa de Francesco Camusat cuando am-
plió y enriqueció el diccionario literario que había publicado el dominico español Alonso Chacón
(Bibliotheca libros et scriptores ferme cunctos ab initio mundi ad annum 1583, ordine alphabetico,
complectens, auctore et collectore F. Alfonso Ciaconio, Ordinis Praedicatorum doctore et theologo,
nunc primum in lucem prodit studio et cum observationibus Francisci Dionysii Camusati, Parisiis,
apud viduam Georgii Jouvenel, 1731), con la incorporación a la voz Bartholomaeus Facius de un
apéndice, en las coll. 884-893, que contenía la transcripción de la obra.
9 Mientras tanto la versión de Facio aparecía publicada como anónima, y su reconocimento tuvo
que esperar hasta 1874, cuando Achille Neri determinó la relación entre ambos escritos en A. Neri,
«Intorno alla Novella di Jacopo di Poggio Bracciolini e all’original testo latino di Bartolomeo Fazio.
Lettera al Sig. Cav. Giambattista Passano ufficiale nella Biblioteca Civica di Genova, bibliografo
distintissimo», Il Propugnatore 7, I (1874), pp. 129-137. Para los detalles de la intrincada historia
textual véase Albanese y Bessi, All’origine della guerra, pp. 72-75.
10 Sobre el rendimiento que este motivo tuvo en la literatura medieval, tanto latina como vernácula,
contamos con el trabajo de V. Orazi, «“La fanciulla perseguitata”: motivo folclorico a struttura
iterativa», en I. Paccagnella et alii (edd.), «Anaforá». Forme della ripetizione, Padua, Esedra, 2011,
pp. 77-97. Además, Facio sumó a la trama elementos de otras fuentes escritas en italiano, como la
novella X, 1 del Pecorone di Giovanni Fiorentino, para cuyos detalles remitimos a Albanese y Bessi,
All’origine della guerra, pp. 39-48.
12
11 Véanse los detalles en G. Albanese, «La novella di Griselda: “De insigni obedientia et fide uxoria”»,
en M. Guglielminetti (ed.), Petrarca e il petrarchismo. Un’ideologia della letteratura, Alessandria,
Edizioni dell’Orso, 1994, pp. xix-xlix.
12 Su lectura es posible gracias a la reproducción facsímil de la edición de Lyon de 1563, acompañada
de traducción, que ofrece S. Perini, Bartolomeo Facio. De bello Veneto Clodiano: liber della guerra
tra veneziani e genovesi, (introduzione a cura di…), Leggio, Libreria Editrice, 1993. Todavía resulta
útil consultar la edición de J. G. Graevius y P. Burmann, «Bartholomaei Facii, De bello veneto
clodiano», en Thesaurus antiquitatum et historiarum Italiae, Lyon, 1722, V, 4, pp. 1-34.
13 Citamos un extracto de dicho prólogo que aparece transcrito y comentado en Albanese y Bessi,
All’origine della guerra, pp. 28-31: «Incidit mihi nuper in manus, Joannes Jacobe ornatissime, dum re-
supinarem libellos meos, bellum illud Venetum vulgatissimum “Clodianum” appellatum, quod alias,
prout in annalibus nostris scriptum repperi, in commentariolos quosdam contuleram, eo animo, ut
illud aliquando expolirem. In eosdem quoque commentariolos conieceram superiora bella veneta,
quae, ut arbitror, duo fuere, quibus civitas nostra multas insignes victorias de Venetis consecuta est,
quamquam sint tam breviter ac tam mutilate litteris mandata ab annalium nostrorum scriptoribus,
ut ne ipse quidem Livius, si reviviscat, aut Sallustius ea illustrare satis possit […]. Hoc enim bellum
legens, genus dicendi nostrum in historia cognosces. Si quid autem erratum in rebus fuerit, non ego,
sed annalium nostrorum scriptores culpandi erunt, quos secutus sum, aliquibus tamen paucis correc-
tis atque inmutatis, quae, quantum indagare potui, nec vera nec verisimilia sunt».
13
tipo de escrito sucinto (breviter), quizás en la forma de una crónica, y tan carente
de estilo que ni siquiera podrían dárselo (illustrare satis possit) dos autores tan
reputados como Salustio y Livio. Con ese material histórico Facio se propone
crear un tipo de relato histórico, denominado alternativamente commentario-
lus o bellum —términos ambos evocadores de la obra cesariana—, en el que no
tendrá cabida aquello que exceda de los límites del relato histórico y ni lo que se
adentre en el terreno de lo legendario (nec vera nec verisimilia sunt). Esta es una
reflexión que cobra un especial significado porque Facio en estos momentos se-
guramente ya había comenzado la redacción de su obra histórica más ambiciosa,
los Rerum gestarum Alfonsi, y seguramente se había encontrado con una tesitura
parecida al seleccionar los materiales antiguos con los que narrar algunos episo-
dios iniciales de las gestas de Alfonso.
Es este escrito el primero en el que Facio se expresa sobre el género de la
historia, pero no será el único, dado que iremos viendo cómo refina su visión
personal de la misma a partir de algunas otras afirmaciones vertidas en las car-
tas que escribió durante los años de creación de los Rerum gestarum Alfonsi,
donde, como era lógico, la teoría dejará paso a la creación misma. Y, sin duda,
en todos ellos estaba presente el eco de las enseñanzas de Guarino, quien antes
en sus clases, y luego por escrito, había dado a conocer su teoría de la escritura
de historia en una conocida carta, fechada a principios de 1446, dirigida a To-
bia del Borgo14. En ella proponía una secuencia lógica de ordenación (prólogo,
causa, ordenamiento lógico de los hechos históricos) que Facio siempre intentó
respetar al máximo, dentro de las exigencias que su función como cronista del
rey le permitía. No se puede perder de vista que en aquellos años la escritura de
historia iba a tener una función legitimizadora de las acciones militares que los
políticos habían llevado a cabo sobre el escenario italiano, especialmente des-
pués de haber llegado al poder15. Teniendo en cuenta todos estos presupuestos,
Facio confeccionó las obras que escribió durante el tiempo que permaneció en
la corte de Alfonso.
14 Esta carta viene a ser un ejemplar del género de la carta-tratado, utilizada por los sabios del Qua-
ttrocento para la exposición de su magisterio, y de ahí el título que se le ha dado, De historiae
conscribendae forma, recogida en R. Sabbadini, Guarino Veronese: Epistolario, vol. II, Venecia, R.
Deputazione Veneta di Storia Patria, 1916, pp. 458-465. Por su parte, Tobia del Borgo fue un re-
putado poeta activo en la corte de Segismondo Malatesta, y un brillante orador, a quien Guarino
le proporciona sus consejos cuando se disponía a escribir sobre esta poderosa familia de Rímini la
obra denominada Continuatio Cronice Dominorum de Malatestis. Sobre la importancia de Guarino
como tratadista véase G. Cotroneo, I trattati del ‘Ars historica’, Nápoles, Giannini, 1971, pp. 74-79.
Y concretamente, sobre el uso que Guarino hace en ella de argumentos que Luciano había expuesto
en su De historia conscribenda, véase M. Regoliosi, «Riflessioni umanistiche sullo “scrivere storia”»,
Rinascimento 31 (1991), pp. 3-37, esp. pp. 8-16, donde propone alguna enmendatio sobre el texto
de Guarino. Para valorar la influencia del maestro veronés en los escritos históricos de Facio, son
muy atinadas las observaciones de Ferraù, Il tessitore di Antequera, pp. 46, 71-75.
15 Cf. G. Ianziti, Humanistic Historiography under the Sforzas. Political Propaganda in Fifteenth-cen-
tury Milan, Oxford, OUP, 1988, pp. 14-19. A raíz de la publicación de la obra de Facio, Francesco
Sforza, coyunturalmente al frente del ducado de Milán, encargó una narración en la que no solo
14
ensalzaba la nobleza de su origen y describía sus logros militares, sino que también pretendía justi-
ficarlos ante un público presente y futuro. Además de la obra de Facio, inspiró el encargo de Sforza
el libro de Gianantonio Campano, Bracii Perusini vita et gesta, que había sido publicado en 1450,
para celebrar la memoria de los hechos de Braccio da Montone, como salvador de Perugia (véase
S. Valerio, «La vita di Braccio da Montone di G. A. Campano», en M. de Nichilo, G. Distaso, A.
Iurilli (edd.), I confini dell’Umanesimo letterario. Studi in onore di Francesco Tateo, Roma, Roma nel
Rinascimento, 2003, vol. III, pp. 1349-1360). El resultado fue una obra de su secretario Lodrisio
Crivelli, que bajo el título De vita rebusque gestis Francisci Sfortiae vio la luz entre los años 1461 y
1463. Sobre la imagen que estos condotieros quisieron trasladar de sí mismos véase E. O’Brien, The
«Commentaries» of Pope Pius II (1458-1464) and the Crisis of the fiftteenth-century Papacy, Toronto,
University of Toronto Press, 2015, pp. 209-215.
16 El encuentro se produce a finales del otoño de 1443 y Facio, consciente de la importancia del mis-
mo, lo recoge en su narración (Rerum VIII 113): «En aquel tiempo yo había sido enviado a Torre di
Palma por los genoveses, con quienes el rey estaba en guerra, para tratar sobre una tregua. Llegué
a este castillo, situado no lejos de Fermo, justo el día de antes de que el rey se trasladase allí».
17 Alfonso era consciente de que la cercanía y colaboración en su proyecto cultural de aquellos inte-
lectuales era costosa, por lo que no dudaba en gastar al año, según el cálculo de A. Ryder, Alfonso
el Magnánimo, pp. 321-326, más de 20.000 ducados en sus retribuciones. Para este milieu cultural
véase además J. C. Rovira, Humanistas y poetas en la corte napolitana de Alfonso el Magnánimo,
Alicante, Prensas Universitarias, 1990.
18 Aportamos la traducción que ofrece S. López Moreda, Antonio Beccadelli, El Panormita. Dichos y
Hechos de Alfonso, rey de Aragón. Discurso de Alfonso con motivo de la expedición contra los turcos.
El triunfo alfonsino, Madrid, Akal, 2014, p. 118. El texto latino dice así (De dictis II 67): «Inter
doctrina vero et ingenio insignes amplexus est, praecipue Bartholomaeum Facium suavis et priscae
eloquentiae virum, a quo quidem et res a se gestas perscribi cupide appetivit, maxime eius libri sua-
vitate allectus, quem de vitae felicitate regi ipsi antea dicaverat». Resulta curioso que el historiador
Marco Juniano Justino también le aplicase, muchos siglos antes, con el mismo carácter laudatorio
15
16
23 Las fechas y la cantidad asignada por el trabajo de historiador de corte son las que indica C. Minie-
ri Riccio, «Alcuni fatti di Alfonso I. di Aragona. Dal 15 aprile 1437 al 31 maggio 1458», Archivio
Storico per le Provincie Napoletane 6 (1881), pp. 1-36, 231-58, 411-61, esp. p. 251. Sin embargo,
es posible que este salario no fuese el primero que recibía, ya que Facio ya llevaba dos años antes
vinculado a la corte como instructor de Fernando, ni que la fecha determine el comienzo exacto de
la escritura de la obra histórica sobre Alfonso.
24 Véase el análisis de Federico Petrucci, «Il De humanae vitae felicitate di Bartolomeo Facio», Ri-
nascimento Meridionale 1 (2010), pp. 40-53. En esta obra Facio rebatía las tesis que Lorenzo Valla
había expuesto en su diálogo, que recibió el título original De voluptate (1431) y que, tras dos
correcciones del propio autor, quedó con el título De vero falsoque bono. Véase al respecto G.
Zippel, «La autodifesa di Lorenzo Valla per il proceso dell’Inquisizione napoletana (1444)», Italia
medievale e umanistica 13 (1970), pp. 59-94.
25 Sobre las fuentes que manejó para la obra véase el trabajo de Vera Tufano, «Il De humanae vitae fe-
licitate di Bartolomeo Facio tra modelli classici e fonti patristiche», Mélanges de l’École française de
Rome - Moyen Âge [online], 128-1 | 2016, online desde 27/01/2016, consultado el 29 de diciembre
2017. URL: http://journals.openedition.org/mefrm/2928.
26 Véase la edición de Juan de Lucena. Diálogo sobre la vida feliz; Epístola exhortatoria a las letras, con
edición, estudio y notas de Jerónimo Miguel, Madrid, Real Academia Española / Centro para la
edición de los clásicos españoles, 2014, y el estudio de A. Vián, «El Libro de vita beata de Juan de
Lucena como diálogo literario», Bulletin Hispanique 93, 1 (1991), pp. 61-105.
17
tate hominis et excellentia humane vite. Con esta obra Facio intentaba cumplir la
promesa, que formuló Inocencio III en el prólogo de su obra De miseria, de escribir
un tratado sobre la dignidad del hombre, que no pudo redactar por las exigencias
propias de su pontificado27, según explica el propio Facio en su obra. La obra, por
esta razón, exhibe un carácter marcadamente religioso, donde la concepción del
hombre todavía emana de una reflexión teológica, de la que se irá poco a poco des-
prendiendo el pensamiento humanista. Facio dedicó esta obra al papa Nicolás V
y encargó al cardenal genovés Fieschi, entre otros, que confirmase la recepción de
la misma. Incluso escribió directamente al papa para solicitar dicho acuse
de recibo, al tiempo que se ofrecía para escribir otros tratados similares si este
había sido de su agrado. En efecto, durante el año 1447 su estancia en Nápoles
no había sido tan agradable debido a un enfrentamiento con Lorenzo Valla y la
precariedad económica con la que vivía debido a las fluctuaciones del tesoro real,
hipotecado por los gastos que ocasionaba la guerra28.
Sin embargo, Facio, que en octubre de 1446 había sido oficialmente nom-
brado cronista del rey, se ilusionó pronto con la responsabilidad de redactar una
obra histórica con las hazañas con las que Alfonso había conquistado el Reino de
Nápoles, y a esta ambiciosa labor se dedicó de forma intensiva. En 1451, ya tenía
listos los primeros siete libros de los Rerum gestarum Alfonsi, es decir, «las hazañas
del rey Alfonso», y en abril de 1455 había llegado a la versión final de la obra en
diez libros. Abordaremos los pormenores de la redacción de la obra central de esta
introducción un poco más adelante.
En 1456, un año después de haber acabado los Rerum gestarum Alfonsi, Facio
publicó su última obra —a tenor de las palabras que incorpora en el proemio de la
misma29—, con un título de raigambre clásica, De viris illustribus30, que traería a la
27 Véase P. O. Kristeller, El pensamiento renacentista y sus fuentes (1.ª ed. 1979, Nueva York, trad.
F. Patán), México, FCE, 1982, pp. 231-233. Tras Facio, también Giannozzo Manetti escribió otro
tratado sobre el mismo tema retomando las ideas de Inocencio III —aunque trascendiendo la
doctrina teológica del pecado y la salvación—, y además se lo dedicó al rey Alfonso de Aragón.
Su prefacio puede leerse en la traducción italiana de E. Garin, «Della dignità e dell’eccellenza de-
ll’uomo: prefazione di Giannozzo Manetti al libro sulla dignità e l’eccellenza dell’uomo dedicato ad
Alfonso d’Aragona», Prosatori latini del Quatrocento, Turín, G. Einaudi, 1977, pp. 424-517. Sobre la
relación del tratado de Facio con el que fue escrito por Antonio da Barga, y el peso de otras fuentes
desde Petrarca, véanse también C. Trinkaus, In Our Image and Likeness: Humanity and Divinity
in Italian Humanist Thought, 2 voll., Chicago, The Chicago University Press, 1970, vol. I, pp. 200-
229; F. Toscano, «Il De excellentia ac praestantia hominis di Bartolomeo Facio: fra fonti patristiche,
modelli classici, schemi retorici», Mélanges de l’École française de Rome - Moyen Âge [online], 128-1
| 2016, online desde 10/02/2016, consultado el 10/07/2016. URL: http://mefrm.revues.org/2950.
28 Varias cartas atestiguan este periodo de zozobra profesional de Facio, tal como analiza J. H. Bent-
ley, Politics and Culture in Renaissance Naples, Princeton, Princeton University Press, 1987, p. 103.
29 Las palabras de Facio (De viris illustribus, 1: «Cum ab historiae componendae diuturnis laboribus
aliquando requiescerem, absolutis libris decem Alphonsi Regem») parecen indicar una suerte de si-
multaneidad en la composición de estas dos obras: seguramente fue recopilando la documentación
necesaria durante los años en los que se ocupó de la redacción de los Rerum gestarum libri X.
30 No tenemos noticia de una edición posterior a la de L. Mehus, Bartholomaei Facii de viris illustri-
bus liber, Florencia, 1745 —de la que incorporan en apéndice una reproducción anastática en G.
Resta (ed.), La Storiografia umanistica, Atti del Convegno, AMUL, 22-25 octubre, 1987, Mesina,
18
Sicania, 1992, vol. II, pp. 7-134—, y por ella citamos los fragmentos. De creer a M. Baxandall,
Giotto y los oradores. La visión de la pintura en los humanistas italianos y el descubrimiento de la
composición pictórica, 1350-1450 (trad. de la ed. inglesa de 1971), Madrid, Visor, 1996, p. 145, n.
109, esta edición reproduce una copia inexacta, ya que los dos manuscritos existentes del siglo XV
(el Vaticanus Latinus 13650 y el 854 de la Biblioteca Nazionale di Roma, Vittorio Emmanuele) con-
tienen la obra en su integridad. Sobre el valor del primero de los manuscritos, y como anticipo de
una futura edición de la obra que todavía no ha visto la luz, véase el artículo de Mariarosa Cortesi,
«Il codice Vaticano Lat. 13650 e il De Viris Illustribus di Bartolomeo Facio», Italia medioevale e
umanistica 31 (1988), pp. 409-418, y el comentario crítico a este trabajo de G. Albanese, Roma nel
Rinascimento (1992), pp. 204-206.
31 Dentro de este capítulo titulado de quibusdam civilibus privatis aparece, por ejemplo, la biografía
de Còsimo de Medici, uno de los hombres más ricos de la época, que, según Facio (p. 57, ed.
Mehus), destacó además por mandar construir una biblioteca con innumerables códices griegos y
latinos que había mandado copiar para este fin, entre los que destacaban historiadores como fue
Tácito. Cf. A. Greco, «Forme di letteratura e di vita nel De viris illustribus di B. Facio», en A. Greco
(ed.), La memoria delle lettere, Roma, Bonacci, 1985, pp. 26-43.
32 G. Albanese, «Lo spazio della gloria. Il condottiero nel “De viris illustribus” di Facio e nella tra-
ttatistica dell’Umanesimo», en G. Albanese (ed.), Studi su Bartolomeo, pp. 215-255, el capítulo
aparece ampliado —respecto a la contribución del mismo título que aparece en M. Del Treppo
(ed.), Condottieri e uomini d’arme nell’Italia del Rinascimento, Nápoles, Gisem: Liguori, 2001,
pp. 93-123— con una edición del capítulo De copiarum ducibus extraído del De viris illustribus, que
era una especie de recopilación humanística de personajes ilustre.
33 Véase la edición de Enea Silvio Piccolomini, De viris illustribus, de A. Van Heck, 1991, Ciudad del
Vaticano, y el trabajo que reivindica otra denominación para esta colectánea de P. Viti, «Osserva-
zioni sul De viris aetate sua claris di Enea Silvio Piccolomini», en L. Rotondi Sechi Tarugi (ed.),
Pio II e la cultura del suo tempo. Atti del I Convegno Internazionale, Milán, 1991, pp. 199-214. La
obra pudo estar dedicada a Alfonso, según afirma Facio, pero no conservamos ni un prólogo y ni
un explicit que corrobore esta afirmación.
34 A propósito de los capítulos sobre los pintores y escultores del De viris illustribus véase la edición
crítica que aportan G. Albanese y P. Pontari, «“De pictoribus atque sculptoribus qui hac aetate
nostra claruerunt”. Alle origini della biografia artistica rinascimentale: gli storici dell’umanesimo»,
Letteratura e arte. Rivista annuale 1 (2003), Pisa-Roma, 2004, pp. 59-119, y en concreto el análisis
de estos capítulos por parte de Albanese bajo el epígrafe «Le sezioni De pictoribus e De sculptoribus
nel De viris illustribus di Bartolomeo Facio», pp. 59-79.
19
Entre estas nuevas biografías, cabe destacar las dedicadas al arquitecto Leon
Battista Alberti, aunque dentro de la categoría de «oradores» —debido muy po-
siblemente a que Facio había conocido el tratado De pictura que este había re-
dactado en 1436—, y, entre los pintores, introdujo las de los artistas Gentile da
Fabriano, Jan van Eyck, Pisanello y Rogier van der Weyden. La historiografía del
arte35 ha concedido gran valor a estas biografías de artistas, porque Facio no solo
es portavoz del gusto del rey Alfonso, gran amante de los tapices flamencos, que
adquirió una vez asentado con su corte aragonesa en Nápoles, sino que además
el autor se muestra como un intelectual con un criterio propio36 formado a partir
de sus viajes por la Italia del Norte y del centro —dadas las descripciones de obras
solo contemplables en ciudades como, por ejemplo, Venecia, Génova, Ferrara o
Florencia—, antes de entrar en Nápoles.
Sin duda, es el prólogo que antepone a este capítulo de pictoribus una de las
partes más interesantes de la obra, en donde Facio debate sobre la relación entre
pintura y poesía, siguiendo, entre otras fuentes37, tanto el lema pictura poema ta-
citum que Plutarco atribuye a Simónides en los Moralia 346F38, como los dictados
del Ars Poetica 99-103 de Horacio, en donde se dice que los poemas no solo deben
ser hermosos, sino que además deben conmover nuestro corazón. Facio ofrece un
análisis maduro e innovador para su tiempo, introduciendo nociones de las que se
servirá la crítica académica de los dos siglos siguientes. El éxito39 del de pictoribus
propició que al poco tiempo fuera traducido al toscano por parte de Cristoforo
20
40 La biografía se inicia con los mismos hechos que comienzan los Rerum gestarum Alfonsi, es decir,
con la intervención del rey en el conflicto entre la reina Juana II y Luis de Anjou (p. 76, ed. Mehus):
«Alphonsus rex Aragonum multis magnificisque rebus gestis gloriosus Ioannam Neapolitanorum Re-
ginam a Lodovico Rege oppressam in pristinum statum restituit. Urbem Neapolim, Regina postea a se
dissidente, classe e Catalonia profecta vi cepit».
41 Cf. Rerum VII 110: «A estos valores añadía su amor por las letras, pues fue el único rey de su época
que cultivó las letras (Ad haec litterarum amor, ipse enim unicus rex litterarum cultor suae tempes-
tatis fuit, … accedebat)».
42 Op. cit., p. 78: «Philosophiae, Theologiae, atque omnis antiquitatis studiosus, ceterisque liberalibus
disciplinis excultus, memoriaque admirabili a natura donatus eruditos quosque nostri saeculi viros
ornat, ac fovet. Urbem Neapolim denuo constravit, vicos direxit, molem ampliavit. Librorum volumi-
na prope infinita in Bibliothecam suam mirifice ornatam coniecit».
21
43 La primera edición es la de L. Mehus, Bartholomaei Facii De viris illustribus liber nunc primum
ex ms. cod. in lucem erutus. Recensuit, praefationem vitamque auctoris addidit Laurentius Mehus
Etruscae Academiae Cortonensis Socius, qui nonnullas Facii aliorumque ad ipsum epistolas adjecit,
Florencia, 1745, pp. 79-108, donde Mehus optó por incluir una selección de 16 epístolas (8 de
Facio y 8 de sus correspondientes). También contamos con otra selección a cargo de J. B. Mit-
tarelli, Bibliotheca codicum manuorum Monasterii S. Michaelis Venetiarum […], Venecia, 1789,
coll. 372-383, en donde el editor transcribió 24 cartas (16 de Facio y 8 de sus correspondientes),
que intercambió con Guarino y con la familia Spinola, extraídas del códice del Lat. XI 80 de la
Biblioteca Marciana. Posteriormente fue Francesco Gabotto, «Un nuovo contributo alla storia de-
ll’umanesimo ligure», Atti della Società ligure di Storia patria 24 (1891), pp. 5-283, quien publicó
otro grupo de 8 cartas intercambiadas entre Facio y Panormita que habían sido recogidas en el
códice Vat. Lat. 3372. Además, en la Biblioteca de la Universidad de Valladolid es posible consultar
la digitalización on line del manuscrito del siglo XVI con 66 cartas (bajo el identificador http://
uvadoc.uva.es/handle/10324/385), conservado físicamente en el fondo antiguo, que recibe el título
de Bartholomei faccii Genuensis ad amicos eius ac familiares epistole incipiunt y el de Bartholomei
faccii ad quendam amicum suum de origine belli inter Gallos et Britanos.
44 Véase una presentación del problema en Paul O. Kristeller, «The Humanist Bartolomeo Facio and
his Unknown Correspondence», en H. C. Carter (ed.), From the Renaissance to the Counter-Re-
formation: Essays in Honor of Garrett Mattingly, Nueva York, Random House, 1965, pp. 56-74. En
otros trabajos diversos estudiosos han sacado a la luz otros ejemplares de dichas cartas, sin que por
ahora contemos con una edición completa de las mismas. Para un estado de la cuestión más com-
pleto, así como para una mayor profundización en la composición del epistolario véase Gabriella
Albanese y Monia Bulleri, «L’epistolario», en G. Albanese (ed.), Studi su Bartolomeo, pp. 133-214,
quienes además consignan toda la información sobre una posible edición.
45 La bibliografía sobre el mecenazgo que este rey ejerció sobre el mundo de las letras es ingente y,
por tanto, me limitaré a señalar algunos títulos por su importancia o novedad, en los que aparecen
otras referencias bibliográficas. Sobre la imagen que el propio rey quería proyectar de sí mismo a
través de las obras de su entorno es muy útil la consulta de G. B. Capilla Aledón, «El poder repre-
sentado: Alfonso V el Magnánimo (1416-1458)», Res publica 18 (2007), pp. 375-394.
22
46 La biografía más completa se debe a A. Ryder, Alfonso el Magnánimo. Rey de Aragón, Nápoles
y Sicilia (1396-1458), Valencia, Ed. Alfons el Magnànim, 1992 [título original: Alfonso the Mag-
nanimous. King of Aragon, Naples and Sicily, 1396-1458, Oxford, Oxford University Press, 1990].
Todavía son útiles las biografías de F. Hernández León de Sánchez, Doña María de Castilla, esposa
de Alfonso V el Magnánimo, Valencia, Universidad de Valencia, 1959, y de E. Pontieri, Alfonso il
Magnanimo, re di Napoli, (1435-1458), Nápoles, Edizioni scientifiche italiane, 1975.
47 La carta se conserva en el epistolario de Barbaro, quien organizó personalmente las 389 cartas
que lo componen, al que accedemos en la edición de C. Griggio, Francesco Barbaro: Epistolario, 2:
La raccolta canonica, Florencia, Olschki 1999, pp. 746-747: «scito me non vitam, sed res a se [scil.
Alfonso] gestas scribere proposuisse. Ubi tamen incidunt aliqua de eius laudibus, eos loco exornare
et amplificare studeo: vita vero et laudatio, quae duo genera a rerum gestarum narratione separata
scis, vel alterius hominis fuerint, vel alterius temporis» («has de saber que me he propuesto escribir
no la biografía de Alfonso, sino las gestas que ha llevado a cabo […]: la biografía y el panegírico,
ya sabes, son dos géneros distintos de la narración de las gestas […]»). Sobre la carta véanse M.
Regoliosi, «Riflessioni umanistiche», pp. 16-27; G. Albanese y M. Bulleri, «L’epistolario», en G.
Albanese, Studi su Bartolomeo Facio, pp. 133-214, esp. pp. 192-193; F. Delle Donne, «La letteratura
encomiastica alla corte di Alfonso il Magnanimo», Bullettino dell’Istituto storico italiano per il Me-
dio Evo 114 (2012), pp. 121-139.
48 El alcance que estas tres dimensiones (vita, laudatio, rerum gestarum scriptio) señaladas por parte
de Facio en la carta tuvieron en la literatura posterior, especialmente en Vespasiano da Bisticci en
sus Vite, ha sido puesto de relieve por M. Miglio, «Biografie e raccolte biografiche nel Quattrocento
23
italiano», Atti dell’Accademia delle scienze dell’Istituto di Bologna. Classe di scienze morali 63 (1974-
1975), pp. 166-199, especialmente en pp. 170-174 con la reproducción de la carta en su integridad.
49 Todo parece indicar que fue Gian Michele Bruto en la editio princeps de Lyon de 1560 quien de-
nominó la obra bajo el título De rebus gestis ab Alphonso primo Neapolitano rege commentariorum
libri decem.
50 Aunque la figura de «cronista oficial» está todavía en fase de consolidación, respecto a la impor-
tancia que adquirió en las cortes de la Edad Moderna, tanto Facio como algunos historiadores de
esta época de transición presentan muchas de sus características. Véase al respecto y con carác-
ter general, B. Guenée, Histoire et culture historique dans l’occident médiéval, París, Aubier, 1980,
pp. 337-345; R. L. Kagan, Los cronistas y la Corona, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica
y Marcial Pons, 2010, pp. 32-33.
24
Antecedentes historiográficos
En efecto, antes que Facio fueron varios autores los que escribieron sobre el rey, y,
posiblemente, el primero de ellos fue Tommaso Chaula, nacido en Chiaramonte,
a finales del siglo XIV, quien por su fecha de fallecimiento, en torno al año 1433,
solo pudo ocuparse de los primeros años del rey en suelo italiano. Su actividad
intelectual comenzó con el puesto de magister scholarum en Palermo y Catania,
pero pronto alcanzó la dignidad de gaytus (juez) de la Segrezia di Palermo —posi-
blemente en compensación de su aportación al mundo de la cultura y que después
la disfrutó el Panormita—; durante dicho cargo abordó la narración en latín de
una parte de los hechos históricos de los que se ocupa Facio. Escribió los Siculi
patria Clarimontis Gestorum per Alphonsum Aragonum et Siciliae regem libri quin-
que51, una obra que comprende la narración de los hechos que protagoniza el rey
Alfonso en Italia entre mayo de 1420 y junio de 1424, es decir, desde la petición de
ayuda de parte de la reina Juana hasta la muerte de su aliado Braccio di Montone,
en la derrota sufrida durante la batalla de L’Aquila en 1424. Seguramente comenzó
su composición en el año 1421, a raíz del encargo que Chaula recibió de parte de la
ciudad de Palermo para organizar ese mismo año un homenaje al rey Alfonso. La
obra, aunque presenta rasgos propios de la cultura meridional, no deja de exhibir
un carácter eminentemente laudatorio propio de una obra de encargo, y cierta
voluntad de estilo con recursos literarios de tipo narrativo que recuerdan a Livio
y Lucano, especialmente cuando se trata de identificar al personaje protagonista
de la acción a través del discurso directo. Este gusto por oír hablar al persona-
je, de claras reminiscencias épicas, limita deliberadamente el espacio dedicado a
la narración histórica, que se percibe menos preocupada por la exactitud de los
hechos, y por cierta reflexión histórica que por la recreación literaria, lo que jus-
tificaría que en ocasiones la fortuna irrumpa como elemento decisivo en el des-
tino de los hombres. Y este recurso narrativo seguirá conservando la aceptación
de otros historiadores como Facio, quien justificará el éxito de algunos conflictos
bélicos durante la conquista de Nápoles precisamente por la presencia de la fortu-
na52. Con toda seguridad Facio consultó esta obra de Chaula para la organización
cronológica de los hechos que sucedieron al poco de producirse la petición de
ayuda de la reina Juana, y que ocupan la narración de los tres primeros libros de
51 Conservados en un códice no original pero con muchas correcciones autógrafas del que se hizo
una edición diplomática por parte de R. Starrabba (Gestorum per Alphonsum Aragonum et Siciliae
regem libri quinque ex unico codice Regii Neapolitani archivi nunc primum editi, Palermo, Scuola
Tip. Boccone del povero, 1904), como volumen I de la colección «Aneddoti storici e letterari sici-
liani». Véase además R. Weiss, «Intorno a Tommaso Chaula», Bolletino del Centro di Studi filologici
e linguistici siciliani 4 (1956), pp. 385-387.
52 Esta intervención de la fortuna en la narración de Facio puede llegar a considerarse, según Ferraù,
Il tessitore di Antequera, pp. 76 y ss., como un defecto generalizado de la historiografía encomiás-
tica, como si los políticos de la época no tuvieran capacidad de influir en el desarrollo de los
acontecimientos. No obstante este parecer, la fortuna como tal no había dejado nunca de ser un
motivo literario presente, en todo tipo de géneros literarios, desde el mundo grecorromano hasta
el Renacimiento, y la historiografía no quedó nunca al margen de esta convención.
25
53 En concreto, las operaciones bélicas llevadas a cabo por Alfonso para reclamar la posesión de Cór-
cega junto a las llamadas Bocche di Bonifacio, localizadas entre Córcega y Cerdeña. En cambio,
sigue de cerca el relato de Chaula en la descripción de Marsella o en la muerte de Mucio Atendolo
Sforza, tal como ha señalado Pietragalla, Bartolomeo Facio, p. XVI.
54 El texto se puede consultar en la cuidada edición del texto latino a cargo de Fulvio Delle Donne,
Gaspare Pellegrino, Historia Alphonsi primi regis, Florencia, SISMEL - Edizioni del Galluzzo (Coll.
Il Ritorno dei Classici nell’Umanesimo, IV.2), 2007, que debe completarse con la nueva edición con
traducción italiana también de Fulvio Delle Donne, Gaspar Pelegrí, Historiarum Alphonsi primi regis
libri X. I dieci libri delle storie del re Alfonso primo, Roma, Istituto Storico Italiano per il Medio Evo,
2012, y los datos biográficos publicados, e incorporados en esta segunda edición de texto, y en dos
trabajos posteriores del mismo editor: F. Delle Donne, «Gaspar Pelegrí e le origini catalane della
storiografia umanistica Alfonsina», Arxiu de Textos Catalans Antics [Institut d’Estudis Catalans /
Facultat de Teologia de Catalunya], 30 (2011-2013), pp. 563-608; id., «Gaspare Pellegrino (Gaspar
Pelegrí) e la prima storiografia Alfonsina», en G. Albanese, C. Ciociola, M. Cortesi y C. Villa (edd.),
Il ritorno dei classici nell’Umanesimo: studi in memoria di Gianvito Resta, Florencia, SISMEL - Edi-
zioni del Galluzzo, 2015, pp. 231-244.
55 Nos estamos refiriendo especialmente a Bernat Desclot (activo a mediados del siglo XIII) por
ser un autor reconocible dentro de la historiografía catalana anterior con su Llibre del rei en Pere
d’Aragó e dels seus antecessors passats; sobre la historiografía catalana anterior pueden verse las
páginas de F. Gómez Redondo, Historia de la prosa medieval castellana, Madrid, Cátedra, 2002, vol.
III, pp. 2207-2333. Más concretamente sobre Bernat Desclot, y además sobre las otras tres grandes
crónicas catalanas (el Llibre dels Feits de Jaume I, el Llibre de Ramon Muntaner y del Llibre del rei
Pere III), puede verse la monografía de S. M. Cingolani, La memòria dels reis. Les Quatres grans
cròniques i la historiografia catalana, des del segle X fins al XIV, Barcelona, Editorial Base, 2007.
56 Desempeñó el cargo de cronista regio y redactó, o compiló, una Crónica de Juan II de Castilla, que
se circunscribía a los años 1420-1437. Esta Crónica de Juan II no dispone de una edición comple-
ta crítica, dada la complejidad de la tradición textual de la misma, pero sí que se han publicado
algunos trabajos sobre diversos aspectos que están pendientes de estudio, tal como pone de ma-
nifiesto el análisis de F. Gómez Redondo, «Don Álvar García de Santa María: un nuevo modelo
de pensamiento cronístico», La corónica. A Journal of Medieval Hispanic Languages, Literatures &
Cultures 32, 2 (2004) (volumen dedicado a The Historian’s Craft in Medieval Iberia), pp. 91-108; y
de F. Bautista, «Álvar García de Santa María y la escritura de la historia», en P. M. Cátedra (ed.),
Modelos intelectuales, nuevos textos y nuevos lectores en el siglo XV. Contextos literarios, cortesanos y
administrativos: primera entrega, Salamanca, SEMYR (Col. Documenta, 4), 2012, pp. 27-59.
26
57 El documento del nombramiento figura en el ACA, Reg. 2904, 55v, con fecha 4 de julio de 1442.
58 La crítica de la carta (Laurentius Valla, Epistole, pp. 253-54) además de dirigirse contra la veraci-
dad del contenido («… Gaspar eius [scil. Alphonsi] medicus in commentarios retulit pene res ab illo
gestas, sed ea accuratione, ut de stilo ipso taceam, nequis prudens scriptor aliquid ad fidem veritatis
illinc mutuari possit»), también desaprobaba la falta de estilo que mostraba el autor.
59 Sobre esta pretensión de Barzizza al cargo de cronista, véase A. Soria, Los humanistas de la corte de
Alfonso el Magnánimo (según los epistolarios), Granada, Universidad, 1956, pp. 51-54, y 154 y ss.;
y J. N. H. Lawrence, «Humanism in the Iberian Peninsula», en A. Goodman y A. MacKay (edd.),
The Impact of Humanism on Western Europe During the Renaissance, Londres, Longman, 1993,
pp. 220-258, esp. pp. 233-234.
60 La edición más reciente de que disponemos de la obra es la que ha sido llevada a cabo por O. Be-
somi, Laurentii Vallae Gesta Ferdinandi regis Aragonum, Padua, 1973. En España se ha editado una
27
28
29
lo que dejaba muy claro el tono polémico de los mismos—, en donde rechazaba la
forma que Valla había adoptado en la narración sobre Fernando de Antequera, y
defendía una escritura de historia dedicada a un soberano como Alfonso de acuer-
do con presupuestos como el decorum (propios de una crónica autorizada), y ceñi-
da a los hechos, sin los juicios de valor que Valla había insertado en su narración.
Como era de esperar dado el carácter polemista de Valla, no se conformó con
esta elección del cronista oficial y decidió que la defensa de sus criterios quedara
por escrito, por lo que redactó una dura contestación en una obra llamada Antido-
tum in Facium69, con la que también respondía a las críticas que Beccadelli había
vertido en contra de su obra. Aunque el tema de las discrepancias entre Valla y
Facio es mucho más amplio y con más matices que los que permite esta introduc-
ción, es evidente que la última palabra la tuvo el rey, quien prefirió optar por un
autor que no se cuestionara los orígenes de su dinastía, ni incorporase reflexiones
intelectuales sobre la veritas y la difficultas de su historia, sino que apoyase con su
narración una legitimación de su soberanía en tierras italianas70.
Por otra parte, y desde un punto de vista estilístico, la apreciación de conjun-
to del Antidotum no deja duda de que Valla y Facio están encarnando las dos pos-
turas que en la época se adoptaban ante el uso literario del latín. Frente a la postura
que se aprecia en Facio, heredada de una enseñanza gramatical todavía sin despo-
jar de sus hábitos medievales, que venía formulada por el lema grammatice loqui,
Valla y las generaciones siguientes esgrimieron el lema del latine loqui, menos
supeditado a las gramáticas y, por consiguiente, emanado directamente del usus
de los autores literarios a los que se había erigido en canon. A partir de cada una
de estas orientaciones se sientan los principios de un latín de imitación, que cada
humanista hará suyo, como lo hizo Facio cuando escribió los Rerum gestarum
Alfonsi, eligiendo César como norte estilístico, tal como reconoce abiertamente
Beccadelli71 en la carta en la que informa al rey que su amigo Facio ha acabado la
redacción de sus gestas militares en la batalla por Nápoles.
69 Véase la edición de M. Regoliosi, Laurentius Valla, Antidotum in Facium, Padua, Antenore, 1981,
y en especial las pp. XX-LXXXI de la «Introduzione», donde Regoliosi estudia detalladamente esta
rivalidad tripartita que se originó entre los tres humanistas. Véase también la «Introduzione» de
E. I. Resta en su edición de Panhormita, Liber rerum gestarum, cit., pp. 19 ss. y 30 ss.; G. Albanese
(ed.), Studi su Bartolomeo, pp. 48 ss., y además G. M. Cappelli, L’umanesimo italiano da Petrarca a
Valla, Roma, 2010 (publicado originalmente en Madrid, 2007), pp. 277-293.
70 Por esta razón remitimos a las síntesis más actuales y completas sobre el tema: F. Delle Donne, «La
letteratura encomiastica alla corte di Alfonso il Magnanimo», Bullettino dell’Istituto Storico Italiano
per il Medio Evo 114 (2012), pp. 221-239; M. Sarnelli, «Historica sinceritas. Mitopoiesi della figura
protagonistica e tradizione classica nella storiografia dell’età aragonese. Appunti critici», Atti e Me-
morie dell’Aracadia 3 (2014), pp. 7-68; P. Baker, «Princes between Lorenzo Valla and Bartolomeo
Facio», en P. Baker, R. Kaiser, M. Priesterjahn, J. Helmrath (edd.), Portraying the Prince in the
Renaissance: The Humanist Depiction of Rulers in Historiographical and Biographical Texts, Berlín,
Walter de Gruyter, 2016, pp. 337-362.
71 Cito por la carta que publica Andrés Soria, Los humanistas de la corte, p. 246, escrita por el Pa-
normita al rey Alfonso: «Facius, qui tuas res gestas monumentis tradit… genus eloquentiae Caesaris
secutus est: quo nihil candidius, nihil sincerius legimus in lingua latina».
30
Como hemos anticipado, una de las personas más próximas a Facio fue An-
tonio Beccadelli (1394-1471), conocido también como «Panormita» (un gentilicio
que deriva del nombre griego de Palermo, su lugar de origen), al que podemos
considerar también como escritor de cabecera de Alfonso V, porque parte de su
obra se desarrolla en torno al monarca y porque compuso una obra prácticamente
coetánea a los Rerum gestarum Alfonsi de Facio, los De dictis et factis Alphonsi regis
Aragonum, entre las que hay ciertas concomitancias. Al principio de su carrera
había conseguido ser nombrado poeta laureatus por el emperador Segismundo I
en Parma en 1432, mientras ejercía de profesor de Retórica en la Universidad de
Pavía. Parecía que así quedaba atrás el escándalo que años antes pudo llegar a su-
poner la publicación de su Hermaphroditus (1425)72, una obra curiosa y alejada de
la moralidad al uso, por tratarse de una antología de poesía lasciva, inspirada en
Catulo, Tibulo y Marcial, que provocó una cascada de reacciones, en su mayoría
adversas. En esos años de vida cortesana escribió entre otras obras un Poema-
torum et prosarum liber, que dedicó al rey Alfonso en algún momento durante el
año 1433. Además, gracias a la intercesión ante el monarca de su amigo y embaja-
dor del rey, Jaume Pelegrí, el Panormita pasó a formar parte de la corte alfonsina.
Y, al parecer, desde un principio se encargó en perfeccionar la competencia escrita
en latín del rey, aunque solo tengamos constancia de ello unos años más tarde73.
Concretamente en julio de 1434 Beccadelli era nombrado consejero real y pasaba
a ocupar el cargo vitalicio de juez de la aduana (denominado gaito) de Palermo.
A partir de ese momento, Beccadelli seguirá de cerca al rey, especialmente en los
años venideros durante los cuales tiene lugar la larga contienda que acabará con la
conquista de Nápoles en 1442.
Beccadelli se erigió como el promotor cultural de la corte de Nápoles74, desde
la llamada Academia Alfonsina que posiblemente ya había fundado en algún mo-
mento del año 1443 —de ahí que también recibiera los sobrenombres de Antonia-
na o Panormitana—, una institución privada, a pesar del epónimo, que aglutinaba
todos los intelectuales coetáneos que habían tenido relación con la corte de Ná-
poles en algún momento. Por dicha Academia pasaron, además de poetas, gramá-
72 La obra de Beccadelli llamada Hermaphroditus (1425), prohibida por Eugenio IV y quemada pú-
blicamente en Milán y Bolonia, fue editada completa por primera vez en Génova en 1790. En
la actualidad la mejor edición crítica es la de Donatella Coppini (Roma, Bulzoni Editore, 1991),
junto con una interesante selección de cartas que recogen el efecto que causó su publicación. Pre-
cisamente esta edición ha propiciado las recientes traducciones de la obra, al español, por Enrique
Montero Cartelle (ed.), Antonio Beccadelli, El Hermafrodito, Madrid, Akal (clásicos latinos medie-
vales y renacentistas, 23), 2008, y al inglés por Holt Parker, Antonio Beccadelli: The Hermaphrodite,
The Villa I Tatti Library 42, Cambridge, MA, Harvard University Press, 2010.
73 En efecto, contamos con documentación (cf. Barcelona ACA Reg. 2827, ff. 183-185r, citada por
Montaner [ed.], Libro de los dichos, p. 15, n. 6) datada en 1437 sobre la orden del rey para que se
satisfaga a Beccadelli la asignación anual en pago a las variadas enseñanzas que impartía al mo-
narca. Véase además G. Resta, L’epistolario del Panormita, studi per una edizione critica, Messina,
Università degli Studi, Facoltà di lettere e filosofia, 1954.
74 Cf. V. Laurenza, Il Panormita a Napoli: memoria presentata all’Accademia Pontaniana, Nápoles,
1912, y las páginas de Resta, L’epistolario, 1954.
31
75 Contamos con el testimonio personal del propio L. Valla, quien en una carta fechada en 1442 (o
1443) a Pier Candido Decembrio (citamos siguiendo la edición del texto latino de O. Besomi and
M. Regoliosi, Laurentii Valle Epistole, Padua, Antenore, 1984, p. 239 —sobre la que descansa la
traducción de B. Cook, Lorenzo Valla, Correspondence. The I Tatti Renaissance library, 60, Cam-
bridge, MA / Londres, Harvard University Press, 2013—), reconocía desde Nápoles sin ambages:
«Mihi crede, Candide, non iactantie causa dicam, sed testimonii: feci ut et apud regem et apud ceteros
Panormita indoctissimus esse videatur. […] Temptavit etiam precibus per amicos communes, per eos
quorum auctoritas apud me multum valet, ut rediremus in gratiam, numquam perfecit neque perfi-
ciet».
76 Además de la reciente traducción de S. López Moreda, anteriormente citada, es posible el acceso al
texto latino gracias a la edición bilingüe de Eulàlia Durán (texto catalán) y Mariàngela Vilallonga
(texto latino), De dictis et factis Alphonsi Regis Aragonum et Neapolis libri quatuor, con la traduc-
ción catalana por Jordi Centelles (Dels fets e dits del gran rey Alfonso), Barcelona, Barcino (Funda-
ció Jaume I, El Nostres Clàssics, serie A, 129), 1990. También disponemos de la edición facsímile,
con una magnífica introducción a cargo de Alberto Montaner Frutos, de la traducción castellana
del bachiller Juan de Molina bajo el título de Libro de los dichos y echos elegantes y graciosos del rey
Don Alonso de Aragón: Añadido y mejorado en esta postrera impressión, Zaragoza: Agustín Millán,
a costa de Miguel de Zapilla, 1552, Zaragoza, Cortes de Aragón, 1997.
77 Véase la edición del texto según el manuscrito 445 de la Biblioteca Històrica de la Universitat de
València y el útil comentario de G. B. Capilla Aledón, «La conmemoración de una victoria, la
celebración de un triunfo: Alfonso V el Magnánimo, Antonio Beccadelli y su Alfonsi Regis Trium-
phus (BUV, mss. 445)», SCRIPTA, Revista internacional de literatura i cultura medieval i moderna
7 (2016), pp. 21-41. doi:10.7203/SCRIPTA.7.8087.
32
Ambas constituyen la muestra más clara de la participación de este autor en las pre-
misas de la literatura encomiástica que se producía en la corte de Nápoles, y a cuyas
directrices Beccadelli no era ajeno. La lectura del proemio con que Beccadelli inicia
la primera de estas obras deja claro que se trata de una obra que no se puede encua-
drar en el género de la historia —sin que esto supusiese un demérito dado que el
autor también supo cumplir con los cánones de la historiografía oficial con la obra
dedicada a su sucesor78—, sino en ese otro subgénero de los dicta et facta que cul-
tivaron en la Antigüedad autores como Jenofonte, con sus Memorabilia Socratis79
plenos de contenido ejemplarizante, cuyo amparo parece solicitar el propio Becca-
delli en su prólogo, y como Valerio Máximo80, con una obra llamada precisamente
Dicta et facta. Pero además se aprecia la influencia de otros autores como Aulo
Gelio o Plutarco, quienes también incorporaron un contenido ejemplarizante, ex-
traído de los ejemplos de la Antigüedad, dentro de sus obras de tipo misceláneo.
La obra de Beccadelli quiere proporcionar un singular acercamiento al rey
con un retrato regio a través de sus virtudes o valores, que le sirven como epígrafes
para cada uno de los capítulos de la obra. Con tal disposición temática, Beccadelli
adscribía claramente su obra al mundo clásico, de donde provenía sin más distin-
gos un autor tan leído y difundido como Valerio Máximo tanto en la Edad Media
como en el primer humanismo. Merced a esta clasificación de «virtudes»81 tanto
paganas como cristianas, el monarca acaba dibujándose como un ejemplo, como
un modelo susceptible de ser emulado, y de ahí que la obra no pierda nunca su
objetivo de instrucción (prodesse), dado que el entretenimiento (delectare) estaba
asegurado en manos de un autor tan excepcional como Beccadelli.
78 Se trata de una obra escrita aproximadamente en 1469 dedicada al hijo y sucesor de rey Alfonso,
Fernando (o Ferrante en italiano) desde su llegada a Italia procedente de Valencia, donde la reina
María había cuidado de él, hasta la muerte de su padre. La obra, conservada en un codex unicus
pero mutilado, autógrafo y lleno de correcciones del propio autor, ha permanecido inédita hasta la
edición de G. Resta (A. Beccadelli, Liber rerum gestarum Ferdinandi regis, Palermo, Centro di Studi
Filologici e Linguistici Siciliani, 1968), quien ha recompuesto fielmente lo que pudo haber sido.
79 Beccadelli seguramente conoció los Memorabilia de Jenofonte gracias a la influencia de Theodoro
Gaza, uno de los helenistas más brillantes de su época, y miembro además de la Academia Panor-
mitana (cf. Ryder, Alfonso el Magnánimo, p. 378), aunque la importancia de Jenofonte en aquel
momento ya era muy significativa, con un buen número de versiones en latín de varias obras suyas
como Agesilao, Ciropedia, Memorabilia, etc. Véanse los datos exactos en D. Marsh, «Xenophon»,
Catalogus Translationum et Commentariorum, ed. F. Cranz, V. Brown y P. O. Kristeller, vol. 7,
Washington, Catholic University of America, 1986, pp. 79-85.
80 Sobre este homenaje deliberado de Beccadelli a Valerio Máximo, véase A. Gómez Moreno, España
y la Italia de los humanistas. Primeros ecos, Madrid, Gredos, 1994, pp. 217-218.
81 Entre las numerosas virtudes destacadas en el De dictis ha sido especialmente estudiada la de la
«facundia ocurrente» por A. Montaner Frutos, «La palabra en la ocasión. Alfonso V como rex
facetus a través del Panormita», e-Spania [en ligne], 4, décembre 2007, mis en ligne le 08 avril
2009, consultado el 11 de abril de 2017. URL: http://e-spania.revues.org/1503; doi: 10.4000/e-spa-
nia.1503, en donde se alinea al monarca con otros reyes así descritos. Aunque se pudiera poner
en duda la autenticidad de las ocurrencias atribuidas, lo cierto es que en la obra de Facio también
aparece el rey Alfonso haciendo uso de la palabra, muchas veces de forma escueta y concisa, pero
en algún momento con alguna intervención extensa que obviamente sería recompuesta retórica-
mente para su publicación en la obra.
33
82 Este sabio reparto de funciones entre los dos escritores a la hora de describir la personalidad del
rey ha sido puesto de relieve en el trabajo de H. Shadee, «Alfonso “the Magnanimous” of Naples
as portrayed by Facio and Panormita: four versions of Emulation, Representation and Virtue»,
en P. Baker, R. Kaiser, M. Priesterjahn, J. Helmrath, Portraying the Prince in the Renaissance: The
Humanist Depiction of Rulers, Berlín / Boston, Walter de Gruyter, 2016, pp. 95-119.
83 Véanse los detalles de esta rica pervivencia en Montaner (ed.), Libro de los dichos, pp. 36-76.
84 Puede consultarse una edición actualizada con traducción al inglés del texto de D. Hay y W. K.
Smith (edd.), Pius II. De gestis Concilii Basiliensis Commentariorum Libri II (1440), Oxford, Oxford
Medieval Texts, 1992. El propio autor procuró diez años después una segunda versión del mismo
asunto, publicada por C. Fea, Pius II Pontifex Maximus a calumniis vindicatus, Roma, 1823, pp. 31-
113.
34
Historia Gothorum (1453), que quizá pudo leer Facio o, al menos, saber de su
existencia —habida cuenta de la relación que se dio entre ambos, en tanto que
Facio continuó la colección de biografías de Piccolomini—, aunque no podemos
constatarlo. No obstante, Piccolomini fue un espectador atento a la vida cultural
de la corte de Alfonso, y reflejó su interés por ello en muchas de sus cartas y otros
escritos menores85.
Y, finalmente, queda constancia de que hubo algún otro autor que compar-
tió cronología con Facio y tuvo contacto con Alfonso de Aragón. Son los casos
de Giannantonio de Pandoni (1409-1485), conocido en su faceta de poeta por el
sobrenombre de Porcellio —autor de una obra celebrativa de la entrada triunfal
del rey en Nápoles, y poeta de la corte desde 1450—, a quien el monarca había
enviado en 1452 al campamento de Jacopo Piccinino, cuando este estaba defen-
diendo los intereses de Nápoles junto a Venecia en la guerra que mantenían contra
Milán. Como resultado de esta estancia en el frente de batalla, Porcellio escribió
unos Commentaria comitis Jacobi Picinini en diez libros, dedicados al monarca
aragonés, que cubrían las campañas de 1452, y al año siguiente otros nueve li-
bros, dedicados esta vez al dogo veneciano Francesco Foscari86. Sin embargo, no
tenemos constancia de que Facio mantuviese una relación con él. Ni tampoco
la tuvo, al parecer, con Jacopo Bracelli —a pesar de un origen genovés común—
quien escribió una obra titulada De bello Hispaniensi en cinco libros, dedicados a
la guerra entre Génova y Alfonso V, y dada su posición política como canciller del
gobierno genovés desde 1411 hasta su muerte en 1466, pudo ofrecer una visión
complementaria a la historia de Facio. En ambos autores la inspiración de César
en la narración es innegable.
85 Todavía algunas de sus obras aguardan una edición actualizada desde la publicación de los Opera
Aeneae Silvii Piccolomini opera quae extant omnia, Basilea, 1551. Para las cartas contamos con la
monumental edición de Rudolf Wolkan, Der Briefwechsel des Eneas Silvius Piccolomini (Fontes
Rerum Austriacarum, vols. lxi, lxii, lxvii, lxviii), Viena, Alfred Holder 1909-1918. Sobre la especial
relación que pudo mantener el futuro papa con el Magnánimo véase A. I. Magallón, «Piccolomini
y Alfonso el Magnánimo: la singular relación literaria de un humanista con un rey», Medievalia 20,
1 (2017), pp. 9-40.
86 La obra apareció compilada, posiblemente no en su forma original debido a algunas adaptacio-
nes de los textos originales por el propio autor, en una compilación manuscrita del Quattrocento
llamada Raccolta Cerretani de Florencia, copiada por Bartolomeo Cerretani de Siena, junto con
el Triumphus Alfonsi regis, entre otras obras, sobre cuyos textos el autor también incorporó más
correcciones. Los primeros diez libros de los Commentarii fueron editados en la colección de Rer.
Ital. Script., XX, Milán, 1731, coll. 69-154, y los nueve libros siguientes, llamados Commentarii
secundi anni, en Rer. Ital. Script., XXV, 1, Milán, 1751, coll. 1-66.
35
87 G. Ferraú, «La storiografia come ufficialità», en G. Cavallo, C. Leonardi y E. Menestò, Lo spazio le-
tterario del Medioevo: 1. Il Medioevo latino, III, La ricezione del testo, Roma, Salerno Editrice, 1995,
pp. 661-693.
88 Cf. V. Brown, «Caesar», en F. Edward Cranz y P. O. Kristeller (edd.), Catalogus translationum et
commentariorum: Medieval and Renaissance Latin Translations and Commentaries, Washington,
vol. III, pp. 87-139; eadem, «Latin Manuscripts of Caesar’s Gallic Wars», en Palaeographica, Diplo-
matica et Archivistica: Studi in Onore di Giulio Battelli a cura della Scuola speciale per archivisti e
bibliotecari dell’Università di Roma, Roma, Edizioni di storia e letteratura, 1979, vol. 1, pp. 105–157.
89 Cf. Paul Grendler, Schooling in Renaissance Italy: Literacy and Learning, 1300–1600, Baltimore,
1979, pp. 259-260.
90 Cf. M. Pade, «Guarino and Caesar at the Court of the Este», en M. Pade, L. W. Petersen y D. Quarta
(edd.), La corte di Ferrara e il suo mecenatismo, 1441–1598. The Court of Ferrara and its Patrona-
ge. Atti del convegno internazionale, Copenhagen, maggio 1987, Modena, Edizioni Panini, 1990,
pp. 71–91.
91 No solo está el testimonio de Beccadelli (De dictis, II 13), al respecto, sino que además —según
Ryder, Alfonso el Magnánimo, pp. 394-395—, gracias a su intervención, el humanista florentino
Giovanni Aurispa hizo llegar un ejemplar del De bello Gallico, junto con otras obras, a la biblioteca
regia de Nápoles.
36
diariamente los Commentarii cuando estaba en el campo de batalla. Con esta ins-
piración cesariana se redactaron importantes obras históricas, como el De bello
hispaniensi libri quinque, de Giacomo Jacopo Bracelli92, que estaba dedicada sobre
todo a narrar la guerra que mantuvo Génova contra Alfonso V de Aragón desde el
año 1420 hasta 1444, en la que seguía por completo el modelo narrativo de César.
Y así también lo hicieron muchos otros historiadores de la misma época en sus
obras93, que llevando o no el título de Commentarii perseguían los ideales estéticos
y de aparente ecuanimidad en el análisis histórico que siempre se ha querido ver
en los escritos de César.
Con estos antecedentes no resulta extraño que Facio escogiese la obra de Cé-
sar, como un modelo estilístico y ético a la hora de redactar sus Rerum gestarum
Alfonsi. Si bien Facio no hace explícita esta adhesión estilística y de concepto a
la obra de César, los autores que lo rodearon no dejaron de señalarlo. Es el caso
del Panormita en sus Epistolae Campanae (104r), cuando define la obra de Facio
como un «opus elegans, purum, suave et pervenustum», debido especialmente a
que «genus eloquentiae Caesaris sequutus est»94. Y también lo indica Piccolomini,
cuando describe la historia de Facio en el comentario que hizo de la obra de Pa-
normita De dictis et factis Alphonsi, y señala una consciente imitación in genere
dicendi de César:
no me sorprende que Bartolomeo Facio, quien escribió las hazañas del rey, haya imi-
tado a Gayo César en su estilo literario, puesto que sus comentarios complacían al rey
sobremanera95.
92 Este diplomático e historiador, prácticamente coetáneo de Facio (Sarzana, 1390 – Génova, 1466)
y también natural de La Spezia, redactó esta obra seguramente en las mismas fechas que Facio
hizo la suya, sin que ni uno ni otro demuestren conocerse. La obra de Bracelli fue publicada por
primera vez en Milán en 1477, a instancias de sus descendientes. Cf. G. Petti Balbi, Governare la
città: pratiche sociali e linguaggi politici a Genova in età medievale, Florencia, Firenze University
Press (Reti Medievali. E-book, Monografie; 4), 2007, pp. 274-275.
93 También manifiesta el influjo de César el historiador de origen veneciano Francesco Contarini,
autor de unos Commentaria autographa rerum in Hetruria gestarum a Venetis ac Senensibus ad-
versus Florentinos ac Ildebrandinum Ursinum Petiliani comitem. Libri tres, en los que describió su
cometido como embajador de su ciudad en Siena, entre los años 1453 y 1455, con el trasfondo de
la guerra de Venecia en la que el condotiero Piccinino tomó parte. Véanse datos concretos sobre
este texto y su autor en Renata Fabbri, «Storiografia veneziana del Quattrocento», en A. Di Stefano
et alii (ed.), La Storiografia Umanistica. Convegno Internazionale di Studi (Messina 22-25 Ottobre
1987) della Associazione per il Medioevo e l’Umanesimo Latini, Messina, 1992, vol. 1, pp. 347–398.
Sobre este autor y otros que escribieron bajo el influjo de César véase Gary Ianziti, «I Commentarii:
Appunti per la storia di un genere storiografico quattrocentesco», Archivio Storico Italiano 552-4,
II-IV (1992), pp. 1029-1063.
94 Véase la cita textual en Sondra Dall’Oco, «La “laudatio regis” nel “De rebus gestis ab Alphonso
primo” di Bartolomeo Facio», Rinascimento 35 (1995), pp. 243-251, concretamente p. 247, n. 18.
Y en general sobre estas afirmaciones de Beccadelli, véase la explicación de F. Tateo, I miti della
storiografia umanistica, Roma, 1990, pp. 152-153, 171-172.
95 Según el texto de Aeneae Sylvii Episcopi Senense, in libros Antonii Panormitae poetae de dictis et
factis Alphonsi regis memorabilius commentarius, in Aenae Sylvii, Opera quae extant omnia, Basilea,
1551, p. 480: «Bartholomaeum Facium, qui gesta regis scribit, non miror imitatum esse in genere di-
cendi C. Caesarem, quando eius commentaria regi tantopere placent». Este juicio proviene de quien
37
publicó poco después, entre los años 1462 y 1463, una obra biográfica redactada en tercera persona y
titulada Commentarii rerum memorabilium quae temporibus suis contigerunt (editada recientemente
por A. van Heck, Città del Vaticano, 1984). Para un análisis del enfoque cesariano de su contenido,
véase la actualizada monografía de E. O’Brien, The «Commentaries» of Pope Pius II (1458-1464) and
the Crisis of the fiftteenth-century Papacy, Toronto, University of Toronto Press, 2015.
96 Cicerón pone en boca del joven Bruto una alabanza del estilo de César, tanto a sus discursos (ora-
tiones), como a sus composiciones históricas (commentarios) en Brutus, 262: «orationes quidem
eius mihi vehementer probantur. compluris autem legi; atque etiam commentarios quosdam scripsit
rerum suarum. Valde quidem, inquam, probandos; nudi enim sunt, recti et venusti, omni ornatu ora-
tionis tamquam veste detracta. sed dum voluit alios habere parata, unde sumerent qui vellent scribere
historiam, ineptis gratum fortasse fecit, qui volent illa calamistris inurere: sanos quidem homines a
scribendo deterruit; nihil est enim in historia pura et inlustri brevitate dulcius».
97 La expresión («ut tamquam scopulum, sic fugias inauditum atque insolens verbum»), que ha trans-
mitido Aulo Gelio (Noches Áticas I 10,4), constituye un fragmento supérstite de la obra gramatical
de César, De analogia, en la que exponía su forma de entender el funcionamiento interno de la
lengua. Este precepto es el que manejaban los humanistas de un modo elástico, tal como daba
a entender Valla cuando contestaba a Facio respecto del uso de primigenius (que le había repro-
chado en Invective I 67-68: «Alfonsi primigenii»: hoc verbum novum est, quod ut a navi scopulus,
sic a disertis hominibus fugiendum est) en Antidotum in Facium I 9, 11 (p. 66, Regoliosi): «Ante
omnia probatione affers preceptum Cesaris ex primo De analogia libro qui ait: “Tanquam scopulum
fugiamus infrequens atque insolens verbum”, quod tu preceptum solita stultitia corrumpis, qui non de
omni novo verbo, ut dicere volebas, sed de hoc solo fugiendo dixisti».
38
más para certificar sus posturas opuestas98. Valla había escrito como apéndice a
los Gesta Ferdinandi regis Aragonum una obrita de tipo lexicográfico titulada De
novis rebus libellus, que se conserva tan solo en el manuscrito autógrafo de los
Gesta Ferdinandi regis Aragonum (conservado en la BNF, Parisinus Latinus 6174),
y que no fue reproducido en las siguientes copias manuscritas de los Gesta, ni en
sus primeras ediciones impresas99. Seguramente este escrito sobre los neologismos
también fue objeto de los comentarios críticos que Bartolomeo Facio y Antonio
Beccadelli formularon contra los Gesta Ferdinandi regis y otras cuestiones filológi-
cas e históricas sobre las que Valla había escrito también. Tal como ya explicamos,
Facio reunió, tras la reacción airada a su nombramiento como cronista real, todas
aquellas críticas y algunas más en sus Invective in Laurentium Vallam, lo que pro-
vocó la contestación de Valla mediante su Antidotum in Facium.
Por tanto, frente a la actitud innovadora de Valla en lo que a léxico se refiere,
apostando por la creación de léxico, tal como propugna con la máxima «nova res
novum vocabulum flagitat», explicada en Antidotum in Facium, I 3.1-3 (p. 14 Re-
goliosi), se encuentra la postura conservadora de Facio, quien se niega a utilizar
otros términos que no sean los clásicos en su obra. Veámoslo con dos campos se-
mánticos de carácter técnico. Desde las primeras líneas de la obra se advierte que
Facio recurre conscientemente a una terminología naval100 totalmente anacrónica,
como es el caso de triremis, el término más frecuente en la obra de Facio, siempre
para designar la «galera», que es la nave más usada en la época; o biremis, para el
que adoptamos la traducción de «leño» (p. ej., en Rerum I 21), un tipo de barco
auxiliar, a remo y vela, más pequeño y rápido que la galera. A esta denominación
le sigue en frecuencia la de navis rostrata (p. ej., en Rerum I 21, 25, 26), que pro-
piamente designaría la «galera dotada de espolón», pero que muchas veces actúa
39
101 Por eso mismo se atreve a usarlo en un ejemplo gramatical del adverbio nuper (en el que aprecia-
mos la habitual ironía de Valla) en Elegantiae II 34 (p. 252): «Caeterum quia dixi “nuper” et “iam-
pridem” non modo menses complecti, verum etiam annos pro conditione materiae, tale exemplum sit:
“Nuper inventa est machina quam ‘bombardam’ vocant”; id est, non multo tempore abhinc. “Iampri-
dem bombarda in usu est”, hoc est, iam aliquanto abhinc tempore in usu est». No obstante, sobre el
significado del excursus de Facio sobre las nuevas armas véase M. Regoliosi, «Per la tradizione delle
Invective in L. Vallam di Bartolomeo Facio», Italia Medioevale e umanistica 23 (1980), pp. 389-397,
esp. p. 391.
40
por otros historiadores posteriores al Quattrocento y por todos los estudiosos que
han analizado los Rerum gestarum Alfonsi de Facio, y por Dall’Oco, al explicar
las concomitancias entre los excursus geográficos de César y los que intercala Fa-
cio102 analizando la función y al alcance de los mismos. Entre estas digresiones
sobresale por el grado de coincidencia con el modelo cesariano la descripción que
proporciona de Marsella, poco antes de ser objeto de un ataque en 1423 por parte
de Alfonso (Rerum III 11), donde no se oculta el deseo de evocar directamente la
descripción que César proporciona del mismo lugar en el año 49 a. C. durante
la guerra civil (Bellum Civile, II, 1). Y estas similitudes o deuda literaria no quedan
aquí, para Tateo103, quien hace extensivo el influjo de César a la concepción global
de la obra, justificando el hecho de que sean siete los libros que emplea Facio en
el relato de la conquista de Nápoles y la derrota de Renato de Anjou, al igual que
César necesitó también siete libros para describir la conquista de las Galias y llegar
a la derrota de Vercingétorix, y que los otros tres que utiliza Facio para relatar los
conflictos de política italiana pendientes, equivaldrían a los tres libros que César
dedica al conflicto de la guerra civil. Pero, además, Tateo encuentra pasajes con
paralelismos significativos, como los que se pueden establecer entre la conquista
de Alesia del De bello gallico de César con la toma de Nápoles en el libro VII de
los Rerum gestarum Alfonsi de Facio. En suma, es evidente que Facio también su-
cumbió al encanto y elegancia de la obra cesariana y se sirvió de algunos recursos
propiamente cesarianos en el desarrollo de la narración, si bien no será el modelo
definitivo para la misma.
102 Sobre esta similitud de los excursos geográficos han coincidido S. Dall’Oco, «La “laudatio”», p. 247;
eadem, «Bartolomeo Facio e la técnica», pp. 219-220, con Ferraù, Il tessitore di Antequera, p. 66.
103 En Tateo, I miti della storiografia, pp. 142-154, y 171-172, y en Tateo, «La storiografia umanistica»,
pp. 519-521; Ianziti, «I Commentarii», pp. 1049 y ss. Además, proporcionan interesantes detalles
G. Albanese, et alii, «Storiografia come ufficialità», pp. 45-95.
104 Sobre la influencia de Tito Livio en Bruni, véase G. Ianziti, Writing History in Renaissance Italy:
Leonardo Bruni and the Uses of the Past, Cambridge, Harvard University Press, 2012, pp. 61-80,
103-115. No olvidemos que cuando Angelo Decembrio copió las tres décadas hoy conocidas de
Tito Livio, también copió el De primo bello punico de Bruni, como forma de evocar lo que podría
41
Alfonso105, y por tanto tampoco para los miembros de su scriptorium. Bajo este
mismo influjo liviano, parece que escribió otro autor prácticamente coetáneo de
Facio, Flavio Biondo (1392-1463), cuando tituló su obra sobre la historia anti-
gua de Roma Historiarum ab inclinatione Romanorum imperii Decadae III, libri
XXXI106. Escrita entre 1439 y 1453, estaba dedicada a relatar las vicisitudes de la
ciudad de Roma desde el saqueo de Alarico del 410 hasta 1442, y presentaba una
organización por décadas —tal como siempre se ha pensado que Livio organizó
los libros de Ab urbe condita—, dado que en el Quattrocento se creía que el título
de la obra de Livio era el de Decadae. También Biondo decidió dar a conocer al rey
Alfonso107 los primeros 8 libros de esta historia, que estaba escribiendo —y al final
quedó incompleta—, para la que le solicitaba documentación sobre los reinos de
Hispania, al igual que también se la facilitaron Trajano, Adriano o Alejandro Seve-
ro, a otros historiadores. No consta que Alfonso se la proporcionase, dado que su
objetivo era dar a conocer su vida en Italia. Sea como fuere, Flavio Biondo dedicó
al rey en 1451 esta obra histórica que llevó el título de Italia Illustrata.
Pero será sobre todo la llegada a Nápoles en 1444 del códice con la obra de
Livio, que Còsimo de Medici había regalado al rey Alfonso, con las enmiendas de
mano de Petrarca visibles, lo que ocasionó un revuelo erudito y filológico sin par
que desembocó, como ya hemos mencionado, en el enfrentamiento entre Valla,
por un lado, y Beccadelli y Facio, por otro. Con la lectura de Livio en sus ojos
criticaron las Gesta Ferdinandi de Valla, y la consideración intelectual que desper-
tó en Facio la lectura del relato histórico de Livio será la que determine su norte
compositivo para los Rerum gestarum Alfonsi.
haber sido la narración liviana de la segunda década original perdida hacía siglos. En general,
sobre la gran aceptación de Livio en la época véase G. Billanovich, La tradizione del testo di Livio
e le origini dell’umanesimo. Vol. 1: Tradizione e fortuna di Livio tra Medioevo e Umanesimo, Padua,
Antenore, 1981; L. D. Reynolds, «Livy», en L. D. Reynolds (ed.), Texts and Transmission: A Survey
of the Latin Classics, Oxford, Clarendon Press, 1983, pp. 205-214.
105 Se conserva una carta de Bruni (en F. P. Luiso, Studi sul’ epistolario di Leonardo Bruni, a cura di L.
Gualdo Rosa, Roma, Istituto Storico per il Medio Evo [col. Nuovi Studi Storici, 22], 1980, vol. II,
pp. 165-166) que remitió al rey en octubre de 1442 junto con una parte de la obra De bello italico
que había empezado a escribir.
106 El reparto cronológico en los libros era obviamente desigual: la primera década desde el año 412,
tras el saqueo de Roma por Alarico del 410, hasta el 754; la segunda hasta el año 1402; la tercera
década está dedicada al tiempo en que Filippo Maria Visconti estuvo al frente del ducado de Mi-
lán, 1412-1439; y la cuarta década, con tan solo 2 libros, se ciñe a los años 1440 y 1441. Sobre este
intelectual véase la detallada sinopsis biográfica de R. Fubini, s. v. «Biondo Flavio», en Dizionario
Biografico degli Italiani, vol. X (1968), pp. 536-558, y sobre la concepción de esta obra y la relación
entre el autor y el rey Alfonso resulta imprescindible la contribución de F. Delle Donne, «Le fasi
redazionali e le concezioni della storia nelle Decadi di Biondo: tra storia particolare e generale, tra
antica e moderna Roma», en A. Mazzocco (ed.), A new Sense of the Past. The Scholarship of Biondo
Flavio (1392-1463), Lovaina, Leuven University Press, 2016, pp. 55-87.
107 Así lo atestigua la carta dirigida al rey Alfonso desde Ferrara, con fecha de 13 de junio de 1443,
cuyo texto se puede leer en B. Nogara, Scritti inediti e rari di Biondo Flavio, Roma, 1927, pp. 147-
153, esp. p. 148. Véase también F. Tateo, I miti della storiografia, pp. 143 y ss. Facio quiso cumplir
de alguna manera este deseo regio con la redacción de su De viris illustribus.
42
108 Facio, Rerum, «Proem.» 5: «Quod, si pro rei magnitudine fortasse minus consequi potuero, at caeteris
omnibus qui volent iisdem de rebus posthac scribendi facultatem praebuisse non inanis operae, ut
arbitror, fuerit. Ab Neapolitano igitur bello initium facturus eius causam atque originem primum
aperiam repetens paulo altius». Aunque no hay un paralelismo completo entre ambos textos proe-
miales, en esta declaración de intenciones de Facio aparece el mismo participio de futuro activo
(facturus) que en el proemio de Livio Proem. 1: «Facturusne operae pretium sim si a primordio
urbis res populi Romani perscripserim…», seguido de un complemento temporal que determina
el punto de partida de la narración, y además se constata la presencia de otros términos comunes
a ambos proemios (como magnitudo y el verbo repetere, entre otros) que confieren este aire de
homenaje a Livio.
109 Véase un recuento de los pasajes en los que Facio va mencionando los rasgos más sobresalientes de
la personalidad regia de Alfonso a lo largo de los Rerum gestarum Alfonsi, como pinceladas antici-
patorias del retrato de Alfonso que pospone hasta el libro VII, en Sondra Dall’Oco, «Bartolomeo
Facio ritrattista», en G. Lazzi y P. Viti (ed.), Immaginare l’autore. Il ritratto del letterato nella cultura
umanistica, Atti del Convegno di Studi (Firenze il 26-27 marzo 1998), Florencia, Polistampa, 2000,
pp. 223-242.
110 Sobre la función de este capítulo retratístico en la narración salustiana véase las atinadas aprecia-
ciones de R. Syme, Sallust, Berkeley, University of California Press, 1964, pp. 112-120.
43
Filippo Maria Visconti (IV 207)111, quien hasta ese momento de la obra había sido
su rival: el retrato del señor de Milán emerge justo antes del momento en que los
dos mandatarios se iban a encontrar cara a cara, cuando Alfonso todavía estaba
prisionero. Se trata de un pasaje de gran intensidad narrativa, como si esta mate-
rialización de Visconti en unos rasgos concretos fuese la causa de que la relación
entre ellos evolucionase hacia la cordialidad y la colaboración. También resulta
muy sentido el semblante que procura de Pedro de Aragón (VI 36), breve y casi
a modo de epitafio, ya que aparece inmediatamente después de haber acabado
de narrar su muerte, como el debido homenaje que merece el hermano del rey. Y
lleno de admiración por su inteligencia y su saber hacer retrata Facio a Tommaso
Parentucelli, el obispo de Bolonia, a quien eligieron papa bajo el nombre de Ni-
colás V (IX 17-19), frente a las escuetas líneas dedicadas a presentar a los otros
dos papas presentes en la narración, Martín V y Eugenio IV. Además, como no
podía ser de otro modo —en agradecimiento seguramente por las loas que de él
había recibido—, debía aparecer el de su amigo Antonio Beccadelli (IV 121-122),
activo embajador y secretario personal real, de quien no escatima ningún elogio
posible. A todos estos se unen otros retratos de personajes secundarios en la trama
narrativa de Facio, aunque políticamente muy destacables, como, por ejemplo,
los de Giovanni Caracciolo, del cual ofrece un retrato discontinuo entre I, 7, y II
62; y el de Federico de Montefeltro, duque de Urbino, en (X 14), quien también
le correspondió posteriormente ante las elogiosas palabras con que lo caracteriza.
Un segundo aspecto en el que se constata la influencia decisiva del modelo
histórico de Livio es la decisiva y definitoria importancia que brinda a los discur-
sos dentro de su obra, tanto para la comprensión del desarrollo de la trama como
para la caracterización subsidiaria de quienes los pronuncian. Tienen, por tanto,
un impagable valor testimonial sobre todo aquellos que Facio inserta en estilo
directo, evocando el valor del que ya gozaban en la historiografía clásica, desde
Tucídides a Salustio, y sobre todo dentro de la obra de Tito Livio, en donde mejor
se refleja ese mismo valor que Facio otorga a las palabras literales. Se puede aducir
que no son excesivamente numerosos estos discursos directos, pero en verdad los
que hay resultan especialmente significativos para identificar a los personajes más
importantes, cuyas palabras caracterizan al hablante con la precisión de un retra-
to. Los discursos directos que aparecen en los Rerum gestarum Alfonsi de Facio
son los siguientes:
Ramón Perellós a la reina Juana (I 27-28); la reina Juana a Ramón Perellós
(I 29-30); embajadores de Luis de Anjou al papa Martín V (I 52-56); Braccio da
Montone a Alfonso (II 4); la reina Juana a Alfonso (II 7-8); Alfonso a la reina Jua-
na (II 9); Sforza a sus hombres (II 14); Giovanni Cavo a sus hombres (II 89); An-
tonio Panormita a los senadores de Gaeta (IV 124-129); Alfonso a sus hermanos
111 Facio recurre a la fórmula con la que inserta algunos otros retratos: «No estaría de más en este
punto (justo antes de entrevistarse con el rey Alfonso) comentar algunos aspectos del carácter y
forma de actuar».
44
y comandantes (IV 160-169); Zampania a Nicola Fregoso (VI 66); Mateu Malfe-
rit a los delegados de Filippo Maria Visconti (VIII 77-78; 80-85); Filippo a Mal-
ferit (VIII 87-88); Facio112 a Alfonso (VIII 119-124); Alfonso a Facio (VIII 125-
126); Tommaso Parentucelli (futuro Nicolás V) a Alfonso (VIII 197-199); Alfonso
a Tommaso Parentucelli (VIII 200-201); Giannozzo Pitti y Bernardo de Medici,
embajadores de Florencia, a Alfonso (IX 47-50); Alfonso a los embajadores flo-
rentinos (IX 51-57); Alfonso a sus tropas (IX 91-93); Antonio Panormita a los
senadores de Milán (IX 131-142); Alfonso a su hijo Fernando (X 6-12); Giovanni
Moro a Alfonso (X 80-85); Alfonso a Giovanni Moro (X 86-88); Domenico Ca-
pranica a Alfonso (X 124-139); Alfonso a Domenico Capranica (X 140-143).
Algunos de los discursos generan una respuesta en el mismo estilo directo, en
otros casos el autor recurre al estilo indirecto, o bien a un resumen de lo que puede
ser una respuesta. En cualquier caso, hay que observar siempre los discursos como
un elemento narrativo al que un autor puede recurrir, y, por tanto, susceptible de
estar adscrito al estrato de quae verisimilia sunt, por retomar las mismas palabras
con las que Facio designaba en el prólogo a De bello veneto (escrito entre los años
1447 y 1448) al material histórico con que cuenta un historiador.
Entre todos estos discursos, Facio se esforzó sin duda en aquellos cuyo actor
era el rey Magnánimo, cuya capacidad elocutiva Beccadelli ya había calificado en
De dictis113 como agradable, ocurrente, concisa, elegante, encantadora y distingui-
da. Entre ellos destacan dos especialmente: el primero, por orden de aparición,
es el que Alfonso mantiene durante el consilium regis que había convocado en los
momentos preliminares a la batalla de Ponza (IV 160-169), dirigido a los prín-
cipes locales, a algunos generales catalanes e hispanos, y a un grupo de barones
aliados. Se trata de una auténtica arenga, forjada sobre los mimbres ciceronianos
más vehementes que contiene con otro objetivo la Catilinaria I («¿Hasta cuán-
do…?»), destinada en este caso a enardecer el espíritu patriótico de un momento
crucial como fue la fallida conquista de la isla de Ponza. Aunque no todos los
consilia regis114 tienen la importancia en la obra del que tiene lugar antes de Ponza,
112 Esta pequeña pieza oratoria ha tenido vida propia y aparece transcrita bajo el título Ad Alphonsum
I de Aragonia Neapolis regem oratio de induciis faciendis (con el inc. Si recte animadvertes, rex, quae
Genuensibus amicitia…), tras la traducción de la Anábasis de Alejandro (cuyo título completo es
Opus Arriani Nicomediensis; translatio Petri Paoli Vergerii, a Bartholomaeo Facio retractata, a Iaco-
bo Curlo completa), conservada en el manuscrito Urb. Lat. 415 de la Biblioteca Apostólica Vaticana,
concretamente en los folios 175r-176v.
113 Exactamente subraya como características del estilo del rey Alfonso varias cualidades (suavitas,
iocunditas, brevitas, elegantia, venustas, claritas, entre otras), propicias todas ellas para la vida polí-
tica, en la etopeya que incluye en De dictis, II, proemio: «… haud quamquam me ea suavitate scrip-
turum esse confidam qua illum constat apud omnes locutum fuisse. Fuit enim sermone admodum
iocundus, breuis, elegans, uenustus et clarus».
114 La presencia de este motivo narrativo, con mayor o menor desarrollo, en Facio y los posibles mo-
delos clásicos para el mismo vienen analizados en G. Abbamonte, «I modelli classici nella na-
rrazione storica di Bartolomeo Facio», Reti Medievali Rivista 12, 1 (2011), pp. 107-130, esp. en
pp. 115-118. Sobre las funciones que estos consilia desempeñaron en la corte de Nápoles, véase
Ryder, El Reino de Nápoles, pp. 113-160.
45
115 Sobre el recorrido de este tópico en la literatura contemporánea a Facio, véase especialmente Abba-
monte, «I modelli classici», p. 126, quien vislumbra además en el pasaje variaciones sobre el adagio
virgiliano «parcere subiectis et debellare superbos» (Eneida VI, 853: son las últimas palabras que
el espíritu de Anquises dirige a su hijo Eneas), un tópico que siempre estaba muy presente en este
tipo de escritos que contribuían a la formación de un gobernante.
116 Sobre el uso que hizo Facio de las fuentes diplomáticas a su alcance, véase M. Tangheroni, «I Rerum
gestarum Alfonsi regis libri X: l’apporto delle fonti documentarie», en Albanese (ed.), Studi su Bar-
tolomeo, pp. 92-95.
46
117 Es más, este fin se iba cumpliendo a lo largo de los libros de Facio conforme se esperaba de la pro-
pia dignitas del protagonista. Al fin y al cabo la obra permite una lectura como desarrollo del tópico
de dignitate que Facio ya había interpretado de una forma muy personal en el tratado De excellentia
et praestantia hominis, que había compuesto en el año 1448.
47
Libro I
La acción comienza en 1420 cuando la reina Juana II recibe la amenaza de Luis de
Anjou que intentaba apoderarse del Reino de Nápoles. Ante el inminente ataque,
pide la ayuda del papa Martín V, quien recabará la presencia de Alfonso de Aragón
en este conflicto. Poco a poco aparecen el resto de los protagonistas: los condo-
tieros Braccio da Montone y Mucio Attendolo Sforza, Antonio Carafa y Giovanni
Caracciolo, el favorito de la reina. Alfonso acepta prestar su ayuda a la reina y
envía a Ramón Perellós a recoger la corona que le ofrecen a cambio (cap. 31). Tras
diversas revueltas y problemas en tierras napolitanas, Alfonso se acercará hasta
Sicilia, como etapa previa a Nápoles (cap. 40). Esta cercanía despierta el recelo
de Luis de Anjou, quien recaba la ayuda del papa Martín ante el temor de una in-
vasión (cap. 52). Incluso envía embajadores a Filippo Maria Visconti para alertar
de los movimientos de Alfonso. El papa envía a Tartaglia como embajador suyo y
Alfonso a Juan Fernández de Híjar para exponer su postura en el conflicto. El libro
finaliza con el triunfo de Braccio en su ofensiva para recuperar Castellammare en
provecho de la reina (caps. 63-64).
Libro II
El libro se abre con la alegría por la llegada de Alfonso a Nápoles en julio del año
1421. Tras los festejos, Alfonso emprende su primera acción militar contra Acerra
(cap. 20), una ciudad pro angevina, a la que impuso un asedio que finalmente se
resolvió mediante negociaciones (cap. 42). A lo largo de 1422 Alfonso obtiene
el apoyo de diversas ciudades y estos éxitos despiertan los recelos de Giovanni
Caracciolo (cap. 60). Se desencadena una epidemia de peste en Nápoles (cap. 56),
debido a lo cual la reina Juana y Alfonso se retiran de Nápoles a Gaeta. Allí se
acentúan la desconfianza y las sospechas entre ambos (caps. 63 y ss.). Alfonso
además vence en un enfrentamiento que mantenía contra Sforza, el otro poderoso
valedor de la reina (caps. 77 y ss.). También resulta victorioso el rey en la expe-
dición organizada para recuperar el dominio sobre la isla de Isquia que Michele
Cossa veía en peligro por los ataques de Monocio (caps. 108-129).
Libro III
Alfonso se ve obligado a abandonar Nápoles debido a los problemas que se ha-
bían suscitado por el enfrentamiento entre su hermano Enrique y el rey Juan II
de Castilla que había ocasionado el encarcelamiento del infante de Aragón. Esta
estancia que se prolongó durante ocho años obligó a dejar en tierras italianas a
su hermano Pedro, al frente de un ejército bien provisto, y al condotiero Gia-
48
como Caldora con sus hombres como refuerzo. En el trayecto de regreso hacia
España, la flota de Alfonso sufre una tempestad que dispersa las naves y cuando
logran reunirse se dirigen hacia Marsella (cap. 7), fiel a la causa de Luis de Anjou,
por deseo expreso del rey. Dadas las condiciones naturales de su emplazamiento,
la conquista fue complicada y la ciudad acabó prácticamente destruida por las
llamas (cap. 23). Finalmente, Alfonso llegó a Barcelona (cap. 32), donde lo aco-
gieron con grandes muestras de afecto. Mientras tanto en Italia la reina Juana y
Luis de Anjou retoman sus planes para recuperar Nápoles, por lo que Pedro pide
ayuda a Braccio, pero sin éxito, porque está ocupado en el asedio de L’Aquila
(cap. 41). En aquella misma época los genoveses seguían asediando Gaeta y fi-
nalmente consiguen entrar en ella (cap. 47). Entretanto, Giacomo Caldora ayuda
secretamente a Luis de Anjou, logran burlar el cerco de la ciudad de Nápoles y se
apoderan de toda ella, salvo de las dos ciudadelas llamadas Castelcapuano y Cas-
telnuovo. Dado lo complicado de la situación en Italia, Alfonso envía a su herma-
no Pedro la flota bajo el mando de Artal de Luna. Fregoso (cap. 61) intenta atacar
a Filippo Maria Visconti, mientras Pedro, con la anuencia de Alfonso, colabora
en esta expedición que concluye con la toma de Sestri y Rapallo y la cesión a los
aragoneses de Lerici y Portovenere, mediante el pacto firmado en Porto Pisano
de marzo de 1426 (cap. 81). Alfonso entretanto lidia en España contra Álvaro de
Luna, favorito de Juan II de Castilla, que acaba con una tregua de cinco años que
le permiten a Alfonso regresar a Italia.
Libro IV
Facio reanuda la narración en el verano de 1432, después de haber acabado la gue-
rra en España, cuando Alfonso asume como objetivo fundamental la conquista
de la isla de Yerba, como un acto de defensa de la religión cristiana. La campaña
de Yerba se extiende desde el capítulo 1 al 39, sin llegar a conseguir el objetivo.
Facio nos hurta en su narración la extemporánea toma de decisiones como causa
de este desenlace, y lo justifica con la derrota en Tropea. A partir de ese momento
el monarca vuelve su mirada a Nápoles. La desaparición de varios protagonistas,
Giovanni Caracciolo, Luis de Anjou y la reina Juana (caps. 43 y 44) deja un esce-
nario totalmente distinto. Alfonso decide (cap. 51) ganarse el apoyo de algunos se-
ñalados barones, como Giannantonio Orsini, mientras la facción angevina manda
llamar a Renato de Anjou para que se haga cargo del Reino de Nápoles (cap. 54).
Alfonso comienza la ocupación de las montañas que rodean Gaeta en mayo de
1435 y que culminará con la toma de dicha ciudad (cap. 97). La batalla naval por
el control de la isla de Ponza en el agosto de 1435 y el resultado adverso para el rey
Alfonso ocupa una veintena de capítulos (caps. 173-192). Facio acierta al conver-
tir esta importante derrota sufrida el 5 de agosto de 1435 en un punto de inflexión
en la sucesión de acontecimientos que conduzcan a la conquista de Nápoles. Tras
el encarcelamiento, casi simbólico, por orden de Filippo Maria Visconti, la rela-
ción de hostilidad entre ambos mandatarios se tornará en un respeto mutuo y un
reparto tácito de influencias en la península. Todo un acierto narrativo de Facio
49
Libro V
Facio retoma la narración de lo que sucedió justo tras la derrota de Ponza, y
mientras el rey era rehén de Filippo. Llega a Nápoles Isabel, esposa de Rena-
to de Anjou, para apoyar a la facción angevina (cap. 6). El asedio a Capua, de-
fendida por Giovanni de Ventimiglia, persiste y sus habitantes sufren las duras
consecuencias del mismo (cap. 11). Entretanto llega la noticia de la liberación
de Alfonso y su hermano Pedro va a su encuentro hasta que la posibilidad de
apoderarse de Gaeta (cap. 22) lo encamina a este objetivo. Alfonso acude a Gaeta
donde lo reciben con grandes festejos. Entretanto Isabel pide ayuda al papa Eu-
genio IV, quien le envía a Vitelleschi (cap. 45), el Patriarca, para contrarrestar las
conquistas aragonesas. Logra además capturar como rehén a Giannantonio Or-
sini, príncipe de Tarento (cap. 56). Los habitantes de Trani se entregan a Alfonso
espontáneamente (cap. 83). El Patriarca reacciona y pondrá asedio a esta ciudad.
Con la llegada de Carafa (cap. 93) se solucionará el conflicto y Trani quedará en
poder de Alfonso.
Libro VI
Comienza la narración en mayo de 1438, cuando Renato de Anjou desembarca en
Nápoles con la intención de retomar la lucha apoyándose en Giacomo Caldora.
Por su parte, Alfonso, ya preparado para atacar, se traslada desde los Abruzzos
hasta Sulmona persiguiendo una batalla que no tiene lugar. Entretanto, se produce
el enfrentamiento entre Marino Boffa y Alfonso (caps. 20-22) con la victoria y la
consiguiente recuperación de las ciudades de Arpaia y Arienzo. A estas conquis-
tas siguen las de Nocera y Angri que juran fidelidad al rey (cap. 28), y desde ese
momento su objetivo será acercarse a Nápoles dada la paridad de fuerzas con que
contaba respecto de las de los angevinos. Durante estos preparativos, Pedro, el
hermano del rey, fallece accidentalmente (cap. 35), una desgracia que Facio recrea
narrativamente con gran delicadeza y acierto, dada la suspensión que ocasionó
en las actividades bélicas del rey. Las poco propicias condiciones meteorológicas
obligan a Alfonso a abandonar temporalmente el asedio a Nápoles (cap. 40), hasta
que en junio de 1439 un ataque fortuito desde Castelnuovo, a cargo de Arnau
Sans, destruye una de las naves al mando de Niccolò Fregoso (cap. 62), y los ge-
noveses toman duras represalias por ello. La dureza de los ataques y el continuo
uso de la artillería pesada en la narración obligan a Facio a intercalar un pequeño
excursus (caps. 75-81) sobre los tipos de armas que usaban la pólvora que llevaban
ambos bandos. Renato intensifica los ataques y acaba por apoderarse de Castel
dell’Ovo, mientras que en Castelnuovo Alfonso deja en manos de sus hombres la
50
Libro VII
Tras la toma de Aversa, diversas operaciones militares ocupan a Alfonso en el
entorno de Nápoles: Pozzuoli, Benevento y la región de Apulia, feudo de Sforza.
Aparece por primera vez en la narración Fernando, el hijo y sucesor de Alfon-
so (cap. 17). Francesco delega la resolución de algunos conflictos en su hermano
Alessandro Sforza (caps. 38-40). Alfonso consigue conquistar la isla de Capri (cap.
45) dentro de la estrategia de ir dominando todo el ager napolitanus. Mientras tan-
to Renato en Nápoles, ante la dureza del asedio, solicita la ayuda de Génova, que
le envía tropas de expertos arqueros (cap. 52), de Antonio Caldora, y de Francesco
Sforza. La intervención de la fortuna y el recurso de entrada en la muralla a través
de un acueducto (caps. 88 y ss.) son definitivos para que Alfonso pueda apoderar-
se de Nápoles, veintiún años después de haber comenzado la guerra (cap. 110). En
ese momento Facio inserta un retrato del rey, donde quedan de relieve los valores
que le acompañan en la imagen propia de un monarca magnánimo. Renato ya se
ha retirado a Francia y el rey Alfonso puede hacer su entrada triunfal en la ciudad
(cap. 134) en febrero de 1443.
Libro VIII
Dado que Eugenio IV todavía no había aceptado a Alfonso como rey de Nápoles
y sentía su presencia como una amenaza, comienza las negociaciones para llegar a
un pacto en junio de 1443 en la ciudad fronteriza de Terracina entre los represen-
tantes de ambas partes. Facio reproduce con detenimiento el proceso que llevó a
Eugenio IV a aceptar dicho pacto. A partir de ese momento Alfonso busca la es-
trecha colaboración de Niccolò Piccinino (caps. 24 y ss.) para refrenar los ataques
de Francesco Sforza. Incluso Filippo apoyará a Alfonso en su tentativa de acotar el
poder de Sforza, que se había convertido en su yerno. Por su parte, Sforza llega a
simular una reconciliación con Filippo con un plan que obtuvo la aprobación de
vénetos y florentinos (caps. 62 y ss.); sin embargo, Alfonso, sabedor de las tácticas
de su enemigo, se opondrá a dicho pacto y alertará a Filippo de los peligros de tal
acercamiento. Facio aparece como personaje en la narración (cap. 113) dentro del
marco de la política de acercamiento a Génova que Alfonso estaba poniendo en
práctica, que culminará en un pacto, cuyo texto Facio consigna en sus términos
literales (caps. 144 y 145). Mientras tanto, algunos nobles del sur de Italia se levan-
tan, entre los que destaca Centelles, con la revuelta de Calabria (caps. 147 y ss.),
que acaba en febrero de 1445 con el perdón del sublevado: toda una demostración
más de la magnanimidad propia de Alfonso.
51
Libro IX
Comienza Facio en primera persona, a modo de breve prólogo, explicando las
causas de la guerra florentina (Florentini belli causam atque originem), entre las
que destaca la complicada relación que mantuvieron Filippo Maria y Francesco
Sforza y la lucha por la herencia de aquel. A este conflicto se añade la muerte de
Eugenio IV (cap. 15) y se desatan las intrigas de la nobleza romana hasta acordar
la elección de Nicolás V, un papa con un perfil intelectual y no señalado políti-
camente. Según indica Facio, Alfonso se mantuvo al margen de esta elección, y
acude representado a la ceremonia de coronación del nuevo pontífice (cap. 21).
Comienzan las negociaciones para un tratado de paz entre vénetos, florentinos
y milaneses. Finalmente, muere Filippo Maria Visconti (cap. 36), aquejado por
varias enfermedades, y deja a Alfonso como heredero de un derrotado ducado de
Milán. Francesco Sforza no respetará la voluntad de Visconti y luchará por apo-
derarse de esta herencia. Alfonso traslada su ejército a la Toscana y Alfonso, con
la ayuda de su almirante Bernat Vilamarí (caps. 117 y ss.), adopta la isla de Kaste-
llórizo como punto estratégico para asegurar una posible expansión por el Medi-
terráneo ante las incursiones con que los turcos castigaban la zona más oriental.
Entretanto se suceden los enfrentamientos que culminan con la toma de Milán
por parte de Sforza (cap. 130), lo que llevará a Alfonso a buscar un acuerdo de paz
con los vénetos para defenderse del frente creado por Sforza y los florentinos. Du-
rante las negociaciones Facio recoge un magnífico discurso en boca de Antonio
Panormita (caps. 131-142). El libro finaliza con diversos sucesos del año 1452 y
en concreto con la llegada a Nápoles del emperador Federico III para casarse con
Leonor de Portugal, sobrina de Alfonso, y con la descripción de los festejos que
acompañaron dicho enlace (caps. 144-168).
Libro X
Es el libro que cierra narrativamente la crónica e introduce los elementos que pre-
figuran el inicio de una nueva época. Desde el punto de vista de la continuidad
argumental se retoma la cuestión de la guerra florentina, que sirvió como escenario
militar para que Fernando, el heredero de Alfonso, tome el relevo en responsabili-
dades oficiales importantes. Con este fin el rey dirige un cuidado discurso a su hijo
(caps. 6-12), antes de asumir su primer encargo oficial. Fernando saldrá de expedi-
ción hacia Perugia donde unirá sus ejércitos a los de Federico de Montefeltro. Entre
otras vicisitudes destaca la derrota de Astorre (caps. 21-23). Fernando se retira del
escenario de batalla por la llegada del invierno. Mientras Alfonso vuelve a tropezar-
se con los genoveses por el desafortunado encuentro con la nave de Uberto Squar-
cifico (caps. 100-106), que se salda con una pequeña batalla naval y una penosa
derrota para los genoveses. Fernando seguirá librando pequeñas batallas por la
Toscana y los vénetos sufrirán los ataques de Sforza por la Lombardía, con la inesti-
mable ayuda de Jacopo Piccinino. Además, Francesco Sforza y los florentinos (caps.
74 y ss.) convocan a Renato de Anjou y consolidan posiciones en la zona norte
52
de Italia. Los vénetos a su vez llegan a un pacto con Sforza que se rubrica en abril
de 1454, conocido como Paz de Lodi, a la que se unirá Alfonso un año más tarde,
buscando la estabilidad política de Italia entera, especialmente necesaria desde la
caída de Constantinopla. El libro y la obra concluye con la cruzada anunciada por
el papa Nicolás (cap. 121) contra el enemigo turco. Ante tal situación el pontífice
intenta recabar la ayuda del rey y, gracias a la mediación de Domenico Capranica, a
quien Facio atribuye un efectivo discurso (caps. 124-139) sobre esta delicada situa-
ción política y militar, obtendrá de Alfonso el necesario apoyo, tal como se lo hace
saber de inmediato con unas sentidas palabras (caps. 140-143).
118 Es hacia el final de la carta cuando dice: «… itaque libros septem iam edidi, quibus continentur quae
rex gessit a primo eius in Italiam adventu usque ad eum diem quo triumphum egit. Nunc bellum
Picenum in manu est, (post Florentinum aggrediar)». Sobre la carta, véase Ferraù, Il tessitore, p. 57;
Paolo Viti, «Historie dignitas maiestasque. Note su due lettere di Francesco Barbaro e Bartolomeo
Facio», en D. Canfora y A. Caracciolo Aricò (edd.), La Serenissima e il regno: nel V Centenario
dell’Arcadia di Iacopo Sannazaro: Atti del convegno di studi (Bari-Venezia, 4-8 ottobre 2004), Bari,
Cacucci, 2006, pp. 753-770; Sondra Dall’Oco, «Bartolomeo Facio ritrattista», en G. Lazzi y P. Viti
(edd.), Immaginare l’autore: il ritratto del letterato nella cultura umanistica (Convegno di studi, Fi-
renze, 26-27 marzo 1998), Florencia, Polistampa, 2000, pp. 223-242. G. Abbamonte, «I modelli
classici», pp. 107-130.
119 Su relación literaria se había iniciado en los primeros meses de Facio en la corte alfonsina, cuando
le dedicó una traducción latina del Decameron X 1: véanse los detalles en G. Braggio, «Una novella
53
del Boccaccio tradotta da Bartolomeo Fazio», Giornale ligustico di Arqueologia, Storia, Letteratura,
11 (1884), pp. 379-387.
120 Citamos un estracto del texto que ha establecido para esta carta que recogen Albanese y Bessi,
All’origine della guerra, p. 20, n. 14 (donde indica que es el mismo que saldrá en la edición completa
del epistolario que están preparando G. Albanese y M. Bulleri): «… Interim operam dabo ut mihi
viaticum ad senectutem comparem. Explicui libris novem quae rex gessit ab adventu eius in Italiam
usque ad finem prioris belli Florentini, nec aliud restat, nisi hoc bellum recens. Quos quidem libros rex
ipse pergratos habere visus est, egitque mecum perliberaliter, ut ex ipso Bertono agnosces. Nam prae-
ter salarium mihi dono dedit, in exportationibus rei frumentariae, aureos mille, quos nunc percep-
turus sum; speroque alia me ab eo accepturum, si res sibi prospere ierint. Quod ipse mihi perbenigne
est pollicitus cum multa mea laude et alias saepe, et nuper in traditione duorum librorum ultimorum
operis mei».
121 Según el texto de la edición de L. Mehus (1754), p. 104: MS. Lat. Bibl. Rice. 759. p. 25 1: «Quod
autem scire expetis de rebus meis, scito decimum librum rerum a Rege gestarum mihi nunc in manu
esse, qui liber omnia continebit, quae usque in hanc diem ab eo facta, vel per duces suos administrata
sunt, qui decimus liber huic operi modum imponit. Si suscipietur bellum hoc contra Teucros, in aliud
volumen seorsum conferetur, ne modum magnitudo voluminis excedat. A Rege vero mecum perlibe-
raliter agi scito».
122 Véase el detalle en A. Greco (ed.), Vespasiano da Bisticci. Le vite, I-II, Florencia, Istituto Nazionale
di Studi sul Rinascimento, 1970-1976, vol. I, pp. 91-92.
54
La obra Rerum gestarum Alfonsi regis libri X fue entregada al rey Alfonso en
junio del año 1457123 y no solo obtuvo un éxito rotundo con el monarca, sino tam-
bién con el público de la corte y de la nobleza italiana, tal como la difusión en edi-
ciones hasta el siglo XVIII lo atestiguan. Se convirtió en la fuente histórica124 por
excelencia para conocer los hechos que acontecieron en la conquista de Nápoles y
de hecho se han identificado aquellos capítulos en los que aparece transcrita docu-
mentación propia de los archivos reales, que Facio tuvo a su disposición, como es
el caso de los discursos de las diversas embajadas que se mencionan en las obras, o
el contenido de algunas cartas intercambiadas entre diversos protagonistas de alto
rango, de las que quedó copia en el archivo.
Pero, además, por suerte para la obra de Facio, el rey otorgó a esta crónica de
sus hazañas un lugar de excepción en su biblioteca, y se preocupó de encargar las
pertinentes copias para asegurar la correcta difusión de la que se convertiría en
«historia oficial» de la conquista de Nápoles. Como era de esperar, Facio se im-
plicó personalmente en esta labor de copia a fin de que no se propagasen errores
a través de ellas125. En efecto, la biblioteca real, gracias a la iniciativa del monarca
aragonés, un bibliófilo apasionado, se convirtió en el centro de la vida cultural de
la corte. Tras la conquista de Nápoles, el rey mandó situar su biblioteca126 en un
ala del reconstruido Castelnuovo, junto a la bahía, y la fue dotando con el personal
más cualificado posible para los trabajos que en ella se hacían. Desde muy joven
Alfonso había comenzado pronto a tener una pequeña biblioteca en torno suyo,
con obras de todo tipo: teológicas, manuales de devoción y de contenido jurídico,
y otras muchas literarias, entre ellas un Ovidio y un Valerio Máximo, además de
varios libros de Tito Livio. Es casi seguro que antes de salir de expedición a Italia
llegase a reunir aproximadamente 60 ejemplares, un número de obras que se fue
incrementando a lo largo de los años mediante regalos, préstamos, como el ejem-
plar de Pompeyo Trogo que requirió a su tío Enrique de Villena para copiarlo, o
adquisiciones de originales, como las que hizo en su primer viaje a Italia en 1420,
123 En ese momento de la presentación oficial de este códice en cuyo resultado puso tanto empeño
pudo estar acompañado del diplomático y amigo personal Mateu Malferit, según Pietragalla, Bar-
tolomeo Facio, p. 587, dada la amistad que ambos mantuvieron.
124 No obstante, este valor como fuente siempre resulta parcial para los investigadores contemporá-
neos, dado que, tal como indicó E. Fueter, Storia e storiografia moderna, Milán-Nápoles, 1953, 1,
pp. 46-47, Facio y la historiografía humanística meridional no mostraban ningún interés en apor-
tar datos materiales y económicos de los hechos de los que se ocupaban.
125 Esta preocupación por la exactitud de los datos de sus obras históricas y, en suma, por la fidelidad
al texto original queda de relieve con la correspondencia que mantuvo Facio con diversos inte-
lectuales, políticos y copistas, a propósito de sus obras, y que recogen en su trabajo Albanese y
Pietragalla, «In honorem», pp. 307, 313, 321.
126 Para todos los detalles relativos a la historia de la biblioteca sigue siendo útil la monumental obra
de T. de Marinis, La biblioteca napoletana dei re d’Aragona, Milán, Hoepli, 1947-1952, vols. I-IV, y
su continuación, La biblioteca napoletana dei re d’Aragona: Supplemento, Verona, 1969, vols. I-II.
Además puede consultarse el estudio que acompaña al catálogo editado por G. Toscano, La biblio-
teca reale di Napoli nel tempo della dinastia aragonese, Valencia, Generalitat Valenciana, 1998, en
pp. 185-219.
55
sobre todo de autores clásicos como Séneca o Livio. Alfonso adoptó medidas espe-
ciales de protección del patrimonio libresco que poco a poco se atesoraba en el rei-
no y limitó a ocasiones especiales la exportación de libros127. De tal forma que en
1430 designó a uno de sus secretarios personales, Luis Casares, para dirigir lo que
sería la base de la futura biblioteca real, a la que buscará acomodo en Castelnuovo.
Se ha escrito mucho de esta biblioteca, en donde se custodiaría la obra de
Facio, como una institución fundamental para dinamizar la vida intelectual. En
ella trabajaron los mejores copistas, entre los que destacamos a Giacomo Curlo128
y Gabriel Altadell, y los más expertos bibliotecarios que incluso conocemos por el
nombre (como el ya mencionado Tommaso Aulesa), que pudo llegar a contener
2500 volúmenes, empezando por De architectura de Vitrubio —como si se tratase
de la piedra basilar del edificio e institución en la que se convirtió—129, pero tam-
bién muchos otros autores clásicos latinos que fueron tomados en préstamo de
otras bibliotecas italianas para poder conservar una copia de calidad de cada obra
a la que tenía acceso.
Además, gracias al interés que el rey tuvo por conseguir las traducciones al
latín de originales griegos, se abrió otro canal de ampliación de los fondos de su
biblioteca. Allí guardaba el ejemplar de la traducción de La Política de Aristóte-
les que Leonardo Bruni130 le remitió en 1440, entre otras de sus traducciones del
127 El texto del decreto (recogido en el documento del Archivo Corona de Aragón [ACA], 2680, 36; 18
de enero de 1426, y en ACA 2682, 114; 31 de mayo de 1426.ª), aparece transcrito en Ryder, Alfonso
el Magnánimo, p. 390, n. 34.
128 Este copista genovés era además un auténtico intelectual bibliófilo, que permaneció en la corte
alfonsina entre 1446 y 1459 y se responsabilizó de la copia de ocho importantes códices: colaboró
con Facio en la culminación de la traducción de Arriano, resumió el comentario de Donato a
Terencio (Epitoma Donati in Terentium) y enmendó códices de Livio y Petrarca, entre otros mu-
chos logros. Sobre sus criterios editoriales véase M. Regoliosi, «Lorenzo Valla, Antonio Panormita,
Giacomo Curlo e le emendazioni a Livio», Italia Medioevale e umanistica 24 (1981), pp. 287-316;
G. Petti Balbi, «Per la biografia di Giacomo Curlo», Atti della Società Ligure di Storia Patria, nuova
serie, 22 (1982), pp. 103-121.
129 Sobre las obras y las labores de copia de los códices, véase G. Mazzantini, La biblioteca dei Re d’Ara-
gona, Rocca di San Casciano, Licinio Cappelli Editore, 1897. El estudio del contenido de la biblio-
teca se enriqueció con la aportación sobre los fondos depositados en Valencia por parte de J. Alcina
Franch, La Biblioteca de Alfonso V de Aragón en Nápoles. Catálogo descriptivo: fondos valencianos,
con la colaboración de Manuel Bas Carbonell, 2 vols., Valencia, Direcció General del Llibre, Arxius
i Biblioteques, 2000 (donde se recogen las aportaciones de la tesis doctoral de J. Alcina, defendida
en Valencia, 1948, con el título de Historia de la biblioteca de Alfonso V en Nápoles. Estudio de los
fondos conservados en la Biblioteca Universitaria de Valencia).
130 Leonardo Bruni (1369-1444) combinó su trabajo de canciller con su gusto por la traducción y el
estudio de los clásicos, especialmente dedicado a Platón y Aristóteles, cuya versión de la Ética a
Nicómaco (1417) originó todo un debate sobre la traducción que lo enfrentó a Alonso de Cartage-
na, y motivó la composición de un pequeño tratado, De interpretatione recta, en el que expuso su
teoría de la traducción ad sententiam; véase al respecto, A. Guzmán Guerra, «Leonardo Bruni: tra-
ductor y traductólogo del humanismo», Hieronymus complutensis 2 (1995), pp. 75-80; T. González
Rolán, A. Moreno, P. Saquero, Humanismo y teoría de la traducción en España e Italia en la primera
mitad del siglo XVI. Edición y estudio de la «Controversia Alphonsiana» (Alfonso de Cartagena vs.
Leonardo Bruni y P. Candido Decembrio), Madrid, Ed. Clásicas, 2000, pp. 194-264.
56
griego al latín, una muestra del estrecho contacto que el rey mantuvo con Bruni,
tal como evidencia la correspondencia conservada entre ambos. Precisamente fue
este un campo donde Facio dejó, aunque incompleta, su última obra: se trata de
una versión mejorada de la traducción al latín que Pier Paolo Vergerio había rea-
lizado a partir del texto de la Vida de Alejandro el Grande escrita por Arriano. La
traducción de Vergerio había sido un encargo del emperador Segismundo, cuyo
conocimiento del latín no era muy elevado, por lo que le procuró una versión sin
demasiadas pretensiones estilísticas. Enea Silvio Piccolomini le envió una copia131
de esta traducción al rey Alfonso en enero de 1454, quien al poco tiempo se la re-
mitió a Facio para que la revisase y le preparase una nueva versión latina mejorada.
Con este motivo Facio quiso cotejar la versión de Vergerio con el original griego de
Arriano para lo que contó con la ayuda de dos intelectuales bizantinos que residían
en la corte de Alfonso, Teodoro de Gaza y Niccolò Sagundino, en un proceso que se
alargó los últimos tres años de la vida de Facio y que no pudo ultimar por su deli-
cada salud y posterior fallecimiento en noviembre de 1457. Su labor de revisión fue
culminada por el genovés Giacomo Curlo, seguramente el mejor copista de la cor-
te, con quien mantuvo una estrecha relación de amistad durante muchos años132.
Durante este proceso de enriquecimiento de fondos, el rey se preocupó de
que su biblioteca se convirtiese en una institución para promover la vida cultural
durante su reinado de una ciudad como Nápoles, que había estado sufriendo du-
rante años los embates de una guerra. De esta manera la biblioteca no era simple-
mente un conjunto de armarios llenos de valiosos libros y refinados códices, sino
también un centro de estudio y trabajo que congregaba a personas preocupadas
por las letras y las artes. En ella se reunía Alfonso con los intelectuales de los que
se nutrió su corte, cuyos nombres protagonizan un capítulo de la cultura europea:
Poggio Bracciolini, Leonardo Bruni, Bartolomeo Facio, Lorenzo Valla, Antonio
Beccadelli, Pier Candido Decembrio, Giovanni Pontano. En compañía de ellos
Alfonso convocaba, en periodos de inactividad militar, sesiones para leer y co-
mentar los autores clásicos, auspiciadas por el Panormita. En ocasiones, los deba-
tes suscitados en torno a los textos les llevaron a tocar también otros temas, como
los de tipo teológico o religioso133. Este pudo ser el caso del intelectual florentino
131 Sobre el envío de esta copia por parte de Piccolomini y el análisis de la versión latina que Facio
refleja en su correspondencia, véase J. H. Bentley, Politics and Culture, p. 107 n. 63.
132 Esta traducción vio muy pronto una edición y posteriores reediciones, aunque sin que apareciera
el nombre de Curlo como coautor, tal como sucede en la edición de 1508 en Pisauro: De rebus
gestis Alexandri regis, quem Latinitate donauit Bartholomeus Facius: Arrianus, impressus est Pisauri:
opera & impensa Hieronymi de Soncino, 1508 die. ix. Iunii, localizada hoy en Biblioteca Nazionale
Centrale de Florencia. Posteriormente apareció otra edición en la que se corrigieron los errores
de la anterior en Basilea, en 1539: Arriani Nicomedensis novi Xenophontis appellati, de Rebus gestis
Alexandri Magni regis Macedonum libri octo, summa diligentia ad Graecum exemplar emendati, &
innumeris quibus antea scatebant mendis repurgati. Bartholomaeo Facio viro doctissimo interprete,
Basileae: in Officina Roberti Winter.
133 Según testimonio de Vespasiano da Bisticci, en algún momento se llegó a discutir sobre el misterio
de la trinidad; cf. A. Greco (ed.), Vespasiano da Bisticci. Le vite, I-II, Florencia, Istituto Nazionale
di Studi sul Rinascimento, 1970-1976, vol. II, p. 603.
57
134 Se trata de una obra escrita con cierto desaliño en la ortografía y la redacción, por lo que es posible
que su auténtico autor fuese uno de los alumnos de este capellán. El manuscrito original se encon-
traba en la biblioteca del convento de los frailes Predicadores de Valencia, y ha sido objeto de diver-
sas transcripciones y ediciones, para cuyos detalles remitimos a M.ª D. Cabanes Pecourt, Dietari del
capellà d’Alfons V el Magnànim, edición e índices, Zaragoza, Anubar (Col. Textos Medievales, 85),
1991.
135 El pago se satisfizo en febrero de 1451, pero la obra no pudo concluirse; cf. A. F. C. Ryder, «Antonio
Beccadelli: A Humanist in Government», en C. H. Clough (ed.), Cultural Aspects of the Italian Re-
naissance. Essays in honour of Paul Oskar Kristeller, Manchester, UP, 1976, pp. 123-140, esp. p. 133.
136 Sobre la actividad de los libreros véase el trabajo de P. Cherubini, «Note sul commercio librario
a Roma nel Quattrocento», Studi romani, 33, 3-4 (1985), pp. 212-221; y para un posible censo
58
de impresores en la época del dominio aragonés puede verse M. Santoro, La stampa a Napoli nel
Quattrocento, Nápoles, Istituto Nazionale di Studi sul Rinascimento meridionale, 1984.
137 El escritor e historiador veneciano Giovanni Michele (o Gian Michele) Bruto (1517-1592) estuvo
al servicio de diversos señores, entre ellos Alberico I (1534-1623), quien le encargó la edición de
la obra de Facio, posiblemente en 1558, que vio la luz dos años después con el título Bartholomeus
Facius, De rebus gestis ab Alphonso primo Neapolitano rege commentariorum libri decem, Johannes
Michael Bruti opera primum in lucem edita, ac summo studio vetustissimis collatis exemplaribus
emendatis, apud Haeredes Sebastiani Gryphii, Lugduni, 1560. La edición se acompaña de una
apostilla redactada por el impresor francés Sébastien Gryphe, en la que defendía a Bruto de posi-
bles acusaciones de alteración del texto, dado el estado tan dañado en el que se encontraba el ma-
nuscrito, por lo que el trabajo de edición de Bruto era todavía más valioso en esta primera edición.
Sobre el editor véase la semblanza y los documentos aportados por M. Battistini, «Jean Michel
Bruto, humaniste, historiographe, pédagogue au XVIe siècle (Notice biographique)», De Gulden
Passer 32, (1954), pp. 29-153.
138 Respecto a este poderoso noble, véase F. Petrucci, s. v. «Cibo Malaspina, Alberico», en Dizionario
biografico degli Italiani, 25, Roma, 1981, pp. 261-265; y los estudios recogidos por C. Giumelli y O.
Raffo Maggini (edd.), Il tempo di Alberico (1553-1623): Alberico I Cybo-Malaspina: signore, politico
e mecenate a Massa e Carrara, Pisa, Pacini, 1991.
139 Bartholomaei Facii De rebus gestis ab Alphonso primo Neapolitanorum rege commentariorum libri
decem; Francisci Contarini viri clarissimi De rebus in Hetruria a Senensibus gestis, apud Haeredes
Sebastiani Gryphii, Lugduni, 1562.
59
140 La obra que escribió Francesco Contarini (1421-1475), cuyo auténtico título era Historia Etruriae
seu Commentariorum de rebus in Hetruria a Senensibus gestis cum adversus Florentinos, tum adver-
sus Ildebrandinum Ursinum Petilianensium comitem libri tres, no fue editada de manera autónoma
respecto a la de Facio hasta la de Antonio Pinelli en Venecia de 1623 (véase Repertorium fontium
historiae Medii Aevi primum ab Augusto Potthast digestum, nunc cura collegii historicorum e pluri-
bus nationibus emendatum et auctum. I. Series Collectionum, Roma, Istituto storico italiano per il
Medioevo, III, 1970, p. 642), y, posteriormente, al igual que los Rerum gestarum Alfonsi de Facio,
en la colectánea de J. G. Graevius, Thesaurus antiquitatum et historiarum Italiae, Leiden, 8/2, 1723,
pp. 1-57.
141 Se trata de una obra de factura tardía (escrita entre 1494 y 1503) en la que Pontano se ciñe a los
hechos que rodearon a la revuelta conocida como «la conjura de los barones», cuando la nobleza
terrateniente se levantó contra Fernando I de Aragón (llamado Ferrante, en las crónicas locales),
quien la reprimió en 1487 gracias a la colaboración de Milán y Florencia.
142 Es más, al año siguiente enriqueció esta summa con las Storie de F. Guicciardini, traducidas al latín
por Celio Secondo Curione, para crear un continuum histórico: Bartholomaei Facii et Io. Iouani
Pontani Rerum suo tempore gestarum libri sexdecim. Qvos idcirco cum Guicciardino coniunximus,
quia vbi Pontanus desinit, Guicciardinus suam gistoriam inchoauit. Basilea, Excudebat Petrus Perna
suis & Henrich Petri Impensis, anno salutis 1567.
143 Bartholomaei Facii, reipublicae genuensis a secretis, De rebus gestis ab Alphonso primo Neapolita-
norum rege Commentariorum libri X, summo antehac studio, vetustissimis collatis exemplaribus,
emendati ac in lucem editi a Ioanne Michaele Bruto. Editio novissima, emendatior et auctior. Lugdu-
ni Batavorum, sumptibus Petri Vander Bibliopolae Academiae atque civitatis Typographi, [1723],
in J. Graevius - P. Burmann, Thesaurus antiquitatum et historiarum Italiae, Leiden, 1723.
144 Bartholomaei Facii De rebus gestis ab Alphonso primo Neapolitanorum rege commentariorum Libri
X, opera et studio Io. Michaelis Bruti, vetustissimis collatis exemplaribus, emendati, Neapoli, in typo-
60
nados. Tanto una como otra parten inexcusablemente de la labor que hizo en su
día Gian Michele Bruto sobre el texto, que no se verá actualizado hasta la edición
llevada a cabo por D. Pietragalla en 2004. Esta edición, integrada primero en el
cuerpo de su tesis doctoral en el año 2000 y actualizada para su publicación final-
mente en 2004, ostenta el mérito de ser la primera edición que ha tratado el texto
faciano con arreglo a precisos parámetros filológicos. Para el establecimiento del
texto Pietragalla ha colacionado los tres códices principales que han transmitido
los Rerum gestarum Alfonsi de Facio: el ms. q I 7 de la Biblioteca de El Escorial, el
ms. 17150 de la Biblioteca Nacional de París y el ms. Vat. Latinus 6798 de la Biblio-
teca del Vaticano, aunque seguramente su procedencia sería aragonesa. A partir
de ellos la editora fijó un texto base que a su vez colacionó con otros doce códices,
todos ellos estudiados por extenso, cuyas características vienen recogidas en sus
doctas páginas, a las que remitimos para los detalles145.
Como era de esperar, la obra latina se tradujo al poco tiempo a las dos len-
guas más próximas al rey Alfonso. De acuerdo con los datos que obran en nuestro
poder, las versiones españolas que conocemos fueron cronológicamente anterio-
res a la italiana, si bien esta segunda llegó a ser impresa, mientras que las versiones
españolas, incompletas en la actualidad, son ejemplares manuscritos.
Según anticipamos, la primera traducción al español que consta resulta ser
un manuscrito anónimo de 1540, que entró a formar parte de la Biblioteca Nacio-
nal en 1873, junto con otras obras pertenecientes a Serafín Estébanez Calderón.
Se trata del ms. 1816 descrito como sigue en el llamado Inventario general de Ma-
nuscritos de la Biblioteca Nacional146:
[BARTOLOME FACIO. Cónica (sic) de Alfonso V de Aragón y I de Nápoles.] Capitulo
primero. De como Forcia imbio a supplicar a Don Luis viniesse a la conquista del
Reyno de Napoles y aliado con el puso cerco sobre la ciudad de Napoles: En el año del
nascimiento de Nuestro Señor Iesvs Christo de mill y quatrocientos y veynte el Papa
Martin quinto… (fol. I) … lo qual fue a veynte y cinco de Março, año del Señor de
mill CCCC. L. Pridiae Nonas Septembris anno 1540. Finis Deo maximo gratias (fol.
439 v.)
Esta es toda la información de la que disponemos de esta primera traducción
basada en el ms. latino 2025 que también conserva la Biblioteca Nacional.
graphia Ioannis Gravier, 1769, in Raccolta di tutti i più rinomati scrittori dell’Istoria generale del
Regno di Napoli principiando dal tempo che queste provincie hanno preso forma di Regno, dedicate
alla Maestà della Regina nostra Signora.
145 El análisis pormenorizado de los códices aparece en D. Pietragalla, I «Rerum gestarum Alfonsi
regis libri» di Bartolomeo Facio. Edizioni critica, Tesi di dottorato, Messina, 2000, VIII -XLII, y en
D. Pietragalla, Bartolomeo Facio, pp. XXIX-XL.
146 Cf. J. López de Toro y A. Paz Remolar, Inventario general de Manuscritos de la Biblioteca Nacio-
nal, Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 221. Confirma la procedencia
descrita en este Inventario general el trabajo de G. de Andrés, «La colección de manuscritos del
literato Serafín Estébanez Calderón en la Biblioteca Nacional», Cuadernos para la Investigación de
la Literatura Hispánica, 14 (1991), p. 92.
61
Dicho manuscrito es, a su vez, uno de los más antiguos conservados, aunque
también está incompleto, tal como asimismo constata su descripción en el Inven-
tario general 147:
B artholomaeus F atius . De Gestis Alfonsi Regis Aragonensium [Libri X]— 1. Proe-
mium: Etsi nonnullos viros hec aetas tulit… (fol. 1)… aperuam repetens paulo altius
(fol. I v.).— 2. [ Liber I:] Martinus Quintus Pontifex Maximus is qui sacrosanctam
potestatem … (fol. 1 v.) … Liber IX … inde in Germaniam rediit. Vale. Rerum Ges-
tarum Alfonsi Regis liber VIIII explicit. Finitus ianue mcccclxxxi . Incipit decimus
et ultimus: Secutum est paulo post alterum bellum Floretinum Venetiis sociis atque
amicis postulantibus… [acaba incompleto] (fol. 108).
La segunda traducción de la que tenemos constancia es también anónima y
aparece en un volumen conservado en la Real Academia de la Historia, con guar-
das del siglo XVIII en las que figura el título genérico de Historia de la conquista
del reyno de Nápoles148, encuadernado en pergamino escrito a una sola mano, con
tachaduras, y de unas 500 páginas de extensión. Sus cuadernillos han sido cosidos
alterando el orden lógico de las obras: en el volumen aparece la traducción de la
obra, que ha perdido el primero de sus libros, bajo el título Comentarios de la con-
quista del reyno de Nápoles y otras empresas hechas por el rey D. Alonso V de Ara-
gón, junto con una traducción también incompleta del Libro de los dichos y hechos
del Panormita, a las que siguen otras dos, una del Triunfo, también del Panormita,
y una de la Oración al Rey Don Alonso de Piccolomini. El texto escrito se cierra
con la indicación «finitum 2 die augusti, 1561».
Si realmente existió alguna otra traducción de los Rerum gestarum Alfonsi al
español, además de las aquí reseñadas, se ha perdido o no consta en ninguno de
los catálogos consultables de las bibliotecas españolas.
En cambio, sí que presenta un autor conocido la primera versión italiana que
fue una obra de encargo a Giacomo Mauro por parte de Alberico Cibo, a quien
va dedicada la traducción, de la que se conserva en el ms. 175 de la Biblioteca Fa-
borniana de Pistoia149, fechado en 1576, con el título de Fatti di Alfonso D’Aragona
re di Napoli descritti da Bartholomeo Facio, doue si ha piena notitia delle guerre
147 J. López de Toro y A. Paz Remolar, Inventario general…, p. 427, donde añaden los siguientes datos
técnicos: «S. XVI. 108 fols. + 3 hoj. de guardas (1+2), 320 x 225, 37 líneas; caja 265 x 150. Enc.:
Pergamino, con restos de correíllas, s. xvi , 325 x 235. En el lomo: H istoria del R ey D o . A lo .
de. Olim: G. 105. Copia del siglo XVI con notas marginales, tachadura, correcciones, palabras
subrayadas y reclamos. Iniciales de libro, en tinta, de mayor tamaño y carácter caligráfico. Edic.:
Lugduni, 1560. Cfr.: S ánchez A lonso . Fuentes, 3.ª edic., I, p. 305, n.º 2292.— G. A ntolín . Códi-
ces Latinos del Escorial, II, p. 134. Vid.: El ms. 1816 de esta Biblioteca.»
148 Sigo los datos que proporciona Montaner (ed.), Libro de los dichos, p. 51, quien explica en la n. 115
que los ha obtenido gracias a la amabilidad del académico D. Faustino Menéndez Pidal. El volu-
men viene descrito en el catálogo de esta institución, obra de A. Rodríguez Villa, Catálogo general
de manuscritos de la Real Academia de la Historia (1910 - 1912), muy someramente, en los siguien-
tes términos: «Historia de la conquista del reyno de Nápoles. Un volumen en folio, encuadernado
en pergamino. Ms. Siglo XVII a principios. Signatura 9-2215 (olim 9-11-3-86)».
149 Para la descripción remitimos a Pietragalla, «La fortuna…», p. 286.
62
tra Spagna e Francia per il regno di Napoli. A partir de esta traducción vio la luz
una edición en 1580150, que se acompañaba de una carta introductoria dirigida a
Ferrante Carafa, a la sazón duque de Suriano, amante de la literatura y la poesía,
y miembro de una importante familia que había participado activamente en la
conquista de Nápoles junto al rey español.
En la actualidad la lengua italiana disfruta de la versión directa desde el texto
latino de D. Pietragalla (2004), que al margen de pequeñas cuestiones discutidas
en las notas de este libro, resulta muy útil para acercarse a la obra de Facio.
La presente traducción
Presentamos la primera traducción íntegra al español de los Rerum gestarum Al-
fonsi de Facio, dado que no hemos localizado testimonios de ninguna traducción
completa, bien por no haberse conservado —si la hubo— por caprichos de la
transmisión, bien por no haber existido realmente. Como ya hemos anticipado,
para poder ofrecer una traducción actualizada se ha optado por seguir aquella
edición del texto latino más rigurosa y actual, como lo es la edición de D. Pietraga-
lla (2004). Solamente en aquellos lugares en los que hemos detectado una errata o
alguna lectura incomprensible nos hemos apartado del texto establecido, tal como
viene indicado en las notas al pie.
Asimismo, nuestra traducción ha buscado la identificación de los lugares y
personas que aparecen mencionados en el texto, procurando proporcionar la de-
nominación de los mismos más actual y reconocible en castellano, a partir de la
latinización de dichos topónimos y antropónimos a la que los somete Facio. Las
excepciones o dificultades que algunos de ellos puedan presentar vendrán anota-
das al pie de la traducción.
En cuanto al estilo, la traducción intenta preservar el uso de un latín genuina-
mente clásico, tal como reivindicó tantas veces Facio, alejado de neologismos y de
términos ajenos a la latinitas, y que tampoco hubieran sido del agrado de César,
de Cicerón o de Livio. Cuando ha sido preciso alejarse de este norte estilístico, por
estrictos motivos de inteligibilidad y de compromiso con el lector contemporáneo,
se ha explicado en nota y se ha buscado una expresión más amplia, como en el
caso del armamento o en la designación de determinados cargos de índole política
o eclesiástica.
150 Fatti d’Alfonso D’Aragona, primo re di Napoli di questo nome, descritti da Bartholomeo Facio Ge-
nouese. Et nuouamente tradotti nella volgar lingua da M. Giacomo Mauro. Doue s’ha piena notitia
delle cagioni delle guerre tra Spagna e Francia, per il Regno di Napoli; e come Francesco Sforza venisse
al possesso di Milano, cose tocche dal Giouio, e dal Guicciardini, e passate con breuità da loro. In
Vinegia appresso Giouanni et Gio, Paolo Gioliti De’ Ferrari, 1576.
63
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67
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LA CONQUISTA
DE NÁPOLES
[1455]
Bartolomeo Facio
Si bien nuestra época nos ha dado algunos hombres que, dotados de una inteli-
gencia y una sabiduría sin igual, podrían considerarse los más idóneos para poner
por escrito algunos hechos y especialmente los más importantes —tanto nues-
tros padres como nosotros recordamos a ciertos pueblos e ilustres gobernantes
que llevaron a cabo empresas grandes y dignas de ser alabadas—, sin embargo, es
tal el desinterés por los recientes acontecimientos que manifiestan la mayoría de
ellos, que muy pocos se entregan a la escritura de historia. En efecto, los hay que,
después de haber leído las hazañas de Alejandro, César o del pueblo romano, no
encuentran placer en el relato de los acontecimientos nuevos y más actuales. Y la
situación es tal que tenemos en menor aprecio, no sé por qué razón, el relato de los
hechos más conocidos o más próximos.
2. No voy a negar yo que en nuestra época o en la de nuestros abuelos ha
existido un rey o un general o alguna ciudad que por la gloria de sus hazañas y
sus muestras de valor deban ser comparados con aquellos. Sea como fuere, ¿quién
carece hasta tal punto de conocimientos que ignore que incluso las gestas de aque-
llos que acabo de nombrar se han convertido en mucho más destacadas e impor-
tantes gracias a elocuentes escritores? 3. Con todo, los sucesos más recientes, en
mi opinión, son de tan gran importancia que pienso que resultan de algún modo
ingratos hacia su época e injustos aquellos que parecen ocuparse de los aconte-
cimientos contemporáneos, como si se tratase de asuntos insignificantes y poco
1 No se trata del primer prólogo que Facio escribe como historiador, puesto que su obra De origine
inter Gallos ac Britannos belli historia, una pequeña novela histórica, aparece prologada con una
carta de dedicatoria a Carlo Ventimiglia, en la que reflexiona también sobre la labor que asume
como historiador y en concreto sobre la necesidad en ese caso de tratar el episodio que desencade-
na en 1337 la llamada «guerra de los Cien Años», cuyos efectos todavía estaban presentes cuando
Facio decide escribir este primer opúsculo. Sin embargo, mucho más importante es el prólogo con
el que abre el segundo de sus escritos históricos, De bello veneto clodiano, centrado en la guerra que
mantenían Genova y Venecia desde 1377: se trata de una carta dirigida a su alumno Gian Giacomo
Spinola, en la que también alude a la necesidad de equilibrio entre lo verum y lo verisimile a la hora
de escribir historia. Tanto en estas dos cartas prólogo que acompañan a dichas obras, como en el
que comienza en estas páginas, Facio reivindica la importancia de la escritura de historia contem-
poránea (facta nova et recentiora), y su compromiso para dotar a esta narración del brillo que la
historia tuvo en el mundo clásico.
71
72
4 Oddone Colona, bajo la denominación de Martín V, desempeñó el papado entre 1417 y 1431. Su
elección en el Concilio de Constanza, celebrado el 11 de noviembre de 1417, supuso la resolución
del Cisma de Occidente y la deposición de los antipapas Juan XXIII y Benedicto XIII; cf. P. Partner,
The Papal State under Martin V: the Administration and Government of the Temporal Power in the
Early Fifteenth Century, Londres, British School at Rome, 1958; C. Bianca, s. v. «Martino V», en
Enciclopedia dei Papi, t. II, Roma, Istituto della Enciclopedia italiana, 2000, pp. 619-634.
5 Andrea Fortebracci (1368-1424), también conocido por el pseudónimo de Braccio Fortebraccio,
fue un militar mercenario italiano quien, según el historiador Jerónimo Zurita (Anales XIII 5 —
esta obra aparece citada siempre según la versión disponible en http://ifc.dpz.es/publicaciones/
ebooks/id/2448—), se trataba de un capitán aventurero y populista que se adueñó de buena parte
de Italia central, y llegó incluso a ser nombrado gran condestable de Nápoles. Sobre sus conquistas
véase la documentada monografía de M. Rufini, Quasi re. Le vicende di Fortebraccio capitano di
ventura, Bolonia, Minerva Edizioni, 2013.
6 Juana II de Anjou-Durazzo (1371-1435) gobernó Nápoles desde 1414 a 1435 en sucesión de su
hermano Ladislao I (†1414). Se casó con Jaime II de Borbón-La Marche (1370-1438), quien se vio
obligado a exiliarse de Nápoles, sin haber tenido descendencia con la reina, y acabó sus días en un
monasterio. Por esta razón, Juana adoptó como sucesores primero a Alfonso de Aragón, después
al duque Luis III y, a la muerte de este, a Renato de Anjou. Todavía resulta muy útil para el detalle
de estos años la biografía de N. F. Faraglia, Storia della regina Giovanna II d’Angiò, Lanciano, R.
Carabba, 1904.
7 El fundador de la dinastía Sforza, Muzio Attendolo (1369-1424), fue un famoso condotiero italia-
no que llegó a ser gran condestable de Nápoles en la corte del rey Ladislao I. Posteriormente pasó a
las órdenes de la reina Juana II y junto con su hermano Francesco fueron comisionados por dicha
reina para ayudar en 1417 al papa frente a Braccio da Montone.
73
Anjou8, llamado después rey, mediante cartas y mensajeros para que accediera
a apoderarse del Reino de Nápoles —porque este príncipe reivindicaba que este
reino le pertenecía—, prometiéndole una activa ayuda en el conflicto. 2. Luis de
Anjou, quien ya mucho antes ardía en deseos de obtener aquel reino gracias a la
persuasión diaria que ejercían algunos exiliados, se convenció fácilmente por la
autoridad de aquella persona que había asumido, gracias a una disposición es-
pecial para las artes de la guerra, el gobierno de numerosas ciudades en el Reino
de Nápoles. Así pues, contento por tales noticias ordenó que se le comunicase a
Muzio Sforza que la oportunidad que espontáneamente le había ofrecido le había
resultado sumamente agradable y, en consecuencia, le daba las gracias, mientras le
aclaraba que la guerra napolitana tenía una importancia muy considerable para él,
especialmente después de haber vencido a un condotiero9 tan importante, y que
iba a disponer con todas cautelas la flota para desembarcar en Nápoles. Junto con
aquellos que habían abrazado su causa, envió a los que pudieran tratar con él acerca
del estipendio y el resto de temas relacionados con la guerra para que le hicieran
llegar informes de las operaciones llevadas a cabo. 3. Una vez organizados todos
los preparativos y reunidos todos los restos dispersos del ejército, Sforza salió de
inmediato en expedición hacia Campania y, tras haber alcanzado las fronteras
de este reino, condujo la columna a través de un terreno pacificado, sin contravenir
ninguna ley divina o humana antes de llegar a Nápoles. Una vez allí, y sin haberse
producido altercado alguno ante la presencia del ejército, después de haber insta-
lado el campamento a unos mil pasos de la ciudad, se declaró enemigo de Juana10.
4. Al punto comenzó a extenderse una gran preocupación y temor por todo
el territorio campano, al mismo tiempo que los lugareños y sus ganados buscaban
refugio en la ciudad fortificada. Al principio de la llegada de Sforza, la mayor parte
de los ciudadanos, hostiles a la reina Juana, a los que les constaba que este hacía
la guerra en nombre de Luis de Anjou, se refugiaron en su campamento. Como
estaba crecido por la adhesión de aquellos ciudadanos, entre los cuales había al-
gunos de origen noble, comenzó a provocar abiertamente a la reina Juana. Esta,
aunque asustada por la llegada de aquel inesperado enemigo y por el traspaso a
8 Luis III de Anjou (1403-1434), hijo del rey Luis II de Nápoles y de Yolanda de Aragón (es decir,
nieto del rey Juan I de Aragón), conde de Provenza, duque de Anjou y de Calabria, será nombrado
rey titular de Nápoles por el papa Martín V en 1419. Sus pretensiones ante el reino de Aragón se
habían visto frustradas por la resolución del Compromiso de Caspe (1412) a favor de Fernando de
Trastámara.
9 Adoptaremos a lo largo de toda la traducción la denominación de ‘condotiero’, recogida por la ex-
presión latina dux copiarum, en lugar de otras expresiones posibles como ‘capitán de ventura’, para
designar al jefe de soldados mercenarios.
10 En estos tres primeros capítulos Facio ha presentado a la mayor parte de los protagonistas políti-
cos del momento y ha ofrecido una síntesis de la delicada situación política en la que se hallaban
inmersos. Martín V estaba aguardando en Florencia, a donde se había trasladado desde Ferrara en
febrero de 1419, la resolución de algunos problemas de gobierno de los Estados Pontificios. El 6 de
marzo de 1419, la reina envió las órdenes precisas a Muzio Attendolo Sforza para que interviniese
y el papa pudiese volver a Roma. Martín V logró esta ansiada entrada triunfal en San Pedro el 30
de septiembre de 1420.
74
sus filas de algunos ciudadanos, sin embargo, se empleó con tesón en la defensa
de la ciudad. Y así, tan pronto como dispuso vigilantes ante todas las puertas y en
los alrededores del muro y otros lugares oportunos, no dejó ninguna posibilidad
para el ataque ni al enemigo ni a los ciudadanos traidores. A continuación decidió
hacer rápidamente una leva en la ciudad y en el campo, al mismo tiempo que dio
comienzo al control y gestión precisos para el abastecimiento de trigo y el amura-
llamiento de la ciudad.
5. Acto seguido, mientras la reina Juana consultaba de qué modo se podían
afrontar los inminentes peligros, todos los presentes consideraron que tenían que
recurrir a ayudas externas, puesto que en aquel momento no sentían tanto temor
por las tentativas de ataque de Sforza como por la llegada de Luis de Anjou. En
primer lugar, recabarían la ayuda del papa Martín a quien correspondía la tutela
del reino, y, en caso de que esta esperanza fallase, la de aquellos príncipes y reyes
que quisieran ayudar, especialmente la de Alfonso de Aragón11 —cuya fama en
Italia ya era muy significativa —, quien había llegado a Cerdeña con su flota. 6.
Una vez aprobada esta propuesta, la reina Juana envió de inmediato a Antonio
Carafa12, de sobrenombre Malizia, en quien depositaba una total confianza, con
la orden de navegar hasta Cerdeña y pedir la ayuda de Alfonso, a no ser que con-
siguiera en el transcurso de diez días la ayuda del pontífice, y al mismo tiempo le
indicó qué promesas podía formular al rey a cambio de la petición de ayuda.
7. A continuación contrató a Francesco Orsini13 y Luigi Colonna14, famosos
condotieros, y, después de hacer llamar a Cristoforo Gaetani15 —los tres juntos
11 Facio ha hecho esperar la mención de su protagonista, Alfonso de Aragón, hasta este capítulo 5,
quien tras haber asumido la corona aragonesa en 1416 había considerado que debía expandir sus
dominios por el Mediterráneo. En el año 1420 había salido de expedición a Cerdeña, un empeño
que ya había ocupado a su padre, cuando recibió la petición de ayuda de la reina Juana II.
12 Antonio Carafa (1373-1437), a quien por su astucia le impusieron el sobrenombre de Malizia, fue
un patricio napolitano del círculo de la reina. Sabedora de sus destrezas, Juana le confió la dele-
gación a Cerdeña. Mientras duraron las relaciones entre esta reina y Alfonso, Carafa recibió un
estipendio del rey español, y cuando estas se rompieron quedó al servicio de Alfonso.
13 La familia Orsini fue una de las más importantes en Italia a partir del siglo X y de sus diferentes
ramas salieron importantes gobernantes y hombres de armas. La rama llamada Gravina tiene su
origen precisamente en Francesco Orsini (†1456) —quien reaparecerá en el libro VIII, 17 y 34—
hijo de Carlo, señor de Bracciano, cuyos feudos estaban radicados en el Lacio. Desempeñó desde
1418 el cargo de Prefetto Perpetuo dell’Urbe, y Sergianni Caracciolo recabó su ayuda como experto
condotiero para estar al frente de Castel dell’Ovo frente a los ataques de Muzio Sforza. Además,
se mantuvo a favor de la adopción de Alfonso de Aragón en 1421, por lo que el rey le concedió el
condado de Copertino.
14 Luigi Colonna fue un condotiero de quien no constan datos biográficos exactos, pero cuyo apellido
lo vincula a la famosa y noble familia de Oddone Colona, el papa Martín V durante los años 1417
a 1431.
15 Perteneciente a la familia descendiente del papa Bonifacio VII (Benedetto Gaetani, 1235-1303),
Cristoforo, sexto conde de Fondi, desarrolló una importante carrera militar a las órdenes de la
reina Juana II, y además recibió en herencia a la muerte de su padre, Giacomo II, en 1423, todas
las tierras napolitanas de su familia. En el año 1466, obtuvo el privilegio de sumar a su apellido el
título «d’Aragona», según se escribía en italiano.
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16 Giovanni Caracciolo (1372-1432), también llamado Sergianni, fue un noble napolitano que des-
empeñó los puestos más importantes en la corte de la reina Juana II. En 1425, fue nombrado
primer ministro de Nápoles (siniscalco), entre otros títulos, pero debido a su ambición desmedida
se ganó la inquina de la corte y murió asesinado en 1432.
17 Se trata de García Aznar de Añón, cortesano romano de origen aragonés, quien según Zurita,
Anales XIII 5, posteriormente desempeñó los cargos de deán en Tarazona y obispo de Lérida, entre
1435 y 1449.
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12. El embajador fue acogido por parte del rey Alfonso y, cuando obtuvo el
permiso para hablar, le transmitió que la esperanza y el ánimo de la reina estaban
depositados en él únicamente. Después pasó a exponer los esfuerzos y riesgos de
la situación: Luis de Anjou intentaba privar a la soberana del reino que había he-
redado de sus antepasados paternos18 y preparaba su flota para dirigirse a Nápoles.
Sforza, a quien ella había considerado su único valedor en medio de todas estas
desgracias, se había convertido de jefe de las tropas en su enemigo y después de
instalar el campamento ante la ciudad devastaba los campos y causaba todo tipo
de desgracias. Sin embargo, la reina, aun sin carecer de otros reyes que estaban
dispuestos y podían ayudarla, había querido pedírselo a él debido a la importancia
y la fama de su nombre.
13. A continuación le rogaba y le suplicaba que se encargase de defender su
causa y que no permitiese que fuese despojada de su reino mediante la fuerza.
Ante todo era necesario actuar con celeridad, puesto que por una parte Sforza
hostigaba la ciudad con un gran contingente de tropas, por otra, se estimaba que
Luis de Anjou iba a presentarse en poco tiempo con la flota que se sabía que había
aparejado en Génova. Añadía el embajador que el monarca iba a disfrutar de una
fama y gloria inmensa si restituía a una reina que sufría una situación dificultosa
y no podía confiar en sus apoyos su antigua dignidad y su posición y asumía de
buen grado este trabajo. Si se prestaba a esta protección, añadía, la reina le pro-
metía que, después de adoptarlo como hijo, por delante de todos los demás, le
entregaría el ducado de Calabria, que era el título que se acostumbraba a dar al
primogénito de los reyes, junto con la sucesión del trono19.
14. Después de estas palabras del embajador, el rey Alfonso, seguidamente
a esta petición de auxilio, presentó la cuestión al consejo y casi ninguno de los
consultados se manifestó a favor de que se debiera emprender esta guerra debido
a los gastos excesivos que parecía conllevar. También había quienes temían que,
si se daba la circunstancia de que el conflicto se prolongaba durante mucho tiem-
po, los napolitanos no serían suficientemente constantes en su lucha, pues corría
el rumor de que este pueblo acostumbraba a cambiar sus decisiones según las
variaciones de la suerte. 15. En tanto se resolvía la situación, puesto que hasta el
momento no se sabía qué hacer, se presentó ante el rey un embajador al que Luis
de Anjou había enviado con el encargo de solicitar diez galeras para añadir a la
flota que preparaba en Génova. Y una vez que se conoció la llegada de Malizia y su
motivación, dijo que él sabía que otro embajador había sido enviado por parte de
la reina Juana a pedirle ayuda, y que este hecho no podía ocultarse; sin embargo,
18 Recordemos que la reina Juana II era la hija de Carlos III de Nápoles, duque de Durazzo, y de Mar-
garita di Durazzo. El futuro Carlos III de Nápoles nació en el seno de la casa real de Anjou y tras
la muerte violenta de la reina Juana I en 1382, que no tenía descendencia, pudo ocupar el trono de
esta ciudad.
19 El rey Carlos II de Anjou adjudicó este título en 1307 a su hijo Roberto —futuro rey de Nápoles
bajo el nombre de Roberto I de Nápoles (1309-1343)—, y a partir de entonces se instituyó la cos-
tumbre de que todos los herederos al trono recibieran dicho título.
77
pensaba que el rey no iba a anteponer el nuevo favor de la reina Juana a la antigua
adhesión y amistad de Luis de Anjou, pues no tenían motivo alguno debido al
cual pudiera empuñar legítimamente las armas contra Luis de Anjou, con quien
se mantenía unido por razones de amistad y de parentesco.
16. Añadió además que Luis había sido llamado por los ciudadanos de Ná-
poles y había recibido la petición, con grandes súplicas, de que asumiese el trono,
pero que su propósito era reivindicar como suyo el trono, que legítimamente se le
debía y que los ciudadanos le ofrecían espontáneamente, mediante las armas, caso
de que no le fuese posible de otro modo. Verdaderamente no tenían duda de que si
le hubiese concedido a Luis de Anjou las naves que había pedido o si no se hubiese
mostrado hostil con él, en poco tiempo Luis se habría hecho dueño de un reino
tan anhelado y deseado. Sin duda, todo esto se debía tanto al antiguo parentesco
como a la amistad que se profesaban, y no era permisible que se interpretara como
un alejamiento de la amistad de Luis de Anjou por el deseo de poder.
17. Ante esta petición, Alfonso respondió que él no negaba que había recibi-
do en primer lugar la petición de ayuda de la reina Juana, pero que hasta la fecha
él no había tomado ninguna decisión sobre ese asunto. Además, tenía en gran
aprecio y estima el parentesco y la amistad de Luis de Anjou, que siempre recor-
daba; iba a proporcionar —añadía— lo que Luis le pedía, con tal de que este se
desentendiese de la alianza con los genoveses, con los que él mantenía una guerra:
pues no era posible que Luis mantuviese al mismo tiempo relaciones amistosas
con él y con los genoveses, porque ni era justo ni se podía tolerar que su flota se
uniese con la del enemigo.
18. El embajador salió de allí con esta respuesta y regresó al encuentro de Luis
de Anjou. Puesto que este pensaba que la amistad y la alianza con los genoveses le
resultaría más útil, tras haber calculado que la esperanza de victoria estaba depo-
sitada únicamente en una maniobra rápida, sin hacer caso de la petición de ayuda
al rey Alfonso, se apresuró todo lo posible para aprestar la flota. Vencieron, por
tanto, las súplicas de una reina afligida. En su opinión, no era propio de una per-
sona que quería considerarse digna de un título real ni de esta dignidad despreciar
a la reina cuando le estaba pidiendo su ayuda, aunque tuviese constancia de que
los pareceres de casi todos los suyos estaban en contra, como ya dijimos antes. Una
vez convocado Malizia ante él, le informó de que ha decidido defender la causa de
la reina y que no iba a permitir que fuese expulsada de su reino, después de ha-
berlo ocupado durante tantos años sus antepasados, pero que él no se movía tanto
por la recompensa, aunque era muy importante la que la reina le había prometido,
como por los problemas y los peligros que la acechaban, especialmente porque
comprendía que él había recibido con toda razón la petición de auxilio, al margen
de los demás reyes20.
20 En este capítulo asoma una característica propia del joven Alfonso que puede designarse como ti-
tanismo, según indica Pietragalla, Bartolomeo Facio, p. 560, en tanto que siente una inspiración que
le lleva a emprender acciones dificultosas. Podríamos añadir además que esta inspiración nace del
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sentimiento de haber sido elegido por el destino para acciones heroicas, sea la de ayudar a Juana
en este libro I, sea la de participar en la cruzada contra el turco en el libro X y último de esta obra.
21 Ramón de Perellós (1345/¿1350?-1424), vizconde de Perellós y vizconde de Roda, era a la sazón
gobernador de los condados de Rosellón y Cerdeña. Fue además autor de una curiosa obra titulada
Viatge del Vescomte Ramón de Perellós i Roda al purgatori nomenat de San Patrici, donde narra su
viaje a Irlanda (puerta del purgatorio) para comprobar que Juan I, rey de Aragón —muerto en
1396—, estaba todavía en el purgatorio.
22 La mitad de la isla pertenecía a la Corona de Aragón y desde allí Alfonso pretendía llegar a apode-
rarse de Nápoles, amparándose en unos derechos que provenían desde el siglo XIII de la dinastía
de los Hohenstaufen. Sobre esta misión encargada a Ramón Perellós, seguramente en compañía de
Juan de Montcada y Bernat de Centelles, véase Zurita, Anales XIII 5, quien precisa que las naves
llegaron a Nápoles el 6 de septiembre.
23 Se trata de Pasquale di Campli, quizá de origen judío, quien entró como notario en la corte de la
reina hasta que en 1416 fue nombrado secretario de Estado; cf. L. Sorricchio, Hatria-Atri. Vol.
III: Dalla dinastia durazzesca alla morte di Filippo II di Spagna (1382-1598), a cura di B. Trubiani,
Atri-Teramo, Tip. Colleluori, 1981, pp. 76-77.
24 Los códices P y VI, en cambio, transmiten el número de diez, un ajuste numérico propio de la
transmisión textual de una obra con gran valor histórico.
25 Facio utiliza el término clásico naves rostratae, para aquellas «galeras» que estaban provistas de
dos largas vigas paralelas a la quilla, que sobresalían más allá de la proa, lo que posibilitaba en una
maniobra de aproximación desgarrar el casco de las naves enemigas, pero también evitaban que los
escollos dañasen el casco.
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ya Alfonso había firmado el pacto, y de que era posible que Pasquale, que se había
quedado en Civitavecchia, hubiera sido interceptado por la flota enemiga, puesto
que los demás, debido al temor que esta les inspiraba —dado que se encontraba
muy próxima—, lo podían haber abandonado a su suerte. Ante estas noticias, aun-
que la llegada de la flota enemiga les aterrorizaba y la cautividad de aquel hombre
constituía un hecho grave, sin embargo, se sentían bastante reconfortados tanto la
reina como aquellos a quien la situación de aquel les resultaba agradable.
22. En cuanto Luis de Anjou se enteró, una vez que toda la flota se había
puesto en camino a la ciudad, del abandono que Pasquale había sufrido por parte
de los suyos, ordenó que esta joven tropa fuera conducida a su presencia, y tras
requisarles todos los documentos, se enteró de todos los acuerdos que se habían
gestionado con Alfonso. Acto seguido, embarcó en su flota y con un viento favora-
ble en pocos días alcanzó Nápoles. Echadas las anclas delante de esta ciudad, hizo
desembarcar en tierra a la marinería y a los soldados que había traído consigo, y
ordenó a Sforza, que se dirigía a su encuentro en dirección a la costa, que instalase
el campamento más cerca de la ciudad. 23. Su llegada afectó a los napolitanos de
diferentes maneras. En efecto, no solo los partidarios de Anjou incrementaron
considerablemente sus ánimos, sino que además se les quebraron a los fieles a los
Durazzo26, pues la ciudad napolitana estaba dividida en estas dos facciones, e in-
cluso todo el reino, de tal manera que no había un único parecer ni voluntad. Con
todo, no se apagaron por completo los ánimos de los partidarios de los Durazzo
y todavía se consolaban con la esperada flota de Alfonso: cada uno cumplía dili-
gente y obedientemente todas las órdenes, asumían y llevaban a cabo los encargos
encomendados. Unos custodiaban armados torres y muros, otros rondaban día y
noche la ciudad y hacían inspecciones, los otros preparaban las armas y disponían
en los lugares adecuados las máquinas de guerra, y no le daban a la facción con-
traria ninguna posibilidad de tener cualquier tentativa debido a su negligencia.
En esta situación, pensando que el mayor pecado consistía en haber dejado de
cumplir sus obligaciones, luchaban por llevarlas a cabo.
24. Pero Luis, conocida la expectación que despertaba entre los enemigos, tras
haber considerado que debía intentarlo todo antes de que llegase la flota enemiga,
ordenó que las naves provistas de espolones pasasen navegando con mayor fre-
cuencia delante de la ciudad, porque pensaba que los partidarios de la facción an-
gevina, cuyos parientes se habían pasado al campamento de Sforza, iban a promo-
ver en la ciudad alguna revuelta. Sin embargo, esta esperanza y este pensamiento
cayeron en el olvido. En efecto, aunque había muchos en la ciudad que deseaban
depositar el trono en sus manos, una vez expulsada Juana, sin embargo, la fuerza y
la diligencia de los enemigos les arrebató cualquier posibilidad de emprender una
revuelta. Y cada día se entablaban pequeños combates con resultado diverso.
26 Los llamados «fieles a los Durazzo» (dado que en español no tenemos un término equivalente al
italiano durazzeschi, que Facio latinizó como Dyrrachini), serían aquellos que apoyaban la causa de
la reina Juana, en alusión a su apellido familiar, y que se oponían a los partidarios de los Anjou.
80
25. Mientras estos sucesos acontecían en Nápoles, Ramón, junto con el lega-
do Malizia, después de contar con todos los preparativos para la navegación, salió
de Cerdeña y una vez que el estado de la mar fue el adecuado para la navegación,
llegó a Sicilia. Allí, tras ordenar a algunas carracas que le siguiesen sin demora, se
dirigió a Nápoles con las velas desplegadas. Había en aquella flota dieciséis naves
de guerra, y su contemplación produjo un sorprendente cambio de ánimos. Pues
en la misma medida que los partidarios de Anjou se desanimaron, en esa misma
los fieles a los Durazzo se alegraron y tan grandes fueron las muestras de su ale-
gría, con antorchas resplandeciendo por la noche en toda la ciudad, cuanto se sue-
le manifestar en momentos de incertidumbre por parte de aquellos que finalmente
disfrutan de una ayuda esperada durante mucho tiempo.
26. Las galeras de los enemigos, que acostumbraban a hacer cada día peque-
ñas incursiones en el puerto y delante de la ciudad a fin de soliviantar los ánimos
de sus habitantes, se refugiaron rápidamente junto a las carracas, pues eran más
escasas en número, como se hace tratándose de una ciudadela segura e imponen-
te, y ya no tuvieron más posibilidades de deambular libremente, especialmente
después de que les hubieran añadido tres galeras de la reina Juana. Después de
haber desembarcado en tierra Malizia, les mostró tanto con palabras como con
sus propios hechos los pactos a los que había llegado con Alfonso. La reina Juana,
confiada en esta ayuda, mandaba recoger del mar todo tipo de víveres y además
desde tierra firme repelía con facilidad las muestras de hostilidad de los enemigos.
Era este el año 1420 desde el nacimiento de Cristo.
27. Al día siguiente, Ramón, habiendo descendido del barco, se acercó a la
reina en compañía de un gran número de ciudadanos y ante su presencia le dijo:
«Majestad, el rey Alfonso, de cuyo afecto y disposición hacia vos, gracias a las re-
ferencias de vuestro legado Malizia, podéis tener cumplido conocimiento, ordena
que estéis tranquila. Con todo, ningún argumento resulta el indicio más seguro
y más claro de este hecho que lo siguiente: pues al mismo tiempo que gracias a
vuestro legado se enteró que vuestro enemigo Luis llevaba a cabo obstinadamente
la expedición que se había propuesto, ha ordenado que, a fin de velar por vuestra
seguridad, me presentase inmediatamente ante vos, junto a vuestro legado, con
esta flota que veis, la cual ha considerado que era suficiente para defender la ciu-
dad y traer los aprovisionamientos. 28. Y si se entera que no hay otro modo de
poder aligerar el peso de una guerra tan importante que con su presencia efectiva,
os promete que vendrá en persona para ayudaros con el resto de su flota y el resto
de sus tropas. Si recurriese a esta solución, los enemigos pensarán de inmediato
que no se ha pedido la ayuda del monarca en vano. Así pues, dejado a un lado el
miedo, procurad manteneros con valentía y confiad en que el rey Alfonso no os
abandonará en una situación adversa. Pienso que es innecesario añadir que él, en
la medida en que pueda os ayudará, lo hará tanto con soldados como con aprovi-
sionamiento. Y, en lo que a mí concierne, os prometo, majestad, en nombre de mi
fidelidad al rey, que no voy a ahorrarme peligros ni esfuerzos a la hora de preser-
var vuestra dignidad y situación».
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29. Ante este mensaje contestó la reina Juana: «Nunca he dudado lo más mí-
nimo de que fácilmente podía recibir ayuda de Alfonso en medio de una situación
tan grave, porque no nos era desconocida su humanidad ni su talante personal.
Y este es el único consuelo para mis calamidades, esta era la única esperanza que
quedaba cuando todas las restantes cosas traían una cierta desesperanza. Por esta
misma razón, soporto con mayor entereza todas las dificultades y peligros. Tenía
oído que descendía de antepasados que siempre respetaron el honor y la gloria;
tenía oído que había nacido de tal padre y rey que aventajaba a todos los reyes de
su época en discernimiento y talante. Además, he oído a través de su legado Mali-
zia muchas cosas acerca de su buena disposición hacia mí, pero no tengo ningún
testimonio más fiable que tu llegada con esta flota, gracias a la cual hemos visto a
los enemigos aterrorizados. 30. Sin ninguna duda, mientras que yo sepa que él está
sano y salvo, no hay razón para temer al enemigo ni tampoco para desesperar de
poder recuperar mi antigua autoridad y la potestad sobre mi reino. Personalmen-
te, sin embargo, valoro más esta ayuda que viene a tiempo, ahora que el enemigo
nos hostiga por mar y tierra, y porque veo que a ti, persona de destacado renom-
bre, te ha puesto al frente de la flota». Una vez pronunció estas palabras, ordenó
que Alfonso, adoptado previamente como hijo27 con el consenso de todos, fuese
proclamado duque de Calabria. A continuación, una vez coronado Ramón con un
torque de oro con el nombre del rey, como solía hacerse, y conducido a través de
toda la ciudad en medio de una gran alegría de los fieles a los Durazzo, ordenó que
se le entregasen las llaves, según se había acordado a través del legado Malizia, de
una ciudadela marítima que denominan dell’Ovo 28.
31. Por aquellos días, la ciudadela de Aversa29, que al menos permanecía fiel
después de haber perdido la ciudad, cayó bajo el poder de Luis de Anjou debido
a una traición. En efecto, Francesco Gattola30, llevado por su adhesión partidista,
se la entregó a Luis ante su petición y su promesa de numerosas prebendas. Esta
ciudadela fue usada después como granero y asentamiento militar debido a su ex-
27 La reina Juana, viuda y sin descendencia, ante la situación de amenaza de Luis de Anjou acabó
adoptando en agosto de 1420 a Alfonso de Aragón a cambio de su ayuda militar. La reina revocó
este nombramiento que suponía la herencia legal del trono de Nápoles en mayo de 1423, cuando
Alfonso hizo encarcelar a Sergianni Caracciolo, persona de la más estrecha confianza de la reina.
28 Se trata del actual Castel dell’Ovo, ciudadela marítima situada en una isla del golfo de Nápoles,
llamada Megaride, que desde la llegada de los normandos en 1140 se convirtió en un enclave de
diversas dependencias al servicio de la corte.
29 Aversa es una ciudad del sur de la provincia de Caserta (Campania), a unos 20 km de Nápoles, que
desde fines del siglo XIII había experimentado un importante auge económico y social gracias al
gobierno local de la Casa de Anjou. Entre las numerosas construcciones religiosas y civiles que se
deben a esta época, el castillo aquí mencionado no es otro que el Castello Aragonese (o de Rugero II,
por haber sido su promotor), dotado de unos gruesos muros con cuatro torres defensivas, que
constituía el límite septentrional del tercer cerco de murallas que rodeaba esta ciudad.
30 Este personaje, que solo aparece en este momento en la narración de Facio, originario de Porta
Nova, pertenecía a una familia siempre leal a la Casa de Anjou; cf. A. Di Constanzo, Istoria del
regno di Napoli, Milán, Società tipografica de classici italiani, 1805, vol. II: Storia del costanzo, l.
XIV, p. 287.
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celente ubicación, pues no distaba de Nápoles más de ocho millas y era rica sobre
todo en trigo y todo tipo de frutos. Entretanto, Battista Fregoso31, comandante de
la flota que había trasladado a Luis a Nápoles, después de que advirtió al monarca
que no se podía actuar en el mar debido a la llegada de la flota enemiga, se dirigió
primero a Castellammare32 y desde allí a Génova.
32. No mucho después, Luis, como con frecuencia había intentado en vano
servirse de la fuerza y del engaño, salió de expedición con el ejército en dirección
a Aversa, pensando que podría retener fácilmente la fidelidad de los aversanos y
abastecerse de todas las cosas necesarias para el ejército con mayor comodidad.
Desde allí, cada día, mediante frecuentes incursiones por la zona de Nápoles con-
vertía los alrededores de la ciudad en una zona insegura. Como esta era la situa-
ción y parecía que la flota enviada por parte de Alfonso no había puesto fin a los
males del momento, sino que únicamente había traído un cierto respiro, y además
la guerra parecía mayor y de más importancia que lo que podía ser resuelto por
parte de un prefecto —mientras crecían cada día las fuerzas de Luis de Anjou
provenientes de los pueblos de alrededor, y otros además se pasaban a su lado ante
el desenlace de los acontecimientos—, y como iba cobrando fuerza día a día una
importante revuelta ciudadana —tanto más importante y más peligrosa cuanto
el enemigo estaba más cerca—, las esperanzas de la reina Juana y las de todos los
fieles a los Durazzo volvieron de nuevo sus miradas hacia Alfonso, en la creencia
de que no les quedaba ninguna otra esperanza de salvación.
33. Por consiguiente, pareció oportuno enviar al rey legados para mostrarle
cuál era la situación de Nápoles y cuán necesario era, si quería que la reina se en-
contrase a salvo, que se trasladase de inmediato con el resto de la flota a Nápoles:
todas estas peticiones eran las promesas que la reina Juana había pactado con
Ramón. Entretanto, los que pertenecían a la facción angevina, inquietos debido a
los frecuentes encuentros con los enemigos sobre la entrega de la ciudad a Luis de
Anjou, celebraron un consejo en Nápoles. 34. Había una puerta estrecha situada
en una calle poco frecuentada, situada en la parte abandonada de la ciudad junto
a la zona de la Carbonería, la cual, obstruida a toda velocidad ante la llegada de
Sforza con cemento y cal, había sido cubierta con un gran cúmulo de tierra. Como
los conjurados pensaban que los enemigos podían introducirse por ella con ma-
yor sigilo, aconsejaron a Luis que accediese durante el cuarto turno de guardia
con Sforza y todas su tropas en formación silenciosa; que ellos, una vez rotos los
cerrojos de la puerta, dejarían entrar de improviso las tropas de aquel. Con la
constancia de este peligro la reina Juana, prácticamente aterrorizada, ordenó a
Giovanni Caracciolo acercarse inmediatamente a las murallas de la ciudad con
31 Battista I Fregoso (1380-1442), vigésimo séptimo dogo de Génova y descendiente de una impor-
tante familia de la que surgieron varios, mandaba la flota de apoyo a Luis de Anjou, y al año
siguiente fue nombrado gobernador de la ciudad de Génova.
32 Ciudad costera de la Campania, que actualmente se denomina Castellammare di Stabia y dista 30
km de Nápoles en dirección sur.
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todas las tropas extranjeras y la juventud de la ciudad, a fin de que los conjurados
no osaran tener ninguna iniciativa. 35. En cuanto los conjurados se percataron de
este movimiento, y habiendo pensado que sus proyectos habían sido descubiertos,
comenzaron los unos a los otros a exhortarse para acelerar con las armas en la
mano la ejecución de la operación, antes de ser apresados inermes en sus casas y
acabar muertos como si de ganado se tratase: y es que Giovanni Caracciolo estaba
recorriendo la ciudad con un gran número de hombres armados y daba muestras
de sospechar de todo. De esta manera los ánimos de unos y otros acabaron encen-
didos, tomaron las armas a escondidas y se dirigieron furtivamente a romper los
cerrojos de la puerta, lo que les resultaba especialmente fácil debido a que entre
ellos había algunos a los que les había sido asignado el cometido de hacer las ron-
das nocturnas por el interior de la muralla. Algunos que se habían dirigido hacia
esta puerta, tras eliminar a los vigilantes, intentaron romperla, en tanto que los
demás esperaban la señal armados en sus casas, y enviaron a Luis, que aguardaba
no lejos de la ciudad, la advertencia de que era absolutamente necesario que mo-
viese de inmediato sus tropas.
36. Es más, aunque pensaban que con el muro perforado y derruido la en-
trada había quedado libre para los enemigos, la tranca de la puerta, que la mante-
nía cerrada por la parte interior, impidió la entrada a la caballería; por otra parte,
no se atrevían a abatirla con las segures para que el sonido no les delatase. Los
enemigos, tras observar toda esta acción, descendieron rápidamente de sus caba-
llos y comenzaron a entrar en la ciudad. Ante el estrépito de estos, los vigilantes
más próximos se alarmaron y avanzaron en silencio en dirección a la puerta en
la medida que podían hacerlo y luego, cuando se dieron cuenta de que la puerta
estaba abierta, llamaron rápidamente a las armas al mismo tiempo que avisaban
de que el enemigo ocupaba la ciudad y que había ya muchos de ellos dentro de
los muros. En ese momento la zozobra y el pavor se apoderaron de repente de la
ciudad, pero no por completo, porque el aviso no había sido del todo atendido.
Al desconocer en un primer momento dónde se encontraba el peligro recorrían
armados la ciudad, para que los conjurados no hiciesen ningún movimiento,
hasta que se enteraron de que los enemigos estaban luchando en grupos por la
parte por donde habían entrado. 37. El primero de todos, Cristoforo Gaetani,
una persona distinguida por su carácter y su inteligencia, al que le había sido
encomendado vigilar aquella parte de las murallas, tras haberse acercado con su
caballo hasta aquel lugar con un puñado de los suyos, en medio del combate sos-
tuvo el ataque enemigo hasta que llegaron Giovanni Caraciolo y Luigi Colonna33
con la caballería. Estos no solo expulsaron a los enemigos que habían entrado,
sino que además siguieron luchando con todas sus fuerzas para que no entraran
otros. El enfrentamiento era especialmente encarnizado porque se desarrollaba
en medio de las tinieblas y la revuelta nocturna aumentaba el miedo. Al mismo
tiempo, una doble preocupación se apoderaba de los ánimos de los fieles a los
84
Durazzo: una, la de sacar a los enemigos de la ciudad, la otra, la de que los conju-
rados, aprovechando la ocasión de la noche, se uniesen al enemigo e invadieran
la retaguardia de aquellos, cuya mayoría se habían mezclado con los de los par-
tidarios de los Durazzo, esperando un desenlace de la suerte. Pero sobre todo se
luchaba con tenacidad, con la única intención de que los enemigos no tuvieran
posibilidad de romper la tranca ni de irrumpir libremente en la ciudad con la ca-
ballería, mientras Sforza oponía su resistencia. 38. Entretanto, Ramón Perellós,
alarmado por el tumulto, se dirigió al mismo lugar acompañado de cincuenta
hombres de la marinería. Debido a la intervención de estos, hasta tal punto se
sintieron reforzados los leales a la causa de los Durazzo que inmediatamente
expulsaron de la ciudad y de su muralla a los enemigos que ya se estaban de-
cantando por la huida. Así pues, después de haber tapiado de nuevo la puerta y
reforzado aquella parte de la ciudad con fieles vigilantes, cada uno de los demás
se dirigió al puesto que le había sido designado. A raíz de este suceso, se abrió
una investigación acerca de algunos conjurados que habían sido vistos luchando
entre los enemigos. La mayoría de estos por el miedo de la pena más grave se
deslizaron desde la muralla mediante una soga y se refugiaron en el campamento
de Luis de Anjou, y sus bienes fueron confiscados. De los restantes que fueron
apresados, los tres promotores de la conjuración fueron ajusticiados, los demás
pagaron una multa, y a partir de ese dinero proveniente de la sanción que fue en-
tregado al fisco se financió la guerra, que de otra manera apenas podría haberse
sufragado durante más tiempo.
39. Al día siguiente, cuando Luis —que, confiado en el poder de la caballería,
se mantenía alejado de la ciudad casi mil pasos— se percató de que no se originaba
ninguna revuelta en la ciudad y de que tampoco los enemigos se entregaban a la
lucha, en pleno día se retiró con su ejército a Aversa. A continuación comenzaron
a producirse, según tenían por costumbre, frecuentes ataques y en los alrededo-
res de la ciudad no quedaba ni un resquicio de paz. Por su parte, la reina Juana y
los fieles a los Durazzo hasta tal punto mantenían altos los ánimos —sobre todo
gracias a la importación de trigo y del resto de vituallas—, una vez hecha pública
la conjuración y expulsados de la ciudad los enemigos, que en aquel momento
despreciaban la amenaza de las incursiones enemigas.
40. Entretanto, los legados enviados por la reina Juana a Alfonso llegaron a
Córcega34. En aquel preciso momento Alfonso se encontraba atacando a los corsos
34 Alfonso, asentado en Cerdeña, había atacado Bonifacio, capital de Córcega, en 1420, pero la defen-
sa de los genoveses no había permitido el éxito de la operación. Para salir honrosamente de la si-
tuación utilizó como excusa la petición de ayuda de la reina Juana. Facio omite este episodio en su
narración, pero contamos con la información que han conservado otros historiadores anteriores
a él, especialmente Gaspar Pelegrí, en los Historiarum Alphonsi primi regis libri X, cuya narración
de los hechos comenzaba en el año 1419, Tomaso Chaula con sus Gestorum per Alphonsum Arago-
num et Siciliae Regem libri quinque, que precisamente se ocupa de los años 1420 al 1424, y Jacopo
Bracelli en De bello hispaniensi libri quinque, aunque su centro de interés era la guerra que mantuvo
Génova contra Alfonso V de Aragón desde el año 1420 hasta 1444.
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35 El asedio que había comenzado el 21 de octubre de 1420, aunque Alfonso había llegado a la zona
a mediados de agosto, se prolongó durante un mes, tal como las fuentes lo describen: cf. Pietro
Cirneo, De rebus Corsicis, coll. 444-452; Giovanni Stella, Annales Genuenses, ed. G. Petti Balbi,
Bolonia, Zanichelli (col. Rerum Italicarum Scriptores, 17, 2), 1975, p. 345. Véase también Giménez
Soler, Itinerario, p. 37.
36 Comienza aquí un pequeño excurso (caps. 41-42) sobre la situación de Calabria, que ha desa-
parecido en el manuscrito F de tradición ricardiana, quizá por considerarse como un episodio
totalmente ajeno a la trama principal. La situación en Calabria se había empezado a enturbiar unos
años antes, cuando en el verano de 1417 las tropas de Antonuccio Camponesco, procedentes de
L’Aquila, devastaron las propiedades de Pietro Paolo da Viterbo, marqués de Crotona y conde de
Belcastro. En agosto de 1420, Luis de Anjou desembarcó en Castellammare e intentó atacar Aversa.
Poco después, en septiembre, llegó el ejército aragonés a Nápoles, y el conflicto entre ambos alcan-
zó la región de Calabria. Allí envió Muzio Attendolo Sforza al servicio de Luis a su hijo Francesco,
con el título de virrey.
37 La reina Juana lo nombró en diciembre de 1420 virrey del ducado de Calabria y además consejero
real.
38 Población italiana de la provincia de Reggio Calabria, que en la Edad Media perteneció al Reino
de Nápoles y durante las Vísperas Sicilianas fue conquistada por el aragonés Roger de Lauria. Con-
vertida en un condado, pasará a manos de los Caracciolos en 1348.
39 Denominada actualmente Terranova da Sibari (anteriormente Terranova del Vallo e Terranova di
Calabria Citra), era una pequeña población de Calabria, situada a 260 km de Nápoles y a 50 de
Cosenza.
40 Se trata de Juan Fernández de Híjar y Centelles (1400-1456), señor de Lécera y de Vinaceite, quien
llegó a ser consejero y mayordomo de Alfonso V, además de embajador en Portugal, Castilla, Ve-
necia, Roma y Nápoles. Por su título y sus dotes oratorias perteneció al brazo nobiliario de los
diputados en las Cortes de Aragón y a la Diputación del Reino. Gracias a sus éxitos diplomáticos
la Casa de Híjar alcanzó el máximo rango de la nobleza en Aragón.
86
compañía de la caballería por la región de los brucios41 —a los que ahora todos
llamamos con el nombre de calabreses—, y después de haber reunido todas las
tropas con las de Antonuccio y los demás, se dirigió en primer lugar a Mileto.
42. Capturada esta ciudad a la fuerza y acogida bajo protección, poco después se
dirigió a Nicastro42 y también recondujo esta pequeña ciudad a la protección real.
A continuación, tras haberse adentrado por el valle del río Cratis —un río que los
antiguos denominaban Aqueronte y se hizo célebre por la muerte de Alejandro
Epirota43, y que desemboca en Cosenza44—, protagonizó muchas y célebres ba-
tallas contra Francesco Sforza45, el marqués de Crotona46 y otros caudillos de los
partidarios de Luis de Anjou.
43. Entretanto, mientras preparaba las armas y los soldados jóvenes y con-
seguía dinero y víveres, el rey Alfonso comenzó a pensar con mayor intensidad
sobre la lógica de esta guerra. Efectivamente, en su fuero interno ya intuía cuán
grande era la envergadura del futuro conflicto y, especialmente, cuando se percató
de que sería un baldón para su fama que, en su expedición para liberar a la reina
del asedio, pudiera acabar él mismo siendo asediado en la ciudad de Nápoles. Así
que ordenó contratar a Braccio para enfrentarlo a Sforza47.
44. Los dos eran los condotieros48 más importantes y distinguidos de aque-
lla época, pero Braccio era más ilustre por su linaje y su situación económica.
41 Este topónimo antiguo recogía el nombre del pueblo de origen indoeuropeo que ocupó práctica-
mente la superficie de la actual Calabria, y que aparece denominado en las fuentes latinas como
Brettii o Bruttii.
42 Esta pequeña población situada en la actual provincia de Catanzaro, en la misma región de Cala-
bria, era un feudo de la Casa de Anjou. Precisamente la reina Juana II había puesto el gobierno de
esta ciudad en manos de Ottino Caracciolo, uno de sus más estrechos colaboradores.
43 Bajo esta denominación se refiere al tío de Alejandro Magno, Alessandro el Moloso, rey del Épiro
(362-332), que murió en el valle de este río, debido al ataque de los lucanos y los brucios.
44 La ciudad calabresa de Cosenza (Consentia en latín) está situada en la confluencia de los ríos Cratis
y Busento.
45 Francesco Sforza (1401-1466), hijo de Muzio Attendolo, se convirtió desde joven en un hábil
condotiero en la corte de los Durazzo. Posteriormente intentó, a raíz del casamiento con Bianca
Maria Visconti, hija natural del duque de Milán, tener acceso a este importante ducado y solo lo
consiguió en 1447 después de numerosas luchas (véase Facio, Rerum IX 130). Será protagonista de
muchos enfrentamientos con Alfonso recordados en estas páginas.
46 Se puede identificar con Niccolò Ruffo di Calabria, conde de Catanzaro, quien obtuvo el título
de marqués de Crotona en 1390 por los servicios prestados a Ladislao I de Nápoles. Este título,
además de los de conde de Catanzaro, y de Belcastro, llegarán a Antonio Centelles —en italiano
Centèglia—, el marqués de Crotona más conocido, cuando contraiga matrimonio con su primogé-
nita, Enrichetta Ruffo, en 1439. Centelles reaparece en la narración de Facio, Rerum VIII 147-170,
cuando se enfrente al rey Alfonso en 1444.
47 Alfonso intentó contratar a Braccio para atacar a Sforza en octubre de 1420, pero únicamente lo
logró cuando los banqueros de Florencia le dieron el aval de 200.000 florines en enero de 1421.
48 El capítulo es una syncrisis de ambos personajes, un recurso habitual entre los historiadores clási-
cos, tal como hizo Salustio con dos personajes tan antitéticos como Catón el Joven y César en la
Conjuración de Catilina (53.6-54.16).
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48. Pues, de hecho, al día siguiente, mientras los jinetes que había enviado
Luis para defender la población de Santa María Mayor51, hacían una incursión
no lejos de Capua, según tenían costumbre, aquellos otros que habían salido a su
encuentro se retiraron, para atraerlos durante la persecución hacia una trampa.
A su vez, la repentina salida de Braccio de la ciudad con la caballería les infundió
un terror tan grande a aquellos que no aguantaron el primer ataque ni pudieron
reprimir la fuga antes de llegar al poblado de donde habían salido. 49. Allí, des-
pués de sentirse un poco más confortados y gracias a la confianza que les inspira-
ba el lugar, se refugiaron junto al templo que había sido amurallado al modo de
una ciudadela. Aquella batalla fue insigne debido al gran número de jinetes que
participaron. Cuando Braccio se percató de que estaban resistiendo durante más
tiempo de lo que esperaban, exhortó a sus soldados y repelió a los que se habían
precipitado dentro de la muralla, y con el mismo ímpetu tomó el templo, excep-
tuando la torre, cuyo asedio parecía más dificultoso porque a ella habían acudido
algunos perusinos de aquella facción que era contraria a Braccio, a los que el mie-
do a la muerte los hacía más osados a la hora de resistir. Precisamente estos, una
vez obtenido el perdón de Braccio, salieron de la ciudadela, y de esta manera el
propio pueblo volvió a estar en poder de Juana y prácticamente toda la caballería
enemiga fue capturada.
50. Después de este suceso, Braccio volvió a Capua sin encontrar ninguna
resistencia porque era superior a los demás gracias a su caballería, y desde allí salió
en dirección a Nápoles y puesto que durante tanto tiempo había retrasado su lle-
gada, se personó en la ciudad, antes de que se difundiese la noticia fidedigna de su
llegada. Entretanto, mientras se esperaba la llegada de Braccio, puesto que muchos
ciudadanos parecían, después del recuerdo de la conjura, inclinarse por Luis de
Anjou y el dinero para el estipendio militar no estaba disponible, fueron enviados
de nuevo seis emisarios ante el rey Alfonso para pedirle que no retrasase durante
más tiempo la promesa de ayuda si deseaba verlos a salvo. Le informaron además
de que Luis de Anjou estaba reuniendo tropas de todos los lugares y se estaba
pertrechando con gran cuidado de todas las cosas necesarias para llevar a cabo la
guerra, y de que había un peligro de que alguna nueva conjuración, si el asedio
era más largo, se originase de nuevo en la ciudad. Además, Braccio les había escrito
indicándoles que, una vez organizados todos los asuntos domésticos, llegaría ense-
guida. 51. Añadían que no era propio de su calidad humana negarles la seguridad
en una situación extrema a aquellas personas ante las cuales tan gran expectación
acerca de su apoyo había levantado. Le explicaban que cada día numerosos ciu-
dadanos —y no se trataba de personas humildes sino de aquellos que destacaban
por su linaje y por el favor que les dispensaban el resto de ciudadanos— acudían
al campamento enemigo e incitaban a aquellos con quienes les unía algún vínculo
a unirse a la revuelta. Él era el único que podía remediar todos estos males.
51 La ciudad, denominada hoy como Santa Maria Capua Vetere, pertenece a la provincia de Caserta
(Campania). Mantuvo el nombre de Santa Maria Maggiore hasta 1861 y dependió de la Casa de
Anjou desde fines del siglo XIII.
89
Una vez que Braccio había llegado a Nápoles y se había producido el encuen-
tro con la reina Juana, mandó lo antes posible una carta al rey Alfonso sobre este
encuentro para que, si la espera de Braccio producía algún retraso sobre su llegada
—según opinaba una gran mayoría—, eliminase por completo cualquier demora.
Cuando Alfonso tuvo conocimiento de esto, decidió apresurar su salida.
52. Pero Luis, después de la llegada de Braccio, y puesto que no estaba a la
altura en fuerzas, con la idea de que no debía hacerse nada a la ligera, intentaba
reprimir a los suyos de las acostumbradas correrías y devastaciones. Con todo, le
angustiaba especialmente la espera de la llegada de Alfonso de quien sabía que
contaba con mayores fuerzas para alimentar la guerra y que no iba a abandonar
una expedición bélica una vez emprendida. Para tratar de este asunto, decidió en-
viar al papa Martín, quien era más afín a él que lo era hacia Alfonso, unos emisa-
rios, quienes tras llegar a presencia del pontífice se dirigieron a él en los siguientes
términos: «Sabemos que no ignoráis, sumo pontífice, que en Nápoles se está espe-
rando de un momento a otro al rey Alfonso de Aragón, y que este, bajo el pretexto
de prestar auxilio, intentará invadir el reino de los napolitanos: los indicios de esta
intención no son ambiguos porque antes de salir de Córcega, quiso ser adoptado
por la reina Juana como hijo y ser nombrado duque de Calabria y sucesor de la
reina. 53. La propia reina concedió todos estos títulos de muy buen grado, por el
temor de ser despojada de su reino y por no saber confiar en sus fuerzas, pero no
ha renunciado del todo a la condición de poder disfrutar del trono y mantener el
título de reina, mientras viva. No ignoráis que Braccio, vuestro enemigo acérrimo,
asalariado por el propio rey, ya ha llegado con una copiosa caballería al territorio
de Campania, e inmediatamente después trasladará el conflicto a estas ciudades
que habían abierto sus puertas a Luis. Si apenas es posible oponer resistencia cuan-
do está solo, porque tiene mayor poder con la caballería que Sforza, ¿qué pensáis
que va a suceder cuando Alfonso añada nuevas tropas? Convendrá, sin duda, que
vuelva sobre sus pasos y desista de su propósito, y si por un azar esto sucede, no
debéis tener ninguna duda de que este principio de derecho y de autoridad que
la Sacrosanta Iglesia Romana y vos, como príncipe suyo, tenéis en este reino, esta
persona os lo arrebatará en poco tiempo. 54. El rey, dotado de un espíritu sublime,
pero deseoso de dominar, habiendo salido de las lejanas costas de España y de sus
fieros pueblos, pondrá todas las cosas bajo su poder, recurrirá antes a su arbitrio
que a la ley y no pagará el debido tributo, ni tampoco se dignará a recibir de vues-
tras manos la corona real52, lo cual es un derecho vuestro: los sucesores que sigan
su ejemplo se enfrentarán o se mostrarán hostiles y rebeldes con los pontífices. Y
como así están las cosas, sumo pontífice, les correspondería a vuestros partidarios
esforzarse especialmente en que Luis de Anjou no caiga en el combate. Puesto que
sois el jefe de la sede apostólica y el mediador, debéis tener previsto, sea cual sea el
medio, que la condición de esta sede no sufra ningún daño.
52 Sobre las investiduras y la relación entre los pontífices y los reyes italianos véase E. Armstrong, «Il
papato e Napoli nel XV secolo», en Storia del mondo medievale, vol. VII, Milán, Garzanti (trad.
italiana de la Cambridge Medieval History), 1999, pp. 696–751.
90
55. Cuando Braccio —quien de ninguna manera debe ser comparado con un
rey— os ha declarado la guerra, habéis perdido una parte muy considerable de
vuestro renombre. Así pues, ¿qué pensáis que sucederá si un rey tan poderoso os
arrebata vuestra autoridad? Seguramente esto es lo más probable que os pueda su-
ceder —¡ojalá seamos adivinos equivocados!—, si os demoraseis en prevenir estas
desgracias. Pues, desde luego, Luis de Anjou tampoco cuenta con tropas suficientes
como para poder sostener por más tiempo los ataques de los reyes Alfonso y Juana.
Vos, sin embargo, puesto que gracias al paso de Braccio a través del territorio de
Campania os habéis visto aliviados del gran peso de una guerra, podríais cómo-
damente, si queréis, ayudar a Luis de Anjou, y al hacerlo podríais recuperar fácil-
mente lo que habéis perdido. 56. Si no lo hacéis, Luis perderá el Reino de Nápoles y
vos una buena parte de la majestad y de la autoridad de que gozáis como pontífice.
Os pedimos por vuestra bondad y por Dios y el cielo entero que no permitáis que
suceda esto». Una vez acabaron de hablar, el pontífice respondió que se encargaría
personalmente de este asunto y les ofreció una promesa de ayuda, puesto que tenía
dos poderosísimos motivos que le empujaban a prestarla: ante todo, porque desea-
ba castigar a Braccio, a quien odiaba por encima de todas las cosas, y, en segundo
lugar, porque pensaba que Luis se sometería mejor a la sede apostólica.
57. Los legados se despidieron con esta esperanza y, una vez informado Luis
de Anjou, se dirigieron a Florencia y a otras ciudades italianas y, después a visitar
al duque de Milán, Filippo Maria53, le mostraron en qué gran peligro se encon-
trarían todos y cada uno de ellos si permitían que el rey Alfonso se apoderase del
gobierno de Nápoles: las riquezas tan grandes de un reino podían atraer y promo-
ver la ocupación de todo el gobierno de Italia, incluso en el caso de un rey mode-
rado y todavía no sospechosamente ávido de gobierno y fama. Una vez que haya
conseguido el reino —añadían—, cada uno de los pueblos y de los príncipes, que
ahora unidos y conformes con la guerra serían indudablemente superiores a él, ya
no estarán en adelante a su altura. Además, debería resultar totalmente detestable
para cualquiera que haya nacido en Italia tener unos dueños españoles y permitir
que la región más rica y más agradable de Italia se convirtiese en una provincia de
los catalanes54. 58. Al mismo tiempo, pedían con grandes ruegos y le suplicaban
53 Filippo Maria Visconti (1392-1447) recibió el título de duque de Milán en 1412 e intentó forjar
para este ducado un puesto de importancia en el norte de Italia mediante una turbulenta política
de matrimonios y alianzas. Gracias a la ayuda del condotiero Francesco da Busone (también co-
nocido como Il Carmagnola), en aquellos momentos estaba extendiendo su poder territorial sobre
poblaciones cercanas a Milán, e incluso llegó en 1421 a apoderarse de Génova. Será uno de los
grandes protagonistas de los siguientes libros de la obra.
54 Efectivamente, en el texto figura «Cathelanorum provinciam», por ser Cathelanus el gentilicio habi-
tual de la época —así aparece en todas las fuentes historiográficas latinas del Quattrocento— para
designar a los habitantes localizados en las tierras hispanas de la Corona de Aragón. Véase la glosa
que Antonio Beccadelli incorpora en su Alphonsi Regis Triumphus —seguimos el texto de la edi-
ción de Alphonsi regis dicta ac facta memoratu digna, Pisa, Gregorius de Gentis, 1485, transcrito en
91
que llevasen ayuda a Luis de Anjou y pensasen que esta guerra también les atañía
a ellos, y que no permitieran que un rey amigo, quien gozaba del apoyo de la gran
mayoría de habitantes del Reino de Nápoles, fuera expulsado de un reino de don-
de se habían acostumbrado a recoger grandes frutos. Después de haber intentado
concitar con palabras de este tenor los ánimos de los ciudadanos y gobernantes y
haber recibido únicamente respuestas de buena intención, regresaron junto a Luis
de Anjou.
59. No mucho después, Tartaglia55, célebre entre los jefes militares de aquel
momento, llegó de parte del pontífice junto con un millar de jinetes para entrevis-
tarse con Luis de Anjou: crecido por el apoyo de esta caballería se situó práctica-
mente al mismo nivel de los enemigos. Alfonso, por su parte, pensó que le corres-
pondía por su dignidad real enviar, antes de zarpar de Sicilia, a Luis de Anjou un
mensajero para que desistiera de su propósito o, si esto no era posible, declararle
la guerra porque se veía obligado a llevar ayuda a su madre56. Envió a Nápoles
a Juan Fernández57, una persona de gran talento, para dar a conocer a la reina
Juana que llegaría en muy pocos días, al mismo tiempo que comunicó a Luis que
si no se apartaba con su ejército de los territorios napolitanos, él personalmente
acudiría en ayuda de la reina, e incluso tomaría muy a su pesar las armas contra
él, con quien existía parentesco y amistad. Y añadía que, sin embargo, no parecía
propio de su calidad humana abandonar a aquellos que se habían entregado a su
leal protección. 60. Y si se remontaba a la legislación más antigua, Luis de Anjou
comprendería que este reino le atañía a él más que al otro, el cual le llegaba a través
de los reyes aragoneses, a los que él sucedería, a los cuales llegó dicho trono a tra-
vés de Constanza58, hija del rey de Sicilia Manfredo59, que se convirtió en esposa
G. Distaso, Scenografia epica. Il Trionfo di Alfonso, Bari, 1999, pp. 37-47—, p. 42, cuando dice, «post
hos veniebant Hispani, hi quos Latini Celtiberos vulgo Cathalanos vocitamos», es decir, «… hispanos,
aquellos a los que los latinos habitualmente acostumbramos a llamar ‘catalanes’».
55 Se trata del condotiero Angelo Broglio (1370-1421), también conocido como Tartaglia da La-
bello —pues había nacido en esta localidad—, que además era hijo ilegítimo del príncipe de
Tarento, Raimondo del Balzo Orsini. Estuvo al servicio del papa Martín V y conquistó para él
numerosos territorios entre las regiones del Lacio y Umbría. Murió decapitado por Sforza, con
el consentimiento papal, acusado de haber mantenido contactos con Braccio da Montone, por lo
que sus hombres pasaron al ejército de este para luchar contra Sforza y el papa. Véase P. Chiatti,
La biografia del condottiero Angelo Tartaglia (1370-1421), Tuscania, Edizioni Penne & Papiri,
2011.
56 Es decir, a la reina Juana, una vez que se había formalizado la adopción.
57 Aparece de nuevo Juan Fernández de Híjar y Centellas (cf. Rerum I 41), aquí denominado por
la primera parte del apellido, quien había llegado en 1421 a Italia para ocuparse del gobierno de
Calabria, y conocía el protocolo diplomático.
58 Se trata de Constanza de Hohenstaufen (1247-1302), también conocida como Constanza II de
Sicilia, fue la heredera del rey siciliano Manfredo y contrajo matrimonio en 1262 con Pedro III de
Aragón, por cuya voluntad fue reina de Sicilia junto con sus dos hijos, los infantes Jaime y Federi-
co, desde 1282 hasta su muerte.
59 Manfredo I de Sicilia (1232-1266), fue un hijo ilegítimo de Federico II de Hohenstaufen, quien sin
92
de Pedro III de Aragón60. Y sabía además que aquel Carlos61, quien, tras haber
sido expulsado Manfredo, invadió por primera vez el reino, había mantenido
el poder sin ningún título legítimo, porque antes de él el emperador Enrique62,
yerno del primer rey de Sicilia, Rogelio, había ocupado aquel trono hereditario
legítimamente. Sea como fuere, Alfonso, aun conociendo estos antecedentes, no
quiso maltratar a una mujer considerando que era especialmente injusto que
ella, que había sucedido de forma legítima a su hermano Ladislao63, fuese des-
pojada de su reino. Le bastaba simplemente esperar el fallecimiento de la reina,
y una vez muerta, quizás el trono volviese a sus manos sin lucha alguna. 61.
Se propuso aconsejarle que desistiese de su propósito y prefiriese conservar la
amistad de aquel a experimentar su enemistad; y si lo llegara a hacer, gozaría de
favor y amistad eternos con él. Pero si perseverase en su intención, que preparase
la guerra.
Después de haber salido el legado con estos requerimientos en dirección a
Nápoles, y tras anunciar a la reina Juana que Alfonso iba a llegar de un momento
a otro, se acercó rápidamente a Luis, a quien le expuso los requisitos del rey. Luis
se mostró profundamente irritado y dijo que era injusto que Alfonso intenta-
se expulsarlo de este reino que había sido concedido legítimamente a su abuelo
Carlos64 por parte de la Sacrosanta Iglesia Romana, y que él estaba reclamando
embargo le nombró príncipe de Tarento. Cuando el papa, Alejandro IV, le arrebató este título or-
ganizó una liga de reinos en contra del poder papal y se alió contra los gibelinos para derrotar a los
güelfos en 1260. Por esta razón Urbano IV solicitó la ayuda de Carlos de Anjou, quien finalmente
le arrebató el Reino de Sicilia.
60 A pesar de que aquí el autor lo denomine minor Aragonum rex (posiblemente por influencia de una
fuente de origen catalán a la que pudo recurrir Facio), se trata realmente de Pedro III de Aragón
(1240-1285), conocido como Pedro el Grande, hijo de Jaime I el Conquistador. Desde 1276 dis-
frutó de los títulos de rey de Aragón, rey de Valencia (como Pedro I) y conde de Barcelona (como
Pedro II), e intentó expandir la Corona de Aragón por todo el Mediterráneo, especialmente con
objeto de incorporar el Reino de Sicilia. Lo logró en 1282, después de los sucesos de las Vísperas
Sicilianas, cuando los propios habitantes expulsaron a los gobernantes franceses y le ofrecieron el
reino.
61 Carlos I de Anjou (1226-1285), hijo de Luis VIII de Francia, recibió el título de rey de Sicilia en
1265 de manos de Clemente VI, y pudo ejercer como tal al año siguiente tras la derrota de Man-
fredo en Benevento.
62 Se trata del emperador Enrique IV, que se casó con Constanza (1159-1198), hija del tercer matri-
monio del rey Rogelio II de Sicilia (1095-1154), coronado rey de Sicilia por el antipapa Anacleto II
en 1130.
63 Ladislao I de Anjou-Durazzo (1376-1414), llamado el Liberal, gobernó Nápoles en dos periodos
(1386-1390 y 1399-1414) en sucesión de su padre Carlos III, y llegó a ser rey de Hungría desde
1403 hasta 1414. A pesar de haber contraído matrimonio en tres ocasiones murió, en extrañas
circunstancias, a la edad de 38 años sin descendencia. Véanse más detalles de su reinado en la mo-
numental obra de G. Galasso, Il Regno di Napoli. Il Mezzogiorno angioino e aragonese (1266-1494),
Turín, UTET, 1992, pp. 242-278.
64 Es decir, Carlos II de Nápoles y Sicilia (1254-1309), hijo de Carlos de Anjou y conocido como el
Cojo, quien mantuvo siempre una estrecha relación con el papado: de hecho, Celestino V (1215-
1296), que había instalado su corte papal en Nápoles, hasta que renunció al papado en 1294, fue
quien lo coronó en 1289 como rey de Sicilia, aunque en aquel momento estaba reinando en la isla
93
con todo derecho. 62. No se le ocultaba que Alfonso no tenía tanto el propósito
de proporcionar ayuda a la reina Juana como el de ocupar el reino. Sin embargo,
la situación no era tal que conviniese atender a la antigüedad de la posesión
—según decía—, sino que convenía observar con qué derecho o con qué título lo
poseía alguien: en efecto —argumentaba—, ¿quién discutiría que eran posesio-
nes injustas aquellas que, o bien se han conseguido a través de una guerra justa,
o bien se han transmitido de manos de quien tiene la posibilidad de darlas? No
debería Alfonso ignorar que este reino fue antaño depositado en manos de su
abuelo Carlos por parte del colegio apostólico con el consenso general. Alfonso,
por el simple deseo de dominar, despreciaba cualquier forma de derecho tanto
la humana como la divina; sin embargo, esperaba que Dios, juez justo de donde
dimana el derecho, le diese en consecuencia la victoria. Con todo, él no pensaba
abandonar la confrontación emprendida ni debido a las amenazas ni por ningún
tipo de intimidaciones.
63. Entretanto, la reina Juana comenzó a pensar en retirarse a Castellam-
mare, una ciudad fortificada que estaba ocupada por Luis de Anjou y constituía
una gran amenaza debido a la proximidad a Nápoles. Por esta razón, decidió
enviar allí a Braccio con un destacamento. Este salió durante el primer turno
nocturno de guardia con su ejército sin que los enemigos se enterasen y llegó a la
ciudad antes del amanecer. Y antes de que los ciudadanos, impresionados por su
inesperada e improvisada llegada, tuvieran la posibilidad de reagruparse y tomar
las armas, irrumpió en la ciudad y la ocupó en el primer ataque, con excepción
de la ciudadela, y la saqueó. Además, atacó algunos poblados de los alrededores
y les concedió el botín a los soldados. 64. Tan pronto como le fue comunicado
este suceso a Luis de Anjou, envió de inmediato a aquel lugar a Sforza con la
caballería y con aquella tropa que pudo reclutar rápidamente, para trasladar la
ayuda a los ciudadanos e impedir a Braccio el regreso si era posible. Después
de enterarse del propósito de este gracias a los espías, Braccio consideró que no
debía permanecer por más tiempo en aquellos parajes, puesto que todo el terri-
torio circundante le era hostil y todos aquellos lugares resultaban desconocidos
para sus soldados, y antes de que Sforza apareciera con el ejército, decidió, tras
haberse alejado de la ciudad y haber pospuesto el asedio de la ciudadela, salir de
allí lo antes posible.
65. En consecuencia, dispuesto el ejército durante el segundo turno de vi-
gilancia nocturna, como si se fuese a encontrar con el enemigo en cualquier lu-
gar, haciendo el camino muy cerca del mar y cruzando la desembocadura del río
Sarno65 cercana a la ciudad y desde allí enfilando hasta la ciudad de Torre66 que
un rey de origen aragonés, y no pudo hacer efectivo su título, tras numerosas batallas, hasta 1302.
65 El Sarno es un arroyo que atraviesa Pompeya, al sur de la ciudad de Nápoles, de apenas 24 km de
longitud.
66 Actualmente se conoce esta mediana población costera cercana a Nápoles con el nombre de Torre
del Greco, topónimo atestiguado a partir del siglo XIV. La denominación de Turris Octavii, mante-
94
nida por Facio en esta obra (aunque no es la más extendida), vincularía el lugar con una legendaria
heredad propiedad de Octavio Augusto. Sin embargo, la denominación antigua más habitual fue la
de Turris Octava, con diversas explicaciones posibles: o bien por la base octogonal de la torre que
se erigía en la costa para la vigilancia marítima, o bien por ser la octava torre costera construida
desde Nápoles hasta este lugar.
95
67 La isla de Isquia (it. Ischia), llamada por los romanos Aenaria —y de ahí el nombre de Enaria que
cita Facio—, está situada en el norte del golfo de Nápoles a una distancia aproximada de 30 km.
En el capítulo 108 de este mismo libro comienza el relato de la expedición que lleva a Alfonso a
controlar el gobierno de la isla. Frente al resto de las fuentes, G. Pelegrí (Historiarum, I 199) indica
que Alfonso realmente llegó en este viaje a Cumas, y posiblemente pudo ser testigo de ello. Sin
embargo, Zurita, Anales XIII 11, se decanta por la versión de Facio, así como Giménez Soler, Itine-
rario, p. 50.
68 La ciudadela que Facio llama arx maritima, situada en la parte exterior de la muralla que defendía
la ciudad, es la que posteriormente fue denominada Castel dell’Ovo. La flota de Alfonso atracó
junto a esta ciudadela la tarde del día 5 de julio, donde el rey permaneció tan solo una noche.
69 Comienza la narración en este segundo libro con la descripción de los festejos organizados con
motivo de la llegada de Alfonso a Nápoles en julio de 1421. Véase una descripción complementaria
de los mismos en Chaula, Gestorum, pp. 48-50, G. Pelegrí, Historiarum, II 1-39, y Zurita, Anales
XIII 11.
70 Dado que Facio ya ha designado como Cathelanorum provincia, en Rerum I 57, al territorio hispa-
no de la Corona aragonesa, a lo largo de la obra utiliza consecuentemente también este topónimo.
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71 Este castillo-ciudadela (arx regia), hoy también conocido con los nombres de Castel Nuovo o Mas-
chio Angioino (‘Torreón angevino’), es el que mandó construir Carlos I de Anjou en 1266, cuando
trasladó su corte de Palermo a Nápoles, y que posteriormente había sido restaurado tras el saqueo
de Luis de Hungría en 1347 para uso de la reina Juana.
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y después de que lo besó, ordenó que se le hiciera entrega allí mismo, a la vista de
todos los presentes, de las llaves de las puertas de la propia ciudadela72.
7. A continuación la reina le dirigió estas palabras: «Doy las gracias al Cielo
porque me ha dado la posibilidad de vernos cara a cara en este reino mío: tú que
desde la distancia me has dado honor y seguridad. En efecto, reconozco sincera-
mente que esta ciudad y este reino que la fortuna me dejó, lo poseo ahora gracias a
tu beneficio. Pues, después de que Ramón trajo ayuda con su flota, no ha dejado de
proyectar y llevar a cabo los planes que creía que serían contrarios a los enemigos
y provechosos para mí. En efecto, para no extenderme más, en la noche en que
los conjurados intentaron entregar la ciudad a Luis de Anjou, la lucha con el ene-
migo dentro de la muralla fue durante bastante tiempo incierta hasta que Ramón,
inquieto por aquella revuelta, acudió con la ayuda de la marinería. 8. Braccio, sin
embargo, recién llegado, no solo prohibió a Sforza salir con sus habituales corre-
rías, sino que además capturó en un solo ataque Castellammare y otros lugares de
los alrededores. Desde luego, yo sería una perfecta ingrata, si no pensase que los
beneficios recibidos son mayores que lo que podría explicar con palabras: pero
como me has evitado con esta ayuda que has traído el muy grave peligro de un ase-
dio, del mismo modo con tu llegada me has erradicado todo el temor que genera
una guerra. En efecto, ni siquiera nosotros, aunque seamos italianos, ignoramos
con qué autoridad, con qué inteligencia y grandeza de corazón has sido dotado.
Verdaderamente, considero que este día es el más venturoso y feliz de todos los
que he visto hasta este momento, cuando te contemplo a ti, el defensor acérrimo
de mi seguridad y mi dignidad, en esta ciudad mía y en mi reino: puedes ver cómo
tu llegada ha devuelto por completo los ánimos a mis ciudadanos».
9. A estas palabras respondió Alfonso: «Majestad, estoy plenamente satisfe-
cho de que mi ayuda a tus necesidades haya proporcionado el fruto que yo desea-
ba. En efecto, tan pronto como tu legado, tras llegar ante mí en Cerdeña, me relató
tus penalidades y los peligros que corrías, no tuve ningún otro pensamiento más
que el de liberarte lo antes posible del asedio, puesto que ya había enviado parte de
la flota. Consideraba que era totalmente injusto que yo, el único en quien habías
depositado la esperanza, pasara por alto los peligros que te acechaban. Después de
tener noticia de las dificultades por las que habías pasado, tras dejar para más ade-
lante la expedición a Córcega73, me puse en marcha para salvarte del gran incendio
de la guerra. Me comprometo a poder dar prueba de mi entrega dada la justicia de
tu causa, lo cual, como se sabe, tiene mucho valor en una guerra».
72 La ceremonia de acogida en la ciudad y entrega de llaves por parte de la reina Juana se convirtió
con el tiempo en un ensayo de la ceremonia del 26 de febrero de 1443 cuando Alfonso acceda de
nuevo triunfante en Nápoles, cf. Facio, Rerum VII 132-140.
73 El deseo de control sobre Córcega era ya un anhelo que Alfonso arrastraba desde años atrás —cf.
Ryder, Alfonso el Magnánimo, pp. 110-118—, y en estos momentos estaba todavía más próximo,
puesto que en junio de 1421 Alfonso había firmado un pacto con Filippo Maria Visconti para ata-
car Génova y, tras la victoria, poder repartirse las tierras conquistadas entre ambos: el rey aragonés
se quedaría con la isla, mientras que el duque de Milán se quedaría con las tierras de la península.
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10. Tras poner fin a su intervención se retiró al interior del palacio, que estaba
adornado con la riqueza y el lujo propio de reyes. Durante el mediodía, después
de haber descansado, se reunió con la reina Juana quien, en tanto que la ciudad
entera se entregaba a la alegría y las tropas de guardia vigilaban a lo largo de la
muralla para no recibir de manos enemigas ningún ataque, celebraba la llegada de
él con la música de coros de doncellas y casadas. Pasaron el resto del día juntos
intercambiando pareceres. 11. Posteriormente, dirigió su atención a las preocupa-
ciones que ocasiona la guerra, considerando que era propio de su dignidad aco-
meter alguna acción destacada al inicio de su llegada, para no dar la impresión de
haber arrastrado en vano a la reina y los fieles a los Durazzo a unas importantes
expectativas que él había levantado sobre sí mismo. Al mismo tiempo no quería
que el terror que inspiraba a los enemigos pasase a convertirse de confianza en
desprecio, si consumía su tiempo en medio de la indolencia.
12. Por consiguiente, cuando recibió la noticia de que los enemigos habían
salido de Aversa para forrajear, envió allí de improviso a Braccio con la tropa, des-
pués de haber pensado que Sforza podría ser vencido si se le salía al paso lo antes
posible. Pero a Sforza no se le pasó por alto ninguno de estos peligros. En efecto,
como se lo temía, había enviado espías con bastante antelación por diversas partes
para que ninguna acción violenta lo sorprendiese desprevenido, a fin de tener la
oportunidad de recoger a los soldados dispersos por los campos. 13. Así pues, tan
pronto como Braccio comenzó a acercarse a aquellos parajes, los espías, con los
caballos al galope, informaron a Sforza de que el enemigo estaba cerca. Tras recibir
la noticia, reunió de inmediato, tal como exigían las circunstancias y la situación,
a los forrajeadores que estaban dispersos después de darles una señal, y los orga-
nizó en orden de batalla. Braccio, cuando se dio cuenta de que se había divisado
a los espías y que Sforza difícilmente podía ser engañado, reorganizó el itinerario
y ordenó a la columna girar en dirección a Aversa, con el propósito de interceptar
a los enemigos a su regreso. Pero Sforza, cuando se percató de que el enemigo no
aparecía, intuyendo perfectamente lo que Braccio había ideado, es decir, poderlo
mantener fácilmente alejado de Aversa, emprendió el camino hacia esta ciudad
con la columna del ejército a toda velocidad y agrupando a los forrajeadores en
medio de la columna.
14. Mientras encabezaba la marcha recibió noticias de que Braccio no se en-
contraba lejos de allí, y al instante se pudo ver la columna del ejército. Así que
Sforza, tras girarse a mirar a los suyos, les dijo: «Veis, compañeros, a qué situación
nos ha llevado la fortuna. Nos ha tocado la obligación de luchar: el enemigo se
apresura a ocupar nuestro camino y parece que el regreso no es posible a no ser
que lo abramos nosotros mismos con las armas. Por esta razón, es preciso que hoy
mostréis ante el enemigo ese coraje y esa fuerza que yo he comprobado a menudo
que poseéis». Una vez que los ánimos de los soldados quedaron reforzados con
esta breve alocución, retomaron el camino.
15. Braccio, tras contemplar el orden de la columna de Sforza, para equipa-
rarse a la formación tan densa que había organizado Sforza, reunió rápidamente
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los cuatro batallones en una columna y, tras seguir al enemigo, de cerca lo atacó
por un flanco. Estos, confiados en la proximidad del refugio, luchaban y al mis-
mo tiempo avanzaban. El conflicto se estaba trasladando a las inmediaciones de
Aversa cuando los ciudadanos, excitados por el clamor, empuñaron sus armas de
repente y, siguiendo órdenes de Luis de Anjou, acudieron en ayuda de ellos. 16.
Braccio persiguió hasta la muralla a los que se habían vuelto más audaces por la
llegada de refuerzos, y después de considerar que no había nada que hacer, dio la
señal de retirada y condujo sus tropas a Nápoles. Después de este suceso, Braccio
comenzó a reclamar a la reina Juana que le entregase la ciudad de Capua, que se la
había prometido antes de su llegada como una de las condiciones de su estipendio.
La reina, tras considerar que no era suficientemente seguro confiar una ciudad tan
valiosa y tan oportunamente situada74 en manos de un general extranjero, espe-
cialmente ávido de poder, retrasaba día a día su petición. Como Braccio se daba
cuenta de esta demora y apenas podía tolerarlo, trasladó su queja al rey Alfonso.
17. Este, sin embargo, aunque consideraba que la reina Juana había caído en
esta sospecha no injustificadamente, por temor a que Braccio, si se le denegaba
persistentemente esta petición, se alejase de sus obligaciones, intentó persuadir
de un modo razonado a la reina, pensando que este asunto tenía que ver con la
lealtad, a pesar de la oposición callada de Giovanni Caracciolo, a que ofreciese a
Braccio lo que le había prometido: Capua, una ciudad muy antigua y la más im-
portante de todas las de Campania por la riqueza de sus tierras y su emplazamien-
to. 18. Por la parte de occidente la baña el Volturno, río profundo y de curso muy
rápido, que pasa bajo un puente75 adornado con dos torres de piedra de notable
factura en piedra, y por la parte de oriente, que es por donde mira a Nápoles, per-
fectamente amurallada. Tras haber llegado allí, Braccio tomó la ciudad, a excep-
ción de las ciudadelas, bajo su jurisdicción, sin mediar ningún enfrentamiento. 19.
Los prefectos de las ciudadelas —pues en realidad son dos, una situada frente a la
ciudad, y la otra junto a la salida del puente— se resistían a entregárselas sin contar
previamente el dinero que se les debía por su custodia, y por este motivo algunos
concibieron la sospecha de que la renuencia de los prefectos de las ciudadelas de-
pendía de Giovanni Caracciolo, quien mostraba su oposición, como hemos dicho,
a entregar esta ciudad a Braccio. Por esta razón, cuando se originó la lucha y el
enfrentamiento, se les abonó de parte del rey Alfonso el dinero que pedían, y ellos
abandonaron la defensa de las ciudadelas.
74 En efecto, esta importante ciudad (ya los romanos se asentaron en ella con el nombre de Cassi-
linum) distaba solamente 26 km de Nápoles.
75 Estaba integrado en el trazado de la antigua Via Appia y, por tanto, estaba orientado en dirección
a Roma. En 1234 el emperador Federico II de Hohenstaufen mandó reconstruir lo que entonces
quedaba de puente romano e, inspirándose en los arcos de triunfo romanos, le añadió las dos torres
que menciona Facio. La importancia de este conjunto monumental fue tal que se escogió como
modelo para el arco de triunfo en honor de Alfonso V que se construyó en el Castel Nuovo de
Nápoles. Actualmente, apenas queda en pie la base de las torres de todo el conjunto monumental
del puente.
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20. En aquella época, casi nada memorable se llevó a cabo, pues casi todo el
tiempo se consumió en correrías o enfrentamientos de poca importancia o en
el aprovisionamiento de lo necesario para pasar el invierno. Sin embargo, acaba-
do el otoño, aunque ya amenazaba el pleno invierno —que es el momento del año
en que suele darse descanso al ejército—, puesto que Alfonso se había dado cuenta
de que Acerra76, debido a la proximidad, pues no dista más de ocho mil pasos de
Nápoles, resultaba de enorme importancia para relanzar la guerra y perseguir a
los enemigos, decidió conducir su ejército a aquel lugar. Por consiguiente, una
vez hechos todos los preparativos necesarios para el ataque y tras haber reclutado
tropas de todos los lugares, se encaminó hacia el territorio de Acerra y puso asedio
a la ciudad después de instalar dos campamentos.
21. Los acerranos, aunque se preocuparon por la súbita e improvisada llegada
de este, después de cerrar las puertas, aparecieron en seguida en la muralla y tras
situar en algunos lugares estratégicos los centinelas y haber dispuesto los medios
defensivos77, repelieron valerosamente a los enemigos que se acercaban e intenta-
ban aproximar sus escaleras a la muralla. 22. Cuando Alfonso se dio cuenta de la
situación, ordenó aproximar las máquinas de guerra y asedio e intentó rodear la
ciudad con gran esfuerzo de parte de sus soldados; tras levantar una empalizada,
mandó excavar una doble fosa con la intención de privarles de cualquier posibi-
lidad de ayuda, después de haber erigido numerosas torres entre ambas fosas. Sin
embargo, toda tentativa de asedio era en vano, pues los de la ciudad contrarresta-
ban el ataque con total valentía. 23. Finalmente, al quedar debilitada una parte del
muro, resistían a duras penas; sin embargo, se iban enfrentando a cada percance
que les sobrevenía, porque cuanto por el día se derrumbaba, otro tanto reparaban
por la noche con el propio material de la fortificación. Además, sobrellevaban es-
tos esfuerzos con un mayor coraje por la razón de que al ser vecinos de la ciudad
de Aversa confiaban en que Luis de Anjou no los abandonaría.
24. Precisamente este monarca, al tener conocimiento de la situación peli-
grosa por la que atravesaban aquellos, decidió prestarles ayuda con objeto de no
perder una plaza tan estratégica para las operaciones militares. Como el asedio a
la ciudad no permitía intervenir a no ser mediante la fuerza y las armas, ordenó
a Sforza que se dirigiera allí en expedición nocturna con todo el ejército, salvo las
fuerzas precisas para atender la defensa de Aversa. Este, dirigiéndose inmediata-
mente a los soldados, pero fingiendo otro itinerario para que no llegase ningún
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dato a los enemigos, ordenó a sus hombres que se preocupasen de sus cuerpos y
les diesen un descanso, a fin de que luego no se demorasen cuando se presentase
la necesidad, y comunicó la decisión que había adoptado a unos pocos capitanes.
Dispuestos de esta manera todos los preparativos y organizada la tropa en colum-
na en el transcurso del tercer turno de guardia, como si estuviese el enemigo a la
vista, emprendió la marcha y se detuvo ante la ciudad a una distancia de tres mil
pasos.
25. Después de que Alfonso tuvo noticia por sus espías de esta maniobra de
aproximación, inmediatamente envía al paso a Giovanni de Ventimiglia78, vale-
roso y esforzado varón, con una parte de la infantería y de la caballería hasta el
puente que llaman Casola79 para impedirle el paso al otro lado del río Clanio80.
Este, que había salido a toda prisa, se encontró con que dos escuadras enemigas
junto con una parte de la infantería, después de haber ocupado el puente, habían
logrado cruzar el río. En ese momento, tras enviar a mensajeros que transmitiesen
esta noticia a Alfonso, comenzó a provocar a los enemigos para poder, si era posi-
ble por algún lugar, o bien rechazar a los que habían cruzado al otro lado del río o
bien interceptar el paso a los que intentasen cruzar. 26. Conocidas estas noticias,
Alfonso le envió de inmediato la selecta infantería que había transportado en las
naves, y le añadió algunas formaciones de jinetes y confió todo el mando a Nic-
colò Piccinino81, ya por aquel entonces un destacado soldado, que después llegó a
convertirse en un importante condotiero de sus tropas. 27. Este, a continuación,
ordenó que se supervisaran las obras y se vigilase para que los ciudadanos no reci-
biesen ningún daño. Una vez hechas todas las previsiones en razón de las circuns-
tancias y tras dejar a Braccio en el campamento con parte de las tropas, cuando se
estaba dirigiendo al puente, el propio Braccio le intentó convencer de que podía
permanecer en el campamento encarado hacia los ciudadanos y podía, en cambio,
permitirle a él acercarse al puente. 28. Una vez que esta decisión fue aprobada por
unanimidad, tras alejarse Braccio, Piccinino permaneció en el campamento. En
ese momento los enemigos fueron atacados gracias a la intervención de Picinino,
78 Se trata de Giovanni I de Ventimiglia (1383-1475), llamado el Gran Señor de Sicilia, quien gracias
al rey Alfonso llegó a ser gran almirante, virrey de Sicilia, Nápoles y del ducado de Atenas. Será el
protagonista de más de una veintena de episodios bélicos con las tropas del rey a su mando.
79 Llamado actualmente Casola di Napoli, hoy es un pequeño municipio situado al sur de Nápoles.
80 El río Clanio debido a sus periódicas crecidas se desbordaba habitualmente y mantenía anegados
los territorios circundantes a las ciudades campanas de Aversa, Acerra y Atella, lo que dificultó
especialmente el tránsito de los soldados, tal como describe Facio en los capítulos siguientes. Des-
de finales del siglo XVI se acondicionaron los terrenos circundantes al río mediante importantes
obras de canalización que han ido transformando la zona hoy conocida como Regi Lagni.
81 Niccolò Piccinino (1386-1444) luchó en las filas de Braccio da Montone, tras cuya muerte recibió
el mando de sus tropas y comenzó su propia carrera de condotiero a las órdenes de Filippo Maria
Visconti. Este personaje reaparece en el libro VIII, situado cronológicamente en los últimos años
de su vida, donde Facio dedica varios capítulos a la descripción de sus hazañas. Su fama perduró
porque un historiador casi contemporáneo suyo, Giovan Battista Bracciolini (†1470), redactó una
biografía sobre él, cuando todavía el paso del tiempo no había arrumbado la memoria de sus haza-
ñas.
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82 Puede identificarse como Santo di Maddaloni —volverá a aparecer en Rerum VI 137 y 159—,
quien había sido un destacado soldado a las órdenes de Sforza, pero no se sabe con certeza si Ma-
ddaloni era su lugar de origen, y tratándose de una población cercana a Aversa seguramente era
conocedor del terreno, por lo que Sforza lo situó al frente de este destacamento, o bien se trata de
un apellido, que parece atestiguado ya en la época; cf. G. D. Sivo, Storia di Galazia campana e di
Maddaloni, Nápoles, 1865, p. 163.
83 Sobre la relación de Alfonso con el papado véase V. A. Álvarez Palenzuela, «Los intereses aragone-
ses en Italia: presiones de Alfonso V sobre el pontificado», en La Corona d’Aragona in Italia (secc.
XIII-XVIII): 2. Presenza ed espansione della Corona d’Aragona in Italia (secc. XIII-XV), Actas del
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la decisión del ataque fue postergada, gracias a los cuales se comenzó a tratar
acerca de la reconciliación entre Alfonso y Luis de Anjou. Como por esta razón
la ciudadela estaba asediada con menos cuidado, Luis, considerando que dispo-
nía de la oportunidad de llevar ayuda a los acerranos por el lugar donde estaban
ausentes los guardias, logró introducir a escondidas a un buen número de los
suyos. 33. A raíz de este hecho sucedió que, como los acerranos ya no sentían
ningún temor a los asedios, Luis de Anjou se negó a entregar la ciudadela en las
manos de sus habitantes, tal como le habían establecido los embajadores. El rey
Alfonso, afectado por esta situación, decretó que la ciudad fuese asediada con
todos los medios disponibles, tal como ya había decidido, sin que el embajador
pudiese disuadirlo debido a la nueva situación adversa que se había creado. Pues
consideraba que no era lícito que Luis de Anjou, mientras trataba sobre un po-
sible acuerdo con los embajadores, introdujese al ejército en la ciudad asediada,
cuando se había dado una tregua al ataque. 34. Y aunque a la mayoría les parecía
que se debía renunciar a la batalla, porque, al resultar anteriormente el asedio
difícil, consideraban que sería mucho más difícil con la incorporación de las
tropas auxiliares, sin embargo, decidió probar suerte a fin de que los acerranos
supieran que su burla no quedaría impune. 35. Se añadía la razón de que no
quería prolongar hasta el verano un asedio que ya había sido alargado hasta el
extremo debido al enorme esfuerzo de los soldados: o bien para no tener más
ocupaciones en adelante, o, si se alejaba sin llevarla a cabo, para que no pareciese
que había emprendido una expedición en vano, cosa que consideraba poco hon-
roso para su persona.
36. Así pues, preparadas todas las cosas, comenzó a asediar la ciudad desde
todos los frentes y a atacar con todas sus fuerzas. Cuando los habitantes de la
ciudad se dieron cuenta del ataque, acudieron corriendo a defender su ciudad lan-
zando enormes piedras y proyectiles de todo tipo contra los que intentaban subir
por el muro. Y, sin embargo, la preocupación más importante para ellos era la de la
defensa alrededor de la parte derruida del muro, porque por aquel frente parecía
más fácil vencer la resistencia de la ciudad. Puesto que Santo ya había previsto que
esto iba a suceder, tras repartir a los ciudadanos por los puestos de guardia, había
colocado para defender el punto más débil a los soldados más valerosos.
37. Alfonso había dividido el ejército de la siguiente manera: situó frente a
las partes derruidas a la caballería y la mayor parte de los arqueros y les puso
a las órdenes de Bernat Centelles84, un varón muy relevante; a Guillem Montca-
XIV Congreso di Storia della Corona d’Aragona (Sassari-Alghero 19-24 maggio 1990), Sassari, Carlo
Delfino editore, 1996, pp. 65-89. Uno de los cardenales puede identificarse con Pietro Fonseca,
cardenal de Sant’Angelo en Pescheria en la década de 1412 a 1422; cf. Pelegrí, Historiarum, II 41.
84 Bernat de Centelles-Riu-sec y de Cabrera (†1433), barón de Nules, de Oliva y de Rebollet, cono-
cido también como Ramón de Riu-sec, acompañó al rey Alfonso en su expedición a Italia como
capitán de galera y, después, como capitán general de sus tropas. Llegó a ser virrey de Cerdeña
(1421-1433), y obtuvo, además en compensación la baronía de Gocea (1421), y los feudos de Osilo,
Monteagudo, Anglona y Metzalogo.
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da85, junto con una parte de las tropas, le confió el ataque de la parte de la ciudad
que está orientada al mediodía. Ordenó además desmontar a los jinetes y acercarse
una parte a Bernat y otra a Guillem. Los demás caballeros se quedaron con sus
monturas junto a Braccio a fin de poder acercarse a toda velocidad al lugar donde
hiciera falta. Las restantes tropas de infantería fueron distribuidas por diferentes
lugares delante de los muros de la ciudad donde pareció oportuno situarlas, con la
intención de que, una vez dada la señal, al mismo tiempo los habitantes recibieran
ataques desde todos los frentes. 38. Por casualidad, la noche precedente, una ingente
lluvia había anegado los campos, y el suelo, acuoso por su propia naturaleza, hasta
tal punto les hacía resbalarse que ni los soldados ni los caballos podían pisarlo: esta
circunstancia les causó un gran perjuicio a los que estaban entonces combatiendo.
39. Santo, en el momento más intenso de la lucha, recorría la ciudad acom-
pañado de un grupo de ciudadanos y tanto ayudaba a los que se encontraban con
dificultades como enardecía a los que luchaban con más indolencia. Con todo,
la parte que con mayor entrega luchaba era la que estaba desprotegida del muro,
pero tan grande era el valor de aquellos a quienes les había tocado en suerte su
protección que por ningún medio se podían quebrantar sus medios defensivos.
Muchos de los que caían en la fosa, gravemente heridos, se vieron obligados a
retirarse, pues tampoco los ciudadanos podían lanzar en vano desde la muralla
ningún proyectil sobre una multitud tan numerosa. 40. Mientras se luchaba du-
ramente, Guillem Montcada, una vez superadas la fosa y la valla, avanzó a toda
prisa hacia la zona defensiva y casi fue sepultado por una lluvia de piedras, puesto
que además la pesadez de las armas y el estado resbaladizo del suelo no daban
posibilidad de retornar sobre sus pasos. Además, Biagio, el conde de Passaneto86,
tras recibir una grave herida murió poco después, cuando ya estaba abandonan-
do el escenario de lucha. 41. Alfonso, hondamente conmovido por la muerte de
este varón, se preparaba para atacar la ciudad con la mayor violencia. Como el
embajador se percató de estos preparativos, temiendo que, si luchaba contra la
ciudad llevado por la ira, se ensañaría contra los ciudadanos mucho más de lo
justo, comenzó a suplicarle con toda su fuerza que pusiera fin al enfrentamiento
y ahorrase a los suyos el esfuerzo y el peligro. Le decía, al mismo tiempo que
llegaba la respuesta que se esperaba de parte del pontífice, que no tuviese dudas
de que los acerranos cumplirían los dictados del pontífice con la aquiescencia de
Luis de Anjou, porque, si por un casual se negasen, nadie pediría ningún favor
más por ellos.
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42. Desmoronado Alfonso por estas palabras, como además era dócil por
naturaleza, aunque parecía que había llevado la situación al extremo de que los
habitantes de la ciudad no podían soportar durante más tiempo sus ataques,
ordenó que se diese la señal de retirada, puesto que la mayoría de los ciudadanos
estaba heridos de gravedad. También entre las filas del rey Alfonso la mayo-
ría estaba malherida, incluso algunos muertos, entre los cuales se encontraba
Francesco, natural de Palermo, un valeroso caballero que cayó luchando valien-
temente. 43. Después de esta lucha transcurrieron bastantes días sin ningún en-
frentamiento, y únicamente se pudo observar que los enemigos no podían con-
seguir a escondidas ningún tipo de ayuda o aprovisionamiento hasta que llegó
el mensajero del pontífice con una misiva. Con la llegada del mensaje, Luis de
Anjou reclamó la defensa de la ciudad sin que mediase ningún enfrentamiento,
de acuerdo con los deseos del pontífice, y ordenó que se pusiese a disposición
del embajador papal.
44. Una vez recibido el mensaje, Alfonso, después de enviar a Braccio a hi-
bernar a Capua con sus tropas, volvió a Nápoles. No mucho después Tartaglia87,
cuya lealtad a Muzio levantaba sospechas, puesto que había aceptado como regalo
unos caballos de parte de Alfonso y parecía pertenecer al círculo de amistades de
Braccio, con el permiso del pontífice fue capturado y ajusticiado. Entretanto como
se estaban manteniendo conversaciones sobre la reconciliación de los reyes, se de-