Libeo La Hermosura de Jesus
Libeo La Hermosura de Jesus
JESÚS
Un retrato del carácter humano perfecto de Jesucristo y algunas aplicaciones
a la vida cristiana
Clifford Pond
Prólogo de Herbert Carson
EDITORIAL PEREGRINO
LISTA DE PREDICACION
NOTAS:
2 Timoteo 4:2
Predica la palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima
con mucha paciencia, sin dejar de enseñar.
Prólogo
En unos tiempos en que hay unos conceptos tan enormemente falsos acerca de Jesús, es
refrescante tener un retrato del auténtico Jesús del testimonio apostólico. Frente a la
caricatura que se da a entender en una comedia musical pop, o por el supuesto líder
radical de la reacción revolucionaria a la injusticia, en este libro nos encontramos con el
Jesús verdadero.
Los evangélicos hemos estado acertados al contender por la verdad de que Jesús es
divino de manera total y única. Sin embargo, al mismo tiempo se debe retener el
equilibrio bíblico al regocijarnos en la realidad de la encarnación, al maravillarnos de que
el Hijo de Dios verdaderamente se hizo uno de nosotros.
Este libro nos muestra cómo la humanidad perfecta de Jesús reside en el meollo del
Evangelio. La justicia que se pone a nuestra cuenta es la justicia del hombre de Nazaret, el
cual, aunque fue tentado en todos los aspectos como nosotros, fue sin pecado. Su
perfección destaca nuestra injusticia y, al hacernos conscientes de nuestro pecado, nos
compele a clamar por misericordia. ¡La respuesta de Dios es completa! No sólo somos
perdonados debido a que Jesús cargó con el castigo de nuestra infracción de la Ley, sino
que también Dios acepta como nuestro su cumplimiento de la Ley.
También se nos recuerda una y otra vez que nuestras vidas como cristianos deberían
reflejar la vida de Jesús. No obstante, esto no es un llamamiento a empeñarnos en la
mejora de nosotros mismos. Mas bien, implica dependencia del mismo Espíritu Santo que
llenaba a Jesús. Implica la misma lucha con el pecado que Él ejemplificó. Apunta a la
victoria que Él obtuvo. Esta victoria, aunque no es nuestra totalmente en esta vida, es
nuestra meta constante y, por su gracia, en alguna medida es hecha realidad aun ahora
mismo.
La humanidad de Jesús también nos anima a orar. Cuando venimos al trono de Dios,
tenemos un sumo sacerdote compasivo que nos representa. La falta de reconocimiento
de la compasión del hombre Jesucristo es lo que ha llevado a la lamentable aberración
que supone que la compasión de María sea más accesible que la suya.
El otro gran incentivo para estudiar la humanidad de Jesús es que ¡ello nos dirige hacia
el Cielo! “…cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como
él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es
puro” (1 Juan 3:2, 3).
Con estos incentivos en mente, tengo el privilegio de recomendar este libro con su
cariñosa presentación de Jesucristo, ¡Hijo de Dios e Hijo del Hombre!
HERBERT CARSON
Introducción
El mensaje nos había cautivado a todos. Me pregunto si los demás recuerdan aquel culto
con tanto agradecimiento como yo.
En aquellos días la gran batalla para los evangélicos era defender la deidad de
Jesucristo. Si algunos se atrevían a hablar del ejemplo de Jesús, corrían el riesgo de ser
sospechosos de falta de solidez. La humanidad de Jesús se olvidaba en la lucha por su
deidad. Creo que esa es la razón por que aquel sermón se destacó tanto para mí; era
sobre el carácter perfecto del hombre Jesús, y yo fui inducido a amar y servir a aquella
persona maravillosa como no lo había hecho antes.
Algunos años más tarde encontré el libro Into the same image (En su misma imagen)
de R.E.O. White. Repleto de citas de la Escritura, este libro insistía en que “la idea de la
conformidad con Cristo es… el propósito de Dios en la Salvación”. La tercera parte
dibujaba un retrato del carácter de Jesús. Para mí, esto conducía todo el asunto de la vida
perfecta de nuestro Señor al centro de la experiencia cristiana.
Desde entonces, he aprendido que la vida perfecta del Señor, también tiene
significado en las aflicciones más profundas de la experiencia humana. Como pastor, he
tratado de ministrar a personas cuyas situaciones estaban repletas de frustración y
aturdimiento. La pregunta se eleva al alto Cielo: ¿Por qué?, ¿por qué? La respuesta bíblica
final está en Romanos 8:28, 29.
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que
conforme a su propósito son llamados.”
¿Cuál es el “bien” hacia el cual ayudan “todas las cosas” que nos suceden? Necesitamos el
versículo 29 para completar lo que Pablo está diciendo:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo…”
Pablo no nos está diciendo que, sin importar lo que nos suceda, escaparemos a los
problemas graves. Tampoco nos está haciendo una afirmación general de que algún bien
surgirá de nuestras experiencias. Por el contrario, el apóstol es muy específico en cuanto a
que el Señor hace que cada evento en la vida añada una nueva dimensión a nuestro
crecimiento en la semejanza a Cristo. El Señor puede estar dándonos experiencias
dolorosas que serán útiles en nuestro servicio cristiano o para aconsejar a otros. Él puede
estar fortaleciendo nuestra fe y haciéndonos más agradecidos, más conscientes de
nuestra dependencia de Él. Es posible que nosotros no entendamos por el momento si
estas cosas son pertinentes en una determinada experiencia traumática, pero una cosa es
absolutamente cierta: el objetivo de Dios es siempre hacernos más como su amado Hijo.
Podemos ser dejados en la pobreza, tratados con injusticia o dejados totalmente
aturdidos por lo que nos sucede. La respuesta a la pregunta “¿por qué?” es siempre la
misma: “Quiero ver a mi Hijo reflejado en ti.”
Y luego, cuando llegué a la edad de tener derecho a recibir una pensión del Estado,
comencé a hacerme una serie de preguntas importantes. ¿Cuál es el objetivo y la meta de
la vida ahora? Supongamos que ya no pueda predicar. Supongamos que la gente ya no
reciba de mí algún ministerio pastoral. Supongamos que no pueda escribir este libro.
¿Cuál sería entonces el propósito de mi vida?
Estoy seguro que es correcto que yo quiera servir al Señor tanto tiempo como sea
capaz de hacerlo; de hecho, mi deseo de hacerlo no ha disminuido. Sin embargo, al
afrontar estas preguntas, me vi obligado a darme el mismo consejo que he usado para
ayudar a otros. Y esto es lo más difícil de todo, porque pone a prueba nuestras
motivaciones. ¿Por qué quiero servir al Señor? ¿Por qué pienso que me sentiré tan
frustrado cuando ello no sea ya posible? Seguramente es porque aun ahora no he
ordenado mis prioridades correctamente. He visto cristianos envejecer con amargura,
cinismo, orgullo y envidia. Han sido un obstáculo a creyentes jóvenes y han sido una
pesada carga para su iglesia. No obstante, he visto envejecer a otros con amabilidad, los
jóvenes les amaban y sus iglesias les valoraban. Cuando todo lo demás nos es quitado,
esta meta de ser como Cristo permanece; el proceso de transformación continúa, hasta se
apresura según se aceṙca el traslado a la gloria.
Lo que espero haya sido una creciente madurez también ha producido una creciente
conciencia de pecado. Como resultado de ello, he aprendido a valorar la perfección
absoluta de Jesús como no lo había hecho nunca. Cuanto más devastador es el
conocimiento de la corrupción del corazón y la mente, mayor es el sentido de la necesidad
de la justicia inmaculada que Jesús, nuestro intercesor, presenta a Dios en favor nuestro.
Se ve que esa perfección es vital; nuestro destino final depende de ella. Además, este
sentido creciente de pecaminosidad y debilidad nos hace comprender nuestra tremenda
necesidad de orar:
Oh tú, Espíritu Divino, purifica toda mi naturaleza
Hasta que la hermosura de Jesús se vea en mí.
(ALBERT ORSBORN)
Así que al prepararnos para vislumbrar la hermosura de Jesús, tengamos en cuenta estos
cuatro objetivos:
1. Asegurarnos de su perfección, y de esa manera ser fortalecidos en nuestra confianza
en Él como un Salvador completo.
2. Ver claramente el ejemplo que estamos tratando de imitar y conforme al cual
hemos de ser transformados.
3. Ser estimulados en amor y devoción a Él y de esa manera ser más celosos en el
servicio a Él.
4. Recordarnos a nosotros mismos nuestra necesidad del poder del Espíritu Santo que
nos capacita para afrontar ese desafío.
Para lograr esos objetivos, debemos tratar de pintar el retrato de Jesús de la manera más
precisa posible. Las impresiones generales son válidas, pero debemos probar esas
impresiones con un examen detallado de cada parte de la vida de nuestro Señor. No es
incorrecto que usemos nuestra imaginación, pero mientras la interpretación es necesaria,
no nos debemos dejar llevar por nuestras fantasías.
También existe el peligro de ver en la vida de Jesús lo que queremos ver, según
nuestras preferencias o ideas preconcebidas. Por estas razones, nos mantendremos muy
cerca de los relatos del Evangelio sobre la vida de Jesús en la Tierra. Los escritores
sagrados no produjeron biografías, sino que fueron selectivos en su trabajo, porque su
objetivo era darnos un retrato del carácter de nuestro Señor; esto es lo que queremos
captar en las páginas siguientes. Dejaremos a un lado cualquier cosa que surja
directamente de su naturaleza divina. Nosotros no queremos llegar a ser como Jesús
como hacedor de milagros o como alguien perfectamente capaz de discernir los
pensamientos de otras personas. Así que, nos concentraremos sólo en el ejemplo de
Jesús, que los creyentes deben luchar por alcanzar.
¿Dónde hemos de comenzar? La túnica de Jesús carecía de costuras, y lo mismo su
carácter. Cada una de las características armoniza con el resto, de tal manera que es
imposible evitar la repetición.
El ejemplo de Jesús es un modelo para todos los creyentes de todas las épocas y
situaciones. Sin embargo, hay un interés especial para los niños y jóvenes en los
vislumbres que se nos dan de la parte más temprana de la vida de nuestro Señor.
Cualquiera que sea lo que digamos de los primeros treinta años de la vida de Jesús, su
Padre dio su veredicto:
“Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22).
Tengamos este veredicto en mente al echar una primera mirada a la vida de Jesús como
niño, y su crecimiento hacia la madurez.
1
Niñez
La concepción de Jesús fue milagrosa (Lucas 1:29–37), pero no hubo nada antinatural
acerca del nacimiento de Jesús o acerca de su vida como niño. Inmediatamente podemos
rechazar historias –que se encuentran en libros apócrifos– de extraños milagros
efectuados por un niño precoz. ¡Estas historias le representan marchitando los brazos y
piernas de otros niños que le habían hecho daño, o haciendo más larga o más corta la
madera de la carpintería de su padre de forma milagrosa!
Con el debido respeto al gran Martín Lutero, éste estaba equivocado, sin duda alguna,
en las líneas del familiar villancico:
La vaca mugiendo despierta al Señor [hasta aquí es correcto]
Mas no llora el pequeño Señor Jesús.
Eso pone a Jesús fuera de la experiencia de los seres humanos normales. Más cerca de la
Escritura están las palabras de la Sra. C.F. Alexander:
Él era pequeño, delicado e indefenso,
Lágrimas y sonrisas como nosotros Él conoció;
Y siente nuestra tristeza,
Y comparte nuestras alegrías.
Estas palabras resumen la verdad acerca de la niñez de Jesús hasta la edad de doce años.
Lucas sabía esto porque consultó con testigos oculares (Lucas 1:1–4), y ¿qué mejor testigo
pudo haber tenido que la propia María?
Al principio estaban los dos padres. Parece razonablemente cierto que José murió en
la etapa temprana de la vida de Jesús, pero no durante su primera infancia. También
nacieron cuatro hermanos y algunas hermanas (Mateo 13:55, 56; Marcos 6:3), pero para
cuando Jesús comenzó su ministerio, Él era “el hijo de María” (Marcos 6:3), lo cual sugiere
que José había muerto anteriormente. Así que, primero estaban mamá y papá y, luego,
como el hijo mayor, Jesús vio llegar a sus hermanos y hermanas. Era una familia pobre.
Deducimos esto del hecho de que la ofrenda que José y María hicieron después del
nacimiento de Jesús era la permitida a aquellos que eran demasiado pobres para ofrecer
un cordero (Lucas 2:24; cf. Levítico 12:8). Puesto que Jesús siguió la profesión de José,
podemos imaginarlo ayudando a su padre de una manera rudimentaria como todos los
niños pequeños.
Podemos imaginar fácilmente las tentaciones que le vinieron a Jesús. Tentaciones a
quejarse por la carga que los niños mayores tienen que soportar ayudando con los más
pequeños; o a tener envidia de las cosas buenas que otras familias tenían y que ellos no
llegaban a alcanzar. Probablemente Él tenía que ahorrar para tener cosas que otros niños
recibían como regalos.
Y era una familia religiosa. La piedad de María se ve en su sumisión al mensaje del
ángel (Lucas 1:38), y en su cántico de acción de gracias (Lucas 1:46–55). Los padres de
Jesús le presentaron en el Templo (Lucas 2:22–24), e hicieron todo lo que requería la Ley
del Señor (Lucas 2:39). Jesús fue un niño normal; ¡ciertamente no sufría dolores de cabeza
por causa de una aureola permanente! Él estuvo rodeado todo el tiempo de piedad y fue
enseñado en las Escrituras desde la etapa más temprana. Ahora debemos considerar
Lucas 2:40 un poco más en detalle.
“Y el niño crecía…”
En esta situación, Jesús creció de una manera completamente natural. La misma palabra
se usa al hablar del crecimiento de Juan el Bautista (Lucas 1:80). Yo creo que esto significa
que Jesús no era, de ninguna manera, un excéntrico. A los tres años, Él era lo que debe ser
un niño de tres años, no como un niño de seis. A los diez años, Él era un niño normal de
diez años.
Pues Él es el modelo de nuestra niñez;
Día a día, como nosotros, creció Él.
(SRA. C.F. ALEXANDER)
“y se fortalecía”
Los niños crecen fuertes por medio de la comida sana y el ejercicio saludable. Jesús no era
una persona débil. El creció en fortaleza; de no haber sido así, hubiera sido muy extraño
que más tarde le siguiesen los personajes rudos que Él reunió en torno a sí. Era
suficientemente fuerte para escapar de los empujones de la turba homicida en Nazaret
(Lucas 4:30). Cualquier cálculo de las distancias que recorrió o estimación del dolor físico
que sufrió al ser azotado (Juan 19:1) nos llevará a la conclusión de que Jesús no era el ser
débil y afeminado retratado a menudo por los artistas.
El esfuerzo físico del cual Jesús fue capaz fue fenomenal. Piensa, por ejemplo, en su
último ascenso de Jericó a Jerusalén. Este camino a través de una región solitaria y rocosa,
sin sombras, se eleva hasta una altura de unos 900 metros. El viaje duraría unas seis horas.
Al comenzar el día, Jesús había sanado a un ciego en Jericó (Marcos 10:46). Junto al calor
del Sol abrasador, estaba la agotadora emoción de las caravanas que subían a la fiesta a
Jerusalén. Éste no era un andar constante y relajado, y cualquiera que fuese más débil que
Él habría estado muy contento de poder reposar sus piernas cansadas al final del día. Sin
embargo, ¿qué sucedió? Allí estaba Él disfrutando felizmente de un banquete en su honor
entre sus amigos de Betania (Juan 12:1, 2; cf. Juan 12:12). Y éste no es un incidente
aislado. En los Evangelios le vemos a menudo ascendiendo a una colina después de un día
de trabajo agotador (Marcos 6:46; Lucas 6:12). En Mateo capítulo 13 versículo 1, leemos:
“Aquel día salió Jesús de la casa…” Previamente, aquel día, había estado ocupado en la
clase de debates que a nosotros nos dejan agotados, pero ahora Él se embarca en un largo
sermón, interrumpido por preguntas que demandaban respuestas. Aquellos que predican
sabrán lo que esto debió haberle costado a nuestro Señor. Jesús era fuerte y sano y el
fundamento de esto fue establecido en los primeros años de su vida.
De todo esto, podemos concluir no sólo que Él tenía conocimiento de algunos juegos
(Mateo 11:16–19), sino que también jugaba y disfrutaba de su comida. Además, Jesús
debió de haber estado familiarizado con tentaciones a la glotonería, a hacer trampas y a
tomar represalias contra los compañeros. de juego que eran injustos o que le hacían daño.
“y se llenaba de sabiduría”
Esto significa que Jesús tenía deseos de aprender. Escuchaba a otros (Lucas 2:46), hacía
preguntas y estaba dispuesto a someterse a las preguntas de otros, y a darles respuestas
(Lucas 2:47). Hubo un proceso de desarrollo gradual que le llevó al ejemplo significativo en
el Templo a la edad de doce años. En una familia judía en aquellos días, Jesús habría
aprendido pasajes de la Escritura de tal manera que podía recordarlos en años
posteriores.
No obstante, la sabiduría es más que conocimiento. Es la habilidad para usar lo que
sabemos al relacionarnos con otras personas, soportando las decepciones y generalmente
conduciéndonos con competencia y humildad. Jesús demostró que podía hacer frente a la
vida de la manera apropiada a cada etapa de su crecimiento. Puesto que “el principio de la
sabiduría es el temor del SEÑOR” (Salmo 111:10 LBLA), sabemos que su conocimiento de
la Escritura le llevó a amar a su Padre y a vivir de tal manera que le agradase en todo.
La confianza de Jesús en su Padre fue nutrida mediante la oración y la inmersión
profunda en los contenidos y la atmósfera de la Escritura aprendidos en los primeros años
de su vida en el hogar y en la sinagoga.
Una vez más, no debemos olvidar las tentaciones que Él venció según crecía en
sabiduría. El debió de haber sido tentado a la precocidad y el orgullo. Y según crecía, sin
duda, estaba la posibilidad de que causase envidia entre sus hermanos y hermanas como
había sucedido con José muchos siglos antes (Génesis 37:3–11). Aunque los hermanos de
Jesús no creyeron sus afirmaciones hasta después de Pentecostés (Juan 7:5; cf. Hechos
1:14), no hay evidencia de que ellos se resintieran contra Él; por el contrario, ellos le
recibieron de nuevo durante su ministerio (Juan 2:12). Esto es una evidencia de la
asombrosa sabiduría en la manera en que Jesús manejó su relación con su familia. No
existe una prueba de piedad y humildad mayor que la del escrutinio de nuestra familia día
tras día.
Se puede argumentar que la palabra “llenaba”, en nuestro texto implica una dotación
especial del Espíritu Santo. Esto puede ser así, pero ello no saca la niñez de Jesús del
ámbito de la experiencia humana natural. Hasta los niños pueden recibir una medida
completa del Espíritu Santo apropiada a su edad, como Juan el Bautista fue “lleno del
Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15).
2
De los doce en adelante
Creo que es correcto tomar Lucas 2:51, 52 como una impresión de la adolescencia y
juventud de Jesús.
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba
todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para
con Dios y los hombres.”
Aún tenemos en la mente la seguridad que nos proporcionan las palabras del Padre en el
bautismo de Jesús: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22) coṁo
su veredicto sobre lo que a menudo se conocen como los años de silencio del Señor. Sin
embargo, ¿cuáles fueron las pruebas que Jesús venció para hacer posible tal veredicto?
Podemos nombrar algunas con una certidumbre razonable:
1. Los desafíos normales de la vida familiar, tal como hemos mencionado
anteriormente. Estos habrán crecido más que menguado según fue creciendo la familia.
2. Las tensiones de la adolescencia comunes a todos los jóvenes. No podemos dejar de
expresar a menudo el hecho de que Jesús fue un joven normal.
3. La tentación al resentimiento de uno que amaba a su propia nación, por las
restricciones impuestas sobre los judíos por el poder romano ocupante.
4. Su creciente conciencia de su relación especial con Dios el Padre. No podemos
seguir el curso de esa creciente conciencia, pero sabemos que ya había llegado a un
estado significativo cuando Jesús tenía doce años de edad (Lucas 2:41–49), y no cabe duda
de que esto puso una cierta tensión en sus relaciones dentro de la familia.
5. Sabemos que su padre vivía cuando Jesús tenía doce años, pero algún tiempo más
tarde José murió. Podemos imaginar la tensión añadida que esto habrá puesto sobre
Jesús, como el hijo mayor, al tener que sacar adelante el negocio de carpintería de su
padre (Marcos 6:3).
¿Cómo pudo Jesús hacer frente a la vida en esas circunstancias? Consideremos con
más atención Lucas 2:51, 52.
Aquí está el ejemplo perfecto para los jóvenes. Dios mismo puede dar paciencia y un
sentido de satisfacción en cualquier situación en que vivan y crezcan, y en cualquier etapa
de su desarrollo.
Si, como sugieren muchos eruditos, el Santiago que escribió la epístola que lleva ese
nombre era un hermano de Jesús, es muy posible que muchas de sus instrucciones
prácticas estén basadas en lo que vio en la vida de hogar de ṡu hermano mayor. Un
ejemplo sería:
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en
sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os
jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo
alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay
perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente
pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin
incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que
hacen la paz” (Santiago 3:13–18).
El aprendizaje básico de Jesús debió de haber sido en las Escrituras del Antiguo
Testamento. Dijo que su enseñanza venía de Dios (Juan 7:16–19; 14:24), así que podemos
imaginarlo proclamando las Escrituras, pidiendo luz al Padre en una actitud de sumisión,
especialmente según comenzó a darse cuenta de que se aplicaban de una manera única y
profunda a Él mismo.
¡Oh, por una generación de hombres y mujeres que tuviesen como prioridad el estudio
y entendimiento de las Escrituras, y la aplicación de lo que aprenden a su conducta y
actitudes en el mundo que les rodea! La llamada del maestro –“¡sigúeme!”– debe
significar al menos esto.
“…y en estatura…”
Pienso que esto significa algo más que centímetros de altura. Probablemente significa
fortaleza física, moral y emocional. Cuando consideramos las presiones que soportó
durante los tres tempestuosos años de su ministerio público, no nos sorprendemos de que
durante sus años de formación desarrollara fortaleza física y estabilidad emocional. Esto
debe significar que no abusó de su cuerpo, y que fue cuidadoso de no caer en ningún
exceso que minase su fortaleza.
“…y en gracia para con Dios y los hombres”
La respuesta de Jesús a la ansiedad de sus padres (Lucas 2:49) refleja una determinación a
agradar a Dios en todo, y las palabras que vinieron del Cielo en su bautismo (Lucas 2:32)
confirman que creció en este compromiso. En éste, como en cualquier otro aspecto de su
vida, nuestro Señor nos presenta el ejemplo perfecto, como nos recuerda Pablo
constantemente:
“Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables” (2 Corintios
5:9).
“Que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena
obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).
No nos resulta fácil entender cómo Jesús pudo haberse ganado el favor de la gente.
Posteriormente en su vida, provocaba ira y envidia y, al final, la crucifixión. Y nosotros
mismos sabemos por experiencia que aun nuestro pobre ejemplo de piedad a menudo
resulta ofensivo a los demás.
Parece que, en general, la gente honesta y sin prejuicios admiraba el carácter genuino
de Jesús y, ciertamente, éste ha sido el caso a lo largo de toda la Historia. Y hay personas
que admiran a un cristiano genuino y ven en él o ella a una persona en que se puede
confiar, que puede dar consejo y consuelo cuando se necesita. Finalmente, podemos decir
que Jesús no provocó deliberada o descuidadamente la desaprobación de los demás. Su
única meta era amar a Dios con todo su ser y, como consecuencia, amar a los demás
(Marcos 12:29–31).
No hay lugar en nuestro crecimiento como cristianos para actitudes como: “Yo debo
decir lo que siento. Me da igual lo que piensen los demás,” o: “No me preocupa lo que
otros puedan pensar.” El ejemplo de Jesús pone sobre nosotros la responsabilidad de
tener buena reputación ante quienes nos rodean, tanto en cuanto sea posible:
“Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación”
(Romanos 15:2).
“Como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio,
sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1
Corintios 10:33–11:1).
“Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean
respondones…” (Tito 2:9).
Que todos los jóvenes piensen más acerca de la vida joven de Jesús y que sea ésta, más
que los modelos y modas populares del día, lo que forme sus actitudes hacia la vida:
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y
perfecta” (Romanos 12:2).
¡Si al menos pudiésemos entusiasmar a nuestros jóvenes con Jesús de tal manera que Él
llegase a ser más atractivo y emocionante para ellos que cualquier estrella o diversión!
Aquel a quien los coros de ángeles adoran,
Sosteniendo cada terrible decreto,
A sus padres terrenales ahora obedece
En profunda humildad.
Por esto revelada tu humildad,
Jesús, te adoramos a ti.
(J.B. DE SANTEOIL 1689 tr. J. Chandler)
3
Palabras de gracia
No hay duda de que cuando Jesús habló, produjo el impacto más extraordinario sobre las
personas, tanto individualmente como sobre las multitudes, y de la misma manera sobre
sus amigos como sobre sus enemigos. Por ejemplo, los alguaciles del Templo fueron
enviados a arrestar a Jesús; éstos probablemente eran hombres armados y más que
capaces de llevar a cabo su comisión, pero regresaron a sus superiores sin Él, diciendo
como excusa: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:32; 45, 46).
Ellos vinieron a arrestarle con espadas; Él los arrestó con palabras. Escuchemos la voz de
Jesús a través de los oídos de personas que le escucharon.
Autoridad
Al final del Sermón del Monte, Mateo nos dice:
“La gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y
no como los escribas” (Mateo 7:28, 29; véase también Lucas 4:32).
Él hablaba de tal manera que nadie podía refutarlo. Tenían que creerle o crucificarle.
A menudo nosotros necesitamos los adornos de oficio para dar algún peso a nuestras
palabras. La autoridad de Jesús estaba en la verdad de lo que El decía, que daba la medida
a todos los hechos y a todos los testimonios de las conciencias de las personas. Éste debe
ser nuestro modelo:
“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras
y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13;
véase también 6:10; Lucas 21:15).
Hemos de pensar bíblicamente para poder hablar bíblicamente. ¡Esto no significa que sólo
debamos usar palabras de la Biblia! Cuando la ocasión lo demandaba, nuestro Señor
citaba las palabras reales del Antiguo Testamento, y Él lo podía haber hecho con más
frecuencia si lo hubiese deseado. Toda su enseñanza, ya fuera citando las Escrituras o no,
estaba en perfecta armonía con el Antiguo Testamento; conocía su Biblia y estaba
capacitado por el Espíritu Santo para usar ese conocimiento con un efecto poderoso.
Palabras de gracia
En el Salmo 45, se predice al que había de venir:
“Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; La gracia se derramó en tus labios; Por
tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmos 45:2).
Así que no nos sorprende que después del discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret,
“todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que
salían de su boca” (Lucas 4:22; Isaías 42:2 compárese con Mateo 12:15–21).
Esto se refiere no sólo al contenido de aquel discurso sino también a la manera en que lo
pronunció. Esto no significa que Jesús oscureciera la verdad o que se desviara de ella para
agradar a la gente. De hecho, fue tan veraz que al final esto hizo airarse a la gente, e
intentaron matarle (Lucas 4:22–29).
La amabilidad consiste en no agravar intencionadamente cualquier cosa que produzca
agitación en las masas; está impregnada de cortesía, amor, humildad y transparente
sinceridad. Cuando Jesús impartió enseñanza bíblica en el Templo: “gran multitud del
pueblo le oía de buena gana” (Marcos 12:37), traducido en la Biblia de las Américas como:
“la gran multitud le escuchaba con gusto.” Una persona que habla con gracia tiene
siempre en su corazón el bien de los demás y no su sufrimiento. El tono mismo de la voz
de nuestro Señor fue reconocido por María la mañana de la resurrección (Juan 20:16).
El hablar con gracia no calumnia, ni maldice, ni replica, ni miente; por el contrario es
amable, placentero y razonable (véase Santiago 3:17). La gracia no es vaselina; no implica
adulación ni una pegajosidad nauseabunda.
Este es el ejemplo de Jesús que nosotros debemos seguir. Pablo nos dice que
hablemos la verdad en amor (Efesios 4:15 LBLA) y que sea nuestra “palabra siempre con
gracia, sazonada con sal” (Colosenses 4:6). La sal excita el sabor: ¿realmente quieren
escucharnos las personas o simplemente están siendo corteses? La sal previene la
corrupción: la meta de nuestra habla, como lo fue la de nuestro Señor, es hacia el bien y la
piedad de los demás. Cuando nuestro Señor vio que algunos de sus seguidores le
abandonaban, preguntó a los doce discípulos: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”, a
lo cual respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan
6:66–68). Esto fue cierto de Jesús en un sentido único; y sin embargo, nosotros también
podemos ver que las personas son atraídas a Cristo por medio de nuestra habla con
gracia.
Candidez
El profeta Isaías predijo de Jesús que no habría “engaño en su boca” (Isaías 53:9), y Pedro
que conoció bien a Jesús tuvo el gozo de decirnos que aquí había un ejemplo a seguir por
nosotros (1 Pedro 2:21, 22). Jesús fue el ejemplo perfecto de su propia enseñanza en
Mateo 5:33–37. Nunca fue culpable de exageración o de doble lenguaje. Siempre fue
honesto. ¡Cuán propensos somos nosotros a exagerar para nuestro propio beneficio, y con
qué facilidad permitimos que la deshonestidad se deslice en nuestra conversación!
Cuando describimos eventos en nuestras vidas o discutimos con otras personas, o
supuestamente representamos lo que otras personas dicen o creen, a menudo somos
“económicos con la verdad”.
No nos tomamos seriamente la advertencia de Jesús en Mateo 12:36, 37 de que
seremos juzgados por nuestras palabras. Cuando Isaías vio la gloria de Jesús, su primera
reacción fue: soy un “hombre inmundo de labios” (Isaías 6:5; Juan 12:41). Nosotros no
hemos escuchado verdaderamente la voz de Jesús si no hemos sido llevados a orar:
“SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios” (Salmo 141:3 LBLA).
A menudo, cuando estamos bajo tensión mental o con dolor físico, es cuando
perdemos el control de nuestras lenguas. No obstante, aun cuando Jesús soportó juicios
injustos y la más inenarrable agonía en la Cruz, nunca utilizó un lenguaje amargo o
indigno. Lo que se dijo de Job puede decirse de Jesús con aún mayor asombro: “En todo
esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).
Señor, háblame para que pueda hablar
En vivos ecos de tus tonos…
Oh, lléname con tu plenitud, Señor,
Hasta que rebose mi propio corazón
En ardiente pensamiento y brillante palabra
Para tu amor contar, tu alabanza mostrar!
(FRANCES R. HAVERGAL)
4
Sin mancha del mundo
¡Precisamente!
Aprendamos también del deseo que sentía nuestro Señor por el compañerismo de sus
amigos. Por un lado, de ninguna manera debemos ser tan “cultocéntricos” que lleguemos
a aislarnos de la sociedad secular, ni tampoco descuidar el fortalecimiento de la comunión
con nuestros hermanos creyentes con el peligro que ello acarrea. Quienes ejercen un
trabajo a tiempo completo en la política local o nacional, o en ocupaciones similares,
deben tomar muy en cuenta esta advertencia. Cuanto más alta sea la montaña que
escalemos, más fuerte soplará el viento, y necesitaremos estar atados más firmemente a
nuestros compañeros de escalada.
5
Humildad
El no sólo parecía ser humilde a los demás, sino que se sentía genuinamente humilde, le
era natural. Esto está subrayado en el himno de Pablo acerca de Jesús: “se humilló a sí
mismo” (Filipenses 2:8). El himno de Pablo está en el contexto de una súplica suya a los
miembros de la iglesia filipense de que ellos viviesen “con humildad, estimando cada uno
a los demás como superiores a él mismo” (v. 3). Éste no es un asunto teórico, ni siquiera
meramente un asunto de crecimiento personal en la gracia. Es vital para la calidad de
nuestro testimonio a otros y para nuestra relación con los demás miembros en la vida de
la iglesia.
Posiblemente la mejor manera de considerar la humildad de Jesús es observar cómo
hizo frente a las pruebas que en nosotros hubiesen puesto de manifiesto, con más
probabilidad, nuestro orgullo y autoestima.
“Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo” (Mateo
11:27).
Esta era una grandeza infinitamente superior a cualquier cosa en la experiencia humana
normal y, con todo, casi con el mismo aliento, Jesús dijo ser “humilde de corazón” (Mateo
11:29). Con qué rapidez reivindicamos nuestra dignidad y demandamos atención de otros
si tenemos alguna posición de importancia. Sin embargo, nunca vemos a Jesús
demandando una atención o favor especial. Él no esperaba que los demás cumpliesen un
protocolo al acercarse a Él; más bien le escuchamos decir que “no vino para ser servido
sino para servir” (Mateo 20:28), y le vemos poner esto en práctica al tomar una toalla y
una vasija de agua para lavar los pies de sus discípulos (Juan 13:1–10). Como alguien ha
dicho: “Si somos demasiado grandes para las cosas pequeñas, somos demasiado
pequeños para las cosas grandes.”
Jesús estuvo dispuesto a ser uno entre muchos otros que esperaban ser bautizados
(Lucas 3:21). ¡Matthew Henry sugiere que Él se puso al final de la cola! No sólo eso, sino
que al someterse al bautismo, nuestro Señor deliberadamente se estaba identificando con
los pecadores arrepentidos. Además, Jesús no insistió en bautizar a todas las personas que
fueron convertidas por medio de su ministerio (Juan 4:2).
Jesús no aburría a otras personas con abrumadores recordatorios de quién era Él.
Tenía que hablar de sí mismo y llamar la atención sobre sí mismo como el objeto de
nuestra fe; pero con la misma frecuencia hablaba de su subordinación a la sabiduría de su
Padre y su voluntad para con Él (Juan 5:19; 7:16; 8:28; 12:49–50). Estaba dispuesto a
admitir lo que no conocía (Mateo 24:36; Marcos 13:32).
Esta tentación a deslumbrar a otras personas con su conocimiento y sabiduría
superiores debió de haber sido tremenda. Podía dejar anonadados a sus discípulos. Pudo
haber sometido a la mujer de Samaria a argumentos lógicos de altos vuelos (Juan 4:7–26).
Pudo haberse impuesto sobre las dos personas en el camino de Emaús, pero en lugar de
eso, escondió su identidad de ellos (Lucas 24:13–16). Pudo tratar con los eruditos a su
misma altura y ponerles en su sitio si era necesario (Mateo 22:46), pero las personas
necesitadas y humildes le entendieron fácilmente (Marcos 12:37; Juan 4:13, 14).
Con la posible excepción de su entrada en Jerusalén (Mateo 21:1–11), Jesús nunca
buscó la alabanza de hombres y mujeres sino sólo de Dios. Después de haber sanado a
muchas personas les advirtió que no contasen a otros quién era Él. Cuando Jesús conoció
que los fariseos estaban tramando su muerte, se escabulló de entre ellos en silencio. Pudo
haber utilizado su poder milagroso para confundirles, pero en lugar de eso, hizo que
pareciera como que tenía temor, simplemente porque Él nunca usaría ese poder para su
propia seguridad. Al hacer esto, se puso a sí mismo a nuestra altura para nuestro consuelo
(Mateo 12:14–18).
Nuestro Señor no intimidó a las personas con su autoridad ni sofocó la libre expresión
de sus personalidades. No iba por ahí dando órdenes a la gente. Tenía poder milagroso,
una personalidad fuerte y una amplia variedad de dones y talentos, pero nunca los utilizó
para elevar su propio yo o para hacer a los demás sentirse pequeños e inadecuados.
Cuando nosotros tenemos posiciones sociales o autoridad, estamos tentados a
guardarnos el privilegio para nosotros mismos, pero uno de los objetivos de la obra de
Jesús por su pueblo, fue hacer posible que ellos compartiesen su gloria. Él oró diciendo:
“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén
conmigo, para que vean mi gloria” (Juan 17:24).
La prueba de la pobreza
La posición nos tienta al orgullo, y lo mismo la pobreza. Una persona pobre puede estar
orgullosa de su pobreza, y despreciar a aquellos que están en mejor situación. Jesús no
tenía un dormitorio permanente (Mateo 8:20). Con frecuencia advirtió a las personas
acerca de los peligros de las riquezas (Marcos 10:17–25; Lucas 12:13–21). No obstante, Él
se sentía igualmente feliz de comer con los ricos o los pobres (Lucas 7:36; 15:1, 2).
La prueba de la independencia
El orgullo levanta su cabeza en un espíritu de independencia autosuficiente. El rico no
tiene necesidad de la ayuda del pobre, y el pobre no quiere la “caridad” del rico. Nuestro
Señor pudo haber tomado tal actitud; llegó a decir a uno de sus discípulo: “¿Acaso piensas
que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de
ángeles?” (Mateo 26:53). Sin embargo, era lo suficientemente humilde como para admitir
su necesidad de la ayuda de su Padre (Hebreos 5:7) y de la amistad de sus discípulos
(Lucas 22:28).
Existe un verdadero ministerio espiritual hacia otros cuando recibimos con alegría su
hospitalidad u otras formas de ayuda, aun si, estrictamente hablando, no lo necesitamos.
Otros necesitan sentirse queridos y útiles, y al final, todos dependemos los unos de los
otros de alguna manera. El orgullo rehúsa aceptar ayuda.
Sin embargo, en realidad son amables y respetuosas, aun cuando está corrigiendo la
actitud de María hacia Él. Esto se refleja mejor en la Nueva Versión Internacional:
“¿Por qué me buscabais? –preguntó Él–. ¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de
mi Padre?”
Cualquiera que sigue a Jesucristo será tierno y protector hacia sus padres, hermanas y
hermanos (1 Timoteo 5:4, 8).
La prueba de la adversidad
El orgullo es quebradizo, se rompe fácilmente bajo la prueba y se queja de que merece un
trato mejor. La humildad se doblega ante la adversidad y aguanta. Jesús dijo: “no se haga
mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42); “como cordero fue llevado al matadero; y como
oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).
6
Obediencia
La obediencia de Jesús es también un desafío para aquellos que confían en Él. La vida
cristiana es una vida de obediencia a Dios (1 Pedro 1:14). En esto, Jesús es también
nuestro modelo.
Esta es una cita del Salmo 40:6–8, donde las palabras originales eran:
“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,
Y tu ley está en medio de mi corazón.”
La obediencia de nuestro Señor no era forzada; Él hubiese armonizado con David: “tus
mandamientos fueron mi delicia” (Salmos 119:143). Tampoco era la obediencia de Cristo
una mera conformidad externa a las leyes; su corazón estaba en ello. Él quería lo que su
Padre deseaba. En su obediencia, pudo decir: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30).
Puesto que Jesús vino al mundo con la meta de la obediencia, no es sorprendente que
su primer acto público fuese ser bautizado (Mateo 3:13–17), lo cual, entre otras cosas, fue
su dedicación a la misión que el Padre le había encomendado. Inmediatamente después
del bautismo de Jesús, tenemos un ejemplo perfecto de su obediencia, al permitir ser
“llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1). Además,
las tentaciones de Satanás trataron de desviarle a la desobediencia, razón por la cual
resistió las sugerencias que a tal fin le hizo el Maligno.
Juan, en su Evangelio, parece especialmente interesado en subrayar la obediencia de
Jesús a la voluntad del Padre.
“Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”
(Juan 4:34).
“No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30).
“Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago
siempre lo que le agrada” (Juan 8:29).
“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).
No obstante, la obediencia de ninguna manera excluye el dolor, tal como vemos muy
claramente en el huerto de Getsemaní (Lucas 22:39–46). Como Pablo escribiría más tarde:
“haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Jesús anticipó
el horror del dolor físico y la agonía espiritual implícitos en la compra de nuestra
redención; se horrorizó y “era su sudor como grandes gotas de sangre”. Para Él, el pecado
era la cosa más repugnante y nauseabunda: y sin embargo, Dios “por nosotros lo hizo
pecado” (2 Corintios 5:21). El sufrir por un mal que nosotros no hemos hecho, nos causa el
mayor dolor interno y aquel que era totalmente inocente sufrió “el justo por los injustos”
(1 Pedro 3:18).
La separación de aquellos a los que amamos nos deja a menudo devastados,
especialmente cuando muere un compañero de muchos años. Habría un momento
cuando Jesucristo, que estuvo eternamente en una relación perfectamente amante “a la
diestra del Padre” (Juan 1:1, 2), clamaría: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?” (Mateo 27:46). Lo que Jesús anticipó era, humanamente hablando,
impensable. ¿Cómo podía Él, el inmaculado, cargar la culpa, la sentencia y el castigo de los
pecados de una multitud incontable? Todo su ser clamaba contra tal cosa, pero en este
momento crucial su compromiso con la obediencia no vaciló:
“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto
he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:27, 28).
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como
tú” (Mateo 26:39).
Nosotros estaremos siempre agradecidos a Él por eso, pero mientras tanto, también se
nos desafía a permanecer obedientes delante de la más feroz tentación.
Jesús dijo que el mayor mandamiento es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y
con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:29, 30). Se
podría decir que esto da una perspectiva positiva a los primeros tres de los Diez
Mandamientos. Nadie puede leer los Evangelios –Mateo, Marcos, Lucas y Juan– sin ver
que la vida de Jesús alcanzaba perfectamente la medida del requisito de un amor total a
Dios.
Jesús liberó el cuarto mandamiento –“Acuérdate del día de reposo para santificarlo”
(Éxodo 20:8)– de normas y reglas nimias y triviales que destruían el verdadero disfrute del
día. Dijo que no había venido a “abrogar la ley” (Mateo 5:17), y ciertamente usaba el día
de reposo de una manera que honraba a Dios y era de beneficio para otros. Era su
“costumbre” (Lucas 4:16) reunirse con otros para adorar y escuchar la Palabra de Dios.
Nuestro Señor también guardó el quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu
madre” (Éxodo 20:12). Ya hemos explorado esto anteriormente en relación con sus años
de juventud (Lucas 2:49–51). La respuesta de Jesús a sus padres: “¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”, no era una
reprensión, sino un simple recordatorio para ellos de la naturaleza especial de su
nacimiento. Lo que decía era: “Seguro que vosotros esperaríais que yo estuviese aquí.”
Según fue pasando el tiempo, la diferencia entre su relación con su Padre celestial y su
madre terrenal creó tensiones que pusieron a prueba su obediencia al quinto
mandamiento. Podemos sentir esta tensión en los incidentes registrados en Mateo 12:46–
50 y Juan 2:4. Nuestro Señor tuvo que distanciarse de los temores de su madre y de
cualquier derecho que ella pudiese asumir de dirigirle o corregirle, pero por mucho que
agudicemos la imaginación, no podemos ver ninguna violación del quinto mandamiento.
El ejemplo más sublime de obediencia está en su interés por el bienestar de su madre
mientras colgaba en agonía de la Cruz (Juan 19:25–27). Él pudo haber sido excusado por
pensar sólo en sí mismo en aquella situación, pero en lugar de eso, reconoció a su madre e
hizo lo que pudo para proveer para el futuro de ésta.
Este es un estudio importante para los niños y los jóvenes que están tratando de
desarrollar una relación con padres incrédulos que honre a Dios.
Los mandamientos restantes –“No matarás,” “No cometerás adulterio,” “No hurtarás,”
“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio,” “No codiciarás” (Éxodo 20:13–17)–
entran en la categoría del segundo gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo” (Marcos 12:31). Cuando consideramos la vida de Jesús, vemos a alguien en quien
está perfectamente ejemplificado el amor a los demás. Es imposible encontrar lugar
alguno en que Jesús quebrante ninguno de estos cinco mandamientos. En lugar de eso, Él
los llena con una vida de amor y compasión abnegados.
Sin embargo, hemos de interpretar estos cinco mandamientos a la luz del tratamiento
que les da nuestro Señor en el Sermón del Monte (Mateo 5:21–48). Allí Él muestra que el
requisito no sólo es externo y físico, sino también interno y espiritual. La obediencia ha de
estar en el ámbito del pensamiento y la decisión. La ira, la lujuria y la codicia son
condenadas. Nosotros no podemos leer el corazón de los demás, mucho menos podemos
entremeternos en el pensamiento de Jesús, pero, como veremos en el capítulo 20, Él nos
desafía a hacerle sonrojarse. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46).
Su corazón no le condena (1 Juan 3:21). En Él vemos piedad y no ira; amor y no lujuria;
honestidad y no engaño; contentamiento y no avaricia.
En adición a la obediencia meticulosa de nuestro Señor a los Diez Mandamientos, que
son permanentes, Él también fue cuidadoso en guardar leyes que no estarían en vigor
para los cristianos después de su muerte y resurrección. Un ejemplo de esto se encuentra
en Mateo 8:4, donde le dijo a los leprosos sanados que fuesen al sacerdote en
consonancia con la Ley de Moisés. Él observó la Pascua (Mateo 26:17–19) y pagó los
impuestos del Templo (Mateo 17:24–27).
La vida preciosa de Jesús fue de humildad y obediencia voluntaria a la voluntad de
Dios. No hubo una “jota ni una tilde” (Mateo 5:18) que no fuese cumplida a la perfección.
Ningún coste, ningún tiempo, ninguna inconveniencia, ninguna reticencia, le impidieron su
total sumisión. Aun su sumisión al examen y veredicto de Pilato fue porque su Padre le
había dado ese poder al gobernador romano (Juan 19:11).
Se nos dice que “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Esto no
puede significar que Jesús comenzó a obedecer según sufrió; Él se sometió a la voluntad
de su Padre aun antes de que comenzara el mundo (Hebreos 10:5–7). Tampoco puede
significar que Jesús aprendió a obedecer según creció en madurez, en un proceso de
perfeccionamiento. Él fue siempre perfecto y siempre perfectamente obediente. Mas
bien, Jesús experimentó lo que significa mantener un corazón obediente aun cuando éste
sea sometido constantemente a las pruebas más severas.
La obediencia de nuestro Señor no fue automática o sin esfuerzo; Él tuvo que ir
desarrollándola según vivía, afrontando cada desafío sobre la base de su amor a su Padre.
Nosotros también debemos aplicar nuestras mentes constantemente en cada paso del
camino, no dando nada por sentado, al confiar solamente en su perfecta obediencia para
nuestra salvación.
Un Dios soberano es mi Dios,
Grande y poderoso al salvar,
Sin verse, está cerca de mí,
Es siempre fiel para librar.
Sonríe y hay consolación,
Su gracia, cual lluvia, veré,
Y muros de amor rodearán
Al alma que defienda Él.
(AUGUSTUS TOPLADY)
7
Carácter de siervo
Uno de los grandes títulos dados en el Antiguo Testamento al Mesías que había de venir
era “el siervo del SEÑOR” (Isaías 42:1–4; 49:1–6; 50:4–10; 52:13–53:12 LBLA). No puede
haber duda de que esto se aplica a nuestro Señor:
“Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: He aquí mi siervo, a
quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a
los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz.
La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a
victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles” (Mateo 12:17–21; véase también
Mateo 8:17; Hechos 8:32–35; Filipenses 2:7).
Los cristianos son siervos del Señor y son llamados a servirse los unos a los otros. Esa
actitud ha de manifestarse en nuestras relaciones con las personas inconversas y en
nuestros esfuerzos por testificarles, y también, más allá de ellos, hacia nuestros enemigos.
Para una disertación sobre la vida de nuestro Señor como siervo, lo mejor que puedo
hacer es citar a R.E.O. White:
“Servicio significa todas las aplicaciones positivas de la ley suprema del amor;
negativamente esa ley prohíbe todas las formas de venganza por los males sufridos;
positivamente incluye toda variedad posible de bien que un alma puede hacer por otra, el
ministerio de sanar y aliviar el dolor (lo cual es el pensamiento inmediato de Jesús cuando
fue cuestionado acerca del amor al prójimo), el socorro al pobre, el buen recibimiento al
que no tiene hogar, el visitar al enfermo y al encarcelado, el consolar al que sufre, el dar
amistad al desahuciado, el reconciliar a los que están enemistados, el abstenerse de
juzgar, el ejercitar la misericordia, y todas las demás incontables reacciones de corazones
amables a la multiforme necesidad humana. Sin embargo –aunque mucho menos familiar
a la mayoría de nosotros, y mucho menos popular–, esto incluye también el servicio a los
demás en las cosas del espíritu: el dejar brillar la luz de uno, el contar las buenas nuevas, el
dar tan gratuitamente como hemos recibido, el dar testimonio de nuestro descubrimiento
de Cristo, el dar fruto (Mateo 5:16; 23–24; 7:1–5; 9:10–13; 10:7, 8; Lucas 6:36; 7:13–15;
10:29–37; 15; 24:28; Juan 15:2, 8, 27).”
A menudo, nuestro concepto del servicio cristiano está muy limitado. Para algunos, está
confinado a contarle a otros acerca de Cristo y las buenas nuevas. Para otros, es hacer
alguna obra de caridad ocasional o dar una donación esporádica a una buena causa. No
habremos entendido la mente de Cristo hasta que nos demos a nosotros mismos en vidas
de amor y servicio a Cristo, y debido a eso, en amor y servicio a los demás.
Tal servicio a los demás no debe tener motivos ulteriores. Demasiado a menudo
esperamos ganar algo por lo que hacemos por los demás: “una buena acción merece
otra.” Sin embargo, la enseñanza y el ejemplo de Jesús fueron un total darse a sí mismo
por el bien de los demás y, en último término, por la salvación de ellos.
“Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus
amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez
te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los
pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te
pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas
14:12–14).
Tal servicio es costoso. El coste puede ser en términos de dinero, tiempo o posesiones.
Puede ser en el uso de nuestros dones y talentos para ayudar a otros que están en
necesidad o apuros. No obstante, el coste más grande es a menudo en términos de
nuestro orgullo. Fue esto lo que nuestro Señor expuso de una manera tan hermosa
cuando lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:1–17). Ninguno de los doce se rebajaría –
aunque lo hubiese pensado– a lavar el estiércol y la suciedad del camino de los pies de sus
compañeros. Y no hay evidencia de que ellos recibiesen de buena gana el reto que Jesús
les presentó o de que sus conciencias fuesen afectadas de manera considerable. El orgullo
endurece nuestros corazones y mentes de tal manera que la idea de un servicio tal como
el que Él prestó aquel día ni se nos ocurre.
Nunca puedo pensar en estas cosas sin recordar a un colega mío que estuvo en un
pastorado rural hace muchos años. Durante un largo período de tiempo, sin la ayuda ni la
gratitud de nadie, estuvo vaciando el cubo del retrete de la capilla cada semana.
No cabe la menor duda de que el carácter de siervo está en el centro del discipulado
cristiano, del compañerismo cristiano, del testimonio cristiano y del ministerio cristiano.
Jesús dijo:
“Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y
el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los
otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también
hagáis” (Juan 13:13–15).
Sin embargo, por mucho que nos esforcemos, nuestro servicio siempre será imperfecto.
Cuando nos desesperamos por los defectos de nuestros esfuerzos, regocijémonos en el
perfecto carácter de siervo del Señor.
Humildad y majestad,
Humanidad y deidad,
En total perfección,
El hombre que es Dios.
Señor de la eternidad,
Mora en la humanidad,
Se hinca en humildad
Para lavar nuestros pies.
Su coraje
En Jesús no había nada de debilidad ni falta de carácter.
“Su coraje, su franqueza, su resistencia, su enojo, su plan de ataque… todo habla de su
fortaleza de propósito, su vigor de carácter… Él era temido tanto como amado.”
(OTTO BORCHERT)
Jesús efectuó milagros de muchas clases diferentes, echando fuera demonios, curando
leprosos, paralíticos y ciegos, dando de comer a más de 5.000 personas, más tarde a más
de 4.000. Los fariseos debieron de haber estado al corriente de todo esto y, sin duda, ellos
mismos habían visto algunas de estas señales milagrosas por sí mismos. Y con todo, aún
pedían una señal del Cielo que demostrase la fuente de su poder. Humanamente
hablando, la vida de nuestro Señor estaba en las manos de ellos, pero Él valientemente
rehusó su demanda en lugar de gratificar la incredulidad de ellos (Marcos 8:11–13).
Lejos de ser intimidado por las amenazas contra Él, Jesús parece haber ido al ataque
deliberadamente. Considera esta secuencia de eventos hacia el final de su vida:
1. Devolvió la vida a Lázaro después de haber estado muerto cuatro días, provocando
a las autoridades a conspirar para matarle (Juan 11:38–57).
2. Cabalgó hacia Jerusalén atrayendo la aclamación del público “ante las narices” de
aquellos que estaban dispuestos a asesinarle (Juan 12:12–19).
3. Dio vida a la parábola del secamiento de la higuera estéril (Marcos 11:12–14).
4. Limpió los atrios del Templo de los explotadores sin escrúpulos (Marcos 11:15–18).
5. Pronunció parábolas claramente dirigidas contra los líderes nacionales, y profetizó
su ruina (Marcos 12:1–12).
Su resolución no se evaporó con el calor de la batalla; más bien creció en fortaleza y
determinación. Al principio de su ministerio, caminó justo por en medio de una multitud
determinada a matarle (Lucas 4:30).
El coraje de Jesús se ve de una manera más clara en las dramáticas horas finales de su
vida. Su calma frente a los juicios totalmente injustos (Mateo 26:59–61) dejaron sin duda
perplejo a Pilato (Juan 19:8–10). Jesús no perdió el ánimo ante la mirada burlona de
Herodes (Lucas 23:8–9) o el examen de un Pilato perplejo (Mateo 27:13–14). Asintió libre
y abiertamente que era el Hijo de Dios a pesar de que de esta manera estaba firmando
virtualmente su sentencia de muerte (Mateo 26:24; Marcos 14:61). Y en la Cruz, su
sufrimiento extremo en cuerpo y alma no extrajo de Él un clamor por misericordia o
piedad. Ni por un solo momento hubo intento alguno de escapar al horror absoluto de esa
tortura de torturas. De hecho, es muy probable que rehusara el vino mezclado con hiel
(Mateo 27:34) para no ser librado en nada de la intensidad del sufrimiento.
No obstante, ¿se debilitó Jesús al anticipar la Cruz en el huerto de Getsemaní? (Lucas
22:39–46). Indudablemente vaciló ante la terrible ordalía que había de sobrevenirle; tal
vez podamos hablar realmente de temor. Esto sería coherente con su humanidad. Sin
embargo, el temor no es lo opuesto al coraje. Muchas personas que han hecho grandes
hazañas, tales como conquistar altas montañas o explorar las regiones árticas, dicen que
no tener miedo es una necedad. El temor de esa clase no disminuyó su coraje, sino que
más bien lo aguzó y lo distinguió de la mera temeridad. Nuestro Señor no fue temerario.
Por ejemplo, Él no cedió a las sugerencias temerarias de Satanás (Mateo 4:1–11).
Cuando el sufrimiento era necesario, lo afrontaba con valor, pero si no era necesario, no
dudaba en escapar de él (Juan 8:59; Lucas 4:28–30). El temor y el coraje son amigos. Jesús
no perdió el ánimo en el huerto sino que arrostró la realidad del desafío que estaba
delante de Él.
Su impacto
Las personas fuertes causan un impacto en quienes les rodean. Ellos no tienen que hacer
valer sus derechos ante los demás o hacerles callar a gritos. Jesús forzaba reacción y
respuesta a sí mismo, nunca neutralidad. Él era amado u odiado. Causaba división y
repugnancia. La misma gente pudo clamar: “¡Hosanna!” o: “¡Crucifícale!” Era considerado
como un libertador o como alguien altamente peligroso (Juan 11:47, 48; 12:19; Marcos
12:12). Provocaba el autoanálisis, la reflexión y el asombro. Cuando trató de mantenerse
al margen, no dio resultado (Marcos 7:24) y, aun en su ausencia, la gente no podía dejar
de hablar de El. Jesús provocó asombro (Marcos 5:15; 11:18); no obstante, fue buscado
constantemente por prostitutas, líderes religiosos, gobernantes, madres y todo un ejército
de personas diversas.
Jesús causó la más honda impresión en todos los que le conocieron. Cuando le
preguntó a sus discípulos lo que la gente decía de Él, la respuesta de ellos es que les
recordaba a Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas (Mateo 16:14). Sin
duda, había muchos aspectos del carácter de nuestro Señor que recordaban a la gente a
tales hombres, pero es significativo que ellos nombraban a los tres personajes con más
coraje que uno podía imaginar.
Cuando los discípulos de los fariseos y los herodianos se acercaron a Jesús con su
truculenta pregunta, dijeron: “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que
enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la
apariencia de los hombres” (Mateo 22:15–16). Cuando un centurión romano vio cómo
murió Jesús, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era justo!” (Lucas 23:47).
El impacto de Jesús sobre otras personas no era en ninguna manera superficial. En su
presencia, una compañía de soldados retrocedió y cayó a tierra (Juan 18:6). Jesús hizo a
las personas conscientes de su propia pecaminosidad. Pedro sintió esto (Lucas 5:8), y
también los maestros de la Ley y los fariseos (Juan 8:7, 9).
Jesús nos desafía en el ámbito de nuestro coraje y del impacto que hacemos en los
demás. Se dice de Robert Murray McCheyne que la gente quedaba convencida de su
propia pecaminosidad aun mientras Él caminaba entre ellos. Tal es el poder de la piedad.
¡Algunas veces, hombres y mujeres se comportan más sobriamente cuando están en la
presencia de un alzacuello clerical! Si exhibiéramos más del carácter de Jesús, influiríamos
a otros para bien, aun si no fuesen conscientes de que somos cristianos.
El impacto asombroso de Jesús se demuestra también por la inmensa influencia de su
vida en el mundo desde que Él vino. Esto es aún más notable cuando recordamos que no
tuvo más que tres años a la vista del público para dejar esta huella. Mahoma trabajó
durante veintidós años, y Buda cuarenta y cinco, y no cabe duda de que estos dos hicieron
un gran impacto en la historia del mundo. No obstante, ni éstos ni ningún otro pueden
compararse lo más mínimo con la asombrosa influencia de Jesucristo sobre la Humanidad,
a pesar de la brevedad de su vida pública y su muerte poco después de cumplir treinta
años (Lucas 3:23).
El impacto de Jesús se ve también en la respuesta que la gente dio a su llamado para
que le siguieran:
“Sólo hace falta leer un poco entre líneas para asegurarse de que casi todos los pintores
nos han inducido al error. Nos han mostrado a un hombre frágil, desnutrido, con un rostro
tierno, la cara de una mujer cubierta por una barba, y una mirada benigna pero frustrada,
como si los problemas de la vida fueran tan gravosos que la muerte fuese una bienvenida
liberación. Éste no es el Jesús a cuya palabra los discípulos dejaron sus negocios para
alistarse en una causa desconocida.”
(BRUCE BARTON)
Algunos de sus discípulos eran pescadores. Eran personajes físicamente fuertes, recios.
¿Cómo podía una persona débil, afeminada, persuadir a tales hombres a dejarlo todo y
arrostrar la dificultad, la persecución y la muerte por Él? Una cosa tal sería increíble.
Piensa en las afirmaciones de ellos de que nunca jamás le abandonarían; estaban
dispuestos a morir por Él (Mateo 26:33–35). Ningún personaje sin firmeza de carácter
podía inspirar la respuesta y la continua lealtad que estos hombres dieron a Jesús. Lo
mismo es aplicable a las mujeres:
“Los hombres le seguían… pero las mujeres le adoraban. Esto es significativo. Los nombres
de mujeres constituyen una gran proporción de la lista de sus amigos íntimos. Eran
mujeres de una amplia variedad de situaciones en la vida, encabezadas por su madre…
Estaban Marta y María, dos amables damas que vivían fuera de Jerusalén, y en cuyo hogar,
con Lázaro, su hermano, Él disfrutó con frecuencia de la hospitalidad; estaba Juana, una
mujer rica, la esposa de uno de los mayordomos de Herodes; éstas, y muchas otras del
tipo que solemos designar como buenas mujeres, le siguieron con una devoción que no
conocía cansancio o temor.
El hecho importante, y demasiado a menudo olvidado, en estas relaciones es éste: que
las mujeres no son atraídas por la debilidad. El tipo de hombre llamado espiritual,
melancólico, de labios finos, puede producir un instinto maternal, removiendo una
emoción que es mitad respeto, mitad pena. Sin embargo, desde que el mundo comenzó,
ningún poder ha atado el afecto de las mujeres hacia un hombre como la masculinidad.
Los hombres que han sido “hombres de mujeres”, en el sentido más fino, han sido las
figuras vitales, conquistadoras de la Historia.”
(BRUCE BARTON)
Jesús inspiró atrevimiento, pureza, grandeza y nobleza en las personas en aquella época, y
ha continuado haciéndolo desde entonces a lo largo de los siglos. Nada podría dar una
evidencia más clara de su fortaleza de carácter.
“Pilato levantó su mano: el griterío y el tumulto cesaron; una quietud de muerte
descendió sobre la multitud. Él se giró y vio la figura que estaba a su lado, y de sus rudos
labios estalló una sentencia que es el retrato más verdadero que ningún pintor nos haya
dado jamás. El testimonio involuntario del débil romano en la presencia de la fortaleza
perfecta, la certidumbre perfecta, la calma perfecta:
‘¡He aquí!,’ dijo, ‘¡el hombre!’ ”
(BRUCE BARTON)
Es posible que no compartas mi conclusión de que Jesús era una persona físicamente
robusta, pero no hay duda acerca de su vigor moral.
En nuestra debilidad es un alivio saber que estamos cubiertos por la perfecta fortaleza
de carácter de nuestro Señor. Con todo, hemos de extendernos hacia el mismo coraje que
Él tenía, y producir un impacto en el mundo que nos rodea. Decimos tanto, predicamos y
hacemos muchas cosas buenas y, con todo, nuestro impacto es demasiado insignificante.
Que el Señor nos dé su fortaleza para hacer a otros fuertes.
¡Dadnos un Cristo viril para estos días duros!
Vosotros pintores, escultores, mostrad al guerrero audaz;
Y vosotros que volvéis las meras palabras en oro destellante,
Por demasiado tiempo vuestros labios han sonado en la alabanza
De la paciencia y humildad. Nuestros caminos
Se han separado de la quietud de antaño;
Necesitamos un hombre de fortaleza con nosotros para sostener
La brecha misma de la muerte sin asombro.
¿No arrojó con azotes Él a los ladrones de los atrios del Templo?
¿E hizo a los mismísimos demonios caer?
¿Y maldijo a la higuera que era sólo hojas?
¿Y calmó el tumulto enfurecido de los mares?
¿No cargó Él el mayor de todos los dolores,
Silenciosamente sobre la Cruz del Calvario?
(REX BOUNDY)
9
Victoria sobre Satanás
Como nosotros, Jesús estuvo sujeto a las astucias de Satanás a lo largo de toda su vida. El
diablo nunca flojea en su enemistad hacia Jesús o su pueblo. No obstante, hay ocasiones
cuando la presión satánica es más acentuada. Esto lo podemos ver al comienzo del
ministerio público de nuestro Señor, en la mitad, y en las últimas etapas de su vida sobre
la Tierra. En todos estos momentos, Jesús fue el amo de la situación.
Al comienzo
Inmediatamente después de su bautismo, Jesús “fue llevado por el Espíritu al desierto,
para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1–11). Sin duda, hubo elementos en esta
experiencia que se relacionaban con su ministerio especial y la obra de salvación de los
que nosotros no podemos participar. Sin embargo, aquí hay muchos elementos comunes
a nuestra experiencia, y la fortaleza de nuestro Señor resistiendo a Satanás es para
nosotros tanto un consuelo como un desafío.
La ocasión de su prueba es significativa, pues sucedió inmediatamente después del
bautismo de nuestro Señor. Fue un punto crítico importante en su vida, al mostrar su
compromiso público con la voluntad y el propósito de Dios, que le llevaría en última
instancia a la muerte sobre una cruz. El bautismo tiene para nosotros un significado
similar al comprometernos abiertamente a vivir para Dios y a servirle con toda nuestra
vida. Este es un punto crítico para nosotros, y Satanás, casi sin excepción, nos asalta justo
después de nuestro bautismo con la misma tentación que pondrá nuestra resolución a
prueba. De repente tenemos dudas o nuestras circunstancias cambian dramáticamente, y
pronto descubrimos si nuestra fe es real o fingida. El ser probados no es un error; de la
misma manera que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para este propósito,
nosotros sabemos que Dios tiene la intención de que esta experiencia nos resulte
saludable.
Satanás tuvo la audacia de intentar desviar aun al Hijo de Dios del camino que Él
mismo había escogido. Cada tentación fue una prueba de fe. Primero fue tentado a usar
sus poderes milagrosos para su propio beneficio. Esto hubiese revelado falta de confianza
en la bondad de su Padre. Luego fue tentado a poner a prueba el cuidado protector de su
Padre en lugar de confiar en Él con simple fe. La tercera tentación fue tomar un atajo para
llegar a su reinado universal, pasando por alto la Cruz. Si Él hubiese cedido a esto, hubiese
exhibido una falta de confianza en el plan de su Padre. Puesto que Jesús fue tentado en
todos estos ámbitos, nuestra confianza en la provisión de nuestro Padre, en su protección,
y en su plan para nuestras vidas, ciertamente también será puesta a prueba. La fortaleza
de Jesús nunca se ve de una manera tan clara como en su rechazo completo a la poderosa
prueba de Satanás, y en su afirmación de compromiso total con su Padre.
A mitad de camino
Llegó un momento en el ministerio de nuestro Señor en que comenzó a hacer un
significativo cambio de acento. Hasta este punto, había estado demostrando con su vida,
enseñanza y milagros quién era Él. Esto llegó a un clímax cuando hizo a sus discípulos las
memorables preguntas: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”… “Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:13–15). La respuesta de Pedro mostró que
ellos habían entendido: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16). Sólo entonces
Jesús introdujo este cambio de acento: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus
discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y… ser muerto” (Mateo 16:21). En ese
momento Satanás atacó de nuevo por medio de la protesta de Pedro:
“Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten
compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.”
No obstante, Jesús estaba preparado para responderle. Él reconoció la mente que estaba
detrás de esa voz.
“¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las
cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:22–23).
La Cruz, con todo su horror y vergüenza, estaba a pocas horas, pero la fortaleza de Jesús
permaneció intacta hasta el fin. Pudo decir acerca de Satanás: “él nada tiene en mí” (Juan
14:30). Él no había permitido en ningún momento que el maligno hiciese ninguna cabeza
de puente hacia sus pensamientos, deseos o metas. “No hay nada en mí que le pertenezca
a él”.
Jesús obtuvo una victoria completa sobre cada intento de Satanás de llevarle a ceder o
a desviarle de su misión. Al considerar esto, nos quedamos completamente abrumados
con asombro y admiración. En su fortaleza podemos poner al mismo enemigo en fuga, en
obediencia al mandamiento del Señor.
De fortaleza en fortaleza continúa;
Pelea y lucha y ora;
Pisotea todos los poderes de las tinieblas
Y gana el día bien peleado;
Para que habiendo hecho todas las cosas,
Y habiendo pasado todos los conflictos,
Puedas vencer sólo por Cristo,
Y permanecer firme al final.
(CHARLES WESLEY)
Esta es una lucha continua que demanda toda nuestra energía espiritual y determinación.
Si somos tentados a debilitarnos, recordemos la afirmación de Martín Lutero que aun
“Jesús tuvo que trabajar arduamente para mantener a raya a Satanás”.
Ten dominio propio y permanece alerta. “Vuestro adversario el diablo, como león
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe” (1
Pedro 5:8–9).
10
Amor paciente y bondadoso
Según hemos ido contemplando el carácter humano perfecto de Jesucristo, hasta ahora
hemos resistido la inclinación a reflexionar sobre su amor. Como niños pequeños, el amor
de Jesús es lo primero que conocemos de Él. El amor es el aspecto más sobresaliente de
su carácter y que se extiende a toda su persona y obra. Su amor ha atraído hacia Él a
millares incontables, y ha inspirado los esfuerzos más valerosos en la propagación del
Evangelio y del alivio de la miseria humana. Jesucristo nos ha enseñado la realidad de la
naturaleza misma de Dios: “Dios es amor” (1 Juan 4:16).
Entonces, ¿por qué no hemos comenzado este retrato celebrando el amor de Jesús?
La respuesta es que mucho del cristianismo evangélico moderno se ha centrado tanto en
el amor de Cristo que ello ha distorsionado la imagen. Es una gloriosa verdad el que casi
cada rasgo de su carácter está condicionado por su amor. Sin embargo, también es verdad
que podemos resaltar tanto al “dulce Jesús, humilde y tierno” que quedamos cegados en
cuanto a la perfecta simetría de su carácter. Esto a su vez afecta al mensaje que
declaramos y al tipo de vida cristiana que vivimos.
Enmendemos ahora la deficiencia del retrato que hasta aquí hemos hecho, y
regalémonos la vista con la hermosura y el esplendor puros del amor de Jesús. Sin
embargo, no perdamos de vista nuestro propósito principal: el asegurarnos de la
perfección de Jesús en cada detalle, y el recordarnos a nosotros mismos la meta y el
objetivo de nuestras vidas como cristianos.
Nuestro problema ahora es expresado de una manera preciosa por el autor de himnos
S. Trevor Francis:
Oh, qué profundo amor el de Cristo;
Grande es y libre; no puedes medir.
Es como un gran mar poderoso
En su abundancia sobre mí.
¿Cómo podemos nosotros reducir un gran mar al espacio de unas pocas páginas? Pablo ya
ha efectuado el milagro si tenía a Jesús en mente cuando escribió 1 Corintios capítulo 13.
Sea o no así, los versículos 4–7 de ese capítulo nos dan la más exquisita descripción del
amor, y son un buen prisma por el cual distinguir los muchos colores del amor de Jesús. En
el versículo 4 Pablo comienza con “El amor es paciente, es bondadoso” (LBLA).
El amor es paciente
Hay un pasaje precioso en el librito de John Thomas Gwyn Rejoice Always (Banner of
Truth) acerca de la paciencia de Jesús:
“Hasta cuando estaba rodeado por multitudes y las personas le llamaban y querían que
efectuara milagros, Él encontró tiempo para ser paciente y tierno con los niños. Algunas
veces nosotros somos tan impacientes como si toda la sabiduría, el poder, el conocimiento
y el entendimiento, tanto espirituales como de otro tipo, nos hubieran sido dados a
nosotros. Nos volvemos impacientes con la gente, soportamos a los necios de muy mala
gana y, por supuesto, detrás de esta actitud hay una gran raíz de orgullo, un sentimiento
de ser superiores a los demás… No podrás encontrar ni un solo caso en el cual el Señor
Jesucristo se entremeta en la vida de otra persona. Nunca se impuso a sí mismo o sus
ideas de una manera áspera o beligerante. Él dijo: ‘He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo’ (Apocalipsis
3:20). Mandó a la higuera que se secase y no diera fruto, pero nunca le dijo eso a ningún
ser humano, nunca.”
Jesús fue paciente consigo mismo. A la edad de doce años era consciente de que estaba
destinado a una obra especial para su Padre (Lucas 2:49). Durante su adolescencia y
temprana madurez debió de haber sido tentado a ir adelante con su tarea; pero tuvo que
trabajar durante dieciocho años más antes de estar completamente preparado para la
misión que vino a cumplir. Muchas vidas han dejado de vivir a la altura de sus expectativas
por falta de una preparación paciente. Nuestro Señor no erró en este punto; por el
contrario, vemos su paciencia demostrada en el progresivo desarrollo de su ministerio.
Durante dos años y medio, trabajó pacientemente y esperó a que sus discípulos
entendiesen quién era Él, y sólo entonces comenzó a hablar acerca de su carácter
mesiánico y de su muerte y resurrección (Mateo 16:21). Además, Juan recordaba a Jesús
diciendo: “Mi tiempo aún no ha llegado” (Juan 2:4; 7:6, 8), y Jesús resistió cualquier
tendencia a hacerse popular (Mateo 8:4; 12:16; Marcos 5:43; 7:36; 8:30; Lucas 4:41; Juan
6:15). Ni la tentación del diablo (Mateo 4:1–11), ni su propia popularidad con la multitud,
pudo incitar en Él la impaciencia y, por tanto, la acción precipitada, hasta que pudo decir:
“Ha llegado la hora” (Juan 12:23; véase también Mateo 26:18).
No hay nada más maravilloso que la paciencia que Jesús tuvo con sus adversarios y los
que le rechazaron. El Evangelio de Juan nos da cinco relatos extensos de la manera de
razonar de nuestro Señor ante las criticas irrazonables (Juan 5:16–47; 6:25–28; 7:16–24;
8:13–59; 10:24–39). Otros muchos pasajes se podrían añadir (Mateo 15:1–11; 16:1–4;
21:23–46; 22:15–46). Cualquier lectura de estos pasajes le hace a uno pensar cómo pudo
el Señor ser indulgente con tanta hipocresía y completa ceguera voluntaria. No obstante,
Él fue indulgente con ellos, proveyéndonos un ejemplo de una maravillosa perseverancia
paciente que nos avergüenza. No perdió la paciencia con ellos; ellos perdieron la suya con
Él, porque no podían refutar su sabiduría, y su mensaje dejaba en evidencia la insinceridad
de ellos.
En Mateo 10 versículo 25, Jesús reflexiona sobre la acusación de sus adversarios de
que Él estaba bajo el poder de Beelzebú. Matthew Henry comenta:
“Jesucristo, nuestro Señor y Maestro, se encontró con un dicho del mundo muy duro; ellos
le llamaron Beelzebú, el dios de las moscas, el nombre del primero de los diablos, con
quien –decían ellos– Él estaba aliado. Es difícil decir qué es lo que nos ha de maravillar más
aquí: la maldad de los hombres que injuriaban de esta manera a Cristo, o la paciencia de
Cristo que soportó ser injuriado de esa manera.”
La respuesta de Jesusea los gadarenos que no querían tener nada más que ver con Él no
fue emitir juicio contra ellos, sino humildemente marcharse y dejar detrás un testigo
poderoso (Marcos 5:1–20). Su reacción ante la gente de un pueblo samaritano que rehusó
recibirle fue igual de paciente (Lucas 9:51–56). Algunas veces, Jesús fue obstaculizado para
trabajar en ciertos lugares debido a la oposición y a la incredulidad. Pacientemente se fue
a otro terreno y enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo (Mateo 10:14, 15; 12:14, 15;
13:58).
La paciencia de nuestro Señor se ve también en el tiempo que estuvo dispuesto a
dedicar a aquellos que le pidieron su ayuda. Nada era demasiado problemático para Él, y
ningún momento era mal momento para que se parase y supliese la necesidad de alguien.
Podemos pensar en Él, parando en su viaje en medio de las multitudes que le apretaban
para sanar a la mujer que tenía una hemorragia (Lucas 8:43–48), para dar la vista a un
ciego (Lucas 18:35–43), para llamar a Zaqueo a que bajase del árbol (Lucas 19:1–10). Jesús
le dedicó tiempo a Nicodemo (Juan 3:1–15), y a la mujer de Samaria (Juan 4:1–26), a los
niños (Marcos 10:13–16) y a un joven rico (Marcos 10:17–22).
Además de todo esto, nos quedamos más asombrados ante la paciencia de nuestro
Señor con sus discípulos. Haremos bien en no ser demasiado críticos con su lentitud para
entender lo que Jesús les estaba diciendo. En su situación, sin duda, nosotros hubiésemos
sido más tardos en entender. La paciencia de Jesús fue probada en este punto como
podemos discernir de exclamaciones como: “¿Hasta cuándo he de estar con vosotros?
¿Hasta cuándo os he de soportar?” (Mateo 17:17); “¿También vosotros sois aún sin
entendimiento?” (Mateo 15:16); “¿No entendéis aún?” (Mateo 16:9); “¿Cómo es que no
entendéis?” (Mateo 16:11); “¡Oh insensatos y tardos de corazón!” (Lucas 24:25), y “no
seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27). ¡Cuánto no debió de haber sido tentado a
airarse contra ellos!
“Por tres años los tuvo con Él día y noche, toda su energía y recursos volcados en un
esfuerzo para crear en ellos un entendimiento. Pero, con todo eso, nunca entendieron
completamente… A pesar de todo lo que pudo hacer o decir, ellos estaban persuadidos de
que Él planeaba derrocar el poder romano y entronizarse a sí mismo como rey en
Jerusalén. De aquí que ellos nunca se cansasen de pelearse por cómo habían de repartirse
los oficios. Dos de ellos –Jacobo y Juan– hicieron que su madre viniese a Él y le pidiese que
sus hijos se sentaran, uno a su mano derecha y el otro a su izquierda. Cuando los otros
diez lo oyeron se pusieron furiosos con Jacobo y Juan; pero Jesús nunca perdió su
paciencia.”
(BRUCE BARTON)
Una vez Jesús se indignó cuando los discípulos trataron de impedir que las personas le
trajesen sus niños (Marcos 10:13–16). ¿Cómo pudieron ellos haber pensado que Él les
rechazaría? Su paciencia con el impetuoso y desatinado Pedro nos debe animar a muchos
de nosotros que nos vemos reflejados en aquel discípulo. La reprensión de Pedro a Jesús
(Mateo 16:22), su protesta temeraria de que él moriría por su maestro antes que negarle
(Mateo 26:33–35; todos los discípulos compartieron esta protesta), y su irreflexivo uso de
la espada cuando Jesús fue arrestado (Juan 18:10) debieron de haber hecho a Jesús
suspirar. Y con todo, el Señor resucitado le envió un mensaje especial (Marcos 16:7) y
pacientemente restauró su amor y confianza en una conversación personal memorable
(Juan 21:15–19). No nos sorprende que Juan en años posteriores reflexionara: “como
había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Y el
apóstol Pablo hablaría de la “paciencia sin límites” de Jesucristo hacia él (1 Timoteo 1:16
NVI), y oraría por los creyentes tesalonicenses: “El Señor encamine vuestros corazones al
amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Tesalonicenses 3:5).
El amor es bondadoso
El sentido de la palabra “amor” que destacó Pablo es “utilidad”. Significa ser bueno y
generosamente útil a los demás. Yo supongo que cuando se menciona el nombre de Jesús,
este es el pensamiento que viene a la mente de la mayoría de las personas. El himno
infantil expresa este pensamiento en palabras sencillas:
Jesús que vivía por encima del firmamento vino a ser hombre y morir;
Y en la Biblia podemos ver cuán bueno acostumbraba a ser.
Él fue por ahí, y fue tan bondadoso que curaba a las personas que estaban ciegas;
Y de muchos que estaban ciegos y lisiados, tuvo piedad y les sanó.
(ANN GILBERT)
La bondad de Jesús fue tal que sólo una historia completa de su vida es adecuada para
hacer justicia al tema. Su bondad fue expresada en forma de compasión hacia toda clase
de personas en una amplia variedad de necesidades: un leproso (Marcos 1:41), ciegos
(Mateo 20:34), una viuda desconsolada (Lucas 7:13), la evidencia de la aflicción universal
(Mateo 9:36; 14:14), y una multitud hambrienta (Marcos 8:2; Mateo 15:32). Él mismo
comparó su amor a la ternura de una gallina reuniendo a sus polluelos para protegerlos
bajo sus alas (Mateo 23:37).
Jesús le hizo recordar a Mateo la profecía de Isaías:
“La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará” (Mateo 12:20; Isaías
42:3).
Mateo comprendió que Jesús veía a la gente como tallos u hojas quebrados y heridos,
pisoteados por hombres desconsiderados, e incapaces de levantarse a sí mismos. Pensó
que Jesús era como un hombre que levantaba con ternura ese tallo, limpiando el terreno
alrededor de él y ayudándole a llegar a ser de nuevo recto y fuerte.
La compasión de Jesús se refleja también en su ministerio a sus discípulos cuando
vemos, por ejemplo, en Juan 14:1–3:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre
muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar
para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí
mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (véase también Juan 14:15–18;
15:18, 19; 16:4; 17:9).
Sólo una persona fuerte puede ser verdaderamente tierna. En Jesús vemos la fortaleza
dedicada a la ayuda de la debilidad. Su bondad fue siempre práctica. Él le dijo a los padres
que le diesen a la hija de Jairo algo de comer después de haberla resucitado de nuevo a la
vida (Marcos 5:43). Le aconsejó a Marta que no estuviese ansiosa por la hospitalidad
(Lucas 10:40, 41). Nos dejó dos ordenanzas inmensamente valiosas y útiles: el bautismo
de creyentes y la Cena del Señor.
Él aseguró a las personas la recompensa por la fidelidad (Mateo 19:27–29) y que Dios
tendría misericordia de los recién llegados a su Reino (Mateo 20:1–6). Dedicó tiempo a
advertir cuidadosamente a sus discípulos acerca de los problemas que les vendrían (Lucas
18:31–34). Estaba interesado por aquellos que sufrirían cuando Jerusalén fuese atacada
(Mateo 24:19, 20). Quería que sus discípulos supiesen que sus oraciones serían
escuchadas y respondidas (Lucas 18:1–8). Amó a un joven a pesar de su obstinación
(Marcos 10:21).
Nuestro Señor también mostró bondad en su uso de parábolas, en sus milagros y en su
obra salvadora. Considera su uso de las parábolas. Él pudo haber deslumbrado a todos sus
oyentes con verdades profundas, pero su interés era ser de la mayor utilidad al mayor
número de personas. Sus amigos recibían ayuda para entender su enseñanza y sus
enemigos quedaban sin excusa. Es cierto que aun sus discípulos no siempre veían el
significado de las parábolas inmediatamente, y algunas veces necesitaban las
explicaciones del Señor (por ejemplo Mateo 13:36), pero eso sólo prueba cuánto más
perplejos hubiesen estado sin las ilustraciones que Jesús usaba. Los líderes judíos
comprendieron rápidamente qué Jesús estaba hablando de ellos en algunas de las
parábolas (Mateo 21:45). Si hemos de seguir al Maestro aquí, hemos de trabajar
arduamente para encontrar maneras de hacer el mensaje claro y sencillo a nuestros
vecinos y amigos. Jesús fue suficientemente amable como para rechazar la jerga religiosa
y alcanzar las mentes de los oyentes más humildes. Nosotros debemos hacer lo mismo.
Ya sea que pensemos que el Señor espera que nosotros llevemos a cabo milagros o no,
no hay duda de que debemos seguirle en la tierna compasión que motivó sus milagros;
éstos no sólo eran un despliegue de poder, eran actos de bondad (Lucas 7:11–15; 22:49–
51; Juan 11:33–44). Las sanidades, la alimentación de los hambrientos, el calmar la
tormenta; en todas estas cosas se muestra la compasión de nuestro Señor. La vida de
Jesús nos confronta con el desafío constante a “amar a tu prójimo como a ti mismo”
(Marcos 12:31). Esto significa compasión más acción útil, esto es, bondad.
Pablo escribió: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su
amor para con los hombres, nos salvó…” (Tito 3:4) Este es el ejemplo supremo, y a la luz
de esto Pablo continuó diciendo: “para que los que creen en Dios procuren ocuparse en
buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:8). Pedro, que sabía
de esto más que Pablo, por experiencia de primera mano, declaró que Él “anduvo
haciendo bienes” (Hechos 10:38). Jesús mismo expresó este asunto de manera muy
sucinta al final de la parábola del buen samaritano: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37).
Oh, Maestro, permite que yo nunca busque
Tanto el ser consolado como el consolar;
Ser entendido como entender;
Ser amado, como amar con toda mi alma.
(SEBASTIAN TEMPLE)
11
Amor desinteresado
Como hemos visto, nuestro Señor nació en una familia pobre. Más tarde, durante los tres
años de su vida pública Él mismo declaró: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo
nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). No
sabemos precisamente cómo se financiaban Jesús y sus discípulos. Parece que Judas
manejaba el dinero de ellos (Juan 12:4–6; 13:29) para comida y ayuda a los pobres. Sólo
podemos suponer que sus fondos fueran suplidos por amigos, o que pudieran tener
recursos de sus ocupaciones pasadas. Ciertamente recibieron hospitalidad (Lucas 7:36;
10:38; 14:1). La idea que tenemos es de una vida dependiente de los demás, pero en
ningún lugar de los Evangelios podemos encontrar una sola insinuación de que Jesús fuera
envidioso de los ricos y de los materialmente prósperos. Él ciertamente habló muy fuerte
contra el peligro de confiar en las riquezas y sobre el obstáculo que las posesiones pueden
ser para la vida espiritual (Marcos 10:23–25; Lucas 12:13–21; 16:19–25). Jesús enseñó a
sus discípulos:
“No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo” (Mateo 6:19, 20),
y su vida y actitudes hacia las cosas materiales armonizaba con esa enseñanza. Lejos de
ser envidioso de los demás, Jesús vivió una vida de confianza en su Padre celestial, y en
esto, Él estaba contento.
Las duras palabras de nuestro Señor a los escribas y fariseos eran en sí mismas tanto una
apelación a ellos, como una defensa de aquellos a quienes ellos estaban pisoteando con
su terrible legalismo.
Jesús no fue descortés con las autoridades aun cuando sufría la mayor de las injusticias
de manos de ellos. Sus respuestas a sus jueces Caifás, Anás, Herodes y Pilato llevan todas
las marcas de la moderación y el respeto, a pesar del proceder despreciable de ellos para
con Él. Jesús tampoco se burló de las costumbres de sus días; pagó el impuesto que Él
mismo había dicho que no necesitaba pagar (Mateo 17:24).
De la manera que un artista ve hermosura en las más amenazadoras nubes de una
tormenta, así hay hermosura aun en los duros “ayes” de nuestro Señor. Aun allí Él no
descendió a la incorrección de ser grosero.
El amor… no se irrita
Jesús fue esencialmente una persona amante de la paz, hacedor de la paz. Él apaciguó
rápidamente las discusiones entre los discípulos (Lucas 9:46; 22:24). No dio lugar a la
reacción irascible ante la afrenta personal. El número de veces en que el Señor pudo muy
bien haber sido tentado a la venganza es inmenso; esto debió de haber sido así
especialmente cuando fue acusado de obrar por el poder de Satanás (Mateo 12:24). Sin
embargo, el ejemplo supremo de Jesús en este punto fue predicho por Isaías el profeta:
“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como
oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).
Esto se cumplió en el juicio de Jesús (Mateo 27:12, 14), y Pedro, que lo supo todo sobre
esta situación, escribió más tarde:
“Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba”
(1 Pedro 2:23).
Muchos de nosotros, cuando somos confrontados con este ejemplo de Jesús, nos
quedamos mudos de vergüenza.
12
Amor que todo lo soporta
13
Gozo
Algunas personas han pensado y enseñado que es malo expresar nuestras emociones.
Esto es estoicismo, lo cual se puede entender de una manera sencilla como “poner al mal
tiempo buena cara”, una negativa a dar lugar a las lágrimas, un desprecio a la emoción de
cualquier tipo. Algunos cristianos en la práctica, si no por principio, detestan las lágrimas,
ya sean de tristeza o de gozo. Estos, con muy poca o ninguna frecuencia, dan lugar a la
exuberancia en la adoración.
Como veremos en los próximos dos capítulos, nuestro Señor expresó libremente
emociones tales como la tristeza, la indignación y la ira. Él tenía una tristeza y una
preocupación genuinas por los incrédulos. Su ejemplo nos muestra esas emociones en su
fluir natural, pero siempre sin pecado, y siempre con los sentimientos correctos de
aborrecimiento de lo malo y amor a lo que debe ser amado. Las emociones restringidas
nos pueden resultar muy dañinas, y es bueno tener el ejemplo de Jesús para librarnos por
un lado de las inhibiciones hechas por el hombre, y por el otro del exhibicionismo.
Pero ¿se aplica esto a emociones tales como el gozo y la felicidad? ¿Sonreía o reía
nuestro Señor? Los hechos básicos están claros. Los Evangelios no registran nunca a Jesús
sonriendo o riendo; sólo una vez se dice de Él que “se regocijó en el Espíritu” (Lucas
10:21). No puede caber duda de que la mayor impresión que Jesús causó en aquellos a los
que conoció fue la de un “varón de dolores” (Isaías 53:3), y no tengo el deseo de defender
al Señor como jovial o como siendo siempre el “alma y vida de la reunión”. No obstante,
no pienso que la evidencia nos permita dejar el asunto ahí. De hecho, B.B. Warfield llega
tan lejos como para decir:
“Si nuestro Señor fue ‘varón de dolores’, fue de una manera aún más profunda ‘varón de
gozo’.”
¿Cuál es la evidencia? Observemos antes de nada que las palabras “se regocijó” (Lucas
10:21) son realmente muy fuertes, indicando que todo su corazón estaba lleno de
exuberancia ante las noticias de una misión evangelística victoriosa. Su gozo fue “en el
Espíritu Santo” (LBLA), y debió de haber sido expresado libre y abiertamente, pues, de lo
contrario, los discípulos no se habrían dado cuenta.
Luego debemos recordar que en su sermón en el día de Pentecostés, Pedro citó del
Salmo 16:8–11: “Veía al Señor siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré
conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua” (Hechos 2:25, 26).
Pedro aplicó estas palabras de David a Jesucristo, dejándonos sin ninguna duda de que el
Señor tenía un corazón gozoso que a menudo se desbordaba en un habla llena de gozo.
Otra evidencia añadida está en Hebreos [Link] “Has amado la justicia, y aborrecido la
maldad, Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus
compañeros.” El escritor ha hecho un prefacio a esta cita del Salmo 45:6, 7 con las
palabras “Mas del Hijo dice: …”
¿Es posible que Jesús estuviese lleno de gozo sin al menos sonreír, si no reír? ¡Yo lo
dudo!
“No se puede suponer que, exceptuando esta ocasión particular solamente (Lucas 10:21),
Jesús llevó a cabo su obra sobre la Tierra en un estado de depresión mental. Su venida al
mundo fue anunciada como ‘nuevas de gran gozo’ (Lucas 2:10), y las nuevas que Él mismo
proclamaba eran ‘las buenas nuevas’ en grado sumo. ¿Es concebible que Él fuese por ahí
proclamándolas con un semblante triste?”
(B.B. WARFIELD)
Nosotros podemos afirmar que en nuestra adoración sobria tenemos gozo en nuestros
corazones. No obstante, si esto no es algunas veces obvio a los demás, seguramente
estamos quedándonos lejos del ejemplo de nuestro Señor. Con demasiada frecuencia nos
dan gozo las cosas erróneas, como la caída de otros. Nos reímos ante las gracias de los
borrachos o acerca de las relaciones matrimoniales. Nuestro gozo más grande debería
estar en el progreso del Evangelio, la conversión de pecadores, el crecimiento en la piedad
de otros creyentes y, sobre todo, la gloria y la gracia de Dios.
También hay muchos aspectos de la vida de Jesús que apuntan en la misma dirección.
Por ejemplo, la gente le contrastaba con Juan el Bautista porque era “un hombre comilón
y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:18, 19). En una
ocasión, “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle” (Lucas 15:1), y
cuando Mateo fue convertido, Jesús fue a su casa y tuvo una comida con él y sus amigos
(Marcos 2:15, 16). No hemos de imaginar a Jesús como el frivolo bromista, acaparando el
protagonismo. Sin embargo, no puedo pensar que Él hubiese durado cinco minutos en
aquella clase de compañía si se hubiese sentado (o reclinado) allí todo el tiempo con una
solemnidad sin sonrisa. No hay nada más humano que la risa y, con toda seguridad,
nuestro Señor era perfectamente humano también en esto.
Es cierto que los niños algunas veces se acercan a una persona mayor que está abatida
por la tristeza, pero normalmente esto sería para mostrar pena. Habitualmente a los niños
les repelen las personas que son tan solemnes que no sonríen ante un simple parloteo o
las travesuras infantiles. No obstante, los niños se sentían a gusto con Jesús, se agrupaban
en torno a Él, y le cantaban alabanzas mientras los adultos planeaban matarle.
¿Es posible que Jesús les enseñase a sus discípulos a ser felices y Él mismo careciese de
felicidad? Es cierto que podemos ser felices sin ser chistosos, pero yo dudo que sea
posible ser felices sin que esto sea obvio a los demás por medio de nuestra presencia y
nuestras expresiones faciales. ¡Nosotros reímos y sonreímos! Jesús enseñó a sus
discípulos el camino de la felicidad (Mateo 5:3–12) por medio de las cualidades
espirituales de la pobreza en espíritu, el llanto, la humildad, el anhelo por la justicia, la
misericordia, la pureza, la apacibilidad, y el sufrimiento de la persecución.
Jesús habló del gozo en la presencia de los ángeles ante el arrepentimiento de los
pecadores (Lucas 15:10). Esto sólo puede significar que Dios se goza cuando las personas
se vuelven a Él. Él es el “Dios bendito” (1 Timoteo 1:11), lo que significa que Él es feliz, y
Jesús estaría representando al Padre de una manera falsa si Él mismo no fuese una
persona feliz.
Aun con la sombra de los sufrimientos de la Cruz cerniéndose sobre Él, Jesús habló de
“mi gozo”. Él les dijo a sus discípulos que quería que ellos compartiesen ese gozo hasta la
plenitud (Juan 15:11), y oró a su Padre que esto fuese así (Juan 17:13). Hasta cuando Él
salió para ser arrestado, cantó un himno con sus discípulos (Mateo 26:30). Él mismo
estaba gozoso mientras contemplaba su victoria final (Hebreos 12:1–3). No “aguaba la
fiesta” de una reunión social (Lucas 5:27–32; 15:1, 2). No era un solitario sin sonrisa, sino
que disfrutaba del mundo de Dios.
Recuerdo unas vacaciones para jóvenes en las que, un domingo por la tarde, los
líderes fueron desafiados con la pregunta: “¿Te ha hecho feliz el ser santo?” La enseñanza
de Jesús no es contra la felicidad, sino contra la felicidad por unos motivos erróneos, y su
ejemplo armonizaba con su enseñanza.
Además de estas cosas, está la evidencia de nuestro Señor adorando y dando gracias a
su Padre. De nuevo, podemos sentir el gozo de nuestro Señor, según Él exalta las virtudes
de su Padre y mientras le da las gracias por su fidelidad (Mateo 11:25–26; Juan 11:41–42).
Finalmente, no me es posible pensar en Jesús sin un guiño de ojos cuando habló
acerca de colar mosquitos y tragar camellos (Mateo 23:24), vigas en los ojos de la gente
(Mateo 7:3–5), o un camello pasando por el ojo de una aguja (Mateo 19:24).
Se puede pensar que he elaborado demasiado sobre muy poco en este capítulo y que
la especulación ha excedido a los hechos. En cualquier caso, no deberíamos tener duda de
que en Jesús vemos una mezcla de gozo y solemnidad, de felicidad y aflicción. Nosotros
tendemos a los extremos en nuestras emociones, y pasamos de ser despreocupados a
malhumorados, de felices a solemnes. Se nos puede etiquetar por nuestra falta de
equilibrio emocional, pero la hermosura perfecta de nuestro Señor despliega cada
emoción en una gloriosa simetría.
¡Jesús! Estoy descansando
En el gozo de lo que eres tú;
He encontrado la grandeza
De tu amante corazón.
Me has ofrecido el observarte,
Y tu hermosura llena mi alma,
Pues por tu poder transformador,
Tú me has dado sanidad.
(JEAN S. PIGOTT)
14
Tensiones
Como dice B.B. Warfield, podemos minimizar o magnificar indebidamente las emociones
de nuestro Señor.
“La primera tendencia puede correr el riesgo de darnos a un Jesús algo frío y remoto de
quien apenas podemos creer que sea capaz de simpatizar con todas nuestras
enfermedades. La otra pudiera estar posiblemente en el peligro de ofrecernos un Jesús
tan absolutamente humano que apenas merezca nuestra mayor reverencia.”
Indignación
Cuando Jesús vio a los discípulos intentando impedir que las personas le trajesen a sus
hijos, Él se indignó (Marcos 10:14). La palabra griega usada es muy fuerte, que implica un
sentimiento de dolor y vejación. Jesús no estaba simplemente irritado de una manera
superficial, estaba entristecido por lo que había sucedido y se sintió molesto. Esto está
confirmado por sus propias palabras:
“Y a cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le
fuera que se le atase al cuello una gran piedra de molino y que se le hundiese en lo
profundo del mar” (Mateo 18:6).
¿Cuál es nuestra reacción, por ejemplo, ante al abuso de menores o el aborto provocado?
¿Hacemos sólo una ligera protesta? Si nosotros no sentimos dolor e ira ante tales cosas,
estamos muy lejos del ejemplo de nuestro Señor.
Resentimiento airado
Un día de reposo los fariseos estaban observando muy de cerca para ver si Jesús curaba la
mano seca de un hombre. Ellos estaban más preocupados por un detalle de su Ley que
por la necesidad de este hombre. Eran hombres duros, legalistas, faltos de compasión.
Jesús los miró “con enojo” y estaba “entristecido por la dureza de sus corazones” (Marcos
3:1–6). Lo que Jesús sintió aquí no fue un mero fastidio pasajero.
“El término usado para su ira, es justamente el término para un resentimiento
permanente, inclinado hacia la venganza. Precisamente lo que se atribuye a Jesús en este
pasaje es esa indignación hacia lo malo, percibido como tal, que forma el núcleo de lo que
nosotros llamamos justicia vindicativa. Esta es una reacción necesaria de todo ser normal
contra el mal percibido.”
(B.B. WARFIELD)
Tensión dolorosa
Otra palabra usada en conexión con las emociones de nuestro Señor no es fácil de
describir ni de entender. La dificultad se aclarará por las diferentes maneras en que es
traducida:
mandar rigurosamente (Mateo 12:16)
encargar rigurosamente (Marcos 1:43)
mandar enérgicamente (Mateo 16:20; Marcos 8:30)
reprender mucho (Marcos 3:12)
reprender (Marcos 4:39; 9:25; Lucas 4:39; 8:24; 9:55).
Jesús “reprendió” tormentas, fiebres y espíritus malos; dio mandatos enérgicos a sus
discípulos, y amonestó a las personas que sanó a no difundir su fama.
Tal variedad de significados refleja la mezcla de tensiones que Jesús sintió en aquellas
ocasiones, y es difícil entrar en esas emociones o explicarlas. ¿Por qué tendría que haber
en Jesús unos sentimientos tan fuertes, y hasta ira, cuando Él le está diciendo a las
personas meramente que no divulguen las noticias acerca de Él? ¿Cómo cuadra esta ira
con “el amor… no se irrita”? Hemos de admitir que cualquier intento de explicar lo que
parece haber sido una actitud casi amenazadora es especulativo. No obstante, merece la
pena explorarlo tanto como podamos. Se han sugerido muchas respuestas, la mayoría de
las cuales encuentran algún defecto en las personas sanadas. Tal vez la actitud de ellos
hacia el ministerio de Jesús o hacia su persona eran erróneas. Tal vez el leproso no debió
haber roto las costumbres de la época con su acercamiento directo a Jesús.
Sin embargo, me parece que las emociones de nuestro Señor estaban mucho más
relacionadas con su aversión en aquel momento a la publicidad; la tensión es más acerca
de sí mismo que sobre cualquier otra persona. Antes de intentar dar una respuesta al
problema, debemos mencionar otra palabra usada respecto a Jesús que revela emociones
similares.
No obstante, hemos de añadir otro elemento a la agitación que Jesús sintió. En el mismo
momento que sentía este dolor, Jesús también sabía que Él tenía la solución al problema
del pecado, la muerte y todo lo que causa el dolor y la aflicción de la gente. Además, la
razón misma por la que había venido al mundo era proveer esa respuesta. Pero ¡aún no!
La Cruz y la resurrección aún habían de venir, y aun entonces el mundo debería esperar a
su Segunda Venida para la erradicación completa del pecado y la muerte. Esta es la razón
por que la prioridad de Jesús era predicar el Evangelio con sus bendiciones espirituales
inmediatas, más que obrar milagros. Las multitudes que buscaban sanidad estaban en
peligro de estorbar esa obra (Marcos 1:38, 45).
Posiblemente, ahora podamos entender su explosión emocional cuando le decía a las
personas que había sanado que no divulgasen las noticias de su poder. En el ámbito
humano, Él experimentó la frustración reflejada en las palabras “Aún no ha venido mi
hora” (Juan 2:4). La divulgación de su fama sólo podía multiplicar las súplicas por su ayuda
y levantar las expectativas de la gente desmedidamente, como de hecho sucedió. Sin
embargo, Él sabía que la satisfacción completa de aquellas expectativas debía esperar.
La ternura y amabilidad de nuestro Señor está equilibrada perfectamente por su
ardiente indignación en otras situaciones, tales como el mal uso del Templo (Juan 2:17), y
en su frecuente denuncia de los hipócritas (Mateo 7:15; 12:34; 15:7; 23:13–36; Lucas
13:15).
Si estos pensamientos se acercan a la verdad, vemos en Jesús la mezcla más exquisita
de compasión, simpatía, dolor, frustración e ira en alguien cuya mente y corazón estaban
en perfecta armonía con los de su Padre.
¿Adónde llegamos nosotros en la experiencia de tales sentimientos? Pienso que
podemos apreciar dónde estamos si nos preguntamos a nosotros mismos qué
sentimientos tenemos sobre la idea de orar y trabajar para el regreso de Jesús al mundo.
¿Sentimos la tensión de querer que más personas sean salvas por un lado, y el deseo de
que el mundo sea librado del pecado y sus efectos por el otro? ¿Sentimos una tensión
entre el deseo por la salvación de nuestros amados, y el anhelo por la vindicación de
Cristo en su Venida y por la gloria del Señor que ha de ser revelada? Debemos poner
nuestras emociones bajo el control de la Escritura y, si lo están, podremos sentirnos
algunas veces desgarrados como se sintió nuestro Señor. Entraremos más profundamente
en “la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:10; 1 Pedro 4:13).
En este capítulo me ha animado B.B. Warfield en su obra sobre la vida emocional de
nuestro Señor en su libro La persona y la obra de Jesucristo. Warfield concluye una sección
de esta manera:
“Jesús ardió en ira contra los males que encontró en su travesía por la vida humana de una
manera tan verdadera que se enterneció con piedad ante la visión de la miseria del
mundo; y de estas dos emociones procedió su verdadera misericordia.”
15
Emociones
Como alguien ha dicho, Jesús era Dios como si no hubiera sido hombre, y hombre como si
no hubiera sido Dios. Puesto que Él era humano en cada aspecto, aparte del pecado, no
nos sorprende que experimentase todo el abanico de las emociones humanas. Además de
aquellas que ya hemos considerado, ahora podemos pensar en su gratitud, su patriotismo,
su celo, su sensibilidad y sus reacciones ante las situaciones tuvo que confrontar.
Gratitud
Las ocasiones en que nuestro Señor expresó gratitud son muy interesantes y, con toda
seguridad, apuntan a un marco mental constantemente agradecido. Él dio gracias por la
comida (Mateo 15:36; Marcos 8:6, 7; Juan 6:11), y esto lo hizo de tal manera que causó
una profunda impresión sobre el apóstol Juan, quien más tarde menciona en su narración:
“…al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor” (Juan
6:23). Aparentemente, cuando Jesús daba gracias no era un ritual formal, Él lo hacía con
sentido.
En otro momento, Jesús estaba reflexionando sobre el hecho maravilloso de que el
Padre da la sabiduría espiritual a las personas con una capacidad intelectual humilde más
que a los que están orgullosos de su conocimiento. Esto le deleitaba tanto que Él alababa
a su Padre por ello (Mateo 11:25). Esto también debería estimular nuestra gratitud,
porque da esperanza a todos y nos hace dependientes de la gracia de Dios.
Jesús dio gracias a su Padre por las oraciones contestadas (Juan 11:41), y lo hizo
públicamente para fortalecer la fe de las personas que se amontonaban alrededor. Este es
el mismo Jesús que advirtió acerca de la oración ostentosa (Mateo 6:5–8). Está claro que
esto es un asunto de motivaciones. ¿Estamos llamando la atención hacia nosotros para
que otros piensen que somos personas muy espirituales, o tenemos por encima de todo
en nuestras mentes la alabanza del Señor y el bienestar de su pueblo en todo lo que
hacemos, y no sólo en la oración pública?
Posiblemente, el lugar más sorprendente donde Jesús dio gracias a su Padre fue en la
primera Cena del Señor (Marcos 14:23; Lucas 22:17, 19). ¿Cómo pudo Él dar gracias al
Padre por los símbolos de su sacrificio cercano? Con toda seguridad fue porque era uno
con el Padre en el todo de la obra de la redención que iba a llevar a cabo. De manera
similar, en medio de las llamas que les consumían, los mártires han dado gracias a Dios
por el privilegio de morir por Él. En esto, ellos cumplieron la exhortación del Señor
–“gózaos y alegraos”– al ser perseguidos por su causa (Mateo 5:11–12), y siguieron el
ejemplo de los apóstoles (Hechos 5:41).
No cabe duda de que los sentimientos de agradecimiento son característicos de los
verdaderos seguidores de Jesucristo. Como escribió Pablo:
“Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo
Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).
Celo
Cuando Jesús limpió el Templo del tráfico impío, sus discípulos recordaron que estaba
escrito: “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17; Salmo 69:9). Su compromiso con Dios
y su gloria es evidente durante toda su vida.
El celo de nuestro Señor nunca se convirtió en fanatismo, aunque fue acusado de ello
(Juan 7:20; 10:20). El verdadero celo es entusiasmo por toda la verdad y no sólo por una
parte de la misma. Los fanáticos toman una parte de la verdad a expensas del resto; así el
celo por la justicia de Dios puede ensombrecer su amor; el celo por la misericordia puede
ser a expensas del testimonio fiel de sus juicios. Los fariseos estaban especializados en el
diezmo y habían olvidado la justicia; honraban el sábado celosamente pero su compasión
era muy defectuosa; intentaban separarse del pecado pero olvidaban ser tiernos hacia los
pecadores. En todas estas áreas nuestro Señor tenía un enfoque equilibrado, Él vino a
mostrarnos cómo es Dios en todos sus gloriosos atributos.
El fanatismo siempre es frenético para obtener su propósito, y usará cualquier método
para hacer avanzar su causa. Jesús nunca fue frenético, aunque a menudo dejó a sus
discípulos sin aliento, como indica el uso de la expresión “en seguida” en el Evangelio de
Marcos (1:20, 21; 6:45; 8:10). La suya fue una vida de fe, confiando en su Padre, y los que
le siguen no necesitan estar usando frenéticamente métodos que son grandes en
entusiasmo pero no tan buenos en confianza y consideración.
El verdadero celo siempre es constructivo; el fanatismo tiende a la destrucción.
Podemos ver el contraste cuando Jacobo y Juan quisieron mandar que descendiera fuego
del cielo sobre las personas que no querían recibirles (Lucas 9:51–56). Jesús, en efecto, les
dijo que se cuidasen de un espíritu fanático. El celo de Jesús inspiró a sus discípulos al
entusiasmo (Mateo 20:20–28). Él no apagó el celo de ellos pero corrigió sus motivos.
En los tiempos de los motores de vapor, la poderosa máquina era empujada hacia
adelante cuando el vapor se concentraba y se dirigía hacia los canales adecuados. En la
estación, el vapor se dejaba escapar con mucho ruido y confusión. El fanatismo es dado al
ruido y la confusión. Nuestro Señor no era así, sus energías y celo estaban controlados y
dirigidos a la gloria de un Dios santo y de gracia.
Sensibilidad
Nadie puede leer los Evangelios sin ver en Jesús una gran ternura y sensibilidad en una
amplia variedad de situaciones. Ante la tumba de Lázaro, no mostró un rostro estoico,
sino que lloró libremente con los demás dolientes (Juan 11:35). Mientras miraba sobre la
ciudad de Jerusalén y reflexionaba sobre su destrucción venidera, no pudo contener las
lágrimas (Lucas 19:41). Sus sentimientos de piedad, nunca lejos de la superficie, se
desbordaron cuando vio a una viuda siguiendo el ataúd de su único hijo (Lucas 7:13), y
cuando se dio cuenta de que las multitudes que le seguían al desierto estaban
hambrientas (Mateo 15:32). Hasta cuando denunció a la nación y predijo su caída, no
pudo dejar de pensar en el efecto que la destrucción venidera tendría sobre una madre
lactante y su hijo (Mateo 24:19). Además, le prohibió a sus discípulos dejar los hogares
donde habían sido recibidos. Ellos no debían herir a sus anfitriones al tratar de buscar otro
lugar mejor (Marcos 6:10).
Este hombre de corazón tierno fue herido cuando sus discípulos no pudieron
mantenerse despiertos y sostenerle en oración (Mateo 26:40). Él mismo dijo cuánto
“había deseado” estar con ellos la noche antes de su arresto (Lucas 22:15). Vemos la
misma sensibilidad expresada en asombro ante la fe del centurión romano (Mateo 8:10;
Lucas 7:9), y ante la incredulidad de la gente en su propio pueblo (Marcos 6:6).
Posiblemente bajo este encabezamiento de la sensibilidad podemos incluir la
amigabilidad de Jesús. Él le dijo a sus discípulos: “os he llamado amigos” (Juan 15:15), y es
evidente que ellos le debían más a Él que Él a ellos. No obstante, le vemos cultivando
amistades y no hay duda de que ellos eran una fortaleza para Él. Una de las razones dadas
para su llamamiento de los doce discípulos era “para que estuviesen con él” (Marcos
3:14). Algunas veces ellos probaron su paciencia. Ellos dormían mientras Él se angustiaba
con su Padre (Marcos 14:37), y al final le abandonaron al huir cuando más les necesitaba
(Mateo 26:56). No obstante, ellos eran aún sus amigos.
Jesús se arriesgó al reunir alrededor de sí a un grupo de amigos; algunas eran mujeres
solteras, como las hermanas de Betania (Lucas 10:38–39). Entre sus discípulos, atrajo a
tres de ellos –Pedro, Jacobo y Juan– de una manera especialmente íntima (Lucas 8:51;
9:28), arriesgándose a ser acusado de favoritismo. Sin embargo, a pesar de esos riesgos, y
a pesar de las discusiones que surgían algunas veces entre los doce respecto a cuál era el
mayor (Lucas 9:46–48), y de la ambición de dos de ellos por tener un lugar especial en su
Reino (Marcos 10:35–37), Jesús unió a sus amigos, los unos a los otros, al mismo tiempo
que se hizo querer por todos.
Nuestro Señor no sólo tenía una necesidad humana natural de amigos, sino que Él
también fue un buen amigo para otros. “Y amigo hay más unido que un hermano”
(Proverbios 18:24). Su amor a sus discípulos, su paciente enseñanza, advertencia y
corrección pueden verse a lo largo de toda la historia del Evangelio. Al final, ellos
declararon que morirían por Él.
Nosotros necesitamos amigos, y en esto también nuestro Señor señala el camino. Él
nos muestra cómo ganar amigos dándonos nosotros mismos a ellos. A menudo las
personas que dicen no tener amigos no han encontrado la manera de mostrar amistad a
otros.
Reacciones maduras
Con todo, este hombre de emociones y sensibilidad naturales nunca fue confundido por
situaciones inesperadas o particularmente dolorosas. Sus reacciones eran siempre
maduras y caracterizadas por el aplomo, sin importar que fuese rechazado por familiares
o amigos, o tener que afrontar preguntas truculentas de sus enemigos, o el beso
traicionero cuando fue arrestado.
Jesús no sufrió de depresión porque tenía claro cuál era su identidad; porque tenía
una relación bien integrada con su Padre, y tanto con sus amigos como con sus enemigos;
y porque tenía un propósito claramente definido para su vida. No se frustró por obtener
logros inferiores a los previstos, aunque algunos que se quedan por debajo de sus propias
expectativas se consuelen con el aparente fracaso de Jesús. Se entristeció cuando otros le
defraudaron, de la misma manera que lo hubiese hecho cualquier otro humano.
Fue sólo en la Cruz, y en su experiencia de separación del Padre, cuando tuvo un
sentimiento de vacío y de no ser amado, dando lugar a las palabras del Salmo [Link] “Mas
yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo,” las
cuales anticipaban los sufrimientos de Jesús en su crucifixión.
Las emociones reprimidas son peligrosas, pero las emociones naturales son lo que nos
hacen humanos. Donald Macleod ha escrito:
“En nuestros días, con frecuencia se espera que los cristianos sean superhombres
emocionales; que soporten la pérdida de un ser querido sin estremecerse, asintiendo
estoica y fríamente a la voluntad de Dios. El tener temor, o sentirse confundido, o
deprimido, es desechado al considerarlo como un fracaso espiritual. Cuán liberador es
volverse de toda esa superficialidad incomprensiva y acudir al Hombre; verle llorar y
escucharle preguntar: ‘¿Por qué?’ ¡Qué maravilloso saber que Dios nos permite
apenarnos, que no nos rechaza cuando no podemos hacer frente a algo, y que nos posee
aun cuando estamos deprimidos y aterrados!”
16
Confianza
Su vida de oración
Nosotros nos mantenemos cerca de las personas en que confiamos para renovar nuestra
fortaleza y confianza y nuestra paz mental. Así que no nos sorprende descubrir la mención
frecuente de Jesús, buscando un lugar de quietud donde Él pudiese tener comunión con
su Padre (Mateo 14:23; Marcos 1:35). Lucas se esfuerza en notar los hábitos de oración
del Señor (Lucas 3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 28; 11:1). La oración era como el poder vigorizador
de Jesús. Él se mantenía cerca de la persona en que podía confiar completamente. Una y
otra vez, Jesús declaró su dependencia del Padre para tener sabiduría, la sustancia de su
enseñanza, y sus obras de poder (Juan 5:19, 30; 7:16; 8:28; 12:49, 50; 14:10, 24). No
puede caber duda de que hay una conexión esencial entre la vida de oración de nuestro
Señor y la efectividad de sus palabras y obras.
Oración de compromiso
No se nos da un relato de las palabras de nuestro Señor cuando oró en su bautismo (Lucas
3:21), pero ciertamente, ésta fue la ocasión de su compromiso de entrega al plan
acordado con el Padre para nuestra redención. Podemos creer que al darse a sí mismo a la
tarea, pidió por la certeza del compromiso de su Padre con Él, y por la capacitación del
Espíritu Santo para darle fortaleza y sabiduría para llevarla a cabo. Así, con frecuencia,
nuestra falta de fe se manifiesta al no buscar al Señor seriamente al comienzo de
cualquier empresa en su nombre.
Oración de gratitud
Nuestra fe en nuestro Padre celestial y su provisión para nuestras necesidades se refleja
en oraciones de acción de gracias. Jesús es el ejemplo perfecto para nosotros al dar
gracias a su Padre por los panes y el pescado (Lucas 9:16), por la bendición de su Padre
sobre la misión evangelística de los discípulos (Lucas 10:17–21), por la atención de su
Padre a sus oraciones (Juan 11:41, 42) y por el pan y el vino en la Cena del Señor (Lucas
22:19, 20).
Oración de sumisión
En el huerto de Getsemaní (Mateo 26:36–46; Marcos 14:32–42; Lucas 22:40–46), tenemos
posiblemente el relato más vivo de nuestro Señor en oración, en el cual su confianza en el
Padre brilla muy vivamente.
Tom Smail, en su libro The Forgotten Father, señala que un padre en aquellos días
continuaba siendo el cabeza de familia aun cuando sus hijos se hubieran hecho adultos y
cargaran con su parte de responsabilidad. Era el motor y protector de la familia mientras
viviese. Este entendimiento de la paternidad del Antiguo Testamento vierte luz sobre la
actitud de Jesús cuando oró: “Abba, Padre,” especialmente en la agonía de Getsemaní. Al
usar esa expresión, nuestro Señor se estaba sometiendo a la voluntad de su Padre, sin
importarle el coste, aun si éste tuviese que ser la vida misma.
“La relación especial y singular de Jesús con su Padre… de ninguna manera implica una
exención privilegiada de la obligación de obediencia que la paternidad impone y la filiación
acepta. Por el contrario, la obediencia del Hijo único, es una obediencia única, mayor que
la requerida de cualquier otro. Como lo expresa el antiguo himno cristiano citado por
Pablo en Filipenses: ‘obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!’ (Filipenses 2:8). En su
contexto original Abba significa esto, o no significa nada.
“Debemos añadir inmediatamente que el Padre –cuyo derecho a hacer una demanda
tal es reconocido y aceptado por su Hijo en Getsemaní– no es un legislador severo que
amenaza venganza o un sino inevitable ante el cual no hay más alternativa que ceder.
Entender la expresión: ‘no se haga mi voluntad, sino la tuya,’ como una sumisión forzada,
es malentenderla completamente. El Padre al que Jesús se dirige en el huerto es el mismo
que Él ha conocido toda su vida y al que ha hallado generoso en su provisión, fidedigno en
sus promesas y absolutamente fiel en su amor. Puede obedecer la voluntad que le envía a
la Cruz con esperanza y expectación, porque es la voluntad de Abba, cuyo amor ha sido
probado de tal forma que ahora se puede confiar en Él de manera absoluta, con la más
completa obediencia. Esto no es una obediencia legal movida por un mandamiento, sino
una respuesta confiada al amor conocido.”
Si es cierto que nosotros podemos hablar con franqueza a las personas en las que
confiamos, entonces la petición de nuestro Señor repetida tres veces –“Padre, si quieres,
aparta de mí esta copa”– es un acto de fe en el cual Él confiaba que su Padre entendiese.
Esto estaba en el molde de muchas oraciones del Antiguo Testamento en las cuales los
hombres expresaban sus temores, sus dudas y hasta sus argumentos con Dios (Salmos
13:1–4; 74:1–11; Jeremías 14:19–22; 20:7–10; Habacuc 1:12–2:1).
Sin embargo, aquellos hombres no se quedaban con sus quejas. Mientras oraban, su
confianza en el Señor era fortalecida y ellos se hacían más sumisos a su voluntad (Salmos
13:5; 74:12–17; Jeremías 14:22; 20:11–13; Habacuc 3:17–19). Así que, escuchamos las
palabras memorables de nuestro Señor: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Tom Smail aplica esto a nosotros de esta manera:
“No obstante, ir por el camino de Cristo y ser conformados a su semejanza es alcanzar esa
gloria por medio del sufrimiento, por medio de una participación en su Cruz. Nosotros, en
nuestro camino, hemos de llegar adonde Él llegó en su camino; hasta el punto en
Getsemaní donde la oración que hacemos no es respondida y ha de convertirse en una
oración para hacer su voluntad; a la experiencia del silencio del Cielo tanto como de su
respuesta; a la obediencia en darse a sí mismo sin obtener un éxito obvio sino el
hundimiento en un fracaso aparente; al lugar donde damos testimonio fiel y nadie hace
caso.”
La oración de nuestro Señor en Getsemaní fue natural y tenía todos los motivos y
emociones naturales. Yo encuentro esto desafiante y al mismo tiempo alentador.
“Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al
que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7).
Oración en la aflicción
En la Cruz, en medio del sufrimiento más agudo, Jesús oró: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?” (Mateo 27:46). Cuando estamos inmersos en problemas o
angustias somos tentados a quejarnos con amargura, y a menudo descuidamos la oración.
Nuestra fe parece evaporarse en el calor del sufrimiento. Estas palabras de Jesús prueban
al menos una cosa: Dios es aún “Dios mío”. La cuestión es genuina y surge de un sentido
real de abandono, pero, con todo, es el clamor de la fe. El desafío final a la fe es el
momento de la muerte. Qué emocionante que nuestro Maestro corone su vida perfecta
de fe con simple confianza: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lucas 23:46).
La queja es seguida por el acto de confianza en su Padre.
Su confianza perfecta en su Padre cubre nuestra falta de fe. Y su confianza perfecta es
nuestro ejemplo. Él nos dice:
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de
beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir… pero vuestro Padre celestial sabe que
tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:25–32).
“Es en la relación viva de nuestro Señor con Dios donde se revela el valor de su
pensamiento. Él vivió por una confianza constante en su Padre que prestaba aplomo y
serenidad a su espíritu en todas las circunstancias. Ni la oscuridad, ni la tempestad, ni la
soledad, ni la enemistad, ni la clara certidumbre de la muerte, le hicieron temer; no
mostró la menor ansiedad acerca de sus propias necesidades, o del resultado de su
trabajo. La noche en que fue traicionado habló con calma de la reunión en el Reino del
Padre; y en la Cruz, en el momento de mayor oscuridad aún dijo: ‘Dios mío, Dios mío…’ Su
fe nunca flaqueó.”
(R.E.O. WHITE)
Contentamiento
La confianza de nuestro Señor también se reflejó en su contentamiento. Él no tenía hogar
ni recursos humanos y, con todo, no mostró envidia de otros, ni celos ni amargura. En Él
no había una ambición intranquila ni una insatisfacción dubitativa. Todo esto surgió de su
confianza en su Padre, que era como la de un niño.
Aquí está la semejanza a Cristo; la completa confianza en nuestro Padre celestial; una
vida de oración, compromiso, intercesión, gratitud, sumisión y contentamiento, todo ello
porque confiamos en Él.
¿Por qué necesitaba orar quien tenía por derecho filial
Sobre todo el mundo, tanto en pensamiento como en sentido,
La plenitud de la omnipotencia de su Padre?
¿Por qué pedir en oración lo que era suyo por poder?
17
Pureza
La pureza es mucho mayor que la moralidad. Incluye muchas de las cualidades que
consideramos en otras partes de este libro, tales como la separación del mal, la humildad,
el amor, la integridad y los motivos correctos. Sin embargo, aquí necesitamos
concentrarnos en aquellas cosas que, desgraciadamente, fluyen a la mente en estos días
inmediatamente cuando hablamos de alguien como puro, es decir, una vida sexual
inmaculada. Debemos tratar tales asuntos en relación con la vida de Jesús con la mayor
reverencia y delicadeza, pero el clima moral actual nos prohíbe alejarnos asustados de
ellos. Puesto que para nosotros es imposible conocer los pensamientos y los deseos
secretos de otra persona, sólo podemos ser guiados por lo que la Escritura dice de Jesús,
lo que otros dijeron de Él, su propia enseñanza y su conducta en relación a otros hombres
y mujeres.
Declaraciones de la Escritura
Las Escrituras del Antiguo Testamento hablan del Mesías venidero como justo (Isaías 9:7;
Jeremías 23:6); aunque esto es más amplio que la pureza moral, ciertamente la incluye.
Jesús tenía unos treinta años cuando el Padre declaró que se agradaba de su Hijo
(Lucas 3:22). De nuevo, esto cubre mucho más que los estrechos límites de la moralidad
de Jesús, pero al mismo tiempo nos asegura que el Padre no encontró falta en Jesús en
este ámbito durante su infancia, su juventud y su temprana madurez.
Muy poco después de la muerte de Jesús, y cuando todas las memorias de su vida
estaban aún frescas, Pedro declaró públicamente: “negasteis al Santo y al Justo” (Hechos
3:14). Él pudo hacer esta declaración osadamente y sin temor a ser contradicho. Toda la
vida de nuestro Señor, sus palabras y su conducta, podían soportar de igual manera el
escrutinio de sus amigos y de sus enemigos.
De nuevo, cuando en Hebreos 7:26 leemos que Jesús era “santo, inocente, sin
mancha”, no podemos equivocarnos al pensar que unos términos tan amplios incluyen el
hecho de que en los asuntos sexuales nuestro Señor fue inmaculado.
Las Escrituras afirman con frecuencia la impecabilidad de nuestro Señor (2 Corintios
5:21; 1 Pedro 2:22; 1 Juan 3:5). La Biblia también nos muestra que Jesús resistió toda
tentación que se le presentó (Mateo 4:11; 16:23; Lucas 22:44; Hebreos 4:15). Esas
tentaciones fueron reales y eran iguales a las que asaltan a cualquier otro ser humano.
Lo que otros dijeron
Vale la pena notar que la vida de Jesús le recordaba a la gente de alrededor a hombres
cuyas vidas estaban por encima de cualquier reproche: Juan el Bautista, Elías y Jeremías
(Mateo 16:13, 14). También los mismos demonios rindieron tributo a Jesús como “el
Santo de Dios” (Marcos 1:24).
La enseñanza de Jesús
Jesús fue intransigente en su enseñanza acerca de la vida moral (Mateo 5:27–30; 19:1–
10). No tubo reparos en incluir el adulterio y la inmoralidad sexual entre las cosas que
hacen a una persona impura (Mateo 15:19). No obstante, Jesús no permitió que las
personas pensasen meramente en términos de conducta externa. Las palabras de Mateo
5:27, 28 debieron haber sorprendido a aquellos que las oyeron por primera vez:
“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a
una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”
Jesús se estaba dirigiendo a sus discípulos varones. Está claramente en armonía con esta
enseñanza el decir que cualquier mujer que mira a un hombre con pensamientos
lujuriosos ya ha cometido un pecado atroz.
Su conducta
Desafortunadamente, sin embargo, los predicadores no siempre viven a la altura de su
enseñanza, así que es correcto preguntar si el corazón de Jesús era tan puro como su
enseñanza demandaba. Consideraremos la manera en que Jesús vivió su enseñanza en el
siguiente capítulo, pero en este punto, podemos decir que todo lo que sabemos acerca de
su integridad nos asegura que no era un hipócrita. Él nunca podría haber sido tan
escrutador de los corazones en su enseñanza si su conciencia le hubiese traicionado.
Consideraremos la acusación que algunos han hecho de una relación inmoral entre
nuestro Señor y sus amigas en el apéndice.
Estos son días difíciles para mantener nuestras mentes puras y nuestra conducta
limpia. Esta es la razón por que Pablo nos dice que concentremos nuestros pensamientos
en:
“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable,
todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto
pensad” (Filipenses 4:8);
18
Integridad
Uno de los mayores problemas que tenemos que vencer es la hipocresía, que es una
marca sobresaliente de nuestra naturaleza humana caída. Nos parece imposible ser de
corazón lo que aparentamos ser a los demás. Los políticos y los comediantes comercian
con su imagen pública. No quieren que conozcamos la verdad sobre ellos y, cuando se
descubre algún detalle deshonroso o impropio acerca de ellos, los medios de
comunicación se aseguran de que el mundo entero lo sepa. Jesús dijo de los líderes
religiosos de su día: “porque dicen, y no hacen” (“no practican lo que predican”) (Mateo
23:3), y hay un elemento de esta inconsecuencia aun en las mejores personas, en mayor o
menor grado.
No obstante, Jesucristo era diferente. Su integridad perfecta era uno de los aspectos
más notables de su vida santa. Él vivía lo que enseñaba. A diferencia de otros, no tenía
que modificar su conducta, ya fuese por temor (Juan 7:13), o por un deseo de alabanza de
la gente (Juan 12:43).
Durante nuestros memorables días en Suffolk, mi esposa Muriel y yo nos dimos cuenta
de que la alabanza máxima de las personas era: “siempre es el mismo,” “siempre es la
misma”. Tal vez la expresión se usa también en otras partes del país para significar que
una persona así no modifica su estilo de vida, lenguaje u opiniones para adaptarse a
quienes le rodean. Jesús fue “siempre el mismo” ya fuese en el hogar o en la sinagoga, en
el mercado o a solas, con amigos o entre sus enemigos.
Se ha dicho de alguien: “Este hombre irá lejos; cree cada palabra que dice.” Podemos
examinar cada detalle de la enseñanza de Jesús y verlo exhibido perfectamente en su vida.
Esto no le resultaba forzado; le era perfectamente natural. Nadie le dijo jamás: “Lo que
estás haciendo no concuerda con lo que enseñas.” Jesús mismo nunca tuvo que decir: “No
debí haber dicho eso,” o: “No debía haber hecho eso”. Su vida era buena, íntegra y sana.
Podemos probar la integridad de Jesús considerando el Sermón del Monte, en que
sentó las normas de la vida cristiana en considerable detalle. Por ejemplo, ¿vivió Él la
calidad de vida que describió en lo que llamamos las Bienaventuranzas? (Mateo 5:3–12).
La respuesta ha de ser que allí tenemos un estudio del carácter del hombre que pronunció
esas palabras. El presente libro pudo haber sido escrito fácilmente sobre la base de esos
versículos.
Por ejemplo, Jesús no lloró por su propio pecado, porque no tenía ninguno, pero
ciertamente se lamentó por el pecado mismo y sus efectos en la vida humana. Él fue capaz
de hablar sin orgullo de su propia humildad (Mateo 11:28), y a menudo otros hablaron de
esta cualidad (2 Corintios 10:1). No tuvo hambre de justicia a la manera en que nosotros
anhelamos la victoria sobre el pecado, pero pudo decir: “Mi comida es que haga la
voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Jesús vino al mundo
precisamente con este propósito, para mostrar misericordia a quienes no la merecían y
para hacer un camino de paz con Dios para los pecadores. No podemos pensar en Jesús
regocijándose en medio de sus sufrimientos en la Cruz, porque allí Él soportó la ira de Dios
en nuestro lugar. Sin embargo, de manera asombrosa, habló de su gozo a pocas horas de
su muerte (Juan 15:11), dio gracias por el pan y el vino que hablaban de sus sufrimientos
(Mateo 26:27), y leemos de Él: “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz,
menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2).
Jesús fue el ejemplo perfecto de la “sal de la tierra” y de la “luz del mundo” (Mateo
5:13–16). Su vida refrenó la propagación de la corrupción en el mundo y penetró en la
oscuridad de ese mundo con la verdad y el amor.
Además, Jesús cumplió perfectamente la Ley de Dios en su vida de obediencia (Mateo
5:17–20). Nunca le vemos perder la paciencia con personas concretas a causa de una
ofensa personal (Mateo 5:21–26). Ciertamente Él se airó contra la hipocresía y la injusticia
(Mateo 23:13–36), pero su ira era siempre en defensa de otros, de la verdad y de la gloria
de Dios.
Hemos considerado la pureza de nuestro Señor en el capítulo 17 (Mateo 5:27–32).
Baste decir aquí que Él siempre trató a las mujeres como personas y no como objetos
sexuales; siempre les dio un respeto total.
Podría parecer que Jesús contradijo su enseñanza acerca de los juramentos (Mateo
5:33–37), en su uso del “de cierto, de cierto,” “os digo la verdad,” como por ejemplo en
Juan 10:1. No obstante, al usar esta expresión, Jesús estaba dando una ilustración clara de
su significado en Mateo 5. Él estaba haciendo afirmaciones positivas sin matizaciones o
ambigüedad, y su propia integridad era suficiente para que sus palabras llevasen consigo
convencimiento. Se podría citar toda la vida de Jesucristo para mostrar cómo vivió a la
altura de su enseñanza: “no resistáis al que es malo” y “amad a vuestros enemigos”
(Mateo 5:38–48).
Jesús anduvo haciendo lo bueno, pero en ningún momento hizo ostentación de su
bondad de tal manera que fuese honrado por los hombres por lo que hacía (Mateo 6:1–4).
Tuvo un cuidado genuino de aquellos que estaban necesitados, y su bondad era
enteramente para el beneficio de ellos y no para su propia alabanza.
Una y otra vez, Jesús se fue a un lugar apartado para orar, pero nunca leemos que
haya elevado largas oraciones en público (Mateo 6:5–15). Oró a su Padre en todo tipo de
ocasiones, por toda clase de razones, de la misma manera que enseñó a otros a hacerlo
(Lucas 18:1–8).
Todo lo que Jesús hizo estaba dirigido a agradar a su Padre, no a impresionar a la
gente. Él tenía un solo Señor y su lealtad nunca estuvo dividida (Mateo 6:16–24). Confiaba
en su Padre implícitamente y de esa manera fue el ejemplo perfecto de su enseñanza en
Mateo 6:25–34. Sus juicios de otros estaban totalmente exentos de prejuicios (Mateo 7:1–
6). Él anduvo el camino estrecho de la confianza, la pureza y la verdad (Mateo 7:7–29).
Nuestro Señor nos exhortó a perdonar a los demás y a servirles con humildad (Marcos
11:25, 26; Lucas 17:1–4), y en estas virtudes, como en todas las demás partes de su
enseñanza, nos ha dado el ejemplo perfecto.
Puede que nuestras inconsecuencias no aparezcan en la superficie de nuestras vidas,
pero es cuando las personas se acercan más a nosotros, cuando las grietas comienzan a
aparecer y, cuanto más conocen de nosotros, esas grietas se convierten en simas
abismales. Esto es lo que prueba la realidad del amor entre un esposo y una esposa y
entre los miembros de una iglesia. Sin embargo, al examinar la vida de Jesús de una
manera tan cercana, llegamos a quedar completamente convencidos de su integridad. Sus
discípulos tuvieron la mejor oportunidad de hacer el mejor examen posible de la vida de
Jesús. Más tarde, habiendo reflexionado, uno de ellos, declaró: “y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
“Si seguimos a Jesús por las calles donde caminó entre los hombres, nos tropezaremos con
la veracidad y el candor que exhibió constantemente. Siempre era Él mismo, sin pose ni
fingimiento. No tenía amor por los dichos oscuros, todo en torno a Él era sencillo y natural.
Es cierto que había una dignidad mayestática en su sinceridad y candor; este hombre se
atrevió a alejar de Él todos los medios deshonrosos para un fin. Él no conoció nada de lo
que nosotros llamamos oportunismo. Aun si por momentos pudiera parecer que un
camino torcido pudiera ayudarle, Él siempre tomó el camino que iba en línea recta hacia
delante.”
(OTTO BORCHERT)
19
Simetría perfecta
Al considerar el carácter de nuestro Señor, podemos ser tentados a pensar que todos los
aspectos de ese carácter están perfectamente equilibrados. En un sentido eso sería
correcto. No obstante, todo depende de lo que nosotros queramos decir por
“equilibrados”. Una casita con una puerta en medio de su fachada y dos ventanas de igual
tamaño a cada lado de la puerta está bien equilibrada, pero no es muy interesante que
digamos. No debemos pensar en las perfecciones de Jesús como si Él tuviese una cantidad
igual de amor por un lado y severidad por el otro, o una cantidad igual de tristeza y gozo;
o una cantidad igual de paciencia y urgencia. Hemos de pensar más bien en simetría. Esto
significa que las proporciones de cada parte son tales que no ofenden a la vista. El edificio
no es desigual ni es más pesado arriba que abajo, sino que cada parte tiene la medida
correcta y está en el lugar adecuado y es del color apropiado. El todo concuerda con sus
alrededores dando placer al conjunto.
Los diferentes aspectos del carácter de nuestro Señor están en perfecta simetría. El
pecado destruye la armonía de la personalidad humana de tal manera que podemos decir
que una persona es extravertida, otra es introvertida, una es inactiva y otra es dinámica.
Parte de la obra de la santificación es corregir nuestros extremos y vencer nuestras
debilidades. Esto significa que hemos de llegar a ser más como Jesucristo. En el momento
en que nos especializamos en una de las cualidades de nuestro Señor a expensas del
resto, distorsionamos la imagen. Cuando decimos que Él es una cosa, inmediatamente
hemos de añadir: “Oh, sí, pero también es otra.”
“Puedes haber visto conjeturas respecto a lo que llaman el temperamento de nuestro
Señor. Ya fuera del tipo predominantemente optimista, o del colérico, o del melancólico…
Después de haber leído todo y pensado todo sobre este asunto, volvemos a caer en esto:
el cuerpo y el alma de nuestro Señor deben de haber sido los mejor compuestos y los
mejor equilibrados; Él debe de haber tenido el mejor temperamento que haya poseído
jamás cualquiera de los hijos de los hombres.”
(ALEXANDER WHYTE)
“No tiene sentido buscar algún temperamento particular en Jesús. Nunca tendremos éxito
poniendo etiquetas a sus dones espirituales como estamos acostumbrados a hacer con
otros. Al recordar la purificación del Templo los hombres le han tildado de colérico. Y con
la misma facilidad podía ser denominado flemático cuando pensamos en cómo dormía
durante la tormenta y cuando guardó silencio ante sus jueces. Se dice que fue optimista,
permitiendo que la multitud le rindiese un homenaje jubiloso; e inmediatamente después
le encontramos llorando (Lucas 19:37–41). De la misma manera, podríamos pensar en Él
como de un melancólico incorregible, puesto que la unción de María le hace pensar en su
sepultura (Juan 12:7), o porque pronunciase sus parábolas sólo para que la gente no las
pudiese entender (Marcos 4:11, 12). No, ese tipo de definiciones actuales de las
disposiciones naturales no bastan aquí.”
(OTTO BORCHERT)
Lo que hemos hecho en este libro hasta ahora ha sido un intento de analizar el carácter de
Jesús. Sin embargo, una exploración de esta simetría nos llevará a una especie de síntesis
de muchas cosas que hemos visto de Él. Otra palabra que podríamos usar para describir
esto es “aplomo”: nunca hubo desequilibrio en Él. Muchos escritores han admirado este
equilibrio, simetría, aplomo de Jesús. Por ejemplo:
“Si deseáramos representar la constitución psíquica de Jesús de una manera correcta, hay
una cosa por encima de todas las demás sobre la que debemos poner nuestro dedo;
vemos en esta alma un choque extraordinario de contrastes. Este Jesús es franco y
comunicativo; lamenta su necesidad; no esconde su temor, y da expresión vivida a su
gozo; no hay nada taciturno o reservado en torno a Él. Y luego, otra vez, es el recluido, el
hombre que camina solo, velando durante toda la larga noche por sí mismo; puede poseer
lo mejor y guardarlo en su propio pecho, diciendo a sus discípulos aun al final: “Aún tengo
muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12). Este Jesús
es tan singularmente lúcido y sereno, tan curiosamente sosegado y dueño de sí mismo; y
luego, otra vez, se conmueve de tal manera que parece como si su reserva hubiese sido
atravesada, como si su equilibrio interno fuese perturbado. Él es manso, pero también tan
intensamente serio; su carácter es heroico y, con todo, está lleno de ternura. Todas sus
palabras son maravillosamente profundas, y al mismo tiempo tan transparentemente
claras. Su ocupación es la conquista del mundo y, con todo, puede hablar a una mujer
normal y corriente de una manera tan penetrante que uno podría casi pensar que la
salvación del alma de ella era su única ocupación” (Juan 4:5–17).
(OTTO BORCHERT)
Podemos ver esta maravilla de la simetría de nuestro Señor desde el ángulo de sus
relaciones. Las relaciones de Jesús siempre fueron lo que debieron ser. Él armonizaba con
su Padre, fue honorable con su familia, paciente y cariñoso con sus amigos y cortés, pero
franco, con sus enemigos. Estaba en paz consigo mismo y nunca estaba “de mal humor”,
incomodado o descontento por las personas o los eventos. No extraña que todo tipo de
personas fuesen atraídas a Él, como vemos en la variedad de temperamentos entre sus
doce discípulos. Y esto es tan cierto hoy como lo fue entonces.
Jesús enseñó que el mandamiento más importante es: “amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas,” y el
segundo más importante es: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:28–31).
Él mismo exhibió ese orden de prioridades hasta la perfección.
Jesús fue perfecto también en su actitud a la vida misma. Él era sensible a su brevedad
y sufrimiento pero nunca se irritó por el trato que le dio la vida. Pasó mucho tiempo
aliviando los ‘sufrimientos de otros y defendiendo a las víctimas de la injusticia, pero
aceptó sus propias experiencias como la voluntad del Padre para Él, para ser usadas para
el avance de su causa.
También vemos esta personalidad “equilibrada” reflejada en sus métodos de
enseñanza y testimonio a otros. Su enfoque variaba y estaba siempre perfectamente
adaptado a la situación y a las personas a quienes habló. Algunas veces hacía preguntas;
otras veces contaba historias, mientras que a menudo hacía una alocución directa. Su
manera de tratar a la mujer de Samaría en Juan 4:1–26 está en completo contraste con su
proceder con el joven rico (Marcos 10:17–22), y su respuesta a Nicodemo fue diferente de
esas otras.
“…su perfección moral descansa en el singular equilibrio de virtudes opuestas. Es la
presencia en un alma de cualidades aparentemente contradictorias lo que da a su carácter
su plenitud; es la perfecta armonía de las mismas lo que da a si vida completa ese aplomo
que es la perfección de la fortaleza. La fortaleza de mente y voluntad están muy
raramente unidas a la amabilidad; la amabilidad y la compasión no siempre consiguen
preservar los más altos niveles de justicia y pureza; y de nuevo, la justicia y la pureza
raramente mantienen su tolerancia y buena voluntad, especialmente hacia el injusto y el
impuro. Parece suficiente si pudiésemos sobresalir en una virtud o la otra; Jesús revela la
cima de cada una en un carácter simétrico. Este es en parte el significado de aquella gran
frase de Pablo acerca de ‘la estatura de la plenitud de Cristo’ (Efesios 4:13). Y en este
respecto una vez más el ideal del parecido con Cristo se eleva muy alto por encima de
nuestros logros, reprendiendo nuestra complacencia, y empequeñeciendo nuestra
demasiado baja aspiración con el retrato de un maestro.”
(R.E.O WHITE)
En Jesucristo había una mezcla perfecta de gozo y seriedad, de majestad y humildad, de
sabiduría y sencillez, de dependencia y certidumbre.
Esto nos lleva al final de nuestro intento de pintar un cuadro verbal del carácter
humano perfecto de Jesús, la imagen que todos los creyentes llevarán un día, la
semejanza hacia la cual debemos esforzarnos. Los eventos de la vida de nuestro Señor son
importantes, pero no tienen significado aparte de su carácter inmaculado. Las biografías a
menudo favorecen a su sujeto. A nosotros nos ha sido imposible hacer tal cosa; los hechos
hablan por sí mismos. Nuestro único peligro ha sido distorsionar la imagen y detraer de su
hermosura.
“¿Quién puede encontrar en su vida una simple carencia, un simple fracaso para
presentarnos un ejemplo perfecto? ¿En qué dificultad de la vida, en qué prueba, en qué
peligro o incertidumbre dejamos de encontrar el ejemplo que necesitamos cuando
volvemos nuestros ojos a Él? Y si tal vez, por la gracia de Dios, se nos permite caminar con
Él un solo paso en el camino, cómo arden nuestros corazones dentro de nosotros
anhelando estar siempre con Él, para ser fortalecidos por el todopoderoso poder de Dios
en el hombre interior, para hacer de cada huella que Él ha dejado en el mundo una piedra
sobre la que pisar para ascender escalando sobre su sendero divino. ¿No estamos en lo
cierto al decir que, junto a nuestro deseo de estar en Cristo, está nuestro anhelo
correspondiente a ser como Cristo; que en nuestros corazones después del gran acto de
obediencia hasta la muerte por la cual Él llegó a ser nuestro Salvador, sólo está su vida
santa en nuestro mundo de pecado por el cual Él llega a ser nuestro ejemplo?”
(B.B. WARFIELD)
20
¿Importa?
En Romanos 10:4 Pablo también dice: “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo
aquel que cree.” Su significado es éste: la meta y objetivo de la Ley era la perfección;
Jesucristo ha logrado esa meta, y todos los que creen en Él participan del beneficio de esa
perfección porque les es acreditada a ellos.
La sumisión total de Jesús a la voluntad del Padre es esencial para nuestra salvación.
Todos nosotros somos pecadores, y “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).
Jesucristo no sólo pagó por nosotros la pena por nuestra desobediencia, sino que su
obediencia perfecta permanece delante de la presencia de Dios en favor nuestro, y así
nosotros podemos cantar con Augustus M. Toplady:
Los terrores de la Ley y de Dios
Conmigo no tienen nada que ver;
La obediencia y la sangre de mi Salvador
Esconden todas mis transgresiones.
Jesús es “el SEÑOR, justicia nuestra” (Jeremías 23:6 LBLA). Nuestros pecados, su culpa y su
castigo fueron cargados sobre Él, y ahora estamos vestidos de su justicia (Zacarías 3:1–5;
Mateo 22:1–14). Vestidos con su justicia, podemos entrar en la presencia de Dios sin
temor de ser rechazados. Dios nos ve en Cristo. Bien podemos cantar:
Jesús, tu sangre y tu justicia
mi hermosura son, mi glorioso vestido;
en medio de mundos llameantes, ataviado en ellos
con gozo levantaré mi cabeza.
¡Esta vestidura sin mancha aparece igual
cuando la arruinada naturaleza se hunde con los años!
Ninguna edad puede cambiar su glorioso matiz;
la vestidura de Cristo es siempre nueva.
(NICHOLAUS L. VON ZINZENDORF)
Este retrato de Jesús ha de ser admirado pero, más que eso, debe ser objeto de nuestra
fe; sin Él, no hay salvación. Deberíamos leer los Evangelios con aliento entrecortado, ya
que vemos a Jesús en toda situación concebible que podría hacernos caer. Nuestra
salvación pende de su victoria en cada instante. Bendícelo por su triunfo total sobre el
mundo, la carne y el mal.
La semejanza con Jesús es el gran objetivo de la obra de Cristo por nosotros
y la obra de gracia del Espíritu dentro de nosotros
¿Por qué murió Jesucristo por nosotros? Podríamos responder correctamente: Para
salvarnos de la ira venidera de tal manera que ninguno de nosotros “se pierda, más tenga
vida eterna” (Juan 3:16). La eternidad será demasiado corta para agotar nuestra gratitud
por una salvación así. No obstante, también podemos decir que el gran objetivo de la obra
de Dios en Cristo por nosotros fue preparar el camino para la obra del Espíritu dentro de
nosotros; y el resultado final de esa obra es transformarnos en la imagen del amado Hijo
de Dios. Este objetivo está claramente afirmado:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del
Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu
del Señor” (2 Corintios 3:18).
“Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del
celestial” (1 Corintios 15:49).
“Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal
como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él
es puro” (1 Juan 3:2–3).
“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es
nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es
amor” (1 Juan 4:7, 8; véase también Mateo 5:44–48; 6:32, 33).
Estoy seguro de que una razón por la que, en nuestros días, nuestro impacto en las
personas es tan pequeño, es que desfiguramos a Jesús, cuyo nombre llevamos. Muy a
menudo nuestras vidas son una caricatura de la suya. En el capítulo 2 de su comentario
sobre Filipenses capítulos 1 y 2, el Dr. D. Martyn Lloyd-Jones dice:
“El mundo hoy, como todos nosotros bien sabemos, no está muy dispuesto a escucharnos
a nosotros o la predicación. Ello nos dice que no tiene interés en la teología y el dogma, y
puede haber algo de verdad en eso; el mundo se ha hecho psicológico, por no decir cínico,
y no está preparado para prestar atención a lo que dice la gente. No obstante, cuando ve
una vida que es triunfante, una personalidad que es claramente victoriosa, entonces
comienza a prestar atención. Los primeros cristianos conquistaron el mundo antiguo
simplemente siendo cristianos. Fue su amor los unos por los otros y su tipo de vida lo que
impactó tremendamente al mundo pagano, y no cabe duda de que ésta es la mayor
necesidad del momento, la demostración de la calidad de vida cristiana entre hombres y
mujeres. Esto es algo a lo cual todos estamos llamados y algo que todos nosotros
podemos hacer.”
Evidentemente, el llegar a ser como Jesús no es un asunto accesorio que sólo los
especialistas pueden explorar. Tampoco es algo opcional para tomarlo cuando sentimos
que hemos de hacerlo o cuando se nos desafía especialmente a ello. El llevar la semejanza
de Cristo es central al propósito de nuestra salvación; es la esencia de nuestra experiencia
espiritual. Sin embargo, ¿cómo somos transformados en esa semejanza? Este es el tema
que debe ocuparnos ahora.
La hermosura de Jesús llene mi vida,
La hermosura de Jesús llene mi vida,
La hermosura de Jesús llene mi vida,
La perfecta hermosura de Cristo.
Llene mis pensamientos, mis palabras, mis actos,
Mi todo doy en adoración
(GRAHAM KENDRICK)
21
La imitación de Cristo
El proceso de llegar a ser como Cristo es parte de lo que significa la santificación. Hay dos
aspectos de este proceso a los cuales hemos de dar igual importancia; está la parte de
Dios y la nuestra. Podemos describir esos dos aspectos así: por un lado confiar, y por el
otro intentarlo; nosotros confiamos que Dios haga su parte, mientras que al mismo
tiempo, nosotros mismos nos esforzamos en hacer su voluntad. Podemos cometer un
grave error en este asunto. Podemos resaltar uno de estos aspectos por encima del otro
de tal manera que dejemos todo a Dios, o actuamos como si todo dependiese de
nosotros. Si cometemos cualquiera de estos errores el resultado será la frustración y el
fracaso.
Algunos cristianos han comprendido la verdad de que somos dependientes del Señor,
pero han derivado de ello conclusiones erróneas. Hablan de “dejar a Cristo vivir su vida en
mí”, como si el Señor hiciese todo el trabajo y ellos no tuvieran nada que hacer. Algunos
himnos tienden a confirmar esta idea. “Sólo canales, bendito Maestro” es un himno en el
que parece que el creyente es meramente una especie de tubería a través de la cual Cristo
actúa. Otro dice:
Sepultado con Cristo y resucitado con Él también;
¿Qué me queda a mí por hacer?
Simplemente cesar de luchar y contender,
Simplemente andar en novedad de vida.
Gloria sea a Dios.
Sabemos lo que estos anegos están diciendo y les amamos, pero estos sentimientos son
engañosos. Pablo dice que tenemos que ocuparnos de estas cosas “con temor y temblor”
(Filipenses 2:12), y nuestra responsabilidad de tratar de ser como Jesús se nos presenta de
muchas maneras. Se nos dice claramente que copiemos su ejemplo (1 Pedro 2:21–23;
Efesios 5:1, 2; Colosenses 3:13; 1 Juan 3:16). Se nos exhorta a poner los ojos en Jesús
(Hebreos 12:2). Esto, por supuesto, es un mirar con vistas a la inspiración, la instrucción y
la imitación. Al mirar a Jesús de esta manera, seremos transformados en su imagen (2
Corintios 3:18).
“Mírale en todo momento, y en todo lugar; y al contemplarle, es una ley del nuevo
nacimiento el que llegues a ser como Él. Ningún hombre puede mantenerse mirando a
Jesucristo todos sus días sin que al final llegue a ser santo como Él.”
(ALEXANDER WHYTE)
Aquí ciertamente se arroja luz sobre lo que significan para nosotros expresiones del Nuevo
Testamento tales como: “puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:2). Cuando leemos las
Escrituras hemos de recibir no sólo instrucción, sino que hemos de observar muy de cerca
el ejemplo perfecto de nuestro Maestro, de tal manera que seamos “transformados de
gloria en gloria en la misma imagen” (2 Corintios 3:18).
“Ahora bien, el gran designio de todos los creyentes es ser como Jesucristo, en toda gracia
y en todo el ejercicio de la misma. Él es en todas las cosas el modelo y el ejemplo para
ellos. Por tanto, cuando tienen una percepción de la gloria de cualquier gracia tal y como
fue ejercitada por Cristo, y al mismo tiempo un sentido del defecto y la carencia propios
de ellos, siendo la conformidad a Él el designio de ellos, no pueden hacer otra cosa que
aplicarse a sí mismos a Él en una invocación solemne, solicitando para ellos, de los tesoros
y plenitud de Él, una comunicación adicional de esa gracia. Y estas cosas se promueven
mutuamente las unas a las otras en nosotros si atendemos a ellas adecuadamente. Un
adecuado sentido de nuestro propio defecto en cualquier gracia nos avanzará en la
expectativa de la gloria de esa gracia en Cristo. Y una percepción, una contemplación
adecuada, del glorioso ejercicio de cualquier gracia en Él, nos dará luz para descubrir
nuestro propio gran defecto en ese respecto, y nuestra carencia de ello. Bajo una
percepción de ambas cosas, una aplicación inmediata a Cristo por medio de la oración
producirá un inenarrable avance de nuestro crecimiento en la gracia y en la conformidad a
Él. No puede haber ninguna otra manera o medio efectivos para proveer suministros de
gracia de parte de Él, para extraer agua de las fuentes de la salvación. Cuando, en una
santa admiración y en un ferviente amor por alguna gracia ejercitada eminentemente en y
por Él, y con un sentido de nuestra propia escasez de la misma gracia, se la pedimos en fe,
Él no nos la negará.”
(JOHN OWEN)
Es interesante que en Juan 14:6 la primera cosa es: “Yo soy el camino.” Esto no significa de
ninguna manera menospreciar la importancia de la verdad revelada, sino que denota que
la “verdad” ha de encontrarse tanto en lo que Jesús fue e hizo como en lo que dijo.
Podemos ver cómo Pablo siguió el mismo principio en su ministerio en Tesalónica. Cuando
posteriormente escribió a esa iglesia defendiendo su autoridad apostólica, no dijo:
“Recordad lo que os enseñé,” sino: “Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa,
justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros” (1 Tesalonicenses 2:10).
Vemos, pues, que “venid en pos de mí” significa: “vivid conmigo y aprended de mi
ejemplo.”
Debemos ir más lejos. Esta llamada de Jesús también encierra el privilegio de aprender
mientras trabajamos con Él. Los discípulos eran aprendices que trabajaban bajo su
afectuosa aunque crítica mirada. Jesús no dijo: “Esto es lo que tenéis que hacer, ahora id y
hacedlo.” Más bien su llamada era para que los discípulos aprendiesen de la experiencia
del trabajo. Cuando ellos habían concluido una parte del trabajo, informaban a Jesús, el
cual estaba emocionado con lo que ellos habían sido capaces de hacer, pero no tan
satisfecho con la posibilidad de que se enorgulleciesen de ello (Lucas 10:17–20). Por tanto,
para nosotros: “Venid en pos de mí” significa: “Trabajad conmigo y así aprended de
vuestros éxitos y fracasos a crecer como yo.”
Hay una implicación posterior en el mandamiento de Jesús: “Venid en pos de mí.” El
reunió a sus discípulos alrededor de sí mismo como hemos visto, pero esto también los
acercó los unos a los otros. Ellos aprendieron los unos de los otros mientras vivían y
trabajaban juntos. Este aspecto de la vida de la iglesia se olvida a menudo. El crecimiento
en santidad y en parecido con Cristo no sólo es un ejercicio individual sino que se estimula
también cuando vivimos y trabajamos juntos en la comunión de la iglesia. Pablo vincula
con frecuencia el ministrarse los unos a los otros con el procedimiento de nuestro
crecimiento hasta “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11–16;
Colosenses 3:16).
Sin embargo, también necesitamos aclarar nuestros motivos. No hemos de ser guiados
por el legalismo: “Hago estas cosas porque están en las normas.” Es cierto que el Señor
mandó a sus discípulos a seguirle, pero la motivación ha de ser el amor por Él, no un
temor de las consecuencias de romper las normas. Necesitamos más que un conocimiento
del testimonio bíblico del carácter de nuestro Señor. Necesitamos paladear su hermosura
y deleitarnos en su perfección, o no le estaremos siguiendo seriamente. Esto no es una
inclinación natural, es la obra del Espíritu Santo.
Mucho menos hemos de tratar de ser como Jesús para impresionar a otras personas.
Es cierto que Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras” (Mateo 5:16), pero eso era una advertencia contra el vivir vidas
enclaustradas. Los demás deben recibir el impacto de nuestra santidad, y Jesús dejó bien
claro el motivo: “para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos.” Hemos de ser guiados por el celo por la gloria del Señor.
De ninguna manera hemos de descuidar esta responsabilidad personal de seguir a
Jesús, modelando nuestras vidas por la suya y ayudando a los demás a hacer lo mismo.
Oh déjame ver tus huellas
Y plantar en ellas las mías;
Mi esperanza para seguir como es debido
Está en tu fortaleza solamente.
Oh, guíame, llámame, atráeme,
Sosténme hasta el final;
Y entonces en el Cielo recíbeme,
Mi Salvador y mi amigo.
(JOHN BODE)
22
¿Es justo?
lo cual, siendo interpretado, significa que nuestro Señor parecía un hombre, vivía como un
hombre, hablaba como un hombre y, más que eso, sentía como un hombre.
Debemos tener cuidado con dos errores opuestos. No debemos intentar separar la
naturaleza divina de nuestro Señor de su naturaleza humana de tal manera que
asignemos una acción a su naturaleza humana y otra a su naturaleza divina. Él es una
persona gloriosa, maravillosa. Y además debemos tener bien clara su naturaleza divina
auténtica y su igualmente auténtica naturaleza humana. Él no era una mezcla de las dos.
Como alguien ha dicho: “Él era y es verdadero hombre como si no hubiese sido Dios, y era
y es verdadero Dios como si no hubiese sido hombre.”
El gran predicador escocés Alexander Whyte dijo:
“Mientras que su gloria celestial, ahora y por siempre, adorna su naturaleza humana hasta
su plenitud, y perfecciona su naturaleza humana hasta toda perfección posible, y corona
su naturaleza humana con todo honor y recompensa posibles; al mismo tiempo, toda su
gloria celestial no quita, ni en ninguna manera borra, o quiebra, ni siquiera una de las
verdaderas fronteras y límites de su naturaleza humana. Su divinidad no extingue ni en
ninguna manera deteriora en el Cielo ni en la Tierra, su humanidad real y verdadera y
siempre permanente.
Esto no puede significar que Jesús experimentara cada tipo de prueba posible para los
seres humanos. Por ejemplo, es improbable que Él padeciera de malaria, ¡posiblemente ni
siquiera de un catarro común como lo conocemos nosotros! Tampoco pudo Él, como
hombre, pasar por la experiencia de dar a luz un niño. Nuestro Señor no tuvo los gozos y
las penas de la vida matrimonial ni de la paternidad.
Sin embargo, estas penas y gozos implican sentimientos que son los mismos en otros
eventos. Son comunes tanto a hombres como a mujeres con temperamentos diversos en
una variedad de situaciones. Por ejemplo, a pesar de que Jesús no experimentase las
emociones y las pruebas del proceso de la maternidad, las mujeres generalmente han
encontrado siempre posible relacionarse con Jesús y encontrar plena consolación y
satisfacción en Él. Lo que tal vez no podamos explicar lógicamente parece tener respuesta
en la experiencia.
La confianza en su Padre fue probada en el desierto al principio de su vida pública
(Mateo 4:1–11). No importa cómo entendamos nosotros el detalle de lo que realmente
ocurrió allí, no debemos permitir que nada detraiga de la realidad y severidad de aquellas
tentaciones.
Además Jesús pasó treinta años en el seno de la vida de una familia, muy
probablemente actuando como el cabeza de familia después de la temprana muerte de su
padre. Las personas solteras a menudo sienten que sus necesidades no son entendidas o
suplidas suficientemente. Al menos aquí podemos decir con absoluta confianza: “Jesús
sabe,” “Él entiende.”
Esto sirve para subrayar cuánto necesitamos nosotros, “pecadores salvos por la gracia”, el
poder de la morada del Espíritu para capacitarnos a crecer en la semejanza de Jesucristo.
También deberíamos animarnos porque es el mismo Espíritu que estaba en Cristo el que
nos es dado para fortalecernos en el ser interior (Efesios 3:16), y para perfeccionar la obra
de gracia que Él mismo ha comenzado (Filipenses 1:6). Esto también hace una clara
distinción entre la experiencia evangélica de la gracia que nos capacita, y la escuela del
“Jesús nuestro ejemplo”, en la cual se nos deja al amparo de nuestros pobres recursos. El
cristianismo es más que moralidad; es vivir no “conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu” (Romanos 8:4).
Así que vemos que la llamada a seguir a Jesús es perfectamente razonable. Podemos
mirarle a Él no sólo como nuestro modelo, sino también como nuestra inspiración a
perseverar en el tratar de vivir de una manera que agrada a Dios. Al hacerlo, se nos
asegura que nuestro Maestro no es un tirano sin sentimientos, sino uno que nos gobierna
y nos guía con una amante comprensión. Él da el Espíritu Santo y:
“no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).
23
El parecido familiar
Hemos visto en el capítulo 22 que los cristianos están obligados a tratar de ser como
Jesucristo imitando su ejemplo. Esto subraya nuestra responsabilidad personal de luchar
con todo nuestro ser para ser semejantes a Él.
“…todo verdadero creyente tiene en su corazón… una inclinación habitual y un deseo de
ser como Cristo. Y sería fácil demostrar que, donde esto no está, tampoco está la fe ni el
amor.”
(JOHN OWEN)
En otras palabras, el proceso es tanto activo como pasivo. Es algo hecho por nosotros y
algo hecho en nosotros por el Espíritu; esto implica tanto el intentarlo como el confiar. Se
ha hecho mucho daño al resaltar uno de estos aspectos a expensas del otro. Ambos son
verdaderos; ambos son vitales.
Otra manera de describir la obra hecha dentro de nosotros es en términos del nuevo
nacimiento. El comienzo de la obra del Espíritu dentro de nosotros es una nueva vida, un
nuevo nacimiento (Juan 3:3–8; Tito 3:5, 6; 1 Pedro 1:23). Nosotros somos hechos hijos de
Dios (Juan 1:12, 13; Romanos 8:12–17; 1 Juan 3:1), y la prueba de esto es que
gradualmente se va viendo en nosotros el parecido familiar (Mateo 5:44–48; Efesios 4:31–
5:2; 2 Pedro 1:3, 4; 1 Juan 4:7, 8).
Uno de los grandes clásicos cristianos sobre el asunto de la semejanza a Cristo es La
imitación de Cristo, de Thomas à Kempis. Como hemos visto, la idea de la imitación no
está excluida de ninguna manera, pero está limitada. Cuando imitamos a alguien es como
si nos ponemos un abrigo, lo cual es un acto externo y no tiene nada que ver con nuestra
condición interna. En su valiosa evaluación de este libro James Stalker ha comentado:
“No es principalmente por un acto externo tal por lo que un cristiano crece como Cristo,
sino por una unión interna con Él. Si fuese por un proceso de imitación, entonces sería
como la imitación que una niña hace de su madre. Esta es la más completa de las
imitaciones. La niña reproduce los tonos de su madre, sus gestos, las más pequeñas
peculiaridades de su manera de andar y sus movimientos, con una perfección asombrosa y
casi risible. Sin embargo, ¿por qué es tan perfecta la imitación? Se podría decir que es
debida a las innumerables oportunidades que la niña ha tenido de ver a su madre, o
debida a la minuciosidad de la observación de los niños. No obstante, todo el mundo sabe
que hay más que esto. La madre está en su hija; en su nacimiento le comunicó a ella su
propia naturaleza; y el éxito de la imitación es debido a que se ejerza en la niña esta
misteriosa influencia. De manera similar, nosotros podemos copiar cuidadosamente los
rasgos del carácter de Cristo, mirándole fuera de nosotros, como un pintor mira a su
modelo; pero podemos hacerlo mejor aún, podemos, por la oración y la lectura de la
Palabra, vivir diariamente en su compañía, y recibir la impresión de su influencia; pero, si
nuestra imitación de Él ha de ser lo más profunda y lo más completa, algo más es
necesario; Él debe estar en nosotros como la madre está en su hija, habiéndonos
comunicado su propia naturaleza en el nuevo nacimiento.”
La razón por que somos capaces de seguir el ejemplo de Jesús con algún grado de éxito es
debida a la obra de su Espíritu en nosotros. Esta obra es al mismo tiempo positiva y
directa. Posiblemente el texto que mejor presenta estas cosas es:
“…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros
produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13).
En estas palabras Pablo se está dirigiendo a la iglesia en Filipos, pero lo que se aplica al
todo se aplica a sus partes, a cada miembro. El gran consuelo es que el Espíritu asegura
que nosotros queremos ser santos y que nos capacita para actuar con ese fin.
Podemos ver inmediatamente que nuestro crecimiento hacia la semejanza con Cristo
es un proceso gradual. Cualquier afirmación de perfección instantánea (por cualquier
medio), es visto como falso por las mismas descripciones de la vida cristiana que
encontramos en el Nuevo Testamento. Es un discipulado (Lucas 14:26–33), un producir
frutos (Juan 15:1–17), un crecimiento en la gracia (2 Pedro 3:18). El paralelo con el
crecimiento de los niños es muy exacto. En algunos momentos parece no haber mucho
desarrollo, pero entonces el niño parece “dar el estirón”. Posiblemente una enfermedad o
un accidente impide el proceso por un tiempo, pero luego, de repente, el niño es un joven
o una señorita. Todos estos pasos y etapas encuentran su paralelismo en nuestro
crecimiento espiritual gradual.
Podemos rastrear el proceso considerando primero la obra del Espíritu dentro de
nosotros, y a continuación el adiestramiento que nos da el Padre como a sus hijos.
¿Por qué el Hijo de Dios vino al mundo, murió y resucitó? Fue para que el propósito de su
Padre se cumpliera:
“Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas
subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al
autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno
son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:10, 11).
Puesto que el propósito del Padre y del Hijo está absolutamente claro, no nos sorprende
que el Espíritu esté decidido a llevar la obra de la gracia a su plenitud:
“el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”
(Filipenses 1:6).
Fue la obra del Espíritu en el corazón de C.H. Spurgeon la que le llevó a decir:
“…y luego pedimos llevar fruto. Oh, ayúdanos a sacar a la luz los frutos del Espíritu para la
gloria de Dios. Que nuestro carácter sea más hermoso cada día. Si hay algunas evidencias
de la obra artística de Cristo en nosotros, quiera Él continuar con ese lápiz divino, hasta
que haya producido en nosotros un carácter perfecto y seremos entre los hombres copias
de la perfección de nuestro Maestro.”
Esta enseñanza es confirmada en pasajes tales como Romanos 15:14, Colosenses 3:16;
Hebreos 10:24, 25 y todo un ejército de textos. Hemos de someternos al consejo de otros
creyentes ya sean en forma de ánimo o de advertencia y corrección. La adoración de la
iglesia, nuestra comunión en la obra de la iglesia, así como la disciplina de su comunión,
están todas diseñadas por nuestro Padre para que nosotros, sus hijos, crezcamos juntos
en la semejanza de su amado Hijo.
De una u otra manera, si somos verdaderos hijos de Dios, el Señor hará su voluntad en
nosotros; el final está asegurado.
¡Termina, pues, tu nueva creación,
Puros y sin mancha seamos;
Haznos ver tu gran salvación
Perfectamente restaurados en ti!
Cambiados de gloria en gloria,
Hasta que en el Cielo tomemos nuestro lugar;
Hasta que echemos nuestras coronas ante ti,
Abrumados de admiración, amor y alabanza.
(CHARLES WESLEY)
Epílogo
Una de las señales más seguras de que tenemos vida espiritual es nuestro deseo de ser
como Jesús. Es una vergüenza para aquellos de nosotros que hemos sido cristianos por
mucho tiempo si ese deseo no ha crecido en intensidad. El apóstol Juan pone la
perspectiva que se abre ante nosotros de esta manera:
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser;
pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos
tal como él es” (1 Juan 3:2).
Hay muchas cosas acerca de la vida de ultratumba que no conocemos ni podemos
conocer. No obstante, una cosa es cierta: “seremos semejantes a él”. Este será el
cumplimiento del propósito de Dios al escogernos.
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo…” (Romanos 8:29).
Apéndice
Cuestiones acerca de la perfección de Jesús
Hemos hecho lo mejor posible para pintar un retrato de la hermosa vida de Jesús, basado
en la evidencia de la Escritura. Es interesante notar que no hay ningún intento en la Biblia
por probar su impecabilidad; se cuenta la historia y se permite que hable por sí misma. Se
nos deja que lleguemos a nuestras propias conclusiones. Hemos visto la razón por que la
perfección de Jesús ha sido afirmada a lo largo de la Historia, no sólo por los cristianos
sino también por aquellos que no son cristianos. Sin embargo, cómo podemos responder
a aquellos que cuestionan nuestras conclusiones acerca de esta persona gloriosa, el Señor
Jesucristo.
Las palabras de Pilato en Juan [Link] “¡He aquí el hombre!” pudieron haber sido la
simple afirmación de un hecho. Posiblemente en esas palabras había un elemento de
desprecio, pero no puedo evadir el sentimiento de que había cierta admiración rencorosa
y hasta asombro en un hombre no dado por naturaleza a una sensibilidad tal. La
masculinidad y nobleza puras de Jesús no fueron minimizadas por la sangre del
azotamiento y la burla de la corona de espinas y la túnica de color púrpura.
No obstante, el carácter de Jesús ha sido difamado por aquellos que, al contrario que
Pilato, pretenden encontrar falta en Él. Esto ha sido abusado por personas que habitan en
la perversión sexual y saborean lo que sus mentes corruptas imaginan. El carácter de Jesús
también ha estado sujeto a la crítica de aquellos que consideran su retrato en el Nuevo
Testamento demasiado bueno para ser verdad. Por tanto, debemos examinar algunas de
las cuestiones que se han presentado, pero, por encima de todo, no nos quepa duda de
que las Escrituras declaran que nuestro Señor era sin pecado:
“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 17:5).
No sólo el Padre confirmó la impecabilidad de su Hijo, sino que Jesús mismo fue vindicado
por su propia conciencia (véase también Juan 18:19–23). ¡Imagínate a cualquiera de
nosotros exponiendo nuestra vida al escrutinio de otros, desafiándoles a encontrar alguna
falta en nosotros! No podrían ni siquiera comenzar el examen, pensando que estamos
locos al hacer tal sugerencia. Jesús está diciendo: “Nadie me puede hacer sonrojar con
una conciencia de pecado,” poniéndose de esta manera aparte de todo el resto de la raza
humana. Él no descubrió ninguna memoria furtiva de corrupción por el pecado en su vida
anterior, y ninguna falta dejó cicatrices de vergüenza en su consciencia.
Esto se ve también en la búsqueda de evidencias que sus acusadores hicieron contra Él
en su juicio. No pudieron encontrar nada de eso, y por ello tuvieron que inventar cargos
falsos (Mateo 26:59, 60). Nada confirma de una manera más clara su concepción
milagrosa que esto. Él es la única y asombrosa excepción sin pecado, un hecho que los
evolucionistas raramente toman en consideración.
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (Mateo 17:5).
La muerte es la consecuencia del pecado (Génesis 3:3; Romanos 6:21), y este hombre
murió; así que podríamos pensar que, a pesar de sus afirmaciones, Él era un pecador. Pero
no, los pecados de otros le fueron acreditados a Él; Él murió por los pecados de ellos, no
por los suyos propios, porque no tenía ninguno.
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”
(Hebreos 4:15).
Como hemos visto, la normalidad de su vida y la amplitud de su experiencia humana
fueron tales que Jesús fue probado por todos los traumas emocionales, físicos y
espirituales que nos son comunes a nosotros, hasta el punto en que puede decir: “Sí, yo sé
cómo te sientes.” Jesús pasó las pruebas más severas en todos los ámbitos de la
experiencia humana. Él fue sin pecado.
“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los
pecadores” (Hebreos 7:26).
Como hemos visto, nuestro Señor no se abstuvo de relacionarse con personas pecadoras.
La afirmación aquí es que, como una persona sin pecado, Él está en una categoría suya
propia: una categoría de uno solo.
“El cual no hizo pecado” (1 Pedro 2:22).
Había sido predicho que nuestro Señor sería sin pecado (Isaías 53:9), y la profecía fue
cumplida ampliamente.
“Y no hay pecado en él” (1 Juan 3:5).
En el contexto, lo que se resalta aquí es que Jesús obedeció perfectamente la Ley de Dios,
puesto que el pecado es “infracción de la ley” (v. 4).
Así que, la enseñanza de la Escritura es clara, pero nosotros debemos afrontar algunas
de las preguntas que se hacen con frecuencia, que prueban nuestra confianza en la
impecabilidad de Jesús. Algunas personas tropiezan con tales preguntas, así que será
provechoso que nos deshagamos de ellas de la manera más honesta que podamos. Aquí
me estoy apoyando ampliamente en el libro de Carl Ullmann The Sinlessness of Jesus (La
impecabilidad de Jesús).
¡Aquellos cerdos!
Se trata de la historia de nuestro Señor en la que echa demonios del hombre de Gadara a
un hato de cerdos que luego corrieron hacia el mar y se ahogaron (Marcos 5:1–17). Se
supone que el pecado envuelto aquí es el de dañar deliberadamente la propiedad de otras
personas.
Algunos han intentado defender a Jesús, argumentando que Él no había de saber lo
que le sucedería a los cerdos, pero siempre es peligroso tratar de defender a Jesús. Él no
necesita esa clase de ayuda de nosotros. La mejor respuesta que conozco es esta:
“Nosotros adoptamos nuestra postura, por tanto, enteramente sobre la base de que
Jesús, en esta como en cualquier ocasión, estaba cumpliendo su misión; de hecho no sin
anticipar la consecuencia de sus actos, pero sin permitir ser influido por ella. La meta de
aquella misión era salvar las vidas y almas de los hombres; y la posible destrucción de
criaturas irracionales, o la contingencia de una pérdida que podía ser reemplazada, no
podía retraerle de ello. No, su conducta en esta ocasión más bien sirve para poner en una
luz más clara el gran valor que Jesús atribuyó al hombre como la imagen de Dios.”
(CARL ULLMAN)
Bibliografía
B.B. WARFIELD, La persona y la obra de Jesucristo, CLIE (1993)
R.E.O. WHITE, Into the Same Image, Marshall, Morgan & Scott (1957).
R.E.O. WHITE, The Stranger of Galilee, Arthur James (1961).
JAMES STALKER, The Example of Jesus, Keats Publishing Inc. (1980).
MICHAEL GRIFFITHS, The Example of Jesus, Hodder & Stoughton (1985).
ALEXANDER WHYTE, With Mercy and with Judgment, Hodder & Stoughton (sin fecha).
ALEXANDER WHYTE, The Walk, Conversation and Character of Jesus Christ our Lord, Oliphant
Anderson & Ferrier, (sin fecha, segunda edición).
BRUCE BARTON, The Man Nobody Knows, Constable & Co. Ltd. (1925).
OTTO BORCHERT, The Original Jesus, Lutterworth Press (1944).
CARL ULLMANN, The Sinlessness of Jesus, T & T Clark (1901).
J OSWALD SANDERS, The Incomparable Jesus, Marshall, Morgan & Scott (1971).
TOM SMAIL, The Forgotten Father, Hodder & Stoughton (1980).
J DOUGLAS MACMILLAN, Jesus – Power Without Measure, Evangelical Press of Wales (1990).
JOSH MCDOWELL, Él anduvo entre nosotros, Unilit.
STUART OLYOTT, Son of Mary, Son of God, Evangelical Press (1984).
JOHN BLANCHARD, Will the real Jesus please stand up, Evangelical Press (1989).
H.D. MCDONALD, Jesus, Human and Divine, Pickering & Inglis (1968).
PETER LEWIS, The Glory of Christ, Hodder & Stoughton (1992).
(Todos ellos son dignos de ser estudiados, pero ni Clifford Pond, ni Grace Publications
Trust ni Editorial Peregrino sancionan necesariamente todo lo que hay en ellos ni otras
obras de1
1 Carson Herbert, «Prólogo», en La hermosura de Jesús: Un retrato del carácter humano perfecto
de Jesucristo y algunas aplicaciones a la vida cristiana, trans. Obdulio Moral y David Rivero, 1a
edición. (Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 1999), 8–184.