CIC Compendio
CIC Compendio
[BE, DE, EN, ES, FR, HU, ID, IT, LT, PT, RO, RU, SL, SV]
CATECISMO
DE LA
IGLESIA CATÓLICA
Compendio
«Motu Proprio»
Introducción
Creo
Creemos
Segunda sección: La profesión de la fe cristiana
El Credo
Capítulo primero: Creo en Dios Padre
Los símbolos de la fe
«Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del ciclo y de la tierra»
El cielo y la tierra
El hombre
La caída
Capítulo segundo: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor
Jesucristo fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen
«Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato. fue crucificado, muerto y sepultado»
Jesucristo descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos
«Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso»
«Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos
Capítulo tercero: «Creo en el Espíritu Santo»
«Creo en la Santa Iglesia Católica».
La Iglesia en el designio de Dios
La Iglesia: Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica
Los fieles: jerarquía, laicos, vida consagrada
«Creo en la comunión de los santos»
María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia
«Creo en el perdón de los pecados»
«Creo en la resurrección de la carne»
«Creo en la vida eterna»
«Amén»
APÉNDICE
Oraciones comunes
Fórmulas de Doctrina católica
ABREVIATURAS BÍBLICAS
MOTU PROPRIO
Hace ya veinte años se iniciaba la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica, a petición de la
Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada con ocasión del vigésimo aniversario de la
clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Agradezco infinitamente a Dios Nuestro Señor el haber dado a la Iglesia este Catecismo, promulgado en
1992 por mi venerado y amado Predecesor, el Papa Juan Pablo II.
La gran utilidad y valor de este don han sido confirmados, ante todo, por la positiva y amplia acogida que
el Catecismo ha tenido entre los obispos, a quienes se dirigía en primer lugar, como texto de referencia
segura y auténtica para la enseñanza de la doctrina católica y, en particular, para la elaboración de
catecismos locales. Pero una ulterior confirmación ha venido de la favorable y gran acogida dispensada al
mismo por todos los sectores del Pueblo de Dios, que lo han podido conocer y apreciar en las más de
cincuenta lenguas a las que, hasta el momento, ha sido traducido.
Dicho Compendio había sido vivamente deseado por los participantes al Congreso Catequético
Internacional de octubre de 2002, que se hacían así intérpretes de una exigencia muy extendida en la
Iglesia. Acogiendo este deseo, mi difunto Predecesor decidió su preparación en febrero de 2003,
confiando la redacción del mismo a una restringida Comisión de Cardenales, presidida por mí y ayudada
por un grupo de expertos colaboradores. Durante el desarrollo de los trabajos, el proyecto de este
Compendio fue sometido al juicio de los Eminentísimos Cardenales y los Presidentes de las Conferencias
Episcopales, que en su inmensa mayoría lo han acogido y valorado favorablemente.
El Compendio, que ahora presento a la Iglesia Universal, es una síntesis fiel y segura del Catecismo de la
Iglesia Católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de
la Iglesia, de manera tal que constituye, como deseaba mi Predecesor, una especie de vademécum, a
través del cual las personas, creyentes o no, pueden abarcar con una sola mirada de conjunto el panorama
completo de la fe católica.
Entrego, por tanto, con confianza este Compendio, ante todo a la Iglesia entera y a cada cristiano en
particular, para que, por medio de él, cada cual pueda encontrar, en este tercer milenio, nuevo impulso
para renovar el compromiso de evangelización y educación de la fe que debe caracterizar a toda
comunidad eclesial y a cada creyente en Cristo de cualquier edad y nación.
Pero este Compendio, por su brevedad, claridad e integridad, se dirige asimismo a toda persona que,
viviendo en un mundo dispersivo y lleno de los más variados mensajes, quiera conocer el Camino de la
Vida y la Verdad, entregado por Dios a la Iglesia de su Hijo.
Leyendo este valioso instrumento que es el Compendio, gracias especialmente a la intercesión de María
Santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia, puedan todos reconocer y acoger cada vez mejor la inagotable
belleza, unicidad y actualidad del Don por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad: Su Hijo único,
Jesucristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 28 de Junio de 2005, víspera de la Solemnidad de los Santos
Apóstoles Pedro y Pablo, año primero de mi Pontificado.
INTRODUCCIÓN
1. El 11 de Octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II entregaba a los fieles de todo el mundo el Catecismo
de la Iglesia Católica, presentándolo como «texto de referencia» [1] para una catequesis renovada en las
fuentes vivas de la fe. A treinta años de la apertura del Concilio Vaticano II (1962-1965), se cumplía de
este modo felizmente el deseo expresado en 1985 por la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los
Obispos de que se compusiera un catecismo de toda la doctrina católica, tanto de la fe como de la moral.
Cinco años después, el 15 de Agosto de 1997, al promulgar la editio typica del Catechismus Ecclesiae
Catholicae, el Sumo Pontífice confirmaba la finalidad fundamental de la obra: «Presentarse como una
exposición completa e íntegra de la doctrina católica, que permite que todos conozcan lo que la Iglesia
misma profesa, celebra, vive y ora en su vida diaria». [2]
2. En orden a un mayor aprovechamiento de los valores del Catecismo y para responder a la petición del
Congreso Catequético Internacional de 2002, Juan Pablo II instituía en 2003 una Comisión especial,
presidida por mí, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con el encargo de elaborar
un Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que recogiera una formulación más sintética de los
mismos contenidos de la fe. Tras dos años de trabajo se preparó un proyecto de compendio, que fue
enviado a consulta a los Cardenales y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. El proyecto, en
su conjunto, obtuvo una valoración positiva por parte de la absoluta mayoría de cuantos respondieron. La
Comisión, por tanto, procedió a la revisión del mencionado proyecto y, teniendo en cuenta las propuestas
de mejora recibidas, redactó el texto final de la obra.
3. Tres son las características principales del Compendio: la estrecha dependencia del Catecismo de la
Iglesia Católica, el estilo dialogal y el uso de imágenes en la catequesis.
Ante todo, el Compendio no es una obra autónoma ni pretende de ningún modo sustituir al Catecismo de
la Iglesia Católica: más bien remite a él constantemente, tanto con la puntual indicación de los números
de referencia como con el continuo llamamiento a su estructura, desarrollo y contenidos. El Compendio,
además, pretende despertar un renovado interés y aprecio por el Catecismo, que, con su sabiduría
expositiva y unción espiritual, continua siendo el texto de base de la catequesis eclesial de hoy.
Como el Catecismo, también el Compendio se articula en cuatro partes, correspondientes a las leyes
fundamentales de la vida en Cristo.
La primera parte, titulada «La profesión de la fe», contiene una oportuna síntesis de la lex credendi, es
decir, de la fe profesada por la Iglesia Católica, tomada del Símbolo Apostólico, ulteriormente explicitado
y detallado por el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, cuya constante proclamación en la asamblea
cristiana mantiene viva la memoria de las principales verdades de la fe.
La segunda parte, titulada «La celebración del misterio cristiano», presenta los elementos esenciales de la
lex celebrandi. El anuncio del Evangelio encuentra, efectivamente, su respuesta privilegiada en la vida
sacramental. En ella los fieles experimentan y dan testimonio en cada momento de su existencia, de la
eficacia salvífica del misterio pascual, por medio del cual Cristo ha consumado la obra de nuestra
redención.
La tercera parte, titulada «La vida en Cristo», presenta la lex vivendi, es decir, el compromiso que tienen
los bautizados de manifestar en sus comportamientos y en sus decisiones éticas la fidelidad a la fe
profesada y celebrada. Los fieles, en efecto, están llamados por el Señor Jesús a realizar las obras que se
corresponden con su dignidad de hijos del Padre en la caridad del Espíritu Santo.
La cuarta parte, titulada «La oración cristiana», ofrece una síntesis de la lex orandi, es decir, de la vida de
oración. A ejemplo de Jesús, modelo perfecto de orante, también el cristiano está llamado al diálogo con
Dios en la oración, de la que es expresión privilegiada el Padre Nuestro, la oración que nos enseñó el
mismo Jesús.
4. Una segunda característica del Compendio es su forma dialogal, que recupera un antiguo género
catequético basado en preguntas y respuestas. Se trata de volver a proponer un diálogo ideal entre el
maestro y el discípulo, mediante una apremiante secuencia de preguntas, que implican al lector,
invitándole a proseguir en el descubrimiento de aspectos siempre nuevos de la verdad de su fe. Este
género ayuda también a abreviar notablemente el texto, reduciéndolo a lo esencial, y favoreciendo de este
modo la asimilación y eventual memorización de los contenidos.
5. Una tercera característica es la presencia de algunas imágenes, que acompañan a la articulación del
Compendio. Provienen del riquísimo patrimonio de la iconografía cristiana. De la secular tradición
conciliar aprendemos que también la imagen es predicación evangélica. Los artistas de todos los tiempos
han ofrecido, para contemplación y asombro de los fieles, los hechos más sobresalientes del misterio de la
salvación, presentándolo en el esplendor del color y la perfección de la belleza. Es éste un indicio de
cómo hoy más que nunca, en la civilización de la imagen, la imagen sagrada puede expresar mucho más
que la misma palabra, dada la gran eficacia de su dinamismo de comunicación y de transmisión del
mensaje evangélico.
de toda edad y condición, como la necesidad de todos aquellos que, sin serlo, tienen sed de verdad y de
justicia. Su publicación tendrá lugar en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, columnas
de la Iglesia universal y evangelizadores ejemplares en el mundo antiguo. Estos apóstoles vieron lo que
predicaron, y dieron testimonio de la verdad de Cristo hasta el martirio. Imitémosles en su impulso
misionero, y roguemos al Señor para que la Iglesia siga siempre las enseñanzas de los Apóstoles, de
quienes ha recibido el primer anuncio gozoso de la fe.
Notas
[1] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum, 11 de octubre de 1992.
[2] Juan Pablo II, Carta ap. Laetamur magnopere, 15 de agosto de 1997.
PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE
PRIMERA SECCIÓN
«CREO» – «CREEMOS»
1-25
CAPÍTULO PRIMERO
30
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza (Â…). Nos has hecho para ti y nuestro
corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín).
27-30
44-45
Dios mismo, al crear al hombre a su propia imagen, inscribió en el corazón de éste el deseo de verlo.
Aunque el hombre a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo hacia sí, para que viva y encuentre
en Él aquella plenitud de verdad y felicidad a la que aspira sin descanso. En consecuencia, el hombre, por
naturaleza y vocación, es un ser esencialmente religioso, capaz de entrar en comunión con Dios. Esta
íntima y vital relación con Dios otorga al hombre su dignidad fundamental.
31-36
46-47
A partir de la Creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede
con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita.
37-38
Para conocer a Dios con la sola luz de la razón, el hombre encuentra muchas dificultades. Además no
puede entrar por sí mismo en la intimidad del misterio divino. Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su
Revelación, no sólo acerca de las verdades que superan la comprensión humana, sino también sobre
verdades religiosas y morales, que, aun siendo de por sí accesibles a la razón, de esta manera pueden ser
conocidas por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error.
Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y las demás
criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios. Sin embargo, es
necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto,
sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el infinito misterio de Dios.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA REVELACIÓN DE DIOS
50-53
68-69
Dios, en su bondad y sabiduría, se revela al hombre. Por medio de acontecimientos y palabras, se revela a
sí mismo y el designio de benevolencia que él mismo ha preestablecido desde la eternidad en Cristo en
favor de los hombres. Este designio consiste en hacer partícipes de la vida divina a todos los hombres,
mediante la gracia del Espíritu Santo, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo Unigénito.
54-58
70-71
Desde el principio, Dios se manifiesta a Adán y Eva, nuestros primeros padres, y les invita a una íntima
comunión con Él. Después de la caída, Dios no interrumpe su revelación, y les promete la salvación para
toda su descendencia. Después del diluvio, establece con Noé una alianza que abraza a todos los seres
vivientes.
59-64
72
Dios escogió a Abram llamándolo a abandonar su tierra para hacer de él «el padre de una multitud de
naciones» (Gn 17, 5), y prometiéndole bendecir en él a «todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3). Los
descendientes de Abraham serán los depositarios de las promesas divinas hechas a los patriarcas. Dios
forma a Israel como su pueblo elegido, salvándolo de la esclavitud de Egipto, establece con él la Alianza
del Sinaí, y le da su Ley por medio de Moisés. Los Profetas anuncian una radical redención del pueblo y
una salvación que abrazará a todas las naciones en una Alianza nueva y eterna. Del pueblo de Israel, de la
estirpe del rey David, nacerá el Mesías: Jesús.
65-66
73
La plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios es la que Él mismo llevó a cabo en su Verbo
encarnado, Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación. En cuanto Hijo Unigénito de Dios hecho
hombre, Él es la Palabra perfecta y definitiva del Padre. Con la venida del Hijo y el don del Espíritu, la
Revelación ya se ha cumplido plenamente, aunque la fe de la Iglesia deberá comprender gradualmente
todo su alcance a lo largo de los siglos.
«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo
nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (San Juan
de la Cruz)
67
Aunque no pertenecen al depósito de la fe, las revelaciones privadas pueden ayudar a vivir la misma fe, si
mantienen su íntima orientación a Cristo. El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el
discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que
pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.
74
Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), es
decir, de Jesucristo. Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los hombres, según su propio
mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28, 19). Esto se lleva a cabo mediante la
Tradición Apostólica.
75-79
83
96.98
La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del
cristianismo, por la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los
Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el
fin de los tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo.
76
La Tradición Apostólica se realiza de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios (también
llamada simplemente Tradición) y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación
puesto por escrito.
80-82
97
La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas entre sí. En efecto, ambas
hacen presente y fecundo en la Iglesia el Misterio de Cristo, y surgen de la misma fuente divina:
constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca su propia certeza sobre todas las
cosas reveladas.
84.91
94.99
El depósito de la fe ha sido confiado por los Apóstoles a toda la Iglesia. Todo el Pueblo de Dios, con el
sentido sobrenatural de la fe, sostenido por el Espíritu Santo y guiado por el Magisterio de la Iglesia,
acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor, y la aplica a la vida.
85-90
100
cual, en el servicio de la Palabra de Dios, goza del carisma cierto de la verdad, compete también definir
los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación; dicha autoridad se
extiende también a las verdades necesariamente relacionadas con la Revelación.
95
Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin
los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la
salvación de los hombres.
LA SAGRADA ESCRITURA
105-108
135-136
Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor: por eso afirmamos
que está inspirada y enseña sin error las verdades necesarias para nuestra salvación. El Espíritu Santo ha
inspirado, en efecto, a los autores humanos de la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el
Espíritu ha querido enseñarnos. La fe cristiana, sin embargo, no es una «religión del libro», sino de la
Palabra de Dios, que no es «una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo
de Claraval).
109-119
137
La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del
Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2)
lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la
cohesión entre las verdades de la fe.
120
138
El canon de las Escrituras es el elenco completo de todos los escritos que la Tradición Apostólica ha
hecho discernir a la Iglesia como sagrados. Tal canon comprende cuarenta y seis escritos del Antiguo
Testamento y veintisiete del Nuevo.
121-123
Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios: todos sus libros están
divinamente inspirados y conservan un valor permanente, dan testimonio de la pedagogía divina del amor
salvífico de Dios, y han sido escritos sobre todo para preparar la venida de Cristo Salvador del mundo.
124-127
139
El Nuevo Testamento, cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación
divina. En él, los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo el principal testimonio de la
vida y doctrina de Jesús, constituyen el corazón de todas las Escrituras y ocupan un puesto único en la
Iglesia.
128-130
140
La Escritura es una porque es única la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de Dios y única la
inspiración divina de ambos Testamentos. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo, mientras que éste da
cumplimiento al Antiguo: ambos se iluminan recíprocamente.
131-133
141-142
La Sagrada Escritura proporciona apoyo y vigor a la vida de la Iglesia. Para sus hijos, es firmeza de la fe,
alimento y manantial de vida espiritual. Es el alma de la teología y de la predicación pastoral. Dice el
Salmista: «lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119, 105). Por esto la Iglesia
exhorta a la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, pues «desconocer la Escritura es desconocer a
Cristo» (San Jerónimo).
CAPÍTULO TERCERO
CREO
142-143
El hombre, sostenido por la gracia divina, responde a la Revelación de Dios con la obediencia de la fe,
que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la
Verdad misma.
26. ¿Cuáles son en la Sagrada Escritura los principales modelos de obediencia en la fe?
144-149
Son muchos los modelos de obediencia en la fe en la Sagrada Escritura, pero destacan dos
particularmente: Abraham, que, sometido a prueba, «tuvo fe en Dios» (Rm 4, 3) y siempre obedeció a su
llamada; por esto se convirtió en «padre de todos los creyentes» (Rm 4, 11.18). Y la Virgen María, quien
ha realizado del modo más perfecto, durante toda su vida, la obediencia en la fe: «Fiat mihi secundum
150-152
176-178
Creer en Dios significa para el hombre adherirse a Dios mismo, confiando plenamente en Él y dando
pleno asentimiento a todas las verdades por Él reveladas, porque Dios es la Verdad. Significa creer en un
solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
153-165
179-180
183-184
La fe, don gratuito de Dios, accesible a cuantos la piden humildemente, es la virtud sobrenatural
necesaria para salvarse. El acto de fe es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el
cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina. Además, la fe
es cierta porque se fundamenta sobre la Palabra de Dios; «actúa por medio de la caridad» (Ga 5,6); y está
en continuo crecimiento, gracias, particularmente, a la escucha de la Palabra de Dios y a la oración. Ella
nos hace pregustar desde ahora el gozo del cielo.
159
Aunque la fe supera a la razón, no puede nunca haber contradicción entre la fe y la ciencia, ya que ambas
tienen su origen en Dios. Es Dios mismo quien da al hombre tanto la luz de la razón como la fe.
CREEMOS
166-169
181
La fe es un acto personal en cuanto es respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero, al mismo
tiempo, es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión «creemos», porque, efectivamente, es la
Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la
fe de cada uno: por esto la Iglesia es Madre y Maestra.
«Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre»
(San Cipriano)
170-171
Las fórmulas de la fe son importantes porque nos permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con
los demás las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común.
172-175
182
La Iglesia, aunque formada por personas diversas por razón de lengua, cultura y ritos, profesa con voz
unánime la única fe, recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición Apostólica. Profesa un
solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– e indica un solo camino de salvación. Por tanto, creemos,
con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o
transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado.
SEGUNDA SECCIÓN
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA
EL CREDO
CAPÍTULO PRIMERO
CREO EN DIOS PADRE
LOS SÍMBOLOS DE LA FE
185-188
199.197
Los símbolos de la fe, también llamados «profesiones de fe» o «Credos», son fórmulas articuladas con las
que la Iglesia, desde sus orígenes, ha expresado sintéticamente la propia fe, y la ha transmitido con un
lenguaje común y normativo para todos los fieles.
189-191
Los símbolos de la fe más antiguos son los bautismales. Puesto que el Bautismo se administra «en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), las verdades de fe allí profesadas son
articuladas según su referencia a las tres Personas de la Santísima Trinidad.
193-195
Los símbolos de la fe más importantes son: el Símbolo de los Apóstoles, que es el antiguo símbolo
bautismal de la Iglesia de Roma, y el Símbolo niceno-constantinopolitano, que es fruto de los dos
primeros Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381), y que sigue siendo aún hoy el
símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.
198-199
La profesión de fe comienza con la afirmación «Creo en Dios» porque es la más importante: la fuente de
todas las demás verdades sobre el hombre y sobre el mundo y de toda la vida del que cree en Dios.
200-202
228
Profesamos un solo Dios porque Él se ha revelado al pueblo de Israel como el Único, cuando dice:
«escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor» (Dt 6, 4), «no existe ningún otro» (Is 45, 22).
Jesús mismo lo ha confirmado: Dios «es el único Señor» (Mc 12, 29). Profesar que Jesús y el Espíritu
Santo son también Dios y Señor no introduce división alguna en el Dios Único.
203-205
230-231
Dios se revela a Moisés como el Dios vivo: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios
de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3, 6). Al mismo Moisés Dios le revela su Nombre misterioso: «Yo soy el
que soy (YHWH)» (Ex 3, 14). El nombre inefable de Dios, ya en los tiempos del Antiguo Testamento, fue
sustituido por la palabra Señor. De este modo en el Nuevo Testamento, Jesús, llamado el Señor, aparece
como verdadero Dios.
212-213
Mientras las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer, sólo Dios es en sí mismo la plenitud del
ser y de toda perfección. Él es «el que es», sin origen y sin fin. Jesús revela que también Él lleva el
Nombre divino, «Yo soy» (Jn 8, 28).
206-213
Al revelar su Nombre, Dios da a conocer las riquezas contenidas en su misterio inefable: sólo Él es, desde
siempre y por siempre, el que transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho cielo y tierra. Él es
el Dios fiel, siempre cercano a su pueblo para salvarlo. Él es el Santo por excelencia, «rico en
misericordia» (Ef 2, 4), siempre dispuesto al perdón. Dios es el Ser espiritual, trascendente, omnipotente,
eterno, personal y perfecto. Él es la verdad y el amor.
214-217
231
Dios es la Verdad misma y como tal ni se engaña ni puede engañar. «Dios es luz, en Él no hay tiniebla
alguna» (1 Jn 1, 5). El Hijo eterno de Dios, sabiduría encarnada, ha sido enviado al mundo «para dar
testimonio de la Verdad» (Jn 18, 37).
218-221
Dios se revela a Israel como Aquel que tiene un amor más fuerte que el de un padre o una madre por sus
hijos o el de un esposo por su esposa. Dios en sí mismo «es amor» (1 Jn 4, 8.16), que se da completa y
gratuitamente; que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único para que el mundo se salve por él» (Jn 3,
16-17). Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios revela que Él mismo es eterna comunicación de
amor.
222-227
229
Creer en Dios, el Único, comporta: conocer su grandeza y majestad; vivir en acción de gracias; confiar
siempre en Él, incluso en la adversidad; reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los
hombres, creados a imagen de Dios; usar rectamente de las cosas creadas por Él.
232-237
El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son
bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
45. ¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?
237
Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de
su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de
Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido
revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.
46. ¿Qué nos revela Jesucristo acerca del misterio del Padre?
240-243
Jesucristo nos revela que Dios es «Padre», no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino,
sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo, que es su Verbo, «resplandor de su gloria e
impronta de su sustancia» (Hb 1, 3).
243-248
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo;
«procede del Padre» (Jn 15, 26), que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y
procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo,
enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la «verdad plena»
(Jn 16, 13).
249-256
266
La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e
indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el
Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del
Hijo.
257-260
267
Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad
tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el
modo que le es propio en la Trinidad.
«Dios mío, Trinidad a quien adoro... pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada
amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí
enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción
creadora» (Beata Isabel de la Trinidad)
268-278
Dios se ha revelado como «el Fuerte, el Valeroso» (Sal 24, 8), aquel para quien «nada es imposible» (Lc
1, 37). Su omnipotencia es universal, misteriosa y se manifiesta en la creación del mundo de la nada y del
hombre por amor, pero sobre todo en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo, en el don de la
adopción filial y en el perdón de los pecados. Por esto la Iglesia en su oración se dirige a «Dios
todopoderoso y eterno» («Omnipotens sempiterne Deus...»).
51. ¿Por qué es importante afirmar que «en el principio Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1, 1)?
279-289
315
Es importante afirmar que en el principio Dios creó el cielo y la tierra porque la creación es el
fundamento de todos los designios salvíficos de Dios; manifiesta su amor omnipotente y lleno de
sabiduría; es el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo; es el comienzo de la historia
de la salvación, que culmina en Cristo; es la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre
nuestro origen y nuestro fin.
290-292
316
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible del mundo, aunque la obra de la
Creación se atribuye especialmente a Dios Padre.
293-294
319
El mundo ha sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su bondad,
verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Cristo, pueda ser «todo en todos» (1 Co 15,
28), para gloria suya y para nuestra felicidad.
«Porque la gloria de Dios es el que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de
Dios» (San Ireneo de Lyon)
295-301
317-320
Dios ha creado el universo libremente con sabiduría y amor. El mundo no es el fruto de una necesidad, de
un destino ciego o del azar. Dios crea «de la nada» (–ex nihilo–: 2 M 7, 28) un mundo ordenado y
bueno, que Él transciende de modo infinito. Dios conserva en el ser el mundo que ha creado y lo sostiene,
dándole la capacidad de actuar y llevándolo a su realización, por medio de su Hijo y del Espíritu Santo.
302-306
321
La divina Providencia consiste en las disposiciones con las que Dios conduce a sus criaturas a la
perfección última, a la que Él mismo las ha llamado. Dios es el autor soberano de su designio. Pero para
realizarlo se sirve también de la cooperación de sus criaturas, otorgando al mismo tiempo a éstas la
dignidad de obrar por sí mismas, de ser causa unas de otras.
307-308
323
Dios otorga y pide al hombre, respetando su libertad, que colabore con la Providencia mediante sus
acciones, sus oraciones, pero también con sus sufrimientos, suscitando en el hombre «el querer y el obrar
según sus misericordiosos designios» (Flp 2, 13).
309-310
324. 400
Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del mal solamente se puede dar
respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la
causa del mal. Él ilumina el misterio del mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para
vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males.
311-314
324
La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo. Esto
Dios lo ha realizado ya admirablemente con ocasión de la muerte y resurrección de Cristo: en efecto, del
mayor mal moral, la muerte de su Hijo, Dios ha sacado el mayor de los bienes, la glorificación de Cristo y
nuestra redención.
El cielo y la tierra
325-327
La Sagrada Escritura dice: «en el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). La Iglesia, en su
profesión de fe, proclama que Dios es el creador de todas las cosas visibles e invisibles: de todos los seres
espirituales y materiales, esto es, de los ángeles y del mundo visible y, en particular, del hombre.
328-333
350-351
Los ángeles son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son seres
personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, contemplando cara a cara incesantemente a
Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la misión de salvación para
todos los hombres.
61. ¿De qué modo los ángeles están presentes en la vida de la Iglesia?
334-336
352
La Iglesia se une a los ángeles para adorar a Dios, invoca la asistencia de los ángeles y celebra
litúrgicamente la memoria de algunos de ellos.
«Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida» (San
Basilio Magno)
62. ¿Qué enseña la Sagrada Escritura sobre la Creación del mundo visible?
337-344
A través del relato de los «seis días» de la Creación, la Sagrada Escritura nos da a conocer el valor de
todo lo creado y su finalidad de alabanza a Dios y de servicio al hombre. Todas las cosas deben su propia
existencia a Dios, de quien reciben la propia bondad y perfección, sus leyes y lugar en el universo.
343-344
353
El hombre es la cumbre de la Creación visible, pues ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
342
354
Entre todas las criaturas existe una interdependencia y jerarquía, queridas por Dios. Al mismo tiempo,
entre las criaturas existe una unidad y solidaridad, porque todas ellas tienen el mismo Creador, son por Él
amadas y están ordenadas a su gloria. Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que
dimanan de la naturaleza de las cosas es, por lo tanto, un principio de sabiduría y un fundamento de la
moral.
345-349
La obra de la Creación culmina en la obra aún más grande de la Redención. Con ésta, de hecho, se inicia
El hombre
66. ¿En qué sentido el hombre es creado «a imagen de Dios?»
355-357
El hombre ha sido creado a imagen de Dios, en el sentido de que es capaz de conocer y amar libremente a
su propio Creador. Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por sí misma, y a la que llama a
compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El hombre, en cuanto creado a imagen de Dios,
tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente
y de entrar en comunión con Dios y las otras personas.
358-359
Dios ha creado todo para el hombre, pero el hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios,
para ofrecer en este mundo toda la Creación a Dios en acción de gracias, y para ser elevado a la vida con
Dios en el cielo. Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del
hombre, predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre, que es la perfecta «imagen
de Dios invisible» (Col 1, 15).
360-361
Todos los hombres forman la unidad del género humano por el origen común que les viene de Dios.
Además Dios ha creado «de un solo principio, todo el linaje humano» (Hch 17, 26). Finalmente, todos
tienen un único Salvador y todos están llamados a compartir la eterna felicidad de Dios.
69. ¿De qué manera el cuerpo y el alma forman en el hombre una unidad?
362-365
382
La persona humana es, al mismo tiempo, un ser corporal y espiritual. En el hombre el espíritu y la materia
forman una única naturaleza. Esta unidad es tan profunda que, gracias al principio espiritual, que es el
alma, el cuerpo, que es material, se hace humano y viviente, y participa de la dignidad de la imagen de
Dios.
366-368
382
El alma espiritual no viene de los progenitores, sino que es creada directamente por Dios, y es inmortal.
Al separarse del cuerpo en el momento de la muerte, no perece; se unirá de nuevo al cuerpo en el
momento de la resurrección final.
369-373
383
El hombre y la mujer han sido creados por Dios con igual dignidad en cuanto personas humanas y, al
mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y mujer. Dios los ha querido el uno
para el otro, para una comunión de personas. Juntos están también llamados a transmitir la vida humana,
formando en el matrimonio «una sola carne» (Gn 2, 24), y a dominar la tierra como «administradores» de
Dios.
72. ¿Cuál era la condición original del hombre según el designio de Dios?
374-379
384
Al crear al hombre y a la mujer, Dios les había dado una especial participación de la vida divina, en un
estado de santidad y justicia. En este proyecto de Dios, el hombre no habría debido sufrir ni morir.
Igualmente reinaba en el hombre una armonía perfecta consigo mismo, con el Creador, entre hombre y
mujer, así como entre la primera pareja humana y toda la Creación.
La caída
73. ¿Cómo se comprende la realidad del pecado?
385-389
En la historia del hombre está presente el pecado. Esta realidad se esclarece plenamente sólo a la luz de la
divina Revelación y, sobre todo, a la luz de Cristo, el Salvador de todos, que ha hecho que la gracia
sobreabunde allí donde había abundado el pecado.
391-395
414
Con la expresión «la caída de los ángeles» se indica que Satanás y los otros demonios, de los que hablan
la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que
se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable
elección, dando así origen al infierno. Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios,
pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno.
396-403
415-417
El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y,
desobedeciéndole, quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así Adán y Eva perdieron
inmediatamente, para sí y para todos sus descendientes, la gracia de la santidad y de la justicia originales.
404
419
El pecado original, en el que todos los hombres nacen, es el estado de privación de la santidad y de la
justicia originales. Es un pecado «contraído» no «cometido» por nosotros; es una condición de
nacimiento y no un acto personal. A causa de la unidad de origen de todos los hombres, el pecado original
se transmite a los descendientes de Adán con la misma naturaleza humana, «no por imitación sino por
propagación». Esta transmisión es un misterio que no podemos comprender plenamente.
405-409
418
Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se
halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la
muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia.
78. ¿Qué ha hecho Dios después del primer pecado del hombre?
410-412
420
Después del primer pecado, el mundo ha sido inundado de pecados, pero Dios no ha abandonado al
hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le predijo de modo misterioso –en el «Protoevangelio»
(Gn 3, 15)– que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Se trata del primer anuncio del
Mesías Redentor. Por ello, la caída será incluso llamada feliz culpa, porque «ha merecido tal y tan grande
Redentor» (Liturgia de la Vigilia pascual).
CAPÍTULO SEGUNDO
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS
422-424
La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), muerto y resucitado. En
tiempos del rey Herodes y del emperador César Augusto, Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y
a su descendencia, enviando «a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se
hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5).
425-429
Desde el primer momento, los discípulos desearon ardientemente anunciar a Cristo, a fin de llevar a todos
los hombres a la fe en Él. También hoy, el deseo de evangelizar y catequizar, es decir, de revelar en la
persona de Cristo todo el designio de Dios, y de poner a la humanidad en comunión con Jesús, nace de
este conocimiento amoroso de Cristo.
430-435
452
El nombre de Jesús, dado por el ángel en el momento de la Anunciación, significa «Dios salva». Expresa,
a la vez, su identidad y su misión, «porque él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Pedro afirma
que «bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos» (Hch 4, 12).
436-440
453
«Cristo», en griego, y «Mesías», en hebreo, significan «ungido». Jesús es el Cristo porque ha sido
consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el Mesías esperado por
Israel y enviado al mundo por el Padre. Jesús ha aceptado el título de Mesías, precisando, sin embargo, su
sentido: «bajado del cielo» (Jn 3, 13), crucificado y después resucitado, Él es el siervo sufriente «que da
su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Del nombre de Cristo nos viene el nombre de cristianos.
441-445
454
Jesús es el Hijo unigénito de Dios en un sentido único y perfecto. En el momento del Bautismo y de la
Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús como su «Hijo predilecto». Al presentarse a sí mismo
como el Hijo, que «conoce al Padre» (Mt 11, 27), Jesús afirma su relación única y eterna con Dios su
Padre. Él es «el Hijo unigénito de Dios» (1 Jn 4, 9), la segunda Persona de la Trinidad. Es el centro de la
predicación apostólica: los Apóstoles han visto su gloria, «que recibe del Padre como Hijo único» (Jn 1,
14).
446-451
455
456-460
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros los
hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a
conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos «partícipes de la naturaleza divina»
(2 P 1, 4).
461-463
483
464-467
469
467
El Concilio de Calcedonia enseña que «hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor
Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente
hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y
consubstancial con nosotros según la humanidad; “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”
(Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad y, por nosotros y nuestra
salvación, nacido en estos últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad».
464-469
479-481
La Iglesia expresa el misterio de la Encarnación afirmando que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre; con dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la Persona del Verbo.
Por tanto, todo en la humanidad de Jesús –milagros, sufrimientos y la misma muerte– debe ser
atribuido a su Persona divina, que obra a través de la naturaleza humana que ha asumido.
«¡Oh Hijo Unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos,
tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María (...) Tú, Uno de la Santísima
Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!» (Liturgia bizantina de san
Juan Crisóstomo).
90. ¿Tenía el Hijo de Dios hecho hombre un alma con inteligencia humana?
470-474
482
El Hijo de Dios asumió un cuerpo dotado de un alma racional humana. Con su inteligencia humana Jesús
aprendió muchas cosas mediante la experiencia. Pero, también como hombre, el Hijo de Dios tenía un
conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre. Penetraba asimismo los pensamientos secretos de los
hombres y conocía plenamente los designios eternos que Él había venido a revelar.
475
482
Jesús tenía una voluntad divina y una voluntad humana. En su vida terrena, el Hijo de Dios ha querido
humanamente lo que Él ha decidido divinamente junto con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra
salvación. La voluntad humana de Cristo sigue, sin oposición o resistencia, su voluntad divina, y está
subordinada a ella.
476-477
Cristo asumió un verdadero cuerpo humano, mediante el cual Dios invisible se hizo visible. Por esta
razón, Cristo puede ser representado y venerado en las sagradas imágenes.
478
Cristo nos ha conocido y amado con un corazón humano. Su Corazón traspasado por nuestra salvación es
el símbolo del amor infinito que Él tiene al Padre y a cada uno de los hombres.
94. ¿Qué significa la expresión «concebido por obra y gracia del Espíritu Santo»?
484-486
Que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo significa que la Virgen María concibió al
Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón: «El Espíritu Santo
vendrá sobre ti» (Lc 1, 35), le dijo el ángel en la Anunciación.
95. «...Nacido de la Virgen María...»: ¿por qué María es verdaderamente Madre de Dios?
495
509
María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). En efecto, aquél
que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios
Padre. Es Dios mismo.
487-492
508
Dios eligió gratuitamente a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; para
cumplir esta misión fue concebida inmaculada. Esto significa que, por la gracia de Dios y en previsión de
los méritos de Jesucristo, María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su
concepción.
493-494
508-511
Por la gracia de Dios, María permaneció inmune de todo pecado personal durante toda su existencia. Ella
es la «llena de gracia» (Lc 1, 28), la «toda Santa». Y cuando el ángel le anuncia que va a dar a luz «al
Hijo del Altísimo» (Lc 1, 32), ella da libremente su consentimiento «por obediencia de la fe» (Rm 1, 5).
María se ofrece totalmente a la Persona y a la obra de Jesús, su Hijo, abrazando con toda su alma la
voluntad divina de salvación.
496-498
503
La concepción virginal de Jesús significa que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el
poder del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Él es Hijo del Padre celestial según la naturaleza divina,
e Hijo de María según la naturaleza humana, pero es propiamente Hijo de Dios según las dos naturalezas,
al haber en Él una sola Persona, la divina.
499-507
510
María es siempre virgen en el sentido de que ella «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir,
Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre» (San Agustín). Por tanto, cuando
los Evangelios hablan de «hermanos y hermanas de Jesús», se refieren a parientes próximos de Jesús,
según una expresión empleada en la Sagrada Escritura.
501-507
511
María tuvo un único Hijo, Jesús, pero en Él su maternidad espiritual se extiende a todos los hombres, que
Jesús vino a salvar. Obediente junto a Jesucristo, el nuevo Adán, la Virgen es la nueva Eva, la verdadera
madre de los vivientes, que coopera con amor de madre al nacimiento y a la formación de todos en el
orden de la gracia. Virgen y Madre, María es la figura de la Iglesia, su más perfecta realización.
512-521
561-562
Toda la vida de Cristo es acontecimiento de revelación: lo que es visible en la vida terrena de Jesús
102. ¿Cuáles han sido las preparaciones históricas a los Misterios de Jesús?
522-524
Ante todo hay una larga esperanza de muchos siglos, que revivimos en la celebración litúrgica del tiempo
de Adviento. Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado
la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de
los Profetas.
103. ¿Qué nos enseña el Evangelio sobre los Misterios del nacimiento y la infancia de Jesús?
525-530
563-564
533-534
564
Durante la vida oculta en Nazaret, Jesús permanece en el silencio de una existencia ordinaria. Nos
permite así entrar en comunión con Él en la santidad de la vida cotidiana, hecha de oración, sencillez,
trabajo y amor familiar. La sumisión a María y a José, su padre legal, es imagen de la obediencia filial de
Jesús al Padre. María y José, con su fe, acogen el misterio de Jesús, aunque no siempre lo comprendan.
105. ¿Por qué Jesús recibe de Juan el «Bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc
3, 3)?
535-537
565
Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para inaugurar su vida pública y anticipar el «Bautismo»
de su Muerte; y aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, «el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo» (Jn 1, 29), acepta ser contado entre los pecadores. El Padre lo proclama su «Hijo predilecto» (Mt
3, 17), y el Espíritu viene a posarse sobre Él. El Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro
bautismo.
538-540
566
Las tentaciones de Jesús en el desierto recapitulan la de Adán en el paraíso y las de Israel en el desierto.
Satanás tienta a Jesús en su obediencia a la misión que el Padre le ha confiado. Cristo, nuevo Adán,
resiste, y su victoria anuncia la de su Pasión, en la que su amor filial dará suprema prueba de obediencia.
La Iglesia se une particularmente a este Misterio en el tiempo litúrgico de la Cuaresma.
107. ¿Quién es invitado a formar parte del Reino de Dios, anunciado y realizado por Jesús?
541-546
567
Jesús invita a todos los hombres a entrar en el Reino de Dios; aún el peor de los pecadores es llamado a
convertirse y aceptar la infinita misericordia del Padre. El Reino pertenece, ya aquí en la tierra, a quienes
lo acogen con corazón humilde. A ellos les son revelados los misterios del Reino de Dios.
547-550
567
Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el
Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino
ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz
se alzará victoriosa sobre «el príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).
551-553
567
Jesús elige a los Doce, futuros testigos de su Resurrección, y los hace partícipes de su misión y de su
autoridad para enseñar, absolver los pecados, edificar y gobernar la Iglesia. En este colegio, Pedro recibe
«las llaves del Reino» (Mt 16, 19) y ocupa el primer puesto, con la misión de custodiar la fe en su
integridad y de confirmar en ella a sus hermanos.
554-556
568
En la Transfiguración de Jesús aparece ante todo la Trinidad: «el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el
Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás de Aquino). Al evocar, junto a Moisés y Elías, su «partida»
(Lc 9, 31), Jesús muestra que su gloria pasa a través de la cruz, y otorga un anticipo de su resurrección y
de su gloriosa venida, «que transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el
suyo» (Flp 3, 21).
557-560
569-570
En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Como
Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido
por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: «¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)» (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la
liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la Semana Santa.
571-573
El misterio pascual de Jesús, que comprende su Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación, está en el
centro de la fe cristiana, porque el designio salvador de Dios se ha cumplido de una vez por todas con la
muerte redentora de su Hijo, Jesucristo.
574-576
Algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el Templo de Jerusalén y,
particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron
a Pilato para que lo condenase a muerte.
577-582
592
Jesús no abolió la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí, sino que la perfeccionó, dándole su
interpretación definitiva. Él es el Legislador divino que ejecuta íntegramente esta Ley. Aún más, es el
siervo fiel que, con su muerte expiatoria, ofrece el único sacrificio capaz de redimir todas «las
transgresiones cometidas por los hombres contra la Primera Alianza» (Hb 9, 15).
583-586
593
Jesús fue acusado de hostilidad hacia al Templo. Sin embargo, lo veneró como «la casa de su Padre» (Jn
2, 16), y allí impartió gran parte de sus enseñanzas. Pero también predijo la destrucción del Templo, en
relación con su propia muerte, y se presentó a sí mismo como la morada definitiva de Dios en medio de
los hombres.
587-591
594
Jesús nunca contradijo la fe en un Dios único, ni siquiera cuando cumplía la obra divina por excelencia,
que realizaba las promesas mesiánicas y lo revelaba como igual a Dios: el perdón de los pecados. La
exigencia de Jesús de creer en Él y convertirse permite entender la trágica incomprensión del Sanedrín,
que juzgó que Jesús merecía la muerte como blasfemo.
595-598
La pasión y muerte de Jesús no pueden ser imputadas indistintamente al conjunto de los judíos que vivían
entonces, ni a los restantes judíos venidos después. Todo pecador, o sea todo hombre, es realmente causa
e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más
frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos.
118. ¿Por qué la muerte de Cristo forma parte del designio de Dios?
599-605
619
Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la
amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores. Anunciada ya
en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente, la muerte de Jesús tuvo
lugar según las Escrituras.
606-609
620
Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Él
da «su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la humanidad con Dios. Su
sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor
divino, que quiere la salvación de todos los hombres.
610-611
621
En la última Cena con los Apóstoles, la víspera de su Pasión, Jesús anticipa, es decir, significa y realiza
anticipadamente la oblación libre de sí mismo: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros»,
«ésta es mi sangre que será derramada...» (Lc 22, 19-20). De este modo, Jesús instituye, al mismo
tiempo, la Eucaristía como «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes
de la nueva Alianza.
612
En el huerto de Getsemaní, a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente
santa de Aquél que es «el autor de la vida» (Hch 3, 15), la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a
la voluntad del Padre; para salvarnos acepta soportar nuestros pecados en su cuerpo, «haciéndose
obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8).
613-617
622-623
Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena
obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) del Hijo de Dios
reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los
hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.
123. ¿Por qué llama Jesús a sus discípulos a cargar con la propia Cruz?
618
Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle (cf. Mt 16, 24), Jesús quiere asociar a su sacrificio
redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.
124. ¿En qué condiciones se encontraba el cuerpo de Cristo mientras estaba en el sepulcro?
624-630
Cristo sufrió una verdadera muerte, y verdaderamente fue sepultado. Pero la virtud divina preservó su
cuerpo de la corrupción.
632-637
Los «infiernos» –distintos del «infierno» de la condenación– constituían el estado de todos aquellos,
justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en
los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios.
Después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la
muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos, que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.
631. 638
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una
parte esencial del Misterio pascual.
Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las
mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después
«se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la
vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les
parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.
647
656-657
645-646
La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue
crucificado, y lleva las huellas de su pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades
de un cuerpo glorioso. Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos
donde quiere y bajo diversas apariencias.
648-650
La Resurrección de Cristo es una obra trascendente de Dios. Las tres Personas divinas actúan
conjuntamente, según lo que es propio de cada una: el Padre manifiesta su poder, el Hijo «recobra la vida,
porque la ha dado libremente» (Jn 10, 17), reuniendo su alma y su cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y
glorifica.
651-655
658
659-667
Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria,
que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde
entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente
ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al
lugar que nos tiene preparado.
668-674
680
Como Señor del cosmos y de la historia, Cabeza de su Iglesia, Cristo glorificado permanece
misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. Un
día volverá en gloria, pero no sabemos el momento. Por esto, vivimos vigilantes, pidiendo: «¡Ven, Señor
Jesús!» (Ap 22, 20).
675-677
680
Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, la venida gloriosa de Cristo
acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se consumará el Reino
de Dios.
678-679
681-682
Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido
para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada
uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus
obras. Así se realizará «la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos» (1 Co 15,
28).
CAPÍTULO TERCERO
«CREO EN EL ESPÍRITU SANTO»
136. ¿Qué quiere decir la Iglesia cuando confiesa: «Creo en el Espíritu Santo»?
683-686
Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del
Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El Espíritu Santo
«ha sido enviado a nuestros corazones» (Ga 4, 6), a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios.
137. ¿Por qué la misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables?
687-690
742-743
La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el
Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando
Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos,
como hijos adoptivos, llamar a Dios «Padre» (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por
medio de su acción, cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia.
691-693
«Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús lo llama
también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El Nuevo Testamento lo llama
Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria y de la promesa.
694-701
Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del
corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo
sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la
que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que
baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él.
687-688
702-706
743
Con el término «Profetas» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en
nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla su
cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo Testamento.
717-720
El Espíritu colma con sus dones a Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento, quien, bajo
la acción del Espíritu, es enviado para que «prepare al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y
anunciar la venida de Cristo, Hijo de Dios: aquel sobre el que ha visto descender y permanecer el
Espíritu, «aquel que bautiza en el Espíritu» (Jn 1, 33).
721-726
744
El Espíritu Santo culmina en María las expectativas y la preparación del Antiguo Testamento para la
venida de Cristo. De manera única la llena de gracia y hace fecunda su virginidad, para dar a luz al Hijo
de Dios encarnado. Hace de Ella la Madre del «Cristo total», es decir, de Jesús Cabeza y de la Iglesia su
cuerpo. María está presente entre los Doce el día de Pentecostés, cuando el Espíritu inaugura los «últimos
tiempos» con la manifestación de la Iglesia.
727-730
745-746
Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu Santo, es
consagrado Mesías en su humanidad. Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la
promesa hecha a los Padres, y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles
después de su Resurrección.
731-732
738
733-741
747
El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados
la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad
Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para
que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).
738-741
Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y la gracia de
Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la
oración.
751-752
777. 804
Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la
tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de
Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo.
148. ¿Hay otros nombres e imágenes con los que la Biblia designe a la Iglesia?
753-757
En la Sagrada Escritura encontramos muchas imágenes que ponen de relieve aspectos complementarios
del misterio de la Iglesia. El Antiguo Testamento prefiere imágenes ligadas al Pueblo de Dios; el Nuevo
Testamento aquellas vinculadas a Cristo como Cabeza de este pueblo, que es su Cuerpo, y las imágenes
sacadas de la vida pastoril (redil, grey, ovejas), agrícola (campo, olivo, viña), de la construcción (morada,
piedra, templo) y familiar (esposa, madre, familia).
758-766
778
La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua
Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las
palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su
Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo
en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los
redimidos.
767-769
La misión de la Iglesia es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado
por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación.
770-773
779
La Iglesia es Misterio en cuanto que en su realidad visible se hace presente y operante una realidad
espiritual y divina, que se percibe solamente con los ojos de la fe.
774-776
780
781
802-804
La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino
constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
782
Este pueblo, del que se llega a ser miembro mediante la fe en Cristo y el Bautismo, tiene por origen a
Dios Padre, por cabeza a Jesucristo, por condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, por ley el
mandamiento nuevo del amor, por misión la de ser sal de la tierra y luz del mundo, por destino el Reino
de Dios, ya iniciado en la Tierra.
155. ¿En qué sentido el Pueblo de Dios participa de las tres funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta
y Rey?
783-786
El Pueblo de Dios participa del oficio sacerdotal de Cristo en cuanto los bautizados son consagrados por
el Espíritu Santo para ofrecer sacrificios espirituales; participa de su oficio profético cuando, con el
sentido sobrenatural de la fe, se adhiere indefectiblemente a ella, la profundiza y la testimonia; participa
de su función regia con el servicio, imitando a Jesucristo, quien siendo rey del universo, se hizo siervo de
todos, sobre todo de los pobres y los que sufren.
787-791
805-806
La Iglesia es cuerpo de Cristo porque, por medio del Espíritu, Cristo muerto y resucitado une consigo
íntimamente a sus fieles. De este modo los creyentes en Cristo, en cuanto íntimamente unidos a Él, sobre
todo en la Eucaristía, se unen entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo, la Iglesia. Dicha unidad se
realiza en la diversidad de miembros y funciones.
792-795
807
Cristo «es la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 18). La Iglesia vive de Él, en Él y por Él.
Cristo y la Iglesia forman el «Cristo total» (San Agustín); «la Cabeza y los miembros, como si fueran una
sola persona mística» (Santo Tomás de Aquino).
796
808
Llamamos a la Iglesia esposa de Cristo porque el mismo Señor se definió a sí mismo como «el esposo»
(Mc 2, 19), que ama a la Iglesia uniéndola a sí con una Alianza eterna. Cristo se ha entregado por ella
para purificarla con su sangre, «santificarla» (Ef 5, 26) y hacerla Madre fecunda de todos los hijos de
Dios. Mientras el término «cuerpo» manifiesta la unidad de la «cabeza» con los miembros, el término
797-798
809-810
La Iglesia es llamada templo del Espíritu Santo porque el Espíritu vive en el cuerpo que es la Iglesia: en
su Cabeza y en sus miembros; Él además edifica la Iglesia en la caridad con la Palabra de Dios, los
sacramentos, las virtudes y los carismas.
«Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros,
eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo, que
es la Iglesia» (San Agustín).
799-801
Los carismas son dones especiales del Espíritu Santo concedidos a cada uno para el bien de los hombres,
para las necesidades del mundo y, en particular, para la edificación de la Iglesia, a cuyo Magisterio
compete el discernimiento sobre ellos.
813-815
866
La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las
Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo
cuerpo; como alma al Espíritu Santo que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene
una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma
caridad.
816
870
La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste (subsistit in) en
la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo por
medio de ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación, puesto que el Señor ha confiado
todos los bienes de la Nueva Alianza únicamente al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.
817-819
En las Iglesias y comunidades eclesiales que se separaron de la plena comunión con la Iglesia católica, se
hallan muchos elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e impulsan
hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el
820-822
866
El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu;
concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco
conocimiento fraterno y el diálogo teológico.
823-829
867
La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para
santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la
plenitud de los medios de salvación. La santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de
toda su actividad. Cuenta en su seno con la Virgen María e innumerables santos, como modelos e
intercesores. La santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la
tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación.
830-831
868
La Iglesia es católica, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente: «Allí donde está Cristo
Jesús, está la Iglesia Católica» (San Ignacio de Antioquía). La Iglesia anuncia la totalidad y la integridad
de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada en misión a todos los
pueblos, pertenecientes a cualquier tiempo o cultura.
832-835
Es católica toda Iglesia particular, (esto es la diócesis y la eparquía), formada por la comunidad de los
cristianos que están en comunión, en la fe y en los sacramentos, con su obispo ordenado en la sucesión
apostólica y con la Iglesia de Roma, «que preside en la caridad» (San Ignacio de Antioquía).
836-838
Todos los hombres, de modos diversos, pertenecen o están ordenados a la unidad católica del Pueblo de
Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia Católica quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se
encuentra unido a la misma por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno
eclesiástico y de la comunión. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en
una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica.
839-840
La Iglesia católica se reconoce en relación con el pueblo judío por el hecho de que Dios eligió a este
pueblo, antes que a ningún otro, para que acogiera su Palabra. Al pueblo judío pertenecen «la adopción
como hijos, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, los patriarcas; de él procede
Cristo según la carne» (Rm 9, 4-5). A diferencia de las otras religiones no cristianas, la fe judía es ya una
respuesta a la Revelación de Dios en la Antigua Alianza.
170. ¿Qué vínculo existe entre la Iglesia católica y las religiones no cristianas?
841-845
El vínculo entre la Iglesia católica y las religiones no cristianas proviene, ante todo, del origen y el fin
comunes de todo el género humano. La Iglesia católica reconoce que cuanto de bueno y verdadero se
encuentra en las otras religiones viene de Dios, es reflejo de su verdad, puede preparar para la acogida del
Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo.
846-848
La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza
por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Por lo tanto no pueden salvarse quienes, conociendo la Iglesia
como fundada por Cristo y necesaria para la salvación, no entran y no perseveran en ella. Al mismo
tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa
alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de
la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia.
849-851
La Iglesia debe anunciar el Evangelio a todo el mundo porque Cristo ha ordenado: «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,
19). Este mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su
Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad» (1 Tm 2, 4)
852-856
La Iglesia es misionera porque, guiada por el Espíritu Santo, continúa a lo largo de los siglos la misión
del mismo Cristo. Por tanto, los cristianos deben anunciar a todos la Buena Noticia traída por Jesucristo,
siguiendo su camino y dispuestos incluso al sacrificio de sí mismos hasta el martirio.
857
869
La Iglesia es apostólica por su origen, ya que fue construida «sobre el fundamento de los Apóstoles» (Ef
2, 20); por su enseñanza, que es la misma de los Apóstoles; por su estructura, en cuanto es instruida,
santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles, gracias a sus sucesores, los obispos,
en comunión con el sucesor de Pedro.
858-861
La palabra Apóstol significa enviado. Jesús, el Enviado del Padre, llamó consigo a doce de entre sus
discípulos, y los constituyó como Apóstoles suyos, convirtiéndolos en testigos escogidos de su
Resurrección y en fundamentos de su Iglesia. Jesús les dio el mandato de continuar su misión, al decirles:
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21) y al prometerles que estaría con
ellos hasta el fin del mundo.
861-865
871-872
Los fieles son aquellos que, incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros
del Pueblo de Dios; han sido hecho partícipes, cada uno según su propia condición, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la
Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios.
873
934
En la Iglesia, por institución divina, hay ministros sagrados, que han recibido el sacramento del Orden y
forman la jerarquía de la Iglesia. A los demás fieles se les llama laicos. De unos y otros provienen fieles
que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad en el
celibato, pobreza y obediencia.
874-876
935
Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de apacentar al Pueblo de Dios en su nombre, y
para ello le dio autoridad. La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y
diáconos. Gracias al sacramento del Orden, los obispos y presbíteros actúan, en el ejercicio de su
ministerio, en nombre y en la persona de Cristo cabeza; los diáconos sirven al Pueblo de Dios en la
877
A ejemplo de los doce Apóstoles, elegidos y enviados juntos por Cristo, la unión de los miembros de la
jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de todos los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio
como miembro del colegio episcopal, en comunión con el Papa, haciéndose partícipe con él de la
solicitud por la Iglesia universal. Los sacerdotes ejercen su ministerio en el presbiterio de la Iglesia
particular, en comunión con su propio obispo y bajo su guía.
878-879
El ministerio eclesial tiene también un carácter personal, en cuanto que, en virtud del sacramento del
Orden, cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente, confiriéndole la misión.
881-882
936-937
El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la
unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia,
sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal.
883-885
El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también él la potestad suprema
y plena sobre la Iglesia.
886-890
939
Los obispos, en comunión con el Papa, tienen el deber de anunciar a todos el Evangelio, fielmente y con
autoridad, como testigos auténticos de la fe apostólica, revestidos de la autoridad de Cristo. Mediante el
sentido sobrenatural de la fe, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe, bajo la guía del
Magisterio vivo de la Iglesia.
891
893
Los obispos ejercen su función de santificar a la Iglesia cuando dispensan la gracia de Cristo, mediante el
ministerio de la palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y también con su oración, su
ejemplo y su trabajo.
894-896
Cada obispo, en cuanto miembro del colegio episcopal, ejerce colegialmente la solicitud por todas las
Iglesias particulares y por toda la Iglesia, junto con los demás obispos unidos al Papa. El obispo, a quien
se ha confiado una Iglesia particular, la gobierna con la autoridad de su sagrada potestad propia, ordinaria
e inmediata, ejercida en nombre de Cristo, Buen Pastor, en comunión con toda la Iglesia y bajo la guía del
sucesor de Pedro.
897-900
940
Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las
realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige
a todos los bautizados.
901-903
Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual
«agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con
todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la
vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera,
también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo
mismo.
904-907
942
Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de
Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y
la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones
generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35).
908-913
943
Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí
mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen
diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades
temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.
914-916
944
La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia; una respuesta libre a una llamada
particular de Cristo, mediante la cual los consagrados se dedican totalmente a Dios y tienden a la
perfección de la caridad, bajo la moción del Espíritu Santo. Esta consagración se caracteriza por la
práctica de los consejos evangélicos.
931-933
945
La vida consagrada participa en la misión de la Iglesia mediante una plena entrega a Cristo y a los
hermanos, dando testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos.
946-953
960
La expresión «comunión de los santos» indica, ante todo, la común participación de todos los miembros
de la Iglesia en las cosas santas (sancta): la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los
carismas y otros dones espirituales. En la raíz de la comunión está la caridad que «no busca su propio
interés» (1 Co 13, 5), sino que impulsa a los fieles a «poner todo en común» (Hch 4, 32), incluso los
propios bienes materiales, para el servicio de los más pobres.
954-959
961-962
La expresión «comunión de los santos» designa también la comunión entre las personas santas (sancti),
es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos
en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros,
finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una
sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.
963-966
973
La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a
Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la cruz, la dio como
madre al discípulo con estas palabras: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).
967-970
Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia.
Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo
de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los
méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la
invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.
971
A la Virgen María se le rinde un culto singular, que se diferencia esencialmente del culto de adoración,
que se rinde sólo a la Santísima Trinidad. Este culto de especial veneración encuentra su particular
expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el santo
Rosario, compendio de todo el Evangelio.
972
974-975
Contemplando a María, la toda santa, ya glorificada en cuerpo y alma, la Iglesia ve en ella lo que la
propia Iglesia está llamada a ser sobre la tierra y aquello que será en la patria celestial.
976-980
984-985
El primero y principal sacramento para el perdón de los pecados es el Bautismo. Para los pecados
cometidos después del Bautismo, Cristo instituyó el sacramento de la Reconciliación o Penitencia, por
medio del cual el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.
981-983
986-987
La Iglesia tiene la misión y el poder de perdonar los pecados porque el mismo Cristo se lo ha dado:
«Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los
976-980
984-985
El término «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. «La carne es soporte de
la salvación» (Tertuliano). En efecto, creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo
hecho carne para rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la Creación y de
la redención de la carne.
990
La expresión «resurrección de la carne» significa que el estado definitivo del hombre no será solamente el
alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener
vida.
988-991
1002-1003
Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él
resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible: «los que hayan hecho el bien resucitarán
para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29).
Con la muerte, que es separación del alma y del cuerpo, éste cae en la corrupción, mientras el alma, que
es inmortal, va al encuentro del juicio de Dios y espera volverse a unir al cuerpo, cuando éste resurja
transformado en la segunda venida del Señor. Comprender cómo tendrá lugar la resurrección sobrepasa la
posibilidad de nuestra imaginación y entendimiento.
1005-1014
1019
Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo,
siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre.
«Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tm 2, 11).
1020
1051
La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será
precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será
ratificada en el juicio final.
1021-1022
1051
Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su
alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del
cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al
infierno.
1023-1026
1053
Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de
Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles
y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en
comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.
«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama
sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también,
hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de
Jerusalén).
1030-1031
1054
El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su
salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza.
1032
En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las
almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía,
pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.
1033-1035
1056-1057
Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La
pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el
hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta
realidad con las palabras «Alejaos de mí, malditos al fuego eterno» (Mt 25, 41).
213. ¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios?
1036-1037
Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y
responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se
excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el
pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios.
1038-1041
1058-1059
El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el
Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores»
(Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de
la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular.
1040
El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.
1042-1050
1060
Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la
gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 P 3, 13). Así se alcanzará la
plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de «hacer que
todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10). Dios será
entonces «todo en todos» (1 Co 15, 28), en la vida eterna.
«AMÉN»
217. ¿Qué significa el Amén, con el que concluye nuestra profesión de fe?
1061-1065
La palabra hebrea Amén, con la que se termina también el último libro de la Sagrada Escritura, algunas
oraciones del Nuevo Testamento y las oraciones litúrgicas de la Iglesia, significa nuestro «sí» confiado y
total a cuanto confesamos creer, confiándonos totalmente en Aquel que es el «Amén» (Ap 3, 14)
definitivo: Cristo el Señor.
SEGUNDA PARTE
LA CELEBRACIÓN
PRIMERA SECCIÓN
LA ECONOMÍA SACRAMENTAL
1066-1070
1071-1075
La liturgia, acción sagrada por excelencia, es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al
mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su
Iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de nuestra redención
1076
CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO PASCUAL
EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA
1077-1083
1110
En la liturgia el Padre nos colma de sus bendiciones en el Hijo encarnado, muerto y resucitado por
nosotros, y derrama en nuestros corazones el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la Iglesia bendice al Padre
mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias, e implora el don de su Hijo y del Espíritu Santo.
1084-1090
1091-1109
1112
En la liturgia se realiza la más estrecha cooperación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu Santo
prepara a la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea
de creyentes, hace presente y actualiza el Misterio de Cristo, une la Iglesia a la vida y misión de Cristo y
hace fructificar en ella el don de la comunión.
1113-1131
Los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la
Iglesia, a través de los cuales se nos otorga la vida divina. Son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía,
Penitencia, Unción de los enfermos, Orden y Matrimonio.
1114-1116
Los misterios de la vida de Cristo constituyen el fundamento de lo que ahora, por medio de los ministros
de su Iglesia, el mismo Cristo dispensa en los sacramentos.
1117-1119
Cristo ha confiado los sacramentos a su Iglesia. Son «de la Iglesia» en un doble sentido: «de ella», en
cuanto son acciones de la Iglesia, la cual es sacramento de la acción de Cristo; y «para ella», en el sentido
de que edifican la Iglesia.
1121
El carácter sacramental es un sello espiritual, conferido por los sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y del Orden. Constituye promesa y garantía de la protección divina. En virtud de este sello,
el cristiano queda configurado a Cristo, participa de diversos modos en su sacerdocio y forma parte de la
Iglesia según estados y funciones diversos. Queda, por tanto, consagrado al culto divino y al servicio de
la Iglesia. Puesto que el carácter es indeleble, los sacramentos que lo imprimen sólo pueden recibirse una
vez en la vida.
1122-1126
1133
Los sacramentos no sólo suponen la fe, sino que con las palabras y los elementos rituales la alimentan,
fortalecen y expresan. Celebrando los sacramentos la Iglesia confiesa la fe apostólica. De ahí la antigua
sentencia: «lex orandi, lex credendi», esto es, la Iglesia cree tal como reza.
1127-1128
1131
Los sacramentos son eficaces ex opere operato («por el hecho mismo de que la acción sacramental se
realiza»), porque es Cristo quien actúa en ellos y quien da la gracia que significan, independientemente de
la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las
disposiciones del que los recibe.
1129
Para los creyentes en Cristo, los sacramentos, aunque no todos se den a cada uno de los fieles, son
necesarios para la salvación, porque otorgan la gracia sacramental, el perdón de los pecados, la adopción
como hijos de Dios, la configuración con Cristo Señor y la pertenencia a la Iglesia. El Espíritu Santo cura
y transforma a quienes los reciben.
1129. 1131
1134. 2003
La gracia sacramental es la gracia del Espíritu Santo, dada por Cristo y propia de cada sacramento. Esta
gracia ayuda al fiel en su camino de santidad, y también a la Iglesia en su crecimiento de caridad y
testimonio.
1130
En los sacramentos la Iglesia recibe ya un anticipo de la vida eterna, mientras vive «aguardando la feliz
esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2, 13).
CAPÍTULO SEGUNDO
LA CELEBRACIÓN SACRAMENTAL
DEL MISTERIO PASCUAL
¿Quién celebra?
233. ¿Quién actúa en la liturgia?
1135-1137
1187
En la liturgia actúa el «Cristo total» (Christus totus), Cabeza y Cuerpo. En cuanto sumo Sacerdote, Él
celebra la liturgia con su Cuerpo, que es la Iglesia del cielo y de la tierra.
1138-1139
La liturgia del cielo la celebran los ángeles, los santos de la Antigua y de la Nueva Alianza, en particular
la Madre de Dios, los Apóstoles, los mártires y «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de
toda nación, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7, 9). Cuando celebramos en los sacramentos el misterio de la
salvación, participamos de esta liturgia eterna.
1140-1144
1188
La Iglesia en la tierra celebra la liturgia como pueblo sacerdotal, en el cual cada uno obra según su propia
función, en la unidad del Espíritu Santo: los bautizados se ofrecen como sacrificio espiritual; los
ministros ordenados celebran según el Orden recibido para el servicio de todos los miembros de la
Iglesia; los obispos y presbíteros actúan en la persona de Cristo Cabeza.
¿Cómo celebrar?
236. ¿Cómo se celebra la liturgia?
1145
La celebración litúrgica está tejida de signos y símbolos, cuyo significado, enraizado en la creación y en
las culturas humanas, se precisa en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en
la Persona y la obra de Cristo.
1146-1152
1189
Algunos signos sacramentales provienen del mundo creado (luz, agua, fuego, pan, vino, aceite); otros, de
la vida social (lavar, ungir, partir el pan); otros de la historia de la salvación en la Antigua Alianza (los
ritos pascuales, los sacrificios, la imposición de manos, las consagraciones). Estos signos, algunos de los
cuales son normativos e inmutables, asumidos por Cristo, se convierten en portadores de la acción
salvífica y de santificación
238. ¿Qué relación existe entre las acciones y las palabras en la celebración sacramental?
1153-1155
1190
En la celebración sacramental las acciones y las palabras están estrechamente unidas. En efecto, aunque
las acciones simbólicas son ya por sí mismas un lenguaje, es preciso que las palabras del rito acompañen
y vivifiquen estas acciones. Indisociables en cuanto signos y enseñanza, las palabras y las acciones
litúrgicas lo son también en cuanto realizan lo que significan.
239. ¿Con qué criterios el canto y la música tienen una función propia dentro de la celebración
litúrgica?
1156-1158
1191
Puesto que la música y el canto están estrechamente vinculados a la acción litúrgica, deben respetar los
siguientes criterios: la conformidad de los textos a la doctrina católica, y con origen preferiblemente en la
Sagrada Escritura y en las fuentes litúrgicas; la belleza expresiva de la oración; la calidad de la música; la
participación de la asamblea; la riqueza cultural del Pueblo de Dios y el carácter sagrado y solemne de la
celebración.
1159-1161
1192
La imagen de Cristo es el icono litúrgico por excelencia. Las demás, que representan a la Madre de Dios
y a los santos, significan a Cristo, que en ellos es glorificado. Las imágenes proclaman el mismo mensaje
evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra, y ayudan a despertar y alimentar la fe
de los creyentes.
¿Cuándo celebrar?
241. ¿Cuál es el centro del tiempo litúrgico?
1163-1167
1193
El centro del tiempo litúrgico es el domingo , fundamento y núcleo de todo el año litúrgico, que tiene su
culminación en la Pascua anual, fiesta de las fiestas.
1168-1173
1194-1195
La función del año litúrgico es celebrar todo el Misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta su retorno
glorioso. En días determinados, la Iglesia venera con especial amor a María, la bienaventurada Madre de
Dios, y hace también memoria de los santos, que vivieron para Cristo, con Él padecieron y con Él han
sido glorificados.
1174-1178
1196
La Liturgia de las Horas, oración pública y común de la Iglesia, es la oración de Cristo con su Cuerpo, la
Iglesia. Por su medio, el Misterio de Cristo, que celebramos en la Eucaristía, santifica y transfigura el
tiempo de cada día. Se compone principalmente de salmos y de otros textos bíblicos, y también de
lecturas de los santos Padres y maestros espirituales.
¿Dónde celebrar?
244. ¿Tiene la Iglesia necesidad de lugares para celebrar la liturgia?
1179-1181
1197-1198
El culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo,
porque Cristo es el verdadero templo de Dios, por medio del cual también los cristianos y la Iglesia entera
se convierten, por la acción del Espíritu Santo, en templos del Dios vivo. Sin embargo, el Pueblo de Dios,
en su condición terrenal, tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse para celebrar la
liturgia.
1181
1198-1199
Los edificios sagrados son las casas de Dios, símbolo de la Iglesia que vive en aquel lugar e imágenes de
la morada celestial. Son lugares de oración, en los que la Iglesia celebra sobre todo la Eucaristía y adora a
Cristo realmente presente en el tabernáculo.
246. ¿Cuáles son los lugares principales dentro de los edificios sagrados?
1182-1186
Los lugares principales dentro de los edificios sagrados son éstos: el altar, el sagrario o tabernáculo, el
receptáculo donde se conservan el santo crisma y los otros santos óleos, la sede del obispo (cátedra) o del
presbítero, el ambón, la pila bautismal y el confesionario.
247. ¿Por qué el único Misterio de Cristo se celebra en la Iglesia según diversas tradiciones
litúrgicas?
1200-1204
1207-1209
El Misterio de Cristo, aunque es único, se celebra según diversas tradiciones litúrgicas porque su riqueza
es tan insondable que ninguna tradición litúrgica puede agotarla. Desde los orígenes de la Iglesia, por
tanto, esta riqueza ha encontrado en los distintos pueblos y culturas expresiones caracterizadas por una
admirable variedad y complementariedad.
1209
1205-1206
En la liturgia, sobre todo en la de los sacramentos, existen elementos inmutables por ser de institución
divina, que la Iglesia custodia fielmente. Hay después otros elementos, susceptibles de cambio, que la
Iglesia puede y a veces debe incluso adaptar a las culturas de los diversos pueblos.
SEGUNDA SECCIÓN
LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
Bautismo Baptismum
Confirmación Confirmátio
Eucaristía Eucarístia
Penitencia Paeniténtia
Unción de los enfermos Únctio infirmórum
Orden Ordo
Matrimonio Matrimónium
1210-1211
CAPÍTULO PRIMERO
1212
1275
La Iniciación cristiana se realiza mediante los sacramentos que ponen los fundamentos de la vida
cristiana: los fieles, renacidos en el Bautismo, se fortalecen con la Confirmación, y son alimentados en la
Eucaristía.
1213-1216
1276-1277
El primer sacramento de la iniciación recibe, ante todo, el nombre de Bautismo, en razón del rito central
con el cual se celebra: bautizar significa «sumergir» en el agua; quien recibe el bautismo es sumergido en
la muerte de Cristo y resucita con Él «como una nueva criatura» (2 Co 5, 17). Se llama también «baño de
regeneración y renovación en el Espíritu Santo» (Tt 3, 5), e «iluminación», porque el bautizado se
convierte en «hijo de la luz» (Ef 5, 8).
1217-1222
En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del Bautismo: el agua, fuente de vida y de
muerte; el arca de Noé, que salva por medio del agua; el paso del Mar Rojo, que libera al pueblo de Israel
de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la
vida eterna.
1223-1224
Estas prefiguraciones del bautismo las cumple Jesucristo, el cual, al comienzo de su vida pública, se hace
bautizar por Juan Bautista en el Jordán; levantado en la cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua,
signos del Bautismo y de la Eucaristía, y después de su Resurrección confía a los Apóstoles esta misión:
«Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (Mt 28, 19-20).
1226-1228
1229-1245
1278
El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su
cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
246-1522
1250
La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del
poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.
1253-1255
A todo aquel que va a ser bautizado se le exige la profesión de fe, expresada personalmente, en el caso del
adulto, o por medio de sus padres y de la Iglesia, en el caso del niño. El padrino o la madrina y toda la
comunidad eclesial tienen también una parte de responsabilidad en la preparación al Bautismo
(catecumenado), así como en el desarrollo de la fe y de la gracia bautismal.
1256
1284
Los ministros ordinarios del Bautismo son el obispo y el presbítero; en la Iglesia latina, también el
diácono. En caso de necesidad, cualquiera puede bautizar, siempre que tenga la intención de hacer lo que
hace la Iglesia. Éste derrama agua sobre la cabeza del candidato y pronuncia la fórmula trinitaria
bautismal: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
1257
El Bautismo es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y
han tenido la posibilidad de pedir este sacramento.
1258-1261
1281-1283
Puesto que Cristo ha muerto para la salvación de todos, pueden salvarse también sin el Bautismo todos
aquellos que mueren a causa de la fe (Bautismo de sangre), los catecúmenos, y todo aquellos que, bajo el
impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por
cumplir su voluntad (Bautismo de deseo). En cuanto a los niños que mueren sin el Bautismo, la Iglesia en
su liturgia los confía a la misericordia de Dios.
1262-1274
1279-1280
El Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al
pecado; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante, la gracia de la
justificación que incorpora a Cristo y a su Iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el
fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del
Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: en efecto, queda marcado con el sello
indeleble de Cristo (carácter).
2156-2159
2167
El nombre es importante porque Dios conoce a cada uno por su nombre, es decir, en su unicidad. Con el
Bautismo, el cristiano recibe en la Iglesia el nombre propio, preferiblemente de un santo, de modo que
éste ofrezca al bautizado un modelo de santidad y le asegure su intercesión ante Dios.
EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
1285-1288
1315
En la Antigua Alianza, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado y sobre todo el pueblo mesiánico. Toda la vida y la misión de Jesús se desarrollan en una total
comunión con el Espíritu Santo. Los Apóstoles reciben el Espíritu Santo en Pentecostés y anuncian «las
maravillas de Dios» (Hch 2,11). Comunican a los nuevos bautizados, mediante la imposición de las
manos, el don del mismo Espíritu. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha seguido viviendo del Espíritu y
comunicándolo a sus hijos.
1289
Se llama Confirmación, porque confirma y refuerza la gracia bautismal. Se llama Crismación, puesto que
un rito esencial de este sacramento es la unción con el Santo Crisma (en las Iglesias Orientales, unción
con el Santo Myron).
1290-1301
1318
1320-1321
El rito esencial de la Confirmación es la unción con el Santo Crisma (aceite de oliva mezclado con
perfumes, consagrado por el obispo), que se hace con la imposición de manos por parte del ministro, el
cual pronuncia las palabras sacramentales propias del rito. En Occidente, esta unción se hace sobre la
frente del bautizado con estas palabras: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». En las Iglesias
Orientales de rito bizantino, la unción se hace también en otras partes del cuerpo, con la fórmula: «Sello
del don del Espíritu Santo».
1302-1305
1316-1317
El efecto de la Confirmación es la especial efusión del Espíritu Santo, tal como sucedió en Pentecostés.
Esta efusión imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal;
arraiga más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y con su Iglesia; fortalece
en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana.
1306-1311
1319
El sacramento de la Confirmación puede y debe recibirlo, una sola vez, aquel que ya ha sido bautizado.
Para recibirlo con fruto hay que estar en gracia de Dios.
1312-1314
El ministro originario de la Confirmación es el obispo: se manifiesta así el vínculo del confirmado con la
Iglesia en su dimensión apostólica. Cuando el sacramento es administrado por un presbítero, como sucede
ordinariamente en Oriente y en casos particulares en Occidente, es el mismo presbítero, colaborador del
obispo, y el santo crisma, consagrado por éste, quienes expresan el vínculo del confirmado con el obispo
y con la Iglesia.
EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
1322-1323
1409
La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para
perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el
memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el
que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna.
1323
1337-1340
Jesucristo instituyó la Eucaristía el Jueves Santo, «la noche en que fue entregado» (1 Co 11, 23), mientras
celebraba con sus Apóstoles la Última Cena.
1337-1340
1365, 1406
Después de reunirse con los Apóstoles en el Cenáculo, Jesús tomó en sus manos el pan, lo partió y se lo
dio, diciendo: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros».
Después tomó en sus manos el cáliz con el vino y les dijo: «Tomad y bebed todos de él, porque éste es el
cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los
hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía».
1324-1327
1407
La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. En ella alcanzan su cumbre la acción
santificante de Dios sobre nosotros y nuestro culto a Él. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de
la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. Expresa y produce la comunión en la vida divina y la unidad
del Pueblo de Dios. Mediante la celebración eucarística nos unimos a la liturgia del cielo y anticipamos la
vida eterna.
1328-1332
La inagotable riqueza de este sacramento se expresa con diversos nombres, que evocan sus aspectos
particulares. Los más comunes son: Eucaristía, Santa Misa, Cena del Señor, Fracción del Pan,
Celebración Eucarística, Memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, Santo Sacrificio, Santa
y Divina Liturgia, Santos Misterios, Santísimo Sacramento del Altar, Sagrada Comunión.
1333-1334
En la Antigua Alianza, la Eucaristía fue anunciada sobre todo en la cena pascual, celebrada cada año por
los judíos con panes ázimos, como recuerdo de la salida apresurada y liberadora de Egipto. Jesús la
anunció en sus enseñanzas y la instituyó celebrando con los Apóstoles la Última Cena durante un
banquete pascual. La Iglesia, fiel al mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11, 24), ha
celebrado siempre la Eucaristía, especialmente el domingo, día de la resurrección de Jesús.
1345-1355
1408
La celebración eucarística se desarrolla en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la
liturgia de la Palabra, que comprende la proclamación y la escucha de la Palabra de Dios; y la liturgia
eucarística, que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística, con las
palabras de la consagración, y la comunión.
1348
1411
279. ¿Cuáles son los elementos esenciales y necesarios para celebrar la Eucaristía?
1412
Los elementos esenciales y necesarios para celebrar la Eucaristía son el pan de trigo y el vino de vid.
1362-1367
La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio
que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad. El carácter
sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo que
se entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre que se derrama por vosotros» (Lc
22, 19-20). El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la
víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la
Eucaristía.
1368-1372
1414
En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida
de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo. En cuanto
sacrificio, la Eucaristía se ofrece también por todos los fieles, vivos y difuntos, en reparación de los
pecados de todos los hombres y para obtener de Dios beneficios espirituales y temporales. También la
Iglesia del cielo está unida a la ofrenda de Cristo.
1373-1375 1413
Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo
verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo
entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies
eucarísticas del pan y del vino.
1376-1377
1413
Transubstanciación significa la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de
Cristo, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre. Esta conversión se opera en la plegaria
eucarística con la consagración, mediante la eficacia de la palabra de Cristo y de la acción del Espíritu
Santo. Sin embargo, permanecen inalteradas las características sensibles del pan y del vino, esto es las
«especies eucarísticas».
1377
La fracción del pan no divide a Cristo: Él está presente todo e íntegro en cada especie eucarística y en
cada una de sus partes.
1377
1378-1381
1418
Al sacramento de la Eucaristía se le debe rendir el culto de latría, es decir la adoración reservada a Dios,
tanto durante la celebración eucarística, como fuera de ella. La Iglesia, en efecto, conserva con la máxima
diligencia las Hostias consagradas, las lleva a los enfermos y a otras personas imposibilitadas de
participar en la Santa Misa, las presenta a la solemne adoración de los fieles, las lleva en procesión e
invita a la frecuente visita y adoración del Santísimo Sacramento, reservado en el Sagrario.
1382-1384
1391-1396
La Eucaristía es el banquete pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua, nos entrega
su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su
sacrificio.
1383
1410
El altar es el símbolo de Cristo mismo, presente como víctima sacrificial (altar-sacrificio de la Cruz), y
como alimento celestial que se nos da a nosotros (altar-mesa eucarística).
1389
1417
La Iglesia establece que los fieles tienen obligación de participar de la Santa Misa todos los domingos y
fiestas de precepto, y recomienda que se participe también en los demás días.
1389
La Iglesia recomienda a los fieles que participan de la Santa Misa recibir también, con las debidas
disposiciones, la sagrada Comunión, estableciendo la obligación de hacerlo al menos en Pascua.
1385-1389
1415
Para recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en
gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un
pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Son también
importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la Iglesia y la
actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo.
1391-1397
1416
La sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia, conserva y renueva la vida de
la gracia, recibida en el Bautismo y la Confirmación y nos hace crecer en el amor al prójimo.
Fortaleciéndonos en la caridad, nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los pecados mortales
para el futuro.
1398-1401
Los ministros católicos administran lícitamente la sagrada Comunión a los miembros de las Iglesias
orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica, siempre que éstos lo soliciten
espontáneamente y tengan las debidas disposiciones.
Asimismo, los ministros católicos administran lícitamente la sagrada Comunión a los miembros de otras
comunidades eclesiales que, en presencia de una grave necesidad, la pidan espontáneamente, estén bien
dispuestos y manifiesten la fe católica respecto al sacramento.
1402-1405
La Eucaristía es prenda de la gloria futura porque nos colma de toda gracia y bendición del cielo, nos
fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo,
sentado a la derecha del Padre, a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen y a todos los santos.
«En la Eucaristía, nosotros partimos "un mismo pan que es remedio de inmortalidad,
antídoto no para morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre"» (San Ignacio de
Antioquía).
CAPÍTULO SEGUNDO
295. ¿Por qué Cristo instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos?
1420-1421
1426
Cristo, médico del alma y del cuerpo, instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los
enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana
puede debilitarse y perderse para siempre a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia
continuase su obra de curación y de salvación mediante estos dos sacramentos.
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Y LA RECONCILIACIÓN
1422-1424
1425-1426
1484
Puesto que la vida nueva de la gracia, recibida en el Bautismo, no suprimió la debilidad de la naturaleza
humana ni la inclinación al pecado (esto es, la concupiscencia), Cristo instituyó este sacramento para la
conversión de los bautizados que se han alejado de Él por el pecado.
1485
El Señor resucitado instituyó este sacramento cuando la tarde de Pascua se mostró a sus Apóstoles y les
dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
1427-1429
La llamada de Cristo a la conversión resuena continuamente en la vida de los bautizados. Esta conversión
es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia, que, siendo santa, recibe en su propio seno a los
pecadores.
1430-1433
1490
La penitencia interior es el dinamismo del «corazón contrito» (Sal 51, 19), movido por la gracia divina a
responder al amor misericordioso de Dios. Implica el dolor y el rechazo de los pecados cometidos, el
firme propósito de no pecar más, y la confianza en la ayuda de Dios. Se alimenta de la esperanza en la
misericordia divina.
1434-1439
La penitencia puede tener expresiones muy variadas, especialmente el ayuno, la oración y la limosna.
Estas y otras muchas formas de penitencia pueden ser practicadas en la vida cotidiana del cristiano, en
particular en tiempo de Cuaresma y el viernes, día penitencial.
1440-1449
Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el
hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el
perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción.
1450-1460
1487-1492
Los actos propios del penitente son los siguientes: un diligente examen de conciencia; la contrición (o
arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en
otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de
los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de
penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado.
1456
Se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerdan después de un diligente
examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el
perdón.
1457
Todo fiel, que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez
al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión.
306. ¿Por qué también los pecados veniales pueden ser objeto de la confesión sacramental?
1458
La Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente
necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse
curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu.
1461-1466
1495
Cristo confió el ministerio de la reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles,
y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la
misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
1463
La absolución de algunos pecados particularmente graves (como son los castigados con la excomunión)
está reservada a la Sede Apostólica o al obispo del lugar o a los presbíteros autorizados por ellos, aunque
todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y excomunión, al que se halla en peligro de muerte.
1467
Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está
obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el
absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión.
1468-1470
1496
Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los
pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la
remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas
temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del
espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano.
311. ¿Se puede celebrar en algunos casos este sacramento con la confesión general y absolución
colectiva?
1480-1484
En caso de grave necesidad (como un inminente peligro de muerte), se puede recurrir a la celebración
comunitaria de la Reconciliación, con la confesión general y la absolución colectiva, respetando las
normas de la Iglesia y haciendo propósito de confesar individualmente, a su debido tiempo, los pecados
graves ya perdonados de esta forma.
1471-1479
1498
Las indulgencias son la remisión ante Dios de la pena temporal merecida por los pecados ya perdonados
en cuanto a la culpa, que el fiel, cumpliendo determinadas condiciones, obtiene para sí mismo o para los
difuntos, mediante el ministerio de la Iglesia, la cual, como dispensadora de la redención, distribuye el
1499-1502
1503-1505
La compasión de Jesús hacia los enfermos y las numerosas curaciones realizadas por él son una clara
señal de que con él había llegado el Reino de Dios y, por tanto, la victoria sobre el pecado, el sufrimiento
y la muerte. Con su pasión y muerte, Jesús da un nuevo sentido al sufrimiento, el cual, unido al de Cristo,
puede convertirse en medio de purificación y salvación, para nosotros y para los demás.
1506-1513
1526-1527
La Iglesia, habiendo recibido del Señor el mandato de curar a los enfermos, se empeña en el cuidado de
los que sufren, acompañándolos con oraciones de intercesión. Tiene sobre todo un sacramento específico
para los enfermos, instituido por Cristo mismo y atestiguado por Santiago: «¿Está enfermo alguno de
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del
Señor» (St 5, 14-15).
1514-1515
1528-1529
El sacramento de la Unción de los enfermos lo puede recibir cualquier fiel que comienza a encontrarse en
peligro de muerte por enfermedad o vejez. El mismo fiel lo puede recibir también otras veces, si se
produce un agravamiento de la enfermedad o bien si se presenta otra enfermedad grave. La celebración de
este sacramento debe ir precedida, si es posible, de la confesión individual del enfermo.
1516
1530
El sacramento de la Unción de los enfermos sólo puede ser administrado por los sacerdotes (obispos o
presbíteros).
1517-1519
1531
La celebración del sacramento de la Unción de los enfermos consiste esencialmente en la unción con
óleo, bendecido si es posible por el obispo, sobre la frente y las manos del enfermo (en el rito romano, o
también en otras partes del cuerpo en otros ritos), acompañada de la oración del sacerdote, que implora la
gracia especial de este sacramento.
1520-1523
1532
El sacramento de la Unción confiere una gracia particular, que une más íntimamente al enfermo a la
Pasión de Cristo, por su bien y por el de toda la Iglesia, otorgándole fortaleza, paz, ánimo y también el
perdón de los pecados, si el enfermo no ha podido confesarse. Además, este sacramento concede a veces,
si Dios lo quiere, la recuperación de la salud física. En todo caso, esta Unción prepara al enfermo para
pasar a la Casa del Padre.
1524-1525
El Viático es la Eucaristía recibida por quienes están por dejar esta vida terrena y se preparan para el paso
a la vida eterna. Recibida en el momento del tránsito de este mundo al Padre, la Comunión del Cuerpo y
de la Sangre de Cristo muerto y resucitado, es semilla de vida eterna y poder de resurrección.
CAPÍTULO TERCERO
1533-1535
Dos sacramentos, el Orden y el Matrimonio, confieren una gracia especial para una misión particular en
la Iglesia, al servicio de la edificación del pueblo de Dios. Contribuyen especialmente a la comunión
eclesial y a la salvación de los demás.
1536
El sacramento del Orden es aquel mediante el cual, la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles, sigue
siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
1537-1538
Orden indica un cuerpo eclesial, del que se entra a formar parte mediante una especial consagración
(Ordenación), que, por un don singular del Espíritu Santo, permite ejercer una potestad sagrada al
servicio del Pueblo de Dios en nombre y con la autoridad de Cristo.
1539-1546
1590-1591
En la Antigua Alianza el sacramento del Orden fue prefigurado por el servicio de los levitas, el
sacerdocio de Aarón y la institución de los setenta «ancianos» (Nm 11, 25). Estas prefiguraciones se
cumplen en Cristo Jesús, quien, mediante su sacrificio en la cruz, es «el único [.....] mediador entre Dios y
los hombres» (1 Tm 2, 5), el «Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 5,10). El único
sacerdocio de Cristo se hace presente por el sacerdocio ministerial.
1554
1593
El sacramento del Orden se compone de tres grados, que son insustituibles para la estructura orgánica de
la Iglesia: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
1557-1558
1594
La Ordenación episcopal da la plenitud del sacramento del Orden, hace al Obispo legítimo sucesor de los
Apóstoles, lo constituye miembro del Colegio episcopal, compartiendo con el Papa y los demás obispos
la solicitud por todas las Iglesias, y le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar.
1560-1561
El obispo, a quien se confía una Iglesia particular, es el principio visible y el fundamento de la unidad de
esa Iglesia, en la cual desempeña, como vicario de Cristo, el oficio pastoral, ayudado por sus presbíteros y
diáconos.
1562-1567
1595
La unción del Espíritu marca al presbítero con un carácter espiritual indeleble, lo configura a Cristo
sacerdote y lo hace capaz de actuar en nombre de Cristo Cabeza. Como cooperador del Orden episcopal,
es consagrado para predicar el Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, de la que saca
fuerza todo su ministerio, y ser pastor de los fieles.
1568
Aunque haya sido ordenado para una misión universal, el presbítero la ejerce en una Iglesia particular, en
fraternidad sacramental con los demás presbíteros que forman el «presbiterio» y que, en comunión con el
obispo y en dependencia de él, tienen la responsabilidad de la Iglesia particular.
1569-1574
1596
El diácono, configurado con Cristo siervo de todos, es ordenado para el servicio de la Iglesia, y lo cumple
bajo la autoridad de su obispo, en el ministerio de la Palabra, el culto divino, la guía pastoral y la caridad.
1572-1574
1597
En cada uno de sus tres grados, el sacramento del Orden se confiere mediante la imposición de las manos
sobre la cabeza del ordenando por parte del obispo, quien pronuncia la solemne oración consagratoria.
Con ella, el obispo pide a Dios para el ordenando una especial efusión del Espíritu Santo y de sus dones,
en orden al ejercicio de su ministerio.
1575-1576
1600
Corresponde a los obispos válidamente ordenados, en cuanto sucesores de los Apóstoles, conferir los tres
grados del sacramento del Orden.
1577-1578
1598
Sólo el varón bautizado puede recibir válidamente el sacramento del Orden. La Iglesia se reconoce
vinculada por esta decisión del mismo Señor. Nadie puede exigir la recepción del sacramento del Orden,
sino que debe ser considerado apto para el ministerio por la autoridad de la Iglesia.
1579-1580
1599
Para el episcopado se exige siempre el celibato. Para el presbiterado, en la Iglesia latina, son
ordinariamente elegidos hombres creyentes que viven como célibes y tienen la voluntad de guardar el
celibato «por el reino de los cielos» (Mt 19, 12); en las Iglesias orientales no está permitido contraer
matrimonio después de haber recibido la ordenación. Al diaconado permanente pueden acceder también
hombres casados.
1581-1589
1592
El sacramento del Orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al
ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey, según los respectivos grados del sacramento.
La ordenación confiere un carácter espiritual indeleble: por eso no puede repetirse ni conferirse por un
tiempo determinado.
1547-1553
1592
Los sacerdotes ordenados, en el ejercicio del ministerio sagrado, no hablan ni actúan por su propia
autoridad, ni tampoco por mandato o delegación de la comunidad, sino en la Persona de Cristo Cabeza y
en nombre de la Iglesia. Por tanto, el sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo en
grado, del sacerdocio común de los fieles, al servicio del cual lo instituyó Cristo.
1601-1605
Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los
ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no
son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6). Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1,
28).
1659-1660
La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el
Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la
procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión
matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9).
1606-1608
A causa del primer pecado, que ha provocado también la ruptura de la comunión del hombre y de la
mujer, donada por el Creador, la unión matrimonial está muy frecuentemente amenazada por la discordia
y la infidelidad. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, da al hombre y a la mujer su gracia para
realizar la unión de sus vidas según el designio divino original.
1609-1611
1612-1617
1661
Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia
para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia:
«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia» (Ef 5, 25)
1618-1620
El Matrimonio no es una obligación para todos. En particular, Dios llama a algunos hombres y mujeres a
seguir a Jesús por el camino de la virginidad o del celibato por el Reino de los cielos; éstos renuncian al
gran bien del Matrimonio para ocupase de las cosas del Señor tratando de agradarle, y se convierten en
signo de la primacía absoluta del amor de Cristo y de la ardiente esperanza de su vuelta gloriosa.
1621-1624
1663
Dado que el Matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su
celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote (o de un testigo cualificado de la Iglesia) y de
otros testigos.
1625-1632
1662-1663
El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua
y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento
hace el Matrimonio, resulta indispensable e insustituible. Para que el Matrimonio sea válido el
consentimiento debe tener como objeto el verdadero Matrimonio, y ser un acto humano, consciente y
libre, no determinado por la violencia o la coacción.
1633-1637
Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la
autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre un católico y un no bautizado),
para ser válidos necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la
aceptación de los fines y las propiedades esenciales del Matrimonio, y que el cónyuge católico confirme
el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el Bautismo y la
1638-1642
El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo
ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no
podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para
alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos.
347. ¿Cuáles son los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio?
1645-1648
Los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio son los siguientes: el adulterio, la
poligamia, en cuanto contradice la idéntica dignidad entre el hombre y la mujer y la unidad y exclusividad
del amor conyugal; el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y el
divorcio, que contradice la indisolubilidad.
1629
1649
La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho, por
diversas razones, prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el
otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea
nulo y, como tal, declarado por la autoridad eclesiástica.
1650-1651
Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de divorciados vueltos a casar
civilmente. «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella
repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12). Hacia ellos la Iglesia muestra
una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación
cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión
eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales, mientras dure tal situación, que contrasta
objetivamente con la ley de Dios.
1655-1658 1666
La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y
familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el
sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela
de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos.
CAPÍTULO CUARTO
1667-1672
1677-1678
Los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia, por medio de los cuales se santifican
algunas circunstancias de la vida. Comprenden siempre una oración acompañada de la señal de la cruz o
de otros signos. Entre los sacramentales, ocupan un lugar importante las bendiciones, que son una
alabanza a Dios y una oración para obtener sus dones, la consagración de personas y la dedicación de
cosas al culto de Dios.
1673
Tiene lugar un exorcismo, cuando la Iglesia pide con su autoridad, en nombre de Jesús, que una persona o
un objeto sea protegido contra el influjo del Maligno y sustraído a su dominio. Se practica de modo
ordinario en el rito del Bautismo. El exorcismo solemne, llamado gran exorcismo, puede ser efectuado
solamente por un presbítero autorizado por el obispo.
1674-1676
1679
El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado en todo tiempo su expresión en formas variadas de
piedad, que acompañan la vida sacramental de la Iglesia, como son la veneración de las reliquias, las
visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el «Vía crucis», el Rosario. La Iglesia, a la luz
de la fe, ilumina y favorece las formas auténticas de piedad popular.
354. ¿Qué relación existe entre los sacramentos y la muerte del cristiano?
1680-1683
El cristiano que muere en Cristo alcanza, al final de su existencia terrena, el cumplimiento de la nueva
vida iniciada con el Bautismo, reforzada con la Confirmación y alimentada en la Eucaristía, anticipo del
banquete celestial. El sentido de la muerte del cristiano se manifiesta a la luz de la Muerte y Resurrección
de Cristo, nuestra única esperanza; el cristiano que muere en Cristo Jesús va «a vivir con el Señor» (2 Co
5, 8).
1684-1685
Las exequias, aunque se celebren según diferentes ritos, respondiendo a las situaciones y a las tradiciones
de cada región, expresan el carácter pascual de la muerte cristiana, en la esperanza de la resurrección, y el
sentido de la comunión con el difunto, particularmente mediante la oración por la purificación de su alma.
1686-1690
De ordinario, las exequias comprenden cuatro momentos principales: la acogida de los restos mortales del
difunto por parte de la comunidad, con palabras de consuelo y esperanza para sus familiares; la liturgia de
la Palabra; el sacrificio eucarístico; y «el adiós», con el que se encomienda el alma del difunto a Dios,
fuente de vida eterna, mientras su cuerpo es sepultado en la esperanza de la Resurrección.
TERCERA PARTE
LA VIDA EN CRISTO
PRIMERA SECCIÓN
357. ¿De qué modo la vida moral cristiana está vinculada a la fe y a los sacramentos?
1691-1698
Lo que se profesa en el Símbolo de la fe, los sacramentos lo comunican. En efecto, con ellos los fieles
reciben la gracia de Cristo y los dones del Espíritu Santo, que les hacen capaces de vivir la vida nueva de
hijos de Dios en Cristo, acogido con fe.
CAPÍTULO PRIMERO
1699-1715
La dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de
alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y
llamada, con alma y cuerpo, a la bienaventuranza eterna.
1716
El hombre alcanza la bienaventuranza en virtud de la gracia de Cristo, que lo hace partícipe de la vida
divina. En el Evangelio Cristo señala a los suyos el camino que lleva a la felicidad sin fin: las
Bienaventuranzas. La gracia de Cristo obra en todo hombre que, siguiendo la recta conciencia, busca y
ama la verdad y el bien, y evita el mal.
1716-1717
1725-1726
Las Bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús; recogen y perfeccionan las promesas de
Dios, hechas a partir de Abraham. Dibujan el rostro mismo de Jesús, y trazan la auténtica vida cristiana,
desvelando al hombre el fin último de sus actos: la bienaventuranza eterna.
361. ¿Qué relación tienen las Bienaventuranzas con el deseo de felicidad del hombre?
1718-1719
Las Bienaventuranzas responden al innato deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del
hombre, a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.
1720-1724
1727-1729
1730-1733
1743-1744
La libertad es el poder dado por Dios al hombre de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar
de este modo por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es la característica de los actos propiamente
humanos. Cuanto más se hace el bien, más libre se va haciendo también el hombre. La libertad alcanza su
perfección cuando está ordenada a Dios, Bien supremo y Bienaventuranza nuestra. La libertad implica
también la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. La elección del mal es un abuso de la libertad, que
conduce a la esclavitud del pecado.
1734-1737
1745-1746
La libertad hace al hombre responsable de sus actos, en la medida en que éstos son voluntarios; aunque
tanto la imputabilidad como la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas o incluso
anuladas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia soportada, el miedo, los afectos
desordenados y los hábitos.
1738
1747
1739-1742
1748
Nuestra libertad se halla debilitada a causa del pecado original. El debilitamiento se agrava aún más por
los pecados sucesivos. Pero Cristo «nos liberó para ser libres» (Ga 5, 1). El Espíritu Santo nos conduce
con su gracia a la libertad espiritual, para hacernos libres colaboradores suyos en la Iglesia y en el mundo.
1749-1754
1757-1758
La moralidad de los actos humanos depende de tres fuentes: del objeto elegido, es decir, un bien real o
aparente; de la intención del sujeto que actúa, es decir, del fin por el que lleva a cabo su acción; y de las
circunstancias de la acción, incluidas las consecuencias de la misma.
1755-1756
1759-1760
El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo tiempo, la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias. El objeto elegido puede por sí solo viciar una acción, aunque la intención sea buena. No es
lícito hacer el mal para conseguir un bien. Un fin malo puede corromper la acción, aunque su objeto sea
en sí mismo bueno; asimismo, un fin bueno no hace buena una acción que de suyo sea en sí misma mala,
porque el fin no justifica los medios. Las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad
de quien actúa, pero no puede modificar la calidad moral de los actos mismos, porque no convierten
nunca en buena una acción mala en sí misma.
1756-1761
Hay actos cuya elección es siempre ilícita en razón de su objeto (por ejemplo, la blasfemia, el homicidio,
el adulterio). Su elección supone un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral, que no puede ser
1762-1766
1771-1772
Las pasiones son los afectos, emociones o impulsos de la sensibilidad –componentes naturales de la
psicología humana–, que inclinan a obrar o a no obrar, en vista de lo que se percibe como bueno o como
malo. Las principales son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la cólera. La
pasión fundamental es el amor, provocado por el atractivo del bien. No se ama sino el bien, real o
aparente.
1767-1770
1773-1775
Las pasiones, en cuanto impulsos de la sensibilidad, no son en sí mismas ni buenas ni malas; son buenas,
cuando contribuyen a una acción buena; son malas, en caso contrario. Pueden ser asumidas en las virtudes
o pervertidas en los vicios.
LA CONCIENCIA MORAL
1776-1780
1795-1797
1780-1782
1798
La dignidad de la persona humana supone la rectitud de la conciencia moral, es decir que ésta se halle de
acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios. A causa de la misma dignidad
personal, el hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia, ni se le debe impedir obrar de
acuerdo con ella, sobre todo en el campo religioso, dentro de los límites del bien común.
374. ¿Cómo se forma la conciencia moral para que sea recta y veraz?
1783-1788
1799-1800
La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las
enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de
personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la oración como el examen de
conciencia.
1789
Tres son las normas más generales que debe seguir siempre la conciencia:
1790-1794
1801-1802
La persona debe obedecer siempre al juicio cierto de la propia conciencia, la cual, sin embargo, puede
también emitir juicios erróneos, por causas no siempre exentas de culpabilidad personal. Con todo, no es
imputable a la persona el mal cometido por ignorancia involuntaria, aunque siga siendo objetivamente un
mal. Es necesario, por tanto, esforzarse para corregir la conciencia moral de sus errores.
LAS VIRTUDES
1803. 1833
La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien: «El fin de una vida virtuosa consiste en
llegar a ser semejante a Dios» (San Gregorio de Nisa). Hay virtudes humanas y virtudes teologales.
1804
1810-1811
1834, 1839
Las virtudes humanas son perfecciones habituales y estables del entendimiento y de la voluntad, que
regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta en conformidad con la razón y
la fe. Adquiridas y fortalecidas por medio de actos moralmente buenos y reiterados, son purificadas y
elevadas por la gracia divina.
1805
1834
Las principales virtudes humanas son las denominadas cardinales, que agrupan a todas las demás y
constituyen las bases de la vida virtuosa. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
1806
1835
La prudencia dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los
medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida.
1807
1836
La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido. La justicia
para con Dios se llama «virtud de la religión».
1808
1838
La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando
incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa.
1809
1838
La templanza modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y
procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.
1812-1813
1840-1841
Las virtudes teologales son las que tienen como origen, motivo y objeto inmediato a Dios mismo. Infusas
en el hombre con la gracia santificante, nos hacen capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad,
y fundamentan y animan la acción moral del cristiano, vivificando las virtudes humanas. Son la garantía
de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.
1813
1814-1816
1842
La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia
nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a
Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que «la fe actúa por la caridad»
(Ga 5, 6).
1817-1821
1843
La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra
felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo
para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena.
1822-1829
1844
La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como
a nosotros mismos por amor a Dios. Jesús hace de ella el mandamiento nuevo, la plenitud de la Ley. Ella
es «el vínculo de la perfección» (Col 3, 14) y el fundamento de las demás virtudes, a las que anima,
inspira y ordena: sin ella «no soy nada» y «nada me aprovecha» (1 Co 13, 2-3).
1830-1831
1845
Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir las
inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de
Dios.
1832
Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna.
La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad,
benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad» (Ga 5, 22-23 [Vulgata]).
EL PECADO
1846-1848
1870
Acoger la misericordia de Dios supone que reconozcamos nuestras culpas, arrepintiéndonos de nuestros
pecados. Dios mismo, con su Palabra y su Espíritu, descubre nuestros pecados, sitúa nuestra conciencia
en la verdad sobre sí misma y nos concede la esperanza del perdón.
1849-1851
1871-1872
El pecado es «una palabra, un acto o un deseo contrarios a la Ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a
Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor. Hiere la naturaleza del hombre y atenta
contra la solidaridad humana. Cristo, en su Pasión, revela plenamente la gravedad del pecado y lo vence
con su misericordia.
1852-1853
1873
La variedad de los pecados es grande. Pueden distinguirse según su objeto o según las virtudes o los
mandamientos a los que se oponen. Pueden referirse directamente a Dios, al prójimo o a nosotros
mismos. Se los puede también distinguir en pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión.
1854
1855-1861
1874
Se comete un pecado mortal cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave, plena advertencia y
deliberado consentimiento. Este pecado destruye en nosotros la caridad, nos priva de la gracia santificante
y, a menos que nos arrepintamos, nos conduce a la muerte eterna del infierno. Se perdona, por vía
ordinaria, mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia o Reconciliación.
1862-1864
1875
El pecado venial, que se diferencia esencialmente del pecado mortal, se comete cuando la materia es leve;
o bien cuando, siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento. Este pecado
no rompe la alianza con Dios. Sin embargo, debilita la caridad, entraña un afecto desordenado a los
bienes creados, impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y en la práctica del bien moral
y merece penas temporales de purificación.
1865, 1876
El pecado prolifera en nosotros pues uno lleva a otro, y su repetición genera el vicio.
1866-1867
Los vicios, como contrarios a las virtudes, son hábitos perversos que oscurecen la conciencia e inclinan al
mal. Los vicios pueden ser referidos a los siete pecados llamados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira,
gula, envidia y pereza.
1868
Tenemos responsabilidad en los pecados de los otros cuando cooperamos culpablemente a que se
comentan.
1869
Las estructuras de pecado son situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina, expresión y
efecto de los pecados personales.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA COMUNIDAD HUMANA
LA PERSONA Y LA SOCIEDAD
1877-1879
1890-1891
Junto a la llamada personal a la bienaventuranza divina, el hombre posee una dimensión social que es
parte esencial de su naturaleza y de su vocación. En efecto, todos los hombres están llamados a un
idéntico fin, que es el mismo Dios. Hay una cierta semejanza entre la comunión de las Personas divinas y
la fraternidad que los hombres deben instaurar entre ellos, fundada en la verdad y en la caridad. El amor
al prójimo es inseparable del amor a Dios.
1881-1882
1892-1893
La persona es y debe ser principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Algunas sociedades,
como la familia y la comunidad civil, son necesarias para la persona. También son útiles otras
asociaciones, tanto dentro de las comunidades políticas como a nivel internacional, en el respeto del
principio de subsidiaridad
1883-1885
1894
El principio de subsidiaridad indica que una estructura social de orden superior no debe interferir en la
vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe
sostenerle en caso de necesidad.
1886-1889
1895-1896
Una auténtica convivencia humana requiere respetar la justicia y la recta jerarquía de valores, así como el
subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales. En particular, cuando el
pecado pervierte el clima social, se necesita hacer un llamamiento a la conversión del corazón y a la
gracia de Dios, para conseguir los cambios sociales que estén realmente al servicio de cada persona,
considerada en su integridad. La caridad es el más grande mandamiento social, pues exige y da la
capacidad de practicar la justicia.
1897-1902
1918-1920
Toda sociedad humana tiene necesidad de una autoridad legítima, que asegure el orden y contribuya a la
realización del bien común. Esta autoridad tiene su propio fundamento en la naturaleza humana, porque
corresponde al orden establecido por Dios.
1903-1904
1921-1922
1901
La autoridad se ejerce de manera legítima cuando procura el bien común, y para conseguirlo utiliza
medios moralmente lícitos. Por tanto, los regímenes políticos deben estar determinados por la libertad de
decisión de los ciudadanos y respetar el principio del «Estado de derecho». Según tal principio, la
soberanía es prerrogativa de la ley, no de la voluntad arbitraria de los hombres. Las leyes injustas y las
medidas contrarias al orden moral no obligan en conciencia.
1905-1906
1924
Por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible, a los grupos y
a cada uno de sus miembros, el logro de la propia perfección.
1907-1909
1925
1910-1912
1927
La realización más completa del bien común se verifica en aquellas comunidades políticas que defienden
y promueven el bien de los ciudadanos y de las instituciones intermedias, sin olvidar el bien universal de
la familia humana.
1913-1917
1926
Todo hombre, según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, participa en la realización del bien
común, respetando las leyes justas y haciéndose cargo de los sectores en los que tiene responsabilidad
personal, como son el cuidado de la propia familia y el compromiso en el propio trabajo. Por otra parte,
los ciudadanos deben tomar parte activa en la vida pública, en la medida en que les sea posible.
LA JUSTICIA SOCIAL
1928-1933
1943-1944
La sociedad asegura la justicia social cuando respeta la dignidad y los derechos de la persona, finalidad
propia de la misma sociedad. Ésta, además, procura alcanzar la justicia social, vinculada al bien común y
al ejercicio de la autoridad, cuando garantiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a los
individuos conseguir aquello que les corresponde por derecho.
1934-1935
1945
Todos los hombres gozan de igual dignidad y derechos fundamentales, en cuanto que, creados a imagen
del único Dios y dotados de una misma alma racional, tienen la misma naturaleza y origen, y están
llamados en Cristo, único Salvador, a la misma bienaventuranza divina.
413. ¿Cómo hay que juzgar el hecho de la desigualdad entre los hombres?
1936-1938
1946-1947
Existen desigualdades económicas y sociales inicuas, que afectan a millones de seres humanos, que están
en total contraste con el Evangelio, son contrarias a la justicia, a la dignidad de las personas y a la paz.
Pero hay también diferencias entre los hombres, causadas por diversos factores, que entran en el plan de
Dios. En efecto, Dios quiere que cada uno reciba de los demás lo que necesita, y que quienes disponen de
talentos particulares los compartan con los demás. Estas diferencias alientan, y con frecuencia obligan, a
las personas a la magnanimidad, la benevolencia y la solidaridad, e incitan a las culturas a enriquecerse
unas a otras.
1939-1942
1948
La solidaridad, que emana de la fraternidad humana y cristiana, se expresa ante todo en la justa
distribución de bienes, en la equitativa remuneración del trabajo y en el esfuerzo en favor de un orden
social más justo. La virtud de la solidaridad se realiza también en la comunicación de los bienes
espirituales de la fe, aún más importantes que los materiales.
CAPÍTULO TERCERO
1950-1953
1975-1978
La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Prescribe al hombre los caminos y las reglas de conducta que
llevan a la bienaventuranza prometida, y prohíbe los caminos que apartan de Dios.
1954-1960
1978-1979
La ley natural, inscrita por el Creador en el corazón de todo hombre, consiste en una participación de la
sabiduría y bondad de Dios, y expresa el sentido moral originario, que permite al hombre discernir el bien
y el mal, mediante la razón. La ley natural es universal e inmutable, y pone la base de los deberes y
derechos fundamentales de la persona, de la comunidad humana y de la misma ley civil.
1960
A causa del pecado, no siempre ni todos son capaces de percibir en modo inmediato y con igual claridad
la ley natural.
Por esto, «Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no alcanzaban a leer en
sus corazones» (San Agustín).
1961-1962
1980-1981
La Ley antigua constituye la primera etapa de la Ley revelada. Expresa muchas verdades naturalmente
accesibles a la razón, que se encuentran afirmadas y convalidadas en las Alianzas de la salvación. Sus
prescripciones morales, recogidas en los Mandamientos del Decálogo, ponen la base de la vocación del
hombre, prohíben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo y indican lo que les es esencial.
1963-1964
1982
La Ley antigua permite conocer muchas verdades accesibles a la razón, señala lo que se debe o no se debe
hacer, y sobre todo, como un sabio pedagogo, prepara y dispone a la conversión y a la acogida del
Evangelio. Sin embargo, aun siendo santa, espiritual y buena, la Ley antigua es todavía imperfecta,
porque no da por sí misma la fuerza y la gracia del Espíritu para observarla.
1965-1972
1983-1985
La nueva Ley o Ley evangélica, proclamada y realizada por Cristo, es la plenitud y el cumplimiento de la
ley divina, natural y revelada. Se resume en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, y de amarnos
como Cristo nos ha amado. Es también una realidad grabada en el interior del hombre: la gracia del
Espíritu Santo, que hace posible tal amor. Es «la ley de la libertad» (St 1, 25), porque lleva a actuar
espontáneamente bajo el impulso de la caridad.
«La Ley nueva es principalmente la misma gracia del Espíritu Santo que se da a los que
creen en Cristo» (Santo Tomás de Aquino).
1971-1974
1986
La Ley nueva se encuentra en toda la vida y la predicación de Cristo y en la catequesis moral de los
Apóstoles; el Sermón de la Montaña es su principal expresión.
GRACIA Y JUSTIFICACIÓN
1987-1995
2017-2020
La justificación es la obra más excelente del amor de Dios. Es la acción misericordiosa y gratuita de Dios,
que borra nuestros pecados, y nos hace justos y santos en todo nuestro ser. Somos justificados por medio
de la gracia del Espíritu Santo, que la Pasión de Cristo nos ha merecido y se nos ha dado en el Bautismo.
Con la justificación comienza la libre respuesta del hombre, esto es, la fe en Cristo y la colaboración con
la gracia del Espíritu Santo.
1996-1998
2005, 2021
La gracia es un don gratuito de Dios, por el que nos hace partícipes de su vida trinitaria y capaces de
obrar por amor a Él. Se le llama gracia habitual, santificante o deificante, porque nos santifica y nos
diviniza. Es sobrenatural, porque depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios y supera la
capacidad de la inteligencia y de las fuerzas del hombre. Escapa, por tanto, a nuestra experiencia.
1999-2000
2003-2004
2023-2024
Además de la gracia habitual, existen otros tipos de gracia: las gracias actuales (dones en circunstancias
particulares); las gracias sacramentales (dones propios de cada sacramento); las gracias especiales o
carismas (que tienen como fin el bien común de la Iglesia), entre las que se encuentran las gracias de
estado, que acompañan al ejercicio de los ministerios eclesiales y de las responsabilidades de la vida.
2001-2002
La gracia previene, prepara y suscita la libre respuesta del hombre; responde a las profundas aspiraciones
de la libertad humana, la invita a cooperar y la conduce a su perfección.
2006-2010
2025-2026
El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo,
no puede merecer nada, habiéndolo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la
posibilidad de adquirir méritos, mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante
Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después
a la libre voluntad del hombre.
2010-2011
2027
Bajo la moción del Espíritu Santo, podemos merecer, para nosotros mismos o para los demás, las gracias
útiles para santificarnos y para alcanzar la gloria eterna, así como también los bienes temporales que nos
convienen según el designio de Dios. Nadie puede merecer la primera gracia, que está en el origen de la
conversión y de la justificación.
2012-2016
2028-2029
Todos los fieles estamos llamados a la santidad cristiana. Ésta es plenitud de la vida cristiana y perfección
de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad. El camino de
santificación del cristiano, que pasa por la cruz, tendrá su cumplimiento en la resurrección final de los
2030-2031
2047
La Iglesia es la comunidad donde el cristiano acoge la Palabra de Dios y las enseñanzas de la «Ley de
Cristo» (Ga 6, 2); recibe la gracia de los sacramentos; se une a la ofrenda eucarística de Cristo,
transformando así su vida moral en un culto espiritual; aprende del ejemplo de santidad de la Virgen
María y de los santos.
2032-2040
2049-2051
El Magisterio de la Iglesia interviene en el campo moral, porque es su misión predicar la fe que hay que
creer y practicar en la vida cotidiana. Esta competencia se extiende también a los preceptos específicos de
la ley natural, porque su observancia es necesaria para la salvación.
2041
2048
Los preceptos de la Iglesia tienen por finalidad garantizar que los fieles cumplan con lo mínimo
indispensable en relación al espíritu de oración, a la vida sacramental, al esfuerzo moral y al crecimiento
en el amor a Dios y al prójimo.
2042-2043
433. ¿Por qué la vida moral de los cristianos es indispensable para el anuncio del Evangelio?
2044-2046
La vida moral de los cristianos es indispensable para el anuncio del Evangelio, porque, conformando su
vida con la del Señor Jesús, los fieles atraen a los hombres a la fe en el verdadero Dios, edifican la Iglesia,
impregnan el mundo con el espíritu del Evangelio y apresuran la venida del Reino de Dios.
SEGUNDA SECCIÓN
LOS DIEZ MANDAMIENTOS
Recuerda el día del sábado Guardarás el día del sábado para 3. Santificarás las fiestas.
para santificarlo. Seis días santificarlo.
trabajarás y harás todos
tus trabajos, pero el séptimo es
día de descanso para el
Señor, tu Dios.
No harás ningún trabajo,
ni tú, ni tu hijo ni tu hija
ni tu siervo ni tu sierva,
ni tu ganado, ni el forastero
que habita en tu ciudad.
Pues en seis días hizo el Señor
el cielo y la tierra,
el mar y todo cuanto contienen,
y el séptimo descansó;
por eso bendijo el Señor
el día del sábado.
434. «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?» (Mt 19, 16)
2052- 2054
2075-2076
Al joven que le pregunta «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?», Jesús
responde: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», y después añade: «Ven y sígueme»
(Mt 19, 16). Seguir a Jesús implica cumplir los Mandamientos. La Ley no es abolida. Por el contrario, el
hombre es invitado a encontrarla en la persona del divino Maestro, que la realiza perfectamente en sí
mismo, revela su pleno significado y atestigua su perennidad.
2055
Jesús interpreta la Ley a la luz del doble y único mandamiento de la caridad, que es su plenitud: «Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y primer
mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40).
2056-2057
Decálogo significa las «diez palabras» que recogen la Ley dada por Dios al pueblo de Israel durante la
Alianza hecha por medio de Moisés (Ex 34, 28). El Decálogo, al presentar los mandamientos del amor a
Dios (los tres primeros) y al prójimo (los otros siete), traza, para el pueblo elegido y para cada uno en
particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado.
2058-2063
2077
El Decálogo se comprende a la luz de la Alianza, en la que Dios se revela, dando a conocer su voluntad.
Al guardar los Mandamientos, el pueblo expresa su pertenencia a Dios, y responde con gratitud a su
iniciativa de amor.
2064-2068
2069
2079
Los diez mandamientos constituyen un todo orgánico e indisociable, porque cada mandamiento remite a
los demás y a todo el Decálogo. Por tanto, transgredir un mandamiento es como quebrantar toda la Ley.
2072-2073
2081
El Decálogo obliga gravemente porque enuncia los deberes fundamentales del hombre para con Dios y
para con el prójimo.
2074
2082
Sí, es posible cumplir el Decálogo, porque Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de
ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia.
CAPÍTULO PRIMERO
PRIMER MANDAMIENTO:
YO SOY EL SEÑOR TU DIOS. AMARÁS A DIOS
SOBRE TODAS LAS COSAS
442. ¿Qué implica la afirmación de Dios: «Yo soy el Señor tu Dios» (Ex 20, 20)?
2083-2094
2133-2134
La afirmación: «Yo soy el Señor tu Dios» implica para el fiel guardar y poner en práctica las tres virtudes
teologales, y evitar los pecados que se oponen a ellas. La fe cree en Dios y rechaza todo lo que le es
contrario, como, por ejemplo, la duda voluntaria, la incredulidad, la herejía, la apostasía y el cisma. La
esperanza aguarda confiadamente la bienaventurada visión de Dios y su ayuda, evitando la desesperación
y la presunción. La caridad ama a Dios sobre todas las cosas y rechaza la indiferencia, la ingratitud, la
tibieza, la pereza o indolencia espiritual y el odio a Dios, que nace del orgullo.
443. ¿Qué comporta la Palabra del Señor: «Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo darás culto» (Mt
4, 10)?
2095-2105
2135-2136
Las palabras «adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo darás culto» suponen adorar a Dios como Señor de
todo cuanto existe; rendirle el culto debido individual y comunitariamente; rezarle con expresiones de
alabanza, de acción de gracias y de súplica; ofrecerle sacrificios, sobre todo el espiritual de nuestra vida,
unido al sacrificio perfecto de Cristo; mantener las promesas y votos que se le hacen.
444. ¿Cómo ejerce el hombre su derecho a rendir culto a Dios en verdad y en libertad?
2104-2109
2137
Todo hombre tiene el derecho y el deber moral de buscar la verdad, especialmente en lo que se refiere a
Dios y a la Iglesia, y, una vez conocida, de abrazarla y guardarla fielmente, rindiendo a Dios un culto
auténtico. Al mismo tiempo, la dignidad de la persona humana requiere que, en materia religiosa, nadie
sea forzado a obrar contra su conciencia, ni impedido a actuar de acuerdo con la propia conciencia, tanto
pública como privadamente, en forma individual o asociada, dentro de los justos límites del orden
público.
445. ¿Qué es lo que Dios prohíbe cuando manda: «No tendrás otro Dios fuera de mí» (Ex 20, 2)?
2010-2128
2138-2140
la irreligión, que se manifiesta en tentar a Dios con palabras o hechos; en el sacrilegio, que
profana a las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; en la simonía, que
intenta comprar o vender realidades espirituales;
el ateísmo, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa
concepción de la autonomía humana;
el agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que abarca el
indiferentismo y el ateísmo práctico.
446. El mandato de Dios: «No te harás escultura alguna...» (Ex 20, 3), ¿prohíbe el culto a las
imágenes?
2129-2132
2141
En el Antiguo Testamento, el mandato «no te harás escultura alguna» prohibía representar a Dios,
absolutamente trascendente. A partir de la encarnación del Verbo, el culto cristiano a las sagradas
imágenes está justificado (como afirma el II Concilio de Nicea del año 787), porque se fundamenta en el
Misterio del Hijo de Dios hecho hombre, en el cual, el Dios trascendente se hace visible. No se trata de
una adoración de la imagen, sino de una veneración de quien en ella se representa: Cristo, la Virgen, los
ángeles y los santos.
SEGUNDO MANDAMIENTO:
NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO
2142-2149
2160-2162
2150-2151
2163-2164
Está prohibido jurar en falso, porque ello supone invocar en una causa a Dios, que es la verdad misma,
como testigo de una mentira.
«No jurar ni por Criador, ni por criatura, si no fuere con verdad, necesidad y reverencia»
(San Ignacio de Loyola).
2152-2155
El perjurio es hacer, bajo juramento, una promesa con intención de no cumplirla, o bien violar la promesa
hecha bajo juramento. Es un pecado grave contra Dios, que siempre es fiel a sus promesas.
TERCER MANDAMIENTO:
450. ¿Por qué Dios «ha bendecido el día del sábado y lo ha declarado sagrado» (Ex 20,11)?
2168-2172
2189
Dios ha bendecido el sábado y lo ha declarado sagrado, porque en este día se hace memoria del descanso
de Dios el séptimo día de la creación, así como de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto y de la
Alianza que Dios hizo con su pueblo.
2173
Jesús reconoce la santidad del sábado, y con su autoridad divina le da la interpretación auténtica: «El
sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).
452. ¿Por qué motivo, para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo?
2174-2176
2190-2191
Para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo, porque éste es el día de la Resurrección
de Cristo. Como «primer día de la semana» (Mc 16, 2), recuerda la primera Creación; como «octavo día»,
que sigue al sábado, significa la nueva Creación inaugurada con la Resurrección de Cristo. Es
considerado, así, por los cristianos como el primero de todos los días y de todas las fiestas: el día del
Señor, en el que Jesús, con su Pascua, lleva a cumplimiento la verdad espiritual del sábado judío y
anuncia el descanso eterno del hombre en Dios.
2177-2185
2192-2193
Los cristianos santifican el domingo y las demás fiestas de precepto participando en la Eucaristía del
Señor y absteniéndose de las actividades que les impidan rendir culto a Dios, o perturben la alegría propia
del día del Señor o el descanso necesario del alma y del cuerpo. Se permiten las actividades relacionadas
con las necesidades familiares o los servicios de gran utilidad social, siempre que no introduzcan hábitos
perjudiciales a la santificación del domingo, a la vida de familia y a la salud.
454. ¿Por qué es importante reconocer civilmente el domingo como día festivo?
2186-2188
2194-2195
Es importante que el domingo sea reconocido civilmente como día festivo, a fin de que todos tengan la
posibilidad real de disfrutar del suficiente descanso y del tiempo libre que les permitan cuidar la vida
religiosa, familiar, cultural y social; de disponer de tiempo propicio para la meditación, la reflexión, el
silencio y el estudio, y de dedicarse a hacer el bien, en particular en favor de los enfermos y de los
ancianos.
CAPÍTULO SEGUNDO
CUARTO MANDAMIENTO:
HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE
2196-2200
2247-2248
El cuarto mandamiento ordena honrar y respetar a nuestros padres, y a todos aquellos a quienes Dios ha
investido de autoridad para nuestro bien.
2201-2205
2249
En el plan de Dios, un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, por sí mismos y con sus hijos,
una familia. Dios ha instituido la familia y le ha dotado de su constitución fundamental. El matrimonio y
la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. Entre los
miembros de una misma familia se establecen relaciones personales y responsabilidades primarias. En
Cristo la familia se convierte en Iglesia doméstica, porque es una comunidad de fe, de esperanza y de
amor.
2207-2208
La familia es la célula original de la sociedad humana, y precede a cualquier reconocimiento por parte de
la autoridad pública. Los principios y valores familiares constituyen el fundamento de la vida social. La
vida de familia es una iniciación a la vida de la sociedad.
2209-2213
2250
La sociedad tiene el deber de sostener y consolidar el matrimonio y la familia, siempre en el respeto del
principio de subsidiaridad. Los poderes públicos deben respetar, proteger y favorecer la verdadera
naturaleza del matrimonio y de la familia, la moral pública, los derechos de los padres, y el bienestar
doméstico.
459. ¿Cuáles son los deberes de los hijos hacia sus padres?
2214-2220
2251
Los hijos deben a sus padres respeto (piedad filial), reconocimiento, docilidad y obediencia,
contribuyendo así, junto a las buenas relaciones entre hermanos y hermanas, al crecimiento de la armonía
y de la santidad de toda la vida familiar. En caso de que los padres se encuentren en situación de pobreza,
de enfermedad, de soledad o de ancianidad, los hijos adultos deben prestarles ayuda moral y material.
460. ¿Cuáles son los deberes de los padres hacia los hijos?
2221-2231
Los padres, partícipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educación de sus hijos
y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y
como hijos de Dios, y proveer, en cuanto sea posible, a sus necesidades materiales y espirituales,
eligiendo para ellos una escuela adecuada, y ayudándoles con prudentes consejos en la elección de la
profesión y del estado de vida. En especial, tienen la misión de educarlos en la fe cristiana.
2252-2253
Los padres educan a sus hijos en la fe cristiana principalmente con el ejemplo, la oración, la catequesis
familiar y la participación en la vida de la Iglesia.
2232-2233
Los vínculos familiares, aunque sean importantes, no son absolutos, porque la primera vocación del
cristiano es seguir a Jesús, amándolo: «El que ama su padre o a su madre más que a mí no es digno de
mí» (Mt 10, 37). Los padres deben favorecer gozosamente el seguimiento de Jesús por parte de sus hijos
en todo estado de vida, también en la vida consagrada y en el ministerio sacerdotal.
2234-2237
2254
En los distintos ámbitos de la sociedad civil, la autoridad se ejerce siempre como un servicio, respetando
los derechos fundamentales del hombre, una justa jerarquía de valores, las leyes, la justicia distributiva y
el principio de subsidiaridad. Cada cual, en el ejercicio de la autoridad, debe buscar el interés de la
comunidad antes que el propio, y debe inspirar sus decisiones en la verdad sobre Dios, sobre el hombre y
sobre el mundo.
464. ¿Cuáles son los deberes de los ciudadanos respecto a las autoridades civiles?
2238-2241
2255
Quienes están sometidos a las autoridades deben considerarlas como representantes de Dios,
ofreciéndoles una colaboración leal para el buen funcionamiento de la vida pública y social. Esto exige el
amor y servicio de la patria, el derecho y el deber del voto, el pago de los impuestos, la defensa del país y
el derecho a una crítica constructiva.
2238-2241
2255
El ciudadano no debe en conciencia obedecer cuando las prescripciones de la autoridad civil se opongan a
las exigencias del orden moral: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29).
QUINTO MANDAMIENTO:
NO MATARÁS
2242-2262
2318-2320
La vida humana ha de ser respetada porque es sagrada. Desde el comienzo supone la acción creadora de
Dios y permanece para siempre en una relación especial con el Creador, su único fin. A nadie le es lícito
destruir directamente a un ser humano inocente, porque es gravemente contrario a la dignidad de la
persona y a la santidad del Creador. «No quites la vida del inocente y justo» (Ex 23, 7).
467. ¿Por qué la legítima defensa de la persona y de la sociedad no va contra esta norma?
2263-2265
Con la legítima defensa se toma la opción de defenderse y se valora el derecho a la vida, propia o del
otro, pero no la opción de matar. La legítima defensa, para quien tiene la responsabilidad de la vida de
otro, puede también ser un grave deber. Y no debe suponer un uso de la violencia mayor que el necesario.
2266
Una pena impuesta por la autoridad pública, tiene como objetivo reparar el desorden introducido por la
culpa, defender el orden público y la seguridad de las personas y contribuir a la corrección del culpable.
2267
La pena impuesta debe ser proporcionada a la gravedad del delito. Hoy, como consecuencia de las
posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo
ha cometido, los casos de absoluta necesidad de pena de muerte «suceden muy rara vez, si es que ya en
realidad se dan algunos» (Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae). Cuando los medios incruentos
son suficientes, la autoridad debe limitarse a estos medios, porque corresponden mejor a las condiciones
concretas del bien común, son más conformes a la dignidad de la persona y no privan definitivamente al
culpable de la posibilidad de rehabilitarse.
2268-2283
2321-2326
3) La eutanasia directa, que consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo
necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la
muerte.
4) El suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en cuanto es una ofensa grave al justo
amor de Dios, de sí mismo y del prójimo; por lo que se refiere a la responsabilidad, ésta
puede quedar agravada en razón del escándalo o atenuada por particulares trastornos
psíquicos o graves temores.
2278-2279
Los cuidados que se deben de ordinario a una persona enferma no pueden ser legítimamente
interrumpidos; son legítimos, sin embargo, el uso de analgésicos, no destinados a causar la muerte, y la
renuncia al «encarnizamiento terapéutico», esto es, a la utilización de tratamientos médicos
desproporcionados y sin esperanza razonable de resultado positivo.
2274
La sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo
humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. Cuando
el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre
los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismos de
un Estado de derecho.
2284-2287
El escándalo, que consiste en inducir a otro a obrar el mal, se evita respetando el alma y el cuerpo de la
persona. Pero si se induce deliberadamente a otros a pecar gravemente, se comete una culpa grave.
2288-2291
Debemos tener un razonable cuidado de la salud física, la propia y la de los demás, evitando siempre el
culto al cuerpo y toda suerte de excesos. Ha de evitarse, además, el uso de estupefacientes, que causan
gravísimos daños a la salud y a la vida humana, y también el abuso de los alimentos, del alcohol, del
tabaco y de los medicamentos.
475. ¿Cuándo son moralmente legítimas las experimentaciones científicas, médicas o psicológicas
sobre las personas o sobre grupos humanos?
2292-2295
Las experimentaciones científicas, médicas o psicológicas sobre las personas o sobre grupos humanos son
moralmente legítimas si están al servicio del bien integral de la persona y de la sociedad, sin riesgos
desproporcionados para la vida y la integridad física y psíquica de los sujetos, oportunamente informados
y contando con su consentimiento.
2296
El trasplante de órganos es moralmente aceptable con el consentimiento del donante y sin riesgos
excesivos para él. Para el noble acto de la donación de órganos después de la muerte, hay que contar con
la plena certeza de la muerte real del donante.
477. ¿Qué prácticas son contrarias al respeto a la integridad corporal de la persona humana?
2297-2298
Prácticas contrarias al respeto a la integridad corporal de la persona humana son las siguientes: los
secuestros de personas y la toma de rehenes, el terrorismo, la tortura, la violencia y la esterilización
directa. Las amputaciones y mutilaciones de una persona están moralmente permitidas sólo por los
indispensables fines terapéuticos de las mismas.
2299
Los moribundos tienen derecho a vivir con dignidad los últimos momentos de su vida terrena, sobre todo
con la ayuda de la oración y de los sacramentos, que preparan al encuentro con el Dios vivo.
2300-2301
Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad. La cremación de los mismos está
permitida, si se hace sin poner en cuestión la fe en la Resurrección de los cuerpos.
2302-2303
El Señor que proclama «bienaventurados los que construyen la paz» (Mt 5, 9), exige la paz del corazón y
denuncia la inmoralidad de la ira, que es el deseo de venganza por el mal recibido, y del odio, que lleva a
desear el mal al prójimo. Estos comportamientos, si son voluntarios y consentidos en cosas de gran
importancia, son pecados graves contra la caridad.
2304-2305
La paz en el mundo, que es la búsqueda del respeto y del desarrollo de la vida humana, no es simplemente
ausencia de guerra o equilibrio de fuerzas contrarias, sino que es «la tranquilidad del orden» (San
Agustín), «fruto de la justicia» (Is 32, 17) y efecto de la caridad. La paz en la tierra es imagen y fruto de
la paz de Cristo.
2304
2307-2308
Para la paz en el mundo se requiere la justa distribución y la tutela de los bienes de las personas, la libre
comunicación entre los seres humanos, el respeto a la dignidad de las personas humanas y de los pueblos,
y la constante práctica de la justicia y de la fraternidad.
2307-2310
El uso de la fuerza militar está moralmente justificado cuando se dan simultáneamente las siguientes
condiciones: certeza de que el daño causado por el agresor es duradero y grave; la ineficacia de toda
alternativa pacífica; fundadas posibilidades de éxito en la acción defensiva y ausencia de males aún
peores, dado el poder de los medios modernos de destrucción.
484. En caso de amenaza de guerra, ¿a quién corresponde determinar si se dan las anteriores
condiciones?
2309
Determinar si se dan las condiciones para un uso moral de la fuerza militar compete al prudente juicio de
los gobernantes, a quienes corresponde también el derecho de imponer a los ciudadanos la obligación de
la defensa nacional, dejando a salvo el derecho personal a la objeción de conciencia y a servir de otra
forma a la comunidad humana.
2312-2314
2328
La ley moral permanece siempre válida, aún en caso de guerra. Exige que sean tratados con humanidad
los no combatientes, los soldados heridos y los prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al
derecho de gentes, como también las disposiciones que las ordenan, son crímenes que la obediencia ciega
no basta para excusar. Se deben condenar las destrucciones masivas así como el exterminio de un pueblo
o de una minoría étnica, que son pecados gravísimos; y hay obligación moral de oponerse a la voluntad
de quienes los ordenan.
2315-2317
2327-2330
Se debe hacer todo lo razonablemente posible para evitar a toda costa la guerra, teniendo en cuenta los
males e injusticias que ella misma provoca. En particular, es necesario evitar la acumulación y el
comercio de armas no debidamente reglamentadas por los poderes legítimos; las injusticias, sobre todo
económicas y sociales; las discriminaciones étnicas o religiosas; la envidia, la desconfianza, el orgullo y
el espíritu de venganza. Cuanto se haga por eliminar estos u otros desórdenes ayuda a construir la paz y a
evitar la guerra.
SEXTO MANDAMIENTO:
NO COMETERÁS ACTOS IMPUROS
2331-2336
2392-2393
Dios ha creado al hombre como varón y mujer, con igual dignidad personal, y ha inscrito en él la
vocación del amor y de la comunión. Corresponde a cada uno aceptar la propia identidad sexual,
reconociendo la importancia de la misma para toda la persona, su especificidad y complementariedad.
2337-2338
2339-2341
La virtud de la castidad supone la adquisición del dominio de sí mismo, como expresión de libertad
humana destinada al don de uno mismo. Para este fin, es necesaria una integral y permanente educación,
que se realiza en etapas graduales de crecimiento.
2340-2347
Son numerosos los medios de que disponemos para vivir la castidad: la gracia de Dios, la ayuda de los
sacramentos, la oración, el conocimiento de uno mismo, la práctica de una ascesis adaptada a las diversas
situaciones y el ejercicio de las virtudes morales, en particular de la virtud de la templanza, que busca que
la razón sea la guía de las pasiones.
2348-2350
2394
Todos, siguiendo a Cristo modelo de castidad, están llamados a llevar una vida casta según el propio
estado de vida: unos viviendo en la virginidad o en el celibato consagrado, modo eminente de dedicarse
más fácilmente a Dios, con corazón indiviso; otros, si están casados, viviendo la castidad conyugal; los no
casados, practicando la castidad en la continencia.
2351-2359
2396
Son pecados gravemente contrarios a la castidad, cada uno según la naturaleza del propio objeto: el
adulterio, la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución, el estupro y los actos
homosexuales. Estos pecados son expresión del vicio de la lujuria. Si se cometen con menores, estos
actos son un atentado aún más grave contra su integridad física y moral.
493. ¿Por qué el sexto mandamiento prohíbe todos los pecados contra la castidad?
2336
Aunque en el texto bíblico del Decálogo se dice «no cometerás adulterio» (Ex 20, 14), la Tradición de la
Iglesia tiene en cuenta todas las enseñanzas morales del Antiguo y del Nuevo Testamento, y considera el
sexto mandamiento como referido al conjunto de todos los pecados contra la castidad.
494. ¿Cuáles son los deberes de las autoridades civiles respecto a la castidad?
2354
Las autoridades civiles, en cuanto obligadas a promover el respeto a la dignidad de la persona humana,
deben contribuir a crear un ambiente favorable a la castidad, impidiendo inclusive, mediante leyes
adecuadas, algunas de las graves ofensas a la castidad antes mencionadas, en orden sobre todo a proteger
a los menores y a los más débiles.
495. ¿Cuáles son los bienes del amor conyugal, al que está ordenada la sexualidad?
2360-2361
2397-2398
Los bienes del amor conyugal, que para los bautizados está santificado por el sacramento del Matrimonio,
son: la unidad, la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad.
2362-2367
El acto conyugal tiene un doble significado: de unión (la mutua donación de los cónyuges), y de
procreación (apertura a la transmisión de la vida). Nadie puede romper la conexión inseparable que Dios
ha querido entre los dos significados del acto conyugal, excluyendo de la relación el uno o el otro.
2368-2369
2399
2370-2372
2373-2377
La inseminación y la fecundación artificial son inmorales, porque disocian la procreación del acto
conyugal con el que los esposos se entregan mutuamente, instaurando así un dominio de la técnica sobre
el origen y sobre el destino de la persona humana. Además, la inseminación y la fecundación heterólogas,
mediante el recurso a técnicas que implican a una persona extraña a la pareja conyugal, lesionan el
derecho del hijo a nacer de un padre y de una madre conocidos por él, ligados entre sí por matrimonio y
poseedores exclusivos del derecho a llegar a ser padre y madre solamente el uno a través del otro.
2378
El hijo es un don de Dios, el don más grande dentro del Matrimonio. No existe el derecho a tener hijos
(«tener un hijo, sea como sea»). Sí existe, en cambio, el derecho del hijo a ser fruto del acto conyugal de
sus padres, y también el derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción.
2379
Cuando el don del hijo no les es concedido, los esposos, después de haber agotado todos los legítimos
recursos de la medicina, pueden mostrar su generosidad mediante la tutela o la adopción, o bien
realizando servicios significativos en beneficio del prójimo. Así ejercen una preciosa fecundidad
espiritual.
2380-2391
2400
Las ofensas a la dignidad del Matrimonio son las siguientes: el adulterio, el divorcio, la poligamia, el
incesto, la unión libre (convivencia, concubinato) y el acto sexual antes o fuera del matrimonio.
SÉPTIMO MANDAMIENTO:
NO ROBARÁS
2401-2402
2403
Existe el derecho a la propiedad privada cuando se ha adquirido o recibido de modo justo, y prevalezca el
destino universal de los bienes, para satisfacer las necesidades fundamentales de todos los hombres.
2404-2406
2407-2415
2450-2451
El séptimo mandamiento prescribe el respeto a los bienes ajenos mediante la práctica de la justicia y de la
caridad, de la templanza y de la solidaridad. En particular, exige el respeto a las promesas y a los
contratos estipulados; la reparación de la injusticia cometida y la restitución del bien robado; el respeto a
la integridad de la Creación, mediante el uso prudente y moderado de los recursos minerales, vegetales y
animales del universo, con singular atención a las especies amenazadas de extinción.
507. ¿Cuál debe ser el comportamiento del hombre para con los animales?
2416-2418
2457
El hombre debe tratar a los animales, criaturas de Dios, con benevolencia, evitando tanto el desmedido
amor hacia ellos, como su utilización indiscriminada, sobre todo en experimentos científicos, efectuados
al margen de los límites razonables y con inútiles sufrimientos para los animales mismos.
2408-2413
2453-2455
El séptimo mandamiento prohíbe ante todo el robo, que es la usurpación del bien ajeno contra la
razonable voluntad de su dueño. Esto sucede también cuando se pagan salarios injustos, cuando se
especula haciendo variar artificialmente el valor de los bienes para obtener beneficio en detrimento ajeno,
y cuando se falsifican cheques y facturas. Prohíbe además cometer fraudes fiscales o comerciales y
ocasionar voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas. Prohíbe igualmente la usura, la
corrupción, el abuso privado de bienes sociales, los trabajos culpablemente mal realizados y el
despilfarro.
2419-2423
La doctrina social de la Iglesia, como desarrollo orgánico de la verdad del Evangelio acerca de la
dignidad de la persona humana y sus dimensiones sociales, contiene principios de reflexión, formula
criterios de juicio y ofrece normas y orientaciones para la acción
2420
2458
La Iglesia interviene emitiendo un juicio moral en materia económica y social, cuando lo exigen los
derechos fundamentales de la persona, el bien común o la salvación de las almas.
2459
La vida social y económica ha de ejercerse según los propios métodos, en el ámbito del orden moral, al
servicio del hombre en su integridad y de toda la comunidad humana, en el respeto a la justicia social. La
vida social y económica debe tener al hombre como autor, centro y fin.
2424-2425
Se oponen a la doctrina social de la Iglesia los sistemas económicos y sociales que sacrifican los derechos
fundamentales de las personas, o que hacen del lucro su regla exclusiva y fin último. Por eso la Iglesia
rechaza las ideologías asociadas, en los tiempos modernos, al «comunismo» u otras formas ateas y
totalitarias de «socialismo». Rechaza también, en la práctica del «capitalismo», el individualismo y la
primacía absoluta de las leyes del mercado sobre el trabajo humano.
2426-2428
2460-2461
Para el hombre, el trabajo es un deber y un derecho, mediante el cual colabora con Dios Creador. En
efecto, trabajando con empeño y competencia, la persona actualiza las capacidades inscritas en su
naturaleza, exalta los dones del Creador y los talentos recibidos; procura su sustento y el de su familia y
sirve a la comunidad humana. Por otra parte, con la gracia de Dios, el trabajo puede ser un medio de
santificación y de colaboración con Cristo para la salvación de los demás.
2429,
2433-2434
El acceso a un trabajo seguro y honesto debe estar abierto a todos, sin discriminación injusta, dentro del
respeto a la libre iniciativa económica y a una equitativa distribución.
2431
Compete al Estado procurar la seguridad sobre las garantías de las libertades individuales y de la
propiedad, además de un sistema monetario estable y de unos servicios públicos eficientes; y vigilar y
encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el sector económico. Teniendo en cuenta las
circunstancias, la sociedad debe ayudar a los ciudadanos a encontrar trabajo.
2432
Los dirigentes de las empresas tienen la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones. Están
obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias, aunque éstas
son necesarias para asegurar las inversiones, el futuro de las empresas, los puestos de trabajo y el buen
funcionamiento de la vida económica.
2435
Los trabajadores deben cumplir con su trabajo en conciencia, con competencia y dedicación, tratando de
resolver los eventuales conflictos mediante el diálogo. El recurso a la huelga no violenta es moralmente
legítimo cuando se presenta como el instrumento necesario, en vistas a unas mejoras proporcionadas y
teniendo en cuenta el bien común.
2437-2441
En el plano internacional, todas las naciones e instituciones deben obrar con solidaridad y subsidiaridad, a
fin de eliminar, o al menos reducir, la miseria, la desigualdad de los recursos y de los medios económicos,
las injusticias económicas y sociales, la explotación de las personas, la acumulación de las deudas de los
países pobres y los mecanismos perversos que obstaculizan el desarrollo de los países menos
desarrollados.
519. ¿De qué modo participan los cristianos en la vida política y social?
2442
Los fieles cristianos laicos intervienen directamente en la vida política y social, animando con espíritu
cristiano las realidades temporales, y colaborando con todos como auténticos testigos del Evangelio y
constructores de la paz y de la justicia.
2443-2449
2462-2463
OCTAVO MANDAMIENTO:
NO DARÁS FALSO TESTIMONIO NI MENTIRÁS
2462-2470
2504
Toda persona está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el hacer y en el hablar. Cada uno tiene el
deber de buscar la verdad y adherirse a ella, ordenando la propia vida según las exigencias de la verdad.
En Jesucristo, la verdad de Dios se ha manifestado íntegramente: Él es la Verdad. Quien le sigue vive en
el Espíritu de la verdad, y rechaza la doblez, la simulación y la hipocresía.
2471-2474
2505-2506
El cristiano debe dar testimonio de la verdad evangélica en todos los campos de su actividad pública y
privada; incluso con el sacrificio, si es necesario, de la propia vida. El martirio es el testimonio supremo
de la verdad de la fe.
2475-2487
2507-2509
2488-2492
2510-2511
2493-2499
2512
La información a través de los medios de comunicación social debe estar al servicio del bien común, y
debe ser siempre veraz en su contenido e íntegra, salvando la justicia y la caridad. Debe también
expresarse de manera honesta y conveniente, respetando escrupulosamente las leyes morales, los
legítimos derechos y la dignidad de las personas.
2500-2503
2513
La verdad es bella por sí misma. Supone el esplendor de la belleza espiritual. Existen, más allá de la
palabra, numerosas formas de expresión de la verdad, en particular en las obras de arte. Son fruto de un
talento donado por Dios y del esfuerzo del hombre. El arte sacro, para ser bello y verdadero, debe evocar
y glorificar el Misterio del Dios manifestado en Cristo, y llevar a la adoración y al amor de Dios Creador
y Salvador, excelsa Belleza de Verdad y Amor.
NOVENO MANDAMIENTO:
NO CONSENTIRÁS PENSAMIENTOS NI DESEOS IMPUROS
2514-2516
2528-2530
El noveno mandamiento exige vencer la concupiscencia carnal en los pensamientos y en los deseos. La
lucha contra esta concupiscencia supone la purificación del corazón y la práctica de la virtud de la
templanza.
2517-2519
2531-2532
El noveno mandamiento prohíbe consentir pensamientos y deseos relativos a acciones prohibidas por el
sexto mandamiento.
2520
El bautizado, con la gracia de Dios y luchando contra los deseos desordenados, alcanza la pureza del
corazón mediante la virtud y el don de la castidad, la pureza de intención, la pureza de la mirada exterior
e interior, la disciplina de los sentimientos y de la imaginación, y con la oración.
2521-2527
2533
DÉCIMO MANDAMIENTO:
2534-2540
2551-2554
Este mandamiento, que complementa al precedente, exige una actitud interior de respeto en relación con
la propiedad ajena, y prohíbe la avaricia, el deseo desordenado de los bienes de otros y la envidia, que
consiste en la tristeza experimentada ante los bienes del prójimo y en el deseo desordenado de apropiarse
de los mismos.
2544-2547
2556
Jesús exige a sus discípulos que le antepongan a Él respecto a todo y a todos. El desprendimiento de las
riquezas –según el espíritu de la pobreza evangélica– y el abandono a la providencia de Dios, que nos
libera de la preocupación por el mañana, nos preparan para la bienaventuranza de «los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).
2548-2550
2557
El mayor deseo del hombre es ver a Dios. Éste es el grito de todo su ser: «¡Quiero ver a Dios!». El
hombre, en efecto, realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel
que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor.
«El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir»
(San Gregorio de Nisa).
CUARTA PARTE
LA ORACIÓN CRISTIANA
PRIMERA SECCIÓN
LA ORACIÓN
EN LA VIDA CRISTIANA
2558-2565
2590
La oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La
oración es siempre un don de Dios que sale al encuentro del hombre. La oración cristiana es relación
personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el
Espíritu Santo, que habita en sus corazones.
CAPÍTULO PRIMERO
LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN
535. ¿Por qué existe una vocación universal a la oración?
2566-2567
2591
Existe una vocación universal a la oración, porque Dios, por medio de la creación, llama a todo ser desde
la nada; e incluso después de la caída, el hombre sigue siendo capaz de reconocer a su Creador,
conservando el deseo de Aquel que le ha llamado a la existencia. Todas las religiones y, de modo
particular, toda la historia de la salvación, dan testimonio de este deseo de Dios por parte del hombre;
pero es Dios quien primero e incesantemente atrae a todos al encuentro misterioso de la oración.
LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
2570-2573
2592
2574-2577
2593
La oración de Moisés es modelo de la oración contemplativa: Dios, que llama a Moisés desde la zarza
ardiente, conversa frecuente y largamente con él «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex
33, 11). De esta intimidad con Dios, Moisés saca la fuerza para interceder con tenacidad a favor del
pueblo; su oración prefigura así la intercesión del único mediador, Cristo Jesús.
538. ¿Qué relaciones tienen en el Antiguo Testamento el templo y el rey con la oración?
2578-2580
2594
A la sombra de la morada de Dios –el Arca de la Alianza y más tarde el Templo– se desarrolla la
oración del Pueblo de Dios bajo la guía de sus pastores. Entre ellos, David es el rey «según el corazón de
Dios» (cf Hch 13, 22), el pastor que ora por su pueblo. Su oración es un modelo para la oración del
pueblo, puesto que es adhesión a la promesa divina, y confianza plena de amor, en Aquél que es el solo
Rey y Señor.
2581-2584
Los Profetas sacan de la oración luz y fuerza para exhortar al pueblo a la fe y a la conversión del corazón:
entran en una gran intimidad con Dios e interceden por los hermanos, a quienes anuncian cuanto han visto
y oído del Señor. Elías es el padre de los Profetas, de aquellos que buscan el Rostro de Dios. En el monte
Carmelo, obtiene el retorno del pueblo a la fe gracias a la intervención de Dios, al que Elías suplicó así:
«¡Respóndeme, Señor, respóndeme!» (1R 18, 37).
2579
2585-2589
2596-2597
Los Salmos son el vértice de la oración en el Antiguo Testamento: la Palabra de Dios se convierte en
oración del hombre. Indisociablemente individual y comunitaria, esta oración, inspirada por el Espíritu
Santo, canta las maravillas de Dios en la creación y en la historia de la salvación. Cristo ha orado con los
Salmos y los ha llevado a su cumplimiento. Por esto, siguen siendo un elemento esencial y permanente de
la oración de la Iglesia, que se adaptan a los hombres de toda condición y tiempo.
2599
2620
Conforme a su corazón de hombre, Jesús aprendió a orar de su madre y de la tradición judía. Pero su
oración brota de una fuente más secreta, puesto que es el Hijo de Dios que, en su humanidad santa, dirige
a su Padre la oración filial perfecta.
2600-2604
2620
El Evangelio muestra frecuentemente a Jesús en oración. Lo vemos retirarse en soledad, con preferencia
durante la noche; ora antes de los momentos decisivos de su misión o de la misión de sus apóstoles. De
hecho toda la vida de Jesús es oración, pues está en constante comunión de amor con el Padre.
2605-2606
2620
La oración de Jesús durante su agonía en el huerto de Getsemaní y sus últimas palabras en la Cruz revelan
la profundidad de su oración filial: Jesús lleva a cumplimiento el designio amoroso del Padre, y toma
sobre sí todas las angustias de la humanidad, todas las súplicas e intercesiones de la historia de la
salvación; las presenta al Padre, quien las acoge y escucha, más allá de toda esperanza, resucitándolo de
entre los muertos.
2607-2614
2621
Jesús nos enseña a orar no sólo con la oración del Padre nuestro, sino también cuando Él mismo ora. Así,
además del contenido, nos enseña las disposiciones requeridas por una verdadera oración: la pureza del
corazón, que busca el Reino y perdona a los enemigos; la confianza audaz y filial, que va más allá de lo
que sentimos y comprendemos; la vigilancia, que protege al discípulo de la tentación.
2615-2616
Nuestra oración es eficaz porque está unida mediante la fe a la oración de Jesús. En Él la oración cristiana
se convierte en comunión de amor con el Padre; podemos presentar nuestras peticiones a Dios y ser
escuchados: «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 24).
2617;2622
2618;2674
2679
La oración de María se caracteriza por su fe y por la ofrenda generosa de todo su ser a Dios. La Madre de
Jesús es también la Nueva Eva, la «Madre de los vivientes» (cf Gn 3, 20): Ella ruega a Jesús, su Hijo, por
las necesidades de los hombres.
2619
Además de la intercesión de María en Caná de Galilea, el Evangelio nos entrega el Magnificat (Lc 1,
46-55), que es el cántico de la Madre de Dios y el de la Iglesia, la acción de gracias gozosa, que sube
desde el corazón de los pobres porque su esperanza se realiza en el cumplimiento de las promesas divinas.
2623-2624
Al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, se narra que en la primera comunidad de Jerusalén,
educada por el Espíritu Santo en la vida de oración, los creyentes «acudían asiduamente a las enseñanzas
de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42).
2623. 2625
El Espíritu Santo, Maestro interior de la oración cristiana, educa a la Iglesia en la vida de oración, y le
hace entrar cada vez con mayor profundidad en la contemplación y en la unión con el insondable misterio
de Cristo. Las formas de oración, tal como las revelan los escritos apostólicos y canónicos, siguen siendo
normativas para la oración cristiana.
2643-2644
Las formas esenciales de oración cristiana son la bendición y la adoración, la oración de petición y de
intercesión, la acción de gracias y la alabanza. La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de
oración.
2626-2627
2645
La bendición es la respuesta agradecida del hombre a los dones de Dios: nosotros bendecimos al
Todopoderoso, quien primeramente nos bendice y colma con sus dones.
2628
La adoración es la prosternación del hombre, que se reconoce criatura ante su Creador tres veces santo.
2629-2633
2646
La oración de petición puede adoptar diversas formas: petición de perdón o también súplica humilde y
confiada por todas nuestras necesidades espirituales y materiales; pero la primera realidad que debemos
desear es la llegada del Reino de Dios.
2634-2636
2647
La intercesión consiste en pedir en favor de otro. Esta oración nos une y conforma con la oración de
Jesús, que intercede ante el Padre por todos los hombres, en particular por los pecadores. La intercesión
debe extenderse también a los enemigos.
2637-2638
2648
La Iglesia da gracias a Dios incesantemente, sobre todo cuando celebra la Eucaristía, en la cual Cristo
hace partícipe a la Iglesia de su acción de gracias al Padre. Todo acontecimiento se convierte para el
cristiano en motivo de acción de gracias.
2639-2643
2649
La alabanza es la forma de oración que, de manera más directa, reconoce que Dios es Dios; es totalmente
desinteresada: canta a Dios por sí mismo y le da gloria por lo que Él es.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN
557. ¿Cuál es la importancia de la Tradición respecto a la oración?
2650-2651
A través de la Tradición viva, es como en la Iglesia el Espíritu Santo enseña a orar a los hijos de Dios. En
efecto, la oración no se reduce a la manifestación espontánea de un impulso interior, sino que implica
contemplación, estudio y comprensión de las realidades espirituales que se experimentan.
FUENTES DE LA ORACIÓN
2652-2662
2658
Las fuentes de la oración cristiana son: la Palabra de Dios, que nos transmite «la ciencia suprema de
Cristo» (Flp 3, 8); la Liturgia de la Iglesia, que anuncia, actualiza y comunica el misterio de la salvación;
las virtudes teologales; las situaciones cotidianas, porque en ellas podemos encontrar a Dios.
«Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente. Dios mío, si mi lengua
no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada
vez que respiro» (San Juan María Vianney).
EL CAMINO DE LA ORACIÓN
2663
En la Iglesia hay diversos caminos de oración, según los diversos contextos históricos, sociales y
culturales. Corresponde al Magisterio discernir la fidelidad de estos caminos a la tradición de la fe
apostólica, y compete a los pastores y catequistas explicar su sentido, que se refiere siempre a Jesucristo.
2664
2680-2681
El camino de nuestra oración es Cristo, porque ésta se dirige a Dios nuestro Padre pero llega a Él sólo si,
al menos implícitamente, oramos en el Nombre de Jesús. Su humanidad es, pues, la única vía por la que
el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre. Por esto las oraciones litúrgicas concluyen con
2670-2672
2680-2681
Puesto que el Espíritu Santo es el Maestro interior de la oración cristiana y «nosotros no sabemos pedir
como conviene» (Rm 8, 26), la Iglesia nos exhorta a invocarlo e implorarlo en toda ocasión: «¡Ven,
Espíritu Santo!».
2673-2679
2682
En virtud de la singular cooperación de María con la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ama rezar a
María y orar con María, la orante perfecta, para alabar e invocar con Ella al Señor. Pues María, en efecto,
nos «muestra el camino» que es su Hijo, el único Mediador.
2676-2678
2682
La Iglesia reza a María, ante todo, con el Ave María, oración con la que la Iglesia pide la intercesión de la
Virgen. Otras oraciones marianas son el Rosario, el himno Acáthistos, la Paraclisis, los himnos y cánticos
de las diversas tradiciones cristianas.
MAESTROS DE ORACIÓN
2683-2684
2692-2693
Los santos son para los cristianos modelos de oración, y a ellos les pedimos también que intercedan, ante
la Santísima Trinidad, por nosotros y por el mundo entero; su intercesión es el más alto servicio que
prestan al designio de Dios. En la comunión de los santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, se han
desarrollado diversos tipos de espiritualidad, que enseñan a vivir y a practicar la oración.
2685-2690
2694-2695
La familia cristiana constituye el primer ámbito de educación a la oración. Hay que recomendar de
manera particular la oración cotidiana en familia, pues es el primer testimonio de vida de oración de la
Iglesia. La catequesis, los grupos de oración, la «dirección espiritual» son una escuela y una ayuda para la
oración.
2691
2696
Se puede orar en cualquier sitio, pero elegir bien el lugar tiene importancia para la oración. El templo es
el lugar propio de la oración litúrgica y de la adoración eucarística; también otros lugares ayudan a orar,
como «un rincón de oración» en la casa familiar, un monasterio, un santuario.
CAPÍTULO TERCERO
LA VIDA DE ORACIÓN
2697-2698
2720
Todos los momentos son indicados para la oración, pero la Iglesia propone a los fieles ritmos destinados a
alimentar la oración continua: oración de la mañana y del atardecer, antes y después de las comidas, la
Liturgia de la Horas, la Eucaristía dominical, el Santo Rosario, las fiestas del año litúrgico.
«Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (San Gregorio
Nacianceno).
2697-2699
La tradición cristiana ha conservado tres modos principales de expresar y vivir la oración: la oración
vocal, la meditación y la oración contemplativa. Su rasgo común es el recogimiento del corazón.
2700-2704
2722
La oración vocal asocia el cuerpo a la oración interior del corazón; incluso quien practica la más interior
de las oraciones no podría prescindir del todo en su vida cristiana de la oración vocal. En cualquier caso,
ésta debe brotar siempre de una fe personal. Con el Padre nuestro, Jesús nos ha enseñado una fórmula
perfecta de oración vocal.
2705-2708
2723
La meditación es una reflexión orante, que parte sobre todo de la Palabra de Dios en la Biblia; hace
intervenir a la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo, para profundizar nuestra fe, convertir el
corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo; es una etapa preliminar hacia la unión de amor con el
Señor.
2709-2719
2724
2739-2741
La oración contemplativa es una mirada sencilla a Dios en el silencio y el amor. Es un don de Dios, un
momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre
y recoge su ser bajo la acción del Espíritu. Santa Teresa de Jesús la define como una íntima relación de
amistad: «estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama».
EL COMBATE DE LA ORACIÓN
2725
La oración es un don de la gracia, pero presupone siempre una respuesta decidida por nuestra parte, pues
el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace todo lo
posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la vida
espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora.
2726-2728
2752-2753
Además de los conceptos erróneos sobre la oración, muchos piensan que no tienen tiempo para orar o que
es inútil orar. Quienes oran pueden desalentarse frente a las dificultades o los aparentes fracasos. Para
vencer estos obstáculos son necesarias la humildad, la confianza y la perseverancia.
2729-2733
2754-2755
La dificultad habitual para la oración es la distracción, que separa de la atención a Dios, y puede incluso
descubrir aquello a lo que realmente estamos apegados. Nuestro corazón debe entonces volverse a Dios
con humildad. A menudo la oración se ve dificultada por la sequedad, cuya superación permite adherirse
en la fe al Señor incluso sin consuelo sensible. La acedía es una forma de pereza espiritual, debida al
relajamiento de la vigilancia y al descuido de la custodia del corazón.
2734-2741
2756
La confianza filial se pone a prueba cuando pensamos que no somos escuchados. Debemos preguntarnos,
entonces, si Dios es para nosotros un Padre cuya voluntad deseamos cumplir, o más bien un simple medio
para obtener lo que queremos. Si nuestra oración se une a la de Jesús, sabemos que Él nos concede mucho
más que este o aquel don, pues recibimos al Espíritu Santo, que transforma nuestro corazón.
2742-2745
2757
Orar es siempre posible, pues el tiempo del cristiano es el tiempo de Cristo resucitado, que está con
nosotros «todos los días» (Mt 28, 20). Oración y vida cristiana son, por ello, inseparables.
«Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa
oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina»
(San Juan Crisóstomo).
2604
2746-2751
2758
Se llama la oración de la Hora de Jesús a la oración sacerdotal de Éste en la Última Cena. Jesús, Sumo
Sacerdote de la Nueva Alianza, dirige su oración al Padre cuando llega la Hora de su «paso» a Dios, la
Hora de su sacrificio.
SEGUNDA SECCIÓN
LA ORACIÓN DEL SEÑOR:
PADRE NUESTRO
2759-2760
2773
Jesús nos enseñó esta insustituible oración cristiana, el Padre nuestro, un día en el que un discípulo, al
verle orar, le rogó: «Maestro, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). La tradición litúrgica de la Iglesia siempre ha
usado el texto de San Mateo (6, 9-13).
2761-2764
2774
El Padre nuestro es «el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las
oraciones» (Santo Tomás de Aquino). Situado en el centro del Sermón de la Montaña (Mt 5-7), recoge en
forma de oración el contenido esencial del Evangelio.
2765-2766
2775
Al Padre nuestro se le llama «Oración dominical», es decir «la oración del Señor», porque nos la enseñó
el mismo Jesús, nuestro Señor.
2767-2772
2776
Oración por excelencia de la Iglesia, el Padre nuestro es «entregado» en el Bautismo, para manifestar el
nacimiento nuevo a la vida divina de los hijos de Dios. La Eucaristía revela el sentido pleno del Padre
nuestro, puesto que sus peticiones, fundándose en el misterio de la salvación ya realizado, serán
plenamente atendidas con la Segunda venida del Señor. El Padre nuestro es parte integrante de la Liturgia
de las Horas.
2777-2778
2797
Podemos acercarnos al Padre con plena confianza, porque Jesús, nuestro Redentor, nos introduce en la
presencia del Padre, y su Espíritu hace de nosotros hijos de Dios. Por ello, podemos rezar el Padre
nuestro con confianza sencilla y filial, gozosa seguridad y humilde audacia, con la certeza de ser amados
y escuchados.
2779-2785
2789
2798-2800
Podemos invocar a Dios como «Padre», porque el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado, y su
Espíritu nos lo hace conocer. La invocación del Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre
nuevo, y despierta en nosotros el deseo de un comportamiento filial. Por consiguiente, con la oración del
Señor, somos conscientes de ser hijos del Padre en el Hijo.
2786-2790
2801
«Nuestro» expresa una relación con Dios totalmente nueva. Cuando oramos al Padre, lo adoramos y lo
glorificamos con el Hijo y el Espíritu. En Cristo, nosotros somos su pueblo, y Él es nuestro Dios, ahora y
por siempre. Decimos, de hecho, Padre «nuestro», porque la Iglesia de Cristo es la comunión de una
multitud de hermanos, que tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).
585. ¿Con qué espíritu de comunión y de misión nos dirigimos a Dios como Padre «nuestro»?
2791-2793
2801
Dado que el Padre nuestro es un bien común de los bautizados, éstos sienten la urgente llamada a
participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos. Rezar el Padre nuestro es orar con todos
los hombres y en favor de la entera humanidad, a fin de que todos conozcan al único y verdadero Dios y
se reúnan en la unidad.
2794-2796
2802
La expresión bíblica «cielo» no indica un lugar sino un modo de ser: Dios está más allá y por encima de
todo; la expresión designa la majestad, la santidad de Dios, y también su presencia en el corazón de los
justos. El cielo, o la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la esperanza,
mientras nos encontramos aún en la tierra. Vivimos ya en esta patria, donde nuestra «vida está oculta con
Cristo en Dios» (Col 3, 3).
2803-2806
2857
La oración del Señor contiene siete peticiones a Dios Padre. Las tres primeras, más teologales, nos atraen
hacia Él, para su gloria, pues lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos. Estas tres
súplicas sugieren lo que, en particular, debemos pedirle: la santificación de su Nombre, la venida de su
Reino y la realización de su voluntad. Las cuatro últimas peticiones presentan al Padre de misericordia
nuestras miserias y nuestras esperanzas: le piden que nos alimente, que nos perdone, que nos defienda
ante la tentación y nos libre del Maligno.
2807-2812
2858
Santificar el Nombre de Dios es, ante todo, una alabanza que reconoce a Dios como Santo. En efecto,
Dios ha revelado su santo Nombre a Moisés, y ha querido que su pueblo le fuese consagrado como una
nación santa en la que Él habita.
2813-2815
Santificar el Nombre de Dios, que «nos llama a la santidad» (1Ts 4, 7), es desear que la consagración
bautismal vivifique toda nuestra vida. Asimismo, es pedir que, con nuestra vida y nuestra oración, el
Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.
2816-2821
2859
La Iglesia invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la gloria. Pero la
Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora, gracias a la santificación de los
hombres en el Espíritu y al compromiso de éstos al servicio de la justicia y de la paz, según las
Bienaventuranzas. Esta petición es el grito del Espíritu y de la Esposa: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 20).
2822-2827
2860
La voluntad del Padre es que «todos los hombres se salven» (1Tm 2, 4). Para esto ha venido Jesús: para
cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre. Nosotros pedimos a Dios Padre que una nuestra
voluntad a la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos. Le pedimos que su benevolente
designio se realice plenamente sobre la tierra, como se ha realizado en el cielo. Por la oración, podemos
«distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2), y obtener «constancia para cumplirla» (Hb 10, 36).
592. ¿Cuál es el sentido de la petición «Danos hoy nuestro pan de cada día»?
2828-2834
2861
Al pedir a Dios, con el confiado abandono de los hijos, el alimento cotidiano necesario a cada cual para
su subsistencia, reconocemos hasta qué punto Dios Padre es bueno, más allá de toda bondad. Le pedimos
también la gracia de saber obrar, de modo que la justicia y la solidaridad permitan que la abundancia de
los unos cubra las necesidades de los otros.
2835-2837
2861
Puesto que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4), la
petición sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios y del Cuerpo de
Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre del Espíritu Santo. Lo pedimos, con una confianza
absoluta, para hoy, el hoy de Dios: y esto se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía, que anticipa el
594. ¿Por qué decimos «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden»?
2838-2839
2862
Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo
tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la
remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que
nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado.
2840-2845
2862
La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a
nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que
se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la
herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina, y
es una cumbre de la oración cristiana.
2846-2849
2863
Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber
discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al
pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une
a Jesús, que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la
perseverancia final.
2850-2854
2864
El mal designa la persona de Satanás, que se opone a Dios y que es «el seductor del mundo entero» (Ap
12, 9). La victoria sobre el diablo ya fue alcanzada por Cristo; pero nosotros oramos a fin de que la
familia humana sea liberada de Satanás y de sus obras. Pedimos también el don precioso de la paz y la
gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo, que nos librará definitivamente del Maligno.
2855-2856
2865
«Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que
significa “Así sea”, lo que contiene la oración que Dios nos enseñó» (San Cirilo de
Jerusalén).
APÉNDICE
ORACIONES COMUNES
FÓRMULAS
DE DOCTRINA CATÓLICA
ORACIONES COMUNES
Y concibió Et concépit
por obra y gracia del Espíritu Santo. de Spíritu Sancto.
Oremos Orémus
Oremos Orémus
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Deus, qui per resurrectiónem Fílii tui
Señor Jesucristo, Dómini nostri Iesu Christi
has llenado el mundo de alegría, mundum laetificáre dignátus es,
concédenos, por intercesión de su Madre, praesta, quaesumus, ut per eius Genetrícem
la Virgen María, Vírgínem Maríam perpétuae
llegar a alcanzar los gozos eterno. capiámus gáudia vitae.
Por nuestro Señor Jesucristo. Per Christum Dóminum nostrum.
Amén. Amen.
Magnificat Magnificat
Benedictus Benedictus
Te Deum Te Deum
A ti te ensalza Te gloriósus
el glorioso coro de los Apóstoles, apostolórum chorus,
la multitud admirable de los Profetas, te prophetárum laudábilis númerus,
el blanco ejército de los mártires. te mártyrum candidátus laudat exércitus.
Acordaos Memorare
Acordaos, Memoráre,
oh piadosísima Virgen María, o piíssima Virgo María,
que jamás se ha oído decir non esse audítum a sæculo,
que ninguno de los que han acudido quemquam ad tua curréntem
a tu protección, præsídia,
implorando tu asistencia tua implorántem auxilia,
y reclamando tu socorro, tua peténtem suffrágia,
haya sido abandonado de ti. esse derelíctum.
Animado con esta confianza, Ego tali animátus confidéntia,
a ti también acudo, oh Madre, ad te, Virgo Vírginum, Mater,
Virgen de las vírgenes, curro, ad te vénio,
y aunque gimiendo coram te gemens
bajo el peso de mis pecados, peccátor assísto.
me atrevo a comparecer Noli, Mater Verbi,
ante tu presencia soberana. verba mea despícere;
No deseches mis humildes súplicas, sed áudi propítia et exáudi.
oh Madre del Verbo divino, Amen.
antes bien, escúchalas
y acógelas benignamente. Amén
Rosario Rosarium
Bendícenos
y purifica nuestro corazón
y sana las enfermedades
del alma y del cuerpo.
Te adoramos, oh Cristo,
con el Padre de bondad
y con el Espíritu Santo,
porque has venido, nos has salvado.
y me alcance estar
ante el tribunal de Cristo
sin condena y sin confusión.
No sé si se me concederá
volver a ofrecer sobre ti
otro Sacrificio.
Protégeme, Señor,
y conserva a tu Santa Iglesia,
que es camino de verdad
y de salvación. Amén
Tú eres la Resurrección,
la Vida y el descanso del difunto,
tu siervo N.
Acto de Fe
(tradición española)
Señor Dios mío, espero por tu gracia Dómine Deus, spero per grátiam
la remisión de todos mis pecados; tuam remissiónem
y después de esta vida, ómnium peccatórum,
alcanzar la eterna felicidad, et post hanc vitam ætérnam
porque tú lo prometiste que eres felicitátem me esse consecutúrum:
infinitamente poderoso, quia tu promisísti, qui es infiníte
fiel, benigno y lleno de misericordia. potens, fidélis, benígnus, et miséricors.
Quiero vivir y morir en esta esperanza. Amén. In hac spe vívere et mori státuo. Amen.
Acto de Esperanza
(tradición española)
Dios mío, te amo sobre todas las cosas Dómine Deus, amo te super ómnia
y al prójimo por ti, et próximum meum propter te,
porque Tú eres el infinito, quia tu es summum, infinítum,
sumo y perfecto Bien, et perfectíssimum bonum,
digno de todo amor. omni dilectióne dignum.
Quiero vivir y morir en este amor. Amén In hac caritáte vívere et mori státuo. Amen.
Acto de Caridad
(tradición española)
Acto de Contrición
(tradición española)
FÓRMULAS
DE DOCTRINA CATÓLICA
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente.
Amarás al prójimo como a ti mismo.
BIENAVENTURANZAS
1. Fe
2. Esperanza
3. Caridad
1. Prudencia
2. Justicia
3. Fortaleza
4. Templanza
1. Sabiduría
2. Entendimiento
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Temor de Dios
1. Amor
2. Alegría
3. Paz
4. Paciencia
5. Longanimidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fe
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad
1. Soberbia
2. Avaricia
3. Lujuria
4. Ira
5. Gula
6. Envidia
7. Pereza
LOS NOVÍSIMOS
1. Muerte
2. Juicio
3. Infierno
4. Gloria
ABREVIATURAS BÍBLICAS
(en orden alfabético)
Ap Apocalipsis
1 Co 1 Corintios
2 Co 2 Corintios
Col Colosenses
Dt Deuteronomio
Ef Efesios
Ex Éxodo
Ez Ezequiel
Flp Filipenses
Ga Gálatas
Gn Génesis
Hb Hebreos
Hch Hechos
Is Isaías
Jn Juan
1 Jn 1 Juan
Lc Lucas
2M 2 Macabeos
Mc Marcos
Mt Mateo
1P 1 Pedro
2P 2 Pedro
1R 1 Reyes
Rm Romanos
Sal Salmos
St Santiago
1 Tm 1 Timoteo
2 Tm 2 Timoteo
1 Ts 1 Tesalonicenses
Tt Tito