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Filosofía del Lenguaje: Límites y Distinciones

Este documento introduce el tema de la filosofía del lenguaje, discutiendo cómo a pesar de ser difícil definir sus límites precisos, los filósofos son competentes para reconocer problemas filosóficos del lenguaje. También distingue la filosofía del lenguaje de la lingüística, señalando que aunque estén interconectadas, la lingüística se centra en el estudio empírico del lenguaje mientras que la filosofía del lenguaje se ocupa de cuestiones más bien a priori.
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Filosofía del Lenguaje: Límites y Distinciones

Este documento introduce el tema de la filosofía del lenguaje, discutiendo cómo a pesar de ser difícil definir sus límites precisos, los filósofos son competentes para reconocer problemas filosóficos del lenguaje. También distingue la filosofía del lenguaje de la lingüística, señalando que aunque estén interconectadas, la lingüística se centra en el estudio empírico del lenguaje mientras que la filosofía del lenguaje se ocupa de cuestiones más bien a priori.
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PRÓLOGO

A man does not know what he is saying until he knows what he is not saying.

G. K. CHESTERTON

¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE?

Uno de los fenómenos que mas presencia tiene en nuestra experiencia cotidiana es, sin duda,
el lenguaje. Casi todas nuestras actividades están llenas de cosas como hablar, escuchar a
alguien que habla, leer, escribir, etc. La característica central de todos esos eventos, lo que los
hace lenguaje, es que de todos ellos se dice que tienen significado. Así pues, parece que el
significado lingúístico es algo con lo que nos encontramos muy a menudo, algo con lo que
estamos más familiarizados que con cualquier otra cosa. Por eso resulta —a primera vista—
chocante que sea tan difícil explicar en qué consiste. Consideremos la oración siguiente:

Oviedo es la capital de España;

Éstas son algunas de las cuestiones centrales de la filosofía del lenguaje, cuestiones que, por
otra parte, son tan viejas como la propia filosofía. No es sin embargo una tarea fácil delimitar
el campo que abarca: todo autor de un texto de filosofía del lenguaje procura escurrir el bulto
diciendo de antemano que ésta es un conjunto más o menos cohesionado de opiniones
filosóficas sobre el lenguaje que puede que tengan un cierto «aire de familia» pero que, a
veces resultan ser tan dispares que no es infrecuente que se contradigan entre sí'. Esta
situación no es sin embargo algo peculiar de la filosofía del lenguaje (si bien aquí se da la
dificultad añadida de separar los problemas que le pertenecen de los que caen dentro del
campo de la lingiiistica o de la ciencia cognitiva); afecta a todas las filosofías regionales y a la
filosofía en general. ¿Por qué sucede esto?

En un libro relativamente reciente sobre la filosofía lingúística, L. J. Cohen? afirma que «la
filosofía es inherentemente autocrítica». Esto es: la filosofía no sólo intenta resolver disputas
que, de otro modo, ni siquiera se plantearían, sino que entre sus problemas fundamentales
está la investigación de cuál sea la naturaleza misma de la investigación filosófica. La pregunta
«¿qué es un problema filosófico?» es ella misma una cuestión filosófica y a pesar de que los
filósofos han dedicado bastante tiempo y espacio a discutir este tipo de asuntos no parece que
se hayan puesto de acuerdo (o se vayan a poner en un futuro próximo) sobre cuál ha de ser el
enunciado correcto de la respuesta. Pero aunque no hayan sido capaces de proporcionar una
definición detallada y completa de en qué consiste un problema filosófico,
sorprendentemente, sí son capaces de reconocerlo como tal (más o menos, debe admitirse)
cuando se encuentran con él. Y ciertamente los filósofos son capaces de reconocer un
problema como perteneciente a la filosofía del lenguaje aunque no hayan acertado a trazar sus
límites. Pero entonces ¿no podríamos considerar esta, llamémosla «competencia», como un
modo sui generis de trazar esos límites, de acotar la provincia de la filosofía del lenguaje?

H. P. Grice, P. F. Strawson y J. R. Searle? han utilizado, en otro contexto, un argumento que


puede aplicarse a este caso. Para ellos el rechazo quineano de la distinción analítico/sintético*
no sólo va en contra de una tra-

dición filosófica bien establecida (lo cual no sería un argumento de excesivo peso), sino
también en contra de nuestra práctica efectiva. Esto es: parece ser un hecho que los usuarios
de un término como «analítico» están de acuerdo de manera abrumadora en la aplicación que
hacen de él: lo aplican, rehúsan hacerlo y tienen dudas en más o menos los mismos casos.
Además, ese acuerdo tiene una característica proyectiva: no se reduce a situaciones
experimentadas previamente, sino que se extiende a casos nuevos. Ahora bien, como Grice y
Strawson afirman, «si un par de expresiones opuestas se usan de manera general y habitual
aplicadas a los mismos casos, donde los casos no forman una lista cerrada, esto es una
condición suficiente para decir que hay géneros de casos a los que se aplica la expresión; y no
se necesita más para señalar la distinción»”.

Esto es: si los hablantes son competentes a la hora de reconocer algo es que debe de haber
algo que reconocer, independientemente de cuáles sean las razones que los hablantes aleguen
o las historias que cuenten sobre su reconocimiento. Tomemos entonces cualquier expresión
(y, en particular, la expresión «problema filosófico»); si los que la usan de manera habitual
están de acuerdo en hacerlo y en no hacerlo respecto de una clase indefinidamente grande de
casos, entonces puede decirse que bajo la expresión en cuestión caen una serie de casos con
determinadas características y que las personas que participan de ese acuerdo general son
competentes para reconocerlos.

En contra de esto podría argumentarse que todo lo anterior se reduce a decir que un problema
filosófico no es más que aquello en lo que un número importante de filósofos están de
acuerdo en que es un problema filosófico. Pero esto no es ciertamente lo que se está
afirmando. Lo que se dice aquí es que, al menos, ésa es una condición que cumplen un buen
número de problemas (justamente los que se denominan «problemas filosóficos») y que otros
(justamente los no considerados como tales) no cumplen. Por ello —y de acuerdo con un
argumento similar al anterior— podríamos afirmar que debe de existir algún conjunto de
características subyacentes que determinan qué problemas interesan a los filósofos y que, por
lo tanto, constituyen, con toda probabilidad, problemas filosóficos. No hay razón alguna para
que este argumento no se aplique a la filosofía del lenguaje, por lo que vamos a suponer que
existen una serie de rasgos que permiten reconocer lo que es un problema perteneciente a la
provincia de la filosofía del lenguaje aunque no seamos capaces de enunciarlos de modo
efectivo. Al fin y al cabo tampoco lo somos en el caso de otras filosofías regionales —o de la
filosofía en general — sin que ello parezca representar un grave problema. Obviamente, esto
no quiere decir que tanto los problemas filosóficos regio- nales como los generales no tengan
algunas características distintivas. Lo Unico que se afirma es que de momento, y parece que
por mucho tiempo, no vamos a estar en condiciones de proporcionar un conjunto de
condiciones necesarias y suficientes que nos permita determinar que algo es un problema
filosófico. Es más, puede que toda la empresa de descubrirlos carezca en absoluto de interés.

Lo que haré a continuación será desplegar mi «competencia» para intentar decir lo que (al
menos parcialmente) no es filosofía del lenguaje. Ello nos permitirá, o al menos así lo espero,
introducir por vía negativa algunas de esas características distintivas. Dejo a los artículos que
componen este libro la tarea de mostrar lo que es filosofía del lenguaje. No obstante, una muy
breve presentación antes de cada uno de los nueve grupos en que están divididos intentará
situarlos en el marco general de la disciplina. Como la selección que se ha hecho puede
requerir que se la justifique, la última parte de esta introducción estará dedicada a ello.

LO QUE NO ES FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

En primer lugar, la filosofía del lenguaje no es lingúística. Es cierto que durante siglos las
cuestiones empíricas del análisis gramatical han estado interconectadas con las reflexiones
filosóficas sobre el lenguaje. Pero la lingúística moderna hace poco menos que una cuestión de
principio el haberse separado de la filosofía y se suele definir a sí misma como el estudio
científico (léase empírico) del lenguaje y de los lenguajes, contrapuesto a las actividades más
bien a priori de los filósofos. Pero este criterio de demarcación es muy vago y, a poco que se lo
presione, hará agua por los cuatro costados. Si los lingüistas se interesasen sólo por cosas tales
como preparar diccionarios de lenguajes particulares y describir sus características fonéticas,
sintácticas, etc., o a cuestiones prácticas tales como la enseñanza de las lenguas, sería
relativamente fácil distinguir entre los temas y métodos de ambas disciplinas. Pero ¿no es uno
de los temas de la lingiiistica contemporánea explicar cuestiones como la competencia de un
hablante para producir y entender oraciones nuevas? ¿No es verdad que la lingüística teórica
se ocupa cada vez menos de reunir datos para centrarse en rasgos universales reconocidos
como tales por los hablantes competentes? ¿Y no son éstos problemas que consideraríamos
como típicos de la filosofía del lenguaje?

El problema se complica por las interconexiones que existen entre lingüística y filosofía del
lenguaje. Veamos un ejemplo. Recientemente J. Katz‘ ha defendido la tesis de que a lo largo de
este siglo ha habido dos giros lin- gúísticos en filosofía. En el primero de ellos —que abarcaría
hasta comienzos de los cincuenta— el lenguaje se habría convertido en tema central de la
investigación filosófica al producirse la ruptura con la tradición idealista del xıx. Frege, Moore,
Russell, los miembros del Círculo de Viena, Ryle y Wittgenstein en sus dos períodos, serían los
campeones de tal movimiento que no tuvo en cuenta —salvo contadas excepciones '— la
lingüistica científica. El segundo giro sólo se produjo cuando algunos filósofos —con Quine
como pionero— empezaron a tomarla en consideración. Así éste, en sus críticas a los
conceptos de significado y analiticidad, utilizaba la metodología del estructuralismo americano,
particularmente las tesis de Bloomfield acerca de los criterios de sustitución como piedra de
toque para decidir acerca de la claridad de los conceptos lingúísticos*: la imposibilidad de usar
criterios de sustitución que no fueran circulares en el caso de la sinonimia y la analiticidad
demostraba que estos conceptos no eran en absoluto respetables. Naturalmente, como el
propio Katz apunta, el razonamiento de Quine es válido sólo si se supone que los criterios de
sustitución son el método apropiado de delimitar conceptos en lingúística (y eso es parte de lo
que la metodología, por ejemplo, de Chomsky, pone en cuestión). El ejemplo aducido pone de
manifiesto cómo un problema tan familiar en filosofía del lenguaje como es el del significado o
el de la analiticidad puede verse fuertemente afectado por —o incluso depende de —
posiciones metodológicas mantenidas por la lingúística científica. Pero aunque la filosofia del
lenguaje esté emparentada con la lingüística y no sean infrecuentes los trasvases de una
disciplina a otra no por ello hemos de concluir que una se reduce a la otra o es parte de ella.
Como máximo puede decirse que hay problemas fronterizos, problemas respecto de los cuales
tendríamos dudas si se nos preguntase a dónde adscribirlos. Pero la existencia de casos
dudosos no es, desde luego, un buen argumento para eliminar una distinción. La filosofía del
lenguaje no es tampoco, como se ha afirmado a veces’, filosofía de la lingüística. Esta última es
una rama de la filosofía de la cien- cia, paralela a la filosofía de la matemática o a la filosofía de
la física, mientras que la filosofía del lenguaje es un área substantiva de la investigación
filosófica. Pero, como en el caso anterior, existen interconexiones, solapamientos y zonas de
confluencia entre ambas. Si es cierta la tesis de Katz, anteriormente citada, de los dos giros
lingiiisticos, hay razones tanto prácticas como teóricas para pensar que la filosofía de la ciencia
lingúística tiene cierto peso sobre cuestiones de filosofía del lenguaje. El desarrollo de la
lingúística científica, una vez que ésta se convirtió en objeto de interés por parte de los
filósofos del lenguaje, y la proliferación de teorías, llevó aparejado casi inmediatamente el
examen de los supuestos filosóficos que incorporaban; el filósofo del lenguaje necesitaba tener
criterios para elegir entre la oferta de teorías lingúísticas rivales. El filósofo de la lógica, cuando
presenta las lógicas alternativas junto con las premisas filosóficas que están en su base y los
problemas que generan, no haría algo excesivamente distinto.

Pero, además de servir de aviso de navegantes, la filosofía de la lingúística resulta interesante


para nuestros propósitos por razones estrictamente teóricas. En la obra citada de J. Katz se
señala un grupo de ellas pertenecientes a la ontología. Como es sabido, uno de los problemas
más importantes de los que se ocupa la metafísica se refiere a la investigación de qué géneros
de objetos hay. Si nos centramos en la lógica o en la matemática, la respuesta a la pregunta
¿qué son las proposiciones? o ¿qué son los números? difiere dependiendo de si uno es
nominalista (objetos físicos), conceptualista (objetos psíquicos) o realista (objetos abstractos).
Pero el mismo enfoque es posible en lingüística pues, podemos preguntarnos, ¿son las
oraciones objetos físicos, psíquicos o abstractos? Esto quiere decir que la filosofía de la
lingúística podría dar respuesta a la pregunta ontológica general (y, por ende, a la regional) de
una manera extremadamente simple. Por ejemplo: si el realismo ha de ser verdadero debe de
haber al menos un dominio de objetos abstractos. Por consiguiente, si las oraciones (o el
lenguaje) resultan ser objetos abstractos, entonces puede responderse afirmativamente a la
pregunta ¿hay objetos abstractos? Nótese que la oración anterior estaba en forma
condicional; entonces, hasta que, por lo menos, no esté decidido el status de los objetos de la
lingúística, hasta que no esté decidido si las oraciones (o el lenguaje) son objetos abstractos, la
pregunta ontológica general no podría responderse””.

Finalmente, la filosofía del lenguaje no es filosofía lingüística. La filosofía del lenguaje, como
dice uno de sus más conspicuos representantes, es el nombre de un tema. Ciertamente no
existe un acuerdo universal sobre a qué denominar «filosofía lingúística». Hay quien piensa
que tal disciplina podría caracterizarse como la aplicación de hechos y técnicas aprendidos
mediante el estudio del lenguaje a los problemas filosóficos estándares "'; otros que es lo
mismo que «filosofía analítica» ?; otros, en fin, que no se distingue de la filosofía del lenguaje”.
Dada la disparidad de opiniones voy a entender por «filosofía lingúística» el nombre de un
método para habérnoslas con los problemas filosóficos que, a pesar de su venerable
antigiiedad, tiene una historia y un desarrollo muy concretos en el pensamiento
contemporáneo.

La siguiente caracterización puede servirnos de punto de partida: Los problemas filosóficos son
problemas esencialmente lingúísticos y su solución (o disolución) requiere bien una reforma
del lenguaje o una elucidación más adecuada de su funcionamiento. Entendida de esta manera
la filosofía se convierte en análisis del lenguaje y su historia se retrotrae por lo menos hasta la
búsqueda de definiciones por parte de Sócrates. Desde entonces ha sido moneda corriente
entre los filósofos el pensar que la investigación y el análisis de los conceptos no sólo tienen
utilidad para llegar a conocer cómo los hombres describen el mundo, sino también para
penetrar en la realidad misma y poder sacar de ese conocimiento consecuencias prácticas. Así,
por ejemplo, en La República de Platón la búsqueda socrática de definiciones es parte
integrante de la empresa de establecer cómo deberían vivir las personas. ¿Qué es entonces lo
que añade de nuevo a esto la filosofía lingüística? La novedad consiste en la suposición de que
los problemas filosóficos pueden resolverse a través del análisis puesto que se derivan o bien
de malas comprensiones de nuestro lenguaje o del uso de un lenguaje que no es el adecuado.
Esto es: la filosofía lingüistica es un método de solución de los problemas filosóficos supuesta
la tesis de que su origen está en alguna anomalía lingiiistica. Este método, con sus dos
tradiciones principales que podemos, convencionalmente, denominar tradición positivista y
tradición de la filosofía del lenguaje ordinario”, tuvo su época de esplendor durante la primera
mitad de este siglo y los nombres de Frege, Russell, Wittgenstein, Carnap, Austin... están
unidos a él.

Ciertamente todo esto tiene un poco de caricatura (ni siquiera en los mejores tiempos se
mantuvo que todos los problemas filosóficos fuesen problemas lingúísticos '*: pero la verdad
es que filosofía lingúística y filosofía del lenguaje están, al menos en sus orígenes
contemporáneos, indisolublemente unidas: los filósofos antes citados hicieron filosofía del
lenguaje aplicando en muchos casos técnicas de la filosofía lingúística: temas como el de la
naturaleza de la verdad, la referencia, el significado, la metáfora, los actos de habla, la
necesidad lógica y toda una hueste adicional fueron tratados de esta manera. Hoy día el
método ha desaparecido prácticamente de la escena aunque los temas permanecen. Los
artículos que componen este volumen tienen como tema la filosofía del lenguaje aunque,
como el lector podrá comprobar por sí mismo, sólo algunos de ellos utilizan los métodos de la
filosofía lingúística.

Se ha mencionado que la práctica de la filosofía lingiiistica no es algo novedoso en la historia


de la filosofía. Pero tampoco lo es la propia distinción —aunque sólo sea implicita— entre
filosofía del lenguaje y filosofía lingúística que también se remonta, al menos, hasta Platón:
cuando éste en el Eutifrón se pregunta qué es la piedad, su investigación puede considerarse
como una elucidación del significado del término griego para «piadoso» (filosofía lingúística),
mientras que cuando en el Fedón se presenta la tesis de que los términos generales adquieren
su significado al estar por las Formas correspondientes, se está haciendo teoría del significado
(filosofía del lenguaje). No obstante, la moderna filosofía del lenguaje tiene unas
características lo suficientemente peculiares como para que se le dedique una atención
especial. Ello nos permitirá al mismo tiempo proporcionar alguna justificación para la selección
de artículos que componen este volumen.

LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE ; EN EL PENSAMIENTO CONTEMPORANEO

La mayor parte de las cuestiones que se debaten en este libro sólo pueden entenderse dentro
del contexto de toda una corriente de pensamiento que comienza con la obra de G. Frege y
que se vio estimulala por la situación de impasse a la que se había visto abocada la filosofía
moderna. Creo pues indispensable hacer un breve examen de esa situación aunque antes,
siguiendo la táctica de decir lo que no es la filosofía del lenguaje, intentaré deshacer algún
equívoco.

Una de las cuestiones que invitan aquí a la confusión es el propio título de la disciplina.
Muchos filósofos no avisados tienden a pensar que a gramática lógica —si se me permite
hablar así — de dicho título es FILOSOFÍA+LENGUAJE y que cualquier combinación de ambos
temas, cualquier libro que se considere a sí mismo como filosófico y que hable del lenguaje
debe contarse eo ipso entre los tratados o monografías de filosofía del lenguaje. Pero no se
repara que mediante este procedimiento casi todo filósofo sería filósofo del lenguaje pues es
difícil de encontrar en toda la historia de la filosofía un solo autor que no haya tenido el
lenguaje entre sus preocupaciones ni un solo libro de filosofía que no dedique alguna de sus
páginas a algún tema relacionado con el lenguaje. A esto podría replicarse que el criterio
anterior dejaría de ser trivial si se exigiese que el filósofo o el tratado tuviesen el lenguaje
como su preocupación central. Pero, aparte de la dificultad de determinar cuando algo es
central —algo parecido a la dificultad de definir «exactitud» de la que habla Wittgenstein en
las Investigaciones filosóficas— tal réplica revela una mala comprensión de lo que es filosofía
del lenguaje. Equivale a decir (más o menos): «“Filosofía del Lenguaje” es “Filosofía” +
“Lenguaje”, donde el último de los sumandos ocupa un lugar central.» ¿Cómo podríamos pues
aproximarnos, de una manera más adecuada, a ese «tema» que constituye la filosofía del
lenguaje?

Nuestra disciplina se ocupa de un conjunto de problemas que, tradicionalmente, han sido


objeto de estudio —si bien no de un modo sistematico— de diversas ramas de la filosofía: la
teoría del conocimiento, la metafísica, la psicología filosófica... han sido solamente algunas de
ellas. Pero si queremos proporcionar un enfoque integrador de toda esta hueste de cuestiones
aparentemente tan dispares, una de las posibilidades que se nos ofrece consiste en
considerarlas como estrechamente ligadas a la lógica y defender su carácter preliminar y
básico dentro del conjunto de la filosofía: después de todo, el nacimiento de la filosofía del
lenguaje moderna está ligado al de la lógica simbólica. G. Frege, el padre fundador de la lógica
moderna, no fue sólo el autor de la Conceptografía, sino que escribió también obras
fundamentales sobre las nociones de función, concepto, objeto, sentido, referencia..., que son
parte integrante del acervo de cuestiones del que trata la filosofía del lenguaje. Su propósito
original era el de introducir rigor absoluto en los métodos de prueba de la matemática y para
ello consideró necesario construir un lenguaje simbólico en el que pudieran llevarse a cabo las
demostraciones con total garantía de que no se deslizasen errores debido al uso incontrolado
de la intuición. Ahora bien, para realizar esto comprendió que era necesario efectuar
previamente un examen de la estructura formal

de los enunciados que componen las demostraciones lo que, a su vez, le llevó a analizar el
significado de los enunciados en términos del de sus componentes, esto es: se dio cuenta de la
obligatoriedad de realizar un análisis de la estructura interna de éstos. Pero este trabajo se
salía con mucho de los límites de la lógica formal, al exigir el uso de un combinado de técnicas
matemáticas y argumentaciones típicamente filosóficas. Además la obra de Frege afectó de
manera substancial a la ubicación de la filosofía del lenguaje dentro del conjunto de las
disciplinas filosóficas inaugurando una línea de pensamiento que llega hasta nuestros días y sin
cuya toma en consideración es imposible entender las investigaciones de las que son muestra
los artículos que componen este libro.

En un libro publicado en la década de los setenta Michael Dummett” defiende la tesis de que
Frege —sin especiales proclamas por su parte— llevó a cabo una revolución en filosofía similar
a la que dos siglos antes había efectuado Descartes. Desde Descartes hasta finales del siglo xIx
puede decirse que toda la filosofía está dominada por problemas epistemológicos: su
preocupación central es la teoría del conocimiento y sus preguntas básicas son del tipo
siguiente: ¿cuáles son las capacidades de la mente en sus esfuerzos por lograr conocimiento
del mundo exterior? ¿Hasta qué punto son capaces las facultades de la mente de penetrar en
la estructura de la realidad? ¿Hasta qué punto son adecuadas las ideas de la mente para
representar y descifrar la naturaleza del mundo? ¿Cuáles son los límites y las capacidades de la
mente para alcanzar la verdad? "*. Se trata de una dirección de pensamiento —que abarca
desde Descartes al idealismo— cuyo tema central es la oposición entre sujeto y objeto, entre
la mente que conoce y el mundo exterior”. Frege fue el primero en darse cuenta de que este
modelo era inadecuado y que había que dejar de pensar en el problema epistemológico como
parte central de la filosofía. Así, el cómo adquirimos nuestras ideas, o su propia naturaleza —
algo que preocupaba enormemente a los empiristas—, es para él un asunto completamente
irrelevante. No es, ciertamente, que nuestras experiencias no sean relevantes: no cabe duda
de que no captariamos los pensamientos que captamos si nuestras experiencias fueran
distintas o estuviéramos constituidos de otra manera. Pero Frege tuvo el acierto de señalar
que eso no puede constituir el análisis de nuestros conceptos, es más: depende de él. La
posesión de un concepto es algo que se manifiesta mediante el uso del lenguaje, de modo que
el análisis de los conceptos no es algo distinto del análisis del funcionamiento del lenguaje. Las
preguntas acerca de si es posible que nuestra mente conozca un mundo exterior o de cómo es
posible esto se vuelven completamente superfluas dado que presuponen que ya tenemos ese
conocimiento. El problema no es, por consiguiente, determinar si es posible lograr
conocimiento, sino mostrar las condiciones y procedimientos para lograrlo: cómo pasamos de
la ignorancia o la duda a la creencia fundada. Frege pensó que todas estas cuestiones
dependían de una correcta teoría del significado y, consecuentemente, mantuvo que la
primera y principal tarea de la filosofía era la búsqueda de una teoría del significado adecuada:
la parte primera y básica de la filosofía pasaba a ser la filosofía del lenguaje”.
A partir de este cambio de perspectiva se ha desarrollado la moderna filosofía del lenguaje. Los
artículos que componen este volumen son un segmento del diálogo filosófico general” que,
teniendo como origen los logros de Frege, presenta, como asunto de hecho, unos nombres y
temas recurrentes y, creo que puede decirse, bastante bien definidos. No se trata pues de la
amalgama filosofiat+lenguaje, sino de una disciplina con perfiles propios”. No es por tanto un
olvido, ni un prejuicio de escuela que no aparezca texto alguno de Heidegger, Derrida o
Habermas” —por citar sólo algunas ausencias que pueden resultar chocantes para algunos—,
sino fruto del desarrollo de nuestra disciplina y del lugar que ocupa dentro del conjunto del
saber filosófico. No se quiere decir con esto que tenga que prohibirse el rotular como «filosofía
del lenguaje» todo aquello que no case con la concepción

que estamos considerando. Sólo me atrevo a sugerir que deberían buscarse denominaciones
distintas para asuntos distintos.

En una obra como ésta —pensada para servir como libro de lecturas durante un curso de
filosofía del lenguaje— es necesario tomar decisiones sobre qué artículos incluir y excluir. Esas
decisiones son a veces teóricas, pero muchas veces vienen dictadas por constricciones
económicas, editoriales, de derechos de edición, etc. En nuestro caso ha sido particularmente
doloroso el tener que prescindir de algún representante de la lingúística que, como se ha
afirmado, ha estado particularmente presente en el desarrollo de nuestra disciplina. Espero
que esta ausencia pueda suplirse sin demasiados problemas.

Una serie de personas e instituciones han cooperado para que este libro viese la luz. Juan José
Acero, Pepe Fillol, Alfonso García Suárez, Aurelio Pérez Fustegueras, Daniel Quesada y Enrique
Ujaldón tradujeron algunos de los artículos y/o me aconsejaron sobre su inclusión y
distribución que, por lo que respecta a sus defectos, es responsabilidad que sólo a mí me
compete. Manuel Garrido apoyó el proyecto de modo entusiasta desde el principio. La
Universidad de Murcia lo acogió generosamente lo mismo que Editorial Tecnos. Mis alumnos
de filosofía del lenguaje de las Universidades de Valencia y Murcia, que me han soportado
pacientemente durante estos últimos quince años, me hicieron ver la necesidad de disponer
de un libro (más o menos) como éste. Aunque para ellos llegue ya demasiado tarde espero que
a sus futuros compañeros les sea de alguna utilidad.

Luis M. VALDÉS VILLANUEVA

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