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Poder Judicial

Este documento resume la estructura y características del Poder Judicial en Argentina. Explica que el Poder Judicial está encabezado por la Corte Suprema de Justicia y está compuesto por tribunales inferiores creados por el Congreso. Su función es juzgar casos y controlar la constitucionalidad de los actos de los otros poderes. El Poder Judicial debe ser independiente para proteger los derechos de los ciudadanos. Sus decisiones pueden ser apeladas a través de la estructura judicial hasta llegar a la Corte Suprema, cuya decisión es definitiva a

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Este documento resume la estructura y características del Poder Judicial en Argentina. Explica que el Poder Judicial está encabezado por la Corte Suprema de Justicia y está compuesto por tribunales inferiores creados por el Congreso. Su función es juzgar casos y controlar la constitucionalidad de los actos de los otros poderes. El Poder Judicial debe ser independiente para proteger los derechos de los ciudadanos. Sus decisiones pueden ser apeladas a través de la estructura judicial hasta llegar a la Corte Suprema, cuya decisión es definitiva a

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Capítulo XIII

Por Martín F. Zemma


“EL ACCESO A LA DEFENSA DE LOS DERECHOS”

I. PODER JUDICIAL – INTRODUCCIÓN.


Al introducirnos en el tratamiento del Poder Judicial, no podemos soslayar el pensamiento
de ciertos autores europeos (Montequieu y Loewenstein, entre otros), que sostenían que la
división de poderes o funciones para ser más precisos, tendía asegurar la protección de los
derechos del ciudadano contra los abusos de los gobernantes, hecho que sí había ocurrido en el
tiempo de las monarquías absolutistas europeas. En este sentido, algunos autores sostienen que la
libertad política de los ciudadanos se asienta en la tranquilidad de espíritu, que proviene de la
confianza que tiene cada uno en su seguridad. Obviamente que los habitantes de nuestro país se
sentirán seguros cuando impere un cabal acatamiento del orden constitucional y cuando el poder
judicial cumple con su cometido principal, la de resolver conflictos sin interferencias indebidas y,
por sobre todas las cosas, los otros dos poderes respeten sus decisiones.
En cuanto a la función del poder judicial, podemos expresar que castiga los delitos y juzga
las diferencias entre los particulares, que no es otra cosa que el ejercicio de la función
jurisdiccional. Sobre el punto las constituciones clásicas garantizaron al hombre su libertad y el
reconocimiento de sus derechos, pero para hacerlos efectivos, también, se debía tender a lograr
un grado razonable de seguridad, que se intentó lograr a través de la creación de un órgano
independiente separado de los departamentos ejecutivo y legislativo.
Autores como Badeni, sostienen que el poder judicial no solo se limita a resolver conflictos,
sino que también es un órgano del poder que tiene a su cargo una función de control sobre los
restantes órganos del gobierno, velando por la constitucionalidad de sus actos.
Esto no implica otra cosa que garantizar su funcionamiento independiente, brindándole
cierto grado de autarquía, así de esta forma, podrá cumplir el transcendente rol que le asigna la
constitución.
Por otro lado, la recepción y fijación de esta insigne función al poder judicial por nuestra
Constitución, no fue una creación originaria de nuestros constituyentes criollos, sino que se siguió
en líneas generales el molde de la Constitución de los Estados Unidos.
En este sentido, la administración de justicia se asigna a un órgano del Estado,
independiente de los otros dos poderes, el ejecutivo y el legislativo. No solo se limitará a resolver
los conflictos que surjan entre los particulares, sino que se le atribuye ejercer el control de
constitucionalidad de los actos emitidos por los demás poderes, resultando el intérprete final de la
constitución como bien expusiera magistralmente, el chief Marshall en el caso “Marbury vs.
Madison” de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Mediante la interpretación de las normas y
la constitución, los jueces le insuflan al orden jurídico una vitalidad permanente.
Cabe expresar, que no es lo mismo el ejercicio de la función judicial que se asigna
exclusivamente por la constitución a los tribunales judiciales, que el ejercicio de la función
jurisdiccional, que implica resolver un conflicto entre dos o más personas por un tercero imparcial
a efectos de mantener el orden jurídico, debiendo resguardase la garantía del debido proceso
durante la tramitación del mismo.
Esta función jurisdiccional, en algunos casos ha sido asignada por el Estado a órganos
administrativos a efecto de lograr una mayor celeridad en el dictado de las resoluciones
administrativas. Esta actividad específica, se ha reconocido a ciertos órganos dependientes del
Poder Ejecutivo, hecho que puede vulnerar el límite fijado por el art. 109 de la C.N., ya que ningún
órgano dependiente del ejecutivo puede arrogarse el ejercicio de las funciones judiciales. Esta
situación vidriosa, fue tratada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el caso “Fernández
Arias c/Poggio”, donde se reconoce expresamente la posibilidad del ejecutivo ejerza la función
jurisdiccional, con la salvedad que contra los actos que dicten dichos órganos, debe garantizarse el
denominado “control suficiente” de los mismos por el órgano judicial, no bastando el simple
otorgamiento de un recurso extraordinario en contra de dicho acto, ya que se debe garantizar
plenamente el contradictorio, la posibilidad de ofrecer prueba, alegar sobre el mérito de la misma
y obtener una resolución fundada.
Ahora, jamás podrá sustraerse del conocimiento de los órganos judiciales las controversias
entre particulares regidas por el derecho común (Civil, Penal, Laboral). Dicho criterio fue
reafirmado de forma “restrictiva” en el precedente “Ángel Estrada y Cía.”, donde se refiere a que
dicha facultad, se debería reservar a cuerpos de expertos que por su experiencia técnica o como
ocurre por mandato constitucional, con los entes reguladores de los servicios públicos.

II. ESTRUCTURA
En cuanto a la estructura del poder judicial el art. 108 es muy preciso y a la vez sumamente
escueto al determinar que el mismo se integra por una Corte Suprema y por los demás tribunales
inferiores que fije el Congreso. Dicha norma debe ser analizada en conjunto con lo previsto en el
art. 75, inc. 20 de nuestra Carta Magna que establece la función de crear tribunales inferiores en el
ámbito federal al Congreso Nacional.
De esto se deriva que la Jefatura del Poder Judicial es ejercida por la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, existiendo diversos tribunales federales que van desde los juzgados federales
de 1ra instancia, pasando por las Cámaras Federales de Apelaciones, a lo que debemos agregar en
materia penal los Tribunales Orales y la Cámara Federal de Casación Penal. Estos tribunales como
expresa Rosatti monopolizan la función jurisdiccional del Poder Judicial de la Nación.
Este poder judicial se conforma de manera plural ya que confluyen diversos tribunales,
algunos unipersonales y otros colegiados que tienen un ámbito de actuación distinto
(competencia) y profesionalizado ya que la Constitución exige una capacitación específica como el
título de abogado (idoneidad).
Cabe agregar, que el poder judicial de la Nación se encuentra presente a lo largo y a lo
ancho del país, en las distintas provincias que integran la República Argentina. Por ejemplo, en la
provincia de Córdoba, actualmente existen tres juzgados Federales de 1ra. Instancia en la ciudad
de Córdoba, los restantes se ubican territorialmente en las ciudades de Río Cuarto, Bell Ville, Villa
María y San Francisco.
Es importante destacar, que las decisiones de los jueces de 1ra. Instancia pueden ser
revisadas mediante los recursos pertinentes, ante la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba,
que se integra con dos salas de tres miembros cada una. En cambio en materia penal, funcionan
dos tribunales orales con competencia en materia criminal que juzgan en juicio oral y público a las
personas que se acusaran en los procesos penales por los jueces federales de 1ra. Instancia que
actúan como jueces de instrucción, ante la acusación del Ministerio Público Fiscal.

III. CARÁCTER
En este aspecto podemos dejar en claro que el rol institucional del poder judicial es de suma
trascendencia ya que ejerce el control de los distintos actos que emiten los restantes poderes del
Estado (legislativo y Ejecutivo) y la Constitución los ha dotado de las prerrogativas necesarias para
resolver los conflictos que se plantean por los ciudadanos entre sí o contra el Estado (Nacional,
provincial o municipal).
Debemos remarcar que una vez que un conflicto es llevado a los estrados de los tribunales,
que resulten competentes, los ciudadanos, pueden en caso que no concuerden con la decisión del
magistrado, utilizar los recursos que establecen las distintas leyes procesales, para revisar las
sentencias que dictan los mismos por un tribunal superior, que en el fuero federal, en materia
civil, comercial, laboral, contencioso administrativo, es asignada a las distintas Cámaras Federales
de Apelaciones. También es oportuno mencionar sobre el punto, que las decisiones que adoptan
estos tribunales colegiados, puede ser recurrida ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación,
que es la máxima instancia de revisión y contra esta decisión ya no existe otra instancia que
permita a los justiciables su control.
El carácter de la Corte es “suprema” porque es la última instancia de revisión y decisión en
el ámbito nacional como bien se expresó en el fallo “Cantos, José María”, ya que la jurisdicción de
la Corte Interamericana de Derechos Humanos no es una “cuarta instancia” superior a la Corte
Suprema, cuestión que se dejara en claro en la causa: “Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto
s/ informe sentencia dictada en el caso “Fontevecchia y D'Amico vs. Argentina” por la Corte
Interamericana de Derechos Humanos”, resuelta el 14/02/2017. En dicho precedente, se sostuvo
que la Corte Interamericana, no es una cuarta instancia de revisión de las decisiones de los
tribunales nacionales, ya que ello implicaría una contravención a la estructura del sistema
interamericano de derechos humanos y de los principios de derecho público contenidos
expresamente en la Constitución Nacional. En dicho fallo se pone de manifiesto que el rol
institucional de la Corte Interamericana de Derechos Humanos “…no tiene el carácter de tribunal
de apelación o de casación de los organismos jurisdiccionales de carácter nacional; sólo puede en
este caso, señalar las violaciones procesales de los derechos consagrados en la convención…”. Si
bien la Convención Americana de derechos humanos ratificada en nuestro derecho interno por la
Ley N° 23.054 creo como organismo de resolución de conflictos en el sistema interamericano a
dicha Corte Interamericana con sede en San José de Costa Rica, solo ante ella se puede enjuiciar al
Estado Argentino por las violaciones e incumplimientos a los derechos garantizados en dicha
convención. Podrá ordenar las remediaciones económicas a cargo del Estado Argentino, pero bajo
ningún punto de vista, tiene competencia para “revocar” la sentencia dictada por la Corte
Suprema u otro tribunal argentino. Como expresa Midón la sentencia de la Corte Suprema cierra el
ciclo jurisdiccional e impide que otro órgano reexamine lo resuelto por ella.
Finalmente debemos resaltar que la Corte Suprema es la cabeza de un poder del Estado
Argentino, que no se encuentra ni siquiera discutida con la incorporación que realizara la reforma
de 1994 al texto constitucional, del Consejo de la Magistratura de la Nación.

IV. LA COMPETENCIA FEDERAL Y EL ART. 116 DE LA CONSTITUCIÓN


En primer lugar debemos expresar que el rol del Poder Judicial de la Nación y en particular
de los distintos Tribunales que los componen, es la de resolver los conflictos aplicando el derecho
vigente. Es decir que resulta necesario distinguir “Jurisdicción” de “competencia” a los efectos de
clarificar que se entiende por esta última. La jurisdicción que deriva del latín “juris-dictio” que
significa “decir o aplicar el derecho”. Dicha potestad les es reconocida a todos los jueces del Poder
Judicial de la Nación y se vincula directamente a la función de resolver un caso concreto aplicando
las normas jurídicas que mejor se ajusten a la cuestión planteada. En cambio, la “competencia” es
la medida de la jurisdicción, asumida en términos materiales, territoriales, económicos-
cuantitativos y de instancia jerárquica. Se revela en cierta forma como una división del trabajo
entre los jueces que integran el poder judicial de la Nación
Para mayor precisión, esto implica reconocer la potestad de intervenir en determinados
asuntos llevados a su conocimiento sin que exista la intromisión de terceros a efecto del
cumplimiento de los cometidos que ha puesto en cabeza del poder Judicial de la Nación el art. 116
de la C.N.
Si debemos poner de manifiesto que la competencia federal asignada al Poder Judicial de la
Nación implica reconocer que nuestros constituyentes de 1853 establecieron en materia de
resolución de conflictos un sistema de descentralización institucional claramente diferenciado. Por
un lado el nacional y por otro el estadual o provincial, este último, conforme se desprende de los
art. 5 y 121 de la Constitución Nacional, cada uno con sus propios jueces y competencias.
Por otro lado, la competencia federal determina con precisión el ámbito de intervención de
los tribunales federales, incluida la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Esta competencia entre
sus caracteres más importantes podemos mencionar que es de rango “constitucional”, ya que no
puede ser alterada por leyes reglamentarias como bien se delineara en el caso “Marbury vs.
Madison” (1803) del derecho norteamericano y el precedente “Sojo, Eduardo” resuelto por
nuestra Corte Argentina en 1887. En segundo lugar, la competencia federal derivada de los arts.
116 y 117 de la C.N. resulta “inalterable”, salvo que por una reforma constitucional se decida
efectuar cambios sobre esta. También entre sus principales características tenemos que es
“limitada y de excepción”, que significa que fuera de los casos previstos en la constitución y la ley
reglamentaria, los tribunales no pueden intervenir en causas ajenas a la misma, hecho que violaría
la jurisdicción que se han reservado las provincias para determinar la jurisdicción de sus propios
tribunales como bien dispone el art. 5 y 121 de la C.N.
También podemos expresar que la competencia federal es exclusiva y excluyente ya que no
se comparte con otros estamentos judiciales como bien expresa Rosatti. Otros de los atributos es
que resulta “contenciosa” que implica ni más ni menos que presupone la existencia de un “caso
judicial” concreto que es llevado a conocimiento de un Tribunal Federal, desechando de este
modo la posibilidad de emitir “opiniones consultivas”. Asimismo, se puede agregar como una
característica que la diferencia, que es improrrogable por la materia y el grado. Cuando nos
referimos al grado significa que solo puede intervenir el órgano judicial o Tribunal que especifica la
ley, como ejemplo podemos expresar que en los casos que se impugna o recurre una sentencia de
un tribunal federal de 1ra. Instancia, el órgano judicial competente por el grado para revisar este
pronunciamiento es una Cámara Federal de Apelación (en Córdoba se encuentra ubicada en la
ciudad capital y que por el “grado” ejerce dicha competencia sobre los tribunales de 1ra instancia,
entre los que se encuentra el Juzgado Federal de Río Cuarto.
Si resulta importante destacar que la competencia federal puede responder a la materia
debatida en la causa o a las personas (físicas o jurídicas). La primera a manera de ejemplo, puede
darse cuando se cuestione alguna ley nacional que crea un tributo específico (impuesto a las
ganancias o IVA) o también, cuando se ponga en juego la interpretación de alguna cláusula de un
tratado internacional sancionado por el Congreso. Por otro lado, como situación que queda
atrapada por la competencia federal en razón de la “materia”, tenemos las causas de almirantazgo
y jurisdicción marítima. En la segunda categoría, podemos expresar que si se demanda al Estado
Nacional o sus entidades que pertenecen a la administración descentralizada, se produce un claro
caso de competencia federal en razón de las personas. También se da en los casos de conflictos
entre vecinos de distintas provincias o un ciudadano extranjero, se demanda a un Estado
Extranjero o cuando se acciona o demanda un cónsul o vicecónsul extranjero y los casos en que la
Corte tiene competencia originaria.
Si debemos destacar que aparte de la materia y las personas, la competencia federal puede
darse por el “territorio o en razón del lugar”, cuestión que se vincula a los territorios nacionales,
como por ejemplo resultan los parques nacionales (ley N° 22.351) o el caso de la
“extraterritorialidad institucional” vinculado a la sede de las embajadas de los Estados Extranjeros
y también, en los lugares que adquiera el Estado Federal por compra o cesión en cualquiera de las
provincias que impliquen la creación de establecimientos de utilidad nacional (art. 75, inc. 30 de la
C.N.). Un claro ejemplo de ello es el lugar donde se encuentra ubicada nuestra Universidad
Nacional de Río Cuarto o el Batallón de Arsenales José María Rojas, perteneciente al Ejército
Argentino con sede en Holmberg (Cba.). Si cabe aclarar, también en estos dos últimos ejemplos se
da la competencia en razón de las personas, ya que dichos establecimientos de utilidad nacional
pertenecen al Estado Nacional.
Finalmente la competencia originaria de la Corte Suprema se encuentra prevista en el art.
117 de la C.N. Esta competencia es también exclusiva y se trata de asuntos vinculados a
Embajadores, Ministros y Cónsules extranjeros y en los que alguna provincia fuere parte, aunque
puede ser prorrogada en los tribunales inferiores. En estas causas deben debatirse pura y
exclusivamente asuntos vinculados a una cuestión federal.
Finalmente la Corte Suprema de Justicia de la Nación interviene en grado de apelación que
puede ser ordinaria o extraordinaria (art. 14 de la Ley N° 48). En la primera tiene que ver con los
recursos contra las sentencias de las Cámaras Federales supere el valor mínimo que fuere fijado en
las normas del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación.

V. INTEGRACIÓN DE LA CORTE SUPREMA


Sobre el aspecto vinculado a la cantidad de miembros que la integran debemos expresar
que la Corte Suprema es el órgano de mayor jerarquía dentro del Poder Judicial de la Nación. La
primera integración concreta y efectiva de dicho órgano judicial se dio cuando el 15 de enero de
1863 juran sus primeros integrantes. El texto constitucional de 1853 establecía que se integraba
con 9 jueces y 2 fiscales. Esto con la reforma de 1860 cambio drásticamente ya que su integración
pasó a ser fijada por ley del congreso. Su cantidad de miembros fluctuó a lo largo del tiempo entre
cinco, después a siete, durante la Presidencia de Carlos Menem a nueve, para finalmente,
mediante la Ley N° 26.183, volver a la integración de cinco (5) miembros (Presidencia de Néstor
Kirchner).
La posibilidad que su número fuera fijada por ley, implica que su aumento a disminución
puede obedecer a criterios de organización que permitan una mayor eficacia y eficiencia en el
funcionamiento del órgano judicial o la encubierta razón, de que por criterios estrictamente
políticos, con el objetivo de incidir en las decisiones de la Corte, se aumente el número de
miembros. Esperemos que nuestros legisladores solo tengan en cuenta estrictamente criterios que
llevan simplemente a una mejor organización del Poder Judicial.

VI. ATRIBUCIONES
En cuanto a las principales características que tiene nuestro Máximo Tribunal podemos
expresar que, para su adecuado funcionamiento, este tiene la facultad de dictar su reglamento,
que abarca cuestiones muy diversas como los horarios en que trabaja la Corte Suprema y los
tribunales inferiores, el régimen ingreso y categorías de empleados y funcionarios del Poder
Judicial de la Nación, también su régimen disciplinario, entre otras actividades indispensables que
despliega el órgano judicial. Estas funciones son conocidas como de “superintendencia” y se
vinculan muchas de ellas a cuestiones de índole administrativa.
Otra atribución indispensable es la de designar a su Presidente, que en su primera
instalación prestará juramento ante el Presidente de la Nación en las designaciones sucesivas ante
el Presidente de la misma Corte, conforme dispone el art. 112 de la C.N. Al tratarse de un órgano
colegiado se necesita que uno de sus miembros represente al Poder Judicial y se encargue de las
tareas de coordinación de sus tareas diarias y de la representación del cuerpo ante los otros
poderes.
Por otro lado, se requiere para ser miembro de la Corte Suprema poseer el título de
abogado, que acredita la especialidad e idoneidad técnica. Además se exige tener al menos ocho
(8) años de ejercicio de la profesión, que puede darse por trabajar como profesional
independiente o al integrar la justicia como miembro de sus tribunales inferiores. También, se
requiere cumplimentar los demás requisitos exigidos para los senadores, tener como mínimo
treinta (30) años y seis (6) de ejercicio en la ciudadanía. En cuanto a los 2.000 pesos de renta
fuerte, consideramos que no se exige, ya que se puede advertir sobre este requisito, que se ha
producido una mutación constitucional por sustracción.
Entre sus atribuciones tiene la de resolver los conflictos entre las provincias conforme se
desprende del art. 127 de la C.N. Por supuesto que al resolver las causas llevadas a su
conocimiento en grado de apelación de las Cámaras Federales y por intermedio del recurso
extraordinario respecto de las sentencias de los máximos tribunales de provincia. Por supuesto
que además resuelve los conflictos de competencia entre tribunales federales y provinciales que
no tengan un superior común.
Finalmente conforme a la Ley N° 20.972 y sus reformas, el Presidente de la Corte Suprema,
ante un caso de acefalía temporaria del Presidente y Vicepresidente de la Nación, si los
presidentes de la Cámara de Senadores y Diputados no pueden asumir dicha función le
corresponde al Presidente de la Corte asumir la Presidencia de la Nación.

VII. TRIBUNALES INFERIORES


Si bien en puntos anteriores se mencionó la existencia de estos tribunales, es oportuno
poner en claro, respecto a estos, que hacemos referencia a una estructura organizada
constitucionalmente de órganos que resuelven conflictos, en base estricta a la competencia
federal que tienen asignada por la Constitución y sus leyes reglamentarias de creación. Estos se
encuentran ubicados en distintas posiciones dentro de una pirámide, en cuya cúspide se
encuentre la Corte Suprema y en su base, los juzgados federales de 1ra. Instancia. Por encima de
estos últimos, se encuentran las Cámaras Federales de Apelación, que revisan las resoluciones
dictadas por los jueces federales de 1ra. Instancia. Todo esto se deriva de nuestro ordenamiento
Constitucional, que el art. 108 dispone que el Poder Judicial se integra con la Corte Suprema y los
Tribunales inferiores que estableciere el Congreso en el territorio nacional.
Como podemos apreciar, es el Congreso el órgano competente para crear tanto juzgados de
1ra. Instancia como Cámaras de Apelaciones y tribunales orales en materia penal, facultad que se
reafirma en el art. 75, inc. 20 de la C.N. Si es necesario poner de manifiesto que en materia penal,
la Constitución estableció la exigencia del juicio por jurados que establecen los arts. 124 y 118 de
la C.N., que hasta la fecha en el fuero federal no se encuentra instrumentada, pero si en algunas
provincias como Córdoba, que se encuentra prevista para el juzgamiento de algunos delitos con
penas muy graves.
Estos tribunales se encuentran desplegados en distintos lugares de las provincias y la ciudad
autónoma de Buenos Aires, conforme fuera creando a lo largo del tiempo, el Congreso de la
Nación, instrumentándose mediante la Ley N° 14.167, ratificatoria del Decreto Ley N° 1285/58 y
sus modificatorias.
Corresponde destacar que estos tribunales pueden tener competencia territorial en todo el
país como la Cámara Nacional Electoral, la Cámara Nacional de Casación Penal y la Cámara Federal
de la Seguridad Social que por ley, intervienen como alzada de los tribunales federales de todo el
país. Si bien por ley de creación este último órgano con asiento en la ciudad de Buenos Aires,
operaba como alzada en materia previsional de los tribunales inferiores de todo el país, la Corte
Suprema en el caso “Pedraza” dispuso que la sentencias y resoluciones dictadas en materia
previsional, por los tribunales inferiores, debe ser revisadas por las Cámaras Federales de
Apelación, de la respectiva circunscripción territorial de la cual depende dicho juzgado. Esto
debido a que la Cámara Federal de la Seguridad Social se encuentra en un estado de “colapso”
debido a la sobrecarga de expedientes. Esta situación impacta directamente en uno de los grupos
vulnerables que define nuestra Constitución ─los jubilados–, que no logran obtener respuestas en
tiempo y forma de los jueces cuando efectúan un reclamo en torno a su prestación previsional, de
neto carácter vital y alimentario. En función de esta situación la Corte declaró de “oficio” en el
precedente “Pedraza” la inconstitucionalidad del art. 18 de la Ley de solidaridad previsional que
establecía la competencia territorial de la Cámara Federal de la Seguridad Social.
Por otro lado, tenemos órganos judiciales que fueron creados con una competencia
territorial limitada a un determinado ámbito provincial, como por ejemplo, ocurre con el Juzgado
Federal de Río Cuarto que su competencia se limita al sur del territorio de la provincia de Córdoba
y también tenemos órganos judiciales que intervienen de manera limitada al territorio de una
ciudad como ocurre con los Tribunales federales con asiento en la ciudad autónoma de Buenos
Aires. Como bien destaca Toricelli, a la fecha, hay más de cien tribunales federales en todo el
interior de la República Argentina.
Cabe resaltar que El art. 5° del Decreto N° 1285/58, establece como requisitos para ser
designado magistrado de las Cámaras Federales, Tribunales Orales y Cámaras de Casación, ser
ciudadano argentino, tener título de abogado con validez nacional, seis (6) años de ejercicio de la
profesión o función judicial y treinta (30) años de edad.
Para acceder al cargo de Juez Federal de 1ra. Instancia tener como mínimo la edad de
veinticinco (25) años, ser ciudadano argentino (nativo o en el caso de los extranjeros
naturalizados), ser abogado con cuatro (4) años ejercicio profesional o en la función judicial.

VIII. EL MINISTERIO PÚBLICO Y SU FUNCIÓN ANTE LOS JUECES


Debemos expresar sobre dicho órgano que tuvo su recepción constitucional en la reforma
de 1994, pero sus antecedentes se remontan a la propia constitución de 1853, donde al organizar
el poder judicial de la Nación, establecía que a su cabeza se encontraba la Corte Suprema
compuesta de nueve (9) jueces y dos Fiscales. Esta configuración fue eliminada por la reforma de
1860, pero el rol y funciones del Ministerio Público Fiscal y de la Defensa fueron cambiando a lo
largo del tiempo ya que conforme surge de los primeros antecedentes históricos a dicho
organismo, en la Francia absolutista se lo vinculaba al monarca y a la defensa del Estado, no solo
de la legalidad, sino también del patrimonio estatal. Principalmente se ocupaba de estar presente
en los juicios de contenido patrimonial contra el Estado y llevaba adelante la acusación penal
pública en los juicios criminales.
En las primeras épocas en nuestro país se le asignó la representación en algunos juicios
impositivos, la tutela del principio de legalidad y de la acusación penal, esta última como su
herramienta más importante.
Su pertenencia funcional desde sus comienzos no estuvo muy clara, ya que pasó a ser
ubicado como dependiente del Poder Ejecutivo para algunos autores, a pesar que la postura
mayoritaria lo consideraba como perteneciente orgánicamente al Poder Judicial de la Nación. Con
el paso del tiempo y habiéndose producido la reforma de 1994, se consideró al Ministerio Público
como un órgano extra poder, bicéfalo, con autonomía funcional y autarquía financiera, cuyas
funciones principales son la defensa de la legalidad que está integrado por un Procurador General
y un Defensor General. El primero a cargo de la acción penal pública y el segundo a cargo de la
defensa de aquellas personas que no pueden acceder por carecer de recursos, a una defensa
técnica de un abogado privado en los procesos criminales, o también la defensa de los intereses
de los menores en juicio y ausentes.
Actualmente la estructura del Ministerio Público Fiscal se encuentra establecida en la ley
reglamentaria del art. 120 de la C.N. donde se establece que se encuentra a cargo de un
Procurador General que debe ser ciudadano argentino con el título de abogado y ocho (8) años de
ejercicio de la profesión, es propuesto por el Presidente de la Nación y deberá tener el acuerdo de
las 2/3 partes de los presentes del Senado de la Nación conforme lo establece el art. 11 de la Ley
N° 27.148. Asimismo su estructura funcional establece que se integrará con fiscales ante las
Cámaras federales y Tribunales orales, al igual que en cada Juzgado Federal actuará un Fiscal
Federal. Todos ellos deben ser designados mediante un concurso público como lo establece el art.
48. También integra dicha estructura el fiscal de investigaciones administrativas.
En cuanto al Ministerio de la defensa se encuentra regulado por la Ley N° 27.149, Promueve
toda medida tendiente a la protección y defensa de los derechos fundamentales de las personas,
en especial de quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad, tanto en acciones
individuales como colectivas.
A la cabeza de dicho ministerio se encuentra el Defensor General de la Nación, quien es
designado por Presidente de la Nación con acuerdo de las 2/3 partes de los presentes del Senado
de la Nación. Si es importante remarcar que tiene a su cargo la defensa técnica de aquellas
personas que carecen de recursos en los procesos penales. Su estructura funcional se integra por
el Defensor General de la Nación, los defensores oficiantes ante la Corte Suprema, las Cámaras
Federales y Tribunales orales, ante la Cámara de Casación penal y tribunales federales de primera
instancia.
Tanto el Ministerio Público Fiscal como el de la Defensa, tienen además de dichos
funcionarios, secretarios, personal técnico y administrativo en cantidad suficiente para realizar
todos los trámites judiciales y administrativos que requiere el cumplimiento de sus funciones.
Claramente cómo se advierte, el Ministerio Público es un órgano extra poder,
independiente cuya función principal, es la de actuar en favor de la defensa del justiciable,
rodeado de las garantías necesarias que favorezcan su imparcialidad, como resultan sus
autonomía funcional y autarquía financiera, entre las que se incluye la intangibilidad de las
remuneraciones de dichos funcionarios.

IX. FORMA DE DESIGNACIÓN Y REMOCIÓN DE LOS JUECES FEDERALES


En primer lugar trataremos la forma de designación de los jueces de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación que es diferente del procedimiento constitucional de nombramiento de los
jueces inferiores sobre los que la reforma constitucional de 1994 produjo modificaciones
importantes.
Para el nombramiento de un nuevo miembro de nuestro máximo tribunal se requiere que el
Presidente de la Nación proponga al candidato ante el Senado de la Nación y que este preste su
acuerdo con las 2/3 partes conforme dispone el art. 99 inc. 4° de la C.N. A simple vista el
procedimiento constitucional de designación es bastante simple, pero a partir del dictado del
Decreto N° 222/03, el Poder Ejecutivo, que de manera previa a la elevación de la propuesta del
candidato al senado, se deben publicar en los medios de comunicación, los antecedentes más
importantes de la persona a que postula el Presidente para integrar la Corte Suprema. En esta
etapa previa, la población puede avalar la decisión u objetar que el candidato propuesto no reúne
las condiciones para su designación.
Una vez designado el magistrado dura en sus funciones hasta que cumple la edad de
setenta y cinco (75) años conforme establece el citado art. 99, inc. 4° de la C.N. Dicha cláusula fue
incorporada con la reforma constitucional de 1994, que implicó una limitación “temporal” para el
ejercicio del cargo. Ahora la propia norma establece que una vez cumplida dicha edad el
magistrado puede continuar el cargo si el Poder Ejecutivo pide su designación ante el Senado por
un plazo de cinco (5) años más. El acuerdo que otorga el Senado debe cumplir con los 2/3 de sus
miembros presentes.
Esta limitación temporal establecida respecto a la edad hasta la cual el magistrado
designado puede ejercer el cargo, generó en el pasado una serie de cuestionamientos de parte de
la doctrina especializada y también, un pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia en el caso
“Fayt”, declarando la nulidad de dicha cláusula constitucional. El argumento que se consideró para
llegar a dicha conclusión de que la convención constituyente se había extralimitado al incluir dicha
norma, es que se no se encontraba prevista en la ley de declaración de necesidad de la reforma
(Ley N° 24.309). Posteriormente con otra composición y por mayoría la Corte Suprema al resolver
el caso “Schiffrin, Leopoldo” dejo de lado los argumentos del precedente “Fayt” y consideró que el
control judicial de la actuación de una Convención Constituyente debe adoptar la máxima
deferencia hacia el órgano reformador, acorde al alto grado de legitimidad y representatividad que
tiene la voluntad soberana del pueblo expresada a través de la Convención Constituyente.
Se sostuvo que en caso de duda, debe optarse por la plenitud de poderes de esa
Convención. La Corte al resolver expreso que la aplicación de la nueva doctrina lleva a concluir que
la convención constituyente de 1994 no ha excedido los límites de su competencia al incorporar la
cláusula del art. 99, inc. 4°, tercer párrafo, de la Constitución Nacional. Ni tampoco ha vulnerado el
principio de independencia judicial, que hace a la esencia de la forma republicana de gobierno;
ello así, en tanto el límite de edad modifica únicamente el carácter vitalicio del cargo, pero no la
garantía de inamovilidad de los jueces. Con la doctrina del fallo “Schiffrin” termina una discusión
que llevó años saldar para la doctrina especializada y jurisprudencia de nuestro máximo tribunal.
En cuanto al procedimiento de remoción, este debe fundarse en lo dispuesto en el art. 53 de
la C.N. que establece que puede iniciarse por mal desempeño, delito en el ejercicio de sus
funciones o crímenes comunes, estas situaciones habilitan al comienzo del procedimiento de juicio
político ante la Cámara de Diputados de la Nación, quien es la cámara de origen que formula la
acusación ante el Senado de la Nación que es el órgano encargado de juzgar y resolver si
corresponde hacer lugar a la remoción del magistrado acusado en juicio público (art. 59). Para
disponer la remoción del magistrado se requieren los 2/3 de los miembros presentes del senado.
En dicho procedimiento deben respetarse las garantías del debido proceso estipulado en el art. 18
de la Carta Magna.
Ahora, en cuanto a la designación de los jueces de los tribunales inferiores, son designados
por el Presidente de la Nación con el acuerdo del Senado en sesión pública, jugando un rol
fundamental la idoneidad del candidato propuesto. El candidato de manera obligatoria debe surgir
de una terna vinculante que eleva el Consejo de la Magistratura de la Nación, conforme disponen
los arts. 99, inc. 4° y 114 de la C.N. La terna que eleva el Consejo de la Magistratura al Presidente
es la consecuencia de la materialización de un procedimiento de selección que lleva adelante
dicho órgano mediante un concurso de antecedentes y prueba de oposición, a lo que deben
agregarse de haber obtenido el apto psicofísico de los tres candidatos propuestos en la terna.
De otro costado, ante la situación de que los jueces designados incurran en la causal de mal
desempeño en sus funciones, la comisión de delitos en el ejercicio de sus funciones o crímenes
comunes, el Consejo de la Magistratura de la Nación con el voto de las 2/3 partes de sus miembros
(art. 3, inc. 7° de la Ley N° 26.080), acusa al magistrado ante un órgano que se denomina jurado de
enjuiciamiento cuya competencia y funciones fueran estipuladas en el art. 115 de la C.N. Este
procedimiento especial no puede durar más de tres (3) años. La función de resolver sobre si
procedente la destitución del magistrado acusado. El juez cuya remoción se dispusiera queda
sujeto a la acusación, juicio y castigo fijados en la ley penal de fondo ante los tribunales criminales
ordinarios.
Como se puede apreciar, el procedimiento de selección y remoción de los magistrados de la
Corte Suprema y los tribunales inferiores, a partir de la reforma constitucional de 1994 se bifurcó
por caminos distintos.

X. EL CONSEJO DE LA MAGISTRATURA DE LA NACIÓN


La incorporación del Consejo de la Magistratura al texto constitucional con la reforma de
1994 se produjo luego de un extenso debate doctrinario y político. Esto en parte, se debió a la
aspiración de lograr que la designación de los jueces federales quede apartada de una exclusiva
discusión “político partidaria”, a pesar que este órgano era ajeno a la historia judicial argentina y
más propio del sistema de justicia continental europeo.
Su incorporación se debió al hartazgo y crítica al anterior sistema de designación de los
jueces de los tribunales inferiores que se limitaba a la propuesta que formulaba el Presidente con
el acuerdo que realizaba el senado de la Nación, hecho que llevo a la designación de ciertos
jueces, sin ningún tipo de experiencia para el cargo, sin los antecedentes necesarios y lo que era
más cuestionable, sin ningún procedimiento de selección que tornara en grado suficiente,
transparente dicha designación alejándola de la exclusiva “discusión” política, que muchas veces,
implicaba un reparto de los cargos, en base a quien gobernaba y tenía mayoría en el senado,
soslayando de manera solapada el requisito indispensable de la “idoneidad” que se requería para
el ejercicio de la función técnica como juez de la nación. Este requisito de la idoneidad es de suma
transcendencia, ya que la persona a ocupar el cargo, se le asigna resolver cuestiones vinculadas a
los derechos más importantes de las personas, como su libertad o propiedad.
Es por estos cuestionamientos, que a dicho órgano, se le asigna una de las más importantes
funciones del sistema constitucional argentino que es la designación de los jueces federales,
despolitizando de manera parcial, a la vez que se intentó lograr en su conformación, un equilibrio
entre todos los sectores más importantes de la sociedad, que tiene injerencia ante las funciones
que despliega el poder judicial, como son los abogados, jueces y miembros del ámbito académico.
Este objetivo impacto en la caracterización que realizaron nuestros constituyentes del
Consejo de la Magistratura de la Nación, que entre sus funciones más importantes, tiene a su
cargo la selección de los aspirantes mediante concurso público de antecedentes y oposición, de las
vacantes de jueces de primera instancia, vocales de cámaras federales y tribunales orales, como
así también de las cámaras de casación. Por otro lado y como un dato relevante, entre sus
competencias se encuentra la de iniciar el procedimiento de remoción de estos magistrados,
mediante la acusación que formula ante el denominado jurado de enjuiciamiento.
Su incorporación al texto constitucional se encuentra prevista en el art. 114 y se encuentra
dentro del título del poder judicial. Si bien se ha discutido en la doctrina cual es el encuadramiento
de dicho órgano, podemos decir, que existen tres posturas bien diferenciadas, una que lo
considera un órgano extra poder ajeno a la judicatura, porque se integra con miembros como
abogados, políticos y representantes del ámbito académico, teniendo en cuenta que su
competencia es ajena a la función jurisdiccional que despliegan los integrantes de la Corte y los
tribunales inferiores. Por otro lado, existe la postura de considerarlo un órgano que integra el
Poder Judicial, ya que los constituyentes de 1994 decidieron ubicarlo en título correspondiente al
Poder Judicial de la Nación y otro como la de Spota que la considera un órgano administrativo.
Claramente como expresa la doctrina, este órgano carece de la función de administrar
justicia ya que la reforma no se la adjudicó de manera concreta. Si bien esta ausencia lo aleja de
considerarlo un órgano del Poder Judicial, no es menos cierto que las funciones que le asignara el
art. 114 y la Ley N° 24.937, con la reforma producida por la Ley N° 26.080 resultan importantísimas
ya que se encuentran directamente vinculadas la función judicial. Sobre todo, a la administración
del presupuesto del Poder Judicial de la Nación, salvo el de la Corte Suprema, que se auto
gestiona, sin interferencia del Consejo.
Conforme a la primera ley que reglamentó su funcionamiento (N° 24.937) el Consejo se
integraba con veinte (20) miembros, cuya distribución era la siguiente: El Presidente de la Corte
Suprema, cuatro jueces del poder Judicial de la Nación, ocho (8) legisladores, cuatro (4) por cada
cámara del congreso, dos al bloque de mayor representación, uno (1) a la primera minoría y el
restante a la segunda minoría, cuatro (4) representantes de los abogados de la matrícula federal,
elegidos por el voto directo de los profesionales, que posean matrícula, un (1) representante del
Poder Ejecutivo y dos (2) representantes del ámbito científico y académico. Esta forma de integrar
el consejo fue reducida al dictarse la Ley N° 26.080 que redujo su integración a trece (13)
miembros. Su integración conforme dicha ley se fijó de la siguiente forma: tres (3) son jueces del
Poder Judicial de la Nación elegidos por sus pares, dos (2) por la mayoría y uno (1) por la minoría,
seis (6) legisladores, tres por cada cámara, dos por la mayoría y uno (1) por la primera minoría, dos
(2) representantes de los abogados elegidos por sus pares de la matrícula federal, un
representante del Poder Ejecutivo y el restante perteneciente al ámbito académico y científico. Se
puede apreciar como bien expresa parte de la doctrina, siete (7) de sus miembros pertenecen al
ámbito político, cuestión que no favorece el equilibro en su composición. A esta crítica debemos
agregar, que tampoco –en la actualidad- se encuentran representados los jueces de todas las
instancias al haberse eliminado la presencia del Presidente de la Corte Suprema.
Posteriormente, durante la Presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, se dictó en base a
un proyecto del Poder Ejecutivo la Ley N° 26.855, se cambió la integración del Consejo que pasaría
tener diecinueve (19) miembros, cuyo cambio radical se fundamentó en que se aumentó el
número de miembros del ámbito académico que pasó a tener seis (6) miembros y tres (3)
abogados de la matrícula. Con este cambio, el tan mentado equilibrio pretendido por los
constituyentes de 1994, se vio completamente trastocado y alterado, otorgándosele una
importancia fundamental a un sector, que no era el principal en su conformación como eran los
integrantes del ámbito académico. La reforma además modificó el sistema electoral, ya que a los
jueces, abogados e integrantes del ámbito académico debía elegirlos la ciudadanía en las
elecciones nacionales (cuerpo electoral), eliminando de esta forma la representatividad directa de
cada sector que lo compone. Además, reformó el art. 7 inc. 15 que posibilitaba abrir el
procedimiento de remoción de los jueces federal con la mayoría absoluta de sus miembros.
Esta última reforma genero una gran cantidad de acciones de amparo que suspendieron las
elecciones nacionales directas de los miembros del Consejo de la Magistratura y por ende uno de
los casos llegó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, quien en la causa “Rizzo, Jorge Gabriel”,
resolvió declarar la inconstitucionalidad de los arts. 2, 4, 18 y 30 de reforma introducida por la Ley
N° 26.855. En dicho precedente la Corte sostuvo que la reforma afectaba el equilibrio requerido
por el art. 114 de la C.N. Los miembros de los estamentos de los abogados, jueces y
representantes del ámbito académico deben ser elegidos por sus propios pares y no por el
sufragio electoral de la ciudadanía, ya que dejarían de ser representantes de cada sector para
representar al cuerpo electoral. En cuanto a la cantidad de miembros del sector académico y
científico, su número no puede en medida alguna, ser superior al de los jueces y abogados, ya que
su rol no es central en su composición y su sector no se encuentra en el centro de la escena del
funcionamiento del Consejo. La Corte destaca que “…Que del sistema de selección de los miembros
del Consejo de la Magistratura adoptado por esta ley se sigue indefectiblemente que, con la
modificación que ella introduce, doce (12) de los diecinueve (19) integrantes serán elegidos en
forma directa por sufragio universal y los siete (7) restantes en forma indirecta por los órganos
resultantes de la elección popular. De este modo, ya sea directa o indirectamente, la totalidad de
los integrantes del Consejo tendría un origen político-partidario… “. Concluye que la reforma es
inconstitucional, manteniendo su vigencia la anterior composición del Consejo y la forma en que
sus miembros resultan elegidos conforme a la Ley N° 24.937 y 26.080.
Finalmente, en el derrotero judicial que tuvo el espinoso tema de la integración del Consejo
de la Magistratura de la Nación, con fecha 16/12/2021, nuevamente la Corte Suprema de Justicia
de la Nación se expidió en la causa “Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires y otro c/
EN -Ley Nº 26.080 -dto. 816/99 y otros s/ proceso de conocimiento”, declarando la
inconstitucionalidad de las normas contenidas en el articulado de la Ley Nº 26.080, con
fundamento en que dichas normas no respetaban el "equilibrio” estipulado en los arts. 114 y
115 de la C.N. En dicho fallo consideró que el equilibrio de los estamentos que integran el Consejo
se logra “…en la imposibilidad de que alguno de los cuatro estamentos pueda llevar adelante
acciones hegemónicas o controlar al Consejo por sí y sin necesidad de consensos con otros
estamentos…”. Concluye el fallo declarando la inconstitucionalidad del sistema de integración,
quórum y mayoría previsto en los arts. 1°y 5° de la Ley Nº 26.080. En una sentencia de tipo
“exhortativa” dispone que “…El Congreso deberá dictar en un plazo razonable una nueva ley que
organice el Consejo de la Magistratura de la Nación. 2. Hasta tanto esa ley sea dictada
corresponde que en los puntos regidos por las normas declaradas inconstitucionales e inaplicables
recobre plena vigencia el régimen previsto por la Ley Nº 24.937 y su correctiva Nº 24.939, debiendo
tenerse especialmente presente que para aprobar y elevar ternas de candidatos la mayoría
requerida es de dos tercios de los miembros presentes (art. 13, apartado c), Ley Nº 24.937 …”. Se
fijó un plazo de ciento veinte (120) días corridos para que el Congreso dicte una nueva ley de
acuerdo a los fundamentos establecidos en dicho fallo. Vencido dicho plazo, se debió
cumplimentar lo dispuesto en la Sentencia de la Corte retornando la vigencia de la primigenia
integración del Consejo con veinte (20) miembros y la Presidencia a cargo de la máxima autoridad
de la Corte Suprema. Sobre el punto dicho fallo expresa que “…En consecuencia, de acuerdo con lo
dispuesto por la Ley Nº 24.937 (texto según Ley Nº 24.939), el Consejo de la Magistratura quedará
conformado por veinte (20) miembros (art. 2°), será presidido por el Presidente de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación (art. 10), funcionará con el quorum de doce (12) miembros (art.
9°) y con las comisiones integradas de conformidad con su art. 12…”.
Se advierte que quizás resultó un error de los constituyentes del año 1994 la forma en que
fue regulado en la Constitución, ya que al haber dejado “abierta” la conformación del número de
integrantes por estamento y como dicha integración impacta sobre su equilibrio, habiendo visto la
película de todas las reformas producidas, esto no resultó saludable ya que se convirtió en una
batalla equivocada entre los distintos partidos políticos, que participaron en el dictado de las
reformas a la integración del Consejo. En esto no siguieron ni respetaron el espíritu del art. 114 de
la C.N. Esperemos que el próximo marco normativo a dictar por el Congreso acate las enseñanzas
del fallo “Colegio de Abogados de la ciudad de Buenos Aires”.
Es oportuno destacar, que los miembros del Consejo de la Magistratura duran cuatro años
en sus funciones, pudiendo ser reelegidos con el intervalo de un periodo por una vez. Para ser
candidato a miembro del Consejo de la Magistratura, se requerirán las condiciones para ser juez
de la Corte Suprema. El consejo debe designar a su Presidente y a su vice como autoridades que lo
representan.
El Consejo además de las funciones de postular a los candidatos a magistrados de los
tribunales inferiores y de realizar la acusación de estos ante el jurado de enjuiciamiento, posee
otras competencias y funciones no menores, como las disciplinarias, reglamentarias y
administrativas. Las primeras son ejercidas por una comisión de disciplina que puede aplicar a los
jueces las sanciones de advertencia, apercibimiento y multa hasta del 30% de la remuneración,
que pueden ser revisables ante la C.S.J.N. Entre las funciones administrativas más importantes se
encuentra la de administrar el presupuesto del Poder Judicial. Es muy importante en este tema la
comisión de administración y finanzas que se encarga de fiscalizar la ejecución del presupuesto y
por supuesto la elaboración del anteproyecto del mismo. También entre sus funciones más
trascendentes es la de tener a su cargo la capacitación del personal que trabaja en los tribunales y
de los magistrados y funcionarios de la Justicia Federal, por intermedio de la denominada Escuela
Judicial (art. 13 de la Ley N° 24.937). Otras de las funciones que tiene asignadas, es la de dictar su
propio reglamento para el funcionamiento del Consejo y también puede dictar normas
reglamentarias para el funcionamiento del Poder Judicial que como sostiene Gelli es una de las
más conflictivas y delicadas.
Como se puede apreciar el deslinde de competencias, entre el Consejo y la Corte Suprema
no es del todo clara y en varios temas ha generado desavenencias por la falta de coordinación
entre ambos órganos (por ejemplo, la superintendencia sobre el personal de la Corte).

XI. EL JURADO DE ENJUICIAMIENTO


En directa referencia al jurado de enjuiciamiento debemos decir, que sus funciones y
atribuciones se encuentran previstas en el art. 115 de la Constitución y en la Ley N° 24.937 y sus
modificatorias.
Si bien en la Constitución, no se precisa la manera en se debe constituir este órgano, la ley
reglamentaria (a partir del art. 21 y siguientes) regula su integración y la forma en que debe
funcionar. Debemos agregar, que es un órgano que se conforma cada vez que se requiere iniciar el
procedimiento de remoción de un juez de Cámara o un tribunal de 1ra. Instancia del ámbito
federal.
Se integra con siete (7) miembros que se eligen de la siguiente forma: dos (2) jueces de
Cámara, uno que representará a los magistrados del interior y el restante y otro de la capital
federal, cuatro (4) legisladores, dos por la cámara de diputados, uno (1) por la mayoría y el
restante por la primera minoría, los dos de la cámara de senadores se integrará de la misma
forma, un (1) abogado de la matrícula federal, que se conformara de un sorteo de los abogados
que integran la matricula federal de capital federal y del interior del país. Para poder conformar el
jurado sobre las listas de jueces, legisladores y abogados en los meses de diciembre y julio se
procederá al sorteo semestral público, en base a las listas de representantes de cada estamento.
Claramente se advierte que es un órgano que se integra para cada caso concreto, en que el
plenario del Consejo de la Magistratura, dispone la acusación de un determinado magistrado (art.
23 de la Ley N° 24.947 y sus reformas).
El juicio llevado adelante por el jurado de enjuiciamiento no tiene carácter penal ya que se
limita a resguardar la función jurisdiccional de aquellos que la desnaturalizan por el mal
desempeño o la comisión de delitos. Su objetivo es tutelar el interés público y evitar el abuso del
poder oficial o una conducta incompatible con la dignidad del cargo. Esto no implica que el juicio
llevado adelante simplemente prevalezca el interés partidario en la remoción del magistrado, pero
por el tipo de ofensa grave, podríamos definirlo como un juicio de responsabilidad política con
sujeción a las reglas del debido proceso legal.
A los jueces no se los juzga por el contenido de sus sentencias, sino por su mal desempeño,
la comisión de delitos en el ejercicio de sus funciones o delitos comunes.
El proceso que inicia el jurado de enjuiciamiento, comienza cuando se da traslado al
magistrado acusado por el término de diez (10) días para que responda sobre los fundamentos de
la acusación realizada por el Consejo de la Magistratura y ofrezca prueba en su favor (art. 26 de la
Ley N° 24.947). Luego se dispone la producción de la etapa probatoria por el término de treinta
(30) días, prorrogable por quince (15) días más. Luego se produce la etapa en que las partes
producen sus informes finales que no podrá exceder de treinta (30) días. Finalmente el Jurado de
Enjuiciamiento en plenario, resolverá en un plazo de veinte (20) días. Todas las audiencias que se
celebren en dicho proceso son orales y públicas.
Finalmente el fallo que adopte el jurado de enjuiciamiento si dispone remover al magistrado
conforme dispone el art. 115 de la C.N. resulta irrecurrible, el juez apartado de sus funciones
puede ser sometido a juicio de los tribunales ordinarios por los delitos cometidos en el ejercicio de
sus funciones o delitos comunes. El art. 115 de la carta magna no establece ninguna pena
accesoria a la sanción de remoción como si ocurre en el caso del juicio político (art. 60) que prevé
la posibilidad de declararlo incapaz de ocupar en el futuro cargos o empleos públicos del Estado
Nacional.
Si bien la sentencia es irrecurrible en el precedente “Nicosia” sostuvo que si se podrá revisar
por la vía del recurso extraordinario, las violaciones –nítidas y graves- a las reglas del debido
proceso legal y de la defensa en juicio del magistrado destituido.

XII. INDEPENDENCIA DEL PODER JUDICIAL


La independencia se la ha caracterizado como la “ausencia de una subordinación jurídica”.
Claramente como sostiene Toricelli, los jueces en el ejercicio de sus funciones no están sujetos a
las órdenes o instrucciones de nadie. Se vincula con la denominada autonomía de la decisión que
posee cada magistrado, que se deriva de la interpretación judicial que se realiza de las normas
aplicables a un caso concreto
En nuestro sistema constitucional los jueces solamente se encuentran subordinados al
momento de emitir sus sentencias a la Constitución y los tratados de derechos humanos (art. 75,
inc. 22 de la C.N.), si existen normas que vulneren el bloque de constitucionalidad no deben
aplicarlas. La Corte Suprema es numerosas Acordadas y fallos siempre remarca que su función es
la de garantizar la independencia del Poder Judicial y su supremacía, como custodio final de la
Constitución Nacional. Ante un conflicto normativo llevado a su conocimiento el juez siempre debe
preferir el sostenimiento de la vigencia de la norma constitucional, es decir que esta labor debe
ser llevada a cabo, sin ni siquiera, la interferencia de otros poderes, ni de magistrados superiores
que intenten subordinar la labor del juez. Como bien sostiene doctrina especializada, la
independencia del Poder Judicial implica que los jueces en el ejercicio de sus funciones no pueden
quedar subordinados a los otros poderes del Estado.
En nuestro texto constitucional se encuentra receptada en el art. 110 que establece que los
jueces de la Corte y los tribunales inferiores conservarán sus empleos mientras gocen de buena
conducta y recibirán por su tarea una remuneración que determinará la ley, que no puede ser
disminuida de manera alguna, mientras se encuentren en el ejercicio de su función. Claramente en
dicha norma se destacan dos garantías, la inamovilidad en el cargo y la intangibilidad de las
remuneraciones de los jueces, que no deben ser interpretados como un privilegio personal del
magistrado designado.

XIII. INAMOVILIDAD EN EL CARGO


Sobre la garantía en cuestión se generó una gran discusión luego de la reforma de 1994,
respecto a si los jueces deben tener algún tipo de límite temporal para el ejercicio de su función.
Existen dos posturas sobre la interpretación de los que se debe entender inamovilidad en el cargo,
la primera sostienen la transitoriedad con una limitación temporal, que permite la evaluación
constante de su desempeño, compatible con el espíritu del régimen democrático. La segunda,
consideran que la independencia se garantiza sin un límite temporal alguna para el ejercicio de las
funciones como se desprendería del art. 110 de la C.N.
En la Constitución de 1853 se adoptó un concepto de inamovilidad permanente, mientras
dure la buena conducta del magistrado. La cuestión se volvió compleja cuando en la reforma
constitucional de 1994 se incorporó el art. 99, inc. Inc. 4° que estableció que una vez cumplida la
edad de setenta y cinco (75) años de edad por parte del magistrado a cargo de un determinado
tribunal, era necesario un nuevo acuerdo para mantenerse en el cargo. Las razones que
impulsaron a incorporar dicha norma, fue que se presumía el decaimiento físico y la consecuente
disminución de la capacidad de trabajo que produce la edad avanzada. Hoy luego del cambio de
criterio fijado por la Corte en el fallo “Schiffrin”, que consideró válida dicha limitación temporal,
todos los jueces del fuero federal, una vez cumplida dicha edad, para permanecer en sus funciones
deben requerir un nuevo acuerdo. En la provincia de Córdoba, dicha situación ya ocurrió, al
otorgarle el Senado de la Nación, un nuevo “acuerdo” al Dr. Ricardo Bustos Fierro, como titular del
Juzgado Federal N° 1 de la ciudad de Córdoba. Durante el mes de enero del año 2023 se venció su
nuevo “acuerdo” y no fue renovado, quedando a cargo como juez subrogante del Juzgado Federal
Nº 1 de Cba., El Dr. Sergio Pinto en lo que hace a toda la competencia federal y para la materia
electoral de dicho juzgado, se designó como subrogante al Dr. Alejandro Sanchez Freytes por la
Cámara Nacional Electoral.
Por otro lado, también debe remarcarse que la inamovilidad se extiende a la imposibilidad
que el juez de un determinado tribunal no puede ser trasladado a otro en contra de su voluntad.

XIV. INTANGIBILIDAD DE LAS REMUNERACIONES DE LOS JUECES


El alcance de la denominada intangibilidad de las remuneraciones, durante mucho tiempo
generó posturas encontradas, respecto sobre todo a la incidencia del pago de determinados
tributos y también, sobre el mecanismo de actualización salarial en épocas de inflación. El objetivo
principal de la normativa constitucional sobre el punto es evitar las presiones de los otros poderes
o de intereses económicos, así se aspira a lograr que accedan al cargo los mejores profesionales
del derecho y evitar de esta forma, que resulten tentados con compensaciones ilícitas.
Del art. 110 se desprende que los salarios de los magistrados no pueden ser reducidos, ni
tampoco permitir que queden desactualizados por el fenómeno inflacionario cuestión que la Corte
Suprema analizó y resolvió en la causa “Bonorino Peró” El objetivo de la norma como bien expresa
Midón es evitar que los integrantes del Poder Judicial sean sojuzgados por el apremio económico 1.

1
Ahora con respecto si el art. 110 prohíbe el cobro de impuestos a los jueces que integran el
poder judicial de la Nación sobre todo, puntualmente respecto al impuesto a las Ganancias,
sostuvo que dicha prohibición no se acuerda a los magistrados sino a la institución del Poder
Judicial como órgano. Esto quiere decir que la protección del salario es absoluta, hecho que no
impide que los jueces paguen impuestos sobre sus otros bienes, como tuvo oportunidad de
expresar la Corte Suprema en el precedente “Fisco Nacional c/Medina”.
Se hace evidente que para que los jueces puedan llevar adelante su función con plena
imparcialidad, libre de presiones y tentaciones, requiere de un remuneración digna que le permita
vivir decorosamente. Esto que resulta obvio en muchos momentos de la historia argentina no se
garantizó, tornando sumamente vulnerable el ejercicio de la función judicial por parte de los
magistrados que integran el poder judicial de la nación y las provincias.
Debemos destacar que el fundamento del art. 110, ya se encontraba presente el art. III de la
Constitución de 1787 de los Estados Unidos. Si bien es claro cuál es el objetivo que se pretende
alcanzar, al garantizar que no pueden afectarse ni disminuirse por la creación de un tributo las
remuneraciones de los magistrados, existe un deber moral y ético de todos los miembros del
poder judicial de contribuir al sostenimiento del Estado Nacional, conforme a pautas generales con
partes de sus ganancias y así evitar la tipificación errónea de considerar a sus miembros como una
“casta privilegiada” que algunos integrantes de la sociedad realizan equivocadamente, sin
comprender en toda su dimensión el alcance de la protección de la intangibilidad de las
remuneraciones, que impacta de lleno en la independencia del Poder judicial que se estableció
para defender a todos los habitantes de la nación Argentina.
Por último debemos mencionar que la forma de garantizar plenamente esta independencia
del Poder Judicial se complementa con la noción de autarquía que implica la posibilidad de
recaudar sus propios recursos y administrarlos (por ejemplo, los ingresos provenientes del pago de
la tasa de justicia). Esta autarquía fue fijada mediante el dictado de la Ley N° 23.853. En dicha
normativa, se autoriza a la Corte Suprema en cada ejercicio presupuestario, a fijar las escalas
salariales de los jueces del Poder Judicial de la Nación.

XV. INCOMPATIBILIDADES
En cuanto a las incompatibilidades para el ejercicio del cargo de juez federal, se prohíbe el
ejercicio de actividades políticas, del comercio, cualquier actividad profesional, salvo la defensa de
los intereses personales y de sus familiares directos.
Asimismo, la Constitución en su art. 34 establece que los integrantes de las “cortes”
federales no podrán serlo al mismo tiempo de los tribunales de provincia, que no solo alcanza a los
miembros de la Corte Suprema sino también a todos los integrantes del Poder Judicial de la
Nación. Se desprende del texto constitucional que tampoco podrían integrar cargo alguno en el
Poder Ejecutivo, como ministro, secretario, etc. o en el poder legislativo como diputado o senador.
Si bien es posible el ejercicio de la docencia universitaria o equivalente, es incompatible con
el desempeño del cargo de Rector, Decano de facultad y Secretario de las mismas que resultan
cargos electivos y que implican la toma de decisiones mediante el dictado de resoluciones y actos
administrativos que podrían ser revisables por el tribunal que integra en la justicia federal.
Entre otras prohibiciones, se encuentran lógicamente la de practicar juegos de azar por la
conducta que implica este tipo de actividades y las sospechas que podrían generar sobre el
manejo de su conducta en la población. Estas prohibiciones tienen por objetivo, evitar situaciones
que comprometan la imparcialidad del magistrado designado.
Por último, cabe remarcar que es obligación de todos los magistrados federales residir en la
ciudad en que ejerzan las funciones o en un radio de hasta 70 km de la misma y cada vez que
deben ausentarse de su tribunal deben requerir la pertinente autorización al tribunal que ejerza la
superintendencia para designar al correspondiente juez que por la ley de subrogancias se le asigne
cubrir la vacante transitoria.

XVI. SUPREMACÍA CONSTITUCIONAL


Como sostiene Toricelli uno de los pilares del constitucionalismo se asienta en el
reconocimiento de la supremacía de las normas que se encuentra íntimamente ligado al concepto
de soberanía. Esto último debe entenderse como un poder supremo ejercido sin restricciones
legales, a lo que debemos agregar, para su correcta interpretación que el poder soberano, implica
que no puede existir otro por encima del mismo. Se derivaba de ello, que nos encontrarnos con un
Estado Soberano cuando generalmente establece una norma que es suprema, como la
constitución a la cual todas las demás deben respetar y no violar en sus principios y garantías.
Ahora, que exista un sistema normativo que en su cúspide contenga una norma suprema,
no significa desconocer que rige en el ámbito internacional, el derecho de los tratados, que los
Estados deben respetar y cumplir conforme a la Convención de Viena que regula los aspectos más
importantes del derecho de estos acuerdos internacionales (procedimiento de celebración,
reservas, vigencia, etc.). En general en los Estados democráticos, es la Constitución la que dispone
el orden de jerarquía al que deben sujetarse las demás normas internas.
Antes de la reforma constitucional de 1994, eran los arts. 27, 28 y 31 los que estipulaban la
supremacía del ordenamiento federal sobre el provincial y las demás normas internas. Es
importante remarcar en este aspecto, que el art. 27 establece que los tratados internacionales
deben ser celebrados y firmados siempre que respeten el orden público establecido en la
Constitución Nacional. El art. 28 regula y subordina la vigencia de las leyes al debido respeto de los
principios establecidos en la Constitución Nacional. Si bien antes de la reforma de 1994 no se
encontraba regulada la relación de jerarquía que debía existir entre tratados y leyes, se acudió por
vía interpretativa a las teorías “dualistas” y “monistas”. En la primera, el ordenamiento de los
tratados tiene un ámbito aplicación distinta y separada del regulado por las leyes internas de un
Estado. Ambos según esta teoría, tenían ámbitos de aplicación bien diferenciados y que para que
un tratado tenga vigencia debía ser ratificado por una ley del congreso. En cambio en el
“monismo”, sostiene que el tratado y la ley se ubican dependiendo en cada caso, el tipo de norma
que prevalece. En esta última, ha triunfado la postura de considerar que existe una supremacía del
ordenamiento internacional sobre el interno. Esta postura fue adoptada en los últimos tiempos
previos a la reforma constitucional de 1994 por la Corte Suprema en el precedente “Ekmekdjian
c/Sofovich” (1992).
Con la reforma constitucional de 1994 se incorporaron los incs. 22 y 24 del art. 75, los cuales
reconocen la primacía jerárquica de los tratados internacionales por sobre las leyes que rigen en
ámbito interno del Estado Nacional, que si bien no se encuentran en la primera parte de la
Constitución, se incorporaron con nuevas atribuciones del Congreso. Claramente el inciso 22
otorga a una clase especial de tratados –que reconocen y protegen derechos humanos- , jerarquía
constitucional y en pie de igualdad con la Constitución Nacional, ya que la complementan.
Claramente estos tratados no integran la Constitución ni resultan incorporados a su texto por este
especial procedimiento de sanción a cargo del Congreso. Hoy esto se conoce como el “bloque de
constitucionalidad” al que deben sujetarse y respetar las demás normas internas.
En cuanto al inciso 24 del art. 75 de la C.N. se plasmó claramente la jerarquía superior de los
tratados de integración (por ejemplo, Mercosur) por sobre las leyes que rigen en el derecho
interno del país. Es con esta última norma que se precisó el alcance de la pirámide normativa, en
la que confluyen constitución, tratados, leyes, decretos y resoluciones, de los poderes del Estado.

XVII. CONTROL JUDICIAL DE CONSTITUCIONALIDAD Y CONVENCIONALIDAD


El control de constitucionalidad en primer término, nace con el dictado de primeras
constituciones clásicas y tuvo como finalidad garantizar su supremacía y vigencia. Su acto de
nacimiento de produjo en el año 1803 al resolver la Corte de los Estados Unidos la causa “Marbury
vs. Madison”. Esta trascendente función asignado al Poder Judicial ha tenido avances y retrocesos
desde entonces y en nuestro país fue reconocido en el fallo “Sojo, Eduardo” (1887).
Puntualmente en nuestro país, este control es ejercido por los magistrados judiciales en una
causa concreta y se requiere que las decisiones adoptadas en dicho marco, estén revestidas del
necesario poder de imperio para hacerlas cumplir.
En occidente hay tres sistemas que establecen la forma en que el control se materializa
claramente diferenciados, por supuesto, que puede haber otros que por cuestiones de extensión
de la presente, no es oportuno explicar. El primero “político”, los dos restantes asignados a
órganos jurisdiccionales, uno de carácter “difuso” y el restante considerado “concentrado”. El
primero, varía muchas veces en su composición, ya que puede estar integrado por miembros que
no son juristas (ex presidentes, académicos, etc.). Intervienen cuando los sujetos habilitados por la
Constitución requieren que decidan si la norma sancionada se opone a esta, actúan como
legisladores negativos, ya que inclusive pueden considerar a una norma inconstitucional por
razones de oportunidad mérito o conveniencia. Este sistema tiene vigencia en Francia y puede
materializarse de manera preventiva sobre las leyes y reglamentos emitidos por las asambleas
parlamentarias.
En los sistemas jurisdiccionales son los miembros técnicos del poder judicial quienes
resuelven si las normas cuestionadas violan la Constitución.
Cuando el control es realizado por todos los jueces que integran el Poder Judicial, nos
encontramos ante un tipo de control “difuso”. En cambio, cuando dicha competencia y atribución
se asigna con exclusividad a un determinado órgano jurisdiccional estamos frente a un sistema de
control “concentrado”.
En nuestro país, el sistema imperante es el control de tipo difuso al igual que el vigente en
Estados Unidos. Claramente el control se ejerce sobre leyes, decretos, resoluciones, decisiones
emitidas por el Jefe de Gabinete, entre las más importantes, para verificar si estas respetan los
derechos y garantías receptados en la C.N.
La decisión que toman los distintos tribunales, al declarar una norma inconstitucional, le
quita validez y la torna inaplicable en el caso concreto, es decir tiene efecto “inter partes”.
En los sistemas concentrados cuyo origen se lo debe a Kelsen, la función de comparar la
norma inferior respecto a la Constitución, es asignada a un grupo de magistrados que integran un
órgano especial denominado “Tribunal Constitucional” (Austria, España, entre otros). A esto
debemos agregar, que se ha limitado los sujetos que pueden solicitar este tipo de control. La
diferencia con el control difuso, es que si este Tribunal Constitucional decide declarar la invalidez
de una norma, esta tiene efecto “erga ommnes” generando en la práctica la derogación de la
norma cuestionada. Cada sistema tiene sus ventajas y desventajas, en las que no pueden
soslayarse las características sociológicas e históricas que las cuales funcionan.
En la República Argentina este control requiere como requisitos que se ejerza en una causa
concreta ante el juez competente y que las partes tengan pretensiones contrapuestas. En dicho
expediente judicial, se debe poner de manifiesto la existencia de una invasión de facultades
privativas de otros órganos y destacar que esta mantiene su actualidad o vigencia, lo que implica
reconocer que no se convierta la cuestión a resolver en “abstracta”.
Hoy nuestra Constitución en el art. 43, de manera expresa, faculta a los jueces a declarar la
inconstitucionalidad de las normas que se opongan a ella y reconoce la legitimación para solicitar
su invalidez al afectado, al Defensor del Pueblo y a las Asociaciones que tengan por objetivo la
defensa de derechos colectivos y que se encuentran inscriptas debidamente.
Si debemos mencionar, que un gran avance fue el reconocer que el control de
constitucionalidad puede ser ejercido de “oficio” por los jueces, siempre en una causa concreta, a
pesar que las partes no hubieran solicitado la declaración de invalidez de la norma lesiva. Esto fue
receptado por la Corte Suprema en la causa “Banco Comercial de Finanzas S.A.” (Año 2004)2.
En cuanto al “control de convencionalidad” podemos decir, que es una evolución del propio
control de constitucionalidad, que implica considerar por los jueces en una causa concreta, la
adecuación de las normas inferiores internas de cada país a las normas de la convención
americana de derechos humanos (pacto de San José de Costa Rica, ratificado por la Ley N° 23.054).
Es decir, obliga a los jueces a no aplicar las normas que vulneren dicha convención y tener
presente la interpretación que sobre dicho acuerdo internacional ya se hubiera emitido en
distintos precedentes la Corte Interamericana.
2
Fallos 327; 3117.
En nuestro país, a partir del precedente “Rodríguez Pereyra” (2012), la Corte Suprema de
manera expresa reconoce que es obligación de todos los jueces del país (control difuso), velar por
el adecuado cumplimiento de la Convención Americana Derechos Humanos y en caso de
vulneración de la misma, descalificarla y dejarla sin efecto, inclusive de “oficio”.

XVIII. EL RECURSO EXTRAORDINARIO


El recurso extraordinario es una herramienta procesal creada por la Ley N° 48, que permite
a la Corte Suprema ejercer el control de constitucionalidad de normas y actos estatales contrarios
a la ley suprema, en grado de apelación y ante una petición de parte interesada. Por supuesto que
también, que esta facultad, se encuentra supeditada a que se hayan agotado todas las instancias
anteriores y la sentencia definitiva de los superiores tribunales de provincia, fuera contraria al
derecho cuya protección se solicita. En el orden federal se interpone este remedio procesal contra
las sentencias dictadas por las Cámaras Federales y en materia penal contra la sentencia de la
Cámara de Casación.
Su principal antecedente, es la Judiciary Act de 1789 dictada en los Estados Unidos, norma
que es la principal fuente de los arts. 14 a 16 de la Ley N° 48. Su regulación concreta en el orden
federal se encuentra a partir del art. 256 del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación.
Las cuestiones federales que se pueden introducir son a grandes rasgos, de tres tipos, la
primera es cuando se desconoce el contenido de un tratado, de una ley del congreso o una
autoridad. En el segundo grupo, cuando una ley provincial desconoce y vulnera una ley nacional y
el tercero, es cuando se desconoce las cláusulas de la constitución, y la sentencia es contraria al
reconocimiento del título, derecho, privilegio o excepción. Este último grupo de cuestiones
federales es el más numeroso.
A ello debemos agregar que por vía jurisprudencial la Corte añadió dos situaciones
específicas, como es cuando se interpone dicho recurso por “gravedad institucional” o en el caso
de “sentencia arbitraria”.
Las cuestiones “federales” pueden ser “simples” cuando se analiza o está en juego la
interpretación de cláusulas constitucionales, normas de alcance federal y tratados de derechos
humanos. En cambio, las cuestiones “complejas” es cuando existe un problema de
incompatibilidad de normas.
El recurso puede ser declarado “inadmisible” por haberse interpuesto fuera de plazo (10
días) o por no incluir alguna de las cuestiones federales que permiten su apertura, por no
encontrarse fundado o no dirigirse contra la sentencia definitiva de un tribunal superior de
provincia. Cabe aclarar que la admisibilidad es realizada por el mismo tribunal que dictó la
sentencia contra la que se dirige el recurso extraordinario. Si el recurso es declarado inadmisible,
se puede de todas formas, llegar a la revisión de la Corte Suprema interponiendo la denominada
“Queja” por recurso denegado.
Una vez declarada la admisibilidad del recurso y elevada la causa, la Corte Suprema debe
resolver acerca de la procedencia del mismo respecto a la decisión judicial que se pone en tela de
juicio.
Si debemos destacar que por el tipo de instancia (extraordinaria), no se ventilan cuestiones
de hecho ni se produce prueba en la causa sometida a su decisión.
En la sentencia la Corte puede rechazar el recurso o admitirlo, en este último caso, puede
revocar la sentencia y ordenar que se dicte un nuevo pronunciamiento o en su caso, resolver el
fondo del asunto. Como se puede apreciar es una vía recursiva sumamente importante que
permite a la Corte mantener la supremacía constitucional.
BIBLIOGRAFÍA
1. Badeni, Gregorio, Tratado de Derecho Constitucional, Edit. La Ley, Año 2006.
2. Gelli, María Angélica, Constitución de la Nación Argentina, comentada y concordada, Edit. La
Ley, Año 2006.
3. Midón., Mario A. R., Manual de Derecho Constitucional, Edit. La Ley, Año 2013
4. Rosatti, Horacio, Tratado de Derecho Constitucional, Edit. Rubinzal Culzoni, Año 2017.
5. Spota, Alberto Antonio, Colisión de intereses jurídicos en el Consejo de la Magistratura, La
Ley, 1996-D, 1441.
6. Toricelli, Maximiliano, Organización Constitucional del Poder, Edit. Astrea, Año 2010.

JURISPRUDENCIA CITADA.
1. C.S.J.N., “Fernández Arias c/Poggio”, Fallos, 247; 646.
2. C.S.J.N., “Ángel Estrada y Cía”, Fallos, 328; 651.
3. C.S.J.N., “Cantos, José María”, Sentencia de fecha 21/08/2003, Fallos 326:2968.
4. C.S.J.N., “Pedraza Héctor Hugo c/ Anses s/ acc. de amparo”, fallo de fecha 6/05/2014.
5. C.S.J.N., “Fayt”, fallos 322; 1616.
6. C.S.J.N. "Schiffrin, Leopoldo Héctor c/Poder Ejecutivo Nacional s/acción meramente
declarativa", fallo de fecha 28/03/2017.
7. C.S.J.N., “Rizzo, Jorge Gabriel (apoderado lista 3 gente de derecho) s/acción de amparo
c/Poder Ejecutivo Nacional, Ley N° 26.855, medida cautelar”, fallo de fecha 18/06/2013.
8. C.S.J.N., “Bonorino Peró”, Fallos 308; 466.

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