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Castelli

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Chau, wing izquierdo

Jorge Castelli
A Mario.
Y también a Graciela, claro.

De vez en cuando te acordás de Jorge. No como una carga o como una obsesión,
por supuesto, sino como una parte fundamental de lo que fue tu infancia. Vos
dirás que sí, que claro, que comonó, pero que ya corrió mucha agua bajo los
puentes, que ahora sos el señor Mario Vázquez, un tipo de voz grave que toma
decisiones, que opina sobre el país y sobre el mundo, y que entró hace ya un
larguísimo rato en la algo sombría zona de los adultos, haciendo para siempre a
un lado aquella ilusión de llevar el 10 de Rácing en la espalda. Sí, sí, perfecto,
perfecto, todo lo que vos quieras, pero resulta que de vez en cuando —aún hoy, a
tantos años— se te abre adentro algún paréntesis, algún espacio en blanco que
te encargás de rellenar con ingobernables trozos de pasado. Entonces es
imposible evitar que pienses en Jorge, en aquel segmento de tiempo que se
llama Jorge, y que se relaciona con barriletes de obvios colores celestes y blancos,
con botines y medias de fútbol, con descubrimientos diarios y avances sobre
aquel terreno más o menos enigmático que iba a llevarte impostergablemente
hasta la adultez.

Aunque, claro, pensar en Jorge es pensar también en Graciela, porque casi


siempre las dos imágenes se te vienen a la carga juntas, una yunta brava que te
resulta difícil separar. Ya estás bien anoticiado, por otra parte, de que no sirve de
nada preguntar por qué aquellos pantallazos de tu prehistoria te caen así,
ocasionalmente, si al fin y al cabo pasaron tantos y tantos años y a vos tan mal no
parece haberte ido; si después de todo se te ve tan camisa planchada, tan
Peugeot 206, tan señor clase media.

Pero aunque cueste creerlo, Mario, los barriletes vuelven y vuelven, te persiguen
a veces por la calle, golpean tu ventana a medianoche, se plantan en medio de
tu vida. Como una calesita descontrolada, vuelve y vuelve también aquella placita
de Lomas de Zamora con sus partidos a muerte, con vos de número 10, el
elegante, el cerebro, poniéndosela como con la mano a Jorge, que se
desgañitaba, allá en el lado izquierdo de la canchita, pidiéndote la pelota. No
existían aún los “enganches”, los “media punta” o los “carrileros”: Jorge era un
wing; así de simple, un wing clásico: las medias caídas, las piernas chuecas, el
pique demoledor, la gambeta corta, un par de amagues con la zurda, el centro
atrás; y ahí vos, Mario, con la cabeza, o de volea, y chau, palo y a la bolsa, a cobrar.
Jorge y vos, el trastornado y el exquisito, una dupla temible jugando casi de
memoria, conociéndose como nadie, enhebrando día a día —y sin saberlo— ese
delicado hilo que es la amistad entre dos chicos.

A Jorge, como a todo wing de raza, lo llamaban El loco; cuando metía la quinta
velocidad, chau, no lo agarraba nadie. A vos, en cambio, los otros te decían El
conde: a la pelota no le pegabas, la acariciabas. Le dabas en chanfle, con efecto,
suavemente, al exacto lugar que elegías. El freno, la pisada, la pausa justa, una
delicia verte jugar. Y todo esto sin matarte, tranquilo, siempre el talento y la
cabeza levantada, como sobrando cada situación.

Los chicos del otro cuarto grado nunca querían aceptar el desafío a jugar un
partido. Se las ingeniaban para postergarlo indefinidamente, ese miedo a un
papelón mayúsculo evitando el encuentro. Todavía recordás —porque es seguro
que la recordás— aquella tarde cuando por fin, y dios sabrá cómo, se animaron a
fijar una fecha. Jorge te llamó aparte en un recreo y te pidió que lo dejaran, que
no armaran el partido. Vos, lógicamente, quisiste saber por qué. Entonces él
empezó a dar vueltas, balbuceando algo sobre una supuesta falta de preparación
del equipo, que al equipo le hace falta jugar un par de veces más, que hay que
entrenar un poco, dale, Mario, mirá si estos muertos encima llegan a hacernos la
boleta...

A vos, claro, la explicación no te convenció para nada. ¿Qué era eso de no estar
bien preparados? De modo que insististe. Jorge dio un par de rodeos más y al
final, un poco avergonzado, te confesó que se le habían roto las zapatillas (de lona,
con puntera de goma) y que su madre no tenía plata para comprar unas nuevas.
Vos revisaste mentalmente, pero fue inútil, porque sólo contabas con un par: las
tuyas. Imposible prestarle algo, y eso que ambos calzaban el mismo número.
Jorge, mirando hacia abajo, señaló sus zapatos y te dijo:

—Los zapatos del cole. Los únicos que tengo.

Por nada del mundo, por absolutamente nada de este mundo o fuera de él, vos
querías echarte atrás, ir a ver a Padilla —el capitán del otro cuarto grado— y
decirle con la cola entre las piernas que no, que mejor el sábado no, que mejor
otro día.

Dejaste la decisión en suspenso por 24 horas. Pensabas que el equipo sin Jorge
no podía presentarse, que eso era dar una ventaja demasiado grande. A lo mejor
todo se solucionaba planteando el asunto, así, bien crudamente, a los otros
compañeros; a lo mejor Luccarelli, el gordo Broggi o el turco Kasir, podían resolver
el problema: al fin de cuentas conseguir un par de zapatillas usadas número 37/38
no podía significar una cosa tan complicada.

Parece cuento, Mario, pero en todo aquel cuarto grado no había nadie que
pudiera prestar un par de zapatillas, ni siquiera de otro número.

Era jueves. Tenés que recordarlo, seguro. Ya estabas a punto de tirar la toalla, de
agarrarlo a Padilla en el primer recreo y de suspender el partido. Estabas lleno de
bronca, una bronca profunda en toda la garganta, un silencioso volcán a punto
de romper el mundo... ¿a qué negarlo? Ahora, que recuperás aquella escena en
su totalidad, sonreís sin vueltas: Jorge entró apurado al aula, tarde como siempre,
clásica cara de dormido, pasitos ágiles aunque cortos. La señorita Nené, como en
una grabación vieja y gastada, repitió el sermón sobre la puntualidad y esas cosas.
Jorge asentía con la cabeza gacha. Por fin, cuando la maestra decidió callar, tu
amigo se sentó en su correspondiente lugar, giró la cabeza hasta encontrarte y
te guiñó un ojo. Vos entonces supiste —porque lo supiste ahí mismo— que el
equipo iba a presentarse ese sábado en el gigantesco estadio de la calle Laprida,
y que iba a hacerlo con todas sus estrellas en plenitud.
Ni bien sonó el bendito timbre del recreo, por supuesto te abalanzaste sobre tu
amigo.

—Listo, Mario. Todo arreglado. El sábado los cagamos a goles.

Vos quisiste saber cómo, dónde, por qué...

—Ayer fuimos con mi vieja a casa de mi abuelo. Zapatillas no tiene, el pobre viejo.
Pero me prestó unos mocasines bárbaros. Son un número más grande.
Mocasines, sí, sí. Pero yo me arreglo.

Cayó el universo en el justo centro de tu cabeza, ¿te acordás? ¿Mocasines? ¿Y


encima más grandes? Pero Jorge supo leer la decepción en tus ojos.

—Vos no te calentés, Marito. Yo me arreglo —repitió.

Jamás vas a poder borrar de tu mente aquel partido memorable. Ganaron


ustedes, obviamente. Once a cuatro. Te lo repito: once a cuatro. Jorge, en una
tarde de inspiración profunda, hizo seis goles. ¡Seis! ¡Y con los mocasines del
abuelo!

El último gol fue desopilante. El arquero del otro cuarto le había cometido penal
al tano Clavelli, que se había gambeteado a cuatro y que se iba solito al gol. Como
siempre, vos contaste los doce pasos y acomodaste la pelota: eras el obvio
encargado de ejecutar los penales. En eso se acercó Jorge y te pidió que lo dejaras
a él, que se tenía mucha fe. Vos aceptaste, claro, y entonces tu amigo —los brazos
en jarra, la vista primero en un poste y luego fija en el arquero— tomó carrera.
Fue realmente muy cómico: pelota y mocasín izquierdo del abuelo salieron
disparados a la vez, la pelota a una punta del arco y el mocasín a la otra. El arquero
vio venir dos cosas y eligió una. Todavía te causa gracia pensar en la cara que puso
el pobre pibe cuando se encontró con un zapato entre las manos, mientras
ustedes festejaban el gol.

Era todo tan así, Mario; tan simple, tan sin vueltas... No había inflación ni deudas
ni asesinos sueltos. Vos no pensabas en la muerte ni te dolía la espalda. No
existían las cargas, las infamias, los desencuentros. El mundo era como una
alacena sencilla, donde cada elemento ocupaba su correspondiente lugar sin
que eso fuese considerado algo inusual o mágico. El agua corría, mansa, sin
condiciones, sin sorpresas. Un único destino cierto, ineludible, te esperaba a vos
a la vuelta de la esquina: jugar de número 10 en la primera de Rácing. ¿Qué otra
cosa podía reservarte el futuro, si la vida estaba ahí, al alcance de la mano,
redonda y dulce como la más jugosa de todas las naranjas; si el universo se
reducía a una pelota de cuero y a unos ojos oscuros y pícaros que revoloteaban
en la cara de Graciela, cuatro bancos atrás del tuyo, al lado de su inseparable
Patricia, en la fila de la derecha. Graciela. Delantal perfectamente almidonado,
pequitas pequeñas en los pómulos, melenita castaña recortada, seducción de
nena asomando apenas al día. Graciela. Una fecha de cumpleaños —28 de
noviembre— que vaya a saber por qué razón todavía recordás, aquella delicadeza
naturalmente femenina, aquella mirada infantil aunque ya no tanto, aquellas
maneras de hablar y de mover las manos y, por sobre todo, de sonreír, que te
sometían de un modo tibiamente implacable. La buscabas con la vista a la
mañana, al llegar a clase; la buscabas —sin entender— también en los recreos, le
hacías chistes idiotas, tratabas de llamar su atención de mil formas distintas, te le
rendías sin condiciones por algo que no estabas en condiciones de explicar pero
que te llenaba la boca de un sabor agridulce.

No será difícil trasladarse hasta aquella tarde del umbral de la casa de Jorge,
Boedo al 900, apenas unos pasos de la escuela, vos y tu amigo sentados con las
piernas en cruz, como los indios. El tema de conversación, por supuesto, era el
glorioso Rácing Club de Avellaneda: la calidad de Perfumo, la sabiduría del Bocha
Maschio, la excelente pegada del Chango Cárdenas. Fue una larga conversación,
tras la cual, luego de un breve silencio, Jorge te preguntó, sin rodeos, si a los diez
años de edad era posible estar enamorado.

—Che... ¿uno puede estar enamorado a esta edad? —te tiró de golpe, sin
preámbulo alguno.
En el fondo, la pregunta no te sorprendió demasiado: solías formulártela cada
noche.

—No sé —contestaste. A mí me parece que sí. ¿Por?

—Porque debo estar enamorado —dijo tu amigo—. Cuando estoy en casa pienso
en Graciela, a la noche pienso en Graciela, todo el día pienso en Graciela. Llego al
colegio y la miro, la busco en la formación, en el aula me doy vuelta a cada rato
para mirarla, en los recreos... Qué sé yo, Mario.

Vos te alegraste. Créase o no, fue muy notorio que no sentiste nada que no fuera
alegría. De un modo raro, supiste que no estabas tan solo.

—¿Así que a vos también te gusta Graciela?

Jorge te miró.

—¿A quién más le gusta? —quiso saber.

—A mí.

Jorge siguió mirándote por unos segundos. Después puso una de sus manos
sobre tu hombro izquierdo.

—¿Y ahora qué hacemos, Mario?

—Y no sé... Nada... ¿Qué vamos a hacer?

—Qué sé yo... Alguna cosa... ¿Y si se lo decimos?

—¿A ella? ¿A Graciela?

—Sí, claro. A ella. ¿Si se lo decimos?

Miraste fijo a Jorge, sin responder. Jorge entendió. Luego se quedaron los dos allí,
en el umbral, en completo silencio.
—Cejas es un buen arquero —sentenciaste, al rato.

—Sí. Arquerazo —dijo tu amigo.

***

A partir de aquella tarde, Jorge y vos se unieron aun más que antes.
Increíblemente, el hecho de compartir los mismos sentimientos no los separó;
por el contrario, Graciela pasó a ser algo así como otro punto de contacto entre
ustedes, otra coincidencia. Los dos empezaron a evitar quedarse a solas con ella:
si había diálogo, si había búsqueda, si había eso que ni vos ni Jorge sabían cómo
llamar, lo elemental era que se compartiera. Para que todo esto te resulte más
claro, será útil decir que hubo una noche de sábado en que la escuela organizó
una kermesse a beneficio de la cooperadora. A las ocho en punto llegaste agitado
a la casa de tu amigo.

—Vení. Vamos a la kermesse del cole —propusiste, delante de la madre de Jorge.


Él bajó apenas la mirada antes de decirte que no, que mejor no, que mejor fueras
solo.

—Dale, che. Vamos —insististe—. Se va a poner bueno.

Jorge miró a su madre. Ella te preguntó si querías tomar algo y, sin esperar
respuesta, desapareció tras la puerta de la cocina. Nunca mejor oportunidad:

—¡Vení, marmota, que está Graciela!

A Jorge le brillaron un poco los ojos.

—¿Y vos cómo sabés que está Graciela?

—Porque vengo de ahí. Dale...

—No tengo un peso, Mario —te explicó entonces él, como acordándose, en voz
bajita. Vos metiste una mano en el bolsillo del pantalón vaquero y de allí sacaste
un billetito arrugado.
—Con esto nos alcanza a los dos.

Salieron, pues, como un tornado, Jorge apenas despidiéndose de su madre, que


ya volvía de la cocina con dos buenos vasos de cocacola helada.

Viento enloquecido, llegaron en segundos a la puerta de la escuela, la número 21,


Penna y Boedo, pasos apenas de la casa de Jorge. Y justo en la entrada, sobre las
escalinatas de acceso, vieron la lapicera párker. La vieron los dos al mismo tiempo,
los dos dijeron mirá a la vez, los dos se agacharon a recogerla en el mismo
momento. Era una párker de oro, una de esas lapiceras que sólo podían verse en
algunas —pocas— vidrieras. Jorge la guardó en un bolsillo.

—Una semana cada uno, Mario. ¿Está bien?

Te pareció lo más justo, lo más natural entre dos amigos que compartían el
mundo a la mitad, incluyendo en ese mundo hasta el amor por la misma
compañera de grado.

Después entraron de lleno en la kermesse. Tampoco era cuestión de andar


preguntando uno por uno si había perdido una lapicera párker de oro; mirá si a
alguien se le daba por reclamarla...

Allá a lo lejos —ahora inéditamente sin el delantal almidonado, sino con un


vestido con pequeñas flores de color naranja—, Graciela; allá a lo lejos, Graciela,
los ojos oscuros, las pecas, la melenita, la sonrisa que iluminaba y limpiaba el
mundo; Graciela, tratando de pescar de un recipiente con agua un desvencijado
pato de plástico amarillo, usando una caña y un imán.

***

Y así, Mario, los meses fueron yéndose. La dupla mortífera producía grandes
cataclismos en las defensas contrarias, Graciela reía y repartía gestitos a uno y a
otro aunque a ninguno en particular, los barriletes con los colores racinguistas se
elevaban cada fin de semana hacia el cielo de Lomas, la párker cambiaba de
dueño todos los lunes. Llegó noviembre y el golazo de Cárdenas al Celtic Glasgow
y enseguida el final de las clases. Y fue luego el verano. Y empezaste a extrañar a
Graciela, a quien no ibas a ver hasta el mes de marzo. Y una mañana, principios
de enero, vino tu viejo y te dijo que se iban unos días a Tucumán a visitar a la
familia. Te despediste de Jorge en una tardecita de calor intolerable, los dos
sentados sobre el umbral amigo, las piernas en cruz, como los indios. No hablaron
de Graciela, no hacía falta. Eso sí, riéndote un poco, le recomendaste a Jorge que
cuidara la lapicera, que le diera buen uso hasta que vos volvieras de Tucumán, un
mes más tarde. ¿Cómo ibas vos a saber, Mario, que aquella era la última vez que
veías a tu amigo?

A tu regreso —fueron, en realidad, casi 45 días afuera de Lomas de Zamora—,


después de que el negro y prolongado Kaiser Carabela de tu viejo frenara a las
puertas de tu casa, lo primero que hiciste, claro, fue hacerte una corrida hasta lo
de Jorge. La verdad es que lo extrañabas y que tenías muchísimas ganas de verlo.

Tocaste el timbre varias veces, pero nadie respondió. Volviste al día siguiente y
repetiste todo de nuevo, con idénticos resultados. Insististe una vez más, ese
mismo día, por la tarde. Supiste allí, a través de un vecino, que la casa estaba
desocupada, que la familia de Jorge, o sea Jorge y su madre (un estúpido
sentimiento de vergüenza obligó siempre a tu amigo a intentar ocultarte la
obviedad del divorcio de sus padres), los dos, se habían mudado sin decir a dónde.

Sentiste rabia, aquellas horribles ganas de largarte a llorar, sentado en el umbral


de siempre, las piernas en cruz, como los indios. ¿Y entonces qué? ¿Y la dupla
temible? ¿Aquellos dos que se entendían en un simple cruce de miradas? ¿El
Loco y el Conde? ¿Perdidos? ¿Perdidos para siempre?

No. No podía ser. Eso, sencillamente, no podía ser. ¿Así, de ese modo, sin
explicación alguna? ¿En qué clase de mundo de mierda podía suceder una cosa
así? ¿Y Dios? ¿Dónde estaba metido Dios?

Esperaste, claro. Simplemente esperaste. Esperaste durante una pila de días


iguales, calurosos, aburridos. Nada. Ninguna noticia. Absolutamente nada. Y fue
allí cuando empezaste a sentirte mal de verdad; porque fue allí cuando por
primera vez en la vida te sentiste defraudado, estocada inicial, debut con los
malos tragos. Y pensaste —no pudiste dejar de hacerlo— en la lapicera párker.
Jorge se había ido sin avisar y además se había llevado con él la lapicera párker
que era de los dos. Te viste un poco solo en el umbral, un poco despojado, un
poco golpeado en la nuca.

Todo muy lógico, Mario. Porque en ese momento vos no estabas capacitado para
entender aquello que después, con la serenidad de los años analizando esta
historia, casi con seguridad aclaraste en parte: esas decisiones de familia que los
chicos nunca comprenden te separaron de Jorge, de tu amigo, de tu camarada,
de tu wing izquierdo. Y entonces, con esa misma serenidad de los años,
seguramente habrás sabido que Jorge nunca pensó en robar tu correspondiente
mitad de lapicera; habrás sabido que Jorge simplemente no pudo avisarte que
se iba, ni dejarte un mensaje, ni hablarte por teléfono (no había casi teléfonos en
las casas de aquella época, ¿te acordás?), ni hacer absolutamente nada, porque
el mundo de los adultos es a veces una urgente dictadura irracional; y contra eso,
Mario, no hay tutía. Y fue por eso que Jorge se llevó la párker, sencillamente
porque no tuvo espacio ni lugar para ninguna otra cosa.

Y no estaría de más aquí, me parece, aclarar que, independientemente de la


carencia de otras posibilidades, él también se llevó la párker porque esa fue su
manera —su torpe manera— de decirte que ahora te quedaba todo el campo
libre con Graciela, que él no estaba triste y que se iba con la lapicera en un bolsillo
simplemente porque eso era lo justo, porque eso era lo simple, la párker por
Graciela, lo obvio, la democrática repartija de siempre, más allá de que esta vez
los inevitables bienes a repartir no fuesen en nada comparables entre sí.

En referencia a Jorge, a su vida posterior, sólo habría que agregar un par de


detalles no muy grandes: la párker de oro apenas le duró tres meses. Un día, en
su nuevo colegio de la capital federal (“Antonio Schettino”, barrio de Caballito,
sólo varones), la buscó en la cartuchera y ya no la encontró. Él es ahora un tipo
bien grande que hace rato ha dejado de jugar al fútbol, aunque hay que
mencionar que su vocación de wing sigue saludablemente intacta y vigente.
Algunos amigos, vaya a saber por qué razón, insisten en llamarlo El loco. A veces
te recuerda; se pregunta qué habrá sido de vos, de todo tu talento futbolístico, de
toda esa inocencia desparramada hacia los vientos, sin mediciones ni cálculos
previos. También se pregunta qué habrá sido de Graciela, qué corrientes la
habrán llevado lejos del delantal almidonado y las pequitas y la melena castaña.

Hace apenas unas horas Jorge te vio, o creyó verte, en pleno centro de la ciudad,
manejando un 206 gris metalizado por la avenida Corrientes, ya definitivamente
fuera del radio de influencia de la cancha de Rácing. Jorge iba a cruzar la avenida
por la correspondiente senda peatonal (los vaqueros de siempre, un viejo libro de
Cortázar bajo el brazo, alguna de esas preocupaciones políticas o metafísicas que
nunca lo dejan en paz), y vos —pero si de verdad eras vos; pero si de verdad, a
pesar de la montaña de años transcurridos, eras vos— le pasaste al lado como
una ráfaga al borde de un semáforo en amarillo, ruuummmm, fantasma llegando
de pronto desde el pasado luminoso.

Él hizo entonces lo que siempre hace en casos así: sentarse frente al teclado y
ponerse a contar historias como ésta.
Aquella flor en el centro del caos
Jorge Castelli

¿Y ahora qué, Torres? ¿Qué es exactamente lo que hará usted cuando, frente al
teclado de la computadora, pueda, al fin, descargar su historia? ¿Comenzará
acaso usted de golpe, sin preámbulos, diciendo aquello que en el fondo más
sombrío de su alma piensa de verdad? ¿Comenzará acaso usted diciendo, Torres,
que Pablo Picasso lo empujó a viajar a España, lo obligó a permanecer durante
cuarenta minutos extasiado ante el Guernica, y lo colocó ahora frente a la
necesidad de contar la historia, una historia que incluye aquello que supo usted
descubrir como un postulado inmodificable?

No. De sobra lo sé: no es usted tan estúpido como para comenzar de esa manera,
con un párrafo que teñiría todo con la peor de las literaturas, y que desviaría, al
fin, con un simple relato de fantasmas, el núcleo de lo que ha ocurrido, el exacto
núcleo de lo que usted ha vivido.

Creo sospechar su tentación, entonces, a iniciar todo con alguna breve referencia
a la función que cumple un artista dentro de este mundo, algo así como Al fin y
al cabo, esta es una historia cuyo eje es la relación entre el arte y la esperanza, o
tal vez De eso, precisamente, se trata. De eso que es consigna y misión de
cualquiera que se enrole en este lado de la calle: hallar la luz en mitad del caos, la
fe en medio del infierno, la esperanza en el centro del fuego y la metralla.

¡Ay, Torres... Torres..! ¡Cómo le seduce a usted la idea de comenzar su historia con
alguna de esas frases! Aunque poco cueste admitir que un principio semejante
rozaría apenas cierto aspecto místico, cierta zona casi casi religiosa, muy lejana,
por otra parte, a sus verdaderas ideas y aspiraciones. ¿Cómo negar, además, el
marcado, el definido rigor melodramático de semejante comienzo?

Tal vez lo más lógico, lo más natural —si se me permite una opinión— sea
comenzar hablando de los sueños. Sueños o, mejor dicho, pesadillas, porque si
bien hay que aceptar que nunca hubo en ellas elementos terroríficos o
desesperantes, en cambio lograban despertarlo a usted en medio de la noche, la
respiración fuerte, el sudor en la espalda y en las palmas de las manos, el gusto
amargo que sucede a las pesadillas girando en el centro de la boca.

Muy bien. Dirá usted, pues, que el primer sueño tuvo lugar a principios de marzo
y que se reiteró noche tras noche —con las variaciones que ya conocemos—
durante casi dos meses, exactamente hasta el día anterior al vuelo de Spanair
que los depositó, a usted y a Mercedes, en el aeropuerto de Barajas.

A propósito de Mercedes... espero no ser del todo inoportuno, pero... ¿nunca le


contará usted la verdad? ¿Nunca le dirá por qué causa apareció usted una tarde
con los pasajes en la mano, para simplemente informarle “En veinte días nos
vamos a España”?

Ah, es cierto... es cierto... comprendo... el tema de los sueños recurrentes, el


escritor y los misterios revelados súbitamente, la flor en el Guernica, los ocultos
mecanismos que mueven el arte... comprendo... todos asuntos demasiado
delicados, demasiado delgados para alguien en el fondo tan simple como
Mercedes. Seguro que ella no lo entendería... ¿Seguro que ella no lo entendería,
Torres?

En cambio usted sí, usted sí lo entiende. Y tanto lo entiende que hasta ha


decidido volcar todo en una serie de páginas que luego serán presentadas (ante
Mercedes y ante el resto del mundo) como una prueba más de su reconocido
ingenio, ingenio éste que le permite a usted mezclar de un modo
estudiadamente casual y con relativo éxito, los hechos más puros de la realidad
con la más frondosa de las fantasías.

De modo que aquellos sueños, aquellos sueños exasperadamente repetitivos,


serán al fin exhibidos como mera literatura, cuando lo cierto es que sí sucedieron
y lograron conmoverlo y terminaron colocándolo a usted en un hotel de la Gran
Vía, el mismo que en su frente exhibe un pequeño y aparentemente olvidado
cartel, informando que en ese mismo lugar un tal Ernest Hemingway escribió sus
más famosos párrafos sobre la guerra civil española.
En definitiva, Torres, que aquellos sueños, entonces, disfrazados de narración,
esconderán entonces bajo el desgaste de las palabras el horror y la angustia que
de verdad le provocaron; horror y angustia sin justificación alguna, si vamos a ver,
dado que lo único verdaderamente asombroso en ellos era su capacidad de casi
exacta reproducción noche tras noche: usted de pie frente a una tela negra que
ocultaba algo que no podía ser identificado. Y de inmediato aquellas dos únicas
preguntas: qué cosa se escondía detrás de aquella tela y cuáles serían sus
verdaderas dimensiones (dentro de la pesadilla calculó usted una noche unos
seis o siete metros de ancho por tres de alto).

Eso era todo: un rato así y el mundo convirtiéndose en un gusto amargo girando
en el centro de la boca, la suavidad de las sábanas conocidas y tranquilizadoras,
Mercedes durmiendo a un lado, ajena a todo.

Con seguridad será usted capaz de recordar que fue a la semana del comienzo
de ese inexplicable sueño, cuando las cosas tornaron a variar muy levemente: la
tela negra empezó a ceder en uno de sus extremos, dejando al descubierto algo
que, ya desde un inicio, pareció tratarse de una pintura. Cada noche, unos
centímetros más. Irse a la cama cada noche, pues, con la esperanza a cuestas,
con la fe depositada en la posibilidad de un descubrimiento definitivo.

La decimoquinta noche no dejó lugar a dudas: la tela negra ocultaba el Guernica.

Asunto importante, Torres: entre la plástica y usted (debe admitirlo) nunca hubo
demasiada simpatía. Frente a determinado cuadro, su opinión más aguda era
“Me gusta” o “No me gusta”. Hasta allí. Nada de escuelas, nada de tendencias,
nada de nombres —salvo los diez o doce más famosos de todos los tiempos. Con
respecto al Guernica, ningún tema demasiado especial. Por supuesto, así como a
cualquiera le resulta imposible determinar en qué momento exacto de su
infancia supo su nombre o su nacionalidad, no está usted ahora en condiciones
de decir cuándo fue su primer contacto con esa pintura, la primera referencia, la
primera fotografía o reproducción que llegó hasta sus manos. Quiero decir que
desde siempre uno sabe que está el Guernica, así como desde siempre sabe que
están el Quijote o la Novena Sinfonía. Bien. Pero en cambio sí puede usted
recordar aquella sensación —anterior a los sueños, claro— que se acomodaba en
su alma con cada fotografía o con cada reproducción que llegaba hasta sus
manos. “Sensación de abismo”, solía usted decir, de un modo algo ampuloso pero
estrictamente cierto, aunque todo quedara allí nomás, aunque la vida siguiera
con sus rutas conocidas: las clases en la universidad, los alumnos, las
matemáticas; y también el cine dos veces al mes, el noticiero de las nueve de la
noche, el amor puntualmente semanal con Mercedes, el amor pulcro y rítmico y
libre de máculas (once años de matrimonio pueden convertirse en verdugos de
la pasión, ¿no es así, Torres?).

Y últimamente la literatura, por supuesto; la literatura tratando de compensar la


enojosa exactitud de las matemáticas. Tanto tiempo dedicándose a lo perfecto,
para venir a descubrir un día, ya bien entrada la adultez, que lo perfecto carece
de un único elemento, pero elemento central, irremplazable, definitivo: la sangre.

Y entonces, amigo Torres, la literatura: la más imperfecta de las disciplinas y el


más hermoso de los trabajos inútiles, según gusta usted definir a veces. Algún
poema por allí, claro, aunque básicamente relatos, historias con gentes de carne
y hueso, desbordantes de aquella sangre que siempre les faltó a los números. En
suma, nada con veleidades de publicación —salvo un par de ocasiones una
revista parroquial y otra del centro de egresados—, sino mera búsqueda de
material para sentirse vivo.

Hasta allí, todo más o menos normal, puede decirse... todo más o menos
previsible. Pero llegaron las pesadillas, la lenta tela negra descorriéndose con
suavidad, los grises y negros del Guernica tornándose cada noche más y más
palpables, el cálculo sobre las dimensiones de la tela, el inexplicable nudo en la
boca del estómago.

Comenzó entonces la búsqueda. ¿La búsqueda de qué, Torres? Sólo al encontrar


lo que buscaba iba a ser usted capaz de reconocer la respuesta. La búsqueda
incluyó atlas, enciclopedias, libros de arte. La búsqueda otorgó primariamente
información. Gracias a ella supo usted (o recordó, no es fácil decirlo a carta cabal)
cómo se gestó la masacre en la ciudad de Guernica, de qué nacionalidad eran los
aviones que la bombardearon, la desvergonzada explicación posterior sobre el
puente y el supuesto error en el objetivo de las bombas. Supo usted,
básicamente, una fecha: veintiséis de abril de mil novecientos treinta y siete.

Pero además conoció usted (o tal vez recordó) la solicitud del gobierno español
al autor de la obra, aquella idea de dejar reflejado en una pintura el horror del
primer gran experimento de bombardeo aéreo sobre una ciudad civil, todo ello
para exhibir luego dicha pintura en la Exposición Universal de París de ese mismo
año. Y también hay que decir que supo usted de las verdaderas dimensiones del
Guernica, que mide exactamente 3,49 metros de alto por 7,66 metros de ancho.
Nada mal su capacidad de cálculo, según está a la vista.

Resultará casi obvio señalar que estudió usted a fondo cada reproducción del
óleo en cada enciclopedia, en cada libro que pudo hallar por ahí. A estas alturas
de los sucesos, ya se preguntaba usted obsesivamente cuál sería el verdadero
significado de todo esto. Una mañana casi llegó el momento de desear contarle
el asunto a Mercedes (un asunto que era en realidad poca cosa, salvo soñar cada
veinticuatro horas con el mismo cuadro famoso). Y sin embargo, aún sin saber
bien por qué, no dijo usted nada.

Pero entonces una determinada noche, al concluir la pesadilla habitual (la


pintura, la tela negra ya en el piso, etcétera), supo usted que iba a viajar a España
para enfrentar en la realidad al verdadero Guernica.

El resto fue trámite puro: la petición de vacaciones atrasadas en la universidad,


los ahorros tan escrupulosamente guardados durante tanto tiempo en el Banco
de la Nación Argentina, el agente de viajes, el taxi hasta casa, la ansiedad, los dos
pasajes en un bolsillo interno del sobretodo. ¿Una locura, Torres? Sí, por supuesto,
una locura absoluta y más que evidente.

Mercedes quedó estupefacta, en mitad de la cocina, sin atinar a hacer


comentario alguno, el fuego de la hornalla peligrosamente alto y la tortilla
pegándose a la sartén. Usted y su mujer conocían ya buena parte de la República
Argentina, incluso habían viajado una vez a Montevideo y otra a Río de Janeiro.
Pero por lo demás... ¿Europa? ¿España? Pero... ¿Cómo? ¿Así, de golpe?

—Es una sorpresa que vengo preparando desde hace tiempo —mintió usted.

—Pero... ¿y los gastos? ¿Estamos en condiciones de..?

—Tranquila. Está todo calculado. Mañana mismo iniciamos los trámites para los
pasaportes.

Las primitivas prevenciones de Mercedes se convirtieron en euforia en poco


tiempo: con la inestimable ayuda de las páginas de Internet, en menos de tres
días ella había diagramado un itinerario más que suculento. Esto era: Madrid,
Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Granada, Valencia, Barcelona y
retorno a Madrid. Y una vez de regreso en la capital, tres visitas obligadas: Segovia,
Toledo y Alcalá de Henares. Emplearían básicamente el tren, aunque algunos
tramos serían cubiertos en ómnibus. La Costa del Sol estuvo también en danza,
pero básicas razones de tiempo y dinero terminaron por descartarla.

Usted, Torres, asentía blandamente a cada una de las sugerencias de su mujer.


En realidad, viajar a España y recorrer sus atractivos era algo que a usted no le
interesaba en lo más mínimo. El motivo central del viaje (el único motivo de su
viaje) era llegar a la sala número seis de la segunda planta del Museo Nacional
Centro de Arte Reina Sofía.

Durante esas dos últimas semanas en Buenos Aires, las pesadillas, lejos de
apaciguarse, parecieron tomar algo más de brillo: los detalles del Guernica se
volvían más y más lúcidos. Dentro del sueño, usted alcanzaba a reconocer que no
estaba viviendo la realidad, y hacía un esfuerzo para memorizar cada aspecto de
la pintura, para luego, ya despierto, poder compararlo con los trazos reales.
Debe ser dicho que, más allá de alguna zona descolocada, su mente logró
adquirir una capacidad de reproducción casi fotográfica: el Guernica de los
sueños se parecía de un modo demasiado incómodo al verdadero cuadro.

Finalmente, el 10 de mayo pasado, a las ocho de la noche, Mercedes y usted


despacharon las dos maletas pequeñas en el mostrador de Spanair, tomaron un
café nervioso en uno de los barcitos de Ezeiza y abordaron, una hora después, el
monstruoso siete seis siete que los puso a 10.000 metros de altura sobre el
Océano Atlántico.

—¿Qué se supone estoy haciendo aquí arriba? —se preguntó usted dos veces
promediando el viaje, mientras Mercedes, tapaojos de por medio, dormía el
plácido sueño de aquellos que no temen volar.

Ya en Madrid se instalaron ustedes en un pequeño hotel de dos estrellas, sobre


la Gran Vía, a no muchos metros de la Plaza de Callao; hotel cómodo, limpio y, por
sobre todo, económico, cuyo servicio, además, incluía anécdotas de diverso
calibre —reales o no— sobre Hemingway.

Usted y su mujer se ducharon, acomodaron ropas y enseres de baño (esas cosas


mecánicas que uno hace cuando toma la posesión de un cuarto de hotel), y luego
salieron a comer algo. A una cuadra de distancia tropezaron con un bar llamado
Zahara —así, con zeta—, donde la imaginación no les dio para más que
hamburguesas y cocacola. Mercedes quiso la recomendación del mozo para
saber cómo hacer un primer recorrido por la ciudad. El hombre, encantado de
brindar información, mencionó un orden de lugares posibles, orden que por
supuesto incluía a la Cibeles, la Puerta de Alcalá y la Plaza Colón.

Usted agradeció con una sonrisa forzada y dijo en voz baja a Mercedes:

—Volvamos al hotel.

Una vez allí, se dirigieron directamente al conserje. El conserje, que se llamaba


José Manuel, era un madrileño de unos treinta años, de cabello muy corto, muy
simpático y muy diligente, que prefería mil veces “tratar con argentinos y no con
brasileños”, frase que sonó inadecuada y demagógica.

José Manuel hurgó bajo el mostrador de roble, sacó un mapa de la ciudad y


comenzó a trazar círculos muy marcados sobre determinados sectores. Usted
notó que señalaba algunos de los lugares previamente mencionados por el mozo
del Zahara.

—Podéis comenzar por aquí, que está cerca —dijo, circulando algo que —
después se sabría— era el Monumento al Quijote.

—Y esto por si el caballero gusta del fútbol —explicó el muchacho, marcando el


estadio del Atlético y el Santiago Bernabeu.

—Pero si vais a elegir uno, elegid el Atlético, que somos los mejores —agregó
sonriendo.

Decidió usted entonces ir directamente al grano.

—¿Cómo llegamos al Reina Sofía?

—Sencillo —respondió el conserje, tomando el mapa y trazando nuevas líneas—.


O váis a pie, siguiendo este recorrido hasta aquí... o abordáis el metro y os bajáis
en la estación Atocha. Una vez allí, estaréis a muy pocos metros del Museo.

Agradeció usted guiñando un ojo cómplice y pronunciando el muy porteño


“fenómeno”. Mercedes preguntó si podía quedarse con el mapa.

—¡Que para eso está, hombre! —exclamó el conserje.

—Me gustaría empezar por allí, por ese lugar —indicó usted, apenas disimulando
la ansiedad que dominaba su espíritu.
—Pero hoy no va a poder ser —sentenció el muchacho, como quien suelta la
cuerda de una guillotina. Y sin aguardar comentarios, miró su reloj y dijo:—. Son
casi las cuatro de la tarde. Y los domingos, el Museo cierra a las dos y media.

—¡Qué pena! —suspiró Mercedes—. Y mañana tampoco va a ser posible, porque


acá los museos cierran también los lunes, ¿no?

Creo no exagerar, Torres, si empleo la frase “depresión súbita”. Sintió usted de


golpe una depresión aguda, demoledora, injustificable. Tan cerquita... pero,
carajo... tan cerquita... ¿y tener aún que esperar cuarenta y ocho horas para
encontrar aquello que, al fin y al cabo, todavía ni siquiera sabía usted qué era?

Depresión, decepción, angustia, desesperanza, desencanto, tristeza, impotencia...


tantas palabras que podían haber sido aplicadas a su estado de ánimo de aquel
momento...

—El Prado cierra los lunes. Pero el Reina Sofía descansa los martes. Mañana
podréis programar una visita, sin problemas —aclaró José Manuel, trayendo un
poco de luz.

El resto de la tarde fue empleada en recorrer los lugares previsibles de Madrid,


aquellos marcados con un círculo dentro del mapa. Hubo fotos en la Puerta del
Sol, con el típico cartel de Tío Pepe como fondo. Hubo fotos en el Parque del
Retiro y en las vitrinas de uno de los museos del Jamón.

Esa noche le costó a usted muchísimo conciliar el sueño, a pesar de las catorce
horas de avión y de la posterior caminata. Extrañamente, por primera vez en casi
dos meses, no soñó usted nada.

Al día siguiente desayunaron relativamente temprano. Luego decidieron


caminar y esperar que llegaran las once en el reloj, horario de apertura de las
salas. Mercedes preparó la cámara, pero se vio frustrada cuando al ingresar en el
Museo la obligaron a dejarla en manos de la gente de la custodia. Con gusto
abonó usted allí los doce euros de las dos entradas. De inmediato abordaron el
ascensor de vidrio y salieron a la segunda planta. De allí a la derecha, para
comenzar el recorrido por la sala número uno: pintores vascos y catalanes de
principios del siglo XX, de nombres —para usted— absolutamente enigmáticos.
Mercedes se detenía un rato ante cada pintura, las manos atrás, el cuerpo hacia
delante, los tacos apenas levantados del piso, un “ajá” pronunciado de vez en
cuando, una lenta inspección a los informes del folleto azul que les habían
entregado al ingresar.

No sé cómo, pero aguantó usted exactamente siete minutos.

—Es mejor que me adelante, Mercedes. Nos vemos en la sala seis —dijo al fin,
saliendo a paso largo por el corredor, sin siquiera detenerse a verificar la
respuesta de su mujer.

Sé bien que de poco servirá aclarar que caminó usted unos pocos metros, porque
lo cierto es que fueron en verdad kilómetros los que debió atravesar hasta dar,
por fin, con el primer tramo de la sala seis, los múltiples bocetos de mayo del 37
sobre los costados, algo de la época azul, los pasos apurados, el panel de
separación quedando atrás, de pronto el ámbito central de la galería, los pasos
cediendo potencia, el Guernica allí, a la izquierda, el milagro allí, el Guernica como
un barco quieto, sin más protección que una delgada cuerda para separarlo de
la gente; el Guernica allí, el verdadero, más grande que cualquier otra cosa de
este mundo, el Guernica, el nudo en la garganta, la emoción subiendo como una
araña, los pies repentinamente fríos, la sensación de estar transitando un
momento único, irrepetible, el Guernica...

Mercedes no tardó mucho en aparecer.

—¿A qué viene tanto apuro? —preguntó aferrándolo a usted de un brazo, para
después alzar la vista y encontrarse con la pintura.

—¡Qué maravilla! —exclamó—. ¿Este es el Guernica, no?


Usted la miró fijo y asintió levemente con la cabeza. Entonces hizo señas para que
ella bajara el tono de su voz. Mercedes permaneció en silencio, junto a usted, por
unos minutos. Enseguida abrió el folleto azul.

—¿Quién era el de la sala siete?... Ah, Joan Miró... Voy a ver y después vuelvo.

Otra vez, afortunadamente, usted y el Guernica a solas, más allá de las muchas
personas que observaban en silencio. Otra vez usted y el toro, el guerrero vencido,
el caballo, la mujer con el niño muerto entre los brazos.

Creo ahora —si a usted, Torres, claro está, no le disgusta el consejo— que resultará
conveniente que se acomode bien en esa silla de respaldo alto, que pierda la vista
en la luminosidad de la pantalla de la computadora, y que analice a fondo qué
palabras empleará cuando deba describir lo que sigue. Relájese. Porque lo que
sigue son las tres revelaciones; lo que sigue es usted y el Guernica original,
aquellos cuarenta minutos de éxtasis, las palpables diferencias entre el cuadro
verdadero y las reproducciones o los sueños.

Seguramente mencionará usted allí, Torres, esa primera cosa obvia que
descubrió con los ojos algo humedecidos, primera cosa obvia que, sin embargo,
no había notado nunca antes: el Guernica iba mucho más allá del horror
producido en una determinada ciudad arrasada por criminales; el Guernica bien
podría haberse llamado Varsovia o Beirut o Saigón o Londres o Hiroshima,
cualquiera de los múltiples lugares que alguna vez fueron crucificados desde un
comodísimo botón en las alturas.

La segunda revelación —también obvia— fue aun más impactante: el Guernica,


concebido como denuncia de la barbarie, no había logrado, a pesar de todo,
evitar un solo muerto. La incontable sucesión de martirios a lo largo del siglo era
la mejor prueba. ¿Había servido de algo, entonces, esa pintura?

Las repentinas... las infinitas ganas de echarse a llorar ahí, Torres, en la galería de
un museo a diez mil kilómetros del hogar, rodeado por otras personas; las ganas
de llorar a los gritos por cada absurdo genocidio de la Historia, miles y miles de
cadáveres apilados sin ninguna razón valedera, la muerte ganando la partida con
una simplicidad decididamente aterradora. Los claroscuros del horror frente a
usted; y frente a usted, la inutilidad de esos claroscuros.

Porque, entonces, Torres, de repente la gran cosa dando vueltas en su cabeza: si


el arte es incapaz de evitar un solo crimen, ¿para qué sirve exactamente el arte?

Una revolución rotando en todo su cuerpo, Torres; su sangre acelerada


descorriendo cortinas obvias. Al fin y al cabo, no había sido en vano tan largo viaje,
aunque por cierto estuviese generando más preguntas que respuestas.

—El arte es incapaz de neutralizar a un criminal. De acuerdo. Pero no está nada


mal que el arte demuestre que los criminales existen —pensó usted. Y ese
pensamiento, en parte, lo tranquilizó.

Porque, seamos francos... cuando Bonaparte dijo que la razón estaba en la boca
de los fusiles, no se equivocaba. ¿Existe acaso algo más evidente que eso? Lo que
ocurre es que un artista debe elaborar su obra de un modo que haga parecer
falsa la veracidad de tal afirmación. ¿Qué otra cosa más que sus desesperados
trazos puede oponer un artista a esa razón de los fusiles?

En esa ya desordenada maraña de ideas estaba usted perdiéndose, Torres,


cuando tuvo la tercera y definitiva revelación: en mitad del Guernica, en su parte
inferior, tímida y desapercibida, una flor. Una flor, la cual usted,
inconcebiblemente, no había percibido nunca antes, en foto o reproducción
alguna. Afantasmada con relación al resto, aunque indudablemente viva, aquella
flor repentina parecía un elemento del todo fuera de lugar en medio de aquella
estampa del infierno.

Imposible determinar en ese momento cómo había logrado permanecer allí


agazapada, sin ser vista por usted, después de tantas y tantas reproducciones y
fotografías del cuadro analizadas hasta el hartazgo. Incluso entre las infinitas
explicaciones sobre los símbolos del Guernica, no pudo recordar usted allí
ninguna referencia a la flor.
Y entonces, Torres, comprendió usted todo de golpe. Porque fue de golpe que
supo —de verdad lo supo— que aquella flor era el elemento central, el núcleo, la
metáfora del Guernica.

En medio del horror, entonces, por encima de gritos y dolores y muerte, el casi
insignificante asomo de la esperanza. Aquella flor, descubierta en la pintura
original, era, al fin, la verdadera causa de su viaje, el punto final para la búsqueda.

—Describir la muerte, sí, pero también, básicamente, anunciar las resurrecciones


—dijo usted en voz muy baja, con ese tono ceremonioso que a veces suele
acompañarlo.

Enseguida llegó Mercedes, diciendo que algunas cosas de Dalí estaban buenas,
pero que los colores de Miró la habían impactado, etcétera. Usted, lógicamente,
no escuchaba. Usted, Torres, tenía todos sus sentidos colocados en aquella flor
del Guernica.

Sospecho que no hay más para contar. Allí mismo decidió usted que escribiría la
historia ni bien pusieran pie en Buenos Aires, pero más que eso, decidió que se
dedicaría —lejos de voluntarismos baratos— a bucear en la esperanza, no ya
dentro de sus escritos, sino más bien dentro de su propia vida.

Eso fue todo. Del resto del viaje, quedaron cinco o seis anécdotas muy especiales
que, tal vez, se resuelvan a formar parte de algún otro relato. Por el momento,
está usted ahora frente al teclado, pensando y pensando en todo esto que ha
ocurrido.

Una de las cuestiones que más lo atormentan, Torres, es saber por qué fue usted
elegido como protagonista de esta historia. Y en todo caso, también desearía
saber por quién fue usted elegido. Lamento decir que no puedo ofrecerle una
respuesta, aunque tal vez sea mejor de este modo: creo que a veces es bueno
que algunas cosas permanezcan ignoradas.

Por supuesto, no volvió usted a soñar con el Guernica; ya no era necesario.


En cuanto a mí, no soy importante. Pero digamos, eso sí, que ahora usted y yo
estamos unidos por una suerte de cuerda invisible que nos ata
irremediablemente, usted como autor del cuento que está a punto de comenzar
a escribir, y yo como el hombre que alguna vez, hace ya muchos años, decidió
pintar aquella flor en el centro del caos.

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