"Que Dios la tenga en la gloria: Drama"
"Que Dios la tenga en la gloria: Drama"
de CARLOTA MARTÍNEZ
CARACAS
PERSONAJES
La escenografía hará referencia al lugar de habitación de la señorita Clara con muchos objetos que den una
atmósfera de antigüedad y calidez.
En el escenario deberá haber un espejo escaparate, radio Motorola antigua y otros objetos más de acuerdo a lo
que se trate.
ACTO I
ESCENA I
Entra la señorita Clara del brazo de Rosaura. Ambas lucen vestidas de luto: la señorita Clara de negro cerrado y
Rosaura de medio luto. Regresan del cementerio. Cabo de año de Francia misericordia.
La señorita Clara.- (Protestanndo). Pero Rosaura ¿cuándo se había visto esto? Pero, ¿no te fijaste como ese
loco nos pasó por un lado? Yo creo que el mismísimo demonio se queda frío con una cosa así. (Se hace la
cruz). Cuando se nos acercó yo sentí que me estremecía de pies a cabeza, como una barajita, asimismo es,
como barajita. ¡Qué horror!
Rosaura .- Ay señorita Clara yy pensar que eso que le pasó hoy a usted, en este país al desafortunado peatón le
pasa a cada rato y todos los días. Ahora yo digo: ¿no cree usted que eso es falta de gobierno?
La señorita Clara.- Ah, eso sí, porque si en mis manos estuviera (blandiendo el bastón) al que no sepa cómo se
conduce un aparato de esos, pues nada, se le quita inmediatamente de las manos. Y al que cometa un acto tan
grave como ese de destrozarle los oídos a la pobre humanidad, pues recluido con pico y pala en esas manos y a
echarle pichón a las carreteras y a los huecos de Caracas que son bastantes.
Rosaura. - Eso sí es verdad. Lo que pasa es que aquí las cosas van todas al revés: los meten a la cárcel un día
y no han pasado unas cuantas horas cuando ya los ve usted por esas calles cortando oreja y rabo. Y uno a llorar
al valle, con un par de tapones en los oídos. (Pausa).
La señorita Clara. - (Nostálgica, visiblemente entristecida). Un año ya que murió la pobre Francia. (Pausa)
Pensar que ella me lo decía: “Los tiempos han cambiado tanto Clarita, ya las cosas no son como antes, lo mejor
es ir recogiendo su cachachá. (Pausa) Y mira que lo recogió. Yo que pensé que iba a ser la primera. Francia
siempre tan animosa. Le pegó tanto cuando me tuve que venir para acá de la casa de Leonardo y Guillermina…
(Pausita) Ahora, estará feliz en ese silencio de campo santo en donde uno es capaz hasta de oír el aletear de
las mariposas. (Repentinamente) ¿Las visite Rosaura?
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Rosaura.- Sí señorita, mariposas blancas y amarillas. Deteniéndose aquí y allá, rápido, apurando, como si el
tiempo en que dejaran de volar se les convirtiera en una eternidad.
La señorita Clara.- Viéndolas recordé que cuando era muchachita, mi papá alto y fuerte, con una sola mano me
levantaba en vilo y me llevaba con él en su caballo. Yo me agarraba duro, duro de la montura y el camino se nos
venía encima como una gran serpiente que “Manchas” devoraba velozmente. Había una época del año en que
al paso de la bestia se levantaban cientos de esas mariposas blancas y amarillas. (Pausita). Nunca he podido
olvidar la sensación del aire de esos animalitos ingrávidos rozándome las mejillas. (Pausa). Pobre Francia
Misericordia. Amigas como ella ya no se encuentran: espirituales y afectivas. (Se sume en sus recuerdos).
(Rosaura sale de la habitación).
ESCENA II
15 años hace. La señorita Clara recuerda a Francia viniendo por una calle el día que se va a venir de la casa de
Guillermina a la actual casa.
Francia.- Cuando esta mañana al verme me dijiste Francia Misericordia, y yo sé que tú a mí nunca me dices por
los dos nombres por la consideración que me tienes… Yo dije, a Clara le pasa algo terrible. Sí, claro que sí.
La señorita Clara.- Y no es para menos. ¿No te parece Francia? (Pausita) Cuando pongo la cabeza en la
almohada me empieza a dar vueltas y vueltas como un carrusel. Cuando al fin puedo medio conciliar el sueño,
se me llena la cabeza de fieras y demonios. Y de allí en adelante me estoy con los ojos como dos paraparas
hasta el amanecer. Yo te digo Francia que no me canso de pensar en Leonardo, que Dios lo tenga en la gloria,
se le ocurrió morirse en muy mal momento. Pero todo sea por la voluntad de Dios.
Francia.- Es que si Don Leonardo hubiera estado vivo “umju”, otro gallo cantaría. No quiero ni imaginarme lo que
hubiera pasado.
La señorita Clara.- Porque ése sí que tenía los pantalones bien apretados. Yo me recuerdo que si para la hora
de la comida venía de algún disgusto en el negocio, bueno, ni el ruido de una mosca. Y a pesar de toda lo
consentida que fue la nena, dentro de ese respeto fue que se crió.
La señorita Clara.- El día que se le ocurre morirse a Guillermina. ¡Mi adorada sobrina, que Dios me la tenga allá
con Él!, Con lo caprichosa que era, se le mete en la cabeza llevarse a Leonardo, chica.
Francia – No pasaron los dos años ¿Y segurito que el requerimiento no fue con ninguna mala intención?.
Francia – Digo yo, eso de dejarla a usted sola con la carga de la niña.
La señorita Clara.- A no, claro que no, ni pensarlo. Si es que la nena siempre había sido un angelito; y como en
vida de Guillermina ¡Qué Dios la tenga en la gloria!, Ella veía a la niña tan compuestica y obediente, sobre todo
conmigo. (Sollozos) ¡Ay Francia!, (Arranca en llanto) que se iba a imaginar Guillermina lo que pasó.
Francia.- Pero no se ponga así. Cómo decía mi Gloriecita, ¡qué Dios la tenga en la gloria también!, Una tiene
que imaginarse siempre lo peor, para que nada lo agarre a uno sorprendido, como quien dice con la boca
abierta.
La señorita Clara.-Pensar ¿tanto arrumacos y apurruñaderas para qué sirven? Al final. ¿Adónde van a parar?,
Digo yo. (Pausita). Bien me recuerdo como si fuera hoy, cuando Guillermina me fue a buscar con toda la
frescura de su juventud, porque se iba a casar con Leonardo y ella quería que yo estuviera muy cerca cuando
viniera su primer hijo. Estaba alegre, florecida por tantas ilusiones que hasta me contagié y confieso que no tuvo
ni que insistirme mucho. Aunque reconozco que estaban de por medio mis hermanas, me decidí por un futuro
que me hacía útil. Al fin y al cabo cuando Dios no la ha tenido a una para casada, hasta los hijos del vecino se
convierten en tus propios hijos.
Francia – Créeme Clara que lamento lo sucedido. Sobre todo porque te conozco y sé cómo has sido tú con esa
niña. Me vas a hacer mucha falta, por que yo siempre lo he dicho, amigas como Clara no se encuentran a tres
por locha o al voltear de la esquina. Me llena de tristeza pensar que ahora que te vas tan lejos y con lo difícil que
están los traslados para todas partes en esta ciudad, se nos va a hacer cada vez más dificultoso vernos. No te
olvides de llamarme cuando puedas. Yo por mi parte te aviso de cada viernes de oración a ver si puedes venir.
El padre Agustín cuando sepa que te fuiste en estas condiciones no dudo que pensará ha perdido a una de sus
más fervientes colaboradoras.
La señorita Clara.- ¿Perderme? Nunca, porque en todo lo que yo pueda colaborar desde allá, encantada.
(Besándose afectuosamente, se despiden). Bueno Francia, si no fuera por ti no sé qué haría. Me llegó el
momento y esto no se lo puedo permitir a Cándida.
ESCENA III
La señorita Clara se encuentra dormida en el sillón del dormitorio. Rosaura abre sigilosamente la puerta; trae
unas gotas o frasquitos de medicina en las manos. Hay un ruido pequeño. La señorita Clara se despierta
sobresaltada.
La señorita Clara.- Ah, ha, ¿qué pasa?, ¿Qué pasa?, ¿Quién está allí?
La señorita Clara – Pisas tan suave como un gato. (Pausa). (Desconcertada). Fue todo
como tan real. Cuando entraste no sabía dónde estaba. Si en el cielo caminando con Francia, sí en San José o
aquí contigo (Pausa). Rosaura, ¿No me han llamado? (Pausita) Porque me prometieron venir hoy.
Rosaura.- (Como sino quisiera detenerse mucho en lo de la llamada). Sonó el teléfono, corrí a contestar y
cuando no más levante la bocina, click, colgaron.
La señorita Clara – Paulina dice que uno cuando llega a estos estados en que ni ve, ni oye, ni entiende, como
una marmota, y que nadie lo quiere.
La señorita Clara – Con Francia. Estoy por pensar que era el cielo. (Pausita). Pero era todo tan real.
(Pausa). Siempre he sido demasiado cobarde como para pedirle a nadie que venga a contarme, o al menos a
darme alguna señal de cómo se mueven las cosas por allá. Todo se ha quedado en proyectos: que si cuando tú
te vayas si no me he muerto, venirme a avisar. No, que mejor no me avises nada. Se murió Teresa y hasta los
momentos ninguna señal. Seguramente, se puso a pensar que a la mejor dejarlos así como están. (Pausita).
Además, le voy a decir una cosa, por estar usted con eso últimamente, en esta casa se han empezado a sentir
cosas muy extrañas.
La señorita Clara.- Yo no he sentido nada malo. (Pausa). De un tiempo a esta parte Rosaura he empezado a
reconciliarme con el más allá.
Rosaura – (Visiblemente temerosa). Señorita Clara perdóneme usted, pero ahora no voy a poder dormir
tranquila esta noche.
La señorita Clara.- Antes también era como tú. Pero poco a poco me he ido convenciendo de que estar allá
debe ser como el mundo de los sueños de una. (Pausita). Muchas veces pienso en Teresa…
Rosaura – Murió casi de inmediato a que yo empezara a trabajar en esta casa, ¿Verdad? Bueno, eso fue lo que
me dijeron, Marina que la conoció un poco más, dice que una vez que había peleado como una fiera, la
descubrió a los pocos minutos muerta de la risa.
La señorita Clara – A veces la imagino con su vestido rosa lleno de volantillos de organdí y sus manos delgadas
como cerbatana. Siempre me decía (Imitando): “Mi pobre hermana, nunca podrá lucir elegante porque no te
gusta el organdí con eso de que te pica”. (Pausita). Me pregunto ahora ¿Se sentirá tan libre como ella
quería? Me la imagino toda vestida de organdí azul, montada sobre un caballo blanco, paseándose por los
caminos del cielo. Su peor castigo era que la retrataran, porque decía que en cada relampagón de la cámara se
le iba un poquito del alma. En eso tenía algo de india. (Pausa). (Apurada). Rosaura agáchate ahí y pásame esa
caja de galletas que está debajo de la cama.
Rosaura.- (Agachándose). ¿Va a comer dulce señorita Clara? El médico le prohibió el dulce.
La señorita Clara -Pásamela, que aunque están viejas te puedo dar una. (Guiñando el ojo).
(Inmediatamente después Rosaura se colocará en una posición que le permita ver cada fotografía en
detalle. Comenzará un diálogo muy vivo.)
Rosaura -Era bella. Además, yo se la he oído nombrar mucho a usted, y a la señorita Paulina también.
La señorita Clara.- Creo que sí. Era de la hacienda. Las mujeres llevaban las piernas terciadas sobre la
cabalgadura. ¡Pobre hermana! Venirse a morir tan pronto.
Rosaura.- Aquí está con ese sombrero bello ¿Se lo regaló su papá?
La señorita Clara.- Cristina, como mi papá no la dejaba salir, así cuando ella lo disponía, pues al atardecer se
asomaba al postigo que daba a la calle Independencia y allí esperaba a que pasara el chino que lavaba la ropa,
cuando venía de la bodega regreso a la lavandería. Al pasar el chinito Cristina se le quedaba mirando la pava
que llevaba sobre la cabeza como anonadada y tanto dio hasta que un buen día la vimos con el
sombrerón. Parecía una lamparita. Cuando papá le preguntó de dónde había sacado la pava esa, ella le dijo que
se la había ganado en una rifa de la beneficencia que habían hecho las monjas. Papá murió y nunca supo de
aquel gran secreto de Cristinita con su chino en el postigo que daba a la calle Independencia.
La señorita Clara.- Este es Rafael. (Pausa) (Recordando). Rafael (Pausita) Rafael quería llegar a las estrellas.
La señorita Clara.- Alas. (Pausita). Con ellas se subía a la colina más alta y las batía con toda la fuerza. Se
ponía rojo y las gotas de sudor le caían como cascada desde la coronilla hasta la punta del pie. (Pausa). Fue
justo en mayo que era cuando venteaba de verdad verdad. De repente, se lanzaba. Con el sol parecía un
caballito del diablo, de allá para acá, de acá para allá. Hasta que caía por su propio peso. ¡El gran
avispón! Serían sólo unos pocos minutos, pero yo que lo veía a la distancia creía que aquello era una eternidad.
Rosaura.- Qué lindo el vestido. Seguramente iba para alguna parte muy especial. Ande, cuente, cuente.
La señorita Clara.- Para ver… era de tarde. Después que me bañaba con jabón de olor, me empolvaba toda y
me ponía jazmín. Esperaba a Teresa, a Cristina y a veces a Paulina también, para hacernos en el
porche. (Súbitamente) ¿Qué hora es Rosaura?
Rosaura.- Son las doce, casi la hora del almuerzo. Cómo se ha pasado el tiempo.
La señorita Clara.- Déjame que me prepare que deben estar por llegar. Quizás hasta nos sorprendan y vengan a
almorzar aquí.
(Rosaura recoge los frascos y bandejas de medicinas, alguna ropa para lavar y sale rápidamente de la
habitación)
ESCENA IV
La señorita Clara va hacia el escaparate donde se encuentra con trajes que evocan viejos recuerdos. La
atmósfera se torna fantasmal. La señorita Clara recobra la vitalidad de sus veinte años. Toma un vestido de lino,
se viste para almorzar. La puerta de la habitación se abre lentamente, entre Teresa (transcurre la escena allá
por el año de 1920 en un lugar de los Andes).
Teresa.- (Vestida de rosa con volantes de organdí). Apúrate. ¿No está lista todavía? Siempre tan lenta.
La señorita Clara.- ¿Y por qué tengo que apurarme?, Allá tú que por andar tan rápida no puedes siquiera
engordar. (Entra Paulina cuando están discutiendo).
Teresa.- Pues lo prefiero así y no como tú que le pides permiso a un pie para mover el otro, como una auténtica
pereza.
(Mira a su alrededor y toma un dedal que tiene Clara encima de la cama)… dedal.
Teresa.- No, no, yo no te voy a prestar ningún chal, ni por todas las fresas. Además por qué tienes que andar
prestando.
La señorita Clara.- Pues sí debes saberlo, porque venías muy apurada a sacarme del cuarto.
Teresa.- Ahora vente a hacer la mosca muerta, que nadie se te va a poder acercar de la cantidad de jazmín que
te pusiste detrás de todas las orejas del cuerpo. ¿Y dime, por qué te estás arreglando tanto? (Se abre la
puerta. Se oye la voz de Rosaura).
Rosaura.- Que dice su mamá que se apuren, que cuando venga el doctor Joven (Gritos emocionados de las
muchachas). Tienen que estar listas para pasar a la mesa.
ESCENA V
En el escenario habrá una mesa muy bien acomodada, servida con esplendidez y el ambiente es de carácter
ceremonial.
El padre muy recto, con una elegante Boulange y asumiendo una actitud bondadosa, será el primero en
aparecer. Le acompaña el Doctor joven y seguidamente. Irán llegando sus hijas (Teresa, Paulina y Clara en un
solo grupo y Cristina un poco después). Una vez que todos se encuentren en el comedor, irán tomando asiento
en la mesa. La madre lucirá muy adusta.
Padre.- (Se pone de pie antes de comenzar a comer). Hoy es un día muy especial. Me llena de honda
satisfacción el que nos encontremos reunidos alrededor de la mesa familiar, cuando debo comunicarles que
hace algunos momentos en grata conversación con el Doctor Alfonso Marturet Crisanti, aquí presente, hijo de
una apreciada y distinguida familia de la sociedad de Caracas, me manifestó sus deseos de frecuentar nuestro
hogar con el fin de llevar relaciones con mi querida hija Cristina. Sobra decir que todos nosotros, incluyendo por
supuesto a Cristina, nos sentimos honrados con esta petición ya que viene de una persona a quien exornan
eximias dotes de caballerosidad.
(El chinito aparecerá en escena. Le entregará un sombrero alón al Doctor. Este lo tomará y lo entregará a
Cristina, quien sonriente se lo coloca sobre la cabeza. Clara y Paulina lloran al unísono, acompañadas del
chinito que desaparecerá por el lado por donde entró a escena.)
ESCENA VI
Ha terminado la escena del recuerdo. La señorita Clara regresa después de almorzar a su habitación
acompañada de Rosaura.
Rosaura.- Bueno, la dejo aquí para que duerma su siesta que con tanto ajetreo por el día de hoy debe estar
cansadísima la señorita.
Rosaura.- (Destiende la cama). Bueno, la dejo señorita. (Ante esto la señorita Clara da muestras de tener mucho
sueño. Sale Rosaura).
ESCENA VII
La señorita Clara segura de estar a solas se dirige rápidamente a la parte de atrás del escaparate. Saca una
maletica de cuero fino y con mucho cuidado la coloca sobre la cama. La abre y toma de ella un muñeco mientras
entona esta canción.
La señorita Clara .- (Comienza a cantar). A despertar mi niñito. Cachetitos de alelí. Ojitos de pozo claro,
dientecitos de maíz. Si me das una sonrisa, te regalo tres canicas, un dado para tu suerte y cruz de palma
bendita. A despertar mi niñito, no llores que estoy aquí, bien firme para cuidarte, muy tierna para besarte,
dientecitos de maíz. (Letra de la autora y arreglo musical de Nelson López y Daniel Marchan).
ESCENA VIII
(Mientras se arregla frente al espejo la señorita Clara se sume en sus recuerdos y ve entrando en la habitación a
su sobrina Cándida, tal y como diez años atrás).
Cándida.- (De improviso). Surprise. Absoluta Surprise. Eufrasia tiene lista su obra de arte por el día de hoy.
(Pausa). ¿Qué fecha es hoy? (Buscando un almanaque que acostumbra estar en una de las paredes) ¿Y el
almanaque que estaba aquí? (Pausa). Ah, ya veo que te empiezas arrimar al sabor y a lo nuevo. Sabes, un
cambio de vez en cuando no viene mal y yo sé que tú tienes tus sorpresitas de vez en cuando. Pero ¿qué
desmemoriada soy, verdad? No sabe que fecha es hoy es un verdadero sacrilegio. ¿Cómo será entonces
cuando tenga las bodas de plata o de oro o las diamantes, ah? 24 de abril, abril. Pensar que en otros países
durante esta época por donde pasas según dice Anita, se abren flores por todas partes. Fascinantes
crisantemos, blancas magnolias, novios y diminutas violetas, malvones y millares de flores inimaginables. No
como aquí, que con este baño de concreto asfixiante, de casualidad podemos ver una que otra ramita verde
rompiendo hasta asomarse por las rendijas para no morir. (Pausa corta). Bueno, bueno ¿A qué no sabes cuál es
la surprise? (Pausa) Buñuelos de apio. ¡Únicos! ¡Los mejores! Especialmente para ti. (Pausa). ¿Pero no dices
nada? (Riendo) Si no fuera por ti y por Eufrasia, la pobre, estaría comiéndome yo misma de la angustia porque
no sé hacer nada y de ahora en adelante puede traerme muy malas consecuencias. Para que no digan que todo
espero que me lo hagan durante toda la mañana, estuve buscando entre el montón de recetarios llenos de polvo
que dejó guardados mi papá, como recuerdo de familia en su biblioteca, alguna recetica sencilla para entrar en
calor. Y de paso conseguí el retrato de una pájara, sin animo de ofenderte, por supuesto, parecidísima a ti:
pintas de colores llamativos, grandes alas como abanicos y para completar, a un lado de la fotografía decía así:
(De memoria, como quien cita) “llamativo pájaro suramericano. La hembra está provista de hermosas alas con
las que cubre celosamente sus pichones hasta bien entrados éstos en edad. Su cabeza relativamente pequeña,
está rematada en un moño que le da un aire de coquetería poco habitual entre otros animales de la especie. En
algunos países debido al caminar pesado y ondulante del animal y al mencionado moño, se le denomina “La
Tiíta” (Riendo a carcajadas. La señorita Clara continúa arreglando objetos y trajes sin contestar). Pero,
pero ¿Qué haces?
La señorita Clara .- Pues, lo que pasa es que ya no eres mi polluelo. Así, que no trates de congraciarte que lo
hecho hecho está. Y no tienes perdón. Me has matado.
Cándida .- (Como quien busca algo) ¿Dónde está, pero dónde está?
La señorita Clara .- El cadáver soy yo. Y el arma homicida lo que tú me hiciste. (Señalándola) Tú eres la única
arma homicida en esta casa.
Cándida.- Pero tía si no es para tanto. Además, ¿no te has puesto a pensar que más bien fue para darte la
sorpresa?
La señorita Clara.- No claro, es que no lo dudes. La sorpresa me la diste. Y eso que estas cosas no deberían
agarrarlo a uno por sorpresa. Mi mamá. Que algún sitio del cielo Dios seguro le tuvo destinado, siempre me lo
decías: “Cuando uno menos lo espera salta la liebre”. Sí, debía esperármelo.
Cándida.- Pero, ¿Cuál es la diferencia entre habértelo dicho antes o habértelo dicho después? ¿No habría sido
lo mismo para ti? Pienso que si te lo hubiera dicho antes habrías sido capaz de recluirme como cualquier fiera
entre cuatro paredes. Si ya una vez me lo hiciste.
La señorita Clara.- Que te has pensado ¿Qué soy una loca? Yo que lo único que he hecho es quererte. Me has
matado. Guillermina está tan triste.
La señorita Clara.- Anoche estuvo toda la noche mirándome. (Mirando un retrato en la pared). Y nunca había yo
visto ojos tan tristes.
Cándida.- Para enviarle la invitación al matrimonio eclesiástico y una cartica que rece así: (Mirando al cielo). Ya
puedes morirte de la risa, se casa la niña con velo y corona, que al fin y al cabo es lo que interesa (Pausa corta).
Alégrate pues ¿Ése es el más importante, no? ¿No era lo que tú querías? Verás como todo el mundo esconde la
lengua entre el rabo.
La señorita Clara.- Sí. Lo que yo quería. Pero con alguien que valiera la pena, alguien diferente, no así,
chupulún, a casarse con el primero que pase. Y lo que es peor, sin ni siquiera participar. No señor, a mis
espaldas.
La señorita Clara.- Ni tía tampoco. Ya no soy tu tía. Otra cosa sería si me hubieras tomado en cuenta.
Cándida.- Con ese cuento de tómame en cuenta, tómame en cuenta, de casualidad me quedo para vestir
santos. Tú misma me lo dijiste una vez, ahora no me lo puedes negar, que de no haber sido porque le hiciste
mucho caso a la cantaleta de tu mamá, en contra del repudiado sacramento del matrimonio que en vida le dejó
ocho hijos y uno de los velatorios y entierros más notorios de San Cristóbal, quizás te hubieras decidido a
casarte con el doctor Bonacho.
La señorita Clara.- Ahora sí torció la puerca el rabo con ese decir tuyo. En realidad, nunca dije que estuviera
arrepentida. Al fin y al cabo, es mejor estar solo que mal acompañado.
Cándida.- Además no puedes decir nada si no conoces a Ángel, de verdad, verdad. Sólo lo has visto una vez.
La señorita Clara.- ¡Y qué vez! No quiero ni recordarlo. Todavía siento la sonrisa congelada en la boca, sin saber
qué hacer con el acta de matrimonio temblándome en las manos. Y él, allí, pequeñito e insignificante,
mirándome a los ojos con cara de yo no fui.
La señorita Clara.-Además, si realmente es tan maravilloso como tú dices, al menos debió tener valor y venir a
esta casa a pedirme tu mano.
Cándida.- Y a los pocos minutos salir de esta casa con el rabo entre las piernas, con no sé cuantos nombres de
caballeros ilustres, desfilándole en un solo redoblón por la cabeza y tratando de ver claro, porque si cuando
había puesto los pies en la sala estaba tan convencido de casarse conmigo, otra vez en la calle pensaba que la
cosa había comenzado a lucir como un penoso vía crucis.
Cándida.- Pero Tiíta, el tiempo de los cruzados ya quedó muy lejos. Hoy escasean por todas partes los hombres
que estén dispuestos a casarse con una y cuando se ha tenido la suerte de dar con uno de ellos, lo mejor es
echarle rápido la garra.
La señorita Clara.- Pero al menos has debido decírmelo antes y después te casabas, aun cuando fuera sin mi
consentimiento.
Cándida.- Preferí cubrirme las espaldas, antes de que me pusieras detective detrás.
La señorita Clara.- Pues bueno, ya creo que no tengo nada que hacer aquí, que se sepa que fuiste tú y sólo tú la
que lo quisiste así. (Levanta la maleta)
Cándida.- Piénsalo bien. En ningún otro sitio vivirás mejor que aquí. Esta ha sido tu casa durante largo tiempo.
La señorita Clara.- ¿Qué te has pensado, que no tengo dolientes? Antes de venir aquí vivía feliz con mis
hermanas. Ellas se pondrán contentas de verme llegar de nuevo. Cristina y Teresa, aunque ya no están, sé que
me acompañan desde el cielo en donde Dios de seguro las tendrá. Y que conste que cuando, me vine hace
cuarenta años a esta casa fue siguiéndole los pasos a Guillermina, que me adoraba como una madre. Pero
ahora como se ve, las cosas han cambiado y si hay santos nuevos los viejos no hacen milagros.
Cándida.- Los años han pasado Tiíta. Ahora ya las cosas no son como antes. Tía Paulina ya casi ni ve. En
cambio en esta caso lo que viene es vida. (Pausa corta). Mira, cuando tenga hijos, que espero que sea bien
pronto, tú vas a ser como una abuela para ellos. ¿Te los imaginas? Gorditos, con cacheticos mofletudos,
diciéndote agú, agú,, abuelita, agú.
ESCENA IX
Súbitamente el sonido de alguien al otro lado de la puerta de la habitación sorprende a la señorita Clara quien
abandona sus recuerdos.
La señorita Clara.- Sólo unos minutos. Me estoy vistiendo. Un momentico. (Abre la puerta).
Rosaura – Yo creí que estaba en el quinto sueño. Vine por sí acaso usted… (Pausa.) ¿Y para dónde va?
La señorita Clara.- Nada del otro mundo. Sólo que voy a visitar a Paulina.
II ACTO
ESCENA I
Puerta de la habitación de doña Paulina. Se deja oír melodía ranchera de Pedro Infante donde destacan de
manera especial los violines.
Misia Paulina se encuentra oyendo el programa de rancheras de las cuatro (4:00 p.m.) por “Radio Latina” única
estación que escucha mientras toca un viejo violín imaginario. La señorita Clara entra y se mueve
cuidadosamente en la abigarrada habitación a fin de no mover nada. Se dirige hacia el radio y baja un poco el
volumen.
Misia Paulina.- (Repentinamente deja de tocar el violín. A la expectativa). ¿Quién anda ahí?
Misia Paulina.- Clarita como el agua de los lagos/ Clarita como el cielo/ Clarita como… (Pausa corta). Pájaro de
mar por tierra. Al fin vienes a verme. (Pausa corta) ¿No me habrás movido el palito del dial de la Radio Latina?
La señorita Clara.- (Angustiada) ¿Qué te sucede Paulita? ¡Paula!, ¿el oído también?
Misia Paulina.- Ah, me asustaste, ¿Lo decías por eso? Es que si no me cuido, la gente me cambia de lugar mis
cosas y después no tengo modo de encontrarlas. (Pausita corta).
La señorita Clara.-(Con picardía). Un secreto. (Pausa corta). No es que no venga. Es que a veces he venido y
no te has dado cuenta.
Misia Paulina.- Humm… No me engañas. Además, tratas de comprarme con tus bocadillos de guayaba. Porque
aun cuando vienen muchos a oírme tocar el violín, puedo saber que no estás entre ellos. Lo sé por la manera
como pisas. Cada quien tiene su forma de aproximarse. Además, cada vez que vienes es imposible tocar no
esto de violín, hablas demasiado. Así que deberías venir con más frecuencia y conversar menos.
(Come el bocadillo).
La señorita Clara.- No digas eso. Es que a veces estoy demasiado ocupada poniendo en orden todas las cosas
para cuando vienen a visitarme.
La señorita Clara.- (En voz baja) ¿Por qué no las dejas entrar?
Misia Paulina.- Déjalo así. Si las dejo entrar me moverán todo y después no puedo dar con nada. No puedo
encontrar nada.
La señorita Clara.- Esas son manías. ¿No pensarás vivir en este…? Esto parece un mismísimo nido.
Misia Paulina.- Es mi cuarto, ¿no? Y además, como no sea a ti, que vienes sólo de vez en cuando, no espero a
más nadie. Y de todas maneras a mí me gusta así como está.
La señorita Clara.- Líbreme Dios Paulina. ¿Has llegado a pensar que no te quiero?
Misia Paulina.- A veces. No siempre puedo estar con el violín. Mis visitantes deben marcharse una y otra vez.
Entonces, aunque sea por un momento me pongo a pensar, ajá, pues sí, Clarita no me ha venido a visitar. Me
río como si fuera una broma, aunque tú no me creas. Y a los pocos instantes, sin quererlo, el corazón me aletea
dentro del pecho como si tuviera aquí metido un pájaro agonizante.
Misia Paulina. – Sí Clarita, el pájaro, yo no. Con los años he llegado a aceptar, y es mejor así, que uno es como
una posada a la orilla de un camino. A ella entran y salen visitantes ocasionales. A unos, si acaso, podemos
distinguirles la cara. Otros en cambio, nos dejan ver sus ojos y se nos meten aquí dentro como una candelilla,
así como un relámpago claro. Hay algunos que permanecen un tiempo y que cuando se han ido quisiéramos
volver a ver sus ojos porque dejan la casa plagada de recuerdos. Pero al final lo que siempre está ahí es la
posada.
La señorita Clara.- En pajaritos preñados porque soy diferente y me gusta mantener limpia mi habitación.
Misia Paulina.- La mía también lo es (Pausa) (Comiendo el dulce). (Saborea). ¿Desde hace cuanto tiempo es
este bocadillo?
La señorita Clara.- ¿Mohoso mi bocadillo? Eres una desagradecida que encima de que no te das cuenta del
esfuerzo que debo hacer para permanecer en este cuarto irrespirable, desprecias mis bocadillos. (Señalando
hacia la pared). ¿Te das cuenta? Ahí va una cucaracha.
Misia Paulina.- Mátala, por favor. Yo no la puedo ver. Debió venirse de tu habitación, que con tantos dulces
mohosos y manzanas podridas no produce sino animalejos que molestan al vecindario.
La señorita Clara.- Nada de eso de decir que en mi cuarto existe ningún tipo de animalejos. Todo está muy bien
ordenado. Me daría pena que me vieran el cuarto así.
Misia Paulina.- Y para que quiero yo arreglar nada. No espero a nadie. Allá tu guardando bocadillos que se
vuelven mohosos porque ya nadie viene a verte.
La señorita Clara.- (Con la voz ahogada a punto de llorar) No digas eso. No vuelvas a repetirlo. Ellos siempre
me llaman por teléfono cuando no pueden venir. Iban a un viaje muy largo de donde me van a traer muchas
cosas. (La señorita Clara volteando lentamente hacia la puerta de la habitación se lanza fuera. Misia Paulina
sube el volumen de la radio dejando oír de nuevo las canciones de ayer, de hoy y de siempre).
ESCENA II
Voz de Mujer 2.- Hablando del Rey de Roma y por ahí se asoma. (Risa)
Voz de Mujer 1.- Ay mi amor me pones a millón. (Poco a poco la atmósfera se irá transformando en ambiente de
la casa. Lentamente van desapareciendo los personajes.)
ESCENA III
&nbssp;
Rosaura.- (Grita) ¡Ay Dios mío! ¡Dios mío! Señorita Clara, ¿qué le pasa? Señorita Clara, conteste. Marina,
Marina, apúrate, ayúdame aquí. La señorita Clara se cayó. Apúrate. ¡Ay Dios!
Marina.- ¿Qué pasa? ¡Señor Dios! Rápido, arriba, arriba, ¿por qué se caería? Con cuidado, no vaya a ser que…
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Rosaura.- Ella dijo hace un raato que iba a visitar a Misia Paulina.
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Marina.- Quién sabe si ni estará, tiene tanto tiempo que no aparece.(La señorita Clara se queja)
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Marina.- Diga ¿le duele algo? ¿Por qué se queja? ¿Dónde le duele?
Rosaura.- No dice nada. Parece que se tragó la lengua. La tensión la tiene un poco baja. Pero no parece tener
nada roto.
Marina.- Le está volviendo el color a la cara. Yo creo que no es nada del otro mundo. Yo voy a la cocina a matar
un pichoncito que tengo por ahí. Con un buen caldito… Eso como que es lo que le hace falta.
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Rosaura.- Es que se ha ajetreado demasiado y ella no está para esos trotes.(Sale Marina de la habitación)
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Rosaura.- ¿Se está sintiendo un poquito mejor, verdad? Déjeme que le busco más goticas. (Sale Rosaura).
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ESCENA IV
La señorita Clara queda sola. En alas del recuerdo aparece Eufrasia, antiguo servicio de la casa de Don
Leonardo y Guillermina, ya muerto. Entra Eufrasia. 20 años atrás casa de Don Leonardo y Guillermina.
Eufrasia.- ¡Ah!, por fin la encuentro. Estuve buscándola por allá dentro y requetebuscándola y no la conseguía.
Ya yo estaba asustada pensando que pudieran habérsela llevado los tales extraterrestres. Porque, ahora con
tanto cuento de que si se le aparecen a la gente unos enanitos luminosos y llenos de colores, lo tienen a uno
nervioso. (Pausa corta) y, raro que la señorita está aquí.
La señorita Clara.- Eufrasia ¿no podría usted llamar a sus primas para que dejen la ida al cementerio para el
próximo fin de semana o en tal caso para el domingo? Porque mañana la voy a necesitar aquí.
Eufrasia.- Ah, ya sé, segurito que tenemos invitados. (Pausa corta) Entonces lo dejaremos para el domingo. No
le digo que para la semana que viene porque no puedo asegurar que tanta ausencia le guste a la difunta y
entonces, segurito que la semana que viene empiezo con una soñadera. (Pausa corta) La otra vez que me dio
aquel gripón y que no pude ni pararme del descoyuntamiento, no me lo perdonó. Y una noche soñé que la
difunta estaba muy brava y se paró de la tumba y empezó a llamar a todos los demás amigos difuntos.
Entonces, se pusieron de acuerdo y cual no fue la sorpresa de los de la administración, cuando vieron una
poblada de muertos venir cementerio abajo con unas pancartas blancas que decían: “Nos tienen abandonados,
abajo los vivos”. “Muerte a los parientes ingratos”. El Administrador como enloquecido, junto con los otros
empleados empezó a buscar a todos los familiares y a llamarlos por teléfono, no fueran las cosas a pasar a
mayores. En eso pues, el teléfono de las de las primas estaba malo, entonces se les ocurrió llamarme a mí.
Cuando ese aparato sonó, desperté. El corazón se me salía por la boca. Desde ese día prefiero no dejar que se
pase mucho tiempo sin hacerle la visita a la difunta. (Pausa).
Eufrasia.- Entraditos los veinte. La niña estaba chiquita. Dona Guillermina todavía le daba el pecho.
La señorita Clara.- ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Ojalá! Pueda durar aquí veinte años más.
Eufrasia.- De aquí allá ya me habré muerto. Pero ¿Y qué me le pasa señorita Clara? La veo con la mirada como
desmaya.
Eufrasia.- Toditicos. Estaba esteraita. Me senté con toda paciencia y se los fui sacando uno a uno y de blanca
que estaba quedó verdecita. (Pausa corta). ¿Usted no sabe lo que me pasó? Pues por andar de puro mirona,
mientras Rosalía tendía la ropa estaba tienta que tienta la escalera que había agarrado para ir a cambiar una
bombilla y en una de las coyunturas estaba un gusano. Con la misma que le siento la pelusera empecé a
sacudir la mano y lo aviento lejos y como se seguía moviendo fue tanta mi tribulación, que agarré el fleet y ahí
se quedó todo engurruñao, sin poder hacer nada. Salgo corriendo a ponerme mentol indio, y Dios a quien tanto
le pido estaría ocupado o distraído o qué sé yo si hasta viendo la televisión, y voy le meto la chancleta al cable
de la plancha y zas, como un mismo animal casi le meto al suelo la jocica. Es que, señorita Clara, cuando uno
está de malas, no hay nada que hacer.
La señorita Clara.-Nadie Eufrasia, nadie tiene porqué venir mañana. Soy yo que me voy.
La señorita Clara.-Como me oye. Me voy Eufrasia, me voy. No vuelvo más. De ahora en adelante le toca a usted
agarrar las riendas de esta casa. Usted sabe las cosas, tiene aquí toda una vida.
Eufrasia.- Pero ¿Y cómo es eso señorita? ¿Pero qué pasó? Porque yo será que estoy bruta, pero no entiendo
nada.
La señorita Clara.-Pues que la niña se casó. Ya yo no tengo nada que hacer aquí.(La atmósfera comienza a
tornarse como antes. Lentamente Eufrasia se va alejando de la habitación).
ESCENA V
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Marina.- Ah, por fin se decidió a hablar (Pausa corta); hoy es viernes, justo el día en que la señorita acostumbra
a dar de comer a esos pájaros rocheleros que vienen al parque. Ya casi no van a poder volar de lo gordo que los
tiene.
La señorita Clara.- No puedo ir a ninguna parte, todos los papeles se me han perdido. Yo sé que nunca voy a
regresar.
La señorita Clara.- (Con desesperación). Las fechas, las cartas, los mapas, donde estaba señalado el sitio
donde yo podría ir.
Marina.- Nunca dijo antes que usted tuviera todas esas cosas.
Marina.- no sé. Yo nunca he tenido sitios a donde tenga que ir y hace mucho tiempo que nadie me escribe una
carta.
La señorita Clara.- Un animal entró y se me metió en la cabeza. Yo sentí el puyazo. Lo siento adentro como si
fuera un cosquilleo. Me come y me come como si mi cabeza fuera una manzana.
Marina.- (Muy extrañada). ¿Pero qué animal es ese del que me habla?
Marina.- Pero yo no le veo nada. Mire, por qué no se acomoda un poco que Cándida puede aparecer en
cualquier momento y mire cómo la va a conseguir.
La señorita Clara.- Eso es mentira. No tengo a nadie a quien lucirle. Mentira, es mentira. No le pertenezco a
nadie. Da lo mismo estar aquí entre estas cuatro paredes o haberme…
Marina.- ¿Y Rosaura y yo no contamos para nada? Y Misia Paulina y esos pájaros realengos del
parque (Pausita). Además, qué sabe usted, es probable que su sobrina esté muy ocupada por los momentos o
quizá de viaje.
La señorita Clara.- Sí, un viaje muy largo. Un viaje sin regreso. (Pausa).
La señorita Clara.- Como nunca. Déjame que me acomode. Paulina me espera para un concierto.
La señorita Clara.- (Parándose). Claro que sí. (Se prepara con algún atuendo para salir)
ESCENA VI
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Paulina.- Apúrate, el concierto ya va a comenzar. No más llegue el resto de los invitados comenzamos.
La señorita Clara.- Tengo muchos deseos de escuchar un poco de música. Me duele mucho la cabeza.
Paulina.- Siéntate, siéntate. Será un concierto maravilloso. (Pausa corta). Pero… eso no puede ser gratis. Se
aceptan pagos no monetarios, así como en especie. Un bocadillo de guayaba, tal vez, pero eso sí, sin hongos ni
mordeduras, enterito para mí.
La señorita Clara.- Lo que pasa es que ahora no tengo. Pero te lo debo. Me duele mucho la cabeza.
Paulina.- Ay Clarita, cómo te conozco. Bueno, no importa. Me gusta más que estés aquí para oírme. Te quiero
igual (Pausita corta). Me lo debes.
Paulina.- Sheee (Pausa). Son ellos. Son ellos sí. Ahí vienen. (Nadie visible. Amablemente). Adelante, adelante.
(Dirigiéndose a Clara). Acomódate. Verás que encantadores. Será un gran concierto. (Dirigiéndose a los
visitantes). Siéntense, siéntense. Esta es Clara, mi hermana. Clara hoy nos acompañará con su clarinete.
Paulina.- Vamos, no te hagas la loca. (Se dirige a los visitantes). Ella es un poco tímida.
Paulina.- Es que a ella le gusta tomar el pelo. Vamos, vamos Clarita. Anímate. Que esperan por nosotras.
La señorita Clara.- Bueno, como tu quieras. Está bien. Pero si las cosas no salen como deben ser, será por tu
culpa.
(Paulina toma un imaginario violín. Otro tanto Clara con su clarinete. Afina. Inician una hermosa pieza. Se
apagan las luces).
FIN