El Horla
El Horla
EL HORLA
Guy de Maupassant.
Fotografía de Félix Nadar, 1888.
MAUPASSANT Y SU CRIATURA
TRAS STENDHAL Y BALZAC, Flaubert y Zola, emerge la figura de Guy de Maupassant (1850-1893)
como heredero y continuador de un legado que lo elevaría al primer plano de la literatura
francesa y lo convertiría en uno de los grandes cuentistas de la literatura mundial.
Más allá del retrato realista y la crítica descarnada de la sociedad de su tiempo, y la
descripción irónica de la burguesía en la Tercera República Francesa —siempre hipócrita y
acomodaticia, revestida de una falsa moral que aplica según su conveniencia—, narrada con
maestría en relatos como Bola de sebo (1880) y novelas como Bel Ami (1885), Maupassant se
desmarca de sus predecesores y maestros para internarse en un territorio para ellos
inexplorado: la fantasía y el horror. Ya desde su primer relato, La mano disecada, publicado en
1875 en el Almanach Lorrain, de Pont-a-Mousson, y firmado con el seudónimo de Guy de
Valmont, Maupassant revela un gusto por lo mórbido y misterioso, que seguirá desarrollando a
lo largo de relatos como El miedo (1882), La madre Sauvage (1884) y El diablo (1886), y que
tendrán su cumbre más alta en la tercera versión de El horla (1887), que presentamos en este
Libro al Viento 135, en la traducción de Luisa Fernanda Espina, ganadora del Concurso Beca
Nacional de Traducción de Idartes en 2018.
Maupassant retoma en El horla un motivo que lo ha acompañado desde siempre: el doble.
Su tío Alfred de Poittevin, hermano de su madre, fue un paisajista aficionado y poeta en ciernes
que se entregó a los excesos y murió joven, dos años antes de que su sobrino naciera. Las
esperanzas que su muerte dejó truncas fueron puestas en Maupassant, que pasó los primeros
años a la sombra de ese personaje, a quien todos decían que se parecía muchísimo. El segundo
cuento al que se lanza el joven escritor, después de La mano disecada, tiene como título Doctor
Héraclius Gloss (1875) y explora las formas en que la metempsicosis puede trasladar las almas
de un cuerpo a otro. Y así, su poema Terror, de 1880, deja clara por primera vez la idea de ese
otro lleno de misterio que puede ser él mismo.
A cierto autor leía hasta muy tarde era ya media noche y tuve miedo.
¿Miedo de qué?, no sé, pero fue horrible.
Presentí entre jadeos y estertores Que pronto iba a pasar algo terrible...
Detrás de mí, creí sentir entonces una rara presencia a mis espaldas con una risa atroz y
muy nerviosa: mas no escuchaba nada, ¡Qué tortura!
Sentir que alguien tocaba mis cabellos, con su mano llegando hasta mi hombro, sentir que
iba a morir si lo escuchaba.
Cada vez más cercano se inclinaba y yo para salvarme no quería dar vuelta mi cabeza, ni
moverme...
Giraban con horror mis pensamientos como aves en un cielo de tormenta, un sudor frío
congelaba el cuerpo y en aquel cuarto sólo se escuchaba castañetear mis dientes
atrozmente.
El narrador de El horla, cuyo texto es un diario sobre lo que empieza a sucederle, escribe en
su entrada del 14 de agosto:
¡Estoy perdido! ¡Alguien posee mi alma y la gobierna! Alguien ordena todos mis actos,
todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Ya no soy nada en mí mismo, no soy más
que un espectador esclavo y aterrado por todas las cosas que hago. Deseo salir. No puedo.
Él no quiere; y me quedo, abrumado, tembloroso, en el sillón donde me mantiene sentado.
Solo deseo levantarme, incorporarme, para creer que aún soy dueño de mí mismo. ¡No
puedo!
Pero, de la misma forma que pasa en Otra vuelta de tuerca de Henry James, el lector no sabe
si está ante las alucinaciones del narrador o verdaderos sucesos paranormales. En esa fina
ambigüedad se mueve todo el tiempo el texto de Maupassant, acrecentada por la narración
racional, fría, que hace al personaje principal emprender investigaciones, corroborar, tener
siempre un matiz de duda sobre lo que experimenta. En ese tono casi científico, así como en el
tema del doble, Maupassant se emparenta con el Edgar Allan Poe de relatos como Revelación
mesmérica, pero va más allá al introducir, en la galería de espantos que ha creado el género,
una criatura emblemática, a medio camino entre lo fantasmal y lo tangible, múltiple e irracional
como los zombies, cuya amenaza no está del todo enunciada: el horla o más bien, un horla, uno
de tantos que deben andar sueltos en diferentes latitudes del globo, atormentando y llevando a
la locura a sus víctimas.
BIBLIOGRAFÍA
CASTEX, Pierre-Georges, Le conte fantastique en France: de Nodier a Maupassant, Librairie José
Corti, París, 1951.
JAMES, Henry, The Art of Fiction and Other Essays, Oxford University Press, New York, 1948.
MAUPASSANT, Guy de, La becada. Claror de luna. Miss Harriet (introducción de Dana Lee
Thomas), Editorial Porrúa, Buenos Aires, 1984.
, El horla y otros cuentos de angustia (presentación de Christopher Domínguez
Michael), Conaculta, México D. F., 1999.
, Cuentos (prólogo de Graziella Pogolotti), Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974.
, Obras escogidas (nota preliminar de José Luis Contreras), Aguilar, Madrid, 1979.
, El Diablo y otros cuentos de angustia (prólogo, traducción y notas de Mauro Armiño),
Valdemar, Madrid, 2008.
, Bel Ami (introducción de Jean-Louis Bory), Penguin Clásicos, Barcelona, 2015.
SACRISTÁN, José M., Genialidad y psicopatología, Biblioteca Nueva, Madrid, s. f.
EL HORLA
8 de mayo
¡Qué día tan maravilloso! Pasé toda la mañana tendido en la hierba, frente a mi casa, bajo el
enorme plátano que la cubre, la cobija y le da sombra por completo. Me gusta esta región, y me
gusta vivir en ella, porque aquí están mis raíces, esas profundas y delicadas raíces que atan a
un hombre a la tierra donde nacieron y murieron sus antepasados, que lo atan a lo que allí se
piensa y a lo que se come, tanto a las costumbres como a las comidas, a las expresiones locales,
al acento de los campesinos, a los olores del suelo, de los pueblos y del aire mismo.
Me gusta mi casa, en la que crecí. Desde mis ventanas veo el Sena fluir, a lo largo de mi
jardín, detrás del camino, casi en mi casa, el grande y amplio Sena que va de Ruan a El Havre,
cubierto de barcos que pasan.
A la izquierda, a lo lejos, Ruan, la vasta ciudad de techos azules, bajo la multitud afilada de
los campanarios góticos. Son innumerables, frágiles o amplios, dominados por la aguja de
hierro de la catedral, y llenos de campanas que resuenan en el aire azul de las hermosas
mañanas, lanzándome su suave y lejano rumor de hierro, su canto de bronce que me trae la
brisa, unas veces más alto y otras más tenue, dependiendo de si se despierta o se adormece.
¡Qué buen clima el de esta mañana!
Hacia las once, un largo convoy de navíos, arrastrados por un remolcador, gordo como una
mosca, que se quejaba de fatiga vomitando un humo espeso, desfiló frente a mi reja.
Detrás de dos goletas inglesas, cuya bandera roja ondeaba contra el cielo, venía un
extraordinario barco brasileño de tres mástiles, blanquísimo, admirablemente limpio y
reluciente. Lo saludé, no sé por qué, tanto placer me dio ver ese navío.
12 de mayo
Tengo un poco de fiebre desde hace algunos días; me siento indispuesto o, mejor dicho, me
siento triste.
¿De dónde vienen esas influencias misteriosas que convierten en desánimo nuestra
felicidad y nuestra confianza en angustia? Se diría que el aire, el aire invisible, está lleno de
desconocidas Fuerzas, de las que padecemos su cercanía misteriosa. Me despierto lleno de
alegría, con ganas de cantar en la garganta. —¿Por qué?—. Bajo a la orilla del río y, de pronto,
después de un corto paseo, vuelvo desconsolado, como si alguna desgracia me esperara en mi
casa. —¿Por qué?—. ¿Es un escalofrío que, rozando mi piel, estremeció mis nervios y
ensombreció mi alma? ¿Es la forma de las nubes, o el color del día, el color de las cosas, tan
variable, que, al pasar por mis ojos, enturbió mi pensamiento? ¿Quién sabe? Todo lo que nos
rodea, todo lo que vemos sin observarlo, todo lo que rozamos sin conocerlo, todo lo que tocamos
sin palparlo, todo lo que encontramos sin distinguirlo, ¿tiene en nosotros, en nuestros órganos
y, a través de ellos, en nuestras ideas, en nuestro corazón mismo, efectos rápidos,
sorprendentes e inexplicables?
¡Qué profundo es ese misterio de lo Invisible! No podemos sondearlo con nuestros míseros
sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado
grande, ni lo demasiado cercano ni lo demasiado lejano, ni los habitantes de una estrella ni los
habitantes de una gota de agua... Con nuestros oídos que nos engañan, pues nos transmiten las
vibraciones del aire transformadas en notas sonoras. Son hadas que logran ese milagro de
convertir en ruido ese movimiento y por esa metamorfosis dan nacimiento a la música, que
vuelve melodiosa la agitación muda de la naturaleza... Con nuestro olfato, más tenue que el de
un perro... ¡Con nuestro gusto, que apenas puede discernir la edad de un vino!
¡Ah! ¡Si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros, cuántas más
cosas podríamos descubrir a nuestro alrededor!
16 de mayo
¡Estoy enfermo, definitivamente! ¡Me sentía tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre
atroz, o más bien un nerviosismo febril, que hace que mi alma sufra tanto como mi cuerpo. Sin
cesar tengo esta sensación espantosa de un peligro amenazante, esta aprensión de una
desgracia inminente o de la muerte que se acerca, ese presentimiento que es sin duda el ataque
de un mal aún desconocido, germinando en la sangre y en la carne.
18 de mayo
Vengo de consultar a mi médico, pues ya no podía dormir. Me encontró el pulso acelerado, las
pupilas dilatadas, los nervios vibrantes, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y
tomar bromuro de potasio.
25 de mayo
¡Ningún cambio! Mi estado es en verdad extraño. A medida que se aproxima la noche, una
inquietud incomprensible me invade, como si la noche ocultara para mí una amenaza terrible.
Ceno rápidamente, después trato de leer, pero no entiendo las palabras, apenas distingo las
letras. Camino entonces de un lado a otro en la sala, con la opresión de un temor confuso e
irresistible, el temor al sueño y el temor a la cama.
Hacia las diez, subo a mi habitación. Apenas entro, doy dos vueltas a la llave y ajusto los
cerrojos; tengo miedo... ¿de qué?... Hasta ahora no le temía a nada... Abro los armarios, miro
bajo la cama; escucho. escucho. ¿qué? ¿No es extraño que un simple malestar, tal vez un
trastorno de la circulación, la irritación de una red nerviosa, una leve congestión, una pequeña
perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y tan delicado de nuestra máquina viviente,
pueda convertir en melancólico al más alegre de los hombres, y en cobarde al más valiente?
Luego me acuesto, y espero al sueño como se esperaría al verdugo. Espero con espanto su
llegada; y mi corazón palpita, y mis piernas tiemblan; y todo mi cuerpo se estremece en el calor
de las mantas, hasta el momento en el que caigo de golpe en el sueño, como si cayera para
ahogarme, en un abismo de agua estancada. No lo siento venir, como antes, a ese sueño
pérfido, escondido cerca de mí, que me acecha, que va a tomarme la cabeza, cerrarme los ojos,
aniquilarme.
Duermo —bastante— dos o tres horas; luego, un sueño —no— una pesadilla, me oprime. Sí,
siento que estoy acostado y que duermo..., lo siento y lo sé... y siento también que alguien se me
acerca, me observa, me palpa, se sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, toma mi cuello
entre sus manos y aprieta... aprieta... con todas sus fuerzas, para estrangularme.
Yo, yo me resisto, sometido por esta impotencia atroz, que nos paraliza en los sueños;
quiero gritar —no puedo—; quiero moverme —no puedo—; intento, con esfuerzos terribles,
jadeando, darme vuelta, rechazar a este ser que me aplasta y asfixia —¡no puedo!
Y, de pronto, me despierto, enloquecido, bañado en sudor. Enciendo una vela. Estoy solo.
Después de esta crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin, en calma, hasta la
aurora.
2 de junio
Mi estado se ha agravado aún más. ¿Qué es lo que tengo entonces? El bromuro no hace ningún
efecto; las duchas tampoco. Hace un rato, para cansar mi cuerpo, tan agotado ya, fui a dar una
vuelta en el bosque de Roumare. En un principio, me pareció que el aire fresco, ligero y suave,
lleno del olor de las hierbas y de las hojas, vertía en mis venas sangre nueva, una energía nueva
en el corazón. Tomé un ancho camino de caza, luego me desvié hacia La Bouille, por una
alameda estrecha, entre dos filas de árboles exageradamente altos que formaban un techo
verde, tupido, casi negro, entre el cielo y yo.
Un estremecimiento me invadió de pronto, no un estremecimiento de frío, sino un extraño
estremecimiento de angustia.
Aceleré el paso, inquieto por estar solo en ese bosque, atemorizado sin razón,
estúpidamente, por la profunda soledad. De repente, tuve la sensación de que me seguían, que
me pisaban los talones, muy cerca, muy cerca, casi tocándome.
Me di vuelta bruscamente. Estaba solo. No vi detrás de mí sino la recta y larga senda,
vacía, alta, temiblemente vacía; y se extendía también del otro lado, hasta perderse de vista,
toda igual, aterradora.
Cerré los ojos. ¿Por qué? Y me puse a girar sobre un talón, muy rápido, como un trompo.
Por poco me caigo; reabrí los ojos; los árboles bailaban; la tierra flotaba; tuve que sentarme.
Luego, ¡ah!, ¡no sabía por dónde había venido! ¡Extraña idea! ¡Extraña! ¡Extraña idea! No lo
sabía en absoluto. Me fui a la derecha, y regresé al camino que me había llevado al centro del
bosque.
3 de junio
La noche fue horrible. Voy a ausentarme durante algunas semanas. Un pequeño viaje, sin duda,
me repondrá.
2 de julio
Regreso. Estoy curado. Por cierto, hice una excursión encantadora. Visité el monte Saint-
Michel, que no conocía.
¡Qué visión, cuando, como yo, se llega a Avranches al atardecer! La ciudad está sobre una
colina; y me llevaron al jardín público, en los límites de la población. Grité de asombro. Una
bahía enorme se extendía ante mí, hasta donde alcanzaba la vista, entre dos costas apartadas
que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de esta inmensa bahía amarilla, bajo un
cielo de oro y claridad, se elevaba sombrío y puntiagudo un monte extraño, en medio de las
arenas. El sol acababa de desaparecer, y en el horizonte aún resplandeciente se dibujaba el
perfil de ese fantástico acantilado, que sostiene en su cima un fantástico monumento.
Al amanecer fui hacia allá. El mar estaba bajo, como la noche anterior, y, a medida que me
acercaba a ella, veía erigirse ante mí la sorprendente abadía. Luego de varias horas de
caminata, alcancé el enorme bloque de piedras que sostiene el pequeño pueblo, dominado por
la gran iglesia. Tras subir por la calle estrecha y empinada, entré a la más admirable morada
gótica construida para Dios en la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas de techos bajos,
aplastadas bajo bóvedas y altas galerías que sostienen frágiles columnas. Entré a esa
gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, por
donde ascienden escaleras retorcidas, y que lanzan al cielo azul de los días, al cielo negro de las
noches, sus cabezas extrañas, erizadas de quimeras, de diablos, de bestias fantásticas, de flores
monstruosas, y enlazados por finos arcos labrados.
Cuando alcancé la cima, le dije al monje que me acompañaba:
—Padre, ¡qué bien se debe estar aquí!
—Hay mucho viento, señor —respondió, y nos pusimos a conversar, viendo crecer el mar,
que avanzaba por la arena y la cubría con una coraza de acero.
Y el monje me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, siempre
leyendas.
Una de ellas me impresionó mucho. Los habitantes del lugar, aquellos del monte, aseguran
que por las noches se oyen voces en la playa, y que luego se oye el balido de dos cabras, una
con voz fuerte, la otra con voz débil. Los incrédulos afirman que son los gritos de los pájaros
marinos, que unas veces parecen balidos, y otras quejas humanas; pero los pescadores
rezagados juran haber encontrado, entre dos mareas, alrededor del pequeño pueblo, arrojado
tan lejos del mundo, a un viejo pastor, rondando por las dunas, al que no se le ve nunca la
cabeza, tapada con su capa, y que conduce, caminando ante ellos, a un macho cabrío con rostro
de hombre y una cabra con rostro de mujer, ambos con largos cabellos blancos y hablando sin
cesar, peleándose en una lengua desconocida, y luego dejando de gritar de repente, para balar
con todas sus fuerzas.
—¿Usted cree en eso? —le dije al monje.
—No sé —murmuró.
—Si existieran en la tierra otros seres —proseguí—, distintos de nosotros, ¿no los
conoceríamos desde hace tiempo; no los habría visto usted? ¿No los habría visto yo?
—¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? —respondió—. Mire el viento, por
ejemplo, que es la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, derrumba los
edificios, arranca los árboles de raíz, que levanta montañas de agua en el mar, destruye los
acantilados, y lanza contra los arrecifes a los grandes navíos, el viento que mata, que silba, que
gime, que muge, ¿usted lo ha visto y puede verlo? Y, sin embargo, existe.
Callé ante ese simple razonamiento. Este hombre era un sabio o quizás un tonto. No podría
haberlo afirmado con certeza; pero callé. Lo que estaba diciendo, yo lo había pensado con
frecuencia.
3 de julio
Dormí mal. Sin duda, aquí hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que
yo. Al llegar a casa ayer, noté su palidez singular.
—¿Qué le pasa, Jean? —le pregunté.
—Me pasa que ya no puedo descansar, señor, mis noches consumen mis días. Desde que el
señor se fue, algo me domina como un hechizo.
No obstante, los otros sirvientes están bien, pero tengo mucho miedo de recaer.
4 de julio
Definitivamente, he recaído. Mis antiguas pesadillas vuelven. Esta noche sentí a alguien
inclinado sobre mí, quien, con su boca sobre la mía, bebía mi vida entre mis labios. Sí, la extraía
por mi garganta, como lo habría hecho una sanguijuela. Luego se levantó, saciado, y yo me
desperté tan lastimado, destrozado, aniquilado, que no podía moverme. Si esto continúa unos
días más, sin duda me iré de nuevo.
5 de julio
¿Habré perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que mi mente se
confunde cuando pienso en ello!
Como hago ahora cada noche, había cerrado la puerta con llave; luego, sediento, tomé
medio vaso de agua, y por casualidad me fijé en que la jarra estaba llena hasta la tapa de
cristal.
Me acosté enseguida y caí en uno de mis sueños espantosos, del que fui expulsado cerca de
dos horas después con una sacudida aún más horrible.
Imagínense a un hombre dormido, a quien asesinan, y que se despierta con un cuchillo en
el pulmón, y que agoniza, cubierto de sangre, y que ya no puede respirar, y que va a morir, y
que no comprende: eso es.
Cuando finalmente recuperé la conciencia, tuve sed de nuevo; encendí una vela y fui hacia
la mesa en la que estaba la jarra. La levanté inclinándola sobre el vaso; nada salió. ¡Estaba
vacía! ¡Estaba completamente vacía! Al principio, no entendí nada; luego, de repente, ¡sentí una
emoción tan terrible que tuve que sentarme o, mejor dicho, caí en una silla, luego me incorporé
de un salto para mirar a mi alrededor! ¡Después me senté otra vez, abrumado de asombro y de
miedo, ante el cristal transparente! Lo contemplaba con la mirada fija, intentando adivinar. ¡Mis
manos temblaban! ¿Conque se habían bebido esa agua? ¿Quién? ¿Yo? ¿Yo, sin duda? ¿Solo pude
haber sido yo? Entonces era sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que nos
hace dudar si hay dos seres en nosotros, o si un ser ajeno, desconocido e invisible, anima, por
momentos, cuando nuestra alma está embotada, nuestro cuerpo cautivo que obedece a ese otro,
como a nosotros mismos, más que a nosotros mismos.
¡Ah! ¿Quién comprenderá mi angustia espantosa? ¡Quién comprenderá la emoción de un
hombre, cuerdo, bien despierto, totalmente razonable y que mira horrorizado, a través del
vidrio de una jarra, un poco de agua desaparecida mientras dormía! Y me quedé así hasta el
amanecer, sin atreverme a volver a mi cama.
6 de julio
Me estoy volviendo loco. Otra vez se bebieron toda la jarra anoche; o, mejor dicho, ¡la bebí!
Pero, ¿soy yo? ¿Soy yo? ¿Quién será? ¿Quién? ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Me estoy volviendo loco?
¿Quién me salvará?
10 de julio
12 de julio
París. ¡Así que había perdido la cabeza los últimos días! Tal vez fui un juguete de mi
imaginación nerviosa, a menos que realmente sea sonámbulo, o que haya sufrido una de esas
influencias comprobadas, pero inexplicables hasta ahora, que llaman sugestiones. En todo caso,
mi extravío rayaba en la demencia, y veinticuatro horas de París fueron suficientes para
recuperarme.
Ayer, después de ir de compras y hacer unas visitas, que le dieron a mi alma un aire nuevo
y revitalizante, terminé mi noche en el Teatro Francés. Se presentaba una obra de Alexandre
Dumas hijo; y ese carácter vivaz y poderoso terminó de curarme. En efecto, la soledad es
peligrosa para las inteligencias que piensan demasiado. Necesitamos, a nuestro alrededor,
hombres que piensen y hablen. Cuando estamos solos mucho tiempo, llenamos el vacío de
fantasmas.
Volví al hotel muy contento, por los bulevares. Codeándome con la multitud pensaba, no sin
ironía, en mis terrores, en mis suposiciones de la semana pasada, porque creí, sí, creí que un
ser invisible vivía bajo mi techo. ¡Qué débil es nuestra mente, y se alarma, y se pierde rápido,
en cuanto un hecho incomprensible nos impresiona!
En vez de concluir con estas simples palabras: «No lo entiendo porque la causa se me
escapa», imaginamos de inmediato misterios espantosos y fuerzas sobrenaturales.
Paseé por las calles. Los fuegos artificiales y las banderas me divertían como a un niño, aunque
es muy tonto estar contento en una fecha determinada, por decreto del gobierno. El pueblo es
un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Le dicen:
«Diviértete». Se divierte. Le dicen: «Ve a luchar contra el vecino». Va a luchar. Le dicen: «Vota
por el Emperador». Vota por el Emperador. Después le dicen: «Vota por la República». Y vota
por la República.
Quienes lo dirigen son igualmente idiotas; pero en lugar de obedecer a los hombres,
obedecen a principios, que no pueden ser sino ingenuos, estériles y falsos, por el mismo hecho
de que son principios, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, en este mundo donde
no se está seguro de nada, ya que la luz es una ilusión, ya que el ruido es una ilusión.
16 de julio
19 de julio
Muchas personas a quienes les he contado esta aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué
pensar. El sabio dice: ¿Tal vez?
21 de julio
Fui a cenar a Bougival, luego pasé la noche en el baile de los remeros. Definitivamente, todo
depende de los lugares y de los ambientes. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère
sería el colmo de la locura… ¿pero en la cima del monte Saint-Michel?… ¿y en las Indias?
Sufrimos espantosamente la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a mi casa la próxima
semana.
30 de julio
2 de agosto
Nada nuevo; hace un tiempo espléndido. Paso mis días viendo fluir el Sena.
4 de agosto
Hay peleas entre mis sirvientes. Aseguran que por la noche se rompen los vasos en los
armarios. El ayuda de cámara acusa a la cocinera, quien acusa a la lavandera, quien acusa a los
otros dos. ¿Quién es el culpable? ¿Quién podrá decirlo?
6 de agosto
Esta vez, no estoy loco. He visto… he visto… ¡he visto!… No puedo ya dudar… ¡he visto!…
Todavía siento frío hasta en las uñas… Todavía siento miedo hasta la médula… ¡He visto!…
Me paseaba a las dos de la tarde, a pleno sol, por mi parterre de rosales… por el sendero
de rosas de otoño que comienzan a florecer.
Cuando me detuve a contemplar una adelfa que contenía tres flores magníficas, vi, vi
claramente, muy cerca de mí, que el tallo de una de esas rosas se doblaba, como si una mano
invisible lo hubiera retorcido, luego romperse, ¡como si esa misma mano la hubiera cortado!
Después la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevársela hacia la
boca, y permaneció suspendida en el aire transparente, totalmente sola, inmóvil, aterradora
mancha roja a tres pasos de mis ojos.
Enloquecido, me lancé sobre ella para tomarla. No encontré nada; había desaparecido.
Entonces me atrapó una rabia furiosa contra mí mismo; pues no le está permitido a un hombre
razonable y serio tener semejantes alucinaciones.
¿Pero en realidad se trataba de una alucinación? Me volví para buscar el tallo, y lo
encontré de inmediato en el arbusto, recién cortado, entre las dos otras rosas que habían
permanecido en la rama.
Entonces, regresé a mi casa con el alma conmocionada; porque estoy seguro, ahora, seguro
como lo estoy de la alternancia de los días y de las noches, de que existe cerca de mí un ser
invisible, que se alimenta de leche y de agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas
de sitio, dotado por consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para
nuestros sentidos, y que habita en mi casa, como yo…
7 de agosto
8 de agosto
Pasé una noche espantosa. Ya no se manifiesta, pero lo siento cerca de mí, espiándome,
mirándome, entrando en mí, dominándome, y más temible, al ocultarse así, que si revelara su
presencia invisible y constante por medio de fenómenos sobrenaturales.
Aun así, dormí.
9 de agosto
10 de agosto
11 de agosto
Todavía nada; ya no puedo quedarme aquí con este temor y este pensamiento que han entrado
en mi alma; me voy.
12 de agosto. Diez de la noche
Durante todo el día he querido irme; no he podido. Quise realizar ese acto de libertad tan fácil,
tan simple, salir, subir a mi coche para ir a Ruan, no he podido. ¿Por qué?
13 de agosto
Cuando uno sufre ciertas enfermedades, parece que todos los mecanismos del ser físico están
rotos, todas las energías aniquiladas, todos los músculos flojos, los huesos que se han vuelto
blandos como la carne y la carne líquida como agua. Experimento esto en mi ser moral de una
forma extraña y desoladora. Ya no tengo ninguna fuerza, ningún ánimo, ningún dominio de mí
mismo, ningún poder ni siquiera para poner en marcha mi voluntad. Ya no puedo querer; pero
alguien lo hace por mí; y yo obedezco.
14 de agosto
¡Estoy perdido! ¡Alguien posee mi alma y la gobierna! Alguien ordena todos mis actos, todos
mis movimientos, todos mis pensamientos. Ya no soy nada en mí mismo, no soy más que un
espectador esclavo y aterrado por todas las cosas que hago. Deseo salir. No puedo. Él no quiere;
y me quedo, abrumado, tembloroso, en el sillón donde me mantiene sentado. Solo deseo
levantarme, incorporarme, para creer que aún soy dueño de mí mismo. ¡No puedo! Estoy
anclado a mi asiento; y mi asiento está pegado al suelo, de tal manera que ninguna fuerza nos
levantaría.
Luego, de pronto, tengo, tengo, tengo que ir al fondo de mi jardín a recoger fresas y
comerlas. Y voy. ¡Recojo fresas y me las como! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será un
Dios? Si lo es, ¡libéreme, sálveme! ¡Socórrame! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Sálveme! ¡Oh!
¡Qué sufrimiento! ¡Qué tortura! ¡Qué horror!
15 de agosto
En efecto, así es como estaba poseída y dominada mi pobre prima, cuando fue a pedirme cinco
mil francos prestados. Obedecía a una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra
alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Se va a acabar el mundo?
Pero, ¿quién es el ser invisible que me gobierna? ¿Ese incognoscible, ese merodeador de
una raza sobrenatural?
¡Así que los Invisibles existen! Entonces, ¿cómo es que desde el origen del mundo aún no
se habían manifestado de una forma precisa, como lo hacen ahora conmigo? Nunca he leído
nada parecido a lo que ha sucedido en mi casa. ¡Oh! Si pudiera abandonarla, si pudiera irme,
huir y no regresar. Me salvaría, pero no puedo.
16 de agosto
Hoy pude escaparme durante dos horas, como un prisionero que encuentra abierta, por
casualidad, la puerta de su calabozo. Sentí que era libre de repente y que él estaba lejos.
Ordené que engancharan mi vehículo rápidamente y me dirigí a Ruan. ¡Oh! ¡Qué alegría poder
decirle a un hombre que obedece: «¡Vamos a Ruan!».
Hice que nos detuviéramos frente a la biblioteca y pedí que me prestaran el gran tratado
del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y
moderno.
Luego, en el momento en que subí de nuevo al coche, quise decir: «¡A la estación del
tren!», y grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que los transeúntes volvieron la cabeza:
«A la casa», y me desplomé, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi carruaje. De nuevo
me había encontrado y poseído.
17 de agosto
¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece que debería alegrarme. ¡Leí hasta la
una de la mañana! Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, escribió la historia y
las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean en torno al hombre o que él ha
soñado. Describe sus orígenes, su dominio, su poder. Pero ninguno de ellos se parece al que me
atormenta. Se diría que el hombre, desde que piensa, ha presentido y temido a un ser nuevo,
más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que, al sentirlo cercano y no poder prever la
naturaleza de ese amo, ha creado, en su terror, todo el mundo fantástico de los seres ocultos,
fantasmas vagos nacidos del miedo.
Entonces, después de haber leído hasta la una de la mañana, enseguida fui a sentarme
frente a la ventana abierta para refrescar mi frente y mi pensamiento con el viento tranquilo de
la oscuridad.
¡Qué buen tiempo hacía, el aire era tibio! ¡Cuánto me hubiera gustado esa noche en otros
tiempos!
No había luna. En lo alto del cielo negro, las estrellas titilaban temblorosas. ¿Quién habita
en esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay allá? Quienes
piensan en esos universos lejanos, ¿sabrán más que nosotros? ¿Podrán más que nosotros? ¿Qué
verán que nosotros no conocemos en absoluto? ¿Uno de estos días, uno de ellos atravesará el
espacio y aparecerá en nuestra Tierra para conquistarla, como antiguamente los normandos
atravesaban el mar para esclavizar a los pueblos más débiles?
Somos tan inválidos, tan indefensos, tan ignorantes, tan pequeños, nosotros, en este trozo
de barro que gira disuelto en una gota de agua.
Me adormecí fantaseando así ante el viento fresco de la noche.
No obstante, después de haber dormido alrededor de cuarenta minutos, volví a abrir los
ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio
no vi nada, luego, de pronto, me pareció que una página del libro que había quedado abierto
sobre la mesa acababa de pasarse sola. Por la ventana no había entrado ningún soplo de aire.
Quedé sorprendido y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, vi, sí, vi con mis ojos que otra
página se levantaba y caía sobre la anterior, como si un dedo la hubiera hojeado. Mi sillón
estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí que él estaba ahí, sentado en mi lugar, y que leía.
Con un brinco furioso, un brinco de animal sublevado, que va a destripar a su domador,
atravesé mi cuarto para atraparlo, para extinguirlo, ¡para matarlo! Pero el asiento, antes de
haberlo alcanzado, se volcó como si alguien hubiera huido delante de mí… la mesa se tambaleó,
la lámpara cayó y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido se hubiera
lanzado a la noche, agarrando con ambas manos los postigos.
Así que había huido; había sentido miedo, ¡miedo de mí, él!
Entonces…, entonces…, mañana… o después…, o un día cualquiera…, ¡podría tenerlo bajo
mis puños, y aplastarlo contra el suelo! Algunas veces, ¿los perros no muerden y no degüellan a
sus amos?
18 de agosto
He meditado durante todo el día. ¡Oh! Sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré
todos sus deseos, me mostraré humilde, sumiso, cobarde. Él es el más fuerte. Pero llegará un
momento…
19 de agosto
Lo sé… lo sé… ¡lo sé todo! Acabo de leer esto en la Revista del Mundo Científico: «Nos llega
una noticia bastante curiosa de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable
con las demencias contagiosas que afectaron a los pueblos de Europa en la Edad Media, hace
estragos en este momento en la provincia de Sao Paulo. Los habitantes enloquecidos dejan sus
casas, huyen de sus pueblos, abandonan sus cultivos, se dicen perseguidos, poseídos,
gobernados como un rebaño humano por seres invisibles aunque tangibles, especies de
vampiros que se alimentan de su vida durante el sueño, y que además beben agua y leche, sin
tocar, al parecer, ningún otro alimento.
»El señor profesor don Pedro Henríquez, acompañado por varios sabios médicos, partió a
la provincia de Sao Paulo, con el fin de estudiar sobre el terreno los orígenes y las
manifestaciones de esta sorprendente locura, y de proponer al Emperador las medidas que les
parezcan las más adecuadas para devolver la razón a estas poblaciones en estado de delirio».
¡Ah! ¡Ah! Recuerdo, ¡recuerdo el bello barco brasileño de tres mástiles que pasó frente a
mis ventanas recorriendo el Sena, el pasado 8 de mayo! ¡Me pareció tan bonito, tan blanco, tan
alegre! ¡El Ser iba en él, llegando de allá, donde nació su raza! ¡Y me vio! Vio mi casa blanca
también; y saltó del navío a la orilla. ¡Oh! ¡Dios mío!
Ahora sé, adivino. El reinado del hombre ha terminado.
Ha llegado, Ese en el que se basaban los primeros terrores de los pueblos ingenuos. Ese al
que exorcizaban los sacerdotes inquietos, al que invocaban los brujos en las noches sombrías,
sin verlo todavía aparecer, Ese a quien los presentimientos de los dueños pasajeros del mundo
le atribuyeron todas las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, los espíritus, los genios,
las hadas, los duendes. Tras las burdas concepciones del espanto primitivo, los hombres más
perspicaces lo han presentido más claramente. Mesmer lo había adivinado, y desde hace ya diez
años los médicos han descubierto, de una manera precisa, la naturaleza de su poder, incluso
antes de que él mismo lo hubiera ejercido. Han jugado con esa arma del Señor nuevo, el
dominio de una misteriosa voluntad sobre el alma humana esclavizada. Lo han llamado
magnetismo, hipnotismo, sugestión… ¿yo qué sé? ¡Los he visto divertirse como niños
imprudentes con ese horrible poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Ha llegado, el… el…
cómo se llama… el… Me parece que me grita su nombre, y no lo entiendo… el… sí… lo grita…
Escucho… no puedo… repite… el… horla… Entendí… el horla… es él… el horla… ¡Ha llegado!…
¡Ah! El buitre se comió a la paloma, el lobo se comió a la oveja, el león devoró al búfalo de
cuernos agudos; el hombre mató al león con la flecha, con la espada, con la pólvora; pero el
horla hará con el hombre lo que hicimos con el caballo y el buey: su cosa, su servidor y su
alimento, con el solo poder de su voluntad. ¡Ay de nosotros!
Sin embargo, algunas veces el animal se rebela y mata a quien lo domó… yo también
quiero… yo podría… ¡pero es necesario conocerlo, tocarlo, verlo! Los sabios dicen que el ojo del
animal, tan diferente al nuestro, no distingue igual que el nuestro… Y el ojo mío no puede
distinguir al recién llegado que me oprime.
¿Por qué? ¡Oh! Ahora me acuerdo de las palabras del monje del monte Saint-Michel:
«¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire, el viento, por ejemplo, que es la
mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, derrumba los edificios, arranca los
árboles de raíz, levanta montañas de agua en el mar, destruye los acantilados y lanza contra los
arrecifes a los grandes navíos, el viento que mata, que silba, que gime, que muge, ¿usted lo ha
visto, y puede verlo?: ¡sin embargo, existe!».
Y seguía meditando: ¡mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que ni siquiera distingue los
cuerpos sólidos, si son transparentes como el vidrio!… Si un espejo sin azogue se interpone en
mi camino, me lanza contra él, como el pájaro que entra en una habitación se rompe la cabeza
contra los vidrios. ¿Mil cosas más lo engañan y lo confunden? Qué tiene de sorprendente,
entonces, que no sepa percibir un cuerpo nuevo al que la luz atraviesa.
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Seguramente tenía que venir! ¿Por qué seríamos los últimos?
¿No lo distinguimos, como todos los demás creados antes de nosotros? Es porque su naturaleza
es más perfecta, su cuerpo más sutil y más acabado que el nuestro, que el nuestro tan débil, tan
torpemente concebido, abarrotado de órganos siempre fatigados, siempre forzados como
mecanismos demasiado complejos, que el nuestro, que vive como una planta y como un animal,
alimentándose a duras penas de aire, hierba y carne, máquina animal víctima de las
enfermedades, de las deformaciones, de las putrefacciones, que se ahoga, mal ajustada,
ingenua y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra burda y delicada, esbozo de un ser que
podría volverse inteligente y soberbio.
Somos unos cuantos, tan poco en este mundo, desde la ostra hasta el hombre. ¿Por qué no
uno más, una vez que se cumple el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas
especies?
¿Por qué no uno más? ¿Por qué no también otros árboles con flores inmensas,
deslumbrantes, que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos además del fuego,
el aire, la tierra y el agua? ¡Son cuatro, solo cuatro, esos padres proveedores de los seres! ¡Qué
lástima! ¿Por qué no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil? ¡Qué pobre, mezquino, miserable
es todo! ¡Avaramente dado, secamente inventado, torpemente hecho! ¡Ah! El elefante, el
hipopótamo, ¡cuánta gracia! El camello, ¡qué elegancia!
Pero, dirán ustedes, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela! Sueño con una que fuera tan grande
como cien universos, con alas de las que no puedo ni siquiera expresar la forma, la belleza, el
color y el movimiento. Pero la veo… ¡va de estrella en estrella, refrescándolas y perfumándolas
con el soplo armonioso y ligero de su vuelo!… ¡Y los pueblos de allá arriba la miran pasar,
extasiados y maravillados!…
¿Qué es lo que me pasa? ¡Es él, él, el horla, que me obsesiona, que me hace pensar estas
locuras! Está en mí, se convierte en mi alma; ¡lo mataré!
19 de agosto
Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche me senté a mi mesa, y fingí que escribía con una gran atención.
Sabía que vendría a merodear a mi alrededor, muy cerca, ¿tan cerca que quizás podría tocarlo,
atraparlo? ¡Y entonces!… Entonces, tendría la fuerza de los desesperados; tendría mis manos,
mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo,
despedazarlo.
Y lo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.
Había encendido las dos lámparas y las ocho velas de la chimenea, como si con esa claridad
hubiera podido descubrirlo.
Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, la chimenea; a la
izquierda, la puerta cerrada con cuidado, tras haberla dejado abierta un buen rato, con el fin de
atraerlo; detrás de mí, un armario con espejo, altísimo, que cada día me servía para afeitarme,
para vestirme, y en el que tenía la costumbre de mirarme, de pies a cabeza, cada vez que
pasaba frente a él.
Entonces, fingía escribir, para engañarlo, pues él también me espiaba; y de pronto, sentí,
estuve seguro de que él leía por encima de mi hombro, que estaba ahí, rozándome la oreja.
Me levanté, con las manos extendidas, dando la vuelta tan rápido que estuve a punto de
caer. ¡Eh! ¿y entonces?… Se veía como si fuera pleno día, ¡y no me vi en el espejo!… ¡Estaba
vacío, claro, profundo, lleno de luz! Mi imagen no aparecía en él… ¡y estaba enfrente! Veía el
gran cristal límpido de arriba abajo. Y miraba esto con ojos enloquecidos; y ya no me atrevía a
avanzar, ya no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sentía perfectamente que él estaba
ahí, pero que se iba a escapar otra vez, él, con su cuerpo imperceptible que había devorado mi
reflejo.
¡Cuánto miedo tuve! Luego, de pronto, comencé a percibirme entre una bruma, en el fondo
del espejo, entre una bruma, como a través de una capa de agua; y me parecía que esa agua se
deslizaba lentamente de izquierda a derecha, haciendo más precisa mi imagen, segundo a
segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me ocultaba no parecía poseer contornos
claramente definidos, sino una especie de transparencia opaca, que se aclaraba poco a poco.
Por fin pude distinguirme completamente, como lo hago todos los días al mirarme.
¡Lo había visto! Me ha quedado el espanto, que todavía me hace estremecer.
20 de agosto
Matarlo, ¿cómo, si no puedo alcanzarlo? ¿Con veneno? Pero me vería mezclarlo con el agua; y,
por otra parte, ¿nuestros venenos tendrían efecto en su cuerpo imperceptible? No… no… no
cabe duda… ¿Entonces?… ¿entonces qué?…
21 de agosto
Hice venir a un cerrajero de Ruan, y le encargué para mi habitación unas persianas de hierro,
como las que en París tienen algunos hoteles particulares en el primer piso, por temor a los
ladrones. Me hará, además, una puerta similar. Quedé como un cobarde, pero ¡qué me importa!
Está hecho… está hecho… pero, ¿habrá muerto? Tengo el alma conmocionada por lo que he
visto.
Así que ayer, después de que el cerrajero instaló la persiana y la puerta de hierro, lo dejé
todo abierto hasta la medianoche, aunque había empezado a hacer frío.
De repente, sentí que estaba ahí, y una alegría, una alegría loca se apoderó de mí. Me
levanté lentamente, y caminé a la derecha, a la izquierda, un buen rato, para que no sospechara
nada; luego me quité los botines y me puse distraídamente unas viejas pantuflas; después cerré
la persiana de hierro, y regresando con pasos tranquilos hacia la puerta, la cerré también con
doble vuelta de llave. Tras volver a la ventana, la cerré con un candado, y guardé la llave en mi
bolsillo.
De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que ahora era él quien tenía miedo,
quien me ordenaba que le abriera. Por poco cedo; no cedí, sino que, pegándome contra la
puerta, la entreabrí, apenas lo suficiente como para pasar yo, caminando hacia atrás; y como
soy muy alto, mi cabeza rozaba el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y lo
encerré totalmente solo, ¡solo! ¡Qué alegría! ¡Lo había atrapado! Entonces bajé, corriendo; en
la sala, que está debajo de mi habitación, tomé mis dos lámparas y derramé todo el aceite sobre
la alfombra, sobre los muebles, por todos lados; luego encendí el fuego y escapé, después de
haber cerrado bien, con dos vueltas de llave, la gran puerta de entrada.
Y fui a esconderme en el fondo del jardín, entre un macizo de laureles. ¡Qué larga espera!
¡Qué larga espera! Todo estaba negro, mudo, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, sino
montañas de nubes que no se veían, pero que pesaban en mi alma tanto, tanto.
Miraba mi casa, y esperaba. ¡Qué larga espera! Creía que el fuego ya se había extinguido
por sí solo, o que él lo había extinguido, él, cuando una de las ventanas de abajo estalló por la
presión del incendio, y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, blanda, acariciadora,
subió a lo largo del muro blanco y lo besó hasta el techo. Un resplandor se propagó entre los
árboles, en las ramas, en las hojas, y un escalofrío, ¡también un escalofrío de miedo! Los pájaros
se despertaban, un perro empezó a aullar; ¡me pareció que empezaba a amanecer! Otras dos
ventanas estallaron enseguida, y vi que toda la parte baja de mi casa ya no era más que una
espantosa hoguera. ¡Pero un grito, un grito horrible, muy agudo, desgarrador, un grito de mujer
resonó en la noche, y se abrieron dos buhardillas! ¡Había olvidado a mis empleados! ¡Vi sus
rostros enloquecidos, y sus brazos que se agitaban!…
Entonces, abrumado de horror, salí a correr hacia el pueblo, gritando: «¡Socorro! ¡Socorro!
¡Fuego! ¡Fuego!». Me encontré con personas que ya venían, y regresé con ellos, ¡para ver!
La casa, ahora, no era sino una pira horrible y magnífica, una pira monstruosa, que
iluminaba toda la Tierra, una pira en la que ardían hombres, y dónde él también ardía, ¡Él, Él,
mi prisionero, el Ser nuevo, el nuevo amo, ¡el horla!
De pronto, el techo entero se derrumbó entre los muros, y un volcán de llamas se elevó
hasta el cielo. Por todas las ventanas abiertas en el incendio, veía la vasija de fuego, y pensaba
que él estaba ahí, en ese horno, muerto…
¿Muerto? ¿Será posible?… ¿Su cuerpo? Su cuerpo que el día atravesaba, ¿no será
indestructible por los medios que matan a los nuestros?
¿Y si no estaba muerto?… Tal vez solo el tiempo pueda hacer algo contra el Ser Invisible y
Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo de Espíritu,
habría de temer también los males, las heridas, las debilidades, la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡De ella proviene todo el espanto humano! Después del
hombre, el horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, cada hora, cada minuto, por
cualquier accidente, ha llegado aquel que no debe morir sino en su día, en su hora, en su
minuto, ¡porque ha llegado al límite de su existencia!
No… no… sin ninguna duda, sin ninguna duda… él no está muerto… Entonces… entonces…
tendré que matarme, ¡yo!…
LIBRO AL VIENTO
COLECCIÓN UNIVERSAL
Es de color naranja y en ella se agrupan todos los textos que tienen valor universal,
que tienen cabida dentro de la tradición literaria sin distinción de fronteras o épocas.
COLECCIÓN CAPITAL
Es de color morado y en ella se publican los textos que tengan como temática a
Bogotá y sus alrededores.
COLECCIÓN INICIAL
Es de color verde limón y está destinada al público infantil y primeros lectores.
COLECCIÓN LATERAL
Es de color azul aguamarina y se trata de un espacio abierto a géneros no
tradicionales como la novela gráfica, la caricatura, los epistolarios, la ilustración y
otros géneros.
111 EL MATADERO
Esteban Echeverría
112 BICICLETARIO
113 EL CASTILLO DE OTRANTO
Horacio Walpole
114 LA GRUTA SIMBÓLICA
115 FÁBULAS DE IRIARTE
Tomás de Iriarte
116 ONCE POETAS HOLANDESES
Selección y prólogo de Thomas Möhlmann. Traducción de Diego J. Puls, Fernando García
de la Banda y Taller Brockway
117 SIETE RETRATOS
Ximénez
118 BOGOTÁ CONTADA 3
Fabio Morábito, Daniel Cassany, Fernanda Trías, Iván Thays, Daniel Valencia Caravantes,
Luis Noriega, Federico Falco, Mayra Santos-Febres
119 GUADALUPE AÑOS SIN CUENTA
Creación Colectiva Teatro La Candelaria
120 «PRELUDIO» SEGUIDO DE «LA CASA DE MUÑECAS»
Katherine Mansfield
Traducción de Erna von der Walde
121 SYLVIE, RECUERDOS DEL VALOIS
Gérard de Nerval
Traducción de Mateo Cardona Vallejo
122 ONCE POETAS FRANCESES
Selección y prólogo de Anne Louyot Traducción de Andrés Holguín
123 «PIEL DE ASNO» Y OTROS CUENTOS
Charles Perrault
Traducción de Mateo Cardona Ilustrados por Eva Giraldo
124 BODAS DE SANGRE
Federico García Lorca
125 MARAVILLAS Y HORRORES DE LA CONQUISTA
Comentarios y notas de Jorge Orlando Melo
126 BOGOTÁ CONTADA 4
Eduardo Halfon, Horacio Castellanos, Hebe Uhart, Marina Perezagua, Edmundo Paz
Soldán, Lina Meruane, Ricardo Cano Gaviria
127 LA HISTORIA DEL BUEN VIEJO Y LA BELLA SEÑORITA
Italo Svevo
Traducción de Lizeth Burbano
128 LA MARQUESA DE O.
Heinrich von Kleist
Traducción de Maritza García Arias
129 JUAN SÁBALO
Leopoldo Berdella de la Espriella
Ilustrado por Eva Giraldo
130 ARTE DE DISTINGUIR A LOS CURSIS
Santiago de Liniers & Francisco Silvela
131 VERSIONES DEL BOGOTAZO
Arturo Alape, Felipe González Toledo, Herbert Braun, Carlos Cabrera Lozano, Hernando
Téllez, Lucas Caballero -Klim-, Miguel Torres, Guillermo González Uribe, Víctor Diusabá
Rojas, María Cristina Alvarado, Aníbal Pérez, María Luisa Valencia
132 ONCE POETAS ARGENTINOS
Selección y prólogo de Susana Szwarc
133 BOGOTÁ CONTADA 5
Pedro Mairal, Francisco Hinojosa, Margarita García Robayo, Dani Umpi, Ricardo
Sumalavia, Yolanda Arroyo
134 LA DICHA DE LA PALABRA DICHA
Nicolás Buenaventura
Ilustrado por Geison Castañeda
135 EL HORLA
Guy de Maupassant
Traducción de Luisa Fernanda Espina
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que después de ser leídos, deben quedar libres para llegar a otros lectores, y te deja entrar
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