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Escala de Autoeficacia para El Afrontamiento Del Estrés

Este documento presenta la "Escala de Autoeficacia para el Afrontamiento del Estrés" ("EAEAE"). La escala mide la confianza percibida de una persona para manejar el estrés de manera efectiva y consta de 8 ítems agrupados en dos subescalas: Expectativas de Eficacia y Expectativas de Resultado. La escala ha demostrado tener confiabilidad interna adecuada y validez factorial y convergente. Proporciona un instrumento útil para evaluar la autoeficacia en el manejo del estrés
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Escala de Autoeficacia para El Afrontamiento Del Estrés

Este documento presenta la "Escala de Autoeficacia para el Afrontamiento del Estrés" ("EAEAE"). La escala mide la confianza percibida de una persona para manejar el estrés de manera efectiva y consta de 8 ítems agrupados en dos subescalas: Expectativas de Eficacia y Expectativas de Resultado. La escala ha demostrado tener confiabilidad interna adecuada y validez factorial y convergente. Proporciona un instrumento útil para evaluar la autoeficacia en el manejo del estrés
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ESCALA DE

AUTOEFICACIA PARA

EL AFRONTAMIENTO

DEL ESTRÉS

“EAEAE”
I.- INTRODUCCIÓN

Godoy-Izquierdo & Godoy (2001), con el propósito de disponer de un instrumento

para la evaluación de la autoeficacia para el afrontamiento del estrés, desarrollan una

escala breve, inexistente hasta el momento, y presentaron sus propiedades en un

estudio preliminar (Godoy-Izquierdo et al., 2004). Se trata de un instrumento de

evaluación útil y apropiado del grado de confianza en la habilidad personal percibida

para afrontar eficazmente el estrés, en un rango de edad adulta de 18 a 64 años.

Presenta la escala una consistencia interna con un valor del coeficiente alfa del 0.75,

con un alto grado de relación entre las dos mitades de la misma, con un valor del

coeficiente de correlación de 0.79, y validez de constructo factorial y convergente.

Este instrumento está compuesto de 08 ítems, que se distribuyen en dos subescalas: de

Expectativas de Eficacia (EE) y Expectativas de Resultado (ER), presentando para las

respuestas gradación tipo Likert, que van desde “Completamente en desacuerdo”,

hasta “Completamente de acuerdo”, con valores de 1 a 6. También es posible obtener

una puntuación total (Total), sumando las dos puntuaciones parciales. Los valores de

alfa para la EE fueron de 0.60 y para el ER de 0.66.


Los ítems que conforman la escala Expectativas de Eficacia (EE) son: 2, 4, 5 y 7.

Los ítems de la escala Expectativas de Resultado (ER) son: 1, 3, 6 y 8.

Hay ítems que están formulados en sentido directo, positivo (2, 3, 5 y 7), como en

sentido inverso, negativo (1, 4, 6 y 8).

Esta escala que mide la Autoeficacia para el Afrontamiento del Estrés, señala que los

que obtienen las puntuaciones más elevadas cuentan con mayor confianza en los

propios recursos personales para el manejo del estrés.

Las expectativas de eficacia (EE) en el afrontamiento del estrés se refieren a los

juicios subjetivos (creencias) sobre las capacidades personales de control del estrés.

Las expectativas de resultado (ER), se refieren a las creencias personales sobre las

consecuencias de las capacidades personales (o carencia de ellas) para manejar el

estrés.

El presentar características de brevedad y facilidad de administración de la escala y

contar con adecuadas propiedades de fiabilidad y validez de constructo factorial y

convergente, nos permiten poder disponer de un instrumento apropiado para la

evaluación e investigación acerca de la autoeficacia específica para el afrontamiento

del estrés, tanto en contextos de investigación como clínicos.


II.- INVESTIGACIONES

Investigaciones acerca del Estrés

Martín, I. (2007), de la Universidad de Sevilla, al realizar una investigación sobre la

relación entre el nivel de estrés y los exámenes en estudiantes universitarios, encuentra

una relación significativa entre ambos, así como sus efectos sobre la salud y el

autoconcepto académico.

Barraza, A. (2004) en México, realiza un estudio acerca de estresores, síntomas,

estrategias de afrontamiento que caracterizan el estrés académico que viven los

alumnos de postgrado, no encontrando correlación entre el género, el tipo de maestría

o el semestre que cursan con el nivel de estrés autopercibido.

Investigaciones acerca de la Autoeficacia ante el Estrés

Brenlla, M., Aranguren, M., Rossaro, M. & Vásquez, N. (2010), realizan para la ciudad

de Buenos Aires, una adaptación de la Escala de Autoeficacia General de Jerusalem y

Schwarzer, informando de las características psicométricas y datos normativos de la

misma, encontrando evidencias de consistencia interna y de validez en los resultados.

Sanjuán, P., Pérez, A., & Bermúdez, J., en el año 2000, al realizar una investigación

con la finalidad de adaptar la Escala de Autoeficacia General de Baessler y Schwarzer,

a la población española, encuentra como características psicométricas, que la escala

presenta confiablidad adecuada y una considerable capacidad predictiva.


Investigaciones acerca de la Autoeficacia ante el Estrés Internacional

Fernández, M. (2008), realiza estudios, en donde encuentra niveles elevados de

burnout, así como relación significativa entre la autoeficacia y el estrés en maestros

peruanos.

Terry, L. (2008), al investigar la relación entre los Hábitos de estudio y autoeficacia

percibida en estudiantes universitarios, según la condición académica, encuentra una

relación significativa entre las variables, encontrando diferencias también según el

género.

Moreano, L. (2006), en una investigación acerca del afrontamiento, encontró que los

jóvenes universitarios utilizaban estilos saludables y funcionales al momento de lidiar

con los estresores, siendo la estrategia más utilizada “esforzarse y tener éxito”.

Alcalde, M. (1998), al realizar una investigación, halló que universitarios limeños

usaban con mayor frecuencia la reinterpretación positiva, la planificación, el

afrontamiento activo, apoyo social instrumental y postergación (en ese orden),

demostrando que prefieren un manejo directo y activo del problema pero con un

manejo emocional del mismo.


III.- TEORIA
ESTRES
Cuando nos referimos al término estrés, pensamos en que ello implica una sobrecarga

que afecta al organismo en varios planos como el biológico, psicológico y social.

Como estos sistemas están íntimamente relacionados entre sí, la sobrecarga de uno

impactará sobre los otros.

Las reacciones biológicas a los agentes estresantes consistirán en la excitación de los

sistemas nervioso, cardiovascular, músculo-esquelético y endocrino, y prepararán al

organismo para defenderse mediante la lucha o la huida.

Las reacciones psicológicas conllevarán un aumento en la intensidad de los procesos

cognoscitivos y emocionales. Se generará un estado de ansiedad o miedo, ante la

percepción de la amenaza, que estimulará la puesta en marcha de reacciones para

hacerle frente.

La reacción social implicará un conflicto entre las personas a propósito de las

actividades y planes a adoptarse, lo que pone en juego valores y prioridades a veces

contrapuestos.

Muchas otras ideas podemos tener, más para hablar con certeza, desde el punto de vista

científico, acerca del estrés, en que consiste y como se define, transcribiremos lo que

dice al respecto Oblitas, L. (2010, p. 26): la definición que puede darse del estrés varía

en función del modelo teórico en que se enmarca tal definición. Actualmente podemos

diferenciar básicamente tres enfoques en el estudio del estrés:

En primer lugar puede hablarse de estrés desde un punto de vista ambientalista, como

algo externo que provoca una respuesta de tensión.


Esto es, nos referimos a tal tipo de estímulos o acontecimientos que se denominan

estresores debido a que desencadenan el estrés, que son fuente de éste. Este enfoque

engloba a todas aquellas investigaciones que otorgan especial importancia a

situaciones que significan cambio y requieren reajustes en la rutina de una persona

debido a que son considerados, generalmente, como acontecimientos indeseables

(Holmes & Rahe, 1967).

En segundo lugar, encontramos una masa también considerable de investigación que

ha hecho hincapié no en estímulo sino en la respuesta. Tal es el enfoque del que se ha

considerado el padre de las investigaciones sobre el estrés, H. Selye (1956), que

consideraba el estrés como el resultado no específico de cualquier demanda sobre el

cuerpo que tiene un resultado físico o mental. Dicha reacción la dividió en tres fases:

reacción de alarma, fase de resistencia y, finalmente, en caso de que el estrés persista,

estadio de agotamiento. Selye consideraba las situaciones de estrés como aquellas que

requieren ajuste por parte del organismo. La situación puede ser agradable o

desagradable, pero lo que es significativo en la situación es la intensidad de exigencia

de ajuste de la conducta. Finalmente, desde un enfoque más interaccionista, ni

estresores ni respuestas estresantes existen separadamente, sino que ambos conforman

la llamada experiencia del estrés entendido como un proceso interactivo entre

situaciones y características del individuo. Dicho enfoque es el defendido por Lazarus

y sus colaboradores quienes han subrayado fuertemente la interacción entre los agentes

estresores y el sistema humano de valoración y evaluación.


Lazarus & Folkman (1986) presentaron una teoría que define el desarrollo del estrés

como un proceso de interacción dinámica, en los términos de un paradigma que se

puede denominar “modelo transaccional”, porque su punto de vista lo constituye la

naturaleza de los intercambios, o transacciones entre la persona y su entorno y los

procesos cognitivos que intervienen en la relación persona-entorno. Así pues, desde

este enfoque se entiende el estrés como una relación particular entre el individuo y su

entorno, que es evaluado como amenazante y desbordante de sus recursos y que pone

en peligro su bienestar (Lazarus & Folkman, 1986, p. 46).

De acuerdo con este modelo, el estrés psicológico es visto como un producto de la

manera en que un individuo aprecia (evalúa) y construye una relación con el entorno.

En esta relación, las demandas de éste, las apreciaciones cognitivas, los esfuerzos de

afrontamiento y las respuestas emocionales están interrelacionadas de manera

recíproca de forma que una afecta a las otras. El modelo representa una separación de

la perspectiva tradicional de estímulo-respuesta que subrayaba un orden singular de

los acontecimientos. La concepción de Lazarus sugiere, pues, una visión subjetiva de

estrés, esto es, nada es estresante a menos que el individuo lo defina como tal. En este

sentido, no hay acontecimientos universalmente estresantes, sino que sólo existen

cuando una persona los define como tales.


Activación Fisiológica en el Estrés

A continuación refiriéndonos a ello trascribiremos lo señalado por Oblitas, L. (2010)

de que: las situaciones de estrés producirán un aumento general de la activación del

organismo. Aunque inicialmente se consideró la activación fisiológica de estrés era

genérica e indiferenciada para cualquier estresor, tal como postulaba Selye,

actualmente es evidente la especificidad de las respuestas psicofisiológicas. A nivel

fisiológico, se pueden distinguir tres ejes de actuación en la respuesta del estrés

(Labrador, Crespo, Cruzado & Vallejo, 1995):

1.- El eje neural: parece activarse de manera inmediata en todos los casos, lo cual

provoca una activación simpática así como un incremento en la activación del sistema

nervioso somático. Su actuación no suele provocar trastornos psicofisiológicos. Los

únicos problemas pueden deberse a un mantenimiento excesivo de la tensión muscular

por activación de este sistema.

1) Eje neuroendocrino: es más lento para activarse y necesita condiciones de

estrés sostenidos. Su arranque implica la activación de la médula y de las glándulas

suprarrenales, con la consiguiente secreción de catecolaminas (adrenalina y noradrenalina), lo

que ayuda a aumentar y mantener la actividad adrenérgica, lo cual produce resultados similares

a los generados por la activación simpática aunque con un efecto más lento y duradero.

La activación de este eje se ha asociado a lo que Canon denominó respuesta de lucha

o huida. Esto es, un eje que se dispara especialmente cuando la persona percibe que

puede hacer algo para controlar la situación estresora, sea hacer frente al estresor,

escapar o evitarlo.
Por tanto, se considera el eje más relacionado con la puesta en marcha de las conductas

motoras de afrontamiento, siempre que estas impliquen algún tipo de actividad.

La activación sostenida de este eje facilita la aparición de problemas cardiovasculares.

De ahí la supuesta relación entre el patrón de personalidad tipo A y los trastornos

coronarios.

2) Eje endocrino. Es el eje que implica mayor actividad hormonal. Por una parte, las

conexiones adrenales-hipofisiarias responden mediante la liberación de glucorticoides

(cortisol y corticoesterona), así como de mineralocorticoides (aldosterona y

desoxicorticosterona), lo cual facilita la retención de sodio por los riñones y un

incremento de los depósitos de glucógeno en el hígado. Una excesiva liberación de los

mineralocorticoides parece facilitar el desarrollo de problemas de hipertensión,

síndrome de Cushing o necrosis de miocardio.

Por otra parte, este eje implica también la secreción de hormona del crecimiento y de

hormonas tiroideas, en especial la tiroxina, cuyo efecto implica un aumento de la

tiroxina y, en consecuencia, desgaste general. Finalmente, la secreción de vasopresina

altera el funcionamiento de los riñones y su consiguiente incremento en la retención

de los líquidos, lo cual puede colaborar al desarrollo de la hipertensión. Por último, la

hipófisis anterior también segrega β-lipotropina y β- endorfina conjuntamente con la

estimulación de adenocorticotropa (ACTH) por parte del factor liberador de

corticotropina.

El disparo de este tercer eje, más lento que los anteriores y de efectos más duraderos,

necesita una situación de estrés más sostenida. A diferencia del segundo eje, este tercer

eje parece dispararse selectivamente cuando la persona no dispone de estrategias de

afrontamiento, es decir, cuando sólo le queda resistir o soportar el estrés.


Sus efectos más importantes tienen que ver con la depresión, la indefensión, la

pasividad, la no percepción de control, la inmunosupresión y la sintomatología

gastrointestinal.

Ajuste al estrés

Sobre el ajuste del estrés, resumiremos lo presentado por Oblitas, L. (2010) que

menciona que: existen diferencias importantes en la manera de adaptarse a las mismas

situaciones estresantes, ya que mientras algunas personas son capaces de lograr un

ajuste fácilmente, otras tienen grandes dificultades para adecuar su comportamiento y

experiencias emocionales a la misma situación. Se habla de un ajuste eficaz y bien

logrado. Implicando este concepto que el sujeto es entendido en relación activa con el

mundo o el entorno. No está en contraposición ni en dependencia con el medio, sino

en un intercambio dinámico, interactivo, que configura una praxis de transformación

propia y de lo real en el trasvasamiento constante de acciones y reacciones.

Hay recursos o condiciones personales para el ajuste como los expresados en:

El Modelo de salutogénesis, propuesto por el sociólogo israelí Antonovsky (1988), que

desarrolló un modelo de génesis de la salud o salutogénesis, que se ocupa de los

factores que contribuyen a que las personas permanezcan sanas a pesar de condiciones

desfavorables o muy negativas. Aquí está la vivencia de coherencia, que es una

orientación global que expresa en qué medida alguien posee una sensación de

confianza generalizada, duradera y dinámica.


El Desamparo aprendido, de Martin Seligman (citado por Oblitas, L. 2010), que se

refería a la expectativa negativa de incontrolabilidad. Esta teoría de la indefensión, fue

reformulada (Abramson, Seligman & Teasdale, 1978), y mencionaba que hay

acontecimientos negativos que son realmente incontrolables y las personas lo explican

con base a los hechos. Pero hay muchas otras instancias, cuando la realidad es ambigua

o susceptible de varias explicaciones. La Teoría de la atribución, sostiene que cada

individuo tiene un estilo propio de explicar los eventos malos cuando la realidad es

ambigua. Quien tiende a explicar los acontecimientos negativos de la vida en forma

estable, global e interna, esto es, siempre igual y afectando todo lo que hace y

atribuyéndose la culpa de todo, corre alto riesgo de deprimirse ante el infortunio e

incrementar sus posibilidades de enfermar y morir.

En la Teoría de la esperanza-desesperanza, se pone de manifiesto la importancia

etiopsicopatogénica de la desesperanza y los valores sanitarios de la esperanza en el

afrontamiento a situaciones de alto nivel de estrés y en el proceso salud- enfermedad

(Oblitas, L. 2010).

Afrontamiento del estrés

Para explicar este punto, trascribiremos lo escrito por Torrejón, C. (2011) cuando

menciona que: el afrontamiento se define como los esfuerzos realizados para manejar

situaciones que han sido evaluadas como potencialmente amenazantes o estresantes

(Kleinke, 2007). En ese sentido, es contemplado también, como un regulador de

emociones (Lazarus & Lazarus, 2000) o factor estabilizador que ayuda a los individuos

a mantener la adaptación psicosocial durante los períodos de estrés (Lazarus &

Folkman, 1984, citado en Endler 1996; Moos & Schaefer, 1993).


Este requiere de esfuerzos cognitivos y conductuales para eliminar o reducir las

condiciones estresantes y asociadas al distrés emocional (Belloch, Sandín & Ramos,

1995; Lazarus & Folkman, 1986; Moos & Schaefer, 1993), por ello, es considerado un

constructo multifacético, pues el análisis del mismo incluye tres componentes:

conductuales, motivacionales y actitudinales (Frydenberg, 1997).

Las conceptualizaciones del afrontamiento pueden ser categorizadas de acuerdo a los

determinantes primarios de las respuestas de afrontamiento. La aproximación

disposicional asume relativa estabilidad en la selección de las conductas de afronte que

hacen las personas ante las situaciones estresantes, mientras que la aproximación

conductual asume que son las situaciones las que moldean a las personas al momento

de elegir las respuestas de afrontamiento (Endler, 1996).

A pesar de estas conceptualizaciones aparentemente opuestas y excluyentes entre sí,

este mismo autor considera que el cambio y la estabilidad no se excluyen el uno al

otro sino que se complementan: la estabilidad del cambio implicaría que el proceso

puede ser replicable. Sin embargo, la replicación del proceso estaría limitado por el

hecho de que ninguna persona puede ser confrontada más de una vez con dos

situaciones idénticas y sería necesario que previamente se hayan identificado los

mecanismos a la base (Endler, 1996).

Por su parte, Carver & Scheier (1994) agregaron que la estabilidad aludiría a los estilos

de afrontamiento, los cuales son predisposiciones personales que facilitarían el acceso

al uso de ciertas estrategias de afrontamiento, desplegadas de acuerdo al contexto y la

situación y, en ese sentido, potencialmente cambiantes.


Desde otra perspectiva, el afrontamiento pueda dividirse en dos tipos. Según el modelo

transaccional de Lazarus & Folkman (1984), (citado en Endler, 1996), puede estar

orientado tanto al problema así como orientado hacia la emoción; no obstante, Carver,

Kumani & Scheier (1989), agregan un tercer estilo al cual llaman afrontamiento

evitativo. A partir de lo que expone este mismo autor, se asume que a mayor

experiencia enfrentando estresores, el individuo amplía e incorpora nuevos recursos

de afrontamiento.

Estrategias de Afrontamiento y Estrés

Mikkelsen, F. (2009) menciona este aspecto al afirmar que: un evento percibido con

carga de estrés, exige la puesta en marcha de diversos recursos de la persona para

afrontar la situación y restablecer el equilibrio. En ese sentido, el afrontamiento tiene

como principal función reducir el malestar vivenciado y el impacto sobre la persona.

De ahí que se explique el afrontamiento como el proceso por el cual un individuo

realiza esfuerzos cognitivos y conductuales constantemente cambiantes para manejar

una demanda que excede sus propios recursos (Lazarus & Folkman, 1986).

En este proceso de afrontamiento se plantean dos funciones: la primera se centra en la

regulación de las emociones causadas por el estrés. En este tipo de afrontamiento se

percibe que no se podrá modificar la situación estresante y por lo tanto se trata de

disminuir el impacto sobre la persona. La segunda función se focaliza en el manejo

directo del problema, al considerarse que el evento estresor puede ser modificado y se

buscan soluciones pare recomponer el equilibrio (Fierro, 1996; Lazarus & Folkman,

1986; Sandín, 1995). El que una persona emplee un tipo de afrontamiento estará

determinado por características de la situación, del individuo, de la evaluación que se


realice de los eventos y de los recursos disponibles (Fierro, 1996).

Es debido a la relevancia del afrontamiento en el bienestar personal, que en la

actualidad se resalta además de las consecuencias negativas del estrés sobre la salud el

estudio de las capacidades de las personas para afrontar sus vidas (Frydenberg, 1997).

AUTOEFICACIA – AUTOEFICACIA ANTE EL ESTRES

En la Psicología, la autoeficacia es un constructo muy estudiado, por haber demostrado

ser un excelente predictor de numerosas conductas, porque una cosa es poseer las

habilidades necesarias para hacer algo y otra muy diferente estar lo suficientemente

seguro de nuestros recursos para responder eficazmente a las situaciones demandantes

o amenazantes.

Torres, W. (2003), menciona que, al decir de Bandura (1997), la manera como las

personas perciben el manejo de lo que están haciendo afecta el nivel de desempeño.

Esta observación, aparentemente simple y con mucho sentido común sirve para que

Alberto Bandura desarrolle desde la teoría social cognitiva, el componente de la

autoeficacia, planteando que opera en concierto con otras determinantes sobre el

pensamiento, el afecto, la motivación y la acción.

El concepto de autoeficacia ha sido definida en Godoy-Izquierdo, D. et al. (2008),

como el conjunto de creencias sobre la eficacia personal para manejar las demandas

y desafíos con los que nos encontramos sobre la base de dos tipos de expectativas:

Expectativas de Eficacia, o juicios sobre la capacidad personal para organizar y

ejecutar las acciones requeridas para afrontar una determinada situación, y

Expectativas de Resultado, o creencias sobre que tales acciones llevaran a conseguir

un resultado deseado o esperado.


Para Torres, W. (2003), en general, la autoeficacia percibida hace referencia a las

creencias de las personas acerca de sus capacidades para el logro de determinados

resultados, y como no se puede hacer todo bien, señala Bandura (2001), entonces las

personas difieren en la realización de actividades de acuerdo a su sentido de eficacia.

Por tanto, añade este autor, el conjunto de creencias de eficacia no constituyen un rasgo

global sino un conjunto de autocreencias referidas a situaciones de funcionamiento

diferenciado.

Schwarzer y Fuchs (1999), (citado por Oblitas, L. 2010, p. 61-62), sostienen que son

numerosas las evidencias acerca de que las expectativas de autoeficacia percibida están

estrechamente relacionadas con las intenciones conductuales y con el cambio de

conductas relacionadas con la salud, describen el siguiente enfoque del proceso de

acción a favor de ésta.

De acuerdo con este modelo, cuando una persona establece como meta un cambio en

su conducta de salud, se basa en tres tipos de cogniciones:

1) Las percepciones de riesgo incluyen la sensación de vulnerabilidad y la gravedad

percibida de una enfermedad, elementos que poseen un notable valor motivacional en

el proceso de toma de decisiones. En ocasiones, los sesgos optimistas de ciertas

personas las conducen a subestimar los riesgos objetivos, y por tanto, a no poner en

práctica ciertas conductas precautorias con el fin de evitar consecuencias nocivas para

su salud.

2) Las expectativas de resultados se refieren a la estimación que hace una persona

acerca de las consecuencias de poner en acción ciertas estrategias de autorregulación.

En general, las personas aprenden a considerar sus acciones como causa de los sucesos

que le acontecen y confían en la posibilidad de cambiar sus conductas riesgosas para


su salud. Resulta de máximo interés que, en primer lugar, los individuos logren

percibirse como agentes concretos de cambio (expectativas de autoeficacia), es decir,

que se consideren capaces de producir los cambios conductuales necesarios para

optimizar su nivel de salud.

En la fase de motivación (intenciones), el sujeto decide qué acciones realizará y en la

de volición cuánto esfuerzo invertirá y durante cuánto tiempo persistirá en ellas. Esta

última etapa se divide en dos subprocesos: planes de acción y control de acción. Es

decir, una vez modelada la conducta saludable, la intención debe ser transformada en

planes de acción, en instrucciones precisas acerca de cómo llevarla a cabo. Si, por

ejemplo, alguien decide bajar de peso, primero debe estar fuertemente motivado y

convencido de que es saludable hacerlo, percibir los riesgos que para su salud conlleva

el exceso de peso y posteriormente evaluar las distintas estrategias a seguir para lograr

el objetivo planteado (tipo de dieta, compra de alimentos de bajas calorías, cuándo y

cómo comer, realización de actividades físicas, etc.). Finalmente, una vez iniciada la

acción debe ser controlada, es decir, realizar las correcciones necesarias y evitar la

posibles interrupciones debido a la aparición de tendencias conductuales

incompatibles (por ejemplo, sucumbir ante las tentaciones, tendencia al sedentarismo,

etc.) para así mantener los cambios en el tiempo.

3) La autoeficacia percibida determina la cantidad de esfuerzo invertido y el nivel de

perseverancia. Las personas que confían en sí mismas, que se sienten capaces de llevar

a cabo los cambios propuestos para mejorar su salud persisten en mantener el curso de

sus acciones; a pesar de los obstáculos, perciben alternativas de solución a los mismos

y se recuperan fácilmente de las frustraciones.


Por ejemplo, si a pesar de seguir un dieta comprueban que no han bajado de peso,

analizarán las posibles causas, realizarán las modificaciones necesarias, mantendrán

un estado de ánimo positivo, se propondrán objetivos y medios más razonables,

modificarán el entorno físico y social para favorecer la concreción de la conducta

deseada y adoptarán un diálogo interno de automanejo de situaciones críticas. Por

último, se deben considerar las barreras y las oportunidades situacionales. Si las claves

situacionales son excesivas (por ejemplo, disponibilidad de alimentos apetitosos y de

altas calorías) las destrezas metacognitivas aprendidas no serán eficaces (el sujeto

sucumbirá ante las tentaciones). También una red social de apoyo sirve para mantener

y consolidar los cambios efectuados (una familia que adopte una dieta saludable, de

bajas calorías, incitará a la persona a persistir en sus nuevos hábitos).

Ya hace unos años atrás (Godoy-Izquierdo, D. et al., 2004), formularon el concepto de

autoeficacia específica para el afrontamiento de los eventos estresantes, y ello aun

cuando la autoeficacia, el estrés y el afrontamiento son tres constructos importantes y

ampliamente estudiados en psicología.

Según Bandura, A. (2001): la autoeficacia percibida debe también ser diferenciada de

otros constructos tales como autoestima, locus de control y expectativas de resultados.

La eficacia percibida es un juicio de capacidad; la autoestima es un juicio de

autovaloración. Estos son dos fenómenos totalmente diferentes. El locus de control no

se relaciona con la capacidad percibida, sino con creencias acerca de las contingencias

de resultados- ya sea que los resultados estén determinados por nuestras propias

acciones o por fuerzas que operan fuera de nuestro control. Un alto locus de control no

necesariamente significa un sentido de poderío y bienestar. Por ejemplo, los

estudiantes pueden creer que las calificaciones académicas altas dependen totalmente
de su rendimiento (alto locus de control), pero se sienten incapaces porque creen que

carecen de la eficacia para producir estos rendimientos académicos superiores.

Otra importante distinción se relaciona con expectativas de resultados. La autoeficacia

percibida es un juicio de capacidad para ejecutar determinados tipos de rendimientos

mientras que la expectativa de resultados es un juicio acerca de las consecuencias

probables que tales rendimientos producirán.

Así pues, el conocer las creencias de eficacia personal para el afrontamiento del estrés

es muy importante por sus implicaciones en las distintas esferas del funcionamiento

humano, así como por sus posibles relaciones con la salud y el bienestar (Godoy-

Izquierdo, D. et al., 2008).

TEORÍA SOCIAL COGNITIVA

Para explicar este punto, transcribiremos lo que señala Ruiz, F. (2005): El concepto de

autoeficacia se inserta dentro de la Teoría Social Cognitiva de Bandura, como un tipo

de creencia personal (autocreencia).

Con el libro “Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory”

(1986), Bandura plantea una visión del funcionamiento humano que le otorga un papel

clave a los procesos autorreguladores, autorreflexivos, y vicarios en el cambio y

adaptación de las personas. Los individuos son vistos como proactivos,

autorganizados, autorreflexivos y autorregulados, en lugar de ser organismos

conducidos por instintos internos escondidos o modulados por fuerzas ambientales.

Bandura establece, en su determinismo recíproco, una interacción dinámica entre

factores.
Es así que a) factores personales en la forma de afectos, cogniciones y eventos

biológicos, b) el comportamiento y c) fuerzas ambientales crean interacciones que

producen una reciprocidad triádica (Pajares & Schunk, 2001).

Bandura sostiene que, al analizar la influencia de los estímulos externos en el

comportamiento humano, se debe entender la forma en la que el individuo,

cognitivamente, procesa e interpreta esos estímulos.

La Teoría Social Cognitiva plantea una influencia en dos direcciones. Las presiones

evolutivas alteran el comportamiento humano, de manera que el hombre es capaz de

crear innovaciones ambientales cada vez más complejas. A su vez, este ambiente

modificado produce nuevas presiones selectivas para la evolución de sistemas

biológicos especializados en la conciencia funcional, el pensamiento, la comunicación

simbólica y el lenguaje.

La Teoría Social Cognitiva establece una imagen del ser humano como un individuo

en búsqueda del desarrollo personal. También, plantea como punto clave que los

individuos tienen creencias personales que les permiten ejercer una medida de control

sobre sus sentimientos, acciones y pensamientos. Es decir, el comportamiento de las

personas se ve influido por lo que estas piensan, creen y sienten. Bandura sostuvo que

lo que las personas piensan sobre ellas mismas es clave en el ejercicio del control

humano. Aquí surge el concepto de autoeficacia, puesto que lo que las personas

piensan sobre sus propias capacidades, denominada autoeficacia por Bandura, es un

mejor elemento que predice el comportamiento de las mismas. Las personas son, pues,

entendidas como productores y productos de sus ambientes y de sus sistemas

sociales.
Además, debido a que los individuos comparten creencias sobre sus aspiraciones y

capacidades, Bandura expande el concepto de agencia humana para incluir la agencia

colectiva.

Respecto de la influencia del ambiente y de los sistemas sociales sobre el

comportamiento humano, esta se da a través de mecanismos psicológicos del sistema

del Self. Por ejemplo, en el caso de las condiciones económicas, estas no afectarían el

comportamiento humano directamente sino por intermedio del Self, debido a que

influyen en las creencias de autoeficacia, los estados emocionales, las aspiraciones, los

estándares de las personas y otras influencias regulatorias (Pajares, 2002).

INFLUENCIA DE LA AUTOEFICACIA EN EL COMPORTAMIENTO

HUMANO

Prosiguiendo con Ruiz, F. (2005), que menciona: cómo el funcionamiento humano, en

general, es regulado por las creencias de eficacia. Esta regulación se produce mediante

cuatro procesos: cognitivo, motivacional, afectivo y selectivo. Dichos procesos,

normalmente, actúan juntos regulando el funcionamiento humano y las creencias de

autoeficacia tienen efectos importantes sobre ellos.

Procesos cognitivos

Los efectos de las creencias de eficacia sobre los procesos cognitivos se pueden

explicar de la manera siguiente: mucho del comportamiento intencional del ser

humano está regulado por metas significativas para la persona; el planteamiento de

metas está afectado por la evaluación de las capacidades personales. Por lo tanto,

cuanta más alta sea percibida la autoeficacia personal, más alto será el nivel de las

metas que las personas se impongan.


Más específicamente, las personas piensan en los escenarios posibles que resultarán

de sus acciones antes de actuar y plantean sus metas de acuerdo con ellos. Las creencias

de autoeficacia dan forma a esos escenarios mentales anticipados. Por ello, las

personas con un alto sentido de eficacia anticipan situaciones exitosas con pautas para

un desenvolvimiento correcto. Por el contrario, las personas con un bajo sentido de

eficacia prevén todo lo que puede ir mal y anticipan escenarios de fracaso (Bandura,

1995).

Procesos motivacionales

Las creencias de autoeficacia son importantes en la autorregulación de la motivación.

Existen tres diferentes formas de motivadores cognitivos: atribuciones causales,

expectativas de resultados y metas cognitivas.

Las creencias de autoeficacia influyen sobre las atribuciones causales, las cuales

afectan la motivación, las reacciones afectivas y el desempeño. Las personas que se

consideran ineficaces atribuyen sus fracasos a la baja habilidad. Contrariamente, las

personas con alto sentido de autoeficacia atribuyen sus fracasos a situaciones adversas

o al esfuerzo insuficiente.

Respecto de las expectativas de resultados, la motivación se ve regulada por la

expectativa de que determinado comportamiento produzca determinado resultado y

por el valor que tiene ese resultado. Sin embargo, a la vez que las personas actúan de

acuerdo con las creencias en los probables resultados de sus actos, también actúan de

acuerdo con sus creencias en lo que pueden hacer o no. En consecuencia, las creencias

de autoeficacia afectan a la motivación influida por expectativas de resultados

(Bandura, 1995).
La motivación basada en la autoimposición de metas implica la comparación del

desempeño con un estándar personal. La satisfacción está supeditada a alcanzar el

estándar, el cual le da dirección al comportamiento de la persona, mientras que esta

crea incentivos para mantener su esfuerzo constante hasta alcanzar su objetivo

(Bandura, 1995). Las creencias de autoeficacia influyen en este tipo de motivación, ya

que, de acuerdo con lo que la persona se cree capaz de hacer, establece sus metas,

determina el esfuerzo que emplea, el tiempo de persistencia ante las adversidades y su

resistencia a los fracasos. En ese sentido, dado que los fracasos son atribuidos al

esfuerzo insuficiente o a la falta de habilidad y conocimiento que pueden ser

adquiridos, individuos que creen en sus capacidades personales persisten ante las

dificultades y se esfuerzan más cuando fallan en conseguir los resultados. Por el

contrario, aquellos que dudan de sí mismos tienden a rendirse rápidamente ante las

dificultades (Pajares, 2002).

Procesos afectivos

Respecto de los procesos afectivos, como la depresión, ansiedad y el nivel de

activación del arousal, podemos decir que estos son influidos por las creencias de

autoeficacia.

En primer lugar, las creencias de autoeficacia afectan el procesamiento cognitivo de

los posibles peligros del ambiente y su vigilancia. Por consiguiente, personas que

consideran que potenciales amenazas ambientales escapan de su control ven el

ambiente plagado de estas, aunque las consecuencias lógicas de este ambiente

amenazador exagerado casi nunca se cumplan. No obstante, debido a la angustia, estas

personas sufren alta ansiedad y su nivel de funcionamiento se ve afectado. Por su lado,


las personas que se consideran poseedoras de control sobre las probables amenazas

ambientales no viven pendientes de estas y no experimentan pensamientos

perturbadores relacionados con ellas.

Una segunda manera en que las creencias de autoeficacia regulan la ansiedad, el

arousal (nivel de activación) y la depresión es mediante el control sobre los

pensamientos perturbadores reiterativos. Se debe tener en cuenta que la mayor fuente

de estrés no es la frecuencia de los pensamientos perturbadores sino la falta de

habilidad para anularlos. Un ejemplo de la influencia de las creencias de autoeficacia

en la ansiedad y el estrés son los estudios de aumento de creencias fóbicas a diferentes

niveles. Ante amenazas sobre las que cree que se tiene control, se evidencia un nivel

bajo de ansiedad y arousal. Sin embargo, conforme se enfrenta amenazas que se cree

están fuera del control de la persona, los niveles de ansiedad y arousal aumentan. No

obstante, después de aumentar el nivel de percepción de control (de autoeficacia) al

máximo, las personas enfrentan las mismas amenazas sin sufrir ansiedad, aumento del

arousal o estrés.

En tercer lugar, mediante el favorecimiento de formas de comportamiento eficaces que

transforman situaciones amenazantes en seguras, las creencias de autoeficacia reducen

o eliminan la ansiedad. De esta manera, las creencias de autoeficacia actúan sobre el

comportamiento de afrontamiento. Conforme el sentido de autoeficacia aumente, las

personas tenderán a enfrentar más situaciones difíciles que generan estrés, teniendo un

mayor éxito en amoldar estas situaciones a su gusto.

Si, por el contrario, el sentido de eficacia para ejercer control es bajo, se producirán

ansiedad y depresión. Un sentido de control bajo guía hacia la depresión por tres

caminos. En primer lugar, están las aspiraciones insatisfechas: autoimponerse


estándares de los que depende la valía personal y no poder satisfacerlos produce

depresión. En segundo lugar, también lleva a la depresión un bajo sentido de eficacia

social para desarrollar relaciones satisfactorias, que aminoren los efectos de estresores

crónicos. El soporte social reduce la vulnerabilidad a las enfermedades físicas, el estrés

y la depresión. Dado que el soporte social no es una entidad que espera ser usada, las

personas deben buscar crear relaciones de apoyo por ellas mismas. Esto último

requiere un alto sentido de eficacia social. Por lo tanto, un bajo sentido de eficacia para

crear relaciones satisfactorias, que den apoyo a la persona, favorece la depresión

directa e indirectamente constriñendo la evolución de soportes sociales. El tercer

camino a la depresión se da a través de la eficacia en el control del pensamiento,

especialmente del pensamiento perjudicial reiterativo. Según Kavanagh & Wilson,

(citados en Ruiz, F. (2005), la ocurrencia, duración y recurrencia de episodios

depresivos pueden ser fomentadas por un pensamiento perjudicial reiterativo. El

humor y la eficacia percibidos se influyen mutuamente y pueden constituirse en un

círculo vicioso. En tanto, la depresión aparece si se tiene un bajo sentido de eficacia

para conseguir los objetivos que traen autosatisfacción y autovalía; y un humor

depresivo disminuye la confianza en la eficacia personal (Bandura, 1995).

Procesos selectivos

Las personas desarrollan su vida cotidiana en relación con los ambientes y actividades

que eligen. Estas elecciones son hechas de acuerdo con la percepción de la eficacia

para manejar o no determinados ambientes y actividades. Así, las personas evitan los

ambientes y actividades, en los cuales no se sienten hábiles ni listos para seleccionar

los que creen capaces de manejar. Por ejemplo, un estudiante que se siente
incompetente en geometría no elegirá la arquitectura como carrera, pese a que pueda

mostrar un interés inicial por ella (Pajares, 2002). Se desarrollan, así, ciertas

potencialidades y estilos de vida, por lo que las creencias de autoeficacia son

importantes en la influencia del desarrollo personal (Bandura, 1995).

Cabe mencionar que hay factores que afectan el rol mediacional que los juicios de

autoeficacia tienen en el comportamiento. Nos referimos a la falta de incentivos y a

otras limitaciones. Es decir, una persona con una alta autoeficacia y habilidad puede

decidir no comportarse de acuerdo con sus creencias y habilidades. Esto se explica

porque puede carecer de los recursos necesarios para hacerlo, de incentivos o puede

encontrar restricciones sociales en sus deseos. En estos casos, la autoeficacia fallará

en la predicción del comportamiento. Así mismo, en situaciones donde las metas y el

desempeño necesario para lograrlas no son claros, la autoeficacia percibida es de poca

utilidad para predecir el comportamiento. Las personas no saben cuánto esfuerzo

emplear, cuánto tiempo sostenerlo, cómo corregir errores, etc. En estas situaciones, los

sujetos no pueden evaluar eficazmente su autoeficacia y deben confiar en experiencias

previas. Esto ofrece una pobre predicción del desempeño (Pajares, 2002).

LA AUTOEFICACIA ESPECÍFICA PARA EL AFRONTAMIENTO DEL

ESTRÉS (AEAE)

Es definida como el conjunto de creencias en los recursos personales para manejar las

situaciones demandantes y estresantes de una forma eficaz y competente, esto es, para

reducir, eliminar o incluso prevenir el estrés experimentado en esta clase de

situaciones, para disminuir su impacto y para controlar, de esta forma, sus

consecuencias no deseadas (Godoy-Izquierdo, D. et al., 2004).


También como en la autoeficacia, en el caso de la AEAE se podría hablar de dos tipos

de expectativas: las Expectativas de Eficacia en el afrontamiento del estrés se referirían

a los juicios subjetivos sobre las capacidades personales para organizar y ejecutar

eficazmente cursos de acción tanto para manejar la situación como para regular la

emoción. Las Expectativas de Resultado se referirían a las creencias personales de que

tales acciones permitirían a la persona obtener los resultados deseados en el manejo de

una determinada situación y sus consecuencias en diferentes esferas vitales relevantes

(relaciones interpersonales, éxito laboral, clima familiar, bienestar personal, seguridad

personal o satisfacción subjetiva…) (Godoy-Izquierdo, D. et al., 2004).

En la teoría del estrés y del afrontamiento de Lazarus & Folkman (1984), citado en

Godoy-Izquierdo, D. et al., 2008, se define el proceso de estrés como el resultado de

un desequilibrio entre las demandas y los recursos personales en la relación persona-

ambiente. Una persona experimentará estrés solamente si juzga una situación como

personalmente significativa (relevante, novedosa, desafiante, negativa, aversiva…) y

que requiere una determinada acción o cadena de acciones para dar respuesta a la

misma, y simultáneamente considera que sus recursos personales para dar dicha

respuesta y solucionarla son inadecuados, insuficientes o ineficaces.

En esta teoría se establecen tres procesos básicos en el manejo del estrés: la valoración

primaria (primary appraisal), que se refiere a la evaluación que la persona hace de la

situación, sus características y sus demandas, la valoración secundaria (secondary

appraisal), referida a la evaluación que la persona hace de sus capacidades personales

para responder eficazmente a las demandas de la situación y resolver el problema, y el

afrontamiento en sí mismo (coping), que es el conjunto de esfuerzos conductuales y


cognitivos que la persona pone en marcha para manejar los eventos que son percibidos

como estresantes. Las estrategias de afrontamiento específicas que la persona elegirá

y utilizará se basan en estos procesos de evaluación. El afrontamiento incluye tanto las

acciones dirigidas a cambiar o resolver la situación, o afrontamiento centrado en el

problema, como las acciones encaminadas a manejar las respuestas emocionales

asociadas al estrés, o afrontamiento centrado en la emoción (Godoy- Izquierdo, D. et

al., 2008).

De esta forma, la autoeficacia para el afrontamiento del estrés tendría una influencia

decisiva en los esfuerzos de afrontamiento que la persona pone en marcha para manejar

las situaciones novedosas, relevantes o amenazantes que son interpretadas como

demandantes, influyendo especialmente en algunos de los procesos implicados,

especialmente en la evaluación secundaria y la selección y ejecución de las estrategias

de afrontamiento (Godoy-Izquierdo, D. et al., 2008).


ESCALA DE AUTOEFICACIA ESPECÍFICA

A continuación encontrarás una serie de afirmaciones sobre cómo sueles responder


ante los problemas o sobre cómo te afectan éstos. Señala con una cruz (o aspa)
en la casilla correspondiente tu grado de acuerdo con cada una de estas frases.

Completamente
Completamente

En desacuerdo
en desacuerdo

Bastante en
desacuerdo

Bastante de
De acuerdo

de acuerdo
acuerdo
1. Cuando tengo problemas o contratiempos en mi
vida me cuesta trabajo funcionar lo más
normalmente posible
2. Cuando tengo problemas o contratiempos
procuro que no afecten a mis emociones,
relaciones u otras esferas de mi vida
3. Cuando tengo problemas mi salud no se
resiente notablemente
4. Cuando tengo problemas o contrariedades dudo
de mi capacidad para afrontarlos eficazmente

5. Soy capaz de no dramatizar los problemas y le


doy su justo valor a las cosas
6. Cuando tengo problemas o contratiempos mi
cuerpo lo acusa notablemente y me noto
activado o tenso
7. Para resolver un problema pongo en marcha
todos los recursos que están a mi alcance
8. Cuando tengo problemas o contrariedades no
dejo de pensar en ellos y soy incapaz de prestar
atención a otras cosas

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