Yo fui taxista durante casi diez años y en este oficio es casi imposible que
no te ocurran cosas, tanto inusuales, raras y paranormales; he visto cosas como
sombras, figuras pálidas espectrales y personas traslucidas desvanecerse a un
lado de la carretera. Muchos de mis colegas han sufrido de experiencias
similares que me han contado.
Sin embargo, y a pesar de todo, lo más impactante y espelúznate ocurrió
durante una ronda nocturna de otoño. Solía desempeñarme mejor en estos
horarios nocturnos aunque el trabajo fuera escaso en ciertos sectores de la
ciudad, ya que el ambiente de la noche más allá de provocarme recelo me daba
tranquilidad. Aquella noche ya había realizado unas cuantas carreras desde las
nueve, hora en la cual empezaba mi turno, y me había hecho ya un dinerito
considerable gracias a la gente que salía de sus empleos a altas y peligrosas
horas de la noche, y de madrugada también tenía ciertas oportunidades
puntuales como una ocasión que lleve de vuelta a una familia de un centro
comercial a su casa.
Solía tomarme un descanso a media noche en un bar de veinticuatro horas
ubicado en un sector movido; mis conocidos ahí siempre me esperaban con los
brazos abiertos y un par de cervezas. En esas estaba aquella ocasión cuando
recibo una llamada a mi teléfono celular solicitando una carrera, lo cual no era
extraño que pasara pues a varios de mis pasajeros les facilitaba mi numero en
caso de que necesitaran una carrera y así conseguir clientes frecuentes, es una
estrategia muy conocida entre los taxistas. La cuestión es que la llamada
procedía de una persona desconocida, supuse que debía ser un conocido de
algún viejo cliente, quien hablaba con una voz grave y áspera, y sus expresiones
eran muy robóticas, como si fuera una maquina quien estuviera hablando; lo
anterior me causo un poco de gracia, pero lo que pasó a continuación ya no.
Me despedí de mis amigos, subí a mi vehículo y me emprendí camino
hacia la dirección pactada. Esta resultó ser de una viendo en los límites de la
ciudad, una zona aislada, casi campestre y sin mayores rasgos de civilización.
Lo curioso fue que la dirección exacta era la de una casa prácticamente en
ruinas, vieja, deteriorada, y de materiales ya desgastados, oxidados y hasta
quemados. Me resultó extraño en un primer momento, y mientras aun me lo
tomaba en serio continué en confusión. Desabordé y me incorporé al exterior,
giré hacia todos los extremos que tuviera cerca y aun a la distancia, pero no
conseguí ubicar a ni un alma cercana; la única señal de vida era un buitre que
volaba cerca y se posaba en la valla que rodeaba la casa.
Fue entonces que mi cerebro finalmente consideró lo que había ocurrido:
me habían tomado el pelo. Seguramente algún inútil desobligado con ganas
hacerle perder tiempo a alguien jugándole una broma decidió que yo sería al
que le verían la cara. Me enfadé muchísimo en el momento, ¡mira que hacerme
gastar gasolina de esa manera! Me metí nuevamente en el carro y azoté la puerta
con fuerza por el enojo y la indignación que ahora tenía, sobre todo porque me
hicieron ver como un tonto.
Estaba preparándome para regresar cuando se me ocurrió devolver la
llamada al número del bromista y darme el así el gusto de desquitarme un poco.
Marqué el número, que resultó ser de línea fija, y esperé a que se contestara,
agradezco tener la costumbre de recargar saldo una vez por semana para
situaciones como esta. De golpe, algo interrumpió el silencio y me provocó un
escalofrió, no solo por lo repentino sino por lo que fue…
Ahí mismo, en la oscuridad, la desolación y el silencio, mientras yo me
encontraba sentado en el frente de mi vehículo, con la luz encendida, la venta
al exterior abierta, mi brazo sobre el volante y la otra sosteniendo mi teléfono
en mi oído, se comenzó a escuchar el estridente sonido de un teléfono; era un
sonido agudo y chirriante, como si el aparato que lo emitiera estuviera obsoleto
y viejo. Lo aterrador era que dicho sonido parecía provenir el interior del
inmueble abandonado…Pensé que tal vez me lo estaba imaginando, así que
cerré la llamada para escuchar mejor; más tan rápido como colgué, el sonido
también cesó de inmediato.
Un silencio sepulcral.
Un espeluznante sosiego.
Marqué rápidamente el número de nuevo, temiendo que ocurriera lo que
suponía…que fue lo que acabo por ocurrir: el sonido estridente volvió a
escucharse desde interior del lugar. No había dudas, no podía ser coincidencia:
mi llamada estaba siendo recibida desde el interior de la casa en ruinas. Lo pensé
y me resultó aún más extraño, no solo porque el lugar se notaba completamente
deshabitado como para que alguien estuviera llamando desde dentro, sino
porque aun considerando que pasara, en esa zona no había postes para cables de
ningún tipo como de luz…o de teléfono.
¿Qué debía hacer? Tal vez acercarme a ver qué estaba ocurriendo, aunque
tal vez me podría meter en problemas: ¿Qué tal si eran criminales? ¿Sería esa
la guarida algún asesino? Me pasaron mucha cosas por la mentes, pero todas
atándome a mi racionalidad, ya que aunque el lugar de por si inspiraba miedo
no me llegó a pasar por la mente nada sobrenatural aun. Sea como sea, estaba
sin duda en un predicamento.
Tras pensarlo unos minutos y armándome de valor, y tomando un vara de
hierro que siempre guardaba en el maletero y un cuchillo que tenía enfundado
en el gabinete junto a la radio, me armé de valor y me acerqué a la propiedad.
Mientras caminaba noté que todo volvía a estar en silencio y el lugar se veía
más solo aun que antes, incluso el buitre había desaparecido. Finalmente llegué
a una de las ventanas con el cristal roto y la madera carcomida, me asomé
empuñando y preparando el cuchillo por si acaso: había un salón grande con
unas escaleras al costado, pero más allá de eso no pude vislumbrar gran cosa.
Me acomodé la vara de hierro entre las piernas y la sostuve ahí mientras sacaba
mi teléfono y encendía la linterna. Cuando lo hice, apunté hacia el interior del
salón, y al ver lo que había en el centro mi rostro en ese momento solo pudo
reflejar horror: era el cadáver de un muchacho joven amordazado en el suelo,
pálido, mal herido y vendado de manos, pies, boca y ojos, mientras posaba en
el centro de un circulo con una estrella de cinco puntas dibujado en el suelo…al
parecer con sangre.
Esto sin duda me perturbó, me aterró y me generó cierta lastima, además
de asco, pues el cadáver se veía picoteado por todas partes, como parcialmente
comido. Debió ser cosa del buitre que hace rato estaba por ahí. Pese a estar ya
completamente asustado, continué fisgoneando por las demás ventas, hasta que
finalmente en una de las habitaciones encontré el teléfono del que parecía haber
provenido el ruido, y solo para estar seguro lo comprobé ahí mismo llamando
de nuevo desde la ventana; me dio un sobresaltó escuchar de repente ese
penetrante sonido rompiendo el silencio ambiental de tajo.
Una vez corroborado todo, ya no tenía nada que hacer ahí. Agarré mis
cosas, subí a mi vehículo y me largué de ahí. Pisé el acelerador como si quisiera
aplastar la cara de mi antiguo jefe con la misma fuerza, y avancé sin detenerme
por la carretera oscura. No dejaba de mirar hacia atrás constantemente,
contemplando como la espeluznante escena se perdía poco a poco en la lejanía.
Entonces, de pronto, en una de las ocasiones en las que voltee, sentí como
arrollé algo y escuche un agonizante cacareo de pájaro. Frené en seco tras ver
cómo, lo que atropellé, salió disparado varios metros hacia el frente.
Bajé del taxi y me aproximé al individuo: resultó ser el mismo buitre de
hace rato, el que rondaba aquella casa, y lo reconocí por la mancha de sangre
que llevaba en el pico que era la sangre del muchacho muerto. Ver al animal ahí
tirado me dio tanto pena por él mismo, como remordimiento por haber
abandonado al chico en aquella casa; más no pensaba dar marcha atrás.
Posteriormente, envolví al pájaro con una manta grande que llevaba en el
maletero y la metí ahí mismo; pensaba darle sepultura más tarde, o en su defecto
arrojarlo a un poso. Subí nuevamente a mi vehículo y me dirigí de vuelta al bar.
Días después, descubrí en las noticias que habían encontrado el atroz lugar
con la horripilante escena en el interior. Las autoridades se enteraron gracias a
un grupo de criminales que en medio de una persecución se intentaron esconder
en el lugar para posteriormente salir despavoridos del lugar por lo que vieron.
El lugar fue acordonado e intervenido por diferentes entidades públicas de
investigación; la víctima fue identificada y entregada a medicina legal. El
teléfono en una de las habitaciones también fue descubierto, y se empezó a
cuestionar la razón de que estuviese ahí. La verdad yo también me lo cuestioné,
pero me inquietaba aún más quien me había llamado. Esa es una pregunta a la
que jamás le encontraré respuesta y eso es lo que me provoca terror.
Al hacerse público el acontecimiento provocó pánico en la población de
la ciudad, sobre todo por el asunto de aquel pentágrama dibujado en el suelo
sobre el encontraron al chico; comenzó a correrse el rumor de algún loco,
satanista o caníbal suelto por las calles y matando gente.
Yo tal vez pude ser de los que no se llegarían a creer esta conclusión de
no ser por lo que ocurrió justo la mañana siguiente a aquella noche y que de
hecho aún no he contado: Cuando llegué a mi casa, abrí el maletero para sacar
al buitre y sepultarlo, más con horror me di cuenta de que el pájaro ya no estaba
y en su lugar se encontraba una mujer…
Una mujer muerta, con los ojos en blanco, desaliñada, de ropa oscura, y
con varios tatuajes en el cuerpo. Un escalofrió aún más fuerte recorrió por todo
mi cuerpo y me dejó de piedra frente al espeluznante ser.