Ada o el ardor Vladimir Nabokov
Publicada por Nabokov al cumplir sus setenta años, Ada o
el ardor supone el felicísimo apogeo de su larga y brillante
carrera literaria. Al mismo tiempo que crónica familiar e his-
toria de amor (incestuoso), Ada es un tratado filosófico so-
bre la naturaleza del tiempo, una paródica historia del gé-
nero novelesco, una novela erótica, un canto al placer y una
reivindicación del Paraíso entendido como algo que no hay
que buscar en el más allá, sino en la Tierra. En esta obra,
bellísima y compleja, destaca por encima de todo la histo-
ria de los encuentros y desencuentros entre los principales
protagonistas, Van Veen y Ada, los dos her manos que, cre-
yéndose sólo primos, se enamoraron pasionalmente con
motivo de su encuentro adolescente en la finca familiar de
Ardis (el Jardín del Edén), y que ahora, con motivo del no-
venta y siete cumpleaños de Van, inmersos en la más pla-
centera nostalgia, contemplan los distintos avatares de su
amor convencidos de que la felicidad y el éxtasis más ardo-
roso están al alcance de la mano de todo aquel que conser-
ve el arte de la memoria.
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
A Véra
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
PRIMERA PARTE
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«Todas las familias felices son más o menos diferentes; to-
das las familias desdichadas son más o menos parecidas»,
dice un gran escritor ruso al comienzo de una famosa nove-
la (Anna Arkadievich Karenina, transfigurada en inglés por
R. G. Stonelower, editorial Mount Tabor Ltd., 1880). Tal
aserto tiene muy escasa relación con la historia que aquí va
a contarse, una crónica de familia, cuya primera parte sin
duda queda más próxima a otra obra de Tolstoi, Detstvo
Otrochestvo (Infancia y Patria, Ediciones Poncio, 1858).
La abuela mater na de Van, Daría («Dolly») Dur manov,
era hija del príncipe Peter Zemski, gober nador de Bras
d’Or, provincia americana del nordeste de nuestro extenso
y multifor me país. El príncipe Zemski se había casado, en
1824, con Mary O’Reilly, una irlandesa del gran mundo. Do-
lly, hija única, nacida en Bras, se casó en 1840, a la tier na y
fantasiosa edad de quince años, con el general Ivan Dur ma-
nov, comandante de la fortaleza de Yukon y pacífico aristó-
crata rural que poseía tierras en los Severn Tories (Sever niya
Territorii), ese protectorado dividido en escaques al que to-
davía se llama la Estocia «rusa», que se confunde, orgánica
y granoblásticamente, con esa Canadia «rusa», también lla-
mada Estocia «francesa», cuya población, compuesta no
solamente de colonos franceses, sino también de macedo-
nios y bávaros, disfruta todo el año de un clima apacible
bajo las barras y estrellas de nuestra bandera.
Pero la residencia favorita de los Dur manov era su pro-
piedad de Raduga, situada cerca del pueblo del mismo
nombre, más allá de la Estocilandia propiamente dicha, en
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el panel atlántico del políptico continental, entre la elegan-
te Kaluga (New Cheshire, U.S.A.) y la no menos elegante
Ladoga, de Mayne, en la cual tenían su residencia urbana y
donde habían nacido sus tres hijos: un muchacho, que mu-
rió joven y famoso, y un par de difíciles gemelas. Dolly ha-
bía heredado la belleza y el temperamento de su madre,
pero también un rasgo racial más antiguo, atávico, consis-
tente en un gusto arbitrario, y a menudo deplorable, que
se refleja perfectamente, por ejemplo, en los nombres que
puso a sus dos hijas: Aqua y Marina. (¿Por qué no «Tofa-
na»?, preguntaba el bueno del general —que llevaba airo-
samente sus cuer nos—, con una risa contenida que parecía
salirle del vientre y que concluía en una tosecilla falsamente
despreocupada; el general temía los estallidos de mal hu-
mor de su esposa).
El 23 de abril de 1869, en una verde Kaluga velada por
una tibia llovizna, Aqua, ya con veinticinco años de edad y
afligida con su acostumbrada jaqueca primaveral, se casó
con Walter D. Veen, un banquero de Manhattan, de vieja
familia angloirlandesa, que había sido, durante mucho
tiempo, amante de Marina, y que pronto iba a volver a ser-
lo, al menos de modo inter mitente. Marina, por su parte, se
casó cierto día del año 1871 con el primo her mano de su
primer amante, otro Walter D. Veen, no menos afortunado
pero bastante menos divertido.
La D. que figuraba en el nombre del marido de Aqua
significaba Demon (variante de Demian o Dementáis). Así
se le llamaba en familia. En sociedad se le conocía general-
mente por Raven Veen, o simplemente por Walter el Ne-
gro, para distinguirle del marido de Marina, Walter Durak o,
simplemente, Veen el Rojo. Demon tenía una doble manía:
coleccionaba viejos maestros y jóvenes amantes. También
le gustaban los equívocos de mediana edad.
Daniel Veen descendía por su madre del clan de los
Trumbell. Siempre estaba dispuesto a explicar con todo de-
talle (a menos que algún atrevido aguafiestas no le obliga-
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
se a apartarse del tema) cómo, durante la historia de los Es-
tados Unidos, un «Bull» (toro) inglés se había convertido en
una «Bell» (campana) de Nueva Inglaterra. Mal que bien, a
poco de cumplir los veinte años se había «dedicado a los
negocios» y prosperado, con rapidez sospechosa, como
marchand de objetos de arte en Manhattan. No tenía, en
principio, ninguna afición a la pintura ni la menor aptitud
para cualquier clase de comercio, ni tampoco necesidades
que le obligasen a exponer a los vaivenes de un «trabajo»
azaroso la sólida fortuna que le había legado una estirpe de
Veens mucho más competentes y emprendedores que él.
Dan Veen reconocía no tener una particular inclinación
hacia el campo y sólo pasaba algunos fines de semana esti-
vales, cuidadosamente refugiado bajo la umbría, en su es-
pléndida casa de Ardis, próxima a Ladore. Desde su infan-
cia había vuelto pocas veces a otra finca que poseía en el
Norte, a orillas del lago Kitej, cerca de Luga, y que conte-
nía… será mejor decir que consistía en una extensión de
agua de for ma (extrañamente rectangular para una obra en
la que sólo había intervenido la naturaleza) que, para atra-
vesarla en diagonal, cierta perca, cuya velocidad cronome-
traba el joven Daniel, había empleado una media hora. Da-
niel y su primo, gran pescador en su juventud, eran conjun-
tamente los propietarios de esta finca.
La carrera erótica del pobre Dan no fue ni complicada ni
bonita. Sin embargo (quién sabe cómo ocurrió, pues él mis-
mo había olvidado muy pronto las circunstancias precisas
del acontecimiento, del mismo modo que se olvidan las
medidas y el precio de un abrigo cortado con esmero, pero
que se ha usado de cuando en cuando durante dos tempo-
radas), sin embargo, decíamos, se convirtió fácilmente en
un enamorado de Marina, a cuyos padres había conocido
cuando todavía tenían su casa de Raduga (vendida después
a Mr. Eliot, un hombre de negocios judío). Una tarde de la
primavera de 1871, subiendo en el ascensor de los prime-
ros grandes almacenes de diez pisos que se construyeron
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en Manhattan, pidió a Marina que se casase con él. Pero
como su proposición fue rechazada con indignación en el
séptimo piso (planta de juguetes), hubo de descender solo.
Y, para refrescar sus pensamientos, emprendió un triple pe-
riplo alrededor del mundo, en sentido opuesto al de Phi-
leas Fogg, haciendo cada vez, como un paralelo viviente, el
mismo itinerario que la vez anterior. Un día de noviembre
de 1871, cuando se ocupaba en trazar sus planes para pa-
sar aquella noche en compañía de un cicerone de traje café
con leche, hombre encantador, a pesar de su perfume un
poco fuerte, cuyos servicios ya había contratado antes dos
veces en el mismo hotel de Genova, recibió de su oficina
de Manhattan un telegrama de Marina (transmitido con una
semana larga de retraso a consecuencia del descuido de
una secretaria novata que lo había relegado a un fichero ro-
tulado RE AMOR). Por este pliego urgente, presentado en
bandeja de plata, supo Dan que Marina estaba dispuesta a
casarse con él en cuanto regresase a América.
En el desván del castillo de Ardis, bajo un montón de
papeles viejos, dor mía al abrigo del tiempo el suplemento
dominical de un periódico que acababa de dar entrada en
sus columnas de la página de amenidades a los héroes ya
hacía tiempo difuntos de «Buenas noches, pequeños» (Ni-
cky y Pimper nelle, dulce pareja que compartía una angosta
camita). Según este ajado testigo, el matrimonio Veen-Dur-
manov se celebró el día de Santa Adelaida de 1871. Unos
doce años y ocho meses más tarde, dos niños desnudos,
moreno él y morena ella, con la tez mate y bronceada él y
blanca como la leche ella, inclinados sobre unos cartapa-
cios polvorientos bajo el rayo de sol abrasador que descen-
día oblicuamente del tragaluz, comparaban esta fecha (16
de diciembre de 1871) con otra fecha (16 de agosto del
mismo año) anacrónicamente garrapateada por Marina en
la esquina de una fotografía «oficial» que estaba, enmarca-
da en felpa frambuesa, sobre el escritorio de la biblioteca
de su esposo y que era idéntica hasta en los menores deta-
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lles (incluido el inevitable flamear del velo ectoplásmico de
la novia que el vientecillo del atrio había enredado al pan-
talón rayado del novio) a la fotografía del periódico. El 21
de julio de 1872, una niña vino al mundo en el castillo de
Ardis, residencia de su padre putativo; por alguna oscura
razón mnemónica, se le dio el nombre de Adelaida. El 3 de
enero de 1876, Marina dio a luz otra niña… esta vez la ver-
dadera hija de su padre.
Además de este fragmento ilustrado de la Gaceta de
Kaluga (todavía viva, aunque ya algo chocha), nuestros tra-
viesos amigos Nicolette y Pimper not descubrieron en el
mismo desván una caja metálica cuyo misterioso contenido,
al decir de Kim, el pinche de cocina (del que hablaremos
más adelante), consistía en una colección de microfilms de
una longitud prodigiosa que el globe trotter de la familia
había traído de sus tres viajes alrededor del mundo. Extra-
ños bazares, angelotes pintarrajeados y el homúnculo que
orina aparecían allí por tres veces en diferentes registros
del espectro heliocrómico. No hay que decir que, cuando
se está a punto de fundar una familia, es preferible no exhi-
bir ciertas escenas de interior (con aquellos grupos de Da-
masco, donde, junto a Veen, se reconocía a su amigo el ar-
queólogo, de Arkansas, que no soltaba nunca los dientes
de su cigarro y que llevaba la cicatriz de una operación del
hígado, y las tres obesas hetairas, y la eyaculación prematu-
ra del «geiser arkansiano», como decía jocosamente el ter-
cer varón de la asamblea, un tipo británico muy divertido).
No obstante, la mayor parte del film, acompañada de notas
puramente documentales (que él encontraba difícilmente,
porque los registros se habían perdido o no estaban en su
lugar en las cintas esparcidas a su alrededor), fue proyecta-
da con frecuencia por Dan para su joven esposa durante la
instructiva luna de miel que pasaron en Manhattan.
Pero fue de un estrato más profundo del pasado de
donde exhumaron los dos niños la caja de cartón que con-
tenía su más bello hallazgo: un pequeño álbum de cubierta
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verde en el que Marina había pegado cuidadosamente las
flores cogidas por ella (u obtenidas de algún otro modo) en
Ex, un lugar de veraneo montañés próximo a Brig, en Hel-
vecia, donde había vivido, en un chalet alquilado, bastante
antes de su matrimonio.
Las veinte primeras páginas estaban repletas de toda
clase de pequeñas plantas recogidas al azar, en agosto de
1869, en las herbosas pendientes que ascendían junto al
chalet, o en el parque del hotel Florey, o bien en el jardín
del sanatorio vecino («mi Nusshaus», como le llamaba la
pobre Anna, jugando con la palabra «nuts», demente; Mari-
na, en sus notas de localización, lo denominaba, con más
discreción, «el Hogar»). Estas hojitas preliminares ofrecían
escaso interés para el botánico y para el psicólogo, y las úl-
timas páginas habían quedado en blanco; pero la parte
central, caracterizada por una sensible disminución del nú-
mero de especímenes coleccionados, ocultaba un auténti-
co pequeño melodrama cuyos intérpretes eran los espec-
tros de la flores muertas Los vegetales estaban pegados en
las páginas de la derecha, y en las de la izquierda figuraban
los comentarios de Marina Dour manoff (sic):
Ancolia azul de los Alpes, Ex-en-Valais, I-IX-69. Recibida
de un inglés del hotel. «Colombina alpina, color de tus
ojos».
Vellosilla aurícula, 25-X-69, ex horto doctoris Lapiner.
Cogida en los muros de su jardín alpino.
Hoja de oro (gingko), caída de un libro, La verdad acer-
ca de Terra, que me dio Aqua antes de regresar al «Hogar».
14-XII-69.
Edelweiss o pie de león artificial traído por mi nueva en-
fer mera con una nota de Aqua en la que me decía que pro-
venía del árbol de Navidad «miserable y extraño» que
ador na el «Hogar» 25-XII-69.
Pétalo de orquídea, una de las 99 orquídeas (si se pre-
fiere) que he recibido ayer por correo especial (nunca mejor
dicho) desde Villa Ar mina, Alpes Marítimos. Aparto diez pa-
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
ra Aqua, para hacer que se las lleven a su «Hogar». Ex-en-
Valais, Suiza. «Nieve en la bola de cristal del destino», co-
mo él decía. Fecha borrada.
Genciana de Koch, especie rara, traída por ese lapo-
tchka (adorable) Papiner, de su «gentiarium mudo». 5-1-
1870.
Mancha de tinta azul con for ma de flor; puro accidente
o raspadura embellecida con un difumino. Complicaria
complicata, Var. aquamarina. Ex, 15-1-1870.
Flor imaginaria de papel hallada en el bolso de Aqua.
Ex, 16-XI-1870. Confeccionada por un coconvaleciente del
«Hogar», que ya no es el suyo.
Gentiana ver na (primaveral). Ex, 28-111-1870. Sobre el
césped del chalet de mi enfer mera. Último día aquí.
Los dos niños que habían encontrado este tesoro tan
desagradable como singular comentarían así su descubri-
miento:
—Mis conclusiones tienen tres puntos —dijo el chico—.
Marina, que todavía no estaba casada, y su her mana, que
ya lo estaba, inver naban en el lugar de mi nacimiento; Mari-
na tenía, por así decirlo, su propio doctor Krolik; y, final-
mente, las orquídeas eran enviadas por Demon, que prefe-
ría quedarse a la orilla de la mar, su bisabuela «azul oscu-
ro».
—Y yo —dijo la muchacha— puedo añadir que los péta-
los pertenecen a la vulgar órquide papilionácea; que mi
madre estaba todavía más loca que su her mana, y que la
flor de papel tan bruscamente desdeñada es una reproduc-
ción perfectamente reconocible de la sanícula de primavera
temprana que yo he visto abundantemente en las monta-
ñas costeras de Califor nia este último febrero. Nuestro na-
turalista local, el doctor Krolik, al que tú has aludido, Van,
como habría podido hacerle Jane Austen para mayor rapi-
dez del relato infor mativo (¿se acuerda usted de Brown,
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
verdad, Smith?), identificó el ejemplar que yo traje de Sa-
cramento como un Bear-Foot (pie de oso), B, E, A, R, cari-
ño, y no B, A, R, E (desnudo), como lo están mi pie y el tu-
yo y el de la Muchacha Stabiana, Sembradora de Flores,
una alusión que tu padre (que según Blanche es también el
mío) entendería así de fácil —chasquido de dedos a la
americana—. Tú sabrás agradecer me que silencie el nom-
bre científico de esta planta. Tengamos en cuenta única-
mente que el otro «pie» —el pie de león que provenía del
anémico alerce de Navidad— seguramente fue fabricado
por la misma mano, la de un joven chino de cerebro enfer-
mo procedente de un lejano colegio: el Barkley de San
Francisco.
—¡Muy bien, Pompeianella! Sospecho que has descu-
bierto a la Sembradora de Flores en uno de los libros de ar-
te del tío Dan; yo la he visto y admirado, el verano pasado,
en un museo de Nápoles. ¿Pero no crees que ya es hora de
que nos pongamos los shorts y las camisas, y de que vaya-
mos en seguida a enterrar o quemar este herbario? ¿No te
parece?
—Sí —respondió Ada—. La consigna es: destruir y olvi-
dar. Pero todavía nos queda una hora antes del té.
Volvamos al epíteto «azul oscuro», que antes dejamos
pendiente.
Un antiguo virrey de Estoria, el príncipe Ivan Temnosini-
yi, padre de la tatarabuela de los muchachos, la princesa
Sofía Zemski (1755-1809), y descendiente directo de los so-
beranos de Iaroslav, anteriores al reinado de los tátaros, lle-
vaba un nombre de diez siglos de antigüedad que quería
decir, en ruso, «azul oscuro». Aunque Van fuese inaccesible
a las emociones suntuosas del orgullo heráldico y no se
preocupase apenas de los tontos que lo mismo ven esno-
bismo en el culto a los antepasados que en la indiferencia
con respecto a ellos, no podía dejar de sentir un enter neci-
miento de esteta al contemplar el fondo aterciopelado que
estaba siempre allí, como un consolador cielo de verano,
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
entre las negras ramas del árbol genealógico. Más tarde,
no pudo nunca releer a Proust (como tampoco pudo volver
a encontrar el gusto de la pasta perfumada y viscosa de
una golosina turca) sin que una oleada de hastío acre y ás-
pero no sublevase su corazón. Y, no obstante, su gran frag-
mento favorito seguía siendo aquél en que se trataba del
nombre malva de «Guer mantes», cuyo matiz se aproximaba
al de la faja ultramarina en el prisma de la mente de Van y
cosquilleaba agradablemente en su vanidad artística.
«Prisma, mente. Asociación estrepitosa. Arréglame es-
to» (nota al margen de Ada Veen, escritura de época re-
ciente).
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
II
El idilio entre Marina y Demon Veen comenzó el día de su
doble cumpleaños —que también era el cumpleaños de
Daniel Veen—: el 5 de enero de 1868. Ella tenía veinticua-
tro años, y los Veen, treinta.
Como actriz, Marina estaba lejos de poseer ese asom-
broso don que hace del oficio de comediante, al menos
mientras dura la representación, algo que vale más que la
vigilia del insomnio, el juego de la imaginación o la arro-
gancia del arte. Sin embargo, aquella noche, mientras la
nieve caía suavemente en la ciudad, más allá de los tercio-
pelos y de los telones pintados, la Dur manska (que pagaba
al gran Scott, su representante, siete mil dólares en oro se-
manales sólo para publicidad, más una pequeña prima por
cada contrato) se había mostrado, desde el comienzo del
espectáculo (una comedia norteamericana que un preten-
cioso escritorzuelo había sacado de una famosa novela ru-
sa), tan semejante a una criatura de ensueño, tan adorable,
tan turbadora, que Demon (que no era precisamente un ca-
ballero en asuntos amorosos) hizo una apuesta con el prín-
cipe N., cuya butaca, en la fila cero, era la vecina a la suya;
sobor nó a las encargadas de guardar el saloncillo de los ar-
tistas y, finalmente, en el fondo de un cabinet reculé (un es-
critor francés de hace un siglo habría designado con este
nombre misterioso a aquel minúsculo cuartito en que el
azar había reunido la trompeta rota de un payaso olvidado,
el aro de su caniche acróbata y un gran número de polvo-
rientos potes llenos de ungüentos de diversos colores), se
apresuró a poseer a la sílfide entre dos escenas (capítulos III
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Ada o el ardor Vladimir Nabokov
y IV de la destrozada novela). En la primera de aquellas es-
cenas se había visto a Marina desnudándose, sombra ex-
quisita, detrás de un biombo translúcido, para reaparecer
luego en camisón, incitante y vaporosa. Nuestra heroína
pasaba el final de esta lamentable escena hablando de un
terrateniente local, el barón de O., con una vieja nodriza
calzada con botas de esquimal. Siguiendo el consejo de
aquella campesina, señora de muy buen juicio, tomó una
pluma de oca, se sentó en el borde de su cama y, apoyán-
dose en una mesita de noche de patas tor neadas, escribió
al barón una carta de amor. Empleó sus buenos cinco minu-
tos en releerla, lánguidamente pero con voz bien alta… no
se sabe para quién, puesto que la nodriza, sentada en una
especie de cofre de marino, se había sumido en el sueño, y
los espectadores estaban más interesados por el reflejo de
un claro de luna artificial sobre los brazos desnudos y el
seno palpitante de la enamorada joven.
Aun antes de que la vieja esquimal hubiese salido,
arrastrando sus botas, para llevar al barón el tierno mensa-
je, Demon Veen había abandonado su butaca de terciopelo
rosa y se disponía a ganar su apuesta. Por lo demás, el éxi-
to de la empresa estaba asegurado: Marina, tier na virgen
loca, estaba enamorada de Demon desde su último vals en
la noche de San Silvestre. Además, el claro de luna tropical
en el que acababa de sumergirse, el agudo sentimiento de
la propia belleza, las ardientes emociones de la ingenua
imaginaria que encar naba y el aplauso admirativo de una
sala casi repleta la hacían particular mente vulnerable a los
cosquilleos del bigote de Demon. Por otra parte, Marina
tenía tiempo de sobra para cambiar de vestido: la escena
siguiente se iniciaba con un inter medio más bien largo eje-
cutado por un grupo de bailarines rusos cuyos servicios ha-
bía contratado Scott y que llegaron de Bielokonsk, Estocia
occidental, amontonados en dos coches-cama. En medio
de un magnífico jardín, unos jóvenes y alegres jardineros,
que llevaban, por una razón poco clara, el traje de las tribus
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FIN DEL FRAGMENTO
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