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Introduccion a
Hamletactores. El decorado era escaso, y las ambientaciones eran sugeridas por pala-
bras y gestos de los actores. Las compaiiias estaban integradas exclusivamente
por varones, que también interpretaban los papeles femeninos. Por ello, la vesti-
menta constitufa un componente muy destacado del espectaculo teatral.
WILUAM SHAKESPEARE
Son pocos los datos biograficos de William Shakespeare que han llegado
hasta nosotros. Se seitala que nacié en la localidad de Stratford, en las orillas
del rio Avon (motivo por el cual se lo suele llamar “el cisne de Avon"), en el afio
1564. Dedicado a la actuacién y a la escritura de textos dramaticos, vivid la ma-
yor parte de su vida en Londres, la capital del reino de Inglaterra. Alli, fundé su
propia compaiia (“Los hombres del chambeldn”) y fue copropietario del teatro
EI Globo. Llegé a representar algunas de sus obras, como Macbeth, en el palacio
real, ante la reina Isabel, Shakespeare murié en 1616 en su ciudad natal; segtin
la tradicién, el mismo dia de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra,
Su produccién, que incluye tanto textos liricos como dramiticos, en ge-
neral se divide, cronolégica y tematicamente, en cuatro grandes periodos:
* Hasta 1594. Periodo caracterizado por la continuidad con los cénones del
teatro erudito y por la influencia de dramaturgos inmediatamente anteriores, co-
mo Christopher Marlowe. Entre las obras de este periodo, se destacan algunas
comedias, como La comedia de las equivocaciones y La fierecilla domada; asi
como las composiciones liricas Venus y Adonis, y La violacién de Luerecia,
* Entre 1594 y 1600. Periodo de las grandes obras inspiradas en la
historia de Inglaterra, como Enrique IV y Ricardo Il. Shakespeare comienza
a apartarse claramente del teatro de sus predecesores y escribe algunas de
sus tragedias més importantes, como Romeo y Jufieta, y Julio César.
108 | William Shakespeare* Entre 1600 y 1608. Periodo considerado “de madurez”, que se inicia con
Hamlet, estrenada en 1602, a la que siguieron Otelo, Ef rey Lear y Macbeth.
* Entre 1608 y 1616. E| periodo final se caracteriza por obras de cardcter
exdtico y refinado, entre las que se destaca La tempestad, estrenada en 1611,
La presencia de Shakespeare en la literatura, en el arte y, en general,
en la cultura es enorme. Muchos eriticos, como el norteamericano Harold
Bloom, lo han considerado —junto con el poeta italiano Dante Alighieri— el
centro del canon literario de nuestra civilizacién.
HAMLET
Se supone que esta pieza, estrenada en el aio 1602, fue escrita entre
1598 y 1602. En 1603 se publicé una primera version impresa del texto, con-
siderablemente mas breve de la que se dio a conocer posteriormente.
La historia del principe Hamlet tenia cierta fama en la Inglaterra de Sha-
kespeare. Se cree que uno de las mas conocidos dramaturgos de la época,
Thomas Kyd (1558-1594), habja escrito una obra basada en las crénicas del
siglo xi! del danés Saxo Grammaticus, autor de la Historia Danica. En ese tex-
to, cuya version impresa habia sido publicada en Inglaterra en 1514, y que
estaba basado en antiguas sagas de los pueblos escandinavos, se narra la
historia del principe Amleth.
la trama de la obra de Shakespeare se centra en el principe Hamlet,
quien planifica la venganza de la muerte de su padre. El eje de la tragedia
esta puesto en los cuestionamientos que el protagonista se hace a si mismo,
en cuanto a su propio deber como hijo y como principe, y en las dilaciones
que ello produce en el desarrallo de la accién. Sin embargo, Hamfet no es
tan solo la historia de una venganza, sino que también retine, en torno a ese
Hamlet | 109motivo, un rico conjunto de relatos: entre otros, el de la locura, real o fingida,
del principe y de la joven Ofeli
nuevo esposo, el rey Claudio, victima de su propia desmesura; el de la ven-
ganza de Laertes...
Ademas, Hamlet permite rastrear algunas de las obsesiones del periodo
el de la caida de la reina Gertrudis, y de su
barroco, como la representacién dentro de la representacién misma, la duda
acerca del sentido real y del sentido aparente de la historia, la meditacin en
torno a la muerte, a la brevedad de la vida y a la fugacidad del tiempo, entre
muchas otras.
Mas que un héroe tragico clasico, atado a las vicisitudes del destino y
sobrepasado por este, se ha visto en Hamlet el paradigma de! héroe moder-
no, inmerso en una serie de contradicciones y de dudas, y responsable de las
situaciones que él mismo genera. Tal vez este sea el motivo por el que Hamlet
ha sido, y es, una de las obras mas leidas y comentadas por algunos de los
pensadores mas influyentes de la modernidad, como los fildsofos Georg F.
Hegel, Séren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche, o los psicoanalistas Sigmund
Freud y Jacques Lacan.
110 | William ShakespeareHamlet,
principe de Dinamarca
(tragedia)
William ShakespearePERSONAJES
Don Genaro
CLaupio, rey de Dinamarca
HaMLeT, principe de Dinamarca,
hijo del difunto rey y sobrino del rey actual
GERTRUDIS, reina de Dinamarca y madre de Hamlet
PoLonio, consejero del rey de Dinarnarca
‘OFeLia, hija de Polonio
Laertes, hijo de Polonio
Horacio, amigo de Hamlet
VOLTIMAND, cortesano
CORNELIO, cortesano
RosENCRANTZ, cortesano
GUILDENSTERN, Cortesano
Osric, cortesano
UN CABALLERO
UN cuRA
MarceLo, oficial
BERNARDO, Oficial
Francisco, soldado
REYNALDO, criado de Polonio
ACTORES DE LA COMPARIA
112 | William ShakespeareDos payasos, sepultureros
ForTimBRAS, principe de Noruega
UN capITAN
EMBAJADORES DE INGLATERRA
CABALLEROS, DAMAS, OFICIALES, SOLDADOS,
MARINOS, MENSAJEROS Y OTROS ASISTENTES
EL FANTASMA DEL PADRE DE HAMLET
Escena: Elsinore, Dinamarca.
Hamlet | 113Acto |
Escena |
PLATAFORMA DELANTE DEL CASTILLO.
(Francisco estd en su puesto de guardia. Entra para
relevarlo Bernardo).
Bernaroo. —ZQuién vive?
Franasco. —No, respondame a mi. Deténgase y diga quién es.
Bernarpo. —jViva el rey!
Francisco. —{Bernardo?
Bernardo. —El mismo.
FRaNcisco. —Eres muy puntual.
Bernaroo, —Dan las doce. Ya puedes irte.
Francisco. —Muchas gracias por el relevo. Hace un frio
terrible, y yo sufro del corazén.
Bernaroo. — {Todo en orden?
Francisco. —No se movié ni un raton.
Bernardo. —Muy bien. Buenas noches. Si ves a Horacio y
a Marcelo, los companeros de guardia, diles que
vengan ensequida.
Franasco. —Me parece que los oigo. Alto ahi. jEh! 3 Quién vive?
Hamlet | 115(Entran Horacio y Marcelo).
Horacio. =Amigos de esta tierra.
Marceto. —Y vasallos del rey.
Francisco. —Dios os dé una buena noche.
Marceto. —jAh! Que descanses, buen soldado. 4Quién te re-
levé de la quardia?
Francisco. —Queda Bernardo en mi puesto. Dios os dé una
buena noche,
(Sale).
Marceto. —jHola! jBernardo!
Bernarbo. —{Quién esta ahi? gEs Horacio?
Horacio. —Un pedazo de él.
BerNnarDo. —Bienvenido, Horacio. Bienvenido, fiel Marcelo.
MARCELO. —; Qué? {Ha vuelto a aparecer aquella cosa esta
noche?
Bernarvo. —No he visto nada.
Marceto. —Horacio dice que es solo nuestra imaginacién y
no quiere dejarse ganar por la creencia en ese es-
pantoso fantasma que ya hemos visto dos veces.
Por eso lo convenci de que viniera a hacer quardia
con nosotros, para que, si esta noche vuelve el apa-
recido, pueda poner a prueba nuestros ojos, y le
hable si quiere.
116 | William ShakespeareHoracio. —jCallate! |(Qué dices! No, no vendra.
Bernarvo. —Siéntate un rato y deja que asaltemos de nuevo
‘tus oidos, que tan bien se defienden de nuestra no-
ticia sobre aquello que ya hemos visto durante dos
noches.
Horacio. —Muy bien, sentémonos y oigamos lo que Bernardo
nos cuenta.
BernarDo. —Apenas anoche, cuando ese mismo astro que
esta al occidente de la estrella polar habia hecho ya
su recorrido para iluminar aquel espacio del cielo
donde ahora llamea, Marcelo y yo, justo cuando el
reloj daba la una...
(Entra el fantasma).
MarceLo. —Silencio, callate. jMirad por dénde viene otra vez!
BERNARDO. —La misma estampa, igual al difunto rey.
MarceLo, —Horacio, tt que sabes latin y puedes conjurarlo,
hablale.
Bernaroo. —{No es parecido al rey? Miralo, Horacio.
Horacio. —Es muy parecido... me aterra y me asombra.
Bernarpo. —Parece que esta esperando que le hablen. Eso
quiere.
MarceLo. —Hablale, Horacio.
Horacio. —ZQuién eres td que usurpas esta santa hora de
la noche con aquella noble forma querrera con la
Harnlet | 117cual Su Majestad, el sepultado rey de Dinamarca,
antiguamente marché? En nombre del Cielo, te lo
ordeno: jhabla!
Marceto. —Se ofendid.
BERNARDO. —{Veis? jSe va!
Horacio, —jDetente! jHabla, habla! Te lo ordeno, jhabla!
(Sale el fantasma).
Marceto. —Ya se fue. No quiere respondernos.
Bernarvo. —¢ Qué tal, Horacio? Tiemblas y estas palido. gNo
es esto algo mas que fantasia? ;Qué te parece?
Horacio. —Juro por Dios que nunca hubiera podido creer
esto, sinla demostracién sensible y la certeza que
me dan mis propios ojos.
MarceLo. —{No es parecido al rey?
Horacio. —Como tii a ti mismo: asi era la armadura que lle-
vaba cuando combatié contra el ambicioso rey de
Noruega; y asi lo vi fruncir el cefo cuando, en una
conversacién furiosa, de un mazazo tiré de su tri-
neo al rey de Polonia, que cay sobre el hielo... |Qué
extrafio es todo esto!
Marceco. —Asi, ya dos veces, y justo en esta misma hora
muerta, marché ante nuestra guardia.
Horacio. — No sé en qué pensamiento particular ponerme a
trabajar; pero, hasta donde puedo saber y opinar,
118 | William Shakespeareesto le anuncia a nuestro reino algin estallido
extrafo.
MarceLo. —Queridos amigos, por favor sentaos, y que quien
lo sepa me diga: ¢por qué esta misma estricta, aten-
ta guardia fatiga hasta tan tarde cada noche a los
subditos? ¢Por qué esta fundicién diaria de cafo-
nes de bronce y esta compra de armas de guerra
a otros paises? ¢Por qué este reclutamiento de ar-
madores de barcos, cuya pesada tarea no distingue
entre domingo y dias habiles? Qué se avecina, con
toda esta sudorosa urgencia que pone a la noche y al
dia bajo un mismo yugo? ¢Quién podra decirmelo?
Horacio. —Yo puedo, al menos, informarte de lo que dicen
los rumores. Nuestro difunto rey, cuya imagen aca-
ba de aparecérsenos, fue desafiado al combate por
el rey Fortimbras de Noruega, corno sabéis, aquijo-
neado por la ambicién y el orgullo. Y nuestro valiente
rey Hamlet —porque esa justa farna obtuvo en este
lado del mundo conocido— maté a este Fortimbras!,
quien, por un contrato sellado y ratificado segtin
el fuero de las armas, entregaba al vencedor, jun-
to con su vida, todos los territorios que se hallaban
bajo su poder. Tras lo cual, nuestro rey emitio un
decreto para reclamar una porcién adecuada, que
| Horacio se refiere al padre del protagonista de la tragedia, también llamado Hamlet,
y al rey Fortimbras de Noruega, cuyo hijo, también llamado Fortimbras, aparece mas
adelante en el texto,
Hamlet | 119habria pasado a manos de los herederos de Fortim-
bras, si él hubiera vencido. Asi fue como, en virtud
de aquel convenio y de los articulos estipulados, to-
do quedé en poder de Hamlet. Ahora, Fortimbras el
joven, lleno de soberbia y de vigor indisciplinado, ha
ido juntando aqui y alla, por las fronteras de Norue-
ga, un montén de gente disoluta y sin ley, quienes,
con tal de no comer salteado, se suman a una em-
presa que requiere de coraje; y que no es otra —se-
gun lo ve claramente nuestro gobierno— que la de
recobrar por la fuerza de las armas y en términos
perentorios los mencionados territorios que perdido
su padre. Este es, segtin creo, el motivo principal de
nuestros preparativos, la causa de esta quardia que
hacemos, y el propdsito que gobierna toda esta con-
mocié6n y esta prisa en el pais.
BERNARDO. —No creo que Sea otra. Y puede ser que por esa
razon se haya presentado armada, durante nuestra
guardia, esta figura sobrenatural, tan parecida al rey
que fue y sigue siendo el motivo de estas querras.
Horacio. —Esto viene a preocuparnos. En la época mas glo-
riosa y floreciente de Roma, poco antes de la cai-
da del poderosisimo César?, quedaron vacios los
2 Cayo Julio César (100-44 a. C), famoso general de la antiqua Roma, conquistador de las
Gallas (Francia) y de Bretafa (Inglaterra) Nombrado cbnsulen el afto 59, acaparé el poder
absdluto. Fue asesinado por su sobrino Bruto. En este Uitimo hecho, basé Shakespeare el
argumento de su tragedia Julio César, escr ita poco tiempo antes que Hamlet.
120] William Shakespearesepulcros; y los amortajados cadaveres vagaron
balbuceantes y gimientes por las calles de Roma.
Mientras pasaba la estrella con séquito de fuego y
rocio de sangre, el sol mostré sus manchas de mal
presagio; y la himeda estrella, cuya influencia go-
bierna al imperio de Neptuno, se enfermé de un
eclipse casi como si hubiera llegado el fin del mun-
do. Y al igual que semejantes anuncios de sucesos
feroces, como presagios que siempre se anticipan
a los destinos, y que son el prdlogo de un porvenir
funesto, el cielo y la tierra juntos se han manifes-
tado a nuestras regiones y a nuestra gente... Pero,
silencio. jMirad! jAhi viene de nuevo!
(Vuelve a entrar el fantasma).
Le mostraré la cruz, aunque después él me reviente.
jDetente, aunque no seas real! Si puedes articular
sonidos, si tienes voz, hablame. Si hay algo bueno
que se pueda hacer, que a ti te dé paz y a mi biena-
venturanza, hablame.
(Canta un gallo).
Si estas al tanto del secreto destino funesto del pais,
el cual, con suerte, pueda evitarse al saberlo por
Harnlet | 121anticipado, jhabla! O si acaso, en vida, amontonaste en
las entrafias de la tierra tesoros mal habidos, por los
que se dice que los espiritus suelen vagar en pena, ha-
blame de eso. ;Detente y habla! Marcelo, detenio.
MarceLo. — {Le doy con mi pica de doble filo?
Horacio. —Si, sino quiere detenerse.
BerNarDo. —jToma!
Horacio, —jToma!
Marcevo. —jSe fue!
(El fantasma sale de escena),
Le hacemos mal, siendo él de tal majestad, al ofre-
cerle el espectaculo de la violencia; porque él es,
como el aire, invulnerable; y nuestros vanos gol-
pes, maliciosa burla.
BerNarbo. —El iba a hablar, cuando el gallo canto.
Horacio, —Y entonces se estremecié con tanto temor co-
mo el delincuente ante el llamado de la ley. Yo he
oido decir que el gallo, trompeta de la aurora, ha-
ce despertar al dios del dia con la alta y aguda voz
de su garganta sonora, y que, ante ese anuncio,
cualquier espiritu errante que ande vagando por
la tierra o el mar, el fuego o el aire, regresaa su
prisién. ¥ el presente hecho acaba de demostrar
la verdad de lo dicho.
122 | William ShakespeareMarceLo. —Desaparecié al cantar el gallo. Algunos dicen que,
al llegar la época del afio en que se celebra el naci-
miento de nuestro Redentor, el ave del amanecer can-
ta toda la noche; y entonces, dicen, ningiin espirituse
atreve a salir de su morada, las noches son saludables,
ningun planeta ejerce influencia maligna?, ningtin ha-
da hechiza, y ningtin maleficio de ninguna bruja surte
efecto: tan sagrado y bendito es ese tiempo.
Horacio. —Yo también lo he oido y en parte lo creo, Pero, mi-
rad, la aurora, vestida con su mantén rosado*, viene
pisando el rocio de aquella alta colina del Este. De-
mos fin ala quardia, y aconsejo que le digamos al jo-
ven Hamlet lo que hemos visto esta noche, porque,
por mi vida, este espiritu, mudo para nosotros, se-
guramente querra hablar con él. gEstais de acuerdo
con que le demos esta noticia, tan indispensable pa-
ra nuestro bien y tan adecuada a nuestro deber?
MarceLo, —Si, por favor, hagamoslo. Yo sé dénde podemos
encontrarnos con él del modo mas apropiado hoy
por la mafana.
(Salen).
3 En las obras de Shakespeare, aparecen constantes referencias a las doctrinas
astrolégicas, muy difundidas en toda Europa durante e! Renacimiento, se-gun las
cuales los astros influyen de diferentes maneras en el destino de los humanos.
4 Reminiscencia de la literatura clasica (griega y romana), en la que era coman la
referencia a la diosa Aurora como mujer “de rosados dedos”.
Harnlet | 123Escena Il
‘SALA DE AUDIENCIAS DEL CASTILLO.
(Entran el rey Claudio, la reina Gertrudis, Hamlet,
Polonio, Laertes, Voltimand, Cornelio, cortesanos y
asistentes).
Ciaupio. —Aunque la memoria de la muerte de nuestro®
querido hermano Hamlet esté todavia tan fresca,
y aunque nos quede mejor llevar luto en nuestros
corazones y que todo el reino se contraiga en un
solo espasmo de dolor, tanto ha luchado sin embar-
go en nosotros el decoro contra la naturaleza, que
hemos pensado en él con prudentisima pena, jun-
to con el recuerdo del cuidado que nos debemos a
nosotros mismos. Con este fin, hemos recibido por
esposa a la que, en otro tiempo, fue nuestra herma-
na y hoy reina con nosotros, compafiera en el trono
de esta nacion guerrera. Si bien nuestra alegria esta
como desfigurada, pues con ojos felices y a la vez
lacrimosos, con dicha en el funeral y con lamenta-
ciones en la boda, pesando en igual balanza la delicia
y el duelo, la hemos recibido. No hemos desoido
los muy sabios consejos que, generosamente, nos
5 Claudio, en su calidad de rey, utiliza el llamado “plural mayestatico”.
124 | William Shakespearedisteis mientras duré este proceso. A todos, gracias.
Ahora falta deciros que, como sabéis, Fortimbras el
joven —estimandonos en poco, o suponiendo quizas
que la reciente muerte de nuestro querido herma-
‘no habra producido en el reino trastorno y desu-
nién—, confiado en su ilusién de superioridad, no
ha cesado de importunarnos con mensajes, propo-
iniéndonos que le entreguemos las tierras que su
padre perdié en favor de nuestro valiente hermano,
quien las gané en buena ley. Ya es suficiente lo que
hemos dicho de él. Por lo que a nosotros respecta y
en cuanto a lo que hoy nos retine, se trata de lo si-
guiente: le hemos escrito al rey de Noruega, el tio
de Fortimbr4s el joven —quien, invalido y postrado
en cama, apenas si tiene noticia de los proyectos de
su sobrino—, para que le prohiba sequir avanzando
de aqui en mas; pues tengo ya exactos informes de
la gente que levanta contra mi, en cuanto a su ca-
lidad, su numero y sus fuerzas. Td, fiel Cornelio, y
‘td, Voltimand, saludaréis en mi nombre al anciano
rey de Noruega; aunque no os otorgamos ninguna
otra facultad personal para celebrar con él tratado
alguno, mas que la permitida dentro de los limites
expresados en estos articulos. Id con Dios y mani-
festad vuestro sentido del deber cumpliendo este
imandato con premura.
Harnlet | 125VOLTIMAND. —En esta y en cualquier otra misi6n, os dare-
mos pruebas de nuestra lealtad y nuestro sentido
del deber.
Craupio. —No lo dudamos. Cordialmente, adiés.
(Salen Voltimand y Cornelio).
Y tu, Laertes, qué pides? Nos has hablado de una
solicitud. gNo nos diras de qué se trata, Laertes? Na-
da que digas razonablemente al rey de Dinamarca
sera palabra pronunciada en vano. ¢Qué me pedi-
rias, Laertes, que yo no te hubiera ya ofrecido sin
que te hiciera falta decirmelo? No es mas compren-
siva la cabeza con el coraz6n ni mas pronta la mano
en servir a la boca, que lo es el trono de Dinamarca
para con tu padre. :Qué quieres, Laertes?
Laertes. —Respetable majestad, solicito la gracia de vues-
tro permiso para volver a Francia, de donde he ve-
nido a Dinamarca, para estar presente en vuestra
coronacién. Pero, ya cumplido con gusto este com-
promiso, debo confesaros que mis pensamientos y
mis anhelos tienden de nuevo hacia Francia, y yo
los someto a la gracia de vuestro permiso y vues-
tra licencia.
CLaupio. —2Has obtenido ya el permiso de tu padre? sQué
dices, Polonio?
126 | William ShakespearePotonio. —Tarde, y a fuerza de insistencia, ha logrado arran-
carme mi consentimiento, el cual, al fin, al verloa él
‘tan decidido, firmé a mi pesar. Y os ruego, majestad,
que le deis permiso para irse.
CLaupio. —jElige la hora que te parezca mas oportuna pa-
ra salir, Laertes! jQue el tiempo sea tuyo, y que tus
mejores virtudes lo pasen a tu gusto! Y tu, Hamlet,
sobrino, ahijado e hijo mio...
Hamtet. —(Aparte). Algo mas que pariente, y menos que
amigo.
CLaupio, —¢Cémo es que las sombras de tristeza te cubren
todavia?
Hamtet. —Al contrario, sefior, estoy demasiado a la luz.
Gertrupis. —Querido Hamlet, cambiate esa ropa de colores
nocturnos y mira al rey de Dinamarca con ojos de
amigo. No andes con los parpados caidos buscan-
do siempre entre el polvoa tu noble padre. Ti ya lo
sabes, es comtn a todos: todo lo que vive debe mo-
rir, pasando de la naturaleza a la eternidad.
Hamer. —Si, sefiora, es comin a todos.
Gertruois. —Pues, si lo es, spor qué en ti aparenta ser tan
particular?
Hamtet. —jAparenta, sefora! No es asi. Yo no sé qué es
“aparenta”. Noes solo mi manto del color de la tin-
ta, querida madre, ni mis ropas de luto que la cos-
tumbre exige sean de solemne negro, ni el viento
Harnlet | 127de suspiros emitidos forzando el aliento, no, ni el
abundante rio en los ojos, ni la dolorida expresién
del semblante, junto a todas las formulas, los ade-
manes, las exteriorizaciones del pesar, que puedan
expresarme fielmente... Esto, de hecho, aparenta,
ya que se trata de acciones que un hombre puede
representar como en el teatro. Pero yo tengo algo
en mi interior que sobrepasa cualquier demostra-
cién. Estos signos no son mas que los adornos y las
vestimentas del dolor.
Ciauoio. —Es dulce y es un rasgo digno de elogio en tu ca-
racter, Hamlet, que cumplas con el duelo para con
tu padre; pero, como sabras, tu padre perdié a un
padre; aquel padre perdido perdié a su vez al suyo;
y el sobreviviente esta obligado por la piedad filial,
durante un cierto tiempo, al duelo fiinebre. Pero
persistir en molestas condolencias es una conducta
de obstinaci6n impia, una pesadumbre indigna de
un varén: muestra una ambicién muy despropor-
cionada por llegar al paraiso, un coraz6n débil, un
alma demasiado inquieta, un entendimiento sim-
ple y no instruido. gPor qué habriamos de tomar-
nos tan a pecho, con vana resistencia, aquello que
sabemos que tiene que ser y es tan comin como
cualquiera de las cosas mas corrientes que perci-
bimos? jVergiienza! Es pecar contra el Cielo, contra
128 | William Shakespeareel muerto, contra la naturaleza. Es injuriar con un
absurdo a la razon, cuyo lugar comin es la muer-
te de los padres, quienes siempre han dicho, des-
de el primero hasta el que haya muerto hoy, que es
asi como debe ser. Te rogamos que te deshagas de
este dolor tan poco unanime y que nos consideres
un padre, para que el mundo vea que eres el here-
dero directo de nuestro trono. Te lo digo con un ca-
riflo no menos noble que el de un padre por su hijo.
Y como tu intencién de volver a tus estudios en la
Universidad de Wittenberg® es sumamente con-
traria a nuestro deseo, te pedimos que prefieras
quedarte aqui, alegrando y reconfortando nues-
tra vista, tu que eres nuestro principal cortesano,
nuestro sobrino, nuestro ahijado y nuestro hijo.
GERTRUDIS. —Que no sean vanos los ruegos de tu madre,
‘Hamlet: por favor, quédate con nosotros, no vayas
a Wittenberg.
HaMmLeT. —Os obedeceré con toda mi mejor voluntad, sefora.
Ciaupio. —Bueno, qué afectuosa y justa respuesta. Deseo
que seas, en Dinamarca, igual al rey. Senora, ve-
nid; este gentil y sincero asentimiento de Hamlet
queda como una sonrisa en mi corazén. Y en ho-
nor de esto, ningin brindis festivo que beba hoy
6 Ciudad alemana de la regién de Turingia, famosa por haber sido la cuna dela reforma
luterana, en 1517. Su universidad, en cuya facultad de Teologia ensend Martin Lutero,
fue fundada en 1502.
Harnlet | 129Dinamarca dejara de ser proclamado ante las nu-
bes por el gran cafén, y los que sean por el rey
retumbaran en el Paraiso, haciendo eco al trueno
terrenal. Vamonos.
(Salen todos, menos Hamlet).
Hamtet. —jAy! {Si esta carne demasiado sdlida pudiera li-
cuarse y disolverse en rocio! ;O si el Todopoderoso
no hubiera fijado su ley contra el homicidio de
uno mismo?! jAy, Dios! jDios! (Qué gastadas, insi-
pidas, mediocres e ingratas me resultan todas las
costumbres de este mundo! |Vergienza sobre él!
jVergdenza! Es un jardin sin desmalezar, que sola-
mente crece para dar semilla; Unicamente los se-
res de naturaleza fuerte y grande lo poseen. (Que
haya llegado a esto! jHace apenas dos meses que él
ha muerto! No, no tanto, ni dos siquiera. Tan exce-
lente rey que, comparado con este, es como Hipe-
rién al lado de un satiro®; queria tanto ami madre,
que la protegia hasta de la brusquedad de las
brisas celestiales. jCielos y tierra! gTengo que
7 Elsuicidio.
8 Dos personajes de la mitologia griega. Hiperién era uno de los titanes, hijos de
Urano (el Cielo) y Gea (la Tierra); en las tradiciones primitivas de los griegos, era
considerado el dios del sol E! satiro era una divinidad campestre; se lo representaba
‘como un hombre contrahecho, con piernas, orejas, cuernos y rabo de macho cabrio.
130] William Shakespearerecordar? Ella, que le estaba encima todo el tiem-
po, como si lo que saciaba su apetito en cambio lo
aumentara; y no obstante, en un mes... No quisiera
pensar en esto... jFragilidad, tu nombre es mujer!
En un breve mes, y aun antes de que se gastaran
los zapatos con que ella siguié en cortejo funebre
al cuerpo de mi pobre padre, deshecha en llanto,
como Niobe®... Si, ella, ella misma, jay, Dios! Una
bestia, carente del discurso de la raz6n, habria res-
petado el luto por mas tiempo... Se cas6 con mi tio,
hermano de mi padre, pero no mas parecido a él
de lo que puedo parecerme yo a Hércules!9. En un
mes... aun antes de que la sal de sus pérfidas lagri-
mas hubiera dejado de enrojecer sus biliosos ojos,
se cas0. jAy! j(Rapidez perversa, dejarse ir tan agil-
mente a las sabanas incestuosas! Esto no es bueno,
ini puede terminar bien. Pero, hazte pedazos, cora-
z6n mio, porque mi lengua debe reprimirse.
9 Personaje de la mitologia griega, hija de Tantalo y de Dione. Segan la leyenda, se
Jacté de la grancantidad de hijos (catorce) que habla tenide con su espose Alfion y se
compard con la diosa Latona. Esta, ofendida, ordend a sus dos hijos gemelos, Apolo
y Artemis, que mataran a flechazos a los hijos de Niobe, quien, a causa de su dolor,
se transformé en roca. El episodio fue narrado por el célebre poeta romano Ovidio
en sus Metamorfosis, uno de los textos de la Antighedad mas difundidos en la poca
de Shakespeare.
10 Uno de los maximos héroes de la mitologia clasica, hijo de JOpiter y de Alemena,
conocido sobre todo jpor su extraordinaria potencia fisica, que le permitia llevar ade-
lante las mas diversas y temerarias aventuras.
Hamlet | 131(Entran Horacio, Bernardo y Marcelo).
Horacio, —jSalud a Su Altezal
Hamet. —Me alegro de verte bien... gHoracio? O me olvido
hasta de mi.
Horacio. —El mismo, mi sefor, y siempre tu humilde servidor.
HAMLET. —Sefor, mi buen amigo, yo quiero trocar contigo
ese titulo que me das. sPor qué no estas en Witten-
berg, Horacio? gMarcelo?
Marceto. —Mi querido sefior...
Hamtet. —Me alegro mucho de verte. Querido sefior, igual-
mente. Pero, dime la verdad, :por qué no estas en
Wittenberg?
Horacio. —Soy un vago con ganas de no hacer nada, mi
querido sefior.
HAMLET. —No quisiera oir de boca de tu enemigo otro tanto,
ni podras forzar mis oidos a que admitan una discul-
pa que te ofende, Yo sé que no eres un vago. Pero,
dime, iqué asuntos tienes en Elsinore? Aqui te en-
sefharemos a beber a fondo antes de que te vuelvas.
Horacio. —He venido a ver los funerales de tu padre.
Hamtet. —Por favor, condiscipulo mio, no te burles de mi.
Yo crei que habias venido alas bodas de mi madre.
Horacio. —En verdad, mi sefor, sucedieron poco después.
HAMLET. —jNada se tira, Horacio! jNada se tiral Las carnes
asadas para el banquete fuinebre se sirvieron frias
132 | William Shakespeareen las mesas de la boda. jHubiera preferido encon-
trarme en el Cielo con mi peor enemigo, antes que
haber visto aquel dia, Horacio! jMi padre...! Me pa-
rece que veo ami padre.
Horacio. —{Dénde, sefior?
Hamer. —Con los ojos del alma, Horacio.
Horacio. —Lo vi una vez. Fue un buen rey.
HaMLet. —Fue un hombre, tan cabal en todo, que no volveré
aver anadie como él.
Horacio. —Senor, yo creo haberlo visto anoche.
Ham et. —éLo viste? gA quién?
Horacio. —Al rey, tu padre.
Hamer. —ZAl rey, mi padre?
Horacio. —Modera tu asombro un rato y esctichame conocido
atento, asi puedo terminar de informarte de esta
maravilla, de la que estos caballeros son testigos.
HaMet. —Por el amor de Dios, cuéntamelo.
Horacio. —Dos noches seguidas, estos dos caballeros, Mar-
celo y Bernardo, hallandose de guardia, en medio de
la vasta y profunda noche, se lo encontraron. Una fi-
gura, semejante a la de tu padre, armada de pies a
cabeza y lista para el combate, se les aparece, ycon
andar solemne, pasa lenta y majestuosamente junto
a ellos. Tres veces se pase de esta manera ante sus
0jOS, que oprimia y sorprendia el miedo, acercéndo-
se hasta donde ellos podian alcanzar con sus lanzas;
Harmlet | 133mientras ellos, temblando del susto como gelatina,
se quedaban mudos en sus puestos sin hablarle. To-
do esto me contaron ellos en temeroso secreto; y yo
los acompané en la tercera noche durante su guar-
dia. Ahi, tal como ellos me habian informado, a la ho-
ray enla forma anunciadas, viene la aparicion. Yo
conocia a tu padre, y esa aparicién es tan parecida a
61 como Io son entre si mis dos manos.
Hamtet. —zY donde fue esto?
MarcéLo. —Sefior, en la plataforma donde haciamos guardia.
Hamtet. —2Y no le hablasteis?
Horacio. —Si sefior, yo le hablé; pero no me dio ninguna res-
puesta. Sin embargo, me parece que una vez alzé la
cabeza e hizo un gesto, como si estuviera por ha-
blar; pero justo en ese momento, canto fuerte el ga-
Ilo matutino. Ante el sonido, él huyé muy apurado y
desaparecié de nuestra vista.
Ham et. —Es muy extrafio.
Horacio. —Y tan cierto como que vivo, mi honorable sefior.
Y pensamos que era nuestra obligacién avisarte.
HAMLET. —Si, amigos, si... pero esto me preocupa. {Estais de
guardia esta noche?
MARCELO Y BERNARDO. —Si, Sefior.
HamteT. —jlba armado, decis?
MARCELO Y BERNARDO. —Armado, si, sefor.
Hamtet. —{De arriba abajo?
134 | William ShakespeareMarCELO Y BERNARDO. —Si, sefior, de pies a cabeza.
Hamer. —Entonces, no le visteis la cara?
Horacio. —Oh, si, sefor, la vimos, porque traia la visera alzada.
Hamcet. —ZY qué hacia? Tenia el cefio fruncido?
Horacio. —Un semblante mas apenado que furioso.
Hamer. —;Palido o encendido?
Horacio. —No, muy palido.
Hamtet. —ZY os miraba fijo?
Horacio, —Constantemente.
Hamtet. —Yo hubiera querido estar ahi.
Horacio. —Te hubiera hecho perder la cabeza.
Hamtet. —Muy probable, muy probable. 7Y se qued6é mucho?
Horacio. —Lo que alguien con apuro moderado tarda en
contar desde uno hasta cien.
MarceLo. —Mas, mas estuvo.
Horacio. —Cuando yo lo vi, no.
HAMLET. —Tenia la barba canosa, {no es cierto?
Horago. —Era como yo la vi cuando él vivia: plateada como
el pelaje del armino.
Hamtet. —Quiero ir esta noche a hacer guardia, por si acaso
vuelve.
Horacio. —Volvera, te aseguro que si.
HaMteT. —Si se me presenta en la figura de mi noble pa-
dre, le hablaré, aunque el infierno mismo abra sus
fauces y me quite la paz. Os pido a todos que, asi
como hasta ahora habéis quardado secreto sobre
Harnlet | 135esta vision, sigdis manteniendo el silencio. Y pase
lo que pase esta noche, tratad de comprenderlo,
perono lo divulguéis. Yo corresponderé a vuestra
lealtad. Adiés, amigos. Entre las once ylas doce, iré
a visitaros al puesto de quardia.
Topos. —Nuestro deber es para con Su Alteza.
Hamtet. —A vuestra lealtad respondo con la mia. Adiés.
(Salen todos, menos Hamlet).
jEl espiritu de mi padre con armas! Algo anda mal;
sospecho algun juego sucio. jQue venga ya la noche!
Hasta entonces, alma mia, quédate tranquila. Las
malas acciones, aunque toda la tierra las oculte, se
descubren, al fin, a la vista de los hombres.
(Sale).
Escena Ill
UNA SALA DE LA CASA DE POLONIO.
(Entran Laertes y Ofelia).
Lagrtes. —Ya tengo todo mi equipaje a bordo. Adiés, herma-
na. Y cuando los vientos sean favorables y la escolta
nos asista, no te descuides y mandame noticias de ti.
136 | William ShakespeareOFe.ia. —2Puedes dudarlo?
Laertes. —Por lo que hace al frivolo favor de Hamlet, con-
sidéralo como un capricho y una coqueteria de la
sangre, una violeta en la juventud primaveral: pre-
coz y efimera, dulce y fugaz, perfume y distracci6n
de un momento y nada mas.
Orevia. —¢Nada mas que eso?
Laertes. —No lo pienses mas. Porque la naturaleza no solo
aumenta el vigor y tamafio del cuerpo sino que, a
medida que este templo crece, se amplian a la par
las facultades interiores de la mente y el alma. Pue-
de ser que él ahora te ame, sin que nada manche la
pureza de su intencién; pero debes temer, teniendo
en cuenta su realeza, que su voluntad no sea la su-
ya propia, ya que él a su vez es stibdito de su cuna.
EI no puede elegir por si mismo, como hace la gen-
‘te comin, ya que de sus decisiones dependen la sa-
lud y la seguridad de todo el reing; y, por lo tanto,
sus opciones deben limitarse a sequir los consejos
y las tendencias de ese cuerpo del que él es la ca-
beza. Asi, pues, cuando él diga que te arna, sera sa-
biduria de tu parte creerle solamente hasta donde
los limites que el lugar tan especial que él ocupa le
permitan cumplir con lo que diga: su voz no es mas
que la de Dinamarca. Evalia entonces qué pérdi-
da padeceria tu honor si con demasiada credulidad
Harnlet | 137dieras oidos a sus cumplidos, o si le entregaras tu
coraz6n, 0 si abrieras tu casto tesoro ante su insis-
tencia inmoderada. Cuidado, Ofelia, cuidado, queri-
da hermana, quédate a la zaga de tu afecto, fuera
del alcance y el peligro del deseo. La mas recata-
da de las doncellas es por demas generosa si ex-
pone su belleza al rayo de la luna. La virtud misma
no esta a salvo de los embates de la calumnia. De-
masiado a menudo el insecto roe las flores hijas del
verano, aun antes de que se abran sus capullos; y en
la aurora y en el liquido rocio juvenil, los gérmenes
contagiosos son mas inminentes. Ten precauci6n,
entonces: teme, para mayor seguridad. La juventud,
aun cuando nadie se acerque a atacarla, halla en si
misma su propio enemigo.
OreLia. —Conservaré como quardian de mi corazén el efecto
de tu sana ensefanza. Pero, querido hermano mio,
no hagas como hacen algunos impios pastores, que
me muestran el aspero y espinoso camino al Cie-
lo, mientras ellos, como libertinos irresponsables y
arrogantes, pisan el sendero florido de primulas de
la seduccién y no siguen sus propios consejos.
Lagrtes. —|Oh! No temas. Me estoy quedando mucho... Pero
aqui viene mi padre.
(Entra Polonio).
138 | William ShakespeareUna doble bendicién es doblemente buena suerte;
el destino le sonrie a una segunda despedida.
Potonio. —jTodavia estas aca, Laertes! jA bordo, a bordo,
qué vergienza! EI viento espera sentado en la po-
pa de tu navio para empujar las velas, y el barco no
zarpa porque eres el tinico al que le falta subir. jAn-
da, y que te acompane mi bendicién! Y recuerda es-
‘te pufiado de preceptos que formaran tu caracter.
No les des divulgacién a tus pensamientos, ni acto
a ningUn pensamiento desproporcionado. Debes ser
amable, pero de ningdn modo chabacano. Une a tu
alma con vinculos de acero a quienes tengas y ha-
yas adoptado como amigos después de haber exa-
minado su conducta. Pero no abarates tu cordialidad
dedicando excesivo tiempo y atenciones a cada nue-
‘vo compafiero que acaba de salir del cascarén y alin
esté sin plumas. Cuidate de entrar en una pelea; pe-
ro, una vez metido en ella, haz que tu adversario de-
ba cuidarse deti. Presta el oido a todos; y a pocos, la
voz. Oye las criticas de los demas, pero reserva tu
propia opinién. Sea tu ropa tan buena como tu pre-
supuesto lo permita, pero que el lujo no se exprese
en la moda. Cara, pero no llamativa; porque el tra-
je anuncia al hombre que lo lleva, y los franceses del
mas alto rango y posicién son quienes gobiernan el
gusto mas exquisito en esta materia. Procura no dar
Harnlet | 139ni pedir prestado a nadie, porque el que presta sue-
le perder al mismo tiempo el dinero y el arnigo; y el
que se acostumbra a pedir prestado pierde la dis-
ciplina de gastar prudentemente, indispensable pa-
rala economia. Pero, sobre todo, sé sincero contigo
mismo, y en consecuencia, como la noche sigue al
dia, no podras ser falso con nadie. jAdiés, y que mi
bendici6én haga madurar estos consejos en ti!
Laertes. —Humildemente te pido permiso para partir, sefor,
PoLonio, —Si, anda. El tiempo te invita, y tus criados esperan.
Laertes. —Adids, Ofelia, y acuérdate bien de lo que te he dicho.
Oretta. —En mi recuerdo queda quardado, y solamente tu
tendras la llave.
Laertes. —Adiés.
(Sale).
Potomio, —Z Qué te ha dicho, Ofelia?
Ore.ia. —Si gustas de saberlo, era algo relativo al principe
Hamlet.
PoLonio. —Virgen santa, bien pensado. Me han dicho que muy
a menudo, ltimamente, él te ha dedicado tiempo en
privado, y que tu le has prodigado el de tu escucha
con gran generosidad. Si esto es asi, tal como me lo
informaron para que me previniera, debo advertir-
te que no te has portado con la estima de ti misma
140 | William Shakespeareque corresponde a una hija mia y a tu propio honor.
Qué hay entre vosotros? Confiame la verdad.
Oretia, —Ultimamente, me ha declarado con mucho carifo
su amor.
Potonio. —jAmor! jBah! Hablas como una nifia incauta, sin
prudencia en circunstancias tan peligrosas. gDas
crédito a ese carifo, como le dices?
OFELIA. —Yo, sefior, no sé qué debo pensar.
Potonio. —jVirgen santa! Te lo ensefiaré yo: considérate una
nena, ya que has tomado por auténticos estos cari-
hos que son moneda falsa. Valorate a ti misma, si no
—para sequir con este pobre juego de palabras—,
ime haras quedar a mi como una moneda sin valor.
Ore.ia. —Sefior, él me ha requerido de amores, es verdad;
pero siempre en una forma honorable.
Potonio. —Si, ahora le dicen “forma”. Vamos, sique...
Ore.ia. —Y reforz6 cuanto me decia, sefor, con casi todos
los sagrados juramentos y promesas del Cielo,
Poon. —Si, esas sonredes para cazar codornices. Yo sé muy
bien, cuando la sangre es ardiente, qué generosa-
mente el alma le presta sus promesas a la lengua. Es-
tas son fatuas llamaradas, hija, que dan mas luz que
calor, y pronto se apagan una y otro, tantola promesa
‘como su cumplimiento; y no debes tomarlas por fue-
go verdadero. De ahora en adelante, debes ser mas
avara de tu presencia de doncella. Pon tus encantos a
Harnlet | 141un precio mas alto que la mera invitacion a la charla.
En cuanto al principe Hamlet, debes creer de él sola-
mente que es un joven, y que las ambiciones propias
de su cuna lo llevaran mucho mas lejos de lo que a
tise te permita llegar. En resumen, Ofelia, no tomes
por natural el color con que sus vestiduras se tifien y
del que hacen ostentacién. Ni creas tampoco sus pa-
labras, que solo son ganzuas, intercesoras de cau-
sas no santas, y que si son exhaladas como sagrados
y piadosos votos, lo hacen Unicamente para enganar
mejor. Por Ultimo, te digo: desde hoy no quiero que
pierdas tus momentos libres en hablar con el princi-
pe Hamlet. Cuidate, yo te lo ordeno: compértate.
OreLia. —Haré caso, sefior.
(Salen).
Escena IV
EN LA PLATAFORMA DE GUARDIA.
(Entran Hamlet, Horacio y Marcela).
Hamvet. —El aire muerde como una alimana. Hace mucho frio.
Horacio. —Es un aire que pega mordiscones con ganas, sefor.
HAMLET. —j Qué hora es ya?
142| William ShakespeareHoracio. —Me parece que atin no son las doce.
Marcevo. —No, ya han dado.
Horacio. =No las he oido. Pues, en tal caso, ya esta cercala
hora en que el espiritu del muerto suele seguir su
capricho de pasearse.
(Suenan trompetas y salvas de disparos de fogueo,
fuera de escena).
éQué significa esto, senor?
Hamer. —Esta noche el rey se despierta y se despereza con
gran entusiasmo, mantiene una vigilia de brindis
estrepitosos y se pavonea hasta que empieza a tro-
pezarse. Y mientras empina sus tragos de vino del
Rin, anuncia sus triunfos con trompetas y timbales.
Horacio. —Es una costumbre del pais?
HAMLET. —(Si, y vaya si lo es! Pero, aunque he nacido eneste
pais y estoy acostumbrado a sus estilos, me pare-
ce que seria mas decoroso quebrantar esta tradi-
cién que seguirla. Esta jarana embrutecedora, por
el Este y por el Oeste, nos cubre de vergienza y de
oprobio ante las demas naciones. Nos tildan de bo-
rrachos, y con esa frase cochina ensucian la hoja
donde se anotan nuestros logros, por lo demas im-
pecable y excelsa. Pero asi es como socavan y de-
bilitan la buena fama de nuestra virtud. Sucede lo
Harnlet | 143mismo también con ciertas personas, ya sea por al-
giin defecto de su naturaleza o de su cuna —del que
no son culpables, porque la naturaleza humana no
puede elegir su origen—, o por algtin exceso en su
constituci6n mental o fisica, que a menudo rompe
con los limites y reparos de la raz6n, o por algiin ha-
bito que los aparta demasiado de los modales mas
previsibles. A tales hombres, que llevan la marca de
un Unico defecto impresa en ellos por la naturaleza
0 por el azar, los arruinara la difamacién general por
esa falla particular; aunque sus virtudes sean tan pu-
Fas como la gracia divina, y tan infinitas como pueda
soportar el ser humano. Basta una pizca de metales
viles en la aleacién para devaluar toda la noble sus-
tancia con una duda y convertirla en escandalo.
Horacio. —|Mira, sefor, ya viene!
(Entra el fantasma).
Hamer. —jAngeles y ministros de la gracia, defended-
nos! Seas un sano espiritu o un duende maligno,
traigas contigo aires del paraiso o chispas infer-
nales, sean tus intenciones perversas o amables,
vienes bajo tan dudosa forma que te hablaré: voy
a llamarte Hamlet, rey, padre, soberano de Dina-
marca... jOh, resp6ndeme! No me dejes estallar
144| William Shakespearede incertidumbre, y dime: {por qué tus venerados
lhuesos, que la muerte ha cubierto de honras fi-
nebres, han roto su mortaja? gPor qué tu sepultu-
ra, adonde te vimos descender, te ha despedido
abriendo sus poderosas fauces de marmol? gCual
puede ser el sentido de que tu, cadaver difunto,
tomes de nuevo todas tus armas, y regreses asi,
a ser objeto de las miradas furtivas de la luna, su-
mando horror a la oscuridad de la noche? ¢Y el de
que a nosotros, bufones de la naturaleza, nos con-
mueva de tal manera el espanto con pensamientos
inalcanzables para nuestras almas? Di, ;por qué es
esto? gPara qué? ;Qué debemos hacer?
(El fantasma le hace a Hamlet sefias de que se le
acerque).
Horacio. —Te hace sefias de que lo sigas, como si quisiera
decirte algo a solas.
MarceLo. —Ved con qué cortés ademan te invita a un sitio
(mas apartado; pero no vayas con él.
Horacio. —No, de ningiin modo.
HAMLET. —Si aca no quiere hablar, voy a sequirlo.
Horacio. —No, mi sefor.
HAMLET. —2Por qué, cual es el miedo? No valoro mi vida mas
que un alfiler; y a mi alma, gqué puede hacerle él,
Harnlet | 145