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Aventuras de Kumux y cuentos clásicos

El documento presenta tres historias breves: 1) La historia de Muñequín, un niño mágico del tamaño de un dedo que vive aventuras en el reino del rey. 2) Un cuento tradicional japonés sobre un joven labrador que se enamora de una mujer del cielo llamada Tanabata. 3) La leyenda de cómo la pareja se convirtió en estrellas separadas por un río, pudiendo reunirse solo un día al año.

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Aventuras de Kumux y cuentos clásicos

El documento presenta tres historias breves: 1) La historia de Muñequín, un niño mágico del tamaño de un dedo que vive aventuras en el reino del rey. 2) Un cuento tradicional japonés sobre un joven labrador que se enamora de una mujer del cielo llamada Tanabata. 3) La leyenda de cómo la pareja se convirtió en estrellas separadas por un río, pudiendo reunirse solo un día al año.

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Mi amigo Kumux

¡Hola, qué tal! Yo me llamo Fabiola. Soy una niña con suerte porque me ha pasado la cosa más
extraña del mundo: tengo un amigo del futuro. ¡Sí, del futuro! . Ese es mi amigo Kumux, que vive en
la parte este del planeta Venus.

Yo estaba elevando papalotes en la loma cuando él apareció, así de pronto, como del aire, no me
asusté... Y eso que él se viste muy raro, con unos pantalones llenos de bolsillitos y de un color que yo
no conocía. Y también llevaba algo así como una mochila, pero de metal, con botones, teclas y
foquitos que se apagaban y encendían, que soltaban chispas, ruidos y con tres antenas que subían y
bajaban solas.

Lo malo fue cuando él dijo que mi papalote era una basura, que él tenía un volador dinámico, un
deslizador acuático, un corredor motorizado y un saltador supersónico. Claro, después que yo le
enseñé cómo se jugaba con el papalote, le gustó y entonces se puso a decir que sus aparatos eran una
basura y que ¡qué bonito era y papalote!

Y ya entonces nos hicimos amigos y juramos, allí mismo en la loma, por su planeta y por el mío, por
sus aparatos y por mi papalote, que seríamos amigos para siempre.

El Honrado Leñador
Había una vez un pobre leñador que regresaba a su casa después de una jornada de duro trabajo.
Al cruzar un puentecillo sobre el río, se le cayó el hacha al agua. Entonces empezó a lamentarse
tristemente -¿Como me ganare el sustento ahora que no tengo hacha?

Al instante ¡oh maravilla! Una bella ninfa aparecía sobre las aguas.

-Espera, buen hombre: traeré tu hacha- dijo al leñador.

Se hundió en la corriente y poco después reaparecía con un hacha de oro entre las manos.

-Ésta no es mi hacha- exclamó tristemente el leñador.

Por segunda vez se sumergió la ninfa, para reaparecer después con otra hacha de plata.

-Tampoco es la mía- Exclamó el afligido leñador.

Por tercera vez la ninfa busco bajo el agua. Al reaparecer llevaba un hacha de hierro.

-¡Oh gracias, gracias!, ¡Esa es la mía!

-Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos- señaló el hada- has preferido la pobreza a la
mentira y te mereces un premio.

El herrador y el zapatero.
Un herrador y un zapatero no lograban ser amigos. “El zapatero pone la mano donde
los demás ponen el pie” - pensaba el herrador. “El herrador anda en las patas de los
animales” - alegaba el zapatero.

Ambos, pues, encontraban superiores sus respectivas ocupaciones y se miraban con


idéntico desprecio.

Un día, el herrador advirtió que la suela de su zapato estaba rota. Colocó un cartón
como plantilla para no llevarlo al zapatero- se dijo a sí mismo, aunque andaba muy
incómodo.

Casi al mismo tiempo, el zapatero tuvo que ir a otro pueblo cercano y se dio cuenta de
que su caballo tenía algún defecto en una herradura que no le permitía caminar bien. Puesto
que el zapatero no podía remediar el mal de su caballo como el herrador había hecho con
su zapato, se dirigió a la casa de herrador contra su voluntad.

Al zapatero le sorprendió mucho la amabilidad con que el herrador, diligente,


procedió a dejar listo su caballo; cuando el trabajo estuvo listo, se quitó el zapato roto y lo
mostró al zapatero.

– Pondré suelas nuevas en tus zapatos- le dijo riendo de buena gana.


Los dos se despidieron estrechándose las manos.

Las aventuras de muñequiín

Érase una vez... un gigante que, al repartir un tesoro con un hechicero muy codicioso, se peleó con él y le
amenazó: "¡No ves que podría aplastarte con mi meñique si quisiera! ¡Anda, esfúmate!" Cuando el hechicero se
hubo distanciado lo suficiente, lanzó al gigante su maléfica venganza: "¡Abracadabra! ¡Hágase el sortilegio!
¡Que el hijo que tu mujer espera no sea mayor ni crezca más que mi dedo meñique!" Cuando Muñequin nació,
sus progenitores estaban desesperados. Les apenaba verlo y tocarlo y, al hablarle, debían susurrar al oído para
no romperle los tímpanos.

Muñequín, tan diferente de sus padres, prefería jugar con los pequeños moradores del jardín. Se divertía
cabalgando a lomos de un caracol o bailando con una mariquita. Total, que aunque diminuto de talla, era feliz
en este mundo en miniatura. Pero un día desapacible, tuvo la mala idea de ir a visitar a una rana amiga suya.
Apenas había descendido de la hoja que le hacía las veces de barca, un enorme lucio al acecho se lo comió de
un solo bocado. Sin embargo, el destino le reservaba una suerte distinta. Al cabo de poco, el lucio mordió el
anzuelo de un pescador al servicio del rey y, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo delante del cuchillo del
cocinero real.

Pero, sin saberlo, Muñequin se había creado un enemigo: el gato, que hasta entonces había sido el favorito del
rey, quedó relegado a un segundo lugar, y juró vengarse del intruso tendiéndole una trampa en el jardín.
Muñequin, cuando vio al gato, en vez de huir según lo previsto, montó a lomos del ratoncillo y desenfundó su
alfiler de oro al tiempo que ordenaba a su montura: "¡Al ataque!¡Al ataque!" El gato al verse amenazado por
tan diminuta espada, huyó vergonzosamente. Puesto que no pudo consumar su venganza, pensó emplear la
astucia.

Fingiendo encontrarse allí por casualidad, aguardó a que el rey subiera la escalera y le susurró: "¡Atención
Majestad! ¡Alguien quiere atentar contra su vida!" Y le contó una soberbia mentira: " Muñequín quiere
envenenar vuestra comida. Lo sorprendí el otro día en el jardín cogiendo hojas de cicuta, y escuché cómo
murmuraba esta terrible amenaza contra vos." El rey, que desde hacía algún tiempo estaba en cama aquejado de
fuertes dolores de barriga, por haber ingerido demasiadas cerezas, tuvo el convencimiento de haber sido
envenenado, y mandó llamar a Muñequin. El gato, para reforzar su acusación, escondió una hoja de cicuta
debajo de la silla de montar del ratoncillo. Muñequin no se sentía con el estado de ánimo apropiado para poder
replicar las acusaciones hechas por el gato, y el rey, ordenó que lo encerraran en un reloj de péndulo.

Pasaron las horas y los días hasta que una noche, una mariposa que revoloteaba por la habitación, se percató de
que Muñequín golpeaba el cristal pidiendo ayuda: "¡Sálvame!", gritaba. La mariposa, que había estado
encerrada mucho tiempo en una caja de cartón, se apiadó de él, y lo liberó. "¡Date prisa! ¡Sal! ¡Sube encima de
mí antes de que nos descubran! Te llevaré al Reino de las Mariposas donde todos los habitantes son tan
pequeños como tú y enseguida harás amigos." Y así fue. Todavía hoy, si tenéis la ocasión de visitar este reino,
veréis el monumento que Muñequin construyó en honor a la mariposa que lo liberó y dio pie a esta maravillosa
aventura.

Cuento tradicional japonés.

Había una vez un joven labrador. Un día, cuando estaba caminando hacia su casa se
encontró una tela colgada en un árbol. ¡Era una tela maravillosa! La más bonita que el joven había
visto en su vida. Así, pensando que alguien la había tirado allí cogió la tela y se la metió en su
cesto. Había acabado de poner la tela en en el cesto, cuando alguien le llamó, y al girarse se
sorprendió mucho al ver aparecer a una mujer muy hermosa que le dijo: "

Me llamo Tanabata. Por favor devuélveme mi 'hagoromo'."


El joven le preguntó: "¿Hagoromo? ¿Qué es un hagoromo?"
Ella le dijo: "El hagoromo es una tela que uso para volar. Vivo en el cielo. No soy humana.
Descendí para jugar en aquella laguna, pero sin mi hagoromo no podré regresar. Por eso le pido
que me la devuelva."

El joven avergonzado no pudo decir que él la había ocultado y le dijo que no sabía nada de
esa tela. Así, como no tenía el hagoromo Tanabata no pudo volver al cielo y no tuvo más remedio
que quedarse en la tierra. Sin embargo, al cabo de un tiempo ella y el joven labrador se
enamoraron y se casaron.

Al cabo de unos años, Tanabata, cuando hacía la limpieza de la casa, encontró el hagoromo,
y entonces le dijo a su marido que tenía que regresar al cielo, pero también le dijo que había una
manera de estar juntos. Si hacía mil pares de sandalias de paja y las enterraba en torno a un bambú
podría subir al cielo. Tanabata le estaría esperando.

El joven se quedó muy triste y empezó a hacer las sandalias de paja. Cuando había hecho
999 estaba tan impaciente fue a enterrarlas al lado de un bambú. En ese momento el bambú se
alargó muy alto hasta el cielo.
El joven labrador subió por el bambú hasta el cielo, pero le faltaba sólo un poco para llegar. Era el
par de sandalias que no había hecho, pero empezó a llamar a Tanabata. Y ésta le ayudó a subir. Su
felicidad no duró mucho porque en ese momento apareció el padre de Tanabata, al que no le había
gustado que ella se casara con un simple mortal.

El padre pidió al joven labrador que cuidara durante tres días sus tierras.
"Entendido.", respondió el joven. Tanabata le dijo a su marido que su padre le estaba haciendo una
trampa y que aunque tuviese sed no comiese ninguna fruta pues le ocurriría algo malo. El joven se
puso a cuidar las tierras. Pero la mañana del tercer día ya no podía aguantar la sed y sus manos se
fueron hacia la fruta. En ese momento, del melocotón que había tocado empezó salir mucha agua
convirtiéndose en el río el "Amanogawa" El joven y Tanabata quedaron separados por
Amanogawa y ambos se convirtieron en estrellas, las estrellas Vega y Altaír. Desde entonces, la
pareja con el permiso del padre, puede encontrarse sólo un día al año, el siete de julio.

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