0% encontró este documento útil (0 votos)
283 vistas53 páginas

Sentencia Ariete NETPOL

Este documento presenta los antecedentes de hecho de un caso judicial en el Tribunal del Jurado de Madrid. Se juzga a 6 agentes de policía por un presunto delito de allanamiento de morada. El fiscal y la acusación particular modificaron sus conclusiones, mientras que las defensas de los agentes también cambiaron parcialmente sus posiciones y solicitaron la absolución de los acusados. Finalmente, el jurado fue instruido para deliberar y emitir su veredicto.

Cargado por

gabycarretero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
283 vistas53 páginas

Sentencia Ariete NETPOL

Este documento presenta los antecedentes de hecho de un caso judicial en el Tribunal del Jurado de Madrid. Se juzga a 6 agentes de policía por un presunto delito de allanamiento de morada. El fiscal y la acusación particular modificaron sus conclusiones, mientras que las defensas de los agentes también cambiaron parcialmente sus posiciones y solicitaron la absolución de los acusados. Finalmente, el jurado fue instruido para deliberar y emitir su veredicto.

Cargado por

gabycarretero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Rollo del Tribunal del Jurado (TJU) n º 1030/22

Juzgado de Instrucción Número 28 de Madrid


Procedimiento del Tribunal del Jurado n º 625/21

AUDIENCIA PROVINCIAL DE MADRID


SECCION DECIMOSEXTA

MAGISTRADO-PRESIDENTE
D. Francisco Javier Teijeiro Dacal

SENTENCIA N º /23

En Madrid, a siete de diciembre de dos mil veintitrés

Visto por el Tribunal del Jurado la presente causa, registrada con


el n º 1030/22, procedente del Juzgado de Instrucción Número 28 de Madrid,
por un delito de allanamiento de morada sin mediar causa legal por delito,
contra D.G.A., subinspector de policía con el número de carnet profesional
89.666, sin antecedentes penales, representado por la Procuradora Dña.
Blanca Ruiz Minguito y con la dirección del Letrado D. Juan-Antonio Frago
Amada, E.G.A., funcionario de policía con carnet profesional número
123.160, sin antecedentes penales, representado por la Procuradora Dña.
Blanca Ruiz Minguito y con la dirección legal de Dña. Verónica Suárez García,
JC.L.M., funcionario del Cuerpo Nacional de Policía con carnet profesional
número 131.054, N.M.M., funcionaria de policía con carnet profesional
número 131.232, D.T.P., funcionario de policía con carnet profesional
número 116.830 y V.H.J., funcionario de policía con carnet profesional
número 130.891, todos ellos actuando bajo la representación y con la defensa
de la Abogacía del Estado que ejerce el Letrado D. José-Israel Martínez Martín.

Han sido partes en este procedimiento el Ministerio Fiscal,


representado por la Iltma. Sra. Dña. Inmaculada Sánchez-Cervera Valdés y la
acusación particular ejercida por T.J.G., representado por la Procuradora Dña.
Andrea de Dorremochea Guiot y bajo la asistencia legal de D. Juan-Gonzalo
Ospina Serrano.

ANTECEDENTES DE HECHO

PRIMERO.- Por el Juzgado de Instrucción Número 28 de Madrid


se remitió a esta Sección de la Audiencia Provincial, en la causa de la Ley del
Jurado registrada con el número 625/21, el testimonio de particulares
interesado por las partes y en virtud de la acusación dirigida contra el
subinspector de policía con carnet profesional número 89.666 y contra los
funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía con carnets profesionales números
123.160, 131.054, 131.232, 116.839 y 130.891 por un delito de allanamiento de
morada del artículo 202 del Código Penal, en relación con el artículo 204 del
mismo, y subsidiariamente, del artículo 534 del Código Penal, así como por un
delito de daños del artículo 263 del mismo.

SEGUNDO.- Personadas las partes ante este Tribunal, con fecha


23 de junio de 2023 se dictó auto de hechos justiciables, posteriormente
aclarado en resolución de 3 de julio del mismo año, quedando constreñida la
causa a un presunto delito de allanamiento de morada en causa legal por delito
del artículo 202, en relación con el artículo 204, ambos del Código Penal,
decidiéndose sobre la admisión de las pruebas declaradas pertinentes y
convocándose a las partes a la celebración de la vista oral a partir del día 13 de
noviembre de 2023.

TERCERO.- EL MINISTERIO FISCAL, evacuadas todas las


pruebas, modificó sus conclusiones provisionales considerando que los hechos
no resultan constitutivos de delito alguno y, alternativamente, se trataría de un
delito de allanamiento de morada previsto en el artículo 202-1 y 204 del Código
Penal en el que concurre un error vencible de tipo de conformidad con lo
establecido en el artículo 14-1 del Código Penal, por lo que procede la libre
absolución de los denunciados al no encontrarse expresamente tipificada la
modalidad imprudente en este tipo penal.

Por su parte, LA ACUSACIÓN PARTICULAR modificó también


sus conclusiones provisionales considerando que los agentes con carnets
profesionales números 131.054, 131.232, 116.839 y 130.891 confiaron en que
la intervención que realizaron era ajustada a derecho y que, por tanto, procede
su absolución por concurrencia de un error de prohibición invencible, si bien
mantiene la solicitud de condena del subinspector nº 89.666 y del agente nº
123.160 como responsables de un delito de allanamiento de morada de los
preceptos legales citados, sin concurrencia de circunstancias modificativas de
la responsabilidad criminal, a la pena de dos años y seis meses de prisión y
multa de doce meses, a razón de diez euros diarios e inhabilitación absoluta
por seis años. Subsidiariamente, y de apreciarse la concurrencia de un error de
prohibición vencible, procedería la imposición, con rebaja de la pena en un
grado, de un año y tres meses de prisión e inhabilitación absoluta por tres
años, además de las costas procesales, incluidas las de la acusación particular.

Durante el trámite de informes solicita la nulidad de lo actuado


desde la designación de los miembros del jurado por haberse vulnerado su
derecho de defensa al haberse restringido a solo dos el número de
recusaciones que como tal podría realizar, reservándose esa misma facultad al
Ministerio Fiscal para otros dos pese que formalmente no formula contra los
agentes ninguna acusación. Igualmente interesa se declare la nulidad de las
grabaciones realizadas por los funcionarios de policía al haberse obtenido de
forma ilícita y sin consentimiento de los afectados y que no habrán de ser
tenidas, por tanto, en cuenta como prueba documental, debiendo deducirse
testimonio contra los agentes por la presunta comisión de un delito de
revelación de secretos del artículo 199 del Código Penal y que no requiere de
la existencia de denuncia previa al amparo del artículo 201 del mismo Código
por tratarse de un supuesto previsto en el artículo 198 de dicho Texto.

Por otra parte, LA DEFENSA DEL SUBINSPECTOR DE POLICÍA


CON CARNET PROFESIONAL NÚMERO 89.666, modificando asimismo
parcialmente sus conclusiones provisionales, reitera la solicitud de libre
absolución del mismo por no resultar los hechos constitutivos de delito y,
subsidiariamente, por concurrencia de la causa de justificación prevista en el
artículo 20-7 del Código Penal por actuar en cumplimiento legítimo de derecho,
oficio o cargo. Y para el caso de que se considere la existencia de delito,
procedería aplicar el error de tipo o de prohibición invencible, o
subsidiariamente vencible, al considerar que concurriría causa habilitante para
entrar en el inmueble o bien que el inmueble no constituía morada. Y todo ello
con imposición a la acusación particular de las costas procesales, sin el límite
del tercio, por temeridad y mala fe procesal.

Al mismo tiempo, interesa se deduzca testimonio por la presunta


comisión de un delito de falso testimonio por parte de los asistentes a la fiesta
que han depuesto como testigos en el plenario vista su reiterada falta de
sometimiento a la verdad respecto a lo acontecido. Y asimismo por un
supuesto delito de falsedad documental respecto al contrato de arrendamiento
del inmueble de la calle Lagasca (…) de Madrid suscrito por las partes al
figurar al folio 29 y siguientes sin firmar, al folio 821 y siguientes con firmas en
blanco y negro, y en el documento número 10 de los aportados por dicha parte,
al amparo del artículo 45 de la Ley del Jurado, con firmas en azul. Y asimismo
por un presunto delito de falsedad documental respecto al contrato de
arrendamiento del inmueble de la calle Lagasca, (…) de Madrid suscrito por las
partes por figurar al folio 29 y siguientes sin firmar, al folio 821 y siguientes con
firmas en blanco y negro, y en el documento número 10 de los aportados por
dicha parte, al amparo del artículo 45 de la Ley del Jurado, con firmas en azul.
Y en todo caso, solicita que se proceda a la disolución del jurado en cuanto que
probado que dicho contrato figura a nombre de persona jurídica y que la
actuación de los agentes se produce sin que exista causa legal por delito,
tratándose de un ilícito del artículo 534 del Código Penal, ello no sería
competencia del tribunal del jurado.

LA DEFENSA DEL FUNCIONARIO DE POLICÍA CON CARNET


PROFESIONAL NÚMERO 123.160, modificando asimismo en parte sus
conclusiones provisionales, reiteró la solicitud de libre absolución por no
resultar los hechos constitutivos de delito y, subsidiariamente, por concurrencia
de la causa de justificación del artículo 20-7 del Código Penal por actuar en
cumplimiento legítimo de derecho, oficio o cargo. Y para el caso de que se
aprecie la existencia de delito, procedería aplicar el error de tipo o de
prohibición invencible, o subsidiariamente vencible, al considerar que
concurriría causa habilitante para entrar en el inmueble o bien que el inmueble
no constituía morada. Y todo ello con imposición a la acusación particular de
las costas procesales, sin el límite del tercio, por temeridad y mala fe procesal.

Al mismo tiempo, interesa se deduzca testimonio por la presunta


comisión de un delito de falso testimonio por parte de los asistentes a la fiesta
que han depuesto como testigos en el plenario vista su reiterada falta de
sometimiento a la verdad respecto de lo acontecido.

Finalmente, LA ABOGACÍA DEL ESTADO, tras haberse retirado


la acusación contra los agentes con carnets profesionales números 131.054,
131.232, 116.839 y 130.891, interesa su libre absolución, además de resultar
de aplicación la eximente completa del artículo 20-7 del Código Penal de
cumplimiento de un deber o ejercicio legítimo del derecho, oficio o cargo. Y
todo ello, sin declaración de la responsabilidad civil directa de los acusados ni
subsidiaria del Estado.

CUARTO.- Concedido a los acusados el derecho a la última


palabra, se elaboró el objeto de veredicto, cuyo contenido fue adverado a
presencia de las partes y del cual se confirió traslado seguidamente a los
miembros del jurado acompañado de las explicaciones precisas e instrucciones
necesarias del Presidente del Tribunal conforme exige la Ley vigente.
Retirada la acusación respecto a los cuatro agentes citados y
alcanzado con fecha 29 de noviembre de 2023, por unanimidad, un veredicto
definitivo de no culpabilidad respecto de los finalmente dos únicos acusados
según resulta de la lectura íntegra del acta por la portavoz del jurado, que se
estimó suficientemente motivado, y tras decretarse a continuación el cese en
sus funciones de los miembros que lo integran, actuando de conformidad con la
previsión contenida en el artículo 67 de la Ley del Jurado, se decidió en el acto
la absolución de todos ellos.

HECHOS PROBADOS

La relación de hechos declarados como probados y no probados,


tras emitir el jurado su veredicto, por orden correlativo de su objeto, fueron los
siguientes:

APARTADO A) HECHOS ALEGADOS POR LAS PARTES EN


RELACIÓN AL OBJETO PRINCIPAL

Apartado a) Hechos alegados por las partes en relación al


objeto principal y que el jurado declara por unanimidad PROBADOS

HECHO PRIMERO

“Sobre las 00.50 horas del día 21 de marzo de 2021 se requirió la


presencia policial en el inmueble sito en la calle Lagasca, (…) de Madrid donde
se estaba celebrando una fiesta que incumplía las restricciones establecidas
para contener la propagación del covid y entre las que se encontraba la
prohibición de reunión de personas no convivientes en lugares privados”.
HECHO SEGUNDO
“Como consecuencia de dicha solicitud se comisionó a los
indicativos policiales que integraban los funcionarios del Cuerpo Nacional de
Policía con números de carnets profesionales 123.160, 131.054, 116.839,
131.232 y 130.891, quienes actuaban bajo el mando del subinspector de policía
nº 89.666 como jefe del operativo.”

HECHO TERCERO

“La actuación policial se llevó a cabo a solicitud de algunos


vecinos que llevaban soportando fiestas en ese mismo domicilio y que habían
solicitado en ocasiones anteriores la presencia de la policía sin que el problema
pese a ello se solucionara”.
HECHO CUARTO

“El inmueble había sido alquilado por la sociedad “Obsidian Media


Limited” de la que es titular T.J.G. en virtud de contrato de arrendamiento
suscrito con fecha 22 de enero de 2021 por periodo de un año y con inicio de
vigencia el día 1 de febrero de 2021”.

HECHO QUINTO

5.a) ”El inmueble constituía la morada de T.J.G., esto es, el lugar


donde desarrollaba los actos ordinarios de su vida cotidiana”
5.b) “El inmueble constituía la morada de T.J.G. pese a su
apariencia de vivienda turística por las características, entre otras razones, del
sistema de apertura con llave magnética y clave de seguridad e incluso a pesar
de las dudas surgidas respecto al tipo de contrato suscrito entre las partes”.
HECHO SEXTO

“En el inmueble se estaba celebrando esa noche una fiesta, ya


que el ruido de la música y las voces se oían desde las zonas comunes del
edificio y podían molestar al resto de los vecinos, por lo que la actuación de los
agentes resultaba urgente y necesaria”.
HECHO SÉPTIMO

“El jefe del operativo requirió insistentemente y durante casi


cuarenta y cinco minutos a las personas que se encontraban en su interior para
que salieran y se identificaran por haber incurrido en infracción de la normativa
vigente ante la vulneración de las restricciones establecidas por causa del
covid”.

HECHO OCTAVO

“Pese a los requerimientos insistentes que los agentes les


formularon, las personas que se encontraban dentro del inmueble se negaron
en todo momento a abrir la puerta porque consideraban que negarse a ser
identificados constituía únicamente una mera infracción administrativa y no se
daba ninguno de los supuestos por los que la policía puede entrar en un
domicilio particular, esto es, porque en el interior no se estaba cometiendo
ningún delito y los agentes no disponían de autorización judicial”.

HECHO NOVENO

“Al advertir la presencia de la policía, los ocupantes apagaron la


música, guardando silencio a la espera de que los agentes se marcharan y
evitar así ser sancionados con una multa”.

HECHO DÉCIMO

“Uno de los ocupantes del inmueble solicitó a los agentes de


policía que les concedieran quince minutos para abrir la puerta y salir de la
casa”.

HECHO UNDÉCIMO
“T.J.G. se opuso en todo momento a abrir la puerta del inmueble a
la policía”.

HECHO DUODÉCIMO

“Otra de las ocupantes del inmueble, I.R.I., se erigió en


representante de todos ellos, afirmando que la vivienda era de su propiedad,
insultando a las mujeres que le acompañaban por haber manifestado a los
agentes su voluntad de salir del inmueble, insinuando que los funcionarios
podrían llevar uniformes no reglamentarios y pidiendo insistentemente al
subinspector, jefe del operativo, que se identificara”.

HECHO DECIMOTERCERO

“Para acceder al interior del inmueble, los agentes trataron de


abrir la puerta empleando primero el método del resbalón, luego intentaron
desmontar la cerradura y finalmente hicieron uso de un ariete reglamentario, lo
que ocasionó diversos daños en la puerta que da acceso a la vivienda”.

HECHO DECIMOSÉPTIMO

“Los funcionarios de policía, una vez accedido al interior, optaron


por no detener a aquéllos que manifestaron en ese momento su voluntad de
querer atender el requerimiento policial de abrir la puerta e identificarse”.

HECHO DECIMOOCTAVO

“Los agentes de policía tuvieron que acudir al mismo domicilio


días después porque los vecinos llamaron de nuevo de madrugada a la policía
al hallarse otra vez la música a todo volumen, atendiendo en ese caso T.J.G.
sus requerimientos”.
Apartado a) Hechos alegados por las partes en relación al
objeto principal y que el jurado declara por unanimidad NO PROBADOS

HECHO DECIMOCUARTO

“Los agentes intervinientes, con deseo de derribar la puerta, se


sirvieron de un ariete no oficial, actuando sin disponer de la correspondiente
autorización”

HECHO DECIMOQUINTO

“Los funcionarios de policía, en lugar de esperar a que los


moradores abandonaran la vivienda para identificarlos y sancionarlos como
infractores de la Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, optaron de forma
conjunta y premeditada por abrir la puerta haciendo uso de la fuerza y sin
solicitar antes autorización judicial”.

HECHO DECIMOSEXTO

“Los funcionarios de policía lograron derribar la puerta y acceder


al interior procediendo a la detención de todas las personas que allí se
encontraban”.

APARTADO B).- HECHOS ALEGADOS POR LAS PARTES


QUE PUEDEN MODIFICAR LA RESPONSABILIDAD CRIMINAL DE LOS
ENCAUSADOS:

Apartado b 1) Hechos que pueden modificar la


responsabilidad criminal del subinspector de policía con carnet
profesional número 89.666 y que el jurado declara por unanimidad
PROBADOS
HECHO DECIMONOVENO

“El jefe del operativo dio la orden a sus subordinados, entre los
que se encontraba el agente número 123.160, de abrir la puerta del inmueble
en el convencimiento de que se estaba cometiendo un delito flagrante de
desobediencia grave a los agentes de la autoridad”.

HECHO VIGÉSIMO

“El jefe del operativo dio la orden a sus subordinados, entre los
que se encontraba el agente número 123.160, de abrir la puerta del inmueble
en el convencimiento de que se estaba cometiendo un delito flagrante de
desobediencia grave a los agentes de la autoridad, si bien imperativamente
debió consultar la legalidad de esta medida a sus superiores”.

HECHO VIGESIMOPRIMERO

“El jefe del operativo dio la orden de abrir la puerta en la creencia


de que actuaba en el ejercicio legítimo de su profesión y que la orden de abrir
la puerta era legal”

Apartado b 2) Hechos que pueden modificar la


responsabilidad criminal del funcionario de policía con carnet profesional
número 123.160 y que el jurado declara por unanimidad PROBADOS

HECHO VIGESIMOSEGUNDO

“El funcionario de policía con carnet profesional número 123.160


decidió abrir la puerta en el convencimiento de que se estaba cometiendo un
delito flagrante de desobediencia grave a los agentes de la autoridad”.

HECHO VIGESIMOTERCERO
“El funcionario de policía con carnet profesional número 123.160
obedeció en todo momento las órdenes de su superior jerárquico en la creencia
de que la orden de abrir la puerta era legal”.

APARTADO C) HECHOS DELICTIVOS RESPECTO A LOS QUE


LOS ENCAUSADOS SON DECLARADOS POR EL TRIBUNAL DEL
JURADO, POR UNANIMIDAD, COMO NO CULPABLES

HECHO VIGESIMOCUARTO

“El subinspector de policía con carnet profesional número 89.666,


quien actuaba como jefe del operativo, debe ser declarado (no) culpable por
haber accedido al interior del inmueble sin autorización judicial y a sabiendas
de que sus ocupantes no estaban cometiendo ningún delito”.

HECHO VIGESIMOQUINTO

“El funcionario de policía con carnet profesional número 123.160


debe ser declarado (no) culpable porque actuó en todo momento de acuerdo
con el jefe del operativo, accediendo al interior del inmueble sin autorización
judicial y sin que se estuviera cometiendo ningún delito”

FUNDAMENTOS JURIDICOS

PRIMERO.- Como quiera que una vez agotada la práctica de


todas las pruebas ante el tribunal del jurado, la acusación particular que ejerce
T.J.G., modificando sus conclusiones provisionales, opta por considerar que los
agentes de policía con carnets profesionales números 131.054, 131.232,
116.839 y 130.891 no han cometido ningún delito por hallarse sometidos al
mando del subinspector de policía números 89.666 y confiar aquéllos en que su
actuación resultaba ajustada a derecho y, de igual forma, el Ministerio Fiscal,
en dicho trámite, pasó a considerar que los hechos atribuidos a todos los
acusados, sin distinción, no resultan constitutivos de ilícito penal alguno, en
tales circunstancias, resulta de aplicación el “principio acusatorio”, según el
cual, nadie puede ser condenado por un delito del que no figura como acusado.

Y al respecto, la jurisprudencia constitucional, en relación con


dicho principio y también sobre su proyección en la segunda instancia penal,
aparece resumida en la Sentencia del Tribunal Constitucional nº 47/2020, de 15
de junio, para concretarla de la siguiente manera:

(I). El principio acusatorio no aparece expresamente mencionado


entre los derechos constitucionales que disciplinan el proceso penal. No
obstante, deben entenderse protegidos por el artículo 24.2 de la Constitución
ciertos derechos fundamentales que configuran los elementos estructurales de
dicho principio, que trasciende el derecho a ser informado de la acusación para
comprender un haz de garantías adicionales como son los derechos a la
defensa y la garantía de la imparcialidad judicial.

A esos efectos, se ha destacado que el deber de congruencia


entre la acusación y el fallo es una de las manifestaciones del principio
acusatorio contenida en el derecho a un proceso con todas las garantías, ya
que el enjuiciamiento penal se ha de desarrollar con respeto a la delimitación
de funciones entre la parte acusadora y el órgano de enjuiciamiento, pues un
pronunciamiento judicial que vaya más allá de la concreta pretensión punitiva
solicitada por quienes sostengan la acusación, implicará la invasión por el
órgano judicial de competencias reservadas constitucionalmente a aquellas
acusaciones, ya que estaría condenando al margen de lo solicitado por los
legitimados para delimitarla, lo que conduciría, además, a una pérdida de su
necesaria posición de imparcialidad. La vinculación entre la pretensión punitiva
sostenida por las partes acusadoras y el fallo de la sentencia judicial responde
también a la necesidad de garantizar las posibilidades de contradicción y
defensa, ya que se debe posibilitar que el condenado tenga la oportunidad de
debatir contradictoriamente los elementos de la acusación.

(II) El deber de congruencia respecto a la pretensión punitiva


impone al juzgador un doble condicionamiento: fáctico y jurídico. El
condicionamiento fáctico viene determinado por los hechos objeto de
acusación, de modo que ningún hecho o acontecimiento que no haya sido
delimitado por la acusación, como objeto para el ejercicio de la pretensión
punitiva, podrá ser utilizado para ser subsumido como elemento constitutivo de
la responsabilidad penal. El condicionamiento jurídico queda constituido, a su
vez, por la calificación que de esos hechos realice la acusación y la
consiguiente petición sancionadora, sin perjuicio del ejercicio de las facultades
de pronunciamiento de oficio que tiene el juzgador penal por las cuestiones de
orden público implicadas en el ejercicio del ius puniendi.

(III) El respeto del haz de garantías implicadas en el principio


acusatorio debe proyectarse en cada instancia. No basta con que el principio
acusatorio haya tenido efectividad en la primera instancia. La correlación entre
la acusación y el fallo de la sentencia debe existir en todas las instancias
judiciales. La inexistencia de acusación en la apelación o su defectuoso
planteamiento en dicho grado no pueden entenderse suplidos, en modo alguno,
por la primera acusación, pues en un sistema acusatorio deben entenderse
igualmente excepcionales los poderes de actuación ex officio del juez en todas
las instancias penales.

Así las cosas, la aplicación de esta doctrina al caso presente y


como ya se anticipó al formalizarse durante el plenario la retirada de la
acusación contra los cuatro agentes citados, su inmediata consecuencia es el
pronunciamiento absolutorio de todos ellos, razón por la que se decidió
quedaran en su momento excluidos del objeto del veredicto y sin que resultara
necesaria ya la valoración de su responsabilidad por el órgano colegial, pues,
como recuerda la Sentencia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo nº
723/2020, de 30 de diciembre, por citar solo alguna de las más recientes, “el
principio acusatorio exige que el tribunal al dictar sentencia no pueda ir más
allá de lo solicitado por las acusaciones”, lo que, estrictamente interpretado, se
traduce en la imposibilidad de cualquier tribunal de introducir hechos no
recogidos por las partes acusadoras cuya consecuencia sea una agravación de
la responsabilidad penal.
Y es que, según asimismo declara la Sentencia del Tribunal
Supremo de 31 de julio de 2001, citando otra anterior de la misma Sala de 2 de
abril de 1998, “la base fáctica de la acusación vincula al Tribunal de modo que
no puede introducir en la sentencia ningún hecho nuevo en perjuicio del reo
que antes no figurase en la acusación, fuera de simples modificaciones de
detalle conforme a la prueba practicada y en aras de una mayor claridad
expositiva o comprensión de lo ocurrido, pero sin traer sorpresivamente a su
relación de hechos probados nada extraño a la calificación de la acusación que
pudiera tener trascendencia en cuanto punto de apoyo fáctico para la
agravación de la responsabilidad porque si así lo hiciera causaría indefensión
al acusado que no tendría oportunidad de defenderse alegando y probando lo
que hubiera tenido a su alcance para contrarrestar aquello que se le imputa”.

Así las cosas, alejados dichos agentes de cualquier reproche


punitivo, varias son las cuestiones que antes de entrar a analizar el fondo del
asunto exigen ser examinadas, siquiera someramente, al haber sido
reiteradamente planteadas por las partes en el curso del plenario y ello a pesar
de que necesariamente hubieron de quedar resueltas antes de la constitución
del jurado si bien de nuevo vuelvan a ser reiteradas ahora.

Y una primera, es la supuesta vulneración del derecho de la


acusación particular a recusar, sin concurrencia del Ministerio Público, a una
parte de los candidatos designados al azar como miembros del jurado y sobre
lo que en su momento formuló oportuna protesta a efectos de ulterior recurso
tras el rechazo de su solicitud. Con la obligación de pronunciarse antes de la
constitución del jurado, la Ley pretende evitar que se obligue a los miembros
del jurado a deliberar sobre materias de índole no sustantiva, al igual que
ocurre con la licitud o ilicitud de las pruebas.
En efecto, resulta oportuno recordar que antes de modificar sus
conclusiones provisionales, el Ministerio Fiscal venía sosteniendo, al igual que
T.J.G., que los funcionarios de policía habían incurrido en un delito de
allanamiento de morada sin mediar casusa por delito, si bien la ilustre
representante de este Ministerio, a diferencia del primero, estimaba que por
concurrir un error vencible del tipo debían quedar absueltos, lo que solo al
tribunal del jurado habría de corresponder decidir como si de cualquier otra
circunstancia modificativa de la responsabilidad criminal se tratara. No se
produce, por tanto, infracción de la previsión contenida en el artículo 40-3 de la
Ley del Jurado, que reparte entre acusaciones y defensas la posibilidad, por
igual, de formular cuatro recusaciones. El cambio de criterio del Ministerio
Público se produjo en trámite de elevar a definitivas las conclusiones
provisionales, que modifica, por lo que hasta entonces la valoración de la
concurrencia de error vencible correspondía única y exclusivamente el jurado
según queda dicho. En definitiva, y en el momento en que se formularon estas
recusaciones, la posición de dicho Ministerio era la propia de cualquier otra
acusación por más que sostuviera la absolución de los encausados por
concurrencia de dicho motivo y que, de apreciarse, les eximiría de toda
responsabilidad.

Pero a mayor abundamiento, la posibilidad de recusar sin


alegación de motivo a dos de los designados en vez de cuatro, no se atisba en
que pudiera afectar, en lo esencial, al derecho a un proceso con todas las
garantías ni en qué medida su alineamiento en ese momento con la acusación
pública pudiera resultar contrario al principio de tutela judicial efectiva o de
igualdad de partes, pues, a priori, resulta imposible conocer cómo la
designación de uno u otro miembros del jurado puede afectar al sentido del
fallo, pero tampoco después en la medida en que la votación por sus
integrantes del objeto del veredicto no exige revelar la identidad de quienes se
muestren a favor o en contra de una u otra decisión, artículo 61-1, e) de la
referida Ley, y ello sin obviar que habiéndose adoptado por unanimidad un
pronunciamiento de no culpabilidad, en nada la recusación de dos más hubiera
podido afectar al sentido de su decisión, dado que, como es sabido, resultan
suficientes cinco votos del jurado para ello en cuanto que más favorable a los
encausados, artículo 60-2 de la Ley 5/95, de 22 de mayo.

En segundo lugar, y respecto a la solicitud de nulidad de las


grabaciones realizadas por los integrantes del dispositivo policial interesada
también por dicha parte para que quedaran apartadas del acervo probatorio y
no pudieran ser tenidas en cuenta por los miembros del jurado, ello constituye
una alegación extemporánea que no fue invocada en momento procesal
oportuno durante el trámite de cuestiones previas previsto en el artículo 36 de
la Ley del Jurado expresamente reservado para alegar la supuesta vulneración
de algún derecho fundamental e impugnar los medios propuestos por las
partes, lo que no hizo, como tampoco, y ello resulta mucho más relevante, en
vía de recurso de apelación ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid una
vez dictado auto resolviendo tales cuestiones con fecha 29 de noviembre de
2022 (folios 137 a 146 del rollo de Sala) e íntegramente corroborado por
superior jerárquico con fecha 25 de abril de 2023 (folios 191 a 202 del mismo
rollo).

Depuradas como debieron serlo, por tanto, en aquel momento


todas estas cuestiones previas, es con el dictado de hechos justiciables cuando
procede pronunciarse sobre las pruebas a practicar en el acto del juicio oral y,
entre ellas, la documental ya referida, no siendo facultad de los miembros del
jurado tener que decidir, por tanto, sobre la licitud o ilicitud de las pruebas en su
momento propuestas, ex artículo 54-3 de la Ley del Jurado. Pero es más,
resulta de todo punto incongruente que quien ahora pretende la ilicitud de las
grabaciones realizadas por las cámaras que portaban los agentes 89.666 y
123.160 en el momento de los hechos, hubiera expresamente propuesto al
redactar escrito de acusación y solicitar la apertura de juicio oral, y con el
carácter de prueba documental (folios 1218 a 1224), el visionado de dichas
imágenes, así como del video difundido por redes sociales realizado por alguno
de los ocupantes de la vivienda y respecto del que no se solicita, sin embargo,
la deducción de testimonio -cuestión de la que en todo caso volveremos a
ocuparnos más adelante- por presuntamente vulnerar el derecho a la intimidad
de los afectados con revelación de datos personales, obtenido en los dos casos
sin recabar su previo consentimiento y que tampoco resultaba necesario. Su
pretensión, pues, debe rechazarse, ya que es principio general de derecho que
nadie puede ir contra sus propios actos cuando no consta la existencia de
ningún hecho o elemento nuevo en el transcurso del juicio oral que pudiera
justificar su extemporánea solicitud.

E igual suerte desestimatoria ha de correr la petición de nulidad


formulada por la defensa del subinspector de policía con carnet profesional nº
89.666 interesando se procediera a la disolución del jurado por entender que
de haberse cometido algún delito lo sería por vía del artículo 534 del Código
Penal, esto es, de allanamiento de morada mediando causa legal por delito, lo
que ya no sería competencia de jurado. Y de igual modo se debió proceder,
según esta parte, en cuanto que el arrendamiento del inmueble figura a nombre
de persona jurídica, lo que específicamente aparece tipificado en el artículo 203
de dicho Cuerpo legal, lo que quedaría asimismo al margen de su competencia
y que aparece solo prevista en el artículo 1-2, d) de la Ley especial para los
casos del artículo 202, en relación con el artículo 204 del mismo.

La proposición de esta cuestión resulta extemporánea, pues, al


igual que la anterior, ya fue motivo de debate durante el análisis de las
cuestiones previas y resueltas por esta Audiencia Provincial en el auto de 28 de
noviembre de 2022 antes referido. Durante dicho trámite quedó además
descartado que se hubiera podido cometer un presunto delito de daños, en
cualquiera de sus modalidades, del artículo 263 del Código Penal, tal y como
pretendía la acusación particular.

Pero es más, el Tribunal del Jurado ha considerado probado -


hecho 5 a) del objeto del veredicto-, que la vivienda de la calle Lagasca, (…) de
Madrid constituía la morada de T.J.G., siendo el lugar donde desarrollaba los
actos ordinarios de su vida cotidiana, y ello aunque al mismo tiempo declare
probado que el alquiler figuraba suscrito a nombre de la entidad “Obsidian
Media Limited” de la que éste era titular -hecho cuarto-, tuviere éste apariencia
de vivienda turística -hecho 5 b)-, lo que en nada empece a que pudiera
constituir al mismo tiempo la morada del Sr. G. a efectos del delito de
allanamiento de morada motivo de enjuiciamiento.

SEGUNDO.- De ahí que entrando examinar las cuestiones que


necesariamente hubieron de quedar sometidas a la deliberación del tribunal del
jurado, lo primero que debe destacarse es el esfuerzo motivador llevado a cabo
por sus miembros, habiendo ofrecido cumplida respuesta a todas y cada una
de las materias planteadas para terminar concluyendo que no ha quedado
desvirtuada la presunción de inocencia de los acusados y que, aprobado por
unanimidad de sus integrantes, ha de quedar fuera ya de toda duda racional.

Y es que la decisión adoptada, en todos los casos por unanimidad


de sus miembros y respecto a todas y cada una de las cuestiones sometidas a
su consideración, así lo pone de manifiesto, sin que se advierta contradicción
relevante alguna en la redacción y motivación del veredicto, expresando de
forma precisa en el acta extendida el día 29 de noviembre de 2023 las razones
de su decisión y que solo ya en lo relativo a sus consecuencias jurídicas
procede, por esta resolución, definir y completar, reproduciendo los argumentos
por ellos utilizados, pues debemos asumir que en este tipo de procedimientos
no puede exigirse a los ciudadanos que integran el tribunal el mismo grado de
razonamiento técnico que el que debe exigirse al juez profesional, por lo que la
Ley Orgánica del Tribunal del Jurado impone una "sucinta explicación" (art.
61.1-d) en la que han de expresarse las razones de la convicción que
conduzcan al pronunciamiento contenido en el veredicto y que solo deberá
complementarse por el Magistrado-Presidente a través de la motivación jurídica
de los hechos declarados probados o no probados por el tribunal del jurado.

Razona en este sentido la Sentencia del Tribunal Supremo de 2


de diciembre de 2013, que, en todo caso, “es preciso diferenciar entre el deber
de motivación que la Ley Orgánica del Tribunal del Jurado impone al jurado y el
que exige de los Tribunales profesionales. Para el Tribunal del Jurado no es
que sea suficiente una sucinta explicación (art. 61.1 d) LOTJ); es que es
justamente eso lo que le exige la Ley. Sería incluso "alegal" una exhaustiva
motivación. El colegio de legos ha de fundar sus decisiones sucintamente, lo
que supone señalar no necesariamente todos los medios de prueba tomados
en consideración ni detallar ineludiblemente todo el itinerario mental recorrido
para llegar a la decisión. Ese método expositivo, por otra parte, muchas veces
no sería conciliable con las características de una decisión colegiada. En
algunos puntos las razones de unos y otros integrantes del colectivo (nueve)
pueden ser parcialmente divergentes (algún miembro del jurado puede haber
puesto el acento en una fuente de prueba a la que otro da menos crédito; unos
jurados pueden haber despreciado totalmente un dato incriminatorio que, sin
embargo, para otro es decisivo...). Basta con que expresen de forma sucinta
las pruebas que han determinado su convicción, de manera que posteriormente
pueda controlarse la razonabilidad de esas conclusiones y la suficiencia de las
pruebas tomadas en consideración para fundar la responsabilidad penal. La
imposibilidad real y la inexigibilidad legal de reflejar todos y cada uno de los
pasos e ingredientes del proceso mental discursivo valorativo se acentúa en los
supuestos de prueba extremadamente técnica como unas periciales. En esos
casos -sin que pueda hacerse una generalización absoluta- puede bastar con
la mención de una de las periciales enfrentadas sin que pueda exigirse al
jurado en todo caso que pormenorice individualizadamente las razones que le
llevan a conferir mayor fiabilidad a ese informe siempre que se presente como
una opción racional y razonable…. En un segundo nivel -el de la razonabilidad
de la valoración y suficiencia de la prueba- el Tribunal de apelación (eludimos
ahora el tema, controvertido y con vericuetos, de la labor que atañe al
Magistrado Presidente completando la motivación), sí que está llamado, al
fiscalizar la suficiencia motivadora y la suficiencia probatoria; a comprobar el
total de fuentes de prueba manejado por el jurado y testar la racionalidad y
fuerza explicativa de esa sucinta motivación. En casos como el presente en
que la prueba sobre esos extremos es compleja, esa tarea exigirá exponer el
rendimiento de las diferentes fuentes de prueba, que el jurado a veces ha
mencionado sin más pues no se le exige exhaustividad, para comprobar si, en
efecto, lo plasmado en el veredicto no se aleja de parámetros de racionalidad,
así como que ha valorado el conjunto de la prueba, sin sesgos. La motivación
sucinta del jurado ha de ser contrastada en ocasiones con un análisis (que no
valoración) de todo el material probatorio que constate la concordancia racional
de las conclusiones del jurado con la prueba practicada, la congruencia de una
y otra, y la suficiencia desde el punto de vista de la presunción de inocencia de
ese material probatorio”.

Y es precisamente el derecho a la presunción de inocencia de los


encausados lo que no ha podido quedar desvirtuado, según los miembros del
jurado, como resultado de las pruebas evacuadas en el transcurso de la vista
oral y ello y ello a partir de la redacción del artículo 24 de la Constitución que
proclama el derecho a la presunción de inocencia, lo que no constituye un
pronunciamiento meramente retórico sino que tiene una proyección práctica
evidente, pues lo que nuestro legislador pretende no es impedir la condena de
los acusados en ausencia de pruebas, ni mucho menos que se alcancen
conclusiones de certeza absolutas y definitivas, sino que se llegue al
convencimiento del juzgador, a través de prueba objetivas, directas o
indirectas, sobre la realidad de lo ocurrido más allá de toda duda razonable.

Por tanto, si persisten dudas y éstas resultan razonables, esto es,


no absurdas ni derivadas de planteamientos maximalistas o imposibles, según
hubo ocasión de explicar a los integrantes del jurado, se ha de absolver, pues
para que procediera la condena de los agentes de policía resultaría necesario
que obraren en la causa pruebas claras, precisas y concluyentes sobre su
responsabilidad en los hechos, de tal forma que, a sensu contrario, la
subsistencia de una duda razonable impide el dictado de un pronunciamiento
condenatorio (por todas, Sentencias del Tribunal Constitucional de 15 de Julio,
29 de septiembre y 14 de octubre de 1997, entre otras muchas).

Recordar que tales principios, en tanto que reglas de juicio


favorable a la inculpabilidad del reo, se configuran en la doctrina jurisprudencial
como el derecho a no ser condenado sin pruebas de cargo hábiles, lo que en
su vertiente material exige que la certidumbre sobre los datos que conforman la
hipótesis acusatoria se funde en prueba válida, es decir, lícitamente obtenida y
practicada con plenas garantías de inmediación, publicidad y contradicción
inherentes al propio proceso penal, y asimismo suficiente o, lo que es igual,
que ofrezca un contenido inculpatorio o incriminador, directo o indirecto,
bastante y adecuado para que del mismo se desprenda la realidad de los actos
imputados y la participación en los mismos del encausado (Sentencias del
Tribunal Constitucional núm. 33/2000, de 14 de febrero y núm. 171/2000, de 26
de junio).

En definitiva, el derecho a la presunción de inocencia no tolera


que alguno de los elementos constitutivos de delito se presuma en contra de
los acusados (SSTC núm. 87/2001, de 2 de abril y núm. 1/2006, de 16 de
enero), siendo imprescindible que tanto el elemento objetivo como el subjetivo
del ilícito cuya comisión se les atribuye hayan quedado suficientemente
probados (SSTC núm. 127/1990, de 5 de julio; núm. 93/1994, de 21 de marzo y
núm. 87/2001, de 2 de abril), lo que, según los miembros del jurado, no ha
sucedido en este caso por las razones que a continuación expondremos
siguiendo el orden del acta de veredicto redactado por sus integrantes.

Y es que no se trata, como la acusación particular sugiere en su


alegato inicial y hasta el último momento, que el jurado haga visible, a través
del fallo absolutorio, una suerte de reproche moral a los asistentes a la fiesta
que, ocasionando graves molestias a los vecinos -véase sino lo declarado por
quienes residían en el piso de abajo-, se estaba celebrando en el interior de la
vivienda en plena epidemia del covid e incumpliendo todas las normas de
protección, reuniéndose múltiples personas no convivientes fuera del horario
permitido, sino que igualmente mostraron su absoluta disconformidad -de
ninguna otra forma cabe interpretar sino la decisión adoptada por unanimidad-
con la imputación que sobre la comisión del delito de allanamiento de morada,
sin mediar causa por delito, se realiza, ya no solo respecto del subinspector,
quien desde un primer momento asumió su exclusiva responsabilidad en las
decisiones adoptadas, sino también respecto de uno de sus subordinados, el
agente 123.260, y que, al igual que los otros cuatro funcionarios contra los que
dicha parte no formula finalmente acusación, se encontraba a las órdenes del
jefe del operativo, sin que pese a todo se hubieran explicado los motivos por
los que la acusación sí se mantiene respecto de éste cuando, como parece, se
limitaba, al igual que el resto de los integrantes del dispositivo, a cumplir lo
ordenado por el subinspector al mando. El que portara una cámara de
grabación no es suficiente justificación parece. Pero vayamos por partes.

TERCERO.- Partiendo, pues, de todos estos postulados, los


miembros del tribunal del jurado declaran probado que sobre las 00.50 horas
del día 21 de marzo de 2021 fueron comisionados los agentes actuantes, al
mando del subinspector nº 89.666, para que acudieran a la vivienda de la calle
Lagasca, (…) de Madrid donde se estaba celebrando una fiesta incumpliendo
los asistentes todas las restricciones vigentes para controlar la propagación del
covid, constatando que efectivamente así era tras entrevistarse con los vecinos
del piso 1º C, comparecidos como testigos, G.A.D. Acosta y C.M.D., que fueron
quienes dieron aviso al 091 advirtiendo que se estaba celebrando una fiesta en
la planta superior y que había mucho ruido y la música se encontraba a
elevado volumen, lo que hacía tiempo venían soportando. De ello deja
constancia también el informe del Cimacc que obra a los folios 878 y 879, así
como el atestado de la policía (a los folios 25 y siguientes), pudiendo los
agentes verificar, una vez accedido a su interior, que se encontraban hasta
catorce sujetos no convivientes de distintas nacionalidades, sin portar
mascarilla e incumpliendo la normativa vigente sobre covid. Así lo reconocieron
durante el plenario todos y cada uno de los ocupantes que pudieron ser
localizados y comparecieron como testigos, aunque solo B.P.G. se disculpó por
lo ocurrido.

Los videos de grabación de los agentes 89.666 y 123.160,


convenientemente reproducidos durante la celebración del juicio, así lo
corroboraron también (pendrive al folio 444), siendo notorio desde el
descansillo el elevado nivel de la música y de los ruidos provenientes del
interior, lo que inexplicablemente los participantes niegan, llegando a
manifestar que la música procedía de la televisión y que no se encontraba muy
alta. Ello abiertamente contrasta, ya no solo con lo declarado por los propios
agentes encausados y se desprende del visionado de estas grabaciones, sino,
sobre todo, por las manifestaciones vertidas por los vecinos del piso situado en
la planta inferior. Éstos señalan que no solo el día 21 de marzo de 2021 sino
que el anterior se había celebrado también otra fiesta, lo que ratifican los
agentes de la Policía Local de Madrid con carnets profesionales números
6185.2 y 5382.0 comparecidos como testigos. Así se hace constar también en
el parte diario de novedades (al folio 574), indicándose que el día 20 de marzo
de 2021, a la 1.30 horas, se recibe una llamada del piso 1º C alertando de los
ruidos que procedían de la planta superior, refiriendo los agentes que tenía la
apariencia de piso turístico y que tocaron el timbre durante varios minutos, sin
que abrieron la puerta, comprobando que no figuraba nadie empadronado en
dicho domicilio (certificación municipal al folio 741). En el informe del Centro
Inteligente de Coordinación, Mando y Control (Cimacc) del 091 consta llamada
procedente del piso 1ºC entorno a las 00.50 horas del día 21 de marzo, al igual
que sobre las 00.42 horas de la noche anterior (folio 880). En todas las
ocasiones anteriores los ocupantes se negaron igualmente a abrir la puerta,
pero los agentes que llevaron a cabo la intervención pudieron constatar la
celebración de fiestas y el elevado nivel de ruido, aunque sin llevar a cabo en
ese momento ninguna otra actuación, lo que los agentes de Policía Local
justifican por la carencia de medios y el elevado número de fiestas que se
estaba celebrando esos días por todo Madrid (en algún momento se hace
mención, en concreto, a unas 384 fiestas). A criterio del jurado, queda cumplida
constancia, por tanto, de lo urgente y necesario que resulta la intervención que
tuvo lugar el día 21 de marzo -hechos primero, segundo, tercero y sexto del
objeto del veredicto declarados probados-.

Discutido si T.J.G. era o no el inquilino del inmueble sito en la


calle Lagasca, para los miembros del jurado no subsiste, sin embargo, ninguna
duda, pese a que el contrato de arrendamiento figure suscrito a nombre de la
sociedad “Obsidian Media Limited”. En cualquier caso, esta controversia creada
“de forma un tanto artificial”, permítasenos decir, por las respectivas defensas
de los encausados con la finalidad de eludir la competencia del tribunal del
jurado en el conocimiento del asunto, ya fue, en realidad, resuelta también en
su momento, pues, en lo que aquí interesa, que el domicilio social de la
empresa estuviera en Londres tras haber sido constituida online, según
manifiesta el Sr. G. (folios 829 y siguientes), o que la misma no figure inscrita
en España, según certificación extendida por el Registro Mercantil Central (folio
743), en nada obsta a que pudiera ser el lugar de residencia del mismo,
llamando expresamente la atención de los miembros del jurado el hecho de
que en el contrato de arrendamiento se indique -antecedente 2º- que la
vivienda está destinada a uso personal como vivienda habitual del mismo -
hecho 5 a)-, como, por otra parte, evidencia que tuviera en él sus pertenencias
personales (ropa, ordenador, comida,…). Los asistentes a la fiesta dejan
cumplida constancia asimismo de dicho extremo.

Por lo demás, y con independencia de que por sus características


externas, sistema de apertura con llave magnética o clave de seguridad, entre
otras, o que por las propias condiciones del “contrato de arrendamiento de
vivienda” (sustancialmente, según las defensas, por el importe exigido en
concepto de fianza, cláusula decimocuarta del contrato, mas propia de un local
de negocio), pudiera parecer que se trataba del alquiler de un piso turístico,
como así declaran los agentes de policía nacional y los integrantes del
dispositivo de policía local ya referidos, y que en su momento también se
desplazaron hasta dicha vivienda -hecho 5 b)-, ello no obsta a su consideración
como morada y lugar de residencia habitual de Theo, puesta de manifiesto
asimismo con la descripción del mobiliario que, como anexo, figura al final del
contrato que fue aportado al inicio de la vista oral por la defensa y que,
identificado bajo el número 10 de los documentos incorporados a la causa,
forma parte del acta del juicio oral extendida el 14 de noviembre. Las
declaraciones testificales de J.P.N., dueño de la empresa arrendadora, y del
trabajador de la inmobiliaria encargada de la gestión del alquiler, LA.R.M., así
lo avalan, descartando ambos, sin embargo, la condición de piso turístico que
en su momento tuvo el inmueble hasta que en el año 2018 el Ayuntamiento de
Madrid cambió la normativa existente al respecto.

Como es sabido, el delito de allanamiento de morada, tipificado en


el artículo 202 del Código Penal, sanciona a quien, sin habitar en ella, entrare
en morada ajena o se mantuviere en ella contra la voluntad del morador,
mientras que, por su parte, el artículo 204 castiga a la autoridad o funcionario
público que, fuera de los casos permitidos por la ley y sin mediar causa por
delito, entrare en morada ajena.
Así las cosas, y para la existencia de dicho ilícito penal, debemos
tener presente que por “morada” a efectos penales se entiende el espacio físico
donde una persona habita y protege su vida privada, entendido como derecho
del individuo a vivir seguro y en completa libertad. Por tanto, no solo constituye
morada de un individuo, según constante jurisprudencia, la vivienda que todos
identificamos como tal sino cualquier otro espacio delimitado y exterior a la
misma, como puede ser un trastero o un garaje, aunque no, desde luego, los
lugares comunes como el portal, las escaleras o el rellano de la puerta de
acceso. En definitiva, para que constituya la morada de un individuo no es
preciso que se trate de una vivienda, pues espacio delimitado puede ser, por
ejemplo, un barco o una caravana, esto es, cualquier lugar donde resida una
persona de forma ocasional o permanente y desenvuelva todos los actos de su
vida cotidiana, sea o no habitable e incluso aunque no esté destinado a
pernoctar en él.

Como se observa, la condición de “morada” se relaciona


directamente con el concepto de “intimidad” y, por tanto, será el espacio donde
alguien vive y disfruta en privado de su vida personal o familiar. No se han de
confundir, por tanto, los conceptos de morada y domicilio, ya que en las
moradas solo habitan las personas físicas, mientras que un domicilio puede
constituir también la sede de una persona jurídica, de tal forma que el domicilio
no solo abarca el lugar donde se pernocta habitualmente sino también el lugar
elegido para desarrollar una actividad. En definitiva, cualquier morada puede
ser domicilio, pero no todos los domicilios pueden constituir una morada.

La sentencia del Tribunal Supremo de 7 de octubre de 2013


señala en este sentido que "el concepto de morada a efectos penales no se
identifica con la noción administrativa de vivienda. La idea de que sólo aquellos
inmuebles debidamente regularizados a efectos fiscales son susceptibles de
protección penal carece de toda justificación. El contenido material del derecho
a la inviolabilidad del domicilio (art. 18.2 CE) no puede obtenerse a partir de
una concepción topográfica del espacio en el que se desarrollan las funciones
vitales.
Como ya hemos recordado en otras ocasiones (STS 530/2009, 13
de mayo y 727/2003, 16 de mayo) el Tribunal Constitucional, ha identificado el
domicilio con un 'espacio apto para desarrollar vida privada' (STC 94/1999, 31
de mayo, F. 4), un espacio que 'entraña una estrecha vinculación con su
ámbito de intimidad', 'el reducto último de su intimidad personal y familiar' (STC
22/1984, STC 60/1991 y 50/1995, STC 69/1999, 26 de abril y STC núm.
283/2000, 27 de noviembre).

Esta Sala, entre otras en la STS 1108/1999, 6 de septiembre, ha


afirmado que 'el domicilio es el lugar cerrado, legítimamente ocupado, en el
que transcurre la vida privada, individual o familiar, aunque la ocupación sea
temporal o accidental' (SSTS 24-10-1992, 19-7-1993 y 11-7-1996). Se resalta
de esta forma la vinculación del concepto de domicilio con la protección de
esferas de privacidad del individuo, lo que conduce a ampliar el concepto
jurídico civil o administrativo de la morada para construir el de domicilio desde
la óptica constitucional, como instrumento de protección de la privacidad.

Encontrarán la protección dispensada al domicilio aquellos


lugares en los que, permanente o transitoriamente, desarrolle el individuo
esferas de su privacidad, alejadas de la intromisión de terceros no autorizados”.

Valgan, pues, todas estas explicaciones para entender -hechos 5


a) y 5 b)- por qué el órgano colegial declara por unanimidad probado, reuniera
aparentemente el inmueble arrendado las características de piso turístico,
según constatan los agentes, o no, según su dueño, que la vivienda de la calle
Lagasca, (…) constituía la morada, bien permanente o temporal, de Theo J. G.,
sin perjuicio de que también desarrollara en ella las actividades de su empresa,
lo que no resulta incompatible según lo expuesto, siendo ello además una
práctica bastante habitual a raíz, sobre todo, del periodo de pandemia, ya que
para ello disponía de un ordenador personal para trabajar digitalmente según el
mismo declara.

Asumido, por tanto, que esta vivienda constituía, sin ningún


género de dudas, el lugar donde el Sr. G. desarrollaba los actos ordinarios de
su vida íntima y privada -la celebración de fiestas en casa forman parte de la
vida particular de muchas personas, lo que en este supuesto concreto se
evidencia por los vasos y botellas esparcidos por todo el inmueble-, para la
existencia, en cualquier caso, del delito de allanamiento del que son acusados
los agentes sería preciso acreditar también que éstos tenían conciencia de la
ajenidad de la morada, lo que, a tenor de sus declaraciones, no resulta ya tan
claro, pero al mismo tiempo, y sobre todo, de la ilicitud de su acción.

Y ello nos ha de llevar a analizar de manera mucho más detenida


los siguientes puntos del objeto del veredicto recogidos en los hechos séptimo
a decimotercero, pues sobre ellos gira el principal motivo de controversia entre
las partes y a partir de la redacción del artículo 18-2 de la Constitución que
proclama como derecho fundamental que “el domicilio es inviolable” y que
“ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o
resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito”. En realidad, que los
funcionarios de policía accedieron al interior del inmueble donde residía de
modo habitual T.J.G., tuviera o no apariencia de piso turístico, en donde se
estaba celebrando una fiesta de catorce personas, infringiendo la normativa
entonces vigente, y que lo hicieran a solicitud de algunos vecinos a causa de
los ruidos y molestias procedentes del mismo, sin solicitar previa autorización
judicial, pueden considerarse cuestiones indiscutibles a la vista de las pruebas
evacuadas.

CUARTO.- Ahora bien, y enlazado con lo anterior, los miembros


del jurado declaran probado, asimismo por unanimidad, que los ocupantes del
inmueble fueron requeridos para que abrieran la puerta y se identificaran, lo
que los agentes llevaron a cabo de forma insistente y reiterada durante casi
cuarenta y cinco minutos, sin que aquéllos accedieran a ello porque
consideraban que no estaban cometiendo ningún delito y que los agentes no
disponían de autorización judicial, reconociendo, no obstante, sus moradores
que en el interior de la vivienda, que constituía la morada de T.J.G., se
encontraban reunidas un total de catorce personas, sin adoptar ninguna
medida de protección e incumpliendo de modo injustificado las restricciones
derivadas de la situación de covid, lo que les lleva a la conclusión de que los
acusados se encontraban plenamente legitimados para actuar como lo hicieron
-hechos séptimo y octavo del objeto del objeto del veredicto- al haber incurrido
los asistentes en un delito flagrante de desobediencia grave a la autoridad.

Tal conclusión se alcanza a la vista del contenido del atestado


policial, ratificado por los agentes de policía y, sobre todo, tras el visionado de
las imágenes de grabación durante el acto del juicio oral, constatando los
jurados que hasta en veintiocho ocasiones fueron requeridos sus ocupantes
para que abrieran la puerta y se identificaran, optando primero por apagar la
música y guardar silencio, confiando de este modo que la dotación se marchara
y evitar ser sancionados con una multa -hecho noveno-. Así lo reconocieron
todos los asistentes a la fiesta, comenzando por el propio T.J.G. y seguido de
todos los demás que pudieron ser citados a declarar como testigos, a saber,
D.T.D.G., su hermana A.T.D.G., L.V., J.S.T., N.E.A., B.P.G. e I.R.I..

Suscitada la duda de si T.J.G. se opuso o no a abrir la puerta


dado que apenas domina el español y no llegó a hablar con los agentes hasta
que éstos accedieron al interior, los miembros del jurado consideran probado,
no obstante, también dicho extremo -hecho undécimo-, ya que, según se
aprecia en las imágenes, los funcionarios de policía requirieron a todas las
personas que se hallaban en su interior, dirigiéndose a ellos en ocasiones en
inglés (“please, open the door, police”), que era el idioma empleado por Theo,
corroborando I.R. y N.E. que éste les expresó en todo momento su negativa a
abrir la puerta, como en la práctica se deduce, en su condición de inquilino de
la vivienda -y, por tanto, con capacidad plena para adoptar tal decisión por sí
mismo-, que nunca lo hiciera a pesar de los sucesivos requerimientos que se
les dirigieron.

Por su parte, D.T. reconoce, aunque con ciertas reticencias al


principio, que efectivamente llegó a pedir quince minutos a la policía para salir -
hecho décimo-, tal y como se aprecia en el video grabado por el agente 89.666,
minuto [Link], y ello tras ser requerido por el jefe del operativo para que
abriera la puerta tras identificarse éstos como funcionarios de policía y pese a
que aquél les preguntó si se trataba de miembros de la Guardia Civil. Los
agentes le indicaron que debía abrir la puerta sin demora, pues la orden no era
negociable. Otros testigos corroboran también este extremo y asimismo I.R.I.,
quien durante esa madrugada va a adquirir un protagonismo muy relevante al
erigirse en la práctica como representante de los que allí se encontraban -
hecho decimosegundo-, llegando a manifestar incluso en algún momento que
era la propietaria de la vivienda, solicitando al jefe del operativo que se
identificara y sugiriendo la posibilidad de que se trataran de “cuatro anónimos
disfrazados de policía”, pues, según ella, no llevaban ningún tipo de
identificación, pese a que en el visionado se observa que todos ellos iban
uniformados portando su correspondiente placa, y que el subinspector repite
una y otra vez su número de carnet profesional, el número [Link].6.

Llama por ello la atención de los integrantes del jurado que una
vez concluida la intervención, en la solicitud de habeas corpus que I.R.
formaliza ante el Juzgado de Guardia esa misma madrugada (al folio 148) y
después de haber sido ya detenida y trasladada a dependencias policiales,
vuelva a insistir, sin embargo, en que sigue esperando la identificación de los
agentes y ser informada de la infracción/delito cometido, como de la disposición
legal en donde se halla contenida, manifestando, lo que ciertamente resulta
aún más inexplicable, que había estudiado derecho y que se encontraba
opositando, y que temía que a raíz de esta detención, y por disponer ya de
antecedentes penales, pudiera no continuar haciéndolo. Su petición resulta
tanto más incomprensible cuando es evidente que se escucha repetidamente al
jefe del operativo mencionar el artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento
Criminal, repitiendo una y otra vez cuál era el delito en que incurría por
negarse, pese a sus continuos requerimientos, a abrir la puerta e identificarse,
esto es, un delito flagrante de desobediencia grave a la autoridad.

El auto de fecha 21 de marzo de 2021 dictado por el Juzgado de


Instrucción Número 10 de Madrid, de guardia ese día (folios 149 a 150),
rechaza asimismo que I.R.I. fuera detenida ilegalmente, pues, dice
textualmente, “aquel día sabía y conocía que los funcionarios que se
identificaban como policías pertenecían a ese Cuerpo, también sabía y conocía
que la presentación en el domicilio de la calle Lagasca fue derivada de la
existencia de una reunión prohibida por la Ley, también sabía y conocía de su
obligación de identificarse al ser requerida para ello”, por lo que concluye que
su privación de libertad resultaba razonable y que había motivos para que
pudiera ser investigada por un delito de desobediencia grave a la autoridad.
Tan claro y rotundo es este pronunciamiento, incompatible con cualquier tipo
de detención ilegal, que no se entiende como en el curso del plenario continúa
insistiendo sobre lo mismo. Su posición es, en cualquier caso, compartida por
el Letrado de la acusación particular, pese a que no representa a la Sra. R.I., y
quien durante el plenario, tras repetir el número de magistrados que, según
dicha parte, venían indicando que no existía delito de desobediencia, omite
mencionar, sin embargo, el contenido del auto que acabamos de reproducir y el
dictado, a su vez, por el Juzgado de Instrucción Número 4 de Madrid que en su
momento incoó diligencias previas contra los asistentes a la fiesta por delito de
desobediencia grave a la autoridad y por coacciones, aunque dejado sin efecto
por el auto de la Sección 23ª de esta misma Audiencia Provincial al que luego
nos referiremos.

La fiabilidad del testimonio de I.R. es puesto en duda otra vez por


los miembros del jurado tras afirmar que no recordaba que hubiera insultado a
ninguna de las personas que se encontraban allí esa noche, pese a que en la
grabación se escucha con claridad como se dirige hacia las que estaban a su
lado diciéndoles “me la suda, sois unas zorras” tras manifestar éstas su
voluntad era abrir la puerta e identificarse. Es evidente, no obstante, que todos
los asistentes a la fiesta depositaron en ella su confianza al saber que había
estudiado derecho y aunque sus conocimientos, al menos de derecho penal,
resultaron ser al final bastante escasos, como se infiere que hubiera
manifestado en ese momento, según explican los miembros del jurado, “voy a ir
al Juzgado de Primera Instancia y (les) pondremos una denuncia contra los
agentes”, manifestando desconocer el precepto, sin duda básico, contenido en
la Ley de Enjuiciamiento Criminal relativo a la información de derechos al
detenido y al que constantemente aludía el jefe del operativo, pero que ella
pretendía consultar haciendo uso del teléfono móvil.

Consta, por lo demás, documentalmente acreditado, que el


Juzgado de Instrucción Número 4 de Madrid incoó en su momento diligencias
previas por un presunto delito de desobediencia grave a los agentes de la
autoridad contra los asistentes a esta fiesta (folios 161 vuelto y 162) y que por
tal motivo la Brigada Provincial de Seguridad Ciudadana remitió a dicho órgano
judicial un lápiz de memoria conteniendo los videos de la intervención policial
llevada a cabo por los agentes y asimismo el difundido por redes sociales, al
parecer grabado, según el atestado de la policía, por A.T-DG. (folios 247 a
249).

Durante el plenario, tanto por la declaración de esta última como


de su hermano, así como por el testimonio de I.R., se constata, sin embargo,
que dicha grabación se realizó por D.T., lo que llevó a cabo con el móvil de otro
y cuya propiedad al final nadie reconoció, como tampoco nadie se ha hecho
responsable de su difusión a través de las redes y que motivó la relevancia
pública que este asunto adquirió, conocido como el “de la patada en la puerta”,
pero cuya divulgación contribuyó de manera muy grave a distorsionar la
realidad de lo acontecido ese día al reproducirse únicamente el momento en
que los agentes accedieron con el ariete al interior de la vivienda, aunque no
así los continuos requerimientos que antes de producirse la entrada ponen de
manifiesto los videos grabados por la policía.

La solicitud tardía y absolutamente extemporánea de la acusación


particular reclamando ahora la nulidad de la grabación policial pese a que en su
escrito de conclusiones provisionales propusiera su visionado e interesando al
mismo tiempo se deduzca testimonio por un posible delito de revelación de
secretos contra los agentes, sin especificar qué tipo de datos pudieran
considerarse reservados cuando los propios medios han difundido ya en
multitud de ocasiones el video grabado desde el interior de la vivienda, no
viene sino a corroborar la importancia que la grabación policial tiene para
aclarar lo sucedido, dejando con ello en evidencia los pronunciamientos
ciertamente precipitados de algunos colectivos al poner en duda en aquel
momento la actuación policial y sin preservar el derecho a la presunción de
inocencia de los agentes, el cual, como el de la inviolabilidad del domicilio,
figura amparado por nuestra Constitución.

Continuando, no obstante, con el examen de la decisión del


órgano colegial, sus miembros han declarado probado asimismo por
unanimidad -hecho decimotercero- que los agentes se valieron de un ariete
reglamentario del que estaba provisto la dotación policial para abrir la puerta.
Ello fue puesto en duda por los ocupantes del inmueble y, en concreto, por
I.R.I., quien sugiere pudiera no tratarse del oficial -hecho decimocuarto- y
sosteniendo que los agentes lo exhibieron desde el inicio de la intervención
policial cuando en las imágenes se advierte que fue en el curso de esta misma
noche, tras intentar la apertura por otros medios, cuando los agentes se
dirigieron al vehículo policial para proveerse de dicho medio. La utilización de
un ariete oficial reglamentario no solo se desprende de lo declarado por los
encausados, quienes estarían, en cualquier caso, exonerados de la obligación
de decir verdad, sino que también fue reconocido por el inspector con carnet
profesional nº 92.733, ya que en esas fechas tenían que revisar diariamente los
vehículos policiales y el material empleado a fin de proceder a su desinfección,
entre el que se encontraba este ariete, siendo a éste, como superior jerárquico
suyo, a quien el subinspector nº 89.666 informó esa misma noche de lo
acontecido, así como de la detención de alguno de los partícipes en la fiesta
ilegal. Así se observa, o mas bien se escucha decir, en el video de grabación
incorporado a la causa. De igual forma, el subinspector nº 87.914 confirma que
el ariete utilizado era el propio de la dotación, pues comisionado distinto
dispositivo policial para llevar a cabo otra actuación en una zona de la Capital,
hubo de recabar el auxilio de los bomberos al no poder disponer del utilizado
en la calle Lagasca.

El inspector con carnet profesional nº 92.733 fue interrogado


durante su declaración asimismo sobre la legalidad del uso de las cámaras
utilizadas por el operativo, señalando que se trata de un material del que deben
proveerse los propios agentes por su cuenta, pero cuya utilización resulta ser
perfectamente lícita siempre que las imágenes queden bajo custodia de los
actuantes y a disposición de la autoridad judicial. No ocurriría así si se utilizaran
para otros fines o para su difusión a través de redes sociales, pues, concluye,
se puede grabar, lo que no se puede hacer es difundir las imágenes. Y del
mismo modo, los agentes tampoco se pueden negar a que les graben, incluso
aunque aparezca su cara. Solo si el actuante se excediere en el uso dado a las
imágenes habría de aplicarse el régimen disciplinario, siendo su
responsabilidad, como superior jerárquico, dar cuenta de la ilegalidad de la
actuación, lo que no ocurrió, sino que, antes el contrario, le consta que el
subinspector fue felicitado por su modo de actuar esa noche. Así se desprende
de alguna de las conversaciones que mantuvo con sus superiores y otros
mandos policiales, igualmente reproducidos durante el plenario (Cd al folio
1301).

En cualquier caso, la posibilidad de obtención de imágenes,


avalada por normas de carácter interno que establecen el protocolo de
actuación en tales casos, aparece recogida en articulo 770-2ª de la Ley de
Enjuiciamiento Criminal al permitir a la policía judicial que a sus diligencias
acompañe “fotografías o cualquier otro soporte magnético o de reproducción de
la imagen, cuando sea pertinente para el esclarecimiento del hecho punible y
exista riesgo de desaparición de sus fuentes de prueba”. Y también en la Ley
de Seguridad Ciudadana, cuyo artículo 22 expresamente señala que “la
autoridad gubernativa y, en su caso, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad
podrán proceder a la grabación de personas, lugares u objetos mediante
cámaras de videovigilancia fijas o móviles legalmente autorizadas, de acuerdo
con la legislación vigente en la materia”.

El inspector nº 92.733 que declara como testigo no duda, en


consecuencia, sobre la legalidad de la intervención llevada a cabo por los
agentes al haber incurrido los asistentes a la fiesta en un delito flagrante de
desobediencia grave a los agentes de la autoridad, lo que, según explicó, es
resultado de lo que por alguno de los encausados se describió también como
ejemplo del “uso progresivo de la fuerza”, esto es, primero se requiere a los
ocupantes de la finca para que abran la puerta al único fin de ser identificados
e imposición de la correspondiente multa por infringir las restricciones
impuestas por causa del covid -solo posible si son identificados-, y si tras
constantes y continuos requerimientos se siguen negando a facilitar su filiación,
es cuando ya se les advierte de la posible comisión de un delito de
desobediencia grave, cuya fragancia, a criterio de este mando policial, resulta
también evidente, por lo que, según también explicó el agente 123.260, no es
necesario disponer ya de una previa autorización judicial y que podría no
concederse por tratarse precisamente de un supuesto de fragancia delictiva
que exige intervenir de forma inmediata sin esperar al dictado de ninguna
resolución, lo que puede retrasarse en el tiempo en cuanto se requiere la
redacción de la correspondiente solicitud y su presentación ante el Juzgado de
Guardia, así como de la propia disponibilidad del titular del órgano o de que se
recabe informe del Ministerio Fiscal.

Según el agente nº 131.054, no se ha de confundir flagrancia


delictiva con razones de urgencia y necesidad, pues tales exigencias no se
contemplan, según éste, en ninguna ley ni lo exige la redacción del artículo 18
de la Constitución cuando la única realidad es que los asistentes a la fiesta
justifican su negativa a abrir la puerta en el deseo de no ser sancionados -un
“multón”, refiere en concreto una de ellas-, lo que sabían devenía imposible si
antes no eran convenientemente identificados.

El uso progresivo de la fuerza aludido se evidencia también,


según el jurado, en los medios empleados para acceder al interior del inmueble
-hecho decimotercero-, ya que, según se observa en la grabación y declara el
agente nº 116.839, primero intentó abrir la puerta por el método del resbalón,
luego trató de desmontar la cerradura con unas tenazas o herramienta similar
y, por último, hizo uso del ariete reglamentario, ocasionando diversos daños al
anclaje (la factura, por importe de 2.921,33 euros, figura unida al folio 34).

Se descarta, por tanto, por los miembros del jurado que nos
hallemos ante una actuación conjunta y premeditada de la policía para hacer
uso de la fuerza sin ninguna justificación -hecho decimoquinto, en este caso
declarado no probado-, como evidencia, según ellos, que uno de los
funcionarios le pide al compañero que está manipulando la puerta que espere
ante la posibilidad, tras lograr comunicar con alguien que se encontraba dentro,
de que quieran salir, lo que finalmente no ocurrió pese a los continuos
requerimientos realizados.

Rechaza el jurado por ello que se trate de una actuación


premeditada e indiscriminada de la policía al declarar no probado -hecho
decimosexto- que los agentes procedieran a la detención de todas las personas
que allí se encontraban, sino que, según se observa en el video de grabación y
reconocen diferentes testigos, cinco de ellas no fueron finalmente detenidas
(B.P.G., Y.S., N.E., L.V. y J.S.T.) al expresar de forma espontánea su voluntad
de atender el requerimiento de abrir la puerta e identificarse -hecho
decimoséptimo declarado probado-.

Queda constancia, por otra parte, que días después de estos


hechos los vecinos del piso 1º C tuvieron que volver a dar aviso de nuevo a la
policía ya que estaba teniendo lugar otra fiesta en el mismo domicilio
(documento número 7 del Cd aportado por la defensa que figura al folio 1301),
aunque en este caso no hizo falta el uso de la fuerza, toda vez que T.J.G. sí
atendió el requerimiento y accedió a abrir la puerta -hecho decimooctavo
declarado probado-, lo que, por otra parte, viene a poner de manifiesto una vez
más, no solo lo justificado de la actuación policial días antes, sino la obstinada
actitud de este inquilino que, amparado en la laxitud y escasa eficacia de la
actuación policial en otras ocasiones, no desiste en mantener un
comportamiento reprobable y claramente antisocial en las difíciles
circunstancias que se hubieron de enfrentar con motivo de la pandemia que
ocasionó miles de muertos.

De ahí que aun cuando no sea su actitud, a todas luces


reprobable, ni la de sus amigos lo que se juzga, según tuvo ocasión de
recordar la acusación particular durante el juicio, es difícil pretender que los
miembros del jurado se abstraigan de aquella situación ante la repudiable
actuación de los infractores y visto el escaso arrepentimiento que mostraron
durante el plenario, a excepción de una de ellas, siendo, por el contrario, la
patente vulneración de la normativa existente por causa del covid y las
molestias provocadas a los vecinos lo que impulsa la actuación de la policía.

No corresponde, desde luego, a los miembros del jurado, legos en


derecho, valorar la fortaleza de la democracia española o de su estado de
derecho, según dicha parte reclama con insistencia, sino determinar solo si la
conducta obstativa de unos jóvenes poniendo en riesgo la salud y el derecho al
descanso de sus vecinos justifica la actuación de la policía, tal y como así se
declara por el jurado al considerar que con su actuación los agentes no
pretendían vulnerar ningún derecho sino poner fin a una situación que no cesó
hasta que se vieron obligados a abrir la puerta con un ariete por la obstinada
negativa de aquéllos. De hecho, tampoco consta que los agentes procedieran
una vez dentro al registro de la vivienda. El elemento subjetivo del delito de
allanamiento de morada en tal caso se diluye y desaparece.

Y es que, según se desprende de la jurisprudencia a que en


adelante aludiremos, en supuestos en que tras los requerimientos continuos de
la policía para que alguien se identifique, éste se niegue, no es posible
descartar la existencia de un delito de desobediencia grave a los agentes de la
autoridad, lo que, según éstos, fue el único motivo que impulsó su actuación.
Como destaca el subinspector nº 89.666, no se debe confundir el derecho a la
inviolabilidad del domicilio con la más absoluta impunidad, parapetándose
dentro del mismo para eludir cualquier tipo de responsabilidad penal como la
que, según los agentes, se estaba cometiendo. La gráfica expresión “mi casa
es mi castillo” utilizada en ocasiones por T.J.G., no ha de entenderse, pues,
como un valor absoluto si el domicilio es utilizado para delinquir. Así se ha de
interpretar aquí y en cualquier país de nuestro entorno.

QUINTO.-. Se hace imprescindible en este punto hacer mención,


tal y como veníamos anticipando, a la resolución dictada por la Sección 23ª de
esta Audiencia Provincial de Madrid de fecha 16 de junio de 2021 y en la que,
al tiempo que se decide el archivo de la causa por delito de desobediencia
grave a la autoridad hasta entonces seguida ante el Juzgado de Instrucción
Número 4 de Madrid (folios 161 vuelto y 162) y que se produce sin recibir
declaración a los denunciados, acuerda deducir testimonio contra los agentes
por si su actuación pudiera ser constitutiva de infracción penal (folios 360 a
363). Pues bien, de entrada debemos advertir que en ningún momento dicha
Sala llega a la definitiva conclusión de que el comportamiento de los agentes
resultare constitutivo de ilícito penal, según parece querer interpretar la
acusación particular, sino que lo que decide es que se abra una investigación,
lo que las respectivas defensas achacan al desconocimiento que tenía el
Tribunal de la existencia de estos videos de grabación y en cuyo caso la
decisión, a su criterio, hubiera sido distinta.

Lo cierto es que resulta imposible conocer cual hubiere podido ser


el alcance de la resolución que hubiera podido dictar en tal caso, apuntando el
representante del Ministerio Fiscal sobre la posibilidad de que no hubieran
tenido efectivamente acceso a dichas grabaciones dado el escaso tiempo
transcurrido entre la fecha de remisión al órgano de instrucción de la memoria
conteniendo estos videos el día 18 de mayo de 2021 (folios 228 y 229) y la de
la efectiva recepción del testimonio de particulares por parte de la Sección 23ª
el día 1 de junio de 2021, esto es, doce días después, tiempo aparentemente
insuficiente para que pudiera formar parte del mismo, pues antes exigiría su
notificación a las partes y la expresa solicitud de alguna de ellas para que estas
imágenes se unieran al testimonio.

Sea lo que fuere, en el auto de esa Sección no aparece ninguna


referencia al contenido de los videos, sino que tras explicar la doctrina entorno
a la inviolabilidad del domicilio y a la flagrancia delictiva en relación con el
derecho fundamental a la inviolabilidad domiciliaria que proclama el artículo 18
de la Constitución, solo señala a continuación, que “en los casos de resistencia
o negativa a identificarse o a colaborar en las comprobaciones o prácticas de
identificación, se estará a lo dispuesto en el Código Penal, en la Ley de
Enjuiciamiento Criminal y en su caso en esta Ley (artículo 16-5 de la Ley de
Protección de Seguridad Ciudadana de 30 de marzo de 2015). Los agentes de
la policía nacional empezaron a manipular la cerradura, motivo por el cual se
acercó a la puerta quién dijo conocer sus derechos, alegando la inviolabilidad
del domicilio, advirtiendo de la ilegalidad de su acción si no se obtenía
mandamiento judicial. Como no se pudo abrir la puerta, los policías le dijeron
que se iba a producir la entrada por encontrarse incursos los asistentes a la
fiesta en un delito flagrante de desobediencia, finalmente mediante el uso de un
ariete se logró la entrada y la identificación de los asistentes, con detención de
la citada Isabel que había establecido interlocución con la policía”.

Así, y partiendo de la interesada interpretación que del contenido


de este auto se viene haciendo por una de las partes, coincidente con lo que se
desprendía del video difundido por redes sociales y grabado con el móvil de
uno de los asistentes a la fiesta, los miembros del jurado en su veredicto
descartan, sin embargo, que los agentes procedieran de inicio a manipular la
cerradura en contra de lo que parece inferirse del contenido de dicha
resolución, pues ello tuvo lugar –insistimos- después de continuos y múltiples
requerimientos por parte de los agentes para que abrieran la puerta y se
identificaran y al único fin de ser sancionados con una multa. Según declara el
subinspector, lo que inicialmente se trataba de una mera infracción
administrativa constitutiva de una simple desobediencia leve a la autoridad no
perseguible penalmente, pasa a convertirse ya en un delito de desobediencia
grave a la autoridad. Pero nada de eso se valora en el auto que mencionamos,
sino que opta por el cierre de la investigación abierta por el Juzgado de
Instrucción Número 4 de Madrid sin practicar ninguna diligencia, lo que, sin
duda, impidió conocer las concretas circunstancias en que se produjo la
detención de los asistentes a la fiesta.

En cualquier caso, en esta misma resolución se afirma que en los


supuestos de resistencia o negativa a identificarse o a colaborar en las
comprobaciones o prácticas de identificación, “se estará a lo dispuesto en el
Código Penal, en la Ley de Enjuiciamiento Criminal y en su caso en esta Ley”
(se refiere a la Ley de Seguridad Ciudadana). Y esto es lo que precisamente ha
ocurrido en este caso a criterio del jurado, pues ante la negativa constante y
obstinada de quienes participaban en la fiesta a identificarse, habremos de
remitirnos efectivamente a lo dispuesto en dichas normas. Y al respecto, como
también se indica en el referido auto, siquiera lo fuere por remisión del artículo
16-5 de la Ley especial antes citado, el artículo 553 de la Ley de Enjuiciamiento
Criminal contempla la posibilidad de que los agentes de policía puedan
proceder de propia autoridad a la detención de las personas cuando, entre
otras razones que se exponen, sean sorprendidas en flagrante delito. La
mención que en dicho precepto se contiene a casos de excepcional o urgente
necesidad viene referida, sin embargo, a los presuntos responsables de las
acciones a que se refiere el artículo 384 bis de dicha Ley en el ámbito de la
legislación antiterrorista, lo que lógicamente no es este el caso y supuesto que
quedaría incluso fuera de la exigencia de la flagrancia delictiva.

Y respecto a lo que ha de entenderse por tal concepto, cuestión


nuclear sobre la que gira todo este controvertido asunto, el propio auto se
remite, para explicarlo, a la previsión contenida en el artículo 795-1,1º de la Ley
de Enjuiciamiento Criminal, conforme al cual, y de nuevo reproducimos
íntegramente, la jurisprudencia viene exigiendo “la actualidad en la comisión
del delito o su inmediatez temporal, lo que equivale a que el delincuente sea
sorprendido en el momento de ejecutarlo, aunque también se ha considerado
cumplido este requisito cuando el delincuente sea sorprendido en el momento
de ir a cometerlo o en un momento posterior a su comisión; en segundo lugar,
la inmediatez personal, que equivale a la presencia de un delincuente en
relación con el objeto o el instrumento del delito, lo que supone la evidencia de
éste y de que el sujeto sorprendido ha tenido participación en el mismo,….; y,
en tercer lugar, la necesidad urgente de la intervención policial, de tal modo
que por las circunstancias concurrentes se vea impelida la policía a intervenir
inmediatamente para evitar la progresión delictiva o la propagación del mal que
la infracción acarrea, la detención del delincuente y la obtención de pruebas
que desaparecerían si se acudiera a solicitar la autorización judicial”. Finaliza,
pues, dicho auto sosteniendo, aunque sin ninguna mención como queda dicho
a los previos y reiterados requerimientos que se formularon y que es posible
esta Sala desconociera en ese momento, que ”tratándose de una disposición
administrativa, la obligatoriedad de identificarse ante los agentes, como se
deduce de la propia norma que le es de aplicación, no tiene carácter delictivo,
menos aún delito flagrante, pues las personas que se encontraban en el interior
del domicilio únicamente se negaron a abrir la puerta y con ello a identificarse,
por lo que no era de temer una progresión delictiva o la desaparición de
pruebas de un delito que en definitiva no se había cometido”.

Y sobre esta interpretación última de la norma es sobre lo que la


acusación particular pretende hacer descansar el ejercicio de su acción penal,
si bien los miembros del jurado rechazan tal posibilidad dado que consideran
que los agentes se presentaron como posible que se estuviera cometiendo un
delito de desobediencia grave a la autoridad en cuanto que no se produjo una
actuación inmediata destinada a abrir la puerta por la fuerza y detener a los
moradores sin más, sino que ello tuvo lugar tras múltiples requerimientos para
que se identificaran.

La misma acusación particular, consciente, quizás, de la


contundencia de dichas pruebas y de la posible existencia, por tanto, de dicho
ilícito penal, con la finalidad de evitar que pudiera quedar legitimada la
actuación policial, centra a partir de entonces toda la atención del órgano
colegial en la inexistencia de ninguna flagrancia delictiva, ya que no se daban,
a su criterio, los presupuestos de urgente necesidad y progresión delictiva,
pues de haberse incurrido en dicho ilícito penal, éste, según dicha parte, ya se
habría consumado y, por tanto, no era de temer ni la referida progresión
delictiva ni la desaparición de pruebas.

Ahora bien, no se ha de ignorar el carácter de delito permanente


o de tracto sucesivo que es inherente al delito de desobediencia, pues el ilícito
que los funcionarios de policía atribuyen a quienes se encontraban dentro del
inmueble no requiere una agresión o acometimiento -aquí es evidente que no
ha existido-, sino una oposición frontal y obstinada a obedecer el mandato de
los agentes, en este caso de abrir la puerta e identificarse. En efecto, el
artículo 556-1 del Código Penal castiga solo a los que desobedecieren
“gravemente” a la autoridad o a sus agentes en el servicio de sus funciones.
En cambio, si la desobediencia es “leve” simplemente constituye una infracción
administrativa.

En consecuencia, negarse en principio a ser identificado, según


declara el jefe del operativo, no constituye por sí mismo ningún delito, pero
cuando la negativa es obstinada y constante o si se sospecha que el
interesado pudiera estar cometiendo algún delito, sin obedecer sus mandatos
pese a los continuos requerimientos que se le dirigen, ahí surge la figura del
artículo 556 del Código Penal. En este sentido, las Sentencias del Tribunal
Supremo 1189/99 de 9 de julio, 485/2022 de 14 de junio, 1615/03 de 1 de
diciembre y 285/07 de 23 de marzo, entre otras, han dicho que “se colma la
tipicidad de la desobediencia cuando se adopta una reiterada y evidente
pasividad a lo largo del tiempo y no se da cumplimiento al mandato¨”.

El delito de desobediencia no requiere pues, según esta misma


jurisprudencia que reproducimos, de un elemento subjetivo del injusto diferente
del dolo propio del delito y no exige una especial decisión del autor de atentar
contra la autoridad diferente de la decisión de realizar la acción, sino que éste
concurre cuando aparece una reiterada y evidente pasividad a lo largo del
tiempo sin dar cumplimiento al mandato, es decir, cuando sin oponerse o negar
el mismo, tampoco realice la actividad mínima necesaria para llevarlo a cabo,
máxime cuando la orden es reiterada por la autoridad competente para ello o,
lo que es igual, cuando la pertinaz postura de pasividad se traduzca
necesariamente en una palpable y reiterada negativa a obedecer.
Consecuencia de todo ello es que nos hallamos ante un delito de naturaleza
permanente, cuya consumación se prolonga en el tiempo y alcanza hasta la
cesación efectiva de la actividad ilícita (STS 1 de febrero de 2011).

Ahora bien, y a diferencia de lo que ocurre con el delito de


desobediencia, con relación a la flagrancia delictiva no es abundante la
jurisprudencia recaída sobre este concepto, aunque ya el Tribunal Supremo, en
Sentencia de 29 de junio de 1994, con apoyo en su Sentencia de 29 de marzo
de 1990, precisó el concepto de delito flagrante como "aquel que se está
cometiendo de manera singularmente ostentosa o escandalosa, tanto que hace
necesaria la urgente intervención de alguien que termine con esa situación
anómala y grave a fin de que cese el delito", añadiendo después que "así
ocurre, por ejemplo en los casos de robo, incendio, daños, homicidios,
lesiones, violaciones, etc; pero no en los supuestos de delitos de consumación
instantánea y efectos permanentes como lo son aquellos que se cometen por la
tenencia de objetos de tráfico prohibido (drogas, armas, explosivos,
municiones, etc.)”.

E interpretando de forma un tanto interesada esta doctrina dado


que este es precisamente el criterio sostenido por la acusación para rechazar
que estuviere justificada la actuación urgente de la policía sin recabar antes el
mandamiento judicial, dado que aun concurriendo los requisitos enumerados
por la Sección 23ª de inmediatez temporal (que el delito se estuviera
cometiendo en ese mismo momento o se acabara de cometer instantes antes)
e inmediatez personal (que allí estuviera el autor), no concurriría, sin embargo,
la necesidad urgente de intervención inmediata que descartara tener que acudir
al Juzgado a fin de obtener la correspondiente autorización. Pero los agentes
de policía han explicado al respecto con reiteración los motivos -según el
tribunal del jurado, hecho vigesimosegundo, plenamente justificados-, para
decidir no recabar el auxilio judicial, pues consideraron que el ilícito que se
estaba cometiendo requería de su inmediata intervención.

En este punto se ha de llamar la atención particularmente sobre la


Sentencia del Tribunal Constitucional de 12 de noviembre de 1993, citada por
alguna de las defensas y la cual, después de reiterar las notas que definen al
delito flagrante, pone de manifiesto que cualquier clase de infracción penal
puede dar lugar a la flagrancia delictiva para permitir, sin ningún otro requisito,
la entrada en domicilio ajeno por parte de los agentes de las Fuerzas y
Cuerpos de Seguridad del Estado (Fundamento de Derecho 8º, apartado C). A
ello se debe añadir que los delitos de tracto continuado serán flagrantes en la
medida en que la lesión sea inminente y de especial gravedad, cuya valoración
en el momento en que se está produciendo corresponde a los agentes de la
autoridad, sin perjuicio de que quien se considere afectado en su derecho por
dicha decisión pueda luego hacerlo valer ante la autoridad judicial
correspondiente, aunque sin que ello necesariamente deba suponer incurrir en
un delito de allanamiento de morada, tal y como aquí se pretende.

Y es que, según esta misma jurisprudencia, la tipificación legal del


delito previsto y penado en el artículo 556 del Código Penal de 1995 no puede
servir para imponer una obediencia ciega a la autoridad o sus agentes al
margen del correcto ejercicio de sus funciones públicas, que es lo que la norma
penal protege en un Estado democrático y de derecho; por ello, se ha
considerado desde antiguo que no existe desobediencia en el incumplimiento
de órdenes concretas emanadas de autoridades o sus agentes en materias que
exceden claramente de su competencia, sin las formalidades legales o
manifiestamente contrarias a la Constitución o las leyes, pero es claro al mismo
tiempo que no por ello el particular puede desobedecer las concretas órdenes
impartidas con el pretexto de no ser conformes a derecho en cuanto a su fondo
o por haber incurrido en error la autoridad o funcionario, pues el
cuestionamiento de esos aspectos tiene su cauce adecuado en los recursos
que la propia legislación prevé, lo que, en definitiva, permite reconocer la
existencia de mandatos antijurídicos obligatorios siempre que esa
antijuridicidad no sea evidente, manifiesta y suponga vulneración de preceptos
constitucionales o normas imperativas. Admitir lo contrario socavaría sin duda
gravemente el correcto funcionamiento de las instituciones.

Es cierto, por otra parte, que la jurisprudencia del Tribunal


Constitucional mantiene invariablemente que la flagrancia de la que habla el
artículo 18-2 de la Constitución como legitimadora de la entrada de propia
autoridad exige la urgencia de la intervención conforme sostiene la acusación
particular conocedora de dicha doctrina (por todas, SSTC 341/1993 de 18 de
noviembre y 94/1996), señalando la primera de ellas, ad exemplum, que "la
entrada y registro policial en un domicilio sin previa autorización judicial y sin
que medie el consentimiento expreso de su titular únicamente es admisible
desde el punto de vista constitucional ( art. 18.2 C.E .) cuando dicha injerencia
se produzca ante el conocimiento o percepción evidente de que en dicho
domicilio se está cometiendo un delito, y siempre que la intervención policial
resulte urgente para impedir su consumación, detener a la persona
supuestamente responsable del mismo, proteger a la víctima o, por último, para
evitar la desaparición de los efectos o instrumentos del delito". Criterio
coincidente con el sostenido por la acusación que ejerce T.J.G., pero que omite
tener en cuenta cual es el momento de su consumación, pues tratándose de un
delito permanente o de tracto sucesivo la actividad ilícita no cesa hasta que de
modo efectivo se logra la identificación de los responsables, ya que de no ser
así sería irrelevante que se hubiera consumado o no. La actuación de los
agentes ha de considerarse, pues, urgente y necesaria hasta el punto de que
los propios moradores reconocieron que su negativa a abrir la puerta tenía por
única finalidad la de evitar ser identificados y, por tanto, sancionados con la
imposición de la correspondiente multa. Y si hay flagrancia y el delito
permanece en el tiempo, la solicitud de autorización judicial deviene
innecesaria.

Una última referencia necesaria es la relativa a los autos dictados


por la Sección 7ª y por la Sección 5ª de esta misma Audiencia Provincial en
relación a este mismo asunto que figuran incorporados a los autos, pues
contrariamente a lo que también se indica, lo único que resuelve, la primera de
dichas resoluciones (folios 1181 a 1190), es la necesidad de diferir a la
celebración de juicio oral la apreciación de la concurrencia, en su caso, de la
eximente del artículo 20-7 del Código Penal alegada por las defensas dado que
dicha decisión -dice- se encuentra íntimamente unida a la cuestión de la
legalidad de la orden, así como a la valoración de la licitud de la misma,
aunque sin que este Tribunal se pronuncie sobre la efectiva comisión de ningún
delito, mientras que por parte de la Sección 5ª se limita a resolver distintas
cuestiones competenciales entre órganos de instrucción en cuanto a su
conocimiento por el tribunal del jurado, aunque sin decidir nada tampoco sobre
el fondo del asunto.

Consecuencia de todo lo expuesto ha de ser, en definitiva, la libre


absolución de todos los encausados.

SEXTO.- Y no existiendo responsabilidad criminal, resulta inútil


entretenerse en el examen pormenorizado de las circunstancias modificativas
de la responsabilidad criminal alegadas asimismo por las partes y que son las
recogidas en los apartados B 1) y B 2) del objeto del veredicto -hechos
decimonoveno a vigesimotercero-, las cuales nos llevan en todo caso a la
misma conclusión, pues declarado probado -hechos decimonoveno y
vigesimosegundo- que los agentes actuaron en el convencimiento de que se
estaba cometiendo un delito flagrante de desobediencia grave a los agentes de
la autoridad, estaríamos ante un claro supuesto de error invencible sobre la
antijuridicidad de la acción, lo que les eximiría igualmente de cualquier tipo de
responsabilidad.

Obsérvese al respecto que al mismo tiempo el tribunal del jurado


rechaza de modo expreso la existencia de error vencible al descartar, por un
lado, la necesidad de que el subinspector de policía hubiera de consultar la
legalidad de esta medida a sus superiores, tal y como sostienen los propios
encausados como el inmediato superior jerárquico del jefe del operativo, el
inspector con carnet profesional nº 92.733, habiendo actuado, por otro lado, el
funcionario nº 123.160, no solo en el convencimiento de la legalidad de la
medida sino obedeciendo en todo momento las órdenes de su superior -hechos
vigesimoprimero y vigesimotercero, los que el jurado declara asimismo
probados-, y ello tras recordar el subinspector con carnet profesional nº 87.914,
comparecido como testigo, que la policía tiene obligación de actuar en estos
casos, pues de lo contrario los agentes podrían incurrir en omisión del deber de
perseguir delitos.

En definitiva, y por todo lo expuesto, como quiera que los


miembros del jurado declaran finalmente por unanimidad -hechos
vigesimocuarto y vigesimoquinto- a los encausados no culpables del
delito que se les atribuye, así debe decretarse, quedando eximido, por
consiguiente, este Tribunal de la obligación de pronunciarse sobre las
consecuentes responsabilidades civiles, compartiendo en este punto los
argumentos expuestos por la Abogacía del Estado.

SÉPTIMO.- Antes de concluir se hace preciso, ya por último, hacer


referencia, siquiera leve, a la solicitud de deducción de testimonio formulada
asimismo por algunas partes, pues sin perjuicio de la posibilidad que la ley les
confiere para el ejercicio de las acciones penales que estimen pertinentes, no
parece que se hubiera podido incurrir por los agentes en un delito de revelación de
secretos, ya que además de que se desconoce qué dato reservado y no conocido
pudo ser revelado por ellos, tampoco consta se hubiera vulnerado la intimidad de
ninguno de los asistentes a la fiesta, pues la grabación, a diferencia de lo ocurrido
con la obtenida por éstos, la cual sí fue ampliamente difundida a través de las redes
sociales, sólo fue incorporada a los autos a solicitud del órgano judicial (folios 228 y
siguiente) y reproducida en el curso de este procedimiento. No se olvide que el uso
de cámaras de grabación por los agentes ha sido considerado, por las razones que
ya expusimos, completamente lícito y se encuentra amparada por la ley.

También se rechaza deducir testimonio por un presunto delito de


falsedad documental en relación al contrato de arrendamiento incorporado a la
causa, ya que las diferencias existentes con el documento aportado a su instancia
de forma previa al inicio de la vista oral se limitan en la práctica al color, lo que bien
pudo deberse al tipo de impresión utilizado -azul o negro-, mientras que la ausencia
de firmas en otro de ellos pudo deberse a que se tratase de una las fotocopias
remitidas al inquilino antes de su aceptación expresa por las partes. La autenticidad
del contrato ha sido en todo caso convenientemente ratificada tanto por el titular de
la sociedad “Pitiusa Rent, S.L.”, en su condición de arrendador de la vivienda, J.P.N.
como por el responsable de la inmobiliaria encargado de negociar con el
arrendatario, LA.R.M., reconociendo el primero que se trata de su firma y en el que
lo esencial es que en todos ellos sus cláusulas son las mismas, siendo irrelevante
para el devenir de este procedimiento que se tratare de encubrir el arrendamiento
de un local de negocio o de un simple piso turístico, como igual de intranscendente
cuál pudiera ser el importe de la renta pactada, la fianza exigida o los pagos
realizados y hasta qué fecha (folios 805 a 812, 821 a 828). Pretender un mejor trato
fiscal figurando el alquiler a nombre de una sociedad no constituye por sí mismo
ningún delito, como tampoco el que sea o no cierto que finca se encuentre gravada
con alguna hipoteca, tal y como, según el letrado de la defensa, consta en el
Registro de la Propiedad y que el titular del inmueble afirma, sin embargo,
desconocer. Que la sociedad “Obsidian Media Limited” hubiera sido constituida
apenas unos días antes de la firma del alquiler o que no aparezca inscrita en el
Registro Mercantil, tampoco en nada afecta a los hechos aquí enjuiciados ni
constituye por sí mismo indicio delictivo alguno.

E igual suerte desestimatoria ha de correr la solicitud de deducción de


testimonio contra los asistentes a la fiesta por faltar de modo concurrente, se afirma,
a la verdad en sus declaraciones. Y es que solo se recibió declaración a una parte
de ellos y sus manifestaciones obedecen lógicamente a su particular versión de los
hechos, aunque siempre en el mismo sentido y no coincidente, desde luego, con el
resultado de las pruebas evacuadas, pero que no necesariamente ha de llevarnos a
concluir que hubieran incurrido en un delito de falso testimonio en causa judicial
previsto y penado en los artículos 458 y 460 del Código Penal cuando tampoco los
miembros del jurado han revelado en ningún momento la existencia de
contradicciones relevantes entre lo declarado en fase de instrucción y el plenario
pese a que se acordara unir su declaración al acta del juicio de alguno de ellos.

El archivo de la causa respecto al delito de desobediencia grave que


inicialmente se atribuía a los asistentes hace aún menos aconsejable, si cabe, la
toma de decisión en tal sentido, incluso respecto de I.R.I., ya que sus
manifestaciones y, desde luego, su comportamiento errático durante la actuación
llevada a cabo por la policía bien pudiera deberse mas a un desconocimiento real y
efectivo de las normas sustantivas y procesales de carácter penal vigentes en
nuestro país que a una verdadera voluntad de faltar a la verdad en lo que afirma,
convertida ésta, por propia decisión, en representante de todos ellos, y con lo que
aparentemente pretendía disfrazar o esconder el reproche, cuanto menos moral,
que su comportamiento sin duda merece tras infringir de forma tan burda y evidente
las restricciones impuestas por causa de la epidemia del covid, pues aunque
declarada después la inconstitucionalidad del estado de alarma, más por la forma
en que se adoptó que por la pertinencia de las medidas limitativas de derechos
adoptadas, aquellas se encontraban, desde luego, vigentes en aquel difícil
momento.

OCTAVO.- Por último, y conforme a lo dispuesto en el vigente


artículo 123 del Código Penal, procede imponer a la acusación particular las
costas derivadas de la sustanciación de este procedimiento.

Es conocido en tal sentido que los criterios establecidos por el


legislador para la condena en costas son distintos para las sentencias
condenatorias que las absolutorias, pues, como recuerda la Sentencia del
Tribunal Supremo de 25 de marzo de 2014, entre otras muchas, para las
primeras el criterio es el de imposición al condenado según prevé el artículo
123 del Código Penal y el artículo 240, párrafo segundo de la Ley procesal,
incluidas las de la acusación particular, salvo que sus pretensiones fueran
manifiestamente desproporcionadas, erróneas o heterogéneas en relación a las
deducidas que el Ministerio Fiscal o a las recogidas en la sentencia. Respecto
a las sentencias absolutorias, el párrafo tercero del artículo 240 permite, en
cambio, la condena en costas a quien ejercitó la acusación particular "cuando
resultare de las actuaciones que han obrado con temeridad o mala fe".

Y al respecto, la Sentencia del Tribunal Supremo de 8 de marzo


de 2016 (en términos similares, SSTS 94/2006, de 30 de enero y 753/2005, de
22 de junio) recuerda que “no es tarea fácil la fijación de un criterio seguro para
discernir cuando puede estimarse la existencia de temeridad o mala fe. La
doctrina de esta Sala ha declarado reiteradamente que no existe un concepto o
definición de la temeridad o la mala fe, por lo que ha de reconocerse un cierto
margen de valoración subjetiva en cada supuesto concreto. No obstante, lo
cual debe entenderse que tales circunstancias han concurrido cuando carezca
de consistencia la pretensión de la acusación particular en tal medida que
puede deducirse que quien ejerció la acción penal no podía dejar de tener
conocimiento de la injusticia y sinrazón de su acción. Del mismo modo que se
considera temeridad cuando se ejerce la acción penal, mediante querella, a
sabiendas de que el querellado no ha cometido el delito que se le imputa (cfr.
SSTS 46/2007, 30 de mayo, 899/2007, 31 de octubre y 37/2006, 25 de enero).

Como regla general, el simple dato de la disparidad de criterio


entre el Fiscal y la acusación particular se ha considerado insuficiente para
fundamentar la condena en costas por temeridad (STS 754/2005, 22 de junio).
Y es que cuando el Ministerio Fiscal ha solicitado la libre absolución, ello no
significa que toda pretensión acusatoria de la acusación particular sea
inconsistente ( STS 94/2006, 30 de enero), pues la disparidad de criterios entre
el Fiscal y la acusación particular en relación al resultado valorativo de la
prueba practicada, en modo alguno puede considerarse suficiente para imputar
a esta parte procesal una actitud maliciosa, temeraria o absolutamente
injustificada en el ejercicio de la acción penal ( STS 753/2005, 22 de junio).

Pero no faltan casos en los que la jurisprudencia enlaza esa


temeridad con el hecho de impulsar a solas un procedimiento respecto del que
el Ministerio Fiscal interesa un pronunciamiento absolutorio que, además, es
luego acogido por el Tribunal de instancia (cfr. STS 361/1998, 16 de marzo).

Sin embargo, este último criterio, siendo singularmente indicativo,


no puede erigirse en definitivo. De hecho, la apertura del juicio oral y el
sometimiento a proceso penal del que luego dice haber sido injustamente
acusado, no es fruto de una libérrima decisión de la acusación particular. Para
ello se hace preciso una resolución jurisdiccional habilitante del Juez de
Instrucción -en el procedimiento abreviado así lo impone el art. 783.1 LECrim -
en la que aquél ha de valorar la procedencia del juicio de acusación y atribuir al
imputado la condición de acusado en la fase de juicio oral. Con carácter previo,
se hace indispensable una resolución de admisión a trámite de la querella que,
por más que se mueva en el terreno del razonamiento meramente hipotético,
supone un primer filtro frente a imputaciones manifiestamente infundadas (art.
312 LECrim). A lo largo de la instrucción se practican diligencias de
investigación encaminadas a determinar la naturaleza de los hechos y la
participación que en ellos haya tenido el imputado, hoy investigado (art. 299 y
777 de la LECrim.). Y si, pese a ello, el órgano jurisdiccional con competencia
para resolver la fase intermedia y decidir sobre la fundabilidad de la acusación,
decide que ésta reúne los presupuestos precisos para abrir el juicio oral, la
sentencia absolutoria no puede convertirse en la prueba ex post para respaldar
una temeridad que, sin embargo, ha pasado todos los filtros jurisdiccionales. Es
cierto también que la temeridad puede ser sobrevenida y que la actuación
procesal de la acusación particular en el plenario se haga merecedora de la
condena en costas. Sin embargo, si así acontece, el Tribunal a quo ha de
expresar las razones por las que aprecia la concurrencia de un comportamiento
procesal irreflexivo y, por tanto, merecedor de la sanción económica implícita
en la condena en costas.

De ahí que la obtención de un criterio seguro desaconseje


aferrarse al aval institucional que, en función de los casos, aporta a cada una
de las pretensiones, en las distintas etapas del procedimiento, el criterio del
Ministerio Fiscal. No se cuestiona la sujeción del órgano de la acusación
pública a los principios constitucionales que informan su actuación (art. 124
CE). Pero tampoco puede ponerse en duda que nuestro sistema procesal no
contempla una subordinación funcional de la víctima que ejerce la acción penal
al criterio institucional del Ministerio Público. La imposición de costas por
temeridad o mala fe exige algo más que el simple distanciamiento de las tesis
suscritas por la acusación oficial. Es necesario que la acusación particular
perturbe con su pretensión el normal desarrollo del proceso penal, que sus
peticiones sean reflejo de una actuación procesal precipitada, inspirada en el
deseo de poner el proceso penal al servicio de fines distintos a aquellos que
justifican su existencia.”

Pues bien, en directa relación con lo que la jurisprudencia señala


y vista, sobre todo, la absoluta rotundidad del pronunciamiento del jurado, no
hay duda que las pretensiones de la acusación particular resultan de todo
punto infundadas, no pudiendo obviarse que en este supuesto concreto, dadas
las especiales características que comporta la institución del jurado, la labor de
las defensas hubo de ser especialmente activa, tanto durante la instrucción de
la causa como en el transcurso del juicio oral y en la emisión de sus
respectivos informes, muy pormenorizados en cuanto a los hechos y las causas
de exoneración, viendo prácticamente acogidas en su integridad todas sus
pretensiones y coincidentes, finalmente, con las tesis del Ministerio Público, a
quien solo guía la actuación en defensa de la legalidad.

Téngase en cuenta, además, que dicha parte formuló acusación


por otros tantos delitos que se vieron rechazados en trámite de alegaciones
previas y que siguió manteniendo la acusación al inicio de la vista contra todos
los agentes, pues solo la retiró contra cuatro de ellos una vez concluida la fase
probatoria, pero que inexplicablemente mantuvo, sin embargo, contra el
funcionario con carnet profesional nº 123.160 pese a que su actuación se
valora muy similar a la del resto de los subordinados, ya que todos ellos
obedecieron, en definitiva, los mandatos del jefe del operativo en la creencia de
que se trataba de una actuación ajustada a derecho.

Su insistencia en dar por probado que varias resoluciones de esta


misma Audiencia Provincial ponían ya de manifiesto el comportamiento
antijurídico de los agentes, lo que, como se ha evidenciado, no era así, también
contribuyó a exigir un mayor esfuerzo razonador de las defensas a fin de llevar
al convencimiento del tribunal del jurado justo lo contrario y cuyos miembros
rechazaron finalmente todas y cada una de sus pretensiones tras un último y
agónico intento por su parte de anular la validez de las grabaciones llevadas a
cabo por la policía y que, alegada de forma extemporánea y en contra de sus
propios actos, hubo de verse asimismo convenientemente rechazado.

Y todo lo dicho abunda en la temeridad que se advierte, ya no


solo durante el curso de la investigación, lo que pudiera aparecer más
justificado, sino, sobre todo, en el transcurso de la vista oral.

Vistos los preceptos legales citados, sus concordantes y demás


de general y pertinente aplicación,
FALLO

Que procede absolver y se absuelve a D.G.A., subinspector de


policía con el número de carnet profesional 89.666, E.J.G.D.A., funcionario
de policía con carnet profesional número 123.160, J.C.L.M., funcionario de
policía con carnet profesional número 131.054, N.M.M., funcionaria de
policía con carnet profesional número 131.232, D.T.P., funcionario de
policía con carnet profesional número 116.830 y V.H.J., funcionario de
policía con carnet profesional número 130.891 de los delitos de los que
venían siendo acusados, y todo ello con expresa imposición a la acusación
particular de las costas derivadas de la sustanciación de este procedimiento.

Notifíquese la presente sentencia al Ministerio Fiscal y restantes


partes personadas, haciendo saber que contra la misma cabe interponer
recurso de apelación ante la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de
Justicia de Madrid, en el plazo de diez días a contar desde la última
notificación, y en la forma legalmente prevista.

Así, por esta sentencia, y de la que se llevará certificación al Rollo


de Sala, lo pronuncio, mando y firmo.
PUBLICACIÓN.- Leída y publicada ha sido la anterior sentencia,
en el día de su fecha, por el Magistrado-Presidente que la dictó, estando
celebrando audiencia pública. Doy fe.

También podría gustarte