Leyendas
Gustavo Adolfo Bécquer
Versión de Ana Crespo
Primera edición: septiembre 2020
Índice
Universidad Internacional de Andalucía Prólogo ................................................................................................................................................................. 9
C/ Américo Vespucio, 2
Isla de la Cartuja
1. Los ojos verdes ..................................................................................................................................... 13
41092 Sevilla
[Link]
[Link] 2. Maese Pérez, el organista .......................................................................................................... 27
3. El rayo de luna ...................................................................................................................................... 43
© de la adaptación: Ana Crespo
© de las ilustraciones: Amparo Saera 4. La Venta de los Gatos ................................................................................................................... 55
© de esta edición: Universidad Internacional de Andalucía (Sevilla, 2020)
5. El monte de las ánimas ................................................................................................................. 69
Autor: Gustavo Adolfo Bécquer
Adaptación a Lectura Fácil: Ana Crespo
6. El miserere ............................................................................................................................................... 81
Ilustraciones: Amparo Saera
Maquetación: Jordi E. Sánchez
Coordinación de proyecto: Elisabet Serra /Asociación Lectura Fácil 7. El beso .......................................................................................................................................................... 93
Depósito legal: SE 1300-2020 8. La cueva de la mora ......................................................................................................................... 109
ISBN: 978-84-7993-362-3
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Prólogo
Estas páginas ven la luz en un momento en el que Sevilla celebra
el «Año Bécquer». Una efeméride que coincide con el 150
aniversario de la muerte del poeta, Gustavo Adolfo, y del pintor,
Valeriano. Ambos hermanos nacidos en la ciudad, pero cuyo
legado es por fortuna patrimonio de todas y de todos. En su
recuerdo, Leyendas es literatura y, a la vez, un ejercicio visual,
gracias a las magníficas ilustraciones originales que Amparo
Saera nos trae para la ocasión.
La Universidad Internacional de Andalucía incorpora a su
colección «Siempreviva» una selección de ocho de las leyendas
becquerianas. Para ello sigue las pautas de Lectura Fácil,
adaptando tanto el lenguaje como la forma, para que todas
aquellas personas con dificultad lectora puedan aprender y
disfrutar de algunas de las piezas más bellas de nuestro pasado
reciente.
Dejó escrito Juan Ramón Jiménez que el verso y la prosa
contemporáneos empiezan en nuestro país por Bécquer y Larra.
La influencia del sevillano sobre el onubense, natural de
Moguer, es innegable. Como también lo fue para Antonio
Machado o Luis Cernuda, quienes supieron ver en su obra el
punto de partida para una nueva tradición en las letras españolas,
al modo que Garcilaso lo fue en la poesía renacentista.
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Así, Gustavo Adolfo Bécquer representa a una última generación No quiero dejar la oportunidad de destacar el hecho de que está
de autores románticos, donde también estaban Rosalía de adquiriendo un ejemplar editado en el marco de una actuación
Castro o Augusto Ferrán. Un momento que convive con la conjunta de la UNIA y los Bancos de Alimentos de Andalucía.
transición hacia un estilo ligado al realismo, dominante en los Este ha sido un año difícil, dada la situación sanitaria, donde
ámbitos culturales de la década de los 60 del siglo xix, con Juan muchas familias han requerido de una mano tendida para
Varela o Pérez Galdós como referentes. Es uno de los motivos sobrellevar el día a día de sus hogares. Por eso, la mitad del
que explican por qué no gozó en su vida, cercenada por la precio de venta estará destinado a sumar recursos con los que
tuberculosis, del reconocimiento que tuvo posteriormente. paliar, en lo posible, esta realidad. Gracias, en nombre de la
Universidad y de los Bancos de Alimentos de Andalucía por la
Leyendas ofrece una visión panorámica, por su temática y adquisición de este ejemplar.
ambientación geográfica, de la serie publicada a modo de
novela por entregas o folletín a partir de 1858 en algunos Como instrumento público, la Internacional de Andalucía
periódicos madrileños. Junto con sus Rimas, editadas un año participa con su actividad en mejorar el bienestar de las
después de su prematuro fallecimiento, constituyen el núcleo personas. Desde el conocimiento, la formación y la cultura.
central de su obra. Con la mirada puesta ante los retos sociales, del origen que sea.
Es lo que motiva a esta institución, a las personas que formamos
El uso de descripciones casi pictóricas, detallistas y repletas de parte de ella, a seguir dando lo mejor de sí misma. En conexión
matices, tan propio de Bécquer, nos ha empujado a enriquecer constante con su entorno. Disfrute de esta obra y gracias, una
el texto con ilustraciones. Una forma de conectar con la vez más, por confiar en la UNIA.
tradición plástica de su familia, aportando valor a una edición
que se suma a «Siempreviva», a la que se vienen incorporando José Ignacio García Pérez
desde 2014 otras referencias de autores como Lorca, Cervantes Rector de la UNIA
o Samaniego.
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1. Los ojos verdes
Fernando, el hijo mayor de los marqueses de Almenar,
había salido a cazar por la falda del Moncayo, en Soria.
Lo acompañaban Íñigo, su criado,
y una partida de cazadores, caballos y perros.
Fernando había conseguido darle a un ciervo.
Y el ciervo, herido, había echado a correr tratando de huir.
—Señor, no hay duda de que lo ha lastimado —dijo Íñigo—.
Mire el rastro de sangre entre las zarzas del monte.
¡Ha sido un tiro perfecto! ¡Tiene una puntería extraordinaria!
Íñigo siguió con la mirada el rastro del animal herido
e hizo una pausa.
—¡No puede ser! —exclamó asustado—.
¡El ciervo se dirige a la fuente de los Álamos!
Si no se lo impedimos, tendremos que darlo por perdido.
Acto seguido, llamó a los demás hombres
y les ordenó que intentaran cortarle el paso al animal
a la altura de unos árboles que había a cierta distancia.
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Tras la orden, —Señor —murmuró Íñigo entre dientes—,
en los valles del Moncayo resonó el bramido de las trompas1, no podemos pasar de aquí.
los ladridos de los perros y las voces de los criados. Fernando miró a Íñigo con expresión de sorpresa.
Todos corrieron a atrapar al ciervo, pero no lo lograron.
—¿Se puede saber por qué? —le preguntó.
Cuando el perro más rápido llegó a los árboles
que había señalado Íñigo, —Porque ahí detrás está la fuente de los Álamos.
el ciervo ya había desaparecido por un camino
que llevaba a la fuente de los Álamos. Y, a continuación, Íñigo le explicó a su señor
que en las aguas de la fuente habitaba un espíritu maligno.
—¡Alto! —gritó Íñigo—. ¡Alto todo el mundo! Y que ese espíritu castigaba a cualquier persona
No podemos hacer más. que se atreviera a tocarlas.
El destino ha querido que el ciervo se escape.
—Todos los cazadores del Moncayo lo saben —añadió—,
Los hombres dejaron de tocar la trompa, y todos se mantienen alejados de la fuente.
los caballos se detuvieron
y los perros abandonaron la persecución a regañadientes2. Fernando escuchó las palabras de su criado
Fernando, el hijo de los marqueses de Almenar, y luego exclamó:
se acercó a Íñigo.
Por su mirada se notaba que estaba enfadado. —¡Pues yo no pienso renunciar a ese ciervo!
¡Prefiero perder la riqueza de mis padres
—¿Qué haces, imbécil? —le gritó a su criado—-. o vender mi alma al diablo!
Si no atrapamos a ese ciervo, morirá en el bosque. Tal vez logre alcanzarlo antes de que llegue a la fuente.
Yo no he venido a cazar para dar de comer a los lobos. Y, si no, me da lo mismo:
no creo en supersticiones ni leyendas de pueblo.
1 Una trompa es un instrumento musical de viento, que tiene un tubo de metal
enroscado que va ensanchándose desde la boquilla hasta el final.
2 Cuando hacemos algo a regañadientes lo hacemos poco convencidos, sin ganas.
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Dicho esto, Fernando azuzó3 a su caballo Mientras Íñigo hablaba,
y ambos se alejaron hacia la fuente. Fernando jugaba con el cuchillo de monte
Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron y le sacaba astillas al banco de madera donde estaba sentado.
entre la maleza. Era como si no estuviese allí,
Después miró a los hombres que lo rodeaban. como si no escuchase las palabras del criado.
—Vosotros lo habéis visto —dijo— y sois mis testigos. Íñigo calló y se hizo el silencio.
He advertido a mi señor del peligro y no me ha hecho caso. Un rato después, su señor levantó la cabeza y dijo:
Que quede claro que no soy responsable de lo que pase.
No hay que jugar con el diablo. —Íñigo, tú que eres viejo y conoces bien el Moncayo,
¿has oído hablar de una mujer que vive entre sus rocas?
El secreto
Pasaron los días. —¡Una mujer! —exclamó con asombro el criado.
Íñigo estaba preocupado por su señor, Fernando.
Desde que se había adentrado en la fuente de los Álamos —Sí, una mujer —repitió Fernando—.
en busca del ciervo herido, lo veía pálido, triste, solitario. Mira, Íñigo, voy a contarte un secreto.
Pensaba que podría guardarlo, pero no es así.
—¿Qué le pasa, señor? —le preguntó—. Tal vez tú me ayudes a resolver el misterio,
Todas las mañanas se marcha solo a la montaña a descubrir quién es esa criatura que solo yo he visto.
y no vuelve a casa hasta que se esconde el sol.
Llega cansado, pero no ha cazado nada. Sin decir nada, Íñigo cogió su banco y se acercó a su señor.
¿Qué hace tantas horas fuera de casa? Se notaba que estaba asustado.
—Todo cambió el día que fui a la fuente de los Álamos
—reconoció Fernando.
3 Azuzar a un caballo significa animarlo a que emprenda la marcha.
Lo suele hacer el jinete con un látigo o con las espuelas de las botas.
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Y entonces le describió a su criado lo que había visto. Fernando le confesó a Íñigo que una tarde
Le describió el nacimiento de la fuente entre unas rocas se había encontrado a una mujer
y el goteo del agua sobre las hojas de las plantas. en la roca donde él solía sentarse.
Le describió esas gotas cristalinas, Una mujer muy hermosa.
que formaban un cauce y avanzaban a pequeños saltos Tenía el cabello dorado
hasta desembocar en un lago. y las pestañas le brillaban como hilos de luz.
Le describió el rumor del agua, su murmullo, su música.
—¡Y sus ojos eran los mismos que días atrás yo había visto
—Cada día voy hasta el lago y me siento en una roca. en el fondo del agua! —exclamó Fernando—. Unos ojos…
Veo saltar el agua hacia una balsa profunda y tranquila
que hay debajo —añadió Fernando—. —¡Verdes! —lo interrumpió Íñigo.
La soledad es inmensa, pero no me siento aislado.
Me acompañan los sonidos de la naturaleza, El criado se había levantado de un salto, aterrado.
las hojas plateadas de los álamos, Fernando lo miró sorprendido.
las rocas firmes del monte y las ondas suaves del agua.
—¿La conoces? —le preguntó.
Fernando hizo una pausa y continuó:
—¡No! —respondió Íñigo—. ¡Ni quiero conocerla!
—El día que salí corriendo tras el ciervo herido, Mis padres me repitieron mil veces
creí ver un brillo en el fondo de esas aguas. que el espíritu de la fuente tiene los ojos verdes.
Creí ver los ojos de una mujer. Y que castiga con la muerte al que entra en sus aguas.
Tal vez fuera el reflejo de un rayo de sol ¡Por favor, señor, no vuelva a ese sitio!
o una de esas flores que crecen junto a las algas, no sé.
El caso es que yo sentí una mirada que se clavaba en la mía, La expresión de Fernando era de tristeza.
una mirada que me ha cautivado y no me deja dormir.
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—Íñigo, por una mirada de esos ojos —¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Dónde está tu casa?
sacrificaría el amor de mi padre, los besos de mi madre —preguntó Fernando—. Contéstame, por favor.
y el cariño de todas las mujeres de esta tierra —dijo. Seas quien seas, te quiero y te querré siempre.
Y lo dijo tan decidido Cuando el joven terminó de hablar,
que nadie podría haberlo convencido de otra cosa. los labios de la mujer se movieron.
Íñigo, impotente, lo miró con pena Pero en vez de pronunciar alguna palabra,
y una lágrima silenciosa se derramó por su mejilla. solo dejó escapar un suspiro.
Un suspiro débil y apagado, como un delicado soplo de brisa.
La mujer misteriosa
Fernando volvió a la fuente de los Álamos. —Vamos, contéstame —insistió Fernando—.
Una y otra vez. Quiero saber si me quieres, quiero saber si eres una mujer…
Hasta conseguir lo que estaba deseando.
—¿O un demonio? —lo interrumpió ella—. ¿Y si lo fuese?
Caía la noche y el sol se escondía tras la cumbre del Moncayo.
Un viento suave gemía entre los árboles Fernando vaciló un instante.
y una niebla espesa ascendía desde la superficie del lago. Un sudor frío le recorrió el cuerpo.
Pero entonces se volvió a fijar en los ojos de aquella mujer
Fernando estaba arrodillado a los pies de una mujer, y, fascinado, exclamó:
al borde de una roca que se alzaba sobre las aguas.
Era una mujer muy hermosa. —¡Si fueses un demonio, te querría de la misma manera!
Tenía la piel tan blanca que parecía una estatua.
Uno de sus rizos dorados le caía sobre el hombro, —Fernando —dijo la mujer—. Yo también te quiero.
como un rayo de sol que acaricia las nubes.
Y el brillo de sus ojos verdes hacía pensar en dos esmeraldas. Su voz parecía música.
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—No soy una mujer como las demás —añadió—. El joven avanzó hacia el precipicio sin darse cuenta.
Soy un espíritu y vivo en las aguas de esta fuente. Dio un paso hacia la mujer y luego otro.
Yo no castigo al que entra en ellas. De pronto sintió unos brazos delgados alrededor del cuello
Al contrario, lo premio con mi amor. y una sensación fría en sus labios ardientes.
Lo premio por no creer en las supersticiones de la gente. Un beso de nieve.
Lo premio por comprender que mi amor es de otro mundo.
Fernando se tambaleó y perdió el equilibrio.
Mientras la mujer hablaba, Fernando la miraba cautivado. Cayó al lago.
Su hermosura lo atraía con una fuerza desconocida. Las aguas saltaron formando chispas de luz
Y, sin darse cuenta, fue acercándose al borde de la roca. y se cerraron sobre su cuerpo.
Y las ondas plateadas avanzaron hasta desaparecer en la orilla.
—¿Ves el fondo cristalino del lago? —continuó ella—.
Esas plantas de hojas verdes nos servirán de cama.
Ven, quiero hacerte feliz.
La niebla es cada vez más espesa,
las ondas del agua nos llaman y el viento ya canta.
¡Ven conmigo, sígueme!
Había anochecido y la luna brillaba sobre el lago.
La niebla lo envolvía todo
y los ojos verdes de la mujer resplandecían en la oscuridad.
Fernando solo la oía a ella, solo veía sus ojos.
La mujer le pedía que se acercase, que se pusiese a su lado.
Le estaba ofreciendo un beso.
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