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ES2-10. Capitulo Adicional

Este documento narra parte de la vida de Roberta cinco años después. Describe un partido de fútbol americano entre los Rams y los Chargers, con Danny Armstrong y Lance Overmire como jugadores estelares. Ambos se burlan el uno del otro en sus celebraciones. Más tarde, Roberta, Danny y Lance asisten a un partido de béisbol de los Dodgers, donde los fans piden autógrafos a los jugadores de fútbol americano.

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ES2-10. Capitulo Adicional

Este documento narra parte de la vida de Roberta cinco años después. Describe un partido de fútbol americano entre los Rams y los Chargers, con Danny Armstrong y Lance Overmire como jugadores estelares. Ambos se burlan el uno del otro en sus celebraciones. Más tarde, Roberta, Danny y Lance asisten a un partido de béisbol de los Dodgers, donde los fans piden autógrafos a los jugadores de fútbol americano.

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Capítulo adicional

Roberta
Cinco años después

La NFL era un peso pesado en relación con el fútbol americano


universitario.
El ruido ensordecedor del público en el Estadio de Los Ángeles
me ponía la piel de gallina. Los tres niveles de asientos dispuestos en
forma de anillo hacían que el tamaño del estadio resultara intimidante,
sobre todo cuando estaba repleto en su capacidad de seguidores
fervientes. La mayoría de las entradas siempre se agotaban, y el público
transmitía una energía vibrante, hoy más que nunca. Era, después de
todo, un clásico de la ciudad: Los Angeles Rams contra Los Angeles
Chargers.
Desde el lugar en el campo donde estaba con el resto de los
entrenadores, el sonido retumbaba. En verdad le quitaba el aliento a
cualquiera, incluso a mí, que no tenía nada que ver con el juego en sí.
No me podía imaginar lo que les causaba a los jugadores.
Sin embargo, Danny Armstrong no parecía afectado.
«Armstrong completa el pase hacia Richmond» narró el
comentarista por los altoparlantes, «otra primera oportunidad para los
Chargers».
Aunque los dos equipos compartían el estadio, técnicamente
los Chargers jugaban de local. Esto quería decir que el comentarista
los Chargers jugaban de local. Esto quería decir que el comentarista

simpatizante de los Chargers podía anunciar las jugadas y que sonaba


música cada vez que Danny marcaba una anotación. Y dos jugadas
después, eso fue exactamente lo que sucedió.
Después de hacer el pase, Danny festejó e hizo de cuenta que
cabalgaba arriba de un caballo invisible.
«¡Armstrong a Richmond para la anotación de los Chargers! «Y
se burla de Lance Overmire imitándolo en el festejo de la anotación
por todo el campo…»
—¡Qué cabrón! —dijo riéndose uno de los entrenadores a mi
lado—, los Rams no se van a poner contentos con eso.
—Danny y Lance fueron compañeros de cuarto en la
universidad —le expliqué—. No creo que Lance tenga problema con que
le gaste una broma como esa.
En el tercer ataque, eso fue justamente lo que sucedió. Los
Rams salieron al campo caminando prolijamente detrás de la fuerza
poderosa de su corredor. Pero al basar su juego en ganar terreno,
cuando el mariscal de campo pasaba la pelota a Lance, él quedaba
despejado.
La mitad de la multitud eran seguidores de los Rams y los
ovacionaron a viva voz cuando llegó a la zona de anotación.
«¡Lancelot! ¡Lancelot!» cantaban.
En vez de celebrar con su galope usual, Lance trotó hasta el
logo de los Chargers a mitad del campo y flexionó los bíceps. La
multitud ovacionó y abucheó a la vez.
«Y ahora es Lance Overmire quien se burla de Danny
Armstrong».
Puse los ojos en blanco, aunque en verdad me divertía. Me
gustaba ver a Lance de cerca y en persona, y no por televisión, para
variar.
—¡Mierda! —exclamó otro de los entrenadores—. Pavlica se cayó.
—Qué mal, puede que sea por su tobillo de nuevo —dije yo.
Trotamos hacia el campo para atender al liniero herido, un
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Trotamos hacia el campo para atender al liniero herido, un
jugador de 130 kilos de masa muscular rodando por el suelo aferrado a
su pierna.
—¡El muslo! —gritaba adolorido—, me está matando.
Lo ayudamos a incorporarse y a ir hasta la línea de banda.
Como la preparadora principal, yo me tenía que encargar a partir de
allí, y me dispuse a masajearle la pierna.
—Tal vez sea el flexor de la cadera —le dije, levantándole la
pierna para vendarle la rodilla—. ¿Cómo sientes la pierna?
—La siento bien, Roberta, pero cuando cargo peso…
Lo ayudé a llegar hasta la bicicleta fija mientras el juego seguía
en el campo. Me hubiera encantado poder mirar cómo Danny y Lance
se batían a duelo, pero era mucho más importante mantener a mis
jugadores sanos. A veces me sentía como una maestra de jardín de
infantes que tiene que controlar a los niños durante el recreo, pero al
final del día llegaba a casa con una sensación de satisfacción como
nunca había sentido antes.
Me encantaba mi trabajo, no lo cambiaría por nada del
mundo.
Al final, los Chargers perdieron por dos anotaciones. No me
gustaba ver a mi equipo de mal humor, pero una parte de mí se
alegraba de que los Rams hubieran ganado. Ahora los Chargers tenían
un sitio en la final, mientras que los Rams seguían en la carrera por un
Wild Card en la NFL. Esta victoria resultaba mucho más importante
para Lance que para Danny.
Después del partido, el resto de los entrenadores y yo nos
dedicamos a los jugadores. El fútbol americano era un deporte brusco
para el cuerpo humano; había muchas lesiones que teníamos que
atender: un esguince en el dedo índice de Johnson, el corredor; una
inflamación en la banda iliotibial de la pierna izquierda del ala cerrada.
Incluso Danny sufrió un derribo en el tercer cuarto que de seguro le
había producido un hematoma en el torso. Cuando se quitó la
camiseta, tenía todo el lado izquierdo del torso de color negro
azulado.

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—¡Danny!
—Parece peor de lo que es —me dijo con una sonrisa irónica.
—Ah, ¿sí? Porque parece que tienes la peste negra.
—El blitz de los Rams fue un dolor de huevos hoy. No pude
bajar la guardia por un segundo.
Busqué una bolsa de frío para aplicarle en la cintura.
—Pues, así y todo, has estado fenomenal.
—No sirvió para mucho —dijo entre dientes.
—El mariscal de campo no es el único jugador del equipo. Tú
hiciste bien tu parte de juego.
Él frunció el entrecejo, pero no me contradijo. Danny tenía la
tendencia a tomarse las derrotas de modo personal, fuera o no su
culpa. Sabía que hoy seguramente se quedaría despierto hasta tarde
estudiando el juego y preparándose para el próximo partido contra los
Raiders a la semana siguiente.
Cuando terminé de atender a Danny, salimos del vestuario
juntos, tomados del brazo. Casi todos sus compañeros de equipo
sabían que teníamos una relación, pero en general tratábamos de no
demostrarla, sobre todo si teníamos a los medios de comunicación de
Los Ángeles cerca. Pero no había ningún peligro si caminábamos
juntos por el túnel hasta el estacionamiento.
Me gustaba ese pequeño momento de intimidad.
Lance nos esperaba reclinado sobre el coche con los brazos
cruzados a la altura del pecho. Cuando nos vio, se le iluminó el bello
rostro con una sonrisa.
—Muy bien —dijo Danny de mala gana—, di lo que tengas que
decir.
Lance extendió los brazos.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás insinuando que voy a burlarme de
ti por el partido que acabas de perder?
—No estoy insinuando nada. Te lo estoy diciendo directamente.
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—Ah, en ese caso… —Lance flexionó los brazos—. ¿Qué te
pareció el juego, bebé? Una victoria de dos dígitos para el equipo más
ardiente de Los Ángeles.
Danny puso cara de fastidio y se subió al auto.
—No exageremos. Los Rams todavía tienen que obtener un sitio
en la final.
—No importa. Hoy fuimos el mejor equipo de todo Hollywood
—Lance me pasó un brazo por alrededor de los hombros y me dio un
beso en la cabeza—, ¿Qué se siente al estar con un verdadero campeón,
Babs?
—Pues siento que estás hablando sandeces para alguien que solo
atrapó la pelota tres veces —dije yo, tomándole el pelo.
Lance encogió sus hombros grandotes.
—¡Eso es todo lo que necesitaba, linda! Calidad por sobre
cantidad.
—Deja de decir idioteces y súbete de una vez —dijo Danny—,
vamos a llegar tarde.
—Puedo hacer ambas cosas, soy bueno haciendo varias cosas a
la vez.
A pesar de que el partido había terminado hacía dos horas, el
tráfico en Inglewood era infernal. Tomamos la 110 en sentido norte
hasta Pasadena y luego, la salida hacia el estadio de los Dodgers.
Estacionamos el coche con el servicio de valet en el espacio reservado
para los jugadores, entramos al estadio de béisbol y ocupamos nuestros
asientos detrás del pentágono, justo cuando acababa de comenzar la
primera entrada.
«Ahora batea para los Dodgers el jugador de primera base,
Cody Bellinger».
—Qué bien que no nos perdimos su comienzo —dijo Danny.
entrecerrando los ojos—. ¿Contra quién juegan?
—Los Cardinals —respondió Lance y me dio un codazo suave en
el brazo—. ¿Lo puedes creer? No tiene idea contra qué equipo juegan
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el brazo—. ¿Lo puedes creer? No tiene idea contra qué equipo juegan
hoy…
—Pasé las últimas 48 horas preparándome para mi trabajo —dijo
Danny con sequedad.
—¡Por lo que te sirvió!
Durante la primera mitad de la primera entrada, muchos
seguidores se acercaron a Danny y a Lance para pedirles un autógrafo.
Manejaban su fama con gracia y entusiasmo, siempre sonriendo a
quienes se les acercaran. Lance tenía una facilidad natural para ser el
centro de atención, tal como lo había sido durante la universidad.
—¿Viste el juego hoy? —le preguntó a un muchacho adolescente
mientras le firmaba el programa de partidos.
—¡Claro que sí! Usted estuvo fenomenal, Sir Lancelot.
—Mucho mejor que este tipo de aquí, ¿eh? Apuntó a Danny con
el pulgar.
—¡Mucho mejor! Los Chargers son malísimos.
Danny puso los ojos en blanco, pero se tomó el chiste con
gracia.
Lance se rio de buena gana y palmeó al muchacho en el brazo.
—Eres mi seguidor predilecto. Definitivamente tienes que jugar
como ala abierta no como mariscal de campo. Te divertirás mucho
más.
—¡Sí, señor!
El chico se alejó corriendo por el pasillo aferrando el autógrafo
con fuerza.
—Bueno, hagan silencio —dijo Danny.
—No seas aguafiestas —le contestó Lance—. No es mi culpa que
los seguidores me quieran más a mí que a ti.
Danny le apuntó con el dedo.
—Ya comienza Feña.
«En el montículo está Feña Martinez jugando para los
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«En el montículo está Feña Martinez jugando para los
Dodgers».
Lo alenté gritando cuando Feña salió trotando al campo. Se
veía muy guapo con el uniforme de los Dodgers, con el cabello oscuro
y enrulado que se asomaba por debajo de la gorra. Tenía la expresión
muy seria, a pesar de que Danny y Lance estaban de pie aplaudiéndolo
en la primera fila justo detrás del pentágono. Parecía que iba a la
guerra.
Esa era una de las razones por las que eran tan buen lanzador:
su actitud resultaba intimidante.
La bola hizo un ruido sordo cuando llegó al guante del
recibidor para el tercer lanzamiento. La bola rápida de Feña volaba a
unos 150 kph, pero hoy seguro que estaba más cerca de los 160. Hizo
un trabajo rápido contra la alineación de bateo de los Cardinals: un
strikeout, un groundout al segundo jugador de primera base y luego
otro strikeout.
—¡Así se hace! —Lo alentó Lance cuando Feña se alejaba
caminando del montículo—. ¡Feña no se deja amedrentar por ninguna
clase de ave!
El ambiente aquí era mucho más relajado que el del partido de
fútbol americano de hacía un rato. Un cambio agradable que nos
ayudaría a Danny, a Lance y a mí a relajarnos, y dedicar toda nuestra
atención a Feña. El juego terminó siendo un duelo entre los
lanzadores, sin anotaciones en la séptima entrada y con un jonrón
anotado por Bellinger. Los Dodgers fueron quienes vencieron: Feña
lanzó ocho shutouts con doce strikeouts.
Después del partido, volvimos todos juntos a casa, aunque
Danny y Lance se demoraron firmando algunos autógrafos.
Conducir hasta Pasadena Foothills nos llevaría unos veinte
minutos a esta hora. Comparado con el ajetreo agotador del centro de
Los Ángeles, Pasadena era una zona tranquila y silenciosa. Nuestra casa
de tres plantas todavía tenía las luces encendidas cuando entramos el
auto al garaje.
—Deberían estar acostados… —refunfuñé bajándome del coche.

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Lance me pasó un brazo por alrededor.
—No culpes a la niñera, ya sabes cómo son los niños.
Ni bien cruzamos el umbral, se escuchó un grito de alegría
desde la sala. Un diablillo con aspecto de niño de cuatro años se acercó
corriendo hacia el vestíbulo y se arrojó a los brazos de Lance.
—¡Papi! ¡Papi! Hoy te vi por la televisión —dijo el pequeño
Aaron entusiasmado.
Lance lo alzó en brazos y lo abrazó fuerte.
—¿Me viste ganarle al tío Danny?
Aaron volvió el rostro hacia Danny. —¡Sí! ¡Perdiste, tío Danny!
Lance lo bajó al suelo y el pequeño fue a abrazar a Danny.
—Así es el deporte, campeón. Alguien pierde y alguien gana —Y
luego añadió en voz baja—, No digas nada, pero dejé que tu papá
ganara hoy así no se ponía triste.
—Ah, de acuerdo —dijo Aaron con seriedad.
—¿Y a mí no me abrazas? —le pregunté.
Aaron abrió los ojos con algo de culpa.
—Hola, mami —dijo acercándose hasta mí. Se me trepó como
un monito y yo lo levanté haciendo un gruñido por el esfuerzo. Estaba
creciendo tan rápido. No podría seguir cargándolo así por mucho
tiempo más. Iba a ser tan grande como Lance.
La niñera, una muchacha que estudiaba en Cal Tech, se acercó
dese la sala con mi hija dormida en sus brazos. Roxy tenía dos y una
cabellera rubia como su padre. Danny sonrió y la tomó en brazos,
dándole un beso tierno en la cabeza.
—Lo siento, pero Aaron insistió en que quería quedarse
despierto —dijo la muchacha.
—¡Quería ver jugar al tío Feña! —dijo haciendo un puchero
sobre mi hombro. Cuando estaba con sueño, se ponía mal humoroso.
«Igualito a su papá», pensé con una sonrisa.

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—Está bien —le contesté a la niñera—, gracias de nuevo.
Ella sonrió y se fue, pero alguien más entró por la puerta antes
de que se cerrara.
—Mira quién vino —le dije a Aaron al oído. Abrió los ojos con
sorpresa cuando vio quien era.
—¡Tío Feña! ¡Tío Feña! Te vi por la televisión, vi cuando
lanzabas y ganabas.
Feña se rio y Aaron corrió a abrazarlo por la pierna.
—Gané porque sabía que estabas mirando.
—¿De verdad?
—Pues claro —Feña me sonrió y le dio una palmada a Aaron en
la cabeza—. Creo que ya es hora de que vayas a dormir.
—Pero no tengo sueño —protestó él.
Feña me besó en la mejilla.
—Igualito a su padre.
—¡Oye! —se quejó Lance—, no soy mal humorado cuando tengo
sueño.
Acostamos a los niños; con Roxy fue más rápido porque ya
estaba dormida, pero con Aaron nos llevó más tiempo. Luego, nos
reunimos en la sala y nos tiramos juntos en el sofá.
—Fue un gran día para todos —comentó Feña—, excepto si
resulta que eres mariscal de campo para los Chargers.
Danny le dio un puñetazo juguetón en el brazo.
—Con cuidado que con ese brazo batea —advertí yo,
Feña asintió y agregó:
—Y, además, el entrenador de los Dodgers no es tan bueno
como Roberta.
—Yo creo que Frank hace un muy buen trabajo —afirmé.
—Hace un trabajo aceptable —admitió él—, pero no lo hace tan

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—Hace un trabajo aceptable —admitió él—, pero no lo hace tan
bien como tú.
Le di un beso en la mejilla.
—Es una vara bastante baja, pero lo acepto. ¿Quieres un masaje
en los hombros?
—Mm, sí, por favor —me contestó, y se deslizó al suelo con la
espalda entre mis piernas. Empecé a masajear, hundiendo los dedos en
su espalda.
Estuvimos un buen rato todos juntos en el sofá, haciéndonos
compañía. Nuestros horarios era una locura en esta época del año con
la temporada de béisbol que llegaba a su fin y la de fútbol americano
que recién comenzaba. Teníamos que disfrutar del poco tiempo que
teníamos juntos. A la semana siguiente, Feña y los Dodgers volarían al
otro lado del país para jugar contra los Mets, y Lance tenía que ir a
Miami para jugar contra los Dolphins. Danny y yo estaríamos aquí
para jugar otro partido de local el fin de semana siguiente, y luego
teníamos que ir a Kansas City.
Pero mañana, todos teníamos el día libre, un día entero que
podíamos pasar junto a los niños.
—¿Qué les parece si vamos al parque? —sugirió Feña, casi
leyéndome la mente—. Podríamos hacer un picnic, lanzar la bola un
rato.
Lance sacudió el dedo índice delante de él.
—Tú solo estás intentando convertir a Aaron en un jugador de
béisbol.
—¿Qué mejor maestro que el as de los Dodgers?
—El béisbol es un deporte mucho más seguro que el fútbol
americano —agregué yo—, una humilde opinión de la entrenadora
principal de los Chargers.
—Tal vez el parque no sea buena idea —dijo Danny—, Roxy ha
estado insistiendo con tener un perro y la última vez que fuimos al
parque se puso peor.
—Entonces, tengamos un perro —propuso Lance—. Un golden
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—Entonces, tengamos un perro —propuso Lance—. Un golden
retriever sería lo máximo.
—A mí me gustaría un pastor alemán —opinó Feña—, que cuide
la casa mientras no estamos.
—¿Y quién va a cuidar al perro cuando no estamos? — pregunté
yo—. Sobre todo, con nuestros horarios tan apretados.
—La niñera podría… —sugirió Lance.
—Mejor esperemos a que termine la temporada —dije—, así,
Aaron y Roxy podrían ayudar a cuidarlo. Sería un buen momento para
enseñarles algo sobre la responsabilidad.
—De acuerdo, mamá —protestó Lance.
—Ya lo creo.
Lance y Danny me apretujaron a los costados. Feña tenía la
espalda apoyada contra mis piernas mientras yo le masajeaba los
hombros y descansaba la cabeza en mi regazo, suspirando satisfecho.
Tenía a mis tres chicos conmigo; juntos, formábamos una
familia. Nunca me hubiera imaginado que tener algo tan increíble
fuera posible, pero aquí estábamos. Y todo porque una vez, hacía cinco
años, había necesitado obtener créditos por experiencia laboral.
Las vueltas de la vida.

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