LOS MERENGUES
NARRADOR: Apenas su mamá cerró la puerta, Perico escucho, los pasos que se iban alejando, fue hacia
la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas, extrajo una bolsita de cuero, contó las monedas, se
echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar.
PERICO: Ahora tengo lo suficiente para realizar mi hermoso proyecto. Por fin podré comprar mis
preciados merengues.
NARRADOR: Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con
mirar los merengues. Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando el mostrador.
VENDEDOR: «¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!».
VENDEDOR: ¿Ya estás aquí? ¡Vamos, saliendo de la tienda!
PERICO: ¡Veinte soles de merengues! Por favor
NARRADOR: Nadie le hizo caso
PERICO: ¿No has oído? - insistió Perico-. ¡Quiero veinte soles de merengues!
NARRADOR: El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.
VENDEDOR: ¿Estas bromeando, palomilla? ¡A ver, enséñame la plata!
PERICO: Aquí están no ves
NARRADOR: El vendedor contó el dinero.
VENDEDOR: ¿Y quieres que te dé esto en merengues? –
PERICO: Si
VENDEDOR: ¿Vas a salir o no? Ya vete nomás ¿Quién te ha encargado que compres esto?
PERICO: Mi mamá.
VENDEDOR: Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te escriba en un
papelito.
NARRADOR: Entonces el niño rogó con una voz quejumbrosa:
PERICO: «¡Déme pues, veinte soles de merengues!». Por favor
«¡Aunque sea diez soles, nada más!»
VENDEDOR: ¿Vas a salir o no? Ya vete nomás ¿Quién te ha encargado que compres esto?
¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!
NARRADOR: Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos. Y se fue
caminando, arrojando las monedas una a una pensando que cuando grande daría una lección a esos hombres
gordos de las pastelerías.