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Declaraciones de Perpetradores de la ESMA

Este artículo analiza las declaraciones públicas de dos perpetradores de la ESMA durante la dictadura militar en Argentina: el cabo Raúl Vilariño a inicios de la transición democrática en 1984, y el capitán Adolfo Scilingo durante un período de impunidad en 1995. Estas declaraciones incidieron en la visibilización de la ESMA como centro clandestino de detención, en la calificación de los crímenes cometidos allí, y en la conformación de una verdad social. A través de este análisis, el artí

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Declaraciones de Perpetradores de la ESMA

Este artículo analiza las declaraciones públicas de dos perpetradores de la ESMA durante la dictadura militar en Argentina: el cabo Raúl Vilariño a inicios de la transición democrática en 1984, y el capitán Adolfo Scilingo durante un período de impunidad en 1995. Estas declaraciones incidieron en la visibilización de la ESMA como centro clandestino de detención, en la calificación de los crímenes cometidos allí, y en la conformación de una verdad social. A través de este análisis, el artí

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e-issn 2175-1803

Memorias y lugares de desaparición: las


declaraciones públicas de los perpetradores de
la ESMA en Argentina

. Claudia Viviana Feld


Doctora en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Paris VIII.
Investigadora Independiente del CONICET y Miembro del Comité Académico del
Núcleo de Estudios sobre Memoria del CIS-CONICET/IDES.
Buenos Aires - ARGENTINA
ides.org.ar/integrante/claudia-feld
[email protected]
orcid.org/0000-0002-1469-968X

. Valentina Isolda Salvi


Doctora en Ciencias Sociales por la UNICAMP, Investigadora Independiente del
CONICET, Directora del Núcleo de Estudios sobre Memoria del CIS-
CONICET/IDES y Profesora del Departamento de Arte y Cultura de la UNTREF.
Buenos Aires - ARGENTINA
ides.org.ar/integrante/valentina-salvi
[email protected]
orcid.org/0000-0002-8697-8127

Para citar este articulo (ABNT):


FELD, Claudia Viviana; SALVI, Valentina Isolda. Memorias y lugares de desaparición:
las declaraciones públicas de los perpetradores de la ESMA en Argentina. Tempo e
Argumento, Florianópolis, v. 13, n. 33, e0207, maio/ago. 2021.
http://dx.doi.org/10.5965/2175180313332021e0207

Recebido: 29/05/2020
Aprovado: 15/03/2021
Tempo & Argumento, Florianópolis, v. 13, n. 33, e0207, maio/ago. 2021
Memorias y lugares de desaparición: las declaraciones públicas de los perpetradores de la ESMA en
Argentina
Claudia Viviana Feld, Valentina Isolda Salvi

Memorias y lugares de desaparición: las declaraciones públicas de


los perpetradores de la ESMA en Argentina
Resumen
La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los centros clandestinos de
detención más activos de la última dictadura militar (1976-1983), se ha constituido,
mediante un complejo proceso memorial, en un emblema de la represión más atroz.
Este proceso memorial involucró una serie “capas” de sentido, que fueron
desarrollándose en función de acciones, narrativas y debates sostenidos por diversos
actores. El presente artículo se centra en un aspecto específico y poco estudiado,
aunque no menor, de dicho proceso: las narrativas y acciones producidas por
perpetradores de la ESMA. Nuestro trabajo analiza las declaraciones públicas del
cabo Raúl Vilariño, a inicios de la transición (1984), y las del capitán Adolfo Scilingo,
en un período de impunidad (1995). Se observa de qué manera, en esos dos
momentos, la palabra pública de estos represores incidió en la visibilización del sitio,
en la calificación del crimen y de la “escena del crimen”, y en la conformación de una
verdad social. Este análisis permite comprender dos procesos centrales del trabajo
memorial: por un lado, la disputa por la legitimación de un punto de vista; por otro,
el “proceso de emblematización” del lugar. Se trata, en definitiva, de una lenta
construcción a partir de la cual la ESMA se fue interpretando no sólo como una
particular “escena del crimen” de la desaparición de personas, sino también como
una figura metonómica y emblemática que designa el conjunto de los centros
clandestinos donde se perpetró el horror.

Palabras clave: Perpetradores; dictadura; sitios de memoria; declaraciones.

Memories and Places of Disappearance: Public Statements by ESMA


Perpetrators in Argentina
Abstract
The Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) was among the most active/busiest
clandestine detention centers of the last military dictatorship (1976-1983). Through a
complex process of remembrance, it has become an emblem of the most atrocious
repression. This memory process involved “layers” of meaning that evolved on the
basis of actions, narratives and debates of different actors. This article focuses on a
specific and by no means minor aspect of such process that has hardly been studied:
the narratives and actions promoted by perpetrators of the ESMA. This research
analyzes the public statements of corporal Raúl Vilariño at the beginning of the
transition to democracy (1984), and those of captain Adolfo Scilingo, during a period
of impunity (1995). These two moments show how the public word of these
repressors affected the visibility of the site, the qualification of the crime and “crime
scene”, and how they contributed to compose a social truth. This analysis helps to
understand two core developments in the work of remembering: on the one hand,
the contention about the legitimation of a point of view; on the other hand, the
“emblematizing process” of the place. It is a slow construction process that
ultimately developed from an initial concept of ESMA, not only as a particular “crime
scene” of disappeared persons, but also as a metonymic and emblematic figure
signifying all the clandestine centers of horror.

Keywords: Perpetrators; dictartoship; sites of memory; statements.

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Memorias y lugares de desaparición: las declaraciones públicas de los perpetradores de la ESMA en
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Introducción1
La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) es ampliamente conocida
como un emblema de la represión más atroz perpetrada durante la última
dictadura en Argentina. Ubicada en un lugar de gran visibilidad y circulación, con
una treintena de edificios en un predio de 17 hectáreas sobre la Avenida
Libertador de Buenos Aires, la ESMA fue una escuela de formación de
suboficiales de la Marina en cuyas instalaciones funcionó, durante la dictadura
(1976-1983), uno de los centros clandestinos de detención (CCD) más activos del
período. Los organismos de derechos humanos calculan que allí estuvieron
secuestradas aproximadamente 5000 personas de las cuales sobrevivieron un
centenar y que nacieron alrededor de treinta bebés que fueron apropiados
ilegalmente.2

En la post dictadura, y a lo largo del tiempo, la ESMA fue ocupando un


lugar prominente en las memorias sociales, transformándose en una figura
profusamente diseminada en las narrativas y en el imaginario social sobre el
terrorismo de Estado. Además del peso de los acontecimientos ocurridos allí, en
este proceso confluyeron diversos factores: los relatos y testimonios de los
sobrevivientes, las acciones políticas emprendidas por los organismos de
derechos humanos,3 las reconstrucciones hechas por la Comisión Nacional sobre

1
Este artículo se realizó en el marco del proyecto PICT 2016-0467) “La ESMA, de Centro
Clandestino de Detención a Sitio de Memoria: procesos históricos y memoriales entre 1976 y
2016”, dirigido por Marina Franco. Una versión de preliminar se discutió en el en la II Internacional
Conference on Perpetrators on Mass Violence “Crimes Scenes and Sites of Memory”, realizado
por la Universidad de Valencia del 12 al 15 de noviembre de 2019. Agradecemos los comentarios
de los miembros del equipo “Representaciones contemporáneas de perpetradores de crímenes
masivos” (REPERCRI) de esa Universidad.
2
No existen datos precisos sobre la cantidad de personas que pasaron por cada CCD, ni sobre la
cantidad de mujeres embarazadas cuyos hijos/as nacieron en cautiverio y fueron apropiados.
Algunas estimaciones afirman que la ESMA sería el CCD más grande en términos cuantitativos,
en comparación con las personas que habrían pasado por otros centros (NOVARO; PALERMO,
2003, p. 18). Muchas informaciones sobre la ESMA no están sistematizadas ni publicadas y han
surgido en los últimos años de las reconstrucciones judiciales. Otros datos surgieron de los
equipos de trabajo que actuaron en la construcción del actual sitio de memoria. Por su parte,
también se calcula que la ESMA nacieron una treintena de bebés.
3
Entre las distintas acciones emprendidas por los organismos de Derechos Humanos, hubo una
que representó un momento bisagra en la lucha por la visibilización y calificación del lugar. En
1998, el por entonces Presidente de la Nación, Carlos Menem, firmó un decreto que ordenaba
la demolición de los edificios de la ESMA y la creación de un espacio verde en pos de la
“pacificación nacional” (LA ESMA, 1998). Esto ocasionó una extendida polémica pública y una
fuerte reacción en las organizaciones de derechos humanos. Tras una verdadera contienda
judicial, las organizaciones no sólo lograron que se prohibiera la demolición de la ESMA, sino
que además reclamaron la propiedad del predio para que no siguiera perteneciendo a la Marina
y para que pasara a manos de la Ciudad de Buenos Aires (GUGLIELMUCCI, 2013).

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la Desaparición de Personas (CONADEP) y en diversos ciclos judiciales, 4 y las


políticas públicas que –a partir de 2004– convirtieron el predio de la Escuela
Naval en un espacio de memoria dedicado a la concientización sobre la violencia
y el respeto a los derechos humanos.5 En ese largo proceso, la ESMA fue
condensando sentidos cristalizados e interpretándose paulatinamente como una
suerte de “cifra” del horror. De este modo, aunque muchas de sus características
de funcionamiento no se dieron en otros lugares y fueron singulares para este
CCD,6 la ESMA fue transformándose, a través de diversos emprendimientos
memoriales, en un símbolo de la desaparición de personas.

El presente artículo se propone abrir algunos interrogantes en torno a


dicho proceso de construcción de memorias sobre la ESMA. El primer interés
tiene que ver con historizar este proceso, pensándolo en etapas o, más
precisamente, en “capas” memoriales que se han ido superponiendo a lo largo
de los años. Partimos de la premisa de que las maneras en que la ESMA se tornó
visible públicamente incidieron en los procesos memoriales y de condensación
de sentidos ya mencionados. Si bien dicho trabajo de “visibilización” fue
voluntariamente emprendido por los/as sobrevivientes y las organizaciones de
derechos humanos en decenas de iniciativas a lo largo del tiempo, ciertas
declaraciones de represores participaron en él de maneras menos evidentes, que
sin embargo han tenido una gran influencia.

4
Nos referimos, fundamentalmente, al Juicio a los ex comandantes (abril-diciembre de 1985) y
a los actuales juicios por crímenes de lesa humanidad (2006-2019).
5
En 2004 el predio de la ESMA, fue restituido a la Ciudad de Buenos Aires con el objetivo de crear
allí un espacio de memoria. El desalojo del predio, en 2004, se llevó a cabo a través de un
acuerdo entre el Estado Nacional y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que creaba una
Comisión Bipartita integrada por tres miembros de la Secretaría de Derechos Humanos de la
Nación y tres de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Ciudad, cuyas funciones eran
supervisar las tareas de desocupación y traspaso del predio. Una vez desalojado el predio, en
2007, se creó un órgano ejecutivo interjurisdiccional denominado “Ente Público Espacio para la
Memoria, la Promoción y la Defensa de los Derechos Humanos” (GUGLIELMUCCI, 2013).
6
Nos referimos a especialmente al llamado “proceso de recuperación” de prisioneros instaurado
por el GT 3.3.2., con dinámicas y modos de sujeción específicos; al proyecto político de Massera,
ligado al funcionamiento del CCD de la ESMA; y a la trama compleja de destrucción que no sólo
se basó en la tortura y el asesinato, sino en delitos sexuales, fraudes económicos y circulación
de prisioneros por fuera del espacio físico del CCD. Al respecto, ver: FELD, Claudia; FRANCO,
Marina. Las tramas de la destrucción: prácticas, vínculos e interacciones en el cautiverio
clandestino de la ESMA. Quinto Sol, [s.l.], v. 23, n. 3, p. 1-21, sept./dic. 2019.

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En este sentido, el segundo interés de nuestro trabajo es hacer foco en un


aspecto relativamente poco estudiado en el campo de las memorias sociales: la
voz y la trayectoria pública de ciertos represores con respecto a la memoria
específica de un CCD. En este caso, nos referiremos a algunos miembros del
Grupo de Tareas (GT) 3.3.2, responsable de las desapariciones de la ESMA. El GT
3.3.2 fue una unidad operativa y de inteligencia dependiente del Comando de
Operaciones Navales de la Armada Argentina que tuvo su sede en el Casino de
Oficiales de la ESMA. Esta unidad conformada mayormente por oficiales de la
Marina, si bien era parte de la estructura operacional de la fuerza, tuvo de hecho
un funcionamiento inorgánico que se caracterizó por sus altos niveles de
autonomía.

Finalmente, el tercer interés de este trabajo es intentar entender de qué


maneras las dimensiones previamente expuestas (el proceso memorial, y la voz
y figura de los perpetradores) se entrelazan con otro proceso social que, también
se ha desarrollado a lo largo de los años durante la post dictadura: el de “calificar”
y “recalificar” (WALTER; FLEURY, 2011) los lugares físicos en los que ocurrió el
horror. Esto significa interrogarse de qué modo algunas de estas voces y figuras
de perpetradores han incidido en la memoria, visibilizando y caracterizando no
sólo un sistema represivo, sino también el escenario mismo donde se produjeron
las desapariciones.

En este marco, a pesar de que la historización sobre sitios y lugares de


memoria se ha focalizado en el rol que tuvieron las víctimas para hacer públicas
sus experiencias de cautiverio y señalar la existencia de los CCDs, en diversas
instancias y momentos7, nuestro trabajo se centrará en las voces de los
perpetradores. Tal como mostraremos, se trata de un aspecto controversial, pero

7
Entre otros trabajos ver: GUGLIELMUCCI, Ana. La consagración de la memoria: una etnografía
acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes del terrorismo de Estado en
la Argentina. Buenos Aires: Antropofagia, 2013;
MESSINA, Luciana. Lugares y políticas de la memoria: a propósito de las tensiones en la
calificación de las víctimas. Clepsidra, Revista Interdisciplinaria de Estudios sobre Memoria,
Buenos Aires, v. 1, p. 66-79, 2014;
LAMPASONA, Julieta. Re-construyendo la experiencia de la (propia) desaparición: reflexiones
en torno a los relatos de sobrevivientes de los Centros Clandestinos de Detención (CCD) en la
Argentina. Nómadas, Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, Madrid, v. 46, p. 1-19, 2015.

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no poco significativo de los procesos sociales y memoriales a través de los cuales


se ha elaborado colectivamente el pasado de violencia en Argentina.8

Las palabras de los represores de la ESMA, en los diversos contextos en


los que tuvieron lugar, rara vez pasaron inadvertidas. Por el contrario, catalizaron
la atención social y tuvieron un impacto singular sobre los sentidos sociales
acerca del lugar en el que se cometieron los crímenes. De algún modo, cuando
estas voces irrumpieron en la vida social volvieron a evocar el crimen y, con ello,
la escena material en la que tuvo lugar, con sus huellas, indicios y restos aún
presentes, ante la tan significativa ausencia producida por la desaparición. Ahora
bien, la relación entre represor, crimen y lugar del crimen no tiene nada de natural
ni de obvio, sino que se fue configurando históricamente a partir de la articulación
de un conjunto de factores. En este artículo, haremos foco solamente en uno de
ellos: la presencia pública de la voz de los responsables.

En el caso de la ESMA, nos interesa detenernos en las declaraciones de


algunos integrantes del GT 3.3.2 que relataron públicamente los crímenes
cometidos allí. Si bien no hubo numerosos casos de represores que se refirieron
a esos crímenes en primera persona,9 en diversos momentos, desde la
recuperación democrática en 1983, y luego durante la década de los noventas, la
aparición de algunos de ellos, en diferentes escenarios mediáticos y judiciales, la
repercusión de sus declaraciones públicas y su identificación como responsables
directos fueron factores que influyeron también en la carga simbólica que hoy
tiene la ESMA. Por cuestiones de extensión, trabajaremos en profundidad
solamente dos casos, que fueron los que identificamos como de mayor
repercusión mediática en dos etapas iniciales del proceso de memorialización de
la ESMA, aunque mencionaremos otros que también han tenido importancia en

8
Esta perspectiva se desarrolla ampliamente en FELD; SALVI (eds.) (2019), mediante un conjunto
de artículos que ponen el foco en declaraciones públicas de diversos represores argentinos
desde la dictadura hasta la actualidad. Dichos textos fueron elaborados en el marco del
proyecto colectivo de investigación PICT 2013-0299, “Las declaraciones públicas de represores:
narrativas y conflictos en la memoria social sobre el terrorismo de estado en la Argentina”,
dirigido por Claudia Feld. El abordaje conceptual y metodológico se desarrolla en su
introducción: FELD; SALVI, 2019.
9
Efectivamente, fueron muy pocos los represores que se refirieron en primera persona a los
crímenes cometidos. Durante las audiencias orales de la llamada Megacausa ESMA, los marinos
hablaron con un lenguaje técnico, diciendo a medias, pero también justificando o negando los
hechos (FELD; SALVI, 2019).

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momentos posteriores.10 Abordaremos aquí las declaraciones públicas del cabo


de la Armada Raúl Vilariño, en los primeros meses de la democracia (enero y
febrero de 1984), y las del capitán de corbeta Adolfo Scilingo en marzo de 1995,
en una etapa en la que estuvo garantizada la impunidad.11

En ambos contextos, las declaraciones de Vilariño y Scilingo se refirieron a


sus propias participaciones en actividades represivas clandestinas en la ESMA y
dieron detalles sobre lo sucedido en ese CCD. Sin embargo, los dichos de ambos
represores se produjeron en condiciones de audibilidad muy distintas entre sí, en
lo referido a los sentidos circulantes sobre la violencia de Estado, a las
representaciones sociales del horror y a los límites éticos sobre lo que podía ser
dicho. Por todo ello, las declaraciones de cada uno tuvieron efectos de sentido e
impactos particulares. Al respecto, en este artículo nos interesa analizar:
primero, cómo contribuyen estas declaraciones a visibilizar la ESMA y qué tipo
de “calificación” (WALTER; FLEURY, 2011) produjeron con respecto al lugar y al
crimen cometido allí.12 Segundo, qué tipo de tensiones y reconfiguraciones
produjeron estas declaraciones con respecto a la “verdad” sobre lo sucedido en
los CCDs argentinos durante la dictadura, y con respecto a la ESMA en particular.
Tercero, cuáles fueron algunas de las repercusiones y efectos de estas
declaraciones, particularmente los que ayudaron a reconfigurar los usos
memoriales de la ESMA. La trama analítica que se construye del
entrecruzamiento de estos tres ejes, que incorporan como figuras centrales al
represor, al lugar y al crimen nos permitirá, a su vez, abordar de modo

10
Otras declaraciones de represores de la ESMA con impacto mediático, aunque con
características enunciativas distinta a los casos aquí trabajados fueron las de Juan Carlos Rolón
y Antonio Pernías (1994), Emilio Massera (1997) y Alfredo Astiz (1998).
11
El presidente Carlos Menem (1989-1999) dictó diversos decretos de indulto en octubre de 1989
y en diciembre de 1990 que beneficiaron a los comandantes condenados en el Juicio a las
Juntas, a otros generales responsables del terrorismo de Estado y a miembros de
organizaciones armadas, a pesar de que la sociedad civil no respaldaba esta medida. Estos
decretos junto con las leyes de Punto Final (1986) y Obediencia de Debida (1987) componen las
llamadas leyes de impunidad.
12
La noción de “calificación”, desarrollada por WALTER y FLEURY (2011), se refiere a las primeras
marcaciones de los espacios de detención y exterminio, que permiten configurar el inicio de un
trabajo memorial colectivo. Según Walter y Fleury, toda operación de “calificación” abarca tres
acciones que no se dan siempre en orden y pueden incluso –cuando son realizadas por distintos
actores– ser simultáneas: la que intenta instalar una marca en un lugar (calificar), la que se
propone borrar esa marca, desactivarla o dejarla sin sentido (descalificar) y la que retoma el
impulso de marcación, pero esta vez con distintos sentidos y objetivos (recalificar).

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comprensivo el proceso de construcción de memorias que ha colocado a la


ESMA en el centro de la escena.

Al respecto, este análisis nos dará pistas para entender cómo la


visibilización pública de los represores y la circulación de su palabra
contribuyeron –en una parte tal vez minoritaria, pero no poco significativa, ya
que, como hemos dicho, las voces de las víctimas tuvieron preponderancia en
tal proceso– a la estabilización de sentidos, primero, y a su cristalización,
después, como parte del proceso de construcción memorial en torno a la ESMA.
En este marco, la mirada en perspectiva histórica de los dichos de estos
represores nos permite hacer foco en algunos aspectos que hicieron al proceso
de construcción social de esta categoría y los sentidos que se fueron
cristalizando en torno a ella. Si bien, en la actualidad, la noción de represor
connota inequívocamente un colectivo conformado por miembros de las fuerzas
armadas y de seguridad responsables de graves violaciones a los derechos
humanos, esta estabilización de sentidos, que nuestra investigación busca
analizar, implicó un proceso no exento de idas y vueltas en el que las luchas de
las memorias tuvieron un rol central.

Vilariño y la ESMA: mostrar lo oculto, decir lo indecible


A pocos días de iniciada la transición democrática,13 en enero de 1984, se
publicaron una serie de entrevistas a un ex cabo de la Marina, Raúl Vilariño, acerca
de los crímenes presenciados y cometidos por él mismo en el CCD de la ESMA.
“Yo secuestré, maté y vi torturar en la Escuela de Mecánica de la Armada” fue el
título de la primera entrevista, seguida por otras cuatro en los números
posteriores del semanario de tirada masiva La Semana.14 En el marco del

13
Los primeros meses del gobierno de Raúl Alfonsín, iniciado en diciembre de 1983, pueden
caracterizarse como un período complejo, indeterminado y abierto en sus alternativas, con
sustanciales continuidades con el pasado dictatorial, y cargado de ambigüedades, “globos de
ensayo”, avances y retrocesos en relación con la problemática de los derechos humanos y el
conocimiento de la represión dictatorial. Dicha caracterización se encuentra ampliamente
desarrollada en: FELD y FRANCO, 2015.
14
El número 370 de La Semana, del 5 de enero de 1984, contiene dos entrevistas que completan
casi treinta páginas, realizadas por los periodistas Ricardo Ibarlucía y Alberto Amato,
respectivamente. Otras cuatro entrevistas aparecieron el 12, el 19 y el 26 de enero, y el 2 de
febrero de 1984 (números 371, 372, 373 y 374 respectivamente). Posteriormente, las
declaraciones de Vilariño fueron editadas y publicadas en forma de libro (VILARIÑO, 1984).

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denominado “show del horror”, con una prensa que por primera vez había
transformado en un tema central la cuestión de los desaparecidos, las noticias
se desarrollaban con un lenguaje macabro y sensacionalista, focalizándose
principalmente en las exhumaciones de cuerpos “NN” (sin nombre) en decenas
de cementerios en todo el país. En esta primera presentación mediática del
terrorismo de estado en la post-dictadura, que puede datarse entre enero y
marzo de 1984, varios mecanismos discursivos produjeron una
espectacularización del horror: entre otros, el tono sensacionalista, la exhibición
constante de exhumaciones de tumbas anónimas, la acumulación desordenada
de datos inconexos sobre la desaparición forzada y la falta de separaciones entre
las informaciones sobre violaciones a los derechos humanos y otros temas del
“destape” mediático (FELD, 2015).

En ese contexto, Vilariño no sólo detalló torturas y asesinatos en la ESMA,


sino que fue colocado –por unos pocos meses– como un personaje clave de esa
coyuntura transicional. Estas declaraciones, el personaje compuesto por el
represor Vilariño y la “escena del crimen” configurada por la ESMA, construyen
una primera capa de sentido que contribuye a la visibilización del CCD que nos
interesa explorar.

Para ello nos detendremos en dos de las múltiples dimensiones y aspectos


que pueden leerse en esta serie de entrevistas y que resultan de interés para
nuestro objeto de indagación: primero, ¿cómo contribuyen estas declaraciones a
visiblizar la ESMA, constituyéndola en una de las escenas donde se cometió el
crimen más atroz?; segundo, ¿qué tipo de “verdad”15 construye la palabra de
Vilariño y cómo se le confiere legitimidad en ese contexto?

Para leer las declaraciones de Vilariño es necesario tener en cuenta una de


las características fundamentales del escenario transicional: que –salvo para
quienes estaban involucrados en el movimiento de derechos humanos y para las
víctimas y sus allegados– la noción de desaparición y las diversas acciones
criminales que incluía (el secuestro, la tortura, el asesinato y la ocultación de los
cuerpos) no se constituyeron acabadamente hasta un tiempo después (FELD;

15
Entendemos la verdad en su vertiente foucaultiana, como una producción social que, en el
marco de los procesos memoriales, se apoya en determinados mecanismos y dispositivos que
cambian en función de los contextos históricos.

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FRANCO, 2015). Fue primero el informe de la CONADEP publicado en noviembre


de 1984 y, luego el Juicio a los ex comandantes realizado en 1985, los que
construirían esa noción, demostrando el carácter sistemático y aberrante de las
desapariciones.

Durante los primeros meses de la transición, la pregunta sobre qué pasó


con los desaparecidos estaba en el centro de la escena y en ella se basaba la
gran expectativa social que generaba la cobertura periodística del “show del
horror”, enfocada en describir los centenares de fosas clandestinas con cuerpos
NN (presuntamente pertenecientes a los desaparecidos), que –desde los
primeros días de la transición– comenzaban a ser exhumadas en los cementerios
de todo el país. Aunque se sabía que habían existido prisiones clandestinas y
lugares de torturas por los que habían pasado los desaparecidos, en aquel
momento, lo que se manifestaba como “escena del crimen”, como sitio material
vinculado con la desaparición, eran el cementerio y la tumba anónima. Si bien
las inspecciones de la CONADEP en diversos CCDs que funcionaron mayormente
en unidades militares y comisarías16, también relatadas por los diarios, llevaban
la atención hacia los sitios que habían operado como “cárceles secretas” de la
dictadura, los detalles de lo ocurrido en su interior no predominaban en el
tratamiento periodístico.

En ese momento, no era nueva la información de que la ESMA había


funcionado como CCD. Desde 1979, habían circulado –aunque principalmente
fuera de la Argentina– testimonios de sobrevivientes que relataban haber
padecido allí torturas y haber escuchado rumores sobre las eliminaciones de
detenidos adormecidos que eran arrojados al mar desde aviones en vuelo (lo que
más tarde se llamó “vuelos de la muerte”) (CADHU, 1979). También se habían
conocido casos de desapariciones con amplia repercusión internacional como el
de la adolescente sueca Dagmar Hagelin y el de las monjas francesas Alice
Domon y Léonie Duquet secuestradas por el grupo de tareas de la ESMA en
diversos operativos en 1977.

16
La CONADEP realizó diversas inspecciones oculares en unidades militares y comisarías donde
funcionaron cincuenta centros clandestinos de detención en Buenos Aires, Córdoba, Tucumán,
Mendoza, Formosa y Santa Fe, que estaban restringidos a la vista pública. Estas inspecciones
fueron ampliamente retratadas en los medios de comunicación de la época (CRENZEL, 2008,
p. 75).

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Aun así, con las declaraciones de Vilariño se produjeron dos novedades. En


primer lugar, hablaba alguien “desde adentro” del aparato represivo, dando
detalles de hechos de violencia de los que nadie (salvo los perpetradores) podía
dar testimonio; y, en segundo lugar, hablaba alguien que podía nombrar a otros
represores, especialmente a cuadros jerárquicos de la Armada (quienes, para
muchos sobrevivientes que entonces testimoniaban, eran anónimos o solo
conocidos mediante alias). En este marco, Vilariño informó, con un lenguaje crudo
y directo, sobre la tortura y describió los instrumentos para ejecutarla 17, describió
con detalle el procedimiento de arrojar a los detenidos desde aviones18, dio los
nombres de sus superiores y los alias de otros represores (nombró a Chamorro,
Mendía, Vildoza, Whamond, Acosta, entre otros) y mencionó sitios donde –
aseguró – estarían los cuerpos de los desaparecidos asesinados en la ESMA
(IBARLUCÍA, 1984, p. 29-32).

Las motivaciones de Vilariño para hablar en ese momento, nunca quedaron


claras, aunque dijo, en las entrevistas, que estaba seguro de ser perseguido por
otros miembros del GT y suponía que el hecho de hacer una declaración pública
lo pondría a salvo (AMATO, 1984, p. 53). Estos dichos no pudieron comprobarse.
Sin embargo, las repercusiones fueron muy amplias y abarcaron desde las
acusaciones de locura o corrupción hacia Vilariño por parte de algunos oficiales
de la Marina,19 hasta el procesamiento y la detención del vicealmirante Rubén
Jacinto Chamorro, ex Director de la ESMA en febrero de 1984.20

17
Para evitar reproducir los detalles escabrosos dados por Vilariño en su entrevista, y evitar de
esta manera prolongar el horror producido por sus dichos, no citaremos sus palabras textuales,
sino que solamente mencionaremos algunas temáticas relativas a la tortura que surgieron en
la entrevista: el detalle de la tortura a embarazadas (IBARLUCÍA, 1984, p. 31), la descripción de
los tipos de violencia ejercida para “obtener información” de los detenidos-desaparecidos
(IBARLUCÍA, 1984, p. 35), la descripción de los instrumentos de tortura (IBARLUCÍA, 1984, p. 35),
detalles sobre “lo que sentía una persona torturada” (IBARLUCÍA, 1984, p. 35-36) y la descripción
en detalle de una sesión de tortura (IBARLUCÍA, 1984, p. 36).
18
Como veremos más adelante, Vilariño describió muy tempranamente la eliminación de
detenidos-desaparecidos mediante lo que luego se denominó “vuelos de la muerte”: “Eran
vuelos que se hacían desde Ezeiza. Se colocaba el avión, se acercaba el camión, se subían los
guerrilleros en estado de coma o de idiotez y se salía al río. Allí eran largados desde el aire […].”
(IBARLUCÍA, 1984, p. 37).
19
Véase respuesta del contraalmirante Horacio Zaratiegui en la revista La Semana (CASTELLANOS,
1984, p. 41), y del almirante Horacio Mayorga en la revista El Porteño (LANATA, 1985, p. 22-25).
20
Un estudio detallado de las declaraciones de Vilariño y el contexto judicial en el que se
produjeron, puede verse en FELD, 2019. En ese marco, a pesar de que las notas periodísticas
anuncian su pronta detención, ésta no se produce ya que, en ese momento específico, la
estrategia judicial se basó en la persecución penal de los principales responsables y de las
cúpulas militares (NINO, 1997).

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En ese marco – y a los efectos de nuestro análisis–, las espectaculares


declaraciones de Vilariño se destacaron por varios motivos. Primero, porque – en
un marco discursivo en el que la narrativa sobre la desaparición se focalizaba en
dos de sus facetas, en la acción del secuestro y en la exhumación de cuerpos
(FELD, 2008) – podía llevar la atención a lo que había sucedido con los
desaparecidos “entre” esos dos momentos, durante el cautiverio clandestino.
Segundo, porque –a diferencia de los relatos de las víctimas – podía dar cuenta
del ciclo completo de destrucción operado en el CCD, incluyendo la eliminación
de las personas y el ocultamiento de sus cuerpos (volveremos sobre esto más
adelante). Tercero, porque daba carnadura a una historia particular, en un lugar
específico (el predio de la ESMA), que no sólo era conocido y visible, no sólo se
ubicaba en la capital de la Argentina, sino que involucraba a altos mandos de la
Marina que habían tenido responsabilidad en los crímenes. Cuarto, porque –a
diferencia de los testimonios de los sobrevivientes– su lenguaje desencarnado y
su mirada sobre las víctimas (que no era otra que el punto de vista del
perpetrador), podía ponerse a tono con la cobertura macabra y sensacionalista
que daban entonces los medios de comunicación al tema de los desaparecidos
en esos primeros meses de la transición (Foto 1).

Foto 1 - Presentación de la primera entrevista a Vilariño.

Fuente: IBARLUCÍA, 1984, p. 26-27

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En ese sentido, las declaraciones de Vilariño articularon una “escena del


crimen” (la ESMA), con un crimen específico y poco visible hasta el momento (la
tortura), y con un criminal que se volvió visible y fue claramente señalado (los
mandos de la Marina, el GT 3.3.2., y especialmente –en ese momento– el director
de la ESMA, Chamorro).

Aun con estas características, los dichos de Vilariño no se presentan en


estas entrevistas como sinónimo de una verdad indiscutible por el hecho de ser
enunciada por un perpetrador. La palabra de Vilariño es presentada como una
“versión” más de los hechos, en paralelo (y también en tensión) con los
testimonios de los sobrevivientes y los familiares de desaparecidos. El carácter
de “versión” sobre los hechos que tenía la palabra de Vilariño muestra que aún
no se había constituido la palabra del perpetrador como una fuente autorizada
que podría dar cuenta de lo sucedido por el hecho de haber participado en la
ejecución del crimen, ni tampoco –tal como hemos dicho– se había definido un
modo legítimo de narración y descripción del crimen de la desaparición. Por eso,
en ese marco sensacionalista del “show del horror”, los medios de prensa
parecen prestarle atención a Vilariño más por las crueldades que describe que
por considerar a su declaración como una prueba que proviene de un partícipe
directo. (Foto 2)

Foto 2 - Entrevista a Vilariño en revista La Semana.

Fuente: IBARLUCÍA, 1984, p. 35

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Nos interesa subrayar que los represores no eran vistos, en ese momento
transicional, como fuente de un relato que constituía una revelación o confesión
por el solo hecho de ser enunciado en primera persona21, como sucederá años
después con el caso del represor Adolfo Scilingo que presentaremos más
adelante. Esto se torna evidente en el tratamiento que hace la revista La Semana
de un tópico central en ese contexto transicional: la verdad de lo que pasó con
los desaparecidos. En la misma línea que otros medios de prensa del momento,
la revista reproduce la sospecha que pesa no sólo sobre la palabra de Vilariño
sino también sobre cualquier tipo de testimonio sean víctimas, perpetradores,
jefes militares, etcétera, acerca de la posible falsedad de sus dichos (FELD, 2015,
2019). En la entrevista, esta sospecha se manifiesta en las intervenciones del
periodista quien, reiteradamente, le pregunta a Vilariño si dice la verdad o cómo
saber que dice la verdad.22 En ese marco, lo que presenta La Semana son
numerosos índices de “factualización” (DULONG, 1998, p. 12) que servirían para
convencer al lector de la fiabilidad de este testimonio. Entre ellos, el
hiperdetallismo en las descripciones de la violencia, los titulares y bajadas que
enfatizan el horror, las fotos de la ESMA (pero también de tumbas NN en un
cementerio) con Vilariño delante (Fotos 3 y 4), y una gran cantidad de notas
derivadas que relatan los crímenes de la ESMA con testimonios de víctimas. 23

21
Son múltiples las razones por las cuales, en ese contexto específico, no estaba todavía
construida la idea de que las “revelaciones” se producían simplemente por el hecho de que un
victimario realizara su relato en primera persona. Algunas de ellas fueron trabajadas en FELD,
2015; FELD; FRANCO, 2015; SALVI, 2015. En estos trabajos, se destacan, entre otras, las siguientes
razones: primero, no estaba construida todavía la idea de “represor” como una categoría
colectiva para designar al conjunto de los responsables de un mismo tipo de crimen; segundo,
no se tenía todavía una idea acabada de la amplitud y la sistematicidad de la noción de
desaparición, qué tipo de acciones y delitos implicaba y qué responsabilidades; tercero, no había
una legitimidad autoevidente de ningún tipo de testimonio, ni de las víctimas ni de los
represores.
22
Al final de la primera entrevista, tiene lugar el siguiente diálogo, que da cuenta, no sólo de la
sospecha por parte del periodista sino también de la incapacidad (y las oscilaciones) de Vilariño
para construir, desde su propio discurso, la credibilidad de sus dichos, desacreditándose él
mismo –de cierta manera– como sujeto moral para decir la verdad: “Periodista: ¿Cómo sé que
usted no miente? / Vilariño: Ah, no sé, no tengo forma de demostrárselo […]. Pero le juro que es
así, que digo la verdad… aunque no sé cuál puede ser el grado de credibilidad de una persona
que ha cometido ciertos delitos” (AMATO, 1984, p. 46).
23
En los mismos números de La Semana que publicaron las entrevistas a Vilariño, la revista
publicó varias notas, derivadas, de algún modo, de estas declaraciones, ya que tuvieron como
temas centrales algunos de los tópicos abordados por Vilariño acerca de la ESMA: “El caso de
las embarazadas torturadas y desaparecidas” (EL CASO DE LAS EMABARAZADAS, 1984, p. 18-

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Foto 3 - Entrevista a Vilariño en revista La Semana.

Fuente: IBARLUCÍA, 1984, p. 29

Foto 4 - Entrevista a Vilariño en revista La Semana.

Fuente: IBARLUCÍA, 1984, p. 30-31

27); “1976-1979. La historia negra de la Escuela de Mecánica de la Armada” (1976-1979 LA


HISTORIA, 1984, p. 35-46); “El país de la tortura” (EL PAÍS, 1984, p. 48-51); “Psicología del
torturador” (PSICOLOGÍA, 1984, p. 70-76); “El caso del doctor Magnasco y las embarazadas
desaparecidas” (EL CASO DEL DOCTOR, 1984, p. 28-29). Al mismo tiempo, publicó también notas
sobre otras facetas del terrorismo de estado y sobre otros centros clandestinos de detención.

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Como puede observarse, en este proceso de visibilización, los diversos


elementos no tuvieron en aquel momento una jerarquía particular: lugares, voces,
hechos, nombres, compusieron un cúmulo de fragmentos difícilmente
ordenables. La “escena del crimen” constituida por la ESMA como lugar de tortura
y asesinato se colocaba en tensión con la escena de las tumbas NN; los dichos
del represor se presentaban en competencia con los de otras voces en el plano
de su veracidad, especialmente los familiares de desaparecidos y los
sobrevivientes. Sin embargo, lo que nos muestran estas entrevistas, a los fines
de observar la calificación del lugar y del crimen cometido allí, es la puja no sólo
por establecer la verdad de los hechos (¿qué ocurrió?, ¿a quiénes?, ¿quiénes
fueron los responsables?, etcétera), sino también por estabilizar un tipo de
lenguaje y por establecer unas fronteras claramente delimitadas entre lo decible
y lo indecible. En este aspecto, lo que sobresalen son maneras de representar el
horror atravesadas por la mirada del represor y por su lenguaje inmerso en la
jerga deshumanizadora de los CCD.24

En el marco de las entrevistas a Vilariño, por lo tanto, la representación de


la ESMA queda impregnada en ese lenguaje que refuerza una característica que
contribuirá al particular trabajo de memoria realizado en torno a este CCD: se
convierte progresivamente en la hipérbole donde lo más atroz, lo más horrible y
lo más siniestro quedan al descubierto. No obstante, en toda esta trama, en aquel
momento, la ESMA no se constituye como símbolo, no representa al “todo”; esto
es, en esos relatos no alcanza con nombrar a la ESMA para designar a todos los
demás CCDs. En el “show del horror”, las noticias van mostrando –con diversas
modalidades de enunciación– los atributos, la ubicación y la historia de cada uno
de los CCDs que visita la CONADEP durante sus inspecciones, incluyendo algunas
veces testimonios de las víctimas. La ESMA es “uno más” de ellos. En ese
contexto, se hace necesario componer el cuadro de situación. Todavía –antes de
la publicación del informe Nunca Más realizado por la CONADEP– los centros
clandestinos no parecen conceptualizarse como lugares donde se implementó
una misma metodología represiva de manera sistemática. Sin embargo, por la
manera en que es calificado en esta serie de entrevistas, el CCD de la ESMA

24
Más detalles sobre la construcción de este punto de vista y este proceso específico de
visibilización producido por las declaraciones de Vilariño, pueden encontrarse en FELD, 2019.

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parece tener un lugar preponderante por el cúmulo de horrores que se hacen


visibles; y no sólo porque los horrores efectivamente ocurrieron allí, sino por la
manera desencarnada –bien distinta al relato más preciso y austero de los
sobrevivientes– en que los relata el represor. Por lo tanto, el punto de vista del
represor construye una calificación específica para la ESMA en tanto lugar donde
lo más siniestro sucedió (tortura, cautiverio, asesinato, etcétera) y, al mismo
tiempo, otorga una calificación genérica a los demás espacios del cautiverio
clandestino cuya revelación como “escena del crimen” se fue produciendo
progresivamente a partir de ese momento.

Las declaraciones de Raúl Vilariño tuvieron importantes repercusiones


mediáticas y también en el plano de las acciones judiciales, contribuyendo de
manera peculiar a la visibilización de la ESMA. En este último aspecto, como ya
se dijo, poco después de las primeras declaraciones de Vilariño, el contralmirante
Chamorro quedó detenido en su calidad de ex-director de la Escuela de
Mecánica. En esos meses, fue el único procesado en vinculación con crímenes
cometidos en un centro clandestino en particular. Sin embargo, cuando la prensa
dio esa noticia, los titulares no nombraron a la ESMA. En ese momento, aún
incipiente de la acción judicial, las causas se designaban con los nombres de
detenidos-desaparecidos, y no todavía por centros clandestinos, como sucederá
años más tarde cuando se configure el expediente de lo que hoy conocemos
como la Megacausa ESMA25. Para las expectativas de la época, la designación del
criminal parecía ser más importante que la de una “escena del crimen” (FELD,
2008). En ese punto, la ESMA era mencionada en la prensa porque permitía
designar un responsable –oficial superior de la Marina–, y con ello aludir a la
responsabilidad de la Armada como institución. Aunque Chamorro murió impune
sólo dos años después, su representación asociada a la ESMA aportó a esta
primera capa de sentido, configurada en los primeros meses de la transición, la
atribución de dicha responsabilidad institucional y la visibilización del CCD como
“escena del crimen”.

25
La Megacausa ESMA está conformada por una serie de causas por delitos de lesa humanidad.
El primer juicio tuvo lugar en 2007 (cuyo único imputado fue hallado muerto en su celda antes
de escuchar la sentencia), el segundo se realizó en 2009 y 2011 (trató los casos de 86 víctimas
contra 19 acusados), el tercer juicio entre 2012 y 2015 (reunió los casos de 789 víctimas contra
67 imputados). La cuarta etapa de la Megacausa ESMA consta de 4 investigaciones, algunas en
proceso de elevación a juicio, otras aún en etapa de instrucción.

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Scilingo y la ESMA: el crimen de desaparición en primera persona


A principios de 1995, después de las leyes de impunidad y los indultos,
existía una situación de impunidad para los represores que habían perpetrado las
desapariciones en Argentina. Aunque los hechos ya se habían establecido
judicialmente mediante el juicio a los ex comandantes (1985), una vez instaurada
la impunidad, hacia 1990, los medios de comunicación fueron dejando
progresivamente de tratar el tema, no se producían grandes eventos públicos,
las marchas por el aniversario del golpe de estado convocaban cada vez a menos
gente (LORENZ, 2002, p. 80) y sólo los sobrevivientes y los organismos de
derechos humanos seguían tratando de hacer oír sus reclamos de justicia. Todo
este proceso, que se ha conceptualizado como un momento de “enfriamiento”
de la memoria social sobre el terrorismo de Estado (VALDEZ, 2001), tuvo un
quiebre decisivo en marzo de 1995. Un acontecimiento, aparentemente menor,
llevó nuevamente el tema al espacio público. Se trató de la declaración de Adolfo
Francisco Scilingo, un capitán retirado de la Marina que había actuado en la ESMA
y que dijo en un programa de televisión haber participado de los operativos de la
Armada en los que, durante la dictadura, se arrojaba al mar a detenidos-
desaparecidos vivos desde aviones en vuelo (los llamados “vuelos de la muerte”).
Las declaraciones de Scilingo se publicaron, primero, en el libro El Vuelo
(VERBTISKY, 1995) y luego el periodista Mariano Grondona lo entrevistó en su
programa televisivo Hora Clave del 9 de marzo de 1995 (Foto 5).

En esa presentación televisiva, Scilingo comenzó diciendo:

“Yo, desde que hice el primer vuelo, si no uso Lexotanil o alcohol,


no duermo. Nosotros ganamos una guerra. De eso no tengo dudas.
Lo que hice lo hice total y absolutamente convencido, pero la
guerra terminó y quedaron los hombres, quedaron desaparecidos
y quedaron muchas heridas. Yo, en este momento, dado como
están las cosas, quiero decirles a todos los que me están
escuchando que yo me siento un asesino. (SCILINGO, 1995)

A continuación, Scilingo afirmó que él mismo había arrojado a 30 personas


vivas al mar en los llamados “vuelos de la muerte”.

En ese momento, los dichos de Scilingo, y la seguidilla de declaraciones –


de muy variado tenor– de otros represores que habían actuado en otros CCDs

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como Víctor Ibáñez, Julio Simón, Héctor Vergez e, incluso, del mismo ex jefe de
la Armada Emilio Massera conformaron en conjunto una oleada26 que tuvo como
uno de sus efectos inesperados abrir una grieta, no sólo en el silencio y
“enfriamiento” que se había apoderado de la sociedad argentina en relación a la
memoria de la dictadura, sino también en la impunidad con la que esos mismos
represores se beneficiaban por entonces. Las declaraciones de Scilingo en
primera persona, la visibilización de una nueva “escena del crimen” constituida
por los “vuelos de la muerte” y el telón de fondo de la ESMA construyen la
segunda capa de sentido que contribuye al proceso memorial sobre la ESMA que
estamos analizando.

Foto 5 - Declaraciones de Adolfo Scilingo.

Fuente: programa televisivo Hora Clave, emitido el 9 de marzo de 1995


(archivo personal de las autoras)

26
Inmediatamente después de las declaraciones de Scilingo, otros ex militares realizaron
declaraciones televisivas sobre su participación en la represión. El 24 de abril, un ex cabo del
Ejército, Víctor Ibáñez, fue al programa televisivo Hadad & Longobardi (H&L), para hacer una
declaración parecida a la de Scilingo, relatando “los vuelos” (esta vez, referidos a la actuación
del Ejército, no de la Marina) y mencionando su actuación en el centro clandestino de detención
que funcionó en Campo de Mayo, en la provincia de Buenos Aires. Otro represor, Julio Simón,
que había sido denunciado como torturador por varios testigos ante la CONADEP, apareció en
dos canales de televisión (noticiero de ATC el 1/5/95, y noticiero de canal 13 el 2/5/95 y el 3/5/95),
y defendió la represión ejecutada por las Fuerzas Armadas. Por su parte, el ex capitán Héctor
Vergez, del Ejército (que comandó la sección dedicada a los secuestros y al exterminio de
detenidos en el centro clandestino llamado “La Perla”, en la provincia de Córdoba), se presentó
en el programa Hora Clave el 6 de abril de 1995, donde justificó la tortura. Hemos desarrollado
la noción de “oleadas” de declaraciones de represores en FELD Y SALVI, 2019.

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En ese marco, nos preguntamos ¿qué tipo de “escena del crimen” es la


que se hace visible con las declaraciones de Scilingo y cómo esto tuvo un efecto
sobre la memorialización de la ESMA y su construcción como símbolo del
horror?, ¿qué nuevos marcos de interpretación se configuraron para la palabra
de los represores y qué “verdad” se fue delimitando tras esos marcos de
interpretación en esta nueva etapa?

Aunque Scilingo no dio informaciones desconocidas sobre el sistema


represivo –informaciones que habían quedado establecidas con el Nunca Más y
el Juicio a los ex comandantes muchos años antes–, fue la primera vez que un
represor describía la eliminación clandestina de los detenidos-desaparecidos,
reconociendo su propio involucramiento en esas acciones. La ESMA, que en 1995
era públicamente conocida por decenas de testimonios vertidos en el Juicio y
por el lugar prominente que tenía en libros, films, programas televisivos y otras
manifestaciones memoriales, si bien se nombra, no se presenta como la
revelación más significativa del relato del represor. Lo que sí se describe
pormenorizadamente, porque es la situación que, según su propio relato,
produce un quiebre y un “trauma” en Scilingo, es la escena de los “vuelos”.

Scilingo detalla la periodicidad, el tipo de avión que se usaba, la cantidad


de detenidos que se llevaba adormecidos y también su propia experiencia. Según
cuenta, la primera vez que participó en uno de esos operativos, perdió el
equilibrio y casi se cae él mismo desde un avión en vuelo (VERBITSKY, 1995). Pero,
además, la fuerza enunciativa del relato de Scilingo (su posición testimonial)
respecto de los vuelos se produce porque es alguien que “volvió y contó”
(BENJAMIN, 1936), que retornó del lugar de donde, por definición, nadie –excepto
los perpetradores– podía volver. De este modo, aunque ese sistema de
eliminación clandestina había sido mencionado tanto por Vilariño en 1984, como
posteriormente por sobrevivientes, los vuelos cobraban una nueva
preponderancia, visibilizándose como un tipo específico de crimen. Un hecho
atroz que – ejecutado de manera secreta – completaba el crimen más conocido
públicamente de la detención clandestina y de la tortura; y, por lo tanto, daba
lugar a una “escena del crimen” (el avión, el Río de la Plata y el Mar Argentino)
distinta, y al mismo tiempo complementaria, de los CCDs. Imágenes de aviones,

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del río, del mar empiezan a ser mostradas en las nuevas representaciones
mediáticas que reproducen las declaraciones de Scilingo en noticieros y
programas periodísticos.

En ese marco, la “escena del crimen” de la ESMA se presenta en el relato


de Scilingo completando esa otra escena de los vuelos. Primero, porque, era en
la ESMA donde Scilingo realizaba tareas de logística para el funcionamiento del
CCD. Segundo, porque en sus dichos enunciaba claramente que, en la ESMA, las
personas secuestradas eran engañadas con una supuesta liberación y
seleccionadas, todas las semanas, para ser asesinadas en los “vuelos de la
muerte”. De modo que, a partir de los dichos de Scilingo, la ESMA comienza a
visualizarse como el sitio de origen de los vuelos y el escenario aberrante en el
que las personas eran adormecidas para, luego, ser trasladadas hasta los aviones.

En este marco, las declaraciones de Scilingo produjeron un nuevo tipo de


relación entre la palabra de los perpetradores y la voz de los sobrevivientes. A
partir de su relato, los testimonios de los represores parecieron volverse creíbles
para el público, incluso más creíbles que los relatos sobre los mismos hechos
que durante muchos años habían realizado las víctimas. Los testimonios de los
sobrevivientes y familiares de desaparecidos siempre habían resultado
“sospechosos”, no del todo creíbles, para un sector de la sociedad que había
justificado (y lo seguía haciendo para entonces) los crímenes de la dictadura. Uno
de los argumentos de los militares para descalificar el juicio de 1985 fue,
precisamente, la gran proporción de testimonios brindados por las víctimas. El
periodista Verbitsky, autor de la primera entrevista a Scilingo, expresó esa nueva
relación de fuerzas entre los relatos de las víctimas y el del represor:

“Lo que cuenta Scilingo no es nuevo [...] pero las Fuerzas Armadas
siempre lo habían negado [...] A mí me parece que la importancia
de este testimonio terrible es que por primera vez queda
establecido, y creo que de forma definitiva, que hay una sola
historia, esta es la historia. Se acabó la discusión sobre los
hechos”. (VERBITSKY, 1995)

En ese nuevo contexto, no hay voces que expresen dudas de que Scilingo
dice la verdad, aunque su palabra es creída porque resulta consistente con lo
que ya se construyó en instancias institucionales y jurídicas anteriores, como la

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CONADEP y el Juicio a los ex comandantes, en las que la palabra de los


sobrevivientes y los familiares de los desaparecidos se fue legitimando como
fuente de verdad. En ese contexto de enunciación, una de las consecuencias de
los dichos de Sciligno consistió en que progresivamente se fueron conformando
dos modos de interpretar las palabras públicas de los represores. Primero, se
instaló la tendencia a calificarlas como una confesión, sin cotejar si lo
efectivamente dicho constituía información conocida o no (SALVI, 2016), como
sucederá en ese mismo año con las declaraciones de los torturadores Julio
Simón y Héctor Vergez, y mucho después con las del dictador Videla.27 Y,
segundo, se fue imponiendo la idea de que una “verdad más verdadera” que la
producida por los testigos, por los sobrevivientes, por la CONADEP o por los
juicios, provendría de los mismos represores (FELD, 2016). Tanto fue así que los
medios de comunicación propiciaron, como ya mencionamos, una seguidilla de
declaraciones de represores en busca de que estos dijeran esa “verdad más
verdadera” acerca de los crímenes cometidos, e intentando ir incluso más allá:
propiciando un arrepentimiento y un reconocimiento del mal perpetrado por
ellos mismos.28 Sin embargo, lo que se escuchó fue algo muy distinto: se escuchó
al dictador Emilio Massera negar los hechos y provocar a las víctimas, 29 al

27
En mayo de 1995, el Canal 13 televisó una entrevista al Julio Simón alias “Turco Julián” bajo el
título “La confesión”, donde el torturador del CCD El Olimpo defendió el uso de apremios
ilegales. El ex capitán Héctor Vergez, del Ejército, quien había estado a cargo de secuestros y
asesinatos en el CCD de La Perla, en Córdoba, se presentó en el programa Hora Clave, el 6 de
abril de 1995, y allí justificó la tortura e hizo un llamamiento a la “reconciliación nacional”. En
2012, se publica el libro del periodista Ceferino Reato con una entrevista a Jorge Videla con el
título La Disposición Final. La confesión de Videla sobre los desaparecidos. Allí, Videla, lejos de
producir una confesión, reconoce la metodología de desaparición de personas en declaraciones
que sólo reproducen saberes ya existentes y probados previamente por los procesos judiciales
(ver al respecto, SALVI, 2016).
28
Una de las expectativas sociales sobre las declaraciones de represores ha sido la de que ellos
manifestaran algún tipo de arrepentimiento público, repudiando sus propias acciones criminales
ocurridas en el pasado. A pesar de que la calificación de “arrepentidos” englobó múltiples
declaraciones de represores que tuvieron diferente finalidad y contenido (incluyendo algunas
claramente reivindicadoras del accionar criminal de las fuerzas armadas), el “arrepentimiento”
fue la interpretación dominante sobre estas declaraciones producidas en los medios masivos
durante la segunda mitad de los ’90. Ver al respecto, FELD, 2009.
29
El 28 de julio de 1995, Massera habló por Radio América con el periodista Daniel Hadad en la
primera entrevista en directo concedida por el ex almirante después de la dictadura. En ella
defendió la tortura, dijo que el informe Nunca Más era “una novela” y criticó al general Balza
diciendo que su “autocrítica” no era honesta (SÁBATO RECHAZÓ, 1995, p. 10). En los días previos,
la revista Gente había publicado una entrevista a Massera en la que el ex almirante se expresaba
en términos similares. El 7 y el 10 de agosto de 1995, Massera reprodujo ese tipo de
intervenciones en dos programas de televisión.

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torturador Julio Simón vanagloriarse de la violencia y al represor Héctor Vergez


justificar la tortura y afirmar que no se arrepentía de sus actos.

En definitiva, las declaraciones de Scilingo no sólo hicieron nuevamente


visible el crimen –entonces impune– de la desaparición de personas y llamaron
la atención sobre los criminales que gozaban de impunidad (muchos de ellos,
cuadros medios de las fuerzas armadas), poniéndolos en el centro del debate
político,30 sino que designaron con claridad la secuencia terminal en el proceso
de desaparición –la eliminación clandestina–, proponiendo a la “escena del
crimen” de los vuelos como complementaria de aquella constituida por los CCDs.
En ese marco, la ESMA adquiere un nuevo protagonismo, pero no en función de
novedades y revelaciones que hubieran surgido en esta etapa, sino como
trasfondo siniestro de los “vuelos”. La ESMA, las imágenes del predio, del frontis
del edificio de cuatro columnas, de sus rejas circundantes, se convierten
progresivamente en símbolos que conjugan toda una serie de atrocidades. De
hecho, poco después de las declaraciones de Scilingo, se produjo una primera
manifestación masiva de las Madres de Plaza de Mayo en reclamo de justicia en
las puertas de la ESMA y, el 24 de marzo de 1995, tuvo lugar allí por primera vez
la manifestación de repudio al golpe de Estado que históricamente se realiza en
la Plaza de Mayo31 (Foto 6). Al mismo tiempo, también la costanera del Río de la
Plata en la ciudad de Buenos Aires empezó a ser reconocida como un lugar de
recordación, asociado a los “vuelos de la muerte”. En efecto, pocos días después,
el 30 de marzo, se llevó a cabo el primer homenaje a los desaparecidos frente a
la costanera del Río de la Plata y los organizadores reconocieron que la elección
del sitio había tenido que ver con las declaraciones de Scilingo (VALDEZ, 2001, p.
71) (Foto 7). En ese marco, esas declaraciones se tornaron también en una
ventana de oportunidad para los organismos de derechos humanos, quienes

30
El impacto de la palabra en primera persona de los perpetradores, más allá de lo que ellos
efectivamente digan, tiene como uno de sus efectos de sentido una suerte de psicologización
de la violencia, que despolitiza las discusiones e instala el debate en términos de personalidades
individuales y no de dispositivos desaparecedores, tal como ha sido el caso de la acción
represiva durante la dictadura en Argentina. Esta problemática excede los alcances del presente
artículo, pero un abordaje inicial de tal discusión puede verse en FELD y SALVI, 2019.
31
El 23 de marzo de 1995, las Madres de Plaza de Mayo convocaron a una marcha frente a la
ESMA que fue reprimida por la policía (REPRESIÓN, 1995, p. 14.). No obstante, un día después, el
24 de marzo de 1995, se realizó la marcha de repudio al golpe de estado frente al edificio de la
ESMA con algo más de 500 asistentes. (NO VAMOS, 1995, p. 7.).

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aprovecharon el nuevo escenario de “calentamiento” de la memoria sobre la


dictadura para reinstalar en el debate público sus demandas de verdad y justicia.

Foto 6 - Marcha de aniversario del golpe de Estado frente a la ESMA.

Fuente: NO VAMOS, 1995, p. 7

Foto 7 - Homenaje a los desaparecidos frente al Río de la Plata, 1995.

Fuente: Fotografía de Eduardo Longoni

Tres años después, hacia 1998, la visibilización y calificación de la ESMA


como símbolo del horror se habría consumado. El por entonces presidente

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Carlos Menem (1989-1999), como parte de su política de “reconciliación nacional”,


ordenó por decreto demoler la ESMA debido justamente a su manifiesto carácter
de símbolo del horror. La reacción de los organismos de derechos humanos fue
inmediata y el repudio fue generalizado al punto que se promovieron acciones
judiciales materializadas poco después en la sanción de una ley que prohibiría su
demolición y exigiría de manera definitiva su preservación como prueba del
crimen. Esta seguidilla de episodios no sólo reforzaba la visiblización del sitio
como “escena del crimen”, sino que lo consagraba como marca territorial de la
memoria sobre el terrorismo de Estado. Como tituló el diario La Nación en ese
momento, la ESMA eran “cuatro letras convertidas en sinónimo del terror”
(CUATRO, 1998). En ese contexto, Alfredo Astiz, un represor de la ESMA mucho
más conocido públicamente que Scilingo –ya que había sido responsable de las
desapariciones de la adolescente sueca Hagelin y de las monjas francesas–, se
refirió a ese CCD en los medios de comunicación, generando intensas
repercusiones (CERRUTI, 1998) (Foto 8).

Foto 8 - Declaraciones de Alfredo Astiz en la revista Tres Puntos.

Fuente: Cerruti, 1998, Tapa.

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Esas nuevas declaraciones reivindicadoras del accionar de las Fuerzas


Armadas se dieron ya en un escenario en que la ESMA operaba como metonimia
del horror y como emblema que solía utilizarse para dar cuenta de lo ocurrido
en cualquier CCD. Esa escena general y emblemática, que operaría fuertemente
en las acciones memoriales de la década siguiente – al punto que hoy la ESMA
alberga un Museo y es un predio dedicado al trabajo memorial, además de ser el
objeto de una Megacausa judicial que reúne cientos de casos –, merece una serie
de reflexiones de nuestra parte.

Para concluir: de la calificación a la emblematización, el rol de los


perpetradores en las memorias de la ESMA
El proceso memorial que hemos analizado en torno a la ESMA involucró
una serie de etapas o “capas” de sentido, que fueron desarrollándose a lo largo
del tiempo, en función de acciones, narrativas y debates propuestos y sostenidos
por diversos actores. En este artículo, hemos prestado atención a las narrativas
y acciones producidas específicamente por perpetradores de la ESMA a lo largo
de más de 10 años, desde la inmediata post dictadura hasta mediados de la
década de los ’90. Se trata de un aspecto específico y poco estudiado, aunque
no menor, de ese proceso memorial. Hemos observado de qué manera la palabra
pública de dos represores que actuaron en ese CCD incidió en la visibilización del
sitio, en la calificación del crimen y de la “escena del crimen”, y en la
conformación de una verdad social sobre los hechos. En este sentido, nos parece
importante remarcar dos procesos centrales del trabajo memorial, que pudimos
observar al estudiar las declaraciones de represores, anudando la historicidad de
la memoria, el rol de la voz de los perpetradores y la calificación del lugar. Por
un lado, la disputa por la legitimación de un punto de vista; por otro lado, el
“proceso de emblematización”, esto es, la lenta construcción memorial a partir
de la cual, a lo largo de años, la ESMA se fue convirtiendo en un emblema del
terrorismo de Estado.

En primer lugar, sobre las disputas por la legitimación de un punto de vista


podemos decir que la palabra de los represores con respecto a la ESMA sirvió
para configurar nuevas discusiones en torno a la verdad de lo ocurrido en el CCD

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y a quiénes estaban socialmente autorizados para enunciarla. Si a comienzos de


1984 era audible el discurso construido desde el punto de vista “crudo” del
represor, ese discurso no era el único y no terminó hegemonizando el campo de
lo legitimado. Muy por el contrario, en ese mismo momento, ante la CONADEP y
en otros ámbitos públicos, muchos de los testimonios de sobrevivientes de la
ESMA fueron construyendo un relato más preciso y austero que el realizado por
Vilariño. Junto con un cúmulo de saberes sobre el funcionamiento de los CCD y
sobre el aparato represivo, los sobrevivientes (y muchas de las instancias
institucionales donde se presentaron y configuraron estos testimonios, como el
informe Nunca Más y el Juicio a los ex comandantes) fueron construyendo una
posición de enunciación que humanizaba a las víctimas, reparando en parte,
simbólicamente, el tratamiento deshumanizador de los CCD.

Cuando, 10 años después, el represor Scilingo se refirió a su propia


participación en el grupo de tareas de la ESMA y en los vuelos de la muerte, sus
dichos resultaron audibles por otros motivos. Primero, porque se acoplaron a los
testimonios y las pruebas recogidos y confirmados durante toda una década. Es
decir, porque eran parte de un proceso de desplazamiento que se había
producido en esos diez años desde la “competencia” entre las voces
testimoniales de los sobrevivientes y las de los represores (entre ellos Vilariño y
otros altos jefes militares) hacia una suerte de complementariedad de voces y,
especialmente, por la idea de que las declaraciones de Scilingo confirmaban la
información ya brindada por los sobrevivientes. Y segundo, porque los dichos de
Scilingo, producidos al amparo de la impunidad, fueron presentados
mediáticamente como si colmaran una expectativa doble: la de confesión (como
una promesa de verdad) y con ella la del arrepentimiento (como posibilidad de
expiación por el hecho de hablar) (FELD, 2009; SALVI, 2012). Esta doble
expectativa moldeó, de alguna manera, las condiciones sociales de interpretación
de los dichos, no solo los de Scilingo sino también los de otros represores que
hablaron en ese momento, incluso cuando a pesar de esa expectativa ninguno
se arrepintió. La tensión entre la expectativa de un arrepentimiento y la nueva
reivindicación de los crímenes en muchos de esos casos, moldeó esta nueva
etapa de extrema exposición mediática en la voz de los perpetradores. De esta

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manera, en repetidas oportunidades (Etchecolatz, Massera, Turco Julián, Vergez),


el discurso deshumanizador para con las víctimas volvió a tornarse audible y fue
interpretado como “una opinión más” en el intercambio mediático (FELD, 2016).

En segundo lugar, en relación con la visibilización de la ESMA y su


calificación como “escena del crimen”, los casos estudiados permiten
comprender algunos aspectos específicos de cada una de esas dos etapas
memoriales. En el primer caso, el de Vilariño, la “escena del crimen” de la ESMA
se presentó en tensión y en competencia con la escena de los cementerios y las
tumbas NN. En el caso de Scilingo, se construyó en complementariedad con la
escena de los “vuelos de la muerte”. La calificación del lugar producida por esos
dichos también se diferencia en cada etapa.

En 1984, el relato de Vilariño contribuyó a una primera calificación del CCD


de la ESMA, que no era aún considerado como un prototipo o un símbolo de la
“cárcel secreta”. Sin embargo, junto con otros relatos que se hicieron públicos en
ese momento, especialmente los de sobrevivientes, esas informaciones que el
represor descubría y visibilizaba permitieron dar una idea no sólo de lo ocurrido
en la ESMA, sino también en otros lugares que, según se empezaba a saber en
ese momento, habían funcionado como CCDs. Este primer proceso habla, más
que de la conformación de un símbolo, de la construcción de una noción genérica
del CCD, refiriendo a diversos lugares que habían funcionado con características
similares y que todavía (antes de la publicación del Nunca Más) no se concebían
como elementos de un plan sistemático.

Por su parte, las declaraciones de Scilingo en 1995, su descripción en


primera persona de los “vuelos de la muerte” y del rol que cumplió en el CCD de
la ESMA, aportaron elementos para volver a calificar a ese CCD como un lugar
donde ocurrieron los hechos más atroces. En conjugación y consonancia con
otros acontecimientos producidos en esa misma etapa –muchos de ellos como
consecuencia de la visibilidad de las declaraciones de Scilingo (VALDEZ, 2001) –,
la ESMA adquirió en muy poco tiempo una gran visibilidad y un lugar
preponderante en nuevas acciones memoriales. En muchas de ellas, fue
representada como un CCD que no sólo había sido equivalente a otros (como
noción genérica), sino que en las representaciones mediáticas y en las

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discusiones públicas podía ser mencionado metonímicamente en lugar de los


otros (como símbolo del horror).

Esto nos da pistas sobre un aspecto importante del trabajo memorial. En


su camino hacia el espacio público, las memorias tienden a conformar figuras
fuertes o cristalizadas que, con el tiempo, pueden condensar significaciones y
estabilizar sentidos sobre el pasado. En ellas, la literalidad de los sucesos
acontecidos y de las experiencias vividas quedan enmarcadas en un imaginario
social potente y pregnante. En el caso de la ESMA, la dimensión particular y
específica del crimen perpetrado se fue anudando con una dimensión general y
universal32 a través de un complejo proceso no exento de tensiones y
contradicciones. Consideramos que esas figuras fuertes son el resultado de un
“proceso de emblematización”. Hoy, cuatro décadas después de la dictadura, la
ESMA alberga un Espacio de Memoria que sintetiza las diferentes capas
memoriales, las imágenes de la ESMA se utilizan repetidamente para visibilizar el
crimen general de la desaparición, y pareciera que en muchos de los relatos
circulantes alcanzara con contar lo que pasó en la ESMA para entender qué
sucedió en Argentina durante la dictadura. Sin embargo, hoy sabemos que
muchas de las características del CCD que funcionó en la ESMA –como el
llamado “proceso de recuperación” de prisioneros y otras características que
hemos mencionado– no son generalizables. Los elementos que hacen a la
especificidad histórica de la ESMA quedan, o bien opacados en el “proceso de
emblematización” (ya que no se ponen de relieve cuando se habla de los CCD de
manera general), o bien igualados con el resto de los CCD como si en todos
hubiese pasado lo mismo. En ese sentido, el valor emblemático se construye en
detrimento de la historicidad y la complejidad de los acontecimientos pasados.
Por esa razón, consideramos que el rol de elementos emblemáticos en la
memoria social es paradójico. Si por una parte el “proceso de emblematización”
fortalece sentidos e imaginarios que se hacen compatibles y empáticos con

32
Varios autores trabajan las tensiones y articulaciones entre lo particular y lo universal, y entre
lo literal y lo ejemplar, para pensar la dimensión de lo traumático y la figura de la víctima en el
discurso global de la memoria y los derechos humanos que son útiles para pensar los procesos
de emblematización. (LAQUEUR, 1989; FASSIN; RECHTMAN, 2009; TODOROV, 2000). En nuestro
caso, en cambio, hemos considerado estas tensiones a partir de declaraciones de represores,
lo que genera una especificidad y nuevos desafíos a tener en cuenta en abordajes posteriores.

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sensibilidades sociales amplias, ayudando con ello a la transmisión y legitimación


de ciertas narrativas sobre el pasado, por otra parte, esa misma emblematización
termina dejando fuera de la visibilidad pública esas particularidades. Lugares
como la ESMA se convierten en metáforas del horror: sus historias, datadas y
específicas, parecieran dar cuenta de cualquier otro CCD y su sola mención
alcanza para generar un entendimiento súbito y un impacto emocional.

En ese marco, la representación de los perpetradores y su palabra resulta


también alcanzada por esta tensión entre lo general y lo específico. Algunos
represores se transformaron en metáforas del horror y su imagen personal ha
servido para nombrar el mal. Cuando eso ocurre, cuando las fotos de Astiz,
Massera o Videla se utilizan como símbolo del mal, eso tiene consecuencias en
los planos político y moral de las memorias sociales. Si bien estas
representaciones son fruto de la actividad de recordar –y no deben ser pensadas
como invenciones arbitrarias o simples manipulaciones del pasado– tienen una
resonancia cultural efectiva y productiva, por su capacidad para explicar el
pasado y para definir los enunciados en los debates públicos. De modo que
pueden, por un parte, ayudar a delimitar el universo de los perpetradores
y estimular una condena moral hacia ellos; pero, por otra parte, pueden al mismo
tiempo reproducir ciertos esquemas de significación ya armados y que son parte
del imaginario social estabilizado, psicologizando la responsabilidad política tras
la excepcionalidad de estas figuras y ocluyendo, así, las condiciones sociales y
políticas que hicieron posible la violencia.

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Revista Tempo e Argumento
Volume 13 - Número 33 - Ano 2021
[email protected]

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