ADMINISTRACIÓN DE EMPRESAS
GLOBALIZACIÓN Y DESARROLLO EMPRESARIAL
DOCENTE: BERTHA LILIANA GUTIERRES
AGUILAR
ACTIVIDAD: GLOBALIZACIÓN
ALUMNO: HECTOR HERNANDEZ HERNANDEZ
11 DE ENERO 2024
GLOBALIZACÓN FINANCIERA
La economía capitalista la norteamericana para ser precisos se vio
obligada a introducir cambios significativos en su modo de operar a raíz de
la terminación de la Primera Guerra Mundial. Dos fueron las razones
fundamentales: el llamado “Crack del 29” y la revolución rusa encabezada
por Lenin y su partido. La gran crisis económica que estalló en 1929,
provocó severos problemas a la economía norteamericana, entre ellos una
gran inflación y el despido masivo de miles de trabajadores que se
quedaron en la calle de la noche a la mañana. El desempleo masivo,
agravado por la elevación de los precios de los satisfactores básicos,
provocó que masas populares que crecían a cada hora voltearan hacia el
socialismo soviético en busca de una salida a sus lacerantes carencias y,
en consecuencia, que se declararan simpatizantes del socialismo que
enarbolaban los bolcheviques.
Había que hacer algo, y rápido, para prevenir el incendio que se veía venir
y, por supuesto, para combatir la profunda crisis en que se hallaba sumida
la economía. Fue así, y fue por eso, que el presidente Franklin D.
Roosevelt, apenas asumió la presidencia de los Estados Unidos en 1933,
lanzó su famosa política del New Deal. Esa política, además de tomar
medidas anticrisis como reforzar el proteccionismo económico para
proteger a las empresas nacionales y evitar su quiebra y mayores
despidos, también buscó paliar el desempleo y la pobreza de las grandes
masas trabajadoras. Se crearon programas de empleo temporal como el
conocido WPA, a través del cual, además, se repartían generosas
dotaciones gratuitas de alimentos y otros productos de primera necesidad.
Pero, al mismo tiempo, se implantaron medidas más serias y permanentes,
como el seguro médico, el seguro social, la educación gratuita, la vivienda
popular, las pensiones de jubilación y otras semejantes, con lo cual se
reforzó el exiguo salario de los trabajadores.
Lo más significativo en materia laboral, sin embargo, fue quizá la política
sindical. El presidente Roosevelt no solo permitió la organización gremial
de los obreros, sino que la alentó declarando el reconocimiento legal de la
misma y la plena disposición de su gobierno a negociar y a pactar con sus
líderes. Esto se tradujo, naturalmente, en una mejora sustancial y continua
de las condiciones de trabajo en las fábricas: ambiente sano, ropa de
trabajo adecuada, seguridad en el empleo, atención oportuna y de calidad
para las enfermedades y accidentes laborales y, por encima de todo, en
una mejora sostenida de los salarios y prestaciones. El resultado final fue
un reparto equitativo y equilibrado de la renta nacional, causa de la
“grandeza de la nación” en aquellos años, según la opinión de varios
economistas destacados.
Esta política se mantuvo, bajo distintos nombres y con no pocos cambios y
ajustes, hasta la llegada al poder de Ronald Reagan, en Estados Unidos, y
Margaret Thatcher, en la Gran Bretaña. En ese momento se conjuntaron,
otra vez, dos factores que permitían y exigían un giro de la política del
“estado de bienestar” hacia un “neoliberalismo” descarnado, que es el que
hoy estamos viviendo. El primero de esos hechos consistió en que los
grandes capitales monopólicos que dominaban y dominan la economía
mundial, se quejaban de una muy insuficiente tasa de ganancia que,
además, mostraba una clara tendencia a la baja, lo cual, según ellos, ponía
en riesgo la continuidad del sistema. El segundo hecho fue que todos los
aparatos de inteligencia de las potencias occidentales coincidían en
diagnosticar, como inevitable y muy próximo, el derrumbe estrepitoso del
sistema socialista euroasiático, encabezado por la URSS.
Según los líderes del capital, la causa de sus bajas utilidades era,
precisamente, la política del “estado de bienestar”, es decir, los elevados
salarios y prestaciones de los trabajadores, situación que amenazaba no
solo con eternizarse, sino incluso con acentuarse ante la capacidad de
presión de los sindicatos, protegida por las leyes en la materia. Por otra
parte, el peligro de un giro de la opinión hacia el socialismo, que en época
de Roosevelt fue determinante para su política del New Deal, podía
descartarse con toda seguridad, tanto por los estragos a su prestigio
causados por la guerra fría, como por su incapacidad intrínseca para
proporcionar bienestar a las masas. Era hora de desechar prejuicios y
temores sin base y volver al origen del éxito de la economía del capital:
dejar todo en manos del mercado y de sus leyes inmanentes, para que su
“mano invisible” se encargara de la producción y la distribución de la
riqueza, sin interferencias perturbadoras del poder del Estado. En síntesis,
volver al “laissez faire, laissez passer”. Así se hizo; y el resultado es la
brutal concentración de la riqueza y el incontenible crecimiento de la
pobreza que todos vemos hoy y que, ahora sí, ponen en riesgo la
continuidad del sistema.
Muchas cosas que vemos en nuestros días (y otras más que no vemos) y
que se nos venden como logros y progresos hacia el bienestar “de todos”,
tienen en realidad el mismo origen y el mismo propósito: reimplantar a
rajatabla el laissez faire, el “fundamentalismo de mercado”, descargando al
Estado de su obligación de intervenir oportuna y mesuradamente para
corregir los errores y desviaciones que puedan perjudicar a los más
débiles, y reduciendo su papel al de simple garante del buen
funcionamiento de la libre empresa y de sus altas tasas de ganancia.
Políticas implantadas a fortiori, como el “equilibrio” del gasto público y cero
endeudamiento, sin medir su impacto sobre el crecimiento económico, la
recaudación fiscal y el empleo; la rigurosa contención de la inflación, para
evitar perturbar los cálculos empresariales y bancarios; la “autonomía” de
la banca central, que arranca de manos de los gobiernos las decisiones
fundamentales de política monetaria y de crédito; la “flexibilidad laboral”,
que deja a los obreros indefensos ante el capital; la práctica extinción del
derecho de huelga e incluso de los mismos sindicatos, son todas
maniobras complejas para beneficiar un neoliberalismo ajeno a todo
compromiso social y volcado enteramente al capital privado.
Pero hay más. Muchos hablan de globalización y de libre mercado como si
fueran sinónimos. Es un grave error. El libre mercado viene de muy atrás;
fue iniciado y propugnado por Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo
XIX, para poder dar salida a un excedente económico creciente que
amenazaba con ahogar su economía. En la actualidad, con la gran
diversidad de mercancías producidas que arrastra tras de sí las propias
necesidades y deseos humanos, el comercio mundial libre es, ciertamente,
una necesidad universal. Ningún país puede alcanzar la autosuficiencia
absoluta; todos tienen necesidad de comprar y vender algo en el mercado
mundial para poder funcionar. La globalización, en cambio, es otra cosa.
La teoría de la globalización, acabada y redondeada hasta en sus mínimos
detalles, es un fruto envenenado del neoliberalismo rampante. A este le
resulta indispensable para barrer por completo, no las defensas
arancelarias y legales de un país, como el libre mercado, sino cualquier
obstáculo que se oponga a los intereses de los grandes monopolios y
trusts industriales y bancarios. El neoliberalismo exige una clase
trabajadora sumisa y sin derechos de antigüedad o de inamovilidad en el
empleo; con cero prestaciones o lo más mezquinas que se pueda, con
salarios congelados o cuya mejora esté plenamente sometida a las altas
tasas de ganancias. Este enfoque lleva en su entraña, aunque pocos lo
noten, la idea de que el Estado nacional, con sus políticas particulares
propias, es decir, ajenas al interés neoliberal, es un obstáculo que debe ser
suprimido en favor de un Gobierno mundial en manos del gran capital, para
asegurar sus inmensos intereses comerciales y financieros.