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Historia y literatura del guaraní

Este documento resume la historia y características de la lengua guaraní del Paraguay a través de cuatro partes. La primera parte introduce la lengua guaraní hablada antes de la conquista. La segunda parte explora el guaraní colonial y su uso por los jesuitas. La tercera parte examina el guaraní paraguayo moderno y su estatus como idioma oficial. La cuarta parte analiza el guaraní hablado hoy en día por las comunidades indígenas. El autor provee una síntesis detallada de la evolución de la lengua
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Historia y literatura del guaraní

Este documento resume la historia y características de la lengua guaraní del Paraguay a través de cuatro partes. La primera parte introduce la lengua guaraní hablada antes de la conquista. La segunda parte explora el guaraní colonial y su uso por los jesuitas. La tercera parte examina el guaraní paraguayo moderno y su estatus como idioma oficial. La cuarta parte analiza el guaraní hablado hoy en día por las comunidades indígenas. El autor provee una síntesis detallada de la evolución de la lengua
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LA LENGUA

GUARANÍ DEL \
PARAGUAY
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B a r tome u M elid

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El g u a ra n í es u n a len g u a am erin d ia , d e ­
c la ra d a o ficial en P arag u ay , q u e hoy se
m an tien e viva y rica y, com o lengua nacio­
nal q u e es, tiene sus propias m anifestacio­
nes literarias. En estas páginas se d is tin ­
guen cu a tro p eríodos fu n d am en tales para
la c o m p re n s ió n de su h is to ria , a u n q u e
ésta sea « una h isto ria in acabada». En la
p rim e ra p a rte , se hace u n a in tro d u c c ió n
etn o h istó rica a la lengua h ablada antes de
la co n q u ista y colonización. En la se g u n ­
da, se tra ta el g u aran í colonial. La tercera
y la c u a r ta p a r te d e s a rro lla n el m ism o
tem a d esde dos ángulos distintos: el g u a ­
ra n í actu al com o len g u a n acional (y o fi­
cial) del Paraguay, en u n a sociedad no in ­
d íg e n a q u e sig u e h a b la n d o u n a le n g u a
indígena; y la lengua g u aran í hablada hoy
d ía p o r sociedades indígenas q u e m a n tie ­
n en su estilo de v id a y c u ltu ra p ro p ia s.
B arto m eu Meliá, en esta elab o rad a sín te ­
sis, acerca al lector a la lengua y a la lite ra­
tu r a g u a ra n íe s con g ra n a m e n id a d , sin
p e rd e r, p o r su p u esto , el rig o r científico.

B a r to m e u M e liá ( P o r r e r e s - M a llo rc a ,
1932). D octor en Ciencias Religiosas. Inves­
tigador del C entro de Estudios Paraguayos
«A ntonio Guasch, S. I.» Obras: El G uaraní
conquistado y reducido (1986), 0 G uaraní,
urna bibliografía etnológica (1987), Una na­
ción, dos culturas (1988).
Colección Lenguas y Literaturas Indígenas

LA LENGUA GUARANÍ DEL PARAGUAY


Historia, sociedad y literatura
Director coordinador: José Andrés-Gallego
Director de Colección: Miguel Ángel Garrido
Diseño de cubierta: José Crespo

© 1992, Bartomeu Meliá


© 1992, Fundación MAPFRE América
© 1992, Editorial MAPFRE, S. A.
Paseo de Recoletos, 25 - 28004 Madrid
ISBN: 84-7100-608-1
Depósito legal :M. 29065-1992
Compuesto por Composiciones RALI, S. A.
Particular de Costa, 12-14 - Bilbao
Impreso en los talleres de Mateu Cromo Artes Gráficas, S. A.
Carretera de Pinto a Fuenlabrada, s/n, Km. 20,800 (Madrid)
Impreso en España-Printed in Spain
BARTOMEU MELIÁ

LA LENGUA
GUARANÍ
DEL PARAGUAY
Historia, sociedad
y literatura

EDITORIAL
MAPFRE
ÍNDICE

Prefacio ................................................................................................................ 11

Capítulo 1. LOS GUARANÍES Y SU LENGUA. APROXIMACIÓN ETNOHISTÓRICA. 15


1.1. Los pueblos de lengua guaraní ..................................................... 15
1.1.1. Migraciones y distribución geográfica en el siglo xvi ...... 16
1.1.2. Las «provincias» del guaraní y sus sucesivos contactos con
los otros: exploradores, conquistadores, misioneros y colonos . 19
1.2. La unidad lingüística del guaraní ................................................. 22
1.2.2. Algunas características de la dialectología guaraní ............. 26
Tupí y guaraní ..................................................................................... 26
Ramas dialectales del guaraní ........................................................... 28
Formación de un nuevo mapa dialectal ....................................... 32
Dialectos del guaraní paraguayo ..................................................... 34
1.3. La lengua guaraní ............................................................................. 36
1.3.1. Sistema fonológico. Usos ortográficos ................................. 37
Usos ortográficos ................................................................................ 40
1.3.2. Morfología y gramática ........................................................... 43

Capítulo 2. La lengua guaraní colonial .................................................. 51


2.1. La entrada del castellano en el Paraguay y la guaranización de
los criollos e «hijos de la tierra» .......................................................... 51
¿Mestizaje lingüístico? ....................................................................... 55
El español del Paraguay habla g u a ra n í........................................... 58
2.1.1. El guaraní criollo ...................................................................... 63
2.1.2. La iglesia en el Paraguay y sus prácticas lingüísticas ......... 67
Fray Luis Bolaños, «gran lengua» ................................................... 68
Indice

2.2. El guaraní jesuítico ....................................................................... 78


2.2.1. Los jesuítas, filólogos del guaraní ........................................ 79
[Link]. La reducción jesuítica del guaraní ................................ 82
a) La reducción a escritura ......................................................... 82
b) La reducción gramatical ......................................................... 83
c) Reducción a diccionario .......................................... ;.............. 89
[Link]. Lengua e historia reduccional ....................................... 95
2.2.2. Vida y muerte del guaraní jesuítico .................................... 98
La polémica en torno a la segregación lingüística ..................... 99
¿Guaraní o castellano? .................................................................... 100
El guaraní sin jesuítas ..................................................................... 104
2.3. Literatura colonial en guaraní ..................................................... 109
2.3.1. Primeros registros etnográficos en lengua guaraní ............ 109
2.3.2. La creación de una lengua literaria ..................................... 112
2.3.2.a Los catecismos .................................................................. 112
2.3.2. b Sermonarios y otras obras de carácter religioso ...... 119
La Conquista Espiritual, en guaraní ............................................. 126
Del teatro y otras representaciones .............................................. 129
2.3.2. C El indio «reducido», escritor cristiano ....................... 135
Nicolás Yapuguay............................................................................ 149
La nueva lengua misionera ............................................................ 152

Capítulo 3. El guaraní paraguayo ........................................................... 157


3.1. Hacia una lengua nacional .......................................................... 157
3.1.1. El guaraní en la paz y en la guerra: de la Independencia
Nacional a la guerra del Chaco .................................................... 157
De la Independencia Nacional a la Guerra Grande (1870) ...... 159
Escuela y lengua .............................................................................. 165
Lengua guaraní y defensa de la patria ......................................... 168
La lengua guaraní, idioma oficial del Paraguay........................... 173
3.1.2. Emoción y realidad en la lealtad lingüística de la sociedad
paraguaya hacia la lengua guaraní ................................................ 175
El guaraní de la mala conciencia ................................................. 178
3.2. El guaraní que nos hablamos. La cuestión del bilingüismo .... 180
3.2.1. El jopara: entre la jerigonza y una tercera lengua ............. 183
3.2.2. La cuestión del bilingüismo ................................................. 187
a) El bilingüismo cuantificado ................................................... 189
b) Diglosia y bilingüismo ........................................................... 191
Indice 9

3.3. La literatura paraguaya en guaraní .............................................. 194


Periodismo en guaraní durante la Guerra Grande ...................... 197
Hacia una poética en guaraní paraguayo ..................................... 201
3.3.1. Cancionero y poesía .............................................................. 204
Rosicrán: «el poeta de la raza» ..................................................... 207
De algunos clásicos de la poesía paraguaya ................................ 214
Compuestos y cánticos de estacioneros ....................................... 222
De las nuevas tendencias en poesía ............................................. 226
3.3.2. Teatro popular ........................................................................ 230
Julio Correa ..................................................................................... 232
Nuevo teatro .................................................................................... 235
3.3.3. Hacia una literatura narrativa en prosa ............................... 237

Capítulo 4. El guaraní indígena ........................................................... 241


4.1. Historia paralela de los indios guaraníes y su lengua .............. 241
Economía, sociedad y lengua ....................................................... 242
4.2. Los dialectos guaraníes en la actualidad .................................... 245
4.2.1. Los guaraníes orientales: ............................................... .•....... 245
a) Los avá katú eté ....................................................................... 245
b) Los paí-tavyterá okayová ......................................................... 247
c) Los mbyá .................................................................................. 248
4.2.2. Los chiriguanos de Bolivia .................... .............................. 250
4.3. La literatura guaraní indígena ..................................................... 253
4.3.1. La etnografía de la palabra guaraní ..................................... 255
Curt Nimuendajú ............................................................................ 255
León Cadogan ................................................................................. 259
Otros testimonios literarios ........................................................... 260
Autores indígenas ............................................................................ 262
La conquista de la escritura .......................................................... 263
4.3.2. Los caminos de la palabra ................................................... 266
[Link]. Los grandes relatos míticos ........................................... 266
Leyendas y cuentos ......................................................................... 272
Textos sapienciales .......................................................................... 273
[Link]. Poesía y profecía ............................................................ 279
La palabra lo es todo ...................................................................... 279
Ayvu rapyta: el fundamento de la palabra .................................. 281
La palabra de los profetas ............................................................. 286
[Link]. Rezar, cantar y danzar ................................................... 287
10 Indice

Invocaciones y plegarias ................................................................. 288


Canto y danza ritual en el convite y en la fiesta ...................... 290
Los mil rostros del canto .............................................................. 294
El don de la palabra ....................................................................... 297

U na historia inacabada ......................................................................................... 299

APÉNDICES

B ibliografía ................................................................................................................ 305

Índice onomástico .............................................................................................. 327

Índice toponímico .............................................................................................. 333

Índice de pueblos y etnias ............................................................................... 337

Índice de asuntos ............................................................................................... 339


PREFACIO

De la lengua guaraní ya se dijo en 1639 que «tan propia es, que,


desnudas las cosas en sí, las da vestidas de su naturaleza». De esta len­
gua guaraní del Paraguay me atrevo a decir que hoy da las cosas vesti­
das de historia, sociedad y cultura. Esta lengua es la gran metáfora del
mismo Paraguay, ya que en ella se han sedimentado una arqueología
cultural y un proceso colonial que dan como resultado una lengua na­
cional, hoy idioma oficial de un Estado americano, y variedades de
lengua propias de pueblos indígenas que continúan habitando su Pa­
raguay.
Estas páginas son una invitación a rastrear la historia de esta len­
gua desde sus orígenes hasta hoy; a comprender las sociedades que de
ella se han servido como principal medio de comunicación, y a admi­
rar el arte de literatura con que se ha revelado la palabra-alma de estos
pueblos.
A la manera de un ritual indígena —como aquellos en que he po­
dido participar frecuentemente en las aldeas de los guaraníes— veo el
desarrollo de esta lengua como «un canto largo», mborahéi puku, en
el que cada estancia configura una etapa histórica o refleja un estilo de
vida. Es el canto en que voces antiguas se abren a voces nuevas.
La estructura del libro es cuaternaria y ternaria a la vez. Está dis­
tribuido en cuatro partes que tratan respectivamente:
—de los guaraníes y su lengua, como sería antes del contacto con
los europeos y como se presenta aún hoy en su estructura funda­
mental;
—de la lengua guaraní trabajada por un proceso colonial que, en
el caso del Paraguay, ofrece episodios y figuras muy singulares;
12 La lengua guaraní del Paraguay

— de la lengua nacional —y oficial— del Paraguay, una sociedad no


indígena que, sin embargo, sigue hablando una lengua indígena;
—y por fin, de la lengua guaraní como es hablada por sociedades
indígenas, que mantienen su estilo de vida y cultura propias.
En cada parte se intenta delinear una historia lingüística del perío­
do, se examinan algunas características de la lengua como hecho social
y, en tercer lugar, se presentan las producciones literarias hasta donde
se han podido alcanzar.
He procurado, en la investigación de los materiales y en su expo­
sición, hacerme indígena con los indígenas, paraguayo con los paragua­
yos, no demasiado español con los españoles. No oculto mis simpatías
y entusiasmos, como tampoco dejo de plantear cuestiones polémicas y
levantar severas críticas cuando lo creo oportuno y necesario. Un pue­
blo que me ha seducido con su lengua tiene derecho a esperar de mí
una elección afectiva en su defensa.
Este trabajo es una etapa de un largo camino. Empecé a caminar­
lo, por el año 1954, con el padre Antonio Guasch, S.I., filólogo de los
de antes, que parecía vivir para hacer gramáticas y diccionarios, y
los hacía muy bien; fue mi primer profesor de guaraní. El señor León
Cadogan, con maña y con cariño, que nunca agradeceré bastante, me
introdujo entre los guaraníes de la selva. Desde entonces he procurado
escuchar sus palabras, he caminado mucho con ellos y tal vez he pre­
gustado algo de su sabiduría. Son éstos mis grandes maestros.
Continuando el trabajo de transcripción iniciado por María del
Pilar Royg, ha estado ordenando, con paciencia y eficiencia, este texto
empedrado de dificultades mi colaborador Antonio Caballos, versión
moderna de aquellos antiguos pendolistas, que tan excelentemente de­
jaron documentada esta lengua conquistada por la escritura y que sigue
conquistándonos con las voces de los pueblos que la hablan.
Asunción, junio de 1992.

Nota sobre la ortografía guaraní:


En el guaraní paraguayo las palabras son oxítonas (agudas). Por
esta razón no se ha marcado el acento agudo sobre la última sílaba,
mostrando sólo el acento gráfico en las palabras llanas y esdrújulas: teko
marangatu (=tekó marangatú): pora, oporaíva; y v ágape.
Prefacio 13

Se ha procurado unificar la ortografía de los distintos sistemas uti­


lizados en el guaraní, aunque se respeta la de algunas citas, tanto ac­
tuales como históricas, sobre todo al reproducir títulos de obras.
La tilde ~ , así como la diéresis • *, indican la condición nasal de
las vocales. El signo y significa la «sexta vocal» del guaraní, que corres­
ponde a una i central posterior /i/, aunque en algunas referencias his­
tóricas se mantiene su uso antiguo también como /]/: Yapuguay.
Capítulo 1

LOS GUARANÍES Y SU LENGUA.


APROXIMACIÓN ETNOHISTÓRICA

1.1. LOS PUEBLOS DE LENGUA GUARANÍ

La lengua de los indios que un día recibirán el nombre genérico


de guaraní no está separada de su historia. Junto con las evidencias
arqueológicas y algunos datos de la mitología es la lengua un elemento
esencial para conocer la formación de la «nación» guaraní; la lengua
guaraní es la gran metáfora cultural e histórica de un conjunto de pue­
blos que encontramos en las cuencas subtropicales de los ríos Para­
guay, Paraná y Uruguay, en América del Sur.
Si usamos la conocida figura del árbol para entender la diversidad
de lenguas al mismo tiempo que sus elementos comunes, nos encon­
tramos en la selva de lenguas americanas ante un enorme tronco que
llamaremos tupí. Entre sus ramas está una de respetable grosor
que convendremos en llamar tupí-guaraní, porque a su vez se bifurca
en dos lenguas, próximas pero distintas, que son el tupí y el guaraní.
La ramificación sigue todavía dentro de estas lenguas, tanto en la tupí
como en la guaraní, haciendo brotar dialectos varios, algunos de ellos
muy sanos y llenos de vida, y otros ya secos y muertos, pues nadie los
habla hoy. Con mayor o menor número de hablantes, lenguas de la
familia tupí y lenguas de la familia guaraní se hablan hasta hoy, siendo
que algunas de ellas, como el chiriguano, conocen actualmente un em­
puje considerable, o son reconocidas como lenguas oficiales de un país
iberoamericano, como el guaraní paraguayo; han muerto dialectos del
tupí antiguo, como el tupinambá y el tamoio, para citar algunos de los
más renombrados históricamente.
16 La lengua guaraní del Paraguay

Cómo y por qué se llegó a tanta diversidad a pesar de la unidad


de origen, o tal vez gracias a ella, es la gran aventura de los pueblos y
de sus lenguas.
En el caso de la lengua guaraní la explicación más coherente y
científica postula la existencia de movimientos migratorios que aleja­
ban a los diversos grupos de su lugar de origen y los distanciaban entre
sí. La «nación» guaraní es el resultado de esas olas migratorias, aunque
no existe acuerdo hasta hoy en determinar su lugar de origen ni las
rutas de su migración, así como tampoco las épocas en que dichas mi­
graciones sucedieron.
Siguiendo el método conocido como glotocronología se ha pen­
sado poder establecer el lugar de origen del tronco tupí entre los ríos
Ji-Paraná y Aripuaná, tributarios del río Madeira, afluente, a su vez, del
Amazonas. Se estima que este tronco brotó alrededor de 5.000 años
atrás, si se admite el supuesto de que el lugar de origen es aquel en el
que coexisten el mayor número de familias lingüísticas emparentadas
entre sí y que los índices de variación de los elementos de una lengua
presentan una cierta regularidad en el tiempo (Migliazza 1982). «Digno
de notarse es el hecho de que casi todas las lenguas del tronco tupí
hasta ahora reconocidas se encuentran en la región del Guaporé, esto
es, del alto Madeira... Este hecho sugiere que tal vez el centro de di­
fusión del Proto-Tupí deba ser localizado en el área del Guaporé» (Ro­
drigues 1964: 103). Esta teoría, aceptable en términos generales, es de
muy difícil aplicación cuando se trata de atribuir fechas al surgimiento
de las diversas lenguas y dialectos del mismo tronco. Lo que aventu­
ramos al respecto, tiene, pues, un carácter meramente hipotético.

1.1.1. Migraciones y distribución geográfica en el siglo xvi

De un primer tronco tupí se desprendieron diversos grupos a tra­


vés de un proceso que habrá durado unos 3.000 años, durante el cual
pueblos de ese tronco tupí se dispersaban por la cuenca del Amazonas,
aprovechando sobre todo los cursos de agua propicios para la movili­
zación. En este proceso de migración y formación lingüística y cultural
hay una fase que suele ser denominada tupí-guaraní, ya que en ella se
dan en germen una serie de características —en la cerámica, por ejem­
plo— que después se dan por separado entre tupí por un lado, y gua-
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 17

raní por otro. Esto ocurría hace unos 2.000 años, coincidiendo con el
inicio de la era cristiana.
Es el mismo modelo de dispersión que propuso la arqueóloga
Betty Meggers (1979). Una segunda fase de dispersión geográfica pro­
dujo la diferenciación de la familia lingüística tupí-guaraní. Fuertes os­
cilaciones climáticas —¿estarían éstas en la base de los mitos de la des­
trucción del mundo por el fuego o por su contrario, las aguas de un
diluvio?— habrían acelerado los procesos de dispersión y de búsqueda
de nuevas tierras.
Según este modelo, una ola migratoria llegó hasta la cuenca del
río Paraguay y por él descendió hasta el Paraná, subió por éste y, si­
guiendo las ramificaciones de sus afluentes, llegó hasta el litoral atlán­
tico, mientras otros grupos saltaban a la cuenca del río Uruguay y se
adentraban hasta el Jacuí. La migración llegó a abordar los climas más
fríos del delta del Río de la Plata (Schmitz 1991, mapa 1). Ahí todavía
se podía plantar y cosechar maíz, pero no ya mandioca. Es significati­
vo que la palabra guaraní del maíz, avati, haya sido tal vez la primera
palabra en esa lengua registrada en un texto español: en una carta de
Diego García de 1530.
El dinamismo migratorio de los guaraníes, que les llevó a ocupar
las tierras más fértiles de la cuenca del Río de la Plata, recibió varias
interpretaciones. Prevalece actualmente la hipótesis levantada por Curt
Unkel Nimuendajú en 1914, según la cual «el motivo principal de las
migraciones de los tupí-guaraníes no era expansivo guerrero, sino de
otro carácter, probablemente religioso» (Nimuendajú 1987: 128).
Alfred Métraux (1927), leyendo textos alusivos a los tupíes y gua­
raníes, ve confirmada esta hipótesis, por lo menos en las «migraciones
históricas», es decir, aquellas que están documentadas en los escritos de
la época colonial y moderna. La migración de los guaraníes, según és­
tos, sería la «búsqueda de la tierra-sin-mal» —yvy marañey — una tierra
buena, altamente productiva, adecuada a las necesidades económicas y
apropiada para el desarrollo de la vida religiosa, ya que en la religión
encuentra el pueblo guaraní el núcleo de su identidad. La tierra-sin-mal
sería la condición realista de una economía basada en el intercambio
de dones en este mundo y en el más allá (Meliá 1989; 1991: 63-78).
La búsqueda de la «tierra sin mal» como estructura del modo de pen­
sar del guaraní, informa el dinamismo económico y la vivencia religio­
sa, que le son tan propias.
La lengua guaraní del Paraguay

Figura 1. Figuración europea de los carios, según Ulrich Schmidl, Vera Historia, Nuremberg, 1599.
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 19

Las diferencias entre tupíes y guaraníes se irán acentuando a lo


largo de los siglos, de tal modo que sus manifestaciones culturales se
harían más inconfundibles con los años.
Cuando en el siglo xvi los europeos entraron en contacto con los
tupinambá primero, y con los guaraníes después, las semejanzas, pero
también las diferencias, entre ambas «naciones» podían ser detectadas
con facilidad, incluso por navegantes y conquistadores que no eran
precisamente ni antropólogos ni filólogos.
Los tupíes ocupaban la región situada al norte del Paranapanema
y se extendían preferentemente por la costa atlántica, mientras los gua­
raníes se localizaban al sur. Investigaciones arqueológicas actuales
apuntan hacia el valle del río Ribeira, que desemboca en el Atlántico
en el paralelo 25, como un área de frontera en la que las características
cerámicas atribuidas a tupíes y guaraníes se encuentran mezcladas y di­
ferenciadas, a la vez (Scatamacchia 1990: 101). En tierras más cálidas,
los tupíes cultivaban preferentemente la mandioca amarga, lo que im­
ponía artefactos cerámicos y utensilios apropiados para retirar el vene­
noso ácido prúsico de la mandioca y así producir fariña y aquellas tor­
tas de mbeju, que pasarían por ser el «pan de la tierra». Los guaraníes,
en tierras del subtrópico, más templadas y hasta frías, se dedicarían más
al cultivo del maíz, la mandioca dulce, la batata, calabazas y diversos
tipos de porotos y frisóles.

1.1.2. Las «provincias» del guaraní y sus sucesivos contactos con los otros:
exploradores, conquistadores, misioneros y colonos

Los españoles, a medida que avanzaban en su tan codiciado ca­


mino hacia la Sierra de la Plata y subían río Paraguay arriba, encontra­
ron a los guaraníes establecidos en diversos lugares, a los que dieron
nombre de «provincias». Como en España, estas «provincias» presenta­
ban características comunes —siendo la unidad de lengua una de las
significativas—, pero también diferencias en algunos de sus rasgos de
cultura material y organización sociopolítica —formas de cerámica,
de cestería, de disposición y magnitud de sus aldeas, de organización
de su gobierno—, así como en los modos dialectales de su hablar gua­
raní. Se fue conociendo así a los guaraníes de las Islas, los chandules,
20 La lengua guaraní del Paraguay

los carios, los tobatines, los guarambarenses, los itatines, y después los
habitantes del Guairá, del Paraná, del Uruguay y del Tape.
Se vio que los guaraníes se extendían por un vasto territorio que
iba de la costa atlántica de Sao Vicente, en el Brasil, hasta la margen
derecha del río Paraguay, y desde el sur del Paranapanema y del Gran
Pantanal, o lago de los Jarayes, hasta las Islas del Delta, cerca de Bue­
nos Aires. Otro numeroso pueblo guaraní vivía ya en las estribaciones
de los Andes, desde la nueva ciudad de Santa Cruz hacia el sur (ver
mapa 1).
La nación guaraní no se hizo patente de un solo golpe al mundo
europeo. El conocimiento de los guaraníes se prolongó durante siglos
y hasta hoy no se puede dar por terminado; la documentación histó­
rica sobre los guaraníes acusa profundamente este hecho. Cada época
y tipo de relación entablada entre europeos y guaraníes fue inventando
un rostro nuevo para esos indios, de tal manera que lo que de ellos
sabemos no es independiente de lo que de ellos se quería y se esperaba
que fueran. Las «provincias» o grupos guaraníes tratadas por los explo­
radores de la primera mitad del siglo xvi muestran un modo de ser que
no corresponde ya a la percepción de los conquistadores que, a partir
de 1556, quieren a indios de «encomienda» y de servicio personal; la
visión que tienen los misioneros, especialmente los jesuitas del siglo
xvn, traduce a su vez la intención de «reducirlos a vida política y hu­
mana, y cristiana». Viajantes y antropólogos de los siglos xix y xx, al
establecer relaciones al parecer menos interesadas, ofrecen ya otra ima­
gen de los guaraníes, que se pretende más objetiva, pero que por neu­
tra no es más auténtica ni real. La literatura etnológica relativa a los
guaraníes está profundamente marcada por la relación colonial, todavía
hoy no superada. Sin embargo, esos mismos textos constituyen un ins­
trumento privilegiado para aproximarnos al modo de ser de los guara­
níes, siempre y cuando podamos pasar del guaraní de la historia a la
historia del guaraní; esto es, consigamos escuchar en lo que se dice del
guaraní la voz, a veces vencida, del propio guaraní.
La historia colonial del guaraní, que tendrá consecuencias defini­
tivas en la conservación y la aparición de nuevos dialectos, puede ser
esquematizada en varios períodos.
Los guaraníes, en la época de sus primeros contactos con los eu­
ropeos, eran demográficamente numerosos. La hipótesis de una pobla­
ción de 1.500.000 y hasta 2.000.000, aunque parezca maximalista para
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 21

quien tiene el prejuicio de una América tropical de escasos recursos y


culturas «bajas», encuentra bases serias en la documentación disponi­
ble, como ya insinuaba P. Clastres y como he intentado puntualizar
en sendos trabajos sobre «La demografía del Tape» y «La población
guaraní del antiguo Guairá» (Meliá 1988: 46-89).
El descenso demográfico de los guaraníes durante todo el proceso
colonial fue un fenómeno que alarmó a gobernantes y misioneros.
Aquellas provincias que cayeron bajo las manos de los encomenderos
y las que sufrieron los repetidos ataques de los «bandeirantes» de la
ciudad de Sao Paulo en busca de esclavos —aquellos terribles «mame­
lucos», como los designaba la crónica jesuítica—, casi se despoblaron
por entero. La provincia del Guairá, que había contado con más de
200.000 personas —algunos cálculos apuntan 800.000— fue reducida en
1631 a prácticamente ningún habitante. «La mayor parte de esta gente
se ha muerto de pestilencia, malos tratamientos y guerras...», observaba
el padre Alonso Barzana en 1594 (Monumenta Peruana V, 1970: 590-
91). Guerras, malos tratos, epidemias y cautiverios fueron los cuatro ji­
netes de aquel apocalipsis colonial (Meliá 1988: 89).
Los guaraníes habían visto a los recién llegados, en la época de la
fundación de Asunción, en torno a 1537, como amigos y aliados, como
karai, a la manera de sus chamanes andariegos, y como posibles cuña­
dos; pero los mismos guaraníes se alejaron y se rebelaron contra esos
karai, ahora señores y patronos, que, bajo la ley de encomienda apli­
cada en el Paraguay en 1556, los hacían trabajar sin descanso y los sa­
caban de sus aldeas y habitat tradicional, «desnaturalizándolos».
Los guaraníes se dejaron pacificar y adoctrinar, y reducir a pue­
blos, primero por los franciscanos, desde 1580, y por los jesuitas des­
pués, desde 1610, que si bien los protegían y defendían de los abusos
y persecuciones de colonos y autoridades sin escrúpulos, los mantenían
en «Reducciones» que algunos indios consideraban también como un
«disimulado cautiverio».
Integrados por vía de «cuñadazgo» y de mestizaje o asimilados por
vía de hispanización cultural y religiosa, los guaraníes se transformaron
desde el siglo xvi en vasallos de la Corona española; y desde el primer
cuarto del siglo xix en súbditos de los nuevos Estados americanos. Esta
historia, muy esquematizada, repercutió en la lengua guaraní y en la
formación de nuevos dialectos. El cuadro lingüístico que se iba confi­
gurando ya no podía, en el siglo xviii, superponerse al que presentaba
22 La lengua guaraní del Paraguay

Figura 2. Mapa de localización de las naciones guaraníes históricas y contem­


poráneas.
a principios del siglo xvi, a la llegada de los españoles. Las modifica­
ciones se aceleraron todavía más con la salida de los jesuitas en 1768,
pero no han terminado del todo hasta hoy.
Hubo indígenas guaraníes cuya historia sólo fue afectada directa­
mente por el Estado en este siglo xx. También este fenómeno tiene sus
consecuencias lingüísticas, como veremos en la cuarta parte.

1.2. La unidad lingüística del guaraní

Un lingüista moderno hace notar que a pesar de su enorme dis­


persión geográfica las lenguas de la familia tupí-guaraní muestran muy
poca diferenciación (Rodrigues 1986: 32). No se necesita ser especialis­
ta en lingüística para advertir las semejanzas, sobre todo en el nivel del
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 23

léxico, entre guaraní antiguo, tupí antiguo y otras lenguas de la misma


familia que bajan desde la Guayana francesa, con el Wayampi, se ha­
cen presentes por toda la cuenca amazónica al ser habladas por asuriní
y araweté, kamayurá y lcayabí, tapirapé y tenetehara, se extienden hasta
el Perú con los kokama y omagua, ocupan territorios importantes de
Bolivia con pausernas, guarayos y chiriguanos y dominan ampliamente
las cuencas del río Paraguay y Paraná con los guaraníes.
Las lenguas de la familia tupí-guaraní son nada menos que unas
40, conjunto dentro del cual pueden distinguirse otros ocho subcon­
juntos, según compartan propiedades más específicas en relación con
un proto-tupí-guaraní (Rodrigues 1984-85: 37).
La lengua guaraní forma uno de estos subconjuntos, en el que,
sin embargo, la unidad fundamental de la lengua permite diferencias
dialectales internas, como se verá al tratar de las características de la
dialectología guaraní (ver 1.2.2).
Las clasificaciones presentadas por Loukotka (1968) y Tovar (1984)
coinciden en términos generales, aunque divergen bastante a veces en
el modo de determinar los dialectos dentro de una lengua y la distin­
ción de lenguas dentro de una familia. De todos modos, tratándose de
la familia tupí-guaraní, el aspecto que más resalta es el de su funda­
mental unidad, como ya reconocieron los antiguos (CA I: 186. Can­
diel, en Furlong 1953: 124-125). Con burla de mal gusto, Félix de Aza­
ra tomará pie del hecho para decir que «la unidad de lenguaje entre
los guaraníes, que ocupan una tan vasta extensión del país, ventaja que
ninguna de las naciones civilizadas del mundo ha podido obtener, in­
dica aún que estos salvajes han tenido el mismo maestro de lenguaje
que enseñó a los perros a ladrar del mismo modo en todos los países»
(/1809/1969: 248).
La relación entre el tupí antiguo y el guaraní antiguo —es decir,
tal como se presentaban en el siglo xvi— es tan fuerte que desde un
punto de vista estrictamente lingüístico habría que considerarlos ape­
nas dialectos de la lengua tupí-guaraní. Los «cognatos» o vocablos en
común entre tupí y guaraní, llegan al 90 % (Rodrigues 1964: 103).
El hecho de que los primeros escritores del tupí y del guaraní se
movieran dentro de un horizonte literario común, usaran el mismo al­
fabeto, se refirieran a sistemas fonológicos bastante semejantes —el es­
pañol y el portugués— y trabajaran con categorías gramaticales también
análogas, facilitó sin duda la comparación y la distinción. Sonidos aná-
24 La lengua guaraní del Paraguay

logos fueron grafiados con los mismos signos, si bien debe tenerse
siempre en cuenta la ortografía del portugués y del español de la época
y su realidad sonora como referencia.
Todo ello contribuía a la percepción de unidad. Un primer grupo
de jesuitas del Brasil fue enviado al Paraguay con el supuesto indiscu­
tido de que las lenguas de los indios de ambas «provincias» debían en­
tenderse mutuamente (Leite 1937). De los tres primeros jesuitas que
llegaron a Asunción en 1588 se diría que «saben muy bien el guaraní,
muy poco diferente del tupí» (Pastells I: 97). Una carta del padre Pero
Rodrigues, de 1597, da a entender que se usaba la gramática de An­
chieta y aun textos catequéticos brasileños en el Río de la Plata, esto
es, en dominios del guaraní (Meliá 1969a I: 41). Una gramática de An­
chieta estaba en manos del padre Francisco de San Martín, cuando éste
estudiaba la lengua guaraní, en 1610, en la recientemente fundada re­
ducción de San Ignacio junto al Paraná.

Yo he procurado entender algo. Y habrá como ocho días que le di,


como dicen, en el chiste a las conjugaciones. Entendí el Arte del Bra­
sil, casi en todo conforme con lo que acá se usa. Voyle a la margen
poniendo sus notillas, para entenderme (ARSI, Paraq. 11. f. 69 r-v).

La conciencia de una gran unidad lingüística estuvo probablemen­


te presente entre los mismos guaraníes, cuyas lejanas andanzas se be­
neficiaban de este hecho, como se aprovecharon de él algunos de los
expedicionarios europeos de la primera época, que, aprendida la lengua
en un lugar, de ella se pudieron servir en otros lugares muy distantes.
La aventura de Alejo García, que, saliendo de la costa atlántica, llegó
hasta los Andes, pasando hacia 1524 por el Paraguay, del que la cró­
nica lo tiene por «descubridor», fue posible porque podía caminar por
los caminos de una sola lengua. Y no sólo los indios guaraníes eran
conscientes de poseer una lengua común entre sí, sino también otros
indígenas, que la aprendían como lengua de uso general (CA I: 16) y
aun la preferían a la suya propia, como constataba Felipe Salvador Gi-
lij, en su famoso Saggio di Storia Americana (tomo III, 1782: 248): «Non
sia dunque maraviglia, che questa lingua parlisi con piacere in tanti
regni di America, e che tante Indiche nazioni, abbandonate quasi le
loro lingue, preferiscono ad essa il parlare de’Guaranesi». Hubo vez en
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 25

que el guaraní fue empleado en una asamblea de indios no-guaraníes,


ya que se sabía que no pocos lo conocían (CA II: 80).
La unidad de los dialectos del guaraní sustentó la política lingüís­
tica de los españoles en el Paraguay, que no tuvieron reparo en tomar­
la como lengua general para los fines de la colonización y de la mi­
sión, si no es que ella misma se les impuso.
De un modo más explícito la unidad de lengua fue tematizada
por los jesuitas. En este hecho veían una razón poderosa para su estu­
dio y una base sólida para su uso. «La lengua que habla toda esta na­
ción, extendida tan a la larga, es una sola, que aunque la que hablan
en el Brasil, que llaman tupí, es algo distinta, es muy poca la distin­
ción y que no impide nada; lo cual ha sido de mucho efecto para la
conversión de esta nación», había notado ya el que fuera notable po­
líglota, el padre Alonso Barzana, en 1594 (Monumenta Peruana V, 1970:
589).
La unidad, junto con la extensión, justificaban para el padre An­
tonio Ruiz de Montoya los esfuerzos del misionero.

Tan universal, que domina ambos mares, el del Sur por todo el Bra­
sil, y ciñendo todo el Perú, con los dos más grandiosos ríos que co­
noce el orbe, que son el de la Plata... y el gran Marañón, a él inferior
en nada... ofreciendo... paso a los Apostólicos varones, convidándolos
a la conversión de innumerables gentiles de esta lengua (Montoya,
Tesoro, 1639: ff. prelim.).

El obispo de Río de Janeiro, al dar su aprobación al Tesoro de


Montoya (1639), hace hincapié en que esta lengua es igualmente com­
prendida y usada en el Brasil.
Aun tan extendida y presentando diferencias culturales y dialecta­
les, en la apreciación de los jesuitas la lengua guaraní había permane­
cido una «en cuanto a la forma» (CA I: 186).
Cuando se trató de «reducir a arte» el guaraní, a lo que los misio­
neros dedicaron repetidos esfuerzos (ver sobre todo 2.2.2.), la posibili­
dad de trabajar a partir de un sistema unitario de lengua facilitó sin
duda la tarea y produjo notables resultados lingüísticos.
La unidad de la lengua guaraní, aprehendida como sistema de len­
guaje que permitía la comprensión mutua de varios grupos indígenas
entre sí, fue tomada como principio de otro tipo de unidad: esto es,
26 La lengua guaraní del Paraguay

como norma que podía ser promovida entre los hablantes de los varios
dialectos guaraníes. De la unidad como estructura común se pasaba a
la unidad como norma general. La elaboración de gramáticas y la di­
vulgación de escritos fueron dos mecanismos de los que se sirvieron
los jesuitas de los siglos xvn y xviii en vistas a la creación, por así de­
cir, de una «lengua general», que fue la más representativa del período
colonial y a la que se ha aplicado, un tanto exageradamente, el epíteto
de «clásica» (ver 2.2). El «guaraní jesuítico» y el «guaraní paraguayo»,
aspiraron, en períodos y bajo condiciones diversas, como se verá, a ser
tenidos como «lengua general», la «lengua guaraní» por antonomasia.
Algo parecido a lo que ocurrió con la «língua geral» del Brasil, llamada
a veces «língua brasílica», cuya difusión llegó hasta ambientes donde ni
siquiera habían llegado los indios, ni tupíes ni guaraníes. Puede recor­
darse que esta «língua geral» fue la dominante en Sao Paulo durante
todo el siglo xvn y sólo fue suplantada por el portugués en el siglo
xviii (Rodrigues 1986: 102). Pero la unidad que surge de estas políticas
de Estado, en el que se inscriben las políticas misioneras durante la
colonia, es ya de otro orden, como se verá después.

1.2.2. Algunas características de la dialectología guaraní

Junto con la unidad, que servía poderosamente para la creación


de un lenguaje cristiano estandarizado y normalizado, y que podía fá­
cilmente tornarse una lengua general, los jesuitas tuvieron en cuenta
los rasgos dialectales de los grupos que entraron a formar parte de la
reducción. En las mismas obras —que analizaremos más detalladamente
en la segunda parte (ver 2.2.1-l.b)— en las que se trabajaba en vistas a
formular la gramática de una lengua guaraní general, quedaban anota­
das no pocas formas dialectales que se perpetuaban a través de los años
y que atestiguaban las distintas procedencias de los indios reducidos a
pueblos. Al parecer, las hablas dialectales no desaparecieron del todo a
pesar del sistema reduccional común implantado en todos los pueblos.

Tupí y guaraní
Una de las diferencias más interesantes era la que se podía estable­
cer con el tupí de la costa atlántica, del cual ya en 1595 existía impreso
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 27

el Arte de grammatica da lingoa mais usada na costa do Brasil, en Coim-


bra, por el jesuíta padre Joseph de Anchieta. Al usar la gramática de
Anchieta, los jesuítas del Paraguay estaban en condiciones de hacer las
correcciones necesarias que registraban en el guaraní. Las principales
diferencias que se percibían entre el tupí antiguo y el guaraní antiguo
eran de carácter fonético, pero afectaban también la morfología gra­
matical. De la comparación entre las dos lenguas surge la hipótesis que
el tupí fue más conservador de las formas ancestrales, mientras que el
guaraní manifiesta cambios más rápidos, con eliminación de rasgos
conservados por el tupí. Un mayor dinamismo migratorio puede estar
en el origen de este fenómeno (Rodrigues 1944: 338).
En la dialectología guaraní la referencia al tupí quedará como un
buen indicador para conocer los estados de lengua más arcaicos.
Superponiendo los cuadros fonológicos del tupí antiguo, del gua­
raní antiguo y otros dialectos guaraníes modernos, se observan corres­
pondencias muy constantes en determinados fonemas, mientras que las
alteraciones se localizan también en puntos fijos.
Los fonemas p, t y k presentan las mismas cualidades y ocupan las
mismas posiciones en palabras que expresan los mismos conceptos. Lo
mismo sucede con el sistema vocálico, con seis fonemas contando la
característica y (i) central, la tan típica «sexta vocal», cuya pronuncia­
ción es como la piedra de toque de un buen hablante del tupí y del
guaraní.
Los fonemas mb, nd y ng, oclusivas sonoras nasalizadas, son co­
munes a ambos sistemas fonológicos. Dentro de los dialectos guaraníes
no suelen ocurrir alteraciones en estos fonemas.
Las diferencias más notables son las siguientes:
La 5 africada alveolar sorda, kuarasy, se muda a h aspirada fricativa
glotal sorda, kuarahy.
El Tesoro de Montoya (1639) ilustra con no pocos ejemplos que
en su época el paso de í a h no estaba procesado del todo y debían
existir las dos fonéticas en los guaraníes: ase y abe = «yo salgo»; ahói y
asói = «yo cubro», e incluso kuarasy y kuarahy = «sol».
La k oclusiva velar sorda, pasa a g fricativa velar sonora: o k y og —
«casa». Más aún, en el siglo xvn, este fenómeno estaba en pleno dina-
mismó, y se notaba la tendencia a que esta consonante final desapare­
ciera.
28 La lengua guaraní del Paraguay

En el guaraní la nasalización aparecía en gran escala, casi exagera­


damente (Rodrigues 1944: 345).
Del tupí yande = «nosotros» se pasa a ñande.
yandy = «grasa» ñandy.
yandu = «araña» ñandú.
La comparación entre los textos dejados por Anchieta y los de
Montoya es todavía el recurso más ilustrativo para conocer el grado y
forma de dialectización entre tupí antiguo y guaraní antiguo. El padre
San Martín, en sus primeros tanteos gramaticales, ya se aprovechó de
las analogías entre ambas lenguas, como hemos visto.
Hacia 1632, el jesuita belga-flamenco padre Diego Ransonnier
(hispanizado Ferrer), ya había notado que los itatines del norte del Pa­
raguay, «en la lengua tienen alguna diferencia de los demás guaraníes,
aunque poca, acercándose algo al lenguaje tupí, de suerte que algunos
dicen que no son verdaderos guaranís ni tupís tampoco, sino que es
una nación entremedia entre los guaranís y tupís, que llaman Temimi-
nos» (MCA II: 30). Como curiosidad se puede recordar que Temimino
es apelación que significa «nieto», y fue aplicada a un grupo tupí de la
costa brasileña, mientras existía otro grupo conocido con el nombre de
Tamoio, que significa «abuelo».

Ramas dialectales del guaraní


Pero dentro del mismo guaraní —tanto si es considerado como
lengua o como supradialecto— se presentaban diferencias dialectales.
Las diversas «provincias» de guaraníes sin duda hablaban sus propios
dialectos, sustrato probable de variedades lingüísticas posteriores. Son
precisamente las gramáticas misioneras, en su búsqueda de una norma
general de hablar, las que a veces han registrado esas diferencias. No
se han conservado las notas gramaticales elaboradas por Bolaños, que
trabajó de un modo especial, aunque no exclusivo, entre los carios, si
bien hay una muestra de esta lengua en la traducción del Catecismo
(ver [Link]). Tampoco hay registros del dialecto de los guaraníes del
Paraná, ya que están también perdidos los apuntes que de ella hicieron
los padres Marciel de Lorenzana, Francisco de San Martín y Roque
González de Santa Cruz, quien en los tiempos de su estancia en San
Ignacio estaba traduciendo al guaraní los Sermones del gran catecismo
de Lima (Meliá 1969 I: 35; 93-94).
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 29

La primera gramática guaraní, inédita hasta hace poco, es la del


padre Alonso de Aragona (1629?) y debería reflejar el guaraní de las
márgenes del río Uruguay, donde el autor vivió los últimos 7 años de
su vida. Por su parte, el Arte, de Montoya (1640) tuvo como base el
modo de hablar de los indios del Guairá, aunque su pretensión nor­
mativa y generalizante en vistas a una lengua «nacional» no le hace
insistir en lo particular. Montoya, que llegó a conocer varios grupos
guaraníes, desde el Guairá hasta el Tape, tenía conciencia del carácter
fragmentario y «dialectal» de su obra. «Algunos vocablos serán más
usados en unas partes que en otras: pónense todos los que hemos po­
dido alcanzar, porque no se haga nuevo al que oye en una parte el
vocablo que en otra no oyó» (Montoya, Tesoro, f. 1 v).
El texto que mejor muestra el dialecto del Guairá es el acta de
una asamblea guaraní de 1630, en la que los propios indios denuncian
los trabajos a los que les someten los patronos en el laboreo de la yer­
ba mate, «hierba del diablo», según Montoya, por la sangre humana
que entraba en la producción de ese «oro verde» (MCA I: 352-356).
Otro dialecto importante habrá sido el de los tapes, ocupando el
centro del actual Rio Grande do Sul, en el Brasil. Las diferencias eran
tan manifiestas que algunos historiadores, como Aurelio Porto, duda­
ron de su origen guaraní. De hecho, sin embargo, por su número y su
importancia, los tapes fueron tenidos como sinónimo de guaraníes de
las Reducciones jesuíticas (Meliá 1969: 58; 311), identificación que el
doctor Gaspar Rodríguez de Francia usaba todavía despectivamente en
el siglo xix.
A su manera, las Reducciones jesuíticas, con su historia de obli­
gados movimientos de éxodo, desplazamientos y reubicación de sus
gentes se volvió un «melting pot» intraguaraní en el que se entrevera­
ron grupos de procedencia diversa. En la Mesopotamia entre el Paraná
y el Uruguay los pueblos de Loreto y San Ignacio Miní recogían a gen­
tes venidas del Guairá; Santa María la Mayor se había formado inicial­
mente con guaraníes de las cercanías de las cataratas del Yguasú, mien­
tras otros pueblos eran el resultado de la transmigración impuesta a los
tapes por los «bandeirantes», hacia 1638.
Los documentos en lengua guaraní que se conservan, exceptuando
los escritos de Montoya, publicados entre 1639 y 1640, fueron escritos
o impresos, la mayoría de ellos, en esa mesopotamia, hoy Provincia de
Misiones, en Argentina. Sería aventurado determinar cuál habrá sido el
30 La lengua guaraní del Paraguay

dialecto principal a partir del cual se estaba formando la nueva «koi-


né», ese guaraní llamado «clásico». Los tapes transmigrados eran nu­
merosos y el hecho de que se llegara a identificar al guaraní misionero
como tape, estaría indicando su predominio.
La obra que más informaciones ofrece sobre dialectología guaraní
es todavía la del padre Paulo Restivo (ver 2.2.2.b). De ello se percató
el editor alemán del Arte (1724; 1892) al decir que

el diccionario de partículas de Restivo que en verdad ofrece un suple­


mento del Tesoro de Antonio Ruiz, con frecuencia se apoya en aque­
lla obra más antigua; pero Restivo con mucha frecuencia nos indica
que tal o cual palabra, expresión de Alfonso de Aragona o de Anto­
nio Ruiz de Montoya, en su tiempo era ya obsoleta y no estaba más
en uso. (Restivo 1892: VIII).

Lo mismo ocurre con el Vocabulario (1722; 1893), que es reactua­


lización del de Montoya, pero en el cual «hay muchísimos vocablos
que en vano buscarías en el Vocabulario o en el Tesoro»; con mucha
frecuencia Restivo indica que muchos vocablos de Ruiz cayeron en de­
suso, diciendo: «no lo usan más»; y «aquí (=en Santa María la Mayor)
no lo usan»; «los del Guairá lo usan»; «en algunos pueblos dicen», y
que «varios de aquellos pueblos de las Misiones usan dialectos un tan­
to diferentes entre sí y unos adoptaron ciertas palabras que otros re­
pudiaron... Por lo cual nadie podrá negar que esta obra es útilísima y
necesaria para investigar la lengua guaraní con más empeño y cómo
y hasta qué punto sea diferente el dialecto del siglo xvn del de co­
mienzos del siglo xv iii » (Restivo 1893: VI-VII). De mi parte añadiría
que las diferencias se dan sobre todo entre los dialectos del siglo xvi y
xvn, hablados en sus respectivas «provincias», y el dialecto que se es­
taba estandarizando en las reducciones en el siglo xv iii .
Restivo notó algunas variantes fonéticas, como la alternancia entre
(o) y (i), pero insistió especialmente en los cambios diacrónicos: algu­
nas partículas o sufijos ya no eran usadas o no en todas partes, y sin
embargo las pone por si son escuchadas de boca de alguien. El uso es
el principio que lo guía, y así consigna lo que es poco empleado, lo
que es muy usado, cuál la variante más común, la que ya no lo es, la
que es propia de un estilo «elegante» y hasta rebuscado (Meliá 1969:
60; 312). Junto a las variantes diacrónicas, que Restivo ilustra a partir
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 31

de las obras de sus antecesores, como Montoya, Aragona o Vandini,


están las variantes sincrónicas de un pueblo a otro. Dado el carácter
didáctico de su obra, Restivo orienta también sobre variantes de estilo,
especialmente de estilo oratorio.
El mismo Restivo, en la introducción a su manuscrito hasta hoy
inédito, que tituló Plorases selectas, y que no es sino una reactualización
del Tesoro, de Montoya (ver 2.2.2.), da una verdadera lección de dialec­
tología.

Algunos vocablos y modos de hablar, que aunque en la realidad son


vocablos y términos propios de los naturales, pero ya per non usum,
se han anticuado y hecho casi inteligibles (sic). Verdad que la reco­
noces aun en tu mismo idioma castellano, pues muchos términos que
antiguamente se usaban, y practicaban, ahora ya no son usados ni
practicados: no porque en sí no sean términos castellanos, sino que
per non usum, se han ido olvidando, y anticuando. Y no por eso he­
mos de condenar, y tachar los libros y autores que traen vocablos
anticuados y no usados en estos tiempos: de la misma manera, no
hemos de condenar ni tachar el Tesoro, que con celo apostólico y
deseo de ayudar a todos los fervorosos misioneros de aqueste gentío
compuso el Venerable Padre; porque después de mucho examen, puso
todos los términos y vocablos que en su tiempo se usaban; y como
bien advierte en su Tesoro, hay términos que se usan en unos pue­
blos, que no son usados en otros. No digo esto (benévolo lector) sin
alguna experiencia, porque en San Javier se usan modos de hablar tan
particulares, que valiéndome yo de ellos en Santa María y en otros
pueblos, no me entendían, y fue necesario mudar de rumbo, y buscar
otros usuales en aquel pueblo; lo mismo suele acontecer en los con­
fesionarios donde se oyen particulares modos propios de aquel pue­
blo y no de otros: y no por eso, vuelvo a decir, hemos de tachar
dicho Tesoro, porque si en distancia de solas cuatro leguas se hallan
modos de hablar tan diversos entre sí, qué será en distancia de tantas
leguas cuantas anduvo el Venerable Padre y de tantas parcialidades
como comunicó, y pueblos tan diversos cuantos merecieron su cui­
dado y asistencia. Confieso haber sido yo uno de los que al principio
no hacían caso de dicho Tesoro; y no niego también reconocer la
falta, no en él, sino en mí; ya por no penetrar bien los términos, ya
por haber oído que era tiempo perdido el leerle, ya también porque
leyendo algunos párrafos a los naturales no me entendían: al fin me
determiné penetrar con el estudio, aqueste Tesoro del Venerable Pa­
32 La lengua guaraní del Paraguay

dre, y saber de una vez qué riquezas encerraba: y confieso haber ha­
llado muchas y muy buenas. Mas con deseo de que no se ocultase
más, a los ojos de tanto fervoroso misionero, y aconsejado de algu­
nos Padres, que me lo pidieron, me determiné sacarle en limpio es­
cogiendo los términos más usados, y dejando los vocablos que por
no tales no se entienden: tomando este pequeño trabajo, con deseo
de ayudar y dar algún alivio a los Misioneros principiantes, desde los
principios de sus fervorosos trabajos en el estudio de este idioma gua­
raní (Montoya y Restivo, Phrases selectas y modos de hablar escogidos y
usados en la lengua guaraní, Ms, Biblioteca Museo Mitre, Buenos Ai­
res: ff. prelim.).

Para completar el cuadro de dialectos, habría que estudiar los tex­


tos que salieron de los pueblos de indios regentados por clérigos y de
los pueblos franciscanos. Son textos que no fueron impresos, pero que
gracias a una mayor atención de los investigadores están siendo encon­
trados cada vez en mayor número en los archivos. La lengua guaraní
en estos pueblos, ¿habría también evolucionado hacia un guaraní stan­
dard propio, diferente de los dialectos que puedan haber entrado en su
composición? Menos «gramaticalizado» que el guaraní jesuítico, ¿esta­
ría más cercano a los dialectos de origen? Hay que tener en cuenta que
también ahí tuvo lugar una reacomodación de pueblos de regiones más
distantes hacia las cercanías de la ciudad de la Asunción: las gentes de
Guarambaré, de Tobatí, de Ypane, en su traslado hacia los lugares que
actualmente ocupan, debieron traer consigo sus dialectos, mientras que
los pueblos de Ita, Yaguarón, Altos, de antigua formación colonial y
más estables, pueden haber dado la pauta del guaraní indígena colo­
nial. Hay que recordar que algunos de estos pueblos de indios, aunque
fundados por franciscanos, pronto pasaron a manos de clérigos secula­
res (Necker 1990: 110; Durán 1987: 99-112). Un estudio comparativo
entre este guaraní y el de las Misiones jesuíticas está también todavía
por hacer.

Formación de un nuevo mapa dialectal


A fines del siglo xvm el cuadro dialectal del Paraguay estaba pro­
fundamente transformado: por una parte, los dialectos surgidos del
proceso colonial; por otra, la conservación de dialectos no influencia­
dos directamente por el proceso.
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 33

1. El proceso colonial había hecho aparecer tres formaciones so­


cio-culturales diferenciadas:
a) las ciudades de españoles, donde, sin embargo, se hablaba
guaraní, por lo común (ver 2.1.1.)
b) los pueblos de indios, al norte del río Tebicuary, regidos por
clérigos y franciscanos, donde el guaraní era también la lengua ordina­
ria.
c) los pueblos de las Misiones jesuíticas, donde estaba creándose
un nuevo lenguaje y una nueva lengua.
A cada una de estas formaciones se le ha de suponer una variedad
dialectal, cuya característica común, sin embargo, fue probablemente la
progresiva incorporación de hispanismos léxicos y la simplificación
morfológica, con pérdida de sus particularidades «provincianas», en vis-

Figura 3. Mapa de la región del Tarumá y Mba’é Verá en la representación de


Martin Dobrizhoffer, Historia de Abiponibus, I, Viena, 1784.
34 La lengua guaraní del Paraguay

tas a una generalidad más estandarizada, como veremos al hablar del


guaraní criollo paraguayo y del guaraní jesuítico.
Aun así, el relativo aislamiento de cada pueblo sobre sí contribu­
yó a mantener formas dialectales, que hacían que un habitante de un
lugar fuese reconocido por su acento e idiotismos, como constataría
Restivo. El proceso colonial, uniformador en muchos sentidos, no
conseguía, sin embargo, eliminar todas las diferencias de origen.
2. Frente al proceso colonial, varios grupos guaraníes mantuvie­
ron su libertad, refugiados en sus selvas y montes. La sociedad colonial
los llamó kaagua o kayngua, esto es, los «monteses», que por habitar la
selva eran tenidos por «salvajes».
Aunque se les atribuía esa unidad genérica de «selváticos», por no
haberse dejado someter por la encomienda ni reducir a pueblos, estos
grupos se diferenciaban notablemente entre sí. De hecho eran los des­
cendientes no colonizados de antiguas «provincias». Estas diferencias,
adivinadas desde la época colonial, sólo se tornaron más explícitas con
los primeros trabajos antropológicos de J. B. Ambrosetti (1895), C. U.
Nimuendajú (1914) y F. Müller (1934-35).
Fue este último quien mostró, con pruebas lingüísticas y cultura­
les, la existencia de tres etnias entre las genéricamente llamadas kayn­
gua: los mbyá, los chiripá y los pal. Con estas precisiones ya se podía
esbozar un cuadro más preciso de la lengua tupí-guaraní. Esta división
tripartita vino a complicarse con pequeñas migraciones y reasentamien­
tos, de los que se tiene noticia desde el siglo xix (Nimuendajú 1987:
7-16) hasta nuestros días.
El chiriguano de Bolivia, con un grupo de ellos instalado en el
Chaco paraguayo, es una forma dialectal cuya historia proviene de mi­
graciones prehispánicas. En la actualidad presenta tres variedades prin­
cipales: el ava, el simba y el isoso, con sus respectivas áreas geográficas,
desde el sur de la ciudad de Santa Cruz hasta dentro de la Provincia
de Salta, en Argentina. El idioma chiriguano, de W olf Dietrich (1986),
ofrece la mejor descripción de ese dialecto.

Dialectos del guaraní paraguayo


El guaraní paraguayo, resultante de las formaciones culturales de
la colonia en un movimiento de convergencia aparentemente unifor­
me, suele atribuirse a sí mismo un estatuto de lengua general que tal
vez no tiene.
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 35

De hecho en ese guaraní paraguayo se pueden detectar hablas re­


gionales y sociales que apuntan a una cierta dialectización. El guaraní
jopara (ver 3.2.1) presenta características de una verdadera dialectiza­
ción.
Una región del Paraguay, el Guairá, es tenida tradicionalmente
como la depositaría de formas dialectales de léxico más depurado y con
recursos morfológicos más apropiados. León Cadogan y Ramiro Do­
mínguez han ilustrado, en sus respectivos estudios, varios aspectos de
ese dialecto guaireño.
Por lo que respecta a otras zonas fuera del Paraguay donde el gua­
raní paraguayo es hablado, debido a movimientos migratorios de las
últimas décadas, como son la ciudad de Buenos Aires (donde llegaron
a concentrarse 600.000 paraguayos), la provincia de Misiones y su ca­
pital, Posadas, y la provincia de Formosa, en Argentina, se supone que
no se ha intensificado la dialectización sino su homogeneización, ya
que estos migrantes paraguayos responden a situaciones sociopolíticas
exógenas similares que tienden a reducir sus eventuales diferencias de
origen.
Un caso aparte lo constituye el guaraní de Corrientes, cuyo pro­
ceso colonial fue del mismo orden que el seguido por el guaraní para­
guayo. En esa provincia de la República Argentina, sin embargo, el
proceso de castellanización fue más intenso que en el Paraguay y la
proporción de hablantes del guaraní sería apenas de un 50 °/o, casi ex­
clusivamente en el campo. La situación sociopolítica ha influido cier­
tamente en sus características dialectales.
El corpus literario que presenta cada uno de estos dialectos es un
tanto heterogéneo. Dadas las condiciones de la época es especialmente
relevante la producción literaria en guaraní jesuítico. Del guaraní indí­
gena hay ya manifestaciones suficientes, si no en cantidad, en calidad,
que lo levantan a niveles de autenticidad y belleza no alcanzados por
ninguna otra literatura del Paraguay. El guaraní paraguayo, sobre todo
en este siglo xx, se está afirmando en volumen y calidad en publicacio­
nes de diverso género. Estas literaturas serán tratadas en sus respectivos
lugares (ver 2.3; 3.3; 4.3).
Unidad y dialectos de la lengua guaraní pueden ser visualizados
en el siguiente cuadro:
36 La lengua guaraní del Paraguay

LENGUA GUARANÍ
guaraní arcaico guaraní colonial guaraní moderno
cario 1
? guarani criollo
V
tobatí
guarambaré J
> guaraní paraguayo
paraná s
uruguay > guaraní «jesuítico» ,
tape
guaira 1 chiripá (Ñandéva)
itati n > kayngua < pal (Kayová)
tarumá J f mbyá
chiriguano chiriguano

1.3. La lengua guaraní

La variedad de dialectos guaraníes no es óbice mayor para carac­


terizar la lengua guaraní como un sistema de principios y propiedades
comunes, como estructura unitaria. Como decíase en el siglo xvi, es
posible «reducirla a arte y reglas».
Los estudiosos del guaraní tuvieron de esta lengua una impresión
global de deslumbrada admiración. La lengua guaraní lo era todo me­
nos bárbara y pobre, dos prejuicios que solían recaer sobre las lenguas
indígenas de América.

Tan copiosa y elegante, que con razón puede competir con las de
fama. Tan propia en sus significados, que le podemos aplicar lo del
Gen. 2. Omne quod vocavit Adam animae viventis, ipsum est nomen eius.
Tan propia es, que desnudas las cosas en sí, las da vestidas de su na­
turaleza (Montoya, Tesoro 1639: ff. prelim.).

Los testimonios de este tenor son numerosos y pueden haber sido


suscitados por la ingenua vanidad de aquellos jesuitas que se preciaban
de sus cualidades de políglotas. El juicio del padre Ignacio Chomé, de
quien se decía que conocía las lenguas griega y hebrea, además de la
latina, flamenca, francesa y española, y que en América supo la de los
negros de Angola —aprendida en Buenos Aires—, la de los chiquitos, el
quechua y sobre todo el guaraní, decía de este último:
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 37

Confieso que después de iniciado un tanto en los misterios de esta


lengua, quedé sorprendido por encontrar en ella tanta majestad y
energía; cada palabra es una definición exacta que explica la natura­
leza de las cosas que se quieren expresar y que da una idea clara y
distinta. Jamás me habría imaginado que en el centro de la barbarie
se hablase una lengua, que, según mi sentir, por su nobleza y armo­
nía, no cede en nada a ninguna de las que había aprendido en Eu­
ropa; por lo demás tiene sus delicias y sus delicadezas que piden no
pocos años para que se la posea con perfección (Chomé 1732, en: D.
Davin 1756: 308-309 ).

Lo que el gran filólogo Lorenzo Hervás y Panduro (1784: 21) re­


sumía en una frase: «Mirabile pel suo artificio».
¿Qué valor tienen para la descripción científica de una lengua es­
tas cualificaciones de copiosa, elegante, misteriosa, llena de majestad y
energía, noble y armoniosa y, sobre todo, admirable por su artificio?
A través de estas impresiones subjetivas, estos filólogos anuncian
un principio de la lingüística moderna: el carácter racional y coheren­
te, sistemático, de una estructura gramatical, en la cual el todo es más
que las partes que entran en su composición. El admirable artificio, la
coherencia del sistema y la fineza de sus relaciones quedarán reflejados
y puestos en práctica en las “artes“ de gramática surgidas de esa lengua.

1.3.1. Sistema fonológico. Usos ortográficos

Desde los primeros escritos en guaraní —en 1607 ya se publicaba


el Catecismo breve y cotidiano, de Bolaños (en Oré 1607: 408-412)— la
fonología del «guaraní antiguo» estaba determinada en sus líneas gene­
rales. Será, sin embargo, la obra lingüística escrita por el padre Mon-
toya la que permitirá aprehender dicha fonología de un modo bastante
más sistemático y completo (Rodrigues, Daniele 1990). La fonología del
guaraní antiguo así deducida puede ser considerada como punto de
partida. Son:
12 consonantes: / p, t, k, ?, ts, b, g, h, m, m, g, r/
2 semivocales: /j, w/
12 vocales: / a, e, i, o, u, i, á, é, í, 6, ü, i/
Con los alófonos: m 00 mb; n 00 nd; g 00 ng; ts 00 ts; j 00 dz.
38 La lengua guaraní del Paraguay

GUARANÍ ANTIGUO
Sistema consonántico

dental velar
bilabial alveolar palatal velar redon­ glotal.
deada
oclusiva sorda P t k ?
africada c ó
fricativa b6 §Y h
nasal m n 9n gw
flap-vibrante r

Sistema vocálico y semivocàlico


Vocales anteriores centradas posteriores
altas iÏ +ï uü
medias eë 0Ö
bajas aä
Semivocales anteriores posteriores
j w

Por lo que se refiere al guaraní paraguayo moderno, el sistema


consonántico presenta el siguiente cuadro, según el estudio de Emma
Gregores y José Alberto Suárez (1967), con 18 fonemas.
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 39

GUARANÍ PARAGUAYO
Sistema consonántico

velar
labio­ alveolar palatal velar redondea­
bilabial dental glotal
da
sorda P t k kw ?
oclus.
sonora
africada
fricativa V s è § §w h
nasal m n ñ 9 gw
lateral 1
flap vibrante r

El sistema vocálico consta de 12 fonemas, como en el guaraní


antiguo, sistema por lo demás igual en todas las variedades dialectales
del guaraní.
Las diferencias fonológicas entre el guaraní antiguo y el guaraní
paraguayo se interpretan de este modo:
1. En el guaraní antiguo no se consideran las consonantes com­
plejas /kw/, /gw/ y /gw/, sino la secuencia de consonante + semivocal,
como en /k/ -i- /w/.
2. No se consideró la consonante palatal nasal /ñ / en el guaraní
antiguo, sino la semivocal /]/.
3. En vez de la fricativa bilabial / b/, propia de todos los dialec­
tos guaraníes, aparece en el guaraní paraguayo una fricativa labiodental
/v/.
4. Las africadas /ts, c/ del guaraní antiguo y otros dialectos fue­
ron sustituidas por la fricativa palatal o sibilante palatal /s/.
Refiriéndose a otros dialectos, los autores presentan un cuadro fo­
nológico sensiblemente diferente, debido por una parte a las diferen­
cias fonéticas, pero también a diversos criterios de análisis.
40 La lengua guaraní del Paraguay

El cuadro comparativo del sistema consonántico de los dialectos


guaraníes aquí considerados, lo presenta el profesor Waldemar Ferreira
Neto (1992) en estos términos:

Guaraní
antiguo: p t k k w ? t s b - g - - h m n j g g w r -
Mbyá: p t k kw ? ts b ----- (h) m n ñ g gw r -
Kayová: p t k k w ? s b s - ~ h m n ñ g g w r -
Ñandéva: p t k k w ? t s b ------- m n ñ g g wr -
Avá ñe’é: p t k kw ? (t)s v s g g wh m n ñ g g wr l

Se conviene en llamar ava ñe’é, «lengua del hombre guaraní» —len­


gua indígena—, al guaraní paraguayo actual, aunque esta designación
no sea del todo feliz.

Usos ortográficos
Más que para el establecimiento de una fonología en sí, históri­
camente el estudio de los sonidos del guaraní fue emprendido para «re­
ducirlos a escritura». La ortografía propuesta por Montoya (1639) de­
terminaría durante siglos el modo de escribir el guaraní. Perfeccionó el
sistema que ya fuera usado en los primeros escritos en guaraní, como
aparece en la publicación del Catecismo de Bolaños (Oré 1607) y en
algunas copias manuscritas de la época. Las letras debían ayudar a la
pronunciación y permitir la reproducción de las propiedades fonéticas
de la lengua. «Los valores fonéticos de las letras y otros signos de la
escritura española, conjugados con las informaciones explícitas de Ruiz
de Montoya, indican la mayoría de los sonidos del guaraní...» (Rodri­
gues, Daniele 1990: 16). Es el caso típico de la llamada «sexta vocal»,
una /i/ alta central, que será representada por el signo í.

Cuatro pronunciaciones tiene esta lengua muy necesarias, para hablar


propiamente, cuyas notas se ponen aquí, y servirán para entender el
Vocabulario, y tesoro de esta lengua. La primera pronunciación es na-
rigal, que se forma en la nariz, cuya nota es ésta A, puesta sobre la
vocal que se ha de pronunciar con la nariz, como tátá fuerte, advir­
tiendo, que muy frecuentemente la sílaba narigal hace narigales la an­
tecedente, y consecuente, ut ñüi, aguja. Aháángatú, por catú, y varía el
acento en breve y largo. La segunda es una pronunciación gutural, que
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 41

se forma in gutture contrayendo la lengua hacia dentro, su nota es


ésta ' , sobre la (y) en que siempre cae, ut taha, hijo, y siempre es
largo su acento. La tercera incluye las dos dichas, su nota es ésta ~
sobre la y, en que siempre cae, y se ha de pronunciar con nariz, y in
gutture juntamente, como aroyro, yo desprecio, y siempre tiene acento
largo. La cuarta pronunciación es gutural contracta que se hace en dos
yy, al fin de dicción, de las cuales la primera es gutural siempre ut ten,
muchos. También reciben pronunciación de nariz ut ñiñyi, arrugado.
Esta misma pronunciación se halla también en una y junta con u al
fin de dicción piü blando. Las notas de esta pronunciación son las
que están puestas en cada ejemplo (Montoya, Arte, 1640: f. 1).

Las reglas de pronunciación y ortografía están explicadas todavía


con mayor detalle en las Advertencias que preceden el Tesoro de la len­
gua guaraní.
Durante el período jesuítico el sistema ortográfico se mantuvo
bastante uniforme y coherente, siendo de uso general tanto en los pa­
peles manuscritos como en los impresos de la época (ver 2.3.2). Resti-
vo, sin abandonar el sistema creado, tiende a simplificarlo, dándole
mayor regularidad.
Con la expulsión de los jesuítas del Paraguay, en 1768, los escritos
en guaraní, sobre todo los producidos con finalidades administrativas,
mostraron una ortografía cada vez más insegura.
La reaparición de un cierto movimiento literario en las páginas
periodísticas que acompañaban la guerra de la Triple Alianza (1865-
1870) contra el Paraguay, introdujo un nuevo sistema ortográfico que
será llamado «tradicional» y «nacionalista». La guerra de grafías, sin em­
bargo, no hacía sino comenzar y en ella se han gastado múltiples es­
fuerzos. Dos criterios, no siempre explícitos, dominan las intermina­
bles discusiones y la sucesión de propuestas: adoptar como referencia
básica el sistema ortográfico del español, creando recursos diacríticos
cuando de él se separa la realidad fonética del guaraní; o crear un sis­
tema ortográfico que reproduzca con sobriedad el sistema fonológico
del guaraní. A cada fonema debería corresponder un solo signo gráfi­
co; ésta era la «regla de oro» que proponía el padre Antonio Guasch y
que difundió en su obra lingüística. (Guasch-Meliá 1956). Con algunas
modificaciones es la ortografía que hoy parece haberse consolidado en
las publicaciones actuales.
42 La lengua guaraní del Paraguay

Subsisten, sin embargo, puntos críticos precariamente solucionados.


Se sabe que los problemas de normalización ortográfica están presentes
en no pocas lenguas, incluso en aquellas cuya tradición literaria viene
de lejos. La dificultad de normalizar el sistema ortográfico del guaraní
en el Paraguay —los etnolingüistas ya encontraron la solución para sus
escritos— proviene en gran parte de la política lingüística todavía mal
definida y el lugar que debe ocupar o puede ocupar la lengua guaraní
en la educación y en Ja tradición cultural de esta nación.
A modo de ilustración, es interesante la comparación de los tres
sistemas ortográficos más importantes en la historia literaria del guaraní,
el de Montoya, el llamado tradicional y el académico. Destacamos so­
lamente los fonemas que han recibido grafías más diferenciadas. Para
mayor detalle, se puede consultar la obra de Dionisio M. González To­
rres, Sobre la grafía del guaraní: revisión bibliográfica desde el siglo xvi, 1989.

Alfabeto “jesuítico” Alfabeto “tradicional” Alfabeto “científico”


i (y) pira, aycó pira, aicó pira, aiko
ï í í (h) í y y
â póráng ä pora ä pora
ê acé ë osé ë asé, osé
î pyri ï pirí T pirí
ÿ yporey in pore’in 9 pore’ÿ
c+a acáng c+a acá k akä
c+o teco c+o teco k teko
c+u cuña c+u cuña k kuña
qu+e teique qu+e roiquepá k teike, roikepa
qu+ï oquí qu+i oquí k oky
qua quaá cua cuaá k kuaa
(-) b íá (h) vyha * vy’a
ç-c+e age s osé s asé
ç-c+ï ící s ísípo s ysypo
ç+a teqapíá s sapyhá s sapy’a
ç+o qoó s soho s so’o
ç+u UQU s rusú s rusu
ch ché che X xe
h píharé jh pyjharé h pyhare
b chebebé b (V) rebebé V reveve
g+u guatá g+u guatá g guata
gu+i gui gu+i güiguá g guigua
gu+e hagué gu+e jhagüé g hague
gu+T guírá gu+i guírá g guyra
mb mómbírí mombyry mombyry
nd nde ndé nde
ng cheanga ánga ng (g) ánga, ága
m mómbírí mombyry mombyry
V yurú, iurú y yurú j juru
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 43

Los fonemas que obligan a una opción selectiva y excluyente en­


tre sí son (i) y (j). Si se adopta la y para la fricativa palatal (j):jyayapo -
jajapo, no es conveniente que se adopte también para la sexta vocal
alta central (i), que será representada por la i con algún signo diacríti­
co: i, i, lo que a su vez trae consigo dificultades para marcar la nasali­
dad: m i - ivi - yvy; porey- pore’in - porey. Otras opciones son simple­
mente elecciones que no implican exclusión: jh - h; ch - x.
Nuevas propuestas y proyectos de unificación no dejan de apare­
cer (Canese, y otros, 1991).
Cuando en 1992, la nueva Constitución del Paraguay —entrada en
vigor el 20 junio— ha declarado al guaraní como idioma oficial, junto
con el español, el problema ortográfico es todavía motivo de enervan­
tes discusiones, si bien no deja de escribirse en guaraní.

1.3.2. Morfología y gramática

El deseo de sacar un arte de gramática viene de los primeros mi­


sioneros franciscanos y jesuitas, que para ello se servirán de los consa­
bidos modelos nebrijanos (ver 2.2.2). En esos trabajos se harán apare­
cer con suficiente claridad y pertinencia las categorías principales de la
lengua y sus características estructurales.

Tiene esta lengua las ocho partes de la oración, nombre, pronombre,


verbo, participio, posposición, adverbio, interjección y conjunción,
dirá Montoya al iniciar su Arte (1640: 2).

Un texto del siglo xvm resume admirablemente las características


morfológicas del guaraní.

La voz marangatu, que significa ‘santo’ y ‘bueno’, con el pronombre


che antepuesto se hace verbo neutro: «vivo santamente», que se con­
juga por pronombres. Si en vez de che se antepone mo, se hace verbo
activo, que ha de ser conjugado por notas (personales). Pero si entre
las notas y mo se coloca la sílaba ñe, de nuevo se hace neutro: añe-
momarangatu, «me vuelvo santo». Si delante de la sílaba ñe se reitera
la sílaba mo, amoñemomarangatu, de nuevo se hace verbo activo: «soy
causa de que alguien se santifique a sí mismo». En vez de la sílaba
mo y ñe, póngase la partícula poro, aporomomarangatu, y se tendrá un
44 La lengua guaraní del Paraguay

verbo absoluto: «santifico». Y de ahí que la gracia santificante se lla­


me: gracia poromomarangatuhára. Y si das inflexiones a la terminación
hára, se podrá significar la gracia que santificó, que santificará, que
habría de santificar y no santificó. Quítese de nuevo la partícula poro,
y añádase al final uka: amomarangatuuka, y significa; «soy causa de
que un tercero lo santifique o convierta». Como se ve, el uso y la
pericia es lo que se puede echar de menos, no la abundancia de la
palabra para explicar, lo mismo que en el idioma castellano, cualquier
asunto (Charlevoix-Muriel 1779: 556-57).

Con gran sentido lingüístico, se atribuye al guaraní, como carac­


terística principal, el recurso a la composición. Según una tipología,
hoy ya poco aceptada, podría ser clasificada como una lengua más bien
aislante e incorporante. Usando de nuevo una formulación antigua, se
puede decir que «el fundamento de esta lengua son partículas, que mu­
chas de ellas por sí no significan; pero compuestas con otras, o enteras
o partidas (porque muchas las cortan en composición) hacen voces sig­
nificativas» (Montoya, Tesoro, 1639: f. 1 r). Lo que será repetido por
Restivo (/1724/1892: 215): «Si todas las lenguas piden especial estudio
para saber bien el uso de las partículas, mucho más lo pide ésta que
toda se compone de ellas».
Como si la lengua consistiera en un mecanismo compuesto de
piezas íntimamente trabadas, el arte del analista consistirá en «desentra­
ñar» sus elementos.
Antonio Tovar considera al guaraní como idioma representativo
de un tipo de lengua, el amazónico, en el cual se dan rasgos de otros
tres tipos: «informe», «aglutinante» e «incorporante».

Incorporante es el modo de encerrar en la negación el verbo o el pro­


nombre: nda-jahá-i, «no vamos»; nda-ché-i, «no soy yo». Igualmente es
incorporante la posibilidad de manejar un nombre como afijo en un
verbo: a-i-po-peté, «golpeo con la mano» (literal: mi (a) golpear (peté)
de ello (i) (de las) manos (po) ); a-hova-peté, «yo abofeteo» (literal: mi
(a) del rostro (hova) golpear (peté)). En cambio un preciso y rico sis­
tema de posposiciones (que corresponde a nuestras preposiciones y a
nuestras conjunciones) recuerdan al tipo aglutinante del quechua (To­
var 1984: 200).

Como características morfológicas del guaraní, siguiendo de cerca


al mismo profesor Tovar (1984: 88), puede señalarse que el verbo, es­
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 45

pecialmente el intransitivo, es marcadamente nominal. Hay sufijos que


indican las características modales y temporales del verbo; sufijos de
tiempo se aplican también a los nombres: mburuvicha, «cacique»; mbu-
ruvichakue, «el que fue cacique» o «excacique»; mburuvichará, «el que
será cacique» o «futuro cacique»; mburuvicharangue, «el que iba a ser
cacique y no lo fue». Las principales partes de la oración son el nom­
bre y el verbo (= lexemas), los morfemas gramaticales, generalmente
sufijos, y los pronombres con «proverbos» y «proadverbios», en forma
de prefijos.
En cuanto al orden de las palabras, el guaraní presenta normal­
mente la secuencia de S(ujeto) V(erbo) O(bjeto). Es lengua de pospo­
siciones y presenta también el orden de N(ombre) A(djetivo) y
G(enitivo) N(ombre).
Las numerosas gramáticas de la lengua guaraní, a partir de mode­
los específicos y con metodologías diversas han intentado describir y
explicar las categorías y funciones morfológicas y sintácticas de dicha
lengua con resultados varios.
La mayoría de estas gramáticas mantienen la orientación didáctica
marcada por los primeros ensayos de Bolaños (1585 ±) y de Aragona
(1625 ±), y que encontró en Montoya (1639) y Restivo (1724) una ex­
presión que se ha convertido en clásica. Son ciertamente gramáticas de
«traducción» para que el estudioso de la lengua «entienda y sea enten­
dido». Estas gramáticas se forman por contraste con otras gramáticas
supuestamente conocidas, como pueden ser la latina o la del romance
castellano. Se supone por tanto que el aprendiz de esta lengua domina
una terminología gramatical con la cual podrá establecer continuas re­
ferencias de similitud y disparidad. Se suele achacar a estas gramáticas
el estar vaciadas —y viciadas— en los moldes de la gramática latina
(Gregores-Suárez 1967: 21). Sin embargo, lo que ya se ha dicho del
Arte de gramática, de José de Anchieta (1595), se aplica también a las
gramáticas jesuíticas del Paraguay colonial; la latinización del guaraní
por los jesuítas se reduce exclusivamente a la terminología y a la dis­
posición de la gramática (Federico G. Edelweiss, citado in Anchieta
1990: 12).
De hecho, el mismo esquema latinizante, sirve a veces para mar­
car no pocos aspectos singulares y específicos de la nueva lengua, que
no se encuadran en el supuesto modelo. Cuando se trata de funciones
temporales, por ejemplo, aun la voluntad de hacerlas corresponder con
46 La lengua guaraní del Paraguay

las categorías latinas no hace sino poner de relieve el contraste entre


ambas lenguas. El gramático se ve obligado a advertir por ejemplo que
«el futuro de subjuntivo se suple de estas tres maneras» (Montoya, Arte,
1640: 23). Si por una parte se habla de declinaciones, de caso genitivo,
de gerundios y de supinos, si incluso se recurre al latín para explicar
un giro de lengua especialmente difícil, el gramático reconoce con fre­
cuencia que un sintagma guaraní excede ampliamente la traducción que
de él pudiera intentarse.
Una gramática como la de Restivo (/1724/1892), muestra que la
lengua guaraní, con sus peculiaridades, ha llegado a imponerse al pro­
pio gramático. En realidad en esas gramáticas no se ha pasado por alto
ni ha sido dejada de lado ninguna de las características fundamentales
de la lengua guaraní. El inventario de Partículas que adjunta a su Arte
es el reconocimiento consciente de la distancia que hay, desde el pun­
to de vista estrictamente lingüístico, entre el guaraní, lengua indígena,
y el castellano, lengua romance.
Las contribuciones al conocimiento gramatical del guaraní queda­
ron prácticamente interrumpidas durante todo el siglo xix. No se trata
de ofrecer aquí la lista de trabajos de carácter gramatical de los que se
dispone en la actualidad. Los Apontamentos para a bibliografía da língua
tupi-guarani, de Plínio Ayrosa (Sao Paulo, 1954), así como la reseña más
reciente de Germán de Granda (1988: 611-614; 624-625) ofrecen un
panorama casi completo de los materiales disponibles. Se reconoce ge­
neralmente que El idioma guaraní, del padre Antonio Guasch, con sus
numerosas ediciones —especialmente la tercera, de 1956, con muchas
reimpresiones—, es como la gramática normativa y, de hecho, la más
utilizada en la enseñanza. Para información, y tal vez satisfaciendo al­
guna curiosidad, transcribiré una página de esa gramática, donde cons­
ta la denominación creada por Guasch de una característica peculiar
del sistema verbal del guaraní paraguayo:

Atendiendo a la característica personal, en guaraní distinguimos dos


grandes grupos de verbos: areales y xendales.

A. Verbos areales
Son los verbos propiamente tales. Constan de una característica
personal antepuesta al radical verbal que se conserva siempre idéntico
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 47

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Figura 4. De la Breve Introducción para aprender la lengua guaraní, de Alonso de


Aragona; primera gramática conocida de la lengua guaraní.
48 La lengua guaraní del Paraguay

para todas las personas. Ejemplo: aguapy (sentarse); a, característica


personal; guapy, radical verbal.
Las características personales para estos verbos son:

a yo
re tú
0 él
ja (ña) nosotros
ro nosotros
(restr.)
pe vosotros
0 ellos

Modelo de conjugación

(xe) apuka yo río


(nde) repuka tú ríes
(ha’e) opuka él ríe
(ñande) japuka nosotros reímos
(ore) ropuka nosotros reímos
(pee) pepuka vosotros reís
(ha’e kuera) opuka ellos ríen

NOTAS.—1) Con ciertos verbos en vez de a, re, o... se emplean


las formas iantes ai, rei, oi, ja i (ñai), roi, pei, oi, con la i átona. A estos
verbos los llamaremos «airéales». Su conjugación, por lo demás, es
completamente regular. Por ejemplo, aisu’u (morder): reisu’u, oisuu,
jaisuu, roisu’u, peisuu, oisu’u.
2) Si el radical verbal contiene un fonema nasal o seminasal o
seminasal se cambia la característica de la primera persona del plural
ja o ja i en ña o ñai (formas entre paréntesis).
3) Los pronombres personales xe, nde, ha’e... no se usan ordi­
nariamente en la conversación, a no ser que se quiera hacer hincapié
en el sujeto del verbo.
4) La mayoría de los verbos de este grupo son activos.
5) Para expresar los diferentes tiempos del verbo no existe forma
especial, supliéndose por medio de los sufijos que estudiaremos más
adelante.
Los guaraníes y su lengua. Aproximación etnohistórica 49

B. Verbos xendales
Propiamente son un mero caso de yuxtaposición. Los estudiare­
mos en el capítulo del verbo, porque hacen sus veces y son de mu­
cho uso.
Provienen de sustantivos o adjetivos que mediante la yuxtaposi­
ción del pronombre se verbalizaron. Así, xe poxy literalmente significa
«yo ira, ira mía» o «yo estoy enojado», «yo tengo ira». Xe rasy es lo
mismo que «yo enfermo» o «yo estoy enfermo» (Guasch 1956: 114-
115).

El método de B. Meliá, L. Farré y A. Pérez, El guaraní a su alcance,


con su última edición de Asunción 1992, se ha revelado de una gran
utilidad pedagógica. En los últimos años son bastantes las gramáticas
de diversa índole que han sido publicadas, lo que indica el interés por
el estudio de la lengua guaraní y su aprendizaje.
La mejor descripción moderna desde un punto de vista técnico y
académico es la A dcscription o f colloquial guaraní, de Gregores y Suárez
(París 1967), si bien contiene fallas notables por causa de informantes
poco capacitados. La Gramática de la lengua guaraní, de Natalia Krivos-
hein de Canese (1983), es un excelente manual para el aprendizaje del
idioma y material de referencia por la claridad de su exposición. La
Gramática guaraní, de Valentín Ayala (Corrientes 1990), queriendo ser
exhaustiva en la descripción de todas las particularidades de la lengua,
llega a ser excesivamente prolija y hasta confusa.
Las descripciones lingüísticas de otros dialectos serán tratadas en
su lugar, en la cuarta parte.
Como subsidio necesario para el conocimiento de la lengua gua­
raní están los diccionarios, sobre todo aquellos que intentan ser algo
más que un «recipiente de palabras», un ñe’e ryru, que es el neologismo
inventado para significar diccionario. Hay que reconocer que ninguno
de los más recientes, producidos en este siglo, ha superado al antiguo
Tesoro de la lengua guaraní, de Montoya (1639; con sus dos nuevas edi­
ciones de Leipzig, y París-Viena, ambas de 1876), y de cuyo proceso de
formación se hablará luego (ver 2.2.2.c). Se consultan, sin embargo, con
provecho el Diccionario castellano-guaraní y guaraní-castellano, de Anto­
nio Guasch, especialmente en su cuarta edición de 1961, la más com­
pleta; el Diccionario guaraní-español y español-guaraní, de A. Jover Peralta
y Tomás Osuna (1950), también con varias ediciones y el Gran diccio­
50 La lengua guaraní del Paraguay

nario, de A. Ortiz Mayans (1990), que llega a su duodécima edición.


En todos estos diccionarios se echa de menos, sin embargo, lo que ya
había logrado magistralmente Montoya: una contextualización social y
cultural de las palabras, que refleje la cosmovisión de quienes hablan y
se comunican en esta lengua.
Por su amplia información científica sobre la fauna y flora, y so­
bre los usos y costumbres de los pueblos indígenas y del pueblo para­
guayo en lo que a plantas y animales se refiere, merece ser destacada
la Enciclopedia guaraní-castellano de ciencias naturales y conocimientos para­
guayos, del doctor Carlos Gatti.
Para otros dialectos del guaraní los verdaderos diccionarios ya son
más raros (ver 4.2).
Capítulo 2

LA LENGUA GUARANÍ COLONIAL

2.1 La entrada del castellano en el Paraguay y la guaranización


DE LOS CRIOLLOS E «HIJOS DE LA TIERRA»

El uso de la lengua guaraní por hablantes no guaraníes es un fe­


nómeno ya prehistórico: conquistados y asimilados, los chané-aruák del
piedemonte andino son un caso típico de un bilingüismo intraindíge-
na, que se prolonga hasta hoy.
El uso del guaraní por hablantes de origen europeo, como el que
se inició a raíz de las primeras expediciones españolas al Río de la Pla­
ta, sin embargo, presenta otras características. Los primeros hablantes
bilingües castellano-guaraní fueron, en realidad, algunos tripulantes,
náufragos o desertores, de las expediciones de Juan Díaz de Solís
(1515), de Sebastián Caboto (1526), de Diego García de Moguer (1528).
Estos «lenguas», como serán llamados, que habían aprendido el guaraní
en convivencia con la comunidad indígena que los había acogido, ten­
drán posteriormente un papel importante —y ambiguo— como intér­
pretes y guías. Por la relevancia de sus servicios, se recordará el nombre
de muchos de estos «lenguas» (Arnaud 1949). Baste recordar, entre mu­
chos, a un tal Gonzalo de Acosta, vecino de Sevilla, que hizo de intér­
prete en la expedición de Diego García (Zabala 1977: 74). Fue gracias
a estos intérpretes que se entabló el primer diálogo «político» con los
canos de la comarca de Asunción, al tiempo en que ésta era fundada
como casa fuerte (1537). «Un hombre que llevábamos, que sabía la
lengua, empezó a decir a aquellos gentiles... que nosotros éramos hijos
de Dios y que les traíamos nuestras cosas», recordará un testigo presen­
52 La lengua guaraní del Paraguay

cial, el que sería hermano jesuíta, Antonio Rodrigues (Monumenta


Brasiliae I: 474).
Estos «lenguas» tendrán diversas funciones: intérpretes en los pro­
cesos, guías en las nuevas expediciones, intermediarios en los tratos
(Zavala 1977: 56; 74; 86). Muy pronto serían también autores de tro­
pelías, abusos contra los indios y traiciones (Zavala 1977: 91, 133).
«Ciertas personas que habían vivido y estado en la costa del Brasil, los
cuales eran personas que sabían y entendían bien la lengua de estos
indios, se fueron escondidamente...» (Gandía 1932: 65). En 1543 el go­
bernador Alvar Núñez Cabeza de Vaca tuvo que reglamentar duramen­
te las relaciones de los «lenguas» e intérpretes con los indígenas, pues
«por experiencia se ha visto el mucho desorden que las lenguas intér­
pretes han tenido y tienen en rescatar y contratar con los indios, an­
dando por sus lugares y casas, de lo cual ha resultado mucho desaso­
siego y perjuicio» (Zavala 1977: 120; también 122; 133). Muchos
«lenguas» salían por las casas de los indios y les tomaban por fuerza
sus redes, sus mujeres y cosas (ibid., 123), con lo que tenían no pocas
indias de servicio: un tal Juan Gutiérrez llegó a contar con 22 de ellas.
Fama ingloria, ciertamente, la de estos intérpretes, primeros bilingües,
que hicieron del dominio de dos lenguas el medio de su provecho per­
sonal (Zavala 1977: 196), cuando hubiera podido esperarse de su con­
versación un desarrollo político de la comprensión y de la amistad en­
tre gentes de dos lenguas.
Junto a estos bilingües castellano-guaraní no tardarían en surgir los
bilingües guaraní-castellano. Llegaron a bilingües aquellos infelices in­
dios que Caboto había llevado a España y que Pedro de Mendoza
quería traer de vuelta, por ser «ladinos» y poder servir de intérpretes
(Zavala 1977: 76). Bilingües —pero, ¿hasta dónde?— fueron aquellos
«caciques» que castellanizaron sus nombres: Pedro de Mendoza, Juan
de Salazar Capitari, Francisco Ruiz Mayraru, Lorenzo Moquiraci, Gon­
zalo Mayraru y otros cristianos ya convertidos de la primera hora (Ca­
beza de Vaca 1971: 130). Pedro de Mendoza era de hecho un indio
principal, que fue suegro de Irala, padre de la criada de éste, María
(Zavala 1977: 131).
Estos y otros más son los que en 1542, menos de 5 años después
de la fundación de Asunción, «todos, uno a uno, vinieron a hablar al
gobernador en nuestra lengua castellana, diciendo que en buena hora
fuese llegado» (Cabeza de Vaca 1971: 120; 121).
La lengua guaraní colonial 53

Este tipo de bilingües que se produjo antes y al margen de la ge­


neración de mestizos, y cuya razón de ser era la comunicación política,
ha sido generalmente descuidado al hacerse la historia del bilingüismo
paraguayo. La función de intérprete bilingüe castellano-guaraní, y vi­
ceversa, continuó con diversa suerte y por muchos años en el Para­
guay, si bien con frecuencia, sea por ignorancia, sea por intereses crea­
dos, esos «traductores» se tornaban «traidores» (Meliá 1969: 63-65).
Quienes más necesidad tuvieron de ellos a los principios fueron los
misioneros y, de hecho, en algunos casos, recibieron buena ayuda de
ellos —volveremos sobre ello—; los jesuitas, con todo, prescindirán
pronto de sus servicios, haciéndose «lenguas» ellos mismos; se acorda­
ban de aquel vecino de Guairá que a título de lenguaraz los acompañó
y estuvo haciendo sus negocios, comprando indias y muchachos a es­
paldas de los padres (Montoya /1639/1989: 61). Deplorable igualmente
fue sobre manera el papel de los intérpretes en la llamada guerra Gua-
ranítica (1750-1756), por las traducciones incorrectas o tendenciosas
que daban de los papeles secuestrados a los indios (Meliá 1969: 65-67).
Este bilingüismo de interpretación ofrece un rasgo característico de
lo que será el bilingüismo paraguayo. El guaraní es usado por los cas-
tellanohablantes con propósitos típicamente coloniales, sean éstos el
ejercicio de un poder político, el intercambio comercial o la misión.
Diversas serían las intenciones de los guaraníes al hablar castellano: en­
tienden congraciarse con los recién llegados y usar la lengua de quien
ya empezaba a llamarse karai, que se hará sinónimo de «señor».
El guaraní entra en el castellano para salir después cargado con
una semántica y una nueva práctica: el guaraní de los intérpretes y
«lenguas» puede ser caracterizado como palabras de la lengua, sin la
lengua. Es el guaraní pensado y hablado para decir un pensamiento y
una orden castellana. Creo que no es aventurado suponer que los «len­
guas» convirtieron y redujeron la lengua para sí, pero no se convirtie­
ron ni se redujeron a ella. Los «lenguas», por ejemplo, no tendrán in­
terés por conocer y hablar la «lengua religiosa» de los guaraníes, cuyas
formas de discurso y expresiones míticas les son política y religiosa­
mente ajenas.
Hay que reconocer, sin embargo, como fenómeno singular del Pa­
raguay, la «guaranización» amplia de los propios criollos, es decir, de
quienes, aun sin ser hijos mestizos, por su inserción en la nueva socie­
dad paraguaya que hablaba masivamente el guaraní, necesitaban adop­
54 La lengua guaraní del Paraguay

tar este medio de expresión. Dos circunstancias contribuían a ello: el


amplio uso del guaraní como lengua coloquial en la casa y en la calle,
por un lado; y por otro, la poca densidad de una población criolla (o
peninsular) durante todo el período colonial; aspectos ambos que se
han de esclarecer en las páginas siguientes. En otros términos, «la re­
pública de españoles» nunca tuvo mucho peso específico. La propia
lengua castellana, aunque siempre fue la lengua oficial de gobierno, no
contaba con los medios para perpetuarse y, menos, para desarrollarse.
Los documentos de archivo, aunque escasos y discontinuos, con­
firman el progresivo deterioro del castellano escrito desde los finales de
la conquista en adelante; es decir, a partir del momento en que va dis­
minuyendo el contingente inicial de los fundadores, y, en frase de un
cronista, «van quedando pocos de los que primero aquí llegaron», lo
que sucede más o menos hacia 1585. «Las gentes nacidas en España se
van acabando en esta tierra», decían resignados Rojas Aranda y García
Cunha, oficiales reales, en 15 de junio de 1594 (Correspondencia de los
Oficiales de la Real Hacienda, I, Buenos Aires, 1945: 436). Los pocos
venidos después de esa fecha no alcanzan a compensar el número de
los que van ausentándose para siempre. Una minoría, la de los letra­
dos, funcionarios o no, principalmente, detenta el idioma; hace de él
un instrumento indispensable y privativo de relación con el exterior y
trata de preservarlo de la erosión inevitable.
Esta minoría la forman, en parte, los venidos de la metrópoli o de
otras provincias de América, en parte, los criollos: éstos, descendientes
de familias fundadoras o llegadas luego, por lo común con misiones
oficiales. Los primeros, con dificultad acceden al guaraní: se atrinche­
ran en el castellano originario. Los segundos, educados localmente al
lado de los jesuitas o franciscanos, si bien hablan —y escriben— el cas­
tellano, hablan al propio tiempo el guaraní, irremplazable en la co­
municación con la masa mestiza e indígena. Los mestizos e indígenas
sólo en pequeño porcentaje hablan en castellano; en juicios y cuestio­
nes administrativas se hace a menudo necesario utilizar los servicios de
un intérprete con rango legal. De este proceso de expresión, el castella­
no escrito, pese a los esfuerzos de sus mantenedores, sale a menudo
empobrecido en su léxico, aflojado en sus coyunturas sintácticas. Re­
visando el archivo encontramos más de un documento en que gober­
nadores afligidos comunican a la metrópoli su preocupación por la
medida en que el vernáculo invade la vida de relación, dificultando la
La lengua guaraní colonial 55

labor de la minoría letrada y administrativa. Es lo que se deduce de


los Informes del gobernador Lázaro de Ribera y de la Carta Relación, del
padre José Cardiel (Cardiel 1953: 224) (Plá-Meliá 1975: 8-9).
Cuando en 1625 el Cabildo de Asunción pedía a los jesuítas la
erección de un colegio, daba como razón que «los hijos de los nobles
conquistadores corren el riesgo de adquirir las costumbres de los in­
dios, con grave daño» (cit. por Velázquez 1975: 30). Y entre estas cos­
tumbres reprobables, debe entenderse con toda probabilidad, la «mala
costumbre» de hablar guaraní.

¿Mestizaje lingüístico?
El castellano tuvo también otras puertas de entrada en el guaraní,
y fue una de ellas la de aquellos españoles que se unieron a mujeres
guaraníes y cuyos hijos mestizos se supone «nacían» bilingües. «Así este
hijo de dos razas aprendió dos lenguas desde su cuna», será dicho.
El mestizaje hispano-guaraní se ha tornado frecuentemente como
la más sugestiva metáfora de la historia social del Paraguay, y de su
bilingüismo.
No hay duda que del mestizaje se ha hecho un amplio uso ideo­
lógico, ya desde los orígenes. Se imponen, sin embargo, algunas con­
sideraciones críticas.
Domingo Martínez de Irala, en 1541, da cuenta de la amistad de
los indios con los españoles y que «éstos sirven a los cristianos con sus
personas como con sus mujeres en todas las cosas... y han dado para
el servicio de los cristianos setecientas mujeres para que les sirvan en
sus casas y rozas» (DHG II: 299).
Mirado con indulgente realismo o con escandalizado moralismo,
el acusado fenómeno del mestizaje fue comentado repetidamente en
cartas y crónicas contemporáneas. Una antología de estas citas es de lo
más sugestivo. Valga como muestra lo que decía el padre Francisco
González Paniagua, en carta de 1545: «El cristiano que está contento
con dos (mujeres) es porque no puede haber cuatro, y el que con cua­
tro porque no puede haber ocho...; si no es algún pobre no hay quien
baje de cinco o de seis, la mayor parte de quince, y de veinte, de trein­
ta y cuarenta» (cit. por Bruno I: 188. Otras citas del mismo tenor en
esas páginas. Ver también Zavala 1977: 128-147, quien trata con bas­
tante detalle el tema de «las indias del Paraguay»),
56 La lengua guaraní del Paraguay

Hay que notar que el mestizaje del Paraguay se presenta indefec­


tiblemente en un contexto de poligamia. Y esto, a su vez, determinaría
sus características sociolingüísticas.

Llamáronse luego los indios y españoles de cuñados —escribía el pa­


dre Marciel de Lorenzana, en 1621—; y como cada español tenía mu­
chas mancebas, toda la parentela acudía a servir a su cuñado... Vién­
dose los españoles abundosos en comidas de la tierra y con tantas
mancebas, no aspiraban a más...; y como estaban en el paraíso de
Mahoma, se gobernaban a su modo» (MCA I: 163; también Bruno I:
187).

Que la población del Paraguay era casi enteramente mestiza, era


la opinión más general para quien tratara del asunto, diéranse las cifras
que se dieran, en una época en que la estadística demográfica era más
bien una ciencia de «opiniones» (Zavala 1977: 138). No se trata de tra­
zar aquí un cuadro de la evolución demográfica del Paraguay, diseñado
—aunque no siempre convincentemente— por autores como José Luis
Mora Mérida (1973), Silvio Zavala (1977: 128-149), Juan Carlos Gara-
vaglia (1983), y de modo especial por Rafael E. Velázquez (1972; 1981)
y por Ernesto J.A. Maeder, refiriéndose este último sobre todo a las
misiones jesuíticas.
Se suele considerar que el contingente poblador del Río de la Pla­
ta estuvo entre 1.000 y 1.200 españoles. En Asunción, durante el siglo
xvi, los vecinos españoles oscilaron entre 400 y 500. «Un pueblo de
más de quinientos hombres y más de quinientas mil turbaciones», de­
cía fray Juan de Salazar, en 1545 (cit. en Bruno I: 185), no sin sorna.
Lo importante de las indicaciones demográficas es que nos dan una
proporción entre «mancebos de la tierra» y españoles europeos de 6 a
1 (Velázquez 1981: 44). Y un predominio absoluto de mujeres...
Si avanzamos otro siglo, tenemos la siguiente composición pobla-
cional del Paraguay, tal como aparece en el censo del obispo Faustino
de Casas. Los 38.666 habitantes de la provincia se repartían así:

7.209 españoles (18,6 %)


2.517 indios yanaconas (6,5%)
27.806 indios en pueblos (71,6%)
1.134 pardos ( 2,9 %)
(Velázquez 1981: 49)
La lengua guaraní colonial 57

Como se ve, la población que socialmente se consideraba «espa­


ñola» —incluyendo europeos, criollos y mestizos— estaba apenas en la
proporción de 1 a 4 {Ibid: 50).
El Paraguay seguía siendo fundamentalmente indígena en cuanto
a población, aunque la ideología de asimilación al español se hacía
sentir cada vez con más fuerza, sobre todo en la ciudad de Asunción
y pueblos de españoles.

Para fines del siglo xvm y comienzos del siglo xix el proceso de mes­
tizaje había avanzado mucho y entre el 55 y el 60 % de la población
tenía status de española... había logrado asimilarse a esa condición
(Velázquez 1981: 57).

A manera de síntesis del movimiento general de la población en­


tre 1682 y 1848 se puede aceptar el cuadro que ofrece Juan C. Gara-
vaglia (1983: 201).

1682 1761 1799 1846


Población considerada indígena 30.323 52.647 32.018 1.200
Población no indígena 8.943 32.531 76.052 237.662
Población total 39.266 85.178 108.070 238.862

Una vez más hay que repetir que no se trata de un problema de


cifras, sino de ver cómo una población se define poco a poco como
no-indígena, prescindiendo de sus componentes raciales (Garavaglia
1983: 204-211).
Uno de los factores decisivos para que esto haya podido suceder
es que ni el color de la piel ni el hecho de hablar la lengua guaraní
definirían socialmente al indígena. Pasó al status de español quien te­
nía deseo de hacerlo, sin que pudiera impedirlo una élite de origen
europeo, incapaz de imponer comportamientos culturales exclusivos,
como podría ser un vestido o una lengua.
La misma población indígena dejó poco a poco su condición de
servidumbre —los «yanaconas» y «originarios» nunca fueron muchos—
y podía pasar por española en el vestido y en su comportamiento so­
cial. Para ello no tenía necesidad de abandonar su lengua guaraní, por­
que ésta nunca dejó de ser la lengua de la sociedad colonial, aun defi­
58 La lengua guaraní del Paraguay

nida políticamente por la condición de «español». Ser mestizo nuevo,


y por tanto, español, no era tan difícil en ese Paraguay. Para mantener
sus privilegios y espacios sociales exclusivos, los «españoles» apelarían
a otros recursos. La sociedad colonial paraguaya no necesita crear «in­
dios» para mantener distinciones y posesiones; verá aparecer, eso sí,
«pobres» y «plebeyos» sometidos a los «nobles» y «pudientes» (Garava-
glia 1983: 210). Se forma así un campesinado, políticamente español,
lingüísticamente guaraní.

La mayor parte del crecimiento de esta población considerada espa­


ñola durante el siglo xvn, es un resultado de un cambio de status y
de posición social en el mundo de las relaciones sociales de produc­
ción de un gran número de indígenas (Garavaglia 1983: 211).

Con esto se consolidaba, no una de las pocas sociedades verdade­


ramente bilingües, como dice Garavaglia, sino una sociedad colonial es­
pañola preferentemente monolingüe en una lengua indígena: el guaraní.
Esto es lo que constituiría su singularidad en la América española y en
los modernos Estados americanos.
Lo que en Paraguay se atribuye a mestizaje no depende de una
relación biológica o racial, sino a la creación del status de español. A
ello se llega principalmente por procesos sociales, culturales y econó­
micos. La reducción del «español» a la categoría de pobre sin indios,
sin séquito y sin honores, y la asimilación del indio a un status de
trabajador libre, con vestido «adecuado» y con un apellido hispano,
tiene lugar sobre todo en el marco de una nueva realidad socioeconó­
mica que se está formando: el campesinado (Garavaglia 1983: 354-
359).Y el campesinado es un hablante guaraní.

El español del Paraguay habla guaraní

Y el campesinado es un hablante guaraní. El castellano, dada la


formación de este pueblo paraguayo, es apenas hablado, y mucho me­
nos escrito, en el Paraguay. Son bastantes los testimonios que dan fe
de este hecho lingüístico.
En una página escrita sin duda con espíritu irónico y caricatures­
co, el padre José Cardiel expone la situación hacia 1758:
La lengua guaraní colonial 59

El lenguaje o jerigonza que a los principios sabían no es otra cosa


que un agregado de solecismos y barbarismos de la lengua guaraní y
castellano, como se usa en toda la gobernación del Paraguay y en la
jurisdicción de las Corrientes. En una y otra ciudad, los más saben
castellano, pero en las villas y en todas las poblaciones del campo,
chacras y estancias no se habla ni se sabe por lo común, especialmen­
te entre las mujeres, más que esta lengua tan corrupta... me fue ne­
cesario aprender ésta tan adulterada lengua para darme a entender,
porque la propia guaraní no la entendían, y menos el castellano; y
así les predicaba en su desconcertado lenguaje. Y para que se vea lo
que voy diciendo, pondré un ejemplo: esta oración: ’Ea, pues, cum­
plid los mandamientos de la ley de Dios, porque si no los cumplís,
os condenaréis al infierno’, se dice en la propia lengua guaraní: «Enri­
que pemboaie Tupa ñande quaita, pemboaie ey ramo, nia añaretame iquai-
piramo peicomburune», etc. Y, ¿cómo dicen los españoles del Paraguay
y Corrientes? «Neipe cumplí que los mandamientos de la ley de Dios,
porque pecumplí ei ramo, peñe condenane a los infiernos». Lo mis­
mo que si en latín dijeran: «Eia ergo, cumplí te los mandamientos de
la ley de Dios, porque si non cumpliveritis, vos condemnaveritis a los
infiernos». ¿Quién sino el que sabe una y otra lengua castellana y la­
tina, podrá entender esta algarabía? (Cardiel 1900: 392-393).

Para esta época ha surgido una nueva lengua guaraní de los espa­
ñoles, mal normalizada en su hacerse, propia de los campesinos, aque­
llos «españoles» pobres de que hemos hablado, dispersos muchos de
ellos por sus campos de labranza; lengua usada más por las mujeres
que por los hombres, teniendo estos últimos más ocasiones de trato
con castellanohablantes.
El mismo fenómeno es descrito en otros términos por el mismo
Cardiel:

En la jurisdicción del Paraguay, en que hay unos 20.000 habitantes


de sangre española, no se usa comúnmente otra lengua que ésta [el
guaraní], aunque mal, con muchos solecismos y barbarismos. De las
mujeres pocas hay que sepan el castellano y de los varones lo saben
muy mal; y esto poco que saben es porque en las escuelas [...] les
obligan a puros azotes... En los pueblos de indios, que son diez,
a cargo de clérigos y religiosos de San Francisco no se habla otra
lengua que ésta [el guaraní] [...] y el encomendero y su familia
60 La lengua guaraní del Paraguay

suelen olvidar la lengua castellana para hablar la del indio (Cardiel


1953: 224).

Como dirá el mismo Cardiel en otro texto, los colonos paragua­


yos «nunca escriben cosa alguna en la lengua del indio, aun los que
saben escribir, como ni nunca rezan en ella, sino en castellano» (Car­
diel 1900: 389).
Para caracterizar sus peculiares y curiosas formas el jesuita Martín
Dobrizhoffer habla de una «tercera lengua» en el Paraguay:

Todo el vulgo, aun las mujeres de rango, niños y niñas, hablan gua­
raní como su lengua natal, aunque los más hablen bastante bien el
español. A decir verdad, mezclan ambas lenguas y no entienden bien
ninguna. Pues después que los primeros españoles se apoderaron de
esta provincia, que antes estaba habitada por los canos o guaraníes,
tomaron en matrimonio las hijas de los habitantes por falta de niñas
españolas y por el trato diario los maridos aprendieron el idioma de
las esposas y viceversa, las esposas la de los maridos, pero, como
suele ocurrir generalmente cuando aun en la vejez se aprende idio­
mas, los españoles corrompían miserablemente la lengua india y las
indias la española. Así nació una tercera o sea la que usan hoy en día
(Dobrizhoffer /1784/1967 I: 149-150).

Lo interesante de este texto está en que sitúa el origen del bilin­


güismo castellano-guaraní en una relación comunicativa entre adultos,
y no propiamente en una razón racial de mestizaje. Si hay dos lenguas
y aun una «tercera lengua», esto proviene de que hubo una nueva so­
ciedad, que no una nueva raza. Hay una tercera lengua porque hay
una tercera sociedad.
La situación lingüística del Paraguay todavía es recordada por otro
de los jesuítas que estuviera allí largos años, hasta la expulsión general
de 1767.

El idioma guaraní se emplea corrientemente entre los españoles de la


ciudad de Corrientes, lo mismo que en las colonias de Villa Rica y
Curuguaty. Es más, en la misma ciudad de Asunción (sede del gober­
nador y capital de la provincia) el P. Roque de Rivas (muerto en
Faenza el 1790) explicaba en guaraní, desde un sitio elevado, los mis­
terios de la Religión y los deberes morales, con gran aplauso y pro­
La lengua guaraní colonial 61

vecho de sus oyentes, los cuales, aunque hablan el español, prefieren


se les hable en guaraní, al que están acostumbrados desde niños y en
el que conversan entre sí, en el campo y en sus casas (Peramás /1793/
1946: 74).

Aquí lo que se pone de relieve es el carácter básicamente colo­


quial y rural del guaraní colonial, lo que no impide, sin embargo, que
sea vehículo de una oratoria sacra más culta.
A principios del siglo xix el cuadro permanecía idéntico. Félix de
Azara ensaya, sin embargo, una explicación relativamente nueva del fe­
nómeno.

La diferencia en el origen de los españoles indicada en el capítulo


anterior núm. 5, ha producido otra en los idiomas de los gobiernos
de Buenos Aires y Paraguay, porque en aquél sólo se habla castellano,
y en éste sólo el guaraní, sucediendo esto mismo en la ciudad de Co­
rrientes por su inmediación al Paraguay: sólo los más cultos entien­
den y hablan el español. Esto tiene una excepción en la villa Paraguia
(sic) de Caruguati (sic), donde los varones hablan siempre entre sí es­
pañol y con las mujeres siempre el guaraní (Azara 1847: 298; Plá-Me-
liá 1975: 60).

¿Cómo entender ese «origen» de los españoles del Paraguay que


sería diverso del que tuvieron los de la provincia de Buenos Aires y
aun de otras provincias americanas?
En realidad los «españoles» del Paraguay presentan cuatro orígenes
diferentes: europeos, criollos, mestizos e indígenas; pero en todos ellos
lo que prevalece es su carácter político, social y económico, y mucho
menos el racial.
En el Paraguay la población en términos absolutos fue siempre in­
dígena. Si se hispaniza cada vez más, conforme aparece en diversos do­
cumentos y censos de la época colonial, ello se debe fundamentalmen­
te a razones socioeconómicas. Hacer entrar la noción de mestizaje en
una cuestión sociolingüística, como la que nos ocupa, no hace sino
desencaminar los intentos de explicación. Hay que notar que los do­
cumentos de la época son más «científicos» que las lucubraciones más
modernas que apelan al mestizaje. En dichos documentos raramente se
hace la distinción entre español y mestizo; se hace una distinción de
carácter más bien político: españoles europeos y españoles criollos. Por
62 La lengua guaraní del Paraguay

su parte, la diferenciación entre indígenas y no indígenas, poco tiene


de racial, ya que lo que importa es conocer el estatuto político y eco­
nómico del indígena, según sea yanacona y originario —de hecho, es­
clavo—, mitayos que residen en pueblos de clérigos o en pueblos de
franciscanos, o indios de tributo, como son generalmente los adminis­
trados por los padres de la Compañía de Jesús.
«Un hecho parece cierto: la propia palabra mestizo se utilizó muy
poco», advierte con perspicacia Juan C. Garavaglia (1983: 210). Si bien
es cierto que el «español», fuera europeo, criollo o mestizo, ya no se
tornaba indio nunca más, los guaraníes sí se tornaban «españoles» —y
después «paraguayos»— sin mediar mezcla de sangre.
Traducido en términos lingüísticos esto quiere decir que muchos
españoles no sabían español por el mero hecho de haber nacido tales,
mientras que el indígena que se tornaba español social y políticamente
no necesitaba hablar español para lograrlo.
Hay autores (Velázquez 1981: 60) que piensan que «el pueblo pa­
raguayo proviene del mestizaje de españoles y guaraníes». Considero
más acertado decir que el pueblo paraguayo se forma en un proceso
de hispanización, que abarca a no indígenas e indígenas, prescindiendo
del grado genético de mestizaje. Y esto a pesar de que en el lenguaje
de la época

llaman españoles a todos los europeos y a los que descienden de ellos,


aunque hayan nacido allí [mientras que] a los indios, mestizos, mu­
latos y todos los que descienden de negros llaman naturales (Cardiel
/1780/1984: 56).
Por paradójico que parezca hay más hablantes guaraní al fin del
siglo xviii, cuando la mayoría de la población se dice «española», que
cuando la proporción de españoles e indígenas era de 1 a 4, a favor de
éstos, como se puede deducir del censo del obispo Faustino de Casas,
de 1682, que contaba 7.209 españoles frente a 32.840 indígenas entre
yanaconas —éstos sólo 2.517— e indios de pueblos.
Nunca está de más recordar la advertencia de Haugen (1973: 78):

La analogía histórica y social entre la herencia lingüística y biológica


a menudo ha oscurecido la diferencia fundamental entre ambas. Se
ha confundido razas y lenguas en detrimento de unas y de otras, dan-
La lengua guaraní colonial 63

do lugar a cierto tipo de racismo lingüístico que constituye la verda­


dera maldición de Babel. Los lingüistas tienen mayores conocimien­
tos, pero no están exentos de culpa al haber desarrollado una
terminología que habla de «familias de lenguas» y «lenguas madres»,
«generación de dialectos» y «linaje de las palabras». Hay toda clase de
metáforas que pueden resultar radicalmente engañosas, pues en el
lenguaje no existe absolutamente nada que sea idéntico a la herencia
biológica. En el lenguaje no hay genes, fuera del don humano uni­
versal de las lenguas. A cada paso en el camino hubo niños que
aprendieron la lengua de sus mayores a su propia manera y adultos
que aprendieron y olvidaron su lengua para satisfacer las exigencias
que les impusieron las necesidades sociales y políticas. No hay genes;
sólo aprendizaje. Que el aprendizaje es la clave de todo el problema
lingüístico resulta tan obvio que casi es una perogrullada.

Del mestizaje genético no se deduce necesariamente, ni en el Pa­


raguay ni en cualquier otra colonia, el bilingüismo. En las colonias
francesas o inglesas, por otro lado, se han creado situaciones de bilin­
güismo relativo, sin recurrir al mestizaje, a través de solos procesos po-
líticoculturales. El mestizaje, de por sí, no produce ningún biculturalis-
mo ni bilingüismo si no se dan simultáneamente otros factores
propiamente culturales relacionados con los procesos de aprendizaje
lingüístico. La inclusión de una concepción geneticista, si se aplicara
con toda «lógica», no desembocaría en el bilingüismo, sino más bien
en la lengua mezclada. Pero prefiero dejar todo este esquema por im­
pertinente. La explicación de una mezcla lingüística en el Paraguay no
es por genes, sino por aprendizaje, es decir, por historia (Plá-Meliá
1975: 34).

2.1.1 El guaraní criollo

La cuestión es saber qué factores contribuyeron al desarrollo del


guaraní paraguayo y las características internas que éste fue tomando
durante el período colonial.
Un factor decisivo fue que la lengua guaraní fue usada sólo colo­
quialmente por parte de los españoles y los indios que les servían. Por
supuesto que el guaraní en las sociedades prehispánicas también era
medio de comunicación oral, pero de uso más amplio, ya que incluía
64 La lengua guaraní del Paraguay

el discurso político y el lenguaje religioso y ritual. Todo indica que


estos usos cayeron en el olvido.
El guaraní que la nueva situación colonial reproducirá, adolecerá
de las restricciones que a su vez lo modificarán notablemente. Como
no tenemos testimonios escritos de la evolución de la lengua guaraní
en el período colonial civil —para contraponerlo al guaraní de las mi­
siones franciscanas y jesuíticas—, la evolución entre el guaraní de los
canos —la población sobre la que se asentó la primera colonia— y el
guaraní actual debe ser en gran parte imaginada. Algún que otro raro
testimonio del siglo xvm es un punto de referencia que sirve como
comprobación parcial del sentido del fenómeno.
Por una parte estaban los cambios en la morfosintaxis y en el lé­
xico. Estos fenómenos suelen presentar dos facetas: una pérdida parcial
de los recursos propios de la lengua guaraní y la adopción de recursos
del castellano. Si la pérdida de usos y recursos lingüísticos propios pue­
de —y debe— considerarse como empobrecimiento, las interferencias y
aportes provenientes del español pueden ser tenidos como una amplia­
ción válida de la comunicación en la nueva sociedad que se estaba for­
mando.
¿En qué consiste la pérdida?
En el campo de la fonética, el guaraní, al contacto con el español,
no perdió ninguno de sus rasgos fonológicos distintivos; no se perdió
la nasalización, ni vocálica ni consonántica; la llamada sexta vocal, la
i central [i], se ha mantenido firmemente; la oclusión glotal guarda su
valor, para citar apenas aquellos rasgos más característicos del guaraní.
Pero hay que preguntarse lo que puede haber pasado con la b, desli­
zando hacia v, y ts «hacia s. Las pérdidas, a veces sustituidas por equi­
valentes del español, pero muchas más veces simplemente eliminadas,
se manifiestan sobre todo en el campo de la morfosintaxis.
Si se compara el uso de «partículas», generalmente de carácter ad­
verbial y conjuncional, que figuran todavía en la gramática compuesta
por el padre Restivo (/1724/1892) con las que constan en el Diccionario
Castellano-guaraní, de Antonio Guasch (1961) —y adviértase que este úl­
timo está animado de un afán restaurador un tanto arcaizante—, se per­
cibe la notable caída en desuso de muchos de aquellos recursos mor-
fosintácticos. Lo mismo ocurre si la comparación se establece con los
diversos dialectos del guaraní tribal. Una prueba significativa la ofrece
el Diccionario Mbyá, de León Cadogan (1992).
La lengua guaraní colonial 65

Un hablante del guaraní paraguayo carece hoy de competencia


lingüística para interpretar textos antiguos, en la forma como se han
conservado en los escritos de las Misiones, o textos indígenas de las
sociedades llamadas tribales. Esto era ya patente a mediados del siglo
x v iii , cuando se pudo constatar documentalmente que los hablantes del

guaraní paraguayo eran incapaces de traducir fielmente ciertos papeles


escritos en las Misiones, dando lugar a interpretaciones falsas.
Durante la llamada guerra Guaranítica (1753-1756) la impericia de
los intérpretes era irritante.

En el ejército había muchos españoles que sabían la lengua de los


indios por ser naturales del Paraguay y de las Corrientes, donde, aun
entre el vulgo español es vulgar esta lengua; pero la hablaban muy
mal, haciendo un desconcertado mixto de guaraní y castellano, de
suerte que ni los indios los entienden bien, ni ellos a los indios, y a
veces, siendo intérpretes, dicen sí por no, y no por sí, como sucedió
muchas veces en el progreso de las funciones del ejército (Cardiel
/1780/ 1984: 122).

Es cierto que la dificultad provenía en buena parte del diverso


universo semántico de dos sociedades que política y culturalmente se
habían distanciado entre sí, aunque dijeran hablar la misma lengua
guaraní. Un documento traducido paralelamente por un intérprete
criollo y por un misionero muestra en casi cada una de las líneas un
contrasentido, o, por lo menos, una imprecisión semántica, debido en
gran parte al desconocimiento del juego morfosintáctico por parte del
intérprete (en detalle pueden verse varios ejemplos en Meliá 1969 I:
67-70).
Pero es sobre todo en el campo del léxico donde el nuevo guaraní
de la sociedad paraguaya adquirirá una fisonomía propia con sus nu­
merosos neologismos e hispanismos. Ahí también se da una pérdida
irreparable de lexemas, de palabras, que nunca más volverían a ser usa­
das. Son sobre todo las relativas a denominaciones de realidades cul­
turales propias de la vida indígena precolonial, en sus objetos y en sus
acciones. Pero también hay que reconocer que hubo un trabajo muy
creativo en la resemantización de ciertos vocablos y en la adopción de
hispanismos, que llegan a guaranizarse hasta tal punto que casi se pier­
de conciencia de su origen extraño. Marcos Morínigo, en su obra hoy
66 La lengua guaraní del Paraguay

clásica, Hispanismos en el guaraní (1931), elaboró un diccionario de esos


préstamos de español que por su parte tiene el valor de una verdadera
sociología del lenguaje y de sus procesos históricos. Con buen criterio,
Morínigo no trata de términos españoles que un guaraní hablante pue­
de usar eventualmente, sino de «aquellos hispanismos que son consi­
derados por los guaraní parlantes como voces de su propio idioma y
cuya significación no es para ellos un problema» (Morínigo 1931: 46).
Que una lengua se transforme, y se modifique, que pierda el uso
de ciertos recursos y adopte otros nuevos, y que esto se haga de un
modo más acelerado y amplio en el contacto con otra lengua, no es
un fenómeno extraño en la historia de las lenguas. La aparición del
guaraní de los colonos, que puede ser calificado metafóricamente de
«tercera lengua», aunque en realidad es un nuevo dialecto, no debería
suscitar ninguna sospecha lingüística, si no entraran en juego una serie
de factores preocupantes.
La nueva lengua guaraní colonial ya no puede ser pensada en sí
misma, sino como complemento del castellano por las interferencias
morfosintácticas y los préstamos del léxico que de él recibe. Pero hay
más: son los campos semánticos y las formas del discurso los que en
adelante se reparten en áreas bastante exclusivas. Lo que se refiere a la
vida pública será dicho en castellano; la vida doméstica se expresa en
guaraní. No siempre será fácil delimitar lo que se entiende por vida
pública y por vida doméstica, pero se pueden establecer oposiciones
pertinentes que connotan los diversos campos.
El guaraní colonial es hablado tanto por hombres como por mu­
jeres, pero el grueso de las modificaciones, con sus préstamos de espa­
ñol, parece que se hizo más por vía masculina; conocían el español
más hombres que mujeres. Este criterio, sin embargo, no es decisivo ni
exclusivo. En los hispanismos del guaraní hay un número considerable
de préstamos de connotación semántica más bien mujeril; el mundo
colonial, con sus novedades y cambios tecnológicos e institucionales,
llegaba a todos los rincones de la vida doméstica.
Careciendo, pues, de un corpus documental que pueda servir de
base para el guaraní colonial no misionero, se hace muy difícil trazar
una historia lingüística de este mismo guaraní y establecer etapas y fa­
ses en la formación de sus características. No estamos en condiciones
de fechar los cambios lingüísticos, que ciertamente fueron dándose
La lengua guaraní colonial 67

paulatinamente y que reflejarían peculiares factores históricos y cultu­


rales.
Pero ahí están los resultados de la entrada del español en el gua­
raní, que analizaremos más detenidamente al considerar este guaraní
paraguayo actual.

2.1.2 La iglesia en el Paraguay y sus prácticas lingüísticas

El uso de la lengua guaraní como instrumento de catcquesis cris­


tiana está documentado desde el principio de la colonia. En la recién
fundada casa-fuerte de la Asunción, en 1537, el primer capellán de su
iglesia, el cura Francisco de Andrada, queriendo «sembrar la palabra de
Dios y su santa doctrina en estas gentes paganas», había comenzado la
predicación y el catecismo «por lengua intérprete», como él mismo re­
cuerda años después en carta de 1545 (DHG II: 415-418).

Nos pusimos al trabajo otro sacerdote y yo, enseñándoles a persignar


y santiguar y las oraciones de la santa madre Iglesia, predicándoles
nuestra santa fe católica y reprendiéndoles sus vicios, conviene a sa­
ber: que no comiesen carne humana y se apartasen de sus parientes
que tenían por mujeres, y de otros vicios... Y esto les decía por len­
gua intérprete que entendía muy bien la suya y ellos la nuestra, que
es un hijo del Capitán Gonzalo de Acosta... y así de esta manera los
enseñé y prediqué por espacio de un año y más... no dejando hasta
ahora el trabajo de la santa doctrina (DHG II: 416-417).

La realidad parece haber sido menos satisfactoria. Una carta exac­


tamente contemporánea levanta serias críticas sobre la actuación de los
clérigos, que «aun entre los indios ponen confusiones» (Gerónimo
Ochoa de Eizaguirre, 1945, en DHG II: 453).
No sin fundamento, Félix de Azara supondrá, al considerar esa
época, que, dadas las condiciones de la incipiente sociedad colonial, la
idea de cristianismo transmitida se reducía a bien poca cosa (Azara
1809 II: 203-204; 1969: 253).

Los españoles conservaron su religión, y cuando entendieron el idio­


ma de los indios les dieron con la mejor voluntad una idea del cris­
tianismo. Pero esto debía reducirse a bien poco, pues los maestros
68 La lengua guaraní del Paraguay

apenas sabían lo necesario y su atención se dirigía principalmente a


la reducción y civilización de los indios a fin de procurarse criados
útiles... En estos primeros tiempos los eclesiásticos no hicieron nada...
Ignoraban casi todos la lengua y aún no se había redactado un cate­
cismo (Azara 1969: 253).

«Por ser tierra pobre, que no tiene oro ni plata» (CA I: 18), la
penuria de sacerdotes era notable, lo que repercutía en la poca dedi­
cación a «la doctrina de los naturales» (Bruno I: 265; CA I: 86; Bruno
I: 262ss), que, si bien eran bautizados, continuaban «ignorantes de los
misterios de nuestra religión» (Lozano 1754 I: 72).
El trabajo lingüístico sobre el guaraní llevado a cabo por la acción
sociocultural de la predicación y catcquesis cristiana, que después ten­
drá una importancia decisiva, debe ser considerado en los primeros 40
años de establecimiento colonial, muy precario y poco relevante.
La situación cambia significativamente con la actividad misional,
de los franciscanos primero, y de los jesuítas, después.

Fray Luis Bolaños, «gran lengua»

Entre los factores históricos que más influyeron en la peculiar for­


mación del guaraní colonial está el uso que hicieron de la lengua para
fines de predicación y nueva socialización los misioneros.
Los nuevos planteamientos y prácticas misioneras que iniciaron los
franciscanos hacia 1575, sobre todo a través de fray Luis Bolaños y sus
compañeros, iban a traducirse en cambios lingüísticos de importancia.
La misión por «reducción», que consistía en juntar a los indios en pue­
blos en vistas a una vida más «política» y una enseñanza de la doctrina
más eficaz —las «reducciones» eran llamadas también «doctrinas»—, tuvo
en el uso de la lengua guaraní un instrumento decisivo.

De los que sacaron de los montes donde estaban metidos más de


treinta o cuarenta años alzados y rebelados en sus ritos y malas cos­
tumbres, con su predicación y buena doctrina los aseguraron y atra­
jeron a la dicha religión, con sus mujeres e hijos, donde juntaron en­
tonces al pie de quinientos indios de doctrina que hoy están con
mucha policía y poblados con casas cubiertas de teja... (Molina 1954:
497) (Obra franciscana).
La lengua guaraní colonial 69

Por lo que se refiere a la predicación en lengua guaraní los docu­


mentos señalan a fray Alonso de San Buenaventura y fray Luis Bola-
ños como los primeros en servirse sistemáticamente de ella.
El aprendizaje y un cierto dominio de la lengua fueron conside­
rados por estos misioneros como fundamento necesario para su mi­
sión. Para ser entendidos y comprendidos asumieron con seriedad el
trabajo lingüístico.
Fue fray Luis Bolaños quien trabajó de un modo especial esta len­
gua, a pesar de las dificultades propias de los inicios. La competencia
lingüística de Bolaños se tornó proverbial. Se dice de él que es gran
lengua; de cuyos conocimientos y anotaciones se aprovecharán otros
misioneros, entre los cuales los jesuitas. «Ha sido maestro de todos en
la lengua guaraní», certificaba el jesuita Juan Romero, en 1610 (AGI,
Charcas, leg. 146; ver Pastells I: 181; Meliá 1969 I: 15). «Es la persona
a quien se debe más en la enseñanza de la lengua de los indios, por
ser el primero que ha reducido a arte y vocabulario, y traducido en ella
la doctrina, confesionario y sermones», testifica igualmente el provin­
cial de los jesuitas, Diego Torres Bollo (AGI, Charcas, leg. 146; Pastells
I: 178).
A su vez fray Bolaños, en el período de aprendizaje, fue ayudado
por dos jóvenes franciscanos criollos, fray Juan de San Bernardo y fray
Gabriel de la Anunciación, quienes, aunque no indígenas ni mestizos,
por la conformación lingüística del Paraguay que ya hemos visto, te­
nían al guaraní como lengua materna y eran ya bilingües. Según Bola-
ños, fray Juan de San Bernardo, «era muy gran lengua» (Molina 1954:
389, 394, 395; Oro 1934: 154; Meliá 1969 I: 15).
Es interesante hacer notar ya desde esta época la aplicación del
término reducir para indicar tanto la reducción de indios a pueblos,
como la reducción de la lengua a arte y vocabulario, dos operaciones
de gran trascendencia política y cultural, que se desarrollan y se afir­
man dialécticamente: reducción social y reducción lingüística son un
instrumento privilegiado para cualquier proceso político.
Diversos escritos, como la Crónica de Córdova Salinas, atribuyen
a Bolaños la elaboración de «un Arte, que por su humildad no dio a
la estampa» (Medina 1892: 32) y que habría sido publicado después
por el provincial de los jesuitas, lo que históricamente no es exacto.
Está fuera de duda que la supuesta gramática de Bolaños nunca fue
impresa y es muy probable que permaneciera a nivel de anotaciones
411 DOCTRINA C H R I S T I A N A. 4i* o
cono,haé emonl haguima [Link] Chrifto ira cani, ramo oune, tañes-’.' Toldados i que de aquí adelante enlos defeubrimicntos,
yandcpabé, recocuéra rehé, oyerurébo yandébe , haé egñi rama y nueuas poblaciones guarden la inílructica de fu Mageftad, y
rehe, teó nguera opacatu , oycobe [Link] , haeramonc . no ia queriendoguardar, no ¡os abfuduaru..
P. Hacgñi yñangaypdbae cuera, maripe heconinc , añareeáme 4 Que los que han traydo de fus repartimientos Indias, ó mu­
ynohaguamey,ma rehéne ?R. Ycaraybimbaé.oñemongaray rca- chachos,ó muchachas contra la voluntad de fus [Link]-
hiba a;ió, [Link], hat fanria Madre Yglefia [Link], tes, ó cacique (aunque fean huérfanos ) tienenobligación a los
ocarayhdba rehe oñemoyngohába, egñiñó , añángagui, oyepi,- reflituyr luegoi fu tierra, y caciquo.
ci.ióhabcté . j Que los Capitanes, y gente de guerra, que han facado fcruicio
P. Mará eyibo pe, Tanria Madre Yglefia ereraé > R. Caray pi­ por fuerja de pueblos de ludios encomendados,ó no encomen­
be, tupi vpé, yñemonoongába,haepábe rubichábamo,iefu Chri­ dados, noauiendo los Indios cometido delufto, que merccielTc
fto recóni, haé pay Papa abé, i,bi,pe hecobiarete . talcaftigode lesquitar fus hijos,y mugeres(aunque lo ayan he­
P. Haé gñi ycaraybaé cuera , ocaraybirc yñangayparamo, ma­ cho con orden de Gouernador)que ¡os Cunte!lores los obliguen
rá pe heconinc, añaretáme yhohagiiamey,marché ne ? K. Oñe- a que pongan en libertad al dichofcruicio, para que fe buelua_,

La lengua guaraní del Paraguay


mombcücatu naugané, abaré vpé.oangaypapaguéra [Link]- a futierra,y lo auicn, y ayudenpara que pueda yr finpeligro, y
tuhápe. fatisfagan el agrauio pallado con darles algunas cofas, y pedir­
P. Haé emoná hecoramo, ohó tepe i,bapené ? [Link]ónanga- les perdón.Y los particulares que linorden de goucrnador ouie-
né, tupi yaodepuajrriba, fanria Madre Yglefia yande puaytiba-, ren hecho lo fufodicho,tendrán muy mayor obligación^ .
abé, omboayé catu tapiaramo . Ang abo nangi. Tuparay,hú ca- 6 Que los que han hecho venir i feruir muchachos, ó viejos de
[Link]é pibe a^océ. Hae yandepibé, yande ycay>hu nungi , menos , ó mas edad de laque el Goucrnador tiene fenalada en
yandevoay.hú catu. fus ordenanfas, eftan obligados i les pagar el dicho fcruicio, y
E S lc t r x i U d o i f d c o n fo rm e con e l o r i g i n a l . i no los traer mas de oy adelanto .
F r . L u y t B o la á o t 7 Que los que fe han feruido de mas numero de Indios de mitta
de la que el Goucrnador juflamente ouiere tallado,deuen pagar
a los Indios la demafia,que en ello vuiere auido, fegun lo que el
Goucrnador ouiere tallado valer el fcruicio de vn Indio cad;o
I n f i r u í l i o n p a r a lo s C on feffores d e l O b is p a d o d e l R i o d e l a p l a t a dia. Yíi fuera de la mitta ouieren occupado algunos Indios en
a c e r c a d e lo a co fa s en q u e f u e le a u e r m a s p e lig r o , y d i f i c u l ­
fus pueblos, ó en otra parte en Inzer garauata, yerua, óotras
ta d >d a d a , y m a n d a d a g u a r d a r p o r e l R e u e r e n d ij! .
cofas, que cambien los deuen pagar fegun queda dicho . Yla_.
mifma obligación tendrán el Gouernaaor, Teniente, ó jufticia,
S e ñ o r T i o n F r . M a r t i n I g n a c io d e L o y o la que mandaré traer Indios de los repartimientos, para qqp tra­
O biS po d e l d ich o O b i s p a d o . bajen en obras de la república^.
8 Que los que han comprado fcruicio robado de Indios Guayu-
j Rimero,que los Capitanes.y Toldados, que fevuieren halla- cuues, Payaguaes , ó Zarruas , tienen obligación i hazerpeni­
X do en guerras injuftas , fabiendo , ó defiendo faber que lo tencia de ello,y de la occafion que han dado a los dichos roba­
eran,por fer contra la inftruftion.y orden de [Link] dores para perfeucrar en fus crueldades,)' guerras injuftas; y i
deuieran mirar, ó informarfe de quien les pudiera deair la ver­ tratar al dicho fcruicio como i gente libre ; y fi fuere de algún
dad, eftan obligados i reftiruir iniolidumtodoel daño, robos » repartimiento,ó de otra parte donde finmucha dificultad fe pu
y muertes,que en ellas le hirieron.,. diere bolucr, fedeue reftituyr i futierra,)' cacique. Yla mifma
» Que los que penfaron fer la guerra juila, y defpues de hecha_» obligación tendrá el que lo ouiere comprado de otro Efpañol,
Tupieron fu injufticia,eftaran obligados i reíliruyr folamente la que ningún dominio adquiere fobrcehy nolopodrá lleuar con­
parte, que les cupo. tra fu voluntad a otra ciudad,óprouincia, antes deue procurar
3 Que los Confefibres deuen obligar i los Goucrnadores , Capi­ reftituyrlo i futierra, y cacique, como arriba fedúo.
tanes, t Que el que vendió el dicho fcruicio, tiene obligación a refea-
Ff f j tailo,
1
Figura 5. Dos textos fundamentales de ia Iglesia paraguaya del siglo xvn: el Catecismo breve del Concilio de Lima, tradu­
cido por Bolaños, y la Instrucción para Confesores, del obispo Martín Ignacio de Loyola, publicados en el Rituale, seu Ma-
nuale Peruanum, Nápoles, 1607, por fray Luis Jerónimo Oré.
La lengua guaraní colonial 71

didácticas personales. Es lo que da a entender una carta del jesuita


Francisco de San Martín, de 1610, él mismo por entonces, aprendiz de
guaraní:

Preguntando al padre Lorenzana que si tenía algo que ayudase para


saber la lengua, entre sus papeles hallamos cosas de mucha importan­
cia, de lo que se debe lo más, al padre fray Luis Bolaños (ARSI, Pa-
rag. 11; f. 69 r.).

El padre Lorenzana mantuvo siempre una gran admiración por el


trabajo lingüístico de Bolaños: «Ha domesticado parte de ella (la len­
gua guaraní) un padre franciscano descalzo, gran lengua, gran siervo de
Dios y amigo nuestro» (CA I: 44; Meliá 1969 I: 95).
El trabajo lingüístico más importante de Bolaños fue, sin embar­
go, la traducción del catecismo, para lo cual sus conocimientos y su
práctica en el uso del guaraní lo tenían suficientemente preparado. Se
trata de un texto de singular trascendencia, que puede ser considerado
como símbolo de un momento histórico, de un proceso cultural y de
una nueva realidad sociopolítica y religiosa.
El texto del catecismo que iba a ser convertido en lengua guaraní,
vino con toda seguridad con el obispo fray Alonso Guerra. Éste llega­
ba a Asunción en setiembre de 1585, habiendo salido de Lima una vez
terminado el tercer Concilio límense (1583). El obispo traía, sin duda,
una copia manuscrita de algunos de los textos catequéticos preparados
en dicho concilio, como el que tenía por título Catecismo breve para
rudos y ocupados.
En la carta que el obispo Guerra escribía al rey, en 26 de abril de
1586 (AGI, Aud. de Charcas 138, f. 3; ver Bruno I: 278-280; Necker
1979: 86), dice que se preocupó

en dar catecismo en romance (esto es, en castellano) para que se tra­


dujese en la lengua más general que se usa en estas provincias en lo
que se trabajó mucho y muchos días con los mejores «lenguas» que
se hallaron y por ser la cosa más importante a que vine... y porque
la lengua es tan bárbara y tan corta, no sólo aun para tratar las vir­
tudes de la policía humana, fue menester sudar mucho y revolver el
romance por muchas partes para que acertasen las lenguas (=los in­
térpretes traductores) con vocablos que explicasen razonablemente y
con buena diligencia de los indios el ministerio que tratábamos... Es­
72 La lengua guaraní del Paraguay

tuve presente —continuará diciendo el obispo— a cartilla y catecismo


breve, ayudando hasta que se acabó, a Dios gracias, doctrina suficien­
te en su propia lengua para la más gente de este río y provincias... Lo
que nunca se había intentado por su mucha dificultad, al cabo de
cincuenta años y por otros estorbos.

Aunque no es nombrado aquí, se sabe por otros documentos que


el principal responsable de la traducción de este catecismo fue fray Luis
Bolaños. El Sínodo de Asunción, de 1603, manda que los curas ense­
ñen la doctrina en guaraní y «tengan la Doctrina y Catecismo que hizo
el Padre Fr. Luis de Bolaños». El texto, cuando por primera vez se pu­
blicó en el Rituale, seu Manuale Peruanum, de Luis Jerónimo Oré (Ná-
poles 1607: 408-412) traía la indicación expresa de que «está conforme
con el original. Fr. Luys Bolaños». En la tradición catequética de la
iglesia del Paraguay nunca hubo dudas al respecto, como consta nue­
vamente en el Sínodo de Asunción de 1631 (Meliá 1969 I: 29; 34). El
hecho se constituyó en argumento usado por los jesuitas, cuando el
obispo fray Bernardino Cárdenas les acusaba de usar en el catecismo
«palabras hereticales»; era bien fácil mostrar con toda clase de pruebas
escritas y testimonios orales que la traducción primera del catecismo
era de Bolaños (ver Meliá 1969 I: 138-142). En el libro de Nicolás Ya-
puguai, Explicación de el Catecismo, impreso en el pueblo de S. María
La Mayor, en 1724, figura con destaque el Rezo que compuso el Ven.
padre Fray Luys de Bolaños, que no son sino las oraciones tradicionales
de la vida cristiana en su versión guaraní.
Es cierto que Bolaños no era el autor único del texto guaraní, pues
fue secundado por otros «lenguaraces» de la época. Ahí estuvieron de
nuevo fray Juan de San Bernardo y fray Gabriel de la Anunciación,
«hijos de la tierra» que fueron también «los que pusieron en la lengua
de los indios el catecismo y oraciones para que lo entendiesen mejor»
(ver Molina 1954: 396; Meliá 1969 I: 63), debiéndose recordar también
al capitán Bartolomé Escobar, famoso conocedor del guaraní y que era
consultado por Bolaños sobre la propiedad de algunas palabras que se
ponían en dicho catecismo (Meliá 1969 I: 64).
La determinación del autor que tradujo el catecismo puede ser
considerada, sin embargo, como una cuestión secundaria. Por su forma
y por su contenido, el Catecismo en guaraní es una obra rica en con­
notaciones y capaz de múltiples lecturas.
La lengua guaraní colonial 73

5. — Explicación / de el / cateehismo / en lengua guaraní / por Nicolás Yapuguai / con di­


rección / riel P. Paulo U cstivo/d e la Compañía / de Jesús / Viñeta grabada en cubre que
representa á Nuestra Señora con su hijo en los bracos) . En el Pueblo de S. María La
Ma yor. / A ñ o de M D C C X X 1 V .
4°. — 13 ' y 19 c en tím etro s. — P o rt. —r v . en bl. — A p ro b . «leí O rd in ario dada en B uenos-A ires A 19 de A bril de 1722. y licencia del pro v in ­
cial p . I.m lovico R o ca, d atad a en C órdoba en 25 de N o v iem b re de 1722, t. p . s. f. — Prefación al lector, 1 p. s. f . — R ezo que c om puso el
P. franciscano E r. L u is de Bolaftos y m andado guardar por la sinodal de este o bispado del P a rag u a y : P p . 1 -4 .— P a dre-nucstro. — A vem aria. —
Creció. — M andam ientos de la ley de D ios. — Id . de la Iglesia. — S acram entos. — A cto de contrición. — O tro acto de contrición del A u to r. — El
alabado. Al pie de la pág. 4 una viñeta ( m i tic lam pe) g rabada en cobre que representa A un angelito alado.

QUE C O M P USO
EL V EN . PADR E FRAY LUYS DE BOLA ÑOS
D éla Orden Seráfica de San Francifeo
y mandado guardar por la Sinodal
d ceü e Obifpado de el
Paraguay.
S anra Cruz raangaba rete orcamotareymbara hegur orepT-
{író epc Tupa oreyarir, Tuba, hac Tayra, hae Efpiótu
Santo retapipe. Amen IE5U5.

Padre nueflro:
Orernba ybapc erclbae ymboycrobiarip'ramo nderera m>-
raugaiu toico, tou ndcreeo marángacu orebe, tiyaye ndere-
mimbocara quie ybípcybape yyayoñabc, orcrcmbiú araña-
bonguara emee curiorcbc, bsc ndcñyróangi Ore yñangaipabac-
cucraupc orcrcrccomcguábaraupc oreñytónungs , cypotaremc
angaipa p¡pc orca' orcpííuóepe c«cu mbaepoduagui. Amen
JESUS.
A ve María;
Tupa randeras to M A R IA , ndenníhc Tupa gracia relie, T u ­
pa nandeyau ndcyrGnamo oico . ymoinbcücacupíramo crcico
cuña pabeagui, ymombcúcatupiramo abe oico ndemembíra
IESUS. Santa M ARIA íupí<;t maráney cacmboe anga nde-
rncmbiia upe ore ynangaipabac rebe, agn, otcmanómbotara-
rooabe. Amen IESUS.
A Cre-

5 5
l ’P- '* 2 unn lp,rri in¡‘ ial (^c a d o rn o : D octrina I proem ial : Del nom b re cristiano y necesidad que tenem os de saber la doctrina ristiana.
E jem plo. — D octrina II p ro em ial: De la señal de la San ta Cruz. — E jem plo. — ( E n la pág. 13 vitlrla con un canastillo ,/,■ /lores). - T rata-
-lo I: Del sím bolo de la fA. D octrina I. Credo. — D octrina I I : De la existencia, unidad y trinidad de D ios. — E jem plo. — D octrina III de los
ofti»; a tributos divinos. — E je m p lo . — D octrina I V : P rosigue la m ism a m ateria. — D octrina V : Prosigue la m ism a m ateria. — E jem plo. - P o d r i­
na V I: P a tró n om uipotcntem ercatorcm re d i & len to . — D octrina V I I : De la creación de los ángeles. — D octrina V I I I : De los Angeles b
E jem plo. - D octrina I X . - - D octrina X : D e la creación y pecado del p rim er hom bre. - - D octrina X I : P rosigue la m ism a m a te ria .— D octr rá X I I :

Figura 6. La traducción de las oraciones de la vida cristiana, por Bolaños, en la


Explicación de el Cateehismo en lengua guaraní, de Nicolás Yapuguay, Santa María
la Mayor, 1724.
74 La lengua guaraní del Paraguay

El Catecismo de Bolaños es como el acta fundacional de la lite­


ratura guaraní paraguaya, en cuanto variedad que poco a poco se dife­
rencia del guaraní de los indígenas. Es un guaraní que viene trabajado
por estructuras políticas, económicas y religiosas que no son ya las de
las sociedades indígenas en las que había vivido y se había movido
hasta entonces la lengua guaraní y sus dialectos.
El Catecismo de Bolaños es un texto de transición entre dos for­
mas de ser y de pensar lo religioso. Es una traducción: una «conver­
sión» de lengua española en lengua guaraní, como haría notar certera­
mente el primer editor del texto, Jerónimo Oré (1607). Una traducción
de este tipo obligaba, de hecho, a aventuradas opciones, sobre todo en
el campo semántico, de graves y duraderas consecuencias socio-lingüís­
ticas.
En primer lugar está la introducción de hispanismos específicos.
Santa Cruz, Espíritu Santo, gracia, son las primeras palabras documen­
tadas de una larga serie que se irá acrecentando y aumentando cada
vez que se entra en dominios que el traductor piensa intraducibies. La
lengua guaraní es invitada a abrir sus puertas a novedades absolutas
para las cuales no tendría posibilidades de expresión en sí misma.
El fenómeno de los hispanismos en el guaraní marcará el dialecto
que llamamos paraguayo, no sólo ni principalmente en el campo reli­
gioso, sino en los dominios relacionados con la nueva «civilización»,
con sus nuevas realidades institucionales en lo político-social y sus in­
novaciones técnicas, sin excluir el afán imitativo de palabras y frases
castellanas porque «suenan bien».
Otro recurso que está presente en el Catecismo de Bolaños es el
de los neologismos, que va junto con los traslados de sentidos. Pala­
bras como Tupa, teko marangatu, karai, con los significados nuevos de
«Dios», «reino» (de Dios) y «cristiano», respectivamente, son ejemplos
de este tipo de solución lingüística. Aun utilizando palabras en la len­
gua guaraní, se tiende a darles contenidos semánticos en consonancia
con las nuevas realidades coloniales. Las palabras en guaraní dejan de
ser palabras del guaraní. En el caso de la palabra Tupa, su sentido ori­
ginario de «dios del trueno», divinidad secundaria y generada de otro
en la cosmogonía guaraní, se absolutiza para ser la denominación del
Dios único y primero de la religión cristiana. De ahí se pasa a deriva­
dos que suponen ya el cambio semántico y cultural realizado. Tupasy
La lengua guaraní colonial 75

designará a la Madre de Dios y, como sinónimo, la Virgen (y hasta


cualquier doncella); Tupa o será la «casa de Dios» y templo cristiano.
A modo de ejemplo va aquí la versión en guaraní del Padrenues­
tro con su traducción literal:
Santa cruz ra’angava rehe, ore Santa cruz imagen por, a-no-
amotare’ymbáragui, ore pysyró sotros no-nos-quieren-bien-de,
epe. a-nosotros libra.
Tupa ore jara, Túva, Ta’yra, Dios nuestro Señor, Padre,
Espíritu Santo réra pype. Amen, Hijo, Espíritu Santo nombre
Jesús. en. Amén, Jesús.
Ore Rúva, yvápe ereívae, imbo- Nuestro Padre, cielo-en estás-
jeroviaripyramo nde réra ma- el-cual, el-que-ha-de-ser-teni-
rangatu toiko. do-en-crédito tu nombre san­
to sea
Tou nde reko marangatu oréve. Venga tu modo-de-ser santo
Tijaje nde rembipotára kie yvy- a-nosotros. Cúmplase por-ti
pe, yvápe ijaje jave. lo-querido aquí la-tierra-en, el-
cielo-en se-cumple conforme
Ore rembTu ára ñavoguará Nuestra comida día cada-para
eme’é kuri oréve. da ojalá a-nosotros
Nde ñyró ore iñangaipávae upe Tú desenójate nosotros los-
ore rekomegudhára upe, ore ñyró que-somos-bellacos con, con-
nungá; nosotros los-que-tienen-modo-
de ser-malo con, nosotros
nos-desenojamos como
eipotareme angaipa pype ore’a. quieras-no bellaquería en cai­
gamos
Ore pysyróepe katu mba’e pochy- A-nosotros libra bien fantas­
gui. Amen, Jesús ma colérico-de. Amen, Jesús.

Esta traducción, que sigue de cerca el valor con que se presenta­


ban las palabras guaraníes en el siglo xvn, debería dar una idea del
modo como puede haber sonado en el oído guaraní esa oración que
después será repetida todos los días en el pueblo-reducción.
76 La lengua guaraní del Paraguay

El Catecismo da cuenta todavía de otra operación sociolingüística


más profunda, que es la forma del discurso y los contenidos del texto.
No sólo se ofrece una nueva doctrina y un cuerpo de creencias dife­
rente, sino que la opción afecta profundamente al lenguaje en sí. El
misionero y el catequista proponen un texto fijo, por preguntas y res­
puestas, que es, a su vez, la reproducción adoptada de un texto gene­
ral, que sería válido para todos los indígenas. Con ello se modifica sus­
tancialmente la producción de la palabra, que pasa a tener otros
«dueños». El dirigente religioso no es ya más el «cantor»: oporaíva; el
padre de una familia extensa: pa’i o ñande ru; o alguno de esos profetas
itinerantes, «mago» o «hechicero», según los casos. El dueño de la pa­
labra religiosa es ahora el sacerdote católico, un predicador o un cate­
quista, que se expresa no a través del canto y la danza —formas tradi­
cionales del lenguaje religioso guaraní— sino a través de la «doctrina»,
repetida y memorizada. Es cierto que junto a este texto del Catecismo,
hay otras formas de lenguaje y de lengua, como la predicación y algu­
nas partes de la liturgia que también se hacían en guaraní, pero estas
formas seguían los mismos esquemas lingüísticos.
Es curioso que, aparte este texto del Catecismo, no conocemos
otro escrito religioso producido en el ámbito del Paraguay «criollo». Sin
embargo, hay referencias de que las Ordenanzas de Hernandarias, con
fecha de 29 de noviembre de 1603, fueron pregonadas en los idiomas
castellano y guaraní (Furlong 1962: 87).
En los pueblos de indios, regidos por los frailes franciscanos o por
curas del clero secular, no se desarrolló una literatura en lengua guara­
ní. La lengua usada era sin duda la lengua guaraní con aquellos hispa­
nismos, neologismos y formas de discurso que anunciaba el texto del
Catecismo, y que se extendían analógicamente a otros campos de co­
municación. No nos queda, sin embargo, documentación escrita al res­
pecto, sino algunos papeles en forma de cartas que los indios guaraníes
de esos pueblos dirigieron a las autoridades; los que se conservan son
de bien entrado el siglo x v iii y principios del x i x y muestran el proceso
del guaraní paraguayo que se estaba gestando, si bien todavía mante­
nían formas que en el guaraní paraguayo actual han caído en desuso y
que se han hecho en muchos casos ininteligibles.
El Catecismo de Bolaños, significa lo que será la práctica lingüís­
tica de la Iglesia paraguaya durante todo el tiempo colonial. Este fue
el texto que se rezó y repitió en los templos, que los adultos escucha-
La lengua guaraní colonial 77

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Figura 7. Copia manuscrita del Catecismo Límense, traducido al guaraní por fray
Luis Bolados, según consta en Testimonio del Cathecismo y Oraciones de la lengua
guaraní, del Paraguay, en la Biblioteca del Museo Mitre.
78 La lengua guaraní del Paraguay

ron y los niños aprendieron de memoria en todos los pueblos de in­


dios, incluidos los de los jesuitas. Nunca se creyó necesario modificar
este texto mientras hubo pueblos de indios cristianos, aunque tal vez
muchas de sus expresiones se tornaban arcaicas para los mismos in­
dios. Los dos Sínodos de Asunción, el de 1603 y el de 1631, los ha­
bían aprobado y puesto como texto principal y fundamental.
Con el tiempo, otros textos religiosos fueron producidos y publica­
dos, pero todos ellos suponen en su elaboración y en su uso preocupa­
ciones y tratamientos análogos a los que habían orientado la traduc­
ción del Catecismo de Bolaños. Son traducciones para la conversión y
para la «reducción»: conversión del hombre, conversión de la lengua.
La infiltración de hispanismos, la formación de neologismos, la
creación de un nuevo lenguaje en vistas a nuevas formas de decir y a
nuevos contenidos serán características de las prácticas lingüísticas de
la iglesia del Paraguay, la única productora de literatura en lengua gua­
raní durante el período colonial, aunque no la única en influir en la
formación de la lengua guaraní paraguaya.

2.2. El guaraní jesuítico

Otra variedad de guaraní dialectal fue la que se formó en las lla­


madas Reducciones jesuíticas.
En el mundo colonial hispánico del siglo xvi la reducción signifi­
caba un proyecto político y civilizador. Se pretendía juntar a los indios
en poblados porque se decía que no podían ser humanos y mucho
menos cristianos los indios que vivían «esparcidos y sin forma política
en los montes y campos». La realidad mostró bien pronto que, debajo
de esta forma humanística, la reducción estaba destinada a integrar a
los indios en el sistema colonial, política, cultural y económicamente.
La reducción se manifestó también como el método más adecuado
para realizar la misión, sobre todo porque aseguraba la práctica de la
«doctrina» para los indios convertidos y nuevos cristianos. Reducción,
misión y doctrina llegaron a ser sinónimos.
El régimen de reducción, ya instaurado en el Paraguay por los
franciscanos desde 1580, recibió con los jesuitas nuevo impulso y ganó
extensión, a partir de 1610. La acción de los jesuitas se abrió sobre dos
La lengua guaraní colonial 79

frentes, por donde casi no había pisado el español: el Guairá y la cuen­


ca del Paraná medio y del Uruguay hasta el Tape.
No se trata de hacer aquí la historia de estas Reducciones. Para
una visión general de esa historia pueden consultarse las obras de Her­
nández (1913), Furlong (1962), Armani (1977; 1982) o la más reciente
de Palacios y Zoffoli (1991). En los primeros 25 años fueron fundados
unos 43 pueblos, en los cuales se congregaron no menos de 150.000
indígenas. Las Reducciones de guaraníes administradas por los jesuitas
llegaron a tener una población de 141.182 personas, en 1743. Para esta
época esa «República guaraní» contaba con 30 pueblos.
Un fenómeno de tal envergadura tenía que tener consecuencias
culturales de consideración. El intento de conversión religiosa del in­
dio se convertía a su vez en plan de transformación social y cambio
cultural, que pasaba necesariamente por la lengua. Si el indio guaraní
era «reducido», tenía que ser «reducida» también su lengua. Se formó
así una lengua guaraní que llegó a ser propia y característica de las Re­
ducciones jesuíticas y que puede ser llamado «guaraní jesuítico». Cómo
se formó, qué expresiones tuvo y cuál fue su alcance en la configura­
ción del guaraní paraguayo es lo que pretendemos averiguar.

2.2.1. Los jesuítas, filólogos del guaraní

Los jesuitas, que ciertamente miraron con prejuicios muchos de


los hábitos y costumbres indígenas y que consideraban como «supers­
tición» e incluso práctica diabólica las creencias y ritos religiosos de los
guaraníes, tuvieron respecto a la lengua una clara actitud de aceptación
y admiración que no hizo sino crecer con el tiempo, a medida que se
conocían los «secretos» y el «tesoro» escondido en dicha lengua gua­
raní.
A los primeros jesuitas que entraron a formar Reducciones les de­
cía su provincial, padre Torres Bollo, que «el examen particular será de
no perder punto en aprender y estudiar la lengua guaraní y ejercitarla
con los indios» (Hernández I: 581), y «a esta lengua se atienda con
sumo cuidado siempre, no se contentando con saberla como quiera,
sino con eminencia» (en Hernández I: 585). La motivación principal
para esta posición es que «la lengua que hablaréis os hará parecer uno
de ellos (de los indios)». El aprendizaje y el uso de la lengua indígena
80 La lengua guaraní del Paraguay

en la misión ya era una práctica común entre los jesuitas del Brasil y
del Perú, de donde llegaron los primeros padres al Paraguay (ver Meliá
1969 I: 38-46).
Pero junto con la motivación de carácter misionero se desarrolla
entre los jesuitas un verdadero entusiasmo cultural hacia la lengua en
sí misma.

Treinta años he gastado entre gentiles y con eficaz estudio he rastrea­


do lengua tan copiosa y elegante, que con razón puede competir con
las de fama. Tan propia en sus significados, que le podemos aplicar
lo del Gen. 2 Omne quod vocavit Adam animae viventis, ipsum est no-
men eius. Tan propia es, que desnudas las cosas en sí, las da vestidas
de su naturaleza (Montoya, Tesoro, 1639: ff. prelim.).

Los jesuitas admiraron la lengua guaraní, la colmaron de alaban­


zas, le atribuyeron no sé qué divino origen, conforme a ciertas teorías
de la época, y tuvieron para con ella políticas de preferencia y privile­
gio. De forma casi abusiva, se apropiaron de la lengua y la hicieron
suya. La estudiaron, la usaron, la cultivaron, le dieron el rango de una
lengua general y «civilizada». En el aspecto de la lengua, lo guaraní se
hacía jesuítico, si bien esta empresa estaba llena de ambigüedades y
preñada de peligros, tanto para los jesuitas como para los guaraníes;
lengua tan ambiciosa estaba destinada a morir, como veremos. Tam­
bién en la lengua se escondía la tentación de utopía.

Es sin controversia de las más copiosas y elegantes que reconoce el


orbe y con razón puede competir con las que tienen más fama, cuan­
do en sentir de varones peritos en ambos idiomas, cede en poco al
griego y se aventaja a otros muy aplaudidos, causando justa admira­
ción, que en tanta barbarie, como era la de la nación guaraní, cupiese
tan admirable artificio y tanta propiedad en expresar los conceptos
del ánimo (Lozano 1754 I: 259).

La idea de que la lengua en sí supera estructuralmente a la propia


cultura estaba, al parecer, bastante extendida entre los jesuitas, sobre
todo del siglo xvm.

Os confieso que después de haber sido un tanto iniciado en los mis­


terios de esta lengua, me sorprendí con encontrar en ella tanta majes­
La lengua guaraní colonial 81

tad y energía; cada palabra es una definición exacta que explica la


naturaleza de la cosa que se quiere expresar y da de ella una idea
clara y distinta. Nunca me hubiera imaginado que en medio de la
barbarie se hablase una lengua, que, a mi juicio, por su nobleza y
armonía, no queda atrás ciertamente de ninguna de aquellas que ha­
bía aprendido en Europa; por lo demás tiene sus encantos y delica­
dezas que requieren muchos años para poseerla perfectamente (Cho-
mé 1864: 44-45; Peramás 1946: 29-30).

Bella, elegante, misteriosa, llena de majestad y de energía, noble y


armoniosa, tal era la lengua guaraní para esos jesuítas. «Mirabile peí
suo artificio», dirá de ella el «padre de la filología» moderna, Lorenzo
Hervás y Panduro (1782: 248), en su Idea delVUniverso. Con marcado
platonismo los jesuítas convertirán el arte interno de la lengua guaraní
en prueba teológica.

La elegancia y el artificio de la lengua guaraní robustece la opinión


de aquellos (entre los cuales se cuenta Platón en su Cratilo) para quie­
nes las lenguas no son invenciones humanas, sino don singular otor­
gado por Dios a los hombres... Domingo Bandiera, misionero en un
tiempo entre los indios Chiquitos, cuya lengua es todo artificio y, en
ciertos aspectos, más rica y completa que la griega y latina, asombra­
do ante esta comprobación, escribió que esto sería imposible si no
tuviese su origen en el mismo Dios, como ocurrió en la Torre de
Babel. Lo mismo opina de las demás lenguas de los indios. A la ver­
dad, si entre los salvajes hubiésemos encontrado el arte de la tipogra­
fía en toda su perfección, diríamos que era un milagro; ¿por qué, en­
tonces, no decimos lo mismo de las lenguas? (Peramás 1946: 29).

Estas y otras expresiones encomiásticas (Meliá 1969 I: 82-90) se


inscribían dentro de una política reduccional que, si por una parte juz­
gaba al indio como todavía no enteramente humano, le reconocía una
potencia transformadora notable a través precisamente de la lengua. La
lengua guaraní sería el lugar de un diálogo cultural que haría posible
aventajar a los indios en vida política y humana. Se trataba de usar
bien la lengua, que la capacidad ya estaba dada de antemano. «Se po­
drá echar de menos uso y pericia, pero no abundancia de palabras para
explicar cualquier asunto» (Charlevoix-Muriel 1779: 557).
Con frecuencia y en diversas partes de América se había dicho que
las lenguas indígenas eran «pobres», que vehiculaban idolatría y supers­
82 La lengua guaraní del Paraguay

ticiones, que eran incapaces de expresar convenientemente las verdades


«altas» y «bellas» de la fe católica (Meliá 1969 I: 25-27). Los jesuitas del
Paraguay, como se ve, desarrollaron una argumentación opuesta.

La falsa opinión en que están los indios de incapaces, ha dado fingi­


da excusa de aventajarlos en la doctrina cristiana a los que por oficio
tienen obligación de enseñársela, si bien la experiencia muestra lo
contrario (Montoya 1640, Catecismo, ff. preliminares).

La apropiación del guaraní por los jesuitas tiene varias explicacio­


nes que van desde el orgullo personal hasta la instrumentación políti­
co-religiosa de una lengua. Hay complacencia en aprender una lengua
que por tantos motivos honra al que la aprende. Por su perfección y
dificultad —supuesta o real— el guaraní recompensaba ciertamente los
esfuerzos y tiempo a ella dedicados. Una buena lengua supondría bue­
na capacidad intelectual en el cultor de esa lengua.
Cuando los jesuitas estaban en condición de expulsos en Italia,
después de 1768, se convertirán en verdaderos filólogos de la lengua
guaraní, con nostálgica gratuidad para con una lengua con la que tanto
se habían identificado; sus «papeles» servirán para el estudio y compa­
ración de lenguas (Clark 1937). Cuando estaban en el Paraguay, sus
trabajos lingüísticos eran llevados a cabo con intenciones sociopolíticas
y religiosas más prácticas.
Pero, con una visión que hoy se considera determinante en socio-
lingüística, los jesuitas no sólo aprenden la lengua guaraní para saberla,
sino para utilizarla; no sólo para entender, sino para ser entendidos.
Como se aplican a la reducción de los guaraníes, se aplican igualmente
a reducir la lengua. Si el jesuita acepta escuchar la palabra del indio,
no renuncia, sin embargo, a su tarea reduccional.

[Link]. La reducción jesuítica del guaraní

a) La reducción a escritura
La reducción de la lengua guaraní a escritura se fue dando a lo
largo del siglo xvi y tuvo, como hemos visto, en los franciscanos sus
principales promotores y usuarios. Una ortografía bastante coherente y
La lengua guaraní colonial 83

adecuada estaba, pues, establecida cuando los jesuítas comenzaron sus


tareas misioneras y reduccionales.
Debe concederse, sin embargo, a los padres Antonio Ruiz de
Montoya y Alonso de Aragona la reestructuración y perfeccionamiento
de la misma ortografía que empezó a ser usada en numerosos escritos,
algunos de ellos pronto publicados y así divulgados.
El licenciado Gabriel de Peralta elogia al padre Montoya por «sa­
car a luz lengua tan excelente, que parecía imposible poderse reducir a
escritura» (en Montoya 1639, Tesoro ff. prelim.: Aprovación). La orto­
grafía establecida en esa época será seguida, con eventuales modifica­
ciones de detalle, durante todo el período jesuítico; los propios indios
guaraníes, cuando escriban —y lo harán con frecuencia— adoptarán na­
turalmente la misma escritura. En diversos archivos —Archivo Nacio­
nal, de Madrid; Archivo de Simancas; Archivo General de la Nación y
Museo Mitre, de Buenos Aires; British Museum, y aun otros— se con­
servan cartas e informes de los guaraníes, entre los cuales hubo pen­
dolistas notables. Volveremos sobre ello al hablar de la literatura indí­
gena reduccional.
Mediante la reducción a escritura la lengua guaraní adquiría el
prestigio de la letra, incluso impresa, que sin duda contribuyó a darle
un rango de lengua culta y estandarizada que no siempre alcanzarían
otras lenguas indígenas. Por desgracia, el problema de la grafía guaraní,
ya solucionado, surgió de nuevo al ser abandonado el sistema jesuítico
y hasta hoy las nuevas propuestas no han alcanzado un consenso ple­
no, como se ha visto al hablar de los usos ortográficos (1.3.1).

b) La reducción gramatical

Si el aprendizaje de la lengua guaraní por los no-guaraníes —aque­


llos primeros «lenguaraces»— se había hecho en la espontánea comuni­
cación cotidiana con la sociedad guaraní en la cual se encontraban in­
mersos, el método no podía satisfacer a personas como los misioneros,
que pretendían un aprendizaje más sistemático, más preciso y más rápi­
do de la lengua. Fray Luis Bolaños habría redactado un cuerpo de notas
gramaticales para la enseñanza de la lengua a otros. Fue «el primero que
la ha reducido a arte», reconocerán los jesuítas (AGI, Charcas, 146).
El trabajo de reducción gramatical, sin embargo, no podía haber
alcanzado su perfección ni satisfacer a todos. No es extraño que los
84 La lengua guaraní del Paraguay

jesuítas —muchos de ellos expertos gramáticos en los colegios de Eu­


ropa donde estudiaron y hasta enseñaron lenguas clásicas— se hayan
aplicado, repetidamente, a intentar nuevas «artes» de la gramática gua­
raní. Los testimonios sobre ese inacabable trabajo de reducción gra­
matical aparecen con frecuencia. «El padre San Martín ha tomado la
lengua con tantas veras que la ha reducido a arte, cosa que hasta ahora
no se había acabado de hacer con perfección», anotará el provincial de
los jesuítas acerca de uno de los misioneros de la primera época (CA
I: 87).
El padre Marciel de Lorenzana deber ser considerado el primero
de los gramáticos jesuítas de la lengua guaraní. Desde su llegada a
Asunción (1593) habrá estado en relación con Bolaños, aprovechando
sus conocimientos de la lengua.
Compañero de Lorenzana fue el padre Alonso Barzana, de legen­
darias dotes lingüísticas. Había compuesto gramáticas y vocabularios de
cinco lenguas, y entre ellas de la guaraní.
Del modo como procedían los jesuítas en la tarea de hacer «artes»,
es un ejemplo la carta del padre Francisco de San Martín en que habla
de sus recursos y métodos.

Yo he procurado entender algo, y habrá como ocho días que le di,


como dicen, en el chiste, a las conjugaciones. Entendí el arte del Bra­
sil (refiriéndose al Arte de grammatica da lingoa mais usada na costa do
Brasü, hecha por el padre José de Anchieta y publicado en Coimbra,
en 1595). Voyle a la margen poniendo sus notillas, para entenderme
y juntamente preguntando al padre Lorenzana que si tenía algo que
ayudase para saber la lengua y entre sus papeles hallamos cosas de
mucha importancia, de lo cual se debe lo más al padre fray Luis Bo­
laños y para que vea vuestra reverencia cómo ayuda todo lo que se
tomó para servir a Dios, me vino a ayudar grandemente una regla del
griego, porque en esta lengua griega hay muchas contracciones y en
esta guaraní muchas más...en el griego habiendo concurso de vocales
se pierde alguna, de lo cual hay muchas reglas... oga, etc. casa verda­
dera; ogete; tuba katu, padre verdadero: tuncatu. Por esta y otras razo­
nes no se entiende mucho de lo que hablan, aunque se entiendan los
vocablos, cada uno por sí» (ARSI, Parag. 11 f. 69 r-v).

La actividad lingüística de los jesuítas en la época de la fundación


de Reducciones se sabe que fue bastante intensa. Además de los padres
La lengua guaraní colonial 85

Lorenzana y San Martín, el padre Diego González Holguín, famoso


conocedor de lenguas andinas, también intentaba hacer gramática, al
mismo tiempo que se dedicaba a copiar los sermones que había tra­
ducido el padre Roque González (Meliá 1969 I: 98). Se pensó incluso
en crear una escuela de lengua guaraní en el pueblo de San Ignacio,
lugar indicado por su cercanía a Asunción, sus condiciones económi­
cas y «por estar aquí lo más acendrado de esta lengua» (Blanco 1929:
661). Estaba ahí además el padre Roque González, hijo de la tierra,
que para la época era sin duda el mejor conocedor del guaraní entre
los jesuítas. Sus trabajos de traductor —escritos perdidos, lamentable­
mente— eran tenidos en mucho. «Muy gran lengua» era; sin embargo,
un tanto hosco y poco amable cuando se trataba de enseñar a sus
compañeros (Blanco 1929: 667). La escuela de lengua guaraní no pa­
rece, pues, haber cristalizado.
Pero lo que más se echaba de menos, todavía en el siglo x v i i , era
un diccionario, catecismo y «arte», que el General de los jesuítas, desde
Roma, deseaba ver impresos, tal vez en Europa, por ser los costos me­
nores (Meliá 1969 I: 98).
La primera gramática de la lengua guaraní que se conoce es la del
padre Alonso de Aragona, que quedó inédita hasta su reciente publi­
cación, en 1979. Esta gramática ha de ser anterior a 1629, cuando su
autor fallecía. Titulada Breve introducción para aprender la lengua guaraní,
es un método dirigido a los «principiantes», construido sobre las cate­
gorías universales de las lenguas que los clásicos encontraban en la es­
tructura del latín y que también se habían aplicado al castellano. Lo
que se pretende es «entender y ser entendido»; los esquemas gramati­
cales expuestos han de ayudar a ello. Como tantas gramáticas de la
época es un arte para la traducción. Sin embargo, aunque elaborada
desde esa perspectiva de traducción, la gramática de Aragona no se re­
duce a marcar analogías y correspondencias entre las estructuras del la­
tín y el guaraní, vaciando esta lengua en los moldes pretendidamente
universales de aquella. Aragona releva numerosos contrastes específicos
y propios de la lengua indígena y hace notar las diferencias incluso
estructurales del guaraní (Meliá, en Presentación, de Aragona 1979: 9).
Al final dirá: «Esto baste de arte y reglas, porque la más general y cier­
ta es hablar y oir hablar al indio» (Aragona 1979: f.35).
La primera gramática impresa fue la del padre Antonio Ruiz de
Montoya. El Arte de la lengua guaraní salió a luz en Madrid, en 1639.
86 La lengua guaraní del Paraguay

Como la gramática de Aragona, de la que es contemporánea probable­


mente en cuanto a su composición, la de Montoya se destina a los
mismos «principiantes» a los que no sólo ofrece las reglas para enten­
der y expresarse, sino indicaciones sobre la psicología indígena. Y,
como siempre, es el uso, incluso el uso regional, el que hará la regla.
Una vez impresa la gramática de Montoya, se constituyó en el li­
bro de texto con el cual aprendieron la lengua guaraní los numerosos
jesuítas que, de casi todas las naciones de Europa, venían a trabajar en
las Reducciones.
Para fines del siglo xvn se hacía sentir, sin embargo, la necesidad
de una gramática más actualizada e incluso más completa que la de
Montoya. En todo ese tiempo no habían faltado los gramáticos que
discutían tal o cual punto de morfología o sintaxis, no sin «contienda»
y acaloramiento. El padre Paulo Restivo tomó sobre sí la redacción de
varios trabajos lingüísticos que, por modestia, casi siempre presenta
como simple reescritura y segunda edición de la respectiva obra de
Montoya: Arte de la lengua guaraní por el P. Antonio Ruiz de Montoya
de la Compañía de Jesús con los escolios, anotaciones y apéndices del P. Paulo
Restivo de la misma Compañía, sacados de los papeles del P. Simón Bandini
y de otros. El título de esta nueva gramática es de por sí elocuente. Más
notable es todavía que fue impresa en los talleres de un pueblo misio­
nero, Santa María La Mayor, en 1724, por manos de los guaraníes.
La intención pedagógica es siempre la misma.

Para condescender a las instancias de algunos padres a quienes les es­


tuve enseñando esta lengua recién llegados, hice los años pasados un
Arte copioso de ella, siguiendo el método que nos dejó el venerable
P. Antonio Ruiz de Montoya» (Restivo 1890: 3).

Las gramáticas de Restivo —un Arte de la lengua guaraní, de 1696


(manuscrito conservado en Granada), una Breve noticia, de 1718 (edi­
tada en Stuttgart en 1890) y el Arte, de 1724— son de hecho muy la­
tinizantes; se procura hacer coincidir las categorías de esta lengua gua­
raní, «muy artificiosa y dilatada», con las del latín y del castellano. Se
adoptan, pues, los esquemas de declinaciones y conjugaciones, con ge­
nitivos, gerundios y supinos. Con referencias al latín se explica a veces
un giro especialmente complejo del guaraní. Aun así, no faltan en Res­
tivo análisis lingüísticos que hacen ver lo que el guaraní tiene de irre-
La lengua guaraní colonial 87

ü i t íf f íf t xí#í#t#i#f #
DELALENGUAGUARANI
ARTE
P OR EL p. A N T O N I O R Ü I Z
DE
Moni oya
DELACOMPAÑIA
DE
Con los
JESUS Efcolios Anotaciones
y Apéndices
DEL P. P A U L O R E S T I V O
de la xnifma Compañía
Sacados de los papeles
D E L P. SI MON B AND INI
y de oíros.
Ene! Pueblo de S. MARIA La Mayor
El AÑO de el Señor MDCCXXIV
Figura 8. Una de las gramáticas impresas en los talleres de las Reducciones je­
suíticas.
88 La lengua guaraní del Paraguay

ductible y original. Más aún, el Arte de Restivo trae algunas notas so­
bre dialectología y sobre la evolución de formas gramaticales y
semántica. No sólo recoge observaciones y aportes de otros jesuitas,
sino que se muestra atento a lo que ha sido el dicho particular de un
indio, de una vieja o de un niño. El buen uso es la primera y más
importante regla. Las gramáticas de Restivo son, en resumen, un mé­
todo didáctico para principiantes; teniendo en cuenta las formulacio­
nes gramaticales de sus predecesores y tomando como base las catego­
rías del latín y del castellano, verifica su validez escuchando al indio,
ya que es el uso —el buen uso— la regla suprema que permitirá llegar
a un enriquecimiento de normas y matices (Meliá 1969 I: 106).
La obra de Restivo, aunque se presente como complemento de la
de Montoya, es en realidad una nueva construcción. Aragona y Mon-
toya querían sacar el «arte» de una lengua que era la general de los
indios del Paraguay, pero que todavía era la hablada por grupos que
apenas se habían integrado en el proceso colonial, y que tenían modos
de hablar particulares y diferenciados. Restivo, por su parte, expone el
estado de una lengua que por varios motivos ya puede ser llamada
guaraní jesuítico. Aunque la vida uniforme en los pueblos jesuíticos no
hiciera perder del todo las diferencias dialectales de las poblaciones ori­
ginarias que los componían, los jesuitas habían inducido durante dé­
cadas a una cierta común forma de hablar, usada por los padres en sus
sermones y adoptada probablemente en las escuelas de misión. La exis­
tencia de esa lengua está documentada en numerosos escritos del siglo
x v i i i , salidos no solo de la pluma de los padres, sino de indios parti­

culares y secretarios de cabildos. Lo cierto es que para principios del


siglo x v iii el guaraní jesuítico o misionero conforma una realización
lingüística distinta del guaraní paraguayo en gestación y del guaraní de
los grupos que han permanecido libres en la selva.
Después de las de Restivo sólo conocemos otra gramática jesuíti­
ca. El padre Francisco Legal, criollo paraguayo, la compuso estando ya
en el exilio, en Italia, después de 1768. Se trata apenas de un resumen
de la de Montoya y su intención es mostrar lo esencial del sistema
guaraní. «Deseó el mundo lenguas nuevas, ,en que aparezca algún nue­
vo artificio». Los jesuitas expulsos, no con poca nostalgia, recordarán
sus lenguas indígenas y, exponiendo sus elementos gramaticales, servi­
rán a la ciencia filológica que se estaba construyendo gracias sobre todo
al padre Lorenzo Hervás y Panduro, quien a su vez mantenía una ac­
La lengua guaraní colonial 89

tiva correspondencia con muchos de esos «americanos» (Meliá 1969 I:


106-108).
La reducción a gramática acababa, pues, por la misma causa que
le había dado principio: sin indios por reducir no había lengua por
reducir. Pasaría más de un siglo hasta que la lengua guaraní fuese ob­
jeto de un nuevo esbozo gramatical.

c) Reducción a diccionario

Los autores que se aplicaron a reducir la lengua guaraní a arte,


casi todos, la redujeron también a vocabulario. «Dar la propiedad de
los vocablos y manifestar la significación de los términos», habría sido
el éxito de Bolaños. No sabemos si habrá comenzado por los vocablos
que significan las partes del cuerpo humano, recurso que suele ser ha­
bitual en quienes empiezan a jugar con las correspondencias entre dos
lenguas; los nombres de las partes del cuerpo humano del otro que
tengo delante de mí se desdoblan fácilmente en mi cuerpo y en mi
lengua. Los vocabularios se amplían hasta abarcar las correspondencias
entre objetos, acciones y modos de ser. Curiosamente, los vocabula­
rios, que habrán sido las primeras tareas lingüísticas emprendidas por
los estudiosos del guaraní, son las piezas que, sin embargo, menos se
han conservado. El primer Vocabulario de la lengua guaraní conocido es
el publicado por Montoya, que va junto con su Arte, de 1640.
Hay otro Vocabulario de la lengua guaraní, compuesto por el Padre
Antonio Ruiz, de la Compañía de Jesús, revisto y augmentado por otro Re­
ligioso de la misma Compañía. En el Pueblo de Santa María La Mayor. El
año de M D CCXXII (1722). Ya se adivina que su autor es el padre Res-
tivo, modestamente escondido detrás de su admirado Montoya.
Ambos vocabularios, en su pretendida simplicidad de ofrecer pa­
labras guaraníes que correspondan al castellano, deben servir al misio­
nero para traducirse en lengua indígena y ser entendido correctamente.
Los vocabularios son apenas la llave de paso para adentrarse en la
otra lengua, que se desplegará con su admirable riqueza y complejidad
en los diccionarios, que están hechos con otra estructura y otra inten­
ción. También aquí el primer diccionario conocido y publicado es el
Tesoro de la lengua guaraní, de Montoya, de 1639, una obra cumbre de
90 La lengua guaraní del Paraguay

la lingüística americana. En la «dedicación» de este Tesoro está conte­


nida la idea que de la lengua tiene Montoya:

Dio finalmente fin a este trabajo el tiempo de treinta años que he


gastado entre Gentiles, y con eficaz estudio rastreado lengua tan co­
piosa y elegante, que con razón puede competir con las de fama. Tan
propia en sus significados que le podemos aplicar lo del Gen 2: Omne
quod vocavit Adam animae viventis, ipsum est nomen eius. Tan propia
es, que desnudas las cosas en sí, las da vestidas de su naturaleza...
Intitulé Tesoro, porque procuré vestirle con algo de su riqueza, que
mi corto caudal ha podido sacar de su mineral rico.

Las palabras de este diccionario, gracias a las frases y dichos con


que son explicadas, pierden la abstracta neutralidad de la sola nomen­
clatura y reflejan situaciones de vida guaraní típicas y originales. El Te­
soro así formado es en realidad la mayor suma etnológica de la vida
guaraní. Surgen alrededor de las «dicciones» recogidas, escenas en que
se reflejan los más diversos aspectos de la cultura guaraní. Siguiendo el
rastreo de las connotaciones, de las asociaciones y oposiciones expre­
sadas a propósito de una palabra se puede reconstruir gran parte de
una etnografía guaraní. La lengua guaraní contenida en el Tesoro nos
da las cosas «vestidas de su cultura». Las diversas clases de barro —a
modo de ejemplo— se convierten en diversos objetos de cerámica, cada
uno con su proceso de confección propio y con formas, tamaños y
usos diversos. Todo esto se puede deducir manejando las respectivas
palabras claves como ñaeü, «barro negro de loza»; ña’e, «cosa cónca­
va»; ña’émbe, «chato, plato»; yapepo, «olla». Y así, prácticamente, de to­
dos los campos culturales de la vida guaraní, con una excepción nota­
ble: apenas fueron registradas las palabras relativas a religión guaraní; y
cuando ello se hace, se las coloca en contextos, y con traducción pe­
yorativa.
De hecho el Tesoro, de Montoya, no esconde su intención de ser
un instrumento de transición cultural y religiosa: las palabras y las co­
sas de una sociedad pueden —y deben— pasar a ser las palabras y las
cosas de otra sociedad nueva. En este proyecto de refundación semán­
tica, que sólo podía tener éxito si toda la nueva sociedad caía bajo una
amplia y constante planificación unitaria —y éste era el caso de las Re­
ducciones jesuíticas—, había, sin embargo, varios niveles de trabajo lin-
La lengua guaraní colonial 91

T E S ORO
D E L A LENGVA
G V A R A N I.

C O M P U E S T O POR E L ? A D R E
eAntonio cRjui&,de la Compañía de~a
IESVS.
D edicado a l a Soberana V irgen
cM <lA 1
.

CONCEBIDA
PECADO O R I G I N A L

SIN

ïï<J VHONV
Co n P r iv il e g i o • En Madrid por luán Sanchez. A ñ o i 6 ¡ 9l

Figura 9. El primer gran diccionario de la lengua guaraní, por el padre Antonio


Ruiz de Montoya.
92 La lengua guaraní del Paraguay

LEMGFA GFARA MI. 2<r5


nos ha de coger Dios po­ mejas.
niendo los buenos aparte. raraft. Es gurbia de hie­
Yparábog pira oacátuáco- rro , y los dientes de capi­
u omSihe, pondrá a los bue bara que les íirua de cuchi­
nos a fu dieftra. llo , o de otro animal que
Paracaxi. Papagayo. íirue deífo.
ParaguL c. a. pará, varie­ Paratura. Enhiefto, gra-
dad. y. Guag. engalanar, co­ ue. Añemboparaturá ama­
rona de plumas. Paraguai, na gui, pongome tieífo de-
rio de coronas dizé ál rio baxo de algo por huyr la
de Paraguay. Paraguaigua- lluuia . Añemboparaturá
ra, los del Paraguay. Am- Mbiáreiípe , entonarfe en
boparagua , hazer coronas prefencia de muchos , po-
afsi, y ponerlas , darlas a nerfe graue, tieífo. H yndó
otros , coronar. Añemo pügm ahe oñembó paraña­
acang paragüa .1. añ£mbo rá aü au oycóbo rá, ha vif-
paraguarv J. añemongi pa- to como fe entona fula­
ragua cherehé , coronarfe no.
de plumas. Paragua quare- Parehá. Correo, menfa-
poti ty reheguara , corona gero. Cheparehá amondó
de plata. Abáyparaguabae, ychupé,embiele mi correo,
coronado. meníajero. Opareháramo
Parara. Ruido, bullicio. chemondó , mbiámonoon-
Cheparara guitecóbo , an­ ga, embiome por fu correo
do traífegando, apercibien ajuntar la gente. Cheñee
dome. y. o. Amoparara, ha­ parehá amondó , embiele
zer rmdo. Ambo parara vn recado. Parehá ioaqui-
ígára, varar canoas. Anee cue quicüeri amondó , em-
parárágT, hablar velozmé- bié varios menfajeros. Pa-
te. Yne e pararangatu añe­ reháréra, los q fueron men­
ra, que bien de fparpaja fu­ fajeros. Tüpaoparéhára. S.
lano. Añémoecó pararagui- Gabriel ombou Señora fan
teccSbo, ando hecho trafal­ ta María upé, embio Dios
vn
Figura 10. Una página del Tesoro de la lengua guaraní, de Montoya, en que apa­
rece la etimología de «Paraguay».
La lengua guaraní colonial 93

güístico. Muchas palabras de la lengua mantenían su sentido originario


sin discusión; por ejemplo, los nombres de animales y plantas que po­
blaban la riquísima ecología guaraní y que tanto enriquecerían las no­
menclaturas zoológicas y botánicas científicas. Conservaban también su
sentido tradicional las designaciones de la mayoría de los objetos, y
acciones con ellos ligados, de la cultura material, que fueron asumidos
por la Reducción. Muchos de estos vocablos constituyeron incluso la
base para la formación de nuevas composiciones para nuevas realida­
des. Pero el diccionario muestra sobre todo su carácter transicional en
la reestructuración semántica de las palabras en vistas a un nuevo dis­
curso religioso. También el diccionario es objeto de una conversión in­
terna cuya evolución puede observarse en las frases que ilustran los
nuevos significados de una palabra. Las dicciones de contenido doctri­
nario ocupan un espacio considerable en ese Tesoro de Montoya.
Otro voluminoso diccionario, que quedó inédito hasta ahora, lle­
va por título Phrases selectas y modos de hablar escogidos y usados en la
lengua guaraní, sacados del Thesoro escondido que compuso el venerable Padre
Antonio Ruiz de nuestra Compañía de Jesús para consuelo y alivio de los
fervorosos misioneros, principiantes en la dicha lengua. La dedicatoria de
esta obra está fechada en San Francisco Javier, a 27 de setiembre de
1687. Todo indica que su autor sería el padre Restivo, siempre aplica­
do a reestructurar y actualizar la clásica obra de Montoya. La fecha, sin
embargo, habría que atribuirla a un error del copista, ya que Restivo
sólo llegó a la provincia del Paraguay en 1691) (Meliá 1969 II: iv).
En los archivos quedaron todavía otros manuscritos con contri­
buciones diversas al diccionario guaraní: Partículas de la lengua guaraní,
un Compendio de los vocablos más usados de la lengua española y guara­
ní, y un vocabulario de todos los verbos usados en la Lengua guaraní, con
las partículas al fin (Meliá 1969 II: iv-v).
El volumen de la producción gramatical y lexicográfica de los je­
suítas puede ser apreciada con diversos criterios: no es demasiado gran­
de si se considera el período de 160 años en que existieron las Reduc­
ciones jesuíticas, pero al mismo tiempo es notable en comparación con
la absoluta ausencia de trabajos de la misma índole en otros sectores
del Paraguay colonial. Debe tenerse en cuenta también que tanto gra­
máticas como diccionarios, por su mismo carácter normativo y defini­
dor, no reclaman frecuentes cambios ni innovaciones. Que el padre
Restivo, al emprender su alentada obra, la haya concebido como sim-
94 La lengua guaraní del Paraguay

O O O O f O C - H O C » » * 4 $ • + ^ 0 C**+*DC h « 3 C a í ‘ D C

VOCABULARIO
DE
LA LENCVA GVARANl
C O M PVESTO
Por el Padre Antonio Ruiz
de la Compañía de

IESVS
Rewiüo, y Augmentado
Por otro Religiofo de la mifma
Compañía
O* ^ s j*
w ^

V
EN EL PVEBLO DE S. MARI A
LA M A Y O R .
Et Año DE M D C C XX1P*
Figura 11. Una reactualización de la obra lingüística de Montoya, publicada en
las Reducciones jesuíticas. Su autor es sin duda el padre Paulo Restivo.
La lengua guaraní colonial 95

pie reelaboración y actualización de la de Montoya, refleja sin duda el


modo como los jesuitas sentían la lengua.

[Link]. Lengua e historia reduccional

En la lengua guaraní jesuítica que se estaba creando está también


la metáfora de la historia y del proyecto político-religioso de las Re­
ducciones. Para 1682, las Misiones jesuíticas de guaraní «reunían 67.561
habitantes, lo que equivalía nada menos que al 54 % de la población
ríoplatense de entonces. Y sus 22 pueblos tenían dimensiones semejan­
tes o superiores a las ciudades principales de las provincias de Buenos
Aires, Tucumán, Cuyo o Paraguay» (Maeder 1989: 60-61). Los ataques
de los bandeirantes paulistas, en busca de esclavos, con su secuela de
muertes y destrucción, habían obligado a evacuar pueblos de reciente
fundación y trasladarse a lugares más seguros, como era la mesopota-
mia entre el Paraná y Uruguay. Ahí llegaron indios que provenían del
antiguo Guairá, del Itatín (al norte del Paraguay), del Tape y otros lu­
gares de la región oriental del Uruguay. Se formó un conjunto de pue­
blos donde los inmigrantes eran muchos más numerosos que los ori­
ginarios. Muy disminuidos, algunos de los pueblos se fusionaron,
mientras que, con el tiempo, hubo pueblos que por el número excesi­
vo de sus habitantes tuvieron que dividirse y formar otros nuevos.
La concentración geográfica y el modelo seguido en la organiza­
ción social y en la estructura urbana contribuyeron a homogeneizar la
sociedad guaraní. «La estructura urbana de sus pueblos, la base econó­
mica y la organización social de los mismos dieron a esas áreas una
fisonomía nueva que perduró a lo largo de todo el siglo x v i i i » (Maeder
1989: 61).
En 1718, con el establecimiento de San Cosme y Damián, las Re­
ducciones alcanzaron el número de 30, en la que ha dado en llamarse
«República guaraní» o «Estado Jesuítico». En 1732 la población guaraní
en esos pueblos llegó a la cifra máxima de 141.182 habitantes (Maeder
1980: 16). Factores de diversa índole, como pestes y epidemias, movi­
lización de milicias guaraníes, hambres y hasta huidas de los indios
provocaron disminución en la población junto con períodos de recu­
peración. La «guerra Guaranítica», con el alzamiento de los indios con­
tra el Tratado de Madrid, de 1750, no tanto por el número de los
96 La lengua guaraní del Paraguay

muertos (1.500, en la batalla de Caibaté), cuanto por la confusión, de­


sorden y descontento creados, redujo de nuevo la población a sólo
89.536 personas (Maeder 1980: 22-23). Cuando los jesuitas fueron ex­
pulsados, en 1768, los guaraníes de los 30 pueblos se contaron en
88.828 individuos. En cuarenta años más, en 1807, la cifra bajó a
40.890.
Para esta población, que ciertamente constituía una unidad social
y cultural, se había formado una lengua, así como la lengua confor­
maba la nueva sociedad. La obra de Restivo registra ese estado de len­
gua. «En los treinta antiguos pueblos guaraníes existía una sola raza y
un solo idioma», dirá el padre Peramás, en 1793. Por lo menos se ten­
día a ello.
La reducción de Yapeyú, por ejemplo, se había formado con «na­
ciones» indígenas de diversas lenguas, que, sin embargo, adoptaron el
guaraní como lengua común. Del mismo modo, a los grupos de indios
no guaraníes que eran adheridos a reducciones ya formadas, se les in­
culcaba, al mismo tiempo que las costumbres y la religión cristiana,
que aprendieran la lengua guaraní hasta su integración total. Esta ten­
dencia del misionero de incorporar tribus limítrofes al sistema domi­
nante guaraní, respondía al deseo muy comprensible de economía lin­
güística y uniformidad social. Tal fue el caso de los guañana que, en
un primer momento, habían recibido catequesis en su lengua, pero a
los que después se intentó guaranizar. La política lingüística en las Re­
ducciones era la de colocar al guaraní como lengua general (Meliá
1969: 54-55).
El castellano, como hecho social y habla ordinaria, nunca entró
en las Reducciones. Entró en el guaraní jesuítico un caudal considera­
ble de hispanismos, pero la práctica lingüística más común fue la crea­
ción de neologismos y nuevos modos de decir que, poco a poco, por
lo menos a nivel de literatura, también colonizaban al guaraní. Se crea­
ba así un nuevo lenguaje, una «tercera lengua» en la que el indio que­
daba «reducido», sin ser «desnaturalizado»; una migración muy sutil
que los guaraníes fueron inducidos a realizar, no sólo «reduciendo» su
dispersión espacial, sino «reduciendo» también su imaginario religioso,
político y social. Es éste un tema que se presta a interminables dis­
quisiciones y puntualizaciones, si bien muy pertinente cuando se trata
de política y planificación lingüística.
La lengua guaraní colonial 97

Figura 12. Descripción de la Reducción de Candelaria según José Manuel Pera-


más, De vita et moribus tredecim virorum paraguaycorum, Faenza, 1793.

Con la salida de los jesuítas, la sociedad guaraní de las Reduccio­


nes queda, culturalmente hablando, librada a sí misma. A la «reduc­
ción» sigue una «dispersión», pero de otro tipo.

No se produjo un retorno a la selva, sino que la población se disper­


só en las provincias vecinas y el Brasil, para integrarse finalmente en
las tareas de campaña y en las artesanías y servicios de los pueblos
(Maeder 1982: 87).

Sin sus gramáticos y filólogos, la lengua que éstos estudiaban y


amaban también se perdía. El fenómeno lingüístico abierto por los je­
suítas se cerraba con ellos. Sólo subsistió en la medida en que las pro­
pias comunidades de guaraníes consiguieron perpetuar algunas de sus
98 La lengua guaraní del Paraguay

organizaciones misioneras, cada vez menos toleradas por los nuevos


Estados independientes de Paraguay, Argentina y Brasil.

2.2.2. Vida y muerte del guaraní jesuítico

El uso de la lengua española en el Paraguay, dada la política lin­


güística seguida por los misioneros, especialmente los jesuitas, no había
avanzado mucho en los tres primeros siglos de colonización. La legis­
lación española que a primera vista parece muy constante en el sentido
de desear imponer el castellano, venía mitigada por dos reservas. Había
que obrar con dulzura y mediante la persuasión, con exclusión de
cualquier presión, aun indirecta; por otra parte, se debían respetar las
lenguas indígenas (Ricard 1961: 287).
En contra del parecer de una consulta del Consejo de Indias, de
20 de junio de 1596, Felipe II había anotado:

No parece conveniente apremiarlos (a los indios) a que dejen su len­


gua natural; se podrán poner maestros para los que voluntariamente
quisieren aprender la castellana, y dése orden como se haga guardar
lo que es mandado en no proveer los curatos sino a quien sepa la de
los indios (García Santillán 1928: 143).

Estas palabras entraron en la famosa Ley 18, título I, libro VI, de


la Recopilación de Indias.
La legislación en favor de las lenguas indígenas iba a ser tan im­
portante y extensa cuanto la que prescribía el uso del castellano (Meliá
1969: 23-27). En términos ideales el conocimiento del castellano era
tenido como una necesidad; en la práctica se sabía que esa meta estaba
fuera del alcance real. La Corona española, no sin ambigüedades y
contradicciones, mantuvo las orientaciones filipinas en materia de po­
lítica lingüística.
Por eso los jesuitas de las Reducciones citarán repetidamente la
ley en favor de las lenguas indígenas, aun cuando se les acusaba de no
promover la enseñanza del castellano y aun de tenerlo prohibido.
Cuando los jesuitas fueron expulsados de los dominios del rey de
España, lo cual en los pueblos guaraníticos del Paraguay sólo ocurrió
en 1768, la lengua castellana apenas había entrado en uso en los pue­
La lengua guaraní colonial 99

blos administrados por ellos. Los guaraníes de las Misiones seguían tan
monolingües como en los tiempos de su primera reducción. Más aún,
se encontraban ahora con una lengua indígena normalizada, reducida
a escritura, a gramática, con diccionarios y con una considerable pro­
ducción literaria. Casi todo lo que se requiere para alcanzar el estatuto
de una lengua «oficial» propia de un Estado.
A pesar de las escuelas que no faltaron en los pueblos, el apren­
dizaje del castellano se dio apenas en algunos individuos, y aun de
modo excepcional, casi más a título de curiosidad que de hecho social.
Parece que no sin motivo se podía acusar a los jesuítas de no haber
promovido el uso del castellano y aun de haberlo prohibido.
Era lo que repetía en 1773 Concolorcorvo en El Lazarillo de ciegos
caminantes:

«Los regulares de la Compañía, que fueron en este reino por más de


ciento cincuenta años los principales maestros, procuraron por una
política perjudicial al Estado, que los indios no comunicasen con los
españoles, y que no supieran otro idioma que el natural, que ellos
entendían muy bien» (Concolorcorvo 1946: 194).

La polémica en torno a la segregación lingüística.

La exclusión del castellano, o por lo menos el poco incentivo que


la castellanización recibía en las reducciones jesuíticas desde casi los
inicios de la misión, suscitaba recelos y sospecha.
Desde la mitad del siglo xvn los panfletos contra las Reducciones
de los jesuítas del Paraguay se sucedieron casi sin interrupción. Estaba
precisamente en el centro de las acusaciones la idea de que los jesuítas
estaban formando una república fuera del control de la corona espa­
ñola, una especie de Estado dentro del Estado. Y para preservar el re­
cinto de su jardín utópico y aislado, nada mejor que mantener a los
indios en la ignorancia de la lengua castellana.
Los jesuítas aducirán como argumento que poco sentido tendría
usar el guaraní como lengua de separación y aislamiento, cuando esta
misma lengua guaraní es la lengua de la mayoría de los «españoles» del
Paraguay, incluyendo dentro de este mundo español a la población
mestiza y a los indios de servicio.
100 La lengua guaraní del Paraguay

El idioma usual es el guaraní, aun entre los españoles, de los cuales


principalmente los nacidos en dichas ciudades, que no han salido de
ellas, son los menos los que hablan bien, o entienden la lengua cas­
tellana», recordaba el padre Peramás, en su Annus patiens, cuando sa­
lía al destierro en 1768, siendo que otro jesuita de la misma época
comentaba que «en las jurisdicciones de estas ciudades, muchas mu­
jeres, aun de las principales españolas, no saben castellano; o lo sa­
ben muy mal, y los varones españoles lo saben malísimamente (AHN,
Leg. 120j, num. 82, p. 44-45).

Cuando algún jesuita insistía demasiado para que los guaraníes


aprendieran castellano éstos contestaban que «¿por qué los españoles
de la Asunción y de Corrientes hablan nuestro idioma y no el vues­
tro?» (Cardiel, en Furlong 1962: 474).
Sin embargo, la afirmación de una lengua guaraní común a los
habitantes del Paraguay era sólo una media verdad. Si se podía decir
que los paraguayos de Asunción y los villarriqueños eran «tan versados
en la lengua de los indios, como ellos mismos», pues la lengua les era
como nativa (AHN, Leg. 120j, núm. 81), por otra parte, la lengua de
los paraguayos y la que se hablaba en los pueblos jesuíticos habían al­
canzado una tal diferenciación dialectal que a veces la mutua com­
prensión se hacía difícil, dando lugar a no pocos contrasentidos, como
quedó manifiesto cuando se dieron los papeles escritos por los indios
para que fueran traducidos por «paraguayos». Pues si había efectiva­
mente una especie de lengua común para las necesidades coloquiales
de la vida ordinaria, la situación mudaba cuando se trataba de lengua
escrita, donde intervenía un uso más técnico de los términos y donde
se habían operado cambios semánticos considerables que los «paragua­
yos» no habían conocido.

La lengua guaraní tiene ciertamente sus secretos (patavinitates), aun­


que cuando se trata de asuntos vulgares y triviales, es entendida sufi­
cientemente para ser usada recíprocamente por ambos grupos de gen­
te (paraguayos e indios) (Charlevoix-Muriel 1779: 556).

¿Guaraní o castellano?

Por otra parte, los jesuítas solían argüir desde la diversidad lingüís­
tica presentada en la propia España:
La lengua guaraní colonial 101

Mas de que los indios no hablen la lengua española, ni la usen,


¿cómo probará nuestro relator, que eso es por prohibición de los Pa­
dres? Tampoco se usa en dicha república la lengua griega, la hebrea
ni la árabe; ¿luego por prohibición de los Padres misioneros? Mala y
aun pésima consecuencia. Porque pueden muy bien no usarla sin
prohibición ninguna de los Padres, sino usar de la suya propia, así
como usan de la suya los vizcaínos y catalanes, y aun los portugueses
de su guirigay, o gerigonza, media entre castellano y gallego... (AHN,
Leg. 120j, núm. 75).

Estando ya en el destierro, Peramás todavía polemizaba:

Según dicen, los misioneros prohibieron a los convertidos que apren­


diesen a hablar en español, a fin de que ningún extraño pudiera
aprender o vislumbrar los misterios de los guaraníes. (...) ¿Para qué
serviría, pues, el secreto de una lengua conocida por innumerables es­
pañoles...? Lo que hay en esto de cierto es que los jesuitas jamás obli­
garon a los guaraníes a aprender el castellano, así como en España, y
a la vista del Rey, no son obligados a hablarlo los baleares, valencia­
nos, vascos, gallegos y catalanes, quedando dicho idioma relegado a
las aulas (...) Una ley de Indias ordena muy sabiamente a este respec­
to: Aprenderán la lengua castellana los que voluntariamente la quisie­
ren aprender. ¿Está claro? Voluntariamente, espontáneamente. Com­
prendió el Rey cuán difícil es obligar a alguien a usar un idioma
^ nuevo contra su voluntad (Peramás 1946: 74-76).

La política lingüística de los Habsburgo había sido generalmente


de respeto a las lenguas «nacionales» —posición que hoy se ha tornado
tan moderna—, y los jesuitas conocían bien las leyes. Las referencias
básicas sobre las que se basaba un buen jurista como el padre Domin­
go Muriel, eran las siguientes: Lib. 1, t. 13, 1. 5; Lib. 6, t. 1, 1. 18, de
la Recopilación; Act. 2, cap. 6, del Tercer Concilio de Lima, y Solórza-
no Pereira, De Indiarum Iure, t. II, lib. I, cap. 25, num. 11, p. 228. Hay
que preguntarse, sin embargo, si la interpretación que hacían los jesui­
tas no era excesiva en favor del guaraní, con despreocupación por urgir
la enseñanza del castellano, dadas por otra parte las dificultades obje­
tivas que siempre hay en pretender que una sociedad cambie de lengua
o aprenda una nueva lengua. De hecho, la difusión del castellano y el
aislamiento de los indios fueron dos aspiraciones contradictorias de la
Corona española (Mórner 1967a).
102 La lengua guaraní del Paraguay

En la llamada Cédula Grande, de 1743 (Hernández 1913 I: 483-


484; Mórner 1967b), Felipe V aprobaba plenamente la acción de los
jesuitas en las Doctrinas y Misiones de guaraníes, recogiendo casi tex­
tualmente la justificación que presentara el padre Juan José Rico, en su
Memorial a la Corte, escrito en 1741:

El mantenerse los indios de los treinta pueblos en el uso del idioma


guaraní, no nace de alguna prohibición de los jesuitas, que les impi­
den aprender el castellano, sino del amor (tan propio de cualquier
nación) que tienen a su propio y nativo lenguaje, no obstante que los
jesuitas han usado todos los medios de suavidad, que les ha dictado
la prudencia, para que se hagan al uso de la lengua castellana: para
esto, y según se dispone en la ley 18, tit. I, lib. 6, de la Recopilación
de Indias, hay en cada uno de los pueblos entablada escuela de leer y
escribir en lengua española.

A pesar de estas declaraciones cabe preguntarse cuál fue la eficien­


cia de las escuelas misioneras para enseñar el castellano. Incluso los re­
sultados positivos que los jesuitas presentaban, son una prueba implí­
cita de su relativo fracaso.

Hay en todos los pueblos escuela de leer y escribir, y de música, en


que están los hijos de caciques y principales, y los que sus padres
piden que los reciban [...] Aprenden a leer con perfección, no sólo
en su lengua, sino también en castellano y latín [...] Y algunos leen
tan bien como los buenos lectores de las casas religiosas. Para ellos lo
mismo es latín que castellano, pues ni uno ni otro entienden.

Este testimonio del padre Cardiel (1984: 95) en una obra de 1780
muestra que la enseñanza del castellano en las escuelas misioneras
nunca alcanzó mayores resultados.
Las escuelas estaban en el patio de los padres.

Tienen sus maestros indios; aprenden algunos a leer con notable des­
treza, y leen la lengua extraña (castellano o latín) mejor que nosotros
(Cardiel, en Hernández 1913 II: 557).

De estas escuelas estaban excluidas las niñas y nada indica que en


el siglo x v i i i las hubiera para ellas, si bien las había habido en los pri­
meros tiempos de la reducción.
La lengua guaraní colonial 103

El aislamiento de los pueblos guaraníes era un hecho. Así lo re­


conocía el testimonio tardío de uno de los misioneros:

Ningún español podía estar en estas misiones más de tres días... Este
cuidado (que tanto mal nos ha causado) ayudaba muchísimo para que
se mantuviesen estos pueblos con tanto vigor en la piedad y religión;
porque la experiencia había enseñado que los indios que tratan libre­
mente con ellos, si han recibido la fe, la dejan pronto; y si no, es de
balde predicarles... Por la misma causa no se les enseña nuestra len­
gua castellana (Peramás, in Furlong 1952: 140).

Los jesuitas refutarán de mil modos las acusaciones que, sobre


todo en el siglo xvm, tomaron una amplitud y virulencia considera­
bles. Pero lo cierto es que habían seguido en la teoría y en la práctica
la política del dualismo indiano con separación residencial de espa­
ñoles e indios, apoyados en numerosas leyes que prohibían formal­
mente la entrada en las reducciones de indios a los españoles, mesti­
zos, negros y mulatos (Mórner 1970).
En los jesuitas de la época se había desarrollado un curioso anti­
españolismo, en cuanto que distinguía entre españoles y españoles.

Entre los españoles ven bueno y malo; y más de esto; porque el in­
dio no trata sino con la gente más soez; mulatos, mestizos, negros y
esclavos (Cardiel, in Hernández II: 544; Ibid. I: 478-479).

Lo curioso es que una situación análoga, aunque por motivos di­


versos, se daba en la misma Asunción:

Los maestros en la Compañía de Jesús teniendo puestas penas para


que (los niños) hablen español y lo aprendan, como lo tiene manda­
do Su Majestad, quieren más bien llegar al castigo que aprender lo
racional. (Pastells VII: 569).

Por todo ello los guaraníes que llegaban a usar el castellano eran
pocos. La situación lingüística a mediados del siglo xvm era presentada
por el padre Bernardo Nusdorffer en estos términos:

Los indios que con más continuación van a los puertos de Buenos
Aires y Santa Fe con la hacienda, o los que por su veleidad van hui­
104 La lengua guaraní del Paraguay

dos de sus pueblos a estas ciudades vecinas de los españoles, aunque


estén muchos años entre ellos, hablan la lengua castellana tan mal
por lo ordinario, que los mismos españoles vecinos a estas misiones
tomaron por mejor el hablar ellos la lengua del indio con ellos, como
lo hacen; algunos que saben bastantemente explicarse en español, no
quieren hablar delante de gente, como muchas veces lo experimentan
así los Padres, como los mismos españoles, y esto en los indios que
son algo más ladinos; ¿qué será en las indias y niñas? (Furlong 1962:
474).

El guaraní sin jesuítas

Con la salida de los jesuítas se juzgó llegado el momento oportu­


no para proceder a la castellanización de la población guaraní, median­
te la escuela. En una Instrucción que dejó el gobernador de Buenos Ai­
res, Francisco Bucareli, del 23 de agosto de 1768, hacía observar que

para conseguir civilizar perfectamente a estas gentes (...) es la base


fundamental el introducir en estos pueblos el uso de nuestro propio
idioma. Éste es uno de los medios más eficaces para desterrarles la
rusticidad; como que, uniformándonos en el lenguaje, serán estos in­
dios generalmente comunicables y percibirán con más proporción el
civilizado estilo que usamos (...) al mismo paso que se introduce en
los súbditos el uso del idioma propio de su Príncipe, se les asegura
más fácilmente en el afecto, veneración y obediencia debida al Sobe­
rano. (...) Habrá en todos los pueblos una escuela para la educación
de los niños pequeños...: en ellas se les ha de enseñar la doctrina cris­
tiana, a leer, escribir y contar en nuestro idioma... y no se permitirá
que los muchachos hablen la lengua guaraní durante el tiempo que
asistan a sus distribuciones...

El castellano, según Bucareli, es también necesario «por no ser ex­


plicables los misterios de nuestra santa fe en el idioma de los indios»
(Brabo 1872: 200-201).
Era la época en que este tipo de prejuicios aparecía también
en otras latitudes. El arzobispo de México, Francisco Antonio Loren-
zana, en una carta del 6 de octubre de 1769 se quejaba de tener que
usar aún intérpretes después de dos siglos y medio de colonización
La lengua guaraní colonial 105

(Streit III: 265-266). ¿No tiene el conquistador el derecho de imponer


su lengua al vencido? (Ricard 1961: 288-289). Con estos consejos, Car­
los III, rey liberal e ilustrado, deseaba que se llegara de una vez por
todas a la extinción de las diversas lenguas en uso en sus dominios y
no se hablase sino el castellano (Konetzke III, I: 368).
Se volvía a los consabidos prejuicios de los primeros tiempos co­
loniales, con el agravante de que ahora se hacía tabla rasa de una his­
toria lingüística y de una literatura en lenguas indígenas que se podía
considerar una de las mayores glorias de la política española en Amé­
rica.
Para satisfacer a la Instrucción del gobernador Bucareli, hubo que
procurar maestros que supieran la lengua castellana. Fue en este mo­
mento cuando quedó patente el alcance real que había tenido la cas-
tellanización en los pueblos administrados por los jesuitas. Copiaban y
escribían bien al dictado en castellano, pero sin entenderlo. «El indio
de San Miguel —a quien se había propuesto ya como maestro de len­
gua castellana— escribe bien, pero no posee la lengua española, pero
dictándole la escribe», constataba en 1768 uno de los comisionados de
poner en práctica la sustitución de los jesuitas (Zuretti 1954: 148). De
Santo Tomé, sin embargo, se recibía una carta en nombre de los caci­
ques «en un español muy gracioso» (Zuretti 1954: 149).
El estudio de las escuelas y los maestros en los pueblos de Misio­
nes después de la expulsión de los jesuitas, realizado por Juan Carlos
Zuretti (1977), da cuenta, entre otros, de los problemas surgidos en tor­
no a la enseñanza del castellano. Los maestros españoles, a quienes las
autoridades gubernamentales consideraban en principio más capacita­
dos para esa enseñanza, tuvieron, salvo excepciones, serias dificultades
de convivencia social, además de la pesada carga económica que repre­
sentaban para la comunidad, que llegó a hacerse insostenible.
En principio se seleccionaron maestros españoles —es decir, no in­
dígenas, socialmente hablando— como más capacitados para la ense­
ñanza del castellano. No pocas veces, sin embargo, hubo que acudir a
maestros indígenas, entre otros motivos porque resultaban más baratos.
El pueblo de San Borja ante la dificultad de pagar un maestro español
proponía a indios que no cobrarían un centavo por el servicio y que
«saben contar y dibujar y que entienden el castellano» (Zuretti 1977:
516). En San José, cuando se tuvo que reemplazar al maestro español,
se propuso a un indio «por ser buen cristiano, estar tal cual impuesto
106 La lengua guaraní del Paraguay

en el castellano como por saber leer y escribir y haber servido de in­


terino en dicha escuela muchas veces». No faltaron sin embargo, las
reservas, pues «no cae bien un maestro en quien, por bien que lo sepa,
lo hablará (al castellano) con acento provincial. Siendo su natural el
idioma guaraní se expresaría con mayor asiduidad con él que con el
castellano» (Zuretti 1977: 517). El maestro de San Lorenzo apenas ha­
bía enseñado a trece muchachos a escribir y deletrear, «aunque despa­
cio y sin saber lo que leen» e impartía la instrucción en guaraní, ya
que en castellano «sólo sabían saludar» (Zuretti 1977: 518). Caso curio­
so fue el ocurrido en el pueblo de San Miguel, donde algunas niñas
huérfanas fueron recogidas en una casa y se les puso «para su educa­
ción dos indias castellanas, que les enseñaran castellano y la labor de
costuras» (Furlong 1962: 471).
Aun después de años, en 1800, el pueblo de San Javier, al buscar
a posibles docentes entre los indígenas, sobre todo porque trabajarían
con la mitad de sueldo de un español, apenas encontró a unos cuatro
que «hablan medianamente el español, saben leer, escribir y contar».
Fue elegido Francisco Tarebá, hijo del cacique primero del pueblo, «por
sus conocimientos generales, sobre todo el castellano» (Zuretti 1977:
522).
Con todo ello los tan decantados beneficios que se esperaba de la
castellanización mediante la escuela quedaron prácticamente en nada,
achacándose incluso el fracaso a lo que se había pensado como solu­
ción: a los maestros españoles.
Así lo reconocía con enfado el virrey Avilés, en el umbral del si­
glo xix, en la esperanza de que removiendo a los maestros españoles y
promoviendo a indígenas, aun con un sueldo más moderado que el de
aquéllos, se había de avivar la aplicación «a saber nuestra lengua que
ignoran generalmente, pues los que debían procurarlo nada han ade­
lantado, ni los maestros de escuela, que no han sido más que unos
zánganos» (Zuretti 1954: 154).
Entre indignado y desesperado por la situación lingüística en que
encontraba a su Paraguay, el gobernador Lázaro de Ribera informaba
al rey, a 18 de mayo de 1796:

Al tiempo de la expatriación de los jesuítas se establecieron en estos


pueblos con arreglo a las leyes, escuelas de primeras letras con el im­
portante fin de que los naturales aprendiesen la doctrina cristiana en
La lengua guaraní colonial 107

lengua castellana, a leer y escribir y contar. Pero, ¿qué es lo que he­


mos adelantado en 28 años de fatiga? Nada más que estar viviendo
la pérdida efectiva de más de cien mil pesos que se han llevado las
dotaciones de unos maestros inútiles por no decir perjudiciales. Los
indios se mantienen en una ignorancia absoluta de nuestra lengua y
como en la de ellos conocida con el nombre de guaraní, es imposible
explicar bien las verdades eternas de nuestra religión, resulta de que
el bien espiritual de estos infelices está cercado y envuelto en las ti­
nieblas de la ignorancia y a veces del error [...] Por una fatal desgracia
y por varias causas que no precisa referir aquí, hemos llegado al ex­
tremo de que la lengua del pueblo conquistado sea la que domine y
dé la ley al conquistador, que los indios se mantengan intratables
y separados de nosotros (A.N.A. Vol. 165, N S.H., en Massare de
Kostianovsky 1975: 384).

Las preocupaciones de verdadero «ilustrado» llevaron al goberna­


dor a idear y proponer un amplio plan de educación, centrado en la
creación de un Seminario y Escuelas de Primeras Letras, que no tuvo
éxito (Massare de Kostianovsky 1975: 269).
A pesar de todos los esfuerzos hechos, y por motivos diversos, en­
tre los cuales había que contar la mala administración, las condiciones
económicas desfavorables y el asedio de enemigos exteriores como los
portugueses, los guaraníes abandonaron poco a poco los antiguos pue­
blos jesuíticos, de modo que los que tenían oficios corrieron a ciuda­
des como Buenos Aires, Montevideo y Asunción, y los no especializa­
dos se conchabaron como peones de estancia (Mariluz Urquijo 1953).
Sólo alguna que otra familia pudo haber vuelto a la selva, pero contra
toda lógica histórica, ya que no suele volver a la vida primitiva quien,
aunque tal vez forzado, salió de ella.
Sin haber nunca aprendido el castellano, una buena parte de la
población guaraní de las Misiones pasó a formar parte de un campesi­
nado pobre que ya se estaba formando en la región, especialmente en
el Paraguay, cuya lengua seguiría siendo el guaraní que llamamos pa­
raguayo. Porque lo que había sido el guaraní jesuítico, con sus parti­
cularidades dialectales y su literatura, se disgregaría lentamente al faltar­
le el soporte político, religioso, económico y cultural que le había dado
vida y razón de ser. Las cartas en guaraní procedentes de los pueblos
escaseaban cada vez más, y a juzgar por los papeles que se guardan en
los archivos, la calidad de la letra así como la pureza de la lengua se
108 La lengua guaraní del Paraguay

empobrecían. El canto de cisne por lo que se refiere a literatura misio­


nera será el Catecismo de doctrina christiana, en guaraní y castellano, que
diera a luz el franciscano fray José Bernal, en Madrid, en 1800, y que
no es sino la reedición del de Montoya, con algunas variantes. Pero en
ese momento ya nadie hablaba esa variedad de lengua y nunca más
sería hablada en el Paraguay.
Paradójicamente, como veremos, el bilingüismo guaraní castellano
sólo se desarrollará, si bien tímida y lentamente, después de haberse
dado la independencia del Paraguay respecto a España. El Paraguay co­
lonial y español habló fundamental y mayoritariamente la lengua gua­
raní. Pero, ¿qué lengua guaraní? La lengua indígena en su forma pre­
hispánica había sido profundam ente trabajada social, política y
culturalmente en el Paraguay español y se había tornado otra. La len­
gua guaraní que llamamos jesuítica se estaba desintegrando. ¿Estaría­
mos ante una «tercera lengua» en el sentido metafórico que le atribuía
el padre Dobrizhoffer? La respuesta ya corresponde a la siguiente fase
histórica.
Lingüísticamente el siglo x v iii paraguayo se cerraba sin novedades
respecto a los siglos anteriores. La lengua común y auténtica del Para­
guay seguía siendo el guaraní.
El gobernador Agustín Fernando de Pinedo tenía que reconocer
ante el rey, en enero de 1777,

que en toda esta Provincia usan los naturales el idioma guaraní y tie­
ne particular .empeño para la persuasión el idioma nacional, al mismo
tiempo que infunde recelo y sospecha la explicación en diverso len­
guaje, cuando no se comprende ni medianamente la lengua española,
que es la que han usado los gobernadores... (.Revista del Instituto Pa­
raguayo, año VI, n.° 552, Asunción 1905, p. 21).

Usar el español en el Paraguay era en la práctica ser un extraño y


un extranjero.
Los intentos de castellanizar al Paraguay habían fracasado. Don
Félix de Azara resumía la situación en estos términos:

en aquél [Gobierno de Buenos Aires] sólo se habla el castellano y en


éste [del Paraguay] sólo el guaraní, sucediendo esto mismo en la ciu­
dad de Corrientes por su inmediación al Paraguay; sólo los más cul­
tos entienden y hablan el español (Azara 1847 I: 298).
La lengua guaraní colonial 109

2.3. L iteratura colonial en guaraní

2.3.1. Primeros registros etnográficos en lengua guaraní

Las primeras palabras escritas de la lengua guaraní figuran en tex­


tos no guaraníes. Diego García, en 1530, trae por ejemplo la palabra
abatí, por «maíz». Otras palabras se irán incorporando a la obra litera­
ria que trata de cosas de esta parte de América. En su Historia general
y natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo pueden leerse
guaranismos como caraguata, capibara, aperea, mandubí, guaraní, serigue,
taruma, tatú, paca (Morínigo 1990: 28).

A lo largo de casi cinco siglos de contacto entre guaraníes y europeos


en diversas zonas del continente sudamericano, aquéllos ofrecieron a
éstos un número importante de voces de su léxico patrimonial para
designar elementos de fauna, flora, alimentos y cultura en general
propios de su hábitat y modos de vida, que los europeos incorpora­
ron a sus respectivos idiomas (Morínigo 1990: 27).

Los guaranismos que entraron en el español, especialmente el río-


platense, son numerosos (ver Morínigo 1984; y sobre todo, 1935).
El hecho de que palabras en guaraní hayan sido incorporadas a
textos escritos no significa propiamente principio de literatura, pero da
cuenta de una operación del espíritu importante y transformadora: la
representación de sonidos en letras. Como veremos, este paso era ne­
cesario para «inventar» esa otra lengua guaraní escrita que nunca será
lo mismo que la de la tradición oral.
En documentos de la época el escritor recurre a veces a una ex­
presión guaraní para mayor propiedad y autenticidad de su dicho:

su gloria no es sino echar a perder a los cristianos y destruir cuanto


hay... que si les preguntan por ello, y dicen ellas erua, que es como
quien dice no sé, y sacarlas de allí, aunque lo sepan, después que di­
cen que no, aunque las desuellen es por demás (CI II: 62).

Lastimosamente no tenemos ningún texto como el famoso Colo­


quio entre un francés y un Tupinambá, que recogió Jean de Léry (1578)
y en el que se refleja la lengua indígena en su habla común.
110 La lengua guaraní del Paraguay

Lo que más se acerca a un registro etnográfico, que se puede pen­


sar auténtico, es la brevísima estrofa del canto que los adeptos dedica­
ban a su «profeta».

Entre otros cantares que les hacía cantar, el más celebrado y ordinario,
según alcancé a saber, era éste: Obera, obera, obera, paytupa, y andebe, hiye,
hiye, hiye; que quiere decir: Resplandor, resplandor del padre, también
Dios a nosotros, holguémonos, holguémonos, holguémonos» (Barco de
Centenera 1602: f. 159v).

Por sus palabras y estructura esta estrofa corresponde a un canto


de tipo guahu, en el que una frase es repetida, durante la danza, dece­
nas de veces.
Después de tan corto fragmento la literatura cuenta con un texto
singular, donde vibra la palabra airada y de protesta del indio explota­
do en los ya entonces malafamados y tristes yerbales de Mbaracaju.
Los jesuitas de la Reducción de San Ignacio habían dado a cono­
cer a los indios dos provisiones reales en que se prohibía la forma
como los «españoles», los karai, abusaban de los indios de su «enco­
mienda». Así «estando todo el cabildo junto y gran parte del pueblo
respondieron todo lo siguiente, que porque se vea la fuerza de sus pa­
labras se pondrán en su misma lengua, como ellos lo dijeron». El texto
del «razonamiento» indígena, en la transcripción hecha por los jesuitas,
se ha conservado hasta hoy (ver MCA I: 352-361). Lengua usada y for­
ma de decir reflejan plena autenticidad.

Muy alegres y consolados estamos después de oír las palabras de


nuestro gran jefe (=E1 Rey)... antiguamente, cuando nos veíamos po­
bres y acosados por los españoles nos parecía que nuestro gran jefe
nada sabía, nos decíamos... Aquellos yerbales del Mbaracaju están lle­
nos de los huesos de nuestra gente. La casa de Dios (=la iglesia) sólo
guarda los huesos de las mujeres, mientras están tendidos por el Mba­
racaju los huesos de nuestros pobres difuntos. Es por esto por lo que
nos empobrecieron, no tenemos más casa, no tenemos más chacra,
nos hacen pasar necesidad, sin gente, sin hijos; los muchachos están
huérfanos, acabándose todos en el Mbaracaju. Nuestras mujeres no
cesan de llorar con añoranza de sus pobres maridos difuntos, con
añoranza de sus hijos... Haced escuchar vosotros mismos esta nuestra
voluntad a nuestro gran jefe; no hay otros que vayan a cuidar de no-
La lengua guaraní colonial 111

A % G m rm j.
L a m ano c fla tem b la n d o de efctcu illo ,
M a * Cuento con V erdad lo q u é d e n la ,
Con loca p re fu m p c io n a q u el d ia b lillo ,
Q u e m a n que d ia b lo en todo parecía:
Entre otros cáta Los Indios com
• res qleshazia can (Pok todas las Comarcas do Venia,
tarel mas celebra ^eraxo mucha vente afiide guerra
do y ordinario fe r ¡ - t • i 9
gun alcance afa- C on ^ e «anos h a ya por ¡atierra.
becera efte: Obe
pVy^pa.’yanJe- V i a n d a f u i i e n a y propio
be,hiyehiyehiye L a tierra a d en tro Vino predicando ,
<jue quiere dezir. j q Q ^ ec{a ¿e Jn¿¡0 a lg ú n re p a rtim e n to .
dotde! padre,tá- Q i t e n o f i g a f u crudo vianda:
bien Dio» a nofo Con eíle ittipio fr e g ó n y m a l defcuerito
tro»»holguemo- (¡erra f e Va to d a leu a ntando
nos, holguemo- N o acude y a a lje r u ic io q u e J o lta x
nos, eyo leshize Q u e lib e r ta d a to d o s prom etía,,
intrómetiefTeneti *
t re aqltas dos pa­
labras paytupe.y M a n d ó les que c a n ta ffe n y bayl& ffen,
la otra yandebeq yyef u e r t e que otra to fa no h a r ta n ,
Quiere dezir íirvi ^ t í i «y»
bien e! dulce n5 - X com o los p o b reto s y a d e x a jje n
bre de iefus, por q)e fe m b r a r } y cojer como f o l i a n ,
?dXme<’c»ñtaüi r f i l o en los c a n td r e s fe o c u p a ffe n ,
afsí.[Link] E n los bayles de h am bre f e m o ría n ,
[Link]íusya Cantándoles loores y a la b a n c o s
hiye. \D d O b e r a m a ld ito y fu s p u j< m (a s.
V*
Figura 13. La primera estrofa conocida de un canto guaraní, en Argentina y con­
quista del Rio de la Plata, de Martin Barco de Centenera, Lisboa, 1602.
112 L a lengua guaraní del Paraguay

sotros, no hay otros quienes escriban, y aunque los hubiera, no lo


van a querer hacer, y van a hacer sentir sus propias palabras, diciendo
que son palabras de los indios.

Mediante el recurso de la escritura, la lengua guaraní empieza a


adquirir un status de prestigio, aun en el mundo colonial, que conser­
vará por mucho tiempo.
El siglo xvn no produjo, que sepamos, otro documento de este
tipo, pero el uso político de la escritura volverá a aparecer con fuerza
en el siglo xviii, sobre todo en la década de 1750, con las cartas que
los guaraníes dirigieran a las autoridades de la administración colonial,
de las que se tratará luego.
Como literatura en guaraní deber ser considerado también el Te­
soro, de Montoya. Las frases y dicciones en él contenidas, aunque de
por sí no constituyan un relato o discurso, dicen, a la manera de pie­
zas de un mosaico que puede ser recreado en cualquier momento, gran
parte de la vida guaraní. En la selección de las dicciones hay por parte
de Montoya una cierta voluntad literaria de hacer decir al guaraní lo
que fue y lo que querría ser, suponiéndolo en vías de «reducción». El
Tesoro permite una lectura de la historia del guaraní en la historia de
su lengua, en un momento en que se camina por la cresta de dos ver­
tientes culturales: la tradicional y la «reduccional». Es cierto que dos
historias del guaraní parecen confundirse en el diccionario de Monto­
ya, lo que produce un cierto malestar en un lector actual, pero en ese
Tesoro está todavía una lengua etnográficamente riquísima, de tonos
extraordinariamente auténticos. Un poco al azar, veánse verbetes como
oga, ita, marangatu, aguyye: «casa», «piedra», «bueno», «bondad», respec­
tivamente. Parte de esta riqueza descriptiva y concreta, se perderá en
los vocabularios-y diccionarios de Restivo, en el siglo x v i i i , cuando la
vida guaraní ya está plenamente «reducida» en los pueblos misioneros.

2.3.2. La creación de una lengua literaria

2.3.2. a Los catecismos


Hay que reconocer que la literatura en guaraní, en el período co­
lonial, es ante todo una literatura de traducción; y de traducción de
textos doctrinales de la religión cristiana.
La lengua guaraní colonial 113

Ya se ha hablado del Catecismo de Bolaños, como documento de


la formación social de la lengua paraguaya. Desde el punto de vista
literario se pueden destacar varias características. La propiedad de sig­
nificaciones que el autor-traductor persigue tan denodadamente tiene
como referencia fundamental el texto matriz que está en español y re­
presenta una determinada cultura religiosa. La semántica de las pala­
bras sufre continuamente deslizamientos más o menos pronunciados
de un sistema de referencias a otro. Así, a modo de ejemplo, está la
traducción de «venga a nosotros tu reino», del Padrenuestro, por: tou
nde reko marangatu orebe, «venga a nosotros tu modo de ser santo». Los
que habían trabajado la traducción del tupí brasílico, en situación lin­
güística y cultural similar, optaron por el lusismo «reino». Nde reko ma­
rangatu, que Montoya traducirá como «virtud», y que los guaraníes-Pal
actuales valorizan como «modo de ser religioso» fue en realidad la tras­
posición a un plano moral y religioso de un concepto bíblico no sin
raíces políticas, de difícil comprensión para un pueblo como el guara­
ní, sin reyes y sin Estado.
Más importante es el hecho de que con los catecismos —el de Bo­
laños y los que seguirán— se introduce en el guaraní un nuevo género
literario que, al mismo tiempo que se pretende religioso, desconoce las
formas propias del discurso religioso guaraní. No se da ahí correspon­
dencia ni deslizamientos semánticos sino discontinuidad, por lo demás
pretendida, con la «oratura» religiosa guaraní. La «doctrina» por pre­
guntas y respuestas toma la forma de un falso diálogo que es repetido
incansablemente todos los días hasta hacerse texto memorizado. Texto
escrito y texto hablado se confunden en realidad a través de la recita­
ción de preguntas y respuestas fijas y obligadas.
«Hácese la doctrina dos veces al día. Los niños y niñas acuden
todos los días a la escuela... y todos en sí saben la doctrina, y algunos
el catecismo», contaba el padre Lorenzana hacia 1610 (CA I: 88). Este
método de recitación, repetición y memorización de la «doctrina» y ca­
tecismo se generalizó y tomó incluso más importancia con el tiempo,
constituyéndose en una verdadera institución reduccional (Meliá 1969
I: 173-175). Los misioneros de la última hora todavía insistían en la
instrucción religiosa por medio de la repetición del catecismo.

Los muchachos a un lado del pórtico y las muchachas al otro, em­


piezan a decir en voz alta toda la Doctrina Cristiana... preguntas y
32 4 Dottrina Chriftiana, en lengua G u a r a n ty Caßellana. 325

hermana del va- V q i , dize la mu- mayor , dize la menor a la ma­


ron. ger à fu cuñada , menor. yor.
muger de fu her- 4. Quípíí , herma­ 4. Chequí píí di­
V. mano. na m enor, dize la ze la mayor á la
mayor. menor.
5. T eyndí, herma­ 5. Chercíhdí, dizen
Por Bula de Paulo III. fe pueden cafar na, dizen los varo­ los varones á fus
los Indios fin difpenfacion en el tercero, nes. hermanas.
y quarto grado. Pater Sánchez 1. 8. de Ma-
trim. difput. 24. num. 35.
El primer grado tranfuerfal fer de jure Segundo gradi entre primos.
naturse afirman muchos, entre los quales
el Padre Tomas Sánchez, el qual dize que 1. T utí raí, primo 1. Chetutí r a í, mi
es prouable la contraria, y afsi es difpenfa- por parte de va- primo por parte
ble. Vide Sanch. 1. 7. difp. 32. num. 12. ron. de varón.
2. T utí rayí, prima 2. Chetutí rayí , mi
por parte de va- rima por parte
La lengua guaraní del Paraguay

Primer grado entre hermanos. ron. e varón.


3. Tubi raí, primos 3. Cherubí r a í, mi
1. T í queí, herma- 1. Cheriqueí , mi hijos de tio * her­ primo , hijo de mi
no mayor. hermano mayor. manos de padre. tio.
2. T ib í , hermano 2. Cheríbí , mi her- 4. Tubi ra y i, pri­ 4. Cherubí rayí, mi
menor. mano menor. ma , hija, del no. prima , hija de mi
3. T íq , hermana 3. Cherí q , dize la tio.
ma- me- 5. Yai- X 3 5. Che-
Figura 14. Tabla de grados de parentesco, de gran importancia para el estudio de la organización social guaraní, como
consta en el Catecismo de la lengua guaraní, compuesto por el padre Antonio Ruiz de Montoya, Madrid, 164o'.
La lengua guaraní colonial 115

respuestas del catecismo que allá se llama Límense...; y es propiamen­


te un compendio de los catecismos, que corren por España, y tan
breve, que en media hora se acaba, aun yendo guiando uno y repi­
tiendo los demás. Púsolo en guaraní el V.P. Fray Luis Bolaños, com­
pañero de San Francisco Solano (Escandón, Archivo Histórico Nacio­
nal Leg. 120j, num. 84).

Fuera del Catecismo «oficial» de Bolaños, de uso común, sólo otro


texto de doctrina cristiana fue publicado: el de Montoya, que salió a
luz en Madrid, en 1640. Se trata de nuevo de la traducción de un ca­
tecismo, «el que corre en toda España», y que no es otro que el del
padre Jerónimo Ripalda, ya famoso en la época. Montoya introduce
algunas pequeñas modificaciones en el texto para mejor adaptarlo a la
traducción guaraní. Montoya emprendió la traducción de otro catecis­
mo para una mayor variedad y novedad.

Mi intento ha sido dar materia a los que por su oficio deben ense­
ñarles, para que en las doctrinas que cada día se les hacen tengan
materia de cosas nuevas, sin verse obligados a repetir continuamente
una misma cosa, que no es de poco enfado al maestro y al discípulo,
quedándose éste siempre en atascadero, sin pasar a hacerse docto en
cosa tan importante» (Montoya, Catecismo, 1640: ff. prel.).

En esta edición el texto castellano viene enfrente del guaraní para


que los indios, conforme a las prescripciones de la Corona española,
tengan un instrumento de aprendizaje del castellano. Castellano y gua­
raní corren, pues, paralelos, persiguiendo teóricamente un bilingüismo
que nunca se dio en realidad. Fue por lo demás la única vez que se
apeló a dicho recurso de texto bilingüe; en adelante se mantuvo el
guaraní como única lengua literaria de las Reducciones.
El Catecismo, de Montoya, va más allá de la escueta traducción
de Ripalda, pues incluye otros textos cuya composición puede ser atri­
buida directamente a Montoya. Desde el punto de vista etnolingüístico
hay dos textos que revisten una singular importancia: el confessonario
(pp. 290-306) y los nombres de parentesco (p. 318-324). Por la índole de
la materia la lengua guaraní de estos textos abre perspectivas muy in­
teresantes sobre comportamientos sociales y estructuras de parentesco.
En la literatura catequética sólo figura otro texto publicado de im­
portancia. Es la Explicación de el Catechismo en lengua guaraní, por Ni­
116 La lengua guaraní del Paraguay

colás Yapuguay (1724), con dirección del padre Paulo Restivo. En este
caso no se trata de una traducción, pero una vez más la «materia» del
discurso es de procedencia europea, ya que está sacada de obras cate-
quéticas de autores de gran reputación en la época: el cardenal Bellar-
mino, S. D. Nicolás Turlot, fray Bernardino Mercader y el padre Fran­
cisco Pomey. Hasta qué punto esta «materia» recibe una forma indígena
al ser trabajada por un indio guaraní, es una cuestión que trataré más
adelante al tratar de los «indios escritores».
Como había empezado, la literatura catequética en guaraní colo­
nial termina con la obra de un franciscano, fray José Bernal. Su texto
es en lo esencial el de Montoya, un tanto modificado, con adiciones
que imitan el catecismo francés de Fleury, entonces de moda. De este
catecismo hubo una primera redacción terminada en 1789 (Meliá 1969
I: 223-224), pero sólo se vio publicado en 1800, en Buenos Aires.
Fray José Bernal fue uno de aquellos misioneros que fueron a sus­
tituir a los jesuitas cuando éstos fueron expulsados de las Reducciones
en 1768, y ahí ejerció por treinta años. Su trabajo lingüístico se dice
muy próximo de los principios que un siglo y medio antes habían ins­
pirado a Montoya; también él se sirve de indios «peritos y capaces» en
vistas a la propiedad de las palabras y el buen estilo. Hay que notar
también la amplitud de destinatarios a que va dirigida la obra, como
si en realidad el guaraní fuera la lengua general de esta región de Amé­
rica: Catecismo de doctrina christiana en guaraní y Castellano, para el uso
de los curas doctrineros de indios de las naciones guaraníes de las Provincias
del Paraguay, Pueblos de Misiones del Uruguay y Paraná, Santa Cruz de la
Sierra, naciones de Chiquitos, Matagayos y Provincias de San Pablo de los
Portugueses, e instrucción de los mismos pueblos... Que da a luz el M.R.P.
Fr. Joseph Bernal... En la Real Imprenta de los Niños expósitos. Año
de 1800.
Otros catecismos fueron compuestos pero quedaron siempre iné­
ditos, si bien pueden haber circulado en copias manuscritas. Sus carac­
terísticas lingüísticas y estilísticas los hacen semejantes a los impresos.
Su relativa proliferación ha de atribuirse al motivo manifestado por
Montoya: evitar el hastío del texto único, la búsqueda de nuevas ex­
presiones y —¿por qué no?— la modernización de métodos y concep­
tos.
Junto con la «breve introducción para aprender la lengua guaraní»,
el manuscrito del padre Aragona trae ün Catecismo «que se reza en la
La lengua guaraní colonial 117

CATECISMOS
VA R I O S ,
y ExpoficionesdelaDoftrina
ChrííKana en Lengua Guaraní.

Apropofitô para hazerlasálos Indios,

diípueílas por algunos


Padres déla Compañía
de I E S YS .

Y recogidas en la i na de S. Nicolas.

Año

Figura 15. Codicilo de Catecismos varios, conservados en el Museo Británico.


118 La lengua guaraní del Paraguay

Iglesia» y un «Confessonario». Dicho catecismo retoma inicialmente el


de Bolaños, pero después se separa de él notablemente. En Aragona se
nota una estudiada precisión teológica en la formación de neologis­
mos, muy propio de un filólogo preocupado con la propiedad del de­
cir. A modo de ejemplo se puede citar la riqueza léxica que supone la
distinción entre las formas de «hacer» y «dar vida» al ser: Dios es el ser
de su Hijo mediante un acto reflejo de conocimiento: o-je-heko-kuaa-vo
o-me’ë ichupe, mientras que a los hombres les da el ser: o-heko-me’ë. Dios
es quien «engendra»: o-moña; «hace vivir»: o-moingove; «conserva»: o-
mbopycopy; hace crecer»: o-mo-ngakuaa.
En el Confessonario, con sus preguntas sobre «pecados» y «tentacio­
nes» está aludida, como en «porte-à-faux», lo que podía ser la vida del
guaraní reducido y el modo como podía ser semantizado pecaminosa
o virtuosamente un amplio campo de su modo de ser ahora en pro­
ceso de nueva valoración.
Rastreando todavía otros manuscritos de la época, encontramos
una colección que lleva por título: Catecismos Varios y Esposiciones de la
Doctrina Christiana en Lengua guaraní. A propósito para hazerlas a los In­
dios, dispuestas por algunos Padres de la Compañía de Jesvs. Y recogidas en
la Doctrina de S. Nicolás. Año 1716. El codicilo se encuentra en el Bri­
tish Museum.
Aun por sus mismas características externas es ésta una obra ad­
mirable, que muestra la perfección y habilidad de los pendolistas gua­
raníes. Bella escritura, fácilmente legible, de ortografía constante y co­
rrecta, con poquísimas erratas, y aun éstas debidamente corregidas.
Los catecismos que figuran en este conjunto son seis, compuestos
por autores varios de épocas diversas. Que hayan sido recogidos en un
solo volumen podría indicar que se preparaba su edición. Eran los años
en que había comenzado la imprenta en las Misiones, y tal vez se pre­
paraban textos para alimentarla.
Entre los autores de estos catecismos sobresale, por la reputación
de lingüista que siempre le acompañó, el padre Simón Vandini (o Ban-
dini) (1607-1679). Profesor un tiempo de latín, de salud frágil y deli­
cada, su vida quedó identificada con las Reducciones guaraníes donde
permaneció por 39 años. Restivo lo designa como «príncipe de esta
lengua»; tal vez un purista del guaraní, un tanto rebuscado en su decir
y cuya lengua resultaba difícil ya entonces por lo arcaico de su expre­
sión (Meliá 1969 I: 206-207).
La lengua guaraní colonial 119

Más extraña es la personalidad de otro de los traductores, un tal


Francisco Martínez, que nunca lleva ninguna designación que lo iden­
tifique como jesuita y que tampoco figura entre los misioneros del Pa­
raguay. ¿Un laico? ¿Uno de aquellos «lenguaraces» que a veces ayuda­
ron a los misioneros en sus trabajos lingüísticos? Lo curioso del caso
es que traduce el catecismo de Ripalda, el mismo que tradujera el pa­
dre Montoya, «ahora nuevamente enmendado» (Meliá 1969 I: 201-204).
El padre Cristóbal Altamirano, un criollo santafesino que pasó
nada menos que 63 años de su vida en las Reducciones para allí morir
en 1698, a los 96 años de edad, figura también entre esos traductores.
De los seis catecismos, sin embargo, hay tres que son trabajos
anónimos en cuanto a la traducción, si bien se dicen realizados por un
«padre de la Compañía de Jesús».
A pesar del esfuerzo y la capacidad traductora de los jesuitas de
las Reducciones, no deja de ser perturbadora y lamentable, por lo me­
nos desde una perspectiva más actual, la falta de originalidad y creati­
vidad de toda esa literatura catequética. Se trata casi siempre de traduc­
ciones, cuya novedad está apenas en la actualización en lengua guaraní
de textos que representan lo que en Europa —y no solo en España—
había de más nuevo y moderno en cuestión de catcquesis. Se traduce
a Ripalda y a Astete, los dos españoles más famosos en este tipo de
literatura, pero también al jesuita francés, padre Francisco Pomey, y
hasta un belga, el padre Ludovicus Makeblyde, cuyo catecismo servía
para enseñar a las tropas españolas en Flandes. De todos estos catecis­
mos, el único texto original producido directamente en guaraní por su
autor, sería el de Vandini. De hecho más que de un catecismo se trata
de una serie de «doctrinas» por preguntas y respuestas, que acaban
siempre con un apólogo vividamente narrado.

2.3.2.b Sermonarios y otras obras de carácter religioso

Otro tipo de literatura religiosa, que en parte se diferencia formal­


mente de la catequética, pero le es muy análoga en su juego semántico
y en sus contenidos, se dio en los sermonarios y diversos libros de pie­
dad. De nuevo nos encontramos aquí con muchas traducciones de tex­
tos típicos, unos, o de gran aceptación en la época, junto con algunos
pocos originales.
120 La lengua guaraní del Paraguay

Cat/iecimio/y&opojicion bitve^
Qltltx woíhina CAtfífftcma.
q C o m p í l e l o tn CcuSítllomo
'¿ 0 1 c f 9 . ¿tiomjmo de 9lipá!da Jeta QnmpaTiia

& nadando ¿uatítmi.


de J n m .

tycn $iam Í4toM ouitvñV2.


. C a p itu lo I.
Q )e f A f o w f a e ^ S e S a t i c f C / i n í f t a m
Cr. P ie c/tefct. Afcwape Y u ftm a afiz^yl. u iw cia CíiaíftomaJicu,UC-
Jftfcca/ij^pav^aM , c A ií^ ía n o p c u jja ia iM . J a & u j,Jww C /u tíí^
Sm iíkncw a w a ^ a ^ a t u nre/íe; fi jirtcta'VeAc.
V*. Jlfaia^ftiaKttpe pace Chivftmriojn^
¿ Otiniiwgiwatjfcooutm 6tptttcue CkiiStim oim íiaTfc/ie<jM<VMpt.
í *4{\ipe aijjo Jeaw C Í itf F o ? ^ . X upaete, ¡uu Aba caz.
('¡1. Jl[juiSntm jape .¿tipa e*t la m o
t í . Ju p a.¿u E a'V o y tten am o otjcofco,
*?• Mana im v^ape jU a n a n io pAjco!" # *
Te. 6 evienía S a n ta Jtfa W m e w f> n (a /m o otco6o.
¿ M k at vamope C h iíh btna^:
l *. C/iyu n ía ¡mejgm o^it /i^tiep,eiaiornaafceftó ñ ^M ctA w airtjj{cttít
/lenim ienyue, p aL ty atta ^ miÍdp /yjtjaAo« fwyttepe.
9. M ito pav^a ¿Mental ettajetfca.
t •Ja iiae ñ a m a , hae9 * rf^bttu 'Utíumombái.
9. Jiíbae c a m a m a ^ ñ m io e m fo a p o habut -tam o a/iacai^
X Jlfoníoptáio»íac'rcníínY ito!!.
*■ JM fcaepc^pcnom tae/iaka a/iaette?
9 . Jtifcantío

Figura 16. Una página manuscrita de los Catecismos varios, en la que se puede
apreciar la gran perfección de los amanuenses guaraníes.
La lengua guaraní colonial 121

En orden cronológico se pueden recordar las traducciones del Ter­


cer Catecismo, y exposición de la doctrina cristiana por sermones, del Concilio
de Lima, que ciertamente había concluido el padre Roque González de
Santa Cruz, y que el Sínodo de Asunción de 1631 deseaba ver impre­
sas (Meliá 1969 I: 33-34; 1988: 139), lo que no llegó a suceder.
El padre Montoya tendría en su haber también la confección de
un «sermonario», que ciertamente no fue publicado. «Y si la vida diere
lugar, ofrezco los Sermones de las Dominicas del año, y fiestas de los
indios» (Montoya, Tesoro, ff. prel.). A esta referencia corresponde de
lleno un códice manuscrito caratulado Dominicas y sermonario en gua­
raní, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Lima, de 407 pági­
nas, y que contiene realmente sermones para los domingos del año y
las fiestas, pero de momento, sin un examen más meticuloso, sería
arriesgado adjudicarlo a dicho Montoya.
Todavía se encuentran en el Archivo Nacional de Asunción dos
libros de sermones, bastante incompletos, pero que llegaban a numerar
354 páginas. A uno de ellos se le adjuntaron unos Nombres de algunas
plantas en lengua guaraní y en Castilla (por castellano). Otras hojas (92)
de un códice que debió llegar a 229 páginas fueron a parar al British
Museum, catalogado como Sermons on Saints Days-guaraní y que osten­
tan la curiosidad de haber sido adquiridos en 1875 de Madame Lynch,
la compañera del Mariscal Francisco Solano López.
De todos los sermonarios el único que logró verse publicado fue
el de Nicolás Yapuguay, el cacique músico de Santa María, de cuya
personalidad literaria trataré después. Lo particular de este libro de ser­
mones es que todos ellos tratan de fiestas, algunas de ellas relacionadas
con los santos patrones de las Reducciones. Constituyen la primera
parte los Sermones propiamente dichos cuyo tema son las festividades
de Nuestro Señor, de la Virgen, de algunos santos, especialmente los
patronos de ciertas Reducciones. La segunda contiene «ejemplos» de
cuaresma en que se cuentan sobre todo terribles casos de condenación,
en un estilo poco menos que truculento, de moda por lo demás en la
literatura religiosa española de carácter popular.
La literatura en guaraní de esta época cuenta con un libro por va­
rios conceptos extraordinario. Es la traducción de la obra, De la diferen­
cia entre lo temporal y eterno, crisol de desengaños, con la memoria de la
eternidad, postrimerías humanas, y principales misterios divinos, por el pa­
dre Juan Eusebio Nieremberg y traducido en lengua guaraní por el pa-
122 La lengua guaraní del Paraguay

L I B R O I
YBÍPEGVA YBAPEGVARA A-
G VIR EC O E H A B E T EM BOI [Link] ANI.

Quatia yaoca yyîpîbae teco aguiyetei quaanabeT,hac


na teco apireí reheguara rugây,ÿbîpegua yepe
quaahaber mombeunl rae.

Bae amo poni ca- riete ndohechaicheamo,ma'bíte tena­


^uptrïhaguamiri y nga cotípo memei ari ndomaeiche-
jmo i mangani pira- amo rano, tatan tubicha bicha hecha-
mbeteramo hcconi cabanguc morangue nüngaramo,e-
range, hae ymoa- guirami tenanga ybípe tcquati ndo-
ruangatuhagua ma­ hupití mcrí ocapegua rcco,con c,te­
ri y quaapïram ie­ cobe pucu amboae ñande rembiei
ter amo abc oico range oicobo ranonc. cha tám bete, Emonaabe aje ndoiqua-
Quie ÿbïpcteningi ndijpori yquaaca- ai ybípo memengatu rcco, jfbapo re-
tuhaba acoi tecobe apirc» ÿbapegua co apíreT rupitíeimo rano • Cobae
,T2pa nandeyara nandc mônangaguc rehe tenanga oaraquaaeTraciagui ^bt-
rupituhaguimâri .N a mbac poromo- pegua mbae tetiro hiihupTrelranguc
ncmondïjtabamo hcconi, tcco apire? omoaruaruaau, ^bapeguara herolro-
nandembae ândupa pabêngitu agui mbirclrangue moaruaclmo cottc.S . -
mombïrïetc hccoramo, ndiyahupïtï Gregorio ñeenguerupi, Coybí tejaT-
moaî, quie ÿbïpc nandereja pïtepe- po ñande. yepea hatí guoripape cata
guara yepe, hac nandc pope rande- guetambeteramo hereco recoaúbo .
rcmbïabïquïtï ndiyahecoupïtï môaî, Hac ybi pita mimínpo ramo gueco
bïtebetenanga ÿbapegua reco açere- ara ejaingatu ramo herecobo rano .
mbiechacîrae . Quarcpotiyu cotera Mabítctenanga oguatahaba caneo-
mbaèamboae açercçaupc ypôrâbac, ngatuopítuuhabamo herecobo ran5.
teco nemboerc,hae teco ÿbïpcgua po. Cobae teco poriahubíou hupigua
romôangapïhïtïbae açe rcmfporange- quaacihague rchc , Egu ira mi abe aje
recoeteramo hcconi, hcco aybî quaa- teco mira maraaú teco porangetera-
cîramo.. Ayporchc [Link] guemî- mooguereco recoau,hae teco catu-
mboècue [Link] mboebo ÿbïpo pírí teco aibicteramooguereco rcco-
memê reco mbac yoabïeîmbïpc om- au rano . Aypobac rchc cobae ñande
bôyequaa ari mbac: ndoyoabïmoaîco mbae quaapabau oiquaaramo , fanto
ÿbïpo coti annotatati rche tînîhcngS- Profeta Dauid Tupa ñandeyara upe
tubac aje reça coôhatï agui.Açe egu? oñembocbo, teco porangetc oyeupe
cotïpc hînangâramo, ocapegua quï- ymboichaharambcte ari oyerureramo
nahei

Figura 17. Traducción al guaraní, por el padre José Serrano, de la famosa obra
de Juan Eusebio Nieremberg, De la diferencia entre lo temporal y eterno, libro hoy
rarísimo, impreso en las Doctrinas o Reducciones jesuíticas en 1705.
La lengua guaraní colonial 123

dre Ioseph Serrano, de la misma Compañía... Impresso en las Doctri­


nas. Año de [Link].V. (1705).
Larga y muy ilustrativa del sentido de la literatura religiosa en gua­
raní es la producción de este libro, que inaugura de hecho la imprenta
en el Río de la Plata, y precisamente en una Reducción jesuítica, que
sería el pueblo de Loreto. El deseo de divulgar escritos en guaraní obe­
decía a la doble intención de ofrecer textos ya trabajados lingüística­
mente a los misioneros y ofrecer lectura a los indios. El libro, según el
revisor, «se debe imprimir. El estilo está claro, inteligible, muy natural
y ajustado a las reglas del arte y uso común de los indios... Consta
haberse recibido con aprecio de los naturales las veces que han oído
algo del dicho libro, y pedido salga cuanto antes a luz» (Medina 1892:
4-5). El libro de Nieremberg, ese clásico de la lengua castellana, «libro
de tanta estima en el mundo», representaba por su mismo estilo un
singular desafío de traducción, lo que en cierta manera avala la gran
confianza que tenían los jesuítas en las potencialidades de la lengua
guaraní y en la capacidad y sensibilidad de los indios para con un tex­
to brillante y recargado. Lo que de mejor circulaba en España, de más
ameno y ejemplar en literatura ascética, no podía dejar de agradar
—pensaría el traductor— a los indios guaraníes. El padre Serrano era él
mismo en su prosa castellana más ampuloso y rebuscado que su ad­
mirado Nieremberg. El barroquismo se introducía también en el gua­
raní como moda literaria, aunque no fuese más que por vía de traduc­
ción.
Hay noticias de que el popular Flos Sanctorum, del padre Rivade-
neira, fue también traducido por el mismo padre Serrano y tal vez im­
preso, si bien no se conoce ningún ejemplar en guaraní de dicha obra
(Furlong 1962: 568-569).
Desde el momento en que existía una imprenta en las Reduccio­
nes, la producción literaria en guaraní se afirmó notablemente. En 1721
dábase a luz el Manuale ad usum Patrum Societatis Iesv qui in Reductio-
nibus Paraquariae versantur ex Rituali Romano ac Toletano decerptum. La
imprenta misionera funcionaba en este momento en Loreto. Las partes
que en este tipo de rituales latinos venían en la correspondiente ver­
nácula, aparecen en este Manual en guaraní; son aquellas partes que
piden la participación directa del feligrés que en este caso es el indio
guaraní. En esta obra hay una segunda parte que trata de la confesión
y que está casi toda ella en guaraní. Otras obras salidas de la pluma de
124 La lengua guaraní del Paraguay

escritores indígenas, como las de Nicolás Yapuguay, las comento en su


respectivo lugar (ver 2.3.2.c).
El último libro de literatura religiosa en guaraní, del período mi­
sionero, salió en Madrid, en 1759-60.

Para que tanto los hombres como mujeres como los niños y niñas
realizasen los trabajos del día piadosa y honestamente (cual corres­
ponde a cristianos), el P. Ignacio Insaurralde, gran conocedor del gua­
raní, escribió, con la colaboración del P. J. Escandón, dos volúmenes
(editados en Madrid) con el título de Araporuguiyeihába: «Del recto
uso del tiempo (o del día)», pues el vocablo guaraní ára tiene ambos
significados... En estos libros enseña el autor a los indios, punto por
punto, cómo pasar el día íntegro santa y dignamente, ya sea trabajan­
do en casa, ya cultivando el campo, ora camino de la iglesia o asis­
tiendo a la Santa Misa, ora recitando el Santo Rosario o haciendo
cualquier cosa (Peramás 1946: 95-96).

De los escritos en guaraní por los jesuítas es éste el más original y


de mayor envergadura; una «pedagogía cristiana» concebida a la ma­
nera de los caminos espirituales de la ascética jesuítica del Siglo de
Oro. Esta obra anuncia un crecimiento literario y cultural para el cual
el guaraní misionero-jesuítico tenía un suelo suficientemente abonado,
pero que, con la expulsión de los jesuítas, no llegaría a florecer.
Toda la literatura jesuítica en guaraní se desarrolló en tres grandes
campos: los catecismos o doctrinas, los sermonarios y los escritos as­
céticos. Es literatura de transición y de reducción, aun en aquellos tex­
tos que no son propiamente traducciones. Si este fenómeno puede ser
considerado como depauperante para una lengua y una cultura, restric­
ción propia de los procesos coloniales, trae consigo algunos beneficios
relativos: se lleva la lengua guaraní hacia expresiones nuevas que au­
mentan su capital lingüístico y se introducen en ella formas del estilo
barroco que le confieren posibilidades de decir insospechadas. El tra­
bajo lingüístico de los jesuítas sobre y dentro de la lengua guaraní no
hubiera sido posible sin el convencimiento «platónico» de estar mane­
jando un instrumento privilegiado de conocimiento y de comunica­
ción. Los jesuítas, cuando se trata del guaraní, no le piensan límites,
sino horizontes siempre abiertos. No hay nada que no pueda ser dicho
en guaraní, con «propiedad, claridad y elegancia» (Medina 1892: 4). El
La lengua guaraní colonial 125

Figura 18. Un grabado burilado por un guaraní de las Misiones, inserto en el libro
De la diferencia entre lo temporal y eterno, en guaraní.
126 La lengua guaraní del Paraguay

hecho mismo de la traducción incluye en sí la persuasión de que se


puede comunicar a los indios un texto que no sólo será útil sino que
les puede proporcionar la misma emoción estética que siente el traduc­
tor. Es cierto que se traducen y se pasan al guaraní y a los guaraníes
textos populares y llanos, pero no vulgares ni pueriles —como hace
cierto indigenismo actual—; en literatura como en pintura y música, el
misionero le ofrece —más que le impone— al indio lo que él mismo
siente de más agradable para sí. El arte de las Misiones, en general,
obedece a esta intención de comunicación en lo bello, aunque con
tendencias hacia la grandilocuencia y los efectos impresionantes.
El esfuerzo literario desplegado en esta época, que en términos
absolutos puede no parecer de consideración —unas 20 obras, en 150
años— es notable si se compara con la actividad literaria en lengua cas­
tellana en el Paraguay de aquel tiempo, que fue poco más que nula.
Hay que destacar todavía otra característica de la literatura colo­
nial en guaraní y es su dependencia de las tendencias y formas de la
literatura religiosa del siglo xvn; los textos que se traducen, en su gran
mayoría, se inscriben en el Siglo de Oro español, aunque sólo serán
publicados en el x v i i i . Esta literatura, respecto a sus modelos, viene con
un hiato de medio siglo.

La Conquista Espiritual, en guaraní

La Conquista Espiritual, del padre Montoya, era una crónica y un


alegato, que respondía al interés que en la corte de Madrid despertaba
la nueva experiencia misionera del Paraguay y a la necesidad de defen­
derla de los ataques de españoles y portugueses. El padre Montoya pe­
día del rey nada menos que la licencia de armar a los guaraníes con
armas de fuego, contra los ataques repetidos de los «bandeirantes» pau-
listas. Con el tiempo, esa relación tenía que interesar a los propios gua­
raníes, que podían así conocer las dificultades y percances de la fun­
dación de sus pueblos, los trabajos de los jesuitas de los primeros
tiempos, pero también no pocas actuaciones ejemplares y valientes que
tuvieron como protagonistas a los mismos guaraníes, sus abuelos. La
Conquista Espiritual venía a ser una especie de Hechos de los Apóstoles
donde se narraban los primordios de las comunidades cristianas guara­
níes.
La lengua guaraní colonial 127

MANUALE Ad vfum

Patrum Societatis
I E S V .

6 ¡ui iti R edutiion ibus


PARA Q V ARIJ5
v e rfa n tu r
E x R i t u a l * R o r n a n o

ac T o l e t a no
decer p

Anno Domini MDCCXX1


Superiorum permifsu
L a u reti tjpLS P* P . S o e i e t a t i s I E S V .

Figura 19. Ejemplar de este raro libro que perteneció al doctor Seguróla, de Bue­
nos Aires, hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid.
128 La lengua guaraní del Paraguay

De estas y otras parecidas consideraciones habrá surgido la volun­


tad de tener una versión guaraní de dicha Conquista Espiritual que pu­
diera ser leída en las Reducciones, en esa época sumamente florecien­
tes. El título en guaraní indica la adaptación a un nuevo público y
nuevas circunstancias: Aba reta y caray baecue Tupa Upe inemboaguiye uca
bague Pay de la Compañía de Jesús poromboeramo aracae P. Antonio Ruiz
icaray ey bae mongetaipi haré oiquatia caray nee rupi yma carambohe hae
Pay ambuae ogueroba aba nee rupi. Ano de 1733 pipe. S. Nicolás pe. A d
majorem Dei Gloriam: «Primera relación de los no cristianos, cuando los
Padres de la Compañía de Jesús enseñaron a una multitud de guaraníes
no cristianos a que se sometieran a Dios, que el P. Antonio Ruiz es­
cribió en lengua de «cristianos» (español) y otro Padre trasladó a lengua
guaraní, en el año de 1733, en S. Nicolás» (ver Montoya /1733/ 1879).
Es muy probable que esta versión al guaraní se deba al trabajo del
padre Restivo, tanto por la fecha que trae, por la dedicación que siem­
pre mostró dicho padre en reactualizar los escritos de Montoya, como
por sus formas lingüísticas y estilísticas.
De esta obra se conocen dos copias; una, depositada en la Kónigl.
Bibliothek de Berlín, fechada, en San Borja, a 2 de junio de 1737, y
otra, la de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, que es de 1754
y es la publicada, con su versión al portugués, por Batista Caetano de
Almeida Nogueira, en 1879.
Es plausible que la versión guaraní fue emprendida en vistas a su
publicación en la imprenta de las Misiones, como lo fueran otras obras
en que había intervenido directamente Restivo, pero desde 1727 esa
imprenta había cesado con sus actividades.
No toda la Conquista Espiritual consta en esta versión guaraní, sino
una selección de capítulos, y aun éstos generalmente resumidos. Los
criterios de selección y redacción tienen en vista a un lector guaraní de
las Reducciones del siglo x v i i i y por lo tanto cristiano. No es de extra­
ñar dentro de esta lógica, por ejemplo, que se haya suprimido en el
capítulo que trataba de los «ritos de los indios guaraníes», el párrafo
relativo a la antropofagia: «del comer carne humana se deja por justas
razones», dice expresamente el traductor. Suprimida quedó también la
tradición guaraní sobre el diluvio, mientras se da de los eclipses una
explicación «natural» y científica, contraria a la versión mitológica que
recordaba el propio Montoya (1989: 76-80).
La lengua guaraní colonial 129

Hay incluso un pasaje de Montoya que es devuelto con una corta


estrofa:
Co kuña ipordve
kuña pave heguive.
Ijao kuarahy abyarey
ine’e porayhu nungarey.
Es ésta la Mujer más hermosa
que todas las mujeres.
Vestida como el sol,
sus palabras de amor sin igual.

Del teatro y otras representaciones

En las aldeas indígenas de los guaraníes el gran patio central es el


lugar de la representación ceremonial con danzas y cantos, que signi­
fica las relaciones sociales y religiosas. Bajo otros motivos la reducción
y su plaza parecen haber sido concebidos también como un gran es­
cenario que tenía como telón de fondo la magnífica fachada de la igle­
sia. La representación teatral en las reducciones jesuíticas está docu­
mentada desde los tiempos iniciales de la misión, aunque no parece
haber tenido el impulso que le diera en Brasil un poeta y dramaturgo
como el padre José de Anchieta, cuyos textos teatrales se han conser­
vado hasta hoy.
En las Reducciones del Paraguay se desarrolló más bien la música
y la danza con grandes despliegues coreográficos (Peramás 1946: 86-
88), aspecto que los historiadores han retenido con repetido asombro
(Furlong 1962: 475-488). La actividad propiamente teatral quedaría re­
legada a un segundo plano. En una larga descripción de las danzas de
los guaraníes cristianos, el que fuera jesuita padre Francisco Xarque
(Furlong 1962: 489-91) alude a que «tras cada danza, suelen salir varios
indios a representar algún entremés». En 1640, «los neófitos de Mbo-
roré representaron una obra dramática, cuyo asunto era la invasión de
los mamelucos (bandeirantes paulistas)». Estas representaciones eran
concebidas más como pantomimas y simulacros que entusiasmaban por
sus juegos escénicos, más que por los parlamentos y construcción dra­
mática.
130 La lengua guaraní del Paraguay

Z13T

N . Eceipotapico N . nde mende


te ramo tapiariguarama,SantaMa­
dre Iglefia tecomonangaba rupi
nderemimbotara rupicatui 1
R. A ypota.
?. Ereipici picondLemcndete ra­
mo^ R. A ypicí.
P. Ereñe mee panga chupe hcni-
bireco ete ramo.'3 R. Aaemee*
Adíponfum.
N . Ereípota pico N . nderemK-
reco ete ramo tapiariguara .na,
Santa Madre Iglefia teco mo-
nangaba rupi [Link]-
pi catu.-3 R. A ypota.

Figura 20. Página del Manuale, donde constan las preguntas y respuestas de los
esposos en el ritual del matrimonio.
La lengua guaraní colonial 131

De toda la eventual producción teatral se conserva apenas un cor­


to texto, el Drama de Adán, recogido ya en este siglo por el doctor
Manuel Gondra de boca de un anciano del pueblo de Atyrá, y pési­
mamente transcrito y publicado (Dreidemie 1937; y también, en sola
versión castellana, en Reía 1990: 172-175). Se supone que procede de
las Misiones jesuíticas, pero hacía ya parte del acervo folklórico de los
pueblos de indios del Paraguay.
La pieza, desde el punto de vista lingüístico, tiene el interés de
mostrar el uso dialogante —¿y diglósico?— de tres lenguas: el latín, el
castellano y el guaraní. Dios habla en latín con los ángeles, el Ángel
con el hombre en castellano, Adán y Eva entre sí en guaraní.
Del mismo tenor serían aquellas obras que se representaban en las
fiestas patronales de los pueblos y otras señaladas ocasiones, donde
episodios bíblicos generalmente eran puestos en escena, guaranizando
lengua, estilo y personajes (Plá 1990: 28-29). Autos sacramentales y co­
medias en guaraní formaban parte del repertorio festivo habitual, sien­
do más comunes los entremeses, nombre aplicado probablemente a pie­
zas cortas pantomímicas y grotescas.
Hay que reconocer que de todo ello poco rastro ha quedado en
los usos literarios del guaraní, a no ser que se pueda atribuir a esas
representaciones teatrales el germen del teatro popular paraguayo (ver
3.3.2).

De ese mismo apego del indígena al teatro, como derivación natural


de su originaria propensión a la danza y al canto, a la pantomima y
al discurso, quizá provenga la afición del pueblo a las formas farses-
cas y caricaturales, que hallan su expresión principalmente hasta hace
poco en guaraní. Y es por tanto en Misiones donde hay que situar el
arranque de una tradición teatral vernácula, que se manifiesta durante
mucho tiempo en forma no escrita, espontánea, intuitiva, al margen
de todo aporte literario, tendiendo como toda manifestación de esa
naturaleza, a la anécdota antes que a la intriga, a la yuxtaposición de
escenas más que a la trabazón argumental» (Plá 1990: 35).

Ligado al lenguaje teatral están los cantos litúrgicos sobriamente


escenificados, de los cuales el padre Cardiel ofrece una detallada des­
cripción:

Todos éstos se ponen por su orden en el patio de los Padres, cerrada


la puerta de la iglesia que cae a aquella parte. Sale el Preste con su
132 La lengua guaraní del Paraguay

ARA PORU AGUIYEY HABA;


C O N I C O ,

Q U A T IA POROM BOE

HA M A R Â N G A T U .

Pay Joícph Iníaurralde amyrl rembii


quatiacue cunumbuçu reta upe
guarama;
Ang ramo mbía reta memengatu Parana
hae Uruguaï ïgua upe yquabec mbí,
Yycpïa móngetá 3guíyey hagiiâ , teco
bay tetiró hegui yñepíhyró haguama re-
he, hae teco marangatu rupití haguama
iehe, ymbopïcopibo Tupa gracia
reromanó hapebe.

Tabucu Madrid è hape Joachin Ibarra


quatia apo uca hara rope. Rol
1 7 j 9 . p ip e .

Figura 21. El libro de devoción cristiana, sobre El buen uso del tiempo, por el
jesuíta paraguayo José Insaurralde, en la edición póstuma de Madrid, 1759.
La lengua guaraní colonial 133

capa pluvial, y se sienta frente a aquella puerta. Ábrenla, y va entran­


do el primer niño con la soga o lazo con que prendieron a Jesucristo
hasta el centro de la iglesia, en que el mucho gentío tiene hecha una
espaciosa calle hasta la puerta principal, para que desde allí se enca­
minen todos; y al entrar, va cantando en tono muy lastimero al son
de bajones y chirimías roncas: ésta es la soga con que prendieron a Jesús
nuestro Redentor: con que se dejó atar el Señor por nuestros pecados: ay, ay,
Cristo, mi bien y Señor. Con este orden y esta explicación del paso, y
el santo estribillo ¡ay, ay!, van entrando todos, que como son tantos,
es larga la función: y prosiguen después en medio de la función sin
cantar» (Cardiel 1989: 130-131).

Estos cantos de Pasión se escuchaban en 1864, en los antiguos


pueblos de San Luis y San Borja, hoy Río Grande do Sul, en el Brasil,
y fueron recuperados, aunque deficientemente transcritos, por Heme-
tério Velloso da Silveira (1909: 283-287):

Konde, tatayndy, heka heka hakuéra


Ñande Monangára, heka hekapyréra
Ah! Cristo Ñandejára.
Konde, kyse puku, San Pedro nambi poru hakuéra
Ñande Monangára, nambi poru hakuéra
Ah! Cristo Ñandejára.
Konde, tukumbo ipokua hakuéra
Ñande Monangára, ipokuapyréra
Ah! Cristo Ñandejára.
Konde, kurusu, imbovy hakuéra
Ñande Monangára, imbovypyréra
Ah! Cristo Ñandejára.

Estas son las antorchas con que te buscaron


Oh nuestro Creador, con que fuiste buscado
¡Ay! Cristo Nuestro Señor.
Esta es la espada con que San Pedro cortó la oreja
Oh nuestro Creador, con que cortó la oreja
¡Ay! Cristo Nuestro Señor.
Esta es la soga con que te maniataron
Oh nuestro Creador, con que fuiste atado
¡Ay! Cristo Nuestro Señor.
134 La lengua guaraní del Paraguay

CATECISMO
DE DOCTRINA CHR1STIANA
en Giiáidni y Castellano.
P A R A EL USO DE LOS C U R A S
Doctrineros de Indios de las Naciones U ña­
ra mes de las Provincias del Paraguay, Pue­
blos de Misiones del Uruguay y Paraná,
Santa Cruz dt la Sierra, naciones de Chiqui­
to s, Mataguayos, y Provincias de San Pablo
de los Portugueses, o innruccion de
los mismos Pueblos.

QUE DA A LUZ

EL A f . R. .P Fr. J
Predicador general , ExCura
ExDifinidor , yactual Ministro Prov
de esta santa Provincia de- Sra. de la
Asunción del Paraguay, del Orden de
N. S. P . 5 . Francisco de Menores
Observantes.
CON LAS LICENCIAS NECESARIAS.
En la Real Imprenta de los Niños
expósitos: Año de 1800.
Figura 22. El último catecismo «misionero».
La lengua guaraní colonial 135

Ésta es la cruz en la que te levantaron


Oh nuestro Creador, en la que fuiste levantado
¡Ay! Cristo Nuestro Señor.

En estas estrofas se puede ver sin duda la fuente de donde proce­


den los cantos de «estacioneros» y «procesioneros» del Paraguay actual
(ver 3.3.2).
De aquellas «letrillas santas» que estuvieron en boga en la vida re-
duccional tampoco quedó registro documental, probablemente porque
su tradición era tan viva que no se pensaba que de ella pudiera perder­
se la memoria.
Todo esto por lo que se refiere a escritos emanados de jesuitas.
Pero se dio simultáneamente otro fenómeno literario bastante singular
y fue el de los escritores indígenas, cuya producción no es casual.

2.3.2.C El indio «reducido», escritor cristiano

La convivencia y trato de los guaraníes con la letra escrita data de


los primeros contactos con los europeos, como es de suponer. Este he­
cho, sin embargo, se documenta de un modo más explícito en las Re­
ducciones jesuíticas.
Son conocidas las anécdotas desde Pedro Mártir de Anglería y
Francisco López de Gomara sobre la admiración de los indígenas por
esos recién llegados que «hacían hablar el papel». Según un testimonio
de 1614 —al principio de las Reducciones, pues—, los guaraníes, a la
admiración juntan el recelo y la desconfianza por aquellos hombres
que pasaban buen tiempo en leer sus breviarios. «Sembraron por todo
el Paraná —escribe el jesuita— que éramos espías y sacerdotes falsos
y que en los libros traíamos la muerte» (CA II: 24). Y aquel muchacho
que, cuando vio que

el padre rezaba por el libro que tenía en las manos, hizo concepto
que el Tupaquatia, que así llaman al libro o papel, le descubría su
traición, porque han concebido que, cuando ven que nos comunica­
mos por cartas, que ellas nos hablan y nos revelan lo que está secreto
y adivinan lo por venir (CA II: 337).
136 La lengua guaraní del Paraguay

La magia de la escritura, sin embargo, pronto se convierte en fas­


cinación. Casi tan inmediata como la conversión fue la alfabetización
de los guaraníes en la reducción. Las escuelas de leer y escribir, de con­
tar y cantar, formaban parte principal de la reducción, como organiza­
ción sociopolítica y como proceso cultural. El padre Diego de Torres
Bollo en su Instrucción de 1610, siguiendo disposiciones de la legisla­
ción española, ordenaba que «en lo espiritual, pongan luego la Escuela
de niños, en la cual les enseñará(n) la Doctrina... También les enseña­
rán a leer y escribir, contar y tañer». No se trata de hacer aquí la his­
toria de la escuela en las Reducciones (Furlong 1962: 465-475), pero se
pueden resumir algunas de sus características. Todo indica que la alfa­
betización se hizo desde un primer momento en guaraní. Las primeras
escuelas acogieron a un número exorbitante de muchachos y mucha­
chas. En el pueblo de San Ignacio Guasú «el número de los mucha­
chos que entran continuadamente mañana y tarde son más de doscien­
tos» (CA I o II?: 114), mientras que en los recién fundados pueblos
del Guayrá asistían a la escuela 200 niños también (CA II: 114). Casi
parece increíble que en San Ignacio Miní hubiera, en 1617, 450 niños
en la escuela, y 900 (!) niños en Santo Tomé, en 1652 (CA II: 35).
Este tipo de escuela masiva fue dejada de lado con el tiempo por mo­
tivos didácticos, probablemente, pero también por un cierto espíritu
elitista.

Los más hábiles y menos rudos, o de gente de oficio, se escojan para


las escuelas y para monacillos, que es oficio muy estimado de ellos.
Hay escuelas de leer en su lengua, en español y en latín; y de escribir
de letras de mano y de la de molde... Estos indios de las escuelas son
los que, cuando adultos, gobiernan el pueblo (Cardiel 1900: 278).

El padre Peramás confirma esta política escolar:

No a todos los niños se enseñaba a leer, escribir y contar, sino a


aquellos únicamente que el bien público lo aconsejaba, para que de
entre ellos se eligiese más tarde el Alcalde, los regidores, los magistra­
dos, escribanos, procuradores, prefectos de iglesia y médicos. Estos
pocos niños a quienes se otorgaba este honor sobre los demás perte­
necían, en su mayoría, a las familias de los caciques y de los indios
principales. Llegaban a leer admirablemente tanto en guaraní como
en español y latín, y muchos escribían con letra tan elegante que no
La lengua guaraní colonial 137

desmerecía de los más bellos caracteres tipográficos (Peramás 1946:


72).

¿Se formó de esta manera una clase de «letrados»? En realidad, sí.


Saber escribir, al menos como amanuense y como secretario, constituía
una habilidad que confería prestigio, aunque no necesariamente poder.
Lectores y escritores, en un sentido casi mecánico, no hay duda que
los hubo numerosos en las Reducciones y de ello dan fe las copias
manuscritas y las innumerables cartas en guaraní que están en archivos
y museos.

Centenares de documentos, escritos por guaraníes, han pasado ante


nuestra vista... así la caligrafía de estos escritos, como la forma en que
están presentados, con sus espaciados iguales, con sus márgenes ade­
cuados, con su encabezamiento y conclusión, bien ubicados, dicen a
las claras que, a lo menos en la escritura, las escuelas misioneras fue­
ron evidentemente eficientes (Furlong 1962: 468).

Entre esos señores de la letra estaban en primer lugar los propios


maestros indígenas que muy pronto fueron encargados de la escuela.
Maestros y al mismo tiempo músicos, los más de ellos. En 1644 había
uno de ellos, un tal Gaspar Gauparé, que puede considerarse paradig­
mático:

Era un excelente copista de escritos, en latín o en castellano, y muy


buen lector. Distinguiéndose además, entre sus compañeros, por sus
habilidades en la música vocal e instrumental. Por todas estas razo­
nes, y por otras, fue designado maestro de la escuela (CA II: 36).

Artistas de la letra fueron los secretarios de los cabildos cuyo car­


go especial era precisamente llevar las actas de lo tratado en las sesio­
nes y escribir los mensajes a que hubiere lugar. Una gran parte del le­
gado manuscrito en lengua guaraní salió de las manos de esos
secretarios. Y estaban por fin los copistas de oficio, de cuyo perfeccio­
nismo y virtuosismo los jesuitas eran los primeros en maravillarse, so­
bre todo cuando se dedicaban a aplicar con primor la letra del molde.
La caligrafía fue un arte bien cultivado en las Reducciones y los textos
en guaraní se beneficiaron ampliamente de sus recursos.
138 La lengua guaraní del Paraguay

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jut/rieayido QonrdeC/(fon id t (/eyeJve/r texc/fo Opdtomno , Jj-nevm one cwni te/tydo ; ‘JmJeye/yifia
L , Q itaeP i/e 0 ‘Tdjfo Jfarayua/cot/ Jxrxyuxiyim merwan-amyatuio 7 Qpenunyx JenoLnyitoamyce
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La lengua guaraní colonial 139

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G am ie K eu onhi lìcéfiaram o rlerean m n o t m fa 'eLm m leaJom M e 7 OLem va. am icai fey mio
trm rtnloCba ¿ G l Q ovem atlape • Q iTenia. m irroy a fu Qa/nty U rtite li (otyua, G Jtnpucu -
fa è fu ra »u lity n upe G a e ra iey b e lile O O 'oyelalílfñ aO Q oiarn oie ; O Lcneenom trilo^appo
(¡ape O Q iiru L n o ml&reco ( a b Iw m L y t ;O lm i a G Je T e y m " f / y i je O Toy in iq u a
m a, le a I g a y e b e Leneram y m tœ i m ídem ele aypo o rai ; éupa fm eem lefe ieálem ianam ey

le tà ro y L u p io ilard acaio , cA y p o OLo eanm trnlde Q ttzujue-f , ( a i (M arch e , (G - Guam

y yju m t a eden p atii ^Qo am tptje d Jd ìo f f I V I G O fupi.

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S

Figuras 23 y 24. Una de las cartas enviadas al gobernador de Buenos Aires por
los Indios de San Juan mostrando su rechazo al Tratado de Límites de 1750, cuya
traducción castellana publicamos.
140 La lengua guaraní del Paraguay

Pues en doctos caracteres pudieron


hacer de lo pretérito presente,
hablar lo mudo y percibir lo ausente
los que a la estampa a no morir murieron,

como diría poéticamente Calderón de la Barca.


Los indios guaraníes, verdaderos señores de la palabra en su socie­
dad tradicional, y que llegaron a ser buenos dueños de la letra, vinie­
ron a ser también escritores, no sólo escribanos. La educación literaria
impartida en las Reducciones creó afición a la lectura y suscitó buenos
artesanos de la escritura. La razón y descripción que del fenómeno da
el siempre citado Peramás deben ser ampliamente explicitadas, pues
constituyen el mejor resumen de historia de la literatura guaraní en las
Misiones:

Como los guaraníes no entendieron los libros castellanos, pusiéronse


los jesuítas a escribir libros en guaraní y al efecto compusieron mu­
chísimos, no pocos de los cuales fueron impresos. Los indios los leían
con avidez (avide legebant). Pero no sólo leían esos libros, sino que
ellos mismos escribieron otros. Yo he visto y semanalmente he leído
los discursos que un indio de Loreto escribió sobre los Evangelios de
las diversas dominicas, tan elegantes que ningún jesuíta habría podi­
do componer algo mejor (quibus nil elegantius a jesuíta ullo scriptum
fuerat). Y ese indio escribió su libro en esta forma: cada domingo
prestó atención a lo que el párroco explicaba desde el pùlpito, y los
comentarios que hacía, meditaba después lo oído y, pluma en mano,
reproducía en purísimo guaraní, los conceptos e ideas, agregando de
su cosecha lo que creía más adecuado y oportuno. De esta manera
llegó a componer un volumen que prestó grandes servicios a todos
los misioneros, y del que yo me valí muchísimo para mis sermones.
Ni fue ése, agrega Peramás, el único escritor elegante e ingenioso
(elegans et ingeniosus). Hubo otro, llamado Nicolás, cuyos servicios
en pro de la catcquesis en guaraní fue muy grande, y el padre Resti-
vo, italiano, dio a la prensa sus discursos. Dicho padre tuvo siempre
a su lado a este indio y le consultaba siempre que quería expresarse
con más elegancia en el idioma guaraní (Perpetuum interpretem habuit
ubi res divinas elegantius Guaraniis explicare voluit) (Furlong 1962: 594).

Por desgracia, tenemos más noticias sobre la existencia de varias


obras literarias indígenas que ejemplares conservados. Buena parte de
La lengua guaraní colonial 141

esa literatura se ha perdido, especialmente la que nos parece más inte­


resante, ya que por indicios sería la más auténtica y propia. De nuevo
hay que citar largamente a Peramás:

Autores de libros no religiosos, conocí yo a dos indios. Uno que se


llamaba Melchor y escribió la Historia del pueblo de Corpus Christi.
Era un volumen de cosas muy variadas, ya que reseñaba cuándo se
fundó el pueblo de Corpus, por qué se trasladó del Guairá, en qué
época se construyó la iglesia, las circunstancias en las que se inaugu­
raron los altares, cuáles era los límites del pueblo, según la tradición,
cuáles eran los campos asignados a los pobladores, cuál era la tradi­
ción de que Santo Tomás había estado entre los guaraníes, qué pestes
habían afligido a los moradores de Corpus.
Todo esto escribió Melchor con sencillez de estilo, y cuando leía
u oía sobre el tema, lo ponía en su crónica, aunque sin orden y sin
hacer juicio de los hechos.
No obstante, hay que confesar que ese volumen contenía cosas
nada despreciables, y yo lo he aprovechado para mis propias cosas, y
una vez hallé al Párroco que lo consultaba diligentemente para escla­
recer una cuestión de límites. El mismo Melchor había enriquecido
su obra con un mapa trabajado por él, en el que no estaban puestos
los grados de Longitud y Latitud, que él desconocía, pero en el mis­
mo estaban consignados con toda exactitud los montes, los arroyos y
los ríos, contenidos dentro de los lindes del pueblo.
Otro libro fue escrito por un indio del pueblo de San Javier; que
era uno de los descendientes de los primeros pobladores. Refería
cómo los jesuítas habían llegado a sus tierras, cómo fueron recibidos
por sus antepasados, relataba la muerte del Venerable Padre Roque
González y de sus compañeros. Este indio llegó a ser Corregidor de
San Javier (Furlong 1962: 594-595).

Una crónica de este género, conservada parcialmente, es la Histo­


ria del Pueblo de Yapeyú, cuya traducción al castellano fue publicada por
Hernández (Furlong 1962: 595). «Un libro mediano de diez hojas en
pergamino escritas en guaraní que se halló entre los despojos de los
indios de Yapeyú que vinieron a presentar batalla el día 3 del corriente
(octubre de 1754)» y del cual se tiene apenas la traducción castellana
que mandó sacar el gobernador (Pastells-Mateos VIII,1: 194-198),
muestra suficientemente las cualidades hoy diríamos periodísticas de ese
reportero guaraní, que sabe narrar, con detalle y concisión, los sucesos
142 La lengua guaraní del Paraguay

y el carácter de sus actores. Con los escritos que estamos comentando


toma cuerpo una literatura histórica producida por los mismos guara­
níes, que ciertamente se apartaba de la elocuencia del relato oral pro­
ferido en las asambleas indígenas, pero que mantenía no pocas cuali­
dades del saber contar y hacer revivir por la palabra una historia.
Pero el mayor caudal de la literatura guaraní escrita por indios
guaraníes lo conforman una serie de escritos de carácter político-admi­
nistrativo que todavía duermen en los archivos, ojeados por los histo­
riadores, pero casi nada aprovechados por desconocimiento del idio­
ma. Son documentos emanados los más de ellos de los Cabildos
indígenas de las Reducciones, una institución típicamente colonial,
pero que al estar constituida exclusivamente por indígenas produce un
tipo de escritos sumamente curiosos tanto por la ingenuidad de su for­
ma como por la autenticidad de sus contenidos. Como ya notara Mar­
cos A. Morínigo en un estudio sobre algunos de estos documentos
(1946: 29-37; 1990: 141-156), «su interés lingüístico es extraordinario,
puesto que con ellos puede conocerse la lengua misionera tal como se
mantuvo durante el siglo xvm». Pero es también extraordinario su in­
terés histórico, por un doble motivo: por los acontecimientos a que se
refieren y también porque en estos escritos se refleja un notable senti­
do crítico de la realidad, a la que juzgan con más visión política que
las autoridades coloniales de la época. Es la historia colonial la que se
encuentra juzgada desde una perspectiva indígena, que con ello
se muestra capaz de hacer nueva historia.
Un primer conjunto de estos documentos lo constituyen, por ra­
zón de sus fechas y de sus circunstancias, las cartas relativas al Tratado
de Madrid (1750). Poco después de haberse conocido entre los indios
los injustos términos de dicho tratado de límites entre España y Por­
tugal, los Cabildos de los Siete Pueblos que se veían amenazados de
traslado, despliegan una verdadera batalla diplomática que ha quedado
fijada en sus numerosos papeles. Podemos enumerar más de 40 docu­
mentos que se han conservado o de los cuales se tiene noticia exacta;
son sobre todo cartas, cartas de protesta y cartas de súplica, cartas di­
rigidas al gobernador de Buenos Aires, que desearían que éste hiciera
llegar al Rey; cartas dirigidas a sus padres curas, a indios de otros pue­
blos. Son la mayoría cartas formales del Cabildo como tal, pero las
hay también de particulares; a veces simples tarjetas mediante las cua­
les se da un aviso, y a veces verdaderos memoriales que analizan la
La lengua guaraní colonial 143

situación y dan las razones de su indignación y rebeldía; cartas de in­


tercesión humilde, unas, y verdaderas instrucciones de guerra otras. A
estas cartas hay que juntar dos largas relaciones, que sendos indios ha­
cen de los sucesos de aquel tiempo.

Parece que no es de omitirse en ese lugar la carta que los indios de


San Miguel escribieron desde la estancia llamada San Antonio al Co­
misario D. Juan de Echavarría en respuesta de la que el referido ca­
ballero le escribió desde el puesto de Santa Tecla. Que sea la misma
que los indios escribieron, se saca de la atestación del padre Matías
Estrebel en la que dice así: Deseando yo saber qué respuesta y con
qué palabras la habían dado los indios miguelistas a los señores De­
marcadores, hice preguntarlos, y me lo enviaron en esa forma de arri­
ba, y es fielmente copiada, quedando en mi poder su original.
Dice, pues, la traducción fiel y verdadera, hecha no palabra por
palabra, porque así en muchas partes no haría sentido en nuestra len­
gua española, sino por sentencia, sentencia, con la mayor propiedad
y legalidad que en la materia cabe.
Señor: Nosotros tenemos muy bien entendido que somos vasa­
llos de Nuestro Santo Rey, y como tales veneramos y cumplimos sus
mandatos en correspondencia de las promesas que desde los princi­
pios nos tiene hechas. Pero de ningún modo podemos creer, ni aun
sospechar que lo que vosotros intentáis sea voluntad suya. Nuestro
Santo Rey no sabe (ciertamente lo que) es nuestro pueblo, ni lo mu­
cho que nos ha costado. Mirad, Señor: más de 100 años hemos tra­
bajado nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos para edificarlo, y
ponerlo en el estado que al presente tiene, habiendo todos tolerado
con incesante tesón por tan dilatado tiempo increíbles fatigas hasta
derramar nuestra sangre para concluirlo y perfeccionarlo. La Iglesia
está fabricada de piedra de sillería, consta el pueblo de 72 grandes
hileras de casas, tiene yerbales muy grandes y seis algodonales de mu­
cha extensión. Las chacras de los indios de todas suertes de semillas
son como mil y quinientas. Hay en fin otras innumerables obras de
toda suerte de labor. ¿Para todo esto hemos trabajado incesantemente
por tanto tiempo cansándonos y agotando nuestra salud y fuerzas en
vano y sin provecho? ¿Y será acaso la voluntad de nuestro Santo Rey
que todo esto que tantos sudores y fatigas nos ha costado lo perda­
mos inútilmente?
A buen seguro que no, ni nosotros creeremos por modo alguno
semejante cosa. Lo que sí creemos y tenemos por muy cierto es que
nuestros antiguos e implacables enemigos han engañado a nuestro
144 La lengua guaraní del Paraguay

Santo Rey. Sabed que por dos veces hemos ganado la colonia a costa
de nuestra sangre, y de la vida de nuestros parientes, y la hemos
puesto en las manos de nuestro Santo Rey. Pues ¿cómo queréis que
nos persuadamos que nuestro Santo Rey, que con tanto esmero nos
ama, y mira por nosotros, pague de esta suerte lo que por su amor y
servicio hechos hecho y padecido? ¿Podemos por ventura creer que
quiere y busca que todos nosotros padezcamos y que su deseo es ha­
cernos perder las vidas? Por tanto Señor te suplicamos que si nos tie­
nes lástima y te mueve(n) a compasión nuestras miserias, representes
en nuestro nombre a nuestro Santo Rey, que de ejecutar lo que in­
tentáis, nosotros, nuestros hijos, y nuestros inocentes párvulos pere­
ceremos todos irremisiblemente de hambre, desnudez, miserias y tra­
bajos: que por tan buen oficio te quedaremos perpetuamente
obligados; y estamos muy seguros que nuestro Santo Rey nos perdo­
nará y excusará el haber suspendido la ejecución de sus órdenes; lue­
go que fielmente sea informado de la verdad y de nuestros trabajos.
Dios Nuestro Señor te guarde y alargue tu vida por muchos años.
San Antonio, estancia del pueblo de San Miguel, y Marzo 3 de 1753.
Los Corregidores, Cabildo, Maestre de Campo y Caciques que tu
mano besan (Meliá 1967: 623-625).

Los argumentos y razones esgrimidos, así como el estilo y la for­


ma de expresión, no dejan duda sobre su autenticidad indígena. No se
puede partir de la idea de que «ninguna de esta gente tiene más capa­
cidad, inteligencia y juicio, que entre nosotros, en Europa, los niños»;
prejuicio que estaba presente incluso entre algunos jesuítas. El hecho
era y es que los análisis sobre la situación colonial que hacen los in­
dios con frecuencia son más perspicaces que los de funcionarios y cor­
tesanos que desconocían la realidad de lo que manejaban en sus trata­
dos. En este caso, el mismo Carlos III, años después, les daría la razón,
así como la historia posterior. Pero en los escritos de este período no
sólo se revelan la visión altamente política del indio guaraní, sino sus
cualidades propiamente literarias, por lo bien construido del texto y el
desarrollo psicológico y emocional de su exposición. La lengua de esta
literatura representa aquel guaraní que podemos llamar «clásico» en el
sentido de idioma altamente formalizado, de notable riqueza de mati­
ces y de una transparencia y nitidez expresiva muy eficaces.
Traducidas al castellano, un buen número de estas cartas fueron
enviadas a la Corte de Madrid, con el convencimiento por parte de los
L a lengua guaraní colonial 145

jesuítas que las tramitaron, de que ellas mismas, con su lenguaje direc­
to y claro, eran la mejor representación de la voluntad y el sentir de
aquellos pueblos. Los indios habían sido «reducidos» a escribir y ahora
hacían de la escritura «reducida» un instrumento de su discurso políti­
co, confiados probablemente en lo que se les había inculcado sobre la
fuerza y la nobleza de la letra y el papel. Ahora eran ellos mismos
quienes depositaban su queja y su grito en el papel. Estas cartas se en­
cuentran hasta hoy en el Archivo Histórico Nacional, en el Archivo de
Simancas y, sólo en sus traducciones, en el Archivo General de Indias
(Pastells-Mateos VIII, 1: 246-247).
La cuidada caligrafía de estas cartas, que el lector puede apreciar
en el facsímil aquí publicado, no hace sino apoyar la coherencia y se­
riedad de su contenido. En su versión castellana el texto reza así:

Los caciques e indios del pueblo de San Juan del Uruguay, al gobernador de
Buenos Aires, José de Andonaegui. San Juan, 16 de Julio de 1753.
Señor Gobernador Don José Andonaegui: Recibimos ya tu carta
nosotros los caciques y todos los indios del pueblo de San Juan, es­
timándola y besándola por el grande amor que nos tienes. Hemos
oído una y otra vez su contenido; mas estando en esta tierra nuestro
santo Rey en lugar de Dios para nosotros, no queremos creerlo por­
que Dios nuestro Señor no es mudable en su voluntad y querer, ni
tampoco se puede engañar. De esta suerte misma es nuestro santo
Rey en esta tierra: estando en lugar de Dios, no es mudable en su
voluntad; por esto no lo creemos, sólo sí reverenciamos al Rey santo
y lo veneramos como a Dios.
Ves aquí lo que nuestro santo Rey Felipe V nos avisó el año
1716: Cuidad muy bien mi tierra y también de vosotros mismos, que
no os hagan mal vuestros enemigos mis enemigos. También envío en
mi lugar mis gobernadores encargándoles cuiden de vosotros. Yo cier­
tamente no os sacaré de vuestra tierra ni tampoco os molestaré en
cosa alguna; diciéndonos entonces: cumplid sólo mis palabras, el Rey
don Felipe V. Y también envío padres de la Compañía de Jesús, hijos
de San Ignacio, a vosotros para que logren vuestras almas pobres para
Dios; esto sólo es lo que os mando. Por esto que el Rey nos escribió,
nosotros los caciques de San Juan y los demás indios no creemos.
Nosotros no hemos sido conquistados por español alguno, por razón
y palabras de los Padres nos hicimos vasallos de nuestro Rey; por esto
siempre hemos cumplido la voluntad de nuestro santo Rey. Siempre
146 La lengua guaraní del Paraguay

hemos ido a Buenos Aires a hacer el fuerte; fuimos también a Mon­


tevideo a hacer el fuerte, cumpliendo y venerando sus palabras. Des­
pués de esto fuimos hacia el Paraguay a sosegar a los del Paraguay y
hacerlos fieles vasallos, como nosotros. Ves aquí lo que hemos hecho
a nuestro santo Rey, perdiendo nuestra hacienda y vida, y lo que he­
mos hecho para Dios.
También nos dijo entonces nuestro santo Rey: Tened cuidado
que no os hurten y lleven los portugueses; así nos dijo en Buenos
Aires en su sala del señor gobernador don Miguel. Y después de esto,
¿por ventura nuestro Rey ha mudado su voluntad santa, que era la
misma con la voluntad de Dios? Por tanto, ni queremos creerlo y no
nos mudaremos, acordándonos de las promesas del santo don Felipe
V. Por lo que don Felipe V nos amó, y por haberse mostrado y sido
nuestro buen padre, no hicimos cosa en su contra: fuimos dos veces
a la Colonia a echar a los portugueses de ella. De la misma suerte
habíamos pensado y determinado hacer con su hijo nuestro rey Fer­
nando VI. Siendo esto así, los caciques nos recelamos muy mucho
llevar a tierras tan lejanas a tantos niños y enfermos y el morir todos
a manos del hambre.
Mas siendo voluntad de Dios, señor gobernador, bien puedes tú
venir a echarnos de esta tierra en donde Dios nos puso. Y ¿hemos de
abandonar de balde, por ventura, nuestra grande y hermosa iglesia,
que Dios nos dio con el sudor de nuestro cuerpo? ¿Y Dios, por ven­
tura, lo tendrá a bien? Nosotros, en primer lugar, levantamos una
grande iglesia y una hermosa casa de los Padres, y después nuestras
casas también. ¿Y todo esto lo hemos de arrojar de balde? Señor go­
bernador, en ninguna manera es bien que nos mudemos, y así noso­
tros, pobres indios, no hemos hecho mal alguno a nuestro santo Rey.
Los portugueses sí que el año de 1744 nos hicieron mal a nosotros:
en primer lugar nos mataron cinco estancieros y seis llevaron vivos;
éstos, aun hasta ahora, los tienen por sus esclavos, tres muchachas,
dos muchachos y una mujer; después de esto destrozaron la estancia:
llevaron vacas y yeguas, tres rodeos. Esto ciertamente nuestro santo
Rey no lo sabe, ni que perdieron de balde los portugueses a sus va­
sallos a quienes ama mucho. Fuera de esto también tenemos en la
memoria que pelearon contra nuestros abuelos y que mataron a mu­
chos, y después de esto, a nosotros, que somos sus hijos, nos quieren
echar y apartar de nuestra tierra.
Esto no está bien, señor gobernador. Nuestros santos padres nos
mandan que nos mudemos; mas nosotros, haciendo memoria de lo
que el santo Rey nos tiene dicho, no nos queremos mudar. Aun los
La lengua guaraní colonial 147

animales se hallan y aquerencian en la tierra que Dios les dio, y que­


riéndolos alguno echar, acometen; ¿cuánto más nosotros, aunque for­
zados y contra nuestra voluntad, acometeremos? Por esto, señor go­
bernador, siendo voluntad de Dios y de nuestro Rey, cúmplelo; mas
siendo Dios justiciero, en él confiamos. Fuera de esto, por el año
1736, dijo entonces el señor don Miguel: El santo Rey manda que,
siendo yo su gobernador, sea muy amante de los pobres indios. Acor­
dándonos nosotros de esto, no queremos dar esta tierra a los portu­
gueses.
Después de esto, señor gobernador, besando tu mano santa,
siendo tú quien nos ama, nosotros los caciques, los indios, las muje­
res y todas las criaturas: recibe en tu mano esta nuestra carta y des­
pués remítela a nuestro santo Rey, pues él no sabe quiénes son los
portugueses y el ser de nuestra tierra. Después de esto, señor gober­
nador, te hemos escrito esto con todo el rendimiento de nuestro co­
razón, estando tú en lugar de nuestro santo Rey, mirando a lo por­
venir; pues nunca nosotros nos hemos ensoberbecido al señor
gobernador, pues nosotros, aun estando entre los infieles, no hemos
hecho daño ni a los de Montevideo, ni a los de Santafé, ni a los
correntinos; hemos estado quietos y humillándonos.
Mirando tú a esto, cumple el ser nuestro padre, pues nosotros
no podemos echarnos y ponernos debajo de los pies de nuestro santo
Rey y decirle lo que pasa; sólo a ti acudimos. Dios te dé mucha sa­
lud y vida para muchos años, echándote su bendición. Esto te deci­
mos y escribimos los caciques y todos los indios de San Juan, hoy 16
de julio de 1753 años (Mateos 1949: 551-553).

Lo inesperado de la escritura guaraní fue que también se puso al


servicio de la transmisión de mensajes y noticias entre los mismos in­
dios. Esto exasperaba a las autoridades militares españolas que veían en
ello una prueba de rebeldía y clandestinidad. Estos papeles, cuando
eran interceptados y descubiertos, eran rápidamente traducidos para
que sirvieran de piezas de acusación, retomados incluso en los panfle­
tos antijesuíticos que, como la Relacáo abreviada, se divulgaban en
aquella época. Tenemos así, entre otras, la «copia de la traducción ori­
ginal que queda en la Secretaría del Gobierno de Buenos Aires del car­
go del Pedro Medrano, de 16 papeles de guaraníes relativos a la guerra
de los indios de las siete Misiones rebeldes» (Pastells-Mateos VIII, 1:
182-184). Otras cartas secuestradas por el coronel José Joaquín de Via-
na fueron hechas traducir por su orden (ver Documentos relativos...
148 La lengua guaraní del Paraguay

1938: 228-241). Una muestra de la ingenua sabiduría con que eran es­
critas esas cartas es la de Pascual Yaguapo «para los indios que han de
avistarse con los españoles, sobre lo que han de decir a fin de que lo
oigan todos los caciques y Cabildo» (Pastells-Mateos VIII, 1: 219-222).
Humildad, enojo, ironía y firme coraje están magistralmente refle­
jados en la carta del pueblo de San Luis, por la que protestan por el
extrañamiento y salida de sus «queridos padres», decretada por Car­
los III.

Dios te guarde a ti que eres nuestro padre, te decimos nosotros,


el Cabildo y todos los caciques, con los indios e indias y niños del
pueblo de San Luis.
El Corregidor Santiago Pindó y D. Pantaleón Cayuarí con el
amor que nos profesan, nos han escrito pidiéndonos ciertos pájaros
que desean enviemos al Rey. Sentimos mucho no podérselos enviar,
porque dichos pájaros viven en las selvas donde Dios los crió, y hu­
yen volando de nosotros, de modo que no podemos darles alcance.
Sin que eso obste, nosotros somos súbditos de Dios y de nuestro Rey,
y estamos siempre deseosos de complacerle en lo que nos ordene;
habiendo ido tres veces a la Colonia como auxiliares, y trabajando
para pagar el tributo, y pidiendo como pedimos ahora que Dios en­
víe la más hermosa de las aves, que es el Espíritu Santo, a ti y a nues­
tro Rey para iluminaros y que os proteja el Santo Angel.
Por eso, llenos de confianza en ti, te decimos: Ah, señor Gober­
nador, con las lágrimas en los ojos te pedimos humildemente dejes a
los santos Padres de la Compañía, hijos de San Ignacio, que conti­
núen viviendo siempre entre nosotros, y que representes tú esto mis­
mo a nuestro buen Rey en el nombre y por el amor de Dios. Esto
pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, indias, niños y mucha­
chas, y con más especialidad todos los pobres.
(...)
Los Padres de la Compañía de Jesús saben conllevarnos, y con
ellos somos felices sirviendo a Dios y al Rey, y estamos dispuestos a
pagar, si así lo quisiere, mayor tributo en yerba ka’a miri.
Ea, pues, señor Gobernador, de cuya bondad no dudamos, oye
estas súplicas de unos pobres como nosotros, empeñándote en que se
cumplan.
Además, que nosotros no somos esclavos, ni tampoco gustamos
del uso de los españoles, los cuales trabajan cada uno para sí, en lu­
gar de ayudarse uno a otro en sus trabajos de cada día.
La lengua guaraní colonial 149

(...)
De San Luis, a 28 de Febrero de 1768.
Tus pobres hijos, a saber, el pueblo y Cabildo entero.
(Siguen las firmas) (Hernández 1908: 367-369).

De éstas y otras misivas de esa época valdría la pena hacer un cor-


pus, que revelaría la conquista de la escritura por un pueblo que un
día fuera conquistado por la escritura, y ahora quería usarla como ins­
trumento de liberación en nuevas situaciones de opresión.
La escritura guaraní en la segunda mitad del siglo xvm era un fe­
nómeno cultural bastante arraigado en la vida civil de los pueblos mi­
sioneros. Acuerdos y acontecimientos se documentaban oficialmente en
este idioma guaraní. Se conserva en el Museo Mitre, Buenos Aires, una
buena colección de estos documentos correspondientes a los cabildos
indígenas de las Misiones jesuíticas del Uruguay desde 1758 al 1785
(Mitre, Catálogo II: 23; Meliá 1970: 151). Numerosos documentos de
este tipo aparecen a medida que crece el interés por investigarlos, y no
se reducen ni al área de las Misiones jesuíticas ni a su tiempo. Escritos
similares provienen de los pueblos de franciscanos también, y conti­
núan hasta bien entrado el siglo xix (Meliá 1970: 152-153; Morínigo
1990: 141-156), aun después de declarada la Independencia del Para­
guay, en 1811, y a pesar de que las ideas «ilustradas» de la época eran
cada día más reacias, como se verá, al uso político de una lengua de
indios.

Nicolás Yapuguay

El literato de mayor producción en lengua guaraní fue el indio


Nicolás Yapuguay, y por tener dos de sus libros impresos en las mis­
mas Reducciones, su persona y su obra merecieron repetidamente la
atención de los bibliógrafos. La Explicación de el catechismo en lengua
guaraní por Nicolás Yapuguai con dirección del P. Paulo Restivo de la Com­
pañía de Jesús, trae un prefacio bien significativo de la colaboración lin­
güística que podía haber entre el misionero —alienígena— y el catequis­
ta —indígena—, dando éste apenas forma a los contenidos inducidos
por aquél. El trabajo lingüístico de Nicolás Yapuguai alcanza, sin em­
bargo, niveles de mayor complejidad, ya que no se trata de un simple
150 La lengua guaraní del Paraguay

traductor de un texto español —lengua que probablemente descono­


cía— sino de un verdadero escritor guaraní en guaraní, si bien muy in­
fluenciado por la asimilación de enseñanzas y de modos de decir mi­
sioneros; en él se habría dado, con toda la ambigüedad que supone la
tarea, la creación de una lengua guaraní cristiana, de la cual su escri­
tura es la prueba y la muestra más representativa.

Muy conocida y superior —dice el prefacio— a lo que puede saber en


un Indio es la capacidad de ese Nicolás Yapuguai, cacique y músico
de Santa María y con razón muy alabada su composición por la pro­
piedad y claridad y elegancia con que felizmente se explica, aun en
cosas tocantes a Dios, que en otros indios no es tan fácil hallarlo...
La frase para doctrinas ha de ser buena sí, pero llana, para que aun
los niños la entiendan, y así he puesto particular cuidado de que las
compusiese con estilo no muy levantado, pero bueno; la frase es suya
yo no hice más que darle materia... (y aquí el padre Restivo enumera
varios autores en boga para la época de los que ha sacado dicha ma­
teria).

La explicación del catecismo es concebida como medio para saber y


conocer; desde las primeras páginas un verbo se repite con frecuencia:
(ai)kuaa, «conocer»: conocer el credo\ conocer los sacramentos; conocer
los mandamientos... Dos partes de esta obra revisten especial impor­
tancia. De la página 1 a 4, corre el «Rezo que compuso el Ven. Padre
Fray Luys de Bolaños... mandado guardar por la Sinodal de este Obis­
pado del Paraguay». Después de la edición napolitana,' ésta, más de un
siglo después, venía a ser la segunda. Desde la página 106 se presenta
la Tabula Graduum Consanguinitatis in quibus solum est impedimentum
Matrimonia Indorum ex Bulla Pauli III. Esta tabla contiene informacio­
nes etnológicas de gran importancia para conocer las estructuras men­
tales del parentesco guaraní, si bien el sistema tradicional empieza a ser
sustituido por el nuevo sistema matrimonial cristiano, que no acepta
ni casamientos avunculares ni entre primos hermanos cruzados.
Tres años después se le publicaba otro libro, Sermones y exemplos
en lengua guaraní, por Nicolás Yapuguay. Con direction de un religioso de
la Compañía de Jesús. En el pueblo de S. Francisco Xavier (1727). Una mo­
derna edición facsímil, de 1953, reproduce las 165 páginas de los Ser­
mones. Aunque sin ningún prefacio que lo explicite, se repite en esta
La lengua guaraní colonial 151

i j $ ± X & t- 5- t t í 4 í í í ,
** t í t í t í t í t í t í í t í •*•

EXPLICACION
VE EL

CATECHISMO
EN L E N G U A G U A R A N I
PORNICOLAS TfAPUGUAI
CON D I R E C C I O N
DEL P. P A U L O R E S T I V O
D E L A C O MP A Ñ I A
DE
JESUS

E n s l Pueblo de S. M A R I A La M ayor*
AÑO DE M D C C X X IV

Figura 25. La obra más amplia de un escritor guaraní, impresa en ias Reduc­
ciones.
152 L a lengua guaraní del Paraguay

obra la misma técnica de reescritura: lo que se ha escuchado en el ser­


món y en los ejemplos es dicho por un guaraní, con acento guaraní.
La obra consta de hecho de tres partes con paginación independiente.
En la primera, de los sermones, es interesante notar que varios de ellos
son panegíricos de los santos patronos de algunos de los pueblos de
la región: San Ignacio, San Miguel, San Nicolás, la Concepción, los
Tres Santos Mártires del Japón, San Carlos... La segunda trae «varios
exemplos para la Quaresma» (98 p.) en un estilo de tremendismo mo­
ralizante, que en la época no sólo era usado para despertar el temor
de Dios en los indios, sino en la predicación popular en Europa: ejem­
plo de un indio a quien le cogió la muerte en ocasión de pecar;
ejemplo del demonio que quiso confesar sus pecados; del que amane­
ció cano por el horror del juicio; pecado callado: es el de los sapos...
La tercera parte (44 páginas sin numeración) sigue con el mismo estilo
y género.
Los Sermones y exemplos son la última de las grandes obras en gua­
raní que tuvieron a un escritor indígena como autor; un libro en
guaraní de autor paraguayo laico sólo será impreso ya bien entrado el
siglo xx: Ocara Poty (1917), y Ñande Ypykuéra, de Rosicrán (1922). Un
salto de casi dos siglos.
Las notas explicativas en castellano que están al final de cada tí­
tulo, indicarían que el principal lector de estos sermones es un hablan­
te de español —en el caso, un misionero— que podría inspirarse en es­
tos textos para preparar su propia predicación. Con ello el misionero
aparentemente escucha un discurso guaranizado en cierta forma por los
indios, pero que fue concebido y presentado por otro misionero. Es­
tamos en una transferencia y sustitución de lenguajes muy discutible.

La nueva lengua misionera

La práctica de incorporar a los mismos indios a la difusión de las


enseñanzas cristianas venía de lejos. Una de las cualidades más señala­
das de los «caciques», que en realidad no eran muchas veces sino los
padres de una familia extensa, era su elocuencia.

Muchos —había anotado con perspicacia el padre Montoya (1989:


76)— se ennoblecen con la elocuencia en el hablar (tanto estiman su
La lengua guaraní colonial 153

& '< • > t O 9 < S > » 0 . 9 < > 9 < > _!< > 9
tt o i < > t < > ■$ O f < > •£■ O $ O t < > ■£

SERMONE S
Y
EXEM PLO S
E N L E N G V A GVARANI
Por Nicolas Yapuguay
Con dire&ion
DEVN RELIGIOSO DELA COMPAÑIA
DE
IESVS.
í î t Î í Î *
*£ * t t t
& & &
.«V.

En cl Pucllo de S- Franrlíco Xavier


Año de MDCCXXVII-

Figura 26. Otro de los libros de Nicolás Yapuguay con la dirección del padre
Paulo Restivo.
154 La lengua guaraní del Paraguay

lengua, y con razón, porque es digna de alabanza y de celebrarse en­


tre las de fama) con ella agregan gentes y vasallos, con que quedan
ennoblecidos ellos y sus descendientes.

Guyraverá fue un prestigioso cacique, un «señor de la palabra»,


que una vez convertido puso su elocuencia al servicio de la nueva pre­
dicación. Montoya alude a otros caciques, cuya conversión se traducía
en poner su palabra al servicio de la nueva predicación (Meliá 1969:
214). En 1629, el padre Francisco Vázquez Trujillo encontró a un anti­
guo cacique, que según el antiguo hábito de recorrer la aldea indígena
para hacer oír sus arengas, proclamaba ahora el amor que los padres
misioneros, venidos de tan lejos, tenían por ellos (Blanco 1929: 641).
Conforme a una costumbre que ha perdurado hasta hoy entre los in­
dígenas guaraníes de la selva, hubo un cacique que antes de que ama­
neciera ya hacía un buen sermón a su gente, invitándola a ir a la igle­
sia (CA II: 328). El cacique Antonio, de San Cristóbal, «aunque ya de
edad, se hizo tan docto en la doctrina, que la enseñaba él, y promovía
con gran aumento» (Montoya 1989: 250). No faltaba el que con exce­
sivo entusiasmo oratorio prolongaba excesivamente su discurso y había
que convidarlo amablemente a que terminase (Blanco 1929: 650).
Desde el punto de vista de la historia de la lengua guaraní, asisti­
mos a la creación de un nuevo lenguaje en el que jesuitas e indios
establecen convergencias y se influyen mutuamente.

Son muchos (los indios) que se dedican a enseñar su lengua a los


nuevos misioneros, con singular cariño, no mostrando jamás enfado
de que les pregunten cien veces un vocablo, o modo de explicarse.
Explica mucho este zelo, el tesón con que un cacique de Loreto (que
al presente vive) se ocupa en componer Pláticas y Sermones en su
lengua, con la disposición que pudiera un sabio predicador, de tema,
narración, exordio, pruebas con lugares de Escritura y Santos, y pon­
deración, persuasión, epílogo, etc. Cuando ignora algún lugar le pre­
gunta a un Padre. Así escritos los ofrece a los Padres que entran de
nuevo en aquellas misiones, y les sirven para empezar, más que los
Cartapacios de Hortensios, y otros más celebrados oradores, porque
están discurridos más al genio de los indios. Otros indios pudieran
hacer esto mismo, aunque no sepan latín, por la multitud de doctri­
nas, pláticas y sermones, que oyen a sus párrocos desde que les em­
pieza el uso de razón (Xarque 1687: 361).
La lengua guaraní colonial 155

£$fta*mfeir*tcfc gniraemoHnccTupa Cteytfa;anepBa«


|Utu OUydjejflyc gaicccoboaóga, lite rimo cvjc deremim»
bc*rirft>micfct ttremee ing* ebebe.»degl aeii mtringir*, g.
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dtfiifl Lift en>*i por i n t i m i a t i t S p i n & i jA n t i d * ^
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Figura 27. Una rara página de la Explicación de el Catechismo en lengua guaraní,


por Nicolas Yapuguay, 1724, con un dibujo a mano en el ejemplar que se conser­
va en el Colegio del Salvador de Buenos Aires.
156 La lengua guaraní del Paraguay

Parece que es a este indio de Loreto al que se refiere todavía el


padre Peramás, en 1768, de quien apreciaba especialmente el sermón
sobre el «Buen Pastor» (Meliá 1969: 215).
En los contextos coloniales, aun cuando se use la lengua nativa,
hay una colonización del sistema simbólico de comunicación, del cual
la lengua es una instancia privilegiada, que debe ser analizado crítica­
mente. En la literatura escrita por indígenas, y en la nueva oratura de
esos caciques que predican la nueva religión y la nueva forma de vida,
hay ciertamente una reducción del universo simbólico primitivo. Los
contenidos también hacen a la forma. Y por otra parte se da una re-
guaranización de esos contenidos que suponen un proceso creativo,
aunque no sea más que de adaptación. Cuando el indio, después de
haber escuchado el sermón del misionero, o simplemente haber habla­
do con él, vuelve a su propia lengua, recupera en parte su genio pro­
pio. Ningún misionero, y de ello se está muy consciente, aun cono­
ciendo perfectamente la lengua, será capaz de decir lo mismo que el
indio, pues le falta el acento particular y el «genio» de la lengua. No
es casual que de toda la literatura escrita en guaraní, la única que
no es traducción haya sido producida por escritores indígenas; la única
excepción está de lado del padre Insaurralde, con su Ara Poru (1759) y
éste era paraguayo de nacimiento.
Aunque discutible desde muchos puntos de vista, se fue creando
gracias a este proceso indudablemente colonial, un lenguaje cristiano,
que lingüísticamente llega a conformar un dialecto que podría llamarse
guaraní jesuítico, y no porque los jesuitas lo impusieran por sí solos,
sino porque los guaraníes reducidos lo fueron trabajando a partir de la
nueva situación y modo de ser que llegaron a aceptar. Las cartas que
los cabildos de los pueblos y algunos particulares escribieron nunca
hubieran podido ser escritas por un jesuita, aunque también es verdad
que nunca hubieran podido ser escritas sin los jesuitas y sus Reduccio­
nes, con sus glorias y sus limitaciones.
Capítulo 3

EL GUARANÍ PARAGUAYO

3.1 H acia una lengua nacional

Para la historia social del guaraní en tiempo de la colonia fue un


hecho decisivo el extrañamiento de los jesuitas del Paraguay (1768). Se
iniciaba entonces un proceso que terminaría con los pueblos de indios,
lo que vino a consumarse con el decreto del presidente Carlos Anto­
nio López, cuando en 1848 declaraba extinto el régimen de comuni­
dades. De los cambios socio-culturales introducidos fue una conse­
cuencia el abandono progresivo del guaraní como lengua literaria
creada en el seno de las Misiones.
De todos modos, el guaraní dominaría durante mucho tiempo y
de forma absolutamente mayoritaria la comunicación real del Para­
guay. Los Cabildos de los pueblos misioneros dirigirían por mucho
tiempo todavía su correspondencia al rey o a las autoridades españo­
las en su lengua vernácula. El campesinado no sabía otra lengua y has­
ta en la ciudad se la prefería.

3.1.1 El guaraní en la paz y en la guerra: de la Independencia Nacional a


la guerra del Chaco

Cuando el general Manuel Belgrano en 1810, en vísperas de la


Independencia, dirigía proclamas y cartas en guaraní (ver 3.3.1) a las
autoridades del Paraguay y a su pueblo, lo hacía a sabiendas de que
ésta era su lengua propia. Como anota certeramente Morínigo (1968:
198),
158 La lengua guaraní del Paraguay

escribirlas en guaraní no constituía un gesto de político habilidoso


para halagar sentimientos regionalistas. Era simplemente una actitud
realista impuesta por una necesidad concreta. El pueblo paraguayo,
como el correntino y misionero, por una serie de circunstancias his­
tóricas, sólo conocía la lengua indígena.

La iniciativa de Belgrano no era, por otra parte, del todo inédita,


ya que en la misma época se hacía uso de otras lenguas indígenas,
como el quechua y el aymara, para proclamar las ideas del movimiento
emancipatorio (Levene, Ricardo, Las revoluciones indígenas y las versiones
a idiomas de los naturales de documentos de la Independencia, Buenos Aires
1948).
La expedición de Belgrano al Paraguay fracasó, pero consiguió
despertar en los futuros paraguayos el deseo de liberarse de los espa­
ñoles; las palabras en guaraní de sus proclamas llegaron más lejos que
sus tropas.
Como en el Paraguay, también en Corrientes la lengua guaraní era
prácticamente la única. En una carta de 1811, el viajero y comerciante
inglés John Parish Robertson escribía que fue

cordialmente agasajado por M. Perichon y por las damas [de su casa]


con una profusión de cumplimientos de que no entendía la mitad.
Porque aquí el lenguaje de los aborígenes, o guaraní, ha hecho inútil
en gran proporción el español, y exceptuando a los hombres de la
mejor clase, pocos se expresan en castellano con fluidez y corrección.
Las mujeres casi invariablemente lo hablan con dificultad y a disgus­
to, prefiriendo en mucho el idioma guaraní, en que son muy elo­
cuentes (Morínigo, 1968: 202).

En otra visita al mismo M. Perichon, el inglés se refiere de nuevo


al uso del guaraní, tanto más llamativo en una casa donde el dueño
era de origen francés y la señora pertenecía a una de las familias más
distinguidas de la ciudad.

Del mismo modo la familia del digno Perichon se derramó gradual­


mente en la sala...Primero...doña Pastora (la esposa de Perichon)... lle­
na de asombro por mi aparición y rebosando con sus exclamaciones
en guaraní de : Guah! Bahé! (Mba’e)...Ba’ é tico (Mba’e tikó) (Ibid.)
E l guaraní paraguayo 159

De la Independencia Nacional a la Guerra Grande (1870)


Con la independencia del Paraguay, en 1811, la situación lingüís­
tica va a decidirse claramente por la manutención del statu quo creado
en la época anterior. La Independencia fue realizada ante todo por la
oligarquía criolla terrateniente y militar, y ésta conocía la lengua gua­
raní. El partido realista, formado por una burguesía comercial de ori­
gen peninsular reciente, quedó marginada políticamente, cuando no
violentamente perseguida y al fin expulsada.
El proceso se radicalizó cuando llegó al poder el doctor Gaspar
Rodríguez de Francia, y en él permaneció como dictador supremo, en­
tre 1814 y 1840. Hechos como la supresión del Real Colegio Semina­
rio de San Carlos, en 1822, y la secularización de todas las órdenes
religiosas, afectaron muy directamente a las posibles élites culturales.
Se puede afirmar que a partir de la década de 1820-1830, solamente es
representativa del Paraguay la denominada gente rei, es decir, «el pueblo
común», según el análisis histórico de R. E. Velázquez (1976). Los gru­
pos sociales con capacidad e interés por emplear la lengua castellana,
como podía ser la burguesía comercial y la oligarquía terrateniente, he­
redera de encomenderos y «comuneros» —menos éstos que aquéllos—
fueron reducidos a callarse, cultural y políticamente (Granda, 1988:
544).
Para esta época los testimonios sobre el uso de la lengua guaraní
como única lengua de la región se repiten, como ha anotado Moríni-
go, en su citado estudio (1968: 202-203). El mismo Robertson refería
que «el pequeño Orrego, cuando su pulpería estaba llena de gente baja
arengaba con elocuentes tiradas en guaraní en elogio del Caraí Fran­
cia».
Cuando, en febrero de 1822, los vecinos del pueblo de San Ro-
quito se reunieron en asamblea para decidir su incorporación a la pro­
vincia de Corrientes, las deliberaciones fueron conducidas en guaraní y
en guaraní se hizo la declaración pertinente, si bien a la hora de fir­
mar, los representantes del pueblo don J. Fado Tabacayú, comandante
de milicias, los- alcaldes don Miguel Tacuabé, don Pedro Tapirayú, don
Feo Solano Aripí, el corregidor don José Moroví, el juez don José Ba-
ricuyé y el teniente don Andrés Ñongoy, lo hicieron por interpósita
persona, «a ruego», por no saber firmar. Igualmente en guaraní fue di­
rigida, en 1827, una proclama de los corregidores de los pueblos de
160 La lengua guaraní del Paraguay

San Miguel y San Carlos, a los pueblos del Paraná, en la que se daban
los motivos de su incorporación a la provincia de Corrientes. Es inte­
resante una anécdota ocurrida en 1841. El general Paz solicitaba de su
aliado el general Ferré un sustancial auxilio de caballos. Ferré lo pro­
metió, pero en su fuero interno ya había determinado lo contrario. Al
marcharse reunió a sus oficiales y, hablándoles en guaraní para que Paz
no se enterase, les informó de que iban a pasar a Entre Ríos y les instru­
yó para que se negaran a seguir a Paz en el caso de hacerles pasar el
Paraná.

Aquí, lo mismo que en Corrientes, los hombres hablan poco y con


cierta resistencia el español. Las mujeres lo hablan muy escasamente.
El español ha sido sustituido casi completamente por el guaraní. La
mayoría de las mujeres se avergonzaban de mostrar su deficiencia en
el español, en tanto que los hombres tenían gran aversión a expresar
inadecuadamente y con dificultad en español lo que podían decir con
tanta fluidez y hasta retóricamente en su propio lenguaje. Como to­
dos los lenguajes primitivos, el guaraní tiene muchas bellezas meta­
fóricas (Robertson /1838/, en Nagy 1969: 94).

Los hermanos Robertson, que habían visto al gobierno del doctor


Francia como un «reino de terror», ofrecen, sin embargo, no pocos de­
talles de una vida cotidiana apacible y hasta feliz, pautada por fiestas y
conversaciones nada sofisticadas.

Conversación —en guaraní— era la mejor manera que tenían hombres


y mujeres en el Paraguay para pasar sus noches (Robertson /1839/, en
Nagy 1969: 101).

Con la muerte de El Supremo, en 1840, y aunque se insinuara en­


seguida, por parte de sus sucesores, una crítica a la política cultural an­
terior y una preocupación por castellanizar al país a través de la ins­
trucción pública, la situación lingüística del Paraguay no iba a cambiar
tan pronto. Y son de nuevo los viajeros y comerciantes los que aluden
a la lengua guaraní como hecho social peculiar del Paraguay.

Encontré que los hombres hablaban dificultosamente el español y que


su conversación la hacían en guaraní, al que llaman avañeé, siendo
avá, indio, y ñeé, lengua (Hughes /1842/, en Nagy 1969: 129).
E l guaraní paraguayo 161

Q U IC H U A . G U A R A N I .

TuCuy Llactacunamanta acllas- Mburubichabeté ñemoñongusú-


ccas Jatuchcc Yayaspac Clieccam pe oporoquairaba opácatu Yosüámo
Tataspacri Asamblea general cons­ haé taba pá'bé mbía peteíppe oñoi-
tituyente sutioc tantacuspa cay pun- rubaerehe, Asamblea general cons­
chaypi quelccarcancu Ccamacbisca tituyente yaba. Aba pabengatupe
cimi ccaticucta=Qutparin cunam oiqna uca áng yquaitaba ca^uplfl.
punchaymanta unauchascca cama- Yyipíbéramo, co araguibe ohecobo-
chisca simi Quélcasca Jatum Justi- ña acó.quaitaba omboypibaecue ca-
ciaraycu Junta provisional niscca cay pitanguásu Roí atnbae ohasabaecue
tima Llactamama ñaupac puncha y pi
isccon quillamanta guarancca pusnc
pachac chunca vcmoc Guatapi,pi-
tispa tributusta,astaguanrriQuechufe- encomienda ababeupe. Upeichabe
ccarajaquem Mittata.'Encomiendas- ababé tembiguairamo ovapobeiha-
ta, Yanaconasia, Ccasi serviciota- gua Aba amo, ni tupa óga: ni_pava­
guam ama conaHcupac Iglesiasman hare: ni niburubieha : ni abatetiroa
curasman, subdeiegadosuian. Casi emonaabe co mburabichabeté gue-
quesninrutnanpiCaspa Mmiay- m'ínbotaurupi oiquauca opacatu
[Link] Apu Asambleac, Quiqui- mbíapabeupe, abacue a opac itu ai g
Hantacmin, canancuta recsiioancu- guibe, abapogniritequafey catupi-
ta niscca runacunata tucuy vina riramo ó[Link] opa caraiambaae-
Llactasmanta Ccarrisraycu- Sumac cuerami; Ilarircabe, oyecohú yo-
Quespisccas, cusca atiynincnpi -Til- yahagua acó tecbpisiro moñangaba
cuy Llacta Masis nincuain paycu- caraicuera tabaigua papé oguerecó-
naguan Cavsacta; [Link] Ca- barehe. Corire, opa ang quairaba
machisccatn Ciniita Quejccachum, toyeyabapi qnahape, hae,papenga-
caparicuchum Tucuy Llactaspi; Ja- tu reinduharamo oicohagua. Aba-
tutn vmampiguam churacuspa cha- cuera opacatu ñeepipe toinbovehu-
ypas qniquilianta Guaraní cimipi uperamibe, opa aba retiro oiqna lia-
Quesgtrapi Aymarapiguam, Tucuy j;ua,tsba opacaturupi toñehenduea.
yachanancupac. Jinatatn Apenca Upeicbacatu toiquaá cnpitnndusú.
vnanchasccata pichus Asamblea sn- Supremo Poder Executivo ¿há, oto-
tímpi tucuyta camachin Supremo buaye catupírihágúa áng orequai-
Poder Executivo niscca Camachi- taba pabengarü = Buenos— Ayres
nnmpac Rurachinanpacpis. Bueuos- marzo 12 de 18 1 3 —Dr. Tonurs
Ayíes clmnca iscainioc punchaipi Antonio Valle, Presidente—ITiyoli-
quinsa quillapi Guarancca pusac pa­ lo Finjies, secretario— Al Supremo
chac chunca quinsayoc Guatapi.= Poder Executivo de estas Provi 1-
Tomas Amonio Falle presidente Su- cias— Es copia— Dr. Bernardo Ve-
tioc.—Hipólito íleytcs , secretario /ez, secretario dcel gobierno Inten­
QneLccae, Sinchec Ativm tupac Ca- dencia.
machecrnan cav vina L1acramanta=
Quiquillan Quelccasca— Dr. B er­
nardo Vclez, secretario de el go­
bierno Inlendencia-

Figura 28. Texto en quichua y guaraní de un decreto expedido por la Junta Pro­
vincial Gubernativa de Buenos Aires en 1813, relativo a la extensión del tributo, y
derogación de la mita, encomienda, yanaconazgo y servicio personal de los indios.
162 La lengua guaraní del Paraguay

Es corriente en el campo que las personas entiendan y hablen


sólo el guaraní con excepción de los que son funcionarios públicos o
han recibido alguna educación [...] Aunque parezca extraño, y a pesar
de que el padre (Don Juan Bautista Rivarola) es, para este país, un
hombre instruido que estuvo a punto de ser nombrado presidente, ni
su mujer ni sus hijas hablaban el español (Munck /1843-1869/, en
Nagy 1969: 192).
La lengua que se habla en el Paraguay es el «guaraní», que habla­
ban los indios que habitaban el país en la época anterior a la llegada
de los españoles. Este idioma es de uso tan general que nunca se ha­
bla el español, y sólo con los extranjeros, siendo, en el interior, la
gran masa de la población tan ignorante del español que es necesario
tener un intérprete incluso para pedir un vaso de agua. Entre las me­
jores familias, en las ciudades y pueblos mayores, se comprende el
español, y se lo habla con los forasteros; sin embargo, hasta en Asun­
ción hay gente que no lo conoce en absoluto. Los decretos y leyes
del gobierno se publican en español, que se usa también para dar ór­
denes en el ejército, y se lo enseña en las escuelas, a las cuales todos
los niños varones del país deben ir forzosamente, hasta que aprendan
a leer y escribir. Mas después de dejar la escuela, quizás nunca más
lo escuchen, pues no tienen libros para leer; hay muy poco papel para
escribir de vez en cuando, con la excepción de firmar sus nombres y,
generalmente, antes de cumplir 21 años, ya olvidaron todo lo que
aprendieron en la escuela (Graham /1846/, en Nagy 1969: 138-139).

Un diplomático francés, Eugenio Guillemot, ponía de relieve un


aspecto esencial de la lengua guaraní paraguaya, al desvincularla de una
hipotética herencia racial.

Los habitantes de estas campañas hablan solamente el guaraní pero


su fisonomía no es americana; los hombres tienen aspecto de euro­
peos y las mujeres, vestidas con trajes asiáticos, llevan con mucha gra­
cia sobre la cabeza o al hombro elegantes vasijas de tierra roja; se
asemejan a las hermosas samaritanas de la Biblia que van a las fuentes
en busca de agua (Guillemot /1857/, en Nagy 1969: 179).

El empleo del guaraní para el chiste y el piropo, que todavía sus­


cita orgullo entre los paraguayos, fue entendido por un entusiasta in­
glés que veía en el Paraguay una romántica Arcadia, y que se animó a
aprender guaraní y a usarlo no sin gracia.
E l guaraní paraguayo 163

Estoy aprendiendo también el guaraní que siendo una rara jerigonza,


sin embargo, no carece de elegancia. Está lleno de vocales, mas la
mayor dificultad consiste en que las consonantes se pronuncian sin
diferenciarlas, de manera que resulta difícil representarlas fonética­
mente. La palabra guaraní que significa agua, es el punto crítico de la
lengua: los paraguayos dicen que ningún extranjero es capaz de pro­
nunciarla. [...] Todos los paraguayos, varones y mujeres, hablan gua­
raní y la mayoría de las clases bajas no hablan otro idioma; sin em­
bargo, el idioma oficial es el español y la gente de sociedad afecta
despreciar el guaraní. [...] El guaraní crea un manantial de charla y de
alegría que nunca falla, y así suelo rogar a las chicas a que me digan
algunas palabras y, una vez que ellas me las hayan repetido suficien­
temente como para que captase bien la fonética, yo me las anoto, y
naturalmente, digo después para agradecerlas: he oro haipú ndeve, lo
que significa te quiero mucho, o che oroipotaite cheribericorá (yo quisie­
ra mucho casarme contigo). Vaya aquí otra muestra de un cumplido
en guaraní: pugweughpe capiipecha, nde pope rosa potryicha (estoy debajo
de tus pies como la gramilla y en tus manos como una rosa) (Mans-
field /1856/, en Nagy 1969: 205-206).

Efectivamente, la palabra agua se reduce al fonema y (vocal cen­


tral no redondeada alta cerrada, llamada vulgarmente i gutural). Por otra
parte, una ortografía más correcta de las frases citadas, sería: che orohay-
hu ndéve; che oropotaite che rembirekorá; pyguype kapiipéicha, nde pope rosa
potyicha.
A un médico y naturalista francés, Alfred Demersay, se deben unas
investigaciones filológicas sobre la lengua guaraní (1859), uno de los pocos
estudios lingüísticos publicados en el siglo xix, ya que el diccionario
que preparara el jesuita Bernardo Parés entre los años 1844 y 1846 si­
gue inédito hasta hoy. La descripción de ciertas particularidades y fun­
ciones sociales de la lengua guaraní por Demersay son dignas de tener­
se en cuenta.

Sin ser lengua monosilábica como el chino, el guaraní presenta en


la aglutinación de las sílabas de sus palabras, trazas evidentes de mo-
nosilabismo; y sin querer deducir, como consecuencia de esta com­
paración, la prueba de una comunidad de orígenes o de parentesco
entre los dos pueblos, no deja de ser interesante agregar, de paso a la
que los etnólogos señalaron entre las razas mongólicas y guaraní, esta
cierta analogía o semejanza entre ambas lenguas. (...)
164 La lengua guaraní del Paraguay

El guaraní, efectivamente, es una lengua eufónica y aun armo­


niosa; y no obstante el gran número de diptongos, contracciones, na­
salizaciones y sonidos guturales que posee, se presta admirablemente
a las cadencias poéticas, a las inflexiones y entonaciones melódicas.
Puede aplicársele esta reflexión sumamente justa del señor Humboldt:
«Se reconoce, casi generalmente, que los idiomas tienen más riquezas
y matices más finos de lo que se podría suponer dado el estado in­
culto de los pueblos que los hablan». En el Paraguay escuché gusto­
samente las canciones guaraníes, ricas de poesía y en ingenuas com­
paraciones, especialmente aquellas que hablan de amor, —tema
favorito de los improvisadores de todos los países—y en las Misiones
brasileñas que hoy no son otra cosa que ruinas, ¡cómo de armoniosos
me parecieron los himnos y cánticos de los pobres indios, acompa­
ñando su canto con rudimentarios instrumentos que ellos mismos fa­
brican! (Demersay /1859/, en Nagy 1969: 149).
En el Paraguay el tuteo es general, y esta costumbre, tan contra­
ria a las fórmulas consagradas por la bella lengua castellana, explicaría
hasta cierto punto la ausencia de desigualdad social que ahí se obser­
va (Demersay /1859/, en Nagy 1969: 150).

A través de estos testimonios que cubren los primeros 50 años de


república, no se nota que la situación lingüística del país haya sufrido
cambios sensibles, pudiéndose observar una constancia de pautas co­
munitarias en el uso de las lenguas castellana y guaraní, que se gesta­
ron en el período colonial y que serán válidas hasta el siglo xx.

El guaraní es, evidentemente, la auténtica lengua del Paraguay, habla­


da por todos sus habitantes sin excepción. El castellano, por el con­
trario, es código lingüístico aprendido «a puros azotes» (Cardiel) en
las escuelas. Su conocimiento y utilización está limitado a una mi­
noría caracterizada por las siguientes notas: localización preferente­
mente urbana (Cardiel, Graham, Munck), sexo masculino (Cardiel,
Dobrizhoffer, Robertson, Munck), edad adulta (Cardiel, Dobrizhof-
fer) y posición social elevada unida a nivel cultural alto (Azara,
Munck), aunque, incluso en estos casos, el guaraní es la lengua de
uso primario, manejada hasta por «el encomendero y su familia»
(Cardiel) (Granda 1988: 541).

Lo que también se deduce de las observaciones históricas reseña­


das —y dudo que se puedan aducir otras que les sean contrarias— es
E l guaraní paraguayo 165

que hasta la guerra del 70 el Paraguay era un país donde el guaraní era
la única lengua, como hecho social nacional. Ni siquiera los mestizos
eran bilingües.
El bilingüismo era un fenómeno insignificante, y enteramente su­
perficial. Estos indicadores sociolingüísticos, sin embargo, poco dicen
respecto a la forma de lengua en uso, de la cual quedaron poquísimos
testimonios documentales, como veremos después.

Escuela y lengua
Por una paradoja que, sin embargo, puede considerarse una cons­
tante histórica, en el Paraguay, como en otros países de Iberoamérica,
la educación escolar tiene una dificultad podemos decir crónica, para
encarar con realismo el problema lingüístico.
Como había sido en los últimos tiempos coloniales, el problema
de la lengua volvió a presentarse cuando la Junta Gubernativa del nue­
vo Estado trató en 1812 de dar Instrucciones para Maestros de Escuelas.
Solamente que proyectando fantásticas aspiraciones, que poco tenían
que ver con la realidad, al mismo tiempo que se preveía la enseñanza
de la paleografía para el conocimiento de los distintos tipos de escri­
tura, se pedía a los maestros que desterraran el guaraní y procuraran la
buena pronunciación de las palabras castellanas (Cardozo 1985: 193).
El alcance real que haya podido tener la escuela en tiempos del
doctor Francia es hasta hoy un asunto mal conocido, que suscita opi­
niones encontradas. El viajero Richard Grandsire ya en 1825 (Nagy
1969: 28) había difundido la fama de que «todos los habitantes del
Paraguay, indios y criollos, saben leer, escribir y contar; a este efecto
hay por todas partes escuelas públicas que los niños dejan sólo cuando
el Cabildo local declara que se encuentran bastante instruidos». «Los
nativos pueden dirigirse al Dictador para educar a sus hijos a expensas
del Estado», observaba el mismo. Pero hacia 1834 el Estado sólo sos­
tenía a 150 maestros que enseñaban a unos 5.000 alumnos, una cifra
bastante inferior a la de la población en edad escolar (White 1989:
138). Lo que en estas escuelas se enseñaba era un curioso catecismo
llamado «patrio reformado», cuyo texto, por lo menos tal como se ha
conservado, estaba en castellano.
En 1836 Francia habría inaugurado una biblioteca pública, que
contenía unos 5.000 volúmenes, «heredados» por el Estado o confisca­
166 La lengua guaraní del Paraguay

dos de las colecciones privadas de la oligarquía (White 1989: 139), pero


al parecer estos libros permanecieron siempre para su uso particular y
exclusivo. (Cardozo 1985: 212-213). Hubo una época, según Rengger,
después de la revolución, cuando los libros se introdujeron libremente
en el país, y con ellos el gusto por la lectura, si bien los más continua­
ron recogiendo todo su saber en las dos mejores obras que a la sazón
se conocían en el Paraguay: El año cristiano y La flor de Santos. Hay que
reconocer que todos estos datos son más anecdóticos que efectivos para
cambiar la configuración lingüística de un pueblo.
La política seguida por el sucesor del doctor Francia, Carlos An­
tonio López, no muestra señales de haberse interesado por la cultura
guaraní. Todo indica que incluso se persiguió el uso del guaraní, por
lo menos en las escuelas.
El que llegó a ser un buen escritor, Juan Crisòstomo Centurión,
recordaría en sus memorias lo que pasaba en la escuela particular del
maestro Quintana:

Se prohibía hablar en ella, en horas de clase, el guaraní, y a fin de


hacer efectiva dicha prohibición, se habían distribuido a los cuidado­
res o fiscales unos cuantos anillos de bronce que entregaban al pri­
mero que pillaban conversando en guaraní. Este los traspasaba a otro
que hubiera incurrido en la misma falta y así sucesivamente, durante
toda la semana hasta el sábado en que se pedía la presentación de
dichos anillos, y cada uno de sus poseedores como incurso en el de­
lito, llevaba el castigo de cuatro o cinco azotes (Centurión /1894/, en
Rubin 1974: 24).

La azotaina se convertía en un espectáculo al cual se acudía como


a una riña de gallos. Y uno puede imaginarse que la popular diversión
era asistida y comentada por los presentes con gracejos... en guaraní.
Indirectamente, sin embargo, Carlos Antonio López fortaleció sin
pretenderlo el guaraní paraguayo, cuando en 1848 declaró cesado el ré­
gimen de «comunidades» en que estaban los antiguos pueblos de in­
dios y desterró el uso de los apellidos guaraníes. Castellanizada de pa­
labra, esta gente seguía tan guaraní como antes en la palabra. Ahora
traían un nombre español, habían dejado de ser «indios», pero habla­
ban en guaraní. De este modo un grupo considerable de indígenas, ha­
blantes en guaraní, se incorporaba a la masa de los «paraguayos», con
El guaraní paraguayo

Figura 29. Una india guaraní «civilizada» camino de la iglesia en traje dominguero,
según Jean Baptiste Debret, Voyage pittoresque et historique au Brésil, I, Paris,
1834.
168 La lengua guaraní del Paraguay

lo que se cerraba un proceso que ya se había iniciado con fuerza cuan­


do muchos guaraníes de las Misiones jesuíticas, salidos de sus pueblos,
habían pasado a las ciudades de españoles o se habían conchabado
como peones en las estancias, como noté en su lugar.

Lengua guaraní y defensa de la patria


En el gobierno de Francisco Solano López (1862-1870), que suce­
dió a su padre, la política lingüística no hubiera cambiado de signo, si
no se hubiera dado un hecho histórico, que levantó la lengua guaraní
a símbolo y causa de identidad nacional. Este hecho fue la guerra con­
tra la Triple Alianza, formada por Brasil, Argentina y Uruguay (1864-
1870). En un momento en que el pueblo necesitaba sentirse unido
contra un enemigo común, hizo causa común en torno a la lengua
guaraní. Aquí no son los datos relativos a la escuela los que dan prue­
ba del cambio de actitud, sino el periodismo de campaña como reflejo
de la comunicación real en el seno del ejército y en relación con la
nación.

No ha quedado vestigio del proceso que llevó a la conclusión de que


era no ya conveniente sino necesario, utilizar el guaraní. Podríamos
en rigor considerar esta práctica como una ampliación del uso coti­
diano del guaraní en las relaciones menos formales de campamento o
de fuerte de frontera: debe tenerse en cuenta que la instrucción mili­
tar, especialmente de cabo para arriba, se daba reglamentariamente,
en castellano. El hecho es que el vernáculo adquiere ahora lugar de­
finido, y prestigio como vehículo de secreto y reserva militares, a la
vez que como distintivo o signo nacional; es un arma más para
la defensa. Y esta disposición no afecta sólo al ciudadano en la trin­
chera. Por primera vez hallamos en 1865 en los comunicados de au­
toridades del interior la noticia de haberse dado pláticas o instruccio­
nes cívicas o militares a sus vecindarios respectivos en la llamada
«lengua vulgar». Y poco después aparece, por primera vez también, la
literatura profana en guaraní, en la prensa de guerra. Notas, noticias,
versos, diálogos en vernáculo, o en un lenguaje mixto de guaraní y
castellano, ocupan parte del espacio en Cabichuí; la totalidad, en
otros periódicos de trinchera (Plá-Meliá 1975: 12-13).

Aparece entonces una literatura en guaraní paraguayo, donde es­


tán presentes formas y contenidos que la diferencian notablemente de
E l guaraní paraguayo 169

los textos misioneros, los únicos producidos hasta entonces. De esta


literatura trataré más abajo.
Al trazar la semblanza del mariscal López, ya muerto en la guerra,
el padre Fidel Maíz cree poder exaltarlo con decir que con su elocuen­
cia arrastraba a sus oyentes y «esto principalmente en sus arengas mi­
litares, sea que hablase en castellano, sea que lo hiciese en guaraní,
idioma que mucho estimaba, hablándolo con especial agrado y hasta
con elegancia» (Cardozo 1985: 273).
Desde el punto de vista sociolingüístico lo cierto es que de nuevo
la lengua guaraní se manifiesta útil y adecuada para las necesidades de
un pueblo, en funciones que el castellano hablado en el Paraguay no
podría satisfacer.
El estado de lengua que se ofrece a los oídos y a la lectura confir­
ma las características que se venían constatando en las descripciones de
quienes visitaban el Paraguay: una lengua coloquial y doméstica, capaz
de no poca ironía, manantial del que surgen dichos chispeantes y pro­
verbios agudos, usada en canciones de ingenuas comparaciones y ricas
en poesía, en que se habla de amor o se cuenta un trágico suceso. En
esta lengua cantaban los soldados en las trincheras. Muestra ejemplar
de esa lengua guaraní hablada, en la que no faltan los hispanismos,
que eran y serán una de las características del guaraní paraguayo, es la
letra de un canto marcial conocido como «Campamento Cerro León»,
que comentaremos al hablar de la literatura de este período.
Se puede decir que «se debe al mariscal López el mérito de restau­
rar la literatura en guaraní. Desde el tiempo de los jesuitas, por primera
vez se imprimió prosa y poesía en la lengua nacional. Fue el guaraní
uno de los poderosos resortes de la épica resistencia».
Se ha dicho, con estilo un tanto declamatorio, que

la guerra de 1864 a 1870 se nutrió con la sonora armonía del idioma


autóctono. [...] El drama hondo y terrible, la tragedia singular de
aquella época los sufrió, así, el pueblo paraguayo, en guaraní. Era la
lengua en que lloraban las mujeres de la «residenta» y en la que odia­
ban y peleaban los varones de nuestra tierra (Centurión 1947, I: 75).

En la época que se abre con la postguerra, que tiene no pocas


características de un neocolonialismo implacable, se reedita la política
contra la lengua guaraní, vista de nuevo como problema para el desa­
170 La lengua guaraní del Paraguay

rrollo moderno del Paraguay: el castellano es la civilización contra la


barbarie del guaraní, conforme a la ideología argentina de la época.
Ideas que se afirmaron cuando al Paraguay vino en 1887 el famoso po­
lítico y educador, Domingo Faustino Sarmiento, autor de Facundo
(1845), quien a pesar de viejo todavía tuvo una notable influencia en
materia educacional, antes de su muerte en 1888.
Los maestros que completaron su educación en la Argentina tra­
jeron con las ideas modernas el desprecio por las lenguas indígenas; no
en vano se habían dado en esa misma Argentina las genocidas guerras
del «desierto» que diezmaron la población indígena. El desprecio de
los hombres del nuevo gobierno provisional se pone en evidencia en
las actas del Congreso Constitucional de 1870. Cuando el representan­
te del pequeño pueblo de Paraguarí presentó la moción de que se per­
mitiera a los miembros del Congreso hablar en guaraní, si así lo desea­
ban, la respuesta fue la «hilaridad general» y la moción «fue combatida
enérgicamente por los diputados [...] que pidieron no tan solo su re­
chazo sino que se prohibiera terminantemente que en lo sucesivo fuese
promovido el asunto. La asamblea, por mayoría de las dos terceras par­
tes de sus miembros, votó el rechazo, en los términos propuestos» (De-
coud 1934: 179, en Rubin 1974: 25).
Una vez más fue en la escuela donde esa ideología se plasmaba
con mayor fuerza. Conforme al espíritu de modernidad de la época, el
ministro de Educación, Manuel Domínguez, que por lo demás era un
buen escritor e intelectual, en 1894, «denunció el guaraní como el gran
enemigo del progreso cultural del Paraguay» (Cardozo 1959: 82).

El 2.° jefe de la «Legión Paraguaya», don Juan F. Decoud, fundó


un bisemanario titulado La Regeneración, en cuyo primer número,
(l.° - X - 69), un artículo afirmaba: «Ya se ha dicho que nuestro pa­
sado es el jesuitismo, el feudalismo de la Edad Media, el terror, el
fanatismo, los dogmas del odio y el guaraní: espantosa creación de la
ignorancia, del retroceso, digno de ser aplaudido por los apóstatas que
se servían de él como enemigo de todo progreso y civilización». Asi­
mismo, el Cnel. José C. Meza, entonces jefe de policía, el 26 de fe­
brero de 1904 dictaba un edicto por el que prohibía el uso del poncho
ñemonde, por los varones, y del cigarro poguasu por las mujeres; tam­
bién le vedaba al personal de empleados y tropa la utilización del
idioma guaraní (Genes Hermosilla 1978: 9).
E l guaraní paraguayo 171

F R A G M E N T S D’ UN V OY A GE AU P A R A G U A Y . 349

tropicale, et de celui des latitudes tempérées. Cette in­ le mot de l'Indien qui guidait M M . de Humboldt et
constance et cette irrégularité, jointes à l'action prolon­ Bonpland à travers les bois vierges de l’Orénoque : Es
gée d’un soleilde feu, donnentaux grands bois du Para­ como el Paraiso; c’est le paradis terrestre.
guay méridional l’aspect de ces forêts moins vastes et Dans la tribu des Carnivores, le genre chat (fe lis),
moins touffues, qui portent au Brésil le nom de Calingas. comprend des animaux fortement armés, sanguinaires et
La végétation est moins riche et moins pressée; elle redoutables. A leur tête, il convient de placer le jaguar,
comprend quelques espèces qui se dépouillent de leurs ce noble représentant du tigre royal de l’ancien con­
feuilles. Ainsi, sous le rapport de sa flore et de l’étendue tinent, qu’il égale en taille, en courage et en férocité,
de ses forêts, le Paraguay sert de transition entre les quoique des naturalistes aient prétendu le contraire.
grandes plaines du Le jaguar fait de
sud et l’immense larges brèches dans
région forestière du les troupeaux du
bassin de l ’Ama­ Paraguay ; aussi
zone; àpartirdu24* élève-t-on dans les
parallèle, les forêts fermes (estancias) ,
alternent avec des un grand nombre de
savanes noyées ou chiens de forte race,
couvertes de hautes qui donnent l’éveil,
herbes et de pal­ signalent l’appro­
miers. Le cours du che de l’ennemi et
Paranâ, de l’Uru­ servent à le pour­
guay et des sous-af­ suivre. Ces cou­
fluents de la Platà, rageux animaux,
est indiqué par des nourris exclusive­
bandes étroites cou­ ment de viande
vertes d’une végé­ crue, ne sont pas
tation luxuriante et eux-mêmes tout à
tracées en zigzags fait sans danger
au milieu d’un dé­ pour le voyageur,
sert de verdure. qui comprend à
La faune ne pré­ leur vue le rôle que
sente pas plus que jouaient les limiers
la flore un aspect de la Grande-Bre­
particulier, un en­ tagne dans les guer­
semble caractérisé res des Gaules, et
par certaines espè­ le cruel usage qu’en
ces dont l’existence ont fait, à une épo­
permette de la re­ que moins ancienne,
connaître à premiè­ les conquérants du
re vue, elle marque nouveau m onde,
la transition entre pour traquer ju s ­
la faune des con­ qu’au fond des fo­
trées intertropicales rêts les malheureux
et celles des latitu­ Indiens, ou pour
des plus élevées. atteindre les escla­
Mais s i , sous le ves fugitifs. Si les
rapport de la ferti­ chiens obligent le
lité du so l, le Pa­ tigre à monter sur
raguay a sa place un arbre, alors il
parmi les plus favorisées du g lo b e , on peut dire aussi devient facile au plus hardi chasseur de la troupe
que la nature, vraiment prodigue, l ’a peuplé d’un de l ’abattre. M ais malheur à lui si la terrible bête est
nombre presque infini d'êtres vivants. Toutes les seulement blessée. Le jaguar ne fond pas sur lui d’un
grandes divisions du règne animal comptent de nom­ seul bond; il descend de l’arbre lentement, h la m a­
breux représentants dans la faune du Paraguay et des nière des chats, se redresse à quelques pas, et cherche
M issions, et plus d’u n , sans nul doute, caché dans les à l’aide de ses griffes à saisir sa tête et à la dévorer.
profondeurs boisées des forêts, a su échapper jusqu’ici C’est à ce moment de suprême danger que certains hom­
aux recherches des rares naturalistes qui les ont traver­ m es de l’Amérique centrale ne craignent pas d’engager
sées. La vue de tant de richesses zoologiques rappelle dans sa gueule leur bras gauche enveloppé d’une

Figura 30. Tipos paraguayos de la primera mitad del siglo xix: joven mestizo y
portadora de agua, según Alfred Demersay, Fragments d’un voyage au Paraguay,
en: Le Tour du Monde, XI: 349, Paris, 1861.
172 La lengua guaraní del Paraguay

El testimonio autobiográfico de quien llegaría a ser el mejor lin­


güista paraguayo moderno, Marcos A. Morínigo, ilustra la situación de
principios de este siglo:

Hacia fines del siglo pasado una fuerte tendencia nacida de la presen­
cia de muchos extranjeros en el Paraguay trató de identificar el espa­
ñol con la civilización y la cultura y de considerar el guaraní como
la causa principal del atraso general del país. En muchas familias se
ensayó entonces relegar al guaraní al trato con los criados y a prohi­
bir su uso en las escuelas. Yo nací en la Asunción y me crié en esa
ciudad bilingüe y la zona bilingüe guaraní-española 'de la Argentina,
donde viví hasta los veinte años. Mis padres hablaban muy bien el
guaraní, pero a los hijos en casa nunca se nos permitió hablar en gua­
raní y hasta los doce años fuimos a escuelas donde a los chicos no se
les permitía hablar en guaraní, en circunstancia alguna. De modo que,
aunque algo sabíamos de la lengua a pesar de todo, realmente yo no
la hablé hasta que fui a la escuela secundaria. Allí la aprendí entre
clase y clase y en los viajes diarios de ida y vuelta y en los campos
de deporte, simultáneamente con el francés y las declinaciones lati­
nas. Cuando salí de la escuela secundaria para ir a la universidad yo
sabía hablar guaraní como el mejor (Morínigo 1990: 180).

No pocas personas de la actual burguesía paraguaya de comercian­


tes, hacendados y profesiones liberales podrían autobiografiarse lingüís­
ticamente del mismo modo. Un científico paraguayo, como León Ca-
dogan, supo inglés, alemán y guaraní, antes que el castellano (Cadogan
1990: 63).
En el siglo xx, al mismo tiempo que la educación escolar estaba
fuertemente marcada por su declarada castellanización, de tal manera
que resultaba impensable utilizar el guaraní en el proceso de alfabeti­
zación, aun en las regiones de manifiesto monolingüismo guaraní, se
desarrollaba una literatura en guaraní, sobre todo en la poesía, que fre­
cuentemente se tornaba letra para música, si ya no había sido conce­
bida como tal. Surge en este período también un grupo de jóvenes in­
telectuales que reivindican el guaraní como lengua de la nacionalidad,
aunque sus escritos en prosa sean en castellano (!).
Como había sucedido en la Guerra Grande, la guerra del Chaco,
entre 1932 y 1935, levantó el prestigio del guaraní. En esta guerra, el
gobierno, por razones de seguridad, prohibió el uso del español en
E l guaraní paraguayo 173

el campo de batalla. Una orden general, la n.° 51 del Comando en jefe


del Ejército del Chaco, declaraba: «Art. 7.°: Las conversaciones y las
claves secretas se harán exclusivamente en guaraní». Se ha vuelto un
tópico de historiadores y sociolingüistas repetir que los conflictos béli­
cos internacionales por los que pasó el Paraguay contribuyeron decidi­
damente para la vitalidad y sobrevivencia del guaraní, como si la his­
toria lingüística del Paraguay se moviera pendularmente entre la paz y
la guerra (Plá 1970, en Corvalán-Granda 1982: 92.).
Por todo ello no es extraño que el periódico El País, de 3 de mar­
zo de 1939, escribiera todavía que «el Paraguay tiene un gran enemigo
de su progreso en el idioma guaraní [...] Como idioma de la barbarie,
entorpece la lengua [...] articulación salvaje, que no tiene literatura»,
opinión que desconocía que durante y en torno a la guerra del Chaco
surgiera una literatura de marcado carácter heroico, que tuvo en el tea­
tro una de sus expresiones más populares.

La lengua guaraní, idioma oficial del Paraguay


En los últimos años, dominados por un gobierno de carácter dic­
tatorial (1954-1989), se han visto políticas lingüísticas muy variables y
ambiguas. Una buena suma de datos relativos a actos de diversa índo­
le: publicaciones, creación de revistas, fundación de entidades promo­
toras del guaraní, congresos, resoluciones y decretos gubernamentales,
y hasta episodios menores, pueden ser consultados, a beneficio de in­
ventario, en la Historia de la cultura guaraní, de Basílides Brítez Fariña
(1988).
La disposición legal más significativa de la época no deja de ser la
que consta en la Constitución de 1967, con su art. 5.°: «Los idiomas
nacionales de la República son el guaraní y el español. Será de uso
oficial el español». Y en su art. 92: «El Estado fomentará la cultura en
todas sus manifestaciones. Protegerá la lengua guaraní, y promoverá su
enseñanza, evolución y perfeccionamiento». Por su parte el Ministerio
de Educación y Culto introdujo en la enseñanza sistemática el estudio
del guaraní en diversos niveles y grados. Las principales disposiciones
se orientaron a la formación de profesores de lengua guaraní y a la
enseñanza del guaraní como asignatura especial en algunas escuelas.
En 1962 se constituye el Instituto de Lingüística guaraní del Para­
guay. En 1971 se crea la Licenciatura en Lengua guaraní, dependiente
174 La lengua guaraní del Paraguay

del Instituto Superior de Lenguas. En 1984 la Facultad de Medicina


incluye el estudio de guaraní en la carrera, teniendo en cuenta por una
parte la necesidad de su conocimiento en la profesión y por otra la
procedencia ciudadana, no hablante de guaraní, de muchos de los fu­
turos médicos.
La necesidad de implementación de una política en vistas, entre
otros objetivos, a la enseñanza sistematizada del guaraní, motivó diver­
sos estudios de interés. Cadogan se había preocupado por el tema des­
de 1963, planteando ya la oficialización del idioma.
Desde 1971 se realizaron experiencias de educación alternativa en
«escuelitas campesinas» que pronto contaron con una cartilla de alfa­
betización en guaraní Ko’eñ, «Amanecer» (1973), con buenos resultados
pedagógicos, aunque sobre ellas arreció pronto una implacable perse­
cución política (Equipo Expa 1982: 39).
La enseñanza sistematizada del guaraní tiene en el Paraguay una
historia de altibajos, que refleja tanto problemas propiamente pedagó­
gicos como indecisión y ambigüedad política. Hubo esfuerzos merito­
rios, pero de alcance bastante limitado, aunque pueda mirarse con cier­
to optimismo los pasos dados. Como anécdota véase que los billetes
de banco vienen, desde 1979, con su inscripción en guaraní: SA GUA­
RANI = 100 Gs; SU GUARANI = 1000 Gs; PA SU GUARANI =
10000 Gs. Graziella Corvalán (1985: 118-124) presenta una buena re­
seña histórica de instituciones y programas dedicados a la enseñanza
del guaraní.
En 1990 se declaró obligatoria la inclusión de los dos idiomas na­
cionales, castellano y guaraní, en el currículum educativo.
La educación bilingüe carece todavía de programas y experiencias
que puedan considerarse sólidas. Por otra parte, no cesan de producirse
nuevas propuestas, cuya principal debilidad consiste en la esquemati-
zación de la situación idiomàtica del Paraguay en su pasado histórico
y en la actualidad. Con ello la planificación lingüística resulta a la vez
demasiado ambiciosa y poco efectiva. Las resistencias psicológicas y so­
ciales frente al uso de la lengua guaraní en la alfabetización y en la
escuela, están lejos de haber desaparecido de la sociedad paraguaya, cu­
yas actitudes ambivalentes frente al guaraní tienen una larga historia.
El desafío nacional que representa la lengua guaraní en la educa­
ción ha suscitado trabajos de análisis valiosos, ya desde los años 70. La
problemática ha sido retomada por Graziella Corvalán (1985) y ocupa
E l guaraní paraguayo 175

repetidamente las páginas de Ñemity: «Propuesta de educación bilingüe


para el Paraguay» (20, 1990: 21-27); «El guaraní en el marco de la re­
forma educativa», artículo de N. K. de Canese (21, 1990: 6-9) y el más
ambicioso documento sobre «El guaraní y el español como lenguas ofi­
ciales en la Constitución Nacional de 1992» (23, 1991: 7-10).
La cuestión de la educación bilingüe es en este momento tema
candente a nivel incluso de opinión pública, lo que nos obliga a entrar
en polémicas un tanto aceradas; los periódicos dan cuenta del hecho
(Meliá 1992; Caballos 1992).
Un hecho reciente será sin duda decisivo para la historia de la
lengua guaraní. A 20 de junio de 1992 es sancionada y promulgada
una nueva Constitución Nacional del Paraguay, donde se declara:

De los idiomas
Artículo 140. El Paraguay es un país pluricultural y bilingüe.
Son idiomas oficiales el castellano y el guaraní.
La ley establecerá las modalidades de utilización de uno y otro.
Las lenguas indígenas, así como las de otras minorías, forman
parte del patrimonio cultural de la Nación.

3.1.2 Emoción y realidad en la lealtad lingüística de la sociedad paraguaya


hacia la lengua guaraní

El proceso histórico del Paraguay, una nación con dos culturas,


vivamente representadas por sus dos lenguas, guaraní y castellano, ha
suscitado, como no podía dejar de ser, diversas actitudes en la comu­
nidad de hablantes respecto a esas dos lenguas.
El único estudio sistemático sobre estas actitudes fue realizado so­
bre la base de observaciones de los años 1960 a 1965, por Joan Rubin
(1968; 1974), y sigue siendo muy válido en sus conclusiones funda­
mentales. Germán de Granda (1988: 62-83) retomó el tema de una for­
ma crítica, basado en experiencias personales de los años 1977-1980.
Las actitudes analizadas se pueden resumir del modo siguiente:
1. El guaraní es motivo de una gran lealtad lingüística, a pesar
de los ataques que ha recibido en algunas épocas desde las esferas ofi­
ciales, el sistema educativo y las supuestas clases altas. Esta lealtad ha­
cia el guaraní se relaciona con el nacionalismo: se siente que la lengua
176 La lengua guaraní del Paraguay

guaraní es como «el corazón de la nación», «el símbolo del verdadero


espíritu del pueblo», «la fisonomía singular de la nación». Ciertas po­
lémicas entre defensores del castellano y del guaraní ponen de mani­
fiesto esta lealtad, como sentimiento nacional al que se apela.
2. «La mayoría de las personas evidencian una actitud de orgullo
hacia el idioma nativo». Este orgullo se manifiesta frecuentemente en
elogios ditirámbicos sobre la excelencia de la lengua en sí, sus onoma-
topeyas, sus cualidades poéticas, su precisión gramatical: criterios que
responden sobre todo a la proyección de sentimientos. Este orgullo se
ve reforzado por el trabajo de varias instituciones, como la Academia
de la Lengua y Cultura guaraní (1942), la Asociación de Escritores
Guaraníes (1960), la publicación de revistas y libros, algunos espacios
en la radio y aun en la televisión y a través de la música y canto fol­
clórico que usa preferentemente el guaraní. Rubín considera que «el
guaraní es más apreciado por individuos que por instituciones», lo que
indicaría la permanente tensión entre dos tipos de sociedad y dos cul­
turas.
3. «En Paraguay, el guaraní es rechazado hasta cierto punto». El
rechazo se produce a partir de prejuicios en relación a las supuestas
deficiencias inherentes a la lengua guaraní en sí, que la destinarían a
desaparecer en un mundo moderno llamado a una amplia comunica­
ción internacional. Como se ve, criterios intralingüísticos y extralin­
güísticos entran en juego para suscitar sentimientos ambivalentes res­
pecto al guaraní.
4. Tampoco se suele considerar al guaraní como lengua de pres­
tigio, si por prestigio se entiende el «valor de un idioma para progresar
socialmente». Es por este motivo por el que una educación escolar en
lengua guaraní encuentra notables oposiciones en las mismas clases po­
pulares. Aun así, en ciertas ocasiones y lugares, supone mayor prestigio
hablar en guaraní, sobre todo cuando se quiere marcar la solidaridad
con la comunidad.
5. A la ambivalencia de actitudes respecto al guaraní contribuye
el sentimiento generalizado de que hoy no se le puede hablar bien, es
decir, sin aquella mezcla con el español que se da en llamar jopara.
Habría que «purificar» el guaraní, una tarea decididamente imposible
en los términos en la que es colocada, con abstracción de que una len­
gua es ante todo un hecho histórico y social. En relación con el pro­
blema de la normatividad y la estandarización de la lengua, está el
E l guaraní paraguayo 177

siempre debatido y nunca definido problema de la ortografía, un pro­


blema menor, pero que adquiere visos de lucha partidaria. Este proble­
ma, sin embargo, está en vías de solución a través de la producción en
cantidad y calidad de autores que han optado por una determinada
ortografía y la usan con coherencia.
Algunas de las actitudes presentadas por Rubin deben ser someti­
das a análisis más matizados y críticos, como los propuestos por el
profesor de Granda (1988: 68), aunque no sea más que por el hecho
de que en los últimos años algunas de esas actitudes han evolucio­
nado.
El profesor de Granda considera que la lealtad y el orgullo por el
guaraní se compagina con una análoga lealtad y orgullo por el castella­
no paraguayo. Estas dos actitudes estarían, pues, más bien relacionadas
con aquellos aspectos de la lengua que la hacen símbolo de una iden­
tidad nacional diferenciada, en contraposición, por ejemplo, con un
castellano argentino al modo de los porteños, que suscita un fuerte re­
chazo social por la pedantería que le es atribuida. Lealtad y orgullo
tienen como objeto principal cada una de las dos lenguas en cuanto
algo propio del ser paraguayo.
Sin embargo, pienso que hay una diferencia en su tratamiento:
mientras el guaraní suscita lealtad y orgullo en cuanto sistema y nor­
ma, porque en ambos aspectos estriba lo único de este fenómeno lin­
güístico propio del Paraguay, sólo la norma del castellano en su mo­
dalidad de castellano paraguayo se hace acreedor, y no siempre, a la
lealtad y al orgullo. El buen castellano, del cual el paraguayo se siente
distante, no es en consecuencia motivo de lealtad para el hablante
común.
Los sentimientos y juicios positivos hacia el guaraní se han vuelto
más explícitos y públicos en los últimos años. Expresiones despectivas
contra el guaraní hoy suscitan «una general, inmediata y violenta reac­
ción colectiva de rechazo y repulsa tanto pública como privada, sin
distinción, prácticamente, de niveles y estratos sociales» (Granda 1988:
71). Sin que esto suponga necesariamente un uso más amplio y mejor
del guaraní.
La relación entre lengua y prestigio debe ser también revisada. Si
por prestigio se entiende, no tanto un valor para la promoción social,
cuanto la marca de una ascendencia personal dentro de la comunidad,
el guaraní, como instrumento de comunicación amplia, integradora y
178 La lengua guaraní del Paraguay

solidaria con el pueblo, es un fuerte motivo de prestigio. Así es perci­


bido por políticos, comerciantes y aun por abogados y médicos, que
no pueden prescindir de un recurso útil y necesario para mantener su
clientela, por lo menos en ambientes rurales. A su vez, el guaraní es
fuente de prestigio para aquellos extranjeros que a través del estudio y
la convivencia con la sociedad paraguaya muestran un dominio acep­
table de dicha lengua.

El guaraní de la mala conciencia


En este momento cabe preguntarse, sin embargo, si cualquier mo­
dalidad de guaraní es igualmente prestigiosa. El paraguayo puede asu­
mir con lealtad y orgullo su castellano aunque «impuro» e incorrecto,
pero cuando se trata del guaraní la lealtad, el orgullo y el prestigio pos­
tulan implícitamente un buen guaraní.
Un sentimiento de mala conciencia frente al guaraní real por su
«impureza e incorrección» está hoy ampliamente difundido entre sus
hablantes. El guaraní sería hoy una mezcla o jopara, palabra ésta con
que se designa un guiso de maíz y porotos, ya que en dicha habla hay
frecuentes interferencias del léxico castellano y su sintaxis. Un fenó­
meno que también se da por lo demás en el castellano paraguayo. La
conciencia de que el guaraní paraguayo es un feo jopara no es de hoy,
pero aumenta, y tiene motivos para ello, con la avalancha de barbaris-
mos introducidos en él con la vida moderna.
Esta mala conciencia lingüística arranca de dos hechos concretos
que hacen que se proyecte un ideal de buen guaraní, que tiene mucho
de utópico. Por una parte, el buen guaraní estaría ligado al que se habla
en ciertas regiones del Paraguay, como el Guairá, donde se han man­
tenido modos de decir arcaicos y de gran riqueza expresiva. Los traba­
jos de León Cadogan y de Ramiro Domínguez fortalecen esta opinión.
Ruralidad y arcaísmo serían, en el sentir popular, notas de un buen
guaraní, mientras que se desconfía de las formas urbanas y modernas,
que se tienen por espúreas.
Por otra parte se piensa también que el guaraní «puro» y «correc­
to» debería estar «desprovisto de hispanismos, «enriquecido» con es­
quemas morfosintácticos y formas léxicas propios de la lengua «clásica»
(tanto en su variedad guaraní, como, en ocasiones, tupí) y «actualiza­
do» mediante expresiones neológicas supuestamente forjadas de acuer­
E l guaraní paraguayo 179

do con los mecanismos internos del idioma [...] desde luego, desco­
nocidas en el guaraní paraguayo actual» (Granda 1988: 81).
Tanto el ideal de un guaraní correcto por su tradición como el de
un guaraní puro por su autonomía frente al español, pueden conducir
a «un estado de frustración colectiva que amenaza con evolucionar ha­
cia una morbosa manifestación de autodenigración comunitaria», como
ya ha sido observado con preocupación por de Granda (1988: 81),
quien ve también al paraguayo en una intensísima inseguridad lingüís­
tica.
La distancia sentida entre un ideal de lengua y un uso real de len­
gua es un fenómeno que no debe ser minimizado. El proceso colonial
siempre ha trabajado en el sentido de hacer ver a la lengua vernácula
como una cuestión de supervivencia con un futuro sin futuro. La in­
seguridad puede llevar a una desconfianza profunda frente a la lengua
guaraní como sistema de comunicación apropiado a la vida moderna,
incapacidad que los colonizadores siempre han achacado a las lenguas
indígenas.
Es muy discutible que el guaraní haya desembocado en un estado
de lengua perfectamente adecuado —a pesar, o mejor, gracias a los di­
ferentes fenómenos de calco semántico o morfosintáctico, de simplifi­
cación de sistema, de préstamos léxicos, etc., que se dan en él— para
la comunicación oral por su adaptación al contexto sociocultural, fle­
xibilidad, riqueza expresiva y creatividad (Granda 1988: 79). Los fenó­
menos que se pueden detectar en el castellano paraguayo difícilmente
pueden ser transferidos al guaraní por la radical diferencia en la histo­
ria de sus sistemas lingüísticos.
Que la conciencia lingüística paraguaya tenga por aberrante la for­
ma en que se expresa comúnmente en guaraní no carece de lógica y
mucho sentido. Una lengua es sistema y norma, y el guaraní paraguayo
no encuentra por ahora una estructura y unos modelos a los que pue­
da referirse con seguridad y a gusto. El guaraní indígena, a pesar de su
autenticidad y riqueza poética, es mirado como lengua primitiva de
«indios», impropia de civilizados, mientras que el guaraní «clásico»
de la sociedad misionera jesuítica resulta igualmente lejano por su con­
ceptismo y abstracción —y ambos idiomas son ininteligibles para el pa­
raguayo actual—. Por otra parte, apelar a un guaraní rural y arcaizante,
o en el otro extremo, optar por un guaraní de gabinete literario es ale­
jarse demasiado de la realidad de los hablantes. El problema es tanto
180 La lengua guaraní del Paraguay

más inquietante por cuanto no puede solucionarse solamente con pla­


nificación y programas lingüísticos, porque en él intervienen hoy con
más fuerza que ayer la historia del colonialismo y las modalidades neo-
coloniales de la comunicación.
Balanceando entre actitudes emocionales y dificultades en la co­
municación real, el paraguayo sabe que hoy habla guaraní pero no sabe
qué guaraní hablará mañana. No es fácil hacer proyecciones sobre lo
que será el guaraní, ya que su evolución previsible de ningún modo
seguirá los rumbos de su castellanización. Aun manteniendo muchas
de las peculiaridades de su hablar coloquial, el castellano paraguayo
tiene en el castellano estándar internacional una norma de amplia
aceptación. El guaraní paraguayo, sin embargo, se está haciendo sin pa­
rámetros referenciales colectivamente aceptados, sin que se vea una co­
dificación progresiva del sistema ni una elaboración de modos de decir
fieles a una tradición y abiertos a las reales necesidades de los hablan­
tes. Son muchos los factores que deben entrar en acción para que una
planificación lingüística tan amplia pueda darse.
En este examen de actitudes y sentimientos encontrados, de emo­
ciones y perplejidades más o menos conscientes, he tenido muy pre­
sente las observaciones de Rubin (1974) y de Granda (1988), de quie­
nes he copiado muchas formulaciones, si bien, como dice el dicho
guaraní, le he dado la vuelta a la piel de tigre, para llegar a puntos de
vista que estos autores no aceptarían. La cuestión está abierta.

3.2. El g u a r a n í q ue no s h a bla m o s. La c u e s t ió n del b il in g ü is m o

El castellano paraguayo como «voz que nos hablamos» ha tenido


registros literarios pertinentes tanto en términos de análisis gramatical
como en textos narrativos. Con fidelidad un tanto caricaturesca y
enorme gracejo, José Luis Appleyard ha recreado literariamente ese cas­
tellano paraguayo hablado en la calle en Los monólogos (Asunción 1973)
y en La voz que nos hablamos (1983). Los autores paraguayos que escri­
ben en español casi necesariamente han tenido que dar cuenta de esta
variedad de castellano paraguayo, que se encuentra invadido por for­
mas lingüísticas guaraníes, y da como resultado diversas soluciones es­
tilísticas e idiomáticas. Horacio Quiroga, Augusto Roa Bastos, con el
Trueno entre las hojas y sobre todo Hijo de Hombre, Carlos Villagra Mar-
E l guaraní paraguayo 181

sal, con Mancuello y la perdiz, y Rubén Bareiro Saguier, con Ojo por
diente, descubren en sus creaciones literarias la singularidad enriquece-
dora del castellano del Paraguay.
Las influencias que el guaraní haya podido tener en el castellano
fueron objeto de repetidas investigaciones del profesor Marcos Morí-
nigo relativas sobre todo a préstamos de léxico (ver su bibliografía en
Morínigo 1990: 185-192). El estudio sistemático de la morfosintaxis lo
realizó con bastante perspicacia Beatriz Usher de Herreros, al tratar del
Castellano paraguayo: notas para una gramática contrastiva castellano-gua­
raní (Asunción 1976). Natalia K. de Canese y Graziella Corvalán, des­
de una perspectiva didáctica, estudian también El español del Paraguay
en contacto con el guaraní (Asunción 1987).
Pero son los trabajos de Germán de Granda (1988) los que contri­
buyen de manera crítica y nada estereotipada a profundizar sobre te­
mas de importancia nunca antes tratados con tanta solvencia, como la
fonética del español en el Paraguay, el voseo, los préstamos morfoló­
gicos del guaraní, la formación del leísmo, los calcos sintácticos del
guaraní en el español, entre otros temas. Con ello se esclarecen tam­
bién no pocas ideas hechas sobre el bilingüismo del Paraguay y se
aportan necesarias precisiones.
Curiosamente, si el castellano paraguayo ha suscitado algunos
buenos estudios, no se han obtenido resultados equiparables cuando se
trata del guaraní paraguayo actual.
¿Qué es hoy el guaraní paraguayo?
Históricamente tendría un primer substrato —aunque no único—
en el dialecto de los guario-kario de la comarca de Asunción. Este dia­
lecto, al mismo tiempo que perdía las formas del discurso político y
religioso propio y tradicional por la marginación que sufrían sus «prin­
cipales» y «profetas» —sus caciques y hechiceros, en el lenguaje del
conquistador—, se hacía vulgar entre indígenas y españoles, entre mes­
tizos y criollos que formaban la nueva sociedad colonial, marcada con
innovaciones que provenían sobre todo del mundo hispánico. Estas in­
novaciones han dado lugar a «un proceso de convergencia respecto al
castellano local, que ha transformado apreciablemente tanto su sistema
gramatical como su léxico propio» (Granda 1988: 41).
De la historia lingüística (ver 2.1; 2.2 y 3.1) se deduce que el gua­
raní paraguayo está muy ligado a la formación del campesinado, con
él ha evolucionado y en él tiene sus manifestaciones más auténticas.
182 La lengua guaraní del Paraguay

En la medida en que el Paraguay se descampesiniza, su lengua está su­


jeta a innovaciones todavía más rápidas y problemáticas.
Entonces, ¿dónde encontrar el guaraní? En la oralidad del pueblo,
sería tal vez una respuesta. «El único lenguaje que no se puede sa­
quear, robar, repetir, plagiar, copiar», como diría Augusto Roa Bastos,
en Yo El Supremo (1974: 64).
Tal vez lo más cercano a las expresiones del modo de hablar se
conservó en los ñe’enga, proverbios o refranes, de los que existen varias
recopilaciones. Los Ñ e’engá roviü (1927), M il refranes guaraníes; N e’engá
(1929) y Ñ e’engá rovi (1934) de Narciso R. Coimán, así como su colec­
ción de chistes, Pucaraiti (nido de risas) (1946), cumplen un papel do­
cumental socio-lingüístico de primer orden. Sólo en los últimos años
el registro de proverbios y dichos populares ha merecido de nuevo una
cierta atención, si bien todavía se echa de menos una recopilación que
se atenga a las exigencias sistemáticas y científicas que reclama este tipo
de trabajo. La colección de proverbios y «maravillas» que recogiera el
poeta Ramón R. Silva en su Arandu ka’aty aty (Asunción 1990), a par­
tir de su puesto de locutor de radio, atestigua la actualidad de estas
formas de expresión. Arriero porte, de Miguel Angel Pangrazzio (1990)
refleja por su parte un mundo rural que todavía es el garante más au­
téntico de la lengua, y en el que los proverbios parecen configurar una
especie de gramática del comportamiento popular. Dionisio González
Torres (1992) no puede ignorar el lenguaje proverbial como constituti­
vo del folklore del Paraguay.
Pero han sido sin duda los estudios de León Cadogan los que me­
jor ofrecen la fisonomía general del guaraní paraguayo, ya sea en las
formas propias de una región como el Guairá, o en cuanto habla co­
loquial y familiar (Cadogan 1963; 1965a; 1967; 1973). La lengua del
pueblo ha sido también objeto de atinadas observaciones de Ramiro
Domínguez, cuando glosa el guaraní jopara (1978), y de modo especial
cuando se detuvo sobre el fenómeno socio-cultural de El valle y la loma
(1966).
El guaraní paraguayo, real y popular, se pone también en escena
con propiedad en el teatro, como veremos al tratar de este tipo de li­
teratura, y en menor grado en las composiciones destinadas a la músi­
ca y al canto. Hay un género de poesía, el compuesto, que a la manera
del romance español, relata sucesos extraordinarios, las más de las ve­
E l guaraní paraguayo 183

ces trágicos, en la sociedad rural y lo hace con una lengua bien po­
pular.
Menos confiables para conocer el guaraní paraguayo hablado hoy
son, paradójicamente, las gramáticas y los diccionarios, que no consi­
guen sistematizar el guaraní como es, por el «deber ser» en que se si­
túan. Junto con las reglas que persiguen un cierto purismo académico
se infiltran barbarismos y «errores que ningún campesino típico —si de
tal puede hablarse— de 50 o 70 años cometería», como anota Cadogan
(1970: 33), al señalar por lo menos 47 «errores» cometidos por los in­
formantes de Gregores y Suárez (1967). Por lo que se refiere a El idio­
ma guaraní, del padre Antonio Guasch, en su 3.a edición (1956), el
mismo Cadogan le subrayaba unos 150 errores contenidos en la obra...
Deficiencias que Guasch imputaba a «sujetos poco competentes en el
buen guaraní actual» (Cadogan 1970: 34). Lo curioso del caso es que
en la primera edición del citado El idioma guaraní (1944), su autor ha­
bía recogido un guaraní tal como se hablaba y entendía en Asunción,
y como se lo había enseñado nada menos que un paraguayo como el
arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín en las ca­
lurosas horas de la siesta. En las ediciones sucesivas el autor se fue ale­
jando cada vez más de la realidad lingüística.
Con la loable pretensión de enseñar un buen guaraní las diversas
gramáticas que corren actualmente (ver 1.3.2) difícilmente dan cuenta
del habla coloquial de uso ordinario entre los paraguayos.

3.2.1 El jopara7 entre la jerigonza y una tercera lengua

Aunque no sea el guaraní de los libros, como vulgarmente se dice,


existen en el Paraguay grupos sociales que son capaces de entender y
hablar una lengua plenamente funcional, coherente como sistema, y de
gran riqueza cultural como norma. La adopción en ella de algunos bar­
barismos e hispanismos —fenómeno que afecta a todas las lenguas en
contacto— no afecta esencialmente a la lengua. La inmensa mayoría de
los guaraníes hablantes entienden todavía esa lengua, cuando con ella
entran en comunicación. La lengua guaraní existe todavía en el Para­
guay. La sociedad rural, hay que reconocerlo, es la principal depositaría
de esta lengua. Sus exponentes principales —oradores (especialmente al­
gunos curas católicos), poetas y narradores— suelen ser personas veni­
184 La lengua guaraní del Paraguay

das del campo que se han impuesto la tarea de un trabajo lingüístico


reflexivo en busca de una expresión artística y han alcanzado los me­
dios para dar a conocer sus textos. La literatura en guaraní se forma
con ellos (ver 3.3).
Al lado del guaraní paraguayo ha ido surgiendo hasta tomar pro­
porciones preocupantes lo que se ha dado en llamar el jopara. Sería
aquella «tercera lengua» de que hablaba el padre Dobrizhoffer (ver
2.1.1), cuyas tendencias de amalgama y confusión de sistemas ya se
manifestaban en el siglo x v i i i y que con los tiempos modernos se han
acentuado. A esta variedad lingüística —pero, ¿es sólo una variedad?—
se le ha llamado mezcla híbrida (Cadogan 1958: 23), hispano-guaraní
y lengua mixta (Tovar 1964), bastarda incluso (Morínigo 1959: 246):
«la oración ya no es guaraní sino, por decirlo de un modo gráfico aun­
que grotesco, es español hablado en guaraní, puesto que su estructura
lingüística fundamental se encuentra totalmente bastardeada». El mis­
mo Morínigo lleva sus conclusiones todavía más lejos:

En resumen, el status social del guaraní le acordó el privilegio de ha­


cerle lengua «de españoles» a cambio de alterar fundamentalmente su
íntima estructura lingüística. No se puede seguir afirmando que el
guaraní resistió incólume el contacto con el español. Tomó de él un
abundante léxico, reemplazó con contenidos españoles el de nume­
rosas voces indias y finalmente sustituyó su estructura lingüística fun­
damental con una nueva, calcada rigurosamente sobre el modelo es­
pañol (1990: 119).

En una ocasión ya habíamos llamado guarañol a este tipo de ha­


bla, por irónica alusión al frangíais, o al spanglish (Meliá 1975: 66). No
es tarea fácil definir qué tipo de lengua es ese jopara, ya que la falta de
normatividad es tan marcada que desafía cualquier categorización. Es
un habla tan circunstancial y tan sujeta a la competencia —o incom­
petencia— de cada individuo, que desconcierta a quienes pretenden tra­
zarle el perfil. De todos modos, debemos disentir de la caracterización
de Morínigo; no es español con palabras guaraníes, sino guaraní con
préstamos —en gran cantidad, eso sí— del castellano. El jopara es toda­
vía guaraní, si bien con palabras castellanas; la sistematización morfo­
lógica está anclada en el guaraní.
Hay una variante que influye decididamente en el jopara, y es el
asunto de qué se habla. Mientras un grupo social se mueve cultural­
E l guaraní paraguayo 185

mente en un área semántica «rural», con repertorios lingüísticos y mo­


dos de decir poco hispanizados, hay otros grupos que dentro de un
movimiento de urbanización y «modernización» creciente manejan, en
grados diferentes, repertorios más hispanizados exigidos por los temas
nuevos o modernos de que están hablando. De este modo, mientras
unos se mantienen en un tipo de lengua en la que el grado de hibri­
dación todavía no es muy ostensible, en otros el grado de mescolanza
es tan exagerado que suscita sentimientos de franca inseguridad y de
frustración colectiva.
El jopara refleja, por una parte, un movimiento muy acelerado de
modificaciones lingüísticas del Paraguay, mientras el proceso de codi­
ficación de las nuevas modalidades lingüísticas sigue un ritmo mucho
más lento. Este mismo jopara, en los actos del habla concreta, se ma­
nifiesta como un continuum de formas muy variante y heterogéneo, de­
finido por su misma indefinición. Por ello mismo, en la conciencia so­
cial de los hablantes, el jopara es objeto de un juicio —y en cierta
manera una condena—, reflejado en la expresión: ya no hablamos bien
el guaraní.
El jopara plantea urgentemente la cuestión de una política y una
planificación lingüística, que en tiempos anteriores se hacía desde la
dinámica misma de la sociedad, pero que ahora necesita, dada la com­
plejidad de factores, de orientaciones y programas específicos y soste­
nidos.
El valor del jopara es ambiguo. Manteniendo la estructura esencial
del guaraní es la base sobre la que se puede edificar, aprovechando las
categorías todavía bien manejadas; gracias al jopara, el guaraní en el
Paraguay no es un muerto al que hay que resucitar; en cierta medida,
el jopara atestigua la vitalidad de una lengua que se adapta y asume el
mundo moderno. Pero por otra parte, este jopara parece cumplir la
función de un lenguaje de transición que prepara la sustitución del
guaraní por el castellano paraguayo.
La situación lingüística del Paraguay es en este año de 1992 una
historia caliente en la que el campo de batalla de las dos lenguas en
discusión es el terreno movedizo del jopara; los antiguos planteamien­
tos que se venían haciendo en las últimas décadas se han agudizado
(Plá-Meliá 1975: 69; De Granda 1988: 82-83).

Lejos estamos de proponer actualmente —si bien alguna vez adheri­


mos a dicho temperamento— al jopara como lengua cristalizada y
La lengua guaraní del Paraguay

Figura 31. Salida de la iglesia de Villa Rica, según M. L. Forges, Le Paraguay. Fragments de journal et de correspondances
(1872-1873), en: Le Tour du Monde, XXVII. Paris.
E l guaraní paraguayo 187

uniforme, o como «tercera lengua» a la que acudan los paraguayos


para expresarse con más fluidez y espontaneidad que en las lenguas
madres. Apenas hoy lo veríamos como protolengua o núcleo de una
lengua en gestación que acusa continuos síntomas de progresión, de­
rivación lingüística o regresión, según el índice de movilidad social,
identidad cultural, coherencia interna o desestructuración de los gru­
pos humanos en áreas rurales (Ramiro Domínguez, Glosario del jopa­
ra, en: Corvalán-Granda 1982: 614).

3.2.2. La cuestión del bilingüismo

Si usted sale de Asunción, la capital, hacia el interior del país, —a


la campaña, como se le dice en el Paraguay—, notará un extraño fenó­
meno lingüístico. Los viajeros que al iniciar el viaje hablaban en cas­
tellano, a medida que se alejan de la ciudad pasan al guaraní, como si
el paisaje rural se tradujera en paisaje lingüístico. Sirva la anécdota
como introducción a este tema. Pero éste no es sino un aspecto de una
cuestión bastante compleja.
El uso de dos lenguas en el Paraguay es hoy una de las caracterís­
ticas de ese país que se gloría de ser tenido como bilingüe. Pero, si la
existencia de personas bilingües es un dato inmediato de la sociología
paraguaya, más difícil es determinar los grados de este bilingüismo y el
tipo mismo de bilingüismo.
Este bilingüismo ha sido tipificado de varios modos y con crite­
rios las más de las veces extralingüísticos. Ya he hecho alusión, al tratar
del guaraní colonial, a la supuesta influencia del mestizaje sobre la len­
gua. Según la lógica «racial», el hijo de dos razas no habría hablado
dos lenguas, sino una lengua mixta (!). Lo que se dice de la supuesta
cultura mestiza, adolece del mismo defecto. En el Paraguay el bilin­
güismo se afirmó precisamente en un momento en que el mestizaje
biológico se podía dar por concluido hacía tiempo.
El bilingüismo, que no hay que confundir con la formación del
guaraní paraguayo y el castellano paraguayo, ha sido explicado persis­
tentemente como un resultado del mestizaje:

Así este hijo de dos razas aprendió dos lenguas desde su cuna (Ins-
frán 1942: 61).
188 La lengua guaraní del Paraguay

Los pueblos iberoguaraníes tienen un contenido racial netamente


biétnico: Un gajo de lo más florido de la vieja cultura europea —la
Ibera— y una de las estirpes raciales más recias y moralmente cultas
—la guaraní— ensamblaron en armónica conjunción de sus cuerpos fí­
sicos y de sus formas culturales. Así, sin violencia y sin repulsa de las
partes, plasmaron en el augusto escenario de una de las más pródigas
y bellas parcelas del Nuevo Mundo la raza y la civilización iberogua-
raní (Bertoni 1950: 84).
El Paraguay es un país bilingüe y lo seguirá siendo por los siglos
de los siglos (...) El guaraní nos vincula con la tierra y es la mitad de
esa realidad colectiva que se llama nación paraguaya, parte esencial
de su personalidad. No se podría destruir aquél sin mutilar éste. Pero
el español es una puerta de comunicación y penetración cultural in­
sustituible. El guaraní es naturaleza, verbo puro, poesía fósil. El es­
pañol es historia, código y látigo. El guaraní es la edad de oro del
hombre, el paraíso perdido. El español, hierro y bronce, «valle de
lágrimas». Por eso, aquél es nostálgico y suave, y éste adusto y seño­
rial (...) Así, desde los días iniciales de la conquista, el español y el
guaraní —idioma, sangre, cultura— entran en proporción diversa y va­
riable, en la formación de un nuevo pueblo. Dos sistemas de expre­
sión, dos impulsos diferentes que son, a su vez, productos de anti­
nomias más profundas. Tesis y antítesis de un proceso dialéctico
ineludible, problemas y posibilidades, complejos y vivencias que aca­
so esconden el secreto de un gran destino (Jover Peralta-Osuna 1950:
XI-XII, en: Plá-Meliá 1975: 33)

El bilingüismo responde a necesidades de comunicación entre dos


sociedades que tienen en las dos «razas» del Paraguay una referencia
apenas superficial y anecdótica. El bilingüismo no es una fusión de
lenguas y culturas, sino todo lo contrario: su distinción aun después
de haberse dado su contacto.
Problema muy diferente del bilingüismo, y que no debe ser con­
fundido con éste, es la evolución y proceso histórico del guaraní para­
guayo o del castellano paraguayo. Aun sin bilingüismo, —situación his­
tórica que perduró durante dos siglos por lo menos en el seno de los
pueblos misioneros tanto franciscanos como jesuíticos— el guaraní de
los indígenas se hispanizaba; ahí tampoco intervenía en absoluto el
mestizaje.
El bilingüismo es más bien una necesidad de la sociedad colonial
que arrastra a la sociedad indígena, en cuanto ella existe, a un proceso
E l guaraní paraguayo 189

de asimilación e integración. De nuevo aquí la figura metafórica del


mestizaje es sumamente peligrosa, ya que el bilingüismo no puede ser
confundido con un mestizaje de lenguas.
Que el Paraguay tienda a un mestizaje de homogeneización racial
—fenómeno sociohistórico todavía no bien estudiado—, no quiere decir
que se encamine de un modo determinista al bilingüismo.
Es curioso cómo la explicación racial del bilingüismo se ha arrai­
gado en las ideologías «blancas» del Paraguay, las más de ellas ligadas
con los intereses coloniales. El modo como se quiere presentar un Pa­
raguay: nación bilingüe, (Corvalán 1981: 43-45) carece de fundamento
histórico y lingüístico, en más de una afirmación básica.

a) El bilingüismo cuantificado
Para determinar la cuestión del bilingüismo se echa mano con fre­
cuencia de los censos. Esta matemática numérica, sin embargo, es más
engañosa, si cabe, que la apreciación personal que tuvieron los viajan­
tes del siglo xix, cuyas observaciones hemos citado (ver 3.1.1.).
De todos modos pueden recogerse algunos datos censales. En 1975
tuve la ocasión de analizar los del Paraguay de 1950 y 1962. Con datos
más recientes, según la Divulgación de resultados de análisis del censo de
1982 (Dirección General de Estadísticas y Censos, UNFPA, Asunción,
1988), se constituye el siguiente cuadro:

POBLACIÓN DE 5 AÑOS Y MÁS POR IDIOMA QUE HABLA-CENSO 1982


Total guaraní Castellano Castellano Otros
solo y guaraní solo idiomas
2.565.850 1.029.786 1.247.742 166.441 121.911
40,13% 48,63 % 6,49 % 4,75 %
ZONA URBANA
1.128.099 163.509 798.964 142.896 22.732
14,50% 70,82 % 12,67% 2,01 %
ZONA RURAL
1.437.751 866.277 448.778 23.545 99.331
60,25 % 31,21 % 1,64 % 6,91 %
(Organización de Estados Americanos, Reunión multinacional sobre educación
de sectores heterolingües autóctonos. Informe final. 11-18 noviembre 1987, Asun­
ción-Paraguay: p. 275; Canese 1989: 9-10).
190 La lengua guaraní del Paraguay

Desde el punto de vista cuantitativo, se ve que «el porcentaje de


bilingües en guaraní y español disminuyó en 0,4 %; es decir, que la
proporción de hablantes en guaraní y español, entre los paraguayos,
parecería que varió muy poco en el transcurso de veinte años (Canese
1989: 10).
Los censos ofrecen también otras indicaciones. Hay un desarrollo
del bilingüismo con la edad. De hecho no se nace bilingüe, sino que
se hace uno bilingüe, incluso cuando se ha tenido una infancia mo-
nolingüe. En relación con la edad está la escolaridad que en principio
debería dar un mayor número de bilingües potenciales, como había ya
previsto el estudio de Joan Rubin, Bilingüismo nacional en el Paraguay
(1974: 124-125). Pero hay que notar que la escuela* más que determi­
nante, es meramente condicionante. La habilidad bilingüe tiene en la
escuela una primera ocasión de realización, pero esa potencialidad sólo
se concreta gracias a otros procesos socio-culturales: contactos con me­
dios urbanos, lectura de periódicos, exigencias de un empleo o profe­
sión. Si estos procesos quedan interrumpidos o no tienen lugar, las po­
sibilidades de bilingüismo quedan prácticamente anuladas. El acceso al
bilingüismo por vía de la enseñanza formal y la lectura de textos es
menos eficaz.
Las personas de edad ofrecen un porcentaje más elevado de mo-
nolingüismo guaraní, no sólo porque vivieron en tiempos en que las
oportunidades de bilingüismo eran menores, sino porque hay personas
de edad que volvieron al uso habitual del guaraní, sobre todo si per­
manecieron en ambientes culturales más guaranizados, como los ru­
rales.
Como es fácil imaginar, en una sociedad marcada por pautas de
comportamiento tradicional, el sexo de los hablantes influye notable­
mente en el cuadro lingüístico. Fueron las mujeres, y entre ellas las de
más de 45 años, las que presentaban un mayor índice de monolingüis-
mo guaraní (Plá-Meliá 1975: 48-49). La observación actual, sin embar­
go, me produce la impresión que la «vida moderna» atrae más a las
mujeres que a los hombres en lo que a usos lingüísticos se refiere, y
son más las mujeres las que se esmeran en mostrarse bilingües; es de­
cir, capaces de hablar castellano también.
Por último, en este recuento de variantes sociolingüísticas, hay que
señalar el contraste urbano-rural. En los censos de 1950 y 1962, la di­
ferencia en este sentido era notable. Hay dos Paraguay, el urbano y el
E l guaraní paraguayo 191

rural, cuyo contraste se acentúa incluso en el censo de 1982. Si en la


zona urbana —concepto sociológico bastante vago, dada la conforma­
ción del Paraguay—, los monolingües guaraníes son del orden del
14,50 % y los bilingües un 70,82 %, en el campo las proporciones se
invierten: monolingües guaraníes 60,25 % y solamente 31,21 % bilin­
gües. El campo nunca dejó de ser monolingüe guaraní; incluso su bi­
lingüismo está reducido a una competencia lingüista del tipo llamado
incipiente o si se quiere subordinado (Plá-Meliá 1975: 50-54).

b) Diglosia y bilingüismo
La gran dificultad en determinar la cuestión del bilingüismo del
Paraguay, para lo cual los meros datos estadísticos poco aprovechan,
proviene de su misma caracterización conceptual. En otra ocasión eché
mano del concepto de diglosia para comprender la relación conflictiva
entre las dos lenguas «nacionales» del Paraguay (Meliá 1975: 56-58).
Hay quien preferiría utilizar las categorías de poder y solidaridad, atri-
buibles al empleo del español y el guaraní en un hablante supuesta­
mente bilingüe. En la categoría de poder estarían los comportamientos
pragmáticos, convencionales, oficiales o fuertemente culturizados,
mientras la solidaridad se mostraría en los comportamientos afectivos,
personalizados, informales y socialmente cohesivos (de Granda 1988:
250-252). Rafael Barrett, español, uno de los más profundos y compro­
metidos «transterrados» que pusieron su periodismo al servicio de la
verdad sobre el Paraguay, se percató perfectamente de la situación di-
glósica del país que en su tiempo era ya un hecho. Lo admirable de la
nota periodística de Barrett consiste en que, ya en 1907, mucho antes
de que aparezca la noción científica de diglosia, describe con propie­
dad el fenómeno, sus mecanismos y su posible solución.

Para algunos, el guaraní es la rémora. Se le atribuye el entorpecimien­


to del mecanismo intelectual y la dificultad que parece sentir la masa
en adaptarse a los métodos de labor europeos. El argumento común­
mente presentado es que, correspondiendo a cada lengua una menta­
lidad que por decirlo así en ella se define y retrata y siendo el guaraní
radicalmente distinto del castellano y demás idiomas arios, no solo
en el léxico, lo que no sería de tan grave importancia, sino en la
construcción misma de las palabras y de las oraciones, ha de encon­
trar por esta causa, en el Paraguay, serios obstáculos la obra de la ci­
192 La lengua guaraní del Paraguay

vilización. El remedio se deduce obvio: matar el guaraní. Atacando el


habla se espera modificar la inteligencia. Enseñando una gramática
europea al pueblo se espera europeizarlo. (...) Todo esto es un hecho,
mas no un argumento. En Europa misma vemos que no son los dis­
tritos bilingües los más atrasados. Y no se crea que la segunda habla,
la popular y familiar, en tales distritos usada, es siempre una variante
de la otra, de la nacional y oficial. Vizcaya, región en que se practica
un idioma tan alejado del español como el guaraní, es una provincia
próspera y feliz. Algo parecido ocurre en los Pirineos franceses, en la
Bretaña, en las regiones celtas de Inglaterra. Y si consideramos las co­
marcas en que es de uso corriente un dialecto de la lengua nacional
nueva, sacamos una enseñanza, la de la tenacidad con que el lengua­
je, por fácil que parezca su absorción en el seno de otro lenguaje más #
poderoso y próximo, perdura ante las influencias exteriores. Cataluña
es un buen ejemplo de lo apuntado, y así mismo Provenza, cuya
luminosa lengua ha sido regenerada y como replantada por el gran
Mistral.
La historia nos revela que lo bilingüe no es una excepción, sino
lo ordinario. Suele haber un idioma vulgar, matizado, irregular, pro­
pio a las expansiones sentimentales del pueblo y otro razonado, de­
purado, artificial, propio a las manifestaciones diplomáticas, científi­
cas y literarias. Dos lenguas, emparentadas o no; una plebeya, otra
sabia; una particular, otra extensa; una desordenada y libre, otra or­
denada y retórica. Casi no hubo siglo ni país en que esto no se veri­
ficara.
Pobre idea se tiene del cerebro humano si se asegura que son
para él incompatibles dos lenguajes. Contrariamente a lo que los ene­
migos del guaraní suponen, juzgo que el manejo simultáneo de am­
bos idiomas robustecerá y flexibilizará el entendimiento. Se toman
por opuestas cosas que quizá se completen. Que el castellano se apli­
que mejor a las relaciones de la cultura moderna, cuyo carácter es
impersonal, general, dialéctico ¿quién lo duda? Pero, ¿no se aplicará
mejor el guaraní a las relaciones individuales estéticas, religiosas, de
esta raza y de esta tierra? Sin duda también. Los enamorados, los ni­
ños que por vez primera balbucean a sus madres, seguirán empleando
el guaraní y harán perfectamente.
Se invoca la economía, la división del trabajo. Pues bien, en vir­
tud de ellas se conservará el guaraní y se adoptará el castellano, cada
cual para lo que es útil. Las necesidades mismas, el deseo y el prove­
cho mayor o menor de la vida contemporánea regularán la futura ley
de transformación y redistribución del guaraní. En cuanto a dirigir
E l guaraní paraguayo 193

ese proceso por medio del Diario Oficial, ilusión es de políticos que
jamás se han ocupado de filología. Tan hacedero es alterar una len­
gua por decreto como ensanchar el ángulo facial de los habitantes
(Barrett 1978: 18-19).

Por mi parte sigo pensando que la situación lingüística del Para­


guay, como hecho social y político, es diglósica. Para todos los efectos
el monolingüe guaraní es considerado inferior y sufre pena por este
hecho, desde la falta de oportunidades que le ofrece la escuela hasta la
merma de opciones de trabajo. Conscientes de ello los programadores
educativos y los planificadores del desarrollo del país se dicen preocu­
pados por esta supuesta limitación y dirigen sus esfuerzos a superarla.
El monolingüe guaraní es tenido en inferioridad de condiciones. En
este sentido su situación no es comparable a un monolingüe catalán
en España o italiano en Suiza. La misma lengua guaraní ha sido trata­
da históricamente, sobre todo en el último siglo —el único siglo de cas-
tellanización sistemática— como variedad baja (L=low), en el sentido
que dan a este término los sociolingüistas. La relación de diglosia entre
el castellano y el guaraní es el resultado del proceso colonial y de las
formas de neocolonialismo que todavía persisten. La comunidad lin­
güística paraguaya es claramente diglósica, a nivel de nación.
Donde se puede hacer entrar las categorías de poder y solidaridad
es entre los bilingües, que teóricamente pueden optar por el empleo
del castellano o del guaraní, según los contextos socio-culturales y po­
líticos en que desean situarse. Aun ahí, sin embargo, se identifica más
fácilmente al castellano con el poder político y cultural. La elección
del guaraní para marcar una relación de solidaridad con hablantes mo-
nolingües no está exenta —entre los políticos, por ejemplo— de una se­
creta voluntad de dominación.
La postulación misma de un necesario bilingüismo ¿no es el re­
conocimiento implícito de que el guaraní está en situación de lengua
«insuficiente»? No sin razón, teniendo en cuenta las tendencias eco­
nómicas y culturales hegemónicas aplicadas a América Latina, hay
quien sospecha, y con fundamento, que los programas que propugnan
el bilingüismo tienen carácter transitorio y se orientan a una más rápi­
da sustitución del guaraní por el castellano. Desconocer los aspectos
diglósicos del Paraguay o minimizarlos no puede ser una solución para
el futuro del guaraní en este país.
194 La lengua guaraní del Paraguay

La peculiaridad de la situación lingüística del Paraguay no está to­


davía bien analizada, y tanto si se la ha de definir como bilingüismo,
diglosia, bilingüismo con diglosia o sin diglosia, exige un manejo su­
mamente matizado de conceptos y de análisis de la realidad. Y éste es
uno de los motivos de la fascinación de lo lingüístico del caso Para­
guay.

3.3. La l it e r a t u r a para g u aya en g uar aní

A caballo entre la época colonial y la ya anunciada Independen­


cia, están una serie de documentos que en cierta manera cierran la li­
teratura de traducción, bajo cuyo signo se había dado la literatura «mi­
sionera» y abren perspectivas sobre una lengua paraguaya que hubiera
podido ser la oficial del nuevo Estado. Son las cartas y proclamas en
castellano y en guaraní del general Belgrano, de cuyo sentido socio-
político ya he hablado. Roberto Romero (1988) presenta una edición
facsímil de estos textos con su doble versión castellana y guaraní, en
Antecedentes de la Independencia paraguaya; las proclamas castellano guaraní
del general Belgrano.
Estas cartas y proclamas están firmadas entre el 6 y el 17 de di­
ciembre de 1810. Por el tipo de lengua y estilo, y hasta por su caligra­
fía, se nota que los traductores de los textos al guaraní son indios gua­
raníes de las antiguas misiones jesuíticas, siendo ellos mismos los
amanuenses de las copias. En ninguna manera se trata del guaraní crio­
llo. Belgrano, aun dirigiéndose al obispo de Asunción, al gobernador
español, a los comandantes y capitanes, emplea el «guaraní misionero»
o «jesuítico», en realidad la única lengua literaria para la época. En fin
de cuentas, los destinatarios reales de esos mensajes, eran las tropas y
éstas estaban formadas probablemente por guaraníes de las antiguas
misiones.
En este caso la lengua guaraní está al servicio de ideas libertarias,
propiamente revolucionarias. Desde el punto de vista semántico, esta
lengua guaraní muestra la capacidad que todavía conservaba como me­
dio de comunicación política en un contexto moderno.

PROCLAMA.
Naturales de los pueblos de Misiones: la excelentísima Junta pro­
vincial gubernativa, que a nombre de su majestad el señor Fernán-
E l guaraní paraguayo 195

do VII rige las provincias del Río de la Plata, me manda a restituiros


vuestros derechos de libertad, propiedad y seguridad de que habéis
estado privados por tantas generaciones, sirviendo como esclavos a los
que han tratado únicamente de enriquecerse a costa de vuestros su­
dores y aun de vuestra propia sangre...: ya estoy en vuestro territorio,
y pronto a daros las pruebas más relevantes de la sabia providencia
de la excelentísima Junta, para que se os repute como hermanos
nuestros...

POROMOMBOARANDU.
Misiones táva ñavoñavoygua tapeikuaa Exma. Junta ko ára ñandejo-
kuáiva ñatande Rey Don Fernando VII rérape chembou penemoívo teko
aguyjeipe, ako libre pendekoháva aimo eangatávo, aguyjeíma niko, pene re-
nondeguárehe guive peíko eguí pende jokuaihára tembiguáiramo, pende ryai-
kuépe, ha’e pende ruguype oñemoingo aguyjei va’e kue...aíma pende yvype,
añekuavsepeeme mborayhu apyre’ype, ha’e ahechaukáne peme ako Exma.
Junta jesarekohava, opopytyvone, ha apomboeteukáne, ha ahechaukáne ore
amo pende rekoháva...

Sólo 17 años después tenemos una curiosísima pieza que revela la


realidad de la lengua guaraní en su uso político. Es una proclama del
mismo tipo que las de Belgrano, también de contenido político, ema­
nada de un cabildo indígena, que supuestamente debería usar todavía
el antiguo guaraní misionero. Morínigo (1946: 34) opina que la lengua
mezclada guaraní-castellano en que está redactado el documento mues­
tra «la incapacidad del guaraní para adaptarse a las necesidades de la
nueva estructura política que aceleradamente se estaba instaurando». El
texto, sin embargo, obliga a levantar hipótesis más complejas. El fenó­
meno indica más bien la falta de competencia de una comunidad tra­
dicional para asimilar a nivel lingüístico conceptos que les han llegado
desde afuera; anuncia ciertamente una de las características de lo que
se ha dado en llamar jopara. El texto dice así:

Hermanos ciudadanos Paranayguá:


Opa katu imbojerovia katypuy (katupy), humildemente aityvo ko che
ñe’e Circülarpype al grito al momento ahechámaramo ñatakañymbapota
peteí mokoí ñatande paisanos cúlparehe. Hermanos: ndaikatuvéima jasvdxi
este mal manejo, las desdichas, calamidades. Hermanos, jaipe’a ñande
resa. Opomomandu’a el primer día de desgracias oikeypy hague los pue­
blos de Misiones Paraná; arriba ha’e los pueblos Uruguaykoty. Opa
196 La lengua guaraní del Paraguay

katu okañy ñande táva quince pueblos, 1817 añospype a 12 de septiem-


br trupi...
Pehecháva niko opáva hermanos, ndajarekói amparo, indefensos.
Pehecháma ndajarekói el primer necesidad; un pastor espiritual. Pehe-
cháma Justicia imbaretévae, ndipóri...
Pehecháma ogueroikéva’e la ruina ñandéve, he’i haguérami ñande
Dios: momentaneum enim quod laetat, aeternum quod excruciat, teko
hory kuriete ome’e teko asy apyre’y...
Kóvae amoívo ñande resa renonde ñopavevae oikuaa haguama oje pu­
blica omoí haguá los lugares todo el pueblo ohecha haguá para eterna
memoria. Viva la patria mil veces. Viva nuestro Protector y defensor
el Gobierno de la Capital de Corrientes. Cuartel General de la Ad­
ministración del Despacho de San Miguel y San Carlos, a 16 de Oc­
tubre de 1827 años. José; Ramón Ira, José Ignacio Bayay, José Ignacio
Guyraye, Secretario.

(Texto transcrito con ortografía moderna a partir del publicado


por Morínigo 1946: 34-36).
Hermanos ciudadanos habitantes del Paraná: Con la confianza
puesta totalmente en vosotros os dirijo con humildad estas palabras
en una Circular, en el momento de ver que todos vamos a perdernos
por culpas de dos de nuestros conciudadanos.
Hermanos: no es posible seguir sufriendo este mal manejo, des­
dichas y calamidades.
Hermanos: abramos ya los ojos. Quiero recordaros aquel día pri­
mero de nuestras desgracias en que comenzaron a entrar en esta tierra
los habitantes del Paraná arriba, y los de Uruguay.
Nuestros quince pueblos sucumbieron en el año 1817, por el 12
de Septiembre...
Hermanos: ya habéis visto, estábamos indefensos, sin amparo.
No teníamos ni un pastor espiritual, nuestra primera necesidad. Ha­
béis visto que no teníamos una Justicia fuerte...
Ya veis, lo que nos trajo la ruina fue aquello que Dios dijo:
«breve contento pagó con pesadumbres infinitas...
Para poner esto a vuestra consideración, y para que lo conozca
el mayor número, se publica esta circular que se ha de fijar en lugares
en que todo el pueblo pueda verla y para eterna memoria.
E l guaraní paraguayo 197

Periodismo en guaraní durante la Guerra Grande

Ignorando los textos aquí reseñados, las historias de las letras pa­
raguayas suelen dar inicio a la literatura en guaraní con el periodismo
creado para apoyar la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza
(1864-1870). El más importante de esos periódicos fue sin duda Cabi-
chuí, cuyo primer número es el del lunes 13 de mayo de 1867, editado
en Paso Pucú, siendo el último el número 95, fechado en San Fernan­
do, a 20 de agosto de 1868. Cabichuí es el nombre de una avispita ne­
gra y muy brava, que debía aguijonear a los brasileños, cuyo ejército
estaba compuesto mayormente por negros; el dibujo de portada repre­
sentaba un negro acosado por una multitud de estas avispas. Una mo­
derna edición facsimilar: Cabichuí: periódico de la guerra de la Triple
Alianza, Asunción, Edición: Museo del Barro, 1984, permite su fácil
consulta. No se trata propiamente de un periódico en guaraní, sino un
periódico con pequeñas secciones en guaraní, al mismo tiempo que
transitado por frecuentes locuciones guaraníes de pimentado sabor po­
pular. El Cabichuí «es guaraní neto, y por consiguiente, no podrá aban­
donar sin modificarse mucho el delicioso idioma de sus padres» (Ca­
bichuí, año 1, N. 1, 13 de mayo de 1867).
Ya se ha disertado con mucho tino sobre «el grabado de Cabichuí
como expresión popular» (Ticio Escobar y Osvaldo Salerno) y «el gra­
bado, instrumento de la defensa» (Josefina Plá), y «la imagen como
arma de combate: el grabado de la resistencia» (Ticio Escobar), pero no
tenemos todavía un estudio sobre la lengua guaraní, a su vez expresión
popular, instrumento de defensa y arma de combate en este periódico.
Solamente un pequeño estudio de L. Cadogan (1973: 33-35) aprove­
chó datos lingüísticos sacados de Cabichuí, para discutir la semántica
de un término como picha; un modelo para posibles trabajos de la mis­
ma índole.
Suelen estar en guaraní los coloquios en relatos y cuentos narra­
dos en castellano, un recurso del que se echará mano con frecuencia
en la literatura paraguaya —ver, por ejemplo: Una intención frustrada, en
el Cabichuí del 12 de setiembre de 1867—. En guaraní son en su casi
totalidad los poemas satíricos con los que se cierran las columnas de
cada número. Algunas de esas composiciones no firmadas deben atri­
buirse sin duda a Natalicio María de Talavera (1839), soldado poeta,
principal colaborador de Cabichuíe los pueblos indígenas, desde su
198 La lengua guaraní del Paraguay

creación. Después de su muerte, ocurrida el 11 de octubre de 1867,


alguien tomó su relevo en los versos guaraníes, si bien de aguijón me­
nos agudo.
Versos para hacer reír a la tropa, usan el lenguaje chusco y picaro
de soldados en tiempos de campamento.

Allá va cielo y más cielo Allá va «cielo» (=baile) y más cielo


Cielito de Curupayty El «Cielito» de Curupayty.
Acá Verá ocororó bobé En cuanto roncan los Acá Verá
La cambá opá ocuaru-ki Los negros hasta se mean a gotitas.
Opotí baí umi caraiá Vergonzosamente se cagaron aquellos macacos
Jha ombocuarú el Acá Verá Obligándoles los Acá Verá a mearse.

(Cabichuí, junio 6 de 1867, en la transcripción de Cadogan 1973: 34).

La triple alianza cantada por un soldado en la Guardia Bomba

Mbohapy aña rymba Tres malditos animales


Ojehu en este mundo Se encontraron en este mundo
Ojoguaetéva ifigura Mucho se asemejan en figura
Karaja, jagua ha burro, El mono, el perro y el burro.

Pedro II el Karaja Pedro II es el mono


El jagua Bartolo Mitre El perro Bartolo Mitre
Venancio Flores el burro Venancio Flores el burro
Los de la alianza triple Los de la alianza triple.

Mbohapyve oñomoirü Los tres se acompañan


Ko’á animal vai vai Estos animales mal que mal
Ha ojapo pete'i contrato Y hacen un contrato
Oipyhy haguá Paraguay para agarrar al Paraguay

Ogueru okamba kuéra Traen a sus negros


Ombohasa Parana Hacen pasar el Paraná
Ohupity Estero Bellaco Alcanzan Estero Bellaco
Ha upépente ojahoga Y allí no más se ahogan.

Ogueru los y garata Traen los buques


Aypo mentado coraza Aquellos mentados acorazados
Oguahe Curupaytype Llegan a Curupayty
Oje’óiyguype itáicha Se van abajo del agua como piedras.
E l guaraní paraguayo 199

l.u m s 13 «le M a y o >Jc 1 S 8 7 . P A S O PKJCU, Ano 4. H. 1.

A n u ceS ro ® i^ r io r e a . siempre simbolizado la justicia que Es guaraní neto, y por consiguiente-,


El « Cabichui », n! presentarse en la osle«**« lema; él quiere tener el or- no podra abandonar sin mortificarse, mu­
arena. periodística, saluda, ron ardoroso ■g'uflí» (je combatir en el mismo campo y cho el delicioso idioma de su» padres;
entusia-mio ¡«i primer sol,1ido de la Ame- alelado mismo del bravo soldado pa- Afecto á lasideasjnudas pero efoctrei*-
Hi a meridional, al [Link]* campeón rag|ayó contra las viles y esclavas lejío- tes que [Link] lápiz sobre el papel, ha­
de los cli iet ho.s de Ja Nación Paraguaya» nes aue han venido cor. la espada del es- blara mas acaso con sus gravados de ca­
ni defensor esclarecido de la autonomía lernnnio á desolar el tranquilo hogar del ricatura, que con sus mal surtidos artí­
de los pueblos libi os (pie baila, non m is pacifico y laborioso republicano. culos.
cristalinas aguas el magnifico Plata. El « Cabichui * es, pues, un soldado, Establecerá sn E. M. y cecíbirá partea
Y barbudo media vuelta», se* cuadra y al presentarse en el palenque del pe­ de las diferentes divisiones uel ejército,
llevando la mano al escudo á los Seño­ riodismo no viene á buscar la corona que y el uso de su si lije ras alas le permitirá
res Generales, (Jefes y oficiales que en Minerva ofrece á su« aventajados adali­ también penetrar el campamento enemi­
las vastas froñterasdn la. ítepüblica com­ des; humilde eu «11« pretensiones litera­ go á despecho de sus deiensoces.
baten con lealtad y [Link] por líir rias, solo viene empujado por su amor Su vida será la del verdadero soldado
anta causa nacional, y sin ceremonia de patria á lomar una plaza [Link]­ en campaña y al frente del enemigo;
tice: ¡Salud camaradas! á todos los tir en favor déla idea que ha levantado compañero incansable di* los defensores
pie con ni arma en la mano infunden el á toda la Itepüblica, y á correr tras \o% de la <MUia les seguirá en sus trabajos y
“jtoi* y espanto á la vil turba del cuila- laureles que alcanza la decisión en la desvwfOSClUOino cerca del fogon para enn-
íV dro. guerra de los libres centra los esclavos. vers»J*e*n ellos eir el tono chistoso ya-
..duda también fraternalmente el «Ca­ Sin sr.r filósofo, pertenece á la escue­ legi ií qué los caracteriza.
le fi Ui y al veterano « Semanario > y al la de Demócrito. Empleará la hilaridad Atento al toque d**l clarín, y al redo­
jet hila «Omitirla >, y finalmente, á to­ de su genio, acomodándose á los chistes ble del tambor,sera exacto cu las obliga­
dos los hombres (le inicua voluntad. que cor» tanta profusión prodiga I03 cé­ ciones que le impone el puesto de ho­
Cumplido así nuestro deber, vamos. á lebres actos do la triple alianza. nor que ocppa.
hvir cu cuati o-palabras el motivo déla El < Cabichui» es de la familia de lo«
pavñiisfi de un ¿ú h ¡ i/a térra Caopequeño himenóplcros, y dispone del ponsoñosp Al grito imponente de alcas ! al eseU-
en or«er.r» palenque en que se discute aguijón con que defenderá su colmena de voerata imperio, al estruendo-moilifen*
co»; i.» lógica del cañón la sida de los los ambiciosos que quieren desposeerle del ‘diabólico instrumento de. Puxeijs. al
pueblos. del esquicito fruto dio sus esmerados tra­
bajos. fragor de tantas armas que por dó q»W
Aparte de esto.-eh'és aníólilo, ama las esparcen el esterminio y la destrucción,
abandonó el « Cabichui » su almibarado
El * Cabichui,» rucia á asirse alaban- flores de la inteligencia y la belleza de panal, su encantadora morada, donde la
d*Ma de los libre i, á esa bandera, que la literatura, que son compatibles con to­ | eterna primavera del delicioso clima deé
.siempre lia conducido á la victoria, que | dos los tonos y profesióni-é.

Figura 32. Primer número del periódico Cabichui, que trae en sus páginas las
composiciones en guaraní de Natalicio María de Talavera.
200 La lengua guaraní del Paraguay

Pero ñande amado Presidente Pero nuestro amado Presidente


Oseñala umi tenda Señala estos lugares
Ha he’í a los macacos Y dice a los macacos
Águi ndapehasái vaerä De aquí no vais a pasar.

Notiri ko aña kuéra No tienen vergüenza estos diablos


Ipituva ko nación Es torpe esta nación
Ha heY ko ra’e hua’ivo Y dijeron al juntarse
Jaje’ói a la Asunción Vamos a la Asunción.

N i añándive ojapóramo váka Ni con el diablo haciendo trato a medias


Pende karaja tuja Perú Vuestro mono viejo Pedro
La Asunción ndapehechái chéne La Asunción no la habéis de ver
Kamba ky’a tajasu. Negros sucios como cerdos.

{Cabichuí, lunes 20 mayo 1867, n.° 3).

De carácter satírico parecido fue otro periódico de la época, Caci­


que Lambaré, redactado principalmente por el padre Francisco Solano
Espinoza y cuyo primer número salió de la Imprenta del Estado, el 24
de julio de 1867, y llegó por lo menos hasta el número 23, desde la
ciudad de Luque, a 15 setiembre 1868 (Ayrosa 1954: 131-132). Había
sido el Cacique Lambaré, un principal guaraní que había resistido a la
entrada y establecimiento de los españoles que en su territorio funda­
ron Asunción en 1537. Bajo este nombre de resistencia, el periódico
comentaba con acritud e ironía los sucesos de la guerra, usando como
más adecuado el guaraní popular. Por ello, más que en Cabichuí, tene­
mos en esas páginas de prosa continua la lengua del Paraguay, en su
típica forma de jopara. Lamentablemente los ejemplares de este perió­
dico son sumamente raros y prácticamente fuera de consulta y estudio.
Otros dos periódicos, El Centinela y La Estrella, también del tiempo de
guerra, hicieron escaso uso del guaraní (Cardozo 1985: 282-283).
Ciertamente «estas producciones no fueron obra espontánea del
pueblo soldado —como anota Josefina Plá (1975: 13)— fueron redac­
ción de gente culta, como el padre Fidel Maíz o el poeta y periodista
Natalicio Talavera». Literatura para el pueblo, si se quiere, pero también
popular, pues del pueblo usaban esos escritores la lengua y en él encon­
traba consonancias profundas. Todo acto de literatura está marcado por
la distancia entre oralidad y escritura, sin dejar de ser por ello popular.
E l guaraní paraguayo 201

Hacia una poética en guaraní paraguayo

Entre las más antiguas composiciones profanas del siglo xix se


cuenta un reducido conjunto de canciones que han sido conservadas
por músicos que nunca dejaron de cantarlas. Abre la antología la fa­
mosa Che lucero aguaiy, atribuida generalmente a Juan Manuel Avalos
(1840-1870), apodado Kangue Enero por su profesión, aunque ha sur­
gido también la hipótesis que la hace remontar a una autoría anónima
de los tiempos de la colonia (Zarratea 1989: 12-14).

Che luséro aguaiy

Che ama, che senora, ¡Oh! mi dueña y señora mía,


ndajuhui ndejoguaha, con quien te iguale no encuentro,
peina amo nde tyvyta ahí están esas tus cejas
yvàgare onepinta. en el cielo dibujándose.

Che ama, che senora, ¡Oh! mi dueña y señora mía,


ndajuhui nde joguaha, con quien te iguale no encuentro,
nde resa ojajài jài tus ojos fulgen y brillan,
ni luséro nombojojài. ni el lucero se les parece.

Arai morotì poty, Floridas blancas nubes,


opaite chembyesay, se acabaron mis pesares,
rembojojàva kuarahy, tú te igualas a un sol,
che luséro Aguai’y . mi lucero de Aguai’y-
Ne porà ha ne poti, Eres bella y eres pura,
rehesape ha remimbi, iluminas y resplandeces,
opa ojeroky roky, toda convertida en danza,
che luséro Aguaiy. mi lucero Aguai’y.

Toiko aipo norairò, Que allá peleen entre sí,


tove kanon tokororo, que el cañón cual tigre ruja,
nde rehe, che korasò, que por ti, mi corazón,
che rekove jepe toso. mi vida toda se rompa.

Tonehé che resay, Derrámense mis lágrimas,


tosyry ko che ruguy, que mi sangre corra,
esperànsa taipoty, pero la esperanza florezca,
che lasero Aguai’y . mi lucero Aguai’y.
202 La lengua guaraní del Paraguay

Itriste ha añembyasy, Tristeza y sentimiento


oikekuévo kuarahy, cuando el sol entrando está,
ambojoja más que che sy sólo con mi madre
nderehe, che Tupäsy. te igualo, virgencita mía.

Del tiempo de la Guerra Grande viene un poema-canción que ha


llegado a representar «el himno popular por excelencia» (Cardozo 1985:
285). Curiosamente, la letra relata los sucesos de una derrota y la ca­
pitulación de Uruguaiana, pero con el acento épico de una realidad
heroica, que por lo mismo abre nuevas esperanzas; lo que la letra no
dice, se adivina en su música.
Los versos están empedrados con numerosas palabras castellanas,
pero una vez más son el documento de la realidad socio-lingüística de
la época.

Campamento Cerro León, Campamento Cerro León,


Mariscal López odisponé;, Lo que el mariscal López dispuso
tamombe’umi peeme Con permiso quiero contarles
guerra tiempopeguare. Lo del tiempo de la Guerra.
He’ima Mayor Lacu El mayor La Cruz había dicho
peñentrega katu lo mitä, entréguense, pues, muchachos,
ndaiporivéima remedio, ya no hay otro remedio
japerdéma ñane reta. ya perdimos nuestra patria.
He’ima Mayor Duarte: Pero el mayor Duarte dijo:
ajurá voi va’ekue che yo soy de los que he jurado
adefendé haguá che patria defender a nuestra patria
hasta amanoite peve. hasta morir del todo.

Anónimas igualmente corren en alas de la música popular otras


poesías que hoy forman una tradición muy entrañable para el paragua­
yo (Bareiro Saguier 1991: 152). El folklorista Mauricio Cardozo Ocam­
po (1988: 173; 195) retrotrae también al siglo pasado las canciones
Ndarekói la culpa y la burlesca Guaími pysape:

Osema la vieja ojerokysete, Ya sale la vieja con muchos deseos de bai-


de tanto la ichusca oñemope mope lar,
y tan chusca que es se requiebra y requie­
bra,
E l guaraní paraguayo 203

Tove tovete pejéke ichupe: Que no, que no y que no, díganle:
cháke nekaraine guaimi pysape cuidado que te arañan las «pezuñas» de la
vieja.

Fue la Guerra Grande la ocasión inmediata de una restauración


literaria de la lengua guaraní que, con mayor o menor intensidad pro­
ductiva, iba a perdurar, si bien con limitación de géneros y con reduc­
ción de espacios para el guaraní escrito.
Si en la época colonial la literatura en guaraní se identifica con la
sociedad de guaraníes de los pueblos jesuíticos a la que ofrece apenas
textos religiosos y políticos, a partir de la nueva situación creada con
la guerra esta literatura se da a sí misma otro destino y función: el
registro poético de las vivencias del pueblo. Más que los historiadores
y políticos, más incluso que los educadores —en contra de ellos, a ve­
ces— la literatura guaraní sostuvo lo nacional, aunque sea siempre difí­
cil definir qué se entiende por valores nacionales. Incluso las minorías
inmigrantes, que en fin de cuentas promovieron la castellanización del
Paraguay de un modo más efectivo y amplio del que fuera practicado
por los españoles y el primer gobierno independiente, se adueñaron
poco a poco de la palabra guaraní, la cual a su vez se los hacía para­
guayos.
Después del 1870, en un Paraguay en ruinas por la guerra,

no es difícil hallar en la prensa de esa larga época composiciones en


verso —difícilmente podremos llamarlas, en el noventa por ciento de
los casos, poemas— en las cuales se incrustan palabras guaraníes; y
hasta frases, en las cuales el romanticismo inmigrante halla un alicien­
te exótico por la sonoridad inédita o el misterio del concepto. Esta
inclusión sería una reminiscencia del arcaico prurito mágico: adueñar­
se de la palabra, es adueñarse de un poder, o de un secreto: en el
caso de estos inmigrantes, del del evasivo espíritu de la tierra (Plá-
Meliá 1975: 15).

El exaltado entusiasmo por la «civilización» guaraní de un inmi­


grante como el suizo Moisés S. Bertoni, con buenas contribuciones en
el campo de la etnología, encabeza la serie de extranjeros e hijos de
extranjeros de tan relevantes servicios a la cultura guaraní, en sus ver­
tientes etnológica o lingüística, como fueron, entre otros, el padre An­
tonio Guasch (1879-1965) y León Cadogan (1899-1973).
204 La lengua guaraní del Paraguay

Por vuelta del 900 los mismos literatos que escribían en castellano
reivindican y realzan una imagen arquetípica del hombre y de la mujer
paraguaya, donde son exaltados románticamente las costumbres tradi­
cionales, el paisaje y, como identidad cultural importante, el mismo
idioma guaraní. Alguno de los representantes de esta generación escri­
birá poemas en la lengua vernácula, como acto de afirmación simbóli­
ca. Ignacio A. Pane (1880-1920) y Juan E. O ’Leary son poetas «cultos»
en guaraní. Del primero de ellos se ha dicho, sin embargo, que «piensa
en español» y que «su canto es una traducción al guaraní bastante bien
lograda» (Encina Ramos 1981: 42). Composición desafiante de este au­
tor es la que lleva por título: Don Quijote, en guaraní. O ’Leary ya en
1899 aludía a la «dulce lengua» del indio, en El alma de la raza (Revista
del Instituto Paraguayo, 2 (18) 1899: 305-311), y en Salvaje (Ibid., 4 (36)
1902: 435-438), siendo él mismo poeta en guaraní, de rebuscada pure­
za, como aparece en Ha! che reta, de 1924. Con ello se abre el capítulo
de una literatura «culta» en guaraní, de que tendré que hablar después.

3.3.1. Cancionero y poesía

Popular, por excelencia, la literatura paraguaya en guaraní tanto o


más que nombres de autores, tiene ciertos recursos comunicativos en
los que se apoya y de ellos depende casi enteramente: son las revistas,
los cancioneros, los grupos musicales y las tablas del teatro, entre los
principales. Es una literatura sin libros, si se quiere. Incluso cuando
publicada, o es el registro de «oratura» que le precede o se destina a
una «oratura» que le seguirá. Los autores son, en la mayoría de los ca­
sos, actores, ya como músicos ya como teatristas.
Las revistas, casi exclusivamente de poesía y de canciones, han ju­
gado un papel fundamental en el desarrollo del guaraní paraguayo. La
más famosa, la más difundida y la más longeva de estas revistas ha
sido Ocara poty cue mi, (Florecillas campestres). Por sí sola esta revista
ha cumplido una función de registro y estímulo para el guaraní popu­
lar, mayor que la de cualquier otra entidad académica o universitaria.
Ocara poty cue mi; revista de composiciones populares, fue fundada por Fé­
lix F. Trujillo y su primer número apareció en 1922. Los mejores poe­
tas en guaraní se han dado a conocer en sus páginas.
E l guaraní paraguayo 205

Del mismo tipo, si bien de vida más efímera fue la revista Ysoindy,
(Luciérnaga), aparecida en un pueblo del interior del Paraguay, Yagua-
rón, cuyo primer número (3.a época) circuló desde abril de 1938.
Se suele atribuir a este tipo de literatura mal llamada folclórica el
mérito de haber suscitado y alimentado sentimientos de identidad na­
cional antes y durante la guerra del Chaco contra Bolivia (1932-1935).
Poesía épica y teatro surgieron alrededor de estos episodios nacionales.
Numerosas pequeñas revistas del mismo género aparecieron —y
desaparecieron— en los años de postguerra sin mayor ni menor gloria
que el haber servido en su momento a difundir la poesía popular. Y
una buena parte de la historia lingüística del guaraní habrá que hacerla
desde esas páginas tan pequeñas y tan humildes.
En 1942 nace Ysyry, (El arroyo), de José Cantero Frutos; en el 48,
Ca’ayaryi, de Emiliano R. Fernández, y Panambi; en el 49, Ko’eyú Rorí
- Tetágua Purajhéi, de Pedro Encina Ramos y Antonio Ojeda; en 1953,
Ñasaindy, (Claro de luna) de Eulogio Maldonado; en el 56, Aca% (La
Urraca), semanario bilingüe, con una circulación oscilante entre 10.000
y 15.000 ejemplares semanales. De estas revistas no existe ni siquiera
un catálogo bibliográfico, siendo que de muchas de ellas es difícil res­
catar una colección completa. Subsidio apreciable para rastrear este tipo
de literatura, lo ofrecen los apuntes bibliográficos de Plínio Ayrosa
(1954) y el trabajo del profesor Basílides Brítez Fariña, Historia de la
cultura guaraní (1988). Con admirable paciencia y dedicación el mismo
autor ha llegado a formar una lista cronológica bastante detallada, aun­
que sólo se dan escuetamente títulos y autores, de cancioneros y revis­
tas, algunas, es verdad, con vida efímera de uno o dos números (Brítez
Fariña 1981: 48-52).
Entre las actuales, cumple una función excepcional Ñemity: revista
bilingüe de cultura, (La Siembra), que nació en enero de 1980 y alcanza
su n.° 23 en 1991. Rescate de clásicos, creación de nueva literatura,
estudios lingüísticos, análisis de la cuestión del bilingüismo y una sec­
ción de documentación e información hacen de estas páginas el instru­
mento más adecuado para tener una visión panorámica de situación
del guaraní en el Paraguay.
Los cancioneros, como en otras literaturas, no sólo recogen obras
de notable aceptación popular, sino de auténtico valor literario. En esta
categoría hay que incluir también las antologías personales, general­
mente humildes ediciones de autor. La poesía en guaraní consiguió a
206 La lengua guaraní del Paraguay

través de estas recopilaciones una difusión que difícilmente hubiera al­


canzado bajo presentación del libro «culto». Al igual que las «revistas»,
estos cancioneros tienen un incontestable mérito histórico por los da­
tos etnográficos, tendencias sociales, noticias sobre personajes, modas y
modos de decir, en fin, que se acumulan en sus páginas.
Se cita como primer cancionero el que publicara la Editorial Tru-
jillo, en 1908: Tupasy Caacupé y Carmencita de 15 años (Brítez 1988:
23).
Pero el cancionero que se constituirá en el primero y mayor clá­
sico del género es el que producía, en 1917, Narciso R. Coimán, Ocara
poty (Flores silvestres), en cuya segunda edición de 1921, ya en dos to­
mos, se establecen pautas de expresión lírica que seguirán mantenién­
dose por décadas. Pero de este autor y de su obra me ocuparé ense­
guida.
Los cancioneros no han dejado de publicarse desde entonces,
como se puede ver en las citas esquemáticas que ofrece la Historia de
la cultura guaraní, de Basílides Brítez Fariña (1988). Muchas de esas
composiciones fueron creadas con el destino principal de ser cantadas
y están por tanto estrechamente ligadas a músicos paraguayos, algunos
de los cuales alcanzaron un cierto renombre internacional. Las Sem­
blanzas biográficas de creadores e intérpretes populares paraguayos (Rodrí­
guez 1992) reseñan una buena galería de «esos hombres que se dedi­
caron al arte musical de su patria, poetas y músicos, soñadores
andariegos...».
Tres antologías ofrecen un panorama suficientemente amplio de
lo que se da en llamar poesía popular. Desde su segunda edición, el
padre Antonio Guasch colocó en apéndice a El idioma guaraní (1948),
una antología de textos en guaraní, que en la tercera edición (1956)
viene representada por cuarenta y tres poemas de elegida calidad.
Pedro Encina Ramos y Tatayyvá (1981) recogieron las que ellos
consideraron Las cien mejores poesías en guaraní. Hay entre ellas creacio­
nes singulares en las que la palabra, por su timbre exacto y su origina­
lidad metafórica, es forma de realidades estéticas nuevas. Hay que ad­
vertir que, destinado al lector paraguayo común, este libro presenta las
poesías en su sola versión original en guaraní, aunque las introduccio­
nes estén redactadas en castellano. Canciones paraguayas de ayer y de hoy
(Halley Mora y Alvarenga 1991) es una recopilación acumulativa de
piezas, en guaraní, y en guaraní y castellano, según el original. Hay
E l guaraní paraguayo 207

que decir que esta edición tiene apenas un valor documental a benefi­
cio de inventario, ya que carece de cualquier orientación crítica ni in­
dicación literaria; son copiadas sin más, composiciones de Emiliano
R. Fernández, Carlos Miguel Giménez, Teodoro S. Mongelós, Darío
Gómez Serrato, Félix Fernández, Manuel Ortiz Guerrero, Carlos Sosa,
Mauricio Cardozo Ocampos, entre los hoy tenidos como clásicos.

Rosicrán: «el poeta de la raza»


Por la amplitud y calidad literaria de su obra ocupa lugar desta­
cado Narciso R. Coimán, conocido sobre todo por su pseudónimo de
Rosicrán.

Considerado el poeta de la raza, nació en el campo y así como él,


fueron sus obras productos del campo, nacidas al frescor de la natu­
raleza, tal la humilde hierba (...) obra eminentemente nacional, debi­
da a la pluma agreste de un hijo de la tierra, de nuestra tierra autóc­
tona y bravia (Ortiz Mayans, in Romero-Colmán 1991: 6).

Rosicrán explotó tres venas de la literatura en guaraní que supo


manejar con especial destreza y elegancia.
Ocara poty (1917), sobre todo en su segunda edición más completa
(1921), es un gran libro de versos. Desde el tiempo de los jesuitas no
se había publicado un libro de creación literaria en guaraní. Para esta
época, cuando se hablaba de una inminente desaparición del guaraní,
«la aparición de Ocára poty tenía el significado de una vindicación so­
cial» (Romero-Colmán 1991: 12).

Nadie antes que él ha pretendido aprovechar tan prodigioso venero


poético. Porque si alguien ha cantado a nuestra raza primitiva en cas­
tellano, nadie ha hecho vibrar su lengua despertando sus dormidas
armonías. Y es así cómo le corresponde el señalado honor de ser el
poeta de la raza, vale decir, el poeta guaraní!...¡Imposible no admirar
a través de sus versos al Paraguay!...Tienen, pues, sus versos la impor­
tancia de un precioso documento, al par que contribuyen a fijar un
idioma que se va, como se va la raza cuya alma interpretó...Debemos,
pues, velar porque el guaraní se conserve, y para esto debemos culti­
varlo, defendiéndolo de la acción corruptora del castellano que lo in­
vade.
208 La lengua guaraní del Paraguay

Estas palabras de Juan E. O ’Leary, que figuran en el prólogo de


Ocára poty (1921), aun con su estilo hiperbólico y sentimental, inciden
en un punto que no ha dejado de tener actualidad, cual es la relación
de la lengua guaraní con la identidad del Paraguay.
Ternura, simplicidad y filosofía del hombre del campo forman ese
«ramillete de flores silvestres» que es Ocára poty.

Pendekuerái hapeve Hasta que digan basta


Tañatói ko mbaraka Quiero tocar mi guitarra
Pehendu pee mitä Escuchen ustedes amigos
Mbaépa ajúva ha’e. Lo que yo vengo a decir.

Pindó rakáre yvate En lo alto de las ramas de la palmera


Guyra’i oñe’é jo a Cantando a una los pajaritos
Ka’aguy rakua pora La selva está llena de fragancia
Kuarahy ko ohesape. El sol iluminando está.

Ocára poty fue saludado en su tiempo y es tenido hasta hoy como


fuente y raíz de un nuevo modo de poetizar en guaraní, y su autor
apellidado, por los temas elegidos y la inflexión de su voz, el Ana-
creonte guaraní.
Los caminos abiertos por Rosicrán tuvieron muchos seguidores,
tantos, sin embargo, que el género derivó a veces en mediocridad ado­
cenada.
Menos feliz fue Rosicrán en el intento de crear una especie de
epopeya mítica, que tituló Nande ypycuera y cuyo subtítulo ya denota
la ambigua perspectiva en la que se sitúa el autor: Poema etnogenético y
mitológico. Protohistoria de la Raza guaraní, seguida de un estudio etimoló­
gico de los mitos, nombres y voces empleadas. Más divulgada que el origi­
nal guaraní (Asunción 1929), fue la versión castellana preparada por el
propio autor (San Lorenzo 1937).
Si por una parte se puede admirar la alentada imaginación del
poeta y la armonía de muchos de sus versos, así como el esfuerzo por
recrear una lengua guaraní literaria, se debe criticar la visión alienada y
contradictoria que manifiesta el autor sobre la misma raíz indígena que
pretende cantar. Como dice R. Bareiro Saguier, «este poema, largamen­
te reconocido por los indigenistas paraguayos como la más representa­
tiva obra literaria en lengua y sobre cultura guaraní, resulta, al nivel de
E l guaraní paraguayo 209

NARCI SO R C O L MA N

OCHRfi PoTY
(imvmDTm

T O M O P R I M E R O .

( 2.a E D IC IÓ N )
Casa Editora "ARIEL” — Asunción

Figura 33. Portada del libro de poesías en guaraní de Rosicrán.


210 La lengua guaraní del Paraguay

la escritura, una clara realización de la ideología colonizada» (Bareiro


Saguier 1990: 119).
No hay indicios de que Rosicrán haya conocido el mito de los Ge­
melos, tal como en la época ya lo había publicado Nimuendajú (1914);
entre el mito guaraní y el producto paraguayo, no solo se interponen
dos formas de lengua, sino dos órdenes del pensar mítico, irreducti­
bles, como puede verse comparando el principio del poema de Rosi­
crán con el que registrara Nimuendajú (ver [Link]). Pero hay que con­
siderar que tampoco consiguió Augusto Roa Bastos (1983: 91-111)
levantarse al verdadero tono mítico cuando más tarde quiso parafrasear
el mismo mito; no siempre es fácil hacer buen uso de los mitos.

En medio del hondo silencio y de la gran noche milenaria que rodea


a los astros, sólo el sol despide áureos destellos.
Desde este astro, su luminosa morada, Tupa observa el universo
entero con ojos escrutadores que ven a través de las sombras y de las
cosas. Una débil nube de amargura parece envolver el brillo maravi­
lloso de su mirada. Acaso le infunde alguna tristeza la soledad infi­
nita que le circunda (Rosicrán 1937: 9).
Fue una sola golondrina que en un nefasto día traspuso los ma­
res llevando en la mente el secreto que le confiaran los padres de la
raza, y que aquella no pudo silenciar.
Fue a revelar el secreto a un argonauta, a un caraieté (=hombre
más civilizado, los europeos representados por Colón, según nota de
Rosicrán, p. 121)...
Nada quebrantó la audacia de las altivas carabelas. Un cálculo de
geómetra las empujaba adelante, entre las brumas misteriosas contra
tormentas y leyendas (...)
Era Colón que había tocado tierra de Guarania...
El genio tutelar de la raza, maldijo entonces al mbyjui (=la go­
londrina), al jurumbyi (Chismoso), conminándole a él y a sus descen­
dientes a cruzar anualmente el gran Océano, para compurgar así la
culpa de haber revelado un secreto sagrado.
Comed cuanto queráis hasta que llegue a las playas de esta tierra
el verdadero señor, el caraieté, que vendrá un día para marcar el de­
rrotero reservado a este continente.
Así había expresado Tupa a la primera pareja...
Y era lo que iba a cumplirse al pie de la letra.
Había llegado la hora en que la existencia del pobre indio sería
un calvario (Rosicrán 1937: 106-108).
E l guaraní paraguayo 211

En Rosicrán suele darse un vacilante sentimiento entre una «raza


guaraní» a la que quiere exaltar y la conciencia de tener él mismo una
identidad no indígena.
El poema de Rosicrán, a pesar de sus buenas intenciones, no trae
ningún aporte a la etnografía ni a la prehistoria guaraní, aunque rescata
el valor de la palabra guaraní como medio de expresión fundamental
para el pueblo paraguayo. Algunos de los elogios con que fue recibida
la obra en su tiempo, apuntaban ya hacia su valor de hecho lingüístico
singular en América.

Este hombre, notable y fecundo poeta, no puede pasar desapercibido


en América en esta hora crítica de las extensas resoluciones idiomáti-
cas... El guaraní no es un dialecto: «es» el idioma y tuétano de un
mundo. Los civilizadores quisieron exterminarlo, como al aborigen,
sin conseguirlo jamás. ¡Su implacaba fierro no pudo destruir el único
pedazo de vida palpitante que quedaba en el continente! Partió su
corazón, pero no su idioma. Su naturaleza y su gran espíritu, aunque
lleno de cicatrices, y en retazos y osamentas, está en pie.
Hoy, a centenares de años de aquel deshuesamiento y degüello
de un pueblo, volteado y cuereado como una res por los conquista­
dores, Narciso R. Coimán, en ese lenguaje armonioso y pleno de ex­
traordinarios encantos nos narra la Protohistoria de la raza guaraní...
(Romero-Colmán 1991: 20-21).

La gran obra de Rosicrán está en otro espacio: en la paciente re­


copilación de proverbios que publicó en dos series. La primera la cons­
tituye Ñ e’engá roviü (Refranes verdioscuros). Diccionario carapé, oguerecó va
119 pucá sororó jha petei cinematógrafo guaraní (para hombres solo), Asun­
ción 1927, retomado en Ñe-engá roví (Refranes verdes) ...Asunción
1934, y del cual se tienen todavía otras ediciones posteriores. Este re­
franero, casi a la manera de un diccionario secreto, si bien de un tono
casi pornográfico, recoge como pocas otras obras una lengua de nota­
ble capacidad de expresión por la economía extraordinaria de sus re­
cursos y la densa valoración de cada palabra. Desde el punto de vista
formal fue la primera vez en que se reunió un cuerpo tan amplio de
decires populares que muestran cómo venía constituyéndose el mundo
imaginario del Paraguay desde los tiempos coloniales, no tan lejanos.
La Advertencia introductoria del propio autor sitúa la obra en su ver­
dadero lugar:
212 La lengua guaraní del Paraguay

Florilegio anónimo recogido directamente de las múltiples y anóni­


mas bocas del pueblo, amante de la sátira y del ingenio, es lo que
ofrecemos en estas páginas para deleite de espíritus escogidos. En él
no se consignan sino refranes de un subido valor erótico, por hallarse
publicados en otro libro los de sentido menos escabroso. Pero no se
vea en muestro intento un afán de lucro, sino el interés de salvar del
olvido tantos rasgos del chispeante ingenio y de aguda observación
animados por el ingenio burlón de nuestra raza

Para Rosicrán, estos proverbios

recuerdan ciertos rasgos de la literatura latina que se advierten en al­


gunas Odas de Horacio. Traducidos los Ñe-éngá (proverbios) al cas­
tellano, por ejemplo, serían de una inmoralidad que en guaraní sufre
enorme atenuación... Me he preguntado muchas veces si en el griego
antiguo no aconteció un fenómeno semejante. Una circunstancia así
explicaría las licencias de los comediantes como Aristófanes cuya Li-
sístrata, tan rico en pasajes escabrosos, ha exasperado más de una vez
a sus púdicos traductores (Rosicrán 1945: 3-4).

La otra serie la constituye M il refranes guaraníes - N e’engá, Asun­


ción 1928. El subtítulo es suficientemente revelador: Diccionario pare-
miológico que contiene una colección de refranes, adagios, máximas, pensa­
mientos, aforismos, consejos, comparaciones, exclamaciones, interjecciones,
modismos, epítetos, apostrofes, frases célebres, proverbios, y dichos populares,
seguido de otra colección de supersticiones y recetas muy originales del mismo
carácter.
Rosicrán fue bastante consciente de la importancia de su tarea de
recopilador y documentalista de un estado de lengua, cifra de un modo
de vivir y garantía de identidad. Registrar la lengua como era fue su
acertada preocupación. Con buen criterio lingüístico y sociológico se
libró del afán de ofrecer los refranes en un «guaraní auténtico» —en­
tiéndase, una lengua sin hispanismos— «para no degenerarlos, y nos li­
mitamos a publicar esta colección, tal como se usan en la actualidad»
(1928: 6).
Ya para su época Rosicrán tiene atisbos de verdadero antropólogo
social, por la fidelidad con que quiere reproducir la lengua y la cultura
tal como son. No se le escapa tampoco que «muchos de los refranes
al parecer son de origen castellano, adaptados al guaraní; pero existe
El guaraní paraguayo 213

también la duda, de si son guaraníes adaptados al castellano, lo que


no entramos a investigar, pero lo consignamos en este trabajo por ra­
zón de la vulgaridad en el uso que los ha consagrado como refranes
guaraníes» (1928: 6).
Las dos colecciones de refranes formadas por Rosicrán, con nota­
ble mérito y probada paciencia, por haber sido él el primero en em­
prender una tarea de este tipo —sólo en el Tesoro, de Montoya, sería
posible espigar algunos dichos y proverbios usuales entre los guaraníes
antiguos— constituyen el mayor caudal de lengua popular reunido has­
ta entonces, por ahora no superado. En esos refranes, proverbios y di­
chos, cristalizan costumbres, juicios y perjuicios, creencias y supersti­
ciones que regulaban y encuadraban la vida paraguaya de principios de
siglo con principios éticos más firmes y exigentes que una ley escrita,
que por lo demás no era leída. Es a veces un refrán la miniatura «naif»
y clara de una bullanguera escena de vida de la época. Por esto estos
libros de Rosicrán vendrían a ser, por sus noticias sobre el modo de
pensar y de vivir de los paraguayos de la época, el primer esbozo de
una sociología de ese pueblo. El pueblo paraguayo es dicho en esos
sus dichos (González, Natalicio 1988: 37-38).
Como lengua, los ñe’énga ahí reunidos dan fe de dos fenómenos:
la lengua real del Paraguay, como era hablada sobre todo por la socie­
dad rural, la matriz cultural más importante de aquel tiempo, y la ca­
pacidad del guaraní para fijar, con recursos de economía extraordinaria
y un mínimo de palabras, un pensamiento que, usado en situaciones
diversas, tendrá significados múltiples. Todavía hoy el habla guaraní
encuentra en esas expresiones la manera de decir su verdad frente a las
consignas pseudo-modernas de los «letrados».
La figura de Rosicrán, generalmente apreciada como fundador de
la nueva poesía guaraní, es también y sobre todo el recopilador y di­
vulgador de una lengua popular vigorosa y muy expresiva, que no re­
nuncia a la pureza idiomàtica (Rosicrán 1921: 11-12).
Rosicrán erigió un monumento imperecedero a las letras guaraníes
y contribuyó en mucho al renacimiento de la lingüística guaraní, pre­
cisamente porque supo dar a la lengua todo el vigor que tenía en el
pueblo que la hablaba.
214 La lengua guaraní del Paraguay

De algunos clásicos de la poesía paraguaya


Los «clásicos» de la poesía paraguaya en guaraní se manifiestan con
fuerza en la década del 30. Son aquellos soldados-poetas, músicos casi
todos ellos, a quienes la guerra del Chaco, entre 1932 y 1935, infundió
aliento lírico y proporcionó contexto épico.

La mayoría de esos autores eran al mismo tiempo músicos, composi­


tores e intérpretes, y así se cierra el ciclo que comienza con la tradi­
ción oral, y pasando por la escritura, alcanza su cumbre con el canto:
bardo, trovador, menestril (...) La canción dio alas a la poesía (Bareiro
Saguier 1991: 155).

El octosílabo, tan propio del romance, será la forma más común


de la métrica de la poesía en guaraní, en lo que se notan las influen­
cias del permanente contacto con la tradición literaria hispánica, que
nunca se interrumpió.
Suelen considerarse los más representativos de esa generación a
Emiliano R. Fernández (1894-1949), Félix Fernández (1897-1984), Da­
río Gómez Serrato (1900-1985) y Teodoro S. Mongelós (1914-1966). En
la misma época Manuel Ortiz Guerrero (1897-1933), el poeta leproso,
llenaba todos los requisitos de una leyenda romántica en su vida y en
su obra, hasta llegar a ser reconocido como «gloria nacional».
No es éste el lugar para dar cuenta de cada uno de los autores que
han sobresalido por su obra poética; lo más importante sea tal vez la
función que ha jugado su producción en su conjunto, que ya aglutinó
en su tiempo la emoción colectiva, gracias a una lengua con la que se
identificaba el pueblo paraguayo y que todavía atrae a los contempo­
ráneos. La poesía en guaraní, aquella que es cantada —y lo mejor de
ella ha sido puesta en música—, incluso prescindiendo de sus logros
literarios indudables, tiene el valor de un hecho social. Poesía, en rea­
lidad, que es más escuchada que leída y a la cual el papel sirve de
medio para que pueda ser devuelta a la palabra del canto.
La manera como es a veces presentada la obra de esos poetas-can­
tores refleja apreciaciones más sentimentales que críticas, muy hiper­
bólicas y al mismo tiempo bastante ingenuas; un efecto sin duda de su
indiscutible popularidad.
Emiliano R. Fernández, popularmente conocido como Emiliano-
ré, fue un poeta de enorme éxito a nivel popular. En su lengua se da
E l guaraní paraguayo 215

la fluctuación imprevisible del hablar coloquial en el que castellano y


guaraní se mezclan, casi sin normas. Es sobre todo el soldado y poeta
de la guerra del Chaco y de esa época data la mayoría de sus famosas
composiciones. Una pequeña antología de su obra, en la que se ha te­
nido el acierto de incluir reproducciones de algunos manuscritos, per­
mite avizorar su paisaje poético en el que se destacan el canto patrió­
tico y la canción amorosa (Fernández 1987). Con singular facilidad
pasa de un estilo de rebuscada perfección a la expresión improvisada y
hasta vulgar, un efecto tal vez de su incansable producción.
No suele faltar en las antologías su Ca’a yaryi, (La madre de la
selva), una de sus composiciones mejor estructuradas formalmente. Más
típica de su forma peculiar de versificar sea tal vez la composición Che
la reina, donde el motivo amoroso adquiere destacados tonos épicos.

Ahúma, che china


(Che la Reina)

Ajumíko ipahaite Con poco tiempo vengo al fin


«Che la Reina» ne rendápe Hasta ti, «mi Reina»,
Apurahéivo mbarakápe Cantando al son de la guitarra
Si ahátama katuete. Pues ciertamente ya me he de ir.

Paraguáimi ku che ave Yo también soy un buen paraguayo


Ajuráva che reíame Que a su patria ha jurado
Amanóvo hayhupápe Que por su amor morirá
A la hora ojeofrece. a la hora en que se ofrezca.

Peina ko’aga ahendu He ahí que ahora escucho,


Che renóiro la corneta Al llamarme la corneta
A calata bayoneta Voy a calar la bayoneta
Ha Chácore asururu. Y en el Chaco me meto.

Ahamítante amoirü He de ir sin más a acompañar


Valinottipe ikatúro A Valinotti si es posible
Ha aloamíne ajuhúro y loas encontraré cuando la halle
Rojas Silva Kurusu. a la cruz de Rojas Silva.

Hay también en Emiliano R. Fernández una intensa veta de de-


nuncia social, como en aquel Mboriahu memby, (Hijo de madre pobre)
(Fernández 1987: 108).
216 La lengua guaraní del Paraguay

Ymaite guivéma apuraheiséva Mucho tiempo ha quiero cantar


Ajohéi haguä che py’a rasy para purificar mi alma dolorida
Upévare äga péina ambohéra Por ello ahora póngole por nom­
Verso chuimi mboriahu memby. bre
a esos malos versos «hijo de ma­
dre pobre».
Mboriahu memby hembiapo poräro Al hijo de madre pobre, aunque
Ndaipóri vaeräi jehechakuaa trabaje bien,
Ha rico ray itie’ij imondáro No habrá quien lo sepa apreciar.
Diáriope osë hionrádoha El hijo de padre rico, aunque sea
ladrón sin vergüenza
Sale con honra en los diarios.
Mboriahu memby hiarandumíro El hijo de madre pobre, por sabio
Jaheiháro oikóne omano peve que sea,
Ha rico ray tavyrón colíro será tenido en nada hasta la
Péva Karai mba’éguasuete muerte.
Y el hijo de papá rico, aunque sea
tonto de remate,
Ese es un grandísimo señor.

Un conjunto importante de sus poesías fue publicado reciente­


mente en la recopilación de Mario Halley Mora y Melanio Alvarenga
(1991), si bien con poco cuidado editorial, como dije.
Roa Bastos comentaba acertadamente:

Uno de nuestros más grandes poetas populares, Emiliano R. Fernán­


dez (al igual que sus pares don Félix Fernández o Darío Gómez Se­
rrato) logró también a su manera con un vigor, una delicadeza y una
originalidad nunca alcanzados hasta él, la fusión de estos mundos de
nuestra cultura bilingüe alternando los ritmos y las estructuras sintác­
ticas, semánticas y coloquiales del castellano saturado y remodelado
por el guaraní y del guaraní castellanizado o hispanizado neológica-
mente en la matriz oral del propio guaraní. Emiliano pudo —y éste
también fue uno de sus logros mayores— hacer así que la lírica y la
épica fundieran sus acentos, los del mundo íntimo del poeta y los de
la colectividad mestiza con las inflexiones de un cantar de gesta tro­
vadoresco (Roa Bastos, «Conversación con Rubén Bareiro Saguier»,
en: Bareiro Saguier 1984: 29).
E l guaraní paraguayo 217

.... cA¿x O '^ ytce ó

Figura 34. Manuscrito de una composición poética de Emiliano R. Fernández;


facsímil publicado en Laureano Fernández (1987).
218 La lengua guaraní del Paraguay

De Félix Fernández (1897-1984), poeta fecundo, dramaturgo, y


uno de los primeros escritores en prosa con Kuarahy mimby, tou, tobo,
se recuerda indefectiblemente su lírica Nde ratypykua, (Tus hoyuelos).
Epukavymína mitakuña che mborayhu jara
tahecha jevy nde juru mboypyri nde ratypykua
nde rovayképe ikuame oíkutu va’ekue Nandejára
ha ipyko’emíva opyta opupu mborayhu ykua.
Ka’aru pytü jasy tomimbi nde rova mbytére
ha tory rupápe toñoñañua ñande mborayhu
tuka’e ra’ávo oñondivete tojeity ojuapére
tojahu hikuái nde ratypykuápe upe ka’aru.
Sonríe, te lo ruego, muchachita dueña de mi amor,
de nuevo quiero ver junto a tu boca esos tus hoyuelos
que Nuestro Señor al lado de tu cara con su dedo clavó,
cuencos que quedaron como fuente donde hierve el amor.
Al crepúsculo de la tarde, que brille la luna en medio de tu rostro
y en lecho de alegría se abracen nuestros amores,
jugando al escondite échense uno sobre otro,
y se bañen en tus hoyuelos al atardecer.

En Tupasy Ka’akupe se hace fiel intérprete del alma popular, sen­


cilla y devota, aun al nivel de una lengua que puede parecer grotesca,
pero apreciable por su espontaneidad y realismo.
Che diosa che Tupasy, Mi diosa, mi divina Madre,
La Virgen Ka’akupe la Virgen de Caacupé,
Eñatende cherehe Atiéndeme por favor
Porque nde avei ko sy Que tú también eres madre.
Oime va’ekue ne memby Por aquel tu hijo
Omanóva kurusúre Que en la qruz murió
Yvypóra ohayhúre Amando a los humanos
Rejajáiva Tupasy. Oh Virgen resplandeciente.
Py nandi che vallemígui Descalza desde mi querido valle,
Amoí chakahoja El manto puesto,
Ha che sy che rovasa Con la bendición de mi madre,
Nerendápe ko ajumi Hasta ti vengo humilde.
Ha aipota rejesuapí Quiero que levantes tus ojos
Porque che avei ko sy Que yo también soy madre
Arekóva che memby Y tengo a mi hijo
Chacopyre gueteri. Todavía en el Chaco.
E l guaraní paraguayo 219

A Darío Gómez Serrato (1900-1985) se le considera el mayor de


los poetas paraguayos en lengua guaraní. Con un solo libro de versos,
Yasyyatere, —una primera edición en 1929, y una segunda, corregida y
aumentada sólo en 1979— ha marcado permanente presencia en can­
cioneros y antologías. Insistentemente buscó una perfección formal
inusitada en otros autores de la época, con versificación de rimas im­
pecables, y un registro de lengua depurada sin enrevesados purismos.

Jasyjatere kañyhápe oikóva ka’aguy mbytére


ohyviyvytu ha oipová vy’a ymave guare,
Ikéra guata ko ko’esorópe ha ogueru ijapére
ka’avo rakud, ysapy poty ha guyra ñe’é.
Jasyyateré escondido anda en medio de la selva
deshilachando el viento y tejiendo la dicha antigua,
Anda como sonámbulo al romper del alba y trae a la espalda
El perfume de las plantas, la flor del rocío y el canto del pájaro.

La amplia gama de temas presentes en su poética y aun el manejo


de una métrica muy variada son la muestra de su gran capacidad como
artesano de la lengua y de su abierta comprensión del mundo que le
rodea. Más que en ningún otro la síntesis entre metro y ritmo, forma
y contenido, hacen de las letras de Gómez Serrato un material excelen­
te para recibir su natural complemento musical. Es lo que haría, por
ejemplo, el compositor de fama internacional, José Asunción Flores,
con el poema Ñasaindy jave, (En un claro de luna).

Jasy morotí remaña mombyryva che rehe rehóvo,


py’a tarovágui maro nderekévai cheichaite avei
ha chéicha remoñáva araka’eve jahupyty’yva,
nde ko che reindy, jasy morotí maña asymi.
Ejehykuavóna ko kuñataí rogaguy porame,
jasy morotí, ehesapemi ko che rendagua;
añesupehéta ko hovetá guype, ha aropurahéita,
mba’asy po’ícha chepytéva ohóvo ko mba’epota.
Blanca luna que desde lejos me vas mirando,
loco corazón que, lo mismo que yo, nunca duermes,
y como yo concibes lo que nunca has de alcanzar,
eres tú mi hermana, blanca luna de dulce mirada.
220 La lengua guaraní del Paraguay

Derrámate dentro de la amable casa de la doncella,


blanca luna, ilumina suave mi deseado lugar,
debajo de su ventana me arrodillaré y cantaré,
este deseo que como tuberculosis me va consumiendo.

Poeta de la generación del Chaco, teatrista, político y —conse­


cuencia normal para tiempos de dictadura— exiliado, Teodoro S. Mon-
gelós (1914-1966) recibirá el sobrenombre de «poeta de los humildes»,
con sus cantos de indignada y justificada protesta en favor de proleta­
rios, de sufridas maestras y de campesinos, en una patria que ve tan
dilacerada por intereses egoístas. Junto a las composiciones de corte
más lírico, como Nde resa kuarahy’áme, (A la sombra de tus ojos), está
la sentida y amorosa memoria de su maestra, Che mbo’eharépe, y la vi­
brante llamada, casi incendiaria, de Ñande rekove (Nuestra vida).

Pejúna che irü jarojahe’o ñande rekove


Ani pemoka tove tosyry ñande resay
Ñande ko jaiko ñarokirirí opaite mba’e
Ha upéicharupi maro ndokuerái ñane mba’asy.
Mba’égui píko nañaimembaitéi peteí ñe’eme
Ha ñañeha’a ñamosembami moñai vaieta
Anive bagua jakái chyryry ñande rekovépe
Ha ñaipohano tokuera jevy ko ñane reta.
Vengan, pues, compañeros, lloremos nuestras vidas
No las sequen, dejen que corran las lágrimas
Nosotros somos de los que lo callamos todo
y de este modo nunca hay un basta para nuestro dolor.
Por qué no unirnos en una sola palabra
y esforzarnos por expulsar de una vez esa banda de granujas
Que no más quemen achicharradas nuestras vidas
y pongamos remedio para que de nuevo se cure nuestra patria.

Poeta realmente bilingüe, fue Manuel Ortiz Guerrero (1897-1933),


de tonos modernistas que lo acercan a Rubén Darío. Su misma enfer­
medad —la implacable lepra de sus últimos años— produjo, por con­
traste, un esperanzado y jubiloso canto a la juventud. Panambi vera,
(Brillante mariposa) y Ne rendápe aju, (A ti vengo), son cantadas repe­
tidamente hasta hoy, pero desde una perspectiva más literaria habría
E l guaraní paraguayo 221

que colocar tal vez en primer término la delicada y sensible Jukeri, (La
mimosa), que parece trasladar a la voz el estremecimiento de su olor y
de su tacto vegetal. De hecho es uno de los escritores paraguayos de
quien con más frecuencia se recitan las poesías y se cantan los poemas,
por la claridad de sus metáforas y alegorías. En varias ediciones se han
publicado sus Obras completas (Buenos Aires 1952; Asunción 1969), así
como colecciones de Las mejores poesías (Asunción 1983; 1984).

Panambi che raperáme


Reseva rejeroky,
Nde pepo kuarahy ’ame
Tamora’e añeñoty.
Nde réra oikóva ku eirá saitéicha, che ahy’o kuápe;
Ha omohe’eva chíve amboy’úvo che resay.
Ku ñuatindyrupi, ñü, ka’aguyre nemoñahápe,
iku’ipáva che ¡inga che pope huguy syry.
Mariposa que en mi camino
sales y te pones a danzar
Que a la sombra de tus alas
Ojalá me entierren.
Es tu nombre miel silvestre en mi garganta;
que me hace más dulces las lágrimas que debo tragar.
Por los zarzales, por el campo y por el monte al perseguirte,
mi alma deshecha, veo en mis manos la sangre correr.

No podemos continuar comentando cada uno de los poetas y le-


tristas de canciones en guaraní paraguayo, so pena de alargar indefini­
damente la lista y caer en anotaciones generales y repetitivas. El pueblo
paraguayo tiene sus personales preferencias, que si bien concuerdan en
los autores reseñados hasta aquí, se abren en gran abanico cuando se
trata de incluir a otros entre los famosos. En una selección fonográfica
de 14 composiciones de otros tantos autores, Poesía paraguaya en gua­
raní, su editor y recitador, Rudi Torga, un buen conocedor del hori­
zonte de la poesía paraguaya en guaraní, hace figurar, junto a los cita­
dos, a Gumersindo Ayala Aquino (1910-1972), Carlos Miguel Giménez
(1914-1970), Julián Paredes (1914), Francisco M. Barrios (1892-1939),
Juan Maidana (1917) y Herib Campos Cervera (1905-1953). El mismo
Rudi Torga, al presentar ese recital, escribe:
222 La lengua guaraní del Paraguay

La poesía en guaraní está profundamente enraizada en el alma de


nuestro pueblo y es parte importante de nuestra historia cultural; nin­
guno de los sentimientos que agitan a nuestra gente, sentimientos de
amor o de rebeldía, de descripción de la naturaleza o de la protesta
ante la injusticia, han dejado de expresarse en este rico caudal, y la
música paraguaya, en sus manifestaciones más ricas, ha preferido apo­
yarse en esos textos.
No ha sido fácil una selección que combine la representatividad
con la calidad poética indispensable en esta clase de trabajo; de tan
alto valor es la poética nacional en lengua indígena, que se corre el
riesgo de omitir nombres y obras ya consagradas. Es éste un primer
intento. Se ha elegido el criterio de armonizar la obra de poetas cul­
tos y de poetas populares, empleándose un fondo musical que res­
ponde al espíritu de cada una de las composiciones.

La selección de autores y obras en guaraní paraguayo presentada


aquí es apenas indicativa; ni siquiera se atuvo a criterios de estricta crí­
tica literaria —un análisis y valoración que todavía queda por hacer—,
sino que siguió la onda de la consagración popular y la indiscutida
fama de que gozan esos bardos y cultores de la lengua vernácula, y no
sin grandes méritos. Sus palabras se han tornado ya memoria social.

Compuestos y cánticos de estacioneros


Todavía en el sendero de lo popular, es necesaria una alusión a
un tipo de poesía narrativa en guaraní, llamado «compuesto» o «decir
compuesto». Su relación con el romancero paraguayo en castellano, del
que sin embargo, la tradición conserva apenas escasas y desmedradas
muestras, es un hecho suficientemente sentado.

La coincidencia de ambas modalidades, tanto en lo que se refiere al


carácter octosílabo de los versos como en lo que afecta a la rima (aso­
nante en los pares), demuestra claramente que los compuestos para­
guayos en guaraní, desde el más antiguo que se conserva, Campamen­
to Cerro León (1866?) hasta los más recientes se han forjado sobre un
modelo anterior que no puede ser otro que el del romance hispánico
(Granda 1988: 533).

Al mismo tiempo, como ya lo notara B. Brítez Fariña, entre el


romance y el compuesto paraguayo hay diferencias, no solo en métrica
E l guaraní paraguayo 223

y rima, sino en el carácter y forma del hecho narrado. «Los compues­


tos, además de su carácter documental, tienen un aire moralizador, una
filosofía natural y, por lo general, versan sobre hechos policiales o crí­
menes, como un toque de llamada a la sociedad paraguaya» (Brítez Fa­
riña 1981: 37).
Así como la guerra del 70 había suscitado el compuesto Campa­
mento Cerro León, es fácil imaginar que los episodios de la guerra del
Chaco suministraran no pocos «casos» memorables. Uno de los com­
puestos más famosos es el Suceso de Mateo Gamarra, tenido como anó­
nimo, aunque atribuible a un ferroviario jubilado, Estanislao Báez. La
pieza constituye a su vez un verdadero documento lingüístico del gua­
raní jopara.

Atención pido los señores Atención pido los señore


un rato pehendumi escuchen por un momento
la desgracia ha sucedido la desgracia ha sucedido
en el Pueblo guaraní. en el pueblo guaraní.

(Despechada la mujer por ver a su amigo bailando con otra, lo mata


en el acto).

Ha upépe ho’a Gamarra Y allí cayó Gamarra


socorro ojerure socorro pidió
mba’ére piko, Delfina, ¿Por qué, pues, Delfina,
rejapo péicha che rehe. así hiciste conmigo?
Gamarra noñe’evéima Gamarra ya no habló nada más
más que sólo he’i va’ekue Solamente dijo
«adiós mante los amigos «adiós, no más, los amigos;
pevy’aite mante che rehe». alégrense, sí, por mí».

Particularidad de algunos compuestos es la construcción imaginaria


del relato con personajes de la fauna local, a la manera de una fábula
moralizante y satírica. Con su habitual perspicacia sociológica y lin­
güística, León Cadogan (1962; 1965) realizó el estudio del Guyra com­
puesto, (El compuesto de los pájaros) y otras baladas paraguayas, y en
su Folklore del Paraguay, M. González Torres (1991: 50-59) trae una cor­
ta, pero bastante representativa muestra de varias formas de compuesto,
como el del Karáu y el del A ka’e (Urraca).
224 La lengua guaraní del Paraguay

Durante la Semana Santa, grupos de hombres y mujeres, o sólo


hombres, recorren, cantando, los «calvarios» familiares y las iglesias, lo
que ocurre también en el Kurusu ara, «día de la cruz». Son los llama­
dos estacioneros.

Los cánticos de «estacioneros» se caracterizan por la frecuencia de ar­


caísmos hispanos y guaraníes y por un sentido formulístico: repeti­
ción terminológica de connotación ritual; la apocopación en el canto,
al final de las frases, es ampliamente difundida entre los diversos gru­
pos, aunque no constituye un patrón estricto, al igual que la altera­
ción de los textos, omisión o sustitución, aislada —muchas veces— del
contenido original.
Es frecuente en los textos la presencia de términos a-lógicos, que
justifican el contexto «formulístico» al que se hallan ligados en sí en
lo que se refiere a expresión y comunicación religiosa, y que se pau­
tan en su propio carácter de tradición oral (Perasso-Szarán 1978: 43).

A través de las misiones jesuíticas, a juzgar por el testimonio de


las crónicas, estos cánticos podrían remontarse a una tradición hispá­
nica, incluso medieval, en cuanto a su forma y estructura. Para la his­
toria de la lengua guaraní, estos textos atestiguan un fenómeno curio­
so, pero muy explicable dada la peculiar asimilación del castellano por
hablantes de guaraní: quedan las palabras de la lengua sin la lengua,
de tal manera que «los versos originales casi ya no existen, por lo me­
nos así como fueron escritos. Con rigurosidad gramatical no entende­
ríamos muchas estrofas. Los mismos estacioneros no las entienden;
pero las sienten» (Alcibíades González del Valle, en Perasso-Szarán
1978: 10). Una buena antología de estos cánticos de Pasión, junto con
los de otros ciclos religiosos como el de Navidad, constan en el Can­
cionero religioso popular, del padre Diego Ortiz (1981: 95-141; ver tam­
bién González Torres 1991: 331-357).
A modo de breve ilustración vaya esta estrofa en ese lenguaje de
desconcertada gramática, pero no sin sorprendentes imágenes.

Fueron los querubines Fueron los querubines


ohecháma inacimiento ya vieron su nacimiento
oipeju treinta y dos vientos soplaron treinta y dos vientos
ipoty cuanto jardines florecieron cuatro jardines
E l guaraní paraguayo 225

ocanta los querubines cantaron los querubines


y otros diversos pastores y otros diversos pastores
onace jave el autor mientras nace el autor
que da la noche y día que da la noche y el día
oguerekóma María ya lo tiene pues María
divino Niño de flores. divino Niño de flores.
(Ortiz 1981:133).

Anónima también, pero excelentemente construida es esta otra


composición, del mismo ciclo navideño, donde parece haber perma­
necido algo de la primitiva cosmovisión guaraní.

Espartillo hovymi Espartillo verde azul


Espartillo hovymi Espartillar verde azul
ndaje raka’e diz que había sido
Niño Jesús oñemi hague. donde el Niño Jesús se escondió.
Laurel kuarahy’á A la sombra de un laurel
ndaje raka’e diz que había sido
Niño Jesús opytu’u hague. donde el Niño Jesús descansó
Yvyku’i morotími Arenal de suave blancura
ndaje raka’e diz que había sido
Niño Jesús oñemboharái hague. donde el Niño Jesús se puso a ju­
gar.
Ykua satí osyryva Una fuente que límpida fluye
ndaje raka’e diz que había sido
Niño Jesús ojahu hague. donde el Niño Jesús se bañó.
Tataindy mbohapy Tres encendidas velas
ndaje raka’e diz que había sido
Niño Jesús ojehesape hague. con las que el Niño Jesús se alum­
Kurusu mbohapy apytépe bró
ndaje raka’e Entre tres cruces
Niño Jesús omano hague. diz que había sido
donde el Niño Jesús murió.
(Ortiz 1981: 134)

Hibridismo y sincretismo crean la nueva identidad lingüística y


cultural del Paraguay.

Casos de sincretismo se registran a cada paso en las distintas formas


de la literatura oral (v. casos, compuestos, loadas —himnario religioso
226 La lengua guaraní del Paraguay

popular para las loas capilleras de los sábado-ka’aru f=tarde de sába­


do)— y otras formas de la tradición oral como el ritual cristiano po­
pular: entierros de «angelito», pautas franciscanas de projimidá ^ ca ri­
dad) que no son sino la versión evangélica de las pautas éticas del
jopói (reciprocidad de dones), etc. (Domínguez, R. 1981: 11).

Para una lengua guaraní que estuvo sistemáticamente colocada en


la periferia del sistema de la comunicación oficial, escasamente insti­
tucionalizada en la escuela y apenas en las letras, los cauces encontra­
dos por poetas y músicos, con sus cancioneros y otros medios de ex­
presión, dan testimonio de la vitalidad de una lengua y una forma de
vivirla nada despreciable; este hecho cultural se constituye en un factor
relevante para la historia lingüística del guaraní en el Paraguay y un
término de referencia cuando se trata de políticas lingüísticas en la
Amerindia ibérica.

De las nuevas tendencias en poesía


La reivindicación y experimentación de los recursos poéticos y es­
tilísticos del guaraní había propiciado un pequeño movimiento de
hombres de letras que se probaban a sí mismos traduciendo a los es­
pañoles —Bécquer en guaraní— o escribiendo a la manera de éstos. Este
tipo de poesía que se ha dado en llamar «culta», desde Ignacio A. Pane
y Juan E. O ’Leary, ya citados, fue practicado ocasional o habitualmen­
te por la mayoría de los poetas guaraníes. No es fácil trazar el límite
entre popular y culto en esta clasificación, tal vez por la misma inade­
cuación de la categoría empleada. Para R. Bareiro Saguier esa poesía
«culta» procura «una elaboración estilística extrema, con matices y su­
tilezas insospechadas». Son expresiones poéticas en las que, por una
parte, la lengua rehuye conscientemente el contacto «impuro» del cas­
tellano y, por otra, busca las resonancias imaginarias de lo particular­
mente autóctono. Esta poesía culta está representada por autores del
grupo del 40, como Herib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos, El-
vio Romero y Ramiro Domínguez, a quienes la modernidad les lleva
frecuentemente hasta las mitologías primigenias y las tradiciones po­
pulares. Un cierto arcaísmo es su vanguardia.
De Herib Campos Cervera (1905-1953) se tiene M andu’a rory,
(Alegre recuerdo), en guaraní «puro», de notable perfección formal.
E l guaraní paraguayo 227

Mandu’á rory ikusuguepdva ne poreyhápe


ojope bague ñambyasy puku omano va’era,
nde rerakuemi aropurahéivo ou che p y’ápe
ikatuve’y va, ajahe’oyre aromandu’á
Che ruguy porava, ajuhúro máva nde réra oguerúva,
yvoty ryakuáicha chembopiroyva ne aboguemi,
robuguaitíségui, tape ipukuvéva ahenonde’áva
ikatu haguáicha, che renduse’yro, añehenduka.
Recuerdo feliz que en tu ausencia es sólo ceniza
que dio calor a un largo sufrir hasta la muerte,
tu dulce nombre al cantar, entra en mi pecho,
ya que no es posible que te recuerde sin llorar.
Mi sangre revive, cuando encuentro a alguien que tu nombre trae
y cual flor perfumada me refresca el ama tu suave aliento
por solo ir a tu encuentro, emprendo los más largos caminos
y tal vez, aun sin querer escucharme, me haré escuchar.

Augusto Roa Bastos, cuyo acabado trabajo en lengua castellana le


ha valido el Premio Cervantes 1989, siempre miró al guaraní como el
texto ausente que subyace a toda su artesanal obra de escritor. De su
producción en guaraní quiso salvar apenas siete cortos poemas anterio­
res a 1953 que figuran en El naranjal ardiente (1983: 79-89).
En 1967, Ramiro Domínguez se servía de un bien trabajado gua­
raní para dar forma al pensamiento popular creador de mitos. Mbói-
jagua, (La serpiente-perro), sólo publicado en 1973, es un canto largo
en el que la aparición del fabuloso animal tiene la virtud de despertar
la apocada vida de aquel rincón de mundo para dejarlo caer de nuevo
en el marasmo de siempre.
La significación de esta poesía, para Josefina Plá, sería apenas
anecdótica: «Representa sólo el ejercicio de los poetas en un idioma
querido en el que quisieron medir la fuerza expresiva del lenguaje» (Plá-
Meliá 1975: 26). Pero para el momento en que se escribía tenía la im­
portancia que puede atribuirse a los experimentos de laboratorio.
En la nueva generación de poetas en guaraní paraguayo la inda­
gación formal en el tratamiento de las palabras de la lengua es cada
vez más explícita. Los temas poetizados provienen todavía, fundamen­
talmente, de experiencias vividas en la sociedad rural y el dolor para­
228 La lengua guaraní del Paraguay

guayo nacido de situaciones de opresión política y cultural está muy


presente en jóvenes que sintieron en carne propia la violencia de la
dictadura de Stroessner (1954-1989), pero la lengua guaraní pasa a un
primer plano de protagonismo; el diálogo es con la lengua que tocan
con respeto y cariño, en un juego de amor por las palabras que, sin
embargo, se despoja de retórica.
Carlos Martínez Gamba, Tadeo Zarratea, Susy Delgado, Miguel
Ángel Meza, Rudi Torga, Ramón R. Silva, Feliciano Acosta, Mario
Rubén Álvarez, Sabino Giménez Ortega, entre los principales, incor­
poran técnicas poéticas de avanzada, no ya para medirse con otras lite­
raturas, sino para encontrar su propia voz. Cortas semblanzas de estos
escritores contemporáneos en lengua guaraní (Ñemity 13, 1986: 10-13)
muestran lo variado de sus caminos, pero también la convergencia ha­
cia una escritura precisa que valoriza sobre todo la propiedad de cada
palabra.
Carlos Martínez Gamba lleva en el exilio todas las voces de la
memoria de su Guairá natal. En poesía, como lo hará también en
la prosa narrativa, es un innovador. Pychaichi (1970) es un pequeño
canto épico al picaro popular y sabio, con el que se identifica la con­
ciencia colectiva, pero escrito no a la manera de los compuestos tradi­
cionales, sino en versos libres tallados como otros tantos apólogos de
aristas imprevisibles. Muy constante en su producción publicaba Pura-
héi mita ñembotorore ha ñemongera (Posadas), a la manera de modernas
canciones de cuna.
La palabra guaraní es tratada por Ramón R. Silva como si cada
una de ellas contuviera en sí una imagen y un sentimiento y todas jun­
tas formaran una música que nos envuelve. La repetición y variación
fonética es su principal recurso tanto en Hovere vere (1984), como en
Tangara tangara (1985).

Osunu sunu. Truena y truena.


Osunu tyepy. Truena profundo.
Osunu sapukái. Trueno gigante.
Yvy rapo ojepyso. La raiz de la tierra se extiende.
Tetä pyahu tataypy oheréi. Una patria nueva llamea junto al
Avañe’e opáy. fuego.
Despierta el guaraní.
E l guaraní paraguayo 229

Osunu. Truena.
Osunu yvyguy. Truena bajo tierra.
Osunu tiri. Truena y relampaguea.
Itayku ovu, ovu, La lava se hincha y se hincha,
osese yvytytype okapu. sale con fuerza por los cerros y re­
Avañe’e omyi. vienta.
El guaraní se pone en movimien­
(Silva 1984:'11) to.

Una mujer, Susy Delgado, sabe tratar con crudeza y con no poca
ironía temas que el folklorismo barato había vuelto inocuos y vacíos.
Dos fragmentos de Tesarái mboyve; antes del olvido (1987) nos hacen es-
cuchar la voz de esta mujer paraguaya,, trabajadora de la lengua, cons-
cíente y delicada, pero no pasiva ni resignada.

M azo y mortero
Nembiso, ñembiso, Mazo y mortero,
ñembiso, ñembiso. mortero y mazo,
Kyre’y rembiapo faena vivaz,
ndoikuaái kane’o. sin fatiga.
Nde jyva kyre’y , Tu brazo vivaz,
ñembiso, ñembiso, mazo y mortero,
ojupi ha oguejy, se alza y desciende,
ñembiso, ñembiso. mortero y mazo.
Ñembiso karia’ype Con fuerza viril
nde jyva ojeroky, ojupi ha oinupa danza tu brazo,
ijyképe angu’a, sube y golpea,
oguevi ha oñepa, sesga el mortero,
oku’e ha oikutu, recula, ladea,
oinupa ha ojuka se mueve y eleva,
avati. golpea, tritura
maíz.
(1987: 16-17)

En tu ventana
En tu ventana, mi virgencita, En tu ventana, mi virgencita,
reju jeyma repurahéi, vienes de nuevo a cantar,
para decirme, mi bien amada, para decirme mi bien amada,
vyrorei ndaikuaasevéiva. todas esas tonterías
que ya no voy a escuchar.
230 La lengua guaraní del Paraguay

Acongojado, con toda el alma, Acongojado, con toda el alma,


ne ñembyahyíro ne mandu’áva, sólo con hambre piensas en mí,
por esos ojos que yo suspiro, por esos ojos que yo suspiro,
re’upaite che rembi’urá. tragaste todas mis provisiones.
(1987: 52-53).

Un libro reciente recoge los poemas en guaraní de Rudi Torga:


Manduara (1990). Según confesión del autor cada poema nació con
música, «siempre predestinado a ser canción»; pero, aun manteniendo
las métricas tradicionales del cancionero, se libera de sus persistentes
estereotipos conceptuales e imaginarios. La liberación poética y social
hacen inconfundible su voz, que no teme el grito revolucionario. Muy
atento a la riqueza que está escondida en la cultura guaraní indígena,
recreó en una especie de oratorio: Ka’aguy pytu, (La noche en la selva)
(1990: 84-95), al modo de los cantos rituales que investigara con res­
peto y dedicación. Así devuelve con extrema simplicidad —y mucho
arte— un kotyu, «saludo amoroso» de los pal:

Yvytu saraki Viento gracioso,


ka’aguy purahéi canto silvestre,
oveve guyrami, los pajaritos vuelan,
iñe’e ndosovéi. su canto no cesa.
Hetia’e panambi Alegres mariposas,
ysyry ipyahë murmurantes arroyos.
Eiretépe ka’i Los m onitos, hartos de buena
oka’u guasuete miel,
(1990: 91) borrachos perdidos.

Teatro popular

Con la salida de los jesuítas en 1768, las representaciones teatrales,


como otras expresiones culturales en lengua guaraní entraron en colap­
so. En el final del período colonial todavía debían repetirse algunas
piezas, con nostalgia de mejores tiempos pasados. «Diez años después
de la salida de los padres, los indios representaban y volvían a repre­
sentar las piezas que los misioneros les habían dejado», diría un jesuíta
posterior (citado por Plá 1990: 34).
E l guaraní paraguayo 231

Los primeros años del Paraguay independiente, dominados por la


figura del doctor Francia, «monologuista magistral, que acapara él sofi­
to el escenario», según bien humorada expresión de Josefina Plá (1990:
40), no tuvieron teatro. El interés del sucesor, Carlos Antonio López,
por actualizar al país en el orden cultural, promovió una considerable
actividad teatral. Pero si se abrían las puertas al teatro paraguayo, se
hacía bajo el signo de la castellanización y los gustos europeos. El des­
pertar del guaraní en las letras paraguayas, que se manifestó en tiempos
de la Guerra Grande, no parece haberse dado en el teatro.
Una noticia de 1879 permite rastrear la supervivencia de ciertas
formas de teatro colonial, con la representación de autos y misterios de
origen misionero. Los indios de Atyrá, en efecto, representaron en
Caacupé la Creación del mundo —¿una versión de aquel Drama de Adán
jesuítico?— y un diario de la época comentaba: «Antes de la guerra los
indios de Atyrá sobresalían en la ejecución de esta clase de diversiones;
veremos si el transcurso del tiempo se lo ha hecho olvidar...» (Plá
1991: 25).
Aunque poco documentadas, las «veladas» en pequeñas villas del
interior y capillas rurales en las que pocos actores —apenas dos, de or­
dinario— suben a la escena para improvisar diálogos llenos de morda­
cidad, fueron la forma teatral más simple y más persistente de la voz
del pueblo, sobre todo el del campo. Y esta voz se decía en guaraní.
Las «veladas» de José L. Melgarejo, hacia 1930, donde se daban obras
cortas, poesías en guaraní, música y juegos mágicos, eran fiestas me­
morables.
Pero fue en la década de 1920 —al mismo tiempo en que surge
con fuerza la poesía en guaraní— cuando se afirma con bastante vigor
un nuevo movimiento teatral que hará de la lengua guaraní un ele­
mento esencial de lo que quiere hacer escuchar y sentir. Este teatro en
guaraní representará, si no de forma exclusiva, ciertamente con incon­
testable autenticidad, la «persona» y la voz del pueblo paraguayo.
«Francisco Martín Barrios, precursor del teatro en guaraní (e injus­
tamente olvidado) preconiza las virtudes del vernáculo como vehículo
de la autenticidad expresiva del ser y el quehacer popular» (Plá-Meliá
1975: 22). Suya es la obra Caacupe, estrenada en 1922, así como Sinfo-
rosa y Karai Octubre, ésta última dramatizando el terrible mes del ham­
bre para el campesino paraguayo, que es octubre.
232 La lengua guaraní del Paraguay

Entre los precursores está también el poeta Félix Fernández, con


su melodrama Mborayhu paha, (El fin del amor) y Roque Centurión
Miranda, que estrena Tuju, (El lodo), en 1930.
Hay en ese nuevo teatro guaraní, como lo hace notar Bareiro Sa-
guier (1991: 148),

una muy neta vocación social, un tono de protesta contra las injusti­
cias, una identificación con la causa de los desposeídos. Esto queda
patente, sobre todo, en la voz áspera e incisiva de Julio Correa, el
más importante representante del teatro en guaraní. Con la fuerza y
las técnicas de comunicación de un Brecht espontáneo, Correa fasci­
na a su público, sabe despertar en él los sentimientos más diversos y
dinamiza la voluntad popular. No se trata de literatura panfletaria,
sino de la exploración dramática aguda y desgarrada de la realidad
social, con innegables cualidades estéticas.

Julio Correa

Julio Correa (1890-1954), como otros contemporáneos suyos, tie­


ne en la guerra del Chaco un motivo de gran potencialidad para in­
dagar en los valores populares y desvendar contrastes y conflictos mal
solucionados de la sociedad paraguaya. Para ello la lengua guaraní no
solo era recurso de expresión pintoresca, sino elemento dramático
substancial, porque ella misma era fuerza y tensión entre corrientes an­
tagónicas. Esta misma lengua, en Correa, es un excelente documento
del habla real de la época, especialmente entre campesinos.
La obra teatral de Correa se inaugura en 1933 con Sandía y vyguy,
(Sandía enterrada), expresión del guaraní popular para designar a los
desertores de guerra, que se escondían bajo inconfesables excusas. Esta
pieza sólo fue editada en 1981 (ver Pecci 1991), con versión castellana
de Tadeo Zarratea. Del tono de su voz puede ser ejemplo el siguiente
parlamento:

Pa’i Tiku: Sí, en verdad será mejor callar. Por falso testimonio nos
envía directamente a la cárcel. Para el rico no hay castigo. Por dinero
todo se puede comprar en nuestro país. Si raptan a tu hija, cállate,
porque tú eres pobre. Cállate si te quitan la tierra que trabajas, por­
que tú eres pobre. Si el jefe policial te increpa, cállate; si te golpea,
E l guaraní paraguayo 233

cállate. Si los cuatreros te comen la vaca, cállate, porque tú eres po­


bre. Si matan a tu hijo, cállate, porque sólo con tus propias manos
podrás hacer justicia. Si promueves demandas, los procuradores y
doctores te sacarán cuanto tengas, te dejarán pelado y te desalojarán
de tu casa; mandarán hacer en tu tierra eso que llaman chalet. Cuan­
do entras en sus fincas en busca de leñitas te correrán con sus pe­
rros... y pensar que el pobre es el único que se presenta a morir por
la patria... (mira a Juan). Pero esto no quedará impune. Nosotros ha­
remos las cosas que la justicia deja de hacer.

Con increíble fecundidad lleva a las tablas este mismo año, Guerra
aja, (Durante la guerra); Tereho jey fréntepe, (Vete de nuevo al frente),
Péicha guárante, (Así, no más, tenía que ser). Otras cuatro obras suben
a la escena en 1934, entre las cuales Ñane mbae’ray, (Lo que no será
nuestro). Pleinto rire, (Después del pleito), de 1935, cierra el ciclo con­
temporáneo de la guerra chaqueña.
Karu poka, (Los mal comidos), de 1941, —editado sólo en 1980,
en guaraní y en su versión castellana, por el mismo Correa— interpreta
la resaca de la guerra vivida con desencantada resignación por el pue­
blo campesino.

Juan de Dios: Dentro de un corralito, de un corralito chiquitito quedó


mi rancho. Como esas cruces de los campos, como esas cruces que
vemos de reojo al pasar por los caminos tristes, hechos por los pies
descalzos de los hijos de esta tierra que nunca han visto la libertad y
la justicia. Lo único que falta es que caven una zanja y nos entierren
(Se va exaltando a medida que habla) y que planten una cruz dentro
de este corralito. Y después caerá el rancho a pedazos y sólo quedará
la cruz. Y la gente al pasar ha de mirar de reojo y andará más ligero.
Y el caminito hecho por los pies descalzos, se irá ahondando, ahon­
dando! ¡En tanto, seguirán riendo del dolor de la raza los canallas!
Casimira: No hables así, Juan de Dios.
Juan de Dios: Es que Dios nos tiró como se tira la basura sobre
esta tierra para podrirnos en ella como la basura. Nunca pudimos es­
tar seguros de que fuera nuestra... Cuando perdimos la guerra, nos
sacan la tierra. Cuando la ganamos, también. Al volver, nos decía­
mos: «Ahora por amor a la patria, nos respetarán». Volvimos de la
guerra enfermos, heridos, maltrechos, creyendo que el sacrificio ten­
dría su premio. ¡¡¡Mentira!!! Como antes, somos juguetes de los que
mandan y se nos despoja del pedacito de tierra que trabajamos. ¡Qué
234 La lengua guaraní del Paraguay

puedo hacer sin tierra! Casimira: ¿qué les voy a dar de comer? (Co­
rrea 1980: 96).

La producción de Correa fue espaciándose con los años: Yvy jara,


(El dueño de la tierra) (1942), publicado en Asunción 1975; Karai Eu­
logio (1944); Honorio causa (1948); Toribio (1949) y la última obra, Som­
brero ka’a, (Sombrero lleno de yerba mate) (1951), modismo para nom­
brar al amante clandestino, bueno y oloroso como esa yerba, que fuera
publicado, con excelente estudio preliminar por Francisco Pérez-Mari-
cevich (Correa 1969: 9-22).
Sin lugar a dudas, Julio Correa es el más importante dramaturgo
nacional, reconocido aun por críticos que discuten —y no sin motivos
serios— sus «valores estrictamente artísticos».

Julio Correa no fue, en efecto, el fundador del teatro en guaraní; ya


se ha mencionado a sus precursores; pero fue algo más. Fue quien le
dio la dimensión social y humana de que carecía. En el teatro de Co­
rrea el guaraní se hace por primera vez lo que debe ser: cauce analí­
tico de la psiquis nativa. Por primera vez el hombre del pueblo pa­
raguayo hace sentir sin retórica su dolor de marginado; alborea en él
una conciencia de sí mismo, lleva la carga de un destino. El teatro
de Correa, además, tuvo un valor reactivo importante: reveló que el
ángulo desde el cual se venía enfocando al hombre de la tierra era
falso, convencional; dejó al descubierto la razón por la cual sonaba a
retórico y huero el discurrir de la mayoría del teatro anterior, no solo
en castellano, sino también en guaraní. Al protestar, al afirmarse como
individuo, el personaje rompe el molde convencional en que se le
venía encajando; se convierte en agonista, en hombre que sufre y se
rebela.
La realidad puesta en evidencia respecto al hombre paraguayo
por el teatro de Correa, hace impacto en los espíritus; pero no es
interpretada en su sentido verdadero. En efecto, el entusiasmo pro­
ducido por el teatro de Correa es tan grande, que el teatro en caste­
llano entra en receso temporal: cosa perfectamente lógica ya que sus
asuntos y mensajes quedaban decididamente fuera de foco. El hecho
es observado, pero las deducciones que de él se extraen son arbitra­
rias. Se saca, en efecto, la conclusión de que sólo el teatro en guaraní
tiene posibilidades de vigencia en el Paraguay. Al margen de toda discu­
sión al respecto, vale la pena anotar el largo camino recorrido en una
década por los reivindicadores del guaraní. Barrios en 1922 buscaba
E l guaraní paraguayo 235

mostrar que el guaraní podía «también» expresar al hombre de la tie­


rra: con Correa, se llega a reclamar la exclusiva de esa capacidad para
el guaraní... Se atribuye ahora explícitamente, pues, al guaraní el pa­
pel exclusivo y mágico de develador de los misterios del alma nacio­
nal. Ciertamente, algo de verdad hay en esto; pero no porque el gua­
raní posea esa virtud por sí mismo, sino simplemente porque la masa
a la cual se dirige esa literatura no posee suficientemente el castella­
no: los conceptos en el habla popular le llegan más directa y profun­
damente (Plá-Meliá 1975: 24).

Esta larga cita se justifica por tocar de cerca una cuestión nuclear
de la cultura paraguaya y los papeles que en ella deben —y pueden—
jugar sus dos lenguas, que se quieren ambas nacionales, un asunto que
hasta hoy hace correr no poca tinta.
Desde un punto de vista sociolingüístico, se echa de menos la edi­
ción de la obra completa de Julio Correa para poder realizar mejor el
análisis de la lengua guaraní hablada realmente por el pueblo en la pri­
mera mitad de este siglo, una deficiencia que afecta al grueso de la
producción teatral en guaraní. Es cierto que un texto de teatro está más
para ser escuchado que leído, pero la escritura lo apoya sin duda, sobre
todo en vistas a nuevas actualizaciones. Es lo que sentía Antonio Pecci
(1981), cuando en su Teatro Breve del Paraguay seleccionaba para su pu­
blicación, además de la citada Sandía yvyguy de Correa, Los casos de Perú
Rima, o La olla de la virtud, vertida al guaraní por Pedro Moliniers, y
el brevísimo M ita reko mara, de Tadeo Zarratea, los dos últimos, de la
actual generación.

Nuevo teatro

El teatro en guaraní existe y vive hasta hoy. Junto a los nom­


bres mayores de Roque Centurión Miranda y Ernesto Báez, gente que
al igual que Correa, encabezaban sus propias compañías como actores
y directores, aparecen otros. Es gente que, aun sin repetirlas, sigue fun­
damentalmente las propuestas de Correa. Néstor Romero Valdovinos
ha visto su obra Mbokaja ha’eño, (Cocotero solitario), repetidamente re­
presentada desde 1976 y aplaudida con entusiasmo durante nueve años.
El «Canto del labriego», Chokokue purahéi (Ñande reko, 5 (1988): 23-34)
es, una vez más, grito de protesta y denuncia.
236 La lengua guaraní del Paraguay

En algunos la depuración lingüística es preocupación manifiesta:


Pedro Moliniers, Tatayyvá, pseudónimo del padre Rubén Darío Cés­
pedes y Tadeo Zarratea.
Pedro Moliniers, queriendo probar una vez más el potencial unl­
versalizante de la lengua, llevaba a la escena una versión en guaraní del
Médecin malgré lui, de Molière. Kalaito Pombero, de T. Zarratea, era
adaptado hace poco al teatro (1991), con notable éxito.
La lengua misma hace parte de la trama de una pieza como El
loco, de Ovidio Benítez Pereira, en versión al guaraní de Rudi Torga
(Ñande reko, 3 (1986): 29-48), donde el pordiosero, gran decidor de la
verdad «loca» del pueblo, se expresa totalmente en guaraní, el sacerdo­
te habla en castellano, mientras el sacristán, entre los dos, habla caste­
llano y guaraní; el agente de policía habla directamente en guaraní. Del
mismo Ovidio Benítez se representa Puente sobre el barranco, donde la
mujer, en largo monólogo, asume plenamente su bilingüismo.
Los niños de la calle, de Moncho Azuaga (Ñande reko 6-7, (1989):
51-83) recurre también a la alternancia del guaraní y el castellano en
los diálogos; uso de lengua que se convierte en metáfora de contrastes
y conflictos sociales.
Sea tal vez en el teatro, y sobre todo cuando ese teatro sale de las
salas de la capital Asunción y convoca al pueblo del interior del país,
mayoritariamente rural, donde las dos culturas y las dos lenguas del
Paraguay se confrontan y se sintetizan a la vez. El teatro popular en
el Paraguay es diglósico; es éste su propio drama. En el prólogo a Perú
Rima rembihasakue, de Pedro Moliniers (1987), Rudi Torga —hombre de
teatro y creativo artesano literario él mismo, a quien éstas mis notas
sobre literatura en guaraní le deben tanto—, interpreta con acierto lo
que sin duda ha constatado por experiencia:

El teatro paraguayo tiene un condicionamiento radical: el bilingüis­


mo. Todo hombre de teatro no puede prescindir del conocimiento y
el dominio del idioma guaraní y el idioma español. Las dos lenguas,
configuran la «expresión» que caracteriza lo «paraguayo». No es sufi­
ciente el dominio de una de ellas, porque el «lenguaje» hablado se
impregna de sonidos, matices e inflexiones que pertenecen a uno o a
otro idioma. Y hay que diferenciar y modular respetando sus respec­
tivas «claves». Inevitablemente debemos reconocer que existe un «ha­
blar paraguayo». Esta constatación no la puede eludir el que solamen­
E l guaraní paraguayo 237

te se expresa en español o el que solamente se expresa en guaraní. El


guaraní subsiste en el español. Y el español está subyugado por
el guaraní. (Moliniers 1987: 8).

3.3.3. Hacia una literatura narrativa en prosa

La literatura en guaraní, que en el período colonial tuvo sus ma­


nifestaciones —si nos atenemos a las reliquias documentadas— casi ex­
clusivamente reducidas a la prosa —catecismo, sermonarios, crónicas y
cartas—, no ha encontrado todavía su camino firme en los tiempos
modernos en una narrativa consistente, a pesar de algunos meritorios
intentos.
Buen contador de historias y casos, el hablante guaraní paraguayo
sólo con denodado esfuerzo consigue ser escritor de literatura narrati­
va, como si la oralidad estuviera tan adherida a su contextura interna
que impidiera fijarle otra expresión por separado, un vestido que no le
va. Es un fenómeno que llama la atención de los historiadores de las
letras paraguayas, que provoca discusiones, para el que se adelantan ex­
plicaciones, pero continúa marcando los hechos de la lengua guaraní
del Paraguay. R. Bareiro Saguier acaba de retomar el tema (1991: 161-
163). Lo curioso es que en el guaraní paraguayo ni siquiera se dio la
transcripción etnográfica de relatos orales, como se había dado ya des­
de 1914 con Nimuendajú cuando registraba los maravillosos textos mí­
ticos de los apapokúva-guaraní, y lo haría Cadogan con los textos de
los mbyá-guaraníes, desde 1946. Bareiro Saguier constata el hecho y lo
achaca a la condición de «colonizado» que asume el escritor paragua­
yo, en consecuencia de «la situación desequilibrada del bilingüismo di-
glósico».
De hecho, una visión panorámica sobre la producción en prosa
en guaraní moderno parece reducirse a pocos títulos y magro volumen
(Acosta 1988: 4).
El padre Antonio Guasch ya en 1944, al incluir en El idioma gua­
raní algunos textos en prosa, aunque más didácticos que literarios, pro­
pugnaba la necesidad de esta forma de escritura. De modo simple pero
certero, al presentar una colección más extensa de textos en prosa lite­
raria en la tercera edición (1956: 336-382) definía su programa, en tér­
minos que casi suenan a manifiesto:
238 La lengua guaraní del Paraguay

Abundan por doquier las revistas repletas de versos. En cambio, la


prosa ya es harina de otro costal. Anda muy escasa en el mercado.
En guaraní moderno poca prosa se ha escrito. Razón para agradecer
más y más la colaboración de los noveles autores que rompen bre­
cha. Los presentamos orgullosos al público lector: poco y bueno. Son
prosas diáfanas, puras, castizas. Ni una palabra de jerigonza o jopara...
Son los primeros jalones de prosa que el paraguayo podrá saborear.
Marcan un resurgimiento y nueva floración del dulce avane’e, lengua
antigua, enraizada en lo más profundo del alma paraguaya.

Se rescataban ahí algunas buenas prosas de Emiliano R. Fernández


y sobre todo de Darío Gómez Serrato.
La literatura narrativa se desarrolla sobre todo en la cuentística, de
la cual son exponentes significativos Carlos Martínez Gamba y Tadeo
Zarratea. El primero publicaba en 1972, Amombe’uta avade’eme, (Voy a
contar en guaraní), y con continuadas entregas en los años sucesivos
llega hasta una nueva colección de cuentos, Jagua ñetü’o, «Sacarse la
nigua el perro» (1989). El dominio de una lengua bien trabajada, casi
en filigrana, se pone al servicio de un realismo que responde tanto a
modernas tendencias literarias como a la tradición del narrador po­
pular.
Con la publicación en 1980 de Karai Réi oha’áramo guare tuka’e
kañy, (De cuando Karai Rey jugó a las escondidas) (1980), de Juan
Bautista Rivarola Mato, abríanse prometedoras perspectivas para la re­
copilación literaria de cuentos populares, una veta que será explotada
con provecho por los nuevos escritores.
Tadeo Zarratea acepta el reto de escribir la primera novela en gua­
raní paraguayo, Kalaíto Pombero (1981), donde la voluntad de mostrar
las posibilidades estilísticas en esa lengua son manifiestas; y este rescate
de la lengua significa a su vez la liberación de un pueblo socialmente
—y lingüísticamente— oprimido. Del mismo autor es una colección de
cuentos y relatos, Arandu ka’aty (1989), testimonio y homenaje a la
«sabiduría de la selva», aunque no se trata del «pensamiento salvaje» de
los indígenas, sino de los valores de la cultura popular paraguaya.
Bebiendo de la misma fuente, la tradición popular, registrada aho­
ra con pretendida fidelidad etnográfica, Rubén Rolandi ofrecía Kásos
Ahendu, ahai (1989), (Escucho y escribo), recuperación de «casos», lle­
nos de humor y vitalidad, donde el pueblo se muestra tal como es.
E l guaraní paraguayo 239

Los 15 casos contados —y escritos— por David A. Galeano Olivera


en Jakavere ypykue (1989) se inscriben en la misma línea.
La traducción de textos castellanos al guaraní, que representó casi
el grueso de la literatura en aquel guaraní colonial y jesuítico, será me­
nos practicada en los tiempos modernos. Con mayor o menor fortuna
se intentaron varias traducciones del Nuevo Testamento: Tupa Ñande-
yára ñee Ñandeyára Jesu Cristo recome ja remimboecue rejeguare... (Londres
1913); Ñandeyára ñe’e poravo; pyre; (Londres 1935), trabajo que le fuera
encargado a Narciso R. Coimán; Joparé pyahú (Asunción 1963), versión
debida a Reinaldo Decoud Larrosa y, la más reciente, Buenas Nuevas
para el Paraguay; Ñandeyára ñe’é (Asunción 1966), que pretende ser una
versión popular, pero que no escapa del abuso de neologismos y cons­
trucciones complicadas, sin obviar, con todo, el jopara. En la actuali­
dad un equipo está abocado a la traducción integral de la Biblia.
En un orden más estrictamente literario está Platero ha che, versión
guaraní de la obra de Juan Ramón Jiménez, realizada con bastante
maestría y acertado tono por Lino Trinidad Sanabria (1986). Otras tra­
ducciones han tomado como base textos de autores paraguayos, que,
en cierta manera, ya habían sido concebidos desde un modo de pensar
guaraní, con lo cual la lengua no tiene que someterse a complicadas
retroversiones. Es el caso entre otros de la traducción de Los casos de
Perurimá, de Ramiro Domínguez, que realizaran, cada uno por su par­
te, Félix de Guarania (A¡ande reko 6-7, 1989: 20-41) y Carlos Martínez
Gamba.
Pero la mayor contribución a la prosa en guaraní la ha aportado
la revista Ñemity (1980; n.° 23: 1991), con su opción preferencial por
la prosa, no sólo como prueba de potencialidad de la lengua, sino
como conquista de la escritura y de un campo de cultura todavía poco
transitado. Hay que reconocer, por otra parte, que Ñemity no tiene la
difusión popular que tuvieran los «cancioneros» y el acto de leer su­
pone un hábito que está lejos de ser común en el Paraguay. Por ello
los textos en prosa están todavía recluidos en espacios bastante cerra­
dos y exclusivos —huertos de iniciados o cárceles de papel—. Suelo te­
ner la impresión de que la prosa en guaraní, aun dando a luz textos
hermosos, viene todavía excesivamente marcada por la mueca de un
parto difícil. Pero hay que esperar que las nuevas circunstancias de la
política lingüística de este Paraguay del 92 hagan posible nuevos desa­
rrollos de la lengua guaraní, para los cuales los ensayos de prosa lite­
240 La lengua guaraní del Paraguay

raria en esa lengua eran un ejercicio oportuno y un fundamento irrem-


plazable. Y esto aun relativizando prudentemente el papel de la
escritura en la vida real de las lenguas.
Es probable que el programa de educación bilingüe que se está
instaurando en el Paraguay actual provoque una sustancial demanda de
textos y el aumento de lectores, una proyección, sin embargo, sobre la
cual no se pueden hacer previsiones mecánicas.
Capítulo 4

EL GUARANÍ INDÍGENA

4.1. H istoria paralela de los indios guaraníes y su lengua

Ni conquistados ni reducidos, alejados de ciudades de españoles y


de los mismos pueblos de indios quedaron en las selvas del Paraguay
grupos de indígenas guaraníes que la sociedad colonial tenía al margen
bajo la denominación genérica de caagua, los «monteses» o selváticos.
En cierta manera se puede decir que habían escapado a la historia co­
lonial, aunque puedan haber sentido y sufrido sus ramalazos.
Azara (/ 1809/ 1969: 204) sentía que eran «tan libres como antes
de la llegada de los europeos... todos los guaraníes libres vivían en los
alrededores o en la linde de los bosques...»
Tras estos caagua iban los jesuitas a mitad del siglo xvm, con ellos
entraron en contacto, atrajeron a algunos a las reducciones de San Joa­
quín y San Estanislao, pero el intento no prosperó (Susnik 1979-80:
186-189). Los jesuitas fueron expulsados del Paraguay en 1768 y los in­
dios continuaron libres en la selva. Otros ensayos, por parte de las au­
toridades españolas o clérigos tampoco tuvieron éxito (Susnik 1979-80:
282-83). Las noticias sobre esos guaraníes monteses son bastante esca­
sas en todo el siglo xvm; lo curioso del caso es que en el siglo xix,
como todavía sucederá en el siglo xx, a estos guaraníes se los como
descubre de nuevo y se los tiene por tan primitivos como en los pri­
meros tiempos de la conquista.
Al margen del mundo colonial su historia corría todavía por cau­
ces paralelos; mientras había grupos guaraníes que se pasaban al régi­
men de la «civilización», forzados o de buen grado, otros lo rechaza­
ban con recelo. La leyenda de Guairá y Paraguá es su metáfora. Eran
242 La lengua guaraní del Paraguay

dos caciques, de los cuales uno, Paraguá, fue a morar en Asunción (en
guaraní: Paraguay), llevando consigo a una hija de A¡ande Ru? (Nuestro
Padre), que será Tupa Sy, (Madre de Dios), identificada en cierta ma­
nera con Nuestra Señora la Virgen María de la devoción católica pa­
raguaya. Guairá se había quedado en la selva. Paraguá volvió después a
su tierra para apoderarse de la empresa La Industrial Paraguaya, donde
comenzó con la explotación de la yerba mate en la región.
Vino después una invasión de mbayá, grupo indígena localizado
en el Brasil, de la familia lingüística guaikurú, pero que en el nivel le­
gendario viene a confundirse con una penetración de brasileños en sus
tierras, que raptaron muchas mujeres indígenas y mataron en forma
cruel a muchos indios guaraníes.
En el relato indígena esa invasión se confunde con la guerra de la
Triple Alianza (1870), con referencia a cañones —mboka guasu— y a una
epidemia de viruelas que habría hecho estragos entre indígenas e inva­
sores. Mientras éstos retiraban a sus enfermos en carretas y muchos de
ellos morían por el camino, los indígenas invocaban a sus dioses, quie­
nes enviaban a sus lugartenientes a la manera de fuegos terribles, Tata
Vera Guasu y Tata Vera Miri, (Gran Fuego Resplandeciente) y (Peque­
ño Fuego Resplandeciente). Estos emisarios viajaron sobre las aguas del
río Paraguay, pero sin tocar el agua, hasta Asunción y echaron fuego
sobre la ciudad. Entonces Paraguá y Guairá hicieron las paces. Tupa Sy
fue liberada, pero decidió quedarse con los paraguayos.
Relatos de este tipo —están también las leyendas de Papa Réi, la
del Pa’i Tani, la del Ketchuita, etc.— que los historiadores convencio­
nales no suelen tomar en consideración, son la expresión de la histo­
ricidad propia de estos pueblos, que se fijan en hechos, personas y pe­
ríodos a partir de categorías y metáforas que se distancian de la
historiografía paraguaya común. «Diferentes órdenes culturales tienen
sus modos distintivos, propios, de producción histórica» (Marshall Sah-
lins 1988: 12; ver también Meliá 1991).

Economía, sociedad y lengua


La historia paralela de los guaraníes «libres» desarrolló también es­
tados de lengua y formas de discurso que escaparon de las interferen­
cias coloniales. Historia y sociedad no colonizadas mantienen a su vez
una lengua no colonizada.
E l guaraní indígena 243

Esta lengua guaraní se revela tal por contraste con el guaraní crio­
llo y el guaraní jesuítico. No se dieron en ella los procesos que deter­
minarían las características del guaraní colonial: siguió siendo lengua
de tradición oral, sólo registrada por escrito por los etnógrafos del si­
glo xx; mantuvo su fonología con variedades dialectales específicas (ver
1.3.1); desconoció en buena parte las interferencias morfológicas y lé­
xicas provenientes del contacto con el español, que, si se dio, fue a
través del guaraní paraguayo, y conservó los valores semánticos enrai­
zados en un modo de ser y una cultura propias.
La lengua guaraní indígena es sobre todo la lengua de una socie­
dad sin Estado, organizada socialmente sobre la base de la familia ex­
tensa, regida políticamente por la asamblea, vivida religiosamente en el
canto y la danza y celebrada en la fiesta, donde el intercambio propio
de la economía de reciprocidad tiene su expresión privilegiada. El ideal
de hombre guaraní como «señor de la palabra» en la asamblea y en la
fiesta donde se dan «hermosas palabras» y se convida a beber la chi­
cha, kaguí, en cantos y danzas que son puesta en común de palabras y
gestos. Este modo de ser y esta cultura guaraní que ha sido revelada
por los etnógrafos de los guaraníes y sistematizada por sus etnólogos
como intérpretes más o menos competentes de la vida indígena, expli­
ca por qué las sociedades guaraníes indígenas han podido conservar sus
dialectos al margen de los procesos coloniales que tanto afectaron a
otros grupos guaraníes.
La lengua guaraní de los indígenas mantenía un arte de la palabra
que la reducción colonial había ya transformado. La distancia entre el
guaraní colonial, incluyendo el guaraní paraguayo moderno, y el gua­
raní indígena actual no es solo dialectal en el nivel fonológico y mor-
fosintáctico, sino semántico y cultural. Cuando se les compara entre sí,
los textos de esas dos lenguas manifiestan dos lenguajes notablemente
diferentes. Si desde el punto de vista de una lingüística formal nos en­
contramos ante meras variedades dialectales, los estilos y contenidos de
su discurso son sustancialmente diversos. Paraguayos e indígenas, usan­
do ambos la lengua guaraní, no saben ni quieren decir las mismas co­
sas. La literatura indígena en guaraní se distingue claramente de la li­
teratura paraguaya en guaraní; es un fenómeno perceptible incluso al
traducir los textos de una y otra literatura al castellano. El arte de la
palabra es el arte de vivir; la propia concepción del fundamento de
la palabra y el modo como la serie de palabras llega a formar el himno
244 La lengua guaraní del Paraguay

para a su vez hacer participar a los otros en ese fundamento y en ese


himno, nos suena hoy a esotérico.
Guaraní paraguayo y guaraní indígena responden a dos cosmovi-
siones históricamente diferentes. Nada tiene de extraño que el poema
Nande ípi cuera (Nuestros antepasados) (1929), que su autor, Narciso
R. Coimán, califica de «etnogenético y mitológico», sea tan diferente
en su concepción, en su composición, en su léxico y en su forma lite­
raria de las «leyendas», más bien mitos, que sobre la creación y des­
trucción del mundo cuentan los guaraníes de la selva como se ve en
las versiones que Nimuendajú y Cadogan registraron, y que presenta­
mos más adelante (4.3.1). Con las palabras de la misma lengua, tene­
mos dos «lenguas» diferentes.
Factor no poco importante de la especificidad de la lengua guara­
ní indígena lo constituye el hecho de que esos guaraníes «consiguieron
conservar con bastante pureza la vieja religión» (Nimuendajú 1987: 3).
La experiencia religiosa guaraní mantiene expresiones simbólicas y
aprovecha recursos narrativos y poéticos, que el guaraní colonial per­
dió o transformó esencialmente. En los textos religiosos indígenas se
percibe que «el pensamiento guaraní alcanza la dimensión integral de
una filosofía, generando un poderoso discurso ontològico que, despe­
gándose de su circunstancia sociológica —pero de ésta, ¡poco sabe­
mos!— va en dirección de una poesía y una metafísica universales» (Vi-
veiros de Castro, en Nimuendajú 1987: XXXI).
En relación con la experiencia religiosa está también el modo
como se formula el discurso guaraní indígena y la importancia que en
él les cabe a los chamanes y líderes, es decir, a sus sabios y «señores
de la palabra». Ha habido y hay, como lo atestiguan los textos recogi­
dos, personas excepcionales que con razón han sido llamados filósofos
y teólogos de la selva, ya que en ellos se da el poder de una elabora­
ción especulativa singular y un modo de decir bello y artístico. El con­
junto de formas que caracterizan los modos de decir de los guaraníes
no colonizados configuran un tipo de lengua que debemos calificar
como «guaraní indígena». A los dialectos que se incluyen en este «gua­
raní indígena», Cadogan proponía que se les llamara «ramas puras de
la lengua», por contraste con la hibridación de la lengua vernácula del
pueblo paraguayo.
E l guaraní indígena 245

4.2. LOS DIALECTOS GUARANÍES EN LA ACTUALIDAD

La realidad socio-cultural de los pueblos guaraníes actuales, inclui­


da su historia, se traduce también en formas particulares de lengua. Al
tratar de la dialectología guaraní (1.2.2.) ya hemos comentado algunas
de sus características fonológicas.
De las antiguas «provincias» guaraníes, cuatro pueblos han conser­
vado su modo de ser étnico fundamental, fundado y expresado en cul­
tura y lengua propias. Son los avá katú eté, los mbyá, los paí-tavyterá
y los chiriguanos.

4.2.1. Los guaraníes orientales

a) Los avá katú eté


Los avá katú eté, «personas verdaderamente auténticas», son con
toda probabilidad los descendientes de los antiguos guaraníes del Guai­
ra y del Mbaracayú (Perasso-Vera 1987: 15-38). En contacto con los
«cristianos» desde el siglo xvi fueron pesadamente explotados en el la­
boreo de la yerba mate, la mayoría entró después en las Reducciones
de los jesuitas, fueron atacados y hechos cautivos por los bandeirantes
de Sao Paulo, y el resto emprendió un dramático éxodo hacia el sur.
La región quedó prácticamente despoblada (Meliá 1988: 61-89). Per­
manecieron sin embargo, pequeños núcleos que, en la recobrada liber­
tad, mantuvieron las formas fundamentales de su modo de ser tradicio­
nal y consiguieron incluso guaranizar no pocos elementos de la
sociedad paraguaya con la que ocasionalmente entraban en contacto.
Los avá katú eté han recibido varias denominaciones, siendo la más
común la de chiripá, por la prenda de algodón con que se ceñían
cuando acudían al trabajo con extraños. En la literatura etnográfica se
habla también de grupos con el nombre de apapokúva, oguauíva, tañy-
guá y cheirú. Aunque la denominación de nandéva, (los que somos
nosotros), es autodenominación de todos los guaraníes, ha quedado re­
servada de modo preferente para esta etnia. Hemos escuchado que los
mismos indígenas se llaman con gusto avá guaraní.
Estos avá katú eté se encuentran actualmente en el Paraguay y en
el Brasil, sobre todo en la cuenca del Alto Paraná, si bien se mantienen
246 La lengua guaraní del Paraguay

núcleos hasta en la costa atlántica. Un cálculo demográfico es bastante


difícil, y las cifras con las que se les ha estimado difieren mucho entre
sí..Una investigación reciente de M. Chase-Sardi (1992: 25), con datos
de 1989, cuenta 8.315 habitantes en treinta comunidades de solo Pa­
raguay, a las que hay que agregar los de otras comunidades del Brasil.
La enorme diferencia entre cifras de hace unos años —2.825 eran según
el mismo Chase-Sardi en 1972— y las actuales ha de atribuirse no solo
a un aumento de la población real, sino a mayor precisión en el censo
(Povos indígenas no Brasil 1987/88/89/90. Aconteceu especial 18, Sao Pau­
lo 1991: 535-37; 557-59).
Estos avá katú eté por su aspecto exterior y su comportamiento se
presentan como los más aculturados y «aparaguayados». Pero un exa­
men más atento y prolongado de su modo de vida revela que su asi­
milación es apenas superficial y que los elementos fundamentales de
su cultura siguen siendo los tradicionales.
La autenticidad y singularidad de los avá katú se manifiesta sobre
todo en la lengua y en la religión; o más bien, en la lengua religiosa,
donde se han conservado mejor los recursos lingüísticos un tanto ar­
caicos que permiten identificar este dialecto con el que sirvió de base
a los trabajos lingüísticos de Montoya. Es lo que ya había notado Ca-
dogan (1959: 72), cuando recogía mitos y relatos de esos chiripá en
«un guaraní casi puro».
Desde el punto de vista propiamente gramatical y descriptivo del
dialecto se cuenta con pocos trabajos, después del de Nimuendajú
(1987: 17-25). Cadogan (1959: 72-74) transcribía una corta leyenda en
la que era dado percibir las diferencias entre el guaraní chiripa y el
guaraní paraguayo, y era el primero en ofrecer un vocabulario especí­
fico de términos propios de este dialecto, algunos de valor semántico
religioso ya enteramente desusado en el guaraní coloquial y paraguayo
(1959: 88-97). De gran interés también es el vocabulario y fraseario avá-
guaraní que ofrece Chase-Sardi (1992: 307-351), en comprobación de
que en la lengua reside, en buena parte, la diferencia que identifica a
este pueblo.
La falta que se siente en los estudios de carácter morfológico y
léxico es suplida con la colección de textos literarios reunidos por an­
tropólogos y los textos didácticos preparados por educadores e indige­
nistas (ver 4.3.1).
E l guaraní indígena 247

b) Los paí-tavyterá o kayová


Con los datos históricos de que se dispone, los paí-tavyterá pue­
den ser identificados con los antiguos itatines, de los cuales se tiene
noticia desde los tiempos de la primera entrada de los europeos en el
Paraguay; ocupaban de hecho la margen izquierda de ese río, al sur del
Gran Pantanal. El proceso histórico colonial de estos indígenas tuvo
las fases generales ya conocidas: encomienda, misiones por reducción,
ataques de los paulistas, éxodo hacia el sur de los reducidos a pueblos,
pero permanencia en la selva de grupos libres. Del tiempo en que eran
conocidos como caaguá selváticos ha quedado la denominación de ka­
yová usada todavía en el Brasil. Su autodenominación, sin embargo, es
la de paí-tavyterá, con clara alusión a su modo de ser religioso: paí
sería el título con que dioses y habitantes del paraíso saludan y se di­
rigen la palabra, y tavytera: (los futuros habitantes del poblado del cen­
tro de la tierra). También estos indígenas han sido vulgarmente cono­
cidos con los nombres genéricos de avá, (persona india) y te’yi, (los del
linaje). Refugiados en zonas poco transitadas, estos guaraníes se en­
cuentran hoy divididos entre el Paraguay y el Brasil, en la zona fron­
teriza que separa el Departamento de Amambay del Estado brasileño
de Mato Grosso Sur. Las estimativas demográficas son también en este
caso meramente aproximativas. Con fundamento se puede dar la cifra
de unos 17.000.
El proceso de colonización moderna, de ritmo y características
muy diferentes en el Brasil y Paraguay, ha influido notablemente en la
situación sociocultural, económica y política de esta etnia, según su lo­
calización en el lado brasileño o paraguayo. Mientras los del Brasil de­
jaron de practicar las ceremonias de perforación del labio de los ado­
lescentes y adopción del tembetá, (piedra del labio), los del Paraguay
siguen hasta hoy con esta tradición tan importante para la afirmación
de su identidad. Unos y otros se ven confrontados con la destrucción
ecológica de su habitat, lo que dificulta tanto el desarrollo de su eco­
nomía como la práctica de su religión. De todos modos, como entre
los avá katú eté, la lengua religiosa sigue siendo el lugar donde los paí-
tavyterá se afirman a sí mismos con fidelidad y confianza en su desti­
no. A pesar del acoso sutil y de las interferencias violentas a que se
ven continuamente sometidos, especialmente las que se dirigen a dejar­
les sin tierra, los paí-tavyterá han desarrollado en los últimos años una
248 La lengua guaraní del Paraguay

capacidad de organización y de lucha que ya ha dado algunos resulta­


dos.
En sus asambleas, donde la oratoria guaraní conserva su tradicio­
nal fuerza, lo mismo que en sus fiestas con sus largos cantos ceremo­
niales, la lengua juega un papel de primer orden. Una serie de estu­
dios, los más realizados por investigadores del Summer Institute of
Linguistics (SIL), han determinado las características fonológicas y mor­
fológicas de este dialecto (Taylor, J. y A. 1966b; y sobre todo los con­
tinuados trabajos de Loraine I. Bridgeman, de 1961 y 1966).
Menos técnicos, pero de mayor significación cultural, son los vo­
cabularios que Cadogan presenta en su excelente aporte a la etnografía
—y a la lengua dialectal— de estos guaraníes (Cadogan 1962: 62-91), a
los que se puede adjuntar el vocabulario específico levantado por no­
sotros (Meliá-Grünberg 1976: 290-295). Textos de literatura en lengua
pañ o kayová serán presentados más adelante (ver 4.3.2).

c) Los mbyá
De todos los guaraníes de la selva, han sido los mbyá los que has­
ta ahora se mantuvieron más alejados del proceso colonial, no sólo por
haber habitado lugares remotos, sino por la ideología de rechazo a los
«otros» que desarrollaron internamente. Hasta hace muy pocos años
podía ser considerado este pueblo indígena uno de los más herméticos
del continente. Localizados tradicionalmente en los altos bosques de la
cuenca del Paraná medio, en el antiguo Tarumá, hoy departamentos de
Caaguasú y Guairá, fueron migrando, por motivos mal conocidos, has­
ta lugares tan lejanos como la costa atlántica de Sao Paulo y Espíritu
Santo, diseminándose también por la provincia argentina de Misiones
y el Estado brasileño de Rio Grande do Sul.
Además del nombre de mbyá, (la gente), estos guaraníes han sido
tenidos como los kaynguá, o monteses, por excelencia. El apodo de
baticola es claramente despectivo, en alusión al paño o taparrabos que
pasaban entre las piernas. Por cortar el cabello en forma de tonsura les
quedó el nombre de apytere. Ellos, sin embargo, prefieren la autode-
nominación sagrada —y casi secreta— de jeguakáva tenonde porángue’i,
(los primeros hermosamente adornados). Hay que reconocer una vez
más que sin las contribuciones fundamentales de Cadogan en artículos
y libros, los mbyá serían los grandes desconocidos.
E l guaraní indígena 249

Los mbyá por mucho tiempo se han resistido a aceptar lo que


consideran ingerencia indebida del Estado en su sistema: ser censados,
ir a la escuela, admitir el control policial e incluso recibir títulos de
propiedad sobre la tierra. Aunque al fin han tenido que acceder a al­
gunas de las imposiciones de una sociedad neo-colonial que los acorra­
la por todos lados, los mbyá procuran mantenerse fieles a sus tradicio­
nes religiosas. Una organización sociopolítica muy atomizada ha sido
la estrategia que tal vez les ha permitido escapar a los controles exte­
riores, pero no sin riesgos. Reclaman toda la selva como lugar destina­
do a ellos. Éste habría sido el pacto con los españoles y paraguayos:
para éstos los campos, para ellos los bosques. Esta exigencia no es juz­
gada utópica e ilusoria, sino ridicula; pero si fuera satisfecha, por lo
menos en parte, evitaría al Paraguay la rápida degradación ecológica en
que se ha arrastrado en los últimos años. Como en otros asuntos, no
hay un problema indígena, sino una solución indígena.
Los mbyá dispersos por el Paraguay, Argentina y Brasil, presentan
una gran unidad cultural, que las lejanas migraciones apenas han mo­
dificado. Esto vale especialmente para las formas dialectales de su len­
gua y las características de su discurso, como se ve en los registros rea­
lizados por Cadogan en las décadas del 40 y 50 y en los más recientes
de Carlos Martínez Gamba (ver Ramos 1984).
La lengua de los mbyá recibió acotaciones muy pertinentes por
parte de Cadogan (1949), quien llegó a descubrir que, además de un
vocabulario sagrado utilizado en la transmisión de textos religiosos,
cantos y oraciones, y poco usual en la conversación cotidiana, si bien
guaraní, esos indígenas conservan un número relativamente grande de
voces cuyas raíces son de origen no-guaraní (Cadogan 1992: cap. XVII).
Del mismo se está publicando postumamente en este año 1992 un Dic­
cionario mbyá-castellano, que completa con creces el que había apareci­
do en Ayvu Rapyta (1959: 191-209) y que es el primero en su género,
a la manera de un Tesoro de la lengua mbyá, que pone de relieve la se­
mántica religiosa de los vocablos.
La fonología de este dialecto ha sido objeto de buenos análisis
técnicos (Meader 1976; Guedes 1990). Fonología y notas gramaticales
figuran también en la introducción del Vocabulario do guaraní, de Ro-
bert A. Dooley (1982), debiéndose entender aquí por guaraní el dialec­
to mbyá hablado en reservas indígenas del Estado del Paraná, del Bra­
sil; vocabulario un tanto decepcionante, pues los verbetes han sido
250 La lengua guaraní del Paraguay

despojados de toda relación cultural, un caso típico de lengua «neutra»,


donde las palabras de la lengua no dicen nada de la lengua.
Los aspectos fundamentales de la cultura guaraní, en sus formas
ñandéva, kayová y mbyá, tal como se presentaban sobre todo en el
Brasil por los años 1950 fueron tratados en una síntesis todavía no su­
perada en términos generales por Egon Schaden (1954; 3.a ed. 1974).

4.2.2. Los chiriguanos de Bolivia

Se supone que el pueblo que lleva el nombre general de chirigua-


no, asentado en las estribaciones andinas del oriente boliviano, en la
llamada Cordillera, es el resultado de varias migraciones procedentes
de la margen izquierda del río Paraguay. Las épocas y las causas de
estas migraciones hacia el occidente son todavía objeto de discusión.
Es probable que estas migraciones provinieran de lugares diferentes y
se hubieran hecho también por caminos diversos. Todos estos guara­
níes, sin embargo, tuvieron que atravesar el Chaco, tierra considerada
árida e inhóspita. Los motivos de su marcha pueden haber sido la bús­
queda de la tierra de todas las cosas buenas, así como los deseos de
conseguir la inmortalidad a través del heroismo guerrero (Meliá 1988:
19-23) y así reencontrarse con el Kandiré, héroe mítico (Combés 1991:
24). Estos factores, así como el modo como enfrentaron su instalación
en el nuevo territorio, sometiendo a su servicio a los pueblos aruák de
la región invadida y tomando sus mujeres, habrán contribuido a otor­
garles una nueva identidad. El nombre de chiriguaná que les dieron
desde los primeros tiempos coloniales podría significar «mestizos, hijos
de indias de otras naciones» (Combés 1991: 53). El nombre, sin em­
bargo, del que todavía más se enorgullecen es el de ava, como sinóni­
mo de «hombre» guaraní, y el de mbya, la (gente) de verdad. Otras de­
nominaciones como tapyi, timáka, simba o tembetá se refieren a
subgrupos que de algún modo se consideran dominados por los ava.
Los isoseños son aruák-chané guaranizados. Entre los chiriguanos hay
que incluir todavía a los guaraníes del Chaco paraguayo, engañosa­
mente llamados guarayos. Hay también comunidades importantes en
el norte de Argentina, establecidos los más en misiones religiosas (Die-
trich 1986: 23-24; Chase-Sardi 1990: 199).
E l guaraní indígena 251

El pueblo chiriguano se mantuvo como una frontera casi infran­


queable durante el período colonial español y la época republicana bo­
liviana. Es cierto que colonos y misioneros lograron introducirse en te­
rritorio chiriguano, pero sus establecimientos fueron por mucho tiempo
bastante precarios. El sistema colonial no lograba imponerse sobre ese
pueblo, aunque las haciendas de ganado avanzaban y ocupaban una
parte de sus tierras. La historia de los chiriguanos es una larga serie de
rebeliones y guerras de resistencia —más bien, guerrillas— que los ha­
cían temidos, aunque no siempre vencedores. De hecho, la penetra­
ción del mundo blanco se hizo por vías de enclave, fuera éste misio­
nero o de núcleos de población criolla y mestiza. Un último intento
por verse libres de la invasión y saqueo de sus tierras, que amenazaban
su misma identidad cultural, los llevó a la respuesta desesperada de una
guerra que terminó con la masacre de Kuruyuki, el 28 de enero de
1892, que llevó al pueblo chiriguano al borde la desaparición, conde­
nándolo a «civilizarse» como peón y zafrero, extranjero en su propia
tierra (Pifarré 1989).
Se estima en unos 66.500 la población de habla chiriguana: 50.000
en Bolivia; 15.000 en Argentina, a los que habría que agregar otros
1.500 en el Paraguay.
El chiriguano habla guaraní. Esta marcada unidad lingüística con
otros grupos guaraníes a través del tiempo y del espacio, es notable. Al
nivel del léxico y de sus contenidos culturales, las eventuales variacio­
nes semánticas son escasas, como puede comprobarse al comparar, por
ejemplo, los términos de parentesco, las palabras que se refieren a la
cultura material, la fauna y la flora, los conceptos que tratan del rela-
cionamiento social, el ciclo de vida y la organización política. En este
sentido, la comparación que puede establecerse entre el Tesoro de la len­
gua guaraní, de Antonio Ruiz de Montoya (1639) y el Diccionario Chi-
riguano-Español, de Doroteo Giannecchini (1916), es muy instructiva.
Hay que notar que estos dos autores han incluido en sus respectivos
diccionarios la mejor etnografía implícita en la lengua, si bien el tra­
bajo de Montoya es más preciso y seguro.
A nivel lingüístico no conocemos ningún trabajo que determine
en concreto la eventual influencia y pervivencia del chané-aruák en el
guaraní-chiriguano.
Se sabe que la lengua de los chiriguano fue trabajada por jesuitas
y franciscanos, como instrumento de misión. Parece que los jesuitas lie-
252 La lengua guaraní del Paraguay

garon a confeccionar diccionarios y gramática de la lengua chiriguana,


pero esos trabajos se quedaron a nivel de manuscrito. Es lo que indi­
ca el «Inventario de la Misión de Santa Rosa» (junto a Santa Cruz de
la Sierra), del 12 de septiembre de 1767, levantado a raíz de la expul­
sión de los jesuitas, en el que constan «cuatro libros de lengua chiri­
guana», obras por otra parte actualmente perdidas (Saignes 1983:
39, n. 2).
Fueron, sin embargo, los misioneros franciscanos los que produ­
jeron lo mejor y más sólido en materia de lengua chiriguana. Un autor
que hasta hace poco había pasado desapercibido, fue fray Pedro León
de Santiago (1747-1800). Vasco de origen, estuvo unos veinte años tra­
bajando en las misiones y confeccionó un rico diccionario chiriguano-
español y español-chiriguano, de 325 páginas, que se conserva en el
Archivo Franciscano de Tarija (AFT, ms. 11). Según Saignes (1985a: 36;
1985b), «este diccionario revela una parte del universo mental chirigua-
no y su publicación sería tanto más preciosa cuanto que los dicciona­
rios hechos por los jesuitas desaparecieron».
A fines del siglo xix y a principios del siglo xx los trabajos de los
franciscanos adquieren una sistematización y un volumen significati­
vos. En estos trabajos se concretan años de conocimiento y práctica de
la lengua. Los franciscanos se traducen para sí mismos y en sus propias
categorías lo que pueden alcanzar de la lengua chiriguana con el explí­
cito intento de entrar en ese mundo y poder convertirlo. Tanto los
diccionarios como la gramática suponen una especie de apropiación de
la lengua y su vaciamiento en los moldes conceptuales del proyecto
misional y, por este motivo, alguien los tendrá como etnocéntricos y
reductores. Aun así, representan un verdadero «tesoro» de datos y co­
nocimientos etnográficos.
La primera gramática impresa de la lengua chiriguana se debe al
padre Alejandro María Corrado, publicada postumamente en 1896,
pero elaborada hacia 1860.
El Diccionario Chiriguano-Español y Español-Chiriguano, «compilado
teniendo a la vista diversos manuscritos de antiguos Misioneros del Apostóli­
co Colegio De Santa María de los Angeles de Tarija y particularmente el
diccionario etimológico del P. R. Doroteo Giannecchini, por los Padres San­
tiago Romano y Hermán Cattunar, alumnos del mismo Colegio», publicado
en la misma Tarija, en 1916, como lo indica título tan prolijo como
exacto, es un trabajo hecho en motiro, (trabajo en común), que recoge
E l guaraní indígena 253

y sintetiza los mejores esfuerzos lingüísticos de los franciscanos. Aun


con sus limitaciones, esta obra no ha sido todavía superada, ni lingüís­
tica ni etnográficamente, hasta hoy.
El padre Bernardino de Niño, con sus diferentes publicaciones
(1905, 1912, 1913), representa también una notable contribución etno-
lingüística, al citar y explicar numerosos vocablos de la lengua chiri-
guana, la mayoría de los cuales de contenido cultural muy denso.
Buenos conocedores del chiriguano coloquial, los padres Gabriel
Siquier y Luis Farré publicaron un método didáctico para su aprendi­
zaje, Mbya iñee (Charagua 1979). La excesiva dependencia del guaraní
paraguayo que les hizo distorsionar las propiedades de esa lengua —de­
fecto que pasó incluso al trabajo académico de Bárbara Schuchard,
A¡ande ñe (Santa Cruz 1979)— ha sido corregida en la nueva edición
notablemente mejorada por L. Farré, Mbya iñee; el idioma guaraní a su
alcance (La Paz, Cipca, 1991). Pero es El idioma Chiriguano, de W olf
Dietrich (1986), la descripción más seria y confiable que tenemos de
esa lengua; una buena colección de textos populares, algunos de los
cuales se encuadran perfectamente en la tradición mitológica y mítico-
histórica, es una buena ilustración de su estado actual. Primero y único
en su género es el vocabulario comparativo de términos del chiriguano
con formas correspondientes de otros dialectos históricos y contempo­
ráneos. Un estudio sobre «la posición del chiriguano entre los idiomas
de la familia tupí-guaraní» responde a las más importantes cuestiones
que suelen surgir cuando se trata de determinar las características fo­
néticas, las particularidades gramaticales y la estructura del léxico de un
dialecto.

4.3 La l it e r a t u r a g u a r a n í in d íg e n a

No es una «boutade» decir que sólo hemos tenido conocimiento


de la literatura guaraní indígena en este siglo, esto es, 400 años después
del primer contacto con los guaraníes y cuando hacía más de tres si­
glos que se producían textos en lengua guaraní. Aun así, esta literatura
indígena guaraní será la obra de etnógrafos que registran los textos de
sus informantes, y de un modo u otro los reducen a escritura. La lite­
ratura de los guaraníes ha sido, valga la paradoja, históricamente ágrafa,
a pesar de la relativa abundancia de textos de literatura en guaraní.
254 La lengua guaraní del Paraguay

El rastreo de las fuentes históricas más antiguas lleva hasta una


corta estrofa que puede ser considerada el primer texto literario guara­
ní. Lo trae Barco Centenera, en el Canto XX de su poema Argentina
(1602), y dice relación con el famoso levantamiento de Oberá contra
el sistema colonial, por el año de 1579 (Meliá 1988: 30-40).

«Mandóles que cantasen y bailasen,


de suerte que otra cosa no hacían,
y como los pobretes ya dejasen
de sembrar y coger como solían,
y sólo en los cantares se ocupasen,
en los bailes de hambre se morían,
cantándoles loores y alabanzas
del Oberá maldito y sus pujanzas. *

* Entre otros cantares que les hacía cantar, el más celebrado y


ordinario, según alcancé a saber, era éste: Oberá, oberá, oberá, paytupá,
yandebe, hiyé, hiyé, hiyé, que quiere decir: «resplandor, resplandor del
padre, también Dios a nosotros, holguémonos, holguémonos, holgué­
monos»: y yo les hice entrometiesen entre aquellas dos palabras pay­
tupá, y la otra yandebe, que quiere decir «también» el dulce nombre
de Jesús: por manera que de allí adelante cantaban, así: Oberá, oberá,
paytupá Jesús, yandebe, hiyé, hiyé, hiyé».

Según los géneros literarios que la moderna etnografía guaraní ha


conseguido determinar, este canto sería un guahu, «canto de los in­
dios», según la traducción de Montoya, forma de canto que perdura
hasta hoy.
Los tipos de canto guahu fueron conocidos por los misioneros je­
suítas, que no consiguieron desterrarlos enteramente de los pueblos ya
cristianos (Meliá 1969: 120-121). Eran cantados en vísperas de fiestas
cuando hombres y mujeres recorrían el lugar, acompañándose con
tambores y flautas —dos instrumentos todavía típicos de los guaraníes
actuales— y también, a manera de endechas fúnebres, por las mujeres
que en el momento de la sepultura entre lamentos y llantos, cantaban
las honras del muerto. De estos guahu apenas quedó la alusión misio­
nera a su intolerable supervivencia, pero de ninguna manera el registro
de un texto.
E l guaraní indígena 255

4.3.1. La etnografía de la palabra guaraní

El registro de textos guaraníes en guaraní es un intento moderno.


En 1908, Telémaco Morosini Borba era el primero en dar a conocer,
en versión portuguesa, el mito de los gemelos, que estudios posteriores
revelarán como mito central de la cosmogonía guaraní.

Curt Nimuendajú

Pero el «inventor» principal de la literatura guaraní en guaraní fue


sin discusión el alemán Curt Unkel (1883-1945) quien, bautizado como
guaraní, adoptó definitivamente el nombre de Nimuendaju, «aquel que
consiguió para sí un lugar». Y no solo se llamó así, sino que como un
auténtico guaraní mostró que él era su nombre. Die Sagen von der Ers-
chajfung und Vernichtung der Welt ais Grundlagen der Religión der Apapo-
cúva-Guarani, publicado en 1914, representa una verdadera revolución
copernicana en la etnología y en la literatura guaraní.

Después de siglos de conquista y de «reducción» de los nativos, surge


un estudioso que se deja «reducir» por la tribu, en la cual se integra
y de la cual recibe su nombre (...) Escribe su gran ensayo sobre los
apapokúva-guaraní como en primera persona, o sea como si un gua­
raní explicase el modo de ser (¡ñande reko) de su gente. Es el primero
en presentar la cultura tribal no a distancia, sino de dentro hacia fue­
ra (Schaden, in Meliá y otros 1987: 15).

Colocado en la centralidad misma de la cultura guaraní, Nimuen­


dajú no podía dejar de hacer una «etnografía de la palabra».
Por primera vez en la historia —y esto en 1914; es bueno repetir­
lo— tenemos dos largos textos en lengua guaraní indígena, en el dialec­
to de los Apapokúva, «Los del Arco Alto», que no son otros que los
más vulgarmente conocidos como chiripá, o avá lcatú.
El texto de La leyenda de la Creación del Mundo, en la versión gua­
raní dada por Nimuendajú, es del todo auténtica, con la particularidad
de no ser simplemente la transcripción del relato de un solo informan­
te —lo que suelen hacer los modernos etnógrafos que se sirven de má­
quinas de grabación electrónica— sino una versión asimilada y contada
256 La lengua guaraní del Paraguay

Figura 35. El primer gran etnógrafo de la «palabra guaraní».


E l guaraní indígena 257

por el propio Nimuendajú. Hay que dar fe a sus palabras cuando dice
que

las leyendas —die Sagen— de las que voy a tratar, innumerables veces
las oí contar pero parcialmente (más raras veces integralmente). No
solamente las escuchaba, sino que yo mismo las contaba (...) Para que
yo, sin embargo, aun inconscientemente, no introdujese mi propio
estilo y mis opiniones personales en los textos originales, hice que
personas competentes me dictasen las leyendas. A estas narraciones
no añadí ni quité una sola palabra, si bien a veces esto pudiera haber
sido necesario, incluso según la opinión de los indios. De este modo,
estos textos son un testimonio, no de cómo los guaraníes deberían
hablar, o tal vez podrían hablar, sino de cómo lo hicieron conmigo
(Nimuendajú 1987: 4).

Lo mismo ha de decirse de La leyenda de la destrucción del mundo,


segundo texto de esta obra. Tituladas como leyendas, estos textos son
en realidad mitos fundadores del pensamiento guaraní que dicen el
«principio» y el tiempo de los orígenes conforme al cual lo que fue es
lo que ha de ser.
Aunque Nimuendajú sólo transcribe estos dos textos míticos, todo
su trabajo gira en torno a la religión guaraní que es presentada como
una religión de la palabra: palabra inspirada es el nombre de las per­
sonas, palabra soñada es la que confiere autoridad y prestigio a los
chamanes y sacerdotes, palabra cantada es la que simboliza la comu­
nidad en fiesta, donde todos participan en la danza y en la bebida.
A través de la descripción de Nimuendajú y de la autenticidad de
sus textos, se conoció más de lo esencial de la religión guaraní que en
toda la literatura anterior. Sólo entonces se tuvo también una narra­
ción típicamente indígena, probablemente no muy diversa, desde el
punto de vista lingüístico, del modo como en tiempos anteriores a la
colonia narraban los guaraníes sus tradiciones.
Casi contemporánea de Nimuendajú, otra obra etnográfica que
abarcaba las tres etnias guaraníes de las selvas orientales del Paraguay
era elaborada por el misionero padre Franz Müller, que sólo llegó a
publicarla entre 1934 y 1935. En ella se contienen algunos textos, muy
cortos por cierto, pero los primeros que nos ofrecen muestras de lite­
ratura indígena en los respectivos dialectos mbyá y pañ, hasta entonces
nunca documentados.
258 La lengua guaraní del Paraguay

Figura 36. León Cadogan, en un dibujo de Olga Blinder.


E l guaraní indígena 259

En misión de estudios en el Paraguay, Jehan Vellard (1937) reco­


gía una serie de ocho pequeños textos transcritos en la lengua mbyá
con su versión francesa. La mayoría son invocaciones bastante simples
mediante las cuales se pide la protección del dios Ñamandu antes de
partir de viaje, para que la caza sea propicia o crezca bien el sembra­
dío. (Bareiro Saguier 1980: 117-118).

León Cadogan
Etnografía de la palabra fue también la principal tarea que tomó
sobre sí otro autodidacta, el paraguayo de origen australiano León Ca­
dogan (1899-1973). El resultado de su escuchar fueron un conjunto de
textos que hoy constituyen el mayor acervo de literatura guaraní co­
nocido.
Por su extensión y por su calidad intrínseca forman el núcleo
principal de esa literatura los textos recopilados entre los mbyá-guara-
níes: Ayvu Rapyta (1959) y Ywyra ñe’ery; fluye del árbol la palabra (1970).
El primero de estos libros recoge aquellas «primeras palabras hermo­
sas», palabras fundamentales, de fulgurante belleza poética e increíble
profundidad filosófica, que lo tornan un clásico de la literatura amerin­
dia. Se leerán en estas páginas algunos fragmentos que han de conven­
cer. El segundo trae consigo materiales más modestos, pero consigue
rescatar una palabra viva mediante la cual el mismo guaraní se con­
vierte en etnógrafo de sí mismo. No menos que en Ayvu Rapyta, aquí
Cadogan está en búsqueda de la palabra indígena y se encuentra con
ella.
Tanto o más que el propio Nimuendajú, Cadogan fue un autén­
tico «paisano» de los mbyá-guaraníes, en quien los indios veían a
«nuestro verdadero compatriota, miembro genuino del asiento de nues­
tros fogones» (Cadogan 1992: 16).
Su contribución al registro de textos de los chiripá-guaraníes fue
más limitada, pero no menos seria. Cómo interpretan los Chiripá (Avá-
guaraní) la danza ritual (1959) es una corta monografía que continúa y
completa el trabajo de Nimuendajú sobre los apapokúva, de quienes
los chiripá son afines cultural y lingüísticamente. Una vez más, Cado­
gan muestra que para los guaraníes, la palabra, cantada y rezada, cons­
tituye el centro y la fuente de su vida.
Cadogan todavía llegaría a tratar del tercer grupo étnico guaraní
que son los pañ o kayová. Su Aporte a la etnografía de los guaraní del
260 La lengua guaraní del Paraguay

Amambái, Alto Ypané (1962) es sobre todo el registro de la palabra en


sus diversas formas, fielmente reproducida en el dialecto propio de esa
etnia. Gracias a su competencia lingüística y su fidelidad a la palabra
escuchada, Cadogan da a conocer por primera vez aspectos de la poé­
tica guaraní nunca antes revelados.

Otros testimonios literarios


Los trabajos de J. Philipson (1958) y el posterior de A. Taylor
(1966) fueron buenas contribuciones a la literatura de esos guaraníes,
pero limitadas al solo género narrativo.
A lo largo de toda la noche, los pañ cantan su «canto largo», pu-
rahéi puku, que se prolonga durante unas 10 horas. Marcial Samaniego
realizó la proeza de registrarlo y publicarlo en 1956; una nueva versión
revisada y corregida con la ayuda de Cadogan (1968), que obtuvo la
colaboración de su autor y cantor, Agápito López, estableció el texto
definitivo, que ya constituye una pieza antològica de la literatura indí­
gena americana.
Los investigadores que han entrado en contacto con los guaraníes
se han sentido fascinados por esta palabra guaraní y las representacio­
nes a que ella da lugar —cantos, danzas, relatos míticos—, aun en detri­
mento de otros aspectos de esa cultura, como si entender la palabra
guaraní fuera entender todo el guaraní.
La literatura guaraní se ha visto aumentada con las transcripcio­
nes, generalmente bastante fieles, de nuevos textos. Un tanto herméti­
cos en revelar sus «buenas palabras» los guaraníes son generosos cuan­
do por fin confían en alguien que sienten cercano. De este privilegio
se han visto beneficiados algunos investigadores, que de los guaraníes
han recibido en sabiduría más de lo que podían darles en ayuda moral
o material. Siguiendo el ejemplo de Nimuendajú y Cadogan, que en
cierta manera establecieron las reglas y los modos de aproximación a
lo guaraní, desfilaron por las aldeas, con mayor o menor éxito, etnó­
logos e indigenistas trayendo para nuestra sociedad algunas muestras
de la palabra guaraní convertida en literatura indígena.
Egon Schaden desde el principio de su investigación ya daba a
conocer algunos fragmentos de mitología kayová (1947). Cantos que
acompañan la danza ritual y las fiestas de la chicha —típica bebida gua­
raní, especie de cerveza, generalmente de maíz fermentado— fueron
E l guaraní indígena 261

presentados en sendos artículos; textos que ninguna antología de lite­


ratura guaraní ha rescatado.
Miguel A. Bartolomé (1977) dio a conocer varias narraciones es­
cuchadas en investigaciones de campo hacia 1968, que deben ser teni­
das como episodios del ciclo de «los Gemelos», gran mito heroico de
los avá-katú-eté; la mayoría de ellas eran variantes del «mito de la
Creación» que diera a conocer Nimuendajú más de 60 años antes. Y
yo mismo escuchaba en aldeas guaraníes vecinas, por los años del 70,
relatos similares.
Pierre Clastres (1974), en breve excursión entre los mbyás, tuvo la
dicha de grabar algunos himnos que pudo traducir gracias a la ayuda
de León Cadogan, himnos que, aun en su sola versión francesa, dan
muestra de pertenecer a la misma tradición cultural y lingüística del
Ayvu Rapyta, del cual son apéndice y complemento.
Con los esposos Grünberg, publicaba yo mismo (Meliá-Grünberg
1976) una monografía sobre los pañ en la que se transcriben una serie
de textos pedagógicos que uno de sus principales autores, Evangelí
Morilla, nos dictara con la intención de que, puestos en un libro de
alfabetización y lectura, pudieran contribuir a mantener y renovar, en­
tre las nuevas generaciones, las tradiciones antiguas.
En fecha más reciente, y esta vez bajo el nombre de sus verdade­
ros autores indígenas, Lorenzo Ramos, Benito Ramos y Antonio Mar­
tínez (1984), daban a conocer una serie de diez textos que se inscriben
en la más pura y profunda tradición mística guaraní, palabras que bri­
llan y resplandecen con el fulgor antiguo, aunque los portadores de
tanta sabiduría sean hoy indios venidos otrora del Paraguay y ahora
radicados en Argentina que tienen que enfrentar un ambiente de ne­
gación de su derechos humanos y políticos.
Las obras más recientes de José Antonio Perasso (1987) y Miguel
Chase-Sardi, El precio de la sangre (1992), traen a su vez transcripciones
del discurso guaraní, que van desde expresiones de carácter coloquial
hasta composiciones de reconocido valor literario; todas ellas contri­
buyen a diversificar y completar el corpus de la literatura guaraní.
La literatura guaraní del Paraguay puede hoy ser leída, en versio­
nes al castellano y al francés, en varias colectáneas. Los textos recogi­
dos por Cadogan fueron divulgados bajo el representativo título de La
literatura de los guaraníes (1965) en una colección que le daba el mere­
cido rango de un clásico de la literatura indígena americana, junto con
262 La lengua guaraní del Paraguay

la de los aztecas y mayas. G. Baudot, en Les lettres précolombiennes (1976)


dedica una parte a los guaraníes tomando como base los textos de Ca-
dogan. Con textos de Cadogan igualmente, Pierre Clastres construyó
fundamentalmente Le grand parler (1974). La antología más amplia con
que se cuenta en la actualidad es, sin embargo, la compilada por R.
Bareiro Saguier, Literatura guaraní del Paraguay (1984), con prólogo, es­
tudios introductorios, notas e inclusión de algunos ensayos relevantes
para la comprensión de esa literatura. En esas páginas se hacen presen­
tes diversos géneros literarios, desde relatos hasta breves estrofas a la
manera de un hai-kai japonés. Arte de narrar y delicadeza poética son
tal vez dos características que impresionan al lector de estos textos, que
adivina la fuerza y el encanto de lo que ha de ser la palabra guaraní
cuando es escuchada directamente junto a los fogones o en el animado
ambiente de una fiesta.
La literatura de los chiriguanos no ha gozado del mismo trato que
la de los guaraníes del Paraguay.

Autores indígenas
Se hace pasar a veces la literatura de los guaraníes por más anó­
nima de lo que realmente es. Debe citarse, so pena de injustos, lo que
Cadogan dice de los verdaderos autores de sus textos: «la presente re­
copilación —se refiere a los textos que figuran en Ayvu Rapyta (1992:
17-18)— es una transcripción literal... Mi aporte ha sido consignar los
dictados al papel, y las notas lexicológicas». Por lo que se refiere a
los chiripá deja constancia de varios nombres: el «capitán» Juan Pablo
Vera, el ñanderu Eligió Vargas, Ceferino Vargas, su hermano y el «ca­
pitán» Basilio Benítez.
Y lo mismo cuando reconoce agradecido a los que le ayudaron a
entender las palabras del gran canto paí: Agápito (sic) López, autor y
cantor del poema, y Juan Bautista Ibarra, colaborador en la traducción.
Nimuendajú recordaba con respeto y cariño a tres de sus infor­
mantes: «Guyrapaiju, viejo y conservador; Tupáju, muy viajado; y prin­
cipalmente Joguyrovyju, el místico religioso» (1987: 4). En el curso de
su obra otros guaraníes son citados personalmente, sobre todo por las
palabras que dijeron y los cantos inspirados de que eran dueños.
Los textos que recogimos entre los paí tienen como autor princi­
pal a Evangelí Morilla, pero también escuchamos a Pa’í Neri, Pa’í Co­
E l guaraní indígena 263

mes, Agápito López, y más recientemente a Cándido Bareiro (Meliá-


Grünberg 1976: 272-285). Entre los chiripá escuché a Zenón Benitez,
Ambrosio Carrillo, Alejandro’i Larrosa y Silverio Vargas, entre otros.
Los últimos etnógrafos de los guaraníes, como J. A. Perasso y
J. Vera (1987) y Miguel Chase-Sardi (1992) atestiguan debidamente la
autoría indígena de los textos más importantes que transcriben.
Que no parezca exagerada esta insistencia en citar a los auténticos
autores de la literatura guaraní, en cuanto es posible rastrearlos en la
obra de sus etnógrafos y compiladores. La generosidad del guaraní en
comunicar su palabra y sus escasas exigencias autorales no debería ser
motivo de olvidos injustificables, como se hacen notar en la antología
que presentara como suya Pierre Clastres (1974). Lamentablemente
muchas literaturas indígenas han sido divulgadas bajo injustificado
anonimato.

La conquista de la escritura
En el cuadro de la literatura guaraní ha surgido en los últimos
años un nuevo fenómeno: el libro didáctico. Se podría recordar que
las cartillas representaron para la literatura en lenguas indígenas una
puerta de entrada. Las cartillas de alfabetización con sus abecedarios
introducían a la lectura del catecismo, texto básico por excelencia en
la colonización de la lengua. Eran las palabras de la lengua, sin la len­
gua; es decir, las palabras indígenas transferidas a un sistema de signi­
ficados asociados a la nueva realidad política y religiosa y disociados
del contexto tradicional (Meliá 1969: 10).
Con los nuevos libros de lectura el movimiento parece invertirse.
Con todas las ambigüedades que trae consigo el paso de la oralidad a
la escritura, algunas sociedades indígenas —y entre ellas, las guaraníes—
se han atrevido a conquistar para sí la letra (Meliá 1989). Las cartillas
en lengua guaraní no son del todo nuevas. El Summer Institute of Lin­
guistics (SIL: Instituto Lingüístico de Verano) había producido algunas
cartillas en guaraní, orientadas a la lectura de la biblia, y con ellas al­
gunos indios fueron alfabetizados. Pero los nuevos libros responden a
otra política, que hace de la lengua, incluso como forma de pensa­
miento y no solo por los contenidos explícitos, un medio de identidad
étnica. Es, pues, dentro de esta perspectiva que se van produciendo
nuevos textos, que alcanzan una significación literaria que rebasa el ni­
vel que generalmente se espera de un libro didáctico.
264 La lengua guaraní del Paraguay

mbia reta opofíro


mburíkare eireká gueru avati íkogui.
kägui jare tembíu oyeapota,
mbla reta opofíro väera.
kuae mbarav+ki oyeapo väera,
oparea jetära rétape,
oyapete väera jo.

Figura 37. La comunidad de trabajo, en el primer libro de lectura en guaraní para


los Chiriguanos, Ararundai, del Teko guaraní, 1991.
E l guaraní indígena 265

Circulan actualmente por las aldeas guaraníes los siguientes textos:


Ñ e’e renda, Palabras asentadas (1975) y AIande Paí Tavyterd ñande Para-
guáipe, Nosotros los Paí-Tavyterd en nuestro Paraguay (1975); Ayvu peteíha,
Palabras (libro) primero, y Ayvu ka’aguy mokoiha, Palabras de la selva, (li­
bro) segundo, continuados en un tercer y cuarto libros. Los dos prime­
ros responden a los paí; los demás se hicieron para los chiripá o avá-
katú-eté. Pero son los chiriguanos, de Bolivia, quienes en los últimos
años se han provisto de una notable cantidad de materiales literarios y
continúan en constante producción, proponiéndose, como ellos dicen,
celebrar 1992 con su lengua indígena más fortalecida y actualizada. Or­
ganizados alrededor de una entidad llamada Teko guaraní, (Modo de
ser guaraní), han editado y están experimentando los libros de alfabe­
tización Ararundai (1991), Eireká (1991) y Tataendy (1992), no solo en
sus escuelas, sino también en los procesos de educación informal, que
incluye a los adultos.
En una historia de la literatura latinoamericana este tipo de textos
escolares, cuando son en castellano, es sistemáticamente dejado de
lado, y en gran parte con razón, ya que ni por su origen ni por su
expresión alcanzan una calidad literaria aceptable. Por lo que se refiere
a los textos guaraníes en cuestión, hay motivos objetivos que invierten
la situación. Por la participación de la comunidad en su elaboración,
por sus contenidos culturales auténticos, por la lengua dialectal usada,
por las figuras y dibujos que las ilustran, esos textos son un testimonio
de la especificidad del lenguaje guaraní como un todo. Aquí los gua­
raníes consiguieron, a través de palabras propias y dibujos, decirse con
una autenticidad y una precisión que los antropólogos difícilmente al­
canzaron antes. Hay en esa literatura una reconquista de la palabra,
antes tan repetidamente «reducida». Ya no son aquellos libros de los
que podía temerse que traían consigo la muerte (ver 2.3.2.c).
Sólo ahora, tal vez, la amenaza reductiva de la literatura sobre las
lenguas indígenas empieza a retroceder y los apagados susurros se ha­
cen voz clara y convincente.
Literatos, los guaraníes se hacen etnógrafos de su propia palabra
en palabra propia.
266 La lengua guaraní del Paraguay

4.3.2. Los caminos de la palabra

Para los guaraníes las «palabras» son diferentes, según los temas de
que tratan y el modo de decirlas. Las «series de palabras» se agrupan
en géneros que se distinguen tanto por el origen de la palabra misma
como por las formas en que son comunicadas. Las categorías resultan­
tes de estas configuraciones son típicamente indígenas, aunque no sin
analogías con los géneros de nuestras literaturas. Las palabras tienen
sus propios caminos. No sin emoción he escuchado relatos míticos en
los cuales las palabras de los dioses son citadas por medio del canto:
solo el canto, en estos casos, podría darnos una idea de la voz divina.
Pueden distinguirse, con los mismos guaraníes, las N e’e Pora Te-
nonde, (Hermosas Palabras Primeras), que por su texto y por su forma
constituyen grandes poemas míticos relativos a los orígenes, y las N e’e
Ypy, (Palabras Primigenias), que cuentan también estos mitos en un es­
tilo más narrativo. De hecho son más que «leyendas» —die Sagen—,
aunque así las denominara Nimuendajú.
Hay una palabra que es «rezada», en que la persona «se hace pa­
labra», y que se designa como Ñembo’e. Entre los guaraníes este rezo u
oración es casi siempre un canto, mborahéi o porai, que a su vez reviste
varias formas como se verá.
Estos son los caminos principales de la palabra guaraní.

[Link]. Los grandes relatos míticos

Que la literatura guaraní escrita tenga en el relato de los «princi­


pios», esto es, en un mito de origen y génesis, su primer texto, es muy
explicable. Nimuendajú, el primero en transcribirlo ipsis litteris, obser­
vaba que «el guaraní en su vida cotidiana usa, con más frecuencia in­
cluso que el cristiano, expresiones que solamente en su religión en­
cuentran explicación» (1987: 4). La referencia a un origen mítico está
presente en la mayoría de los hechos que narran los guaraníes, para
quienes decir el mito es una forma de vida.
Nimuendajú escuchaba continuamente, aunque no fuera más que
fragmentos, el «mito de los Gemelos» cuando estaba entre los apapo-
kúva-guaraníes que ya lo habían adoptado.
E l guaraní indígena 267

Ni éste, ni ningún otro de los recogidos entre los guaraníes, es un


texto fijo, que haya sido memorizado y sea repetido palabra por pala­
bra. Es sí un texto tradicional y ortodoxo, sin ser dogmático. Objeto
de versiones abiertas y libres, y por lo tanto bastante variadas, se man­
tiene, sin embargo, dentro de una estructura muy sistemática y se ex­
presa en formas siempre análogas. Cualquier modificación que vaya
más allá de una interpretación de sentido o una aplicación a la reali­
dad actual —los comentarios explicativos son frecuentes— es rechazada
por la comunidad que no se reconoce ya más en su contador.
El relato mítico de los «principios» y de la «creación» ha sido de­
signado generalmente como «mito de los Gemelos». Esos Gemelos mí­
ticos, héroes culturales a la manera de intermediarios entre los dioses y
la humanidad son una constante del complejo cultural tupí-guaraní
(Métraux 1979: 21-30, con las oportunas notas de Estev o Pinto).
Contado ya en 1550, como dice haberlo escuchado André Thevet
(Métraux 1979: 203-209), todavía es contado en las aldeas tupíes y gua­
raníes. De todas las versiones registradas, la transcripción de Nimuen-
dajú se ha constituido en texto típico y paradigmático, que otros re­
copiladores, como Miguel A. Bartolomé toman como referencia para
ordenar sus materiales etnográficos.

Al recoger los primeros episodios del Ciclo, pensé que me encontra­


ba ante una serie de narraciones aisladas aparentemente desconecta­
das entre sí. Pero la obra de Nimuendajú (1944) sobre los apapokúva
(de igual parcialidad guaraní que los avá-katú-eté) me proporcionó una
versión del mito a la cual ir refiriendo los episodios que recogía. En
ninguna oportunidad los informantes me narraron un ciclo completo,
sino siempre episodios aislados y aun fragmentos de los mismos, por
lo que la estructura aparente resultante es una construcción metodo­
lógica ideal, que tiende a integrar la multitud de variantes que existen
sobre cada episodio, configurando así una nueva variante que incluye
la mayor cantidad de detalles proporcionados por los mejores narra­
dores en cada caso. Para la sucesión cronológica (secuencia) de los
episodios, me basé en la versión de Nimuendajú y en la opinión de
mis informantes, quienes siempre fueron consultados al respecto (Bar­
tolomé 1991: 42).

Yo mismo conservo inédito un texto que me dictara Ambrosio


Carrillo, de Itakyry, hacia 1970. Al carácter globalizante de ese «ciclo»
268 La lengua guaraní del Paraguay

mítico se refería el ñande ru Zenón Benítez, cuando me decía que para


contarlo todo se necesitarían más de dos semanas... José A. Perasso
(1987) ofrece también versiones actuales, algunas muy breves y resu­
midas, y que por lo mismo dejan más de manifiesto su estructura ele­
mental.
En esta historia de lengua y literatura guaraní no debe esperarse
un análisis etnológico del mito de la «creación»; pero el lector tal vez
agradecerá que le ofrezca el resumen de sus principales episodios.
Ñande Ru Vusu —Nuestro Gran Padre— viene el primero y se deja
conocer en medio de las tinieblas primigenias; en su pecho, una luz
como sol. Le da a la tierra su principio colocándola sobre firme so­
porte.
Él y otro Nuestro Padre, «conocedor de las cosas», encuentran a
la mujer, Nuestra Madre, que, esposa de los dos, queda grávida de me­
llizos. Ñande Ru Vusu, enojado, abandona a Nuestra Madre en la tierra
y sale de la escena para volver solamente al final, cuando se hace pre­
sente mediante la liturgia.
La madre grávida empieza a caminar en busca de su esposo, Ñan­
de Ru Vusu, pero es devorada por los tigres; los mellizos nacen, pues,
ya huérfanos.
Los mellizos conviven primero en la casa de los tigres, pero de
ellos tomarán venganza al saberlos asesinos de su madre. Los dos, de­
signados como Hermano Mayor y Hermano Menor, salen a caminar.
Intentan recomponer a la madre a partir de sus huesos, lo que no con­
siguen. Son estos héroes los que «guaranizaron» el cosmos en sus prin­
cipales aspectos, los que hicieron que el mundo fuese «guaraní», tanto
en su naturaleza como en el orden social y cultural (Schaden 1976:
841).
Caminando, siempre caminando, son los «héroes» quienes provo­
can y producen típicas situaciones de cultura: dan nombre a las frutas,
les roban el fuego a los cuervos, encuentran otros semejantes, enemi­
gos y futuros cuñados a la vez; con sus hijas y hermanas se casan. Por
fin se encuentran de nuevo con el Padre, mediante la danza ritual y la
«voz» de la maraca. El Padre les deja lo que trae entre manos: sus atri­
butos de chamán; y se esconde de nuevo.
La tierra está amenazada; la oscuridad con sus murciélagos puede
caer sobre nosotros y el tigre azul quiere devorarnos.
E l guaraní indígena 269

Entretanto, Nuestro Padre hizo la persona de Tupa, que al mover­


se por el cielo truena y relampaguea.
Y ya terminando, el discurso mítico se refiere al hecho de que se
danza todo el año y es ahí, en la danza, donde se le revela al chamán,
que es «nuestro padre», el camino. Este camino conduce a la casa de
Nuestra Madre donde no faltan frutas ni chicha para beber. Es la fies­
ta» (Meliá 1991: 51-52)
En su dicción original, empieza así:

Ñanderuvusu ou peteí, pytü avytépy añoí ojikuaa. Mbopi rekoypy ojogueroa


pytü avytépy. Ñanderuvusu oguereko opotiáre kuaray. Aépy ogueru Yvyra
joasa rekoypy, omoí ñanderovdi koty, opyrü iáno, oiñypyrüma yvy. Koay
Yvyra joasa rekoypy opyta voi teri yvy ytáno. Omoata mánamo yvy yta,
yvy oáma. Upévaegui ogueraay (Nimuendajú 1914: 388).
Ñande Ru Vusu —Nuestro Padre Grande— vino solo, en medio
de la oscuridad se dejó ver. Los Murciélagos Primigenios luchaban
entre sí en medio de las tinieblas. Ñande Ru Vusu tenía el sol en su
propio pecho. Trajo entonces los Palos Cruzados Primigenios los co­
locó mirando hacia donde nosotros miramos (el Oriente), pisó enci­
ma, ya tuvo principio la tierra. Hasta hoy en día los Palos Cruzados
Primigenios se quedaron como sostén de la tierra. Si El retirara el sos­
tén de la tierra, la tierra se caería. Después de eso trajo el agua.

Para los mbyá, según lo entiende Cadogan (1992: 115), el mito de


los Dos Hermanos pertenece ya a un ciclo diferente del de la creación.
Desde un punto de vista literario, el relato que trae Cadogan, sobresale
por «el ingenio, la poesía y la filosofía inseparables de todas las leyen­
das guaraníes» (Cadogan 1992: 116).
Ahora Nuestro Hermano Mayor es el Chamán de Cuerpo-como-
Sol, Pa’i Rete Kuaray.

Se fue Nuestro Padre, y se quedó la esposa de Pa-Pa, la madre de


Pa’i, en la tierra.
Después de estas cosas, siguió las huellas de su esposo, llevando
su hijo en el vientre: a él le preguntó sobre los caminos que había
tomado su padre (Cadogan 1992: 121).

Por la importancia que la antropología estructural le ha dado al


fuego de cocina como origen de cultura frente al crudo de la natura­
270 La lengua guaraní del Paraguay

leza, y por la calidad literaria con que está narrado, vale la pena co­
nocer el episodio del robo del fuego, en varias versiones.

Y después: «El fuego ciertamente vamos a conseguir, hermanito mío:


Voy a hacerme hediondo; veamos si no lo encontramos. Nuestro
Hermano Mayor hizo al Sapo que había de ser el tragador de un
poco de fuego. Después se acostó; ya estaba hediondo».
Los cuervos se juntaron, hicieron fuego. El Caracará sobre un
árbol primigenio estaba. Nuestro Hermano Mayor abrió los ojos, cosa
de nada, pero el Caracará lo vio: «Ese ahí, el que vamos a comer,
decíais, ése está parpadeando disimuladamente». Dijeron los cuervos:
«La cosa no es así; ya no puede mirar». Se fueron y picotearon las
órbitas de los ojos. «¿Qué está viendo? La cosa no es así; él ya no ve.
Tráiganlo, pues, y échenlo de una vez al fuego, y comámoslo ense­
guida».
Lo cogieron por las piernas y por la cabeza y lo echaron al fue­
go. Y entonces Nuestro Hermano Mayor sacudió su cuerpo y espar­
ció el fuego. Los Cuervos volaron (o se asustaron?). Dijo el Cuervo
Rey: «¡Miren!, cuidado con el fuego».
Entonces Nuestro Hermano Mayor le preguntó al Sapo: «¿No
has tragado el fuego?». «No lo he tragado». «¿Siquiera un poquito
no has tragado?». «He tragado un poquitín, pero ahora ya estará apa­
gado». «Vomita, veamos si hay al menos un poquito». Lo vomitó; lo
miró; algo había y atizaron el fuego». (Traducción directa del texto
guaraní, en Nimuendajú 1914: 390, por B. Meliá).

La versión que recogiera M.A. Bartolomé de este mismo episodio


tiene los mismos personajes y el mismo significado, pero hay una di­
ferencia esencial en cuanto a su estructura profunda: la referencia al
ritual antropofágico, central en la primera, ha desaparecido en la se­
gunda. En vez de la acción del héroe que se expuso a ser devorado,
ahora «el Sapo se acercó y esperó hasta que el viento le acercó unas
brasitas...» (Bartolomé 1991: 53).
En la tradición mbyá, se narra también «la manera en que origi­
nariamente hubo fuego», un relato que según la percepción de Cado-
gan que lo transcribe y traduce, forma parte del ciclo mítico de la
Nueva Tierra y no del ciclo de los Gemelos, que según otros intérpre­
tes sería más tradicional. En su estructura corresponde plenamente a la
versión dada por Nimuendajú, pero el texto mbyá hace gala de recur-
E l guaraní indígena 271

sos estilísticos más sutiles, alcanzando mayor dramaticidad y densidad


significativa.

Habiendo descendido a la tierra Nuestro Primer Padre lo primero en


que pensó fue cómo hacerse con el fuego.
«El primer trabajo que tomaré a sabiendas será cómo hacerme de
fuego», dijo. «Por consiguiente, mi criado, mi hijo Sapo, yo me haré
del muerto, para que quienes se levantaren contra mí practiquen sus
malas artes. Ellos solamente tienen fuego en la tierra; éste ha de ser
para los que sufren, para que nuestros hijos que estarán en la tierra
lo conozcan». (La primera tentativa para obtener el fuego fracasa).
Una vez más volvió a acostarse, y se hizo del muerto; los que se al­
zan contra él, volvieron a juntarse, trajeron lefia, encendieron de nue­
vo el fuego, y Nuestro Padre nuevamente se sacudió. Volvió a pre­
guntarle a su hijo el Sapo. «Esta vez, sí, he tragado en cantidad... un
tanto así». «Bien, siendo así, mi hijo, sacudámoslo en provecho de
mis hijos». Habiéndolo echado de sí; «Ve a traer madera para dejar
en ella el fuego», dijo. Trajo un gano de Laurel. «Bien, ahora, arrójalo
aquí; para arrojarlo, trae mi flecha, con su punta», dijo. Habiéndolo
echado de sí, lo dejó guardado en el Laurel. Como compañero del
Laurel, trajo un bejuco subterráneo; en él también lo depositó. En
ellos, en los dos, se guarda el fuego en la tierra para los Hermosa­
mente Adornados, para que quede para los habitantes de la tierra.
Después, volvieron los Cuervos ante Nuestro Primer Padre. Sa­
biendo Nuestro Primer Padre que habían asado el cuerpo: «Id voso­
tros, convertios en seres que no respetaréis la cosa grande (el cadá­
ver)», dijo. Lloraron los buitres; porque ya no verán la vida perfecta,
lloraron (Cadogan 1992: 109-111).

En otra variante, recogida ésta por Pierre Clastres que la pudo tra­
ducir gracias a la ayuda de Cadogan, el final es más explícito y didác­
tico.

Es el Sapo que hizo existir el fuego en este mundo. Él tragó la brasa,


y después la reescupió. Había dos pequeñas brasas: él puso una en la
cápsula de pindó, la otra en la rama de chirca.
Es así que hasta ahora, nosotros producimos el fuego. Hacemos un
agujerito en un pedazo de madera seca y, haciendo girar otro pedazo
de madera, obtenemos el fuego (Clastres 1974: 104).
272 La lengua guaraní del Paraguay

Como hace notar E. Schaden (1955), al estudiar El origen y domi­


nio delfuego en la mitología guaraní., «las narraciones relativas a la obten­
ción del fuego se integran, ahora más, ahora menos perfectamente, a
título de episodios, en el cuadro general del «mito de los orígenes». Es
notable en todo caso, la manera por la cual, transcendiendo el carácter
episódico, reflejan la imagen-del-mundo peculiar de los diferentes gru­
pos de la tribu, especialmente de los mbyá y kayová»
He elegido el episodio mitológico del «robo del fuego» como
ejemplo de un tipo de literatura indígena, que muestra su riqueza y
complejidad, nada monótona ni repetitiva. Hay por supuesto muchos
otros, como consta en las antologías citadas anteriormente y como es­
cucha quien tiene la suerte de vivir por un tiempo en una aldea gua­
raní.
Estos textos se prestan a análisis múltiples y complejos y permiten
diversos niveles de lectura. Caben aquí, y deben practicarse, la exégesis
semántica, la hermenéutica, la historia de las formas y aun la más de­
purada crítica literaria, sin descuidar la cuestión de la producción cul­
tural de estos mitos y las causas de sus variantes.
Nimuendajú (1914: 332-336; 400-403) recogió también entre los
mismos guaraníes el mito de Guayraypoty, (Pájaro florido), nombre de
un chamán que tiene que enfrentar la destrucción de la tierra por el
diluvio. El tema de una conflagración universal se encuentra presente
en diversas tradiciones guaraníes que hablan de grandes y terribles ca­
taclismos, generalmente diluvios o incendios, que acaban con la Pri­
mera Tierra. Los guaraníes interpretan hoy sus profecías cataclísmicas
como desastres ecológicos causados por el hombre «civilizado», de los
cuales sólo el canto y la danza ritual pueden salvar; es decir, la fideli­
dad a su modo de ser tradicional, la repetición de la palabra sagrada y
la participación en la fiesta común.

Leyendas y cuentos
Deslumbrados por la fuerza y la belleza de los relatos míticos, los
etnógrafos de la palabra guaraní descuidaron un tanto el registro de
aquellos relatos considerados apenas folclóricos. Fue Cadogan quien se
animó a incluirlos como parte del decir guaraní, si bien el estudio de
las leyendas y tradiciones le parecían un pasatiempo de principiante.
Muestras de este género literario, por cierto muy extendido entre los
E l guaraní indígena 273

guaraníes, que son grandes contadores de «historias», sólo constan en


el último capítulo de Ayvu Rapyta (Cadogan 1992: 244). Literatura me­
nor, si se quiere, pero plena de mensajes etiológicos, es también el lu­
gar donde parecen haberse dado cita tradiciones de diversas proceden­
cias, incluso europeas, que han sido asimiladas y guaranizadas.
Algunos de sus títulos son muy significativos: El que se prendó de
una marrana, por haber desobedecido a su padre, que incluye una versión
particular de la adquisición del fuego siempre a través del sapo, pero
no robado a los cuervos, sino a la perdiz; De la doncella que se prendó
del que toca la flauta; El gran oso hormiguero y el tigre se desafían uno a
otro —el zorro es personaje de marcada presencia en esos cuentos, con­
trapuesto y vencedor del tigre y del puma, triunfo, pues, de la maña
sobre la fuerza— Hay cuentos en los que Cadogan ve, entremezclados,
elementos extraídos de mitos autóctonos y cuentos paraguayos escu­
chados por los indios en obrajes y yerbales. En uno de ellos cuyo tí­
tulo podría ser La Sirena, la técnica literaria de la repetición aparece
con fuerza en el modo de narrar el «secreto de la valentía de ser dia­
bólico», tal como este mismo se lo cuenta a su esposa:

En el tronco de aquel lapacho que se yergue, está un toro monstruo­


so: él es mi paje (hechizo); un toro monstruoso con dientes de fuego
y veloz; en su vientre hay un tapir con dientes de fuego y veloz:
en el vientre del tapir hay un ciervo con dientes de fuego y veloz;
en el vientre del ciervo hay un cerdo montés chico con dientes de
fuego y veloz; en el vientre del cerdo hay una paca con dientes
de fuego y veloz; en el vientre de la paca una paloma que vuela; en
el vientre de la paloma está su huevo: cuando se rompa su huevo, yo
moriré (Cadogan 1992: 275).

Textos sapienciales

La belleza literaria y el buen decir no están ausentes de aquellos


textos que recogen «los preceptos que dejaron Nuestros Padres Buenos
para nuestro futuro modo de ser» (Cadogan 1992: 190).

Solamente mediante los preceptos que nos dejaron Nuestros Buenos


Padres hemos de vivir en armonía, hemos de prosperar. En caso con­
trario, permitimos que se apodere de nosotros el hacedor de todo
mal.
274 La lengua guaraní del Paraguay

Hasta la hormiga, en defensa de sus hijos, cuando a ellos les mo­


lestamos, se enfurece y nos pica, aunque con ello nada pueda hacer.
También los pajaritos defienden a sus hijos, y en viendo que nos
los llevamos, baten las alas, aunque nada puedan hacer.
Exactamente de la misma manera, nosotros defendemos a nues­
tros hijos, nuestras hijas. Por consiguiente, si entre ellos se infligen
grandes males (y se matan) el hecho es sumamente grave... Faltan ca­
minos a mi palabra (Cadogan 1992: 195).

Las Normas para la agricultura es un texto donde los conocimien­


tos experimentales de un pueblo agricultor por excelencia como el gua­
raní, son dichos en relaciones simbólicas que incluyen religión y eco­
nomía de reciprocidad.

Que los Tupa (dioses del trueno y el agua) vigilen permanentemente


aquello que tocan las ramas floridas de las palmas de vuestras manos
(los cultivos en que trabajáis).
Cuando hayan madurado tus frutos, darás a comer de ellos a tus
paisanos, a todos sin excepción. Los frutos maduros se producen para
que de ellos comamos todos, y no para que sean objeto de avaricia.
Dando de comer a todos, sólo así, sólo viendo Nuestro Primer Padre
nuestro amor para con todos, alargará una y otra vez nuestros días
para que podamos sembrar (Cadogan 1992: 211-213).

No se trata naturalmente de reproducir aquí, ni siquiera en míni­


ma antología, los textos recogidos por Cadogan entre los mbyá, pero
era conveniente destacar con ejemplos los recursos literarios de los que
se sirven los guaraníes para expresar con palabras su sabiduría.
Un mbyá que quiere casarse, hablando con sus futuros suegros,
expone lo que él mismo, agricultor y cazador, concibe como ideal de
vida guaraní:

Yo deseo que aquella a quien hiciste descender (hija),


si es que está destinada a un hombre,
sea mi compañera.
Para escuchar ambos palabras que nunca han de pasar,
dentro de la vivienda;
para poder escuchar más tarde acerca de nuestro futuro hermoso
para poder escuchar acerca de aquellas cosas
desprovistas de toda maldad.
E l guaraní indígena 275

Ñañesyrü jey, ñamba'apo joja, ñambojoja ñe'e. Ikatu


jaiporu kuarepotikuéry ka'arupâmeguarâ. Qguahê ara-
guyje oñemopyrü jey Jakairakuéry. Upéa ykérehe
itimbyryguive ¡pora hagua. Oímbavove jaropurahéi
hagua. Upéixaramo jaraha pukumivéta ñande rekoha,
ñambojegua jevÿrô Jakairakuéry, javy'apa oñondive.
Imboypyrépema ñaime. Jarojeko jeyma ay ypyporype-
guive.

Figura 38. Página del libro de lectura Ñande Pal Tavyterá ñande Paraguáipe.
276 La lengua guaraní del Paraguay

Yo soy dueño de una pequeña vivienda.


El lecho de mis sembrados se extiende en abundancia;
y cuando llegue el tiempo de la maduración
habrá alguna cosa para alzar (comer):
el maicito feo-viejo-pequeño,
nuestro verdadero maíz,
el maicito overo,
el maíz eterno (amarillo),
el maicito pequeño;
la batata para ser asada,
la mandioquita feíta-viejita;
y, para ser comidos a mediados de la estación calurosa,
la sandía extremadamente dulce,
el melón amarillo,
los futuros dedos quebraditos (zapallitos).
Y también iré a buscar leña por el lecho de los bosques,
y estaré escuchando continuamente (el ruido de los animales que voy
a cazar),
y armaré trampas que nos proveerán de alimentos.
Miraré los troncos de los árboles
para ver si encuentro aquello que se ha de lamer (miel),
la miel de la abeja mandorí,
de la eirusú,
de la del pequeño pene eterno, remedio
para el ombligo enfermo de las criaturas,
para allegárselas a aquella a quien voy a apretar (esposa).
En los arroyos, estaré atento
a los peces, a los peces;
amargaré las aguas con el timbó;
y aunque fuese con el arco, aunque
fuese con la flecha de condición imperfecta,
los mataré,
el bagrecito roncador,
el fuego itinerante (sábalo).
Para comerlos en torno
a nuestros fogones
y hacer que de nada carezcamos.
(Ramos 1984: 87-88)

Textos similares, aunque de tono algo diferente, son los que nos
dictaron los Pañ (Meliá-Grünberg 1976: 273-285). Su finalidad peda­
El guaraní indígena 277

gógica y el contexto en que los produjo Evangelí Morilla no los des­


poja de un alto simbolismo, casi hermético, dependiendo sobre todo
del asunto de que se trata.

A tu madre, a la que te hizo ver el día, a la que te hizo abrir los ojos
a la luz, la has de respetar; no le andes contestando; si le andas con­
testando no llegarás a Nuestra Madre, la que está en el cielo, a Nues­
tra Madre de todos... Nuestro principio y origen es uno solo; no so­
mos de orígenes diferentes; es así como nosotros nos esparcimos (por
este mundo). Hemos de amarnos unos a otros, pues uno es Nuestro
Padre, el celeste. No es posible que seamos enemigos unos de otros,
siendo todos nosotros habitantes de la tierra. Si llega el frío, todos a
una sentimos el frío; no es posible que no nos queramos mirar uno
a otro (Meliá-Grünberg 1976: 274).

Cuando nos casamos, a nosotros nuestro padre, nuestra madre nos


dicen: Has sido convidada, ve, pues; vinieron a pedir por ti tu futura
suegra, tu futuro suegro; voy a ver lo que escucho de ti ahora.
A su hijo le dice su madre: «No desprecies lo que yo levanté y
crié. No castigues a mis nietos, ya que, viéndolo los Tupa (dioses), en
tu mano aparecerá la sangre» (Meliá-Grünberg 1976: 274).

Registros etnográficos más recientes permiten conocer el lenguaje


de los avá katú eté o chiripá, cuando dan razón de su cultura y expli­
can su derecho consuetudinario. Tanto el trabajo de J. A. Perasso y J.
Vera (1987), como el de M. Chase-Sardi (1992) ofrecen significativos
fragmentos de esa literatura que, aun pudiendo ser calificada de pare-
nética y legal, se aparta de los cánones habituales de la cultura eu­
ropea.
En contexto de neo-colonización, el discurso de los dirigentes
guaraníes alcanza tonos de denuncia, que los ecologistas asumirían de
buen grado.

Ñanderuvusu (Nuestro Padre Grande) nos creó para resguardo de la


selva. Para eso Ñanderuvusu nos dejó la selva, la miel y todos los ani­
males que están en ella. Para vivir en armonía con ellos.
Estamos para preservar el bosque, para que no sea destruido. Los
antiguos ya murieron. Nosotros somos hombres del bosque. No nos
enseñaron a leer y a escribir porque no necesitamos poner nuestra
278 La lengua guaraní del Paraguay

palabra en un papel. Nuestra palabra sirve por sí sola, porque es


nuestra alma. Los «blancos», que no saben esto, necesitan poner su
palabra en un papel para que se les crea. Esto significa que su palabra
no tiene valor por sí sola, porque tienen un alma que no procede de
Ñanderuvusu (Chase-Sardi 1992: 234).

El discurso profètico de los guaraníes mezcló tradicionalmente


utopía y cataclismo; a la Primera Tierra la destruía el Diluvio, pero una
Nueva Tierra surgía, en la que otra vez se entonaría el canto sagrado
del hombre, de la mujer (Cadogan 1992: 63). El tema está todavía pre­
sente con una modernidad inquietante.

Nosotros estamos ya completamente pobres,


nosotros estamos ya completamente pobres.
Está cara la carne;
nosotros ya no comemos más carne de vaca.
Y los bosques,
los bosques no son hermosos,
son muy feos los bosques:
porque para nosotros ya no hay más bosques.
Esos que llamamos bichos, ya no existen más:
venados, cerdos monteses y todos los demás.
(Ramos 1984: 118).

Y nosotros, nosotros, nosotros,


nosotros, hombrecitos,
nosotros, guaraníes...
Ellos son gente rica:
tienen plantaciones de paraíso y demás,
de té y demás,
yerbales, pinares:
esas cosas nosotros no teníamos que plantarlas,
no las sabemos vender,
no teníamos que venderlas.
Nosotros no fuimos hechos para vendedores de árboles...
Y los señores, sí que por un arbolito verde de laurel
ya están peleando.
¡Es verdad, es verdad!
Mezquinan los árboles más inservibles.
Quien hizo los árboles,
E l guaraní indígena 279

quien colocó la tierra, no pelea por la tierra...


Pero debajo del firmamento
ya pelean por la tierra:
«Es para mí», así dicen.
(Ramos 1984: 119-120).

[Link]. Poesía y profecía

Comparado con el arte de otros pueblos del complejo amazónico,


los tapirapé o los kayabí, por ejemplo, que son también tupí-guaraní,
el arte visual de los guaraníes no ofrece formas tan delicadas ni llama­
tivas. Ciertamente se dan algunas bellas muestras de arte plumario, de
cerámica y de cestería, donde los contrastes estilizados poseen una gran
fuerza expresiva, pero sin que destaquen especialmente por su singula­
ridad estética.
Belleza, fantasía y libertad, los guaraníes las han expresado, sin
embargo, en otro arte, que no se ve ni se toca. Lo mejor del arte gua­
raní no se hace con las manos, se dice; no se ve, se escucha. El primer
y fundamental arte del guaraní es la palabra.
Los guaraníes no solo son «señores de la palabra», como ya nota­
ron conquistadores y misioneros, sino que ellos se saben palabra.

La palabra lo es todo
Para el guaraní la palabra lo es todo. Y todo para él es palabra.
Estas afirmaciones que nuestro etnocentrismo enseguida atribuye a al­
gún tipo de influencia «occidental», de subrepticios orígenes platóni­
cos, son, sin embargo, la expresión más constante de lo que el guaraní
nos dice a través de sus mitos, de sus cantos y de sus ritos. La carac­
terística que específica la psicología y la teología guaraní es la peculiar
experiencia religiosa de la palabra.
La poética guaraní está entrañablemente unida con la concepción
psicológica y teológica de la persona humana, ya que ser guaraní es ser
palabra y hacerse guaraní es hacerse palabra.
Desde su misma concepción como persona, el guaraní es una pa­
labra soñada. Cuando un hombre y una mujer se unen sexualmente,
son apenas la ocasión para que se dé ese acto poético mediante el cual
280 La lengua guaraní del Paraguay

la palabra soñada por el padre es comunicada a la futura madre, que


de este modo queda grávida de esta misma palabra. El hecho de ser
engendrado y concebido un ser humano es designado metafóricamente
por los mbyá con la expresión: oñemboapyka, (se da asiento), con clara
alusión al modo como Ñande Ru, (Nuestro Padre), se sienta en su ban­
quillo ritual, iluminándose a sí mismo en medio de las tinieblas (Ca-
dogan 1992: 30; 79).
La concepción del ser humano no se diferencia en su forma del
acto místico por el cual el chamán guaraní, en su sueño, recibe la pa­
labra que se da asiento en él: el chamán, sentado en su banco ritual,
en su «tigre» de cedro, queda preñado de una palabra que es concebi­
da, es engendrada y nace como lo haría un ser humano (Meliá
1991: 86).

La noción del alma humana, tal como la concibe el guaraní —esto es,
su primitiva psicología— constituye, sin duda alguna, la clave indis­
pensable para la comprensión de todo el sistema religioso... Por su
parte, la noción del alma se torna comprensible con mayor facilidad
a partir de las creencias relativas a la concepción (Schaden 1974: 107).

Si la concepción y el nacimiento de un guaraní se resumen, en


fin de cuentas, a un acto poético de encarnación de la palabra, toda la
vida del mismo será la recreación de este acto inicial bajo diversas for­
mas. En efecto, la vida del guaraní, con sus dramáticas instancias críti­
cas —nacimiento, imposición de nombre, iniciación, enfermedad, caris-
ma chamánico, muerte y «post mortem»— está marcado indeleblemente
por palabras singulares.
El guaraní procurará alcanzar por todos los medios posibles las
palabras hermosas, que son al mismo tiempo la perfección de su ser;
el arte de la palabra es el arte de vivir. Poseedor de un nombre que
«mantiene erguido el fluir de su decir», es a través de la palabra que el
guaraní irá construyendo su personalidad. Así el ideal del hombre y la
edificación de su prestigio se identifican con una creación poética.
Todo guaraní es en potencia, un chamán, un profeta y un poeta.
La clasificación y valoración del guaraní no se hace por sus cuali­
dades físicas ni por sus bienes materiales, sino por los «cantos» que
posee. El modo de su decirse es el que da la dimensión de su modo
de ser.
E l guaraní indígena 281

Cuando alguien en un grupo guaraní recibe su primer canto ritual,


esto siempre constituye un acontecimiento de interés general... Entre
los indios de más de 40 años son excepción lo que no poseen en
absoluto ningún canto ritual (Nimuendajú 1914: 338; 1987: 77).

El modo ordinario como el guaraní consigue su canto, esa palabra


poética que lo identifica ante sí mismo y ante los demás, se da en el
sueño. No se trata aquí de explicar el proceso psicológico que proba­
blemente prepara la producción de la palabra soñada; de hecho, la pa­
labra poética guaraní, aunque soñada, no presenta características pro­
piamente oníricas, ni en sus formas sintácticas ni en sus metáforas. Tal
vez los que se puede decir es que el guaraní es un organizador cons­
ciente y un transformador poético de su sueño. Trabaja cuidadosamen­
te su sueño con disciplina y seriedad. Hay un arte del sueño que sus­
tenta el arte de la palabra y del canto.
El carácter eminentemente personal del canto nos lleva a una et­
nografía de la palabra guaraní siempre abierta y susceptible de recibir
nuevas creaciones. Habrá nueva palabra guaraní mientras haya un gua­
raní que sueñe y que cante.
Las formas de la expresión poética guaraní responden muy de cer­
ca a esta teoría de la palabra, tanto en lo que respecta a su origen como
al modo de comunicación en sociedad.

Ayvu rapyta: el fundamento de la palabra.


Sobre lo que sea esta «palabra fundamental», Cadogan recogió —y
es un milagro que lo haya conseguido, pues nunca más hubiera sido
conocido tal vez— un largo poema que él tituló acertadamente Ayvu
rapyta, (El fundamento de la palabra):

El verdadero padre Ñamandú, el primero,


de una parte de su propio ser de cielo,
de la sabiduría contenida en su ser de cielo
con su saber que se va abriendo como flor,
hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.
Habiéndose incorporado y erguido como hombre,
de la sabiduría contenida en su ser de cielo,
con su saber que se abre cual flor
conoció para sí mismo la fundamental palabra futura.
282 La lengua guaraní del Paraguay

De la sabiduría contenida en su ser de cielo,


en virtud de su saber que se abre en flor,
Nuestro Padre hizo que se abriese la palabra fundamental
y que se hiciese como él, divinamente cosa de cielo.
Cuando no existía la tierra,
en medio de la oscuridad antigua,
cuando nada se conocía,
hizo que se abriera como flor la palabra fundamental,
que con Él se tornara divinamente cielo;
esto hizo Ñamandú, el padre verdadero, el primero.
Conociendo ya para sí la palabra fundamental que había de ser,
de la sabiduría contenida en su propio ser de cielo,
en virtud de su saber que se abre en flor,
conoció para sí mismo el fundamento del amor al otro.

Habiendo ya hecho abrirse en flor el fundamento de la palabra que


había de ser
habiendo ya hecho abrirse en flor un único amor,
de la sabiduría contenida en su ser de cielo,
en virtud de su saber que se abre en flor,
hizo que se abriera en flor un canto alentado.
Cuando la tierra no existía,
en medio de la oscuridad antigua,
cuando nada se conocía,
hizo que se abriera en flor para sí mismo en su soledad un canto
esforzado.

Habiendo ya hecho abrirse en flor para sí el fundamento de la pala­


bra futura,
habiendo ya hecho abrirse en flor para sí una parte del amor,
habiendo ya hecho abrirse en flor para sí un esforzado canto,
consideró detenidamente
a quién hacer participar del fundamento de la palabra
a quién hacer participar de ese único amor,
a quién hacer participar de la serie de palabras que componían el
canto.
Habiéndolo ya considerado profundamente,
hizo que se abriesen en flor los que habían de ser compañeros de su
celeste divino ser,...
hizo que se abriesen los ñamandú de corazón grande.
E l guaraní indígena 283

Los hizo abrirse con el reflejo de su sabiduría,


cuando la tierra no existía,
en medio de la oscuridad antigua.

Después de todo esto,


de la sabiduría contenida en su ser de cielo,
en virtud de su sabiduría que se abre en flor,
al verdadero padre de los karaí futuros,
al verdadero padre de los jakairá futuros,
al verdadero padre de los tupa futuros,
hizo que se conocieran como divinamente celestes.
A los verdaderos padres de sus muchos hijos propios,
a los verdaderos padres de las palabras de sus muchos hijos propios,
hizo que se conocieran como divinamente celestes.
Después de todo esto,
el verdadero padre Ñamandú,
a la que estará frente a su propio corazón,
a la futura verdadera madre de los Ñamandú,
hizo que se conociera como (divinamente) celeste
(Karaí, Jakairá y Tupa colocan del mismo modo frente a su corazón
a las futuras madres de sus hijos).
Por haber ellos asimilado ya la sabiduría celeste de su propio Primer
Padre,
por haber ellos asimilado ya el fundamento de la palabra,
por haber ellos asimilado ya el fundamento del amor,
por haber ellos asimilado ya las series de palabras del canto esforza­
do,
por haber ellos asimilado ya la sabiduría que se abre en flor,
a ellos, por eso mismo, los llamamos:
excelsos verdaderos padres de las palabras,
excelsas verdaderas madres de las palabras.
(Cadogan 1992: 33-47)

Este texto, registrado por Cadogan, en su versión en dialecto


mbyá, no es un himno fijo que forme parte de una tradición repetida
ceremonialmente, o de cualquier otra forma. Es simplemente una pa­
labra profètica única, ciertamente proferida dentro de pautas formales
tradicionales, pero sin ningún valor dogmático. Es uno de esos cantos,
muchas veces en forma de plegaria, que los mbyá-guaraníes entonan,
284 La lengua guaraní del Paraguay

mediante los cuales se esfuerzan por obtener la fuerza de lo alto y que


el pequeño grupo reunido en la casa de las plegarias escucha reverente
con exclamaciones de aprobación.
La educación del guaraní es una educación de la palabra y por la
palabra, pero no es educado para aprender y mucho menos memorizar
textos, sino para escuchar las palabras que recibirá de lo alto, general­
mente a través del sueño, y poderlas decir. El guaraní busca la perfec­
ción de su ser en la perfección de su decir; su valoración y su prestigio
entre los miembros de su comunidad y aun entre comunidades vecinas
viene medida por el grado de perfección e incluso la cantidad de can­
tos y modos de decir que posee. Y como su sabiduría procede del de­
sarrollo de su palabra y ésta, por su vez, de la propiedad e intensidad
de su inspiración, es fácil de ver cómo es esencial para el guaraní la
experiencia propiamente religiosa, que no todos conseguirán en el mis­
mo grado, pero a la que todos de un modo u otro aspiran.
Es lo que notaban los misioneros jesuitas del siglo xvn, como el
padre Antonio Ruiz de Montoya, que, sin embargo, da una interpre­
tación del fenómeno un tanto reducida.

Muchos se ennoblecen con la elocuencia en el hablar (tanto estiman


su lengua, y con razón porque es digna de alabanza y de celebrarse
entre las de fama), con ella agregan gente y vasallos, con que quedan
ennoblecidos ellos y sus descendientes (Montoya /1639/1989:77).

En potencia, cada guaraní es un profeta —y un poeta—, según el


grado que alcance su experiencia religiosa.

Cuando en un grupo guaraní alguien consigue su primer canto (cha-


mánico), esto constituye siempre un acontecimiento de interés gene­
ral. Solamente en las viejas historias maravillosas he escuchado que
niños recibieron tal inspiración. En las categorías de edades superio­
res la inspiración es cada vez más frecuente y entre quienes han pa­
sado de los cuarenta años es excepcional el que no posea un canto.
Algunos cantan en la oportunidad más insignificante; por ejemplo, al
atravesar un puente que se balancea, para no caer en el agua, y en
semejantes oportunidades otros son más reservados; en ocasiones ex­
traordinarias, especialmente en las desgracias, se escucha cantar a al­
gunas personas, de las que ni siquiera se sabía que tenían cantos pro­
pios. En la mayoría de los casos el individuo recibe su canto mientras
E l guaraní indígena 285

duerme, con la aparición en su sueño de algún pariente fallecido (Ni-


muendajú /1914/1987: 77).

Son conmovedoras las experiencias a través de las cuales el indio


guaraní recibe el don del canto místico (Nimuendajú /1914/1987: 34-
35, 78) y de una gran belleza poética y profundidad religiosa sus tex­
tos. He aquí uno que valga por tantos, ya que la infinita mayoría de
ellos nunca fue registrada:

Por los alrededores de las casas donde dicen plegarias hermosas


voy caminando esparciendo la neblina (humo de tabaco fumado ri­
tualmente)
Perseverando así, aprenderé numerosas palabras para fortalecer mi in­
terior
Que lo vean los verdaderos Padres de mi palabra;
que en un futuro no lejano me hagan decir muchas muchas pala­
bras...
Aunque nos amemos sinceramente,
si permitimos que nuestro corazón se bifurque,
no hemos de alcanzar grandeza de corazón ni fortaleza
(Cadogan 1992: 148-151).

Con mucha propiedad se ha dicho que «toda la vida mental del


guaraní converge hacia el Más-Allá... Su ideal de cultura es la vivencia
mística de la divinidad, que no depende de las cualidades éticas del
individuo, sino de la disposición espiritual de oír la voz de la revela­
ción. Esa actitud y ese ideal son los que determinan la personalidad
(Schaden 1954 b: 248-249).
Ponerse en estado de escuchar las palabras buenas hermosas, in­
cluso con ayunos, continencia sexual, observación de modos austeros
de vivir, de comer y de dormir, es una práctica todavía constante en
los guaraníes contemporáneos, especialmente entre los mbyá; son com­
portamientos, actitudes y posturas que propician el «decirse»: ñembo’e,
esto es, la oración.
Recibida individual y personalmente, la palabra no es casi nunca
de uso individual; es proferida —profetizada— en público, por lo me­
nos para edificación de los de la casa, que acompañándola, participan
de ella, y se la hacen suya.
286 La lengua guaraní del Paraguay

El recurso siempre a mano de que dispone el guaraní para provocar


y al mismo tiempo dar salida a sus vivencias religiosas es el porahéi
(canto) u oración....Lo que tiene de más valioso un individuo son sus
porahéi, a los que se refiere con orgullo y hasta con cierta reveren­
cia... (Schaden 1974:119).

Individuales, porque son don de los espíritus a determinadas per­


sonas, las oraciones y cantos son también una fuerza para la comuni­
dad, que al escucharlos y «danzados» se identifica con ellos y se siente
reconfortada. Es gracias a las oraciones y rezos que los guaraníes sien­
ten que el mundo puede atrasar su futura e inevitable destrucción, una
amenaza siempre presente, especialmente en los tiempos actuales en
que ven la agresión a la ecología regional y el aniquilamiento de su
hábitat tradicional. Su cosmos, del cual tienen una percepción visual y
plástica, y hasta auditiva, se está convirtiendo en un caos sin color
y sin voz.

La palabra de los profetas


Es siempre en función de la palabra inspirada que el guaraní crece
en su personalidad, en su prestigio y hasta en su poder, sea éste, poder
político, poder mágico o ambos juntos, que suele ser lo más común.
Las categorías de los dirigentes, generalmente hombres, pero sin
excluir enteramente a las mujeres, se estructuran según los grados de
excelencia en el «decirse», en la palabra. Eran los diversos tipos de «he­
chiceros» y «magos» de que hablan las crónicas misioneras de los siglos
coloniales, son los chamanes, en lenguaje antropológico, verdaderos
«teólogos de la selva», como ya había sentido Cadogan.
Nadie puede hacerse paje (chamán) por aprendizaje, ni siquiera
bajo la dirección de los grandes, sino sólo por inspiración. No son una
casta cerrada y menos hereditaria. Según el canto chamánico, los apa-
pokúva (guaraní) se dividen en cuatro clases: los que todavía no han
recibido inspiración ninguna; los que han recibido uno o varios can­
tos; los dirigentes rituales, llamados ñande ru y ñande sy: «nuestro pa­
dre» y «nuestra madre»; y los chamanes, «caciques» o «capitanes».
Son los de la tercera clase los que ejercen generalmente las funcio­
nes religiosas más características. Se les llama también, entre los avá-
katú, de oporaíva: «cantores». Su canto está al servicio de la comunidad
E l guaraní indígena 287

para hallar el nombre de un recién nacido, para curar una enfermedad,


para dirigir un ritual, para hablar proféticamente sobre lo que es y lo
que ha de ser, para recordar relatos míticos tradicionales. Pero, repeti­
mos, esto no es una profesión ni un cargo; lo que puede hacer un
chamán, no es privativo de él, ya que en mayor o mejor grado, cada
guaraní es un «rezador» y es un profeta. No hay una clase sacerdotal.
Es cierto que hay algunos carismas que son tenidos como más im­
portantes, como el ser «vidente»: tesapyso; el estar en condiciones de
encontrar y dar nombre al niño; el ser capaz de llevar a buen término
el «gran canto ritual»: ñengarete o mborahéi puku.
La palabra, el nombre, la oración, el canto, la invocación medici­
nal, la profecía, la exhortación político-religiosa, todas estas formas de
«decirse»: ñembo’e, son la forma privilegiada de la religión guaraní. El
guaraní es religioso porque se hace palabra, y en haciéndose palabra
participa del ser de los Primeros Padres, Padres de la palabras-almas. La
religión guaraní es una religión de la palabra inspirada. La historia del
guaraní es la historia de su palabra.
A la manera de un «santo» profeta quedó en la tradición de los
mbyá la figura del «capitán» Chikú, quien, después de largo peregrinar,
vuelve a la selva y alcanza la perfección.

Después de todo lo acontecido, entonces solamente,


obtuvo la perfección el capitán Chikú.
Capitán Chikú obtuvo la perfección plena;
de las palmas de sus manos y de las plantas de sus pies brotaron lla­
mas;
su corazón se iluminó con el reflejo de su sabiduría;
su cuerpo divino se convirtió en rocío incorruptible,
su adorno de plumas se cubrió de rocío;
las flores de su coronilla eran llamas de rocío
(Cadogan 1992: 237).

[Link]. Rezar, cantar y danzar

La palabra guaraní se dice y se hace; los caminos de la palabra,


sus «sacramentos», son el canto y la danza. Religioso, el pueblo guaraní
se dice en gestos y en ritos.
288 La lengua guaraní del Paraguay

El canto, generalmente con una entonación muy simple y casi


siempre acompañado de algún instrumento, es la forma ritual más co­
mún de la expresión religiosa del guaraní. Si bien el canto suele ser
recibido durante el sueño, sus enunciados y expresiones son muy cons­
cientes y claras, aunque con aquella densidad y fantasía metafórica
propia del lenguaje poético. Hay, es cierto, algunos cantos que consis­
ten en repetición de palabras ininteligibles, pero éstos son excepción.
Cada grupo étnico en que se dividen los guaraníes tiene sus for­
mas especiales de cantos y rituales, que deberían ser descritos separa­
damente. Aquí intentaremos, sintetizar sus aspectos fundamentales y
genéricos, procurando no perder, sin embargo, su realismo.

Invocaciones y plegarias
Los guaraníes no conocen cantos ni danzas propiamente profanos.
Canto, danza y oración llegan a ser sinónimos; la oración es un canto
danzado, así como la danza es una oración cantada. Hay tres tipos de
canto-danza: el purahéi (Schaden 1974:118-120), el kotyu y el guahu. Es­
tos dos últimos, por su temática frecuentemente lírico-erótica, podrían
parecer más profanos, pero aun así nunca pierden su relación con la
fiesta religiosa en cuyo ambiente se ejecutan de preferencia.
Las plegarias de invocación de los pal tienen relación con la eco­
logía y economía en las que se desenvuelve la vida guaraní tradicional.
Este guaraní que reza es ante todo un agricultor, pero que no ha de­
jado de ser un cazador y un recolector que recorre una selva tropical
en la que no faltan peligros. En estos rezos cantados el guaraní suele
pedir protección al «espíritu» que es considerado dueño de aquella ac­
tividad, o pide auxilio contra tal o cual peligro previniendo la influen­
cia del mal espíritu. De este modo rezará —solo o acompañado por la
familia— cuando prende fuego al rozado, o para evitar que ratones, pá­
jaros, perros o gorgojo dañen las plantaciones. Rezará también cuando
quiere atraer la lluvia (Meliá-Grünberg 1976: 245).
Están también las preces de bendición: bendición de la miel, de
los frutos, de la carne.

Bendición de la miel
¡Arbol bienaventurado que resuena!
¡Arbol bienaventurado grande que resuena!
E l guaraní indígena 289

¡Arbol blanco bienaventurado que resuena!


¡Arbol blanco bienaventurado grande que resuena!
¡Que se descubran mis Manchas Divinas (abejas) bienaventuradas!
¡Que las grandes Manchas Divinas bienaventuradas de la cruz se des­
cubran!
(Cadogan 1962: 59)

Cuando sale al monte, hace sus invocaciones para atraer la caza.


«Conversa» con las trampas para que éstas agarren numerosas presas,
pero al animal cazado le pedirá disculpas, que si lo mata es para ali­
mentar a su familia. Otro tipo de invocaciones está en relación con el
camino y sus peligros. El guaraní no es nómada, pero es un gran ca­
minante a quien le gusta recorrer el monte y visitar otras comunidades.
De camino, pues, reza para que el jaguar, las víboras y serpientes y
también el mal espíritu se «avergüencen» del caminante, se alejen de él
y lo dejen en paz.

De lo que se avergüenza el jaguar


Aquí seguramente estará mi tío (el jaguar): pasa presto por allí.
Por tus matorrales ve pasando presto.
Por el palmar extenso ve pasando presto.
Takerese (el tigre) venerado, el del mentón negro grande venerado.
(Cadogan 1962: 61)

Los chiriguano-isoseños, de Bolivia, sobre todo cuando salen al


monte, con diversos cantos e invocaciones muestran hasta qué punto
lo sagrado les es familiar y próximo. Una publicación reciente, Textos
sagrados de los guaraníes en Bolivia (Riester 1984) recoge un buen nú­
mero de esas conversaciones-oraciones, llenas de respeto y de cariño
con los «dueños del monte», que son tratados con humildad, pero
también con familiaridad y no poco humor.

«Oh, pobre hijo mío», dices; y tienes compasión de nosotros. Para


esto estáis vosotros; para hacer favores estáis, Mis Padres. Lo que bus­
camos no es para enriquecernos. Has escuchado las oraciones de tus
pobres hijos. De la pobreza hablan contigo...Entiende nuestra pobre­
za, Mi Padre. Vosotros sois dueños de la sabiduría. Amas a todos tus
hijos... Si hasta a tus hijos ricos les das cosas y eres comprensivo con
ellos, ¡cuánto más con nosotros los pobres! ... Todas las cosas para
290 La lengua guaraní del Paraguay

que coma la familia, de tu patio —esta selva—, las sacamos. Escucha


nuestras súplicas. Es de noche pero no nos sentimos tristes; no nos
iremos todavía. Esto es monte, pero es tu casa (Riester 1984: 191-193).

En una choza mbyá no es raro escuchar, un poco antes de clarear


el día o en el crepúsculo del anochecer, una plegaria. Es cantada
por el hombre al son de una especie de rústica guitarra, haciéndose
acompañar por los golpes rítmicos de la tacuara que la mujer golpea
verticalmente sobre el suelo. Son cantos inspirados, generalmente reci­
bidos en el sueño de Los de Arriba, y que tienen por objeto obtener
valor y alcanzar grandeza de corazón (Cadogan 1992: 44).

¡Oh, nuestro Primer Padre!


Fuiste tú quien por primero conociste las normas de nuestro modo
de ser.
Fuiste tú quien por primero conociste en ti mismo la que había de
ser la palabra fundamental,
antes de abrir y manifestar la morada terrenal...
Hacia la grandeza de corazón,
algún que otro de nosotros, de los pocos que quedamos, nos esfor­
zamos...
A los que permanecemos erguidos en esta tierra,
haz que vivamos, de pie, con grandeza de corazón.

Estas y otras plegarias, que pueden parecer de carácter intimista y


retraído, son siempre, cuando analizadas en su contexto, una reflexión
sobre la condición humana, entre la sociedad de Los de Arriba y la
propia sociedad histórica en esta «morada terrenal».
Por estas y otras expresiones que constan sobre todo en la obra de
Cadogan, Ayvu rapyta, los mbyá-guaraníes han sido llamados los «pro­
fetas de la selva» (Clastres 1974: 141). Una inspiración profètica y
—poética— que por lo demás está presente en diversas formas y grados
en todos los grupos étnicos guaraníes, sean mbyá, avá-katú-eté o pal.

Canto y danza ritual en el convite y en la fiesta


La fiesta —arete— es el tiempo —ara— verdadero y auténtico —ete—,
el tiempo por antonomasia del guaraní. Lo que prepara este tiempo y
lo que en él se realiza es el «sacramento» de la sociedad guaraní como
E l guaraní indígena 291

un todo. Bastaría analizar con detalle y en sus innumerables desdobla­


mientos lo que es la fiesta entre los guaraníes para comprender lo que
constituye su ideal de sociedad y su utopía. Hoy como ayer, la situa­
ción, la vitalidad y las eventuales crisis de una comunidad guaraní son
significadas inmediatamente en la frecuencia y cualidad de sus fiestas.
La fiesta guaraní no es sólo un ceremonial, sino la metáfora con­
creta de una economía de reciprocidad vivida religiosamente. No po­
demos discutir aquí con amplitud suficiente lo que es una economía
de reciprocidad, sus diversas formas y las prácticas sociales y religiosas
a que da lugar. El intercambio de bienes, sean de consumo o de uso,
se rige por principios de distribución igualitaria, según los cuales la
obligación de dar supone la obligación de recibir, y recibir se torna a
su vez obligación de dar. Por eso el intercambio es de hecho un diá­
logo social y muchas veces religioso, mediante el cual lo que más cir­
cula es el prestigio de quien sabe dar y la alegría de quien sabe recibir,
según el modelo de los Primeros Padres y Primeras Madres que ya en
los orígenes convidaban y eran convidados.
Tomemos una fiesta de los pai-tavyterá como ejemplo de ritual y
forma de economía de reciprocidad: el avatiky-ry. Es la fiesta del maíz
verde, de la chicha o kawí, ya citada en las fuentes etno-históricas más
antiguas. Generalmente, cada comunidad tiene sus fiestas del maíz una
vez por año, pero esas fiestas suceden en numerosas comunidades ve­
cinas unas de otras y en innumerables casas, de tal suerte que el am­
biente de convite y convivencia suele prolongarse por semanas y hasta
meses.
En el día señalado van llegando los convidados, generalmente en
grupos, que hacen su saludo ritual. Al anochecer se inicia el mborahéi
puku, el grande y largo canto, que se prolongará durante la noche. Lo
dirige, de pie y sin sentarse en toda la noche, uno de los raros hom­
bres que sea capaz de desenvolverlo sin desvíos ni tropiezos. Con la
mano derecha agita la maraca; con la izquierda agarra el bastón. El
ritmo tranquilo y un tanto monótono de su danza sugiere un caminar,
si bien los danzantes «caminan» sin mudar de lugar. Dentro de la gran
casa los hombres que acompañan con su canto y con su paso rítmico
al «dueño» del canto, están dispuestos, uno al lado de otro, en hileras
paralelas. Permanecen colocados frente al mba’e marangatu, la «cosa
santa», especie de altar sumamente despojado, que consiste en unos
palos clavados en el suelo, sin objetos especiales de veneración, apenas
292 La lengua guaraní del Paraguay

adornado a veces con algunas plumas. Esa «cosa santa» no es propia­


mente un objeto de culto, sino un lugar de referencia.
El mborahéi puku es uno de los cantos que más impresionan por
su alentada inspiración y la magnífica grandeza de sus metáforas, ex­
traordinario por su estructura interna y la osadía de sus imágenes. No
hay un texto fijo, como ya dijimos, para el mborahéi puku, sin embargo,
es hoy un canto muy formalizado que probablemente exige del cantor
un entrenamiento memorístico especial. No son muchos, de hecho, los
pal que se sienten capaces para emprender esa larga marcha poética de
varias horas —prácticamente toda la noche— en que se desarrolla ese
gran canto ritual. Es un canto que toma la estructura de un himno
litánico, en el que los versos de una estrofa se generan a partir de una
frase inicial, cuyo substantivo base es ampliado y comentado por otras
palabras con él asociadas o recibe nuevas adjetivaciones acumulativas.
El mborahéi puku es una sinfonía teológica en la que vienen sintetiza­
dos los grandes temas de la religión de los pai, su teko marangatu, su
modo de ser sagrado, que ellos sienten como el fundamento de
su misma identidad.
Uno de estos mborahéi puku fue registrado por Marcial Samaniego,
por los años 1941 y 42, y nosotros mismos hemos escuchado repeti­
damente versiones semejantes entre 1972 y 1991 (cf. Meliá y Grünberg
1976: 242).
El gran canto ritual de Nuestro Grande Abuelo, el Absoluto
—Ñane Ramoi Jusu Papa ñengarete— transcrito por Samaniego, y tradu­
cido y comentado por Cadogan (1968), se desarrolla en 58 estancias
que son como otros tantos niveles de una marcha ascendente; de he­
cho, los cantores como que caminan, avanzan, entran y toman lugar
en las nuevas tierras y en los nuevos cielos designados por el canto,
porque el mismo canto realiza el acceso místico a la realidad significa­
da. Cantando y danzando, los pai entran en una nueva realidad.
El canto puede comenzar en estos términos:

Erase Mi Abuelo Grande último-último.


Antes de que nada existiera, era Mi Abuelo Grande último-último.
Antes de haberse colocado el centro de la tierra, era Mi Abuelo Gran­
de último-último.
Antes de haberse extendido la tierra, era Mi Abuelo Grande último-
último.
E l guaraní indígena 293

Figura 39. Página del libro Ayvu petelha, con la ilustración de una danza de los
chiripá-guaraníes.
294 La lengua guaraní del Paraguay

Antes de haberse cubierto la tierra de pelusa (de bosques), era Mi


Abuelo Grande último-último.
Antes de haber innumerables almas Tupa, era Mi Abuelo Grande úl­
timo-último.
Antes de multiplicarse las numerosas almas Tupa, era Mi Abuelo
Grande último-último.

(Avanza la noche y se va avanzando en el canto)

Ya se ha traspasado la puerta del Paraíso,


ya se ha traspasado la puerta brillante del Paraíso,
ya se ha traspasado la puerta llameante del Paraíso,
ya se ha traspasado la puerta tronante del Paraíso.

En su futura morada estaba pensando Nuestro Gran Abuelo,


Nuestro Gran Abuelo estaba iluminando, con tenue luz eterna, su fu­
tura morada.
Estaba ya iluminando plenamente su futura morada.
Estaba buscando con la vista un pequeño asiento adornado en que
sentarse.
Estaba buscando un pequeño asiento brillante en que sentarse.
Estaba buscando un pequeño asiento llameante en que sentarse.
Estaba buscando un pequeño asiento tronante, en que sentarse.
Para sentarse él simultáneamente con su propio ser,
para sentarse con su propia luz,
para sentarse con sus propias llamas,
para sentarse con su propia palabra
su propia palabra llameante
su propia palabra tronante.
(Cadogan 1968: 446; 449).

Del crepúsculo vespertino se ha pasado, cantando —y recorriendo


cielos— a la alborada, la hora en que se repartirá y ser beberá la chicha
preparada para la fiesta a la que fuimos convidados.

Los mil rostros del canto


Cada grupo étnico en que se dividen los guaraníes orientales:
mbyá, pal y avá-katú presenta de hecho formas distintas de palabra
E l guaraní indígena 295

poética y arte de decir; sin embargo, sus categorías y géneros tienen


mucho de común.
El padre Antonio Ruiz de Montoya, en su famoso y clásico Tesoro
de la lengua guaraní (1639) registra ya varios tipos de cantos: porahéi,
canto general, que reviste diversas formas; guahu, canto de los indios
en las bebidas, esto es, en los convites rituales de chicha; ñe’enga-
rai, canto de mujeres. Éstas serían hoy las formas más socializadas del
canto.
Hay que notar, sin embargo, que ninguno de esos cantos llega a
ser enteramente anónimo y patrimonio puramente folklórico. Aun los
cantos más aparentemente rituales, como el ñengarete o mborahéi puku
de los paí, la «palabra verdadera» o «canto largo», no son recitados de
un texto fijo, aprendido simplemente de memoria y repetido ceremo­
nialmente. En otros términos, no hay posibilidad de canto sin algún
tipo de experiencia chamánica personal.
Hay en la palabra poética del guaraní una dimensión de oración:
ñembo’e. Es un decirse en virtud de una palabra recibida. Y son esas
palabras escuchadas las que serán dichas de diversas formas. De ahí
surgen los que podemos considerar como géneros de la poética guara­
ní. Dispuestos en una gradación que va de una expresión más particu­
lar a un uso más ritual, además de las plegarias, las invocaciones, los
himnos, y los grandes cantos rituales, a que me he referido, están
los cantos festivos de tipo kotyu y los cantos ceremoniales de tipo gua­
hu y hasta citaría algunos delicados cantos infantiles.
Singularmente graciosos son los kotyu de los avá-katú o chiripá,
que no dejan de recordar los delicados y densos hai-kai japoneses.

Lloráis por las afueras de la Casa Grande,


lloráis por las flores del Uruku Eterno,
lloráis por la Palmera Eterna,
lloráis por las flores del Algodonero Eterno».
«Dirijámonos el saludo amoroso,
mis hermanas, doncellas sin tacha,
en los alrededores de la Casa Grande,
más allá de donde crece la Hierba Eterna».
«De tardecita-cita cantan los pájaros»
«Vámonos, pues, sin rumbo, dice el pájaro;
296 La lengua guaraní del Paraguay

mientras va atardeciendo, pues, dice el pájaro;


de tardecita-cita, dice el pájaro;
vámonos, pues, sin rumbo, dice el pájaro».
(Cadogan 1959 b: 86-87).
¿Por qué me voy a casar, dices,
después que has escondido tu flor aúrea imperecible?
(Meliá 1972: 79).

Naturalmente, la palabra de los avá-katú no se reduce a estas ex­


presiones, pero ellas son una muestra especialmente significativa de
poesía lírica guaraní.
Los pal, como los avá-katú, cultivan con un no menor arte los
cantos de tipo kotyu y los de tipo guahu, en sus dos variedades de gua-
huai, el simple y propio del día, y el guahuete, el solemne y propio de
la noche. Son composiciones que tienen «dueño», pero que son pues­
tas a disposición de la comunidad, de preferencia en las fiestas en que
los convidados se juntan para beber chicha.
El profesor E. Schaden recogía en 1950 una serie de guahuai muy
bonitos, cuya traducción y sentido pudo registrar gracias a la colabo­
ración del guahujára, el dueño de esos cantos.

Tráeme, pues, mis flechas,


para tirarle al pajarito
que sobre la cima del Caranda’i hü
posado está.

(Quiere impresionar a las mujeres como flechador. El buen ca­


zador forma parte del ideal de persona de los hombres).

Llama, llama a tu cuñado, Pájaro.


El ocaso del sol le vuelve triste, Pájaro.
Yo no he matado a mi cuñado;
sin querer lo he matado.

(Estos versos tratan del inambú, especie de perdiz. Ésas perdices


«hablan entre sí» sobre todo por la tarde con sus gritos singulares. En
la última frase se disculpa el cazador por haber disparado contra el
«cuñado»).
(Schaden 1964: 288-289).
E l guaraní indígena 297

Ayvu rapyta terminaba con unos cantos con que los niños acom­
pañan sus juegos.

Dicen que el loro murió.


¿Por qué será que murió?
Estalló en llamas y murió.
El sapo me lo ha (dicho).
(Cadogan 1992: 287)

Y la canción de cuna, escuchada también entre los Mbyá de Ar­


gentina:

Duérmete, niño; duérmete, niño...


Tu padre te va a traer un ternero manchado,
para tu animalito, para tu animalito.
Duérmete, niño; duérmete, niño...
Tu padre te va a traer una orejita de liebre,
para tu collarcito, para tu collarcito.
Duérmete, niño; duérmete, niño...
Tu padre te va a traer frutitas moteadas de la espina,
para ti, para ti.
¡Ijeíjeee...!
(Ramos 1984: 122).

El don de la palabra
El panorama de la literatura guaraní indígena aquí bosquejado
—brevísima antología que sólo recoge fragmentos de un corpus mucho
mayor— ha sido posible gracias a una operación que debe ser calificada
de reducción antropológica. Los textos, dada la competencia de sus
compiladores, no ofrecen en general dudas sobre su autenticidad y fi­
delidad en reproducir la palabra escuchada, pero hay que reconocer
que han perdido definitivamente su oralidad y lo que ésta comporta.
Son los inevitables riesgos y peligros de toda aventura literaria, que, si
revela y fija contenidos, oculta el ejercicio vivo de la palabra. Es lo que
sentía aquel sabio guaraní al hablar con Cadogan: «Para aprender estas
cosas, deberás permanecer un año conmigo en la selva... Dejarás de
leer, pues la sabiduría de los papeles te impedirá comprender la sabi­
duría que nosotros recibimos, que viene de arriba».
298 La lengua guaraní del Paraguay

Ciertamente el acceso a lo escrito no debería provocar recelos pa­


ralizantes —y hemos visto que los guaraníes modernos encaran ya para
sí la conquista de la escritura y la propia creación literaria—; pero la
literatura tampoco debe poner en peligro esa especie de la oralidad con
riesgo de procesos irreversibles y daños definitivos en la ecología cul­
tural de un pueblo. El Corpus literario recogido ha hecho posible reve­
lar un arte de la palabra guaraní que convida a una lectura de estos
textos como clásicos de la literatura universal y patrimonio de la hu­
manidad. La reducción antropológica expone el texto indígena a una
lectura hecha por otra sociedad que lo puede hacer suyo por la vía de
la emoción estética y del conocimiento compartido. Es el don de la
palabra que las sociedades indígenas ofrecen con tanta generosidad al
que sabe escuchar y quiere dialogar.
Cabe preguntarse, sin embargo, qué queda del discurso religioso,
único en su inspiración y en su contexto, cuando se lo arranca del
tiempo y se lo localiza en el estrecho espacio de una página escrita. En
este acto de transporte, por el que se traspasa la palabra guaraní a un
lector occidental, ¿qué se le da en retorno al dador de la palabra? ¿No
es la propia reciprocidad de palabras, en la que surge la palabra fun­
damental y es fundamento de la palabra, la que queda interrumpida?
Y el don no retribuido pide entonces venganza, según la propia eco­
nomía indígena.
Estas consideraciones, aplicables generalmente a la situación y uso
posible de muchas literaturas indígenas de América, tratándose de la
guaraní, adquieren especial fuerza, y no podía dejar de traerlas a cola­
ción, incluso como problema ético. Para los guaraníes el cedro es yvyra
ñe’ery, (árbol del que fluye la palabra); pero ¿qué se hace con el tronco
cortado y la madera vendida? Son las palabras de la lengua, sin la len­
gua, un proceso que todavía amenaza a muchas lenguas indígenas de
América.
UNA HISTORIA INACABADA

La historia del guaraní, que es también hecho social y expresión


de cultura, más que cualquiera otra corriente interpretativa, es el río
profundo por donde fluyen los pueblos del Paraguay.
La unidad de la lengua guaraní y al mismo tiempo sus diversas rea­
lizaciones dialectales son la fuente y el espejo de pueblos que han usado
esta lengua para ser semejantes y diferentes a la vez. La ramificación dia­
lectal fue sin duda una riqueza del espíritu, que encaraba y asimilaba
nuevas realidades culturales. Si esta diversificación desafía cierta racio­
nalidad que busca en la unidad de lengua una comunicación más uni­
versal, ella es también la muestra de la capacidad creativa de una socie­
dad que introduce su modo de vivir específico en su propia lengua y
con ella hace cuerpo. La multiplicidad de voces puede ser una sinfonía
cultural. Esto es lo que muestra la historia profunda del guaraní, que ha
pasado por procesos diferenciadores notables, siendo el paso de lengua
indígena hacia lengua de una sociedad no indígena su mayor reto.
En el período colonial, la lengua, lo mismo que el indígena gua­
raní, fue conquistada y reducida, y en el ambiguo juego de reducción
a escritura, a gramática y a diccionario, la lengua guaraní fue usada para
una significativa literatura que pretendía juntar en un mismo movi­
miento tres elementos muy dispares: el ser lengua indígena, colonial y
cristiana. La llamada «lengua clásica» o «jesuítica» perseguía esta utopía
que acabó teniendo lugar, pero que no debía tener futuro. Las lenguas
al final no pueden ser más utópicas que sus propias sociedades. La len­
gua guaraní de las Reducciones no iba a sobrevivir a las comunidades
que la hablaban, y estas comunidades fueron extintas realmente a lo
largo del siglo xix.
300 La lengua guaraní del Paraguay

Pero del mismo período colonial provenía otra lengua guaraní, je­
rigonza bastardeada, si se quiere, pero que era hablada por todo un
pueblo, que se hispanizó culturalmente, sin dejar de hablar guaraní, y
que al principio del siglo xix se declaraba independiente del dominio
español. Era la lengua guaraní paraguaya que sin literatura, pero con
una masa hablante cada vez más homogénea, se daba su propia esta­
tura, a pesar de todos los esfuerzos castellanizantes que actuaban en
contra de ella.
Hasta el último cuarto del siglo xix el Paraguay era un país mo-
nolingüe guaraní, aunque esta lengua guaraní distaba mucho del gua­
raní «clásico» creado en las Misiones jesuíticas y del guaraní de los
pueblos guaraníes que en la selva vivían todavía libres del Estado pa­
raguayo. Este guaraní paraguayo fue dándose poco a poco su propia
literatura y creando sus modos de decir. Y es este guaraní paraguayo el
que vive, con muchas riquezas y no pocas miserias. El guaraní que nos
hablamos ofrece mil caras y máscaras. Bien usado y mal usado; alaba­
do y vituperado; estudiado y dejado de la mano de Dios, este guaraní
es objeto de acaloradas discusiones cuando se trata del análisis de su
presente y de sus posibilidades de futuro. Su reconocimiento como
lengua oficial del Paraguay, en este año de 1992 —la fecha no podía
ser más sugestiva— le abre sin duda una nueva historia, que está por
hacer.
En las selvas cada día más reducidas e invadidas por nuevos co­
lonos y empresarios agropecuarios, están los guaraníes, sociedades in­
dígenas, tradicionales, un tanto arcaicas, con su historia y su cultura
apenas colonizadas. Todavía sueñan y profieren las «hermosas palabras
primeras» para quien esté en condición de escucharlas. Lo mejor de la
lengua guaraní todavía se dice a través de estos profetas y poetas de
la selva. Son un patrimonio cultural del cual se alimenta cada día más
la sociedad paraguaya que ya empieza a mirar con mucho respeto y
devoción lo que la lengua guaraní ya fue y todavía puede ser. Por me­
dio de ella, les puede llegar a todos los hablantes del guaraní, la «re­
dención del decir», según la expresión de los mbyá, a la manera de un
«texto ausente», que puede convertirse en historia de futuro, es decir,
en creación, como ha ocurrido en un escritor paraguayo en castellano
como Augusto Roa Bastos.
La lengua guaraní del Paraguay es un fenómeno rico en matices,
complejo y desconcertante, susceptible de lecturas diversas que ora le
E l guaraní indígena 301

decretan una muerte próxima, ora le prometen un futuro indefinido.


Quien haya seguido el curso de estas páginas, en las que no he queri­
do ocultar las graves dolencias que afectan a la lengua guaraní actual,
se habrá percatado de que en este como en otros hechos sociales nada
está fijado de antemano. Se ha abierto paso a través de la historia, para
seguir viviendo, ha mudado para seguir siendo, pero el futuro no re­
producirá el pasado y esta lengua se encuentra frente a los desafíos de
la llamada modernidad que exige políticas lingüísticas creativas y esfor­
zadas.
El Paraguay y las sociedades de habla guaraní soportan cargas so­
ciales y limitaciones económicas y políticas que atentan contra su de­
recho a una lengua propia, derecho al que ya han accedido otros pue­
blos con mayor autonomía. Por este y otros motivos análogos, la
historia de la lengua guaraní entra en una nueva etapa que no hace
sino comenzar.
En 1992 los chiriguanos están empeñados en una política lingüís­
tica, no de quejas y lamentos por los eventuales daños de quinientos
años de colonización, sino de trabajo y dedicación en un proyecto de
educación bilingüe e intercultural, cuyo primer paso es la revaloriza­
ción y el uso cada vez más amplio del guaraní hablado y escrito. Este
es el motivo principal de su conmemoración.
Que la lengua guaraní llegue a este fin de siglo como lengua viva
de millones de personas distribuidas en varios tipos de sociedad, es un
resultado alentador, aunque no exento de fundadas preocupaciones so­
bre su futuro desarrollo. La historia no está acabada. Es la convicción
de un mbyá que confía en el futuro de la palabra:

Y bien, siendo esto así,


seamos fuertes, tengamos grandeza de corazón,
en cada atardecer, en cada nuevo alborear;
mostrando grandeza de corazón,
Nuestro Primer Padre enviará
una multitud de hijos excelentes,
los que alberga frente a su propio corazón,
sus bien amados;
hará que desciendan sobre la tierra;
hará en verdad que pronuncien largas series de bellas palabras
(Cadogan 1992: 151).
APÉNDICES
BIBLIOGRAFÍA

Nota a esta bibliografía:


Las principales fuentes documentales en que me he basado para este tra­
bajo están comentadas dentro del texto y son fácilmente localizables por el In­
dice. Son éstas, sobre todo, las obras de Montoya, Restivo, Nimuendajú, Ca-
dogan y Granda. Yo mismo he tratado especialmente del guaraní colonial en
mi tesis, todavía inédita (Meliá 1969). Por otra parte, no existe precedente que
yo conozca de un trabajo que haya abordado una historia general de la lengua
guaraní, y por ello he tenido que recurrir a una infinidad de informaciones
dispersas en multitud de obras —de ahí el número considerable de títulos cita­
dos en esta bibliografía—, que he ido juntando como teselas para configurar el
mosaico.
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-
.

. .
ÍNDICE ONOMÁSTICO

Acosta, capitán Gonzalo de, 51, 67. Barco de Centenera, Martín de, 110,
Acosta, Feliciano, 228, 237. 254.
Altamirano, padre Cristóbal, 119. Bareiro, Saguier, Rubén, 181, 202, 208,
Alvarenga, Melanio, 206, 216. 210, 214, 216, 226, 232, 237, 259,
Álvarez, Mario Rubén, 228. 262.
Ambrosetti, J. B., 34. Bareiro, Cándido, 263.
Anchieta, padre José de, 24, 27, 28, 45, Baricuyé, D. José, 159.
84, 129. Barrett, Rafael, 191, 193.
Andonaegui, José de, 145. Barrios, Francisco Martín (1892-1939),
Andrada, Francisco de, 67. 221, 231, 234.
Antonio, cacique, 154. Bartolomé, Miguel A., 261, 267, 270.
Anunciación, fray Gabriel de la, 69, 72. Barzana, padre Alonso, 21, 25, 84.
Appleyard, José Luis, 180. Batista Cantano de Almeida Nogueira,
Aragona, Alonso de, 29-31, 45, 83, 85, 128.
86, 88, 116, 118. Baudot, G., 262.
Armani, Alberto, 79. Bayay, José Ignacio, 196.
Arnaud, V. G., 51. Bécquer, Gustavo Adolfo, 226.
Astete, padre Gaspar de, 119. Belgrano, general Manuel, 157, 158, 194,
Asunción Flores, José, 219. 195.
Ávalos, Juan Manuel (1840 - ± 1870), Bellarmino, cardenal Roberto, 116.
201. Benitez Pereira, Ovidio, 236.
Avilés, virrey, 106. Benitez, «Capitán» Basilio, 262.
Ayala, Valentín, 49. Benitez, Zenón, 263, 268.
Ayala Aquino, Gumersindo (1910-1972), Bernal, fray José, 108, 116.
221. Bertoni, Moisés S., 188, 203.
Ayrosa, Plinio, 46, 200, 205. Blanco, José María, 85, 154.
Azara, Félix de, 23, 61, 67, 68, 108, 164, Bogarín, monseñor Juan Sinforiano, 183.
241. Bolaños, fray Luis, 28, 37, 40, 45, 68, 69,
Azuaga, Moncho, 236. 71, 72, 74, 76, 78, 83, 84, 89, 113,
Báez, Ernesto, 235. 115, 118, 150.
Báez, Estanislao, 223. Brabo, Francisco Javier, 104.
Bandiera, Domingo, 81. Brecht, Bertold, 232.
Bandini, ver Vandini, 31, 86, 118, 119. Bridgeman, Loraine L, 248.
328 La lengua guaraní del Paraguay

Brítez Fariña, Basílides, 173, 205, 206, Davin, D., 37.


222, 223. Decoud, Juan F., 170.
Bruno, Cayetano, 55, 56, 68, 71. Decoud Larrosa, Reinaldo, 239.
Bucareli, gobernador Francisco, 104, 105. Delgado, Susy, 228, 229.
Caballos Piñero, Antonio, 12, 175. Demersay, Alfred, 163, 164.
Cabeza de Vaca, Alvar Núñez, 52. Díaz de Solís, Juan, 51.
Caboto, Sebastián, 51, 52. Dietrich, Wolf, 34, 250, 253.
Cadogan, León (1899-1973), 12, 35, 64, Dobrizhoffer, padre Martín, 60, 108,
172, 174, 178, 182-184, 197, 198, 164, 184.
203, 223, 237, 244, 246, 248, 249, Domínguez, Manuel, 170.
259-262, 269-274, 278, 280, 281, 283, Domínguez, Ramiro, 35, 178, 182, 187,
285-287, 289, 290, 292, 294, 297, 226, 227, 239.
301. Dooley, Robert A., 249.
Calderón de la Barca, 140. Duarte, Mayor, 202.
Campos Cervera, Herib, 221, 226. Durán, Margarita, 32.
Canese, Natalia Krivoshein de, 43, 49, Echavarría, Comisario D. Juan de, 143.
175, 181, 189, 190. Edelweiss, Federico G., 45.
Cantero Frutos, José, 205. Emilianoré, 214.
Cárdenas, fray Bernardino, 72. Encina Ramos, Pedro, 204, 205.
Cardiel, padre José, 23, 55, 58-60, 62, 65, Escandón, padre Juan de, 115, 124.
100, 102, 103, 131, 133, 136, 164. Escobar, Bartolomé, 72.
Cardozo Ocampo, Mauricio, 165, 166, Escobar, Ticio, 197.
169, 170, 202, 207. Espinoza, padre Francisco Solano, 200.
Cardozo, Efraim, 200, 202. Estrebel, padre Matías, 143.
Carlos III, 105, 144, 148. Farré, Luis, 49, 253.
Carrillo, Ambrosio, 263, 267. Felipe II, 98.
Casas, obispo Faustino de, 56, 62. Felipe V, 102, 145, 146.
Cattunar, Herman, 252. Fernández, Félix (1897-1984), 207, 214,
Cayuarí, D. Pantaleón, 148. 216, 218, 232.
Centurión Miranda, Roque, 232, 235. Fernández de Oviedo, Gonzalo, 109.
Centurión, Juan Crisòstomo, 166, 169. Fernández, Emiliano R., ver Emilianoré,
Céspedes, padre Rubén Darío, 236. 205, 207, 214, 215, 238.
Charlevoix-Muriel, 44, 81, 100. Fernando VI, 146.
Chase-Sardi, Miguel, 246, 250, 261, 263, Fernando VII, 194, 195.
277, 278. Ferré, general, 160.
Chomé, padre Ignacio, 36, 37, 81. Ferreira Neto, Waldemar, 40.
Clark, Charles Upson, 82. Ferrer, padre Diego, ver Ransonnier,
Clastres, Pierre, 21, 261-263, 271, 290. Diego, 28.
Coimán, Narciso R., ver Rosicrán, 182, Fleury, Claudio, 116.
206, 207, 211, 239, 244. Flores, Venancio, 198.
Combés, Isabel, 250. Furlong Cardiff, padre Guillermo, 23, 76,
Comes, Pa’í, 262. 79, 100, 103, 104, 106, 123, 129, 136,
Concolorcorvo, 99. 137, 140, 141.
Córdova Salinas, fray Diego de, 69. Gandía, Enrique de, 52.
Corrado, padre Alejandro María, 252. Garavaglia, Juan C., 56-58, 62.
Correa, Julio (1890-1954), 232-235. García Cunha, 54.
Corvalán, Graziella, 174, 181, 189. García de Moguer, Diego, 51.
Corvalán-De Granda, 173, 187. García Santillán, Juan Carlos, 98.
D ’Aragona, A., ver Aragona, Alonso de, García, Alejo, 24.
29-31, 45, 83, 85, 86, 88, 116, 118. García, Diego, 17, 51, 109.
Indice onomástico 329

Gatti, Carlos, 50. Konetzke, Richard, 105.


Gauparé, Gaspar, 137. Krivoshein, ver Canese, 43, 49, 175, 181,
Genes Hermosilla, Ida Beatriz, 170. 189, 190.
Giannecchini, Doroteo, 251, 252. La Cruz, Mayor, 202.
Gilij, Felipe Salvador, 24. Lambaré, cacique, 200.
Giménez Ortega, Sabino, 228. Larrosa, Alejandro’i, 263.
Giménez, Carlos Miguel (1914-1970), Legal, padre Francisco, 88.
207, 221. Leite, padre Serafim, 24.
Gómez Serrato, Darío (1900-1985), 207, León de Santiago, Pedro (1747-1800),
214, 216, 219, 238. 252.
Gondra, Manuel, 131. Léry, Jean de, 109.
González de Santa Cruz, padre Roque, Levene, Ricardo, 158.
28, 121, 141. López de Gomara, Francisco, 135.
González Holguín, padre Diego, 85. López, Agápito, 260, 262, 263.
González Paniagua, padre Francisco, 55. López, Carlos Antonio, 157, 166, 231.
González Torres, Dionisio M., 42, 182, López, Mariscal Francisco Solano, 121,
223, 224. 168, 169, 202.
Graham, José, 162, 164. Lorenzana, obispo Francisco Antonio,
Granda, Germán de, 46, 159, 164, 175, 104.
177, 179-181, 185, 191, 222. Lorenzana, padre Marciel de, 28, 56, 71,
Grandsire, Richard, 165. 84, 85, 113.
Gregores, Emma, 38, 45, 49, 183. Loukotka, Cestmiz, 23.
Grünberg, Friedl, 261. Lozano, Pedro, 68, 80.
Grüngberg, Jorge, 248, 261, 263, 276, Lynch, Madame Elisa, 121.
277, 288, 292. Maeder, Ernesto J. A., 56, 95-97.
Guasch, padre Antonio (1879-1965), 12, Mahoma, 56.
41, 46, 49, 64, 183, 203, 206, 237. Maidana, Juan, 221.
Guerra, obispo fray Alonso, 71. Maíz, padre Fidel, 169, 200.
Guillemot, Eugenio, 162. Makeblyde, padre Ludovicus, 119.
Gutiérrez, Juan, 52. Maldonado, Eulogio, 205.
Guyrapaiju, 262. Mansfield, Carlos B., 163.
Guyrayé, José Ignacio, 196. María, 52, 225.
Habsburgos, 101. Mariluz Urquijo, José M., 107.
Haugen, Einar, 62. Martínez, Antonio, 261.
Hernández, Pablo, 79, 102, 103, 141, Martínez, Francisco, 119.
149. ■ Martínez Gamba, Carlos, 228, 238, 239,
Hervás y Panduro, padre Lorenzo, 37, 249.
81, 88. Martínez de Irala, Domingo, 52, 55.
Hughes, 160. Mártir de Anglería, Pedro, 135.
Humboldt, Wilhwlm von, 164. Massare de Kostianovsky, Olinda, 107.
Ibarra, Juan Bautista, 262. Mateos, padre Francisco, 147.
Insaurralde, padre Ignacio, 124, 156. Mayraru, Gonzalo, 52.
Insfrán, Pablo Max, 187. Meader, Robert E., 249.
Irá, José Ramón, 196. Medina, José Toribio, 69, 123, 124.
Irala, ver Martínez de Irala, 52, 55. Medrano, Pedro, 147.
Jiménez, Juan Ramón, 239. Meggers, Betty, 17.
Joguyrovyju, 262. Melchor, 141.
Jover Peralta, Anselmo, 49, 188. Melgarejo, José L., 231.
Kandiré, 250. Meliá, Bartomeu, 17, 21, 24, 28-30, 41,
Kangue, Errero, 201. 49, 53, 65, 69, 71, 72, 80-82, 85, 88,
330 La lengua guaraní del Paraguay

89, '93, 9é», 98, 113, 116, 118, 119, Ojeda, Antonio, 205.
121, 144, 149, 154, 156, 175, 184, Oré, Luis Jerónimo, 37, 40, 72, 74.
191, 242, 245, 248, 250, 254, 255, Oro, fray Buenaventura, 69.
261, 263, 269 270, 276, 277, 280, Orrego, 159.
288, 292, :296. Ortiz, padre Diego, 224, 225.
Mendoza, Pedro de, 52. O rtiz Guerrero, M anuel (1897-1933),
Mercader, fray Bernardino, 116. 207, 214, 220.
Métraux, Alfred, 17, 267. Ortiz Mayans, Antonio, 50, 207.
Meza, coronel José C., 170. Osuna, Tomás, 49, 188.
Meza, Miguel Ángel, 228. Palacios, Silvio, 79.
Migliazza, Ernesto, 16. Pane, Ignacio A., 204, 226.
Mistral, 192. Pangrazzio, Dr. Miguel Ángel, 182.
Mitre, Bartolomé, 149, 198. Paraguá, 241, 242.
Molina, Raúl, 68, 69, 72. Paredes, Julián, 221.
Moliniers, Pedro, 235-237. Parés, padre Bernardo, 163.
Mongelós, Teodoro S. (1914-1966), 207, Pastells, padre Pablo, 24, 69, 103.
214, 220. Pastells-Mateos, 141, 145, 147, 148.
Montoya, padre Antonio Ruiz de (1585- Paz, general, 160.
1652), 25, 27-32, 36, 37, 40-46, 49, Pecci, Antonio, 232, 235.
50, 53, 80, 82, 83, 85, 86, 88-90, 93, Pedro II, 198.
95, 108, 112, 113, 115, 116, 119, 121, Peralta, Gabriel de, 83.
126, 128, 129, 152, 154, 213, 246, Peramás, padre José Manuel, 61, 81, 96,
251, 254, 284, 295. 100, 101, 103, 124, 129, 136, 137,
Moquiraci, Lorenzo, 52. 140, 141, 156.
Mora Mérida, José Luis, 56. Perasso, José Antonio, 224, 245, 261,
Morilla, Evangeli, 261, 262, 277. 263, 268, 277.
Morínigo, Marcos A., 65, 66, 109, 142, Pérez, Alfonso, 49.
149, 157-159, 172, 181, 184, 195, Pérez-Maricevich, Francisco, 234.
196. Perichon, M., 158.
Mörner, Magnus, 101-103. Philipson, J., 260.
Morosini Borba, Telémaco, 255. Pifarré, Francisco, 251.
Moroví, corregidor D. José, 159. Pindó, corregidor Santiago, 148.
Müller, padre Franz, 34, 257. Pinedo, gobernador Agustín Fernando
Munck, E. of Rosenschöld, 162, 164. de, 108.
Muriel, padre Domingo, 101. Pinto, Esteváo, 267.
Nagy, Arturo, 160, 162-165. Plá, Josefina, 131, 173, 197, 200, 227,
Necker, Louis, 32, 71. 230, 231.
Neri, Pa’i, 262. Plá-Meliá, 55, 61, 63, 168, 185, 188, 190,
Nieremberg, padre Juan Eusebio, 121, 191, 203, 227, 231, 235.
123. Platón, 81.
Nimuendajú, Curt Unkel (1883-1945), Pomey, padre Francisco, 116, 119.
17, 34, 210, 237, 244, 246, 255, 257, Porto, Aurelio, 29.
259-262, 266, 267, 269, 270, 272, Quintana, maestro, 166.
281, 285. Quiroga, Horacio, 180.
Nino, fray Bernardino de, 253. Ramos, Benito, 249, 261, 276, 278, 279,
Nusdorffer, padre Bernardo, 103. 297.
Ñongoy, D. Andrés, 159. Ramos, Lorenzo, 261.
O ’Learly, Juan E., 204, 208, 226. Ransonnier, padre Diego (hispanizado
Oberá, 254. Ferrer), 28.
Ochoa de Eizaguirre, Gerónimo, 67. Reía, Walter, 131.
Indice onomástico 331

Rengger, Hans Rudolf, 166. San Buenaventura, fray Alonso de, 69.
Restivo, padre Paulo, 30-32, 34, 44-46, San Francisco Solano, 115.
64, 86, 88, 89, 93, 96, 112, 116, 128, San Martín, padre Francisco de, 24, 28,
140, 149, 150. 71, 84, 85.
Ribera, gobernador Lázaro de, 55, 106. Sanabria, Lino Trinidad, 239.
Ricard, Robert, 98, 105. Santo Tomás, 141.
Rico, padre Juan José, 102. Sarmiento, Domingo Faustino, 170.
Riester, Jürgen, 289, 290. Scatamacchia, María Cristina Mineiro,
Ripalda, padre Jerónimo, 115, 119. 19.
Rivadeneira, padre, 123. Schaden, Egon, 250, 255, 260, 268, 272,
Rivarola Mato, Juan Bautista, 162, 238. 280, 285, 286, 288, 296.
Rivas, padre Roque de, 60. Schmitz, Pedro Ignacio, 17.
Roa Bastos, Augusto, 180, 182, 210, 216, Schuchard, Bárbara, 253.
226, 277, 300. Serrano, padre Ioseph, 123.
Robertson, John Parish, 158-160, 164. Silva, Ramón R., 182, 228, 229.
Rodrigues, Antonio, 52. Siquier, padre Gabriel, 253.
Rodrigues, Aryon Dall’Igna, 22, 23, 26- Solano Aripí, D. Fernando, 159.
28. Solano López, ver López, mariscal, 121,
Rodrigues, Daniele, 37, 40. 168.
Rodrigues, padre Pero, 24. Solórzano Pereira, Juan, 101.
Rodríguez de Francia, doctor Gaspar, 29, Sosa, Carlos, 207.
159, 160, 164-166, 231. Streit, Robert, 105.
Rojas Aranda, 54. Stroessner, Alfredo, 228.
Rojas Silva, Ramón, 215. Suárez, José Alberto, 38, 45, 49, 183.
Rolandi, Rubén, 238. Susnik, Branislava, 241.
Romano, padre Santiago, 252. Tabacayú, D. J. Fernando, 159.
Romero, Elvio, 226. Tacuabé, D. Miguel, 159.
Romero, padre Juan, 69. Talavera, Natalicio María de, 197, 200.
Romero, Roberto, 194. Tapirayú, D. Pedro, 159.
Romero Valdovinos, Néstor, 235. Tarebá, Francisco, 106.
Romero-Colmán, ver R. Romero y Rosi- Taylor, A., 248, 260.
crán, 207, 211. Taylor, J„ 248.
Roque González, 85. Thevet, André, 267.
Rosicrán, 152, 207, 208, 210-213. Torga, Rudi, 221, 228, 230, 236.
Rubén Darío, 220. Torres Bollo, padre Diego de, 69, 79,
Rubin, Juan, 166, 170, 175-177, 180, 136.
190. Tovar, Antonio, 23, 44, 184.
Ruiz Mayraru, Francisco, 52. Trujillo, Félix F., 204.
Ruiz, ver Montoya, 25, 27-32, 36, 37, 40- Typáju, 262.
46, 49, 50, 53, 80, 82, 83, 85, 86, 88- Turlot, Nicolás, 116.
90, 93, 95, 108, 112, 113, 115, 116, Usher de Herreros, Beatriz, 181.
119, 121, 126, 128, 129, 152, 154, Valinotti, 215.
213, 246, 251, 254, 284, 295. Vandini (o Bandini), padre Simón (1607-
Sahlins, Marshall, 242. 1679), 31, 86, 118, 119.
Saignes, Thierry, 252. Vargas, Eligió, 262.
Salazar Capitari, Juan de, 52. Vargas, Ceferino, 262.
Salazar, fray Juan de, 56. Vargas, Silverio, 263.
Salerno, Osvaldo, 197. Vázquez Trujillo, padre Francisco, 154.
Samaniego, Marciai, 260, 292. Velázquez, Rafael E., 55-57, 62, 159.
San Bernardo, fray Juan de, 69, 72. Vellard, Jehan, 259.
332 La lengua guaraní del Paraguay

Velloso da Silveira, Hemetério, 133. Yaguapo, Pascual, 148.


Vera, «Capitan» Juan Pablo, 262. Yapuguay, Nicolás, 72, 116, 121, 124,
Vera, J., 245, 263, 277. 149, 150.
Viana, coronel José Joaquin de, 147. Zarratea, Tadeo, 201, 228, 232, 235, 236
Villagra Marsal, Carlos, 180. 238.
Viveiros de Castro, Eduardo, 244. Zavala, Silvio, 51, 52, 55, 56.
[Link], Richard Alan, 165, 166. Zoffoli, Ena, 79.
Xarque, padre Francisco, 129, 154. Zuretti, Juan Carlos, 105, 106.
ÍNDICE TOPONÍMICO

Alto Paraná, 196, 245. Cataratas del Yguasú, 29.


Altos, 32. Chaco, 157, 172, 173, 205, 214, 215,
Amambay, 247. 218, 220, 223, 232, 250.
Amazonas, 16. Chaco paraguayo, 34, 250.
América del Sur, 15. Charagua, 253.
América Latina, 193. Charcas, 69, 71, 83.
América, 21, 36, 54, 58, 81, 105, 109, Coimbra, 27, 84.
116, 211, 298. Concepción, 152.
Andes, 20, 24. Corpus, 141.
Angola, 36. Corpus Christi, 141.
Arcadia, 162. Corrientes, 35, 49, 59-61, 65, 100, 108,
Argentina, 29, 34, 35, 98, 168, 170, 172, 158-160, 196.
249, 250, 251, 261, 297. Curuguaty, 60.
Aripuaná, río, 16. Curupayty, 198.
Asunción, 12, 21, 24, 32, 49, 51, 52, 55- Cuyo, 95.
57, 60, 67, 71, 72, 84, 85, 100, 103, Entre Ríos, 160.
107, 108, 121, 162, 172, 180-183, España, 19, 52, 54, 98, 100, 101, 108,
187, 189, 194, 197, 200, 208, 211, 115, 119, 123, 142, 193.
212, 221, 234, 236, 239, 242. Espíritu Santo, 248.
Atyrá, 131, 231. Estero Bellaco, 198.
Atlántico, 19. Europa, 37, 81, 84-86, 119, 144, 152,
Bolivia, 23, 34, 205, 250, 251, 265, 289. 192.
Brasil, 20, 24-26, 29, 52, 80, 84, 97, 98, Faenza, 60.
129, 133, 168, 242, 245-247, 249, Flandes, 119.
250. Formosa, 35.
Bretaña, 192. Gran Pantanal, 20, 247.
Buenos Aires, 20, 32, 35, 36, 54, 61, 83, Granada, 86.
95, 103, 104, 107, 108, 116, 142, 145- Guairá, 20, 21, 29, 30, 35, 53, 79, 95,
147, 149, 158, 221. 136, 141, 178, 182, 228, 241, 245,
Caacupé, 218, 231. 248.
Caaguasú, 248. Guaporé, 137.
Caibaté, 96. Guarambaré, 32.
Caruguati, 61. Guayana francesa, 23.
Cataluña, 192. Inglaterra, 192.
334 La lengua guaraní del Paraguay

Islas del Delta, 20. Portugal, 142.


Isoso, 34. Posadas, 35.
Ita, 32. Provenza, 192.
Itakyry, 267. Reducción de San Ignacio, 110.
Italia, 82, 88. Ribeira, río, 19.
Itatín, 95. Río de Janeiro, 25, 128.
Jacuí, 17. Río de la Plata, 17, 24, 25, 51, 56, 123,
Jarayes, lago de los, 20. 195.
Ji-Paraná, río, 16. Rio Grande do Sul, 29, 133, 248.
Kuruyuki, 251. Roma, 85.
La Paz, 253. Salta, 34.
Lima, 28, 71, 101, 121. San Antonio, 143, 144.
Loreto, 29, 123, 154, 156. San Borja, 105, 128, 133.
Luque, 200. San Carlos, 152, 159, 160, 196.
Madeira, río, 16. San Cosme y Damián, 95.
Madrid, 83, 85, 95, 108, 115, 124, 126, San Cristóbal, 154.
142, 144. San Estanislao, 241.
Marañón, 25. San Fernando, 197.
Mato Grosso Sur, 247. San Francisco Javier, 93, 150.
Mbaracayú, 110, 245. San Francisco, 59.
Mbororé, 129. San Ignacio Guasú, 136.
México, 104. San Ignacio, 24, 28, 85, 152.
Misiones, 30, 32, 33, 35, 65, 95, 99, 102, San Ignacio Miní, 29, 136.
107, 118, 126, 128, 131, 140, 149, San Javier, 31, 106, 141.
157, 164, 168, 300. San Joaquín, 241.
Misiones, Argentina, 29, 105, 131, 194, San José, 105.
248. San Juan del Uruguay, 145, 147.
Montevideo, 107, 146, 147. San Lorenzo, 106, 208.
Nápoles, 72. San Luis, 133, 148.
Paraguarí, 170. San Miguel, 105, 106, 143, 144, 152,
Paraguay, 11, 12, 21, 24, 25, 27, 28, 32, 160, 196.
35, 41-43, 45, 51, 53, 55-61, 63, 65, San Nicolás, 128, 152.
67, 69, 72, 76, 78, 82, 88,93, 95, 98- San Pablo de los Portugueses, 116.
100, 106-108, 119, 126, 129, 131, San RoquitQ, 159.
135, 146, 149, 150, 157-160, 162, Santa Cruz, 20, 34, 253.
164-166, 169, 170, 172-178, 181-183, Santa Cruz de la Sierra, 116, 252.
185, 187-191, 193, 194, 197, 198, Santa Fe, 103, 147.
200, 203, 205, 207, 208, 211, 213, Santa María, 31, 121, 150.
225, 226, 231, 235, 236, 239-242, Santa María la Mayor, 29, 30, 72, 86, 89.
245-247, 249, 251, 257, 259, 261, Santa Rosa, 252.
262, 299-301. Santa Tecla, 143.
Paraguay, río, 15, 17, 19, 20, 23, 250. Santo Tomé, 105, 136.
Paraná, 15, 17, 20, 23, 24, 28, 29, 79, 95, Santos Mártires del Japón, 152.
116, 135, 160, 195, 196, 198, 248, Sao Paulo, 21, 26, 46, 245, 246, 248.
249. Sao Vicente, 20.
Paranapanema, 19, 20. Sevilla, 51.
París, 49. Sierra de la Plata, 19.
Paso Pucú, 197. Simancas, 83, 145.
Perú, 23, 25, 80. Stuttgart, 86.
Pirineos, 192. Suiza, 193.
Indice toponímico 335

Tape, 20, 21, 29, 79, 95. Uruguay, 95, 149, 168, 195.
Tarija, 252. Uruguay, río, 15, 17, 20, 29, 79, 95, 116,
Tarumá, 248. 196.
Tebicuary, río, 33. Villa Rica, 60.
Tobatí, 32. Vizcaya, 192.
Tucumán, 95. Yaguarón, 32, 205.
Uruguai, 202. Yapeyú, 96, 141.
Uruguaiana, 202. Ypane, 32.
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ÍNDICE DE PUEBLOS Y ETNIAS

Apapocúva, 237, 266. Guaraníes, 19-23, 28, 29, 36, 39, 40, 51,
Apapocúva-Guaraní, 237, 266. 62, 76, 80, 82, 83, 86, 96, 97, 99,
Apapokúva, 245, 255, 259, 267. 100, 102, 103, 107, 109, 116, 118,
Apapokúva-Guaraní, 286. 126, 128, 135, 137, 140, 141, 164,
Araweté, 23. 176, 191, 194, 198, 203, 213, 224,
Aripuaná, 16. 226, 241-245, 247, 248, 250, 253-
Aruák, 250. 255, 257, 260-263, 265-267, 272-274,
Aruák-chané, 250. 279, 289-291, 298, 300.
Asuriní, 23. Guaraníes de las Islas, 19, 20.
Ava, 34, 160, 247, 250. Guaraníes-Pal, 113.
Avá Guaraní, 40. Guarayo, 23, 250.
Avá katú eté, 245-247, 255, 261, 265, Isoseño, 34, 250.
267, 277, 286, 290, 294-296. Itatín, 20, 32, 36, 95.
Jeguakáva Tenonde Porángue’i, 248.
Avá-Guaraní, 40, 246, 259.
Kaagua, 34.
Aymara, 158.
Kamayurá, 23.
Caaguá, 241, 247.
Kandiré, 250.
Cario, 20, 36, 64.
Kayabí, 23, 279.
Chandul, 19. Kayngua, 248.
Chañé, 51, 251. Kayngua, 34, 36.
Chané-aruák, 51, 251. Kayová, 40, 247, 248, 250, 259, 260, 272.
Cheirú, 245. Kokama, 23.
Chiquito, 36, 81, 116. Matagayo, 116.
Chiriguaná, 250. Mbayá, 242.
Chiriguano, 15, 23, 34, 36, 245, 250, Mbyá, 34, 36, 40, 64, 245, 248-250, 253,
251, 262. 257, 259, 261, 269, 270, 272, 274,
Chiriguano-Isoseños, 289. 280, 283, 285, 290, 294, 297, 300.
Chiripá, 34, 245, 246, 255, 259, 263, Mbyá-Guaraníes, 237, 259, 283.
265, 277, 295. Ñandéva, 36, 40, 245, 250.
Chiripá (Ñandéva), 36. Oguaníva, 245.
Guaikurú, 242. Omagua, 23.
Guarambarenses, 20, 32, 36. Pai-Tavyterá, 34, 36, 230, 245, 247, 265,
Guaraní-chiriguano, 251. 290, 292, 294, 296.
Guaraní-kario, 64. Pauserna, 23.
338 La lengua guaraní del Paraguay

Simba, 34, 250. Tenetehara, 23.


Tamoio, 15, 28. Timaka, 250.
Tañyguá, 245. Tobatín, 20, 32, 36.
Tapé, 29, 36, 95. Tupí, 15, 25-28, 178.
Tapirapé, 23, 279. Tupí-guaraní, 15-17, 22, 23, 34, 46, 267,
Tapÿi, 250. 279.
Te’ÿi, 247. Wayampi, 23.
ÍNDICE DE ASUNTOS

Bandeirantes, 21, 29, 95, 126, 129, 245. Jopara, 35, 176, 178, 183-185, 187, 195,
Biblioteca Nacional de Lima, 121. 200, 223, 238, 239.
British Museum, 83, 118, 121. Lengua chiriguana, 34, 251, 253.
Guaraní antiguo, 23, 27, 37-40. Lengua general, 116.
Guaraní arcaico, 36. Lenguaraces, 53, 72, 83, 119.
Guaraní colonial, 36, 51, 61, 66, 68, 78, Lenguas, 22, 23, 33, 42, 44, 51-53, 55,
109, 194, 203 243, 244. 68, 69, 71, 85, 244.
Guaraní criollo, 36, 63, 243. Língua brasílica, 26, 113.
Guaraní criollo paraguayo, 34, 88. Língua geral, 26.
Guaraní chiripa, 246. Mamelucos, 21.
Guaraní indígena, 74, 158, 179, 188, 241, Mitayos, 62.
243, 244, 253. Monteses, 34, 241, 248, 278.
Guaraní jesuítico, 26, 32, 34-36, 45, 78, Museo Británico, 83, 118, 121.
79, 83, 88, 95, 96, 98, 107, 108, 124, Museo Mitre, 32, 83, 149.
194, 195, 243, 299. Pardos, 56.
Guaraní jopara, 35, 176, 178, 183-185, Proto-Tupí, 16.
187, 195, 200, 223, 238, 239. Proto-tupí-guaraní, 23.
Guaraní moderno, 36, 237. Real Colegio Seminario de San Carlos,
Guaraní paraguayo, 15, 26, 34-36, 39, 46, 159.
65, 67, 74, 76, 78, 79, 88, 157, 166, Sínodo de Asunción de 1603, 72, 78.
168, 169, 179, 181-184, 187, 188, Sínodo de Asunción de 1631, 72, 78,
201, 221, 222, 227, 243, 244, 246, 121.
253, 300. Sínodos de Asunción, el de 1603 y el de
Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), 1631, 72, 78, 121.
41, 168, 197, 198, 242. Triple Alianza (1864-1870), 41, 168, 197,
Guerra Grande (1870), 159, 172, 197, 198, 242.
202, 203, 231. Tupí, 15, 19, 23, 25-28, 178.
Guerra Guaranítica (1750-1756), 53, 95. Tupí antiguo, 15, 23, 27.
Guerra Guaranítica (1753-1756), 65, 95. Tupí-guaraní, 15-17, 22, 23, 34, 46, 267,
Guerra del Chaco, 157, 172, 173, 205, 279.
214, 215, 223, 232. Yanaconas, 56, 57, 62.
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Las Colecciones M A PFR E 1492 constituyen el principal proyecto de la
Fundación M A PFR E AM ÉRICA. Form ado por 19 colecciones, recoge
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C IU D A D ES D E IB ER O A M ÉR IC A
PO R T U G A L Y EL M U N D O
LAS ESPAÑAS Y AM ÉRICA
R ELA C IO N E S E N T R E ESPA ÑA Y AM ÉRICA
ESPA ÑA Y ESTA D O S U N ID O S
ARMAS Y AM ÉRICA
IN D E P E N D E N C IA D E IBERO A M ÉRICA
E U R O PA Y AM ÉRICA
AM ÉRICA, CRISOL
SEFARAD
AL-ANDALUS
EL M AGREB
Este libro se terminó de imprimir
los talleres de Mateu Cromo Artes Gráficas, S. A.
en el mes de agosto de 1992.
El lib ro La lengua g u a ra n í del Paraguay,
de B arto m eu Meliá, fo rm a p a rte de la Co­
le c c ió n « L en g u as y L ite ra tu r a s I n d íg e ­
n a s » , d i r i g i d a p o r el P r o f e s o r M ig u e l
Á ngel G a rrid o , C ated rá tic o d e U n iv e rsi­
d ad e In v e stig a d o r del C onsejo S u p erio r
de Investigaciones C ientíficas, M adrid.

COLECCIÓN LENGUAS Y LITERATURAS


IND ÍG EN A S

• Códices mexicanos.
• El quechua y el aymara.
• El m apuche o araucano.
• Literatura de los pueblos del Amazonas.
• Lenguas indígenas de México y
Centroam érica.
• La lengua guaraní del Paraguay.

En preparación:
• Lenguas indígenas del Brasil.
• Lenguas indígenas de N orteam érica.

DISEÑO GRÁFICO: JOSÉ CRESPO


L a F u n dación M APFRE A m érica, creada en 1988,
tie n e co m o o b je to el d e s a rro llo d e a c tiv id a d e s
c ie n tífic a s y c u ltu ra le s q u e c o n trib u y a n a las s i­
g u ien tes finalidades de interés general:

P ro m o c ió n del s e n tid o de so lid a rid a d e n tre


los pueblos y cu ltu ra s ibéricos y am ericanos y
estab lecim iento en tre ellos de vínculos de h e r­
m andad.
D e fe n sa y d iv u lg a c ió n del legado h istó ric o ,
sociológico y d o cu m en tal de España, P ortugal
y p aíses am erican o s en sus etap a s p re y p o s t­
colom bina.
P ro m oción de relaciones e in tercam b io s c u l­
tu ra le s, técn ic o s y cien tífic o s e n tre E sp añ a,
P o rtu g a l y o tro s países eu ro p e o s y los países
am ericanos.
M APFRE, con volu n tad de estar p resen te in stitu ­
cional y c u ltu ra lm e n te en A m érica, ha prom ovido
la F u n dación M APFRE A m érica para devolver a la
sociedad am erican a u n a p a rte de lo q u e de ésta ha
recibido.
Las Colecciones AlAPFRE 1492, de las q u e form a
p a rte este volum en, son el p rincipal proyecto e d i­
torial de la F undación, in teg rad o p o r m ás de 250
lib ro s y en cuya realización han co la b o ra d o 330
h isto riad o re s de 40 países. Los d ife re n te s títu lo s
e stá n re la c io n a d o s con las e fe m é rid e s d e 1492:
d esc u b rim ie n to e historia de A m érica, sus relacio­
nes con diferen tes países y etnias, y fin de la p re ­
sencia de árabes y judíos en España. La dirección
científica co rresp o n d e al p ro feso r José A ndrés-G a-
lleg o , d e l C o n sejo S u p e rio r d e I n v e s tig a c io n e s
Científicas.

9788471006080

EDITORIAL
MAPFRE 9 788471 006080
B arto meu M elid
LA LENGUA GUARANÍ
DEL PARAGUAY

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