Educación privada
ALINA SILVEIRA
La educación privada es aquella brindada por instituciones controladas y administradas por
agentes no estatales. En la Argentina, este tipo de educación surge de las demandas de una
población muy diversa y es heterogénea. Esta puede ser laica o religiosa, gratuita o paga, para
pupilos o de día, para varones, niñas o coeducacional; puede brindarse en grandes
instituciones que albergan a centenares de alumnos o más, o en pequeñas, para una docena o
menos; puede estar en manos de extranjeros o nativos, ser propiedad de individuos privados o
de colectivos –congregaciones religiosas, asociaciones voluntarias o instituciones sin fines de
lucro–. Su alumnado puede provenir de los sectores socioeconómicos más altos como de los
más modestos, y los ingresos de estos establecimientos proceden de diversas fuentes:
principalmente aranceles escolares y subvenciones estatales, pero también donaciones,
créditos y rentas, y derechos de explotación. La educación privada en la Argentina es
esencialmente de tres tipos: étnica, religiosa y/o particular. Las escuelas étnicas surgieron
durante el período de la inmigración masiva. Estas buscaban preservar la identidad de la
cultura de origen y se extendieron principalmente en ámbitos urbanos y en distritos rurales
donde los extranjeros formaron colonias agrícolas. Con la disminución de la inmigración
ultramarina hacia 1930, tendieron a desaparecer o reconvertirse, ofreciendo su bilingüismo y/o
biculturalidad como atributo distintivo. La educación religiosa estaba principalmente en manos
de la Iglesia católica, pero también metodistas, presbiterianos, judíos, etc. erigieron sus propias
propuestas educativas. Su programa diferenciador radicaba en el énfasis puesto en la
educación ética-religiosa. Las escuelas en manos de particulares eran aquellas que abrían
individuos como una opción laboral y administraban como emprendimiento económico. El
Estado nacional reconoció por primera vez en forma explícita la existencia e importancia de las
escuelas privadas primarias en 1884, con la Ley Nº 1420. Desde ese entonces, brindó la opción
de cumplir la obligatoriedad escolar en ellas y estableció una serie de requisitos para su
funcionamiento en Capital Federal y Territorios Nacionales, que serían controlados por
inspectores escolares.
Las leyes de educación común de las provincias, que se sancionaron entre 1870 y 1890,
legislaron en forma similar sobre las escuelas privadas de su jurisdicción. En 1883, había 437
escuelas primarias particulares que educaban al 22% de los alumnos, aunque en algunas
jurisdicciones estas sumaban más del 30% –Santa Fe o Capital Federal–, y en otras menos del
5% –Mendoza o La Rioja– (Censo Escolar, 1883-1884). A pesar de haber sido reconocidas y de
que el Estado marcara su intención de inspeccionarlas, no fue hasta 1908-1909 cuando este
comenzó a ejercer un control sistemático y regular sobre las escuelas primarias privadas por
medio de la sanción de una normativa específica y la creación de la Inspección General de
Escuelas Particulares, que tenía jurisdicción en Capital Federal y Territorios Nacionales. A partir
de entonces comenzó a exigirse que los directores y maestros de las escuelas privadas tuvieran
títulos de capacidad o, en su defecto, rindieran un examen pedagógico y de instrucción general,
que enseñaran un mínimo de contenidos y que conmemoraran las celebraciones patrias. Este
avance del Estado sobre las escuelas privadas primarias no se extendió por todas las provincias.
En la mayor parte del territorio nacional, la inspección continuó recayendo en los inspectores
de sección, que cumplían la doble función de inspeccionar escuelas públicas y privadas. En
muchas de ellas, solo se controlaba el orden, la moral y la higiene, y no así los aspectos
vinculados a lo pedagógico o la enseñanza impartida. Para 1909, existían 1.149 escuelas
primarias privadas y el 18% de los alumnos asistían a ellas, aunque en Santa Fe o Capital
Federal lo hacia el 30% y en La Rioja o Catamarca, menos del 1% (Censo General de Educación,
1909). Si bien los valores nacionales muestran un retroceso de las escuelas particulares, su
movimiento fue muy dispar entre las provincias: en algunas, estas continuaron educando a un
tercio de la población. A mediados del siglo XX se sancionaron una serie de normativas de
alcance nacional que permitieron extender el control del Estado federal sobre las escuelas
privadas. Se reguló el régimen laboral de los docentes privados (Ley Nº 13047, de 1947, y Ley
del Estatuto Docente Nº 14473, de 1958) y se reglamentaron los subsidios estatales, antes
otorgados con gran discrecionalidad (Ley Nº 13343, de 1948, y Decreto nacional Nº 10900, de
1958). A su vez, el régimen de Inspectores de Escuelas Particulares fue reemplazado por la
Dirección General de Enseñanza Privada (1959), luego, entre 1960 y 1968, Servicio –más tarde
Superintendencia– Nacional de la Enseñanza Privada (SNEP). El organismo contaba con una
amplia estructura y extensas facultades en relación con la gestión, gobierno y supervisión de la
educación privada a nivel nacional. Sumado a estas medidas, a partir de la década de 1960 se
estableció que toda la educación era pública y se introdujo la distinción entre «público de
gestión estatal» y «público de gestión privada». Las escuelas de este último grupo fueron
consideradas, entonces, agentes del Estado. A partir de ese momento, las escuelas privadas
fueron autorizadas a emitir títulos habilitantes con validez nacional y se les otorgó cierta
autonomía en relación con el cumplimiento de los programas oficiales y la organización de la
enseñanza (Decreto nacional Nº 12179, de 1960, Decreto nacional Nº 371, de 1964). Desde
entonces, la matrícula privada inició un patrón de evolución más dinámico que el de la pública,
expandiendo su participación en la educación de la población. En 1955, el 8,5% de los alumnos
asistía a un total de 1.200 escuelas primarias privadas, mientras que, en 1988, el 18% de los
alumnos asistían a unos 10.000 establecimientos de esta índole (Vior y Rodríguez, 2012). La
sanción de la Ley Federal de Educación Nº 24195 (1993) y la posterior Ley de Educación
Nacional Nº 26206 (2006) continuaron la política iniciada en la década de 1960 sin introducir
grandes transformaciones en relación con la organización, administración y autonomía de las
escuelas privadas. Se consolidó así el sistema estatal de aportes a las escuelas privadas. La
mayor novedad introducida fue la transferencia de las facultades del gobierno nacional para
regular y supervisar la educación privada a las provincias y Ciudad de Buenos Aires, y la
eliminación de la SNEP en 1995. La educación privada primaria continuó expandiéndose en las
siguientes dos décadas. En el 2016, cerca del 25% de los alumnos concurrían a un total de
11.000 establecimientos privados (aunque en CABA lo hacía casi la mitad del alumnado y, en
Chaco o Formosa, menos del 10%). Además, dos tercios de las escuelas privadas primarias
recibían algún tipo de subvención estatal (Ministerio de Educación de la Nación, 2016). La
evolución de la matrícula escolar de las escuelas privadas primarias no fue lineal. Por el
contrario, tuvo momentos de expansión (siglo XIX), retracción (décadas centrales del siglo XX) y
de nueva expansión (1960 en adelante), en un escenario nacional muy heterogéneo.