0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas602 páginas

An Heir Comes To Rise#5, A Sword From The Embers

Este documento es el prólogo de una novela de fantasía. Presenta a una mujer fae que observa un asesinato desde el tejado de un edificio y luego huye, pero es perseguida por el asesino, otro fae. Aunque parece que va a matarla, en su lugar la detiene y la mira fijamente a los ojos, dejándola con vida pero en estado de shock.

Cargado por

Michell Arcia
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas602 páginas

An Heir Comes To Rise#5, A Sword From The Embers

Este documento es el prólogo de una novela de fantasía. Presenta a una mujer fae que observa un asesinato desde el tejado de un edificio y luego huye, pero es perseguida por el asesino, otro fae. Aunque parece que va a matarla, en su lugar la detiene y la mira fijamente a los ojos, dejándola con vida pero en estado de shock.

Cargado por

Michell Arcia
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Esta traducción fue hecha sin fines de lucro.

Es una traducción de fans para fans.


Ninguna traductora, correctora, editora o diseñadora recibe a cambio dinero por su
participación en cada uno de nuestros trabajos. Todo proyecto realizado por nosotras es a
fin de complacer al lector y así dar a conocer al autor.
Si tienes la posibilidad de adquirir sus libros, hazlo como muestra de tu apoyo. También
puedes apoyarlo con una reseña, siguiéndolo en las redes sociales y ayudándolo a
promocionar su libro.

¡Disfruta la Lectura!
Dedicatoria
Para ti, mi querido lector,

Desde el corazón de Agalhor Ashfyre,


—Es fácil olvidar los saltos que hemos dado cuando los pasos adelante se hacen
tan pequeños. Pero nunca olvides que sigues avanzando. Te estás retando a ti
mismo con cada día que decides enfrentarte a tu realidad.
Créditos
TRADUCCIÒN

Hada Every

Equipo de Corrección
Hada Anya

Hada Aurora

Patty

Sabrina

Equipo de Diseño
Epub Pdf Maquetado
Jenny ZG Hada Anjana Patty
Nota del Autor
Mi querido lector,
Por si hubiera alguna confusión, no quiero que empieces este libro con la
impresión que el cuarto libro, Choque de tres cortes, es un spin-off y no es
necesario para la historia principal. Si te has saltado el cuarto libro, Una
espada desde las brasas contiene spoilers importantes sobre Nik, Tauria, Jakon,
Marlowe y Tarly. Espero que disfrutes leyendo tanto como yo escribiendo.
Con todo mi amor.
Sinopsis
Cuando un verdadero heredero despierta, un pasado que regresa puede romperse. Y
cuando sigue la guerra, un voto de toda la vida puede romperse.

Un ascenso…
Al despertar de una oscura derrota, Faythe descubre una amenaza mayor
para la vida que recuperó. Verdades asombrosas la desafiarán y revelarán
que algunos vínculos se forjaron para desafiar. Con la batalla perdida, la
guerra acaba de comenzar y, cuando se captura a un enemigo, pronto
queda claro que una tormenta se puede domar, pero nunca reprimir.

Un trono…
Su regreso a Rhyenelle impulsa al rival de Faythe al trono. En este nuevo
giro del destino, contra las presiones de la corte, es una prueba de fuerza y
voluntad mantener a raya a su astuta prima. Dos manos buscando una
corona es un desafío que seguramente terminará en sangre, pero ¿cuál
sangrará por su derecho a reinar?

Un fénix…
Aún así, ningún conflicto en el reino puede igualar el que comenzó hace
mucho tiempo. Ahora es el momento de que Faythe enfrente su título de
heredera del reino. Pero no sin la ayuda de aquellos atados al destino, que
la Reina Fénix se levante en caso de que todo arda y caiga.
7
Contenido
Prólogo Capítulo 32 Capítulo 64
Capítulo 1 Capítulo 33 Capítulo 65
Capítulo 2 Capítulo 34 Capítulo 66
Capítulo 3 Capítulo 35 Capítulo 67
Capítulo 4 Capítulo 36 Capítulo 68
Capítulo 5 Capítulo 37 Capítulo 69
Capítulo 6 Capítulo 38 Capítulo 70
Capítulo 7 Capítulo 39 Capítulo 71
Capítulo 8 Capítulo 40 Capítulo 72
Capítulo 9 Capítulo 41 Capítulo 73
Capítulo 10 Capítulo 42 Capítulo 74
Capítulo 11 Capítulo 43 Capítulo 75
Capítulo 12 Capítulo 44 Capítulo 76
Capítulo 13 Capítulo 45 Capítulo 77
Capítulo 14 Capítulo 46 Capítulo 78
Capítulo 15 Capítulo 47 Capítulo 79
Capítulo 16 Capítulo 48 Capítulo 80
Capítulo 17 Capítulo 49 Capítulo 81
Capítulo 18 Capítulo 50 Capítulo 82
Capítulo 19 Capítulo 51 Capítulo 83
Capítulo 20 Capítulo 52 Capítulo 84
Capítulo 21 Capítulo 53 Capítulo 85
Capítulo 22 Capítulo 54 Capítulo 86
Capítulo 23 Capítulo 55 Capítulo 87
Capítulo 24 Capítulo 56 Capítulo 88
Capítulo 25 Capítulo 57 Capítulo 89
Capítulo 26 Capítulo 58 Capítulo 90
Capítulo 27 Capítulo 59 Capítulo 91
Capítulo 28 Capítulo 60 Capítulo 92
Capítulo 29 Capítulo 61 Capítulo 93
Capítulo 30 Capítulo 62
Capítulo 31 Capítulo 63
Prólogo
No solía pasear tan tarde, pero esta noche las estrellas estaban inquietas.
Saltando entre los tejados, se mantuvo alerta, unida a las sombras. Ella no tenía ni idea
de qué pasaría con su precipitada decisión de abandonar el calor y la seguridad de su hogar,
solo necesitaba respirar aire desde que la sacaron del sueño como si la noche la llamara para
que se aventurase en ella.
Se quedó mirando la luna durante un rato, pensando que podría abrir su mente a una
explicación de por qué buscaban la compañía del otro. Al sacudir la cabeza, un resoplido la
abandonó, tirando de la comisura de sus labios. Si este momento de paz era todo lo que
conseguía, sería suficiente recompensa. Aunque debería estar en casa, donde había jurado
permanecer, y se estremeció al pensar en la reprimenda de su madre si era atrapada. No le
gustaba desafiarla, pero el impulso de marcharse se había hecho más fuerte en su garganta
cuanto más lo resistía.
Un arrastre en la calle despertó sus sentidos. La interrupción disparó su adrenalina al
descubrir que ya no estaba sola a pesar de seguir oculta. Curiosa, cruzó sigilosamente por el
piso estrecho y bajó por el lateral inclinado, desde donde se asomó a la calle sin llamar la
atención.
Lo que encontró le hizo palpitar el corazón. Dos formas enfrentadas en una posición
hostil, un conflicto que no tenía por qué observar cuando podía condenarla. Intentó
apartarse, pero el más alto propinó al otro un golpe tan fuerte que ella se sobresaltó de la
impresión. Por la musculatura del atacante, supuso que era un hombre, pero con la capucha
no pudo identificar nada. Él agarró a su víctima por el cuello antes de estamparla contra la
pared y, finalmente, la boca de la víctima se movió para soltar la información que buscaba.
Su oído de fae podría haber sido capaz de captar el intercambio si hubiera afinado su
concentración, pero la sangre rugía en sus oídos para bloquearlo todo excepto la exigencia a
gritos que corriera.
Sin embargo, algo mantenía sus ojos clavados en el hombre alto.
La luz de la luna destelló en la hoja letalmente hermosa, pero ese segundo de
distracción se borró por completo cuando el acero se ahogó en el carmesí que manchaba el
cuello de la víctima.
Ella ahogó su llanto demasiado tarde.
Con su mano tapando su boca, el horror que le produjo la horripilante exhibición la
dejó atónita, aunque quedó en un segundo plano tras el pavor que sintió cuando sus ojos se
cruzaron con los de ella.
Se le erizó la piel ante la idea de ser la siguiente bajo su daga.
Cada gramo de su agilidad estuvo a la altura del desafío mientras corría por los tejados
y se alejaba. No tenía ningún destino en mente, pero no podía detenerse, aunque el terror la
llevara al borde del mundo.
El ardor subió por su garganta hasta entumecerla. Sus brazos impulsaron la velocidad
de sus piernas, marcando un ritmo que podría ser lo más parecido a volar que conseguiría
jamás. El instinto de ganar distancia anuló su capacidad de saber si él la seguía o lo cerca que
estaba. Si también era fae…
El hecho se confirmó cuando una figura imponente descendió de un edificio más alto.
Se detuvo al tropezar con una piedra. El esfuerzo la golpeó, destrozándole los pulmones y
haciéndole palpitar los músculos. Su mente buscaba una salida, pero con la facilidad con que
él la había alcanzado, la opción de huir de nuevo parecía inútil.
Acechó hacia ella lentamente con la facilidad de un depredador. Esta era la noche en
que moriría. Siempre le habían advertido de los peligros del exterior, y ahora se encontraba
cara a cara con la razón de su confinamiento.
El instinto no le permitiría quedarse de brazos cruzados como su presa.
Se giró y solo dio unos pasos antes que un fuerte brazo la rodeara por el medio y una
mano amortiguara su grito. Completamente atrapada, sus ojos se llenaron de lágrimas.
La hizo girar tan deprisa que se ahogó al jadear, presionando su espalda contra el alto
fuste de la chimenea. Su capucha ensombrecía su rostro, ocultando los ojos despiadados que
ella esperaba encontrar.
Aunque trató de controlar su respiración, nada pudo prepararla para el
estremecimiento de su corazón cuando su mirada recorrió el brazo sujeto a sus hombros y
vio el destello de la luz de la luna en la hoja tan cerca de su garganta. Había sido testigo de lo
rápido que esa mano podía atravesar la carne.
—¿Va-vas a matarme? —preguntó, maldiciendo su tartamudeo.
Su silencio evaluador fue una batalla de ira y curiosidad. Aprovechó el momento de
distracción para bajarle la capucha, queriendo ver cada parte de su asesino si ése iba a ser su
destino.
No se esperaba sus impresionantes mechones plateados. Recortados por encima de los
hombros, mientras algunos mechones enmarcaban su tez bronceada, dos trenzas a cada lado
evitaban que el resto fuera un estorbo. Sin embargo, los ojos con los que se cruzó la obligaron
a parpadear conscientemente. Le recordaron el cielo nocturno en el que sus pensamientos
habían vagado antes. Sus iris de zafiro captaban las estrellas, aunque no eran sueños sino
pesadillas lo que había en ellos. Tuvo que apartarse de su distracción solo para trazar un
mapa de todos los detalles que podía sobre él. Sus pómulos altos conducían a una mandíbula
fuerte que se movía bajo su mirada. Le calculó una edad humana no superior a los veinte
años.
—No deberías haber hecho eso —gruñó.
Cuando él se apartó de ella, se sintió atraída de nuevo por sus ojos, a pesar de la
promesa de violencia en ellos. No, eso era solo una máscara. Debajo de ella, encontró notas
de tristeza hueca, algo perdido, y quiso descubrir qué lo invocaba.
—Tú mataste a esa persona —dijo, sonando más valiente de lo que se sentía—. ¿Soy la
siguiente?
—Tú no sabes nada —espetó—. Y eso me hace contemplarlo.
La cabeza le dio vueltas ante el comentario retrógrado.
—¿No deberías quererme muerta por lo que sé, no por lo que no sé?
Mientras la piel alrededor de los ojos de él se tensaba, aprovechó para estudiar su
atuendo. Un traje negro ceñido al cuerpo que resaltaba la constitución letal que vislumbraba
bajo su capa. Un asesino, pensó. Eso ya era obvio, pero había algo en él que no se acomodaba
fácilmente a su monstruosa personalidad. Tal vez era demasiado joven para haberse
convertido en una entidad semejante por sí solo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—¿Así puedo ser otro en tu lista de asesinatos?
—Me lo estás poniendo muy difícil para no concederte ese deseo.
Ella no creía que eso fuera cierto. Podía haber acabado con ella ya, aunque no se
pondría demasiado cómoda si vivía de tiempo prestado
—¿Qué cambia un nombre? —preguntó en voz baja.
Sus cejas oscuras se entrelazaron, un hermoso contraste con su cabello plateado.
—Todo.
El corazón le dio un vuelco en el pecho al ver cómo se ensanchaban sus iris azul oscuro,
cómo fruncía el ceño, como si hubiera olvidado por qué la había perseguido. Lo que ella había
visto. En ese momento, tal vez ella también lo perdió de vista.
—Entonces dime el tuyo.
Cuando él dio un paso hacia ella, ella no pudo evitar el destello de miedo que la obligó
a escudriñar sus manos, ahora vacías de armas. Se detuvo. Sus puños se tensaron, como si
estuviera decepcionado o enfadado porque ella hubiera supuesto lo peor.
—No sería seguro que conocieras el mío —respondió.
Habiendo sido testigo de la vida que él había arrebatado en un latido, y habiendo huido
de él pensando que su destino tendría el mismo final, la mención de su seguridad golpeó
como un látigo.
—Creo que ya no nos importa la seguridad.
La evaluó lentamente. Ella no se movió.
—¿No tienes miedo?
Ella tragó saliva con fuerza, y los ojos de él se clavaron en su boca entreabierta,
haciéndole temblar el pulso. Esa atracción por el peligro que parecía albergar surgió en su
interior, un conflicto de emoción y horror.
—No. —Su respuesta fue segura, aunque su mente la reprendió por la alarma, el susto,
que había dejado escapar por el mortal desconocido. Incapaz de encajar la lógica en el
porqué, cuando lo miró vio una daga, pero sintió el abrazo de un escudo.
—¿Entonces por qué huiste?
—Pensé que me matarías.
—¿Y qué te hace estar segura que no lo haré ahora?
Nada. No había absolutamente nada en sus acciones ni en sus palabras que le diera esa
confianza.
—Quítate la capucha.
Ella estaba en sus cinco sentidos para negárselo, y si vivía más allá de verse atrapada
por el seductor asesino, haría bien en reprenderse a sí misma por escuchar a su mente
equivocada. Deslizando las manos por debajo de la tela, no le quitó la mirada de encima,
mientras una corriente de algo crecía lentamente entre ellos. Sus largos cabellos castaños le
caían por el pecho.
—Tus ojos —dijo él con un millón de pensamientos detrás de esas palabras—. Supongo
que no necesito un nombre. Eres bastante fácil de encontrar.
Aquello la pilló por sorpresa, pues nunca había oído tal cosa. A pesar de sus
observaciones silenciosas de la gente de la pequeña ciudad de Rhyenelle, siempre había
creído que encajaba bien. Por otra parte, casi nunca hablaba con nadie.
El segundo pensamiento que registró hizo que su sangre se calentara de adrenalina al
principio, y luego se enfriara de pavor.
—¿No vas a matarme?
—No.
—Todavía no. —Fue lo que ella oyó. Después de todo, la había marcado con sus ojos.
Podría encontrarla de nuevo—. No diré nada.
—No me importaría si lo hicieras.
—Entonces no tienes necesidad de buscarme.
—¿Y si quiero?
Volvió a acercarse a ella, lentamente, pero su acecho inspiraba más diversión que
amenaza, y ella tuvo que parpadear ante el cambio que se había producido en él.
Demasiado cerca. Demasiado cerca.
La piedra rozaba las yemas de sus dedos al flexionarlos contra ella. Sin escapatoria, ella
rezó para que esta cediera y se la tragara entera. El sentido la impulsó a intentar dar un paso
lateral, pero él le puso la mano en la cabeza para detenerla.
Sus ojos se encontraron, la proximidad encendió una nueva intensidad que debería ser
errónea. Sin embargo, ella quedó fascinada por el cielo nocturno que se abría en sus iris.
—¿Vas a detenerme? —preguntó él burlonamente.
Ella sabía que no necesitaba acobardarse ante la idea. Él no la encontraría. No cuando
sus días transcurrían entre las mismas cuatro paredes y sus noches de libertad eran fugaces.
Y era probable que pronto se trasladaran a otra ciudad.
—No creo que pueda —admitió.
Entonces ella lo quiso.
Quería que la encontrara como nadie lo había hecho.
Ella le propuso el desafío en su ingenuo deseo de averiguar por qué él había hecho lo
que hizo esta noche. Su mente se negaba a creer que fuera capaz de levantar esa misma mano
para hacerle daño.
O tal vez ella no era más que un alma desesperada sin nada que perder, así que cuando
la oscuridad le ofreció compañía, se mostró demasiado dispuesta.
La mirada de él recorrió cada centímetro de su rostro y la distancia que los separaba
fue desapareciendo poco a poco. Nunca había estado tan cerca de él, y su cuerpo lo ansiaba.
Su larga inhalación la impregnó de su aroma a cuero y especias, y algo frío le hormigueó
dulcemente en las fosas nasales.
Se le cortó la respiración cuando él le tomó la mano. Su corazón se aceleró al contacto.
Palma con palma, él mantuvo sus manos junto a la cabeza de ella. Ella deseaba que sus dedos
se deslizaran entre los suyos y le picaba el deseo de saber cómo encajarían, pero él no lo hizo.
Solo al cabo de unos segundos una brisa fresca envolvió su dedo, alertándola de lo que
le había robado. Su otra mano sostenía su anillo. Ella se abalanzó sobre él hasta que los dedos
de él se enroscaron alrededor de los suyos, entrelazando sus manos. La electrizante
sensación la conmocionó y el calor le subió por el brazo hasta instalarse en su pecho.
Si él también lo sintió, no reaccionó, sino que admiró el anillo de oro con detenida
atención. Estaba adornado con pequeños cristales que brillaban a la luz de la luna: alas de
mariposa doradas y un cuerpo blanco opalescente.
—Así que eres un asesino y un ladrón —dijo ella.
El duro chasquido de sus ojos la hizo estremecerse. Él reaccionó de inmediato,
apartándose, y la mano de ella se flexionó con la fría ausencia de la de él.
—Como dije, no sabes nada —murmuró con frialdad—. Considera esto un seguro.
—¿Para qué?
—Por si intentas huir de mí otra vez.
—No soy de tu interés.
La curva de su boca hizo que su estómago estallara con una nueva sensación.
—Eso no lo decides tú ahora, ¿verdad? —dijo él.
Cuando el desconocido se subió la capucha, la dejó con una última mirada. Ella siguió
sus elegantes movimientos, pero antes que la noche pudiera robárselo, él le ofreció dos
palabras más. Una promesa.
—Te encontraré.

***
Llegó a casa aturdida por los acontecimientos de la noche. Lo rápido que una situación
de pesadilla se había convertido en un consciente sueño acalorado.
Si fuera sensata, no querría que el peligroso desconocido le dedicara ni un pensamiento
más. Quizás la olvidara. No parecía el tipo de hombre que persigue a alguien que no le ofrece
nada. Pero se había quedado con su anillo a pesar de sus muchas demandas para que se lo
devolviera.
Inesperadamente, inexplicablemente, sonrió para sí misma.
—Ahí estás.
Todo su cuerpo se puso rígido. Este miedo la consumía más que el miedo al asesino.
—No esperaba que estuvieras aquí —admitió, con las palabras apenas saliendo de su
garganta. Se giró para mirar a la dueña de la hermosa voz femenina.
Saliendo de las sombras, aquellos ojos dorados la clavaron, haciéndole saber que había
sido descubierta. Eran dorados como los suyos, pero nunca podrían igualar la belleza
sobrenatural de los de su madre.
—Volví pronto. Regresé —Su madre dio pasos lentos, las ondas de su impecable vestido
rojo arrastrándose tras ella—, por ti.
—Lo siento. Solo necesitaba un poco de aire.
—Shh —la tranquilizó—. No puedo culparte, Aesira.
Mientras Aesira aceptaba el abrazo, su mente volvió a pensar en el desconocido que tan
desesperadamente había querido saber su nombre.
—Pero necesito que me jures que no volverás a salir sola. El mundo está lleno de
quienes quieren hacerte daño.
Si su madre supiera con quién se había encontrado Aesira esa noche. Un asesino, pero
alguien mucho más que eso, cuyos ojos estrellados la desafiaban a permanecer en el primer
plano de su mente. Por ahora, solo podía aferrarse a su única línea de seguridad, invadida de
culpa por desafiarla.
Nunca sabría por qué su madre no quería que la llamaran así. Aesira susurró:
—Te lo prometo, Marvellas.
Capítulo 1
Faythe
¿Morir? Eso fue fácil.
Sin dolor, sin emoción. No fue nada. Tal vez su último aliento llegó tan pacíficamente
como un regalo por haber bendecido al mundo.
Pero la muerte no era una fuerza a tener en cuenta. Se vengó en la agonía que desgarró
su cuerpo. Venganza por la burla que ella había hecho del Dios de la Muerte.
Horas, días, semanas… Faythe no podía estar segura de cuánto tiempo duró el infierno
mientras ella yacía a su merced. Deseaba poder explicar que no era culpa suya. No era una
postura desafiante. Pero era demasiado tarde.
Su primera respiración se estrelló como una ola, apagando de golpe el fuego en sus
venas, sus sentidos inundándose de nuevo en un torrente de claridad tan pura. El aire bajó
por su garganta, llenó sus pulmones y despertó su corazón con latidos fuertes y plenos. A
través de su nariz, cada aroma estallaba para revelar las notas de una docena más. Si se
concentraba en ellas, podía refinarlas y separarlas para descubrir mucho más de lo que
nunca había sabido. La respiración era constante y nueva.
Sus párpados se abrieron, la luminosidad fue suficiente para picar sus ojos mientras se
ajustaban de su letargo. La molestia desapareció rápidamente. Sus pupilas se dilataron,
concentradas, listas para explorar cada detalle oculto de su entorno. Todo estaba expuesto
con tanta nitidez.
Faythe parpadeó varias veces, abrumada pero entusiasmada.
Una sombra se proyectó sobre ella. Faythe movió la cabeza y percibió el cojín de carne
que la acunaba, envolviéndola en un aroma que había seguido desde el borde del olvido.
Cuero, especias y algo frío como el hielo.
Reylan la miró, con su hermoso rostro angustiado. La visión hizo que su pecho se
oprimiera dolorosamente. Levantó una mano hacia su mejilla y, en cuanto su piel tocó la de
él, los labios de Faythe se entreabrieron ante la explosión de sensaciones. Una vibración
cálida como la que ella conocía, pero más profunda. Su pulgar rozó la humedad de la piel de
él, desgastada por la batalla, y sus ojos se fijaron en los rastros brillantes.
—¿Por qué lloras? —susurró, pero incluso sus propias palabras en voz baja parecían
tan fuertes.
Cuando sus ojos se encontraron con los de él, a través de sus iris, Reylan conectó con
ella con un destello de despertar tan brillante que Faythe se quedó embelesada con ellos.
Zafiro y oro. En sus ojos observó cómo los colores se fundían. Orbitándola en su danza eterna,
envolviéndola como un lazo que la atravesaba, tirando de algo tan ligado a la esencia de todo
lo que era…
El gran General de Rhyenelle… es tu alma gemela.
Esa verdad no se asentó con la conmoción que debería. Fue el débil tirón de su mente,
un hilo demasiado delgado para seguirlo, lo que le negó aquellos fragmentos cruciales de
memoria que le robaron el aliento. La realidad del presente regresó, sacando a Faythe de su
estado de ensoñación. La conciencia empezó a asfixiarla. Se irguió de golpe, balanceándose
mientras intentaba adaptarse a su nueva fluidez de movimientos. Este cuerpo de gravedad
no pesada.
Y fuerza.
Y poder.
Se puso en pie a trompicones, mareada por el desconcierto, y levantó las manos como
si esperara ver algo extraño. No pudo contener un grito al ver un intrincado dibujo de
enredadera dorada que se extendía por los puños de su traje. Intentó subirse las mangas,
pero no estaba segura de dónde terminaba. Entonces encontró el símbolo que marcaba su
palma. El horror la invadió.
La marca de Aurialis.
Era inconfundible: un círculo hueco con tres líneas marcadas a lo largo de su
circunferencia.
El corazón de Faythe latía erráticamente. Levantó la otra mano temblorosa y se atrevió
a darle la vuelta. Un suspiro de miedo la abandonó al descubrir que también había sido
marcada con la marca de Marvellas: un círculo hueco con un triángulo apuntando hacia abajo
en su interior y una única línea que atravesaba su circunferencia.
Había visto aparecer el símbolo antes, cuando había aprovechado el poder de una
Ruina del Templo. Sin embargo, ahora Faythe no quería creer que su piel se había tatuado
permanentemente con las antiguas marcas de los espíritus. Brillaban en un hermoso dorado
contra su piel, que se había bronceado desde que llegó a Rhyenelle.
Tú y yo nos convertiremos en una, Faythe Ashfyre.
Dioses. Su última conversación con Aurialis volvió como una nota inquietante.
Un suave toque le rozó el brazo y se giró asustada. Tan rápido que no debería ser
posible, Faythe retrocedió hasta toparse con la dura piedra. Se estremeció ante el impacto,
sin prever su propia fuerza y velocidad, y levantó una mano temblorosa. Sus ojos se abrieron
de par en par, horrorizados o asombrados -no podía estar segura de cuál de las dos cosas-,
cuando sus dedos, que esperaba que se hundieran sobre la curva de su oreja, continuaron
hacia arriba y sobre una delicada punta.
El último atributo, el más físico, no se podía negar.
Ella era fae.
Le vinieron a la mente imágenes de cómo le quedarían esas orejas puntiagudas tan
características. No debía saberlo. No quería saberlo.
—Haz que pare. —Respiró aterrada, con los ojos cerrados como si pudiera anular
también las imágenes de su cabeza.
—Faythe. —La voz de Reylan se quebró, tirando de algo profundo—. Vas a estar bien.
Eso la obligó a ver la desolación en su rostro, la súplica, mientras él daba pasos
cuidadosos y tentativos hacia ella. Faythe se derrumbó. Sus rodillas cedieron mientras sus
manos se alzaban para cubrir su rostro y amortiguar sus sollozos. Pero no recibió el impacto
de su dura caída contra la piedra; en su lugar, los brazos de Reylan la rodearon, bajándolos a
ambos lentamente. Faythe no podía estar segura de por qué lloraba, solo que estaba
completamente perdida y abrumada. El calor de Reylan la tranquilizó, la calmó. Él se
mantuvo quieto, permitiéndole a ella liberar la repentina avalancha de emociones. Lo único
que Faythe podía hacer era aferrarse a él con fuerza. Por miedo, por tristeza, pero sobre todo
por gratitud por poder abrazarlo de nuevo.
Por encima de todo por lo que ella habría vuelto para enfrentarse…
Ella habría vuelto por él.
Los recuerdos de la serie de acontecimientos que la habían conducido hasta aquí y
ahora se abalanzaron sobre ella. A Faythe se le hizo un nudo en la garganta cuando los
recuerdos la invadieron con la misma violencia que las olas. Ella era el barco, demasiado
pequeño, demasiado fuera de su alcance para sobrevivir a la tormenta.
Todo va a salir bien.
Reylan siguió repitiendo sus palabras de consuelo hasta que se desdibujaron en su
mente. Lo único en lo que podía concentrarse para volver a él era el zumbido de su voz áspera
y tranquilizadora y las bajas vibraciones de su pecho.
Faythe no sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando sus emociones acabaron por
agotarla, cesaron sus lágrimas y, en su lugar, la subyugaron con un entumecimiento.
—Morí —susurró. Con la mejilla pegada al pecho de Reylan, atesoraba cada latido de
su corazón como si latiera por los dos. Ella no podía dejarle ir.
Reylan se puso rígido. Faythe lo estudió y respiró con calma. Le dolía profundamente
imaginar por lo que él había pasado, sin que ninguno de los dos supiera con certeza que
tendrían esto de nuevo.
El uno al otro.
“Transición” era una palabra generosa para lo que suponía fusionarse con algo
todopoderoso. Faythe no podía comprender que en su nueva forma albergaba el poder de
Aurialis. Aún no sabía lo que significaba.
—Estás justo aquí —dijo él al fin, con la voz igual de baja—. Estás viva. Estoy aquí
contigo, Faythe.
Con él. Con su compañero.
Faythe se obligó a retroceder, pero los brazos de él permanecieron a su alrededor.
Buscó sus iris de zafiro durante un instante largo, ya que se había sentido en armonía con el
cielo desde el momento en que lo vio. Le pasó la mano por el cabello y, cuando sus dedos
llegaron a las puntas de las cortas hebras plateadas, imaginó que continuaban por los
hermosos mechones hasta sus hombros.
—Una vez tuviste el cabello largo —dijo con aire ausente. Faythe lo había visto antes
en la memoria de Varlas, pero la imagen que se concentraba en su mente ahora le parecía
nueva y personal, tan clara que se le nublaba la vista.
—Hace mucho tiempo —respondió.
Faythe se preguntaba si él sabía…
Ella entreabrió los labios, pero no pudo pronunciar ninguna frase. Faythe se zafó de su
abrazo para levantarse. Su mente se agitaba y se agitaba.
—Compañeros —se atragantó. No podía darse la vuelta, temiendo el impacto de su
reacción.
Reylan guardó silencio durante un minuto angustiosamente largo. Faythe contó los
fuertes latidos de su corazón e intentó sintonizar con el suyo. La dejó atónita que fuera capaz
de oírlo desde aquella distancia si se concentraba bien. Pero los dos latidos latían a un ritmo
confuso.
Finalmente, la voz de él cortó su pánico, desprovista de toda felicidad.
—No pareces contenta por ello.
Su corazón podría haberse detenido. Se le cortó la respiración. No fue euforia ni
liberación lo que sintió al darse cuenta. Su cuerpo se estremeció, tenso y frío. Se volvió
lentamente hacia él, y el escalofrío en su piel podría haber sido por el brillo helado que
protegía toda emoción de los ojos de Reylan mientras la miraba fijamente. Su barrera de
acero imponía un verdadero muro entre ellos.
—No pareces sorprendido por ello.
Su mandíbula se flexionó. Más silencio. Faythe soltó un largo suspiro. Su mente se
esforzaba por escudriñar todos los recuerdos que tenía de él, pero su batalla había sido tan
imposible que lo único que pudo hacer para mantenerse en pie fue silenciarlo todo.
Sus ojos cayeron y todo a su alrededor se desvaneció mientras el mundo se desplazaba
bajo sus pies. A Faythe se le revolvió el estómago. Se tapó la boca al ver la mancha carmesí.
Tanta sangre. El aroma llegó hasta ella, el sabor cobrizo de una vida sacrificada.
Su vida.
Las paredes empezaron a cerrarse.
Rápido. Demasiado rápido.
Se llevó la mano al pecho, donde el dolor fantasma de la daga que había sellado su
destino empezó a estremecerse, un recordatorio que no debería haber vivido después de un
golpe tan fatal. Sin embargo, no había herida ni dolor persistente.
Sus pies se movieron antes que su mente se diera cuenta. Parecía como si quisiera
retenerla en aquella cueva y hacerle revivir sus últimos momentos. Provocarla con la idea
que no merecía tener esta segunda oportunidad.
Su cabello volaba detrás de ella. Ahora corría más rápido de lo que era posible,
desesperada por liberarse de su tumba. La muerte permanecería para siempre en aquella
cueva. La muerte de la niña que repartía productos horneados para alimentarse, que pasaba
días entrenando con una espada que nunca creyó que llegaría a ver la batalla. La huérfana
que vagaba, siempre perdida. La Sombra de Ojos Dorados que siempre tenía algo que
demostrar. La chica humana que se enamoró de un guardia fae y sucumbió a vivir el tipo de
existencia mundana que siempre le había parecido trágica.
Había muerto en aquella cueva. ¿Y quién emergería…?
Faythe se agarró a la pared de piedra en busca de estabilidad, sus pasos eran tan
pesados que le costaba poner un pie delante del otro. No quedaba aire en el túnel. No debería
estar viva, y parecía que la muerte estaba desesperada por recuperar la vida que le había
robado. Intentó seguir adelante, ser libre. La oscuridad salpicó su visión.
Entonces la oscuridad fue una caída indefensa en un abrazo cálido y seguro.
Capítulo 2
Zaiana
Zaiana Silverfair recorrió lentamente con los dedos los bordes deshilachados del
estandarte verde esmeralda que colgaba inclinado. Había logrado mantenerse firme frente
al intento ilícito de tirarlo abajo. Su mirada se dirigió hacia el emblema del ciervo. Imaginó
que la imagen habría parecido poderosa en otro tiempo, pero ahora, la criatura de perfil
lateral parecía inclinarse derrotada, vencida.
No estaba segura de por qué habían venido a Fenstead. Volver aquí le traía a la memoria
las desoladoras escenas de carnicería que había vivido. Ella había liderado las legiones de
Valgard para reclamar el dominio sobre la tierra una vez pacífica. Cada flor y brillo que una
vez floreció en el reino se había negado a crecer desde que la oscuridad lo barrió todo.
—Dakodas me envió a buscarte. —La voz de Maverick le llegó desde el fondo del
pasillo.
Ella bajó la mano y dirigió sus fríos ojos hacia él. Se acercó a ella y se ajustó los puños
de la chaqueta con indiferencia.
Zaiana apenas había dirigido la palabra a Maverick desde que salieron del templo de
Dakodas. No era porque le tuviera ningún respeto por matar a la humana. Ese debería haber
sido su acto para cargar. Tal vez ella simplemente estaba esperando el arrepentimiento
mientras Maverick se resistía a reclamar su alabanza por completar la búsqueda.
Desde entonces había sentido muy poco. Su mente estaba reforzada con acero, su pecho
congelado con hielo. Había fracasado.
Girando suavemente, ella comenzó a alejarse sin una respuesta.
La mano de Maverick se enganchó alrededor de su brazo, y el chasquido de su mirada
hacia él fue nada menos que una violenta advertencia. En cambio, en los iris de obsidiana de
Maverick se reflejaba una estúpida preocupación que la irritaba.
—No has sido tú misma desde el templo —dijo en voz baja, como si no quisiera que
nadie más descubriera que su arrogante máscara vacilaba.
Zaiana mantuvo su dura mirada, arrebatándole el brazo del agarre.
—No tienes que fingir que te importa. Que eres capaz de preocuparte. Dakodas no me
ha pedido nada desde que llegamos. Seguro que has tenido mucho que hacer. —Le salió con
sorna, pero no le importó. No podía. No albergar ninguna emoción era mejor que dejar entrar
lo que amenazaba con destruir todo lo que le quedaba.
La mandíbula de Maverick se flexionó. Sus ojos se endurecieron. No se molestó en
negarlo.
Zaiana se burló, apartando la mirada de él mientras empezaba a alejarse.
Él nunca la había tomado desprevenida, así que Zaiana solo pudo maldecir sus sentidos
lastimosamente nublados por no haber detectado el descarado movimiento de Maverick
antes que fuera demasiado tarde. La inmovilizó contra la pared, y la presión de su cuerpo la
mantuvo inmóvil frente al destello de rabia que la sacudió.
—No te lamentas porque la maté. Te lamentas porque no pudiste hacerlo —susurró
mientras se inclinaba hacia ella. Su aliento retumbó en su oído, deteniendo sus movimientos,
porque el recuerdo que le inspiró traspasó la barrera de su mente. Por un momento, su ira
se confundió con el deseo—. Lo volvería a hacer. Si tengo que elegir entre tú o yo, daré un
paso adelante cada vez.
Por la gloria. Por recompensa. Tenía que serlo. La llamarada de desafío de Zaiana
regresó.
—Entonces, ¿qué esperas? —siseó—. ¿Por qué no le has dicho lo que pasó en el templo?
—¿Por qué? —repitió, con la guerra desatada en sus ojos sin profundidad. Los ojos sin
profundidad de alguien a punto de resbalar. Tan rápido como se agitó, en su siguiente
parpadeo, los ojos de Maverick igualaron su gélida mirada—. Ódiame, Zaiana, por todos los
medios, pero ¿no ves que esto funciona a nuestro favor? Soy su villano. Me llevé a su preciada
princesa. Estarán demasiado concentrados en vengarse de mí como para verte llevando a
cabo el trabajo de Dakodas. ¿No es eso lo que deseas?
Ella no le dio nada mientras calculaba sus palabras, tratando de encontrar un motivo
oculto.
—Pero será mejor que te recompongas, delegada, antes que se revele la verdad de
cómo se desarrolló la Transición sin que ninguno de los dos haya dicho una mierda.
Él no se echó atrás. Zaiana no tuvo una réplica rápida mientras su mente procesaba sus
palabras.
—Con esto no ganas nada.
Maverick no contestó. Esos ojos oscuros y seductores parecieron suavizarse solo por
un momento mientras buscaban los suyos. El nudo en su estómago era inoportuno,
sofocante. Necesitaba distancia.
—Bellamente indomable —susurró.
La sorpresa le separó los labios. Pensó en detenerlo cuando una de sus manos se posó
en su cintura, acercándola a él.
—Tal vez pueda poner fin a tu tormento. Solo por una noche más de fantasía.
Zaiana deslizó lentamente la mano sobre el pecho de él, en el pequeño espacio que
separaba sus cuerpos. Cuando llegó más allá del cuello de la camisa, inclinó los dedos corazón
e índice para rozarle la barbilla, apartando el cálido aliento que despertaba recuerdos
indeseados al pasar por sus labios. Maverick apretó los dientes contra el pellizco, que no llegó
a ser tan fuerte como para extraerle sangre.
—Nunca más —dijo fríamente.
Sus dedos se flexionaron sobre ella con emoción.
—Lo que tiene una fantasía, Zaiana, es que puede empezar y terminar cuando
queramos. —Utilizó su nombre como un golpe en sus sentidos, pero ella no cedió ninguna
reacción al cosquilleo de su espina dorsal.
En su lugar, Zaiana invocó sus vibrantes rayos púrpura, y él apretó los dientes ante la
leve conmoción. Su mano, que volvía a apretarla, no hizo más que acercarlos.
—Sigue poniéndome a prueba, Maverick —dijo con seductora crueldad—. Te reto.
Con una risita oscura, el bastardo inclinó y bajó la cabeza, sin romper su mirada
desafiante.
—¿Tienes que tentarme?
Zaiana le rodeó la garganta con los dedos, que seguían posados bajo la barbilla. Las
afiladas garras de sus dos guardas de hierro atravesaron su piel, liberando una fuerte
corriente de electricidad que hizo que su cuerpo se tensara. No se detuvo hasta que él cayó
lentamente de rodillas ante ella.
—No seguirías respirando si hubiera cedido a mis fantasías contigo. —Ella lo soltó de
un empujón, y Maverick respiró larga y profundamente.
Sin embargo, su insufrible sonrisa permanecía.
Zaiana se alejó, sin dedicarle otra mirada, mientras se dirigía a cenar con la muerte.
El castillo de Fenstead era ominoso en su abandono. Cuando Valgard lo invadió, no fue
con ningún sistema cortesano. Sus fae se habían dispersado y ocupado las habitaciones sin
ninguna forma efectiva de liderazgo. En cuanto apareció Dakodas, eso cambió. Una tensión
persistía en el aire, una oscura sensación de presentimiento, como si la muerte susurrara a
la vuelta de cada esquina, lista para atacar. La esencia de la Diosa emanaba a través de las
paredes.
Zaiana sabía dónde estaría, ya que el Espíritu pasaba el tiempo simplemente
disfrutando del presente, dándose un capricho de comida y vino, y probablemente saciando
todos sus deseos dentro de un cuerpo de fae. Zaiana no mostró ninguna emoción al saber
que probablemente disfrutaría de esos placeres con el fae oscuro detrás de ella. No le
importaba lo que Maverick hubiera hecho para convertirse en la preciada mascota de
Dakodas.
Al entrar en la sala del trono, se dio cuenta que el cielo, a través de las altas ventanas
de cristal, estaba inquietantemente nublado. Enredaderas de flores muertas trepaban por las
hileras de pilares, y las representaciones del suelo de piedra color crema apenas eran visibles
a través de la capa de polvo y salpicaduras de sangre. En el trono, que parecía hecho
enteramente de astas blancas, Dakodas estaba reclinada en un ángulo sensual, con un cáliz
dorado en una mano. Parecía una diosa en todos los sentidos de la palabra. Las sombras la
rodeaban en el asiento real. Zaiana se detuvo a una respetuosa distancia, inclinándose.
—Levántate. —La voz del Espíritu viajó tan suave como el hielo. Al enderezarse, Zaiana
clavó su mirada de ónice, que brillaba con la confianza de un depredador—. Has estado
muy… callada. Pensaba que alguien de tu reputación no se contentaría con estar de brazos
cruzados después de triunfar en una búsqueda así.
Zaiana no estaba segura de qué respuesta esperaba Dakodas. No tenía una respuesta
para justificar su patético silencio. La Diosa esperaba que Zaiana celebrara su victoria y
buscara elogios y recompensas. En lugar de eso, había mantenido las distancias y permitido
que Maverick se llevara lo que era suyo por derecho. Sin embargo, cada vez estaba más claro
que no había revelado la verdad al Gran Espíritu. La verdad que, si él no hubiera llegado,
Dakodas no estaría sentada aquí ahora en presencia de la cobardía de Zaiana.
—He estado esperando instrucciones para nuestro próximo movimiento —respondió
Zaiana con cuidado. Debería sentir miedo, o al menos admiración por el ser divino, pero
permaneció impasible.
La curvatura de los labios pintados de negro de Dakodas era hermosamente cruel.
—Siempre buscando la próxima emoción. Siempre he admirado mucho eso de ti.
Una sensación de perturbación la inquietó. ¿Cuánto de su vida había estudiado el
Espíritu mientras vigilaba su mundo? ¿Qué debilidades y fracasos de su largo pasado podría
haber visto Dakodas?
Zaiana supuso que encontraría un inmenso placer en traer a Dakodas a su reino, la
salvadora de su pueblo, pero su rápido arrebato de adoración no había durado mucho. En su
tiempo de reflexión, Dakodas se había convertido en otra fae de gran prestigio e inmenso
poder. Cuanto más se acostumbraba a la presencia del Espíritu, menos se sometía Zaiana al
orden natural de las cosas. No sentía ningún respeto por ella. Pero expresar sus
pensamientos traicioneros sería una sentencia de muerte segura dictada por la propia
encarnación de la fuerza oscura. Así que Zaiana permanecería en silencio, obediente, y haría
lo que fuera necesario para ganar la guerra, ahora inclinada a favor de los fae oscuros.
Entonces lo dejaría todo atrás. Todo. A todos. Para reclamar su libertad.
El cabello de Dakodas se derramaba como tinta sobre su espalda mientras inclinaba la
cabeza para beber un sorbo de su cáliz, con los ojos fijos en la nada, aparentemente perdida
en sus propios pensamientos. Luego apoyó la cabeza contra el alto lateral del trono, y su
atención se posó con un destello de deseo en Maverick, como si por fin hubiera recordado
que estaba presente. Las dos guardas de hierro de Zaiana le cortaron las manos, que tenía
fuertemente sujetas a la espalda. No quería estar cerca de su insufrible coqueteo.
—Se ha corrido la voz. La hija perdida del Rey de Rhyenelle está muerta.
Zaiana no reaccionó ante la noticia, no dejó que su mente se detuviera en la humana,
pues los flashes de sus últimos momentos aún le calaban como un escalofrío hasta los huesos.
—Maverick opina que deberíamos hacer planes para atacar al poderoso reino mientras
está debilitado. Más bien me gustaría escuchar tu opinión sobre cómo deberíamos
reaccionar.
—Pensé que nos encontraríamos con Marvellas.
El Espíritu Oscuro arqueó una ceja ante la osadía de Zaiana, pero ésta tenía muy poco
que perder. Había oído hablar mucho del Espíritu de las Almas, el primero en ascender y el
que inició la guerra, pero nadie la había visto. Marvellas no había visitado las montañas ni
una sola vez en la vida de Zaiana.
—Mi hermana está bastante preocupada. Un pequeño contratiempo en un plan que
habría tenido a los herederos de High Farrow, Fenstead y Olmstone bajo nuestro control.
El interés de Zaiana se despertó. No sabía nada del movimiento para tomar los tres
reinos. Por la frustración que arrugaba la frente del Espíritu, dedujo que debían de estar
cerca de lograr su objetivo, y sintió curiosidad por saber más. Por ahora, tenía asuntos
personales más urgentes en los que centrarse.
—Estoy de acuerdo con Maverick —soltó, deliberadamente sin encontrar su mirada
cuando se dirigió a ella—. Deberíamos prepararnos para atacar a Rhyenelle, pero no sin
pensarlo detenidamente.
Dakodas se enderezó y pasó su cáliz a un fae cuyas manos temblaban.
Zaiana intentó no acobardarse ante tanta atención.
—Quiero ir sola a marcar las defensas de Rhyenelle. Puedo permanecer oculta y pasar
algún tiempo rastreando todo para informar. Reylan Arrowood es el general más fuerte de
Rhyenelle. Es uno de los que sobrevivió en las montañas para dar la noticia de la muerte de
Faythe, y como sin duda le habrá contado a su rey todo lo que descubrió sobre nosotros, se
estarán preparando para surcar los cielos. Tenemos que averiguar qué nuevas defensas
levantarán.
Dakodas desplegó todo el poder de su dotada habilidad: transporte de sombras. Las
sombras la rodeaban como humo derramado. O eran demasiadas para contenerlas o
simplemente disfrutaba de su compañía. Los dedos del Espíritu se estiraron ociosamente
para jugar con los zarcillos vivos mientras inclinaba la barbilla elegantemente hacia arriba.
La propuesta de Zaiana pareció complacerla por la lenta curvatura de su boca.
—Debería ir contigo —dijo Maverick.
Zaiana apretó las manos, pero antes que la protesta pudiera salir de su boca abierta,
Dakodas introdujo su propio plan.
—Hay una tarea diferente que requiero de ti, Maverick. —Su mano apenas se extendió,
pero la orden era clara.
Zaiana midió la vacilación de Maverick, creyendo ver reticencia en su rígido porte
mientras cruzaba la distancia hacia ella. Cuando la mano del Espíritu se enroscó alrededor
de su antebrazo, Zaiana apartó la mirada.
—Quiero el cuerpo de Faythe Ashfyre.
Las miradas de ambos se clavaron en el Espíritu ante la sombría petición, y una risita
oscura serpenteó por el vestíbulo.
—Más específicamente, quiero su espada. El Riscillius dentro de ella.
Zaiana creía haber presenciado la cumbre de los actos horripilantes y perturbadores a
lo largo de su vida, pero sus destellos de memoria del templo… de ver semejante ferocidad
caer en la miseria más absoluta… el guerrero de cabellos plateados que acunaba el cuerpo de
Faythe… Esos pensamientos la perseguirían como un fantasma.
—¿Y si se la han llevado? —preguntó Zaiana.
—Viajarán juntos a Ellium. Si la han llevado allí, entonces ustedes dos tienen la tarea
de buscar su espada. Si no, entonces se separarán para que Maverick pueda encontrarla
mientras tú continúas explorando las defensas.
No era la búsqueda ideal de Zaiana. Sobre todo, por la compañía, pero no podía
oponerse a ir con Maverick sin despertar las sospechas del Espíritu. Guardó silencio sobre la
verdadera razón por la que necesitaba estar sola. Tynan y Amaya seguirían ahí fuera,
posiblemente buscándola. Los había dejado en el borde de la montaña con los fae, y la
inquietud que le producía la posibilidad que no hubieran triunfado contra el resto en su
ausencia le revolvía el estómago. Incluso pensó de pasada en Nerida, preguntándose si la fae
había decidido enfrentarse a Tynan y Amaya en presencia de los suyos, ya que su habilidad
Portadora de Agua les otorga otro poderoso aliado para acumular las probabilidades en
contra de sus compañeros.
—Me gustaría irme mañana —aceptó Zaiana a regañadientes.
Dakodas inclinó la cabeza contra el trono. Su mano acarició el brazo de Maverick.
—Me entristece que nos separemos tan pronto, pero tienes razón al ver esto con
urgencia. —Miró a Maverick, con la lujuria arremolinándose en sus ojos oscuros. Deslizó la
mano por el hombro del Espíritu y, por mucho que Zaiana quisiera apartar su atención, no
pudo evitar estudiar sus movimientos. Parecían rígidos, a diferencia de su cargado tacto, aún
impreso en su piel.
—Si eso es todo, Alteza —mordió Zaiana, deseando nada más que librarse de sus
afectos públicos.
—Tengo una última petición para ti.
Algo en el brillo del pecado en sus ojos negros hizo que Zaiana mantuviera la columna
vertebral erguida. El silencio que siguió se enroscó como una anticipación en sus entrañas
mientras esperaba la orden de la que no podía escapar. No cuando procedía de la propia
Muerte.
—Se presenta la oportunidad, con él afligido y debilitado, de hacer estallar el reino en
el caos y conquistarlo de una vez por todas.
—¿Qué necesitas que haga? —Las garras de Zaiana se clavaron en su piel, irritada y
aterrorizada. Ya sabía lo que diría Dakodas, pero esperaba una orden diferente, cualquier
otra cosa.
La suerte nunca estuvo a su favor.
La sonrisa de Dakodas se cortó con maldad.
—Quiero que mates al Rey de Rhyenelle.
Capítulo 3
Faythe
El crujido de la madera la despertó con una oleada de pánico. La respiración se le agitó
en la garganta cuando abrió los párpados. La oscuridad con la que se encontró Faythe estaba
llena de estrellas, cada una de las cuales emitía un parpadeante tono ámbar. La visión calmó
su terror, junto con la conciencia que la envolvía.
Faythe giró la cabeza y, a través del tango de llamas, encontró a Reylan sentado en el
lado opuesto del fuego. Tenía el cabello largo, apartado de la cara por dos trenzas gemelas.
Su rostro había perdido años. Parecía mucho más joven, pero su expresión era la de alguien
que se había visto obligado a crecer demasiado rápido. Sus manos jugueteaban con un
cuchillo y un trozo de madera.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella… seguían siendo del mismo azul
estrellado.
Parpadeó y su visión dio paso al presente. Reylan aparecía exactamente como ella
esperaba, aunque no podía borrar con qué precisión conocía los entresijos de su yo más
joven. Lentamente, Faythe se incorporó, observándolo con atención. El conflicto de
emociones convirtió sus pensamientos en hilos sueltos que no podía conectar para
comprender sus verdaderos sentimientos. Reylan se había encerrado en sí mismo. No era
difícil detectarlo. Un dolor punzante se apoderó de su pecho, creciendo cuanto más se
esforzaba por descifrar lo que él pensaba. La tensión que resonaba entre ellos le parecía…
incorrecta.
Faythe estaba confundida. Tan desgarrada y confusa en su desamor que ya no sabía
quién era. ¿Lo sabría alguna vez? Este nuevo cuerpo y un destino desgarrador. Descubrir que
durante todo este tiempo ella tuvo un compañero. Todo esto era un duro recordatorio de lo
que ya no era. Humana.
Reylan había acampado en una pequeña parcela de vegetación. Detuvo su tallado
mientras ella lo miraba fijamente, con un extraño conflicto en sus ojos. Parecía que se
esforzaba por mantener las distancias con ella. Su silencio mutuo se convirtió en una lenta
asfixia.
Faythe se incorporó por completo y se puso de rodillas, incapaz de apartar su atención
de él mientras su mente bullía con preguntas para las que ya tenía respuesta, pero que
necesitaba oír de él. Preguntas sobre lo que eran el uno para el otro.
—¿Desde cuándo lo sabes? —Un dolor la atormentaba por dentro. De él, de ella…
supuso que no importaba. Pero en el momento en que sus labios se separaron para
responder, ella repitió las mismas palabras con él.
—Desde el día que te conocí.
Faythe sacudió la cabeza, sintiéndose una tonta por no haberse dado cuenta antes. La
expresión firme de Reylan se arrugó.
—Ya me lo habías dicho antes —explicó ella. Junto al fuego de su habitación en High
Farrow. En aquel momento, ella pensó que él se refería a que sabía quién era su padre, y era
cierto, pero no era lo único que quería decir. Faythe se pasó una mano por la cara, incapaz de
acallar sus pensamientos—. Creíste que no tenías elección. —Los ojos le escocían y sus
emociones se apresuraban a consumirla mientras las piezas encajaban en su sitio, la tristeza
tan abrumadora que le robaba el aliento.
Antes nada tenía sentido. No tenía sentido que la quisiera, que la amara, en su forma
mortal, condenada desde el principio.
—Eso no es verdad. Ni siquiera por un segundo —protestó Reylan con firmeza.
Cuando se obligó a mirarlo a los ojos de nuevo, descubrió que estaban enfadados. El
fuego que bailaba en su expresión añadía angustia a sus rasgos afilados. Aunque se
estremeció al ver las duras líneas de su rostro, no pudo negar la parte de ella que creía que,
por su bien, sería mejor así. Mejor que él no la quisiera.
Se quedaron mirando fijamente durante un momento. Faythe no podía apartar la
mirada. Lo amaba tan ferozmente que lo mejor sería liberarlo, contra todo deseo de lo
contrario. Podía rechazar el vínculo…
—Sabes que no se puede deshacer —le recordó Reylan, ajeno a la emoción.
Leía sus pensamientos sin esfuerzo. Siempre había existido entre ellos un vínculo
inexplicable, pero ahora era como un canal abierto en toda su claridad.
Sin embargo, surgió un pensamiento burlón que no era del todo cierto.
A Faythe le faltaba una explicación. Una verdad. No sabía qué pasaba por su mente para
convencerla que no dejara de intentar averiguarlo.
Reylan añadió en su silencio.
—Pero si ese es tu deseo, lo aceptaré.
Algo en su pecho, su alma, gritó tan agudamente que la atravesó. Recordó las palabras
de Kyleer. Su vínculo no estaría completo sin el apareamiento.
Los ojos de Reylan se flexionaron al contemplar la perspectiva. Estaba sufriendo. Dolor
que ella había causado. Aunque no era nada comparado con lo que vendría si ella rompía su
vínculo. Sin embargo, la guerra se puso en marcha. La vida de Faythe estaba ligada a todo
eso. Y la idea de hundirlo con ella era algo que no podía soportar.
—Antes que te decidas, deberías saber… —Hizo una pausa, sus rasgos acerados se
suavizaron un poco mientras la miraba a los ojos y se levantaba con cuidado del tronco en el
que estaba encaramado. La cabeza de Faythe se inclinó hacia atrás para seguirlo cuando él
dio un paso hacia ella—. Siempre he sentido que buscaba una respuesta que no existía. En
cada camino oscuro que recorría, siempre había una luz. Cada vez que llamaba a la puerta de
la muerte, me engatusaban antes que la parca pudiera responder. Donde esperaba ver
sombras, veía destellos de oro. —Soltó una carcajada incrédulo moviendo la cabeza—. Creí
entonces que tal vez se trataba de una broma cruel y retorcida. Esa atadura que siempre
parecía impedirme arrojarme al reino final la sostenía en realidad mi eterno atormentador,
el que me traía de vuelta porque merecía sufrir. Pero fuiste tú. Tenías que haber sido tú.
Aunque no espero que me creas.
Dio un paso más, quizás dos. La cabeza de Faythe continuó reclinada, su mirada
capturada por él. Era tan alto… y ancho… y feroz. Su necesidad de él crecía con cada fracción
de distancia que se cerraba.
—Una vez incluso te sentí. Estaba imprudentemente borracho y me había metido en
una pelea con muchos fae que me golpearon hasta casi matarme. Estaba dispuesto a morir,
pero cuando caí en el olvido, no solo me sentí atrapado por esa cuerda, sino que me sentí
persuadido a volver y seguirla. Y así lo hice. Hacia una luz tan intensa que pensé que eso era
todo. El final. Y entonces ahí estabas tú. No sabía quién eras, pero por algún milagro me
trajiste de vuelta. Mi conciencia… entró en la tuya.
Faythe se puso completamente rígida.
—Lo supe. Aquella noche que me pediste ayuda para llegar a Nik, en tu niebla dorada
y blanca, supe que ya había estado allí. Te sentí allí antes. En lo que creí que había sido una
visión en mi mente moribunda. No pude verte la cara porque estabas de espaldas a mí, pero
respondí a tu llamada para que me acercara. Y cuando te toqué… cuando sentí por primera
vez tu piel… el calor de tu cuello que me expusiste tan voluntariamente, fue como si…
encontrara mi razón.
Reylan se detuvo justo delante de ella. Faythe lo siguió mientras él se agachaba
lentamente. Cuando abrió la palma de la mano, Faythe miró la pequeña y delicada talla que
sostenía.
Una mariposa.
—Dime que significa algo para ti —dijo él.
Faythe frunció el ceño ante el objeto, su mente se aceleró con la voluntad de darle lo
que él anhelaba, pero se quedó en blanco. La mandíbula de Reylan se flexionó con decepción,
pero siguió intentándolo.
—Tengo algo de lo que nunca he podido desprenderme. Un anillo intrincadamente
labrado con alas de mariposa doradas. No sé de dónde salió, y supongo que todo este tiempo
he descansado pensando que era de mi madre, pero eso no es lo que realmente creo. Lo sellé
y traté de olvidarlo… hasta que lo que vino a mí en mi momento de agonía, no hace mucho,
me pareció tan familiar que tuve que seguirlo. Empecé a oír pensamientos, pero no con
palabras. Eran ecos de asombro, soledad y sueños. No creo haberte encontrado, Faythe. Al
menos no al principio.
Su corazón palpitó con fuerza ante su mirada inquisitiva.
Dijo:
—Creo que tú me encontraste a mí.
Faythe recordó. La cabeza le pesaba mientras los recuerdos la inundaban.
—Te veo y te oigo… —Las palabras incrédulas escaparon de sus labios. No eran solo
una promesa en High Farrow.
Las rodillas de Reylan entraron en su visión, casi rozando las suyas.
—Mírame, Faythe —le suplicó en voz baja.
Sacudió la cabeza, incapaz de comprender.
—Pensé que era simplemente mi fantasía infantil. No estaba acostumbrada a Caminar
en la Noche y Nik me estaba ayudando a entenderlo. Pero esa noche estaba muy perdida. Sin
darme cuenta, estaba buscando, alcanzando… —El nudo en la garganta se hizo doloroso, pero
se enfrentó valientemente a su mirada—. Estabas realmente allí, ¿verdad? Me respondiste. Y
creo que cuando llegaste a High Farrow, una parte de mí te reconoció. Lo suficiente como
para no temerte. No tenía sentido. Tú eras de Rhyenelle, y yo nunca había salido de High
Farrow. No era posible…
Reylan no se movió. No pudo leer su expresión inexpresiva.
—Rechacé la petición de Agalhor de asistir a las reuniones de los reyes. Iba a partir
hacia Salenhaven sin planes de regresar. Así que, en su lugar, eligió a un alto señor fae para
que actuara en su lugar y a Kyleer para que buscara al espía. Hice las maletas para partir.
Estaba equipado y a minutos de dejar el castillo para siempre, pero olvidé tontamente mi
espada. Nunca la olvido. Cuando volví a mi habitación para recuperarla, vislumbré el anillo
de oro que no me había dado cuenta que se había caído de su caja y yacía cubierto de tierra
en el suelo. Me hizo caer de rodillas. Le quité el polvo y no pude dejar de disculparme por
haberlo descuidado. Sentí que le había fallado al rendirme. A mí mismo… en mi búsqueda de
esa cosa que no existía. Salenhaven fue mi cobarde plan para huir de todo. Hasta que volví a
ver ese anillo y supe que no podía irme. Para recuperar algo de sentido, acepté la oferta de
Agalhor de ir a High Farrow, tan delirante como sonaba. Sabía que podría realizar la tarea
principal de la manera más eficiente. Matar a su jefe de espías. Pero cuando llegamos allí,
cuando me presenté ante el rey, allí estabas tú. Tus ojos, Faythe. Entonces, ahora, quizás
mucho antes, algo despierta en mí cada vez. Se han convertido en mi sol, y si la oscuridad cae
para siempre, yo también lo haré.
Luego vinieron más conflictos internos. Recuerda. Pero Faythe no podía, y esa
desesperación casi la quebró tanto como su relato.
—Oí tu voz… y no podía entender cómo la había oído antes. No quería que nunca
dejaras de hablar.
Faythe parpadeó. No podía estar segura que la plata de sus ojos fuera real hasta que las
lágrimas se derramaron y las llamas parpadearon en el rastro brillante que corría por su
mejilla. Reylan se había rendido, con sus emociones a flor de piel, y el corazón de Faythe
pareció detenerse. O romperse.
—No fue el descubrimiento de quién eras para el rey lo que hizo tan insoportable la
idea de lo que había venido a hacer. Fue porque me enamoré de ti lentamente.
Tortuosamente. Me resistí sabiendo que el tiempo nos dividiría, pero no podía parar. Tu
fuerza, tu voluntad, tu corazón, tu sonrisa… Dioses, esa sonrisa, Faythe. Me cautivaste por
completo en el momento en que me la mostraste. Porque habías pasado por mucho. No tenías
nada. Y cuando sonreías era como si la vida no tuviera ninguna carga.
»Nunca antes había tenido miedo como el que sentí en la sala del trono de High Farrow.
Sentí que el poder te reclamaba. Sentí que arañaba para tomar esta cosa brillante y preciosa
que había estado buscando, y me di cuenta en ese momento, sin lugar a dudas, lo que eras
para mí. Mi compañera. Si no había lucha, si tú no sobrevivías, yo tampoco, así que te busqué.
La ruina estuvo tan cerca de llevarte, y en ese segundo, algo tan desgarradoramente
imposible se apoderó de mí. Sentí como si hubiéramos estado allí antes, y estaba tan
desesperado por no perderte otra vez.
Otra vez.
Faythe se tomó un momento para serenarse ante los destellos de las imágenes. La sala
del trono. Luego, un campo abierto. Ambas escenas chirriaban en su memoria, pero solo una
la captaba con total claridad, y ese terror era suficiente.
—Quiero que sepas que antes que decidas lo que quieres, yo te elijo a ti, Faythe Ashfyre.
Con o sin vínculo. Como humana y fae. Te elijo en cada vida. Me prometiste que siempre
volverías a mí. Y lo hiciste. Pasé trece agonizantes minutos creyendo que nunca lo harías. Tu
corazón… se detuvo. —La palabra salió a través de una respiración dolorida que hizo brotar
nuevas lágrimas de sus ojos. Golpeó con la verdad fantasmal—. Todo estaba tan quieto y frío
que realmente creí que el mío también se había parado. Trece minutos, veintinueve
segundos. Te habías ido, y no podía dejar de pensar que no habría otra salvación. Ninguna
otra búsqueda. Te habría seguido, pero no hasta dar caza a Maverick y ensartar su muerte
por haberte alejado de mí. Aún pienso mantenerme fiel a eso. Pero esta es mi promesa para
ti: no importa lo que decidas o lo que intente separarnos, aunque rechaces el vínculo, siempre
estaré a tu lado.
Nada más importaba en ese momento. Ni el tiempo ni el espacio. Ni la guerra ni el
conflicto. El mundo que los rodeaba dejó de existir. Faythe seguía plagada de confusión e
incertidumbre, y Reylan parecía atado a todo, pero ahora mismo, ambos habían sufrido lo
suficiente.
Se puso de rodillas. Sus manos se encontraron con su rostro y sus pulgares rozaron las
lágrimas caídas. Nunca lo había visto tan derrotado. Ella albergaba expectación y miedo, pero
se deslizó lentamente sobre su regazo, extendiendo sus muslos sobre los de él, donde él
estaba arrodillado. Sus manos se movieron sobre su piel, vibrando a lo largo de su mandíbula,
su cuello, hasta que sus dedos se entrelazaron entre los sedosos mechones de su cabello
plateado. La repentina necesidad de encontrar una salida a su furiosa emoción era casi
insoportable, sobre todo en aquel cuerpo que podía soportar mucho más que antes y que lo
llevaba todo a nuevas cotas de excitación.
Las manos de Reylan rozaron cuidadosamente sus caderas, y Faythe bajó hasta que no
pudo pasar aire entre ellas.
—¿Por qué no me hablaste antes del vínculo? —le preguntó en voz baja, con los ojos
clavados en los de él. Ella sintonizó con la aceleración de su pulso, oliendo un cambio que
descifró como lujuria. Tantos nuevos descubrimientos estaban ampliando su mundo más allá
de lo que su yo humano imaginaba. Lo que la asustaba era su entusiasmo por experimentarlo
todo.
La mano de Reylan no la abandonó mientras las yemas de sus dedos se curvaban por
su columna vertebral. Su cuerpo respondió como si se amoldara a cada una de sus caricias.
Separó la boca y se apretó más a él hasta que la palma de la mano de él le acarició la nuca.
—Por miedo a la razón equivocada -que ya se te ha pasado por la cabeza- por la que
estoy a tu lado. No te elijo en respuesta del poder que nos vincula. Te elijo porque amo cada
maldita parte imprudente, valiente e imposible de ti.
Sus labios chocaron contra los de ella, y la sorpresa le arrancó un pequeño gemido. Sus
bocas y lenguas chocaron, cada sensación explotó mucho más que cualquier otra que ella
hubiera experimentado antes.
—Me mentiste —ella rasgó contra sus labios, pero no se separaron. Lo que
compartieron fue una explosión de desesperación y angustia, necesidad y dolor. Sus caderas
chocaron contra él y él gimió.
—No me habrías creído. —Su brazo se enganchó alrededor de ella tan rápido que
apenas tuvo tiempo de prepararse hasta que su espalda tocó el suelo. Pero en este cuerpo, la
dureza del terreno no se notaba en sus músculos y huesos fortalecidos. Como fae, Faythe
podía resistir mucho más que su débil forma humana. Se sentía… poderosa. Aunque una
punzada de horror le golpeaba el pecho cada vez que era consciente de lo que era ahora.
—Yo merecía saberlo —se le escapó a Faythe.
La boca de Reylan abandonó la suya para encontrarse con su mandíbula, y los dedos de
ella se apretaron en su cabello. Cada presión de sus labios, cada apretón de sus manos,
disparaba corrientes electrizantes a través de sus neuronas.
—Te mereces muchas cosas, Faythe. —La gravilla de su voz recorrió su cuello, donde
sus venas palpitaban con tal deseo que casi llegó al clímax—. Pienso dártelas todas.
Con suficiente sentido común y frustración recuperados, la pierna de Faythe se
enganchó alrededor de la cadera de él, y ella empujó hacia arriba y giró simultáneamente. No
debería haber sido posible, pero con su nueva fuerza y habiendo pillado desprevenido a
Reylan, su maniobra lo hizo caer de espaldas, dejándola a horcajadas sobre él. Ella respiró
con dificultad mientras compartían una mirada desconcertada, largos segundos suspendidos
en el tiempo. Entonces, la lenta curvatura de su boca acompañó el hambre en sus ojos ante
lo que ella había hecho, y volvieron a chocar.
La posición de poder de Faythe despertó su placer. No podía explicar su impulso. Era
algo profundo y aterrador, que surgía como si él pudiera desvanecerse en un segundo y ella
tuviera que hacer que cada uno contara. Su mente perdió el control ante las exigencias de su
nuevo cuerpo. Cada roce de sus dedos en su columna ayudaba al vaivén de sus caderas contra
él. Era mucho más que antes. Excitante, enloquecedor, cada sabor de él la llevaba más allá del
pensamiento o la razón y se preguntaba si su necesidad de él podría saciarse algún día.
Cuando su mente recuperó el control, Faythe se apartó bruscamente, apretándole una
mano contra el pecho para mantenerlo en el suelo mientras jadeaba para recuperar el
aliento… y la cordura.
—Necesito tiempo —suspiró. Solo un pequeño círculo de zafiro atravesó la oscuridad
de su mirada demandante. Faythe sacudió la cabeza para descartar sus palabras y volvió a
intentarlo—. No, trece minutos fueron suficientes. Pero estoy muy confundida, Reylan.
Quiero saber por qué me lo ocultaste.
Reylan se levantó. Al hacerlo, el puño de Faythe se enroscó en el material de sus cueros,
manteniéndola en su regazo. Su respiración agitada y el deseo que brillaba en su mirada
lujuriosa luchaban contra la contención, pero se mantuvo quieto, dejando que ella decidiera
cada movimiento.
—Nunca fue mi intención engañarte. Pero no soportaba pensar que pudieras creer que
estaba aquí por otra razón que no fuera porque… tú lo eres todo. Y quizás egoístamente,
necesitaba saber que tú también querías elegirme. Lo que tenemos es mucho más que un
vínculo, y con o sin él, soy tuyo.
Faythe negó con la cabeza, y la derrota que relampagueó en los ojos de él provocó una
fuerte sacudida en su pecho.
—Nada me habría hecho apartarme de ti. Pero confié en ti. Con cada oscuridad, con
cada verdad imposible, confié en ti. —Su voz se quebró cuando añadió—: Tú no confiaste en
mí.
—Quería confesarte que sospeché del vínculo el día que te entregaste a mí tras la
cascada. Pero no podía… no podía ignorar el hecho que habría dado mi vida por ti en
cualquier momento de esta búsqueda, y que habría sido cruel dejarte aquí con esa carga.
Sabiendo que era tu compañero.
Mi compañero.
Su respiración se detuvo como si estuviera escuchando la declaración por primera vez.
Porque viniendo de él… nunca nada había sonado tan alegremente posesivo. Con él
pertenecía.
Faythe acercó su boca a la de él. El impulso de estar con él era tan fuerte que no podía
combatirlo. Seguía confundida y asustada, con los pensamientos confusos y las preguntas sin
respuesta, pero lo necesitaba. El brazo de Reylan la rodeó con fuerza, pero justo antes que la
lujuria volviera a nublar su mente, él se separó.
Apoyando la frente en la de él, le preguntó:
—¿Por qué me siento así? Como si no pudiera saciarme de ti. Quiero gritar, llorar,
pero… —Sus dedos se enroscaron en su cabello mientras sus muslos se tensaban.
—Creo que te estás adaptando —dijo Reylan.
Ella se apartó para observar su rostro contemplativo que escrutaba cada centímetro de
ella. Lentamente, su mano subió, rozando un mechón suelto de cabello detrás de su oreja,
donde su mirada se detuvo. Su oreja puntiaguda. Ella no podía descifrar del todo su
expresión. Asombro envuelto en una inquietante comprensión, tal vez.
—Eres magnífica. —Reylan afirmó—. Mi Fénix.
Faythe fue a hablar, pero los labios de él rozándole la mandíbula le robaron las
palabras.
—Somos más fuertes que los mortales. Más rápidos. Tenemos necesidades e instintos
más primarios. Sentimos más profundamente. —Sus labios presionaron firmemente su
garganta—. Angustia. Ira. —Más abajo, y su respiración se aceleró—. Lujuria. —Un sonido
suave se le escapó mientras echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello sin pensar,
deseando que él la mordiera—. Tal vez lo haga. —Su voz era pura grava cuando respondió a
su pensamiento suelto—. Pero no hasta que me lo pidas. No te reclamaré hasta que digas que
eres mía sin reservas, Faythe.
Luchó contra cada nuevo impulso que la impulsaba a rendirse.
Reylan se apartó y la miró fijamente.
—Toda emoción necesita una salida y un equilibrio constantes, o nos consumirá.
Nosotros.
Una simple garantía que no estaba sola. Él estaba aquí y la comprendía. Sin embargo, el
pánico se apoderó de ella. Apartó la mirada de él, reflexionando sobre el concepto. Ya le
costaba controlar sus emociones como humana, pero como fae… Faythe ya empezaba a
experimentar lo rápido que cambiaban sus sentimientos. Cómo se nublaban y consumían.
Creyó oír su nombre, pero un calor punzante empezó a recorrerle la piel,
despertándose sobre todo en las palmas de las manos. Se desprendieron de la sedosa
cabellera de Reylan y su mirada se dirigió hacia la fuente de la sensación. Faythe no estaba
segura que le quedara aliento en los pulmones cuando el mundo se rompió en fragmentos.
Las marcas que tenía en las palmas de las manos brillaban tenuemente, junto con las letras
finamente escritas que no podía descifrar y que pasaban por sus puños. Volvió al presente
cuando un toque frío le tomó las manos, inspirando una suave brisa en su interior. El tenue
resplandor se apagó, pero Faythe no podía apartar los ojos de los símbolos del Espíritu.
—No sé lo que soy. —Se hizo eco del inquietante pensamiento en voz baja, tratando de
procesarlo todo.
Sus dedos se enroscaron bajo su barbilla, obligándola a apartar la mirada de sus palmas
levantadas para encontrarse con sus tranquilizadores ojos zafiro.
—No importa lo que seas. Te veo, Faythe. —La determinación de un guerrero, de un
protector, llenaba su dura mirada—. Te veo como quien eres. Exactamente como siempre te
he visto. —Entonces un terror fantasmal se apoderó de su expresión, haciendo temblar un
escalofrío en cada muesca de su espina dorsal—. Casi te pierdo. —En apenas un suspiro
silenció las palabras, como si no quisiera que se le escaparan. Reylan permaneció sin
pestañear, como si fuera a desvanecerse ahora que se había atrevido a pronunciarlas.
La descenso en el estómago de Faythe era demasiado para soportarla. Esta versión
cruda y desprotegida de Reylan había sido expuesta por ella.
—Estoy aquí —fue todo lo que dijo, igualando su volumen. Porque la idea de lo cerca
que habían estado de separarse tan definitivamente también la atormentaría para siempre—
. Tú me trajiste de vuelta.
Su boca se pegó a la de ella firmemente como una promesa. Se le escapó un suave
gemido, un dolor tan punzante que pensó que podría estallarle en el pecho. Un dolor de
tristeza y felicidad. De amor y traición. Tantas emociones encontradas con las que no sabía
qué hacer, aparte de dejar que Reylan la ayudara por el único medio que conocía.
Justo antes de ceder por completo a la ardiente necesidad, una punzada de conciencia
endureció su cuerpo. Una presencia. No estaba cerca, pero de algún modo sintió que se
acercaba en la distancia y no supo quién era el intruso. O qué. El terror se apoderó por
completo de ella, amenazando con consumirla con el destello de recuerdos frescos que la
invadieron. Tal vez la fae oscura había regresado.
Y Dakodas.
Oh, Dioses. En todo su desconcierto y las revelaciones que cambiaban el mundo, Faythe
no había tenido en cuenta el mayor acontecimiento que se había producido, el que se había
perdido por completo durante su propia Transición.
El Espíritu de la Muerte caminaba ahora entre ellos.
Una caricia tranquilizadora acarició sus sentidos, acompañada por el tacto de Reylan,
que recorrió su columna vertebral para tranquilizarla. Él también debió de haber detectado
la presencia, pero parecía totalmente indiferente. Un parpadeo de sombras la hizo apartarse
bruscamente de él, pero entonces una voz familiar cruzó la distancia.
—Y yo aquí pensando que llegaría a una escena mucho más desolada.
Faythe reconoció inmediatamente la voz, pero su cabeza seguía girando asustada. Se
aferró un poco más a Reylan mientras permanecía a horcajadas sobre su regazo.
La sonrisa de Kyleer se rompió de alivio cuando se acercó a ellos despreocupadamente.
Entonces, cuando su mirada verde la encontró, la curvatura de su boca fue robada por la
vacuidad de sus ojos abiertos de par en par. Ella vio cómo el tiempo se detenía para él y se
esforzó por comprender lo que estaba mirando. Su atención parecía fija en sus orejas, antes
de desviarse hacia Reylan y luego de nuevo hacia ella. Nunca lo había visto tan fantasmal, ni
tan falto de palabras.
A pesar de su nueva compañía, la boca de Reylan rondaba por debajo de su oreja, su
aliento provocándole un escalofrío mientras decía en voz baja:
—Estamos muy lejos de haber terminado aquí.
Capítulo 4
Zaiana
Zaiana se estaba abrochando la hebilla del hombro cuando una intrusión no deseada le
hizo apretar los dientes.
—¿Qué quieres, Maverick? —le espetó, sin volverse hacia él, mientras seguía
equipándose para el viaje que iba a emprender esa tarde.
—¿Qué estás tramando?
Su sospecha no era sutil. Zaiana se ajustó un cuchillo en el muslo, otro a la cintura, luego
se ciñó el cinturón de espadas sobre el pecho, deslizando su espada en su vaina.
—Creo que eso es obvio. —Ella finalmente lo miró, y su expresión de ira donde se
apoyaba contra el marco de la puerta fue para su deleite.
—No eres una exploradora a la que manden a hacer recados. —Maverick se enderezó
y se ajustó los puños de sus cueros, que también eran de combate, antes de acercarse.
—No necesitas preocuparte por lo que estoy tramando. Puede que nos vayamos juntos,
pero espero que nos separemos rápido.
—Me dirijo a la ciudad.
—Debes recuperar el cuerpo de Faythe; deberías dirigirte a las Islas.
El paso de Maverick se ralentizó mientras la evaluaba. El imbécil intentaba leer
cualquier expresión que pudiera delatar algún motivo oculto.
—Creo que ambos sabemos que no encontraría nada allí. —Sonrió ante su desafío,
mientras Zaiana endurecía sus facciones—. Es imposible que la hubieran dejado allí.
No permitió que su tensión disminuyera al oír su conclusión.
—Así que parece que tendremos el placer de disfrutar de nuestra mutua compañía
durante un tiempo más. ¿Quién sabe? Tal vez me sirvas de distracción mientras me infiltro
en la ciudad y recupero la espada de la humana muerta. Es todo lo que Dakodas quiere.
Zaiana no podía protestar contra su plan. No sin revelar el suyo.
—No te metas en mi camino —le advirtió, y luego se dirigió al balcón.
Se subió a la barandilla plana y miró la tierra, imaginándola vibrante y próspera. Sin
embargo, los verdes de las colinas eran ahora apagados, planos y amarillos, las ramas enjutas
de los árboles, estériles, y las hojas caídas, secas y negras. No por el cambio del otoño, aunque
este año parecía que el invierno estaba ansioso por caer; lo que hacía que esta tierra
estuviera desolada era su reticencia a mostrar su verdadera belleza a los monstruos que
ahora la recorrían.
Zaiana cerró los ojos ante la triste visión y respiró el aire fresco mientras liberaba el
glamour de sus alas. Giró los hombros, sintiendo su glorioso peso. Estas alas la llevarían a los
vastos cielos.
—¿No piensas en decir adiós? —preguntó Maverick a su espalda.
—No, no lo haré. —Extendió las alas—. Y no voy a esperar sabiendo cuánto tardará el
tuyo con Dakodas. —Bajó de la elevada cornisa, disfrutando del abrazo de la gravedad antes
de desafiar sus leyes, disparándose hacia el cielo, ansiosa por dejar atrás el reino que había
conquistado para Valgard.

***
Las alturas siempre serían el consuelo de Zaiana. Estar muy por encima de la mayoría
de las criaturas conllevaba una sensación de poder. Su mente se aliviaba de sus pesadas
cargas y sus demonios cedían como si su jaula se hubiera abierto al cielo infinito.
Estaba sentada colgando una pierna sobre el borde de un acantilado, observando la
ciudad de Ellium desde una distancia tal que todo lo que podía distinguir eran edificios
salpicados rodeados por dos altos muros circulares. La construcción era inteligente, pensó.
No era un divisor de clases, sino una defensa brillante.
Para cualquiera que no tenga alas.
Las montañas de picos carmesí que rodeaban Ellium también ofrecían protección al
corazón del reino. Zaiana empezaba a admirar a los antepasados de Rhyenelle.
—Cinco horas, más o menos —dijo, sin volverse cuando Maverick aterrizó detrás de
ella—. Supongo que Dakodas fue mucho más reacia en soltarte que yo.
—Los celos no te sientan bien, Zaiana.
Se burló.
—Dame algo de lo que estar celosa. Estoy segura que podría vestirlo bastante bien con
sangre.
Su risita fue suave mientras se acercaba.
—¿Cuál es el plan entonces, delegada?
La orden del Espíritu aún resonaba en su mente. Una tarea desalentadora con el premio
más alto. No era el acto de matar a alguien lo que la perturbaba; era quién llevaba el objetivo.
Ser conocida entre los de su especie como Matarreyes sin duda le granjearía un respeto sin
igual, tal vez incluso la situaría por encima de los Amos. También podría llevar el título de
Ama ahora, tras haber ganado la prueba contra Maverick antes de la búsqueda, pero Zaiana
lo despreciaba, sintiendo que la ataba a su maldad.
Se puso de pie. Hacía tiempo que había glamourizado sus alas y disfrutaba de la
emoción de alcanzar la altura fatal sin saber si podría liberarlas a tiempo en caso de caer. Las
botas de Maverick arrastraban la grava detrás de ella mientras miraba hacia abajo.
—Nuestro destino puede ser el mismo por ahora, pero nuestros planes son diferentes
—dijo.
—Si dejaras de ser terca, verías que nuestros planes pueden funcionar juntos.
Se volvió hacia él. El viento se levantó y ella ajustó el equilibrio contra su empuje.
Maverick se preparó, observando el saliente mientras intentaba mantenerle la mirada.
Inclinando la cabeza, Zaiana retrocedió y deslizó los talones por el borde.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a volar más cerca de la ciudad.
—Tus alas —soltó como si ella no fuera consciente de su glamour.
Zaiana sonrió con satisfacción y volvió a deslizarse hacia atrás hasta que solo los dedos
de los pies se esforzaron por mantenerla en la cornisa. Cerró los ojos, disfrutando de la fuerza
del aire que amenazaba su equilibrio.
Entonces estaba cayendo.
El aire que la envolvía era como una atracción hacia otro reino, que detenía el tiempo
y lo aceleraba. El cabello se le soltó de la trenza. Sabía que los segundos pasaban deprisa y
que tenía que ajustar su descuidada caída hacia atrás, pero no quería hacerlo. A una
proximidad arriesgada, quería probar cuánto tiempo podía disfrutar de la caída hacia la
nada. Una parte de ella cantó que no se retorciera y soltara las alas: una vocecita llena de
oscuras burlas pero también de la promesa de paz y liberación. Justo cuando estaba a punto
de sucumbir a sus exigencias, algo la envolvió y sus ojos se abrieron de golpe. Su respiración
se agitó ante el impacto, y sus brazos y piernas se aferraron instintivamente a la fuerza que
detuvo el reclamo de la gravedad.
Maverick tenía los ojos de ónice lívidos y el ceño fruncido por la ira. Zaiana no pudo
evitar que el asombro le arrancara una sonrisa.
—¿De verdad pensabas que caería al vacío? —Ella jugó con su evidente irritación, pero
cuando él no respondió, su sonrisa empezó a desvanecerse. Rápidamente se dio cuenta de la
posición en la que se encontraban. Un destello de memoria, pero no con él.
Nunca con él.
Las alas de Zaiana se expandieron y soltó a Maverick, despreciando el escalofrío que la
recorrió al sentir su agarre. Se quedaron mirando el cielo durante un momento, pero ella no
pudo descifrar la batalla entre ellos. Sin decir nada más, salió disparada. Sus alas batieron
con más fuerza. Empujó y empujó, necesitando acallar las voces. Necesitaba que cesaran los
sentimientos que golpeaban como puños la bóveda cerrada de su mente. Siguió volando
hasta que el aire se hizo más fino y un dolor se formó en sus omóplatos.
Agradeció el dolor. Necesitaba más.
Capítulo 5
Faythe
—¿ALGUNO DE ustedes quiere explicar qué diablos pasó?
Kyleer siguió avanzando, sin apartar sus ojos de los de ella. Miraba, pero era como si
no supiera a quién estaba viendo. Una sensación de pavor atravesó a Faythe al pensar que
podría tener la misma reacción cuando por fin se pusiera delante de un espejo. No pudo
soportar la idea.
Se puso en pie, pero no sabía qué decirle para explicarle lo imposible. La verdad de
cómo seguía aquí y viva cuando nunca debería haber salido de esa cueva. Kyleer tenía razón:
debería haber llegado a una escena mucho más desoladora. Una de la que Faythe había sido
testigo y que la perseguiría por toda la eternidad. La visión de su cuerpo pálido e inmóvil
acunado por el guerrero roto a su lado.
La mano de Reylan en su espalda la devolvió al presente, donde no había roto el
contacto visual con Kyleer. Su atención se posó en su hombro mientras recordaba la batalla.
—Te hirieron —se le escapó, pero Faythe se dio cuenta que no parecía sentir dolor ni
molestias—. Gravemente.
Kyleer se sacudió para salir de su estupor.
—La suerte quiso que los fae oscuros tuvieran una curandera en su compañía —
explicó, sin dejar de mirarla como si estuviera interactuando con un fantasma. Mil preguntas
se arremolinaban en sus ojos—. La convencimos para que me ayudara primero. Izaiah estaba
aún más herido, y mi habilidad podía ayudar a ponerlo a salvo si era necesario. Nerida lo
estaba atendiendo cuando me fui.
La mano de Reylan se endureció sobre ella cuando los pensamientos de Faythe se
llenaron de urgencia. Tenían que ir con ellos.
—¿Alguno de ustedes quiere contarme qué pasó aquí? —Kyleer desvió el tema
tentativamente. Su mirada punzante no fue sutil, y a Faythe se le revolvió el estómago de
negación. No podía culparlo por su reacción, pero le sirvió como recordatorio que no sabía a
quién veían sus amigos más queridos cuando la miraban ahora. No sabía a quién verían.
—Lo haremos. Pero ahora mismo, deberíamos volver. —Las palabras de Reylan fueron
una orden para que Kyleer no presionara más.
Faythe se sintió agradecida y sus hombros rígidos se relajaron un poco mientras su
explicación se agitaba en su mente y se atascaba en su garganta. Por el momento, levantó una
barricada contra la pregunta, sabiendo que se desmoronaría una y otra vez si la obligaban a
revivir los crudos recuerdos.
Kyleer asintió con cierta reticencia, pero acatando su deseo, le tendió la mano.
—Te transportaré de vuelta. Reylan tomará prestado lo suficiente de mi habilidad para
transportarse. —Su sonrisa se volvió tierna y alentadora cuando ella miró su mano, y la
tranquilizó ver que no la trataba de forma diferente. Conocía demasiado bien esa mano, con
sus dedos ligeramente torcidos y su larga cicatriz en relieve, ya que había sido su guía en la
oscuridad cuando se enfrentaron al túnel que se derrumbó a su alrededor.
Faythe dio medio paso para alcanzarlo, pero una sacudida de la memoria la detuvo. Su
pulso se aceleró cuando se enderezó y volvió la cabeza hacia el borde de la montaña, más allá
de los árboles.
—¿Qué pasa? —Reylan buscó sus armas alarmado.
Faythe miró hacia arriba, esperando encontrar llamas mucho más brillantes y
seductoras en el cielo nocturno que las de la pequeña hoguera artificial.
—Atherius —murmuró porque no podía estar segura que no fuera producto de su
imaginación. Casi se tambaleó con vertiginosa incredulidad al recordar cómo había llegado
hasta aquí.
El Pájaro de Fuego la había salvado de su temeraria caída por el acantilado cuando
intentaba ganarse su confianza. La había traído hasta aquí, pero no podía estar segura de qué
era real desde que llegó a las Islas Niltain y encontró su final.
—¿El Fénix?
Escuchó la cautela en el tono de Kyleer y asintió.
—Era ella.
—Consumiste mucha energía. Es probable que tus recuerdos no sean claros —añadió
Reylan en voz baja.
Caminaban de puntillas, creyéndola delirante y equivocada. Aunque la irritaba, no
podía negarlo hasta saber la verdad.
—El pájaro era real —le aseguró Reylan—. Es imposible que este sea exactamente del
que hablas.
Faythe no creía que nada fuera imposible. Ya no. Pero estaba demasiado cansada para
discutir, y parecía que el gran Pájaro de Fuego había vuelto a convertirse en un susurro de
brasas. No podía negar que la idea de no volver a verlo caía con el peso de la decepción en su
estómago. ¿Era real el vínculo o también lo había imaginado, que podía sentir al Fénix dentro
de ella? Tal vez nunca lo supiera.
—Solo vámonos —murmuró, no quería quedarse en la isla ni un momento más. Miró
la palma de la mano de Kyleer, que volvía a ofrecérsela. Su estómago ya estaba revuelto ante
la idea de transportarse por las sombras—. ¿Cuánto se tarda?
Kyleer sonrió satisfecho.
—Creo que eres la primera en preguntar eso.
—Solo parecerán segundos. Menos de un minuto —respondió Reylan.
Kyleer mantuvo su diversión a pesar de la severidad de Reylan, su ceja se arqueó como
en desafío a la vacilación de Faythe.
—¿Vamos?

***
El transporte sombrío era tal y como lo recordaba, pero la distancia era tan larga que
el mareo fue mayor que cuando Kyleer había viajado con ella por el borde de la montaña para
evitar el rayo de la fae oscura. Faythe se preparó y cerró los ojos para contener las náuseas.
Pero, sobre todo, luchó por suprimir la oleada de recuerdos de aquella batalla que
amenazaba con deshacerla. Tenía muchas preguntas, pero ahora debía asegurarse que todos
estuvieran a salvo.
La mano de Kyleer la hizo sobresaltarse. Él se estremeció ante su reacción y retrocedió.
Faythe arrugó la cara en señal de disculpa. No podía deshacerse de su nerviosismo ante esta
nueva capacidad de detectar cosas que no debería ser posible detectar. Sus sentidos estaban
permanentemente en el filo de la navaja.
La observó con una mirada de cautela que no hizo sino aumentar su inquietud.
—Estoy bien —murmuró ella. Era mentira, y él lo sabía. Mientras se sostenían la
mirada, su ceño se frunció con fuerza. Faythe negó con la cabeza, su voz apenas un susurro—
. No estoy bien, Ky.
Kyleer asintió, abriendo los brazos justo cuando ella dio el paso para caer en ellos. Ella
no lloró ni habló ni hizo nada, excepto abrazarlo con fuerza, como si fuera un salvavidas. Una
garantía más que aquello era real y que ella estaba aquí.
—Lo estarás —fue todo lo que dijo, pero significó tanto en su tono comprensivo.
La presencia de Reylan la envolvió antes que las sombras se despejaran para revelarlo
a la espalda de Kyleer. Se soltaron el uno al otro, y un músculo de la mandíbula de Reylan se
flexionó mientras sus ojos se movían entre él.
—Como si no hubiera sido ya lo suficientemente posesivo el bastardo —refunfuñó
Kyleer, pero hubo una mueca de diversión cuando se giró hacia su hermano.
Faythe no sabía qué quería decir con eso.
Cuando Reylan cruzó la distancia hacia ellos, su expresión se suavizó y su mirada no se
apartó de Faythe ni un segundo, evaluando cada centímetro de su rostro. Faythe forzó una
débil sonrisa ante su evidente preocupación. Era difícil tranquilizarlo cuando no sabía cómo
aceptarse a sí misma.
Un murmullo lejano, transportado por el viento, captó su atención y dirigió los ojos en
la dirección del sonido. Cuanto más se fijaba en él, más fuerte se hacía. Pero se vio abrumada
por el silbido silencioso del viento, el arrastre de las criaturas de la montaña y el susurro del
follaje, cosas que no debería ser capaz de oír con tanta claridad. Entonces distinguió las voces
y volvió a tropezar con el presente, dando los primeros pasos hacia ellos. Los otros. La
desesperación anuló todo lo demás. Tenía que saber que todos lo habían conseguido.
—Faythe, más despacio. —La voz de Reylan acompañó el suave tirón de su brazo.
Aminoró la marcha, sin darse cuenta que había echado a correr.
—Todos van a estar bien —le aseguró Kyleer. Pero la insinuación que alguno de ellos
podía estar gravemente herido no calmó el dolor de sus entrañas.
Su paso era rápido. Fue incapaz de frenar sus pasos hacia las voces que estaban cercas
hasta que llegaron al borde de la montaña, donde se detuvo en seco. Faythe se llevó la mano
al pecho como si el rayo de Zaiana la hubiera golpeado de nuevo. Su cuerpo se volvió tan
pesado como si la lluvia cayera sin piedad a pesar que la noche estaba despejada. Sus ojos
encontraron al grupo disperso, pero solo pudo centrar su atención en la única cosa que
insuflaba vida a los atormentados recuerdos de enfrentarse a los fae oscuros en la batalla.
Alas.
No eran solo sus compañeros los que se acurrucaban y se paraban alrededor del
espacio. La adrenalina de Faythe alcanzó un nivel aterrador al notar su compañía. El terror
que se apoderaba de su capacidad de movimiento era el mismo que sellaba el destino de
quienes sucumbían a los depredadores en lugar de defenderse. A pesar del poder que debería
albergar y del cuerpo más fuerte, Faythe nunca se había sentido tan débil.
Una suave brisa aplacó esa oleada de miedo lo suficiente como para devolverla al
presente, donde descubrió que todos se habían interesado por ella. Y nadie estaba luchando.
Faythe se tomó un segundo para mirarlos y comprobar si había heridos, sorprendida que
pareciera que los fae oscuros los estaban ayudando. Reylan se acercó a ella, pero no pudo
apartar los ojos de todos para expresarle su gratitud por haberla dejado en tierra. En lugar
de eso, caminó hacia ellos.
Faythe estaba demasiado ocupada analizando a todo el mundo como para sentir el
picor de su atónita atención. Izaiah y Livia habían sufrido las peores heridas, pero parecía
que incluso ellos estaban casi completamente curados. Un impresionante fae rubio y oscuro
se enderezó desde su posición laxa contra una roca, acercándose a otro más joven que estaba
agazapado junto a un fae. La sanadora, Nerida, concluyó Faythe, la miraba como si fuera un
fantasma. Todos lo hacían. Faythe desvió su atención hacia Reuben, que fijó la mirada en sus
orejas, incrédulo al darse cuenta que ahora era el único humano de la montaña.
Nerida fue la primera en encontrar una voz entre los rostros desconcertados de amigos
y enemigos.
—Notable —exclamó.
Reylan estaba tan cerca, casi tocando a Faythe como si estuviera dispuesto a protegerla
de la más mínima amenaza, verbal o de otro tipo.
—Estoy inconsciente, ¿no? —Izaiah no parpadeaba mientras se levantaba. Una mirada
a su ropa carbonizada hizo que Faythe se estremeciera—. Esto no es real.
—Lo es. —El tono de Reylan era duro, y Faythe sabía por qué. Le rozó la mano con la
necesidad de añadir algo físico a aquella seguridad.
—Así que…
—Sí —dijo Faythe, poniendo todo su empeño en contener el pánico y las náuseas que
amenazaban con deshacerla ahora que tenía un público a su alrededor, todos en vilo por
escuchar la historia de cómo había llegado a ser.
La mano de Reylan tomó la suya por completo para detener el aumento de la ansiedad.
Solo pudo responder con un débil apretón.
—Me alegro que estén a salvo —continuó Faythe, con la esperanza de desviar el tema.
Explicaría lo sucedido en aquellas cuevas y cómo se encontraba ante ellos ahora que ya no
era humana, pero no podía permitirse creer que eso cambiara nada. Le habían dado un
cuerpo inmortal en tiempo mortal. Nada estaba prometido.
El desplazamiento de una sombra hizo que la otra mano de Faythe se aferrara a
Lumarias, que estaba a su lado. El alto fae oscuro se acercó a su compañera.
—Nos pondremos en camino —dijo, pero con un tono afilado que denotaba hostilidad.
El macho estaba preparado para arremeter contra los jóvenes fae oscuros y hacer lo que
fuera necesario para luchar contra ellos.
—No lo creo, Tynan —dijo Kyleer, con la voz lejos de Faythe, aunque ella habría jurado
que estaba a su otro lado. De entre las sombras emergió detrás del fae oscuro, y Tynan siseó
cuando la punta de su espada de acero Niltain se clavó en su espalda—. Amaya y tú vendrán
con nosotros.
Tynan tomó su espada a pesar de las adversidades.
—No queremos matarte —interrumpió Izaiah, pero Faythe estaba segura de haber
oído una suavidad, una leve súplica, en ese tono.
—Lo dudo —gruñó Tynan.
—¿Qué vas a hacer con ellos? —Nerida se levantó de atender la herida de Livia, que
parecía estar a punto de curarse del todo. La comandante hizo una mueca de dolor al ponerse
en pie.
—Los llevaremos de vuelta a Ellium —decidió Reylan. La orden en su voz provocó un
escalofrío en Faythe—. Ahora son prisioneros de guerra. Tenemos que empezar a
prepararnos para una fuerza como nunca hemos conocido en nuestra vida.
Los ojos de Kyleer recorrieron la longitud de las alas de Tynan mientras Reylan
hablaba, curiosos y calculadores.
—Quiero saber dónde se esconden. Qué les debilita. Qué les hace daño. Quiero saber
dónde está Maverick.
Esas notas amenazadoras eran escalofriantes por parte del general. Faythe parpadeó.
Dos veces. Estaba segura que sus ojos no se habían apartado de la fae oscura, pero un brillo
ondeó brevemente sobre esas alas altísimas y letales antes de que… desaparecieran. Los ojos
de Tynan miraron expectantes a Amaya, que leyó su orden y giró los hombros antes que sus
propias alas desaparecieran del mismo modo. Ahora parecían como cualquier otro fae. El
hecho era a la vez asombroso y espeluznante.
—Muchos fae oscuros albergan el don del glamour —explicó Nerida a Faythe y sus
compañeros—. Para distinguirlos ahora sería necesario conocer el cambio de olor o cómo
comprobar su sangre.
Faythe estudió la sutil pero cuidadosa atención de Tynan hacia la oscura. Era como si
supiera que si intentaba escapar él no podría garantizar la huida de ella. A pesar de la maldad
que había presenciado hasta entonces por parte del fae oscuro, su protección hacia Amaya…
era un atisbo de humanidad que Faythe decidió dejar que mitigara su resentimiento.
—Odio ser directa… —La voz de Livia seguía cargada de dolor mientras se apoyaba en
una roca alta—. Pero ¿qué demonios pasó en esas islas?
Eso volvió a acelerar el pulso de Faythe, captando de nuevo la atención de todos. Reylan
se puso rígido a su lado, dispuesto a desviar la conversación, pero Faythe sabía que no podía
permitir que su miedo ahogara la verdad de quienes merecían saberla.
—Supongo que podrías decir que morí —dijo, con los ojos fijos en el suelo porque no
podía soportar ver la mezcla de emociones. Sus pensamientos y sentimientos, la invadían
como si fuera un imán de mentes, mucho más fácil que antes. Parpadeó con fuerza. Levantó
un muro de acero para silenciar a algunos, pero le llevaría práctica dominarlos y bloquearlos
a todos. Faythe exhaló un suspiro—. 'Transición' es como creo que se llama.
—¿Eres una fae oscura? —Tynan lanzó una acusación parcial, como si fuera su elección.
El destello de rabia de Reylan fue rápido y ardiente, sentido a través de una atadura
independiente que no tenía nada que ver con la habilidad de Faythe, y ella se alegró de
descubrir que podía permanecer abierta a él pero cerrada a todos los demás. Antes que
pudiera expresar su ira, negó con la cabeza.
—No, solo… —Tuvo que hacer una pausa. Tuvo que respirar. Esta realidad era mucho
más difícil de expresar y aceptar. La muerte era un destino más fácil de creer.
—Fae —terminó Reylan, acompañando sus palabras con la caricia de su pulgar en la
mano de ella.
Faythe solo pudo asentir, reprimiendo cualquier otra explicación. Porque la verdad que
aún no había tenido la oportunidad de confiarle a Reylan era que ella no era fae ni fae oscura.
Tampoco humana. Era algo completamente distinto que aún estaba por descubrir. Sus labios
se cerraron mientras su mente resonaba con el recordatorio de Aurialis de estar a salvo en
su compañía actual. Los fae oscuros aún podían escapar, y no podían estar seguros de a qué
bando pertenecía la lealtad de Nerida.
—Creo que he oído hablar de eso antes —dijo la sanadora, fascinada—. La creación de
Fae. Pero los hechizos de Transición son de la magia más oscura. Siempre requieren algo
específico.
—No importa —dijo Reylan de una manera que puso fin a la conversación sobre la
situación de Faythe—. Lo que importa es que Zaiana y Maverick tuvieron éxito. Dakodas
camina por nuestro reino, y tienen la Ruina del Templo Oscuro.
—Dioses del cielo —murmuró Izaiah.
—Los dioses no nos salvarán —refunfuñó Livia.
—No, no lo harán. —Faythe no se opuso a su atención esta vez. La escala de lo que se
enfrentaban era suficiente para ella para suprimir sus propios problemas por ahora. No
podía permitirse ser débil y egoísta—. Ni creo que lo hayan hecho nunca. Tenemos que
empezar a prepararnos para la mayor guerra que el reino haya visto. Una guerra contra los
Espíritus Marvellas y Dakodas.
—¿Y qué hay de Aurialis? Seguramente como el último verdadero Espíritu
todopoderoso…
—Ella no está. —Faythe interrumpió a Nerida. Pero al hacerlo, habría jurado que un
pulso salió de su pecho—. Al menos, no hay nada que ella pueda hacer por nosotros ahora.
La curandera era observadora; sus ojos se dirigieron a la otra mano de Faythe, a su
lado, y había algo de pregunta y asombro en ellos antes que Faythe cerrara el puño en torno
a la marca dorada. Nerida no expresó su curiosidad.
—Dijiste que moriste. —Livia volvió sobre sus pasos con cuidado.
Faythe desvió su atención hacia la comandante y le dedicó una pequeña inclinación de
cabeza.
—Los fae oscuros y Dakodas… ¿lo vieron? ¿Creyeron que era
verdad?

Se le encogió el estómago, pero miró a Reylan, el único que podía responder. Casi se le
doblan las rodillas al ver la rápida expresión de su rostro. Tal vez los demás no se dieran
cuenta que se le partía el alma al recordar aquel momento, pero ella sí. Faythe le apretó la
mano.
—Maverick y Dakodas. Creo que sí —dijo con dureza.
Faythe nunca se había sentido tan desamparada sobre cómo hacer que un
acontecimiento tan sombrío y desolador fuera menos traumático de recordar. Sabía que
ninguna medida de tiempo reduciría su impacto.
—¿Zaiana?
Los ojos de Reylan se dirigieron a Tynan, cuya postura se enardeció ante su mención.
—No puedo estar seguro que no sospechara lo que le pasaba a Faythe cuando se fue
después del Espíritu —dijo Reylan.
—Se lo habría dicho a Dakodas. —La afirmación de Kyleer contenía una pregunta,
seguida del giro de su espada sobre Tynan.
Todos los ojos se clavaron en el fae oscuro. Sus labios se apretaron con firmeza. Estaba
claro que preferiría morir antes que soltar una palabra sobre su líder.
—No lo creo —dijo una voz tranquila y vacilante. Amaya se encogió sobre sí misma
cuando la atención se centró en ella.
—No digas nada más, Amaya —advirtió Tynan.
El conflicto se reflejó en su delicado rostro. Resultaba difícil creer que la oscura pudiera
albergar algo de la maldad inculcada en su especie, o al menos la maldad de la que les habían
hecho creer que estaban formados los fae oscuros. La disculpa estaba escrita en sus ojos
verdes. Parecía querer compartir más información sobre su ama.
—Zaiana no es una seguidora descerebrada. Es inteligente. No creo que renunciara a
tal conocimiento si sospechara que Faythe sigue viva, no sin esperar algún tiempo para ver
si podría beneficiarla primero.
Kyleer soltó una carcajada sin gracia.
—Su premio será demostrar su lealtad eterna al Gran Espíritu descubriendo la
Transición de Faythe.
—Te equivocas. —La oscura era valiente. A pesar de enfrentarse a poderosos guerreros
fae y que el único otro de su especie fuera incapaz de salvarla, Amaya no parecía asustada—
. La gloria nunca ha sido un premio para ella. Si no se les ocurre nada más que pueda ganar
retrasando la llegada de un conocimiento tan valioso a Dakodas, entonces son tontos al
subestimarla. Zaiana no teme desafiar las órdenes.
Amaya hablaba de Zaiana con tanto orgullo que era difícil no admirar su sentido de la
percepción. Faythe intentó no pensar en los brillantes ojos amatista que la habían recorrido
junto con fantasmales estremecimientos de relámpagos.
—No podemos confiar en la palabra de ninguno de ustedes —Izaiah la despidió.
—Puede que tengamos que hacerlo —replicó Livia. Miró a Faythe, que trató de no
inmutarse—. Tenemos una oportunidad de ganar la partida. Si ellos creen que está muerta…
también lo creerá Marvellas. Si descubre que no solo viviste, sino que volviste más fuerte que
nunca, su búsqueda tomará un giro mucho más destructivo. No tienes que compartir todo lo
que pasaste con nosotros ahora, Faythe, pero es difícil no creer que marcó un cambio
poderoso que podría cambiar el rumbo de esta guerra. Marvellas y Dakodas también lo
sabrían.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Reylan.
Livia miró entre Faythe y Reylan como si supiera que su sugerencia sería
inmediatamente recibida con protestas.
—No vamos a volver todos a Ellium —explicó—, Faythe no va a volver.
Capítulo 6
Faythe
El grupo acampó en un bosque cercano al borde de la montaña donde habían luchado
contra los fae oscuros. Pasó un día entero y volvió a caer la noche. Faythe apenas oía las
conversaciones de sus compañeros fae. Sus discusiones parecían repetitivas y no ofrecían
soluciones. En cambio, su mente estaba ocupada con cálculos silenciosos y asombro. Dejó
que los demás lucharan sin ella, como si tuvieran la última palabra sobre lo que ella decidiera
hacer.
El plan de Livia era simple: Faythe debía evitar regresar a cualquier lugar donde
pudiera ser reconocida. Ni a Ellium, ni a High Farrow. ¿Pero con qué fin? Esto era lo que el
resto debatía. El punto clave que tocó la fibra sensible de Reylan en particular fue que él sí
regresaría a la capital.
Para dar la noticia de su muerte.
—Eres el más fuerte de todos. Para que esto sea creíble, tienes que ser tú quien emerja
y cuente la historia.
—Esa es una razón de mierda —gruñó Reylan.
Faythe se sentó en un tronco junto al fuego, dejando que las ondas de las llamas
calmaran su mente y aliviaran su corazón del dolor que se formó ante la angustia de Reylan.
Jugueteaba con la mariposa de madera que tenía en las manos, con el ceño fruncido cada vez
que su mente vagaba hacia el recuerdo de aquella noche con él en su subconsciente.
—No has comido. —Kyleer se acomodó junto a ella, en voz baja, mientras le ofrecía
algunas raciones rancias.
—No tengo hambre —respondió ella, guardándose en el bolsillo la talla de madera.
—Tu cuerpo no estaría de acuerdo. Me sorprende que no hayas colapsado ya. Imagino
que tu forma fae está quemando nutrientes mucho más rápido de lo que estás acostumbrada.
No podía negar su agotamiento. Faythe apenas se había movido en todo el día, ya que
el mero hecho de pensarlo le resultaba agotador. Tenía sentido que se debiera a las
necesidades de su nuevo cuerpo, y debería haberse dado cuenta antes, pero había mucho
más sobre lo que deliberar.
Kyleer volvió a empujar hacia ella las raciones envueltas en un fardo de tela. No iba a
aceptar un no por respuesta. Faythe las tomó y esbozó una sonrisa de agradecimiento
mientras empezaba a picotear la comida, tratando de calmar el gran nudo en el estómago
que le producía la mención de su forma fae.
—Eres en quien más confía Agalhor. El único que puede hacer que escuche cuando todo
el Infierno se desate ante la noticia. Enviar a Kyleer e Izaiah solos con los fae oscuros no será
lo suficientemente convincente. Estaré con Faythe. Estará a salvo conmigo. —La voz de Livia
se volvió suave hacia el final.
Pero fue entonces cuando Faythe se hartó de guardar silencio.
—Estaré a salvo sola —dijo, llamando la atención del campamento. Los fae oscuros se
sentaron juntos en el extremo opuesto del fuego. Nerida permaneció cerca de Amaya,
mientras Izaiah las vigilaba atentamente por si intentaban huir—. Que crean que su frágil
princesa humana no lo logró. Porque es la verdad. No puedo explicar lo que soy ahora; aún
estoy averiguándolo. Pero soy capaz de cuidar de mí misma. —Faythe desvió la mirada hacia
Reylan, y fue un esfuerzo no suplicarle—. Livia tiene razón: tienes que ser tú quien se lo diga.
Se lo debemos. No tendrá mi cuerpo, y estarán especulando por qué es así. Solo Agalhor
necesita saber que sigo viva, y tú eres el único al que escuchará lo suficiente después que
anuncies mi muerte delante de todos.
Reylan ya estaba sacudiendo la cabeza.
—Acabo de recuperarte.
Aturdido, dejó escapar su vulnerabilidad frente a los demás, Faythe mantuvo la mirada,
pero era como si no recordara que estaban aquí.
—Si algo pasara mientras yo no esté… si te encontraran…
—No lo harán —intervino Faythe, deseando nada más que estar a solas con él—. Sé un
par de cosas sobre permanecer oculta.
—Ir sola no es una opción —dijo Livia—. No dudo de ti, Faythe, pero ninguno de
nosotros sabe aún de lo que eres capaz. Ahora mismo, eres tan peligrosa para ti misma como
para los que te rodean. Iré contigo. Que crean que yo tampoco lo logré.
Faythe apretó los puños contra el calor que empezaba a formarse en sus palmas. Quiso
protestar, pero cuando los penetrantes ojos de Livia se posaron en ellos, apretó los dientes y
apartó la mirada, derrotada, odiando que la comandante tuviera razón.
—Todavía tenemos que salir juntos de las montañas. Decidiremos qué hacer cuando
lleguemos a terreno abierto. —Kyleer se erigió en la voz de la razón, y se intercambiaron
reticencias antes que cada uno encontrara su sitio en el campamento para pasar la noche.
—Puedo hacer la primera guardia —dijo Faythe, tosiendo para quitarse el último
bocado de pan seco que se le había atascado en la garganta.
—Ya lo tengo cubierto —le aseguró Kyleer.
Se mordió la lengua para no replicar. Cada vez que se ofrecía a ayudar, uno de ellos se
adelantaba, y le ponía de los nervios que no la dejaran intervenir en nada. De mala gana,
Faythe ocupó su lugar bajo el tronco y aceptó que aquello no era más que otra cosa en la que
tendría que dejar que los demás tomaran la iniciativa.
Hacía días que no dormía de verdad. No podía, ya que la aguardaban pesadillas peores
que ninguna de las que había sufrido antes. Tenía miedo de saludar a la oscuridad, después
de haber estado en el abrazo de una oscuridad tan definitiva, y no podía deshacerse de este
nuevo y profundo terror que todavía la llamaba.
Pasaron las horas. Faythe estaba sentada contra el tronco del árbol, muy despierta. Los
demás dormían profundamente y, en su estado de fatiga, admitió que una parte de ella los
envidiaba. Su cabeza se apoyó en la madera mientras contemplaba las interminables y
distorsionadas hileras de troncos, cuyas inquietantes siluetas le erizaban el vello de los
brazos. Le inspiraron visiones de las oscuras cuevas que le robaron su vida anterior. No podía
calmar su mente acelerada.
Reylan yacía cerca. Faythe supuso que dormía. Parecía tan quieto y silencioso como los
demás, y cuando su mirada se deslizó hacia él, Faythe encontró una visión tan preciosa que
quiso capturarla. Se imaginó a sí misma alcanzando la hebra de plata que casi rozaba sus
ojos. Sintió que se lo recogía, pero ahora era demasiado corto, y en su frustración quiso saber
exactamente cuándo había decidido cortárselo y por qué. Había ocurrido hacía demasiado
tiempo como para creer que ella ya lo sabía.
En cambio, estudió su rostro. Cuando estaba despierto, la expresión de Reylan rara vez
estaba libre de arrugas de horror y preocupación. Saber que ella lo había provocado todo era
un peso permanente en su pecho. Se merecía algo mejor. Se merecía algo más que estar
destinado a alguien tan enredada en la oscuridad y la desolación.
Faythe no podía soportarlo más. Con sigilo felino se puso en pie y comenzó a
distanciarse del campamento. No iría muy lejos, pero necesitaba un momento para sentirse
sola. A pesar que todos dormían, estar cerca de sus compañeros la seguía inquietando. Ya no
sabía quién era, y sentía los ojos de sus compañeros como un espejo. Los había estudiado
durante el último día, intentando averiguar qué veían tras sus miradas tentativas y recelosas,
pero… la miraban con tanta incertidumbre como la que ella sentía en su interior.
Sabía dónde se dirigía; solo necesitaba salir de debajo de las copas de los árboles, que
parecían comprimirla cada vez más. Era como si los árboles fueran cuerpos de madera
acurrucados, engulléndola en su masa. Aunque su cuerpo de fae le otorgaba mucho más sigilo
para ser silenciosa que su forma humana, no podía detener sus torpes pasos en su prisa por
alejarse de los árboles. La claustrofobia le atenazaba la garganta y le quemaba los ojos.
Apretó los dientes, odiando el estado débil, irracional e indefenso al que se había visto
reducida con tanta facilidad.
No estaba bajo tierra. Ya no estaba en el templo de la oscuridad. Era libre y estaba viva.
Salir de la arboleda era lo que imaginaba que habría sentido al salir de aquella cueva,
aunque no había tenido la oportunidad de hacerlo antes de perder el conocimiento.
Apoyando ahora las manos en las rodillas, Faythe respiró y contuvo la adrenalina para evitar
que volviera a ocurrir lo mismo. Luego caminó hasta llegar al borde de la alta ladera de la
montaña. El aire fresco y sin restricciones alivió su pánico.
Se sentó colgando las piernas sobre el borde, sin temer la gran altura. Los recuerdos de
su salto desde la montaña para ganarse la confianza del Pájaro de Fuego le inspiraron una
oleada de fuerza. Quería volver a sentir esa sensación.
—¿Te importa si te acompaño?
Kyleer llevaba un rato detrás de ella. A ella no le importaba y se alegraba que él le
hubiera dado algo de espacio para calmarse antes de acercarse por fin. Faythe solo torció la
cabeza en respuesta, esbozando una pequeña sonrisa, y él lo interpretó como aceptación. En
realidad, estaba agradecida por su compañía.
Su pulgar trazó ociosamente el símbolo dorado en su palma, sin saber qué pensar de él.
—Es solo poder. —Kyleer habló a sus pensamientos—. No cambia nada de lo que eres.
Tragó fuerte, deseando desesperadamente creer que era verdad.
—El poder está cambiando. Es una oscuridad que todos llevamos dentro —susurró ella.
Con solo pensar en el pozo de magia que temía, para no encontrarlo sin fondo, sintió que se
despertaba con un calor susurrante—. ¿Qué pasa cuando uno tiene más de lo que debería?
No sabía qué tenía Kyleer que la hacía desnudarse tan fácilmente ante él. Sabía que él
la ayudaría o simplemente la escucharía sin juzgarla, aunque no conociera todas las
respuestas. No necesitaba que él dijera nada, solo que escuchara los terrores que le impedían
abrazar lo que era ahora.
—Está bien querer esto —dijo Kyleer con cuidado.
Faythe se volvió hacia él. No era la reacción que esperaba, pero hizo que se le acelerara
el pulso.
—Te he visto entrenar muchas veces, siempre empujando como si pudieras igualarnos
cuando sabías que no era posible. Antes no. Está bien si no te horroriza del todo ser fae.
Sus palabras le quitaron un pequeño peso de encima, uno que no se había dado cuenta
que había ido creciendo en los últimos días. Pero ese respiro momentáneo fue rápidamente
disipado por su preocupación.
—No soy solo fae, Ky. No sé lo que soy.
—¿Crees que eso importa?
—¿Cómo no?
—Porque si aún sientes amor por quienes amaste como humana, aún atesoras los
mismos recuerdos y esperanzas para el futuro… ¿por qué debería importar?
El agradecimiento por su esclarecedor consejo le tranquilizó el corazón. Faythe asintió,
añadiendo una sonrisa para intentar convencerle de su aceptación. Su rostro delataba un
atisbo de derrota que le decía que él sabía que ella no, no del todo, cuando todo esto quedaba
por comprobar. La situación en la que se había encontrado era algo que debía resolver por
sí misma.
—Reylan no es el único con planes de vengarse de los que te hicieron esto. Es mejor
que Maverick y Zaiana disfruten sus días hasta que los alcancemos.
—Ella me dejó ir —admitió Faythe—. Zaiana. No sé por qué. Ella me tenía. Debería
haber sido ella quien me matara. Pero me dejó ir.
Kyleer guardó silencio el tiempo suficiente para que Faythe supiera qué expresión
tenía. Tenía las cejas profundamente pensativas, como si la hermosa fae oscura hubiera
estado consumiendo su mente desde mucho antes.
—¿La conocías de antes? —preguntó ella.
—No —se apresuró a decir, suavizando el rostro como si la estuviera desterrando por
completo de sus pensamientos—. No es una cara tan fácil de olvidar. En cualquier caso, ella
te hizo daño. Y todo lo que te ha pasado se puede rastrear hasta ella.
Faythe no podía estar en desacuerdo. Si bien había liberado su resentimiento hacia
Zaiana, no le correspondía a ella convencer a Kyleer que soltara el suyo. Sintió un cosquilleo
en la nuca, pero Reylan no se acercó, sino que se quedó bajo el dosel a sus espaldas.
Miró a Kyleer a los ojos y se sintió reconfortada al ver que, en algún momento de su
amistad, habían desarrollado su propio lenguaje tácito. Su sonrisa al leerle la cara le dijo que
no le importaba marcharse para que Reylan y ella estuvieran un rato a solas. Kyleer se
levantó y le dio un suave apretón en el hombro antes de marcharse.
El avance de Reylan era lento, cuidadoso, como si pudiera asustarla, y ella lo odiaba. No
su cautela, sino que él lo considerara necesario. No dijo nada mientras se sentaba en el lugar
de Kyleer. Cerca, pero no lo suficiente cuando ella tenía tantas ganas de sentirlo.
—Volvieron las pesadillas —afirmó él al fin, con voz tentativa y dolorida.
Faythe asintió.
—No creo que esta vez tenga nada que ver con perdonarme a mí misma —admitió. Tal
vez lo que le causaba pesadillas ahora era algo de lo que nunca se liberaría. Porque no
conocía a nadie que hubiera sobrevivido al contacto con la muerte.
—Tal vez no perdonar —aireó sus pensamientos—, pero sí aceptar.
—¿Por qué todo el mundo parece pensar que no he aceptado lo que me ha pasado? —
espetó, e inmediatamente se arrepintió. Reylan no merecía su ira. Faythe inclinó la cabeza y
apretó un poco más los brazos alrededor de las rodillas. Tenía miedo.
Más que nada, tenía miedo de sí misma.
Reylan permaneció en silencio, y ella no pudo soportar mirarlo, sabiendo que se
desmoronaría en el momento en que lo hiciera. En su lugar, expresó sus pensamientos en
voz alta al aire libre que se extendía kilómetros y kilómetros por encima de las copas de los
árboles y las montañas.
—Es como si hubiera un fuego bajo mi piel. Superficial, solo un zumbido en respuesta
a los pensamientos que no puedo silenciar, pero creo que es una advertencia. De lo que soy…
de lo que podría llegar a ser. Siento… siento como si pudiera quemar el mundo con un
pensamiento. No sería mi intención, pero está ahí. Como un gatillo tentador. Soy un peligro
esperando a detonar, y cuando lo haga… no puedo estar segura que solo sean nuestros
enemigos los que ardan. —Hizo una pausa, preguntándose si debía seguir expresando todos
los pensamientos que la atormentaban desde que despertó en esta nueva forma—. No me
siento bien, ni intrépida, ni poderosa. Me siento… peligrosa. Del tipo impredecible. Que no
perdona ni a amigos ni a enemigos. Y tengo miedo. —Finalmente, encontró el valor para
volverse hacia él. Fue un esfuerzo no gemir ante sus brillantes ojos azules que la buscaban,
suplicando ayuda sin saber cómo. Faythe extendió la mano y la deslizó sobre la de él—. ¿Lo
sientes? —susurró desesperada—. Dime que lo sientes.
La tensión en su cuerpo hablaba de su conmoción, haciéndole creer que él también
sentía ese peligroso poder. Pero ella tenía que oírlo de sus labios. Tenía que saber que no era
la única que albergaba esa entidad que no era ni buena ni mala. Era lo que su corazón quería
que fuera, y eso era total y absolutamente aterrador.
Reylan se acercó hasta que sus cuerpos quedaron casi al ras, uno al lado del otro, y la
palma de su mano se encontró con la cara de ella.
—Te siento.
Al oír eso, frunció las cejas.
—Necesito que sepas que antes que nada, eso no cambia. Pero yo también siento el
poder. No estás sola. Nunca más. —Sus manos rodearon las de ella y Reylan tentativamente
movió sus palmas hacia arriba, sosteniendo su mirada en caso que objetara. Cuando ella no
dijo nada, bajó la mirada.
El pulso de Faythe fluctuaba mientras la seguía.
El tacto de Reylan era suave y tranquilizador mientras pasaba el pulgar sobre el
símbolo dorado de Aurialis.
—Hemos visto marcas en tus palmas antes, pero esta no. —Su asombro parecía una
pregunta.
—Y no permanente —añadió Faythe.
Su ira parecía bailar con tristeza -no, decepción-, como si se culpara por lo que le había
ocurrido.
—Faythe… —Su nombre salió de sus labios en un suspiro.
Ella negó con la cabeza, desviando la mirada, pero antes que él pudiera interpretarlo
como que no quería compartirlo, Faythe habló.
—No sé lo que significa —intentó. Intentó encontrar respuestas a sus propias
preguntas atormentadoras. Preguntas que el Espíritu de la Vida le había dejado para que las
descubriera por sí misma. Ahora no podía contactar con ella como antes porque…—. Tuve
que cambiar para volver. En mucho más que un fae. Aurialis… Creo que su poder vive en mí
ahora, pero no estoy segura de qué es. Tengo tanto miedo, Reylan. Miedo de lo que pueda
llegar a ser y miedo que llegue un momento en que no tenga ningún control sobre ello. —
Hizo un gesto con los ojos para medir su reacción.
Reylan la observó pensativo. Su ceño fruncido hizo que su corazón latiera con fuerza.
Sin embargo, independientemente de las palabras que pronunciara, su voz tranquila siempre
podía calmar su pulso acelerado.
—Está bien tener miedo, Faythe. El miedo puede ser el arma que necesitas para
elevarte. Te he visto superarlo antes; no se convertirá en tu debilidad ahora.
Estaba tan seguro, tan confiado. Faythe no sabía qué había hecho para que él viera tanta
fuerza en ella. Entonces otro destello de conocimiento de Aurialis le saltó el pulso mientras
le miraba a la cara. Frunció el ceño como si sintiera su asombro.
—Una vez dijiste que solo habías conocido a un puñado de personas como tú, con tu
habilidad.
—Lo he hecho —confirmó.
—Mindseers.
Reylan se limitó a asentir, con los ojos llenos de confusión. Faythe tenía que contarle lo
que sabía, aunque, al igual que con su propio poder, no estuviera segura de lo que significaba.
—Pueden disminuir el poder de una persona, a veces completamente. ¿Pero estás
seguro que los has visto usar ese poder después?
Reylan contempló esto, separándose de ella para mirar tan vacuamente la tierra como
ella.
—Supongo que no —dijo al fin.
Faythe odiaba la perturbación que sentía surgir en la boca del estómago como algo
amargo. Aunque era la emoción de Reylan la que sentía, era una con la que Faythe estaba
bien familiarizada: el miedo a no conocerse a uno mismo.
—No creo que tenga la única habilidad imposible que ha existido —admitió ella con
cuidado. Reylan no la miró, demasiado sumido en sus pensamientos, pero ella observó cómo
la luz de la luna se reflejaba en sus rasgos—. Eres Bendecido por los tres Espíritus, capaz de
aprovechar cualquier habilidad que tomes. Es algo que Aurialis creía que podía ser valioso.
—Apenas podía susurrar sus conclusiones; era más fácil aceptar que ella era la única en
peligro—. No soporto pensarlo, pero si Marvellas no ha descubierto ya tu habilidad, en
cuanto lo haga, querrá ir por ti también.
Su silencio se hizo frío y pesado, pero Faythe esperó pacientemente a que él juzgara
todo lo que ella decía.
—No cambia nada.
El alivio relajó sus hombros, pero su miedo seguía siendo una fuerza burlona,
convenciendo a Faythe que podían arrebatárselo.
—Por supuesto que no.
Sacudió la cabeza.
—No cambia nada porque ella no tiene la oportunidad de estar cerca de ti. Ninguno de
ellos la tiene. No me importa el uso que ella pueda pensar que tiene para mí, siempre y
cuando no llegue a ti.
Faythe abrió la boca para protestar por su feroz protección, pero él continuó.
—No estoy siendo heroico, Faythe, porque lo que haría para alejarte de ella va mucho
más allá de cualquier consideración por mi vida o mi moralidad. No me importará lo que
pase mañana porque no habría otro que quisiera volver a ver sin ti.
Él acercó una mano a su rostro. Cada toque suyo era tan suave, y ella no podía
soportarlo. Necesitaba recuperar el control de sus emociones. Y eso empezaba por
demostrarle a Reylan que no estaba dispuesta a quebrarse con un movimiento en falso.
Faythe se movió, enganchando su pierna alrededor de él tan rápido que lo obligó a bajar. Se
colocó a horcajadas sobre sus piernas antes de inclinarse sobre él, con el pecho pegado al
suyo y el cabello acumulado junto a su cabeza.
—No soy de cristal, Reylan —dijo ella, con la voz entrecortada por el deseo que
inundaba su cuerpo al sentirlo.
Los ojos de medianoche de Reylan ardían buscando los suyos. Sus dedos rozaron la sien
de ella, acomodando los mechones sueltos detrás de su oreja puntiaguda, donde su mirada
maravillada se detuvo.
Entonces, el aire se desprendió de ella y sus ojos se abrieron de par en par cuando el
fuerte brazo de Reylan la rodeó. Cuando se detuvieron, Faythe estaba de espaldas y Reylan
se cernía sobre ella. La ligera impresión de su cuerpo duro y tonificado encendió algo en lo
más profundo de su ser. Su mano se enroscó alrededor de su garganta, no con presión, sino
como un desafío tentador.
—No, no lo eres. —Su voz era pura grava—. Mi Fénix.
Sus bocas chocaron, y la columna vertebral de Faythe se curvó por la necesidad de estar
apretada imposiblemente contra él. Sentir cada glorioso contorno de su cuerpo resucitado
era como descubrirlo de nuevo. Descubrirse a sí misma de nuevo. Era estimulante. Dioses,
quería explorar todas las nuevas posibilidades con él, allí mismo, al borde de la montaña.
El brazo de Reylan se deslizó bajo su espalda, que se arqueó sobre el suelo. Sus labios
no dejaron de moverse mientras él la levantaba hasta que su cara quedó inclinada hacia abajo
y ella se sentó a horcajadas sobre su regazo. Su beso se ralentizó, y el calor y la pasión se
convirtieron en una suave búsqueda, un anhelo, como si ambos se dieran cuenta a la vez que
tenían los días contados antes de volver a separarse durante otro tiempo indefinido.
Simplemente se abrazaron. Después de todo lo que habían pasado, nunca hubo un
momento más preciado que aquel: los dos solos, con la certeza que no era su final.
—Acabas de decirme que sientes como si pudieras quemar el mundo con un
pensamiento. —Reylan reflexionó detenidamente sobre las palabras de Faythe. Su rostro se
apartó de donde había estado descansando sobre su pecho mientras sus dedos se
entrelazaban en su cabello—. ¿Cómo voy a dejarte y volver a Ellium?
Faythe soltó una pequeña carcajada.
—Porque no puedo tenerte ahí para salvarme todo el tiempo. Si tengo alguna
esperanza de descubrir de lo que soy capaz, ahora es la oportunidad. —Su ceño se frunció
cuando le miró a la cara, la idea de separarse tan pronto le dolía en el pecho—. A mí tampoco
me gusta, pero es el mejor plan que tenemos para averiguar si los fae oscuros saben de mí.
Un mes. No lo mencioné antes con los demás porque lo he estado pensando. Livia, Reuben y
yo iremos a Fenher. Debería pasar el tiempo suficiente para que al menos escoltes a Nerida
a casa. Si todo sigue en silencio, me dirigiré a High Farrow. Nik podrá mantenerme oculta.
Parece apropiado, realmente, volver a donde todo comenzó. Volver a mi antigua vida.
—No naciste para permanecer oculta. —Reylan la observó con aire de asombro—.
Naciste para elevarte. Hecha para desafiar. Para llevar los sueños de aquellos que no pueden
luchar por ellos.
Su ceño se frunció, pensativa.
—¿Crees en las vidas pasadas? —reflexionó—. ¿Crees que recordarías… si pudieras
volver?
—Te acuerdas de todo, ¿verdad?
Faythe negó con la cabeza.
—No me refiero a eso. No importa. —¿Cómo iba a explicarle lo que ni ella misma
entendía?
—Puedes contarme cualquier cosa —dijo Reylan.
Apoyó la frente en la de él y sus ojos se cerraron. Una parte de Faythe esperaba que sus
pensamientos confusos pudieran explicarse por el hecho que su mente aún daba vueltas por
su renacimiento. Pero en sus brazos, viendo el carrete de imágenes que no podía ignorar,
Faythe solo podía atesorar su conexión más profunda con él. La sensación de haberle
conocido durante mucho más tiempo del que sabían que era cierto.
—¿Me prometes algo?
—Lo que sea. —Los labios de Reylan rozaron su mandíbula, su voz le erizó la piel—.
Cualquier cosa.
Después de unas cuantas respiraciones lujuriosas, ella dijo.
—Prométeme que esto nunca cambiará. Que pase lo que pase en la guerra venidera,
recordarás que te veo y te oigo. Y que te amo, Reylan Arrowood. En todas las vidas, te amaré.
Los ojos de Reylan se cerraron y no volvieron a abrirse mientras se inclinaba hacia
delante para presionar sus labios contra el pecho de ella. Luego la miró fijamente y le hizo
una promesa.
—Por encima de lazos, títulos o nombres, a pesar de todo lo que pueda intentar
separarnos, te amo con todo lo que soy, Faythe Ashfyre. —Sus labios rozaron los de ella—.
Hasta el fin de los días.
Capítulo 7
Reylan
Reylan Arrowood no sufrió excepto la declaración que se veía obligado a hacer. Ni el
salvaje golpeteo de la lluvia que lo azotaba sin piedad, intentando ahogarlo, frenarlo. Ni el
estruendo de los cascos mientras cabalgaba a través de la tormenta. No oyó nada más que
esas palabras dando vueltas en su mente como burlas maliciosas. Solo sintió el doloroso peso
de su fracaso.
Necesitaba volver a Ellium. Era lo único que importaba.
Se concentró, sabiendo que, si no lo hacía, corría el riesgo de perder completamente la
compostura. Apostó con la idea de la venganza; de condenar al mundo a arder y desatar su
rabia sobre todo lo que se cruzara en su camino.
Pero eso no la ayudaría. No la salvaría.
Le fallé.
Reylan cabalgó con más fuerza, sin importarle si su compañía seguía el ritmo o se
detenía. La furia de sus huesos latía tan tensa y caliente que apenas percibía el ruido de los
cascos de sus caballos tras él. Si dejaba escapar la ira, la devastación ocuparía su lugar. Tenía
que recordar que aún tenía un deber.
Con ella.
No podía dejar de evocar el recuerdo que le perseguiría eternamente. El fracaso del que
merecía no liberarse jamás.
En el momento en que la luz de sus ojos se apagó.
En el momento en que el último aliento abandonó su cuerpo.
El momento suspendido en el que su atadura a ella… se rompió.
No podía dejar de pensar con horror que no era la primera vez que soportaba
semejante agonía. Reylan apretó los dientes. No iba a dejar que la paliza despiadada del clima
brutal ganara su lucha por ralentizar su paso.
Nada le detendría. Se lo debía.
Se lo debía todo.
La muralla exterior de Ellium se extendía triunfante sobre el horizonte. Galopó
directamente hacia ella.
Las puertas se abrieron rápidamente al acercarse. Reylan no se detuvo. Cargó a través
de la ciudad, el estruendo de los cascos sobre la piedra alertando al escaso tráfico peatonal
para que se apartara de su camino. La señal de su llegada ya habría pasado a través de su
línea de comunicación rápida y Agalhor lo sabría. La jaula del pecho de Reylan amenazaba
con romperse contra el fuerte latido de su corazón.
A toda velocidad sobre el patio, Reylan tiró de las riendas para detener su corcel a
medio camino. Respiró con fuerza, rociando la lluvia que le rodaba por la cara. Sus fríos ojos
se clavaron en el pórtico. En el Rey de Rhyenelle, que permanecía allí expectante.
Reylan desmontó rápidamente, cada paso hacia su rey pesaba como si las piedras
llenaran sus botas. Las palabras que tenía que pronunciar surgieron en su garganta como
una llama ardiente. Detrás de Agalhor, la corte salió en tropel del castillo, todos atentos a su
evidente urgencia por asaltar la ciudad. Al abrigo del patio, los cuerpos se dispersaban y
reunían, los rostros aparecían en las ventanas que los rodeaban. Reylan mantuvo su atención
en el rey, pero no fue correspondido.
Agalhor escrutó el espacio a sus espaldas durante demasiado tiempo, como si ya
hubiera llegado a la conclusión de lo que Reylan debía transmitir. El general dejó de avanzar,
quedándose al pie de la escalinata.
—Fuimos emboscados en las Montañas del Fuego por una fuerza demasiado grande
para ser derrotada. Una especie que se creía extinta.
Agalhor le clavó una mirada de ojos grandes, aterradoramente firme y calculadora. El
alma de Reylan se hendió, pero no por su rey.
—Los fae oscuros se alzan de nuevo.
Los murmullos se esparcieron -de horror y miedo- creando un leve zumbido apenas
audible por encima de las inclemencias del tiempo. Reylan se mantuvo inflexible. Tenían que
saberlo. Tenían que empezar a prepararse para una amenaza que ninguno de ellos podía
imaginar.
Sin embargo, fue como si el rey no hubiera oído sus desgarradoras palabras.
—¿Dónde está ella? —Agalhor preguntó con cuidado, la calma antes de una erupción
de furia. Nada prepararía a Reylan para cuando obtuviera la respuesta que no quería.
Los cascos repiquetearon sobre la piedra detrás de él, pero Reylan sabía que cuando
Agalhor notara que los otros se acercaban no encontraría a quien anhelaba. Sus siguientes
palabras hundieron garras en su pecho y causaron un implacable ardor ácido en su garganta.
Porque eran reales. Aquel oscuro reconocimiento se abalanzó sobre él sin previo aviso,
golpeándole peor que cualquier otro golpe físico que hubiera soportado y amenazando con
ponerle de rodillas. La lluvia no amainó, ni la oscuridad disminuyó, mientras Reylan daba la
terrible noticia que sacudiría al reino.
—Faythe Ashfyre está muerta.
Capítulo 8
Faythe
—Es él.
Faythe hablaba en voz baja, con la capucha recogida y la cara inclinada hacia abajo.
Llevaba toda la noche observando al fae de la esquina a través de la máscara, preguntándose
si sería el ladrón que había estado buscando, uno de los asaltantes que asolaban la ciudad en
las afueras de Rhyenelle. La máscara que cubría la mitad de su rostro era un estorbo
necesario. Hecha a mano con ojos de muñeca sin profundidad y cejas a juego, el rojo estaba
decorado con un patrón negro y dorado. Le permitía ver el exterior sin que nadie
vislumbrara sus iris dorados.
Livia dejó la taza y no se volvió a mirar.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Ha sido abordado por dos personas distintas esta noche. A cada uno le ha pagado.
Los dueños de este elegante establecimiento atienden todas sus necesidades, pero él no ha
sacado ni una sola moneda para pagar las interminables copas de vino que ha consumido. La
camarera… —Faythe se detuvo cuando el fae levantó una mano perezosa para llamar a la
hermosa camarera. Por lo demás, se mostraba confiada en su papel y sonreía mientras
atendía a los demás invitados, excepto a este fae. Su actitud cambió por completo. Ella se
preparó.
Ella le temía.
—¿Has intentado afinar tus sentidos? ¿Extendiendo tu oído para captar su nombre? —
Livia barajó sus cartas, en medio de una partida contra Nerida y Reuben.
Faythe rechinó los dientes. Lo había intentado, pero cada vez que afinaba su nuevo oído
de fae, se sentía abrumada. Aún no había descubierto cómo bloquear todos los ruidos
molestos que no quería oír para centrarse en una cosa.
—No —admitió.
Livia se echó hacia atrás en la silla. Al girar la cabeza, se encontraron cara a cara y se
estremeció.
—Aún no me acostumbro a esa cosa. Es espeluznante.
Faythe se quedó entre la sonrisa y la burla.
—Intenta ponértela. —Inconscientemente se ajustó la dura máscara que había
empezado a resbalar por su piel con el calor.
—Tienes suerte que haya estado escuchando. Tienes razón, uno de sus clientes reveló
su nombre hace un rato. Pensé que iba a matar al fae allí mismo. Es Nessair.
—No es que no haya estado escuchando. No sé cómo lo haces, separar los sonidos,
quiero decir.
—Requiere práctica. Incluso los fae jóvenes necesitan aprender a dominar sus sentidos.
—¿Así que no soy mejor que un fae joven?
—Exactamente.
Faythe mordió su respuesta de disgusto. En el mes que había transcurrido desde que
se separaron de los demás, Livia había hecho todo lo posible por ayudar a Faythe con todo lo
nuevo que implicaba ser un fae. Cada cosa desalentadora que la hacía sentir fuera de control,
fuera de contacto, con su propio cuerpo.
—No olvides lo lejos que has llegado desde que pasó todo. —Nerida fue mucho más
alentadora.
Faythe observó con aprensión cómo la camarera se acercaba a Nessair. Él aún no la
había tocado, pero ella mantenía una distancia prudente, como si previera el giro que podría
tomar este fae infame. Su cabello castaño y áspero necesitaba un cepillado para apartárselo
de los ojos. Tenía tres largas cicatrices en diferentes ángulos de la cara. Era la representación
perfecta de un monstruo sereno.
La reputación de Nessair como líder de una despiadada banda de Asaltantes había
puesto a Faythe tras sus huellas hacía más de una semana. Mientras se dirigían a Fenher para
devolver a Nerida a casa, Faythe decidió adelantarse para erradicar el problema de los
incursores de Rhyenelle, del que se había enterado en Desture. Nessair le recordó -con nuevo
combustible para su rabia y necesidad de venganza- a Rezar, un fae malvado al que había
quitado la vida por el humano que había acabado en el nombre de ella por resentimiento.
Y lo volvería a hacer.
Nerida dejó las cartas, se deslizó alrededor de la mesa y se arrinconó junto a Faythe.
—Aparta la mirada de él —le ordenó—. A veces es más fácil quitar un sentido para
poder afinar otro. Está hablando ahora mismo, ¿le oyes?
Faythe hizo lo que Nerida le pedía, girándose en la silla, pero manteniendo la cabeza
gacha. Se esforzó por escuchar, por llegar hasta el otro extremo de la sala, donde Nessair
ocupaba una cabina entera para él solo. Reconoció su voz, pero era otro murmullo el que
empezaba a palpitar en su cabeza con todo lo demás que oía.
—Vagamente —respondió ella.
—Ahora imagina que él es la única persona en esta habitación. Solo tú y él. Cierra tus
ojos si eso te ayuda. Uno a uno, empieza a borrar los otros sonidos que no quieres oír como
si no estuvieran en la habitación.
No tenía nada que perder a pesar de sentirse tonta por ser incapaz de comprender una
tarea aparentemente sencilla. Sus párpados se cerraron mientras intentaba seguir las
instrucciones de Nerida. Los insultos y abucheos de un grupo de alborotadores humanos
chirriaron sus sentidos de inmediato, y su instinto la hizo retroceder. Luego estaba el
camarero sirviendo bebidas: el tintineo de las jarras, el chapoteo de la cerveza. El juego de
las cartas, el tintineo de las monedas, el roce de las sillas de madera. Risas. Voces. Risas. Y
luego…
No era su voz, sino otra cosa. El tono agudo del acero que se libera de una vaina.
Los ojos de Faythe se abrieron de golpe, deslizándose hacia Nessair.
—Dije que quería vino, no cerveza, cariño.
Faythe no tuvo que esforzarse para oír esas palabras, ya que la voz del fae se alzó con
su temperamento. Su cuchillo atravesó la mesa en un acto de intimidación.
—No hagas nada imprudente —advirtió Livia.
—Tal vez tengas algo mucho más seductor que ofrecer para que podamos perdonar
este error…
El estridente grito de protesta de la camarera resonó en la abarrotada sala mientras
Nessair la agarraba por la cintura cuando hacía ademán de retirarse. A Faythe casi se le
escapa una sonrisa cuando Livia maldijo, bajó las cartas de golpe y desoyó su propia orden.
De un solo golpe, su daga se clavó en la madera junto a la cabeza de Nessair, que salió
disparado de la silla. Faythe la siguió sin prisa, observando con asombro cómo la comandante
manejaba la situación. Cuando Livia se abalanzó sobre la mesa, tomó su espada y se la puso
a Nessair en la garganta con una mirada despiadada, se oyeron más jadeos y chillidos.
—Solo un macho lamentable necesita forzar el afecto de una hembra —gruñó.
Para disgusto de Faythe, los labios petulantes de Nessair se torcieron hacia arriba en
una mueca.
—Me preguntaba qué haría falta para que hicieras tu jugada —dijo.
Alarmada, Faythe agarró a Lumarias y se acercó lentamente a los dos. El fae deslizó
entonces sus ojos hacia ella, y ella trató de no rechistar ante la atención. Era como si él
supiera…
Sabía quién era.
—Me has causado un gran estorbo con tus payasadas, Enmascarado de Sangre.
Los rígidos hombros de Faythe cayeron cuando él siseó el apodo, y ella tuvo que
reprimir una risita. Con el rojo carmesí de su máscara, supuso que el nombre encajaba. Hay
que reconocer que incluso le parecía halagador. Habían acabado con la amenaza de tantos
maleantes durante sus paradas en las ciudades de Rhyenelle que éste era claramente el
resultado de aquellos esfuerzos.
—Nuestras travesuras no te molestarán más —dijo Faythe—. Una vez que estés
muerto.
Nessair soltó una risita suave y arrogante, pero su sonrisa se mantuvo incluso cuando
Livia apretó más fuerte su daga para cortar el sonido. Con los dientes apretados, dijo:
—Hay un buen premio por tu captura. —Se echó hacia atrás, como si se tratara de una
pelea en la que estuviera observando, no participando.
A sus espaldas empezó a levantarse un alboroto, y Faythe se volvió para ver varias
formas enormes que entraban en el establecimiento. Nerida se tambaleó para alejarse de
ellos. Como sanadora, no se sentía cómoda con la violencia, pero Faythe había sido testigo de
la fuerza letal de Portadora de Agua, en la que podía convertirse cuando era necesario.
—Muchos han intentado acabar con ella, y no lo han conseguido —dijo Livia.
La sonrisa de lado de Nessair se volvió felina.
—No solo la buscamos a ella —dijo con oscuro regocijo—. Evander también te quiere
a ti, Livia Arrowood.
Faythe nunca había visto a Livia quedarse boquiabierta. Por primera vez, un terror tan
inmóvil palideció el rostro de la comandante lo suficiente como para revelar un raro
momento de vulnerabilidad.
Ni la habilidad de Nerida ni el acero de Faythe fueron lo bastante rápidos para detener
el intento de Nessair de agarrar a Livia; una jarra llena de cerveza lo empapó, y las miradas
incrédulas de todos se dirigieron a la camarera. El grito de Nessair fue más agudo de lo que
Faythe esperaba.
Entonces todo el Infierno se desató.
Su instinto la hizo girar, chocando inmediatamente las espadas con uno de los otros
que parecían haber estado esperando para avanzar desde fuera todo este tiempo. Se maldijo
por no haber visto la trampa, pero cuando esquivó un intento de golpearla y tomó una jarra
cercana para golpear con ella a su agresor, Faythe decidió rápidamente que estaba
disfrutando de la peligrosa descarga de adrenalina.
No era el primer grupo de bandidos al que se enfrentaban, ni sería el último. Sin
embargo, Fenher estaba a solo un par de días de viaje.
Faythe saltó sobre las mesas mientras la posada se sumía en el caos. Tras echar un
vistazo a sus amigos, vio que Livia tenía a Nessair agarrado por el cuello y le hablaba con el
rostro encendido. El fae parecía burlarse de ella. Mientras tanto, Nerida estaba junto a la
camarera, las dos intentando apartarse de la pelea, pero dos maleantes se acercaron a ellas
con sonrisas siniestras. Faythe maldijo coloridamente, saltando entre las mesas. Por detrás,
saltó sobre los hombros de uno de los ladrones. Enganchó la pierna bajo su axila, giró su peso
y lo derribó al suelo mientras su rodilla se clavaba en su pecho. El hombre resolló en medio
de su desconcierto, pero el pomo de Lumarias le golpeó en la cabeza y lo dejó inconsciente.
Faythe no había evitado las heridas. Se sacudió el brazo de la espada, que sentía como
si hubiera chocado con una piedra. Livia le había enseñado muchas maniobras que había
podido practicar durante el tiempo que pasaron juntas, maniobras que nunca habría podido
intentar contra un fae como humana. Y aunque aún le quedaba mucho por aprender, ser libre
para explorar su nueva fuerza y agilidad era lo único que evitaba que entrara en una espiral
de pensamientos sobre qué más había cambiado en ella. El poder que aún no había tocado.
Incluso la habilidad mental que tenía antes.
—¡Faythe!
El grito de Reuben llamó su atención justo a tiempo para que viera cómo un bandido
encapuchado lo arrastraba. La rabia blanca le robó la visión; el instinto dirigió sus
movimientos. Faythe salió disparada a la calle. El silencio contrastado resonó en sus oídos y
se esforzó por concentrarse. La cola de una capa desapareció por un callejón oscuro. Salió
disparada hacia él.
La quietud era mortal.
Retorciéndose, levantó la espada para bloquear al que caía. En el mismo instante, se
impulsó contra ella, enzarzándose en una rápida secuencia de ataques hasta que se dio
cuenta que no hacían más que defenderse y estudiarla.
La persona llevaba una máscara completamente negra como la suya, aunque no había
nada pintado en la suya.
—¿Quién eres? —siseó Faythe, rechazando su siguiente ataque y dando unas zancadas
hacia atrás.
Ladearon la cabeza como si la pregunta les confundiera.
Su corazón latía contra su caja torácica mientras se preguntaba si aquello era una mera
coincidencia. Otro miembro de la banda de Nessair, pero algo en él parecía más alarmante
que el delincuente que llevaba dentro.
—Quiero saber por qué has regresado ahora. —La voz masculina sonaba distorsionada
a través de su máscara.
Faythe se estremeció con un escalofrío cuando arrancó un hilo de familiaridad, pero su
mente no le ofreció un reconocimiento seguro.
La distracción le costó muy cara.
Gritó cuando le agarraron los brazos y tiraron de la cuerda de su máscara. Se debatió
contra el agarre, pero eran demasiados, y su máscara desapareció cuando la empujaron hasta
ponerla de rodillas. Faythe, que respiraba con dificultad en aquella posición, mantuvo la
cabeza agachada todo el tiempo que pudo, rezando para que sus compañeros la encontraran
antes. Todo estaba a punto de terminar. Tal vez estos fae trabajaban para Dakodas.
El rasguño de una hoja a lo largo de su garganta le hizo apretar los dientes. Faythe
desafió su aguijón hasta que pensó que podrían cortarla de verdad. Levantó los ojos.
Llevaban tanto tiempo mirándola en silencio que no sabía por qué se molestaban en perder
el tiempo. La hoja le recorrió el pómulo, pero no la cortó, y lo único que pudo hacer fue verter
una furia ondulante en su mirada.
—¿Por qué darle a él misericordia solo para convertirte en su perdición una vez más?
Nada de lo que decía tenía sentido. Era como si sus palabras fueran dirigidas a otra
persona, pero no podía ocultar su rostro. Faythe no veía otra salida, aunque le aterrorizaba
recurrir a su nuevo y sensible pozo de magia. No tenía sus ojos para acceder fácilmente, pero
con su nuevo poder, se encontró a sí misma aprovechando sus movimientos.
El sonido de ahogo que emitió sorprendió a los demás, que aflojaron su agarre lo
suficiente para que Faythe se entregara a la fuerza de su cuerpo de fae. Su codo se clavó en
uno que gimió y soltó el brazo libre, lo que permitió a Faythe alcanzar por encima del muslo
una daga, que clavó en el pecho del segundo mientras giraba y se ponía en pie para luego
volver a deslizarla en la funda. Cuando todos se levantaron para avanzar, también lo hizo la
mano de Faythe, y sus balbuceos sonaron mientras ella agarraba a los cuatro machos que la
habían emboscado, incluido su líder.
Sus venas palpitaban con un calor enfermizo. Se acumuló en su nuca y le recorrió la
columna vertebral. Faythe respiró con firmeza contra el oscuro canto de matar. El sudor
manchaba su piel, pero dejó inconscientes a los tres que tenía delante antes de girar hacia el
hombre enmascarado.
El golpeteo de los pies sonó fuera del callejón, y en su segundo de distracción el fuego
le desgarró el muslo. Gritó al caer.
Faythe apretó una mano sobre la herida sangrante. Unas figuras la rodearon, y el aroma
floral de Nerida la envolvió primero.
—No es tan profunda. Lo curaré enseguida —le aseguró, rebuscando ya en su
desordenada mochila.
—No deberías haber venido aquí sola —regañó Livia.
Faythe se enderezó sobre las rodillas y echó un vistazo a su alrededor, pero el asaltante
enmascarado había desaparecido.
—Reuben estaba en apuros —explicó, dándose cuenta que no lo había encontrado. Su
lanza de pánico se calmó cuando él llegó jadeando por el callejón.
—Conseguí esquivarlo —respiró, examinando la sangre de sus manos temblorosas,
pero no tenía heridas propias.
—Había alguien —carraspeó Faythe, pero decidió no causar revuelo por una persona
a la que tal vez no volvería a ver.
Livia guardó silencio. Curiosa, Faythe la encontró mirando hacia el callejón, con un
miedo fantasmal palideciendo su tez que también impresionó a Faythe.
—¿Qué pasa?
Aceptando la ayuda de Nerida para levantarse, Livia salió de su aturdimiento.
—Los guardias reales están cerca. Deberíamos salir de aquí ahora mismo —fue todo lo
que dijo. Exploró la calle desde el borde del callejón y, cuando lo consideró despejado, todos
echaron a correr.
Cada vez que el grupo causaba una conmoción, sus intenciones nunca eran matar; solo
alertar a los veloces guardias de Rhyenelle para que vinieran a detener a los maleantes
mientras se esfumaban. Disminuyeron la marcha cuando consideraron que estaban lo
suficientemente lejos como para no ser atrapados. Faythe notó que la comandante a su lado
seguía callada.
—¿Qué pasó allí? —preguntó con cuidado, examinando la turbación que no había
abandonado la expresión de Livia desde que se encontraron cara a cara con Nessair.
—¿Quién es Evander? —Nerida preguntó.
El temblor que enderezó la espalda de Livia fue tan sutil que Faythe podría haberse
perdido el movimiento. Verla tan afectada le produjo malestar en el estómago.
Livia negó con la cabeza.
—No puede ser la misma persona.
Faythe oyó el pulso de la comandante tamborilear de miedo aunque mantuvo su
exterior endurecido.
—¿Quién? —Nerida lo intentó de nuevo.
Livia hizo una pausa mientras marchaba, y cuando volvió a hablar sus palabras eran
oscuras y gélidas.
—Es el nombre de mi padre. El tío de Reylan. —Sacudió la cabeza con una vacuidad
fantasmal—. Al que mató.
Capítulo 9
Reylan
El aire era demasiado denso para respirar. Reylan Arrowood apenas podía soportar la
tensión que pesaba sobre la pequeña sala subterránea.
—¿Todavía está a salvo?
No era la primera vez que Agalhor lo preguntaba, y aunque Reylan volvió a asentir con
la cabeza y le contó más cosas sobre su búsqueda, sabía que la repetición era más para sí
mismo.
Habían pasado varias semanas desde que se separaron. Veintisiete días y dieciséis
horas, para ser exactos. Tan a menudo como podían, el rey se reunía con Reylan y Kyleer en
la habitación subterránea secreta que rara vez utilizaban, lejos de posibles oídos que
escucharan, para poder compartir las novedades. Reylan no admitiría que aliviaba su propia
ansiedad escuchar una y otra vez la confirmación que Faythe estaba a salvo cuando Izaiah
regresaba de los cielos, donde había estado rastreando los movimientos del grupo. Pero
ninguna medida de tiempo podría borrar el temor que podría despertar en cualquier
momento y estar de vuelta en esa cueva que lo perseguía, acunando la forma sin vida de
Faythe.
Kyleer estaba de pie a un lado de la habitación. Izaiah estaba ausente, destinado a
vigilar a sus cautivos en las celdas.
—Ya deberían estar cerca de Fenher, y si todo sigue en silencio sobre Faythe -si los fae
oscuros no saben que está viva-, se dirigirá a High Farrow —informó Kyleer.
Cada día, cada hora, cada minuto, cada instinto de su cuerpo se rebelaba al separarse
de ella.
—Los fae oscuros son una fuerza como nunca hemos visto antes. Consumen sangre
humana. Eso significa que superan incluso la fuerza y la velocidad de nuestros mejores
guerreros —Reylan continuó, echando una mirada a su hermano con una mueca de dolor
después de haber oído hablar de su corta batalla con Maverick. Un nombre que se había
convertido en el único detonante de sus pensamientos más asesinos. Uno que había marcado
para poner fin costara lo que costara.
—Los dos cautivos, ¿hemos obtenido algo más de ellos? —preguntó Agalhor.
—Nada. No hablarán. Pronto pasaremos a medidas más duras —le informó Kyleer.
Reylan no sintió nada al oír esto. Él mismo infligiría el dolor que fuera necesario para
obtener información sobre cómo combatir a los fae oscuros. Pero en un nivel más personal,
no descansaría hasta encontrar a Maverick.
—Intenta con Tynan primero, pero es protector con la oscura. Úsala si es necesario —
ordenó.
Kyleer asintió en señal de comprensión. Se cruzaron una mirada cómplice y Kyleer
asintió por segunda vez antes de marcharse.
A solas con su rey, Reylan se paseó para aliviar los nervios a los que no estaba
acostumbrado.
—Algo te preocupa. —Agalhor habló.
Muchas cosas. Todas ellas dando vueltas hacia ella.
Hacía tiempo que quería confesarlo, pero con todo lo que habían tenido que domar y
controlar estas últimas semanas bajo el pretexto de la muerte de Faythe, no había habido un
momento adecuado. Sin embargo, el engaño de Reylan había comenzado mucho antes de esta
búsqueda. Él se detuvo, y todo salió de él.
—Necesito que sepas que nunca fue mi intención engañarte. O a ella. —Nunca se había
sentido como un tonto tan torpe, incluso infantil—. También necesito que quede claro que
no hay nada que haría para dañarla, y nada que no arriesgaría por ella. Si todo esto hubiera
sido en cambio un horror de la realidad, no habría regresado de semejante fracaso. Eso es lo
que ella significa para mí.
Agalhor cuadró su postura. Sus ojos lo clavaron con una fría advertencia que secó la
garganta de Reylan. Había una posibilidad que su confesión no importara. Que nunca había
sido y nunca sería digno a pesar de ello.
—Faythe es mi compañera.
Ninguna otra secuencia de palabras facilitaría la comunicación de ese hecho. Aunque le
llenó de orgullo y de fugaz liberación expresar el secreto que había albergado durante tanto
tiempo, reacio, temeroso, a creer que una dosis tan imposible de magia pudiera ser real.
La quietud de Agalhor era ilegible, su silencio pesado.
—Ella era humana. ¿Cómo puedes estar seguro?
No era aceptación. Su tono seguía siendo de advertencia.
—Estoy seguro.
No le cabía la menor duda. Su vínculo era inexplicable con palabras, así que no lo
intentó. A nadie excepto a Faythe.
—Mi hija volverá con nosotros —continuó Agalhor tímidamente—. Es la heredera de
Rhyenelle. —Dos títulos para ella, y los usó a propósito. La implicación estaba ahí. Ambos
marcaban una distancia entre quién era ella y quién era Reylan.
—Sí, lo hará. —Intentó recordar con quién estaba hablando. A su rey—. Y sí, si eso es
lo que ella desea ser.
—Quién es ella no cambiará.
—¿Crees que no lo sé? —Reylan se derrumbó. Sobre lo que Agalhor arrojaba luz era
algo que había mantenido enterrado en su tormento durante tanto tiempo, desde que Faythe
había decidido venir a Rhyenelle y él se debatía entre su gratitud por tenerla cerca y la
comprensión que lo que ella podría llegar a ser aquí la situaría fuera de su alcance.
Una princesa… No era un partido ideal según el juicio de la corte. Reylan quería creer
que no importaba, pero eso era pensar como un tonto.
La postura de Agalhor se relajó, pero solo con una lástima que no podía soportar.
—No puedo ser yo quien se interponga en el camino del corazón, pero lo que sí diré es
que no está exento de desafío y oposición para ambos. No está exento de decisiones difíciles
y duros juicios para ella. —El rey se acercó, con las manos siempre entrelazadas a la
espalda—. Incluso entonces, puede que no importe lo que yo piense. No como rey cuando
hay todo un consejo al que apaciguar.
Era una pena oscura creer que él no valía la pena, lo que ella tendría que pasar para
elegirlo. Y lo haría. No tenía ninguna duda que ella querría elegirlo, y él no tendría la fuerza
para dejarla ir.
—Déjame preguntarte esto —dijo Agalhor, su tono bajó a una nota personal—. Has
estado a mi lado durante mucho tiempo, Reylan. ¿Podrías soportar estar en mi lugar?
Ese nunca fue el objetivo de Reylan, pero la realidad le golpeó de repente. Nunca se
había planteado lo que significaría estar con Faythe si convencían a la corte de su unión. La
responsabilidad de una corona y un reino que venía de la mano con amarla. Era algo que
nunca había deseado.
Reylan no necesitó tiempo para pensarlo.
—Lo haría por ella. —No pudo leer el silencio de Agalhor lo suficiente como para saber
si aceptaba la respuesta. No importaba.
El rey respiró hondo, deteniéndose hombro con hombro con Reylan mientras se
disponía a marcharse.
—Siempre has sido como un hijo para mí. Sé que tu padre estaría orgulloso de lo que
has logrado, al igual que yo.
Reylan se preparó para recibir lo que anticipó que seguiría. El rey habló como un padre
preocupado por su hija.
—Pero no te equivoques: ella vendrá primero. Su elección será definitiva, y la apoyaré
en lo que respecta a ti o a este reino. Ya ha sufrido bastante.
Sus palabras de despedida clavaron una nueva daga en el pecho de Reylan. Permaneció
inmóvil mucho después que Agalhor se marchara, simplemente mirando las distorsionadas
paredes subterráneas que parpadeaban con llamas cobalto.
Reylan Arrowood había luchado contra muchos tormentos desde que dejó a Faythe.
Nunca había soportado un anhelo tan desamparado. Era una tortura y un estado mental
lamentable. Nada deseaba más que estar a su lado, pero la persistente burla seguía siendo
que no estaban prometidos el uno al otro. No con la guerra que amenazaba, los títulos que
los separaban, ni los nombres que los maldecían. Ella no se merecía todo lo que arrastraba
en su sombra, pero pasara lo que pasara, él no podía volver a separarse de ella.
Capítulo 10
Nikalias
Nik observó a su compañera con asombro. Para ella se estaba convirtiendo en una
costumbre despedir a su doncella, pero él no se quejaba, pues así solo quedaba él para ayudar
a abrocharle los vestidos. Solo estaba parcialmente vestido con pantalones cuando tuvo que
tomarse un momento para observarla. La pierna de Tauria estaba apoyada en el asiento junto
a la chimenea mientras arrastraba lentamente el material de sus medias por la gloriosa
longitud. Nik no podía apartar los ojos de cada hipnotizante movimiento que ella hacía desde
donde estaba sentado en el borde de la cama.
Cuando terminó, con la tela pegada al muslo para mantenerla en su sitio, su mirada se
deslizó hacia él con una sonrisa cómplice que le robó el aliento. Tauria se enderezó y dejó
caer la tela verde. Cuando recogió la otra media y se acercó a él, su mente se volvió loca.
—Si vas a quedarte ahí embobado, puedes ayudar.
Nik tragó cuando ella le tendió la media y sus miradas se cruzaron en un acalorado
desafío. Hacía solo una semana que habían regresado de sus pruebas en Olmstone y apenas
había podido separarse de ella ni un momento, en constante asombro que aquello fuera real
y que ella fuera suya. Cada mañana se despertaba con ella entre los brazos y la acercaba un
poco más, siempre con el miedo irracional que pudiera desaparecer en un santiamén.
Nik le quitó la media. Tauria no interrumpió su mirada desafiante mientras se
arremangaba el vestido y levantaba la pierna desnuda, colocándola sobre la cama entre las
de él. Nik se detuvo, sus ojos devorando cada centímetro de su suave piel morena en una
enloquecedora oleada de deseo mientras su mano recorría su pantorrilla.
—Eres una cosa malvada —murmuró él.
Tauria chilló cuando él la desequilibró y le rodeó la cintura con el otro brazo. Su mano
continuó subiendo con el muslo de ella enganchado a él.
—No creo que los necesites.
Tauria sonrió tímidamente, sus manos deslizándose por la parte posterior de su
cabello.
—El otoño ha traído frío estos días.
El lento ascenso de Nik no se detuvo. Vio cómo ella abría la boca y escuchó cómo se
aceleraba su respiración. Cuando su mano se curvó sobre su costado, un gruñido salió de su
garganta.
—Y supongo que me dirás que el frío no llega hasta aquí.
No fue una sorpresa encontrarla sin ropa interior. Saber que a menudo iba sin ella
mucho antes de convertirse en su amante -muchas, muchas veces en su compañía- hizo que
Nik perdiera la cabeza. Era hermosa, astutamente pecadora.
—Creo que te gusta saber que puedo llevarte a cualquier parte de este castillo, en
cualquier momento y con cualquiera que esté cerca. Y este es tu escandaloso secreto delante
de las narices de todos los nobles.
Se le escapó un suave gemido cuando él continuó masajeándola y trazó un ligero roce
por el otro muslo.
—Tenemos deberes que atender —exhaló ella, pero careció de toda objeción. No
pareció darse cuenta que se había apretado más contra él.
—Esos pueden esperar —dijo él, sin apartar los ojos del relajado placer de su rostro—
. Por ti, haría esperar al mundo.
Un golpe interrumpió su momento. Tauria soltó un pequeño grito ahogado e hizo
ademán de apartarse, pero Nik la sujetó con más fuerza.
—¿Les invito a pasar? —le preguntó, mientras sus manos recorrían su cintura para
subirle el vestido—. ¿Te gustaría que vieran lo que te estoy haciendo?
Eso le hizo fruncir el ceño y cerrar los ojos. Quiso meter la mano entre sus piernas y
darle exactamente lo que ella le pedía en silencio con los movimientos de su cuerpo cuando
él apretó los labios contra su muslo. Quería probarlo. Solo una probada. No podía negar su
propia excitación al conocer los escandalosos deseos de su compañera.
—Majestades —llamó el guardia fae de la puerta, con un tono nervioso. Era muy
probable que pudiera oler u oír lo que estaba ocurriendo. Al menos lo suficiente para hacerse
una idea.
Nik giró la cabeza hacia la puerta cuando llamaron de nuevo, pero la mano de Tauria le
tapó la boca. Se rio entre dientes, mordiéndole las yemas de los dedos.
—¿Qué pasa, amor? Pensé que te gustaba la idea de una audiencia.
—Majestades… —volvió a interrumpir el fae, dudando antes de continuar—. Hay
noticias urgentes de Rhyenelle.
Tauria jadeó. La mirada que compartieron fue de alarma mutua, eclipsando su lujuria.
Nik la soltó y ella se enderezó. Ninguno de los dos dijo una palabra antes de apresurarse a
terminar de vestirse. Porque no fue el reino ni Agalhor ni nada político lo que bastó para
detener su momento; fue la oleada de esperanza, entregada con una gota de pánico desde
que el mensajero la llamó urgente, que las noticias eran de Faythe.
Antes de salir, Nik agarró a Tauria por la cintura.
—No olvides lo que te debo.

***
Nik se apoyó en el borde de su escritorio, con la barbilla apoyada en una mano en un
intento de sofocar sus inquietos espasmos. Tauria se paseaba por el suelo frente a él mientras
esperaban a Lord Zarrius, que traía las noticias que ambos esperaban con impaciencia.
—Nos está haciendo esperar a propósito —espetó Tauria.
Al oír su angustia, Nik le tendió la mano para detenerla. No conocía palabras para
consolarla cuando su irritación coincidía con la de ella. Desde su regreso, habían tenido muy
pocos tratos con el señor, pero Nik no podía evitar su peligroso instinto protector cuando
Zarrius estaba cerca de su compañera, sabiendo que aún quedaba mucho por decir de todo
lo que Nik había planeado a sus espaldas. Sabía que habría consecuencias por sus acciones,
y esas repercusiones podrían llegar en cualquier momento.
El rostro retorcido de Tauria se suavizó cuando sus miradas se cruzaron, pero él no
tuvo la oportunidad de atraerla hacia sí cuando, con un breve golpe, se abrió la puerta de la
sala privada del consejo. Nik se enderezó por instinto, no para mirar formalmente al lord,
que entró con su arrogante aplomo habitual, sino para seguir cada uno de sus movimientos,
cada parpadeo de su expresión, mientras su mano se deslizaba por la parte baja de la espalda
de Tauria.
—Majestades —saludó Zarrius, haciendo una reverencia renuente y rígida.
—No nos gusta que nos llamen y luego nos hagan esperar, Zarrius —respondió Nik, con
su advertencia clara.
La mirada de Zarrius pasó entre él y Tauria. Cada vez que se detenía en ella, la postura
de Nik se endurecía. No era difícil detectar que había muchas opiniones tácitas sobre su
apareamiento, pero no le importaba.
—Mis disculpas —ofreció Zarrius, aunque carecía de toda sinceridad—. Creo que no he
tenido la oportunidad de felicitarte. Y nos alegra tenerte de vuelta en High Farrow, Tauria
Stagknight.
—Cuando nos casemos será Silverknight —dijo Nik con frialdad.
Eso tomó al Señor por sorpresa. Nik descifró la irritación en su rostro.
—Creo que eso sería mejor discutirlo con su consejo. Recordaré plantearlo en nuestra
próxima reunión.
—No es necesario. No es algo para lo que necesitemos consejo. —Nik soltó la mano de
Tauria. Aunque se le erizaba la piel al poner distancia entre ellos en compañía, sabía que
Tauria tenía que ser vista como una monarca por derecho propio en High Farrow, no solo a
su lado.
—Debo objetar…
—Las noticias de Rhyenelle, Zarrius —le cortó Tauria con calma.
Nik casi sonrió y volvió a apoyarse en el escritorio mientras la observaba con orgullo.
Quería que todo el mundo supiera que Tauria tenía tanta autoridad como él.
Zarrius la clavó con sus ojos oscuros. Las manos de Nik se flexionaron con la mirada de
evaluación que le dirigió el señor antes de responder.
—Quizá deberíamos hablar en privado para que decidas por ti mismo cómo anunciar
lo que tengo que decirte — Zarrius se dirigió a él.
Nik permaneció en silencio.
Tauria se preparó.
—Te advertiré por esta vez que espero el mismo respeto que tú le das a tu rey.
Cualquier cosa que tengas que decir con respecto a este reino puedes presentármela.
—No estás casada. Aún no eres mi reina.
Se le escapaba el disgusto, y Nik tuvo que hacer todo lo posible para no romperse.
—Sigue, Zarrius. Vas a desear que nunca lo sea.
Pasaron segundos de espesa tensión, y el rostro del señor se mantuvo firme. Nik
pensaba seguir observándolo. Sabiendo lo que sabía sobre el interés de Zarrius por el trono,
estaba claro que seguía siendo una amenaza para ambos.
Fue un alivio cuando sonrió, su oposición quedó latente por ahora. Pero cuando su
atención cambió a Nik, la condolencia en su rostro apagó el frío del rey.
—Me temo que las noticias que traigo no son esperanzadoras. Todo lo contrario, de
hecho.
El corazón de Nik se aceleró.
—¿Es sobre Faythe? —No pudo evitar la necesidad de preguntar a pesar de lo que
podría exponer de su cuidado por ella.
Cuando Zarrius asintió, Nik se irguió, con el pulso acelerado.
—¿Qué sucedió? —Por primera vez, creyó en la expresión grave del rostro del señor.
Todo se calmó. Fue como si el tiempo se ralentizara. Detenido. Para dar una noticia que
parecía una fría mentira.
—Siento ser yo quien le informe…
La única explicación era que Nik debía de seguir viviendo en una pesadilla oscura e
implacable.
—…que la Heredera de Rhyenelle, Faythe Ashfyre, está muerta.
La realidad le azotó como un duro látigo. Tauria retrocedió tambaleándose y él,
instintivamente, alargó la mano para sujetarla. Ella se tapó la boca, y Nik la sujetó con más
fuerza al sentirla temblar.
—La noticia llegó ayer…
—¿Ayer? —Nik repitió sombríamente—. ¿Has guardado esto desde ayer?
—Quería estar seguro.
Nik se apartó de Tauria, avanzando hacia Zarrius con una fría repugnancia que
sabiamente hizo que el miedo se reflejara en su expresión.
—Si alguna vez consigues información sobre algún reino, tráemela directamente a mí
o a Tauria. —Se detuvo ante el señor, clavándole los ojos en un enfrentamiento mortal—. Si
vuelves a ocultar esa información, no me importa lo que cueste, haré que te destituyan de tu
cargo, Lord Zarrius.
La adrenalina de la noticia corría por él caliente y urgente, dejándole poco espacio para
considerar la amenaza que estaba haciendo a la única persona que podía reunir el poder para
oponerse a su reinado. No le importaba. Olió las lágrimas silenciosas de Tauria a su espalda
y sintió su absoluta angustia.
—¿Qué pasó? —preguntó Nik.
—Parece que durante una expedición la princesa no hizo el viaje de vuelta. Eso es todo
lo que sé.
La búsqueda de las Islas Niltain.
—¿Y el General Reylan? —La anticipación palpitaba en el pecho de Nik.
—Fue él quien dio la noticia a su rey.
La mente de Nik daba vueltas. Se quedó sin aliento. Tuvo que cambiar de postura
cuando la habitación se inclinó. No tenía sentido. Él no…
—Déjanos.
Estaba claro que Zarrius quería oponerse, tal vez para deleitarse en su angustia un poco
más, pero después de escudriñar el rostro de Nik se echó atrás.
—Como quieras. —Dando un paso atrás, hizo una pequeña reverencia—. Te dejaré
decidir cuál es la mejor forma de dar la noticia al reino. No sabía que la humana te había
impactado tanto como para invocar sentimientos personales. —Su mirada se dirigió a Tauria
detrás de él con esa declaración—. Pero una vez que estés listo, creo que debemos discutir
las consecuencias de tu… apareamiento.
Esa era una conversación que Nik no estaba ansioso por tener, pero sabía que el
tribunal exigiría respuestas. Respuestas a por qué nunca la había reclamado antes y lo que
significaría para High Farrow. Le debía a su gente esa explicación.
—Necesitamos tiempo. Pero enviaré por ti cuando estemos listos.
La flexión de los ojos de Zarrius fue el único indicio de su enfado.
Cuando la puerta se cerró tras el señor, Nik se giró hacia Tauria. Ella le daba la espalda,
con una mano apoyada en la mesa y la otra en la boca.
—Tauria —dijo Nik en voz baja mientras se acercaba a ella. Su mano se posó en su
espalda, pero ella no se movió—. Mírame, amor.
Tauria negó con la cabeza, y cuando se volvió hacia él, la desolación de sus ojos
brillantes lo atravesó.
—Ella no puede estar…
—No lo está.
La tristeza de Tauria se transformó en sorpresa ante las palabras de Nik. Su mano se
acercó para apartar sus lágrimas.
—No está muerta.
—¿Cómo puedes decir eso? Zarrius escuchó de Rhyenelle… de Agalhor.
—Reylan regresó.
El ceño fruncido de Tauria le instó a dar más detalles.
—No habría vuelto sin ella. Creo que… —Nik sacudió la cabeza ante sus propios
pensamientos tambaleantes, intentando recomponer lo que ya sabía para averiguar qué
había pasado—. No sé qué se traen entre manos, pero sé que Reylan Arrowood no estaría de
brazos cruzados en Rhyenelle ahora mismo si ella se hubiera ido de verdad.
Tauria soltó una carcajada carente de humor mientras se alejaba.
—Estaba claro que sentía afecto por ella, y sé que ninguno de nosotros dos quiere
creerlo… pero Reylan habría tenido que volver.
—Yo no lo habría hecho.
Tauria le llamó la atención.
—Si no tuviera un reino que dependiera de mí, no habría vuelto si te hubiera pasado
algo.
Su expresión se suavizó por el dolor, y fue un nuevo ramalazo de frío miedo al darse
cuenta de lo cerca que habían estado de esa desgarradora realidad de ser destrozados en
Olmstone.
—Esto es diferente, Nik. Tú y yo, nosotros somos…
—Compañeros.
Ella asintió, pero Nik le sostuvo la mirada con silencio. Como si pudiera sonsacarle sus
pensamientos sin que él tuviera que hablar. Se le arqueó la frente y luego bajó los ojos. Estaba
pensando, calculando.
—Eso es imposible —dijo, aunque estaba claro que estaba encajando todas las piezas
del puzzle.
—Sí, la famosa palabra para describir la existencia de Faythe Ashfyre.
Los ojos de Tauria volvieron a brillar, débilmente, retenidos por su deseo de creer que
su amiga seguía viva contra todo pronóstico.
—No puedo asegurarlo, pero hace tiempo que lo pienso… Creo que Faythe y Reylan son
compañeros.
—Él es protector -estaba claro que se preocupaba profundamente por ella-, pero eso
no significa que sean compañeros. Ella es humana.
Nik se pasó una mano por el cabello con un largo suspiro.
—Hace mucho tiempo, cuando ayudaba a Faythe con su Caminata Nocturna, hubo un
momento en que entré en su subconsciente mientras ella estaba activa en él. —No podía
creer que estuviera expresando el pequeño fragmento de información que suponía carente
de significado, pero tal vez se había equivocado por completo—. Cuando entré, ya había otra
presencia allí. Era muy débil, y no habría entrado en su mente sin invitación, pero por miedo
a que pudiera ser otro Caminante de la Noche que quisiera hacerle daño, no tuve otra opción.
Nik negó con la cabeza, sintiendo el acercamiento de Tauria y sus ánimos para que
continuara.
—Era Reylan. Estaba de espaldas a mí, pero fue algo más que su apariencia lo que me
hizo creer que era él. Era tan tenue, su esencia, que pensé que podría haber algún error. Tal
vez Faythe lo había conocido antes y él era solo una visión de su propio conjuro. Luego vino
a High Farrow, y no podía creerlo. Se comportaban como perfectos extraños, y entonces supe
que Faythe no lo había visto antes. No podía deshacerme de mis sospechas sobre Reylan.
—¿Crees que sabía de ella?
—Creo que estaba tan confundido como yo —admitió Nik, tratando de recordar la
estancia del general en High Farrow el invierno pasado—. No creo que la conociera, pero
creo que había una parte de él que la reconocía.
—Como compañera —respiró incrédula Tauria.
Nik asintió.
—Todas las señales estaban ahí. Se trataba de mucho más que querer protegerla por el
bien de Agalhor. Nunca lo había visto tan posesivo, a la defensiva, con alguien a quien apenas
conocía. Una humana. No podía permitirme creer la locura de mis pensamientos, pero…
No tenía una conclusión. Sus pensamientos eran imposibles pero esperanzadores, y
eran todo lo que podía ofrecer. Faythe tenía que estar viva.
—Espero que tengas razón —dijo Tauria en voz baja, mirando por el gran ventanal
sobre High Farrow.
Nik caminó hacia ella, sin dudar en envolverla por detrás. Nunca se cansaría de la forma
tan perfecta en que Tauria se ajustaba a él. Su mano rodeó la de ella antes de juntarlas sobre
su pecho. Mientras observaban el resplandor de la ciudad, supo sin decir palabra que estaban
reflexionando sobre lo mismo.
—Faythe está viva. Lo siento, y sé que tú también. Pero por alguna razón quieren que
hagamos creer al mundo que no lo está, y no sé por cuánto tiempo. Todo lo que podemos
hacer es desempeñar nuestro papel hasta que podamos obtener más información.
Tauria exhaló un suspiro mientras se relajaba completamente en él.
—Somos maestros fingiendo, ¿recuerdas?
Nik rio suavemente y le plantó un beso en la cabeza.
—Sí, lo somos, amor.
Capítulo 11
Faythe
Livia y Faythe permanecieron despiertas mientras Nerida y Reuben dormían en la
habitación que habían alquilado en el piso de arriba de la destartalada posada. Durante la
última hora habían estado sentadas una frente a la otra en silencio, prestando más atención
a su vino que a ellas mismas. Se estaba convirtiendo en una costumbre en sus noches
agitadas.
Faythe dedicó a la comandante miradas fugaces por encima de su copa. Sus palabras
sobre su última huida en la ciudad anterior flotaban sombrías en el aire entre ellas. Livia se
negó a hablar de la reivindicación de Nessair: el nombre que pronunció pertenecía al padre
de Livia. Le inspiró imágenes de las cicatrices de Reylan, y no presionó en busca de
respuestas cuando su magia le erizó la piel solo de pensarlo.
Luego estaba el fae de la máscara que la había emboscado. Faythe no podía evitar la
sensación que las dos piezas oscuras pertenecían al mismo rompecabezas. Le había hablado
con palabras destinadas a otra persona.
Su mente daba vueltas mientras jugueteaba distraídamente con la mariposa tallada en
su bolsillo, que apenas había soltado desde que se separó de Reylan.
—Deberíamos localizar a Evander —dijo Faythe con valentía, previendo que se ganaría
la expresión cautelosa de Livia.
—No, no deberíamos.
—Si está vivo, merece sufrir por cada día pasado en el que debería haber muerto a
manos de Reylan.
El ceño de Livia se frunció y esbozó una pequeña sonrisa.
—Aunque estoy de acuerdo y disfruto bastante con tu lado vengativo, si mi padre está
vivo y llega hasta ti, no hay nada que pueda torturar más a Reylan que eso. No vale la pena el
riesgo.
—¿Entonces lo dejamos vivir?
—No, pero no podemos precipitarnos con alguien tan malintencionado y bien
relacionado como él.
La mano de Faythe se apretó alrededor de la taza. Bebió un largo trago para disipar el
miedo ácido que no la abandonaba. Pensó en el hombre del callejón mientras su rodilla
rebotaba ansiosa. Faythe se preguntó si habría sido Evander, pero sus palabras la habían
confundido mucho. No mencionó el encuentro a Livia, pensando que solo la inquietaría más
y le apretaría la correa si la comandante pensaba que Faythe estaba amenazada.
—Apenas has utilizado tu habilidad —desvió Livia, pero sus palabras pusieron rígida
la espina dorsal de Faythe.
Dejando la taza, replicó con cuidado:
—¿Qué quieres decir?
—Hemos tenido muchas salidas por los pelos en nuestras actividades. Ha habido
muchas oportunidades de acabar con todo antes con lo que eres capaz de hacer, pero ni una
sola vez te has infiltrado en una mente. ¿Por qué?
Se miraron fijamente durante unos segundos, y fue como si Livia ya lo supiera, pero
quisiera sonsacárselo de todos modos.
—De lo que era capaz antes y en lo que podría convertirme ahora… son una y la misma
cosa. Cada vez que he intentado alcanzar mi poder, esta nueva oscuridad está ahí, y me da…
—¿Miedo?
Faythe bajó los ojos.
—Sí.
—¿Así que estás esperando volver al lado de Reylan? ¿donde él pueda disminuir lo que
eres con un simple toque? —Livia la estaba provocando. Burlándose de ella.
—No —se quejó—. Solo necesito más tiempo. Espacio. No quiero hacer daño a nadie.
—Ya hemos acampado en muchos bosques abiertos.
—No quiero hacerle daño a ninguno de ustedes.
Livia soltó una pequeña carcajada.
—No creo que sea eso lo que temes.
—No sé qué intentas decir.
La comandante hizo una pausa contemplativa mientras decidía si continuar o no. Livia
dejó una hoja libre para juguetear con ella mientras se recostaba contra la cabina. Se acercó
la punta a la cara, justo donde empezaba la marca.
—Me hice esta cicatriz la primera vez que tuve el valor de defenderme. —Inclinó la
cabeza para que la luz de las velas captara la imperfección. Faythe la admiró. Con la postura
laxa de Livia, su comportamiento, era difícil imaginar a la comandante antes que asumiera
su estimado cargo—. No me molesta. De hecho, puede que algunos días incluso me alegre
por ello. Por el recuerdo del día en que por fin recuperé lo que era mío. Mi padre era
despreciablemente cruel, y me educaron para creer que no era mejor que una propiedad. A
veces solo compañía, pero otras veces…
—No hace falta que me lo digas —ofreció Faythe en su pausa.
Los ojos azul hielo de Livia se deslizaron hacia ella.
—No me avergüenzo de lo que me pasó. Lo estuve durante mucho tiempo, y debo
mucho de lo que surgí a ellos tres, pero ciertas cosas solo a Kyleer. Él me ayudó a recuperar
una confianza que me habían robado sin ninguna expectativa. No era solo sexo; era recuperar
el control. Aprender mis deseos. Entendió lo que necesitaba y nunca juzgó, solo aceptó mis
peticiones con tanta paciencia. Pero fue mucho antes que él cuando supe que mi atracción
por las hembras superaba emocionalmente lo que podía sentir por un macho. O por un
hombre: también he estado con humanos. Pero esos amantes solían ser más…
—¿Frágiles? —Faythe no pudo evitar sonreír.
La sonrisa de Livia alivió el peso de la conversación.
—En cierto modo.
—No sé por qué Reylan me aguantaba antes. —Faythe soltó una carcajada.
—Porque te ama —dijo Livia sin rodeos—. Más que a nada a lo que le haya visto
dedicarse antes. Incluso como humana, sabiendo las probabilidades que había en tu contra,
creyó en ti.
—Sabía que yo era su compañera. Eso cambia las cosas.
—Te equivocas.
La atención de Faythe quedó atrapada por la seguridad de aquellas palabras.
—Reylan es muchas cosas, pero nunca ha sido egoísta a pesar de lo que él pueda creer.
Por encima de todo, nunca ha sido de los que se guardan la verdad por muy dura que sea de
oír. Si no hubiera creído que podías soportar el viaje a las Islas, te habría desafiado. Si no
hubiera creído que podías derrotar a Rezar, habría ido en contra de tus deseos y lo habría
matado en un instante. Si no pensara que puedes cuidar de ti misma, si no creyera que puedes
dominarte, estaría aquí ahora. Que sean compañeros no tiene nada que ver con cómo él te
ve, y si eso es lo que realmente piensas, no lo mereces.
Su última afirmación hizo que Faythe arqueara una ceja por su brusquedad.
—La honestidad bruta debe de ser un rasgo Arrowood —comentó, pero las dos
compartieron una sonrisa de acuerdo.
Pensó en las palabras de Livia. Las sintió como un calor en el pecho que rápidamente
se convirtió en dolor. Echaba mucho de menos a Reylan. Sus noches eran largas e inquietas,
sus días vacíos y aburridos. Lo que más le dolía era que no había tiempo para medirlo, ni una
cuenta atrás esperanzadora para cuando lo volviera a ver.
Para probar su plan, no podía acudir a ellos. En caso que los fae oscuros le siguieran la
pista, Reylan debía mantenerse alejado. Lo único que mantenía a Faythe en pie era la idea de
adónde iría después de Fenher. Si su muerte era creída por el mundo y Zaiana realmente no
sabía de su Transición para compartirla con sus enemigos, Faythe se dirigiría a High Farrow.
Era una luz en su oscuridad llegar a ver a sus amigos, cuya ausencia había dejado un vacío en
su pecho desde que se separaron.
Jakon, su amigo más antiguo y querido, fue el primero que se le pasó por la cabeza. Qué
diferentes se habían vuelto sus vidas de todo lo que habían imaginado juntos de niños. Quería
abrazarlo desesperadamente.
Luego Marlowe, su hermosa y brillante amiga que había llegado a sus vidas en el
momento perfecto, la que hacía a Jakon más feliz que nunca.
Nik… Dioses, echaba de menos sus bromas, sus regaños, su sabiduría. Ansiaba verlo
bajo la corona que sabía que llevaría con tanta confianza ahora que gobernaba High Farrow.
En cuanto a Tauria, Faythe a menudo encontraba sus emociones agitadas por la Reina
de Fenstead, esperando que hubiera tomado la decisión correcta al ir a Olmstone. Esperando
no haber sacrificado su corazón por una llamada del deber.
El golpe de conciencia que le produjo aquel pensamiento le hizo abrir los ojos. Faythe
ya era inmortal, al menos en el sentido humano de la palabra. Antes de partir hacia las Islas,
había aceptado el título que le correspondería cuando regresara, pero nunca pensó que
sucedería a Agalhor. Faythe no sabía cuándo volvería, pero solo ahora se daba cuenta que
algún día llevaría la corona de Rhyenelle. Tenía por delante un reto intimidante si quería
demostrar que era digna de ser la heredera de Rhyenelle por encima de Malin, ya que todo
lo que era ahora mismo no la hacía más apta para gobernar que un fae impredecible y sin
entrenamiento.
—Tienes que intentarlo. —Livia la sacó de su túnel de pensamientos.
Faythe asintió con la cabeza. No quería volver a encontrarse con Reylan como una
fracasada. Sabía que él creía en ella. Solo tenía que tratar de averiguar lo que vivía dentro de
ella y de lo que era capaz.
—Deberíamos descansar. —Livia le lanzó una mirada cómplice mientras se levantaba.
Faythe dio vueltas a su bebida.
—Voy a terminarme esto. Espero que me ayude a dormir. Me levantaré pronto.
El cansancio nubló el rostro de Livia, y Faythe se sintió aliviada cuando ella asintió,
echando un rápido vistazo a la funesta posada antes de dirigirse a la escalera. Los hombros
de Faythe se relajaron, contenta que la comandante no hubiera percibido su impaciencia por
marcharse.
Faythe suspiró, celosa que Livia se hubiera ido a descansar. El agotamiento le pesaba
sobre los párpados, pero no podía dormir, no sin el tónico que la llevaría más allá de sus
nieblas doradas y blancas y directamente a la oscuridad. Porque su Caminata Nocturna…
estaba peligrosamente ligada a su nueva existencia, y Faythe no estaba segura de lo que era
capaz de hacer por la noche. Los recuerdos de cuando no tenía control sobre su Caminata
Nocturna la aterrorizaban, que pudiera ser capaz de eso otra vez.
De matar.
En cada ciudad había conseguido escabullirse y obtener el tónico por la noche mediante
alguna cautelosa indagación. Ahora el tónico se había agotado, así que Faythe estaba al
acecho de cualquier tienda en la que pudiera probar. Ya había aguantado más de un día sin
dormir, pero no sin que sus compañeros sospecharan cada vez más de ella.
Faythe se mezcló en las sombras de la noche, ajustándose la máscara y subiéndose la
capucha. Las calles estaban desiertas. El frío silbaba en el viento y Faythe se ciñó la capa con
más fuerza. Sus pasos se hacían pesados por la voluntad de sucumbir al cansancio. Estaban
en un pueblo muy pequeño, y su esperanza empezaba a desaparecer cuanto más caminaba
sin rumbo.
Su postura relajada se puso rígida al ver una silueta por el sendero, demasiado pequeña
para no ir acompañada. Faythe se detuvo, escudriñando a su alrededor, pero nadie se acercó
a la niña ni se quedó cerca. Mientras se acercaba lentamente, los pelos se le erizaron por todo
el cuerpo. Llevaba puesta la capucha y el rostro de la niña estaba enterrado entre sus manos.
Entonces Faythe oyó los sollozos ahogados.
—Hola —dijo en voz baja, para no asustarla—. Estás bien. ¿Dónde están tus padres? —
Se agachó, y los pequeños hombros dejaron de temblar.
—Quiero irme a casa. —La voz era tan suave que le llegó a las entrañas. Lentamente,
las manos de la niña se apartaron de su cara para deslizarse dentro de su capucha.
Cuando los impresionantes mechones de cabello plateado se desparramaron y Faythe
vio sus ojos… su equilibrio se tambaleó y apoyó una palma en el suelo.
Faythe conocía esos ojos. Zafiro, pero salpicados de oro. Absolutamente fascinantes, y
su corazón se aceleró al verlos. Aturdida, alargó la mano para acariciar la mejilla de la niña,
y solo entonces se fijó en las pequeñas puntas de sus orejas. Sus ojos se aguzaron ante la
belleza de la niña y el estallido de brillante esperanza que brotó en su interior.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Faythe sin aliento.
La niña solo sonrió, su delicada mano tocó la de Faythe, la tomó y se levantó con el
suave tirón.
Tenía que ser un sueño, pero a Faythe le daba igual. Siguió a la niña como si caminara
sobre las nubes.
No fueron muy lejos y se detuvieron ante una tienda. Los hombros de Faythe se
relajaron al ver el ámbar parpadeante en el pequeño escaparate esmerilado.
—Gracias —dijo Faythe. La niña la había llevado directamente a lo que buscaba.
Su mano se volvió demasiado ligera, y Faythe jadeó mientras bajaba la vista,
retrocediendo un paso cuando de sus manos salió volando polvo dorado. Le tembló el pulso
al ver cómo el viento se llevaba su perfecta ilusión, y el símbolo de su mano apagó su cálido
resplandor.
La tristeza invadió a Faythe mientras su mente se aferraba a la hermosa imagen de la
niña fae. Se parecía tanto a Reylan que a Faythe le dolió saber que no era real. Se preguntó
por qué la visión había llegado esta noche. Tal vez había pasado tanto tiempo sin dormir que
su espacio subconsciente, donde podía conjurar lo imposible, se había filtrado en su realidad.
Un extraño crujido perturbó el silencio y Faythe se giró asustada hacia la puerta de la
tienda que se abría. Nadie la saludó, pero la vacilante luz de las velas la invitó a entrar.
El interior de la tienda estaba repleto de estanterías desordenadas. No había ningún
mostrador con un humilde tendero donde pudiera hacer su rápida consulta y marcharse. Se
le erizó el vello de los brazos, pero de todos modos siguió adentrándose, tragando saliva a
pesar de la sequedad de su garganta, con toda la intención de gritar. Se entretuvo mirando
las estanterías, escudriñando los huecos para encontrar a alguien. Con el arco iris de frascos
y desorden, se preguntaba cómo alguien podía encontrar lo que buscaba en aquel lugar.
Faythe no pudo evitar alargar la mano hacia un frasco iridiscente con un líquido rojo
brillante, embelesada por él.
—¿Tienes la costumbre de tocar lo que no te pertenece?
Faythe se sobresaltó al oír el repentino graznido de una voz. El susto le hizo retroceder
el codo, y el horror se apoderó de ella al oír el estruendo de algunos objetos al caer. Se giró y
atrapó varios con facilidad. Un reflejo así nunca habría sido posible en su forma humana.
Llegó demasiado tarde para salvar un frasco, y la culpa la invadió cuando se hizo añicos,
derramando una sustancia verde entre las viejas tablas del suelo.
—Lo siento mucho —logró decir Faythe. Cuando levantó la vista del desorden, su
mirada se posó en una anciana encorvada. Faythe estaba desconcertada por no haberla oído
acercarse. Su rostro arrugado estaba fruncido en un gesto de desaprobación, y luego de
acusación, mientras observaba el vertido. Faythe se apresuró a añadir algo a sus disculpas,
pero solo tenía monedas de una partida de cartas jugada aquella noche y aún esperaba poder
comprar el tónico, así que se limitó a vacilar ante la evaluación de la mujer.
—¿Qué demonios estás buscando, niña?
Las manos de Faythe se hincharon al sostener los diversos frascos de cristal y objetos
de latón que había salvado de caerse. Volvió a colocarlos con cuidado en las estanterías,
donde encajaban fácilmente entre el resto del desorden.
—No soy una niña —refunfuñó Faythe.
—Quítate eso, ¿quieres? Es de mala educación entrar a la casa de una persona sin
mostrar el rostro. —La mujer cojeó alrededor de Faythe con su bastón, que golpeó contra la
madera, y las tablas del suelo crujieron a su paso.
Faythe se había olvidado de su máscara, tan acostumbrada a necesitarla para ocultar
quién era. Echó un rápido vistazo al delicado espacio y pensó que no tenía nada de qué
preocuparse con un solo humano. Se desató la cinta, se quitó la coraza de la cara y respiró
hondo mientras el aire le refrescaba la piel. Siguió a la mujer mientras se sumergía por la
parte de atrás, perdiéndose de vista.
—Ven, ven. —Su voz envejecida era áspera y tensa.
Faythe recorrió el estrecho pasillo con pasos vacilantes, hasta que llegó a una pequeña
cocina donde la anciana estaba preparando té. El agua ya estaba hirviendo, y Faythe se
preguntó por qué estaba despierta a una hora tan tardía incluso antes de su intrusión. Echó
un vistazo a la decoración. Había muchos colores y objetos extraños, pero supuso que
añadían un toque cálido. Cuando sus ojos se posaron en la pared del fondo de la habitación,
Faythe se apresuró a dejar de mirar.
—¿Por qué evitas el espejo? —graznó la mujer.
Faythe se acercó a la mesa.
—No lo hago.
Su sonrisa fue inesperada. ¿Por qué la mujer se mostraba tan acogedora con un extraño
que había irrumpido en su casa a escondidas y enmascarado? Faythe había olvidado por un
momento que, ahora que era un fae, ya no envejecería ni se debilitaría como la humana que
luchaba por sentarse en la silla que ella misma había sacado.
—Tienes miedo —dijo la mujer, tomando una larga y ornamentada pipa y acercando
una vela a ella—. Tan poderosa, y sin embargo guardas tanto miedo. No es un buen presagio,
Faythe Ashfyre.
El humo se esparció por el aire y la mujer tosió con un ahogo tan horrible que Faythe
avanzó un paso. La mujer le hizo un gesto con la mano para que se apartara, abanicando el
aire para dispersar las nubes. El olor no era lo que Faythe esperaba. No era fétido como el
que había soportado de las tuberías de los establecimientos en los que se detuvieron; era
suave y floral como la lavanda, sabroso como la vainilla. Respiró hondo antes que la
comprensión la detuviera en seco.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, afilando su precaución. La mujer no parecía
en absoluto una amenaza, pero Faythe sabía que una espada no era nada contra alguien con
el conocimiento de su supervivencia, que podría soltarlo todo y arruinar su plan.
Su carcajada se convirtió rápidamente en otra ronda de tos, y aunque lo que la mujer
estaba fumando no parecía ser nada dañino, Faythe estaba segura que no le estaba haciendo
ningún bien. Parecía estar viviendo de prestado.
—¿No vas a sentarte? —Señaló la desvencijada silla de enfrente.
Faythe no confiaba en que no cayera al suelo en cuanto probara su peso sobre él.
Ante su vacilación, la mujer resopló.
—No lo suficientemente lujoso para la Reina Fénix, ya veo.
Un escalofrío recorrió la habitación.
—¿Dónde has oído ese nombre? —Faythe debería marcharse, pero se sentía obligada
por la mujer. Su cansancio empezaba a cundir de nuevo a pesar de su alarma.
—Tienes muchos nombres. Por los humanos, por los dioses. En el pasado y en el
presente. Lo que nunca has sido es una cosa, y por eso no puedes encontrar aceptación.
—Dime quién eres —exigió Faythe, irritada por la alarma. Su mano rodeó a Lumarias,
pero no con la firmeza que esperaba.
—Tengo lo que buscas, verdadera heredera de Marvellas.
El corazón de Faythe latía con fuerza, deseoso de respuestas a pesar de la profunda
reserva que le pedía a gritos que abandonara la extraña tienda.
—Ahora siéntate, Faythe.
Capítulo 12
Reylan
Era como si hubieran caído las estrellas. Los diminutos destellos de la llama estaban
demasiado lejos y dispersos para que su resplandor ambarino fuera visible, pero el símbolo
había brillado por la ciudad durante toda la semana, y resultaba sobrecogedor darse cuenta
de lo mucho que Faythe significaba para su pueblo. Cada anochecer, la ciudad había
extendido una tradición milenaria de encender una única llama en su ventana en homenaje
a la real caída. Aun así, Reylan sentía pánico cada vez que veía las tenues luces estrelladas, a
pesar de conocer la verdad.
Faythe estaba viva.
—Apenas la conocían.
La voz que le llegó le crispó los nervios, y Reylan apretó el puño alrededor de la
empuñadura de su espada. No se volvió hacia Malin Ashfyre. Trabajó la mandíbula por su
desagrado no tan sutil.
—No hace falta poseer un diamante para conocer su valor —dijo con calma.
El resoplido de respuesta de Malin hizo difícil abstenerse de la violencia que la
arrogancia del príncipe despertaba regularmente. Se acercó hasta situarse junto a Reylan,
ambos mirando hacia la ciudad.
—Aquí o bajo tierra, era un derroche de talento.
Los dientes de Reylan rechinaban con tanta fuerza que podrían romperse, y su puño
temblaba a su lado. Sabía que Malin le estaba poniendo a prueba porque estaban solos, lejos
de ojos y oídos. Aun así, no podía soportarlo.
—Aquí o no, ella tenía más talento del que tú nunca tendrás. —Se volvió hacia Malin,
sin importarle las imprudentes palabras que soltaba—. Tu inseguridad resuena cuando
hablas de ella. Incluso su fantasma te amenaza.
Los iris avellana de Malin se nublaron de odio. No era la primera vez que Reylan lo
había visto; había estado allí cuando el príncipe lo empujó a su límite en el pasado. Sin
embargo, aunque Malin era astuto y gozaba del favor del consejo, no era tan tonto como para
olvidar que los nobles eran solo la mitad del gobierno de un reino. No podían defenderse sin
sus ejércitos, y Reylan se había ganado la lealtad de los guerreros y comandantes de
Rhyenelle durante siglos. Malin le necesitaba.
—Sin embargo, no hay ningún cuerpo.
La cabeza del príncipe se inclinó ligeramente con el cambio de tema, y observó a Reylan
en busca de alguna reacción mientras pronunciaba las palabras con el suficiente matiz de
sospecha.
—Estaba más allá de la recuperación.
Una sonrisa oscura y violenta se dibujó en los labios de Malin.
—Sí, así dice la gran historia. Un trágico final para un trágico comienzo.
—¿Hay algo que quieras, Malin?
Bailaban el uno alrededor del otro con sus cuidadosas bromas y el temperamento
creciente de Reylan.
—No fue difícil detectar que tu devoción por ella superaba con creces lo apropiado.
—Tu acusación no tiene sentido.
La pausa del príncipe rozó la piel de Reylan. Quería darle un golpe al brillo de sus ojos.
—¿No lo tiene?
A menudo, era como si Malin ya se creyera rey. Lo creía tan de verdad que el peso de la
corona ajustaba su postura, dándole la confianza para hablar tan descaradamente con
palabras siempre tan astutamente elaboradas.
—Yo solo estaría cuidando tu posición, por supuesto —prosiguió, cambiando su tono
para sonar amistoso, pero lanzando una advertencia—. Un general no está a la altura de una
princesa. Según tengo entendido, Faythe estaba a punto de reclamar el trono antes de que…
la tragedia se abatiera sobre el reino.
Reylan trató de calcular lo que Malin esperaba obtener de él, el afilado filo de la
sospecha comenzaba a cortarle la piel.
—Aunque, después de todo, puede que no fuera de la incumbencia de nadie —chistó el
príncipe—, ya que los señores tenían planes para impugnar su legitimidad. No habría sido
tarea fácil para Agalhor convencerles que pasaran por alto ese hecho crucial.
Entonces todo cobró sentido. Reylan pensó que Malin debía estar desesperado si había
acudido a él para pedirle información. Por qué el príncipe incluso se preocupó de investigar
puso todas las defensas en alerta máxima. No sabía si Malin sabía que Faythe todavía estaba
viva o si todo su sondeo era otra manera de conseguir que se le escapara algo.
—Puedes liberar a tus seguidores de la tarea de elevar tal protesta.
El tic de la mandíbula de Malin dejó clara su irritación. Era una alegría rara de ver. El
príncipe miró de las botas de Reylan a su cabeza mientras se levantaba unos centímetros
más. Reylan no reveló nada de su enfado.
—Parece que eres un hombre de rutina, Reylan Arrowood. —Su sonrisa era
oscuramente malvada mientras se alejaba—. Dejando morir a gente indefensa y débil.
Reylan se retorció, el destello de rabia anuló toda lógica cuando su mano empezó a
desenvainar la espada. Un fuerte apretón en el antebrazo lo detuvo, y su cabeza se giró con
ira hacia Kyleer, que se mantuvo firme frente a él.
—Él no vale la pena.
—Ella sí —gruñó Reylan por lo bajo. Era como si su corta conversación se hubiera
disipado para dejar solo las palabras de odio que Malin dijo de Faythe. Y Reylan le debía su
pelea.
—Sí, y te necesita vivo y libre, no encerrado si intentas algo o ejecutado si lo consigues.
Reylan cerró los ojos, separó el brazo de Kyleer y se volvió hacia la ventana. Al abrir los
ojos y contemplar la sombría vista, su ira se empapó de frialdad al mismo tiempo. Respiró
con seguridad y firmeza, en silencio durante varios minutos antes de preguntar:
—¿Izaiah…?
—Todavía los está rastreando. Deberíamos tener una actualización mañana, aunque te
aseguro que será tan aburrida como la anterior. Payasadas aparte, están siendo inteligentes
y silenciosos.
—¿Su poder?
—No le ha causado ningún daño ni a ella ni a nadie. A pesar de sus esperanzas de tratar
de entenderlo, creo que se lo ha estado guardando todo.
Eso no tranquilizó a Reylan. Temía que cuanto más tiempo Faythe evitara su poder,
mayor sería su erupción. Sin embargo, él creía en ella, y lo que le había ocultado
culpablemente era que no importaría si él estaba a su lado esta vez; no podría ayudarla de
todos modos.
—No sé cuánta de su magia puedo soportar —confesó en voz baja.
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente eso. He tomado toda su habilidad antes. Era fuerte, pero tenía una
forma, aunque nunca la había experimentado. Sin embargo, ahora, cuando ella me tocó con
la intención de tratar de mostrarme… —Reylan miró a Kyleer con el miedo que lo había
atrapado en cuanto se dio cuenta—. Es un poder como nada que haya sentido antes. No tiene
forma. No tiene principio ni fin. No puedo alcanzarlo y reducirlo -ningún Mindseer podría-
porque ella no tiene magia; ella es magia. Una fuerza que no será silenciada.
—¿No se lo dijiste?
Reylan negó con la cabeza.
—Ella cree que yo estaré allí para detenerlo todo si pierde el control. Y estaré allí con
ella, pero no puedo detenerla. No se lo dije porque nunca intentará alcanzar el máximo de
sus habilidades si no cree que hay un mecanismo de seguridad: yo.
Kyleer exhaló profundamente con el ceño fruncido.
—Es aterrador para todos nosotros. Pero no rompas esa confianza con ella.
Reylan no podía soportar la idea.
—Puede que no seas capaz de soportarlo todo, pero no creo que seas del todo
innecesario. Puede que dependa de ella detenerse, pero no está sola albergando su poder. No
contigo.
Dioses, le aliviaba oírlo decir desde fuera, pero al mismo tiempo, desencadenaba una
dolorosa tensión dentro de Reylan por el hecho que ella estuviera tan lejos de él. Sabía que
Faythe era poderosa, valiente y muy capaz, pero juntos eran más fuertes.
Reylan no sabía por qué se dirigió a Kyleer. Tal vez porque era uno de los pocos que
conocían su pasado, cada detalle oscuro y sombrío.
—Siento que la conozco desde hace mucho más tiempo del posible.
—Lo que sienten el uno por el otro, incluso desde fuera, no se puede negar lo profundo
que es su vínculo.
Reylan quería creer que era tan sencillo como eso. No trató de explicar más cuando no
podía estar seguro de sus propios pensamientos. Pero desde que se encontró con los ojos de
Faythe por primera vez desde que despertó de la muerte en sus brazos… algo había estado
tocando las cuerdas de su memoria, inspirando destellos, pero nada completo o seguro, y no
sabía lo que significaba.
Aunque una cosa resplandecía con nítida claridad: conocerla le mostraba que había una
puerta para salir de su mente de oscuro tormento, y amarla lo liberaba.
Capítulo 13
Zaiana
Había pocas cosas que asentaran una mente tan envuelta en la oscuridad, pero los
miradores abiertos eran el refugio seguro de Zaiana. Ellium era una vista impresionante. A
suficiente distancia y altura, se maravilló de cómo la ciudad de doble muralla estaba
construida como si una estrella hubiera surcado los cielos y creado el cráter más perfecto en
el que anidar la capital. La ciudad estaba rodeada de altas montañas de picos carmesí que la
abrazaban en grandes olas de piedra. Era una defensa impecable que a Zaiana le resultaba
intrigante, pues tal vez no estuviera del todo libre de la influencia de fuerzas que escapaban
a su comprensión. Sus ojos se desviaron hacia el cielo nocturno, como si esas mismas fuerzas
pudieran estar observándola ahora.
Un escalofrío la recorrió mientras dejaba caer la mirada. Era una idea ridícula. No
quedaba nadie para intervenir.
—No lo digo como un insulto… —El rugido irritante de Maverick vino de detrás de ella,
donde había estado descansando mientras ella colgaba de la cornisa—. Pero esperaba que
ya hubieras ideado un plan. ¿Estás perdiendo tu toque, Zaiana?
Apretó los puños. Tenía un plan, aunque lo que requería era que él estuviera lejos
cuando ella decidiera actuar. Tynan y Amaya estaban prisioneros en su castillo. Eso lo
confirmó después de unos días de espionaje y de escuchar los susurros de los guardias, de
miedo, de burla por su captura. Había necesitado mucha voluntad para no reaccionar, pero
Zaiana no podía permitirse activar la más mínima alerta.
—¿Cuál es tu plan, Maverick? —le dijo con la mayor frialdad posible, aunque sentía
deseos de hacerle daño.
Llevaban semanas sin entrar en acción, solo interminables días de vigilancia. Lo que
Maverick no sabía era que no estaba cartografiando sus defensas ni conociendo sus
estrategias. Eso pensaba hacerlo desde dentro.
El gemido del bastardo le puso el cuerpo rígido al indicarle que se acercaba.
—El general ha estado bastante… silencioso.
—Perdió a alguien muy querido para él.
Maverick se burló.
—Enfurruñarse y suspirar es lamentable.
—¿Qué esperas que esté haciendo?
—Estrategia —dijo con dureza.
Zaiana levantó la mirada hacia él. Era extraño vislumbrar su enfado.
—Debería venir por mí, pero en lugar de eso se ha quedado en ese maldito castillo como
un tonto lamentable.
—Necesita tiempo para llorar. —Zaiana se lo quitó de encima.
—El cuerpo de Faythe no está ahí.
Se le trabó la mandíbula. No le miró.
—No, no lo está.
—Raro, ¿verdad?
Había un desafío en su tono que la irritaba. Zaiana se levantó. Un giro los puso cara a
cara.
—Encuentra a Faythe. Encuentra su espada. Esa es tu tarea, no la mía.
El silencio entre ellos estaba cargado. Maverick retuvo una pregunta que nunca
formularía abiertamente, así que pasó de puntillas sobre ella.
—Supongo que no habrás reunido información sobre dónde podría ir a buscar.
Sus ojos se entrecerraron en los de él.
—No son tan tontos como crees —dijo con cuidado—. Lo que he deducido es que Reylan
Arrowood está jugando el juego correcto. Está de luto con la ciudad por la pérdida de su
princesa. Aunque él no fue el único que la perdió.
Maverick curvó una ceja para que continuara.
—Kyleer ha estado vagando por el castillo y la ciudad con la misma indiferencia.
Algo en sus ojos se encendió ante su mención, pero Zaiana se mantuvo firme, sin dar
nada más que hechos.
—Qué amable por tu parte fijarte en él y tenerlo en cuenta. —Su tono insinuó una
sugerencia.
—Pero su hermano no —le espetó. El chasquido de su tono solo hizo que él se
estremeciera. Zaiana no quería saber lo que él estaba pensando. Se burló.
—¿Has pasado estas últimas semanas sin hacer nada más que darte un capricho con
sangre humana?
—No sabrías absolutamente nada de mis indulgencias. —Él se acercó un paso más, y
ella no pudo soportar el surgimiento de la batalla con la que estaba demasiado familiarizada.
Siempre había estado presente entre ellos desde que él hizo la Transición y se enfrentaron,
pero desde la noche que compartieron… Zaiana apenas soportaba estar cerca de él. Cuando
las tensiones aumentaban ahora, esa batalla privada parecía encerrada en la incertidumbre.
Maldecía a su propia mente, a su propio cuerpo, por desenterrar el recuerdo cada vez que
parecía que sus enemistades podían resolverse por medios mucho más placenteros.
—No te has unido a mí ni una sola vez —continuó él, bajando la voz a un tono
insufriblemente bajo—. Dime, ¿cuándo fue la última vez que te alimentaste?
La verdad estaba bajo llave.
—Eso no es de tu incumbencia. Si quieres probarme, Maverick, entonces hazlo. —Su
piel se erizó con una vibración constante. No quería luchar contra él. No ahora, cuando
llevaba semanas sacando fuerzas lenta y cuidadosamente de su pozo de poder—. El hermano
menor, Izaiah, no ha estado mucho con ellos. Es un metamorfo, y son mucho más astutos de
lo que esperas.
Esto llamó su atención. Maverick se cruzó de brazos.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que los pájaros son escasos en los alrededores de las montañas, y sin embargo
a menudo uno va y viene del castillo. Nunca es la misma especie, y sin embargo la trayectoria
de vuelo es exactamente la misma. A veces se adentra en las montañas y emerge un pájaro
diferente. Lo elogiaría por su intento de despistarnos, salvo que siempre entra por la misma
ventana.
El rostro de Maverick se relajó en lo que ella se atrevió a pensar que era aprobación.
—¿Recogiste todo eso?
Zaiana puso los ojos en blanco.
—Tú también podrías haberlo hecho si no hubieras pasado el tiempo hasta ahora como
si estuviéramos de vacaciones. Como preciada mascota de Dakodas, habría pensado que
estarías mucho más deseoso de complacer.
Aunque la postura de Maverick se puso rígida, casi se inclinó hacia delante como si
quisiera arremeter contra ella. Para luchar o hacer algo por lo que mereciera la pena luchar,
después nunca lo sabría. Respiró hondo antes de darse la vuelta y mirar hacia la ciudad que
brillaba en rojo y ámbar en la noche.
—¿Crees que lo ha conseguido? —concluyó.
Zaiana no tuvo más remedio que compartir la sospecha que albergaba.
—Creo que la están escondiendo y él es el camino directo a ella.
—¿Por qué?
—¿Tengo que pensar todo yo, Maverick?
—Me gusta escuchar tus pensamientos. Tu voz… me tranquiliza un poco.
Era exasperante.
—Marvellas la quiere. Si ella o Dakodas supieran que sigue viva, no perderían ni un
segundo; ya la estarían cazando. Ella murió en esa cueva. No debería volver a estar de pie. —
Un escalofrío extraño la invadió, una de esas nociones inquietantes a las que no estaba
acostumbrada—. ¿Quién sabe en qué se convirtió?
—No veo la hora de reunirnos —dijo Maverick sarcásticamente—. Podemos rastrearla
juntos, como en los viejos tiempos.
Durante unos segundos, Zaiana no pudo comprender la punzada que sintió en el pecho.
Era un movimiento como si le importara el viaje que habían compartido, al menos antes que
todo cambiara. La caza, los cálculos… Tal vez si le dedicara más de unos segundos a esa
desagradable sensación creería que incluso disfrutaba de su aventura.
—No.
Su cabeza se giró hacia ella.
—Todavía tengo que explorar las defensas —añadió rápidamente. Una mentira y una
verdad. Después de todo, era su tarea—. Tú eras el encargado de recuperar la espada de
Faythe. Imagina la gloria si regresas con el arma en la mano que la empuña. —Ella no quiso
descifrar la caída en su expresión; la guerra que flexionó sus ojos.
—Nos separaremos esta noche. No podemos perder otro día. —Maverick se volvió
completamente hacia ella. Ella no sabía cuándo él había cerrado la distancia, dejando solo
una brisa fresca de aire de montaña entre ellos. Ella vio el momento en que él perdió su lucha.
La mano de Zaiana arremetió contra su pecho antes que pudiera borrar más espacio.
Se aferró con fuerza a sus cueros mientras intercambiaban duras miradas, siempre luchando.
Siempre en conflicto.
—No lo hagas —dijo ella tan firmemente como pudo en un susurro—. Esto se acaba
ahora. Cualquier impulso que sientas a mi alrededor -esa mirada en tus ojos- puedes
desviarlo hacia cualquier otro. —Su pecho subía y bajaba profundamente porque mientras
hablaba de su imprudencia, se dirigía a la suya propia—. Esto se acaba ahora —repitió,
dejándole marchar.
Lentamente, su dureza volvió a añadir oscuridad a su expresión.
—Eres muchas cosas, Zaiana. Muchas cosas malvadas, crueles y brillantes. —Se alejó
de ella, flexionando y expandiendo las alas—. Pero no eres tan ilusa como para detener algo
que nunca existió.
El retorcimiento de sus entrañas ante sus palabras fue desagradable, pero no
reaccionó.
—Supongo que nos volveremos a encontrar pronto, con tu estrategia planeada y mi
arma ganada. Como los honorables servidores de la Diosa que somos. —Inclinó la cabeza
hacia abajo, mirando al suelo, mientras fruncía el ceño. Entreabrió los labios como si fuera a
hablar, pero pareció pensárselo mejor.
Zaiana se alegró que él no la viera añorando aquellas últimas palabras perdidas en el
único paso que dio mientras él se inclinaba hacia la ladera de la montaña. Maverick
desapareció, engullido por la noche por completo. Escuchó el batir de sus alas durante unos
segundos antes que él volviera a aparecer en su campo de visión, volando alto para cubrirse
antes de empezar a alejarse.
No miró hacia atrás.
Ella no esperaba que lo hiciera.
Sin embargo, sus ojos permanecieron fijos en él hasta que fue una mancha lejana y,
cuando parpadeó, ya no pudo distinguirlo.
Sola en la montaña, Zaiana era libre de sentirlo todo y nada. Podía gritar, llorar o reír y
nadie se enteraría. Era a la vez un alivio y un pensamiento desesperado, así que encerró su
mente contra todo lo que amenazaba con liberarse. Era la única manera de llevar a cabo lo
que tenía que hacer. Sostenían a Tynan y Amaya como si fuera un gran triunfo, el primer paso
hacia la conquista de su poderoso enemigo oscuro. Zaiana no estaba haciendo esto por
consideración a sus vidas. No podía serlo, y ellos no esperarían que viniera su ayuda. Lo hacía
por sí misma. Su venganza se cocinaba caliente y electrizante bajo la superficie, esperando a
ser desatada.
Al fin y al cabo, si se burlaban de ellos, de ella también lo hacían.
Capítulo 14
Tauria
—NADA DE VISITAS, POR orden del rey —refunfuñó un guardia.
Tauria se mantuvo inflexible ante dos de ellos en las celdas bajo el castillo. Sabía que
pasaría mucho tiempo antes que la consideraran al mismo nivel que a Nik. Sin un matrimonio
vinculante, sin la coronación, seguía sin ser nada para el pueblo de High Farrow. Pero ella
era suya, y ese mero hecho bastaba para aliviar la punzada que sintió ante la mirada de los
guardias, que se preguntaban si pertenecía a este lugar.
Tauria sabía que sí. Su lugar estaba al lado de Nik. Gobernar High Farrow y Fenstead
juntos era su lugar. Podía ser paciente un poco más hasta que el mundo lo creyera también.
—Bien. Tráelo. Su ira no estará dirigida a mí; será para ti y tu insistencia de negárselo
a su compañera. —Fue un movimiento bajo, pero era todo lo que tenía.
El recuerdo de quién era para Nik la ensombrecía cada vez más. Hizo que los guardias
intercambiaran miradas, y ella lo odiaba, su debate sobre su autoridad. Pero funcionó. Uno
hizo un sonido de disgusto y se apartó de su camino.
Mientras arrastraban los pies para seguirla, Tauria se detuvo.
—No necesito protección contra una dama inofensiva —dijo por encima del hombro—
. Los llamaré si son necesarios.
Más dudas. Más debate. El aire que rodeaba a los guardias se agitó, advirtiéndoles que
ella no era inofensiva. Cuando por fin se retiraron, Tauria siguió adelante por el frío y oscuro
pasadizo.
No tardó mucho en divisar la forma acurrucada en la esquina de una celda lejana. No
levantó la vista, y cuando Tauria se detuvo ante los barrotes, no pudo encontrar compasión
alguna ante su estado, sin saber lo que había hecho.
—Hola, Samara. —Tauria habló con hielo en su tono.
La masa enmarañada de cabello rubio se levantó. Los ojos azules de Samara estaban
vacíos. Tauria no podía soportarlo. No quería sentir el aumento de la simpatía. Era difícil
odiar a alguien que se había rendido.
—¿Vienes a regodearte? —Su voz era un horrible graznido, y Tauria se estremeció,
sintiendo que se le secaba la garganta.
—Eso implicaría que tengo algo que perder contigo.
Samara soltó una carcajada fría de resentimiento. Inclinó la cabeza contra la piedra. —
Crees que lo tienes todo, pero no tienes nada.
—Tengo todo lo que querías.
—No.
Los ojos de Tauria se flexionaron. Su irritación calentó sus venas, despertando su
viento.
Samara continuó.
—No ves la jaula en la que estás, aunque sea de cristal.
—No vine a jugar juegos contigo.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Una oscuridad surgió de tales profundidades que sería irrecuperable si la dejaba
aflorar por completo. Tauria miraba y miraba, intentando ver a una persona ingenua, un
corazón insensato, pero lo único que sabía en ese momento era que estaba mirando a alguien
que podría habérselo arrebatado todo.
—Intentaste matar a mi compañero —susurró. Su respiración se endureció y apretó
los puños para no cometer ninguna imprudencia.
—No sabía que estaban apareados.
—¿Habría sido diferente?
Samara la miró.
—Sí.
La necesidad de venganza de Tauria cesó. Ella silenció su viento.
—¿Por qué lo hiciste?
—Me lo prometió todo.
—¿Zarrius?
Samara no respondió, aunque sus ojos se dirigieron hacia el lugar de donde había salido
Tauria, y se estremeció rígidamente antes de abrazarse con más fuerza. Tauria se desabrochó
la capa, pero se detuvo con ella en las manos al darse cuenta de a quién estaba mostrando
exactamente su amabilidad. Samara podría haber matado a Nik; había estado tan cerca de
hacerlo que resultaba insoportable incluso mirarla sabiéndolo.
Forzó su oscuridad con una respiración profunda antes de deslizar una mano a través
de los barrotes y arrojar el material al interior. Samara lo miró durante unos instantes como
si fuera una trampa, pero en su estado de frialdad y amargura tomó la ofrenda con
impaciencia.
Tauria la observó, dejando pasar los segundos. No sabía qué había esperado conseguir
viniendo aquí, solo que había una persona viviendo bajo sus pies que había intentado hacer
daño a su compañero de la forma más definitiva, y quizá enfrentándose a ella sería capaz de
perdonar.
No pudo.
Tauria se dio la vuelta para marcharse.
—Lo quería —confesó Samara. Tauria se detuvo a escuchar—. El poder que él ofrecía.
—Un trono no es simplemente poder; es un mundo de responsabilidad.
—No solo el trono. —Con una mueca de dolor, Samara ajustó su posición, pareciendo
mucho más cómoda con la nueva capa—. Dijo que podía hacerme algo más. He estado
rodeada de fae poderosos toda mi vida, aquellos con habilidades y alto estatus. Yo lo quería.
Y Zarrius dijo en la primera luna llena tras subir al trono que a ambos se nos concedería un
poder superior. Una bendición.
Un escalofrío recorrió las yemas de los dedos de Tauria, apoderándose de su magia y
enfriando su sangre, y no tenía nada que ver con la temperatura del lugar. Su mente se llenó
de recuerdos que hicieron que su corazón latiera a un ritmo desigual.
Alas.
Sangre negra.
Mordecai.
—Lo que te habrían hecho sería una maldición, no una bendición —murmuró vacía.
Tauria nunca olvidaría la traición de Samara a Nik y cómo podría haber terminado. No sabía
si alguna vez la perdonaría de verdad, pero la Transición que podría haber caído sobre ella…
Tauria no se la desearía al enemigo.
Samara soltó una carcajada sin gracia.
—¿Qué sabrás tú sobre no tener poder? —dijo—. Tu habilidad es legendaria; eres una
reina. Hay quienes tenemos que caminar en las sombras como si tener magia fuera tener
valor.
—Eso nunca ha sido una división.
—Porque estás del lado del privilegio y no lo ves —se mofó Samara.
Tauria parpadeó, sorprendida. Aunque no fue con defensa que su corazón se hundió,
sino en ser iluminado ante la falta de conocimiento de Samara.
—¿Qué quieres decir?
—Durante demasiado tiempo los que tienen habilidades nos han menospreciado.
Incluso aquellos con magia leve. Zarrius dijo que esta era la forma de equilibrar la balanza
del poder. La corona no me habría concedido magia, pero habría sido respetada y temida.
Tauria no podía soportarlo. El señor había romantizado la idea de convertirse en un fae
oscuro. Se preguntó con frío temor cuánto tiempo llevaba susurrando esto en las mentes de
los fae y cuántos se habían tragado este gran plan. No se dio cuenta que había caminado hasta
los barrotes hasta que su mano rodeó el frío metal.
—Tus ojos son de un azul precioso. Me pregunto si serían igual de seductores
eclipsados por completo por la oscuridad. —Tauria evaluó la forma en que el rostro de
Samara se arrugó con cautela. Confusión. Tauria negó débilmente con la cabeza—. Apuesto
a que tampoco te dijo que tus ojos negros combinarían con tu sangre después de la transición.
Que tendrías alas y que te robarían los recuerdos. ¿Y lo peor? La única cosa que anhelarías
por encima de todo lo demás. Más que el poder, la magia o el amor.
Samara agarró su capa con más fuerza mientras la historia de Tauria resonaba en la
celda, tan inquietante como una historia de fantasmas.
—Sangre humana —terminó.
Los ojos de Samara se abrieron de par en par. Qué bien. Fue un alivio ver su horror por
lo que podría haber llegado a ser. De haberlo sabido, no habría elegido ese camino.
—Alégrate que Nik te haya atrapado, ya que esta celda—Los ojos de Tauria recorrieron
la lúgubre habitación—, es una misericordia. —Dejó caer la mano. Samara no era más que
una fae joven e ingenua, y aunque sus crímenes encendieron la llama de la ira de Tauria,
ahora pensaba que con el tiempo aprendería a perdonarla.
Aunque nunca lo olvidaría.
—No soy solo yo —confesó Samara en voz baja, pero no sin escudriñar temerosa a su
alrededor, como si creyera que la piedra estaba escuchando—. Si lo que dices es cierto, lleva
tiempo trabajando para convencer a la gente de su plan. Yo no sabía lo de los sacrificios, y él
no nos lo dijo. Tauria… —Un violento temblor recorrió la forma acurrucada de Samara y su
voz bajó aún más—. Podría tener un ejército reuniéndose entre estos mismos muros. Puede
que algunos ya hayan… cambiado. No puedo estar segura, pero Zarrius… su arrogancia tiene
que venir de un lugar donde sabe que tiene una gran arma si tratas de oponerte a él. Si tratas
de derribarlo primero.
Tauria palideció de horror, pero la adrenalina la mantuvo concentrada, calculando,
absorbiendo cada detalle que podía para saber cómo invertir silenciosamente las
probabilidades. Porque si Zarrius descubría que lo sabían, podría atacar con una fuerza
contra la que ningún muro podría defenderlos.
Ya estaban rodeados.
Capítulo 15
Faythe
Faythe no había probado el té que le ofrecieron. En su agotamiento se sintió tentada
por su calor calmante, pero la mujer estaba más concentrada en su pipa que en beber, así que
Faythe tampoco lo hizo.
—¿Quién eres? —Faythe lo intentó de nuevo.
—No soy más que una simple tendera. Guardo muchos tesoros en estas paredes.
Faythe había observado eso y se preguntaba cómo había llegado la mujer a poseer tal
variedad de objetos y elixires.
—Dijiste que tenías lo que yo buscaba —le preguntó Faythe, cada vez más irritada, ya
que aquello era más conversación de la que había esperado para esta noche.
Tan cansada…
La mujer sopló otra nube directamente hacia ella a través de la mesa. Faythe tosió y se
puso en pie, pero se apoyó con una mano en la mesa ante la oleada de fatiga que le sacudió
la vista.
—Sí, lo tengo.
Algo se deslizó por la mesa hacia ella y Faythe parpadeó para concentrarse en el objeto.
Volvió a parpadear cuando no pudo distinguir si lo que veía era real. No lo había traído
consigo. Tomó el objeto y lo levantó para examinarlo. Por delante parecía idéntico, pero
cuando le dio la vuelta…
—¿De dónde sacaste esto? —Faythe respiró.
El reloj de bolsillo de su madre. Lo que Faythe sostenía solo podía describirse como su
gemelo, pues en el reverso estaba el símbolo de Marvellas y, sin embargo, el de Faythe estaba
adornado con la marca de Aurialis. Para asegurarse que no era el mismo reloj, Faythe volteó
la palma de la mano, los ojos recorriendo las líneas doradas que llevaba y el dibujo idéntico
en el latón mientras crecía un frío temor.
—Descubriste dónde están las Ruinas. Pero necesitarás la ayuda de alguien muy
alejado de nuestro reino para llegar a ellas.
—¿Eso es lo que hay dentro? —preguntó Faythe, incrédula, recordando el momento en
que Marlowe descubrió la información encerrada en el reloj de bolsillo de su madre, tanto
tiempo atrás: las ubicaciones de los Templos de los Espíritus.
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo la mujer. Su frágil mano sostenía la mesa, temblorosa, y
bajo su piel fina como el papel aparecían venas que sobresalían mientras se esforzaba por
mantenerse en pie.
—Esto no es para lo que vine.
—Tu tónico para dormir. Lo encontrarás en algún lugar al frente. Pero ven conmigo.
Faythe no quería ir tras ella; lo único que quería era dormir. Sin embargo, sus pasos se
movían para seguir el golpeteo intermitente del bastón de la mujer, sus pasos arrastrados.
Cuanto más escuchaba, menos presentes se hacían los sonidos, más como un eco lejano que
no provenía de ninguna dirección en concreto. La luz de las velas se hizo fugaz a medida que
avanzaban por otro oscuro pasillo, creando una inquietante oscuridad. La silueta de la mujer
fue engullida por las sombras, pero Faythe no pudo apresurarse lo suficiente para seguirla.
Los pies le pesaban más, los párpados se le caían, el pasillo se estrechaba e inclinaba, pero
ella se mantenía erguida, solo siguiendo el seductor aroma de la pipa de la mujer.
No creía que la pequeña tienda pudiera extenderse tanto. Desde fuera no parecía más
grande que su cabaña en Farrowhold. Al final del pasillo había una puerta. De ella salía una
luz que ella no ansiaba, ya que la oscuridad era tan acogedora en su estado de fatiga. Faythe
dio un par de pasos hacia el interior, pero el horror la envolvió y la despertó de golpe.
La puerta había desaparecido.
No había salida.
Faythe cerró los ojos y ajustó los pies cuando se balanceó. Ni siquiera se atrevía a
buscar a la mujer, pues Faythe se encontraba en una sala de espejos.
Conocía esta habitación.
—Tengo miedo.
Una pequeña voz le hizo sentir escalofríos, obligándola a abrir los ojos, pero no pudo
darse la vuelta para enfrentarse al reflejo que había evitado durante semanas.
—Quiero irme a casa.
Pero Faythe sabía que aquella voz era demasiado joven para contener tanto terror.
Contra todo lo que le saltaba el pulso y le revolvía el estómago, se dio la vuelta.
Un bosque oscuro les rodeaba. Madera carbonizada, suelo brumoso. Aunque había
infinitos árboles, Faythe conocía estos: ya se había parado entre ellos antes. Esta noche no
podía comprender cómo se había quedado atrapada en su recuerdo del bosque de Westland.
La niña de antes estaba allí, y Faythe deseó estar en cualquier otro lugar. Quería correr hacia
ella, protegerla con todo lo que era.
—Mamá dijo que no debía ir al bosque. —Las lágrimas caían de aquellos ojos de zafiro
con reflejos dorados.
A Faythe le tembló el pulso. Sentía lo mismo que la niña, su dolor, su terror y su soledad.
—No eres real —susurró, aunque deseaba que lo fuera, aunque solo fuera para poder
sostener a la niña en sus brazos.
Se le calentaron las palmas de las manos, punzadas de sentidos entorpecidos pero que
luchaban por mantenerla consciente que nada de aquello era real.
Una sala de espejos…
Faythe sacudió la cabeza, tratando desesperadamente de aferrarse a los hilos sueltos
de la realidad para evitar quedar atrapada por completo en aquel cruel juego mental.
—Eres un Dresair.
—Dios mío —dijo, acercándose al borde del espejo. Apareció en el siguiente fragmento
grande.
Faythe gimió ante su nueva forma.
Su madre.
—Has perdido demasiado tiempo corriendo.
—No quiero nada de ti —se atragantó Faythe. De repente estaba de vuelta en High
Farrow, atormentada por el conocimiento que se había llevado a un querido amigo. Caius. Su
rostro inocente, despojado de la vida que merecía vivir. Faythe no lo había olvidado ni un
solo día.
—Creo que tienes algo para mí —arrulló. Faythe rebuscó en su bolsillo para agarrar el
reloj de latón. Era la primera vez que se daba cuenta que las manecillas no eran normales.
Este reloj no era un cronómetro, sino más bien una brújula. Su manecilla parpadeaba, cada
vez más frenética, y Faythe no estaba segura de por qué se le aceleraba el pulso con el deseo
de deshacerse de él.
—Te lo quitaré de las manos —volvió a sondear el Dresair.
—No quiero nada a cambio —dijo Faythe con recelo.
Su sonrisa era demasiado aguda para ser natural, y Faythe se sintió tan aterrorizada
que, sin pensarlo, arrojó el reloj hacia el espejo. Dio un respingo, esperando que se hiciera
añicos, pero el asombro sustituyó al miedo cuando el sólido objeto atravesó el cristal como
si fuera de agua, ondulando la imagen de su madre, que no se movió.
Cuando se calmó, el reloj había desaparecido.
—No te cargaré de conocimientos. Más bien, te devolveré algo.
Faythe se preparó.
Aunque el Dresair no volvió a hablar. Un diminuto fénix voló contra la sombría ilusión
del bosque, tan vibrante e hipnotizante. Faythe observó fascinada cómo se desprendía y se
dispersaba en forma de brasas centelleantes. Se formaron letras, luego palabras, hasta que
cuatro líneas se estructuraron con claridad.
Venga el regreso del primer hijo perdido,
Finalmente caerá el fin.
Porque solo si los herederos se unen,
¿Pueden enmendar los errores del pasado?

Faythe lo leyó varias veces antes que las brasas se apagaran y se desvanecieran.
Reflexionó sobre la belleza del mensaje de la ilusión del fénix y guardó las palabras que
consideraba importantes, desbloqueando poco a poco algo en su mente.
—Creo que me debes este favor.
—No es un favor si pides algo a cambio.
—¿Y si…?
—No.
Cerró los ojos. No podía soportar mirar la cara de su madre.
—Mi Fénix.
Un sollozo ahogado la abandonó.
—Por favor, para.
—Lo haré. —La voz de Reylan la tranquilizó—. Si me liberas.
La sorpresa de aquella petición la obligó a mirar. Reylan estaba allí, y su mente luchó
contra su cuerpo con la necesidad de correr hacia él. Dioses, lo echaba tanto de menos. A
partir de sus pensamientos, la criatura lo formó con todo lujo de detalles.
—Él no —suplicó.
La ignoró.
—Marvellas no planeó que resucitaras, Faythe. Eras en el pasado, y en tu regreso, solo
un medio para que ella se reuniera por fin con su hermana. Pero si te sirve de consuelo, una
vez se preocupó por ti, y ese sentimiento puede ser lo que acabe con ella.
Faythe intentó descifrar el significado, pero las palabras del Dresair la abrumaron.
—Si Marvellas logra conquistarte, la única y verdadera heredera de Marvellas, acabará
con los Dioses Mortales de una vez por todas. Sus creadores ya no podrán acceder a este
reino.
—No soy la única heredera verdadera —dijo Faythe. Era lo único que le resultaba
familiar—. Hubo otra antes que yo. ¿Sabes lo que pasó? ¿Cómo es que no lo consiguieron?
La risa se esparció por el espacio, pero Faythe no pudo precisar su origen. Le picaba en
la piel y se llevó las manos a las orejas, pero se detuvo cuando el Dresair detuvo su diversión
lo suficiente como para volver a hablar.
—Oh, querida niña —dijo. Faythe vio que había tomado su propia cara—. Ya casi es
hora que recuerdes. Todos hemos estado esperando. Marvellas logró su objetivo contigo
después de todo, pero lo que no pudo anticipar fue la interferencia de la última hermana
convirtiendo el final en una nueva esperanza. Has sido un peón durante demasiadas vidas.
Ahora, Faythe Ashfyre, debes convertirte en su perdición.
En su mente se agolpaban imágenes que no tenían sentido, pero Faythe cerró los ojos
y las desechó. Vio un cabello rojo fuego y unos ojos dorados como los suyos, pero con un
fuego etéreo añadido. El terror la invadía y no podía respirar ni pensar. Quería huir de su
propia mente para no ver las visiones que intentaban abrirse paso.
—Te he dado mucho. Más de lo que quizás debería. Pero he pasado demasiado tiempo
en este lugar abandonado.
Faythe nunca se había alegrado tanto de la voz malvada, pues la sacó de la espiral que
tenía en la cabeza. Encontró la voluntad para enfrentarse de nuevo al Dresair. Pero lo que
encontró casi la doblegó.
Agalhor y Reylan estaban uno al lado del otro. Faythe sintió un miedo espeluznante. Su
adrenalina se disparó para protegerlos, aunque lo único que hicieron fue quedarse mirando.
—Me pregunto a quién elegirías —se burló el Dresair.
Parpadeó y estaban de rodillas.
—Para —jadeó, temiendo de verdad por ellos.
—Tu padre, un poderoso gobernante con el corazón del pueblo. Podría ser una
influencia inestimable en esta guerra que se avecina.
Dos figuras salieron de entre los árboles como sombras, un destello de acero le llamó
la atención a través de la oscuridad.
—O tu pareja. Tu vínculo, que ha desafiado lo que ningún otro antes. El que, sin
memoria ni razón, nunca olvidó de verdad.
De repente respiró de forma entrecortada y con dificultad. Las palabras se agolpaban
en su garganta, pero no podían escapar.
—Quizá llegues demasiado tarde para salvar a alguno de los dos.
Los espectros negros levantaron sus espadas y Faythe solo pudo gritar. Una oleada de
calor le llegó a las palmas de las manos y las golpeó contra el suelo. Una esencia dorada se
dispersó junto con una ráfaga de poder puro, y tuvo que cerrar los ojos. Los cristales
estallaron a su alrededor con un estruendo ensordecedor. Levantó los brazos por instinto,
pero ninguno de los fragmentos que llovían la alcanzó. Cuando cesaron los fragmentos, sus
oídos se llenaron de un zumbido agudo que coincidía con el latido de su corazón.
Hasta que un crujido sonó detrás de ella.
Faythe se puso torpemente en pie. Su visión iba y venía mientras intentaba
concentrarse en la silueta que la acechaba. Lentamente, liberó a Lumarias, pero apenas tenía
fuerzas para levantar la espada.
—Sabía que tenías el poder para hacerlo. —Una voz serpenteante se dirigió a ella—.
Rompe todos los espejos a la vez y sella su final con lo que vive bajo tu piel. Eres
incomparable. Aunque solo si encuentras la voluntad de usar tu poder antes que él te use a
ti.
—¿Qué eres? —Faythe refunfuñó, luchando por la conciencia.
—Aquí fuera, soy quien quiero ser.
Sus ojos se enfocaron lo suficiente como para ver la figura. Horrorizada, Faythe
retrocedió a trompicones y vislumbró a la criatura de piel gris y ojos perforados. La
verdadera forma del Dresair era una cosa de pesadilla.
Y ella lo había desatado.
—Yo podría ser tú. Tanto poder es tentador… —Dio pasos seductores hacia delante, y
Faythe intentó ganar distancia—. Te doy este conocimiento como un regalo, no como una
maldición, Faythe Ashfyre. Este invierno será el más largo que haya visto la tierra. Cuando
caiga la nieve, no terminará hasta que se gane la guerra. Llegará un momento en que lo
perderás todo. Te perderás a ti misma. Lo que has roto hoy será tu único camino de regreso.
O elegirás buscar un nuevo desconocido.
Faythe tragó fuerte. Abrió la boca con preguntas, pero el Dresair se abalanzó sobre ella
y gritó. Cerró los ojos y retrocedió dando tumbos. Entonces se torció el tobillo y cayó.
Cayó.
Y cayó… en la oscuridad.
Capítulo 16
Zaiana
Dos veces su subconsciente había hecho que su corazón se estremeciera por Maverick.
No por consideración a su bienestar, sino anticipándose a sus arrogantes comentarios. Temía
que las opiniones de él sobre su espionaje los delataran en algún momento.
Tan rápido como se sacudió, Zaiana recordó que estaba sola. Solo habían pasado dos
días. Sacudió la cabeza mientras apoyaba la espalda en el muro de piedra y contemplaba la
noche. Los dedos de los pies se esforzaban torpemente por mantenerse en la ridículamente
estrecha cornisa.
Simplemente esperaba la siguiente rotación de la guardia antes de lanzarse en picada.
En realidad, no importaba, ya que estaba segura que no llegaría a su destino sin que algún
fae muriera a su paso. Aunque quería reducir el esfuerzo todo lo posible.
Llámalo ingenioso.
Sus alas estaban encantadas. Para lo que planeaba hacer solo servían como debilidad;
una vulnerabilidad que la hacía estremecerse con la tortura que sabía que podría infligirles.
Deseaba cualquier otra cosa. Su mente burlona se agitaba al pensar que podrían infligir un
dolor tan bárbaro a Tynan y Amaya, utilizándolos para descubrir los puntos débiles de los
fae oscuros. Sabrían que debían usar su capacidad de encantamiento para protegerse, pero
el dolor adecuado podría hacer que perdieran esa protección.
A Zaiana le gustaba trepar por la arquitectura en vez de surcar los cielos. Era un reto
mayor y le permitía concentrarse mejor. Saltó con los brazos extendidos para agarrarse a un
balcón. Se balanceó y aterrizó en la barandilla con sigilo felino, deteniéndose solo un segundo
para extender sus sentidos y determinar si la habitación estaba ocupada. Su tiempo y energía
valían mucho más que asesinatos inútiles. Prefería no tener que lidiar con ocupantes no
deseados esta noche.
No había sido fácil llegar tan cerca del castillo. Si fuera cualquier otra persona, Zaiana
no dudaba que ya la habrían derribado o capturado. Los arqueros patrullaban ambas
murallas y, por lo que había observado a lo largo de las semanas, nunca perdían la
concentración. Era fácil entender por qué el reino era tan difícil de conquistar cuando ni una
sola vez vacilaban en su protección hacia la capital, siempre preparados para una guerra que
sabían que podía llegar en cualquier momento, como había ocurrido en Dalrune y Fenstead.
Era admirable, tenía que admitirlo.
Zaiana no era más que un trazo solitario de sombra mientras se abría paso con cuidado
por las grietas de sus defensas. Las oportunidades eran escasas y no se presentaban a
menudo, y sería una tonta arrogante si no creyera que en cualquier momento podrían
capturarla. Quería llegar lo más cerca posible del castillo con el menor número de combates.
Ya casi había llegado. Subiendo de nuevo a los tejados, Zaiana se maravilló ante el gran
patio. Su poderoso emblema del Fénix en el suelo brillaba bajo la luz de la luna y el resplandor
ámbar de las antorchas, creando la ilusión que la imagen inmóvil estaba viva.
Apareció de la nada, eludiendo sus sentidos como nadie lo había hecho antes. Su
primera señal de él fue cuando apoyó una fría hoja contra su garganta. Vislumbró unas
sombras que se dispersaban y que despertaron su intriga.
Zaiana se quedó quieta, aunque no tuvo miedo.
—Debo decir que estoy decepcionado. —Su voz produjo una vibración en su espalda,
creando un escalofrío inesperado bajo sus pieles—. Te creía mucho más astuta.
En un reino conocido por su legendario material, la primera pregunta que se hizo
Zaiana fue por qué el acero que tenía en la garganta era ordinario cuando el de Niltain le
habría hecho mucho más daño.
—Me alegro de volver a verte… —dijo con indiferencia, consciente que su posición
podría confundirse con un retorcido abrazo romántico—. Kyleer.
—No puedo decir lo mismo. —Su tono estaba impregnado de algo familiar. Una
emoción perversa—. Pero esta noche se acaba de poner mucho más interesante.
La hizo girar con un movimiento rápido, la punta de la espada rozó la columna de su
cuello hasta que la utilizó para inclinarle la barbilla. Sus ojos se encontraron, los de él una
extraña mezcla de marrón y verde engarzados en su tez bronceada. El odio que sentía hacia
ella añadía agudeza a sus rasgos, ya de por sí afilados. No podía negar que le parecía hermoso,
pero sobre todo intrigante. Había algo canalla bajo un exterior tan duro, esperando a ser
desatado. A través de la lujuria o el combate, tal vez ambas cosas. Algunos mechones de su
ondulado cabello castaño oscuro enmarcaban la curva de sus cejas, añadiendo un aspecto
desaliñado de peligro y pasión oculta.
—Zaiana.
Su nombre en voz baja y áspera le tocó la punta de la espina dorsal. Le dedicó su mejor
sonrisa sensual.
—Me pregunto, comandante —Zaiana levantó la mano y apretó los dientes cuando
Kyleer apretó la afilada punta con más fuerza, casi haciéndose sangre. Trazó lentamente un
dedo a lo largo de la hoja, sin inmutarse—, si se dignará a perseguirme esta vez.
Rápida como un rayo, Zaiana invocó su rayo y empuñó la espada con fuerza. Le cortó la
palma de la mano, pero mereció la pena el dolor de ver a Kyleer sufrir espasmos con sus
descargas, con un gemido profundamente satisfactorio. La adrenalina la hizo salir corriendo
en lugar de quedarse a disfrutarlo más tiempo.
Corrió sigilosamente por los tejados, sin vacilar un solo paso ni detenerse a calcular.
Zaiana dejó que sus sentidos la guiaran, segura que podría navegar incluso sin vista, ya que
había sido entrenada despiadadamente antes, y sus sentidos se habían ido reduciendo de
uno en uno a medida que se veía obligada a realizar pruebas que pondrían a prueba cada uno
de ellos.
Nunca les des un punto débil.
Para su alegría, Kyleer la persiguió. Se acercó impresionantemente rápido, aunque
haciendo trampas. Sus sombras eran hipnotizantes mientras daban vueltas y le respondían.
Emergió de una espesa nube en su camino.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer con ellas? —Hizo una pausa para preguntar,
observando el humo mientras se disipaba con el suave viento—. ¿Saltar de un sitio a otro?
—¿Por qué no te acercas y lo averiguas?
Él despertó algo en ella. Inesperado, pero no del todo inoportuno. Era un desafío. Tal
vez incluso sería un digno rival.
—Eso te gustaría —dijo ella, añadiendo una nota sensual.
—Lo que me gustaría es matarte en esta azotea. Pero ¿por qué dejar que se desperdicie
tu insensata decisión de caminar directo al corazón de tu enemigo?
Zaiana liberó una hoja y la blandió con indiferencia.
—Úsame y mátame. No tienes ni idea de cuántas veces esas amenazas van de la mano.
—Y aun así vives.
La curva en la boca de Zaiana hablaba de orgullo y triunfo.
—La gente no se acerca lo suficiente para lograr ninguna de las dos hazañas. —Lanzó
la espada hacia él, una mera distracción mientras iniciaba su descenso. Zaiana saltó y se
balanceó, derrapando por tejados inclinados y saltando por encima de balcones. Estaba a una
altura demasiado arriesgada para intentar un salto, pero cuando sintió que su presencia,
cada vez más enfadada, volvía a acercarse, maldijo y tuvo que usar una pizca de su magia
para desvestir sus alas el tiempo suficiente para bajar de la cornisa y planear.
Lo que siguió convirtió a los fae guerreros en niños asustados. Aterrizar en el patio
central no era el plan ideal de Zaiana. Sabía cuántos guardias rodeaban el perímetro. Veinte.
Pero ya se había enfrentado a cosas peores.
El primer guardia con el que cruzó la mirada adoptó una rápida postura de combate,
pero no antes que su mirada llena de terror recorriera la longitud de sus letales alas con
garras. Le sonrió y se deleitó observando el movimiento de su garganta.
Aunque Zaiana disfrutaba con el horror que su herencia de fae oscura infundía en los
guardias, había demasiados arqueros, y aquí se arriesgaba a que sus alas no fueran más que
amplios blancos. Un cosquilleo familiar las recorrió antes que el peso de su glamour, como
una capa extra de armadura, se asentara sobre sus hombros. Su disgusto surgió al ver cómo
se relajaba su tensión al perder sus alas, como si la creyeran una prisionera fácil sin ellas.
Su falta de urgencia era insultante.
—Deseo hablar con su rey —anunció al patio, dando pasos despreocupados hacia
delante.
Ninguno de ellos respondió, lo que provocó su irritación. La paciencia nunca había sido
el punto fuerte de Zaiana. Al oír el tirón de cuerdas, varios guardias ensartando flechas a la
vez, decidió demostrar por qué no hacía peticiones dos veces.
Zaiana tomó aire para alejarse de los confines de la humanidad.
Tienen a Tynan y Amaya dentro.
Su magia zumbaba, regocijándose en su voluntad.
Se burlaron de mí al capturarlos.
Su rayo estaba cargado, pero antes planeaba hacer llover sobre ellos un espectáculo de
acero y agilidad.
Soltando el aliento, Zaiana no vaciló. Liberó una daga de su muslo, giró a la izquierda,
se mantuvo firme y la envió con precisión mortal a través de la garganta de un guardia que
se acercó un paso más que los demás. Por encima de su chisporroteo oyó el débil silbido que
esperaba. Antes que su cuerpo cayera, Zaiana giró sobre sí misma, atrapando al vuelo la
flecha que le habría atravesado la espalda. Haciéndola girar entre sus dedos, su siguiente
movimiento fue prepararse para la velocidad mientras conjuraba suficiente magia en su
brazo para enviar la flecha directamente a través del pecho del segundo guardia que se lanzó
hacia ella.
Probablemente viviría, a diferencia de su compañero.
Zaiana no perdió ni un segundo.
Esprintando, esquivó la espada del siguiente guardia y le dio una patada en la parte
posterior de las rodillas. Cayó al suelo con un grito, que fue rápidamente sofocado por la
mano de ella, que le atravesó la espalda y le arrancó el corazón.
No se molestó en liberar su espada.
Girando de nuevo, atrapó la muñeca del siguiente guardia, doblándola hasta que su
estridente grito ahogó el chasquido del hueso. Zaiana atrapó su espada y, sin girarse, la
hundió hacia atrás y sintió cierta resistencia antes de sumergirla en la carne. El guardia cayó
de rodillas detrás de ella.
—Esto podría haber acabado con mucha menos sangre si me hubieran escuchado —le
dijo entre dientes al fae que suplicaba por su patética vida en sus garras. Le soltó la muñeca
rota. Él retrocedió tambaleándose y, para asegurarse que no siguiera inmediatamente los
pasos de los demás, ella le dio una patada en el pecho y lo hizo volar hacia atrás hasta que su
cabeza se rompió contra la piedra.
Zaiana llegó hasta las puertas y entró en el castillo como si viviera allí. Todos sus
sentidos estaban en alerta máxima, y aunque le parecía extraño que los guardias restantes
no hubieran entrado corriendo tras ella, supuso que no importaba. A través de los pasillos
revestidos de brillante carmesí, el emblema del Fénix lucía orgulloso. Zaiana no perdió la
concentración, pero el recuerdo de la bestia de la montaña le inspiró asombro y curiosidad
por saber más.
El siguiente grupo de guardias que se apresuró a doblar la esquina perturbó su
momento de paz. Se detuvieron bruscamente, y ella se irritó, atrapada en el interminable
laberinto. Sus miradas se centraron en su mano y, sabiamente, ninguno avanzó.
—El rey —pronunció con fría intención. Hizo ademán de admirar la sangre roja que
manchaba su pálida piel—. Supongo que los envió a buscarme.
Zaiana disfrutó del embriagador aroma de su miedo, pero no se atrevió a respirar
demasiado hondo porque el dulce sabor de la sangre le apretó la garganta de sed.
Los guardias se volvieron por donde habían venido y Zaiana los acechó. Sus miradas
ocasionales eran respondidas con su siniestra sonrisa.
Al entrar en la sala absurdamente grande, divisó fácilmente a su objetivo. Su aplomo
era inconfundible; irradiaba una energía de autoridad y poder. El rey se erguía como una
figura alta y ancha en la cabecera de la mesa mientras Zaiana entraba con una confianza
inquebrantable. Por su falta de sorpresa, supuso que la había estado esperando. La sala
estaba rodeada por más guardias de los que había en el patio. La sala le pareció demasiado
grandiosa y prístina para que su presencia la mancillara, toda mármol blanco y cristal
reluciente. La mesa del consejo parecía estar hecha con la misma piedra de sus montañas,
solo que esta superficie estaba pulida y la piedra oscura se rompía con un hermoso carmesí.
Zaiana entró perezosamente en el espacio, sin inmutarse por las numerosas amenazas
que la acechaban. Ella miró a su alrededor para maravillarse ante las intrincadas vidrieras y
sus bellas representaciones del Pájaro de Fuego, que le inspiraron una oleada de recuerdos.
Luego dio un largo suspiro cuando su atención se posó en el Rey de Rhyenelle. Sus hombros
eran angulosos y anchos, su altura y estatura dominantes, pero era su porte frío y su mirada
evaluadora lo que lo convertían en el poderoso líder que era.
A pesar que Zaiana llevaba la sangre de sus guardias, el rey no reaccionó con la
indignación que ella esperaba.
Zaiana examinó su mano.
—Pedí educadamente verlo, Majestad. Fue su propia estupidez la que los mató. —
Dejando caer el brazo, endureció su postura y cruzó las manos a la espalda. No estaba
dispuesta a hacer de él una excepción a su escasa paciencia—. Creo que tienes algo mío —
dijo con suficiente amenaza como para hacer temblar a los machos más débiles—. Quiero
que me lo devuelvas.
Desde el extremo opuesto de la sala, una figura en particular acaparó su atención al
entrar con una furia ondulante tan tangible y familiar, una que se deslizaba por su espina
dorsal con una oscuridad similar a la suya. Era imposible saber de lo que sería capaz si
desatara esa furia.
Reylan Arrowood irradiaba el poder del que ella sabía que era capaz y, aunque nunca
lo admitiría, quizá era el único varón de aquella sala que le inspiraba una pizca de respeto.
Incluso cuando su mirada se desvió hacia Kyleer. Su ira la golpeó de forma diferente, y se
preguntó por qué había buscado al general cuando podría haberla perseguido por segunda
vez. Decepcionante. La boca de Zaiana se curvó débilmente por él. Nadie notaría la llamarada
de odio en la flexión de su mandíbula.
Cuando Reylan se detuvo cerca de su rey, fue como si él fuera el gobernante. Con un
rápido vistazo a la sala, la atención de todos los guardias se fijó en él, a la espera de cualquier
leve señal.
Zaiana no se opuso.
—Permítame darle el pésame, General —saludó ella. Se miraron a los ojos, y ella vio su
reconocimiento en el leve estrechamiento de los suyos—. ¿Me perdí el funeral?
La mano de Reylan apretándose alrededor de la empuñadura de su espada envainada
era una delicia de ver.
—Cuidado —dijo, su voz peligrosamente baja como si estuvieran solos.
Contra él… la batalla sería, como mínimo, intrigante.
—Una gran pérdida —continuó ella, disfrutando de la tensión de sus ataduras de
control. Era maravilloso ver cómo su estrategia se imponía a su furia temeraria.
—¿Por qué viniste? —Agalhor Ashfyre tenía una voz de autoridad. Su falta de reacción
ante cualquier cosa era desconcertante.
—Pensé que lo había dejado claro.
—Pensaste que podías asaltar mi castillo, matar soldados inocentes y buscar tu premio
sola.
—No me has visto asaltar nada —advirtió. Sus dedos se flexionaron, llamando su
atención sobre los pequeños pernos púrpura con los que jugaba—. Puedo garantizar la
muerte de todos los presentes en esta sala en cuestión de segundos si me provocas para
desatar tal estado de ánimo.
—Tal vez. Aunque no saldrías viva de este castillo. Eso te lo puedo garantizar. —
Agalhor igualó su postura—. Por muy poderosa que seas, no creo que ni siquiera en tu
arrogancia puedas argumentar lo contrario. Así que pregunto de nuevo, ¿por qué viniste?
Su propuesta era ridícula incluso para ella misma. Sin embargo, era la única manera.
—¿Crees que tienes algo de valor en dos fae oscuros sin poder? Ellos responden ante
mí. No saben nada de lo que yo sé. —Tenía su atención, pero no podía creer lo lastimeras que
tenían que sonar sus siguientes palabras—. Soy la sexta maestra de los fae oscuros, delegado
del linaje Silverfair.
—Sin embargo, entras aquí como su ganado —dijo el general.
Respiró tranquilamente ante el insulto y miró a Reylan. Kyleer se estremeció ante la
amenaza que le lanzó. Zaiana podía luchar mano a mano con Reylan sin un ápice de esfuerzo.
Habló con el rey, pero no apartó su atrevida mirada del general.
—Al menos no permitirían que los fracasados estuvieran a su lado. No sé cómo sigues
vivo dejando morir a la Heredera de Rhyenelle. Dejando que Faythe…
Un golpe rebotó en su barrera mental, tan fuerte que dio un paso atrás,
estremeciéndose por la fuerza. Reylan intentó apoderarse de su poder, y por un segundo
temió que pudiera con la furia y la voluntad que brotaban en él.
La sala permaneció inmóvil en su silenciosa batalla, pero la ira que emanaba de Reylan
alertó a Kyleer lo suficiente como para desenvainar su espada. Reylan retrocedió, pero sus
rasgos cortados daban miedo.
—No. Digas. Su. Nombre.
Zaiana contempló la posibilidad de seguir presionando, queriendo saber si cedería a su
deseo de matarla en contra de las órdenes de su rey. Sería una imprudencia, una tontería,
pero Zaiana tenía un plan mayor.
—Como iba diciendo —dijo, deslizando los ojos hacia el rey, sabiendo que su
despreocupación irritaría aún más al general—. Yo tengo mucho más valor que los que
tienen encerrados en sus celdas.
—¿Te estás ofreciendo en su lugar?
Oírlo en voz alta sonaba aún más desesperante.
—Lo estoy.
—Podría retenerlos a todos.
—Podrías intentarlo —enmendó. Como un látigo, su luz golpeó el suelo de mármol con
un rápido movimiento de la mano. Todos se estremecieron ante el estruendo que resonó en
la sala. No había hecho daño a nadie.
Todavía.
Invocando con su otra mano, sostuvo las riendas del control de su magia.
—O podríamos acordar que no vale la pena las incontables vidas que podría tomar y el
daño sustancial que podría causar en este castillo antes que me detengas.
El rey también lo sabía. No era un hombre impulsivo, y ella estaba empezando a
apreciar eso de él. Agalhor deliberó, como ella esperaba. Después de todo, lo que ella ofrecía
parecía tener un truco. Excepto que no había ninguno, y no podía estar segura que su plan
no fuera completamente inútil. Seguramente causaría furia con la promesa de muerte si los
amos o Mordecai se enteraban.
—Quiero ver cómo son liberados. Solo entonces tendrás mi completa rendición. Tienes
mi palabra que no lucharé.
—Tu palabra significa poco —gruñó Reylan.
Cada vez le resultaba más difícil no entablar combate con el general, no hacer algo
impulsivo. Sus dedos de hierro se clavaron en sus palmas. No quiso darle la satisfacción de
una mirada.
Por primera vez, Zaiana no tenía un plan seguro. Sus ideas de las últimas semanas
dependían que se las fuera inventando por el camino. Esperaba descubrir algo en su
encarcelamiento que pudiera ofrecer a los amos para aplacar su ira cuando supieran que
había estado tramando todo el tiempo entregarse como una cobarde por los suyos.
Tynan y Amaya eran tan desechables como cualquier soldado de infantería para ellos.
—Estoy perdiendo la paciencia, Majestad. —Zaiana miró fijamente al legendario
gobernante. Su confianza vaciló ligeramente al notar a qué partes de él se parecía Faythe y
cómo casi había sido ella la que le había arrebatado una hija a un padre.
Si estaban enviando al Cambiaformas a rastrear a Faythe dondequiera que la
escondieran… el rey tenía que formar parte de la treta.
Una treta que sería en vano si Maverick la atrapaba.
—Lucha conmigo o acepta mi rendición —dijo Zaiana—. De cualquier forma,
conseguiré lo que vine a buscar. Es tu elección.
Capítulo 17
Tauria
—TAURIA STAGKNIGHT, no te esperaba.
Zarrius se enderezó desde donde estaba, sumido en sus pensamientos, cuando Tauria
entró en la sala de juegos. Contuvo la irritación de su rostro al creer que el uso de su apellido
era deliberado. Estaba probando la reacción de ella, lo que hablaba de su negativa a aceptar
la unión de su nombre con el de Nik.
—Quería venir a verte yo misma —empezó, con la postura erguida para no delatar su
malestar por estar cerca del señor. Tauria miró expectante al varón enfrascado en una
partida de ajedrez con el señor.
Como pidiendo permiso, miró a Zarrius, que asintió brevemente. Sus dientes se
apretaron ante el sutil roce de su autoridad.
Se deslizó en el asiento que había quedado libre, sin preguntar antes de empezar a
recolocar las ornamentadas piezas de madera.
—No siempre hemos estado de acuerdo. A menudo me he preguntado por qué me odias
tanto. —Ella observó su reacción mientras colocaba las últimas piezas en sus posiciones
iniciales. Sin dejar de mirarle, colocó a su reina—. Empieza tú —dijo cuando las piezas
blancas estuvieron alineadas en su lado del tablero.
Zarrius aceptó tras una breve vacilación. Su peón abrió el juego.
—Odio es una palabra muy fuerte, princesa. Pido disculpas si es así como interpretas
que me preocupe por los intereses de este reino.
Tauria reflejó su peón, como era de esperar. Él sacó su alfil, y una vez más ella
contraatacó con exactamente la misma jugada.
—¿Puedo preguntar qué hay en mí que no le interesa a High Farrow?
Intercambiaron más jugadas. Él reclamó su peón, ella tomó su alfil, y mientras
charlaban Tauria estudió la partida, preguntándose con qué frecuencia se sentaba ante esas
figuras de madera y consideraba sus movimientos como estrategias reales.
—Si quieres mi verdadero consejo, creo que tu apareamiento es temerario e
imprudente.
—¿Oh?
—Este reino no solo depende de los monarcas. Has disgustado a los señores al no
consultarles un asunto que nos afecta a todos.
—Dos monarcas son más fuertes que uno. Hemos unido dos grandes reinos.
Su mirada se deslizó de las piezas a ella, con un juicio que le erizó la piel.
—No quiero ofenderla al decir esto, Su Alteza…
—Ya van dos veces que no te diriges a mí por mi nombre —le advirtió. Era peligroso
avivar las llamas de un fuego tan impredecible como el de Zarrius, pero no se doblegaría ante
su intento de dominarla.
—Técnicamente, eso no es cierto. No tienes reino, Tauria Stagknight. Ninguna corona
verdadera. Al unirte a nuestro rey has traído una carga a este reino de la que no somos lo
suficientemente fuertes para defendernos. Al menos, no solos. Necesitábamos una alianza
que ganara fuerza para High Farrow de cara a lo que está por venir, no una sangría para
nuestros recursos.
Sus declaraciones escocían, cada corte como pequeñas dagas que ella había sentido
antes. Las heridas dolían, pero luego se formaban costras y cicatrizaban por completo, listas
para que la siguiente persona intentara desangrarla. Tauria no estaba aquí para responder
por sí misma. No estaba aquí para perder un segundo de aliento convenciendo al espinoso
señor que era digna de su lamentable aprobación.
—Déjennos.
Tauria no levantó la vista mientras repetía la orden que hizo que los guardias se
alejaran de la sala. Hizo su contramovimiento en el tablero, robando otro peón. Los estaba
eliminando uno a uno.
No se atrevió a seguir hablando hasta que se quedaron completamente solos.
—Tienes razón —dijo ella finalmente, captando el arco de su ceja mientras movía su
caballo para bloquear su torre—. Me convertí en espía de Nikalias en Olmstone. El vínculo
nos permitía comunicarnos, y fue inteligente. Pensé que podría ver una vida feliz a su lado,
pero estar de vuelta aquí solo me recuerda cada día el título ocioso que llevé durante
décadas. Nadie sabía cuánto despreciaba ser la pupila de Orlon, y Nikalias no era diferente a
su padre.
—¿Crees que soy tonto para creer que algo de lo que dices es cierto con el lazo que los
une?
—No. —Ella se encogió de hombros, reclamando su torre y atacando a su rey—. Pero
tengo la sensación que puedes ayudarme, y Nikalias no puede averiguarlo.
—Ten cuidado, princesa.
Tauria lo miró fijamente a los ojos mientras tomaba su rey.
—No puedo dejar de pensar en dos cosas que aprendí en Olmstone. Una, una oferta que
podría beneficiarnos a todos. Dos, una forma de romper el vínculo.
El silencio se hizo pesado. La sorpresa de Zarrius no fue para ella.
—No querrías ninguna de esas cosas. Nikalias no lo permitiría. —Intentó interpretar
sus movimientos con despreocupación, pero Tauria le había robado la intriga.
Sonrió sombríamente.
—Mordecai me ofreció todo lo que he querido durante más de un siglo.
—Él es quien te lo quitó.
—Error. Es Marvellas quien dirige esta guerra.
—Sin embargo, ella sería la que rompería su vínculo. La necesitas.
Tauria no dejó traslucir su triunfo. Zarrius lo sabía todo.
—No entraría en esto si no tuviera nada que ganar. Amo a mis amigos, y siempre amaré
a Nikalias. Marvellas sigue siendo una amenaza para ellos, y Mordecai puede ayudarme a
acabar con ella a cambio de mi mano, que aún no está atada.
Las ruedas de su mente estaban girando. Tauria había hundido sus garras y lo tenía
contemplativo.
—Nikalias podría estar escuchando ahora mismo a través de su mente, Alteza. Lo que
dices es traición contra mi rey y mi reino.
Por supuesto que permanecería al borde de proteger a Nik, aunque Tauria sabía que
Zarrius le dejaría morir antes si eso significaba que podía ocupar su lugar.
—Podría serlo. Como en este juego, tienes que ver muchas jugadas por delante o ya has
perdido. —Tauria reclamó otro caballo, pero sacrificó su alfil para hacerlo—. Tienes que
decidir qué jugadores merece la pena mantener para liderar la lucha —Un peón de ganancia
para ella; una torre de ganancia para él—, perdiendo poco para ganar mucho porque no lo
vieron venir.
Zarrius pensaba que llevaba tiempo ganando. Hasta que se dio cuenta que había
perdido.
—Dales seguridad para que no vean su caída.
Jaque mate.

—No puedes esperar que crea que desearías ver la ruina de tu compañero.
—Por supuesto que no. Nikalias es mi compañero en el poder, pero siempre ha faltado
algo entre nosotros que nos ha impedido ser románticos durante las muchas décadas que
hemos compartido. —Era una explicación plausible, que Zarrius asimiló lentamente—. Ojalá
hubiera una forma de hablar con Mordecai con la mayor discreción. —Ella plantó la semilla
y luego se levantó, sonriendo ante el juego en el que él había entrado—. Para ganar guerras,
hay que unirse a la lucha. A veces no se triunfa por la fuerza, sino por la estrategia. Tú más
que nadie deberías saberlo.
Capítulo 18
Faythe
Faythe se despertó con un grito ahogado por el brusco y desorientador tirón de la parte
delantera de su chaqueta. Parpadeó un par de veces, colgando de sus garras, hasta que
distinguió el rostro enojado de Livia Arrowood.
—¿En qué diablos estabas pensando? —arremetió Livia.
Faythe colocó las manos detrás de ella y Livia la soltó. Mientras escudriñaba la
habitación, los retazos de memoria empezaron a volver con un horror estremecedor.
Rodeado de cristal, el Dresair…
¿Todo eso era real?
No había rastro de ninguna criatura muerta con la que Livia pudiera haber luchado
para salvarla; ni rastro de la horrible cosa de la que no podía estar segura que hubiera estado
aquí.
—Había una mujer… —Faythe recordó. La anciana que la había traído hasta aquí.
—No hay nadie aquí, Faythe. —Livia estaba exasperada. Sus botas crujían sobre los
fragmentos del espejo mientras caminaba—. Dioses, pensé que tal vez…
—Lo siento —se le escapó a Faythe, que aún parpadeaba desconcertada mientras se
ponía en pie.
—¿Qué estabas haciendo?
—Yo… buscaba… —Faythe tropezó con sus palabras, buscando una respuesta mientras
trataba de reorientarse—. ¿Qué hora es?
Livia detuvo sus pasos, clavándola con ira, y Faythe hizo una mueca de dolor.
—El amanecer. Al no encontrarte en ninguna de las habitaciones ni en la planta baja
para desayunar, nos separamos para buscarte. Percibí tu olor y temí por lo que podrías estar
haciendo en una tienda abandonada desde hace mucho tiempo.
¿Abandonada?
Faythe sacudió la cabeza, ignorando a Livia mientras volvía furiosa al escaparate. En la
pequeña cocina todo era lúgubre, sin rastro de la vibrante gama de colores ni del desorden
de la mujer. La taza de té estaba seca y tenía una telaraña en la parte superior. A Faythe se le
oprimió el pecho y sintió náuseas en el estómago. Corrió hacia el frente y se detuvo. Muchas
de las estanterías estaban vacías, aunque todavía desordenadas, con objetos y frascos por
todas partes. Faythe apenas estaba presente mientras recorría la hilera de estanterías,
observando el descuidado panorama, notando que todo estaba viejo, descolorido y cubierto
por una gruesa capa de polvo.
En su creciente pánico, necesitaba aire. Salió por la puerta que apenas se sostenía sobre
sus goznes y tragó con avidez, tomándose unos segundos para reconstruirlo todo… excepto
que nada tenía sentido en la realidad que estaba viviendo.
El sonido de unos pasos arrastrando los pies atrajo su atención hacia un humano que
pasaba por allí. Faythe se apresuró hacia ellos. La mujer pareció sobresaltarse cuando Faythe
interceptó su paso, tirando de la pequeña a su lado. Una oleada de vértigo la golpeó. Un
destello de cabello plateado, ojos zafiro de reflejos dorados y los rasgos fae más
impresionantes. Sin embargo, a quien miraba era simplemente una humana asustada.
—¿Vivía allí una anciana? —preguntó Faythe sin aliento, culpable de su frenética
intrusión.
Mirando hacia donde señalaba Faythe, el rostro de la mujer se entristeció.
—Hace poco más de diez años, sí. Sin familia, así que nadie se hizo cargo del negocio.
Fue robado constantemente hasta que todo lo que quedaba no tenía valor.
—Faythe. —Livia pronunció su nombre como una advertencia.
Habría reaccionado a su tono de reprimenda, pero cuando Livia le sostuvo la máscara,
Faythe se dio cuenta de su error. Aunque no creía que esta humana y su hijo fueran una
amenaza, no eran lo que Faythe temía. Cualquiera que supiera quién era ella podía ser un
objetivo.
—Lo siento —les murmuró Faythe, tambaleándose por la culpa. Le quitó rápidamente
la máscara a Livia, despreciando el vacío que sentía en el estómago mientras se la colocaba
en la cara. Esconderse, fingir ser otra persona, era una sensación familiar, pero nunca la había
disfrutado.
—Toma —dijo Livia en voz baja.
Faythe miró lo que tenía en la mano y la tensión desapareció de sus hombros. Tomó el
frasco sin tener fuerzas para preguntarse cómo lo sabía Livia.
—Tenemos que controlar tu magia —dijo Livia con cuidado—. Si está afectando a tu
Caminata Nocturna, tenemos que volver a antes que siquiera sepas cómo usar eso.
Faythe apreció su elección de palabras. Nosotros. Sin darse cuenta, había vuelto a caer
en viejos hábitos difíciles de romper, como cargar con todo sobre sus hombros. Estaba dentro
de ella descubrirlo, pero sin ayuda temía no tener nunca el valor de controlarlo.
Cuando vieron a Nerida y Reuben por el sendero, sus rostros se relajaron de alivio.
Faythe respiró hondo.
—Tienes razón. Estoy lista para intentarlo.
***
—No hay nadie en kilómetros a la redonda —gimió Livia.
Faythe se levantó flexionando los dedos temblorosos.
—No estás ayudando —refunfuñó en voz baja.
La comandante la oiría a pesar de estar a varios metros de distancia junto a un arroyo
con Nerida y Reuben. La ubicación era deliberada: una gran masa de agua para que Nerida
se defendiera en caso que Faythe hiciera algo fuera de su control. Lo que pudiera ser… bueno,
llevaban horas aquí, en medio del bosque, y ella aún no había sacado a la superficie ni una
pizca de magia para poder averiguarlo. Nerida había estado animando a Faythe con palabras
tranquilizadoras y ejercicios suaves. Livia había permanecido en silencio, pero su paciencia
cada vez era más escasa.
Faythe pensó en la tienda abandonada. En la habitación llena de espejos. Era difícil
lidiar con esos sentimientos cuando no estaba segura de qué era real o un sueño. El cristal
estaba hecho añicos. Tal vez lo había estado todo el tiempo y no había ningún Dresair. Sin
embargo, el pulso de magia que la recorría mientras veía cómo las vidas de Reylan y Agalhor
pendían de un hilo…
Un calor familiar se acumuló en sus palmas. Faythe cerró los ojos para calmar el miedo
que sentía e intentó concentrarse en encontrar las riendas del control en caso que saliera
más a la superficie. El calor crecía, subiendo lentamente por sus brazos como líneas de fuego
superficial. Se arrastró por sus omóplatos hasta que las dos líneas se unieron en el centro y
un pulso comenzó en la punta de su columna vertebral.
Faythe jadeó, con la respiración entrecortada por el pánico.
—Lo estás haciendo muy bien. —Nerida avanzó con cuidado, pero estaba demasiado
cerca.
Faythe sacudió la cabeza, dispuesta a retirarse de la energía mientras ésta seguía
creciendo, agitándose en su agarre.
—Aléjate de mí, Nerida —dijo.
—¿Qué se siente?
Faythe frunció el ceño ante la pregunta, aunque intentó responder.
—Es cálido, casi caliente. No es tan seguro como una vibración, sino como un
hormigueo bajo.
—¿Dónde lo sientes?
—En mis palmas al principio. Pero también está en mi pecho, como si pudiera detener
mi respiración. Está en mi mente, como si pudiera cambiar mis pensamientos y hacerme
querer herirte en su lugar.
—¿De dónde está viniendo?
—De mí.
—No lo creo. —Las suaves cavilaciones de Nerida ofrecieron una pregunta—. Tenemos
un pozo de poder que restringe lo que podemos esgrimir, pero no es la única fuente de magia,
ni la original. Está a nuestro alrededor. Intenta sentirlo en la tierra; como una esencia en el
aire. Tal vez lo sientas tan imprudentemente porque sin darte cuenta lo estás absorbiendo
todo.
Aquello era aterrador. Como un gatillo, Faythe sintió que se le escapaba el control, una
necesidad imperiosa de soltarse. Abrió los ojos de golpe y se miró primero las palmas de las
manos. Brillaban más que nunca. Como si lo presintiera, oyó el flujo del agua cuando Nerida
retrocedió unos pasos y se puso de pie con una ola en movimiento suspendida sobre su
cabeza.
No sirvió de nada. Mirar fijamente aquel hipnotizador velo de agua encendió la magia
de Faythe con el deseo de tomar la de Nerida.
Quería saber qué se sentía.
Tómalo.
El canto inclinó su cuerpo hacia ellos. Faythe extendió una mano brillante hacia ellos…
El agua salió disparada hacia ella tan deprisa que no lo notó hasta que su espalda chocó
contra algo sólido y quedó completamente empapada. Faythe cayó de rodillas, jadeando con
fuerza.
—¡Ibas a atacarnos! —gritó Livia mientras se acercaban corriendo.
Faythe se apoyó en las rodillas, recuperando el aliento.
—Les dije que no quería hacer esto cerca de ustedes. —Examinó sus rostros con los
ojos muy abiertos, pero ni siquiera pudo aflorar la culpa, solo la ira por su incredulidad
cuando ella les había estado advirtiendo durante sus semanas juntas—. Esto fue inútil —
refunfuñó, levantándose. Mientras se escurría el cabello, su irritación crecía. La ropa
empapada le pesaba.
—Lo siento —dijo Nerida tímidamente—. Me dijiste que no me arriesgara si había un
momento de duda.
La duda que Faythe no pudiera controlarse lo suficiente como para no hacerles daño.
La vergüenza que la invadía la hacía incapaz de soportar mirar a ninguno de ellos. Sin
embargo, mientras Faythe caminaba hacia el arroyo, reflexionó sobre lo que acababa de
ocurrir.
No fue ira ni oscuridad lo que sintió en esos segundos; fue magia. Una cruda llamada de
la magia. No había querido golpear, solo tomar…
El crujido de unas ramas lejanas le agudizó el oído. Livia fue la primera en reaccionar,
desenvainando sus espadas gemelas. Reuben escudriñó el bosque en una reacción retardada,
pero se estaba sintonizando con sus señales fae y sacó una daga larga. Nerida se preparó,
pero no se movió.
Lo más probable es que fueran simples transeúntes. Aún no podía detectar si eran
humanos o fae. Livia la miró expectante, y ella se abstuvo de cualquier aspereza mientras
recuperaba su máscara. Faythe inhaló profundamente mientras se la acercaba a la cara, pero
se detuvo.
Ella escuchó.
Por primera vez, sin esfuerzo, las voces llegaron hasta ella en su desesperación.
Increíble.
No tenía sentido.
Las voces crecieron lentamente. Dos de ellas.
Los ojos de Faythe se movieron hacia donde rastreó el sonido. Solo vio bosque, pero
echó a correr. Oyó débilmente el silbido de su nombre y supo que Livia la perseguía. No le
importó. Faythe tenía que saber si sus sentidos -o su mente en su delirio- le estaban jugando
una mala pasada.
Su visión empezó a nublarse con el apretón en el pecho. Se le escapó un sollozo al darse
cuenta de su decepción si se equivocaba, o de su euforia absoluta si los rostros de su mente
resultaban ser reales en cuestión de segundos.
Faythe se detuvo bruscamente. El mundo se desvaneció para revelar una sola cosa.
A ellos.
Se reían y parecían tan maravillosamente despreocupados que aún no la habían visto.
Sus mejillas se humedecieron y ella no se movió, deseosa de disfrutar de aquel hermoso
espectáculo, pero temerosa que un parpadeo los hiciera desaparecer.
Luego la miró y a Faythe se le escapó un estremecimiento. Detuvo su caballo y
desmontó. Solo apartó la vista de ella un momento porque no estaba solo.
Faythe no pudo avanzar por ellos, ya que una dura realidad la detuvo en seco.
¿Qué pensaría ahora de ella?
—¿Quiénes son? —preguntó Livia, manteniendo la cautela, pero su voz era suave.
Faythe entreabrió los labios. Siguió cada parpadeo de sus expresiones con nervios
crecientes hasta que estuvieron lo bastante cerca como para ver lo que era ahora: un fae. Su
voz estaba tensa por la emoción cuando finalmente respondió a Livia.
—Jakon y Marlowe.
Capítulo 19
Zaiana
Zaiana se encontraba en una habitación contemplando la intrigante vista de la
bulliciosa ciudad. Cinco guardias la acompañaban, pero ella les daba la espalda con
deliberada arrogancia, como si quisiera decir que no se sentiría amenazada por ellos, aunque
decidieran tenderle una emboscada de inmediato. De vez en cuando, su mirada se deslizaba
hacia Kyleer, que era el que estaba más cerca. A veces perdía la lucha por evitar que su boca
se curvara, disfrutando de la flexión de ira que provocaba en su rostro.
—¿Por qué no me perseguiste una segunda vez? —reflexionó sin más motivo que el
aburrimiento mientras recuperaban a Tynan y Amaya.
—Porque te habría gustado.
Zaiana sonrió con crueldad, levantando la barbilla mientras admiraba cómo las
montañas de picos carmesí relucían al amanecer. —Y a ti también.
La puerta que tenían detrás se abrió y Zaiana giró hacia ella con suavidad,
endureciendo su postura al pensar en cómo podría encontrar a sus compañeros.
Los estaban maltratando: dos guardias a Amaya y tres a Tynan. Zaiana se llevó las
manos a la espalda para no dejar escapar la rabia que le picaba bajo la piel, sobre todo cuando
sus ojos se posaron en las muñecas rojas y desgarradas. Inmediatamente supo por qué sus
grilletes habían causado tanto daño.
—Quítenselas —advirtió con palabras lentas cubiertas de hielo. Quizá no hubiera
sentido tanta furia por las ataduras si no hubieran sido de acero Niltain.
Amaya bajó los ojos, aletargada pero conmocionada mientras la miraba. Tynan no
parecía tan afectado por el material, pero Zaiana sabía que estaría reduciendo drásticamente
su fuerza.
Ninguno de los soldados de Rhyenelle se movió a su orden. Aunque Zaiana no estaba
familiarizada con la falta de respuesta, no era tan tonta como para pensar que los guardias
responderían ante ella. Fue al comandante a quien dirigió su ira cuando se volvió hacia él.
Acero cantó ante su movimiento, pero Kyleer respondió perezosamente a su mirada
punzante.
—Ahora.
—No.
La visión de Zaiana centelleó cuando se acercó a él. Las armas volvieron a sonar,
esperando su señal. Kyleer mostraba una fría arrogancia, los brazos cruzados y el rostro
aburrido. No temía su oposición en lo más mínimo, y eso la irritaba.
—Tienes cinco minutos con ellos —le dijo, desafiándola a que desatara su ira contra
él—. Entonces los únicos grilletes de los que tendrás que preocuparte serán los tuyos.
Kyleer estaba pidiendo la muerte por su mano. Hizo un esfuerzo por reprimir su
relámpago mientras sus dedos se flexionaban por costumbre. Él lo notó sin bajar la mirada y
el muy bastardo soltó una carcajada apenas contenida.
Quería hacerle daño. Mucho.
No tuvo que hablar para que los guardias se marcharan. Kyleer se dirigió a la puerta,
pero le lanzó una última mirada como para provocarla aún más.
Zaiana no tuvo ni un segundo para sentir su ira hacia el comandante antes que Tynan
sisease:
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
No le gustó su tono.
—Arreglando lo que los dioses estropearon.
—Esperan que perdamos la vida si nos atrapan. —Su furia era palpable mientras
recitaba lo que ella les había advertido a todos muchas veces—. Esa ha sido siempre la orden.
De ninguna maldita manera van a hacer que te rindas para liberarnos.
La voluntad de Tynan de protegerla era comprensible. Era su deber. Sin embargo, no
toleraría que se cuestionara su decisión. Incluso en su locura.
Ella ignoró su penoso heroísmo.
—Permanecerán juntos. No vuelvas a la montaña, no pueden saberlo. Encuentra a
Maverick. Él sabrá cómo evitar que los amos se enteren de esto.
—De ninguna manera…
—He sido clara, Tynan —interrumpió Zaiana, endureciendo la voz con una autoridad
que rara vez tenía que usar contra sus compañeros—. No me cuestiones. Es una orden.
—Gracias. —La voz tranquila de Amaya llamó la atención de ambos—. Por venir.
A Zaiana le rechinaron los dientes ante la punzada que sintió en el pecho, o para
abstenerse de soltar un chasquido ante sus débiles palabras. Se limitó a apartar la mirada de
su desolado estado. Más pálida que de costumbre, con los ojos hundidos, como si estuviera
preparada para morir cualquier día. Amaya quería vivir. Era algo raro de ver entre los de su
especie, al menos en el sentido luminoso y esperanzador al que la oscura se aferraba como
una niña. A Zaiana se le revolvió el estómago, pero eso consolidó su decisión.
—¿Qué le pasó a la sanadora? —preguntó, evitando usar su nombre por si hablaba de
más apego del que estaba dispuesta a admitir.
—Faythe y otros dos decidieron escoltarla de vuelta a Fenher. La mantienen oculta
para intentar averiguar si le has dicho a Dakodas que sigue viva.
Zaiana reflexionó sobre su pensamiento, una parte de ella calculando por qué creían
que permanecería en silencio a pesar de todo lo que le había hecho a Faythe.
—Maverick lo sabe —admitió—. Era la única forma de distraerlo de mí. —No miró a
ninguno de los dos mientras se volvía hacia la ventana. Bajó la voz para eludir a los
guardias—. Esto no es rendirse. —Zaiana estaba en el corazón de la ciudad rebosante de vida,
vitalidad, poder y alegría. El reino que nunca había caído—. Nunca has dudado de mí antes,
Tynan. No empieces ahora. Pero necesito que me escuches para que sepas exactamente lo
que va a pasar en el momento en que desaparezcas de mi vista.

***
Dentro de la muralla, los edificios estaban más limpios, pero seguían variando en
tamaño y estructura. Zaiana observó que los caminos estaban trazados como un laberinto,
estratégicos en caso de invasión. Varios conducían a lo que podría considerarse una trampa
para un grupo enemigo, pero en la vida cotidiana no eran más que callejones sin salida donde
los niños jugaban y los fae se reunían para socializar. Muchos muros altos recorrían la ciudad,
patrullados por arqueros que siempre estaban preparados. Ellium no se parecía a ningún
otro lugar que hubiera conocido antes.
Aunque nunca había caído, Zaiana no consideraba la ciudad inquebrantable.
No se había movido ni un ápice desde que se llevaron a Tynan y Amaya. Tenía vista al
patio y ella observó cómo les quitaban los grilletes y les desnudaban las alas. Tynan le dedicó
una mirada, pero ella no sintió nada, fijando los ojos en sus compañeros hasta que un
resplandor de sol robó sus siluetas. Luego permaneció un rato sola. No pensó en luchar. No
quería dejar al rey en ridículo mientras intentaba escapar. Tal vez podría ser lo
suficientemente sigilosa y despiadada como para tener éxito, pero no era su plan arriesgar
su vida por algo tan estúpido.
Kyleer fue el primero en regresar. Ella lo sintió antes de oírlo, su presencia como una
caricia oscura y dominante.
Zaiana mantuvo las manos entrelazadas detrás de ella, sabiendo de todos modos lo que
vendría a continuación. El comandante se acercó a ella, pero ella no cedió más que un
respingo, que él no pudo ver, cuando el hielo luchó contra el fuego en sus muñecas. Los
grilletes de acero de Niltain eran pesados y la desgarraban con tal dolor que tuvo que
concentrarse en respirar larga y profundamente.
La mano de Kyleer le rodeó el brazo y su alta figura se acercó más de lo necesario
mientras su aliento le susurraba en la oreja. —Vamos.
Zaiana hizo caso omiso de la ondulación de su cuello cuando él tiró de su brazo,
arrastrándola con él.
—Puedo andar perfectamente —refunfuñó.
Kyleer no contestó. Su agarre era firme, su paso rápido, y ella se esforzaba por seguirlo.
Atravesaron muchos pasillos. Demasiados, pensó Zaiana. Supo entonces que intentaban
desorientarla para impedirle cartografiar el castillo. Zaiana reprimió su sonrisa de
satisfacción ante la medida de aficionado.
—Magnífico, ¿verdad? —dijo, mirando los tapices—. El Pájaro de Fuego.
Kyleer mantuvo su silencio. Ella dirigió su mirada al rostro severo de su comandante,
aunque éste se negó a entablar conversación.
—Ella dio una valiente pelea, lo admito —continuó de todos modos. Esto pareció
provocarle un tic en la mandíbula—. Trágico que la amada princesa no lo lograra… —Zaiana
se estremeció al ser golpeada contra la pared, y el impacto empeoró por la torpe torsión de
sus brazos, que aplastaron sus manos atadas.
—Si quieres vivir más de un día no volverás a hablar así de ella —le espetó Kyleer en
la cara.
Zaiana igualó su gélida mirada. La mano de él se enroscó alrededor de su cuello, pero
no con fuerza asfixiante. Suave, como las manos que había sentido antes.
—No eres lo bastante digna para pensar en ella. —Aquellos ojos verdes parpadearon
entre los suyos, y por un momento ella se preguntó si él estaba buscando, aunque fuera un
ápice de algo que contradijera sus siguientes palabras—. No eres digna de nada.
Él se apartó de ella, pero ella no se movió. Se miraron fijamente durante un largo y
tenso segundo, y ella no pudo descifrar por qué sus ojos se flexionaban mientras la
observaba. Se merecía sus palabras, aunque no pudo soportar la leve perturbación en sus
entrañas. Ya había oído cosas peores. Había pensado cosas peores de sí misma.
—Si quieres hacerme daño, tendrás que hacerlo con una espada. —Ella lo rechazó con
frialdad.
Kyleer luchaba en su interior. Sus puños se cerraban como si se estuviera conteniendo
para no lanzarse a rodearle la garganta de nuevo.
—Llévala a una celda en el bloque este. —No le quitó los ojos de encima mientras daba
la orden, con un tono tan agudo que hizo que los guardias se movieran al instante.
A Zaiana le atenazaba aquella mirada oscura de amenaza y rabia, pero nacía de la
pasión de Kyleer por proteger y defender. Guardó todo lo que pudo averiguar sobre el
comandante. Encontraría su punto débil.
Se volvió bruscamente y se alejó furioso. Zaiana no se dio cuenta de lo rígida que la
había puesto en su enfrentamiento hasta que estuvo observando su espalda, su marcha tan
lívida y tan emocionante de presenciar.
Los guardias se acercaron a ella y Zaiana volvió en sí. A diferencia de Kyleer, el paso
que dio hacia ellos provocó un destello de cautela, y dudaron en alcanzarla.
Zaiana los inmovilizó con advertencia.
—Dije que puedo caminar.
Capítulo 20
Faythe
El corazón se le aceleró como si se encontrara ante el juicio de unos desconocidos, y fue
desgarrador sentirse así en presencia de sus dos amigos más queridos.
Faythe no podía ir hacia ellos por miedo a que la rechazaran horrorizados si lo hacía,
así que esperó a que se acercaran. Bastaría con una de esas miradas rápidas y evaluadoras
de Jakon con las que estaba demasiado familiarizada para que la detectaran al instante.
Aunque Marlowe se arrimó a su lado, Faythe no podía apartar los ojos de Jakon,
esperando en el filo de la navaja su reacción, el momento en que viera que ahora era uno de
los seres a los que les habían educado para temer. Uno de aquellos de los que habían pasado
interminables días burlándose mientras patrullaban por las calles de Farrowhold, creyendo
que todos eran arrogantes y hambrientos de poder, y que lo poco que ella y Jakon tenían era
mejor que desear las mismas comodidades que los fae de más allá del muro. Ahora todo era
un recuerdo retorcido, pero no podía negar que había formado gran parte de sus vidas.
Jakon se detuvo a unos metros. Lo sabía. Tenía que haberlo notado ya. Sin embargo, su
rostro -Dios, no había cambiado nada- no mostraba más que anhelo, tristeza, y fue entonces
cuando ella se quebró.
Se movieron al mismo tiempo, chocando como estrellas separadas durante demasiado
tiempo, y su constelación estalló en un reencuentro. Faythe se estremeció entre sollozos y le
rodeó el cuello con los brazos, inundada de un alivio abrumador cuando él la abrazó con
fuerza sin vacilar. Por lo que ella sabía, podrían haber pasado minutos. Faythe aspiró su
aroma, que le resultaba tan familiar que la envolvió en una satisfacción que no sabía que
necesitaba tan desesperadamente. Sus sentidos de fae la consumían por completo. Notas de
Marlowe lo envolvían, su aroma a canela y humo de bosque mezclado con lavanda y rosa.
Por fin se soltaron el uno del otro. Mientras miraba fijamente aquellos ojos marrones,
Faythe tuvo que parpadear para contener las lágrimas. La sonrisa de Jakon contenía amor y
dolor a partes iguales. La mano de él subió hasta la mejilla de ella, llevando su atención a sus
orejas, y ella contuvo la respiración, anticipando el cambio al horror.
Nunca llegó.
—Este es sin duda el giro del siglo —reflexionó.
Faythe se rio. Rio. Lloró. Todo embistió en ella a la vez hasta que sus emociones le
pesaron tanto que tuvo que apoyar la frente en su pecho mientras él se limitaba a abrazarla.
Nadie los interrumpió, y ella no supo cuánto tiempo pasó antes de calmarse. Jakon le alisó el
cabello, dejando que lo soltara todo como había hecho tantas veces.
—Te extrañé muchísimo —susurró Faythe.
—Yo también. —Sus labios presionaron la cabeza de ella—. Yo también, Faythe.
—Quiero contártelo todo.
—Lo harás. Cuando estés lista.
Respiró hondo y tuvo la voluntad de retroceder del todo, pero apenas tuvo un segundo
para recomponerse antes que su mirada se desviara hacia Marlowe, que esperaba
pacientemente, y volvió a derrumbarse. Su abrazo fue aplastante. Los dos compartían risitas
de alegría y tristeza y nada de nada.
Su tiempo separados no era lo único de lo que tenían que hablar. Habían cambiado
muchas cosas. Quién era Faythe ahora… aún estaba descubriéndolo por sí misma, por no
hablar de intentar explicar lo que les había ocurrido a Jakon y Marlowe.
En medio de todas sus emociones exaltadas, la parte más confusa de todo volvió a
Faythe cuando recordó dónde estaban.
—¿Qué diablos están haciendo aquí?
Jakon atrajo a Marlowe hacia sí, una gravitación natural que ya ni siquiera notaba.
—Tenemos mucho de lo que ponernos al día —dijo. Entonces, por primera vez, la
mirada de Jakon encontró a Reuben. Sus ojos se abrieron de par en par y se le escapó una
carcajada de incredulidad.
—Por los Dioses, tenemos mucho de lo que ponernos al día.

***
Encontraron una posada cuando empezaba a anochecer. Faythe se sentó frente a sus
tres amigos humanos, mientras Nerida y Livia lo hacían a ambos lados.
—¿Dónde está Reylan? —preguntó Jakon con cuidado, observando a Livia, que se
inclinaba hacia ella, clavando una daga con la punta hacia abajo en la mesa. La comandante
no trataba de intimidar, pero, aunque sus rasgos eran suaves, siempre calculaba
cuidadosamente su entorno y compañía.
—Tiene que mantenerse alejado por ahora. —Se le apretó el pecho y bajó los ojos—.
Por si los fae oscuros le echan el ojo. —Faythe evitó rápidamente que su mirada se reflejara
en la cerveza de su copa. Cuando abrió la boca, sus palabras titubearon como si hablar de lo
que era hiciera que la realidad amaneciera de nuevo—. No pareces escandalizado —Intentó
Faythe, dirigiendo su atención a Jakon—, sobre mi…
Él soltó una leve risita. El sonido relajó sus hombros tensos y le dio valor para afrontar
el tema con una sonrisa.
—Tenía mis sospechas —dijo Marlowe.
Faythe resopló tímidamente.
—Se habría agradecido un pequeño aviso. —Pretendía que fuera un comentario
desenfadado, pero Marlowe perdió la expresión.
—No estaba tan claro como saber que cambiarías. Sabía que alcanzarías un gran poder
y que no había muchas esperanzas que lo albergaras en tu forma humana. Entonces, después
del solsticio… —Hizo una pausa, y algo cambió en la atmósfera entre Jakon y Marlowe. Se
reflejó en la mirada que compartieron y en el consuelo que él le ofreció.
—¿Qué pasó? —Faythe presionó. Luchó contra el aumento de su propio pulso al
recordarlo. El solsticio. El eclipse solar. El día de su muerte, pero también el momento en que
llegó a ser todo lo que era ahora.
Fue Marlowe quien la miró con una expresión de asombro que ella extrañamente había
echado de menos.
—Fue el día de tu Transición, ¿verdad? —Fue como ver cómo se encendía una luz en
su brillante mente, revelando la última pieza de un rompecabezas que había estado
buscando. Sus ojos recorrieron a Jakon y luego volvieron a ella.
Jakon la rodeó con el brazo y la observó atentamente.
—Creo que te sentimos. Pero Jak…
—¿Sentirme? —Faythe interrumpió con horror.
Marlowe se limitó a asentir, todavía calculadora.
—No estoy seguro de lo que significa, pero creo que todos estamos conectados de
alguna manera. Pero contigo y Jak… hay algo más.
Faythe se estremeció con una oleada de incertidumbre. Encontró los ojos de su amigo
más querido y, por primera vez, la golpeó con fuerza un destello de recuerdo, quizá
trasladado de la mente de él a la de ella. Tenían muchos, pero en este recuerdo él parecía más
joven, y con él…
—Nunca la conociste —respiró Faythe. Sacudiendo la cabeza, expulsó la retorcida
imagen.
—¿A quién?
—A mi madre. —Faythe le frunció el ceño—. Nunca la conociste.
Jakon no se apresuró a aceptar. Estaba pensando. Era como si antes se hubiera
preguntado lo mismo.
—No creía haberlo hecho. Sin embargo, he estado viendo cosas: tú, alguien mayor. Yo,
justo ahí con ustedes dos. Todo está hecho pedazos y no sé qué pensar.
Faythe tampoco pensó ni respondió, sacudida como estaba por la inquietud, pero se
estaba convirtiendo en una sensación familiar. Para detener su espiral, preguntó:
—¿Cómo están Nik y Tauria? —El recuerdo de sus brillantes sonrisas suavizó su
expresión con esperanzada anticipación.
—Apareados —respondió Jakon con orgullo.
Faythe se quedó con la boca abierta mientras un sinfín de emociones y preguntas se
agolpaban en su interior, junto con un retorcido dolor. Quería verlos y oírlos. Por encima de
todo, su pecho rebosaba de alegría por ellos.
Durante las horas siguientes, el grupo intercambió historias y su encuentro se prolongó
hasta altas horas de la noche, hasta que el establecimiento quedó vacío. Había demasiado
para profundizar en una sola noche, pero todo lo que Faythe absorbía y lo que conseguía
explicar agotaba sus emociones.
—¿Te diriges a High Farrow? —Jakon retrocedió.
Faythe asintió.
—Debería poder permanecer oculta allí.
—¿Con qué fin?
No estaba segura. Su vida se había convertido en un charco de incertidumbre.
—Necesito aprender este nuevo poder que tengo —ofreció.
Eso despertó el interés de Marlowe. Su curiosidad se posó en las manos de Faythe.
Acostumbrada a los símbolos dorados, Faythe ya no tuvo reparos en soltar la copa que
sujetaba para levantar las palmas. Supuso que, en todo caso, su brillante amiga podría
conectar algo de un libro o una previsión propia para arrojar algo de luz sobre lo que
significaban.
—Son preciosas —dijo Marlowe, tratando de agarrar una de las manos de Faythe.
Faythe pensó lo mismo ahora que el horror había remitido. No parecía haber forma de
deshacerse de ellas, así que se permitió encontrar cierto consuelo en su aspecto. El simple
contacto con su esencia mágica bastó para añadir un tenue resplandor a los tatuajes, pero
solo fue breve antes que se retirara, sellando los símbolos fuera de su alcance una vez más.
—Es asombroso —dijo Nerida, y solo entonces, al oír su tono de voz, Faythe se dio
cuenta de la razón por la que se había sentido tan a gusto con la sanadora. Su mirada pasó
entre Nerida y Marlowe, y cuando encontró sus maravillosas naturalezas alineadas Faythe
rompió en una sonrisa.
—Es exasperante, eso es lo que es —refunfuñó.
—Solo porque eres tan reacia a averiguarlo —atajó Livia.
—No soy reacia.
—Terca. Temerosa. ¿Realmente importa cómo lo llamemos?
Su mirada desafiante nunca fue maliciosa, pero Faythe estaba llegando al límite de su
ingenio. Porque Livia a menudo tenía razón.
—¿Hay alguna biblioteca cerca? —Marlowe se preguntó—. Podría ser un buen lugar
para empezar.
—El Livre des Verres sería un gran lugar. Quizá el único lugar que podría albergar
conocimientos tan oscuros. Hay un libro en particular que me encantaría buscar —respondió
Nerida.
—Eso está en Olmstone —añadió Livia como si no fuera una opción.
Por todo lo que habían oído sobre el reino a Jakon y Marlowe y lo que ocurrió después
que Nik y Tauria escaparan por los pelos, no parecía seguro aventurarse allí cuando podía
estar invadido por Valgard.
—¿Realmente estaba allí? —Faythe susurró asustada.
Jakon sabía a quién se refería. Su expresión se arrugó con protección, pero con un deje
de cautela.
—Sí. Marvellas estaba allí. Quizá aún lo esté. Ninguno de nosotros estaba seguro de
cuánto duraría el encantamiento de Marlowe.
Era mucho para asimilar, lo que su amiga había descubierto qué era capaz de hacer.
Faythe le robaba miradas a Marlowe y lo único que veía eran sus días de risas
despreocupadas en el taller de la herrera, antes que ninguno de los dos se sumergiera en la
imposibilidad de lo que eran. Marlowe seguía teniendo el mismo aspecto. Seguía sonando
igual. Faythe se aferraba a la esperanza de que, pasara lo que pasara, nada cambiaría entre
ellas.
—¿Dónde está Reuben? —preguntó Jakon, alertando a todos de su ausencia. Faythe se
había olvidado de él en medio de todo lo que tenían que hablar.
—Ha bebido demasiado. Se fue a la cama hace una hora —les informó Livia.
Faythe hizo una mueca de vergüenza. No se había dado cuenta de darle las buenas
noches.
—No tuvimos ocasión de enterarnos de su gran regreso —musitó Jakon con una risita,
dando un largo trago. Mientras lo hacía, la atención de Faythe se fijó en un destello de su
dedo. Su ceño se frunció, golpeada por tal torrente de emoción que sus ojos se llenaron de
lágrimas—. ¿Qué ocurre? —preguntó alarmado.
—Estás casado —susurró, y luego arrastró sus ojos hasta los de él antes que cayeran
para confirmar que un anillo a juego adornaba el dedo de Marlowe.
Sus anillos de oro se encontraron cuando Jakon se acercó y le tomó la mano. Faythe le
dio un rápido manotazo en la cara.
—No queríamos esperar, pero teníamos la esperanza de poder celebrarlo algún día con
todos. Con la llegada de la guerra, nos pareció bien —explicó en voz baja.
Faythe estaba feliz por ellos, tan consumida por la alegría, pero eso no era todo. La
realidad la invadió inesperadamente. De cómo el tiempo se había vuelto tan valioso y ella se
había perdido tanto con ellos. Al igual que se habían perdido su aceptación de ser la heredera
de Rhyenelle, ni siquiera había podido hablarles de su vínculo con Agalhor ni de lo
profundamente enamorada que estaba de Reylan. Faythe se tapó la cara con las manos. No
tardó en verse envuelta en el calor de Jakon.
—Sigues siendo tú, Faythe —dijo en voz baja—. Eso no cambia. Nunca. Con orejas
puntiagudas o sin ellas.
Su sollozo ahogado se convirtió en una carcajada mientras bajaba las manos.
—Estoy tan contenta que estés aquí, Jak. No ha sido lo mismo sin ti.
—Somos dos caras de la misma moneda desolada, ¿recuerdas? Siempre nos
encontraremos.
Su carga se sintió instantáneamente más ligera. Lo que tenía que afrontar en su
interior… ya no parecía tan aterrador.
Capítulo 21
Tauria

—¿ESTÁS SEGURA QUE sabes lo que estás haciendo?


La preocupación de Lycus era comprensible, pero ella había decidido hacerle partícipe
de su plan, y su reacción le pareció justificada. Podía considerarse peligroso o, en sus
palabras, una locura, pero Tauria no iba a echarse atrás. Caminaron por los pasillos del
castillo del High Farrow, sin un destino concreto en mente.
—Solo te lo dije porque necesito tu ayuda.
—Si acepta arriesgarse para venir aquí —señaló Lycus.
Tauria sabía en qué se basaba el plan, pero no era a Zarrius a quien esperaba convencer,
y ya había captado el interés de Mordecai una vez cuando decidió escucharla.
—Puede que sea una posibilidad remota, pero tengo que intentarlo.
—¿Y Nik?
—No le gusta, por supuesto. Pero lo sabe todo.
Lycus se pasó una mano por la cara.
—Esto no me gusta.
—Solo necesito que confíes en mí.
—Lo intento —dijo.
La columna vertebral de Tauria se enderezó cuando Zarrius dobló la esquina y empezó
a caminar hacia ellos.
—Ah, princesa, esperaba alcanzarte.
El corazón le dio un vuelco, y cuando se detuvieron en el punto donde sus caminos se
encontraban, el Señor lanzó una mirada expectante a su general.
—Te llamaré pronto, Lycus.
Se dio cuenta que estaba luchando contra su reticencia por la firmeza de su ceño. Su
piel oscura se flexionó al sujetar al lord, pero le dedicó una pequeña inclinación de cabeza
antes de separarse de ellos.
—¿Ha habido noticias sobre mi petición? —preguntó discretamente.
Le hizo un gesto para que siguiera caminando con él.
—No puedo atender tu petición, pues no tengo relación alguna con las fuerzas oscuras
que pretenden acabar con nuestro reino —comenzó.
El corazón de Tauria dio un vuelco al oírlo y se preparó, consciente que tendría que
cambiar de táctica para defender su investigación si él se volvía contra ella.
—Pero para proteger este reino, tengo mis fuentes, y ellas están atentas a tales
amenazas. Puede que haya sido capaz de hacer llegar un mensaje anónimo que, de hecho, ha
despertado el interés de cierto Gran Señor.
Tauria mantuvo una expresión neutra, aunque un conflicto de náuseas y creciente
triunfo le revolvió las tripas al pensar que él podría acceder a verla.
—El rey solicita una reunión —anunció un guardia detrás de ellos.
Lord Zarrius sonrió -el tipo de sonrisa que contenía un brillo de complicidad-, pero si
ella aceptaba esto, caería por su propio peso sin nada que lo incriminara por estar
involucrado con los fae oscuros. Le tendió el brazo, ofreciéndose a escoltarla, y, aunque le
daba asco, ella pasó la mano por él. Zarrius puso la otra mano sobre la suya, haciendo que
ella se tensara aún más por la necesidad de buscar distancia con él, hasta que sintió que algo
pequeño se deslizaba en su poder.
—Espero que sepas a qué juego estás jugando, princesa.

***
En la sala del trono, encontraron a Nik de pie junto al estrado, con la corte reunida a su
alrededor. Tauria se separó de Zarrius, encontrándose con la cálida sonrisa de Nik. Tres
tronos seguían presentes, ya que no había estado en la mente de ninguno de ellos actualizar
la disposición. Tauria, por rutina, estaba a punto de ocupar su lugar habitual, que había sido
a la derecha de Orlon, pero Nik le tendió una mano.
—Hola, amor.
Ella se estremeció con su caricia acompañante en sus sentidos.
—Has estado ocupado —le respondió.
Nik la condujo, no a su lugar habitual, sino justo delante del antiguo trono del High
Farrow. Su mirada se dirigió hacia él con vacilación, con los nervios a flor de piel al saber que
toda la corte la estaba observando y que aquello no era un simple asiento; era una
declaración. La única respuesta de Nik fue una cálida sonrisa y una inclinación de cabeza, así
que Tauria aceptó su confianza, se giró y se sentó mientras todos los ojos la seguían. Algunos
la miraban de reojo, otros se apartaban de ella para susurrar a su vecino. Trató de no
interpretar nada de aquello, reconociendo su derecho a estar allí.
Soltando su mano, Nik se apoyó en el alto respaldo del trono.
—Los cité a todos aquí para ver cómo se hace justicia. —Por fin se dirigió al suspenso—
. No es ningún secreto que tenemos un traidor entre nosotros, uno que no hace mucho atentó
contra mi vida.
Justo entonces, los sollozos resonaron por todo el pasillo, el sonido acompañado de
pasos y arrastres mientras los guardias escoltaban a Samara hasta la habitación. A pesar de
la rabia que siempre viviría en ella por lo que había intentado, Tauria no era tan despiadada
como para insensibilizarse ante el vulnerable estado de Samara. No disfrutaba con la
humillación de la fae, pero dada la gravedad de su crimen, su sentencia debía ser pública.
Samara cayó de rodillas ante ellos. Tauria no dio muestras externas de compasión.
—Esta es tu última oportunidad de confesar cualquier cosa que pueda afectar a tu
castigo —dijo Nik, colgando un salvavidas.
Si confesaba ser un peón, quedaría abierta la investigación e incluso podría salvarle la
vida si se demostraban sus afirmaciones. Tauria no tenía esperanzas en ella.
—No —gimoteó en voz baja.
—Habla más alto.
—Actué por voluntad propia —espetó.
Tauria sintió el ondulante resentimiento de Nik cuando se bajó del trono.
—¿Por qué? —le preguntó—. ¿Qué podrías haber ganado con un ataque a tu rey?
—Tú no eres mi rey.
La multitud se quedó boquiabierta.
—Y tú no eres mi reina.
—Lo haces fácil, Samara —dijo Nik, sin inmutarse por sus palabras—. Reuní a toda esta
gente para un juicio, esperando que suplicaras por tu vida, pero aquí estamos. Solo nos queda
una medida. ¿No estás de acuerdo, amor?
Tauria dedicó una mirada a Zarrius por mera curiosidad, para ver si le ofrecía alguna
protesta, alguna emoción, para demostrar que alguna vez se había preocupado por su vida
como ella se preocupaba por la suya. No encontró más que una fría y cruel mirada de triunfo.
Estaba viendo cómo Nik llevaba a cabo exactamente el final que había esperado al
manipularla para que lo matara.
—Tu atentado contra mi vida es traición de la más alta forma, y no puede haber castigo
más justo que tomar la tuya. Samara Calltegan, nuestra sentencia es la muerte.
—¡No pueden hacer esto! —atronó una voz masculina entre la multitud.
—Padre —gimoteó Samara, volviéndose para verle, pero los guardias la agarraron por
los hombros para inmovilizarla.
Tauria sabía el revuelo político que esto causaría. Los Calltegan eran una familia que
aportaba una gran riqueza al reino con sus oficios. Tal y como habían esperado, Zarrius se
movió entre la multitud hacia el afligido señor. Por mucho que Nik despreciara el hecho,
Zarrius era el único al que creía capaz de mantener la paz con la familia, por mucho que
tuviera que manipularlos.
La muerte de Samara era la ganancia de Zarrius.
—Sin embargo, te concederé una opción —prosiguió Nik cuando amainó la
alteración—. Por respeto a tu familia, tu muerte no se hará pública. Estarás cómoda y podrás
elegir cómo sucederá.
Su llanto se volvió silencioso. Miró al suelo, pero hizo un pequeño gesto con la cabeza
en señal de aceptación de su destino.
—Llévala de vuelta —ordenó Nik.
Tauria apartó la mirada mientras se llevaban a Samara. Alguien que una vez fue una fae
muy respetada y con grandes perspectivas había sido utilizada y desechada, y Tauria nunca
había sentido tanto resentimiento hacia Lord Zarrius. Sus uñas se clavaron dolorosamente
en el brazo de su silla hasta que la mano de Nik la rodeó, y levantó la mirada para descubrir
que su expresión cómplice también contenía rabia y perturbación.
—Estás preciosa —le dijo a su mente.
Tauria esbozó una sonrisa a pesar de todo, y como si no le importara la sala llena de
espectadores, los dedos de Nik rozaron su barbilla.
—Y poderosa. Y como si estuvieras destinada a ser mía por lo perfectamente que ocupas
este trono. Me alegra que toda la corte vea por primera vez tu largo reinado aquí, Tauria
Silverknight.
Capítulo 22
Zaiana
Su celda no estaba tan mal. No tenía cama, pero sí una buena provisión de heno. Incluso
tenía una pequeña ventana por la que ya había visto pasar el día a la noche tres veces. Zaiana
había estado confinada en condiciones mucho peores durante mucho más tiempo. No le
importaba su idea del encierro. Incluso la comida era generosa para una cautiva peligrosa.
Teniendo en cuenta que había matado entre sus muros, se preguntaba por qué se molestaban
en alimentarla con algo más que lo suficiente para mantenerla con vida a duras penas.
El silencio le hacía compañía como un viejo amigo. Zaiana pasaba los días entrenando
su mente para desprenderse de todo como antes. Era fácil cuando sus deseos rara vez
conocían la luz del día. ¿Cómo hacer frente a la nada? Era fácil cuando conocía demasiado
bien el lecho de piedra.
No temía lo que pudieran hacerle por la información que pretendían obtener. Serían
tontos si no lo intentaran. Lo único que podía hacer era saborear cómo intentaban doblegar
a alguien que se había fracturado demasiadas veces como para ceder a la tortura física.
Le habían quitado la espada y las numerosas dagas que llevaba. Le habían quitado las
horquillas del cabello, dejándole la trenza molestosamente suelta, con gruesos mechones
alrededor de la cara. Le habían quitado la capa y cualquier prenda adornada con hebillas
metálicas, dejándola en una camiseta y unos pantalones negros ajustados. Podrían haberla
dejado tiritando por las noches, pero un guardia le había soltado una muñeca lo suficiente
para que se pusiera un jersey negro de gran tamaño.
Al oír que alguien se acercaba, Zaiana detuvo su paso calculado.
—¿A qué debo el placer, General? —deletreó, dejando de mirar perezosamente las
estrellas que contaba a través de la ventana.
Reylan estaba solo. Extendiendo sus sentidos, pudo darse cuenta que también había
despedido a los guardias del vestíbulo. Zaiana se recostó contra la pared del fondo,
observándolo debatir en silencio sus palabras.
—Cuando dejaste el templo… —Reylan se interrumpió, dejando una pausa. La mirada
que compartieron alineó un pensamiento, pero elevó un desafío. Cuando lo miró, lo único
que Zaiana pudo oír fue su escalofriante promesa de acabar con ella por haber dañado a
Faythe. Quedaba una fracción de esa mirada de muerte, que lo convertía en una amenaza
volátil y real.
Los barrotes de hierro entre ellos eran tan buenos como el cristal.
—Dijiste…
—Sé lo que dije —cortó ella.
—¿Qué querías decir?
Zaiana enderezó la cabeza y arqueó una ceja. No creía ni por un segundo que Reylan no
lo supiera. Quería que ella admitiera que también lo sabía. Zaiana le guardaba rencor por una
cosa, y que la condenaran si lo dejaba pasar.
—Dímelo tú.
Su mano subió para enroscarse alrededor de la barra, sus penetrantes ojos azules
crecían con fresca ira bajo su cuidadoso control.
—¿Dónde está Maverick?
Aquellas tres palabras hicieron que un escalofrío recorriera cada muesca de su espina
dorsal antes de esparcirse por su piel, cada una de ellas pronunciada con venganza. Por lo
que Maverick había hecho, y porque Reylan tuviera que presenciar el crimen más
imperdonable. El general albergaba algo que solo podía resolverse con una cosa.
Muerte.
—No soy su guardián.
Zaiana no debería preocuparse por el oscuro bastardo. Sin embargo, la idea que se
cruzara en el camino del general le revolvía el estómago.
—Seguro que lo parecía —gruñó Reylan—. ¿Le dijiste que viniera al templo? ¿Fue por
orden tuya que él…?
—No. —Ella no le debía nada, pero quería sobrevivir. Su silencio sobre las acciones de
Maverick podría desatar la oscuridad que no quería probar dentro del general. Era raro que
ella permaneciera tan insegura de lo que alguien podría ser capaz de hacer—. No esperaba
que me siguiera.
—La habrías salvado. —Reylan intentaba calcular por qué desperdiciaría semejante
oportunidad.
Zaiana permaneció en silencio, aún turbada por su propia estupidez en aquel momento.
—¿Por qué?
—No cambia nada, General. Está muerta.
Reylan no sabría que su dura afirmación era una pregunta. Una que él había revelado
la respuesta al instante, exactamente como ella esperaba.
Faythe estaba viva, y todos eran parte de la treta.
Él se mantuvo firme, mirándola fijamente con duras respiraciones de angustia, no la
profunda pena que ella esperaba.
—Esperaba un interrogatorio mejor por tu parte —dijo para desviar la conversación
del asunto antes que él pudiera intentar sondearla más. Zaiana solo tenía tiempo. Quería
averiguar cuál era su plan con el ascenso de su princesa. Qué era Faythe, de qué era capaz, o
si nada había cambiado en la tocada por la muerte.
Su puño se cerró con fuerza alrededor de la barra.
Se oyó un arrastrar de pies al final del pasillo, al que pronto se unieron las ondas de
una presencia que podría ofrecer aún más entretenimiento.
—Agalhor te está buscando —murmuró Kyleer en voz baja como para que ella no lo
oyera.
Zaiana se deslizó por la pared hasta quedar sentada, delirantemente aburrida mientras
intercambiaban más palabras de escaso interés. Se examinó las muñecas en carne viva,
entumecidas por el dolor del acero de Niltain.
Reylan se fue, pero Kyleer se quedó. La cabeza inclinada hacia atrás de Zaiana se
enderezó como un peso muerto mientras él permanecía torpemente quieto, observándola.
—¿Está esperando un espectáculo, comandante?
Sus rasgos recortados habían aliviado parte de la rabia que mostraba la última vez que
lo vio. Aún parecía especialmente enfadado por estar cerca de ella, pero calculó que se sentía
menos asesino.
—¿Te estás ofreciendo?
Zaiana lo siguió mientras caminaba unos pasos. Tomó una silla y la arrastró hasta
delante de su celda. Se irritó cuando se sentó en ella.
—Pongo en duda tus habilidades si te han reducido a jugar a la niñera —le espetó,
esperando que aquello fuera una prueba. No iba a quedarse ahí sentado durante mucho
tiempo… ¿verdad?
Su reclinación casual decía lo contrario. Kyleer dio un suspiro exagerado mientras se
cruzaba de brazos.
—¿Por qué tienes el pecho quieto? —reflexionó con curiosidad.
—¿Cuántas veces te has fijado en mi pecho?
Kyleer esbozó un atisbo de sonrisa. Lo más chocante fue que provocó un escalofrío en
su cuerpo.
—¿Por qué te entregaste?
Zaiana soltó una carcajada seca.
—¿Tratas a todos tus rehenes tan cariñosamente y esperas que te ofrezcan todo?
—Oh no, todavía no hemos empezado contigo. Considera esto mi propia curiosidad.
—Es patético.
—Mira dónde estás, Zai.
—No me llames así.
Se dio cuenta demasiado tarde del error de sus palabras. Ella le había dado algo que
despertó ese insufrible placer en sus ojos. Su mente colgaba una imagen que había enterrado.
Un rostro. Un nombre.
Zaiana torció la cabeza para tranquilizarse, tomándose un segundo para serenarse
mientras evitaba que todo fuera descifrado por el bastardo que usaría la debilidad. Fue una
batalla contra la primera emoción real que había sentido en tanto tiempo.
Quería volver a oírlo. Pero no fue así.
No fue así.
—¿Cuál era su nombre?
La pregunta de Kyleer fue todo lo que necesitó para adoptar un frío distanciamiento.
No le miró. No le dio nada. Si estuviera libre y tuviera una espada al alcance de la mano, su
instinto sería responder con violencia.
En cambio, no tenía nada más que su silencio.
Kyleer se levantó, haciendo ademán de irse, pero no le importó. Sus ojos se cerraron,
su mente se alejó de los pensamientos hirientes. Justo cuando volvía a abrazar la quietud, él
regresó. Zaiana no pensaba prestarle más atención, pero un sonido agudo de alerta hizo que
sus ojos se fijaran en él.
No era por miedo a la espada que sostenía.
Era su espada.
Sus puños se cerraron al saber que podía burlarse de ella por el mero hecho de
poseerla. La espada era un orgullo.
—¿Nombre?
Sus ojos se entrecerraron mientras él la miraba expectante. Su expresión se tornó
aburrida ante su falta de compromiso. Kyleer dejó la vaina a un lado y examinó la artesanía
de la espada, recorriendo con la mirada la longitud del acero que brillaba con notas de Piedra
de Hechicero. Le dirigió una mirada de complicidad, a la que ella respondió con una cruel
mueca. Tuvo cuidado de no tocarla. La empuñadura y la cruceta eran negras, pero estaban
entretejidas de forma intrincada, y cuando sus dedos rozaron la única tira de material
envejecido que había allí, ella apretó los dientes con tanta fuerza que pensó que se le
romperían.
Zaiana esperó a que la sondearan o se burlaran de ella.
Sin embargo, Kyleer no dijo nada.
Deslizó de nuevo los ojos hacia él justo a tiempo para ver cómo desaparecía un pequeño
ceño fruncido y pensativo mientras él continuaba su examen. Justo debajo de la cruz,
entrecerró los ojos.
—Nilhlir —recitó—. No es de la Lengua Antigua. —No volvió a preguntarle. Giró la
muñeca una vez, aunque la espada no era en absoluto de un tamaño comparable al que él
debería empuñar—. Impresionante espada —admiró de todos modos.
—¿Por qué estás aquí, Kyleer?
Ladeó la cabeza.
—Estoy tratando de entenderte.
Ella no esperaba su sinceridad. Su cabeza cayó contra la piedra.
—Cuando lo hagas, ilumíname.
Su suave risita provocó un escalofrío.
Kyleer rebuscó en su bolsillo y lo que sacó le inspiró un destello de rabia blanca que
tuvo que reprimir. Le mostró los protectores de hierro, los dos para su mano derecha, por lo
que ella pudo ver. Sus manos se habían sentido tan ligeras y desnudas estos últimos días.
—¿Puedes conjurar relámpagos sin ellos? —preguntó, prestándoles la misma atención
experta que le había dado a su espada.
—Desencadéname y averígualo.
Kyleer la miró a través de unas pestañas largas y entrecerradas. Algo en su mirada se
ensombreció, no por amenaza. Lo que se desprendió de aquella larga pausa provocó una
tensión que ella quiso ignorar.
—Me gustas bastante encadenada. —Bajó el tono y se acercó un paso.
—Hay un millón de maneras en las que aún podría matarte.
—Podría hacer que eso fuera lo último en tu mente.
Zaiana ya había jugado a esto antes. Muchas veces. Era decepcionante saber con qué
facilidad caía el comandante en la trampa. Se incorporó. Ahora tenía las manos atadas
delante de ella y las enrolló alrededor de los barrotes, mirándole con su mejor mirada de
seducción, que hacía que los hombres cayeran de rodillas. Sabía cómo hacer de su voz una
caricia para conquistarlo. Separando los labios, rozando con los dientes la parte inferior para
atraer sus ojos hacia ellos…
Kyleer hizo lo que esperaba. Sin embargo, por primera vez, un rápido aleteo palpitó en
el estómago de Zaiana.
—Entonces abre la puerta .
La mirada de Kyleer se alivió con un deseo con el que ella estaba familiarizada. Se
embolsó sus joyas y luego su mano se deslizó entre los barrotes, tomándole la barbilla. Sus
dedos ásperos y callosos le inclinaron la cabeza. Con su nueva proximidad, no sabía por qué
le importaba fijarse en los reflejos avellana de sus iris verdes. Le recordaban al musgo,
terroso y tranquilizador. Habría habido un aire de libertad en aquellos hermosos ojos de no
ser por el escudo de algo oscuro y roto. Zaiana no sabía cuándo se había apretado más,
sintiendo la dura impresión del hierro contra sus costillas.
Entonces, como si se tratara de un interruptor, su fría mirada regresó. Su boca se
endureció y sus ojos se estremecieron en un gesto que Zaiana percibió como decepción.
—No eres tan especial, Zai. —La soltó, alejándose, y Zaiana nunca se había quedado tan
estupefacta. Atraer a los hombres a su red era un arte. Lo había hecho innumerables veces,
pero nunca se había arriesgado a enredarse en su propia bobina.
La vergüenza se apoderó de ella, enrojeciendo su piel y haciendo arder su mirada. Sus
palabras formarían las dagas que le arrebataron.
—Mira dónde te han puesto, haciendo de niñera de un solo prisionero. Te observé
durante algún tiempo, sabes. En esa misión. Vi lo fácil que Izaiah y Livia se unieron, lo
enamorados que estaban Reylan y Faythe. —Zaiana dejó escapar una risa amarga—. Incluso
prestaban más atención a la lamentable humana que a ti. Significas lo mínimo para todos
ellos, y siempre lo harás.
Dio un gran paso atrás. Su garganta… ¿por qué se le hizo un nudo?
La quietud del comandante fue inesperada, pero se tragó cualquier palabra de
desacuerdo.
—Supongo que acabamos de encontrar un terreno común —murmuró con aire
ausente, alejándose ya unos pasos—. Si quieres hacerme daño, tendrás que hacerlo con una
espada.
Capítulo 23
Reylan
Los dedos de Reylan se posaron sobre las teclas del piano mientras se preguntaba
dónde colocarlas a continuación. Probó una secuencia. Sacudiendo la cabeza, volvió a
pensarlo.
No le importaba lo que le hacía estar en las habitaciones de Faythe encontrando
distracción en el instrumento. Era todo lo que podía hacer para mantenerla cerca. Aunque
no entró por la puerta para que nadie lo viera, un núcleo de la habilidad de metamorfosis de
Izaiah zumbaba en él.
Notas contemplativas llenaron el silencio, haciendo descansar su tormento durante un
rato. Las repitió, las reorganizó, hasta que la música le pareció adecuada. No podía dejar de
imaginársela sentada a su lado aquella primera vez que tocó para ella. Cuán
maravillosamente pensativa se había visto, aunque ella no supiera cuánto le dolía confesarle
todo lo que él sentía por ella.
Reylan cerró la tapa del piano cuando detectó una presencia cercana. El halcón se
abalanzó hacia el balcón antes que un destello de luz blanca revelara a Izaiah.
—Sabes, siempre tengo la sensación que disminuyes mi velocidad de vuelo con el
tiempo que te tomas —comentó, entrando por la puerta abierta del balcón.
Reylan lo ignoró mientras se ponía de pie.
—¿Cómo está ella?
—El viaje estuvo bien, por cierto. Solo estoy un poco agotado por el viaje de ida y vuelta,
pero…
—Izaiah.
Hizo una mueca, pero Reylan no tenía espacio para la diversión.
—Ella todavía está bien. Todos lo están. Deberían estar en Fenher a finales de semana.
—¿Sigues vigilando sus alrededores también? ¿Nadie parece sospechar o seguirles?
—No. Aunque sus payasadas son hilarantes y admirables.
Hacía semanas que se había enterado de las alteraciones. El propio Reylan había
enviado varias patrullas a las ciudades de las afueras donde los Asaltantes estaban siendo
convenientemente delatados, aunque ninguno de sus soldados había sido capaz de averiguar
cómo.
Hasta que Izaiah fue testigo de quién estaba detrás de todo.
Reylan se había llenado de orgullo, pero también de ansiedad porque no estaban
cumpliendo del todo el plan. Faythe estaba enmascarada. Inteligente. Pero no podía estar
tranquilo sabiendo que ella deliberadamente se ponía en peligro. Aunque no podía culparla
por necesitar algo de emoción.
—¿De verdad te enfurruñas en sus habitaciones todas las noches? —Izaiah se paseó
por la sala de juegos, asomándose al dormitorio que permanecía intacto.
Reylan sintió la esencia ondulante de la magia antes que las sombras se dispersaran.
—Lo hace. Es desconcertante —dijo Kyleer.
Aunque su irritación se encendió, Reylan sabía mejor que reaccionar a sus bromas.
—¿Averiguaste algo más del prisionero? —Apenas podía soportar pronunciar el
nombre de la fae oscura. Al verla encadenada y a su merced, había necesitado toda su fuerza
de voluntad para no condenarlo todo y acabar con ella. Todo lo que podía imaginar cuando
la miraba era la espada que había sostenido en la garganta de Faythe.
—Todavía no.
—No pierdas el tiempo —advirtió Reylan.
No le sentó bien a Kyleer, cuya postura cambió hacia él, y Reylan se encendió con el
desafío.
—Te dije que la estaba manejando. Y lo estoy haciendo. No eres de confianza.
Como si previera su siguiente paso, Izaiah se movió despreocupadamente entre ellos.
Esta tensión estaba mal. Todo estaba mal, y despreciaba su propia voluntad cambiante.
—Tal vez 'de confianza' es la palabra equivocada, hermano. —Izaiah apostó con
cautela. Girando suavemente, su actitud optimista contrastaba con la tensión—. Aunque
sería volátil matarla sin pensarlo, ella no es tímida para provocarlo. Zaiana es astuta, y no te
incitaría a atacar sin un plan que ninguno de nosotros vería venir. —Luego lanzó por encima
del hombro a Kyleer—: Y no podemos permitir que se interponga entre nosotros sin tener
que pronunciar una palabra.
Reylan sabía que tenía razón y solo odiaba que hubiera sido él quien expresara la
estrategia. Se alejó de ambos y miró directamente a la cama de la habitación contigua, que le
traía recuerdos mucho más pacíficos y anhelantes.
Kyleer le puso una mano en el hombro.
—Volverá a casa. Pronto.
Capítulo 24
Faythe
Fenher bullía de gente, tanto humanos como fae. El ambiente levantaba el ánimo, y
Faythe miraba boquiabierta desde todos los ángulos mientras caminaba por las calles. No se
parecía en nada a lo que ella esperaba, ya que solo había oído hablar de la gran ciudad por
recuerdos desoladores. A menudo olvidaba cuánto tiempo hacía de aquella batalla, ya que la
historia era tan nueva para ella. No pudo disfrutar por completo de la agradable naturaleza
cuando unas notas de tristeza tensaron su frente al pensar en lo que esta ciudad significaba
para Reylan. Días de matanza y desolación que no podía comprender.
Decidieron intentar disfrutar del día, separándose para probar lo que la ciudad tenía
que ofrecer. Livia desapareció en su propio empeño mientras Jakon, Marlowe, Nerida y
Reuben se dirigían a una plaza del mercado abarrotada de gente. Faythe se unió a ellos
durante un rato, pero tenía otra cosa en mente.
Su máscara se estaba volviendo insoportable entre la multitud de gente. Tenía que
ajustársela constantemente cuando se le pegaba a la piel y casi condenaba el disfraz a sentir
el aire fresco. Tampoco ayudaba el hecho de que, cuando intentaba parar a algún que otro
para preguntarle por una dirección, recibía muchos gritos de sorpresa y se mostraba reacios
a entablar conversación. No podía culpar a los desconocidos. Aparte de su inquietante
aspecto de muñeca, sin duda se preguntaban qué necesidad tenía de llevarla.
Un par de fae le ofrecieron breves indicaciones, pero aun así consiguió perderse varias
veces en el laberinto de calles. Cuando ya estaba a punto de darse por vencida, por fin llegó
a su destino.
El campo abierto de hierba se extendía a lo largo y ancho. Faythe se detuvo en cuanto
lo pisó, con tantas emociones que no podía organizarlas. Pena. Tanta pena cubría el campo.
Dio pasos lentos y vacíos, y finalmente se detuvo ante la primera torre de piedra gris.
Había muchos nombres. Tres columnas, cada una con al menos cien nombres. Faythe
se horrorizó porque, cuando sus ojos volvieron a bajar, había tantas piedras como ésta. Miles,
decenas de miles de nombres. Parpadeó y contuvo la oleada de mareos, agravada por la
pesada capa y la máscara, y sintió deseos de quitárselas y caer de rodillas. Oír hablar de la
batalla de Fenher era una cosa, pero enfrentarse a las colosales pérdidas de aquellos oscuros
días era una sensación de desolación inconmensurable.
Demasiadas. Vidas.
Lo que le costaba creer era que pudieran volver a enfrentarse a todo aquello. Faythe no
podía dejar de ver a cada persona que atravesaba el campo de tributos como alguien que
podía correr la misma suerte. Nunca se había sentido tan impotente para detenerlo, pero con
una creciente y ardiente necesidad de hacer todo lo que pudiera a pesar de todo.
Una mano en el hombro la hizo sobresaltarse. Al girarse, Nerida se estremeció ante su
reacción.
—¿Necesitas ayuda para buscar a alguien? —preguntó en voz baja.
Los ojos de Faythe ardían. Por la amabilidad de Nerida, por el dolor de otras personas
entre las que se encontraba.
—Todo lo que sé es que se llamaba Farrah —confesó.
Había debatido si sería apropiado buscar su tumba sin Reylan aquí, pero sabiendo que
estaba a su alcance, Faythe quería presentar sus respetos a alguien que significaba tanto para
él.
Nerida exhaló un suspiro.
—Podríamos estar aquí algún tiempo. Pero al menos están organizados
alfabéticamente. ¿Conoces su apellido?
Faythe bajó la cabeza con culpabilidad.
—¿Podríamos probar con Arrowood? —Se le retorció el estómago al decirlo, pero,
aunque Reylan nunca le había dicho que habían estado casados, supuso que merecía la pena
intentarlo.
La expresión de Nerida se arrugó al darse cuenta. Faythe no podía soportarlo.
Volviéndose, decidió empezar por la primera piedra.
Mientras caminaban por el campo, una capa de desesperación tejía las piedras. Faythe
echó un vistazo a las hileras con las tripas revueltas, revolviéndose ante la imagen de la
hierba empapada en carmesí, inocentes huyendo y acero cantando. ¿Había estado Reylan en
este mismo campo para luchar? ¿Fue aquí donde vio cómo masacraban delante de él a la
persona que amaba?
—Es tu compañero. —La voz de Nerida la sacó de sus túneles de pensamientos
desolados—. Reylan Arrowood.
—Sí —respondió Faythe, agradecida por la distracción que hizo que en su lugar
estallara calor en su pecho.
—Sin embargo, ¿lo amabas antes de saberlo?
La forma en que preguntaba era inquisitiva y, tras asentir, Faythe se dio cuenta que
había algo que intentaba averiguar.
—¿Ya conociste a tu pareja? —Faythe jugó con la anticipación, suponiendo que Nerida
ya habría hablado de su pareja o habría ido directamente a buscarla si estaban en Fenher.
—No. Pero no importaba si me hubiera casado.
Faythe parpadeó sorprendida, pero guardó silencio. El rostro de Nerida estaba
pensativo pero perturbado mientras miraba al frente.
—Huí de ese acuerdo.
Faythe hizo una mueca.
—¿No era… bueno? —No sabía de qué otra forma expresarlo, pero no se entrometería
si Nerida decidía no compartir más.
—Es complicado —ofreció con una sonrisa dolorida antes de seguir sus pasos.
A Faythe se le retorció el pecho por la amable sanadora. Ella era todo lo que estaba bien
en el mundo, pura y amable, y Faythe la admiraba inmensamente, ya que había sido la que
les había mantenido el ánimo alto con su actitud permanentemente positiva desde que
habían dejado a Reylan y a los demás. Aunque ahora estaba claro que no se había librado de
las retorcidas crueldades de la vida.
—Creo que se puede querer a alguien igual con o sin vínculo —dijo Faythe, sabiendo
ahora por qué lo preguntaba—. No creo que tenga nada que ver con lo que siento por él. El
sentimiento no puede estar ligado a algo tan explicable.
La expresión de Nerida se iluminó. Faythe pensó que hablarle de Reylan le daría
esperanzas de encontrar el amor, aunque fuera con un compañero. Fueran cuales fueran las
razones de Nerida, Faythe sintió orgullo por la sanadora que había tenido el valor de alejarse.
—No Arrowood —dijo.
Faythe siguió su línea de visión, escudriñando los nombres donde habría estado
grabado el suyo. Sintió un fuerte pellizco en la frente y tragó saliva para no sentir un nudo
en la garganta. No sabía lo que sentía.
—No la encontrarás aquí.
La voz de Livia les hizo girarse para encontrarla paseando hacia ellos. Una tristeza
pesaba sobre su aplomo. Faythe nunca había visto a la comandante tan abatida.
—Reylan eligió su propio lugar de descanso para ella, junto con Greia.
Por supuesto que lo hizo. Claro que sí. Dioses, su dolor por lo que había soportado era
como un retorcimiento implacable en sus entrañas.
—Me gustaría ver.

***
Faythe se detuvo en la colina, sabiendo lo que encontraría si seguía subiendo. Había
venido sola después que Livia le dijera adónde ir, pero seguía preguntándose si estaba
haciendo lo correcto, si le convenía estar aquí sin él.
Se quitó la máscara y siguió adelante, sintiéndose obligada a visitar la tumba. Al llegar
a la cresta, lo primero que le llamó la atención fue el magnífico sauce que se erguía orgulloso
y solitario. La cabeza de Faythe se inclinó hacia atrás, asombrada, mientras se preguntaba la
edad del árbol más grande que jamás había visto. Pero cuando sus ojos cayeron, también lo
hizo el frío abrazo de la tristeza sobre lo que se erguía protegido por la hermosa naturaleza.
Dos lápidas.
Caminó despacio y pensativa. Su mente estaba en blanco, sin saber qué quería decir o
qué esperaba con su visita. Solo sabía que no podía pasar junto a Fenher sin mostrar su
gratitud a alguien que había significado tanto para su compañero.
De pie, contemplando el final de la trágica historia del pasado de Reylan, todo le caló
hondo de golpe y se arrodilló. Faythe se quedó mirando el nombre de Farrah, preguntándose
qué aspecto tendría, cómo habría sido. Pero Faythe supo entonces por qué había venido.
—Gracias por amarlo —susurró. Porque Farrah había sido una vez una luz para guiar
a Reylan a través de todo a lo que se había enfrentado. Era un guerrero que nunca conoció el
amor ni la crianza, no de una crianza tan malvada con su tío—. Está a salvo conmigo. —Se
agachó y le tendió una mano.
En cuanto tocó la piedra, sus labios se entreabrieron por la descarga de energía que la
recorrió. Le calentó el pecho y le hormigueó en las palmas de las manos.
—Siempre lo ha estado.
Faythe jadeó y se echó hacia atrás sobre las manos al oír la voz femenina. Los ojos
azules del fae brillaban con su sonrisa. Su etérea melena rubia ondeaba suavemente al viento,
junto con los largos de su vestido blanco. Faythe pensó que debía de tener frío. Tenía los
brazos desnudos y no llevaba zapatos…
—¿Cómo es posible? —Faythe negó con la cabeza que la persona que estaba viendo
fuera real. Aunque su rostro le pareció tan familiar que le hizo galopar el corazón.
Farrah.
—Habríamos luchado contigo. Él habría querido recordarte, pero lamento que hayas
tenido que enfrentarlo sola, y ojalá… ojalá pudiera luchar contigo esta vez. Pero lo
encontraste, Faythe. Siempre lo tendrás. —Su voz melódica llegó como un eco.
Faythe negó con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando.
—Espero que lo hagas algún día, pero ahora necesitas huir, Faythe.
Entreabrió los labios, pero sus palabras vacilaron. Se le erizó el vello de los brazos
cuando se levantó lentamente, escudriñando el espacio abierto.
—¡Corre!
Faythe giró la cabeza, pero Farrah ya no estaba. No tuvo tiempo de pensar si alguna vez
había estado allí cuando una sombra se proyectó sobre el sol.
Su atención se posó en la silueta mientras caía. Al golpear la tierra, las vibraciones se
apoderaron de Faythe a través de los dedos de los pies, atrapándola en una red de inquietud.
No tuvo valor para girarse.
—Como el Fénix, un heredero viene a resucitar.
Esa voz… Ella nunca la olvidaría. Porque fue la que pronunció las últimas palabras que
oyó antes que le quitara la vida.
Esa voz era su muerte.
—Maverick —susurró.
Capítulo 25
Faythe
El tiempo era imperceptible. Faythe esperaba equivocarse, pero al volverse, la
gravedad ya no le pesaba.
Allí estaba: una silueta oscura e imponente contra la luz del sol abrasador. Una forma
que nunca olvidaría. Aquellas alas altas y con garras la congelaron por completo. Destellos
de recuerdos inquietantes le robaron su valentía. La visión le arrebató la voluntad de correr…
o de luchar… o de hacer cualquier cosa menos sucumbir al terror de volver al borde de
aquella montaña en plena batalla… o peor aún, de volver al Templo de la Oscuridad que era
su tumba.
Ante Faythe estaba su asesino.
La noche se había convertido en luz diurna en este carrete giratorio de la memoria. De
piedra a hierba. De la lluvia al sol. De la muerte a la vida. Su visión se tambaleó y Faythe
parpadeó con fuerza para aterrizar en el presente. Respiró conscientemente para mantener
los pies en la tierra.
—Yo te maté —dijo Maverick, acercándose a ella mientras se ajustaba las esposas—.
Sin embargo, aquí estás. Admito que estoy impresionado. —Estaba tan relajado,
imperturbable, como si fueran viejos amigos poniéndose al día después de encontrarse—.
Escalofriante. —Era una palabra demasiado suave para describir la punzada de hielo que
subía desde la punta de los dedos de los pies de Faythe hasta sus piernas, amenazando con
mantenerla indefensa a su merced—. ¿Qué eres ahora, exactamente?
Volvió en sí con el calor en las palmas de las manos que contrastaba con el frío. Ella
tenía el poder; no le permitiría triunfar de nuevo contra ella.
—Lo bastante fuerte como para derrotarte —dijo Faythe, aplacando el miedo lo
suficiente como para volverse hacia él. Maldijo el temblor de su mano al agarrar la espada.
Cuando Maverick estuvo lo bastante cerca, el resplandor del sol no ensombreció su
malvado regocijo.
—Has vuelto con fuego. Eso me gusta —dijo.
—No tienes ni idea de lo que has creado, Maverick.
En aquellos ojos de ónice centelleaban la diversión y el placer.
—Pienso averiguarlo. Esto será mucho más entretenido de lo que esperaba. Me
preocupaba que fuera tan fácil como la primera vez.
—Cuestiono tus habilidades si matar a alguien débil de rodillas es una victoria para ti.
Su risita era oscura, rica, y le recorrió cada muesca de la columna vertebral.
—Entonces tengamos la pelea que nos perdimos, ¿de acuerdo?
Faythe liberó su espada, pero Maverick se limitó a observarla, esperando. Su agarre era
doloroso para compensar su temblor. Entonces, Faythe oyó arrastrar los pies detrás de ella
y, al echar un vistazo, no creyó que el mundo pudiera alejarse más de ella. Era simplemente
increíble que el destino pudiera condenarla así una y otra vez.
—Lo haces demasiado fácil, Faythe —se burló Maverick—. ¿No sabes que capturar
líderes solo deja tras de sí seguidores vengativos?
Miró los cuerpos que subían por la colina. Tantos fae. Reconoció a algunos, y con las
palabras de Maverick llegó a la conclusión de quiénes eran.
Saqueadores.
Todos con una ira para descargar sobre ella.
El fae oscuro cantó:
—Se acabó el tiempo de esconderse, Enmascarado de Sangre.
Las palmas de las manos se le calentaron, las yemas de los dedos se le erizaron. Todo
este tiempo había temido su poder, pero ahora tenía que creer en sí misma lo suficiente como
para ser capaz de manejarlo y controlarlo. Tenía que recordar todas las lecciones que había
aprendido con los demás, con su supervivencia en juego.
—¿Qué harás sin tu Mindseer a tu lado? Todos sabemos lo imprudente que te volviste
la última vez.
—No habrías sobrevivido a tus primeras palabras si él estuviera aquí —espetó Faythe.
—¿Le necesitas para librar tus batallas?
—¿Tu necesitas a Zaiana para librar las tuyas?
Eso hizo que se le cayera la sonrisa. Faythe ladeó la cabeza para observar su reacción.
Su visión captó destellos de cobalto que atrajeron su atención hacia la mano de él, que se alzó
y se convirtió en una llama seductora bajo su contacto.
—No hay salto que dar aquí, Faythe Ashfyre. No hay Fénix que te salve.
Faythe había empezado a alcanzar su poder. Era de luz y peligro, crudo e incierto.
—Sigue pronunciando mi nombre —dijo, extendiendo la habilidad que conocía,
sintiendo el pulso de las mentes que pedían ser capturadas—. Y recuerda que soy el Fénix
que creaste.
Girándose, esquivó el primer dardo de fuego de Maverick, que estalló con un grito
contra un fae que tenía detrás. Levantó la mano y reunió la esencia de tres mentes. Su
oscuridad cantó para destruirlas, pero Faythe luchó contra sí misma y, en su lugar, silenció a
los maleantes hasta dejarlos inconscientes. Era un tira y afloja que tenía que aprender dentro
de sí misma, y ahora mismo su única alternativa era la esperanza.
Faythe no tuvo más remedio que apartar los ojos de Maverick cuando los bandidos se
acercaron a su espalda. Se giró a tiempo para chocar las espadas con uno de ellos. Entonces
el mundo se volvió borroso. Su espada chocó con el acero, el cuero y la carne. Matar no era
su objetivo, pero tenía que infligir algunas heridas, y no podía estar segura que no fueran
mortales. Las derribó con su habilidad y su espada. Era viento, hielo y fuego, dueña del nuevo
cuerpo por el que había pagado el precio más alto, aprovechando cada gramo de velocidad y
agilidad aumentadas y canalizándolas en los movimientos de batalla que podía llevar a cabo
con los ojos vendados. Más rápida, con una concentración láser que anulaba el mundo,
respondiendo a una mente que una vez habló con la muerte y prometió no volver a
encontrarse con ella. No pronto. No hasta que ella hubiera vivido.
El ataque cesó de golpe.
Los cuerpos empezaron a alejarse de ella y Faythe respiró hondo, retorciendo su
espada.
—¿Es ese todo el esfuerzo que dedicaran a vengar a sus líderes cautivos? —les espetó
ante las miradas fantasmales de sus rostros.
Unos ojos de odio e incertidumbre se clavaron en ella como respuesta.
—Impresionante —comentó Maverick—. Solo quería asegurarme que podías dar una
pelea que valiera la pena.
Faythe escuchó su avance a través de su mente justo antes que él lanzara una firme
barrera contra ella. Pero ella se volvió, trabando espadas con una cargada de un hipnotizante
azul cobalto. Maverick la empujó, y él era más fuerte, no cabía duda. Sin embargo, él no hizo
ningún otro movimiento para golpear mientras ella vislumbraba su sonrisa de triunfo a
través de los destellos de las llamas.
Entonces su sonrisa empezó a decaer lentamente, mezclándose con confusión mientras
la miraba. Maverick miró las palmas de sus manos aferradas a la empuñadura de Lumarias,
pero no perdió el tiempo pensando por qué se había detenido. Faythe deslizó su espada
contra la de él, emitiendo una nota aguda. Girándose, le dio una patada en la parte posterior
de las rodillas. Él siseó al caer, pero ella no fue lo bastante rápida para clavarle la espada en
la espalda cuando él la agarró por la pierna. Tiró y ella cayó.
La cabeza de Faythe golpeó con fuerza contra el suelo, las chispas salpicaron su visión.
Un dolor agudo en el cráneo la desorientó, y parpadeó hacia el cielo azul, observando las
nubes ondulantes por un momento de paz. Contra la brillante luz del día, un punto de
oscuridad bloqueó el resplandor del sol. Irrumpió entre las nubes fugaces con
determinación, haciéndose cada vez más grande.
Estaba cayendo -no, buceando- por ellos.
—Te maté una vez —dijo Maverick mientras se ponía en pie—. No cometas el error de
pensar que puedo ser misericordioso.
Faythe mantuvo los ojos fijos en el pájaro oscuro, con el corazón inmóvil. No de miedo,
sino de puro alivio. Entonces sus ojos se cerraron ante el resplandor de la luz que golpeaba
la tierra. No se trataba de una criatura, sino de un guerrero brillante al que tanto había
extrañado.
Izaiah se enderezó, tan elegante y despreocupado.
—Siento haber tardado tanto. Pensé que traer refuerzos sería útil.
En ese momento, se oyeron fuertes gritos masculinos acompañados del tintineo del
acero. Faythe levantó la cabeza justo a tiempo para ver a Jakon disparando su siguiente flecha
y a Livia cortando a los fae como si fueran madera con sus espadas gemelas.
No desaprovechó la oportunidad.
Pateó las piernas de Maverick y vio cómo el fae oscuro caía. Pero su espada volvió a
chocar contra la de Faythe cuando rodó y se sentó a horcajadas sobre él.
—Uno contra uno, no puedes derrotarme en la batalla —dijo con una confianza que ella
sabía que se había ganado por derecho. Con su dieta de sangre humana, la superaba solo en
fuerza y agilidad.
Faythe probó su mente. Era firme, casi impenetrable, y se preguntó si su herencia
también influía en ello. Él era un Transicionado, al igual que ella. El poder de Aurialis era
diferente del que ella había heredado de Marvellas.
Maverick encendió una nueva llama a lo largo de su espada, y Faythe sintió un pinchazo.
No era calor, sino algo atrayente. Mientras ella perdía la concentración para admirarlo,
Maverick gruñó de frustración, con el desconcierto de nuevo en el punto de su frente.
—¿Cómo no te quema?
Aunque el caos se desató tras ellos, a Faythe le resultaba lejano mientras se acercaba a
la vibración inexplicablemente seductora, pensando que no tenía nada que perder. Sus
espadas seguían enzarzadas, pero en cualquier momento Maverick podría cambiar de táctica
y dominarla. Faythe dejó de lado sus reservas y abrazó su magia, probando lo que quería
hacer.
No podía creer lo que empezaba a suceder.
Los ojos de Maverick se abrieron de par en par, tan atónitos como ella, y ambos
olvidaron su lucha durante esos pocos segundos mientras mantenían la mirada fija en su
acero y observaban cómo las llamas de Maverick se atenuaban lentamente. Cuando sus ojos
recorrieron la longitud de la espada, su desconcierto confirmó que no estaba sucediendo por
orden suya. Y cuando el cobalto se apagó por completo, Faythe se apartó de él, retrocediendo
a trompicones.
Respiraba con dificultad. Temblaba de control. Una vibración zumbaba en su sangre,
calentándose y palpitando. Maverick se dio la vuelta y se levantó, con los ojos fijos en su
espada ordinaria. Al exhalar, Faythe bajó la mirada hacia su fuerte agarre de Lumarias.
Desde la punta de sus dedos, ondas de cobalto ardieron a lo largo del acero de Niltain.
Vio -sintió- cómo el fuego se desprendía de ella.
Sin darse cuenta de lo que hacía…
Había absorbido las llamas conjuradas de Maverick.
Y pudo sentirlo. Tenía el otro puño cerrado, pero cuando lo levantó y abrió la palma,
descubrió que en él se había encendido una llama azul.
—Imposible —se burló Maverick.
Faythe admiró la llama danzante. Sentía el peligro y la intriga. Sabía a ceniza y sal.
—A veces hay que combatir el fuego con fuego —murmuró asombrada.
Maverick envainó su espada. Observó su mano mientras encendía de nuevo sus llamas.
—¿Cómo haces eso? Cuando no siento que haya perdido ni un ápice de poder.
Luego, su fascinación pareció desvanecerse más rápido de lo que Faythe pudo
reaccionar. Todavía estaba tratando de averiguar qué estaba haciendo su magia cuando su
llama se apagó y la de Maverick golpeó su pecho, lanzándola hacia atrás. Chocó contra algo
sólido e implacable.
Mientras la gravedad la arrastraba hacia el suelo, se concentró en no perder el
conocimiento. Lumarias estaba demasiado lejos de su alcance y también había perdido su
brillo ardiente. No podía entender lo que había ocurrido. Faythe intentó sentir la magia
extraña que había utilizado hacía un momento, la esencia única del fuego, pero la adrenalina
la hacía demasiado torpe para concentrarse. Tuvo que preguntarse, en su esfuerzo, si había
imaginado la oscura sensación.
Faythe se apoyó en las rodillas mientras Maverick avanzaba hacia ella. Estaba
agotadísima, luchando con su magia, soportando los brutales golpes que Maverick no le
propinaba. Lo único que podía agradecer era que sus amigos habían llegado y parecían estar
triunfando contra los Saqueadores, librándola al menos a ella de aquella lucha.
Encendiendo una nueva llama, el fae oscuro se acercó a ella lentamente, con arrogancia.
Con un suave giro de muñeca, la bola de fuego se precipitó hacia ella sin vacilar. Faythe dio
un respingo y cerró los ojos. No había escapatoria a su golpe de precisión. Sus manos se
alzaron, y entonces…
Sentía un cosquilleo en las palmas de las manos, pero no con la intensidad abrasadora
de los dardos de fuego de Maverick. Abriendo los párpados, Faythe no pudo hacer otra cosa
que sucumbir a su incredulidad ante el brillo letal que se cernía a punto de tocar sus palmas.
Ahí estaba: el regreso de su magia. Sin perder un segundo en preguntarse cómo, Faythe
retrocedió con todo lo que tenía, gritando mientras enviaba aquella bola de llamas a toda
velocidad hacia su creador.
Maverick no lo vio venir. Lo golpeó con fuerza, haciéndolo volar hacia atrás, y Faythe
se puso en pie, a punto de avanzar, cuando un grito demasiado joven para pertenecer a un
campo de batalla llamó su atención.
Su cabeza se giró hacia la fuente, y se encontró con un macho fae abrumado. En su
juventud, su sorprendente voluntad de defensa le recordó a Caius, pero había algo más en él
que le resultaba familiar. El mundo se alejó de Faythe hasta que solo quedaron ellos.
Las colinas cubiertas de hierba se convirtieron en piedra, y ella tosió mientras el humo
y el polvo le obstruían los pulmones. El joven fae luchó valientemente hasta que Faythe vio
que uno de los enemigos corría hacia él por detrás.
El horror la impulsó a actuar.
No puedo perderlo.
Aquella súplica urgente sonó una y otra vez.
Faythe se movió como si ya conociera la secuencia de acontecimientos que se
avecinaban. Sin espada, corrió hacia el arco tirado en el suelo, tomó una flecha y, antes que
se diera cuenta, apuntó temblorosamente al enemigo.
Si fallaba…
El enemigo corría tan rápido que el tiempo parecía no existir. Él moriría. Faythe no
sabía cómo lo conocía, pero no podía morir.
Dejó escapar demasiados segundos, pero no pudo reprimir su temblor mientras se
ahogaba en un gemido. Conocía esta arma, la había utilizado muchas veces.
Parpadeó con fuerza.
No. Le había dado miedo.
Entonces, ¿por qué se sentía tan segura en su agarre?
Su flecha se disparó cuando el enemigo levantó su espada por encima de la cabeza del
fae. Faythe gritó su nombre cuando se precipitó hacia ella de repente, pero ya sabía que le
había fallado. Terror, culpa… nada era suficiente mientras veía cómo fallaba su flecha.
Sus ojos se cruzaron, los de él tan abiertos, sellados por un miedo cristalino para toda
la eternidad, cuando la hoja le atravesó el cuello. El arco de Faythe cayó de sus manos.
Falló.
Su cuerpo cayó como el de él.
Podría haberle salvado, y falló cuando más importaba.
Cuando se le cerraron los ojos, un aliento frío de metal chocó contra su garganta y los
volvió a abrir como un relámpago. La respiración se le agitó en el pecho. El escenario cambió.
La luz del día se abrió en lugar del cielo oscuro y nublado, y los ojos le escocían, con la mente
luchando por reestructurar la realidad. Las yemas de los dedos de Faythe rozaron las hebras
de hierba para asegurarse que era real.
—¡Tenemos a Zaiana!
La voz de Izaiah tronó hacia ellos con una rabia que ella nunca había oído de él. Esto
era real. El arco que había sostenido no existía cuando escudriñó el suelo, pero su disparo
fallido la atormentó tan verdaderamente que aún temblaba. Su estómago giraba y giraba,
dando vueltas como el mundo a su alrededor, y ella luchaba con la conciencia.
El fae…
Se llamaba Kerim.
—Te daré una oportunidad para que pienses en una mentira mejor para salvarla.
El gruñido de Maverick la devolvió al presente, pero Faythe estaba demasiado agotada
para luchar. El dolor y la agonía por una pérdida que no podía recordar del todo le animaron
a derramar lágrimas, e inclinó la cabeza. Su mente no podía dejar de canturrear su disculpa
hasta tal punto que casi la derramó en voz alta.
—Ella se ofreció —se burló Izaiah.
Maverick se burló.
—Ahora sé que estás mintiendo.
—Entró en nuestra sala del trono y se entregó por la liberación de Tynan y Amaya. —
Izaiah arrojó algo a la hierba ante ellos.
Los ojos de Maverick se clavaron en ella durante unos largos segundos antes que la hoja
en el cuello de Faythe desapareciera y sus palmas se extendieran sobre la hierba. Captó un
destello de lo que Izaiah había arrojado justo antes que Maverick recogiera los objetos.
—Un truco —siseó, pero siguió examinando las joyas con detenimiento, tratando
claramente de descifrar si las dos guardas metálicas eran de Zaiana.
—Haz daño a cualquiera de los presentes y te llevaremos para que veas cómo la
matamos —amenazó Izaiah, frío y calculador. Era raro que Faythe viera esta faceta del
comandante.
—¿Dónde están Tynan y Amaya? —La furia de Maverick era tan tangible que Faythe
sintió náuseas.
Izaiah se limitó a encogerse de hombros, sin dignarse a responder.
Jakon se arrodilló a su lado, pero ella no podía mirarle. La cabeza le latía con fuerza, el
corazón se le partía con ella y no podía moverse. La escena de la muerte de Kerim se repetía
en su mente una y otra vez, y Faythe sollozaba.
—Estás bien —dijo Jakon en voz baja.
Maverick habló un poco más con Izaiah, pero Faythe apenas pudo captar sus palabras.
Viajaba a otra parte, incapaz de anclarse en el tiempo.
Izaiah se agachó junto a ellos, su voz un nuevo vínculo con el presente.
—¿Puedes estar de pie?
Faythe negó con la cabeza. Prefería que la tierra se abriera para reclamarla y liberarla
de esta miseria. Dejó que Izaiah la estrechara entre sus brazos mientras la batalla y sus
emociones menguaban y una nueva sensación de desapego cubría sus sentidos.
—Murió por mi culpa —susurró a nadie.
—Todos estamos vivos, Faythe —dijo Izaiah—. Nadie murió.
Su ceño se arrugó. No entendía cómo le conocía ni por qué había visto su muerte, pero
Kerim merecía ser recordado… y, de algún modo, ella también le había fallado en eso.
Capítulo 26
Zaiana
—Pena.
Zaiana ahogó un gemido donde estaba tumbada. Había estado disfrutando del apacible
gorjeo de los pájaros antes que la vibración de la voz de Kyleer le recorriera la piel.
Se desvió de su tema inicial para decir:
—Es un cojín de heno en perfecto estado que has despreciado por completo.
Su cabeza se inclinó perezosamente hacia él.
—Te invito a que entres y pruebes lo cómodo que es. Verás que ambos son igual de
firmes, pero aquí abajo uno tiene la ventaja que no se le clava la paja con cada leve
movimiento.
Resopló con indiferencia.
—Los caballos lo aprecian mucho más. Me aseguraré que no desperdicien más
provisiones contigo.
—¿Me estás comparando con un caballo?
—Nunca. —Se apoyó en los barrotes, y la mirada de Zaiana recorrió la longitud de su
espada, que hizo girar despreocupadamente contra el suelo—. Su compañía es mucho más
tolerable.
Era insufrible.
—Vas a entorpecer la punta —refunfuñó Zaiana, ignorando su burla para impulsarse
hacia arriba.
Kyleer levantó su espada a la altura de los ojos, escrutándola igual que antes. Se
contuvo para no darle la satisfacción de dejar que la irritara.
—Nilhlir —recitó—. Significa pena.
—No te habría sido fácil descubrirlo.
—No lo fue. Estaba fuera de mi alcance en cuanto a los libros, lo admito. Nunca ha sido
mi punto de interés.
—Claramente.
—¿Me estás llamando tonto?
—Algo así.
Él esbozó una sonrisa, del tipo que deja claro que disfruta con sus bromas, aunque a
ella le pongan de los nervios. Tal vez porque la ponía nerviosa.
—Planes de batalla, armas, estrategia: dame guiones sobre eso y perderé horas
leyéndolos. Son prácticos.
—¿Y el lenguaje no lo es?
—Cuando es anterior incluso al rey vivo más antiguo, creo que no.
Zaiana no quería entretenerle, pero se estaba volviendo como un picor. Molesto, pero
irresistible. Además, aprender todo lo que pudiera sobre uno de los principales guerreros de
Rhyenelle solo serviría para su beneficio. Así que le siguió la corriente.
Levantándose con cuidado, Zaiana esbozó:
—Puedo asegurarte —Se dirigió hacia él, con el tintineo de sus cadenas—, que esa
palabra no es anterior al rey vivo más antiguo. —Sonriendo cruelmente, se paseó por la celda
mientras dejaba que la afirmación perdurara.
—Mordecai no es un rey. Ya no.
Se alegró que no tardara mucho en entender lo que quería decir.
—Es el rey fae oscuro más grande que ha existido. —No era lo que ella creía, solo lo que
recitaba de las enseñanzas que le habían inculcado.
—¿Se le puede considerar vivo?
Zaiana le prestó atención y le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para dejar claro
que hablaba en serio.
—Tendrías razón al temer a cualquiera que haya tocado la muerte y siga caminando.
No un simple roce, no con el corazón peligrosamente ralentizado… me refiero a la verdadera
muerte. —En la mirada que compartieron, tal vez ambos pensaron en el mismo rostro. No el
rostro de un fae oscuro, sino uno de belleza y fuerza. Zaiana no permitió que el pensamiento
de Faythe perdurara—. ¿Pero alguien que ha dormido con la muerte durante siglos? ¿Quién
sabe de lo que podría ser capaz?
—No mucho si ha estado escondido todo este tiempo.
Zaiana no pudo evitar el resoplido que se le escapó. Fue casi una carcajada.
—Sabes que está viva —acusó Kyleer, bajando la voz.
Dio un largo suspiro y miró aburrida alrededor de la celda.
—Tendrás que ser más específico en tus interrogatorios, comandante. La suavidad no
va contigo.
—Te gustaría que fuera duro contigo —dijo él, y ella casi se estremeció ante la gravilla
de su tono—. Y ese momento llegará. —Kyleer deslizó la mano a través de los barrotes,
sosteniendo su espada y sin romper el contacto visual. Tal vez podría ser lo bastante rápida
como para arrebatársela mientras sus ojos verdes centelleaban e incitaban, pero ella no se
movió, manteniendo una expresión aburrida mientras se apoyaba contra la pared.
—¿Por qué pena?
—¿Por qué te importa?
—Me interesa. El nombre de una espada dice mucho de su dueño.
—Tal vez no soy el portador original.
—Se adapta perfectamente a tu cuerpo.
—¿Qué sabes de mi cuerpo?
—No tanto como me gustaría.
La estaba provocando, quería que rompiera la compostura. Zaiana casi se sintió
insultada que él creyera siquiera por un segundo que ella podría derrumbarse ante cualquier
intento de seducción o elogio. No se derrumbaría. Le invitó a pasar a la tortura física para no
sufrir más sus pobres intentos de flirteo.
Kyleer se llevó la mano al costado y liberó una poderosa espada. Retiró el brazo para
colocar las espadas una junto a la otra, y aunque Zaiana estaba orgullosa de su espada, no
podía negar que la suya era una poderosa compañera.
—Knightswood —dijo.
—No pregunté.
Se encogió de hombros, admirando las dos espadas y sus similitudes, como el cuero que
rodeaba la empuñadura para un mejor agarre y la forma en que la guarda de lluvia llegaba a
un punto sobre el acero.
—Agalhor me dio esta espada cuando me convertí en comandante hace casi dos siglos.
—No pregunté —repitió con los dientes apretados. Zaiana necesitaba descubrir sus
puntos fuertes y débiles, pero él la estaba desviando del camino con historias que a ella no le
servían de nada. Eso le hizo apretar los puños porque, a pesar de todo, quería escuchar.
Quería persuadirlo para que le contara más, aunque las trivialidades inútiles no le ofrecieran
ninguna ventaja y solo fueran una distracción que no podía permitirse.
Kyleer hizo una pausa, pero después de estudiarla lentamente, decidió continuar a
pesar del desinterés exterior de ella.
—Dijo que perteneció al famoso general Fredrick Salver. ¿Has oído hablar de él?
Dándose por vencida ya que no iba a renunciar, Zaiana negó con la cabeza.
—¿No serviría mejor a su propio estimado General Reylan Arrowood?
Le brilló una chispa en los ojos de él ante la participación de ella, pero le pareció una
tontería de él que le importara.
—Yo también me preguntaba lo mismo. Pero Reylan rechazó la espada. No creyó que
debería pertenecerle.
—Qué noble.
—No exactamente. Cree lo que quieras de él, no hay diferencia, y a él no le importará.
Aunque no creo que sus razones fueran desinteresadas o porque no se sintiera digno.
Zaiana tenía muchos pensamientos sobre el general, algunos que incluso podría
comparar con la admiración. No podía entenderle, pero no estaba segura de querer hacerlo.
—Estoy segura que tu general no aprobaría tus métodos conmigo hasta ahora.
—Tienes razón. Si por él fuera, ni siquiera estarías respirando.
—Suerte que el rey te envió a ti en su lugar.
—Te alegrará saber que me ofrecí voluntario.
Zaiana soltó una carcajada burlona.
—¿Y por qué iba a alegrarme de eso?
Kyleer envainó su espada.
—No te pongas demasiado cómoda, Zaiana. Aún pienso hacerte gritar.
Apretó los dientes.
—Los sirvientes te prepararán un baño. Estarás estrechamente vigilada y aún atada,
pero esto no es un acto de bondad…
—¿Un baño?
—¿Nunca has oído hablar de uno? —Kyleer tiraba cada vez con más fuerza de su correa
de control, y estaba haciendo un trabajo digno de elogio al no permitir que se rompiera.
—No. —La palabra cortó como una fría advertencia.
—Tina de agua caliente, piel desnuda, jabón…
—Tu asquerosa fantasía solo ocurriría contra mi voluntad. —El miedo atravesó sus
defensas al preguntarse hasta dónde llegaría con su tortura y si acababa de exponer una gran
debilidad. El mero pensamiento despertó en ella un peligroso instinto de lucha.
Vio cómo se le cerraba la mandíbula, como si quisiera contraatacar, pero decidió no
hacerlo. Se quedó sin aliento cuando él se dio la vuelta y se alejó sin decir palabra.
Capítulo 27
Zaiana
Un nuevo visitante ofrecía una distracción bienvenida a sus días laboriosamente
aburridos. Zaiana casi deseaba que empezaran los interrogatorios para tener al menos algo
con lo que pasar las horas muertas. Se retorcía de mirar las nubes pasar por la ventana
encajonada y suspiraba por elevarse entre ellas. Lo que encontró esperando junto a los
barrotes de su celda sin duda atrajo su interés.
—¿Qué hace una cara tan bonita aquí abajo, en estas sombrías profundidades? —ella
se burló del visitante. No era nada importante para ella, pero eligió el ángulo
deliberadamente para comprobar si su impresionante pero débil exterior era solo una
fachada.
—Cuidaría tu tono conmigo, oscura.
Su voz no era lo que ella esperaba, aunque resonaba en sus ojos distantes. Zaiana se
despegó de la pared. Sus grilletes tintineaban, pero hacía tiempo que su mente se había
desprendido de su constante mordisco.
—¿Y por qué debería hacerlo? —desafió.
—Porque puede que sea la única persona que pueda ayudarte.
Zaiana levantó una ceja, echando un vistazo al oscuro pasillo, y él percibió su recelo.
—Si me ayudas —añadió.
Su expresión decayó. Incluso puso los ojos en blanco, decepcionada, mientras
empezaba a caminar.
—Esperé por un segundo que no fueras tan predecible.
—Es un gran riesgo que yo esté aquí. ¿No te gustaría escuchar lo que tengo que decir?
—¿Por qué confiarías en que no hablara de tu visita si eso pudiera concederme el favor
de la corte?
—Nadie te creería.
Zaiana lo meditó durante un segundo, llegando a la conclusión que no importaría; la
semilla sería plantada por un prisionero que aparentemente no tenía nada que perder. El
miedo pareció aflorar en él cuando ella curvó una sonrisa cruel, sin tener que decir palabra.
Y añadió con una nota de odio:
—Y porque tengo algo que tú quieres.
—Yo no hago tratos.
—Oh, esto no es nada de eso. No me fiaría de ti ni un segundo. Considera esto más
como… un entendimiento.
Zaiana le dio la espalda, un movimiento al que sabía que él no estaría acostumbrado y
que le irritaría aún más. Se estaba convirtiendo en el colmo de su entretenimiento. Casi se
alegró de la decisión de él de molestarla.
—Has desperdiciado un viaje. Ahora vete.
—Sé por qué tu corazón está quieto.
Apretó los puños.
—No puedes engañarme.
—No crees que naciste con ello, no de verdad.
Se volvió hacia él con una amenaza, clavándole los ojos muertos para asegurarse que
supiera que nadie la engañaba y vivía para contarlo.
—Ten cuidado con la carta que juegas. ¿Qué es lo que quieres tan desesperadamente
de mí como para arriesgarte a mi ira?
Apenas pudo soportar el núcleo de confianza recobrada que le hizo retroceder los
hombros.
—No volveré a visitarte pronto. Conoces mi oferta y yo la tuya.
Zaiana estalló ante su arrogancia, pero él ya se estaba alejando cuando expresó su
siguiente pensamiento.
—Derribarás el muro del centro de la ciudad.
Capítulo 28
Faythe
Faythe no había hablado desde la batalla con Maverick. Estaba sentada con las rodillas
apretadas, apoyada en la esquina de la cabina.
Habían encontrado una pequeña posada para pasar la noche. El establecimiento bullía
con tanto ruido que perturbaba sus sentidos cuando su mente buscaba la calma. Pero querían
un lugar con suficientes personas como para mezclarse entre la multitud.
Cada movimiento ponía rígida a Faythe. No dejaba de mirar hacia la puerta, como si
Maverick fuera a asaltarla en cualquier momento para terminar lo que había empezado. La
pierna le rebotaba. El laudista y el cantante del fondo de la posada tocaban canciones
maravillosas, pero Faythe solo pedía silencio.
—¿Qué pasó allá atrás? —Izaiah la sobresaltó estaba tan cerca.
—¿Además de enfrentarme al fae oscuro que me mató una vez y lo intentó de nuevo?
Su boca se curvó divertida, disfrutando de su sarcasmo.
—Aún conservas tu espíritu. Empezaba a preocuparme.
Faythe apreciaba su fácil compañía.
—Dijiste que tenías a Zaiana. ¿Cómo?
—Ella vino a nosotros. —Izaiah se encogió de hombros, dando un sorbo a su bebida.
—¿Por qué haría eso?
—Teníamos dos de sus compañeros. Hizo una demostración bastante épica de
infiltrarse en nuestras defensas, todo para entregarse por su liberación.
No tenía sentido que alguien que encarnaba su maldad fuera tan… cariñosa.
—¿Simplemente para perdonarles la vida? —preguntó Faythe, tratando de entenderlo,
pero con el encogimiento de hombros de Izaiah parecía que se contentaban con aceptar sus
razones.
—La tenemos encerrada, atada con acero Niltain. Ella es impotente.
Faythe no lo creyó ni por un segundo. Sería un error subestimar a Zaiana cuando había
sentido y visto su crueldad. Pero su mente se agitaba pensando en lo que podrían averiguar
de ella, aunque no creía que fuera a ser extraído por ningún medio fácil.
—Desviaste su fuego allá atrás.
Faythe se sobresaltó con el cambio de tema de Marlowe.
Su delicado rostro estaba pensativo.
—¿Alguna vez has tratado de conjurarlo?
Faythe soltó una carcajada.
—No soy una Portadora de Fuego.
—No creo que seas una sola cosa, Faythe. Nunca lo has sido. —Marlowe se levantó
bruscamente del banco. Jakon se movió como para ir tras ella, pero ella no fue muy lejos,
regresando rápidamente con un vaso de agua común.
—¿Puedo tomarlo? —preguntó Reuben con un mal trago parcial. Faythe tuvo que
admitir que empezaba a preocuparle su creciente aprecio por el vino.
—No. —Marlowe dejó la taza sobre la mesa. Sentada, juntó las manos, y Faythe curvó
una ceja ante su extraño comportamiento—. Solo escúchame, ¿de acuerdo? —dijo de una
manera que contenía una reprimenda—. Intenta mover el agua con tu magia.
—No puedes hablar en serio.
—Solo trata de mover el agua.
Faythe lanzó una mirada cautelosa a sus compañeros. Reuben estaba a punto de
dormirse; Jakon asentía animado; Nerida esperaba fascinada; pero Livia e Izaiah intentaban
ocultar su diversión, sin conseguirlo.
—No. —Se cruzó de brazos, tal vez infantilmente, mientras se anticipaba a las burlas
juguetonas del fae.
La risa de Izaiah retumbó.
—Oh, vamos. No te pierdas a nuestra costa. Simplemente estamos emocionados por
descubrir tus talentos.
—Son insufribles —refunfuñó.
—No hace daño intentarlo —dijo Livia.
—Si alguno de ustedes hace un comentario… no necesito magia para tirarles ese vaso
de agua por encima.
Faythe no prestó atención a nadie mientras miraba el vaso de agua. Respiró profunda
y largamente para hacerlos callar, sintiéndose tonta por lo que estaba a punto de intentar.
Intentó sentir su magia, imaginando cómo sería mover el agua, pero no tenía nada a lo que
aferrarse. Ninguna sensación. La llama estaba hecha de ceniza y sal. Inspiraba peligro y
pasión.
Faythe levantó una mano, intentando acallar el zumbido del establecimiento y la suave
canción que lo recorría. La idea del seductor cobalto la atrajo. Sintió un hormigueo en la
palma de la mano y, cuando abrió los ojos, la atención de todos se fijó en su mano con total
fascinación. Intentó no retroceder inmediatamente ante la llama superficial que sostenía.
—¿Qué significa? —suspiró. Su pánico amenazaba con aumentar con su incertidumbre,
y su puño se cerró con fuerza para apagar el fuego.
Durante una fracción de segundo, una oleada de terror la hizo escudriñar el
establecimiento. Faythe extendió sus sentidos al máximo. Sintió alivio cuando no pudo
detectar a Maverick. Pero solo le trajo más confusión sobre cómo podía conjurar la llama.
—Es como lo que dije en el bosque: No creo que tomes tu poder de otros —evaluó
Nerida—. Quizá una vez que has probado una habilidad, es como si se desbloqueara dentro
de ti. Dominarla depende de ti.
—Aurialis es la fuente original de la magia elemental. Sería prudente suponer que ahí
es donde serás más fuerte. Pero tu habilidad mental seguirá siendo de la línea de sangre de
Marvellas —añadió Marlowe.
Faythe trató de asimilar la información que parecía demasiado para procesarla de
golpe.
—Nerida, ¿quieres? —Marlowe instruyó.
La sanadora vaciló, solo mientras intentaba descifrar los pensamientos de Marlowe
como el resto de ellos. Cuando alzó una mano, fue hipnotizante ver cómo el agua de la taza
daba vueltas perezosamente antes de elevarse como un chorro que desafiaba la gravedad
por la parte superior del vaso. Todos se inclinaron para contemplar con asombro las
ondulaciones suspendidas del agua.
—Es hermoso —respiró Marlowe—. Ahora trata de mover el agua, Faythe.
Faythe la miró por encima del agua, esperando una carcajada, pero estaba seria.
—Sé que todos hemos tenido un día agitado, pero no me apetece ser la fuente de
entretenimiento de todos —dijo con amargura.
—No lo serás —dijo Jakon en voz baja—. Tenemos que descartar las cosas una por una.
Confía en nosotros. —Fue el único que asintió animado, mientras el resto se mareaba ante la
emoción de contemplar la magia de Nerida.
Faythe resopló con fuerza e imitó a Nerida.
—No te concentres en el agua en sí, siente la magia que fluye a través de ella —dijo
Marlowe.
—Explícamelo —incitó Nerida.
Faythe lo palpó como hacía con el fuego, pero el contraste era marcado, ya que era
difícil tocar la esencia del agua.
—Es tranquila —intentó—. Fría, calmante y curativa. —Una nueva energía vibró esta
vez en su palma. Su corazón se aceleró, pero no por miedo. Faythe se concentró, y lo que
sintió fue maravilloso. Agua… Sabía dulce y aireada. Refrescante. Pero eso no debía eclipsar
la fuerza letal en la que podía convertirse.
—Por los dioses —murmuró Izaiah. Su asombro sonaba genuino, aunque ella esperaba
otra burla. Atrajo su atención hacia él, pero estaba mirando a Nerida.
Faythe siguió su mirada para encontrar las manos de Nerida en su regazo, el agua aun
levitando en el aire, el brillo de su palma reflejándose en ella.
En su shock, lo soltó todo de golpe.
El agua salpicó la mesa y todos se sobresaltaron cuando se derramó por los lados, pero
su preocupación se desvaneció rápidamente cuando todos los ojos se clavaron en ella.
—Puede tomar el poder de la gente… como Reylan —reflexionó Livia, con un pequeño
atisbo de triunfo.
Fue entonces cuando Faythe se dio cuenta de que, durante todo ese tiempo, la
comandante había estado tan nerviosa como ella tratando de averiguar qué hacer con su
magia, igual de perdida sin saber qué sugerir mientras mantenía las distancias después de
todo lo que Faythe había pasado. La gratitud de Faythe no podía expresarse en ese momento,
pero hizo una nota mental para agradecer a Livia por haber soportado esto con ella estas
últimas semanas.
—El poder de Faythe es crudo —dijo Marlowe—. No necesita un recipiente. Ella extrae
de la fuente de la magia antes que nosotros y puede convertirlo en lo que quiera si es una
habilidad que ha experimentado.
—Me pregunto si puedo ayudar —interrumpió Nerida—. Ahora que se sabe que Faythe
está viva, supongo que todos volverán a Ellium. Yo puedo dirigirme al norte, a Olmstone, y
hacer una visita al Livre des Verres. Informaré de todo lo que encuentre en cuanto pueda.
—No sabemos lo seguro que es Olmstone después de todo lo que pasó —dijo Jakon con
aprensión—. Yo no me arriesgaría a averiguar si Marvellas sigue allí o si los fae oscuros han
tomado el control. Lo dejamos en manos del jefe Zainaid y los Hombres de Piedra para que
lucharan por el reino. No sé qué le sucedió al rey Varlas después de todo, pero Tarly, el
príncipe, desapareció. Tauria intentó encontrarlo antes que huyéramos.
—¿Tauria Stagknight? —intervino Nerida, pero rápidamente disipó su interés cuando
todas las miradas se posaron en ella.
Jakon asintió.
—La reina de Fenstead y High Farrow, sí.
Un calor brotó en el pecho de Faythe al oír que Jakon la titulaba así. Era tan apropiado
y triunfante para Tauria, y juró ver la imagen de ella y Nik gobernando sus reinos codo con
codo. Añadía una llama fresca a su deseo de luchar.
—Deberás tener cuidado con hacer alarde de ese tipo de magia.
La nueva voz la hizo saltar, y todos se movieron para desenfundar sus armas.
Los ojos de Faythe se posaron en un hombre alto que, al acercarse, se bajó la capucha
de su largo abrigo de cuero y dejó al descubierto su desaliñado cabello castaño. Sin embargo,
su atención solo se detuvo en ella un instante antes de deslizarse hacia Nerida.
—Alguien con un talento tan poco común puede llegar a valer mucho dinero en tierra
firme, Portadora de Agua. Bonificación por tu belleza única también.
El lado protector de Faythe se encendió, pero Izaiah habló primero.
—A menos que estés haciendo una amenaza, será mejor que te vayas, pirata.
La suave risita del hombre flexionó la cicatriz rebelde de sus labios.
—Solo pensé que apreciaría la advertencia de no vagar sola.
—No está sola —cortó Faythe.
Los ojos oscuros del hombre se deslizaron hacia ella, centelleando de placer.
—No sé lo que eres, pero lo mismo podría decirse de lo que se esconde bajo tu piel.
—¿Qué ganas acercándote a nosotros? —preguntó Livia, clavando su daga en la mesa.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Considéralo un acto de amabilidad para arrepentirme de algunos de mis pecados.
Nadie igualaba su sonrisa diabólica.
Puso los ojos en blanco.
—Tal vez creí que podrían ofrecer algo de entretenimiento para la noche, aunque
parece que los estados borrachos de la esquina ofrecerían mejor compañía.
—¿Cuál es tu nombre? —Faythe lo intentó.
Su sonrisa se volvió socarrona.
—Te diré el mío si tú me dices el tuyo. —La estudió como si fuera un trofeo—. Qué
peculiar…
—Par de ojos. Lo sé.
—Espíritu —la corrigió.
A Faythe se le cortó la respiración. Había metido la pata y maldijo su propio error
infantil al alertarle de algo que ahora se le quedaría grabado en la mente. Apretó los puños
para no delatar su débil brillo.
—Creo que será mejor que te vayas —dijo Jakon, levantándose.
El hombre levantó las manos.
—Como deseen.
Había algo en él que no encajaba, pero Faythe no sabía qué era. No se dio cuenta que se
había movido hacia delante. Sus ojos se detuvieron en Nerida mientras retrocedía, y la suave
mano de la curandera tomó la suya. Cuando los ojos de Faythe se posaron en ella, el recuerdo
la puso de un humor completamente distinto. Aunque su piel se había bronceado durante su
estancia en Rhyenelle, el cálido tono marrón de Nerida contra el suyo le trajo imágenes
alegres pero anhelantes de Tauria.
—Creo que todos deberíamos descansar —dijo en voz baja. Sus ojos se encontraron, y
la mirada avellana de Nerida era apreciativa, aunque Faythe no estaba segura de por qué.
Al menos descansarían una noche más y darían la bienvenida a un nuevo día. Uno más
cercano a su regreso a la ciudad. Uno más cerca de casa.
Uno más cerca de él.

***
A la mañana siguiente, Faythe terminó la última cucharada de su desayuno y dejó la
cuchara para sintonizar con la melodiosa cantante que se paseaba por las mesas tocando en
voz baja. Su volumen era mucho más soportable de día. Marlowe y Nerida se sentaron con
ella mientras esperaban a los demás, que estaban fuera asegurando dos caballos.
—Supongo que ahora es cuando nos despedimos —dijo Nerida en tono triste.
Faythe se dio cuenta ahora que la sanadora estaba en casa, en Fenher, y no vendría con
ellos a la ciudad.
—¿Seguro que no podemos convencerte que vengas a Ellium? —preguntó—. Tus
habilidades serían inestimables, y te alojarían y pagarían bien. —Faythe ya le había hecho la
oferta, y sabía que Nerida había decidido quedarse.
—Gracias, pero mi atención es necesaria aquí por ahora —dijo, pero ante el entusiasmo
de Faythe, añadió—: Pero no lo olvidaré. Quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse antes
de lo que esperemos.
No hacía mucho que se conocían, pero había algo en la sanadora que atraía a Faythe
hacia ella con facilidad. Confiaba en Nerida. Su naturaleza era acogedora, esperanzadora y
casi familiar, especialmente sus ojos color avellana.
—Gracias, Nerida, por todo lo que me has ayudado.
—No tengas miedo de lo que eres capaz. —Su mano bronceada se encontró con la de
Faythe sobre la mesa—. Tengo algo que he estado esperando para darte. —Rebuscando en
su mochila, sacó un pequeño objeto envuelto en pergamino.
Faythe frunció el ceño y tomó el objeto con cautela.
—Nunca te conté todo sobre mi tiempo bajo la montaña con los fae oscuros. Fue breve,
pero para sacarme creo que Zaiana utilizó un camino que va mucho más profundo de lo que
cualquiera de ellos suele aventurarse. En ese camino descubrimos a una mujer. Era anciana,
apenas se aferraba a la vida, y yo… tuve que entregarla con la única piedad que podía. —
Nerida jugueteó con el objeto, el recuerdo hizo que le temblaran las manos, y Faythe alargó
la mano para envolverlas.
—Tú la ayudaste. No habría tenido nada amable para despedirla al final sin ti. —Fue
todo lo que Faythe pudo decir para aliviar la culpa que afloraba en la sanadora.
Ella asintió agradecida.
—No me dio un nombre, pero sus ojos… eran como los tuyos… o al menos, podrían
haberlo sido alguna vez.
Faythe se enderezó al oírlo y el corazón se le salió del pecho.
—Ojos como los míos —exhaló. Sacudiendo la cabeza, tuvo que dar un paso atrás para
respirar. No le resultó fácil.
No, Nerida no podía conocer a la única persona que afloró en la mente de Faythe ante
la noticia.
No pudo conocer a su madre.
—Ella habría dado un nombre —pensó Faythe en voz alta—. Pero entonces, ¿quién?
—Me dijo que solo te lo diera a ti. Usó tu nombre y apellido, Faythe. Ella sabía quién
eras.
Faythe fijó los ojos en lo que Nerida sostenía, dándose cuenta que la respuesta que
había estado buscando podía estar justo delante de ella.
—¿Nunca lo abriste?
Nerida negó con la cabeza, extendiendo el regalo una vez más.
—No estaba destinado a mí.
Fue el agarre de Faythe el que tembló ahora. El objeto que se deslizó en su poder era
pesado, pero no en peso. No sabía por qué, pero su mirada se deslizó hacia Marlowe, y por
un segundo volvieron a la humilde herrería de Farrrowhold, descubriendo la antigua nota
oculta en el reloj de bolsillo de su madre.
Su amiga esbozó una sonrisa de complicidad y se adelantó.
—¿Quieres que lo haga? —preguntó en voz baja.
Faythe solo pudo asentir mientras sus oídos se llenaban con el martilleo de su pulso.
Sintió a los demás cerca, atentos, pero manteniendo las distancias, mientras ella empezaba a
pasearse, inquieta. Parpadeó con fuerza un par de veces al oír cómo se desenredaba el papel,
mordiéndose las yemas de los dedos mientras esperaba, y por la pausa de Marlowe, Faythe
decidió que, efectivamente, debía de haber algo escrito en la parte inferior del pergamino.
—¿Es mi…? —Marlowe no se atrevió a terminar. Sacudió la cabeza y frunció el ceño con
recelo.
—No es tu madre —confirmó, pasándole el pergamino arrugado.
Decía:
Ella se burló de mí con tu nombre. Sabe quién eres, pero me dice que tú no. Es parte de
su plan para mantenerte en el olvido, solo para que recuerdes las partes que ella quiere.
Tienes que recordarlo todo.
No sé cómo te encontrará esto. Quizás nunca lo haga. No pude lograr lo que me pediste,
e intentarlo llevó a mi captura.
Si lo recuerdas, debes saber que mi destino no fue culpa tuya.

—Esto estaba envuelto en ella —dijo Marlowe—. Igual que el tuyo. —Deslizó un reloj
de bolsillo de latón por la mesa.
Faythe empezaba a odiar la visión de aquella cosa que no parecía dejar de duplicarse.
—La marca de Dakodas está por detrás —afirmó sin saber.
Marlowe le dio la vuelta, confirmando el grabado del símbolo circular con una luna
creciente, dos líneas marcando su circunferencia.
—Me pregunto qué habrá dentro —se maravilló.
A Faythe no le interesaba tanto saberlo y se lo metió en el bolsillo, donde se convirtió
en un nuevo peso de anticipación.
Las palabras de la cantante llenaron sus oídos mientras se sumían en el silencio. Faythe
sintonizó con ella inconscientemente mientras tomaba un trago de agua y todos se ponían
en pie para marcharse. Entonces sus pasos se detuvieron bruscamente con la siguiente
estrofa de la canción. De repente se dio cuenta de por qué le sonaba tan familiar…
El heredero de las almas resucitará,
Su destino está en sus manos.
Con anillos de oro y voluntad de mente,
Salvará la vida de los hombres.

Ya lo había oído antes.


Faythe se dio la vuelta. Sin saber por qué, apoyó las manos en la mesa que la cantante
estaba limpiando.
—¿Cuál es esa canción?
La mujer se sobresaltó ante la brusquedad de Faythe, pero su adrenalina no pudo forzar
una disculpa a través de sus labios apretados.
—Es una canción muy antigua y común. No pretendía ofender.
—¿De dónde es?
La mujer se encogió de hombros.
—Una vez oí que formaba parte de una epopeya que unos músicos convirtieron en
canción.
—¿Poemas?
La cantante asintió, retrocediendo como si Faythe pudiera ser peligrosa.
—¡Hora de irse! —Izaiah gritó.
Pero a Faythe no le cuadraba que eso fuera todo lo que eran. Con el tiempo encima, no
podía arriesgarse a que se convirtiera en algo que olvidara. Se giró y se encontró con Nerida.
—¿Todavía piensas ir a la biblioteca? —preguntó Faythe en voz baja.
Nerida echó un vistazo a su alrededor como si alguno de los otros fuera a irrumpir para
regañarla. Luego asintió. Aunque la inquietud de Faythe aumentaba en preocupación por su
aventura, ninguna parte de esta guerra se ganaría sin riesgos.
—¿Crees que podrías buscar algo para mí? Creo que he oído esa canción antes, un
poema. Puede que no sea nada, pero tal vez…
—Intentaré averiguar lo que pueda —dijo Nerida con suavidad, apretando el brazo de
Faythe para calmar su sentimiento de culpa por preguntar—. No creí que este fuera el final
de nuestra mutua compañía —prosiguió Nerida. Su sonrisa podía disipar cualquier nube de
negatividad en la habitación—. Hasta que nos volvamos a ver, Faythe Ashfyre.
Capítulo 29
Faythe
Al cabo de otra semana, el grupo se detuvo en una pequeña ciudad llamada Gasvern.
Pasaron los días con conversaciones informales. Faythe se enteró de más cosas sobre la
estancia de Jakon y Marlowe en High Farrow desde que se había marchado, pero temía por
Nik y Tauria cuando le hablaron de las amenazas que se cernían sobre su reinado. Faythe les
habló de su búsqueda, sin omitir nada, ya que el tiempo era demasiado valioso para las
verdades a medias. Quería compartir cada historia angustiosa, pero también cada cosa
maravillosa.
Ahora, estaba tan cansada de sus viajes con ansias de estar en casa que el tiempo
empezó a burlarse de ella con su lentitud. Acamparon en un bosque, todos con el ánimo por
los suelos, pues hacía un día que se habían quedado sin comida ni monedas.
—Necesitaremos más leña si queremos mantener el fuego toda la noche —dijo Livia,
hurgando en las menguantes llamas.
Era el crepúsculo. La oscuridad los cubriría pronto, y Faythe se estremeció al pensar en
su abrazo. Se levantó del tronco en el que estaba encaramada.
—Yo iré —se ofreció.
—Iré contigo —dijo Jakon, pero Izaiah le cortó el paso.
—Estará bien. Debería haber algunos cerca, y puedo reunir más en mi guardia más
tarde.
No era propio de Izaiah dejar que ninguno de ellos se fuera solo, pero Faythe no iba a
señalarlo cuando deseaba la soledad.
Su amigo frunció el ceño en señal de protesta, pero Izaiah le sostuvo la mirada, y lo que
Jakon leyó en la suya le hizo retroceder. Marlowe le ofreció algo de consuelo, colocando su
mano sobre el muslo de él. El movimiento parecía tan cariñoso y despreocupado, y Faythe
odiaba que sus afectos se retorcieran en su pecho. Su propia mano se hundió
inconscientemente en el bolsillo para aferrar la mariposa de madera cuando el recuerdo del
rostro de Reylan, su abrazo, hizo que su cuerpo gritara de anhelo.
Faythe no dijo nada, no miró a nadie mientras se daba la vuelta y empezaba a acechar
entre los árboles. No buscó leña durante un buen trecho, pues necesitaba simplemente
caminar y despejar la mente durante unos minutos para aliviar las punzadas en los ojos.
Se escabulló por el bosque, con los ojos rastreando el follaje marrón esparcido por el
suelo. Sus pies pateaban ramas inútiles mientras empezaba a apilar troncos en sus brazos lo
suficientemente grandes como para crear un fuego. El crepúsculo era fugaz, y no tenía ningún
deseo de estar tan lejos del grupo cuando cayera la oscuridad.
Faythe estaba a punto de dar media vuelta cuando el arrastre del follaje hizo saltar su
alarma. Se le paró el corazón. Había una bestia cerca del arroyo, pero los gruesos troncos le
impedían ver exactamente de qué se trataba. Bajando su pila de leña, Faythe enroscó su
mano alrededor de Lumarias a su lado mientras se acercaba con sigilo felino. Si era algo que
podía abatir por sí sola, Faythe supuso que la bestia podría canjearse por monedas que
podrían utilizar para su viaje o, al menos, por una buena comida.
La criatura resopló tan fuerte que dudó inmediatamente de sus opciones. Tenía que ser
grande. Su pelaje oscuro se alejó un poco más de los árboles. Entonces, cuando su cabeza se
inclinó para alimentarse de la hierba escarchada, Faythe se detuvo en seco.
Esto no era real. No podía serlo.
Cerró los ojos con fuerza, pero cuando abrió los párpados, el caballo permaneció
exactamente dónde estaba. Cuando su cabeza se enderezó y se volvió hacia ella, el mundo a
su alrededor se detuvo. Unos pasos vacíos acortaron la distancia que los separaba. Faythe no
tenía miedo, pero su corazón, que latía con fuerza, luchaba contra su mente y no le dejaba
creer que todo aquello pudiera ser un sueño.
Se detuvo ante el caballo de obsidiana. Su cabeza se inclinó hacia su mano mientras ella
miraba fijamente aquellos ojos azul glaciar, y la familiaridad golpeó su pecho con una alegría
tan abrumadora que sus ojos empezaron a nublarse.
—¿Dónde está? —le susurró a Kali.
Le respondió una conciencia que recorrió su espina dorsal antes de esparcirse por cada
centímetro de su piel. Faythe apenas oyó el crujido de las ramas a su espalda, pero el mundo
enmudeció ante su presencia.
—Estoy aquí, Faythe.
Su respiración se agitó en una exhalación. Tardó en darse la vuelta por las emociones
que le embargaban de golpe al oír la voz que tanto había echado de menos.
Faythe bajo la mano de Kali mientras se retorcía.
Allí estaba.
Se atragantó:
—Reylan.
El general asintió.
Esto es real.
Entonces ella estaba corriendo. En solo unas pocas zancadas chocaron y la plenitud de
aquel abrazo la derrumbó. Le rodeó el cuello con los brazos, tensos por la altura a la que él
se enderezaba. Sus piernas rodearon su cintura y él la abrazó con fuerza. Reylan enterró la
cara en su cuello, respirando su aroma, y no le importó cuánto tiempo pasara en aquel
momento que quería atesorar para siempre.
Faythe empezó a temblar con sollozos silenciosos mezclados con risas eufóricas. No
quería soltarle, pero tenía que mirarle. Se apartó lo suficiente para tomar su hermoso rostro
entre las manos. La conexión de sus miradas hablaba de un impulso mutuo cuando su boca
se inclinó para encontrarse con la de él. Su beso explotó en su interior. El tiempo que pasaron
separados provocó una urgencia febril, y Faythe no registró ningún otro movimiento hasta
que su espalda quedó presionada contra algo sólido. El cuerpo de él se amoldó al suyo,
envolviéndola por completo con una calidez, seguridad y satisfacción que solo sentía con él.
Una mano le agarró el muslo y la otra le abrazó la cintura con fuerza mientras ella se aferraba
a él, preguntándose cómo había sobrevivido semanas sin esto, dándose cuenta de lo vacía
que se había vuelto en su ausencia ahora que su pecho, su mente, latían tan brillantes y
fuertes con él cerca.
Su beso empezó a ralentizarse, convirtiéndose en un suave anhelo, y los dedos de ella
se entrelazaron entre los mechones plateados de él. Se soltaron y sus frentes se apoyaron
mientras recuperaban el aliento.
—No he sentido un momento de paz en cuarenta y seis días —carraspeó. Cuando se
apartó, el árbol la mantuvo quieta mientras ella se apoyaba en la palma que le cubría la
mejilla—. Ni por un maldito segundo… hasta ahora.
Su ceño se frunció y asintió con la cabeza.
—¿Por qué estás aquí? —No podía estar más contenta, pero de todos modos se dirigían
a Ellium.
Un cambio oscuro se filtró en sus ojos mientras recorrían cada centímetro de su rostro.
—Izaiah nos avisó de lo sucedido. No iba a quedarme esperando ni un segundo más. —
Su respiración se volvió dura, profunda, como si tratara de sofocar su ira creciente mientras
fijaba la mirada en el suelo—. Maverick estuvo aquí. Podría haber…
—No hizo nada —interrumpió Faythe, incapaz de soportar su confusión. Le agarró la
barbilla con la mano y le obligó a mirarla.
Aquellos ojos de zafiro se abrieron de golpe. Solo había visto una vez la ira en ellos, y
Faythe luchó contra el nauseabundo escalofrío de volver al templo. Entonces, lentamente,
mientras compartían una mirada profunda, fue como si ambos se dieran cuenta de una vez
de lo que importaba. El aquí y el ahora. Estar a salvo y juntos.
—No volveré a irme de tu lado —prometió Reylan.
Faythe asintió.
—Bien.
Él se inclinó para besarla de nuevo, y al instante sintió un deseo tan fuerte que ella se
apretó a él, se movió contra él, sin pensarlo. Sus olores cambiaron y se mezclaron para
devolverlos al momento anterior a su separación. Lujuria. Sintió la excitación de él en su
interior y metió la mano antes de saber lo que hacía.
Reylan gimió contra su boca con la primera caricia firme.
A Faythe no le importaba dónde estuvieran, calculaba que se había alejado lo suficiente
del grupo para poder tener este momento privado. Su necesidad había ido en aumento desde
las Montañas del Fuego.
Se echó hacia atrás, le sujetó la cara con las manos y buscó su mirada con ojos salvajes
y ardientes.
—Te necesito —susurró.
Él no impidió que el talón de la palma de su mano se arrastrara hacia abajo de nuevo, y
apretó los dientes con un siseo que hizo saltar chispas a través de ella.
—Dioses, te extrañé —dijo él, chocando con ella, y ella gimió cuando sus lenguas
chocaron con una urgencia salvaje.
Faythe ya había sentido una ardiente lujuria por él, pero ahora, en este cuerpo de fae,
era inexplicablemente enloquecedora. Cada caricia se encendía, cada instinto se volvía crudo
y primario, y una parte de ella se aceleraba con la emoción que lo que había experimentado
con él antes no sería nada comparado con lo que podrían compartir juntos ahora, como
iguales.
Faythe volvió a trabajar con él una y otra vez, y su cuerpo se tensaba cada vez que él
penetraba su mano, llevándola al borde del clímax. Su boca se separó de la de ella para
besarla por la mandíbula y el cuello, como si fuera a devorarla. Faythe se aferró a él con
fuerza y sus pensamientos se dispersaron mientras recorría su pecho, imaginando su piel en
lugar del cuero texturizado. El roce de sus dientes la hizo jadear.
—Estoy a segundos de tomarte contra este maldito árbol —gruñó.
—Quiero eso, Reylan —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás, preguntándose si él
era consciente de sus propios movimientos superficiales contra su núcleo desde su
posición—. Quiero todo de ti.
La fricción era una tortura. Más aún los pantalones que aún llevaba.
Reylan maldijo, bajándose del árbol. Solo caminó unos pasos antes que Faythe jadeara
cuando él la levantó más alto, y al ver a Kali, su pierna se enganchó alrededor de ella por
instinto. Faythe miró hacia atrás mientras Reylan se preparaba.
—Deberíamos decírselo a los otros…
Reylan se levantó en un suave movimiento, deslizándose cálidamente detrás de ella, y
ella podría haberse derretido en él.
—Si Izaiah te dejó ir por tu cuenta sin saber que yo estaba aquí, podría ser suficiente
para desviarme y estrangularlo.
Faythe sonrió, relajándose en él.
—¿Adónde vamos?
—Solo un poco más lejos. Hay un pequeño lago. —Sus labios presionaron su cabeza,
luego bajaron hasta su oreja, y ella se estremeció—. Quiero esta noche contigo sin la
posibilidad de escuchar de ellos por la mañana.
Un rubor recorrió sus mejillas. Sus muslos se tensaron.
Al cabo de unos minutos, Reylan los detuvo, y su corazón se aceleró cuando él
desmontó y se dispuso a ayudarla. Apoyándose en sus hombros, bajó, pero en lugar de
plantar los pies en el suelo, Reylan la sujetó por la cintura y sus piernas lo rodearon. El brillo
del deseo en sus ojos hizo resurgir su lujuria.
Mientras él la cargaba, la cabeza de Faythe se inclinó hacia arriba y sus labios se
apretaron en el suave lugar bajo su oreja. Su cuerpo se tensó, las manos le apretaron la parte
superior de los muslos y ella sonrió, bajando por su cuello.
Pero algo se apoderó de ella en ese segundo, un deseo tan aterrador y nuevo…
Muerde.
Le dolían las encías, pero el dolor estaba embotado por el nuevo impulso febril que la
inundaba de pánico. Se pasó la lengua por los dientes superiores y jadeó al verlos afilados.
Reylan bajó con ella. No notó el frescor de la hierba en la espalda cuando sus ojos se
abrieron de par en par y se llevó la mano a la boca. La atención de Reylan se posó en ella,
confundido, y luego se dio cuenta. Tentativamente, le apartó los dedos y su pulgar rozó su
labio inferior. Lo único que ella podía hacer era observar el asombro que se arremolinaba en
sus iris de medianoche mientras su respiración se volvía deliciosamente agitada.
—Precioso —admiró, fijándose en sus caninos alargados—. No sabes lo loco que me
vuelve ver esto.
Era la primera vez que los sentía. Parecía que había nuevos descubrimientos a cada
paso, y tener a Reylan aquí significaba que el miedo que amenazaba con surgir se convertía
instantáneamente en confianza mientras él la cubría de orgullo.
—Como que duelen.
Sonrió de lado.
—No lo harán después de un tiempo.
—¿Por qué no salieron cuando yo estaba en peligro?
Reylan parecía desconcertado.
Aclaró Faythe.
—Los fae los usan como amenaza.
Su sonrisa floreció, lo suficientemente amplia como para mostrar sus afilados dientes.
—No sé quién te ha dicho que mordemos para atacar —bromeó.
Sus mejillas se sonrojaron.
—Los fae oscuros, tal vez, con su gusto por la sangre humana. Los fae no muerden a los
fae por otra razón que no sea el placer.
Faythe no recordaba dónde había oído aquel oscuro dato, aunque ahora se sentía como
una niña tonta al enterarse que su intuición no era más que un malvado cuento para dormir.
Reylan flotaba sobre ella, y unas cuantas hebras plateadas caían sobre su oscura frente.
Faythe alzó los dedos para peinarlos.
—Me alegro que vinieras —susurró, ahogándose—. Todo fue en vano.
Sacudió la cabeza.
—Si había alguna posibilidad de mantenerte oculta y a salvo, teníamos que intentarlo.
Nada del plan fue un desperdicio, pero les guardo rencor por separarnos, aunque fuera por
poco tiempo en el para siempre que te prometí.
Aquel hermoso dolor en su pecho se hizo tan fuerte que tuvo que actuar. Con la mano
de ella en su pecho y las piernas enganchados alrededor de él, Reylan leyó su suave empujón
y agarró sus caderas, cambiando de posición. Un nuevo apetito se encendió en sus ojos.
—Empiezo a adorar esta posición —exclamó.
—¿En serio?
—Sí. Pensamientos pecaminosos aparte, tu confianza está creciendo. Estás tomando lo
que quieres. Si tiene que empezar conmigo -con nosotros- tómalo todo.
Faythe chilló cuando, sin previo aviso, él la rodeó con un brazo y la retorció. Su mano
le inmovilizó las muñecas y unos rizos sueltos rozaron sus ojos apasionados.
—Y te desafiaré cada maldita vez hasta que sepas que puedes tomar el control cuando
lo necesites y que no hay nada que temer.
Su frente se frunció con eso porque él no solo estaba hablando de su lujuria en ese
momento. No la sometía, sino que la animaba a levantarse. A luchar. Le tocó la fibra sensible
que él arrojara luz sobre aquello en lo que suponía que estaba fallando.
—Pelea —se atrevió.
Faythe se tensó una vez antes de volver a desplomarse.
Esbozó una suave sonrisa.
—Ni siquiera lo estás intentando.
—¿Cómo lo sabes?
Se inclinó hacia ella, con su cálido aliento en el cuello.
—Te conozco.
—¿Estás seguro?
Sintió el roce cercano de sus labios en la garganta y, en su distracción, la rodilla de
Faythe se metió entre ellos, a punto de clavarse en su abdomen. Reylan fue rápido, sin
embargo, y se movió hacia atrás, una mano agarrando su pantorrilla y tirando. En lugar de
eso, la sujetó alrededor de sí mismo, juntando sus cuerpos. Su boca apenas se separó de la
piel de ella.
—Sí —ronroneó.
Faythe se arqueó hacia él para dar la impresión que se dejaba seducir. Pero su lado
competitivo seguía zumbando y Reylan reaccionó exactamente como ella esperaba.
Con las manos libres, los muslos de Faythe se cerraron en torno a él y ella se acercó a
su costado, empleando toda su fuerza contra la de él para hacerlos caer una vez más. Cuando
se detuvieron, pecho contra pecho, su sonrisa socarrona se reflejó en la espada que él tenía
en la garganta.
El desconcierto de Reylan se convirtió rápidamente en una nublada lujuria. Sus manos
subieron por sus muslos y apretaron.
—¿Es malo que lo haya encontrado muy excitante?
Le habló en su mente, el golpe en sus sentidos algo más íntimo que su toque externo.
—Aún tienes mucho que descubrir, y yo estoy contigo en cada paso del camino. Pero te
veo, Faythe, el progreso que estás haciendo, aunque no parezca que avances rápido.
No se daba cuenta de cuánto necesitaba que alguien viera lo que ella no podía ver. Y
viniendo de él, esas palabras de aliento le daban una fuerza como nadie más podía hacerlo.
Faythe no tenía palabras; solo podía acercar su boca a la de él para expresar su gratitud, su
amor, a aquel que nunca había dejado de creer en ella.
Ella se apartó y sus ojos se posaron instintivamente en el cuello de él.
—Placer —susurró, más bien como un pensamiento fugitivo que la recorría con furia—
. Si te mordiera, ¿sería…?
—No —respondió—. No se completaría el verdadero vínculo de apareamiento sin una
declaración de cada parte. Es una ley que protege contra los apareamientos forzados.
El hecho retumbó con fuerza en su pecho y le hizo sentir un hormigueo de calor hasta
el fondo.
—¿Lo disfrutarías? —le preguntó, pero ya conocía su respuesta por el deseo que
nublaba sus iris.
—Muchísimo.
—¿Yo lo haría?
—Sí.
Fue una oleada de algo primitivo a lo que no estaba acostumbrada. La aterrorizó y le
produjo una emoción que anuló todo pensamiento y razón.
—Quiero hacerlo —respiró.
Al oír sus palabras, su expresión se tornó salvaje. Faythe se preparó, pero no sabía para
qué, solo que quería que se desatara por completo. Entonces, una suavidad sustituyó su
momento de pasión y la mano de él se enroscó alrededor de su nuca, guiando la cabeza de
ella hacia abajo para encontrarse con él en un beso firme.
—Lo sé —murmuró. Con cuidado, se sentó hasta que ella se sentó a horcajadas sobre
él, apoyada en una mano mientras con la otra le acariciaba entre los omóplatos—. Pero es
intenso, mordaz. Podría abrumarte ahora mismo.
Cuando sus palabras empezaron a disipar su imprudente lujuria, Faythe supo que tenía
razón. Agradeció que él controlara sus impulsos mientras ella aún los estaba descubriendo.
Miró el agua y sus pensamientos se dirigieron a cómo todo era todavía tan nuevo para
ella, incluso su poder. Con Reylan aquí, lo que se le pasaba por la cabeza no parecía tan
aterrador. Y no sabía lo que podrían haber descubierto sobre su magia.
—Quiero probar algo —dijo ella, sin apartar los ojos del agua que corría mientras se
deslizaba de su regazo y se arrodillaba junto al arroyo.
Reylan se movió sin palabras detrás de ella.
—Necesito que estés preparado y que me lo quites todo si no puedo dejarlo ir. —Le
tembló la mano al sumergirla en el agua, el mordisco de la corriente helada la sacudió.
—Estoy aquí —fue todo lo que dijo, su calidez un contraste bienvenido mientras se
arropaba.
Faythe respiró hondo. No estaba segura de poder hacerlo, pero si lo que decía Marlowe
era cierto…
Cerró los ojos para concentrarse. Aunque su mente chispeaba de terror, trató de borrar
la cara de Maverick de sus recuerdos para centrarse solo en su habilidad. El fuego. El calor
que le producía en el pecho, la vibración de su esencia en la palma de la mano, el sabor a
ceniza y sal…
Lentamente, se hizo tangible, y ella retiró la mano con la necesidad de verlo. Abrió los
ojos y luchó contra las ataduras de su pánico al ver la llama cobalto poco profunda bailando
sobre su palma, sin tocarla, pero su luz azul brillaba sobre el símbolo dorado que vivía allí y
que se despertaba con el uso de su magia.
—Es un acontecimiento interesante —dijo en voz baja, pero el asombro en su voz
aplacó el miedo de ella. La mano de Reylan se deslizó bajo la suya y ambos se maravillaron
juntos. Su respiración agitada la alarmó—. Puedo sentirlo —dijo, provocando la confusión
de Faythe, hasta que sacó la mano de debajo de la suya y, con el movimiento, la llama
desapareció de la palma de su mano para volver a encenderse en la de él—. Puedo soportarlo.
—Siempre has sido capaz de hacerlo —señaló Faythe, pero frunció el ceño al ver que
él negaba con la cabeza.
Reylan manipuló la llama, haciéndola crecer, debilitándola. La partió en dos, sujetando
el fuego con ambas manos.
—No he sido del todo sincero contigo. Cuando me preguntaste si podía sentir tu magia,
nunca te mentí, pero descubrí que era incapaz de alcanzarla -de tomar algo de ella- porque
no había nada que tomar y usar. No como cuando solo tenías tu habilidad mental.
La mente de Faythe se quedó en blanco mientras intentaba comprender lo que decía.
—Cuando lo traduces en algo, este pozo de poder en bruto que albergas… Dioses, es un
alivio sentir tu magia. Saber que aún puedo ayudarte, aunque nos llevará tiempo descubrirlo.
La emoción se apoderó de ella al verle maravillado por la llama. La pequeña sonrisa
que esbozó encendió un calor en su pecho.
—¿Aún puedes conjurar tu llama? —preguntó.
Respirando hondo, Faythe pensó en la esencia. Cada vez que se encendía la chispa de
la vida, lo hacía un poco más fácilmente, aunque no era más que la llama de una cerilla
comparada con lo que canturreaba oscuramente en su interior cada vez que empujaba,
empujaba y empujaba. Faythe no sabía lo destructiva que podía llegar a ser.
—Bien —dijo Reylan, apagando su propio fuego—. Al menos conseguiste algo de ese
bastardo.
Ante su entusiasmo, Faythe se permitió sonreír. Ver el poder que albergaba como algo
distinto a una entidad que podía dañar, consumir y destruir. Aunque solo fuera un núcleo
que había hecho aflorar, su poder podía ser hermoso, y quizá algún día controlado.
Su siguiente respiración fue mucho más ligera y volvió a bajar la mano al agua. La llama
se apagó, pero Faythe se concentró en el duro contraste del agua amarga que quería silenciar
su capacidad de manejar el fuego. Quiso que el calor se mantuviera, sintió un cosquilleo en
las venas que le llegaba hasta la punta de los dedos, hasta que escapó al agua. Siguió adelante,
pensando que podría mantener el control sobre este pequeño cambio, pero empezó a crecer.
Por el calor que sentía en las palmas de las manos, supo que la línea del guión se estaba
extendiendo lentamente por sus brazos. Podía sentir la familiar quemadura y sabía que
terminaría entre sus omóplatos, pero para entonces ya sería demasiado.
—Reylan —carraspeó, empezando a temblar por su desgana de saber qué pasaría si
seguía adelante.
—Lo estás haciendo muy bien. —No volvió a tocarla.
—Dijiste… —Pero sus palabras se detuvieron porque él no había prometido detenerla.
—Respira. Eres dueña de ti misma, no dejes que tu magia te quite el control.
Faythe se estremeció y cerró los ojos al exhalar. Quería creerle con la misma intensidad
con la que él creía en ella. El agua se calentó, demasiado, y silbó sobre la superficie. Faythe
no sentía el final, ni el agotamiento. El vapor empezó a humedecerle la cara y abrió los ojos
de golpe.
—¡Podría secar todo el lago! Tienes que detenerme —se apresuró a decir, con el pulso
acelerado. No podía mover la mano, temiendo que si lo hacía, sin el agua como obstáculo, el
fuego pudiera brotar de ella y dañar a Reylan.
—Estoy aquí —fue todo lo que repitió, deslizando la mano alrededor de su cintura.
Por un momento no sintió ningún cambio, pero luego pensó en lo hermosa que era el
agua con su velo brumoso sobre la superficie y en cómo ella la había calentado sin causar
ninguna destrucción. Lentamente, se alejó de su magia. Como si hubiera lanzado un sedal, lo
recogió lentamente. Faythe sacó la mano del agua y vio cómo se apagaba el brillo de los
símbolos antes de cerrar el puño. Los apretó contra las rodillas y jadeó ligeramente,
silenciando por completo la última vibración de la magia.
Luego sonrió.
Ella se rio, sacudiendo la cabeza, pero su frente se contrajo contra el escozor de su nariz.
—Gracias —dijo.
—Yo no hice nada —respondió Reylan en voz baja.
Intentó girar la cabeza hacia él, pero él se colocó detrás de ella. Le rodeó los hombros
con las manos y su espalda se curvó hacia él con un estremecimiento cuando sus dedos
empezaron a desabrocharle las hebillas de los cueros.
—¿Tú no…?
Unos labios suaves rozaron la punta de su oreja.
—Fuiste todo tú. —El susurro de él le recorrió el cuello, haciéndole temblar los ojos—
. No podemos desperdiciar el calor que provocaste.
Cuando comprendió su plan, un nudo de vértigo le apretó el estómago. Las manos de
Faythe se alzaron para ayudarle, pero él la tomó por las muñecas.
—Tú consumes cada uno de mis pensamientos, Faythe —murmuró roncamente—.
Todo lo que hemos hecho, pero, sobre todo, todo lo que aún prometemos. —Sus manos
bajaron hasta los botones de sus pantalones y ella inhaló—. De rodillas —le ordenó.
Faythe le obedeció, dejándose llevar por su cuerpo mientras él también se levantaba y,
cuando se desabrochó el último botón, la cabeza de ella se inclinó hacia atrás y la mano de él
se curvó hacia abajo. El gemido de Faythe le recorrió el cuello cuando sus dedos se deslizaron
por su piel resbaladiza.
—Dime cuántas veces pensaste en mí haciéndote esto mientras estuvimos separados.
Las caderas de Faythe rechinaban contra su mano mientras la sangre le rugía en los
oídos, el placer que él le provocaba le resultaba tan familiar y, a la vez, tan diferente. Como
fae, sentía su tacto como si estuviera encendiendo cada nervio uno por uno.
—A menudo —respiró—. Tan a menudo que creo que ha sido la causa de mi frustración
irracional y mi falta de productividad.
La ligera risita de Reylan fue fascinante.
—No podemos permitirlo. —Retiró la mano, y Faythe no pudo contener su gemido lo
bastante rápido—. Si esto es lo que hace falta para aliviar tus frustraciones, te complaceré
siempre. —Empezó a quitarle la chaqueta.
El aire fresco le tensó los músculos y se estremeció hasta que el vapor del agua se
deslizó sobre su piel desnuda. Reylan tomó un pecho con la mano y lo masajeó lentamente
mientras la otra mano volvía a bajar.
—¿Sabes que ahora no hay superficie que pueda mirar sin imaginarme lo hermosa que
te verías extendida sobre ella para mí?
Faythe tragó fuerte.
—Los pensamientos que he tenido… —Gimió sin contenerse cuando un dedo se curvó
en su interior, iniciando una lenta caricia.
—Dímelo.
—Son pensamientos que nunca he tenido por nadie antes.
—¿Cómo qué? —Añadió un segundo dedo y ella apretó con más fuerza su antebrazo.
Le resultaba muy excitante sentir cada flexión de sus músculos mientras la trabajaba.
—La primera fue lo que dijiste del piano —confesó, sintiendo su sonrisa contra su
garganta.
—Me alegro que te haya llamado la atención.
—Pero no creo que haya un final -ningún límite que yo no empujaría contigo.
Reylan gimió. Era un sonido de necesidad y satisfacción que reflejaba su nuevo
dominio.
—Dudas de ti misma, pero yo nunca… ni por un segundo. —Le besó el borde de la
mandíbula—. Este mundo no ha terminado de hacerte daño, pero debes saber que yo sufro
contigo. Lucho contigo. —Su brazo se enganchó alrededor de sus costillas y ella le agarró el
antebrazo con fuerza, sometiéndose a su placer.
Algún ruido primario de aprobación sonó en él, palpable en la velocidad de sus dedos.
La visión de Faythe empezó a salpicarse y tuvo que cerrar los ojos, sintiendo un subidón que
nunca había experimentado mientras mecía las caderas contra la dureza de él detrás de ella.
Quería más de él dentro de ella, y no podía parar. Ni hablar. Ni suplicar. Solo podía
perseguirlo.
—Si no dejas de hacer eso…
Sus palabras se apagaron cuando sus muslos se separaron más para que pudiera
cabalgar su mano sin vergüenza, incapaz de contener su necesidad de liberación. El fuerte
apretón fue necesario cuando el éxtasis se apoderó de ella, oleadas y oleadas de tembloroso
placer. Era interminable, de otro mundo. Sus temblores disminuyeron lentamente,
prolongándose en un clímax que duró tanto que la realidad tardó un momento en volver a la
realidad.
Faythe se desplomó contra él, desconcertada y sin aliento.
Los dedos de Reylan salieron de ella con una frialdad que la hizo estremecerse. Él
jadeaba con fuerza, y ella ni siquiera se había dado cuenta de su propio estado de excitación
mientras él la sujetaba con fuerza por la cadera, con la frente apoyada en el pliegue de su
cuello. Se dio cuenta al instante con su último estremecimiento.
—Dioses. Se suponía que esto era por ti —murmuró con voz ronca, bajando de su
propia liberación. Sus dientes le arañaron el cuello y ella jadeó—. Espera a que pueda tenerte
en un lugar mucho más cómodo. Voy a explorar cada centímetro de este nuevo cuerpo y a
satisfacer todos tus deseos. —Su brazo alrededor de ella los puso a ambos de pie mientras
sus palabras coloreaban las mejillas de Faythe—. Menos mal que has calentado el agua.
Capítulo 30
Faythe
No volvieron con los demás hasta la mañana siguiente, sino que prefirieron encender
su propio fuego -que Faythe encendió con gran triunfo- y pasar a solas la noche que se
merecían.
Faythe oyó a Izaiah antes de verlo mientras caminaban de regreso al campamento. Se
arrimó a Reylan mientras caminaban, pues necesitaba cada segundo de normalidad que
pudiera robar, ya que estaban a punto de regresar a la ciudad para enfrentarse a la tormenta
que habían conjurado.
—Ah, no se la ha comido un oso —dijo Izaiah, al verlos mientras levantaba la vista de
su insignificante comida. Su mirada la recorrió de pies a cabeza y su boca se curvó—. Sino un
león.
Faythe se quedó boquiabierta, encontrando asombrosa su desvergonzada broma. Livia
se tapó la boca al atragantarse con la comida. Marlowe y Jakon mostraban miradas de
confusión, para alivio de ella, y cuando los ojos de Faythe se desviaron, se alegró de tener la
oportunidad de cambiar de tema.
—¿Dónde está Reuben?
—Fue a explorar el pueblo cercano en busca de caballos —respondió Jakon.
La preocupación de Faythe aumentó.
—¿Solo?
—Es un hombre adulto, puede cuidar de sí mismo.
Ella quería estar de acuerdo, pero con las amenazas que persistían y la posibilidad que
los que la perseguían se toparan con él, la invadía el pavor ante la idea que cualquiera de
ellos fuera solo a algún sitio en público.
—Sabes, acabo de tener una idea. —Izaiah se animó, poniéndose de pie. Señaló entre
ella y Reylan—. Si la teoría de Marlowe es cierta, Faythe es algo así como tu actualización,
Reylan.
—Eso ya lo sabíamos —rio Livia—. Pero sus habilidades podrían ser similares ahora.
Faythe miró al general y vio que él le devolvía la mirada con una cálida seguridad. En
algún momento compartirían sus descubrimientos, pero ahora mismo, Faythe valoraba lo
que poco a poco iban descubriendo juntos.
El lejano ruido de pasos entre las ramas los puso a todos en alerta máxima. Cuando
Reuben tropezó hacia ellos, los pies de Faythe se movieron con la misma rapidez.
Se detuvo, jadeando, completamente sin aliento.
—Es posible que deseen ir a lidiar con esto.

***
Los gritos la golpearon primero. Faythe echó a correr, acompañada de cerca por Reylan,
Izaiah y Livia. Llegaron al pueblo cercano en un santiamén con su velocidad de faes, lo único
que obstaculizaba su paso peor que los árboles tambaleantes era la frenética multitud de
peatones.
Faythe hizo una pausa para agudizar el oído, pero sobre todo siguió sus instintos,
corriendo en la dirección de la que parecía huir la multitud. Aunque se tambaleaban y
tropezaban, trató que no se le escapara la valentía ante los numerosos rostros pálidos que
emprendían la retirada.
Lo que finalmente vio la hizo vacilar. La espantosa visión dividió su atención entre dos
lugares, empezando por la criatura cuyos dientes succionaban la vida de un hombre humano
frente a ella, y terminando bajo el castillo de High Farrow, donde se había sentido invadida
por el mismo pavor ante la visión de una fuerza tan horrible.
—Fae oscuro —murmuró Faythe.
Livia se detuvo detrás de ella con un grito ahogado.
—¿Qué pasó para que parezca tan…
—¿Horrible? —proporcionó Izaiah.
Faythe sacudió la cabeza, intentando dominar su horror para hacer sitio al cálculo. Este
fae oscuro no era como Zaiana y Maverick; su carne estaba desgarrada, ennegrecida como el
veneno, y la forma en que bebía era propia de un animal hambriento. Inconscientemente, se
llevó la mano al cuello mientras se preguntaba si las heridas punzantes de su terrible
experiencia seguían allí o si se habían borrado de su forma de fae.
Un nuevo grito atravesó el aire desde otra dirección, y luego otro, mientras los cuerpos
los empujaban y Faythe no sabía cómo reaccionar. Afortunadamente, no tuvo que hacerlo, ya
que Reylan tomó el mando.
—Izaiah, debes cambiar y tomar la ciudad del este. Livia, tú ve al sur. Si los superan en
número, regrésenlos donde podamos enfrentarlos juntos. Faythe y yo nos encargaremos de
esto. Vayan. —Sus palabras eran inquebrantables, debido a su condición de general.
Izaiah y Livia no discutieron, ambos asintieron con firmeza antes de ponerse en
marcha.
Antes que se volvieran hacia la amenaza, Reylan bloqueó la visión de Faythe de la
criatura, su mano en su cintura como para asegurarse que todavía estaba lo suficientemente
conectada a tierra como para ayudar.
—¿Estás bien? —preguntó.
Faythe asintió, comenzando a desenvainar su espada, pero la mano de Reylan se soltó
alrededor de la suya para detenerla. Cuando se encontró con su mirada de zafiro, sus ojos
brillaron con desafío.
—¿Quieres prestarme un poco de ese fuego, Fénix?
Se le aceleró el pulso, pero no estaba segura de si era de emoción o de recelo.
—¿Estás seguro que es una buena idea? —murmuró, pero su palma levantada indicaba
que estaba dispuesta a intentarlo.
—En absoluto. Pero ¿por qué no ponerse a prueba cuando con estos enemigos solo hay
una opción: matar? —Observó su palma mientras Faythe encendía la llama de cobalto. Su
sonrisa se curvó más y levantó su propia palma para mostrar una llama gemela—. Puedo
disminuir tu fuego si pierdes el control, pero mentiría si dijera que la idea de verte desatada
no me excita. —El apretón que le dio en la cintura le arrancó un pequeño jadeo que hizo que
su llama parpadeara—. Mantén la concentración —le advirtió, pero su tono grave inspiró
todo lo contrario.
Solo un gemido gutural desvió su atención de él. Mientras hablaban, el fae oscuro había
dejado seco al hombre. Las tripas de Faythe se retorcieron de dolor por la pérdida de vidas,
pero cuando Reylan se apartó y la criatura se interpuso en su camino, su deseo de venganza
creció tanto como las llamas que envió hacia él.
Su primer golpe impactó; el segundo giró sobre sí mismo a una velocidad imposible,
pero Reylan avanzó por el costado, tomándolo desprevenido. Juntos intercambiaron golpes,
pero fue como si el fae oscuro no sintiera nada más allá del impacto que le hizo retroceder
un paso.
—El acero Niltain es lo único que lo matará.
Faythe envió el recordatorio a Reylan.
Ella recibió.
—Pero esto es divertido, ¿no?
Si no estuviera tan concentrada en el avance del fae oscuro hacia ella, le habría lanzado
una mirada incrédula.
—No es mi idea de diversión.
Faythe sacó más dardos de fuego, pero en su inexperiencia eran descuidados, a veces
le fallaban por completo, y su ineptitud empezó a irritarla.
La criatura soltó un fuerte gruñido de fastidio, lo bastante cerca como para que el fuego
de Faythe se apagara en su pánico por alcanzar su espada. Desenvainó a Lumarias a medio
camino antes que el golpe de la hoja en el pecho del fae oscuro provocara el chillido más
estremecedor.
Cuando el cuerpo cayó, la espada de Reylan goteaba el fétido hedor de la sangre negra.
—¿Y cuál es tu idea de diversión?
Faythe cerró la boca, pero se resistió a sonreír ante su broma. Intentaba levantar el
ánimo para contrarrestar el caos que estallaba a su alrededor.
—Me gustan las cartas —dijo, recuperando el aliento tras el subidón de adrenalina.
Reylan se acercó a ella con un zumbido tentador.
—A veces el ajedrez. Y sorprendentemente, creo que me gusta montar a caballo.
—¿Algo más? —Ahora justo delante de ella, sus dedos inclinaron su barbilla hacia
arriba.
—Pastel, si hablamos de comida —dijo—. Sabes, nunca llegué a probar un bocado del
que me arrebataste en High Farrow.
Con sorpresa levantó la ceja.
—Te dejé como me pediste.
—No, no lo hiciste —susurró ella.
Desde el momento en que se conocieron, él no había salido de sus pensamientos. No
siempre estaba en el primer plano de su mente, pero Reylan se había ido enredando poco a
poco en cada fibra de su existencia.
Su boca presionó la de ella con firmeza y Faythe se arqueó en el beso. Fue breve y
necesitado, pero él retrocedió, ya que no podían estar seguros que no hubiera otro fae oscuro
al acecho, listo para atacar.
—Entonces no olvidaré que estoy en deuda contigo —dijo contra sus labios.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, pero no pudo disfrutar mucho de su intimidad,
ya que la conciencia los separó.
—Odio interrumpir un momento, pero tenemos compañía —gritó Izaiah.
Faythe ya había encendido una llama para Reylan cuando se volvieron hacia él. Se
quedó momentáneamente boquiabierta, sin prever la media docena de criaturas de carne
desgarrada y sangre negra que corrían hacia ellos.
—¡Por aquí también! —llamó Livia desde atrás, incitando a otros cuatro a unirse a ellos
en el espacio abierto.
Liberando a Lumarias, Faythe intercambió una mirada con Reylan, sellada con un
asentimiento, pues su plan no requería palabras. En una llamarada de luz blanca, Izaiah se
transformó en una enorme pantera negra.
Entonces atacaron.
Livia se encargó de uno, y Faythe se retorció para empezar a golpear a los que
avanzaban desde el lado opuesto. Mientras tanto, Reylan contenía a los demás con fuego, e
Izaiah cubría a Livia, impidiendo que se viera abrumada.
Perfeccionando sus habilidades de combate contra los fae oscuros, la espada de Faythe
atravesó la carne, la sangre negra se derramó y las criaturas cayeron una a una. Estaba
llegando a su último fae oscuro cuando una invasión en su mente la hizo jadear en voz alta.
Ocurrió tan de repente y con tanta facilidad que Faythe no sabía cómo era posible. Perdió la
concentración en todo lo demás. Los sonidos de la lucha, los gritos, se alejaron mientras
buscaba frenéticamente la fuente.
—Faythe —dijo la voz como un eco omnipresente—. Qué delicia es ver por fin de lo que
eres capaz al volver, aunque solo sea un atisbo.
Femenino, de otro mundo. Familiar.
El terror se apoderó aún de ella al imaginarse un rostro de impactante belleza. Conocía
cada detalle del tono pelirrojo del cabello y los ojos brillantes, aunque no debería. Faythe
escudriñó frenéticamente para que la visión se convirtiera en carne y hueso.
—Marvellas —susurró en voz alta. O al menos eso creyó, aunque sintió como si el
Espíritu se la hubiera llevado y los hubiera plantado a ambos en su propia dimensión inmóvil.
—No puedo esperar a que estemos juntas, Faythe. Esta nueva oportunidad que se nos ha
regalado.
—Entonces enfréntame —dijo Faythe, con la mano temblorosa empuñando con fuerza
su espada.
Una risita oscura pero cautivadora vibró en su interior, poniéndole los pelos de punta.
—Tiempo y orden, hija mía. Estaremos juntas muy pronto. Solo tenía que verte, para
saber el poder que has adquirido desde la Transición. Desde que volviste a mí.
—Todo en lo que me he convertido es con el propósito de derrotarte.
—Hay dos extremos en nuestra historia, Faythe. Tengo toda la intención que no repitamos
la historia. El final deseado nos mantendrá juntas y creará un mundo que sé que llegarás a ver
como correcto.
—Temes —dijo Faythe, leyendo entre sus palabras—, que mi voluntad por el final
opuesto triunfe sobre el tuyo.
—Si te engañas una vez, tendrás una segunda oportunidad. Engáñate dos veces, y no
habrá otra.
De repente, Faythe fue catapultada de nuevo al reino que corría a toda velocidad. Sus
manos se alzaron para forcejear con algo que la posó en el suelo. Sus dedos se enroscaron en
el cuero y su cabeza inclinada hacia atrás se enderezó.
—Ahí estás —respiró Reylan.
Le recorrió los antebrazos hasta las muñecas, desconcertada, mientras él le sujetaba la
cara.
—¿Qué demonios pasó?
Faythe parpadeó a su alrededor, encontrando a Izaiah y Livia mirándola con
preocupación, y se preguntó cuándo había caído de rodillas junto a Reylan. La sangre negra
inundaba la piedra gris, pero ya no podía oír los gritos ni detectar más fae oscuros.
—Marvellas —fue la única palabra que pudo sacar a la superficie, intentando averiguar
qué significaba. Por qué estaría aquí, y por qué desencadenaría este ataque—. Ella estaba
aquí.
Con un brazo enganchado alrededor de ella, Reylan tiró de ambos para ponerlos en pie.
Todos se prepararon alarmados, mirando a su alrededor como si el Gran Espíritu fuera a salir
en cualquier momento.
—Creo que ya se ha ido —intentó explicar Faythe.
—¿Qué quería? —preguntó Livia.
Faythe no tenía una respuesta segura. Apretándose más a Reylan, se preguntó con un
escalofrío arrollador por qué el Espíritu no había aprovechado la oportunidad para
apoderarse de ella. El hecho que ni siquiera lo hubiera intentado le infundía un miedo mucho
peor que si lo hubiera hecho.
Capítulo 31
Tarly
Ser nadie era pacífico, existiendo solo para disfrutar de los placeres simples de la vida.
Tarly Wolverlon ya no llevaba corona en la cabeza, no desde el momento en que había
cruzado la frontera del territorio de Rhyenelle días atrás. Sin embargo, Tarly no estaba en
una tierra completamente nueva. El bosque en el que acampaba le era familiar, situado en el
límite de Fenher, un lugar que conocía de tiempos de batalla de hacía más de un siglo. Aun
así, se sentía… libre.
El crujido de las ramas y un jadeo constante señalaban el regreso de Katori. Cada vez
que ella se marchaba, él se preguntaba con una vacía soledad si sería para siempre. Pero
hasta ahora, siempre había regresado, esta vez agarrando dos conejos inertes con su
poderosa mandíbula.
Tarly soltó una carcajada, de orgullo y alivio porque los dos estarían bien alimentados
esta noche y él no tendría que ir a cazar. Lo había hecho muchas veces, pero aquella noche
se había esforzado en encender un fuego. El crepúsculo se acercaba.
Estaba terminando de atar un nuevo juego de flechas cuando la aproximación de
alguien cosquilleó en sus oídos. Era lejano, pero tomó su arco de todos modos, decidiendo
ponerse a cubierto hasta estar seguro que solo se trataba de un viajero inofensivo. Tarly no
podía bajar la guardia, no mientras estuviera tan cerca de la frontera de Olmstone y no
estuviera seguro que no lo estuvieran buscando.
Se escondió detrás de un gran tronco de árbol y, como siempre, Katori leyó su señal e
instintivamente se escabulló. Se mantuvo quieto, ampliando sus sentidos para calibrar todo
lo que podía. Sus pasos eran ligeros, y el aroma que le llegaba era floral, como de rosa
mezclada con una nota de canela. Por si eso no fuera suficiente confirmación de la presencia
femenina, su suave zumbido alivió por completo su cautela.
Hasta que…
Tarly volvió a ponerse tenso cuando percibió que los demás se acercaban. Eran
muchos, y todos varones a juzgar por sus almizclados olores a cerveza y mar. No pudo
contener la compulsión de asomarse y buscar un rostro que se correspondiera con la
delicada voz zumbante, presa del temor por la seguridad del forastero en caso que los otros
resultaran ser maliciosos.
Su vista se posó en ella al instante, y aunque estaba de espaldas a él, mirando a través
de los árboles mientras se detenía alerta, su brillante cabello plateado contra su cálida piel
morena lo hipnotizó. La luz que penetraba en la copa de los árboles la resaltaba como a una
diosa, un ángel, y él tuvo que preguntarse qué podría estar haciendo sola en la espesura de
aquel bosque.
Fue un alivio ver que ella también se había dado cuenta de la posible amenaza. Tarly
colocó una flecha, pero no hizo ademán de exponerse a menos que fuera absolutamente
necesario. Esperaba que los machos pasaran y que la hermosa fae siguiera su camino,
cantando alegremente una vez más.
Debería haber sabido que, en este mundo cruel, ese resultado era material de ensueño.
—No tengas miedo, pequeña —dijo un hombre. Solo el tono despectivo ya lo señalaba
como el primer objetivo de Tarly.
Aun así, esperó, necesitando averiguar cuántos podían estar acercándose a su
alrededor.
—Nunca he dicho que lo tuviera —dijo con admirable seguridad.
Cuatro machos, detectó Tarly. No eran probabilidades tan sobresalientes, aunque fuera
rápido con sus disparos.
—Lo pareces —se burló otro.
Sus dientes rechinaron con un destello de rabia. Tarly no la conocía, pero no necesitaba
conocerla. Su repugnancia hacia ellos por acorralar a una hembra solitaria desencadenó su
violencia. Volvió a echar un vistazo y los encontró empezando a acercarse a ella desde
distintos flancos, acorralándola como si fuera un débil cordero y ellos una manada de leones.
—Intenté avisarte —cantó una nueva voz.
Los ojos de Tarly se fijaron en una figura alta. Su largo abrigo de cuero parecía la
vestimenta de un pirata. Ahora eran cinco.
—Sin embargo, hiciste alarde de tus trucos y desechaste mi ayuda.
—No estabas ayudando —espetó—. Estabas marcando.
—Inteligente eres —dijo de una manera que la redujo a lo contrario—. Pero olvidas
que, de hecho, te dije que no fueras a vagar sola. No puedes culparme por aprovechar una
oportunidad cuando estás tan dispuesta a que te atrapen.
Permaneció tan tranquila teniendo en cuenta sus probabilidades. Tarly no podía
imaginar qué querían los machos con ella. No quería saberlo a pesar que su conversación
indicaba que todos se habían cruzado antes.
—Yo no diría dispuesta. Pero no quiero hacerle daño a ninguno.
Cuatro de los machos intercambiaron risas burlonas, pero no su líder, aunque mostró
una sonrisa amarillenta.
—No tienes más que un frasco de agua —señaló.
—Es más de lo que necesitaría para hacerte daño. —Habló como si le doliera
admitirlo—. A todos ustedes —añadió.
Las hojas se movieron y más cuerpos empezaron a salir de detrás de los árboles. El
pulso de Tarly se aceleró ante las peligrosas probabilidades, teniendo que replantearse de
repente cómo sacar a ambos con vida de aquel bosque. No podía imaginar qué querían de
ella, aunque no le cabía duda que era de naturaleza maligna. Doce contra uno… Su puño se
cerró en torno a su arco ante aquellos brutos cobardes.
Cuando una rama se quebró al acercarse a ella, Tarly se movió sin pensarlo dos veces.
Saliendo de su escondite, hizo ademán de ralentizar el paso cuando todas las miradas se
centraron en él.
—Ahí estás, ángel —se apresuró a decir con una respiración de esfuerzo forzado. Se
acercó a ella, sin dudar en extenderle un brazo, pero no la tocó, y cuando sus sorprendidas
facciones se torcieron hacia él, el tiempo se detuvo, porque estaba mirando a la fae más
impresionante que había visto jamás. Tarly se preguntó por un instante si su belleza única
era realmente real—. Cuando no llegaste a nuestro punto de encuentro, me preocupé —
continuó su improvisada historia.
Sus cálidos ojos color avellana le cautivaron, transmitiéndole una familiaridad que hizo
que la desconocida le pareciera menos intimidante. Su cabello plateado, que caía alrededor
de su piel morena, le hizo preguntarse muchas cosas sobre ella, como de dónde venía y qué
hacía aquí. Era difícil querer saber tanto de ella cuando su plan había sido solo ayudarla a
escapar y luego separarse.
—Yo… sí, me quedé atrapada —dijo, volviendo finalmente la mirada a su agresor.
Los hombros tensos de Tarly se relajaron al saber que ella le seguía el juego. Respiró
hondo con falsa confianza.
—Como puedes ver, no está sola. Seguiremos nuestro camino.
Aunque no era tan tonto como para creer que eso era todo lo que haría falta cuando su
primer paso para alejarla con él fue respondido con barajadas por todos lados.
—No lo creo —dijo el hombre alto. Todos eran humanos, pero contra tantos, las
probabilidades de Tarly seguían siendo malditas—. Vaya premio que tienes. Tendría un buen
precio.
—No volverás a ver el destello del oro si no cuidas cómo hablas de ella.
El hombre se rio.
—Ustedes los fae son tan tontamente emocionales con sus compañeros.
Al oír la última palabra, la desconocida se puso completamente rígida a su lado, casi
apartándose como si hubiera desencadenado una respuesta de huida. Tarly soltó el brazo de
ella, y la mueca de dolor que le hizo le desgarró el corazón.
El chasquido del corcho de su botella de agua atrajo su atención, pero ella no apartó los
ojos de los hombres. No estaba seguro de lo que estaba haciendo, pero Tarly sabía que debía
prepararse. Marcando su primer objetivo, esperó.
—Si sabes usar ese arco, hazlo ahora —dijo en voz baja.
Tarly casi sonrió satisfecho, pero no necesitó ni un segundo para protestar. Tenía su
primera flecha clavada y volando en el espacio de un suspiro. Las rodillas del hombre apenas
habían tocado el suelo antes que su segunda flecha atravesara el pecho de su compañero. El
acero cantó y una conmoción comenzó a estallar ante su ataque.
Tarly se retorció para terminar de ver cómo su disparo atravesaba el hombro del
hombre antes que un brillo iridiscente le hiciera detenerse con incredulidad. Ondeó en el
aire, pasando por encima de su cabeza, y su vista se desvió hacia la fae que estaba a su lado.
Tenía las manos elegantemente dispuestas y en sus suaves facciones se dibujaba un ceño de
ira concentrada. Con un rápido movimiento, el agua cayó. No empapó mucho a los hombres,
pues era todo lo que tenía en su botella.
El líder sacudió la cabeza y las gotas se esparcieron por sus despeinados cabellos
castaños. Una oscura sonrisa curvó su boca mientras examinaba su ropa húmeda.
—Al menos sabemos que sabes hacer llover —se burló.
Sus ojos se flexionaron con una ira que Tarly no podía creer que un rostro tan angelical
fuera capaz de mostrar. Con la mano aún levantada, cerró el puño, y con el movimiento unos
gritos resonaron por todo el espacio. Tarly miró a los hombres sorprendido, viéndolos
tensarse mientras el agua se convertía en hielo en su puño.
—Corre —fue todo lo que dijo, ya corriendo.
Tarly la persiguió, sin ser del todo consciente de su esfuerzo, ya que la idea de perderla
de vista le producía una urgencia en el pecho. No por miedo a ella, ni por ella, sino porque
había despertado su intriga de un modo al que no estaba acostumbrado. Su ataque y su
velocidad les daban muchas posibilidades de eludir a los bandidos, pero no creía que ella
estuviera totalmente libre de peligro.
—Eso fue impresionante —comentó mientras corrían entre las filas escalonadas de
árboles.
—Difícilmente —respondió ella, sin mirarle a los ojos—. No necesitaba tu ayuda.
—Claramente.
—Entonces, ¿por qué te molestaste?
—¿Cómo iba yo a saber qué habilidad poseías?
Ella no contestó durante un largo momento mientras seguían corriendo. Sin vacilar, se
arremangó los faldones de su bata de algodón azul y blanca, que no era el atuendo adecuado
para la actividad.
Tarly divisó la arboleda solo porque se abría al lago más grande que había visto nunca.
Se detuvieron en su orilla rocosa y se quedó boquiabierto contemplando la enorme masa de
agua cristalina en el claro más espectacular rodeado de pequeñas montañas y árboles. El
lugar era tan luminoso y etéreo, y la fugaz luz del sol dejaba al descubierto diminutas
criaturas brillantes en el estanque que empezaban a destellar con la luz de las estrellas.
—Cascada Stenna —dijo la fae, y la encontró estudiando su admiración por el lugar—.
¿Nunca habías estado aquí antes?
El nombre le sonaba familiar, y su memoria se iluminó como un faro cuando le vino a
la mente una vieja lectura. El lago llevaba el famoso nombre de una ninfa acuática que, según
la tradición, había reinado sobre las aguas.
—Algunos dicen que Stenna reinó desde este lago, pero no en el sentido tradicional —
recitó lo que pudo—. Una vez fue considerada la Alta Reina de Ungardia porque sus canales
de agua conectaban todos los reinos. Aunque cada uno de los reinos tenía su propio monarca
reinante, ella mantenía la paz entre todos ellos.
El silencio que se hizo le hizo buscar con la mirada la reacción de ella. La expresión de
la chica vagó curiosa sobre él.
—¿Quién eres? —ella preguntó.
Fue entonces cuando todo se vino abajo. Desde el momento en que había puesto sus
ojos en ella se sentía como si estuviera viviendo dentro de un sueño, pero ahora la realidad
le rodeaba y tiraba con fuerza. La guardia de Tarly se estaba levantando. No podía detenerlo,
el muro que defendía lo poco que quedaba de sí mismo con su duro exterior. Ella no sabía
quién era, y darle su nombre parecía demasiado arriesgado.
Sus rasgos se suavizaron antes que él pudiera responder. Parecía leerlo todo sin que él
tuviera que decir una palabra, sus ojos escudriñaban cada centímetro de él. Se puso tenso,
como si ella fuera a ver su corona rota de fracaso, el reino que había abandonado y el nombre
que no merecía por ello.
En cambio, su atención se posó detrás de él.
—Eres de Olmstone —observó.
El pelaje de Katori rozó su mano al pasar junto a él y se acercó a la fae. La bestia la
olfateó con cautela antes de acurrucarse contra ella. Tarly estaba a punto de disculparse,
pero la suave risita de la fae le hizo detenerse. Hizo que el tiempo se detuviera. La observó
durante unos segundos… y sonrió débilmente al verla.
—Es preciosa. —La mirada avellana de la fae se dirigió hacia él—. Me llamo Nerida —
le ofreció.
El nombre resonó en su mente y revoloteó como calor en el pecho de Tarly, pero éste
hizo todo lo posible por alejarlo. No quería saber ese dato personal. Solo lo acercaba un paso
más a ella cuando lo que necesitaba era dar dos pasos atrás.
—No pregunté.
La mueca de dolor que le produjo su rechazo se le hundió en las entrañas.
—Error mío —murmuró—. Gracias por tu ayuda allí. Puedo protegerme desde aquí.
Nerida se giró, y Tarly se quedó clavado en el sitio vigilando su espalda. Contó uno, dos,
tres pasos antes de gritar impulsivamente:
—Espera.
Se maldijo repetidamente cuando ella se detuvo, pero no podía soportar la idea que se
enfrentara sola a otra banda de maleantes.
—Podrían alcanzarte, o podría haber gente mucho peor queriendo hacerte daño.
Nerida se volvió, ligeramente incrédula, antes que sus facciones se afirmaran. Entonces
levantó la mano y el agua del lago respondió. Contempló fascinado cómo, con unos pocos
movimientos de la mano, el agua se transformaba… en un lobo. Se paró junto a ella.
Katori se puso en cuclillas con un gruñido.
Con un movimiento de muñeca de Nerida, la bestia de agua se abalanzó sobre Tarly.
Estaba a punto de prepararse cuando la bestia perdió su forma en el aire y cayó a sus pies
cuando la magia de Nerida la abandonó.
—Creo que estaré bien —dijo ella sin esperar su reacción antes de girar sobre sus
talones.
—¿Adónde te diriges?
Ella no contestó, y se estaba distanciando lo suficiente de él como para que todo su
cuerpo se pusiera rígido contra la inexplicable atracción que tanto luchaba por resistir.
—Mierda —maldijo en voz baja, cediendo al instinto de seguirla.
Capítulo 32
Faythe
—ESTAMOS CASI ALLÍ, pero si sigues moviéndote así, los otros llegarán a las puertas
de la ciudad mucho antes que nosotros.
Las silenciosas palabras de Reylan se esparcieron por el cuello de Faythe mientras él
inclinaba la boca hacia su oreja desde atrás. No pudo evitar que su mano volviera al muslo
de él en respuesta. El constante vaivén del andar de Kali la había estado distrayendo toda la
semana.
—Podríamos habernos detenido para adquirir otro caballo —dijo.
Reylan rio ligeramente.
—Fue por tu protesta que no lo hicimos.
Faythe reprimió una sonrisa tímida. No quería retrasar al grupo, pero lo más
importante era que quería estar cerca de Reylan cada segundo que pudiera robarle. Estar
envuelta en su calor le quitaba el peso de lo que iban a afrontar en unas pocas horas.
Su regreso.
Se había pasado el viaje consolándola de los nervios que ella no solía darse cuenta que
eran la causa de su inquietud. No siempre eran necesarias las palabras; él la consolaba con
caricias suaves, con un beso ligero. La distraía con historias de los pueblos por los que
pasaban, y ella lo absorbía todo, perdida en su narración mientras él hablaba de forma tan
fascinante.
—Estoy deseando ver la famosa ciudad —dijo Marlowe desde su lado.
Faythe le dedicó una sonrisa que resonó en su pecho con orgullo. Su amiga cabalgaba
con Jakon, y Faythe se dio cuenta de lo cerca que estaban y de cómo podía mostrarles todo
lo que la había dejado anhelante antes de partir en su búsqueda.
—No podría haberle hecho justicia en una carta ni con ninguna palabra. Es realmente
magnífico —respondió Faythe, inclinándose aún más hacia Reylan, ya que era algo que
compartían.
Su casa.
La subida a la siguiente colina dio vida a su visión, robándole el aliento a Faythe como
si fuera la primera vez que la veía. Su corazón se estremeció al saber que había dejado esta
ciudad como una persona completamente distinta de la que regresaría, tanto por dentro
como por fuera. Sabía que aquí se enfrentaría a su padre, y lo que a menudo la consumía de
nervios hasta el punto de enfermar era que volverían a verse las caras como extraños. Y ella
había fracasado en su búsqueda.
El tamborileo de su pulso le llenó los oídos y le faltó el aire. No se dio cuenta que Reylan
había detenido a Kali hasta que sus ojos vieron a sus amigos a unos pasos de ellos. Reylan no
dijo nada durante un largo rato, pero una suave caricia la acarició por dentro.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó suavemente.
Faythe no sabía qué contestar. Tantas cosas afloraban a la superficie que ninguna
resultaba coherente.
—¿Y si ya no soy yo…? —se interrumpió, sabiendo que no debería tener sentido, pero
Reylan lo sabía—. ¿Y si todo es diferente?
—¿Quieres que sea diferente?
Pensó en su pregunta, una pregunta que ya se había hecho antes.
—La gente siempre me ha subestimado —dijo—. No quiero que la razón por la que
empiecen a creer en mí sea porque ya no soy humana. Porque soy… humana y fae y
posiblemente algo más.
—Entonces harás que crean en quién eres, no en lo que eres. Ya lo has hecho antes,
conmigo y con muchos otros. —Sus labios rozaron la punta de su oreja—. Te veo y te oigo…
y ya es hora que el mundo también lo haga.
Faythe asintió, esperando que él pudiera sentir su gratitud. Esperaba que siguiera
presionando a Kali, pero Reylan vaciló y Faythe se retorció lo mejor que pudo para verle la
cara. Su expresión parecía triste mientras su mano se alzaba para cubrir su mejilla.
—Tú eres mi corazón, Faythe. Eso no cambia, pase lo que pase. Dime que lo recordarás.
Su ceño se frunció mientras se preguntaba qué podría haber causado aquella
inseguridad.
—Siempre —prometió ella, pero no pudo ignorar el retorcimiento que le produjo en
las tripas que él lo considerara necesario.
Él sonrió, pero apenas lo hizo. Ella quiso preguntar a qué venía aquella pregunta, pero
él dispersó sus pensamientos con un beso. Corto, firme, pero necesario.
Entonces Reylan tiró de las riendas y dijo:
—No soy el único que ha estado esperando tu regreso.
Cuando pasaron bajo la muralla, Faythe contuvo la respiración. Atravesaron
lentamente la ciudad, y ella se sentó tan rígida que casi le dolió. No dejó de notar que Reylan
había retrocedido un poco, que su posición ya no era tan íntima. Faythe casi lo cuestionó,
pero en cuanto empezaron los murmullos de la gente, no pudo concentrarse en otra cosa.
Jadeaban y corrían los unos hacia los otros, todo se convirtió en tal bullicio que ella solo captó
algunas palabras sueltas.
—Está viva.
—Faythe Ashfyre.
—Era mentira.
—La princesa ha regresado.
El peso de su atención zumbaba en cada célula nerviosa. Faythe y los demás pasaron al
anillo interior y, aunque las voces no eran tan altas, sus miradas incrédulas eran igual de
penetrantes.
—Ella es fae.
—Imposible.
—Un milagro.
—Una impostora.
Respiró hondo y con calma. Tenían todo el derecho a pensar y sospechar, a preguntarse
cómo su heredero podía morir y resucitar. Tenían razón y estaban equivocados, y Faythe se
preguntó si el mundo llegaría a creer de verdad su historia.
Entonces se abrieron las puertas del castillo y el corazón le golpeó la caja torácica.
Podía verle. Agalhor estaba de pie con algunos otros en lo alto del pórtico, y ella no pudo
apartar los ojos de él cuando salieron al amplio patio. Todo estaba en un silencio sepulcral,
salvo por los cascos de los caballos contra la piedra.
Salieron más cuerpos, mechones de movimientos y colores a los que Faythe no pudo
prestar atención mientras trataba de calibrar cada reacción del rey.
Sus caballos se detuvieron y Reylan desmontó rápidamente. Faythe apartó los ojos de
Agalhor, que aún no se había movido ni un milímetro, solo para mirar hacia abajo y ver a
Reylan dispuesto a ayudarla.
—Lo estás haciendo muy bien.
Apoyándose en sus hombros, Faythe aterrizó en el suelo ingrávida. Sus manos no se
detuvieron ni un segundo, y le pellizcó el pecho cuando él dio un paso atrás. La sonrisa de
Reylan la hizo protestar hasta que se volvió hacia la realeza que lo esperaba. Fue entonces
cuando se fijó en Malin cerca del rey, su expresión tan fría como siempre, pero aquellos ojos
estaban atentos.
Faythe enderezó los hombros mientras soltaba otro profundo suspiro y se volvía para
iniciar su camino hacia el rey de Rhyenelle. La postura formal de Agalhor la inquietó,
creándole el temor que quien veía ya no era su hija. Tan rápido como el pánico se apoderó
de ella, se calmó de golpe cuando él rompió la postura. A Faythe le picó la nariz y se le
nublaron los ojos cuando él bajó las escaleras, abandonando la firmeza de un rey para dejar
paso a la preocupación de un padre.
No hubo pausa, ni vacilación, cuando sus grandes brazos se abrieron y Faythe cayó en
ellos, sin importarle lo que era apropiado o quién la observaba. Lo único que necesitaba era
aquel abrazo que la liberara de las cargas del mundo.
Su aceptación.
—Fallé —susurró la inquietante verdad.
Su gran mano le sujetó la nuca mientras la apartaba, estudiando cada centímetro de su
rostro, su mirada detenida con preocupación y asombro en sus orejas.
—En absoluto, querida. —Sus dedos le inclinaron la barbilla—. El hecho que estés aquí
como estás es un desafío que puede ganar esta guerra de una vez por todas.
—Me alegro de estar en casa. —Apenas pudo pronunciar las palabras por la opresión
que sentía en la garganta. Faythe nunca había llamado así a la ciudad. Miró a su gente,
asombrada por las masas que se habían agolpado para mirarla no con desagrado, sino con
alivio. Faythe nunca habría tenido la oportunidad de acogerlos a todos como su hogar.
Su mirada se clavó en la de su primo, y el calor de su pecho se congeló ante su
penetrante evaluación. En el siguiente parpadeo desapareció, y él esbozó una falsa sonrisa
mientras se dirigían al castillo.
—Un plan magistral el que has mantenido este último mes —comentó Malin—. Me
alegro que la angustiosa noticia de tu fallecimiento resultara ser una treta.
Faythe leyó el trasfondo de sus palabras: estaban lejos de la verdad.
Se dirigieron al interior, con Reylan detrás, y aunque no le sentó bien, no miró atrás.
—Tenemos mucho que preparar —dijo con toda la confianza que pudo.
—Ciertamente. Estoy deseando hablar de ello, escuchar tus historias y lo que tu…
cambio puede significar para el reino. —El tono de Malin estaba impregnado de astucia, algo
que ella no había olvidado—. Debería convocarse inmediatamente una reunión del consejo.
Los señores han estado inquietos desde la noticia de tu inminente regreso.
—A su debido tiempo —añadió Agalhor con calma.
El pulso de Faythe se aceleró con la idea. Incluso antes de partir, sabía que ese momento
llegaría, que tendría que integrarse en un papel activo en la corte si quería reclamar un
estatus permanente aquí en Rhyenelle.
—Me temo que no puede esperar mucho. Con las nuevas amenazas, como has dicho, el
reino es débil mientras el asunto siga sin resolverse —insistió Malin.
Caminar por los pasillos familiares aliviaba las tensiones de Faythe y la llenaba de
gratitud por haber vivido para hacerlo. Sin embargo, cada vez que su vista se fijaba en el
emblema del Pájaro de Fuego, un calor repentino le recorría la piel mientras los recuerdos le
robaban la atención.
—¿No estás de acuerdo, Faythe? —preguntó Malin, y ella giró la cabeza hacia él.
Sus mejillas se sonrojaron. Parpadeó varias veces por la avalancha de palabras,
sentimientos y pensamientos, y se dio cuenta que no había entendido lo que él había dicho.
—Creo que deberíamos esperar… —Agalhor comenzó.
—Estoy lista en cuanto el Consejo me lo permita —respondió Faythe. No estaba segura
de qué creía Malin que era tan urgente, pero Faythe tenía asuntos propios que no podían
esperar ante las amenazas que se avecinaban.
—Puedes tomarte un tiempo para descansar.

Reylan le habló a su mente, pero ella no miró hacia donde él permanecía a unos pasos
cuando todos se detuvieron en el pasillo.
—Ya me he tomado bastante tiempo.

Solo mantenía la mirada fija en Malin, llena de asombro por lo que significaba el brillo
de su alegría ante su voluntad. Ahora mismo no tenía espacio para descifrarlo.
—Lo tendré preparado para el fin de semana. —Malin asintió con la cabeza y dirigió
una rápida mirada a Agalhor antes de separarse de ellos.
En cuanto lo perdió de vista, desapareció la tensión de su presencia. Faythe se frotó la
sien, donde comenzaba un dolor sordo.
—No te presiones demasiado pronto —le dijo Agalhor suavemente, apoyando una
mano en su hombro.
—No lo hago. Pero quise decir lo que dije: necesitamos prepararnos. Y yo necesito
contar mi historia.
El orgullo bailaba en sus ojos color avellana, y ella se permitió aceptarlo.
—Quiero más tiempo contigo, querida, pero debes estar necesitando descansar. Te
veré muy pronto. —Su mano le dio un ligero apretón y ella sonrió agradecida cuando él miró
cautelosamente a Reylan antes de darse la vuelta.
Los guardias seguían demorándose, pero finalmente, Reylan vino a ponerse a su lado,
sin decir nada mientras la guiaba hacia sus habitaciones. Al ver quien doblaba la siguiente
esquina, Faythe se iluminó corriendo.
Al chocar con Kyleer, los dos soltaron una carcajada alegre. Cuando volvió a dejarla en
el suelo, la miró alegremente.
—Estás recopilando una buena lista de nombres, Enmascarado de Sangre. —Kyleer se
rio cuando ella abrió la boca.
Dirigió a Reylan una mirada acusadora. No había dicho que conociera el apodo.
—¿Nos estuviste espiando todo el tiempo? —Ella había sospechado que lo estaban
desde que Izaiah sabía cuándo estaba en peligro, pero no se había dado cuenta de por cuánto
tiempo.
Reylan dio paso a la diversión.
—Se estaba volviendo aburrido por aquí sin tus payasadas. Teníamos que estar al tanto
para pasar el tiempo.
Faythe soltó una carcajada, pero luego recordó.
—Tienen a Zaiana.
La expresión de Kyleer cambió tan rápido que ella no pudo leer qué otra cosa reafirmó
sus facciones al oír su nombre.
—La tenemos. He estado supervisando su detención. —Su atención se centró
brevemente en Reylan, y Faythe sintió algo entre ellos en ese intercambio a lo que no estaba
acostumbrada. Como si hubiera provocado algún desacuerdo.
—¿Ya has averiguado algo? —preguntó.
—No mucho, pero aún no hemos pasado a métodos más… forzados.
Faythe no quería saber lo que eso supondría. Había estado deseando hablar con la fae
oscura en cuanto supo dónde se encontraba. Por mucho que la atormentara pensar en
enfrentarse a ella de nuevo, tenía muchas preguntas sin respuesta, y Zaiana era quizá la única
que las tenía. Aunque sabía que sería difícil sonsacárselas.
—Quiero verla —soltó Faythe—. A solas.
—Pronto…
—Ahora. —Se encontró con la mirada de Reylan con firmeza, odiando la tensión que
encerraba en él, pero no necesitaba permiso.
—Podría abrumarte enfrentarte a ella.
—Podría ser, pero no lo sabré hasta que lo haga. —La expresión de ella se suavizó y dio
un paso hacia él, aunque Reylan desvió la mirada mientras lo hacía, observando quién podía
estar cerca—. ¿Hay algo que no me estás contando? —le reprochó, odiando la cautela que
había mostrado desde que habían llegado.
—Las cosas están cambiando ahora. Más que nunca se vigilan nuestras acciones.
—¿Qué significa eso?
—Necesitamos saber cuál es tu posición, Faythe —dijo Kyleer con suavidad, bajando la
voz a medida que se acercaba—. Hasta que no hables con el consejo, no podemos dar a nadie
la impresión que hay algo entre ustedes dos. Solo les daría más razones para desacreditarte.
El peso de la revelación la alejó un paso de Reylan, su mirada incrédula se deslizó entre
ellos.
—¿Más razones? —respiró, sintiendo de pronto el significado tras el brillo ansioso de
Malin.
—No te preocupes por eso ahora. Es solo por precaución.
Negar lo que había entre ella y Reylan por precaución la hizo sentir mal. Se sentía mal.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—No quería estropear el poco tiempo que teníamos —dijo Reylan con culpabilidad.
Su ira se disipó rápidamente en una gota de tristeza. Por mucho que deseara volver, si
lo que le costaba era ser prudente con él ante la opinión pública, prefería estar en cualquier
otra parte.
—Te veré luego —dijo Faythe, tratando de contener su decepción. No sabía si Reylan
se arriesgaría siquiera a pasar por sus habitaciones, y pensar en noches sin él no le sentaba
bien. Se volvió hacia Kyleer—. Llévame con ella.
Capítulo 33
Tarly
—LLEVAS casi una hora SIGUIÉNDOME y no has dicho nada.
Tarly se detuvo. El chasquido de la voz de Nerida le sorprendió, aunque en realidad
había estado siguiéndola desde la distancia durante mucho tiempo.
—Tal vez iba por aquí de todos modos —replicó. Ella se había mantenido en la orilla
del lago, aunque él no tenía un mapa para adivinar hacia dónde podía dirigirse.
Un fuerte chapoteo captó su atención, pero ésta decayó rápidamente cuando Tarly
contempló a Katori luchando con un gran pez en sus fauces.
—Tienes tu compañía. Tienes tu comida. Déjame en paz —refunfuñó, dándose la vuelta
para seguir caminando.
—No puedes esperar que te deje vagando sola por la noche.
—Como dije, no necesito tu protección.
—Parece que sí —murmuró en voz baja.
Volvió a girar hacia él.
—Tu nombre —le preguntó.
Tarly parpadeó, atónito al saber que eso era lo que la mantenía hostil. Cuando no
contestó, su resoplido fue adorable.
—Esa es Katori —dijo finalmente, señalando con la mano hacia donde ella se acercaba,
con el pez ya flácido.
Ella abrió la boca y él resistió una sonrisa divertida.
—Necesitas un corte de cabello —comentó ella.
Tarly se pasó la mano por sus despeinados mechones rubios. Antes que pudiera
pronunciar palabra, ella lo estudió con la mirada.
—A tu ropa también le vendría bien un cambio. Estás solo con un lobo como compañía,
acampando en el bosque. Te estás escondiendo.
No apreció la afirmación, ni pudo soportar la pinza en las tripas que le animaba a dejar
de preocuparse por lo que pudiera ser de ella si la dejaba marchar definitivamente.
—Cuando lleguemos a un pueblo —le dijo—, no tendrás que preocuparte que te siga ni
un paso más.
Desenganchando el arco de su espalda, Tarly lo dejó en el suelo, y no se molestó en
volver a levantar la vista mientras caminaba hacia la línea de árboles, donde empezó a
recoger palos para hacer un fuego, ya que un frío empezaba a filtrarse a través de sus ropas
a medida que caía la noche. Estaba usando piedras para formar chispas sobre los mechones
de piel de Katori cuando Nerida se acercó, dejó la pequeña mochila que llevaba y tomó
asiento frente a él.
—Sé lo que es no querer que la gente sepa quién eres —dijo en voz baja.
Las manos de Tarly resbalaron, pero fue con la fuerza justa cuando las brasas se
engancharon finalmente en la pelusa. Le dirigió una mirada mientras revolvía la madera,
observando el ámbar parpadear en su rostro pensativo mientras le miraba las manos.
—¿Por lo que eres? —preguntó. Creía que se conformaba con el silencio, que había
aceptado sus sentimientos reprimidos y sus pensamientos aterradores, aunque solo fuera
para librarse de la crueldad del mundo exterior. Sin embargo, su voz le hizo querer
liberarse—. Eres de Lakelaria, ¿verdad?
No pudo evitar que se le escapara de la boca. Estaba haciendo la suposición basándose
en su habilidad y en el hipnotizante tono de su cabello. Tal vez se había negado a reconocer
que era un imán para su intriga, ya que cualquier recuerdo de la gran isla le traía a la memoria
el amor de su madre por ella.
—Supongo que podría decirse eso.
No sabía qué quería decir con eso, pero sería hipócrita por su parte presionar para
obtener más información teniendo en cuenta que estaba ocultando el más básico de los
conocimientos: su nombre. Temía que fuera la llave de una puerta que se abriría de golpe y
dejaría al descubierto todo lo que quería olvidar que una vez fue.
Nerida se acercó al fuego y levantó las manos para calentárselas.
—Me dirijo al Livre des Verres.
Tarly levantó la cabeza.
—No puedes.
Al principio no dijo nada. Él interpretó el estrechamiento de sus ojos como indignación,
pero también como un desafío.
—Quiero decir, no es seguro ir allí.
—¿Sola, quieres decir?
—En absoluto. —Igualó su tono.
Se quedaron mirando.
—¿Tienes por costumbre decir a los que acabas de conocer lo que pueden y no pueden
hacer? ¿Dónde es seguro y dónde no?
—Sabes que vengo de Olmstone.
—No sé hace cuánto.
—Semanas —espetó—. Estuve allí hace unas semanas, y supongo que no te has
enterado, pero ese reino prácticamente ha caído.
Su dura expresión se alivió, pero él no pudo soportar que su comprensión cayera en la
simpatía. Vio el beneficio de darle el conocimiento: le permitió creer que era simplemente
un ciudadano que huía de un reino asediado sin monarca.
—¿Qué pasó?
—Valgard —dijo, y eso pareció bastar. No se dio cuenta del horror que pasó por su
rostro. Los envolvió un pesado silencio, y Tarly aprovechó ese tiempo para ensartar el
pescado y ponerlo sobre el fuego, deleitándose con el aroma mientras el estómago se le
retorcía de hambre todo el día.
—Entonces con más razón tengo que ir allí.
Esta fae era increíble. La miró como si no pudiera estar hablando en serio, pero Nerida
se limitó a contemplar el enorme lago, perdida en un estanque de sus propios pensamientos
mientras se abrazaba las rodillas. Su imagen lo robó todo por un segundo. Parecía tan etérea
con el fuego y la luz de la luna pintando su cálida piel morena y haciendo centellear su cabello.
Tarly se sacudió la admiración tan rápido como le vino.
—Puedo asegurarte que no hay nada en esa biblioteca por lo que merezca la pena
arriesgar tu vida.
—Agradezco la advertencia, pero sabré estar alerta.
—Nerida… —Hizo una pausa para asimilar lo mucho que le gustaba sentir su nombre
en la lengua. Pero rechinó los dientes con el pensamiento no deseado—. Hay muchas otras
bibliotecas.
—No como ésta. Livre Des Verres es la biblioteca más vigilada de toda la historia. No
hacen copias de libros a menudo. Contiene conocimientos que no puedes conseguir en
ningún otro sitio.
Tarly sabía esto y probablemente muchos más datos interesantes sobre la biblioteca
que ella. No es que pudiera decir mucho sin arriesgarse a exponerse.
—¿Me atrevo a preguntar qué buscas que sea tan importante?
Fue en ese momento cuando se dio cuenta del terreno común que pisaban. Nerida
estaba siendo cuidadosa con lo que compartía con él, no porque fuera una extraña, sino por
un hábito que él conocía demasiado bien.
—Estoy ayudando a una amiga —dijo.
—Debe de ser alguien grande para ser tan digno que hagas un viaje tan largo a pesar
de estar al tanto de los peligros.
Ella esbozó una sonrisa, y él tuvo que bajar la mirada por miedo a lo mucho que
disfrutaba.
—Es un poco más complicado que eso. Ella es… especial.
Tarly intentó leer entre sus palabras, pero decidió que no le convenía insistir. Alargó la
mano hacia el extremo frío de la vara cuando calculó que el pescado estaba cocido. Luego se
lo tendió.
Nerida negó con la cabeza.
—Gracias —dijo rápidamente—, pero no como carne.
Tarly parpadeó ante el pez, sintiéndose culpable por la matanza que ni siquiera había
hecho.
—Eh… no, lo siento, no tengo nada más. —Tanteó como un tonto.
—Tengo algunas provisiones. Por favor, no disfrutes menos del pescado por mi culpa.
Nerida rebuscó en su mochila mientras Tarly picoteaba el pescado. Sacó un pequeño
paquete de queso y galletas y se lo tendió. Él se sorprendió de su amabilidad, sin saber qué
hacer con él.
—Todo tuyo. —Sacudió la cabeza—. Gracias.
Ella esbozó una de esas sonrisas de pura inocencia, de las que iluminan como un tesoro
su duro mundo.
—¿Hace cuánto que no comes carne? —Intentó iniciar una conversación, sintiéndose
incómodo por no estar seguro de cómo ser… interesante.
—Toda mi vida. Yo, um…
De nuevo, su pausa para deliberar si debía compartir la información o no solo podía
simpatizar con ella. Tarly guardó silencio.
Nerida echó un vistazo a su alrededor como si estuviera ampliando sus sentidos antes
de continuar.
—Yo también soy sanadora. Me gusta ayudar a la gente, y supongo que la idea de hacer
daño a otra criatura nunca ha estado en mi naturaleza.
Tarly enmudeció al ver que ella compartía esa parte de sí misma con él, un perfecto
desconocido, sin saber que tocaba un recuerdo tan profundamente arraigado. Su madre, que
albergaba una débil esencia de la misma habilidad que Nerida. En ese momento quiso
devolverle una parte de sí mismo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Tragó con
fuerza, tan abrumado por la pena y la nostalgia que su apetito lo abandonó por completo.
Tarly arrojó el pescado hacia donde yacía Katori, que no tardó en devorarlo.
—¿Dije algo malo? —La suave voz de Nerida no hizo más que aumentar su
desesperación.
—No —fue todo lo que pudo responder, incapaz de encontrarse con aquellos ojos color
avellana que estaba seguro le atravesarían con tristeza—. Solo estoy cansado. Ha sido una
noche agitada. Deberíamos descansar los dos. —Se arrastró hacia abajo, de espaldas a ella.
Lo único que tenía que hacer para descansar era acompañarla al pueblo más cercano, donde
estaría rodeada de gente y, si era lista, no volvería a vagar sola por el bosque.
La escuchó apartar la comida sin comer tampoco mucho y sus ojos se cerraron con
fuerza contra el odio que sentía hacia sí mismo. Ella no se merecía su pésima compañía, pero
él se la imponía por culpa de su maldita mente inquieta. No podía dejarla ir sola a pesar de
su impresionante defensa contra el agua.
—¿Siempre eres tan hosco?
Su pregunta era más bien una exigencia. Sorprendido al oír su voz de nuevo, Tarly se
giró para mirar por encima de su hombro. Ella estaba tumbada, pero se había apoyado en
una mano para hablarle.
—Probablemente —respondió.
Sus labios se fruncieron, y cuando ella resopló de nuevo hacia abajo y se perdió de vista
tras las llamas, Tarly dejó escapar la pequeña sonrisa que le crispaba la boca.
—Si no vas a darme un nombre, entonces he encontrado uno para ti. Sully.
Tarly no pudo contener la carcajada que se le escapó. Era un sonido extraño y una
sensación ligera que cortó rápidamente, pero que alivió la tensión que había dejado caer
durante la noche.
—Muy bien, Nerida.
Y aunque era totalmente ridículo y un tanto insultante, aceptó el hecho que se
preocupara por darle un nombre.
Capítulo 34
Faythe
Faythe se retorció las manos durante todo el camino hasta las celdas. Pasaron junto a
los guardias al final del pasillo, pero antes de cruzar la siguiente puerta Kyleer le agarró el
codo.
—¿Seguro que estás dispuesta? —preguntó en voz baja.
Su mente no paraba de dar vueltas. Quería decir que no. Quería confesar que su valentía
la había abandonado por completo con los flashbacks que le manchaban la piel de sudor al
imaginarse aquellos ojos de color amatista. La belleza absolutamente letal de ellos con los
que había luchado a través de la fuerte lluvia, Zaiana estuvo a punto de acabar con su vida.
Pero no podía acobardarse. No ahora. Había fracasado al dejar que Dakodas ascendiera y
solo podía escuchar su urgencia que había que detenerla junto con Marvellas.
—Puedo manejarlo —dijo débilmente, y Kyleer percibió su miedo.
—Está encadenada y no tiene magia ni alas. No puede hacerte daño. Es solo otra fae.
Faythe respiró aliviada ante un hecho: no tenía alas. Tal vez sin ellas su mente podría
dejar de ver a Zaiana como la criatura mortal que era.
Solo otra fae…
Concentrándose en dominar su pulso, Faythe contó sus pasos hasta que divisó la figura
sentada contra la pared del fondo. El tiempo se ralentizó cuando estuvo de pie justo fuera, y
aquellos ojos que la atormentaban despiertos bajaron perezosamente de mirar por la
pequeña ventana para clavarse directamente en ella. Entonces la boca de Zaiana se curvó
lentamente, tan familiar en su cruel diversión.
—Hola, Faythe.
Esas dos palabras bastaron para que los barrotes se retiraran, dejándolos cara a cara
en el borde de la montaña una vez más, con la sombra de las alas de altas garras
proyectándose sobre ellos. Faythe giró la cabeza hacia Kyleer. Con los ojos clavados en su
hombro, esperaba encontrarlo sangrando, pero estaba inmóvil. Lo miró a los ojos con horror,
tratando de parpadear con fuerza para mantenerse presente.
—Fue un error —dijo.
—No lo creo —cantó Zaiana.
De nuevo, aquellas palabras que había oído antes la proyectaron de vuelta al pasado,
sonando por encima de la lluvia mientras sujetaba a Zaiana bajo su espada. El tintineo de las
cadenas la hizo sobresaltarse y dirigió su atención hacia la fae oscura, que estaba de pie.
—¿Cómo esperas superar un miedo si huyes de él? —exclamó Zaiana, apoyándose
despreocupadamente en la pared del fondo—. Te aseguro que solo te perseguirá hasta el fin
de tus días.
Una fae más. Eso era todo lo que era, y al reconocer que Zaiana tenía razón, todo lo que
amenazaba con consumir a Faythe empezó a aliviarse.
—Estaré bien —le dijo a Kyleer.
Se mantuvo reticente, y Faythe observó la inclinación de cabeza de Zaiana que
acompañaba a algo parecido a un desafío dirigido a Kyleer.
—Estaré al otro lado de esta puerta —murmuró a Faythe, pero no apartó la mirada de
Zaiana.
Cuando se marchó, el gemido del acero sobre la piedra se hizo eco de una onda de
conciencia. Faythe respiró con calma.
Zaiana rompió el silencio:
—Has vuelto como un fae normal. Me preguntaba si seríamos capaces de llevar nuestra
lucha a los cielos alguna vez. Realmente decepcionante.
Faythe se puso rígida contra un escalofrío ante la posibilidad que no se le había pasado
por la cabeza.
Podría haber regresado como fae oscura.
Zaiana rio ante su reacción.
—No sabes lo que te pierdes.
Faythe no podía estar segura de lo que esperaba de la fae oscura sin el combustible de
la batalla, la bomba de rabia y la concentración en la tarea de capturarla. La Zaiana que tenía
ante sí encarnaba ahora a alguien totalmente distinto, y Faythe no podía decidir si la crueldad
despiadada que habitaba en su interior era aún más aterradora ahora que estaba envuelta
en un exterior tan normal.
—Sabías que estaba viva todo el tiempo. —Faythe habló por fin.
—¿Importa?
—Le dijiste a Maverick dónde estaba.
La sonrisa de Zaiana cayó al instante. Faythe plantó los pies contra el repentino barrido
de oscuridad que ensombrecía la superficie de sus llamativos iris púrpura.
—¿Quieres decir que te encontró?
Los ojos de Faythe se entrecerraron, tratando de evaluar si la reacción era genuina.
—Intentó matarme —confirmó—. Me pregunto cómo estará sobrellevando el impacto
de un segundo fracaso.
Zaiana se apartó de la pared, provocando una sacudida en el pecho de Faythe.
—¿Cómo escapaste de él? —preguntó con una calma fría y mortecina.
Decidida a poner a prueba el temperamento de Zaiana, Faythe se encogió de hombros
con indiferencia.
—Se está convirtiendo en una especie de talento mío.
La mandíbula de Zaiana se trabó cuando se acercó un paso, y aunque el calor de su piel
delataba sus nervios, Faythe se mantuvo firme ante el avance.
—¿Estaba Reylan allí?
—¿Y si lo estuviera?
La paciencia menguante de Zaiana se hizo palpable. Faythe recordó las cadenas, los
barrotes, el acero de Niltain. Repitió que estaba a salvo en este lado.
—Quieres saber si sigue vivo. —Expresó la pregunta que sabía que Zaiana nunca haría
en voz alta.
—He querido matar a ese bastardo más tiempo del que tú has vivido, Faythe. No me
atosigues con nociones lastimeras como si me importara.
Faythe solo le dirigió una mirada, pero Zaiana dio otro paso adelante en señal de
advertencia, tan cerca ahora que podría alcanzarla y tocarla si no fuera por la jaula.
—¿Solo viniste a descansar tus terrores? ¿Para ver a tu monstruo enjaulado y
convencerte que por fin podrás dormir bien por las noches?
—No me mataste cuando tuviste la oportunidad.
—Un error fatal por mi parte. Uno que no volveré a cometer.
Faythe negó con la cabeza.
—Crees que ganaste la batalla, pero solo empezaste la guerra. —Levantó una mano,
concentrándose para conjurar un calor familiar antes que chispeara como una llama azul
superficial sobre las yemas de sus dedos.
Zaiana se enderezó, con los ojos muy abiertos al concentrarse también en él.
—¿Cómo?
—En realidad tengo que agradecérselo a Maverick. Por obligarme a sentir lo que era
sostener el fuego, domarlo… jugar con él.
—¿Lo mataste por eso?
Aunque intentó ocultarlo, Faythe sintió los ecos de la inquietud de Zaiana mientras
esperaba la respuesta. Podía atormentar a la fae oscura si no respondía o deleitarse viendo
cómo se destruía la máscara si mentía. Sin embargo, al contemplar su rostro atónito, lo único
en lo que Faythe podía pensar era en cómo se habría sentido Reylan en aquellos momentos
en que creyó que ella había desaparecido.
—No —dijo ella, apagando la llama con el puño cerrado.
El alivio que apareció en el rostro de Zaiana fue tan tenue que podría no haberlo notado.
—¿Qué eres? —preguntó ella, y Faythe pensó que era más bien para desviar la atención
de su casi afecto por Maverick.
No dio ninguna respuesta. En su lugar, dijo:
—Llegará el momento de elegir bando. Formarás parte de lo que soy o sentirás la fuerza
de lo que llegaré a ser.
Mientras se miraban a los ojos, Faythe optó por creer que invocaría la consideración de
la fae oscura. Aunque nunca admitiría que su verdadera razón para venir aquí era que tenía
que ver por sí misma si quien le había perdonado la vida era genuina o si simplemente había
sacrificado una ganancia para esperar otra. La elevación de su barbilla fue todo lo que Faythe
necesitó para alejarse.
—Tu nombre —dijo, casi en la puerta cuando aclaró—. Tu nombre fue todo lo que se
necesitó para detener su ataque. Así fue como escapé.
Capítulo 35
Zaiana
Zaiana pensó en la rápida visita de Faythe días atrás. Analizó cada palabra y cada
expresión de aquel rostro que le resultaba tan familiar y que, sin embargo, encarnaba algo
horripilante, y sus pensamientos repasaron la visita una y otra vez. Cuando su silencio se vio
interrumpido, fue por más de un par de botas. Zaiana no se inmutó ante las figuras que
irrumpían por el pasadizo. Permaneció sentada, aburrida, con las rodillas dobladas y los
brazos extendidos sobre ellas, respondiendo impasible a sus miradas hirvientes.
Cuatro hombres que nunca había visto antes se detuvieron bruscamente. Dudaron,
mirándola fijamente como si la fuerza de su ira pudiera infligir dolor por sí sola. Cuando
ninguno de ellos se movió, Zaiana sonrió dulcemente.
Eso pareció romper la cuerda del que estaba más cerca de la puerta. El ruido de las
llaves resonó en el espacio antes que la puerta de la celda se abriera.
—¿Me van a hacer un tour? —dijo Zaiana.
—Cállate —gruñó uno.
No le dio la satisfacción cuando la agarró por el brazo y la levantó con fuerza bruta. Al
menos eso creía él. Fue algo suave para ella.
—Eres valiente —se burló sombríamente. Otro la agarró por el otro lado, tirando de
ella con tal fuerza innecesaria que empezaba a sacudir su compostura—. Todos ustedes.
Uno se burló
—Eres impotente. Nada más que una mutación sin valor.
Zaiana era muchas cosas. Oscura, malvada, cruel. Muchas cosas imperdonables y
atroces.
Pero nunca impotente.
Incluso atada al acero de Niltain, confiaba en poder acabar con todos. No lo haría, por
supuesto. Zaiana tenía un juego más importante que jugar y no permitiría que su arrogancia
fuera su fin.
—¿A tu comandante no le gusta ensuciarse las manos?
Uno de los fae que no la sujetaba se desvió hacia ella. Zaiana oyó el segundo en que se
desvió, captó su movimiento fuera de la línea y se preparó con los dientes apretados mucho
antes del duro golpe que recibió en la cara. El escozor palpitó en su mandíbula. Se tomó dos
segundos para respirar y se sopló con fuerza el cabello suelto para contener su instinto de
arrancarle la cabeza solo con las cadenas.
No dijo nada. Cuando sus ojos se abrieron y su cabeza se enderezó, Zaiana vertió
muerte en su mirada. Sin pestañear, lo sostuvo, marcándolo con ella. Y se dio cuenta que el
mensaje había sido recibido por la forma en que él se tambaleó, con un movimiento tan
pequeño que tal vez los demás no se percataran de su bravuconada. Luego se volvió hacia
cada uno de ellos, recordando sus rostros, y se aseguró que también ellos supieran que sus
vidas habían pasado a mejor vida.
Zaiana escupió la sangre que se acumulaba en su boca, de un plateado brillante contra
el gris apagado del suelo.
La expresión del fae se torció de asco.
—Voy a disfrutar derramando más de tu asquerosa sangre —se burló.
—No más de lo que voy a disfrutar derramando la tuya.
Eso le valió un buen puñetazo en el abdomen. Se tensó a tiempo también para eso,
sabiendo cuántas respiraciones serían necesarias para que el dolor aplastante disminuyera
lo suficiente como para que ella se enderezara como si sus entrañas no se sintieran rotas. No
lo estaban. Zaiana había sufrido heridas mucho peores y no temía lo que pudieran hacerle.
Toda su existencia la había entrenado para este momento. Captura, tortura. Ella no les daría
nada.
La condujeron por una serie de pasadizos subterráneos. Ella trazó un mapa de cada
uno. Esos idiotas ni siquiera intentaron asegurarse que ella no supiera su ruta exacta en caso
de escapar. Se preguntaba sobre el juicio de Kyleer si estos eran los mejores guardias que
podía enviar para comenzar los interrogatorios. De hecho, lo que había visto hasta ahora no
se parecía en nada a las historias que había leído sobre el poderoso reino.
La sala a la que llegaron estaba vacía, sin ventanas. Dos guardias colocaron sus
antorchas en los soportes, y Zaiana divisó los dos anillos metálicos con largas cadenas que
colgaban paralelos en cada pared. Sabía lo que se avecinaba. Concentrando su mente, empezó
a hacer un túnel para alejarse de quién era y dónde estaba.
Una mano dura le sujetó el hombro y la obligó a ponerse de rodillas, que crujieron
contra el suelo implacable. Le soltaron una muñeca solo para introducirla apresuradamente
en una nueva atadura, y luego la otra, hasta que quedó tendida de rodillas, con las cadenas lo
bastante largas para que sus brazos se estiraran.
Zaiana conocía demasiado bien esta posición. Había pasado mucho tiempo, pero puso
todo su empeño en no volver a proyectarse allí. Aquellos lúgubres muros le devolvían a la
negra piedra deformada bajo la montaña.
—Así está mejor —se burló un fae.
La rodearon, deleitándose con su lamentable estado, disfrutando cada segundo que
tenían con su oscura especie hermana a su merced. La acosaban, esperando que cediera a un
ápice de rabia, pero Zaiana permanecía en silencio, cavando y cavando túneles hasta alcanzar
el pozo de desapego que adormecería el mundo lo suficiente como para poder soportar lo
que vendría a continuación.
Pero no olvidar.
Siempre lo recordaría.
Zaiana deseaba cualquier otra cosa en lugar del largo látigo de cuero que recorría el
suelo de un tirón. Este método de castigo era el demonio más recurrente de su pasado:
desnudada, apoyada contra el largo banco de piedra de los amos mientras cada uno se
saciaba.
La serpiente de cuero se acercó. Zaiana no pudo renunciar a su compostura de acero
antes que pasaran siquiera una ronda de tortura. Cerró los ojos. Cada músculo de su cuerpo
se bloqueó al sentir la presencia acercarse tras ella.
—Eres un monstruito impresionante —arrulló uno de los guardias. Su aliento
asquerosamente caliente contra su oreja lo señaló como el primero de su lista en morir.
Imaginarse cómo acabaría con cada uno de ellos era todo lo que podía hacer para no
romperse.
—Dejaremos esa cara bonita tuya para el final si podemos.
Todo su cuerpo emitió un rígido temblor cuando el sonido de la ropa al rasgarse resonó
en la habitación, proyectándola de vuelta a la cámara privada de los amos con un destello tan
cruel como el látigo.
Respira. Control. Respira.
Un latigazo le desgarró el jersey, pero como esperaba de cualquier bestia que
propiciara este castigo, uno no era suficiente. El segundo desgarro afectó a la ropa interior
que llevaba, aunque las largas mangas negras impedían que la parte delantera quedara
totalmente al descubierto.
Por ahora.
Se echó a reír. Las lágrimas le punzaron los ojos cerrados y lo despreció. El odio ardía
agonizante en su garganta.
No estaba bajo la montaña.
Estos no eran los maestros.
A estas bestias las mataría en cuanto tuviera la oportunidad.
—Parece que muchos se han divertido contigo antes que nosotros —se burlaron.
Sus manos se retorcían alrededor de las cadenas, apretándolas con fuerza. Su furia no
tenía salida. Esperaba que el cabello suelto de la trenza le protegiera los ojos cerrados
mientras escuchaba sus palabras degradantes, porque no oía más que el cuero rechinando
sobre la piedra, el guardia rodeándola y preparándose para atacar.
Uno se acercó para susurrar:
—Cuenta para nosotros, oscura.
Zaiana conoció la suspensión segundos antes del chasquido del látigo. Al primer golpe,
su cuerpo se tambaleó contra la quemadura, con las muñecas tensas por el acero que las
sujetaba.
¿Por qué no cuentas para nosotros, Zaiana?
Fue la voz del maestro Koy la que sustituyó al guardia de Rhyenelle. Le gustaba mirar,
no infligir.
—Esto puede acabar en veinte latigazos —se burló otro desde el otro lado de la
habitación.
Solo empieza cuando empiezas a contar, diría Zephra.
—De lo contrario, cada uno antes de ese momento es más divertido —cantaba un
guardia.
Zaiana guardó silencio. No la rompería.
El látigo chasqueó de nuevo, marcando su carne.
—O esto puede terminar de otra manera.
No se rompería.
Cuero contra piedra, un silbido a través del aire.
Golpe.
—Muéstranos tus poderosas alas, oscura.
No se rompería.
—Creo que serían unos trofeos estupendos para nuestros salones.
En su interior, estaba contando, solo para saber cuántos cortes infligir a cada uno de
ellos cuando tuviera su venganza. Si había algo que ella tomaría de los maestros, era que los
fae y los humanos… nunca cederían ante los de su clase. Nunca verían nada más allá de los
monstruos que eran, y sin embargo, todo era para ayudar a recuperar lo que les habían
robado. Libertad, poder. Creyeron que librarían al mundo de los fae oscuros, y Zaiana se
deleitó sabiendo que obtendría su victoria.
Mientras ellos se divertían, ella separaba la mente del cuerpo. Su entrenamiento había
sido despiadado e implacable, pero la había convertido en una maestra de la resistencia.
Pronto no sentiría nada, no oiría nada y, una vez satisfecha su enfermiza alegría, no
recordaría el dolor, solo su ira.
Las palmas de las manos de Zaiana se cerraron con fuerza para el siguiente golpe. Sus
dientes chocaron, sus omóplatos se cerraron…
El látigo cayó, pero su carne no resistió el impacto. Sus ojos se abrieron de golpe,
posándose en un par de botas que le resultaron familiares. Desvió su cansada mirada hacia
ellas, y la visión de Kyleer cubrió la habitación de hielo. No solo su presencia, sino la furia
lívida y aterradora que no solo atravesaba sus facciones, sino que emanaba por toda la
habitación como una energía. Sorprendente, confusa, al interceptar la caída del látigo que
envolvía su brazo revestido de cuero antes que pudiera golpear a Zaiana. Y esa rabia…
Estaba dirigida a sus propios soldados.
Su voz era un frío barrido de sombra cuando dijo:
—¿Qué creen que están haciendo?
—Planeamos obtener información sobre…
Kyleer le quitó el látigo al fae y éste cayó al suelo, donde lo arrojó. Zaiana echó un
vistazo y vio que los demás miraban boquiabiertos a Kyleer.
—¿Por orden de quién?
El silencio era mortal.
Se movió a la velocidad del rayo, clavando al fae que le había infligido los latigazos
contra la pared con tal impacto que hizo estremecerse a Zaiana.
—¿Por la maldita orden de quién?
Zaiana agachó la cabeza. El látigo no era lo que la agotaba, aunque la espalda le escocía
y palpitaba; era el desgaste mental que le suponía endurecer su mente contra todo lo que
amenazaba con reducirla a una víctima asustada y suplicante.
—La nuestra. —El tono del guardia se redujo a un temblor.
—¿Cuántos latigazos?
Su pausa le valió otro fuerte golpe contra la pared.
—Doce —respondió Zaiana por ellos. Su cuerpo se estremeció, aunque no levantó la
vista.
—Salgan. Ahora —le ordenó Kyleer, con un tono tan oscuro que sus huesos temblaron.
Los cuatro fae se apartaron, dejándola a ella y a Kyleer en un silencio que no supo
comprender, ni le importó. Lo que no esperaba era que él se arrodillara ante ella y le agarrara
la barbilla con más suavidad de la prevista. Su mirada de rabia y odio era lo único
extrañamente normal.
—No finjas que no estás disfrutando con esto —se le escapó.
Un músculo se tensó en su mandíbula mientras la miraba a los ojos. Luego la soltó
bruscamente para ponerse de pie. Kyleer se movió a su alrededor, y ella volvió a ponerse
completamente rígida, sabiendo cuál era la causa de su quietud. Estaba mirando el mapa de
cicatrices de su espalda expuesta, y ella no podía soportarlo. Se preguntó por qué le producía
vergüenza y pudor que el comandante las viera. Una enfermedad creciente y retorcida.
Zaiana apenas se percató de sus movimientos hasta que sus muñecas volvieron a estar
sujetas con sus antiguas cadenas, atadas frente a ella.
—Qué patético modo de tortura —dijo, con las palabras cargadas de cansancio—. Ni
siquiera preguntaron por mi pecho inmóvil, y sin embargo fue lo primero en lo que te
interesaste.
Algo pesado cayó sobre sus hombros. La envolvió en su olor, y ella debería haber tenido
la mente para encogerse de hombros directamente. Pero no pudo. Zaiana respiró con calma.
Tener la espalda cubierta era un alivio, pero aquel aroma… Un secreto que se llevaría a la
tumba era que encontraba consuelo en él. Sentía como si no tuviera que luchar tanto para
protegerse cuando estaba cerca.
Los pensamientos eran insoportables, traicioneros. Los vació de su mente.
—Hay que elegir mejores guardias si se quiere tener alguna esperanza de extraer
información —dijo.
—No buscaban información. —Kyleer la ayudó a levantarse. Ella no vio ninguna razón
para gastar más energía luchando contra él—. Tienen miedo y te utilizaron para demostrarse
a sí mismos que no tienen nada que temer.
Se le retorcieron las tripas.
—Supongo que consiguieron lo que querían.
—No —gruñó—. Les diste lo contrario.
Sus ojos se abrieron de par en par, incapaz de reaccionar como lo haría normalmente
cuando Kyleer se inclinó y le sacó los pies de debajo de ella.
—Puedo andar —espetó.
—Lo sé.
Salió de la habitación, llevándola envuelta en su capa carmesí, y aunque en su cansancio
lo aceptó, todo lo demás que gritaba a Zaiana desde su interior no lo hizo.
—Bájame —advirtió. Estaba tan mal. No estaba bien. Nadie la había abrazado así antes,
y ella no quería prestar atención a los pensamientos que se aferraban a la ternura de su
agarre. Kyleer no hablaba, ni siquiera la miraba, así que lo único que ella podía hacer era
estudiar su rostro duro. Estaba luchando silenciosamente consigo mismo, y ella conocía esa
expresión; ella misma la había llevado muchas veces.
—¿Te estoy haciendo daño? —Rompió el silencio, pero su pregunta era reacia. El brazo
de Kyleer ya estaba lo suficientemente alto como para no rozar el material contra su piel en
carne viva.
—No.
Más silencio.
—Mañana, los sirvientes te prepararán ese baño…
—No.
El escalofrío que le recorrió la espina dorsal no fue bienvenido bajo su mirada cada vez
más oscura. El desafío y la pasión de sus ojos se apoderaron de ella. Dejó de caminar y ella
pensó que estaba a punto de dejarla caer. No habría forma de agarrarse. Sin embargo, él se
limitó a mirarla fijamente, como si quisiera ir a la guerra contra ella… o con ella. No estaba
segura.
—Tu terquedad es notable —refunfuñó, insistiendo.
—¿Por qué les detuviste? —la pregunta salió de su boca, y una patética anticipación se
enroscó en su estómago mientras esperaba su respuesta.
—Actuaban contra una orden directa.
—¿Qué orden?
Llegaron a su celda, donde él la acostó. Su delicadeza con ella la estaba volviendo loca.
No podía soportarlo.
—Nadie te toca.
Zaiana respiró a través del pico de intensidad que se disparaba a través de aquellos iris
verdes mientras él se agachaba ante ella.
—Excepto tú.
Se levantó y cerró la puerta de su celda al salir.
—Excepto yo.
Esas dos palabras encendieron algo en su pecho muerto, solo porque iban
acompañadas de una mirada que la capturó por un segundo. Una mirada que devoraba.
—Kyleer —lo llamó para detenerlo mientras se alejaba—. Olvidaste algo. —Apretó los
dientes, haciendo ademán de quitarse la capa.
—Quédatelo —fue todo lo que dijo, sin darle la oportunidad de objetar antes de
desaparecer por completo.
Capítulo 36
Tarly
Tarly se despertó sobresaltado. Se levantó, mirando a los lados, y entonces recordó a
quién esperaba encontrar.
Nerida se había ido.
Se puso en pie y tomó su arco, escudriñando la orilla del lago en busca de Katori, pero
sin encontrar a la bestia. El chasquido de una rama le hizo girar, con el arco preparado y la
flecha apuntando.
Una belleza familiar que volvió a aturdirlo con un grito ahogado al ver su flecha. Tarly
dejó de apuntar inmediatamente, y sus ojos se dirigieron a Katori, que caminaba a su lado,
con la cabeza gacha, como si se dispusiera a atacar, pero relajándose con él.
—No quería asustarte —dijo ella con cuidado, acercándose con cautela.
Tarly se pasó una mano por el cabello.
—Lo siento. —No le pareció suficiente para el blanco que había hecho de ella, y no pudo
borrar el destello de terror que podría haberle provocado. Ella no le conocía. No debía confiar
en él. Nadie solía hacerlo, y Tarly había aceptado que su tiempo juntos sería corto de todos
modos—. Deberíamos irnos —refunfuñó, ajustándose el arco a la espalda.
—Recogí algunas bayas para el desayuno —dijo, tendiendo un paño manchado de rosas
y morados—. Katori y yo comimos muchas mientras dormías. Estas en particular te
ayudarán con la energía, y estas…
Tarly la observó mientras hablaba de las otras frutas que tenía junto con algunos frutos
secos. Mientras asimilaba sus conocimientos, lo que le fascinaba era la pasión con la que
hablaba: su verdadera naturaleza de curandera salía a relucir.
Cuando su mirada color avellana se dirigió hacia él, se detuvo bruscamente, y para que
no pareciera que se había quedado embobado, bajó los ojos hacia la ofrenda y la tomó con
un rápido agradecimiento.
Caminaron durante algún tiempo en silencio. A Tarly le gustaban las bayas y quería
contárselo, pero la chispa de la conversación se apagaba cada vez que la miraba a la cara. Ella
parecía estar absorta en las vistas del gran lago tranquilo, y él decidió que su voz no era más
que una distracción no deseada.
—Deberíamos llegar a un pequeño pueblo al anochecer. El camino que planeo tomar
hacia Olmstone para entonces es bastante abierto, sin bosques profundos —dijo al fin.
Eso era todo lo que necesitaba saber. Podía cuidar de sí misma. Entonces, ¿por qué no
se le deshacía el nudo en el estómago? Tarly solo asintió brevemente cuando ella se volvió
hacia él.
—Huraño y sombrío. Tu soledad tiene más sentido.
—Me imaginé que estabas disfrutando del silencio —dijo.
—Si alguna vez se da el caso, te diré que te calles.
El ceño de Tarly se alzó, cediendo a la curva de su boca. No dudó que ella diría lo que
pensaba.
—¿Cómo llegaste a tierra firme? —intentó.
Nerida se apartó ante la pregunta, y él se maldijo, sabiendo que era mejor guardarse
para sí mismo en su estado de ánimo decaído.
—Llegué aquí hace unos tres siglos. Era bastante joven.
Cada pedazo de ella que conseguía, lo almacenaba. Eran pequeñas piezas de un gran
rompecabezas que no sabía cuánto tiempo le llevaría completar, pero sabía que valdría la
pena esperar toda una vida.
Reflexionó sobre lo que ella le dijo, sin querer presionarla, por lo que se sintió obligado
a devolverle algo.
—Perdí a mis padres durante las Grandes Batallas —dijo con calma, y era la verdad.
Tarly no se detuvo en el hecho que no estaba seguro de qué había sido de su padre una vez
que huyó. Era un hijo lamentable, pero llevaba mucho tiempo llorando a Varlas como padre.
—Mucho se perdió entonces. Lo lamento.
—No fue culpa tuya.
—No, pero cada vida perdida antes de tiempo es una tragedia. Lamento que nuestro
mundo haya llegado a esto. Luchando unos contra otros.
—La guerra es simplemente una representación a mayor escala, una visual
esclarecedora, de una oscuridad que siempre ha estado presente.
La quietud de Nerida le crispaba los nervios. Quiso retirar sus palabras como una
inhalación, pero sabía que se las llevaba el viento.
—Eres bastante considerado, sabes.
No era la respuesta que esperaba. Sus puños se flexionaron contra el calor que le
salpicaba.
—Solo estoy conversando.
—No quería sonar condescendiente.
—No lo hiciste. Olvídalo.
—Huraño —murmuró—. ¡Oh!
Tarly se sobresaltó al oír su repentino grito. Al observarla, no vio nada raro, salvo un
brillo confuso. Siguió su línea de visión y divisó una pequeña cabaña sobre una colina
cubierta de hierba con vistas al lago.
—¿Qué te interesa de una vieja choza? —refunfuñó, molesto por el susto innecesario.
—Conozco a la fae que habita allí; debería hacerle una visita. A ella también le gusta la
soledad. Ustedes dos podrían ser grandes conocidos.
Tarly se mordió la réplica.
—Entonces estoy seguro que apreciaría no ser molestada.
—Ella no odia toda compañía. Simplemente descubrió que aquí no tiene que fingir ser
alguien que no es.
—Dijiste que el pueblo estaba cerca. —Intentó desviar el tema.
—También dije que no tienes que seguirme.
En lugar de dirigirse a través de la arboleda, como él esperaba, Nerida tomó el camino
contrario. Él gimió internamente, viéndola comenzar la cuesta que se empinaba
gradualmente hasta llegar a la pequeña casa por cuya chimenea salía humo.
Tarly temía al tiempo. El tiempo con ella. Cada minuto aumentaba su reticencia a ver
cómo Nerida, con toda su fascinación de cabellos plateados, se alejaba de él para siempre.
Todas las cosas que valía la pena conservar tenían la costumbre de escapársele de las manos,
no sin antes sufrir el daño de su anhelo esperanzado.
Sus pasos avanzaban hacia ella mientras empezaba a oscurecer. Los ojos de Tarly se
desviaron hacia el cielo encapotado que prometía una tormenta furiosa, y tal vez fuera una
bendición que rompiera justo cuando llegaran a la pintoresca casa en la que podrían
permanecer secos.
Unas horas. Podía ahorrarse unas horas más de mantener a Nerida a distancia, solo
para acompañarla a la ciudad cuando pasara la lluvia.
En la cresta de la colina, Nerida no se detuvo ni un segundo, marchando directamente
hacia la cabaña. Tarly oyó el débil golpe, y ella esperó. Habían pasado más segundos de los
esperados cuando se puso a su lado.
—Erilla, soy yo, Nerida —intentó llamar a través de la madera. Solo obtuvo silencio
como respuesta, así que volvió a llamar, más fuerte—. Debe estar en casa, el fuego está
ardiendo.
Tarly se encargó de rodear la ventana, limpiándola con la manga para quitar las capas
de suciedad y poder mirar dentro. El fuego ardía, pero también era el único ser vivo que
contemplaba. Sus ojos recorrieron el espacio, y lo que vio al borde de la puerta le aceleró el
pulso.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nerida, leyendo su cara cuando volvió al frente.
No estaba pensando mientras la agarraba por los hombros.
—Tal vez quieras quedarte aquí.
Su ceño se frunció en señal de confusión, pero rápidamente se levantó y se llevó la mano
a la boca. Los labios de Tarly se cerraron ante la conmoción y el pánico de su delicado rostro.
La soltó y respiró hondo antes de prepararse y mirar hacia la puerta. Entonces su hombro
chocó contra ella.
Tarly se dio cuenta de su error en cuanto sintió el impacto. Debería haberlo recibido
con facilidad, pero en lugar de eso la negrura cruzó su visión y le hizo caer sobre una rodilla.
El dolor le recorrió el pecho y le bajó por el brazo, aturdiéndole todavía, no con fuego, sino
con un dolor que latía y se congelaba. Comenzó a sentirse como agujas interminables
atravesándole la piel.
Debería haber recordado la herida de la mordedura, que a menudo se entumecía con el
ungüento que se le estaba agotando peligrosamente. Incluso se le había pasado por la cabeza
que la ciudad en la que se separaría de Nerida podría ofrecerle un lugar donde comprar más.
Sin embargo, al ser su brazo derecho dominante, lo había usado por costumbre.
—¿Sully? —La voz de Nerida entró en claridad repitiendo el ridículo nombre—. ¿Estás
bien?
—Estoy bien —carraspeó, sabiendo que más tarde ella le creería tan débil como para
ponerse de rodillas ante una puerta—. Deberías esperar fuera…
Su grito ahogado lo interrumpió. Tarly apretó los ojos, sabiendo que ella habría
descubierto exactamente lo que él creía haber visto.
Levantándose, se atrevió a mirarla primero. Su mirada de horror mientras se tapaba la
boca con las dos manos le impactó con más fuerza de lo que esperaba. Dio un paso hacia ella,
pero Nerida se abalanzó sobre él, y él giró justo a tiempo para verla caer de rodillas junto a
la fae caída. Su urgencia por seguirla aumentó al ver algo crucial: ella aún respiraba. Pero la
madera bajo ella estaba manchada de oscuro. El olor a cobre le picó en las fosas nasales.
Demasiada sangre.
Nerida no perdió ni un segundo, volcando su mochila para desparramar su contenido,
en el que rebuscó rápidamente. Tarly entró en acción, leyendo sus movimientos y recogiendo
lo que pudo en su periferia mientras las cosas se alejaban. Le temblaban las manos y su
olfateo atrajo los ojos de Tarly hacia los suyos mientras ella intentaba apartar las lágrimas.
No estaba pensando cuando le tomó las muñecas.
—¿Qué necesitas? —dijo con calma.
Eso la obligó a mirar a los ojos de él.
—Tiene un tono verde. Mistleweed. Adormecerá su dolor. —La firmeza volvió a su voz.
Tarly asintió, y ella volvió a examinar a la fae mientras él recogía y examinaba las
botellitas.
—Tenemos que conseguirte algún tipo de bolsa para organizar esto —dijo, más como
distracción de su pánico, pero no ralentizó su búsqueda.
—Eso estaría… bien —respondió ella, y fue un alivio oír su voz tranquila.
El nombre se iluminó como un faro cuando lo encontró. Tarly descorchó mientras
giraba hacia ella, pero se detuvo totalmente fascinado al contemplar el resplandor púrpura
que emitían las palmas de sus manos. Cubría la horripilante visión de la profunda herida en
el abdomen de la fae desplomada. No podía comprender el dolor de Nerida por su amiga.
Tarly no necesitó que ella se lo pidiera; se inclinó, sujetó la frente de la fae y vertió
lentamente el líquido en su boca. Las manos de Nerida empezaron a temblar, y él pensó que
era el regreso de su ansiedad, tal vez incluso solo adrenalina, pero entonces contempló el
brillo de su frente.
—Intentas curarla demasiado rápido. Estás usando demasiado —dijo.
—Se está desangrando rápidamente; si no lo detengo, morirá en minutos.
—Si no paras podrías morir.
—He hecho esto muchas veces, Sully.
—O es muy posible que me muera si tengo que volver a oír ese nombre —refunfuñó.
Soltó una carcajada, una fugaz certeza que estaba plenamente presente y no era víctima
de la magia que empujaba.
Tarly siguió observando el resplandor de su magia, embelesado. Cuanto más la miraba,
más sentía una atracción hacia ella, una compulsión por alcanzarla y saber cómo se sentiría.
Formaba susurros y, aunque no podía descifrar las palabras, una calidez emanaba a través
de él en pequeñas caricias, notas de lavanda y miel que le rozaban la lengua. No se dio cuenta
que había extendido la mano. Las vibraciones subieron por su brazo al posarlo sobre el de
ella.
—¿Qué estás haciendo?
Su voz lo sacó de su trance y se echó hacia atrás de golpe, poniéndose en pie con la
necesidad de buscar distancia de la atracción de su energía.
—¿Cuánto falta? —desvió el tema.
Dejó escapar un largo suspiro mientras retiraba una mano para secarse la frente.
—La hemorragia ha disminuido, pero parece que algo importante se ha roto. Creo que
le ha perforado el pulmón. No puedo soltarlo hasta que esté sellado y elimine la hemorragia
interna.
Sonaba a trabajo complicado, pero lo descartó simplemente para frenar la gravedad de
lo que le exigiría. El cansancio ya barría su rostro. Tarly estaba a punto de expresar su
preocupación, pero en su distracción no detectó que ya no estaban solos.
El arco ya estaba descolgado, con la flecha clavada y lanzada en un suspiro. El arquero
de la puerta principal se atragantó al caer de rodillas, pero el horror de Tarly se calmó cuando
se dio cuenta que el arco del asaltante también estaba vacío.
No había explicación para el destello de pavor que lo hundió lejos de la realidad en el
segundo que tardó en volverse hacia Nerida. Ya no se cernía sobre el cuerpo de la fae, pues
había retrocedido, pero las manos le detuvieron la caída. La flecha del asaltante sobresalía
del cuello de la fae a la que había intentado salvar, pero Tarly no pudo dar paso a nada más
que al alivio que no fuera Nerida en su lugar.
—Levántate —ladró, recuperando otra flecha, cuando una pisada hizo crujir el
entarimado tras ellos. Nerida permaneció inmóvil en su horror, y él maldijo, girando para
lanzar su segunda flecha sin vacilar… pero esta vez no era un hombre solo. Derribó a uno,
solo para escapar por poco del golpe mortal de la espada del otro, que le atravesó el brazo
como si fuera fuego. Tarly siseó, agarró la muñeca del hombre y se la partió con un chasquido
nauseabundo amortiguado por su grito. La espada cayó al suelo, pero en lugar de matar al
hombre como su rabia deseaba, Tarly le agarró la cabeza, golpeándola contra la pared y
dejándolo inconsciente.
—Nerida —jadeó Tarly. Al girarse, se dio cuenta que se había puesto en pie, pero tenía
los ojos muy abiertos fijos en su amiga—. Lo siento —carraspeó, agarrándose el brazo herido
mientras caminaba hacia ella. Sus botas rompieron pequeñas botellas, lo único que llamó su
atención—. Pero tenemos que irnos.
Nerida no habló, y él se enfrió con su desapego al caer de rodillas como si intentara
salvar los tónicos que le quedaban. Tarly agarró sus brazos contra ella.
—Tenemos que irnos —repitió tan suavemente como pudo cuando en su urgencia
quiso arrastrarla fuera de allí, inseguro de cuántos bandidos más podría haber cerca.
Asintió con la cabeza, pero de forma superficial y vacía. Nerida estaba a punto de volver
a mirar a su amiga, pero Tarly le agarró la barbilla.
—Aliviaste su dolor. Ya no sufre más.
Ella arrugó los ojos, pero antes que su pecho se hendiera ante aquella mirada, su brazo
la rodeó y la obligó a salir de la cabaña. Estaba a punto de subirle la capucha de la capa para
protegerse de la lluvia cuando sus manos rozaron las de él.
—Estoy bien —dijo ella en voz baja, pero con suficiente emoción como para que él
creyera que volvía en sí mientras se colocaba la capucha en su sitio. La ligera caída prometía
un aguacero inminente.
—Estás herido —dijo.
—No es nada.
—Déjame ver…
—Tan fácil como atraer una polilla a una llama.
Ambos levantaron la cabeza. Tarly se movió inconscientemente para protegerla por
detrás, observando a la multitud de hombres, más de una docena esta vez, liderados por el
mismo líder alto que había tendido una emboscada a Nerida en el bosque. Se acercó
arrogante con el brillo de un depredador.
—No me gustó que mataras a dos de mis hombres allí -cuatro ahora-, pero estoy
dispuesto a dejar lo pasado en el pasado por un precio razonable. —Aquellos ojos malvados
le miraron por encima del hombro.
—Si la quieres —dijo Tarly con calma, dándose cuenta de las probabilidades, pero su
mente estaba calculando qué armas tenía, analizando las más débiles en orden y
preparándose para el momento adecuado para atacar—, te reto a que intentes llevártela.
—Supongo que no tienes otros talentos —continuó el líder, desechando la amenaza de
Tarly—. Aunque siempre están buscando nuevos cuerpos para minar los campos. Tú
también podrías alcanzar un precio decente. Pero ella… ella es exactamente lo que están
buscando para acceder a la Cueva de Hyla.
Tarly no dejó que el conocimiento le desconcentrara, pero almacenó cada dato que
brotaba de la boca tonta y arrogante del hombre.
—¿Qué hay en la cueva de Hyla? —Nerida dio un paso a su alrededor, bajándose la
capucha a pesar de la lluvia que azotaba con más fuerza ahora.
Tarly se echó el cabello hacia atrás, observándola a ella, observándolos a ellos, con un
enfoque láser. No podía creer que su lado inquisitivo estuviera saliendo ahora.
—¿No conoces las historias? Seguro que, como Portadora de Agua, los tuyos lo saben
todo sobre los tesoros del otro lado de este lago.
—Es un mito tan antiguo y ficticio como los merfolk.
—Parece que alguien no piensa lo mismo.
Tarly desenvainó dos dagas cuando el hombre dio unos pasos hacia ella.
—Alguien que ha transmitido de generación en generación las instrucciones para
localizarlo.
—Entonces sabrán que los tritones no eran humanos ni misericordiosos. Que eran
criaturas de pesadilla que atraían a sus víctimas a sus aguas con un hechizo, solo para
ahogarlas, consumir su carne y robar sus riquezas.
—Y así sabrás que una de esas mismas riquezas está predicha como la Canción de
Seanna.
Nerida soltó una carcajada, pero a él le pareció que estaba cargada de recelo.
—Solo un tonto arriesgaría su vida con la esperanza de encontrar algo así.
De todos los libros que Tarly había absorbido, nada de lo que el grupo hablaba le
resultaba familiar. Conocía historias y relatos, aunque los mitos no eran sus favoritos.
El hombre ladeó la cabeza.
—Por eso recluta a gente como tú para que lo busquen.
Con el siguiente paso que dio, Tarly se preparó, listo para luchar…
Un fuerte aullido sobre un gruñido despiadado atrajo la alarma de todos, y Tarly se giró
justo a tiempo para ver cómo Katori le arrancaba la garganta a su primera víctima. Los
hombres empezaron a dispersarse, pero ella ya estaba sobre otro.
Tarly no desperdició la misericordia de su perfecta sincronización. Su primera daga
atravesó la garganta de un hombre, y cuando el segundo se abalanzó sobre él, Tarly giró
sobre sí mismo, clavándole su segunda espada en la espalda. No le complacían los asesinatos
-los habría evitado de haber visto otro método-, pero con su adrenalina era demasiado
consciente de su nueva compañera como para dejar lugar a las dudas.
Al pensar en ella, se giró para descubrir que Nerida no se había movido ni un milímetro;
solo había apoyado las piernas, con los brazos en posición de firmes, como si sostuviera una
fuerza invisible y temblara con ella. Siguió su línea de visión, asombrado, mientras observaba
el lazo de agua suspendido que rodeaba al líder.
—Ella no hizo nada —graznó Nerida—. ¿Por qué?
El dolor que brotó de ella resonó en él. Él sabía que ella obtendría una respuesta que
solo aumentaría su culpa por su amigo perdido.
—Llámalo una prueba. Para saber si eras algo más que una simple Portadora de Agua…
y eres… mucho más. —Estaba tan fascinado como si tuviera ante sí una joya, no una persona.
Con un grito, Nerida tensó su lazo, formando una esfera que le envolvió la cabeza desde
el cuello hacia arriba. El hombre se arañó la garganta mientras ella lo ahogaba lentamente.
Tarly estudió su rostro, apretado mientras el agua de lluvia rodaba por su piel. No podía
distinguir sus lágrimas, pero sus ojos contenían tanto dolor que le robaron el aliento. Su
cabello rizado y trenzado estaba lacio, de un triste gris con la lluvia y el cielo encapotado.
—No tienes que hacer esto —le dijo Tarly.
Algo la golpeó y, de repente, se dejó llevar. No era una asesina, pero era como si la
culpabilidad de no serlo la sacudiera.
El hombre cayó de rodillas, jadeando.
—Si me matas, esto no será el final. Ya he hablado de ti. Mátame, y tu captura será
mucho peor de lo que yo podría ofrecerte.
—Nos arriesgaremos —dijo Tarly y soltó su flecha, que había ensartado en su rabia por
la amenaza hacia ella.
Su naturaleza no podía llevar a cabo su venganza, pero él sí.
Solo les quedaba el creciente repiqueteo de la lluvia contra la piedra y la hierba. Tarly
echó un vistazo al espantoso espectáculo de cuerpos caídos, la mayoría de ellos mutilados
por Katori, cuyo blanco pelaje estaba teñido de carmesí y cargado de agua, lo que la convertía
en una espantosa bestia salvaje.
—¿Por qué hiciste eso? —La voz tranquila de Nerida cortó la inquietante quietud.
Descubrió que sus ojos seguían fijos en el líder que había caído sobre la flecha que le
atravesaba el pecho.
—No merecía vivir después de lo que hizo. Después de lo que planeó hacer. Habría
venido a por ti una y otra vez. Un hombre con tal ambición no se detendría.
—Yo no te pedí que hicieras eso —espetó.
A Tarly le sorprendió la dura mirada con la que le miraba. Su propio resplandor de ira
apareció en su visión.
—La mayoría de la gente diría gracias —replicó—. De nada.
Nerida lo sostuvo con aquella mirada intensa, y por un segundo casi temió que hiciera
emerger su magia contra él. En lugar de eso, se abalanzó sobre él y le pasó por encima,
golpeándole en el brazo, lo suficiente para que soltara un silbido. Se volvió hacia ella,
esperando encontrarla marchándose, pero se había detenido a un paso de él, con los puños
temblorosos a los lados, como si estuviera luchando entre la mente y el cuerpo.
Se giró tan repentinamente que el único instinto de Tarly fue creer que ella iba a
golpearlo, y él se estremeció.
—Déjame ver tu herida —le exigió ella, pero su expresión se suavizó cuidadosamente
ante lo que leyó en la suya—. ¿Creías que te atacaría?
Tarly se tragó cualquier respuesta, con la guardia en alto y la defensa firme. Se volvió
hacia la cabaña.
—Quédate aquí.
En su interior, se adormeció ante la vida perdida que pisaba. Encontró una escoba y la
metió en el fuego hasta que prendió. Se abrió paso alrededor, soltando la llama para que
atrapara y lamiera todas las cosas perecederas. Ardió y creció, y cuando estuvo satisfecho
que se hubiera liberado lo suficiente como para devorar toda la casa incluso contra la
tormenta, Tarly se marchó. No miró a la curandera al pasar junto a ella.
—Lleguemos a ese maldito pueblo.
Capítulo 37
Faythe
Faythe llegó a su habitación sin escolta, pues necesitaba estar sola para ordenar sus
pensamientos tras separarse de Kyleer después de su viaje a las celdas. Su primer paso en el
interior la golpeó de golpe. Se detuvo justo al pasar el umbral, con un estallido de emoción
que no había previsto al ver la cama en la que había compartido muchas noches entrañables
con Reylan, cuando era humana. Las paredes que había reclamado como humana. La
habitación a la que poco a poco había llegado a sentir que pertenecía como humana. Con los
pasos vacíos examinó la habitación como si fuera nueva otra vez.
Un aroma maravilloso llegó hasta ella, y una presencia se registró en sus sentidos
mientras giraba asustada hacia el comedor. En el fugaz vistazo que tuvo antes que la persona
detectara su silenciosa entrada, la visión de Faythe se nubló. Se detuvo en el umbral de la
puerta y la observó montando la mesa.
Gresla se sobresaltó al ver a Faythe, y no pudo evitar sonreír.
—Supongo que tendré que acostumbrarme a tu nuevo andar ligero —comentó.
La emoción ahogó la respuesta de Faythe al oír las primeras notas de su voz.
Gresla miró el surtido que había preparado.
—Estofado y pan, tal como prometí.
Faythe soltó entonces un sollozo, y el viejo rostro de Gresla se pellizcó con complicidad
mientras corría a abrazarla.
—No puedo empezar a imaginar por todo lo que has pasado, Lady Faythe. Pero
recuerda que estás aquí, que has regresado, tal como sabía que lo harías sin importar lo que
cambiara.
Era todo lo que necesitaba oír. Faythe casi fue capaz de desprenderse de los miedos
que le impedían abrazar lo que era ahora con total aceptación.
—Te dejo para que comas y descanses, querida. —Gresla le sonrió—. Bienvenida a casa.
Tan pocas palabras pronunciadas con tan gran impacto. Cuando Gresla se marchó,
Faythe llevaba una carga menos. Se le retorció el estómago al sentir el aroma de la comida, y
miró el segundo lugar que le habían puesto en la mesa justo cuando la conciencia le
acariciaba la espina dorsal.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Reylan en voz baja.
Ella se giró hacia él, pero él no hizo ningún movimiento para acercarse, y la distancia le
sentó mal.
—Ha sido un día largo —dijo ella, incapaz de ocultar su gota de decepción mientras se
sentaba ante su comida.
Solo entonces vino a ocupar el lugar frente a ella. Faythe apenas podía mirarle.
—Es mejor que mi olor no permanezca en ti más de lo que la gente podría esperar de
mí siendo tu guardia.
—¿Mi guardia? —Faythe estaba incrédula.
Se estremeció ante su reacción.
—Es la única forma que tengo de estar cerca de ti a menudo.
Su mano se apretó alrededor de su tenedor.
—¿Quién sabe que eres mi compañero?
—Solo tu padre. Y los que ya conoces.
—Así que no significa nada para el Consejo —espetó.
—Aún no lo sabemos. Pero es mejor mantenerlo en secreto por ahora.
—Espero que no, porque no significa nada para mí. No si este es el precio a pagar. —
Faythe se levantó de la mesa con su declaración—. No puedo usarlo como excusa de mis
sentimientos por ti, ni hará más fácil que los demás entiendan lo que significas para mí y que
mereces gobernar este reino.
—No es tan fácil.
—Nada en mi vida ha sido fácil. —Se le quebró la voz.
Reylan se levantó, con cara de conflicto.
—Excepto amarte, que es tan fácil como respirar. Tengo esta cosa segura, fácil, y
pueden construir tantos obstáculos a su alrededor como quieran, pero los derribaré uno por
uno.
Se acercó a la mesa y, sin decir palabra, le tomó la cara entre las manos, y el cuerpo de
ella se relajó aliviado.
—Juntos —dijo—. Los derribaremos juntos.
Faythe emitió un suave gemido cuando él selló aquel juramento con un beso.
—Ahora come, por favor. Se te va a enfriar el baño.
***

Faythe estaba en bata de seda, respirando el delicioso aroma a naranja y algo parecido
a especias y flores. El agua no era visible a través de la mayor cantidad de burbujas que jamás
había visto. Giró la cabeza, pero rápidamente recuperó el hábito antes de vislumbrar su
reflejo.
—¿Te has mirado a ti misma alguna vez?
La interrupción de Reylan le estremeció la piel. Faythe sumergió la mano para recoger
algunas burbujas como distracción.
—No —dijo ella con sinceridad, soplándolos desde la punta de sus dedos.
Reylan se inclinó hacia ella. Levantó las manos y le rozó la piel con las yemas de los
dedos, enganchándolas en la bata. Faythe respondió desatándola y dejando que él
desprendiera la fina tela con deliberada lentitud.
—¿De qué tienes miedo?
Su voz era gruesa y, aunque ella no podía verle, la impresión de sus ojos sobre su cuerpo
desnudo le hizo estremecer los párpados. Entonces sus labios se posaron ligeramente en su
hombro.
—Creí que habías dicho que no debías tocar —exhaló Faythe, levantando la mano hacia
atrás con la necesidad de enredársela en el cabello, pero él dio un paso atrás antes que ella
pudiera.
—No lo presionaré, por eso lo del baño.
Faythe miró la tentadora bañera con una nueva reticencia. Le encendió algo feo pensar
que su propósito era borrar su olor lo más posible.
—Esto no está bien.
—Confía en mí —gimió él, volviendo a posar las palabras sobre la piel de su espalda—
. No hay nada que desee más que tenerte ahora mismo, tanto que me está volviendo loco, y
no debería estar aquí de pie, no con cada centímetro de ti a la vista. Necesito todo lo que hay
en mí para no imprimir mi olor sobre ti, y dentro de ti, hasta que todo el maldito mundo sepa
que eres mía.
Su núcleo se tensó con una lujuria impulsiva.
—Pero el mundo puede ser cruel, y necesito que me ayudes a ayudarte. Al menos hasta
que sepamos cómo puede ser recibido esto. No puedo ser responsable de poner en peligro el
futuro de este reino, tu futuro, por mi egoísmo. Un obstáculo a la vez.
A Faythe se le retorcieron las tripas con la súplica en su tono. Renunció a todas sus
protestas, sabiendo que solo estaba dificultando las cosas para ambos. Suspiró, se sumergió
en el agua y se relajó con el calor que cubría su piel y relajaba sus músculos. Era su primer
baño caliente en una eternidad.
—No te tomé por alguien que disfrutara de un baño de burbujas —comentó ella. Nunca
se había bañado con jabones tan lujosos.
—Yo no soy la de la bañera.
Faythe inhaló con fuerza cuando unas manos frías se posaron en sus hombros.
Reprimió un gemido de placer cuando Reylan empezó a masajearla lentamente con un
líquido perfumado con miel.
—Aunque me gustaría mucho serlo. Y soportaría las burbujas por ti.
Faythe soltó una risita ante la imagen, sabiendo que algún día lo obligaría a
acompañarla en el baño de burbujas más ridículamente extravagante que pudiera crear.
Entonces, durante la pausa de apacible silencio, algo le rondó por la cabeza.
—¿Te has preguntado alguna vez… por qué nosotros?
La respiración de Reylan fue larga y afirmativa.
—Lo he hecho. —Sus manos no dejaron de recorrer sus hombros, sensualmente suaves
sobre su piel húmeda, añadiendo la presión justa a sus músculos tensos. Su tensión
disminuyó y sus ojos se agitaron al escuchar su voz—. Creo que venimos a este mundo
cuando se nos necesita. Para otros, para hacer cosas que probablemente ni siquiera nos
damos cuenta que tienen tanto impacto.
—¿Crees que…? —Su mente tropezó con el ridículo pensamiento, pero Reylan le dio un
apretón tranquilizador en los hombros—. ¿Crees que podríamos vivir más de una vida?
¿Crees que lo recordarías?
—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero si así fuera y no lo recordara, igual te
encontraría.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y los cerró para evitar que su emoción se derramara.
—He sido testigo de compañeros platónicos. He visto hostilidad entre ellos. Algunos
emparejamientos nunca llegan a lograrse. La magia es su propia fuerza; el corazón puede
tener otros planes. Enamorarse… —Su mano se enroscó alrededor de su garganta, luego
subió por su mandíbula, y le torció la cara para que lo mirara—. Esa fue nuestra elección. ¿Lo
crees?
—Sí.
Sonrió suavemente, dejándola ir para reanudar su trabajo aliviando sus brazos, su
pecho.
—Nunca perdonaré lo que te pasó. Nunca descansaré hasta encontrar a todos los que
te hicieron daño. Te habría amado hasta el final como humana. Tal vez esto me haga egoísta,
pero Faythe, siendo tú fae… ¿está mal por mi parte encontrar alegría y alivio en eso?
Faythe quería darle la respuesta que él esperaba, pero venía acompañada de una
historia, una confesión, que finalmente tuvo que liberar. Observó cómo el agua ondulaba
alrededor de sus dedos mientras trazaba la superficie.
—Durante la mayor parte de mi vida me enseñaron que los fae eran despiadados y
crueles. Supongo que en High Farrow, bajo el retorcido reinado de Orlon, en cierto modo era
cierto. Sin embargo, mi madre nunca intentó decir lo contrario. Ella amaba a mi padre. No
puedo dejar de pensar en cómo durante todo el tiempo que estuvo viva pero lejos de él, lo
siguió amando. Ella sabía lo amables y compasivos que podían ser los fae, igual que los
humanos. No somos tan diferentes.
Faythe hizo una pausa. Su estómago cayó al darse cuenta que no sabía de qué lado
estaba ahora: humano o fae… Se quedó un segundo a la deriva con desesperanza, sin sentirse
atada a ninguno de los dos.
—He intentado ignorarlo, pero estoy resentida con ella por eso. Me ocultó muchas
cosas que le perdono, pero no encuentro una razón para que me protegiera del mundo más
allá de Farrowhold. Hay tanto por descubrir, tantos ámbitos de la vida, y quizá si ella me
hubiera ayudado a prepararme antes no me abrumaría como ahora. A pesar de todo lo que
he visto, todavía hay una parte de mi yo infantil que siente que debería estar horrorizada por
en lo que me he convertido. Fae. Hubo un tiempo en el que habría deseado la muerte antes
de convertirme en los seres fríos y sin corazón que creía que eran.
Faythe contó sus respiraciones.
—¿Y ahora?
Ella se giró en la bañera para mirarle. Su ceño se frunció, perturbado por sus
pensamientos y deseoso de escuchar una contrapartida. El aire se pegó a su piel mojada y las
burbujas que se adherían a ella y ocultaban su parte superior desnuda empezaron a disiparse
lentamente. Ella se estremeció.
—Ahora me siento tan malditamente aliviada, Reylan. —Soltó la confesión que había
albergado en lo más profundo desde que hizo la Transición por miedo a que fuera una
traición a todo lo que había sido antes. El rostro de Reylan se suavizó; sus hombros rígidos
se aflojaron—. Antes, siempre sentía algo fuera de mi alcance, pero no podía averiguar qué
era. Creo que una parte de mí siempre lo ha sabido, pero la esperanza y la imposibilidad
chocaban solo para dejarme siempre buscando algo que nunca puede existir. Creía que nunca
estaría completa. —Sacudió la cabeza, ingrávida en el abrazo de su nueva realidad—. Morí…
pero nunca me he sentido tan viva.
Reylan se bajó del taburete y se puso de rodillas, igualando sus rostros mientras se
movía hacia el lado de la bañera. Llevó la mano a la cara de ella, con ojos que buscaban el
alma.
—Eres exquisita, mi Fénix. —Sus labios se pegaron a los de ella y Faythe abrió la boca
para profundizar el beso. Lo saboreó, ya que cada uno de los que compartían era ahora
prohibido y secreto.
La mano de Reylan se sumergió en el agua y recorrió su muslo. Faythe le apretó el
cabello, suplicando más ahora que el calor de la bañera era más importante que su necesidad
de él. La acarició deliberadamente, sin llegar nunca a su centro mientras exploraba la
longitud de su pierna.
—Lo estás haciendo imposible —gimió él contra sus labios.
Faythe le desabrochó la camisa.
—Tú empezaste.
Su risita baja vibró a lo largo de la mandíbula de ella mientras decía roncamente:
—Apenas.
—Métete en la bañera, Reylan.
—¿Es una orden, princesa?
Faythe se mordió el labio, pero el gancho de sus dientes se soltó con un pequeño jadeo
cuando él le sujetó el costado de la cara con áspera pasión.
—Te estás volviendo bastante exigente —dijo con voz gruesa.
—¿Es así?
—Eso me vuelve loco por ti, más de lo que creía posible.
Faythe no pudo soportar la mirada abrasadora que la conmovió en una llamarada como
sus palabras. Atrajo su rostro hacia el suyo y su beso se volvió ebrio de fervor. De rodillas, el
agua lamía su cintura y la mano de Reylan se introdujo bajo la superficie.
Ella gimió cuando los dedos de él se introdujeron entre sus piernas y su beso se hizo
más profundo.
Necesitaba más.
Mucho más.
—No puedo unirme a ti esta vez —ronroneó, introduciéndole dos dedos, y Faythe gritó,
echando la cabeza hacia atrás—. Pero puedo darte esto. Dioses, si tuviera algo de decencia,
algo de sentido del deber, no lo haría. Pero contigo aquí a mi merced, realmente no me
importa una mierda nada excepto el placer que pides.
La boca de él se cerró sobre los pechos de ella y Faythe persiguió la liberación que se le
acumulaba en el bajo vientre. Se aferró a él con fuerza, rozándole la espalda con las uñas, lo
que solo pareció aumentar su ritmo. La otra mano de Reylan se deslizaba por su cuerpo
húmedo, adorando cada centímetro como si fuera la última vez, y ella no lo permitiría,
costara lo que costara.
Faythe se tambaleaba al borde y Reylan la sintió, soltando su pecho para mirarla.
—Ojos en mí, Fénix.
Encerrada en aquellos zafiros helados, Faythe se derrumbó. Su ceño se frunció con
fuerza mientras sus muslos se abrían cada vez más, su cuerpo temblaba impotente por las
oleadas de una dicha que la consumía por completo. Él devoraba cada una de sus reacciones,
tambaleándose lentamente a su ritmo febril. Cuando se separó de ella, Faythe se desplomó
en el agua.
Reylan se inclinó para besarla una vez.
—Van a ser unas semanas tortuosas.
Capítulo 38
Faythe
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que Faythe estuvo en la familiar
comodidad de su niebla blanca y dorada. Llevaba algún tiempo aquí, quedándose sola, con el
dolor que Reylan no estuviera a su lado.
Faythe no le había dicho que había estado reprimiendo su habilidad por miedo a tocar
su magia. No sabía qué daño podría causarle si perdía el control y caminaba por la noche sin
querer. Ahora, con sus lentos descubrimientos, Faythe se enfrentaba a lo que llevaba tanto
tiempo deseando hacer. Había un último grupo de personas que aún no se habían enfrentado
a su nuevo giro del destino.
Con el colgante en forma de estrella de Nik colgado del cuello, caminaba nerviosa. La
última vez tuvo que fusionarse con Reylan, pero ahora era más fuerte y estaba más segura
que daría el salto. Sin embargo, no era eso lo que la hacía dudar. Temía lo que su magia
pudiera hacerle a Nik si empezaba a consumirla.
El miedo era una sombra permanente y, con un pisotón de desafío e irritación, Faythe
dejó de caminar y empezó a concentrarse. Sintió que se proyectaba en el tiempo y el espacio,
que su cuerpo carecía de peso mientras se dirigía a su destino. Cuando por fin estuvo fuera
de la barrera de la mente de Nik, no le pareció tan indestructible, aunque sí sólida. Faythe
esperó, luchando contra el canto oscuro de entrar ella misma con su magia.
La resistencia desapareció y Faythe dejó de moverse, abriendo lentamente los ojos.
Podría haber caído de rodillas ante los familiares espirales de humo negro y gris; el lejano
recuerdo que le provocaba estar de nuevo aquí.
De entre las sombras surgió una figura, y cuando el primer destello de esmeralda
rompió la oscuridad sus ojos borraron la imagen de él. No podía moverse ni hablar; solo
podía permanecer de pie temblando, sofocando sus sollozos, ante la visión.
Nik se acercó a ella despacio, deliberadamente, con las manos en los bolsillos y una
suave sonrisa que contenía dolor. Era hermoso y elegante y, de algún modo, mucho más
digno de su título de rey, pero ninguna parte de él parecía diferente.
Se detuvo cuando estaban casi hombro con hombro, y la primera lágrima cayó. Levantó
una mano y le acarició delicadamente la punta de la oreja puntiaguda.
—No es humana —musitó en un susurro.
Faythe soltó entonces un agudo sollozo, y sus brazos se abrieron el uno para el otro
cuando ella se giró hacia él.
—Sabía que tenías que estar viva. Eres demasiado testaruda —murmuró entre dientes.
Faythe estaba llorando. Reía mientras lloraba. Se aferraba a él como a un salvavidas,
pero demasiado pronto se separó para mirarla a la cara, rozándole la mejilla húmeda.
—Y valiente y fuerte y tan malditamente notable.
—Nik —gimoteó ella, su frente cayendo sobre el pecho de él. El primero en conocer sus
diferencias y que nunca la había juzgado, solo guiado—. No sé lo que soy.
Le apretó la parte superior de los brazos.
—Solo Faythe y el guardia fae en el bosque, ¿recuerdas?
Su ceño se arrugó.
—Ojalá estuvieras aquí de verdad.
Siempre habría algo diferente en él. Un lazo de absoluta comprensión los unía a ambos.
—De momento, tenemos que conformarnos con vernos —la consoló.
Faythe asintió, y cuando sus lágrimas volvieron a parpadear, se tomó un momento para
escudriñar cada pedazo de él. Una sonrisa de orgullo y alegría floreció en sus mejillas,
ampliándose hasta convertirse en una mueca.
—Tú y Tauria… Jakon me lo contó todo.
Nik respiró, desplomándose de alivio.
—Han llegado hasta ti. No sabes lo gratificante que es oír eso. Jakon y Marlowe, les
debemos mucho por su ayuda con los conflictos en High Farrow, y luego por su ayuda para
liberar a Tauria en Olmstone.
—¿Están ambos a salvo ahora?
—Todavía existe la amenaza de Zarrius, pero estamos siendo vigilantes. No te
preocupes por nosotros, tienes mucho que descubrir por ti misma. —Sus manos tomaron las
de ella, examinó los símbolos que había en ellas y volvió a mirarle las orejas—. ¿Está mal que
diga que me pareces radiante, Faythe? Que mirándote ahora… tengo que preguntarme cómo
naciste humana cuando lo fae te sienta tan bien.
—Todavía me lo estoy imaginando —murmuró.
—Puede que ahora seas igual en combate.
Faythe se rio.
—Lo que daría por tener una revancha en esos bosques.
—Lo haremos.
Sus ojos se encontraron y una promesa se fundió entre ellos.
La magia dentro de Faythe había estado zumbando, empezando a crecer, pero Faythe
estaba desesperada por aferrarse a tantos minutos preciosos como pudiera.
—No te preocupes por nosotros aquí. Estamos averiguando cómo los fae oscuros
pueden haberse infiltrado en nuestras defensas, pero tú tienes que prepararte por tu parte.
La única forma de luchar contra ellos es juntos.
—Así es —confirmó Faythe—. Tenemos un cautivo y estamos aprendiendo lo que
podemos, pero va despacio. Temo que puedan atacar en cualquier momento.
—¿Cuál es el plan ahora?
Faythe lo había estado pensando.
—Perdimos la Ruina del Templo Oscuro. Dakodas la tiene ahora, y tenemos que
encontrar una manera de recuperarla.
Nik debió de sentir el pánico que despertaron sus palabras por la forma en que le dio
una caricia tranquilizadora para ponerla a tierra.
—¿Sabes dónde?
Sacudió la cabeza.
—Espero que podamos averiguarlo con nuestro cautivo. Luego aún queda por
recuperar la de Marvellas. Las necesitamos todas.
Le acarició la nuca con la palma de la mano y su expresión se endureció con
determinación.
—No vas a hacer esto sola. Ni un segundo más, ahora esta guerra también es nuestra.
Atrapamos a Marvellas y a Mordecai en el castillo de Olmstone, pero no estoy seguro de
cuánto tiempo llevan libres. Déjanos la ruina de Dakodas a nosotros.
—No. No sabes de lo que es capaz, ni dónde podría estar.
—Tienes que confiar en nosotros. Puede que tengamos una buena pista sobre dónde
empezar a buscar.
Faythe quería protestar, apenas soportaba mirarle mientras su cabeza se inclinaba en
su abrazo con la idea que se arriesgaran.
—Lo has dado todo por esto, Faythe. Más de lo que cualquiera de nosotros podría, y sé
que seguirás haciéndolo. Me mata, a pesar de lo triunfante y brillante que eres, a lo que has
tenido que renunciar y por lo que has tenido que pasar por ello. Pero no puedes ser la única
que se sacrifique una y otra vez. Déjanos ayudarte.
Faythe no tenía elección. No era su guerra, sino la de todos ellos. Le contó todo lo que
pudo, sin omitir ni un solo detalle de lo que había sucedido. Su pulso se aceleró, su cabeza
palpitó débilmente y fue demasiado consciente que su magia seguía aumentando.
—El fae oscuro que te rastreó… ¿puedes mostrármelo?
La única forma de mostrárselo sería desplegar la escena que les rodeaba. Revivir lo que
le había quitado el sueño muchas noches y la había transportado a aquel momento en el más
inesperado de los detonantes.
Debió ver el palidecimiento de su piel.
—No tienes que…
—Lo haré —se apresuró a decir Faythe antes que pudiera sucumbir al pánico. Tenía
que hacerlo. Maverick y Zaiana eran dos de sus líderes, enemigos que no podía ocultar a Nik
si también atacaban High Farrow.
Faythe se apartó de él y empezó a hacer un túnel hacia el recuerdo. Caminaba, pero
mantenía los ojos cerrados. El calor húmedo del aire cargado de ceniza y la lluvia llegaron
primero. Luego, el aroma del humo, que circulaba por sus pulmones. Brillaba, brillaba tanto,
y ante ella el gran Pájaro de Fuego agitaba sus poderosas alas.
—Dioses del cielo… —El susurro de Nik era débil contra el rugido de Fuego Fénix.
Faythe seguía sin abrir los ojos, aunque sabía que volvería a estar allí. Sin mirar,
extendió la mano, recordando exactamente dónde se habían refugiado todos.
—Esa es Zaiana. La tenemos en nuestras celdas.
Nik no habló. No tenía por qué.
Faythe señaló de nuevo a través del borde de la montaña.
—Ese es Maverick.
Algo la golpeó con tanta fuerza que la obligó a abrir los ojos. No fue su propia
conmoción, sino la de Nik. Sin embargo, la imagen que la rodeaba la detuvo antes que pudiera
volverse hacia él. No estaba preparada, aunque sabía que Atherius estaría ante ella.
El tiempo se ralentizó en su visión. El corazón de Faythe palpitaba en sus oídos como
un poderoso tambor, pero el ardiente fuego rojo parpadeaba con tranquilidad. El alzamiento
de sus alas y el movimiento de su melena flameante ocurrieron tan lentamente que Faythe
casi cayó de rodillas, asombrada. Sin embargo, sabía para qué se preparaba el pájaro de
fuego. Sintió que una brisa le lamía el sudor que le resbalaba por la nuca, por la frente, y supo
que estaba a segundos de ser devorada por el Fuego Fénix.
Por instinto, se miró la muñeca.
—Faythe, recuerda, no es real.
Oyó las palabras de Nik, pero no resonaron con la misma claridad que el grito que
atravesó la noche desde Atherius. Estaba confundiendo la memoria con la realidad.
Tenía la muñeca desnuda, donde esperaba encontrar el amuleto que le daría una
oportunidad de luchar. El pánico se apoderó de cada uno de sus músculos, deteniéndola,
hasta que una forma apareció frente a ella como si fuera a protegerla del fuego, aunque solo
conseguiría matarlas a las dos. Levantó los ojos para advertirles, pero aquellos iris esmeralda
conectaron con los suyos como un relámpago, arrancándole un grito ahogado que le apretó
los pulmones.
Nik no puede estar aquí. Nunca estuvo aquí.
Las manos le tomaron la cara.
—Escúchame, Faythe. Esta es tu mente. Tienes el control. —Su voz era tensa, y la
verdad fragmentada del presente empezó a recomponerse.
El suelo vibraba bajo ellos. Las montañas se desprendieron y las rocas se estrellaron
mientras el fuego crecía. Faythe buscó frenéticamente a los demás, pero habían
desaparecido.
Atherius se había ido.
—Me haces daño, Faythe —dijo Nik, con la voz mucho más clara, y su dolor le retumbó
en la mente.
—No puedo detenerlo —exhaló horrorizada. Las palmas de sus manos brillaban con la
magia que había brotado de ella. Intentó sostener la mirada de Nik, pero los bordes de su
visión también brillaban en oro, a punto de consumirla.
—Sí, puedes.
Ella podría matarlo. Matarlos a los dos. Había sido un error creer que tenía el control
suficiente para caminar hacia él, para utilizar la técnica que ya conocía, porque la esencia que
ahora vivía en ella no se conformaba con estar separada o dormida. Se reía de su falta de
habilidad para manejarla.
—Necesito que sepas algo antes que te retires. Si vuelve a por ti, tienes que saberlo. —
Nik apretó los dientes y se le arrugó la frente mientras luchaba contra la magia que había en
su interior y que también lo derribaría a él. Apoyó su frente en la de ella, haciendo eco de
unas palabras en su mente que detuvieron el mundo. Resonaron una y otra vez en su
incredulidad ante la posibilidad que él hubiera rechazado el conocimiento. Pero su tono era
urgente.
Entonces una llamarada de oro estalló a su alrededor, y Nik le fue robado por completo.

***

Los ojos de Faythe se abrieron de golpe, pero solo vio oro. Un oro resplandeciente y
brillante que se sentía atrapado en sus pulmones mientras respiraba como si el aire no
existiera. Sus ojos se movían frenéticamente de un lado a otro mientras los objetos
empezaban a tomar forma, aunque seguían siendo dorados y brillaban con ese poder ámbar
ondulante.
—Faythe.
Sintió un gran alivio al oír el eco en su mente. Levantó una mano para confirmar que
era real.
Reylan estaba a horcajadas sobre ella, apartándole el cabello sudoroso de la cara. Soltó
un largo suspiro antes que sus labios presionaran su frente.
—Me diste un maldito susto.
El agotamiento se apoderó de ella de golpe cuando echó un vistazo a los remolinos de
blanco y oro que los rodeaban, los colores flotando en el aire como si hubiera expulsado una
forma translúcida de su subconsciente a su reino.
—¿Lo ves? —susurró.
Reylan se apartó de ella, arrastrando los pies hacia atrás sobre sus rodillas mientras
Faythe se apoyaba.
—Sí.
—¿Qué pasa?
La estudió con confusión pellizcándole la frente.
—Tu poder en bruto. Al menos eso creo. No pude… Dioses, Faythe, casi no pude llegar
a ti. No pude soportarlo ni detenerte.
Faythe no podía soportar su agitación.
—Todavía me sentías. —Poniéndose de rodillas, se acercó con cuidado por si él
retrocedía con la cautela que le había impedido dormir a su lado—. Aun así viniste.
Cuando sus brazos rodearon su cintura, ella respiró aliviada. Apoyó la cabeza en su
pecho y se abrazaron.
—Si te destruyes a ti misma, llévame a mí también. Si destruyes el mundo, estaré a tu
lado.
Sus dedos se enroscaron en sus mechones plateados.
—¿Eso nos convierte en villanos?
Reylan se echó hacia atrás, mirándola con chispeantes zafiros de determinación.
—Sí —dijo, estudiando cómo reaccionaría ella, pero Faythe se sintió… liberada—.
Somos los villanos del plan de alguien, de los ideales de otro, de sus deseos y anhelos. Te
hago una promesa, Faythe Ashfyre: me siento muy honrado de ser un villano contigo. Y para
ti. Para quienquiera que se interponga en tu camino para cumplir tu sueño de un mundo
mejor.
Faythe inclinó la cabeza para besarle con fiereza.
—Quédate conmigo esta noche —dijo contra sus labios.
Reylan respondió rodeándola con un brazo. Se sintió ingrávida cuando él la atrajo hacia
sí para tumbarla. Se cernió sobre ella, y las manos de Faythe no pudieron resistir el impulso
de recorrer su torso desnudo, arrancándole un gemido mientras le besaba la mandíbula, el
cuello. Ella se curvó hacia él como si su cuerpo se amoldara a cada una de sus caricias. Sus
ásperos dedos subieron por su muslo, totalmente expuesto al levantar su corto camisón de
seda. Justo al llegar al dobladillo, se detuvo y le plantó un beso firme en el pecho.
—Mejor no presionar — dijo con voz grave, luchando contra la moderación.
Su protesta era enérgica, pero su voluntad de protegerle era más fuerte.
—Mejor no —convino ella, aunque estaba igual de necesitada.
Reylan se tumbó de lado, arropándola y acercándose a ella mientras miraba hacia otro
lado. Lo único que importaba era que él estaba aquí. Faythe vio cómo las últimas notas
fugaces de su poder se apagaban lentamente como brasas moribundas. Entonces, en el
silencio, solo las últimas palabras de Nik se repitieron una y otra vez, un conocimiento que
lo cambiaba todo y nada.
No sabía qué haría con él.
Capítulo 39
Nikalias
—¡Nik!
La urgencia de su nombre resonando en su mente lo despertó de golpe. Sus manos se
aferraron a la forma que tenía a horcajadas sobre él, y al levantar la mirada, la expresión
horrorizada de Tauria se transformó en alivio. Su peso se desplomó, aunque sus manos
permanecieron apoyadas en el pecho desnudo de él.
—Gracias a los dioses —jadeó.
Nik parpadeó mientras su conciencia volvía a astillarse. Empezó a recordar las garras
del poder de Faythe en su mente, que lo habían dejado indefenso. Había sido atrapado y
retenido en su propio subconsciente. No se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
—¿Qué sucedió? —preguntó él, preguntándose qué habría sentido ella.
—Dímelo tú. —Tauria se echó hacia atrás para que Nik pudiera apoyarse en el
cabecero. Sus manos se engancharon alrededor de sus muslos cuando ella intentó
retroceder. A pesar de su piel sudorosa, la necesitaba cerca. El tacto de su piel mientras
recorría sus piernas con las manos lo tranquilizó mientras se recuperaba de la terrible
experiencia.
—Vi a Faythe —explicó.
Los dedos de Tauria se enredaron en su cabello.
—Quiero emocionarme, pero me pregunto qué pudo pasar para que no pudiera llegar
hasta ti. Tu pulso era demasiado rápido, tu piel estaba caliente… Temí lo peor, que otro
Caminante de la Noche te hubiera alcanzado, y ése es el único lugar donde no puedo ayudar,
y yo…
Nik la interrumpió con un tierno beso.
—Siento que te asustara, pero ¿de verdad dudabas de mí contra otro Caminante de la
Noche?
La sonrisa de Tauria se estiró hasta convertirse en una mueca burlona.
—No hasta ahora.
Soltó una suave risita. Luego frunció el ceño con todo lo que tenía que explicarle a su
compañera sobre su amiga. En qué se había convertido Faythe. Debería haberle sorprendido,
aturdido, pero todo lo que vio fue… claridad, como si Faythe se hubiera quitado un manto de
pretensión y ahora estuviera en su forma verdadera y perfecta.
—Faythe ya no es sólo otro Caminante Nocturno —empezó.
Tauria se limitó a asentir.
—Ya no es… humana, tampoco. —La observó detenidamente.
La flexión de sus ojos era calculadora.
—¿No es humana?
—Y de alguna manera, creo… no solo fae. Intentó explicar lo que pudo, pero no creo
que se diera cuenta que no todo tenía sentido en su apuro. Pero los Pájaros de Fuego, son
reales. Supongo que lo sabíamos por las pociones de Sangre de Fénix, pero Faythe me mostró
al que se enfrentaron. Todavía viven. —Nik escuchó el tambor del corazón de Tauria,
acomodándose el cabello suelto detrás de la oreja mientras asimilaba sus palabras y trataba
de asimilarlas como verdaderas.
—¿Es fae? —Ella negó con la cabeza, y entonces su ceño se frunció. Sonrió, sonrió, y la
boca de Nik se inclinó hacia arriba con la suya hasta que compartieron una carcajada, una
carcajada de absoluta incredulidad ante lo imposible que por fin parecía correcto.
—Ella es algo —reflexionó Tauria con una pizca de tristeza—. Ojalá pudiera verla.
Necesita a sus amigos ahora más que nunca.
—Jakon y Marlowe llegaron hasta ella.
El rostro de Tauria se iluminó de alegría y su pequeño jadeo se convirtió en un llanto
parcial mientras sus ojos se cerraban. Nik comprendió la sensación de haberse quitado un
peso de encima. Preguntarse si los humanos estaban a salvo en Rhyenelle había sido una
comezón constante en el fondo de su mente, y Tauria se preocupaba igual de profundamente.
—Hay algo más —dijo. Tuvo que hacer una pausa antes de hablarle de la insondable
tarea, pero sabía que Tauria lo haría, y lo que tendrían que dar parecía mucho menos que el
sacrificio de Faythe—. Te quiero, Tauria. Siempre te he amado y siempre te amaré, pase lo
que pase.
Tauria parecía saber adónde habían ido a parar sus pensamientos. Asintió suavemente.
—Siempre —susurró, besándole con firmeza—. Eso nunca cambia. Pase lo que pase. Te
amo, Nikalias. —Ella chilló cuando Nik los volteó, inclinándose sobre ella.
Con el susto y toda la oscuridad a la que habían decidido enfrentarse, Nik atesoraría
cada segundo que aún les quedaba. Besó su boca, su mandíbula, su pecho. Sus dientes
rozaron su piel y pellizcaron su pecho a través del fino camisón de seda. Tauria se arqueó
maravillosamente ante cada una de sus caricias. Siguió bajando, disfrutando de su suave
respiración, deslizando la seda hasta dejarla al descubierto. Tauria estaba necesitada de
deseo, esperando a que él fuera más allá.
—¿Qué quieres, amor?
Sabía que le arrancaría un gemido de frustración, y sonrió, deslizando una mano por su
piel resbaladiza, con los dedos curvándose en su interior. Observó el ángulo perfecto de su
cuerpo inclinado sobre las sábanas, agarrándolas con fuerza.
Nik iría despacio. Tortuosamente despacio era lo que le apetecía esta noche, para poder
estirar las horas ya que su mente estaba muy lejos de poder descansar.
No es que necesitara ninguna excusa para adorar cada centímetro de Tauria, una y otra
vez.
Capítulo 40
Zaiana
El hielo que la empapó era real, y un maldito y brusco despertar.
Zaiana dio un grito ahogado y retrocedió completamente desorientada, haciendo una
mueca de dolor al chocar contra la piedra. El agua helada la empapó y la dejó jadeando. La
sacudida que recibió en el pecho fue casi suficiente para activar su corazón muerto.
—Ya que eres inflexible en tu desafío —cantaba la insufrible voz de Kyleer—, pensé en
traerte el baño.
Zaiana miró con desconcierto y parpadeó mientras procesaba sus palabras. No
entendía cómo había podido llegar hasta su celda sin despertarla. Miró la capa empapada
que la agobiaba y se dio cuenta de hasta qué punto se había dormido envuelta en ella.
Se estremeció violentamente, apretando los dientes para no castañear.
—Está tentando a la muerte, Comandante.
Su risita era suave, más ligera que de costumbre, pero a ella aún le picaba el deseo de
arrancársela de la garganta.
—Creo que ya superamos eso.
De rodillas, el aire frío reaccionó ante su ropa mojada. Apretó los puños y se tensó para
no revelar lo fría que estaba, pensando en una distracción.
—Una vez completé un método de entrenamiento —dijo gravemente, sin apartar los
ojos del suelo—. Me obligaron a caminar por un saliente de montaña de un kilómetro y medio
en pleno invierno. Una y otra vez. Cada vez me quitaban algo: la capa, los zapatos, las capas
superiores, hasta que en la última caminata no sabía si sobreviviría. Apenas podía moverme
por el frío que me atenazaba. El suelo no estaba cubierto de nieve, sino de escarcha y hielo,
que me arrancaban la piel de los pies al caminar, pero si no llegaba hasta el final, me habrían
dejado allí para pasar la noche. La caminata fue brutal, pero nadie habría sobrevivido una
noche entera ahí fuera.
Kyleer procesó su relato antes de preguntar:
—¿Cuál fue la lección en eso?
Soltó una carcajada.
—Lo alababan como resistencia, pero creo que era mucho de su propio aburrimiento
retorcido. Es instintivo mirar a alguien y ver una cosa rompible. A nosotros nos toca tomar
el cristal con el que nacimos y convertirlo en acero. —Zaiana flexionó los dedos para no
entumecerse. Apenas levantó la cabeza, pero deslizó los ojos hacia la puerta cuando oyó las
llaves—. ¿No puedes simplemente transportarte con sombras?
—Es como si pudieras leer mi mente. —Kyleer estaba frente a ella antes que pudiera
parpadear. Sus sombras la rodearon y la acariciaron de una forma que le hizo separar los
labios y emitir un grito ahogado. Una oscuridad seductora la envolvía, su oscuridad, pero no
la del tipo maligno al que ella era afín, sino la del asombro y la luz de las estrellas. Su mirada
se clavó en la de él, y durante unos segundos estuvieron los dos solos en un hermoso vacío
de sombra resplandeciente. Una galaxia oscura en la que las estrellas se arremolinaban a su
alrededor de forma tan hipnotizadora que ella deseaba suspender el tiempo y permanecer
allí unos preciosos segundos más de los que se le concedían. Este lugar por el que viajaba…
era tiempo y espacio e infinito, intocable por su cruel mundo. Un lugar por el que ella quería
aventurarse sin soltar nunca las grandes manos que ella agarraba con tanta fuerza en su
conmoción.
Entonces todo se aquietó. Demasiado pronto.
Las sombras de Kyleer se dispersaron por su mente, y ella trató de aferrarse a su belleza
con los ojos sin pestañear. Entonces, cuando volvieron los sombríos muros de un reino
trágicamente familiar, su mirada se posó en la de él. Lo miró con asombro como poseedor de
un don que no había sabido apreciar en lo más mínimo hasta ahora.
Su vuelta a la realidad fue una gota fría y familiar.
Las cadenas de Zaiana tintinearon al apartar sus manos de las de él. Observó su nuevo
entorno. Este lugar no parecía mucho mejor que su celda, con sus paredes de piedra desnuda,
pero cuando vio la bañera, lo fulminó con la mirada.
—Dije que no.
—Te congelarás.
—¿No oíste ni una palabra de lo que te dije? Tendrás que probar otro método.
—Esto no es un castigo.
—Debería serlo —gruñó—. ¿Sabe Reylan lo gentil que has sido con la cautiva más
preciada de Rhyenelle? Sé cosas que podrían serte de gran utilidad, cosas que tal vez podrían
inclinar la balanza de la guerra tras tu épico fracaso al dejar ascender a Dakodas. Sin
embargo, todo este tiempo has estado jugando conmigo, ofreciéndome un baño,
rescatándome de tus propios soldados que claramente ya han tenido suficiente de tu
debilidad y solo quieren hacer lo que hay que hacer.
—¿Quieres que te haga daño?
Sí. Lo quería. Porque eso era mejor que el repulsivo despertar de algo mucho peor.
Sentimientos que había enterrado hacía tiempo porque solo servían para que la mataran.
—Esperaba algo mejor de ti —espetó.
—Entonces supongo que ambos estamos decepcionados.
Ella no sabía qué quería decir con eso. Le dolían mucho los músculos tensos, pero lo
peor pasaría pronto. Dioses, tenía tanto frío.
—¿Qué quieres de mí, Kyleer?
Al principio no respondió, aunque las palabras parecían luchar por abrirse paso en la
flexión de su mandíbula. Se puso en pie y sacó una daga corta para juguetear con ella
mientras se apoyaba en la pared del fondo.
—Te llevaré cuando el agua esté fría —dijo sin comprender.
Zaiana lanzó un largo suspiro. Había soportado muchas pruebas y torturas en su vida,
pero nunca antes una persona la había agotado tanto con tan poco esfuerzo. En su estado de
escalofrío, solo podía pensar en los minutos que drenaban el calor del agua a pocos metros
de distancia. Por un segundo, al imaginar aquellas aguas, le vino a la mente un rostro, y abrió
los ojos contra los destellos del recuerdo. No era frecuente que se bañara en el lujo del agua
caliente, que siempre había sido un producto del fuego de Maverick, y aunque diría que lo
despreciaba porque iba de la mano con sufrir su compañía, nunca admitiría la sensación de
comodidad que le proporcionaba.
Se preguntó qué estaría haciendo él ahora. Con una punzada de desdicha, se dio cuenta
que incluso podría estar añorando su compañía, aunque solo fuera por la familiaridad. Hasta
que recordó su mirada de despedida y lo abatida que se había sentido cuando él se marchó.
Esos pensamientos se desvanecieron rápidamente cuando un hermoso Espíritu fae
oscuro acudió a su mente.
Zaiana se puso en pie y el tintineo de sus cadenas fue el único sonido que resonó en la
habitación. Se detuvo, rechinando los dientes con los restos de su rebeldía, pero al final…
cedió.
—No puedo desvestirme con esto puesto —murmuró.
Kyleer deslizó sus ojos hacia ella, recorriéndola de pies a cabeza, y ella odió que su
cuerpo se estremeciera como reacción a ello. Se apartó de la pared, y su arrepentimiento
creció al ver cómo se acercaba a ella. Zaiana había evitado el baño específicamente para que
él no viera cómo el castigo había marcado su piel, pero eso no importaba ahora. Tampoco lo
tendría cuando él volviera a verlo, cada vez que ella había sido tan indefensa como para
permitir aquellas cicatrices.
—No puedo quitártelas —dijo él, y ella podría haber creído la nota de perturbación en
su tono cuando le miró las muñecas en carne viva.
—Entonces supongo que tendrás que ayudarme.
Hubo un cambio en el olor de él. En el olor de ella. Intentó ignorar ambos, pero no podía
apartar los ojos de los de él.
Kyleer se acercó a ella, sus cuerpos casi rozándose, y le quitó con cuidado la pesada y
húmeda capa de los hombros. La capa cayó al suelo. Una sacudida como un relámpago la
atravesó, haciéndola cerrar los ojos e inclinar la cabeza contra el aire que soplaba sobre su
espalda expuesta por la ropa rasgada. Las manos de Kyleer le agarraron los brazos como si
fuera a desplomarse. Después de una exhalación estremecedora, y cuando la tensión de su
abdomen se aflojó, volvió a centrar su atención en él.
Sus ásperos dedos le recorrieron los hombros y su frente se estremeció. Se detuvo.
—Pararé cuando me digas —dijo con una tranquilidad que ella nunca había oído en
él—. Te lo prometo.
—Está bien.
—Zai.
Evaluó esa leve súplica en la forma en que pronunció su nombre y se preguntó qué
significaría.
—Estoy bien —corrigió.
Asintió apenas con la cabeza y empezó a desprender el frío material que la cubría.
Lentamente, sin romper nunca el contacto visual. Era peligroso lo fácil que ella escapaba en
esos iris verdes.
Zaiana estaba con el torso desnudo. No se avergonzaba de su desnudez, solo protegía
lo que había soportado en la piel que hoy la veía aún viva. No se inmutó cuando él le arrancó
las mangas una a una hasta liberarla del jersey hecho jirones.
—¿No vas a mirar? —ella le tentó.
Sus facciones se suavizaron un poco para dar paso a una sonrisa parcial.
—No tienes nada que no haya visto antes.
Zaiana dejó escapar una casi sonrisa, contenta por el alivio de la tensión, ya que apenas
podía soportarla. Pero cuando él frunció el ceño, ella también lo hizo.
Dio un paso atrás. —Seguro que puedes encargarte del resto. —Kyleer se dio la vuelta,
y de espaldas a ella, el alivio le pesó de verdad.
Se quitó apresuradamente las botas y los pantalones y se dirigió al agua, de un blanco
lechoso que ocultaría su cuerpo una vez dentro. Al sumergir los dedos de los pies, el marcado
contraste del calor con su piel helada le hizo sentir chispas de dolor en cada nervio. A pesar
que quería lanzarse de golpe, se lo tomó con calma. Se sumergió centímetro a centímetro,
mordiéndose el labio, hasta que sus ojos se cerraron con el placer más intenso que había
sentido en mucho tiempo.
Zaiana se tumbó con la cabeza apoyada en el borde y se olvidó por completo de la
presencia de Kyleer mientras se tomaba aquel momento para sí misma sin disculparse.
—Ya tienes lo que querías —se dirigió a él—. ¿Ahora me hablarás de tu fascinación por
el baño?
—No por el baño. Tu olor.
—Podrías haberme insultado hasta que cediera.
—Permíteme enmendar… —Él se movió, pero ella no torció la cabeza. Kyleer le tendió
algo. Jabón—. No es tu olor. El suyo.
Zaiana se aquietó con el odio que vertió en esa sola palabra, sabiendo exactamente a
quién se refería.
—Tienes suerte que sea débil. Tuve que interrumpir la visita de Reylan a ti, o te habría
matado sin pensárselo dos veces si hubiera detectado a Maverick en ti. O tal vez te habría
utilizado mucho más despiadadamente para obligarle a venir, porque lo que perdura en ti es
algo más cercano, más íntimo.
—Te equivocas.
Kyleer se puso en cuclillas, poniéndolos a la altura de los ojos.
—Yo mismo apenas podía soportarlo. Estar cerca de ti alimentó mi propia necesidad
de matarte. Era como si estuviera allí mismo.
Sus cadenas se levantaron del agua cuando Zaiana alcanzó la pastilla de jabón blanco,
pero se le escapó de la mano justo antes que pudiera agarrarla.
Deliberadamente.
Ella debería haber predicho el juego cuando se dio cuenta que sus mangas estaban
remangadas hasta los codos, mostrando hermosas marcas negras que captaron su intriga.
Pero no lo suficiente como para entablar una conversación. Kyleer llegó antes que ella al
jabón cuando su mano se sumergió en el agua, y ella aspiró bruscamente al sentir el primer
roce de sus nudillos contra su muslo.
—¿Quién te lastimó, Zai? Hablas de los maestros…
¿Era este el comienzo de su intento de sacar información? Seducción más que tortura.
—Mucha personas me lastimaron —le dijo mientras seguía el hormigueo de sus dedos
cerca de la pierna—. Tantas que tus pesadillas parecerían triviales. Pero es solo carne. No
significa nada.
—Significa…
Zaiana casi inclinó la cabeza hacia atrás cuando la mano de él tocó su pantorrilla. Fue
un movimiento audaz, atrevido, pero no pudo detenerlo. No quería impedírselo. La extraña
sensación de la pastilla de jabón y el leve roce de sus dedos le hicieron respirar hondo.
—Que no te rompió. —La observó atentamente para ver si reaccionaba a sus caricias.
Quería tener la fuerza para sacudirse su confianza. Rechazar su cercanía. Reaccionar
de forma mucho más amenazadora que someterse al deseo que enrojecía su piel más allá del
calor de la bañera. El suave deslizamiento de su mano, que sostenía el jabón, hizo crecer un
dolor entre sus piernas. Siguió subiendo, curvándose sobre la rodilla doblada de ella y
recorriéndole ligeramente la cara interna del muslo. La razón se desvaneció, las protestas se
disolvieron y sus labios se entreabrieron mientras se miraban a los ojos con una atención
que nunca antes había sentido. Una búsqueda del alma. Como si los dedos de él no fueran
más que una distracción mientras él profundizaba en la esencia de lo que ella era. Se
preguntó si él tendría respuestas a las preguntas que ella quería saber sobre sí misma desde
que el mundo la había dejado perdida y errante.
La mano de él la abandonó bruscamente, y que los espíritus la maldigan, hizo que la
decepción la invadiera. Kyleer volvió a levantar el jabón, pero su mano se torció para mostrar
los nudillos. Por primera vez, su atención se centró en la larga cicatriz que le cruzaba la mano
y en los dos dedos torcidos. Cualquiera que fuera la tortura que había sufrido -supuso que le
habían aplastado la mano-, sabía que debía de haber sido muy dura y repetida una y otra vez
para haber dejado un daño tan permanente en un fae.
—¿Quién te lastimó a ti? —preguntó, sorprendida por el aumento de su propia
oscuridad. Imaginárselo sufriendo, agonizando, le inspiraba algo sombrío e implacable. Pero
Zaiana no podía preocuparse por él. Cuando tuviera la oportunidad de escapar, el monstruo
que vivía en su interior mataría a Kyleer si hacía falta.
—Alguien que nunca tuvo la satisfacción de romperme a mí tampoco.
Zaiana no sabía cómo había permitido que esto sucediera. Se encontraba en terreno
común con el comandante. Era una trampa, tenía que serlo. Tenían que haber sabido que la
tortura física sería un derroche de energía en un ser tan desalmado que ya lo había soportado
todo antes.
—¿Quieres sentarte delante para mí? —le preguntó con una dulzura ante la que ella no
supo cómo reaccionar. No era seductor ni burlón ni nada ridículo.
Sus manos se aferraron al borde de la bañera antes de poder escuchar las protestas de
su mente por la curiosidad de saber qué haría su tierna expresión si se entregaba a ella.
Kyleer se movió para sentarse en algo detrás de él, y Zaiana acurrucó las rodillas contra el
pecho, luchando contra el impulso de arremeter, temiendo que su ira lo ahuyentara.
—¿Puedo tocarte?
—No preguntaste hace unos segundos.
—¿Puedo tocar tus cicatrices, Zai?
Se le trabaron los omóplatos y respiró con dificultad. Tenía muchas ganas de decir que
no, pero luchaba contra un extraño deseo de decir…
—Sí. —Fue apenas un susurro, como si esperara que él no la oyera.
Lo hizo, por supuesto. A cada centímetro que se acercaba, su pecho se aceleraba y su
garganta se estrechaba. La vibración de sus dedos permanecía en su espalda…
—Espera —se apresuró a decir. Ella no estaba segura de por qué, o lo que estaba
pensando—. Espera. —Solo que un pánico tan extraño y repentino se había apoderado de
ella por completo y no sabía de qué otra forma responder—. ¿Por qué haces esto? —Esa fea
barrera de la autopreservación le señaló como objetivo; vio astucia en su amabilidad.
—Hay que cuidar lo que te hicieron esos bastardos.
—No es nada comparado con lo que deberías estar haciéndome.
—Y nada comparado con lo que quiero hacer contigo.
Le lanzó una mirada incrédula por encima del hombro. La boca de él solo se curvó
divertida, y ella no pudo soportar el revoloteo en su estómago; el hecho que su mente
prestara atención a las resbaladizas y largas ondas de cabello que se juntaban con su
mandíbula.
—Llévame de vuelta.
—Tus heridas cicatrizarán si no me dejas ayudarte. Te estás curando al ritmo de un
humano con el Acero Niltain.
—Dije que me lleves de vuelta —espetó—. No soporto estar cerca de ti. Cada vez
entiendo mejor por qué te dejan de lado tan fácilmente. Eres dominante, sofocante. Su
método de tortura más lento fue asignarte a mí.
Su oído buscaba los latidos de su corazón cuando no podía verle la cara. Palpitaba
fuerte, fuerte, pero siempre había un leve tartamudeo que resonaba con oquedad. Zaiana
había leído muchos libros sobre cómo el corazón no era más que un órgano para impulsar la
sangre por el cuerpo, pero lo estudiaba con una precisión que nadie más tenía. El corazón de
cada persona le hablaba más que cualquier expresión externa, y con la alteración en el pecho
de Kyleer, quiso robarle las palabras. No lo haría, ya que le daría un arma. Porque tal vez
estaba perdiendo su propia compostura de acero. Tal vez…
A ella le importaba.
Capítulo 41
Tarly

Tarly disfrutaba del frío, el que formaba el hielo cristalino y la nieve reluciente. El tipo
de frío con el que podía abrigarse y aun así disfrutar del mordisco en las mejillas. Pero estar
empapado por la lluvia mientras caminaba más de una milla en el invierno que se avecinaba
era un tipo de frío miserable.
Se apresuraron a entrar en una pequeña posada. Nerida se cruzó de brazos, con los
labios ligeramente azules y los dientes castañeteando. Supuso que su pequeña figura
soportaba más el impacto del tiempo.
—¿Disfrutaste del clima de Lakelaria? —preguntó Tarly con curiosidad mientras se
dirigían al escritorio.
—Mucho. Pero estaría mucho mejor equipada para las temperaturas de allí.
Sonrió débilmente.
—De acuerdo.
Detrás del mostrador de recepción, un hombre perezosamente reclinado hojeaba un
libro.
—¿Cuánto por dos habitaciones? —Tarly empezó a rebuscar en sus bolsillos, aunque
ya sabía que sus monedas eran escasas.
El hombre les hizo una rápida evaluación, como si su aspecto determinara el precio.
—Dos monedas de plata por habitación —refunfuñó.
Abriendo la palma de la mano, Tarly maldijo internamente los seis cobres que
equivalían a una plata y que se sumaban a la otra que llevaba. Todo lo que Nerida pudiera
llevar encima, incluidas las monedas, hacía tiempo que había perecido en el fuego de la
cabaña.
—Tomaremos una habitación —dijo.
Tarly dejó el cambio sobre el escritorio. El hombre lo miró con desconfianza, gruñó y
fue a buscar una llave.
—Puedes quedarte aquí. Tengo unos cuantos cobres para conseguir algo de beber
mientras te secas, entonces…
Deslizando la llave, Nerida le empujó.
—Habitación diecisiete.
Demasiado aturdido para hacer otra cosa que moverse a su demanda, Tarly le abrió
paso escaleras arriba. La puerta ante la que se encontraba era pequeña, y cuando Nerida
introdujo la llave y la abrió, Tarly se agachó un poco para poder pasar.
—Lo digo en serio, puedo…
—Los dos tenemos demasiado frío para este debate, Sully. Y corremos el riesgo de
agarrar fiebre o algo peor si no nos secamos y entramos en calor. Créeme, he visto lo que les
pasa a los demasiado testarudos para cuidarse.
La vio desabrocharse la capa, que colgó sobre la pequeña silla de escritorio que arrastró
hasta la oscura chimenea.
—Estás mucho más informado que yo sobre encender fuego.
Tarly se liberó del peso de su propia capa antes de acercarse sin decir palabra,
agacharse y agarrar los troncos, que empezó a apilar en la rejilla.
—Si tan solo fueras un Portador de Fuego —musitó él cuando el silencio empezó a
hacerle temblar más que la ropa mojada.
Nerida resopló.
—¿No deseamos todos que nuestra capacidad se manifieste como mejor convenga en
cada momento?
—Los que tienen magia, supongo.
—Hablas como si no tuvieras.
Cuando las primeras chispas prendieron en la madera y comenzaron a arder, Tarly le
lanzó una mirada fulminante por encima del hombro. O eso pretendía, pero cuando la vio en
ropa interior, giró la cabeza.
—Es solo piel —bromeó ella. Casi podía oír la risa en su voz.
Ella no era solo piel. Su mente había captado la encantadora imagen, aunque intentó
expulsarla por decencia hacia ella.
—No intento escandalizarte. —Ella estaba disfrutando esto—. Es seguro dar la vuelta
ahora.
Tarly se levantó lentamente, girándose con rigidez para encontrarla aferrada a una
manta a su alrededor. No fue mucho mejor cuando supo lo que estaba a punto de soltar
aquella mano.
—Me temo que tú tienes que hacer lo mismo. —El brillo dorado del fuego bailaba en
sus facciones. Nerida tomó dos cojines de la cama y pasó junto a él. Cayeron al suelo y luego
ella con ellos, acurrucándose junto al fuego.
Tarly deseaba desesperadamente despojarse de las ropas incómodamente empapadas
y unirse a ella donde parecía tan cálida y apacible, con la cabeza echada hacia atrás mientras
el calor le acariciaba la piel. Vaciló, conociendo la herida que no sería capaz de ocultarle si lo
hacía, y sin necesitar la simpatía y el desconcierto de otra sanadora cuando ella se diera
cuenta que no había nada que pudiera hacerse.
—Cuanto más tiempo permanezcas con esa ropa, más posibilidades tendrás de perder
la funcionalidad de los dedos de los pies —reprendió Nerida—. No miraré, tienes mi palabra.
—No me da vergüenza que mires —refunfuñó.
—Por fin hablas.
—Voy a bajar las escaleras…
—Sully. —El golpe de su mano contra el suelo de madera le sacudió—. Puedo
garantizarte que estarás sufriendo por la mañana si no haces lo que te digo. Si tanto te
molesta estar cerca de mí, dormiré aquí mismo. Desnúdate y métete en la cama.
Tarly parpadeó. Luego no pudo evitarlo cuando, al mismo tiempo, sus bocas se
levantaron y soltaron una carcajada. Se rieron. No sabía por qué exactamente, solo que su
situación parecía increíble, y tal vez estaban delirando por los acontecimientos que los
habían llevado hasta allí. La risita de Nerida se transformó en un ceño apenado, y apartó la
mirada de él hacia el fuego.
—Siento lo de tu amiga —dijo él con dulzura.
—Yo también.
Nerida se preocupaba profundamente por todo. Se le oprimió el pecho por su dolor, y
decidió que su negativa solo aumentaba su preocupación. Su naturaleza de sanadora no le
permitiría sufrir.
Tarly respiró hondo y empezó a desvestirse. Tendió la ropa y, fiel a su palabra, Nerida
no apartó ni una sola vez su atención del fuego. Abrazada a sus rodillas, parecía hermosa,
perdida en sus pensamientos. Él se unió a ella lentamente, vestido solo con su ropa interior,
y su conciencia empezó a aliviarse con el calor envolvente que ahuyentaba sus sombríos
pensamientos sobre el día y lo que habían afrontado.
—¿Adónde te dirigías, Sully, si no habías encontrado tu complejo de héroe al pensar
que necesitaba que me salvaran?
Tarly la observó sin poder evitarlo.
—A ninguna parte —respondió—. Y a todas partes.
Nerida asintió.
—Yo también viajé durante mucho tiempo. Cuando llegué a tierra firme, pensé en
dirigirme directamente a Fenstead. Quizá fue la cobardía lo que me hizo vagar antes de
instalarme finalmente en un pueblo de las afueras.
—¿Por qué Fenstead?
Sus labios se fruncieron con una pausa contemplativa.
—Sonaba maravilloso.
—¿Es parte de tu herencia? —Algo en ella le resultaba familiar, y apenas se estaba
dando cuenta que podía ser por eso.
Apenas sacudió la cabeza, sin ofrecer más.
—La única vez que pude viajar fue durante las Grandes Batallas, aunque no me
aventuré muy lejos —confesó Tarly.
Su mirada se deslizó hacia él, y él se puso completamente rígido, pero sus brillantes iris
solo contenían tristeza y preguntas. Luego se tensó cuando ella bajó los ojos y abrió la boca
en un jadeo superficial. Como si hubiera olvidado la poca ropa que llevaba, Nerida se arrastró
sobre las rodillas.
Sin la manta.
—Deberías…
—¿En serio te conformabas con sufrir antes que decirme nada?
Tarly no pudo responder cuando todo lo que podía pensar era en su proximidad en el
fino corsé de algodón y la corta ropa interior que apenas cubría gran cosa.
—Nunca había conocido a alguien tan testarudo que literalmente fuera su muerte —
continuó. De rodillas, Nerida evaluó su hombro. El zumbido cálido de su cuerpo lo embriagó,
su piel tan suave que necesitó mucha resistencia para no ceder a su impulso de sentirla. Giró
la cabeza, ocupando sus pensamientos en estudiar las viejas astillas del suelo.
Tarly apretó los dientes al primer contacto. No por el dolor, sino por la sensación
extraña. No podía asociarla con la vieja fae sanadora que lo había atendido antes, no cuando
Nerida estaba casi desnuda y su tacto era mucho más deseable. Lo que surgió en él fue
aterrador. Su puño se cerró con fuerza contra el instinto de apartarla, viendo ya el daño que
causaría en su inocente rostro.
—Nunca había visto algo así —murmuró con aire ausente—. ¿Qué te mordió?
—No me creerías.
—Pruébame —reflexionó.
—No quiero asustarte.
Nerida le tomó la barbilla. La audacia del movimiento le dejó atónito, y la miró
fijamente a los ojos.
—No puedes asustarme, Sully. He vivido muchas pesadillas y he leído muchas más. —
Ella lo soltó y un tenue resplandor púrpura le llamó la atención, la pequeña esencia de la
magia tan tranquilizadora que él no la había sentido.
—¿Lees?
—¿No lo hace la mayoría de la gente?
—La verdad es que no. No más allá de lo necesario para que reciban una educación
decente.
—Me gusta leer por placer, sí.
De repente, lo único que deseaba era que llegaran al Livre des Verres. Saber qué libros
atraerían su atención, ver su aspecto mientras estaba absorta en una historia. Un destello de
deseo que había olvidado hacía tiempo; un pulso esperanzado. Tarly se sacudió el
pensamiento tan rápido como le vino.
—¿Qué haces? —murmuró en su lugar, deseoso que el sueño marcara el paso de otra
noche, otro día más cerca de separarse de ella.
—Estoy tratando de sentir lo que está pasando por debajo antes de ofrecer algún tipo
de diagnóstico o tratamiento. Aunque ayudaría si me dijeras qué te mordió.
—Era… una criatura.
—Hmm… poco útil.
Tarly reprimió su gruñido.
—¿Has oído hablar de los fae oscuros?
Las manos de Nerida se apartaron de él, su retirada conmocionada le hizo sentirse
culpable. El miedo cruzó su expresión.
—¿Un fae oscuro te hizo esto?
—Así que has oído hablar de ellos.
Ella negó con la cabeza, y él estaba a punto de explicárselo cuando ella dijo:
—Los he conocido.
Escuchó el aumento del ritmo de su corazón.
—¿Qué quieres decir con que los has conocido? —Tarly luchó contra los recuerdos de
Lennox. Parecía normal, amable, y había atraído a Tauria para que confiara en él, solo para
convertirse en un monstruo salvaje como si se tratara de un interruptor. Un monstruo salvaje
que solo sabía matar; casi lo había matado a él y aún podría tener esa última victoria, ya que
su herida había ido empeorando lentamente. El color gris se había extendido por su clavícula
y por la mitad de su bíceps. Las venas más oscuras sobresalían, y la visión le revolvía el
estómago. Un pensamiento había cruzado la mente de Tarly para explicar lo que podía estar
pasando, uno al que no se había enfrentado hasta ahora.
—No crees que podría estar… cambiando, ¿verdad?
Eso pareció sacarla de su trance. Levantó la mano una vez más para seguir buscando
en su magia.
—¿Fue un Transicionado el que te mordió?
—Sí. Fingió ser un amigo durante mucho tiempo. No teníamos ni idea.
—¿Tenían?
Tarly no podía contarle a Nerida sobre Tauria. ¿Cómo podría explicar su cercanía a la
Reina de Fenstead?
—Una amiga.
Se miraron a los ojos, con la comprensión escrita en los de ella.
—Sé lo que es querer permanecer oculto —dijo en voz baja, como si fuera una
confesión deslizada.
Nerida era una maravilla que él no había esperado. Esa cosa brillante, bondadosa y
maravillosa que nunca debería haberse cruzado en su oscuro y odioso camino. Aunque tal
vez podría ser diferente. Tal vez podría ser mejor.
—Estabas huyendo de algo —observó Tarly—. De alguien. —Supo en el momento en
que había traspasado un límite en el que no tenía derecho a inmiscuirse. Los muros que se
formaron nublaron la alegría de la expresión de Nerida y la hicieron estremecerse.
—Se está extendiendo como veneno. —Nerida desvió el tema, y Tarly no podía estar
decepcionado. Ella no le debía nada de su pasado. Se reprendió a sí mismo en silencio.
—Me imaginé… —Siseó ante el dolor agudo. Se sentía como arrastrar pequeñas agujas
a través de su sangre.
—Lo siento. Quería ver si era algo que pudiera intentar extraer, pero… se está
fusionando contigo. No solo en tu sangre, sino en tu piel.
—¿Así que podría ser…?
—No, así no. No es cambiar tu materia; es matarla.
Tarly soltó una carcajada. Su expresión de desconcierto le pareció aún más divertida.
—¿Cuánto tiempo entonces?
—¿Por qué haces eso? —Nerida se sentó sobre sus rodillas, con el ceño fruncido
mientras intentaba leerle, pero Tarly sabía que era un revoltijo de seres—. ¿Por qué haces
que parezca que no importaría si fuera un día o una década?
Su preocupación le calentó el pecho. Estaba llena de amor y preocupación por los
demás y por el mundo. Lo que significaba que ella era todo lo que él no era. Volvió a preguntar
en voz baja:
—¿Cuánto tiempo me queda, Nerida?
—No lo sé. —Su voz adquirió un tono áspero—. Debería extenderse mucho más rápido.
Tal vez ya deberías estar al borde de la muerte, y sin embargo parece que consigues una
prórroga. Aunque está claro que no la quieres gracias a la pequeña esencia de magia
sanadora que hay en ti.
El ceño de Tarly se frunció.
—No tengo magia.
Nerida frunció el ceño, se apartó de él y tomó su manta.
—Me preguntaba cuándo te sincerarías conmigo al respecto, pero que Dios nos libre
de tener algo en común, sería una tortura. —Se levantó bruscamente—. Deberíamos
descansar mientras podamos.
Nerida tomó sus almohadas y las colocó sobre la cama antes de tumbarse. Tarly no se
movió, mirando los cojines que le quedaban y pensando que el fuego lo mantendría lo
bastante caliente sin una manta aquí abajo. Se movió para ponerse cómodo. Muchas veces
desde que estaba limitado a un lado, pero incluso sobre su hombro bueno no podía aguantar
más de unos minutos apretado contra el duro suelo.
—Ninguno de los dos va a poder dormir contigo haciendo crujir las tablas del suelo —
regañó Nerida.
Se tumbó boca arriba, quieto y en silencio, tratando de enviar su mente a otra parte
como distracción.
Nerida soltó un resoplido, atrayendo los ojos de él hacia donde estaba sentada, con un
ceño fruncido en la piel que a él le pareció divertido y adorable a la vez.
—Se te da fatal leer cualquier cosa a menos que te la expliquen.
Se apoyó en las manos.
—No sé a qué te refieres.
—Hay una cama perfectamente buena para dos personas, y todavía hace bastante frío
aquí.
Tarly parpadeó, sintiendo un calor infantil.
—¿Quieres que me acueste contigo?
—¿Tienes que hacerlo sonar tan escandaloso?
Su boca se crispó, pero no cedió a la mueca contra la que luchaba.
—Aunque lo que nunca superaré es que me hagas insistir.
Tenía razón. Era solo para dormir. Aunque ella decía que en la cama cabían dos
personas, él sabía que con su tamaño no quedaría mucho espacio entre ellos. Nerida sostuvo
la manta contra su pecho, sin dejar de mirarse mientras él se acercaba. La mirada de Nerida
le hizo saltar algo en el pecho, pero no sabía con certeza de qué se trataba. Hubo un cambio
en la atmósfera entre ellos, un aleteo que casi se le pasó por alto, pero habría jurado que ella
se abstenía de mirar más allá de su cara.
Tarly se sentó de espaldas a ella, respirando con calma para calmar su instinto de
retirada. Necesitaba expulsar los sentimientos que se agitaban desde hacía tanto tiempo
antes que se convirtieran en un resentimiento que acabaría volviéndose contra ella.
—¿Estás segura? —le preguntó. Una última oportunidad que le rogaba que dijera que
no mientras él ansiaba oír…
—Sí.
Tarly apenas asintió, cerrando los ojos durante un largo segundo. Su cuerpo se relajó y
se echó hacia atrás hasta quedar tumbado, intentando no mirarla. Para acentuar su
presencia, se puso de lado, lejos de ella.
Nerida tenía razón: el fuego aún no había calentado la habitación lo suficiente, y él se
tensó contra el frío que se apoderaba de él hasta que le cubrió parte de una manta ya caliente
y cubierta de un aroma floral.
—La noche pasaría más rápido si nosotros… si nosotros…
Por primera vez oyó una timidez y se volvió para encontrarla acurrucada en el calor de
su propio cuerpo. Entonces se dio cuenta de lo que ella quería decir. Dioses del cielo. Tuvo
que tomarse un segundo para recobrar la cordura y calmar la rabia de algo olvidado hacía
tanto tiempo ante la idea de su cuerpo apretado contra el suyo. Quería saber si su piel dorada
era tan suave como parecía. Quería oír el sonido que ella haría al tocarla. Aunque los
pensamientos oscuros le convencían que ella se apartaría de él. Que cualquier contacto suyo
siempre había sido fugaz. Olvidado. Nunca atesorado.
Tarly asintió. No podía dejarla temblando.
Nerida se acercó lentamente, como si cualquier movimiento pudiera asustarlo. Pensó
que sentiría calor, pero sus manos estaban frías, y apretó los dientes. Ella se acercó de nuevo,
apretando su piel contra la de él, y sus pies contra las piernas de él eran de hielo.
—¿Esto está bien? —susurró ella, quizá sintiendo su tensión.
—¿Se supone que esto nos beneficiará a ambos? Te estás congelando.
Ella soltó una risita suave, el sonido alivió la incomodidad mientras se acercaba un poco
más a él una vez más. Tarly cerró los ojos ante la satisfacción que no había hecho nada para
merecer, pero que le resultaba tan fácil que se permitió no sentirse culpable por ello durante
una noche. La figura de ella era pequeña contra su espalda, arropada a la perfección, pero
había algo en aquella posición que no se asentaba en su mente. Sentía que era como un
rechazo hacia ella.
—Deberíamos cambiarnos —soltó antes de poder contenerse—. Te dará más calor —
intentó justificar patéticamente.
—No puedes tumbarte sobre el otro hombro —murmuró somnolienta—. Por cierto,
aún no he terminado de averiguar qué es y cómo tratarlo.
Una sensación desconocida le oprimió el pecho. Lo apartó a un lado. Respirando hondo
para ahogar sus dudas, Tarly se colocó boca arriba, y Nerida se apoyó en él. Su mirada
comunicó su sugerencia, y creyó percibir el sonrosado rubor de sus mejillas. Pero ella
enganchó una pierna sobre él, y al diablo con los Espíritus, solo estuvo a horcajadas sobre él
un segundo, pero sus manos se estiraron por instinto para ayudarla, encajando tan
fácilmente en su cintura que encendieron algo que le hormigueó desde la punta de los dedos
hasta el pecho. Luego se apartó de él, arrastrando los pies hacia su otro lado cuando él
retrocedió.
Tarly se tomó un segundo, fascinado por el desparramo de su cabello blanco como la
plata, antes de recogerse detrás de ella. Ella emitió un suave sonido de satisfacción
somnolienta, y él lo repitió muchas veces antes que su mente empezara a vagar. La piel de
ella contra la suya… Quiso pasarle las manos por el muslo, las caderas, la cintura, pero se
limitó a rodearla con el brazo con cuidado, solo para sentirse cómodo.
Supo que se había quedado dormida por su respiración profunda y uniforme. Tarly
cerró los ojos, pero una cosa lo atormentaba, así que susurró sabiendo que ella no lo oiría:
—Tenías razón. No quiero tiempo. —Hizo una pausa, casi tragándose la última
confesión hasta que se le escapó—. Pero quizá podría.
Capítulo 42
Faythe
Faythe se despertó con un dolor que le hinchaba el abdomen. Gimió y se encogió sobre
sí misma debido a la intensificación del dolor. Por lo general, los calambres terribles eran
algo que podía soportar, pero estos eran especialmente dolorosos. Tuvo que preguntarse si,
con todas las ventajas de convertirse en fae, ésta era una desventaja especial.
Cuando la agudeza se apagó, finalmente rodó sobre su espalda. Inclinando la cabeza,
encontró un vaso de agua en la mesilla de noche, pero fue el dulce aroma que la recorrió lo
que la hizo incorporarse. Sus ojos se abrieron de par en par al ver las galletas de chocolate y
sonrió. Debajo del vaso había una nota que leyó mientras bebía.
Toma dos gotas del tónico. Luego, si te despiertas y el baño se ha enfriado, seguro que
puedes volver a calentarlo con tu nuevo talento.
Te encontraré más tarde.

Faythe sonrió, disfrutando de la erupción de mariposas en lugar de los tortuosos


calambres de su ciclo. Se preguntó cómo había sabido Reylan de él cuando Faythe había
estado tan ocupada que no había llevado la cuenta del último. Una cosa era cierta: se había
saltado meses.
Cuando la siguiente oleada de dolor remitió, a Faythe no se le ocurrió nada más
apetecible que un baño. En el lavabo, la lavanda y la miel llenaban sus fosas nasales. El aire
la abrazaba con humedad y un montón de burbujas flotaba sobre el agua. Metió la mano en
el agua y la calentó un poco con su Esgrima de Fuego para que pasara de tibia a caliente. Al
desnudarse, se dio cuenta que Reylan también le había dejado sábanas limpias. El rostro de
Faythe se arrugó, tal vez emocionalmente exaltado hoy, ante los gestos amables que él había
tenido.
Después de lo que le pareció el baño más largo que había tomado en mucho tiempo, el
tónico parecía haber aliviado el dolor de los calambres lo suficiente como para poder
afrontar el día. Fresca y sorprendentemente animada, salió en busca de Reylan con la
intención de darle las gracias. No tardó mucho. Tal vez había una fuerza de gravedad
subconsciente que la atraía hacia él y se lo ponía demasiado fácil.
Estaba conversando con otro comandante, los dos caminaban hacia ella, pero sus iris
azules se deslizaban hacia ella, sin dejar de saltarle un latido del corazón. Cuando sus
caminos se cruzaron, Reylan pronunció sus últimas palabras antes que el otro comandante
asintiera, haciendo una pausa para inclinar la cabeza ante ella, y se alejara de ellos.
—¿Cómo te sientes? —preguntó inmediatamente Reylan.
Un rubor recorrió sus mejillas.
—Mis entrañas ya no parecen querer estallar —dijo. Hizo una mueca de dolor—.
Gracias por todo, por cierto. ¿Cómo lo supiste?
Reylan se rascó la nuca.
—Es que… hace días que hay un cambio en tu olor. Me preguntaba cuándo me lo
contarías. Puedes hablarme de cualquier cosa, lo sabes, ¿verdad?
Nunca lo había visto tan nervioso, y Faythe se mordió el labio. Reylan respiró
observando su boca. Echó un vistazo a su alrededor antes que su pulgar se estirara para
desengancharle los dientes.
—Lo sé —respondió en voz baja, embargada por el impulso de lujuria que le provocó
aquel pequeño acto, aunque se transformó en irritación cuando él la soltó rápidamente.
Respiró hondo para serenarse—. La verdad es que no me había dado cuenta. ¿Hay alguna
diferencia en la frecuencia e intensidad de un ciclo? Conmigo siendo fae ahora, quiero decir.
El nerviosismo de Reylan volvió y Faythe no pudo evitar sonreír.
—No sabes nada de ciclos humanos, ¿verdad? —supuso Faythe.
Se encogió de hombros.
—No he tenido exactamente una razón para hacerlo. Pero con los fae…
—Yo me encargo, primo mayor —le dijo Livia a Reylan cuando se acercó y le dio una
palmadita en el brazo mientras su rostro se fruncía ligeramente.
Le dedicó una sonrisa elegante por encima del hombro al pasar y enganchó su brazo en
el de Faythe.
La boca de Faythe se abrió para protestar, pues acababa de reunirse con Reylan, pero
su expresión se suavizó con un pequeño gesto de promesa que la vería más tarde antes que
Livia la alejara.
—Déjame adivinar: te despertaste sintiendo como si alguien estuviera practicando
nudos con tus intestinos.
—Es una forma de decirlo —suspiró Faythe.
Livia no le desenganchó el brazo y, aunque fue algo brusco por parte de la comandante,
a Faythe le resultó reconfortante.
—Sí, el dolor es más intenso para los fae. Pero solo porque nuestros ciclos son
misericordiosamente menos frecuentes. Cuatro veces al año durante tres o cinco días.
Faythe podía vivir con eso y tomó nota mentalmente de cuándo sería la próxima vez
que esperara la suya.
Livia tiró de Faythe hasta detenerla, echando una mirada atrás como para comprobar
que Reylan no las había seguido. Faythe sintió una gran inquietud.
—He estado buscando a Evander —dijo Livia.
Los ojos de Faythe se abrieron de par en par.
—¿Tú sola?
—Sí. Y solo te lo digo porque no puedo olvidar el atisbo de figura que vi cuando te
encontramos en aquel callejón. Pensé que era otro delincuente al que no habías atrapado
antes que pudiera escapar, pero le perdonaste la vida por una razón, ¿verdad?
—Livia, yo…
—Por favor, Faythe. —Algo sobre la nota de miedo en la voz de Livia sonó con gran
urgencia.
—No sé quién era —admitió—. Pero hablaba como si me conociera. Más que eso… era
como si yo debiera conocerle.
Eso pareció relajarla, pero Faythe no pudo calmar su propia preocupación ni por un
segundo.
—Nunca te ha conocido. —Livia pareció airear sus pensamientos mientras se cruzaba
de brazos.
—¿Podrías mostrarme un recuerdo? —preguntó Faythe.
Livia negó con la cabeza.
—No me pidas que piense en él.
—Ya estás pensando en él —volvió a intentar suavemente.
La vulnerabilidad no era una emoción que Livia cediera fácilmente. Al verla despojarse
de su feroz exterior, a Faythe se le apretó el corazón.
Entonces Livia extendió una mano, y aunque ambas sabían que no era necesario para
que Faythe vislumbrara su mente, Faythe dio a la palma de Livia un apretón tranquilizador.
—Solo necesito oír su voz —dijo Faythe, como si estuviera en dos lugares a la vez
mirando fijamente el azul de los ojos de Livia.
La comandante la aferró con más fuerza con el primer eco, pero estaba distorsionado
como si estuviera bajo el agua. Todo lo que Faythe necesitaría era una línea clara para
confirmar o aliviar los temores de ambos.
Había dos voces en la escena que no era más que un borrón de colores. Gritaban, y pudo
reconocer a una de ellas con cualquier barrera de por medio.
Reylan.
El agarre de Livia se volvió doloroso, bloqueando inconscientemente el recuerdo, pero
Faythe luchó contra la resistencia.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo Faythe en voz alta. No oyó ni captó la respuesta
de la comandante cuando la escena se hizo más ruidosa.
Ya casi…
Entonces los vio. Evander y Reylan. Faythe los observó con un poco de distancia desde
una ventana, pero forzó su oído de fae, afinó la vista y lo vio todo en la casa con claridad.
El cabello plateado de Reylan le llegaba a los hombros, con dos trenzas a cada lado, y
Faythe casi perdió la concentración y se retiró por completo de la mente de Livia ante la
visión confusamente familiar de ambos varones. Evander tenía el cabello más oscuro y los
ojos azules, atractivos con un filo vicioso que borraba cualquier cosa digna de admiración.
Justo cuando su guerrero de cabello plateado estampó a su tío contra la pared con un gruñido
amenazador, a Faythe le invadieron oleadas y oleadas de terror.
El terror de Livia.
Evander dijo:
—Te arrepentirás, hijo.
Faythe captó un parpadeo de movimiento en el borde de la ventana y descubrió a Livia
avanzando hacia ellos. Sollozaba con fuerza, y los ojos de Faythe ardían por quitarle el miedo,
el dolor. Había mucho de ello recorriendo a la impresionante comandante de cabello castaño
rojizo. Sin embargo, Faythe no veía eso. Esto fue mucho antes que ella reclamara ese título.
El vestido rojo de Livia estaba roto y arrugado.
—¡Por favor, paren los dos! —gritó.
Faythe comprendía su angustia. A pesar de lo que Evander hubiera hecho, a una parte
de Livia siempre le dolería ver a su padre herido.
Un nuevo calor sobre la piel de Faythe comenzó a sofocar todo lo demás. Esta vez, eran
sus propias emociones las que se apoderaban de ella. Se quedó sin aliento al darse cuenta de
algo crucial: estaba observando la escena desde un punto de vista particular. Un árbol. De
algún modo, Faythe sabía exactamente dónde se encontraba en esta escena, y el pánico
empezó a invadirla. Su habilidad amenazaba imprudencia en su confusión, convirtiéndose
en un enredo de dos mentes que recordaban ángulos diferentes del mismo recuerdo.
Faythe intentó liberarse, pero estaba encerrada, ya no sentía a Livia cuando lo único
que conocía era a sí misma. Recuerdos de cómo había llegado hasta allí; visiones imposibles
de lo que haría a continuación.
—¡Faythe!
Respirando hondo, Faythe sintió como si la arrastraran a través de un largo vacío de
tiempo. Estaba de rodillas. Apoyó una mano en el frío mármol, lo que le confirmó que había
vuelto al presente.
—¿Qué pasó? —Livia presionó cuando Faythe no podía hablar.
Sus ojos trazaron el mismo patrón sobre el mármol solo como una forma de
concentrarse mientras repetía la escena una y otra vez, encontrando nuevos trozos de
memoria que encajaban antes o después, aunque ninguno de ellos tenía pleno sentido.
—No lo sé —respondió ella con aire ausente.
El terror de Livia había sido tan crudo y real que hizo retroceder a Faythe. Sus miradas
se cruzaron y la abierta vulnerabilidad de la comandante rompió algo en su interior.
—Eres increíble —dijo Faythe, aunque no fue suficiente. Nunca nada lo sería para lo
mucho que Livia había soportado y la valentía con la que se había levantado de todo aquello.
El ceño de Livia se frunció como si no se permitiera escucharlo de verdad. Se levantaron
juntas. Faythe no creía que fuera a tener este momento, y se sintió aliviada cuando Livia hizo
el primer movimiento para abrazarla. Lo saboreó, cerrando los ojos. Livia podía ser dura con
su amor, y aunque Faythe le respondía, amaba cada momento que pasaban juntas.
Livia se echó hacia atrás y se enjugó una lágrima. Luego, con una profunda inspiración,
la comandante volvió a meterse en su armadura.
—¿Le oíste?
Faythe asintió, y tal vez solo su expresión lo dijera todo, ya que Livia palideció,
apartando la vista y mirando por la larga ventana.
—Está realmente allá fuera —dijo Livia.
—¿Qué vas a hacer?
—Encontrarlo.
Faythe admiró la valentía y seguridad en ese tono a pesar que Livia había declarado la
caza de su más larga pesadilla.
—Y matarlo.
—Quiero ayudar —dijo Faythe.
Livia negó con la cabeza.
—Tienes mucho que hacer aquí. Podría llevar algún tiempo localizarlo si de todos
modos ha permanecido oculto todo este tiempo.
—¿Se lo dirás a Reylan?
—Sí. Merece saberlo. No le gustará, pero no puede detenerme.
—Prométeme que vendrás a nosotros si lo encuentras.
Livia esbozó una sonrisa hueca, pero asintió con la cabeza.
—Lo haré.

***
Faythe apenas podía mantener la concentración, e incluso en los entrenamientos
apenas encontraba energía para levantar una espada, ya que los dolores sordos volvían en
oleadas. Volvió a la cama. Los calambres eran tolerables, pero no podía quedarse dormida.
Su mente no se había desprendido de la imagen de Evander. Los pensamientos sobre
él en la visión, y luego el enfrentamiento que estaba segura que fue con él en el callejón, la
mantuvieron despierta tratando de resolver el rompecabezas de los acontecimientos.
Sonó un suave golpe y, aunque no lo había detectado antes, supo que pertenecía a
Reylan incluso antes que su cabeza de cabellos plateados se colara por la puerta. De espaldas
a él, Faythe le lanzó una débil mirada por encima del hombro mientras rodeaba la cama.
—Esto es atrevido —murmuró Faythe—. No querría que la gente pensara que me
escandalizas.
—Estás sufriendo. Esto es una excepción.
Reylan se sentó, inclinándose para desatarse las botas, y Faythe suspiró por él.
—Lastimosas excepciones —reflexionó—. Lo tomaré.
Resopló, tirando de la comisura de los labios mientras se incorporaba, aún vestido y
por encima de las mantas. Ella no iba a discutir. En lugar de eso, puso a prueba sus límites y
se acercó hasta que su cabeza descansó en su regazo mientras él se sentaba contra el
cabecero.
La mano de Reylan recorrió su brazo, descendiendo hasta la cintura, y Faythe se quedó
sin aliento cuando la palma se posó sobre su abdomen. No le dio importancia al contacto
hasta que un calor creció allí, penetrando como si su piel lo absorbiera, envolviendo cada
punzada del dolor punzante hasta adormecerlo por completo.
Faythe no pudo evitar un gemido, totalmente relajada con su ayuda mientras se
acurrucaba más cerca de él.
—Ojalá hubieras venido antes —suspiró satisfecha.
—Pensé que habrías tomado otra dosis del tónico.
—Me da náuseas, más que los calambres.
—Tendría que haber enviado a un sanador —le dijo, pasándole un mechón de cabello
por detrás de la oreja.
La suave vibración de la magia sobre su estómago, junto con su tacto, invocó tal
felicidad que se debatió entre dormir o disfrutar del momento durante mucho más tiempo.
—En lugar de eso, les robaste su habilidad —dijo Faythe, mirándole de reojo.
Su sonrisa le estalló en el pecho.
—Simplemente estoy aprovechando la oportunidad.
—Me alegro que estés aquí —susurró Faythe.
Los dedos de Reylan iniciaron una ociosa caricia ante la que sus ojos revolotearon.
—¿Conseguiste lo que necesitabas de Livia?
A Faythe la pregunta le nubló el punto más siniestro de su conversación. Se preguntó
si el comandante ya se lo habría dicho.
—Sí —respondió Faythe. Estaba a punto de dejarlo ahí, pero sabía que la pregunta
ardería en su mente hasta que lo supiera.
—¿Livia te contó sobre…?
—Evander. Sí.
Hablaba con tanta calma que cualquier otra persona podría creer que eso no le
perturbaba. La mano de Faythe se enroscó en su muslo al detectar el calor latente de la ira.
—Tú no lo mataste.
—Parece que no.
Entonces sintió los ecos de su decepción, como si hubiera fracasado.
—Los dos han tenido todo este tiempo para vivir en paz pensando que estaba muerto.
Eso tiene que contar para algo —dijo Faythe.
Siguió peinándole el cabello con los dedos, perdido en su propia batalla de
pensamientos que ella desearía poder aliviar.
—Así es —dijo tras una pausa pensativa—. Pero ahora ninguno de los dos descansará
hasta que lo esté de verdad.
La retribución de Faythe se afiló hasta alcanzar un peligroso filo con el rostro que se
burlaba en el primer plano de sus pensamientos. Había matado antes, pero había muy pocos
a los que había reservado como objetivos en su mente, incapaz de descansar hasta abatirlos.
—Nos ocuparemos de ello —dijo Reylan con suavidad, como si pudiera sentir su subida
de adrenalina. —Siempre lo hacemos.
Faythe asintió, sin insistir más en el tema. Ahora mismo, se entregaría a la seguridad y
la dicha de aquel momento con Reylan, pero estaba lejos de estar descansada de la creciente
necesidad de vengarse de Evander.
Capítulo 43
Faythe
Faythe observó cómo se movían las diminutas hebras como si cada una de ellas fuera
un hilo de llama. Si daba un paso atrás, no parecía más que una gran pluma inmóvil. La había
estado estudiando, con un libro lleno de intrigas y maravillosas leyendas del Pájaro de Fuego
entre las manos.
—Ella es real —dijo Faythe, cerrando el libro de un golpe al sentir el acercamiento
tentativo de Agalhor—. Está viva.
—Estás descubriendo tus sentidos admirablemente rápido —comentó.
Faythe apartó los ojos para seguirle cuando él se acercó a su lado.
—Siempre he tenido problemas para oír cosas, demasiadas cosas. En mi mente o en
cualquier otra parte.
—No puedo fingir que sé por lo que estás pasando, pero tu voluntad de adaptación es
fuerte.
—¿Cómo puedes saber eso? —Salió de sus labios como una súplica.
Su ceño se frunció con complicidad.
—Porque todos lo hemos visto. Es fácil olvidar los saltos que hemos dado cuando los
pasos que damos hacia delante se hacen tan pequeños. Pero nunca olvides que sigues
avanzando. Te estás desafiando a ti misma cada día que decides enfrentarte a tu realidad.
Faythe se sintió abrumada por lo mucho que resonaban esas palabras en su interior.
Las capturó y las guardó donde permanecía toda la sabiduría atesorada de su padre, nunca
olvidada como si sus palabras contuvieran magia. Por mucho que pasara el tiempo, aquellas
notas de aliento volverían a resonar cuando más se necesitaran.
—No sé a dónde fue Atherius ni por qué se fue después de salvarme.
—Es una historia extraordinaria. Aunque muy familiar.
Intercambiaron una sonrisa cómplice.
—Quedaba poco que perder en aquella montaña. No estaba segura que detectara el
linaje tan atrás, pero no puedo explicar el lenguaje que oí segundos antes de tomar la decisión
de dar ese salto.
—Te envidio, Faythe. No hay nada que no daría por haberla visto. Quizá también la
habría oído. Aunque sé que no debería envidiar la posición en la que estabas.
Faythe no pudo evitar soltar una carcajada.
—No. Aunque si no fuera por los fae oscuros, le tendría más asombro que miedo a esa
noche.
Su profunda inhalación fue contemplativa.
—La que tenemos abajo será tratada por lo que te hizo.
—Me soltó. —Faythe no apartó la vista de la pluma, aunque tenía toda su atención—.
Zaiana… es poderosa. Luché contra ella, y sé que sus intenciones eran capturarme y luego
matarme, pero algo la hizo cambiar de opinión.
—Algo que crees que es la salvación.
—No lo sé —respondió Faythe con sinceridad—. Lo que sí creo es que el mundo es
burlón y cruel. Hay quienes se pliegan al molde de su educación y quienes quieren romperlo.
Una tranquila charla interrumpió su momento, y la mirada de Faythe se desvió hacia
arriba para ver a Jakon y Marlowe que regresaban de su paseo por la biblioteca. Marlowe
tenía un libro entre las manos, absorta en él, mientras el brazo de Jakon parecía estar
guiándola sutilmente por el camino correcto. Cuando vio junto a quién estaba Faythe,
Marlowe cerró el libro de un golpe y ambos hicieron una breve reverencia al rey, tensos por
los nervios.
—He oído hablar mucho de ustedes, Jakon y Marlowe Kilnight. —Agalhor los saludó
cordialmente.
—Como nosotros de usted, Majestad —respondió Jakon.
—Rhyenelle es extraordinaria. —La mirada de Marlowe se desvió con asombro,
maravillada por la larga pluma—. Estoy segura que es consciente de lo que esto puede hacer.
Faythe se dio cuenta que estaba hablando con Agalhor.
—Soy consciente que en nuestra historia se han utilizado para mejorar la magia.
Marlowe asintió.
—Yo, eh, yo… —Parecía tropezar con lo que quería añadir a la conversación, al parecer
pensándoselo dos veces en el último segundo. Ella y Jakon intercambiaron una mirada y, de
algún modo, Faythe leyó en ella un destello de memoria.
—¿La pluma de Nik?
La atención de Marlowe se centró en ella, y sus orbes oceánicos parpadearon entre
Faythe y Agalhor, como si se preguntara si sus conocimientos estarían a salvo.
—Fue prohibida hace muchos milenios —explicó, dispuesta a detenerse ahí si el rey
mostraba alguna indignación.
—Sangre de Fénix —le ofreció Agalhor como muestra de seguridad que podía hablar
libremente de ella.
La intriga de Faythe se despertó cuando Marlowe asintió.
—Tenía una pluma mucho más pequeña, pero era real.
—¿Era? —sondeó Faythe.
—Sí. Albergo algo de esencia de magia y pude crear las pociones. Es verdad, todo lo que
dicen que puede hacer, y esto… —Su mano recorrió la vitrina—. Se siente poderoso. Solo
puedo imaginar el poder que otorgaría si se usara de esa manera, considerando lo que hizo
por Nik.
—¿Qué hizo? —preguntó Faythe.
—Su Caminata Nocturna. Adquirió una habilidad consciente similar a la tuya. Cuando
lo dejamos, aún tenía esa ventaja, y no se sabe cuándo desaparecerá.
Agalhor intervino.
—La fuerza de la poción no la determina el tamaño de la pluma, sino el ave de la que
procede. Puede que creas que la de aquí es más poderosa, pero si ambas plumas proceden
del mismo pájaro, la única diferencia radica en cuántos viales puedes producir.
El pulso de Faythe galopaba de asombro y admiración ante los hechos, imágenes de
Atherius en su resplandeciente gloria que ya no la llenaban de miedo, sino de orgullo. Y
anhelo, se dio cuenta, profundo y ardiente en su pecho. Deseaba tanto volver a ver al gran
Pájaro de Fuego.
—Este conocimiento no puede abandonarnos —dijo Agalhor, con tono de mando—.
Nadie debe descubrir lo que esta pluma puede hacer. En las manos equivocadas, es un arma
más allá de nuestra imaginación.
Faythe tragó, extendiendo instintivamente sus sentidos con el inexplicable impulso de
proteger la pluma. Cuando confirmó que solo estaban ellos cuatro en la biblioteca, su tensión
disminuyó. Jakon y Marlowe asintieron con la cabeza antes de ofrecerse a acompañar a
Faythe de vuelta a sus habitaciones, pero ella quería quedarse un rato más y sabía que Reylan
no tardaría en venir a buscarla.
De nuevo a solas con Agalhor, las inseguridades de Faythe empezaron a aflorar. Era
demasiado consciente de la inminente reunión del consejo, a pocos días de distancia.
—¿Qué pensarán de mí? —preguntó, sin esperar realmente una respuesta que calmara
sus preocupaciones, pero necesitada de cualquier pequeño consuelo que pudiera venir de un
padre, no de un rey.
—Cualquier cosa que les hagas creer.
Una frase, y fue suficiente.
—¿Qué crees tú?
—Exactamente lo que siempre he dicho. Que tu valor no se mide por el cuerpo que
habitas.
Le oyó volverse hacia ella, pero en su cobardía no pudo moverse; solo pudo inclinar la
cabeza pensativa.
—Mi querida Faythe, no hay nadie que pueda decir que te entiende, porque lo que has
vivido es tuyo. Independientemente de la opinión sobre tu capacidad de recuperación, me
sorprende que aceptes este nuevo destino con tanto asombro. No tienes que estar agradecida
por tener una vida que te ha sido impuesta simplemente porque vives. No tienes que
desprenderte de lo que fuiste para abrazar aquello en lo que te estás convirtiendo.
Su lágrima cayó directamente al suelo, de pura gratitud y liberación.
Una mano grande y callosa le levantó la barbilla y la miró a los ojos con la calidez de un
padre.
—Te preocupas profundamente por esto, por lo que el consejo hará de tu derecho a
reinar. Eso demuestra cuánto lo deseas, querida. Me llena de un orgullo que nunca pensé que
tendría en esta vida.
—¿Y si no quisiera esto? —susurró.
Su sonrisa solo se ensanchó.
—No importa lo que elijas, volarás con esas alas que han estado enjauladas durante
demasiado tiempo.
Capítulo 44
Zaiana
No tuvieron que hacer nada más para que Zaiana sufriera las secuelas de sus latigazos.
La espalda le escocía a más no poder, pero lo peor de todo era que le picaba más de la cuenta,
y elogió un poco más a los humanos por su resistencia mientras se curaban.
Sin nada que la distrajera de arañar donde podía, apretó las rodillas y enterró la cara
entre los brazos cruzados. La oscuridad era una burla, una ilusión de libertad para los sueños
que podía conjurar en sus profundidades, viviendo a través de la mente más que del cuerpo.
Funcionó durante un tiempo para sacarla de aquella celda, de su miserable existencia. Pasó
el tiempo en muchas vidas, preguntándose quién podría haber sido en un mundo alternativo.
Sin embargo, nada de lo que pensaba le parecía especialmente atractivo. No quería la vida de
Nephra, ni la de Mordecai, ni la de Dakodas. En su lado opuesto, no quería la vida de Faythe
ni la de Kyleer.
Ella tampoco quería la suya. Al menos no con esas cadenas fantasma que la anclaban
como sierva de alguien.
En su cansancio y delirio, Zaiana no podía luchar contra los pensamientos de Maverick.
Volvió a preguntarse dónde estaría, si ya sabría de su captura y qué haría con ese
conocimiento. La confianza no era algo que ella extendiera a menudo, pero en ese momento
se dio cuenta que le había dado mucha. Zaiana confiaba en que no se lo contaría a los amos
sabiendo el castigo al que la condenaría.
Su pecho se oprimió y sus uñas se clavaron en su carne para contrarrestar el anhelo
que se deslizaba a través de sus débiles defensas. Por la familiaridad de Maverick. Por la
parte de ella que echaba de menos su insufrible acoso. Por su tacto…
—Vete, Kyleer —gimió ella, sin levantar la cabeza, irritada porque él había calculado el
momento de su intrusión justo cuando ella por fin se dejaba llevar por un momento de paz.
—¿Vas a dejar que te ayude ahora?
Zaiana estaba más allá de la atención. Estaba tan condenadamente cansada. Y fría, se
dio cuenta con un doloroso escalofrío. Sin embargo, su piel estaba resbaladiza, como si
hubiera estado corriendo por los calurosos campos de verano. Tragó saliva, pero sentía la
garganta como papel de lija.
—No has comido ni bebido nada.
Oyó la voz de Kyleer como distante, bajo el agua. Zaiana levantó la cabeza, dirigiéndola
hacia él con la intención de fruncir el ceño, pero el mundo se inclinó rápidamente. La dicha y
la miseria pesaron en su caída. Oyó débilmente una maldición y captó la visión borrosa de
humo y estrellas antes que su cabeza chocara con algo blando y su entorno se desvaneciera.

***

Zaiana se despertó con un grito ahogado. El pánico se apoderó de ella y ahogó un grito
apretando los dientes cuando sus muñecas chocaron con los extremos de las ataduras. Su
vista no se enfocó durante mucho tiempo, pero cuando se levantó de donde se había tumbado
de lado, sus dedos se flexionaron por la sorpresa de encontrarse con sábanas blandas en
lugar de piedra.
Mientras intentaba orientarse, respiró larga y profundamente. El aroma que la envolvía
la llamaba a tumbarse de nuevo y sentirse segura en el sueño, pero el rostro que le vino a la
mente la hizo parpadear, buscando y mirando de reojo.
Ahí estaba.
Kyleer se sentaba en el borde de la cama dándole la espalda. Miraba en silencio las
llamas ámbar al otro lado de la habitación, pero tenía que haber detectado que ella estaba
despierta. Zaiana escrutó su nuevo entorno. Por instinto, buscaba una salida, pero su
curiosidad se apoderó de cualquier cosa que pudiera confirmar dónde creía estar.
La espada de Kyleer era inconfundible en un lado de la habitación junto a muchas otras
armas. Incluida la suya, Nilhlir. No le importaba que él se hubiera quedado con ella. La ropa
yacía tirada sobre un sillón, un solo libro desparramado sobre una mesa con un trozo de
pergamino, como si lo hubiera estado estudiando. La habitación resonaba con una calidez
humilde, nada fastuosa ni grandiosa, aunque ella creía que su posición era lo bastante
elevada como para poder solicitar cualquier lujo.
—No debería estar aquí. —Su voz salió en un horrible graznido y tosió.
—No, no deberías —respondió él, ajeno a cualquier emoción.
—¿Entonces por qué?
Se pasó una mano por el cabello castaño ondulado. No la miró, como si aún pudiera
negar su presencia en su habitación.
—¿Qué iba a hacer cuando eres tan malditamente terca que prefieres morir a admitir
que necesitas ayuda?
—No necesito nada de ti.
Soltó una carcajada nada graciosa. Su camisa clara dejaba al descubierto cada contorno
impresionante de su espalda, los definidos omóplatos se movían. Kyleer era el guardia de
complexión más impresionante que había visto.
—Estás ardiendo. Conseguí obligarte a beber un tónico que te bajará la fiebre por
ahora, pero volverá a aparecer si no te curas esas heridas que has estado reabriendo e
invitando a la infección.
Dioses, maldijo el acero de Niltain.
—¿No me habrás…? —No se atrevió a preguntar, aunque se dio cuenta que seguía
llevando el jersey negro y los pantalones. Extrañamente, no llevaba botas, lo que permitió
que los dedos de sus pies se acurrucaran cómodamente contra el material.
—¿Tocado? No.
—¿Cómo he llegado hasta aquí?
—No fue fácil. Y si descubren que te has ido, reza a los Espíritus por los dos.
Un oscuro temor empezó a crecer en su estómago. No podía estar aquí. No podía
saberse que él la había traído aquí. Ella ya estaba preparada para el castigo, pero él…
—Llévame de vuelta.
—No durarás ni una semana más ahí abajo a menos que recibas la ayuda que necesitas
—gritó.
—Que yo viva o muera no debería ser de tu incumbencia —replicó ella.
Giró la cabeza hacia ella y ella retrocedió ante el fuego que ardía en sus iris musgosos.
—Tienes razón. —La rodilla de Kyleer sobre la cama le hizo respirar
entrecortadamente—. Tú no deberías ser de mi incumbencia. —Sin apartar aquella mirada
ardiente, cruzó la corta distancia. Zaiana no sabía muy bien cómo responder cuando él le
puso la mano junto a la cabeza y, mientras la obligaba a tumbarse, le puso la otra por detrás,
justo entre los omóplatos, encendiendo chispas donde no había heridas e impidiendo que su
espalda chocara contra las sábanas.
Le cayeron algunos mechones de cabello mientras se cernía sobre ella. Su mandíbula
delineada por la sombra lo hacía aún más firme y seductor. Pero fueron esos ojos de pasión
los que la atravesaron como siempre, permitiéndole acercarse demasiado antes que
cualquier pensamiento racional pudiera abrirse paso.
—Eres un tonto por traerme aquí. —Ni siquiera sabía el peligro que había desatado.
Desde aquí podría escapar fácilmente.
—Sí, lo soy.
—Deberías haberme dejado sufrir.
—Debería haberlo hecho.
Zaiana rechinó los dientes contra todos sus acuerdos. Tenía que hacer entrar en razón
al comandante. Sus piernas se engancharon alrededor de él y sus rodillas se cerraron con
fuerza. Kyleer reaccionó más rápido de lo que esperaba, o ella más despacio de lo que solía
hacerlo en su miserable estado. Agarró sus cadenas, tirando de sus manos por encima de su
cabeza. Para evitar que las volcara, apretó su duro cuerpo contra ella.
El grito ahogado que él le arrancó le impidió luchar. Su calor, la conciencia que moverse
sería moverse contra él, la congelaron. Otro pensamiento traicionero relampagueó tan
rápido… hasta que ella lo incineró en su mente. El ataque de deseo que lo quería. A él. Quería
saber cómo se sentiría cada centímetro de aquella forma ancha y poderosa, piel con piel
contra la suya.
—Haz lo que tengas que hacer, Kyleer —siseó.
—Eres una criatura salvaje y obstinada.
—Si no me sueltas, gritaré y alertaré a todos los guardias a mi alcance.
Se estremeció, pero sus palabras eran casi un desafío.
—Date la vuelta.
La gravilla le rozaba la piel. Cuando él retrocedió y le soltó las muñecas, ella, cansada,
cedió a sus órdenes. Se llevó las manos al pecho y se tumbó boca abajo, hundiendo la cama
para aliviar la presión de los grilletes.
—Podrías quitármelos y ahorrarnos la molestia —dijo ella, mirando fijamente el vaivén
de fuego.
—Soy un tonto por traerte aquí, pero no tanto.
Zaiana se habría reído burlándose de su inconsciencia. Podía demostrárselo, pero la
lucha que había en ella disminuía aún más en su presencia cuando la intriga la hizo olvidar,
solo por un momento, lo rápido que podía matarlo.
—Voy a romper esto —advirtió él, haciendo una pausa hasta obtener su respuesta.
Zaiana se limitó a asentir y, a pesar del aviso, su cuerpo se convirtió en piedra ante el
desgarro de la tela. La brisa le acarició la espalda desnuda, provocándole un escalofrío. El
tónico que le había dado -o tal vez fuera la fiebre- hacía que sus párpados aletearan contra la
somnolencia. Las suaves sábanas sobre las que estaba tumbada eran como nubes, pero, sobre
todo, el aroma a pino incitaba a su mente a encontrar la paz.
Esforzó el oído para descifrar lo que Kyleer estaba haciendo. El roce de la madera indicó
que se había acercado un taburete. Dejó algo sobre la mesilla y, por el leve chapoteo, supo
que era una palangana con agua. Sumergió algo en ella y ocupó el taburete.
Luego la quietud.
—Esto va a doler —dijo, con una voz sorprendentemente tierna.
—No puedes hacerme daño, Kyleer.
No sabía por qué lo decía. Su dolor físico no significaba nada; no era más que una
sensación pasajera que se enfriaría y sanaría. Podía marcar su apariencia, pero las heridas
que contaban historias mucho más eventuales vivían en lo más profundo de su ser.
Zaiana se preparó ante el calor que se acercaba a su piel. Apretó los dientes contra el
escozor superficial, pero tuvo que concentrar toda su atención en las manos de él para
asegurarse que no eran manos para herir, sino manos para curar.
Ella no se dio cuenta que él había hecho una pausa, con el paño bajo la palma de la mano
inmóvil y las yemas de los dedos hormigueando donde se tocaban.
—Estoy bien —susurró ella, preguntándose si era eso lo que él estaba esperando.
Se movió con el paño húmedo y caliente, y la conciencia la despertó de golpe.
Necesitaba una distracción. Cualquier cosa.
—Tienes un hermano —afirmó más que preguntó.
—Tengo dos —respondió—. Da la casualidad que uno se parece mucho más a mí.
Zaiana reflexionó sobre sus palabras.
—¿Por qué consideras al general como un hermano si no es de tu sangre?
—La sangre no hace la familia.
Zaiana frunció el ceño. Tenía intención de discrepar, pero ansiaba oír más de sus
extrañas razones.
—¿Qué razones?
Sus manos la abandonaron, sumergiéndose de nuevo en el agua, y ella levantó la vista
por instinto. Kyleer esperó de nuevo, y solo cuando los hombros de ella se relajaron continuó
con sus suaves caricias.
—Aquellos que te apoyan pase lo que pase. Aquellos por los que harías cualquier cosa,
darías cualquier cosa. Cuando has atravesado el Infierno con alguien y ha visto las peores
partes de ti y aun así decide quedarse, ¿cómo podría ser algo menos que familia?
Zaiana se rindió a la idea romántica, aunque condenatoria. Preocuparse, amar… eran
debilidades abiertas que cualquier enemigo podía disfrutar.
—¿Tienes familia, Zai?
El cambio de tema a ella misma levantó sus defensas. No contestó durante un rato de
silencio mientras el pellizco de sus heridas empezaba a desvanecerse y se convertía en ansia
de contacto.
—Nos separan de nuestros padres en cuanto nacemos. No sé quiénes son los míos ni si
tuvieron otros hijos. Supongo que no, ya que es raro que una pareja anhele volver con el otro.
Los Oscuros somos entregados a los maestros, donde nos entrenamos para luchar algún día
por nuestra especie.
Kyleer canturreó pensativo.
—¿Alguna familia que no sea de sangre?
Su instinto la llevó a ridiculizar la idea. Sin embargo, en su mente aparecieron imágenes
que examinó una a una. Tynan, Kellias, Acelin, Drya, Selain y Amaya. Eran sus soldados, su
círculo íntimo de confianza y lealtad. Pensó que podrían ser lo más parecido a lo que los de
su clase llamarían la palabra que ella temía.
Familia.
—No —respondió ella.
Kyleer alargó la mano -sin tela, solo carne- y cuando este toque ligero como una pluma
se deslizó entre sus hombros, sus manos apretaron las sábanas con fuerza.
—Aquí es donde estarían tus alas —dijo con aire de asombro. No sabía lo que le estaba
haciendo, pero si no paraba, seguro que lo olería.
—Sí —consiguió respirar, tratando de ignorar el placer que relajaba su cuerpo, incapaz
de decirle que parara.
—¿Cómo los escondes?
—Con glamour.
—¿Qué se siente? —Trazó el otro lado, y ella se mordió el labio inferior para reprimir
el gemido que le acariciaba la garganta.
—Es como un peso sobre mis hombros y un picor que crece cuanto más lo aguanto. —
Hablar se estaba volviendo difícil cuando todo lo que ella podía rastrear eran sus dedos.
—Explica por qué las heridas te afectan hasta el punto de tener que arañarlas sin parar.
—Supongo.
—Explica por qué disfrutas tanto con esto. —Aplicó presión como si supiera
exactamente dónde se expandirían.
Malditos sean los Espíritus Oscuros, no pudo evitar la tensión de sus músculos, la
separación de su boca, ni el pellizco de su frente.
—No te hagas ilusiones.
Él se rio. Bajo y genuino, pero con una oscura burla que la hizo tragar saliva.
—¿Son sensibles cuando tus alas están expuestas?
Zaiana no perdía nada con complacerlo.
—No. El glamour no es precisamente agradable. Tus manos… —Se tomó un segundo
para respirar a través de la dichosa tortura que él empezaba a comprender que podía infligir,
y entonces se dio cuenta de su error al responder a sus preguntas—. Alivian la presión. Es…
—¿Placer?
Zaiana cerró la boca para no confirmarlo, pero pudo sentir su sonrisa.
—Tu sangre es…
—¿Incorrecta?
—Hermosa.
Zaiana parpadeó ante el fuego.
—Eres el primero que la llama así.
—Lo es.
—Se supone que me encuentras monstruosa.
—Sí, quiero. —Un cambio oscuro entró en su voz.
Zaiana escuchó cómo devolvía el paño a la palangana, pero él no volvió a sacarlo ni a
retorcerlo. La cama detrás de ella se inclinó, una gran mano se enroscó en su brazo, y Zaiana
supo que debía apartarlo, pero en lugar de eso rodó ante su silenciosa petición, con todo el
cuerpo pegado al suyo. La envolvió con tanta protección.
—Me pareces absolutamente perversa, impresionante… —Con cada palabra las bajas
vibraciones se acercaban más a su cuello— y monstruosa. —Su mano se deslizó por su
cintura desnuda.
Zaiana culpó al tónico, a su enfermedad, a sus heridas… culpó a todo lo que pudo por
las respuestas que le dio y que le parecieron tan equivocadas, pero tan correctas. Se apretó
más contra él cuando aquella mano fuerte y callosa recorrió ligeramente su abdomen.
—¿Por qué te odio y a la vez no puedo resistirme? —gimió él en su cabello.
Sus manos se aferraban torpemente a las mantas. Las yemas de sus dedos recorrían su
piel tortuosamente, haciéndola moverse de vez en cuando contra él.
—Ya he oído eso antes.
Kyleer dejó de moverse. Ella podría haber protestado, pero él le apartó el cabello suelto
de la cara, le rozó la oreja con la nariz y los labios de ella se entreabrieron con un escalofrío.
—Podría hacer cosas muy malas que significarían que nunca volverías a compararme
con nadie que me haya precedido. Y lo haré, si es necesario.
—No es una comparación —se defendió sin aliento—. Una observación.
Kyleer rio sombríamente.
—No me confundas con placeres sin sentido que nunca fueron suficientes para hacerte
recordar una cara o un nombre.
No podía negar que su confianza le resultaba muy atractiva. Sus palabras fueron
pronunciadas como una promesa, no con la misma arrogancia vacía que había oído antes.
—No sabes eso…
El otro brazo de Kyleer pasó por debajo de ella, dándole unos segundos para objetar
antes de agarrarle el pecho. Zaiana emitió un grito ahogado, arqueándose en su juego.
—Justo como pensaba —dijo él, deslizando perezosamente los dedos sobre su
abdomen—. Me encajas tan bien.
Sus caderas ondularon en una demanda silenciosa. Su ceño se frunció y sus ojos se
cerraron ante la tensión que él acumulaba en su interior, totalmente enloquecedora, aunque
esta tortura quería prolongarla. Lo adormecía todo, una pizca de placer entre tanta
desolación.
—No deberíamos estar haciendo esto —dijo sin protestar realmente.
—Te atormenta desear esto. —Le desabrochó los botones de los pantalones y un aleteo
estalló en su estómago—. Lo sé porque nada me ha atormentado como tú. —Kyleer la abrazó
con fuerza.
Invadida por la lujuria y la ternura momentáneas, Zaiana quiso sucumbir a todo ello
antes que fuera demasiado tarde.
—Di que quieres esto —gruñó, haciendo saltar chispas por su espina dorsal y
haciéndola soltar la respuesta sin vacilar.
—Quiero esto.
—Gracias, mierda.
La mano de Kyleer se hundió bajo su cintura. El suave gemido de ella se mezcló con el
de él cuando la encontró resbaladiza por la necesidad que había provocado entre sus piernas.
—Te sientes mejor de lo que podría haber imaginado —dijo pecaminosamente.
—Has pensado en mí. —Zaiana disfrutó de sus palabras, sintiendo que alimentaban su
lujuria tanto como sus manos.
—Demasiado a menudo. Te he deseado desde el momento en que te vi, pero es más que
eso. Eres mucho más que eso. —Un largo dedo se curvó dentro de ella, y Zaiana gritó por él—
. Podría escucharte durante horas, días —la animó, arrancándole sonidos incontenibles
mientras entraba y salía de ella lentamente antes de añadir un segundo dedo—. ¿Cuánto
tiempo has imaginado esto? Mis manos conduciendo tu placer.
Ella quería apretar los labios para no darle lo que quería, pero le salía de la boca como
si se deshiciera a cada orden suya.
—Durante un tiempo —confesó. Era todo lo que le daría. No le permitiría saber que tal
vez algún que otro pensamiento escandaloso se le había pasado por la cabeza mucho antes
de llegar al castillo. Mientras ella lo observaba durante muchas semanas en su viaje a las Islas
Niltain y castigaba su mente por pensar algo más allá de querer matarlo.
—Por favor. —La palabra sabía extraña, pero era todo lo que podía decir para el ritmo
burlón que no era suficiente. No era lo que ninguno de los dos deseaba.
—No tienes que rogar por esto, Zai. Aunque suena malditamente hermoso cuando lo
haces.
Zaiana movió las piernas para conseguir un mejor ángulo y sus caderas se unieron a
cada brazada de Kyleer. Kyleer ajustó su posición, masajeando su pecho, bombeando dentro
de ella con fuerza, y trabajando su pulgar sobre su ápice para hacerla perseguir un final que
estaba tan cerca, y sin embargo ella no quería alcanzarlo. No quería que este momento de
felicidad absoluta terminara y que la realidad lo arruinara todo.
Pero no pudo detener lo imparable.
—¡Ky! —gritó el nombre en la punta de la lengua.
Entonces Zaiana se deshizo por completo.
Sujeta con fuerza en los brazos de su enemigo, se hizo añicos. Sus pedazos se
esparcieron rápidamente, pero volvieron a juntarse de una forma que la liberó de cualquier
carga, aunque duró poco, igual que el pulso brillante de su pecho muerto. Por un segundo,
pensó que su corazón podría estar latiendo. No, no latía, porque no estaba entero y fuerte
como el de Kyleer, que golpeaba maravillosamente, salvajemente, contra su espalda. El
movimiento en su pecho era algo parecido a un resbalón, pero aun así era un tesoro que ella
quería creer.
Kyleer se separó de ella, con la respiración agitada al soplarle en el cabello, y ella se
estremeció. La somnolencia se apoderó de ella y, entre los brazos de alguien tan fuerte,
valiente y cálido, no luchó contra ella, aunque debería haberlo hecho.
No se arrepintió, aunque estuvo mal.
Él la soltó, pero Zaiana mantuvo el antebrazo de él apretado sobre su pecho, con el ceño
fruncido mientras acurrucaba la cara en el espacio perfecto, como si pudiera esconderse allí
y olvidarse del mundo. Pero sabía que el dolor de su realidad no tardaría en volver.
Por ahora, no quería abandonar esta red que se había convertido en algo que nunca
antes había sentido tan plena e incuestionablemente: segura.
Capítulo 45
Samara
Llevaba una cara diferente caminando por el bosque de Westland. Por sus crímenes se
había convertido en el cebo. Parecía justo por el precio de su vida, pero el terror de saber de
quién había sido presa la consumía.
Tan quieto, tan silencioso.
Su depredador podría estar observándola en este mismo momento.
Él te encontrará.
La instrucción era clara, fácil. Sin embargo, no había nada claro ni fácil en vivir el
terrorífico plan.
—Viniste.
La voz oscura le acarició la nuca desde atrás, erizándole los pelos y haciendo que su
paso vacilara, resquebrajándose en una rama. Sonaba complacido, y cuando ella se atrevió a
volverse hacia él, todos los músculos de su cuerpo se agarrotaron en previsión que él se diera
cuenta del truco.
Ninguna descripción, ninguna preparación o advertencia habría bastado para aliviar la
conmoción de ver al gran señor en carne y hueso. Irradiaba poder, pero ella no sabía por qué.
Era muy alto y, por los dioses, imponente de un modo pícaro y peligroso. Era un fae mayor,
pero en cierto modo aún joven, con el cabello negro como la tinta despeinado alrededor de
sus rasgos angulosos. Una sombra delineaba su mandíbula y sus ojos de ónice la miraban con
deleite y promesa. Sin embargo, no tenía alas, y ella se sorprendió de su propia decepción
por el hecho que las hubiera conservado escondidas.
—Tauria Stagknight.
Tragó saliva. Aunque era la confirmación de lo que él veía, no podía deshacerse de los
sentimientos que le llegaban tan inesperadamente. Quería que él viera la verdad.
No. Eso le valdría un destino mucho peor que al que ya se había condenado.
¿Por qué tomó decisiones tan tontas? Maldita sea. Malditos sean.
—Me alegro que hayas aceptado mi petición de verte. —Hablaba con seguridad, como
una reina. Como la que él esperaba que fuera.
Levantó la barbilla mientras él se acercaba a ella lenta y deliberadamente. Un
estremecimiento le recorrió la sangre y le aceleró el pulso. Su terror se convirtió en deseo;
su timidez, en confianza. Demasiado fácil. Era demasiado fácil caer en la trampa de su oscuro
atractivo.
—Debo decir que me sorprendió enterarme de tu propuesta después de todo lo que
hiciste. —Su ira se filtró a través de él, y esa fue la primera grieta en el encantamiento que
había comenzado a inundarla.
—Hice lo que tenía que hacer. Convertirme en fae oscura nunca fue parte del trato, ni
habría aceptado la matanza de un niño.
—Lo confundes todo —dijo tranquilamente, con una oscura ira.
Se detuvo justo delante de ella, y su proximidad le hizo respirar con dificultad. Tuvo
que mantener la compostura y no apartar la mirada.
—Estoy aquí para arreglarlo —dijo ella, igualando su postura.
Una ceja oscura se curvó y ella se sintió atraída hacia ella. A su cara, tan cerca que quiso
acercarse y tocarla. No debía hacerlo. Era el enemigo. El enemigo. Pero tal vez él podría
salvarla.
Si ella se lo decía, tal vez él podría quererla.
—Explícate, princesa.
Fue entonces cuando volvió en sí. Él no la vio. Vio una cara completamente distinta, y
eso le dolió. No había esperado que le doliera cuando le dijeron que ese fae era un monstruo.
—Mi oferta sigue en pie. —Tenía la garganta seca. Quería decírselo, que la vieran. Pero
contaban con ella para abrir esta treta. Para probar de lo que era capaz.
No les importaba su vida. A nadie le importaba.
—Sigo sin estar casada —prosiguió, aun jugando a su favor, aunque la oscuridad era
tentadora.
—Estás apareada —replicó con no poco disgusto.
—Una medida necesaria para derrocar a Varlas. —Habló uniformemente—. Necesitaba
comunicaciones en High Farrow. Nikalias confía en mí. Debes ver la ventaja en esto.
La mano de él subió, deslizando unos dedos callosos bajo la barbilla de ella, y sus labios
se entreabrieron.
—No me gusta compartir, Tauria.
—No tendrías que hacerlo.
No con ella. La verdadera. No lo dijo, pero se burlaba de ella. No dejaría de burlarse de
ella.
—Podría estar escuchando, mirando, ahora mismo.
Cada palabra de él le subía por la espalda.
—Quiero ir contigo —le dijo. El shock que ensanchó sus ojos una fracción que no podía
haber sentido a menudo, ella supuso—. Pronto. No puedo irme tan abruptamente, pero
cuando haya averiguado todo lo que pueda sobre las defensas de High Farrow será el
momento. —Samara pronunció sus líneas ensayadas, tratando de igualar el tono, el aplomo…
todo lo que él esperaba de la cara que vio en ella—. Nikalias no tendrá más remedio que
inclinarse ante nosotros.
—Ahora mismo solo puedo confiar en tu palabra de una manera. —Su voz bajó con una
vibración que se enroscó en el estómago de ella. Los dedos de él en su barbilla bajaron por
su cuello, acariciando su nuca, y ella despertó. Dejó que él decidiera. No opuso resistencia al
espacio que los separaba, que se acortaba y acortaba, pero no lo suficiente. Él observaba cada
parpadeo de su expresión para detectar una mentira, una vacilación, y ella sabía que podía
desempeñar ese papel con pericia.
Lo deseaba. Quería sentir esos labios que prometían una pasión que estaba segura que
explotaría con algo oscuro y retorcido, pero que la consumiría por completo.
Cuando sus bocas se encontraron suavemente, sus ojos se cerraron. Entonces, sin
pensarlo, se dejó llevar por el impulso, las manos se deslizaron por el pecho de él, agarraron
su exquisita chaqueta y se apretó contra él con el brazo que él le rodeaba la cintura.
Dioses, esto estaba mal. No sabrían cuánto lo disfrutaba. Aunque lo vieran, pensarían
que era un espectáculo, que lo hacía por ellos, pero era por sí misma. No quería que se
detuviera, así que cuando él se apartó bruscamente, no pudo contener un gemido.
Sus ojos se clavaron en ella con salvaje sorpresa. Buscó los suyos y deseó que fueran
azules en lugar de color avellana, que fueran rubios en lugar de oscuros.
Deseaba que él la viera.
Sus labios se entreabrieron, pero las palabras no se formaron. No cuando la pasión
sombría de sus ojos podía cortarla tan rápido en traición y humillación si sabía la verdad. El
truco.
Todo lo que siempre sería era el fantasma de alguien.
Su peón.
Su juguete.
—Tienes mi atención, princesa —dijo, su voz deliciosamente áspera por su beso. Su
beso. No se podía negar, y ella prefirió creer que los sentimientos que había despertado en él
no eran solo por la hermosa princesa que veía.
Levantó la mano, rozó con las yemas de los dedos la superficie rugosa de su mandíbula
y le dirigió sus mejores ojos de seducción.
—¿Harías cualquier cosa por mí?
Eran sus palabras, no las que habían puesto en su boca.
La mano de él apretándola hizo estallar un revoloteo en su estómago.
—Si fueras mía, no habría límite a lo que haría por
ti.

El placer se apoderó de ella hasta que recordó que planeaban utilizarla solo esta vez. Él
nunca sabría de su existencia; nunca sabría que podría haber sido buena para él. La
verdadera ella, pero aún podía decirle…
Ella podría decírselo.
Sacudiendo la cabeza contra la voz burlona de su mente, se alejó. La distancia se sentía
fría, solitaria, comparada con su oscuridad.
—¿Cómo puedo volver a localizarte? —preguntó.
—No puedes —respondió él, con los ojos clavados en los suyos con tal admiración que
ella quiso que fuera real.
Ella podría decírselo.
—Tengo una pregunta para ti, Tauria Stagknight. —Entonces volvió a estar pegado a
su cuerpo, sus labios se inclinaron, pero solo rozaron los de ella para preguntarle—: ¿Harías
cualquier cosa por mí?
Su corazón latía desbocado y ella estaba segura que él podía oírlo, sentirlo, apretado
contra él. Era una respuesta dada, pero también propia. Su respuesta provenía de las mentes
de dos personas, pero salía de un solo par de labios.
—Sí.
Capítulo 46
Tauria
Tauria se quedó inmóvil en lo alto de un árbol, supervisando la interacción de Samara
con Mordecai.
—Está funcionando —dijo a través del vínculo.
Nik se apretó contra su espalda, donde se balanceaban precariamente sobre la misma
gruesa rama. Siguió provocándola peligrosamente, con los dedos rodeando su corpiño o
deslizándose por el corte de su vestido. Nunca demasiado lejos, pero lo suficiente para
distraerla con una necesidad creciente.
—Demasiado bien —contestó él, con un tono nada complacido, y como si tuviera que
asegurarse que ella estaba realmente entre sus brazos y no bajo los de Mordecai, apretó los
labios contra su cuello.
—Mantén la concentración o esto se acabará antes que consigamos nada —le reprendió,
aunque su cuerpo no quería que se detuviera.
Nik aún albergaba su habilidad aumentada de Caminante Nocturno por la poción de
Sangre de Fénix, y había sido un plan altamente peligroso e imprudente probarla con
Mordecai. Tauria no quería preocuparse por la vida de Samara, pero Lycus estaba preparado
para actuar si las cosas empeoraban.
Hasta el momento, el alto señor la llamaba por su nombre, y cuando avanzaba Tauria
no detectaba ninguna sospecha. Se detuvo cerca de tocarla, y aunque era a Samara a quien,
sin saberlo, miraba con desprecio, a Tauria se le revolvió el estómago al pensar en lo fácil
que sería llamar su atención si estuviera dispuesta a ser suya.
Cuando Samara y Mordecai se besaron, Nik se puso completamente tenso detrás de
ella. Sus labios se detuvieron en su hombro y una ira posesiva le erizó la piel.
Tardó un momento en darse cuenta de por qué.
Mordecai creía a pies juntillas que era a Tauria a quien había besado, que ella le había
correspondido el beso con tanta pasión, y ese pensamiento le daba náuseas. Nik había
manipulado la mente de Mordecai para verla, olerla, posiblemente incluso saborearla. Nadie
podía conocer los entresijos de un beso con Tauria mejor que Nik.
Sus dedos se entrelazaron con los de Nik sobre su cadera y se inclinó un poco más hacia
él mientras seguían observando a Samara y a Mordecai. El calor enrojeció sus mejillas ante
la intimidad, y quiso apartar la mirada, pero no podían arriesgarse a perderse algo. No
necesitaban que ella llegara tan lejos, pero Samara era convincente en su deseo por él.
Se separaron, pronunciándose algunas palabras más antes que Mordecai se marchara.
Tauria y Nik se quedaron quietos un rato más como parte del plan, sin querer delatar su
posición ni siquiera a Samara. Lycus se acercó cautelosamente como se le había ordenado, y
cuando estuvieron seguros que el alto señor ya se había ido, escoltó a Samara de vuelta al
castillo a través de los túneles secretos.
Para el pueblo, había sido asesinada por traición. Para ellos, todo formaba parte de su
plan cuando necesitaban un señuelo. Samara había estado casi dispuesta a aceptar su trato
para que le perdonaran la vida, sin que pareciera importarle el peligro que vendría en lugar
de su fin.
Nik empezó a descender, deteniéndose en cada rama para ayudar a Tauria, y aunque a
ella le pareció entrañable su preocupación, se sintió a la altura. Ajustando el equilibrio, saltó
cuando él volvió a descender, lo bastante cerca del suelo como para no causar demasiado
trastorno al conjurar una ráfaga de su viento para amortiguar la caída. Extendió los brazos y
recogió el elemento antes de empujar hacia abajo con la fuerza suficiente para aterrizar sin
peso.
Tauria se levantó y se arregló la ropa mientras extendía los sentidos y escaneaba a su
alrededor. Todo despejado. Nik golpeó detrás de ella.
—¿Tienes que presumir, amor? —dijo, sus palabras carrasposas antes que su calor la
envolviera por detrás.
—Siempre —respondió ella, con una sonrisa curvándole los labios.
Nik gimió de placer. Sus manos en la cintura la retorcieron y, antes que pudiera
respirar, la inmovilizaron contra el árbol desde el que habían estado espiando. Una sombra
primigenia se tragó la esmeralda de sus ojos cuando le plantó la palma de la mano junto a la
cabeza y acercó su cuerpo a ella.
—Pensó que eras tú —murmuró sombríamente.
—Ese era el plan —murmuró.
Su mirada la retuvo, la reclamó.
—Creyó que te había tocado —gruñó, mientras sus dedos buscaban la raja del vestido
sin romper el contacto visual—. Pensó que te estaba besando a ti.
La boca de Nik cayó sobre la suya con fuerza. Su palma se curvó sobre su trasero y
apretó antes de deslizarse hacia abajo para enganchar su muslo alrededor de él. Tauria gimió
suavemente cuando él se apretó contra su cuerpo. Lo único que separaba sus pieles era el
material de sus pantalones, y los botones que chocaban contra su vértice disparaban chispas
de placer que la hacían rechinar descaradamente contra él. Su lengua chocó con la de ella,
una demanda febril. Ella mantuvo la pierna alrededor de él cuando la mano de él se deslizó
entre sus cuerpos, sabiendo que estaba desnuda debajo. La primera pasada de sus dedos por
su piel resbaladiza le hizo echar la cabeza hacia atrás.
—Eres mía —gimió contra su garganta—. Si alguien se atreviera a ponerte una mano
encima, lo mataría.
—Soy tuya, Nik —jadeó ella, dolorida de vacío mientras él se burlaba de ella, casi
castigándola—. Siempre tuya, y solo tuya.
El roce de sus afilados dientes le arrancó un grito ahogado. Su lengua trazó la marca y
a ella le flaquearon las rodillas.
—Te necesito.
—Quiero probarte aquí —ronroneó, plantando los labios donde ella quería que
mordiera—. Pero primero… —Nik se arrodilló, ajustando su pierna sobre su hombro, y ella
casi alcanzó el clímax al verlo debajo de ella—. Aquí.
Tauria se mordió el labio con fuerza para reprimir el gemido que le acarició la garganta
cuando sus labios, su lengua, sus dedos, la devoraron. Mientras sus manos se deslizaban por
el cabello de él, no pudo evitar que sus caderas ondularan en respuesta al asalto,
persiguiendo y corriendo y saltando hacia un placer que la consumía por completo. El lugar
totalmente inapropiado alimentó una lujuria impulsiva. Tal vez estuvieran a salvo en la hora
muerta, pero éste seguía siendo un lugar público, y no se sabía qué humano podría decidir
atravesar el bosque de Westland.
—¿Esto te excita, amor? —Nik se apartó solo para hundir un dedo en ella mientras
subía de nuevo por su cuerpo, plantando besos a lo largo de su muslo, sobre su cadera, hasta
que estuvo trabajando dos dedos dentro y fuera de ella a un ritmo lento y tortuoso—.
Imagina la conmoción de nuestro reino al encontrar a su rey y a su reina en una posición tan
escandalosa y pecaminosa tan abiertamente. —Sus palabras vibraron a lo largo de su
mandíbula, su mano acariciando y acariciando, y Tauria estaba tan cerca pero justo fuera de
su alcance, y él lo sabía. Ella sintió su sonrisa a lo largo de su cuello—. Pero lo disfrutas. De
hecho, apuesto a que desearías que alguien estuviera mirando ahora mismo. Viendo lo que
te estoy haciendo. Tienes un sabor increíble y te sientes —Nik gimió, curvándose más, con la
otra mano acariciando su pecho, que ella deseaba desnudo—, condenadamente perfecta.
Tauria no pudo soportarlo más. Sus manos dejaron de sujetarle el cabello y buscaron
los botones de los pantalones, que ella torpemente desabrochó. Las caderas de él se
estremecieron cuando ella palpó la longitud de su dura excitación.
Los dedos de Nik se retiraron de ella, y ella gimió, necesitando más. Necesitaba esa
urgencia salvaje que se había desatado entre ellos. Enganchando sus manos alrededor de sus
muslos, ella le rodeó la cintura con las piernas. Su agarre lo alineó en su entrada, pero él no
se movió. Sus labios recorrieron su pecho, su cuello, provocándola para que enloqueciera
sobre su marca.
—Nik, por favor —respiró.
Sus caderas avanzaron de golpe y el dolor se convirtió en placer tan rápido que ella
tuvo que aferrarse a él con fuerza y gritar cuando se detuvo en su interior.
—Te voy a tomar duro y rápido aquí mismo —gruñó.
Tauria apenas pudo asentir, deseándolo tanto con la plenitud que él creaba.
—Lo quiero —ronroneó, besándolo una, dos veces. Intentó retorcerse para conseguir
algo de fricción, pero cuando él la sujetó con más fuerza, ella gimió—. Te deseo. Siempre te
querré.
—Con y sin vínculo —dijo él contra sus labios, deslizando una silenciosa nota de dolor
que le provocó una aguda punzada en el pecho.
Tauria asintió.
—Con o sin vínculo, te elijo a ti.
Nik comenzó un lento empuje, y su ceño se frunció con fuerza.
—Si hacemos esto… —susurró, pero se detuvo.
Lo besó con firmeza, volcando en él el dolor absoluto de su devoción.
—Te quiero —le dijo, apretando los labios contra su mandíbula—. Te quiero. —Bajó
por su cuello y su ritmo se aceleró—. Tan eterno como la luna, te amo, Nikalias.
Los dientes de Tauria se hundieron en su piel y Nik se abalanzó sobre ella. El sabor de
su sangre fluía por su garganta, y ella estaba eufórica, ávida de ella, la sensación se mezclaba
para destrozar las estrellas dentro de su cuerpo una a una, y no quería dejar de detonar
nunca.
Apartó la boca y se elevó tanto con él, que la esencia de lo que eran la enredó por
completo. Inclinó la cabeza hacia atrás, presa de una felicidad absoluta, y cerró los ojos con
fuerza mientras trepaba y trepaba hacia la cima de un final estremecedor con los duros e
implacables empujones de él, sin sentir la rudeza del árbol contra el que la aprisionaba ni
importarle dónde estaban ni quiénes eran.
—Dioses, eres increíble —ronroneó él, las vibraciones cosquilleando sobre su marca, y
ella se tambaleó justo en el precipicio de lo que él estaba a punto de hacer—. Mi reina, mi
compañera. Mía. —Sus dientes se hundieron en su piel y ella apretó las piernas con fuerza.
Sus manos apretaron los muslos de ella mientras él se precipitaba hacia su propio final. No
se detuvo. Nik la penetró a un ritmo vertiginoso que prolongó su clímax. Ella temblaba
impotente, con el corazón acelerado por la adrenalina, cada célula nerviosa tocada por el
placer de él, y el lento descenso fue de otro mundo.
Nik dio un último empujón antes de detenerse dentro de ella. Sus dientes la
abandonaron y su lengua lamió con ternura la herida en carne viva. Jadeaban abrazados, sin
hablar durante un momento de éxtasis.
—Eres todo mi maldito mundo, Tauria Silverknight.
Se estremeció cuando él se zafó de ella, sin separarse cuando sus pies tocaron el suelo.
Nik se abrochó los pantalones, pero ella no quería volver todavía.
—Siento que debería tener miedo de lo que nos proponemos hacer —dijo en voz baja,
recorriendo con sus dedos pensativos su mandíbula, sus labios—. Pero no tengo miedo
cuando estoy contigo, ni siquiera ante nuestros peores enemigos.
Le tomó la mano, le besó la palma y la abrazó con brillantes esmeraldas que la llevaron
a casa.
—Mientras estés conmigo, estoy en paz.
Capítulo 47
Tarly
Tarly marchaba por el bosque, sin notar las ramas que le arañaban los tobillos. Hacía
cuatro horas que había dejado a Nerida, y aunque no debía llevar la cuenta, no podía
detenerse. Se había escabullido antes que amaneciera y ella despertara. Estaba a salvo en
aquel pueblo, podía ganarse provisiones ofreciendo trabajo rápido… o ser lo bastante astuta
para robar. Sacudió la cabeza al instante. Su corazón no le permitiría robar, y el hecho que él
se sintiera seguro de ello no hacía sino impulsar sus pasos con más fuerza. Ya sabía
demasiado, sentía demasiado y no podía permitirse cuidar de alguien que podría salir de su
vida tan rápido como ella entró en ella.
Igual que ahora.
—Mierda. —Tarly se paseó por el mismo lugar como si eso fuera a desenredar sus
pensamientos. O aliviar la tensión de la atracción por volver.
Era un cobarde lamentable y sin carácter. Katori gimió como si estuviera de acuerdo.
—No empieces —refunfuñó.
Se pasó la mano por el largo de su cabello rubio oscuro, que necesitaba
desesperadamente un corte, como había dicho Nerida.
—Maldita sea.

Volvió por donde había venido y Katori echó a correr. La observó hasta que desapareció
de su vista y luego de su oído, sin saber si se dirigía en la misma dirección o si simplemente
se había alejado un rato… o para siempre.
Cuando regresó a la ciudad, estaba a punto de anochecer. Tarly hizo una nota mental
para conseguir un caballo. Se apresuró a entrar en la misma posada, pasando por delante del
mostrador e ignorando al hombre que gritaba tras él mientras subía los escalones. Tarly
irrumpió en la habitación que habían ocupado, sabiendo que era una posibilidad remota pero
aferrándose a la posibilidad que ella aún estuviera allí.
No lo estaba. La cama en la que habían yacido juntos estaba vacía, no había rastro que
hubieran estado allí ahora que todo había sido reorganizado para los nuevos huéspedes.
Tarly salió a trompicones de la habitación, tomándose un segundo para imaginarse su rostro
y lo fascinante que era el brillo dorado de su piel morena contra las llamas. Pensó en su piel
contra la de ella, y en lo perfectamente que se había dormido contra él. Todo era real.
En el mostrador, el hombre estaba furioso, pero Tarly lo ignoró.
—La fae con la que estaba… ¿dijo adónde iba?
—Será mejor que te vayas y no vuelvas —refunfuñó el hombre.
Tarly flexionó el puño.
—No quiero amenazarte, pero se me está acabando la paciencia.
El hombre se tomó un segundo para evaluar si era una amenaza real. Tarly estuvo a
segundos de sacar un cuchillo para enfatizar su urgencia.
—Un hombre estaba allí tomando una copa, pareció reconocerla y se fue con él
El corazón de Tarly dio un vuelco.
—¿De buena gana?
Se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Desenvainó entonces su daga, clavándola en la madera.
—Los segundos míos que desperdicies son segundos añadidos si ella está en peligro —
gruñó.
La garganta del hombre se estremeció, con el primer signo de miedo temblando en su
expresión.
—Estaban hablando de una granja, creo. Alguien enfermo.
No era mucho, pero si no la habían sacado a patadas y gritando, Tarly se aferraba a la
esperanza que no la hubieran encontrado los matones que la perseguían. Aun así, las
palabras del hombre le iluminaron el hecho que la gente la reconocía aquí, algunos incluso
sabían de su habilidad, y estaba equivocado: no estaba a salvo en esta ciudad.
Tarly trotó hasta la calle y trató de captar algún rastro, pero había demasiados. Intentó
preguntar por una granja, pero la recepción no fue amistosa ni servicial. No dejó de
intentarlo, mirando por las calles, abriéndose paso entre la multitud. No creía que fuera
difícil localizar una granja, aunque había varias en esta ciudad, y empezaba a picarle la
urgencia.
Hasta que vio algo que le detuvo en seco. Katori estaba sentada pacientemente a lo
lejos, junto a una calle estrecha, como esperando a que él la alcanzara. Tarly soltó una
carcajada mientras trotaba en su dirección, pasándole una mano por el cuello y dejándose
llevar por ella.
El final del camino se abría ante un edificio inconfundiblemente grande y blanquecino,
rodeado por un campo solo ocupado por un par de vacas que pastaban. Tarly respiró con la
esperanza que ella pudiera estar aquí y no hubiera abandonado este lugar también con lo
que había tardado en volver.
Esperó después de llamar, flexionando ansiosamente los dedos hasta que la puerta se
abrió y un hombre alto respondió con una bienvenida nada calurosa.
—Busco a una fae que podría haber venido aquí contigo —empezó.
El hombre negó al instante con la cabeza.
—Aquí no hay nadie.
Tarly golpeó con la mano la puerta que intentaba cerrar, y para honra del humano, éste
no se opuso, solo hizo su cuerpo más alto en señal de oposición.
—Soy un amigo —gritó, aunque su lado dominante se burló de la amenaza.
—Dije que no hay fae aquí.
—¿Sully?
Dioses, nunca se había alegrado tanto de oír ese estúpido nombre.
Lanzó al hombre una mirada muerta.
—¿En serio?
La mandíbula del humano se trabó.
Solo cuando vio sus blancos mechones, la postura de Tarly se relajó de la dolorosa
rigidez en la que había permanecido desde primera hora de la mañana.
—Pensé que te habías ido —dijo avergonzada—. Esperé…
—Me fui. —La forma en que ella se encogió fue como un puñetazo en sus entrañas—.
Pero volví.
—Innecesario por tu parte. —Se merecía su tono frío, pero maldita sea, si no era otro
golpe en las tripas—. Puedes dejar el estatus de salvador por alguien que lo necesita, alguien
como tú. Estoy perfectamente bien.
—¿Quieres que me deshaga de él? —le preguntó el humano.
—Te invitaría a intentarlo —espetó Tarly.
Nerida le lanzó una mirada de advertencia.
—No, Derren, esto no llevará mucho tiempo —le aseguró, apoyando una mano en su
brazo y rodeándolo.
A Tarly no le gustaban los pensamientos amargos que se agitaban en su interior ante
Derren.
—Ve al lado de tu esposa.
Aquello pareció cambiar algo, y Derren asintió, pero no sin lanzar a Tarly una última
mirada amenazadora que encendió su irritación.
Sola, se quedó cruzada de brazos como esperando a que él le explicara, pero todas las
palabras le abandonaron. No sabía qué le diría cuando volviera a alcanzarla.
—¿Todavía piensas ir a Olmstone? —intentó torpemente.
—Sabes que sí.
Tragó fuerte.
—¿Un pequeño desvío? —Señaló la casa que tenían detrás, lo que hizo que ella
entrecerrara los ojos.
—Me pilló cuando salía de la posada. Su mujer está muy enferma.
—¿Vivirá?
—Ahora lo hará, sí.
—Eso es bue…
—Te esperé durante horas —interrumpió ella, con la nota de dolor clavándose en su
pecho—. Pensé que tal vez habías ido a cazar, o a buscar más provisiones, o que eras
madrugador y querías disfrutar de la mañana. Debería haber sabido de inmediato que
simplemente te habías ido, ya que era tu primer deseo antes que llegáramos aquí. ¿Por qué
fingir otra cosa?.
—Lo siento. —Era una respuesta lastimera, pero lo decía en serio.
—No necesito que vengas conmigo…
—Quiero ir contigo. —Soltó la confesión incluso para sí mismo. Había algo en ella que
atormentaba sus pensamientos. Que alguien con la cura para la enfermedad se hubiera
convertido de algún modo en la suya… Sentía la lenta propagación de algo aterrador, pero la
ansiaba—. La gente que se acerca a mí… tiene la costumbre de desaparecer —dijo. El rostro
de Nerida se desencajó, pero antes que pudiera expresar la compasión que él no soportaba,
se apresuró a decir—: Pero me he dado cuenta que no necesito eso de ti para que te quedes.
Da la casualidad que soy un gran guía turístico para tu destino.
Nerida observó la zona pensativa, con una adorable severidad arrugando su piel.
—Maldita sea, Sully. —Abrió la puerta y se hizo a un lado, girándose para invitarle a
entrar—. Tengo que terminar aquí.
Se paseó de un lado a otro, sin dejar de lado su cautela cuando era evidente que ella se
sentía a gusto en el lugar. Tarly la siguió escaleras arriba, donde entraron en una habitación
grande y escasa, pero su atención solo se centró en la mujer enferma de la cama, Derren
sentado a su lado con las manos entrelazadas con las suyas. El hombre no parecía muy
contento de verle, pero su atención fue robada por Nerida, que estaba atendiendo a su
esposa.
—Tenemos muy pocas monedas para pagarte —admitió Derren culpable.
Nerida solo sonrió.
—No espero pago.
Tarly quería argumentar que su tiempo y sus habilidades valían algo, el debate interno
provocado sobre todo por el hecho que necesitaban desesperadamente su viaje.
—Llevaremos un caballo —intervino antes de poder contenerse.
Nerida le lanzó dagas que él esperaba, pero si ella no estaba dispuesta a asumir el
mérito, él lo haría.
—Solo tenemos uno. Ella es todo lo que tenemos para viajar y vender mercancías.
—Y no tenemos ningún deseo de quitártelo —dijo Nerida, más a Tarly que a Derren.
Tarly sacudió la cabeza contrariado, apoyándose en el marco de la ventana.
—Solo necesito traer agua para refrescarla. Cuando baje la fiebre, tu mujer se
recuperará lentamente tras unos días más de reposo en cama.
Nerida le lanzó una mirada de advertencia. Él no dijo nada, pero se asomó al terreno
mientras ella se escabullía.
Tarly observó la falta de ganado.
—¿Una temporada dura? —Intentó conversar.
—Nada con lo que estén familiarizados —refunfuñó Derren.
Intentó mantener la calma.
—No sabes nada de mí.
—¿Crees que un corte de cabello con unas semanas de retraso y algo de ropa sin lavar
pueden ocultar de dónde vienes?
Cada músculo de Tarly se bloqueó en defensa. Era imposible que este hombre lo
supiera.
—Aunque tus flechas están hechas por una mano inexperta, tu arco podría alcanzar un
buen precio. No puedes permitirte una artesanía y un material así a menos que seas alguien
con dinero prescindible.
Estaba claro que Derren guardaba cierto rencor por el hecho, y Tarly se preguntó hasta
qué punto estaban empobrecidos. Decidió no comprometerse más con alguien que
claramente no le interesaba. Le parecía bien: Tarly prefería que su compañía fuera silenciosa
si se veía obligado a soportarla de todos modos.
Examinó el campo. Por el largo sendero, un movimiento llamó su atención, y Tarly se
enderezó alarmado.
—¿Quién sabe que está aquí? —preguntó sin apartar la vista de los humanos que se
acercaban. Muchos de ellos.
—Nadie. No que yo sepa —murmuró Derren, pero algo raro en su tono atrajo la dura
mirada de Tarly. El humano no lo miró.
¿Podría ser posible que ya hubiera un precio por su cabeza? El dinero era una tentación,
un traidor, y sabía que su existencia podía convertir a un amigo en enemigo en tiempos
desesperados.
—Tienes tres segundos para decírmelo —gruñó Tarly.
—No tengo ni idea…
—Dos. No te gustará la alternativa si no lo haces.
—Yo-yo no pensé que ella no pediría monedas. Y nosotros… necesitamos…
Tarly maldijo. Ya frente al hombre, lo agarró por el cuello. Los ojos llenos de terror del
hombre lo clavaron como si pensara que su vida acabaría en manos de Tarly.
—No le diré ni una palabra porque le rompería el corazón oír que alguien a quien creía
conocer lo suficiente como para extender su amabilidad la vendería. —Empujó al hombre,
que tropezó contra el poste de la cama—. Pero nos llevamos el maldito caballo.
Bajó en un santiamén y la siguió hasta el exterior, donde acababa de llenar un cubo del
pozo. No le dio tiempo a explicárselo, ya que el clamor de los cascos se hizo más fuerte. Tarly
la agarró de la mano, tirando de ella, y la urgencia hizo que el cubo resbalara. Maldijo cuando
rebotó en el suelo y el agua chapoteó bajo sus pies.
—¿Qué crees que estás…?
En el granero, Tarly la empujó contra la pared, tapándole la boca con una mano. Luego
siseó y le retiró el brazo.
—¿Acabas de morderme? —Tarly miró sorprendido las dos heridas punzantes que ya
se estaban curando. Sus pensamientos totalmente inapropiados se dispersaron al cerrar el
puño, pero la lamida de sus labios y su mirada vacía no ayudaron a que se alejaran.
—Supongo que sí —murmuró como sorprendida por sus propios actos.
Los caballos se detuvieron y Tarly volvió a tomarla de la mano, llevándose un dedo a
los labios mientras se agachaban. Avanzaron lentamente por los establos vacíos hasta llegar
al único que estaba ocupado. Tarly abrió la cerradura.
—Dije que no vamos…
—En serio que no sabes leer las señales, maldita sea. Baja la voz —susurró Tarly.
Ella pareció leer su preocupación y se agachó, mirando con cautela el establo mientras
Tarly agarraba tímidamente la silla y la deslizaba sobre el caballo castaño.
—¿Quién está ahí fuera?
—Amigos nuestros —dijo sarcásticamente, equipándose rápidamente para dar una
vuelta.
—¿Ahora compartimos amigos? Genial.
La boca de Tarly se curvó mientras apoyaba las manos en la cintura de ella. Las palmas
de ella pasaron por encima de las de él como si protestaran.
—No podemos tomar su único medio de transporte.
—Él lo ofreció cuando vio la amenaza que venía. —Tarly se encogió de hombros. Por lo
que a él respectaba, era lo menos que Derren podía ofrecer después de lo que había hecho.
Nerida lanzó la sospecha por encima del hombro, pero él no tuvo tiempo de
persuadirla.
—Salta —ordenó.
Afortunadamente, hizo lo que le pedía y, con su ayuda, giró la pierna sin esfuerzo para
sentarse encima.
—Puedo montar sola sin problemas —le espetó.
Metiendo un pie en el estribo, Tarly se elevó para deslizarse cómodamente detrás de
ella.
—No lo dudo —dijo con un deje de insinuación que le sorprendió incluso a él.
Era como si pudiera sentir su rubor. Nerida se movió en el sillín, pero enseguida pareció
darse cuenta que cualquier movimiento que hacía era contra él. Gimió internamente. Debería
haber deseado que hubiera otro caballo, pero con lo cálida y segura que se sentía contra él,
se sintió descaradamente aliviado que no lo hubiera.
Tarly guio al caballo desde el establo, sabiendo que alertarían a la banda de maleantes
en cuanto despegaran.
—Esto parece ridículo. ¿Cómo es posible que lo sepan? Es probable que solo algunos
conocidos de…
Con un tirón de los talones, Tarly hizo que el caballo saliera del granero al galope,
tomando la salida trasera que conducía al bosque en lugar de atravesar la ciudad.
—¡Allí!
Oyó la llamada lejana y aceleró el caballo, sabiendo que los jinetes no tardarían en
seguirles el rastro. A esta velocidad podrían cruzar a Olmstone en un día. Aquel hecho le
infundía pavor y ganas de dar media vuelta, pero de algún modo la seguridad de Nerida se
había vuelto más importante. Aunque estuviera empeñada en visitar la maldita biblioteca,
no podía abandonarla ahora.
—Creo que se cansarán pronto cuando se den cuenta que no soy tan especial —dijo
Nerida, sin aliento por la adrenalina.
Tarly tenía muchas protestas para eso.
—Creo que subestimas tu valor. Sea lo que sea lo que quieren, han decidido que eres la
mejor forma de conseguirlo.
—Sabemos lo que quieren, pero hay otros Portadores de Agua. Esto parece bastante
obsesivo para una sola persona. —Algo en su tono vacilaba con miedo. Miedo a ser
descubierta, pero no creía que se tratara de su físico. Se sacudió el pensamiento para volver
a la amenaza inminente.
—Quizás. Pero supongo que este tesoro está en algún lugar profundo para que no lo
hayan encontrado ya. Capturarán a tantos como sea necesario para encontrar uno con el
poder de alcanzarlo.
En su periferia, sabía que Katori seguía su ritmo. Los maleantes les estaban alcanzando,
y Tarly maldijo. Más adelante divisó un acantilado y no podía estar seguro de la distancia de
salto hasta el otro lado.
—Tienes que ir más despacio, o el caballo no tendrá tiempo de parar —dijo Nerida, con
miedo en la voz.
Tarly la ignoró. Inclinándose hacia delante, los apretó más mientras empujaba a la
bestia más rápido.
—¡No conoces a este caballo! ¡Puede que no haga ese salto! —gritó, anticipándose a su
intención—. ¡Katori no lo logrará!
—Lo hará —respondió Tarly, confiando en la loba mucho más que en el caballo que
habían robado.
Su plan no era tanto un plan como un acto de fe.
Percibió débilmente el sonido del agua corriendo por encima del golpeteo de los cascos
sobre el terreno boscoso y la adrenalina que le latía en los oídos. Confirmó que abajo había
un barranco, pero no lo bastante profundo como para salvarlos si el caballo se salía de la
brecha.
Nerida maldijo esta vez, colorida y repetidamente, ajustándose como si hubiera
decidido prepararse para su imprudente sugerencia. No es que le hubiera dado muchas
opciones.
—Confío en que no me dejes caer —refunfuñó.
No estaba seguro de lo que ella quería decir, no tuvo un segundo para preguntar,
cuando se acercaron a la cornisa, preparándose para el salto que levantó una rápida dosis de
miedo al ver lo grande que era el hueco. Calculó, pero era demasiado tarde. El caballo no
vaciló, para su inmenso alivio, pero aquellos segundos en el aire tamborilearon de
incertidumbre. Hasta que aterrizaron, por los pelos, y las patas traseras del caballo se
engancharon en el saliente, acelerando su pulso.
No tuvo ni un segundo para respirar aliviado cuando Nerida se subió a la silla,
apoyando una rodilla mientras giraba. En su estado de shock, el instinto le rodeó la cintura
con el brazo. Un fuerte golpe de agua rugió tras ellos. Tarly echó una mirada atrás, aturdido
por el hipnotizante muro de agua que ella había levantado, y a través de aquel velo ondulante,
los hombres a caballo se detuvieron, profiriendo maldiciones.
Tarly miró a Nerida completamente asombrado, sin darse cuenta que los había
detenido.
—Buen truco —dijo.
Nerida soltó una carcajada, aunque el esfuerzo comenzó a temblarle en los brazos.
Tarly no la soltó mientras el caballo avanzaba, y no dejó caer aquella barricada hasta que
hubieron desaparecido de la vista de los bandidos.
Capítulo 48
Faythe
Faythe no se miró en el espejo, pero el atuendo que llevaba destilaba confianza.
Llamativo y atrevido, el vestido carmesí asimétrico adornado con detalles dorados le
cuadraba los hombros y, al más puro estilo Rhyenelle, sus piernas con pantalones negros y
botas hasta la rodilla tenían libertad de movimiento gracias a los largos que llevaba a sus
espaldas. Faythe permaneció sentada mientras Gresla le trenzaba y recogía el cabello con
elegancia. Captó destellos de más adornos dorados antes que se los deslizaran por detrás de
la cabeza para adornar sus orejas puntiagudas. La forma en que llamaban la atención podría
haber sido intencionada, pero Faythe no dijo nada. Se imaginaba que todo aquello era
hermoso y, lo que era más importante, poderoso.
Cuando abrió la puerta, la visión de Reylan apostado fuera le hundió el estómago.
Nunca fue fácil verlo allí como había estado toda la semana, esperando para escoltarla como
un mero guardia. Le revolvía un malestar contra el que había estado luchando, pero ahora
que había llegado la reunión tenía la oportunidad de acabar con aquella ridícula formalidad.
—Ojalá no te degradaras por mí —dijo Faythe en voz baja mientras caminaban hacia la
gran sala del consejo.
—No es así…
—Eres el principal general de Rhyenelle. No deberían burlarse de ti con tareas de
niñera. —Su tono no iba dirigido a él; eran restos de las palabras con las que había perdido
mucho el sueño intentando averiguar cómo iría esta reunión, aunque sabía que nada podría
prepararla. Las palabras claves revoloteaban en su mente, pero ninguna frase se formaba
con suficiente articulación. Faythe había estado en un tira y afloja mental, sabiendo que
ninguna elegancia ocultaría el atuendo callejero con el que había crecido. Ningún tiempo en
la corte de los fae arreglaría su falta de educación. Todo lo que aparentaba era mentira, y su
mente se burlaba de ella una y otra vez.
Reylan le enganchó el codo y, cuando cruzaron sus miradas, pareció leer todo lo que
asaltaba su mente.
—Quiero estar aquí. A tu lado, en lo que pueda. —Él desvió sus sentidos por el pasillo,
y Faythe trató de no dejar que su ira aumentara. Entonces, suavemente, los nudillos de él
hormiguearon como plumas sobre su mejilla. A pesar que el roce era apenas perceptible,
alivió su tensión—. No tienes ni idea de lo impresionante y atrevida que pareces, Faythe. —
Bajó la mano, pero ella se aferró con todas sus fuerzas a la confianza que él le infundía—. No
sé cómo irá esto, pero estaré aquí cuando termine.
—¿No estarás dentro?
Sacudió la cabeza.
—Te vas a reunir con los más altos nobles del país. No es lugar para mí. No habrá
guardias dentro.
Era tanto un lugar para él como para ella. No podía ser la única que lo viera.
—Pase lo que pase —dijo, pero pareció pensárselo mejor antes de creer que sus
palabras eran seguras. En su lugar, envió el resto a sus pensamientos—. Te amo.
Dioses, tenía tantas ganas de abrazarlo en ese segundo que casi se rompe.
—La están esperando —llamó un guardia desde el fondo del pasillo.
Su pulso saltó, luego se dispersó, luego se aceleró a un ritmo que no pudo dominar.
Pero asintió, levantó la barbilla y echó a andar.
Respirando hondo para mantener la compostura, Faythe entró en la sala sin volver a
mirar a su guerrero de cabello plateado. Los ojos… tantos ojos se posaron en ella en la sala
que era mucho más grande que la de High Farrow. No se trataba del pequeño consejo, sino
de todo el consejo de Rhyenelle, docenas de fae que seguían todos sus movimientos. La
estudiaron detenidamente por primera vez desde que supieron de su existencia como un
susurro.
La heredera perdida de Rhyenelle, en carne y hueso ante ellos.
Agalhor se sentó a la cabecera, observándola y ofreciéndole consuelo con su pequeña
sonrisa. Deslizar la vista hacia Malin fue un error; la curva de su boca lo tiñó todo de
inquietud en un segundo. El silencio se llenó de juicios. Solo el débil chasquido de sus zapatos
perturbó el silencio en el que se habían sumido todos en el momento en que ella se deslizó a
través de las puertas. El camino hacia el asiento libre a la derecha de Agalhor parecía
extenderse cada vez más lejos, sin importar cuántos pasos diera. Su pulso se debilitó hasta
no ser más que un débil recordatorio que debía seguir respirando. La gravedad la anclaba,
una nueva gravedad que amenazaba con hundirla profundamente en la tierra, burlándose de
ella y diciéndole que no era digna de caminar por esta tierra con la corona que pretendía
llevar.
El ruido de una silla resonó en los pensamientos acelerados de Faythe. Un humano le
indicó que tomara asiento y, cuando lo hizo, Faythe tuvo que hacer todo lo posible para no
desplomarse de alivio. Sonrió agradecida para que pareciera que pertenecía a aquel lugar.
Agalhor alargó la mano por encima de la mesa y, aunque se le endurecieron los
músculos al saber que todos los ojos estaban puestos en ellos, Faythe levantó la suya y la
deslizó hasta la palma de la mano levantada. Él le dio un leve apretón, y sus ojos le
comunicaron justo lo que ella necesitaba oír.
Este es tu sitio.
—Me alegro que todos hayan podido unirse a nosotros hoy con tan poca antelación, ya
que estoy seguro que hay muchas preguntas sobre el destino del reino y la amenaza que la
guerra vuelva a surgir. —Agalhor hablaba de forma tan convincente, con tanta seguridad,
cada pieza el líder que encarnaba. Soltó la mano de Faythe y continuó enumerando asuntos
de interés que estarían abiertos a un debate más profundo si alguien se pronunciaba.
Faythe absorbía cada palabra, estudiando cómo se movía, cómo atraía toda la atención
hacia él sin esfuerzo, y de vez en cuando echaba un vistazo a la mesa para ver que, mientras
él hablaba, todos escuchaban. No porque tuvieran que hacerlo, sino porque sus rostros
estaban marcados por la admiración y la atención. Había presenciado muchas reuniones del
consejo en High Farrow, y la diferencia aquí era flagrante. A pesar de todo lo que conllevaba
su puesto de maestra espía de Orlon, Faythe empezaba a apropiarse de cada una de sus
experiencias, buenas o malas. Todo venía con una lección, y poco a poco estaba escapando
de su jaula para abrazarlo todo, usarlo todo, con la esperanza de convertirse algún día en una
gobernante digna como su padre.
Un lord a mitad de la mesa fue el primero en hablar después del rey.
—Majestad, traigo a colación una preocupación que lleva rondando por el reino desde
hace algún tiempo. En el momento en que se anunció que la princesa era la princesa. Puede
imaginar nuestra conmoción.
Faythe sabía que esto se avecinaba, sabía que la mayor parte de la reunión sería un
manto de atención sobre ella, ya que no se había enfrentado a sus preguntas antes de partir
en la búsqueda.
—Y ahora —continuó el señor—, el destino ha querido que, a su regreso, se haya
convertido aún más en un... riesgo.
La palabra trabó la columna vertebral de Faythe.
Agalhor habló con frialdad.
—Habla explicándote, Veseron.
Faythe forzó la vista hacia el lord, encontrándolo nervioso al apartar la mirada de ella
cuando la encontró. La rápida mirada que le dedicó a Malin aclaró sus siguientes palabras.
—Hay muchos preocupados por quién será el heredero de Rhyenelle.
Los dedos de Malin trazaron los grabados de su copa con indiferencia, pero una curva
apenas disimulada le crispó la comisura de los labios.
—Sí, estoy seguro que todos ustedes se han estado preguntando si la línea de sucesión
ha cambiado. Puedo asegurarles que no.
A Faythe se le salió el corazón del pecho y se le erizó la piel de humillación. Se había
equivocado al creer en ella. Pero Agalhor continuó antes que ella pudiera hundirse
demasiado.
—Según la tradición, la corona pasará al primogénito. Durante algún tiempo, se nos
hizo creer que eso nunca sucedería. Entonces fuimos bendecidos con un milagro que nos
devolvió la corona no una, sino dos veces. Desafiar ese derecho sería una tontería.
Así de rápido, el pánico se convirtió en orgullo y ella luchó por mantener la compostura.
—Faythe.
Su nombre era una campana, una sinfonía, que sonaba para que todos la oyeran. El rey
creía en ella sin dudarlo. Inclinó la cabeza y miró a los muchos rostros recelosos que había
en la mesa. No sabían quién era ni qué era, y de ella dependía hacerles creer que tenía todo
el derecho a ocupar su puesto.
Faythe tragó fuerte, se humedeció sutilmente los labios y respiró hondo para
enderezarse.
—Estuve protegida de Rhyenelle la mayor parte de mi vida, pero ya no más. Llegué aquí
conociendo el nombre que iba unido al mío, pero no con la expectativa que se inclinaran ante
mí por ello. No era más que una extraña en sus salones, una humana sin experiencia de lo
que significa sentarse aquí hoy. —Hizo una pausa para recordar que su voz no tenía por qué
ser tranquila—. Se acerca algo más grande que todos nosotros. Hace unos meses, partí en su
búsqueda para detenerlo.
—Y no lo conseguiste —atacó Malin con suavidad.
—Lo hice. —Su rostro se crispó de ira, pero no le dejaría ganar—. O no estaría sentada
aquí hoy.
—Tu poder es volátil —continuó de todos modos—. Todos oímos hablar de tu
ejecución personal de un fae en la ciudad de Desture durante tu búsqueda.
—Ese fae tomó una vida humana.
—Y no estaba en tu juicio acabar con la suya. Así no se hace.
Faythe sintió un hormigueo de calor en las palmas de las manos, y su maldita ira se
desvaneció al dejarse llevar por su instigación.
—No lo ejecuté sin un juicio justo. Luché contra él en combate y gané.
—Usar trucos mentales no es un juicio justo.
—Como un humano contra un fae, yo diría que fue más que justo.
—Actuaste por impulso imprudente y no soportas admitirlo. —Malin se sentó derecho,
hablando por encima de la mesa para humillarla aún más—. Esta no es la clase de heredera
a la que podemos confiar la seguridad del reino a la luz de lo que afrontamos. Es impulsiva y
temeraria con un poder que no puede controlar.
Un estruendo vibró sobre la mesa, y Faythe no se dio cuenta que ella era la causante
hasta que se miró la mano que descansaba sobre la piedra gris oscuro y carmesí,
contemplando el brillo entre sus dedos.
Malin se limitó a sonreír.
—¿Lo ven? No se sabe de lo que es capaz a la menor provocación. Sería una locura
poner el destino del reino en sus incontroladas garras.
Una nueva voz intervino.
—Todas han sido nuestras preocupaciones también.
Las mejillas de Faythe se sonrojaron. Sabía que no sería fácil someterse a un escrutinio
hoy y estaba preparada para enfrentarse a la objeción, aunque las imágenes que tenía en la
cabeza de lo que podrían decir y de cómo podrían poner a prueba su carácter no eran nada
comparadas con sentarse bajo los focos de todo aquello. Desde más ángulos de los que podía
contar, contempló sus asentimientos.
—También preocupa la legitimidad de Faythe —añadió otro.
—Permítanme que deje de lado esa preocupación. —Agalhor había adquirido un tono
sombrío, y era la primera vez que le oía invocar un desafío. Extendió la mano y un joven le
acercó un documento. Faythe sabía lo que era—. No hay nadie aquí que no recuerde a
Lilianna Aklinsera. Pero lo que no saben es que era mi esposa. Su marcha no rompió eso. —
Agalhor apoyó el documento sobre la mesa, invitando a cualquiera a tomarlo, pero nadie se
movió—. Faythe Ashfyre es nuestra legítima heredera por sangre y derecho de nacimiento.
—En nuestra historia, la línea de sucesión siempre ha recaído en el primer heredero
varón —dijo un señor de la mesa.
Faythe se preguntó a cuántas personas habría convencido Malin para inclinar la
votación a su favor. Hasta el momento, éste había sido, con diferencia, el peor comentario
que había suscitado su ira, su determinación y su necesidad de dejar que él la viera ascender.
—Permítanme añadir que ella es mi heredera por elección. —Fue una osadía por parte
de Agalhor declarar tal cosa, considerando a Faythe más apta para gobernar que Malin
delante de todo el consejo. Puede que fuera necesario su acuerdo para verla en el poder, pero
confiaban en su rey, lo respetaban, y su juicio contaba con el respeto de siglos de gobierno
justo y fuerte liderazgo.
El destello que oscureció los ojos avellana de Malin hizo girar un vértigo sobre ella. La
clavó una rápida mirada de repugnancia en su desconcierto.
—Estoy de acuerdo —dijo. Tres palabras que estaban tan lejos de ser liberadoras
cuando atravesaban a Faythe con tal propósito y precisión. Todo lo que ella podía hacer era
prepararse para el giro de la hoja—. Faythe en el poder podría ser ventajoso, ya que nos
concede una mano para atar que podría fortalecer en gran medida el reino.
Ahí estaba: su peor temor hecho realidad. Había sido una tonta esperanzada al creer
que era una correa a la que él no saltaría tan rápido. Malin había pensado en todos los giros
que podría tomar este encuentro y había encontrado una solución para triunfar cada vez.
—No necesito ataduras para fortalecer este reino. —Habló con calma, aunque en su
creciente ira quería arremeter. Hubo un tiempo en el que el instinto habría llegado
demasiado rápido para que ella viera el error y lo detuviera. Sin embargo, era demasiado
consciente de la magia que se regocijaba en esos impulsos. Su rabia, su dolor, su irritación
eran combustible que podía estallar si los alimentaba demasiado.
—Esta oportunidad podría presentarse perfectamente —continuó Malin a pesar de
todo—. Estoy seguro que conoces a Lord Zarrius en High Farrow. Expresó su interés hace
algún tiempo en una alianza, y sería un partido muy ventajoso teniendo en cuenta su
influencia en el consejo del rey y sus ricos lazos con el comercio precioso. —Malin lo recitó
como si fuera un discurso, y Faythe supo entonces que este plan había estado gestándose
durante algún tiempo.
Malin lo sabía. Sabía lo mucho que Reylan significaba para ella, posiblemente el vínculo
que los unía. Este fue su castigo más expertamente elaborado.
—Nuestra alianza con High Farrow es tan buena como forjada —dijo Faythe, sin
echarse atrás.
—¿Tan buena como? No son palabras con las que se pueda gobernar un reino.
—El Rey Nikalias es un querido amigo.
—Una vez más, no podemos confiar en su palabra de su tiempo jugando a maestra espía
para su padre. La legitimidad no significa nada sin credibilidad.
—¿Y qué me haría creíble? ¿Ser hijo y no hija?
—Si tus intenciones estuvieran fijadas únicamente en el bien del reino, verías que la
perspectiva de esta unión podría ser de gran beneficio.
La mano de Faythe se aplastó contra la mesa, no con gran fuerza, pero sí la suficiente
para comunicarle que no se resistiría a su intimidación.
—No has visto lo que yo he visto. No te has enfrentado a los fae oscuros. No te has
enfrentado a la muerte. Lo he hecho, pero no sola. Este reino no necesita alianzas forzadas
que no ofrecen nada más allá de la apariencia. Necesita fuerza real en aquellos que han
luchado con acero y lo harán de nuevo, en el campo de batalla, por esta gente. Aquellos que
defenderán lo que es justo y correcto, y que siempre han puesto y siempre pondrán el reino
en primer lugar. —Quiso pronunciar su nombre, pero obligó a su mente a filtrarlo, sabiendo
que una vez que lo hiciera no habría forma de retirar la implicación de lo que había entre ella
y Reylan, y entonces podrían apartarlo de su puesto.
—Solo es forzado si te resistes —dijo Malin, haciendo caso omiso de todo lo demás para
seguir añadiendo peso a la propuesta de matrimonio a la que la había anclado—. Lord Zarrius
asistirá al Baile del Cometa el mes que viene. Sería mi consejo que la princesa al menos lo
agasajara, y si viniera a ofrecer lo que podría fortalecernos en esta guerra, entonces tienes
mi voto como heredera de Rhyenelle.
Su voto. El estómago se le revolvía de asco, cada vez más al ver tantas caras que asentían
en señal de aprobación. Quería mirar a Agalhor, rogarle, suplicarle, saber si había alguna
forma que interviniera, ya que la idea que cortejara a otra persona, por no hablar del infame
señor, le erizaba la piel como una violenta traición.
Él lo habría oído todo. Saber que Reylan estaba al otro lado de aquellas puertas
disminuía aún más su sentimiento de culpa. Y Malin también lo sabía, lo notaba por el brillo
malvado de sus ojos mientras bebía lentamente.
—Muy bien —dijo Faythe, acallando el estallido de murmullos—. Majestad, ¿puedo
decir una última cosa? —Faythe no apartó la mirada de Malin para hacer la petición.
—Libremente —concedió Agalhor.
Inspiró profundamente para armarse de valor. Apoyando las manos en la mesa, Faythe
se puso en pie. Luego recorrió con la mirada a todos y cada uno de los miembros del consejo.
—Lo que creen que temen es a una mujer con poder, pero lo que realmente temen es
reconocer que nuestro poder ya los rodea. Puede que yo sea la única mujer en esta mesa,
pero ¿es necesario que les recuerde que una de las monarcas más resistentes de nuestro
tiempo es Tauria Stagknight? Una de las mentes más brillantes es Marlowe Kilnight. Una de
nuestras comandantes más estimadas es Livia Arrowood. Y uno de nuestros enemigos más
poderosos es Zaiana, a quien mantenemos bien protegida bajo nuestros pies. —Faythe hizo
una pausa, dejando que su mensaje calara en las pequeñas mentes de los que estaban del
lado de su primo—. Entretendré a Lord Zarrius con mi voluntad, a mi manera. Será con los
intereses del reino en mente, para encontrar a alguien que pueda traer fuerza y unidad, no
un espectáculo. Y si no veo ninguno de esos rasgos en Lord Zarrius, tengan por seguro que
mi misión de encontrarlo no cambiará.
El silencio se hizo denso durante segundos que se prolongaron como minutos. Faythe
no se movió, ni tampoco lo hizo ningún alma, pero se atrevió a medir sus expresiones.
Aunque ninguna le ofrecía calidez o seguridad, tampoco detectó muchas objeciones o
recelos.
—De acuerdo. —Agalhor fue el primero en romper el silencio—. Creo que eso significa
que hemos terminado aquí por ahora. El asunto de esta… alianza puede seguir discutiéndose
en privado, a menos que haya razones para informar al consejo.
Cuando nadie volvió a hablar, el asentimiento del rey hizo que las sillas retrocedieran,
y los señores empezaron a salir mientras las puertas principales se abrían de par en par.
Faythe no pudo evitar que sus ojos recorrieran las cabezas para divisar su cabello plateado,
pero Reylan no estaba fuera. Sentía que la cabeza le pesaba.
—Querremos causar una buena impresión al alto señor de High Farrow —cantó Malin,
observando las espaldas de los últimos cuerpos fugaces.
Faythe se abalanzó sobre él con la fuerza de su rabia.
—No será un gran comienzo si cree que tu reputación está… comprometida.
—No se trata de eso, y me importa un bledo esa reputación. —Habló en voz baja,
consciente que las puertas estaban abiertas, aunque el último miembro del consejo se había
marchado.
—Si se me permite intervenir —dijo Agalhor con calma por encima de su disputa—. Lo
que sugiere Malin es una inteligente maniobra política.
Su mirada se clavó en él, y el leve levantamiento de su frente fue una reprimenda para
que escuchara antes de hablar.
—Pero Faythe tiene razón. Este reino siempre ha sido liderado por aquellos capaces de
ver la fuerza en los lugares más inverosímiles. Este será el juicio y la elección de Faythe.
Ningún matrimonio ha sido forzado en este nombre, ni su reclamo al trono dependerá de
ello.
Faythe podría haberse sentido aliviada, pero no del todo. Aunque el rey le había
asegurado que su mano no sería vendida, eso no borraba el hecho que casarla era una opción
favorable para los nobles que avalaban cada palabra de Malin.
Se preguntó con el corazón encogido al salir de la sala del consejo si la otra mitad de su
alma sería el precio a pagar por la corona a dos manos.
Capítulo 49
Tauria
Tauria no podía apartar los ojos de la nota que sostenía. El fuego ante el que estaba la
llamaba a reclamarla.
—Nik —respiró.
Se apretó a ella por detrás, plantando unos suaves labios en su hombro.
—Amor.
—Me quiere para el fin de semana, o se acabó.
Nik se puso rígido, sus manos en la cintura de ella rodeándola con fuerza.
—Sabíamos que esto iba a pasar —dijo, pero la calma de su voz desprendía una
amenaza sombría.
Lo hizo, aunque no sirvió de nada para el pánico que intentaba apoderarse de ella. Le
apretaba la garganta, convenciéndola que no podía seguir adelante, que no podía perder…
La hizo girar y le pasó la palma de la mano por la mejilla para calmar su respiración
acelerada.
—Hacemos sacrificios para avanzar. Condúcelo hacia la táctica que establezcamos.
Pero no importa lo que él crea, tú eres mía, amor. —Nik la besó con firmeza,
apasionadamente.
Tauria lo agarró, tiró de él, le dio todo lo que era ahora que sus días estaban contados.
Le aterrorizaba lo que podía cambiar. Que podían cambiar.
Un golpe en la puerta de la habitación subterránea los separó. A pesar de esperarlos,
fue un alivio instantáneo cuando Lycus se deslizó dentro escoltando a Samara.
Tauria miró a Samara con cierta cautela. No acababa de comprender la complejidad de
la mente de la ex dama. No confiaba plenamente en ella, pero era su única esperanza.
—¿Cómo estás? —se obligó a preguntar, incapaz de dejar ir el pequeño núcleo de
simpatía que sentía por Samara por encima de su resentimiento.
—Estoy bien, Majestad. —Samara se movió, dirigiendo sus ojos a Lycus como si fuera
el único en quien confiaba.
—Hiciste una excelente actuación la semana pasada —elogió Tauria, observando cada
parpadeo de sus emociones—. Sabes que el beso no era necesario, ¿verdad?
—Sí.
—Sin embargo, debo decir que interpretaste excelentemente ese papel.
—Hice lo que pensé que llamaría su atención.
—Funcionó —anunció Tauria, sosteniendo el pequeño pergamino—. Nos vamos en
unos días.
—¿Estás segura que quieres seguir adelante con esto? —Lycus intervino.
Tauria deslizó una mirada hacia Nik, cuyos ojos se entristecieron en señal de acuerdo.
—Es la única manera de ganarnos su confianza y conseguir que nos lleve directamente
a la ruina —dijo Nik.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si se la lleva a otro sitio?
Respondió Tauria.
—Entonces será mejor que esperemos que Samara siga siendo una excelente actriz
para sonsacarle la información.
Samara se irguió un poco más, como si la perspectiva la excitara. Tauria no podía
comprenderlo cuando esperaba que se arrepintiera de haberla utilizado.
—¿Ustedes dos están dispuestos a entrar en esto sin importar lo que pueda pasar? —
Lycus miró entre ella y Nik, que gravitaba hacia ella.
—No hace falta que nos lo recuerden —advirtió Nik, y su mano se deslizó alrededor de
la cintura de Tauria como si ni siquiera fuera consciente de ello.
—Voy contigo.
—No te detendré.
Los dos compartieron una inclinación de cabeza de respeto, aunque Tauria estaba llena
de inquietud por tenerlos a ambos en peligro potencial.
—Zarrius se dirige a Rhyenelle. El tiempo es exactamente a nuestro favor, y ni siquiera
lo saben.
—¿A dónde esperas que te lleve?
—A donde sea que tengan la ruina —dijo Nik—. A Dakodas si es necesario.
Capítulo 50
Faythe
Reylan había mentido.
No la estaba esperando cuando salió de la reunión. No estaba en sus habitaciones. No
quedó con ella para cenar. Faythe se sintió invadida por una inquietud como nunca antes
había sentido. Una parte de ella se sentía desconectada del resto y no podía concentrarse.
—Seguro que tiene buenas razones. —Las palabras de Marlowe no eran un consuelo,
pero Faythe apreciaba la compañía de sus amigos, o se estaría volviendo loca a sí misma con
los feos pensamientos que se agitaban ante la ausencia de Reylan y lo que significaba.
—Probablemente le llamen para cualquier tarea general a la que se dedique —ofreció
Jakon.
Faythe estaba de pie junto a la ventana observando la puesta de sol que surcaba el cielo
con colores ardientes. Su pie repiqueteaba y se mordía las uñas.
—Este Baile del Cometa, ¿es una tradición de Rhyenelle?
Sabía que Jakon sólo intentaba distraerla, y ella accedió porque lo necesitaba. Se giró
hacia donde estaban sus amigos, sentados uno frente al otro en la pequeña sala de juegos,
cada uno con un abanico de cartas en la mano.
—Lo llaman el cometa Matheus. Aparece cada setenta y cinco años.
Faythe no podía estarse quieta, así que había optado por no participar en el juego, pero
se acercó flotando al lado de Marlowe en su curiosidad.
—Por mi parte, tengo muchas ganas de verlo. Es una oportunidad única para nosotros.
—La voz alegre de Marlowe fue un brillo efímero, como si se diera cuenta en el momento en
que salió de sus labios que el tono estaba fuera de lugar.
Faythe dirigió su breve atención a Jakon, con el corazón crispado ante el rápido
respingo de su ceño mientras reorganizaba sus cartas. Ninguno de ellos sabía qué clase de
vida tendría Marlowe, aunque Faythe tenía intención de averiguarlo. Solo podía adivinar la
edad de Agustín, que había aparecido en torno a los cuarenta…
Faythe respiró entrecortadamente. Fue robada del mundo que la rodeaba por un
recuerdo. Algo que abría respuestas demasiado increíbles para creerlas. Él era el único que
podía confirmar la imposible verdad, y Faythe palideció por ello. Tenía que buscarlo.
Fuego Fénix. Eso fue lo que Gus había dicho cuando ella le preguntó cómo encontrarlo
de nuevo. Pero cómo…
—¿Todo bien? —La voz de Jakon la hizo volver al presente. Su mente daba vueltas, pero
para distraerse, miró las cartas de Marlowe.
—Caballero diamante.
—Eh, no hagas trampas —regañó Jakon.
La risa que se le escapó a Faythe asentó un anhelo en su pecho cuando el eco se apagó.
Las cosas que antes eran tan despreocupadas como su alegría ahora se sentían como
muestras que había que saborear.
—No tengo que hacer trampas para superarte en las cartas. —Ella lo rechazó.
Él se quejó, eligiendo su contramovimiento. La suave risita de Marlowe revoloteó por
toda la habitación. Intercambiaron turnos, Faythe como jugadora y Marlowe acatando cada
una de sus decisiones. Se rieron, y fue un sonido que disipó toda carga, dejándolas totalmente
inmersas en el momento. Recordar, sólo por un momento, que a pesar de tantos cambios,
siempre serían así. En el fondo, eran tres amigos que significaban absolutamente todo para
el otro.
Marlowe dejó sus cartas con las últimas vibraciones de su risa cuando Jakon se retiró.
Entonces la realidad regresó tan deprisa que amenazó con arrebatarles el calor que habían
expulsado de la habitación con sus juegos y bromas.
—Hice algo que espero que pueda ayudarte —dijo Marlowe, poniéndose en pie.
Faythe siguió la mano de Marlowe mientras ésta se introducía en el bolsillo de su
vestido. Sacó dos brazaletes, uno un poco más grueso, ambos adornados con una piedra que
parecía atrapar sombras en su interior.
—Funcionó para Nik y Tauria, la magia de ocultación que puse en ellos. Pero había poco
contacto físico que ocultar con ellos. Era el vínculo entre ellos lo que se ocultaba con éxito,
pero tenían que ser cautelosos.
Faythe parpadeó ante las bandas plateadas.
—¿Quieres decir… que no detectarán el olor de Reylan en mí? —La esperanza dio vida
a su corazón marchito en su lamentable estado.
El rostro de Marlowe era a la vez inseguro y esperanzado.
—Esa es la idea. Pero al igual que con Nik y Tauria, yo limitaría cuánto compartes. Mi
magia no es tan poderosa. Todavía lo estoy descubriendo, pero…
Las manos de Faythe se cerraron sobre las suyas.
—Será suficiente, y no puedo agradecértelo lo suficiente, de verdad. Eres
absolutamente brillante.
El rubor de las mejillas de Marlowe ante el cumplido fue una familiaridad que Faythe
no sabía que había echado tanto de menos. Se abrazó a su amiga. No podía estar más
agradecida de tenerlos a los dos aquí. Después de todo lo que había pasado, y de descubrir
todo lo que habían enfrentado en su tiempo separados…
No había mejor regalo que aquí y ahora.

***

La noche cubría el cielo y las estrellas se habían despertado para cuando Faythe se
separó de sus amigos, reacia a recorrer los pasillos hacia un destino solitario. Apenas
soportaba dormir en sus habitaciones sin él allí.
Al cerrar la puerta tras de sí, Faythe se detuvo, completamente inmóvil ante la alta
figura que se asomaba a la barandilla de su balcón. La visión de Reylan desencadenó
emociones contradictorias: un dolor que se hinchaba y se hinchaba por echarlo de menos;
una ira fea que se sentía mal dirigida hacia él; y el agotamiento de su dolor por él. Abrió las
puertas del balcón, pero él no se volvió hacia ella cuando salió. Se le desencajó la mandíbula.
—¿Eso es todo? —rompió el silencio al fin, viendo cómo se le cerraban los músculos de
los hombros—. Alguien amenaza con interponerse en nuestro camino y tú simplemente te
doblegas.
Reylan se enderezó, y su respiración se agitó, haciéndole temblar el cuerpo por lo
extraños que eran sus nervios a su alrededor. Cuando se volvió, sus rasgos eran duros, pero
también pesados, como si viniera de la batalla. No pudo soportar su silencio. Faythe continuó
con el torrente de emociones.
—¿De verdad me dejarías ir tan fácilmente? ¿Qué pasa con…?
—No —dijo él antes que ella pudiera terminar—. Algo estoy haciendo mal si no te has
dado cuenta que no puedo dejarte ir. Ni por un maldito minuto.
—Entonces, ¿dónde has estado? Prometiste… —le tembló la voz y cortó sus palabras,
tragándose el creciente nudo en la garganta que parecía egoísta.
—Faythe —pronunció su nombre. La derrota en ese tono hizo que su corazón
tropezara.
—Lo escuchaste todo, ¿verdad?
No necesitó confirmarlo cuando el brillo de miseria en sus iris de zafiro la desgarró.
Faythe examinó cada centímetro de él. No había nada formal en su atuendo; solo llevaba una
camisa holgada y unos pantalones negros, y junto con la aspereza de su cabello se preguntó
a qué salida habría recurrido con las emociones de las que podía sentir los restos latiendo en
su interior.
—No significa nada —susurró ella, rota por la confusión que le había causado—.
Entretener al señor. Es solo política.
—Solo política. —Su risa amarga picó—. Tu mano no es una pieza de ajedrez.
—Ni lo será nunca. Tienes que confiar en mí.
—Lo hago. Confío en ti más de lo que me he permitido confiar en nadie en mi miserable
vida, Faythe.
—No hables así.
—¿Así cómo? ¿Sin la pretensión de enturbiar lo que ninguno de los dos quiere ver? —
Se pasó la mano por el cabello plateado antes de señalarla—. Mírate, Faythe. Casi caigo de
rodillas en cuanto te vi hoy. Tan condenadamente perfecta que no podía creer que alguna
vez pensé que podría estar a tu lado y llamarme tu igual.
El pecho de Faythe subía y bajaba profundamente. No había pena ni dolor, solo rabia e
incredulidad, así que no podía tomárselo como un cumplido.
—No hagas eso —dijo apretando los dientes—. No te desacredites con palabras de
mierda. Eres mi igual, te guste o no, Reylan Arrowood. El destino te ha condenado a serlo.
—¿Condenarme? —Sus ojos de zafiro estaban encendidos, la sonrisa que llevaba
oscura—. Dioses, quiero luchar contigo hasta que me lleve a la locura. Quiero amarte hasta
que eso me mate.
—Entonces no corras.
Se miraron fijamente, creando una carga entre ellos, igualando respiraciones de
angustia en una batalla de corazones.
—Conocía las consecuencias de enamorarme de ti como humana, pero no podía
detenerme. Conocía la oposición que se interpondría en nuestro camino si estuviera
enamorado de la hija de un rey. El destino es retorcido y cruel, uniéndonos con tanto que nos
separa. Pero no lo cambiaría. No por nada. No quiero nada tanto como te quiero a ti. Aunque
tenga que estar a tu lado y verte con otro, porque no puedo dejarte, signifique lo que
signifique para mí.
Faythe cruzó los pocos pasos que había hasta él, tratando de no vacilar cuando él estuvo
a punto de retroceder. Reylan abrió la boca para protestar, pero Faythe le tomó la mano
después de meter la suya en el bolsillo y le deslizó la banda metálica alrededor de la muñeca.
Sus ojos se cruzaron con los de ella, interrogantes.
—Lo odio todo. Pero ahora, ¿me besarás como si a ninguno de los dos nos importara el
título? Como si ambos recordáramos que yo también vine de la nada, y que fui tuya mucho
antes de dedicarme a este reino. Bésame como si pudiéramos enfrentarnos a todo cuando
llegue el momento. Como si esto fuera lo que quieres. Amarme no está exento de desafíos, ni
de preguntas, ni de un montón de problemas, pero Reylan, yo te elijo a ti, y si tú sigues
eligiéndome a mí, entonces al Infierno con cualquiera que se oponga a eso.
La mano de Reylan se enroscó alrededor de su nuca, con la mandíbula apretada por la
angustia y el dolor. Sus dedos se enredaron en el cabello de ella y se retorcieron,
arrancándole un grito ahogado mientras le inclinaba la cabeza para que la mirara con sus iris
de fuego helado. Sacudió la cabeza con incredulidad.
—Tan malditamente perfecta.
Su boca chocó contra la de ella con una fuerza que hizo estallar todas las emociones
contenidas. No solo de aquel día, tal vez se había ido acumulando desde que se dieron cuenta
que esta lucha llegaría. Su desafío se encendió, fundiendo una promesa silenciosa hasta el fin
de los días.
Las manos de Reylan apretaron su cintura, subieron por su columna vertebral y
recorrieron su cuerpo con tanta reverencia que casi perdió la cabeza. Sin embargo, la
advertencia de Marlowe seguía resonando, y lo único en lo que podía pensar entonces era en
protegerlo.
Faythe rompió el beso, jadeando en el fuerte abrazo que unía sus cuerpos.
—Aún no sabemos lo fuerte que es el encantamiento con el contacto físico —respiró—
. Mejor no probar sus límites demasiado rápido.
El gemido de Reylan le erizó la piel y su boca se detuvo en su garganta para decirle:
—Mejor no. —La rodeó con su aliento hasta que cambiaron de lado, y los ojos de Faythe
se agitaron—. Por mucho que desee adorarte aquí mismo, fuera, de todas las formas
escandalosas, ante tu reino.
—Nuestro reino —corrigió, y la noción encendió algo poderoso y desafiante en su
pecho.
Reylan liberó su lujuria, convirtiéndola en algo mucho más tierno cuando le acarició la
mejilla.
—Me haces desear, Faythe. Deseo cosas que nunca antes había deseado. Estar contigo.
Ser digno de reinar a tu lado.
—No hay nada que pueda desear más que a ti, Reylan.
Su frente se apoyó en la de ella, sus problemas lejos de aliviarse. Sus demonios estaban
lejos de desaparecer.
—Te manejaste increíblemente ahí dentro —dijo en voz baja—. Como un verdadero
líder.
—No creí que te quedaras.
—Hasta el final. Debes saber que tenía toda la intención de esperarte a pesar de lo
peligroso que me sentía estando a escasos metros mientras Malin te ponía a prueba una y
otra vez. No puedo negar que no sabía que su proposición era una posibilidad, solo que no
pensé que llegaría tan pronto. Que intentaría ahuyentarte del trono atándote la mano por
obligación.
—Solo dije lo que tenía que decir. No tengo planes de entretener de verdad a Zarrius.
Hay más de él que deberías saber, pero… —Faythe buscó el conflicto en sus ojos, con el pecho
dolorido—. ¿Por qué te fuiste si no es por lo que oíste?
Reylan negó con la cabeza.
—Eso no importa ahora. Solo lamento no haber estado ahí para ti.
Los brazos de Faythe lo envolvieron, su mejilla se apoyó en su pecho, y ella calmó todos
los dolores del día con los latidos constantes de su corazón.
—Ya estás aquí.
Capítulo 51
Tarly
Viajaron durante días, parando solo cuando era necesario para descansar un poco, lo
cual no era de gran comodidad, ni ofrecía horas de sueño sustanciales en su estado de alerta.
Comían las bayas que Nerida encontraba y consideraba seguras, pero Katori carecía de
habilidades para la caza, y el hambre empezaba a irritarle.
Eso, y que Tarly sabía que estaba en territorio de su patria. No podía evitar mirar
siempre por encima de su hombro o estudiar a Nerida como si tuviera marcado a fuego que
era un traidor a Olmstone. Había abandonado el reino cuando había llegado el peor
momento. Había huido, y con esa elección ya no merecía la corona que una vez llevó.
Cuando Nerida resbaló un pie en el estribo, Tarly por defecto fue a ayudarla.
—No necesito que me ayudes a hacer todo.
La sorpresa de sus palabras hizo que se le cayeran las manos, pero su escasa energía
no le dejaba margen para discutir. Nerida montó, y Tarly optó por tomar las riendas y
caminar un rato.
—Es probable que tu exhibición con el barranco no haya hecho más que avivar su caza.
No es poca cosa ser capaz de hacer eso —casi refunfuñó.
—¿Qué pasó con 'buen truco'?
Empezaba a verse que no era el único que sentía los efectos de la escasez de comida y
descanso. No se dignó a responder.
—Sabes, si esto se está convirtiendo en demasiado para ti…
—No voy a dejarte.
Una pausa de silencio.
—Súbete al caballo, Sully.
—Ese no es mi nombre.
—Todavía tienes que darme uno. Hasta que lo hagas, se queda.
Respiró hondo para no soltar su irritación irracional. No hacia ella, en realidad no. Si
tan solo pudieran encontrar una manera de conseguir alguna maldita moneda para una
comida decente…
—Estás tan malditamente empeñado en quedarte conmigo, y sin embargo apenas sé
quién eres. ¿Cómo sé que no eres como ellos? Atrayéndome para venderme —se preguntó,
aunque sin una pizca de verdadera preocupación.
—Ahora mismo suena tentador —refunfuñó.
—Eres aún peor compañía cuando tienes hambre —murmuró ella.
—Estamos llegando a un pequeño pueblo llamado Vansire —desvió Tarly—. Puede que
no te guste la idea del robo, pero puede que sea lo único que tengamos para ganar algo de
sustento.
Nerida tarareó.
—No hagas nada precipitado. He estado recogiendo hierbas y plantas que puedo
convertir en remedios si encuentro un boticario que me preste un puesto durante una hora
y algunos ingredientes menores a cambio de una parte de los beneficios.
En su estado actual, Tarly no expresaba que ese tipo de paciencia podría no sostenerlo.
—¿Estamos lejos de Vesmire?
El nombre resonó en su interior, sacudiendo su corazón con pavor.
—No. —No estaban lejos. Podrían llegar en un día a pie, y luego otro hasta la biblioteca
en la que apenas podía pensar sin flashes de recuerdos horribles que despertaban un pánico
que intentaba ignorar. Inconscientemente se le encogió el hombro, el chillido de Lennox
como fae oscuro resonando en sus oídos, y luego una llama que parecía provenir
directamente de las profundidades le recorrió el cuerpo cuando los dientes de Lennox le
atravesaron la carne.
—¿Estás bien?
La voz de Nerida le devolvió al presente. No se había dado cuenta que había dejado de
caminar, y con su agarre al caballo, ella también. Tarly sacudió la cabeza para disipar el hilillo
de aquel recuerdo inquietante. Más adelante, colina abajo, se divisaba la pintoresca ciudad.
Tarly seguía caminando junto a Nerida en el caballo por el sendero de piedra que
llevaba a Vansire. Caía el crepúsculo y las calles se iluminaban con un resplandor ámbar.
—Deberíamos separarnos, mientras esperas encontrar tu lugar herbal.
Nerida giró la pierna alrededor del caballo, apoyándose en sus hombros solo
ligeramente, siempre consciente de su herida, y algo en eso nunca dejaba de calentarle. La
guio hacia abajo.
—Boticario —corrigió Nerida.
—Bien —murmuró—. Te encontraré en una hora. Si pasa algo, este pueblo es lo
bastante pequeño y tranquilo como para que te oiga si haces un alboroto lo bastante fuerte.
—Tarly comenzó a alejarse con el caballo.
—Me alegro que estés aquí.
Todo su cuerpo se puso rígido al oír sus palabras. Al volver la cabeza para asegurarse
que las había pronunciado, descubrió que Nerida jugueteaba con los dedos.
—Me alegro de no estar sola, quiero decir.
Por supuesto, lo deseable no era su compañía en particular, pero no importaba. Una
sensación de calidez le recorrió el pecho, aunque lo único que pudo hacer fue asentir con la
cabeza y esbozar una leve sonrisa.
—Una hora —repitió, retorciéndose y alejándose rápidamente como si los nervios la
hubieran vencido.
Tarly la observó durante unos segundos hasta que desapareció tras una esquina de
piedra. Parpadeó y se le quitaron las ganas de seguirla, sintiéndose inmediatamente como
un perro llorón.
Tarly tenía sus propias razones para necesitar alejarse, y guio al caballo para
encontrarlo.

***

Recorrió varias calles en busca de Nerida. Hacía poco menos de una hora que se habían
separado, pero desde que ella se había marchado no había podido quitarse el picor de
encima. Su preocupación por ella se convirtió en un nuevo pensamiento que le consumía,
manteniéndole en vilo e incapaz de calmarse a menos que ella estuviera a su lado.
Se rio de sí mismo. No era como si le hubiera ofrecido una protección sustancial
teniendo en cuenta todo lo que era capaz de hacer. No importaba. Sin darse cuenta, Tarly le
había prometido cada flecha de su carcaj, cada puñetazo que podía lanzar, al menos hasta
que llegaran a la biblioteca y pudiera escoltarla a algún lugar donde supiera que estaría lejos
de posibles peligros y fuera de la vista de quienes la buscaban.
Lo mantenía… deseoso. De hacer algo más que ver cómo el sol se convertía en luna sin
importarle demasiado lo que ocurría en la tierra que le rodeaba.
Consiguió preguntar lo suficiente para encontrar lo que consideraban una versión lo
bastante cercana a una botica. Nerida no estaba allí. Se inquietó en su búsqueda. Katori gimió
y se marchó, y su esperanza se disparó, ya que el lobo le había llevado directamente hasta
ella una vez. Sin embargo, la persona que Tarly vislumbró al entrar en un establecimiento…
El tiempo se detuvo.
Se detuvo bruscamente, parpadeando una, dos veces. Aunque ella desapareció de su
vista, su mente captó esa imagen, atormentándole con la idea que estaba equivocado, o
peor… que tenía razón.
Se esforzó en un tira y afloja físico y mental, con el corazón latiéndole con fuerza,
abriendo una herida que aún no había cicatrizado del todo. Tarly se quedó fuera de la posada,
preguntándose qué esperaba al irrumpir en su interior, pero una cosa era cierta.
Tenía que saberlo.
Tarly escudriñó furiosamente a los ocupantes, sumergiéndose en lo más profundo de
su conciencia que nunca borraría el olor de ella, incluso después de todo este tiempo. El
aguijón del alcohol y el almizcle de hombres y fae lo hacían difícil, pero podía encontrarla
entre la multitud. Los bordes de su belleza estaban borrosos, pero nunca la olvidaría.
Cuando aterrizó por detrás sobre unos mechones dorados que le resultaban familiares,
su pulso tartamudeó, y el suelo estuvo a punto de arrancársele de debajo. No tenía sentido.
Marchó hacia ella, ignorando las protestas descontentas mientras se abría paso entre la
multitud que esperaba a que le sirvieran una copa. No pensó en lo que estaba haciendo
cuando le enganchó el codo, haciéndola girar. Tarly nunca se había alejado tanto de la
realidad como en ese segundo. Se clavó en aquellos ojos, seguro que tenía que estar soñando,
cuando la atracción hacia el verde de los mismos lo apuñaló con un alivio tan abrumador que
casi lo hizo caer de rodillas.
—Isabelle —murmuró, parpadeando muchas veces como si los rasgos de la fae fueran
a cambiar. Como si pudiera equivocarse por completo. Rápidamente, el alivio se convirtió en
pavor. El pavor se convirtió en una avalancha de preguntas ante las que estaba seguro de
derrumbarse. Pero tenía que saberlo.
—¿Cómo es posible?
Solo al ver el destello de reconocimiento en sus grandes ojos y su piel blanqueada, el
peso de la verdad lo aplastó. Era ella.
Su compañera.
—Tarly —murmuró como si viera un fantasma, aunque era ella la que se suponía
muerta. Ella lo miró lentamente, y él no pudo hacer otra cosa que soltarla como si el sonido
de su voz fuera un truco—. ¿Qué te pasó?
La decepción le invadió al oír su primera reacción. Ni alegría, ni alivio, ni nostalgia. No
el reencuentro con el que había soñado sin cesar, un cuento de hadas absurdo en el que
podría desafiar a la muerte para volver a verla. El único deseo que tenía por encima de todos
había sido respondido antes que él, pero solo le impactó como el día en que encontró su
cuerpo.
Pensó que había encontrado su cuerpo.
—¿Qué me ha pasado? —jadeó, incrédulo. La ira -no, la rabia- empezó a invadirle
mientras intentaba encontrarle sentido a todo aquello. Sacudió la cabeza—. Yo organicé tu
funeral —dijo en tono sombrío. Se le cerraron los ojos y retrocedió un paso, rezando por que
aquello fuera una pesadilla, porque estaba mal. Algo iba terriblemente mal, y la anticipación
de su explicación se le enroscó con fuerza en las tripas.
—¿Qué está pasando?
La mirada de Tarly se clavó en la voz que se les unió. No creía que la insondable verdad
pudiera golpearle más fuerte. Reconoció al fae como un guardia que había estado cerca de su
padre hasta que desertó de su papel. Las piezas se deslizaban juntas tan rápido que Tarly no
podía detenerlas a pesar de las cintas que rebanaban su alma.
La mano del fae se deslizó alrededor de la cintura de Isabelle, y entonces todo quedó
claro. Le golpeó con tanta fuerza que lo poco que agarraba de su corazón se borró.
—Tú —gruñó Tarly, el destello de rabia se apoderó de su visión, y antes que pudiera
calcular sus acciones había inmovilizado al bastardo contra la pared. Sus puños conectaron
con su rostro una y otra vez, incapaz de detener el desencadenamiento de una agonía tan
profunda que sentía que lo mataría si no la liberaba.
La gente gritaba, se formó un tumulto y algunas personas intentaron agarrarlo, pero
Tarly no notó nada excepto su objetivo… hasta que su visión se nubló, su pecho se agitó y
fueron necesarios tres fae para apartarlo del ex guardia que yacía desplomado en un montón
de sangre.
Tarly empezó a volver en sí, dándose cuenta de la paliza física que había asestado,
diferente a todo lo que había salido de él antes. Una violencia que no era él. Pero le dolía tanto
que ni siquiera podía sentir asco o vergüenza. Recuperó el aliento y dirigió su angustia hacia
el causante de todo.
Isabelle se tapó la boca con una mano, con los ojos húmedos de lágrimas, pero para él
no significaban nada. Lo miró como si fuera un extraño, un monstruo. Lo miró como si le
hubiera mostrado todas las razones por las que le había hecho lo que le hizo, y esa
comprensión lo atravesó, convirtiendo su dolor en entumecimiento. Un entumecimiento sin
dolor, sin valor.
—¿Era tan horrible imaginar una vida conmigo? —espetó. Buscando en su bolsillo, sacó
el collar de su madre—. Tan horrible que la única forma de escapar era fingiendo tu muerte.
—Apenas podía soportar la visión del collar. Lo único que le recordaba ahora era el día en
que lo recogió de entre los restos calcinados de una desconocida a la que creía su compañera.
Por un segundo, mostró remordimiento. Pero rápidamente cayó en una lástima que
despreciaba más que nada. Corría el riesgo de despertar su ira.
—Yo no quería esa vida…
—Te habría dejado ir. —Su voz volvió a alzarse. Negó con la cabeza antes que la derrota
le hiciera callar—. Por mucho que me hubiera destrozado, si ése era tu deseo, te habría
dejado ir.
—Intenté decirte que no encajaría en ese papel, que la realeza nunca fue lo que quise,
pero no me escuchaste. Me dijiste que lo resolveríamos y que la corte lo entendería, pero no
fue así, Tarly. Yo era de bajo rango; tú no sabías lo que era ser el hazmerreír de la corte.
—Nunca me lo perdoné, pensando que te habías quitado la vida por mi culpa.
—Lo siento…
—¿El exilio?
Ella se estremeció, y Tarly quiso alejarse temiendo que la daga alojada en su corazón
no terminara de retorcerse.
—Fui a Keira…
Tarly levantó una mano y la cerró lentamente en un puño que se clavó en la frente con
los ojos cerrados. Eso era todo lo que necesitaba oír para averiguar el resto por sí mismo.
—No dudo que me quisieras, Tarly, pero no puedes negar que también fui un desafío a
los ojos de tu padre —acusó.
La mandíbula de Tarly se trabó, deseando gritar y enfurecerse, pero al respirar hondo,
se dio cuenta que todo el establecimiento se había callado ante su exhibición. Unos pocos
atendían al fae que gemía y perdía el conocimiento a causa de la brutalidad de Tarly. Unos
pocos lo miraron con miedo, con asombro, y de repente se dio cuenta que su conversación
había revelado a todos quién era él, poniendo en evidencia a su príncipe en un estado volátil
y vergonzoso.
—¿Es verdad lo que dicen…? —Una voz valiente tomó la palabra—. ¿Ha caído la capital?
¿Estamos ahora bajo el dominio de Valgard?
Tarly no tenía respuestas para su cautela. Se presentaba ante ellos como su príncipe
abandonado, y no podía soportarlo. Un parpadeo en la ventana le llamó la atención, y unos
mechones plateados hicieron que se le saliera el corazón del pecho. Inmediatamente, giró
hacia la puerta para alcanzar a Nerida, esperando que no hubiera oído demasiado, pero fue
detenido por la llamada de Isabelle.
—Es tiempo, Tarly —dijo en voz baja.
No se volvió, pero no podía moverse, oyendo solo los ecos de sus palabras como si
estuvieran bajo el agua y él a la deriva. Su alma gritó, abrasada por un dolor
inconmensurable, y aunque le inmovilizó, lo aceptó. El aroma de su sangre llegó hasta él
como el último chasquido de su vínculo de apareamiento. Su rechazo chamuscó como una
llama, partiéndole por la mitad, y un zumbido llenó sus oídos. Intentó mantener la
compostura, trató de cubrirse de entumecimiento mientras daba un paso adelante, pero
tropezó. No pudo volverse para ver si ella sufría lo mismo. Sentía como si le hubieran clavado
un cuchillo en las tripas y el dolor se extendiera como una fiebre rápida. Dio otro paso,
necesitando aire… necesitando alejarse.
Rechazado.
Se asentó más fácilmente de lo que pensaba, aunque suponía que era un concepto con
el que se había familiarizado mucho antes. Sin embargo, los efectos físicos eran castigadores.
Fuera, tragó aire con avidez. Había empezado a llover, un tipo de niebla que empañaba
la visibilidad, y la humedad le cubría rápidamente. Tenía que encontrar a Nerida. Por encima
de su agotamiento por una ruptura que le había cambiado la vida, necesitaba saber qué había
provocado su retirada. Necesitaba saber si estaba a salvo.
Apretando los dientes, soportó el peso de la magia febril y echó a correr.
Capítulo 52
Tauria
Su corazón nunca había pesado tanto, pero ya era hora. Tauria había hecho las paces
con las muchas formas en que podía desarrollarse este primer encuentro. Al menos, pensó
que saberlo, prepararse, podría hacerlo más fácil.
Se había mentido a sí misma toda la semana, abrazando a Nik con más fuerza, utilizando
su vínculo de todas las formas posibles para no dejar nada de él sin tocar, sin explorar.
El caballo que montaba hacía crujir las ramas esparcidas por los Bosques Oscuros de
Galmire. La instrucción de Mordecai era clara: adéntrate en el bosque y él te buscará. Todos
sus cabellos se erizaron mientras sus ojos recorrían el brumoso suelo, entrecerrando los ojos
a través de la oscuridad. Todo estaba tan inmóvil que no podía concebir pasar por aquí a
menos que fuera absolutamente necesario. El sonido de su corazón palpitante anulaba
cualquier otra cosa, pero de todos modos no creía que nada agradable se hiciera eco de
gorjeos o cantos a través de estos bosques.
—Ahí estás —dijo, con voz distante como un trazo de sombra—. Mi princesa. —Más
cerca ahora, y la siguiente exhalación de Tauria la estremeció.
—¿Dudabas que vendría? —respondió Tauria, sin permitir que sus ojos lo buscaran
primero mientras el caballo se detenía.
Un rumor de humor negro se apoderó de ella.
—¿Crees que soy tonto por confiar en ti tan fácilmente después de todo lo que hiciste?
No podía ceder a la trampa del miedo.
Para estar seguros, Nik no podía ayudarla ni siquiera a través del vínculo. Esta parte
tenía que afrontarla completamente sola. Para mantener la calma, Tauria repitió esa mañana
una y otra vez. Recordó cada sensación atesorada de su compañero y las horas que habían
perdido el uno por el otro. Las promesas que habían sellado el uno para el otro.
El movimiento se reflejó en su visión y todos sus músculos se agarrotaron.
Unas afiladas garras le tomaron el pulso, casi a la altura de sus ojos encima del caballo.
Esperaba que se las hubiera cubierto con glamour. La textura de cerca le recordaba al cuero.
Gruesas sobre el cartílago, pero con una transparencia en su envergadura, que las ceñía con
firmeza.
—¿Tienes miedo, princesa?
Su pregunta la llevó a mirarlo por primera vez. Un ónice oscuro con un brillo de
depredador que nunca olvidaría.
—Intrigada —casi susurró.
El rizo de su boca le secó la garganta. Entonces sus manos se alzaron, dispuestas a
ayudarla a bajar del caballo, y ella no pudo negarse.
Tener que ponerle las manos encima le retorcía el estómago, y comprobaba una y otra
vez que su conexión con Nik seguía siendo impenetrable. Mordecai la tomó por la cintura,
guiándola hacia abajo con sorprendente ternura, y cuando sus pies se plantaron en el suelo…
no dio un paso atrás.
Conocía el brillo de sus iris negros. Era de premio y admiración, y ella apenas podía
domar a la bestia en su pecho. Quizá se acercó más. Quizá se inclinó un poco cuando ella
deseaba que no lo hiciera. Esperaba que Samara no hubiera dejado una impresión tan
duradera con su beso que él lo deseara inmediatamente de nuevo.
No. No, no, no.
Podría arruinarlo todo si no pudiera seguir adelante.
—¿De verdad estás en esto conmigo? No hay vuelta atrás —dijo con una gravilla que le
raspó la piel por lo equivocada.
—Estoy aquí, ¿no? —susurró, siguiéndole el juego. Siempre con una máscara que
ponerse.
Sus nudillos rozaron su mejilla y ella se convirtió en piedra. Dejó de respirar.
—Confieso, Tauria Stagknight, que aún no he descubierto qué es lo que tienes, pero no
he podido quitarte de mi mente. Nuestro reinado… sería de lo más legendario.
Respira. Solo respira. No podía permitir que su visión potenciadora de estar al lado de
Nik se viera empañada por la retorcida fantasía del alto señor.
—¿Por qué crees que arriesgué todo esto?
Eso le valió una sonrisa de orgullo y conquista. Mordecai estaba escuchando cada una
de sus palabras, y ella debería haberse sentido aliviada, pero todo lo que temblaba bajo la
superficie era un pavor frío y caliente, tan envolvente que lo único que ella podía hacer era
esperar que él no pudiera detectarlo.
Sus dedos le inclinaron la barbilla, y ella no pudo hacer otra cosa que responder a su
tacto, o todo se desmoronaría en un segundo. Sus labios se acercaron, y Dioses, ella quería
que el mundo se abriera bajo ella para librarla de semejante traición. Error. Estaba tan, tan
mal, que las lágrimas le punzaron los ojos mientras intentaba adormecerse ante las oleadas
de dolor que la invadían.
—Tengo muchas cosas importantes que hacer, Mordecai.
Tauria jadeó ante la sensual voz que había plagado sus pesadillas. La respiración
entrecortada para evitar inhalar el aroma del alto señor no coincidía con los saltos de su
corazón. Su equilibrio se tambaleó. Al girarse, el rostro que esperaba apareció con una
claridad ardiente sobre el crudo telón de fondo del bosque.
—Marvellas —se atragantó Tauria—. ¿Por qué está aquí?
Lo sabía. Dioses, lo sabía, pero Tauria deseaba no saberlo. Rezó a toda maldita entidad
que pudiera oírla para que se equivocara y la presencia del Espíritu hubiera sido atraída con
algún otro propósito.
La mano de Mordecai sobre Tauria la dirigió hacia el Gran Espíritu, que permanecía allí
evaluándola, sin ocultar su aburrimiento. El tacto de Mordecai repugnó a Tauria, aunque
decidió que temía mucho más a Marvellas que al alto señor por cuya dirección quería
protestar.
—Entenderás, princesa —le dijo con calma, pero con la suficiente advertencia como
para que ella oyera la prueba—, por qué esto es necesario. Dijiste que harías cualquier cosa
por mí.
Sabía que él nunca confiaría en ella sin esto, pero se había pasado semanas que habían
ido demasiado rápido sumida en la confusión, suplicando a todo, a cualquier cosa, que la
escuchara, pero sabiendo que no había salida.
La miró fijamente cuando se detuvieron frente a Marvellas, y ella acogió con agrado el
escalofrío que le caló hasta los huesos, con la esperanza que adormeciera la profunda agonía
que estaba por llegar.
—No me gusta compartir, Tauria. Y menos cuando se trata de ti. Así que dime —una
larga pausa se extendió entre ellos—, ¿estás dispuesta a romper tu vínculo por mí?
Ahí estaba.
Después de haber recitado el millón de maneras en que esta condición sería entregada,
Tauria se dio cuenta ahora que no hizo que el golpe la golpeara menos. No podía respirar, no
estaba segura que la gravedad aún la sostuviera cuando una nada ingrávida se apoderó de
ella. El mundo de las tinieblas en el que vivía no parecía real. El sacrificio que tendría que
hacer para avanzar solo era superado por su propia vida.
Una vida.
Faythe había dado la suya, y al pensar en su valentía imperecedera, Tauria encontró
consuelo en la creencia que lo que ganarían valía mucho más. Ella planeaba seguir teniendo
su futuro con Nik. Mientras vivieran, eso nunca cambiaría.
—Sí. —La palabra salió de sus labios, pero no la oyó. No la sintió. Iba en contra de cada
instinto que gritaba y arañaba para luchar—. ¿Pero estás seguro que esto es lo que quieres?
—Su pregunta fue formulada con una esperanza vana y fugaz, pero tenía que intentarlo—.
Sabes que fue vital en mis comunicaciones con Nik en Olmstone. Podría beneficiarnos tener
esa visión con este nuevo camino.
—Perdóname, Tauria, pero no confío en que eso sea cierto. Que Nikalias se quedaría de
brazos cruzados y permitiría que esto ocurriera, y francamente… —Su agarre sobre ella se
tensó, y un destello de ira alojó un grito en su garganta—, no me gusta que piensen de mí que
soy un maldito tonto.
—Por muy entretenido que sea esto —dijo Marvellas—, no tengo mucha paciencia para
tus disputas amorosas. —Se acercó un poco más, mirando a Tauria, pero su atención estaba
fija en Mordecai—. Espero que sepas lo que haces —continuó, y fue entonces cuando Tauria
vislumbró la jerarquía de los fae oscuros. Si bien Mordecai había sido rey, e incluso ahora
irradiaba autoridad y dominio, Marvellas estaba por encima de él. En todos los sentidos, ella
lo superaba—. Si esto cambia y te equivocas…. —La cabeza de Marvellas se inclinó tan
hermosamente, pero la amenaza que lanzó en aquellos ojos fundidos golpeó como una
llama—. No te gustará sentir mi ira.
—Hazlo —intervino Tauria.
Los ojos dorados del Espíritu nunca dejaban de sacudirla con las imágenes de su
querida amiga. Faythe. Tauria se enderezó con voluntad y confianza. Ella había amado y
perdido antes, había vuelto de las peores devastaciones, y sobreviviría a esto. El mundo no
era más que un mapa cruel salpicado de monstruos listos para atacar. En su lugar, Tauria
llenó su mente con los preciados recuerdos de su compañero. Lo que su vínculo había traído
a sus vidas… era suficiente. Porque lo que habían forjado entre ellos antes de conocer el
vínculo, Tauria sabía que era verdaderamente irrompible.
—Muy bien —cantó el Espíritu, con la curva de sus cejas perfectas a juego con sus labios
pintados de carmesí. Levantó la mano y Tauria se preparó—. Admiro tu voluntad de
desprenderte de esto, Tauria Stagknight.
Le ardían los ojos y no luchó contra ello. Un toque oscuro entró en su mente, acarició
con un dedo burlón y cruelmente doloroso la cuerda que corría dentro de ella, y sabía que
Nik lo sentiría. Por mucho que se mantuviera al margen… había llegado el momento. Tauria
ya había sentido esta invasión antes, de rodillas, agarrada fuertemente a Nik. Podría haber
gemido sabiendo lo que Marvellas estaba a punto de romper.
Con el primer tirón agudo gritó. Mordecai la mantuvo erguida a pesar de su necesidad
de hundirse en la tierra y que se la tragara entera. Intentó ser valiente, pero se hizo añicos.
El fuego la desgarró y el bosque que los rodeaba se inclinó. Otro tirón y se preguntó si el
Espíritu la estaba torturando para vengarse de ella por la burla que les había hecho en
Olmstone.
Sin embargo, lo que Marvellas estaba tomando, Tauria planeaba recuperarlo con una
venganza tan fuerte que empezaba a sofocar las puntuaciones de dolor a través de su cuerpo.
Arrancó y acarició y se deleitó con los gritos de Tauria.
Tiró y tiró y tiró de ese precioso ser vivo que llevaba dentro, hasta que…
El vínculo se rompió.
Un pitido agudo llenó los oídos de Tauria, y su visión estalló en estrellas para luego
envolverla en una oscuridad total. No había palabras para describir la agonía que la consumía
por completo y que se esparcía por su piel, abrasaba su cuerpo y destrozaba su mente.
Volvió en sí lentamente. Tan lentamente que no podía estar segura que no fuera la
muerte.
Su cuerpo temblaba, pero ella no podía sentirlo. El agotamiento se apoderó de ella, y
pasó un anhelo que el abrazo eterno la sacara de esta pesadilla viviente.
Se había ido.
Tauria buscó, pero estaba vacía. Tan vacía y hueca donde una vez hubo esa línea
brillante y afirmadora de seguridad y calidez.
No importa lo perdido o lejos…
Se ha ido.
Se le saltaban las lágrimas, pero no sollozaba.
—Puede llevarle tiempo adaptarse. —La voz de Marvellas sonaba diferente. Parecía tan
lejana, pero el tono contenía una nota de simpatía.
—Estará bien —le aseguró Mordecai.
Tauria se desentendió del resto. Habría caído de rodillas de no ser por el agarre del
gran señor, pero no tenía ni la emoción ni la fuerza para encogerse de hombros. De todos
modos, así le iba mejor al disfraz.
Dioses, no quería pensar en cómo lo estaba afrontando Nik. Le provocó una nueva ronda
de lágrimas silenciosas.
Oyó arrastrar los pies, pero no levantó la vista.
—Imagino que volveré a verte pronto, Mordecai. Espero grandes progresos.
Marvellas se fue. A Tauria le daba igual.
—Creo que será mejor si volamos…
—No. —Encontró su voz, volviendo a sí misma lo suficiente como para recordar el
plan—. Necesito un momento. Un día, al menos, para descansar antes que me lleves a un sitio
nuevo. Por favor. —Tauria estaba jugando con los efectos de la ruptura del vínculo,
esperando que hubiera una pizca de humanidad suficiente dentro del alto señor como para
que le concediera esto.
Para su inmenso alivio, captó su asentimiento. Al mirarle ahora, no podía creer el
cambio de oscuridad que casi le hacía parecer… preocupado. Por todo lo que había visto de
él, le resultaba chocante.
—Muy bien. Podemos pasar una noche en la ciudad si ese es tu deseo. —Su voz se volvió
más suave, y aunque no hizo nada para aliviar el odio que ella sentía por él, por lo que le
había arrebatado, lo situó bajo una fugaz nueva luz—. Aunque debes saber que no nos
dirigimos a ningún sitio nuevo —añadió mientras Tauria deslizaba el pie en el estribo y las
manos de él atrapaban su cintura—. Pienso supervisar cómo le va a Olmstone. Pensé que te
gustaría volver a visitarlo.
No pudo ocultar la sorpresa con la que le miraba desde lo alto del caballo.
Balanceándose entre una confusión entumecida y tratando de mantenerse presente en las
secuelas de lo que aún la desgarraba, trató de recordar que tenía que averiguar todo lo que
pudiera.
—Cuando te fuiste de allí… —Su respiración se hizo corta—. ¿Te reuniste con Dakodas?
Estoy segura que ese triunfo debe haber compensado la pérdida de Marvellas en Olmstone.
Caminó despreocupadamente a su lado, en dirección al pueblo.
—Lo hicimos. El Espíritu de la Muerte es bastante… impredecible.
—Tienes dos ruinas entonces. Una gran ventaja.
—Una ruina —corrigió él con facilidad. Ella quiso emocionarse al saberlo, pero su
corazón obnubilado no pudo hacer otra cosa que almacenarlo con indiferencia.
—¿Marvellas no ha recuperado la suya? —probó Tauria.
—¿Por qué lo haría? Está bien guardada en su templo.
—¿Qué planea hacer con ellas?
—Destruir una y tal vez encontrar una manera de convertir en armas a las otras.
—¿Destruir? —La mente de Tauria sonó alarmada por el hecho que no esperaba.
—Supongo que la heredera espera reunirlos para abrir el portal del Espíritu y enviar a
su creador de vuelta. —Sus ojos oscuros se desviaron hacia ella, aparentemente
decepcionado que no hubiera llegado ya a esa conclusión—. Rompe una, rompe la
posibilidad.
Queridos dioses.
—A Marvellas no se le puede matar por medios mortales —pensó Tauria en voz alta,
deslizando las horripilantes piezas.
No habría forma de detenerla.
—Este es su reino —dijo Mordecai con frialdad—. Lo ha sido durante algún tiempo.
—¿Estás contento de ser un peón en esto?
Su risa se volvió genuina. Tauria no quería seguir viendo esas notas de él, de una
persona real, cuando no era más que un monstruo.
—Cuando Marvellas me trajo de vuelta, pensé que tendría mi oportunidad de
vengarme. Dime, Tauria, ¿sabes mucho de la historia de la Edad Oscura?
Una fiebre le recorrió la piel, pero el escalofrío que le llegó a los huesos solo provenía
del recuerdo de quién era Mordecai. Una fuerza maligna de otro tiempo. Resucitado cuando
ella no podía estar segura de lo que eso significaba y si cambiaba algo del fae oscuro que era
antes.
—Intentaste derrocar a los gobernantes fae cuando se opusieron a tu deseo que los fae
oscuros obtuvieran la ley para alimentarse de sangre humana —dijo con cuidado.
—Ojalá fuera tan sencillo —reflexionó—. Supongo que habrían borrado de la historia
el hecho que los humanos vinieron a nosotros. Querían alimentarnos. Verás, hay un cierto
placer en ello, aunque admitiré que tuvo el efecto en algunos de inspirar un ansia peligrosa,
y eso fue lo que desencadenó la guerra. En aquella época, el Transicionado no existía. Nunca
tuvimos el deseo de incursionar en una magia tan oscura y prohibida. Todo eso era Marvellas,
y sin embargo yo era la clave. Mi sangre.
Mata a Mordecai, detén las Transiciones.
Tauria podría haber soltado un grito ahogado por la iluminación, pero mantuvo el
rostro neutro. Todo se estaba volviendo demasiado con la tormenta que se desataba en su
interior. Necesitaba descansar. Necesitaba a Nik. Tauria luchó por aguantar.
—Luché por los fae oscuros, por su derecho a no ser vistos como monstruos cuando
eran los humanos los débiles. Lo admito, las cosas se precipitaron mucho más de lo que
podíamos haber preparado. Me enfrenté a los gobernantes fae, sí, solo porque nunca nos
vieron como a ellos. Mi gente eran malvados, seres sin corazón. Se negaron a aceptarnos en
el continente. Cortaron el comercio.
—Les diste la razón. —Tauria dejó escapar la acusación, incapaz de soportar la idea de
la carnicería que se desencadenó.
—Les demostré —dijo secamente—, que, si vas a pintar según tus propias
suposiciones, será mejor que estés preparado para enfrentarte al monstruo que has creado.
Su narración hizo algo. Encendió una cerilla para mostrar una nueva cara del cuadro
que el mundo hasta entonces solo había percibido de una manera.
—Ahora —se atrevió a preguntar—, ¿por qué luchas?
—Por lo mismo —respondió simplemente—. Aunque ocurrió algo inesperado. Alguien.
Por su tono, por la forma en que sus palabras se alejaban, Tauria supo que se los estaba
imaginando.
—¿Una antigua amante? —intentó.
—No del todo.
Se alegró que su sacrificio pareciera haber despertado en él la confianza suficiente para
abrirse un poco. Lo había robado todo para esgrimirlo como arma, incapaz de perdonar lo
que había perdido.
—Aunque podría decirse que el producto de tal… relación.
La sensación fue tan abrumadora que apretó con fuerza las riendas. Una palma se
extendió contra el caballo cuando la inclinación de su paso se sumó al vaivén del
conocimiento. No se lo podía creer.
—Tienes un hijo.
Capítulo 53
Zaiana
Zaiana se despertó contra la firmeza familiar de la piedra, aunque él no se había ido del
todo. No se movió. Acurrucada en el suelo, sus párpados se abrieron para encontrarse con
un gris sombrío. Permaneció inmóvil, respirando a la vez tortura y nostalgia, con el aroma
de Kyleer en la tela que la envolvía. Una simple capa negra, pero sabía que era suya.
Sentía la espalda aliviada y vestida, pero no era eso lo que la tenía deprimida. Zaiana se
estaba ahogando. Solo por un momento se asfixió lentamente en las secuelas de él. En unos
segundos lo sepultaría todo. Anoche, lo que él hizo, de lo que ella quería más. Incluso ahora.
Algo para lo que nunca había estado preparada... era tropezar en su propio plan. Albergando
un creciente cariño por la víctima que se había propuesto matar.
Dioses, si alguno de los suyos pudiera vislumbrar su mente traidora, merecería el
castigo por su debilidad.
—¿Te arrepientes?
La tranquilidad de la voz de Kyleer era tan distinta de él que le provocó una punzada
en las tripas. Zaiana había entrenado toda su vida para atraer víctimas a su red, para matar
y no sentir, para herir y no pensar. Para ella, las emociones de los demás eran un arma, y las
suyas, una debilidad.
—Podría haberte matado —dijo ella finalmente, abrazando el hielo que congelaba lo
que él había descongelado.
—No, no podrías haberlo hecho.
Zaiana soltó una risita, un sonido entrecortado y carente de humor. Se levantó.
—Te castigarán si se enteran.
—¿Eso te preocupa?
—No. Para ser honesta, más bien espero que lo hagan.
—¿Te arrepientes, Zai?
—Sí —espetó ella. La mueca de dolor que se ganó le golpeó como un cuchillo. Menos
mal que había aprendido a soportar las heridas profundas como un aguijón—. Así como tú
también deberías.
—No puedo.
—Recuerda lo que soy, lo que he hecho. Ódiame como deberías, Kyleer.
—Lo hago. Te odio tanto por hacerme desearte. Estás en mi cabeza demasiado a
menudo. Es exasperante.
—Entonces para.
—Yo. No. Puedo.
Zaiana se acercó a los barrotes, cargando la angustia que irradiaba entre ellos.
—Te lo pondré fácil, Kyleer. Esto no puede ocurrir nunca. He matado a mucha gente.
No soy buena como tú o como ellos. Nunca lo seré.
—No te creo.
—No me importa…
—No te creo porque la dejaste ir.
A Zaiana se le cortó la respiración.
—Habría matado a Faythe…
—No a ella.
Se le retorció el abdomen. Sacudió la cabeza.
—No sé de qué me estás hablando.
Kyleer también se acercó. Sus manos se enroscaron alrededor de la barra, mirándola
como si su respuesta estuviera escrita en cada centímetro de ella. Como si pudiera ver cosas
que nadie había visto antes sin siquiera intentarlo.
—Me pregunto si esta vez me perseguirás… —Recitó sus palabras desde la azotea—.
Porque no lo hice la primera vez que estuvimos cara a cara, y huiste antes que tuviéramos la
oportunidad de cruzar espadas.
Ella no le dio nada.
—Al principio era tu olor, pero quizá algo más. Lo reconocí incluso antes que nos
interceptaras en las montañas. Sin embargo, fueron tus ojos los que me hicieron darme
cuenta entonces de por qué me resultabas familiar. —Kyleer extendió una mano a través de
los barrotes de hierro que los separaban. Sus dedos vacilaron, pero cuando ella no se movió,
se enroscaron bajo su barbilla.
Nunca se había sentido cautivada por una mirada así, y quiso entrar en razón por
permitir su contacto.
—Aquel día en Fenstead, vi a Tauria Stagknight y a sus guardias dirigirse hacia un
callejón. Atravesé el campo de batalla solo para asegurarme que había escapado, ya que era
lo único que importaba cuando quedó claro que el reino estaba prácticamente tomado.
Cuando corrí hacia esa calle y vi que los guardias estaban muertos, estaba dispuesto a luchar
contra ti, costase lo que costase. Entonces te volviste hacia mí, pero no me atacaste. Tal vez
no hubiera sido capaz de identificarte desde aquel día, si no fuera porque en tu curiosidad
inclinaste la cabeza lo suficiente para que pudiera vislumbrar los iris más magníficos que
jamás había visto.
La miró a los ojos durante un largo instante, pero ella no pudo descifrar su tormento.
—No los he olvidado ni un maldito día desde ese momento, y entonces ahí estabas tú.
Esos ojos. Pupilas que eclipsaban ardientes soles de amatista. Un vibrante núcleo de púrpura
lo suficientemente llamativo para hipnotizar lo suficiente como para que una criatura tan
hermosa mate si se vislumbra sin precaución.
Nadie le había prestado nunca una atención tan profunda. Lo que le robó el aliento por
completo fue cuánto tiempo se había aferrado a esa nota de ella sin saber quién era. Era una
sensación desconocida. Como si alguien le estuviera quitando el peso muerto de su pecho.
Como si el aire solo le llegara con facilidad si se dejaba llevar por sus románticas palabras.
No podía convertirse en su debilidad.
—¿Te acordaste de mí cuando nos encontramos cara a cara en el borde de la montaña?
Había algo extraño en su tono, como si la respuesta equivocada fuera a provocar
decepción. También eran sus ojos… la razón por la que nunca había sido capaz de
desprenderse de un anhelo de bosques, una inclinación a deponer las armas y rendirse a su
naturaleza pacífica. Aquellos rasgos, aquel cuerpo, irradiaban una atracción protectora a la
que era difícil resistirse.
—No —respiró. No era mentira. Aunque él nunca lo sabría, la familiaridad la atrajo
hacia él como una polilla que se resiste a una llama. Sus ojos se flexionaron con un rechazo
que ella esperaba, pero por la forma en que pasó y su expresión se afianzó, ser un fantasma,
olvidable, no era un concepto desconocido para él. Por un segundo quiso retractarse, aunque
solo fuera para ver qué luz se encendía al oír las palabras…
Me acuerdo de ti.
Los sentidos de Zaiana volvieron a ella de golpe, la brutalidad de su pasado selló sus
labios contra cualquier atisbo de amabilidad que la hubiera condenado antes. Dio un paso
adelante hasta que sus cuerpos quedaron casi al ras, solo el grueso hierro entre ellos.
—Nadie te creerá.
Kyleer se rio. Oscuro y suave, y ella lo odiaba. Lo odiaba. Porque se había convertido en
un sonido que ansiaba.
—No tengo a nadie a quien quiera convencer de ello.
—Porque no importa.
Arrastró la mano por su nuca antes de empuñarle el cabello. La sorpresa le separó los
labios, que estaban tan perfectamente inclinados hacia los de él que sintió el final de su
respiración agitada. Sus ojos verdes estaban lívidos, pero llenos de una pasión salvaje, y ella
quiso sentir el chasquido del control que él ejercía sobre ella.
—Porque, francamente, me importa un bledo lo que piensen sobre esto.
Su respiración nunca se había entrecortado tanto ante una emoción acelerada y
creciente. Era ridículo, teniendo en cuenta dónde estaban y quiénes eran. Zaiana ya había
seducido a hombres antes, podía atraerlos con poco esfuerzo, pero esto… era diferente. Era
a la vez un dolor terrible, terrible y una furia cruda a punto de estallar, casi enloquecedor
pensar en lo que podría desatarse entre ellos. Estaba tan mal, pero eso solo aumentaba el
deseo.
Contra todo lo que le gritaba que le arrancara el corazón antes que despertara algo en
su frío y oscuro pecho, Zaiana soltó sus temerarias palabras.
—¿Sobre qué?
La chispa en sus ojos era un hambre que golpeaba. Con fuerza. La boca de Kyleer se
estrelló contra la suya y ella le respondió, condenando al Infierno los barrotes que les
impedían chocar de una forma que habría sido furiosa y fea, pero dichosa, al fin y al cabo.
Apenas podían moverse ante las exigencias de sus cuerpos. La mano de Kyleer
alrededor de su cintura la aplastó contra los postes metálicos al mismo tiempo que él se
apretaba contra ellos. Su lengua se deslizó en su boca y ella gimió, la llama encendiéndose
cruda y furiosamente. Se encendió en su pecho para hacerla sentir viva, disparando una luz
vibrante en su mente contra un manto permanente de desolación, levantando cada carga y
transgresión solo por un momento en el tiempo que ella simplemente… olvidó. Ansiaba más.
Necesitaba más. Zaiana se preguntaba por qué no usaba sus sombras para acabar con la
miseria de ambos.
Cuando Kyleer se apartó bruscamente, su mente giró aturdida, tratando de
recomponer quién era.
—Tendría que haberlo hecho anoche —dijo con voz ronca.
Entonces él la soltó, y lo único que ella pudo hacer fue enroscar los dedos con más
fuerza alrededor del hierro, conteniendo la respiración con desconcierto. Él se alejó, y la
frente de ella chocó con el frío metal, sus ojos se cerraron. Intentó apartarlo de sus
pensamientos, pero solo recordaba aquel beso. Su sabor… ahumado y terroso. No era
suficiente. Ni de lejos. Sin embargo, comenzó el conflicto que ella no podía tener esto; no
podía querer esto.
Porque si lo hacía… seguro que caería.
Capítulo 54
Faythe
—Bailando.
La voz de Faythe resonó espectacularmente en el salón de baile, tan enorme que ella
no se sintió más que una mota en el intrincado dibujo pintado en el mármol. Y las magníficas
pinturas y esculturas. Incluso el piano y el pequeño conjunto de instrumentos sobre un
estrado parecían tan lejanos.
—No quería crispar tus nervios hasta que fuera absolutamente necesario —dijo Reylan
a su lado.
Faythe le miró interrogante, pero otra voz atravesó el espacio.
—Nuestra princesa abrirá el baile con una danza, y la verdad es que estoy deseando
que llegue ese espectáculo. —Izaiah sonrió ampliamente mientras se paseaba por el salón,
Kyleer cerca detrás de él.
Cuando sus palabras resonaron, su cabeza se volvió hacia Reylan.
—No, no lo haré —se apresuró a decir.
Se estremeció ante su reacción.
—Podría intentar librarte de ello, pero habría especulaciones. Habría sido Malin, pero
ya que vas a ser la heredera de Rhyenelle… no puedo negar que sería una exposición
ventajosa.
Faythe reflexionó sobre el concepto. Tenía sentido, y ante la idea de conceder a su
primo lo que claramente debía ser un honor, enjugó su protesta.
Lo único era que… Faythe era una bailarina horrible.
—De ahí las lecciones —se burló Reylan, leyendo el pensamiento deslizado, o tal vez la
desalentadora noción estaba escrita en toda su cara con la idea de tantos ojos sobre ella, sin
poder confiar en la guía sobre un paso perdido.
—¿Me vas a enseñar?
Su pequeña sonrisa revoloteó en su pecho.
—¿Quieres que lo haga?
Sí. Sin dudarlo, lo deseaba. El recuerdo de su baile en High Farrow se guardó con mucho
cariño en su mente. Faythe no tenía mucha experiencia con el baile de los fae. La grandeza
de sus fiestas, la forma en que se movían, festejaban y disfrutaban de la noche a una escala
que era abrumadora para su simple mente humana.
Una mano la agarró y Faythe chilló sorprendida cuando la hicieron girar y la atrajeron
hacia un cuerpo alto y esbelto. Parpadeó y miró fijamente a los ojos de Izaiah, que brillaban
con picardía.
—Creo que me encontrarás más favorable que estos dos brutos en esta habilidad en
particular —dijo.
—Lo disfrutas —observó Faythe. El entusiasmo de Izaiah era un bálsamo natural para
sus nervios erráticos.
—Tú también podrías si aprendes a ver que ya eres genial en ello. Solo suelta la espada.
Nunca lo había pensado de esa manera, pero al reflexionar sobre las rutinas que Reylan
le había mostrado muchas veces, el aplomo que Kyleer le había inculcado desde su tiro con
arco, quitar las armas empezó a darle a todo un nuevo significado. Una inyección de
confianza en que no era una completa novata si simplemente podía traducir los movimientos
que ya conocía.
—Pero bailar es más ligero. —Su brazo alrededor de su cintura los hizo girar a ambos
y luego se tensó mientras él bajaba con ella. Asustada, Faythe se abalanzó, pensando que se
caería—. Suelta la defensa que te mantiene rígida. No estás luchando contra alguien; piensa
en esto como si estuvieras luchando con él. Confía, no te opongas.
Una ligera música de piano comenzó a sonar en la sala. La atención de Faythe se dirigió
-e Izaiah se enderezó con ella- a Reylan, que los observaba mientras tocaba suavemente.
—No apartes los ojos de tu pareja. —Izaiah no le concedió ni un momento para
deleitarse con la hermosa visión del general y la hizo girar con una mano por encima de la
cabeza una vez más. Cuando la acercó a él, Faythe perdió el equilibrio.
—Esto va a costar trabajo —reflexionó.
—Dijiste que ya se me debería dar bien —refunfuñó ella, apartándose de él.
Su risita tiró de su propia boca.
—Afinar tus movimientos para que sean lo suficientemente elocuentes como para que
no parezcas una tabla tiesa ahí fuera te llevará algo de trabajo —enmendó.
—Gracias por la inyección de confianza.
El juego se detuvo y Faythe captó el murmullo de las palabras intercambiadas para
descubrir que un joven fae se había acercado a Reylan. La mirada del general se dirigió a
Faythe, que se sintió obligada a seguirla. Livia estaba de pie junto a las puertas, vestida con
su traje de combate, que abrazaba cada hermosa curva, aunque Faythe no pudo admirarla
mucho tiempo cuando algo en su porte y la inquietud de sus manos sobre las hebillas
desprendieron una ansiedad inusual. Faythe luchó contra el impulso de averiguar si había
reunido alguna pista sobre Evander, pero era a Reylan a quien buscaba a solas.
Reylan pasó junto a ella, y Faythe llamó con una oleada de pánico a que se fuera sin
decir palabra:
—¿Va todo bien?
Hizo una pausa, como si acabara de recordar el resto. Sus rasgos duros se suavizaron
cuando se giró hacia ella. Una máscara, pensó ella.
—Te encontraré más tarde —prometió.
Se le revolvieron las tripas, retorciéndose de dolor cuando se dio cuenta por primera
vez que no podía confiar en aquellas palabras. O al menos, su -más tarde- se había convertido
en una medida de tiempo mucho menor que la de él. Había quedado claro lo diferentes que
vivían sus vidas dentro de los muros del castillo, y Faythe a menudo deseaba volver a sus
días de vagabundeo. Seguir fingiendo que no se preparaba para ver el final.
—Para que lo sepas —dijo Izaiah antes que Reylan pudiera irse—, tu olor todavía está
en ella, pero es débil. Creo que mientras sigas siendo cauteloso, nadie sospechará nada más
de lo que se desprendería de tu posición como su guardia.
Su guardia. No podía aceptarlo por muchas veces que lo oyera. Faythe estudió el suelo,
y aunque sintió su vacilación, los pasos de Reylan alejándose hundieron su ánimo. Lo
sorprendió charlando con Livia en voz baja antes que ambos desaparecieran sin siquiera
mirar atrás.
—Ahora tenemos mucho que enseñarte y solo un mes, más o menos, para hacerlo. —
Izaiah se animó, intentando borrar el sombrío bajón de ánimo. Faythe apreció el esfuerzo,
pero su ancla estaba echada para ese día.
Se cruzó con Kyleer, que estaba cruzado de brazos con una sonrisa cómplice.
—Me temo que yo también tengo que dejarte —anunció.
Eso llamó su atención.
—¿Has averiguado algo más con Zaiana?
Miró entre ella e Izaiah, su mirada fue tan fugaz que ella se preguntó qué significaba.
—¿Nada de importancia, hermano? —dijo Izaiah.
Faythe no pudo descifrar su tono, pero los ojos de Kyleer se volvieron puñales hacia
Izaiah, que se limitó a burlarse.
Kyleer había mantenido las distancias desde que entró en la sala. Faythe no se había
preguntado por qué hasta que empezó a sentir una especie de separación más profunda. Una
defensa, tal vez, aunque no sabía por qué, y con todo lo que se arremolinaba en su mente con
su nuevo estatus y lo que significaba, se preguntó… ¿sentía Kyleer que su relación con ella se
había vuelto demasiado personal para ser apropiada?
—Algunos soldados sin escrúpulos intentaron sacar información sin autoridad —le
informó—. Eso nos ha retrasado. Se está curando de las heridas, pero al ritmo de un mortal.
—¿Cómo piensas hacerla hablar?
—Parece que tiene sus costumbres —comentó Izaiah.
Kyleer le lanzó una mirada de advertencia.
—Todavía la estamos descubriendo. La tortura física no funcionará con ella.
—Podría si…
—Ella ha pasado por todo.
Faythe retrocedió ante la mordacidad de su tono. Kyleer pareció darse cuenta de su
error y bajó los brazos cuando Izaiah se acercó a ella.
—Cuidado donde te enredas cuando nos afecta a todos.
La mandíbula de Kyleer se flexionó como si quisiera discutir con su hermano, pero al
final, su mirada se suavizó al volver a posarse en Faythe.
—Solo quiero decir que ella ha sentido una tortura que ni siquiera nuestros métodos
han infligido. Se ha criado con ella. El daño físico no la hará hablar, y nuestros soldados solo
nos hicieron parecer patéticos ante ella y demostraron lo que le han hecho creer: que
odiamos a los de su especie por su sangre y su herencia, nada más.
Faythe pensó un momento. Por mucho que le diera miedo evocar el recuerdo, pensó en
sus alas, en su sangre de plata e incluso en la sangre negra que había visto derramar. Faythe
pensó en que solo habían logrado capturar a Zaiana gracias a su sacrificio por sus
compañeros. Incluso pensó en Maverick, en cómo todo lo que hacía era malvado y
despiadado, y en cómo volvería a matar a Faythe si tuviera la oportunidad, pero… era por
ella. Por Zaiana. No pudo evitar sacar la conclusión.
A los fae oscuros se les enseñaba a ser monstruos, pero no eran del todo monstruosos.
—Tenemos que cambiar de táctica —pensó en voz alta.
—Estoy tratando de aprender lo que puedo…
—Hasta la anatomía —intervino Izaiah.
—Pero lleva su tiempo —terminó Kyleer, ignorando a su hermano.
Faythe sacudió la cabeza para centrarse ya que no podía hacer malabares con su
tensión.
—No tenemos tiempo. No tenemos ni idea de cuándo planean atacar, y quién sabe lo
que Marvellas está planeando ahora. —Faythe no estaba de humor para bailar, pero se
esforzaría en esta lección. Todo tenía que formar parte de un plan mayor, y los engranajes
de su mente estaban girando. Había pasado demasiado tiempo y su miedo aumentaba cada
día que pasaba sin que avanzaran.
—Hablaré con ella pronto —dijo. Zaiana era la única pista que tenían, y la tarea
consistía en ser más listos -algo en lo que ella tenía poca confianza- o ganarse la confianza de
su enemigo más mortífero.

***
Después de su clase de baile, Faythe no podía enfrentarse a sus solitarias habitaciones.
Encontró a Jakon y Marlowe, pero no quiso interrumpir su tranquilo paseo por los jardines.
Así que deambuló sin rumbo fijo hasta que lo que encontró la hizo contemplar la visión más
triunfal. Su asombro la plantó ante las escaleras que conducían al trono más grande que
jamás había visto. El estrado ocupaba casi toda la anchura del gran salón, con muchos
escalones de piedra oscura que conducían a lo que ella sabía que era un trono, pero no en el
sentido tradicional que imaginaba. Este parecía crecer del suelo bajo él. Piedra oscura,
excepto el asiento, que tenía un brillo carmesí familiar.
Fyrestone.
—Abrumador, ¿verdad?
La voz de Malin apareció detrás de ella como una serpiente. Subió por su columna
vertebral hasta clavarse en sus hombros.
—No es mi descripción, no —respondió con calma.
No era mentira. Faythe se había maravillado ante su poder y su belleza, jugando con la
idea de no mirarla, sino hacerlo desde ella. Había pensado que eso la inundaría de
inseguridad, pero Faythe encontró la idea sorprendentemente excitante.
Malin entró en su periferia, deteniéndose tan cerca que le crispó los nervios.
—No esperaba encontrarte vagando sola. Sin uno de tus perros al menos.
—¿Llamas así a todos tus respetados comandantes?
—Solo aquellos que se vuelven débiles en presencia de una cara bonita.
Faythe no pudo contener una carcajada.
—Divertido, ¿verdad?
—Sí —dijo ella, aún sin establecer contacto visual—. Sigues subestimándome, Malin.
—Tu confianza ha crecido. Eso me gusta.
—¿Hay alguna razón por la que me buscaste? Aparte de tu inseguridad. —Faythe
respiró a través del rápido destello que la recorrió. Podía sentir la ira de Malin sin siquiera
mirarlo, tan caliente como helada. Tal vez no fuera prudente irritarlo, pero ella no podía
callarse cuando sabía lo astuto que él estaba dispuesto a ser por el trono.
—La confianza la admiro. La arrogancia… no va contigo, Faythe.
No creyó ni por un segundo que hubiera algo que él admirara en ella.
—Lo dices como si me importara lo que piensas.
Su risita vibró, oscuramente suave.
—¿Quieres el trono? Pues adelante. Tómalo.
Faythe estudió cómo la piedra había sido tallada en forma de cabeza de fénix en la parte
superior; cómo la artesanía era a la vez dura y suave, con plumas de piedra enroscadas que
abrazaban la ilusión de alas alrededor de la espalda. Sus pies se movían mientras su mente
divagaba, olvidando a su primo, olvidando la habitación, mientras simplemente se
maravillaba ante el poder que la llamaba.
A medida que ascendía por los escalones, su ritmo cardíaco se ralentizó hasta que
estuvo de pie justo delante del poderoso Trono de Fyrestone. No se detuvo, sino que rodeó
la silla para descubrir lo que había creído encontrar en la escultura dentada que vislumbró
debajo. El respaldo de la silla tallada daba vida a toda la imagen del Pájaro de Fuego. No
estaba tallada con suavidad, sino que era áspera y angulosa, lo que añadía un toque letal a la
representación. Una roca afilada sobresalía por detrás, como las plumas de la cola que Faythe
había visto antes en la vida real y ardiente.
Tras dar una vuelta completa, extendió la mano. La piedra emitía un tenue calor
mientras la luz del día hacía brillar su tono carmesí. Luego se dirigió a Malin, que seguía
observándola desde abajo, respondiendo a su intento de sacudirle los nervios.
—Ya lo he hecho.
Se miraron a los ojos. Un reto. Un desafío. Una lucha que estaba lejos de terminar.
—Confío en que se lleven bien.
La interrupción de Agalhor atrajo la atención de ambos, dispersando la tensión como
si se tratara de su batalla secreta.
—Por supuesto —dijo Malin dulcemente, con las manos entrelazadas a la espalda—.
Estábamos hablando de la historia del legendario trono de Rhyenelle. Parece que nuestra
princesa tiene mucho que aprender. Deberíamos ocuparnos que se impartan lecciones
diarias. Junto con la etiqueta que podría utilizar un poco de trabajo para las próximas
celebraciones.
Faythe solo escuchaba cada sugerencia como una oportunidad más para abrumarla y
pasar más tiempo separada de Reylan. Pero no podía hacer otra cosa que estar de acuerdo
con él si algún día quería estar a la altura de la realeza fae.
—Podría ser ventajoso para ti, Faythe. Si así lo deseas.
Agalhor se detuvo bajo los escalones y Faythe sintió que se le cerraban las manos al
darse cuenta que estaba encima de él. Se preguntó si él había pensado algo al respecto.
—Yo también tuve pensamientos parecidos —asintió.
No lo había hecho, y se maldijo por ello.
Agalhor extendió una mano hacia el hombro de Malin. Nada más que el amor de un
padre calentaba su rostro, pero Faythe se sobresaltó ante el contacto, evaluando si era solo
su oposición hacia su primo lo que le hacía ver que la sonrisa de Malin ocultaba un odio frío.
—Ella podría aprender mucho de ti, hijo. Deberías hablarle de tu estancia en Lakelaria
en tu segundo siglo. Es una gran isla magnífica, sin duda, y una vez fuimos aliados cercanos
antes de la tragedia que le ocurrió a la reina.
Su mención del reino despertó un recuerdo lejano. Del niño que la reina había perdido,
del que Nik le había hablado una vez. La mandíbula de Malin se crispó. Sus hombros se
movían al igual que sus puños, que se flexionaban detrás de su espalda, y ella sólo podía
atribuirlo a su falta de deseo por el tiempo de unión que su padre alentaba. Faythe no podía
soportar la esperanza que él expresaba, sabiendo que nunca sería cierta. Aunque ella
gobernara y Malin permaneciera en el consejo, no creía que su primo fuera a dejar de lado
su resentimiento lo suficiente como para encontrar el amor por ella.
—Estoy deseando enseñarle todo lo que sé —respondió Malin con firmeza. Agalhor no
sintió la mentira, pero Faythe se enfrió con ella—. Tengo cosas de las que ocuparme —
anunció, ofreciendo una pequeña inclinación de cabeza a modo de despedida antes de
lanzarle a Faythe una última mirada atrevida antes de marcharse.
Solo entonces subió Agalhor los escalones hasta situarse a su altura, evaluando el gran
trono.
—Admito que no me he sentado mucho en él. Es horriblemente incómodo.
Faythe soltó una suave carcajada.
—Es precioso.
—Fue elaborado por Matheus con la ayuda de Atherius.
La cabeza de Faythe se giró hacia él, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿Atherius estaba en esta sala?
Las vibraciones de las risitas del rey le hormigueaban en la punta de los dedos.
—La has visto; ¿cómo supones que habría deambulado por nuestros salones con su
tamaño?
Las mejillas de Faythe se sonrojaron, pero su boca se curvó con la burla.
El canto del acero resonó, atrayendo sus ojos hacia la más magnífica de las espadas. La
guarda cruzada se abría en abanico como dos alas doradas, y en el pomo brillaba un rubí
brillante en forma de ojo. Se la tendió, y Faythe lo miró sorprendida.
—La Espada Ember pertenecía a Matheus —explicó.
Las palmas de las manos de Faythe se humedecieron ante la idea de sostener una
espada tan antigua, pero ante la mirada ansiosa del rey, extendió una mano temblorosa. Al
comprobar su peso, se dio cuenta que era más pesada que la suya. Faythe recorrió con la
mirada el metal: no era acero común, ni Niltain.
—¿Fyrestone? —reflexionó, admirando el reflejo carmesí contra el metal oscuro.
—Sí, pero hay algo que deberías saber sobre cómo usan el fuego los fénix. —Agalhor
hizo una pausa, y Faythe leyó que estaba ampliando sus sentidos para asegurarse que ningún
oído captaba su conversación—. Las montañas que nos rodean están, en efecto, incendiadas
de carmesí por los Fénix que volaron por ellas durante siglos. Pero aquellos unidos a un Fénix
compartían algo más que una conexión telepática. Se dice que los fae eran capaces de
manipular el Fuego Fénix, pero solo si era prestado voluntariamente por su vinculado,
convirtiéndolos en socios letales en cualquier ataque. Pero había una forma de marcar
permanentemente algo con el poder de un Fénix. —Sus hombros se cuadraron y su atención
pasó de ella a la espada—. Lo que sostienes es una espada de las brasas de Fuego Fénix. No
solo tocada para darle color, como este trono; es un arma de la que se dice que puede
derrotar a cualquier enemigo.
Se quedó boquiabierta al darse cuenta que podía tener en sus manos el arma más
valiosa del continente. Pero cuando Faythe miró hacia abajo, soltó un grito ahogado,
retrocediendo y casi dejando caer la espada. Sintió un hormigueo en la muñeca y la llama
brillante de su amuleto expulsó calor por cada dedo, dando vida de nuevo a la piedra de la
espada.
—Un Fénix tiene dos ojos —dijo Agalhor, embelesado.
—¿Lo has sabido todo este tiempo? —respiró Faythe, incapaz de apartar la mirada de
las llamaradas gemelas.
—Sí. Los Ojos del Fénix siempre se encontrarán.
La cara de Faythe se arrugó, estaba tan abrumada por esa medida de seguridad que él
le había dado por si alguna vez se perdía.
—La usaste, ¿verdad? En tu búsqueda… hubo un momento en que la piedra de la espada
cobró vida. Dioses del cielo, casi envié guerreros tras de ti en mi miedo por lo que podría
significar. Al principio resonó como el miedo, caliente y abrasador, pero luego se redujo, y
aunque a cualquier otro le parezca una locura, no puedo explicar cómo supe que tu miedo
había cambiado a aceptación. Que ya no usabas el ojo como defensa, sino como fusión.
Agalhor tenía razón. Explicar todo lo que sabía a través del ojo gemelo parecería
imposible.
—Me alegro —se atragantó Faythe. No tenía más palabras para explicar lo agradecida
que estaba. Le escocía la nariz al darse cuenta que él había estado allí con ella para
enfrentarse al Pájaro de Fuego. Que, en cierto modo, él también había dado el salto y que tal
vez el eco de su fe había llegado hasta ella para infundirle valor en aquel momento.
—No se lo he dicho a nadie, Faythe. —La voz de Agalhor se calló con una emoción que
ella no podía ubicar—. Tenerte aquí me puso muchas cosas en perspectiva. Me has liberado,
por así decirlo. Espero dejar el poder en cuanto estés preparada. Tal vez en unas décadas, tal
vez en un siglo. Al principio te parecerá mucho tiempo, pero no con los muchos años que
tienes ahora por delante, y quiero poder verte crecer. Verte sentar en este trono.
Faythe parpadeó para contener la humedad de sus ojos. La idea la amedrentaba, pero
el orgullo con que él la cubría la hacía insignificante. Su aceptación salió de sus labios
entreabiertos tan silenciosa como segura.
—Yo también quiero eso.
Capítulo 55
Tauria
Costó persuadirlo, pero Mordecai accedió a darle la noche a solas. Ella no podía estar
segura de si él estaba ocupando otra habitación o esperando en algún lugar cercano para
asegurarse que ella no tuviera ningún plan alternativo a pesar de sacrificar su vínculo.
Apenas se había movido en horas. Se sentó en el borde de la débil cama de la posada
hasta que llegó la hora de salir. Tauria no sentía nada. Su cuerpo se quedó vacío. Todo estaba
demasiado tranquilo, pero una parte de su mente se aferraba a la negación. Siguió
buscándolo en su interior, esperando el tirón al que respondería, esperando oír el canto de
su voz para calmar el terror.
Demasiado tranquilo.
Tauria se puso en pie de un salto. Era un poco antes de lo que habían planeado, pero no
podía esperar aquí más tiempo, o seguramente sucumbiría a su ansiedad e implosionaría.
Tenía que verle. Sentirlo. Olerlo. Cuando toda esa seguridad le había sido robada, tenía que
oír de él que todo iría bien.
Saliendo cautelosamente de la habitación, supo que el pasillo estaba abandonado al
extender sus sentidos. Esperaba que ya estuvieran en su punto de encuentro, y tal vez habría
alguna parte de su compañero que la detectaría antes de lo esperado. Le ardían los ojos, le
faltaba el aire.
Tauria se subió la capucha al salir de la posada y se alejó a toda prisa manteniéndose
en las sombras. Su adrenalina la empujó hacia delante, quizá no tan sigilosa y consciente en
su desesperación. Pasada la línea de árboles, se internó en el bosque. Los árboles la rodeaban
y buscó frenéticamente entre ellos. Sus sentidos estaban llenos de algodón. No podía sentirlo,
no podía alcanzarlo, y el mundo daba vueltas y vueltas, y ella casi se derrumbó derrotada,
hasta que…
Se detuvo al verle justo delante. Su pecho subía y bajaba profundamente por su
incapacidad de saber lo que él sentía, lo que pensaba. Lycus estaba cerca con Samara, pero
ella apenas notó su presencia.
Tauria se rompió primero, tropezando con las ramas, y se deshizo en el momento en
que él la rodeó con sus brazos. Se estremeció entre sollozos, luchando por respirar su aroma,
pero necesitándolo tanto. Sus manos aferraron su capa, su chaqueta, mientras un brazo la
abrazaba por la cintura y la otra mano le acariciaba la nuca.
—Te tengo, amor —murmuró suavemente—. Siempre te tuve.
—¿Lo sentiste? —susurró Tauria contra él.
Se puso rígido debajo de ella mientras su mano le acariciaba el cabello.
—Te siento —dijo—. Eso no cambia nada.
—Se ha ido —gimoteó, preguntándose de repente si había merecido la pena. ¿En qué
estaban pensando?
Nik la apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.
—Tengo que colocar la compulsión en la mente de Mordecai —dijo, y ella lo sabía—.
Tenemos que dejarte aquí un momento. ¿Estarás bien, amor?
Tauria quiso aferrarse a él con más fuerza, quiso decirle que no, pero no pudo. Se limitó
a asentir, tragándose el grumo de dolor que amenazaba con consumirla.
Nik la llevó hasta un gran árbol, que creaba una acogedora alcoba con la gruesa base de
sus raíces. Sus manos no la abandonaron ni un segundo mientras la ayudaba a bajar.
Desabrochó su capa, aunque ella ya tenía una, y se la echó sobre los hombros, y fue entonces
cuando Tauria se dio cuenta que estaba temblando.
La palma de su mano le acarició la mejilla y, a pesar de todo, Nik sonrió suavemente,
plantándole un tierno beso en los labios que hizo brotar el primer calor en su pecho desde
que se rompió el vínculo.
—Volveré enseguida. Pero llama y te oiré aún. Volveré.
Lo único que pudo hacer fue asentir con la cabeza mientras por dentro le rogaba que
se quedara, pero Nik se mantuvo en pie.
Luego se fue.

***

Los minutos la atormentaban como horas. O días. O semanas. Tauria se sentó


acurrucada contra el árbol, ya no se sentía presente en absoluto. Se abrazó con fuerza a la
capa de Nik, respirando profundamente su aroma para al menos recordar que estaba viva.
Habían estado preparándose para esto durante semanas, habían llegado a la paz al
saber que podían ofrecer este sacrificio para obtener una ventaja en la guerra. Todos tenían
un papel que desempeñar, y esto era más grande que ellos.
Eso no hizo que el vacío se sintiera menos como si se hubiera escindido de su propio
ser, una parte de ella perdida para siempre.
Tauria lo sintió primero. Dioses, estaba tan contenta de poder detectar su esencia desde
una pequeña distancia, como si su vínculo fuera ahora un eco. Aun así, no podía moverse.
Nik se sentó a su lado. La rodeó con un brazo y ella se arrastró hasta que él la acunó
contra su pecho. Ella sintonizó con los fuertes y duros latidos de su corazón, disfrutando de
aquel momento de felicidad en el que sus problemas parecían insignificantes en sus brazos.
—Te quiero —dijo en voz baja.
Dos palabras que destrozaron y reformaron su mundo como si las oyera por primera
vez. Ella hundió la cara en su pecho; él apretó los labios contra su cabeza.
—Y yo te elijo a ti, Tauria. Te elegí mucho antes que llegáramos a reclamar el vínculo.
No cambia nada, ni una sola cosa, de mis sentimientos. Lo sabes, ¿verdad?
Tauria lo sabía. Porque ella siempre había sabido lo que vivía en su corazón, y el
corazón de él era uno y el mismo. El uno para el otro, para el mundo que querían construir a
su alrededor, nunca había habido dudas sobre lo que compartían.
—Sí —susurró ella—. Me alegro que me encontraras en la azotea la noche que nos
conocimos. Creo que nunca te lo he contado… Planeé escabullirne todo lo posible del Baile
del Solsticio. Estaba allí arriba porque la gente no dejaba de escoltarme de vuelta al salón de
baile cuando salía a buscar un momento. Entonces te vi, y después de ese breve encuentro
esperaba que me encontraras dentro. Quería sacarte de quicio porque odiaba que me
hicieras querer estar allí. —Su cabeza se inclinó hacia atrás, encontrándose con esmeraldas
que brillaban contra los zarcillos de luz lunar que se filtraban por el dosel. Su mano se deslizó
por el pecho de él y exhaló entrecortadamente. Aún sentía la electrizante sensación de
rozarle la piel del cuello—. Te fuiste al día siguiente, y te llevaste una parte de mí contigo. El
peine joya, sí, pero también algo más profundo que no has soltado desde entonces. No quiero
que me lo devuelvas. Es tuyo. Soy eternamente tuya.
Nik acercó su boca a la de ella. Ese beso encendió chispas. Todo lo que ella sabía, pero
más. Una promesa forjada entre ellos que formaban un equipo imparable y que esto no
podría destruir lo que les unía más que la magia.
Sus dedos rozaron el cuello de su camisa, una súbita expectación la hizo girar sobre su
regazo. Un pulso de miedo le retumbó en el pecho mientras tiraba de la tela. Se le escapó un
suspiro. No había pensado en comprobarlo, pero la marca de apareamiento de Tauria aún
permanecía en su piel.
—¿Cómo? —se preguntó en voz alta, frunciendo el ceño ahora que brillaba ante ella
con desafío. Se alegró tanto de verlo, aunque pudiera desvanecerse con el tiempo, que se le
escapó una carcajada. Nik sonrió ante el sonido, y no pudo parar. Su risa pronto se convirtió
en una oleada de cansancio, y él le acarició la mejilla.
—Porque lo que tenemos es algo que ni siquiera Marvellas puede romper. —Como si
quisiera estar seguro, el tacto de Nik se estremeció a lo largo de su piel, apartando los
pliegues de las capas para ver allí su marca.
Tauria sonrió, y con ello, se desprendió de la nube de tristeza. Iban a estar bien.
—¿Funcionó todo con la compulsión y la historia de Lycus? —preguntó.
Nik peinó distraídamente su cabello castaño.
—Creo que sí. Parecía indeciso con Lycus uniéndose a nosotros, pero Samara es
bastante persuasiva en este papel. No puedo decidir si eso es un alivio o una preocupación.
—¿Preocupación?
—Que su lealtad podría ser influenciada. Pasé mucho tiempo con ella. Tiene una mente
muy perturbada por la manipulación de Zarrius sobre ella, y no puedo negar que jugué un
papel secundario en ello.
—Hiciste lo que tenías que hacer. Y ella intentó matarte.
—Quizá me lo merecía —se rio entre dientes.
Tauria le lanzó una mirada de desprecio.
—Tener a Lycus ahora significa que viajarán por tierra. Me preocupaba que tuviéramos
que esforzarnos para mantener el ritmo si elegía volar con Samara. No puedo decir cuánto
tiempo se mantendrá la compulsión, así que es mejor mantener un control sobre él todos los
días en caso que su mente comienza a rebelarse .
—¿Trajiste la otra poción de Sangre de Fénix? —Tenía que comprobarlo ya que todo
esto se acabaría si perdía la capacidad de infiltrarse en la mente de Mordecai.
Asintió con la cabeza.
—Me sorprende que haya aguantado tanto, pero, aunque al principio era pesado y
confuso, me gusta bastante.
Entonces él estaba dentro de su mente, y ella casi gimió.
—Puede ser como si nunca hubiéramos perdido nada.
Tauria no había pensado en eso. Aunque no era tan personal y seguro como su vínculo,
aún podía hablar con ella en su mente.
—¿Puedes oírme?
—Sí, amor. Siempre.
Le pasó un mechón de cabello por detrás de la oreja y le rozó la mejilla con los nudillos.
—Te prometo que el vínculo más importante, el que se tejió en el momento en que te
encontré y se ha cosido a cada parte de lo que soy desde entonces… es irrompible.
Capítulo 56
Zaiana
Kyleer no dijo ni una palabra cuando llegó a su celda. Ni ella tampoco. Mientras
recorrían los sombríos pasillos del bloque de celdas, ella no podía deshacer el nudo que tenía
en el estómago. No había guardias; había venido solo. La tomó del brazo para guiarla. En la
mente de Zaiana se agolpaban múltiples posibilidades de adónde podría estar llevándola y
que requirieran que diera permiso a los guardias, aunque su marcha expulsaba cualquier
cosa de naturaleza agradable.
Llegaron a una puerta que ella reconoció, y aunque estaba acostumbrada a ser
arrastrada rutinariamente a lugares mucho más tortuosos, parecía que su vulnerabilidad
había empezado a resbalar ante el comandante. Dudó con el pie, pero intentó seguir
caminando con la esperanza que él no se diera cuenta, aunque Kyleer tiró de ella hasta
detenerla con él.
Por primera vez, una emoción se reflejó en sus firmes rasgos. Perturbación. Tal vez
incluso comprensión.
—No van a hacerte daño —dijo, en voz tan baja que ella casi no se dio cuenta. Se le
tensó un músculo de la mandíbula—. Y menos así otra vez.
—No me importa.
Asintió brevemente, como si hubiera oído otra cosa. Entonces abrió la puerta, y quien
les recibió dentro distaba mucho de ser quien ella esperaba. El clic de la puerta los encerró.
Zaiana no pudo evitarlo: a través de la incómoda quietud, soltó una risita.
Reylan estaba de pie, con la mano en la espada, cerca de Faythe, junto a un banco al
otro lado de la pequeña sala. Izaiah permanecía apoyado contra una pared, pero de todos
ellos era quien le clavaba los ojos más fríos. Entonces se fijó en dos humanos que no había
visto nunca. El hombre estrechó contra sí a la mujer rubia cuando la fugaz atención de Zaiana
pasó sobre ellos.
Divertido.
—Realmente debes estar quedándote sin opciones para haber venido aquí tú sola —se
burló Zaiana de Faythe.
—Apenas hemos empezado contigo —pronunció Izaiah sombríamente.
—No deberías haber venido —le dijo Kyleer.
Izaiah soltó una carcajada, apartándose de la pared.
—Tenía que ver a la bruja por mí mismo.
Las yemas de los dedos de Zaiana pincharon con el insulto.
—Ya me has visto. Ahora qué, ¿quieres un espectáculo?
Se dirigió hacia ella con una agresividad que a ella le pareció fuera de lugar en su alta e
impecable figura. De todos ellos, Izaiah era el que menos encajaba en este sombrío escenario.
—Se te dan bien, ¿verdad?
Todo tenía sentido entonces. Zaiana se encontró echando una mirada a Reylan,
confirmando lo que creía desde que aún respiraba. Izaiah sabía de las transgresiones de
Kyleer con ella, y mientras Reylan parecía estar desconcertado por su tensión, ella sabía que
era solo cuestión de tiempo antes que él también lo entendiera.
—Desencadéname y averígualo.
Su sonrisa no hizo más que crecer, y ella maldijo que eso provocara que Kyleer se
acercara más a ella.
—Creo que las cadenas son parte del atractivo, ¿verdad, hermano?
Se miraron fijamente, el calor de la habitación aumentaba, o tal vez era solo la piel de
ella la que se sonrojaba con el atrevimiento de Izaiah.
—Vete —dijo Kyleer. Una palabra pronunciada con tanta frialdad que ella sabía que
había terminado. No habría fin a la especulación de Reylan ahora que habían terminado aquí.
Zaiana parpadeó ante su oleada de mareos cuando Izaiah sonrió satisfecho,
dedicándole su atención por un momento fugaz -una advertencia- antes de marcharse. No
deberían importarle las discusiones insignificantes que pudieran haber tenido ni las
repercusiones que tendrían para Kyleer. Sin embargo, se le hizo un nudo en la garganta
cuando algo retorcido y nauseabundo le llenó el estómago. Una mano le rozó la espalda, pero
Zaiana se apartó de un tirón. Fue como si una descarga de su rayo le hubiera devuelto todo
el sentido de golpe.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó.
Faythe y Reylan seguían confundidos por Kyleer, pero la voz de ella pareció sacarlos
también de sus pensamientos. La madera chocó contra la madera, y lo que Zaiana contempló
sobre la mesa enderezó su postura con incredulidad. Se encontró incapaz de apartar la
mirada mientras murmuraba:
—Son todos unos malditos tontos por alardear de eso delante de mí.
Faythe se limitó a encogerse de hombros, apoyándose en el banco, con los dedos
trazando ociosamente las antiguas marcas.
—Quiero saber cómo puedes blandirla.
—Estás perdiendo el tiempo.
—Tengo de sobra.
—No, no lo tienes. Estás desesperada y éste es tu último recurso. —Zaiana los miró
como esperando el remate. Permanecieron con el rostro firme, y ella soltó una carcajada con
un movimiento de cabeza—. Será mejor que vuelva a atarme, comandante.
Zaiana no miró hacia la pared de la que colgaban los grilletes. No dejó de mirar el lugar
del suelo donde había quedado colgada a merced de los soldados. No miró a Kyleer para ver
su reacción.
—No vamos a malgastar energía en eso —dijo Reylan.
—¿Entonces por qué estamos todos aquí? ¿Debería esperar una maldita fiesta del té?
Faythe la ignoró.
—Dakodas no puede blandir su ruina. Tampoco Marvellas. Así que te entrenaron para
hacerlo… ¿A cuántos más?
—¿No eres lo suficientemente poderosa por tu cuenta ahora?
Su silencio aumentó la sonrisa de Zaiana.
—Ni siquiera puedes controlar eso, ¿verdad? A ti misma.
Faythe extendió una mano y la llama cobalto de la antorcha contra la pared se apagó,
envolviéndolos a todos en la oscuridad antes de volver a encenderse en su palma.
—Buen truco.
—No soy una cosa. Pero poco a poco, lo controlaré todo.
—Tal vez… —Zaiana miró a Faythe devolver el fuego, tratando de no dar sentimiento
a los pensamientos de cierto fae oscuro que la llama azul agitaba—. Pero como dije, no tienes
tiempo.
—¿Es una amenaza?
—Una advertencia.
—Así que sabes lo que planean Dakodas y Marvellas.
—¿De verdad crees que te lo diría?
Su enfrentamiento fue algo emocionante. Zaiana no podía negar que recordar su pelea
con Faythe le hacía desear la revancha ahora para probar de lo que podía ser capaz.
—Zai.
Su estómago se hundió con el tono suave con el que pronunció su nombre delante de
los demás. Tragó saliva con fuerza, intentando salvar lo que podía para convencerles de lo
contrario de todo lo que él estaba exponiendo.
Pero antes dijo:
—No querrás que reciba la información de otro modo.
Entonces cayó en la cuenta. Zaiana no se había preparado para esto. Por su imprudente
planificación, Faythe no había estado aquí, sin saber con certeza cuándo regresaría o si lo
haría. La que tenía el arma más poderosa de todo el maldito castillo, y Zaiana no podía estar
segura de la fuerza de sus poderes ahora.
—Lo harás de todos modos —acusó, surgiendo un miedo al que no estaba
acostumbrada. No conocía una salida.
—No es mi deseo infiltrarme en tu mente —dijo Faythe—. Pero lo haré.
La mente de Zaiana había estado bien protegida durante siglos, pero conocía sus puntos
débiles. El acero de Niltain podía afectar a sus barreras mentales, y no estaba segura de la
fuerza de Faythe. Por si fuera poco… Un duro escalofrío le estremeció los huesos al pensar
en las Ruinas del Templo, que por ahora permanecían ocultas.
—Tardé siglos en empuñar la ruina, y no fue sin un sufrimiento que no podrías
imaginar —mordió Zaiana—. Hubo muchas veces en las que estuve a punto de no sobrevivir.
No les habría importado. Es como si te prendiera fuego desde dentro, pero lo peor de todo
es que es un fuego provocado por ti misma. Un fuego que deberías poder controlar, pero que
te devora. Es la peor tortura, y si quieres mi consejo, yo aprendería a ganar esta guerra sin
él.
—Eso no es una opción si tienen a otros que puedan manejar las ruinas que tienen…
—Solo soy yo. Muchos lo intentaron y perdieron la vida al primer intento. Algunos
estuvieron cerca de dominarlo, pero al final, ganó la magia.
—¿Qué te hace diferente?
Zaiana exhaló un largo suspiro.
—Podría decirse que los dioses se divierten con mi tormento eterno.
—¿Dónde guarda Marvellas la suya? —Faythe desvió el tema.
—No lo sé.
Sus ojos se flexionaron con impaciencia.
—¿Dónde está Marvellas?
—Tendrá que ser más específica con sus preguntas, Su Alteza. Ella no es más que una
fábula para mí.
—¿Esperas que crea que ha controlado a los fae oscuros y nunca se ha mostrado?
—¿Cómo crees que consiguió reducir su existencia a un cuento fae? —Zaiana sacudió
la cabeza ante su falta de sentido común—. Una con tanta determinación no se da a conocer
ni siquiera a sus aliados. Hasta que llega el momento.
—Ahora. —La rubia humana habló, su voz demasiado suave, demasiado delicada, para
su hostil compañía, aunque llevaba bien su confianza—. Marvellas se está dando a conocer
ahora. Se expuso abiertamente ante nosotros, y ante Nik y Tauria.
—Parece que tu reloj de arena se está quedando sin arena. Vendrá por ti con más
determinación que nunca, Faythe Ashfyre.
—¿Dónde está Maverick?
La promesa de muerte en aquellas dos palabras hizo caer todo el calor de la habitación.
Zaiana se atrevió a prestar atención al general, absteniéndose de reaccionar.
—No sabría decirte.
Apretó los dientes y Zaiana se preparó.
—Sabes más de lo que dices.
—No estás haciendo las preguntas correctas —cantó.
—Faythe. —Los puños de Reylan temblaron con contención.
Faythe deliberó la pregunta en su tono mientras Zaiana evaluaba el intercambio.
—No puedes tomar su poder para entrar en mi mente —concluyó, saltando de triunfo
al ver que estaba aprendiendo más de ellos que ellos de ella.
La mirada letal del general se calmó de golpe cuando se deslizó hacia Faythe.
—Lo haré, solo necesito que me lo des.
—He respondido a todas tus preguntas —se defendió Zaiana, con una cruel brizna de
miedo apoderándose de ella.
Aunque no fue suficiente. Por supuesto que nunca confiarían en ella.
—No puedo correr ese riesgo —dijo Faythe, y sintió que ponía a prueba la barrera de
su mente—. Como dijiste, no tenemos tiempo.
La presión aumentó, y Zaiana supo entonces que, aunque podía contenerla, en su
estado de debilidad Faythe la atravesaría con suficiente fuerza. El pánico no era una emoción
que manejara bien. No lo sentía tan a menudo como para saber cómo manejarlo. O al menos
no lo había hecho en mucho tiempo.
Zaiana se tambaleó hacia atrás, atrapada por una fuerza firme.
—Te diré lo que quieres saber —exhaló.
Faythe no podía entrar. Era la única tortura que no podía soportar, la invasión de todo
lo oscuro, feo e imperdonable. Zaiana no temía admitir esas cosas, ni siquiera temía que
Faythe viera lo que la convertía en una fuerza oscura. Eran sus recuerdos, los que estaban
encerrados incluso para sí misma, los que Zaiana temía que ella pudiera desbloquear. Tal vez
ni siquiera se diera cuenta, no hasta que fuera demasiado tarde y ambas estuvieran frente a
todo lo que ella no podía ser.
—Detente —ella intentó. Sus ojos se cerraron mientras concentraba todo lo que le
quedaba para mantener firme esa barrera, pero el poder de Faythe empujaba más fuerte,
más que cualquier otro que hubiera sentido antes—. Detente.
—Faythe, dijo que te lo diría. —La voz de Kyleer se hizo distante, pero vibró a su
espalda.
—No te metas, Ky —ordenó Reylan.
Respiraba entrecortadamente. Un brazo la rodeó mientras se doblaba sobre sí misma,
mareada por la carga mental que suponía mantener firme aquel bloque.
—Solo veré lo necesario.
La voz de Faythe en su mente solo indicaba que estaba ganando. Zaiana no pudo
contener el gemido que escapó de sus labios. No le importaba lo débil que pudiera parecerles,
solo que el único lugar que le quedaba estaba a punto de ser infiltrado y no habría ningún
lugar adónde ir. Ningún lugar seguro para sus pensamientos infantiles, sus pensamientos
oscuros, sus pensamientos solitarios y lastimosos. Su mente era una jaula, tan cruel como
amable, pero segura. La única parte de ella que quedaba intacta, impasible, sin influencias.
Las voces charlaban, tal vez gritaban. Zaiana ya no estaba del todo presente en la
habitación cuando Faythe finalmente atravesó la barrera de su mente. En lugar de eso, se
estaba cayendo. Quería estar en cualquier parte menos aquí, en su propia mente. Zaiana
quería salir de allí si iba a verse obligada a soportar que otra mente peinara la maldad de
todo lo que llevaba dentro.
De repente, la presión disminuyó, justo antes que Faythe se abriera. Zaiana respiró con
fuerza, volvió a levantar las paredes de golpe y volvió lentamente en sí. Kyleer la sujetaba
con fuerza, pero ambos habían caído de rodillas.
Nadie habló durante un largo rato mientras su mente aturdida se despejaba. Los
párpados le escocían por el cansancio y la debilidad, y por darse cuenta de todo lo que había
dejado escapar ante el enemigo al que no se atrevía a mirar. Se concentró únicamente en la
piedra gris agrietada, sintiéndose una con ella. Rota, solo una ilusión de fuerza, cuando
bastaba un golpe para que nunca volviera a ser la misma.
Los pasos se arrastraron y luego se detuvieron.
—Dije que lo encontraremos de otra manera. —La orden de Faythe fue firme.
Kyleer debería haberla dejado ir. Zaiana debería haberse encogido de hombros. Sin
embargo, no pudo hacer otra cosa que sucumbir a su debilidad en ese momento. No era la
falta de fuerza física lo que le impedía matarlos a todos ahora mismo; era que su mente
abrazaba un entumecimiento que la hacía olvidar su voluntad de escapar. Cerró los ojos,
escuchando el ruido de sus botas contra la piedra, el crujido de las bisagras de la puerta y
luego el silencio.
—¿Qué pasó? —preguntó Kyleer en voz baja. No podía soportar su ternura, no cuando
sabía que más tarde sufriría por ello.
Sus labios secos se entreabrieron.
—Llévame de vuelta.
Capítulo 57
Tarly
Sentía las botas como si estuvieran llenas de piedras. La respiración se le entrecortaba
en la garganta. Ni siquiera el frío de la brumosa lluvia podía enfriar el calor de su piel.
Pisadas… no, demasiadas, demasiado ligeras. Las patas lo alcanzaron. Katori corrió hacia
delante, y él siguió a la bestia, confiando en que esta vez sería Nerida. Dejó atrás el
enfrentamiento mientras lo único en lo que podía concentrarse era en encontrarla, al menos
para simplemente explicárselo.
Tarly podría haberse derrumbado cuando divisó su cabello a través de los árboles
escalonados. Su plateada visión se había convertido en un faro de alivio. La llamó por su
nombre, pero ella no vaciló en su paso apresurado. En su estado debilitado y con un
tamborileo llenándole los oídos, no podía estar seguro que saliera de sus labios con la
velocidad que pretendía. Lo recitó mentalmente como si fuera a crear la tensión suficiente
para superar la asfixia de sus vías respiratorias.
—¡Nerida!
Tenía que haberle oído. Parpadeó para quitarse el vaho de los ojos, siguiendo su paso
cuando éste se ralentizaba, y solo con desgana se detuvo para dejar que Katori la alcanzara
primero. Tarly se detuvo a unos pasos, apoyándose en las rodillas para estabilizarse. Nerida
se giró hacia él. Su rostro parecía momentáneamente inexpresivo, pero se transformó en
sorpresa y luego en preocupación al ver el estado en que se encontraba, pero se mantuvo
alejada.
—Tarly —pronunció ella, y a pesar de todo, él disfrutó del sonido de su verdadero
nombre saliendo de sus labios—. Tarly Wolverlon, supongo. Por eso no me lo dijiste.
Sabía que ella lo adivinaría. Si no había oído Isabelle, Nerida era demasiado lista y culta
para no atar cabos al oír un nombre tan conocido.
—Puedo explicarlo —roncó.
Ella negó con la cabeza, y la urgencia le hizo enderezarse.
—No necesito que lo hagas. Pero creo que es mejor que vayamos cada uno por nuestro
lado. La biblioteca no está lejos de aquí.
Su ceño se frunció al contemplar su respuesta. Ella no mostró la ira, la indignación o el
asco que él pensó que mostraría. Nerida parecía… recelosa.
—No significa nada —intentó—. Ya no soy esa persona. Les di la espalda como un
cobarde, y he aceptado que ya no tengo derecho a ese nombre.
—Ojalá fuera tan fácil.
—¿Qué significa eso? —Él dio un paso hacia ella, pero ella retrocedió un paso en
respuesta, inclinando su cuerpo como si fuera a despegar en cualquier momento—. Por
favor. —La súplica se le escapó de la boca antes que pudiera tragársela.
Sus rasgos se arrugaron, y él no pudo soportar el conflicto. Tarly se dio cuenta de su
error. Como un áspero desprendimiento de la daga que Isabelle le había clavado y retorcido,
comprendió.
No podía volver a cometer ese error.
—Vete —dijo.
Nerida no se movió. Estaba en su naturaleza preocuparse, pero no permitiría que otra
persona se sintiera atrapada con él.
—Cuídate, Nerida.
Tarly se dio la vuelta, arrastrando los pies y sintiéndose como si caminara por un
pantano que se hundía. Escuchó su silencio durante minutos hasta que ella también se volvió,
y al darse cuenta que seguirían caminos separados se sumió en la desesperación.
Ya no le importaba. No le importaba si la oscuridad que le llamaba ahora era definitiva,
cuando existir se había convertido en demasiado para él.

***

Recordaba haber encontrado una cueva poco profunda donde refugiarse. Recordaba
que su fuego se había apagado, pero que había sido incapaz, por falta de cuidado, de
encontrar fuerzas para encenderlo de nuevo. Recordó que, en lugar de eso, se acurrucó
contra el frío, decidiendo que este lamentable final parecía adecuado para lo poco que había
vivido.
Reflexionando, a Tarly no se le ocurría nada de lo que le quedaba por lo que quisiera
seguir sufriendo. Hacía tiempo que no tenía nada, y sin embargo seguía despertando a la
demanda del alba que le instaba a seguir intentándolo. Pero intentarlo se había vuelto
agotador. Intentarlo se había convertido en errar. Intentarlo se había convertido en no
conseguirlo nunca, pero tampoco en fracasar.
Intentarlo era solo… existir.
Tarly pensó en Opal, su hermana, que era una luz brillante que juró alejar de la plaga
de su nube gris costase lo que costase. Temía que fuera una fuerza que, una vez tocada, se
apoderaba, controlaba y empapaba el mundo sombrío. Opal veía en color y vivacidad, y era
por ella por quien seguía respondiendo al amanecer. Sin embargo, ahora ella estaba a salvo
y lejos de él. Al menos, eso era todo lo que podía decirse a sí mismo para no dejarse consumir
por la culpa de haber tenido que dejarla con Keira y esperar que llegaran a la granja a la que
las había enviado.
Poco a poco volvió a entrar en calor. Tarly ya no temblaba; se recostó, sintiéndose
ligeramente más cómodo. No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado. Horas,
probablemente días. Posiblemente semanas. Su conciencia entraba y salía sin cesar.
Cuando un fuerte crujido lo despertó, respiró largamente, como si llevara demasiado
tiempo en la garganta. La claridad llegó a él lo suficiente como para distinguir el parpadeo de
la llama ámbar contra la piedra. Algo se acolchó bajo su cabeza, que se inclinó para encontrar
el fuego ardiendo.
—No te muevas tan rápido…
La voz que le alertaba de otra presencia le hizo dar un respingo, en contra de lo
ordenado. Tarly parpadeó un par de veces, su visión se inclinó, y lo único que pudo pensar al
presenciar los mechones plateados y la piel brillante fue ángel.
Ella se enfocó completamente, y él la miró lo suficiente como para creer que era real…
Nerida estaba aquí.
—Te fuiste —dijo él, tratando de recordar algo que se le hubiera pasado por alto.
—Tú también —respondió ella, atendiendo a algo que tenía en las rodillas—. Supongo
que estamos en paz.
Tarly se levantó, haciendo una mueca de dolor. Nerida detuvo su trabajo, su expresión
preocupada, temerosa, vacilante de hablar, pero él esperó pacientemente.
—Necesito que sepas que entiendo lo que es querer permanecer oculto. Ser otra
persona. No es tu secretismo lo que me hizo intentar alejarme, Tarly.
—No lo entiendo.
—Ése es el problema —confesó ella, frunciendo el ceño con una tristeza tan
perturbadora para él—. He vagado sola por muchos lugares durante muchos años. He hecho
amigos, pero nunca pueden quedarse. He vivido en casas, pero nunca en un hogar.
Tarly empezó a darse cuenta de lo que ella intentaba explicar.
—Nerida no es tu verdadero nombre —dijo con cuidado.
La confirmación llegó en la forma en que jugueteaba con los dedos en su regazo.
—Es uno de ellos.
A Tarly le invadió un inesperado orgullo al ver que ella podía confiar en él lo suficiente
como para compartir algo tan íntimamente guardado. Se preguntó cuántos más, si es que
había alguno, lo sabían.
—Pero si necesitas saber más, no puedo quedarme.
—Yo no… —dijo rápidamente. Contra todo lo que le pesaba y le dolía todavía, se sentó,
con una mano apoyándole por detrás—. No necesito saber nada. No voy a dejarte. Pero si
tienes que dejarme, no te lo impediré.
Nerida sonrió, pero apenas lo hizo. Terminó con lo que estaba haciendo.
—Quítate la camisa —le ordenó en voz baja, apartando la mirada para que lo hiciera.
Tenía preguntas, pero estaba demasiado cansado para hacerlas. Tarly se volvió hacia
el fuego, apretando los dientes contra unos músculos agarrotados y doloridos mientras se
doblaba para quitarse la camisa, dándose cuenta que Nerida se las había arreglado de algún
modo para quitarle la capa y él se había tumbado sobre ella.
—¿Qué pasó allí? —Ella se acercó, el eco de su presencia hormigueando sobre él—. Tu
fiebre apareció de la nada. Has estado inconsciente durante días.
Tarly se volvió hueco con el recuerdo fresco que ella le inspiró. Pensó que sentiría un
dolor más profundo o un anhelo, pero todo lo que abrazó fue un cierre. No era querido por
su compañera, un hecho que no podía hacer otra cosa que aceptar cuando eso no cambiaba.
Por mucho que la quisiera y creyera que una parte de ella le correspondía, no era suficiente.
—¿No lo escuchaste todo? —preguntó.
Unas manos suaves le tocaron el hombro, haciendo que su respiración se entrecortara
con el frescor que ella extendió allí.
—Tenía demasiado miedo después de oír tu nombre. Me fui en cuanto supe el apellido
que lo acompañaba.
—Era mi compañera.
Nerida dejó de untar el ungüento que había hecho.
—¿Era?
Era una pregunta cuidadosa, de la que ella no presionaría para saber la respuesta, pero
Tarly no tenía nada que ocultar.
—Rechazó el vínculo allí mismo, pero decidió que yo no era su compañero de vida hace
tiempo. No creía que siguiera viva.
—Lo siento —dijo sinceramente—. La magia no siempre piensa en el corazón cuando
busca una pareja compatible. Puede pasar por alto muchas cosas.
—Has conocido… —Tarly se detuvo, pensando mejor la pregunta personal que no tenía
derecho a hacer. Oyó su trago nervioso y aceptó que no era un tema del que quisiera hablar.
Aunque lo invadió el deseo de saber…
—No me había dado cuenta de los efectos de un vínculo rechazado —se desvió con
tristeza.
Tarly dirigió una mirada vacía hacia el fuego. Oír la confirmación que Nerida no lo había
experimentado antes fue un alivio, pues era una miseria que él había sufrido, y nunca le
desearía lo mismo a ella. Aunque le inspiró un pensamiento egoísta y lleno de derechos.
Soltó una carcajada seca.
—Imagina ser castigado por no ser querido. —Tarly sacó el collar de su madre del
bolsillo—. Fingió su muerte para escapar de mí y dejó esto sobre los restos de alguien a quien
nunca conoceré.
Creyó sentir ondas de ira y tristeza, pero eso no parecía correcto viniendo de ella.
—Eso es cruel y está mal, y no te lo merecías.
No era la respuesta que esperaba. Tarly apenas podía soportar la visión del colgante de
su mano, solo veía el rechazo reflejándose sobre él. En un arrebato impulsivo fue a arrojarlo
al fuego, pero la pequeña mano de Nerida le rodeó la muñeca. Sus ojos se encontraron, tan
cerca mientras ella se inclinaba que compartieron el aliento.
Hasta que apartó su mirada de él para fijarla en el collar.
—Un amuleto de curandero. Solo se puede conseguir en la academia de la capital de
Lakelaria, Alandra. El color de la piedra cambia dependiendo de la etapa de entrenamiento
que se haya completado. La amatista es la primera.
Mientras Nerida admiraba el colgante, Tarly la admiraba a ella. La forma en que hablaba
como una canción, el asombro suave en sus rasgos. Estaba tan agradecido por el pequeño
cuento que nunca antes había escuchado.
—Es precioso.
—Era de mi madre —admitió—. Ahora se siente manchado. Ella me dijo que se lo diera
a alguien que lo protegiera. Le fallé al dárselo a alguien que lo despreció para engañarme.
Nerida no habló. Observó su rostro contraído, pensativo, mientras miraba el colgante
que pendía de él. La ira de Tarly disminuyó. Retiró el brazo, y ella soltó su suave agarre sobre
él.
—¿Tienes uno? —preguntó él.
Nerida retrocedió arrastrando los pies.
—Lo tenía.
—¿Qué le pasó?
—Me lo quitaron antes de mi examen final. Lo rompieron delante de mí. Y esa noche
me fui.
Tarly sintió un pavor inexplicable, un calor de rabia.
—¿Quién te hizo eso?
Nerida negó con la cabeza.
—No importa.
—Tú importas —dijo antes de poder contenerse.
Sus grandes ojos color avellana brillaban con un dolor que él conocía, un anhelo que
sentía. Fue tan breve que no supo si procedía de sus propios sentimientos o si los extraía de
los de ella.
—Toma. —Le tendió el amuleto.
Nerida sacudió la cabeza bruscamente.
—No puedo aceptar eso.
—Quiero que lo hagas. —Era todo lo que podía hacer cuando no podía pensar en nadie
más que lo mereciera. Lo único que lamentaba… era no haber conocido antes a Nerida. No
podía detener los flashes de lo que podría haber sido si se hubieran conocido hace mucho
tiempo. Le golpeaba con tanta seguridad, tan desgarradoramente, la culpa de pensar que ella
había dejado más huella en él en el poco tiempo que llevaban juntos que Isabelle en siglos.
Tarly dejó de lado su roce con rencor hacia sí mismo. No importaba. No era digno de
ninguna de las dos mujeres. Bajó la mano, pero una suavidad la envolvió.
—¿Estás seguro? —preguntó en voz baja.
Asintió sin dudarlo.
Una débil chispa se encendió en su estómago cuando ella se lo quitó. Contempló
fascinado cómo el color amatista empezaba a arremolinarse, cambiando, hasta que se
aquietó en un hermoso verde esmeralda.
—No pensé que lo haría teniendo en cuenta mi abandono de la academia.
—Quizá sepa que hiciste lo que tenías que hacer.
Tarly empezaba a leer lentamente entre las líneas de su historia, pero tendría paciencia.
—¿Lo harías?
Nerida se lo tendió y él leyó la señal, pero le tembló el pulso. Ella se volvió, tendiéndole
el broche por detrás de la nuca, y él lo tomó despacio. Quizá a propósito.
Moviéndose hasta sentir su calor, aseguró el collar, pero sus dedos permanecieron
deseosos de sentir su piel desnuda. Tarly barrió inconscientemente los pocos mechones de
cabello que se le habían escapado. Quería posar sus labios en su espalda, su hombro, su
cuello… Dioses, nunca había deseado tanto saber cómo se sentiría una persona, a qué sabría.
Era todo lo que nublaba sus sentidos.
Giró la cabeza, respirando entrecortadamente. Dijo suavemente:
—No merecías ese tormento.
Tarly se alejó de ella.
Cuando ella se volvió y él vio el colgante apoyado en su suave piel morena, le invadió la
liberación. No merecía pensarlo, sentirlo, ya que había regalado el collar antes, pero en
posesión de Nerida… le quitaba un peso de encima saber que estaba incuestionablemente a
salvo con ella.
—No me conoces. Como es la corte...
—Sé que escapar por cualquier medio puede parecer la única opción —cortó ella con
firmeza—. No creo ni por un segundo que la hubieras obligado a quedarse si hubiera dicho
lo que pensaba.
—Tal vez no con cadenas y amenazas…
La mueca de dolor de Nerida le detuvo como si hubiera chocado contra una piedra.
No pudo resistirse.
—¿Alguien…?
—Deberíamos volver por el caballo. Podríamos estar en la biblioteca antes de la tarde
de mañana. —Ella le cortó, respirando hondo y ocupándose de los pocos objetos que tenía.
Algo peligroso se agitó en su interior. Su estremecimiento se repitió en su mente, una
y otra vez, y quiso saberlo. ¿Quién, cuándo, dónde? Quería ver si le habían dejado marcas en
las muñecas que no había notado antes. Debería haberle prestado más atención, como se
merecía.
Se dio cuenta que no era una historia para sonsacarle, y aunque le costó esfuerzo
enfriar su ira y estaba lejos de dejarla ir, podía esperar a oír qué había causado aquella
perturbación. Entonces se aseguraría que no volviera a causarle terror.
—Vendí el caballo —dijo, necesitando una distracción.
—Si me hubieras encontrado primero, podría haberte dicho que conseguí monedas
decentes a cambio de mis habilidades.
—No lo cambié por monedas. —Los nervios de Tarly le hicieron cambiar antes que
pudiera responder a su pregunta. Momentáneamente, se hundió pensando que había
perdido lo que buscaba. Hasta que encontró el pequeño morral junto a donde yacía.
—¿No miraste dentro?
—No es mío.
Ansioso, lo tomó, rascándose la nuca mientras se lo pasaba.
—Así es.
Tarly tuvo que apartarse de ella, concentrándose en el calor del fuego, hacia el que
levantó las palmas de las manos, con ganas de retirarlo cuando no sabía muy bien por qué.
Solo que se sentía tonto. La escuchó abrirlo, averiguando qué había dentro, y sin pronunciar
palabra lo examinó. Los tensos músculos de Tarly se tensaron aún más sin saber qué había
hecho ella. Si estaba siquiera cerca de lo que necesitaba.
—No tenías que hacerlo —dijo ella en voz baja, la emoción en su voz doliendo en él.
—Parecían importantes —murmuró—. Las que perdiste. —Él no se volvió, sabiendo
que ella estaba examinando la bolsa de botellitas, cada una con su propia ranura para poder
verlas todas con claridad.
Le llegó un aroma que le enderezó la columna vertebral. Inhaló de nuevo para
asegurarse. Sal. Sus lágrimas… No sabía qué hacer, qué podía haberlas inspirado, y de
repente un horrible retorcimiento le apretó las tripas y tuvo que mirarla.
—No quería recordarte…
—No es eso —dijo rápidamente, limpiándose la cara y poniendo una nueva
expresión—. No tiene importancia.
Claro que importa, quiso decir. Sin embargo, Nerida no parecía dispuesta a hablar. Sus
dedos se detuvieron sobre unas tijeras de plata, y el respingo de su boca alivió su rápida caída
de pesadez.
—Podemos cortarte ese cabello antes que la gente piense que esta cueva es tu morada.
Tarly no pudo evitar corresponder a sus burlas y se rindió a ella, permitiéndole hacer
lo que quería. No podía negar que la longitud que ahora rozaba sus hombros se había
convertido en una carga pesada de mantener.
—Como quieras —refunfuñó, pero en realidad estaba agradecido. Más bien por la
chispa de excitación que provocó en ella mientras deslizaba las tijeras y agarraba un odre
que debía de haber comprado en la ciudad.
—Inclina la cabeza hacia atrás —ordenó.
El agua fría que le corría por el cabello le hizo estremecerse de frío. Volvió a alisarse, y
la primera sensación de sus dedos peinándole el cuero cabelludo fue una dicha. Las manos
de ella en cualquier parte siempre parecían relajarlo, pero esto… Ella le masajeó desde las
raíces hasta las puntas varias veces, y la sensación aceleró su respiración, sintiéndose como
algo íntimo. Luego empezó a cortar.
—No tienes que responder —empezó ella, buscando algo con lo que llenar el silencio—
, pero ¿qué sucedió para que estés aquí? Oí que tu padre gobernaba bien. Olmstone ha
resistido durante algún tiempo con la ayuda de sus aliados en Rhyenelle.
Tarly pensó si debía compartir lo que sabía con ella. No por miedo a que ella conociera
su pasado, su familia, sino por algo mucho peor. No podía soportar la idea que cualquier
vínculo con él la pusiera en peligro.
—Nada es siempre lo que parece —ofreció—. Mi padre era un hombre roto. Lo había
sido durante algún tiempo después de perder a mi madre. Perdió el rumbo hace tiempo y se
volvió fácil de manipular. Nerida…
Se detuvo al oír su nombre, y lo que surgió en su interior fue desesperación.
—Después de la biblioteca, después que nos separemos, deberías negar que me
conociste. No sé qué queda de la corte desde que Nik y Tauria se fueron. Los abandoné a
todos como un cobarde solo para poner a salvo a mi hermana. No puedo estar seguro de si
aún me buscan, y es más seguro que me olvides.
Nerida no contestó durante mucho tiempo. No reanudó su corte.
—¿Tauria Stagknight?
Estuvo a punto de girarse para ver si la incredulidad de su tono se reflejaba en su cara,
pero ella le tomó del cabello como para distraerle del hecho que había vuelto a mencionar el
nombre.
—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo—. ¿Tu hermana está a salvo?
La pregunta le hizo pensar en ella. Saber que no podía dar una respuesta segura le llovió
como un fracaso.
—Eso espero —dijo, más para sí mismo, con una nota de anhelo. Si Nerida no iba a
volver con quien había captado su intriga, Tarly sí—. Dijiste que viviste en Fenstead durante
algún tiempo… ¿conociste a Tauria?
Parecía debatir su respuesta. Revolviendo a su alrededor, cortando el cabello que le
caía alrededor de la cara. Él solo tenía fe en que ella sabía lo que hacía.
—Por supuesto que no —zanjó—. La he visto algunas veces desde lejos, como todo el
mundo, estoy segura.
El rechazo fue deliberado. Estaba ocultando algo.
—¿Tuviste… algo con ella? —Nerida dudó.
—Sí. Aunque no realmente de la manera que estás pensando.
—¿Cómo sabes lo que estoy pensando? —Nerida se acercó a su lado, con los dedos
trabajando delicadamente su cabello. Tarly consiguió robarle algunas miradas, solo que
ahora tenía claro por qué nunca se había sentido como una perfecta desconocida.
—Me recuerdas a ella —dijo pensativo, esperando que no se lo tomara a mal.
—No veo por qué —resopló Nerida, alejándose un poco de él.
—Creo que al principio fueron tus ojos —continuó.
—Son de un color común.
Quería objetar que eran exactamente del mismo tono de avellana, más oscuros que los
suyos, pero con cálidos zarcillos cuando captaban la luz. Como ahora. No pudo evitar fijarse
en ellos mientras ella lo rodeaba para detenerse justo delante de él, de rodillas, evaluando,
peinando y cortando su cabello, que ya le parecía mucho más ligero y dócil.
—Entonces fue tu determinación y valentía. Ustedes dos podían hacer tormentas
juntas, viento y agua.
Nerida fingió no tomarse demasiado en serio sus palabras, pero el leve parpadeo de sus
ojos y la mueca de su boca le indicaron que disfrutaba con la idea.
—¿Sentiste algo por ella?
—Yo quería —confesó, ganándose un pellizco en su frente—. Su corazón siempre
perteneció a otro, y el mío… nunca podría haberla amado como se merecía.
Las manos de Nerida le peinaron el cabello lentamente, admirando su trabajo antes de
posar su mirada en la de él.
—¿Por qué piensas eso?
Apenas podía respirar con su posición.
—No tengo esa clase de amor para dar. Ya no.
Nerida bajó, con los dedos aún posados en su nuca, y su pulso latió con fuerza.
—No me lo creo —dijo, en voz baja y maravillada.
El impulso de tocarla flexionó sus dedos contra la piedra, una oleada de deseo de
rodearla con el brazo y acercarla tanto que le asustara.
—¿Por qué? —La pregunta se escapó como apenas un suspiro. Quizá se preguntaba
qué veía ella que él no pudiera sentir en su interior.
—Porque eso es demasiado fácil —dijo ella, con la mirada fija en él—. Eso permite que
ganen los que nos han hecho daño. No puedo aceptarlo. El tiempo no olvida ni cura. Tenemos
que hacerlo por nosotros mismos. Puede que sea lo más duro a lo que tengamos que
enfrentarnos, pero si aún tienes la voluntad de intentarlo… no es el final para ti.
Voluntad de intentarlo.
El pecho de Tarly dio un latido completo, un golpe de cálida iluminación que perduró
en su pulso, fugaz pero allí.
Un testamento.
La tocó entonces -tenía que hacerlo- lentamente, desde la cintura, y cuando sus labios
se separaron, pero ella no retrocedió, él la rodeó con la mano. Sus rostros se acercaron y él
contuvo la respiración. No era la primera vez que se preguntaba por el tacto de sus labios, y
el miedo desapareció ante su cercanía. Sintió la tensión de los dedos de ella en su cabello, la
forma en que ella parecía rendirse a la gravedad que los unía en aquel momento…
Hasta que se detuvo como si un muro se hubiera interpuesto entre ellos. Nerida se puso
rígida en el momento en que el brazo de él la rodeó por completo, y él estuvo tan cerca de
juntar sus cuerpos y rendirse a la inexplicable corriente que crecía.
—No puedo —dijo ella con una nota de dolor, como si se estuviera negando a sí misma
lo que deseaba. Nerida se apartó, y el fuego no pudo reemplazar la pérdida de su calor que
corría muy por debajo de la superficie.
Tarly se puso en guardia, dándose cuenta de su insensatez al hacer una insinuación a
alguien a quien, de todos modos, no podía encariñarse. Se apartó para buscar más distancia,
asfixiado por la necesidad de estar solo.
—Yo…
—No necesito tu compasión, Nerida. No necesito que trates de reemplazar algo que
acabo de perder —le dijo en tono sombrío. Las palabras quemaban como el ácido, y él sabía
que ella no las merecía, pero no tenía otra forma de establecer el límite que los alejaría de
sentimientos que podrían romperlos a ambos.
Capítulo 58
Reylan
Reylan caminó por los pasillos después de salir de las celdas, apenas capaz de reunir
una respuesta después de escoltar a Faythe a sus habitaciones con la promesa que no
tardaría mucho. Tenía una cosa en su mente tambaleante que no se calmaba después de la
confrontación de abajo.
Kyleer apareció en el siguiente pasillo, y los ojos de Reylan brillaron al verlo. Después
de todo, era a él a quien había estado buscando. Su hermano pareció prepararse para su ira,
estremeciéndose cuando Reylan lo tomó por la chaqueta y lo estampó contra la pared.
—Pensé que podía confiar en ti —gruñó por lo bajo.
Kyleer le apartó de un empujón.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Tus juegos con ella terminan ahora. Este enamoramiento termina ahora.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando. —Kyleer igualó su dominio con una
energía peligrosa y palpable, y no se sabía lo que harían. Reylan había luchado contra él
antes, no siempre en los entrenamientos. Eran hermanos en todos los sentidos excepto por
la sangre, y eso implicaba desafiarse cuando era necesario. Podía ser desagradable y feo, y la
victoria solía depender de quién estaba más cabreado.
—Después de todo lo que hizo, todo lo que hizo Maverick, ¿cómo pudiste traicionar así
a Faythe?
—Zaiana no es Maverick.
Reylan se rio, el sonido frío y oscuro, mientras se pasaba una mano por el cabello.
Apenas podía soportar mirar a Kyleer.
—Son fae oscuros. El enemigo que busca destruirnos a todos y se prepara para atacar
en este mismo momento. No creí que dejaras que la belleza nublara tu juicio. Un prisionero
sigue siendo un prisionero.
—Te equivocas. Estoy llegando a ella más de lo que esos malditos soldados podrían
azotándola, más de lo que ustedes podrían forzándose a entrar en su mente.
—No hay piedad para los que son como ella.
—Solo le das la razón al pintarla como un monstruo solo por su sangre.
El puño de Reylan golpeó la pared, partiendo la piedra.
—No hay piedad porque ella hubiera lastimado a Faythe —arremetió—. Ella la habría
matado, y eres un maldito tonto si crees que no lo intentaría de nuevo si tuviera la
oportunidad. Y que te quede claro, Kyleer: no tendrá la oportunidad de ser libre a su
alrededor.
—Hubiera pensado que tú más que nadie deberías creer en las segundas
oportunidades. La voluntad de cambiar, hermano.
Reylan respiró con dificultad. Tuvo que cerrar los ojos para bloquear su implicación.
Luchó contra los recuerdos que afloraron ante aquellas palabras, incapaz de silenciarlos
ahora que Kyleer lo había inmovilizado con las oscuras notas de su pasado.
—¿Me compararías con ella? —preguntó con una calma escalofriante—. ¿Con ellos? —
No pudo evitarlo. No podía mirar a Zaiana sin ver a Maverick, y cada día le costaba un
esfuerzo físico no hacer algo impulsivo con ella al alcance de la mano. Atraer a Maverick aquí
con la esperanza que ella fuera lo suficientemente importante para él, o tal vez su tormento
cediera lo suficiente si solo la mataba por ahora.
—Sabes que nunca traicionaría a Faythe —dijo Kyleer con cuidado—. Necesito que
confíes en mí. Por favor.
Los ojos de Reylan se entornaron ante una súplica tan rara que le sorprendió darse
cuenta de lo profundamente que Kyleer sentía esto.
—Te preocupas por ella.
—No puedo explicarlo —confesó—. Pero nunca confiaría en ella si creyera que es capaz
de matar a Faythe.
—Es más que capaz.
—Dispuesta entonces. No puedo convencerte con meras palabras; solo te pido tiempo.
Déjame intentar llegar a ella. Piénsalo, Reylan. Con Zaiana de nuestro lado… cambiaría la
marea de esta batalla por completo. Piensa en lo que sabe, que podría responder a una
llamada a unirse a ella. Los que dirigen a los fae oscuros… Creo que son sus enemigos
también. Ella es inteligente. Demasiado inteligente…
—Sin embargo, no puedes ver que te está metiendo en un juego que perderás, Ky.
—No eres quién para predicar sobre esto —espetó.
Reylan estaba a punto de perder los nervios, y su puño tembló ante el tono de Kyleer.
—Déjame seguir manejando esto. Es todo lo que pido.
Reylan no podía soportar sus palabras esperanzadoras, su mensaje oculto que el rey
no podía conocer ya que su ira podría ser mucho peor que la de Reylan.
Izaiah interrumpió con un lento acercamiento.
—¿Así que todos nos quedamos al margen y vemos cómo cortejas a la prisionera con
la esperanza que puedas hacer latir un corazón muerto?
Los puños de Kyleer se apretaron, y aunque a Reylan no le hacía ninguna gracia que
Izaiah se pusiera de su parte, era un alivio saber que no era totalmente parcial en sus
opiniones cuando se trataba de Faythe.
—No es así —gruñó Kyleer.
—¿Oh? —Izaiah se paseó despreocupadamente, con las manos en los bolsillos—. Ella
está sobre ti, hermano. No podrías ocultar esa clase de olor enredado ni siquiera
revolcándote en los establos. —Entonces la expresión de Izaiah liberó su acusación—. Dime
que es solo lujuria. Podría entenderlo. Dime que realmente no sientes nada por ella.
—¿Crees que no me di cuenta de la frecuencia con la que visitabas las celdas antes de
tenerla? Incluso ahora, tu ausencia no ha pasado desapercibida —espetó Kyleer.
Reylan estudió el endurecimiento de sus labios, el temblor de su aplomo. Era tan
impropio de Kyleer arremeter contra su hermano pequeño que se preparó para interponerse
entre ellos.
—Si vas a acusarme de algo, dilo sin rodeos, Ky —desafió Izaiah.
—Digamos que revisaste mucho menos a la oscura.
—Apenas era una amenaza.
—Quieres decir que apenas tenía el atractivo de Tynan.
Izaiah se acercó a Kyleer, y aunque Reylan estaba listo para forcejear con ambos si era
necesario, se quedó atrás.
—Al menos sabía dónde trazar la línea y no caer por una cara bonita.
—Detengan esto —cortó Reylan, su mente finalmente se aclaró para ver lo equivocado
de la tensión entre los tres de ellos y de dónde había venido—. Si dejamos que esto siga así,
ganarán sin tener que hacer nada —siseó. Se pasó una mano por la cara, exasperado—.
Necesitamos saber más sobre la ruina, cómo se puede manejar. Faythe parece creer que las
necesitamos a todas para enviar a Marvellas de vuelta al mundo de las tinieblas de donde
vino. Faythe les teme porque le hablan, y alcanzar su poder podría destruir el maldito mundo
si no sabe controlarlas antes.
No podía creer que estuviera a punto de dar la espalda a la trampa en la que temía que
cayera su hermano. Agalhor no podía enterarse, o Reylan sabía que el castigo que podría caer
sobre él estaría fuera de sus manos por completo.
—Hay que ser discreto con lo que se haga. No me gusta, no estoy de acuerdo, y se nos
acaba el tiempo. Si no puedes obtener nada útil de ella en una semana, haremos esto a mi
manera —decidió Reylan. Luego, cuando su ira se enfrió, solo pudo aflorar su
preocupación—. Pero tienes que tener cuidado. Ella es astuta, inteligente. Atrae a la gente
para conseguir lo que quiere, y no puedo quedarme de brazos cruzados y ver cómo tú
también caes víctima.
—No soy una víctima —se defendió Kyleer—. No me importa tu opinión sobre ella. Le
perdonó la vida a Faythe, no lo olvides.
Reylan se arriesgó a desatar su barril de ira sobre Kyleer. Ira que se había acumulado
desde el momento en que regresó con Faythe. Resentimiento, angustia y un anhelo lastimero.
Por todo lo que ella era: impresionante, poderosa, real; todo lo que él no podía considerarse
digno de igualar. Había oído al consejo coincidir en que ella era un premio demasiado alto
para alguien como él. Ella merecía un lord o un príncipe, o alguien con riqueza y estatus. Él
no tenía nada. Nada que ofrecerle salvo su corazón, que temía que no fuera suficiente.
—Una semana —pronunció, y no pudo volver a mirar a Kyleer antes de marcharse
furioso.

***

Reylan vaciló frente a la habitación de Faythe, luchando contra la sensatez de


mantenerse alejado del contacto íntimo pero enfurecido por la necesidad de verla. Apoyando
una mano en el marco, perdió la batalla y llamó a la puerta.
Apenas pasó un latido antes que la puerta se abriera. Separó los labios para hablar, pero
Reylan la interrumpió. Su boca reclamó la de ella, y el suave ruido de sorpresa solo hizo que
él enganchara las manos bajo los muslos de ella y encontrara la pared más cercana, donde se
apretó contra ella, incapaz de acercarse lo suficiente, saborear lo suficiente, sentir lo
suficiente. Era inexplicablemente enloquecedor. La llama eterna que sentía por ella se
convirtió en un infierno indomable.
Tuvo que hacer todo lo que estaba en él para apartarse antes de estallar y enterrar su
olor en ella. Apoyó la frente en el cuello de ella mientras los pechos de ambos se agitaban por
su inesperado ataque. Los dedos de ella aflojaron el apretón de su cabello.
—¿Por qué fue eso? —preguntó ella con una deliciosa respiración entrecortada.
—Por todo, Faythe —respondió en voz baja—. Por existir.
Su risa ahogada no sólo le agitó el pecho, sino que le dolió una mierda. No quería que
dejara de dolerle nunca, ese recordatorio de lo vivo que se sentía con ella.
—Debería existir más a menudo.
Su boca se curvó débilmente antes que su frente se pellizcara y apretara sus muslos.
—Quiero hundir mis dientes en esta bonita garganta tuya con tantas ganas que es una
tortura.
Sus piernas se cerraron con más fuerza y él gimió.
—Yo también quiero eso.
—¿Por qué te detuviste? En las celdas, después de todo lo que te hizo… ¿por qué
ofrecerle piedad? —Reylan buscó esos brillantes ojos ámbar mientras llegaba a la cama y se
sentaba, manteniéndola a horcajadas sobre su regazo. No podía calmar la tensión que sentía
en las tripas y quería saber cómo podía ser misericordiosa incluso con quienes la habían
agraviado y volverían a hacerlo.
—No sentiste su terror —intentó explicar Faythe.
—Ella no se preocupó por los tuyos. O por ninguna de tus debilidades en ese campo de
batalla cuando te hirió una y otra vez como un fae oscuro contra un humano. —Y él no había
estado allí. Sus ojos se cerraron con fuerza, pero se abrieron al sentir la palma de su mano
deslizándose por su mandíbula.
—No podemos juzgar basándonos en un pasado que nos ha perjudicado. Juzgamos el
ahora basándonos en lo que vemos y en lo que podemos cambiar para el futuro.
Dioses, era brillante. Y hermosa, amable y fuerte. Sin miedo a la oscuridad, pero nunca
consumida por ella. La amaba tan ferozmente que le aterrorizaba que pudiera ser un sueño
del que despertara.
—Zaiana me perdonó la vida, y tengo que creer que fue por alguna parte de ella que se
preocupaba. Ella no puede verlo, o tal vez sí y eso fue lo que causó su miedo que yo estuviera
en su mente. Ella es de un mundo diferente que le ha enseñado que la empatía está mal, que
su vida depende de la conformidad y el terror, así que es lo que encarna.
Reylan le acarició los muslos, mirándola con asombro mientras hablaba, eligiendo ver
más profundamente en una persona, no juzgarla desde la superficie. Le hizo recordar su
propia liberación con la paciencia y el amor de ella.
—Sus pensamientos, infiltrándose en su mente, se sentían tan fríos y llenos de miedo
como la muerte.
—Eres demasiado buena para este mundo, Faythe Ashfyre. Ciertamente demasiado
buena para mí.
—Eso no es verdad. Ni siquiera por un segundo.
—Lo habría hecho —confesó—. A pesar de su miedo, aunque me lo hubiera suplicado,
me habría infiltrado en su mente. —La vergüenza le destrozó al saber que iba en contra de
su compasión. Su corazón nunca podría igualar al de su compañera, una incompatibilidad
que le aterrorizaba.
—No te habría culpado por ello —dijo al fin.
—No doblegues tu moral por mí. No puedo soportarlo.
—No te habría culpado porque si te hubiera hecho daño, si casi te hubiera matado… No
soy tan buena como crees, Reylan.
Entonces se hizo tan claro como si el mundo se hubiera abierto ante él. Faythe era su
equilibrio y su luz, y en ese momento, eligió creer, aceptar… que ella era su igual.
Capítulo 59
Tarly
La posada en la que se detuvieron para comer algo caliente y dormir no era muy lujosa.
La sala principal estaba llena de hombres y fae. Tarly no podía apartar los ojos de todos ellos.
Sus puños se flexionaron mientras esperaba las bebidas en la barra mientras Nerida
permanecía sentada ajena a su atención. Recogió las jarras con poco más que un gruñido de
agradecimiento y bajó un cobre.
Tarly dejó una de las bebidas frente a Nerida antes de deslizarse frente a ella,
intentando no lanzar una mirada de advertencia al grupo que más los observaba. Bebió
grandes tragos en silencio, sin encontrar tampoco la mirada de Nerida. Habían entablado
muy poca conversación desde la cueva.
—Qué malhumorado —murmuró ella en voz baja.
A Tarly se le desencajó la mandíbula. La miró por primera vez, pero sabía que estaba
ocupada con las botellitas de su bolsa.
—Elegiste una buena selección, por cierto.
—Fue el tendero.
—Excepto que muchos de ellos son exactamente lo que tenía antes.
—Feliz coincidencia.
Los hombros de ella se encorvaron con la mirada que le lanzó.
—¿Alguna vez aceptas las gracias?
—No me diste las gracias.
—Crédito entonces.
—Son botellas de hierbas y tónicos. Difícilmente un collar de diamantes.
—Significan más para mí que eso.
Se quedaron mirando, su conversación era ridícula incluso para un niño, y no digamos
para un fae adulto.
—De nada —refunfuñó de mala gana.
La respuesta de ella fue solo poner los ojos en blanco. En un par de ocasiones había
notado que su mirada se desviaba hacia un grupo de hombres fae que había en un rincón, y
eso despertaba su ira cada vez, aunque no tenía derecho a sentirla.
Les trajeron la comida. Dos caldos de verduras.
—Puedes comer carne delante de mí —comentó removiendo su cuenco.
—Lo sé.
Comieron en silencio. El calor que llenaba sus entrañas era una dicha comparado con
la amarga noche de la que habían venido a escapar. Entre bocado y bocado, la atención de
Nerida no dejaba de vagar.
—¿Te interesan? —soltó Tarly antes que pudiera contenerse—. Si deseas compañía en
tu cama esta noche, no te lo impediré.
Nerida dejó el pan con dureza.
—¿Es eso lo que te ha puesto tan gruñón?
—No lo estoy.
Nerida se inclinó sobre la mesa para sisear:
—¿De verdad me tienes en tan baja estima?
Su mandíbula se flexionó y luego dejó caer la mirada hacia su cuenco vacío.
—No —admitió.
—No has estado escuchando su conversación. Han estado hablando de la Cueva de
Hyla.
Tarly se puso alerta al instante.
—Entonces deberíamos largarnos de aquí, no vaya a ser que sean unos matones que te
entreguen por monedas si suman dos más dos y se dan cuenta de lo que eres.
Nerida frunció el ceño, levantándose bruscamente.
—Solo quiero averiguar qué saben de ella.
Su mano arremetió contra la de ella cuando se apartó.
—¿Estás loca?
Ella se estremeció bajo su abrazo, pero algo le impidió arrancársela. Se inclinó hacia él,
demasiado. Tarly casi se echó hacia atrás.
—A menos que quieras que crean que estoy muy disponible, sé amable.
Tarly tragó saliva por su tono bajo, pillado completamente desprevenido.
—¿Por qué importa lo de la cueva?
Nerida se echó hacia atrás.
—Tengo curiosidad. —Se desentendió de él.
Tarly quiso insistir, creyendo que le ocultaba algo, pero ella se apartó de la mesa y se
acercó. Él maldijo en voz baja, yendo tras ella en un santiamén, y se encendió al ver los
numerosos pares de ojos que la clavaban mientras se acercaba.
—¿Qué podemos hacer por una cosa tan bonita como tú?
Tarly se puso tenso en sus esfuerzos por no arremeter.
—Te oí hablar de la Cueva de Hyla. Me llamó la atención. ¿Te importa si nos unimos a
ustedes?
El hombre de cabello castaño y áspero aspiró una larga bocanada de su pipa. El humo
ondeó alrededor de su mirada evaluadora, que se posó en Tarly, picándole cada centímetro
de la piel.
—Contigo no nos importaría. Él, en cambio, está matando el ambiente con su presencia.
—Apoyó los antebrazos en la mesa—. ¿Cuál es tu nombre?
—Anna —respondió Nerida sin perder el ritmo—. Tendrás que disculpar el
temperamento de mi marido.
Tarly podría haberse atragantado. Su mano se enroscó alrededor de su antebrazo, y la
inesperada mentira lo aturdió por un momento. Los machos posaron en él ojos suspicaces,
expectantes.
Al encontrarse con la mirada de Nerida, leyó el mensaje y se aclaró la garganta de mala
gana.
—Sully —ofreció, y juró que sintió la diversión de Nerida.
Con una sola inclinación de cabeza, los otros tres machos se arrastraron para hacerles
sitio.
—Me llamo Yakquard —dijo el macho, echándose hacia atrás despreocupadamente—.
¿Y qué es lo que te interesa de la cueva, si se puede saber, milady?
—No soy una dama —dijo Nerida humildemente—. Me preguntaba qué sabías al
respecto. Tuvimos un desafortunado encuentro con unos marineros humanos que no fueron
muy… amables al respecto. Lo buscan.
Su oscura ceja se curvó.
—Ah, sí, eso he oído. Es lo que estábamos discutiendo.
—Por la canción de Seanna.
Tarly miró a Nerida con atención, queriendo preguntarle qué la intrigaba ahora que
había sido tan convincente en su creencia que no era más que una fábula.
—Eso es lo que dicen.
—Es un arma peligrosa en las manos equivocadas.
Esto llamó la atención de Yakquard. Le dirigió una mirada intensa, desconfiada.
—¿Qué sabes de eso?
Tarly tuvo que admitir que él también se lo preguntaba.
—¿Cómo se enteró la gente de la canción?
—No respondiste a mi pregunta, princesa.
Nerida se sobresaltó al oír el título, pareciendo igualar a Yakquard con su propia
cautela.
—No importa —dijo y se levantó de la silla.
—Eres de Lakelaria. —Yakquard le devolvió la atención.
Funcionó para dirigir su mirada hacia él, y Tarly se levantó también con una llamarada
protectora.
—Baja la voz —le advirtió él.
Eso le valió una sonrisa provocadora.
—¿Por qué tanto secreto? Te acercaste a mí, recuérdalo.
—No soy de ningún sitio —se defendió Nerida.
—Vámonos. —Tarly fue a alejarla de ellos.
—Ni el mejor Portador de Agua podría llegar a esa cueva. Son tontos si lo intentan.
Tarly maldijo internamente al sentir de nuevo la curiosidad de Nerida. Sin embargo,
ella no se involucró; solo reflexionó sobre la información antes de alejarse. Echó un último
vistazo a la pequeña reunión, evaluando si constituían una amenaza en caso que decidieran
ir a por Nerida, que se estaba convirtiendo en un objetivo intrigante.
Él la alcanzó y enganchó su brazo con el de ella antes que se dirigiera a las escaleras.
Ella gritó en señal de protesta cuando él los condujo al exterior.
—Pagamos por una noche —objetó ella cuando salieron a la calle.
Tarly alcanzó su capucha, pero Nerida se la arrebató para arreglársela ella misma. Se
subió la suya justo cuando Katori se acercó a ellos.
—Ya no —refunfuñó—. No me arriesgaré a que te acorralen queriendo saber más.
—Parecían inofensivos.
—También lo es un cuchillo mientras esté enfundado.
Marcharon en silencio durante un largo trecho antes de atravesar la arboleda de un
pequeño bosque. Solo esperaba que no tardaran en encontrar un refugio adecuado o un
terreno más blando donde descansar.
—¿Por qué el interés en la Cueva de Hyla? —preguntó Tarly—. Ya que te has propuesto
casi salir del armario por ella.
—La canción es un arma demasiado grande si cae en las manos equivocadas. Me dieron
lo que necesitaba. Debe ser lo suficientemente profundo para ser seguro para siempre.
—¿Qué tipo de arma?
—¿No sabes nada de las sirenas? No son un mito, Tarly. Hace muchos milenios, eran
poderosas criaturas del mar con la habilidad de cambiar de forma para caminar sobre la
tierra. Pero se dice que su linaje se encuentra en algunos fae de cuando usaban su canto para
atraer a los amantes -algunos solo con intenciones malvadas, para alimentarse y ahogarse y
tomar sus riquezas. Como resultado, surgió una raza conocida como sirenas híbridas.
Tarly quedó sorprendentemente embelesado con el relato.
—¿Qué les pasó?
—La Guerra del Mar Negro. Los marineros lucharon por las muchas vidas que habían
perdido. Y en realidad, nadie lo sabe. Tal vez todavía existen en algún lugar que nadie puede
alcanzar. Todo lo que nos queda por saber es que la mayoría de los linajes diluidos residen
en Lakelaria. En cuanto a la canción, es un arma de persuasión. El observador sólo tiene que
hablar y su encanto se extiende sobre una persona. No hay rastro, no hay magia que quemar.
No lo sentirías como un ataque.
La idea le sacudió hasta la médula.
—Menos mal que está en las profundidades intocables, entonces. —Cuando ella no
respondió, le lanzó una mirada—. Está fuera de alcance como dijeron, ¿no?
—A menos que encuentren a alguien que pueda respirar bajo el agua.
Tarly palideció y Nerida soltó una carcajada.
—Estoy bastante segura que no hay nadie vivo con suficiente sangre de sirena para
tener esa habilidad.
Ella no volvió a mirarle mientras avanzaba. La observó durante unos segundos, hasta
que su rostro se iluminó y siguió su mirada hasta una cueva poco profunda junto a un arroyo.
Mientras ella avanzaba a toda prisa, Tarly aminoró el paso y se agachó para recoger los
troncos que pudo para hacer un fuego que durara toda la noche. Katori la persiguió, y él
observó con absoluta fascinación cómo jugaba con el arroyo como si le relajara utilizar la
habilidad que vivía en su interior.
La suave risa de Nerida revoloteaba por la noche mientras Katori saltaba para atrapar
su agua flotante. Tarly no se dio cuenta que había dejado de buscar madera. Dejó de caminar.
Dejó de pensar en otra cosa que no fuera lo inocente y perfecta que parecía a la luz de la luna.
Él no quería esto. Alguien a quien cuidar que dejaría una nueva cicatriz permanente
cuando se fuera. Siempre se iban. Tarly no estaba seguro de cuánto más podría sufrir, y se
preguntó con un pensamiento desesperado qué acabaría con él primero.
El veneno que puso su vida en tiempo prestado, o el impacto de la caída que no pudo
detener.
Capítulo 60
Faythe
—DIJE TRES pasos a la izquierda, no dos.
La orden exasperada de Izaiah resonó en el salón de baile, cortando las risitas de Faythe
y Reylan. Había contado mal, le había pisado el pie y se habría caído si no la hubiera sujetado.
—En serio, una semana entera y sigues como un cordero recién nacido.
Los ojos de Reylan solo brillaban de diversión, y ella se alegró que estuviera allí cuando
normalmente el deber lo alejaba.
—General Reylan.
La voz suave e irritante le erizó los pelos de los brazos. Malin entró en la habitación con
una arrogancia y un regocijo fríos, haciendo que Reylan la soltara, con todo el cuerpo tenso.
—No esperaba que fueras de los que se ofrecen para un baile con tanto entusiasmo —
comentó, con su acusación persistente: Malin sabía que solo lo hacía por el bien de Faythe.
—Tengo que observar lo que tengo que corregir —dijo Izaiah con suficiente desafío
como para que Faythe se tensara—. Tomó un poco de fuerza, pero ya que está aquí como su
guardia de todos modos.
—Sobre eso —cantó Malin—. Vine a informarte de un puesto que requiere tu atención
durante las próximas semanas.
Reylan se cruzó de brazos.
—Hay muchos comandantes para supervisar los destinos.
—Sí, pero ha habido un contratiempo particular en una de las ciudades de las afueras.
El principal comandante de allí exige que asistas, y como eres nuestro principal general, creo
que nuestro rey estaría de acuerdo.
Faythe observó cómo se tensaba la mandíbula de Reylan. Quiso protestar, pero sabía
que sería perder el tiempo. Faythe sabía que no era una coincidencia. Esta era la nueva cuña
de su primo entre ellos.
—Hablaré con él —respondió fríamente Reylan.
—Es bastante urgente, sobre todo con las amenazas inminentes. No podemos
permitirnos que no se aborden las debilidades.
Los puños de Reylan se apretaron, y ella le transmitió su seguridad en silencio en su
interior. Alivió su propio malestar ver cómo se desinflaba la postura rígida que él había
adoptado desde que Malin puso un pie en el vestíbulo. Él la miró a los ojos y Faythe le dedicó
una pequeña sonrisa de comprensión con un movimiento de cabeza. Luego siguió a su primo
fuera del salón de baile.
—No lo soporto —murmuró Izaiah en voz baja.
—Nunca lo habría adivinado —refunfuñó Faythe.
La tomó de la mano sin avisar antes de girarla y tirar de ella hacia él.
—Vamos a moverte antes que te enfades.
—Yo no me enfado.
Izaiah se rio.
—Es como estar cerca de un cachorro.
Faythe lo miró boquiabierta y luego cerró la boca al ver la diversión que iluminaba su
rostro.
—Enséñame más del maldito baile.
Capítulo 61
Tarly
La gran biblioteca Livre des Verres permaneció cerrada.
Nerida no cuestionó la vacilación de Tarly. Tal vez no se había dado cuenta de su
ansiedad mientras estaban en un callejón oscuro espiando a las patrullas que impedían el
acceso a cualquiera. Había fae… y fae oscuros. Tarly estaba plagado de recuerdos de la última
vez que los vio, asistentes tanto a su boda como a su funeral, del que él y Tauria habían
escapado por los pelos.
Al menos, la ciudad parecía funcional. Menos bulliciosa, aunque supuso que la nueva
fuerza invasora mantenía a la gente escondida. Pero se sintió más que aliviado al ver la
ciudad llena en su mayoría de ciudadanos de Olmstone, que no habían sido todos masacrados
u obligados a marcharse por los fae oscuros.
Nerida se bajó la capucha, mirándose y ajustándose la ropa.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Voy a distraerlos mientras tú encuentras la forma de entrar —dijo simplemente.
Su tono llano no le gustó, ni la forma en que apenas podía sostenerle la mirada.
Llevaban un día viajando casi en silencio, pero una parte de él creía que era mejor así.
—Eso no va a ocurrir —dijo con firmeza.
Ella le lanzó una mirada que decía:
—Intenta detenerme. —Su única respuesta fue rodearle la cintura con el brazo por
impulso cuando ella estuvo a punto de salir de su escondite. Ella lo miró y lo fulminó con la
mirada. Era difícil contener su sonrisa.
—¿Cómo piensas hacerlo exactamente?
—Encanto —dijo—. Algo de lo que claramente careces, así que no, nuestros papeles no
pueden cambiar.
Tarly se burló.
—Puedo ser encantador.
—A cualquier cosa que no sea gente, quizás.
Sus ojos se pusieron en blanco mientras la soltaba.
—Entonces, ¿cómo piensas entrar?
—Tendrás que confiar en mí en eso.
—No es suficiente.
—No estaba preguntando.
La tensión entre ellos palpitaba de frustración y angustia, tanta que corría el riesgo de
romperse. Se limitó a suspirar, cruzarse de brazos y apoyarse contra la pared.
—Además, no podemos arriesgarnos a que se fijen en ti, o vendrán a por ti.
—Si algo va mal, si alguien te pone una mano encima, avisa inmediatamente. —Bajó la
mirada hacia la oscuridad.
Nerida dudó solo un momento, pero luego la escuchó marcharse sin decir una palabra
más. En cuanto perdió el sonido de sus pasos, salió en su búsqueda. Observó cómo se bajaba
el corpiño del vestido una vez más y, aunque no tenía derecho a la emoción, saber cómo
planeaba encandilar a los guardias masculinos le enfureció lo suficiente como para apretar
los puños y la mandíbula, y tuvo que abstenerse de ir en contra de su plan.
Cada nervio se tensó cuando sus ojos se posaron en ella. Parecía perdida. Inocente pero
coqueta. Sus dedos recorrían su cabellera plateada, y él quería que fuera él. Su mano, su
atención. Los guardias se sintieron atraídos por ella como polillas a una llama. Era exquisita.
Su piel morena resplandecía a la luz del sol, su cabello brillaba y él imaginaba que sus grandes
ojos de cierva harían maravillas en los hombres que olvidaban sus obligaciones para
admirarla.
Tarly frunció el ceño, maldiciendo no poder malgastar sus esfuerzos, por mucho que
quisiera dirigir su atención a cualquier cosa menos a ella. Salió de su escondite y cruzó la
calle a la sombra, trepando por los tejados y divisando una ventana abierta. Estaba
destrozada. Un dolor fantasma le palpitó en el hombro mientras se agachaba, y se esforzó
por no dejar que su mente volviera al terror que le producía oír cómo se hacía añicos la
biblioteca sabiendo que había dejado allí a Tauria.
Sacudiendo la cabeza, se metió dentro.
No podía creer en qué se había convertido aquel espacio legendario mientras lo
recorría lentamente. La biblioteca siempre había sido silenciosa, pero este silencio era de
desolación y esperanza perdida. Lo que una vez fue un santuario de seguridad ahora había
sido profanado. Su carcaj de flechas y las pocas dagas le pesaban como piedras, y murmuró
una plegaria silenciosa para que le perdonaran por haber traído las armas aquí.
En el balcón, miró el reloj de sol de cristal que brillaba hipnotizadoramente a la luz, y
luego alzó los ojos para ver el verdadero cielo.
El chirrido de una gran puerta llamó su atención. Tarly echó mano de un cuchillo, pero
el parpadeo del blanco le hizo desplomarse de alivio.
—¿Te dejaron entrar directamente? —refunfuñó incrédulo.
Nerida se encogió de hombros.
—Parecían simpáticos.
—Seguro que sí.
—Que es más de lo que puedo decir de ti.
Tarly apretó la mandíbula, pero Nerida ya se alejaba, apartándolo como si no pudiera
deshacerse de él lo bastante pronto.
—Les dije que sabía lo que buscaba y que no tardaría —dijo por encima del hombro,
recorriendo los pasillos.
Nerida no debió de percatarse desde fuera que faltaba el techo de la cúpula. Sus pasos
se detuvieron bruscamente ante una gran cerradura de cristal que se interponía en su
camino, e inmediatamente miró hacia arriba para averiguar de dónde procedía.
—¿Qué sucedió aquí? —suspiró, llevándose una mano al pecho con verdadera angustia.
Tarly no estaba seguro de cómo explicarlo todo.
—Tauria es una Rompevientos —declaró, pensando que era información suficiente
para explicar cómo.
Nerida le dirigió la mirada. El conocimiento no le parecía nuevo. Su expresión reflejaba
asombro y miedo, tal vez preocupación.
—¿Por qué haría esto?
—Estaba siendo atacada. —Se encorvó el hombro inconscientemente—. Por el mismo
fae oscuro que me condenó.
Su atención se posó brevemente en su herida con una ceja fruncida.
—¿No fue mordida?
Tarly encontró entrañable su preocupación por Tauria.
—Ella está bien.
Eso alivió su rostro blando, pero su atención se detuvo en él como si quisiera hablar,
pero contuviera la respiración.
Tarly la salvó de intentarlo, desviando el tema con:
—¿Qué esperas encontrar aquí?
Nerida recorrió la biblioteca pensativa.
—Estoy buscando un libro en particular, pero ahora también necesito otro. —Se
marchó de nuevo, y Tarly la siguió—. Vamos a encontrar una cura para ti.
Soltó una pequeña carcajada.
—No pierdas el tiempo. Consigue lo que has venido a buscar. Estaré bien.
—No lo estarás.
—No es asunto tuyo…
—Lo eres —espetó.
Tarly se detuvo, pero ella siguió adelante. El dolor detuvo sus pasos mientras se
preguntaba por qué. Qué había hecho para que ella aún quisiera ayudarlo. Queriendo salvar
lo que no quería ser salvado. Al menos… él no había querido ser salvado antes.
—¿Venías a menudo por aquí? —le preguntó, sacándole de su túnel de pensamientos.
Su voz recorrió distante todo el balcón.
—Sí —admitió.
Ella se encontró con su mirada a través de la larga extensión, apoyando las manos en
la barandilla.
—¿Qué tipo de libros te gusta leer, Tarly Wolverlon?
La forma en que utilizó su nombre completo, la ligera inclinación de su cabeza… La
curiosidad de Nerida por él era algo a lo que no estaba acostumbrado. Se rascó la nuca, con
el calor enrojeciéndole mientras se preguntaba si habría una respuesta incorrecta. Una de la
que ella podría burlarse o con la que no estaría de acuerdo, probablemente no a propósito,
pero no pudo evitar su ansiedad por conocer su opinión.
Su reserva pudo más y dijo en su lugar:
—Medicina y Curación es por aquí.
Tras subir dos escaleras, Tarly se detuvo y murmuró una maldición.
—¿Tauria? —concluyó Nerida mientras se arrastraba detrás de él—. Debe haber
habido alguna pelea.
Por supuesto que habría colapsado toda la fila que necesitaban.
—Quizá quieras informar a tus amigos de la guardia que podrías tardar un poco más
—refunfuñó, acercándose a la librería caída más cercana.
—¿Estás celoso? —dijo ella, saltando a su otro lado mientras Tarly se preparaba para
empujar la pesada estantería hacia arriba.
—¿De qué?
—De que encuentro más agradable cinco minutos de su compañía que una hora de la
tuya.
Él la fulminó con la mirada, y la única respuesta de ella fue ponerse firmemente en
cuclillas. Sin mediar palabra, levantaron la estantería con gran dificultad, y ésta dio un sonoro
golpe al encontrar el equilibrio.
—Entonces quizá deberías invitarlos a buscar contigo. —Tarly empezó a agarrar libros,
colocándolos sin orden alguno en las estanterías, pero comprobando primero cada uno para
decidir si podía serle útil.
—Por supuesto, tú no puedes estar celoso —bromeó ella, ordenando los libros de la
misma manera—. Cuando te propones desagradarle a todo el mundo, y tú a ellos.
Se detuvo para mirarla, pensando en sus palabras, que sabía que eran ciertas. Sin
embargo, no podía imaginar ningún otro lugar en el que prefiriera estar en ese momento.
Incluso la soledad que buscaba a menudo, porque allí nada podía hacerle daño.
Antes que Nerida pudiera pillarle mirando, se afanó en la montaña de libros.
—Tienes razón —dijo—. Ésta ha sido una expedición bastante tortuosa, habiendo
disfrutado de mis semanas ganando distancia solo para acabar de nuevo aquí.
—Insistí una y otra vez, y aun así me seguiste.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—Dejarme ir.
Tarly no le dejó ver el aliento que no llegó a inhalar del todo.
—Pronto nos libraremos el uno del otro —murmuró, sin detenerse en el sentimiento
que se retorcía en su interior al darse cuenta de aquello.
Nerida no volvió a hablar, aunque él lo ansiaba. Se perdieron colocando libros y
escaneando títulos, y quizá él no se apresuró especialmente en la tarea, sabiendo que solo
conseguiría que los momentos en su compañía pasaran más deprisa.

***

Casi una hora después de su silenciosa clasificación, la puerta principal de la biblioteca


gimió. Tarly se enderezó para defenderse y se colocó frente a Nerida. Su mano se enroscó
alrededor de su bíceps. Mirándolo a los ojos, se llevó un dedo a los labios y lo empujó hacia
un lado.
—Es el guardia de afuera —susurró—. No dejes que te sienta.
La protesta le arraigó, pero con su segundo empujón de urgencia, y detectando la
presencia cada vez más cerca, se hizo de rogar.
—Ah, ahí estás —gorjeó el macho.
Tarly sacudió la cabeza con un gemido interior por su tono demasiado brillante. Dos
balcones más arriba parecían distancia suficiente para que el guardia estuviera demasiado
embelesado con Nerida como para darse cuenta que los espiaba.
—He estado intentando encontrar mis libros, pero, por lo visto, la sección que necesito
sufrió los peores daños —explicó con dulzura.
—Puedo ayudarte —se ofreció.
Los dedos de Tarly se flexionaron con ira. Se preguntó cuánto tiempo tendría que
quedarse aquí y presenciar esto.
—No, está bien. Terminaré en una hora si me da tiempo.
No esperaba que ella rechazara la compañía que decía ser mejor que la suya. Se había
preparado para ponerse cómodo y tolerarlos desde lejos.
—Una cosa bonita como tú no debería estar sola. Es criminal.
—Me gusta estar sola. —Ella le apartó, tratando de ocuparse de rebuscar entre los
montones caídos—. Deja espacio para pensar.
—Efectivamente. Me dejaron solo en la patrulla durante diez minutos y solo podía
pensar en ti.
Nerida rio, y la ira de Tarly se disipó por completo. Observó cómo su risa iluminaba su
rostro. Mostró los dientes con una sonrisa completa. Estudió cómo se colocaba detrás de la
oreja un rizo que nunca había pertenecido a sus trenzas.
—No hace falta que me halagues —dijo, con un tono rosado en su piel morena.
—Es solo mi verdad.
Tarly quería agarrar sus insufribles palabras y volver a metérselas por la garganta al
guardia. Cerrando los ojos, sacudió la cabeza contra la mezquina violencia a la que no estaba
tan acostumbrado. No por esto. Nerida tenía todas las razones para divertirse con las
insinuaciones del guardia, y no le correspondía a Tarly intervenir. Intentó enfrascarse en un
libro romántico que no tenía intención de agarrar, pero fue el primero que encontró. Era lo
último sobre lo que quería leer.
Siguieron charlando abajo, y por fin el guardia bajó el tono de su poesía. Cada sonrisa
que arrancaba de ella, cada aleteo de risa ahuecaba el pecho de Tarly. Cuando Nerida se puso
en pie, el guardia se acercó a ella, e hizo que Tarly cerrara el libro que había estado utilizando
como apoyo y se enderezara. Ella dio un paso atrás, pero él la siguió. Los puños de Tarly se
cerraron. Y cuando el guardia levantó una mano, no la vio encontrarse con su cintura porque
ya se estaba moviendo.
Maldiciendo el secreto.
Condenando al mundo.
Condenándose a sí mismo por preocuparse.
—Creo que su señal de mantener las distancias fue bastante clara. —Tarly no reconoció
su propio tono mientras se acercaba.
El guardia se movió para defenderse, pero Tarly ya estaba sobre él, lo agarró por el
cuello y lo estampó contra la estantería que amenazaba con derrumbarse de nuevo.
—Permítanme añadir algo.
—Sully —advirtió Nerida.
Ese nombre agitó un latido de su corazón de la forma en que uno puede odiar algo, pero
aun así encontrar un extraño consuelo en su toque familiar.
—N-no se supone que debas estar aquí —tartamudeó el guardia. Parecía
completamente inofensivo, pero eso no disminuyó el disgusto de Tarly.
—Solo cosas bonitas, ¿no es cierto? —gruñó.
—Lo siento. Y-yo no sabía que estaba tomada…
—No lo estoy —intervino Nerida con firmeza, pero su dura mirada estaba clavada en
Tarly.
Soltó al guardia y se pasó una mano por el cabello mientras se alejaban.
—¿Te conozco?
A Tarly le tembló la mandíbula ante la pregunta.
—Lo dudo —respondió. Sin embargo, desvió su atención para comprobar si el guardia
le creía. Maldijo en voz baja al ver cómo se le abrían los ojos al reconocerle.
—S-Su Alteza, pensábamos que estaba muerto.
A Tarly no le complacía lo que tenía que hacer. No perdió ni un segundo en debatir la
jugada cuando el guardia podía irse corriendo a avisar a los nuevos líderes. Su puño conectó
con la cara del guardia.
Nerida jadeó.
—No tenías que hacer eso. —Se abalanzó sobre el fae caído y abrió inmediatamente su
mochila para recuperar su bolsa.
Tarly lo observó mientras surgía una nueva vergüenza, su irritación irracional se calmó
cuando se dio cuenta que ella tenía razón. Pensó que, si el guardia avisaba a los demás para
que lo buscaran, podría poner a Nerida también en peligro. Sin embargo, ella estaba a salvo
aquí de sus amenazas… mientras no estuviera con él.
Retrocediendo unos pasos, cayó en un adormecimiento mientras murmuraba que la
encontraría fuera. Necesitaba aire. Para resolver el lío de su cabeza, que se había vuelto tan
salvaje y enmarañado que no sabía qué le había pasado. Por qué se sentía así.
Había caído la noche, se subió la capucha de la capa para cubrirse mejor e inclinó la
cabeza. Un quejido familiar seguido del repiqueteo de unas patas atrajo su mirada lo
suficiente como para encontrar a Katori. Un alivio, ya que se había preguntado adónde se
había ido.
Cuando se agachó para pasar una mano por su pelaje, algo frío y áspero le azotó la
muñeca. Los asaltantes que le habían tomado desprevenido habían conseguido sujetarle por
completo la otra muñeca antes que pudiera golpear, y luego los ataron detrás de él.
Piedra de Hechicero.
Su fuerza y velocidad disminuyeron en un instante. La adrenalina corría por sus venas
con ganas de luchar, no por sí mismo cuando lo único en lo que podía pensar era en lo que
pasaría si también iban a por Nerida.
Mientras el mundo se desvanecía en negro al arrojarle algo sobre la cabeza, le dolía en
el pecho que, si no regresaba, sería fácil que ella creyera que esta vez la había abandonado
para siempre.
Capítulo 62
Faythe
Faythe se deslizó por los pasillos junto a Izaiah después de otra larga y tediosa clase de
baile. Ya casi había aprendido todos los pasos, pero ponerlos en práctica era otra curva de
aprendizaje.
Su ociosa charla se vio interrumpida cuando percibió voces murmurantes.
Intercambiaron una mirada, frunciendo las cejas ante el extraño sonido de una reunión. Al
oír un par de pequeños jadeos, su corazón se aceleró, junto con su paso para encontrar la
fuente. Faythe escuchó sus tonos, en su mayoría susurros, pero de conmoción, de
preocupación, que la hicieron correr a la espera de saber adónde la llevaban.
Para cuando Faythe divisó el grupo de cadáveres que recorría el pasillo de los cuadros
de Fénix, el pulso le llenaba los oídos. Una parte de ella quería correr en dirección contraria
con el miedo recorriéndole el cuerpo. Tenía que verlo, pensando que la reunión de horror
era demasiado excesiva para lo que ella preveía encontrar como origen del escándalo.
Estaba a punto de empezar a abrirse paso cuando una orden en voz alta de Izaiah hizo
que la gente mirara hacia atrás, y empezaron a apartarse con pequeñas reverencias mientras
ella pasaba. Faythe no pudo prestarles atención. Se separaban con demasiada lentitud, pero
cuando los cuerpos dejaron de estorbar, ella lo vio.
Faythe se detuvo en la gran biblioteca, con los ojos fijos, sabiendo que Agalhor estaba
allí, pero no podía apartar la vista de la vitrina.
Vacía. Se le hizo un nudo en el estómago por la culpa.
Aunque la vitrina destrozada y la pluma robada no fue lo que arrastró el tiempo.
Fue el olor lo que captó sus sentidos, haciendo que un frío pavor recorriera su espina
dorsal. El sabor metálico de la sangre contaminó el aire, y fue entonces cuando se dio cuenta
de las salpicaduras en el mármol que rodeaba el pedestal, y sus ojos bajaron para encontrar
el cuerpo.
La túnica blanca del erudito de la biblioteca manchó el mármol de un espantoso
carmesí, como si el estandarte de Rhyenelle que llevaba colgado a la cintura hubiera
sangrado sobre él.
No era el único.
Los ojos de Faythe recorrieron el espacio en su propia búsqueda, encontrando otro,
luego otro, y entonces dejó de contar en su asombro. No oyó ningún ruido, pero sintió que
unas manos fuertes le agarraban los brazos y que una fuerza alta se interponía para
impedirle ver más.
—No deberías ver esto. —Su padre habló con preocupación—. Llévensela.
Reconoció a Izaiah respondiendo, pero plantó los pies contra su mano cuando ésta se
enganchó alrededor de su codo.
—¿Qué sucedió? —preguntó en un susurro fantasmal. Se encontró con sus ojos color
avellana y vio el corte de la rabia y el cálculo antes que se calmara lo suficiente como para
expresar simpatía por lo que fuera que él leyera en su expresión.
—Lo averiguaremos. No temas, Faythe. No se escatimará ninguna medida de
protección para ti y tus amigos hasta que encuentre al monstruo que hizo esto.
El equilibrio de Faythe amenazaba con fallarle. Izaiah podría haberlo previsto; su brazo
la rodeó por la cintura y ella no se resistió esta vez a su suave tirón mientras él la apartaba
de la masacre.
En su espanto y horror, se precipitó en espiral. Su piel se enrojeció y le salieron chispas
por los brazos. La negación de lo que veía no hacía sino agravar su malestar.
Luego una lanza de pánico.

***

—¿No hay pistas?


Faythe se paseaba por el suelo de la sala de juegos, que se había convertido en un lugar
habitual para distraerse. Sin embargo, Faythe nunca podía concentrarse en los juegos que
jugaban.
—Nada —murmuró Faythe a Jakon.
Habían pasado un par de días y apenas había podido estarse quieta, ni comer, ni bailar,
ni nada. No se trataba solo de las oscuras secuelas del horror de la biblioteca; Reylan había
estado ausente, todavía de servicio.
—Debería volver esta noche, pero tengo la sensación que es solo para comprobar antes
que le llamen de nuevo. —Izaiah parecía leer sus pensamientos.
No podía sentir lástima en sus añoranzas cuando lo anhelaba ahora más que nunca.
Ansiosa por una confesión que amenazaba con desmoronarla, y él era el único en quien
quería confiar. Faythe solo le dedicó a Izaiah un gesto de agradecimiento.
—Jaque —dijo Izaiah con triunfo.
La atención de Faythe se centró en el tablero de ajedrez que había entre él y Reuben.
—Tú también has estado ausente —murmuró Faythe con cuidado a su amigo.
Reuben le dirigió una mirada vacía y se encogió de hombros.
—En realidad, he estado admirando las ciudades humanas. Me recuerdan a mi hogar.
Se le revolvió el estómago, pero se obligó a sonreír.
Jakon le apretó el brazo.
—¿Hay algo que podamos hacer?
Faythe exhaló un suspiro.
—Mantente a salvo y alerta. No tenemos ni idea de si podrían atacar de nuevo, o si hace
tiempo que se han ido si eso es todo lo que vinieron a buscar.
—¿Por qué matar a todos esos eruditos?
—No habría sido fácil robarla —respondió Izaiah—. Los eruditos hicieron un
juramento a esa biblioteca para proteger todo lo que contenía. Quizá lucharon, o quizá el
asesino solo pensó en no dejar ningún testigo posible.
La inquietante sensación en su estómago aumentó. Tragó saliva por el ardor que sentía
en la garganta.
—Tuvieron que tener ayuda interna —reflexionó Jakon.
—Eso parece —dijo Izaiah.
El hecho persistía en el aire como un abrazo escalofriante. Deambulaban por los
pasillos sin saber de quién eran las manos que llevaban la sangre de la masacre. Se miró las
suyas antes de apretar los puños con fuerza y caminar hacia la ventana.
Marlowe estaba sentada en silencio en el asiento de la ventana mirando al exterior. Aún
no había sonreído ni pronunciado palabra alguna y había permanecido callada toda la
semana.
—Los encontraremos —dijo Faythe mientras se acercaba.
Marlowe salió de sus pensamientos cuando Faythe le tocó el hombro.
—Aquí estás a salvo.
Marlowe ofreció una sonrisa vacía.
—Lo sé.
Sin embargo, Faythe no estaba convencida. La tez de Marlowe siempre había sido como
la suave porcelana, pero la palidez acompañaba ahora a las ojeras, haciéndola parecer
enfermiza.
—¿No has… visto nada? —preguntó tímidamente. No quería creer que su amiga fuera
capaz de ocultar algo que pudiera ayudarles a atrapar a los traidores, pero odiaba ese atisbo
de duda.
Marlowe se revolvió las faldas. A Faythe se le aceleró el pulso y contuvo la respiración,
hasta que Marlowe sacudió la cabeza y la expectación se convirtió en… decepción. Tal vez fue
solo su miedo y desesperación lo que despertó una fea acusación, haciéndola querer
preguntar de nuevo y darle otra oportunidad si estaba ocultando algo. Cuando su boca se
abrió, Jakon se sentó, tomando las manos de Marlowe.
—Es que no se encuentra bien —insistió él, leyendo sus intenciones.
Faythe asintió y, preocupada, puso una mano en el hombro de su amiga.
—Deberías ver a un sanador.
Marlowe se limitó a asentir con una sonrisa forzada.
—Reylan debería estar aquí. —Se hizo eco de sus frustraciones en voz alta para desviar
el tema—. Con este tipo de amenaza, ¿no debería? —Su mirada se clavó en Izaiah, que
probablemente era quien más sabía de su situación. El momento más oportuno para
mantenerlo alejado de ella y de la escena del crimen. Observó las piezas en el tablero de
ajedrez, viendo cómo Izaiah tomaba el caballo de Reuben y a su vez perdía un peón. Luego
otro. Todo el tiempo, Izaiah maniobraba estratégicamente a sus jugadores alrededor del rey,
y Reuben quedaba a merced del alfil de Izaiah, que se había escabullido de sus defensas en
su distracción.
Entonces algo en Faythe se rompió como un carámbano.
—¿A dónde vas? —Izaiah exigió, silla raspando hacia atrás.
Ella no contestó, saliendo furiosa de la habitación. Su mente se agitaba, acumulando
una tormenta de sentimientos que se mezclaban con sus pensamientos, tal vez
extravagantes, pero todos giraban en torno a una persona. Una persona que quería el poder,
que quería que ella desapareciera, y no se sabía qué haría o a quién utilizaría para
conseguirlo.
Una forma se cerró a su alrededor para bloquearle el paso. No había bondad en sus ojos
mientras inmovilizaban a Izaiah.
—Apártate de mi camino —exigió con toda la calma que pudo.
—Sé lo que estás pensando, y déjame decirte que no se puede retirar una acusación así
a alguien tan poderoso.
—No es más que un cobarde —siseó como si su mente ya lo hubiera señalado como
culpable.
Izaiah inspeccionó el vestíbulo. Tirando de la manilla detrás de ella, empujó a Faythe a
la pequeña habitación sin darle tiempo a protestar.
—Escúchame, Faythe. No sabes a qué juego estás jugando si te enfrentas a Malin
Ashfyre. Crees que le conoces, crees que has visto la influencia que tiene, pero no es así. Si le
acusas de esto, encenderás un fuego que solo te prenderá a ti. Odio decir esto, pero aún estás
siendo puesta a prueba. No llevas mucho tiempo aquí, y si se convierte en tus palabras contra
las suyas, te prometo ahora mismo que perderás.
Faythe cerró los ojos, alejándose de él con el aguijón de la verdad. No importaba lo que
pensara, y tal vez se apresurara a acusarlo por sus sentimientos personales, aunque no podía
evitar la sensación que él era quien más tenía que ganar.
—Kyleer se está haciendo cargo de la investigación. Tienes razón, Reylan sería útil aquí,
pero tampoco podemos permitirnos tener debilidades en ningún sitio con lo que podría estar
por venir.
Compartieron una mirada, con una fría sensación de presentimiento resonando entre
ellos, y Faythe se estremeció. No sabía lo que se avecinaba, solo que era oscuro y mortal.
Y no estaban preparados.
Capítulo 63
Zaiana
Solo por la noche sentía paz en su mente. No estaba segura de qué era lo que le picaba
en la piel del día, como si fuera un foco de atención a todo lo que debería estar haciendo, y la
noche aliviaba la culpa con la promesa que llegaría un nuevo día para volver a intentarlo.
Pero ahora, ni siquiera la noche parecía segura. Zaiana no podía calmar su inquietud
que dormir fuera arriesgarse a que su mente fuera presa de los Caminantes Nocturnos. Lo
que despertaba su resentimiento era que no podía estar segura de si ya lo habían intentado
y la habían dejado para siempre sin saberlo.
—Maté a mi propio padre.
Zaiana se preguntaba cuándo hablaría Kyleer, pero sus primeras palabras fueron
totalmente inesperadas desde que se había detenido frente a su celda minutos atrás. No
apartó los ojos de donde había estado trazando constelaciones de espaldas a él.
—¿Se supone que eso debe asustarme?
—No es el único que he matado. Ni siquiera cerca. Ni será el último.
Le picó la curiosidad. Se giró para intentar comprender mejor por qué se le había
ocurrido compartir aquella sombría revelación.
—Si quieres intercambiar cuerpos, dilo.
Su seriedad disminuyó un poco.
—Te voy a ganar —añadió.
Las sombras la rodearon y unas manos fantasmales tomaron sus muñecas encadenadas
y las inmovilizaron por encima de su cabeza. Kyleer la obligó a pegar la espalda a la pared.
Estaba frente a ella, mirándola con sus iris verde musgo devorados lentamente por el negro.
—Una vez me preguntaste si podía hacer algo más con mis sombras. —Su voz bajó hasta
convertirse en un murmullo seductor. La piel real rozó su barbilla para inclinar su cabeza
hacia atrás, pero un brazo de oscuridad ligera como una pluma se enroscó alrededor de su
muslo—. Muchas cosas que te harían olvidar cualquier cuenta menos una. Cuántas veces
podría hacer que me llamaras.
Ella cayó en la trampa, solo por un fugaz segundo antes de tirar de sus manos hacia
abajo, libre de las sombras que cedieron fácilmente.
—¿Qué es esto? —siseó, empujándole el pecho cuando no pudo soportar la punzada de
dolor—. Saben lo que hemos hecho y aun así te envían aquí. Usar eso contra mí, ¿es eso? No
significaba nada para mí, Kyleer. Tú no significas nada para mí.
Le puso la mano junto a la cabeza.
—La noche que mi madre desapareció, mi padre necesitaba a alguien a quien culpar, y
creyó que yo sabía adónde había ido, que de algún modo la había ayudado. Tres fae me
sujetaron mientras me aplastaba la mano repetidas veces, dejando que me curara lo
suficiente antes de volver a hacerlo por mi confesión.
Zaiana torció la cabeza, sabiendo que sería esa mano junto a la suya, la que tenía una
profunda cicatriz y dos dedos torcidos.
—Creo que empezó a creer que no tenía ni idea de adónde había ido, pero se reía de mi
dolor. Todos se reían cada vez que Izaiah les rogaba que pararan, y creo que siguieron por
su propio placer sádico.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque este mundo está lleno de monstruos. En los fae, en los humanos y en los fae
oscuros. Tú… —Sacudió la cabeza, apartándose de la pared y dando un paso atrás—. Lo usas
como máscara.
Zaiana sonrió cruelmente.
—Solo un fae loco despertaría en una pesadilla y vería un sueño.
—No eres un sueño, Zai —dijo, su expresión cayendo, solo por un segundo—. Eres mi
hermosa pesadilla.
—No soy tu nada.
—Mi más recurrente, burlona, castigadora... —Con cada palabra, el rostro de Kyleer se
acercaba más. Su espalda se curvó cuando la mano de él la rodeó, sin romper nunca aquella
mirada abrasadora—. Hermosa pesadilla. —Sus dedos acariciaron el camino correcto donde
estaría su ala, ejerciendo suficiente presión para que sus labios se separaran y la sensación
debilitara sus rodillas.
—¿Por qué no dejas de hacernos perder el tiempo a los dos y preguntas lo que viniste
a averiguar? —exigió ella, maldiciendo la falta de aliento que le producía su seductora
distracción.
Kyleer dio un largo suspiro antes de retroceder, y ella se estremeció en ausencia de su
calor.
—Dakodas tiene su ruina, pero ¿y Marvellas?
—¿No escuchaste lo que dije? El Gran Espíritu no nos dio a conocer su aparición.
—Lo hice. Pero seguro que para aprender a manejar uno te instruirían sobre los tres:
qué pueden hacer y dónde están.
—Asumo que tu Reina Fénix ya sabe dónde se encuentra el templo de su ancestro.
Mejora con tus preguntas, Ky. El aburrimiento tiene la costumbre de aumentar mi reticencia
a hablar.
Algo le provocó un tirón en la boca, contra el que luchó rápidamente mientras se
paseaba por el suelo.
—¿Qué?
—Me gusta cuando me llamas así.
—No pienses nada.
Sin embargo, él siguió reprimiendo una sonrisa de satisfacción, diciéndole que estaba
pensando demasiado en ello, y ella se maldijo por el desliz.
—¿Sabías que el de Aurialis había desaparecido?
Los labios de Zaiana se endurecieron. Se preguntó cuánta información podría
compartir con él para hacerles creer que estaba siendo cooperativa, pero nunca la suficiente
como para darles algún tipo de ventaja—. Sabía que el retorcido rey de High Farrow la estaba
buscando, sí. Contó con la ayuda de soldados fae oscuros con la habilidad del glamour.
—¿Sabe Marvellas que la tenemos?
—Cualquiera que tenga relación con esa maldita cosa lo sabe ahora.
Tal vez se había deslizado demasiado, pero se sintió incrédula al escuchar lo
completamente ajenos que estaban en esta guerra.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando se usan las ruinas, cualquiera que las haya empuñado antes o tenga una
conexión de línea de sangre espiritual con ellas puede sentir su poder. Tal vez solo un eco
distante que sería difícil de precisar. Por mí, podría haber venido por tu preciada reina aquel
día en High Farrow. La oleada de poder que despertó de esa cosa… No sabía que era ella, por
supuesto. Supuse que la habían encontrado y que Marvellas había entrenado a otra pobre
alma para manejarlas, ya que ella no puede hacerlo. Puedes imaginar mi sorpresa al saber de
la imposible heredera humana, y mi absoluta emoción al ser puesta tras su pista.
—¿Estaba allí? —La nota de miedo de Kyleer fue inesperada—. En el borde de la
montaña, usaste la ruina. ¿Estuvo Marvellas observando todo el tiempo?
Zaiana no había considerado esto, y su iluminación a la posibilidad arrugó su frente.
—¿Importaría si así fuera?
—Sí. Es una ventaja injusta aprender el estilo de un oponente antes de una pelea.
Zaiana sacudió la cabeza con una sonrisa carente de humor.
—Esto no es una pelea, Kyleer. No tienes ni idea de a lo que te enfrentas.
—Creo que ahora teme más lo que pueda oponérsele.
No sabía por qué apoyaba su victoria. Admiraba a los que tenían el valor suficiente para
luchar por lo que creían, y suponía que Faythe se había convertido en una nueva amenaza.
¿Quién era Zaiana para saber si sus poderes estaban a la altura del Gran Espíritu del que
descendía?
—No sé si Marvellas tiene otros que puedan blandir la ruina, pero sé que era
importante para ella. Asumiendo que los maestros son sus marionetas, ya que tan
amablemente se ofrecieron para imponer las brutales lecciones.
—Así que eres importante para ella.
Zaiana se encogió de hombros.
—Podría entrenar a otro. Créeme, no hay ningún sentimiento, ningún elegido especial.
Nadie vendrá a por mí si cree que puede utilizarme.
—No quiero que vuelvas a acercarte a esos bastardos.
—No hagas eso. —Las palabras se deslizaron por sus labios sin pensar.
—¿Hacer qué?
—Cuidarme.
—¿Porque te asusta?
—Difícilmente.
—Te asusta sentir algo con calor —continuó de todos modos—. Cuando eso puede
tocar las cicatrices que nadie ve.
—No siento nada por ti, Kyleer.
—Tal vez necesitas un recordatorio de cómo me sentiste la otra noche.
—La lujuria es un antojo natural; no significaba nada.
Él se estremeció, y tal vez por una fracción de segundo ella quiso retirar sus palabras.
No lo haría, no cuando ya era un arma esgrimida contra ella.
Nunca debió dejar que la tocara.
—Si crees que puedes hacerme daño con eso, no puedes. Eres una cosa malvada y fría.
Tampoco he cometido el error de sentir nada de valor por ti.
Nunca antes las palabras la habían atravesado como una cuchilla. Por fuera se mantenía
como una piedra, pero por dentro… esas palabras escocían, desencadenando una violenta
defensa que corría el riesgo de desatar contra él.
—No vengo de tu mundo romántico de parejas enamoradas y finales felices —le espetó.
Aquello pareció golpear algo en su interior, tensando sus anchos hombros y apretando
los puños.
—Yo tampoco.
—Debe de ser duro —continuó a pesar de la voz que se rebelaba contra sus feas
palabras que sabían a ácido. Sabía que le harían daño—. Ver a los que te rodean enamorarse,
dedicarse el uno al otro en su apareamiento perfecto. Compadezco al que está unido a ti.
—Está muerta.
En ese instante, Zaiana se sintió invadida por una nueva oscuridad que nunca antes
había sentido. La nubló como la pena, espesa en sus pulmones, y deseó que fuera suficiente
para detener las siguientes palabras que sabía que sellarían su odio hacia ella.
—Me parece que está libre.
Kyleer frunció los labios. Quería que le gritara, que arremetiera contra ella, que hiciera
algo más que mirarla con ojos heridos que parpadeaban hasta la nada.
Absolutamente nada.
—Tampoco puedes hacerme daño con eso —dijo Kyleer sin un ápice de emoción,
aunque sabía que era mentira—. Ella no me eligió. Nunca lo habría hecho, aunque viviera.
—Creía que los compañeros fae siempre se elegían entre ellos.
—Pensaste mal.
Kyleer se dio la vuelta para marcharse, y algo parecido al arrepentimiento la hizo
tropezar un paso tras él.
—¿Tú la elegiste?
Miró a través de los barrotes.
—Nunca tuve tiempo de decidirlo. Tal vez lo habría hecho, o tal vez la habría liberado
de una existencia tan tortuosa para que estuviera atada a mi lado. —Se alejó, y la llamada
llegó más rápido de lo que ella pudo detenerla.
—Ky.
No se volvió hacia ella.
Zaiana respiró con dificultad, luchando consigo misma, sin saber qué quería decir, solo
que no quería que se fuera. La verdad es que no. No con lo que le dijo como lo último que oyó.
No lo decía en serio. Estaba ahí, justo ahí, pero cinco palabras se convirtieron en una:
débil. Su pulso era tan fuerte y atormentador que formó sombras que le oprimieron la
garganta para impedir que liberara su arrepentimiento. El canto de su mente se impuso a su
voluntad de retractarse de sus odiosos comentarios. Ella no merecía sus sentimientos. Así
que Zaiana se limitó a cerrar los ojos, encogiéndose contra la pared mientras escuchaba el
eco de sus pasos alejarse hasta que el silencio la invadió de nuevo.
Capítulo 64
Nikalias
Dos semanas de viaje habían resultado ser una especie de vacaciones para Nik y Tauria.
La observó con una sonrisa de asombro mientras ella volvía a empaquetar sus provisiones
mientras él se ocupaba de su caballo. A pesar de lo que habían tenido que renunciar para
engañar a Mordecai, el tiempo que habían podido pasar juntos lejos de la corte para
simplemente ser se había convertido en un tesoro. Se habían reído. Dioses, no podía recordar
la última vez que se habían reído tanto. Buscando arroyos para bañarse y jugueteando como
en los días de la infancia. Las noches que se quedaban juntos mapeando estrellas cuando el
sueño no se sentía necesario.
—Deberíamos estar pisando territorio Olmstone en unos días. —La voz de Tauria
resonó hasta él, con un toque de tristeza.
—¿Qué te preocupa?
Sus ojos color avellana se desviaron hacia los de él, y cuando se dio cuenta que él había
estado admirándola, su adorable ceño fruncido hizo que sus labios se torcieran hacia arriba.
Se acercó furiosa, empujándole la mochila en los brazos, y Nik rio entre dientes mientras la
sujetaba al caballo.
—Espero que Tarly haya logrado salir —admitió en voz baja.
Nik terminó de asegurar la última hebilla, y lo que no admitía era que por todo lo que
había hecho por Tauria, y por cómo se habían unido, esperaba que el bastardo viviera.
—Tenemos que seguir creyendo que huyó con su hermana, y que la puso a salvo y se
quedó allí también.
Tauria asintió, pero era hueco.
Nik la atrajo hacia él.
—Es hora de volver a alcanzarlos —murmuró, besándole la frente.
Se mantuvieron tan alejados como pudieron, pero era esencial que se pusieran al día
cada día para que Nik pudiera seguir comprobando que la compulsión mental se mantenía.
Ayudó a Tauria a subir al caballo antes de deslizarse detrás de ella. No se quejaba que fuera
lógico adquirir un solo caballo, así tendrían menos donde esconderse y harían el menor ruido
posible. De hecho, las horas que pasaban a caballo bien pegados también se habían
convertido en un consuelo, y a menudo en algo excitante.
—Samara y yo tendremos que volver a cambiarnos en Olmstone —dijo Tauria, y cada
músculo del cuerpo de Nik se tensó—. No se puede engañar a tantas mentes, y no podemos
estar seguros que Varlas no siga siendo un rey marioneta.
Besó su hombro, su cuello, aspirando su aroma con la necesidad protectora y primaria
que lo recorría.
—No me gusta —murmuró contra su piel—. Si te pone una mano encima, no puedo
prometerte que no lo mataré.
—No me hará daño —le aseguró.
—Cualquier mano, Tauria —aclaró Nik, deslizando la suya alrededor de su cintura.
—Parece un poco dramático.
—Creo que es razonable.
Los dientes de Nik rozaron su cuello.
—No —ella respiró, el aroma de su lujuria llenando sus fosas nasales, contrariamente
a su palabra—, no los alcanzaremos a tiempo si haces eso.
Le entraron ganas de morder con tan febril deseo, pero en lugar de eso sonrió ante su
regaño, apretando sus labios contra los de ella una última vez antes de alejarse. Tras unos
instantes de silencio, dijo:
—¿De verdad crees que Mordecai tiene un hijo? —No se lo imaginaba como un padre
cariñoso. Y si Tauria tenía razón, Nik casi se compadecía de la pobre alma.
—No quiso confirmarlo con palabras, pero juraría que la respuesta estaba ahí. No se
sabe si es un hijo o una hija, o si planea luchar en esta guerra con él, o si lo está protegiendo.
Nik reflexionó sobre el concepto.
—Tenemos que saber más sobre él. Su historia, quién era antes. Podría darnos algunas
pistas.
—Tal vez. Necesitamos saber si lo que le pasó para volver pudo transferirse a su
descendencia.
—Hasta ahora, parece perfectamente ordinario. Impotente, incluso, a lo que tú y yo
podemos hacer.
—Es la marioneta de Marvellas. Al igual que ella, planea tenernos a todos. Ella no puede
gobernar todo un continente por sí misma; quiere que conservemos nuestros tronos, pero
bajo su dirección como alta reina. Antes era un concepto conocido, solo los siete gobernantes
estaban de acuerdo.
Nik escuchaba con asombro mientras Tauria explicaba sus lecturas sobre la Caída de
Stenna y la gobernante sirena. La historia era notable, y se preguntó qué había cambiado:
¿adónde se había ido, o tal vez simplemente no tenía heredero que la sucediera? No se
trataba de una reina de alto rango, sino de una que mantuviera la paz y la comunicación en
todos los reinos.
No creyó ni por un segundo que Marvellas planease gobernar de forma tan justa y
misericordiosa.
—Es un punto débil, y tenemos que encontrarlo.
—Estamos hablando de otra persona, Nik, no de una cosa que explotar.
—Si se parece en algo a su padre, no los consideraré humanos.
—Si todos fuéramos juzgados por las acciones de nuestros padres, el ciclo nunca se
rompería.
Nik respiró hondo y sus dedos recorrieron el brazo de Tauria sin esfuerzo consciente.
Adoraba a Tauria por su buen juicio, por ser su media naranja en todos los sentidos.
—Tienes razón, amor —murmuró, apretándole la cintura—. Siempre tienes razón.

***

Nik se apoyó con cautela contra el tronco de un árbol, manteniéndose lo bastante lejos
como para evitar ser detectado por los fae, pero lo bastante cerca como para poder
introducirse en la mente del alto señor. No podía negar la emoción que le producía aquella
habilidad, y aunque pensar en la ausencia de Faythe le hacía apretar los puños, se encontró
a sí mismo proyectándose hacia sus primeros días descubriendo la imposibilidad que yacía
en su interior.
Utilizando lo que él creía que era una aproximación a su capacidad consciente, revivió
la guía que había intentado proyectarle, traduciéndola ahora para sí mismo, y aquellos
recuerdos fueron una alegría brillante sobre la que reflexionar. Dioses, la echaba de menos.
No esperaba hacerlo, no tan profundamente, pero no podía evitar el temor de estar
perdiéndose tantas cosas por las que había pasado su querida amiga. En cierto modo, la había
abandonado cuando una vez había sido su primera llamada de auxilio.
Unas manos se deslizaron a su alrededor desde atrás, y el calor envolvente de Tauria,
su aroma, relajaron por completo su tenso aplomo.
—¿Todo bien?
Captó la proyección de su pensamiento, sin atreverse a hablar en voz alta con su
proximidad a Mordecai.
Nik observó a los tres. Lycus estaba ayudando a Samara a empacar sus pocas
pertenencias. Mordecai no les prestaba ninguna atención, les daba la espalda para mirar a
través de los árboles. Solo se deslizó en la mente del alto señor para escribir la compulsión.
Nik no confiaba lo suficiente en su habilidad para cambiar los pensamientos de Mordecai sin
ser detectado, y ahora estaba lejos de ser el momento de probarlo.
La idea se convirtió en una oscura tentación. Se preguntó si podría obtener las
respuestas a sus persistentes preguntas si tan solo se atreviera a alcanzarlas. Una parte de
él se horrorizó ante su deseo de husmear en pensamientos privados, y se convirtió en una
nueva vuelta de tuerca de la culpa al pensar que Faythe albergaba una conciencia mucho más
pura que la suya.
—No parece sospechoso. Creo que la compulsión sigue funcionando —respondió Nik,
tratando de mantener la concentración cuando la mejilla de Tauria se apretó contra la suya
y sus manos acariciaron su frente.
Sumergiéndose en la mente de Lycus, Nik se puso en contacto con él.
—¿Cómo lo llevas? —se burló, sintiendo ya las ondas de su disgusto.
El general lanzó una rápida mirada en ninguna dirección en particular cuando no pudo
ver la posición de Nik.
—Si quieres obligarle a verme y ocupar mi lugar en su lugar, no me opondré.
Nik reprimió una sonrisa de satisfacción.
—No parece tan entrometido —observó.
Mordecai no se había movido ni un ápice.
—No puedo decidir si eso es una preocupación o un alivio —admitió Lycus—. Ha sido…
amable con ella. Es desconcertante.
Los dedos de Nik se entrelazaron inconscientemente con los de Tauria. Enfrió su ira
para preguntar:
—¿Cómo lo lleva Samara? ¿Ha sido físico con ella?
—Ella está bien. Sorprendentemente a gusto. Aunque Mordecai no ha interactuado con
ella más que por cortesía. Tal vez es mi presencia aquí lo que lo tiene retenido. Tiene incluso
menos interés en relacionarse conmigo.
A Mordecai no le importaba gastar energía en conocer al general más cercano a Tauria.
Nik suponía que no tenía por qué hacerlo cuando su método de liderazgo consistía en
inspirar miedo, no amor.
—Tauria ocupará su lugar en unos días, cuando lleguemos a las fronteras de Olmstone.
La llamarada protectora de Lycus no necesitó ser pronunciada. Nik también lo sintió, y
su pulgar rozó su suave piel. Apenas era capaz de pensar en ella estando al alcance del
monstruo.
—Con mi vida, estará a salvo —prometió el general.
Nik no había tenido el lujo de conocer a Lycus, pero no dudó ni un segundo de su feroz
lealtad y amistad con Tauria. No había nadie en quien confiara más para protegerla.
Ella lo abrazó más fuerte, enviándole sus pensamientos.
—No soporto el silencio —admitió en voz baja.
A Nik le dolía el pecho, mierda. Juntó sus manos con las de ella y le besó la palma. Sintió
lo mismo cuando su línea de comunicación se cortó, dejando una separación en su interior.
Aunque no era necesario, habían llegado a apreciar ese lujo, y les llevaría tiempo adaptarse.
Se volvió hacia ella y le puso la mano en la nuca.
—Estoy aquí, amor —le dijo a su mente—. Todo parece ir bien. Disfrutemos de los
próximos días juntos. Solos tú y yo.
Capítulo 65
Tarly
La bolsa sobre su cabeza parecía totalmente innecesaria cuando sabía exactamente qué
ruta habían tomado para conducirle al castillo. Aunque estaba confundido sobre por qué sus
asaltantes utilizaron el pasadizo oculto a través de los establos.
Permaneció en silencio. No tenía sentido intentar luchar contra ellos con los sentidos
embotados, aunque calculó que solo eran cuatro. No hablaban de otro cautivo, y nadie los
había interceptado.
Todo lo que Tarly podía hacer era rezar para que no hubieran visto a Nerida con él.
Ahora se dirigían hacia el castillo, pero aun así se daba cuenta que iban por los pasillos
menos transitados, deteniéndose y comprobando como si los cinco estuvieran husmeando.
Entraron en una pequeña sala del consejo y, sin previo aviso, le quitaron bruscamente la
bolsa de la cabeza.
Tarly parpadeó para adaptarse a la luminosidad, y cuando estaba a punto de fulminar
con la mirada a su agresor, un destello de movimiento le llamó la atención. Se quedó atónito
al ver a la persona que miraba por la ventana, dándole la espalda a Tarly. Aunque la visión
de su vestimenta, y las cuentas de colores entretejidas en su cabello a juego…
—Así que triunfaste —comentó Tarly. Le desataron las muñecas y siseó, frotándose las
abrasiones rojas que le había causado la Piedra de Hechicero.
Los jadeos llamaron su atención, y captó los de Katori.
No, no era ella. La mancha marrón en un ojo le dijo que el lobo debía ser Asari.
—No del todo —dijo el Jefe Zainaid, su voz tan calmada y poderosa como Tarly
recordaba—. Un compromiso estratégico, por ahora, para hacerles creer que estamos del
lado de ellos.
Por “ellos” Tarly concluyó que se refería a los fae oscuros que habían destruido su reino,
matado a su madre y probablemente a su padre.
—Eres un traidor.
—No soy tu enemigo, Tarly Wolverlon. Disculpa el método de traerte aquí, pero hay
mucho de lo que debes ponerte al día antes de lanzar tus acusaciones.
—¿Así que ahora eres el rey?
—No —dijo simplemente, con las manos entrelazadas a la espalda mientras rodeaba el
escritorio—. Tú lo eres.
Eso le congeló. Quiso sacudir la cabeza, pero la negación rotunda la temía delante de
los Hombres de Piedra.
—Les di la espalda. —Tarly alivió su protesta de otra manera. Su cobardía no sería nada
cuando volviera a ser nadie.
—Sin embargo, aquí estás —dijo Zainaid con calma.
—No por elección.
—¿Entonces por qué volviste?
Su pregunta alivió una preocupación que había estado rondándole la piel. No podían
saber nada de Nerida o habrían preguntado por ella.
—¿Qué le pasó a mi padre? —Tarly preguntó en su lugar. No estaba seguro de querer
saber los detalles exactos. Hacía tiempo que había llorado su muerte, pero la confirmación
que ya no vivía como una mente atormentada que residía en un título vacío, que por fin
estaba en paz, se sentía como un cierre.
Para lo que no estaba preparado era para la confirmación que aún vivía.
—Está detenido en las celdas de abajo.
Tarly lanzó una mirada sombría a Zainaid.
—Lo vendiste para ocupar tu lugar aquí, ¿es eso?
—Hice lo que tenía que hacer. —La voz del jefe se alzó por primera vez, haciendo que
Tarly retrocediera al ver la difícil decisión que había tenido que tomar—. Los fae oscuros
tienen números que no podemos comprender. Si hubiéramos luchado contra ellos aquel día
que huiste, habríamos perdido. Habrían destrozado la ciudad, matando a todos los inocentes
como castigo.
—Así que en vez de eso elegiste ponerte de su lado.
—Varlas es un hombre roto. Lo ha sido durante mucho tiempo, creo que lo sabes. —
Tomó el silencio de Tarly y la culpa que pesaba sobre su postura como confirmación—. A los
ojos de Marvellas, él le falló. Se suponía que los tendría a los cuatro en su ejército de fae
oscuros. A ti, a Nikalias, a Tauria e incluso a tu hermana. Habrían conservado sus reinos si no
hubieran estado a sus órdenes, y hay algo poderoso en la sangre real que hace a los fae
oscuros más fuertes, o eso dice ella. Varlas fue detenido por orden de ella, y por nuestra
negociación nunca será liberado.
—¿Por qué me cuentas todo esto si te arriesgas a su ira?
—Te lo digo porque a pesar de todo lo que le cedemos exteriormente, seguimos
trabajando contra ella en esta guerra. Lo que ella ve necesario para un continente justo y
fuerte… es insondable.
A Tarly nunca se le había ocurrido preguntarse qué esperaba conseguir el Espíritu con
su reinado. Qué cambio consideraba necesario. Se llenó de presentimientos, necesitaba
saberlo, pero no creía estar preparado para ello.
—¿Qué es lo que quiere?
—Erradicar la debilidad.
Intentó hacer funcionar los engranajes de su cerebro para concluir qué significaba
aquello. La respuesta eran demasiadas cosas. De lo poco que sabía del Espíritu, una cosa
estaba clara, y era el valor que daba a las habilidades y al poder.
—Podría estar en su lista para erradicarme —reflexionó. No había nada en él que
pudiera serle útil.
—No lo dudo del todo, pero creo que tú serías otra etapa en sus planes. —Zainaid inició
un paso pensativo hacia una estantería—. Lo que pasa con la ambición, es que nunca tiene
fin. Si alcanzas una meta, siempre habrá otra. Algo más grande, mejor. Cada triunfo se
convierte en un peldaño hacia una infinidad de sueños y deseos. La ambición puede crear los
mayores líderes, tanto del bien como del mal.
—¿Cómo sé que ahora no trabajas para ella, trayéndome aquí con la esperanza que me
siente en ese trono como su marioneta involuntaria?
—No te sentarás en ese trono, porque tienes razón: eso es exactamente en lo que te
convertirías. Si ella supiera que te tengo, créeme, tus días como fae estarían contados. Se está
acercando la luna llena.
Tarly estaba a punto de preguntarle cómo había sabido dónde estaba, pero su
respuesta llegó acolchada a la habitación. Pelaje blanco brillante y ojos de plata pura. Apenas
pudo contener su mirada.
—Admitiré que nunca tuve el mayor de los respetos por Varlas. Ignoró muchas de mis
peticiones urgentes para negociar el asunto que nos aqueja a ambos. Hay una gran masa de
tierra que sigue siendo territorio neutral, y deseaba llegar a algún acuerdo que pudiéramos
utilizar. —Cuando Zainaid se volvió hacia él, Tarly se enderezó inconscientemente—. Pero
nosotros no somos nuestros antepasados. Lo que vi en ti aquel día que perdimos creo que
podría ser un gobernante digno. No es mi deseo sentarme en el trono de Olmstone.
—Huí —admitió Tarly, incapaz de aceptar la idea.
—Salvaste a Tauria a tu manera. Luego te fuiste para salvar a tu hermana, ¿no?
Apretó los dientes. No necesitaba elogios ni que sus acciones cobardes se convirtieran
en heroísmo. Decidió entonces lo que tenía que hacer.
—Opal está a salvo, y si encuentro que tus hombres son dignos de confianza y tu lealtad
verdadera, entonces te diré de su ubicación para que puedas enviar protección. Ella es la que
necesita ser protegida. Opal Wolverlon, cuando llegue el momento y sea mayor de edad, será
quien gobierne Olmstone. —Imaginarlo le llenó el pecho de orgullo. Su gran corazón y su
brillante naturaleza harían florecer este reino, restaurando sus valores mejor de lo que él
jamás podría.
—¿Renunciarías a tu derecho? —Zainaid preguntó con cuidado.
—Sí —dijo con confianza—. Trabajaré contigo para evitar que este reino se derrumbe,
aunque eso signifique que yo no esté aquí. Esta guerra y sus amenazas son mucho más
grandes que un solo reino, y es hora que empecemos a buscar alianzas e información para
golpear de la forma que menos se espere. Opal se mantendrá a salvo y alejada hasta que
Marvellas sea derrotada.
El Jefe Zainaid tenía una expresión que le provocó un pellizco en el pecho. Humano, sin
embargo, ahora miraba a Tarly con el orgullo de un padre. Hacía tanto tiempo que había
olvidado el sentimiento de esa mirada.
—Sabía que tenía razón en lo que veía —murmuró, más para sí mismo que para
nadie—. Nuestras visiones para este reino se alinean, Tarly. Mientras tanto, ¿qué harás que
pueda ayudar si no estás aquí?
Tarly respiró hondo. Su mente se elevó con un sentido latente de determinación y algo
que había dejado de tener nunca más. Propósito. Pensó en Nerida y en cómo su camino se
había cruzado con el suyo para ayudar a quien tenía más posibilidades de acabar con
Marvellas.
Su heredero.
Tarly se esforzaba por imaginarse a la muchacha humana a la que apenas había
prestado atención, aparte de encontrar extraña su integración en la corte de Orlon en las
reuniones del rey. No podía comprender que ella fuera la que había estado sentada allí con
más poder todo el tiempo. Pero creía en Nerida, que había arriesgado el viaje hasta aquí para
encontrar información para ella, y por esa razón, Tarly sabía lo que tenía que hacer y hacia
dónde se dirigirían.
—La Heredera de Marvellas vive —explicó con desgana, intentando encajar las piezas
que podía—. Creo que mi camino conduce a ella, y ella es la clave para acabar con todo.
—He oído hablar de esa fábula, aunque no sabía que un verdadero heredero vuelve a
vivir.
—¿Otra vez?
Zainaid asintió.
—Hubo otro hace mucho tiempo, cuando empezaron los conflictos, pero, aunque era
un verdadero heredero, no era del que hablaban los profetas. Desapareció sin dejar rastro.
En ese momento Tarly sintió pena por la mujer humana con el destino del mundo sobre
sus hombros. Sin embargo, ella no lo haría sola, de eso estaba seguro.
—Quédate esta noche. Está oscuro y ha empezado a llover. Te aconsejo que no salgas
de tus habitaciones cuando te acompañen a ellas. Algunos fae oscuros residen en el castillo,
y si llegan noticias tuyas a Marvellas, tu plan habrá terminado antes de empezar.
Tarly quería discutir, pero mientras miraba el cielo que se oscurecía y las primeras
gotas que golpeaban la ventana, sabía que no encontraría a Nerida hasta la mañana. Tenía
algunas monedas, y solo podía esperar que no se hubiera aventurado demasiado lejos
pensando que él la había abandonado. Aunque Tarly sabía que no lograría descansar mucho
esa noche.
Capítulo 66
Faythe
Dos velas eran todo lo que iluminaba los pergaminos esparcidos alrededor de la mesa.
La misma mesa en la que su madre se había sentado innumerables veces para intentar
averiguar cómo romper la maldición del tiempo y estar con su padre. Faythe había pasado
una larga noche deambulando con la mente agitada, ignorando el revoltijo de su estómago
ante la idea de visitar la biblioteca y eludir a los guardias apostados fuera de su habitación.
Había tenido que influir en sus pensamientos para que vagaran por otra parte mientras ella
estudiaba.
Faythe no podía evitar la sensación que le faltaba algo. Sacó la nota del reloj de bolsillo
de su madre, junto con otra que aún no había abierto, y las dejó sobre la mesa.
—Tres relojes —reflexionó en voz alta.
De repente, Faythe se sintió inundada de pavor ante el hilo de recuerdos que había
regalado imprudentemente. Lo había visto ondular en el espejo y no sabía adónde lo había
enviado. A qué reino o época.
¿Y si hubiera revelado una información clave que necesitaban?
No tenía sentido reflexionar sobre ello ahora. Sacudió la cabeza contra la duda. Faythe
no tenía herramientas de herrería para desenroscar los lomos. Tal vez podría esperar hasta
mañana y preguntarle a Marlowe… Pero en su frustración, le importaba demasiado poco
conservarlos.
Al sostener ambos relojes, la fuerza de su ira afloró a sus palmas, y el cristal se
resquebrajó y se hizo añicos, cortándole la mano, pero ella siguió apretando hasta que el
metal se dobló y deformó. La mano le temblaba y los ojos le ardían, pues el reloj de su madre
había sido destruido por su tacto. Era lo único que le quedaba de ella, pero ya no lo sentía
como un sentimiento, sino como una maldición.
Sus manos brillaron con más intensidad y Faythe cerró los ojos. Se le saltaron las
lágrimas. Las palmas le ardían, una mezcla de la sangre que se deslizaba por los huecos de
los dedos y su magia, que hormigueaba con una esencia dulce y familiar. Los objetos sólidos
que agarraba se convirtieron lentamente en polvo y bajó la mirada para ver cómo los últimos
se dispersaban en forma de partículas brillantes.
Entonces retiró su magia de golpe, sin moverse por miedo a que tuviera razón. Pero
estaba demasiado agotada por todas las emociones pesadas que habían sido implacables
desde su regreso a Rhyenelle para reunir cualquier emoción o alivio cuando todo lo que
quedaba en su poder era un pergamino doblado.
La dejó sobre la mesa para evitar que se manchara más de sangre. Faythe examinó sus
heridas, encontrando los símbolos en franjas ensangrentadas, y una parte de ella anhelaba
que sanaran.
Tenía los ojos cerrados por el dolor que alimentaba su frustración cuando su voz
interrumpió a través de la oscuridad.
—Es más de medianoche.
Faythe no miró a Reylan mientras entraba en la biblioteca.
—Te esperé cuando me dijeron que volverías esta noche —murmuró, pasando una
página de su libro.
—Acabo de llegar.
Todo lo que pudo hacer fue un movimiento de cabeza, apenas capaz de mirarle, aunque
la estaba destrozando.
—No deberías estar vagando sola por el castillo ahora mismo, y menos a altas horas de
la noche.
—Ya oíste lo que pasó, entonces.
—El mismo día, sí.
—Así que no era de tu incumbencia, entonces; no debería serlo ahora.
La mano de Reylan se plantó firmemente en las páginas antes que pudiera pasar otra.
—¿Crees que he descansado un maldito segundo desde que me enteré? Sabiendo lo
lejos que estaba y que no podía irme sin exponer que mi única razón eras tú. Estabas a salvo
en manos más que capaces a sus ojos. —Su mano tomó su barbilla, forzándola a mirarlo, y
ella se quebró.
—Odio esto —susurró. Sus labios se apretaron, decepcionada consigo misma por estar
derrumbándose—. Odio que tengas que ser un secreto prohibido. Te he necesitado todo este
tiempo. No te culpo, nunca, pero no puedo dejar de preguntarme si todo esto es demasiado.
Que fui una tonta al creer que podía volver y llevar esta máscara de valentía cuando no sé lo
que hago, solo intento liderar con lo que se espera de mí. Creí que podía ser fuerte, pero duele,
Reylan.
Su expresión pasó de ser firme y cortante a compartir su dolor en un instante. Le tomó
las manos y, al girarlas, descubrió que los cortes se habían curado y la sangre se había secado.
Apretó los labios contra una de ellas antes de rodearle el cuello con los brazos. Faythe se
puso de puntillas para abrazarlo, hundió la cara en su cuello y, de ese modo, el peso del
mundo desapareció durante un breve instante antes de volver a caer en la cruel realidad.
Sin embargo, sabía que esos momentos podrían ayudarla a salir adelante.
—Yo sufro contigo —murmuró en la mente de ella.
Dioses, ella sabía que sí. Saberse impotente para acabar con él la había destrozado
durante semanas, y si fuera tan fácil como romper el vínculo, tal vez lo habría dejado
marchar. Pero Reylan estaba tan profundamente enredado que era su propio vínculo, no uno
de magia, sino del corazón.
La dejó marchar demasiado pronto. Siempre demasiado pronto.
—¿Qué esperabas encontrar aquí esta noche? —le preguntó, sin dejar de rodearla con
el brazo mientras con el otro se apoyaba en el escritorio.
El pequeño consuelo estalló en su pecho, dándole la motivación para enfrentarse a lo
que se había propuesto descubrir.
—Cuando estábamos en uno de los pueblos, me topé con una tienda abandonada. —
Faythe pasó por alto la escena que se desarrollaba con perfecta claridad inquietante, ya que
no podía estar segura que no fuera todo una alucinación—. Encontré un reloj idéntico al de
mi madre, pero con la marca de Marvellas en el reverso. Yo… lo regalé. Pero entonces Nerida
me dio el último reloj con la marca de Dakodas.
—¿Y dónde está ahora?
Faythe hizo una mueca de dolor, y Reylan leyó su respuesta en la flexión inconsciente
de sus manos. Inesperadamente, soltó una carcajada y se inclinó para darle un beso en el
hombro.
—Te estás volviendo bastante destructiva, sabes.
—¿Eso te divierte?
—Me emociona.
—¿Debería preocuparme?
—No cuando estoy pensando en otras formas en las que podría desatarse esa ira
destructiva, salvaje y hermosa.
El deseo se deslizó con calor a lo largo de su cuello ante el tono grave de grava con el
que hablaba. Para distraerse de su seducción, levantó el pergamino doblado.
—Esto estaba dentro, igual que en el de mi madre.
Lo tomó tímidamente, y Faythe le tendió la versión traducida de Marlowe.
—Tienes las localizaciones del templo… ¿Qué esperas que haya dentro de esto?
—No estoy segura, pero de todos modos es probable que no podamos leerlo ahora.
Marlowe tardó semanas en traducir el primero.
—Empiezo a pensar que todas las cosas malas vienen de tres en tres —murmuró
Reylan.
Faythe observó cómo empezaba a desplegar el pergamino con cuidado. Le latía el pulso,
los dedos le temblaban por acabar de una vez y descubrir lo que contenía. Respiró con
dificultad cuando estuvo completamente abierto, y observó su confusión antes que lo dejara
en el suelo.
—Una imagen —reflexionó Faythe, entrecerrando los ojos ante las líneas.
Lo que presentaba ante ella era un rompecabezas completo, pero su mente se
dispersaba con sus piezas, luchando por saber por qué le resultaba familiar pero diferente.
Las líneas se cruzaban unas sobre otras en un hermoso símbolo, tres golpeando a través del
emblema y la circunferencia por una forma con siete lados que tenía palabras de otro idioma
abajo de cada uno. Entonces volvió sobre sus pasos.
Símbolos…
Los tres se solaparon.
—Los Símbolos Espirituales —concluyó Reylan al mismo tiempo que ella.
Faythe asintió con la cabeza.
—¿Qué significa? —se preguntó en voz alta. Faythe los había visto muchas veces. Los
llevaba puestos. Pero nunca había visto esta versión fusionada.
La mano de Reylan se deslizó por su nuca, pero antes que pudiera responder se apartó
completamente de ella. Faythe sintió entonces el lejano acercamiento de alguien, y nunca se
acostumbraría a que se le hundiera el estómago como si su cercanía fuera un escándalo.
Kyleer entró corriendo en la biblioteca, con expresión de horror, pero sus hombros se
hundieron de alivio cuando la vio.
—¿Qué pasa? —Reylan marchó hacia él, concentrándose en la alarma de Kyleer.
—Dioses, cuando vi… —Sacudió la cabeza, con la respiración agitada.
A Faythe se le erizó la piel con mil agujas. Nunca lo había visto tan fantasmal.
—Tu habitación, Faythe. Cuando la encontré destrozada me temí lo peor. Y tú doncella.
La guardia ha sido alertada, y el castillo está siendo cerrado.
Faythe retrocedió un paso antes que un fuerte brazo la rodeara.
—¿Gresla? —Sus pensamientos iban de una conclusión a otra. ¿Por qué había llegado
tan tarde?
El silencio de Kyleer arrastró sus ojos hacia él con la esperanza que su boca le diera la
seguridad que necesitaba. Él no dijo nada. No lo necesitaba cuando sus ojos le comunicaban
su peor temor.
—No…
Faythe echó a correr.
Las voces la perseguían, pero el golpeteo de sus oídos, el azote del aire, las ahogaban.
Corrió por los pasillos como si pudiera revertir el pasado, negándose a creer la pesadilla que
Kyleer le había pintado.
Hasta que cobró vida delante de ella.
Faythe no se sentía atada a su propio cuerpo. Parpadeó con fuerza, pero como la escena
no cambiaba, cerró los ojos, buscando desesperadamente su habilidad de Caminante
Nocturno, porque seguro que aquello era un terror de su propia mente perversa.
Pero el cuerpo era real.
Sus párpados se abrieron dejando escapar las lágrimas. La figura de Gresla yacía
inmóvil, boca abajo, sin cuidado. El carmesí se acumulaba bajo ella. De repente, la realidad la
azotó sin piedad.
Faythe nunca volvería a ver aquellos ojos maternales. Nunca sentiría su cálido abrazo
ni oiría su tierna risa, y Faythe sollozó. Nunca más volvería a llamarla por su título, y todas
aquellas veces que se había encogido deseó poder retractarse ahora y decirle a Gresla lo
mucho que significaba para ella que creyera que Faythe merecía estar aquí.
Gresla se había ido.
—Ven conmigo, Faythe. —El suave murmullo de Reylan sonó como si estuviera por
encima del agua. No supo cuándo se había doblado hasta que lo único que la retuvo para no
caer fueron sus brazos.
La habitación estaba destrozada y Faythe vio la caja en la que la había guardado tirada
en la cama.
Lo habían encontrado.
—Es culpa mía —graznó.
Reylan la retorció, sujetándola con fuerza contra su pecho mientras ella se agitaba para
desatar la retribución que burbujeaba peligrosamente en su interior.
—No lo es.
Faythe dejó de forcejear, aferrándose desesperadamente a su ropa mientras su dolor
cambiaba sus emociones tan rápido que empezó a sentirse mareada.
—No quería que ninguno de ellos saliera herido. Yo no les hice daño.
Reylan se llevó parte de su dolor. Y aunque merecía sentir cada gramo como si pudiera
matarla, Faythe aceptó la ayuda de su presencia tranquilizadora para hablar.
—Fui yo —confesó ella—. Yo robé la pluma de Fénix. Y lo que quedaba de ella… eso es
lo que vinieron a buscar esta noche. No hice daño a nadie en la biblioteca, solo los dejé
inconscientes… Yo no… —Se atragantó.
Reylan le tomó la cara, sus ojos calculadores, pero sin dejar de ser suaves con ella.
No importaba que Faythe no fuera la que empuñara el cuchillo; todas las muertes desde
que robó la pluma recaían sobre sus hombros.
—Escúchame —dijo Reylan con firmeza, sus pulgares rozando sus lágrimas—. Si eso
es lo que vinieron a buscar, lo habrían conseguido antes en la biblioteca, y habrían matado
por ello de todos modos.
No alivió su vergüenza, pero su corazón se ahuecó, incapaz de discutir.
—Necesito que me digas por qué.
Se lo debía, pero necesitaba estar en cualquier sitio menos en esta habitación. Con el
corazón partido, estuvo a punto de darse la vuelta y caer al lado de Gresla.
—Escuché la conmoción.
Aquella voz sacudió algo en ella. Un destello blanco le robó la visión en un instante. Una
necesidad de venganza agitó sus movimientos y buscó la empuñadura de la daga en su muslo.
El golpe contra la pared onduló débilmente a través del calor que bombeaba rápidamente su
sangre. Solo cuando tuvo el brazo clavado en el pecho de Malin y la punta de la espada tocaba
su garganta, se dio cuenta de lo que había hecho.
—¿Qué hiciste con ella?
—Podría llevarte a juicio por esto.
—Adelante —se atrevió, más allá de cualquier razón lógica.
—Faythe, este no es el camino —dijo Reylan con calma.
—Este es mi camino.
—No, no lo es.
No quería dirigir su temeraria ira contra él, pero no podía evitar que su intervención le
pareciera una traición.
—Deberías escucharle. —La ligera curvatura de la boca de su primo disparó su
necesidad de violencia.
Reylan y Kyleer se movieron cuando su espada se movió, descansando ahora a lo largo
de su piel.
—Esto no hace más que condenarte —razonó Kyleer.
Apretó los dientes con tanta fuerza que podrían romperse, su puño apretado temblaba
mientras luchaba contra el fuerte deseo de acabar con su primo ahora mismo. No tenía
pruebas de su responsabilidad, pero no podía dejar de verlo como el culpable. Tal vez, en su
propio odio, necesitaba echarle la culpa a él.
Con un grito de angustia, la espada de Faythe le melló la garganta mientras retrocedía.
La sonrisa de Malin se tornó oscura cuando se llevó una mano al leve corte.
—¿Cómo puedes pretender dirigir un reino con emociones tan desquiciadas y
reacciones tan descaradas? —se mofó.
A Faythe no le importaba. Apenas podía soportar mirarlo mientras la espada seguía
colgando de su mano. La mano de Reylan pasó suavemente sobre ella, y Faythe no protestó
mientras él la sacaba de la habitación.
En el pasillo, su adrenalina disminuía lentamente. Sus pasos movían su cuerpo vacuo,
pero la realidad de su situación la anclaba mientras la angustia la entumecía.
***

Sus emociones la habían agotado por completo. Se tumbó en un rincón de la biblioteca,


en uno de los mullidos asientos. Habían vuelto aquí porque Faythe sabía que el sueño no la
llamaría en lo que quedaba de noche.
—La necesitaba para enviar un mensaje. Por el conocimiento que encontré en algunos
textos, pensé que si realmente era de Atherius podría usarlo con mi vínculo con ella. —
Faythe no contuvo ninguna emoción mientras recitaba la verdad.
—Podemos discutirlo mañana —ofreció Reylan por segunda vez.
Ella se limitó a negar con la cabeza.
—¿Por qué no se lo pediste a Agalhor? —Kyleer habló.
—No me la habría dado sin más. Algo tan antiguo y custodiado no pertenece a las
manos de alguien que apenas se hace valer aquí —dijo Faythe—. Tal vez me habría creído,
pero sabía que con lo que necesitaba no podría devolvérselo… no todo. Pensé que algún día
podría decírselo, tal vez sustituirla por una nueva. No lo sé. —Enterró la cara entre las manos
al escuchar su egoísmo en voz alta. Por muy importante que ella pensara que era, demasiadas
vidas habían sido arrebatadas desde aquel acto.
Reylan detuvo su paso preocupado. Caminó hacia ella, en cuclillas, y le tomó la barbilla
ladeada, que pesaba tanto que ella apenas podía levantar la vista.
—Necesito que detengas estos pensamientos dañinos. No hay muerte en tu conciencia.
Faythe no se molestó en discutir. Le dolía la mandíbula al saber que no podía
persuadirla.
—Hubo un atentado contra la pluma antes que a ti —dijo Kyleer—. Díselo —dirigió la
última parte a Reylan.
Faythe se desplomó, encontrando fuerzas en sus inertes huesos. La mirada de Reylan
confirmó la noticia, pero su adrenalina se disparó al oírla.
—Mataron a dos de los maestros de la biblioteca hace semanas, pero no llegaron más
lejos antes que se diera la alarma y los guardias entraran en tropel. Es la vez que más cerca
ha estado alguien de infiltrarse en la biblioteca, ya sea por la pluma o por otras cosas valiosas
que se guardan aquí. Esta biblioteca está bien vigilada y tiene un fuerte protocolo de defensa.
Siento habértelo ocultado. No me pareció que mereciera la pena preocuparte, ya que no lo
consiguieron. —Le tomó la mano. Su pulgar recorriendo su piel trajo calidez a su escalofrío—
. Así que ya ves que los habrían matado a todos para llegar a ella a pesar de todo. Supongo
que cuando descubrieron que alguien se les había adelantado… bueno, de todas formas, son
bestias salvajes.
—Los dejé vulnerables —murmuró Faythe—. Los dejé inconscientes.
Reylan se sentó a su lado, y ella no pudo rechazar su consuelo cuando la atrajo hacia sí.
—¿Qué conseguiste con ella? —le preguntó, un intento de desviar la conversación, pero
que solo la llenó de más vergüenza. Su mano recorrió el brazo de ella como si también
pudiera sentirlo.
—Estaba probando si podía extraer el Fuego Fénix de ella.
—¿Y lo hiciste?
—Sí. —Aunque le rogó que no preguntara más—. Todo lo que quedaba era la mitad de
la pluma. En las manos equivocadas…
—Estamos agotando todos los recursos para localizarlos —le aseguró Kyleer.
Faythe estaba tan cansada que dejó caer la cabeza, apoyándola satisfecha entre el cuello
y el hombro de Reylan. Su aroma la tranquilizó lo suficiente como para encontrar un
momento de paz en su dolorido corazón. Sus dedos entrelazados en su cabello y acariciando
su nuca le ofrecieron el último empujón para entregarse al lúgubre agotamiento.
Capítulo 67
Tauria
Había llegado el momento del cambio.
El miedo de Tauria recorrió su cuerpo con frialdad. Era incapaz de quedarse quieta. Por
un momento se alegró que Nik no pudiera percibir su angustia con tanta facilidad, hasta que
recordó la permanencia de aquella conexión cortada.
—No tienes que hacer esto, amor. —Su voz suave la sacó de sus pensamientos
tambaleantes. Su mirada se desvió hacia él, con las esmeraldas brillando de dolor y
preocupación—. Podemos encontrar otra manera.
Tauria sabía que, a pesar del peligro, de la lucha que estallaría si sucumbía a su
cobardía, Nik lo afrontaría todo con gusto si esa fuera su elección.
No lo era. No podía serlo. Incluso dentro del castillo de Olmstone le quedaba la
venganza sin resolver. Se preguntaba si Varlas seguiría vivo, y peor aún, qué le haría si
descubría que aún gobernaba con crueldad por voluntad de Marvellas.
—Puedo hacerlo —le dijo, dando un paso adelante para saborear cada segundo que
pudiera estar envuelta en su seguridad,
—Sé que puedes —dijo, besándola con firmeza.
El crepúsculo caía a su alrededor, y al anochecer Samara se escabulliría y Tauria sería
realmente quien estuviera en compañía del alto señor.
La mano de Nik tomó su muñeca, y Tauria sintió el peso de la banda de plata antes que
él se la pusiera. Se quedó mirando el conocido brazalete de ocultación, odiando su mera
visión y sintiendo un picor en la piel.
—Yo también. —Nik estuvo de acuerdo con sus pensamientos. Sus dedos le levantaron
la barbilla—. El espectáculo continúa. Pero pase lo que pase, tú eres mía y yo soy tuyo.
—Sí —exhaló ella, y se dejó caer completamente sobre él, sin necesitar nada más que
ser abrazada por él hasta el último momento.
***

Separarse de Nik nunca iba a ser fácil. Incluso sin un vínculo de apareamiento, algo se
tensaba en su interior con cada medida de distancia. Vio a Lycus sentado junto a un árbol y
se dirigió directamente hacia él, pero una sombra le llamó la atención justo cuando el general
se levantó.
—Cuando lleguemos a la ciudad de Olmstone, confío en que tendrás muchas preguntas
sobre cómo llegó a ser después que hicieras tu gran salida.
Tauria se estremeció ante las notas oscuras y amargas de la voz del alto señor.
—¿Está Valgard en el poder? —preguntó con seguridad, como si quisiera dar a
entender que se alegraría si fuera cierto.
—Valgard —musitó, y ella captó su silueta saliendo del árbol contra el que se había
apoyado. La luz del fuego y el pecado contorneaban su expresión—. Dime, ¿la gente teme
menos nombrar a un reino como el villano?
—Fueron ellos los que invadieron. Llevando tu escudo.
—Sin embargo, ahora lo sabes mejor. Sabes que las cosas no son siempre lo que
parecen. —Se dirigió hacia ella con las manos entrelazadas a la espalda, lo que le hacía más
alto e intimidante—. ¿Has estado alguna vez al otro lado del mar, Tauria?
Él sabía que no lo había hecho, así que no respondió.
—¿Y si te dijera que matar a tu enemigo Valgard sería masacrar a los oscuros? Madres,
hermanos, aquellos que trabajan y viven en paz. Puede que descubras —Se detuvo cerca de
ella, y Lycus se movió con la proximidad, pero Mordecai no le prestó atención—, que nuestras
especies no son tan diferentes.
El pulso de Tauria palpitaba, rezando para que no la tocara. Esperando que no fuera el
momento en que decidiera revelar su afecto por ella delante de Lycus.
—Tienes un hijo —soltó Tauria como lo primero que se le vino a la mente, desesperada
por dispersar la tensión que irradiaba de él.
Los ojos de Mordecai se entrecerraron y ella pensó que su caja torácica podría
romperse por la bestia que llevaba dentro y que golpeaba con fuerza entre sus miradas
anhelantes y amenazadoras. Sus emociones podían cambiar tan rápido que ella se
tambaleaba en el filo de la navaja por la expectación.
—¿Por qué un varón tan seguro?
No lo era, pero él había alimentado sus sospechas.
—¿Los proteges? —preguntó.
—Son perfectamente capaces de protegerse a sí mismos. —Su cabeza se inclinó con
curiosidad—. No tienes por qué preocuparte. Te aseguro que son lo bastante mayores como
para no necesitar mi atención. No es que les haya prestado ninguna durante su educación.
—Tú no los criaste —sondeó ella, tanteando aguas peligrosas, pero mientras él
estuviera dispuesto, ella tenía que intentarlo.
—Casi los mato.
Por fin se le calmó el corazón.
Mordecai estudió su reacción y algo le hizo decidirse a continuar.
—No tenía deseos ni sentimientos por un niño. Cuando la fae oscura con la que tuve
relaciones vino a mí con la pretensión que el niño era mío, la maté. La idea era ridícula, y no
me gusta que me tomen el pelo. Podría simplemente haber entregado al niño a los amos para
que fuera como todos los demás oscuros, pasado por alto para ser criado como soldado para
esta guerra, pero me enfureció la burla. No debería ser capaz de producir un heredero.
—¿Por lo que eres?
—¿Qué soy?
Era una prueba. O un anhelo de respuesta. Tauria no estaba segura de lo que leía en sus
ojos oscuros que parecían esperar que ella lo supiera… porque no lo sabía.
—Tu heredero… lo dejaste vivir. —Volvió a desviar la atención, sin saber en qué
momento quedó lo bastante embelesada por el relato como para olvidarse por completo de
la presencia de Lycus—. ¿Por qué?
—Todo cambió cuando me miraron. No vi los ojos de un oscuro sin saber qué podía ser
de ellos. Vi lo que solo podía ser una interferencia de los propios dioses. Entonces supe que
no me habían traído de vuelta simplemente por orden de Marvellas; había creado un legado
para el reino.
Tauria no podía imaginar al pobre niño…
Se sacudió el pensamiento. No, Mordecai había confirmado que no eran jóvenes,
aunque ella solo podía adivinar lo que eso significaba para él. La forma en que el sumo señor
hablaba de ellos no tenía nada que ver con el amor de un padre, y se compadeció de su alma.
Más aún, Tauria temía lo que eso significaba. Si eran poderosos y podían llegar a ser una gran
arma contra ellos de la forma que él describía con admiración…
Sus pensamientos acelerados la atenazaron tanto que no se dio cuenta que Mordecai
se había acercado y había levantado la mano para acariciarle lentamente la mejilla. Inclinó la
cabeza hacia ella y, antes que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, la palma de su mano
estaba pegada al pecho de él. Tauria respiró con dificultad a través del destello de oscuridad
de su rechazo, luchando por recuperarse.
—Todavía no puedo —se apresuró a decir—. Necesito tiempo para recuperarme. No
puedo explicar lo que se siente… el vínculo roto. Te quiero, pero estoy confundida, y no
puedo…
Él cortó sus divagaciones tomándole la barbilla con un suave apretón que ella no
esperaba.
—Puedo esperar —le dijo, y ella le creyó.
Hasta que algo se rompió en él. Tan de repente que Tauria se ahogó en un grito, con las
manos agarrando la que le rodeaba la garganta.
El acero cantó mientras Lycus se armaba.
—Suéltala —advirtió con un gruñido.
Mordecai no se inmutó, sosteniéndola con ojos sin emoción y un silencio que la
traspasó. Buscó como si la traición que ella albergaba le hablara en contra de su voluntad.
—Tiene tres segundos para soltarte antes que mande el ppañal infierno y le arranque la
garganta.
La amenaza de Nik no ayudó. Ella esperaba que él ya hubiera retrocedido con Samara
a una distancia segura. Ella debería haber sabido que él no la habría dejado con el alto señor
tan pronto.
—Dos.
—Si descubro que me has engañado, princesa —dijo finalmente Mordecai—, no
cometas el error de creer que no acabaré contigo y con tu pareja y arrasaré sus dos reinos.
—Uno.
El gran señor la soltó, apartándose, y ella se dobló sobre sí misma. Inmediatamente, los
brazos de Lycus la rodearon y ella se apoyó en su seguridad.
Tauria encontró la rabia para lanzar una mirada fulminante a Mordecai y se dio cuenta
que casi había escuchado a la pequeña voz de su corazón que quería ver algo mejor en él. Una
pizca de humanidad.
Debería haber sabido que ningún cuento ni el tiempo podrían borrar la sangre de las
manos que se bañaron en ella.
Capítulo 68
Faythe
La muerte nunca fue más fácil de acoger. Los nombres de sus pérdidas se ataron a su
alma para no olvidarlos jamás.
El funeral de Gresla pasó borroso tres días después de su muerte. Aquella mañana,
Faythe no pudo prestar atención a la joven sierva que llegaba a sus nuevas habitaciones
dispuesta a ocupar su lugar.
Lo que sí cambió fueron las secuelas del dolor. Con la muerte de su madre, su yo infantil
se había vuelto roto y hueco, errante y perdido, incluso cuando la encontraban. Con Caius,
había estado vacía durante semanas, apareciendo para la gente que la rodeaba y actuando
como si la vida estuviera bien cuando ella habría sacrificado la suya por que el guardia
viviera. Con Gresla, Faythe se distanció en su negación, pero la aceptación empezaba a llegar
mucho más rápido.
En esta guerra no había rincones seguros, ni excepciones. Todo lo que Faythe podía
hacer ahora era llorar y usar su venganza para seguir adelante.
No se quitó el vestido negro. Reylan no se había ido de su lado, y por una vez no había
buscado la soledad. Habían perdido demasiado tiempo. Habló sobre sus medidas de defensa
con Kyleer mientras Faythe se perdía en pensamientos sobre los pergaminos que no habían
podido examinar por mucho tiempo cuando descubrieron a Gresla.
En su curiosidad, tocó con los dedos dos trozos de pergamino: el texto sin traducir del
reloj de su madre y el nuevo trozo. Sintió un hormigueo en la palma de la mano, que le llegó
hasta la punta de los dedos. Observó con asombro cómo se dispersaba un polvo dorado,
disparándose a lo largo de la línea quebrada. Ya no temía las pequeñas dosis de magia que
probaba. Pasaron unos latidos y sus dedos se levantaron. La luz se apagó y el papel volvió a
estar completo.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Kyleer en un suspiro de asombro, levantando el
pergamino.
La mano de Reylan se deslizó por su espalda, sus ojos hablaban de orgullo y alegría. El
suave rizo de su boca le revolvió el estómago.
—Intento usar pequeñas cantidades de esta… otra magia cuando puedo. La necesitaré
para luchar contra Marvellas, creo.
—Un día a la vez —le aseguró Reylan, con el pulgar rozando el símbolo en la palma de
su mano—. Es precioso.
—¿Puedo agarrar esto? —Kyleer interrumpió, frunciendo el ceño.
—Iba a pedirle a Marlowe que tradujera las palabras nuevas.
—Creo que tenemos a alguien que puede hacerlo mucho más rápido. —Kyleer pasó una
mirada entre ella y Reylan, y Faythe concluyó su significado antes que él se explicara—.
Reconozco algunas de estas marcas por intentar descifrar una palabra concreta de una fae
oscura especialmente testaruda.

***

La expresión de Zaiana centelleó de alegría cuando todos se acercaron a su celda.


Incluso Reuben había insistido en visitar a la fae oscura, y Faythe supuso que cuantos más
aliados escucharan la información que ella pretendía obtener, más éxito tendrían.
—Me halaga que hayan pensado en venir a verme —dijo Zaiana.
—¿Significa esto algo para ti? —Faythe sostuvo el pergamino a través de los barrotes,
no estaba de humor para darle vueltas a lo que quería.
Zaiana estaba sentada despreocupadamente contra la pared del fondo, con las piernas
cruzadas y los brazos flácidos. No parecía asustada en absoluto, pero Faythe no bajaría la
guardia ni un segundo. La cabeza de la fae oscura se inclinó hacia atrás, con el ceño fruncido
por la diversión, pero Faythe lo vio: el reconocimiento que chispeó como una vela en su
pecho.
—Así que viniste por cuentos para dormir.
—Nos pondremos cómodos —dijo Izaiah, apoyándose con los brazos cruzados contra
los barrotes—. Empieza a hablar.
Cuando la ira se reflejó en los ojos de Zaiana, Faythe se preguntó si había sido mala idea
permitir que Izaiah viniera, dada la evidente hostilidad que sentían el uno por el otro.
—¿Por qué iba a hacerlo? —le desafió Zaiana.
—Porque quieres vivir.
—Tus palabras, no las mías.
—Izaiah —Kyleer cortó con fuerza.
—Ponme al corriente más tarde. —Izaiah se levantó, sin mirar a ninguno de ellos
mientras salía de las celdas.
Faythe sacudió la cabeza ante el conflicto, que por el momento debía dejarse pasar,
aunque suscitaba preguntas. Tenían una tarea que hacer.
Kyleer respiró nervioso. Nervioso. Faythe lo observó atentamente mientras se acercaba
a la celda y su mirada se desvió hacia algo más suave que lo que le había ofrecido su hermano,
algo mucho más… personal. Por instinto, Faythe dirigió una mirada a Reylan, y aunque él no
se movió ni un centímetro, su confirmación estaba allí.
—No necesitamos tu ayuda —dijo Kyleer—. Marlowe ha traducido esta antigua lengua
antes, y podría hacerlo de nuevo. Pero tú conoces esta lengua, ¿no?
Faythe le pasó el papel a su mano extendida, observando cuán diferente era la atención
que Zaiana le dedicaba. Seguía siendo reservada, siempre consciente de los muchos otros
que merodeaban a su alrededor, pero para él, su máscara se deslizaba lo suficiente como
para descansar los juegos y dejarles ver que estaba deliberando cada una de sus palabras.
—Nilhlir —Kyleer habló en voz baja—, proviene de esta lengua.
—Así que no eres tonto.
—Me siento insultado que hayas pensado que lo era.
La sombra de una sonrisa apareció -no en su boca, sino en sus ojos- antes que Zaiana
mirara al resto. Faythe se puso rígida, pensando que el recuerdo de su presencia sellaría sus
labios.
Zaiana evaluó a Reuben y Marlowe, y tal vez a Jakon a su lado.
—¿Seguro que tienes la compañía adecuada para esto?
Algo inquietante recorrió la nuca de Faythe al leer la advertencia, pero no estaba segura
de lo que significaba. Extendió los sentidos durante un minuto para cerciorarse que no había
guardias en la manzana ni cuerpos merodeando al alcance del oído fuera de la delicada
ventana.
—Estoy segura —dijo Faythe, aunque las palabras le supieron a todo lo contrario.
Zaiana no expresó el resto de su acusación, simplemente se encogió de hombros y
arrastró los pies torpemente con las manos atadas a las rodillas.
—¿Alguien tiene tiza? O alguien dispuesto a prestar su sangre. El medio no es
importante.
Kyleer murmuró que iría a buscarlo, sin dejarles ni un segundo para responder antes
de desaparecer en la sombra. Su habilidad nunca dejaría de sorprender a Faythe.
—Dijiste que te llevó más de un siglo dominar la ruina. —Faythe llenó el silencio. No
esperaba interrogar a Zaiana, ni esperaba una respuesta. Solo por miedo habló con la única
persona que sabía que tenía experiencia en lo que le esperaba—. ¿Y si no tengo ese tiempo?
Ni de lejos.
—No te gustará mi respuesta. —Fue un pequeño alivio que Zaiana se hubiera dignado
a responder, pero su tono contenía una disculpa, tanto si la fae oscura se daba cuenta como
si no.
—No esperaba lo contrario —reflexionó Faythe.
Una rara línea de conexión corrió entre ellas, rápida, y luego se dispersó como una
brasa que cae.
—No sé qué clase de poder albergas ahora, Faythe Ashfyre. Tal vez lo tengas en ti para
manejar las ruinas; tal vez puedas unirte a las ruinas… pero no sobrevivirás a ello.
La mano de Reylan en su cintura no alivió la rigidez de su cuerpo. Era una respuesta
natural, aunque su mente se paralizó con la respuesta que, en cierto modo, ya conocía.
Incluso había llegado a aceptarla. La confirmación de Zaiana no suscitó temor, miedo ni
fatalidad. Faythe sabía que su segunda oportunidad no le había sido concedida para un final
feliz; era un arma para liberar a muchos otros.
La atención de Zaiana se posó en la mano de Reylan, y le dirigió una mirada que Faythe
no pudo descifrar antes que su atención se desviara hacia la nada.
—Quizá puede que entre los dos haya una oportunidad, o quizá los mate a los dos.
Las tripas se le retorcieron de dolor, en protesta por algo que aún no se había puesto
en marcha. La sacudió con fuerza, pero la aparición de sombras estrelladas dentro de la celda
le cerró la boca.
Kyleer cobró forma, se agachó y se acercó a Zaiana, tendiéndole el fragmento de tiza
blanca. Aunque la había vigilado como su cautiva durante meses, Faythe se tensó ante su
proximidad, sin creer ni por un segundo que Zaiana fuera incapaz de hacerle mucho daño
incluso con las ataduras.
La fae oscura aceptó la ofrenda, abandonando rápidamente el contacto visual y
respirando hondo. Kyleer no se retiró de la celda.
—Me sorprende que ninguno de ustedes pueda identificar la Marca de los Siete Dioses
—suspiró, como si los educara como a niños que deberían saber más. Su mirada amatista se
dirigió a Marlowe en particular, pero su amiga no reaccionó.
Su expresión firme no era propia de ella, pero dada su compañía, Faythe lo comprendió.
Zaiana intentó reprimir una sonrisa.
—¿De dónde creen que vienen los espíritus? —continuó, inclinándose hacia delante
para empezar a dibujar. Por un momento, Faythe casi se sintió mal por ella, con una mueca
de dolor mientras maniobraba entre sus ataduras. Zaiana dibujó un círculo—. Aurialis. —
Luego un triángulo apuntando hacia abajo dentro de él—. Marvellas. —Sobre él, su
semicírculo creó una luna creciente caída—. Dakodas. —Zaiana trazó tres líneas a través del
símbolo combinado—. Tres espíritus para equilibrar el reino. —Soltó una carcajada
burlona—. O eso creían.
No se detuvo ahí, marcando lado tras lado alrededor del círculo, y Faythe miró el
pergamino que tenía en las manos para descubrir que la fae oscura dibujaba el mismo
símbolo sin referencia. Sintió un escalofrío al preguntarse cuántos pasos les quedaban por
dar para alcanzar los conocimientos de su enemigo, y qué otras cosas podrían seguir sin
saber.
—Siete lados, siete dioses —dijo Zaiana, apoyándose en las rodillas para admirar su
obra.
Jakon tomó la palabra.
—¿Dónde están ahora? Si lo que dices es cierto, crearon a los Espíritus para
protegernos. ¿Por qué no intervenir cuando se han ido contra ellos?
—Los dioses tienen muchos reinos. O tal vez son conscientes, pero han sido bloqueados
de sus propias creaciones. Harías bien en no subestimar de lo que es capaz Marvellas en su
deseo de reclamar éste como suyo. ¿Sabes siquiera lo que eso significa? Intentas detener a
un enemigo cuyo juego final no comprendes.
—Y supongo que tú también —dijo Reylan irritado.
Un destello en sus ojos y el atisbo de una sonrisa provocadora, y Faythe supuso que
Zaiana se entretenía irritando a Reylan.
—Puede que sí.
Reylan lanzó su mirada al techo de la celda como si quisiera gritar a esos mismos dioses
y preguntar: ¿Por qué a mí? Faythe trató de reprimir su propia diversión, enviándole un trozo
de su interior para calmar su aguda ira.
—Quiere gobernar los siete reinos —intentó Kyleer.
Zaiana casi pareció decepcionada por su conclusión.
—Nada es tan sencillo como eso. Incluso si eso fuera cierto, ¿por qué medios? ¿Por qué
causa? Todos ustedes se contentan con ver a un villano porque se opone a su orden.
—Quería convertir a Nik y a Tauria en fae oscuros, ¿es ese su objetivo? ¿Transformar
el mundo? —preguntó Jakon.
Las risitas de Zaiana vibraron escalofriantes en el espacio.
—Una suposición muy errónea, si es que alguno de ustedes tiene el ingenio suficiente
para pensar con lógica —espetó, cada vez más impaciente.
—Los fae oscuros transicionados son volátiles, sanguinarios… —Reylan estaba
calculando, tamizando sus pensamientos hasta Faythe—. La criatura en el subsuelo de High
Farrow y las que enfrentamos en la ciudad.
Faythe asintió ante el sombrío recuerdo, aireando su conclusión a Zaiana.
—Algunos pueden transicionarse más allá de ser cualquier cosa de la humanidad.
—Sí —confirma Zaiana—. Hay muchos que pierden la cabeza durante ella. Es obvio, y
se les separa de los que aún tienen ingenio para ser entrenados. Pero a los demás… se les
mantiene con vida, y a partir de ahí es un lento deterioro. No sienten dolor, no mueren
fácilmente y no tienen más pensamientos que uno: su sed de sangre.
El aire estaba helado. Los recuerdos de haber sido cazada por una de aquellas bestias,
su breve batalla contra una docena y lo que Zaiana había descrito hicieron que a Faythe se le
acelerara el pulso ante la idea de un campo de batalla lleno de ellas.
—¿Son muchos? —se atrevió a preguntar.
Se produjo una pausa larga y aterradora.
—Sí.
Faythe se balanceó un poco, olvidando el contacto de Reylan hasta que el apretón de su
mano en la cintura la devolvió al presente.
—Los Siete Dioses. —Marlowe pronunció sus primeras palabras—. Diles.
Zaiana miró a la amiga de Faythe mientras ésta intentaba no prestar atención al
malestar que le producía lo que Marlowe ya sabía. Intentó comprender que, con su don, no
siempre podía decírselo, pero le apuñaló como una traición.
—No debe ser fácil saber que tu amiga podría tener las respuestas que te desesperaron
lo suficiente como para acudir a mí —se burló Zaiana.
Aquello no hizo sino retorcerle más las entrañas con la necesidad de defenderse. Pero
Faythe no podía negar que había pensado lo mismo, aunque fuera fugazmente, en su
voluntad de creer que Marlowe no pondría a ninguno de ellos en peligro a pesar del equilibrio
y el orden que ella tenía el deber de mantener.
—No lo sé todo —se apresuró a decir Marlowe—. Solo partes. Los Dioses crearon a los
Espíritus, sí, pero no abandonaron del todo el reino cuando a su imagen crearon a los Dioses
Mortales. Las cosas no me vienen tan claras. Las voy reconstruyendo a medida que aprendo
cosas nuevas, así que considera que he llegado al final de tus explicaciones un poco antes que
el resto.
El alivio y el orgullo disiparon de golpe la inquietud de Faythe con la confiada
explicación de Marlowe. Para su sorpresa, Zaiana sonrió, mostrando aquellos caninos
puntiagudos que Faythe había visto antes, y teniendo en cuenta que los utilizaban para
alimentarse de los humanos, se preguntó si Zaiana no podría retraerlos o simplemente no
quería hacerlo. Se estremeció al recordarlo, pero también le hizo darse cuenta que Zaiana no
dependía de alimentarse de los humanos para existir. Parecía perfectamente sana en los
meses que había estado sin sangre humana.
Faythe estaba… esperanzada.
—Aquí es donde la historia se hace larga. Quizá quieras ponerte cómoda. —Zaiana hizo
una pausa, contempló y luego dijo—: Quiero pastel.
Todos se quedaron atónitos ante la petición. Faythe no estaba segura de si se debía a
que era completamente aleatoria o al hecho que pintaba a los fae oscuros con una
normalidad que resultaba chocante.
—¿Por qué es tan sorprendente? —preguntó, ofendida, echando un vistazo a las
miradas desconcertadas de todos—. La comida es bastante insípida, y he estado atrapada
aquí abajo durante un tiempo insoportable.
Reylan se cruzó de brazos y dijo:
—Estoy esperando a que pidas que lo escarchen con la sangre del chef.
Zaiana le lanzó una mirada plana.
—Chocolate será suficiente.
—Es tuyo —respondió Kyleer, luchando contra una sonrisa—. ¿Algo más?
Sus miradas se encontraron y, junto con su proximidad, durante una fracción de
segundo Faythe luchó contra el impulso de apartar la vista. Entonces, con una claridad
fulgurante, los miró fijamente, saltándose un latido de su corazón y anulando cualquier
amabilidad que pudiera haber sentido hacia la fae oscura. Su necesidad de proteger a Kyleer
latía con tanta fuerza que sus puños se flexionaron.
—No hagas nada imprudente —le dijo Reylan suavemente a su mente.
—¿Lo sabías? —acusó.
Era tan obvio que quería abofetearse a sí misma. El extraño comportamiento de Kyleer;
la hostilidad de Izaiah. Faythe se maldijo repetidamente por estar tan distraída y no haberlo
visto antes. Los sentimientos que había cultivado por el enemigo.
—No por mucho tiempo, pero no debemos detenernos.
—Ella lo está usando.
Faythe tuvo que concentrarse para que no se le notara la rabia, o empezaría a ser un
faro estridente en sus palmas. La caricia de Reylan acarició sus sentidos. Ayudó, pero un
nuevo muro de sospecha se había levantado cuando podría haberse ablandado ante Zaiana.
El roce contra la piedra la distrajo de aquella oleada de emoción. Faythe observó cómo
Zaiana traducía la primera palabra, de nuevo sin necesidad de consultar el pergamino. A lo
largo del primer lado inclinado del polígono escribió:
—Fuerza.
—Cuando los Dioses crearon este reino, no había razón para que se quedaran, y pronto
se aburrieron. Hicieron falta los siete para crear los Espíritus que equilibraran las especies y
custodiaran el reino, o eso creían. Pero los Dioses son seres volubles, que siempre creen que
pueden vencer a los demás, así que los Espíritus no fueron suficientes. Acordaron que,
aunque los Espíritus permanecerían como guardianes del mundo, cada uno crearía su propio
ser para recorrer las tierras en carne y hueso. Demetris, el Dios de la Fuerza, creía que el
mundo podía salvarse mediante el honor y el sacrificio. Creó al primer Dios Mortal a su
imagen, un fae al que dio su nombre, como hicieron todos ellos en su arrogancia.
Hizo girar las letras de la siguiente palabra por el borde vertical:
—Sabiduría.
—Erosen era el siguiente, el Dios de la Sabiduría. Creía que el mundo podía equilibrarse
con paciencia y visión de futuro. De nuevo, su creación fue fae.
Faythe se sintió totalmente cautivada por el relato, sintiendo que se hundía más
profundamente que su propia comprensión de la historia, tratando de abrir una puerta de la
que no tenía la llave.
—Iyana, la Diosa del Conocimiento —Zaiana escribió la palabra—, fue la primera en
elegir una creación humana. Creía en la equidad y en que el poder no estaba en el cuerpo,
sino en la mente. Se decía que el Dios del Valor, Helios, sentía cierta adoración por las
costumbres de Iyana, por lo que también eligió una forma humana para encarnarlo, creyendo
que la valentía y la fuerza de voluntad sin importar las probabilidades era lo que la tierra
necesitaba, y que sus humanos lo demostrarían.
A falta de tres bandos, nadie más pronunció palabra, todos los ojos clavados en el dibujo
de Zaiana, hipnotizados por su forma de hablar.
—Fedara, la Diosa de la Resistencia, es una de mis favoritas. —Zaiana musitó la
palabra—. A menudo pasaban por alto sus valores. Puede que algunos los consideraran
débiles. Aunque las tierras no serían tan vibrantes y llenas de vida como siguen siendo sin su
visión que la paz y el perdón asentarían las tierras. Fue su creación fae la que inició el orden
que haría fluir la paz entre los reinos.
Faythe escuchó cada palabra sobre los dioses sintiendo como si los conociera, o como
si siempre hubieran formado parte de ella.
—Kitana, la Diosa de la Oscuridad y la Luz, fue la única que se opuso a las demás,
creando su imagen de fae oscuro. Se la consideraba una Diosa indigna de confianza, solo para
los demás, que la malinterpretaban con la voluntad de hacer lo que fuera necesario, aunque
fuera moralmente gris. Su amor podía ser duro, pero creía en la voluntad de doblegarse -de
usar la oscuridad si era necesario-, pero no era cruel.
Faythe estaba de acuerdo con Zaiana, aunque no quería decirlo. Le permitió terminar
su última palabra.
—En la cima del molinete volvemos a Lasenna, la Diosa del Poder. Puede que a los
dioses les guste fingir que son iguales, pero creo que incluso ellos sabían que Lasenna tenía
más poder que ellos. La respetaban porque no abusaba de ello, aunque podría haberlo hecho.
Estaba dentro de sus capacidades ir contra todos ellos si lo deseaba. Pero ella creía en el
altruismo para equilibrar el poder que tenía, y podría haber elegido una imagen humana si
fuera capaz de contener lo que les daba. Pero el poder es a menudo furioso, peligroso e
impredecible.
Su silencio vibraba, formando muchos hilos de pensamiento a partir de todo lo que
Zaiana compartía, pero Faythe no podía concentrarse. Aún no sabía qué significaba todo
aquello ni cómo podrían ayudarles los nuevos conocimientos.
—¿Qué pasó con los Dioses Mortales? —preguntó por fin Kyleer.
Zaiana dio un encogimiento de hombros dijo que sus siguientes palabras eran
conjeturas.
—Este fue el Amanecer de Ungardia. ¿Supongo? Vivían y morían como cualquier fae o
humano normal.
—Sus descendientes… ¿podrían seguir teniendo el mismo poder? —preguntó Reylan.
—Dudoso a través de una línea de sangre tan diluida. Estamos hablando de muchos
milenios.
—A menos que los Dioses Verdaderos hayan encontrado la forma de intervenir de
nuevo. —La voz de Marlowe contenía una nota esperanzadora familiar, como si hubiera
encontrado otra pieza para los interminables rompecabezas sin formar de su mente—. Hay
una profecía, ¿verdad? Una que Marvellas conoce y que menciona a los Siete Dioses Mortales.
Creo que he visto partes de ella. —Su expresión se torció de confusión mientras intentaba
buscar respuestas que solo albergaba a medias.
—No conozco la profecía —admitió Zaiana, y Faythe creyó que sus palabras eran
sinceras—. Pero sé que eres importante para ella, Faythe. Creía que era solo porque eras su
heredera. —Zaiana dejó caer la tiza y volvió a sentarse contra la pared—. Tal vez tengas una
ventaja mayor de la que crees. Una que Marvellas puede descubrir primero y erradicar si no
eres lo bastante lista. Por las observaciones de hoy, no puedo decir que tenga esperanzas en
ti.
Faythe habría puesto los ojos en blanco ante la burla, pero Zaiana tenía razón: estaban
pensando en batallas, guerras y armas cuando podrían estar pasando por alto algo crucial,
que solo se encuentra en los libros, no en el acero.
—La última línea —dijo, examinando las cuatro palabras que quedaban debajo de la
imagen.
—Fesia omarte, Fesia lasera. —Zaiana las recitó con una hermosa elocuencia.
Pero fue Kyleer quien tradujo el mensaje.
—Caiga uno, caigan todos.
Capítulo 69
Faythe
Faythe había alterado muchas mentes esta noche para escabullirse de la ciudad.
Aunque cada vez estaba más segura que no le fallaba la memoria a corto plazo, aceleró el
paso de Kali por miedo a que alguno de ellos pudiera escabullirse y alertar a los demás de su
ausencia.
No tuvo más remedio que arriesgarse.
Cabalgaron con ahínco y redujeron la marcha al llegar al pueblecito más cercano, a las
afueras de la capital. Faythe no perdió tiempo en asegurar a Kali y dirigirse a la pintoresca
posada. No había garantías que su plan hubiera funcionado, ni que su mensaje hubiera sido
recibido. Había sido un tiro desesperado en la oscuridad, y su corazón latía furiosamente al
pensar que podría haber sido en vano y que lo que les había ocurrido a los maestros de la
biblioteca era culpa suya.
El pulso se le atascó en la garganta cuando entró y se detuvo en el arco que conducía a
la sala principal.
Ahí estaba.
Y por la jarra llena y el abanico de cartas bien colocado, parecía que la había estado
esperando tal y como ella esperaba.
Se deslizó hasta el banco. Él mantenía el sombrero inclinado hacia abajo, con la
atención puesta únicamente en su cerveza y en preparar el partido. Respiró agitadamente,
con todo lo que quería enfrentarse a él saliendo a la superficie.
Faythe empezó con:
—¿Cuántos años tienes?
Eso le valió una profunda inhalación, justo antes que su cabeza se enderezara y Faythe
se encontrara con unos familiares ojos oceánicos alrededor de la envejecida piel del
marinero.
—Creo que la pregunta es, ¿cuántos años tienes tú, Faythe Ashfyre?
Augustine se abrió con trucos. Sabía que lo haría, pero eso la irritaba.
—Veinte —dijo apretando los dientes.
—¿Qué es un cuerpo físico… para un alma? —Su mirada se posó en la mano de cartas
que ella no había tocado.
—No vine aquí a jugar.
—Me impresiona que hayas descubierto cómo enviar un Mensaje Fuego para que
estemos aquí.
Para eso había robado la pluma. Había descubierto que podía aprovechar las pequeñas
brasas y escribir sus palabras con su llama antes que tomaran la forma de un pequeño fénix
y se elevaran desde su ventana. Sin embargo, su asombro y triunfo ante la revelación se
habían convertido hacía tiempo en una pesadilla de culpa desgarradora.
—Cuando vives en el castillo del reino del Fénix, seguro que hay textos sobre los
Pájaros de Fuego que no se encuentran en otros sitios.
—En efecto, y has captado mi indirecta para llamarme. Me siento halagado.
—Gus. —Su palma tocó la mesa, dejando que sus emociones se deslizaran alrededor de
su magia. Las cartas se prendieron en una llama superficial hasta desaparecer como polvo
de oro.
Observó su espectáculo con asombro.
—Fascinante, en lo que te has convertido. Quizás tu destino sea más amable que cruel
después de todo.
Su puño se hizo bola.
—Lo sabías. —Salió como un susurro mientras el dolor que la atravesaba le robaba
todo lo demás.
Solo entonces bajó la mano y su mirada se llenó de simpatía.
—¿Por qué no me lo dijiste entonces?
—¿Qué habría dicho? ¿Qué podría haberte dicho que fuera creíble? No. No me
correspondía hablar. Ni creía de verdad que pudiéramos hacerlo ahora, pero me alegro.
Los ojos le escocían, amenazando con nublarle la vista.
—Todo este tiempo. ¿Cómo pude no saberlo? —Se estaba desmoronando poco a poco
y no tenía a nadie a quien recurrir.
—Has ganado mucho más de lo que has perdido. Sus medios serán para tu beneficio
final. Los compañeros que tienes esta vez, el poder que ejerces... No le quito importancia a
todo lo que has pasado, pero confío en el orden de los acontecimientos que nos han traído
hasta aquí. Tú también debes hacerlo.
Faythe sacudió la cabeza, sin tener del todo claro a qué se refería. Se estaba
convirtiendo en un eterno dolor de cabeza.
—No sé qué hacer —confesó—. No lo sé todo. No puedo estar segura que alguna vez lo
sabré.
—Tienes que hacerlo —dijo él. Su voz era firme, pero su corazón se abrió a ella, y eso…
la familiaridad de ello, la hizo enterrar la cara entre las manos. Gus no era de los que ofrecen
consuelo en un abrazo—. Has pasado por mucho. Mucho más de lo que cualquier alma
debería. No tengo las respuestas que buscas, aunque me gustaría tenerlas. Pero el mero
hecho que estés aquí me da esperanzas que lo descubrirás. Todo lo que sé es que llegará un
momento que pondrá a prueba tu voluntad de recordar.
Faythe nunca lo había pensado así. ¿Lo deseaba? ¿O la verdad la expondría a heridas
despiadadas que nunca sanarían por todo lo que había hecho? Todo lo que había fallado.
—Marvellas tuvo un hijo. ¿Sabes si el mensaje fue recibido?
Un hijo.

El conocimiento no la golpeó como debería. En lugar de eso, la tentaba hacia un vacío


en su mente que Faythe temía más que a nada, porque la atacaba con palabras, imágenes y
verdades imposibles. Evitaba tocar esa parte de sí misma. Pero esto…
—No —dijo ella, poniendo profunda atención en la mesa de madera astillada mientras
pensaba. Volvió a la tienda abandonada y al Dresair al que se enfrentaba—. Pero quizás lo
hará ahora.
Gus levantó un poco la jarra antes de dar un largo trago.
—Esperemos que te escuchen.
Entonces no había reconocido el objeto, pero ahora encendía un nuevo faro de
esperanza desde hacía mucho tiempo. La pierna de Faythe rebotó junto con su mente, que
daba vueltas a una guerra que no era nueva, solo una continuación. No estaba perdida, solo
latente.
—¿No lo sabe?
Gus no estaba preguntando realmente. Al saber a quién se refería en el cambio de
conversación, Faythe se puso rígida. Su pulso latía furiosamente y su garganta se tensó con
tanta pena y culpa que respirar se le hizo difícil.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque, ¿qué tengo sino fragmentos rotos de una verdad insondable? —Respiró
entrecortadamente. La razón más importante le oprimió tanto el pecho que su corazón
estuvo a punto de estallar—. Y porque temo que nunca me perdone.
Sintió el silencio como un juicio.
—Después de todo este tiempo, quizá ya lo haya hecho.
Lo dijo para aliviar su carga, pero la pena de Faythe solo pesaba más. Gus casi había
respondido a su pregunta sobre su tiempo de vida al estar aquí, lo que le recordó otra razón
por la que buscaba ese conocimiento, y levantó la vista. No había forma fácil de decirlo, pero
Faythe no podía albergar ese secreto que les debía a ambos.
—Tienes una hija.
Gus se estremeció, sorprendido, mientras se apartaba.
—Estás confundida.
—No lo estoy. Se llama Marlowe Kilnight y es un oráculo.
Sus ojos se cerraron como si eso le impidiera oír algo más. A Faythe se le retorcieron
las tripas.
—Eso no es posible.
—La mujer que te abandonó en Farrowhold no lo hizo porque se desenamoró. Estaba
protegiendo a su hija.
—¿De mí?
Su enfado la hizo estremecerse, poco acostumbrada a verlo en su habitual cara de
bufón.
—De una vida de incertidumbre en el mar —explicó con calma—. Es la persona más
inteligente que conozco. Amable y brillante, y parece…
—Para.
Faythe frunció el ceño.
—Deberías conocerla.
—No lo haré. —La miró a los ojos y le lanzó una advertencia con su fría mirada—. ¿Se
lo has dicho? —preguntó en tono de advertencia.
—No.
—No lo hagas.
—Merece saberlo.
—¿De qué le servirá?
Faythe se dio cuenta entonces.
—¿No quieres conocerla?
No contestó, lo que encendió la ira de Faythe en defensa de Marlowe. Su amiga se
merecía algo mucho mejor.
Se levantó, mirando fijamente a Gus mientras intentaba sacar a la superficie sus
pensamientos.
—No diré nada, pues no me corresponde, pero creo que sería cruel robarle la verdad.
Es amable y gentil y solo ve el bien en la gente. Se cree huérfana. No hace mucho murió el
hombre que ella creía que era su padre, y era bueno. Pero tú eres su padre, otro oráculo, y
ella ha estado muy perdida tratando de encontrar su propio camino con su poder.
Su expresión se volvió difícil de leer. El mechón de cabello a lo largo de su mandíbula
se movió, sus ojos oceánicos entraron en conflicto, pero no cedió.
—Estaría mejor sin mí.
—Eso pensaba su madre. Supongo que tenía razón.
Eso le valió una mirada de resentimiento. Aunque Faythe no se inmutó cuando él se
levantó, el golpe de madera de la pierna que le faltaba le sonó como una campana.
Ella soltó su pensamiento repentino.
—Tú estabas allí. Perdiste la pierna luchando.
—¿Por qué viniste, Faythe?
—Para saber que no estoy perdiendo la maldita cabeza.
La tensión que había surgido entre ellos se relajó de golpe. El rostro de Faythe se arrugó
cuando la expresión de él cambió a una de anhelo mutuo. Se movió antes de poder
contenerse, sabiendo que su abrazo sería rígido y débil, pero necesitando sentirlo de todos
modos.
La rodeó con uno de sus brazos.
—Merece saberlo —susurró Faythe contra él—. Nunca es demasiado tarde.
A Marlowe no le ofrecería más que confusión y angustia que Faythe le hablara de su
padre biológico sabiendo que él no tenía ningún deseo de conocerla. Dejó la decisión en
manos de Gus y rezó para que su corazón se abriera a una hija. Faythe sabía por haber
encontrado a su propio padre que el tiempo perdido no importaba tanto como lo que se podía
ganar.
—¿Es tu amiga?
Faythe se movió con el rumor de su pecho, y el hecho que hubiera preguntado algo
sobre Marlowe le dio una pequeña esperanza. Alejándose, asintió.
—Sí.
—Entonces está en buena compañía. —Esas palabras le bajaron el ánimo, pero los
labios de Gus se levantaron con una pequeña sonrisa paternal—. Mi promesa contigo
permanece inquebrantable. Siempre responderé a tu llamada. Espero que te encuentres a ti
misma como quien quieres ser por encima de todo.
Capítulo 70
Reylan
En cuanto supo adónde se había ido, echó a correr. La gente a su alrededor se convirtió
en borrones de colores, sus gritos de terror ahogados por el pulso en sus oídos. Ella había
mentido. Su alma gritaba de peligro. No sobreviviría. Sin ella, no quería volver a respirar en
este mundo.
En el Nether en el que vivía no podía empujar sus piernas lo suficientemente rápido
por las sinuosas calles. El caos que le rodeaba obstruía su camino hacia ella, creándole una
oleada de rabia. Podría destruir el mundo con su ira.
Cuando el horizonte se rompió, se vio obligado a detenerse, con la respiración agitada
mientras escaneaba las masas de aliados y enemigos en el campo de batalla.
El nombre que quería gritar se enredó con otro. Cerró los ojos para bloquear el
movimiento de los cuerpos. La confusión le sacudió; debería saber qué nombre gritar. La
buscó por otro camino, esperando que hubiera algo dentro que aún pudiera seguir para
llegar hasta ella.
Reylan liberó su espada, sabiendo que había desgarrado carne en su determinación,
pero no podía sentirlo. No se detuvo. Cortando enemigos como si cada uno de ellos buscara
impedirle llegar hasta ella, incapaz de vacilar un segundo cuando la sintió.
Tan cerca. Estaba tan cerca de ella.
El fuego le arrancó el pecho y, en ese segundo, sintió lo que era realmente que el mundo
a su alrededor se detuviera. La vio mientras retrocedía tambaleándose. Dos flechas
sobresalían de su abdomen, y corrió hacia ella. Un brazo detuvo su caída mientras el otro se
lanzaba a por la tercera flecha que estaba a punto de alcanzarla. Reylan la encajó en su palma,
encontrando al arquero, y con un grito de batalla agonizante, llegó a su mente y ordenó un
giro brusco para romperle el cuello.
No hizo nada por aliviar el agarre helado de algo más consumidor que el terror, más
aterrador de lo que ninguna persona viva debería experimentar jamás. Reylan bajó al suelo
con ella lentamente, acunándola mientras evaluaba sus heridas.
—Estás bien —dijo vacuamente, puro pánico borrando la lucha a su alrededor y
robando el tiempo, la gravedad y todas las cosas mientras aceptaba la realidad—. Estoy aquí.
Estás bien. —Le alisó los mechones de cabello castaño alisados por el sudor.
—Se supone que no debes… —Su respiración se entrecortó, sus ojos dorados se
desviaron hacia las estrellas, y la agonía en ellos hizo que él la abrazara con más fuerza—. No
debías estar aquí.
—Es una idea ridícula —le respondió. Él sentía cada segundo de su vacilación y rogaba
que cada uno fuera más despacio. Sus ojos se deslizaron hacia los de él, llenos de dolor y
fatiga.
—No te atrevas —jadeó.
—Acuéstate conmigo, por favor.
Luchó contra ella. Dioses, luchó contra ese agarre con todo lo que era. Su visión
desdibujó su hermoso rostro, cansado y ajado por la batalla, pero aun así tan malditamente
perfecto. Quería cartografiar cada centímetro como lo había hecho mil veces; como planeaba
hacerlo mil veces más.
—Todo lo que quiero… es que te acuestes conmigo.

***

Reylan se irguió de golpe, sintiendo la presión que se ejercía sobre él, pero sabiendo de
algún modo que era una salvación, no una amenaza. Respiraba con dificultad y rapidez, pero
se aferró con fuerza a Faythe, llenando sus sentidos con su aroma mientras sus corazones
latían uno contra el otro. El brazo de ella le rodeó los hombros y el lento movimiento de sus
dedos por su cabello lo sacó lentamente del terror del que había salido.
—Solo fue un sueño —le tranquilizó.
Las manos de Reylan se deslizaron por su espalda, por encima de la seda de su camisón,
para sentir su piel mientras su frente permanecía contra su cuello.
—No parecía un sueño —susurró. No podía explicarlo mejor. ¿Cómo iba a hacerlo si lo
que había presenciado no tenía sentido? Era demasiado seguro, los sentimientos que
desgarraban el alma demasiado crudos, para ser una visión, aunque deseaba poder detener
el destrozo en su pecho con la creencia que eso era todo lo que era cuando lo perseguía como
un recuerdo. Como los que tenía de Farrah.
—Siento haberte despertado. —Encontró la voluntad para apartarse lo suficiente como
para verle la cara, pero aquellos brillantes ojos ámbar destellaban con el horror de su
pesadilla. Le acarició la mejilla y parpadeó para recordar que estaba a salvo en sus brazos.
—Te sentí —dijo ella, frunciendo el ceño en señal de turbación—. Puedes contármelo.
Sacudió la cabeza y atrajo su boca hacia la suya con una oleada de necesidad. La
suavidad de sus labios, su sabor, lo envolvieron en una dichosa realidad en la que se calmó.
La rodeó con un brazo y la guio hasta que quedó tumbada debajo de él. Se separaron y,
mientras la luna inundaba sus rasgos, él recorrió cada parte de ella, luchando aún contra el
pánico que le producía el sueño.
—Parece que ninguno de los dos dormimos bien cuando estamos separados —dijo ella,
trazando dedos ociosos sobre el pecho de él.
Le tomó la mano y le plantó un beso en la palma antes de tumbarse a su lado.
—Eso parece.
Faythe se acercó a él. El calor, el latido de su corazón, todo en ella le dolía, y él
necesitaba sentirlo.
—Prométeme algo, Faythe —soltó.
—Por supuesto.
—No quiero olvidar nunca.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás y él casi no notó la aceleración de su pulso.
—¿Por qué dices eso?
—Porque sé que podrías hacerlo, tomar mi memoria mucho más eficazmente con todo
el poder que tienes ahora. Y eso me aterroriza más que seguirte hasta la muerte.
Faythe se apartó de él arrastrando los pies y él se incorporó cuando ella se deslizó fuera
de la cama.
—Debería volver a mi habitación. —Ella retorció su brazalete—. No debemos
presionarlo, recuerda.
—No te vayas.
—Lo siento. —Ella dio unos pasos hacia atrás como si fuera a cambiar de opinión.
Entonces la sacudida de su cabeza hundió su tripa antes que ella diera vuelta y se deslizara
fuera del cuarto.
Reylan se quedó mirando tras el fantasma de su presencia, resistiendo el impulso de ir
tras ella. Se pasó una mano por el cabello, sabiendo que sus horas de descanso habían
terminado por esta noche.
Capítulo 71
Faythe
Faythe estaba soportando su época más tediosa en Rhyenelle hasta el momento: una
semana que se alargaba como un mes con sus interminables clases. Por las mañanas, Izaiah
la llevaba a su clase de baile, que cada vez se parecía más a un ejercicio militar, y más tarde,
ese mismo día, sufría las enseñanzas sobre el linaje real y las tradiciones de Rhyenelle. Las
veces que la pasaban a una nueva tutora para que le diera clases de etiqueta, su corazón se
llenaba de dolor por Gresla. Lo mismo ocurría cuando la nueva joven sierva la atendía a
diario en lugar de Gresla con su brillante calidez. No pasaba un día sin que su culpa se hiciera
más profunda.
Reylan era llamado a menudo por Livia, algo sobre lo que ansiaba preguntar mientras
crecía su preocupación por el seguimiento de Evander por parte de Livia. Si no era su primo
el que absorbía su atención, aparentemente lo que lo alejaba durante días eran los disturbios
civiles en los puestos de avanzada. Solo pasaba unos breves momentos con él, lo que
significaba que apenas habían hablado desde su salida culpable de su habitación, y no sabía
qué decirle.
Faythe se dirigía a reunirse con Izaiah a primera hora de la mañana. Dos guardias la
seguían en todo momento y, aunque le parecía excesivo, no había luchado contra la
preocupación de su padre, pues sabía que la amenaza aún podía persistir. Cuando pasaron
junto a una puerta ligeramente entreabierta, le llamaron la atención las voces que se oían en
el interior, pero su intención era pasar de largo… hasta que una cabeza rubia que le resultaba
familiar llamó su atención. Lo que más le alarmó fue su compañía.
Cualquiera que fuera la razón de Malin Ashfyre para acorralar a Reuben no podía ser
buena.
—Espero que sepas exactamente lo que estás haciendo…
Faythe irrumpió por la puerta y su amigo dio un respingo asustado.
—¿Qué crees que estás haciendo? —dirigió su hostilidad a su primo. Tras una rápida
evaluación de Reuben, no encontró indicios de daño físico, solo piel blanqueada. Faythe casi
podía verlo temblar. Su rabia latía mientras se preguntaba qué podría haberle dicho Malin.
—Solo charlando. ¿Verdad, Reu? —gorjeó Malin.
Antes que su mano pudiera posarse en el hombro de su amigo, Faythe reaccionó. Su
mano se levantó como si su agarre fuera real, y los dientes de Malin rechinaron con el círculo
de llamas azules que envolvió su muñeca.
—Tócalo y haré que arda.
—No pasa nada, Faythe. Nos hemos encontrado por casualidad —dijo Reuben con
calma.
Sus ojos se entrecerraron al pasar de asustado a mirarlo como si fuera algo habitual.
—He oído hablar de tus truquitos con el fuego —reprendió Malin, admirando la llama
cobalto.
Faythe se preguntó dónde o cómo había oído hablar de ellos, teniendo en cuenta que
ella solo había mostrado muy pocos. Acechó hacia él, y fue como si todo lo que pudiera sentir
fueran las palabras que nunca llegó a decirle tras presenciar la escena de la biblioteca. Al
mirarle, vio a alguien capaz de todo. Quizá no de los asesinatos, pero sí de la orquestación.
—Ve, Reuben —dijo sin apartar los ojos de Malin.
Vaciló como si buscara alguna otra señal, pero se marchó antes que ella tuviera que
volver a preguntar.
El fuego de Faythe se extinguió cuando llegó ante su primo.
—¿Tienes algo en mente, princesa? —preguntó con suave insinuación.
—¿Dónde estabas durante los asesinatos de la biblioteca?
Una serena oscuridad pasó por su rostro.
—¿Estás segura que quieres ir allí?
Faythe retrocedió cuando él se acercó, el desafío era tan palpable que se ahogó.
—¿Dónde estabas tú, Faythe?
Tragó saliva.
—Con Izaiah.
—Qué susto te habrás llevado al encontrar tus habitaciones destruidas y a tu doncella
asesinada. ¿No faltaba nada?
La espalda de Faythe se pegó a la pared, pero su visión centelleó con la siniestra picana.
—Si descubro que tuviste algo que ver…
—¿Harás qué, Faythe? Me amenazaste una vez sin mérito alguno; hazlo de nuevo y
descubrirás que los juegos conmigo se convierten en trampas, y tú…
Faythe apartó la mano de él antes que pudiera rozarle la barbilla, lanzando el calor de
su furia a su mirada.
—Me lo pones tan fácil que casi me aburro.
—¿Por qué me odias tanto?
La piel alrededor de sus ojos se flexionó.
—¿Acaso nadie odiaría una piedra en su zapato, una mala hierba en su camino, una
espina en su costado? No eres más que un bufón de la corte con los ojos puestos en una
corona que te aplastará. ¿No ves que te estoy salvando de tu propia ambición?
No podía negar que luchaba contra el tropiezo de su mente cuando intentaba ponerse
de acuerdo con una voz que se había encogido pero que nunca la abandonaría del todo.
—Ah, ahí estás.
Izaiah llegó en el momento justo; Faythe estaba a punto de dejarse vencer por sus
afiladas emociones. Se paró en la puerta, haciéndole señas con la mano.
—Vengan, los dos.
—¿Ambos? —dijeron simultáneamente.
Izaiah intercambió una mirada entre ellos y Faythe se mordió la mejilla.
—Sí, los dos. Hoy damos clases en la sala de entrenamiento.
Faythe se animó al oír eso, incluso disfrutando de la idea pasajera de poder dar rienda
suelta a su enfado con su primo a través de una espada.
—Me temo que no seré de mucha ayuda en ese sentido —declinó Malin.
—Oh, solo necesito algo para cabrear a Faythe —rio Izaiah, con los ojos brillando con
picardía—. Tu cara en la banca hará el truco.

***

Izaiah tenía razón.


Cada vez que oía un comentario insufrible de su primo o incluso le dirigía una mirada,
hacía un esfuerzo por reprimir su magia y concentrarse únicamente en el combate. Kyleer se
unió a ellos y se convirtió en su sparring mientras Izaiah observaba y dirigía, aunque aún
estaba por ver cómo se trasladaba esto a su danza.
—No es demasiado tarde para cederme el deber de abrir el Baile del Cometa —ofreció
Malin, horriblemente dulce—. Hacer todo este esfuerzo por un simple baile es irrisorio.
Faythe giró alrededor del golpe vertical de Kyleer.
—Lo único risible será cuando te haga tropezar desde el otro lado del pasillo. —Con
magia, estaba segura que podría resolverlo.
—Payasadas infantiles —dijo Malin.
Lumarias chocó con la poderosa espada de Kyleer, emitiendo un agudo sonido al
resbalar, y se agachó para evitar su siguiente ataque.
—Sacas lo mejor de mí.
—Concéntrate en él, Faythe —dijo Izaiah—. Baila con sus movimientos, no
temiéndolos.
—Eso no tiene sentido —jadeó Faythe, pero no se detuvo.
—Espadas abajo —instruyó Izaiah—. Eso era solo para dejar salir tus frustraciones;
ahora las canalizamos. La danza es como la esgrima. Esa adrenalina que sientes, la necesitas
para esta danza. No es lento. No puedes confiar en el señor para guiarte. De hecho, tiene más
protagonismo femenino.
Eso no hizo más que ponerla nerviosa. Malin sonrió con satisfacción mientras le pasaba
la espada.
—¿Recuerdas los pasos a Kallsan Siete? —preguntó Kyleer.
—Por supuesto que sí.
Faythe ahogó un grito de emoción al oír la voz de Reylan detrás de ella, pero luchó
contra el impulso de ir a su encuentro. Él pareció darse cuenta de su vacilación, y ella trazó
el símbolo en la palma de la mano.
—Sin espadas. Veamos la rutina entonces. —La instrucción de Izaiah salvó el tenso
silencio—. General, ¿quiere probar?
A Faythe se le aceleró el pulso, contenta y nerviosa a la vez, cuando Reylan aceptó la
oferta, se quitó la chaqueta y se remangó. Envió a su mente:
—¿De verdad recuerdas esta rutina, o te di demasiado crédito?
Ella se encontró con su mirada de zafiro, y tan fácilmente se disolvió la tensión entre
ellos. Ella casi sacudió la cabeza por la ansiedad a la que había sucumbido más y más con
cada día que pasaba.
—Supongo que ya veremos.
—No voy a ir fácil.
—Me sentiría insultada si lo hicieras.
Sus ojos se hablaban, y era una delicia ver el brillo de los de él.
—Nunca has hecho esto sin tu espada —señaló.
—Me hace especial ilusión.
Él captó su significado.
—Eres una cosa burlona y hermosa.
—Te he extrañado. —Se le escapó, y solo deseó que estuvieran solos para expresar
cuánto.
—Posturas —cortó Kyleer.
Faythe vio la mirada que le dedicó a Malin. Qué imprudentes eran al hablar
mentalmente a su alrededor, sabiendo que podría revelar demasiado. Intentó que eso no
afectara a su estado de ánimo, adoptando una postura que le resultaba extraña, pero a la vez
placentera sin su espada. Admiró cómo Reylan parecía dispuesto a sacarla a bailar, y casi la
hizo vacilar al preguntarse si tendrían esa oportunidad. Si alguna vez sería apropiado.
Empezaba a despreciar esa palabra.
Reylan se movió primero, y Faythe respondió a él. Fue despacio para que pudieran
adaptarse el uno al otro sin una hoja, y aunque ella fuera una hoja y él el viento que la guiaba,
bailaron. Faythe se lanzó suavemente bajo su brazo, girando sobre sí misma, y sus espaldas
se rozaron. Sus manos seguían moviéndose, y su acero fantasma cantaba la melodía que ella
acompasaba a sus pasos.
—Eres hipnotizante —dijo Reylan en su mente.
Ella se agachó, giró, dio un paso, y pronto aceleraron el ritmo, Faythe bailando en un
lento crescendo que armonizaba con él. A la velocidad del combate, la sala se desvaneció en
un borrón, sin dejar nada más que él y ella y esta pasión que se encendía entre ellos. Su único
deseo era que fuera una pista de baile; lo único que anhelaba era que él la tocara.
Dejaron de moverse y Faythe recuperó el aliento. Su ceño se frunció por el deseo de
abrazarlo.
El lento aplauso que le llegó desde un lado erizó la piel de Faythe con caliente fastidio.
Malin no sonrió con su aplauso, y ella lo leyó más como una advertencia. Sus ojos decían: Voy
por ti.
—Así de fácil, el patito se convierte en cisne —adula Izaiah.
—Creía que era un cordero sobre hielo —refunfuñó Faythe.
Izaiah solo le hizo un gesto con la mano.
—Esa es exactamente la clase de equilibrio y pasión que se necesita para el Baile del
Cometa. Bravo por sacárselo, General. Buen intento, Kyleer.
Faythe soltó una risita al oír el disgusto de su hermano, contenta por el cambio de
humor y, sobre todo, agradecida por el voto de confianza que estaba consiguiendo algo.
—Es una pena que te lo pierdas —dijo Malin, acercándose con una mano metida en el
bolsillo.
Faythe frunció el ceño, mirando a su alrededor para ver a cuál de ellos se refería, pero
una mirada a la dura expresión de Reylan lo delató.
—Dijiste que estarías allí. —Su voz pasó de ser una acusación a una súplica.
—Solo vuelvo por dos noches. Luego supervisaré el ajuste final a una nueva defensa en
el puesto de las afueras —explicó—. Espero llegar a tiempo.
—Pero sabemos que el viaje en sí es largo, y en el pasado, ésta habría sido la excusa
perfecta para que usted evitara tal fiesta, General. —La persistente acusación de Malin no
fue sutil mientras se iba—. Cómo han cambiado los tiempos… Ah, casi lo olvido. —Mientras
giraba sobre sus talones, la sonrisa de Malin erizó la piel de Faythe—. Lord Zarrius debería
llegar mañana. Se alegrará de tener la oportunidad de practicar con su verdadero compañero
antes de actuar ante cientos a finales de semana.
Faythe nunca había sentido tantas ganas de atacar a alguien de espaldas. Pero todas
esas ganas pronto se desvanecieron cuando una mano serpenteó alrededor de su abdomen
en cuanto él desapareció de su vista, y ella se hundió felizmente en la fuerza que la envolvía
por detrás. Los labios de Reylan rozaron su cabeza.
—No merece tu energía —dijo en voz baja.
—Nunca me ha caído bien —dijo Kyleer, con la mirada perdida tras el fantasma de su
primo—. Pero no puedo evitar la sensación que hay algo raro en su arrogancia.
—Se levanta porque cree que puede espantar a Faythe del trono —comentó Izaiah.
—Siempre ha sido así. No sé por qué, pero con este señor… hay que tener cuidado —
dijo Kyleer.
—He oído hablar mucho de él a Jakon y Marlowe. Su lealtad es hacia sí mismo —
refunfuñó Faythe.
—Y es de los que cambia de bando según el barco que se hunda más rápido —añade
Kyleer.
—Que puede cambiar en un santiamén —dijo Reylan—. Tenemos que aprender de él
antes que aprenda de ti.
—Solo lo recuerdo brevemente de High Farrow. Me ordenaron que no buscara en su
mente. Orlon dijo que era uno de los pocos en los que confiaba plenamente, y yo no iba a
discutir por tener una cabeza menos en la que infiltrarme cuando apenas podía soportar lo
que estaba haciendo.
El brazo de Reylan se tensó un poco al oír hablar de su pasado, aunque él ya lo sabía
todo. Dijo a sus pensamientos:
—Nunca más serás utilizada por nadie. Tu poder, tu elección. En mi vida, siempre serás
libre.
Capítulo 72
Tarly
Su mano se estiró, encontrando la piel más suave que encendió nuevos y extraños
sentimientos en su pecho. Sus dedos se deslizaron entre los de ella, sin importarle cómo le
había encontrado o por qué estaba tumbada con él, solo que estaba aquí y ahora podía estar
tranquilo. Ella se acercó, difundiendo un aroma a canela y lirios que él aspiró profundamente.
—¿Por qué me dejaste? —susurró.
—No era mi intención.
Los párpados de Tarly se abrieron ante una brisa de fría realidad. Estaba solo en su
oscura habitación, parecía haberse quedado casi dormido, pero los pensamientos sobre
Nerida, dónde estaba y si estaba a salvo, lo mantenían despierto.
Se levantó de la cama y se puso una camisa, unos pantalones y las botas. Katori gimoteó
en señal de protesta, pero él no le hizo caso. Una cosa le atormentaba más allá de lo
razonable, y no podía marcharse sin enfrentarse a su demonio. Su mente nunca cedería ante
la persistente incógnita.
Sigiloso como un fantasma, Tarly tomó todos los pasadizos ocultos y lugares oscuros
que conocía para moverse por el castillo. En sus días de soledad, solo había tenido tiempo
para trazar mapas y explorar y preguntarse si la estructura le ofrecería alguna vez algo nuevo
por muchas veces que se aventurara en ella. Dos guardias estaban apostados en la entrada
de la celda. Fae oscuros. Debería haber sabido que no sería tan fácil pasar por aquí. Conocía
otra entrada, una que había usado para vigilar a Lycus mientras estaba prisionero.
Deslizándose por el estrecho pasadizo de piedra, salió al otro lado. Tarly tardó poco en
verle.
No sabía lo que sentiría al ver a su padre, pero el varón que estaba acurrucado en sí
mismo en el rincón más alejado no le inspiraba más emoción que la misma lástima que Tarly
sentiría por un extraño.
—Hola, Padre. —Apenas pudo pronunciar las palabras con la garganta seca.
Varlas levantó la cabeza, y aquellos ojos avellana que creía conocer ya estaban muertos.
La tortura que su padre tenía que soportar ahora era simplemente vivir, algo que Tarly no
esperaba que resonara tan profundamente.
—¿Por qué viniste aquí? —La voz de su padre estaba distorsionada, un graznido sin
vida—. ¿Para disfrutar de mi conquista?
—Esto nunca fue lo que quise —se defendió Tarly.
Varlas soltó una risita cruel.
—Ahora vete. Sé rey, hijo mío.
Su tono burlón no calentó a Tarly de rabia; sino que lo apuñaló sin piedad como si ya
hubiera tenido la confirmación que anticipaba. Un duro cierre que no era amado ni querido
por Varlas. Ya no.
—¿Alguna vez te preocupaste por mí… después que ella se fue?
Con el frío y pesado silencio que siguió, Tarly se preparó pensando que nunca obtendría
su respuesta. Pero entonces Varlas habló, con la cabeza apoyada en la piedra abrasiva.
Apenas podía soportar mirarle.
—Lo intenté —dijo, tan distante como un fantasma—, pero no pude. Te pareces a ella.
Tu cara, tus ojos. Incluso en tu espíritu siempre te parecías más a ella. Cada vez que te miraba,
lo único que veía era mi fracaso al dejarla morir. Ella nunca volvería a mí, y yo no merecía
tenerte como regalo, así que te convertiste en mi castigo. Esto no es lo que quieres oír, pero
es mi verdad y todo lo que puedo darte.
—Yo era tu hijo. —Tarly se quebró, apretando la palabra entre dientes apretados. Le
ardían los ojos, pero se obligó a contener las lágrimas amenazadoras—. Sabías que Isabelle
quería huir. La ayudaste y me viste creer que estaba muerta. ¿Cómo pudiste? Sabiendo lo que
significaba la pérdida de una compañera, ¿cómo pudiste? —Un frío temblor lo sacudió. Se le
hizo un nudo en la garganta.
—Las cosas cambiaron cuando Marvellas vino a mí. Me ofreció algo que ahora me
niega: una oportunidad para olvidar. No me opuse a la idea de convertirme en fae oscuro
cuando ella me lo hizo ver como un nuevo comienzo. No recordaría a tu madre; no recordaría
mi alma desgarrada. Y quizás tú y yo nos habríamos unido de nuevo. Podría haber sido capaz
de dar más afecto a Keira, y a Opal. Fue por todos ustedes que hice esto.
—Ninguno de nosotros habría querido eso. Convertirnos en monstruos.
—No lo veía así, ni lo veo ahora.
—Eres un cobarde sin carácter —espetó Tarly, aunque aquello le provocó una agonía.
—Tal vez. Pero hijo, no me arrepiento.
No pudo soportarlo.
—No soy tu hijo. Ya no lo soy. No eres nada para mí, y mi único deseo… —Su pecho
subía y bajaba profundamente, pero era incapaz de detener las horribles palabras cuando las
había sentido durante tanto tiempo—. Deseo que seas tú quien muera, no ella.
Los violentos temblores de Tarly no conocían salida mientras salía furioso de las celdas,
sin saber cómo afrontar la situación, ni tener a nadie que lo sostuviera en su angustia. Pensó
que esta vez la nube gris interna podría matarlo.
La última astilla que lo derrumbó fue el susurro final de su padre.
—Yo también.

***

La lluvia respondió a su angustia. Sofocó sus gritos, que se habían desatado de una
tumba contra la que se esforzaba permanentemente. Su pérdida, su dolor, todo lo que era y
lo que no era, todo salía de él tan agresivamente como la dura piel del agua.
Tarly Wolverlon hacía tanto tiempo que no lloraba que no sabía cómo parar. Se
encaramó al tejado familiar en el que se había sentado antes con Tauria, con las rodillas
recogidas y la cabeza enterrada entre las manos, mientras una tempestad más violenta que
el tiempo se desataba de él. Volvió a llorar de luto por su madre. Le pidió perdón por haberle
fallado y por haberse dejado sucumbir a esta existencia entumecida con un padre que no le
quería, sabiendo que ella habría animado a su corazón a amar, y a que siguiera sus deseos
allá donde le llevaran. Desde su muerte se había convertido en todo lo contrario. El dolor de
su pecho no había dejado de expandirse hasta que aprendió a vivir con respiraciones
superficiales. Una sombría nube de miseria le seguía, y cada vez que soltaba su lluvia se
preguntaba si sería el momento en que finalmente se ahogaría.
Tarly no sintió la lluvia punzante que empapaba sus débiles ropas, ni el silbido amargo
del viento invernal. Ningún dolor era lo bastante agudo para contrarrestar lo que le hendía
por dentro. Viejas heridas se desgarraron y sangraron libremente.
Había pensado que quería permanecer en lo alto y solo, liberándolo todo en soledad
con la burla que solo había una forma de acabar con el dolor. Se balanceó contra los susurros,
sin saber por qué siquiera protestaba contra ellos cuando no tenía nada que desear de este
mundo cruel y solitario.
Hasta ahora.
Creyó sentirla, aunque su mente se burlaba que no fuera real, sino simplemente otro
modo de tormento que lo encadenaba a esta existencia hueca. Tarly sacudió la cabeza,
apretándose el cabello con las manos.
—No estás aquí —se susurró a sí mismo.
Los ecos de ella se acercaron y Tarly cerró los ojos. Ella se iría en cuanto lo viera. A su
verdadero yo. Este estado lamentable y sin valor. Amarlo sería como meterse bajo su manto
de miseria.
No podía dejar de temblar. No cuando ella se acercó tanto que habría sido una tontería
negárselo. No sabía cómo ni por qué, pero reconocer su presencia rompió algún otro muro,
esta vez uno de alivio y gratitud, tan fugaz y fácilmente devorado por su agonía. Tarly no
quería que ella lo viera así. No podía mirarla y no tenía fuerzas para apartarla y salvarla del
enredo de su desordenada existencia.
Las manos de Nerida le tocaron, inyectando calor a través de su frío desapego. Tal vez
ella no fuera más que otro producto de su desesperada soledad. Esta vez había caído desde
una gran altura y nada de esto era real. Aun así, se aferró a la esperanza de ella y no protestó
cuando la palma de la mano de ella se deslizó por su cabello, rozando los dedos de su puño
apretado. Su otra mano se enroscó alrededor de su rodilla, y ella lo arropó. Tan cerca que le
borró el pecho. Nerida se deslizaba a través del entumecimiento que cubría su cuerpo, esa
cosa real, segura y hermosa, y él no sabía por qué ni qué había hecho para merecerla. Pero
esta señal de salvación…
Lo ansiaba con cada fibra de su ser.
—Está bien —dijo ella, con la voz quebrada—. Estoy aquí, Tarly. Estoy aquí, y ya no
estás solo.
Entonces se hizo añicos desde dentro hacia fuera, soltando el fuerte agarre de su
cabello solo para rodearle la cintura con los brazos cuando ella se arrodilló a su lado. Medio
esperaba encontrarse con el aire, así que cuando ella se apretó contra él como una sólida
seguridad, fue todo lo que pudo hacer para no abrazarla con firmeza, como si fuera a
desvanecerse en cualquier momento.
Hacía tiempo que Tarly había sucumbido a ser prisionero de su mente, pero ella había
abierto una puerta y se había convertido en la llave. Tal vez fuera egoísta por su parte querer
que lo guiara mientras daba los primeros pasos para descubrir lo que había más allá, pero su
mano trepó por su espalda, su frente se apoyó en su pecho, y todo lo que ella hizo fue
retenerlo. Nadie le había sujetado en tanto tiempo que había olvidado la sensación de paz, y
Nerida… era más que eso.
Ella era la absolución.
No sabía cómo había llegado hasta allí ni por qué le había buscado en la azotea con un
tiempo tan peligroso, pero le estaba agradecido. Dioses, que alguien tan angelical entrase en
su vida y le diese la vuelta a su mayor temor… era afortunado. Porque ahora lo que más temía
era que ella también lo abandonara.
Pero aquí estaba.
Y con Nerida a su lado, la oscuridad de su nube eterna empezó a aclararse. Lo suficiente
para que recordara que seguía vivo, y que quería seguir estándolo.
Capítulo 73
Zaiana

—Todo está en su sitio.


Zaiana empezaba a despreciar la fría arrogancia de la voz. No se giró hacia ella, sino
que se quedó mirando el cielo azul cristalino. Su tiempo aquí estaba a punto de terminar, y
aunque eso debería ser un alivio y un triunfo, la sigilosa cuenta atrás que abriría un
acontecimiento para la historia se prolongaba hasta la muerte fría. Este no era su plan, y
nunca podría haber predicho que su apertura perfecta vendría desde dentro.
—Prepárate. Y no pierdan la concentración ni ganen misericordia por ellos ahora.
Zaiana apretó los puños para detener el cosquilleo de sus dedos ante el sutil insulto.
Quería matarlo. A pesar de ser un aliado, no se fiaría ni un segundo de alguien tan baboso.
—Recuerda con quién estás hablando —le advirtió con calma—. No eres precisamente
la excepción de la piedad.
—No amenaces al que te consiguió una salida.
La risa de Zaiana era un sonido malvado y altivo.
—Tu arrogancia será tu muerte. Yo misma me deleitaría con ello, pero tengo la
sensación que ocurrirá de una forma mucho más divertida.
—Eres una bruja caprichosa.
Apoyó la cabeza en la piedra con una sonrisa.
—Tu miedo te cubre más con cada visita.
—Recuerda nuestro trato, Zaiana. Primero debes matarlo. Luego, cuando tengas tu
libertad, sube a los tejados.
Cuando se marchó, su falsa sonrisa cayó y su forzada confianza se disipó. Zaiana clavó
la frente en la piedra arenosa, sus dedos también la mordieron, sus ojos se contrajeron contra
el escozor, pero no fue suficiente.
No lo suficiente para calmar la enfermedad. Ni para acallar sus pensamientos. No
suficiente dolor para contrarrestar lo que desgarraba, arañaba y rasgaba en protesta por
unas palabras que no dejaban de repetirse. Una simple orden que antes era fácil de cumplir
a veces era un oscuro placer. No sabía cómo había permitido que esta vez se convirtiera en
una cuenta atrás de la que temía ver el final. Un reloj de arena, y ella quería palear la arena
hasta que le doliera, aunque solo fuera para prolongar lo inevitable.
Debes matarlo.
Capítulo 74
Reylan
Reylan se quedó a un lado de la sala, en el filo de la navaja por la expectación. El Rey de
Rhyenelle permanecía inflexible y con una energía palpable que ponía los nervios de punta.
Cuando Kyleer llegó, Reylan apenas podía mirarlo sabiendo lo que se avecinaba.
—¿Qué está pasando? —preguntó, lanzando una mirada a Reylan en busca de una
respuesta, pero no dio ninguna pista.
—Kyleer Galentithe, has sido uno de mis comandantes de mayor confianza durante
mucho tiempo. Siempre me has servido bien y con gran lealtad.
El revuelo en las tripas de Reylan no paraba al saber la acusación que estaba a punto
de llegarle a Kyleer por parte de su hermano, aunque esta vez Reylan no era el responsable
de la información del rey.
—¿De qué se trata? —Kyleer frunció el ceño a la defensiva.
—No te encomendé el papel de vigilar al prisionero; te ofreciste voluntario. No pensé
en ello. Después de todo, un comandante tan estimado como tú sabría lo suficiente sobre la
importancia de su puesto como para no arriesgarse.
—Por supuesto —dijo Kyleer con cautela.
—Sin embargo, alguien se preocupa por ella lo suficiente como para haberle
suministrado un tónico que me impida caminar por la noche hacia ella.
Reylan cerró los ojos, sin haber descubierto por sí mismo cómo Agalhor lo sabía cuándo
debería haber sido obvio. Sin embargo, no creía que Kyleer fuera tan descuidado.
—Nos estamos enterando de cosas por ella; no es necesario —se defendió Kyleer.
Nunca antes Reylan había querido alejarse tanto de la confrontación de la que era mero
espectador. Agalhor había acudido a él para interrogarle, y Reylan seguía sufriendo con la
culpa de estar dividido entre ellos.
—No te corresponde a ti juzgar eso. —Agalhor mantuvo un tono frío y tranquilo que
resultaba más aterrador que una subida de volumen.
—¿Has hablado con Faythe? Ella estuvo de acuerdo…
Agalhor rompió la compostura entonces, su gran mano golpeó la mesa a su lado. Incluso
Reylan se encendió ante su mención.
—¡No la metas en esto! —Agalhor dirigió su advertencia a ambos—. Ella no se entera
de nada. Ni cuando ese tónico que recorre el sistema de la cautiva se vaya y yo camine por la
noche para averiguar lo que ella sabe.
—No tienes que hacer eso. —Kyleer bailó al borde del castigo.
—Ky, no podemos arriesgarnos —intentó Reylan, aunque la mirada del comandante
solo se ensombreció sobre él. Reylan tuvo que recordar que los sentimientos de Kyleer lo
habían llevado a esta imprudencia, pero su lado dominante se arrastró con una picazón para
responder, no retroceder.
—Ella te dirá cualquier cosa si infiltrarse en su mente es la alternativa. Pregúntale —
suplicó Kyleer.
—Como dijo Reylan, no es un riesgo que esté dispuesto a correr. Permítanme
advertirles, si se tratara de cualquier otra persona, habrían sido exiliados por traición.
Aquella amenaza persistente pareció calar en Kyleer solo un segundo antes que
volviera su desafío, y Reylan rezó a los malditos Espíritus al ver su mirada.
—Te ofrezco este pase y te pido que esto quede entre nosotros, pero no te equivoques,
Kyleer: No olvidaré este error de juicio. No se te permite volver a verla y, dependiendo de lo
que encuentre, puede que pronto desaparezca de tu vista y de tu mente.
—No puedes hacer esto —protestó Kyleer.
Reylan no tuvo ni un segundo para prepararse para la furia cuando el rey se movió,
clavando a Kyleer contra la pared con una furia física que tan pocas veces había visto.
—Pusiste a este reino en riesgo, a la Heredera de Rhyenelle en riesgo. Tu indulgencia
con los fae oscuros nos afecta a todos, y esto termina ahora. Voy a elegir creer que ella no es
más que una magistral seductora que te ha cegado para dar la espalda al bien de este reino.
O dime ahora que no es cierto, pero prepárate para afrontar todo el peso de mi castigo.
Se miraron fijamente, la dominación, la ira e incluso la angustia eran tan intensas que
Reylan deseaba estar en cualquier otro lugar. Sentía compasión por su hermano, pero, sobre
todo, no podía evitar ponerse del lado de la lógica del rey cuando no se sabía cuáles podían
ser las verdaderas intenciones de la fae oscura. Esperaba algo mejor de Kyleer.
Para inmenso alivio de Reylan, a pesar de la angustia que contorsionaba su expresión,
Kyleer pareció encontrar una pizca de sentido común y no respondió.
Agalhor lo soltó.
—Faythe no se entera de esto —repitió su última advertencia a ambos antes de
marcharse.
—Siempre hemos valorado un juicio y un interrogatorio justos —gritó Kyleer. Reylan
podría haberlo estrangulado para que mantuviera la boca cerrada.
—Ella dañó a mi hija, Kyleer. Amenaza a este reino como líder de una de las mayores
amenazas que el continente ha visto jamás. A veces nuestros valores deben doblegarse por
duros que sean. Por la seguridad de mi pueblo, no me disculparé.
Cuando el rey se marchó, Reylan se preparó para la redirección de la ira no saciada de
Kyleer.
—¿Se lo dijiste? —Kyleer se enfureció.
—No —dijo—. No es difícil encajar las piezas, Ky. No sabía que había intentado la
Caminata Nocturna, pero no puedo decir que no me alegre por ello.
Kyleer avanzó un paso. Reylan no se tomó a bien la amenaza.
—¿Necesitamos llevar esto a la sala de entrenamiento?
A Kyleer se le desencajó la mandíbula.
—Puede que no sea mala idea.

***

Hacía demasiado tiempo que no desafiaba a su hermano con todas sus fuerzas en una
sesión de combate. Con la ira añadida de Kyleer, la determinación de Reylan de no ser
superado sacó a relucir un enfoque láser.
—Has perdido tu toque —coreó Reylan, sabiendo que Kyleer estaba lejos de liberar ni
la mitad de la agresividad contenida que necesitaba calmar.
—Estás pidiendo que te hieran —replicó Kyleer.
Se quitaron las camisas empapadas de sudor, pero el aire ofrecía poca brisa sobre su
piel tatuada en sus movimientos borrosos. Reylan soltó una risita, sabiendo que el calor sería
un detonante violento para amplificar la ferocidad de los ataques de Kyleer.
El silbido grave de Izaiah sonó detrás de ellos. Kyleer perdió la concentración por una
fracción de segundo, y Reylan aprovechó la oportunidad para asestarle un puñetazo en el
estómago, lanzando una mano para conectar la palma con su hombro, lo que lo desequilibró
lo suficiente para que Reylan le enganchara la pierna y lo enviara a estrellarse contra su
espalda. Reylan sonrió lentamente por la victoria, habiendo sentido la presencia de Faythe
acercándose minutos atrás. Se giró hacia ella e Izaiah y maldijo su error. Debería haber
sabido que las tácticas sucias de Kyleer saldrían a relucir en su ira.
Reylan recibió una patada en los pies que lo derribó junto a Kyleer, donde su gemido
de dolor se convirtió en risa. Kyleer se sentó a horcajadas sobre él y le asestó un buen
puñetazo en la mandíbula antes que Reylan levantara los brazos y le dejara golpear con algo
de frustración antes que su propio puño conectara con la cara de Kyleer y luego con su
abdomen, obligándole a apartarse.
—¿Son siempre tan violentos?
Reylan escuchó la pregunta de Faythe y cambió de posición. Su rodilla se clavó entre
los omóplatos de Kyleer, y se tomó un segundo para confirmar su victoria antes de
empujarlo.
—Hmm —evaluó Izaiah—. Yo diría que sí, aunque detecto cierta agresividad
aumentada aquí.
Kyleer rodó sobre su espalda. Reylan le tendió una mano en señal de ofrecimiento, pero
él solo la rechazó, quedándose agachado para recuperar el aliento.
—Creo que nunca te había visto tan esforzado —comentó Faythe.
—Eso suena a indirecta, General —añadió Izaiah, con picardía levantando la comisura
de los labios.
Reylan se limpió la cara con la camisa. Mientras se pasaba una mano por el cabello
resbaladizo, la mirada de Faythe recorriéndolo despertó cierta satisfacción primitiva.
—Si no dejas de mirarme así, esto no es nada comparado con la energía que ejerceré
contigo.
Sus ojos dorados se clavaron en los suyos.
—Espero que sea una promesa.
Reylan casi gimió. Cinco palabras, y eran una auténtica tortura.
—¿Alguien quiere decirme qué tiene a Ky tan alterado? —Izaiah cruzó los brazos—. ¿O
debo ir con mi mejor suposición que tiene llamativos ojos púrpura y pequeñas alas de
murciélago?
—No son pequeñas —intervino Faythe—. De hecho, son bastante impresionantes.
Reylan siempre admiraría a Faythe por su capacidad de ver lo bueno en una situación;
su voluntad de ver lo mejor en la gente. Izaiah simplemente la hizo a un lado, manteniendo
su desagrado, con el que Reylan podía identificarse, solo por protección a su hermano. Kyleer
había sufrido demasiado. La pérdida de un compañero era insondable para Reylan, aunque
la idea de perder a Faythe era un miedo peor que la muerte. Puede que sus circunstancias
fueran diferentes, pero que lo condenaran si se quedaba de brazos cruzados viendo cómo el
corazón roto de Kyleer se hacía añicos en las garras de un fae oscuro que solo buscaba sacar
provecho personal de ello.
—Lamentamos traer noticias un tanto a regañadientes… —La voz de Jakon fue una
sorpresa. Entró en el espacio con Marlowe—. Hemos captado los murmullos que Lord
Zarrius ha llegado.
Reylan se encendió de resentimiento ante la mención. No recordaba al señor de su
época en High Farrow, pero no necesitaba la imagen de su rostro para que se agitaran
pensamientos violentos sobre el propósito de su visita. Su atención se posó de inmediato en
Faythe, y se hundió ante la tensión de su porte sabiendo que no había forma que pudiera
ayudarla.
—Supongo que el rey le ofrecerá una cena —refunfuñó Izaiah.
—Sí —confirmó Faythe. Era la primera vez que Reylan oía hablar de ello, pero no era
una sorpresa—. Creo que es una pequeña reunión, solo como bienvenida. —Su atención
vacilante cambió a él—. No tienes que estar allí.
Porque no había sitio en la mesa para él, lo sabía. Faythe no pudo sostenerle la mirada
a través de su incomodidad por la situación.
—Quiero estarlo —le aseguró él, aunque eso no sirvió de nada para levantarle el ánimo.
No era mentira. Si tenía la oportunidad de aliviar un poco sus nervios, sufriría la
atención del señor sobre ella lo suficiente como para escuchar sus propuestas sobre su mano
en matrimonio. Se le retorcían las tripas sin fin, pero por ella, lo soportaría.
Capítulo 75
Faythe
Faythe fue la última en llegar al comedor. Reylan se alejó de ella en cuanto los vio, y la
atención de Faythe se fijó en Zarrius como un blanco por instinto. Quería sentirse como la
depredadora, pero cuanto más se acercaba, más se acercaba la sonrisa de Zarrius al regocijo,
haciéndola encogerse como su presa.
—Te estábamos esperando, querida. —Agalhor habló con calidez.
Solo pudo esbozar una sonrisa, descubriendo que todas las palabras que había
intentado recitar para parecer segura de sí misma o cambiada estaban atascadas en sus
apretadas vías respiratorias. Al hundirse en su asiento, sintió los ojos de dos buitres frente a
ella.
Malin y Zarrius.
Ver al señor amenazaba con despojarla de todo lo que había construido en su interior
y llevarla de vuelta a ser la humana indefensa y aterrorizada movida por las manos de un rey
malvado. Zarrius no era diferente como uno de los consejeros de mayor confianza de Orlon.
—Es un placer volver a verte, Faythe Ashfyre. —Su voz le rechinó, la sensación
contrarrestada por la presencia de Reylan detrás de ella, y no podía estar más contenta que
estuviera aquí—. Debo decir que este cambio que has adoptado como fae… es de lo más
exquisito. Y algo extraordinario. —Casi había empezado con buen pie, hasta que lo echó todo
a perder al exponer que pensaba en ella como un premio y no como una persona.
—Me perdonarás, no puedo decir que recuerde mucho de ti —dijo Faythe, inocente y
dulce.
Malin le lanzó una mirada de advertencia. Ella no le prestó atención. Aunque lo que no
pudo evitar fue darse cuenta que los dos hombres que tenía delante eran extrañamente
parecidos. No en apariencia, sino en sus astutas auras. Sus expresiones, sus gestos… Faythe
no se fiaba del señor ni un segundo. Pero les seguiría el juego, les daría lo que querían, y luego
encontraría su propia manera de rechazar todo lo que creían que era mejor para el reino con
ella como peón.
—Yo era de Orlon…
—Sí, lo recuerdo —interrumpió ella, sintiendo el chasquido de los ojos y el aumento de
la tensión—. Orlon fue muy específico sobre qué mentes debía dejar sin controlar. Confiaba
mucho en ti.
Eso pareció recuperar su ego, y curvó una sonrisa que era todo satisfacción.
—Como hace Nikalias ahora.
Faythe podría haberse atragantado con el vino que se llevó a los labios. Era asombroso
lo creíble que le parecía. Quizá era más tonto de lo que Faythe pensaba, al haberse tragado
la estratagema de Nik para someterlo.
Anoche, ella había Caminado por la noche hacia él una vez más. Solo por poco tiempo
para no arriesgarse a perder el control de nuevo, pero fue tiempo suficiente para confirmar
que Lord Zarrius tenía los días contados desde sus atentados contra la vida de Nik y la
amenaza contra la de Tauria. Tenía sentido que buscara una corona de esta manera después
del espectacular colapso de sus planes el verano pasado.
—Esto podría ser una gran unión de dos reinos —dijo Malin.
Sin apenas haber conversado, Faythe estaba lista para retirarse del disfraz de su cena.
—Zarrius, sabrás de mi estrecha relación con el rey Nikalias —probó.
—Sí, creo que mencionó que ustedes dos se unieron durante su tiempo en High Farrow.
Faythe no derramó triunfo en su sonrisa, pero su mirada se deslizó hacia Malin, que
sabía a lo que iba.
—Una amistad no es una alianza vinculante —dijo su primo con una irritación que solo
ella oía.
—Tengo entendido que algunas de las alianzas más verdaderas de nuestra historia
vivieron mucho tiempo y prosperaron gracias a nada más que la amistad y la confianza. ¿No
fue por amistad con el rey de Fenstead por lo que abrieron las fronteras y alojaron a sus
ciudadanos, Majestad?
—Estaba muy unido a él, sí —confirmó Agalhor, deslizando un atisbo de aprobación.
—¿Sin ningún tratado o acuerdo escrito que forzara su mano?
—No. El Rey de Fenstead fue un gran aliado que nunca cuestioné. Aún hoy se le echa
trágicamente de menos.
—¿Y si Tauria Stagknight pidiera ayuda para recuperar Fenstead? —El pecho de Faythe
latía con fuerza, sintiendo que este movimiento en su tablero de ajedrez sería el que
desencadenaría el odio que Malin intentaba mantener en su exterior.
—Si el plan de tal movimiento tuviera posibilidades prometedoras, respondería a su
llamada.
Eso era todo lo que Faythe necesitaba oír.
—Antes incluso de estar en el poder, tengo una relación establecida de este tipo tanto
con el Rey de High Farrow como con la Reina de Fenstead. Si no me crees, te invito a que se
lo preguntes tú mismo. —Faythe volvió su atención hacia el lord, momentáneamente helada
por el hecho que una vez más era como mirar fijamente a los mismos ojos distantes, solo que
éstos de un color diferente: un gris sombrío—. Le agradezco que haya venido hasta aquí, lord
Zarrius, y le aseguro que no es en vano. Solo señalo que el matrimonio no es la única forma
de asegurar perspectivas, y se podría argumentar que me he ganado mi derecho a elegir.
—Siempre has sido libre de elegir, Faythe. —El tono de Malin adquirió una nota alegre
que siempre escondía un astuto plan—. Pero a quién elijas se reflejará en todos nosotros.
—¿Y un compañero?
La habitación se silenció de golpe. No podía verle, pero sentía el malestar de Reylan.
Sin embargo, Faythe no podía quitarse de la cabeza una cosa esperanzadora que Nik le había
iluminado.
Y añadió:
—La ley ungardiana establece que no hay mejor gobernante para suceder a un monarca
caído que un compañero.
—¿Algo que quieras compartir, Faythe? —Malin desafió.
Entrecerró los ojos, pero no podía implicar a Reylan en este lío hasta estar segura que
no les saldría el tiro por la culata a los dos.
—Tiene razón —interrumpió Agalhor con indiferencia.
—Aún tienes un deber con este reino como su heredera —dijo Malin—. Casarse por
debajo de la posición podría crear disturbios.
Faythe rechinó los dientes.
—La situación no debería importar más que la voluntad de proteger este reino.
—Poner a un plebeyo a tu lado mancharía el nombre de Ashfyre —insistió su primo.
—¿Más de lo que ya lo he hecho?
—Nadie ha afirmado que lo hayas hecho.
Excepto tú, pensó ella, sin olvidar lo claramente que él le había manifestado sus
sentimientos en aquel paseo en carruaje hacía muchos meses.
—Crucé reinos para estar aquí. Cambié para estar aquí. A pesar de todo, me he ganado
el derecho a estar aquí. A quien ponga a mi lado será alguien que demuestre su dedicación
con hechos, no con títulos.
Faythe sabía que había llamado la atención sobre Reylan con sus palabras, incapaz de
detener la creciente necesidad de defenderlo sin decir su nombre. La conciencia a su espalda
la hizo girar la cabeza, solo para vislumbrar por última vez el cabello plateado antes que
Reylan abandonara la habitación sin llamar la atención.
Se le retorcieron las tripas y se le encogió el corazón al preguntarse si había dicho
demasiado. Él no quería esto: la guerra con los señores, la política, la corona. En ese
momento, Faythe se dio cuenta que nunca le había preguntado cómo se sentía al respecto;
nunca le había dado la oportunidad de retroceder ante lo que supondría que ella expusiera
quién era para ella y en quién podría convertirse para el pueblo.
—Como ha dicho Faythe —dijo Agalhor para calmar la tensión que había despertado—
, aunque no hay matrimonio concertado, las perspectivas están abiertas. Espero que tenga
ganas de nuestro Baile del Cometa, Lord Zarrius.
—Mucho —dijo Zarrius con una tirantez que podría haberse debido a que ella lo había
convertido en una pieza de recambio incómoda en cuestión de minutos. Aunque Faythe no
lo tomaba por alguien que se rindiera tan fácilmente ante una visión que aún podía
transpirar a su favor.
Entonces se desentendió de la conversación, deseosa de ir tras el general con el corazón
encogido. Intentó ignorar la mirada de Malin, pero cedió y se encontró con su fría mirada de
odio, que solo hablaba de acusación.
Si eso significaba librar a Reylan de esta batalla, tal vez Faythe depusiera su protesta.

***

No tardó mucho en localizar a Reylan. No había ido muy lejos y, en su agitación, no se


lo pensó antes de irrumpir en el salón. Su conversación con Livia se detuvo, las frías y
calculadoras líneas de su rostro se suavizaron al instante. La desconcertó aún más que
pareciera que él quería ocultar sus sentimientos.
—Los dejo a los dos —anunció Livia, con la voz despojada de su alegría habitual.
Faythe se dio cuenta que aún llevaba su traje de combate negro, el más adecuado para
trabajar de incógnito.
—¿Has encontrado alguna pista? —preguntó cuando Livia fue a pasar.
Livia vaciló, pero su rostro mostraba una angustia que hizo que Faythe se sintiera
culpable por estar tan metida en sus problemas aquí que no había seguido antes con Evander.
—He estado rastreando la actividad de los asaltantes. Aún no lo he encontrado, solo
susurros —respondió Livia brevemente.
Faythe quiso insistir, pero Livia dirigió una mirada a Reylan como si le cediera la tarea
de explicarse.
—Estoy preocupada por ti —soltó Faythe. Había tanta gente por la que se preocupaba
que Faythe sentía que les estaba fallando a todos.
—No lo estés —le aseguró Livia, apoyando una mano en el brazo de Faythe—. Puedo
cuidarme sola.
—Esa no es la cuestión —argumentó Faythe.
—Ella está diciendo la verdad —intervino Reylan—. Pero voy a explicar más.
Faythe le asintió e intercambió una pequeña sonrisa con Livia, casi sintiendo la
atracción de un abrazo, pero el comandante la rozó antes que pudieran ceder a él.
Volverse hacia Reylan rompió los frenéticos pensamientos de Faythe.
—Lo siento. —Esto pareció sorprenderle—. No debería haber dicho todas esas cosas
sin tener en cuenta cómo te sentías con todo esto. El papel de estar conmigo tomaría…
—Faythe. —Tomó su cara después de una cuidadosa exploración detrás de él,
manteniendo su voz baja—. ¿Crees que no he considerado todo eso?
Los bordes afilados de su pánico se suavizaron.
—Te fuiste, y pensé… —Quería abofetearse a sí misma por las conclusiones que había
sacado.
—Vi a Livia junto a las puertas. Parecía importante.
Faythe se frotó las sienes, las constantes dudas y el tira y afloja mental empezaban a
agotarla.
—Nunca he querido el poder —dijo—. Nunca me he visto capacitado para ayudar a
gobernar un reino. Aún me parece una idea ridícula, pero siempre he sabido lo que significa
estar contigo. No elijo una corona, pero te elijo a ti, Faythe. Cada maldita vez, pase lo que
pase.
Ella se apoyó en la palma de su mano, dejando que su pulgar rozara su mejilla.
—Ya ayudas a dirigir este reino. No recibes ni la mitad del crédito que mereces, Reylan,
y menos de ti mismo.
Sonrió en señal de agradecimiento, aunque no de acuerdo.
—¿Te vas mañana? —De alguna manera, ella esperaba que los planes hubieran
cambiado, pero su asentimiento hizo que sus hombros se desplomaran.
Reylan le inclinó la barbilla hacia atrás, frunciendo los labios como si estuviera
debatiendo sus próximas palabras, pero aun así las vertió en su mente.
—Quiero enseñarte algo.
Capítulo 76
Tarly

TARLY CERRÓ LA puerta de sus habitaciones detrás de él después de bañarse en el


pasillo mientras Nerida se lavaba en sus habitaciones. Él se puso unos pantalones de dormir
bajos y encendió un fuego mientras ella terminaba. En el espejo, revisó su herida, haciendo
una mueca ante la espantosa visión de la piel ennegrecida y las venas protuberantes. La captó
a ella en el reflejo vistiendo solo una bata corta de algodón, su cabello plateado húmedo
colgando libre de las trenzas que usualmente lo mantenía medio recogido. Su frente se
arrugó mientras fijaba su mirada preocupada en su hombro.
—¿De verdad quieres saber —ella susurró—, cuánto tiempo predigo antes que llegue
a tu corazón? Y a partir de entonces… no puedo estar segura.
Tarly le dio una pequeña sonrisa.
—No —dijo honestamente—. No puedo disfrutar un momento de la vida si conozco la
cuenta regresiva.
—¿Quieres disfrutar de la vida? —ella dijo como si creyera que lo contrario era cierto.
Él pensó por un segundo, pero ahora que ella lo había visto en su momento más
vulnerable y todavía estaba frente a él, temía menos compartir el interior de sí mismo.
—Antes de las Grandes Batallas, perder a mi madre y lo que pasó con Isabelle,
disfrutaba la vida. Ahora todos los días hay un momento fugaz de deseo que rápidamente se
convierte en una hazaña imposible. Supongo que solo estaba esperando que todo terminara.
Ella jugueteó ociosamente con su manga, viajando a otra parte por un segundo, y él
quería saber qué le preocupaba. Quería borrarlo todo así ella podía reírse de él.
Nerida limpió todo el dolor de su rostro, animándose mientras entraba al comedor.
—Traje los libros que pude encontrar. Después que te fuiste, me aseguré que el guardia
al que dañaste no sufriera más que un desagradable dolor de cabeza cuando se despertara.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
Su mirada se encontró con la de él con una sonrisa.
—Katori quería que siguiera algo, y en los establos percibí tu olor. Primero conocí al
jefe Zainaid. Me dijo dónde estaban sus habitaciones.
—¿No pensaste que te había dejado?
—Nunca se me pasó por la cabeza, no.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La intensidad se disparó entre ellos, o al menos, lo hizo a través de él, pero la atención
de Nerida se centró en otra cosa, y su expresión se iluminó mientras saltaba alrededor de la
mesa.
—¿Lo tuviste todo este tiempo? —dijo ella, empujando varios libros pequeños hasta
que el gran tomo se reveló.
Tarly se estremeció involuntariamente al verlo.
—¿El Libro de Enoc?
—¡Sí!
—Se suponía que Tauria lo llevaría con ella antes de los eventos que se desarrollaron
—ofreció.
—¿Qué esperaba ganar con eso?
—Información sobre los fae oscuros, supongo. Cualquier cosa que pueda darnos una
ventaja.
Nerida tarareaba mientras abría el pesado libro.
—Yo también lo espero. Este no es solo un libro sobre los fae oscuras, sino un libro
sobre todas las especies. También estoy pensando que podría haber algo sobre lo que es
Marvellas. Quiero saber exactamente cómo funciona la Transición.
Tarly se maravilló de lo absorta que estaba en el texto.
—Una vez leí un cuento sobre una diosa que había renunciado a su deber de caminar
en un reino de seres mortales por un humano del que se había enamorado. Pero fue un truco.
Fue enamorada y convencida de renunciar a todo solo para convertirse en esclava de sus
creaciones.
Eso despertó su interés y apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Creaciones?
—Humanos en el mundo fae. Eso requería su sangre. Pensé que todo era una fábula,
porque se contó como una obra de ficción, pero ¿y si todos los grandes cuentos están
inspirados en alguna nota de la historia?
—Es posible. Pero Marvellas ha estado formando un ejército de fae oscuros.
—Eso es lo que me desconcierta. Creo que eligió a los fae oscuros para crear criaturas
que estarían unidas a ella. Ellos no son como los Nacidos. Los Transicionados son más como
demonios con una sed de sangre humana de por vida. Pero creo que algunos pueden
encontrar la salvación si pueden controlarlo.
—Parece que tienes esperanza para ellos —observó Tarly. Admirablemente, ya que ella
no podía evitar su naturaleza.
—Lo he visto —admitió—. Tanto los Nacidos como los Transicionados. Se les hace
creer que son mucho más malvados, pero en verdad... se sienten como tú o como yo;
simplemente no lo admitirán debido a cómo han sido criados. Naturaleza versus crianza, por
así decirlo.
Tarly rebotó sus pensamientos.
—Así que crees que este libro que leíste podría ser sobre Marvellas.
—Es plausible. Si su sangre crea fae de humanos... ¿de quién es la sangre que está
creando los fae oscuros?
Una idea persistente se formó en su mente, como si la respuesta debería estar allí pero
no podía dibujarla.
Nerida cerró el libro de un golpe.
—Tendremos que llevarlo con nosotros cuando nos vayamos.
Nosotros. Una palabra tan simple, pero era inclusión.
Su pecho se apretó. Tal vez no se daría cuenta que lo había incluido en su plan; su viaje
Los ojos de Nerida destellaron brevemente sobre la mesa.
—Al menos ahora tengo una idea bastante buena de lo que te gusta leer —ella bromeó.
Luego, sonriendo para sí misma, encontró suficiente distracción para sostener uno de sus
libros—. ¿Gastería?
Tarly se cruzó de brazos.
—Ella es muy conocida y una excelente escritora.
—Lo sé. También conocida por sus apasionantes romances.
—Esos nunca son el foco de la trama.
Nerida sonrió, y ahí estaba: su risa ligera revoloteó por la habitación. Solo duró unos
segundos cuando su mirada se encontró con la de él, pero él la capturó, la guardó. Tarly se
movió como si la gravedad lo estuviera dirigiendo, sin romper su mirada. Alrededor de la
mesa hasta que solo hubo un deslizamiento tortuoso del espacio, una brisa fresca perceptible
entre ellos. Su cabeza se inclinó hacia la de él, y ella no se alejó.
—¿Por qué viniste a buscarme a la azotea? —él preguntó en voz baja.
Sus grandes ojos revolotearon con tristeza.
—Sentí que necesitabas a alguien —ella dijo, igualmente en voz baja.
—¿Es eso parte de tus capacidades curativas? —reflexionó—. Ser capaz de sentir a los
demás.
—No precisamente. Llegué a tus habitaciones, vi las puertas del balcón abiertas de par
en par, y Katori estaba gimiendo, inquieta, y hubo un breve momento en el que creí que…
quiero decir, pensé que podría haber…
La culpa se apoderó de él por su pulso acelerado cuando se dio cuenta de lo que la
escena y su ausencia podrían haber implicado.
—Miré hacia abajo primero. Tarly, no sé lo que hubiera hecho. Nunca había sentido
esto antes, y me aterroriza. —Nerida se apoyó contra el escritorio, con las manos
enroscándose alrededor de él como si su confesión fuera a hacerla huir ahora que estaba
fuera.
Tarly apenas podía moverse, aunque quería acortar esa distancia.
—A mi también —susurró. Dio un paso tentativo hacia ella—. Solo dime si esto es
demasiado, ángel.
Él lo había pensado en el momento en que la vio en el claro del bosque. Cómo el sol
brillaba con sus rayos brillantes a través de su cabello plateado, se reflejaba en sus grandes
ojos color avellana y brillaba contra su piel dorada. Nerida era angelical en todo el sentido
de la palabra.
Sus labios se abrieron, y él se sintió atraído hacia ellos con una abrumadora explosión
de necesidad. Lentamente, en caso que deseara distanciarse en cualquier momento, su mano
se elevó hasta su mejilla. Chispas se encendieron cuando sintió su piel bajo su palma,
viajando para estallar su pulso. Su pecho subía y bajaba profundamente, nervioso, pero él
permaneció tan lento y paciente como ella lo necesitaba.
—Tengo muchas ganas de besarte —dijo, su voz no era más que una tranquila grava.
Sus ojos marrones se dirigieron a su boca, a su mirada, como si se estuviera
reprimiendo.
—Yo también quiero eso.
Estaba a segundos de convertirse total y completamente deshecho por ella. La
sensación era tan natural que era una locura.
La otra mano de Tarly ahuecó su mejilla, y cuando sus dedos rozaron su abdomen
desnudo, tuvo que ahogar un gemido. Tortuosa pulgada a pulgada, él se inclinó para
encontrarse con ella, luego algo pareció romperse felizmente cuando ella se puso de puntillas
para cerrar esa distancia ella misma.
Cuando sus bocas se encontraron, se convirtió en una explosión de color en su mundo
monocromático. Se movían uno contra el otro, sus cuerpos respondiendo el uno al otro de
manera tan perfecta, obsesiva. Sus labios y lenguas chocaron mientras se perdían en el deseo
como si ninguno de ellos hubiera sentido sus verdaderos efectos en tanto tiempo que los
estaba rompiendo. Ansiaba más del sabor de ella; no quería dejar ninguna pulgada de ella
sin tocar por él. Con su suave gemido, las manos de Tarly cayeron y él se inclinó para esparcir
los libros de la mesa antes de levantarla sobre ella. La sensación de sus muslos alrededor de
él podría haberlo hecho perder los estribos allí mismo, segundos antes de subirse a la mesa
con ella. Sus labios encontraron su mandíbula, su cuello.
—Tarly…
Su nombre como su súplica sin aliento hizo que apretara su agarre sobre ella con un
gruñido de satisfacción. Se convirtió en el de ella, su verdadero nombre, porque no había
nadie más de quien quisiera escucharlo. Nadie más que pudiera hacerlo sonar como una
nueva bocanada de aire. Era ella la que podía gritar y gritar, y él respondería. En el placer,
mientras se discute, para tomar el pelo. Lo disfrutaba demasiado, necesitaba escucharlo una
y otra vez. Se convirtió en una señal de estar vivo. Un recordatorio de ser querido.
Él la respiró profundamente, necesitando llenar sus sentidos con cada nota de su aroma
para memorizarlo, pero algo chisporroteó en su interior. Una baliza parpadeante. La picazón
ante un reconocimiento que no podía pensar en tener sentido hasta que...
Tarly se apartó bruscamente. Respiraron con dificultad, pero él no podía aliviar su
mirada de desconcierto. La total incredulidad al principio, pero completa confusión cuando
se dio cuenta. La razón por la que desde el momento en que la conoció, ella le parecía tan
familiar. Lo atravesó como si siempre hubiera sostenido la pieza, apenas por debajo de
encontrar su lugar.
—Tú eres…
Ella extendió la mano sobre su boca para detenerlo. Su frente se arrugó con sus ojos
mientras se enderezaba, sin apartarlo, pero arrastrando sus dedos sobre sus labios antes de
posarlos en su cuello.
—Esperaba que no te dieras cuenta —susurró ella, apenas capaz de mirarlo a los ojos
como si pensara que se retiraría de inmediato—. Pero si necesitas una explicación, esto tiene
que terminar. No es un conocimiento que deba ser gratuito cuando podría lastimar a alguien.
—¿Herir a alguien? —repitió, incrédulo. Él retrocedió a pesar de la mueca de dolor—.
¿Como es esto posible?
Tarly no quería creer que estaba mirando a un extraño de nuevo con el conocimiento
que inundaba su mente. Historia, cuentos... su mente buscaba y buscaba, pero no encontraba
respuestas, pero sus sentidos no pudieron borrar lo que brillaba justo delante de él. Un olor
que hacía que cada parte externa de ella fuera tan condenadamente obvia que quería
abofetearse por no haberlo visto antes.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué? Esto no se trata solo de ti.
—Lo es —espetó ella, deslizándose de la mesa—. Porque soy la única que ha tenido que
vivir con eso toda mi vida. —Su voz se quebró, al igual que todos los argumentos de él que
se formaron en defensa de otra persona—. Verás, soy el escudo contra el daño que podría
causar. Solo yo soporto la carga, mientras no sea escuchada.
Él se equivocó al ver una luz tan brillante como la luz del sol y pensar que era inmune
a las nubes. Tarly pensó que sus rayos de luz podían atravesar cualquier cosa, pero en este
momento... no podía comprender la triste historia detrás de su enérgica voluntad.
—No entiendo. —Sacudió la cabeza, sus ojos se volvieron suplicantes—. No cambia
nada de lo que siento por ti, pero simplemente no puedo olvidar esto.
—Traté de alejarme. —Su voz se elevó, pero lo atravesó para ver sus lágrimas brillar—
. Me he alejado tantas veces, pero contigo no pude. Cada vez que quería que me siguieras, y
cuando no lo hacías... me daba la vuelta. —Una lágrima cayó, y sus rodillas podrían haber
seguido—. Nunca he vuelto antes.
—Tú querías alejarte de mí en el momento en que supiste quién era yo. No querías
acercarte demasiado a mí… —él se dio cuenta—. Sabías que lo resolvería.
Hicieron coincidir respiraciones tensas y duras durante un largo período de silencio
que le permitió reflexionar.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —él preguntó.
—Estoy tan cansada, Tarly. —Nerida caminó hacia la pared. Su espalda se desplomó
contra ella, la cabeza inclinada hacia el techo como si estuviera preguntando a los dioses:
¿Por qué esta mano cruel?—. Estoy tan, tan cansada de mudarme. Nunca me he sentido como
en casa. Nunca he sabido completamente quién soy. Puede que nunca lo haga, y también
tengo miedo.
Él se acercó, pero ella no se apartó.
—No respondiste a mi pregunta —dijo en voz baja. Tarly se deslizó por la pared
lentamente y lanzó la misma pregunta al cielo sin respuesta.
—Te sientes… —Nerida apenas susurró, pero hizo una pausa.
Tarly resonó con la forma en que sus palabras le fallaron. Tal vez permanecieron en la
superficie, gritaron en su pecho o le dolieron en la garganta. Había leído muchas maravillas
del mundo, tanto en la ficción como en la historia, y sabía que las palabras podían devorar
partes de una persona con más furia e irremediablemente que cualquier arma, y que el
tiempo era un cómplice malvado. Mientras que la carne sanaría, las palabras podrían
condenar de por vida.
Ella continuó en silencio.
—Te sientes como un lugar al que vale la pena volver. Así que lo hice.
Su existencia explotó, solo para repararse lentamente, pero con una nueva claridad,
envuelto en pedazos de ella. Lo que fuera que estaba por venir, Tarly estaría dedicado a ella.
Nunca antes se había sentido así, y sacudió su mundo con tanta confusión que no sabía lo que
significaba.
Lo que ella quiso decir.
Ella se había topado con su camino, y ahora él no podía imaginar el camino por delante
en caso que ella se desviara de él.
Él giró la cabeza, y ella también. Se sentaron allí en el suelo casi tocándose. Tenía que
tocarla para asegurarse que era real cuando este regalo parecía demasiado perfecto para ser
verdad. Su brazo se deslizó alrededor de ella, y cuando el cuerpo de Nerida se acomodó en
su costado, ella apoyó la cabeza en su hombro. Nunca nada se había sentido tan completo.
Esta corriente entre ellos se volvió innegablemente fuerte. Era una burla cruel en su
mente y un tormento perverso en su alma que gritaba una palabra. Una frase imposible.
Compañera.
¿Por qué no pudo haber sido ella cuando esta necesidad de ella se hizo más fuerte que
cualquier cosa que hubiera sentido antes?
—Tú también te sientes como en casa, ángel —dijo al fin. Con vacilación en caso que
retrocediera, Tarly tomó su mano. Estudió su hermosa piel morena contra la tez bronceada
de él, deslizó sus dedos entre los de los demás, y frunció el ceño—. Me importas, más de lo
que esperaba. No sabía que todavía era capaz de sentirme así. Pero te mereces mucho más
que los afectos de un alma fracturada.
Su mano apretó la de él.
—Yo también estoy fracturada.
Tarly apoyó suavemente su cabeza sobre la de ella y su silencio se volvió liberador. Se
preguntó con un destello de anhelo si las grietas en su existencia podrían alinearse de alguna
manera. Si dos mitades improbables pudieran forjar algo completo. Perfectamente
imperfecta.
—Deberíamos dormir un poco, —dijo Tarly en voz baja. Él no esperó una respuesta y
se puso de pie, tomando ambas manos para levantarla también. Luego la vio deslizarse bajo
las sábanas, que él retiró para ella, incapaz de ubicar las emociones que lo invadieron al verla
allí. Esta cama que no había conocido un sueño largo y reparador. Que había sentido las
garras de sus terrores nocturnos y la inquietud de su mente consciente. Ahora no parecía un
lugar de tormento con ella en él, pero eso lo convenció.
Tarly tuvo la urgencia de decir:
—No sé cuántos meses, semanas o días me quedan. Pero hasta que digas lo contrario,
no me iré a ninguna parte.
Los ojos de Nerida se arrugaron mientras se arrastraba hacia abajo, poniendo su cabeza
suavemente sobre la almohada, su cabello plateado derramándose sobre ella.
—Años —dijo en voz baja—. Te guste o no, me aseguraré que tengas tantos años, Tarly
Wolverlon.
Tarly había creído durante mucho tiempo que las semillas de su vida siempre estaban
destinadas a crecer malas hierbas. Había tratado de encontrar la belleza en los momentos en
que brotaba una flor, pero siempre eran una apariencia, no algo real. Un engaño
momentáneo. Entonces ella había llegado, el primer florecimiento seguro de tal vitalidad y
esperanza, y él supo...
Valía la pena sufrir las estaciones sin vida por esta única flor verdadera.
Tarly se movió antes de perderse de nuevo.
—Puedes dormir aquí. Tomaré la habitación al otro lado del pasillo. —Soltó las sábanas
cuando su suave mano se cerró sobre la suya.
—Quédate.
Una palabra... como una flecha que lo golpeó, solo para envolverlo por completo con
algo que no sabía que anhelaba. Quedarse. Un deseo por su compañía. En esos segundos, se
dio cuenta que había pasado tanto tiempo desde que alguien lo quería lo suficiente como
para pedir más. Lo aterrorizaba. Tuvo la urgencia de negar y huir y convertirse en el hielo
que le impedía sentir para que nunca pudiera doler. Ella podría alejarse en cualquier
momento, y él la dejaría ir, aunque su huella lo marcaría para siempre. Y esta verdad que
sabía sobre ella no dejaba de dar vueltas en su mente, y necesitaba un espacio de silencio
para tratar de comprenderla.
—No esta noche —dijo.
Se odiaba a sí mismo con cada paso que daba por haber matado esa preciada palabra
con tres. Ya había ido demasiado lejos, y se arrepintió de no haberla besado nunca. Esta línea
en la que se habían encontrado se equilibraba a una altura que podría destrozarlos a ambos
en la caída.
Capítulo 77
Reylan

CADA VEZ QUE estaba seguro que los pasillos estaban despejados, no podía evitar que
sus dedos encontraran los de Faythe. Su presencia era una energía que vibraba a través de
él; una corriente aguda que era emocionante, pero también tranquilizadora. No pudo evitar
su necesidad de tocarla.
La condujo por varios tramos de escaleras y, para su sorpresa, ella permaneció en
silencio, sin preguntar adónde la llevaba, aunque su naturaleza siempre había sido curiosa.
Ese hecho se apoderó de su corazón y lo apretó.
Llegaron a una familiar escalera estrecha y tortuosa, y los nervios que le picaban desde
que abandonaron el salón le arañaron la piel. Esta sección del castillo permaneció desierta,
sin vigilancia, cuando había poco de importancia en este camino.
Reylan se detuvo debajo de las escaleras.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella, su voz tan suave que la melodía calmó su ansiedad.
Él apartó un mechón de cabello que se había soltado de su trenza.
—Te he extrañado.
Las comisuras de su boca se levantaron, sin dejar nunca de detener el tiempo. Él la tomó
completamente de la mano y la condujo por las escaleras de caracol. Cuando sacó una llave
de su bolsillo, todas las reservas lo abandonaron. Hizo girar la cerradura, y aunque una vez
fue un espacio que solo había conocido una cara, empujó a Faythe adentro.
Había pasado algún tiempo desde que había dormido en esta habitación, pero fue su
santuario durante muchas décadas. No era mucho, la habitación era pequeña, pero la torre
estaba en paz. Dejando la llave en una cómoda, se giró para observar a Faythe
cuidadosamente, los latidos de su corazón adquirieron un ritmo irregular mientras se
preguntaba sobre sus pensamientos mientras escaneaba la habitación.
Se movió lentamente como si no quisiera perderse ni un centímetro, examinando todo
con cuidadosa atención, pasando sus delicados dedos a lo largo de algunos muebles hasta
que estuvo junto a la ventana salediza que daba a la ciudad. Ella no pronunció una palabra.
—Nunca he traído a nadie aquí antes —él dijo en voz baja.
—¿Kyleer e Izaiah?
Sacudió la cabeza.
—Nadie.
La frente de Faythe se arrugó, pero no pudo leer su tristeza. Reylan casi hizo una mueca
al verla escanear la cama pensativa, luego los pocos artículos que cubrían la mesa junto a la
pequeña fogata. Nada lujoso, no como las habitaciones en las que dormía abajo. Nada
comparado con lo que ella se merecía.
—Podrías tener cualquier habitación que desees en este castillo —ella susurró con una
emoción que él no pudo descifrar, pero tiró de ella.
—Me gustaba estar aquí arriba, —él explicó, dando pasos lentos hasta que se unió a
ella, mirando desde uno de los puntos de vista más altos de Ellium—. Es pacífico.
—Hermoso —susurró ella.
Reylan se esforzó mucho por mantener sus manos alejadas de ella, por abstenerse de
atraerla hacia él, ya que era la única vez que había sentido tanta felicidad. Tenía una fuerza
de voluntad lamentable. Ella le lanzó esos brillantes ojos ámbar y él perdió la pelea.
Tomando su mano, Reylan gravitó hacia una vieja cómoda. Hizo una pausa,
preguntándose si esto era una tontería, pero abrió la pequeña caja de todos modos y metió
la mano dentro. No la miró a los ojos, solo a sus dedos, y simplemente la idea que adornara
su mano encendió algo dentro de él.
Tenía que hacerlo realidad.
Se le cortó la respiración cuando él deslizó el anillo en su dedo medio. No podía decidir
qué le aceleró el corazón al ver las dos delicadas alas doradas de mariposa y el centro de
ópalo blanco contra su piel. La frustración se precipitó cuando algo retumbó con tanta fuerza
justo en frente de él, pero solo podía ver a través del vidrio esmerilado.
Faythe soltó su mano de la de él y él la miró con miedo de haberse excedido.
—No puedo tomar esto. —Sus ojos muy abiertos hablaban algo así como pánico.
Reylan entrelazó sus dedos entre los de ella como si ella fuera a moverse para
arrebatarle el anillo.
—Por favor —dijo.
—¿Por qué? —Sus ojos brillaron.
—Porque durante mucho tiempo me he sentido perdido. —Llevó sus manos a su pecho,
dando un paso más cerca para rozarle la cara con la palma de la mano—. Y contigo, me
encuentro.
No podía soportar su dolor, lo que inspiró la idea que fue un error dárselo, pero
egoístamente, nada se había sentido tan liberador. Su mirada se fijó en sus manos unidas, en
el anillo, y cuando Faythe estalló en sollozos, la frente de Reylan se tensó con pesar.
—Lo lamento…
Ella sacudió la cabeza, cerró los ojos y el pulgar de él secó la lágrima que caía. Faythe
no dijo nada, y aunque deseaba sus palabras, no presionaría para que aceptara.
En su lugar, Reylan la condujo hasta la ventana. Sentado, se giró hacia un lado, doblando
una rodilla, y Faythe se acercó más, con la espalda pegada a él. Se sentaron en silencio
durante unos maravillosos minutos, sus dedos vagamente trazando las marcas doradas en
su brazo, dejando que Faythe hablara. Incluso si ella decidiera no volver a hacerlo esa noche,
él estaba en paz viendo el cielo dar la bienvenida al anochecer envuelto en su presencia.
—¿Por qué te mudaste de este lugar? —Su voz no estaba completa, y las notas huecas
lo inquietaron.
—¿No es eso obvio?
—Cruzaste el pasillo tan pronto como regresamos de High Farrow.
Reylan inclinó su barbilla hasta que ella lo miró. Faythe trató de parpadear para hacer
retroceder el brillo que cubría sus ojos.
—Te amaba mucho antes de eso. —La besó una vez, pero cuando se apartó, no pudo
decir qué hizo que ella bajara la mirada—. ¿Qué pasa?
Faythe jugueteó inconscientemente con el anillo, y Reylan no pudo evitar estudiar lo
que parecía un hábito natural. Su cambio de humor desde que había salido de su habitación
sin una explicación lo había mantenido nervioso, solo con agonía ella podría estar
ocultándole algo. Tal vez ella tenía dudas sobre él. Tal vez traerla aquí solo los había añadido
a ellos. Era un general sin nadie a quien importarle lo que hacía o dónde se quedaba. No hay
riqueza que ofrecer, nada más que él mismo. Y ella era una princesa con el peso de toda una
corte sobre sus hombros. Deseaba poder tomar esa carga, compartirla, y hubo un momento
en que creyó que podía... hasta la reunión del consejo. Al escucharlo todo, cayó en la cuenta
de una nueva claridad, y ahora parecía risible presentarlo como una pareja favorable.
Sin embargo, no podía dejarla ir.
—Tengo que decirte algo —dijo Faythe en voz baja.
—Tú puedes decirme cualquier cosa.
Ella se inclinó, girándose para sentarse de lado sobre su regazo. Su brazo se curvó
alrededor de sus rodillas dobladas. Con un largo suspiro, ella preguntó:
—¿Cómo era Farrah?
Era lo último que esperaba. Reylan tomó su mano, curioso de por qué ella quería saber
mientras observaba la tristeza y el miedo chocar en sus iris ámbar.
—Rubia —le dijo—. Del tipo como el oro pálido. Ojos azul claro. Era pequeña en forma,
tan delicada que pensé que podría romperla con un movimiento en falso.
Faythe asintió con una sonrisa triste.
—¿Por qué lo preguntas?
Casi desvió la mirada, pero Reylan la tomó por la barbilla, no queriendo perderse ni un
destello de lo que la preocupaba.
—Visité el monumento que le diste en Fenher —confesó—. D-debería haber
preguntado si estarías de acuerdo con eso o si te esperaría, pero estábamos allí, y vi el campo
conmemorativo, y yo...
—Faythe —la interrumpió. Tiró de su mano y ella se acercó arrastrando los pies hasta
quedar sentada de lado en su regazo—. Me hace feliz que lo hayas hecho. Que tú querías.
—Es perfecto para ella, donde está —ella dijo.
Él apretó su muslo con gratitud.
—Espero que podamos volver juntos.
Él sonrió.
—Me gustaría eso.
Durante un largo momento de silencio, todo lo que hicieron fue observar la ciudad con
perfecta satisfacción. Reylan sabía que podía pasar horas así y sentir que no había perdido
ni un segundo de tiempo. Él acarició su piel, su cabello, maravillándose con cada toque del
que nunca se cansaba.
—¿Livia realmente no ha encontrado nada más sobre Evander? —Faythe preguntó en
voz baja.
Reylan respiró hondo. No tenía motivos para ocultarle nada.
—Sabíamos que sería difícil encontrarlo si permanecía como una sombra tanto tiempo.
Rara vez usa ese nombre, y Nessair probablemente habría llegado a su fin por mi tío por
dejar que se le escapara en su arrogancia cuando pensó que te tenía atrapada. —No quería
dudar de Faythe ni por un segundo, pero en un intento de tranquilizar a ambos, dijo—: Tal
vez hay alguien que lo imita. Era un legado para esos ladrones. No pensé que nadie pudiera
sobrevivir a lo que le hice.
—Eso espero —dijo Faythe, apenas un susurro que le dijo que no creía eso.
Llegó la tensión de la culpa que se apoderó de él con las ondas del miedo de Faythe que
ella trató de reprimir. Por un momento se preguntó si era por miedo a él. Horror al recordar
ese hecho de su pasado. Lamento haber pensado alguna vez que era algo que podía aceptar.
Faythe levantó la cabeza para sostener sus ojos con tal convicción que lo hipnotizó.
—Ni siquiera por un momento —dijo, en voz baja pero firme. Reylan se dio cuenta que
debía haber abierto sus pensamientos para que ella los captara—. Ni por un segundo te he
temido a ti, a tu pasado o a lo que eres capaz. Lo que temo... —Hizo una pausa—. Es a misma.
Por las peores cosas de las que podría ser capaz si él está vivo.
Dioses, la agonía en su pecho podría matarlo.
—Eso no lo sabemos todavía. El estado en el que lo dejé... No creía que nadie pudiera
haber sobrevivido a eso, y si lo hizo, su venganza se ha estado acumulando durante mucho
tiempo. Todo lo que puedo pensar es que solo hay una forma de hacerme daño, Faythe. —
Reylan la miró fijamente a los ojos, su debilidad y su fuerza—. Tú.
Para su sorpresa, ella no desprendía nada de temor u horror sombrío ni nada que
indicara que tenía miedo. Los dedos de Faythe se deslizaron por su cabello y él se relajó con
el placer de hacerlo. Estudió sus rasgos: pensativa, pero fuerte y confiada.
—Si está vivo, es mejor que espere no cruzarse nunca en mi camino. Buscarme para
llegar a ti sería el final de todo ese tiempo dedicado a construir retribución. Un desperdicio,
de verdad.
El orgullo de Reylan explotó con su absoluta incredulidad ante la belleza de su lado
oscuro. Aunque la idea que ella y Evander alguna vez se encontraran cara a cara se había
convertido en un nuevo terror en la vanguardia de su mente, bendijo a los Espíritus por un
compañero que se estaba convirtiendo en una piel tan segura. Estaba continuamente
asombrado por ella, sin merecerlo, pero maldita sea, si no podía dejar de ser un bastardo
egoísta y simplemente disfrutar cada parte de ella.
—Quiero pasar la noche contigo —espetó antes que pudiera repensarlo mejor para
ella—. Si voy a extrañar lo exquisita que te ves en el Baile del Cometa, te quiero por una noche
entera. Dime que no. Dime que es imprudente y podría arriesgar el hechizo de estos malditos
brazaletes justo cuando más importa. —Sus manos se deslizaron por su cintura en
anticipación con su larga pausa de búsqueda.
—No puedo —susurró ella—. Quiero eso más que nada. —Ella ladeó la cabeza para
besarlo, y él casi estalló, queriendo tomarla en ese momento. Todo en ella debería ser una
tentación fuera de su alcance, pero aquí estaba, deseándolo tanto como él la deseaba a ella.
Nada en este mundo fue jamás ganado fácilmente o allí para ser tomado; había sido una
lucha, una voluntad, una exigencia de seguir luchando.
Por ella, nunca se detendría.
—Podríamos quedarnos aquí, —ella dijo, alejándose.
Reylan negó con la cabeza.
—No hay baño.
—No me importa.
—Sí —dijo en voz baja, queriendo darle el mundo—. Podemos venir aquí de nuevo.
Siempre que quieras escapar o ver la ciudad lo más alto posible. Aquí, tal vez podamos
olvidar y simplemente ser.
—Me gusta cómo suena eso —estuvo de acuerdo—. Gracias por mostrarme esta parte
de ti.
—No hay ninguna parte de mí que no sea tuya ahora, Faythe.
Capítulo 78
Faythe

EL PULSO DE FAYTHE aceleró su respiración mientras estaba allí de pie en su bata. Era
solo un espejo. Sólo un maldito reflejo. No se había mirado a sí misma desde que su mundo
se hizo añicos y se reformó. Ni una sola vez en meses había mirado su nuevo cuerpo
poderoso, sus delicadas orejas puntiagudas. Faythe estaba plagada de náuseas e inquietud
por finalmente enfrentar su miedo.
Reylan se estaba preparando para acostarse en el baño, y en su momento de tiempo a
solas, quería enfrentarlo. Enfrentarse a sí misma. Parecía ridículo, y se había atormentado
durante meses pensando por qué le resultaba tan difícil mirarse en el espejo. Como si ver lo
que era cambiaría quién era ella.
Faythe no tenía miedo de ver lo que había perdido. Tenía miedo porque nunca se había
sentido más viva. En este cuerpo que era fuerte y poderoso. Y ella lo disfrutaba. ¿Era una
traición a su corazón humano? Querer todo lo que viene con ser fae. Para sentirte libre y
poderosa.
Pero también estaba asustada de enfrentarse a la mujer que había muerto hacía mucho
tiempo y ver que ninguna cantidad de poder, fuerza o bondad la sacaría de las garras de su
propia sombra. Estaba decidida a sujetarla a sus fracasos.
Con una profunda inhalación se movió hacia él, pero los ojos de Faythe se cerraron
instantáneamente. Cuando supo que estaba de pie justo en frente de su reflejo, se detuvo.
Solo para respirar y recordar que sin importar lo que viera, ella era Faythe Ashfyre. Como
humana, como fae, como ambas. Ella había vivido y luchado para estar aquí. Había amado y
perdido para sobrevivir. Ella lucharía y se levantaría para reinar.
Con una llamarada de desafío, enderezó la cabeza y abrió los ojos.
El pecho de Faythe subía y bajaba profundamente con el tamborileo de su corazón. Su
boca se abrió mientras miraba y se miraba a sí misma. Sus ojos ardían, pero no parpadeó.
Se veía igual que antes, excepto que más.
Una cara, un alma, pero dos historias que contar.
Como fae, su cabello estaba ondulado como la seda, sin puntas rotas y sin brillo. Sus
rasgos eran más definidos, la piel tan suave y libre de imperfecciones. Faythe miró sus orejas
puntiagudas, pero mientras esperaba sentir horror, todo lo que la golpeó fue asombro. Como
si recién ahora se diera cuenta...
Esto era lo que ella siempre estuvo destinada a ser.
Este cuerpo siempre fue suyo. No cambió nada, pero le dio los medios para pelear una
batalla más justa.
Luego, sus ojos se posaron en sus manos y giró las palmas para ver los símbolos
dorados del Espíritu dentro de ellas, unidos a una enredadera de otro idioma que conducía
a un lugar que aún no conocía. Su bata cubría sus brazos donde serpenteaba alrededor de
ellos y más allá de sus hombros.
En su enfoque, Faythe no escuchó a Reylan salir del baño, pero captó un parpadeo de
movimiento en el espejo. Estaba quieto, su mirada era difícil de descifrar. Su pecho desnudo
era tan glorioso que sus ojos no podían evitar recorrer su abdomen esculpido. Cada
impresionante contorno de la piel bronceada del guerrero se destacaba maravillosamente
por el cálido resplandor de la luz de las velas. Se miraron a través del reflejo mientras él daba
lentos pasos hacia ella, un hambre oscureciendo sus iris de zafiro que enrojecían el cuerpo
de ella con calor.
Sus ojos revolotearon en una fuerte inhalación cuando su cuerpo se presionó contra el
de ella por detrás, su aliento acariciándola desde la sien hasta el cuello mientras ella
inclinaba la cabeza una fracción. Lentamente, las manos de Reylan se arrastraron por su
cintura y el contacto visual que compartieron fue un desafío electrizante. Deshizo
tortuosamente el lazo de su bata de algodón, y la respiración de Faythe tartamudeó con su
creciente lujuria. Sus dedos se deslizaron por los pliegues, moviéndose hacia arriba hasta
que alcanzó sus hombros en una seducción lenta y fascinante. Ella no dijo nada cuando él
hizo una pausa, una oportunidad para que ella objetara, y luego, con atención resuelta, le
quitó la bata.
Reylan no reprimió su gemido. Sus ojos se cerraron por un largo segundo a primera
vista, cuando el material se desprendió y cayó de su agarre, exponiendo lo que ella llevaba
debajo. Su voz era pura grava viajera cuando inclinó su boca hacia su oído, bebiendo cada
centímetro de su piel que hormigueaba bajo su mirada.
—Vas a ser mi final, Faythe Ashfyre. Pero qué feliz final será.
Faythe estaba de pie con ropa interior de encaje carmesí y dorado similar al que había
visto una vez y del que se había burlado de él en el Sloan Market de las afueras de la ciudad.
—No es el mismo —dijo. Se le cortó la respiración cuando la mano de él rozó su
abdomen. Reylan la apretó más contra él y ella sintió que su deseo en la espalda le calentaba
el centro.
—No. Esto es mucho mejor. —Presionó su boca contra su cuello y Faythe se mordió el
labio para suprimir el sonido que acariciaba su garganta—. No hagas eso —él murmuró, sus
dedos arrastrándose sobre sus costillas, lanzando sensaciones directamente a sus pechos,
que estaban tortuosamente enjaulados detrás del encaje. Fue un esfuerzo no deshacerse en
sus brazos—. Quiero oírte. Cada sonido que puedo sacar de ti. Dioses, Faythe, eres lo más
exquisito que jamás haya existido. —Sus ojos una vez más se encontraron con los de ella en
el espejo cuando sus labios rozaron la punta de su oreja, y ella gimió suavemente con el
tormento dichoso—. Como humana, podrías haber puesto de rodillas a un hombre. Como fae,
podrías hacer que el mundo se incline ante ti.
Faythe trató de darse la vuelta, pero su agarre se hizo más fuerte. La lenta sonrisa de
Reylan saltó un latido de su corazón, enviando un temblor por su columna que sacudió todo
su cuerpo.
—Por favor —respiró ella, sosteniendo su mirada mientras la devoraba por completo.
Esa sonrisa se convirtió en una mueca.
—Quiero que mires mientras te adoro, Faythe. Quiero que veas que, como humana y
como fae, cada centímetro de ti es perfecto. —Sus manos se arrastraron sobre sus brazos, los
dedos trazando esa antigua trama de escritura. Su suave agarre en sus hombros la guio para
que se volviera. Sus manos se encontraron con su abdomen firme, provocando un calor que
corrió desde la punta de sus dedos. Sus ojos permanecieron fijos en los impresionantes
contornos de él, absorbiendo cada centímetro mientras sus manos se arrastraban hacia
arriba. Sobre su pecho, marcando cada cicatriz que recordaba. La respiración de Reylan se
hizo difícil, los latidos de su corazón adquirieron un ritmo encantador con su toque.
Luego, el zafiro se encontró con el oro, ardiendo como el fuego y el hielo. Reylan la
reclamó por completo con esa mirada. Su atención volvió al espejo, y cuando Faythe miró
por encima del hombro, se quedó sin aliento. Las dos vides en sus brazos se encontraron en
el medio, y los dedos de Reylan recorrieron su columna vertebral donde los tres símbolos
del Espíritu adornaban sus omóplatos, envueltos en un diseño tan hermoso que sofocó su
horror al ver las marcas.
—Exquisito. —La otra mano de Reylan se levantó hasta su barbilla, guiando su rostro
hacia atrás—. Poderoso. —Cerró esa distancia centímetro a centímetro tortuoso—. Mía.
Un temblor de deseo la sacudió, la inexplicable necesidad de él la llevó a la
desesperación.
—Necesito que me digas que me detenga, o estoy a segundos de mandar todo a la
mierda, esta noche.
No había nada que Reylan pareciera valorar más que su honor y lealtad. Excepto ella.
Faythe sabía lo que debía decir. Para ambos, era mejor que se mantuvieran separados, al
menos hasta después del baile, cuando podrían pensar en algo para mantener a raya al lord
y a Malin. Pero pensar en ellos solo despertó su desafío. Todo lo que ella quería estaba justo
aquí. Todo lo que se merecían después de todo lo que habían pasado.
—Bésame, Reylan.
No necesitaba nada más.
Faythe se deshizo en el momento en que estrelló sus labios contra los de ella. Un suave
gemido la dejó ante la gloriosa fricción de su piel desnuda, y Faythe se puso de puntillas para
igualar su ferocidad en la forma en que reclamaba su boca. Sus manos se deslizaron hacia
arriba, pero él agarró sus muñecas antes que pudiera enredar sus dedos en su cabello. Reylan
se separó del beso abruptamente, sus ojos tan oscuros que devoraron el zafiro, tan
salvajemente que todo su cuerpo se estremeció.
Sin previo aviso, le dio la vuelta para mirar su reflejo, pero no perdió ni un segundo,
antes que sus manos estuvieran sobre ella. Dominaban su cintura, y Faythe no podía hacer
nada más que apoyarse en él, una de sus manos alcanzando su nuca, necesitando algo a lo
que agarrarse para no ceder ante sus rodillas debilitadas. Sus dedos se apretaron en su
cabello, y gimió más fuerte cuando él masajeó su pecho sobre el encaje rojo, su mirada se
volvió primaria mientras la observaba deshacerse de él, observaba todo lo que le estaba
haciendo que nublaba la habitación con los deseos de ambos.
—Mírate —admiró Reylan, su voz casi irreconocible en su lujuria. Su otra mano bajó
más—. Te sientes increíble.
La espalda de Faythe se arqueó y no pudo contener los ruidos cuando él alcanzó su
clítoris sobre su ropa interior. Sus dedos solo jugueteaban y masajeaban, una tortura
perversa. Ver sus manos sobre ella, vagando, mapeando y encendiendo, era un
desmoronamiento que nunca había sentido antes, como si él estuviera decidido a no dejar
ninguna pulgada de ella sin tocar esa noche.
Sus labios rozaron su hombro, presionando una vez su garganta.
—No tienes idea de lo feliz que estoy de ver que la mordedura de esa criatura ha
desaparecido, para que algún día solo lleves la mía.
Faythe notó entonces cómo la piel se había curado por completo de la cicatriz rebelde.
Se estremeció con el recuerdo del espantoso ataque de los fae oscuros. Sus ojos picaron,
abrumadoramente aliviada. La idea de su marca allí provocó una necesidad tan primaria y
una promesa esperanzadora para su futuro.
Reylan se movió frente a ella, su mirada sosteniendo su sumisión, leyéndola. Sin
romper esa intensa mirada, se agachó. Los brazos de Faythe instintivamente se envolvieron
alrededor de su cuello, sus piernas alrededor de su cintura, una posición que rápidamente se
estaba convirtiendo en su favorita cuando le mostraba la idea que él la tomaría de esa
manera. Pasó junto a la cama, aunque no hacia ninguna pared para cumplir su fantasía.
Reylan se dirigió en cambio a la habitación contigua, y una emoción salvaje la disparó
directamente a su centro cuando se dio cuenta de su destino sin mirar.
Faythe respiró hondo cuando su piel se encontró con el mordisco frío del piano de cola.
Él la soltó con deliberada lentitud.
—Recuéstate para mí, Faythe —dijo, tan tranquilo, pero con una orden lujuriosa que
pinchó su piel.
Ella obedeció. Con las palmas contra la madera lisa y pulida, Faythe se movió antes de
reclinarse. Se detuvo sobre sus codos, pero cuando leyó la mirada oscura de Reylan, otro
jadeo superficial la dejó cuando sus hombros tocaron el frío. Arqueó su espalda, y giró la
cabeza para ver a Reylan comenzar a caminar alrededor del piano, el hambre en sus ojos
devorando cada parte de ella con su caminar lento. La reacción que invocó se volvió
completamente poderosa. Aquí no había velas encendidas; sólo la luz de la luna que entraba
por las puertas del balcón la iluminaba extendida para él.
—Nada se acerca a esto —dijo.
Faythe lo había visto perdido por la lujuria y reclamado por el amor antes, pero esto...
No podía ubicar la emoción en su voz, ni lo que estaba grabado en su mirada atenta. Algo más
encantador que el asombro, más profundo que la adoración. Se saltó su pulso y corrió su
sangre.
—Sin vista, sonido o sensación —él continuó. Reylan dejó escapar un largo suspiro y
rodeó el piano hasta que ella ya no pudo inclinar la cabeza para verlo sin mover el cuerpo—
. Nada se compara contigo, Faythe. —Su aliento susurró a través de su oído cuando plantó
sus manos en su cabeza y se inclinó más cerca—. Maldición, te amo más ferozmente de lo que
pensé que cualquier persona podría ser capaz.
Los ojos de Faythe se cerraron cuando sus labios presionaron su hombro desnudo. Ella
casi se retorció, necesitando tocarlo de vuelta, para mostrarle cuánto significaba para ella.
Su mano recorrió su garganta, inclinando su cabeza hacia atrás para mirarlo boca abajo.
—Quédate como estás —ordenó, presionando un suave beso en sus labios.
Su pecho estaba a punto de estallar, necesitaba alguna salida, pero Reylan sabía que
había más formas de transmitir sus sentimientos. Ella escuchó, sabiendo sus intenciones.
Detrás de ella, lo escuchó sentarse en el banco y doblar la tapa del piano. La pausa de silencio
mientras contenía la respiración por la música con la que él inundaría la habitación hizo que
sus cargas se alejaran. Luego comenzó a tocar, y el escozor detrás de sus ojos le recordó cuán
profundamente había anhelado escuchar esto de nuevo.
Faythe dejó caer la cabeza hacia atrás mientras miraba a través de las puertas de vidrio,
fijando la vista en el cielo nocturno estrellado mientras Reylan los barría con una canción.
Una melodía suave, pero se entretejía alrededor de su corazón con una promesa
tranquilizadora que no podía explicar. Lágrimas silenciosas se deslizaron por el precioso
recuerdo de cuando lo escuchó tocar por primera vez. Había estado tan desnudo por ella sin
saber que se estaba volviendo completa y totalmente suya de nuevo. Esa noche cuando no
era más que una humana consumida por el miedo y abrumada por el poder, no por dentro,
sino por el título. Antes que ella supiera cuán profundo y vinculante era su unión.
Ahora había tantas cosas diferentes, y Faythe sintió la libertad de darse cuenta que no
extrañaba quién era. Había pasado tanto tiempo dudando que pudiera aceptarse a sí misma,
pero ahora no iba a simplemente aceptarlo; ella estaría a la altura. Como heredera de
Rhyenelle, como alguien que tenía suficiente poder para detener a Marvellas, estaba lista
para todo. Y no había sido sin Reylan dando cada paso incierto y oscuro con ella que había
llegado aquí.
Las manos de Faythe recorrieron su ombligo, sintiendo la canción brillar sobre ella, y
se entregó por completo. Una mano se hundió más y cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia
atrás mientras su cuerpo se inclinaba sobre el piano. No a través de la lujuria; Faythe estaba
tan fascinada con su canción que llenó su cuerpo de estrellas.
—Es hermoso —susurró ella.
—Es tuya.
Faythe no pudo luchar contra la necesidad de verlo. Los rayos de la luna resaltaron
todos los contornos de su forma de batalla, sus tatuajes atraparon fascinantemente su brillo.
No se perdió ni una nota cuando encontró su mirada a través de largas y oscuras pestañas.
—¿Escribiste eso para mí?
La canción fue disminuyendo suavemente, la última nota se instaló en su corazón. Los
dedos de Reylan se mantuvieron firmes sobre las teclas hasta que el eco final de esa nota se
desvaneció por completo. Luego cerró lentamente la tapa, sin romper el contacto visual ni
una sola vez.
—Te extrañé —dijo él en respuesta. Sus dedos peinaron su cabello.
Su voz bajó con la emoción que quemaba en su garganta.
—¿Puedes tocarlo de nuevo?
—Tantas veces como quieras que lo haga. Hasta que lo escuches incluso cuando estás
lejos y recuerdes que soy tuyo.
Faythe tragó saliva, preguntándose cómo alguna vez transmitiría cuánto significaba
para ella. Todo lo que había hecho por ella. Las palabras no eran suficientes. El dolor que se
hinchó en su pecho fue un dolor bienvenido. Real y todo para él.
—Ven aquí —dijo Reylan en voz baja.
Levantándose, Faythe se deslizó sobre la suave superficie del piano y se arrastró hasta
que sus piernas se relajaron frente a él. Las manos de Reylan se envolvieron alrededor de
sus pantorrillas, y colocó sus pies sobre la cubierta mientras ella se reclinaba, apoyándose
en sus palmas. Él la observó mientras su toque viajaba más alto.
Faythe dejó ir toda su timidez ante la forma en que él la devoraba con una simple
mirada. Se puso de pie con cuidado, apoyando una rodilla en el banco mientras se inclinaba
hacia ella. La respiración de Faythe se cortó cuando pensó que iba a besarla, pero se detuvo,
y sus labios hormiguearon con el contacto cercano de los suyos mientras sus dedos rozaban
sus muslos, corriendo calor entre sus piernas.
—Ojalá pudiera saborearte en más de un sentido esta noche. —Su mirada brilló
brevemente a su cuello, la implicación aumentando su lujuria. Lo deseaba tanto, que él la
marcara. Mientras sus dientes apretaban sus labios ante el pensamiento, sofocó su sorpresa.
Todavía tenía que acostumbrarse a la reacción. Probarlo de vuelta... era un deseo que era tan
nuevo y salvaje.
Los dedos de Reylan enganchados debajo de la banda de su ropa interior exhalaron un
fuerte suspiro.
—Todavía planeo cumplir mi primera promesa. ¿Recuerdas?
Al leer sus movimientos, Faythe levantó las caderas y dejó que él arrastrara el material,
el aire fresco contra su suavidad delatando lo fácilmente que cobró vida con sus palabras y
tortuosos toques. Él guio sus piernas más separadas, su aliento continuaba soplando a través
de su mandíbula, y su cabeza se inclinó hacia atrás con un dolor por él para aliviar la tensión
de su centro.
—¿Recuerdas, Faythe?
—Sí —dijo ella con voz áspera. Su toque se encendió sobre sus costillas, y con poco
esfuerzo maniobró los cierres entre sus senos, con los que había estado jugueteando durante
tanto tiempo para descubrir cómo asegurarlos—. Ya has hecho eso antes —ella observó.
Sus pupilas devoraron la mayor parte del zafiro cuando el material se desprendió para
exponerla por completo.
—Nunca —él admitió.
Entonces su boca descendió sobre ella.
Los dedos de Faythe se entrelazaron a través de su cabello, apretándolo cuando su
asalto se amplificó, y empujó su pecho contra él. Su brazo rodeó su espalda, tomando su peso
y luego bajándola hasta que estuvo al ras contra el piano una vez más. Los dientes
mordisquearon sus pechos puntiagudos. Sus piernas se envolvieron alrededor de él, y pronto
estaba frotándose descaradamente contra él, desesperada por cualquier fricción debajo.
Él agarró su muñeca y le quitó el brazalete antes de alcanzar el suyo.
—Esta noche eres mía —gruñó—. Quiero oler cada parte de mí en ti.
Los brazaletes rebotaron en el suelo donde los arrojó, un sonido liberador.
—Tuya —ella respiró.
Reylan le besó las costillas, hasta el ombligo. Sus manos se deslizaron a través de sus
mechones plateados, desesperada por guiarlo justo donde lo quería.
—Mira lo lista que estás para mí.
Él no lamía; Él devoraba. Faythe gritó, su espalda se arqueó sobre el piano cuando él no
bromeó o fue lento o tierno. En cambio, alternaba entre chuparla con fuerza y dar largas
vueltas con su lengua, que metía dentro de ella, más profundo de lo que ella imaginaba.
Faythe vio estrellas. Sus dedos se cerraron en puños contra su cabello. Cuando no pudo evitar
que sus caderas se ondularan, Reylan deslizó dos dedos dentro de ella, sabiendo que ya no
necesitaba adaptarse.
—Vente para mí, Faythe —gimió él, las vibraciones de eso enviándola justo al borde.
Reylan continuó trabajando con precisión mientras ella temblaba violentamente,
ralentizando sus embestidas antes de retirar sus dedos para seguir devorándola entera.
Las constelaciones se rompieron y se unieron de nuevo. Bajó desde lo alto respirando
con dificultad, los dedos se deslizaron fuera de su cabello, y se preguntó si su fuerte agarre
había sido doloroso en su falta de conciencia.
—Quédate ahí —ordenó Reylan, su voz pura, espesa lujuria.
Faythe no creía que fuera capaz de hacer mucho más. Ella se sometió fácilmente a todo
lo que él, ellos, deseaban.
Reylan apoyó una rodilla en la cubierta del piano, y en unos breves segundos estaba
flotando sobre ella. Una mano se plantó en el esmalte negro mientras que con la otra se
mantuvo en su entrada, pero se detuvo, mirando hacia arriba para captar su mirada. Faythe
respondió pasando las manos por su pecho con un leve asentimiento, las uñas raspando lo
suficiente como para que su cuello se tensara de placer.
—Te necesito.
Se hundió en ella con un largo deslizamiento, directo hasta la base, luego se detuvo con
un gemido que estremeció cada centímetro de ella. Hizo que inclinara la cabeza hacia atrás
en una profunda inhalación de felicidad absoluta por la plenitud que sentía, que había estado
anhelando de él durante toda su vida. La atravesó con mucha más fuerza que antes,
consumiéndola por completo. En este nuevo cuerpo era como experimentarlo de nuevo, un
rango cambiado de deseo que provocó una necesidad salvaje y febril.
—Hazlo —jadeó ella, sabiendo de qué se estaba absteniendo—. Lo quiero, Reylan.
Duro.
Maldijo y ajustó su posición, una mano enganchada debajo de su muslo para levantarla.
Luego lo soltó. Ella lo soltó. Reylan se hundía en ella sin cesar, y ella no podía hacer nada más
que gritar por él, arañando su piel, agarrando el borde del piano, sin saber qué hacer con sus
manos cuando estaba completamente abierta por su asalto despiadado.
Estaba tan perdida en el momento que nunca quiso ver el final, así que cuando él se
retiró, sus ojos se abrieron de golpe ante la brusquedad. Faythe nunca se había sentido más
incendiada viva, zumbando de júbilo por lo que haría a continuación. Quería explorar con él,
pensando que podrían hacer esto un millón de veces y nunca volvería a ser lo mismo. Ansiaba
su toque, su sabor, su olor, todo lo que se había convertido en un mapa con caminos infinitos
pero que siempre terminaba en el mismo destino.
El pecho de Reylan subía y bajaba profundamente mientras la miraba, reclamando cada
centímetro de ella con esos zafiros resplandecientes.
—Ninguna cantidad de ti será suficiente —dijo con voz áspera. Él tomó su mano,
ayudándola a sentarse ya que se sentía tan pesada y ligera al mismo tiempo—. Incluso
enterrado dentro de ti no se siente lo suficientemente cerca.
Los brazos de Faythe rodearon su cuello, sus labios casi rozando cuando él la levantó.
Se volvió y se sentó en el banco del piano, separando los muslos de Faythe sobre los suyos.
Sus manos vagaron sobre su piel resbaladiza por el sudor. Su frente se arrugó con las olas de
adoración con las que él la miró. Era todo lo que podía hacer para evitar llevar su boca
firmemente a la de él.
—No puedo dejar de necesitarte —dijo Faythe—. No ahora, no en ninguna vida. Soy
tuya pase lo que pase.
La cabeza de Reylan se inclinó para encontrarse con ella, y Faythe gimió con el rastro
de su lengua por su garganta.
—Toma lo que quieras, Faythe —dijo, las palabras como brasas disparando sobre su
piel.
Por primera vez, dudó.
—Nunca había hecho esto antes —confesó. Esta posición, confiando en ella para
satisfacer a ambos.
Su frente presionaba su hombro, y ella pensó que ese hecho despertaba algo en él. Que
él era su primero en esto también. Ella atesoraba el conocimiento como si fuera todo.
—Sabes que no hay nada que puedas hacer mal, ¿verdad? —él gruñó, las manos
ajustando sus caderas.
Como un imán, ella respondió a su toque, comenzando un deslizamiento lento y
tortuoso a lo largo de su longitud. Faythe se mordió el labio cuando los brotes de placer la
alcanzaron, pero no fue suficiente.
—Manos aquí —susurró él, guiando sus muñecas hasta que sus palmas se extendieron
sobre la cubierta detrás de él. Instintivamente, Faythe se levantó lo suficiente para que
Reylan se posicionara frente a ella—. Prepárate, entonces toma lo que quieras.
Sus muslos volvieron a hundirse, el nuevo ángulo golpeó más profundo de lo que
esperaba. Con la necesidad de sentirlo una y otra vez, su placer impulsó sus movimientos.
Relajando su ligero agarre, se sometió a ella por completo, inclinando la cabeza hacia atrás
contra el piano, con los ojos cerrados en un estado de dicha invocado por ella. Quería
capturar la vista de él, piadoso y absolutamente fascinante. Su rostro brillaba contra la luz
de la luna, la frente apretada con fuerza mientras respiraciones cortas y rápidas se
disparaban a través de su boca entreabierta.
Su ritmo se volvió exigente; una carrera hacia el placer que hormigueaba a través de
ella.
—Justo así —él dijo con voz áspera, levantando la cabeza para ver dónde se unían—.
Dioses, no tienes idea de cuánta tortura he estado pasando para follarte de nuevo.
Por mucho que su cuerpo suplicara llegar al final que estaba tan cerca, su mente aún
no quería eso. Fue el turno de Faythe de detenerse. Deslizándose fuera de él, ella se
estremeció. Se había sorprendido a sí misma con la idea, pero quería saciar su necesidad de
tenerlo de todas las formas que anhelaba.
Reylan descansó allí como una escultura perfecta, y sus pensamientos se regocijaron.
Mi compañero. Era todo lo que podía escuchar con orgullo eufórico. Ni el tiempo ni la
distancia podían cambiar eso. No es su mayor enemigo, ni su conflicto más peligroso.
Ni siquiera la muerte pudo separarlos.
Sus ojos se encontraron con los de ella con una pregunta ardiente. Ella solo cayó de
rodillas ante él.
—Faythe… —Su nombre lo dejó en un suspiro.
—Dijiste que tomara lo que quiero. —Su pulso saltó, la mano curvándose alrededor de
su longitud.
La mandíbula de Reylan se flexionó con sus movimientos largos y apretados. Su mano
se acercó a su cara, el pulgar trazó a lo largo de su labio inferior antes de presionar
ligeramente, y ella abrió la boca, moviendo la lengua sobre la punta y soltando un gemido
bajo. Luego se enderezó y se puso de pie, inclinando los dedos hacia atrás de su cabeza antes
de arrastrarlos por su cuello.
—¿Esto es lo que quieres?
Faythe asintió, tragando saliva ante la mirada cada vez más oscura en sus ojos.
—Abre la boca y relaja tu garganta para mí.
Faythe trató de hacer lo que le pidió, apoyando las manos en sus muslos y
permitiéndole guiarse a sí mismo dentro de su boca. Fue despacio, avanzando poco a poco, y
Faythe solo se concentró en su respiración, en no permitir que su tamaño despertara su
pánico. Ya había hecho esto antes, pero fue breve, y eso había sido con su miedo poniendo un
límite. Confiaba en Reylan y quería experimentarlo completamente desatado en todos los
sentidos. Burlándose de él ella misma, empujó los límites que la emocionaban de explorar.
Con ternura, cepillo su cabello antes de apartarlo. Faythe miró hacia arriba entonces, y
él la miró con una mirada de asombro.
—Perfecto —gruñó.
Empezó a empujar lentamente, y Faythe se acostumbró a la extraña sensación tan
profunda en su garganta. Cuando ella no mostró ninguna protesta, su ritmo se aceleró, y
pronto, Faythe estaba igualándolo, respondiéndole. Disfrutó cada segundo, los sonidos de
placer que traía de él, la flexión de él, sintiendo su propia excitación subiendo y subiendo,
pero solo carente.
—Te sientes increíble en todos los malditos sentidos.
Su aprobación solo tensó sus piernas, y podría haber gemido con el colmo de la
necesidad.
Reylan se retiró con un gruñido tan fuerte que pensó que él podría estar cerca de
derramarse, pero quería prologar sus deseos después que se negaron el uno al otro durante
tanto tiempo. Se tomó un segundo, con las manos apoyadas en las rodillas, para recuperar el
aliento, lidiando con los hilos de la necesidad que se desenredaron todos a la vez. Él dentro
de ella, su boca sobre ella, sus manos explorándola...
—Te necesito —fue todo lo que pudo decir, preguntándose cómo podría ser suficiente.
Sabiendo que nunca lo sería.
Esta necesidad de él era eterna. E insaciable.
La dejó sin aliento cuando la levantó y la acuno contra él. Su cabeza se apoyó contra él
mientras él la cargaba. Estaba acostada sobre sábanas suaves, y la comodidad provocó una
especie de lujuria soñolienta.
—Soy un bastardo egoísta por esto —dijo, su mano deslizándose sobre su costado,
amasando su pecho, antes de posarse sobre su clavícula—. La idea de sus manos sobre ti me
ha vuelto loco, Faythe.
—No significa nada —Su mano agarró su cabello—. Pero tú significas todo, Reylan.
Él gimió cuando ella acercó sus labios a los suyos. La boca de Faythe se abrió en un grito
silencioso cuando su mano se deslizó entre sus muslos.
—Quiero que pienses en mí cuando estés con él —gruñó, aumentando el ritmo
mientras rodeaba su ápice, y todo lo que ella pudo hacer fue retorcerse debajo de él—. Piensa
en cómo te sientes cuando estoy dentro de ti. Eso es todo, Faythe.
Se corrió ruidosamente, una erupción de la nada cuando había estado tambaleándose
al borde durante tan poco tiempo. Mientras temblaba con las réplicas, supo que este no era
el final, ni quería que lo fuera a pesar de sus párpados pesados.
—Una vez más para mí. ¿Puedes hacer eso? —susurró sobre su piel.
Sus ojos permanecieron cerrados, pero asintió.
Ella haría cualquier cosa por él.
—Date la vuelta.
Faythe rodó sobre sus manos y rodillas, una nueva emoción la atravesó con un claro
despertar en la posición. Lo sintió detrás de ella, pero aún no la había penetrado. En lugar de
eso, se inclinó sobre ella, cada toque que hacía era tan lento y con tanta atención: sobre su
espalda, subiendo por su pecho, enroscándose ligeramente alrededor de su garganta, y luego
la guio hacia arriba hasta que, de rodillas, su espalda quedó al ras con la suya de frente.
Fue entonces cuando descubrió un nuevo favorito, mareada con electricidad en la
íntima habitación. Él se deslizó adentro lentamente, y ella frunció el ceño, arqueando la
espalda para darle un mejor ángulo por instinto.
—Nadie podría encajarte tan perfectamente como yo.
—Nadie —repitió ella.
Respondió tirando hacia atrás casi por completo antes de sumergirse con un golpe de
castigo. Faythe repitió las palabras: Nadie más. Una y otra vez, cada vez que él le daba lo que
ella ansiaba, hasta que marcó un ritmo y todo lo que ella podía hacer era arañar su antebrazo
manteniéndola erguida, el sonido de su piel mezclándose con los gritos que venían de ella
sin control y el sonido primario. Gimió, dejó escapar ese tiro directo entre sus piernas. Sus
dedos frotando círculos sobre su vértice fue el empujón final, y Faythe estalló. De adentro
hacia afuera ella se encendió. Su magia entrelazada con la de él y sus tatuajes dorados
brillaron cuando finalmente alcanzó el pináculo de la absolución.
Reylan se corrió con un rugido y una última estocada poderosa que los hizo caer a
ambos sobre sus manos y rodillas, jadeando con fuerza, piel con piel, resbaladizos como
consecuencia de una felicidad diferente a todo lo que había experimentado antes. Su
respiración áspera sopló su cabello, y su cabeza se inclinó para mirarlo.
—Realmente te estabas conteniendo antes —dijo Faythe con voz áspera—. En la cueva
de la cascada.
Reylan soltó una carcajada.
—Eras mucho más frágil entonces. Confía en que este no es el límite de lo que he
pensado hacer contigo. Ni siquiera cerca. Pero esta noche, me sorprendiste de más formas.
Me emociona hasta el infinito, Faythe.
Se estremeció con los escandalosos pensamientos que él despertó en ella. Más
prominentemente, sus dientes en ella, marcándola. Él se apartó, y su cuerpo se tensó con la
brisa. Ella se bajó lentamente hasta que estuvo acostada contenta sobre su estómago.
Reylan se quedó en silencio el tiempo suficiente para que finalmente lo mirara. Se paró
al final de la cama, una manta en una mano, pero permaneció inmóvil.
—Eres una diosa, Faythe Ashfyre.
Ella sonrió para él.
—Ven aquí —dijo adormilada.
Reylan se sumergió en la cama, dejando caer el suave material sobre ella cuando se
acostó a su lado. Faythe se levantó lo suficiente para plegarse en el espacio perfecto entre su
cuello y su hombro.
—La danza con el lord no significa nada. Es solo un medio para satisfacerlos por ahora
—murmuró, necesitando asegurarse que él lo supiera una y otra vez—. Pero desearía que
fueras tú.
Reylan besó la parte superior de su cabeza.
—No sería de su agrado ver a un general liderando a su princesa.
—Eres más que eso —dijo en voz baja—. Mucho más.
Él no respondió, pero ella sintió los ecos de su gratitud.
Faythe estaba distraída por el hundimiento de su estómago.
—Odias bailar.
—Sí, pero no se siente como una rutina tediosa contigo. Se siente como lo que acabamos
de hacer: íntimo. Un momento en el que el mundo se desvanece y las barreras caen. Esa
primera vez en High Farrow, habría bailado contigo toda la noche si me lo hubieras pedido.
El recuerdo estalló en su pecho con una ola de emoción. Sus dedos trazaron
distraídamente los tatuajes en su pecho mientras recordaba cómo se sentía, el momento en
que la comprensión encerró en su corazón que no podía dejarlo ir.
Faythe se levantó sobre su codo, observando sus dedos arrastrándose sobre sus
marcas. Un conjunto la llamó, hipnotizándola con el patrón que trazó una y otra vez, hasta
que se detuvo. Sus labios se separaron. Ella no podía dejar de verlo. Ya no era un adorno, sino
una frase que su mente tradujo tan repentinamente que le picaron los ojos.
—Dijiste que estos eran recuerdos de tus padres —dijo Faythe distraídamente.
Reylan frunció el ceño.
—Lo son.
La mayoría de ellos, pensó Faythe. Todos excepto este, pero él no lo sabría.
Permaneció confundido por su interés, pero Faythe solo sonrió, inclinándose para
besarlo. Un suave gemido se le escapó cuando la mano de él enganchó su muslo, tirando de
ella completamente sobre él sin separarlos.
—No creo que hayamos terminado aquí —murmuró con voz ronca.
—Esperaba que no. —Su deseo se encendió de nuevo con cada duro centímetro de él
debajo de ella.
Mientras miraba una vez más su marca favorita en él, Faythe examinó su hermoso
rostro.
—No importa cuánto tiempo tome, o qué nombre, o qué título, te encontraré sin cesar,
Reylan Arrowood. Si solo recuerdas una cosa, recuerda siempre que esa es mi promesa.
Capítulo 79
Zaiana

SUS OJOS SE ABRIERON, pero Zaiana se congeló de pánico al encontrarse con una
tormenta que crepitaba y se arremolinaba a su alrededor. Estaba despierta, o al menos se
sentía consciente, pero... algo no estaba bien.
Luchando por ponerse de pie, se tambaleó, desorientada, pero la gravedad no pesaba
lo mismo aquí. Este lugar era tristeza y angustia, una energía pura y oscura, que dejaba pasar
poca luz con las nubes negras que rugían, haciendo que los pelos volaran a través de su visión
cuando trataba de entrecerrar los ojos para encontrar algo sólido.
Ella quería salir.
Más que nada, y sus manos se taparon las orejas y sus ojos se arrugaron como si
bloquearlo todo la llevaría de vuelta a la sombría celda en la que estaba segura que se quedó
dormida. Este lugar se burlaba, ahogando sus pulmones con miseria. Odio, tanto odio a sí
misma, y se dio cuenta de inmediato...
Este lugar era ella.
—Zaiana Silverfair. —Una voz masculina dominante resonó a través del látigo del
viento. Sonó con una familiaridad lejana hasta que fijó una cara en él segundos antes que él
emergiera a través del vacío.
El Rey Agalhor Ashfyre de Rhyenelle.
Sus rodillas se debilitaron, amenazando con hacerla inclinarse ante él cuando
finalmente se dio cuenta de lo que él estaba haciendo. La violación que despojaba a la última
parte de sí misma que le quedaba.
—No esperaba que pudieras despertar aquí. Al menos no tan segura como tú —él
observó—. Como un Caminante Nocturno.
Zaiana trató de concentrarse y empujarlo hacia fuera, pero un gran peso tan seguro
como su acero Niltain se apoderó de su mente. Él tomó el control de ella por completo, su
poder se estrelló contra ella sin dejar lugar para que ella confundiera que estaba a su merced
dentro de su propia mente. Sabía que Agalhor Ashfyre era legendario como Caminante
Nocturno, y este terror indefenso la ahogó con una falta de familiaridad que le escocía en los
ojos.
—Por favor —gimió patéticamente. No le quedaba nada.
—¿Mi hija rogó cuando intentaste quitarle la vida? —se burló.
Zaiana agachó la cabeza, pero él no aceptó esa sumisión y le ordenó que volviera a
mirarlo. Apretó los dientes, logrando morderse las uñas en las palmas de las manos para
contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Su rabia latía tan tangiblemente que
pensó que podría romper su hechizo. Lo sintió retroceder para luchar contra ella.
—No puedes decir que no esperabas esto —él continuó—. Podría tener las respuestas
a todo, y una vez que yo las tenga, terminaré con tu miserable existencia. ¿No es eso lo que
realmente quieres? —La acechó, observando cada centímetro vulnerable y leyéndola mucho
más profundamente que nadie antes. Al ver todo lo feo y retorcido que estaba dentro—. Te
siento, Zaiana, tus verdaderos deseos, e incluso puedo compadecerte. ¿No es una
misericordia para mí poner fin a esta tormenta? —Miró alrededor de la masa arremolinada
de su subconsciente. Los relámpagos crepitaron ferozmente mientras las nubes negras
rugían. Tal vez ella estaba de acuerdo en algún nivel, y él lo sabía.
Faythe había mentido.
Ella se había retirado como una cobarde y en su lugar le pasó la tarea a su padre.
Zaiana los mataría a ambos.
—Solo demuestras mi necesidad de matarte, Zaiana. No permitiré que vuelvas a pensar
en otra amenaza hacia ella. Aunque si te hace sentir algo en ese corazón frío, Faythe cumplió
su palabra y no sabe nada de esto.
¿Cómo podía creerle? Podría ser un intento desesperado de salvar a Faythe de su ira.
No cambiaría nada.
El rey la tomó de la barbilla y ella no pudo escapar de su agarre.
—Escucha —ordenó.
A su orden, un golpe rítmico resonó a través del espacio. Distante al principio, hasta
que se construyó, fuerte y seguro. Un latido
—Tuyo —él dijo.
Zaiana podría haberse reído de su afirmación absurda, pero se preguntó qué tipo de
broma retorcida estaba jugando. Entonces ella lo sintió. En su pecho, ese movimiento la
aterrorizó, pero cuanto más crecía ese terror, más fuerte golpeaba, más rápido corría, y no
pudo soportarlo, luchando impotente contra un grito con una oleada de necesidad de
arrancarlo.
Esto no es real, ella cantaba. Tenía que ser una manipulación. Hazlo parar.
Hubo momentos en los que se había permitido soñar con esto. Lo que se sentiría tener
un corazón que late. Eso podría traducirse en tantas cosas maravillosas y ocultas con una
cuidadosa atención en su armonía siempre cambiante. Mientras se enfocaba en la ilusión de
cómo latía en su pecho, Zaiana comenzó a calmarse, sosteniendo esa cosa segura y
revoloteante que se sentía hermosa.
Hasta que se lo arrebataron con la rapidez de apagar una vela y gimió.
—Planeo averiguar qué causó su quietud. Tal vez podría ser la clave para acabar con
todos ustedes.
—Te mataré —prometió con los dientes apretados. Había estado marcado desde el
momento en que ella puso un pie en su castillo, pero ahora había encendido el fuego para
que ella lo llevara a cabo.
—No te despertarás de esto. No soy cruel. Facilitaré tu paso aquí.
El color comenzó a formarse a partir de las nubes brumosas. Las voces resonaron y
Zaiana cerró los ojos, incapaz de enfrentar su propio pasado, sucumbiendo a su derrota. No
podía soportar ver a otra mente presenciar todo lo que era y todo lo que había hecho,
arrancando y escogiendo partes de ella que él no tenía derecho a ver. Intentó ignorar las
voces, pero no pudo. Incluso consciente, rogó, pero lo que nunca pudo hacer fue
desconectarse de su propia mente cruel.
Su hogar, su prisión, su jaula.
El chasquido de un látigo la azotó. ¿Cuánta de tu sangre debemos derramar antes que
aprendas? Tu desafío será tu fin. Otro chasquido antes que el eco de la siniestra voz de Nephra
se desvaneciera.
El rollo de sus recuerdos se desplegó, saltándose semanas, años, décadas. Agalhor se
llenaba.
¿Cuál de ellos te hizo daño?
Su frente se arqueó ante la voz de Maverick, casi lo suficiente como para robarle una
mirada, pero en cambio, susurró sus propias palabras sobre el recuerdo.
—Todos ellos.
Todos los maestros y todas las personas con las que se había cruzado alguna vez.
Siempre la traicionarían. O mentir o engañar o herir. Zaiana no confiaba en nadie. No
completamente. Y a su vez, no esperaba que nadie confiara en ella.
—Para que puedas sentir —reflexionó Agalhor.
Zaiana sacó más sangre de sus palmas al escuchar la voz de Kyleer a continuación. Sus
mejillas ardían, la humillación forzaba sus movimientos mientras se preguntaba si su pura
voluntad de matar al rey podría romper su hechizo.
—Arde en el infierno —escupió.
Justo cuando despertaba algo de ira para ayudarla a salir de su lamentable estado, su
mirada se elevó hacia la única escena que no podía soportar. Hielo envolvió su columna
vertebral, bloqueando todo su cuerpo, que sabía que se arrodillaría aquí sin su influencia.
—Detente —suplicó vagamente, aunque no podía apartar la mirada.
Sus propios ojos oscuros y despiadados se clavaron en el fae oscuro rendido que había
herido lo suficiente como para tomar su pelea. Él jadeaba de rodillas, agarrándose una herida
profunda en el abdomen que derramaba sangre plateada sobre su mano. Ella no había
olvidado este día. Ni siquiera un segundo de eso. Sin embargo, aquí dentro era como vivirlo
todo de nuevo. El cuerpo de Zaiana vibró con una caricia inquietante, mirando y mirando la
vista fracturada...
Finnian.
—¿Por qué? —exigió su yo del pasado entre dientes. Dolor, tanto dolor, se reflejaba en
esos ojos violetas que luchaban contra el plateado que los bordeaba.
—No tuve otra opción —dijo Finnian con voz áspera—. No puedo… no puedo controlar…
La boca de Zaiana se abrió en un grito ahogado mientras observaba a su yo del pasado,
tan consumida por la traición, arrodillarse con él... y hundir su espada directamente en su
pecho.
—Matar o ser asesinado, ¿verdad? —ella le susurró.
Él balbuceó en agonía, pero no mostró enojo, solo mucho dolor y arrepentimiento. Su
boca se tambaleó como si estuviera tratando de decir algo.
—Yo… yo nunca…
Se desvaneció en sus brazos lentamente, la luz de sus ojos verdes parpadeó.
Ella nunca sabría el final de lo que él quería decir. Y esa frase incumplida permanecería
para siempre como un fantasma.
Zaiana se vio a sí misma arrancar una tira de su camisa, una muestra de la debilidad
que casi la había matado. Lo ató a la empuñadura de su espada para que nunca se le
concediera un momento para olvidar.
—Hice bien en evitar que tus garras se clavaran en mi comandante más de lo que ya lo
han hecho —dijo sombríamente Agalhor—. Tu amor es mortal.
—No tenías derecho. —Zaiana sintió la lenta acumulación de una ira tan cargada que
esperaba que pudiera matarlo. Sus lágrimas cayeron al suelo negro—. ¡No tenías derecho! —
Ella gritó la última palabra, su cabeza explotó con una aflicción que oscureció su visión al
instante. Estaba cayendo y cayendo, y no le importaba si la última pieza de ella se rompía
mientras se detenía.
Siempre y cuando se llevara al Rey de Rhyenelle con ella.
Capítulo 80
Nikalias

NIK LLEGÓ A los establos que Tauria le había indicado. Sus sentidos se agudizaron
hasta un punto peligroso al separarse de ella, pero mientras ella tomaba audazmente la ruta
principal hacia el castillo con Mordecai, esta era su única forma de seguirla adentro. Volvió a
buscar a Samara, su mano se cernía sobre su espalda para guiarla primero al pasadizo oculto.
—¿Qué haremos aquí?
Calculó que su pregunta no era más que algo para llenar el silencio y distraerla de su
inquietud.
—Mantenernos ocultos y averiguar qué está haciendo aquí —respondió Nik, apenas
capaz de ofrecer calidez o seguridad.
—Lo siento —espetó ella.
Eso robó su atención de su anticipación latente. Pensó en su disculpa por un momento,
suponiendo que era por más de una cosa.
—Estás perdonada, Samara. No puede haber sido fácil sentir que tu supervivencia
dependía que te unieras a cualquier lealtad que pareciera más fuerte.
Su silencio parecía contemplativo, y él miró hacia arriba para encontrarla jugueteando
con sus mangas.
—No soy fuerte como Tauria. O realmente tan valiente.
—No creo que eso sea cierto.
—¿Por qué no?
—Estás aquí. No tenías que estar de acuerdo con este plan.
—De lo contrario, me habrías matado.
—¿Esa es la única razón por la que aceptaste?
Su pausa fue suficiente respuesta. Nik respiró hondo, sintiendo que no tenía nada que
perder con su próxima confesión.
—Por lo que vale, no te habríamos matado.
—Pero traté de matarte.
—¿De verdad lo amabas? —Nik no podía entender cómo pudo haberse enamorado de
Zarrius, a quien nunca había visto mostrar una pizca de afecto por nadie.
—No lo sé —admitió—. Creo… porque no sé lo que eso significa. Una vez trataste de
explicármelo, y creo que entonces me pregunté si era amor o si tenía demasiado miedo de
no ser nada sin él. Si no te mataba, planeaba dejarme. Dijo que yo era débil y que necesitaba
a alguien en quien confiar. No creo… —Samara vaciló.
—No tienes que decirme más —dijo Nik en voz baja—, pero espero que sepas que
puedes confiar en mí.
Pasaron por delante de la escena de la carnicería y sólo echaron un vistazo a la sala de
ceremonias en ruinas que estremeció a Nik con oscuros recuerdos.
—¿Qué pasó? —Samara respiró horrorizada.
Su toque en sus hombros la instó a seguir moviéndose. No quería perder un segundo.
Mordecai casi obligó a Tauria a casarse una vez antes.
—Él no parece tan verdaderamente malvado.
Nik soltó una risa amarga.
—Los monstruos pueden tener muchas caras. No te dejes engañar por los que usan
para atraerte.
Intercambiaron una mirada, y Nik podría haber compadecido su ingenuo corazón,
pensando que había tristeza en la revelación.
—No me atraía —dijo—. Me refiero a Zarrius.
Nik sonrió.
—No hay nada de malo en ello.
—Tú tampoco me atraías.
Su risa vibró silenciosamente a través del estrecho pasaje.
—Solo quiero decir… no lo sé. Estoy confundida y tengo miedo de no tener tiempo para
resolverlo. He cometido tantos errores al pensar que una figura con alto poder significaba
seguridad, pero tal vez eso ya no me importa. Quizá quiera probar el peligro, o lo
desconocido, si eso es vivir.
Antes que llegaran al final del pasillo, la obligó a detenerse.
—¿De dónde viene esto?
—Me han sacrificado toda mi vida, Nik. De mis padres a Zarrius. De Zarrius para ti. De
ti a Mordecai. Lo besé y por primera vez me sentí libre. Casi me rompo para contarle todo
porque a menudo hay una voz en mi cabeza que solo quiere romperse.
—Para encontrar lo que realmente deseas —evaluó Nik—. Para que alguien te escuche.
Un lado completamente nuevo de Samara se había abierto ante él, y debería haberla
visto antes.
Ella bajó los ojos.
—Ya no soy una dama de la corte. Pensé que me sentiría avergonzada ya que es todo lo
que me enseñaron a valorar. Sin embargo, me alegro y ya no tengo miedo.
Su mano se extendió hacia su brazo por impulso.
—Eres valiente, Samara. Solo te ha llevado hasta ahora aceptarlo.
Su boca se levantó con liberación, y aunque estaba contento por el peso que se levantó
entre ellos, que no sabía que se había vuelto tan pesado, no tuvo tiempo de disfrutarlo.
—Vamos —presionó suavemente, tomando la iniciativa esta vez para mirar primero
en la habitación abandonada.
Cuando salió de detrás de la librería, fue golpeado tan poderosamente por el recuerdo
de esta habitación que el mundo que lo rodeaba se desvaneció. Arraigado en el lugar, sus ojos
se arrastraron desde el sofá hasta la pared, y su corazón se fracturó, su alma lloró, y fue pura
voluntad lo que evitó que cayera de rodillas.
Nik no se había permitido a sí mismo afligirse por el vínculo roto que habían creado en
esta misma habitación. Tenía que ser fuerte por ella. Si bien no cambió absolutamente nada
de su amor y adoración por Tauria, no podía negar el dolor de haber probado un regalo entre
ellos solo para que se los robaran cruelmente.
—Lo siento mucho. —La voz tranquila de Samara atravesó su caída en picado hasta el
dolor suficiente para encontrar un agarre, pero tomaría tiempo recuperarlo por completo de
esta pérdida.
Respiró hondo para ponerse a tierra.
—Nos vengaremos de todo lo que nos han robado
Capítulo 81
Faythe

HABÍA PASADO TANTO tiempo desde que Faythe se sintió ligera y libre. Separarse de
Reylan siempre sería una tensión en la atadura que lo mantenía egoístamente a su lado, pero
la noche que habían compartido había abierto una nueva y brillante libertad dentro de ella.
Escuchó las enseñanzas de Izaiah, pero su mente seguía volviendo a ellas. Hizo girar
nerviosamente el brazalete en su muñeca por temor a que el señor, que debía llegar pronto,
detectara el otro olor tan completamente entrelazado con el de ella después que se lo quitara.
—Disculpas por mi retraso. —La voz de Zarrius resonó.
Faythe se tensó, pero lo enfrentó con nada más que una agradable recepción.
—No importa. Me dio tiempo extra para practicar. Debo advertirte que no tengo tanta
experiencia en el baile.
Izaiah murmuró en voz baja:
—Eso es decirlo a la ligera.
Faythe le lanzó una mirada sutil, pero su amigo enfocó sus ojos duros en el lord, quien
fijó su atención en ella.
—Entonces elegiste bien a tu pareja. Confío en mi experiencia. Haremos una gran
actuación juntos.
Ella no lo había elegido, ni siquiera él estaría en la lista de los diez mejores compañeros
de baile que ella consideraría.
—Espero que estés bien. No daré la impresión deseada buscando a tientas en la pista
de baile.
La palma de Faythe se deslizó en la suya cuando él la extendió hacia ella. Todo sobre su
toque se sentía mal, incluso repulsivo. El brillo en sus ojos despertó su ira, y se preguntó si
él era consciente de la condescendencia que tenía con ella solo con esa mirada. Ella no pudo
protestar cuando su brazo se deslizó alrededor de su cintura y él levantó la palma de la mano
para la postura de apertura.
—Tengo muchas ganas de tener este baile contigo, Faythe Ashfyre.
Ella no estaba en sí para devolver el sentimiento falso. Lo que Zarrius esperaba con
ansias era dar a conocer su importancia a su corte sin perder un segundo de aliento.
Así que Faythe solo sonrió dulcemente y bailaron.

***

—Me duele decir esto, de verdad —dijo Izaiah arrastrando las palabras cuando una vez
más solo estaban ellos dos terminando en el salón de baile—, pero te va a descubrir a lo
grande si no igualas su energía.
—Es difícil encontrar el entusiasmo —se quejó Faythe.
Su sonrisa era omnisciente cuando apoyó una mano en su hombro.
Una punzada de pánico recorrió su nuca segundos antes que Kyleer entrara en la
habitación. Faythe ya estaba caminando para encontrarse con él.
—Necesito tu ayuda —se apresuró.
—¿Descubriste algo sobre la biblioteca? —preguntó esperanzada, pero su rápida
sacudida le ahuecó el estómago.
—Eso no. No puedo explicarlo, pero no me dejan acceder a las celdas por orden de
Agalhor. Necesito que la revises por mí.
El ceño de Faythe se arrugó.
—¿Zaiana? Pensé que eras su supervisor.
Él intercambió una mirada con Izaiah ante eso, moviendo la mandíbula como si supiera
que la petición con la que había venido a ella era un paso fuera de lugar.
—Espero que no sea nada, pero no puedo estar seguro de cuáles son sus planes con
ella. Si ya lo ha hecho… —Kyleer no terminó el pensamiento que le lavó la cara con pavor.
Agalhor no mataría a Zaiana, quería decirle. Al menos no hasta que la agotaron en busca
de información...
Faythe respiró profundamente, el rompecabezas se deslizó junto con las piezas que
Kyleer le había traído.
—Él planea Caminar a través de ella.
—Traté de persuadirlo de lo contrario, de decirle que estábamos progresando, pero me
temo que ahora ha tomado el asunto en sus propias manos, y cuando haya terminado…
No tendría ninguna razón para mantenerla con vida.
Faythe ya caminaba con paso apresurado, con el corazón acelerado. Su padre no haría
eso, no si supiera que Faythe les había ordenado a todos que no lo hicieran para que ella
pudiera probar sus propios métodos. Si él cruzaba esa línea con la faw oscura, no habría
forma de recuperar el pequeño núcleo de su confianza, y Faythe no podía evitar la sensación
que era importante. Zaiana era importante.
Ahora que corría, la lenta capa de frío miedo que había sentido desde su intento de
infiltrarse en la mente de Zaiana la hizo rezar para que la corazonada de Kyleer fuera
incorrecta. Quería creer que Agalhor vendría a ella primero, que escucharía por qué estaba
en contra de este método.
Los guardias bloquearon inmediatamente su camino.
—No debemos dejar que nadie vea a la prisionera, Su Alteza.
Faythe no redujo su ritmo de marcha.
—Fuera de mi camino.
—Órdenes del rey.
Sus dientes rechinaron, las palmas de sus manos hormiguearon por el calor, y Faythe
se deslizó en sus mentes sin esfuerzo en su prisa. Sin pensar demasiado en lo que estaba
haciendo, pensó que una forma rápida de dejarlos inconscientes era el ataque menos
invasivo. Como si palpara la pared en busca de una palanca, la movió, oscureciendo sus
mentes en un instante. Al pasar por encima de sus cuerpos caídos, no podía sentirse culpable
por ello.
Sus pasos finalmente se hicieron más lentos, pero su pulso se aceleró cuando vio el
cuerpo acurrucado en el suelo. Ella inhaló por la nariz, una pizca de sal en el aire.
Faythe supo entonces que era demasiado tarde. Aunque no debería importarle, una
astilla se enganchó en su pecho.
La fae oscura yacía de cara a la pared, acurrucada en una capa negra que había sido
rasgada en la parte inferior para adaptarse a su altura. Faythe olió que había pertenecido a
Kyleer. Su cabeza descansaba contra la piedra fría y abrasiva, el cabello negro como la
medianoche se derramaba como tinta. Completamente quieta y sin sonido.
—Zaiana —susurró Faythe al inquietante silencio.
Nada cambió durante unos minuciosamente largos segundos.
Luego:
—Espero que hayas obtenido lo que querías—. Su respuesta llegó desprovista de
cualquier emoción, el susurro de un fantasma.
—Él no debería haber hecho eso…
—Ahórrate el aliento, Faythe Ashfyre. —Ella la interrumpió—. Mientras todavía tienes
tiempo para dibujarlo.
—¿Cómo puedo hacer esto bien?
Zaiana se movió, empujando hacia arriba débilmente como si hubiera pasado días en
esa posición inmóvil contra el suelo implacable.
—Ustedes creen que son los héroes. Los buenos, los justos. Pero no están menos
dispuestos a hacer lo que sea necesario para ganar.
Su cabello oscuro cubría la mayor parte de su rostro cuando Zaiana se puso de rodillas,
aún sin volverse hacia ella por completo.
—Él no te mató —dijo Faythe, más como un alivio que para contrarrestar sus palabras,
pero Zaiana soltó una risita entrecortada de puro y amargo resentimiento.
—Parece que el notorio Caminante Nocturno no es tan poderoso como pensaba.
Faythe se preguntó cómo podría ser posible. Si Agalhor se había infiltrado en su mente,
cómo sabía Zaiana y cómo había sobrevivido dado todo lo que Faythe había oído sobre la
habilidad de su padre. En ese momento no le importó; se alegró del fracaso de Agalhor,
aunque fue una puñalada de traición. Todo este tiempo había luchado para probarse a sí
misma, ante los lores, ante la corte, pensando que una de las pocas personas que creían en
ella era su padre. Sin embargo, aunque es posible que Agalhor no lo haya visto, este acto
borró sus palabras. Faythe cerró los ojos, respirando a través de la creciente ira. No fue
acusada con una fuerza imprudente; en cambio, le dio una sensación constante de claridad.
Trató de encajar, trató de doblegarse a lo que querían, pero debería haber sabido que
era un molde al que nunca podría ajustarse. Ella no quería encajar realmente. Todo lo que
había estado haciendo era esperar el momento.
Ahora iba a hacer las cosas a su manera.
Antes de salir furiosa de esas celdas, aunque Faythe no le debía nada a la fae oscura,
dejó que su último pensamiento se prolongara en voz alta.
—O tal vez tu voluntad de sobrevivir es simplemente más poderosa.
Capítulo 82
Faythe

FAYTHE ASHFYRE NO escatimó ni un respiro a pesar de la advertencia que le hicieron


que el rey no estaba solo. Ella irrumpió en la cámara del consejo. Muchos ojos la clavaron,
pero solo buscó uno, y los encontró, los sostuvo, los apuntó.
—Deberías haberte anunciado primero, Faythe —dijo Agalhor con tranquila irritación.
Faythe abrió los brazos y se detuvo.
—¿Qué consideras esto?
El aire se volvió espeso por la tensión ante su descaro.
—Tienes algo en mente —adivinó Agalhor cuidadosamente. No se perdió la
advertencia en ese tono—. Hablemos en privado.
Más silencio. Más reglas. Debería haberlo visto antes, y casi negó con la cabeza ahora
que había visto a su padre bajo otra luz. En algún nivel, sabía que él siempre había tenido sus
dudas sobre ella, aunque se había aferrado a sus palabras huecas como un niño.
Los lores y Malin, a quien ella vio brevemente, se movieron para irse.
—Esperen —ordenó Faythe.
Todos se congelaron cuando esa sola palabra cayó con el peso de un guantelete.
Agalhor se volvió hacia ella por completo, la curva de sus ojos expresando su disgusto, pero
no la detuvo. Su corazón latía con fuerza. Duro en su jaula, fuerte en sus oídos, golpeando a
un ritmo que anuló todos los pensamientos excepto su determinación.
—Necesito saber si estoy perdiendo el tiempo aquí —comenzó—. Porque no seré el
peón de otra corte.
Fue Malin quien habló a continuación, como si le hubiera dado la apertura perfecta.
—Eres emocional. Te estás contradiciendo con este arrebato y está claro que no puedes
hacer un juicio equilibrado. No eres un peón, sino un heredero demasiado volátil para que se
te confíe el poder hasta que puedas aprender.
—¿Aprender? Te refieres a ser domesticada y controlada.
—Esas no fueron mis palabras.
—Pero ese fue tu significado. —La sonrisa de Faythe era todo desafío—. Una vez dijiste
que era injusto de mi parte ejecutar a un fae en la ciudad de Desture, pero ¿te has molestado
en enviar soldados para averiguar cómo le está yendo a esa ciudad? ¿Preguntaste a quién
tienen que agradecer sus noches sin terror y víveres que llegan sanos y salvos? —Dejó una
pausa, no por arrogancia, sino para asegurarse que se escuchara cada palabra que decía—.
Su Reina Fénix.
Por sus miradas compartidas, Faythe supo que había tenido un impacto incluso en las
mentes de los fae de alta cuna.
—Sobre eso —intervino Malin, la canción de su voz escalofriante—. Tal vez deberíamos
hacerle saber a nuestra princesa lo que nos reunió aquí hoy.
—Eso no será necesario —advirtió Agalhor.
Malin solo sonrió, sin apartar la mirada de ella cuando dijo:
—Muchos textos sobre los pájaros de fuego, sobre los efectos y poderes de Fuego
Fénix, fueron robados de una sección bien protegida de la biblioteca unos días antes de la
masacre.
Su siguiente aliento tartamudeó y no pudo ocultar su culpa cuando la acusación se
volvió ineludible.
—Fueron encontrados en tus habitaciones, Faythe, después del allanamiento.
—N-no los robé —se defendió—. Los tomé prestados. Yo no tuve nada que ver con los
asesinatos.
—Lo sabemos —interrumpió Agalhor una vez más. Sin embargo, mientras Faythe
escaneaba frenéticamente cada par de ojos duros que la fijaban, no podía estar segura que
eso fuera cierto. Incluso sin más pruebas, Malin estaba volcando sus sospechas.
—Por supuesto —dijo su primo—. Solo me pregunto cómo alguien sabría que ella
poseía los libros. Incluso entonces, parece un alto riesgo que un intruso que ya ganó el
premio principal se infiltre nuevamente. ¿Qué estabas haciendo con ellos de todos modos?
Su sangre latía con la confrontación que no esperaba. Todo lo que hizo Malin fue
meticuloso y astuto, pero esta vez su audacia la había sorprendido. Se encontró con su
mirada desconcertada, y sus palabras fueron claras.
Ella lo había amenazado primero, y este era su contraataque.
Faythe tenía que tomar una decisión y no tenía tiempo para deliberar. Negar sus
acciones se sentía mal cuando no tenía nada que ocultar. Estaba cansada de ser sacudida tan
fácilmente.
—La pluma de Fénix era real.
Su declaración llenó la habitación de jadeos y murmullos. Ella los ignoró para traer su
magia, encendiendo una llama roja que atrajo los ojos como platos hasta la punta de sus
dedos antes de enviarla a las velas apagadas.
—Yo no lo robé. Recuperé lo que una vez le robaron al mejor pájaro de fuego de todos
los tiempos: Atherius.
—La historia de un niño desesperado —se burló Malin.
Los señores la miraron con indignación y acusación, pero Faythe se mantuvo firme. Casi
sonrió ante la mirada sombría de su primo, como si por una vez lo hubiera pillado con la
guardia baja al admitir su culpabilidad. Aunque todavía no estaba libre de cargos.
—Los asesinatos fueron solo un acto de venganza porque llegué primero a la pluma.
Planeé presentarme con lo que había encontrado una vez que estuviera seguro, pero mis
habitaciones fueron infiltradas y lo que quedaba de la pluma fue robado. El juicio es tuyo
para hacer mientras digo mi verdad ahora, pero espero que me preguntes qué tengo que
ganar al condenarme a mí misma. Alguien mató a inocentes dentro de nuestros muros, y esa
persona —Faythe se atrevió a sostener la mirada de Malin—, sabe exactamente de lo que es
capaz la pluma en manos de nuestros enemigos.
La batalla de poder entre ella y Malin había llegado a su clímax, y mientras sentía la
energía del odio y la malicia, no había más cartas para jugar.
Malin estaba furioso cuando dijo:
—No podemos simplemente tomar la palabra de una niña que ni siquiera nació en este
reino. Una joven a la que hemos invitado a nuestra casa y dejamos que traicione nuestra
confianza. Faythe Ashfyre debería ser juzgada por el robo y los asesinatos en la biblioteca.
—Te olvidas de ti mismo, hijo. —Agalhor habló con calma, acercándose a él y poniendo
una mano en su hombro—. Aunque hay mucha discusión, se avecina una amenaza mayor
mientras el resto de la pluma sigue sin ser explicada. Ten la seguridad que estoy de acuerdo
contigo en que se le debe otorgar alguna consecuencia a Faythe por sus acciones, pero no
bajo el juicio de un tribunal penal. Resolveré este asunto en privado.
Faythe flexionó los puños, apenas capaz de mirar al rey. La decepción burbujeó a la
superficie cuando recordó por qué vino aquí. Si ella no tenía su confianza en sus decisiones,
no tenía nada cuando el consejo la aceptara por su juicio. Por esa razón, no fue a Agalhor a
quien le dijo:
—Si no me consideran apta para gobernar en base a todo lo que acabo de exponer,
hablen ahora y revoco mi reclamo.
Cada parpadeo de atención hizo que los vellos de sus brazos se erizaran.
—Esta no es una discusión para este momento —protestó Agalhor con firmeza.
—La mayoría del consejo cercano está aquí. Confío en su juicio en este momento para
decidir si esto debe llevarse a una votación más amplia.
—¿De dónde viene esto? —preguntó Agalhor.
Los ojos de Faythe se clavaron en los suyos. Su estómago se revolvió con hostilidad
hacia él, no como un rey, sino como un padre. Había anhelado su elogio y su creencia todo
este tiempo, y solo podía culparse a sí misma por pensar que sería fácil porque podrían ser
parientes consanguíneos. Tanto tiempo perdido los mantenía como meros extraños, y ese
hecho le estrujaba el corazón. Se sintió huérfana de nuevo.
En el rostro de Agalhor vio el momento en que pareció darse cuenta de lo que había
impulsado su descarada visita. Ella lo ignoró para dirigirse a la habitación por última vez.
—Todo lo que pido es que consideren acciones, no palabras. El poder no está en un
nombre. Desnúdenme de él y no verán nada más que lo que sacrificaría, no solo por este
reino, sino por el mundo más allá. He dado mi vida y he vuelto para darla de nuevo. Con o sin
esta corona. Elegirme a mí es elegir la fe. —Esperaba que sintieran siquiera un eco de la
fuerza con la que la última palabra latía en su pecho, casi levantando la boca con puro orgullo
por sus compañeros, quienes habían acumulado su fuerza inquebrantable lo suficiente como
para poder enfrentar este momento.
Vivir como la muerte es un juego, el amor es un premio y el peligro es deseo.
—Nada sobre mí es seguro. —Ella bajó de lo alto de su discurso—. Pero tampoco todos
los días nos preparamos para enfrentar lo desconocido del mañana.
El tambor sonoro del veredicto retumbó con fuerza en el aire. Faythe no se movió,
mirando por encima de sus rostros de líneas firmes con una esperanza cada vez menor
cuanto más se prolongaba el silencio. Entonces alguien se adelantó y ella centró su atención
en el Fuego Fénix de color rojo brillante.
—Regresaste de un lugar que ninguno de nosotros podía comprender, y regresaste
para estar aquí. Sería un tonto si me alejara de ese milagro, aunque tienes mucho que
aprender. Necesitas ayuda y orientación. Pero es por eso que elegí estar contigo, Faythe
Ashfyre.
Sus palabras aliviaron tanta carga. Estaba a punto de expresar su gratitud cuando otro
se le unió.
—Estoy contigo, Faythe Ashfyre.
Luego vino un murmullo zumbante de esas mismas cuatro palabras unidas a su
nombre, otorgando propósito y orgullo. Se abalanzaron sobre ella uno tras otro, hasta que el
acuerdo se derramó de la mayoría de los lores que estaban en esa habitación. Los hombros
de Faythe se enderezaron con tanto aprecio y gratitud. Miró a Malin. No dejaría que sus ojos
fríos y llenos de odio perforaran la nueva confianza que se había ganado.
—Gracias. Espero liderar con ustedes y para ustedes —dijo Faythe, dando su propio
asentimiento de respeto.
La expresión de Agalhor le resultó difícil de descifrar, y no dejó caer su intensa mirada,
permaneciendo inmóvil cuando él despidió la habitación. Pronto, lo que latía entre ella y el
Rey de Rhyenelle se sintió como una prueba.
—Estoy haciendo todo lo que puedo para asegurarme que seas vista como una
candidata viable para mi trono. No es así como se hace. ¿Te importaría decirme qué causó tu
arrebato imprudente?
Faythe picó por su tono.
—No tienes que hablarme como si fuera una niña.
—Te lo ganaste esta vez, querida. No esperes que tu pasión sea siempre tan amable.
—¿Alguna vez realmente creíste en mí? —El corazón de Faythe se rompió con el
pensamiento—. ¿O solo me viste como tu sangre y tu conciencia culpable?
—Sabes lo que veo en ti.
—Sabías que fue por orden mía que la mente de Zaiana no debe ser tocada.
Su barbilla se inclinó con una confirmación que le hirvió la sangre.
—Tú socavaste eso de todos modos. Soy el rey, Faythe. No olvides eso.
—¿Y yo soy tu heredera, pero solo según tus términos?
—Para esto. —Su voz cambió con una suavidad que ella conocía, de rey a padre, y
Faythe luchó por encontrar el equilibrio. Agalhor dio unos pasos hacia ella, pero ella levantó
la mano para detenerlo.
—Eres un gran rey. Un gobernante justo y equitativo. Todavía me pregunto cómo
podría seguir tus pasos. Pero esta vez, tu anulación fue incorrecta.
—No siempre soy un gobernante justo y piadoso —admitió, una oscuridad que se
suavizaba en su tono que nunca antes había escuchado de él—. No doy segundas
oportunidades cuando el enemigo cruza las líneas. Ella cruzó la línea que te protegía. Zaiana
no es más que una plaga en mi tierra, y no me importaron sus súplicas cuando a ella no le
importaron las tuyas.
—Te equivocas. —Faythe negó con la cabeza—. Ella me perdonó la vida. Tú lo sabes.
—Ella fue la razón por la que estuvo en juego. Atesoro tu corazón dorado, pero puedes
ser demasiado indulgente para tu propio bien.
—Nuevamente incorrecto. —Faythe lo miró a los ojos, siendo dueña de sus palabras—
. Maté a un capitán que me hizo mucho daño. Maté a otro fae que no vio nada más que
crueldad y se burló de mi nombre, lo corrompió, con la sangre de otro. Volvería a matar. A
Maverick, por lo que me hizo. A cualquiera que venga por mis amigos. Yo tampoco soy del
todo buena. Cometiste un grave error con Zaiana, ella es diferente, aunque nunca lo admitirá.
Día a día estamos descubriendo más de ella, y como aliada... podría haber cambiado el rumbo
de esta guerra. En cambio, ahora tenemos una tormenta acumulada por dentro y por fuera.
—Es posible que haya sido capaz de sacarme de su mente esta vez, pero no lo hará de
nuevo.
—Tienes razón. —Faythe sabía que era peligroso probar su tono con él. Ella no sabía si
el rey lo toleraría—. Su Majestad…
—No tienes que llamarme así.
—Lo hago porque te hablo como rey por esto. Como el que tiene el poder de escuchar
mi consejo y tomarlo. La necesitamos. No importa lo que haya hecho o lo que sea, no podemos
perderla de nuestro lado. No puedo explicarlo más, aparte que espero que confíes en mi
juicio sobre esto y elijas arriesgarte.
Su anticipación se agudizó. Faythe creyó ver su voluntad de darle esto, pero la forma
en que apartó la mirada hundió el rechazo.
—Creo en ti, Faythe. Más que todo lo que tengo antes. Nunca vuelvas a dudar de eso.
Pero creo que tus acciones con la pluma de Fénix muestran cuánto te queda por aprender.
Ser líder es escuchar opiniones, sopesar cosas, pero a veces debemos emitir juicios en contra
de aquellos en los que creemos. Lo siento.
Su mandíbula se movió, los dedos flexionados.
—Entonces depende de ti cuando los muros de esta ciudad se derrumben de adentro
hacia afuera.
Faythe giró sobre sus talones, el ácido quemándole la garganta por las palabras que
había dicho demasiado rápido como para retroceder. Tal vez él no los merecía, pero ella no
podía quitarse de encima la nerviosa sensación de aprensión. Se sentía como si fuera
demasiado tarde ahora de todos modos. No podía descansar su mente con la conciencia que
algo se avecinaba. Algo oscuro e imparable. Todo lo que podían hacer ahora era ponerse de
pie, prepararse y luchar.
Capítulo 83
Tarly

TARLY se arrastró en silencio a su habitación. Se detuvo por solo un segundo, sin


aliento por completo ante la etérea vista de Nerida profundamente dormida. Su cabello
plateado brillaba contra la luz de la luna que inundaba su piel morena. La adrenalina había
hecho que él se entrometiera, pero ahora se calmó para capturar su belleza. No quería
despertarla, pero ya no creía que estuvieran a salvo aquí.
Con la mayor delicadeza que pudo, le tapó la boca con la mano en caso que la conmoción
la hiciera gritar. Era necesario: los ojos de Nerida se abrieron de golpe, el destello de terror
en su rostro golpeó sus entrañas, hasta que parpadeó rápidamente y el reconocimiento lo
reemplazó.
—Lo siento —susurró, inclinándose de ella mientras ella se levantaba.
—Tarly, Dioses del cielo…
—Shh —la animó, apartando las sábanas para ayudarla a salir. Había olvidado la
brevedad de su camisón y lo alto que se levantaba mientras dormía, y tuvo que reprimir sus
pensamientos cuando vislumbró la longitud suave y larga de sus piernas.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la voz apagada pero alerta.
—Tenemos que irnos —dijo, deambulando por el armario donde había dejado su ropa
nueva, que Zainaid había ido a buscar antes.
—Dime qué está pasando.
—Tenemos compañía.
Ante su silencio, sus ojos destellaron hacia ella. Se puso la camisa, reprimiendo una
sonrisa ante su postura con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Ángel, si pudieras vestirte, por favor. —Agarró un par de pantalones y botas antes
de darle algo de privacidad.
Nerida emergió menos de cinco minutos después, y Tarly siguió su mirada sobre la
vista impecable de ella en cueros ajustados al cuerpo en lugar de sus habituales vestidos de
algodón. Brilló una nueva luz sobre ella, dándole a su exterior la ferocidad que él sabía que
vivía dentro de ella. Se acercó mientras ella tiraba tímidamente del material.
—Encontrarás el viaje mucho más práctico con estos atuendos —explicó, sin pensar
cuando la rodeó con los brazos y abrochó la capa negra en su cuello—. Pero si te sientes
incómoda…
—Estoy bien —le aseguró. Su mirada se demoró en sus manos antes de encontrarse
con su mirada de cerca—. En realidad, es más cómodo de lo que pensaba. —Su voz se calmó
ante su proximidad, pero antes que la electricidad pudiera cargarse entre ellos, él se alejó.
Agarrando un paquete lleno de provisiones, Tarly se lo echó al hombro antes de
entregarle el de Nerida. Contenía sus medicinas.
—El Libro de Enoc —dijo Nerida, corriendo a la siguiente habitación para recuperarlo.
Cuando estuvo de nuevo a su lado, Tarly tomó su mano por instinto y se deslizó hasta
la puerta.
—¿Vas a decirme qué compañía te preocupa tanto que no pudimos descansar una
noche?
El pasillo estaba despejado como se esperaba, y él no la soltó mientras los guiaba
sigilosamente.
—El gran señor de los fae oscuros, Mordecai.
La oleada de su miedo hizo eco a través de él. Abrió el pestillo de la ventana que conocía
bien antes de volverse hacia Nerida, concentrado completamente en llevarla a un lugar
seguro. Ella no necesitaba sus palabras para captar todas sus implicaciones. Le subió la
capucha y luego, con las manos en su cintura, la ayudó a subir y pasar.
—Esta es una ruta bastante discreta a través de tu castillo —comentó mientras
arrastraban los pies a lo largo de una cornisa estrecha y a través de un techo plano—.
¿Debería preguntar por qué estás tan acostumbrado?
—Probablemente no —dijo.
Cruzaron un par de tejados más y descendieron. Cuando llegaron a la ventana que hacía
mucho tiempo había hecho accesible desde el exterior, le mostró el interior y llegaron al
pasaje que contenía la habitación olvidada y la ruta de escape.
—¿No podríamos simplemente habernos movido con cautela adentro para llegar aquí?
—Sí, pero esto es mucho más rápido y hay menos riesgo.
Cerca de la puerta, un pico de conciencia pinchó su nuca. Apareció tan rápido que su
instinto lo hizo pasar un brazo alrededor de Nerida, forzándola detrás de él. Tarly recuperó
su arco al mismo tiempo, sacó una flecha y apuntó directamente a la cara del que extendía
una hoja hacia su pecho.
Exhaló con fuerza, su enfoque láser se convirtió en una mirada atónita en su lugar. Se
reflejó en él mientras arrastraba la longitud del acero Niltain, justo hasta el inconfundible
pomo de Griffin.
—Bueno, demonios.
Escuchar su voz finalmente aflojó el arco de Tarly. Ambos bajaron sus armas y se
quitaron las capuchas. Nik no parecía muy contento de verlo, pero se reservó su habitual
mirada insufrible. Tarly se apresuró a concluir por qué diablos estaba allí. Nada menos que
el mundo yendo a la mierda parecía plausible.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Nik preguntó, envainando su espada, y solo entonces
Tarly salió de su estupor.
—¿Yo? —Se le escapó una risa incrédula mientras se pasaba una mano por el pelo—.
Estás en mi casa, idiota.
—¿Has estado aquí todo el maldito tiempo?
Tarly no tomó bien la insinuación, pero el movimiento aleatorio detrás de Nik llamó su
atención, y dos cosas le vinieron a la mente a la vez, pero chocaron tan inesperadamente que
se encontró buscando primero a Nerida.
—Hola, Su Alteza.
La voz que lo saludó no pertenecía a nadie que él esperaba. Tarly inmovilizó a la fae,
incapaz de devolverle el tímido saludo cuando estalló la acusación, y apuntó a Nik.
—¿Dónde diablos está ella? ¿Qué has hecho?
Su cambio hacia el rey de High Farrow no pasó desapercibido. El dominio y la ira de
Nik se combinaron con los de Tarly para despertar una energía peligrosa.
—Cuidado —advirtió Nik.
Solo lo enfureció. El paso cercano de Tarly se detuvo con el suave roce alrededor de su
antebrazo. El toque de Nerida suavizó los bordes afilados de su furia, calmándolo tan rápida
y fácilmente que se encontró dando un paso atrás. La atención de Nik se centró en ella y,
aunque Tarly sabía que no representaba una amenaza para Nerida, no le gustó el feo destello
de defensa que quería que apartara la mirada de ella.
—¿Un placer conocerte…? —Nik arrastró las palabras de una manera que aguijoneó la
irritación de Tarly.
Su cabeza se inclinó para él.
—Mi nombre es Nerida, Su Alteza.
Tarly no podía explicar cómo su incomodidad lo perturbaba. Su cautela con la realeza,
especialmente con Nik, estaba justificada. El rey la estudió durante demasiado tiempo y el
pulso de Tarly se aceleró con los parpadeos de lo que sabía que una vez residió en su propio
rostro y en su propia mente.
—¿Dónde está ella? —preguntó Tarly, más firme esta vez para llamar su atención.
—Mi nombre es Nik —respondió primero a Nerida, lanzando una mirada incitadora a
Tarly—. Y esta es Samara.
Tarly conocía a la dama por su breve visita el verano pasado, aunque no podía imaginar
que ella estuviera aquí ahora cuando su alianza matrimonial no era más fiel que la suya con
Tauria.
—Tauria está aquí —confirmó Nik—. Con el gran señor.
Un destello de furia caliente lo hizo colocar la flecha en su lugar y apuntar mortalmente.
—¿Qué has hecho?
Los ojos de Nik se entrecerraron con fría molestia ante la amenaza.
—Baja eso.
Su mandíbula se apretó.
—No hasta que me digas qué diablos está pasando.
Tarly sintió la invasión en su mente demasiado tarde, y en su total desconcierto sobre
cómo podría ser posible, no tuvo la capacidad de levantar una defensa contra la infiltración.
Dejó escapar un sonido tenso mientras luchaba contra la orden que lo convencía de bajar los
brazos, aflojando el arco. Se rindió, dejándolo caer completamente de su agarre, y cayó al
suelo antes que la presencia se retirara por completo.
Mientras jadeaba, Nerida lo tocó con preocupación, pero la mirada de Tarly se dirigió a
Nik con tanto odio que no supo qué hacer con ella. No en esta revelación. Ahora estaba
doblemente inseguro de lo que Nik era capaz de hacer.
—Eres un manipulador mental ahora. Al igual que ese amiga humana tuya.
—Algo así —dijo Nik con calma.
—No vuelvas a hacer eso nunca más —escupió Tarly.
—No me des motivos para hacerlo.
Tarly quería hacerle daño. Gravemente. Había habido muy pocos casos en su vida en
los que hubiera surgido este tipo de ira. La presencia de Nik causó muchos de ellos.
—¿Cómo es eso posible? —Nerida se preguntó.
Nik la evaluó como si decidiera si podía confiar en ella.
—Sangre de Fénix —dijo finalmente.
Tarly se había sintonizado con los cambios de humor de Nerida, aunque su intriga no
era sorprendente, ni el hecho que parecía saber de qué hablaba.
—Vuelvo a preguntar... ¿cómo?
—No tengo tiempo para explicar eso ahora. Nos dirigimos para hacer un seguimiento
de Tauria con Mordecai.
—Eso tienes que explicarlo —gruñó Tarly.
—Si te vas, no tengo que explicarte una mierda.
Se quedaron mirando y Nik pareció encontrar su respuesta, pero agregó:
—Si vienes, te lo diré en el camino.
No esperó a ver si lo seguían.
Tarly no se movió de inmediato y se volvió hacia Nerida con una oleada de conflicto.
Quería llevarla lo más lejos posible de aquí con la oscura amenaza persistente en los pasillos
de arriba. Pero no podía abandonar a Tauria si estaba en peligro.
—No tienes que venir. Podemos decidir un lugar de encuentro, y tú conoces la salida.
Quería quitarle el miedo y la confusión, sabiendo que esta no era una elección fácil de
hacer para Nerida.
—Iré contigo —decidió—. No puedo dejarla si pudiera ayudar.
Tarly asintió, aunque no le gustaba la idea que ella retrocediera hacia el peligro que
casi habían eludido.
—¿Era cierto lo que dijiste? —preguntó cuidadosamente—. Nunca has conocido a
Tauria.
—No. Quiero decir, sí, es verdad. Nunca la he conocido. —Nerida se retorció las manos
y Tarly se acercó a su brazo.
—Nos aseguraremos que sepan qué diablos están haciendo.
Ella asintió con la cabeza vacía hasta que él tomó su barbilla para mirarlo a los ojos.
—Pero ángel, me iré contigo en el momento que digas.
Capítulo 84
Faythe

ESTA NOCHE, FAYTHE se convirtió en el Fénix que se encuentra con el sol.


Esperó, dominando la ciudad salpicada con el brillante carmesí de los estandartes y las
llamas reales, escuchando el regocijo de la ciudad distante en la celebración del Cometa. Una
parte de ella deseaba estar en el entorno humilde, saborear el aire infundido con el humo de
la hoguera y los dulces aromas de los puestos del mercado. Su lugar para la velada sería
mucho más grandioso, más pulido y lleno de la expectativa que ella igualaría su grandeza.
Faythe miró el espejo, envuelta en oro puro. La seda se derramaba como un líquido por
su frente, la abertura alta permitiría que sus piernas tuvieran aire y movimiento. Desde su
cintura se abrieron capas más extravagantes a su alrededor, brillantes y fascinantes. Ella no
podía ver la mejor parte, pero todos los demás sí: las plumas que se asomaban por encima
de sus hombros, pero cobraban vida como alas carmesíes y doradas sobre sus omoplatos. Lo
que siguió se convirtió en la ilusión de una cascada de fuego: largas plumas de cola de Fénix
bordadas.
En el reflejo de la ventana, admiró la corona de halo en su cabello elaboradamente
trenzado, dorado como el nuevo amanecer que se levantaba detrás de ella.
—Ninguna palabra sería suficiente para describir cómo te ves esta noche.
Faythe se giró hacia Kyleer, cuyos grandes ojos trazaron su figura, y sonrió tristemente.
—¿Reylan?
Su expresión cayó con ella, y él dio un pequeño movimiento de cabeza.
—No he oído nada de él volviendo.
Su estómago se hundió, aunque sabía que las posibilidades eran escasas. Para
distraerse, admiró al comandante en sus finas vestiduras. Todo negro pero ajustado tan
perfectamente que acentuaba cada ángulo de él. Su cabello tenía un brillo húmedo, con raya
a un lado y peinado hacia atrás, dando un atractivo aún más hermoso a sus ondas.
—Te ves bien —reflexionó Faythe, minimizando deliberadamente lo bueno que era.
Se burló.
—Honestamente, no puedo esperar para alejarme de la formalidad.
Faythe se rio entre dientes, pasando su mano por el brazo que él le extendía.
—Te conviene.
En ese momento, Izaiah dobló la esquina, con una mano levantada sobre su corazón
mientras examinaba cada centímetro de ella.
—Ahí está nuestra Reina Fénix —dijo con asombro.
Faythe se sonrojó con la atención y el nombre, sus nervios aumentaron al recordar que
se dirigían a un salón de baile lleno de miembros de la corte y ciudadanos, que esperaban
que ella llegara y abriera el baile con su primer baile como dictaba la tradición.
La genuina y cálida sonrisa de Izaiah alivió su tensión.
—Vas a estar increíble allí. Puede que haya sido un maestro duro, pero en verdad, has
estado clavando este baile durante semanas.
Faythe no creía que eso fuera cierto con los errores que había cometido solo esta
semana. Pero algo le dijo que no era solo la rutina de la que hablaba Izaiah.
—Hora de volar —dijo Kyleer, y Faythe se relajó en la mejor compañía mientras se
dirigían al baile.
Con un asentimiento de orgullo y seguridad, la dejaron sola en las puertas del salón de
baile para que entrara primero. Faythe hizo una pausa para recuperar el aliento y domar sus
manos temblorosas, reflexionando sobre su vida con incredulidad que los acontecimientos
la habían llevado a este punto.
Un fuerte chillido le subió el corazón a la garganta, y todavía latía salvajemente cuando
vio a Jakon y Marlowe.
—¡Mírate! —Marlowe sonrió, soltando su mano de Jakon para apresurarse.
Tomando sus manos, Faythe negó con la cabeza, observando el impresionante vestido
azul de su amiga que la cubría como un mar de cristal.
—¿A mí? ¡Mírate! —dijo efusivamente, luego le tendió una mano a Jakon—. ¡Mírense!
—Ya no somos ratas callejeras, ¿eh? —Jakon reflexionó.
Faythe ahogó un sollozo, sus lágrimas picaban. Ella había estado pensando lo mismo.
Nunca hubiera creído que pasaría de ser dueña de un solo vestido, regalado por su mejor
amiga, a estar de pie con el vestido más elaborado y caro que podría haber imaginado.
Aunque no era realmente la ropa, la comida o el hogar lo que la emocionaba tanto. Era que
todos habían tomado ese camino juntos. Todo a su alrededor había cambiado, pero nunca
sus corazones; nunca cómo se sentían el uno por el otro y los nuevos amigos que habían
hecho en el camino.
La palma callosa de Jakon se elevó y le secó una lágrima perdida.
—No podemos permitir que entres allí con la cara roja y los ojos hinchados. Odio
decirte esto ahora, Faythe, pero no eres muy llorona.
Ella soltó una carcajada y él sonrió.
—Estoy tan condenadamente orgulloso de ti.
Jakon y Marlowe entraron al salón de baile, y Faythe hizo una última pausa para mirar
el pasillo. Su corazón anhelaba, y se preguntó si podría invocar a Reylan solo con el dolor de
su alma. Faltaba la persona que más importaba, y no podía dejar de sentir que esto no era
justo. Su resentimiento creció porque no era una coincidencia, un asunto urgente o un mal
momento. Su primo simplemente esperaba sacudir su confianza o empañar su espíritu con
la ausencia de Reylan.
Ella no lo dejaría ganar.
Todo explotó a la vida ante ella. La habitación en la que había bailado innumerables
veces ahora parecía demasiado grande llena de tantos cuerpos, tanto color y música, y tantas
voces. Ella no sabía dónde poner su atención.
Los primeros ojos que la vieron desencadenaron el empujón que llevó a sus
compañeros a mirar hacia arriba, y luego los murmullos se acallaron lentamente. Sin un ancla
que agarrar, todo lo que Faythe podía hacer era caminar y concentrarse en poner un pie
delante del otro, aunque su pulso acelerado quería que se desmayara antes que ellos, sus
pensamientos revueltos querían hacerla tropezar. Su magia tarareaba para su angustia. Tal
vez sus palmas brillaban, sin duda hormigueaban, así que flexionó los dedos para dispersar
la sensación.
Faythe sabía hacia dónde se dirigía entonces. Cuando la multitud comenzó a separarse
y Lord Zarrius se dirigió hacia ella. Estaba lejos de ser quien ella deseaba ver, pero sin
embargo era el compañero que buscaba a regañadientes. Su mano se deslizó en la de él con
una sonrisa agradable para la corte que se dispuso a observarlos.
—Te ves absolutamente divina, Su Alteza. —Ella creyó sus palabras, aunque no fueron
pronunciadas con cariño. Su mirada verde brillaba como si estuviera mirando su próxima
inversión—. Espero que me permitas el gran honor de guiarte a través de este primer baile.
Palabras poéticas expertamente ensayadas. Igual que la suya.
—El placer sería todo mío, Lord Zarrius.
Faythe obligó a sus pies a moverse antes que se arraigaran desafiantes. Esto estuvo
mal. En su corazón sabía que este baile no estaba bien. Cuando se detuvieron, se tomó un
segundo para recuperarse, sus ojos recorrieron el intrincado piso de mármol rojo y dorado
que ahora está grabado en su memoria. Mucha gente les prestó atención. El silencio era
angustioso. La pequeña banda en la esquina parecía estar preparándose para su canción, y
ella recitó los pasos en su mente por última vez. Faythe miró al señor que esperaba
expectante que ella diera un paso adelante en su postura de apertura, y su mente decidió
protestar.
Faythe estaba a punto de luchar consigo misma cuando su paso cercano vaciló.
Lo que calmó el aire y ralentizó el tiempo fue un abrazo de calidez y seguridad. Estaba
en casa. La rodeó por detrás, y fue todo lo que pudo hacer para evitar olvidar al lord que
estaba de pie con la mano preparada para guiarla a través de ese primer baile de declaración
como lo habían practicado. Nada de eso importaba. No podía detener el giro de la gravedad
que respondía a esa presencia.
Hasta que lo vio.
La vista de Reylan la dejó sin aliento.
No trató de sobresalir, pero lo hizo. No por lo que él era para ella. No por su presencia
dominante que siempre triunfaba en una habitación. Reylan Arrowood no vestía de cuero, ni
de acero. Estaba impecablemente vestido con finos trajes de color carmesí, negro y dorado.
Los colores de Rhyenelle. Lo que la golpeó en ese momento fue algo que siempre podría
haber albergado en su mente, pero allí, a simple vista, el concepto brilló con claridad.
Y él ni siquiera lo sabía.
Se paró entre las masas junto a un pilar como si esperara que ella no supiera que él
estaba allí. La habría visto bailar con el lord a pesar del dolor que le causaría. Sus miradas se
encontraron, y su rostro se suavizó mientras todo lo que ella podía hacer era mirar. Se
preguntó cómo estaría él aquí, pero su júbilo y alivio no dejaban lugar a preocupaciones.
La multitud comenzó a alejarse de él cuando se dieron cuenta de en quién había puesto
su atención. Reylan Arrowood se mantuvo firme, pero no como un general.
Como una regla.
—Su Alteza.
La voz del lord la devolvió al presente, atrayendo la atención de la sala de espectadores
hacia él como un latigazo, pero Faythe estaba demasiado aturdida para avergonzarse por su
retraso. Apartó los ojos de Reylan para volverse y encontrarse con la mirada de complicidad
de Zarrius. Su boca se abrió, pero su corazón atronador se apoderó de sus palabras. Sabía lo
que quería decir, pero el miedo al juicio y la reacción de la audiencia la hicieron tropezar. Se
encontró deslizando su mirada hacia Agalhor en lo alto del estrado. Tenía la garganta
completamente seca mientras todos la miraban confundidos e irritados, y supo en ese
momento que tenía que tomar una decisión.
Los ojos del lord se movieron rápidamente entre ella y Reylan, la boca torciendo con
disgusto, y supuso que era lógico asumir que Malin habría compartido sus sospechas sobre
ella y Reylan con Zarrius. Su mano volvió a sobresalir en un aviso irritado, y el estómago de
ella se anudó con pavor, la jaula de su pecho a punto de romperse si decidía negarse.
—No debemos hacerlos esperar —dijo en voz baja.
Ella no pudo hacerlo.
En lugar de dar un paso adelante, Faythe retrocedió.
—Gracias —dijo, por nada más que cortesía, para aliviar la especulación de la corte—,
pero no puedo tener este baile contigo.
El fuego ardió en su mirada, su ira y humillación como un golpe en el estómago. Pero
cuando Faythe encontró la voluntad de alejarse de él, una mano azotó su antebrazo antes
que pudiera alejarse. Silenciosos jadeos y murmullos estallaron ante el audaz movimiento.
Reylan se lanzó hacia adelante con una mirada asesina, pero Faythe mantuvo la calma.
—No dejes que esto se convierta en una escena —advirtió en la mente del lord. Luego se
volvió hacia él, furiosa—. Si alguna vez intentas venir por mis amigos de nuevo, tu último
aliento será el mío.
Eso hizo que soltara su agarre, pero no sin una veintena de ardiente resentimiento
cuando ella se abrió a él, necesitando saber qué tan volátil podría ser o si había alguna parte
de él que pudiera salvar. Todo lo que sentía era hambre. Un hambre anhelante, poderosa,
que no se detendría ante nada.
—Estás cometiendo un grave error —murmuró, tan peligrosamente silencioso, con un
toque de amenaza que le provocó escalofríos en la espalda.
Faythe no se resistió; ella cerró su mirada firme. Una marca hecha. Entonces ella se
retorció, y él no la detuvo esta vez.
Su culpa desapareció con cada paso que daba, las reservas se desvanecieron al saber a
quién se dirigía. Reylan permaneció exactamente donde estaba, su expresión cayendo con
preocupación cuando ella cerró la distancia entre ellos mientras la multitud se separaba por
completo. Su corazón se aceleró con adrenalina. Iba en contra de un plan que se había puesto
en marcha durante meses.
Esta era su postura desafiante.
Ella se detuvo ante él, y los pocos segundos que pasaron igualando los fuertes latidos
del corazón fueron electrizantes.
—¿Me va a invitar a bailar, General? —Salió sin aliento. No podía domar la necesidad
de sentirlo y condenar los ojos que los juzgaban.
—¿Estás segura que sabes lo que estás haciendo? —Reylan preguntó en su mente.
La sonrisa de Faythe era una sonrisa parcial.
—Claro. Justo ayer pisé el pie del lord, y creo que se estaba quedando sin formas de
decirme cortésmente que no podía bailar.
Reylan sonrió, mostrando los dientes con una facilidad sin carga. De repente, no tuvo
miedo de expresar todo lo que pasó por su mente al verlo de pie en este salón por primera
vez. Quería que el mundo supiera lo que vio y sintió por el gran general de Rhyenelle, que
era mucho más pero vivía a la sombra de su propio título. Estimado, pero no lo suficiente.
Quería que todos encontraran la misma claridad que ella cuando lo miraban.
—Me tomó hasta ahora recordar por qué elegí ser la heredera de Rhyenelle. No fue
para sacrificar mi corazón, sino para liderar con él. No fue para inclinarse ante costumbres e
ideales que se han quedado más allá de su bienvenida. Quería mostrarle a este reino devoción
como mi madre y protección como mi padre, ninguno de los cuales habría tenido la fuerza
para abrazar dentro de mí si no fuera por ti, Reylan. Tu fe en mí, tu dedicación a este reino...
eres todo lo que merece nuestra gente. Te elijo a ti, Reylan Arrowood. Este reino te elige a ti.
Esos ojos de zafiro la miraban con tanto orgullo y liberación. Reylan inspeccionó a la
multitud, su gente, quienes Faythe sabía que estaban de acuerdo, o al menos abiertos a la
noción de él. Se preguntó por qué había dejado crecer la semilla de la duda de su rencoroso
primo. Reylan levantó la palma de su mano y su estómago estalló cuando su piel se encontró
con la de él, públicamente, mostrando a todos que no tenía miedo de lo que pudieran pensar
de él.
—¿Me harías el extraordinario honor de tener este baile conmigo, Faythe Ashfyre?
Faythe no miró a los espectadores. No le importaba si el lord estaba mirando o si Malin
estaba lanzando dagas de odio, o incluso si su padre podría estar expresando su protesta.
Ella desafiaría eso también. La mano de Reylan se deslizó por su cintura mientras se
colocaban a la vista de todos. Faythe se inclinó en ese agarre, una mano en su bíceps mientras
la otra flotaba cerca de su palma.
—Regresaste —dijo Faythe.
Reylan sonrió suavemente.
—Desearía poder decir que nunca me fui esta vez, pero lo hice. Solo por unos días antes
que tuviera que dar la vuelta, y no me importaba la especulación o el castigo que causaría.
No podía dejar de verte esta noche.
La canción comenzó y, como un reloj, sus pasos emparejaron cada nota con la de él.
—Nunca recuperaría esta noche. Por los dioses, Faythe, no creo que te des cuenta de lo
devastadoramente perfecta que te ves esta noche. Nunca me lo hubiera perdonado si me lo
hubiera perdido.
La melodía no hizo eco en el gran salón; se tejía a su alrededor, tan personal y cercano
que los cuerpos a su alrededor parecían desvanecerse uno a uno para dejar solo dos almas
como una sola en esa pista de baile.
—Estoy tan contenta que estés aquí, Reylan —le envió en privado cuando la emoción
obstruyó su garganta—. Se siente bien.
Sabía por la forma en que Reylan mantenía toda su atención que no había necesitado
las interminables horas de práctica, no con él cuando sus movimientos se producían con
tanta facilidad ante su toque, su guía. Faythe dirigió el baile como practicó, pero fue gracias
a él que lo hizo con una gracia fluida. Su gravedad se convirtió en una fuerza continua que se
sumergía y giraba al compás de la cadencia musical. Sus manos sobre ella, sus toques
cercanos, encendieron brasas sobre su piel, encendiendo una pasión que creció, acelerando
su ritmo al crescendo de la canción.
—Causaste un gran revuelo, y tendremos muchas explicaciones que dar.
—No me importa —respondió ella honestamente—. Pero me preocupo por ti.
Faythe dio un giro tras otro, dando vida a las llamas de su vestido, pero su mirada se
fijó en el cielo nocturno de sus iris sin titubear. Se sentía como si estuviera bailando en ellos,
soñando en ellos, amando en ellos. Esos ojos que siempre buscaría a través del tiempo y el
espacio.
Continuó hablándole a su mente.
—¿Recuerdas nuestro primer baile?
—Por supuesto.
—En el momento en que te vi esa noche, supe que pertenecías aquí. —Su brazo se
enganchó alrededor de su cintura, y giraron ingrávidamente, sus cuerpos enrojecidos y
cálidos—. En el momento en que entraste en mis brazos, supe que me pertenecías.
Sus ojos ardían.
—Creo que yo también lo sabía.
Su fuerte brazo la hundió y él se inclinó más cerca, sus respiraciones mezclándose
mientras la canción disminuía. Su pierna se deslizó libre, y los dedos de él, arrastrándose
desde su rodilla hasta su muslo, le separaron los labios. Esto no era parte del baile, pero
tampoco era lo suficientemente escandaloso para ser detectado. Entonces las cuerdas
llegaron a un poderoso clímax, y él se enderezó con ella, girándola una vez, enganchando un
brazo alrededor de ella, uno al lado del otro, y la canción explotó cuando él la levantó, girando
lentamente. Sus ojos nunca rompieron el contacto mientras ella miraba hacia abajo.
Cuando la canción llegó a su fin, fue como salir lentamente de un sueño dichoso. El
pulso de ella latía al ritmo del de él, hasta que se detuvieron con la euforia de algo
inexplicable que era suyo.
El murmullo alrededor de la habitación se filtró en sus sentidos con la música
desaparecida. No se soltaron el uno al otro. No podía alejarse cuando él la capturó por
completo con sus ojos ardientes. Su mano se deslizó sobre su pecho y sintió el latido fuerte y
duro de su corazón en la palma de su mano. La mano de Reylan se acercó para cerrarla,
manteniéndola allí. Faythe no necesitaba nada más. Cuando ella empujó hacia arriba, la otra
mano de él tomó su rostro, sus bocas se encontraron, y nunca antes había sentido tal
liberación de carga.
En ese segundo, declararon a todos que eran uno.
Él la besó ferozmente como si sellara su deseo por esto. Para ellos. No importa qué, lo
enfrentarían todos juntos.
Faythe escuchó que la música comenzaba de nuevo, una canción mucho más suave y
dócil, y la gente comenzó a inundar la pista de baile por cortesía, dispersando parte de la
atención de ellos. Cuando se separaron, todo su mundo se expandió ante ella, sostenido por
esos iris de zafiro y viendo en ellos una nueva felicidad ingrávida. Ningún camino parecía
demasiado largo para viajar, ninguna colina demasiado alta, no con él a su lado en cada
obstáculo que pudieran enfrentar.
La mano de Reylan en su espalda la guio fuera de la pista de baile, y aunque la música
y los cuerpos fluían, la atención de la corte se aferró a ella como una película sobre su piel.
Faythe se atrevió a mirar a su alrededor y encontró personas sonriendo, susurrando, algunas
efusivas, otras curiosas, y la falta de disgusto hizo que se diera cuenta que había tenido tanto
miedo por nada, permitiendo que los lores y Malin llenaran su cabeza con dudas infundadas.
—Excelente actuación, querida Faythe. Deberíamos agradecer a tu maestro. —Izaiah
escudriñó el área con sarcasmo—. Un giro inesperado en la noche, pero maldita sea si no fue
el mejor escándalo que sucedió en la corte. ¿Deberíamos comenzar a llamarlos a ambos 'Su
Alteza'?
Faythe se mordió el labio para evitar reírse, contenta de ver que la broma ligera incluso
trajo una sonrisa a la cara de Reylan.
Reylan miró por encima del hombro y luego acercó la boca a su oído.
—Vuelvo enseguida. —Sus labios presionaron ligeramente su sien antes que su calor
se alejara de ella. El intercambio se sintió tan casual, abierto y correcto.
Faythe lo siguió con la mirada hacia donde se dirigía, y encontró a Agalhor mirándolos,
y no pudo descifrar su postura firme y su expresión fría.
—Así comienzan las consecuencias de tu afecto público —dijo Izaiah arrastrando las
palabras mientras giraban para observar la fiesta.
Faythe encontró a sus dos amigos en la pista de baile, y su sonrisa se amplió a una
mueca ante su risa, a ninguno le importaba que sus pasos no coincidieran con los de los fae
que los rodeaban, ya que no conocían ninguno de sus bailes. Jakon y Marlowe se movían a su
propio ritmo, y Faythe se encontró riéndose con ellos desde lejos.
—No he visto a Reuben —observó.
Izaiah emitió un tarareo cuando se unió a su búsqueda rápida.
—Yo tampoco. No lo he visto mucho en todas estas últimas semanas, ahora que lo
pienso.
—Dijo que ha estado pasando mucho tiempo en las afueras de la ciudad entre los
humanos —transmitió Faythe. Algo distante la inquietó, pero lo explicó como su propia culpa
por estar demasiado consumida por la vida de la corte para controlarlo realmente—. Jakon
y Marlowe le hacen compañía a veces, pero pensé que estaría disfrutando de las
celebraciones aquí.
Izaiah le apretó el brazo.
—Estoy seguro que simplemente está disfrutando de la noche como el resto de
nosotros, sin importar dónde esté.
Ella le lanzó una sonrisa agradecida, pero luego se dio cuenta de algo.
—¿Dónde está Kyleer?
Izaiah se encogió de hombros con rigidez y tomó una copa de vino de una bandeja que
pasaba.
—Se me escapó a la mitad de tu baile.
Faythe se preguntó, aunque no por mucho tiempo cuando la conclusión parecía obvia.
Ella no dijo nada, pero esperaba en su corazón tener razón. Esta era la única noche en que
los guardias se apostarían escasamente para permitir que la mayor cantidad posible
disfrutara de las celebraciones. Con suerte, esas escasas publicaciones incluyeron las celdas.
Izaiah también debe haber adivinado hacia dónde se dirigía debido a su turno descontento.
Se preguntó por un segundo por qué no había seguido a su hermano, aunque en más de una
ocasión había sorprendido a Izaiah echándole miradas furtivas al otro lado del pasillo y, con
la misma frecuencia, un deslumbrante macho fae con cabello rubio oscuro miraba en su
dirección.
—¿Uno de ustedes va a invitar al otro a bailar, o ambos simplemente lanzarán miradas
coquetas a través de la habitación toda la noche? —La sonrisa de Faythe se extendió
lentamente por su rápido reflejo defensivo, pero Izaiah parecía saber que sería inútil negarlo.
Algo parecido a la determinación pellizcó sus ojos, y luego maldijo, bebiendo el resto
de su vino.
—Supongo que podrías decir que me has dado la confianza para ser audaz esta noche,
Faythe. —Él le guiñó un ojo, y luego se dirigió hacia el hombre que se enderezó, escaneando
alrededor como si pudiera haber alguien más en quien su amigo hubiera puesto su mirada.
Un vértigo se elevó en Faythe mientras observaba a Izaiah pasar su copa, acercarse al
fae y extenderle una mano. El asombro no fue suficiente para lo que la superó, ya que los fae
aceptaron y se mezclaron a la perfección, hermosamente, en el baile en curso.
Faythe se inclinó hacia la cálida fuerza que deslizó un brazo alrededor de su cintura.
—¿Está indignado? —le preguntó a Reylan, mirando hacia arriba.
—Está preocupado. Podría haberme lanzado algunas amenazas. Pero creo que él ve tu
felicidad por encima de todo. —Él la hizo girar para mirarlo, escaneando cada centímetro de
su expresión—. ¿Sin arrepentimientos?
La mano de Faythe descansaba sobre su pecho.
—Ninguno.
Reylan entrelazó sus dedos.
—Ven.
Ella ignoró a la multitud que se alejó de ellos mientras él la conducía a través de ella,
los espectadores seguían las caricias que compartían y susurraban sus pensamientos. Todo
se calmó cuando salieron del salón de baile y se deslizaron hacia un pasillo.
—Nos perderemos el cometa —dijo Faythe con poca objeción si eso significaba pasar
tiempo a solas con él.
Él le dirigió una mirada suave, y el cambio en él fue tan precioso que no dejó de ondear
a través de ella con dicha. Ella lo siguió, sus manos unidas, subiendo varios tramos de
escaleras. Solo podía recordar una vez que él la había llevado tan alto en silencio. Sin
embargo, no se dirigían a su torre.
Salieron por la puerta y caminaron por un largo tramo de camino, un lugar ideal para
que los arqueros defendieran el castillo, pero no había nadie aquí. Él no se detuvo allí, la llevó
por un último conjunto de escalones estrechos al aire libre, y luego emergieron a un techo
plano que estallaba con un color sorprendente.
—¿Algún otro lugar secreto que hayas estado guardando para ti? —Faythe respiró, sus
ojos admirando las plantas y flores.
—Tal vez —reflexionó—. Uno por uno te los mostraré todos. —Él la enganchó a él,
plantando un largo y único beso donde sus manos se unieron entre sus pechos—. Tenemos
para siempre. En este momento, esto es lo más feliz que he sido y continúas
sorprendiéndome, haciéndome desear cosas que nunca pensé que desearía. Es todo para ti.
Y por este reino. Estás cambiando el mundo todos los días, Faythe, ya sea que te vean o no.
Los dedos de Faythe se enredaron en sus mechones plateados, acercando sus labios a
los de ella ya que las palabras no lograron transmitir los sentimientos que estallaron dentro
de ella. Apenas registró sus pasos hacia atrás hasta que su espalda encontró algo firme, pero
solo se arqueó más hacia él, necesitando algo que se sentía inminente, pero que cambiaría su
vida por diseño.
Ese pensamiento la sacó de su enredo. Sin aliento, captó su mirada. Nunca nada se había
sentido tan seguro y prometedor.
—Quiero reclamar el vínculo esta noche —dijo. No necesitó más tiempo para estar
segura, aunque sus nervios aumentaron pensando que él podría hacerlo.
Una oscuridad primaria se expandió sobre sus ojos de zafiro. Su palma se deslizó por
su mejilla y Reylan respiró hondo para recuperar el control.
—No hay nada que haya deseado más en mi existencia. No querré nada más que ser
tuyo. —Entonces su frente se arrugó con un dolor que ella conocía—. Las palabras me están
fallando en este momento para describir cuánto significas para mí y lo que siento por ti. Todo
lo que sé es que esto es eterno. Tan seguro como las estrellas; tan anclado como la gravedad.
Eres una necesidad, no un deseo. Una obsesión, no un simple anhelo.
—Sí —susurró Faythe, porque sintió cada sentimiento del que él hablaba.
Reylan tomó su muñeca, deslizando el brazalete de ocultación y luego quitándose el
suyo. Los miró con resentimiento, y la mano de Faythe se cerró alrededor de ellos.
Arrastrando su magia, recordó cómo se había sentido cuando sostenía los relojes. Cómo todo
lo que había querido era que ya no existieran y la atormentaran. Respiró con firmeza por el
calor y el pulso bajo su palma, observando con admiración cómo el metal se doraba antes de
desmoronarse lentamente en un polvo de oro reluciente, bellamente roto por el poder puro
que vivía dentro de ella. Hasta que su mano se encontró con la de Reylan y los grilletes entre
ellos ya no existían.
—Nunca más —gruñó, reclamándola con la boca. Sus labios se movieron a su mejilla,
su cuello, su garganta. La piel de Faythe picaba por todas partes donde él seguía su pasión,
marcando su olor donde podía, y ella quería más.
Mucho más.
Se movieron, y ella apenas podía seguir un paso, solo sus manos sobre su cuerpo y el
calor de su aliento sobre su piel, queriendo que este momento nunca terminara. Su espalda
se inclinó sobre la piedra, y las yemas de los dedos de Reylan se deslizaron en el corte de su
vestido para trazar su muslo, arrancando un suave gemido de ella.
—Sería completamente inapropiado para mí hacer lo que estoy pensando —resopló
contra sus labios—. Justo aquí, donde cualquiera podría pasar.
Faythe gimió jadeos necesitados.
—Probablemente.
Reylan sonrió, la vista nunca dejaba de saltarle el pulso.
—Pareces una reina esta noche, Faythe Ashfyre. —Respiró hondo como para estar
seguro que todavía podía—. Mi Reina Fénix.
La arrastró hasta un pequeño trozo de hierba, tan fuera de lugar para lo alto que
estaban, pero sin embargo un hermoso contraste. Lo vio sentarse y luego recostarse,
completamente relajado.
—Obtendremos la mejor vista del cometa que pasa sobre nosotros en breve —explicó,
extendiendo una mano.
Faythe sonrió ampliamente, moviendo las capas de material para acomodarse cerca de
él. Y allí se quedaron mirando las estrellas, escuchando a los juerguistas distantes,
sintiéndose completamente en paz y finalmente completos.
Capítulo 85
Tauria

Tauria no podía ordenar sus sentimientos ahora que volvía a estar entre aquellas
paredes. Mantuvo la compostura, pero se le hizo un nudo en la garganta con el sofocante
recuerdo de su encierro. Su viento salió a la superficie para punzarle la piel, y liberó la
manipulación suficiente para tejer ociosas volutas refrescantes entre sus dedos.

Mordecai caminaba cerca de ella con Lycus siguiéndolo.

—Tu habilidad es impresionante —comentó el gran señor.

Su puño se cerró, un picor que tuvo que reprimir.

—No quedan muchos con ese talento —prosiguió—. Tengo gran confianza en que
lograrías conservarlo si hicieras la Transición.

Tauria giró la cabeza hacia él. Él sólo le dedicó una mirada de reojo, divertido.

—No se te obligará —dijo—. Pero tal vez podrías ser persuadida.

—No deseo una sed de sangre ni que me arrebaten mis recuerdos.

—¿Por qué ver sólo lo que perderás y no lo que podrías ganar? Una oportunidad de
olvidar que alguna vez tuviste un vínculo, un nuevo comienzo para ser todo lo que se suponía
que debías ser en tu reinado. Sería legendario.

—Pienso marcarme en la historia sin necesidad de la Transición.

Eso le valió algo parecido a su respeto.

—Eres poderosa. Vi de lo que eras capaz la última vez que nos vimos en este castillo.
Dime, ¿has estado alguna vez en contacto con una de las Ruinas Espirituales?

Mordecai le ofreció el tema tan a la ligera que ella lo repitió para encontrar la prueba.
Por eso estaba con él. Había perdido su vínculo con la esperanza de asegurar la ruina, y
estaba funcionando.
—Sentí brevemente la de Aurialis cuando Faythe la encontró en High Farrow. ¿Puedo
decirte algo que no he admitido a nadie antes?

Sus ojos brillaban de intriga. No de oscuridad, sino del leve calor de la sorpresa.

—Sería un honor que compartieras tu vida conmigo.

—Me ha fascinado desde entonces, la llamada del poder de la ruina. He estado


anhelando sentirla de nuevo. Tal vez responderla.

La aprobación curvó su boca, iluminando su rostro con una emoción que la heló.

—Eso me excita mucho, descubrir de lo que podrías ser capaz con ella. Aunque deberías
saber que no todos los que tientan su poder sobreviven a su toque.

—Lo he oído. Pero no puedo explicar lo que siento a su alrededor, sólo que creo que
tengo la fuerza para no ser víctima, sino para emparejarme con él.

Su mirada se desvió hacia delante, su profunda inhalación contemplativa.

—A Marvellas le alegrará oír esto. Sólo hay otra persona que ha logrado dominar la
ruina, como yo sabía que haría. Lleva su tiempo. No es amable ni fácil en lo más mínimo.
Manejar esa fuerza de poder... Intentará quebrarte, desafiarte. Dolerá, más de lo que
imaginas. El Espíritu de las Almas no ha dejado de intentar empujar a otros con habilidades
para que aprendan a manejar las ruinas en caso que su habilidad falle.

Tauria absorbió cada bocado de información.

—¿Está aquí? ¿La ruina de Dakodas?

—No.

Le temblaba la mandíbula mientras intentaba no entrometerse y arriesgarse a que


sospecharan de ella.

—Espero que no nos quedemos aquí mucho tiempo, entonces.

—Te aseguro que esto será rápido, y estarás complacida con donde te lleve a
continuación.

Tauria no quería tener esperanzas, pero las tenía. Se aferraba a ella tan
desesperadamente que no podía soportar la tensión de no saber si su conclusión era
correcta.

—¿Puedes decírmelo? —preguntó en voz baja.

—Te llevo a casa, Tauria. Ya es hora que vuelvas a pisar tus tierras.
La ruina estaba en Fenstead.

Sus pasos vacilaron. El tiempo se detuvo. Tauria no miraba nada en particular mientras
su mente procesaba la verdad. Volvería a casa.

A casa, a Fenstead.

Sin embargo, sabía que las tierras no serían tan prósperas como ella las conocía, ni tan
esperanzadoras como antaño. Tauria parpadeó para contener las lágrimas, pero se esforzó
por reprimir lo que significaba para ella. A pesar de la compañía, a pesar de todo, lo deseaba
tanto que no le importaba nada más.

—Esperaba que eso te complaciera —dijo Mordecai con una dulzura inusual.

—Lo hace —respiró ella—. Mucho.

—Entonces ven. No retrasemos nuestra partida.

Cuando se volvió para continuar su camino, Tauria intercambió una mirada


esperanzada con Lycus. Él mantenía la frente arrugada por la preocupación, pero le hizo un
pequeño gesto con la cabeza para confirmarle que sentía la misma chispa de esperanza por
volver.

Los pies de Tauria siguieron adelante, y recordó de golpe lo que significaría elegir a
Fenstead. Pensó en Nik. Oh Dioses... Si Mordecai se la llevaba, ¿la seguiría? Su corazón se
estremeció al saber que lo haría, pero no podía permitirlo. Sólo significaba peligro y más
tiempo lejos de High Farrow.

Apartó esos pensamientos por el momento. Cuando terminara con Mordecai, se iría a
sus antiguas habitaciones a descansar, y Nik vendría a ella entonces para idear un nuevo plan
con todo esto en mente.

El brazo de Lycus la presionó para que siguiera caminando. Su mente daba vueltas, su
sangre palpitaba y su viento se regocijaba. Más de un siglo y no podía creer lo cerca que
estaba de volver a pisar suelo de Fenstead.

Gracias a su nuevo subidón de adrenalina, Tauria se dio cuenta que se dirigían a la sala
del trono. En el siguiente pasillo que atravesaron, la invadieron oleadas de tristeza. No quería
mirar, pero sus ojos fueron atraídos a través de las puertas de cristal. El jardín permanecía
negro y profanado. El fantasma abrasador de la naturaleza la desgarró, y la llama se reflejó
en sus ojos.

—¿Tauria? —La voz de Lycus la hizo retroceder. Su tacto la hizo seguir caminando, y
ella esbozó una sonrisa hueca.

—Eso fue obra del propio Varlas, hacerte sufrir eso —dijo Mordecai.
Ella no sabía lo que significaba este conocimiento. No cambiaba nada cuando sabía que
el gran lord era capaz de formas de tortura mucho peores. La alarma empezó a recorrer su
espina dorsal al pensarlo, y se encontró mirando a Lycus para recordar que no estaba sola.
Pero en tiempos de conflicto, temía que estuviera cerca cuando no estaba segura del plan del
gran lord.

Tauria estuvo a punto de tropezar cuando entraron en la gran sala del trono,
bellamente decorada con arcos de piedra y cubierta por una cúpula de cristal. El golpeteo de
la lluvia contra el techo era el único sonido. Cuando su mirada se clavó en ella, la sorpresa
del jefe Zainaid aflojó las duras líneas de su oscura piel.

A menudo se preguntaba qué habría sido del jefe tras la batalla, pero cuando se levantó
orgulloso para dirigirse a ellos en el lugar donde antes se sentaba el rey, Tauria se dio cuenta
que no se lo esperaba.

—Bienvenidos de nuevo —les saludó Zainaid, su atención volvió a centrarse en


Mordecai, pero la evaluación se quedó allí como si estuviera decidiendo qué hacer con ellos
juntos.

Los fae oscuros de la sala se inclinaron ante Mordecai, que se detuvo con las manos
entrelazadas a la espalda, sin ceder.

—¿Algún progreso en la tarea? —preguntó el alto señor.

—Me temo que no. El príncipe sigue sin ser encontrado, al igual que la antigua reina y
la princesa.

Los labios de Tauria se entreabrieron ante la mención de Tarly. No era una


confirmación que estuviera vivo, pero Mordecai tenía que sospechar mucho para estar
buscándolo activamente. También sintió alivio al confirmar que Keira y Opal seguían fuera
de sus garras.

—Ya veo. —Mordecai escatimó una mirada, y fue suficiente para que la sala estallara
con el canto del acero.

Tauria se sobresaltó ante la repentina amenaza. Todos los fae oscuros que
respondieron se volvieron hacia Zainaid, que se limitó a mirar fijamente al gran lord con los
ojos entornados, el único indicio que sabía por qué tantas espadas se dirigían hacia él.

—Aceptamos dejarte vivir, que la ciudad permaneciera intacta bajo tu dominio


temporal, a cambio de tu lealtad —explicó Mordecai—. Sin embargo, o bien nos ocultan
información o tus esfuerzos son muy escasos. Lo admito, ambas conclusiones me
decepcionan enormemente y, en verdad, me sirves de poco cuando no podría importarme
menos que este reino cayera en el terror y el caos por un tiempo.
A Tauria se le aceleró el pulso al ver la oscuridad pura y la amenaza que emanaba del
alto lord. Así era él: un líder sin piedad. Mataba sin miramientos y no le importaban las vidas
inocentes.

—Mi gente es humana, no como ustedes —dijo Zainaid.

Mordecai respondió:

—Te he provisto de muchos guerreros.

—Perdóneme, Gran Señor —cedió Zainaid—. Los he estado utilizando para


reestructurar a la gente de aquí. Sin su rey, muchos guardias y soldados se rebelaron. Los
ciudadanos desconfiaban de su presencia, y no ha sido tarea fácil alejar a la ciudad del caos.
Puede que no le importe, pero sólo le pido que confíe en que esto nos beneficia a todos.

—No me fío, porque me has dado pocas razones para hacerlo, aparte de esta muestra
de realeza que puede ser una posición demasiado alejada de tus posibilidades.

—Tienes razón. Ser rey no es mi deseo. ¿Puedo preguntar por qué es tan importante
encontrar al príncipe?

—Porque será rey. Tan pronto como Varlas sea eliminado.

—¿Por qué mantenerlo vivo?

Mordecai esbozó una sonrisa que a Tauria le pareció cruel, pero sus ojos sólo
mostraban un vacío.

—Como castigo. A Marvellas no le gustan los aliados que le fallan. Para ella no son
mejores que enemigos. —Avanzó un paso. Una advertencia—. Ahora, ¿cómo es que mis
propios espías se enteraron del príncipe en un pueblo cercano y los tuyos no?

Tauria no sabía por qué miró a Lycus al enterarse que Tarly estaba vivo. Sus ojos se
llenaron de alivio... mucho alivio. Llevaba meses negando que Tarly hubiera sobrevivido.

El General compartió su consuelo con una pequeña sonrisa.

—Pido disculpas por el descuido. No volverá a ocurrir.

—No, no lo hará.

Mordecai dio otra orden silenciosa, y los cuerpos se movieron más rápido de lo que
Tauria podía calcular una forma de detenerlos. Dos fae oscuros se acercaron al jefe. Uno le
golpeó con fuerza en la cara, otro en el abdomen y le obligaron a arrodillarse. La temeraria
brutalidad la aturdió todavía, hasta que el destello de una espada ascendente le arrancó por
fin la voz.
—¡Alto!

La sala enmudeció y toda la atención se centró en ella. Tauria respiró con dificultad,
insegura de cómo apelar a Mordecai sin mostrarle una debilidad que pudiera explotar.

—Con esto no ganamos nada —dijo, volviéndose hacia él con rabia. No por lo que
estaba a punto de hacer. No, Tauria tenía que igualar su firme liderazgo.

Sus ojos se tensaron con su interferencia.

—Tengo poca tolerancia con aquellos incapaces de hacer lo que se les pide, princesa.

—Soy una reina —afirmó por primera vez.

Sus cejas dejaron de fruncirse.

—Elegí convertirme en tu reina, no quedarme de brazos cruzados y dejar que destroces


alianzas por impulso. Lo necesitamos para mantener el orden aquí hasta que el verdadero
rey pueda ser coronado. Zainaid es el único que puede hacerlo. A Marvellas no le gustará que
hagas de Olmstone un patio de recreo salvaje que ella tendrá que limpiar después.

Mordecai retrocedió hacia ella, y Tauria mantuvo la barbilla alta aunque su proximidad
le repugnaba.

—Ahí estás —dijo con calma, y por primera vez un destello de asombro se abrió paso
en aquellos ojos de ónice—. Me preguntaba cuánto tardarías en convertirte en la poderosa
líder que podrías llegar a ser. Este atisbo es de lo más emocionante. ¿Qué deberíamos hacer,
Tauria Stagknight?

Respiró tranquilamente, deliberando. En esos segundos, lo sintió. Tauria no sabía cómo


con su vínculo roto, ni tenía el sentido sin él para saber exactamente dónde, pero Nik estaba
cerca.

—Estaba cerca de Tarly. —Pensó rápidamente, intentando en los pocos segundos que
tenía elaborar un plan que pudiera separarlos pero manteniendo a Mordecai de su lado—.
Tal vez podría quedarme aquí. Se correría la voz de mi captura, y Tarly vendría. Si creyera
que estoy en peligro, se entregaría.

La idea le daba asco, pero soltó las palabras de traición a su amigo con la esperanza
desesperada que no llegara a eso. Esto sólo mantendría a raya las sospechas de Mordecai.

Su mano buscó su cara.

—No me gusta la idea de separarme de ti. Tenemos tanto que hacer juntos.

El estómago se le apretó dolorosamente al preguntarse qué significaría aquello.


—Esto sólo será por un tiempo —se obligó a decir suavemente, estrechando la mano
de él sobre la suya, lo que hizo que sus fríos ojos se relajaran—. Luego iré a Fenstead. Eso es
lo que más deseo.

Aunque se le hundió el estómago por haber estado tan cerca de volver a casa, podía
esperar un poco más si eso significaba encontrar una forma de encontrar a Tarly y
mantenerlo lejos del alcance del alto señor.

—Nos vendría bien su ayuda —intervino Zainaid.

—Que se levante —dijo Tauria al gran señor.

Se apartó de ella, haciendo un gesto con la cabeza para que sus guardias se retiraran. A
Tauria le dolió ver al legendario líder de rodillas ante su gente, que también estaba dispersa
por la sala.

—Yo diría que es un buen plan... —El tono de Mordecai se volvió oscuro. Del tipo
premonitorio, y Tauria se aquietó. El aire se enfrió. Lycus se acercó—. Salvo que me tomes
por un maldito tonto, y ya sabes lo que opino de eso, Tauria.

Todo sucedió tan deprisa que no supo adónde dirigir su atención. La lucha que la
rodeaba la atenazaba todavía. El horror se apoderó de ella por completo. Una espada se
apoyaba en la garganta de Zainaid, Lycus era detenido por tres fae oscuros, y entonces...

Tauria no pudo darse la vuelta ante el alboroto que entraba por las puertas. Supo que
era él sin mirar. En esta maldita situación en la que se habían convertido, ella era lo único
que permanecía intacto. La única que tenía la pequeña esperanza de detener cualquier orden
impulsiva que Mordecai pudiera dar para acabar con todos ellos.

—¿Qué es esto? —preguntó con calma, sabiendo que ningún tipo de miedo o protesta
conseguiría convencerle.

—¿Crees que no sabría que me están rastreando? —Acechó hacia ella con una gracia
de depredador que debería haberla hecho retroceder, pero en su interior sintió la presencia
de Nik y podría haber gimoteado de alivio.

—Estoy aquí, amor.

Los hombros de Tauria se cuadraron cuando él se detuvo, imponiéndose


intimidantemente sobre ella.

—¿Por qué no le miras?

—¿Por qué debería?

Su mano le agarró la barbilla y ella se estremeció al sentir la fuerza. No le dio nada,


apretó los dientes mientras la recorría el odio más puro.
—¿Esperas que crea que no sabías nada de eso?

—Esperaba que fueras más listo —espetó ella. Aquello lo aturdió un segundo, lo
suficiente para que aflojara el agarre y ella se soltara de un tirón—. Deberías haber sabido
que no aceptaría que nuestro vínculo se rompiera tan fácilmente. Deberías haber previsto
que vendría a por mí y haberte asegurado que no pudiera.

Mordecai buscó en sus ojos el engaño. Los nervios de Tauria nunca se habían agudizado
tanto al darse cuenta que podría encontrarlo.

—¿Y qué pasa con ellos?

Se quedó sin aliento cuando él la giró por los hombros. Mechones de cabello
aparecieron en su visión, y cuando cayeron... no podía creerlo.

Su nombre salió de sus labios.

—Tarly.

Sus ojos se cruzaron con un anhelante sentimiento de tristeza. Se habían separado tan
repentinamente, y ella nunca había tenido la oportunidad de decirle que lo entendía... que
sabía que él no era el monstruo que ella creía que era. Dioses, lo sentía tanto, y le costó todo
lo que tenía dentro no moverse con el impulso de abrazarlo después de todo lo que habían
pasado.

Tauria observó la espada en su garganta, luego la de Nik, luego la de Samara, hasta que
su mirada se posó en una fae. No sabía con certeza por qué había tenido que parpadear varias
veces. Su rostro se arrugó con confusión, como si debiera conocer a la fae, pero su mente
estaba en conflicto. Estaba segura que nunca antes había visto a aquella fae de deslumbrante
cabello plateado y piel marrón dorada, pero al mismo tiempo le resultaba familiar. La fae
sólo le devolvió la mirada, con los ojos color avellana muy abiertos por el miedo, y Tauria
también vio la espada que amenazaba su vida.

—Que se vayan —dijo. Una respuesta vacía. Tuvo que recomponerse mientras su
mente se sumía en el estupor. El suelo ya no le parecía tan sólido y una vocecita se
preguntaba si aquello no sería una pesadilla. Una retorcida conjura de lo imposible y el peor
de sus miedos.

¿Cómo los habían atrapado tan fácilmente?

—Podemos irnos. —Se volvió hacia Mordecai—. No tengo necesidad de quedarme aquí
ahora. Podemos irnos juntos. Que Zainaid detenga al príncipe y envíe a Nik de vuelta. No
ganaremos nada convirtiéndolo en mártir de High Farrow.

Tauria estudió cada parpadeo de su expresión, sabiendo que estaba contemplando sus
palabras.
—No irás con él —gruñó Nik en su mente.

—Tienes que pensar razonablemente. Escúchame. La ruina está en Fenstead, y él


pretende llevarme allí —respondió ella.

Todos guardaron silencio durante un largo y tenso momento.

Mordecai clavó los ojos en Nik, que estaba detrás de ella, mientras se acercaba, y la
burla en esas profundidades de ónice pareció despertar la ira de su compañero justo hasta
que su mirada se posó en ella... y leyó la prueba.

El corazón de Tauria se estrujó. Se hizo astillas. Sus viles manos tomaron su rostro, y
ella conoció su intención. Sabía que no podía apartarse o todo habría terminado. Justo aquí,
delante de Nik, él había decidido destrozar la última pieza de su vínculo roto.

La cabeza de Mordecai se inclinó para encontrarse con la suya, y se le formaron


lágrimas, contra las que cerró los ojos. Tauria levantó de golpe sus barreras mentales,
incapaz de soportar que Nik pudiera colarse y decir cualquier cosa, sentir cualquier cosa.
Aunque él no podía oírla, le pidió disculpas mientras una enfermedad tan horrible la
consumía por lo que estaba a punto de hacer.

Los labios de Mordecai rozaron los suyos...

Entonces Nik prorrumpió en un grito de rabia y venganza.

Antes que todo el infierno se desatara.

Giró para ver a Nik luchando con su espada, aprovechando la ventaja numérica. Tarly
alcanzó innumerables flechas, y mientras apuntaba una a Mordecai, Tauria actuó por
impulso.

Extendió los brazos y el viento respondió, enviando una corriente para interceptar la
flecha de Tarly, desbaratando por completo su puntería. Tauria no esperó ni un segundo y
desató una tormenta. Sus pasos eran ingrávidos, sus brazos danzaban mientras la habitación
se convertía en suya. Sin aire, no serían nada en cuestión de minutos.

Recogiendo su tornado, lo envió hacia abajo y luego hacia el cielo.

El techo de la cúpula se hizo añicos y Tauria redirigió sus corrientes para salvar a los
que podía, pero tenía que ser creíble. Puede que nunca se perdonara a sí misma por los
fragmentos que llovieron sobre sus amigos, su compañero, pero esperaba que algún día lo
entendieran.

La lluvia empezó a resbalarle la piel, y Tauria respiró contra la oleada de poder


desatado.
—Me salvaste. —La voz de Mordecai contenía una nota de sorpresa que ella nunca
había oído antes. Ahora la miraba con una nueva confianza y asombro.

Lo que le llamó la atención lo siguió, y Tauria se quedó con la boca abierta al ver cómo
se acumulaba la lluvia. Quedó suspendida en el aire, luego viajó hacia algo, y cuando la mirada
de Tauria se posó, no podía creer lo que veían sus ojos.

Una Portadora de Agua.

Nunca antes se había topado con ese talento, y el espectáculo era hipnotizador. Un arma
hermosa que respondía a la postura firme de la fae y a la forma en que sus brazos se movían,
similar al estilo de Tauria.

¿Quién era esta fae?

Tauria no tuvo tiempo de quedarse en su momento de asombro. Su atención se centró


en Nik, que derribaba a un fae oscuro tras otro a medida que entraban en tropel por las
puertas. Tarly le ayudaba con su arco. Samara se había escudado detrás de la Portadora de
Agua, que no atacó, sólo se preparó como si fuera su último recurso.

Tauria tenía que ayudar. Demasiados fae oscuros rodeaban a Nik incluso con su
habilidad.

Dio el primer paso hacia él.

Un frío metal chasqueó alrededor de su muñeca y ella gritó ante el agudo mordisco que
arrojó un manto sobre sus sentidos. Ya sabía lo que era, y no miró hacia la muñeca que
sostenía Mordecai tras haberle colocado el brazalete de Piedra de Hechicero. Nik giró hacia
ellos con una furia tan oscura que la asustó más que al alto señor. No temía por su seguridad,
sino por la de Nik. Porque la acción de Mordecai le robaba la concentración mientras el
peligro rondaba a su alrededor. Tiró del agarre de Mordecai, con los ojos muy abiertos y la
boca entreabierta para llamarle.

Pero llegó demasiado tarde.

El sonido más desgarrador que jamás había oído la atravesó como la cuchilla que lo
atravesaba.

Tauria no pudo oír el grito que le arrancó. Se encorvó, absolutamente conmocionada,


cuando la hoja que atravesaba el abdomen de Nik se retrajo. Resbaladiza por su sangre, se
alzó para golpear de nuevo, y Tauria empujó profundamente contra la Piedra de Hechicero
para encontrar su viento. Lo sintió, pero no lo suficiente.

La flecha de Tarly impactó en la garganta del agresor de Nik.


Volvió a esforzarse, pero un brazo rodeó su cintura y gritó al ver a Nik caer de rodillas.
El carmesí manaba de su herida, y Tauria se entumeció al verlo. Indefensa. Su corazón no se
estaba rompiendo; había sido borrado de golpe.

—¡Quédate conmigo! —Ella envió el pensamiento tan fuerte, esperando que él pudiera
oírla a pesar de la agonía que estaba sufriendo por un arma parcialmente hecha de
Magestone. No podía vivir con otra alternativa—. No puedes dejarme.

Si Nik muriera... ella también.

La Portadora de Agua fue corriendo hacia el compañero de Tauria, y no supo por qué
sintió alivio, ni cómo supo que esta fae podía ayudarle.

—Diles que dejen de atacar —dijo Tauria. Eran las palabras de un fantasma mientras
su cuerpo temblaba, tan frío y distante que no podía forcejear con nada para encontrar algún
asidero en la realidad.

Mordecai la escuchaba, pero no podía aflorar la calma. La lucha había cesado, pero lo
único que podía hacer era mirar cómo Samara y los otros fae atendían a su compañero. Nunca
nada la había sumido tanto en la desesperación. Debería estar al lado de Nik, pero en vez de
eso estaba en brazos de otro.

—Te amo —pensaba una y otra vez, pero no oía nada de vuelta—. Tan eterno como la
luna, te amo, Nikalias.

Sus gemidos de dolor formaron sus lágrimas que cayeron en silencio.

—¿Estás lista para venir conmigo ahora, Tauria?

Cada hueso, nervio y músculo se cerraba en señal de protesta. Cada pensamiento


gritaba en contra; cada instinto pedía a gritos negarse. Pero tenía que hacerlo. Tenía que ir a
Fenstead, o todo había sido en vano.

—Tenemos que asegurarnos que vive, o significará la guerra —intentó, un último


intento de saber al menos sin lugar a dudas que Nik estaría bien antes que los separaran.

Demasiada sangre. Suplicaba que parara, viendo cada medida que perdía como una
cuenta atrás de su vida que se desvanecía.

—Ven conmigo ahora —advirtió Mordecai, con su cuerpo apretado al de ella por
detrás—, o reanudaré el ataque creyendo que sigues de su lado.

—Yo te salvé, no a él. —Tauria encontró la mordedura de su voz, sólo por su


devastación al ver a Nik recostarse con ayuda por instrucción de la Portadora de Agua.
Algunos de los cortes en su ropa, su cara, ella había permitido con su lluvia de cristal.
Ella le había hecho daño. Era una verdad que guardaría para siempre como una herida
permanente.

—Lo siento mucho. Lo siento mucho, mucho, Nik.

—Amor.

Ella se animó al oír su voz en su mente.

—No vayas con él. Por favor.

Nik sufría mucho, pero aun así luchaba por ella. Su cabeza se inclinó, el pánico en sus
ojos esmeralda golpeando tan profundo.

—Volveré. Soy inteligente, ¿recuerdas? Puedo hacerlo, y ahora confía en mí. Encontraré
la ruina y volveré. Tú sigue vivo. ¿Me oyes, Nikalias? Mantente vivo para que pueda encontrar
mi hogar de nuevo.

Aunque se dirigía a la tierra que la vio nacer y reinar, no significaba nada sin él.

—Voy contigo —interrumpió Lycus desde su lado.

Tauria negó con la cabeza.

—Cuando llegue el momento, enviaré a buscarte. Puede que pase un tiempo mientras
evalúo el estado del reino antes de reintroducir a nuestros ciudadanos y hacerles creer que
bajo mi mandato vuelven a estar seguros. No le digas a nadie de mi paradero. Tu papel ahora
es mantener esto en secreto.

Pronunció la orden sólo por el bien de Mordecai, el naufragio de su mente, alma y


corazón clamando para que Nik entendiera su siguiente movimiento en el tablero. Estaban
tan cerca.

El rostro de Lycus se crispó con una protesta, pero al sostenerle la mirada, vio su
silenciosa súplica.

—Tauria —le dijo Nik a su mente en voz baja mientras se desvanecía en la


inconsciencia, y ella se dio cuenta que la Portadora de Agua había recuperado algún tónico
que se lo estaba dando.

Tauria captó su mirada agitada. El aire quería ahogarla. El suelo amenazaba con
tragársela. Sentía que le había fallado tanto que no sabía cómo podría arrepentirse.

—Eres tan valiente. Yo... voy a ir por ti. Te lo prometo.

Esas fueron las últimas palabras que pronunció Nik antes que sus ojos se cerraran y su
mundo se silenciara con ellos.
Capítulo 86
Zaiana

AIANA SE SENTÓ CON los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, mientras la
Zluz de la luna acariciaba su rostro. Escuchaba la música que podía oír débilmente si se
concentraba. Las celebraciones por el Baile del Cometa estaban en marcha. Había paz
en las canciones que tocaban, y mientras escuchaba su mente se alejaba. Dejó volar sus
pensamientos sólo por una noche.

Una vez creyó que sus lamentables ideas podían guardarse bajo llave sin que nadie lo
supiera. Ese consuelo le había sido arrebatado.

Aun así, no pudo dominar sus fantasías con la música que las provocaba e imaginó cómo
sería bailar. Lo había visto antes: el tipo torpe pero alegre de las posadas de los pueblos
pequeños; los movimientos elegantes y caprichosos que había visto a través de las ventanas
de los castillos; la intimidad de dos amantes que habían robado un momento a la noche,
despacio y sin preocuparse por los pasos concretos, sólo por lo que los movía como uno solo.
Zaiana se preguntó qué se sentiría al ser abrazada de ese modo. Despojarse de sus pieles de
combate por primera vez para vestir algo hermoso y reluciente.

Sus caprichos infantiles se apagaron como una vela.

Los ojos de Zaiana se abrieron con el arrastrar de pies que comenzó a bajar por el
pasillo. Mantuvo la mirada fija en la brillante luna, esperando que su falta de atención
consiguiera que él se marchara tan rápido como irrumpió en su celda.

—Te estás perdiendo las celebraciones —le dijo a Kyleer.

Un traqueteo llamó su atención, enderezando la cabeza, cuando Kyleer introdujo la


llave en la cerradura. El sonoro chasquido al abrirse la dejó atónita. Apoyó la espalda contra
la pared para levantarse, pero apenas se puso en pie cuando Kyleer le agarró las cadenas con
la mano y le rodeó la garganta con la otra.

Todo sucedió tan rápido que ella parpadeó desconcertada mientras él la sujetaba
contra la pared, con los ojos verdes encendidos mientras exhalaba con fuerza. Tenía las
manos atadas por encima de la cabeza.
Ninguno de los dos habló durante unos largos y electrizantes segundos. Su pecho subía
y bajaba profundamente al tenerlo tan cerca sin rejas.

—Has estado fuera durante semanas.

—Me prohibieron verte.

—Entonces no deberías estar aquí.

—Nunca debería haber ido por tus pensamientos —gruñó.

Su ira la dejó atónita. Esperó a ver el truco, pero su furia no iba dirigida a ella.

—No debería importarte.

—No puedo parar —confesó, y las afiladas líneas de su rostro se suavizaron. Su mano
sobre el cuello de ella se movió lentamente alrededor de su nuca—. Estoy deshecho por ti.
Aniquilado por ti. No puedo soportarlo.

—No he hecho nada.

—No hace falta —gritó. Pero entonces su frente se arrugó de dolor antes de caer sobre
la de ella—. Quiero matarte porque la única forma de encontrar la paz es saber que no puedo
encontrarte. Entonces, tan rápido como imagino esa posibilidad, quiero seguirte.

Se calentó y tragó saliva.

—Pensé que era inteligente, comandante —susurró.

Algo salvaje brilló en sus ojos cuando se echó hacia atrás, sus dedos enroscándose en
su pelo, pero no en un agarre doloroso.

—No quiero ser inteligente contigo. Quiero ser temerario y atrevido, y quiero que
luches contra mí en todo momento, porque nada me hace sentir más vivo que esto. —Su nariz
rozó su pómulo y su aliento le acarició la oreja—. Tú también lo sientes.

La respuesta llegó demasiado deprisa, demasiado segura, para que ella pudiera
resistirse. El acuerdo que curvó su cuerpo hacia el de él inconscientemente. No quiso
apartarse de su escudo, aunque podría haberlo hecho.

No dijo nada. No hizo nada.

—Quiero ser el último —continuó Kyleer en un murmullo bajo y ronco—, en ponerte


la mano encima. —Unos dedos ásperos le recorrieron las caderas, por debajo del jersey,
hasta rozarle la piel desnuda. Los labios de Zaiana se entreabrieron con las cálidas
vibraciones—. Para darte placer alguna vez. —Subió por encima de sus costillas, y ella no
quería que dejara de subir, pero él se detuvo bajo la curva de su pecho, con el pulgar
rozándolo—. No sabes cuánto me hace odiarte.

—Entonces tienes tu respuesta. Mátame, Kyleer.

Era un reto para que lo intentara.

Sus ojos se entrecerraron, entonces algo en él dejó escapar su último control.

—Dioses, eres insufrible. Exquisitamente, castigadoramente insufrible.

La boca de Kyleer se pegó a la de ella, su cuerpo se amoldó al de ella contra la pared,


arrancándole inmediatamente un gemido, y cuando ella abrió la boca su lengua se deslizó
dentro. Ella se desencajó, explotó, sintiendo un calor que crecía al sentirle; un frenesí que
reaccionaba a su sabor. Se convirtió en una hermosa maravilla cómo todo lo que la había
atormentado durante días, lo que la había tenido tramando vengarse de todos ellos, se disipó
por él. Sólo le importaba lo que él le daba en ese momento.

No debería sentirse así. Era sólo un hombre. Uno que había atormentado y torturado
su mente, pero también le había ofrecido un respiro. Uno a quien despreciaba, el enemigo,
pero que se había convertido en una presencia que no quería admitir que anhelaba.

Kyleer le soltó las cadenas. Le rodeó los hombros con los brazos, pero como seguía
atada, no pudo enredarlos en sus mechones castaños como había deseado
desesperadamente durante meses. Su cuerpo alto y fornido la hacía sentir muy pequeña,
pero eso alimentaba su lujuria. Quería sentir cada contorno de él, pero era incapaz de hacer
otra cosa que rendirse.

Sus grandes manos se engancharon alrededor de sus muslos y las piernas de ella lo
envolvieron. El ángulo, su cuerpo ancho... se aferró a él como si pudiera protegerla del mundo
y bañarla en felicidad para toda la eternidad. Zaiana lo besó como si no fuera más que una
fae oscura con una pasión ardiente. No importaba lo que fuera: el color de su sangre, el hecho
que pudiera quitarle el glamour a sus alas, que siempre sería su enemiga y que nunca serían
aceptados más allá de esta celda. No importaba, pero Kyleer se merecía algo mejor. No
esperaba sentir algo por él mientras lo atraía hacia su trampa.

Desde luego, no esperaba caer con él.

El amor era algo voluble, un maestro del engaño. Una fuerza poderosa con una trampa
silenciosa. Zaiana no quería creer que el principio de un apego tan cruel era lo que había
empezado a traspasar sus defensas. Quería negar, sentir la lujuria pero no las emociones
quebradizas que intentaban enredarla.

Sin embargo, estaba cansada de luchar. Cansada de la guerra en su mente que nunca
terminaba.
Sus ojos... ardían. Calientes y con una sensación tan lejana que cuando cayó la lágrima,
gimió. Merecía sentir su patético dolor.

Kyleer se separó del beso y apoyó la frente en la de ella mientras jadeaba y le acariciaba
una mejilla con la palma callosa. Una palma que había sentido la misma crueldad que ella,
pero que le había dado mucho más a cambio. La yema de su pulgar borró la traición que ella
sentía. Por él.

Se había permitido a sí misma preocuparse, y eso había esculpido un nuevo vacío que
nunca sanaría.

—Quiero tomarte aquí mismo, pero te mereces algo mejor.

No lo merecía. No se merecía nada.

Se le retorció el estómago. ¿Era culpa? Le resultaba vagamente familiar, pero nunca


había arraigado tan profundamente ni se había extendido con tanta rapidez.

Bajó los ojos y apretó los labios para contener un sollozo.

Kyleer habló tan suavemente que era insoportable.

—Vamos a hacer esto juntos, Zai. Tú y yo. Convenceremos a los demás que estás de
nuestro lado.

Zaiana sacudió la cabeza, y su exhalación la sumió en el más frío distanciamiento de su


existencia.

—No estoy de tu lado —susurró—. Nunca podré estarlo.

Ya era hora.

Zaiana se movió rápido.

Con un grito contra una agonía mucho más profunda que el corte del metal, sus
muñecas se separaron con tal fuerza que rompió la cadena que las unía. No fue sin gran
esfuerzo y resistencia que arrastró su magia hacia adelante, más allá de la manta del acero
Niltain en sus muñecas.

Entonces golpeó.

Con una mano en el pecho de él, su rayo salió a la superficie y lo agarró por completo.
Kyleer cayó, y ella con él. Cayeron al suelo, donde ella se sentó a horcajadas sobre él. Sus
manos tomaron las muñecas de ella, pero su fuerza se vio mermada por las ondas de choque
que ella le propinó.

Podía matarlo, debía matarlo. Era su orden.


Se le acumularon más lágrimas al ver cómo sus ojos desconcertados se llenaban de
tanto dolor, pero no de su rayo.

La inmovilizó con traición.

—Mírame, Kyleer —dijo entre dientes apretados, sin poder evitar que la voz le
temblara ante la puñalada en el pecho—. Mírame de verdad. No soy buena. No como tú. No
como ellos. Soy un monstruo, y sólo me decepciona que te hayas dejado engañar por mi bella
apariencia.

—¿Cómo? —Su voz entrecortada le pellizcó la frente.

—He desarrollado una tolerancia al acero Niltain desde el día en que descubrí que
podía hacerme daño, hace más de un siglo. Lo usé. Pequeñas piezas al principio, hasta que
pude soportar brazaletes bonitos como estos. Entonces me entrené a través de ellos. Dioses,
era una agonía, pero no era nada comparado con cómo el material podía usarse contra mí si
no lo dominaba antes. Cuando pude recuperar mi fuerza y velocidad, fue un reto más difícil
hacer aflorar mi magia más allá de sus restricciones. Pero nunca me detuve hasta conquistar
eso también. Todo lo que tenía era tiempo. Y a veces, no era nada comparado con lo que
soportaría de todos modos bajo las manos de los maestros. Al menos mi propia tortura me
hizo más fuerte. Me trajo a este día aquí. Te puse a mi merced al pensar que era vulnerable.

Zaiana debería haberlo matado y haber escapado ya; estaba perdiendo un tiempo
precioso. Sin embargo, no pudo evitar inclinarse más cerca de él, temblando al ver cómo su
rostro, feroz y hermoso, se contorsionaba con la electricidad que le recorría. Rebotaban
destellos de amatista en sus facciones y, a pesar de todo, el odio y la ira no estaban escritos
en aquellos ojos suplicantes.

—¿Qué habríamos hecho? —Habló en voz baja, con una pregunta de dolor, tanto para
ella como para él—. No habría lugar para nosotros. No se habría aceptado a una villana con
un héroe. —Le tomó la mano y se la puso en el pecho—. Escucha, Kyleer. No tengo corazón
para dar.

—¿Por qué no escapaste antes? —Él se esforzó por pronunciar las palabras, pero ella
no aflojó su ataque.

Zaiana sostuvo aquellos ojos verdes, deseando que estuvieran llenos de odio o
venganza, pero todo lo que le dieron fue una tristeza y decepción que amenazaban con
impedir que el aire llegara a sus pulmones.

—Todos han sido inconscientes de los planes que se han estado moviendo a su
alrededor todo este tiempo, y ha sido un placer para mí verlos a todos intentar averiguar lo
que tenían delante. —Debería haberse detenido ahí, pero aquellos irises musgosos en los que
había venido a encontrar la paz arrastraron más palabras más rápido que la enfermedad—.
Y tal vez porque incluso los monstruos pueden caer en la debilidad... —confesó, sabiendo que
nunca volverían a enfrentarse, y ¿qué importaría de todos modos si lo hicieran?—. Por un
momento, tal vez te convertiste en la mía.

No sabía cuándo se había permitido preocuparse por él lo suficiente como para que la
idea de quitarle la vida le doliera. Había vivido carne desgarrada y castigos crueles, pero este
dolor tocaba un lugar que muy pocos habían tocado antes.

Su corazón.

La cosa marchita, fría y negra que ocupaba su pecho gritó ante la idea de matar al
guerrero que tenía debajo.

Dolor. La atravesó tan profundamente que podría haber creído que tenía alma, después
de todo, cuando imaginó que la luz de la esperanza y el anhelo en sus iris esperanzados se
apagaba para siempre. Incluso ahora, a pesar de su odio, su dolor y su traición, seguía
mirándola con un dejo de súplica, como si se aferrara a algo que ella nunca podría darle.

—Esperaba algo mejor de usted, comandante —Un frío desapego la invadió de golpe,
endureciendo su expresión y oscureciendo su mente. Ahora le miraba con indiferencia—.
Adiós, Kyleer.

La mano de Zaiana se curvó alrededor de su cuello hasta que encontró el punto en el


que enviar una descarga de precisión que aferró el nervio correcto. Todo el cuerpo de Kyleer
se tensó, y su última mirada con los ojos muy abiertos quedó grabada en su memoria.

Luego cayó sin fuerzas.

El silencio sonó fuerte. Ella respiraba agitadamente, incapaz de apartar los ojos de lo
tranquilo que parecía él a pesar de su ataque. Era hermoso. Pero Zaiana tenía que irse, tenía
que dejarlo, porque no sabía cuánto tiempo le quedaba.

Sin embargo, no podía moverse.

Apretó la chaqueta con las manos y apoyó la frente en su pecho. Entonces, por un
momento, se quebró.

Robó un núcleo de tiempo para rendirse en su guerra, aceptando que la miseria


siempre sería producto de la crueldad. Que por muchos triunfos que consiguiera, nunca
serían suficientes para equilibrar el sacrificio de los sentimientos que le habían dicho que no
podía tener. Ahora mismo, se abalanzaban sobre ella, la ahogaban, la torturaban, pero lo
aceptaba todo por la guerrera que había bajo su piel y que no merecía ser víctima. Fue la
única vez que se sintió consumida por el arrepentimiento, no sólo por lo que había hecho,
sino por quién era. De quién la habían hecho.

Zaiana respiró tres veces.

Uno para enterrar todo lo que había sentido dentro de esta celda.
Una para cortar el lazo que había empezado a enhebrarse a su alrededor.

Uno para dar la bienvenida a la oscuridad una vez más.

Zaiana se enderezó, rebuscando en sus bolsillos, aunque pensó que era una posibilidad
remota. Lo palmeó antes de gemir de frustración al no encontrar sus guardas de hierro. Sin
un minuto más que perder, le quedaba un último lugar donde buscar.

Se puso en pie y salió de la celda, cerrando la puerta y alejándose con las llaves por el
oscuro pasillo. Con las celebraciones en pleno apogeo, los guardias eran escasos, pero no se
molestó en ser precavida, sabiendo que ella sería la menor de sus preocupaciones en
cualquier momento.

Acercándose por detrás del primer guardia, Zaiana le sujetó los hombros con ambas
manos, presionando con los pulgares los puntos de precisión de su cuello.

—Tienes otros dos prisioneros, ¿dónde están? —preguntó con calma.

El otro guardia estaba a punto de desenvainar su espada cuando ella lanzó su mano
hacia él con una ráfaga letal.

—Tengo muy poca paciencia —dijo al oído del fae.

El miedo le hizo vibrar. Los segundos pasaban y ella estaba a punto de romperle el
cuello cuando habló.

—Por aquí, oscura.

La voz que la llamaba a través de la oscuridad la conocía. Con su rayo, dejó inconsciente
al fae que tenía a su alcance antes de seguir el sonido a regañadientes. Zaiana lo encontró,
con sólo un rayo de luz de luna iluminando su duro rostro mientras él permanecía de pie con
las manos en los bolsillos.

Izaiah Galentithe.

—¿Seguro que sabes lo que haces? No hay vuelta atrás —se burló.

—Cumpliste tu parte del trato; yo he cumplido la mía —dijo con frialdad.

—Eso está por verse.

En lugar de responder, Izaiah se retorció y ella marchó tras él. Llegaron a una celda y,
cuando su ocupante la vio, se puso en pie de un salto.

—Ya era hora —gimió Tynan.


—Sí, ha sido una tortura bastante agotadora —comentó, metiendo la llave en la
cerradura.

Zaiana sabía que no los habrían liberado. No sabiendo que Faythe estaba viva. Su único
plan había sido que sobrevivieran al cautiverio con ella, algo que no estaba segura que
ocurriría hasta que un aliado inesperado vino a visitarla.

—¿Dónde está Amaya? —espetó al comandante.

La mueca de dolor de Izaiah la atravesó con fría ira.

—Tres celdas más abajo —dijo, vacilando antes de añadir—: Intenté ayudarla lo mejor
que pude, pero está débil, y los momentos fuera del acero Niltain apenas sirvieron de nada.
Es posible que desee trabajar en eso si ella sobrevive.

Sus familiares ojos verdes se cerraron como un puño en su pecho. Contenían el tipo de
odio frío que ella esperaba que su hermano hubiera sentido por ella en sus últimos
momentos. Al menos habría hecho mucho más llevadero lo que le había hecho.

Contempló la posibilidad de hacerle lo mismo a Izaiah sin ningún remordimiento, pero


Zaiana tenía un último asunto urgente. Corrió por los oscuros pasillos, lanzando sus rayos
contra las cerraduras de las puertas de acero, hasta que la vio.

La oscura yacía tan quieta que el miedo amenazó su equilibrio cuando Zaiana aminoró
la marcha. No había ningún corazón que confirmara la vida, ningún movimiento que pudiera
detectar, y su voz era apenas un susurro de temor.

—Amaya.

El primer cambio podría haberse confundido con su propia ilusión desesperada, pero,
con una lentitud dolorosa, la morena empezó a desperezarse en su estado de indefensión.
Zaiana no perdió ni un segundo y giró la llave en la cerradura mientras Amaya se sostenía
con brazos temblorosos y apenas lograba girar la cabeza antes de caer. Zaiana le sujetó la
cabeza antes que se desprendiera de la piedra. Sus apagados ojos verdes se encontraron con
los de ella y, a pesar de todo, sus labios secos esbozaron una pequeña sonrisa.

—Sabía que volverías.

Zaiana cerró los ojos por un segundo. La culpa se convirtió en una tormenta que quería
arrancarse del pecho. Cuando abrió los párpados, se encontró con la mirada de Tynan.
Ninguno de los dos tuvo que decir una palabra antes que él sostuviera a la oscura en brazos.

—¿Y ahora qué? —Izaiah se apoyó en la puerta de la celda, lanzando una mirada a
Tynan que ella no sondeó—. Si derribas el muro, ¿qué pasará?

Zaiana se dirigió primero a Tynan.


—Llévala arriba. Busca un lugar cómodo y consigue un sanador si puedes.

—Quiero luchar contigo —protestó.

—Esta vez no —dijo con firmeza—. Es una orden. Vete.

Sus ojos se flexionaron, pero Tynan sabía que eso era lo que ella necesitaba de él.

Izaiah los observó marcharse hasta que se hizo el silencio entre ellos. No podía decidir
si lo admiraba mucho o pensaba que era el más tonto de todos. Sólo el tiempo lo diría.

Finalmente le respondió.

—Esta ciudad caerá, y tienes que dejarlo.

—¿De verdad tenías que arrastrarlo a través de tu desastre? —La voz de Izaiah cortó
como un cuchillo. Nunca dudó que su odio fuera cierto, ya que él fue el primero en ver lo que
le pasaba a su hermano.

—No se me puede culpar del débil corazón de tu hermano —se defendió Zaiana,
aunque aquello desgarró algo en su interior.

—Veo a través de ti, Zaiana. Pero lo entiendo, y por tu bien, será mejor que nadie más
se entere de tu error de juicio.

—¿De verdad crees que te perdonarán? —preguntó Zaiana, necesitando desviar el


tema a cualquier cosa menos eso.

Izaiah resopló y empezó a alejarse.

—El perdón implica comprensión. A partir de ahora, ¿quién sabe cómo se desarrollará
todo esto?
Capítulo 87
Nikalias

NIK DESPERTÓ SOBRESALTADO.

En un instante supo que esta pesadilla viviente era mucho peor que cualquier cosa que
pudiera conjurar en sueños. Gimió por el agudo dolor que le invadió el abdomen. Alguien le
tocó el hombro bañado en sudor como si quisiera convencerle que volviera al suelo, pero no
pudo. Su sangre rugía con violencia, respondiendo al implacable martilleo de su cabeza. Su
visión se tambaleó, pero parpadeó rápidamente.

—¿Dónde está? —no preguntó a nadie en particular, escudriñando la habitación y sin


registrar ningún rostro, ni siquiera el que buscaba desesperadamente. Empezó a recordar y
no pudo soportar la agonía. Se levantó de la cama y se agarró al poste.

—Estás gravemente herido, Nik. Necesitas descansar.

Conocía esa voz. En su rabia, giró la cabeza hacia Tarly. Por una vez no dirigió su ira
contra él, pero odiaba la insinuación que podía descansar un segundo más sin saberlo.

—Tauria —gritó—. ¿Dejaste que se la llevara?

—Se fue con él —dijo Nerida en voz baja. Cuando la desquiciada atención de Nik se
centró en ella, Tarly se movió, y Nik no estaba tan lejos como para perderse el cambio de su
olor. Protector, dominante. Del tipo que sacaba alguna conclusión sobre ellos, y él sería un
tonto en su estado si lo entendiera.

Recordó despacio, tan desgarradoramente despacio, lo que su amor le había dicho sólo
a él porque sólo él podía oírlo. Dioses, había dejado que se la llevaran como si fuera una pieza
a sacrificar, y ese nunca fue su deseo. Nunca la habría dejado sola.

Tarly se acercó sutilmente a Nerida cuando ésta se levantó de la cama. Nik observó
entonces todos los vendajes empapados de sangre. Aunque su abdomen seguía estando
sensible, le sorprendió de golpe que fuera capaz de mantenerse en pie por la herida casi
mortal que parecía en carne viva, pero que al menos había sido cosida de forma natural. Sus
ojos se abrieron de horror, y no estaba seguro de por qué miró a Samara.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera?

—Sólo por un día —confirmó rápidamente.

Eso no era posible.

—Nerida es sanadora. Una bastante brillante —explicó.

Incrédulo, su atención volvió a centrarse en la fae de cabello plateado. La gratitud


surgió en su interior, pero nada le parecía suficiente para agradecerle que le hubiera salvado
la vida.

—Sé que no quieres oír esto —comenzó Tarly con cuidado—, pero esto podría
funcionar a nuestro favor. Ella tiene la confianza del enemigo, y tú tienes tu vínculo.

El mundo volvió a derrumbarse mientras sus ojos se cerraban. Cualquier herida


externa no era nada, absolutamente nada, comparada con las hilos desgarrados de su vínculo
que se desvanecían lentamente uno a uno.

—No lo tengo —dijo, dirigiéndose al balcón. Necesitaba aire, y el aire del interior era
demasiado caliente, demasiado espeso, para respirar.

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a eso —espetó, girando, pero su equilibrio no era el adecuado. Todos se
sobresaltaron, pero él se agarró a la puerta. Le ardían los ojos mientras maldecía su
lamentable y débil estado delante de tantos—. Marvellas rompió nuestro vínculo. Ha
desaparecido.

La aguda inhalación de Nerida retorció algo en él mientras Nik salía a trompicones.

—¿Cómo sucedió eso? —La voz de Tarly era sorprendentemente suave. Nik no podía
decidir si despreciaba más su lástima.

—Mordecai nunca habría confiado en ella si tuviera lazos conmigo. Sacrificamos el


vínculo voluntariamente. Porque no importaba... Era perfecto, verdadero y hermoso. Pero yo
la amaba incuestionablemente desde mucho antes. —El aire fresco lo envolvió, y se acercó
arrastrando los pies a la barandilla del balcón.

—Tal vez podría intentar... Quiero decir, no lo sé. No me he encontrado con un vínculo
roto antes, pero... —Nerida se detuvo—. Siento mucho lo que pasó.

Sonaba muy sincera. Esta fae no era más que una extraña para él, pero no se sentía
como tal. Giró la cabeza inclinada hacia ella. La visión de la mano de Tarly sobre ella, la
mirada que le dirigió... fue egoísta por parte de Nik hundirse aún más en la desesperación al
tocar su anhelante dolor por Tauria.
Estaba tan lejos de él.

Nik miró a la luna. Llena y audaz. La vista le oprimía y le oprimía el pecho, pero tenía fe
en que ella lo recordaría. Tenía la esperanza que ella también la miraría tan a menudo como
pudiera mientras estuvieran separados. Para que nunca se sintieran verdaderamente solos.

—¿Sabemos al menos dónde la ha llevado? —Tarly preguntó.

—Fenstead. —Lycus hizo notar su presencia por primera vez.

—Me iré tan pronto como pueda —dijo Nik.

—Necesitarás unos días más de descanso —intervino Nerida.

—No tengo unos días. —Nik la cortó. Les dio toda la espalda, apretando una mano sobre
su tierno abdomen que era un conflicto seguro contra sus palabras, junto con su equilibrio
que dependía de la piedra para mantenerse erguido.

—Podemos irnos mañana si te apetece —ofreció Lycus.

Lo único que Nik hizo fue asentir con la cabeza. Lo estaría sin importar los tónicos que
tuviera que tomar para adormecer el dolor. No corría riesgo de desangrarse, y eso era salud
suficiente, tiempo perdido suficiente, para ir tras Tauria.

—¿Puedo ir? —La pregunta silenciosa de Samara fue inesperada.

—Sería más seguro para ti aquí —dijo Lycus.

—Quiero ayudar. No conozco este reino y, de verdad, estoy cansada de las cortes.

Nik no la detendría si creía que podía arreglárselas sola. En tan poco tiempo, la
apariencia de una dama perfectamente equilibrada, todo lo que se veía obligada a ser, se
había convertido en una máscara de la que se sentía lo suficientemente valiente como para
desprenderse.

—Yo también quiero ir —dijo Nerida.

Nik se volvió hacia ella, apoyándose en la barandilla. No podía descifrar sus nervios. La
piel dorada de Nerida resplandecía con una belleza familiar. Incluso sus ojos tiraban de algo
en su interior, y él apenas podía soportar mirarlos sin tener la culpa de ello.

—No tienes que hacerlo. —Tarly le habló suavemente.

A Nik no le caía especialmente bien el príncipe, eso no había cambiado. Sin embargo,
observó un lado diferente en él que nunca antes había vislumbrado y que brillaba en
presencia de este fae.
—Tiene razón. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero no tienes motivos para
arriesgar tu vida en esta búsqueda.

—Sí, los tengo.

Su silencio la inmovilizó. Nerida se retorció las manos, y Nik supo que era la señal de
una confesión persistente. Su ritmo cardíaco se aceleró.

—No les debes nada —dijo Tarly en voz baja.

—Pasé mi vida escondiéndome, observando y anhelando sólo en mi cobardía. Me lo


debo a mí misma, y a ella.

La alarma de Nik aumentó.

—¿De qué estás hablando?

Más silencio. Sin embargo, no fue suficiente para frenar el peso del conocimiento que
se abatió sobre ellos de golpe.

—Tauria Stagknight es mi hermanastra.


Capítulo 88
Faythe
No había un solo momento en su vida en el que Faythe hubiera sentido una dicha tan
sobrenatural. Una dicha que sabía que no duraría para siempre, así que se aferró a cada
precioso segundo de ella. En los brazos de Reylan, tumbada tranquilamente lejos de toda la
ostentación, y con el cielo nocturno estrellado cubriéndolos, no sintió el frío de la noche
dentro de su calor. Su mano le acariciaba el brazo mientras le susurraba tantas palabras de
promesa y adoración y nada de las posibilidades a las que se enfrentarían después de esta
noche, sólo lo que sabían con certeza.

Estaban juntos.

Un destello de luz captó su visión. Una vertiginosa excitación se despertó a medida que
se expandía para difuminar la noche. Observó cómo el núcleo ardiente cruzaba el cielo como
una brillante estrella fugaz.

—Me tumbé aquí para el Cometa Matheus la última vez —dijo Reylan—. Nunca pensé
que admitiría esto, ni que me importaría recordarlo, pero pedí un deseo.

Faythe no apartó los ojos del cometa.

—¿Qué deseaste?

—No puedo explicar la sensación de vacío que he llevado, como si me faltara algo pero
no supiera qué era ni cómo me lo habían quitado. Me entregué por completo al
entrenamiento en cuanto entré al servicio de Agalhor. Dolorosamente, cuando pensé que eso
era todo. Necesitaba un propósito, y así escalé los rangos hasta ser general más rápido de lo
que lo haría la mayoría, pero no fue suficiente. Llegué a donde quería, y aun así no fue
suficiente para llenar el vacío.

La culpa le apretó la garganta.

—Lo siento.

La boca de Reylan soltó una leve sonrisa.


—No lo sientas. Conocí a Farrah como amiga durante todo aquello antes que nos
convirtiéramos en algo más, y me ayudó durante un tiempo hasta que también la perdí. —
Hizo una pausa, y la nariz de Faythe se arrugó contra el escozor—. Después de eso, me
distancié mucho de la vida. Me concentré todo lo que pude en mi nuevo papel. Me gané mi
reputación muy pronto, porque en mi dolor y mi vacío no me importaba lo que fuera de mí.
Luché sin piedad, sin misericordia. Era parecido a cuando trabajaba para mi tío, pero al
menos había honor en cómo usaba mis habilidades entonces. A menudo, me tomaba
vacaciones y vagaba, siempre a la deriva, como si de algún modo fuera a tropezar con lo que
me había faltado todo este tiempo. —Reylan se levantó para mirarla a la cara. Aquellos ojos
estrellados tocaban cada centímetro como si estuviera dibujando un patrón subconsciente y
él ni siquiera se diera cuenta—. Mi deseo fue respondido, Faythe. Contigo, las noches ya no
son tan tormentosas, y los días no son tan oscuros.

Faythe le tocó la mejilla, la hinchazón de su pecho a punto de estallar.

—Siento haber tardado tanto.

Se inclinó para besarla, murmurando contra sus labios:

—Ahora estás aquí.

Reylan merecía más respuestas que no sabía que existían, pero por ahora, ella
respiraba luz en su felicidad.

—Deseo cien, tal vez mil cometas más contigo. Aquí mismo cada vez.

Reylan sonrió, amplio y sin contención.

—Por mil más.

Faythe abrió la boca para decir algo, pero cuando la mirada de Reylan volvió al cielo, la
alarma pareció ponerlo rígido. Tiró de los dos hacia arriba, y el pulso de ella se aceleró
cuando miró a su alrededor y luego hacia arriba.

Ella lo vio. Destellos de ámbar como brasas cayendo, excepto que mantenían la
dirección.

Entonces, tan distante, se le heló la sangre al oírlo.

Gritos.

Faythe fue arrastrada a sus pies con Reylan mientras corría hacia la cornisa.

—¿Qué está pasando? —preguntó.


Reylan no respondió de inmediato, y su silencio la dejó helada de miedo. Observó su
rostro mientras calculaba: una mirada que ya había visto antes, pero que le inspiraba el peor
de los temores. Era una cara que sólo ponía cuando...

—Estamos bajo ataque.

Aquellas tres palabras despertaron una realidad tan aterradora que su equilibrio vaciló
durante un segundo. Faythe observó el fuego seductor elevarse como estrellas, hasta que
aterrizó y comenzó a devorar. Flechas de fuego. Saber que ese día podría llegar no hacía que
la realidad fuera menos aterradora.

Se vio arrastrada de su negativa a creerlo cuando Reylan se movió, agarrándola de la


mano para guiarla a un paso apresurado que casi la hizo tropezar. Faythe se atusó la parte
delantera del vestido, saliendo lentamente de su estupor.

—¿Es malo? —le preguntó, sin esperar realmente una respuesta segura pero
necesitando alguna garantía.

Reylan no dijo nada. Tenía el rostro duro, la mirada perdida, como si estuviera
calculando en su mente cien medidas de defensa. Todo su cuerpo se estremeció ante el fuerte
tintineo que retumbó en la sala, en el castillo, en toda la ciudad. La campana anunciaba la
batalla que se les venía encima.

Ahora trotaban tomados de la mano. Los sirvientes empezaron a correr por los pasillos;
los guardias se movían y se llamaban unos a otros. Ella no sabía adónde se dirigían, pero de
pronto Reylan los detuvo en un amplio pasillo. Su pecho subía y bajaba mientras miraba a su
alrededor hasta que se volvió hacia ella con firmeza. Una mano se deslizó por su mejilla, y
Faythe se preparó para lo que él le preguntaría.

—Sé dónde tengo que estar, pero tú nunca has formado parte de ese protocolo. —Su
mandíbula trabajó, un ligero afloramiento de su pánico que la acribilló de alarma—. Necesito
que me escuches y no vayas en contra de mis palabras. No me concentraré ni un segundo si
no sé que estás a salvo. Ve a tus habitaciones, Faythe. Cámbiate, prepárate, pero quédate allí
hasta que yo o alguien vaya por ti bajo mis órdenes. Cierra todas las puertas. No respondas
a nadie a menos que estés segura que yo los envié. ¿Puedes hacer eso por mí? —Él debió de
leer la protesta en su vacilación, porque le tomó la cara entre las palmas de las manos con
una urgencia feroz—. Por favor.

Faythe no podía soportar su preocupación, y no era el momento de retenerlo aquí. Ella


asintió, y aunque un rápido destello tras sus ojos reveló que no la creía, la besó con firmeza.

—Reylan —llamó ella cuando él se separó, transformándose en el feroz general que


era—. Vuelve a mí.

—Siempre —dijo a sus pensamientos.


Dioses, el dolor que le tiraba del pecho era insoportable. Se miraron fijamente en
promesa, y luego él se fue.

Faythe se quedó un segundo más mirando a su fantasma, conteniéndose físicamente


para no ir tras él. No le serviría de nada a nadie con el largo de su vestido. Respiró hondo e
ignoró la multitud de humanos y fae asustados que la rodeaban. Luego se dirigió a sus
aposentos, como él le había pedido, pero la cuerda que le atenazaba el corazón se apretaba
cada vez más al saber que, mientras su pueblo luchaba, ella no podía quedarse de brazos
cruzados.
Capítulo 89
Zaiana

Zaiana sonrió al tañido de la campana de la ciudad.

Había comenzado.

Los guardias frente a ella fueron alertados antes que pudieran inclinarse para temerla
primero. Esta noche de protección laxa y robo de vino de servicio sería la última para ellos.
Para su furia ardiente pero gran deleite, Zaiana reconoció a ambos. Clavó la mano en la
espalda del primero, apretando los dedos en torno a su tembloroso corazón. El segundo
buscó su espada, pero el rayo de Zaiana lo estrelló contra la pared.

—Me alegro que hayamos tenido la oportunidad de volver a vernos —siseó cruelmente
al oído de uno, disfrutando de su última mirada vacilante—. ¿Quieres contar los últimos
latidos de tu corazón antes que te lo arranque del pecho?

Le dio un apretón y sus ojos se abrieron de par en par. Su silencio la disgustó, aunque
estuviera inspirado por el terror.

—Cuenta para mí —le susurró al oído.

Separó los labios.

—Bruja...

Zaiana le arrancó el corazón por la espalda, desplegando el puño para dejarlo caer con
él. Se abalanzó sobre el segundo fae en un instante. La humanidad la abandonó mientras le
arañaba la cara y el pecho, descargando su ira contra él. No había olvidado ni por un segundo
cuántos latigazos habían visto propinarle a su compañero.

Cuando se detuvo, yacía ahogado en su propia sangre, y Zaiana lo llevaba. Con los dedos
preparados y apuntando hacia abajo, chasqueó el rayo sobre ellos. La mano temblorosa de él
se levantó como para suplicar. Ella golpeó su corazón con toda la fuerza de su poder,
apoderándose de él hasta que se aquietó.
Mientras examinaba su piel, se endureció ante la sangre espesa y pegajosa que goteaba
de sus dedos. Se le hizo la boca agua con la tentación, pero su control fue lo bastante fuerte
como para salir del trance. Salió furiosa de las celdas, subiendo y subiendo en espiral,
matando a dos más con poco esfuerzo y sin prestar atención.

Zaiana calculó el camino hacia donde creía que encontraría la habitación de Kyleer. Era
demasiado pintoresco para estar en los pasillos principales, así que volvió a bajar. Los gritos
y los cuerpos apresurados empezaron a captar sus sentidos, pero ella no aminoró el paso,
dispuesta a matar a cualquiera que se diera cuenta que era un enemigo suelto en el caos. Una
doble mirada que sería su muerte. La mayoría no se dio cuenta, demasiado ocupados
apresurándose a encerrarse, y los guardias que corrían a sus puestos no comprendieron que
las amenazas ya estaban dentro.

Y no era la peor de ellas.

Zaiana aún llevaba la capa de Kyleer. Había pasado semanas envuelta en su aroma, que
rastreó cuando llegó a un lado mucho más humilde del castillo. Abrió una puerta tras otra,
sin encontrar más que humanos asustados que palidecían al verla. Agarró al siguiente
guardia que pasó corriendo y lo estampó contra la pared.

—La habitación del comandante Kyleer, ¿dónde está? —preguntó con paciencia
menguante.

El rostro del fae se tornó ceniciento mientras levantaba una mano temblorosa hacia el
pasillo.

—Hay una habitación solitaria al final de ese pasillo a la izquierda.

Zaiana se planteó matarlo, pero lo soltó bruscamente antes de alejarse a grandes


zancadas.

Esta ciudad no tenía ninguna posibilidad.

Al irrumpir en la habitación, no esperaba recibir tal golpe de dolor. La sorprendió como


un golpe físico. Zaiana se dirigió a la cama, recorriendo lentamente con los dedos los postes
de madera, intentando no imaginarse a sí misma tumbada allí envuelta en él y cómo aquella
noche había dormido mejor que en un siglo. Toda la habitación estaba impregnada de su olor.
El aire se volvió una culpa espesa de respirar.

Su espada no estaba apoyada junto a la chimenea, donde la había visto por última vez,
sino fuera de la vaina, sobre el escritorio. Estudió el pulido de la hoja, preguntándose por qué
se habría preocupado él de cuidarla. Estaba afilada a una perfección letal, sobre todo si se
tenía en cuenta la precaución que se habría tenido al afilarla para evitar el dolor de la Piedra
de Hechicero de la que estaba parcialmente hecha. La tira de tela seguía siendo exacta, para
su alivio.
Junto a la espada, Zaiana dio un largo suspiro de alivio al encontrar dos de sus
protectores de hierro para los dedos. Se las colocó en los dedos corazón e índice de la mano
derecha y se agachó para alcanzar el libro que tenía a su lado. Mientras sus dedos trazaban
la antigua escritura, se mordió el labio con fuerza. ¿Por qué iba a interesarse en estudiar la
lengua de la que procedía el nombre de su espada? No lo entendía.

¿Por qué, por qué, por qué?

Kyleer seguiría siendo un rompecabezas sin resolver que, de alguna manera, había
esparcido sus vibrantes piezas en su mente. Las había ido coleccionando, encajándolas sin
pretenderlo, cada una la acercaba más y más a él, y con el tiempo se convirtió en una emoción
saber qué presentaría la imagen completa de él.

Nunca se enteraría. No se lo merecía.

Zaiana echó un rápido vistazo a su alrededor, pero no pudo encontrar las protecciones
correspondientes para su otra mano, que en comparación se flexionaba irritada por la
ingravidez. Abrió apresuradamente algunos cajones, pero se dio por vencida con un gemido,
aceptando que habían desaparecido.

Equipando su espalda con la vaina y deslizando a Nilhlir en su interior, se marchó sin


mirar atrás.

Sube a los tejados.

Podía abandonar esa orden y hacer lo que quisiera, pero si eso significaba que podría
encontrarse a salvo para desvestir sus alas y volar tras meses de tortura, era exactamente
donde quería estar.

Después de un pequeño desvío.

Zaiana vagaba por el castillo como si lo hubiera conquistado. Tenía a una persona en
mente, y cuando la encontró, su rostro se crispó de desagrado.

—Malin Ashfyre —llamó por el pasillo.

La espalda del príncipe se puso rígida, pero Zaiana no vaciló ni un paso. Apenas pudo
darse la vuelta, la mano de Zaiana se aferró a su hombro. Tiró del picaporte de una puerta
que conducía a algún lugar o a ninguna parte y empujó al príncipe al interior.

—No puedes tratarme así —ladró, rodando el hombro.

Zaiana dio un portazo y se acercó a él lentamente. Sin los barrotes entre ellos, parecía
cada centímetro el ratón asustado que era.

—¿Vas a detenerme?
Malin retrocedió hasta la pared.

—¿Qué crees que estás haciendo? Esto no formaba parte de nuestro trato.

—Estoy aquí para cobrar —dijo con la suficiente frialdad como para mostrar su falta
de paciencia mientras la batalla continuaba sin ella.

—El muro sigue en pie —dijo—. No te diré nada hasta que cumplas tu parte del trato.

Zaiana estaba sobre él en un santiamén, con la mano enroscada en su cuello pero


manteniendo la distancia con él todo lo que podía.

—¿Qué se siente al traicionar a tu propia sangre? —preguntó, ladeando la cabeza


mientras lo observaba. Ella sintonizó con su corazón: rápido con un golpe de miedo, pero
mantenía un latido roto. Odiaba tanto al mundo; tanto a todos.

—Ellos me traicionaron primero —siseó.

—¿Cómo?

—Yo debía gobernar este reino, y lo haré.

La sonrisa de Zaiana se curvó, lenta y depredadora.

—No eres más que una marioneta que ató sus propios hilos.

—No me insultes.

—¿O qué? —Su rabia era tan palpable que Zaiana tuvo que reprimir su relámpago que
rogaba herirle.

—Eres una bruja malvada —espetó el príncipe.

Zaiana dejó caer la mano, arqueando una ceja divertida.

—Al menos no soy un falso rey con una corona hueca.

Un portazo rebotó en su mente. La furia absoluta que se apoderó de ella ante su intento
de infiltrarse en sus pensamientos la condenó a cualquier castigo al que se enfrentara
mientras su rayo lo fulminaba. Malin se tensó con estranguladas ahogadas de dolor, bajando
lentamente hasta que sus rodillas tocaron el suelo. Fue pura fuerza de voluntad lo que la hizo
retraer los rayos púrpura que crepitaban sobre él.

Respiró con dificultad al recuperarse de las réplicas.


—No vuelvas a intentarlo —advirtió en tono mortífero. Zaiana se agachó, observando
al lamentable ser—. Aunque es bueno saber que tu plan funcionó, supongo —musitó—. ¿Es
cierto entonces lo que puede hacer la Sangre de Fénix?

—Arde en el infierno —respiró, sin volver a mirarla a los ojos.

Zaiana se enderezó. Aún no tenía nada que ganar de él.

En la puerta, hizo una pausa.

—Cumpliré mi parte del trato, y cuando venga a buscarte, el infierno te parecerá un


paraíso comparado con lo que tendrás que soportar si tu información no cumple la tuya.

∗∗∗

Cuando se escabulló por una ventana, la campana sonó con un grito desgarrador. A
través de sus ecos intermitentes, la ciudad se dispersó en el caos. Zaiana se incorporó al llegar
a un tejado alto y plano. La mayoría de los daños a los que se había enfrentado hasta entonces
se encontraban en el anillo exterior: casas en llamas y humanos masacrados. No podía negar
que la vista le calentaba la piel de adrenalina. Había pasado mucho tiempo desde la última
vez que vio la destrucción y la tragedia de la guerra, pero nunca dejaría de inspirarle una
pizca de tristeza.

El enemigo que Rhyenelle había dejado entrar sin querer por las puertas exteriores de
la ciudad llegaría pronto al anillo interior si su plan se llevaba a cabo sin contratiempos. El
rey no tenía ninguna posibilidad esta vez. Zaiana observó el acontecimiento que marcaría la
historia.

La ciudad que nunca había caído; el reino que nunca había sido reclamado...

Conquistado.

Estaban ganándolo.

Algo en ella se marchitó un poco más, volviéndose un tono más oscuro que el negro.
Trató de expulsar la imagen que la atormentaba, trató de no repetirla en el momento en que
la luz de los ojos de Kyleer se apagó. Esa luz había brillado incluso en algo tan desalmado y
sin corazón.

Planeaba salir corriendo, tal vez a matar, necesitando algo para detener la amenaza que
le escocía en los ojos. Al girar, detuvo su embestida, tropezando como si se hubiera formado
un muro frente a ella con la sombra que cayó y bloqueó su camino. Sus labios se
entreabrieron por la sorpresa, aunque no debería haberse sorprendido en absoluto. La
ráfaga de cola de sus alas pasó junto a ella como un abrazo. Se enderezó y Maverick se irguió,
con el rostro firme, letal como ella recordaba, pero con un toque de cálculo al mirarla.
No sabía cuál era la causa de su quietud. La familiaridad de él tiraba de algo que ella
quería ignorar. Tal vez debería soltar algún comentario cruel o un insulto, negar que se
alegraba remotamente de verle...

Pero sería mentira.

Maverick dio pasos lentos hacia ella, sus ojos escudriñando cada centímetro, y ninguno
de los dos habló. Justo delante de ella, se metió la mano en el bolsillo. No rompieron el
electrizante contacto visual, ni siquiera cuando él le tendió la mano, pero ella emitió un jadeo
superficial al sentir el frío metal deslizándose por sus dedos. Sólo cuando el peso familiar
volvió a adornar ambas manos, bajaron la mirada. No sabía cómo había encontrado a las
guardias que le faltaban, sólo disfrutaba del alivio de saber que no los había perdido.

El pulgar de Maverick rozó las gruesas abrasiones de sus muñecas.

—¿Qué sucedió? —Su tono era de dura amenaza. Cuando se encontró con aquellos
oscuros orbes, un sombrío escalofrío la estremeció—. Si vuelves a intentar algo así, te mataré
yo mismo. Pero maldita sea, si no me alegro de verte, Zaiana.

Abrió la boca, pero no le salieron palabras. No era propio de ella, pero su fría arrogancia
vaciló por completo cuando se preguntó si él había visto su desesperada palada interior.
Intentaba cavar una tumba lo suficientemente profunda para cualquier sentimiento que
hubiera sentido antes que él la mirara el tiempo suficiente para descifrar su estúpido lapsus
de juicio.

La mano de él le agarró la barbilla, y ella no pudo negar que su tacto le producía un


cosquilleo en la piel, pero en su interior se desataba un conflicto. Buscó su mirada y algo
parecido a la comprensión suavizó los bordes de la suya. No sabía a qué se había reducido
ella con el comandante. Quizá la única conclusión que sacó fue que su tortura había sido lo
bastante brutal como para provocar su lamentable estado de congelación.

Era una verdad parcial. Lo que había hecho hacía un momento le produjo un dolor peor
que cualquier otra cosa que hubiera soportado en su vida.

—Contrólate, delegada —dijo Maverick, suave pero con una orden firme.

Lo normal sería que mordiera el anzuelo ante aquel comentario, pero lo único que
sintió fue una vuelta a la realidad al oír sus palabras. Su título. Quién era y de qué lado de la
batalla estaba. Zaiana asintió lentamente, sumergiéndose en el personaje que había
entrenado toda su vida para ser. La asesina despiadada. La enemiga despiadada.

Se apartó de él, dejando que el hielo se congelara sobre todo lo cálido y que la oscuridad
nublara cualquier atisbo de compasión. Tenía una última persona a la que matar, y su tarea
seguía sin cumplirse mientras contemplaba la muralla interior de la ciudad aún en pie,
forrada con una defensa inquebrantable de soldados y armas mientras las puertas exteriores
de la ciudad eran abiertas por la rata humana.
Zaiana giró los hombros y ahogó un gemido al sentir cómo sus alas se expandían desde
su espalda. Su peso era mucho más soportable y bienvenido que el glamour que había llevado
durante tanto tiempo.

—¿Cuál es el plan? —Maverick preguntó.

—Voy a derribar el maldito muro —dijo, más para sí misma.

Maverick se preparó para volar con ella.

—Entonces que sea una tormenta, Zaiana.


Capítulo 90
Faythe

Faythe paseó por su habitación equipada en sus cueros de combate con Lumarias atado
a su espalda. Se debatía entre no querer desafiar los deseos de Reylan y saber que tenía que
hacerlo. Su ansioso caminar sólo era un cálculo de hacia dónde se dirigía. Al imaginar a los
humanos de la ciudad exterior, Faythe sólo podía imaginarse su humilde pueblo de
Farrowhold, y en su mente surgió la necesidad de protegerlo.

En lo primero que pensó fue en sus amigos humanos. Lo mejor que podía hacer era
buscarlos por el castillo.

Justo cuando se acercaba a la puerta, ésta se abrió de golpe. Faythe se lanzó a la


defensiva, con la mano detrás para desenvainar la espada, cuando...

—¡Santo Dios, podrían haber llamado! —Faythe se atragantó con las palabras dirigidas
a Jakon y Marlowe en su susto.

—Supuse que, dadas las circunstancias, no te importaría —respondió Jakon, cerrando


y trancando la puerta. Faythe frunció el ceño—. Nos cruzamos con Reylan hace un rato. Me
dijo que me asegurara que la habías cerrado.

Faythe se abstuvo de poner los ojos en blanco.

—¿Dónde está Reuben?

La expresión de Marlowe era de preocupación.

—Quería disfrutar de las celebraciones como lo hacía en casa.

A Faythe le invadió un frío malestar incluso antes que Marlowe continuara.

—Está en la ciudad exterior con la mayoría de los humanos.

En ese momento, su plan encajó. Ahora sabía con certeza que su destino tenía que estar
en primera línea. Faythe giró hacia el balcón.

—Sé lo que estás pensando, pero no hay manera...


—Jak —le cortó Faythe, no tenía tiempo para esta discusión—. No puedes detenerme.

—Entonces voy contigo.

Giró hacia él.

—Ahora soy una fae. Más fuerte, más rápida, y tengo un poder que puede protegerme
ahí fuera. No puedo permitirme que seas otra persona de la que tenga que preocuparme.
Necesito que confíes en que estaré bien.

Faythe maldijo internamente ante su dura mirada de protesta -tan condenadamente


familiar, su encomiable valentía-, pero no tenía tiempo.

—Faythe... —El quebrantamiento de la voz de Marlowe llamó la atención de ambos—.


Lo siento mucho. Hice lo que tenía que hacer y no sabía lo pronto que llegaría esto. Tienes
que creerme que lo siento, lo siento...

Cruzando el espacio, Faythe se agarró a los brazos de Marlowe presa del pánico. Buscó
sus brillantes ojos oceánicos con inquietud.

—¿Puedes decírmelo, Marlowe? Por favor —suplicó Faythe. Necesitaba saber si sabía
algo, si había visto algo...

—Hice lo que tenía que hacer. Y lo que viene después...

Faythe escuchó las palabras como si fueran la retorcida realidad de otra persona.
Escuchó cada una de ellas, intentando mantenerse firme frente al horror y la angustia.

—No me lo creo —murmuró.

Pero lo hizo.

Marlowe habló de cosas que ella había sospechado pero que nunca quiso creer, pero
algunas de estas revelaciones Faythe nunca podría haberlas previsto. Le pesaban los ojos de
poder mirar a Marlowe; no podía apartar la sensación de traición. Quería comprender, pero
necesitaba un momento.

Para calcular.

Para respirar.

Pensar que podría haber otra salida a todo esto.

—Tengo que irme —dijo Faythe con aire ausente.

Aunque él era cómplice, lo sabía todo pero también guardaba silencio, Faythe no podía
marcharse sin volverse hacia Jakon. Sus ojos se miraron con complicidad. ¿Cómo había
podido llegar a esto? Sin embargo, la promesa que le había hecho seguía en pie y nunca la
rompería. Nunca le obligaría, a ninguno de los dos, a elegir.

No pudo contenerse y se acercó rápidamente a él, rodeándole el cuello con los brazos.
Él la abrazó con fuerza, con la cara inclinada hacia su cuello para inspirarla.

—Estaré bien —susurró, no una promesa, sino una esperanza.

—Más te vale —murmuró él, apretándola un poco más antes de soltarse el uno al otro.

Los ojos oceánicos de Marlowe estaban hundidos y, a pesar de todo, Faythe la rodeó
con los brazos. Su amiga soltó un agudo sollozo de alivio y, aunque a Faythe aún le costaba
aceptar todo lo que Marlowe había sacado a la luz aquella noche, habían reunido demasiados
recuerdos preciosos como para que su amistad se viera borrada por una guerra a la que todas
se habían visto empujadas.

Entonces Faythe dejó a sus amigos más queridos, cargada de peso, pena y culpa, pero
no miró atrás.

∗∗∗

Su nueva agilidad nunca se había puesto a prueba como al escalar los muros del castillo
de Rhyenelle. Ahogó los gritos de la ciudad, la conmoción distante del acero y el fuego y todo
lo atroz que descendía sobre su pueblo. Faythe llegó adonde esperaba. De un salto, aterrizó
en la pared y no se detuvo ni un segundo antes de esprintar hacia el perímetro. Tuvo que
maniobrar con cuidado, ya que el muro estaba repleto de soldados en su letal concentración.
Parecía que todo el mundo en el centro de la ciudad sabía exactamente qué hacer en esta
situación.

—Es la princesa —oyó murmurar a unos cuantos mientras pasaba corriendo.

Se apartaron de sus posturas de piedra como si debatieran si romper el protocolo e ir


tras ella. Algunos intentaron llamar, pero ella no pudo detenerse en su urgencia.
Afortunadamente, nadie la persiguió, pero se preguntó cuán efectivas eran sus
comunicaciones y, conociendo a Reylan, cuán rápido podrían hacerle llegar el mensaje. No
podía permitirse pensar en eso. Por el bien de mantenerlo concentrado, esperaba que
estuviera lo suficientemente lejos como para retrasar que alguien lo alcanzara antes que ella
encontrara a Reuben y regresara.

Faythe esprintó el muro perimetral, corriendo y retorciéndose, sin inmutarse ante los
gritos que se hacían más fuertes, ni ante la ceniza que saboreaba en la lengua. A mitad de
camino, los soldados se alineaban a lo largo de todo el muro, y delante había muchas más
barricadas de cuerpos, pero también un conjunto de puertas cerradas. Debería haberlo
previsto, y sabiendo que le llevaría demasiado tiempo defender su caso para que abrieran
una defensa clave, Faythe miró la altura en su lugar. No sería una subida fácil, pero se había
criado en las calles de Farrowhold escalando edificios, y lo intentaría ahora con su temeraria
y desbordante adrenalina.

Cuando se acercó lo suficiente y algunos soldados se prepararon para bloquearla,


Faythe se giró y se subió al muro antes de saltar y correr sobre su estructura. La batalla
cobraba vida a su lado, pero no podía mirar hacia abajo sin arriesgar su confianza.

—¡Su Alteza!

Algunos soldados ladraron; otros les pidieron que se callaran, pues se arriesgaban a
anunciar al enemigo que había un objetivo clave a tiro.

En la puerta, Faythe tiró toda la cautela al viento. Sus dedos arañaban y resbalaban en
la piedra abrasiva. Sus pies encontraron la más pequeña de las grietas para elevarse aún más,
y fue pura determinación lo que la hizo subir.

El esfuerzo la atrapó de golpe. El calor, el terror, el pánico. En lo alto y por encima de


todo, cualquier idea que pudiera haber tenido que estaba preparada para ver, oír y sentir la
verdadera batalla no era nada comparado con el horror inmóvil de este momento. Soldados
vestidos de negro arrasaban las calles, matando y destruyendo con un caos tan bárbaro que
se le heló la sangre. Cerró los ojos un segundo para respirar y se agachó para hacerse
pequeña. Tenía que encontrar a Reuben, y rogó a los malditos dioses que no estuviera entre
los cadáveres; que su sangre no estuviera pintando las calles como tantas otras.

Faythe se asomó para medir la distancia hacia abajo. Pensó que podría tolerar el
impacto.

—No debería bajar, Alteza —le advirtió un guardia.

Faythe echó un vistazo a las puertas abiertas de la ciudad exterior. Le ignoró para
preguntarle:

—¿Cómo han entrado?

Él vaciló, y entonces la trepidación le erizó la piel con el espanto en su voz.

—No lo hicieron. Es como si alguien les hubiera dejado entrar —Se sobresaltó un poco
ante la mirada incrédula que ella le dirigió—. No sabemos quién ni por qué —añadió
rápidamente.

No tenía sentido, pero al mismo tiempo sí lo tenía. La desaparición de la pluma no era


una coincidencia, pero su mente exigía saber quién. Ni siquiera Malin atacaría a su propio
pueblo, eso nunca le haría ganar la corona...

Faythe sacudió la cabeza, tratando de no abrumarse con demasiadas tareas y


preguntas. De una en una, y ahora mismo su atención estaba fija en su amiga.
—Sigan defendiendo el muro. No alerten a nadie. No es el momento de preocuparse
por una persona más que por miles.

Una oleada de vértigo la invadió tan repentinamente que Faythe pensó que se estaba
cayendo. Su mente se separó del cuerpo como si hubiera sido elevada a otro vacío que
acallaba el terror que la rodeaba. Un hormigueo vagamente familiar le recorrió la piel.
Entonces oyó una voz.

—Oh, mi querida Faythe —arrulló Marvellas—. Confía en que no me complace saber


cómo ha tenido que ocurrir esto.

Intentó recuperar la conciencia. Los colores aparecían y desaparecían. Flexionando los


dedos, sintió la piedra y oyó una voz real tan cerca. Alguien la acunaba.

—Puedes parar esto —suplicó Faythe en su mente.

—Acabará, no tengas miedo. Así hay menos bajas. Sólo los de la debilidad, y los que se
rebelan.

—¡Su Alteza!

El tono del guardia retumbó sobre ella, despertándola de golpe, aunque la presencia en
su mente persistía. Debió de atraparla antes que cayera hacia el otro lado. La ayudó a
sentarse y Faythe no perdió tiempo en ponerse en pie, apoyándose en la pared para
estabilizarse.

—Muéstrate —siseó Faythe.

—Pronto. Muy pronto.

Justo entonces, Faythe vio a su padre. No esperaba encontrar al rey en medio de la


batalla, pues pensaba que estaría al mando desde lejos. Luchó valientemente, y el orgullo la
embargó de verdad, dándole fuerzas para subir a la muralla una vez más.

—¡Debería desaconsejarle este plan, Alteza! —la llamó el joven guardia.

—¿A quién elegirás, Faythe? —Marvellas incitó, y su sangre comenzó a helarse—. ¿Y si


te dijera que mi hermana busca a tu compañero mientras hablamos?

El mundo a su alrededor se anuló. Faythe se volvió y vio el castillo que había


abandonado y, de algún modo, supo que Reylan había vuelto.

—Pero también hay una amenaza particular con una venganza puesta en el rey.

Faythe nunca había sentido el duro tirón de dos cuerdas. Pensó que podrían
destrozarla antes que decidiera ceder a cualquiera de ellas.
—Es hora de elegir, Faythe Ashfyre.

—No lo haré —respiró, pero el terror se convirtió en un reloj que avanzaba demasiado
rápido, corriendo hacia una decisión de la que nunca podría retractarse.

—Entonces perderás a los dos.

—Yo —se apresuró a decir Faythe, sus ojos escudriñando la parpadeante noche ámbar,
por encima del humo, hasta las estrellas, alrededor del caos ensangrentado, como si fuera a
encontrar al Espíritu que se burlaba de ella—. Llévame. Iré contigo si detienes esto.

—Una oferta tentadora. Pero entiende que esto está más allá de mis deseos solitarios
ahora. Aún planeo que volvamos a estar juntas. Primero debes ver lo que cuesta reformar el
mundo pieza a pieza.

Faythe apretó los dientes, los puños, tan fuerte como si fuera a detener el tiempo por
un momento. Miró hacia la batalla, jadeando al divisar a la persona que había estado
buscando.

Reuben intentaba luchar contra un fae, pero flaqueaba. El rey atravesó a muchos con
sus guerreros, pero había tantos fae, fae oscuros, que Faythe no podía distinguirlos con el
brillo rojo, plateado y negro que empezaba a derramarse por las calles.

Un fuerte estruendo la hizo detenerse y luego hizo tambalear su equilibrio.

—¡EL MURO! —ladró un guardia, causando una alteración inmediata a todos los que
estaban armados sobre él. Faythe lo vio en la lejanía un segundo antes de perseguir sus
palabras con un—: ¡Está cayendo!

—El tiempo nunca está a nuestro favor cuando más lo deseamos.

Ésas fueron las últimas notas escalofriantes que rondaron, burlonas, su mente antes
que su conexión con Marvellas se cortara por completo. Faythe no tuvo ni un segundo para
pensar más allá del puro impulso desesperado. Intercambiando una mirada con el guerrero
que estaba detrás de ella, con los ojos muy abiertos por el miedo a la muerte mientras el
muro empezaba a derrumbarse y los cuerpos se amontonaban bajo la masa de piedra, Faythe
decidió lo que tenía que hacer.

—¡Quiten a todo el mundo del maldito muro! —ordenó, y luego saltó.

La gravedad le revolvió el estómago, burlándose que le rompería los huesos. Pero ya


no era humana. La caída terminó en cuatro latidos. Apretó los dientes contra la fuerte
vibración que la recorrió, con las palmas de las manos pegadas al suelo... pero había salido
ilesa.

Sólo el instinto hizo brotar su magia, arrancándola como raíces de la misma tierra.
Crecía y crecía con la presión, y ella no sabía cómo se liberaría. Faythe se alejó unos metros.
Retorciéndose, lanzó un grito de guerra y descargó la fuerza de su magia contra la pared.
Salió disparada como una brillante llamarada de polvo dorado, chocando con la piedra y
derramándose sobre ella con un matiz resplandeciente. Faythe respiró con dificultad al
sentir el calor sofocante en la piel, que se encendía en sus venas, mientras notaba la
resistencia de la pared con lo que fuera que la estaba golpeando para que se desmoronara
como un cobertizo de madera. Desviando la mirada, vio que los soldados seguían pasando
frenéticamente por encima, luchando por bajar antes que no pudiera aguantar más. Su magia
se convirtió en lo único que la mantenía en pie, temblándole cada nervio, pero no podía
soltarla. Su visión empezó a volverse dorada en los bordes. Faythe cerró los ojos con fuerza,
cambió de postura y sus rodillas se debilitaron ante las oleadas de poder puro que la
recorrían.

—¡Tiene que soltarme, Alteza! —llamó el mismo guardia desde arriba.

Faythe se limitó a negar con la cabeza. Las palmas de las manos eran las que más le
ardían, pero las líneas de los brazos, las marcas de la columna, brillaban más que nunca.
Nunca antes había tentado esta velocidad de la magia, y en ella no encontró el bien ni el mal;
se encontró a sí misma.

Faythe desafió ese poder, lo agarró y lo reclamó, desbloqueando la altura de todo


aquello a lo que había tenido demasiado miedo de enfrentarse. Lo que vivía dentro de ella
era cada triunfo y cada transgresión, lo que era y lo que quería ser.

Ella era la fuerza de Reylan.

La sabiduría de Nik, y la resistencia de Tauria.

El coraje de Jakon, y el conocimiento de Marlowe.

Y mientras luchaba contra un poder de fuerza familiar que arrastraba su propia y


aterradora voluntad de venganza y desafío, Faythe se dio cuenta de otra cosa que también
era ella.

La oscuridad de Zaiana, y más profunda, envuelta en sombras, su luz.

—Ya puede soltarme. —La voz del guardia le arrancó un grito ahogado por su cercanía,
y ella le dirigió la mirada—. Nos has salvado a todos.

Faythe tenía que estar segura. Aunque su cuerpo estaba resbaladizo por el sudor y
vibraba con una rabia que la consumía, escudriñó la pared que se debilitaba.

No había cuerpos por encima.

Con la siguiente ráfaga para desafiarla, Faythe cedió.


Intentó retroceder lentamente, permitiendo que su magia se enrollara en sí misma con
la mayor suavidad posible. Necesitaba una concentración increíble, y cuando resbaló con un
dolor punzante, el poder volvió a succionarla de golpe con un latigazo castigador.

Faythe retrocedió dando tumbos, atrapada por el guardia. Intentó respirar, pero se lo
tragó como una llama.

Grandes rocas atronaron el suelo. Se enroscaban en sí mismas mientras los escombros


volaban a su lado. Parecía interminable cuando lo único que Faythe podía imaginar eran las
víctimas que esta vez no podría evitar. Algunas de las piedras golpearon el suelo y estallaron
en partículas doradas con los restos de su magia, pequeños estallidos de belleza devastadora
entre la tragedia.

Hasta que todo se calmó.

—Reina Fénix —murmuró, soportando todo su peso mientras ella se sentía


completamente deshuesada.

Tras recuperarse de la oleada de energía, Faythe se puso en pie, apoyándose en él, pero
manteniendo el equilibrio con cuidado.

—¿Cómo te llamas? —Apenas podía hablar, pero él la oyó.

—Terran —respondió.

Para su incredulidad, miró a su alrededor y encontró a muchos soldados arrodillados,


todos mirándola fijamente.

—Hazme un favor, Terran —raspó Faythe mientras se enderezaba de él.

—Cualquier cosa.

—Dirige a estos guerreros. La lucha está lejos de terminar. Defiendan la ciudadela, pero
si ocurre lo peor, su rendición no es una traición. Haz lo que tengas que hacer y mantente con
vida.

Se encontró con sus cálidos ojos marrones. Era demasiado joven, aunque no podía
saber exactamente cuántos años tenía en años fae. Le recordaba demasiado a otro, y casi
soltó un gemido al recordar que él no había sobrevivido.

—Mantente vivo —repitió en un susurro.

Terran hizo un gesto de determinación.

—¿Adónde va?
Faythe luchó contra sí misma. Luchó contra la pura impotencia y el retorcimiento del
alma que la obligaba a hacer esto. Agalhor estaba aquí, y también Reuben. Faythe no lo veía
como una opción, porque ya había apilado su oscura retribución sobre Dakodas si regresaba
y descubría que el Espíritu había dañado a Reylan en lo más mínimo.

No voy a elegir.

Fue todo lo que pudo hacer para apartarse de la dirección de su compañero.

—Iré por ti —le dijo a Reylan, sabiendo que probablemente estaba demasiado lejos
para oírla sin que su vínculo se hubiera completado.

Habían estado tan cerca.

Faythe respiró hondo para acallar su tormento y adormecer su angustia.

—Te he dado una orden. Ahora vayan. —Utilizó tanta autoridad como pudo en su
orden, enderezándose mientras todos los soldados se ponían en pie y comenzaban a formar
su nueva defensa alrededor del castillo ahora que la muralla ya no le ofrecía seguridad.
Faythe los observó a todos con un deje de orgullo, pero mientras trepaban por la avalancha
de lo que antes era una barricada inquebrantable, trató de no perder completamente la
esperanza.

Con su nube de pensamientos en el peor momento, Faythe sólo alcanzó a tiempo al


atacante que corría hacia ella, recuperando su espada con la rapidez suficiente para que
chocara con la suya por encima de su cabeza. El fae oscuro la miró sin vida, sólo con furia,
ardiendo en aquellos orbes negros. Su peso la empujó hacia abajo, y ella cedió un centímetro
más cerca de su rostro. Su fuerza era demasiado.

En un arrebato de memoria, Faythe buscó la formación de su habilidad: Esgrimir Fuego.


Chispas azules lamieron su hoja y, concentrada, amplificó el calor que hizo que el fae gritara
y soltara la espada. No había tiempo para la piedad, no cuando la sangre inocente pintaba la
piedra bajo ellos.

El deslizamiento resbaladizo pero la fuerza firme con la que atravesó su pecho con la
espada fue una sensación que nunca olvidaría y por la que nunca se disculparía. Su espada
goteaba sangre negra, pero Faythe echó a correr de nuevo antes que el cuerpo pudiera caer,
con el color antinatural revolviéndole el estómago. Se dirigió hacia donde había visto a
Reuben en primer lugar, pero al entrar derrapando en la plaza, se detuvo cuando la peor
alarma sonó en sus oídos, anulando todo lo demás.

Esto estaba demasiado tranquilo.

Aunque estaba segura de haber visto el lugar en plena batalla y a su amigo en medio de
ella. Sabía que había visto a Agalhor entre las masas cercanas. Le costaba respirar cuando
pensaba en lo peor. Pensó en lo fácil que Marvellas se había colado en su mente, en que se
había dado cuenta demasiado tarde. ¿Había subestimado lo fácil que era para el Espíritu
manipular su mente cuando todo era una ilusión?

Faythe había elegido mal.

Su peso se movió con el amanecer de esa fatalidad. ¿Sabía Marvellas que Faythe vendría
así al ver el peligro inmediato que podría detener antes de la amenaza hacia Reylan?

No eran sólo palabras. Eran una trampa para atraerla más lejos.

Y ella había caído en la trampa.

Volvió a examinar la plaza como si pudiera estar equivocada y la lucha simplemente se


hubiera trasladado. Quedó como una ruina: instrumentos destruidos, puestos convertidos
en hogueras ardientes, estandartes de celebraciones rasgados y ahora mancillados con la
sangre de tres especies. No había cadáveres. El lugar estaba inquietantemente desierto.

—¡Faythe!

Todo su cuerpo se tensó mientras inclinaba la espada. Reconoció su voz, pero su


nerviosa mente se debatía entre lo que era real y lo que no.

—Reuben —respiró ella, divisándolo al otro lado de la plaza.

No se había equivocado; él estaba aquí. Con pasos vacíos se dirigió hacia él, pero no
podía deshacerse de la inquietud que la invadía, esperando levantar la vista y encontrarse
con un público. Movió la cabeza en todos los ángulos como si fuera a salir un adversario.

—Estás bien —pensó en voz alta. Al examinarle, vio que no tenía heridas ni sangre ni
nada de la devastación que les rodeaba.

Desenvainó una daga mientras corría a su encuentro, con ojos frenéticos recorriéndola
hasta que se encontraron en el centro. Tenían que salir del mirador abierto.

Sin embargo, algo la detuvo. Una energía oscura y succionadora atrajo su atención hacia
lo que sostenía Reuben.

La hoja era de un negro iridiscente. Su mente le gritó que retrocediera, pero demasiado
tarde cuando, con un destello de movimiento, en su total estupefacción al ver quién la
empuñaba, la agonía estalló en su pecho, su hombro y su cuello, atenazándola por completo
con un encantamiento inmovilizador, aunque no podía estar segura que fuera enteramente
efecto de la piedra. Faythe miró con incredulidad a Reuben, pero a quien miraba era a otra
persona. Aquellos fríos ojos marrones pertenecían a un extraño; las duras líneas de odio, a
un monstruo.

—Eres débil, Faythe. Siempre lo has sido —dijo en voz baja y sin una pizca de
remordimiento. Cuando soltó la daga que le había clavado en el hombro, la mano temblorosa
de Faythe se alzó hacia la empuñadura. Su mente pensaba en qué hacer, pero un
entumecimiento empezó a cubrirla por dentro, y el brillo dorado de sus palmas se apagó
como una vela moribunda.

—¿Por qué? —suspiró, sabiendo que obtendría una respuesta que no podría
comprender. Ninguna conclusión que pudiera sacar aliviaría el desgarro de algo mucho más
profundo—. Confié en ti. Yo... Nosotros...

Sin palabras. No tenía ninguna que pudiera explicarlo, y tal vez no quería saber la
verdad de su traición. No quería oír lo que había sido tan ingenua de no haber visto todo este
tiempo.

Todo este tiempo.

Faythe se balanceó. Con el corazón destrozado, se arrodilló.

—Guiaste a los fae oscuros hasta nosotros... en la búsqueda. —Lo encajó todo, cada
nueva pieza la acercaba a una imagen clara que le costaba creer.

—Tus observaciones llegan demasiado tarde. —Habló sin emoción. Era como hablar
con un fantasma en el cuerpo de su amigo.

—No eres tú —Faythe optó por la negación cuando la realidad estuvo a punto de
derrumbar el mundo que la rodeaba.

Reuben se agachó, pero ella no podía mirarlo, incapaz de soportar ver el rostro de su
amigo de la infancia con tanto odio hacia ella.

—Soy yo, Faythe —Una cruel diversión se deslizó en su tono—. Aquel al que
menospreciaste, al que subestimaste. Al que todos trataron como a un simple tonto. ¿Sabes
que hasta mi propia madre te favorecía, Faythe? Siempre pensó que eras valiente y buena y
que estabas destinada a grandes cosas. ¿Yo? A mí sólo me esperaba la decepción. Sin
ambición, sin ganas de luchar. Sin embargo, mira dónde estamos ahora. Tú pierdes, Faythe.
Siempre perderás.

—No. —Sacudió la cabeza. No podía ser él.

De algún modo, las palabras le resultaban familiares, tal vez por el aplastante dolor de
su corazón, de su alma.

Reuben se enderezó.

—Llegaste a la pluma antes que yo, pero fue Malin quien sospechó de ti y, para
empaparte de culpa, envió a un asesino a matar a los maestros de biblioteca que dejaste
vulnerables.

Faythe no podía levantar la cabeza de su arco de sumisión.


—Fui a tus aposentos a buscar la pluma cuando te vi salir aquella noche. Tu sirvienta
me vio y, tontamente, decidió seguirme. ¿Por qué no pudo dejarlo estar?

A través de su visión borrosa, Faythe creyó vislumbrar al chico que una vez conoció.
Una expresión inquietantemente parecida a la que tenía el día que ella le ayudó a viajar de
polizón hacia lo desconocido. Estaba aterrorizado.

—No era tu intención —dijo ella, intentando perdonarle.

—Lo hice —susurró—. No quería matarla, pero tuve que hacerlo, Faythe. Y necesito que
me digas dónde está la ruina. Es todo lo que ella quiere, y es todo lo que yo estaba buscando.
Busqué por todas partes, pero la has escondido en alguien más. Busqué la pluma para Malin
sabiendo que trabajaba con ella.

Faythe se hundió con tanta pena en su silencio.

—Necesito la ruina, Faythe. Dime dónde está. —Su voz adquirió un filo que ella no
reconocía en él.

Faythe negó débilmente con la cabeza.

—No puedo hacer eso...

Su grito se convirtió en un jadeo cuando el dolor de su hombro estalló hasta


inmovilizarla. Reuben gruñó mientras retorcía el mango mientras la hoja seguía alojada en
lo más profundo.

—No quiero matarte —suplicó con tanto miedo y conflicto llenando sus irises
marrones—. Pero ella va a matarme. Matarnos a todos si no la consigo.

Faythe debería haberlo visto antes. Haberlo visto antes. La culpa de haberle fallado
clamaba su derrota.

—No tienes que hacer esto —suplicó—. Te perdono. Podemos luchar contra ella juntos.

Eso convirtió su expresión en piedra, borrando todo lo que ella sabía de su amigo de la
infancia en un instante.

—Das lástima. —Reuben lo soltó y Faythe apoyó una mano en el suelo—. Tiene que
estar en el castillo, y contigo fuera de mi camino la encontraré.

Vio cómo sus botas abandonaban su visión, sola y vulnerable después que él la hubiera
atraído hasta aquí. Un cebo. Eso es lo que era Reuben, y ella tenía que encontrar una salida
antes que llegara el verdadero depredador.

Con los dientes apretados, rodeó la hoja con una mano temblorosa, sabiendo que la
pérdida de sangre sería peligrosa, pero la Piedra de Hechicero podría propagar sus efectos
venenosos más rápidamente si la dejaba sumergida. El corazón le latía con fuerza en los
oídos, un mareo le nublaba la mente y su cuerpo estaba resbaladizo por el sudor y el fuego
que ardía en lo más profundo y alrededor de la herida. Respiró hondo y, con un fuerte grito,
liberó la hoja.

El dolor estalló. Faythe sollozó. La espada cayó estrepitosamente al suelo justo cuando
su otra mano se alargaba para evitar que cayera a través de las tinieblas con las que luchaba.
No tardó en sucumbir a su agonía. Muchos pasos sonaron a su alrededor en todas
direcciones, atrapándola en la plaza. Faythe trató de buscar su magia, haciendo aflorar un
poco, pero, como una mecha quemada, su llama no prendía.

Sus dedos se arrastraron sobre la piedra arenosa, centímetro a centímetro, hasta


deslizarse sobre la empuñadura de su espada. Al sentir la familiar empuñadura de cuero, una
nueva lucha se encendió en su interior. Antes de todo, había tenido esto. Su espada. Lumarias.
Si eso era todo lo que tenía para salir, era suficiente.

A pesar de lo que parecía un grillete de hierro que la ataba al suelo de piedra, agarró
con fuerza a Lumarias y Faythe se levantó. La pura adrenalina impidió que volviera a
hundirse con el temblor de sus rodillas. Respiró con firmeza, obligándose a mirar hacia las
malditas probabilidades, y se preparó con su espada.

Esos pocos segundos de suspense se midieron en latidos erráticos cuando nadie se


movió. La primera conmoción se produjo detrás de ella, pero cuando se giró, no fue su avance
lo que la causó. Los soldados que estaban detrás de ella se giraron para enfrentarse a alguna
amenaza a sus espaldas.

Una ráfaga de aire hizo que Faythe se diera la vuelta, y al ver quién se enderezaba de
cuclillas, la realidad giró más lejos de lo que ya estaba.

—Zaiana.

No estaba segura de haber pronunciado el nombre de la fae oscura en voz alta, pero su
sonrisa parcialmente depredadora brilló ante la reacción de Faythe. Se había acostumbrado
a ver a Zaiana sin alas; casi se había convencido a sí misma que era como ellos o podría serlo.
Sin embargo, ahora que era libre, estaba claro de qué lado había estado siempre.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así —dijo Zaiana—. Pero debo admitir que es
bastante emocionante.

Si Zaiana estuviera libre...

—¿Qué le hiciste? —preguntó Faythe aterrorizada. Kyleer había estado con ella cuando
empezó la batalla. Tenía que haber ido hacia allí.

Una oscuridad tan aterradora bloqueó toda posibilidad excepto la muerte en la


expresión de la fae oscura.
—Ustedes y sus estúpidos corazones —respondió—. Fue el suyo el que se convirtió en
su fin. Exactamente como lo será el tuyo. Encaja, realmente, cómo uno a uno provocan sus
propias caídas.

Sus palabras se repitieron, desesperadas por encontrar una nueva formación, pero la
mano de Faythe ya sujetaba con más fuerza su espada, levantándola un poco más.

—Tú no lo mataste —ofreció la oportunidad que Zaiana lo negara, pero todo lo que dio
fue una mirada siniestra de desafío.

Su dolor físico adormeció la ira y la pena que la consumieron en ese segundo. La espada
de Faythe rebotó en la de la fae oscura antes que ésta se diera cuenta que sus pasos borraban
la distancia. No se detuvo, empleando cada gramo de fuerza que pudo encontrar para
esquivar a Zaiana, pero fue como si ni siquiera lo intentara. La fae oscura la observaba con
una mirada ilegible mientras seguía la corriente de los débiles ataques de Faythe.

Incluso en su nueva forma de fae, incluso con su nuevo poder, era débil. Un segundo de
traición le arrebató todo lo que había sobrevivido para ser. Le ardían los ojos, pero siguió
adelante.

—Tu lucha es admirable —dijo Zaiana en voz tan baja que Faythe se preguntó si lo
había dicho en serio.

Sólo se encendió con la condescendencia. La llevó de vuelta a la primera vez que


lucharon, y Faythe no fue suficiente entonces, y tampoco lo era ahora.

—Tú eres la débil, Zaiana —le espetó. Ignorando el dolor punzante en su hombro,
empujó más fuerte, se movió más rápido—. Ves engaño en todas las cosas buenas que se te
presentan.

—Mejor estar preparada que sorprendida como tú.

—¡Se preocupaba por ti! —gritó Faythe, incapaz de aceptar que Zaiana pudiera haber
matado a Kyleer después de lo que había visto crecer entre ellas—. Vio algo en ti que ninguno
de nosotros quería.

—Y estaba equivocado —Zaiana replicó.

Faythe había tocado algo en ella. Sus espadas resbalaron una de la otra, cantando su
rabia y angustia por encima del ruido de la batalla que las rodeaba mientras hacían una
pausa, igualando respiraciones agitadas.

—No lo estaba —admitió Faythe. Y entonces vio que la forma de doblegar a Zaiana no
era con acero ni con odio—. La mayor traición a la que te enfrentarás es a ti misma. La mayor
guerra dentro de ti misma.

—Ser el héroe es fácil, Faythe. —Las fosas nasales de Zaiana se encendieron.


Una risa delirante escapó de los labios de Faythe.

—Seguro que no lo parece. —Hizo una mueca de dolor, tratando de mover su hombro
herido—. Supongo que no estoy cualificada para ese papel.

Mientras estaban de pie, Faythe se sumergió en su magia, sintiéndola allí, pero con un
entumecimiento inseguro que la convenció que estaba sofocada. Poniendo todo lo que tenía
en ello, extendió la palma de la mano hacia la fae oscura y expulsó un destello dorado
brillante que golpeó a Zaiana y la hizo volar hacia atrás, estrellándose contra la estructura de
una casa que se derrumbaba y se la tragaba entera.

Torciendo su espada, Faythe se lanzó al combate cuando las líneas enemigas se


rompieron para atacar. Se movía por instinto, pero no estaba sola cuando por fin se le
unieron los soldados de Rhyenelle y las probabilidades empezaron a aliviar su semilla de
duda. Tenía que volver al castillo; tenía que encontrar a Reylan antes que cualquiera de los
dos Espíritus vengativos pudiera hacerlo.

—No deberías estar aquí.

Faythe ahogó un grito al oír la voz grave y áspera. Al sacar la espada de las entrañas de
su enemigo, echó una rápida mirada a Agalhor, que había recibido otro golpe. Él la miró
perplejo con ojos ardientes, no por la ira que sentía hacia ella, sino por las numerosas
amenazas que los acechaban.

Él estaba aquí. Esto era real.

—Podría decirse que yo tampoco habría esperado que estuvieras en primera línea —
comentó, girando a su alrededor para chocar las espadas con otro.

Su risa estaba muy lejos del humor.

—Vuelve a la ciudad, Faythe. Los soldados te llevarán...

—No te dejaré aquí.

—He luchado muchas batallas, querida. Tú no.

—Tampoco lo haré si me alejan de ellas.

Su conversación fue breve debido a la concentración que mantuvieron para defenderse


de los incesantes ataques. Su espada atravesó la sangre negra y plateada tanto de los Nacidos
como de los Transicionados. El siguiente asaltante lanzó un grito agudo cuando su espada
cayó sobre su ala, pero fue un gran error, ya que el acero se clavó en el grueso cartílago y se
vio obligada a soltarlo. Faythe retrocedió tambaleándose ante la agonía y la ira con que el fae
oscuro giraba hacia ella. El estómago se le revolvió cuando la cabeza se le cayó de los
hombros de un solo golpe. Alcanzó a ver el destello dorado de la Espada de Ascuas.
Agalhor le respondió con una mirada que decía:

—Ésta no es batalla para ti —Su rostro se endureció para protestar, y echó mano de su
espada. Tuvo que clavar el pie en la espalda del fae para que Lumarias se soltara.

Sin embargo, en los pocos segundos que estuvieron frente a frente, la expresión de
Agalhor se suavizó hasta convertirse en una de comprensión.

—Me aterroriza verte aquí, Faythe. Y tengo todo el poder para asegurarme que no lo
estés. —Su protesta se elevó hasta que él volvió a hablar—. Aún más, me golpea con el orgullo
de mi vida.

Su rostro se contrajo al oír aquello, inundado de una determinación que temía estar
perdiendo. Era la confirmación que no había cometido un grave error al seguir su instinto.

—Qué conmovedor —se burló una hermosa voz.

Faythe volvió su atención a Zaiana, encontrando a los soldados a su alrededor dejando


esta lucha a ella.

—Padre e hija cayendo juntos en batalla. Realmente poético. —Zaiana retiró su espada,
pero Faythe sabía que el arma más letal ya estaba en sus manos. La elegante punta de esos
dos dedos adornados con metal que chispeaban con seductores pero mortíferos rayos
púrpura.

—Faythe, vuelve al centro de la ciudad —advirtió Agalhor, sin apartar su mirada


calculadora de Zaiana.

—Quizá quieras hacer lo que dice —Zaiana igualó su mirada, dos oponentes
apuntándose el uno al otro con venganza—. No creo que quieras presenciar la muerte de tu
padre.

—Tu lucha es conmigo —se enfureció Faythe.

—Nunca fuiste mi lucha, Faythe, sólo una marca que capturar. Tu padre se convirtió en
mi lucha en el momento en que decidió infiltrarse en mi mente.

Su corazón no podía ser domado, pero estaba dispuesta a estar a su lado costase lo que
costase. Agalhor no podía morir. Este reino lo necesitaba en las secuelas de esta batalla, y
para la gran guerra por venir. Ella lo necesitaba, como una niña que no tuvo suficiente tiempo.
Fue esa urgencia la que la empujó hacia adelante, tratando de ganar la atención de Zaiana,
que se había fijado en el rey como si Faythe ya no estuviera allí.

—No debió hacer eso —convino Faythe—. Pero si lo matas, nada me impedirá ir por ti.

Zaiana no se inmutó, ni dio la menor indicación que sus palabras significaran algo.
—Tuviste tu advertencia para huir —fue todo lo que dijo, el relámpago creciendo, su
postura cambiando—. No puedes decir que no soy misericordiosa cuando eres tú quien eligió
presenciar esto.

Zaiana envió su rayo hacia Agalhor con una mano, y el puro impulso hizo que Faythe
lanzara su propio poder. Chocó con su segunda llamarada. La primera debía de haber
alcanzado a Agalhor, pero ella no podía darse la vuelta para mirar.

Faythe endureció las piernas contra la pulsante explosión que contenían. Su voluntad
de protección despertó una violencia que cubrió su debilidad y la hizo creer en lo imposible.
Haciendo fuerza, envió su corriente conjunta hacia el cielo. Un trueno retumbó en lo alto,
iluminando todo el cielo.

Agalhor gimió, estremeciéndose con las ondas de electricidad mientras se ponía en pie.
Pero Zaiana fue rápida, y ya estaba sujetado con ambas manos, invocando una corriente que
podía matar.

—¡Por favor! —Faythe gritó, sin tener nada más, nada que pudiera detenerla antes de
atacar—. Por favor. Es todo lo que me queda. —La desesperación marcó su súplica, sus
rodillas a punto de doblarse si eso era lo que se necesitaba.

Zaiana no era completamente insensible. No carecía de cariño. Faythe lo había visto


muchas veces, aunque gracias a su cruel educación, la fae nunca lo vería. Era lo que la hacía
dudar en ese momento, preparada para matar, pero escuchando el grito de Faythe. Su mirada
finalmente se desvió de su objetivo para encontrarse con Faythe en su veredicto final.

—Te equivocas —dijo Zaiana en voz baja—. Tienes algo mucho mejor.

Lo único que oyó Faythe fue el sello del destino de Agalhor; la fae oscura ya había
tomado una decisión a pesar de los segundos que había conseguido ganar. Faythe se movió
más rápido que nunca en su corta vida, condenándolo todo para interponerse en el camino
de la llamarada de Zaiana, que creció hasta convertirse en una corriente mortal.

Antes que pudiera desatar su tormenta, el tiempo se ralentizó.

Luego se detuvo.

A través de la respiración entrecortada que la abandonaba se negaba a creer lo que


sentía.

Escuchaba.

La brillante carga amatista frente a ella comenzó a desvanecerse hasta que la luz del
rostro de Zaiana pasó del blanco al resplandor ámbar del fuego natural que la destruía. La
lluvia comenzó a caer, pero Faythe no podía sentirla. Sólo la vio comenzar lentamente hasta
convertirse en un filtro entre ella y Zaiana, que no había perdido el contacto visual. Con el
segundo estrangulamiento que golpeó con fuerza su espina dorsal, el suelo se apartó de
debajo de ella, y se obligó a girarse y ver lo que su mente había nublado con una negación
total.

Faythe lo vio.

A ellos.

Vio el destello de la hoja de acero y Piedra de Hechicero resbaladiza de carmesí que


atravesaba el pecho de Agalhor.

Su mirada se clavó en las garras de las imponentes alas que descendían hasta el rostro
de sus pesadillas.

No había palabras para describir lo que se apoderó de Faythe en ese segundo. Creía que
nunca recordaría el momento en que estalló de dentro afuera. Un grito violento le desgarró
la garganta, aunque no lo oyó. Los bordes de su visión se difuminaron en oro. El fuego la
devoró. Luego la expulsó. No en llamas, sino en algo maravillosamente letal. Polvo dorado
que voló por toda la plaza, golpeando a todos menos a él.

Su padre.

Las palmas de las manos de Faythe se abrieron y temblaron a su lado. Su cabello se


agitaba a su alrededor y la lluvia no podía tocarla. Siguió gritando hasta que las vibraciones
del suelo dejaron de estremecerla. Se volvió ingrávida. El poder se apoderó de cada una de
sus partes internas y, por un momento, creyó que la destruiría.

Hasta que el sonido que salía de su garganta se apagó. Su visión comenzó a recuperar
los colores sombríos reales de su mundo que se había vuelto dorado ante ella.

Entonces todo se aquietó de golpe.

Se estaba cayendo.

Cayendo.

Cayendo.

El regreso a sí misma la azotó como un latigazo. Faythe apoyó la mejilla en la piedra


húmeda mientras volvía en sí lentamente, revolviendo sus pensamientos para ordenar quién
era, dónde estaba y qué había hecho.

Todo su cuerpo temblaba. Levantó las manos para sostenerse. Los símbolos de sus
palmas se apagaron poco a poco y el cansancio empezó a invadirla, sustituyendo al poder
que había invocado con temeraria y furiosa desesperación.

Una cosa se deslizó por su memoria mientras se empujaba hacia arriba.


La razón por la que lo había hecho.

Faythe encontró a Agalhor inmóvil contra el suelo frío y húmedo, sin otros cuerpos a
su alrededor, como si las partículas de oro que el viento y la lluvia arrastraron fueran todo lo
que quedaba de los caídos. Se obligó a levantarse. Caminó hacia él con piernas débiles. Su
espada la atrapó como una muleta unas cuantas veces. Sus pasos se arrastraban lentos,
rogando que él se levantara antes que ella pudiera llegar y descubrir lo peor.

Levántate. Levántate.

Faythe podría haber deslizado las palabras en voz alta, como si su sola necesidad
pudiera levantar al rey.

Ni un parpadeo de movimiento le respondió.

Ella cedió a sus rodillas deshuesadas, cayendo a su lado.

—Te pondrás bien —le dijo, con las manos temblorosas sobre las de él. Faythe presionó
la herida, pero la sangre inundó sus dedos. Su boca se abría y se cerraba. No sabía qué más
decir.

Piensa.

Tenía que pensar.

Una mente en blanco se burló de ella, pero negó con la cabeza. Cerró los ojos. Escuchó,
esforzándose a través del pulso de sus tímpanos que se sentían rellenos de algodón.

Un latido.

Sus párpados se abrieron de golpe.

Vivo.

Arrastrando las rodillas, Faythe aplicó más presión, frustrada cuando él siguió
sangrando.

—Ayuda. —La palabra fue un débil graznido. Su respiración se hizo entrecortada al


contemplar su rostro apacible, y su mandíbula se flexionó con el deseo de mirar al cielo por
la lluvia que le molestaba—. Buscaré ayuda.

Eso era todo lo que necesitaban. Un sanador. Él estaría bien tan pronto como llegaran
a uno.

—Faythe.

Su nombre, su voz, estalló en su pecho. No importaba la tensión, estaba vivo.


La cabeza del rey se inclinó débilmente hacia ella, pero no importaba: se levantaría
enseguida.

—Tendré que dejarte aquí sólo un momento, pero puedo ser rápida. —El pánico
empezó a apoderarse de ella con su conciencia sólo a medias—. Una vez corrí contra mi
amigo Jakon. Le gané sin competencia —se rio, se le caían las lágrimas, pero resopló con
fuerza para poner cara de valiente. Los ojos de Agalhor se agitaron, pero ella le agarró las
manos como si lo estuvieran atando aquí. Manteniéndolo con ella. Forzó una sonrisa—. No
has oído ni la mitad de las travesuras que hicimos en Farrowhold. Creo que algunas te harían
reír.

—Faythe...

Sacudió la cabeza y cerró los ojos por un momento.

—A mamá no le gustaba que me subiera a los árboles —se apresuró a decir.

El tiempo corría a toda velocidad, demasiado deprisa, y ella le rogaba -le rogaba- que
se ralentizara, pero se aceleraba al darse cuenta que había tantas cosas que él no sabía. Cosas
sin sentido, cosas infantiles, pero ella quería contárselo todo.

—Porque yo... siempre iba demasiado lejos... demasiado alto. M-manzanas, yo... yo
siempre estaba alcanzando las manzanas, pero las mejores eran siempre las más obstinadas
—Soltó una risa temblorosa y delirante—. ¿Por qué? —pensó de repente—. ¿Por qué las
cosas que más queremos siempre están fuera de nuestro alcance? —Faythe seguía
parpadeando con la vista borrosa, esperando que él no pudiera distinguir sus lágrimas de la
lluvia—. Es como si la vida intentara decirnos que algunas cosas no están destinadas a ser,
como cuando una vez me caí y me rompí el brazo, pasando tantas manzanas por el camino,
pero sólo había una que quería.

Agalhor intentó sonreír, pero su respuesta apenas llegó a un graznido.

—Apuesto a que eso no te impidió subir de nuevo.

Faythe se acercó, temblando con rigidez. Pero su sonrisa se convirtió en una mueca
para él.

—Ganarías esa apuesta.

Soltó una carcajada, pero se transformó en agonía mientras miraba al cielo.

—Ahora es tu turno, Faythe.

Ella sacudió la cabeza enérgicamente, apretando los ojos en señal de negación absoluta.

—No lo digas. No digas eso.


—Escucha, querida...

—No puedo —se quebró. Como un torrente, Faythe sollozó con total impotencia,
incapaz de aceptar que su vida se desvaneciera bajo ella—. No estoy preparada. Este reino
te necesita.

—No cuando te tiene a ti.

Los gritos de Faythe se desataron, llegando con fuerza y con un dolor lastimero que le
desgarraba el alma profundamente.

—Shh —trató de calmar Agalhor, pero ella no podía parar. Esto no podía ser todo lo
que tenían. Aún tenía tanto que aprender de él, tanto que contarle y mostrarle. No podía
abandonarla—. ¿Sabías que aquí conocí a tu madre?

Aquello la obligó a contener dolorosamente los sollozos que le cortaban las vías
respiratorias, apretando los labios contra su áspera fuga. Agalhor levantó una mano para
señalar, temblando tanto que no podía soportarlo. Se mordió el labio con fuerza para
saborear la sangre, pero ningún dolor que no fuera el de su propia vida bastaría para
contrarrestar aquella agonía.

—Justo ahí. Vendía los mejores pasteles de la ciudad.

Faythe se limpió la nariz.

Él la miró con un brillo de alegría; cada uno albergaba recuerdos diferentes de su


madre, pero el mismo amor. Agalhor cogió su espada y la rodeó con la mano.

—Tú sabrás qué hacer con ella.

Sus sollozos ya no se podían acallar.

—Si todo parece perdido, entonces no es el fin, Faythe. Lleva a nuestro pueblo a ese
mundo con el que sueñas. Hazlo resurgir de estas cenizas. Desde el momento en que te vi...
supe que lo llevabas dentro. Conocerte y ver cuánto has crecido desde que llegaste aquí... ha
sido la alegría de mi vida —Su mano casi no pudo llegar, así que ella la cogió, apoyando la
mejilla en su palma aunque le partió el corazón por la mitad—. Mi hija.

—No tuvimos suficiente tiempo —susurró.

—Tienes que creer que tu madre está observando todo en lo que te has convertido.
Estoy preparado, Faythe -lo he estado durante algún tiempo- para verla de nuevo. Sigue
contándome tus historias y que sepas que ambos estaremos contigo en cada paso que des
mientras te elevas a todo lo que estabas destinada a ser.
Faythe no miró su rostro apacible cuando sus ojos se cerraron por última vez. Apretó
los dientes con tanta fuerza que podrían rompérsele y su cuerpo se sacudió en silencio con
el impulso de soltar su violento sollozo, pero no quería que fuera lo último que él oyera.

—Gracias, padre —dijo con voz aguda, tomándose un momento para respirar por la
asfixia—. Por creer en mí.

Se quedó con él hasta el final. Sus lágrimas cayeron en silencio mientras ella se mecía,
cogiéndole la mano y filtrando la lluvia para contar los latidos de su corazón que se
debilitaba. Faythe enmudeció cuando el último latido resonó en un silencio tan frío y
definitivo que no pudo hacer otra cosa que arrodillarse a merced de la esperanza que se
desvanecía.

Se dobló sobre sí misma, replegando los brazos, y lanzó un grito que hizo temblar la
tierra en su pérdida. Se desgarró implacablemente, el dolor de todo lo que amaneció en ese
segundo.

Un destino sellado.

Un reino al borde del colapso.

Un heredero arrojado al poder demasiado pronto.

Agalhor Ashfyre, el Rey de Rhyenelle, estaba muerto.


Capítulo 91
Zaiana

En los segundos que tuvo para reaccionar ante la explosión de Faythe, Zaiana eligió lo
único que podía salvar sus alas por encima de todo. Lanzó su glamour e invocó un escudo de
rayos en el momento justo. La salvó de la incineración, pero no de las heridas.

Zaiana gimió, tosiendo polvo de su garganta en el montón de escombros, su intento de


moverse bloqueado por completo desde todos los ángulos. Se encontró enterrada bajo la
madera y las rocas. Un martilleo le golpeaba la cabeza y la agonía le desgarraba las
extremidades, pero empezó a arañar lo que podía.

Con un grito agudo se dio cuenta que un grueso poste de madera le había atravesado el
costado y volvió a caer. Cuando comenzó a oírse un clamor en algún lugar cercano, los
instintos de Zaiana hicieron que un rayo cayera sobre sus dedos. La luz brilló en su campo
de visión cuando un gran trozo de escombro se desplazó para dejarle una abertura. Elevó la
amenaza de sus rayos hasta que el rostro parpadeó con claridad.

Maverick maldijo, removiendo y maniobrando con cuidado los escombros hasta


arrodillarse junto a ella. Sus manos se enroscaron alrededor de la madera.

—He soñado con que volvías a gritar por mí —le dijo, y su total incredulidad ante el
comentario la distrajo en el momento en que él liberó la varilla. La agonía le atenazó la
garganta—. Aunque no así.

No tenía fuerzas para soltar la sarta de blasfemias que quería soltar. Pero maldita sea,
si no las recitaba en su mente una y otra vez mientras no hacía otra cosa que aceptar su
ayuda.

Zaiana se levantó, desesperada por liberarse. Se ahorró un gran esfuerzo cuando él la


sacó de entre los escombros. No se resistió a la cálida fuerza con la que él la sujetaba mientras
recuperaba la conciencia y se reorientaba. Su mano le acarició la nuca mientras recuperaban
el aliento. La oreja de ella estaba pegada al pecho de él, y todo estaba tan quieto, tan tranquilo.
Sin embargo, a su manera, conocía su eco familiar.
Al retroceder, su cercanía, aquellos ojos negros como el carbón, inspiraron un conflicto
de emociones tan temerarias y peligrosas. Zaiana lo observó y se dio cuenta que sus alas
también habían desaparecido y que tenía la cara manchada de sangre negra.

Ella lo odiaba. Lo odiaba.

—Era mío —gruñó ella, apartándose de él, y su batalla volvió—. La orden de matarlo
fue mía .

La piel alrededor de sus ojos se arrugó.

—Dudaste.

—Lo habría matado.

—Lo sé.

No pudo descifrar lo que cruzó por su rostro, pero la rabia se reflejó en el suyo al saber
que había captado su atisbo de debilidad. Al oír la súplica de Faythe, una parte de ella se
había replanteado lo que estaba a punto de hacer, pero su mente no había cambiado. No con
lo que él le había hecho.

Zaiana se acercó a Maverick, casi rozándolo, aunque él era medio metro más alto.

—Es la última vez que me desautorizas —le advirtió, dejando que su tono reflejara la
mayor amenaza posible contra su vida.

Sus dedos rozaron su cintura, una distracción que les hizo detectar la energía
demasiado tarde. La energía estalló contra ellos y los lanzó contra la pared. Maverick soportó
la mayor parte del impacto con el brazo que la rodeaba. Cuando volvieron a tocar el suelo,
Zaiana ya estaba de pie, cargando su rayo, mientras Maverick se tomaba un momento para
recuperarse.

Lo que había ante ellos no era ni fae ni humano. Un rostro familiar, pero dominado por
algo aterrador que habían desatado.

De Faythe irradiaba una energía pura, sin diluir, que emitía un aura dorada hacia el
exterior. Los tatuajes de sus palmas y los cortes de sus pieles ardían con la misma intensidad
que los soles de sus irises, apenas interrumpidos por el desafío de sus pupilas.

El fuego azul salió disparado hacia ella, pero con sólo levantar la mano, Faythe lo atrapó
y lo aumentó antes de enviar la enorme bola de llamas hacia ellos. Maverick salió para
dispersar su elemento, pero no sin desafío.

Los dos estallaron.


Se alejó corriendo, llamando a Faythe en su persecución. Por primera vez en su vida,
Zaiana estaba completamente desconcertada sobre qué hacer. Su conmoción detuvo
cualquier reacción inmediata mientras observaba la rabia desatada en los ataques de Faythe.
Estaba utilizando un poder por el que sufriría más tarde, pero no parecía importarle.

Agalhor estaba muerto. Tenía que estarlo. Era la única razón por la que Faythe se
preocuparía de ir tras ellos tan vengativamente. Detrás de Maverick al menos, porque era
como si Zaiana no existiera en esta batalla a pesar de estar cerca de llevarla a cabo ella misma.

Viéndolos... ella sabía que Maverick perdería. Lo que la heredera era en ese momento
era una fuerza sin igual. Un poder que Zaiana sólo podía comparar con la ruina misma. Debía
dejar que Faythe lo matara, que se cobrara esa venganza que nunca conocería descanso hasta
que estuviera hecha.

Sin embargo, algo en su egoísta y estúpida mente ya había decidido que no podía
quedarse de brazos cruzados.

Su rayo se formó, pero ella esperó, reuniéndose, sabiendo que no haría falta un ataque
pequeño para detenerla. Maverick y Faythe se lanzaron por el espacio abierto, disparando
llamas azules entre ráfagas doradas, un espectáculo por demás magnífico. El grito de
Maverick rompió el control de Zaiana cuando cayó de rodillas, y fue todo lo que pudo hacer
para evitar correr hacia ellos y enviar su rayo directamente hacia Faythe.

Podría haber captado la intención de Zaiana incluso antes que actuara. Extendió la
mano y, aunque Zaiana se estremeció por el impacto... Faythe absorbió los proyectiles,
replegándose sobre sí misma mientras observaba cómo el púrpura se encajaba en su mano
y se adaptaba a su tacto.

—¡Si quieres vivir, maldito bastardo, vete! —le ladró a Maverick.

Tal vez juntos pudieran derribarla, pero Zaiana había decidido que ahora no era el
momento de probarlo. Ambos desplegaron sus alas, listas para salir disparadas hacia el cielo
como única vía de escape.

Sin embargo, justo cuando Maverick desplegó sus alas, Faythe gritó:

—¡Callen!

Su tono era tan llamativo como el relámpago con el que jugaba, pero Faythe no tenía ni
idea de cómo manejar la habilidad que Zaiana había desbloqueado tontamente en su interior.
Se desvaneció lentamente de sus manos.

Esa sola palabra -un nombre, pensó- bastó para detener la huida de Maverick, y Zaiana
podría haberlo matado ella misma.

—Así que te acuerdas —dijo Faythe.


La lluvia golpeteaba lo suficiente como para pesar sobre sus ropas, pero no lo bastante
como para disminuir los fuegos que les rodeaban y que danzaban con angustia. Maverick no
respondió, pero Zaiana estudió el reconocimiento que se reflejaba en su rostro. Ahora le
tocaba a ella quedarse atónita con un destello de familiaridad... una pieza que le faltaba y que
estaba justo ahí, pero no podía encontrar su lugar.

—Esperaba que no lo hicieras —continuó Faythe—. Al menos entonces tal vez podría
entender que ese fae murió y un monstruo lo reemplazó. Ese fae que tenía un reino y una
compañera a la que amaba.

—Para —gruñó Maverick—. No sabes nada.

Zaiana nunca le había visto tan amenazador y vulnerable. Dos sentimientos


contrapuestos que la azotaron y no supo qué pensar del intercambio.

—Vamos. Ahora —ordenó Zaiana. Su piel húmeda se erizó con la anticipación que los
dos estaban a segundos de explotar de nuevo.

La cabeza de Faythe se inclinó hacia atrás contra la lluvia, sus ojos se cerraron como si
estuviera... en otra parte. Al cruzar su mirada con la de Maverick, Zaiana volvió a dar la orden
sólo con esa mirada.

Tenía la oportunidad de huir, pero dudaba.

Lo que llamó la atención de Zaiana casi la hizo retroceder a trompicones. Sí la hizo


alejarse varios pasos de Maverick.

Faythe estaba sacando fuego. No como el de Maverick, no el tipo de magia cobalto. Este
fuego brillaba con un rojo resplandeciente, la visión llamaba a una imposibilidad familiar que
estaba justo fuera de su alcance. Zaiana observó con asombro cómo el fuego comenzaba en
las manos de Faythe, pero no crecía allí. Se arrastró como un velo de humo por sus brazos,
tocando entre sus omóplatos, donde empezó a acumularse... y a formarse. No podía apartar
los ojos de la urgencia que le gritaba que retrocediera porque su única ventaja estaba a punto
de ser igualada.

Alas.

Zaiana no podía creer las alas de fuego tan llameantes y brillantes que comenzaron a
expandirse desde la espalda de Faythe. Fuego de un tipo que sólo había visto una vez.

Del Fénix.

—¡Vamos! —gritó Zaiana, y Maverick no vaciló esta vez.

Tampoco Faythe.
Disparando hacia el cielo, se rezagó detrás de ellos sólo un segundo para probar esas
alas etéreas, pero luego se agachó, y Zaiana la imitó, y se convirtió en una carrera para llegar
a Maverick.

No debería haber sido posible que Faythe volara tan bien, ni siquiera con los medios
para hacerlo, pero Zaiana no podía descartar nada cuando no era sólo ella surcando con
venganza los cielos. Ahora era algo más.

La lluvia golpeaba con más fuerza y, a medida que eran engullidos por nubes furiosas,
la visibilidad se convertía en un obstáculo. Zaiana rastreó a Faythe por el brillo de sus alas y
los tatuajes que resplandecían en su sombrío entorno. Captó destellos de negro puro:
Maverick intentaba perderla. El oro se cargó en las palmas de Faythe, y antes que pudiera
enviarlo a toda velocidad hacia él, Zaiana reaccionó por instinto, conjurando su rayo y
lanzándolo contra Faythe.

Justo a tiempo, Faythe giró en el aire, su ráfaga dorada se encontró con la amatista en
una explosión hermosa pero asombrosa. Ambas se soltaron a la vez, y Zaiana vaciló, cayendo
unos metros antes de pulsar las alas para mantenerse en el aire. Jadeó con fuerza, se
reorientó rápidamente y se recargó mientras levantaba la mirada. Faythe la fulminó con sus
ojos sin piedad. Zaiana sintió una ligera punzada en el pecho al verlo. Cuánto tenía que estar
sufriendo Faythe para haber llegado a esto...

—Esto es lo que querías —gritó Faythe, el eco de su voz sonaba de otro mundo—.
Igualar la batalla en los cielos. Bueno, aquí estoy, Zaiana.

Sin embargo, Zaiana no podía elegir cuando Faythe volvió a atacar. Sus alas batieron
con fuerza y tensó los omóplatos para esquivar por poco la llamarada dorada. No hubo pausa
para respirar al verse superada. Empezó a cundir el pánico, pero se concentró al máximo
para sobrevivir.

—Esta no eres tú —gritó Zaiana, retorciéndose y lanzándose cuando Faythe no cedió—


. No quieres matarme.

Faythe soltó una risita, un sonido oscuro y extraño para la fae a la que llevaba tiempo
intentando comprender. Incluso había admirado un poco lo que podía haber bajo la
superficie de su amable compostura. Pero esto... era poder temerario, angustia y rabia, que
alimentaban acciones que no suturarían la herida que seguiría hiriéndola por dentro incluso
cuando lograra su cometido. Zaiana lo sabía.

—Lo habrías matado —espetó Faythe entre dientes, con la lluvia cayendo de su boca a
borbotones. No podía aguantar mucho más: las alas, tal vez el poder. Zaiana pensó que pronto
flaquearía—. No eres mejor que Maverick, y sé lo que significas para él. Si eres tan tonta como
para ofrecerte en su lugar, que así sea.

Faythe cargó una luz aterradora. De sus palmas, enfrentadas, creció un orbe de energía
tan peligroso que ondulaba a través de ella incluso a distancia. Cargó el aire para erizar cada
cabello a pesar de la lluvia. Zaiana no sobreviviría al golpe. Tal vez ninguna de las dos lo haría.
El pánico la hizo respirar con rapidez mientras su mente luchaba por sobrevivir.

Zaiana dio un respingo, gritando con absoluto miedo:

— ¡Tenías razón!

El golpe nunca llegó, y ella se atrevió a enfrentarse a la mirada de alguien que estaba
tan cerca de estallar con la fuerza del sol, sin importarle si caía en la explosión.

—Me preocupaba por él.

Palabras, confesiones, era todo lo que le quedaba ahora que el poder de Faythe era
inigualable.

—Lo traicionaste —dijo Faythe, con voz grave, temblorosa por el orbe que sostenía
listo para destruirlas en cualquier momento.

Las nubes empezaron a dispersarse y la luz penetrante las ahuyentó. Zaiana miró hacia
abajo para ver la destrucción que había causado la invasión. Los edificios seguían ardiendo,
pero las calles estaban vacías y tranquilas, no como los gritos y el caos que ella esperaba. Era
como si los ciudadanos supieran cómo encontrar refugio; supieran cómo rendirse.

—No quería —dijo Zaiana, sin importarle ya si Faythe podía oírla por encima de la
lluvia y el zumbido magnético de su magia—. No se lo merecía. —El vacío en su interior se
expandió, mostrando la imagen de la última mirada de horror y angustia de Kyleer.

—Por un momento pensé que había una oportunidad contigo. Tuve una visión fugaz de
lo que podría ser si elegías nuestro bando. Pero ahora me doy cuenta —dijo Faythe, sus
últimas palabras indicaban que había tomado una decisión, igual que Zaiana en los segundos
en que ignoró la súplica de Faythe, teniendo toda la intención de arrebatarle a su padre—,
que no tienes lealtad. Esto... esto es hacerte un favor. Y matándote, heriré a Maverick mucho
más de lo que su propia sentencia de muerte podría.

Zaiana se volvió, divisando el patio abierto del castillo y distinguiendo los numerosos
cuerpos allí reunidos. Se preguntó si estarían contemplando el espectáculo en el cielo. Sin
embargo, tuvo que parpadear al reconocer a uno en particular, que se esforzaba contra los
numerosos fae que lo sujetaban. Tal vez estuviera llamando a su compañera, pero Faythe no
dio señales de poder oírlo por encima de todo lo que la consumía.

El tiempo se medía en una cuenta atrás de respiraciones. Sintiendo que la carga de


Faythe aumentaba, Zaiana buscó en lo más profundo de su pozo un último golpe. Tal vez sería
apropiado que murieran juntas después de todo lo que habían pasado.

Cuando la magia sin diluir de Faythe se abalanzó sobre ella, Zaiana se lanzó al ataque
en un choque de poder. En el momento en que el oro se encontró con la amatista....
El mundo entró en erupción.

La energía surgió a través de ella en un estallido de estrellas. Cada célula nerviosa


explotó. Absorbió hasta los huesos un poder que nunca antes había sentido. Ambas palmas
se extendieron y temblaron violentamente contra la corriente que las unía, y ella empujó con
todo lo que tenía, pero no sería suficiente. Faythe era más fuerte. Estaba ganando.

Si así se iba a ir, Zaiana se sorprendió de la emoción que la embargaba, la inundaba, la


ahogaba. Una palabra se repetía a gritos.

Lo siento.

Lo sentía por tantas cosas. Por tanta gente. Pero sobre todo, se arrepentía de sí misma.
Por no convertirse en nada. Por no encontrar su libertad cuando no sabía lo que significaba
esa palabra. Lo que quería y soñaba... Dioses, se arrepentía de no haberse permitido soñar
más.

Sólo cuando el tiempo llegó a su último latido se dio cuenta que no quería morir. No
cuando no había vivido. Sólo cuando pensó en lo que podría haber sido se arrepintió de no
haberlo intentado más.

Más de trescientos años y podía contar con una mano cuántos días guardaban un
recuerdo digno de ser recordado.

Zaiana quería sentir. Quería amar, algo insensato que se le había negado durante tanto
tiempo y que, sin embargo, conocía su toque de locura borrosa y euforia. Era una droga que
había anhelado desde que la probó por primera vez, pero había llevado grilletes que le
habían impedido alcanzarla de nuevo.

Ahora... ya era demasiado tarde para saber qué pasaría si se atrevía a liberarse.

Un parpadeo azul se reflejó en su visión antes que los fragmentos de su realidad


desaparecieran. La corriente cegadora que las unía se elevó hacia el cielo, cortándola como
si la hubieran partido en dos. Entonces cayó, el fuego que llevaba dentro seguía devorándola
a pesar de la gravedad, el tiempo y el elemento.

Zaiana atravesó el cielo como una hoja afilada, mereciendo que sus huesos se hicieran
añicos en el suelo. No sentía sus alas ni sus miembros. Su miseria la adormeció hasta no sentir
nada más que el aire que la envolvía.

La oscuridad la llamó, y ella no luchó contra ella, tomando su mano mientras caía en un
olvido inmóvil y sin profundidad.
Capítulo 92
Reylan

Reylan mantuvo sus órdenes tranquilo aunque sabía que a lo que se enfrentaban no era
una batalla pequeña. Mientras dirigía a los soldados y se aseguraba que cumplían el
protocolo por muchas etapas que tuvieran que saltarse, calculaba internamente cómo habían
podido llegar tan lejos tan rápido.

La conclusión fue a todo volumen, por lo que su siguiente pensamiento despiadado fue
quién.

La ciudad de Ellium estaba estratégicamente construida. Una larga muralla recorría el


perímetro como defensa interior y exterior de la ciudad, y Reylan se había dirigido a la mitad
que no había sido infiltrada desde la puerta principal de la ciudad. Hicieron pasar a tantos
ciudadanos como pudieron por las puertas centrales de la ciudad antes que fueran selladas
y los soldados se dispusieran a luchar allí. Mientras tanto, Reylan se ocupaba de la
evacuación.

Esta mitad de la ciudad estaba en silencio, todos los fuegos apagados mientras las
puertas traseras de la ciudad se abrían y los ciudadanos empezaban a marcharse,
dirigiéndose a los pueblos de las afueras. Reylan no podía soltar el prurito de estar al otro
lado luchando con sus guerreros contra el enemigo que sembraba el terror en su reino.

—General, la ciudad está casi despejada —le informó un comandante en jefe.

Eso levantó sus hombros con alivio.

—Envía una legión a unirse a ellos. Todos encontrarán refugio y seguridad. Y si la


ciudad es tomada, se rinden.

El comandante asintió, y Reylan fue incapaz de soportar la mirada desolada que


resquebrajó su firme compostura. Él también lo sintió. Nadie había llegado tan lejos para que
se cumpliera el protocolo. Rendirse y disolverse...

No, todavía tenían una oportunidad de luchar.


No perdió ni un segundo, ahora podía dirigirse al otro lado. Reylan marchó a lo largo
de la pared silenciosa, llegando a otro comandante.

—Una vez que salgan los últimos ciudadanos, cierren las puertas. El resto de los
soldados, envíalos al otro lado del muro inmediatamente.

—¿Hemos perdido, General?

—Nunca —dijo Reylan con firmeza—. Aunque la ciudad caiga, no será por mucho
tiempo. Incluso si triunfan esta noche, Rhyenelle nunca durará en manos maliciosas.

Estaba seguro de ello. Pasara lo que pasara, siempre tendrían los medios para
recuperar la ciudad, y él se deleitaría con la oportunidad de desgarrar miembro a miembro
al pretendiente ilegal.

Reylan se movía de nuevo, dejando a los comandantes a cargo de este lado de la muralla
mientras él corría a dirigir la verdadera batalla. Se le erizó la piel al pensar en Faythe. Cuando
hubiera recuperado su espada, iría a ver cómo estaba.

Un estruendo le detuvo. Empezó como una vibración baja, pero luego robó la noche con
un trueno desgarrador. Supo exactamente lo que era cuando lo sintió bajo sus pies y vio que
el muro se derrumbaba.

—¡Alejen a todos del muro! —ladró.

Los guerreros empezaron a buscar la forma de bajar, algunos saltando, otros subiendo
el largo tramo de escaleras, y él maldijo, incapaz de moverse hasta estar seguro que todos
habían logrado bajar. Extendió su magia, sintiendo y deseando a los dioses que la suerte
estuviera a su favor.

El dolor se disparó a través de él, tan poderoso y devorador que tuvo que apoyar una
mano en la piedra retumbante sólo para respirar con calma. Faythe. Tenía que ser ella.
Levantó la mirada y vio una tenue capa de oro a lo lejos y supo de inmediato lo que ella estaba
haciendo. Ganar tiempo. Dioses, era brillante.

Reylan se obligó a enderezarse con los dientes apretados, pero su equilibrio no duró
mucho cuando la pared empezó a derrumbarse alrededor de sus pasos torpes. Extendió la
mano una última vez desesperado y, justo cuando estaba cayendo, la encontró.

Reylan sacó la habilidad de cambio de forma de la dirección en la que la encontró, sin


saber de quién procedía, pero que le bastó para transformarse en águila. Trató
desesperadamente de volar fuera del camino de los escombros.

Una roca le cortó el ala y Reylan empezó a caer, dando tumbos y sin apenas poder
remontar el vuelo por la agonía que lo desgarraba. Siguió intentándolo, batiendo las alas
contra el deseo de desfallecer. Voló por encima del muro divisorio hacia el castillo, y hasta
allí llegó antes de tener que soltarse.

Reylan se sacudió en el patio, agarrándose el brazo cuando se torció en un ángulo


incómodo. Cayendo de rodillas, se quitó la chaqueta justo cuando un soldado se acercaba
corriendo.

—General, debería entrar. ¿Traigo a un sanador?

Sacudió la cabeza, con el sudor cubriéndole el cuerpo. No había tiempo para eso. Tenía
que llegar a Faythe.

—Necesito que lo acomodes en su lugar.

Ante el silencio del fae, Reylan respondió a su mirada escaldada con una orden firme, y
el fae se puso al lado de Reylan. Mordió con fuerza, asintió brevemente y se preparó.

El sonido fue peor que el dolor, pero también un alivio, pues ya no sentía el brazo
desconectado. Reylan no dudó en levantarse, intentando flexionar el brazo y deseando que
su curación funcionara más rápido.

Le llegó un eco. Su voz. Sin embargo, no era euforia lo que sentía cuando no podía
distinguir palabras, sólo sentimientos. Amor. Disculpa. Ambos lo llenaron de pavor ante lo
que fuera que Faythe estuviera planeando.

Justo cuando estaba a punto de despegar, una figura ardiente obstruyó su camino.

Reylan se enderezó al reconocer quién avanzaba hacia él. Sola, su cabello rojo
complementaba el ámbar que incendiaba el cielo nocturno. Su vestido rubí se burlaba de los
trajes de Rhyenelle, sus piernas expuestas en cueros de combate, que sólo le decían que no
pensaba quedarse de brazos cruzados. Había venido dispuesta a participar.

—Reylan Arrowood —ella pronunció su nombre, y algo en su forma de hablar le resultó


familiar—. Mira cómo has prosperado sin ella. En estatus, en nombre. Es lamentable que no
pudieras mantenerte alejado.

—Marvellas —dijo, sólo para estar seguro que podía hablar, y cuando el nombre brotó
de él, tuvo que luchar contra su confusión por haber estado aquí antes.

Su paso lento y elegante se detuvo a unos pasos. La cabeza del Espíritu se inclinó con
curiosidad mientras lo estudiaba, y su evaluación curvó sus labios pintados de rojo.

—Durante algún tiempo me pregunté si me reconocerías cuando nos viéramos cara a


cara.

Reylan sacudió la cabeza para despejar la persistente confusión. Sí que la reconoció,


solo que con un ardor de deseo de matarla por el daño que le había infligido a Faythe.
Marvellas continuó.

—Aunque parece que es mucho más fuerte en su don de lo que yo creía hace tanto
tiempo. Debería haberse resistido, General. Debería haberlo visto venir.

—Te vi venir —gruñó. Reylan extendió sus sentidos—. Y me alegro que me buscaras
primero.

Su risita vibró sobre él con una caricia inquietante.

—Algunas cosas nunca cambian, y tú nunca aprenderás. Si yo no puedo tenerla, Reylan


Arrowood, tú tampoco.

—General, no puedo...

Reylan oyó el pánico del guardia que le había ayudado justo a tiempo para apartarse
de la trayectoria de su espada. Murmurando una rápida disculpa, Reylan giró en torno a él,
descargando su codo en la cabeza del guardia como el medio más rápido de enviarlo a la
inconsciencia.

No tuvo ni un segundo para pensar más allá de la supervivencia cuando supo de lo que
era capaz Marvellas. El tirón de las cuerdas le hizo agarrar la espada caída del guardia.
Ajustándose a la trayectoria de la flecha, giró sobre sus talones y blandió la espada justo a
tiempo para cortarla en el aire.

—Impresionante, pero no hemos hecho más que empezar —exclamó Marvellas.

Casi una docena de guardias corrieron hacia él con miradas horrorizadas hacia su
objetivo aliado, pero sus movimientos no eran los suyos; Marvellas estaba de pie con cruel
diversión, dirigiendo el ataque en sus mentes. Apretó los dientes, invadido por la rabia y las
ganas de cargar contra ella, pero no llegaría antes. Reylan tanteó el patio y se apoderó de la
ondulante esencia de Esgrimir Fuego.

El instinto se apoderó de él, pero requería mucha más concentración porque no podía
matar a sus propios guerreros. Caras con las que había entrenado; hombres que confiaban
en él. No importaba que hubieran sido manipulados para matarlo, no podía volver a
atacarlos.

Una llama azul lamió la hoja con la que chocó, y el guardia gritó por el calor que le
abrasaba las palmas. Reylan se estremeció de culpa por cada golpe que tenía que asestar para
que se detuvieran. Sus movimientos se volvieron impulsivos, su entorno un borrón. Uno a
uno los derribaba, atrapando las flechas que se lanzaban a por él, y pasara lo que pasara, no
vacilaba.

Faythe estaba ahí fuera, y él haría cualquier cosa para llegar a ella. O al menos para
asegurarse que Marvellas no pudiera llegar primero.
En su siguiente giro, Reylan no previó que estaría mirando fijamente unos ojos ámbar
llameantes. Por primera vez se detuvo, sólo un segundo antes que su mente se diera cuenta
que no eran los de Faythe. Pero algo más le pilló desprevenido.

El odio que emanaba entre ellos se sintió... reavivado.

La distracción fue suficiente para que no detectara la siguiente flecha hasta que el dolor
le desgarró el costado. Marvellas empujó su espada, golpeando desde su hombro hasta su
abdomen. El dolor le hizo caer sobre una rodilla. Podría haberlo atravesado, pero no lo hizo.
Reylan aferró la flecha que sobresalía de él, respirando hondo para prepararse antes de
arrancarla. Su visión se tambaleaba por la agonía, pero levantó la mirada para encontrar lo
que la había hecho dudar.

La aversión desapareció de su rostro mientras arrojaba la espada a un lado.

—Si te mato, ella nunca vendrá conmigo. Nunca dejará de luchar. —Marvellas parecía
estar pensando en voz alta. Se agachó lentamente—. En lugar de eso, usaré su propia astucia
para que recuerde lo que teníamos antes que lo arruinaras todo. Tú... —Su mano se extendió
hacia la mandíbula de él con un agarre sorprendente. Reylan se sacudió, pero era débil para
defenderse cuando sus heridas sangraban libremente, y su energía estaba disminuyendo—.
Todo esto es culpa tuya. Ella no necesitaba tu venenosa influencia cuando estaba a salvo
conmigo.

Reylan no podía entender completamente sus palabras, pero una cosa era cierta. Ella
estaba hablando de Faythe.

Su Faythe.

Y eso fue suficiente para anular su dolor con pura adrenalina y determinación. Se
abalanzó sobre ella. Marvellas se ahogó cuando sus manos ensangrentadas rodearon su
garganta. Apretó, el impulso de matarla estuvo a segundos de destrozarle la tráquea cuando
una sombra proyectó un velo sobre el patio.

—No se puede matar a un verdadero ser inmortal —una voz femenina oscura llamó
por encima de ellos—. Pero no se puede decir lo mismo de éste.

Reylan levantó la vista para descubrir que un número imposible de cuerpos se había
transportado hasta aquí. Sólo podía haber uno con la fuerza suficiente para transportar a
varias docenas de fae. La desalentadora conclusión cayó sobre él.

El portador original.

Las manos de Reylan se aflojaron sobre Marvellas cuando Dakodas emergió del centro
de sus sombras. Lentamente, empezaron a retroceder hacia ella, como si absorbiera la
oscuridad. Como si estuviera hecha de ella.
Marvellas se quedó lívida de furia, tocándose el cuello pero sin necesidad de
recuperarse de su ataque. Reylan fijó su mirada en la elegancia serpenteante de aquella con
la que caminaba el Espíritu Oscuro. Todo lo que ella provocó en él fue una rabia que lo
consumía todo... un recuerdo desigual del templo. Había querido matarla entonces, y al
recordar cómo la vida de Faythe había sido sacrificada para que ella caminara estos pasos
hacia él, su ira y venganza volvieron a él tan violentamente que tembló donde estaba.

—Reylan Arrowood —deletreó a través del espacio. Sus labios pintados de negro se
curvaron cruelmente—. Te he estado buscando.

No fue su voz, sino los suaves gritos que la siguieron, lo que le encendió la sangre. La
mano cruel que agarraba el brazo de Livia tiró de ella, y Reylan sólo podía imaginarse
desgarrando al que la sostenía miembro a miembro. Llevaba una máscara completamente
negra, pero Reylan nunca olvidaría nada. Su fanfarronería insufrible, su olor nauseabundo.
Los puños de Reylan ya temblaban, absteniéndose de una explosión imprudente.

Su tío se había rodeado de fae oscuros y asaltantes. Siempre había sido él. Reylan nunca
podría perdonarse a sí mismo por haber pasado por alto tontamente a la gran mente maestra
que los había estado rastreando durante tanto tiempo. Por lo que Livia y Faythe y todos ellos
pagarían el precio.

Al detenerse a unos pasos de distancia, el aire entre ellos se hizo tan denso que apenas
podía inhalar.

—Evander —dijo Reylan entre dientes apretados, sin darle la oportunidad de negarlo.

—He esperado mucho tiempo para esto —su tío habló, cada palabra como una navaja
sobre su piel. Una voz de puro odio que pensó que nunca volvería a oír—. Después de todo
lo que hice de ti, en qué lamentable cosa te has convertido. Incluso cuando se te dio una
segunda oportunidad permitiste que te debilitara por completo.

Flashes de la noche en que lo había visto por última vez se filtraron por la mente de
Reylan. Amenazaron su compostura. Sólo fragmentos. No podía recordar cada golpe, rotura
y corte que había hecho en la furia que lo había quebrado.

—Déjala ir. —Reylan inclinó la barbilla hacia Livia, sin romper su intensa mirada—. Tu
lucha es conmigo.

La vil mano de Evander le acarició el pelo, y Reylan se estremeció con un gruñido.

—Voy a disfrutar matándote otra vez —gruñó.

—Debo decir que te has hecho un nombre. General Reylan Arrowood, famoso león
blanco del sur —se burló.
—¿Por qué te escondes? —Reylan se burló—. ¿Tienes miedo de mostrarles lo que
queda de ti por mi mano?

Un repentino tirón en su interior sacó la rabia más condenatoria. Nunca antes se había
enfrentado a dos urgencias funestas. Su voluntad de ir a Faythe le arrancó algo que hizo
tambalear su confianza en la confrontación a la que se enfrentaba ahora. Reylan podría
evadirlos. Dejarlos atrás. Matarlos. Hacer lo que fuera necesario para llegar a su compañera.

Pero no podía dejar a Livia con el monstruo de su pasado.

Aguanta, por favor, suplicó en un vasto vacío que se sentía demasiado distante de ella,
pero no dejó de cantar todo lo que pudo con la esperanza que ella le oyera y no estuviera
sola.

—¿Quieres ver lo que me hiciste? —El tono oscuro de su tío onduló el aire mientras se
llevaba la mano a la parte posterior de la máscara. Cuando se la quitó, incluso Reylan quedó
impresionado por el horror de la visión.

La carne que le faltaba en el labio dejaba permanentemente al descubierto algunos


dientes inferiores. Conservaba los dos ojos, pero un párpado apenas podía parpadear
cerrado. Su piel era un entramado de cicatrices en relieve, sin un centímetro intacto. Una
parte de Reylan se revolvió de asco al saber que él era la mano que había infligido tales
heridas de por vida a un fae, pero la parte mucho más dominante de él buscó satisfacción en
el hecho, sabiendo todo lo peor que su tío había hecho a otros. Incluidos él y Livia.

—Si yo fuera tú, me habría quedado muerto.

—Tú no me mataste —espetó Evander.

—¿Has venido aquí para vengarte? ¿Es eso? Después de todo este tiempo, todavía
piensas en mí.

—Sí. Lo que me hizo seguir adelante fue imaginarme el día en que podría enfrentarme
a ti e infligirte todo de nuevo, para poder dejarte curar y hacerlo todo una y otra vez. He
tenido mucho tiempo, ¿quién sabe cuándo estaré satisfecho? O...

Una vez más, Reylan tuvo que luchar contra una violencia tan consumidora cuando
Evander tomó la barbilla de Livia, sus ojos se abrieron de par en par con un miedo que él
había visto tan raramente desde que ella recuperó su vida con venganza.

—Puedes tenerme —ladró Reylan—. Cambia mi lugar con el de ella.

Eso le valió una sonrisa siniestra.

—No lo sé, sobrino. Veo lo mucho que significa para ti. Soy consciente de tu
impresionante resistencia física, aunque aún queda algo por romper en ti. Pero quizá la
forma de hacerlo... sea a través de ella.
—¡Evander! —Reylan gruñó.

Reylan estaba tan a punto de estallar que fue todo lo que pudo hacer para detener la
malvada evaluación de Livia por parte de Evander. Era como si estuviera observando los
puntos más débiles para saber cómo causar el mayor impacto con el menor número de
golpes. Reylan podría desarmar a uno de ellos, eso era todo lo que se necesitaría, y luego los
cortaría a todos uno por uno si tenía que hacerlo. No calculaba números, sólo movimientos.

—Haz el intercambio.

La fría voz salió de detrás de él. La mirada sombría de Reylan se deslizó hacia Malin
Ashfyre con furia. Debería haberlo sabido. En algún nivel siempre sospechó que el bastardo
se volvería contra todos ellos si el premio era justo. Y eso tenía que ser la corona de Faythe
al final de esto.

—Bastardo traidor —Reylan dio un paso hacia él, pero se detuvo como si hubiera
chocado con una piedra. La picana en su mente le resultó extraña, condenadamente familiar...
— Robaste lo que quedaba de la pluma —concluyó. Era la única explicación para la habilidad
similar a la de Faythe que ahora albergaba. A quién había encontrado para fabricar y activar
las pociones de Sangre de Fénix le parecía insignificante, pero esa pregunta también se
respondió cuando una cabeza rubia salió, merodeando junto a las puertas del castillo, como
siempre acompañada de...

Reylan sacudió la cabeza con incredulidad, incapaz de comprender qué podía haber
hecho Faythe a sus ojos para ser merecedora de semejante traición. Marlowe intentó parecer
confiada; sólo en los ojos de Jakon podría haber visto una disculpa, pero Reylan no pudo
aceptar ni una sola nota de ella.

Marlowe había creado las pociones.

Un arma mortal que ahora empuña el mayor de los enemigos.

—Por desgracia, no dura mucho —decidió Malin. Buscando en su bolsillo, sacó un


frasco de brillante carmesí—. Afortunadamente, sin embargo, tenemos un montón de ellas.

—No puedes esperar que un reino se incline ante un traidor.

—Un salvador —corrigió Malin—. No lo sabrán, sólo que fui yo quien puso fin al terror
antes que la ciudad pudiera caer por completo. Lo que verán los señores es que se
equivocaron al creer en Faythe cuando ella es la traidora.

Reylan resistió el impulso de arrancar la risita triunfal de la garganta del príncipe.

—Cree que se los ha ganado con su cuento poético del Pájaro de Fuego y su aptitud
para gobernar, pero me ha dado exactamente lo que necesito. Un culpable. Qué vergüenza
sentirán por haber creído en su palabra un segundo cuando robó la Pluma del Fénix, llevó a
nuestro reino al borde de la ruina y mató a su propio padre, su amado rey. Todo este reino
despreciará el día en que puso un pie en la tierra de Rhyenelle.

Reylan retrocedió, la más oscura inquietud de su existencia enroscándose en su espina


dorsal. Se tensó ante el brillo siniestro de la sonrisa de Malin, que se deleitaba al ver cómo
todo se había puesto a su favor.

—¿No lo sabías? Agalhor fue a ayudar a su insensata hija cuando se corrió la voz que
había vagado a un lugar demasiado fuera de su alcance.

Fue a buscar a Reuben. Reylan sacó la conclusión rápidamente, habiendo sabido que el
humano estaba por ahí cuando pasó por la ciudad a su regreso esa misma noche. Por supuesto
que fue por él. Se maldijo por no haberlo recordado antes. Era un error fatal con el que estaba
demasiado familiarizado, y la atormentadora garra de su pasado amenazaba con deshacerlo
sin remedio.

No podía volver a perderla. Fallarle otra vez.

—La chica es un corazón sangrante andante. Y ahora la muerte de su padre es sangre


en sus manos.

—Eso no es cierto —espetó Reylan. No habría forma de traerla de vuelta si Agalhor


moría y ella se creía culpable.

Un fuerte estallido sonó a lo lejos y todos se pusieron alerta. Una luz dorada entrelazada
con amatista brotó hacia el cielo e hizo temblar la tierra antes de convertirse en lluvia. El
poder de Faythe era inconfundible, y los demás...

Las probabilidades se apilaban lentamente, inclinando el mundo, y Reylan luchaba por


aferrarse a las ataduras de su compostura preguntándose cómo había salido la fae oscura...
pero más aún, qué podría haberle hecho a Kyleer. No estaba donde Reylan esperaba que
estuviera en su protocolo.

Tantas vidas, todos sus seres queridos, y no tenía nada. Nada más que a sí mismo para
ofrecer a cualquier Dios que tuviera una pizca de misericordia para llevarlo.

—El trato —Reylan atrajo su atención de nuevo—. Si me atrapas, la dejas ir. —Se volvió
hacia Malin con tal odio que cada músculo se tensó contra el impulso de matarlo—. Terminas
con este terror, pero dejas que Faythe se vaya con Livia. Tendrás el trono.

—Es bueno saber que puedes calcular con una pizca de cerebro en lugar de fuerza bruta
—dijo Malin, lanzando una rápida mirada a Evander con las últimas palabras—. Ya lo
escuchaste.
La mandíbula de su tío trabajaba con desgana, como si hubiera esperado ganarse a
ambos. Era inusual verlo someterse a la autoridad. Reylan no entendía por qué le importaba
responder al patético fae bajo una falsa corona.

—Ven aquí entonces, sobrino —gruñó Evander.

—Libérala primero.

Miró a Malin en señal de protesta, pero el príncipe asintió.

—Te he echado de menos, hija —le dijo Evander con crueldad—. Espero que esto no
sea un adiós.

De mala gana, la soltó. Livia no se movió durante unos largos segundos, y todo en
Reylan se tensó con una expectación que no conocería el alivio hasta que ella estuviera en
sus brazos, por fugaz que fuera el abrazo.

—Nunca he sido tu hija —dijo ella con frialdad. Reylan admiró el coraje que demostró,
ahora cara a cara con él como la peor de sus pesadillas vivientes—. Tienes toda la pinta del
monstruo que eres por dentro, y me alegro de haber tenido la oportunidad de verte en tu
verdadera forma. No te temo, Evander; te compadezco.

Se alejó de él, con pasos apresurados hasta caer en los brazos de Reylan, y el alivio que
le ofreció significó una carga menos.

—Toma una nueva ruta para salir a través del castillo. Espero que Izaiah o Kyleer hayan
encontrado a Faythe y la saquen de la ciudad. —Se inclinó cerca para susurrar las
instrucciones específicas a los comandantes apostados—. Se encontraran, sé que lo harán.
Dile a Faythe que lo siento y que no es culpa suya, nada de eso. Dile...

Dioses, la agonía no era suficiente para describir lo que lo desgarraba ante la idea que
lo separaran de ella.

—No puedo dejarte con él —se atragantó Livia.

—Tienes que hacerlo. Sabes que tienes que hacerlo. —Sus brazos se tensaron, pero él
tiró de ella—. Vete ya. No son pacientes, y no puedo arriesgarme a que falte a su palabra.

Livia era una de las personas más valientes y resistentes que conocía. Había surgido de
las profundidades de una educación desoladora y se había convertido en una de las
comandantes más apreciadas de Rhyenelle. Sabía cuándo era correcto rendirse y no sentirse
culpable por una retirada que podía salvar a mucha gente. Sin embargo, por debajo de todo,
seguía siendo una fae. Con un corazón amoroso tras el acero.

—Ve —la animó Reylan una vez más.

Livia asintió lentamente, enjugándose una lágrima.


—Volveremos por ti —prometió.

Reylan no tenía espacio para discutir mientras ella se escabullía. Sabiendo que estaría
a salvo, se volvió hacia su tío con un nuevo desafío. Salir a la lluvia le escocía la piel, y cada
movimiento le desgarraba. Caminó con paso firme hacia su tío, sin darle ni una pizca de
satisfacción con ninguna emoción.

Faythe estaría a salvo. Livia estaría a salvo. Kyleer e Izaiah estarían a salvo.

Eso era lo único que importaba. Si esto era lo que necesitaban para ganar tiempo,
Reylan lo afrontaría con gusto.

De pie justo delante de Evander, se tensó para el impacto de su puño, que vio crisparse
segundos antes que conectara con su cara. Reylan escupió la sangre que se le acumulaba en
la boca, dejando escapar una risita ahogada.

—Veo que has mejorado en tus golpes ahora que no tienes un sicario personal que los
lance por ti —se burló.

Recibió un segundo puñetazo en la cara y luego otro en las tripas.

La voz de Reylan se tensó mientras tensaba los músculos contra el impacto.

—Todavía débil como un faeling, sin embargo.

Un cuarto en la mandíbula, un quinto en la mejilla, y se rindió al impacto que le hizo


caer de rodillas. Reylan se preparó para el siguiente cuando una suave voz femenina le llamó
desde detrás de todos ellos. Jadeó por la palpitación de su cara.

—Suficiente.

Marvellas salió de entre la multitud de fae oscuros que se separaban, una criatura de
llamas rojas resplandecientes contra la noche. Se movía como si la lluvia no pudiera tocarla,
la capa y el vestido rojos que llevaba aún secos y su cabello de fuego perfectamente intacto.
Las huellas ensangrentadas de sus manos aún marcaban su cuello para su satisfacción.

—No dije que pudieras hacerle daño todavía.

Su mano se levantó y Evander empezó a arañarse la garganta. No por el contacto físico,


sino por la manipulación que hizo en su mente para hacerle creer que su mano real le
apretaba las vías respiratorias. Los segundos pasaban y Reylan creía que podría matarlo.
Entonces, justo antes que cayera inconsciente, ella lo soltó y él cayó de rodillas, llevándose la
mano a la máscara como si pudiera ocultar el miedo que sentía.

Marvellas se acercó, inclinó la barbilla de Reylan y examinó su rostro con asombro.


— Debería haberte matado hace mucho tiempo —dijo, más para sí misma, como si
pensara en voz alta. Tal vez estaba reconsiderando sus planes, y sin importar lo que
significara para él, se convirtió en un alivio. Que lo que ella quisiera él lo haría, aunque le
costara hasta la última gota de poder conseguirlo. Siempre y cuando ya no necesitara a
Faythe.

Un trueno retumbó en lo alto con demasiada fuerza y una súbita alarma se apoderó por
completo de él. Su cabeza y la de todos los demás se inclinaron hacia el cielo.

Lo que vio Reylan le robó gravedad.

Faythe.

Inconfundible, increíblemente...

Su Fénix volaba.

De no ser por la fae oscura que se cernía paralela a ella en un enfrentamiento mortal
en el cielo, se habría regodeado en un momento de orgullo. Unas alas de feroz fuego rojo la
mantenían allí, pero incluso desde esa distancia vio el brillante destello dorado que se
expandía desde las palmas de sus manos. Reylan intentó levantarse, pero cuatro fae le
agarraron los brazos. Luchó contra ellos sin apartar los ojos de Faythe, invadido por algo
inexplicable que anulaba todo lo demás excepto el impulso furioso de ir hacia ella como
fuera. Ella necesitaba ayuda.

Se le cortó la respiración al verla enviar aquella brillante llamarada y luego ver toda la
carga de relámpagos púrpura que le respondía.

Cuando sus poderes se encontraron...

Una corriente estalló con la fuerza de un huracán, disparándose hacia abajo para hacer
temblar la tierra, retumbando con un estampido ensordecedor que hizo retroceder a todo el
mundo. Reylan se preparó justo a tiempo para que la fuerza hiciera caer al fae que lo sujetaba.
Continuó pulsando en oleadas de energía que le hicieron entrecerrar los ojos y levantar los
brazos. Marvellas se quedó de pie como si no lo sintiera, con la barbilla inclinada por la
incredulidad y el asombro mientras observaba cómo estallaba la batalla en el cielo.

Reylan pensó en aprovechar su distracción en su beneficio, pero con su siguiente


mirada a Faythe, lo que se apoderó de él en ese segundo fue una impotente sensación de
fracaso. No pudo hacer otra cosa que observar aterrorizado y agonizante cómo unas nuevas
alas salían disparadas hacia Faythe.

Maverick fue rápido y lanzó un dardo de llamas azules que alcanzó a Faythe por
sorpresa. La llamarada dorada y púrpura salió disparada hacia el cielo, y entonces ambos
estaban cayendo de aquella conexión cortada. Maverick voló imposiblemente rápido hacia
Zaiana, pero no le importó. Reylan se movió como si pudiera correr hacia ella, como si de
algún modo pudiera alcanzarla, aunque la imposibilidad de ese resultado le arrancó un grito.
Un fae intentó agarrarlo, pero él luchó, incapaz de aceptar la caída en picado que sellaría el
destino de Faythe. Vio cómo las alas rojas y llameantes se extinguían y cómo su Fénix caía y
caía.

Y no había nada que pudiera hacer.

Un grito estridente atravesó el cielo.

Mientras los fae aflojaban su agarre sobre él, Reylan solo se enderezó, rezando a los
malditos dioses para que lo que oía no fuera un conjuro desesperado de su propia mente.

Era la esperanza.

Una esperanza que se volvió ardiente, de una claridad abrasadora, cuando irrumpió
entre las nubes en una explosión de brasas. Reylan cayó de rodillas, suplicando que la llevara
lejos de aquí.

No luchó contra los fae que lo tomaron de los brazos; no le importó lo que estuvieran a
punto de hacer mientras lo sujetaban. Reylan vio a su Fénix elevarse y rezó a todos los dioses
olvidados para que Faythe viviera.
Capítulo 93
Faythe

Faythe sintió el calor del fuego del fénix como un lento despertar. Justo cuando más lo
necesitaba, el poder acudió a ella y la alcanzó. Sabía que era Atherius, había escuchado un
vínculo familiar que tiraba de su interior, pero no podía entender cómo era posible sentirla
pero no verla.

Hasta ahora.

Una vez cortada su colisión de poder con Zaiana, el agotamiento hizo inútil intentar
recuperar las alas imposibles que había conjurado del fuego del fénix. Se disiparon como
ascuas brillantes a su alrededor mientras ella cortaba el aire, belleza en sombría miseria.

Algo le gritaba desde dentro, tratando de alcanzarla.

Reylan, su nombre irrumpió en el estado de ensoñación en el que había entrado. Lo


único que pudo hacer fue pedir disculpas. Encontrar su final envuelta en la fuerza
destructora de almas de su terror se convirtió en la realidad más castigadora. Sólo su
desesperación por perdonarle la vida la hizo dirigir sus últimas fuerzas a cerrar aquel lazo
lejano.

Faythe lo concentró todo ahora en invocar otro vínculo como última esperanza.

Última oportunidad.

Última salvación.

Suplicó que la salvara, aunque sólo fuera para poder volver con él.

El aire salió despedido tras el impacto, pero el aterrizaje no fue tan implacable como
ella esperaba. Se inclinó hacia abajo y se hundió en una suavidad sorprendente.

Faythe obligó a su cuerpo a girar, a sus brazos a tensarse y a sus manos a aferrar con
fuerza las plumas de seda.

Atherius la había atrapado.


Mientras entraba y salía de la conciencia, Faythe no podía rendirse. El Pájaro de Fuego
se alejó de la ciudad y Faythe no estaba segura de adónde pensaba ir.

—Llévame de vuelta —dijo Faythe en voz alta, su voz apenas audible, pero de todos
modos no era la lengua común con la que se comunicaba. Ajustó su posición para sentarse,
tomándose un segundo para respirar completamente asombrada ante las vistas, el aire
azotándola mientras se aferraba a las plumas rojas de Atherius y veía las brasas viajar a su
alrededor desde las largas volutas de la corona del ave. Impresionante. Emocionante. Por un
segundo, el infierno que llevaba dentro se extinguió. El veneno se apagó y Faythe expresó su
gratitud a Atherius por el alivio temporal.

Su agarre se tensó junto con la pinza de sus piernas cuando Atherius se sumergió antes
de girar lentamente en un elegante planeo.

La mitad destruida de la ciudad exterior se expandió bajo ella y la realidad de Faythe


volvió en sí. Atherius descendió en picado hasta el lugar exacto donde Faythe necesitaba
estar, pues tenía que pedirle una última cosa al Pájaro de Fuego antes de marcharse.

Atherius inclinó la cabeza hacia atrás y Faythe se estremeció cuando el grito del pájaro
de fuego hizo temblar el suelo. Sus ojos se aguijonearon, anegados en pena mutua y oleadas
de dolor punzante. Faythe no pudo volverse hacia el cuerpo de su padre. En lugar de eso,
sollozó por el dolor que recorría cada centímetro de su cuerpo, por dentro y por fuera,
mientras se agachaba para recuperar la Espada de Ascuas.

—Llévatelo —susurró Faythe—. Llévalo a algún lugar pacífico. Donde los Pájaros de
Fuego encontraron la paz, para que pueda volar con ellos.

Poderosas ráfagas pasaron junto a ella, esparciendo llamas por el suelo manchado de
sangre. Se sintonizó con el fuerte batir de las alas, confiando en que Atherius sabría
exactamente dónde llevar el cuerpo de Agalhor, y que lloraría, al igual que Faythe, la pérdida
de uno de los gobernantes más poderosos, justos y bondadosos del nombre Ashfyre.

Faythe permaneció inmóvil hasta que el viento se calmó y la lluvia dejó de caer. El
cansancio empezó a invadirla, pero no había terminado. Reylan. Le necesitaba. Era lo único
que la impulsaba a dar pasos pesados contra la amenaza de desmoronarse en nada más que
escombros de casas, puestos, patios de recreo... lugares seguros.

Una gravedad sin profundidad la atraía, una gravedad que podía hacerla olvidar los
jirones de su corazón. Una que pudiera enfriar el infierno que ardía en su interior mientras
la Piedra de Hechicero corría lentamente por su sangre, infundida de pequeñas agujas.
Intentó con todas sus fuerzas seguir adelante, pero sus rodillas se tambaleaban y cedían,
resquebrajándose contra la piedra, aunque apenas lo sintió. Su visión iba y venía, y sólo veía
ascuas borrosas que llovían como estrellas entre los escombros.

Tenía que llegar al castillo. Tenía que encontrar a Reylan y decirle...


Dioses, ¿cómo iba a contarle la muerte de Agalhor? Una parte de ella estaba insensible
a la verdad. Recitó las palabras en su mente, pero su garganta se estrechó contra la mentira.

Está muerto.

El que en cierto modo era más padre de Reylan por vínculo, no por sangre.

Con un grito, Faythe se obligó a ponerse en pie. Tenía que seguir adelante. Agarró con
fuerza la empuñadura dorada de la Espada de Ascua, apenas capaz de levantar su poderoso
peso. Lo único que podía hacer era arrastrarla. El metal raspó la piedra cuando empezó a
caminar de nuevo, dándole algo en lo que concentrarse para mantenerse consciente y seguir
avanzando.

Agalhor Ashfyre está muerto.

Seguía intentando creerlo, aceptarlo.

El Rey de Rhyenelle está muerto.

En medio de todo lo que había sido invadido y profanado, éste era el colapso final. Su
salvador, su líder, su esperanza... todo había desaparecido.

Paso. Arrastre. Paso.

Me pregunto a quién elegirás.

Una chispa de incredulidad la golpeó.

Arrastre. Paso. Arrastre.

Pausa.

O quizá llegues demasiado tarde para salvar a alguno de los dos.

Las palabras del Dresair.

Faythe había sido una tonta. Una maldita tonta por no haber visto el truco. Al entregar
el dispositivo al espejo, había recibido lo que dijo que no quería. Envuelto en una retorcida
burla, el conocimiento estaba allí.

Esta noche. Su elección.

Y había elegido mal y ahora corría el riesgo de perder a ambos.

Faythe estaba a punto de caer de nuevo cuando algo grande se acercó a ella. La pantera
negra le resultó algo familiar y, con un rápido traqueteo por su mente, casi lloró de alivio.
Izaiah no retrocedió; su gran cabeza la sorprendió al tropezar hacia delante, y ella no
necesitó más persuasión antes que él bajara lo suficiente para que ella se agarrara a lo que
pudo de su liso pelaje y se subiera torpemente a su espalda. Su cara se hundió en él,
aferrándose con fuerza mientras él echaba a correr. Faythe empezó a llorar de nuevo, sin
saber cómo contarle a nadie lo que había ocurrido. Todavía tenía marcada la imagen de su
padre yaciendo tan inmóvil que le dolía la imposibilidad de invertir el tiempo.

Sólo tenía que llegar a Reylan.

—Espero que puedas oírme, Faythe.

Su conciencia se nubló. No estaba segura que el eco de la voz de Izaiah fuera real.

—Dioses, eso espero. Necesito que sepas que lo siento, que este es el único camino, y que
lo sé desde hace tiempo.

Nada tenía sentido, pero una parte de ella sabía que esas palabras eran importantes.

—Dile a Kyleer, que por una vez en nuestras vidas, estuve un paso adelante.

Kyleer. Faythe volvió a derrumbarse. ¿Cómo podía decirle a Izaiah que tenía razón...
que su hermano había sido víctima de la belleza que lo atrajo como cebo? Su cabeza palpitaba
con tanta pena y agonía que quería ceder a los barridos de la oscuridad y no despertar jamás.
Lo único que le impedía hacerlo era un destello de plata y zafiro.

Cuando cesaron los empujones, volvió a alarmarse. Faythe se desprendió de Izaiah y él


se movió justo a tiempo para atrapar su cabeza antes que chocara con la piedra. Su rostro se
arrugó al encontrarse con unos ojos verdes que le eran familiares. Abrió la boca, pero no
pudo decirlo. Nada de eso. Se aferró a todo aquello como a una pesadilla implacable e
insondable de la que aún podía despertar.

—Te pondrás bien —dijo Izaiah en voz baja, ayudándola a levantarse.

Se estremeció contra él cuando la rodeó con sus brazos.

Entonces todo el cuerpo de Izaiah se tensó.

—No quieres darte la vuelta. Por favor, dime que no lo harás —dijo Izaiah.

Faythe trató de retroceder, pero él le apretó los brazos.

El gemido de dolor procedente de detrás de ella le apretó las tripas, erizándole el vello
de la nuca. En su interior se encendió una furiosa urgencia y, a pesar de su fuerza, Faythe se
apartó de Izaiah. Pero lo que vio hizo que su boca se entreabriera en un grito silencioso. Vio
cómo se alzaban dos puños que volverían a caer sobre Reylan: Reylan, que se había rendido
de rodillas, ensangrentado y golpeado, mientras dos fae le sujetaban los brazos extendidos.
Faythe gritó entonces, entre un grito para que se detuvieran y un rugido de ira. Ante
otro golpe, se tambaleó, pero Izaiah la atrapó. Faythe luchó contra él, buscando en lo más
profundo cualquier destello de magia, pero sólo le respondió una risa oscura. Su piel estaba
muy caliente, su mente agotada, y la Magestone finalmente anuló lo último que podía sentir.
Sabía que su magia estaba ahí, pero era incapaz de hacerla brotar. Lo único que necesitaba
era una pequeña brasa, y una parte desesperada de ella creía que se burlaba de ella, que
crecía y se consumía justo antes que pudiera alcanzarla.

Gimoteó y se hundió en los brazos de Izaiah.

Faythe vio a un hombre con una máscara negra y se estremeció al verlo, ya que lo había
visto antes. Se había preguntado quién era el que los había rastreado, si era real, pero ahora
era tan claro, tan obvio, que Faythe se sintió fracasada por no haberlo descubierto antes.

Era Evander, el tío de Reylan. Su encuentro en el pueblo...

Destellos de memoria le hirvieron la sangre, y ahora todo tenía sentido.

Una rabia blanca brilló en su visión, y estaba a punto de coger su espada para acabar
con él a pesar de todas las barreras físicas que la frenaban.

Hasta que una voz detuvo su lucha.

—Faythe Ashfyre.

La sedosa pronunciación de su nombre le arrancó los ojos de Reylan, que no levantó la


vista. Cuando Faythe encontró la fuente, fue como si una respuesta que había buscado
durante una eternidad brillara como un faro ante ella. Un faro que incendiaba toda
misericordia y alcanzaba una oscuridad impenetrable en su interior.

—Marvellas —respiró, más para sí misma que para saber que podía hablar.

Saber que esto era real.

—¿O debo decirles a todos quién eres realmente ya que en tu cobardía no puedes?

Faythe casi se dobló al sentir el malestar en sus entrañas.

—Por favor.

—Yo te enseñé mejor, Aesira.

Ese nombre se convirtió en una llave que Faythe no sabía que había estado buscando.
Oírlo en voz alta la situó en un pasillo con tantas puertas que no sabía por dónde empezar.
Cada una de ellas conducía a una vida que no sabía si quería recuperar.
Aesira conocía a Marvellas. Lo que le vino a la mente, pero que inmediatamente quiso
expulsar... fue que una vez, aquel fae podría haber albergado un retorcido amor por ella. Pero
en esta vida, Faythe había esperado durante mucho tiempo que Marvellas no fuera más que
una fábula, un fantasma.

No la pesadilla de su pasado.

—Te he estado buscando —El tono de Marvellas se volvió tan cálido, inesperadamente
suave, mientras avanzaba a pasos lentos como si se preguntara lo mismo: si Faythe era real—
. Entonces allí estabas en High Farrow. Con qué astucia te ocultó tu madre, pero te revelaste
ante mí porque no se puede luchar contra el destino. Lloré tu sacrificio sin importar cuánto
tiempo tuve que prepararme para ello. No importa que te despreciara por tu traición hace
mucho tiempo. Entonces mi hermana te trajo de vuelta, tan inesperada y poderosa, y le
agradezco ese regalo. Tú y yo, junto con Dakodas... te engañarías si no vieras la alineación de
un gran destino.

Faythe no podía respirar.

—Tú me la trajiste —Marvellas desvió su mirada dorada hacia Izaiah.

No. Izaiah no había sabido a quién se iban a enfrentar. Él no...

—Sólo para que vea lo que está en juego si planea luchar.

Un zumbido llenó sus oídos: un intento de bloquear las palabras, cambiarlas,


arreglarlas. Estaban equivocadas. Muy equivocadas, y Faythe estaba cayendo en un pozo sin
fondo de desesperación. No podía sujetarse para evitar caer en picado.

Izaiah la soltó y, sin ningún apoyo, Faythe cayó de rodillas. Lo único que podía hacer
era mirar a Reylan a través del patio de piedra, preguntándose cómo habían llegado hasta
aquí cuando habían estado tan cerca de tenerlo todo.

—Lo siento mucho —envió a su mente en su dolor absoluto. Todo era por su culpa.
Mucho de lo que había sufrido era por su causa, y ella debería haberlo liberado, pero en lugar
de eso, lo había anclado a ella una vez más.

Izaiah se acercó a Marvellas e inclinó la cabeza.

—Espero que me aceptes de tu lado.

La incredulidad no era suficiente para lo que le salía del pecho.

—Muy bien. —Una sonrisa triunfante sonó en su voz.

Faythe no levantó la vista; no apartó la mirada de la dura mirada de rabia mezclada con
dolor en el rostro de Reylan. Rastreó cada marca en él: el corte a lo largo de la mandíbula, la
hemorragia del labio, el hematoma que se formaba en la sien. Faythe lo memorizó todo para
la venganza que desataría.

Él seguía vivo. Ella seguía viva. No era el final.

Izaiah fue a colocarse junto a Malin en el pórtico. Su primo estaba a punto de sonreír
ante su desesperado estado. Ella no sentía nada. Su mirada se fijó inmediatamente en Jakon
y Marlowe.

Se había acabado. A Faythe no le quedaba nada. No le quedaba nadie.

—Dime que no son ellos —dijo negando.

El Espíritu rio con suave diversión.

—Lo creas o no, no tengo influencia en ninguna de sus mentes. ¿Qué te parece que
mientras tú sigues en tu rebeldía, los que te importan hayan elegido creer en mi visión de
este mundo mejor?

—¿Reuben? —se atrevió a preguntar—. ¿Todo este tiempo?

—Sí, Faythe. Me lo ha contado todo. Y fuiste tú quien lo envió directamente a mí, ¿lo
recuerdas?

Lakelaria.

Faythe deseaba despertarse en la cima del castillo de Rhyenelle, después de haberse


dormido en los brazos de Reylan, los dos tumbados allí en aquel trozo de hierba oscuro que
parecía haber sido plantado especialmente para que pudieran pasar aquella noche mirando
las estrellas, presenciando su primer cometa de muchos. Como gobernantes, juntos. La
perspectiva de ese futuro se derrumbaba a su alrededor como los fragmentos rotos de todo
lo que podría haber sido.

—Te oí ahí fuera, ¿sabes? —dijo Marvellas, su voz baja y personal, hablando... como si
le importara—. Dijiste que él era todo lo que te quedaba. Pero eso no es verdad. Me tienes a
mí.

La oleada de dolor al ver cómo le devolvían su última súplica hizo que Faythe inclinara
la cabeza. Marvellas no necesitaba acero, ni armas, para saber cómo golpear más hondo.

Marvellas volvió a su mente para decir:

—Siempre me tendrás a mí, Aesira. Yo te creé.

Con la rabia que la invadía, encontró la voz suficiente para sisear:

—Ese no es mi nombre. Y lo único que has creado es tu propia perdición.


La suavidad se convirtió en oscuridad tan rápido que daba miedo. Marvellas sólo miró
hacia atrás, dando una pequeña inclinación de cabeza a un fae oscuro que tenía
posicionamiento para golpear a Reylan de nuevo.

—¡Detente! ¡Por favor, por favor ¡detente!

Marvellas levantó una mano. Faythe extendió las palmas de las manos en el suelo,
temblando violentamente, con la mente acelerada, mareada por pensamientos sobre cómo
podría sacar a los dos vivos de aquella situación. Era fácil creer, envueltos en la dicha del
otro, que lo que tenían era inquebrantable. Intocable. Que lo que se había forjado entre ellos
podía desafiar cualquier cosa. Pero todo era una ilusión por el subidón de estar borracha de
él. Su olor, su sabor, su poder, que siempre zumbaba y se entrelazaba con el de ella cuando
él estaba cerca, como si estuviera lista para conquistar el mundo.

Sin embargo, habían sido sorprendidos, emboscados por las fuerzas que los rodeaban,
y su vínculo no era suficiente.

Lo único que importaba era protegerlo.

Faythe se alegró entonces. Se alegró que su vínculo de apareamiento incompleto


permaneciera protegido para que el Espíritu de las Almas no pudiera romperlo. Ahora era
una promesa a la que se aferraba con una nueva reverencia; una voluntad feroz y la
determinación de poner fin a la guerra sin importar lo que tuviera que hacer, aunque solo
fuera para que pudieran tener lo que les habían robado.

Si eso la hacía egoísta, si tenía que quemar el mundo para conseguirlo, que así fuera.

—Iré contigo —dijo Faythe derrotada—. Déjalo ir.

—No —gruñó Reylan.

Levantó la vista a tiempo para verlo derribar al segundo fae que lo sujetaba. Reylan se
movía tan rápido y poderoso, luchando por ella, pero eran demasiados. Faythe sollozó,
suplicando que se detuviera. Que dejara de luchar y le permitiera hacerlo. Su mundo se partió
en dos al saber que él nunca lo haría. Hasta el final, él lucharía por ella.

—Diles que dejen de hacerle daño —suplicó.

Marvellas no dijo nada. Lo patearon y lo golpearon hasta que lo volvieron a poner de


rodillas, y cada mano que le ponían encima la sentía como una marca en ella. Su rabia y su
venganza no pudieron hacer nada contra la derrota. No pudo alcanzarle.

De repente, todos se atragantaron ante el despliegue de magia de Marvellas. Faythe


observó cómo Marvellas invadía sus mentes al apoderarse de todos ellos sin esfuerzo y se
dio cuenta que ya lo había hecho antes. No era más que un producto de la entidad maligna
que tenía delante. Ni mejor ni peor.
—Esta vez no es suficiente —dijo Marvellas—. ¿Por qué dejarlo ir cuando tengo la
oportunidad de liberarte de una vez por todas? De devolverte los recuerdos que teníamos, la
vida en la que éramos felices. Antes de él. Él no dejará de interponerse, y tú no dejarás de
querer ir con él. Ahora veo lo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Cuando acabe
con ambos, será como si nunca se hubieran conocido.

El pavor se enroscó en el estómago de Faythe. Sus ojos se cerraron durante unos largos
segundos, pero encontró la voluntad para separar los labios. Cualquier otra cosa... habría
aceptado cualquier castigo o sacrificio menos sus recuerdos de él, que reunió de nuevo y juró
devolver a los dos de algún modo.

—No tendrás que hacerlo. Seré tuya, no me resistiré. Por favor. —Faythe se puso en
pie, se secó las lágrimas y respiró hondo con valor y fuerza. Por él. Él hizo que la elección
fuera fácil.

En cuanto dio el primer paso, el humo la rodeó y gritó al sentir el agarre que la rodeaba
por el centro.

—Esta vez no, Faythe.

Jadeó al oír la voz, olvidándose momentáneamente de todo por el alivio y la alegría.

—Estás vivo —exhaló. Le tembló el labio, necesitaba verlo.

Faythe torció la cabeza cuando él no la soltó, y el ceño de Kyleer se pellizcó con la


liberación de su agudo sollozo. A pesar de todo, aquello era un regalo. Kyleer se había
convertido en alguien sin quien no podía imaginar un mundo.

—Ambos lo estamos. Y como el Infierno vamos a salir de aquí —dijo.

Faythe negó con la cabeza.

—Tienes que dejarme ir.

—No va a suceder.

Aliviada que estuviera vivo, pero molesta por la forma en que había decidido intervenir,
Faythe intentó zafarse de su agarre. Kyleer permaneció inflexible, y el pánico de Faythe
comenzó a aumentar con su súplica, sabiendo que en cualquier momento él podría sacarla
completamente del patio con su habilidad de Transporte de Sombras. Volvió a girar hacia
Reylan con una desesperación frenética que la hizo revolverse contra Kyleer, luchando
contra él. No podía irse.

Ella no dejaría a Reylan.

—¡Suéltame! —Lo canturreaba una y otra vez, con la ansiedad retumbando en sus
oídos hasta anular todo lo demás.
—Escúchame, Faythe. Sólo un momento.

Y así, la suave voz de Reylan en su mente silenció el mundo.

—No tuvimos suficiente tiempo en esta vida. Ni siquiera cerca. Pero hay otra, tal vez
infinita, en la que tendremos ese tiempo. Sin guerra ni conflicto; sin corona ni nombre. Prometo
estar a tu lado. Siempre.

Sollozaba, aún tensándose contra el agarre de Kyleer, pero escuchaba.

— Ve con él, mi Fénix. No has terminado de volar. Te amo. Desde hoy hasta el fin de los
días. Dímelo.

Nunca hubo una agonía más impotente que desgarrara su alma. Sacudió la cabeza. No
podía... No podía decir esas palabras.

—Por favor —gimoteó, pero ya le pesaba la derrota—. No dejes que se lo lleven.

Los gritos de la ciudad asustada volvieron a sus sentidos. El olor a ceniza y devastación
impregnaba el aire. Pero sólo sus palabras bastaron para invocar alguna reacción en su
desesperación.

—Dímelo —volvió a intentar, tan suave y calmado que resultaba insoportable. Pero en
aquellos ojos de zafiro suplicaba la necesidad que ella lo oyera.

—Te amo —le dijo en su interior. Contra todas las protestas que apretaron sus labios
ante la finalidad de las palabras, Faythe le selló una nueva promesa—. No dejaré de
encontrarte. Hasta el fin de los días.

Por un segundo, el alivio en su rostro valió la pena el vacío que se abrió en lugar de su
corazón.

Entonces llegó la orden final de su feroz y abnegado guerrero.

—Sácala de aquí, Ky.

Estaban tan cerca de tenerlo todo, de tenerse el uno al otro de todas las formas
perfectas y completas. Y ahora lo que los había unido se destruía y desgarraba, y Faythe se
sentía impotente para desafiarlo.

Esto no puede estar pasando.

Se le resbaló la empuñadura de la Espada de Ascuas y Kyleer la tomó.

—Junto con Agalhor, tu reinado ha terminado, Faythe —las palabras de Malin hicieron
aflorar una ira, una determinación, tan omnímodas que le robaron la lucha física. Enderezó
su porte, inmovilizando a su primo con una promesa que unió a la misma tierra.
Faythe se separó de Kyleer para mantenerse erguida.

—Aún no has vislumbrado mi reinado, pero no es una corona que debas temer que
caiga en mis manos. —Su grito resonó en el patio, calmando a todos para que pudieran
oírla—. Haré llover las estrellas para que nunca sueñes con ellas. Haré llover fuego de Fénix
para que todo lo que construyas se convierta en cenizas. Y haré llover el poder del nombre
Ashfyre para vengar el linaje que traicionaste. Estás mirando a la cara de tu miedo más
profundo, Malin. Porque cuando acabe contigo —su pecho se hinchó con una promesa tan
definitiva, palabras que sonaron como una declaración de los dioses—, me lo entregarás
todo.

Faythe lo selló todo con la mirada que le clavó. Luego, con cuidadosa atención, miró a
Marvellas, que permanecía atónita y encantada. Dakodas parecía odiosa y aburrida. Dejó que
descifraran lo que querían de ella. No importaría cuando ella también acabara con ellos.

A quienes no podía soportar ver era a sus amigos, incapaz de presenciar cómo se
ponían del lado de su enemigo con el temor que su máscara se desmoronara.

Faythe sintió el leve roce de las sombras que empezaban a alcanzarla. El instinto luchó
primero contra ella. Su rostro se arrugó. Entonces, en su interior... se encendió su llama. Era
una débil llama de magia, y sin pensarlo Faythe la alcanzó antes que pudiera apagarse de
nuevo.

El pánico hizo que el tiempo se le escurriera entre los dedos como arena. El oro se
encontró con el zafiro, y ella les prometió a ambos que no sería la última vez. Reylan seguía
de rodillas, rendido, y cuando el abrazo de la habilidad de Transporte en la Sombra de Kyleer
empezó a invadirla, se sobresaltó cuando el puño de Evander conectó con la cara de Reylan
para romper su mirada. Su boca se entreabrió con un grito silencioso de horror cuando lo
sorprendió descargando otro, y luego otro.

Faythe cedió a la familiar atracción de la magia, envolviéndose en sus sombras antes


de saber cómo lo hacía. Sólo su poder respondió a su última y agonizante llamada.

Cuando el suelo se formó bajo sus pies un latido después, no lo sintió. Lo único que
Faythe sabía era que tenía la mano en la garganta de Evander.

Apretando. Aplastando.

El fae que tenía en sus garras no podía luchar porque también se había apoderado de
su mente. Todo se convirtió en una mancha blanca de furia ardiente, y ella no supo quién era
en ese momento mientras algo más se apoderaba de ella. Su piel se fundió con el resplandor
dorado de la palma de su mano y Faythe le quitó la máscara para revelar al monstruo, sólo
para ver cómo se encogía y se convertía en el lamentable macho que era en sus últimos
momentos de terror.

Las cicatrices que dibujaban su rostro la deleitaron. Las marcas del castigo de Reylan.
—Ahora lo recuerdo —dijo con una fría sensación de calma—. No todo, pero recuerdo
esto. Mi promesa, aunque nunca llegaste a oírla.

Consiguió arañarle la mano, pero ella no sintió nada, mirando fijamente unos ojos
azules tan llenos de odio que sabía que nada cálido se había descongelado. Él no habría
dejado de perseguir su terror. Su venganza hacia Reylan nunca habría terminado, y eso hizo
que su acto fuera fácil de asumir.

Ella lo disfrutaba. El poder. Su lucha. Le producía placer. Esta oscuridad que había
sentido antes, pero que nunca había abrazado tan libremente como para convertirse en ella.
El corazón de Faythe latía entre sombras de negro, y ella lo abrazó, deseando que su mano le
hiciera daño. Apretó con más fuerza.

La asfixia cesó. Sus manos se soltaron. Faythe lo soltó unos segundos después, y él cayó
al suelo.

Evander estaba muerto.

Quizá algún día miraría atrás y se horrorizaría de lo fácil que le había quitado la vida.
Pero ahora mismo, sabiendo que esas manos no podrían volver a lastimar a Reylan, todo lo
que Faythe podía sentir era alivio.

Sabiendo que sus segundos eran preciosos, cayó de rodillas, tomando el rostro de
Reylan entre sus palmas, aunque él seguía aturdido en su estupor.

—Espero que me perdones —susurró, sosteniendo aquellos ojos de zafiro con tanta
convicción—. Quiero devolvértelo todo.

—Faythe... —Él pronunció su nombre, pero ella no podía estar segura de qué emoción
era la más dominante en él. Agonía, shock, asombro, terror. Luego una rabia asombrosa—.
Estás herida...

Los labios de Faythe se pegaron a los suyos y se alejó con él, anulándolo todo. Le tocó
los hombros mojados por la lluvia, el pecho, bajó las manos por su brazo hasta deslizar el
metal de su muñeca por la de él. Él le sostuvo la cara con ternura. Faythe se encendía con
cada roce que podía robarle y deseaba que los segundos quedaran suspendidos como
minutos. De minutos a horas. Deseó que el tiempo fuera una fuerza que pudiera combatirse
y revertirse, pero lo único que hacía era burlarse de su fantasía.

—Tomen a ambos —ordenó Marvellas.

Dakodas se acercó, y Faythe sollozó mientras sus sombras alcanzaban a Reylan.

—Déjame ir —dijo en voz baja.


Ella negó con la cabeza, pero él le tomó las muñecas, separándolas de su alrededor
cuando un nuevo brazo se enganchó alrededor de su cintura y ella sintió el tirón del
transporte.

No con él. Lejos de él.

No apartó los ojos de Reylan. Miseria no era una palabra lo bastante grande para
describir lo que le destrozaba el corazón, el alma, mientras las sombras de Kyleer
serpenteaban a su alrededor y los engullían en un abrir y cerrar de ojos. Con un último
esfuerzo, puso todo lo que tenía en el vínculo. Estaba incompleto, pero ella le había oído en
otro reino, y lo único que podía hacer era creer que él la había oído ahora mientras ella no
dejaba de repetir su promesa para que él no dejara de recordarla.

Te encontraré.

Mientras su cuerpo era transportado por las sombras, no percibió el movimiento. No


anhelaba la luz en la oscuridad que la envolvía. Porque cuando se dispersara, él no estaría
allí.

Se lo habría perdido si hubiera permitido que sus párpados se cerraran.

Todo se aquietó con la misma rapidez brutal y, cuando aflojó la fuerza que la sujetaba,
la gravedad tiró de ella hacia el suelo.

Frío, entumecido.

Sus ojos no se habían movido ni un ápice de donde los había mantenido clavados en su
compañero tanto tiempo como había podido. El fantasma de la imagen de Reylan se
desvaneció rápidamente, sólo para ser reemplazado por un bosque oscuro y sin profundidad.
Ante ella había cuerpos de madera en lugar de carne. El silencio contrastante resonaba en un
tono alto, tragándose los ecos del acero y los gritos.

No sabía adónde los había llevado Kyleer.

Yo maté a Evander.

No le importaba. Faythe volvería a hacerlo. No había hecho nada para aliviar sus
destellos de ira ardiente que aún la atormentaban con la imagen de sus manos golpeando a
Reylan. De repente, estaba enfadada consigo misma por haberlo matado tan rápido.

Se le saltaron las lágrimas mientras luchaba por aceptar todo lo que había sucedido.

Contra todo pronóstico, quería enfrentarse a ellos, sólo para estar a su lado.

—Tenemos que volver —susurró. ¿Cómo había podido dejarle?

—Faythe...
Cuando por fin levantó la cabeza hacia él, Kyleer hizo una mueca ante su rostro
apesadumbrado.

—Lo abandonamos. ¿Qué va a...? —Faythe no pudo terminar la frase. Las náuseas la
invadieron en una fuerte oleada que la hizo apoyar las palmas de las manos en el frío suelo
del bosque. Las astillas de madera se le clavaron en la piel; las rocas le cortaron las palmas
al apretar tan fuerte, pero al parecer no lo suficiente.

Estaba débil. La Piedra de Hechicero rugía, y ella tenía que decírselo a Kyleer, sin saber
si podría matarla, porque eso no podía pasar. No hasta que lo encontrara. Faythe se frotó la
muñeca, tan acostumbrada a hacer girar el amuleto -el ojo del Fénix-, pero estaba desnuda.
Su mirada se dirigió a Kyleer, que sostenía la Espada de Ascua. Al ver que la miraba, se
adelantó para tendérsela, pero Faythe negó con la cabeza.

—No es mía.

—Por derecho lo es. Él hubiera querido que la tuvieras.

—No. —Había sido su última esperanza, y rezó para que la historia de Agalhor sobre la
piedra de rubí fuera cierta—. Nos llevará a él.

—Lo siento —dijo Kyleer, tan destrozado como ella—. No era lo bastante fuerte para
probar mi habilidad en el reclamo de Dakodas, y tuve que llevarte...

—No es culpa tuya —dijo Faythe en voz baja. Metió la mano en un pequeño bolsillo
oculto de sus cueros y gimió al sentirlo, tan abrumada por la gratitud que había decidido
llevárselo consigo en el calor del momento. Sus ojos se posaron en el puño cerrado. A pesar
de la agonía, lo abrió para ver la mariposa de madera que había tallado Reylan, cuya imagen
empezaba a desdibujarse. Luego torció la mano para ver el anillo que era una promesa
forjada hacía tanto tiempo.

—Lo intenté —dijo en voz baja a través de los dientes apretados, no con dolor ni
tristeza, sino con una ira tan intensa que le hizo vibrar todo el cuerpo. Volvió a cerrar el puño
alrededor de la talla—. Intenté ser buena. Ser mejor. Ser justa. Ser amable. Pero se lo llevaron,
y veo... que esas cualidades no son las que ganarán esta guerra. —Lo que la invadió fue algo
que ya había sentido antes; algo con lo que había luchado—. A veces hay que combatir el
fuego con fuego —susurró, oyendo aún los gritos de la ciudad, saboreando la ceniza en el
aire—. Fuego con fuego.

Lo habían matado, a su padre. Mataron al Rey Agalhor Ashfyre.

Faythe se balanceó hacia delante y hacia atrás, repitiéndolo mientras el ámbar


destellaba en su visión, quemando a los inocentes. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Las lágrimas resbalaron por su rostro, sobre sus orejas. Las palmas de sus manos se
calentaron en respuesta a su dolor, pero éste se apagó, la Piedra de Hechicero adormeció lo
que podía desatar.
—Podría matarlos a todos y no me arrepentiría de ello. Podría encontrar a todos los
que le hicieron daño, y no sólo les haría daño: les haría suplicar por la muerte mientras los
pongo a sus puertas. —Entre destellos de las manos que le golpeaban... Faythe respiró con
calma. Abrió los ojos y giró la cabeza hacia Kyleer, que la observaba atentamente—. Dime
que soy un monstruo, que mi venganza sería inmoral. Dime que no soy mejor que ellos.

Las líneas de su rostro se volvieron firmes, sus segundos de silencio tensos y pesados.
Luego dio unos pasos hacia ella y le tendió una mano.

—No puedo, porque pienso seguirte, sin importar el rumbo, para recuperarlo. Y para
vengar a Agalhor.

Faythe encontró la voluntad para aceptar la palma de su mano cuando se levantó, y se


miraron con fría determinación.

—Lo haremos, y lo haremos juntos, cueste lo que cueste. Si no mejor, peor.

Faythe se balanceó y Kyleer la tomó en sus brazos.

—Piedra de Hechicero —ronroneó ella.

Kyleer maldijo.

—Vamos a conseguirte ayuda. Resiste.

Faythe lo haría. Por él -por Reylan- lucharía porque había hecho una promesa. Sus luces
se apagaron, sus piernas fueron barridas de debajo de ella, y luego fue acunada por el calor
de Kyleer.

Faythe Ashfyre selló la promesa una última vez antes que la oscuridad la reclamara en
otro aplazamiento temporal de su corazón destrozado...

Te encontraré.

La historia continuará.
Un proyecto traducido en
colaboración por…

También podría gustarte