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Movimiento Lectura

Este documento discute la importancia de vivir una vida de fraternidad y servicio a los demás como laicos siguiendo el ejemplo de Jesús. Vivir así transforma nuestras vidas en un testimonio de amor para Dios y para nuestros hermanos. También explora cómo María Magdalena y las primeras discípulas mujeres fueron testigos de sororidad y fraternidad al reconstruir la comunidad después de la resurrección de Jesús.
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Este documento discute la importancia de vivir una vida de fraternidad y servicio a los demás como laicos siguiendo el ejemplo de Jesús. Vivir así transforma nuestras vidas en un testimonio de amor para Dios y para nuestros hermanos. También explora cómo María Magdalena y las primeras discípulas mujeres fueron testigos de sororidad y fraternidad al reconstruir la comunidad después de la resurrección de Jesús.
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Mística, profecía y testimonio están íntimamente entrelazados en la trayectoria de

quien acoge el llamado de Dios, abriéndose amorosamente a la voz que pide a la


mujer y al hombre: “Sal de tu tierra y vete…” (Gen 12).

En fin, ser laico en el mundo de hoy se constituye en un ejercicio continuo en la


búsqueda de transformarse en sembradores de la fraternidad universal, única
medicina capaz de curar las heridas provocadas por el egoísmo. “

Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que
realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística,
contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a
Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose
al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los
demás como la busca su Padre bueno” (EG 92).
Un esfuerzo constante para vivir así, se transforma en un hermoso retrato de lo
que significa hoy la experiencia de vivir la vida en total libertad para Dios y para
las/os hermanos.

Es testimonio de amor y alegría de quien descubre la belleza de vivir, no para sí, sino
para las otras/os, abiertos al totalmente Otro, que es Dios.

Discernimiento. La Utopía del Reino nos invita a desear y pedir el modo de ser, estar y
hacer profético de las mujeres y discípulos de la primera comunidad cristiana. A buscar
con su misma fuerza e intrepidez “dónde” está Jesús y “cómo” permanecer todos
junto a Él.

Al morir Jesús, la comunidad de discípulas/os entró en una profunda noche de


desconcierto, con riesgo de disgregarse. María Magdalena, mujer del alba, rompe la
noche buscando a Jesús, queriendo recuperar a quien los reunió en comunidad. María
necesita saber “dónde” encontrar, al menos, el cuerpo de Jesús. Lo manifiesta en su
diálogo con los ángeles y con Él mismo (Jn 20, 13.15). Hay toda una teología
alrededor del “dónde” en el Evangelio: “¿Dónde moras?” (Jn 1, 38) “¿A dónde vas?” (Jn
14, 5). Precedida por el “¿Dónde está tu hermano?” (Cfr. Gen 4), con el que Dios nos
invita a volver la mirada hacia la otra/o. “Dónde” no se refiere a un espacio geográfico
sino a la unión interior con Jesús presente en la hermano.

El Resucitado invita a María a no retenerlo y le revela “dónde” encontrar su Cuerpo. La


envía desde su nuevo modo de presencia resucitada a reconstruir los vínculos de la
comunidad: “Ve a mis hermanos y hermanas y diles que voy a Mi Dios que es el Dios de
ustedes” Es la primera vez que utiliza la expresión “hermanos y hermanas”, resaltando
la soro-fraternidad en el envío. Serán María y las demás mujeres, “las Mujeres del Alba
del Cristianismo” siempre y en todo, testigos de soro-fraternidad, prestando su hogar a
la Iglesia local como Ninfa (Col 4, 15), siendo compañera de cárcel de Pablo como Junia
(Rm 16, 7) o bien colaborando hasta ponerse en riesgo como Prisca, con quien la
Iglesia tiene una deuda de gratitud (1 Cor 16, 19; Hch 18, 26; Rom 16, 3-5).

Es hora de acoger la fuerza de la Resurrección y “formarnos para ser siempre y en todo


testigo de fraternidad”:

 Ubicándonos desde la lógica de la contemplación del lugar donde estamos y la


inclusión de la diversidad;
 Impulsando la conversión que nos situé en condición de hermanas/os y
discípulas/os, en camino con nuestro pueblo;
 Revisando estructuras y modos de asumir la misión (personal, comunitario,
congregacional, local, continental).

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