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Yerba Santa

Este relato cuenta la historia de Manuel, un joven que vivía con la familia Valdelomar en Pisco, Perú a principios del siglo XX. Manuel había sufrido el abandono de su padre y ocultaba un amor no correspondido que lo atormentaba. Un día, después de cantar una canción triste sobre su amor perdido, Manuel se puso muy enfermo y fue enviado a vivir con su madre en Ica. Más tarde, la familia se enteró con tristeza que Manuel se había suicidado, dejando en evidencia el profundo dolor

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Yerba Santa

Este relato cuenta la historia de Manuel, un joven que vivía con la familia Valdelomar en Pisco, Perú a principios del siglo XX. Manuel había sufrido el abandono de su padre y ocultaba un amor no correspondido que lo atormentaba. Un día, después de cantar una canción triste sobre su amor perdido, Manuel se puso muy enfermo y fue enviado a vivir con su madre en Ica. Más tarde, la familia se enteró con tristeza que Manuel se había suicidado, dejando en evidencia el profundo dolor

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Yerba Santa

Fue publicada en 1917 pertenece al grupo de los “cuentos criollos”, es decir


aquellos relatos cortos de Valdelomar ambientados durante su niñ ez transcurrida
en Pisco y parte en Ica

Este relato ocurrió cuando Abraham Valdelomar tenía entre 6 u 8 añ os

El principal protagonista de su narración es Manuel, un muchacho que vivía en


su casa, en el puerto de Pisco.

Los hermanos Valdelomar lo veían como un hermano mayor y lo estimaban


como tal. Era valiente, desprendido, afectuoso, leal y franco.

Su pelo era ensortijado, sus ojos morenos, sus labios carnosos, sus cejas
pobladísimas y siempre le dibujaba el rostro de una sonrisa de fresca
melancolía, jovial y exenta de amargura.

Le agradaba el mar, el campo y los cuentos de las abuelas. Hacía los juguetes
para los menores, como gallos de papel, barcos de madera y hondas de
cáñamo.

Cuando iban todos a pasear y cazar, él dirigía el grupo. Más, de pronto, una
tristeza oculta lo envolvió. En el desembarcadero cantó un yaraví o canción
triste que evocaba un amor que nunca volvió.

Tan mal se puso el joven que lo mandaron donde su madre, la señora Eufemia,
quien radicaba en Ica.

En Semana Santa la familia Valdelomar viajó a Ica, alojándose en la casa de la


abuelita. Allí todo era bueno: las frutas, las comidas y las plantas.

En jueves Santo desfilaban los hacendados con sus ofrendas hacia la Iglesia del
Señor de Luren.

Llegaban con caballos de paso, en ambiente multitudinario, lleno del ruido


característico de fieles y vendedores.

Durante la ceremonia los niños no podían cantar, ni jugar, ni hablar fuerte


porque era el día de la muerte del Señor. La celebración era imponente. La
multitud seguía ávida la procesión del Señor de Luren en medio del sahumerio,
música y el aire contrito contagioso.
Terminada la festividad, la familia se preparó para retornar a Pisco, pero antes
fueron todos a la hacienda San Miguel, propiedad de los tíos José y Joaquina,
que antaño había pertenecido a los abuelos de Abraham. Les acompañó en la
excursión el joven Manuel.

En la hacienda había una vieja casona con un galpón donde antaño eran
recluidos los esclavos negros. Pasaron luego a visitar otra hacienda aledaña,
perteneciente a una familia amiga.

La tierra era fresca y fecunda, siempre húmeda y con árboles frutales muy altos.
Ya de noche y a pedido de los mayores, Manuel cogió la vihuela y cantó un
yaraví. Al terminar pidió permiso para retirarse, y montando su caballo, se
perdió raudo por el camino. Un búho pasó por el comedor, como mal presagio.

Al día siguiente la familia volvió a Ica y allí se enteraron de la desgracia: Manuel


se había suicidado. A los niños no se les permitió conocer los detalles del
suceso.

Durante el sepelio, un cortejo conformado mayormente por gente joven


despidió para siempre al amado Manuel. La familia Valdelomar retornó a Pisco
en medio de una tristeza que perduraría por mucho tiempo.

Las partes que queremos destacar de este cuento o novela corta son las siguientes:

Oye, Manuel –le preguntamos un día–, ¿dónde está tu papá?... –En Lima… –Y tú ¿por qué no
estás con él? Enrojeció, inclinó la cabeza morena y echóse a sollozar dolorosamente. Corrimos
donde mi madre: –Mi madre nos dijo que no debíamos preguntarle nada sino quererlo mucho
porque Manuel “era un niño muy desgraciado”. Bueno es esta parte podemos resaltar que
Manuel sufrió por un abandono de parte de su padre y este encontraba en Lima.

Una tarde llegó Manuel a casa muy preocupado. Así llegó el segundo y lo mismo fue el tercero.
Nadie pudo conocer el motivo de su tristeza. Por la noche, fuimos al muelle a ver la luna sobre
el mar. En un carrito conducido por los sirvientes, llegamos a la explanada sobre la cual eleva el
faro su ojo ciclópeo y amarillo, cuyas miradas se quebraban en las aguas agitadas y sollozantes.
Mientras conversaban las personas mayores, Manuel descendió por la escala del embarcadero
y sobre el último descanso se puso a cantar con la guitarra. En la paz de la noche, bajo la luna
clara, en el frescor marino, la música tenía notas extrañas que yo recuerdo medrosamente.
Manuel cantaba un yaraví que se deshacía en la brisa y se mezclaba al rumor de las olas. Yo he
guardado un trozo de esa inolvidable canción, toda mi vida, en la memoria: En su ventana
moría el sol y abajo, lento, cantaba el mar; y ella reía llena de amor rubia de oro crepuscular…
No volvió nunca mi pobre amor yo desde lejos la vi pasar; todas las tardes moría el sol y su
ventana no se abrió más... ¡y su ventana no se abrió más! Los versos eran de Manuel.
Enmudecieron todos. Y aquella noche oí desde mi cuarto sus sollozos de angustia. Manuel
estaba muy enfermo y mi padre quiso mandarlo a Ica, a casa de la señora Eufemia, su madre
Manuel sufría por un amor tormentoso que al parecer no iba a regresar jamás.

Tantas cosas, tan bellas que están muertas como la buena abuelita y como el pobre Manuel y
como mis ilusiones de esos días y como estas mañanas de sol, que yo no he vuelto a ver nunca
y como todo lo que es bello, y juvenil; y que pasa, y que no vuelve más…

Y aquí a un niño que aún extraña y recuerda con melancolía a sus seres queridos que en algún
momento quiso y no van a volver más

Al día siguiente volvimos a la ciudad, llegamos a las seis de la tarde. Dejamos los caballos y
notó mi madre que ninguno de los parientes sonreía siquiera y si lo hacía era venciendo un
gesto sombrío. –¿Qué ha pasado? –Preguntaba mi madre– Algo ha pasado que ustedes no me
quieren decir. – ¡Nada, nada ha pasado! A poco salió una de mis tías con los ojos enrojecidos.
Sobresaltados interrogaban todos y nadie se atrevía a decir la verdad. Salí yo a buscar a mis
primos, los muchachos; y me dijeron todos con una crueldad infantil: –¡Manuel se ha matado!
Solté a llorar y fui en busca de mi madre. Manuel se había matado, la víspera, después de
volver de la Hacienda.

Lo que podemos identificar en este cuento o novela corta es sobre Manuel un


joven que había sufrido mucho y que a pesar de eso continú o alegrando los días de
las personas que quería, pero ocultando un dolor que al final resulto ser su
tormento que lo llevo a hacer lo que hizo “ suicidarse”

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