CARTAS DE COLÓN
CARTA DEL PRIMER VIAJE - CARTA DEL TERCER VIAJE - CARTA
DEL CUARTO VIAJE
TÍTULOS CONCEDIDOS A COLÓN POR LOS REYES
CATÓLICOS
CAPITULACIONES DE SANTA FE (Granada)
EL PRIMER VIAJE DE COLÓN
Cartas de Colón
CARTA DEL PRIMER VIAJE.
Año 1493, anunciando el Descubrimiento.
Carta facsímil del primer viaje de Colón
Señor, porque sé que habréis placer de la gran
victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje,
vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días
pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada
que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me
dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas
con gente sin número; y de ellas todas he tomado
posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real
extendida, y no me fue contradicho.
A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador
a conmemoración de Su Alta Majestad, el cual
maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la
llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla
de Santa María de Concepción; a la tercera
Fernandina; a la cuarta la Isabela ; a la quinta la isla
Juana, y así a cada una nombre nuevo.
Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella
al poniente, y la fallé tan grande que pensé que sería
tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé
así villas y lugares en la costa de la mar, salvo
pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no
podía haber habla, porque luego huían todos, andaba
yo adelante por el dicho camino, pensando de no
errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas
leguas, visto que no había innovación, y que la costa
me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era
contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo
tenía propósito de hacer de él al austro, y también el
viento me dio adelante, determiné de no aguardar
otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto,
de adonde envié dos hombres por la tierra, para
saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron
tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones
pequeñas y gente sin número, mas no cosa de
regimiento; por lo cual se volvieron.
Colón toma posesión de las nuevas tierras en nombre de Castilla.
Yo entendía harto de otros Indios, que ya tenía
tomados, como continuamente esta tierra era isla, y
así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete
leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla
al oriente, distante de esta diez y ocho leguas, a la
cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí
la parte del setentrión, así como de la Juana al
oriente, 188 grandes leguas por línea recta; la cual y
todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y
ésta en extremo. En ella hay muchos puertos en la
costa de la mar, sin comparación de otros que yo
sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes,
que es maravilla. Las tierras de ella son altas, y en ella
muy muchas sierras y montañas altísimas, sin
comparación de la isla de Tenerife; todas
hermosísimas, de mil fechuras, y todas andables, y
llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que
llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la
hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan
verdes y tan hermosos como son por mayo en
España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto,
y de ellos en otro término, según es su calidad; y
cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras
en el mes de noviembre por allí donde yo andaba.
Palmerales cubanos
Hay palmas de seis o ocho maneras, que es
admiración verlas, por la deformidad hermosa de
ellas, mas así como los otros árboles y frutos e
hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay
campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas
maneras de aves, y frutas muy diversas. En las tierras
hay muchas minas de metales, y hay gente en
estimable número. La Española es maravilla; las
sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y
las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y
sembrar, para criar ganados de todas suertes, para
edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar
aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos
y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales
traen oro. En los árboles y frutos e hierbas hay
grandes diferencias de aquellas de la Juana. En ésta
hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do
otros metales. La gente de esta isla y de todas las
otras que he hallado y he habido noticia, andan todos
desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres
los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo
lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón
que para ellos hacen.
Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para
ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de
hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a
maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de
las cañas, cuando están con la simiente, a la cual
ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de
aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a
tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber
habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después
que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo;
y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes,
a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber
fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño
como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa
alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad
es que, después que se aseguran y pierden este
miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo
que tienen, que no lo creería sino el que lo viese.
Indios taínos. Cuando llegaron los europeos estaban enfrentados a los
indios caribe
Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen
de no; antes, convidan la persona con ello, y
muestran tanto amor que darían los corazones, y,
quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio,
luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera
que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo
defendí que no se les diesen cosas tan civiles como
pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto,
y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían
llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que
se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro
peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras
cosas que muy menos valían, mucho más; ya por
blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían,
aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una
arroba o dos de algodón filado.
Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas
tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que
me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas
mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen
amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se
inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la
nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de
las cosas que tienen en abundancia, que nos son
necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría
salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en
el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y
gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían
en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y
esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de
muy sutil ingenio y hombres que navegan todas
aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que
ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron
gente vestida ni semejantes navíos.
Y luego que llegué a Indias, en la primera isla que
hallé tomé por fuerza algunos de ellos, para que
deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en
aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos
a ellos, cuando por lengua o señas; y estos han
aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que
siempre están de propósito que vengo del cielo, por
mucha conversación que hayan habido conmigo; y
éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde yo
llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en
casa y a las villas cercanas con voces altas: venid,
venid a ver la gente del cielo; así, todos, hombres
como mujeres, después de haber el corazón seguro
de nos, venían que no quedaban grande ni pequeño,
y todos traían algo de comer y de beber, que daban
con un amor maravilloso. Ellos tienen en todas las
islas muy muchas canoas, a manera de fustas de
remo, de ellas mayores, de ellas menores; y algunas
son mayores que una fusta de diez y ocho bancos. No
son tan anchas, porque son de un solo madero; mas
una fusta no terná con ellas al remo, porque van que
no es cosa de creer. Y con éstas navegan todas
aquellas islas que son innumerables, y tratan sus
mercaderías. Alguna de estas canoas he visto con 70
y 80 hombres en ella, y cada uno con su remo.
Indios timucua (Florida) construyendo una canoa.
En todas estas islas no vi mucha diversidad de la
hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la
lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa
muy singular para lo que espero que determinaran
Sus Altezas para la conversión de ellos a nuestra
santa fe, a la cual son muy dispuestos. Ya dije como
yo había andado 107 leguas por la costa de la mar por
la derecha línea de occidente a oriente por la isla de
Juana, según el cual camino puedo decir que esta isla
es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque,
allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte
de poniente dos provincias que yo no he andado, la
una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente
con cola; las cuales provincias no pueden tener en
longura menos de 50 o 60 leguas, según pude
entender de estos Indios que yo tengo, los cuales
saben todas las islas.
Esta otra Española en cierco tiene más que la España
toda, desde Colibre, por costa de mar, hasta
Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve
188 grandes leguas por recta línea de occidente a
oriente. Esta es para desear, y vista, para nunca
dejar; en la cual, puesto que de todas tenga tomada
posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas
de lo que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por
de Sus Altezas, cual de ellas pueden disponer como y
tan cumplidamente como de los reinos de Castilla, en
esta Española, en el lugar más convenible y mejor
comarca para las minas del oro y de todo trato así de
la tierra firme de aquí como de aquella de allá del
Gran Can, adonde habrá gran trato y ganancia, he
tomado posesión de una villa grande, a la cual puse
nombre la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza
y fortaleza, que ya a estas horas estará del todo
acabada, y he dejado en ella gente que abasta para
semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas
por más de un ano, y fusta, y maestro de la mar en
todas artes para hacer otras, y grande amistad con el
rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba
de me llamar y tener por hermano, y, aunque le
mudase la voluntad a ofender esta gente, él ni los
suyos no saben que sean armas, y andan desnudos,
como ya he dicho, y son los más temerosos que hay
en el mundo; así que solamente la gente que allá
queda es para destruir toda aquella tierra; y es isla
sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.
Mujeres shoshone en el siglo XIX.
En todas estas islas me parece que todos los
hombres sean contentos con una mujer, y a su
mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me
parece que trabajan más que los hombres. Ni he
podido entender si tienen bienes propios; que me
pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían
parte, en especial de las cosas comederas. En estas
islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos,
como muchos pensaban, mas antes es toda gente de
muy lindo acatamiento, ni son negros como en
Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se
crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos
solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza,
puesto que es distante de la línea equinoccial veinte
y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas
grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas
ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las
viandas que comen con especias muchas y muy
calientes en demasía. Así que mostruos no he
hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la
segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de
una gente que tienen en todas las islas por muy
feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen
muchas canoas, con las cuales corren todas las islas
de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no
son más disformes que los otros, salvo que tienen
costumbre de traer los cabellos largos como mujeres,
y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas,
con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no
tienen. Son feroces entre estos otros pueblos que son
en demasiado grado cobardes, mas yo no los tengo
en nada más que a los otros. Estos son aquéllos que
tratan con las mujeres de Matinino, que es la primera
isla, partiendo de España para las Indias, que se halla
en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan
ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los
sobredichos, de cañas, y se arman y cobijan con
launes de arambre, de que tienen mucho.
Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en
que las personas no tienen ningún cabello. En ésta
hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo
conmigo Indios para testimonio.
En conclusión, a hablar de esto solamente que se ha
hecho este viaje, que fue así de corrida, pueden ver
Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren
menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas
me darán; ahora, especiería y algodón cuanto Sus
Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán
cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo
en Grecia en la isla de Xío, y el Señorío la vende como
quiere, y ligunáloe cuanto mandarán cargar, y
esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los
idólatras; y creo haber hallado ruibarbo y canela, y
otras mil cosas de sustancia hallaré, que habrán
hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me he
detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya
dado lugar de navegar; solamente en la villa de
Navidad, en cuanto dejé asegurado y bien asentado.
Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me
sirvieran como razón demandaba.
Danzas de indios taínos.
Esto es harto y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da
a todos aquellos que andan su camino victoria de
cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente
fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan
hablado o escrito, todo va por conjectura sin allegar
de vista, salvo comprendiendo a tanto, los oyentes
los más escuchaban y juzgaban más por habla que
por poca cosa de ello. Así que, pues Nuestro
Redentor dio esta victoria a nuestros ilustrísimos rey
e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa,
adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y
hacer grandes fiestas, y dar gracias solemnes a la
Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el
tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose
tantos pueblos a nuestra santa fe, y después por los
bienes temporales; que no solamente la España, mas
todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia.
Esto, según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15
de febrero, año 1493.
Hará lo que mandaréis.
El almirante.
Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla,
salió tanto viento conmigo sul y sueste, que me ha
hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este
puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del
mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En
todas las Indias he siempre hallado los temporales
como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en
28, salvo que estas tormentas me han detenido 13
días corriendo por este mar. Dicen acá todos los
hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno
ni tantas pérdidas de naves.
Fecha a 4 días de marzo.
CARTA DEL TERCER VIAJE.
Nao "Santa María" en la que viajaba Cristóbal Colón
Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles
30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda y
navegué a las Islas Madera por camino no
acostumbrado, por evitar los perjuicios que me
hubiera causado una armada francesa que me
aguardaba cerca del cabo de San Vicente, y de allí a
las Islas Canarias. De aquí partí con una nave y dos
carabelas; envié los otros navíos directamente a la
Isla Española, y yo navegué rumbo al Sur con
propósito de llegar a la línea equinoccial, y de allí
seguir al Poniente hasta que la Española quedase al
Norte.
Vista aérea de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y desembocadura del
Guadalquivir.
Lugar en el que Colón inició su viaje.
Llegando a las islas de Cabo Verde (falso nombre,
porque son tan secas que no vi en ellas cosa verde
alguna) con toda la gente enferma, no osé detenerme
en ellas y navegué al Sudoeste 480 millas, donde
anocheciendo tenía la Estrella Polar en cinco grados.
Allí me desamparó el viento y entré en una zona de
calor y tan grande, que creí que se me quemarían los
navíos y la gente. El desorden fue tal que no había
persona que osase descender bajo cubierta a reparar
las vasijas y víveres. Duró este calor ocho días, el
primero de los cuales fue soleado y los siete
siguientes de lluvia y nublados, que si hubiesen sido
soleados como el primero creo que no hubiéramos
podido escapar de manera alguna.
La nao Santa María y las dos carabelas, La Niña y La Pinta.
Plugo a Nuestra Señora, al cabo de esos ocho días,
darme buen viento de Levante y yo seguí al Poniente,
mas no osé declinar hacia el Sur porque hallé
grandísimo cambio en el cielo y las estrellas. Decidí,
pues, mantener rumbo Oeste y navegar a la altura de
Sierra Leona hasta donde había pensado encontrar
tierra para reparar los navíos, remediar la escasez de
víveres y tomar agua, que ya no tenía. Al cabo de
diecisiete días en que Nuestro Señor me dio viento
favorable, el martes 31 de julio, al mediodía,
avistamos tierra. Yo la esperaba desde el lunes
anterior y había mantenido el rumbo invariable hasta
entonces, mas el martes, al salir el sol, careciendo ya
de agua, decidí dirigirme a las islas de los caribes y
tomé esa dirección.
Como su Alta Majestad siempre ha usado de
misericordia conmigo, por suerte subió un marinero a
la gavia y vio al Poniente tres montañas juntas.
Dijimos la Salve Regina y otras oraciones, y dimos
todos muchas gracias a Nuestro Señor; después dejé
el camino al Norte y me dirigí a tierra; llegué con el
crepúsculo al cabo que llamé de la Galea [hoy cabo
Galeote] después de haber bautizado a la isla con el
nombre de Trinidad. Allí hubiera encontrado puerto
de haber sido más hondo; había casas, gente y muy
lindas tierras, tan hermosas y verdes como las
huertas de Valencia en marzo. Pesóme cuando no
pude entrar a puerto, y recorrí la costa hasta el
extremo Oeste; navegadas cinco leguas hallé fondo y
anclé las naves. Al día siguiente me di a la vela
buscando puerto para reparar los navíos y tomar
agua y víveres. Tomé una pipa de agua y con ella
anduve hasta llegar al cabo; allí hallé abrigo del
viento de Levante y buen fondo, donde mandé a
echar el ancla, reparar los toneles y tomar agua y
leña, y envié gente a tierra a descansar de tanto
tiempo que andaban penando.
Conquistadores españoles negociando con aborígenes.
A esta punta la llamé del Arenal [hoy punta de Icacos]
y allí se halló la tierra hollada de unos animales que
tenían las patas como de cabra que, según parece,
había en abundancia, aunque no se vio sino uno
muerto. Al día siguiente vino del Oriente una gran
canoa con 24 hombres, todos mancebos, muy
ataviados y armados de arcos, flechas y escudos, de
buena figura y no negros, sino más blancos que los
otros que he visto en las Indias, de lindos gestos y
hermosos cuerpos, con los cabellos cortados al uso
de Castilla. Traían la cabeza atada con un pañuelo de
algodón tejido a labores y colores tan finos, que yo
creí eran de gasa. Traían otro de estos pañuelos
ceñido a la cintura y se cubrían con él en lugaros, mas
yo les mandaba a hacer señas de acercarse. En esto
se pasaron más de dos horas; si se de taparrabo.
Cuando llegó la canoa sus ocupantes hablaron de
lejos, y ni yo ni otro alguno les entendim
aproximaban un poco, luego se alejaban. Yo les hacía
mostrar bacines y otras cosas que lucían
enamorándolos para que viniesen; al cabo de buen
rato se acercaron algo más de lo que hasta entonces
habían hecho. Yo deseaba lograr información, y no
teniendo ya cosa que mostrarles para atraerlos
mandé subir un tamboril al castillo de popa para que
tañesen, y unos mancebos para que danzasen,
creyendo que se acercarían a ver la fiesta; mas
cuando vieron tañer y danzar dejaron los remos y
echaron mano a los arcos y los encordaron, embrazó
cada uno su escudo y comenzaron a tirarnos flechas.
Cesó el tañer y el danzar y mandé a sacar una
ballesta; ellos me dejaron y se dirigieron a otra
carabela y de golpe se fueron debajo de la popa. El
piloto entró con ellos y dio un sayo y un bonete al
que le pareció ser el principal de la canoa,
concertando que iría a hablar con ellos a la playa.
Éstos allá se fueron y le esperaron, pero como él no
quiso ir sin mi licencia, al verlo venir con la barca a mi
nave regresaron a la canoa y se fueron; nunca más los
vi, ni a ellos ni a otros de esta isla.
Colón conversando con una indígena.
Cuando llegué a la punta del Arenal hallé una boca
grande, de dos leguas de anchura de Poniente a
Levante, que se abre entre la isla de Trinidad y la
Tierra de Gracia; para pasar al Sur había que pasar
unos hileros de corrientes que atravesaban la boca y
traían un rugir muy grande; creí que sería un arrecife
de bajos y peñas infranqueables. Detrás de ésta había
otro hilero, y otro más, trayendo todos un rugir tan
grande como las olas de la mar que van a romper y
dar en peñas. Fondeé en dicha punta, fuera de la
boca, y hallé que venía agua del Oriente hasta el
Poniente con tanta furia como hace el Guadalquivir
en tiempos de avenida, y esto continuó día y noche,
tanto que creí que no podría volver atrás por la
corriente ni ir adelante por los bajos.
En la noche, ya muy tarde, estando a bordo de la
nave oí un rugir muy terrible que venía del Sur hacia
nosotros. Me paré a mirar y vi que, levantando la mar
de Poniente a Levante, venía una loma tan alta como
la nave, y todavía venía hacia mí poco a poco; sobre
ella venía un hilero de corriente rugiendo con gran
estrépito, con aquella furia del rugir que dije me
parecían ondas de la mar que daban en peñas. Aún
hoy en día tengo el miedo en el cuerpo, pues creí me
volcaría la nave cuando llegase bajo ella. Pasó la ola y
llegó hasta la boca, donde se mantuvo por mucho
tiempo.
Al día siguiente envíe la barca a sondear la boca y
hallé que en el lugar más bajo tenía seis o siete
brazas de fondo, y de continuo andaban aquellos
hileros, unos por entrar y otros por salir. Plugo a
Nuestro Señor darme buen viento y atravesé la boca
hacia adentro, donde hallé tranquilidad. Por suerte
se sacó agua del mar y la hallé dulce. Navegué hacia
el Sur, hasta una sierra muy alta, distante unas 26
leguas de la punta del Arenal; allí habían dos cabos
de tierra muy alta, el uno hacia el Oriente,
perteneciendo a la isla de Trinidad, y el otro hacia
Occidente, correspondiente a la Tierra de Gracia.
Hallé una boca muy angosta [Boca Grande] más
estrecha que la existente en la punta del Arenal con
los mismos hileros y el mismo rugir fuerte del agua;
como allá, la mar era dulce.
Dibujo de una nao atravesando una tormenta.
Hasta entonces yo no había logrado información de
ninguna gente de estas tierras, y lo deseaba
vivamente. Por tanto, navegué a lo largo de la costa
hacia el Poniente; cuanto más andaba hallaba el agua
de la mar más dulce y sabrosa. Navegando un gran
trecho, llegué a un lugar cuyas tierras me parecieron
labradas; allí fondeé y envié las barcas a tierra, donde
hallaron que los habitantes se habían ido
recientemente, y encontraron el monte cubierto de
monos; regresaron, y considerando que ésta era
tierra montuosa y que me parecía que hacia el
Poniente las tierras eran más llanas y estarían más
pobladas, mandé levar anclas y recorrí la costa hasta
el cabo de la serranía, donde anclé en un río.
Luego vino mucha gente, y me dijeron que llamaban
a esta tierra Paria, y que hacia el Poniente estaba
más poblado. Tomé cuatro de ellos y navegué hacia
ese rumbo; andadas unas ocho leguas, más allá de
una punta que llamé de la Aguja [punta de
Alcatraces] hallé las tierras más hermosas del mundo,
muy pobladas. Llegué allí una mañana, antes del
mediodía, y por ver este verdor y esta hermosura
acordé fondear y ver los pobladores, de los cuales
algunos vinieron en canoas a rogarme, de parte de su
rey, que descendiese a tierra. Cuando vieron que no
hice caso de ellos vinieron a la nave en numerosas
canoas, y muchos traían piezas de oro al cuello, y
algunos, perlas atadas a sus brazos. Me alegró mucho
verlas y procuré con empeño saber dónde las
hallaban; me dijeron que allí y en la parte Norte de
aquella tierra.
Llegada de los españoles a tierras indígenas americanas
Quise detenerme, mas los víveres que traía, trigo,
vino y carne para esta gente de acá, que obtuve en
España con tanta fatiga, se me hubieran echado a
perder. Por tanto, yo no buscaba sino llevar los
bastimentos a lugar seguro y no detenerme en parte
alguna. Procuré
conseguir algunas perlas
y envié las barcas a
tierra. Esta gente es muy
numerosa, toda muy
bien parecida, del
mismo color que los que
vi, y muy tratable; la
gente nuestra que fue a
tierra los halló muy
tratables, y fueron
recibidos muy
honrosamente. Dicen
que luego que llegaron
las barcas a tierra vinieron dos personajes principales
con todo el pueblo; creen que el uno era el padre y el
otro el hijo. Los llevaron a una casa muy grande
hecha a dos aguas, no redonda como tiendas de
campo cual son otras. Allí tenían muchas sillas donde
los hicieron sentar y también ellos tomaron asiento, e
hicieron traer pan, gran variedad de frutas y vino de
muchas clases, blanco y tinto, aunque no de uvas;
deben ser producidos de diversas frutas, así como de
maíz, que es una simiente que hace una espiga como
una mazorca, de la cual llevé yo allá y hay mucha en
Castilla; parece que el que lo producía mejor lo tenía
en alta estima y lo vendía en alto precio.
Los hombres estaban todos juntos a un extremo de la
mesa y las mujeres al otro. Recibieron ambas partes
gran pena porque no podían entenderse, ellos para
preguntar a los otros por nuestra patria, y los
nuestros por saber de la de ellos. Después de haber
comido en casa del más viejo los llevó el mozo a la
suya, donde hicieron otro tanto. Más tarde los
llevaron a las barcas en que vinieron a la nave. Yo
levé anclas porque andaba muy de prisa por poner en
lugar seguro los víveres que había obtenido con tanta
fatiga, y que estaban deteriorándose, y también por
remediarme a mí mismo, pues estaba enfermo de los
ojos por falta de sueño; pues si bien es cierto que
cuando fui a descubrir la Tierra Firme estuve treinta y
tres días sin dormir y quedé algún tiempo sin vista,
no se me dañaron tanto los ojos ni se me inyectaron
de sangre, ni sufrí tantos dolores como ahora.
Esta gente, como ya dije, son todos de muy linda
estatura, altos de cuerpo y de lindos gestos, de
cabellos largos y lacios, y traen las cabezas atadas con
unos pañuelos labrados, como ya dije, hermosos, que
parecen de lejos de seda y gasa; traen otro más largo
ceñido a manera de taparrabo, tanto los hombres
como las mujeres. El color de esta gente es más
blanco que otros que he visto en las Indias; todos
traían al cuello algo a la usanza de esta tierra, y
muchos traían piezas de oro bajo colgadas al cuello.
Sus canoas son muy grandes y de mejor hechura que
otras que he visto, y más livianas; en medio de cada
una tienen un apartamento como cámara, en que vi
andaban los principales con sus mujeres. Llamé a este
lugar Jardines porque esto asemejan. Asiduamente
procuré saber dónde cogían aquel oro, y todos me
señalaban una tierra frente a ellos hacia el Poniente
que era alta, mas no lejana. Pero todos me decían
que no fuera, porque allá se comían a los hombres,
de lo que deduje que sus habitantes eran caníbales y
que serían como los caribes, mas después he pensado
que pudiera ser que lo dijeran porque allí habían
animales feroces. También les pregunté dónde cogían
las perlas, y me señalaron el Poniente y el Norte,
detrás de las tierras en que estábamos. No intenté
comprobarlo por lo de los víveres, por la enfermedad
de mis ojos y porque una nave grande que traigo no
es apropiada para semejante hecho.
El tiempo transcurrido en tierra fue breve y se pasó
todo en preguntas. Cuando los nuestros regresaron a
los navíos, lo que sería al atardecer, levé anclas y
navegué al Poniente, y así mismo al día siguiente,
hasta que hallé que no habían más que tres brazas de
fondo, creyendo yo todavía que ésta era una isla y
que no podría salir al Norte; y así visto, envié una
carabela ligera adelante a ver si había salida o si
estaba cerrado. Así anduve mucho camino hasta un
golfo grande, en el cual parecía que habían otros
cuatro medianos, saliendo de uno de ellos un río
grandísimo. Hallaron siempre cuatro brazas de fondo
y el agua muy dulce, en cantidad tan grande como
jamás antes vi.
Quedé muy descontento cuando comprendí que no
podía salir al Norte, al Sur ni al Poniente porque
estaba cercado por todas partes de tierra; por tanto,
levé anclas y torné atrás para salir al Norte por la
boca que antes descubrí, sin poder regresar a la
población que había visitado por causa de las
corrientes, que me desviaron. En todo cabo hallaba el
agua dulce y clara que me llevaba con fuerza al
Oriente, hacia las dos bocas a que me he referido;
entonces conjeturé que los hilos de la corriente y
aquellas lomas que salían y entraban en estas bocas
con aquel rugir tan fuerte era la pelea del agua dulce
con la salada. La dulce empujaba a la otra para que
no entrase, y la salada luchaba para que la otra no
saliese. Conjeturé que allí donde están situadas las
dos bocas en un tiempo hubo tierra continua que
unía la isla de Trinidad con Tierra de Gracia, como
podrán ver Vuestras Altezas del mapa que con ésta
les envío. Salí por la boca del Norte y hallé que el
agua dulce siempre vencía; cuando pasé, lo que hice
a fuerza de viento, estando en una de aquellas lomas
hallé en aquellos hilos de la parte de dentro el agua
dulce, y en los de fuera, salada.
...Yo siempre creí que la Tierra era esférica; las
autoridades y las experiencias de Ptolomeo y todos
los demás que han escrito sobre este tema daban y
mostraban como ejemplo de ello los eclipses de luna
y otras demostraciones que hacen de Oriente a
Occidente, como el hecho de la elevación del Polo de
Septentrión en Austro. Mas ahora he visto tanta
deformidad que, puesto a pensar en ello, hallo que el
mundo no es redondo en la forma que han descrito,
sino que tiene forma de una pera que fuese muy
redonda, salvo allí donde tiene el pezón o punto más
alto; o como una pelota redonda que tuviere puesta
en ella como una teta de mujer, en cuya parte es más
alta la tierra y más próxima al cielo. Es en esta región,
debajo de la línea equinoccial, en el Mar Océano, el
fin del Oriente, donde acaban todas las tierras e
islas...
Cartógrafo de la época de Colón.
..Torno a mi propósito referente a la Tierra de Gracia,
al río y lago que allí hallé, tan grande que más se le
puede llamar mar que lago, porque lago es lugar de
agua, y en siendo grande se le llama mar, por lo que
se les llama de esta manera al de Galilea y al Muerto.
Y digo que si este río no procede del Paraíso Terrenal,
viene y procede de tierra infinita, del Continente
Austral, del cual hasta ahora no se ha tenido noticia;
mas yo muy asentado tengo en mi ánima que allí
donde dije, en Tierra de Gracia, se halla el Paraíso
Terrenal.
Y ahora, hasta tanto sepan las noticias de las nuevas
tierras que he descubierto, en las cuales tengo
asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal,
irá el Adelantado con tres navíos bien aviados para
ello a ver más adelante, y descubrirá todo lo que
pudiere hacia aquellas partes. Entretanto yo enviaré
a Vuestras Altezas esta carta y el mapa de las nuevas
tierras, y acordarán lo que se deba hacer, y me
enviarán sus órdenes, que se cumplirán
diligentemente con ayuda de la Santísima Trinidad,
de manera que Vuestras Altezas sean servidos y
hayan placer. Deo gratia.
CARTA DEL CUARTO VIAJE.
Pintura de Cristóbal Colón a bordo de su nao.
En su calidad de "Virrey y Almirante y
Gobernador General" de las Indias,
Cristóbal Colón escribió a los reyes de
España esta carta desde Jamaica, luego
de concretar lo que fue su cuarta
travesía por el océano hasta las tierras
que había descubierto. Y fue este el
peor de todos sus viajes, pues a los
embates de su salud quebrantada se
sumaron los de las inclemencias del
tiempo y los de su tripulación
hambrienta y cansada.
Intencionalmente se conservaron
algunas usanzas del tiempo en la
escritura.
Serenísimos y muy altos y poderosos Príncipes Rey y
Reina, nuestros Señores:
De Cádiz pasé a Canaria en cuatro días, y de allí a las
Indias en diez y seis días, de donde escribí. Mi
intención era dar prisa a mi viage en cuanto yo tenía
los navíos buenos, la gente y los bastimentos, y que
mi derrota era en la Isla de Jamaica; y en la Isla
Dominica escribí esto; hasta allí truje el tiempo a
pedir por la boca. Esa noche que allí entré fue con
tormenta, y grande, y me persiguió después siempre.
Cuando llegué sobre la Española invié el envoltorio
de cartas, y a pedir por merced un navío por mis
dineros, porque otro que yo llevaba era innavegable
y no sufría velas. Las cartas tomaron, y sabrán, si se
las dieron, la respuesta. Para mi fue mandarme de
parte de ahí que yo no pasase ni llegase a la tierra;
cayó el corazón a la gente que iba conmigo, por
temor de los llevar yo lejos, diciendo que si algún
caso de peligro les viniese que no serían remediados
allí, antes les sería hecha alguna grande afrenta.
También a quien plugo dijo el Comendador había de
proveer las tierras que yo ganase. La tormenta era
terrible, y en aquella noche me desmembró los
navíos: a cada uno llevó por su cabo sin esperanzas,
salvo de muerte; cada uno de ellos tenía por cierto
que los otros eran perdidos. ¿Quién nació, sin quitar
a Job, que no muriera desesperado, que por mi
salvación y la de mi hijo, hermano y amigos me fuese
en tal tiempo defendida la tierra y los puertos que yo,
por la voluntad de Dios, gané a España sudando
sangre? Y torno a los navíos que así me había llevado
la tormenta y dejado a mi solo.
Pintura de la nao Santa María.
Deparómelos nuestro Señor cuando le plugo. El navío
Sospechoso había echado a la mar por escapar hasta
la Isla la Gallega; perdió la barca, y todos, gran parte
de los bastimentos; en el que yo iba, abalumado a
maravilla, nuestro Señor le salvó, que no hubo daño
de una paja. En el Sospechoso iba mi hermano; y él,
después de Dios, fue su remedio. Y con esta
tormenta, así a gatas me llegué a Jamaica, allí se
mudó de mar alta en calmería y grande corriente, y
me llevó hasta el Jardín de la Reina sin ver tierra. De
allí, cuando pude, navegué a la tierra firme, adonde
me salió el viento y la corriente terrible al opósito;
combatí con ellos sesenta días, y, en fin, no 1e pude
ganar más de 70 leguas. En todo este tiempo no entré
en puerto, ni pude, ni me dejó tormenta del cielo,
agua y trombones y relámpagos de continuo, que
parecía el fin del mundo. Llegué al cabo de Gracias a
Dios, y de allí me dio nuestro Señor próspero el
viento y la corriente. Esto fue a 12 de setiembre.
Ochenta y ocho días había que no me había dejado
espantable tormenta, a tanto que no vide el sol ni
estrellas por mar; que a los navíos tenía yo abiertos,
a las velas rotas, y perdidas anclas y jarcia, cables,
con las barcas y muchos bastimentos, la gente muy
enferma, y todos contritos, y muchos con promesa de
religión, y no ninguno sin otros votos y romerías.
Muchas veces habían llegado a se confesar los unos a
los otros.
Otras tormentas se han visto, mas no durar tanto ni
con tanto espanto. Muchos desmorecieron harto y
hartas veces que teníamos por esforzados. El dolor
del hijo que yo tenía allí me arrancaba el ánima, y
más por verle de tan nueva edad, de 15 años, en
tanta fatiga y durar en ello tanto; nuestro Señor le
dio tal esfuerzo que él avivaba a los otros, y en las
obras hacía é1 como si hubiera navegado ochenta
años, y él me consolaba. Yo había adolescido y
llegado hartas veces a la muerte. De una camarilla
que yo mandé hacer sobre cubierta, mandaba la vía.
Mi hermano estaba en el peor navío y más peligroso.
Gran dolor era el mío, y mayor porque lo truje contra
su grado; porque, por mi dicha, poco me han
aprovechado veinte años de servicio que yo he
servido con tantos trabajos y peligros, que hoy día no
tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir
no tengo, salvo al mesón o taberna, y las más de las
veces falta para pagar el escote. Otra lástima me
arrancaba el corazón por las espaldas, y era de don
Diego mi hijo, que yo dejé en España tan huérfano y
desposesionado de mi honra y hacienda; bien que
tenía por cierto que allá, como justos y agradecidos
Príncipes, le restituirían con acrecentamiento en
todo.
A lo largo de sus viajes Colón atesoró muchas riquezas.
Llegué a tierra de Cariay, adonde me detuve a
remediar los navíos y bastimentos y dar aliento a la
gente, que venía muy enferma. Yo, que, como dije,
había llegado muchas veces a la muerte, allí supe de
las minas del oro de la provincia de Ciamba, que yo
buscaba. Dos indios me llevaron a Carambaru,
adonde la gente anda desnuda y lleva al cuello un
espejo de oro; mas no le querían vender ni dar a
trueque. Nombráronme muchos lugares en la costa
de la mar adonde decían que había oro y minas; el
postrero era, Veragua, y lejos de allí obra de 25
leguas; partí con intención de tentarlos a todos, y
llegado ya el medio supe que había minas a dos
jornadas de andadura; acordé de enviarlas a ver
víspera de San Simón y Judas, que había de ser la
partida; en esa noche se levantó tanta mar y viento,
que fue necesario de correr hacia adonde él quiso; y
el indio adalid de las minas, siempre conmigo. En
todos estos lugares adonde yo había estado hallé
verdad todo lo que yo había oído; esto me certificó
que es así de la provincia de Ciguare, que según ellos
es descrita nueve jornadas de andadura por tierra al
Poniente; allí dicen que hay infinito oro, y que traen
corales en las cabezas, manillas a los pies y a los
brazos dello, y bien gordas, y dél sillas, arcas y mesas
las guarnecen y enforran.
También dijeron que las mugeres de allí traían
collares colgados de la cabeza a las espaldas. En esto
que yo digo, la gente toda de estos lugares conciertan
en ello, y dicen tanto que yo sería contento con el
diezmo. También todos conocieron la pimienta. En
Ciguare usan tratar en ferias y mercaderías; estas
gentes así lo cuentan, y me mostraban el modo y
forma que tienen en la barata. Otrosí, dicen que sus
naos traen bombardas, arcos y flechas, espadas y
corazas; y andan vestidos, y en la tierra hay caballos y
usan la guerra y traen ricas vestiduras, y tienen
buenas cosas. También dicen que la mar boja a
Ciguare, y de allí a 10 jornadas es el río Gangues.
Parece que estas tierras están con Veragua como
Tortosa con Fuenterabia o Pisa con Venecia. Cuando
yo partí de Carambaru y llegué a esos lugares que
dije, hallé la gente en aquel mismo uso, salvo que los
espejos de oro quien los tenía los daba por tres
cascabeles de gavilán por el uno, bien que pesasen 10
ó 15 ducados de peso. En todos sus usos son como los
de la Española. El oro cogen con otras artes, bien que
todos son nada con los de los cristianos.
Esto que yo he dicho es lo que he oído. Lo que yo sé
es que el año de 94 navegué en 24° al Poniente en
término de nueve horas, y no pudo haber yerro
porque hubo eclipses: el sol estaba en Libra y la luna
en Ariete. También esto que yo supe por palabra
habíalo yo sabido largo por escrito. Tolomeo creyó de
haber bien remedado a Marino, y ahora se halla su
escritura bien propincua al cierto. Tolomeo asienta
Catigara a 12 líneas lejos de su Occidente, que él
asentó sobre el cabo de San Vicente, en Portugal, dos
grados y un tercio. Marino en 15 líneas constituyó la
tierra y términos. Marino en Etiopía escribe al Indo la
línea equinoccial más de 24°, y ahora que los
portugueses le navegan le hallan cierto. Tolomeo dice
que la tierra más austral es el plazo primero, y que no
baja más de 15° y un tercio. Y el mundo es poco: el
enjuto de ello es seis partes; la séptima solamente
cubierta de agua; la experiencia ya está vista, y la
escribí por otras letras y con adornamiento de la
Sacra Escritura, con el sitio del Paraíso terrenal, que
la santa Iglesia aprueba; digo que el mundo no es tan
grande como dice el vulgo, y que un grado
equinoccial está 56 millas y dos tercios: pero esto se
tocará con el dedo. Dejo esto, por cuanto no es mi
propósito de hablar en aquella materia, salvo de dar
cuenta de mi duro y trabajoso viage, bien que él sea
el más noble y provechoso.
Digo que la víspera de San Simón y Judas corrí donde
el viento me llevaba, sin poder resistirle. En un
puerto excusé diez días de gran fortuna de la mar y
del cielo, y allí acordé de no volver atrás a las minas,
y dejélas ya por ganadas. Partí, por seguir mi viage,
lloviendo; llegué a puerto de Bastimentos, adonde
entré, y no de grado: la tormenta y gran corriente me
entró allí catorce días; y después partí, y no con buen
tiempo. Cuando yo hube andado 15 leguas,
forzosamente me reposó atrás el viento y corriente
con furia; volviendo yo al puerto de donde había
salido, fallé en el camino al Retrete, adonde me
retruje con harto peligro y enojo, y bien fatigado yo y
los navíos y la gente; detúveme allí quince días, que
así lo quiso el cruel tiempo; y cuando creí de haber
acabado me hallé de comienzo; allí mudé de
sentencia de volver a las minas y hacer algo hasta
que me viniese tiempo para mi viage y marear; y
llegado con 4 leguas, revino la tormenta, y me fatigó
tanto a tanto que ya no sabia de mi parte. Allí se me
refrescó del mal la llaga: nueve días anduve perdido
sin esperanza de vida; ojos nunca vieron la mar tan
alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir
adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo.
Allí me detenía en aquella mar hecha sangre,
herbiendo como caldera por gran fuego. El cielo
jamás fue visto tan espantoso: un día con la noche
ardió como horno, y así echaba la llama con los rayos,
que cada vez miraba yo si me había llevado los
masteles y velas; venían con tanta furia espantables,
que todos creíamos que me habían de fundir los
navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del
cielo, y no para decir que llovía, salvo que
resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan
molida que deseaban la muerte para salir de tantos
martirios. Los navíos ya habían perdido dos veces las
barcas, anclas, cuerdas, y estaban abiertos, sin velas.
Cuando plugo a nuestro Señor volví a Puerto Gordo,
adonde reparé lo mejor que pude. Volví otra vez
hacia Veragua para mi viage, aunque yo no estuviera
para ello. Todavía era el viento y la corriente
contrarios...
Llegué casi adonde antes, y allí me salió otra vez el
viento y corrientes al encuentro, y volví otra vez a1
puerto: que no osé esperar la oposición de Saturno
con mares tan desbaratados en costa brava, porque
las más de las veces trae tempestad o fuerte viento.
Esto fue día de Navidad en horas de misa. Volví otra
vez adonde yo había salido, con harta fatiga, y
pasado año nuevo torné a la porfía: que aunque me
hiciera buen tiempo para mi viage, ya tenía los navíos
innavegables y la gente muerta y enferma. Día de la
Epifanía llegué a Veragua, ya sin aliento; allí me
deparó nuestro Señor un río y seguro puerto, bien
que a la entrada no tenía salvo 10 palmos de fondo;
metíme en él con pena, y el día siguiente recordó la
fortuna: si me falla fuera, no pudiera entrar a causa
del banco. Llovió sin cesar hasta 14 de febrero, que
nunca hubo lugar de entrar en la tierra ni de me
remediar en nada; y estando ya seguro, a 24 de
enero, de improviso el río muy alto y fuerte;
quebróme las amarras y proeles, y hubo de llevar los
navíos, y cierto los vi en mayor peligro que nunca.
Remedió nuestro Señor, como siempre hizo. No sé si
hubo otro con más martirios. A 6 de febrero,
lloviendo, invié 70 hombres la tierra adentro; y a las 5
leguas hallaron muchas minas; los indios que iban
con ellos los llevaron a un cerro muy alto, y de allí les
mostraron hacia toda parte cuanto los ojos
alcanzaban, diciendo que en toda parte había oro, y
que hacia el Poniente llegaban las minas 20 jornadas,
y nombraban las villas y lugares y adonde había de
ello más o menos. Después supe yo que el Quibian
que había dado estos indios les había mandado que
fuesen a mostrar las minas lejos y de otro su
contrario; y que adentro de su pueblo cogían, cuando
él quería, un hombre en diez días una mozada de oro;
los indios sus criados, y testigos de esto, traigo
conmigo. Adonde él tiene el pueblo llegan las barcas.
Volvió mi hermano con esa gente, y todos con oro
que habían cogido en cuatro horas que fue allá a la
estada. La calidad es grande, porque ninguno de
estos jamás había visto minas, y los más, oro. Los más
eran gente de la mar, y casi todos grumetes.
Yo tenía mucho aparejo para edificar y muchos
bastimentos. Asenté pueblo y di muchas dádivas al
Quibian, que allí llaman al Señor de la tierra; y bien
sabía que no había de durar la concordia: ellos muy
rústicos y nuestra gente muy importunos, y que
aposesionaba en su término; después que él vido las
cosas hechas y el tráfago tan vivo, acordó de las
quemar y matarnos a todos; muy al revés salió su
propósito: quedó preso él, mugeres y hijos y criados;
bien que su prisión duró poco: el Quibian se huyó a
un hombre honrado, a quien se había entregado con
guarda de hombres, y los hijos se fueron a un
maestre de navío, a quien se dieron en 61 a buen
recaudo. En enero se había cerrado la boca del río. En
abril los navíos estaban todos comidos de broma, y
no los podía sostener sobre agua. En este tiempo hizo
el río una canal, por donde saqué tres dellos vacíos
con gran pena. Las barcas volvieron adentro por la sal
y agua. La mar se puso alta y fea, y no les dejó salir
fuera; los indios fueron muchos y juntos y los
combatieron, y en fin los mataron. Mi hermano y la
otra gente toda estaban en un navío que quedó
adentro; yo, muy solo, de fuera, en tan brava costa,
con fuerte fiebre, en tanta fatiga; la esperanza de
escapar era muerta; subí así trabajando lo más alto,
llamando a voz temerosa, llorando, y muy aprisa, los
maestros de la guerra de vuestras Altezas, a todos
cuatro los vientos, por socorro; mas nunca me
respondieron. Cansado, me adormecí gimiendo; una
voz muy piadosa oí diciendo: "¡Oh, estulto y tardo a
creer y a servir a tu Dios, Dios de todos! ¿Qué hizo él
más por Moysés o por David sus siervos? Desque
naciste, siempre él tuvo de ti muy grande cargo.
Cuando te vido en edad de que él fue contento,
maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra.
Las Indias, que son parte del mundo, tan ricas, te las
dio por tuyas; tú las repartiste adonde te plugo, y te
dio poder para ello.
De los atamientos de la
mar océana, que estaban
cerrados con cadenas tan
fuertes, te dio las llaves;
y fuiste obedecido en
tantas tierras, y de los
cristianos cobraste tan
honrada fama. ¿Qué hizo
el más alto pueblo de
Israel cuando le sacó de
Egipto? ¿Ni por David,
que de pastor hizo Rey
en Judea? Tórnate a él, y
conoce ya tu yerro; su
misericordia es infinita; tu vejez no impedirá a toda
cosa grande; muchas heredades tiene él grandísimas.
Abraham pasaba de cien años cuando engendró a
Isaac, ¿ni Sara era moza? Tú llamas por socorro
incierto; responde: ¿quién te ha afligido tanto y
tantas veces, Dios o el mundo? Los privilegios y
promesas que da Dios no las quebranta, ni dice
después de haber recibido el servicio que su
intención no era ésta y que se entiende de otra
manera, ni da martirios por dar color a la fuerza: él va
al pie de la letra; todo lo que él promete cumple con
acrecentamiento: ¿esto es uso? Dicho tengo lo que tu
Criador ha hecho por ti y hace con todos. Ahora
medio muestra el galardón de estos afanes y peligros
que has pasado sirviendo a otros". Yo, así amortecido
oí todo; mas no tuve yo respuesta a palabras tan
ciertas, salvo llorar por mis yerros. Acabó él de
hablar, quienquiera que fuese, diciendo: "No temas,
confía: todas estas tribulaciones están escritas en
piedra mármol, y no sin causa". Levantéme cuando
pude; y a1 cabo de nueve días hizo bonanza, mas no
para sacar navíos del río. Recogí la gente que estaba
en tierra, y todo el resto que pude, porque no
bastaban para quedar y para navegar los navíos.
Quedara yo a sostener el pueblo con todos, si
vuestras Altezas supieran de ello. El temor que nunca
aportarían allí navíos me determinó a esto, y la
cuenta que cuando se haya de proveer de socorro se
proveerá de todo. Partí, en nombre de la Santísima
Trinidad, la noche de Pascua, con los navíos podridos,
abromados, todos hechos agujeros. Allí en Belén dejé
uno, y hartas cosas. En Belpuerto hice otro tanto. No
me quedaron salvo dos en el estado de los otros, y
sin barcas y bastimentos, por haber de pasar 7.000
millas de mar y de agua o morir en la vía con hijo y
hermano y tanta gente. Respondan ahora los que
suelen tachar y reprender, diciendo allá de en salvo:
¿por qué no hacíais esto allí? Los quisiera yo en esta
jornada. Yo bien creo que otra de otro saber los
aguarda: a nuestra fe es ninguna.
Llegué a 15 de mayo a la provincia de Mago, que
parte con aquella del Catayo, y de allí partí para la
Española; navegué dos días con buen tiempo, y
después fue contrario. El camino que yo llevaba era
para desechar tanto número de islas, por no me
embarazar en los bajos de ellas. La mar brava me hizo
fuerza, y hube volver atrás sin velas; surgí a una isla
adonde de golpe
perdí tres anclas, y
a la medianoche,
que parecía que el
mundo se ensolvía,
se rompieron las
amarras al otro
navío, y vino sobre
mí, que fue
maravilla como no
acabamos por
hacernos rajas: el
ancla, de forma que
me quedó, fue ella,
después de nuestro
Señor, quien me sostuvo. Al cabo de seis días, que ya
era bonanza, volví a mi camino; así, ya perdido del
todo de aparejos y con los navíos horadados de
gusanos más que un panal de abejas, y la gente tan
acobardada y perdida, pasé algo adelante de donde
yo había llegado denantes; allí me torné a reposar
atrás la fortuna; paré en la misma isla en más seguro
puerto; al cabo de ocho días torné a la vía y llegué a
Jamaica en fin de junio, siempre con vientos
punteros, y los navíos en peor estado; con tres
bombas, tinas y calderas no podían, con toda la
gente, vencer el agua que entraba en el navío, ni para
este mal de broma hay otra cura. Cometí el camino
para acercarme a lo más cerca de la Española, que
son 28 leguas, y no quisiera haber comenzado. El otro
navío corrió a buscar puerto, casi anegado. Yo porfié
la vuelta de la mar con tormenta. El navío se me
anegó, que milagrosamente me trujo nuestro Señor a
tierra. ¿Quién creyera lo que yo aquí escribo? Digo
que de cien partes no he dicho la una en esta letra.
Los que fueron con el almirante lo atestigüen. Si
place a vuestras Altezas de me hacer merced de
socorro un navío que pase de 64, con 200 quintales
de bizcocho y algún otro bastimento, bastará para
llevarme a mí y a esta gente a España de la Española.
En Jamaica ya dije que no hay 28 leguas a la
Española. No fuera yo, bien que los navíos estuvieran
para ello. Ya dije que me fue mandado de parte de
vuestras Altezas que no llegase allá. Si este mandar
ha aprovechado, Dios lo sabe. Esta carta invío por vía
y mano de indios: grande maravilla será si allá llega.
De mi viaje digo: que fueron 150 personas conmigo,
en que hay hartos suficientes para pilotos y grandes
marineros: ninguno puede dar razón cierta por donde
fui yo ni vine: la razón es muy presta.
Tierra Firme
Yo partí de sobre el puerto del Brasil; en la Española
no me dejó la tormenta ir al camino que yo quería;
fue por fuerza correr adonde el viento quiso. En ese
día caí yo muy enfermo; ninguno había navegado
hacia aquella parte; cesó el viento y mar dende a
ciertos días, y se mudó la tormenta en calmeria y
grandes corrientes. Fui a aportar a una isla que se
dijo de las Bocas, y de allí a tierra firme. Ninguno
puede dar cuenta verdadera de esto, porque no hay
razón que abaste; porque fue ir con corriente sin ver
tierra tanto número de días. Seguí la costa de la tierra
firme; ésta se asentó con compás y arte. Ninguno hay
que diga debajo cuál parte del cielo o cuándo yo partí
de ella para venir a la Española. Los pilotos creían
venir a parar a la isla de Sanct-Joan; y fuera en tierra
de Mango, 400 leguas más al Poniente de adonde
decían. Respondan, si saben, adónde es el sitio de
Veragua. Digo que no pueden dar otra razón ni
cuenta, salvo que fueron a unas tierras adonde hay
mucho oro, y certificarlo; mas para volver a ella, el
camino tienen ignoto: sería necesario para ir a ella
descubrirla como de primero. Una cuenta hay y razón
de astrología, y cierta: quien la entiende esto le
abasta. A visión profética se asemeja esto. Las naos
de las Indias, si no navegan salvo a popa no es por la
mala hechura ni por ser fuertes; las grandes
corrientes que allí vienen, juntamente con el viento,
hacen que nadie porfíe con bolina, porque en un día
perderían lo que hubiesen ganado en siete; ni saco
carabela aunque sea latina portuguesa. Esta razón
hace que no naveguen, salvo con colla, y por
esperarle se detienen a las veces seis y ocho meses
en puerto; ni es maravilla, pues que en España
muchas veces acaece otro tanto. La gente de que
escribe Papa Pío, según el sitio y señas, se ha hallado,
mas no los caballos, pretales y frenos de oro, ni es
maravilla, porque allí las tierras de la costa de la mar
no requieren, salvo pescadores, ni yo me detuve
porque andaba a prisa.
Sacrificios humanos en las ceremonias religiosas aztecas.
En Cariay, y en esas tierras de su comarca son
grandes hechiceros y muy medrosos. Dieran el
mundo porque no me detuviera allí una hora. Cuando
llegué allí, luego me inviaron dos muchachas muy
ataviadas; la más vieja no sería de once años, y la
otra de siete; ambas con tanta desenvoltura, que no
serían más unas putas; traían polvos de hechizos
escondidos; en llegando las mandé adornar de
nuestras cosas y las invié luego a tierra; allí vide una
sepultura en el monte, grande como una casa y
labrada, y el cuerpo descubierto y mirando en ella.
De otras artes me dijeron y más excelentes.
Animalias menudas y grandes hay hartas y muy
diversas de las muestras. Dos puercos hube yo en
presente, y un perro de Irlanda no osaba esperarlos.
Un ballestero había herido una animalia, que se
parece a gato paul, salvo que es mucho más grande y
el rostro de hombre: teníale atravesado con una
saeta desde los pechos a la cola, y porque era feroz le
hubo de cortar un brazo y una pierna; el puerco, en
viéndole, se le encrespó y se fue huyendo; yo cuando
esto vi mandé echarle begare, que así se llama
adonde estaba; en llegando a él, así estando a la
muerte y la saeta siempre en el cuerpo, le echó la
cola por el hocico y se la amarró muy fuerte, y con la
mano que le quedaba le arrebató por el copete como
a enemigo. El auto tan nuevo y hermosa montería me
hizo escribir esto. De muchas maneras de animalias
se hubo, mas todas mueren de barra. Gallinas muy
grandes, con la pluma como lana, vide hartas.
Leones, ciervos, corzos, otro tanto, y así aves. Cuando
yo andaba por aquella mar en fatiga, en algunos se
puso herejía que estábamos hechizados, que hoy día
están en ello. Otra gente que hallé que comían
hombres: la deformidad de su gesto lo dice. Allí dicen
que hay grandes mineros de cobre; hachas de ello,
otras cosas labradas, fundidas, soldados hube, y
fraguas con todo su aparejo de platero y los crisoles.
Allí van vestidos, y en aquella provincia vide sábanas
grandes de algodón, labradas de muy sotiles labores;
otras pintadas muy sutilmente a colores con pinceles.
Dicen que en la tierra adentro hacia el Catayo las hay
tejidas de oro. De todas estas tierras y de lo que hay
en ellas, falta de lengua, no se saben tan presto. Los
pueblos, bien que sean espesos, cada uno tiene
diferenciada lengua, y es en tanto que no se
entienden los unos con los otros más que nos con los
de Arabia.
Diosa maya.
Yo creo que esto sea en esta gente salvage de la costa
de la mar, mas no en la tierra adentro. Cuando yo
descubrí las Indias dije que era el mayor señorío rico
que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras
preciosas, especerías, con los tratos y ferias, y porque
no pareció todo tan presto fui escandalizado. Este
castigo me hace agora que no diga salvo lo que yo
oigo de los naturales de la tierra. De una oso decir,
por que hay tantos testigos, y es que yo vide en esta
tierra de Veragua mayor señal de oro en dos días
primeros que en la Española en cuatro años, y que las
tierras de la comarca no pueden ser más hermosas ni
más labradas, ni la gente más cobarde, y buen
puerto, y hermoso río, y defensible al mundo. Todo
esto es seguridad de los cristianos y certeza de
señorío, con grande esperanza de la honra y
acrecentamiento de la religión cristiana; y el camino
allí sería tan breve como a la Española, porque ha de
ser con viento. Tan señores son vuestras Altezas de
esto como de Jerez o Toledo: sus navíos que fueren
allí van a su casa.
Oro
De allí sacarán oro; en otras tierras, para haber de lo
que hay en ellas, conviene que se lo lleven, o se
volverán vacíos, y en la tierra es necesario que fíen
sus personas de un salvage. Del otro que yo dejo de
decir, ya dije por qué me encerré; no digo así, ni que
yo me afirme en el tres doble en todo lo que yo haya
jamás dicho ni escrito, y que yo estó a la fuente,
genoveses, venecianos y toda gente que tenga perlas,
piedras preciosas y otras cosas de valor, todas las
llevan hasta el cabo del mundo para las trocar,
convertir en oro: el oro es excelentísimo, del oro se
hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto
quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al
Paraíso. Los señores de aquellas tierras de la comarca
de Veragua, cuando mueren entierran el oro que
tienen con el cuerpo, así lo dicen: a Salomón llevaron
de un camino 666 quintales de oro, allende lo que
llevaron los mercaderes y marineros, y allende lo que
se pagó en Arabia. De este oro hizo 200 lanzas y 500
escudos, y hizo el tablado que había de estar arriba
dellas de oro y adornado de piedras preciosas, e hizo
otras muchas cosas de oro, y vasos muchos y muy
grandes y ricos de piedras preciosas. Josefo, en su
crónica De antiquitatibus lo escribe. En el
Paralipómenon y en el libro de los Reyes se cuenta de
esto. Josefo quiere que este oro se hubiese en la
Aurea; si así fuese digo que aquellas minas de la
Aurea son unas y se convienen con estas de Veragua,
que, como yo dije arriba, se alarga al Poniente 20
jornadas, y son en una distancia lejos del polo y de la
línea. Salomón compró todo aquello, oro, piedras y
plata y allí le pueden mandar a coger si les place.
David dejó en su testamento 3.000 quintales de oro
de las Indias a Salomón para ayuda de edificar el
templo, y según Josefo era el destas mismas tierras.
Hierusalem y el monte Sión ha de ser reedificado por
manos de cristianos: quién ha de ser, Dios, por boca
del Profeta, en el décimo cuarto salmo lo dice. El
Abad Joaquín dijo que éste había de salir de España.
San Jerónimo a la santa muger le mostró el camino
para ello. El Emperador del Catayo ha días que
mandó sabios que le enseñen en la fe de Cristo.
¿Quién será que se ofrezca a esto? Si nuestro Señor
me lleva a España, yo me obligo de llevarle, con el
nombre de Dios, en salvo. Esta gente que vino
conmigo han pasado increíbles peligros y trabajos.
Suplico a V. A., porque son pobres, que les mande
pagar para luego, y les haga mercedes a cada uno
según la calidad de la persona, que les certifico que a
mi creer les traer las mejores nuevas que nunca
fueron a España. El oro que tiene el Quibian de
Veragua y los otros de la comarca, bien que según
información él sea mucho, no me pareció bien ni
servicio de Vuestras Altezas tomarlo por vía de robo:
la buena orden evitará escándalo y mala fama y hará
que todo ello venga al tesoro que no quede un grano.
Con un mes de buen tiempo yo acabara todo mi
viage; por falta de los navíos no porfié a esperarle
para tornar a ello, y para toda cosa de su servicio
espero en aquel que me hizo y estaré bueno. Yo creo
que V. A. se acordará que yo quería mandar hacer los
navíos de nueva manera: la brevedad del tiempo no
dio lugar a ello, y cierto yo había caído en lo que
cumplía.
Yo tengo en más esta negociación y minas con esta
escala y señorío que todo lo otro que está hecho en
las Indias. No es este hijo para dar a criar a
madrastra. De la Española, de Paria y de las otras
tierras no me acuerdo de ellas, que yo no llore; creía
yo que el ejemplo dellas hubiese de ser por estotras
al contrario; ellas están boca abajo, bien que no
mueren; la enfermedad es incurable, o muy larga;
quien las llegó a esto venga agora con el remedio, si
puede o sabe; al descomponer, cada uno es maestro.
Las gracias y el acrecentamiento siempre fue uso de
darlas a quien puso su cuerpo a peligro. No es razón
que quien ha sido tan contrario a esta negociación le
goce, ni sus hijos. Los que se fueron de las Indias
huyeron los trabajos y diciendo mal dellas y de mí
volvieron con cargos; así se ordenaba agora en
Veragua: malo ejemplo, y sin provecho del negocio y
para la justicia del mundo; este temor con otros casos
hartos que yo veía claro, me hizo suplicar a V. A.
antes que yo viniese a descubrir esas islas y tierra
firme que me las dejasen gobernar en su Real
nombre; plúgoles; fué por privilegio y asiento y con
sello y juramento, y me intitularon de Virrey y
Almirante y Gobernador general de todo, y señalaron
el término sobre las islas de los Azores 100 leguas, y
aquéllas del Cabo Verde por línea que pasa de polo a
polo, y desto y de todo que más se descubriese, y me
dieron poder largo; la escritura, a más, largamente lo
dice.
Carta de Cristóbal Colón
El otro negocio famosísimo está con los brazos
abiertos llamando; extrangero ha sido hasta ahora.
Siete años estuve yo en su Real corte, que a cuantos
se habló de esta empresa todos a una dijeron que era
burla: ahora, hasta los sastres suplican por descubrir.
Es de creer que van a saltear, y se les otorga, que
cobran con mucho perjuicio de mi honra y tanto daño
del negocio. Bueno es de dar a Dios lo suyo y aceptar
lo que le pertenece. Esta es justa sentencia, y de
justo. Las tierras que acá obedecen a V. A. son más
que todas las otras de cristianos, y ricas. Después que
yo, por voluntad divina, las hube puestas debajo de
su Real y alto señorío y en filo para haber grandísima
renta, de improviso, esperando navíos para venir a su
alto conspecto con victoria y grandes nuevas del oro,
muy seguro y alegre, fui preso y echado con dos
hermanos en un navío, cargados de hierros, desnudo
en cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado
ni vencido por justicia: ¿quién creerá que un pobre
extrangero se hubiese de alzar en tal lugar contra V.
A. sin causa ni sin brazo de otro Príncipe, y estando
solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos
mis hijos en su Real corte? Yo vine a servir de 28
años, y ahora no tengo cabello en mi persona que no
sea cano, y el cuerpo enfermo, y gastado cuanto me
quedó de aquéllos, y me fue tomado y vendido, y a
mis hermanos hasta el sayo, sin ser oído ni visto, con
gran deshonor mío.
Es de creer que esto no se hizo por su Real mandado.
La restitución de mi honra y daños, y el castigo en
quien lo hizo, hará sonar su Real nobleza; y otro tanto
en quien me robó las perlas, y de quien ha hecho
daño en ese almirantado. Grandísima virtud, fama
con ejemplo será si hacen de vuestras Altezas de
agradecidos y justos Príncipes. La intención tan sana
que yo siempre tuve al servicio de vuestras Altezas, y
la afrenta tan desigual, no da lugar al ánima que
calle, bien que yo quiera: suplico a vuestras Altezas
me perdonen.
Yo estoy tan perdido como dije: yo he llorado hasta
aquí a otros: haya misericordia ahora el cielo y llore
por mí la tierra. En el temporal, no tengo solamente
una blanca para el oferta; en el espiritual, he parado
aquí en las Indias de la forma que está dicho: aislado
en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la
muerte, y cercado de un cuento de salvages y llenos
de crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de
los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia, que se
olvidará desta ánima si se aparta acá del cuerpo.
Llore por mi quien tiene caridad, verdad y justicia. Yo
no vine este viage a navegar por ganar honra ni
hacienda: esto es cierto, porque estaba ya la
esperanza de todo en ella muerta. Yo vine a V. A. con
sana intención y buen celo, y no miento. Suplico
humildemente a V. A. que, si a Dios place de sacarme
de aquí, que haya por bien mi ida a Roma y otras
romerías. Cuya vida y alto estado la Santa Trinidad
guarde y acresciente.
Detalle de una moneda conmemorativa del Descubrimiento.
EL PRIMER VIAJE DE COLÓN
José Antonio Hurtado García
Cuando un error entra en el
dominio público, ya no sale
nunca más de él; las opiniones
se trasmiten hereditariamente.
Y, al final, eso se convierte en la
Historia.
Rémy de Gourmont.
Pues bien, voy a tratar de demostrar que la ruta
que se le atribuye a Colón en su Primer Viaje, y
que jamás volvió a utilizar no es mas que eso, un
error, un tremendo error que se ha convertido en
Historia.
En primer lugar, el "Diario de a bordo" que es de
donde se extraen los datos para fijar la ruta, trae
dos "cuentas", una denominada "larga" o
"verdadera" que según la historiografía es la que
Colón llevaba en secreto para que la marinería no
se asustase si el viaje era demasiado largo, y una
segunda cuenta llamada "corta" o "falsa" que es
la que exponía públicamente para saber el
camino recorrido. Si consideramos únicamente la
cuenta "verdadera", y estimamos que toda la
tripulación era de Castilla (Andalucía en aquella
época al igual que Cantabria o Basconia, eran
Castilla), y que Colón hacía casi diez años que no
navegaba, hemos de suponer lógicamente que la
unidad de medida era la legua marinera
castellana, unidad que se definía como "de a
veinte" porque en el Ecuador 20 leguas
equivalían a un grado de circulo máximo
terrestre.
Parece complicado, pero es sencillo, el Ecuador
mide 360x20 = 7.200 leguas, y no hay que utilizar
el número pi, ni número decimales, ya está
calculada la longitud de la circunferencia
terrestre. Mediante tablas, tenemos la longitud
equivalente a la altura de cualquier paralelo, y
sabiendo las leguas navegadas a lo largo de un
paralelo, sabemos los grados en dirección E u W
que nos hemos alejado del punto de partida.
Como digo un procedimiento sencillo para los
marinos de la época.
Por ejemplo, vamos a imaginar que en dirección
W hemos navegado 60 leguas a lo largo del
paralelo de 20ºN, vamos a la tabla que nos dice
que 1 legua en el paralelo 20º N tiene una
equivalencia equinoccial (es decir ecuatorial) de
1,064 leguas, por tanto, nuestras 60 leguas
equivalen a la altura del Ecuador a 60x1,064 =
63,85 leguas. En el Ecuador, cada 20 leguas son
un grado, esto indica que nos hemos desplazado
63,85/20 = 3,2º W.
Esto se puede hacer con tablas, pero también con
regla y compás elementos indispensables en la
navegación, y eran cocimientos básicos de
cualquier piloto en la época que nos ocupa,
estando sobradamente acreditado sin más que
leer por ejemplo a Raimon Llull que es un siglo
anterior.
Si teniendo en cuenta la hipótesis de que Colón
viaja en ese primer viaje a la altura del paralelo
28º N, intentamos plasmar sobre un mapa el
recorrido de la cuenta "verdadera" añadiendo el
rumbo que se designa cada día, nos encontramos
con la sorpresa de que Colón llego a descubrir :
¡La Florida!, tal y como demuestro en la imagen
adjunta.
Pero es evidente que Colón, no llegó jamás a La
Florida, se quedo en una isla de las Lucayas, ¿que
ocurre?. La historiografía clásica ha dado muchas
vueltas al problema; en primer lugar a "acortado"
las leguas diciendo que Colón utilizó leguas
italianas o portuguesas, sin tener en cuenta que
todos los declarantes de los Pleitos Colombinos
declaraban en leguas con toda tranquilidad, lo
cual quiere decir que asumían leguas castellanas.
Es más, cuando en el Diario se utiliza una medida
que no es de uso corriente, se remarca, y así,
cada vez que utiliza millas especifica claramente
que son leguas de 4 millas (la equivalencia
corriente era de 3 millas por 1 legua), mientras
que no habla para nada de leguas portuguesas o
italianas.
Se añade, que el valor proporcionado por el
"Diario" es el rumbo de timonel, y no el rumbo
real seguido en ese día; rumbo de timonel es el
que el capitán indica al timonel que debe de
marcar, y el rumbo real es un cálculo partiendo
de la situación del día anterior, la desviación
sufrida por la nave como consecuencia de la
corriente y del viento, de la declinación
magnética del lugar donde se está situado (ya
que el norte se mide sobre la brújula y el norte
magnético no coincide con el geográfico), y que
por tanto sin todos esos valores es imposible
conocer la ruta que siguió Colón.
Desde el siglo pasado varios navegantes han
intentado seguir este primer viaje colombino, y
sobre su experiencia, y diversas hipótesis sobre
los campos magnéticos, han establecido "sus"
rutas; la más famosa es la del teniente de la
marina norteamericana McElroy en el primer
cuarto del siglo XX; fue patrocinada por la
Universidad de Harvard, y sobre los datos de
dicha navegación el historiador, también
americano, Samuel Elliot Morison estableció la
ruta que ofrezco más abajo y que es la que la
historiografía ha adoptado como la "ruta
colombina del primer viaje".
Dicha ruta, adolece de los siguientes fallos: en
primer lugar "acorta" la legua en una cantidad
próxima al 20%; en segundo lugar ya presupone
que el punto de llegada es la isla de San Salvador
como demostró en su día el profesos Keith
Pickering, en tercer lugar, para llegar a dicho
punto necesita navegar un 11% más de leguas
que las navegadas según el "Diario"; por último,
no explica porqué Colón utiliza leguas de 4 millas
en lugar de leguas de 3. Es evidente que cuando
se presenta la ruta, todo esto no se explica, y así
es como un error sin sentido alguno se ha
convertido en Historia. Porque Colón, que en
teoría descubre esa ruta, no la vuelve a utilizar
nunca más.
Según las probanzas de Don Diego Colón en los
Pleitos Colombinos, las llamadas expediciones
andaluzas, y expediciones menores fueron
posibles porque a la mayoría de los dirigentes de
dichas expediciones fue el propio Colón el que les
enseñó a cartear. Ninguna de esas expediciones
utilizó nunca la ruta que nos propone el Sr.
Morison, y estaría aquí fuera de lugar
enumerarlas y dibujar sus derrotas.
Conviene ahora preguntarse, ¿es posible
entonces determinar cual fue en verdad la ruta
del primer viaje?, yo creo que si, que es posible y
para ello lo primero que hay que hacer es fijarse
en las distancias navegadas, según el "Diario"
unos cuantos días que expongo en la tabla de
más abajo y que nos van a dar varias pistas de
como tratar esa información.
L F L
F E E E
E G C G
C U H U
A A A
S S
H
A
9 1 1 3
5 5 3
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Lo primero que se observa es que hay varios
números "redondos", y lo segundo es que unos
parecen estar relacionados con otros, pero eso
indica que no son datos reales de navegación, es
probabilisticamente imposible que un fenómeno
real produzca unos números que en un 32% esten
relacionados; así que si no son los datos de la
navegación, ¿qué pueden ser?; lo mismo que
serían en la actualidad, las proyecciones sobre
una carta de navegación, de los datos de la
navegación real.
Por lo que debemos de dar por sobreentendido
que en esos datos ya se ha tenido en cuenta el
arrastre de los vientos y la declinación magnética
del lugar; exactamente igual que hoy un piloto
pasa una ruta a otro en una carta de navegación;
con la diferencia de que expresados
matemáticamente y sin dibujar. ¿porqué dos
"cuentas"?, por lo mismo que en la actualidad,
porque se ha utilizado un sistema cartesiano de
dos ejes para representar la ruta, y una cuenta
corresponde al eje del paralelo y la otra al del
meridiano.
El problema consiste en que no todos los días de
navegación, tenemos un número para la cuenta
"corta", el "Diario" es ambiguo y se suele
despachar con frases como"anotando menos por
la dicha causa", para esos días voy a establecer la
hipótesis adicional que ponga lo que ponga el
"Diario", en la ruta que intento trazar la
proyección sobre el paralelo es idéntica a la
proyección sobre el meridiano, con lo que llego a
la gráfica de más abajo.
He tomado como día de cambio de rumbo SE a
NE el día 19, porque es el día en que el Diario
cambia de rumbo, y en todo lo demás no he
necesitado para nada los rumbos ya que las dos
coordenadas me lo definen inmediatamente; y
entonces es cuando aparece la primera sorpresa;
si mido los grados que forma la derrota con el
paralelo, me da un valor en torno a los 42º; y es
éste un valor crítico, ¿porqué?, por que para la
precisión de la época podemos suponer que 42º y
41,3º son idénticos (no debemos de olvidar que
se trabaja con regla y compás, y transportador de
ángulos). ¿Que ocurre con el valor de 41,3º?: que
cuando navego 4 unidades en la dirección de la
derrota, la proyección sobre el paralelo se
desplaza 3 unidades. ¿Cuantas millas tiene una
legua en el Ecuador?: 3, pero para recorrer esas
tres millas sobre el Ecuador, necesito navegar 4
millas en la dirección de la derrota.
¡Ahí está la explicación de las leguas de 4 millas!.
Por tanto es confirmación de que las hipótesis
que estoy realizando son correctas, y además con
leguas castellanas de "a veinte".
Ahora, ya tenemos dibujada la ruta sobre un
"mapa" del siglo XV, pero no podemos sin más
trasladarla a un mapa actual, porque desde el
siglo XV hasta aquí han cambiado mucho las
cosas; en primer lugar el N no es el mismo, y
aunque las coordenadas ya vengan "limpias" de
la declinación magnética local, el N del mapa del
siglo XV se trazó según la brújula, y por tanto no
es el actual de nuestras cartas actuales. Teniendo
en cuenta diversos estudios he supuesto que
entre ambos hay una desviación de 3,5º. Pero
además, los portolanos mallorquines o
portugueses de dicho siglo tenían una
representación del Mediterráneo que era tal que
el paralelo que pasa por Gibraltar, Tunez y Rodas,
estaba inclinado 9º (en algunos portolanos más)
con respecto al paralelo real.
Para aquellos lectores que sepan algo de
"ciencias" significa que hay que hacer un cambio
de coordenadas, para los demás dicha frase no
tiene sentido; en definitiva hay que tomar los
números que tenemos del "Diario" y
multiplicarlos y sumarlos por una combinación de
los senos y cosenos de los ángulos mencionados,
9º y 3,5º, para que así me den otros números que
son los que puedo llevar a un mapa actual; y para
esto no tengo soluciones, el que sepa
matemáticas le resultará fácil hacer la
transformación, y el que no las sepa ha de creer
como un acto de fe, así que mediante una hoja de
cálculo yo he realizado las trasformaciones y está
todo a punto para comenzar a dibujar la ruta,
pero...
¿Cual es el origen?, desde donde se ha de
comenzar, porque ahora, todo el mundo sabe
cual es el meridiano cero (El de Bruja Verde en
Inglaterra), pero en esa época no existía, ¿cual es
el cero?; el "Diario" tiene la explicación "La punta
más occidental de la isla de El Hierro". Así que
tomaré ese punto como inicio, y la figura
siguiente nos ofrece la gráfica de la ruta.
Esta ruta navega exactamente las leguas que dice
el "Diario", deja a la flotilla a 6 leguas de tierra en
el momento del "descubrimiento" (frente a las 2
que dice el "Diario") lo que significa que tiene un
error inferior al 3 por mil; utiliza las leguas
castellanas "de a veinte", explica cuando y
porque se usan leguas de 4 millas; y similar a esta
ruta es la utilizada por Colón en sus siguientes
viajes, y en el resto de expediciones que según
testigos conducían hombres enseñados a
"cartear" por el Almirante.
Si la exactitud matemática confirma la bondad de
las hipótesis; si las tradiciones posteriores avalan
que la primera sea como la que muestro, si
razones históricas documentales que no expongo
para no alargar el artículo confirman que el
"Diario" está escrito "a dos letras" para que nadie
pueda saber el camino en modo seguro; si se
utilizan los sistemas de medidas de la época y
lugar sin acogerse a innecesarios extranjerismos,
¿que impide que la ruta que propongo sea
considerada como la ruta real del primer viaje?:
La Historia, esa Historia que se crea en base a
errores hechos llegar hasta la opinión pública, y si
no preguntemos al "hombre de la calle": ¿Que, y
cuantos, barcos llevaba Colón cuando fué a
descubrir América?, la respuesta de la mayoría
será tajante: tres carabelas..., pues no, dos
carabelas y una nao.
FUENTES:
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Pickeering, Keith. "The First Voyage Of
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Rey Pastor, Julio. "La Cartografía
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Edición: 1ª
Proyecto Clío- Nº. 9
VER EL ARTÍCULO EN SU CONTEXTO ORIGINAL
http://clio.rediris.es/articulos/viaje.htm
Monumento a Cristóbal Colón de Mariano Benlliure en la Plaza
del Humilladero, Granada. Año 1892.
Colón presenta su proyecto a la reina Isabel la Católica.
TÍTULO EXPEDIDO POR LOS
REYES CATÓLICOS A DON
CRISTÓBAL COLÓN DE
ALMIRANTE, VIRREY E
GOBERNADOR DE LAS ISLAS E
TIERRA FIRMA QUE
DESCOBRIESE.
30 de abril de 1492
Don Fernando e Doña Isabel, por la
Gracia de Dios, Rey e Reyna de
Castilla, de Leon, de Aragon, de
Sevilla, de Granada, de Toledo, de
Valencia, de Galicia, de Mallorca, de
Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de
Córcega, de Múrcia, de Xaen, de los
Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, e
de las Islas de Canarias; Conde e
Condesa de Barcelona, e Señores
deVizcaya e de Molina; Duques de
Atenas e de Neopatria, de Gociano:
Por quanto vos, Cristóbal Colon, vades
por Nuestro mandado a descobrir e
ganar con ciertas xustas Nuestras, e
con Nuestras gentes, ciertas islas e
Tierra-firme en la Mar Océana; e se
espera que con la ayuda de Dios, se
descobrirán e ganarán algunas de las
dichas islas e Tierra-firme en la dicha
Mar Océana, por vuestra mano e
industria; e ansí es cosa xusta e
rrazonable, que pues os poneis al
dicho peligro por Nuestro servicio,
séades dello remunerado; e
queriendoos honrrar e fazer merced
por lo susodicho, es Nuestra merced e
voluntad, que vos el dicho Cristóbal
Colon, dempues que hayades
descobierto e ganado las dichas islas e
Tierra-firme en la dicha Mar Océana, o
qualesquier dellas, que seades nuestro
Almirante de las dichas islas e Tierra-
firme que ansi descobriéredes e
ganáredes, e seades Nuestro
Almirante e Virrey e Gobernador en
ellas, e vos podades dende en adelante
llamar e intitular Don Cristóbal Colon;
e ansi vuestros fixos e subcesores en el
dicho oficio e cargo, se puedan
intitular e llamar Don, e Almirante, e
Virrey e Gobernador dellas; e para que
podades usar y exercer el dicho oficio
de Almirantadgo, con el dicho oficio de
Virrey e Gobernador de las dichas islas
e Tierra-firme que ansí descobriéredes
e ganáredes por vos o por vuestros
Lugares-Tinientes, e oir e librar todos
los pleytos e cabsas ceviles e
creminales tocantes al dicho oficio de
Almirantadgo e Visorrey e
Gobernador, segun falláredes por
derecho, e sigun lo acostumbran usar y
exercer los Almirantes de Nuestros
rreynos; e podades punir e castigar los
delinquentes, e usédes de los dichos
oficios de Almirantadgo e Visorey e
Gobernador, vos e los dichos vuestros
Lugares-Tenientes, en todo lo a los
dichos oficios e cada uno dellos anexo
e concerniente; e que hayades e
llevades los derechos e salarios a los
dichos oficios e cada uno dellos anexos
e pertenescientes, sigun e como los
llevan e acostumbran llevar el Nuestro
Almirante mayor en el Almirantadgo
de los Nuestros rreynos de Castilla, e
los Visoreyes e Gobernadores de los
dichos Nuestros rreynos.
Colón presenta su proyecto a los Reyes Católicos en Granada.
Litografía del siglo XIX.
Fuente: Todocoleccion.com
E por esta nuestra carta o por su
treslado, sinado de escribano público,
Mandamos al Príncipe D. Xoan,
Nuestro Muy Caro e Muy amado fixo,
e a los Infantes, Duques, Perlados,
Marqueses, Condes, Maestre de las
Ordenes, Priores, Comendadores e a
los del Nuestro Consexo e Oidores de
la Nuestra Abdiencia, Alcaldes e otras
xusticias qualesquier de la Nuestra
Casa e Córte, e Chancillería; e a los
Subcomendadores, Alcaydes de los
castillos e casas fuertes e llanas, e a
todos los Consexos, Asistentes,
Corregidores, Alcaldes, Alguaciles,
Aberinos, Veintequatro caballeros
xurados, Escuderos, Oficiales e homes
buenos de todas las cibdades e villas e
lugares de los Nuestros rreynos e
Señoríos, e de los que vos
conquistáredes e ganáredes; e a los
Capitanes, Maestres, Contramaestres,
Oficiales, marineros e gentes del mar,
nuestros súbditos e naturales que
agora son e serán de aquí adelante, e
a cada uno e a qualquier dellos, que
seyendo por vos descobiertas e
ganadas las dichas islas, e Tierra-firme
en la dicha Mar Océana, e fecho por
vos, o por quien vuestro poder obiere
el xuramento e solenidad quen tal caso
se rrequiere, vos hayan e thengan,
dende en adelante para en toda
vuestra vida, e dempues de vos a
vuestro fixo e subcesor, e de subcesor
en subcesor para siempre xamás, por
Nuestro Almirante de la dicha Mar
Océana, e por Visorey, e Gobernador
en las dichas islas e Tierra-firme que
vos el dicho Don Cristóbal Colon
descobriéredes e ganáredes, e usen
con vos, e con los dichos vuestros
Lugares-Tinientes quen los dichos
oficios de Almirantazgo e Visorrey e
Gobernador posiéredes; en todo lo a
ellos concerniente, e vos rrecudan e
fagan rrecudir con la quitacion e
derechos e otras cosas, a los dichos
oficios anexos e pertenescientes, e vos
guarden e fagan guardar todas las
honrras, gracias e mercedes e
libertades, preeminencias,
prerrogativas, exenciones,
inmunidades, e todas las otras cosas e
cada una dellas, que por rrazon de los
dichos oficios de Almirante e Visorey e
Gobernador, debedes haber e gozar, e
vos deben ser guardadas; todo bien e
complidamente, en guisa que vos non
mengue ende cosa alguna; e quen ello,
nin en parte dello, embargo nin
contrario alguno vos pongan, nin
consientan poner.
Nos, por esta Nuestra Carta, dende
agora para entonces vos facemos
merced de los dichos oficios de
Almirantadgo e Visorey e gobernador,
por xuro de heredad, para siempre
xamás; e vos damos la posesion e casi
posesion dellos e de cada uno dellos, e
poder e abtoridad para los usar y
exercer, e llevar los derechos e salarios
a ellos e cada uno dellos anexos e
pertenescientes, sigun e como dicho
es; sobre lo qual todo que dicho es, si
nescesario vos fuere, e si lo vos
pidiéredes, Mandamos al Nuestro
Chanciller e notarios, e a los otros
oficiales questán a la tabla de los
Nuestros sellos, que vos den e libren, e
pasen e sellen Nuestra Carta de
previlexio la mas fuerte e firme e
bastante que les pidiéredes, e
obiéredes menester.
E los unos nin los otros non fagades
nin fagan en deal por alguna manera,
so pena de la Nuestra merced, e de
diez mill maravedís para la Nuestra
Cámara, a cada uno que lo contrario
ficiere; e demas, Mandamos al home
que les esta Nuestra Carta mostrare,
que los emplace que parezcan ante
Nos en la Nuestra Córte, de quier que
Nos seamos, del dia que los emplazare
a quince dias primeros siguientes, so la
dicha pena; so la qual, Mandamos a
qualquier escribano público que para
esto fuere llamado, que dé, ende, al
que se la mostrare, testimonio sinado
con su sino, porque Nos sepamos como
se comple Nuestro mandado.-
Dada en la Nuestra Cibdad de Granada
a treinta dias del mes de Abril año del
nascimiento de Nuestro Salvador
Xesucristo de mil e quatrocientos e
noventa e dos años.-Yo el Rey.-Yo la
Reyna.-YoXoan de Coloma, Secretario
del Rey e de la Reyna Nuestros
Señores, la fisce escrebir por su
mandado.-Acordada en forma.-
Registrada.-Sebastian de Olano.-
Francisco de Madrid, Chanciller.
Fuente:Colección de documentos inéditos: relativos al
descubrimiento, conquista y organización de las antiguas
posesiones españolas en América y Oceanía, sacados de los
Archivos del Reino y muy especialmente del de Indias, por
TORRES DE MENDOZA, Luis de, abogado de los Tribunales,
ex-Diputado a Cortes, con la cooperación competente.
Autorizada por el Ministerio de Ultramar, según Real Orden
de 10 de julio de 1862, Imprenta de Manuel Hernández,
Madrid, 1864-84, 24 tomos. Primera Serie, tomo XXX, 1878,
pp. 59-64
Colón presenta su proyecto a la reina Isabel.
Monumento en Granada
CAPITULACIONES DE SANTA FE (Granada)
Documento de las Capitulaciones de Santa Fe
Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas dan
e otorgan a don Christoval de Colon, en alguna
satisfacion de lo que ha descubierto en las Mares
Oceanas y del viage que agora, con el ayuda de
Dios, ha de fazer por ellas en servicio de
Vuestras Altezas, son las que se siguen:
Primeramente que Vuestras Altezas como
Señores que son de las dichas Mares Oceanas
fazen dende agora al dicho don Christoval
Colon su almirante en todas aquellas islas y
tierras firmes que por su mano o industria se
descubriran o ganaran en las dichas Mares
Oceanas para durante su vida, y después del
muerto, a sus herederos e successores de uno en
otro perpetualmente con todas aquellas
preheminencias e prerrogativas pertenecientes
al tal officio, e segund que don Alfonso
Enríquez, quondam, Almirante Mayor de
Castilla, e los otros sus predecessores en el dicho
officio, lo tenían en sus districtos.
Plaze a Sus Altezas.
Johan de Coloma.
FIRMA DE CRISTÓBAL COLÓN.
Otrosí que Vuestras Altezas fazen al dicho don
Christoval su Visorey e Governador General en
todas las dichas tierras firmes e yslas que como
dicho es el descubriere o ganare en las dichas
mares, e que paral regimiento de cada huna e
qualquiere dellas, faga el eleccion de tres
personas para cada oficio, e que Vuestras
Altezas tomen y scojan uno el que mas fuere su
servicio, e assi seran mejor regidas las tierras
que Nuestro Señor le dexara fallar e ganar a
servicio de Vuestras Altezas.
Plaze a Sus Altezas.
Johan de Coloma.
Item que de todas e qualesquiere mercadurias,
siquiere sean perlas, piedras preciosas, oro,
plata, specieria, e otras qualesquiere cosas e
mercadurias de qualquiere specie, nombre e
manera que sean, que se compraren, trocaren,
fallaren, ganaren e hovieren dentro en los
limites de dicho Almirantazgo, que dende agora
Vuestras Altezas fazen merced al dicho don
Christoval e quieren que haya e lieve para si la
dezena parte de todo ello quitadas las costas
todas que se fizieren en ello por manera que de
lo que quedare limpio e libre, haya e tome la
dicha decima parte para si mismo, e faga dello a
su voluntad, quedando las otras nueve partes
para Vuestras Altezas.
Plaze a Sus Altezas.
Johan de Coloma.
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Otrosí que si a causa de las mercadurias quel
trahera de las yslas y tierras, que assi como
dicho es se ganaren o se descubrieren o de las
que en trueque de aquellas se tomaran, aqua de
otros mercadores naciere pleyto alguno en el
logar don el dicho comercio e tracto se terna y
fara, que si por la preheminencia de su officio de
almirante le pertenecera conocer de tal pleyto
plega a Vuestras Altezas que el o su teniente e
no otro juez conozcan de tal pleyto, e assi lo
provean dende agora.
Plaze a Sus Altezas, si pertenece al dicho officio
de almirante segunt que lo tenía el dicho
almirante don Alonso Enrique, quondam, y los
otros sus antecessores en sus districtos y siendo
justo.
Johan de Coloma.
Item que en todos los navíos que se armaren
paral dicho tracto e negociacion, cada y quando,
y quantas vezes se armaren, que pueda el dicho
don Christoval Colon si quisiere coniribuyr e
pagar la ochena parte de todo lo que se gastare
en el armazon, e que tanbien haya e lieve del
provecho la ochena parte de lo que resultare de
la tal armada.
Plaze a Sus Altezas.
Johan de Coloma.
Son otorgadas e despachadas con las respuestas
de Vuestras Altezas en fin de cada hun capitulo,
en la, villa de Santa Fe de la Vega de Granada a
XVII de abril del año del Nacimiento de Nuestro
Señor Mil CCCCLXXXXII.
Yo el Rey. Yo la Reyna.
Por mandado del Rey e de la Reyna:
Johan de Coloma.
Registrada Calçena».
Colón regresó a España detenido y encadenado.