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Historia 50 Años Ucb

Este documento resume los 50 años de historia de la Universidad Católica Boliviana "San Pablo" en Bolivia desde su fundación en 1966. En los primeros capítulos describe los desafíos de los primeros años y la década de 1970, luego cómo la universidad se adaptó a los cambios del país en las décadas de 1980 y 1990. Los capítulos finales analizan los desafíos de los últimos 15 años y la preparación para el 50 aniversario, destacando cómo la universidad ha enfrentado obstáculos a lo largo de su historia con entereza

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Historia 50 Años Ucb

Este documento resume los 50 años de historia de la Universidad Católica Boliviana "San Pablo" en Bolivia desde su fundación en 1966. En los primeros capítulos describe los desafíos de los primeros años y la década de 1970, luego cómo la universidad se adaptó a los cambios del país en las décadas de 1980 y 1990. Los capítulos finales analizan los desafíos de los últimos 15 años y la preparación para el 50 aniversario, destacando cómo la universidad ha enfrentado obstáculos a lo largo de su historia con entereza

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Años

UNIVERSIDAD CATÓLICA BOLIVIANA


“SAN PABLO”

2016
La conversión de San Pablo
Vitral conmemorativo de los cincuenta años
de la Universidad Católica Boliviana
“San Pablo”
autor: León Saavedra Geuer
© 2016 Cincuenta años
Publicación del Departamento de Cultura y Arte
de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, La Paz

Depósito Legal:
4 - 1 - 4013 - 16

Derechos reservados
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento,
distribución, comunicación pública y transformación de cualquier parte de esta
publicación sin la autorización de los titulares de la propiedad intelectual.

Compilación y elaboración de textos: Gustavo Guzmán


Coordinador y editor del proyecto: Carlos Rosso Orosco
Diagramación: Eduardo Suarez
Fotografias: Archivo de la Universidad
Vassil Anastasov
Antonio Suarez
Revisión de pruebas: Amancaya Rivera e Iván Vargas

Agradecimientos: Dr. José Manuel Palenque


Profesor fundador de la Universidad
Dr. Carlos Gerke Mendieta
Ex Rector Nacional de la Universidad
Lic. Martín Hinojosa
Ex Vicerector Nacional Administrativo de la Universidad
Dr. Edwin Claros
Ex Rector Académico Nacional de la Universidad
Sr. Gustavo Valencia
Encargado del Archivo Central de la Universidad

Pre- prensa e impresión:


SPC Impresores S.A.

Impreso en La Paz- Bolivia


2016
UNIVERSIDAD CATÓLICA BOLIVIANA “SAN PABLO”

La Paz - Bolivia
2016
Mensaje del Nuncio Apostólico
de Su Santidad en Bolivia
28 de enero de 2016
La dimensión misionera del discipulado cristiano,
debe ser evidente en la vida de las personas y en
el trabajo de cada institución eclesial. Esta implicación
en un “discipulado misionero” se debería percibir
de un modo especial en las universidades católicas
[EG.,nn.132-134] que, por su naturaleza
misma, están comprometidas en mostrar la armonía
entre fe y razón y poner en evidencia la relevancia
del mensaje cristiano para una existencia
humana vivida en plenitud y autenticidad.
[ Papa Francisco, 30 de enero de 2014]

La celebración del 50° Aniversario de fundación de la Universidad Católica


Boliviana “San Pablo” es motivo de júbilo y de un profundo reconocimiento
por el camino hecho desde aquel 1966. Camino que ha ido abriéndose, entre
esperanzas y dificultades, hacia horizontes siempre más amplios y acordes con
la evolución de la ciencia y en fidelidad a la Fe de la Iglesia guiada por Pedro.

Este Ateneo ostenta desde sus inicios un lema muy significativo: “Veritas
in caritate”, que ciertamente ha guiado a miles y miles de jóvenes a ser
ciudadanos responsables y competentes profesionales, que con su adhesión a
la verdad en la caridad de Cristo sirven como católicos a la construcción del
bien común. Esta es la verdadera identidad que la Universidad “San Pablo”
no debe nunca ni minimizar ni perder. Por eso hago votos para que siga
ofreciendo a las nuevas generaciones una óptima formación, para afrontar los
desafíos del tiempo presente.

En nombre del Santo Padre Francisco imparto de corazón a todos los


integrantes de la misma una particular Bendición Apostólica.

+ Giambattista Diquattro
Nuncio Apostólico
Mensaje del Gran Canciller
marzo de 2016

A principios de la década de los años sesenta del pasado


siglo ya se hablaba de la urgencia de tener en Bolivia
una universidad de la Iglesia Católica, pero recién en
1966 la Conferencia Episcopal Boliviana aprobó las
recomendaciones del Comité de Obispos integrado por
Mons. Abel Antezana, Arzobispo de La Paz, Mons. José
Clemente Maurer, Arzobispo de Sucre, Mons. Armando
Gutiérrez Granier, Obispo auxiliar de Cochabamba y
Mons. Genaro Prata, Obispo Auxiliar de La Paz, y resolvió
fundar la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”.
Sin duda, tuvo mucho que ver el entusiasmo alentador de
Mons. Carmine Rocco, Nuncio Apostólico de su Santidad
en Bolivia, y la decidida participación de personalidades
como el Dr. Luis Adolfo Siles Salinas, Carlos Gerke
Mendieta y Gustavo Stumph, que ayudaron a redactar
los primeros documentos de la futura universidad; sin
olvidar, por supuesto a varios otros personajes destacados
que conformaron el “Comité de Laicos”.

La década de los años sesenta era, no sólo en Bolivia


sino también en el mundo entero, una época de grandes
transformaciones políticas y sociales.
La misma Iglesia Católica experimentaba las primeras
enseñanzas del Concilio Vaticano II, que había cerrado
sus deliberaciones en 1965 y que determinó, sin duda, uno
de los acontecimientos históricos fundamentales del siglo
XX. En este contexto, fundar un Universidad Católica
en Bolivia no dejaba de ser un reto no tan fácil de llevar
adelante, pero sus fundadores, obispos y laicos, asumieron
el desafío y siguieron adelante.

Hoy se cumplen cincuenta años de esta aventura valiente


que, gracias a Dios y por ministerio de su Iglesia, dio los
frutos esperados por sus fundadores. A lo largo de este
tiempo la Universidad Católica Boliviana ha enfrentado y
superado varios problemas y ha desarrollado actividades que
la han convertido en un referente incuestionable en Bolivia.
Es, por lo tanto, una ocasión para celebrar agradecidos la
infinita bondad de Dios que nos ha permitido tener una
Universidad líder para la educación superior en Bolivia
donde se han formado, y se siguen formando, profesionales
destacados que sirven al país iluminados por las sabias
enseñanzas del Evangelio y sirviendo a nuestra patria con
una formación que quiere ser la mejor de Bolivia.
La antigua casona, primera sede de la Universidad.
Junta Directiva
de la Universidad Católica Boliviana
“ San Pablo”

S.E.R. Monseñor Jorge Herbas Balderrama, O.F.M.


OBISPO PRELADO DE AIQUILE
GRAN CANCILLER

S.E.R. Monseñor Jesús Juárez S.D.B.


ARZOBISPO DE SUCRE

Lic. Miguel Fabbri

Ing. Herbert Müller

Lic. Flavio Escobar

Dr. Francesco Zaratti

R.P. Armando Sejas

Lic. Juan Cristobal Soruco

Dra. Paula Peña

Arq. Adolfo Valenzuela


Autoridades Nacionales

Marco Antonio Fernández Calderón, MEE, MM.


RECTOR NACIONAL

Dr. Alejandro Mercado Salazar


VICERRECTOR
ACADÉMICO NACIONAL

Mgr. Marcela Nogales Garrón


VICERRECTORA ADMINISTRATIVA
FINACIERA NACIONAL

Dr. Carlos Derpic Salazar


SECRETARIO
GENERAL NACIONAL

Ing. Marcelo Loayza Melgarejo


DIRECTOR NACIONAL
DE PLANIFICACIÓN ACADÉMICA
Mons. Prata y Dr. Luis Adolfo Siles, al fondo, el P. Francisco de Paula Nadal
Rectores Regionales

Marcelo Villafani Ibarnegaray P.H.D.


RECTOR DE LA UNIDAD
ACADÉMICA DE LA PAZ

Dr. Alfonso Vía Reque


RECTOR DE LA UNIDAD
ACADÉMICA DE COCHABAMBA

Mgr. Pablo Alberto Herrera Suárez


RECTOR DE LA UNIDAD
ACADÉMICA DE SANTA CRUZ

Enrique Farfán Torrez P.H.D.


RECTOR DE LA UNIDAD
ACADÉMICA DE TARIJA
Contenidos

Prólogo

Capítulo 1
Los primeros años, los primeros días LA FUNDACIÓN

Capítulo 2
Los años setenta LAS HORAS DIFÍCILES

Capítulo 3
Los años ochenta y noventa OTRO PAÍS, OTRA UNIVERSIDAD

Capítulo 4
Más allá del tiempo LAS OTRAS HISTORIAS

Capítulo 5
2000-2015, la antesala del medio siglo
LOS DESAFÍOS, CINCUENTA AÑOS DESPUÉS
Prólogo

Nos hemos propuesto −al cumplirse los cincuenta


años de la creación de la Universidad Católica Boliviana
“San Pablo”− recordar, de alguna manera, tantas cosas
que sucedieron en este medio siglo. Me enorgullece
sinceramente haber impulsado este intento porque,
habiendo sido antes estudiante y tras haberme formado
aquí mismo profesionalmente, hoy tengo el honor de ser
su Rector Nacional. Como toda historia, este relato no
será otra cosa que un recuento de cómo se logra afrontar,
con entereza y siempre confiando en la intervención de la
divina providencia, las adversidades cambiantes que nos
plantean las urgencias de cada época: desafiando obstáculos
y allanando caminos para alcanzar metas que son parte de
nuestros más caros anhelos. Así sucede con las personas y
así también ocurre con las instituciones.

21
En verdad se trata de narrar, ni más ni menos, cómo fue que
un grupo de hombres y mujeres, desdeñando la comodidad
y la indolencia, munidos de principios y convicciones,
asumieron posiciones y se enfrentaron a los problemas para
resolverlos y a las incomprensiones para vencerlas: porque
se trataba de empeños que sólo aspiraban a culminar con
éxito los esfuerzos denodados; sin halagos personales y
buscando que la Universidad Católicia Boliviana “ San
Pablo” contribuya en la construcción de un orden temporal
querido por Dios. Así ha sido siempre y así seguirá siendo
para quienes, alejados de la comodidad o la rutina, quieren
ser útiles al Plan de Dios.

La historia de nuestra Universidad −católica y boliviana−


no es sino un recuento de estos grandes y también pequeños
momentos que, al calor de sueños e ideales, fueron
conciliando aciertos y asimilando reveses que, al fin y al
cabo, son nuestra vida institucional de cinco décadas y que
hoy queremos compartirla con todos, porque no es solo
nuestra sino que forma parte de la historia misma de nuestro
país: con sus problemas, sus vicisitudes y sus aspiraciones
pero con el firme deseo de avanzar teniendo “la mano en el
pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios”

Desde entonces, muchas personas han pasado por


nuestra Universidad, miles de ellas han enseñado en sus
aulas o se han formado profesionalmente aquí y, como
en la parábola del sembrador, han resultado ser como
“simientes cada una con su propio destino”. Al cabo de
cincuenta años de esta aventura tenemos mucho que

22
contar, mucho que decir y mucho que pensar para alcanzar
los nobles propósitos con los que nuestra Universidad
fuera fundada: una universidad que no quiere ser “una
universidad más, sino una Universidad Católica que
debe colocarse (…) en un alto nivel científico en base
a los principios de la Filosofía y la Doctrina Social de
la Iglesia”.

Por lo demás −y es bueno anunciarlo− hemos querido


que, como todo empeño de reseñar una historia, queden
establecidos determinados periodos en el curso de los
hechos. En el primero de esos periodos (1962-1970) se
destaca el intenso y enriquecedor debate dentro y fuera del
Episcopado Nacional sobre los principios, fundamentos y
características de la universidad a forjar, y se observa un
hecho de singular importancia: la Universidad Católica
se erigiría en medio de la absoluta y plena vigencia de la
prerrogativa estatal sobre la Educación Superior.

En el decenio siguiente (1970-1980), la Universidad inicia


el largo proceso de su institucionalización con la puesta
en marcha del Estatuto Orgánico Ad Experimentum, cuyos
principios y normas, puede decirse sin falta, permanecen
presentes hasta hoy. Tres hechos rodean ese proceso: el
principio y fin de un gobierno nacional que trastoca el
curso de la vida de las universidades en el país; el fin
de ese régimen en las universidades y la decisión de la
Conferencia Episcopal Boliviana de iniciar una etapa de
reestructuración de la Universidad Católica.

23
La década de los años ochenta y noventa en la Universidad
(1980-2000) es un periodo de significativas transformaciones:
se inicia y se consolida la etapa de estabilización de su
economía y se materializa su expansión a las ciudades de
Cochabamba, Santa Cruz y Tarija lo que significa un
crecimiento notable con la creación de treintaiocho carreras
en diez años, entre 1990 y el año 2000.

A partir del año 2001, e incluso ya unos años antes, se hizo


evidente la necesidad de una reformulación institucional
puesto que la Universidad había crecido notablemente y
era necesario hacer frente a nuevos retos administrativos
y académicos también. Así se hizo, y la Universidad pudo
seguir adelante tratando de conservar su ya bien ganado
prestigio y su innegable influencia en la sociedad boliviana.

Ahora, y con cincuenta años de existencia, hemos de mirar


al nuevo siglo con la obligación de entender las urgencias
de la actualidad y los desafíos que esto representa; desde
luego sin vanagloriarse ni tratar de seguir viviendo de
nuestra nombradía o indiferentes respecto de las nuevas
responsabilidades. Es necesario hablar de lo que viene, de
lo que debemos hacer para seguir siendo los mejores como
lo pensaron quienes fundaron nuestra Universidad y como
lo quisieron todos y cada uno de quienes la construyeron:
autoridades, académicos, administrativos y como,
seguramente, la soñaron nuestros estudiantes y exalumnos.

24
Pero sobre todo no debemos perder de vista la esencia
misma de lo que somos y buscamos, esencia claramente
establecida por nuestro Papa Francisco en una reflexión
sobre las universidades catolicas: “La universidad
tiene un papel precioso como lugar de elaboración y
transmisión del saber, de formación de la ´sabiduría´
en el sentido más profundo del término, de educación
integral de la persona. La universidad debe ser un
lugar de discernimiento, de sabiduría, donde se
elabora la cultura de la proximidad, de la cercanía y
se forma para la solidaridad”

Ese es nuestro reto al futuro y esa es la historia que queremos forjar.

La Paz, mayo de 2016

Marco Antonio Fernández Calderón, MEE, MM.


RECTOR NACIONAL DE LA
UNIVERSIDAD CATÓLICA BOLIVIANA “SAN PABLO”

25
26
27
Los primeros años, los primeros días
LA FUNDACIÓN
30
La década de los años sesenta. Éste es el tiempo histórico,
caudaloso y contradictorio, en que nace la Universidad
Católica Boliviana. Y en esa década, 1962 es el año en que una
reunión de Obispos decide encomendar un estudio para erigir
una universidad cuya primera condición de existencia debía
ser precisamente ésa: tenía que ser una Universidad Católica.
La reunión se llevó a cabo entre los días 5 y 8 de febrero. Seis
meses después, en agosto de 1962, los Obispos tenían en sus
manos un primer documento y un puñado de preguntas. El
documento era aquél que habían encargado y las preguntas
sintetizaban la importancia de la decisión a tomar: ¿es o no
el momento de fundar una Universidad Católica?; ¿es más
oportuno que la Universidad Católica dependa directamente
de la Jerarquía o se preferirá confiarla a una Orden religiosa
y a cuál?; ¿cuál es la ciudad en que hay que fundarla? La
decisión de los Obispos conducía ineludiblemente a dos
caminos. Si se decidía fundar la Universidad había que,
primero, pedir la aprobación de la Santa Sede, tramitar su
reconocimiento ante el gobierno boliviano inmediatamente
después, y poner manos a la obra. El otro camino suponía,
simplemente, «dejar el proyecto para tiempos mejores». El
documento en manos de los Obispos concluía así: «El voto
de Vuestras Excelencias Reverendísimas dirá cuál de los
caminos sea más prudente y más oportuno seguir».
Los Obispos se tomarían su tiempo para decidir cuál sería
ese camino.

31
Como todo tiempo histórico, cuando se lo mira con la
benefactora distancia de los años, la década de los años
sesenta está poblada de hechos sustanciosos, en Bolivia
y el mundo. Fue ése el tiempo del Concilio Vaticano
II (1962-1965), el que inauguró el Papa Juan XXIII y
clausuró su sucesor Paulo VI, el encuentro ecuménico en
que la Iglesia Católica proclama el derecho universal a la
educación de todos los hombres y en el que se exponen los
principios fundamentales de la educación cristiana; fueron
ésos los años en los que en Estados Unidos se asesina a
su trigésimo quinto Presidente (1963) y nace la llamada
«Doctrina de Seguridad Nacional»; fue ése el tiempo en
que la Revolución cubana, en 1962, se declara socialista,
el tiempo en que Mao Zedong inicia en China la llamada
«Revolución Cultural» (1966); y fue ésa la década en la
que se produjo la mayor revuelta obrero-estudiantil en
París (1968), el conocido «Mayo francés».
En Bolivia, en esos diez años, ocurrió el ocaso de la
Revolución Nacional (1952) y el retorno de los militares
en el mando del país. Fue la década en que se inició la
explotación del gas natural, el tiempo en que, a raíz de
la desviación de las aguas del río Lauca, el país rompió
relaciones diplomáticas con Chile (1962); fueron diez
años en que se contabilizaron dos golpes de Estado y
la instalación de una Asamblea Constituyente (1966-
1967), aquella que promulgó la Carta Magna bajo cuyos
principios se recuperó el régimen democrático en 1982.
Fue en 1966 cuando llegó a Bolivia Ernesto «Che»
Guevara para morir casi un año después. Éste fue el tiempo
en que se redactaron los dos primeros planes de desarrollo
y de planificación de la economía nacional, el tiempo
en que se establecieron relaciones con la extinta Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas y se nacionalizaron

32
los hidrocarburos por segunda vez, el tiempo en que se
creó el primer acuerdo de integración regional, el Pacto
Andino (1969), y en el que la Televisión Boliviana inició
sus emisiones. Fue ésta, la década de los sesenta, la que
desbrozó el camino a una efímera Asamblea Popular que
sustituyó al Congreso Nacional en 1970, el mismo año en
que un grupo de jóvenes universitarios, una gran parte de
ellos militantes demócrata-cristianos, marchó a Teoponte
siguiendo los pasos de Guevara. Un año después, en 1971,
se inició en el país la más larga dictadura militar.

Julio de 1966. Cuatro años se tomaron los Obispos para


darle forma de Decreto a una determinación que se había
puesto en marcha poco antes. «Las condiciones actuales del
catolicismo en Bolivia reclaman la presencia de la Iglesia
en el campo de la Educación Superior». Así se inicia el
referido Decreto, emitido en el Palacio Arzobispal de La
Paz el 16 de julio de 1966, luego de la Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal de Bolivia reunida entre el
10 y 16 en Cochabamba. Y el primer artículo del Decreto
señala: «Se crea y se erige canónicamente, contando
con el beneplácito de la Santa Sede Apostólica, bajo la
dependencia de la Conferencia Episcopal de Bolivia, la
Universidad Católica Boliviana».
No hay que olvidar que la Iglesia Católica, que ya tenía
amplia participación en la educación primaria y secundaria,
no participaba en la educación superior aunque, a través
de estudiantes, docentes y administrativos, más bien laicos,
se logró una presencia significativa en las universidades
públicas. En los años previos a la fundación de la
Universidad Católica, existían movimientos universitarios
católicos como la Congregación Universitaria Mariana, la

33
Juventud Católica, la Legión de María y otros más esto,
sobre todo, en las universidades de San Andrés en La Paz
y San Simón en Cochabamba.
Esto mismo supuso que cuando se habló de fundar una
universidad católica, algunos de estos grupos expresaron su
preocupación en cuanto a dejar −decían ellos− el ámbito de
las universidades autónomas en las cuales se estaba llevando
a cabo tan importante labor de evangelización y presencia.
Agosto de 1966. Dieciséis días después de haberse hecho
pública la decisión de los Obispos de crear la Universidad
Católica, el 1 de agosto de 1966, otro artículo primero, esta
vez el de un Decreto Ley con número 07745, promulgado
por la junta militar de gobierno encabezada por el general
de ejército Alfredo Ovando Candia, «autoriza la instalación
y funcionamiento de la Universidad Católica Boliviana».
Cinco días después de ese primer día de agosto de 1966,
asumiría la conducción del país un nuevo gobierno, el
encabezado por el general de aviación René Barrientos
Ortuño y el abogado Luis Adolfo Siles Salinas, Presidente y
Vicepresidente de la llamada «Revolución Restauradora»,
elegidos en las elecciones del 3 de julio de ese mismo año.
Febrero de 1967. Los diputados y senadores elegidos
también en julio de 1966, junto a Barrientos Ortuño y
Siles Salinas, y como el primer acto de la legislatura que
les tocó inaugurar, decidieron convertir a esa legislatura
en Asamblea Constituyente con un principal propósito:
modificar la Constitución Política del Estado. Fue en esta
Asamblea —que sesionó entre agosto de 1966 y febrero de
1967— en la que inscribieron por primera vez en el régimen
constitucional boliviano dos palabras: «Universidades
Privadas». La nueva Constitución Política del Estado,
sancionada el 2 de febrero de 1967, en su Parte Tercera

34
referida a los «Regímenes Especiales», Título Cuarto,
Artículo 188, establece el «Régimen de las Universidades
Privadas». Ninguna de las tres reformas constitucionales
previas —la ocurrida durante el gobierno de Bush en
1938, la procesada por el presidente Villarroel en 1945 y
la ejecutada por Hertzog en 1947— habían considerado
siquiera la posibilidad de modificar el predominio estatal
sobre la Educación Superior en Bolivia.
Mayo de 1966. Nueve meses antes de la promulgación
de la Constitución Política del Estado de 1967, dos meses
antes de que la Conferencia Episcopal de Bolivia emitiera el
Decreto de creación de la Universidad Católica Boliviana, y
luego de que los Obispos pidieran la aprobación de la Santa
Sede contando con el entusiasmo decisivo del Papa Paulo VI
—hoy hace cincuenta años—, el 14 de mayo de 1966, en el
barrio de Obrajes de la ciudad de La Paz, siete profesores y
treintaiún alumnos inauguraron las aulas de lo que en ese
momento quiso ser el «Instituto Superior de Economía de la
Empresa», el núcleo básico de la futura universidad.

Este primer conjunto de hechos y datos históricos, empero,


son apenas un primer acercamiento al contexto en que se
funda la Universidad Católica Boliviana. Otros, los que
refieren la discusión sobre sus principios y fundamentos,
sobre las razones y motivos para edificarla —aquellos que
buscan dotar a la Universidad de una identidad propia—,
son los que configuran una aproximación aún más precisa a
la historia de su fundación.
Los cuatro años que transcurren entre el momento en que los
Obispos comienzan a considerar las posibilidades de fundar
la Universidad (febrero, 1962) y en el que la Conferencia

35
Episcopal emite el Decreto de su creación (julio, 1966), son
años de intensa preparación, intercambio de ideas y debate
sobre su viabilidad, carácter, sentido y propósitos, dentro y
fuera del episcopado boliviano. Uno de los personajes que
contribuyó a este proceso de gestación de la Universidad fue
el Nuncio Apostólico de Su Santidad, Monseñor Carmine
Rocco, quien es considerado como uno de los principales
impulsores de dicho proceso durante su estancia en el país,
entre 1959 y 1967.
La primera medida concreta que asumen los Obispos, en
la referida reunión de febrero de 1962, es la creación del
«Comité de Obispos Pro Universidad Católica» integrado por
Monseñor Abel Antezana, Arzobispo de La Paz; Monseñor
Clemente Maurer, Arzobispo de Sucre; Monseñor Armando
Gutiérrez Granier, Obispo Auxiliar de Cochabamba; y
Monseñor Genaro Prata, Obispo Auxiliar de La Paz. Los
prelados, además, designan como Secretario Ejecutivo del
Comité a Monseñor Prata.
Poco después, mientras el referido Comité y su Secretario
Ejecutivo se dan a la tarea de recoger y formular las
primeras ideas de lo que debía ser la Universidad, también
por iniciativa de los Obispos y con el propósito de difundir
la idea e impulsar su fundación más allá de las fronteras
eclesiales, se crea un segundo comité —el llamado «Comité
de Laicos»—, conformado por Luis Adolfo Siles Salinas,
Eduardo Arauco Prado, Guillermo Zalles, Arturo Alaisa,
Federico Nielsen Reyes y Bernardo Zamora.
Planteados así los espacios organizativos y deliberativos
que encausarían la discusión sobre la viabilidad o no
de la Universidad, había que «definir con premura sus
rumbos inmediatos», y había que hacerlo —tal como se
lee en uno de los varios documentos en que se sugieren y

36
S. E. R. Clemente Cardenal Maurer
(1900 - 1990)

S. E. R. Julio Cardenal Terrazas


(1936 - 2015)
se proponen ideas para su creación— entendiendo a la
nueva universidad como «una agencia de cambio». La
premura y los rumbos a tomar exigían responder, además,
una pregunta fundacional y todavía tercamente vigente,
cincuenta años después: ¿qué es, qué significa, cómo debe
ser una universidad que no quiere ser una universidad
más, sino una Universidad Católica? Había que responder,
igualmente, una segunda pregunta no menos trascendente
y urgente, dado que se trataba de la primera y única
universidad en el país que, por su propia naturaleza, no
podía contar con el respaldo estatal: ¿cómo financiarla?
«La sociedad boliviana confronta actualmente cambios
estructurales que requieren la formación de profesionales,
técnicos e investigadores de alta capacidad científica para
enfrentar los problemas nacionales y buscar soluciones
acordes con los valores cristianos y democráticos de nuestra
historia»; «la Universidad Católica no puede simplemente
duplicar la universidad estatal, debe colocarse, desde un
principio, en un alto nivel científico»; la universidad debía
gestarse «en base a los principios de la Filosofía y la Doctrina
Social de la Iglesia», contribuir al «proceso de cambio y
de mejoramiento efectivo de las condiciones de vida del
pueblo boliviano» y erigirse como «un centro católico de
investigación, enseñanza y cultura, que pueda servir de base
a muchas actividades apostólicas de la Iglesia, formando,
asimismo, una verdadera élite en el alto nivel de gobierno y
en la administración de empresas».
La suma de estas ideas, contenidas en los documentos que
recibe el Comité de Obispos Pro Universidad y que se
discuten en el episcopado nacional, se plasma en el primer
Estatuto Orgánico de la Universidad Católica Boliviana.
Este documento, con el que los Obispos gestionan la

38
anuencia de la Santa Sede, y con el que presentan su
proyecto ante las autoridades del país, señala en su
primer párrafo que una «triada formativa» —enseñanza,
investigación y servicio— guiará sus principales propósitos:
«la constitución de una ideología cristiana, revolucionaria,
dialogante, dinámica, perfectible, libre y erecta»; «el
perfeccionamiento de una estructura universitaria apta
para reajustes permanentes y sensible a la problemática
social»; y «la creación de carreras prioritarias para el
cambio social».
La jerarquía católica boliviana asumía así, con la elección
de esas palabras y en un momento histórico concreto
—el de la plena vigencia de la Universidad Pública y
Autónoma que entendía a la Educación Superior como la
«vanguardia intelectual» del pensamiento revolucionario
de la época y que asumía su rol como un «servicio a la
clase obrera y al socialismo»—, el desafiante propósito de
fundar una universidad destinada a «proveer la adecuada
formación de cristianos maduros capaces de cumplir su
rol y responsabilidad frente al compromiso temporal en la
sociedad de la que forman parte», una universidad cuyos
miembros sean «capaces de actuar con sentido de Iglesia
en el cumplimiento de la misión de encarnar el Mensaje
Salvador del Evangelio en su tiempo y en su ambiente»,
tal como señala el Decreto de creación de la Universidad
Católica emitido por la Conferencia Episcopal de Bolivia.
Una universidad forjadora del cambio social e inserta en
las transformaciones estructurales que enfrenta el país; una
universidad formadora de profesionales de alta capacidad
y de gran influencia en la sociedad; una universidad en
la que prevalezcan el compromiso social y los valores
cristianos. Ésos los fundamentos y principios de la nueva

39
universidad, ésa la Universidad Católica que imaginaron
y empezaron a construir sus fundadores a mediados de la
década de los años sesenta.
[Y aquí, a manera de un breve paréntesis, y antes de
seguir, cabe un dato curioso: en todos los documentos que
alimentan la discusión sobre la viabilidad y carácter de la
Universidad, se la nombra como «Universidad Católica
Boliviana Juan XXIII», recogiendo el nombre del papa que
había inaugurado e impulsado el histórico y transformador
Concilio Vaticano II (1962-1965); no se ha encontrado,
en esta paciente búsqueda entre históricos papeles de la
Universidad, un documento que nos señale el momento y
las razones que, finalmente, designaron a la Universidad
como «Universidad Católica Boliviana San Pablo».]

Hacia 1966, la única institución católica de enseñanza


superior en Bolivia era la Escuela Normal de Cochabamba.
Fundada diez años antes, en 1956, y especializada en la
enseñanza de filosofía, literatura castellana y literatura
inglesa, esta Escuela fue considerada —por el Comité
de Obispos Pro Universidad Católica y por el Comité de
Laicos— como la base de uno de los primeros núcleos
educativos que estructurarían la futura universidad. Un
segundo espacio, también considerado por los Obispos y
los seglares bolivianos, y que funcionaría en La Paz, fue el
inicialmente denominado «Centro de Post Graduados» y
luego «Centro de Investigaciones Sociales y Económicas»,
concebido como un espacio de formación de docentes
para la enseñanza universitaria y para la investigación.
Estos dos espacios componían lo que los Obispos y laicos
llamaban en 1962 un «proyecto mínimo de universidad», un

40
proyecto que «sería imposible de pensar sin la colaboración
substancial de las órdenes y congregaciones religiosas»: «Los
padres Jesuitas —se lee en esos documentos fundacionales
de la Universidad— están preparando ocho padres para
el centro de investigaciones; los Agustinos —que tienen
cuatro sacerdotes con títulos universitarios en las distintas
ramas de las ciencias exactas y de la tecnología— podrían
hacerse cargo de un departamento de Ciencias; el de
Filosofía y Letras quedaría a cargo de los padres Dominicos;
las Señoritas Teresianas —varias de ellas tienen títulos
universitarios en las artes liberales— tendrían en sus manos
el departamento de Castellano, además del de Ciencias
Sociales, que también estaría a cargo de profesores laicos y
colaboradores de otros religiosos, aquellos que darían lugar
a la formación de los futuros profesionales para las facultades
de Sociología, Administración de Negocios, Administración
Pública, etcétera…».
Ahí, en esos iniciales y documentados aprestos eclesiales,
se encuentra el origen del «Instituto Superior de Economía
de la Empresa», con el que arrancaría la marcha de la
Universidad Católica Boliviana, el 14 de mayo de 1966.
Y son esos mismos documentos, y esos dos espacios
educativos básicos en los que pensaron los Obispos y laicos
—la Escuela Normal de Cochabamba y el proyectado
«Centro de Investigaciones Sociales y Económicas»—,
los que le permiten a la Conferencia Episcopal de Bolivia,
el 16 de julio de 1966, emitir el Decreto de creación de
la Universidad y describir, en el artículo cuarto de este
documento, sus dos primeras unidades académicas: «Una
Facultad de Economía y Administración de Empresas,
orientada a formar personal para las obras de desarrollo
nacional, la misma que funcionará en la ciudad de La
Paz»; y «Una Facultad de Pedagogía, en Cochabamba,

41
dirigida a formar personal especializado para facilitar la
realización integral de la Reforma Educacional».

«¿Es verdaderamente educativo y social el sistema


gratuito?». «¿Es justo —nos preguntamos— que se estén
haciendo esfuerzos titánicos por obtener soportes para
atender gratuitamente la educación de esos jóvenes?».
«Creemos que no. Creemos que mientras se encuentre en
el hombre un sujeto digno de crédito, no debe dársele nada
gratuitamente». Las preguntas (y la respuesta) —inscritas
en el documento titulado «Financiación de la Universidad
Católica»— corresponden al debate instalado en el Comité
de Obispos Pro Universidad sobre el que en esos años, entre
1962 y 1966, sería uno de los temas acuciantes que debían
abordarse: ¿cómo financiar la Universidad?
Los Obispos tenían muy claro que el desafío de fundar
una universidad que no fuera pública traía consigo una
consecuencia inmediata: la Universidad Católica no contaría
con respaldo estatal alguno. Para tratar el tema, los Obispos
contaban con algunos datos. En la Escuela Normal Católica,
la que funcionaba en Cochabamba, los alumnos aportaban,
con el respectivo pago de pensiones, alrededor del treinta por
ciento de su presupuesto anual. La nueva universidad debía
—así razonaban los Obispos— al menos mantener y mejorar
esa contribución. Pero, al mismo tiempo, una obra educativa
de la Iglesia no podía sino considerar la importancia crucial de
que una buena parte de los alumnos —especialmente aquellos
que no contaban con los recursos económicos suficientes—
tenía que recibir una beca y estudiar gratuitamente. Esto,
naturalmente, suponía, como concluyeron los Obispos,
«pensar en muchas medidas», y entre ellas «las donaciones del
laicado boliviano, grandes y pequeñas» y «la otorgación de

42
becas por parte de las sociedades comerciales e industriales,
bancos, fundaciones, etcétera».
En octubre de 1965, el Comité de Obispos Pro Universidad
y el Comité de Laicos deciden enviar una carta a los
directivos de las principales empresas nacionales. En la
carta se informa que «la jerarquía episcopal de Bolivia ha
visto la necesidad de crear una Universidad Católica» y
se apuntan los siguientes motivos: «preparar profesionales
especializados y líderes responsables para la nación»; ofrecer
una «sólida formación intelectual, patriótica y cristiana a
un cierto número de estudiantes que serán cuidadosamente
seleccionados»; conseguir «profesores bien preparados que
puedan dedicarse plenamente a la formación de dichos
estudiantes»; y «ayudar a las universidades existentes para
que logren sus fines con mayor eficiencia».
La carta era aún más específica: «La Universidad Católica
cuenta, para su mantenimiento, con donativos nacionales y
extranjeros, y con becas para los estudiantes seleccionados
que no puedan costearse los gastos de sus estudios»; «la
carrera en la Facultad de Economía de Empresas en La Paz
durará cinco años, la Facultad de Pedagogía de Cochabamba,
tres años»; «en la Facultad de La Paz cada beca significa $US
2.000, para la de Cochabamba, $US 1.200».
Señala la carta, además, que «gracias a la generosa ayuda
del Cardenal Cushing de Boston, la Universidad Católica
espera abrir sus puertas en 1966», que «tiene un edificio en
La Paz para la Facultad de Economía de Empresas» y que
en Cochabamba «la Escuela Normal Católica será elevada
a Facultad de Pedagogía». La carta concluye así: «En
nombre del Comité de Preparación de dicha Universidad
Católica me permito solicitar su cooperación en forma de
un donativo o de unas becas para llevar a cabo la fundación

43
de la Universidad y ayudar a costear los gastos de formación
de los futuros líderes de la nación».
Hacen falta cincuenta años de distancia para comprender
el sentido de esta carta fechada en octubre de 1965. Hoy,
cuando la Universidad Católica Boliviana es una institución
arraigada en la sociedad y consolidada en sus propósitos
y alcances, aquella carta expresa, con singular elocuencia,
el largo y rugoso camino recorrido, y las apremiantes
circunstancias que Obispos y laicos tuvieron que encarar
ante el tamaño del desafío que se habían planteado.
La carta de octubre de 1965, además —y porque fue la
vía por la que se hizo pública la decisión de la jerarquía
católica boliviana de fundar una universidad—, traería
contestaciones insospechadas, aunque propias del tiempo
en que se vivía.
Un ejemplo concreto y decidor de la forma en que se
recibe la decisión de los Obispos de crear una universidad,
es la reacción de los entonces dirigentes de la Juventud
Universitaria Católica. En dos cartas distintas, redactadas
y firmadas en Cochabamba y en Lovaina, la primera
fechada en febrero de 1966 y la segunda en diciembre de
1965, esos dirigentes cuestionan la decisión de la Iglesia
boliviana. «Muchos se preguntan si la situación actual ofrece
condiciones propicias para la fundación de la Universidad
Católica», empieza señalando la primera de esas cartas, para
luego afirmar que la decisión del episcopado nacional ha
provocado la infundada acusación de que se busca instituir
una universidad clasista, «una Universidad Católica que
se hace en función del triunfalismo, de la gloria humana
y del prestigio». Por ello, esta primera carta concluye con
una sugerencia: «Que se quite de una vez el nombre de

44
Universidad de las instituciones que se cree, mostrando la
falsedad de la acusación indicada».
La segunda carta, la fechada en Lovaina, concentra sus
observaciones en la desigual relación de la Universidad
Católica con las universidades públicas, y en los recursos
que deberá destinar la Iglesia para su creación. «Será difícil
desarrollar la Universidad Católica frente a las Universidades
Autónomas, por su larga tradición y apoyo económico del
Gobierno Nacional, máxime si a partir de 1966 gozarán
de porcentajes del presupuesto nacional», señala la carta,
y añade: «Los recursos progresivamente crecientes que
demandará la Universidad Católica, nos recuerdan que,
paralelamente, importantes y urgentes obras de Pastoral
de la Iglesia en Bolivia se encuentran paralizadas por falta
de recursos». La carta concluye valorando los efectos y
tensiones que podría generar la creación de la Universidad
Católica «dentro de la Iglesia», «en la opinión pública del
país» y, especialmente, «entre los catedráticos y estudiantes
católicos que se encuentran en niveles de dirección de las
universidades públicas, y cuyo esforzado trabajo constituye la
única presencia cristiana en esas Universidades, que debe ser
impulsada y reforzada».
Es otro, radical y naturalmente opuesto, el tono con que se recibe
la noticia de la creación de una Universidad Católica en uno los
periódicos que en ese tiempo circulaba en la ciudad de La Paz. El
15 de enero de 1966, y en clara alusión a la carta que Obispos y
laicos enviaron a los directivos de empresas nacionales solicitando su
apoyo a la gestación de la Universidad Católica, el diario «El Pueblo»
publica una nota titulada así: «¿Qué dice la CUB [Confederación
Universitaria Boliviana] sobre la universidad privada?». Merece la
pena transcribir algunos párrafos de esa nota. Es una manera de
acercarse al talante de la época.

45
A propósito de los recursos con que se financiará la nueva
universidad, la noticia publicada por «El Pueblo» señala:
«Los recursos están financiados por la Iglesia. Contribuye
el Cardenal de Boston, la Alianza para el Progreso y todos
los instrumentos dependientes del imperialismo». Sobre
los alumnos de la nueva universidad, se dice: «Se trata de
organizar élites seleccionadas que compartan los puntos
de vista de la nueva democracia cristiana, que planteen
las cuestiones presentes y ya no pasadas, que defiendan
la Alianza para el Progreso, aunque reprochen al sistema
capitalista y se impongan sobre la intelectualidad nacional».
Sobre las becas y sus aportantes: «Se dispensarán becas,
viajes y, además, la industria nacional, ahora dependiente
del imperialismo, está obligada a financiar también
cubriendo becas o el importe de ellas». A propósito de
la Universidad Pública: «Que tengamos conocimiento,
la entidad central de los universitarios no ha dicho hasta
el momento nada. Tiene pactos con la clase trabajadora
y contra la cual precisamente va la Universidad Católica
y Privada. Esperamos que las entidades nacionales, tanto
estudiantiles como sindicales, se pronuncien y asuman la
defensa de la Universidad Pública en Bolivia». El colofón
de la nota, en forma de pregunta: «Lo que provocó grandes
tempestades en otros países, ¿se llevará a la práctica en
silencio y con toda tranquilidad y seguridad en el nuestro?».
Era la década de los sesenta, el tiempo en que se fundó la
Universidad Católica Boliviana.

46
Gran Cancilleres
de la U.C.B.

Mons. Armando Gutiérrez Granier Mons. Genaro Prata Mons. Alejandro Mestre
Mons. Nino Marzoli Mons. Jesús Juárez Mons. Edmundo Abastoflor Mons. Jorge Herbas
Los años setenta
HORAS DIFÍCILES
52
El primer número de Información Universitaria tiene como
fecha de aparición el 26 de septiembre de 1970. Es el
«Órgano Oficial de la Secretaría General de la Universidad
Católica Boliviana». En sus dos o hasta tres páginas
semanales, pulcramente redactadas e impresas en ese
tan apreciado como desaparecido papel obra, «picado» a
máquina en el también largamente desaparecido esténcil,
esta especie de gaceta institucional —que bien puede
concebirse como el primer periódico de la Universidad—
nació con el propósito de «informar permanentemente
a toda la comunidad universitaria sobre los principales
acontecimientos y actividades» que en la Universidad
ocurrieran. Y así fue. La suspensión de actividades por algún
«acontecimiento político» (léase golpe de Estado), el viaje
del señor Rector o la preparación de un proyecto para la
creación de las carreras de Ciencias Sociales; la designación
del Decano como ministro de Educación, el anuncio de la
realización de un congreso estudiantil o la adquisición de
«una computadora electrónica de mesa» —Olivetti 101, con
«memoria de diez registros»—; la convocatoria a profesores
y alumnos para que aporten en la redacción de los Estatutos,
el ofrecimiento de becas, la presentación del grupo teatral
«Duende» de la Universidad Católica de Córdoba y hasta
una «reunión bailable en el Aula Magna en la que será
aclamada la “Compañera Amistad”, elegida entre las
alumnas de la Universidad», son la materia noticiosa de la
que está hecho este primer órgano informativo institucional
de la Universidad.

53
Ese primer número de Información Universitaria, el de fecha
26 de septiembre de 1970, denota otra característica, y
una necesidad: allá se publicaría la palabra oficial de las
autoridades de la Universidad, y se lo haría como una
manera —cada vez más necesaria por el crecimiento de la
institución— de aproximar (comunicar) a los integrantes
de la comunidad universitaria, autoridades, profesores y
estudiantes. Esta primera gaceta informativa tiene otro valor
añadido: es también, y en gran medida, signo y señal del
momento que vivía la Universidad Católica. ¿Qué momento
era ése? Hay que utilizar un par de palabras, algo ásperas y
frías, para expresarlo: éste era el tiempo de su consolidación
e institucionalización.

La primera noticia que trae ese primer número de Información


Universitaria, además, viene cargada de más señas y signos.
La nota es anunciadora y reveladora de los arduos y fragosos
tiempos que se vivían (y que se vivirían) en el país y en la
Universidad, y es, al mismo tiempo, el punto de partida de
un largo debate que transcurrió prácticamente durante la
década entera (entre 1970 y 1979): el debate sobre el Estatuto
Orgánico de la Universidad, un debate que, analizado hoy
con los serenos ojos del tiempo y la distancia, definió y
delineó —en gran medida y no sin ripiosos incidentes— el
carácter, el sentido y la identidad de la Universidad Católica.
La nota aquella tiene dos partes: una breve reseña del hecho
que se cuenta y el «Comunicado» del señor Rector sobre
ese hecho.

El hecho. Donde en Información Universitaria apenas se


lee «los acontecimientos en la zona de Teoponte», debe

54
entenderse lo siguiente: el 19 de julio de 1970, sesentaisiete
jóvenes, una gran mayoría universitarios, y varios de ellos
demócrata cristianos radicales, incluido un estudiante
de Economía de la Universidad Católica, tomaron el
campamento minero de Teoponte, en el norte selvático del
departamento de La Paz, y proclamaron así la continuidad
de la guerrilla iniciada tres años antes, en 1967, por Ernesto
Che Guevara. Un mes después, y a propósito de lo ocurrido
en ese lejano poblado, en agosto de 1970, el Centro de
Estudiantes de la Universidad organizó un acto en su Aula
Magna y publicó un comunicado en la prensa local. Estas
dos acciones estudiantiles provocaron el primer cierre de
la Universidad Católica Boliviana, por decisión del señor
Rector, y durante cuatro días.

El Comunicado del señor Rector. El texto tiene dos


puntos. El primero es el lacónico anuncio del reinicio de
clases, «a partir del lunes 31 de agosto». El segundo punto es
el que trae la sustancia rectoral, y en él se desarrollan cinco
ideas que vale la pena reseñar casi íntegramente, pues en ellas
está la base de un conjunto de principios y normas que le
permitirán al Rector conducir la nave en las tempestuosas
aguas de los siguientes diez años.

Los principios y normas de la Universidad, en palabras


del señor Rector: 1. El principio de autoridad. Este principio
«constituye el fundamento de cualquier institución social».
Es un principio que debe entenderse «primero como signo
de servicio a la comunidad y luego como vínculo de unión
y estabilidad, especialmente en momentos de crisis». «La
autoridad así entendida se mantendrá a cualquier costo,

55
no significando en ningún momento ni autoritarismo,
ni paternalismo»; 2. El diálogo. «La Universidad es una
comunidad, y el diálogo deber ser el principio de cohesión
de esa comunidad —afirma el Rector—. Sin este diálogo,
peligra la existencia y la esencia de la Comunidad
Universitaria»; 3. Una ideología. «Se buscará urgentemente
los canales efectivos para que la definición de la Universidad
como “Agencia de Cambio” no sea meramente principista
y ambigua. Se tendrá que elaborar una ideología que
sirva de fundamento y de orientación a la Universidad.
Dicha ideología deberá tener la amplitud necesaria para
que en ella puedan tener cabida diferentes posiciones
doctrinales y políticas frente a la problemática nacional»;
4. Pluralismo. «No obstante el fundamento doctrinal de la
Universidad Católica Boliviana —apunta en este acápite
el señor Rector— se reafirma el principio del pluralismo
para que todos puedan participar en la construcción de
la Universidad»; 5. El fuero estudiantil. El Rector reconoce
éste como un derecho de los estudiantes, admite que poco
se ha hecho al respecto en la Universidad, y que por ello
el Rectorado «acelerará los procesos necesarios para
llegar a ese fin» de manera que el fuero estudiantil esté
inscrito en los Estatutos de la Universidad. Entretanto,
señala el Rector, «se determina que no se aceptará
identificación partidista alguna en la Universidad», que
tanto profesores y alumnos «no pueden comprometer a la
institución a través de comunicados, actos públicos y otras
formas de expresión sin previa consulta a las autoridades
universitarias», y, finalmente, que «se debe tomar especial
cuidado en el uso de los locales de la Universidad».

56
En esas ideas, en esos principios y normas que se discutirían
poco después en la elaboración del Estatuto Orgánico de la
Universidad, y que prevalecerían en los diez años siguientes,
está el genio y figura de Monseñor Genaro Prata, Arzobispo
Auxiliar de La Paz en esos años, Obispo-Rector de la
Universidad Católica Boliviana, por lo tanto, y su primer
conductor desde 1966 y hasta 1979, durante doce años.

Y es ése —el tímido asomo de Teoponte en la Universidad—,


el augural punto de partida de la década de los años setenta,
cuando ya la Universidad contaba con dos carreras plenamente
establecidas —Economía y Administración de Empresas, con
las que se fundó (en 1970 recibieron su título los cuatro primeros
economistas formados por la Universidad)—, y otras dos en
proceso de creación —Psicología y Comunicación, las dos
primeras en el país, como la de Administración de Empresas—.
Vendrían después, en esos turbulentos años, el golpe de Estado
de 1971, el modo en que la Universidad se insertó en el sistema
de universidades públicas bajo la dictadura, la polémica
aprobación del Estatuto Orgánico Ad Experimentum y las olas
de la protesta social que tocaron sensiblemente a la principal y
más importante obra de la Iglesia Católica en el ámbito de la
Educación Superior en el país. Años duros y difíciles, sin duda,
años de los que la Universidad Católica Boliviana emergió
consolidada y en camino de su plena institucionalización.

Dicen que las preguntas tienen alguna importancia porque


ayudan a desentrañar los actos y las cosas, y hasta algo de su
historia. En el caso de la historia de la Universidad Católica

57
Boliviana, hay un par de preguntas que cumplen ese papel:
¿por qué los fundadores de la Universidad eligieron, como
sus dos primeras carreras, las de Economía y Administración
de Empresas?; ¿por qué la Universidad, antes de declararse
formalmente como tal, y por apenas unos meses, entre
mayo y junio de 1966, inaugura sus actividades con un
denominado Instituto Superior de Economía de la Empresa?

Allá en los años sesenta, entre 1962 y 1966, cuando


los Obispos fundadores de la Universidad discutían su
viabilidad, propósitos y carácter, aparecen las primeras
y múltiples respuestas a ese par de preguntas. El país de
entonces, a juicio de los Obispos, era un país inmerso
en cambios estructurales que exigían «la formación de
profesionales, técnicos e investigadores de alta capacidad
científica para enfrentar los problemas nacionales y buscar
soluciones acordes con los valores cristianos y democráticos
de nuestra historia». En ese país, la Universidad debía
gestarse «en base a los principios de la Filosofía y la
Doctrina Social de la Iglesia», contribuir al «proceso de
cambio y de mejoramiento efectivo de las condiciones
de vida del pueblo boliviano» y erigirse como «un centro
católico de investigación, enseñanza y cultura, que pueda
servir de base a muchas actividades apostólicas de la
Iglesia, formando, asimismo, una verdadera élite en el alto
nivel de gobierno y en la administración de empresas».

Estas primeras aproximaciones al perfil de la Universidad


que imaginaron y diseñaron sus fundadores se concreta
con mucha más precisión en un muy valioso documento

58
de esos años, el «Plan de Estudios de 1964». En este
documento, se nombra como «Facultad de Ciencias
Económicas y Sociales». Debe repararse aquí en la
importancia que tiene el año de este Plan de Estudios:
1964, dos años antes del inicio de actividades del Instituto
Superior de Economía de la Empresa, con el que arrancaría la
marcha de la Universidad —el 14 de mayo de 1966—; dos
años antes de la publicación del Decreto Episcopal de su
creación por parte de la Conferencia Episcopal de Bolivia
—el 16 de julio de 1966—; y dos años después de febrero
de 1962, cuando los Obispos comenzaron a discutir la
posibilidad de erigir una Universidad Católica.

El valioso documento aquél, el Plan de Estudios de 1964


de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, está
inserto en el libro «Historia de la Carrera de Economía»,
publicado por la Universidad en 1990. El libro es un
paseo documentado por las primeras dos décadas de
vida de la Universidad, hasta 1988, y su autor es Carlos
Machicado Saravia, por entonces Director de la Carrera
de Economía. Allá está el primero de los planes de
estudio de la Universidad, el de 1964, y están también
los subsiguientes, los de 1969, 1970, 1973, 1977 y el de
1981, todos de la Carrera de Economía. Está también
la nómina completa de los directores de la Carrera, la
de sus profesores, la de los estudiantes —egresados y
titulados—, está la lista de las materias, por supuesto, la
lista de las Tesis de Grado (título, autor y fecha) y hasta un
primer ejercicio relativo a las «Estadísticas de Producción
Académica» de la Universidad (Recursos Humanos, Eficiencia

59
y Retención). Es éste, sin duda alguna, uno de esos libros
que ya no se hacen.

Volvamos al Plan de Estudios de 1964, y al afán de


detenernos en ese par de preguntas que este acápite quiere
responder: ¿por qué la Universidad Católica Boliviana
inicia sus actividades con un Instituto Superior de Economía de
la Empresa? y ¿por qué sus dos primeras carreras son las de
Economía y Administración de Empresas?

Un primer dato del Plan de Estudios de 1964: la estructura de


la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales que propone
contempla tres carreras: la de Economía (cinco años de
estudio), la de Administración de Empresas (cuatro años de estudio)
y la de Sociología (cinco años de estudio). Lo sustancioso de ese
Plan de Estudios, sus propósitos, su convicción, sus métodos
y los profesionales que pretende formar: «Formar a los
hombres y mujeres que en un futuro no muy lejano dirigirán
la sociedad boliviana en los sectores profesionales». Tal el
propósito principal. Y este propósito no puede cumplirse sin
«la profunda convicción de que son los mismos ciudadanos
bolivianos quienes han de llevar a cabo el resurgir social y
económico de la nación». Por eso la creación de la Facultad
de Ciencias Económicas y Sociales, para que en ella se ofrezca
a «un escogido número de jóvenes», «la posibilidad de cursar
sus estudios superiores en un ambiente de total dedicación al
estudio y a la investigación». La Facultad, señala finalmente el
Plan de Estudios de 1964, se propone combinar los «métodos
tradicionales de las universidades Latino Americanas con
las técnicas modernas de la enseñanza norteamericana»
para formar «economistas», «técnicos de la planeación»,

60
«directores y técnicos de la empresa y la banca», «oficiales de
la nación» y «técnicos sociólogos de nuestras ciudades y de
nuestro agro», todos profesionales formados «dentro de una
orientación profundamente humana, cristiana y patriótica».

Hay otros datos igualmente valiosos en el libro «Historia de


la Carrera de Economía». Los primeros siete profesores de la
Universidad, por ejemplo: el padre Francisco Nadal, doctor
en Economía y primer Director de las dos primeras carreras
de la Universidad, Economía y Administración de Empresas;
el padre José María Palau, licenciado en Filosofía; el doctor
Pascual Sanchís, master en Economía; el señor Roberto
Cáceres, Ingeniero; el doctor Jorge Siles Salinas, Abogado;
el doctor Salvador Romero, Sociólogo; y el licenciado José
Manuel Palenque, Auditor Financiero. Veintitrés años
después, en 1989 —nos lo cuenta también el libro—, la planta
de profesores de la Carrera de Economía de la Universidad
estaría integrada por treintaicinco profesionales.

Hacen ya cincuentaidós años desde que el primer Plan de


Estudios de la entonces naciente Universidad Católica
Boliviana, el de 1964, nos decía que esa Universidad
«necesitaría también un Director Espiritual que debería
tener una oficina y horas de recepción en el local de la
Facultad»; que era «absolutamente necesario para el primer
año contar con tres aulas y una pieza espaciosa para montar
el Laboratorio de Estadística»; que se necesitaría también,
entre otros, «un profesor para Análisis Matemático I y II»
y que «de ser posible debería ser pedido a la UNESCO
por dos años» o «debería ser cedido por el Instituto Social

61
de los Padres Dominicos»; que se podía contar «con un
promedio de veinte estudiantes por cada carrera»; que
«una cafetería sería conveniente una vez que la Facultad
cuente ya con varios cursos»; y que «debería prohibirse la
organización de partidos y actividades políticas dentro del
recinto de la Facultad».

La Psicología, como materia o asignatura en las entidades


educacionales del país, tiene una larguísima historia que se
remonta a los últimos años del siglo XIX. La historia de la
Psicología, como carrera universitaria, en cambio, arranca
recién en 1971, con la creación de la Carrera de Psicología
en la Universidad Católica Boliviana.

De esa larguísima historia tomamos apenas algunos datos


referenciales para acercarnos a la creación de la tercera de las
cuatro primeras y emblemáticas carreras de la Universidad.
En 1898, la Universidad San Francisco Xavier de la ciudad
de Sucre organiza por primera vez en el país la asignatura de
Psiquiatría, en la que también por primera vez se abordan
temas relacionados a la Psicología. En 1910 se introduce la
materia de Psicología en el último curso del bachillerato en
los colegios fiscales. 1930 es el año en el que se incorpora
de manera obligatoria la materia Psicología en los colegios
católicos, especialmente en aquellos administrados por los
jesuitas. En 1945 se crea la cátedra de Psicología General en
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor
de San Andrés de la ciudad de La Paz. En 1954 se funda
la Sociedad Boliviana de Psiquiatría, y será esta institución
la que, en 1965, organice la «Primera Conferencia sobre

62
Enseñanza de las Ciencias Psicológicas en las Facultades
de Medicina», un evento que ya prefiguraba la necesidad
de contar en el país con una carrera de Psicología en las
universidades, en ese momento todas estatales. Dos años
antes, en 1963, el Ministerio de Educación había creado el
primer «Gabinete de Psicometría» en el que se desarrollaron
los primeros programas de orientación vocacional dirigidos
a los jóvenes bachilleres.

Y es ahí, en esos programas de orientación vocacional,


donde pueden encontrarse las primeras huellas de la
Carrera de Psicología en la Universidad Católica, pues
es en 1967, a un año de su fundación, cuando se crea el
«Gabinete de Psicología», y luego, en 1968, el denominado
«Centro de Servicios Psicológicos» que, dirigido por el
doctor Alberto Conessa, se ocupaba de la asistencia,
orientación y asesoramiento psicológicos en la Universidad.
Poco después, en 1971, Conessa, especializado en Estados
Unidos, junto al doctor Alberto Seleme y René Calderón
Soria, médico especializado en Psicología en Canadá,
elaboró el plan de estudios que permitió crear la primera
carrera de psicología en el país, la Carrera de Psicología de
la Universidad Católica Boliviana.

«Fue el doctor Conessa quien en los primeros años le fue


imprimiendo una orientación predominantemente clínica,
la que marcó el carácter general de esa carrera hasta su
actualidad, aunque también se tiene las áreas social y
educativa en el programa vigente», comenta el médico
René Calderón Soria, autor del texto «La formación del
psicólogo en Bolivia», de donde se ha tomado gran parte

63
de la información contenida en esta breve reseña. En
1977 egresaron los primeros psicólogos formados en la
Universidad, y «esta primera promoción y las subsiguientes
—apunta Calderón— abrieron el campo laboral en
diferentes sectores y lideraron gran parte de las actividades
y organizaciones de la psicología en el país».

Las primeras dos décadas de la Carrera de Psicología,


entre 1971 y 1992, estuvieron marcadas por un proceso
permanente de reformulación de su Plan de Estudios. En
1974, y con la incorporación del área de la Psicología Social
en sus programas— hasta ese año se habían establecido
dos áreas de formación: Psicología Clínica y Psicología
Educacional—, la Carrera consolidó los cimientos de su
estructura académica. También en 1974 se creó el Centro
de Investigación y Orientación Psicológica, CIOP, cuyo
propósito fue constituirse en una «clínica psicológica»
sostenida por los estudiantes de la Carrera. Poco después,
ya en los años ochenta y especialmente en los primeros años
de la década de los noventa —cuando la Carrera contaba
con el valioso aporte de varios profesionales formados
fuera del país e incorporados a su plantel académico—, la
primera Carrera de Psicología en el país podía afirmar, con
solvencia y consistencia, que su Plan de Estudios y el perfil
de los profesionales que pretende formar respondían a los
cambios, necesidades y demandas sociales del país; que son
tres grandes áreas en las que el psicólogo puede actuar en
Bolivia: la salud, la educación y los procesos sociales; y que
sus tres principales objetivos, en términos poblacionales,
eran el individuo, el grupo y la comunidad.
En la referida década de los noventa, el programa de

64
estudios de la Carrera de Psicología de la Universidad
estaba organizado en diez semestres académicos: los
primeros tres de formación general; los siguientes cuatro
semestres, entre el cuarto y el séptimo, correspondían al
ciclo de formación aplicada; y los tres últimos al ciclo de
formación especializada en los que se impartían contenidos
relativos a las tres principales tendencias o corrientes de
la Psicología: el Psicoanálisis, la Psicología Fenomenológica y la
Psicología Experimental. Este Plan de Estudios, en el curso de
los años, no ha sufrido modificaciones sustanciales, excepto
aquellas que se llevan a cabo en 2002 con el propósito de
encaminar la Carrera hacia el Postgrado.

En el año 2011 la Carrera de Psicología cumplió cuarenta


años, y los cumplió situándose nuevamente en un privilegiado
primer lugar: es la primera Carrera de la Universidad Católica
Boliviana que obtuvo la Certificación de Acreditación por
seis años otorgada por el Comité Ejecutivo de la Universidad
Boliviana, CEUB. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011.
A partir de ese mismo año (2011), y hasta el año 2015, la
Carrera volvió a ser la primera, la primera que se beneficia
con un programa de becas del denominado «Consejo de
Universidades Flamencas» (VLIR) que financia el gobierno
de Bélgica y es también pionera en presentar la primera
tesis doctoral en la Universidad Católica, la de la Dra. María
Elena Lora.

Es altamente probable que la actual carrera de Ciencias de la


Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana
sea aquella que ha recibido —durante sus primeros veinte
años de existencia— la mayor cantidad de nombres o

65
denominaciones. Es ésta también la Carrera que ha tenido
que indagar, entre históricos papeles, la fecha exacta de su
creación, y por ello tuvo que ser una Resolución Rectoral
de la década de los años noventa —bastante después del
inicio de su andadura— la que ha sellado la búsqueda y ha
definido su actual denominación y fecha de fundación, el 18
de mayo de 1971. De lo que no quedan dudas es de que en
esa algo entreverada historia de fechas y nominaciones tuvo
como uno de sus nombres —el primero de ellos, además—
el más largo que uno pudiera imaginar: Instituto Superior
de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública.

Un lunes 10 de febrero de 1969, y en el Sindicato


de Trabajadores de la Prensa de La Paz, el entonces
Vicepresidente de la República y el Rector de la Universidad
Católica anunciaron el inicio de actividades del Instituto
Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública. El
dato ese de la sede del Sindicato como lugar del anuncio
no es un dato menor. Allí coincidía el interés de Luis
Adolfo Siles Salinas de poner en práctica un decreto de su
gobierno destinado a promover la profesionalización de los
periodistas; el de Monseñor Genaro Prata de vincular a la
Universidad con el mundo de la prensa; y el del sindicado
de cumplir una tarea encomendada por sus afiliados.
El inicio de actividades del instituto de largo nombre le
otorgaba, además, cobertura institucional a la puesta en
marcha, en esos días (a fines de 1968), del «Curso especial
de formación de periodistas en ejercicio», el primero de los
espacios educativos de la Universidad en ese ámbito y el
antecedente más remoto de su actual carrera de Ciencias de
la Comunicación Social.

66
Primeros egresados del Instituto Superior de Ciencias de la Opinión Pública

Primer edificio de la Universidad


El referido «Curso especial» duró cuatro semestres, concluyó
a fines de 1970 y otorgó un diploma de «Técnico Superior»
a treintaidós periodistas. El director a cargo del curso — y
del Instituto Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión
Pública— fue el periodista Guillermo Céspedes Rivera; el
subdirector del instituto fue el sacerdote Luis Espinal Camps,
y entre sus profesores estuvieron Monseñor Juan Quiroz,
quien dictaba la materia de Literatura, y José Luis Roca,
Geografía Universal. Mientras el «Curso especial» transcurría,
Monseñor Prata y los directores del instituto de largo
nombre imaginaron y escribieron el proyecto de creación
de la «Carrera de Ciencias y Técnicas de Comunicación
Social». El documento —segunda «acta bautismal» de la
actual carrera de Ciencias de la Comunicación Social— fue
oficialmente presentado en noviembre de 1969.

«El periodismo en Bolivia —se dice en el referido proyecto,


y no con poca osadía— aún no ha logrado constituirse
plenamente en un medio canalizador de los procesos de
desarrollo integral». «Es necesario restituir esta alta misión
al periodismo» —continúa el documento— y «organizar un
curso de alto nivel que garantice el estudio y la investigación
a profundidad de las ciencias de la comunicación». A partir
de estos dos preceptos se echa a andar en el primer semestre
de 1971 la que se denominaría «Escuela de Periodismo de
la Carrera de Ciencias de la Comunicación», el antecedente
más preciso y directo de la actual Carrera de Ciencias de la
Comunicación Social.

En ese mismo año (1971), y en los siguientes, la carrera fue


acumulando algunos otros denominativos. «Facultad de

68
Medios de Comunicación», por ejemplo, tal como figura
en el documento presentado por el Rectorado al Ministerio
de Educación, o simplemente «Carrera de Periodismo»,
como la nombra el señor Rector en alguna de sus cartas;
o «Departamento de Ciencias de la Comunicación»,
como se lee en el «Boletín Informativo de la Universidad
Católica Boliviana», que bajo el nombre Noticias UCB,
circuló entre 1975 y 1978.

En los primeros años de la década de los noventa, y ya llegada


la hora de celebrar las dos décadas de vida de la carrera de
tantos nombres, se tropezó con una dificultad: nadie podía
asegurar cuál fue la fecha exacta de su creación. Su Director,
en un informe dirigido al Rector, zanjó el problema: «Es
probable que las autoridades de la Universidad Católica
Boliviana hubieran fundado la Carrera precisamente en
mayo de 1971 en coincidencia con la aprobación de la
Instrucción Pastoral Communio Et Progressio». Efectivamente,
el 18 de mayo de 1971, y en Roma, se publicó la referida
Instrucción Pastoral sobre los medios de comunicación
social, preparada por mandato especial del Concilio
Ecuménico Vaticano II y en medio de la V Jornada
Mundial de las Comunicaciones Sociales. El Director de la
carrera, por tanto, recomienda institucionalizar esa fecha
como la del nacimiento de la carrera, y, de paso, sugiere
establecer, de una vez por todas, su definitivo nombre. Y
así lo determina la nombrada Resolución Rectoral de 1994,
firmada por Luis Antonio Boza Fernández. Desde entonces,
la hoy renombrada carrera tiene un solo nombre: Carrera
de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica
Boliviana «San Pablo».

69
Septiembre 6, 1971. A dos días de la publicación del
Decreto Ley 09783 que clausura las actividades universitarias
en todo el país y anuncia la creación de una «Comisión
Nacional de Reforma Universitaria» cuya principal tarea será
la «reestructuración integral de la Universidad Boliviana», y
a dieciséis días del golpe de Estado del 21 de agosto de 1971,
el Consejo Académico de la Universidad Católica Boliviana
tenía que reunirse, evaluar la situación y tomar algunas
decisiones. Presididos por el Rector, Monseñor Genaro Prata,
se reunieron autoridades y representantes de los profesores y
alumnos, y hubo entre ellos distintas maneras de interpretar
el referido Decreto Ley y de encarar las tareas inmediatas de
la Universidad en un nuevo contexto político. Para unos, lo
primero que había que hacer era averiguar si la suspensión
de las actividades incluía a la Universidad Católica; otros
daban por hecho que la medida del gobierno la incluía y
que había que preparar un plan que considere el cierre de la
Universidad —con todas sus consecuencias administrativas—
y su reapertura el año próximo, tal como señalaba el Decreto
Ley; hubo quien consideró que el momento político le
otorgaba a la Universidad —pensando en el perjuicio que la
medida gubernamental causaba a todos los estudiantes del
país— la oportunidad de sumarse e integrarse a las luchas de
las universidades públicas, y hubo también quién consideró
—desde la orilla contraria— que la oportunidad consistía en
incorporar a la Universidad Católica en aquella Comisión
creada por el Decreto Ley, la que se ocuparía de reestructurar
el sistema universitario nacional.

Catorce meses, entre agosto de 1971 y octubre de 1972.


Éste fue el tiempo de clausura de las universidades en

70
el país, incluida la Universidad Católica, por supuesto.
Y poco más de siete años, el tiempo de la intervención
gubernamental en el sistema universitario nacional. La
Educación Superior, durante todo ese periodo, vivió un
proceso de transformación política y académica cuyo
eje central fue, como no podía ser de otra manera, la
supresión de la Autonomía de las universidades públicas.
En junio de 1972, el gobierno aprobó la denominada
«Ley Fundamental de la Universidad Boliviana», y en
ella se estableció, por primera vez en la estructura estatal
del país, una instancia exclusivamente dedicada a los
asuntos universitarios, el Consejo Nacional de Educación
Superior, CNES, además del examen nacional de ingreso
en todas las universidades. Y fue en ese periodo —entre
1972 y 1978— en el que se inició un proceso de notorio
crecimiento de la matrícula universitaria en el país: en
1966 la población estudiantil de las universidades era de
poco más de once mil alumnos; diecisiete años después,
en 1983, en el inicio de la democracia en Bolivia, esa
cifra llegó a más de setenta mil estudiantes. Los datos de
la Universidad Católica confirman, exponencialmente,
esta tendencia: treintaiún eran los alumnos que iniciaron
clases en 1966, año de su fundación, y 2.257 los alumnos
inscritos en 1978, doce años después.

Algo no menos sustancioso ocurrió en esos años: la


Universidad Católica Boliviana pasó a formar parte del
Sistema de la Universidad Boliviana, es decir, del sistema de
la Educación Superior que incluye a todas las universidades
públicas. Efectivamente, en la Tercera Reunión de Rectores
de la Universidad Boliviana y el Consejo Nacional de

71
La primera biblioteca

Primer campamento rural en Kallapa,1968


Educación Superior, CNES, el 19 de diciembre de 1974
en la ciudad de Santa Cruz, se aprobó una resolución
en la que se declara que, «a tenor del artículo octavo del
Capítulo Primero de la Ley Fundamental de la Universidad
Boliviana», «las universidades privadas establecidas en el
país forman parte del Sistema de la Universidad Boliviana,
rigiéndose por el contexto académico que informa el
espíritu de la Enseñanza Superior en Bolivia». En 1974
había en el país una sola universidad de derecho público,
y esa era la Universidad Católica Boliviana. Y por ello la
resolución del CNES y de los Rectores tenía que ser muy
concreta: «La Universidad Católica viene cumpliendo
una eminente función compatibilizada con las estructuras
académicas de la Universidad Boliviana, toda vez que desde
el punto de vista pedagógico, ofrece carreras universitarias
diferenciadas que no suponen duplicidad de estructuras
curriculares, función en la cual ha logrado al presente, justa
reputación y merecido prestigio institucional».

La referida resolución señala también que si la Universidad


Católica Boliviana era considerada como parte del sistema
nacional universitario, tenía «iguales necesidades y
obligaciones que las demás Casas Superiores de Estudio,
debiendo en consecuencia ser merecedora de una adecuada
asistencia económica estatal que le permita cumplir sus
fines en grado óptimo de actualización pedagógica con
los métodos y las técnicas de enseñanza en beneficio de la
juventud estudiosa del país».

Tres meses después de la referida resolución del CNES


y de los Rectores, el 19 de marzo de 1975 y en el primer
número de Noticias UCB, a cargo del Departamento de

73
Ciencias de la Comunicación de la Universidad, aparece
una noticia titulada así: «La Universidad Católica Boliviana
recibirá una adecuada asistencia económica del Estado»,
y en ella se reseñan las palabras de Monseñor Genaro
Prata destinadas a aclarar, en una conferencia de prensa,
el contenido de recientes publicaciones referidas a la
«ayuda» del Estado a la Universidad. «En la reunión con
representantes de los medios de comunicación —apunta
Noticias UCB— Monseñor Prata se refirió a los antecedentes
sobre la colaboración del Estado», los referidos a la Tercera
Reunión de Rectores con el CNES, ya anotados aquí. Las
resoluciones aprobadas en esa reunión (también detalladas
en estas líneas) le permitieron al Rector —cuenta Noticias
UCB— dirigir «un oficio al Supremo Gobierno, solicitando
que se viera la manera de tomar en cuenta lo expresado en esa
reunión», y añade que «el aporte que recibirá la Universidad
será indirecto, es decir, por los trabajos de investigación que
se realizarán». Para ello «habrá que firmar un contrato con
el Ministerio de Coordinación y Planificación».

Un año y tres meses después, el 17 de junio de 1976, una


nueva y muy distinta resolución, también del CNES y
firmada por los nueve rectores del Sistema de la Universidad
Boliviana —incluido el Rector de la Universidad Católica
Boliviana, Monseñor Genaro Prata—, describe la difícil
situación que en ese momento atravesaban las universidades
en el país. «Se ha desencadenado un nuevo conflicto, el
cuarto del año, en las universidades de San Andrés de La
Paz, San Simón de Cochabamba, San Francisco Xavier
de Sucre, Tomás Frías de Potosí, Técnica de Oruro y en

74
varias carreras de la Universidad Católica Boliviana»,
señala en su primer párrafo la resolución. Y continúa: «La
nueva perturbación universitaria asumió el carácter de
una huelga eminentemente política, impuesta sin ningún
planteamiento universitario». «Los únicos responsables
de esta situación —añade el texto resolutivo— son los
agitadores extremistas incrustados en las universidades,
empeñados en desencadenar el caos y la anarquía,
cumpliendo consignas antinacionales». La resolución
concluye exhortando a los estudiantes «a normalizar la
vida universitaria en toda la República», informando que,
en el caso de las universidades de La Paz y Cochabamba,
«se dispone la suspensión de actividades académicas y
clausura del primer semestre de 1976», y anunciando, en
el caso de las universidades de Sucre, Potosí, Oruro, y en
el de la Universidad Católica, que «si hasta el lunes 28 de
junio no vuelve a clases el 60 por ciento del estudiantado»,
quedarán suspendidas también, en esas universidades, las
actividades académicas y clausurado el primer semestre
del año en curso».

Esa huelga en las universidades, y otras muchas


manifestaciones de protesta en el país, originarían
en la Universidad Católica Boliviana aquello que los
Obispos, en 1979, calificaron como «la gran crisis», una
crisis que provocó la decidida y drástica intervención
del episcopado nacional, inaugurando un nuevo ciclo
en su historia. Pero ésa, esa es una historia que merece
contarse al final de estas líneas.

75
Había dicho el Obispo-Rector, a poco de iniciarse la década
de los años setenta, que la Universidad —para que su
definición como «Agencia de Cambio» no sea apenas una
ambigua declaración—necesitaba «elaborar una ideología
que le sirva de fundamento y de orientación», una ideología
que tuviera la suficiente amplitud de manera tal que en
ella «puedan tener cabida diferentes posiciones doctrinales
y políticas frente a la problemática nacional». Monseñor
Prata, al mencionar la palabra ideología, pensaba en
una sólida armazón de ideas que le dieran consistencia y
caracterizaran la manera de ser y obrar de la Universidad
Católica en la escena nacional; Monseñor Prata, urgido por
los arduos tiempos que le tocó vivir, necesitaba un orden, un
ideario, unas normas, unas reglas lo más eficaces posibles
que le permitieran conducir la Universidad en esos tiempos
difíciles. Monseñor Prata necesitaba un estatuto, el Estatuto
Orgánico Ad Experimentum, aprobado consecutivamente por
tres instancias y en tres meses: por la Conferencia Episcopal
de Bolivia, en abril de 1976; por el Consejo Nacional de
Educación Superior, CNES, en mayo de 1976; y por la
Sagrada Congregación para la Instrucción Católica de la
Santa Sede, en junio de 1976.

La elaboración del Estatuto de la Universidad se echó a


andar a fines del primer año de la década, por iniciativa del
Obispo-Rector, quien pidió a la comunidad universitaria
—autoridades, profesores y alumnos— contribuir a su
redacción. Y así, el Estatuto de 1976 tuvo tres versiones
previas. La de 1970, que sienta las bases —en forma y
contenido, y especialmente en las formas de carácter
jurídico— de lo que tiene que ser un documento de esta

76
naturaleza. La de 1971, que tiene una particularidad
que la destaca y diferencia: bajo el influjo crítico y
transformador de la Segunda Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, CELAM, llevada a cabo
en septiembre de 1968 en Medellín, Colombia, este
«Anteproyecto de Estatuto Orgánico» propone como
principales objetivos de la Universidad «Propugnar la
educación liberadora que convierta al educando en sujeto
de su propio desarrollo», «Ser instrumento de diálogo
profundo y renovado con inspiración cristiana de Fe y
Ciencia, de las diferentes disciplinas entre sí, de profesores
y alumnos, de Universidad y Sociedad», «Ser conciencia
crítica de la comunidad boliviana y agencia de cambio
social para lograr la constitución de una comunidad
digna, justa, solidaria y cristiana». Y finalmente la versión
estatutaria de 1973, cuya peculiaridad consiste en que, a
juicio de los profesores de esa época, ése era el «Estatuto
de la Universidad», es decir, el que fue presentado ante el
Rector por la comunidad universitaria.

Hecho ese brevísimo recuento de los estatutos previos al de


1976, no es ocioso preguntarse qué trae, como contenidos
centrales, el Estatuto Orgánico Ad Experimentum (apellidado
así, en latín, porque como señaló Monseñor Prata, tenía
un propósito experimental de un par de años). Y quizá la
mejor forma de aproximarse a su texto (algo engorroso,
como todos los de su naturaleza) sea remitirnos a sus críticos
(quienes sí tuvieron que leerlo al derecho y al revés).

En una carta fechada el 1 de junio de 1976, poco después de


que el Estatuto Ad Experimentum se conociera oficialmente

77
en la Universidad, y luego de su aprobación por parte de
la Conferencia Episcopal de Bolivia, veintiún profesores
le escriben una escueta carta, de apenas una página, al
presidente del episcopado nacional de entones, Monseñor
Armando Gutiérrez Granier. La misiva tiene cuatro puntos;
los tres primeros comentan el contenido del documento
y en el cuarto se mencionan los capítulos y artículos que
generan su desacuerdo. «Lamentamos que la Conferencia
Episcopal de Bolivia haya introducido cambios importantes
en el Proyecto de Estatuto Orgánico presentado por nuestra
Universidad en 1973», afirman los profesores en el primer
punto; lamentan también que en la presentación oficial
del documento «no se haya hecho conocer el parecer de la
Comisión Episcopal de Educación», y opinan, categóricos
los profesores, «que el Estatuto Orgánico no ha sido
mejorado, sino empeorado».

Son dos capítulos y dos artículos del Estatuto Orgánico de


1976 los que desataron la fuerte reacción de los profesores:
«No aceptamos ninguna disposición que esté basada en los
acápites que observamos, y solicitamos que sean revisados
inmediatamente y en forma conjunta». La primera de
las disposiciones cuestionadas es la referida a la creación
de la llamada «Junta Fundacional», hoy Junta Directiva.
«La Junta Fundacional —dice el artículo 13 del Estatuto
de 1976— es el organismo colegiado que asesora al Gran
Canciller de la Universidad en nombre y por delegación de
la Conferencia Episcopal de Bolivia». Más adelante, en el
artículo 17, se le otorga a la Junta Fundacional la atribución
de «Proponer al Canciller una terna para el nombramiento
del Rector». Estos dos artículos quiebran una de las más

78
viejas tradiciones institucionales de las universidades que la
Universidad Católica había hecho suya, aquella que señala
que quien propone a los candidatos al Rectorado es el
«Claustro Universitario», es decir, la asamblea conformada
principalmente por los profesores y estudiantes. Por eso la
ruda protesta de los profesores.

La segunda de las observaciones, a la que se sumaron los


estudiantes de la época, es la referida a «Las organizaciones
y representaciones estudiantiles». El artículo 97 del Estatuto
de 1976 señala que «Cada carrera tendrá un Centro de
Estudiantes elegido cada año al comienzo del periodo
académico por los alumnos que han superado el Curso Básico
—y conformado por un Presidente y cuatro vocales—entre
los cuales se designarán los representantes ante los Órganos de
Gobierno de la Universidad». El artículo 102 añade que «Los
presidentes de los Centros de Estudiantes de cada Carrera y
un delegado de los cuatro vocales elegidos por los mismos,
constituirán el Centro de Estudiantes de la Universidad». Lo
que los estudiantes (y los profesores) cuestionan de esta forma
de elegir la representación estudiantil en la Universidad es
la supresión —como en el caso del Claustro Universitario—
de unos comicios que permitan elegir, directamente, al
Centro de Estudiantes de la Universidad, como ocurre en
las universidades públicas, cuando se elige a la denominada
«Federación Universitaria Local, FUL».

Los otros dos artículos cuestionados por los profesores


son el artículo 8 y el artículo 93 del Estatuto Orgánico Ad
Experimentum. El primero de ellos determina que «Quien
acepte integrarse a la Universidad Católica Boliviana

79
a cualquier título, función o actividad, se compromete —
por ese solo hecho— a respetar su carácter de “católica”,
los fines y efectos que se derivan de tal definición, y a
colaborar lealmente para que éstos sean alcanzados». El
segundo de esos artículos (el 93) señala: «Los alumnos
regulares, además de los créditos correspondientes a la
propia Carrera deberán llevar en cada periodo académico
por lo menos dos créditos de asignaturas dictadas por el
Departamento de Ciencias Religiosas».

Al Estatuto Orgánico de 1976 le siguieron otras versiones


(la de 1981, dos de la década de los años noventa y la
más reciente, la de 2011). Ninguno de estos Estatutos, los
posteriores al de 1976, tuvieron la significación principista de
ése. ¿Por qué? Porque la Universidad Católica —y el país—,
a partir de la década de los años ochenta, y especialmente en
la década de los años noventa, comenzó a vivir otro tiempo,
uno menos crispado y más atento a la forja y construcción
institucional. Todo ello, claro, ocurrió después de que el
Estatuto Orgánico Ad Experimentum provocara, entre otros
varios acontecimientos, el remezón de los dos últimos años
de la década, 1978 y 1979.

«La crisis que este momento vive la Universidad Católica


Boliviana es la peor y la más grave de sus primeros doce
años de vida. De ella puede salir reforzada o destruida».
«Nos hemos reunido expresamente para informarnos,
reflexionar y tomar decisiones que tiendan a solucionar la
gran crisis producida en esta Casa de Estudios Superiores y
puedan salvar la continuidad de la obra de la Iglesia»

80
La primera de las dos frases es de Monseñor Genaro
Prata, y está inserta en el informe presentado al Presidente
de la Conferencia Episcopal de Bolivia, el Cardenal José
Clemente Maurer. Tiene como fecha el 3 de enero de 1978.
La segunda frase fue pronunciada por Monseñor Alejandro
Mestre, Secretario General del Consejo Episcopal
Permanente, y tiene como fecha el 6 de abril de 1979.

Las dos frases sintetizan dos episodios —uno tras otro


en el lapso de poco más de un año— que situaron a la
Universidad Católica Boliviana en el umbral de una
encrucijada. El primer episodio de esa crisis se inició en los
meses de noviembre y diciembre de 1977 y se desarrolló en
los primeros meses de 1978; el segundo episodio ocurriría
en los meses de marzo y abril de 1979.

Las dos frases sintetizan dos episodios —uno tras otro


en el lapso de poco más de un año— que situaron a la
Universidad Católica Boliviana en el umbral de una
encrucijada. El primer episodio de esa crisis se inició en los
meses de noviembre y diciembre de 1977 y se desarrolló en
los primeros meses de 1978; el segundo episodio ocurriría
en los meses de marzo y abril de 1979.

9 de noviembre de 1977 y 30 de enero de 1978.


Entre una y otra fecha transcurrió el primero de esos
dos episodios que situó a la Universidad en el momento
más difícil de sus primeros doce años de existencia. Los
hechos se iniciaron con el anuncio de la convocatoria a
elecciones generales por parte del gobierno de entonces,
anuncio que incluía, además, el inicio de un proceso

81
gradual de legalización de los sindicatos en las fábricas y
de las organizaciones estudiantiles en las universidades.
En la Universidad Católica Boliviana, un grupo de
estudiantes y ex dirigentes estudiantiles convocaron
también a unos comicios en los que se pretendía renovar
la directiva del Centro de Estudiantes, unos comicios
que el Rector de Universidad, Monseñor Genaro Prata,
calificó como «un acto de rebeldía». La elección de esa
nueva directiva estudiantil se produjo el 22 de diciembre.
Cuatro días después, la Comisión Académica de la
Universidad decidió desconocer sus resultados e informar
de lo acontecido al episcopado boliviano. El 6 de enero
del nuevo año (1978), y en una Asamblea Extraordinaria,
la Conferencia Episcopal de Bolivia emite una resolución
en la que se le otorga «pleno y total apoyo al Rector y a la
Comisión Académica y a las decisiones asumidas por ellos
en fecha 26 de diciembre de 1976». Tres días después, el
9 de enero, un comunicado firmado por el Rector señala
que, pese a los esfuerzos desplegados por las autoridades,
persiste «la situación de rebeldía del sector estudiantil
que originó el conflicto» y decide mantener la suspensión
de actividades académicas hasta el 30 de enero, fecha en
que la Comisión Académica de la Universidad retoma sus
funciones y evalúa la situación a partir de un informe de
Monseñor Prata en el que se afirma que los estudiantes
decidieron deponer su actitud y renunciar a los cargos
a los que postularon. La Comisión, por tanto, acuerda
reanudar las actividades administrativas el 1 de febrero e
iniciar el nuevo año académico el 3 de abril.

82
Miércoles 21 de marzo y sábado 7 abril de 1979.
En estos días el Secretariado General de la Conferencia
Episcopal de Bolivia, en un comunicado público, hace
constar que Monseñor Genaro Prata, como Rector de
la Universidad, «cuenta con el apoyo de la Conferencia
Episcopal de Bolivia». El lunes 26 de marzo, un grupo
de diez estudiantes inicia una huelga de hambre en la
Asociación de Periodistas de La Paz y recibe el apoyo
de la Federación Universitaria Local de la Universidad
Mayor de San Andrés, UMSA, de la mayor organización
de los universitarios del país, la Confederación
Universitaria Boliviana, CUB, y de Federación Sindical de
Trabajadores Mineros de Bolivia, FSTMB. El miércoles
28, las autoridades de la Universidad anuncian que han
decidido la suspensión temporal de todas sus labores en
la Unidad Académica de La Paz. Pero el viernes 6 de
abril, el Consejo Episcopal Permanente, después de tres
días de deliberación, emite una Resolución de cuatro
puntos: «1. Mantener el receso de actividades académicas
y administrativas en la Universidad Católica Boliviana; 2.
Crear una Comisión que estudie la renovación estructural,
académica y económica de la Universidad. Se instruirá a
dicha Comisión que realice la tarea que se encomendará,
en el menor lapso de tiempo posible, intentando salvar los
dos semestres del presente año académico; 3. Rechazar
las exigencias de renuncia del Rector; 4. Reconocer y
agradecer la colaboración competente, desinteresada
y honesta de Monseñor Prata, injustamente atacado, y
demás autoridades, ratificándoles la confianza y apoyo del
Episcopado boliviano, dejando constancia que el señor
Rector había presentado su renuncia desde hace tiempo,

83
basada en la multiplicidad de labores». La Resolución
fue firmada por los Obispos José Clemente Maurer, Jorge
Manrique, Armando Gutiérrez y Alejandro Mestre.

[Cabe aquí un nuevo y breve paréntesis, esta vez para revelar


la paciente, decidida y anónima labor de un Obispo de la
Iglesia en la solución del conflicto que acabamos de reseñar.
Como se ha visto, y como correspondía, en todos los
documentos de la Conferencia Episcopal de Bolivia
relacionados a fijar la posición de la Iglesia durante la
protesta estudiantil, aparecen los nombres del Cardenal
José Clemente Maurer, el Arzobispo Jorge Manrique y
los Obispos Armando Gutiérrez y Alejandro Mestre.
Pero, y como es perfectamente entendible y explicable, no
eran ellos quienes tenían en sus manos el rol de gestionar
la crisis directamente con los estudiantes. Mientras se
redactaba este afanoso recuento de algo de la historia
de la Universidad, y en un diálogo casual, uno de los
dirigentes estudiantiles de aquellos agitados dos meses de
1979, marzo y abril, recordó que quien dialogaba intensa
y pacientemente, y quien buscaba soluciones al conflicto,
en nombre de la Iglesia, era Monseñor Julio Terrazas
Sandoval, en ese momento Obispo Auxiliar de La Paz
desde julio de 1978, y luego Cardenal desde el año 2001.
Otro memorioso profesor de entonces, confirmó el dato.]

Las clases en la Universidad Católica Boliviana se reiniciaron


el 20 de agosto de 1979, exactamente cinco meses después
de aquella asamblea estudiantil que consideró fenecida la

84
vigencia del Estatuto Orgánico Ad Experimentum y exigió
la renuncia del Obispo-Rector. La Comisión encargada
de estudiar «la renovación estructural» de la Universidad
—denominada «Comisión Episcopal Universitaria»—
presentó su informe a la Asamblea Plenaria de la Conferencia
Episcopal de Bolivia el 12 de mayo de 1979.

Las labores administrativas se reiniciaron el 1 de junio,


y el 4 de agosto de ese mismo año, a través de ocho
sendas resoluciones emitidas y firmadas ese mismo día
por Monseñor Armando Gutiérrez Granier y Monseñor
Alejandro Mestre, Presidente y Secretario General de los
Obispos en Bolivia, la Universidad cerró un primer y largo
ciclo e inició otro. Merece la pena reseñar brevemente cada
una de esas ocho resoluciones.

La Resolución 001/79 determina que la reanudación total


de las actividades académicas en la Universidad tendrá
como fecha la ya indicada, el 20 de agosto. La Resolución
002/79 instruye a las autoridades de la Universidad que «el
primer semestre correspondiente al año académico 1979
debe reiniciarse con la reinscripción de los alumnos».

La Resolución 003/79, tomando en cuenta las


recomendaciones de la Comisión Episcopal Universitaria,
y «para garantizar la reapertura de la Universidad en un
ambiente de concordia», resuelve la «renovación de sus
organismos colegiados de gobierno». Así, los profesores
y trabajadores administrativos elegirán a sus nuevos
representantes y, en el caso de los alumnos, éstos designarán
a dos delegados por Carrera para que «elaboren un

85
Toma de posesión de la Junta Fundacional

Mons. Manrrique, Mons. Gutiérrez y el Cardenal Maurer


Reglamento de Elecciones Estudiantiles» que luego será
aprobado por la Junta Patrocinadora de la Universidad, es
decir, el episcopado nacional.

La Resolución 004/79 considera que el Estatuto Orgánico


de la Universidad «requiere modificaciones» y «ratifica
su vigencia en todas aquellas partes que no hubieran
sido modificadas a sugerencia de la Comisión Episcopal
Universitaria». Esta misma Resolución «invita a todos
los estamentos de la comunidad universitaria a presentar
sugerencias y observaciones» en los dos siguientes
semestres académicos.

La Resolución 005/79 aprueba las «Normas Generales»


de la Universidad como un paso previo a la aprobación
del Reglamento General que interpretará y ampliará
los preceptos contenidos en el Estatuto Orgánico. La
Resolución 006/79 designa como Gran Canciller de la
Universidad a Monseñor Genaro Prata, y la Resolución
007/79 a Luis Antonio Boza Fernández como su nuevo
Rector. La Resolución 008/79, finalmente, y como parte
de la «etapa de reordenamiento» que vive la Universidad,
instruye a sus autoridades establecer un riguroso «plan de
austeridad económica».

También en agosto de 1979, y por un pedido especial de la


Conferencia Episcopal de Bolivia, Monseñor Jesús López
de Lama, Obispo Prelado de Corocoro y Presidente de la
Comisión Episcopal de Educación, escribe —pensando

87
en las autoridades, profesores, estudiantes y trabajadores
administrativos— un hermoso texto titulado «Sentido y
razón de la Universidad Católica Boliviana».

«Estamos en la puerta de salida de una crisis que


nos ha conmovido a todos. Hemos sentido la
tensión de unas horas difíciles, pero no imposibles.
Nos hemos empeñado en buscar nuevos caminos,
algunas condiciones institucionales y ambientales
para que nuestra Universidad empiece una etapa
nueva en un clima de participación y confianza».
«Las tensiones son expresión de vida y resultan
positivas cuando se las supera y domestica, cuando
no nos dejamos vencer por ellas». Así empieza el
texto de Monseñor López de Lama. Para continuar,
se pregunta: «¿cómo ve la Conferencia Episcopal
de Bolivia la Universidad Católica Boliviana?». Y
a partir de esta pregunta describe la Universidad
que los Obispos buscan construir. Una Universidad
que «hace posible un diálogo permanente y creativo
entre la ciencia y la fe»; una universidad inmersa
en «un país que quiere aprender y quiere romper
el maleficio de muchas frustraciones haciendo de
su juventud no sólo profesionales competentes, sino
también comprometidos con su pueblo».

Más adelante, el entonces Obispo Prelado de


Corocoro [ciudad, municipio y capital de la
Provincia Pacajes, en el sur del departamento de
La Paz] refiere la «pequeña inquietud» con la que
el episcopado observa el devenir de la Universidad.

88
«Nuestra institución le exige a la Iglesia un esfuerzo
muy grande en recursos de personal y financieros. Lo
hacemos gustosos, pero en la esperanza de obtener
una justa rentabilidad. Una rentabilidad espiritual».

«¿Qué tipo de Universidad queremos los Obispos?»,


pregunta nuevamente Monseñor López de Lama.
«Ante todo y sobre todo queremos que sea una
Universidad. Es decir: un centro del saber universal,
abierto a la ciencia, al saber, a la investigación. En
una palabra: abierto a la verdad». «Una Universidad
sin miopías, que mire el futuro como el pasado; que
sus horizontes no sean los de una isla, sino los del
mundo». «Nuestra Universidad no quiere ni debe
ser encerrada en el cajón de ninguna secta, sea esta
ideológica, política o religiosa. El sectarismo conduce
a la dictadura del pensamiento, y entorpece o impide
el encuentro con la ciencia, con el saber y con la
verdad».

Y en este mismo acápite, el que fuera Presidente


de la Comisión Episcopal de Educación parece
responder a esa otra pregunta tercamente vigente,
cincuenta años después: ¿qué es, qué significa,
cómo debe ser una universidad que no quiere ser
una universidad más, sino una Universidad Católica?
«Respetamos la conciencia de los profesores y los
estudiantes. Es ése un santuario donde nadie tiene
derecho a entrar. Pero igualmente pedimos a quienes
son parte de la Universidad Católica Boliviana que
respeten y reconozcan su carácter, su naturaleza y su

89
El Rector Antonio Boza y el Gran Canciller Genaro Prata
Acto académico 1981
finalidad. La nuestra no es otra universidad, una más
en el conjunto de universidades. La nuestra es una
Universidad adjetivada, católica, que nos exige y nos
condiciona; que desea identificarse como tal y que
quiere que se la acepte y estime por lo que ella es».

Monseñor Jesús López de Lama cierra su texto con


una tercera pregunta: «¿Qué piensan los Obispos
ahora, después del conflicto?». «Queremos que
empiece una etapa nueva, sin vencedores ni vencidos.
Deseamos que esta nueva etapa sea abierta, sincera,
dialogante». «La Universidad es un cuerpo en
crecimiento. Queremos que su tamaño y naturaleza
respondan a las necesidades de Bolivia y de la Iglesia
en Bolivia, y a nuestras posibilidades. No queremos
engendrar monstruos ni engendrar gigantes».
«Deseamos y queremos una Universidad mejor, a la
medida de nuestro país y de nuestra Iglesia».

91
Rectores Nacionales
de la U.C.B.

Mons. Genaro Prata S.D.B.


(1966 - 1979)

92
Dr. Antonio Boza Fernández
(1979 - 2001)
Dr. Carlos Gerke Mendieta
(2001 - 2005)

Dr. Hans van den Berg O.S.A.


(2005 - 2013)

93
Marco Antonio Fernández C. MEE.,MM.
(2013 - a la fecha)
Los años ochenta y noventa
OTRO PAÍS, OTRA UNIVERSIDAD
96
Los números también se ocupan de contar la historia. En
1980 eran siete las carreras que ofrecía la Universidad
Católica Boliviana, en La Paz y Cochabamba. Y poco más
de 1.700, sus estudiantes. Veinte años después, en el primer
año de este nuevo siglo, el número de carreras y el número
de estudiantes se habían multiplicado por siete. Y eran ya
cuatro, en el año 2000, las ciudades que cobijaban una
Universidad Católica. Santa Cruz y Tarija se añadieron
a las dos primeras. Y eran también cuatro las Unidades
Académicas Campesinas, en Batallas, Carmen Pampa,
Pucarani y Tiawanacu, seis los cursos de un primer ciclo de
Postgrado, cuatro los de las «Maestrías para el Desarrollo»
y cerca de 100 millones de bolivianos el presupuesto total
del más importante de los empeños de la Iglesia Católica en
el ámbito de la Educación Superior en el país.

Los números, hay que saberlo, pueden contribuir también


a embarullar las cosas, si no se los explica, y si no se los
contextualiza.

Crecimiento y expansión. Las dos palabras son útiles para


emparejar los números con los hechos. Ciertamente, en
esas dos décadas, entre 1980 y el año 2000, y en este último
año en particular, la Universidad alcanza su mayor nivel
de crecimiento en cincuenta años, tanto en el número
de estudiantes inscritos como en el número de carreras

97
abiertas y en los espacios que la cobijan. Hay, empero, un
dato que no debe dejarse de lado. Si bien en la década de
los ochenta, y en la ciudad de La Paz, se habían creado
dos nuevas carreras, las de Turismo y Relaciones Públicas,
es en 1990, con la creación de la Carrera de Derecho,
también en La Paz, cuando arranca el proceso de crecimiento
y expansión de la Universidad que aquí referimos, tomando
en cuenta, claro, que hasta entonces, hasta 1990, estaban
consolidadas las cuatro emblemáticas carreras con las
que la Universidad Católica inició su andadura en La
Paz: las dos fundacionales, Administración de Empresas
y Economía, creadas en 1966, y las de Psicología y
Comunicación, que arrancan labores en 1971. A ellas
se sumaban las tres de Cochabamba: Filosofía (1971),
Enfermería (1974) y Teología (1976).

El dato es aún más revelador si se tiene en cuenta que,


entre 1990 y el primer año de este siglo, la Universidad
no sólo se expande hacia dos nuevas ciudades —Santa
Cruz desde 1993 y Tarija desde el año 2000—, sino que
se produce una verdadera «explosión» en la creación de
carreras: treintaiocho en total en ese periodo. Si esto es así,
si es en ese periodo cuando se materializa verdaderamente
el crecimiento y expansión de la Universidad, ¿qué
ocurrió en la primera de las dos décadas que aquí
reseñamos como ejercicio de la memoria? ¿Qué ocurrió
en la Universidad Católica Boliviana en la década de los
años ochenta? Debemos dejar las aulas para responder la
pregunta. Ir al país de esos años.

98
Universidad Católica en Cochabamba
100
101
Universidad Católica en Cochabamba
Acto de graduación, auditorio en Cochabamba

Campus Tupuraya, Cochabamba


Edificio central administrativo en Santa Cruz
104
105
Modulos de aulas en Santa Cruz
Estudiantes en Santa Cruz

Capilla en el Campus de Santa Cruz


La década de los ochenta no podía empezar peor. Apenas
diecisiete días después de las elecciones nacionales (junio
30), un golpe de Estado interrumpió el todavía naciente
retorno a la democracia en Bolivia. El golpe fue uno de
los varios episodios ocurridos en esos poco más de cuatro
años de un periodo —entre julio de 1978 y octubre de
1982— que los historiadores han calificado como «el de
mayor inestabilidad política de la historia de Bolivia».
Nueve gobiernos, siete de facto y dos constitucionales;
siete presidentes, una presidenta y una junta militar. «Una
etapa dramática y desquiciada». Sí, los adjetivos tienen el
peso exacto de los hechos.

Después, poco después de instalado el primer gobierno


de la democracia que vivimos, la «hiperinflación». En
octubre de 1982 los bolivianos podían cambiar un dólar
por 230 pesos; tres años después, en agosto de 1985, ese
mismo dólar valía más de un millón de pesos (1.149.354,
para más exactitud). Un par de fechas más, el número
de un Decreto Supremo, y un nuevo tipo de cambio: el
29 de agosto de 1985 se le presenta al país «el 21060»;
a principios de 1989, cuatro años después, en Bolivia se
cambiaba un dólar por 2,81 bolivianos.

Hay otros hechos relevantes de los años ochenta que


merecen recordarse —el sorprendente crecimiento del
narcotráfico en el Chapare, la creación de la ciudad de
El Alto en marzo de 1985, o las elecciones municipales
de 1987, las primeras después de casi cuarenta años—,
pero seguramente ninguno tan trascendente como la
propia consolidación de la democracia. Los hechos, en la

107
política, en esos años, comenzaron a ocurrir «por primera
vez». Entre 1985 y 1997, puntualmente, bajo el rigor de
la Constitución, en el Congreso Nacional y después de la
celebración de elecciones nacionales, siempre en agosto
y después de cuatro años, cinco presidentes que habían
cumplido su mandato le entregaron a otro líder político
el mando de la nación. No había ocurrido nunca en la
historia del país, era la primera vez.

Este dato, inevitablemente, y en el plano nacional, nos


traslada a la década de los años noventa.

«La primera marcha indígena y sus más de 600 kilómetros


de caminata, desde Trinidad a La Paz, le abrió los ojos
a un país mutilado por la ignorancia de su diversidad
política y cultural». El cronista, uno de los muchos
cronistas de la primera marcha de los pueblos indígenas
del oriente boliviano (agosto y septiembre, 1990), resume
así la trascendencia de un hecho que también ocurriría
por primera vez. Por primera vez el Estado, luego de una
marcha indígena de treintaicuatro días, reconocería el
derecho de esos pueblos a su territorio.

Y por primera vez también un Censo —el de 1992— nos


decía que la población de las ciudades era mayor a la
población rural: el 57,5 por ciento de los bolivianos en
ese año vivía en las áreas urbanas. Y por primera vez,
dos ciudades sin fronteras, [es decir una ciudad, La Paz
y El Alto], superaban el millón de habitantes (1.118.870,
para más exactitud).

108
La década de los años noventa le trajo al país nuevas
palabras, en forma de nuevas instituciones democráticas:
el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo, por
ejemplo. La política tuvo las suyas: «Participación Popular»,
«Capitalización», «Reforma Educativa». La misma política
se ocupó de diluirlas, apenas llegado el nuevo siglo.

Un par de datos más, sin duda relevantes, que nos entregan


los años noventa: en julio de 1997 se inicia la construcción
del gasoducto Bolivia-Brasil; exactamente dos años después,
en julio de 1999, los más de tres mil kilómetros de tuberías
instaladas desde Río Grande a Sao Paulo y Porto Alegre
comienzan a llenarse de gas, como el país.

Y el mundo en esas dos décadas, entre 1980 y el año 2000,


se hizo más rutinario. La caída del Muro de Berlín (1989),
dos apellidos —Thatcher y Reagan—y una palabra —
neoliberalismo— ocuparon la escena internacional.

El país no podía ser el mismo de siempre. La Universidad


Católica Boliviana, tampoco.

Desde el mismo momento en que los Obispos fundadores


de la Universidad se dieron a la tarea de construirla, allá
en los años sesenta [ya se lo ha dicho aquí], una pregunta
—una pregunta siempre presente e inaplazable—
inquietaba cada uno de sus días: ¿cómo financiar la
Universidad, cómo resolver la difícil y apremiante
ecuación de sostenerla en el tiempo bajo la ineludible
condición de que, al tratarse de una obra de la Iglesia,

109
no sólo que debía considerarse la implantación de un
sistema de educación gratuita para aquellos estudiantes
que no pudieran pagarla, sino que no podía construirse
como una institución lucrativa y excluyente?

Desde su fundación, y hasta fines de la década de los setenta,


la estructura presupuestaria de la Universidad Católica
Boliviana tuvo como base y sustento las donaciones,
las de la Santa Sede y las de instituciones católicas
internacionales, fundamentalmente. En cifras gruesas (y
elocuentes), la economía de la institución dependía de esas
donaciones en un setenta por ciento; el restante treinta
por ciento —los ingresos propios— procedía de los pagos
mensuales de sus estudiantes.

Hay que decir también que en ese mismo año merodeaba


en el ánimo de los Obispos y de los administradores la idea
no muy esquiva del cierre de la Universidad, por razones
presupuestarias: en 1979 se habían indemnizado y cancelado
los beneficios sociales a gran parte de los profesores; la
planta de trabajadores de la Universidad se redujo a doce
personas, la mayoría administrativos; las donaciones no
alcanzaban y los préstamos bancarios se hacían cada vez
más difíciles.

Una vez más, y esta vez en el ámbito de la economía, 1979


aparece, en la historia de la Universidad Católica Boliviana,
como un año decisivo.

1979 fue el año en que, después de dos conflictos internos


protagonizados por la protesta de los estudiantes, la

110
Conferencia Episcopal Boliviana, a través de ocho
resoluciones, había decidido emprender la «renovación
estructural» de la Universidad Católica. Una de esas
resoluciones, la 008/79, instruye a sus autoridades
establecer un riguroso «plan de austeridad económica»,
como parte de la «etapa de reordenamiento» que en
ese momento vivía la Universidad. Otra resolución, la
007/79, había designado al doctor Luis Antonio Boza
Fernández como su nuevo Rector. Y fue él, el segundo
rector en la historia de la Universidad, quién tuvo como su
primera tarea la transformación radical de su estructura
presupuestaria, una tarea que consistía, básicamente, en
revertir completamente la composición del presupuesto,
de manera que los ingresos propios, y ya no las donaciones,
se conviertan en la base y sustento económico de la
Universidad. Y esto sólo era posible incrementando los
pagos mensuales de sus estudiantes. La Universidad, si
quería existir, no podía depender más de las donaciones.

La tarea fue ardua y larga. Y sus resultados incontestables.


Conviene referir algunas cifras, comparando dos
presupuestos universitarios completamente distintos y
separados por poco más de veinte años, los de 1979 y 1998
(y en cifras gruesas, desde luego).

En 1979, el presupuesto de la Universidad Católica Boliviana


era de 23 millones de pesos, diecinueve catalogados como
«Gastos de Operación» (el 81 por ciento del presupuesto
total) y cuatro como «Inversiones» (el 19 por ciento). Estas
inversiones, es importante señalarlo, se ejecutarían sólo si se
recibían las donaciones específicas para este rubro.

111
Los Gastos de Operación, en ese presupuesto, se
desglosaban así: «Aportes de la Conferencia Episcopal
de Bolivia», poco más de seis millones (el 33 por ciento)
(en este monto figuran los referidos aportes captados por
la Universidad como donaciones de la Santa Sede y de
organismo católicos internacionales); «Aportes del Estado»,
poco más de cinco millones de pesos (el 28 por ciento);
«Aportes de los alumnos», poco más de cuatro millones (el
22 por ciento); «Investigaciones», cerca de tres millones (el
15 por ciento); y, finalmente, las «Donaciones para Becas»,
cerca de 350 mil pesos (el dos por ciento), monto que
corresponde a las donaciones de instituciones nacionales.
No será difícil para un lector paciente corroborar que
estas cifras corresponden a una estructura presupuestaria
en la que los ingresos propios de la Universidad —los
que provienen del pago mensual de los estudiantes— se
acercan al ya referido 30 por ciento del total de ingresos; y
el 70 por ciento restante, a las donaciones.

El presupuesto de la Universidad Católica en 1998, que ya


incluía, además del presupuesto de la «Regional La Paz»,
los de Cochabamba y Santa Cruz, era de 87 millones de
bolivianos. Sabrá el paciente lector que los amigos de las cifras
y los presupuestos, los profesionales contables, acostumbran
a medir la llamada «Ejecución Presupuestaria» a mitad de
gestión. Pues bien, al 30 de junio de 1998, los ingresos de la
Universidad por «Derechos Académicos», es decir, el pago
mensual de sus estudiantes, había rebasado el presupuesto
del año y llegaba a 87.867.388.- bolivianos (el 100,99 por
ciento); los «Ingresos por Servicios» sumaban poco más de
un millón de bolivianos (el 1,27 por ciento); los «Ingresos

112
por Donaciones» eran de apenas 400 mil bolivianos (el 0,46
por ciento); y los llamados «Ingresos Varios» llegaban a poco
más de 700 mil bolivianos (el 0,81 por ciento). Si el paciente
lector decidió seguirnos, estas cifras de 1998 le dirán,
irrefutablemente, cómo había cambiado el presupuesto de
la Universidad en poco más de veinte años.

Está dicho: los números (y las cifras presupuestarias, claro)


pueden embarullar las cosas, si no se los contextualiza.

Hubo mucho, mucho más que cifras, sufridos y sufrientes


arreglos y cortes presupuestarios en la historia de la
Universidad Católica Boliviana en esos años. Frente al
balance contable, en rojo o azul, estaba una Universidad que
había logrado hacerse dueña de ese siempre caro y deseado
adjetivo: era una universidad prestigiosa. [Prestigiosa, debe
entenderse, en sus dos acepciones: que tiene prestigio y que
da prestigio.] Entre los catorce años que median entre su
fundación y 1980, el año en que se inició la radical reforma
presupuestaria —y durante el decenio inmediato—,
la Universidad Católica, con sus cuatro primeras y más
representativas carreras, Economía, Administración de
Empresas, Comunicación y Psicología (estas tres últimas
creadas en el seno de la Universidad Católica por primera
vez en Bolivia), había forjado una personalidad propia
en el ámbito de la Educación Superior en el país. Era
una Universidad que —desde los años sesenta— había
logrado enfrentar, con éxito, y tal como se lo plantearon
sus fundadores, el desafío de implantarse en medio de la
presencia dominante de la universidad pública que, en esos
años, y hasta la mitad de la década de los años ochenta,

113
había detentado el monopolio absoluto de la Educación
Superior en el país. Era una Universidad que, en varios
aspectos, se había adelantado a las transformaciones que se
iniciaron en la universidad pública en la década de los años
noventa, cuando en el país se comenzó a discutir la necesidad
de una nueva conciencia sobre el rol de las universidades.
Es la Universidad Católica Boliviana de esos años, una
universidad que, por su trayectoria, y también por su vínculo
permanente con el Sistema de la Universidad Boliviana (es
parte de este Sistema), logra adecuarse, también con éxito,
a las nuevas demandas sociales que surgen ya no sólo en el
plano nacional, sino en el contexto internacional, marcado
por los procesos —es inevitable apelar a la terminología de
la época— de globalización e internacionalización de la
economía en el planeta.

Hay que revisitar a la década de los noventa, el tiempo del


crecimiento y expansión de la Universidad, sabiendo ya que,
en el decenio precedente, la estabilización de su economía
era una tarea cumplida.

Treintaiocho nuevas carreras. Nueve de ellas en La Paz; doce


en Cochabamba; nueve en Santa Cruz; y ocho en Tarija.
Son estos los datos incontestables que revelan el grado de
crecimiento y expansión de la Universidad Católica Boliviana
entre 1990 y el primer año del nuevo siglo, el año 2000. El
hecho de ser una Universidad con cuatro sedes significó algo
inédito en Bolivia y también entre las Universisades Católicas
de otros paises, no solo de América sino de otros continentes.
Los datos merecen desglosarse, identificando de qué carreras

114
se trata, porque así es posible perfilar qué es eso que aquí
—hace apenas un par de párrafos— se ha llamado «nuevas
demandas sociales» en el ámbito de la Educación Superior
en el país. Antes, empero, cabe una brevísima reseña de la
instalación de la Universidad en las ciudades de Cochabamba,
Santa Cruz y Tarija.

En la historia de la Unidad Académica de Cochabamba


pueden identificarse dos etapas particularmente distintas:
la relacionada con la fundación de la Universidad, allá en la
mitad de los años sesenta, y la que se inicia en la década de
los noventa. «Una Facultad de Economía y Administración
de Empresas, orientada a formar personal para las obras de
desarrollo nacional, la misma que funcionará en la ciudad
de La Paz», y «Una Facultad de Pedagogía, dirigida a formar
personal especializado para facilitar la realización integral
de la Reforma Educacional», situada en Cochabamba. Éste
era el deseo de los Obispos fundadores de la Universidad
cuando redactaron el Decreto de su creación, el 16 de julio
de 1966. La idea era que la católica Escuela Normal de
Cochabamba, que funcionaba desde 1956, se transformara
en Facultad de Pedagogía. No ocurrió así, pues es recién en
1971 —el 26 de febrero de ese año—, y con la creación de
la Carrera de Filosofía (hoy Filosofía y Letras), cuando se
inician las actividades de la Unidad Académica Regional de
Cochabamba. Tres años después, el 11 de octubre de 1974,
la reconocida Escuela de Enfermería «Elizabeth Seton»,
fundada en 1965, se incorporaría a la Universidad para
dar lugar a la actual Facultad de Enfermería. Finalmente,
en 1976 se crearía la Carrera de Teología. Filosofía,
Enfermería y Teología. Éstas fueron las tres principales

115
carreras en Cochabamba durante casi dos décadas,
entre 1971 y 1990, hasta que a partir de ese último año
se produjera una verdadera «implosión»: diecinueve
nuevas carreras en diecinueve años, entre 1990 y 2009,
un programa de siete maestrías, diecisiete diplomados
y un primer y único doctorado en el país en el área de
Comunicación Social.

A la Unidad Académica de la Universidad Católica en Santa


Cruz la distingue una especial particularidad: junto a su
estructura académica, digamos «convencional», y semejante
a la de sus universidades hermanas de La Paz, Cochabamba
y Tarija, e integrada por los departamentos de Arquitectura,
Ciencias Exactas e Ingeniería, Derecho, Ciencias
Económicas, Administrativas y Financieras, y Ciencias de la
Salud, conviven los denominados «Programas Académicos
de la Iglesia». La Unidad Académica de Santa Cruz tiene
como fecha de fundación el 1 de marzo de 1993, cinco años
antes, sin embargo, en 1988, la Universidad Católica acogió, a
través de un convenio con la Congregación Salesiana de Santa
Cruz, la carrera de Agropecuaria a nivel Técnico Superior en
Muyurina, uno de los varios empeños educativos de la Iglesia
Católica en esa región del país. Éste fue el primer Programa
Académico de la Iglesia que pasó a formar parte de la oferta
de la Universidad. En enero de 1990, Monseñor Tito Solari,
por entonces responsable de Educación de la Conferencia
Episcopal de Bolivia, el Rector Luis Antonio Boza Fernández
y las religiosas Sor Marina Antelo Goytia y Sor Ancilla
Bereta Basilio, delegadas de la Congregación Hermanas
Franciscanas Angelinas, presidieron la firma del convenio
entre la Universidad y esa Congregación para la creación

116
de la Carrera de Psicopedagogía, el segundo Programa
Académico de la Iglesia acogido por la Universidad. Un año
después, en 1991, las Hermanas Misioneras de la Doctrina
Cristiana y la Universidad crearon la Carrera de Ciencias
Religiosas, el tercer Programa Académico de la Iglesia en
Santa Cruz. Después de fundada la Unidad Académica de la
Universidad en esa ciudad, el referido 1 de marzo de 1993,
se sumaron a ella, y también a través de convenios y como
Programas Académicos de la Iglesia, varias otras carreras,
entre ellas la de Comunicación Audiovisual (en 1998, a cargo
de Diakonía), la de Agropecuaria (2000) a nivel de Técnico
Superior, esta vez en Comarapa y a través de un convenio
con la Congregación de los Hermanos Maristas, y la Carrera
de Teatro (2004) también a nivel de Técnico Superior y
en convenio con la denominada «Fundación de Hombres
Nuevos». Al año 2015, de los 3.354 alumnos inscritos en
Santa Cruz, 647 corresponden a los Programas Académicos
de la Iglesia y 2.707 a la Unidad Académica Regional. Una
singularidad adicional de la Universidad Católica en Santa
Cruz: es la única que cuenta con las carreras de Medicina y
Odontología: siete de cada diez estudiantes de esta Unidad
Académica regional se forman en estas dos carreras.

Los primeros quince años de la Unidad Académica de la


Universidad en Tarija —inició sus labores académicas en
enero del año 2000— guardan una historia más larga, la
que se inició en noviembre de 1992, cuando un grupo de
notables tarijeños y tarijeñas decidieron crear la denominada
«Fundación Educativa, Científica y Cultural Tarija» que,
un año después, en junio de 1993, se constituiría en el
soporte institucional para la fundación y puesta en marcha

117
de la «Universidad San Bernardo de Tarija», en marzo de
1994. Seis años después, el 27 de enero de 2000, la referida
Fundación y la Universidad Católica Boliviana firmaron un
convenio de transferencia que hizo posible la instalación de
la cuarta Unidad Académica Regional de la Universidad
Católica en Tarija. Hoy, esta Universidad, y con datos
del periodo 2001-2014, ha titulado a 902 profesionales,
la mayoría de ellos en cuatro de sus doce carreras: 281 en
Ingeniería Comercial, 180 en Arquitectura, 165 en Derecho
y 98 en Ingeniería Civil.

Volvamos a las cifras globales del crecimiento y expansión de la


Universidad —treintaiocho nuevas carreras creadas entre
1990 y el año 2000: nueve en La Paz, doce en Cochabamba,
nueve en Santa Cruz y ocho en Tarija —, identificándolas y
perfilando así la forma en que la institución responde a las
«nuevas demandas sociales» en el ámbito de la Educación
Superior en el país.

En la Unidad Académica de La Paz, además de la creación


de la Carrera de Derecho en 1990, destaca, entre las nueve
creadas hasta el año 2000, la puesta en marcha de la
carrera de Arquitectura y de tres «ingenierías»: Ingeniería
de Sistemas, Ingeniería Industrial e Ingeniería Civil; en
la Unidad Académica de Cochabamba sobresalen, entre
las doce creadas entre 1990 y el año 2000, las carreras de
Ciencias de la Comunicación, Administración de Empresas,
Derecho y cuatro «ingenierías»: Ambiental, Industrial, Civil
y de Sistemas; en la Unidad Académica de Santa Cruz, de
entre las nueve carreras que se abren desde 1993 hasta el

118
Biblioteca Central de la regional La Paz
Unidad Regional de Tarija
año 2000, destacan: Administración de Empresas, Medicina
y tres «ingenierías»: de Sistemas, Industrial y Civil; en la
Unidad Académica de Tarija destaca la creación, en el
año 2000, de la emblemática carrera de Administración de
Empresas, y a ella se suman, entre otras, y también en ese
mismo año, la de Derecho y, otra vez, tres «ingenierías»:
Civil, Comercial y de Sistemas.

El solo recuento de carreras, algo engorroso es cierto,


encierra sin embargo, una certera «radiografía» de esa
Universidad Católica Boliviana —ampliada a tres nuevas
ciudades— que emerge en el decenio de los noventa.
Merece la pena insistir en la indagatoria de las carreras
que se crean en la Universidad en esos años, para obtener
una aproximación aún más precisa a su andar. Si se toman
como base las cuatro carreras con las que la Universidad
inicia su recorrido, en los años sesenta y setenta, hay que
decir que treinta años después (poco más, poco menos), y
en el año 2000, la carrera de Administración de Empresas
está implantada en las cuatro ciudades; la carrera de
Comunicación Social, a su vez, está en tres de esas ciudades:
La Paz, por supuesto, Cochabamba y Tarija; y hay que decir
también que, curiosamente, las carreras de Economía y
Psicología, dos de las cuatro fundacionales, sólo tienen sede
en La Paz. Pero quizá lo más significativo de la década —los
datos recogidos y reseñados así lo señalan— es que en ese
periodo (1990-2000) y en cada una de las cuatro ciudades
que cobijan a la Universidad Católica, se crean entre tres
y cuatro carreras de Ingeniería. El dato es todavía más
significativo si se toma en cuenta que, hasta ese entonces,
estas carreras eran «patrimonio» prácticamente único y

121
exclusivo de la universidad pública. Puede decirse, por tanto,
que el periodo de los noventa fue, para la Universidad, al
menos en alguna medida, la «década de las ingenierías».

Otra manera de situarse en la década de los noventa, para


observar desde allí a la Universidad Católica que emerge en esos
años, es remitirse a las hondas mutaciones que se produjeron
en ese tiempo —y desde el proceso de instalación de la
democracia en el país, en los años ochenta— en la universidad
pública boliviana. Aquella universidad forjada en el discurso
revolucionario y la cultura contestataria de los años setenta,
aquella universidad cuyo desarrollo, razón de ser y dinámica
interna estaban marcados por una alta permeabilidad a los
procesos políticos —como ocurría en prácticamente todas
las universidades públicas latinoamericanas—, dejó su lugar
a una universidad mucho más sosegada, una universidad
enmarcada en una etapa en la que en el país se buscaba
relacionar —no siempre con éxito— universidad y políticas
públicas, una universidad que tuvo que adecuarse a los
cambios ocurridos en el país, a la ruptura del modelo estatal
vigente desde la década de los cincuenta y a la adopción de
la llamada «economía de mercado», una universidad pública,
en fin, que, apremiada por los nuevos tiempos, se vio obligada
a ampliar su oferta educativa —especialmente en el campo de
las ciencias sociales— ante una demanda siempre creciente y
de características particularmente distintas a las de las décadas
precedentes. En los años noventa, además, se consolidó el
surgimiento de las universidades privadas y la consiguiente
ruptura del monopolio que la universidad pública detentaba
en el ámbito de la Educación Superior. Este proceso se inició
con la creación de la Universidad Evangélica de Bolivia, en

122
1982, y con la apertura de la Universidad Privada de Santa
Cruz de la Sierra, UPSA, creada con el respaldo corporativo
del empresariado cruceño en 1985. Entre los años 1990 y
1995 se crearon veintiún nuevas universidades privadas en
todo el país. Hay, en estas cifras, la marca no sólo de unos
nuevos tiempos, sino también el signo de que la Educación
Superior comenzaba a convertirse, en el país, en un atractivo
y lucrativo negocio en manos privadas.

La década de los años noventa registra también un hecho de


singular importancia para la Universidad Católica Boliviana.
Hasta el 20 marzo de 1994, y durante casi veintiocho años,
la Universidad había funcionado en base a un Decreto
Ley —con número 07745 y fecha 1 de agosto de 1966—
promulgado por la junta militar de gobierno que encabezaba
en ese tiempo el general de ejército Alfredo Ovando Candia
[ya se lo ha contado aquí]. El 21 de marzo de 1994, ese
Decreto Ley, por decisión del gobierno nacional de entonces,
se convierte en ley, la Ley 1545. No hay en esta norma de dos
páginas nada sustancialmente distinto a lo que señalaba el
Decreto Ley de 1966.

Como había ocurrido casi tres décadas antes, la Ley 1545


define a la Universidad Católica Boliviana como «una
institución de derecho público que goza de autonomía
académica y económica»; señala que la Católica es una
universidad que «forma parte del Sistema Universitario
Boliviano para la coordinación de sus actividades»; y que
«está plenamente facultada para extender certificados de
notas, egreso, diplomas académicos y Títulos en Provisión
Nacional sin restricción ni limitación alguna».

123
La Ley 1545 reafirma también, como el Decreto Ley de
1966, que la Universidad Católica «se regirá por su propio
estatuto», y «por las leyes que norman las universidades
públicas estatales»; la norma señala además que la
Universidad «administrará libremente sus recursos, sin
recibir ningún aporte estatal, nombrará sus autoridades y al
personal docente administrativo, de acuerdo a sus estatutos,
planes de estudio y presupuesto anual». Finalmente, la
Ley 1545 establece que al ser la Universidad Católica
una institución «de interés social, de derecho público y de
utilidad nacional», «se le reconocen las mismas liberalidades
arancelarias e impositivas que a las universidades estatales».

Fue también en 1994 —el 7 de julio de este año— cuando


el gobierno de entonces promulgó la Ley 1565, la Ley de
Reforma Educativa. Hay en esta norma un primer y tímido
intento, desde el Estado, de recomponer la estructura de la
Educación Superior en el país. La norma establece que será
el «Organismo Central de coordinación de la Universidad
Boliviana» la entidad encargada de elaborar un «Plan
Nacional de Desarrollo Universitario» cuyos objetivos
serán tres: el «desarrollo de la investigación, la docencia, la
extensión y la difusión cultural, como funciones sustantivas
de la Educación Superior»; la «optimización de la eficiencia,
la eficacia y la calidad de la Educación Superior»; y la
«adecuación de las actividades de la Educación Superior
a las necesidades del desarrollo nacional y regional». Eran
estos unos objetivos cuyo cumplimiento sería evaluado por
dos organismos autónomos y especializados creados por la
misma ley: el «Sistema Nacional de Acreditación y Medición
de la Calidad Educativa (SINAMED)», y el «Consejo

124
Nacional de Acreditación y Medición de la Calidad
Educativa (CONAMED)», a cargo de su administración
(Artículo 21, Ley 1565).

El mencionado Consejo Nacional de Acreditación y


Medición de la Calidad Educativa (CONAMED) —
especifica la Ley 1565— «certificará la medición de la
calidad de la educación y la acreditación de los
programas y las instituciones educativas públicas
y privadas, de cualquier nivel, en un proceso permanente
y de constante renovación». La norma determina, además,
que el proceso de acreditación de la Educación Superior
en Bolivia comprende las fases de autoevaluación,
evaluación externa y acreditación, y que «tendrá
como objetivos orientar e impulsar el desarrollo de las
instituciones de educación pública y privada, asegurando
que éstas realicen sus actividades sobre indicadores mínimos
de calidad y eficiencia en la gestión educativa».

Estos saludables propósitos nacionales, como tantos otros,


languidecieron durante poco más de diez años bajo amenaza
de naufragio. Tuvo que llegar el nuevo siglo para que, recién en
marzo de 2005, el Congreso Nacional apruebe la Ley 3009, Ley
del Consejo Nacional de Acreditación de la Educación Superior
(CONAES), que puso en marcha el propósito de evaluar la
calidad de la educación en el país. De todas maneras, debe
atribuirse a la Ley 1565 de 1994 la incorporación de esas nuevas
palabras en el léxico universitario nacional: medición de la
calidad de la educación, autoevaluación, evaluación
externa y acreditación. La Universidad Católica Boliviana
las hizo suyas en esa década, la década de los años noventa.

125
Hay otros papeles, los papeles que guardan los archivos de la
Universidad (esos viejos papeles, siempre felices decidores de
la historia), que nos ofrecen, desde distintas perspectivas, otra
aproximación a la vida de Universidad Católica de aquellos
años. Entre esos papeles están, por ejemplo, un par de páginas
escritas y firmadas, de puño y letra, por el Rector Luis Antonio
Boza Fernández. Era frecuente, allá en los años noventa,
que instituciones de toda naturaleza ensayen una suerte de
autovaloración a partir de la identificación de las «Fortalezas»,
«Oportunidades», «Debilidades» y «Amenazas», una técnica
de evaluación institucional llamada «FODA». Anota el Rector,
como Fortalezas de la Universidad, las siguientes: Tradición,
Prestigio y Predisposición al cambio, y las justifica destacando la
calidad en la formación de profesionales y la alta calificación
de sus docentes, el hecho de que la Universidad sea una
institución de la Iglesia, el trabajo en equipo y el inicio de
una serie de reformas en el ámbito académico e institucional.
Las Oportunidades que observa la principal autoridad de la
universidad son: Mantener el liderazgo, Mejorar la calidad de la
educación y establecer Convenios nacionales e internacionales, y los
argumentos en los que se asientan estas Oportunidades, a juicio
del Rector, tienen que ver con un crecimiento más sistemático
de la Universidad (cuantitativo y cualitativo), con la aplicación
de sistemas de autoevaluación, acreditación y planeamiento
institucional, y con la implantación del postgrado en la
Universidad. En cuanto a las Debilidades institucionales, Boza
Fernández anota: el Crecimiento desordenado y la Burocracia, la Poca
investigación y la Infraestructura; estas tres principales Debilidades,
señala el Rector, se explican por la interrupción de procesos
en marcha, por la falta de una formación pedagógica en los
docentes, por la ausencia de un Plan de Desarrollo Integral,

126
la falta de comunicación y el ingreso indiscriminado de
estudiantes; la construcción de una biblioteca acorde a las
dimensiones que adquiría la Universidad en esos años, es otra
de las necesidades que menciona la primera autoridad de la
institución. Finalmente, el Rector advierte, como Amenazas,
el Estancamiento (crecimiento no organizado), la Competencia de
otras universidades y la Interrupción del proceso de cambio iniciado
en esos años.

Estos apuntes del Rector Boza Fernández tienen la


importancia de situar y revelar a la Universidad Católica
Boliviana en un nuevo momento de su historia, el
momento del que aquí nos ocupamos, el de su crecimiento
y expansión, no exento de las naturales tensiones y nuevas
necesidades institucionales que emergen, precisamente,
de ese proceso. Pero, ¿cuáles son esas necesidades y
tensiones?, ¿cuál es ese proceso de cambio al que se
refiere el Rector Boza Fernández?

Otros viejos papeles, los del Pro Rectorado, una instancia


de la Universidad hoy desaparecida, desgranan algunas
respuestas a esas preguntas. La aplicación de un nuevo
sistema de evaluación; la creación de nuevas carreras, la
potenciación de otras y la redefinición de sus planes de
estudio; la larga e inacabada (todavía hoy) discusión sobre
la viabilidad o no del examen de ingreso; la reformulación y
orientación del postgrado; las modalidades de graduación;
la urgencia de promover mecanismos más efectivos que
hagan posible la investigación en la Universidad; la
formación de docentes y la exigencia de un doctorado en
Educación Superior al menos para los directores de carrera.

127
Son éstos los puntos centrales de lo que bien puede llamarse,
en esos años —entre 1997 y 1998, fundamentalmente— la
agenda de desafíos y transformaciones que enfrentaba la
institución. Cabe aquí, porque nos aproxima a un retrato de
la Universidad de entonces, un breve repaso a una de esas
tareas fijadas en su agenda institucional.

Fue en 1998 cuando comenzó a aplicarse un nuevo Sistema


de Evaluación en la Universidad Católica Boliviana. Su
carácter, innovador en el marco de la universidad boliviana
de entonces, tiene directa relación con los propósitos de
formular nuevas políticas y lineamientos de formación
académica. Se trata de un sistema de evaluación que
concentra su enfoque en la idea de la «evaluación continua»
y no sólo, como era tradicional, en aquel «examen final» con
el que los estudiantes aprobaban o reprobaban una materia.
En esa idea, en la de la evaluación continua, radica la esencia
de esta innovación. ¿Y en qué consiste? La evaluación continua
es un proceso que, al inicio del semestre, fija determinados
objetivos básicos (o mínimos) y adicionales que deben cumplirse en
el curso de dicho semestre. El resultado documentado de esta
nueva forma de evaluación habilita o no al estudiante para
la evaluación o examen final. El cumplimento de los objetivos
básicos, a su vez, otorga una nota del 60 por ciento, que es
la nota mínima para que el estudiante pueda habilitarse a
la prueba final, cuando concluya el semestre; el 40 por
ciento restante de la ponderación se evalúa en función del
cumplimiento de los mencionados objetivos adicionales. La nota
final que obtenga el estudiante (aprobatoria o reprobatoria),
por tanto, será el promedio de la nota obtenida en la evaluación
continua y en el examen final. Lo significativo y transformador de

128
este sistema de evaluación estriba en que el profesor «deberá
presentar por escrito en la primera clase del semestre, los
objetivos básicos, los adicionales, los contenidos de la materia, la
bibliografía y las técnicas y los instrumentos que se utilizarán
para evaluar el cumplimiento de cada uno de los objetivos.
Estas técnicas deberán contemplar necesariamente procesos
autoevaluativos, coevaluativos y hetreoevaluativos», señala
el «Reglamento del Sistema de Evaluación Académica». Y
añade: «La Evaluación Docente, en el proceso enseñanza-
aprendizaje, se realizará en base a cuatro documentos: Plan
de Trabajo, Informe de Labores, Informe del Jefe del Departamento y
Formulario de Valoración Estudiantil».

Marzo de 1989. Es ésta la fecha en que la Universidad


Católica Boliviana publica por primera vez el que también
sería el primer esfuerzo institucional por dotarse de un
«Nuevo Modelo Académico». La fecha del documento,
promovido por el Vicerrectorado de entonces, a cargo de
Dulfredo Retamozo Leaño, tiene especial importancia
porque ése es el tiempo en el que la Universidad ha logrado
consolidarse plenamente como una de las instituciones más
prestigiosas de la Educación Superior en el país, y porque ése
es también el tiempo en que se inicia el intenso y ya referido
proceso de crecimiento y expansión que se materializaría en los
diez años siguientes. Hay otro hecho, relacionado con la
fecha de publicación de este documento, que lo singulariza
grandemente. En agosto de 1990, en la Santa Sede, se
da a conocer el más importante documento de la Iglesia
Católica específicamente referido a la Educación Superior,
la «Constitución Apostólica del Sumo Pontífice Juan Pablo II

129
sobre las Universidades Católicas», nombrada como Ex
Corde Ecclesiae (Nacida del corazón de la Iglesia). Es ésta la
«Carta Magna» de las universidades católicas en el mundo,
la fuente referencial de los principios que guían la tarea de
la Iglesia Católica en la Educación Superior, y es, al mismo
tiempo, las síntesis de una larguísima discusión cuyo punto
de partida podría situarse en el Concilio Vaticano II (1962-
1965), y más específicamente en la «Declaración sobre la
Educación Cristiana, Gravissimun Educationis» que emite el
Papa Paulo VI el 28 de octubre de 1965.

Ya entonces, en 1989, cuando todavía no se había


materializado el proceso de crecimiento y expansión de la
Universidad, ésta se dotaba de ese marco referencial,
conceptual y teórico que requiere toda institución educativa
para guiar sus pasos. Esa propuesta de un «Nuevo Modelo
Académico», además, recogía, en su formulación —como
la Constitución Apostólica de Juan Pablo II sobre las
Universidades Católicas— gran parte de los documentos
discutidos, emitidos y aprobados por todas aquellas instancias
de la Santa Sede que se ocupaban de la Educación Superior.
Los que surgieron del Concilio Vaticano II, por ejemplo; las
diferentes versiones del «Proyecto de Documentos sobre la
Enseñanza Superior Católica», PDESC, que se publican
en Roma (1988); el texto «La Universidad Católica en el
Mundo Moderno», producido en el Congreso de Delegados
de Universidades Católicas reunido en Roma, en 1972;
y el texto de la Conferencia Episcopal de Bolivia titulado
«Educación y Transformación», publicado en 1988, en
homenaje a la llegada del Papa Juan Pablo II al país.

130
«La Universidad Católica está ya en la madurez como
para dar un salto cualitativo y cuantitativo en beneficio
de la educación superior católica y en satisfacción de las
demandas del medio como obra social», señala la propuesta
de un Nuevo Modelo Académico para la Universidad de
1989, y afirma que ese modelo debiera «poder acercarnos
más, de manera objetiva, a nuestra realidad social boliviana
en conjugación con los preceptos de la Iglesia y los
lineamientos que sean definidos». Hay, en esta propuesta
una clara inclinación por uno de los principales postulados
de sus fundadores: la Universidad como instrumento del
cambio social. Así puede explicarse que en ese documento
se afirme que ese Nuevo Modelo Académico «se constituya
en un medio para lograr la transformación social»; «que
esté al servicio de la pluralidad cultural y en un diálogo
de respeto con los valores étnicos y lingüísticos del país»;
«que sirva para la formación de una conciencia crítica y
reflexiva frente a las demandas y necesidades sociales para
una acción coherente y cristiana»; y «que —finalmente—
esté ubicado en la realidad objetiva de las necesidades y
perspectivas de los sectores populares».

En este documento de marzo de 1989, como en todos los


que han pretendido definir el carácter de la Universidad
Católica Boliviana, sus principios y fundamentos, las
razones y motivos para edificarla, y la identidad que debía
diferenciarla de las otras universidades —la Universidad no
sería, no podía ser una universidad más, tenía que ser una Universidad
Católica, decían los Obispos que la fundaron—, han tropezado
siempre, casi como en un albur, con esa primera condición

131
de su existencia: debía ser una Universidad Católica. ¿Pero qué
es, qué significa ser una Universidad Católica? La pregunta,
siempre presente, vigilante, encuentra respuesta en la ya
referida Constitución Apostólica sobre las Universidades
Católicas de Juan Pablo II.

«Desde el comienzo de mi pontificado —dice Juan Pablo II—


ha sido mi propósito compartir estas ideas y sentimientos con
mis colaboradores más inmediatos, que son los Cardenales,
con la Congregación para la Educación Católica, así como
también con las mujeres y los hombres de cultura de todo el
mundo». Y citando sus propias palabras, las pronunciadas
ante la Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, en París,
en junio de 1980, Juan Pablo II afirma: «El diálogo de la
Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es el sector vital en
el que se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este
final del siglo XX».

«La Universidad Católica se inserta en el curso de la


tradición que remonta al origen mismo de la Universidad
como institución, y se ha revelado siempre como un centro
incomparable de creatividad y de irradiación del saber para
el bien de la humanidad», afirma Juan Pablo II, y señala
que por su vocación, toda universidad debe consagrarse
«a la investigación, a la enseñanza y a la formación de
los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros,
animados todos por el mismo amor del saber», y «en el
gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla
en todos los campos del conocimiento».

132
La «Identidad de la Universidad Católica». Éste es
el acápite de la Constitución Apostólica sobre las
Universidades Católicas de Juan Pablo II donde se definen
sus «características esenciales». «Una Universidad Católica —
apunta el Papa— debe poseer tanto la fidelidad al mensaje
cristiano tal como es presentado por la Iglesia, como el
esfuerzo institucional a servicio del pueblo de Dios y de
la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo
trascendente que da sentido a la vida». «En una palabra
—concluye Juan Pablo II— siendo al mismo tiempo
Universidad y Católica, ella debe ser simultáneamente
una comunidad de estudiosos, que representan diversos
campos del saber humano, y una institución académica,
en la que el catolicismo está presente de manera vital».

Ésa es, dirían hoy los Obispos fundadores de la Universidad,


una Universidad Católica, aquella nacida del corazón de la Iglesia.

Una Universidad Católica que tuvo en el Instituto


Superior de Estudios Teológicos, ISET, una de sus fuentes
inspiradoras. Actualmente el instituto ha pasado a ser una
de las facultades más importantes de la Universidad.

133
La nueva biblioteca en La Paz

134
La Facultad de Teología
Instituto Superior de Estudios Teológicos, ISET

Desde hace apenas unos años, en enero de 2012, el país


cuenta con la primera y única Facultad de Teología. Esta
primera Facultad de Teología es la culminación de una
historia de poco más de treinta años, la historia del Instituto
Superior de Estudios Teológicos, ISET, nacido en 1971;
este Instituto debe su nacimiento a la creación, en 1965,
del Seminario Mayor de San José en Cochabamba; y este
Seminario fue creado bajo el impulso reformador del
Concilio Vaticano II (1962-1965), el encuentro ecuménico
de la Iglesia Católica que inauguró el papa Juan XXIII
y clausuró su sucesor, el papa Paulo VI. Y a todas estas
instituciones y sus historias las une una tarea común: la
formación de sacerdotes bolivianos. Vamos por partes.
Se ha dicho, con acierto y palabras sencillas, que el
Concilio Vaticano II pretendió una puesta al día de la
Iglesia Católica, revisando y renovando el fondo y la forma
de todas sus actividades. Bajo este impulso, los Obispos en
Bolivia se tomaron muy en serio la formación de sacerdotes
nacionales, y para ello instituyeron el Seminario Mayor
de San José, en la ciudad de Cochabamba. Sería éste,
el espacio de acogida de todos los seminaristas del país,
mujeres y hombres que han decidido volcar su vida a la
evangelización y a la labor pastoral.

135
El Seminario Mayor de San José se puso en marcha
bajo la dirección de los sacerdotes diocesanos españoles
que pertenecían a la Obra de Cooperación Sacerdotal a
Hispanoamérica, OCSHA; a los pocos años se generó una
crisis por ciertas directrices de este equipo de formadores,
y por ello la Conferencia Episcopal de Bolivia, en 1969,
decidió prescindir del equipo en la conducción del Seminario
Mayor. Esta decisión hizo que se considere la creación de
un Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos —éste fue su
primer nombre—, como una instancia académica no sólo
para la formación sacerdotal de seminaristas, sino también
abierto a candidatos a la vida religiosa y, lo más novedoso,
abierto a laicos que desearan estudiar Filosofía y Teología.
Este proyecto causó expectativa y entusiasmo. Los obispos
encargaron la concretización del proyecto a un equipo
integrado por los sacerdotes diocesanos Luis Sagredo y
Edmundo Abastoflor, los jesuitas Ignacio Zalles y Enrique
Jordá y el agustino Lucas Hoogveld. Este grupo inter-
religioso se reunió regularmente durante los años 1969 y
1970 para la concepción y creación del Instituto, y como
resultado de su trabajo nació el Instituto Superior de
Estudios Teológicos, más conocido como ISET, que empezó
a funcionar el 1 de febrero de 1971.
El ISET anduvo errante durante sus primeros años de
actividad, no tuvo un lugar fijo como sede propia. Dio inicio
a sus actividades académicas en el colegio Santa María, de
las hermanas de Santa María Magdalena Postel; pasó luego
al Centro San Martín de Porres, de los padres dominicos;

136
y después al colegio Pío XII. En 1972, quienes acogieron
al ISET fueron los padres franciscanos en las instalaciones
de lo que había sido antes el Colegio Seráfico de la Orden
de los Frailes Menores, OFM, donde permaneció hasta el
año 1985. La sede propia y definitiva fue fijada en la actual
avenida Ramón Rivero, esquina calle Oruro, de la ciudad
de Cochabamba, un predio adquirido por la Conferencia
Episcopal de Bolivia.
El primer director del ISET fue el padre Luis Sagredo, quien,
muy penosamente, y apenas a los dos meses de asumir el
cargo, enfermó y falleció. Lo sucedió en la dirección el padre
Enrique Jordá, quien, con la colaboración cercana del padre
Fernando Manresa, estructuró los programas académicos. En
1974, el padre Edmundo Abastoflor reemplazó a Jordá en la
dirección del ISET, y luego estuvo a cargo el padre salesiano
Pastor Montero. Posteriormente, varias otras personalidades
asumieron su conducción: el padre Lucas Hoogveld,O.S.A.,
Miguel Manzanera, S.J., Hans van den Berg, O.S.A., P. Luis
Jolicoeur y P. Juan de Dios Gonzáles.
Es justo mencionar y recordar al primer equipo de docentes
y conferencistas del ISET: Los Sacerdotes Luis Sagredo,
Edmundo Abastoflor, Javier Baptista, Luis Espinal,
Crisóstomo Geraets, Juan Gorski, Lucas Hoogveld, José
Luis Idígoras, Enrique Jordá, Joaquín López S., Fernando
Manresa, Antonio Menacho, Pastor Montero, Luis
Palomera, Juan Risley, Oscar Uzín, Luis Villarroel, Jaime
Virreira e Ignacio Zalles, el científico Martín Cárdenas y
la religiosa Aida Salek.

137
En la historia de ISET, un paso importante fue su
incorporación a la Universidad Católica Boliviana, por
decreto de la Conferencia Episcopal de Bolivia, el 30 de
abril de 1976. Este hecho dio lugar al nacimiento de la
Facultad de Filosofía y Ciencias Religiosas, para la que se
trabajó intensamente con el propósito de contar con un
plantel de catedráticos con formación postgradual y con
competencias para la investigación y la publicación, tarea
nada fácil por las limitaciones académicas y económicas de
las instituciones de la Iglesia boliviana. Digna de mencionar
es, sin embargo, la creación de la revista Yachay. Revista de
Cultura, Filosofía y Teología, una revista semestral que nace
en 1984 y que ha contribuido hasta la fecha con artículos
que constituyen un verdadero fondo de reflexiones sobre
la historia del pensamiento filosófico y teológico del ISET,
además de abordar temas culturales bolivianos varios.
Años más tarde, el ISET se dio a la tarea de buscar la
afiliación a una Facultad de Teología. Y así, en 1986, por
decreto de la Sagrada Congregación para la Educación
Católica de la Santa Sede, el ISET fue afiliado a la
Facultad de Teología de la Pontificia Universidad
Javeriana de la ciudad de Bogotá, Colombia. Esto significó
que fuera la primera carrera de la Universidad acreditada
internacionalmente. Un poco más tarde, en 1994, el
ISET fue agregado a la misma Universidad Javeriana,
y con autorización para organizar un primer ciclo de
Licenciatura Eclesiástica en Teología, especialidad en
Misionología. Esta agregación abrió las puertas para que

138
se consiga, en marzo del año 2000, la declaratoria del
ISET como Instituto Sui Iuris. [La frase latina Sui Iuris
significa literalmente «De propio derecho»; en el Derecho
Romano la frase refiere a aquel que no se encuentra bajo
el mando de otro; en español diríamos, simplemente,
«autónomo».] Con esta declaratoria, el ISET se convirtió
en una entidad directamente vinculada a la Sagrada
Congregación para la Educación Católica de la Santa
Sede, por lo que recibió autorización para organizar el
segundo ciclo de Licenciatura Eclesiástica en Teología,
esta vez en la especialidad de Teología Pastoral.
Finalmente, y a cuarenta años de la creación del ISET,
la Sagrada Congregación para la Educación Católica, el
26 de enero de 2012, erige al Instituto como Facultad de
Teología. El ISET pasa, por tanto, de Instituto Sui Iuris
a ser Facultad de Teología, con autonomía y autoridad
para otorgar los siguientes títulos académicos eclesiásticos:
Bachiller Eclesiástico en Teología, Licenciatura Eclesiástica
y Doctorado en Teología, con tres especializaciones, en los
dos ultimos grados: Misionología, Teología Espiritual y
Teología Pastoral. La búsqueda de la afiliación del ISET,
iniciada en los años ochenta, ha tenido, por todo lo dicho,
un resultado altamente positivo, el que mencionamos al
principio de esta breve reseña histórica: Bolivia cuenta con
la primera y única Facultad de Teología. Erigida en su vida
repúblicana. Anteriormente, en la época colonial, se contó
con la Facultad de Teología de la Universidad Pontificía de
San Francisco Xavier de La Plata, hoy Sucre.

139
Más allá del tiempo
LAS OTRAS HISTORIAS
142
Están aquí, aquellas historias que, diríamos, rompen el
curso normal o rutinario de los hechos. Le atribuimos
cierta normalidad o el carácter de rutinario, a esa línea
histórica cuyos ejes son, en alguna medida, probables
o previsibles, sujetos a un curso más o menos general
de los hechos. Estas historias no. Estas historias, las
que en este acápite se cuentan, obedecen sobre todo al
bienhacer y a la creatividad de sus impulsores. Y por ello
el nombre aquel, “Otras historias”. De todas maneras,
estas otras historias son parte sustanciosa de la vida en la
Universidad Católica Boliviana.

No están todas, todas las otras historias que quisiéramos


contar. Habrá, en otros tiempos y espacios, un lugar
para esas otras historias.
Primera Promoción en la Carrera de Agropecuaria
Unidad Campesina Tiwanaku
Las Unidades
Académicas Campesinas

21 de febrero de 1987. Esta es la fecha en que Monseñor


Ademar Esquivel y los sacerdotes Esteban Bertolusso,
Claudio Patty y Adam Pirosek echan a andar, en Tiwuanaku,
Batallas y Pucarani, en las provincias del Altiplano norte del
departamento de La Paz, uno de los proyectos educativos
más queridos por la Iglesia Católica, las Unidades
Académicas Campesinas.
Bajo el cobijo de la Universidad Católica Boliviana, y en el
marco de sus principios, filosofía y misión —y en especial
inspiradas en la tarea de formar profesionales de alta calidad
y comprometidos con la sociedad boliviana—, las Unidades
Académicas Campesinas fueron creadas con el propósito de
extender la Educación Superior a centros y áreas rurales.
Y se lo ha hecho con el más alto nivel educativo posible,
utilizando tecnologías modernas y recuperando, al mismo
tiempo, los conocimientos ancestrales.
El concepto bajo el que se han desarrollado las Unidades
Académicas Campesinas, además de atender las necesidades
de formación académica del sector rural y su contexto
social, ha tenido muy en cuenta el sentido de la dinámica
comunitaria prevaleciente en las zonas donde se implantan,
y por ello ha tomado como suyas la agropecuaria y la salud
como áreas de atención académica prioritarias.
El Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana, CEUB,
aprobó y felicitó el proyecto de la Unidades Académicas
Campesinas en 1990.

145
Primera etapa. Fueron tres las carreras con las que las
Unidades Académicas Campesinas iniciaron sus labores
en el altiplano paceño: Técnico Superior en Agronomía,
Agroindustria y Enfermería. La primera de esas carreras,
Agronomía, se estableció en Tiwuanaku, localidad situada
a setenta kilómetros de La Paz, en la provincia Ingavi; el
Técnico Superior en Agroindustria comenzó a funcionar
en Batallas, provincia Los Andes, a sesenta kilómetros
de La Paz; la carrera de Enfermería arrancó en Pucarani,
a cuarentaiocho kilómetros de la principal ciudad del
departamento, también en la provincia Los Andes.
En estos tres primeros cursos se matricularon 182
universitarios, 72 en Tiwuanaku, 31 en Batallas y 79 en
Pucarani. Participaron 19 docentes, seis fueron destinados a
Tiwuanaku, seis a Pucarani y siete a Batallas.
La implementación de proyectos de Educación Superior en
el ámbito rural ha sido siempre una difícil tarea en el país. Lo
saben muy bien los fundadores e impulsores de las Unidades
Académicas Campesinas. Apenas un ejemplo: durante
un mucho tiempo, y debido a la inexistencia de espacios
físicos adecuados, varias salas parroquiales de Tiwuanaku,
Batallas y Pucarani tuvieron que convertirse en aulas, hasta
que CARITAS, una de las principales organizaciones
humanitarias de la Iglesia Católica, apoyó el proyecto con la
construcción de las edificaciones que se necesitaba.
Segunda etapa. El segundo periodo en la historia de
las Unidades Académicas Campesinas se caracterizó,
principalmente, por la ampliación de la oferta académica,

146
la consolidación de la infraestructura y la creación de dos
nuevas unidades, una en Escoma y otra en Carmen Pampa.
La creación de la Unidad Académica de Escoma se
remonta a 1972, cuando la comunidad Salesiana de
esa localidad inicia sus actividades pastorales y otras
relacionadas con la atención de la salud y la educación.
Diez años después, en 1982, y con el objetivo de impulsar
la formación de productores agropecuarios, esa misma
Congregación crea el Centro de Extensión y Capacitación
Agropecuaria, CECAP, el antecedente inmediato para
la creación de la Unidad Académica Campesina y de la
carrera de Técnico Superior en Agropecuaria, en julio
de 1994.
La Unidad Académica Campesina de Carmen Pampa,
situada a 14 kilómetros de la ciudad de Coroico, en la
comunidad del mismo nombre, provincia Nor Yungas,
fue creada a iniciativa de la Diócesis de Coroico y de las
Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, el 4
de Octubre de 1993, y comenzó sus actividades ofreciendo
las carreras de Agropecuaria, Enfermería , Veterinaria y Zootecnia.
Ampliación de la oferta académica. Entre los años
2000 y 2005 el número de carreras que se ofertaban en las
Unidades Académicas Campesinas creció notablemente.
Eran tres cuando arrancó el proyecto, en 1987, y en 2005
ya eran quince, ocho a nivel de Técnico Superior y siete a
nivel de Licenciatura, todas inscritas en el Comité Ejecutivo
de la Universidad Boliviana, CEUB, tal como se observa en
el cuadro que acompaña esta reseña.

147
Carreras ofrecidas en las Unidades
Académicas Campesinas, al año 2005

UAC CARRERAS NIVEL SEMESTRES


Agroindustria Técnico Superior Seis

Batallas Veterinaria y Zootecnia Técnico Superior Seis

Medicina Veterinaria y Zootecnia Licenciatura Ocho


Ingeniería Agronómica Licenciatura Ocho

Carmen Pampa Enfermería Licenciatura Ocho

Medicina Veterinaria y Zootecnia Licenciatura Ocho

Turismo Rural Técnico Superior Seis


Agropecuaria Técnico Superior Seis

Escoma Adm. Pública y Gestión Municipal Técnico Superior Seis

Tallado en madera y ebanistería Técnico Superior Seis


Pucarani Enfermería Licenciatura Ocho
Agropecuaria Técnico Superior Seis

Tiwanaku Ingeniería Agronómica Licenciatura Ocho

Ingeniería Zootécnica Licenciatura Ocho

Turismo Rural Técnico Superior Seis

Tercera etapa. Desde el mismo momento en que se crearon


las Unidades Académicas Campesinas, sus impulsores
alimentaron el propósito de acompañar la formación
de los bachilleres campesinos con una relación directa y
concreta con la familia y la comunidad de estos jóvenes.
Se supo tempranamente que un sólido vínculo entre estos
centros de formación profesional con la comunidad donde
se establecieron garantizaría su consolidación.

148
Bajo este principio, se desarrollaron los llamados «cursos
modulares», cursos cuya característica central consiste
en abordar una problemática de interés específico de la
comunidad. Y así, las Unidades Académicas de Batallas
y Tiwuanaku, con el apoyo de diferentes programas,
instituciones y organizaciones afincadas en el altiplano,
pusieron en marcha el primero de esos cursos, el de
Producción y transformación de derivados lácteos, con el objetivo
de capacitar al productor campesino y elevar sus niveles de
vida mediante el aumento de la productividad.
A partir de esta primera experiencia, y siguiendo la misma
lógica, las Unidades Académicas Campesinas han venido
implementando, regularmente, cursos modulares que
abordan temáticas como: Gestión municipal, Veterinaria,
Producción y manejo en camélidos, Liderazgo y organización,
Apicultura y Turismo.
Desafíos. A casi treinta años de su creación, las Unidades
Académicas Campesinas de la Universidad Católica
Boliviana se han planteado como reto inmediato ya no sólo
la formación de profesionales campesinos, sino un mayor y
más efectivo involucramiento en proyectos y programas de
desarrollo rural en tres áreas de incuestionable importancia
en el altiplano paceño: la Salud y las actividades Pecuaria y
Agraria. Entre esos programas y proyectos figura, además,
la ampliación del Sistema de Becas para llegar a todas las
zonas rurales del país.

149
Unos Talleres donde no se enseña,
se descubre y se aprende

Un taller es un lugar para hacer. Allí es donde se realizan


trabajos diversos, como en el taller de un artesano o el de
un alfarero, como en el de un carpintero o en el del herrero.
Es un lugar donde se componen y se descomponen objetos,
donde se forja y se construye artefactos de la más diversa
naturaleza. En el taller no se enseña, se descubre, se aprende,
se inventa y se imagina. Por eso nació la idea de un Taller
como un método pedagógico: una manera de comunicar o
reinventar conocimientos, de divulgarlos y, mejor todavía,
de compartirlos. Así trabajaban, según se sabe, los pintores
en el Renacimiento.
En un taller así, todos aprenden y todos enseñan. Entre
todos se escudriñan y se solucionan problemas, ideas,
maneras de ser y de hacer. Aquí es revelador investigar para
descubrir, y es importante saber y aprender a asombrarse:
como los niños. El trabajo consiste en no dejar que triunfe la
incertidumbre y menos el miedo. Es importante enfrentarse
a la práctica misma aún sin dominar la teoría; es importante
no cansarse de imaginar, de planear, de maquinar, de tratar
de mirar qué más hay detrás de las cosas. Así concebido,
el taller es una apuesta estratégica en la que profesores y
alumnos compiten en eso del saber hacer.
Esto último —el saber hacer— es, en un taller, fundamental
e ineludible; es el oficio mismo, es decir, saber hacer para
decir cosas nuevas, para ser auténtico y para no mentir
a nadie ni mentirse a uno mismo. No es infrecuente, en
estos talleres, que asomen las dudas y la incertidumbre.

150
Y esto es bueno porque, en esencia, se trata de descubrir
otras cosas, se trata de que por muy poco que se logre
descubrir, ese descubrimiento trascienda y se convierta en
una práctica que le haga sentirse a uno como es: con sus
propias dudas y con sus propios logros; con sus propios
miedos y con sus propias penas. Todo esto para vencer la
soberbia o el quietismo. Esto es un Taller.
Fue en los turbulentos años de la década de los setenta cuando
Carlos Rosso le propuso a Alberto Villalpando innovar un
taller de estas características, un taller que se dedicara a formar
músicos profesionales, un taller para la música, puesto que, a
la sazón, buena falta hacía eso en Bolivia. La Universidad
Católica acogió la idea gracias al entusiasmo definitivo de
Monseñor Prata, el Rector de entonces.
Y es que, además, el problema de la formación profesional
de los músicos, y de los artistas en general, a nivel
universitario, no había merecido en Bolivia —por lo menos
hasta ese entonces— la atención suficiente ni del gobierno
ni de nadie. Esa absoluta indiferencia nacional no podía
menos que provocar el empobrecimiento de la autoestima
de quienes querían ser músicos profesionales y a quienes se
les obligaba a considerar que, para poder estudiar música
y vivir profesionalmente de ella, había que irse a vivir en
Europa o Estados Unidos.
Así, no solamente se perdían recursos humanos valiosos, sino
que aquellos que se marchaban se encontraban en la difícil
situación de tener que enfrentar las exigencias técnicas y
sociales de esos grandes centros, lo que les obligaba a tener
que expresarse en lenguajes y maneras muy distantes de

151
su propia esencia vital. Y así, muchos de ellos terminaban
condenados a sobrevivir, como músicos profesionales, es
cierto, pero totalmente huérfanos de identidad y sin mucho
que aportar en estos centros mundiales y menos en Bolivia.
Por todo esto, la propuesta de ingeniar un Taller de Música
consistía en promover la formación de profesionales capaces
de trabajar con el mundo de los sonidos, con sus relaciones
culturales y expresivas. Más que ser especialistas en esto
o en aquello, se trataba de que pudieran, más bien, ser
profesionales integralmente formados y cuya competencia
los capacitara para componer, realizar, tocar, dirigir e
investigar todo cuanto se refiere al conocimiento musical.
En una palabra, músicos capaces de vivir y trabajar
serenamente en Bolivia, desafiando las dificultades o las
ventajas que esto suponía.
Un Taller de Música así concebido no podía sino
buscar que quienes lo conformaran debían formarse de
manera interdisciplinaria para que puedan ejercer un
pensamiento ético, estético y crítico acerca de lo que
somos y queremos ser en Bolivia, un país cuya diversidad
cultural obliga a una apertura a lo diferente, a lo distinto;
un país que, por su propia y particular naturaleza, exige
pensar en el ejercicio profesional basado en una alteridad
cargada de sentidos éticos y estéticos; unos profesionales,
en fin, educados para manejarse con solvencia en el área
creativa y de realización de la cultura musical, capaces
de organizar lo cotidiano artístico de su entorno social y
dispuestos siempre a trasmitir sus destrezas a otros. Dicho
con prontitud: se deseaba crear una generación de líderes
de un nuevo movimiento musical para Bolivia.

152
No cabían más dudas. El 11 de marzo de 1974 empezaron
las clases de este taller para la música. Hubo, sin embargo,
además del mayor de los entusiasmos, la clara conciencia
de asumir la responsabilidad de poner en marcha una
propuesta nueva en una universidad nueva y con una nueva
manera de pensar la formación musical profesional en el
país, si esto era posible. Aquella primera clase se inició con
treinta estudiantes, todos ellos escogidos como para una
aventura sin retorno. Al final sólo quedaron once, once
músicos profesionales. No todos se quedaron a trabajar en
Bolivia, como era la idea, pero todos asumieron el reto de
una u otra manera.
El Taller de Música terminó su trabajo en 1978, como
estaba planificado, pues nunca se pensó en una Carrera de
Música que durara muchos años, lo que no hubiera sido
socialmente responsable puesto que el campo de trabajo
profesional de un músico en el país era todavía muy limitado.
Pasaron más de veinte años de esta primera y singular
experiencia, y la Universidad Católica Boliviana volvió
a acoger, en 1998, un proyecto similar, con los mismos
postulados y esta vez por partida doble: un segundo taller
para la música y uno nuevo, el Taller de Literatura. Rosso
y Villalpando asumieron nuevamente la responsabilidad de
conducir el taller de música, pero esta vez secundados por
Cergio Prudencio, Ramiro Soriano, Agustín Fernández y
Oldrich Halas. El Taller de Literatura, a su vez, estuvo a
cargo de Blanca Wiethüchter, Alba María Paz Soldán, Jesús
Urzagasti, Marcelo Villena y otros.
El año 2006 pareció propiciatorio para ensayar una nueva
propuesta, y esta vez se pensó en el cine —en un Taller

153
de Cine— que, una vez más, en Bolivia no había recibido
atención a nivel académico ni de parte de las universidades
estatales y menos de las universidades privadas, que ya en
ese año eran varias. No era fácil definir una buena oferta,
pero al final se optó por la especialidad de Dirección de Cine.
El entusiasmo para esta nueva oferta fue sorprendente:
se presentaron a un examen de ingreso casi doscientos
postulantes. Imposible acogerlos a todos, no sólo por la
cantidad sino por la modalidad misma de un taller con una
singular metodología que privilegiaba la calidad antes que
la cantidad. Se acudió a todos los directores de cine que
había en Bolivia: desde los ya consagrados, como Sanjinés,
Eguino o Agazzi, hasta los más jóvenes, como Ovando,
Loayza, Córdova, Valdivia y Bellot. Hubo que apelar
incluso a profesores del extranjero para algunas materias
fundamentales, y no era fácil encontrarlos; pero el impulso
que ejercían los casi treinta jóvenes y sus ganas irrefrenables
de ser cineastas requería cualquier esfuerzo, y así se hizo.
Diecisiete cineastas terminaron el programa, unos con más
éxito que otros, pero todos con una vocación que no admitía
limitaciones.
Así fue la aventura de los talleres de formación profesional
en música, literatura y cine. Así fue cómo la Universidad
Católica cobijó, sin recelos, esta singular modalidad para
profesionalizar a jóvenes talentos en estas disciplinas tan
poco atendidas por la Educación Superior en Bolivia.

154
Los primeros estudios de Postgrado
en la Universidad

Ya en 1981, la Universidad Católica Boliviana contaba


con la entonces denominada «Unidad de Estudios de
Postgrado». Fue creada con el propósito de coordinar
el funcionamiento de cuatro áreas: el Instituto de
Desarrollo Rural, los programas de Maestrías, el Centro de
Informaciones Científico-Técnica y Agropecuaria y Rural,
y el Departamento de Educación Continua. Cuatro años
después, en marzo de 1985, quedaron delineadas, junto a la
creación del «Departamento de Estudios de Postgrado», las
tres primeras Maestrías de la Universidad: Economía Agraria,
Administración de Empresas y Administración de Agroempresas.
En 1987, y en una comunicación formal dirigida a la
Cámara de Comercio de Cochabamba, Pascual Sanchis,
director del Departamento de Estudios en Postgrado,
reseñaba los argumentos de base para la implantación de
las Maestrías en la Universidad.
El haber elegido la Maestría como un medio de contribuir
a la formación de profesionales en Bolivia obedecía a
razones de índole institucional, individual y estructural.
Institucionalmente —explicaba el director de los Estudios
de Postgrado de entonces—, la Maestría correspondía a
una etapa en la expansión vertical de la Universidad, una
etapa en la que los profesionales bolivianos podían contar
con la posibilidad de perfeccionar sus estudios y obtener
un grado superior que acredite su nivel profesional. En
términos estructurales, la Maestría, por sus propias
características, era el medio más adecuado, en esos
momentos, no solamente para formar profesionales, sino
para generar ciencia en el país.

155
Y a propósito del notorio acento de las primeras Maestrías
en el ámbito agrícola, Sanchis decía que la Universidad
había comprendido —tempranamente se diría hoy— que
era en el agro y en la agroindustria donde el país encontraría
el impulso necesario para superar una etapa crítica de su
desarrollo.
La Maestría en la Universidad Católica fue concebida como
un curso integrado, un programa que comprende varios
aspectos de una disciplina y constituye un conjunto, en
cierto modo interdisciplinario. Pero quizá lo más importante
fue que, al convertirse la Maestría en una actividad
institucionalizada en la Universidad, se garantizaba su
continuidad.
En el país, la formación en el nivel de Postgrado se venía
impartiendo, en general, a través de cursos de especialización
sobre temas puntuales que, por su misma condición, no
abarcaban conocimientos y prácticas para enfrentar los
problemas en toda su complejidad. De ahí la importancia
de institucionalizar los cursos de Maestría, garantizando su
continuidad y convirtiéndola en un foro de exposición y de
retroalimentación donde se acumulan conocimientos que
generan ciencia, además de proyectarse como un primer
paso para la formación de Doctorados.
En términos todavía más concretos, para la creación de
las Maestrías en la Universidad se tomaron en cuenta los
siguientes aspectos: se buscaba satisfacer las necesidades del
país en términos de recursos humanos calificados en áreas
que se consideran prioritarias; se pretendía facilitar el acceso
a la Educación Superior de segundo nivel a profesionales
que por motivos de costos elevados en el exterior se veían
imposibilitados a acceder un Postgrado; y, finalmente, se

156
entendió que, a diecinueve años de su fundación (1966),
la Universidad debía enfrentar el reto de satisfacer las
necesidades de profesionales que buscaban un mayor y más
alto nivel de formación y, al mismo tiempo, reafirmar el
propósito inicial y siempre presente de sus fundadores de
forjar profesionales como agentes de cambio.
Por otra parte, los programas de las Maestrías estaban
dirigidos a profesionales que estaban en pleno desarrollo de
su carrera en las organizaciones, empresas o instituciones
del país, que tenían el objetivo de ingresar a nuevas
disciplinas para enfrentar nuevos cargos, y que buscaban
obtener nuevos conocimientos e innovación en su carrera
profesional.
Así fueron concebidos e imaginados los primeros cursos de
Postgrado de la Universidad Católica Boliviana, y en 1989
egresaron los primeros veintitrés profesionales que habían
obtenido una Maestría.
Con el paso del tiempo, los estudios de Postgrado de la
Universidad crecieron e incursionaron en otras áreas.
Además de los que existían en la Facultad de Ciencias
Económico Financieras, se ampliaron a las facultades de
Ingeniería, Derecho y Ciencias Políticas, Ciencias Humanas
y Sociales, y Arquitectura y Diseño Gráfico. Actualmente,
son poco más de cincuenta programas entre diplomados,
especialidades, maestrías y doctorados. El crecimiento fue
progresivo, con un «pico» expansivo sustantivo entre los
años 2011 y 2012, hasta lograr hoy la envidiable cifra de
más de mil estudiantes de Postgrado. Un último dato: en
el año 2000 se crearon los primeros cuatro Doctorados
de investigación en Psicología, Economía, Ingeniería y
Arquitectura, y en el año 2012 en Ingeniería de Sistemas.

157
Inauguración Maestrías para el Desarrolo

158

Edificio de la ePC
Las Maestrías para el Desarrollo (MpD)
y la Escuela de la Producción y
la Competitividad (ePC)

Esta historia comienza en 1994, cuando se crean las


«Maestrías para el Desarrollo» (MpD). Dos entidades la
hicieron posible: el Harvard Institute for International
Development (HIID) y la Contraloría General de la
República; y otras dos la financiaron: la Agencia de
los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional,
USAID, y el Banco Mundial. El proyecto tuvo nombre
propio, «Recursos Humanos para el Desarrollo», y contó
desde su inicio con una oferta curricular novedosa y un
plantel académico de calidad. El proyecto fue ideado
con el propósito de establecer en Bolivia un programa
de maestrías con estándares internacionales capaz de
conservar en el país a los profesionales que buscaban una
alternativa académica de excelencia, y arrancó como un
programa para formar gestores públicos capacitados para
aplicar los conocimientos teóricos existentes en la solución
de problemas específicos en el contexto de las políticas
públicas. Para ello se crearon inicialmente dos maestrías:
Maestría en Gestión y Políticas Públicas y Maestría en Auditoría
y Control Financiero. Posteriormente, con el fin de apoyar
financieramente el desarrollo de esas dos maestrías y de
atender también las capacidades de los gestores privados,
se creó la Maestría en Administración de Empresas. Así, estos tres
programas académicos fueron el punto de partida de las
Maestrías para el Desarrollo, una institución cuyo propósito
central es «ser y formar agentes de cambio que buscan el
conocimiento para construir una sociedad próspera y justa».

159
La propuesta académica de las Maestrías para el Desarrollo
estaba enmarcada en cuatro conceptos importantes:
frontera del conocimiento; aplicación de conceptos globales
a casos locales; tecnología educativa moderna; y educación
aplicada. Sus instalaciones son únicas en Bolivia y han sido
diseñadas tomando como referente la infraestructura del
Harvard Business School. Actualmente, esta institución ofrece
cuatro programas diferentes de Maestrías: Maestría en Gestión
y Políticas Públicas; Maestría en Administración de Empresas;
Maestría en Finanzas Empresariales; y Maestría en Administración
de Empresas, Concentración en Pequeñas y Mediana Empresas.
A lo largo de los años, las Maestrías para el Desarrollo
han logrado posicionarse como los mejores programas
de Postgrado en Bolivia, tanto en gestión pública como
privada. Un ejemplo: el programa fue seleccionado, en
reiteradas ocasiones, como el único en Bolvia para figurar
en el Ranking de las mejores Escuelas de Negocios de Latinoamérica,
un ranking publicado anualmente por la prestigiosa
revista internacional América Economía y realizado por una
de sus secciones: América Economía Intelligence. El objeto de
este ya histórico ranking es fotografiar la excelencia de
los programas MBA (Master in Business Administration) más
relevantes de la región y es realizado en función a diversas
áreas de análisis: estándares de calidad del cuerpo de
profesores, la producción de conocimiento, el éxito de sus
graduados y sus vinculaciones internacionales.

160
Estos logros fueron posibles gracias al impulso inicial
brindado por los recursos de la cooperación internacional,
pero también al liderazgo y creatividad de quienes asumieron
el reto de impulsar este programa: Julio Sergio Ramírez,
por el HIID, y por Gonzalo Chávez y Marco Antonio
Fernández C, por la Universidad Católica Boliviana,
logrando hacer autosostenible a esta Unidad Académica.
En efecto, y tal cual estaba configurado en el proyecto
inicial, la financiación brindada por la Agencia de los
Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID,
concluyó en julio de 1999. Un año después fue necesario
tomar diferentes iniciativas con el fin de afrontar la nueva
situación. Se impulsaron nuevos programas y se expandió
la oferta curricular vía cursos ejecutivos, de manera que
hoy, las Maestrías para el Desarrollo de la Universidad
cuentan con 1.240 graduados y aproximadamente cinco
mil participantes en programas ejecutivos.
Y no es menos destacable el hecho de que las Maestrías
para el Desarrollo, en el ámbito de la investigación,
lograron un liderazgo indiscutible para las escuelas de
negocios en Bolivia, por la producción de numerosos casos
de estudio, libros de texto e investigaciones específicas,
como el Global Entrepreneurship Monitor (GEM), que le ha
permitido ser parte de las dos redes más importantes del
mundo del emprendimiento y la competitividad: el Global
Entrepreneurship Research Association y el Microeconomics of
Competitiveness de Harvard Business School.

161
Sesión de clases en el MpD

162

Sesión de clases en la ePC


El año 2007 se presentó a la Junta Directiva de la
Universidad el proyecto denominado «Licenciaturas para
el Desarrollo» (LpD), programa que fue aprobado y que
inició sus actividades el año 2008. Este proyecto fue creado
con el fin de ofrecer tres licenciaturas novedosas en la oferta
académica boliviana: Creación y Desarrollo de Empresas, Negocios
Internacionales y, desde el año 2011, Ingeniería Financiera. El
objetivo de estas carreras es formar estudiantes aptos para
crear emprendimientos productivos y empresas propias;
se buscó, desde un principio, diferenciarse de aquellas
licenciaturas que tienden a formar estudiantes con el
propósito principal de encontrar un empleo en un mercado
laboral que enfrenta importantes restricciones.
Asimismo, el proyecto Licenciaturas para el Desarrollo parte de la
premisa de que nuestra comunidad requiere de profesionales
con formación multidisciplinar y con una gran capacidad
para interactuar en un mundo cada vez más globalizado
y competitivo. Por eso es que en el proyecto se impone el
desafío de crear nuevas generaciones de profesionales que
sean capaces de crear emprendimientos productivos y
empresas que coadyuven en la creación de empleos y en la
construcción de una sociedad más prospera y solidaria.

En el año 2012, y como una nueva iniciativa, se creó un


curso especial, el «Técnico Universitario Superior en
Gestión y Emprendimiento», TUSGE, y con él, finalmente,
se ha conformado la «Escuela de la Producción y la
Competitividad, Business School» (ePC), la Unidad Académica

163
de la Universidad Católica que acoge a las Maestrías para
el Desarrollo (MpD), a las Licenciaturas para el Desarrollo
(LpD), al Instituto para el Desarrollo del Emprendimiento
y la Competitividad y al mencionado Técnico Universitario
Superior en Gestión y Emprendimiento (TUSGE).
Sobre este último curso (el TUSGE), debe decirse que gracias
a un acuerdo de cooperación con el Banco Mercantil Santa
Cruz —uno de los más grandes de Bolivia—, la Escuela
de la Producción y la Competitividad beca cada año a
más de 50 bachilleres de escasos recursos de todo el país
con el objetivo de brindarles competencias y habilidades
técnicas y un espíritu emprendedor que les permita crear
sus propios negocios y aportar en la mejora de empresas ya
establecidas. Este programa, que tiene una duración de dos
años y medio, ha presenciado ya, el año 2014, la graduación
de su primera promoción.
Las ideas e iniciativas no se detienen ahí. A partir de 2013
la Escuela inició el proyecto denominado «e-Learning»,
que consiste en la incorporación de recursos de enseñanza
y aprendizaje virtuales en los planes de estudio. Durante
el año 2015 se puso en marcha la primera versión de la
«ePC Experience», un proyecto que consiste en ofrecer
una formación académica básica a alumnos del quinto
y sexto grado de Secundaria del país para guiarlos en la
elección de su carrera profesional. La Escuela, además,
ha estado trabajando en el proyecto de creación del
«e-Business English Center» (e-BEC-ePC), una unidad que
se dedicará exclusivamente a la enseñanza de inglés técnico
especializado en el campo de los negocios.

164
Han pasado poco más de veinte años desde que en 1994
naciera una idea y un proyecto cuyo soporte fundamental
fue la cooperación internacional para mejorar la formación
del capital humano en Bolivia en las áreas de gestión pública
y privada. Esa idea y ese proyecto son hoy una institución
plenamente consolidada y autosostenible, dotada de una
oferta curricular variada y reconocida a nivel internacional.
Y esto último no es cuento, pues en 2014 la Escuela de
la Producción y la Competitividad fue premiada como la
mejor Escuela de Negocios de Bolivia y entre las mil mejores
del mundo por la calificadora internacional EdUniversal.
Este estudio abarca 154 países y la votación es ejecutada
por pares académicos —rectores o directores de otras
universidades— quiénes basan su calificación en criterios
académicos y la capacidad de proyección e influencia a
nivel internacional de las Escuelas de Negocios.
La Escuela de la Producción y la Competitividad obtuvo
«Dos Palmas» en la calificación de EdUniversal, y eso quiere
decir que se trata de una Good Business School With Strong
Regional Influence.

165
Las carreras de Ingeniería, un vuelco
en la historia de la Universidad

Durante veinticinco años —la mitad de su vida—, la Universidad


Católica Boliviana navegó en el mundo de la Educación Superior
en Bolivia bajo la bandera de sus cuatro y primeras emblemáticas
carreras: Administración de Empresas, Economía, Psicología y
Comunicación Social, todas fundadas a fines de los años sesenta
y a principios de los setenta. Tuvieron que pasar esos primeros
veinticinco años para que la historia comience a cambiar.
Fue en 1992 cuando la oferta académica de la Universidad se
enriquece con la primera carrera de índole tecnológica creada
en la Unidad Académica de La Paz: Ingeniería de Sistemas.
Cuatro años después, en 1996 y también en La Paz, se abre la
carrera de Ingeniería Industrial y luego la de Ingeniería Civil, en
1999. Un año antes, en 1998, y como un espacio institucional
de soporte y complemento a esas tres primeras carreras de
ingeniería de la Universidad en la ciudad de La Paz, se había
creado un departamento orientado a proporcionar servicios en
matemática, física y química universitarias, el Departamento de
Ciencias Exactas, hoy Departamento de Ciencias Básicas.
Así, en menos de diez años, entre 1992 y 1999, y antes de cerrar
el siglo, la Unidad Académica de La Paz de la Universidad había
ampliado notablemente su oferta de formación académica
volcándose a la enseñanza de las disciplinas ingenieriles. Ese giro
se completa en 2003 con la creación de la carrera de Ingeniería
de Telecomunicaciones y la conformación de la entonces
llamada Facultad de Ciencias Exactas e Ingeniería, hoy Facultad
de Ingeniería, FDI.
Posteriormente, y a comienzos del año 2008, se abren las
carreras de Ingeniería Química e Ingeniería Ambiental, y a ellas
se añaden, en 2011, las de Ingeniería Biomédica e Ingeniería

166
Mecatrónica, carreras con las que queda conformada la actual
Facultad de Ingeniería de la Unidad Académica de La Paz y
sus ocho carreras: Ingeniería Industrial, Ingeniería de Sistemas,
Ingeniería Civil, Ingeniería de Telecomunicaciones, Ingeniería
Química, Ingeniería Ambiental, Ingeniería Mecatrónica
e Ingeniería Biomédica, cada una de ellas insertas en el
Departamento respectivo. A las ocho carreras se suma el ya
mencionado Departamento de Ciencias Básicas.
En casi dos décadas, entre 1992, cuando se crea la primera
carrera de ingeniería en la Universidad (Ingeniería de
Sistemas), y el año 2011, cuando se crean las dos últimas de
las mencionadas ocho carreras en la Unidad Académica de
La Paz (Biomédica y Mecatrónica), la Facultad de Ingeniería,
por su extensión, el número de sus estudiantes, las áreas
disciplinares que abarca y su correlación con la demanda
profesional nacional, ya se ha había convertido en una de las
de mayor importancia en la Universidad.
Si a las consideraciones anteriores se suma el hecho de que desde
el año 2002 la Facultad de Ciencias Económicas y Financieras
de la Universidad en La Paz ofrece, además de las carreras de
su giro tradicional, la de Ingeniería Comercial, y que además,
en ese mismo año y en cada una de las Unidades Académicas
Regionales de Cochabamba, Santa Cruz y Tarija ya se habían
implantado al menos tres carreras de ingeniería en cada una de
ellas, no es difícil concluir que la Universidad Católica Boliviana
le había dado un vuelco a la historia de sus primeros veinticinco
años. Hoy, la Universidad Católica Boliviana es una de las
instituciones de Educación Superior más completas del país en
la enseñanza de las diferentes disciplinas de ingeniería.

167
El Instituto de Investigaciones
Socioeconómicas, IISEC

Sus más de cuarenta años lo avalan como uno de los


institutos de investigación en Economía más antiguos y
de mayor trayectoria en el país. Ha sido el primer espacio
destinado a la investigación en la Universidad Católica
Boliviana. Creado en 1974, cuando el doctor Salvador
Romero Pittari ejercía interinamente el Rectorado Nacional,
el Instituto de Investigaciones Socio-Económicas, IISEC,
expresaba también el inicio de la etapa de fortalecimiento y
consolidación académica e institucional de la Universidad.
El IISEC se fijó como principal objetivo contribuir a la
comprensión de los problemas sociales y económicos
que enfrenta la sociedad boliviana y la región a través de
la investigación como método, y de los valores católicos
como convicción central. En más de cuatro décadas de
investigación, los motivos fundacionales del IISEC se
han traducido en un amplio conjunto de investigaciones
publicadas como Documentos de Trabajo y Documentos
Arbitrados. El trabajo académico realizado por el IISEC ha
estado siempre en línea con las necesidades y problemáticas
de la realidad económica boliviana en cada periodo.
Por su estrecha relación con la Facultad de Ciencias
Económicas y Financieras, y en especial con la carrera
de Economía, el IISEC ha podido contar con los mejores
economistas formados en la Universidad, ya sea como
Directores, Investigadores o Asistentes de Investigación.
Todos ellos han contribuido significativamente en la
cualificación de las investigaciones desarrolladas y
posteriormente publicadas por el Instituto. Los mejores

168
estudiantes de la carrera de Economía, los que han logrado
una trayectoria de excelencia académica, son invitados a
formar parte del Instituto, donde adquieren sus primeras
armas en investigación.
En sus más de cuarenta años de actividad, el Instituto ha
experimentado diferentes etapas de desarrollo institucional.
Primera Etapa (1974-1980). Fue ésta una etapa de
construcción y afirmación institucional en la que se inicia
—desde 1975— la publicación de los llamados Documentos
de Trabajo IISEC (ininterrumpida hasta la actualidad) en
los que se dan a conocer las investigaciones de relevancia
académica en su versión extensa, para luego ser cualificadas
y publicadas en revistas especializadas. Las investigaciones
desarrolladas en esta etapa se concentraron en temáticas
como la economía agrícola y campesina, la economía
de la educación, ciencia y tecnología, la democracia, la
macroeconomía y los estudios distributivos. Entre todas ellas,
destacan los trabajos de Juan Antonio Morales y Salvador
Romero —los dos primeros impulsores del Instituto—
además de los de Miguel Urioste y Armando Pinell.
Segunda Etapa (1981-1995). En esta etapa, el
Instituto concentró sus estudios en uno de los fenómenos
económicos de mayor trascendencia para el país: el
proceso hiperinflacionario ocurrido en esos años y sus
posteriores derivaciones: el proceso de estabilización y
los efectos de la crisis sobre el desarrollo y el crecimiento
económico. Estas investigaciones y actividades le otorgaron

169
al IISEC un amplio auditorio nacional e internacional. Las
investigaciones desarrolladas en este periodo —críticas y
propositivas, al mismo tiempo—, todas publicadas en la serie
Documentos de Trabajo IISEC, se constituyeron en un relato
histórico-académico de ese proceso de crisis económica que
vivió el país. Jeffrey Sachs, Juan Antonio Morales, Juan L.
Cariaga y Gonzalo Chávez, destacan entre los autores que
contribuyeron a esa tarea.
Tercera Etapa (1995-2010). Las actividades del
IISEC en esta etapa se centraron en estudios sectoriales
que establecieron un nuevo marco de acción para la
investigación. El equipo de investigadores publicó trabajos
en las áreas de macroeconomía, economía agraria,
economía internacional, economía del trabajo, economía
de los recursos naturales, economía de la educación y la
sociología. Estos trabajos fueron presentados nacional e
internacionalmente a través de seminarios y reuniones
de la especialidad. Debe mencionarse, como ejemplo, la
presentación de documentos del IISEC en los Encuentros
Latinoamericanos de la Econometric Society, Latin American and
Caribbean Economics Association, en la Conferencia Internacional
sobre la Integración Comercial del Hemisferio Occidental
y en los seminarios organizados por la Red de Centros de
Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo, BID.
En este periodo, destacan las investigaciones realizadas por
Alejandro F. Mercado, Lykke Andersen, José Luis Evia,
Carlos G. Machicado y Jorge Leitón.
Y ya en esta etapa, a poco más veinte años de creado el
IISEC, gran parte de sus labores investigativas se realizaron

170
a través de convenios y asistencia técnica y financiera de
instituciones como la Fundación Ford, el Programa de
Estudios Conjuntos de Integración Económica (ECIEL),
la mencionada Red de Centros de Investigación del Banco
Interamericano de Desarrollo (BID), la Junta del Acuerdo
de Cartagena (JUNAC), el Centro Interuniversitario de
Desarrollo Andino (CINDA), el Centro Internacional de
Investigaciones para el Desarrollo (CIID) del Canadá, la
denominada Autoridad Sueca para el Desarrollo (ASDI), el
Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), la
Corporación Andina de Fomento (CAF) y Petroleo Brasileiro
S.A. (PETROBRAS).
Cuarta Etapa (2011-2015). Desde el año 2011, la dirección
del IISEC está a cargo de Javier Aliaga Lordemann. En esta
etapa, complementariamente a sus labores de investigación
y publicación de documentos sobre tópicos de relevancia
económica nacional y regional, el Instituto mantiene
un importante vínculo con más de veinte instituciones
y universidades de diecinueve países del mundo. La
relación con estas instituciones se enmarca bajo el alero
del desarrollo de los siguientes proyectos: los proyectos
CELA (Red de Centros de Transferencia Tecnológica
sobre Cambio Climático en Europa y Latinoamérica), el de
JELARE (Proyecto Conjunto de Universidades Europeas y
Latinoamericanas en Energía Renovable) y el de REGSA
(Promoting Renewable Electricity Generation in South America).
La principal característica de este conjunto de proyectos es
que sus resultados son transferidos directamente al sector
productivo, hecho que determina su importancia y, al mismo

171
tiempo, sus logros. El involucramiento del Instituto en estos
proyectos le ha permitido a la Universidad obtener el Premio
Mundial Energy Globe, recibido en 2014 y otorgado por la
Energy Globe Foundation con el auspicio de la Organización
de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura, UNESCO, y la Fundación Advantage de Austria.
Las investigaciones del IISEC, en esta etapa, han estado
dirigidas al estudio de los ciclos económicos y crecimiento,
a la matriz energética, el cambio climático, la educación
superior, ciencia y tecnología, la economía del desarrollo
y la seguridad alimentaria, principalmente. Destacan las
investigaciones de Javier Aliaga, Horacio Villegas, Sergio
Cerezo y Lourdes Espinoza.
El IISEC, además, inicia en este periodo la publicación
de la Revista Latinoamericana de Desarrollo Económico (Latin
American Journal of Economic Development, LAJED). Esta
revista fue presentada en 2003 como iniciativa de un grupo
de académicos de la Universidad preocupados por la
difusión de investigación científica relevante para el diseño
de políticas públicas y la contribución al conocimiento en
la ciencia económica. La revista tiene una periodicidad
semestral y se publica en los meses de mayo y noviembre.
Finalmente, cabe aquí señalar las cinco líneas de investigación
que desarrolla el Instituto actualmente: i) Crecimiento
económico, ciclos e inclusividad; ii) Energía, Cambio
Climático, Recursos Naturales y Crecimiento Compatible;
iii) Economía de la innovación y emprendimiento inclusivo;
iv) Economía de la Felicidad; y v) Pobreza y Cohesión Social.

172
Salvador Romero Pittari

Juan Antonio Morales Anaya

FUNDADORES IISEC
La Pastoral Universitaria

Integrar la vida con la fe. Ésta es, en toda universidad


católica, la misión de la Pastoral universitaria. Y así lo
señala el más importante documento de Iglesia referido a la
Educación Superior, la «Constitución Apostólica del Sumo
Pontífice Juan Pablo II sobre las Universidades Católicas»,
nombrada como Ex Corde Ecclesiae (Nacida del corazón de
la Iglesia), donde se lee que la Pastoral universitaria «ofrece
a los miembros de la Comunidad la ocasión de coordinar
el estudio académico y las actividades para-académicas
con los principios religiosos y morales, integrando de esta
manera la vida con la fe».
En el caso de la Universidad Católica Boliviana, la actividad
pastoral es transversal a todo su programa académico,
porque su responsabilidad trasciende las aulas y se acerca
más a trasmitir, a quienes conforman la comunidad
universitaria, los modos de ser, de actuar y de trascender
con los valores que enseña el Evangelio. Siguiendo los
preceptos de la Constitución Apostólica de San Juan
Pablo II, la Pastoral estimula a todos quienes integran la
comunidad universitaria a que reconozcan la urgencia de
«ser más conscientes de su responsabilidad hacia aquellos
que sufren física y espiritualmente», y al seguir el ejemplo
de Cristo, «preocuparse especialmente de los más pobres
y de los que sufren a causa de las injusticias en el campo
económico, social, cultural y religioso».
La Pastoral en la Universidad Católica Boliviana existe
desde su fundación en 1966. Sin embargo, es a partir de
1977 cuando se organiza el Departamento de Ciencias
Religiosas y Pastoral Universitaria con el propósito de

174
promover la identidad católica en la vida académica y la
evangelización de la comunidad universitaria, aunque
dentro del mayor respeto que tiene toda persona a su propia
libertad religiosa. Desde 1995, se decidió la descentralización
del área de Pastoral convirtiéndola en un Departamento
encargado de ofrecer las materias de formación cristiana. El
Departamento de Ciencias Religiosas, como licenciatura, se
cerró el año 2006.
Hoy, y en las cuatro sedes de la Universidad—La Paz,
Cochabamba, Santa Cruz y Tarija—, se priorizan tres
niveles de Formación Humano Cristiana (FHC) y
dentro de los planes de estudio de las cuatro unidades
académicas regionales se enseña y se aprende Antropología
Cristiana, Cristología y Doctrina Social de la Iglesia.
La Pastoral quiere contribuir a que los estudiantes de
la Universidad Católica Boliviana no sólo culminen sus
estudios como buenos profesionales, sino también como
agentes de cambio en un mundo globalizado, y como
creadores de una sociedad más sensible, humana, solidaria
y justa. La Pastoral aspira, en el caso de los estudiantes
creyentes, a que éstos «participen activamente en la vida de
la Iglesia». En general, se busca descubrir las coincidencias
y las diferencias entre una manera buena y una manera
cristiana de actuar para entender en profundidad el mensaje
de Cristo. La Pastoral aspira también a ser instrumento de
un verdadero encuentro con Dios y de esa forma «llevarlo
a las periferias» y hacer que Cristo viva la comunidad al
estar al servicio del prójimo. Por todo ello, dentro del Plan
Estratégico Institucional 2014-20120, el Ámbito de Desempeño
Pastoral es parte fundamental de su estructura.

175
Por otra parte, la Pastoral universitaria ofrece una serie
de programas dirigidos precisamente al cumplimiento
de los objetivos ya mencionados, y no solo desarrolla sus
actividades dentro de la Universidad sino que una parte de
sus programas están dirigidos a la interacción social y extensión
universitaria, vinculando activamente a la Universidad con
la sociedad. Uno de esos programas, quizá el de mayor
significancia, es el denominado «Universidad para la
Tercera Edad», UPTE, que funciona hace más de diez
años en La Paz. En el caso de las universidades de Santa
Cruz, Cochabamba y Tarija, el programa se denomina
«Universidad para el Adulto Mayor», UPAM
Debe señalarse que este modelo de atención a los adultos
mayores de la Universidad Católica Boliviana ha sido pionero
en Bolivia, aunque siguiendo, naturalmente, el ejemplo de
otros países que también ofrecen programas universitarios
similares. En estos programas dirigidos al Adulto Mayor se
prioriza la atención a necesidades tan importantes como el
mejor uso del tiempo libre, la participación en la sociedad,
la valoración de las capacidades de asimilar aprendizajes
nuevos y la reflexión positiva de las experiencias de la vida
para valorar los recuerdos. En suma, la Pastoral universitaria
promueve el espíritu católico de una Universidad que está
llamada a servir no sólo a sus estudiantes sino a toda la
sociedad boliviana.
Finalmente, y en la parte litúrgica y pastoral, la Pastoral
universitaria atiende con misas diarias para la comunidad,
retiros permanentes para el personal administrativo,
docentes y universitarios, acompañamiento espiritual,
asesoramiento humano y moral, confesiones y orientación
a los sacramentos de la Iglesia.

176
177

Capacitaciones de radio en el SECRAD


El SECRAD, un nexo de comunicación
con la comunidad

Dentro y fuera de la Universidad, se lo conoce así, como


«el SECRAD». El acrónimo se ha impuesto sobre su
largo nombre y su ya larga historia de tres fructíferas
décadas. Es el Servicio de Capacitación en Radio y Televisión
para el Desarrollo de la Carrera de Comunicación Social
de la Universidad Católica Boliviana. Y es también algo
más que eso: es el mayor espacio de interacción de la
Universidad con la comunidad desde los campos de la
comunicación educativa y para el desarrollo social.
El SECRAD nació en 1986 como un proyecto apoyado
por la Organización de las Naciones Unidas para
la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, a
través del Programa Internacional para el Desarrollo
de las Comunicaciones, PIDC, y fue concebido con un
principal propósito: atender las necesidades de formación
de comunicadores indígenas, locutores en lenguas
nativas, reporteros populares y trabajadores de medios
radiofónicos y audiovisuales interesados en aprovechar los
medios para fines educativos y de servicio a la comunidad.
El SECRAD ha cumplido largamente ese propósito inicial:
es un referente nacional en los temas de la comunicación
educativa y para el desarrollo social; ha aportado a las áreas
de la radiodifusión alternativa y comunitaria, a la legislación
de los medios radiofónicos —especialmente a la legislación
referida a las radios comunitarias—; y ha formado a
diferentes actores de la comunidad en la comunicación
social con un enfoque inclusivo, participativo y dirigido

178
al ejercicio del derecho a la comunicación, un derecho de
todos y todas.
Una de las principales fortalezas del SECRAD es,
precisamente, ser pionero en la comunicación inclusiva de
y para personas con discapacidad, un campo abierto desde
el año 2003, cuando se llevó a cabo el «Primer Seminario
Internacional de Comunicación y Discapacidad»,
promovido por la Universidad en noviembre de ese
año. Desde entonces, toda la producción de materiales
audiovisuales, las acciones de formación, así como los
proyectos que ejecuta el SECRAD, consideran el uso y
fomento de los lenguajes alternativos de la discapacidad.
La actual estructura del SECRAD se debe a la tarea de
comunicadores como Jaime Reyes Velásquez, Luis Ramiro
Beltrán y Dulfredo Retamozo Leaño. Entre sus directores
debe citarse a Fernando Andrade Ruiz y a Mariola Materna.
Desde junio de 1996, dirige el SECRAD José Luis Aguirre
Alvis, quien fue parte de su equipo docente en el «Primer
Curso de Profesionalización de Comunicadores en Lenguas
Nativas de Bolivia» con el que inició sus actividades en 1986.
Hoy, el SECRAD, como instituto de investigación en
comunicación social y centro de interacción social
comunicativa de la Universidad Católica Boliviana,
desarrolla las siguientes acciones: a) formación de recursos
humanos en producción radiofónica, televisiva y de medios
alternativos; b) asesoría y planificación de estrategias

179
de comunicación educativa y para el desarrollo social; c)
producción de materiales educativos y para la movilización
social, d) investigación y fomento de las prácticas de la
comunicación social para el ejercicio del derecho a la
comunicación; y e) centro de estudio y fortalecimiento de
las formas de comunicación inclusiva de y para las personas
con discapacidad.
El SECRAD se ha impuesto como misión institucional una
aspiración: potenciar las capacidades de comunicación de
los distintos actores de la comunidad para intervenir en la
búsqueda y conocimiento de la realidad, en la conservación
de sus saberes, y en la contribución a la construcción de una
sociedad inclusiva y democrática.
Finalmente, el SECRAD está asociado a la Asociación
Mundial para la Comunicación Cristiana (World Association
for Christian Communication, WACC), el mayor espacio
ecuménico de trabajo por el derecho a la comunicación en
el mundo. El SECRAD ha asumido la Presidencia Regional
para América Latina de la WACC, y desde este espacio
impulsa proyectos por una comunicación alternativa y al
servicio de los más necesitados.

180
2000-2015, la antesala del medio siglo
DESPUÉS DE CINCUENTA AÑOS
184
Sábado 5 de marzo, año 2016. Han pasado cuarentainueve
años, nueve meses y cinco días desde que los Obispos de la
Iglesia echaran a andar la Universidad Católica Boliviana,
el 14 de mayo de 1966. «La celebración de estos cincuenta
años de vida no puede detenerse sólo en eso, en la celebración.
Sabiendo que los propósitos y anhelos de los fundadores
de la Universidad permanecen siempre vigentes, tenemos
el desafío de proponer, imaginar y soñar una Universidad
para las próximas cinco décadas. Celebraremos este medio
siglo de vida, por tanto, proyectando la Universidad hacia el
futuro. Pero no sólo eso, tenemos que ser capaces, también,
de resolver los desafíos materiales y espirituales que tiene hoy
la Universidad». Es Marco Antonio Fernández Calderón, el
actual Rector Nacional de la Universidad, el primero de
sus cinco rectores que procede de sus aulas, de la Carrera
de Economía, una de las dos primeras con las que se fundó
la Universidad, hace cincuenta años. El Rector, sin sombra
de duda alguna, afirma que la Universidad se ha planteado
desafíos que puede vencer, que está bien encaminada en
ello y que es posible lograr la excelencia como Universidad
y formar profesionales integros. Hay algo, sin embargo,
que lo inquieta: «Nuestra identidad, somos una Universidad
Católica». La inquietud del Rector Nacional toma la forma
de preguntas: «Me he preguntado y les he preguntado a
mis colegas, los rectores regionales, si estamos realmente
entregando a la sociedad profesionales que aporten al país
los valores católicos: ¿somos capaces de poner las manos al
fuego por esto?, ¿seremos capaces de llegar al corazón de los
jóvenes que formamos para que ellos puedan enfrentar un
mundo cada vez más complejo con los valores y principios
del humanismo cristiano?».

185
Las preguntas —las mismas preguntas que los Obispos
fundadores de la Universidad se hacían hace cincuenta
años— conducen al Rector Fernández a una necesaria
e inevitable referencia al hombre que hoy intenta
transformar la Iglesia: «Estoy seguro, como les digo a
mis colegas, que si tuviéramos al Papa Francisco frente
a nosotros, quisiéramos contarle nuestros logros: que
tenemos un Plan Estratégico Institucional muy sólido,
que hemos avanzado en fortalecer nuestras capacidades
institucionales, que en los dos últimos años hemos
acreditado nueve carreras… pero es posible que él, más
bien, nos pregunte qué estamos haciendo realmente en
esos cinco o seis años de formación de los estudiantes
para “tocar” su corazón, para dejar en ellos una huella
indeleble que les permita enfrentar sus dilemas futuros en
base a valores éticos y morales del cristianismo. Y que es
muy probable que el Papa Francisco nos pregunte sobre lo
que estamos haciendo para que esos jóvenes sean capaces
de ser coherentes en el futuro —cuando actúen como
empresarios o políticos— con esos valores cristianos y en
un contexto que, más bien, los aleja de esos valores y los
invita al egoísmo, al individualismo y al materialismo».

También hace cincuenta años, los Obispos fundadores de la


Universidad vivían sus días acompañados por otra y siempre
angustiante pregunta: ¿cómo financiar le principal obra de
la Iglesia Católica en el campo de la Educación Superior
en Bolivia? Hoy, medio siglo después, ésa ya no es una
pregunta, es una certeza. «En el contexto actual que vive
nuestra institución —dice el Rector Fernández— contamos
con un importantísimo factor que nos permite imaginar

186
y soñar el futuro de la Universidad. Y ese importante
factor es la solidez financiera y la fortaleza económica
de nuestra institución. Se ha hecho, durante muchos
años, un gran trabajo en este campo, de manera que hoy
podemos plantearnos decidir hacia dónde vamos, podemos
plantearnos el desarrollo de una serie de planes y programas
de alta calidad y tambien podemos apoyar iniciativas que
buscan que nuestra institución sea más inclusiva».

El actual Rector Nacional de la Universidad Católica ha


sido profesor en sus aulas durante dieciocho años. Quizá
por eso tiende permanentemente a hilvanar sus palabras y
sus ideas con ejemplos. Y quizá por ello, a propósito de la
fortaleza económica de la Universidad y sus proyecciones,
cita un ejemplo, decidor y emblemático de la dirección que
hoy puede tomar la institución que dirige, dada la solvencia
económica de la que goza: «Hoy, en la Universidad—dice
el Rector con apreciable entusiasmo—, tenemos alrededor
de setenta docentes a tiempo completo. Para el año 2020,
¡queremos tener 200 docentes a tiempo completo!».

Dos décadas y un poco más, casi veintidós años. Éste


fue el periodo más largo de un Rector al mando de la
Universidad. El doctor Luis Antonio Boza Fernández
asumió la conducción de la institución en septiembre
de 1979 y la dejó en febrero de 2001, cuando apenas se
abría el nuevo siglo. El antecesor de Boza Fernández fue
Monseñor Genaro Prata, arzobispo de La Paz y Rector
durante doce años, desde su fundación en 1966 hasta
septiembre de 1979. Y en este último año, la Universidad
contaba con poco más de 1.700 estudiantes (cerca de 900

187
en La Paz) y siete carreras, cuatro en La Paz (Economía,
Administración de Empresas, Comunicación Social y
Psicología) y tres en Cochabamba (Filosofía, Enfermería
y Teología). Dos décadas y dos años después, en 2001,
cuando Boza Fernández deja de ser Rector, la Universidad
se había extendido a dos ciudades más, Santa Cruz y Tarija,
eran poco más de 7.000 sus estudiantes y cuarentaicinco las
carreras que ofrecía en esas cuatro ciudades. Al doctor Boza
y a dos de sus principales colaboradores, Elizabeth Álvarez
Rodriguez, en el ámbito académico, y Martín Hinojosa
Campos, en el área administrativa, les había tocado
encausar el periodo de mayor crecimiento y expansión
de la Universidad. En la primera de las dos décadas de la
gestión del Rector Boza Fernández, entre 1979 y 1990, la
Universidad encaró la primera reforma estructural de su
economías; y en el segundo decenio, entre 1990 y 2001,
el periodo de crecimiento, con la creación de treintaiocho
nuevas Carreras, nueve en La Paz, doce en Cochabamba,
nueve en Santa Cruz y ocho en Tarija.

El recuento es útil para acercarnos a la Universidad Católica


Boliviana del nuevo siglo, éste en el que se cumplen cincuenta
años desde que la Conferencia Episcopal Boliviana había
determinado, en 1966, que «las condiciones del catolicismo
en el país reclamaban la presencia de la Iglesia en el campo
de la Educación Superior».

El abogado Carlos Gerke Mendieta fue designado Rector


Nacional de la Universidad Católica Boliviana en el año
2001. Había sido miembro de la Junta Directiva de la
Universidad durante veintidós años —casi el mismo número

188
de años de mandato de su predecesor, Luis Antonio Boza—,
desde 1979 hasta que asumió el rectorado en 2001, y ejerció
el cargo por sólo cuatro años, hasta el año 2005. En mayo de
2011, la Universidad le confirió a Gerke el grado de Doctor
Honoris Causa «por su eminente carrera profesional como
hombre de leyes, por haber dedicado a nuestra Universidad
sus mejores y más desinteresados empeños como docente,
como Rector Nacional, y por su generosa colaboración
en la Junta Directiva, identificado siempre con los nobles
ideales cristianos».

Carlos Gerke llegó al principal cargo de conducción de la


Universidad en un momento especialmente importante,
cuando se podía constatar —apenas observando datos y
cifras, o el creciente paisaje de infraestructuras con las que
contaba la institución en 2001— el vertiginoso crecimiento
de la Universidad en los últimos diez años, entre 1990 y
el primer año del nuevo siglo. Quizá los Obispos que
lo designaron pensaron en la serena necesidad de una
pausa. Quizá los Obispos recordaron aquellas palabras
que, en agosto de 1979 y por encargo de la Conferencia
Episcopal Boliviana, escribiera Monseñor Jesús López de
Lama, presidente de la Comisión Episcopal de Educación
y Obispo Prelado de Corocoro en ese tiempo. En un texto
ya mencionado aquí, dirigido a las autoridades, profesores,
estudiantes y trabajadores administrativos, titulado «Sentido
y razón de la Universidad Católica Boliviana» y redactado
con el propósito de cerrar el conflicto que en ese año se
vivía, López de Lama advertía ya que la Universidad era
«un cuerpo en crecimiento», y que los Obispos deseaban
una Universidad cuyo «tamaño y naturaleza respondan a

189
las necesidades de Bolivia y de la Iglesia en Bolivia». «No
queremos engendrar monstruos ni engendrar gigantes»,
decía Monseñor López de Lama en 1979, «deseamos y
queremos una Universidad mejor, a la medida de nuestro
país y de nuestra Iglesia».

Una de las principales tareas que se propuso el Rector


Gerke en su corta gestión fue, precisamente —y a
propósito de las palabras de Monseñor López de Lama,
decimos aquí— la contratación, en agosto de 2001, de
los servicios de una conocida consultora internacional —
London Consulting Group— para que evalúe la marcha
de la Universidad. Los términos que emplea la referida
consultora para definir y describir la tarea por la que fue
contratada son suficientemente ilustrativos. En principio, y
en términos generales, la consultora establece que su tarea
se centrará en «Determinar las oportunidades de control
y reducción del costo y gasto, y la mejora de su relación
con el resultado obtenido». Y en cuanto a los propósitos
del diagnóstico que se le encomendó, la empresa anota
que esos propósitos son: «Demostrar la existencia de
oportunidades de mejora significativas en la operación y
gestión de la institución»; «Identificar y dimensionar las
oportunidades de mejora, su origen preciso y solución
conceptual»; «Estimar el impacto financiero resultante de
acometer y capitalizar tales oportunidades»; y, finalmente,
«Proporcionar a los directivos de la institución los
elementos de juicio necesarios para decidir llevar a cabo
el desarrollo del programa de mejora propuesto». Una vez
realizado el diagnóstico, y ya en el momento de definir las
características de su propuesta («Enfoque de proyecto»), la

190
consultora define los «Objetivos cualitativos» que se busca
implantar en la Universidad. Los citamos íntegramente:
«Relacionar la ejecución operativa y la toma de decisiones
con mediciones financieras que reflejen su impacto»;
«Implantar el concepto de accountability (responsabilidad
y rendición de cuentas, traducimos libremente aquí) en la
cultura de trabajo de la institución»; «Generar en la UCB
una cultura de trabajo y análisis permanente de resultados,
basados en el concepto de monitoreo activo de recursos y
confrontación sistemática del desempeño»; «Profesionalizar
la gestión del cuerpo gerencial, modificando su perfil actual
hacia la estructura de valores requerida»; y «Desarrollar
la plataforma metodológica-operativa que permita a la
UCB caminar hacia el cumplimiento de un planeamiento
estratégico institucional».

El 31 de enero de 2003, en una carta del Secretario General


Nacional de la Universidad, dirigida a London Consulting
Group, se describen brevemente los resultados concretos
de la tarea encomendada a la consultora. Allá se lee que
la labor de la empresa, realizada entre agosto de 2001 y
marzo de 2002, tanto en el área académica como en el área
administrativa-financiera, ofreció los siguientes frutos: en el
ámbito académico: «Creación de un método para encarar los
problemas»; «Creación de un método para el seguimiento
del trabajo del personal académico»; «Ordenamiento del
sistema de gestión académica»; «Formulación de un sistema
para contar con la documentación de respaldo de la gestión
académica anual»; y «Diseño de procedimientos óptimos
de gestión académica»; en el ámbito administrativo-
financiero: «Realización de un análisis ABC financiero»;

191
«Aplicación del análisis resumido del cuadro de mando
integral»; «Resultados financieros positivos»; y, finalmente,
«Incremento de la productividad».

La gestión del Rector Carlos Gerke, decimos aquí, le dejó a


la Universidad una bitácora académico-administrativa.

[Llegados a este punto, un último y necesario paréntesis:


hasta aquí, este afanoso intento de contar algo de la historia
de la Universidad Católica Boliviana —contar como una
forma de conocer, y por ello, contar para recordar—
ha tenido como fuente central los viejos papeles de la
institución. En adelante, para conocer, recordar y contar,
apelamos al diálogo.]

Petrus Johannes van den Berg nació en Haarlem, Holanda,


hace setentainueve años. Es sacerdote de la Orden de San
Agustín y fue Provincial (la principal autoridad) de los
padres Agustinos en Bolivia. El «padre Hans», como se lo
conoce en la Universidad, es también doctor en Teología,
y se ha formado en universidades de Holanda, Bélgica y
Alemania. Ha sido, en la Universidad Católica Boliviana,
Director de la Carrera de Teología (1977-1991), presidente
del el Instituto Superior de Estudios Teológicos, ISET
(1991-2000), fundador y director de la Biblioteca Etnológica
Boliviana «Fray Antonio de la Calancha», Vice-Rector
Regional de la Unidad Académica de Cochabamba (1992-
2002) y su Rector Nacional durante ocho años, entre 2005
y 2013. El padre Hans es y ha sido, sobre todas las cosas,

192
un sacerdote feliz: cuando ofrece misa los domingos, allá no
cabe un alma más, la iglesia se llena de bote a bote. Todos
los domingos, el padre Hans oficia la misa en la Parroquia
«Santísima Trinidad», la situada en la calle Max Paredes,
en el popular barrio del mismo nombre, allá donde también
está la casa de los padres Agustinos en la ciudad de La Paz.
«Las finanzas están en orden, no te preocupes». Esto es lo
que Carlos Gerke —Rector Nacional hasta el año 2005—
le dijo al padre Hans, pocos días antes de que el Agustino
se hiciera cargo de la conducción de la Universidad. Los
Obispos lo habían nombrado para que se dedicara a
promover y fortalecer el área académica de la institución,
y esa fue su tarea durante los ocho años en que fue Rector.
Con un acento especial, sin embargo. El padre Hans
cree que contar con un buen estado de las finanzas será
siempre insuficiente si es que la Universidad Católica no
cumple una de sus principales tareas: la investigación. «Una
universidad que no investiga, y que no gana prestigio por
sus investigaciones, no va a alcanzar nunca un nivel que
sea fácilmente reconocible aquí en el país y en el mundo»,
dice el padre Hans. E insiste: «¿A qué se debe que las
universidades en Bolivia no sean capaces de competir en
ningún ranking mundial? Precisamente a eso, a la ausencia
de investigación, y también a la falta de actualización de
sus docentes». Investigar —lo sabe el padre Hans— quiere
decir invertir: «Sí, lo sé, y por eso mismo creo que hay que
invertir en iniciativas de investigación relacionadas con la
problemática actual —la cuestión del clima, por ejemplo,
y desde una carrera que tenemos, la Carrera de Ingeniería
Ambiental—, de manera que así, a partir de nuestra propia
iniciativa en la investigación, generamos y producimos

193
prestigio y confianza, para luego, en una segunda instancia,
recibir encargos. Esto, recibir encargos de investigación, es
el camino, no sólo para ser una universidad verdadera, sino
una universidad que fortalece su economía a través de los
ingresos que pueden generar esas iniciativas de investigación,
unos ingresos que necesitamos urgentemente, sencillamente
porque, además de la investigación, ¿qué se espera de una
universidad de peso, de una universidad de prestigio?: que
esté al día con la tecnología, que seamos capaces de invertir
en tecnología, algo que todavía no podemos hacer».

La perspectiva que plantea el padre Hans para la Universidad


estaría incompleta sino se responde a otra pregunta: ¿quién
investiga en esa «universidad verdadera»? «He planteado
siempre la necesidad de tener en la Universidad dos tipos
de académicos, los docentes y los investigadores. En el caso
de los investigadores, y por la importancia que tiene su
relación con el estudiantado, para también transmitir sus
conocimientos y constituirse en un elemento enriquecedor
para los estudiantes, éstos deberían dictar como máximo
una materia, y el resto de su tiempo dedicarlo plenamente a
la investigación. Y esto, naturalmente, tiene que ver con otra
necesidad, la necesidad urgente de contar con un mayor
número de especialistas de mayor calificación, es decir, de
doctores. En esa línea, y durante mi gestión, hice todos los
esfuerzos posibles para introducir el doctorado en la misma
Universidad. Creo que al menos cuatro de nuestras carreras
pueden ofrecer el doctorado».

Si esas son las palabras, éstos los hechos. En agosto de 2007,


durante la gestión del Rector Hans van den Berg, se aprobó

194
el actual Modelo Académico de la Universidad Católica
Boliviana. Entre ese mismo año (2007) y el año 2009, se
aprobó la puesta en marcha, en la Unidad Académica de la
Paz, de cuatro institutos de investigación: el Instituto para
la Democracia (IpD, 2007), el de Investigaciones Aplicadas
(2008), el de Investigación en Ciencias del Comportamiento,
el de Emprendimiento y Competitividad (2008) y el Instituto
de Investigación sobre Asentamientos Humanos (2009).
En la Unidad Académica de Tarija se creó el Instituto de
Investigaciones de Ingeniería Civil, y en la de Santa Cruz
el de Medicina (2012). Y a propósito de lo que el padre
Hans denomina una «una universidad verdadera», es
decir una universidad que investiga y que tiene programas
de doctorado, en su gestión se aprobaron los reglamentos
para el Doctorado en Economía, Ingeniería y Ciencias,
Psicología, Arquitectura y Comunicación Social. Otro
dato: en 2011 la Junta Directiva de la Universidad aprobó
la creación la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales en
la Unidad Académica de La Paz.

Volvamos al diálogo.

La Universidad va a cumplir cincuenta años de


vida… «La celebración de los cincuenta años, lo digo
así, tajantemente, tiene que ser una celebración de
proyección, y no de recuerdo. Forzosamente, la Católica,
en su medio siglo de vida, tiene que presentar su
proyección hacia el futuro, y eso quiere decir proyectarse
a eso que digo, hacia una universidad que investiga, que
promueve los doctorados y que tiene en sus filas a un
mayor número de especialistas y docentes con mayor

195
calificación. Una universidad verdadera. Debe ser una
celebración de proyección, sino no tiene sentido». ¿Qué
le han dejado, padre Hans, sus cerca de cuarenta años de
vida volcados hacia la Universidad? «Soy una persona
de comunidad, y todo mi gran afán ha sido hacer de la
Universidad una buena comunidad donde la gente se
entiende, donde no hay un Rector y sus directivos que
están en la torre de marfil, una Universidad en la que
se crean equipos y se fomenta el trabajo en equipo. Esto
para mí ha sido fundamental». ¿Puede ser ése el sentido
de ser una Universidad católica? «Sí, y éste es un tema
que he trabajado silenciosamente, eso de poner toda la
atención posible a la creación de comunidades. Ésta es
mi vida, ésta ha sido mi vida, vivir en comunidad. Y
esto, para mí, es el catolicismo de la Católica, un lugar
donde cualquier ser humano que está adentro, sea el
doctor Morales o la Isabelita, tiene el mismo peso y
la misma importancia. Y creo que de alguna manera
lo he logrado, y no es ningún mérito, porque para mí
éste ha sido mi concepto y mi empeño católico. Pero
además, esto del catolicismo en la Universidad, es decir,
construir comunidad, tiene que ser algo muy real y no
artificial…». Una última pregunta, padre Hans: ¿de qué
ha disfrutado más en sus ocho años como Rector de la
Universidad? «Más que nada —y esto tiene que ver con
lo que dije de la comunidad—, de la convivencia. Para
decirlo de una manera muy clara y sincera: ni un solo
día he ido con mal gusto a la Universidad. Sabía que
allá encontraría a mis colegas y amigos, compartiendo
un ambiente de paz, serenidad y compañerismo. No
teníamos un equipo, éramos un equipo».

196
Vista parcial de la unidad regional en La Paz

La capilla “ El Arca” en La Paz


Algo ha quedado sin escribirse luego del diálogo con el
padre Hans: los estudiantes de la Católica. Él, que nunca
tuvo problemas con ellos, echa en falta su presencia en la
Universidad. Su presencia organizada, claro, «algo que se ha
ido perdiendo». «Yo recuerdo, en los mejores tiempos —nos
dijo el padre Hans—, que todos los centros de estudiantes
tenían su presidente, y todos ellos estaban presentes en los
actos solemnes e importantes de la Universidad, junto a los
dignatarios de nuestra institución, con la Junta Directiva, el
Rector, los jefes de Carrera, los profesores… algo que se ha
ido perdiendo».

Pues bien, y ya en camino de cerrar esta historia, aquí


están tres estudiantes de la Católica, tres de aquellos
primeros estudiantes de la Universidad, para revisitar el
pasado, pero también para imaginar el futuro, después
de cincuenta años de Universidad Católica Boliviana.
Nos comunicamos con ellos vía correo electrónico, y les
preguntamos sobre la Universidad en aquellos primeros
años, y sobre la Universidad que quisieran, después de
2016. Primero, aquellos años.

Miguel Urioste F. de C., egresado de la Carrera de


Economía en 1971:

«La Universidad era una comunidad de profesores y alumnos muy


pequeña y compacta. Todos conscientes de que éramos una “cosa
rara” en el país, en medio de la hegemonía plena de la universidad
pública, estatal. Los pocos alumnos que iniciamos esos años (1967
en mi caso, la segunda promoción) no llegábamos a un centenar,
la mayoría provenientes de colegios católicos y algunos becarios
hijos de mineros.

198
»Eran los tiempos del debate inicial de la Teología de la Liberación,
de las luchas sociales, de las guerrillas del Che en Ñancahuazú,
primero, y de Teoponte después, guerrillas que marcaron nuestras
vidas de estudiantes rebeldes. Y por eso mismo, nuestros estudios
estuvieron marcados por un contexto de lucha social para el
ejercicio y la recuperación de la democracia. Esta marcada
politización no conspiró contra la calidad de nuestra enseñanza.

»Contábamos con muy buenos y selectos profesores en las carreras


de Economía, Administración y Psicología, maestros de teatro y
música, y actividades de extensión universitaria (campamentos de
trabajo en las minas y en las comunidades campesinas más pobres
y alejadas del altiplano) donde interactuábamos entre alumnos
de las tres carreras, comuneros campesinos indígenas y mineros,
aprendiendo de sus durísimas condiciones de vida, trabajo y
pobreza.

»Teníamos un Centro de Estudiantes muy activo, lleno de


iniciativas políticas, culturales, artísticas, recreativas, académicas.
No teníamos comodidades físicas, los ambientes eran precarios,
pero en medio de muy lindos jardines señoriales que invitaban
a la reflexión. Era una época de sentimiento épico, de lucha, de
canciones de protesta y actitudes de vida de entrega y sacrificio
cristiano, humanista y marxista.

«Obviamente, estos pensamientos no eran únicos ni uniformes,


había luchas internas, conflictos, peleas y tendencias, pero era
un lindo ambiente de juventud creativa y llena de ansias de
conocimientos para conquistar el mundo al servicio de Bolivia.
Creo que los jóvenes estudiantes y profesores, le dimos a la UCB
un espíritu renovado dentro de la Iglesia, un espíritu innovador
y rebelde que posiblemente duró una década. El crecimiento, la
ampliación de la Universidad y el correr del tiempo, le fueron
quitando esta mística que se respiraba al principio. Una vez
consolidada e institucionalizada, los tiempos cambiaron.»

199
Fernando Prado Guachalla, egresado de la Carrera de
Economía en 1973:

«La Universidad Católica Boliviana era un puñado de jóvenes con


grandes ideales de igualdad y justicia social. En 1968 éramos cerca de
doscientos estudiantes repartidos en tres promociones. El contacto, la
convivencia y la discusión de las ideas, por tanto, se llevaban de manera
fácil, práctica y permanente.

»Los verdaderos guías con los que contamos fueron Francisco Nadal,
Pedro Bassiana, Federico Aguiló, Miguel Manzanera y Salvador
Romero, entre otros. Ellos buscaban inculcar en todos nosotros la
necesidad de que la Universidad fuera una “agencia de Cambio” en la
vida nacional.

»En esa época, todos hacíamos de todo: estudiar, participar en el


Centro de Estudiantes, competir en los diversos deportes; formamos
y fortalecimos el Teatro de Ensayo de la Universidad con variadas
obras que siempre fueron exitosas; luego vino la Coral y otros variados
conjuntos musicales que surgieron del estudiantado. Nos dábamos
tiempo para todo.

»La búsqueda de la igualdad social, del tratar de reparar las inequidades


e injusticias entre la población urbana y rural, nos llevó a crear un
programa anual de convivencia con los campesinos del área del Lago
Titicaca, en La Paz. “Campamento”, lo llamamos, y consistía en pasar
alrededor de un mes en una población (Villa Ispaya fue la elegida),
ayudando a la construcción de la escuela o el camino, pero sobre
todo en la reflexión político-social de las causas y consecuencias del
marginamiento de los habitantes del campo de los avances y desarrollo
de la vida en las urbes.

»En una palabra, los años que pasamos en la Universidad, durante el


período fundacional y el de su consolidación, marcaron definitivamente
nuestra manera de concebir el mundo que nos rodeaba. En esos años
fortalecimos nuestra opción preferente por los pobres.»

200
Rolando Terrazas Salinas, egresado de la Carrera de
Economía en 1973:

«Ingresé a la UCB el año 1968, formando parte de la que


posteriormente sería la tercera promoción. Existían únicamente
las carreras de Administración de Empresas y Economía, con un
alumnado que probablemente no superaba las 150 personas. El campus
era relativamente pequeño, y el reducido número de alumnos creó las
condiciones propicias para que rápidamente se generara un espíritu
de cuerpo entre alumnos y profesores, acompañado de una identidad
profunda con la institución. Los permanentes rumores, reales o no,
acerca de una inminente intervención de la universidad estatal, opuesta
a la creación de esta primera universidad privada del país, contribuyeron
también a fortalecer ese sentimiento de defensa de la Universidad.

»En esos años, casi todo estaba por hacerse. El pensum de cada carrera
era elaborado casi a medida que un grupo pasaba al siguiente nivel y
era ajustado en función de experiencias propias y las procedentes de
otras universidades. Se discutía acerca de la conveniencia y capacidad
para construir un campus universitario propio, con capacidad para
crecer, o permanecer donde se estaba.

»También estaba en proceso de debate el propio gobierno de la


Universidad y el rol que en él habrían de tener los estudiantes. La realidad
en la que se desenvolvía la UCB, en medio de gobiernos nacionales
generalmente militares de corte dictatorial, y un contexto internacional
sacudido por movimientos sociales, agravado por la reciente muerte del
Che Guevara en Bolivia, impactaron necesariamente a la comunidad
de la UCB, generando un amplio debate interno, a veces público
pero mayormente soterrado, acerca del rol de los estudiantes y de la
Universidad.

»Y un tema no menor, totalmente interno: la aparente contradicción


entre una universalidad de pensamiento, propio de una universidad, y
el hecho de formar parte de una institución confesional. Estos debates
concluyeron con la incorporación y muerte de varios compañeros
en la guerrilla de Teoponte y el posterior cierre de las universidades.

201
Estos hechos marcaron de por vida a los estudiantes de esa época,
comprometidos con su realidad.»

Miguel Urioste fue estudiante y dirigente estudiantil de


la Universidad entre 1967 y 1971. Luego fue asistente,
investigador junior y profesor entre 1972 y 1977. Antes de
responder a la segunda de nuestras preguntas nos dice: «Me
sentí y me siento orgulloso de pertenecer a la Universidad.
Fue parte central de mi vida, y en un momento muy
importante. Me da mucha pena que mis dos hijos que
estudiaron en la UCB no tengan el recuerdo y el cariño
que yo le tengo». ¿Cómo imagina la Universidad después
de 2016?:

«Me gustaría imaginarla creciendo más lentamente, con menos alumnos


y menos edificios. Más selectiva, más profunda, más cristiana en la línea
del Papa Francisco, con egresados de mayor calidad y con mayores
niveles académicos y científicos. Una Universidad más comprometida
con los cambios sociales necesarios en Bolivia.»

Fernando Prado responde a la citada segunda pregunta:

«Imagino una Universidad más técnica, más científica, investigando e


innovando. No haciendo más de lo mismo. Hoy han proliferado las
universidades en nuestro medio. Si la UCB no hace algo realmente
diferente y que impacte en la vida de los habitantes de Bolivia, será una
más del montón, y se habrá traicionado los postulados con los que fue
creada.

»Imagino una UCB comprometida con el cambio, el cambio genuino


y no aquel del que la demagogia hace su estandarte. Una Universidad
para y con Bolivia. No esa torre de marfil, ese laboratorio antiséptico
que no se conduele con la realidad de los más marginados.

»El verdadero cambio y transformación de nuestra sociedad vendrá de

202
la mano de la educación y de la salud. Sin educación y salud, todo el oro,
el petróleo, el gas y demás materias primas, se irán por las alcantarillas,
sin haber hecho mella en un desarrollo humano y económico sostenible
de los bolivianos.

»Esa es la Universidad que imagino para el futuro. La verdadera


“agencia de cambio” que soñamos un día, hace ya mucho tiempo, y
que nunca se fue de nuestro corazón.»

Rolando Terrazas ingresó a la Universidad en 1968 y estuvo


integrado a ella hasta 1980. Fue ayudante de cátedra,
dirigente estudiantil, ayudante y profesor de la Carrera
de Economía y miembro del Instituto de Investigaciones
Socioeconómica, IISEC. ¿Cómo imagina el futuro de la
Universidad?:

«Aprovecho la oportunidad para manifestar mi preocupación por el


futuro de nuestra Universidad. De no tomarse medidas oportunas, creo
que la UCB continuará experimentando el deterioro académico que ya
presenta ahora, pues dejó de ser un referente de calidad en el mundo
profesional. Pareciera que se privilegia la cantidad por encima de la
calidad, creciendo aceleradamente en disciplinas, carreras y alumnos. Y
no se puede ser bueno en todo. Tampoco parece observarse (visto desde
afuera) a una comunidad universitaria preocupada y comprometida
con su realidad. Y un último comentario: creo que la UCB se equivocó
al permanecer en las actuales instalaciones y no haber encarado,
oportunamente, la construcción de un apropiado campus universitario.
Debería hacerlo.»

Cuando Monseñor Tito Solari Capellari llegó a Bolivia,


en 1974 como joven sacerdote, tenía 34 años y una gran
pena que entristeció su espíritu. Desde que se había hecho
sacerdote salesiano, en diciembre de 1965, se prometió a
sí mismo estar siempre vinculado a la universidad, decidió
estar siempre inscrito en al alguna carrera universitaria,

203
con el único fin de rendir exámenes cada año. «Ése era mi
deseo, estar en permanente contacto con la juventud, sobre
todo con el espíritu que lleva la juventud universitaria, y de
mantener siempre abierto mi corazón y mi mente en busca
de la verdad y de los conocimientos. Éste era mi espíritu».
El sacerdote y misionero salesiano de entonces tuvo como
su primer destino en Bolivia San Carlos de Yapacaní, un
pueblecito perdido en el oriente del país, situado en el
oeste del departamento de Santa Cruz de la Sierra, a 120
kilómetros de su capital, la ciudad de Santa Cruz, en donde,
claro, no había ni la sombra de una universidad. La pena y
la tristeza, sin embargo, durarían muy poco.

Siete años después de haber llegado a Bolivia, en 1981, el


ahora Arzobispo Emérito Monseñor Tito Solari Capellari,
nacido en Pesariis, un pueblo rural y lleno de bosques
del norte de Italia, en 1939, ya se había convertido en la
principal autoridad de la Congregación Salesiana en el
país, en su Provincial. Y en ese mismo año, el entonces
presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana, Monseñor
Luis Rodríguez Pardo, le envió su nombramiento como
integrante de la Junta Directiva de la Universidad Católica
Boliviana. Desde ese momento y hasta hace poco —hasta
noviembre de 2015—, Monseñor Tito Solari fue parte de la
Universidad, durante treintaicuatro años. Ese año, en 1981,
había recuperado uno de sus más preciados anhelos, estar
en contacto permanente con la vida universitaria.

«Lo primero que me impactó de la Universidad, allá


en 1981, fue que era como un gran colegio, con cerca o
poco más de ochocientos estudiantes. Era una universidad

204
pequeña, pero tenía grandes proyectos y anhelos, y ya tenía
fama de ser una buena universidad. Capté inmediatamente
que aquello era importante, que la sociedad valoraba a sus
estudiantes y a la propia Universidad. Pude sentir que algo
especial había en esta Universidad, tenía un buen espíritu,
tenía luz, tenía valor». Monseñor Tito Solari, como miembro
de la Junta Directiva de la Universidad, acompañó a varios
Obispos de la Iglesia en la tarea de conducirla. Recuerda
a Monseñor Jesús Juárez, a Monseñor Nino Marzoli y, en
especial, a Monseñor Edmundo Abastoflor, quien —nos
dice— «ha llevado a cabo su labor en la Universidad con
responsabilidad, con competencia, con entrega y con una
fuerte sensibilidad».

Monseñor Solari, hasta hace poco Arzobispo de


Cochabamba, identifica como una de las etapas más
intensas de su tarea en la Universidad, aquella en que «se ha
fortalecido el ámbito administrativo y cuando su economía
se convirtió en una fortaleza». «Esto le da a nuestra
Universidad una base fuerte y una garantía de poder servir».

Un saludable estado de las finanzas como garantía de


poder servir. En la sencillez de estas palabras, tantas veces
infrecuentes cuando se habla de economías, hay una
profunda espiritualidad, la que emana de Monseñor Solari.
Por eso, cabe aquí, simplemente, escucharlo y reproducir sus
palabras.

Sobre los desafíos que enfrente la Universidad, medio siglo


después de fundada: «El desafío de nuestra Universidad
es el de volver a la naturaleza misma de la universidad,

205
es decir, volver a la reflexión de la persona, para que sus
estudiantes no se dediquen sólo al estudio de una carrera,
de una especialidad, sino que procuren comprender todo
el contexto de lo que significa la naturaleza, la filosofía, el
saber, la historia, y cómo se ubica la persona humana, el ser
humano, en ese contexto».

Sobre el estudiante universitario: «El estudiante de una


universidad tiene que tener una visión más amplia, más
abierta. El joven que ingresa a la universidad tiene que salir
de allí descubriendo el sentido de la vida, y, teniendo un
sentido de su vida, un sentido de su misión para el bien
común de la sociedad. Tenemos que liberar y abrir la visión
de los estudiantes no sólo a los intereses y a las metas que
se propone una persona, sino a confrontar sus metas con el
bien de los hermanos, a estar en contacto, en relación con
los demás, y crear una cultura de solidaridad. Como decía
siempre San Juan Pablo II, hay que globalizar la solidaridad,
no sólo vivir en la globalización, sino globalizar lo que más
importa, nuestra fraternidad, nuestra sociedad».

«Por favor —nos pide Monseñor Tito Solari, refiriendo la


inclusión de sus palabras en este texto y al concluir el diálogo
con él—, que no falte mi expresión de agradecimiento, mi
gratitud sincera que siento profundamente en el corazón
por haberme concedido participar tantos años en la Junta
Directiva, y de haber recibido tanto de nuestra Universidad.
Agradezco a Dios y a la Universidad».

Ha llegado la hora de cerrar este texto.

206
Sábado. Nueve de la mañana en punto. Quizá el mejor día
y la mejor hora para charlar larga y distendidamente. La
prueba es que durante poco más de tres horas de diálogo,
hasta pasado el mediodía, no sonó el teléfono ni una sola
vez. El actual Rector Nacional de la Universidad Católica
Boliviana ha leído casi todo lo que hasta aquí se ha escrito,
ha sido generoso en su lectura y en sus aportaciones, y
paciente en el diálogo, abierto y franco. A Marco Antonio
Fernández Calderón le ha tocado en suerte ser el Rector del
medio siglo de vida. El Rector tiene mucho que decir.

Para comenzar, se le presentan al Rector las notas que


tres ex estudiantes de la Universidad escribieron para este
texto (tres notas que hasta ese momento no había leído,
y que figuran aquí, unos párrafos atrás). Son tres notas
que retratan con autenticidad y verdadera nostalgia la
Universidad de los años setenta, y que miran críticamente la
Universidad de hoy. Y se le recuerda al Rector, además, que
su inmediato antecesor reclama enérgicamente la ausencia
de investigación en la Universidad Católica de hoy. Así
comienza el diálogo. [Un diálogo que, por su extensión, y
pensando en el lector, nos obliga al uso de subtítulos que
remarcan el tema tratado.]

Una Universidad en otro contexto, una Universidad


que investiga. «Situarnos en este año 2016, cuando
cumplimos medio siglo de vida en la Universidad Católica
Boliviana, nos obliga a pensar en los distintos contextos en
los que se ha desarrollado nuestra historia. Unos han sido los
contextos en los que se ha fundado la Universidad, y otros
muy diferentes los que enfrentamos hoy como comunidad

207
universitaria. Esto, sin embargo, de ninguna manera
quiere decir que los propósitos y sueños de los fundadores
de la Universidad hayan desparecido. Al contrario, esos
propósitos y sueños permanecen». Unos los contextos de los
años setenta, y otros los nuestros, los de hoy, nos ha dicho el
Rector. Tiene los pies calando firmemente la tierra. Vamos
al otro tema, la investigación. La respuesta es larga, vale la
pena transcribirla casi en su totalidad.

«Ciertamente, uno de los desafíos centrales para la Universidad


Católica de hoy es el de la investigación. Nosotros hemos
decidido ser una Universidad que investiga, y por ello, el
ámbito de la investigación tiene, en nuestro Plan Estratégico
Institucional 2014-2020, la misma importancia que
la formación, la interacción social, la Pastoral y la gestión
institucional. Estos son nuestros cinco ámbitos de trabajo.
Ahora bien, ¿cómo se puede asumir este reto de manera
seria, pertinente y con un alto nivel académico? Creemos
que en estos tiempos es imposible enfrentar las tareas de
investigación sin vincularse con las comunidades científicas
internacionales, y para ello se tiene que tener capacidad
institucional, recursos humanos y financieros, y tiempo. En
términos aún más concretos, esto significa que tenemos que
ser capaces de construir un Sistema de Carrera Docente,
un sistema donde deberá estar definido claramente cuál es
el camino o trayectoria que deberá recorrer un docente que
quiere crecer como académico en la Universidad. La principal
consecuencia de la implantación de este sistema es que nos
obliga a pensar en un académico de tiempo completo. Y esto,
nos parece, es una de las primeras bases sobre las que se debe
construir la investigación en la Universidad».

208
Tenemos que detener aquí la argumentación del Rector.
Tenemos que hacerlo porque ésa, la idea o el propósito de
construir un Sistema de Carrera Docente, es una tarea que,
hasta donde se han leído los viejos papeles de la Universidad,
no aparece en ninguna parte. Se trata, además, de una idea
a la que el Rector Fernández le pone cifras concretas: será
un sistema en el que, en aproximadamente en trece años, un
docente de la Universidad tendrá la certeza de convertirse en
Profesor Titular o Pleno, luego de que haya iniciado su carrera
como Profesor Adjunto, durante seis años, y después de ejercer
su carrera como Profesor Asociado, durante siete años.

«Naturalmente, otra de las bases para hacer investigación en


la Universidad es que quien la haga debe tener las capacidades
para hacerlo. Y en el mundo actual, esto significa que esos
investigadores deben tener un doctorado, un PhD, el más
alto y preeminente grado académico. Pero además, se trata
de que esos doctores tengan la capacidad de incorporarse e
interactuar con esas comunidades científicas internacionales
y, tan importante como esto, tener la capacidad de presentar
temáticas relevantes que aporten a esas comunidades y
permitan el avance del conocimiento. Todo esto, al mismo
tiempo, implica construir y desarrollar vínculos y acuerdos
con otras universidades, y esto es algo que estamos haciendo.
Tenemos, por ejemplo, un convenio con la Universidad
Politécnica de Valencia, un programa en el que se forman
veinticinco profesionales de la carrera de Ingeniería
Ambiental en recursos hídricos, una temática fundamental
para Bolivia y el mundo. Este convenio nos permitirá contar
con al menos quince doctores en esa materia».

209
Luego del ejemplo, el Rector Nacional sintetiza y resume:
«Entonces, nuestro empeño como Universidad en el
ámbito de la investigación consiste en la construcción
de una secuencia: la definición de líneas estratégicas de
investigación; el establecimiento de convenios específicos
con universidades internacionales de reconocido prestigio
que nos ayuden en nuestro propósito de formación doctoral,
diseño de programas de formación a nivel doctoral, el
desarrollo de capacidades institucionales propias para atraer
y retener a esos profesionales una vez formados con grado
doctoral (por ejemplo: carrera académica, laboratorios
modernos, tecnología, recursos financieros para investigar);
y capacidad de interacción con comunidades científicas
internacionales». ¿En cuántos años espera usted convertir
estos propósitos en realidad, señor Rector? «Hemos
empezado ese proceso y pensamos que en el año 2020
tendremos al menos una masa crítica de cerca de treinta
doctores formados en diferentes áreas y trabajando en la
Universidad».

Una Universidad que planifica y se evalúa. Hasta


aquí, el Rector Fernández ya nos ha entregado, además de
la idea aquella de construir un Sistema de Carrera Docente,
un par de cifras en las que parece necesario detenerse: la
última de ellas: «una masa crítica de cerca de treinta doctores
formados en la Universidad»; y la otra: los probables quince
doctores que provendrían del convenio con la Universidad
Politécnica de Valencia. De repente, y en sólo seis años, los
que fija el referido Plan Estratégico Institucional 2014-
2020, la Universidad comenzaría a «poblarse» de doctores.

210
Pero además, está ese otro dato, el que aparece al principio
de este último acápite, tan significativo como los anteriores:
«saltar» de los setenta actuales docentes de tiempo completo
en la Universidad, a doscientos en 2020. ¿Qué ha cambiado
en la Universidad, o qué está cambiando para que esto
suceda, Rector?, ¿es esto realmente posible? «Sí, es posible, y
es posible porque para ello contamos con una herramienta,
nuestro ya referido Plan Estratégico Institucional, que
permite articular el trabajo de todas las unidades académicas
regionales para avanzar juntos. Pero además, debo decir que
para el desarrollo de los retos específicos allá donde esté la
Universidad, hemos elaborado las Estrategias Regionales
de Desarrollo. Hoy, cada una de nuestras unidades en La
Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Tarija tiene su plan. Hasta
hace poco, la creación de carreras obedecía a otro tipo de
impulsos: si La Paz creaba una carrera, se creía necesario
crearla también en Santa Cruz. Ahora no es así. Cada una de
las unidades regionales tiene que tener su propia propuesta
de valor, identificar sus capacidades de crecimiento y, sobre
todo, la capacidad de responder a las necesidades regionales.
Y tiene que ser líder en ello. En términos aún más precisos y
concretos, lo que hicimos en estos dos años es implantar una
cultura de la planificación, una cultura de la planificación que
permite alinear todos los esfuerzos en función de los objetivos
institucionales. Y la planificación, como bien sabemos, viene
de la mano de la evaluación. Ahora, en la Universidad,
sentimos también la necesidad de evaluarnos, la necesidad
de una cultura de la evaluación».

Tan amigo como es de los contextos, y de los ejemplos,


le pedimos al Rector Fernández que cite unos ejemplos

211
concretos de esa «cultura de la evaluación». «En los
últimos dos años, desde el año 2014, tenemos nueve
carreras acreditadas; antes, durante todo ese tiempo,
eran apenas dos. Y este año vamos a tener otras cuatro
más. Esto es hablar de evaluación, y de calidad, porque la
acreditación nos obliga a realizar algo así como auditorías
técnicas académicas, entrar profundamente a cada carrera
y evaluar cosas que durante mucho tiempo no se han
actualizado, muchas veces sencillamente porque es más
cómodo, porque es menos comprometedor no abrirse a
ojos externos que vengan a indagar qué estás haciendo,
cómo lo estás haciendo, cuál es tu bibliografía, si tienes
laboratorios, si tienes biblioteca, qué dicen los empleadores
de tus graduados, etc. Exactamente eso es la autoevaluación
y la acreditación». Pareciera ser éste, por el tono en que lo
dice, el mayor orgullo de su gestión, ¿es así, Rector? «Sin
duda, debemos sentirnos orgullosos por esta tarea, como
nos sentimos orgullosos de que la Carrera de Economía,
en octubre de 2015, haya sido acreditada por el Comité
Ejecutivo de la Universidad Boliviana, CEUB, con el
máximo porcentaje de nota a nivel nacional, alrededor
del 96 por ciento y así en muchas de nuestras carreras
acreditadas. Ahora estamos pensando en ir a la acreditación
internacional. Y déjenme decirles algo más, al respecto:
otro frente en el que estamos trabajando intensamente es
en la modernización del modelo de gestión. La Universidad
ha crecido a gran ritmo y no queremos caer en la “crisis
del crecimiento”. Ello implica que los sistemas de gestión
administrativa y la propia administración educativa deben
ir acordes al crecimiento de nuestra Universidad».

212
El Rector Fernández ha tocado otro de los viejos
temas de debate en la Universidad, su crecimiento.
Y la Universidad ha crecido, y sigue creciendo. ¿Tiene
límites ese crecimiento?, ¿tiene que ver, en alguna medida, con
el crecimiento del país y de sus necesidades en el ámbito de
la Educación Superior? «No tenemos dudas respecto de que
nuestro país está creciendo, y que lo seguirá haciendo. Este
crecimiento abre nuevas perspectivas para todos los sectores.
Pero además, si observamos el país y pensamos en el aporte
que le queremos entregar, lo que vemos es que, efectivamente,
hay muchos nuevos actores en todos los ámbitos, y muchos
de ellos buscan nuevas capacidades y posibilidades en torno
a su educación, y esto —pensando en nuestro aporte al país,
reitero— nos involucra directamente como Universidad. Se
trata, al mismo tiempo, de un proceso que nos exige nuevos
retos». Y entre esos retos seguramente está el de aproximarse,
con la mayor certeza posible, a eso que puede llamarse el
«perfil» del estudiante de la Católica, algo que, curiosamente,
Rector, no aparece, por ejemplo, en el Plan Estratégico
Institucional… «Es cierto que los estudiantes no figuran en
nuestro Plan Estratégico, porque ese documento solo muestra
una metodología de trabajo y directrices estratégicas, pero
gran parte sino todo los resultados, producto de esa nuestra
estratégia, estan orientados a optimizar el valor que les
queremos brindar a nuestros estudiantes. En resumen, dicho
plan basicamente es el instrumento que nos indica hacia
dónde vamos pero el centro y la inspiración de él son los
estudiantes y el país en su conjunto. En cuanto al “perfil” de
nuestros estudiantes, sí lo tenemos, y coincide con un estudio
elaborado por la Federación Internacional de Universidades

213
Católicas hace cuatro años. Nuestro Plan Estratégico, debo
remarcarlo, ha sido hecho pensando en los estudiantes, y ha
sido formulado para ellos».

Está claro, el Rector Fernández no deja puntada sin hilo.


Sigamos. Insistimos: ¿cuál es el «perfil» del estudiante de la
Universidad Católica en este nuevo siglo? «Nuestro interés
por conocer el perfil de nuestros estudiantes nos ha llevado a
hacer un ejercicio cuyos resultados creemos que coinciden,
al menos en alguna medida, con el referido crecimiento del
país, y con la ampliación de sus fronteras internas. Es muy
probable que los estudiantes de nuestra Universidad, allá
en los años setenta u ochenta, procedieran, en términos de
su lugar de vivienda, de la Plaza San Francisco hacia abajo.
Hoy, y después de hacer el ejercicio que mencionamos,
sabemos que en La Paz la mayor cantidad de estudiantes
proviene de la Plaza San Francisco para arriba». Esto, sin
duda alguna, Rector, supone un vuelvo sustancial para la
Universidad. ¿Está preparada la Universidad para encarar
este nuevo desafío? «Estamos trabajando en ello. Sabemos
que la educación de segundo nivel, el de secundaria, en
general presenta debilidades; lo sabemos porque ya hemos
enfrentado problemas derivados de esta situación, y por
ello hemos creado la llamada “Unidad de Articulación con
la enseñanza secundaria” que nos permitirá fortalecer las
capacidades que los estudiantes de primer año deberían
haber traído a la Universidad. Podemos hacerlo». Lo que
no supone, imaginamos, que la Universidad Católica deje
de ser la Universidad que fue… «No, por supuesto que no.
No dejaremos de ser, de manera alguna, la Universidad que
somos, la Universidad que construimos durante cincuenta

214
años de vida, en la cual la calidad es fundamental,
conectados tanto con la realidad nacional como con la
dinámica realidad internacional. Seguiremos haciendo lo
que sabemos hacer, buscar la formación integral de nuestros
estudiantes. Pero también buscaremos la innovación. Ahí
tenemos, como ejemplo, la Escuela de la Producción y de
la Competitividad, la ePC, cuyo origen se encuentra no
sólo en las primeras maestrías de nivel internacional que
se dictaron en Bolivia y en nuestra Universidad, sino en
la mejor Escuela de Negocios del país (Maestrías para el
Desarroollo, MpD). Hoy, en la ePC, las clases que cursan
cerca de 400 estudiantes, a partir del sexto semestre, se
desarrollan completamente en inglés…» ¡Una verdadera
noticia, Rector! «Y lo estamos haciendo con tecnologías
educativas de vanguardia. No podemos dejar de participar
en los desafíos que hoy nos presenta el mundo de la educacíon
superior. Y no dejaremos de proyectarnos hacia el futuro.
Cito dos ejemplos: un “Territorio Inteligente” en la
UCB en La Paz, y un nuevo programa financiado
por el Consejo de Universidades Flamencas (VLIR)
patrocinado por el gobierno de Bélgica, y al que accedimos
por méritos propios, a través de un concurso internacional».

Las «novedades» suman y siguen. «Territorio Inteligente” y


ese «Programa VLIR». Abrimos un paréntesis en el diálogo
con el Rector para describirlas:

Un «Territorio Inteligente» en La Paz. La Universidad acaba de


adquirir un terreno en Achumani, para instalar allí un nuevo programa
de emprendimiento, innovación y tecnología. Será un centro en el que
confluyan los mejores y los más inquietos estudiantes de diferentes
carreras precisamente para eso, para emprender, innovar y para generar

215
tecnología al servicio del país en un “Territorio Inteligente”. Será un
territorio en el que se trabajará con una modalidad que se utiliza en
los países más avanzados, el co-work, una modalidad de enseñanza
cuyo centro es el trabajo cooperativo. Se busca que este programa sea
un señalizador en La Paz y en Bolivia; se trata de fortalecer el espíritu
emprendedor de los estudiantes; se trata de generar innovación e
investigación aplicada para solucionar problemas concretos del país
junto a los otros actores: sector privado, gobierno nacional, gobierno
municipal y otras universidades.

Un nuevo programa VLIR. El VLIR es un programa de Cooperación


Institucional Universitaria del Consejo de Universidades Flamencas.
Su propósito es fortalecer el desarrollo académico e institucional de
universidades como la Universidad Católica, buscando mejorar sus
capacidades de investigación científica, calidad académica y de servicio
a la sociedad. Es un programa dirigido a un número limitado de
universidades con cierto potencial, aquellas que sean líderes en algunos
temas en su respectivo país y en la región. El programa funciona a través
de una invitación para presentar un proyecto, un proyecto que concursa
con otros de diferentes universidades. En este caso, la Universidad
Católica Boliviana concursó por Bolivia junto a la Universidad Mayor
de San Andrés y la Universidad Mayor de San Simón. Luego de una
evaluación de los proyectos, se eligió a la Universidad Católica. Es un
programa de apoyo con 500 mil dólares anuales durante diez años para
trabajar en cinco ámbitos: Desarrollo Social, Gestión Integral de Agua,
Desarrollo Productivo, Proyecto Soberanía y Seguridad Alimentaria, y
Derechos y Resolución de Conflictos Indígenas.

Volvamos al diálogo.

Salir de las aulas, una necesidad imperiosa. Marco


Antonio Fernández Calderón es uno de los pocos católicos
en el país que acude a la palabra del Papa Francisco para
explicar y explicarse las cosas de este mundo. Así se lo
dijimos, recordando sus propias palabras, cuando, apenas

216
iniciado el diálogo, el Rector Nacional de la Universidad
Católica Boliviana se preguntaba, y les pegunta a sus colegas,
los rectores regionales: ¿qué clase de profesionales estamos
formando?, qué nos diría el Papa Francisco sobre lo que
estamos haciendo? «Éste un tema que nos provoca muchas
preguntas y sobre el que ya estamos trabajando. Como guía,
ciertamente, tenemos las palabras del Papa Francisco cuando
visitó el país, especialmente aquellas que pronunció en su
encuentro con los movimientos populares en Santa Cruz.
Allí el Papa Francisco, con esa su manera abierta y franca
que lo caracteriza, nos dijo que este sistema ya no se aguanta,
que este sistema de injusticas, exclusión social y destrucción
de la naturaleza ya no va más. Y entonces, nosotros tenemos
que preguntarnos qué hacen nuestros egresados cuando
salen de la Universidad respecto de ese sistema, tenemos que
preguntarnos si esos estudiantes, en su vida profesional, son
capaces de guiar sus vidas acompañados de paradigmas del
humanismo cristiano que los ayuden a la construcción de un
orden temporal querido por Dios». ¿Cómo se hace eso en la
Universidad, Rector? «Por el momento, lo que hemos hecho
es iniciar la discusión sobre el tema con nuestros colegas.
Queremos y tenemos que ampliar esa discusión para imaginar
un vehículo que nos ayude a encontrar respuestas; tenemos
que jugarnos por eso que llamo un Modelo Académico
Integral; tenemos que intervenir en el modelo actual para
asegurarnos de que la formación de excelencia no sea sólo a
nivel de los conocimientos, sino también a nivel de los valores
y principios, y para que nuestros estudiantes sientan con el
corazón las palabras de Francisco, para que sientan que está
en sus manos preocuparse por el medio ambiente, la injusticia,
la pobreza y sean capaces de decir: ¡está en mis manos¡».

217
Es inevitable aquí, recordar otras palabras del papa
Francisco, aquellas de su Exhortación Apostólica titulada
«La Alegría del Evangelio», dirigida a sacerdotes y laicos,
en las que los convoca a «salir de la propia comodidad y
atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la
luz del Evangelio». Ir a todas las periferias humanas, eso
les propuso el Papa a los católicos del mundo. El Rector
Fernández hace suyas esas palabras, y las contextualiza
para la Universidad. «Estas palabras del Papa Francisco,
en el contexto de la Universidad, nos hacen pensar en
que, ciertamente, quienes llegan a nuestras aulas tienen la
posibilidad de obtener una formación profesional que les
va a permitir, en el futuro, lograr una vida muy cómoda,
mucho más cómoda que la de muchos bolivianos, y es por
esto que buscamos formar las mentes y los corazones de
nuestros estudiantes, para intentar evitar que el disfrute
egoísta de la profesión los aleje de sus compromisos con el
país y con su comunidad. Entonces, tenemos que salir de
la Universidad, ir a las periferias, tener el valor de hacerlo,
salir de nuestra zona de confort, ofrecer nuestra capacidad
de compromiso. Ésta es nuestra identidad, éste es el
paradigma que buscamos: sembrar en nuestros estudiantes
el compromiso con las realidades de esas periferias, tenemos
que ser capaces de romper la indiferencia de los estudiantes
ante su entorno».

«Estos propósitos, además —nos dice el Rector—,


no son nuevos en la Universidad. A mí me ha tocado,
como estudiante y como docente, recorrer ese camino.
Recuerdo, en especial, el desafío que me planteó un
extraordinario profesor, cuando me dijo que aceptaría

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ser el tutor de mi tesis bajo la condición de que me vaya
a vivir al campo durante un año. Y me fui. Estuve en el
altiplano norte y en el altiplano central, en Achacachi
y Patacamaya, trabajando para elaborar mi tesis.
Esta experiencia enriqueció grandemente mi vida
profesional. Algo parecido me ocurrió en el ejercicio de la
docencia, en los cursos de emprendimiento, innovación
y creatividad en los que armamos un programa en el
que los estudiantes tenían que salir a trabajar con micro
emprendedores, en El Alto. Estas experiencias, entre
otras, sin duda extraordinariamente enriquecedoras,
nos lleva a proponer y discutir la necesidad de salir de
nuestra aulas».

La Universidad el año 2020. Finalmente, y en el


ánimo de celebrar medio siglo de vida «proyectando la
Universidad al futuro», como dice el Rector Fernández,
le pedimos a imaginar la Universidad Católica Boliviana
el año 2020. Aquí el resultado:

«1: Los mejores profesores del país enseñarán


en la Universidad Católica. En el año 2020, la
Universidad tendrá sus sistemas académicos muy
claramente delineados. Y cuando hablo de sistemas
académicos me refiero, fundamentalmente, al ya
mencionado Sistema de Carrera Docente establecido,
un sistema que atraiga a los mejores cerebros, a los
mejores académicos del país, porque encontrarán aquí,
en nuestra Universidad, que su proyecto de vida en la
academia tendrá un desarrollo sistemático, en base al
mérito y con aportes efectivos al país.

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»2: La Universidad aporta en el diseño de los modelos
de desarrollo regional. Un segundo elemento, es que
la Universidad Católica será el año 2020 una universidad
que contribuye al país, a partir de investigación aplicada,
seria y coherente, al debate sobre la problemática nacional.
Aspiramos, por tanto, no sólo a ser una universidad que
aporta al país con profesionales de excelencia, que es
nuestra tarea básica, sino que seamos capaces de contribuir,
efectivamente, en el diseño de los modelos regionales de
desarrollo.

»3: Una Universidad que ha salido de sus aulas


e interactúa con la realidad del país. Un tercer
elemento es encontrarnos en el 2020 con una Universidad
que ha decidido interactuar fuera de sus aulas con las
realidades económicas, sociales y culturales de las
regiones y del país. Una Universidad involucrada en esas
realidades.

»4: La Universidad Católica es una Universidad


Nacional. En el año 2020 habremos establecido las
bases para dar un gran salto con la misma calidad
y propuesta de valor allí donde tenga sus unidades
académicas regionales, pero además, convertirnos en una
Universidad que es capaz de llegar a todos los rincones
del país, no sólo a través de instalaciones físicas, sino a
través de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación. Estas tecnologías nos permitirán llegar
allí donde cualquier estudiante quiera actualizar sus
conocimientos sin necesidad de desplazarse a las grandes
ciudades. Nosotros iremos a buscarlos.

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»5: Una Universidad que camina con la Iglesia, una
Universidad mucho más inclusiva. Finalmente, nos
imaginamos una Universidad caminando con la Iglesia.
Somos parte de la Iglesia, y por ello mismo debemos
construir una universidad cada vez más inclusiva.»

El Rector tiene, a su vez, un último pedido, para cerrar el


diálogo, que transcribamos aquí, en esta última página, la
VISIÓN de la Universidad Católica Boliviana que hace
parte del Plan Estratégico Institucional 2014 - 2020:

«La Universidad Católica Boliviana “San Pablo” se


distinguirá por una clara identidad católica en su manera de
ser y de actuar, inspirando así, la construcción de una cultura
basada en el humanismo cristiano.

»También la distinguirá la calidad de su cuerpo académico,


y de los profesionales que forma, caracterizados ambos por
un compromiso con la búsqueda de la verdad e imbuidos de
un profundo sentido ético y de servicio. Asimismo, tendrá
una calidad homogénea en todas sus Unidades Académicas
Regionales y en todos los ámbitos de su quehacer institucional.

»La Universidad Católica Boliviana “San Pablo” estará regida


por una administración participativa y una gestión eficiente
y descentralizada, basadas en el principio de subsidiaridad.
Todo ello en el marco de una sólida estabilidad financiera y
atendiendo sus sustentabilidad en el futuro.

»Se destacará, además, por ser el centro de referencia del


análisis, debate y acción social sobre los problemas que
aquejan a la sociedad boliviana aportando soluciones, a
partir de una investigación pertinente, de calidad y desde una
visión humanística cristiana de la sociedad.»

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Nota Bibliográfica

Las informaciones contenidas en esta narración


histórica han sido obtenidas del Archivo Central de
la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, de
fuentes hemerográficas varias y de publicaciones
tanto de la UCB como de otros libros relacionados
con la actividad universitaria en Bolivia. Asimismo,
se han tomado en cuenta entrevistas a personajes que
ocuparon cargos directivos en la Universidad.
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