El Corazón Obediente
¿Que es el corazón?
En una entrada anterior hablamos de cómo Dios nos creó con tres partes: espíritu, alma
y cuerpo. Entonces, ¿dónde encaja nuestro corazón?
La Biblia define lo que es nuestro corazón usando muchos versículos, no uno solo.
Podría ser fácil pasarlo por alto. Pero si prestamos atención, podemos ver que la
Palabra de Dios no dice que nuestro corazón es una cuarta parte de nuestro ser.
En lugar de esto, nos muestra que nuestro corazón está compuesto de los tres
componentes de nuestra alma —nuestra mente, parte emotiva y voluntad— más la
parte más importante de nuestro espíritu: nuestra conciencia. Echemos un vistazo
a algunos versículos claves que revelan esto.
¿Para que sirve el corazón?
Hebreos 10:22
“Acerquémonos al Lugar Santísimo con corazón sincero, en plena certidumbre de fe,
purificados los corazones de mala conciencia con la aspersión de la sangre, y lavados
los cuerpos con agua pura”.
Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo:
Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para
hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.
Isaías 57:14
Tener nuestros corazones purificados de mala conciencia indica que nuestra conciencia
también es parte de nuestro corazón.
¿Que es obediencia?
Obedecer, sin embargo, no es fácil. De hecho, tomar la decisión de obedecer es una de
las mayores dificultades que encuentran los creyentes cuando comienzan a acercarse a
Dios con el deseo de someter su vida entera a Él. Esto ocurre porque los seres humanos
somos rebeldes, independientes y egocéntricos por naturaleza; es decir, por la naturaleza
de pecado.
La obediencia fluye del amor a Dios
La palabra griega que con mayor frecuencia se traduce como “obediencia” u
“obediente” en el Nuevo Testamento es jupakoé.
Significa “escuchar atentamente”, e implica “acatamiento o sumisión”. Al igual que la
obediencia de Abraham que examinamos en el capítulo 6, la verdadera obediencia se
basa tanto en el amor a Dios como en la fe en Él, que lo lleva a estar “plenamente
convencido de que [Dios] era también poderoso para hacer todo lo que había
prometido” (Romanos 4:21).
Cuando alguien es completamente obediente, significa que ha ido más allá del punto de
retorno, y confía en su Padre celestial por completo. Cuando dudamos de nuestra
capacidad para obedecer, es porque no estamos plenamente convencidos del amor, la
autoridad y/o el poder de Dios para cumplir sus promesas. Una persona con un corazón
obediente escucha la Palabra de Dios con atención, acepta su autoridad y se somete a su
voluntad por elección, con la total convicción de que Él hará todo lo que ha prometido.
La obediencia a Dios nace en el corazón, no en la mente.
¿Qué es desobediencia?
Si queremos obedecer a nuestro Padre celestial, primero debemos entender lo que
significa desobedecerlo o rebelarse contra Él. La desobediencia es una actitud del
corazón que no permite que nada ni nadie —en especial Dios— nos persuada de ver un
asunto o situación como en realidad es, y que podamos tratarlo adecuadamente. La
desobediencia se manifiesta cuando nos rehusamos a creer que la voluntad de Dios es lo
mejor para nosotros. Nuestra naturaleza pecaminosa es rebelde por herencia y siempre
se resiste a la verdad. Judas Iscariote es un ejemplo perfecto de alguien que permitió que
la naturaleza rebelde de pecado lo controlara y lo llevara a traicionar a Cristo. Luego,
tampoco se dejó persuadir por la verdad bíblica de que si nos arrepentimos de nuestro
pecado, Dios es fiel para perdonarnos. Por el contrario, siguió por el camino de
corrupción que lo llevó a la muerte. Cierta gente elige permanecer en desobediencia por
tanto tiempo que se hace muy difícil que acepte el perdón de Dios y se aleje de su
conducta pecaminosa.
La desobediencia es una actitud del corazón que no permite que
nada ni nadie nos persuada de ver un asunto o situación como
realmente es, ni que respondamos a ella apropiadamente.
¿Porque Dios nos enseña en su palabra a ser obedientes?
Para que no nos perdamos en esta vida
Isaías 5:13Reina-Valera 1960
13
Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su
gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.
Oseas 4:6 Reina-Valera 1960
6
Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el
conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios,
también yo me olvidaré de tus hijos.
El único poder que el enemigo tiene, es aquel que le damos cuando no estamos bajo
la autoridad de Dios.
Despojarse del “viejo hombre” el día que no nos despojamos del viejo hombre, el
viejo hombre nos despojara de todas las bendiciones y beneficios de vivir bajo
obediencia a Dios
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre [“vieja
naturaleza”, NVI], que está viciado conforme a los deseos engañosos” (Efesios
4:22).
Pabló escribió la instrucción anterior en una carta dirigida a los creyentes de Éfeso,
cristianos genuinos, nacidos de nuevo y llenos del Espíritu Santo, pero que
aparentemente carecían de revelación en cuanto a la naturaleza de pecado que
batallaba en su interior. Anteriormente, destacamos dos sinónimos de naturaleza de
pecado que se usan en el Nuevo Testamento: la “carne” (vea, por ejemplo, Romanos
7:5) y el término empleado en el versículo anterior, el “viejo hombre” o la “vieja
naturaleza”. Algunos sinónimos adicionales son “mente carnal” (Colosenses 2:18),
“concupiscencia” (Santiago 1:14), “cuerpo del pecado” (Romanos 6:6), y “cuerpo
pecaminoso carnal” (Colosenses 2:11). Además, algunos teólogos y otros creyentes la
llaman “naturaleza adámica”.
Revisemos brevemente la forma cómo nació la naturaleza de pecado. Dios había
instruido a Adán claramente: “Más del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Pero
Satanás negó las palabras de Dios diciendo: “No moriréis” (Génesis 3:4). Cuando los
primeros seres humanos creyeron el engaño del enemigo y desobedecieron a Dios,
nació la naturaleza de pecado. Adán y Eva se pusieron bajo la autoridad de Satanás
en lugar de la de Dios. En consecuencia, los seres humanos se hicieron física,
emocional y espiritualmente corruptos, y esa naturaleza corrupta ha pasado a toda la
gente, de generación en generación, hasta hoy. Las Escrituras dicen: “Todos nosotros
nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó
en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
Aun cuando los primeros seres humanos desobedecieron y tomaron su propio camino,
Dios les prometió que los redimiría por medio de un Mesías. Por esta redención, el
corazón de la humanidad sería transformado para convertirse en un “nuevo hombre”
(Efesios 4:24) a imagen de Dios otra vez.
El Señor le dijo a Satanás: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya [Jesús, el Mesías]; ésta te herirá en la cabeza, y tú le
herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).
Sabemos que Satanás, o el diablo, fue el primero en rebelarse contra Dios. La
rebeldía es su naturaleza, y el “viejo hombre” es su “simiente” su “hijo”. La
rebeldía no es otra cosa que desobediencia, la cual ocurre cuando una persona
decide separarse de Dios para hacer su propia voluntad, satisfacerse a sí misma
y gobernar su propia vida; es decir, para actuar en independencia del Padre
celestial.
Esta decisión resulta en un inevitable alineamiento con otro “padre”, el diablo, quien no
obedece la verdad y es “padre” de mentira. Jesús les dijo a algunos líderes que a sí
mismos se consideraban piadosos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los
deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha
permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de
suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44).
La obediencia a Dios incluye la sumisión voluntaria a sus
autoridades delegadas.
El “cómo”, “cuándo” y “dónde” de la obediencia Como vimos antes, la obediencia está
relacionada con la fe. No es un sentimiento ni una emoción sino el resultado de una
convicción interna que se origina en el corazón. “Es, pues, la fe la certeza de lo que
se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Caminar por fe es tener
fuerte convicción de la realidad del Dios soberano y su ámbito espiritual invisible.
Cuando obedecemos a Dios, nuestra convicción es manifestada en el ámbito natural
mientras Él obra en nuestra vida de manera sobrenatural.
Tener un corazón de verdadera y total obediencia significa hacer lo que Dios manda —
cómo, cuándo y dónde Dios dice—. Tal corazón de obediencia refleja una gran fe. A
veces nos ponemos de acuerdo con Dios acerca de lo que Él nos manda, pero aun así
no lo obedecemos en el “cómo” ni en el “cuándo”, por lo que terminamos
obedeciéndolo sólo parcialmente con respecto al “dónde”. Esto fue lo que le sucedió al
rey Saúl cuando no esperó a Samuel para ofrecer un sacrificio al Señor sino que lo
ofreció él mismo, sabiendo que no estaba autorizado para ello.
(Vea 1 Samuel 13:1–13). En otra oportunidad, Saúl obedeció el “dónde” y el “cuándo”
pero no el “cómo”. Dios le había dicho que destruyera a los amalecitas y todos sus
bienes, incluyendo los animales. Si bien Saúl “derrotó a los amalecitas” y mató al
pueblo (vea 1 Samuel 15:7–8), él y su ejército “perdonaron a Agag [el rey], y a lo mejor
de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de
todo lo bueno, y no lo quisieron destruir…” (1 Samuel 15:9). Dado que el corazón de
Saúl fue desobediente a Dios, el Señor lo rechazó como rey. (Vea 1 Samuel 13:14;
15:10–11, 22–23).
El profeta Samuel le dijo a Saúl: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios”
(1 Samuel 15:22). Tenemos que atesorar estas palabras porque en la iglesia de hoy se
presenta un escenario similar. Cierta gente obedece a Dios y a las autoridades
delegadas sólo de forma parcial, y esto le ha dado al enemigo el derecho de atacarla.
La Biblia
establece de forma clara: “Ni den cabida al diablo” (Efesios 4:27, nvi).
Sabemos que Cristo venció a Satanás en la cruz y lo despojó de su poder y autoridad;
el diablo fue vencido, destronado y desarmado. Si sabemos esto, ¿por qué hay tanto
creyente derrotado, enfermo, pobre, deprimido y ansioso? A veces, la causa es la
desobediencia —total o parcial— la cual le ha dado al enemigo una entrada o “cabida”
en su vida.
La obediencia parcial equivale a desobediencia.
Debido a que Cristo venció a Satanás, y nos dio la victoria sobre él, la única forma en
que el enemigo puede tener derecho legal para ejercer poder sobre nosotros es a
través de nuestra desobediencia. Si esta situación aplica a usted, ¡hoy es el día de
quitarle esos derechos y reclamar su victoria en Cristo! Arrepiéntase, pídale perdón a
Dios, cierre cada puerta de desobediencia y reprenda al enemigo por atacar su salud,
su hogar, su economía o cualquier otra área de su vida. Pablo les escribió a los
romanos: “Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me
gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal. Y
el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Romanos 16:19–20).
Nuestra desobediencia a Dios empodera a Satanás,
mientras nuestra obediencia lo desarma.
Barreras para la obediencia
Todos tenemos diferentes barreras espirituales, mentales y emocionales que nos
detienen de darle una total obediencia a Dios. A medida que pasamos el proceso de
aprender la obediencia total, vamos superando estos obstáculos. El aspecto más
importante de este proceso es seguir rindiéndonos a Dios y dependiendo de su gracia
para lograr la transformación de nuestro corazón. Examinemos algunas de las
barreras de la obediencia, al mismo tiempo que evaluamos nuestro corazón en
relación a ellas.
1. Comodidad y conveniencia
Miles de creyentes han permitido que la comodidad y la conveniencia se conviertan en
su “dios”, de modo que ya no pueden obedecer al Señor ni hacer sacrificios
personales para Él. Si acaso tuvieran que correr el riesgo de perder sus comodidades
y conveniencias, muchos demostrarían rápidamente lo débil que en realidad son su
amor, paciencia, bondad, perseverancia y sumisión a Dios. En la mayoría de casos,
las bendiciones materiales y financieras que disfrutan originalmente vinieron a ellos
como una bendición de Dios, pero se aferran a ellos con fuerza y no los utilizan con el
propósito de bendecir a otros, además de beneficiarse a sí mismos.
O bien, se enfocan en el placer que se deriva de esos regalos, en lugar de enfocarse
en el Dador mismo.
Conozco familias a las que Dios les ha hablado para que asistan a nuestra iglesia,
pero ellas no lo hacen porque consideran que queda muy lejos de donde viven.
Prefieren asistir a una más cercana porque les resulta más cómodo y conveniente, aun
cuando el precio sea su estancamiento espiritual y la desobediencia.
¿Está dispuesto a obedecer a Dios aun si eso significa renunciar a su
comodidad y conveniencia?
2. “Ganancias”
Cuando se trata de hacer la voluntad de Dios algunos creyentes se preguntan: “¿Y
qué gano yo?”. Ellos pueden saber que Dios quiere que hagan algo en particular, pero
si no les deja ganancias económicas, no están dispuestos a obedecer. Es triste
encontrar cristianos que no obedecen a Dios a menos que reciban algo material a
cambio. Alguna
gente obedece sólo cuando le ofrecen una mejor posición, más dinero o algo más que
consideren ventajoso.
¿Está usted dispuesto a obedecer a Dios aun cuando no parezca
“ganancioso” hacerlo?
3. La razón y el entendimiento humano
En el capítulo anterior, abordamos el tema de la barrera de la razón humana con cierta
profundidad. Cuando Dios le pide a su pueblo que haga una determinada tarea o que
le rinda algo, pero el propósito al hacerlo va más allá de la razón y el entendimiento
humano, algunos ya no están muy dispuestos a obedecer. Éste es un punto clave, ya
que muchas cosas que Dios nos pide que hagamos no tendrán sentido para nuestra
razón. Si no aprendemos a superar esta limitación, no avanzaremos mucho en el
camino a la obediencia.
Los milagros más poderosos que Dios ha hecho a través de mí han sucedido después
de haber actuado en fe para hacer algo que excedía los límites de mi razón. Este
principio no lo aprendí hasta que tomé la decisión de salir y obedecer a Dios, incluso
cuando no entendía por qué Él quería que hiciera algo o cómo Él lo haría. Entonces, al
verlo obrar, mi fe crecía.
Una de las mayores manifestaciones de este principio, que yo he presenciado, fue la
manera como se construyó el edificio de nuestra iglesia que tiene capacidad para seis
mil personas. Compramos un terreno y edificamos el templo en tan sólo dos años, sin
préstamos ni deudas. Todo el proyecto requirió gigantescos pasos de fe para
obedecer lo que Dios nos había hablado, tanto directamente como a través de sus
profetas. Y Él fue fiel en cada etapa del proceso de edificación.
¿Está dispuesto a obedecer a Dios aun cuando no tenga sentido para su
razonamiento humano?
Con cada acto de obediencia, el corazón se expande;
con cada acto de desobediencia, el corazón se encoge.
4. Sacrificio
La idea del sacrificio no le cae bien a mucha gente de hoy, porqu e nuestra generación
quiere que todo sea gratis, fácil y rápido —como una gratificación instantánea—. La
gente quiere éxito sin diligencia, prosperidad sin sembrar “semillas” financieras en el
reino de Dios, salud sin fe, y liberación sin negarse a sí misma. En muchas iglesias, el
mensaje bíblico del sacrificio a menudo se reemplaza con una visión extrema de la
gracia gratuita de Dios. Esta perspectiva promueve la idea de que no tenemos que
asumir ninguna responsabilidad personal ni tomar nuestra cruz a diario para seguir a
Jesús.
Nuestros sacrificios deberían estar basados en nuestro amor a Dios y nuestro deseo
de extender su reino. Como vimos en el caso de Saúl, cualquier sacrificio que
ofrezcamos carece de valor si el Señor no nos pidió que lo hiciéramos. (Vea 1 Samuel
15:22).
Los creyentes somos sacerdotes de Dios. (Vea Apocalipsis 1:6; 5:10). Como tales,
estamos llamados a ofrecer “sacrificios espirituales” (1 Pedro 2:5), como oración,
diezmos y ofrendas, y a presentar nuestro cuerpo físico en “sacrificio vivo” (Romanos
12:1) a Dios. La única manera de que nuestros sacrificios agraden a Dios es
haciéndolos con un corazón de obediencia, por fe, y de acuerdo a la revelación de su
voluntad; ya sea por medio de su Palabra o directamente de su Espíritu.
¿Está usted dispuesto a sacrificar su tiempo y recursos personales para servir a
Cristo? ¿Está dispuesto a caminar la milla extra para restaurar su matrimonio? ¿Está
dispuesto a ofrecer a Dios su negocio, profesión, dones, talentos y visión para hacer lo
que Él quiere que usted haga?
La obediencia como estilo de vida Tal vez, usted continuamente lucha para obedecer a
Dios, tanto que se hace las diversas preguntas que aquí hemos discutido —y quizá
otras más — cuando está tratando de decidir si debe obedecer la voluntad de Dios.
Por ejemplo, usted puede preguntarse: “¿Hay en esto algo para mí?”.
“¿Me resultará placentero?”. “¿Me ofrece seguridad?”. “¿Es conveniente para mí?”.
“¿Hará que me sienta cómodo?”. “¿Tendré que sacrificar algo?”. “¿Se reirá de mí la
gente?”. “¿Tengo que hacerlo ahora mismo?”.
Si aún se hace con frecuencia preguntas como estas, cuando está llamado a obedecer
a Dios, entonces, la obediencia todavía no es su estilo de vida.
Cuando la obediencia es su forma de vivir, significa que ha hecho un compromiso de
obedecer a Dios, sin que le importen los resultados. Y, cuando usted se compromete a
hacer la voluntad de Dios, Él se compromete a darle lo que sea que necesite, y más
también, para que cumpla lo que le ha llamado a hacer. Por tanto, usted debe tomar
una
decisión general de obediencia, en la cual le declare a Dios: “Te obedeceré más allá
del lugar, el tiempo, las circunstancias o las dificultades que pueda enfrentar”.
Dios no se compromete hasta que nosotros nos sometemos.
Cuando usted ha hecho ese compromiso, nunca más permite que la comodidad, la
conveniencia, la ganancia, la razón humana o el sacrificio personal le impidan
obedecer a Dios. Una vez que usted conoce su voluntad en cierta materia, obedece, ¡y
eso basta! Usted acepta el hecho de que Cristo es su Señor y que Él gobierna y
controla su vida; por lo tanto, usted se rinde en fe a su voluntad.
¿Confía usted en el Dios al que sirve para que lo guíe y lo guarde? ¿Confía en que Él
lo guiará a tomar la decisión correcta en cada situación, porque desea darle lo mejor
para su vida, de acuerdo a sus riquezas en gloria?
Un estilo de vida de obediencia viene cuando toma la decisión
general de obedecer a Dios, sin que nada más importe, y de dejar
todos los resultados en las manos de Él.
Cómo establecer un camino de obediencia Aprender a obedecer a Dios es un proceso
en el cual continuamente salimos en fe a hacer lo que Él ha dicho, a la vez que nos
negamos a la naturaleza pecaminosa y sus deseos destructivos. Para progresar a
niveles cada vez más altos en el camino de la obediencia, debemos (1) “despojaos del
viejo hombre” (Efesios 4:22), o de la naturaleza pecaminosa, y (2) nos “vestíos del
nuevo hombre” (Efesios 4:24), o la nueva naturaleza a imagen de Cristo.
1. “Despojaos del viejo hombre”
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado
conforme a los deseos engañosos” (Efesios 4:22). Como vimos antes, la sociedad
trata de controlar de varias maneras el corrupto comportamiento humano. Estudiemos
los principales métodos cómo nuestra cultura intenta hacer esto, de manera que no
dependamos de métodos humanos para cumplir la obra de Dios en nosotros. El
“hombre viejo” no puede ser vencido con psicología o consejería humanas Muchos
psicólogos, psiquiatras, consejeros, médicos, maestros, e incluso predicadores, tratan
de “curar” la naturaleza pecaminosa con métodos y técnicas humanos. Pero sus
resultados son limitados y temporales porque, por lo general, tratan sólo con los
síntomas, en lugar de hacerlo con la raíz del problema, que es el pecado. Varios de
sus tratamientos intentan levantar el ego de la persona, haciendo así que el “yo” se
convierta en el centro de su existencia. De esta perspectiva vienen los términos
autorealización y auto-ayuda. A primera vista, estos conceptos pueden parecer
buenos; sin embargo, en la práctica, lo que hacen es animar al ser humano a buscar
una solución para el pecado dentro de sí mismo. Dado que están dirigidos al “yo”,
estos tratamientos abren paso para que la naturaleza rebelde siga reinando en el
interior de la persona.
El “hombre viejo” no puede ser vencido con leyes y estándares culturales Muchos
gobiernos y agencias de aplicación de la ley tratan de enderezar la conducta negativa
de la gente amenazándola con diversas multas, castigos y/u otras consecuencias para
quienes no respeten las leyes sociales o estándares culturales; así y todo, la prueba
de su ineficacia
es evidente.
Por ejemplo, ni siquiera la amenaza de la pena de muerte evita que alguna gente mate
o viole a otra, o cometa otros crímenes horribles. Si bien las leyes y las normas
culturales ayudan a mantener un orden general en la sociedad, no pueden ofrecer una
solución permanente para el corazón rebelde ni cambiar la naturaleza de pecado.
El “hombre viejo” no puede ser vencido con religión La práctica de la religión se enfoca
principalmente en la conducta externa, que a menudo le da a los seguidores una
apariencia de piedad que no toca ni modifica su corazón corrupto. Sin la
transformación que viene del Cristo vivo, el hombre interior sigue siendo un árbol
corrupto que produce fruto malo.
“Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede
el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no
da buen fruto, es cortado y echado en el fuego” (Mateo 7:17–19). La religión, como las
leyes, puede ayudar a mantener la conducta humana bajo control temporal, pero no
puede cambiar la naturaleza de pecado ni transformar un corazón desobediente. Con
el tiempo, el “hombre viejo” seguirá su camino de corrupción hasta que perezca.
El “hombre viejo” sólo puede ser vencido haciéndolo morir
El remedio para la naturaleza pecaminosa no está en la psicoterapia, las leyes, las
religiones ni en la educación. Tampoco se puede encontrar solamente citando las
Escrituras, cantando adoraciones, tomando clases de moral o escuchando prédicas
motivacionales. El remedio está en ejecutar al “hombre viejo” a través de la obra de
crucifixión espiritual. La cruz es la única solución para lidiar con la naturaleza de
pecado. Pablo escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas
vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el
cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
La crucifixión de la naturaleza de pecado es un proceso diario y continuo de someterse
a Dios y negarse al “yo”. “Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza
terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la
cual es idolatría” (Colosenses 3:5, nvi). Es nuestra responsabilidad decidir crucificar la
naturaleza pecaminosa, y Dios nos dará su gracia sobrenatural para hacerlo.
“Despojarse del hombre viejo” y “vestirse del hombre nuevo” son dos caras de una
misma moneda del plan de Dios para la transformación de nuestro corazón. La vieja
naturaleza debe ser crucificada. Mientras tanto, la manifestación de la nueva
naturaleza debe crecer en proporción a la crucifixión de la naturaleza vieja. El “hombre
nuevo” en nuestro interior es la naturaleza misma de Cristo. Y como dijo Juan el
Bautista: “Es necesario que él [Jesús] crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).
La manifestación de la nueva naturaleza debe crecer en proporción a
la crucifixión de la vieja naturaleza.
Tendremos la bendición de saber que el reino de Dios se está estableciendo en la
tierra y que Cristo está siendo glorificado ¡a través de nosotros! “Porque si fuimos
plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte [la de Jesús], así también
lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de
que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:5–6).
La frase “sabiendo esto” indica un hecho que ya ha sucedido. A menos que
reconozcamos la realidad de que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con Jesús,
seguiremos desobedeciendo a Dios.
La buena noticia es que la transformación de nuestro corazón es realmente posible,
porque ¡Cristo nos hizo libres de la naturaleza corrupta de pecado! El apóstol Pablo
dijo: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a
Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de
Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Romanos 7:24–25). Hay una diferencia
entre recibir el perdón de nuestro pecado y matar la naturaleza rebelde de pecado.
Cuando yo era un nuevo creyente, cometía ciertos pecados que sabía que volvería a
cometer luego de haberlos confesado. Como resultado, me preguntaba si valía la pena
confesarlos. Estaba atrapado en un patrón de pecado y me sentía un cristiano
hipócrita y desobediente. Lo que tenía era una especie de religión. No fue hasta que
recibí la revelación de la cruz, hasta que recibí el evangelio del reino con poder, que fui
hecho libre del pecado recurrente.
El evangelio del reino resuelve el problema de la corrupción del corazón, y revela la
única solución para el problema del pecado —la crucifixión y muerte de la vieja
naturaleza—. El plan de redención de Dios incluye no sólo perdonar los pecados del
pasado sino también la victoria sobre el corazón rebelde que nos empuja a cometer
actos de desobediencia.
Debemos entender por completo que cuando Cristo murió en la cruz, Él ejecutó y
removió la vieja naturaleza, ¡de una vez y para siempre!
Cristo en la cruz ejecutó la vieja naturaleza para que podamos
recibir una naturaleza nueva en Él.
2. “Vestíos del nuevo hombre”
“Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”
(Efesios 4:24). Este misterio de “[vestirse] del nuevo hombre” debe ser entendido y
realizado con la revelación del Espíritu Santo. No se puede analizar con la mente,
porque el intelecto no tiene capacidad alguna para comprenderlo. Tiene que ver con
un acto voluntario de aplicar conscientemente la vida del Cristo resucitado en
nosotros. En la cruz murió nuestra vieja naturaleza; y por medio de la resurrección
recibimos una nueva naturaleza. Debemos confirmar esta realidad cada día,
vistiéndonos con el “hombre nuevo” pidiéndole al Espíritu Santo que active la vida de
Cristo en nuestro interior. Jesús ya hizo la obra por nosotros; venció al pecado y a la
muerte, y se levantó victorioso
como el Hombre nuevo. El resto —aplicar esa obra— ¡es nuestra responsabilidad!
Pídale al Espíritu Santo que abra sus ojos espirituales para que pueda recibir una
clara revelación de lo que significa “vestirse del hombre nuevo”. Características del
“hombre nuevo”
El “hombre nuevo” viene por el nuevo nacimiento. Cuando aceptamos el evangelio del
reino, nos arrepentimos y experimentamos el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo,
recibimos una nueva naturaleza.
El “hombre nuevo” fue producido por Dios. Un ser humano no puede producir una
nueva naturaleza por su propia fuerza; como tampoco pueden hacerlo las leyes, la
religión, las buenas obras ni nada que se origine por métodos humanos. La nueva
naturaleza es producida en nosotros únicamente por Dios.
El “hombre nuevo” fue creado a semejanza de Dios —en justicia y santidad—. El
propósito de Dios, a través de Cristo, fue dar a luz una nueva raza humana, en la cual
su naturaleza fuera restaurada de acuerdo a su plan original. (Vea, por ejemplo,
Romanos 8:29).
El “hombre nuevo” tiene una naturaleza incorruptible. La naturaleza del hombre nuevo
no puede ser corrupta, porque nació de la semilla de Dios, por medio de su Palabra
eterna: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la
palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). La semilla de la
cual nacimos de nuevo es incorruptible; por tanto, nuestra nueva naturaleza es
incorruptible.
Sólo Dios pudo haber logrado esto en nosotros. No estoy diciendo que un cristiano
nacido de nuevo no pueda pecar. Lo que digo es que tenemos una naturaleza divina
que tiene la capacidad de no pecar; es una naturaleza que fue producida en nuestro
interior por Jesús, por la Palabra de Dios, por medio de un intercambio sobrenatural de
justicia por pecado que fue efectuado por Cristo en la cruz, y por su vida de
resurrección.
3. Aplicar la gracia sobrenatural de Dios
La vieja naturaleza se expresa en rebeldía; la nueva, en obediencia. La decisión de
negarnos y crucificar nuestra vieja naturaleza es nuestra; nadie puede tomarla por
nosotros. Sin embargo, una vez que decidimos morir al “yo”, el Espíritu Santo debe
empoderarnos con su gracia sobrenatural para llevar a cabo la “ejecución”. Otra vez,
nosotros no podemos transformarnos con nuestras propias fuerzas; cuando tratamos
de hacerlo sólo producimos obras muertas. En cambio, cuando somos transformados
por la gracia y fuerza de Dios, producimos el fruto del Espíritu en abundancia.
La gracia sobrenatural de Dios nos habilita para hacer lo que
no podemos en nuestra propia fuerza.
4. Restaurar la intención original de Dios
Las dos razones principales por las que Dios creó al ser humano son: Reproducir en
nosotros la imagen y semejanza de Dios: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a
nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26).
Darnos dominio, poder y autoridad sobre el mundo creado: “Y los bendijo Dios, y les
dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…” (Génesis 1:28).
“Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante”
(1 Corintios 15:45). Jesucristo vino como el “postrer Adán” para terminar con la
herencia de pecado y corrupción en la raza humana debido a la desobediencia del
primer Adán, para que pudiéramos cumplir nuestros dos propósitos originales. Los
creyentes tenemos la responsabilidad de reflejar la imagen de Dios en la tierra y de
ejercer dominio y señorío sobre el mundo natural y sobre el reino de las tinieblas.
“Porque [Dios] a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen
hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre
muchos hermanos” (Romanos 8:29). Usted, ¿quiere ser uno de esos “hermanos”
formados a la imagen del Hijo de Dios? ¿Se comprometerá hoy a rechazar la
naturaleza de pecado y a obedecer la voluntad de Dios?
Oración de obediencia
Padre celestial, te doy gracias por tu Hijo Jesucristo, que ejecutó mi vieja naturaleza
en la cruz para que yo pudiera recibir una nueva naturaleza a través de Él. Te pido que
me perdones por vivir para agradar los deseos de mi naturaleza pecaminosa y por no
negarme a ellos con el fin de buscar tus propósitos. Hoy, voluntariamente, decido
“despojarme del hombre viejo” y “vestirme del hombre nuevo” con el fin de vivir un
estilo de vida de obediencia a ti. Deseo obedecerte siempre, más allá de lo que sea
“conveniente” , “razonable” o “ganancioso” para mí. Ya que sé que no puedo hacerlo
en mi propia fuerza, apelo a ti para lograrlo por el poder sobrenatural del Espíritu
Santo. Dame la gracia para ceder mi voluntad a la tuya y para cambiar mis prioridades
por las tuyas, en todas las metas y decisiones que tome. Yo declaro que, a partir de
hoy, obedeceré tu voluntad y seguiré tus propósitos. En el nombre de Jesús, ¡amén!