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Introducción a los Valores Humanos

Este documento presenta una introducción al tema de los valores. En la primera parte, discute la naturaleza de los valores y cómo surgen en la experiencia humana. Explica que los valores tienen una cualidad inherente y ayudan a definir la persona. En la segunda parte, analiza cómo se desarrolla la conciencia de los valores y cómo estos guían los juicios morales. Finalmente, la tercera parte contextualiza a la ética dentro del marco general de los valores y discute el origen y fundamento de los valores morales.
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Introducción a los Valores Humanos

Este documento presenta una introducción al tema de los valores. En la primera parte, discute la naturaleza de los valores y cómo surgen en la experiencia humana. Explica que los valores tienen una cualidad inherente y ayudan a definir la persona. En la segunda parte, analiza cómo se desarrolla la conciencia de los valores y cómo estos guían los juicios morales. Finalmente, la tercera parte contextualiza a la ética dentro del marco general de los valores y discute el origen y fundamento de los valores morales.
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ANTONIO GALLO ARMOSINO

INTRODUCCIÓN A LOS VALORES- ÍNDICE Parte A


I. El ser y el valor ........................................................................... 1
1. Mi propia persona ........................................................................... 1
2. La vida ............................................................................................5
3. La vida es valor ...............................................................................6
4. Experiencia y valores .......................................................................8
5. ¿Hay esencias en los valores? ....................................................... 10
6. ¿Qué es un valor? ......................................................................... 12
7. La calidad del valor........................................................................ 14
8. Diferentes cualidades en el campo de los valores ............................. 15
9. Cómo se perciben los valores: la valoración ...................................... 16
10. Una calidad inherente .................................................................... 17
11. La calidad axiológica y mi persona ................................................... 19
12. El sentimiento como principio de acción ...........................................22
13. El horizonte axiológico.................................................................... 22
14. Objetividad de los valores ............................................................... 24
II. Conciencia y realización de los valores .................................... 26
1 génesis de los valores .................................................................... 26
2. Los juicios de valor ........................................................................ 27
3. El valor como criterio...................................................................... 29
4. El mundo de los valores ................................................................. 30
5. El valoren la persona .................................................................... 33
6. Los valores y la axiología................................................................ 35
7. Los filósofos de la axiología ............................................................ 41
III. La ética en el contexto general de los valores ......................... 46
1. Los valores morales....................................................................... 46
2. Carácter de la moralidad ................................................................ 47
3. Origen de los valores morales ........................................................ 48
4. Fundamento de los valores morales................................................ 51
5. El valor moral y la persona humana ................................................ 53
6. Los valores morales en la sociedad ................................................. 54
7. Un mundo de valores morales ........................................................ 56
PARTE B

I. Valores morales naturales y valores morales cristianos ................. 59

1. Valores morales naturales ........................................................... 61

II. Los valores morales bíblicos .................................................... 72

1. Valor moral del hombre.................................................................. 74

2. Lo esencial del hombre .................................................................. 75

3. La moral matrimonial...................................................................... 77

4. La moral social .............................................................................. 78

III. Los valores morales evangélicos

81

1. La moral de la buena nueva ........................................................... 82

2. La luz del crepúsculo ..................................................................... 84

3. El pecado como antítesis de moralidad............................................ 85

4. La nueva comunidad...................................................................... 87

5. La ley del amor ............................................................................. 89

6. Una moralidad ideal: las Bienaventuranzas ...................................... 90

7. La evolución de los valores morales ................................................ 94

PRESENTACIÓN
Estimado Landivariano (a):
Tienes en tus manos una obra oportuna, lúcida y sugerente. Su oportunidad es innegable. Los tiempos que estamos
viviendo, protagonizando y padeciendo, están impregnados de mucha confusión, distorsión y, en no pocas situaciones,
de grave contradicción en torno a qué son los valores, en general, y los valores morales, en particular. Son, en este
sentido, tiempos decisivos y apremiantes de cara a retomar los auténticos valores sobre los cuales asentar nuestro
comportamiento personal y nuestra convivencia social.
Aunque su autor presenta esta obra como un "pequeño manual", la lucidez con que la ha realizado y la riqueza racional
que en sus páginas anida, hacen de la misma un libro imprescindible para todas aquellas personas que aspiremos a no
naufragar en nuestros principios y criterios morales en medio de la actual tormenta. Sean estos criterios de base
meramente humana o, bien, que estén matizados y situados en el horizonte de la fe cristiana, el autor nos lleva a la raíz
misma de ambas posturas; más aún, las enlaza y articula con una maestría y un respeto lógico impresionantes, poniendo
en evidencia una vez más que la "razón y la fe" son, en verdad, dos alas de un único espíritu humano cuando éste desea
volar y avanzar hacia su plena e integral realización alzándose sobre la irracionalidad, el dogmatismo, el dualismo y la
incoherencia vital.
Es esa la cordial invitación que nos hace: vivir e irradiar, en el aula y fuera de ella, los valores que expresen con
autenticidad el ser miembros de una comunidad educativa que busca y que pretende la "excelencia académica con
valores". Nos convoca alrededor de esa búsqueda, evocando, gracias a su método fenomenológico, la experiencia que
subyace y en que consiste percibir y hacer nuestro un valor moral determinado; pero no lo hace para que nos
complazcamos en la claridad mental conseguida a través de dicho método, sino para provocarnos, para exhortarnos a
realizar cotidianamente, como individuos y como comunidad humana, esos valores encontrados y dilucidados.
En los cuatrocientos cincuenta aniversarios del nacimiento a la vida eterna de
Ignacio de Loyola, insigne maestro de la salud espiritual, la Universidad Rafael
Landívar agradece al Dr. Antonio Gallo, SJ, estas sugerentes páginas que tendrán como fruto, en quienes las lean,
trabajen y hagan suyas, intensificar su salud vaiorativa en general y su salud moral en particular.
Rolando Alvarado, SJ Vicerrector Académico Guatemala, 31 de julio de 2006
INTRODUCCIÓN

Hoy el tema de los valores se ha generalizado. Posiblemente la razón de esta problematización es la triste realidad de la
corrupción en las estructuras públicas y privadas, de la apropiación escandalosa de los bienes en detrimento de las
comunidades y en favor de intereses particulares. Se hace necesario un discurso básico sobre valores que parta de sus
orígenes.

Con esta introducción se quiere trazar un enfoque fundamental sobre los valores humanos. Se considera necesario este
enfoque, como una visión orientadora por el desconcierto, bastante común en nuestros días, con relación al
conocimiento y a la práctica de los valores. Se dice que se han perdido los valores, sobre todo, los valores morales. Se
dice que hay un relativismo desbordante y un subjetivismo brutal que amenazan con destruir a la sociedad y convierten
la vida diaria en un riesgo constante, un peligro del que es preciso defenderse.

La presente introducción quiere indicar cuáles son las raíces últimas de los valores y cómo estos configuran el ser
humano de un modo positivo, haciéndolo capaz de convivir, perfeccionarse y comunicarse. Este es un pequeño manual
que puede servir de consulta como texto de referencia al preguntarse cuáles son los valores que dominan mi vida
personal y mi actividad social.

Aunque yo no pretenda teorizar, de hecho, vivo entre valores y privilegio aquéllos que, según la tradición, la costumbre y
la propaganda, son los valores del ambiente. Para no dejarme arrastrar por una corriente anónima y, a veces irracional,
conviene que reflexionemos sobre los principios que regulan mi vida y mi actividad cotidiana. Al tratar de cualquier clase
de valores, sean económicos, sociales, estéticos o morales, surge constantemente la pregunta sobre su fundamentación.

Es imposible discutir de un conjunto de valores sin hacer referencia a la raíz última. Esta es la que proporciona el sentido
a toda clase de valores y da la razón de su carácter y necesidad. Por esto, la Universidad Rafael Landívar pone a
disposición de todo su personal estas páginas, con la intención de ofrecerles un punto de referencia fácil y un estímulo
en el proceso de su evolución científica y humana.
MI PROPIA PERSONA Cualquier reflexión sobre valores, por su necesaria integración en el individuo humano, debe
comenzar con el reconocimiento de mi propia persona como realmente existente. Esto es lo que llamamos el yo; este
centro de operaciones y responsabilidades que es mi propio ser, en su existencia particular, con- creta y diaria; es decir,
yo mismo. Este yo mío existe en su actividad de cada momento, en el mundo de cosas y personas que lo rodean. Todo
esto es múltiple y disperso; puede. llamarse el mundo de la experiencia. Entonces, es necesario preguntarme:

¿qué posee mi yo, por encima de

todos estos elementos fluctuantes que me rodean? La pregunta se refiere a los elementos "a priori" que el yo posee por
su propia naturaleza, cuando se le vacía de todos los contenidos contingentes que lo llenan a cada momento.
Presentaremos, en forma esquemática, estos elementos"a priori". Estos se consiguen con una reflexión crítica,
eliminando simplemente todos los contenidos de sus actividades. Del propio yo, o sea, de mi persona no es posible
conseguir una visión directa. Aunque nos veamos en un espejo, sólo des- cubrimos una imagen de nosotros y, además,
muy superficial. Nunca veremos nuestro yo como es en sí, por ejemplo, como vemos las cosas de la experiencia. Por la
fenomenología es posible hacer un análisis del Yo a través de una descripción y una reflexión por la reducción llamada
epojé. Esta consiste en observar la actividad del yo en sus expresiones concretas de conocer y hablar, es decir sus
elementos "a posteriori"... La reducción consiste en la eliminación progresiva de los elementos de la experiencia desde
un punto de vista crítico. Únicamente de esta forma se capta el yo en sus propiedades intrínsecas. Entonces el yo se nos
da como unidad racional y consciente, con sus elementos "a priori".

1
y Libertad. Llama remos a estos cuatro elementos la estructura básica del yo; es decir, de mi propia persona. En el centro
está el yo,

es decir, mí mismo, tal como soy en este momento, con mi historia, con mi ser, con los valores asimilados, con las ideas
elaboradas a

VIDA experiencias de la cosas y personas .

lo largo de mi vida. Esto no impide que,

a la vez, coexistan

actividades son los actos concretos

que realizamos como: querer una cosa, aceptar una invitación, estudiar un teorema, decidir una compra, res ponder
a una provocación. En cada uno de estos actos intervienen en forma empírica mi conocimiento de las cosas, mi
aprecio por la actividad a

realizar, la libertad para realizarla y la

voluntad que hace efectiva la acción. Eliminando todos estos contenidos, puramente ocasionales, me quedo con la
estructura fundamental, es decir, con lo a priori de mi yo que pue de presentarse en la forma siguiente.

Alrededor del yo hay cuatro elementos "a priori", que subsisten aunque los liberemos de todo contenido real. Yo, mi
propio yo, queda con todas sus estructuras a priori que aquí tipificamos en cuatro dimensiones irreductibles:
Inteligencia, Sentimiento, Voluntad

las cuatro dimensiones indicadas de inteligencia, sentimiento, voluntad y libertad, como potencialidades de la
actividad presente y futura de mi yo. Todo este conjunto se enfrenta a la vida que se da en la experiencia de las
cosas y las personas que nos rodean, y en cada momento de nuestro proceso viviente.

En cada experiencia actúan las cuatro dimensiones del yo. Por ejemplo: Me traslado a mi clase. En esta experiencia
intervienen:

a. el conocimiento de lo que estoy haciendo;

b. la voluntad de alcanzar el acto;

c. la libertad de poder decidir;

d. el sentimiento del valor de mi acción.

Es evidente que no puedo eliminar ninguno de los cuatro componentes


2 • parte A EL SER HL VALOR

que configuran la estructura misma de mi yo. Ni puedo reducir ninguna de ellas a las demás. Sin embargo, las cuatro
actúan como una sola unidad: mi yo. El yo sigue siendo el centro: el que quiere, el que capta el valor, el que conoce, el
que se determina libremente y, la experiencia, el momento actual, en este espacio y en este tiempo, es lo que recoge
esta unidad en un mundo existente y trascendente. A la capacidad del yo, para aplicar sus propios a priori, en cada
momento de la experiencia y sin ningún límite preestablecido, la llamaremos la trascendentalidad del Yo. El yo es
trascendental (no solamente trascendente) por esta apertura ilimitada de su propio ser: por esta capacidad de 'hacerse'.

Es importante recordar que los cuatro conforman la estructura a priori del yo. El yo no puede liberarse de ellas, pero el
yo manda en su propia casa y establece la forma según la cual operar: es el centro racional que llamamos persona. El yo
posee su propia racionalidad según la cual toma sus decisiones pero, las toma según las cuatro estructuras indicadas.
Será conveniente especificar cuál es el carácter de cada una de estas estructuras, antes de entrar al campo especial de
los valores, a. La inteligencia capta el ser de las cosas dadas en la experiencia y sus relaciones. Conoce el serde las cosas,
intuye, discurre y reflexiona.

A raíz de esta actividad, recibe no sólo sensaciones materiales, sino percepciones de toda clase y se expresa en la mente
con imágenes y con ideas. Todo esto se consigna en la memoria y constituye la historia del propio yo. El cono- cimiento
intelectual produce en la mente ideas y conceptos. Es- tos conceptos captan el signi- ficado intelectual de las cosas
conocidas, de una manera abs- tracta. A estas abstracciones se les llama esencias que nos dan el significado de las cosas,
son significativas.

b. La voluntad es la fuerza que desencadena la acción. La vo luntad quiere un acto que puede ser simplemente la
organización de una idea, o bien, un valor que pide ser realizado, o una acción que dependa de la libertad.

La voluntad no juzga, ni toma decisiones, simplemente quiere, desea, exige, etc. Para actuar,

necesita ser iluminada por

la

inteligencia, respaldada por una decisión, atraída por un valor. La voluntad opera

conjuntamente

con la inteligencia y el valor, a las órdenes del yo racional.

c. La libertad es el poder ser.

Un

hombre libre puede cambiar y ser de un modo u otro, renovarse. Libertad es apertura; es poder ser otra cosa de lo que
uno es. Es la capacidad que evade de

una situación y determina otra.

¡ríroduccen a Ins VALORES» 3


Su acción directa es ser otro, adquirir nuevos caracteres: poder cambiar. La libertad excluye la necesidad, la
dependencia. Esta característica es propia del ser humano en cuanto existente: poderse determinar. Pero, lo de decidir el
cambio le toca al yo, a la persona que actúa racionalmente. La libertad también precisa de los otros tres elementos para
que se haga efectiva. Necesita conocer, captar el valor y necesita de la voluntad para actuar, d. El sentimiento es la
capacidad de detectar un valor; sentir el valor; evaluar o apreciar. No se trata de emociones psicológicas, sino de una
dimensión fundamental del yo, quien evalúa su propia relación con las cosas, el carácter de los seres que se dan en el
conocimiento. El sentimiento siente, no conoce, no elabora ideas, pero aprecia el valor que se da en la experiencia.
Distingue entre positivo y negativo, agradable o repugnante, noble o vil, admirable o deplorable, fuerte o débil,
digno o indigno, etc., de cualquier cosa que se ofrezca en la experiencia. El producto de este sentimiento es la captación
de un valor, una vivencia axiológica. El sentimiento del valor interviene en todo conocimiento. Lo dado en la
experiencia es percibido, por el sentimiento, como valor. Así como la inteligencia percibe

el significado de un ser, el sen- timiento intuye el valor de éste. Valor y ser se experimentan al mismo tiempo, pero son
dos dimensiones de lo dado en la experiencia y corresponden a dos facultades del yo.

Sobre esta base, y pensando que en cada caso particular las cuatro estructuras operan armoniosamente en conjunto
como estructuras del yo, podrá plantearse el problema del valor como dimensión básica de la experiencia, posiblemente
anterior a la captación de cualquier cosa que se presente como un ser.

El valor, en la experiencia, viene primero. Se trata, pues, de la dimen- sión fundamental del yo y de su mismidad. Esta
prioridad del valor debe ser aclarada.

Utilizaré algunos ejemplos:

a. Si alguien me da un golpe en la cabeza, sin que yo lo vea venir, capto primero lo desagradable, lo duro, lo malo del
golpe antes de preguntarme: ¿qué es? Capto un valor negativo. Esto sucede en

todas las experiencias.

b. Veo este clavel rojo. Lo primero que percibo es el impacto del color, luego pregunto: ¿qué flor es? Capto el valor
estético.

c. Encuentro una persona querida:

lo primero que siento es la

alegría, antes de preguntarme

4 • Parte A El:

el qué o el cómo. Posiblemente no se ha reflexionado sobre esta prioridad, pero se trata de un hecho experimental.
Aún cuando se considerara que el valor y el ser vienen unidos, siempre habría prioridad del valor en el sentido de
importancia. Una experiencia que no tenga valor, se olvida; la que vale, se graba. En realidad, ningún ser se da sin que
posea algún valor. Ser y valor son dos dimensiones de lo dado, de la vida. Así lo expresa Whítehead: La importancia, la
selección y liber- tad intelectual, están atadas recí- procamente y todas implican una refe- rencia a algún 'hecho' o ente
(p. 9-10, Modes of Thought) y, la noción de

'hecho' es la base de la importancia.

(id., p. 5)

LA VIDA La vida fluye dentro y alrededor de nosotros como el proceso general de nuestra existencia. La vida es lo
primordial

y posee una unidad en sí misma, con y más allá de nosotros y de nuestra conciencia. La vida es tan concreta como lo
somos nosotros mismos, a pesar de nuestro pensamiento abstracto y la espiritualidad de nuestra alma; todo nace y se
resuelve en la vida. Constituye una unidad que, a pesar de su devenir constante, nunca interrumpe el proceso y la
continuidad

de su ser.

Todos los pensadores importantes de la humanidad han reflexionado sobre la unidad de la vida. En el mundo Occidental,
desde los Presocráticos a Platón; desde el aristotelismo al racionalismo de la época moderna la pregunta sobre la vida
ha sido la primera pregunta y la actividad especulativa ha tratado de dar una respuesta a esta unidad. Aún la dialéctica
hegeliana y marxista han enfocado la vida como una unidad continua, observando particularmente su transcurso, el fluir
continuo y cam- biante. Con Teilhard de Chardin se ha visualizado científicamente la vida como un proceso totalitario,
único. Aún la especulación contemporánea gira alrededor de la vida como iden- tidad y como diferencia.

La vida es nuestra primera expe- riencia; la primera y la última porque nunca cesa de estar frente a cada uno de
nosotros. En su larga historia, la vida ha sido pensada en dos formas. Como un ser estable abstraído y fijo como los
conceptos y se ha visto como un ser; o bien, se han diluido los conceptos en el intento de adaptarlos al flujo mismo de la
vida y se ha visto como un devenir. En ambos casos, los filósofos se han dedicado a pensar en la vida como aquello que
es (el 'on' griego) y muy poco se ha prestado atención a la vida como aquello que vale (el 'áxios' griego).

introducción a los «LORES • 5

Por supuesto, se ha hablado del Bien, pero éste ha sido reducido generalmente al ser. Aún Platón, quien coloca la idea
del bien por encima de la idea del ser, acaba por declararlo un ser superior. Sólo a finales del siglo XIX y en el siglo XX se
ha enfocado el valor como algo que merece ser estudiado en sí mismo. Esto nos ha conducido a la situación actual, en
que la sociedad que cono- cemos se encuentra angustiada por la falta de valores, o por decirlo más precisamente, por
un desorden axio-lógico que crea confusión en la conducta privada de las personas y pública de la sociedad.
Para aclarar el problema del valor es, pues, necesario volver a enfocar la vida como experiencia primaria. En este
contexto, nos vamos a limitar a la vida únicamente como vida humana y su carácter.

3 LA VIDA ES VALOR

Si partimos de nuestra expe-

riencia personal, vemos que la vida antes de verse como un

ser se ve como un valor. Nuestra vida humana se ve como algo que corre, que avanza, que conquista, que se realiza.
Este proceso se da como una fuerza que rompe barreras, que construye, que se apodera. Esto sucede en cada ser
humano, en todas sus circunstancias. Esta fuerza mueve, pesa, importa, vale; por eso,

se le denomina valor. Esta energía que se desencadena, que busca, se multiplica y se afirma es el primer valor. No
decimos que es sólo valor. No negamos que sea algo, que pueda ser conceptualizado. Sólo vemos que es valor y, como
tal, mueve el proceso de la vida: el valor se siente, arrastra, atrae, se desea. Yo vivo dentro del valor de la vida. Cada
cual puede describir el proceso de su propia vida en el valor. Utilicemos ejemplos obvios:

a. El niño recién nacido busca a la madre, se apodera de ella, llora si se aleja; reconoce al pa dre. Se siente seguro con

él.

El muchacho se apodera de los suyos, se apodera de un juguete, se encapricha con un

deseo.

Todo lo que lo mueve es valor. Para el niño no hay seres, sólo valores.

b. El joven busca amistad, escoge sus compañeros, no quiere estar solo, reconoce a su familia y la domina; tiene
curiosidad y quiere saber. El joven se rebela ante la autoridad, conquista amigos, se indigna en contra de la mentira,
quiere la verdad, discrimina, odia, desea.

c. Si alguien nos separa de lo

que amamos, sentimos el des garramiento; se nos arranca un valor. Buscar una carrera, una

ciencia, desarrollar una habilidad estética, es un valor. Yo mismo

soy un valor de la vida.

6 • Darte A EL SER?EL VALOR

d. El adulto busca la riqueza, la belleza, el amor; se esfuerza para conseguir fama y poder. El adulto busca la acción,
compara los valores. Planea lo que desea, pro- yecta hacia el futuro las posibilida- des de llegar a ser, rodearse de bienes,
de valores de toda clase. Antes de planear el futuro, se piensa en su valor. La vida nos incorpora sus valores. La fuerza
de los valores que nos rodean, pone de relieve el valor de nuestro propio poder, llegamos a ser hombres valiosos en la
vida y nuestros valores humanos son superiores, por el contraste de la mente y la conciencia con los valores ciegos,
anónimos y materiales de la vida.

Llegamos así a considerar el valor humano, como el máximo valor en la vida; y esta apreciación es general para todo
individuo humano: un ser que piensa, desea, proyecta y ama. Es particular de cada uno y general de todos los hombres.
Ser superior de la vida no significa ser aparte de la vida, sino en la vida misma. Ningún valor vale por sí, sino por la vida
que lo produce pero, el valor humano como máxima expresión de la vida, es el más precioso, el más profundo, el más
general en su propio ámbito. Ningún otro valor de la vida puede compararse con el valor humano. Entonces, el precio de
lo humano es más elevado que el precio de

cualquier otro aspecto del mundo.

Hay otra razón importante para re- conocer la diferencia entre el valor humano como tal y el valor de las cosas. Esta es
su conciencia. La conciencia humana es un valor que alcanza a todo ser humano en cuanto humano y esto nos da la
medida de lo humano en cuanto tal. Su apertura es infinita y el deseo de la conciencia es también infinito. La dignidad de
la conciencia humana fundamenta la libertad humana, como voluntad de conquista de todos los valores del universo. Se
llega, por tanto, a una definición axiológica del valor humano: es conciencia, es inteligencia, es voluntad, es libertad, es
amor y verdad. Todo esto puede reducirse a una sola palabra: es lo humano y es la dignidad humana.

Teóricamente hablando, el hombre vive de los valores y por los valores. La oposición que a menudo se ha establecido
entre conocimientos y valores, o inteligencia y aprecio, no tiene sentido, ni validez, porque la inteligencia es ella misma
un valor. No se contraponen sino que se complementan: ser y valor. Sin duda, la inteligencia ensancha el campo de los
valores, pero es también cierto que la percepción de los valores abre un nuevo campo de conocimientos y amplía el
sentido de la vida. La misma cosa que, en cuanto ser, se conoce con la inteligencia, con el sentimiento se aprecia como
valor.

¿Aprecia usted su carrera? Todos los

¡ntroduccón a los VALORES * J

contenidos de estudio de su carrera son conocimientos; pero cada uno posee su propio valor y su adquisición hace
crecer su valor como persona humana.

EXPERIENCIAYVALORES Que la vida se experimente, no necesita ser probado. Antes de, haber definido la vida, ya la
experimentamos. Es un saber acrítico pero es un saber fundamental y, en esta experiencia primigenia, ya
se dan los valores. Sin hablar de la vida, en concreto, ya sabemos lo que la vida es, lo sabemos
experimentalmente. Es un saber elemental. Los valores se dan originariamente en ciertos niveles como respuestas a
una necesidad básica, que toma múltiples formas. La podemos llamar avidez. Esta avidez no tiene nada de subjetivo,
aunque se trate de mi propia avidez. Podemos también llamarla hambre, sed, aspiración, stress, carencia. En este caso,
no hay palabra apropiada para indicar la necesidad-primitiva de mi propia vida. El aire es para respirar, el agua para
beber, una fruta para comer, un perfume para inhalar, un sonido para escuchar; una luz para ver, un tronco de árbol para
que me apoye en él, una cosa para que la toque, un espacio para que me adentre en él. Cada cosa que se pueda inhalar,
beber, comer, ver, tocar, oír, oler, es un valor. Todo

el mundo estará de acuerdo de la

inmensidad incalculable del conjunto de tales valores. Entrar a este con- tinente desconocido es entrar al mundo
increíblemente grande de los valores. La fenomenología nos obliga a considerar este horizonte primigenio como punto
de partida de una discusión fundada acerca de los valores. Cada uno de estos elementos es seguramente un ente pero
un ente que, en primer lugar, se da como un valor: un valor inherente al ser. En estos casos, nadie puede confundir la
cosa como ente, con la cosa como valor: la misma cosa es ser y valor al mismo tiempo. No puedo confundir el pan con el
hambre, el agua con la sed, el perfume con su gracia... y no se trata que el hambre le dé valor al pan o, la sed, al agua,
porque una piedra no es valor para el hambre, la arena no es valor para la sed, el ruido no es valor para la vista. El valor
es tan objetivo como el ser, pero es otra clase de objetividad; está más allá del sujeto y del objeto.

En esta hambre primigenia ya se expresan dos características de los valores. Primero, que el hombre no puede vivir de sí
mismo. Por tanto, los valores son esenciales para él y constituyen la extensión de ese sí mismo que le falta. Segundo,
que los valores son principio de acción y se dan como una energía que atrae, arrastra y sirve de modelo. En este sentido,
ningún valor es indiferente para mi yo: o lo atrae como fuente

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de deseo, o lo repele como un daño a evitar. Los dos movimientos se encuentran en todos los valores. Por esto, no
faltan quienes atribuyan el valor al deseo, trastocando por completo el orden real.

Quizás no hayamos reflexionado lo suficiente sobre este tipo de valores, que son ciertamente comunes a todos los
hombres y prescinden de todo tipo de historia y de cultura o de situación social. Quizás porque son tan evidentes y tan
generales que no los consideramos como valores. Todos estos elementos yo los aprecio como valores, en tanto no puedo
prescindir de ellos en ningún momento, pero son una clase de valores muy originarios y especiales en cuanto no puedo
vivir sin ellos. Son especiales porque establecen con mi ser humano una relación absolutamente única y objetiva: la
necesidad. La necesidad posee dos caras: una hacia mí, el darse de estos elementos apreciados; otra, hacia ellos en
cuanto en mí está la avidez. La avidez es más que el deseo que puede suscitarse en presencia de otro tipo de valores
menos evidentes o más libres. La avidez no es sólo una necesidad objetiva es también conciencia de esta necesidad.
Que sea precisa la intervención de la conciencia personal, queda claro si se considera que el hambre puede
transformarse en voracidad dañina; la sed, en borrachera; el deseo sexual,

en lujuria; el movimiento, en atropello. Se trata, pues, de valores semejantes a los demás, en los que el yo deberá reinar
como arbitro en la acción.
A partir de estos valores necesarios nace una gradación también necesaria en la variedad ilimitada de valores. Hay
valores en las realidades físicas, a nivel del mundo cósico. También hay valores a nivel de los seres vivientes, sea esta vida
vegetal o animal. También hay valores a nivel de seres humanos como realidades inteligentes y libres. Hay valores que
únicamente se perciben, se con- templan o se desean, y hay valores que el ser humano realiza, en cuanto su autor y se
insertan como realidades nuevas en el mundo social y cultural. Esta panorámica esquemática es previa a toda
consideración de tipo axiológico; es decir, al discurso so- bre valores. No se da una ruptura entre valores originales,
necesarios, y valores más elevados como los del espíritu. De hecho, hay hambre no sólo de alimento material; hay ham-
bre igualmente voraz, de poseer, de honra, de poder y toda esta clase de satisfactores es buscada con la misma avidez
que el pan. Esto abre la perspectiva sobre las posibilidades de valores que rebasan al individuo y se instalan como
naturaleza hu- mana. Hay un hambre selectiva, que cobra las dimensiones del gusto y del buen gusto en toda la escala

de cualidades: entre la cocina y la

introducción a los VALORES •

moda, el estilo literario y artístico, las costumbres y las celebraciones. Hay posibilidad de hartarse de cierto alimento y
rechazarlo. El aire para respirar no es sólo de oxígeno, es también la libertad de movimiento, el espacio familiar y
cultural, o político, cuya falta nos asfixia; es también el respiro de los sueños y de los ideales de vida y de acción.

También se da la posibilidad de tomarse un respiro, que significa relajarse, después de un esfuerzo, recuperar energías,
liberarse de una opresión. El valor del sonido no se limita a su calidad de señal, a la advertencia de un peligro, sino que
descubre la exigencia de armonía, la instrucción de imágenes acústicas, e escenarios sentimentales y de nundos
ideales. Hay también so- nidos que exasperan cuando se busca la tranquilidad, el silencio y la concentración. El perfume
no está solamente en el aroma de las flores o de las esencias volátiles; está también en el asco de la podredumbre y de la
injusticia, en la vergüenza de la traición y del engaño. La claridad no es únicamente la del sol durante el día o de la luna
en la noche; es también la coherencia lógica, el rigor de los razonamientos, el encanto de un poema, la fascinación de
una pintura o de una historia. La luz puede ser molesta porque ilumina acciones que preferimos no ver o porque
deslumhra nuestros ojos e

impide ver, con precisión, más allá de la publicidad y de los simulacros.

No podemos negar que todos estos valores conexos con las raíces últimas del valor, llevan en sí, no sólo los mismos
atractivos, sino la misma avidez y el afán de las necesidades originarias. Se comprueba así, a través de la experiencia,
cómo la comente de valores que acompaña la vida de un individuo humano se articula en forma de árbol frondoso de
una sorprendente riqueza y complejidad. Todavía no se ha puesto la pregunta sobre la naturaleza misma del valor, que ya
nos sentimos envueltos en una red de valores que se extiende de nuestra situación empírica hasta las regiones más
lejanas de la vida intelectual y sentimental. Una simple descripción ingenua, ya nos ha su- mergido en este mar que a
menudo se vuelve agitado y peligroso.
¿HAY ESENCIAS EN LOS VALORES?

Los valores, como

entidades adheridas a las cosas, se perciben como vivencias; no son un ser más añadido al ser de las cosas: se
perciben en las cosas. Entonces, no poseen propiamente esencias ni se generalizan como las esencias. Los valores se dan
como vivencias, mientras las esencias son representaciones. Todo valor se da

como particular. Los

10 * parte A a SER Y a VALOR

entes se perciben como esencias, los valores como importancia, peso, calidad. En este sentido, los valores no son
esencias; sin embargo, puede hablarse de esencias de los valores. La mente puede conceptualizar como esencia
cualquier cosa, aunque sea inexistente. También puede concep- tualizar los valores y estos conceptos pueden ser
intercambiados con otras personas pero, entonces, no se trata de valores sino de ideas abstractas que reflejan y
recuerdan la percepción de un valor.

Si por esencias se entiende una entidad mental, fruto de una reflexión, por supuesto puede hablarse de esencias
axiológicas. Entonces se entiende por esencias un contenido mental, derivado de una reflexión sobre la experiencia. El
valor se encuentra en la percepción de la vida. Cualquier simple concepto está muy lejos de la realidad axiológica lo cual
no prohibe reflexionar crítica- mente sobre un conjunto abierto y experimental de valores o sobre un valor captado
individualmente. No se niega que una percepción de valor produzca en mí una im- presión y, consecuentemente, una
representación intelectual específica de la captación de este particular valor y, por ello, una memoria intelectual de tal
impresión. La emoción producida por la experiencia de los valores, no es una esencia, sino una forma de la vida en
nosotros mismos.

El

placer de un valor positivo o el dis- gusto por un contravalor, no son representaciones sino dimensiones de la vida de la
conciencia. En este caso, nos encontramos más allá de una simple alternativa de lo objetivo o sujetivo: estamos en la
vida misma, en su expresión realmente humana.

Ningún valor es subjetivo, en el sentido delimitado a mi propio sujeto; de hecho, puedo comprobar que otras personas
perciben los mismos valores. Lo que es subjetivo, o relativo, es el conjunto de conceptos en los que intentamos
encapsular los valores. A pesar de ello, son comunicables. Esto no significa que todas las personas perciban un valor de la
misma forma, así como no todos ven el color verde de la misma manera. Las variaciones en nuestros conceptos de valor
no son tales que impidan hablar de los valores, contrastar una opinión con otra y buscar un conocimiento común y
compartido por la comunidad hu- mana.

Las esencias referidas a los valores poseen únicamente el contenido que les confiere nuestra capacidad de
conceptualización y la comunicación interpersonal. La esencia no es un valorsínosimplementeelconocimiento de un
valor. La percepción del valor es algo totalmente experimental. Esto no significa que no sea necesario un entrenamiento
para ver y apreciar ciertos valores así como una con-

íntroduccón a los VAL0BE5 • "J \

ciencia abierta para estimarlos. El lenguaje corriente encuentra graves dificultades para hablar del valor y de los valores,
porque las palabras significan conceptos, mientras el valor responde a un sentimiento. Nuestra costumbre especulativa
nos lleva, de repente, a tratar el valor como si fuera un ser y a usar las palabras con las que determinamos al ser y a las
esencias, lo cual crea confusiones en el discurso sobre valores.

¿QUÉESUNVALOR? Podría contestarse que es una energía, una fuerza que acompaña los acontecimientos de la vida.

Quizás podría abstraerse un poco más la descripción diciendo que es una calidad que se encuentra en las dimensiones
de la vida. Cuando tengo la experiencia de algo que es un ser, capto también su valor. Ser y valor nacen juntos; se dan
como dos dimensiones de lo dado en la experiencia. Aveces, llamamos al ser un hecho y, al valor, su importancia. Cada
ser posee esta calidad axio-lógica. En tal sentido, se dice de una tela que: tiene calidad, es decir, tiene valor.
También un texto, un relato, una pintura, una composición musical es cíe calidad, porque vale.

Entonces, la palabra genérica para indicar un valor, puede ser la de calidad. Esta calidad adhiere a las personas como a
las cosas, al devenir y a las relaciones; a todas

las entidades de la vida vivida. Toda cosa conocida, además de su esencia intelectual, posee también algún va- lor. El
tamaño de una trayectoria es calidad, el tiempo de una jornada es calidad, el color de una pintura es calidad, la dureza
de un diamante es calidad, la bondad de esta madre es calidad, la justicia de esta sentencia es calidad. Esta particular
calidad es el valor; es la misma cosa que, por otra parte, se conoce intelectualmente pero, en su dimensión axiológica,
por el sentir, el sentimiento de valor. Alguien lo podría confundir con una simple cualidad, pero es mucho más. En breve,
todo ser o cosa que percibimos posee más allá de su esencia; esta otra dimensión que es el valor.

El valor es esa calidad particular e inconfundible que produce en nosotros la apreciación, porque se percibe con este
sentimiento único que es el sentimiento de valor. Se puede apreciar (valorar) el tamaño, el tiempo, el color, la dureza. Sin
tal calidad no hay apreciación; sin apreciación no hay valor. Todas las cosas poseen esta calidad, en diferente medida,
en cuanto son elementos de la vida o de lo humano. Es imposible liberar las cosas y las personas de su calidad axiológica.
Ésta vale a pesar nuestro. Nada es neutro en la vida; todo tiene algún valor, además de tener cualidades. También puede
percibirse el valor
como una energía que se capta en la intuición. La intuición nos da el valor con el ser. Captamos el valor como fundado en
el ser. Esta energía no sólo es captada sino que afecta nuestra percepción, produce acción y reacción.

Los valores nos gustan o disgustan, nos atraen o nos repelen. Quienes afirman que no hay valores mienten a su propia
conciencia o simplemente no saben de qué están hablando. Los valores se imponen por sí mismos, por su calidad. Al
tomar una decisión consciente y pasar a la acción, toda persona manifiesta un valor. La dificultad no consiste en percibir
los valores, sino en analizarlos y hablar de ellos. Es fácil pensar que estamos rodeados de seres y es más difícil pensar
que estamos rodeados de valores por el simple hecho de que es más fácil hablar en términos de seres que en términos
de valores. Para hacer un análisis crítico del conocimiento de los seres, se aplica la reducción fenomenológica, se buscan
las esencias significativas del ser. Otro discurso es el hacer análisis de los valores, porque con la reflexión crítica sobre el
valor, no se captan esencias, sino que únicamente se producen representaciones intelec- tuales del valor, que no son
valores. Ayudar a un enfermo a tomar su medicina es un valor. Pensar en este acto de ayuda, cualificarlo con una idea, es
un concepto. No es un valor.

Pero, hay algo más. El hacerse dueño de un valor amplía nuestra medida de ser en la vida. Cuánto más grande es el
número y la cualidad de los valores que percibimos, tanto mayor es nuestra participación en las energías de la vida. El
que capta más valores vive más. Puede que su vida sea simplemente del nivel de las aves y de los mamíferos o, bien, que
sea la de los artistas, poetas, matemáticos y creadores; o de los sabios y santos porque la calidad del valores la calidad de
vida. Poder apreciar la gravedad de un delito, a través de una tragedia de Shakespeare, o el terror del des- tino a través
de una tragedia de Sófo- cles, es un regalo que enriquece la conciencia moral de una persona. La calidad del valor se
transforma en calidad de la conciencia de la persona humana. En esto es visible la doble dimensión del valor.

El valor se puede percibir, pero también se puede realizar. No sólo la percepción de los valores amplía nuestro ser en la
vida. También la realización de valores amplía el horizonte de nuestro ser personal. Si me dedico a ejercer como artista
y creo valores estéticos, se amplía el horizonte de mi vida y el horizonte de los que conocen mis obras. Si me dedico a la
acción política y a realizar valores de colaboración y de justicia, crece mi vida personal y también la vida de quienes
observan o participan en esta actividad. Si me

dedico a escribir obras literarias o científicas, mi vida abarca los valores de ese campo y, al mismo tiempo, hace crecer la
humanidad de quienes leen las obras. Si se observan los valores desde el punto de vista de los campos de percepción y
de los campos de acción, debe reconocerse que el mundo de los valores es tan grande y más que el campo de los seres.
El campo de los seres es limitado al mundo de la vida que se da. El campo de los valores abarca el proceso de la vida que
se construye y que se crea. Estas breves líneas son suficientes para descubrir delante de nuestros ojos humanos el
inmenso horizonte que los valores abren a nuestras posibilidades de vida. No sólo vivimos de valores, también
creamos valores.

LA CALIDAD DEL VALOR

7.1 CALIDAD VARIABLE La calidad del valor que se nos da en la intuición no es homogénea ni constante. Puede variar
de inten- sidad, por lo cual un valor es de mayor calidad que otro. Variando las circunstancias puede también variar la
calidad del valor. La vista vale más que el oído, la tragedia vale más que la lírica, una ganancia vale menos que la amistad,
la prudencia vale más que la astucia. Hay gradaciones intermedias de valores, entre lo más importante y lo que se
aprecia menos.

No se da un valor máximo que pueda establecerse en el transcurso de la vida. Como no podemos captar de un solo la
totalidad de la vida, no poseemos nunca la totalidad del valor. La vida misma posee esta apertura hacia el infinito, sin
ofrecerlo nunca como acabado. Ni hay un valor mínimo que sea totalmente indiferente. Es decir que no pueda
percibirse un valor cero. Un valor aparentemente indiferente es el que está entre lo positivo y lo negativo de la vida, y no
puede percibirse con claridad.

7.2 CALIDAD NEGATIVA

En la corriente de la vida hay fenómenos contrastantes que arrojan aspectos negativos y contrarios a nuestra
percepción del valor. Se llaman corrientemente valores nega- tivos o contravalores. Al tocar un instrumento frío
podemos percibir su valor agradable pero, si el frío es demasiado intenso, percibimos su valor negativo. Al apretar la
mano de un compañero, percibimos su valor positivo; pero si la presión es exagerada, la percibimos como un valor
negativo, una amenaza. De esta forma captamos tanto la calidad positiva como la negativa de los valores. Como se da
una inmensa gama de valores positivos, hay una correspondiente variedad e intensidad de los valores negativos. Como
el valor positivo exalta la vida, el valor negativo la deprime.

7.3 LA PRESENCIA DEL VALOR

La presencia del valor significa aquel núcleo principal por el cual el valor se revela. No hay límites precisos que separen
un valor de otro o, bien, establezcan los márgenes dentro de los que se dé un valor. A menudo, de un mismo hecho se
desprenden muchos valores. Sin embargo, hay un núcleo que se hace presente y designa la totalidad de un valor. Este
núcleo presente lo separa de todo lo demás y es un carácter originario de la experiencia: se distingue por- que es dado.
La presencia se da generalmente por mediación de las sensaciones, la memoria, la ima- ginación, o de percepciones
orgá- nicas características. Esto no excluye que, en ciertos casos, el valor se dé como un conjunto impreciso de
relaciones, entre diferentes compo- nentes que confluyen en la expe- riencia; por ejemplo, el valor de una buena
organización civil; el valor de la seguridad en un vecindario; el valor del respeto a derechos ajenos.

Entonces, es difícil de formular el hecho en que el valor esté pre- sente; sin embargo, éste se da. Es precisamente un
carácter de la experiencia el que pone de relieve esta continuidad de un todo, que se nos ofrece; en el cual un valor se
presenta por sí como inmediatamente apreciable. Entra en la conciencia como algo que vale por sí.

DIFERENTES CUALIDADES EN EL CAMPO DE LOS VALORES

El valor es calidad y puede haber variación en la misma calidad. Ade- más, el valor se da en modos dife- rentes que
trasladan la calidad, a diferentes regiones que podemos llamar cualidades del valor. Un valor estético se coloca en un
contexto vital muy diferente de un valor moral; un valor económico se diferencia fácilmente de un valor político. Las
cualidades del valor se dan como campos diferentes de la actividad de la vida. Se abre así el gran mundo de las
cualidades del valor, tan grande como es la complejidad de la vida: valores físicos, biológicos, estéticos, políticos,
morales, económicos, so- ciales, culturales, intelectuales, senti- mentales, lógicos, matemáticos y más. También hay
diferencia de cualidad entre valores positivos y valores negativos. La conciencia individual puede apreciar la variación en
la calidad y establecer relaciones entre las cualidades de los valores, y establecer una discusión con las demás personas
sobre la calidad de los valores, por lo cual el valor adquiere un alcance general. Encada campo de la axiología se
distingue fácilmente, por experiencia, entre la variedad positiva y la negativa de los valores. Se hablará, por ejemplo, de

valores morales positivos y negativos

introducción a los VALORE 15

y de la diferente calidad en los valores positivos como negativos.

de un valor, sino es situarlo dentro del conjunto de los valores de la vida. Una simplificación de esta operación es la que
se denomina una escala de

COMO SE PERCIBEN

LOS VALORES: LA VALORACIÓN

El sentimiento del valor se vuelve

concreto y específico con el acto de valoración o apreciación, frente a un hecho particular. Frente a este hecho particular,
por ejemplo, de una mamá que da de mamar a su niño, el valor me emociona; lo siento, lo aprecio. Esta percepción
queda en mí como vivencia y puede grabarse en mi memoria pero, si pienso en él, si me formo una idea de este
particular valor, mi idea ya no es un valor sino un concepto de mi conocimiento acerca del valor. Con relación a la
captación de los valores, hay dos problemas. Uno se refiere a la organización de los valores en nuestra propia vida
consciente. Esto se describe como la valoración. Un valor no sólo se percibe, sino que se valora y, por tanto, se sitúa en el
conjunto de los valores de la vida. Reflexionar sobre los valores implica organizar en nuestra propia vida un mundo
grande que crece en nosotros, en proporción directa con nuestro conocimiento de la vida misma. El acto de juicio que
corresponde a la valoración es el juicio de valor el cual consiste, no solamente en reconocer la presencia

valores. Es un poco ingenuo esto de

hablar de una escala, como si todos los valores pudieran colocarse en un mismo renglón. Es más correcto hablar de un
sistema de valores o de un sistema de sistemas, por ser tan complejos y heterogéneos los valores de la vida.

El segundo problema de la valoración está en la naturaleza misma de los valores. Esta calidad de valor es energía y tiende
por sí misma a la acción. Podría decirse que todos los valores mueven a la acción. Se trata de diferentes energías y,
consecuentemente, de diferentes acciones. Si alguien contempla la Gioconda en el Louvre, podría preguntarse: ¿mueve a
la acción? La respuesta es afirmativa. Cuando menos, mueve a la acción de evaluar la belleza; suscita esa inquietud de
saber ver más allá de las primeras apariencias pero, en general, los valores mueven a una acción de conducta, impulsan
la capacidad de llevar a efecto los valores que se han asimilado. A esto se le llama, la realización de los valores. Si los
valores proporcionan energía en el proceso de la vida, por sí mismos impulsan la realización. En el ser humano tal
realización pasa por la energía de la conciencia,

la

16 ♦ parte A H. SER Y EL VALOR

racionalidad y la libertad. En otras palabras, puede afirmarse que los valores impulsan al hombre hacia su plena
realización: efectuar valores es hacerse valor. Sin embargo, no lo obligan, no son esclavizantes, sólo promueven, hacen
nacer el deseo, estimulan la voluntad, a crear en uno mismo aquello que se percibe como válido (en griego: tó áxion).

10

Las personas, como experimentamos en nosotros mismos, son los centros racionales de conciencia, de actividad
intelectual física y emocional; a cada una de las dimensiones de las personas pertenecen diferentes modalidades de los
valores. No se trata de generalizar abstractamente algo que se encuentra en mi propia persona. Es suficiente comprobar
empíricamente la capacidad de cada uno de los otros yos personales;

UNA CALIDAD

INHERENTE

Hablar de los valores como de una calidad inherente, es entrar en la totalidad del cosmos en su devenir profundo. Es
desarrollar los valores como la posibilidad de ir más allá de sí mismo, es abrir una ventana de trascendencia. No es
posible, entonces, pensar en los va- lores como si éstos fueran seres, cosas o relaciones; sino como re- sortes del ser,
calidad y dirección del proceso. Este se encuentra en la calidad de las personas, de las cosas y de las relaciones. Ser
inherente significa pertenecer a todos los aspectos posibles de la vida. Si nos concentramos en algunos como: las
personas, las cosas y las relaciones, sólo indicamos los campos más evidentes en que se manifiestan los valores. Una
persona es bondadosa, correcta, decente, prudente o, al con- trario, impaciente, dura, iracunda, aventada, manifiesta su
valor.

de su efectiva comunicación con

nosotros mismos, por sus facultades materiales y espirituales. Es interesante comprobar el hecho de que tal
comunicación es tanto más evidente cuanto más se analizan las facultades más elevadas de la persona: como la
reflexión, la especulación, los niveles matemáticos y lógicos; la emoti- vidad, la voluntad, la creatividad, el deseo de
libertad y de autonomía. Son comprobables experimentalmente estos valores fundamentales de la persona: que son
valores de nuestro propio yo personal y demás yos, que constituyen la sociedad humana que nos rodea; desde los
individuos más próximos, sin discontinuidad, hasta el horizonte ilimitado de nuestra humanidad.

No es necesario recurrir a la Declara- ción de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas para respaldar con esa
autoridad esta comprobación, cuando la evidencia está al alcance de cada hombre personal si éste
la desea. Basta recordar que los derechos humanos son un derivado de los valores humanos y se fundan en éstos. Los
derechos Inherentes a la persona, como individuo humano, constituyen la realidad más íntima y esencial de nuestra vida
y, a la vez, la condición indeclinable de una existencia humana racional. Se llamarán, entonces, los valores humanos
fundamentales y radicales, aquellos de los que derivan o por los que son condicionados todos los demás valores. Será,
pues, necesario regresar y analizar en detalle estos valores fundamentales.

En segundo lugar, se dan valores inherentes a todas las cosas en cuanto éstas sean ingredientes del proceso de la vida. Es
suficiente analizar en detalle los aspectos y las estructuras de los cuerpos inorgánicos y orgánicos para encontrar la
evidencia de los respectivos valores. La estructura de los cuerpos físicos, como de los distintos niveles de la vida,
estudiados por las ciencias, no sólo deslumhra la inteligencia humana, sino que provocan la admiración, el entusiasmo, la
apreciación espon- tánea de todo ser humano. Las estructuras de la vida, desde los genes, a los organismos superiores,
son a la vez argumento de maravilla y modelos de posibles ejecuciones. Consecuentemente, el hombre ha querido
nadar como el pez, volar como las aves, gravitar en el espacio

como planeta, autoregenerarse co- mo las células madres. Todas las cosas ofrecen valores que estimulan el proceso y
la superación de las condiciones del pasado. Lo cual no significa que los valores de las cosas sean superiores a los
valores de los individuos humanos, de tal modo que entren en competencia con aquellos. Como sucede entre las cosas
mismas del mundo, las energías superiores triunfan en las confrontaciones con las demás energías, los valores superiores
tienen una calidad que se sobrepone a los demás valores de las cosas.

En tercer lugar, hay valores en las relaciones. Esta palabra relación, no obstante su manifiesto origen metafísico, no tiene
nada de abstracto o de meramente conceptual. Las relaciones a las que nos referimos son las relaciones de las cosas con
el hombre. Tales relaciones llevan en sí una carga axiológica inequívoca. Hablando de cosas, podemos refe- rirnos al aire,
al agua, a las semillas de los cereales o al espacio de circulación de un viviente; pero, si se enfoca la relación hombre-
cosas, de inmediato se descubre el valor de esta relación. Entre el hombre y el aire hay una relación de necesidad que
conjuga dos esferas: la física y la humana. El derecho al aire limpio es tan importante como el valor espacio vital, como el
valor de la alimentación para el hambre del hombre, el valor al

agua pura para su salud, el valor de la locomoción para su autorrealización.

El conjunto de relaciones, si refle- xionamos, se extiende a campos mucho más graves que la simple necesidad vital. La
relación de jus- ticia entre personas y cosas y entre personas y personas, la relación de respeto entre las actitudes
externas de la conducta social y los valores fundamentales de las personas, la relación entre los escritores y sus
textos, entre los artistas y sus obras, entre los hombres de ciencias y su conducta profesional, entre los ejecutivos y sus
decisiones, brillan como valores que pueden ser, en ciertas circunstancias, salvadores de un pueblo o culpables de un
genocidio. Es necesario, en algún momento, analizar los valores de toda clase de relaciones.
LA CALIDAD AXIOLÓGICA

Y MI PERSONA

Estar involucrado en la vida es para nosotros lo mismo que estar com- prometidos con los valores. Podemos abrirnos al
valor o cerrarnos, colo- carlos como resortes de nuestra existencia o ignorarlos; nada cambia: los valores siguen siendo
parte de nosotros. Por esto, es necesario enfocar mi propia persona desde los valores. Mi persona es el yo,

con

todas sus facultades. Por ello, es preciso considerar la doble vertiente de mi conciencia: su capacidad de conocer y captar
los valores por una parte y, por otra, la conciencia como principio de acción y de realización de valores. Estamos
hablando de una doble corriente: la del conocimiento y la de la acción... captar los valores y realizar valores.

11.1 LA CORRIENTE DEL CONOCER UN VALOR

Esta corriente va del valor al yo. Es la primera corriente que percibe la conciencia, la mente, el yo; es su propia actitud
hacia el valor que se da. Tal actitud es, en primer lugar, perceptiva, intuitiva y, además, re- flexiva. Son dos momentos en
di- rección contraria. Soy pasivo en la recepción del valor y activo en el reconocimiento y en la concepción del valor. En
ambos casos actúa el sentimiento metafísico, como sen- timiento de valor, juntamente con la inteligencia y la
especulación mental.

El primer momento es el de la intuición. La intuición es el contacto inmediato con la vida, y se da primariamente con los
sentidos; es material y viviente pero no solamente material. La intui- ción capta todo lo que la vida nos proporciona. A
pesar de darse por los sentidos materiales, la vida se da en la intuición con todas sus virtudes que superan ampliamente
los límites de la materialidad. Por ejemplo, contemplo

introducen a bs VAiiíffiS * "J §

un paisaje. La intuición capta lo agra- dable o desagradable de la vista, trasciende el sentido meramente visual para
captar la amplitud, ori- ginalidad, novedad, armonía y belle- za. Todo pasa por la intuición. En otros casos, el de una
operación matemática, lo sensible es rebasado ampliamente por la armonía de los números y la dimensión intelectual de
la operación. El valor no está sólo en un resultado útil; está en todo el procedimiento lógico.

Dentro de esta corriente hay una par- ticipación personal, la abstracción y generalización. Elyorecibelacorriente del valor
y la procesa comparando un acto singular con otro, ampliando una visión y generalizando. El potencial abstractivo está
entrelazado con la intuición y permite que intervengan la memoria, la imaginación y la impre- sión. Transforma el valor
en parte de la misma conciencia. Es la vida misma que adquiere la amplitud y superioridad de la conciencia: yo soy este
valor. La intuición no sólo proporciona al sujeto la calidad de valor; al mismo tiempo le ofrece todas las cualidades de los
valores. Si observo un cuadro de Corot, pre-impresionista, de una vez: conozco los datos, la información que me
proporciona pero también veo la belleza, aprecio su valor económico, el valor social de su contexto histórico, el
romanticismo de
su atmósfera, etc.

Todo esto se da en una sola intuición, o mejor, en una múltiple forma de intuición.

El segundo momento de la corriente cognoscitiva es el de la reflexión. La reflexión es también un momento del


conocimiento y permite a la conciencia actualizarsu propia actitud, desarrollar una operación crítica, aceptar o re- chazar
la adhesión al valor. La reflexión sobre el valor es un acto intelectual, pero no rompe la conexión con la realidad del valor
que se ha percibido, no elimina el sentimiento de valor. Es de una intelectualidad axiológica. Con la reflexión, el yo se
hace responsable del valor percibido, tanto en sentido positivo como ne- gativo. Si se prefiere hablar de ra- cionalidad,
habrá que distinguir entre una racionalidad meramente espe- culativa (o epistemológica) y una racionalidad axiológica.
Ambas actúan al unísono, tanto que es difícil distinguir la una de la otra. Las dos pertenecen a la conciencia del yo y su
virtud es intelectiva. En esta corriente cognoscitiva el Yo conserva toda su autonomía y libertad, con la capacidad para
actuar: hacer o deshacer; efectuar o no un valor. Podría decirse que el valor posee una intencionalidad axiológica; no
epistemológica, como la que se estudia de ordinario. No se conoce, en el sentido del ser, sino que se capta, se aprecia y
se evalúa.

20 * parte A EL SER Y a VALOR

11.2 LA CORRIENTE DE LA ACCIÓN

El yo con su conciencia, y la ca- pacidad reflexiva de su intelecto, están disponibles para actuar en el mundo. Esta
segunda comente emana del yo y va hacia las cosas y las personas. El valor que ha sido adoptado se con- vierte, porsu
naturaleza, en principio de acción controlado evidentemente por la inteligencia y la libertad de la persona humana. Este
control responde a la totalidad de esta persona, por tanto, implica los dos aspectos del yo: la racionalidad y la
emocionalidad. Al- gunos distinguen entre mente-racional y mente-emocional. Si imaginamos las dos potencialidades
como dos canales de acción, se verá claro que a veces ambos canales se funden armónicamente y otras veces entran en
tensión recíproca. Ya decía Cicerón, para expresar esta tensión: -veo lo mejor y lo apruebo y, sin embargo, sigo en lo
peor- lo cual significa que capto los valores con precisión, pero mis juicios no les corresponden. Cada uno de estos
canales posee sus propios objetivos y códigos. La mente-racional puede correr en la dirección especulativa, meramente
epistemológica o, bien, en la dirección axiológica de la realización del valor. Por su parte, la mente-emocional se orienta
entre el código del placer y del deseo o, bien, del disgusto y del rechazo. El yo actúa de arbitro entre los dos canales del
movimiento hacia la acción. El yo debe actuar desde la perspectiva de su propio valor y ser

en la vida, para tomar sus decisiones en la realización de cada uno de los valores. Esto nos proporciona una visión
adecuada de la complejidad del ser humano en el proceso de autorealización. Nos relaciona de inmediato con la
educación y con el control de las emociones en conexión con la percepción y realización de los valores.

Al hablar de inteligencia-emocional, se enfatiza más bien el aspecto material y físico de las reacciones y el patológico del
mundo emocional que, porsu parte, tiende a sobreponerse a la corriente de la mente racional. Aún la fuerza de las
emociones básicas, como amor u odio, en cuanto es valor, debe ser comprendida en conexión con los valores esenciales
de la vida. Cuando el Dr. Felipe Boburg, de la Universidad Iberoamericana de México quien había impartido clases en la
URL con gran admiración de sus estudiantes, murió en el esfuerzo de salvar sus dos hijitas, al zozobrar la lancha en el mar
de Acapulco, no sólo realizó un acto heroico de sentimiento (de la mente-emocional), sino un acto de amor y un
valor plenamente armónico con su mente-racional. Mente-racional y mente-emocional no son más que facultades de
un mismo yo consciente. Son dos canales de expresión que no provocan un conflicto, cuando la persona humana
consciente, con su yo, toma una decisión para realizar

un valor.

introducción a los VALORES • 21

EL SENTIMIENTO COMO PRINCIPIO DE ACCIÓN

En la mayoría de los casos, el sentimiento que acompaña, precede o sigue la realización de un valor, es también una
dimensión de la razón axiológica. Se suscita un sentimiento, una emoción fundamental de valor: amor y odio, deseo y
repulsa, apre- ciación y desprecio, exaltación y depresión. Son sentimientos que se despiertan de cara a la experiencia
del valor y fundamentan a su vez la realización de un valor como un acto decretado y llevado a plenitud, por la persona
humana. Deseo afirmar mi libertad; admiro la riqueza del mundo natural y reconozco su regalo para la existencia del
hombre; aplaudo a la representación de las pasiones humanas en una pieza de teatro, en una pintura mural; me indigno
a la vista de un hombre que golpea violentamente otro ser humano. Todos estos sentimientos son como resortes
disparados que obligan al individuo humano a reaccionar. Es la mente axiológica la que actúa desde los principios básicos
de la vida.

Los sentimientos no son más que valo- res parciales y pueden desordenar el horizonte de actuación de la persona. El yo
está encargado de confrontar valores con valores y establecer el sistema que conduce al yo hacia su realización. Si el yo

se concentra sobre sí mismo y se vuelve egoísta, elegirá únicamente los valores que respondan a esta inclinación
egocéntrica, olvidando los valores de relación, la presencia de las demás personas y los valores interpersonales. En este
caso, la ejecución de los sentimientos se transforma en un poder dictatorial y absoluto y tiende a dominar la
organización de la mente axiológica pero, el egoísmo no es más que una reducción arbitraria del campo de visibilidad de
los valores. El límite de los sentimientos egoístas es dado por el consiguiente menosprecio de los valores esenciales de
las demás personas y cosas. Un valor es siempre individual pero sus relaciones son interpersonales.

EL HORIZONTE AXIOLÓGICO

El horizonte en el que es posible percibir y realizar los valores es

tan grande como la vida misma. En


este espacio teórico se sitúa una persona particular juntamente con todas las personas humanas y el contexto de la
naturaleza, con todas sus relaciones y cosas. No es posible ignorar el horizonte si el yo desea organizar adecuadamente
las prioridades axiológicas. Un análisis meramente parcial llevaría a una distorsión polarizada del sistema axiológico
general. No es que cada

valor deje de ser lo que realmente es, ni que la percepción de los valores se vuelva arbitraria. La falta de una visión
completa de la valoración, produce también una incompleta captación del sistema y, consecuentemente, una
desorganización del sistema global de valores.

Hablar de horizonte de valores, no es sólo hablar de un límite externo contra el cual se puede estrellar lo humano; al
contrario, es esencialmente un referirse a los contenidos. La natu- raleza relacional del valor, eminen- temente
interpersonal, nos obliga a ver el conjunto axiológico como un sistema. Los valores interperso- nales se conjugan con los
valores intrapersonales para formar un solo sistema humano en el cual, todo individuo particular, se encuentra vin-
culado por el poder de la vida. Se comprende, entonces, que el sistema axiológico es un sistema general hu- mano. Sin
duda habrá variaciones, por las diferentes situaciones históricas y psicológicas pero, tales diferencias no tendrán el poder
para destruir el sistema en su totalidad. Puede haber diferencias en los niveles de menor compromiso, pero será
necesario privilegiar los valores fundamentales a escala mundial. No puede haber conflicto entre los valores básicos de
la vida y los valores fundamentales de la moralidad, porque ambas líneas de valores derivan de la misma raíz: la dignidad
del ser individual humano, en

cuanto tal, y se encierran en el mismo horizonte.

Para utilizar una imagen que nos permita visualizar el sistema, po- dríamos utilizar la de una pirámide
invertidaquedescansesobresuvértice. Este vértice agudo es el individuo humano con su realidad concreta de cuerpo y
espíritu, de un yo racional, potencialmente inteligente y libre. El yo es autoconciente de sus propíos valores y de su
dignidad esencial, con las necesidades inherentes a su existencia, como el espacio, el aire, el agua, la alimentación y su
medio de comunicación. La pirámide que se abre hacia arriba de sí misma, puede poseer múltiples caras, pero cada
una es un elemento del sistema. Del mismo modo, se podría utilizar la imagen de una rosa: no hay pétalo que valga por
sí mismo y todos derivan de la misma fuente... su forma, su color, su perfume. Está en función de la totalidad. La
realización de los valores personales individuales, a su vez, se armoniza con el sistema general de valores y ofrece
posibilidades de promoción hacia los demás miembros de la comunidad humana. En esta concepción del sistema
cobran sen- tido, tanto el sacrificio de amor del Dr. Boburg, como el del P. Maximiliano Kolbe y de otros numerosos
como valores sublimes pero también los demás infinitos gestos de valor que construyen la civilización humana

y las identidades de los diferentes

introducción a los MORES • 23


pueblos con el ideal de una sociedad que avanza hacia las metas de una convivencia justa.

OBJETIVIDAD

DE LOS VALORES

La primera objeción que pre- sentan quienes no han reflexionado sobre los valores es a propósito de su subjetividad.
Dicen que los valores son subjetivos y, con esto, piensan que han liquidado toda la esfera de los valores de un plumazo
pero la palabra subjetivo es ambigua y necesita una aclaración. Distinguimos dos sentidos:

a. Subjetivo, entendido como pro piedad exclusiva de un sujeto, por lo cual algo propio de un sujeto se hace
incomunicable a otros. Si los valores fueran subjetivos en este sentido, se caería en un idealismo solipsista de los valores.
Un valor subjetivo en este sentido sería un valor conocido

exclusivamente

por una persona; sería incapaz de ser discutido con los demás, ni ser cambiado al contacto con otros. En este caso, sería
imposible establecer una norma

general

acerca del valor, ni criterios de validez general.

b. Subjetivo, en el sentido de que cada sujeto percibe los valores y sobre éstos funda su vida y con ellos puede actuar en
el mundo, entonces, lo mismo puede de-

cirse de todo conocimiento y no se opone para nada a la objetividad. Los valores pue- den ser analizados y su validez
puede ser comprobada y exten- dida a la humanidad en general. Todos somos sujetos y todos actuamos según nuestros
dife- rentes conocimientos y, a pesar de ello, nos comunicamos, nos entendemos y vivimos en un mundo
completamente objetivo. Del mismo modo en que el conocimiento de los hechos nos permite vivir en un mundo común
y comunicamos, el conocimiento de los valores permite hablar de valores y comunicarlos. La comunicación de valores
en- tre personas se realiza con gestos, actitudes, acciones, ex- presiones que demuestran un reconocimiento mutuo de
cierto valor particular, una participación en el mismo sentimiento. Esto se realiza en el mismo nivel de la vida y no en un
discurso abs- tracto o una axiología. Esta es la objetividad de los valores. Los valores son objetivos porque nos dan una
base para vivir en comunidad, respetarnos los unos a los otros, colaborar y realizar obras que todo el mundo conoce y
aprecia.

No hay más objetividad en el cono- cimiento de las cosas y los hechos que se ofrecen al entendimiento

y de los cuales nos formamos ideas comunicables a los demás que en el conocimiento de los valores. Los valores
percibidos por una persona, son subjetivos, suyos, propios e incomunicables en cuanto actos indi- viduales de
percepción y valoración, que no excluye una comunidad de percepción con otros. El sentimiento de un valor se comunica
a nivel existencial. Siento horror por una escena de crueldad y veo a mis vecinos que expresan mis mismos
sentimientos. Comprendo que la percepción de este contravalor es común para mí y para estas otras personas que me
rodean. Esta comunicación no es conceptual sino intuitiva. A este nivel, Husserl habla de empatia o de interpretación
vivencial que es previa a toda consideración mental.

A otro nivel, la comunicación se da conceptualmente y como discurso. Todos los valores son pensables,
conceptualizables, sometidos al co- nocimiento conceptual y, por tanto,

expresables en juicios y palabras: los juicios de valor. Los valores, en cuanto los captamos, son particulares y únicos,
incomunicables en su unicidad individual, pero no en su calidad perceptible que es común con otros. No puedo negar
que percibo con otro un valor, con la misma alegría, el mismo gozo, el mismo entusiasmo o, al contrario, con la misma
indignación pero, en cuanto conocidos y reducidos a conceptos, son generales y comunicables inte-lectualmente.
De este modo, los valores se convierten en conceptos y en juicios: se habla entonces de juicios de valores. Los juicios de
valor se expresan y se comunican como discurso por lo cual es fácil discutir de valores y establecer las líneas básicas
del conocimiento común acerca de los valores: organizar una axiología. En estos dos sentidos, los valores son
perfectamente objetivos pero es necesario aclarar el tema de la objetividad de los valores desde su origen.

GÉNESIS DE LOS VALORES Los valores se perciben en la intuición que es nuestro contacto experimental con las
cosas mismas. En este contacto no hay ni objetividad ni subjetividad; simplemente se perciben los valores y se
conoce el ser. Los hechos se presentan siempre con su dimensión axiológica. Ambos actos son igualmente
objetivos o, si se quiere ser más exactos, ni subjetivos ni objetivos; simplemente son o se dan. Son anteriores a
cualquier juicio o elaboración mental, sólo se dan al sentimiento que los aprecia. Esto es lo que Husserl llama pre-
predicativo y se encuentra tanto en los actos dóxicos (de conocimiento del ser, de los hechos) como téticos
(del reconocimiento del valor). Ver el color verde diferente del rojo, no es cosa de todo el mundo. Sin embargo, el
que los ve diferentes es tan objetivo como el que los ve iguales. Cada uno percibe los valores con su capacidad emotiva,

su sentimiento del valor. La

diferencia no está en lo pre-predicativo (cada uno los ve objetivamente a su modo) sino en el juicio que se pronuncia
sobre el producto de la intuición (la explicación que se da). La captación de los valores es tan objetiva para todo el
mundo (esto no excluye que haya anormalidades, como en el caso de los daltónicos) a pesar de las variaciones de estado
de ánimo y de sensibilidad al valor. Aún, entre personas normales, puede haber diferencias pero, éstas como también en
el conocimiento del ser, se corrigen con nuevas experiencias y con la comunicación interpersonal. Como alguien puede
ver mal, ver distorsionado o simplemente no ver, cosas que están delante de él, simplemente porque no posee el
entrenamiento suficiente, lo mismo sucede con los valores. Si alguien no reflexiona y no desarrolla su capacidad
sentimental de la percepción de los valores, puede ser tan ciego como un daltónico que no ve el verde. Es

necesario ejercitarse en la visión y el análisis de los valores, como uno afina su capacidad para ver las cosas y conocer los
seres como hechos con sus características cualidades pero ello no afecta la objetividad de los valores. Donde puede
haber subjetividad es en los juicios, los juicios de valor, porque los juicios pertenecen a la actividad predicativa. El juicio
es una actividad de la mente que se funda en representaciones mentales o ideas pero las ideas de valor no son valores,
sino únicamente representaciones de los valores. Y en esto puede haber errores, distor- siones, prejuicios y subjetividad.
Los juicios pertenecen a la mente, lo mismo como los juicios acerca de la verdad o falsedad de los seres. No debe
confundirse la percepción de un valor con la representación conceptual que funda el juicio de valor; la primera es
absolutamente objetiva y particular; la segunda, de ordinario es general, digna de ser analizada críticamente.

Así queda claro cómo en el tema de los valores hay dos niveles de actitudes claramente distintos. El primero se refiere a
la captación de los valores y a su ejecución: es el nivel óntico de los valores. Los valores viven, se dan, actúan tanto en la
captación como en su ejecución. A este nivel no hay subjetivismo; puede haber problema de percepción y de
entrenamiento pero no de subjetividad. El segundo

nivel es el de la conceptualización y de los juicios de valor. Este es el campo de la razón y del conocimiento operado por
la mente. Tanto la siste- matización de los valores como su apreciación especulativa pueden ser dominadas por
elementos exter- nos al valor como: memoria, cultura, prejuicios, costumbres, política, eco- nomía, etc. Este es el nivel
ontológico de los valores. A este nivel no sólo puede haber carácter subjetivo, sino manipulación, instrumentalización e
interpretaciones arbitrarias de los valores. A menudo se confunde un nivel con otro y se crean grandes incoherencias.
Robert Hartmann (La Estructura del valor, p. 15) afirma que -no se ha efectuado ninguna investigación sistemática de la
rela- ción que existe entre el teórico del valor (pensamiento acerca del valor) y el asunto de su disciplina o sea el valor (la
captación y la efectuación de valores; es decir, entre un nivel y otro). Este autor condena a los que cometen tal confusión
-lo que hacen es más bien valorar, que analizar el valor. Valoran el valor y los juicios de valor en lugar de analizarlos.

LOS JUICIOS DE VALOR En el segundo nivel, el de la reflexión y de la especulación sobre los valores, se utilizan

conceptos y comparaciones teóricas acerca de los mismos. Sobre esta base se expresan los juicios de

valor. Generalmente hablando, entre la captación de un valor y su sistematización y realización, caben juicios de valor
los cuales, como juicios que son, pertenecen a la actividad especulativa intelectual, no a la captación del valor. Los
juicios afirman o niegan la identidad o diferencian entre conceptos, aún cuando se trata de conceptos de valor. Este es el
punto en que se crean grandes confusiones. Cuando capto un valor y lo pienso, produzco mis propios conceptos acerca
de este valor. Entonces, veo la analogía o la diferencia con otros conceptos y percibo las relaciones entre un concepto y
otro, antes de tomar mis propias decisiones. Esto no impide que el valor posea en sí la fuerza de inclinarme hacia él o
repelerme (por su realidad óntica, anterior a cualquier consideración teórica). Todo eso se realiza en el yo y la persona
consciente tiene la posibilidad de inclinarse hacia un aspecto u otro del valor: al valor en cuanto tal o a los conceptos
previos o concomitantes.

Este es el punto en que puede intervenir una actitud subjetiva y cambiar mi posición de cara al valor. En este punto del
proceso, interviene el carácter de la persona, el inconsciente, mi historia anterior, mi ambiente social, mi cultura, la
situación política, etc. Toda persona humana percibe, por su experiencia, que la libertad de movimiento es un valor pero
hay una infinidad de casos

en que, por razones de política o de sociedad, o de seguridad, se justifica la restricción o hasta la cancelación de este
valor. No es que no se per- ciba este valor o no se le considere fundamental, pero los juicios de valor que se pronuncian
están condiciona- dos por otras consideraciones. Al ver una familia en extrema pobreza, no es que no se perciba el valor
negativo de esta situación humana, ni que este valor no pida a gritos que se le remedie pero la costumbre indiferente de
una sociedad, un estado social egoísta, intereses personales de otro tipo, impiden que este valor sea juzgado
correctamente. Lo que falla, en primer lugar, es el juicio de valor y, consecuentemente, la efectuación.

Si los juicios de valor se emiten a raíz de una rutina estereotipada que se guía por las costumbres de un determinado
grupo étnico o de un sector social dominante, se pierde poco a poco el contacto con el valor y se crean leyes y hábitos,
ajenos a la axiología. En estos casos, aún la dignidad de la persona humana es ignorada, el valor de la verdad es
despreciado, los valores estéticos sometidos a la voluntad de poder del estado o de una crítica distorsionada y los valores
políticos aplastados por la tiranía o los intereses de una élite. Al contrario, si los juicios de valor se formulan de cara a la
percepción actual de un valor particular, se coloca la conciencia en la situación de tomar

decisiones correctas, de acuerdo con el propio ser y la mismidad de uno y, al mismo tiempo, de acuerdo con el poder, el
atractivo o la repulsión del valor, según los casos.

El juicio de valor no se expresa siempre como decisión entre dos situaciones axiológicas opuestas, sino a menudo entre
una pluralidad de posibilidades entre las cuales el yo deberá tomar su propia decisión racional. Mucho se ha hablado de
alternativas entre valores positivos y negativos, como si esta fuera la con- dición corriente de los juicios de valor. Al
contrario, cuando el yo toma una decisión para efectuar un determinado valor, más que realizar una selección entre
opuestos, elige teniendo en cuenta todos los elementos que pue- den influir en su juicio que, a menudo, son muy
numerosos. Si yo decido inscribirme en la facultad de medicina para convertirme en médico, mi de- cisión responde a un
conjunto de valores. No se trata de escoger en- tre el mejor valor de ser médico y los peores valores de otras carreras. En
realidad, tengo en cuenta un sinnúmero de factores, por ejemplo: si en mi casa hay médicos y me hacen admirar tal
carrera; si pienso en la proyección social que presta ayuda a mucha gente, si mi amor a la vida me inclina a escudriñar
los profundos problemas de la biología humana; si acepto los desafíos de los peligros que amenazan hoy a la salud

en general; si tal carrera representa un estatus social digno y prometedor de una vida feliz. Todas estas son
consideraciones de valores frente a los que mi propia historia personal, mi mismidad toma una decisión. Cada uno de
estos valores posee su propia energía de atracción de mi voluntad, pero deja a mi persona la libertad para escoger.
Cuando la decisión se toma en vista a la totalidad de los valores, no puede ser más que una decisión humana en el
sentido más elevado de la palabra. Esta capacidad de totalizar la consideración de los valores es la que llamamos la
trascendentalidad de la persona humana: una trascen- dentalidad axiológica. Evidentemente una decisión de este tipo,
responde a juicios de valor que pueden ser contestados por mi propia comunidad y por las personas en general, so-
metiendo a crítica mi actitud. Esto abre el sentido de los valores a un horizonte ilimitado que ilumina desde la totalidad
mi propia decisión personal. La validez de la decisión es tanto más elevada en cuanto es grande el horizonte en el que se
sitúa.

EL VALOR COMO CRITERIO Que el valor pueda asumir la función de

criterio para las decisiones humanas, no es ningún secreto. El mismo sujeto que percibe el valor con
su sentimiento, también logra sus representaciones por los conceptos y está en condición de reaccionar razonablemente.
De hecho, en un sistema económico, el valor del di- nero, del capital o de la energía empleada, es criterio para el óptimo
funcionamiento de una empresa. En otro campo, el valor del poder se utiliza como criterio político en la mayoría de los
estados. Evidentemente, es un error establecer un valor como un absoluto; cada valortiene su particular importancia
pero ninguno posee una importancia absoluta. Los valores forman un sistema relacionado; cada valor posee su propia
acción y su poder, que se coloca en el sistema general de los valores. El problema humano surge en el momento en que
este valor ha sido utilizado fuera del sistema; de hecho, se le atribuye el estatus de valor absoluto pero, si el valor se
asume en armonía con todo el sistema, se convierte entonces en criterio general de acción humana, sin el peligro de que
se convierta en instrumento de opresión. Por ejemplo, la economía deberá reconocer el valor de la vida o la moralidad
como limitantes; el valor del arte deberá reconocer el límite de la decencia, de la educación y el buen gusto; el poder
reconocerá la prioridad de la dignidad, del derecho y de la libertad. Cada valor cobra importancia vital dentro del
sistema. El único ser capaz de evaluar los diferentes elementos del sistema es el yo racional de acuerdo

con su propia conciencia humana y la comunicación intersubjetiva con los demás yos.

El valor es criterio válido y general en cuanto es dado a la conciencia por la vida misma, está en función de la totalidad.
Su validez debe, por tanto, ser confrontada con la globalidad de la vida y, en primer lugar, de la comunidad humana. El
sistema de valores, conocido y aceptado en su complejidad, no sólo ofrece un contenido que penetra todos los aspectos
de la actividad humana, sino también establece los límites, del conjunto general, como de todo valor particular
relacionado con los demás valores. Se trata no sólo de una norma de valor universal sino, a la vez, de una norma
concreta que surge en cada situación inmediata de la vida. Esta norma no está encerrada en un individuo particular sino
que, gracias a su trascendentalidad, se extiende a los demás seres humanos. El individuo humano vive y se comunica con
los otros yos humanos y depende también de ellos. Los valores están destinados, por la vida, a realizar esta
intersubjetívidad entre yos humanos: el aprecio, el respeto, la dignidad, la paz y la armonía.

EL MUNDO DE LOS VALORES

Por nacer en la vida

misma, en el contacto inmediato de la intui-

ción, los valores son individuales y concretos. Se captan en una cosa particular, en una persona y en las relaciones entre
las cosas y las personas. Aún, en estos últimos casos se trata de valores particulares expresados: en un gesto, una acción,
una obra, una creación estética o instrumental, o social, o literaria, o espiritual, o moral, etc. En todo caso, siempre es un
valor particular que llega a golpear o impresionar mi sentimiento. Mi reacción específica inmediata ante este valor es
también una reacción particular a este valor vinculado a cierto hecho de la vida. Mi sentimiento se refiere a este ser,
relación o acontecimiento o hecho particular y, en cuanto valor, posee su particular poder de atracción o de repulsión,
que demanda de mí una acción también particular. Ahora bien: ¿cómo un valor particular se convierte en un criterio y
puede generalizarse para ser aplicado como principio de acción para un número ilimitado de otros casos? El sentimiento
también posee su propia memoria. Por tanto, no hay dificultad en que se conserve la memoria de las emociones o
sentimientos de los valores adquiridos. Sin embargo, será siempre recuerdos vinculados a la particularidad de un acto.
No es suficiente este tipo de recuerdo para que la persona humana tenga una visión global de los valores y pueda
sistematizarlos en sus relaciones mutuas y en su conjunto.

La mente, por su parte, expresa un concepto de los valores percibidos. La mente piensa el valor y lo generaliza como
conocimiento, como concepto de valor. No hay que confundir el valor (particular) con un concepto de valor (general).
Estos conceptos, como ya se ha notado, son conceptos de valores y no valores. Como todos los conceptos de la mente,
adquieren la propiedad de la mente de comparar y generalizar. El haber confundido los valores con los conceptos de
valor ha creado muchos problemas a quienes han teorizado sobre el valor. Los valores pertenecen a la vida concreta
(del mundo y de las personas particulares); en cambio, los conceptos de valor pertenecen al conocimiento y al discurso
(abstracto y general) sobre valores. Es necesario conservar siempre la separación entre valor y discurso sobre valor:
ambas realidades corren paralelas y son interdependientes, pero nunca se identifican.

Sobre esta base (de los conceptos) se expresan los juicios de valor y se elaboran enunciados lingüísticos, que forman
parte del discurso compartido por la comunidad. Se crea, pues, un discurso acerca de los valores que puede ser un
discurso común a la comunidad humana en todos sus horizontes, desde un grupo familiar a una comunidad étnica, a un
estado, a una sociedad multiétnica, a una sociedad de naciones. Cada

persona aporta a este discurso su propia experiencia personal, que es experiencia de valores, y su propia
conceptualización, que es discutible y criticable. El mundo de los valores es propiamente un mundo privado
incomunicable, por ser particular, pero el discurso sobre valores es común y perfectible. Cada persona debe ser
conciente de esta ambivalencia del mundodelosvaloresynoconfundiruna realidad con otra, aunque sea su tarea la de
convivir con ambas realidades a la vez y aprovecharlas. Cuando se entra al discurso sobre valores, es necesario que cada
persona rescate al mismo tiempo su mundo interior en que los valores son una realidad viviente y emocionante, para no
caer en vanas especulaciones.

Con la salvedad hecha en el párrafo anterior, intentaremos una descripción de los elementos más fundamentales de este
inmenso mundo de los valores. Estamos, pues, en el discurso sobre los valores. Suponemosquelaexpehencia de los
valores ha sido realizada y está presente en cada persona humana. Entonces no empezaremos con la experiencia sino
desde el mismo yo quien está al centro de todo de este mundo axiológico. A partir del yo, como conciencia e inteligencia
racional que experimenta los valores desde la vida, podríamos afirmar que la vida es el primer valor y todo lo que
conecta el yo con la vida, como su

sensibilidad, su capacidad perceptiva, el cuerpo y los sentidos, constituyen un mundo primigenio de valores. Sin
embargo, el yo está conciente de que, sin su propia inteligencia y conciencia, la vida no existiría para él o simplemente no
existiría. Entonces es necesario, para mí, concentrar la mirada sobre mi propio yo y declararlo el valor primero y más
radical. Esto se refiere a mi propio yo y a todos los yos que existan en el mundo, por estar en mis mismas condiciones.
Entonces, es necesario partir del yo y de su propia conciencia para encontrar el origen y el fundamento de todos los
valores pero, se vio al comienzo de este estudio, que el yo no puede prescindir de sus propias facultades a priori: la
inteligencia, la libertad, el sentimiento y la voluntad. Si en nuestro discurso consideramos a cada yo de la comunidad
como otros tantos yos como yo, tendremos que ver el yo de cada uno, con todos sus elementos a priori necesarios,
como una sola unidad axiológica. Ahí tendremos el punto de partida para todas nuestras construcciones axiológicas. Se
trata de un conjunto de valores que constituyen la misma persona humana y le dan valor a esta unidad: inteligencia,
libertad, sentimiento del valor y voluntad. Entonces, hablar de la persona humana, como valor básico, ya no es hablar de
una entidad vacía o abstracta, sino concreta, real y experimentable.

EL VALOR EN LA PERSONA Cada persona humana es un ser y, a la vez, el fundamento de un conjunto de


valores

irreductibles en cualquier análisis que se realice. Automáticamente surgen los aspectos negativos frente a estos
valores y a su conjunto: todo lo que se opone a la libertad, al ejercicio de la inteligencia, o tiende a destruir la voluntad, o
a degradar la percepción de valores, serán los anti-valores fundamentales y no sólo fundamentales, sino inhumanos.
Los valores básicos de la persona, en su conjunto, se califican como dignidad. La dignidad humana ya no es una
abstracción, sino que encierra en sí cada uno de estos valores fundamentales. Atacar con violencia, cualesquiera de estos
elementos, es intentar la destrucción de la persona humana; es decir, es un crimen contra la humanidad. A partir
de este primer núcleo personal pueden sistematizarse todos los demás valores que surjan desde la experiencia de los
infinitos aspectos de la vida. Sin duda, esta sistematización puede ser influida por los juicios de valor y ser modificada por
la presión social, cultural, histórica e ideológica pero, entonces, entra en juego el diálogo, la comunicación interpersonal,
el análisis riguroso y el sentido crítico para elaborar sistemas axiológicos compatibles con la totalidad humana y los
intereses reales de cada núcleo pequeño o grande de personas. En todo caso,

los valores que más se aproximan a la persona humana como tal y a su desarrollo son los valores de mayor importancia.
Ninguno de ellos debe obtener un tratamiento aislado o absoluto sino en armonía con la totalidad de los demás valores y
en relación con las personas e individuos humanos concretos. Así, la libre expresión de uno mismo o de sus opiniones
en tanto no hiere o destruye el conjunto de valores de los demás; los valores estéticos, en cuanto promueven el
desarrollo espiritual de otras personas, los valores sociales, en cuanto establecen normas de convivencia para los grupos
humanos; los valores culturales, en cuanto son efectos de la libre conquista de la verdad y el ejercicio del gusto de la
comunidad. Siguiendo las líneas de expansión del ser del yo, desde los valores fundamentales, puede crearse todo un
sistema de valores que alcancen la acción del yo en el mundo, sus intereses y su destino, hasta las más extremas
aplicaciones. Entonces, se encuentran los valores en el desarrollo físico y psíquico, en la educación, en la convivencia, en
las relaciones familiares y sociales; en el trabajo y la producción de bienes y en la investigación científica, en la actividad
cívica y las agrupaciones políticas. Es imposible hablar de valores de toda clase de aplicaciones si no se hace referencia a
la génesis de los valores y a los valores fundamentales del ser humano. Los

filósofos de la axiología han intentado diferentes sistematizaciones, no siem- pre completas ni coherentes. Algunas veces
absolutizan uno de los valores y desequilibran todo el sistema. Por ejemplo, Nietzsche con la voluntad de poder, Sartre
con la libertad, Hei-degger con la pretensión de reducir los valores al ser o al pensar profundo. Este campo queda
abierto para muchas investigaciones útiles y necesarias para la propia convivencia entre los hombres.

Si se analiza la zona más densa de la vida implicada en las emociones, el bienestar psíquico, el sentimiento de serenidad,
de paz, de alegría o de pena y desesperación, se entra al campo de las pasiones humanas. Las pasiones se colocan en el
pro- ceso que lleva a una persona desde la percepción de los valores hacia su realización en la vida del yo. Los estados
sentimentales influyen seguramente en las decisiones del yo y tratan de influir en la actividad de la voluntad en el
sentido de llevarla hacia ciertos objetivos que impactan duramente el afecto sensible de uno y pueden desviarlo desde
una consideración teórica más racional y equilibrada. P. Ricoeur, en su libro Finitud y Culpabilidad, se coloca de una vez
a la altura de las pasiones y encuentra allí el contenido que mueve la voluntad a la acción. -Abro en el mundo
posibilidades, eventualidades, novedades acaecibles- (id., p. 95).

Frente a las pasiones humanas, el ser racional debe ajustar sus decisiones teniendo en cuenta esta fuerza que lo arrastra
para reservar su actuación a la armonía de la totalidad. -Es el momento intencional en que yo suscito por delante de
mi, un quehacer propio- (id., p. 95). A este enfoque lo llama perspectiva. La perspectiva no es un simple punto de vista
neutro, un simple ángulo visual; al contrario, es una perspectiva afectiva que influye previamente en el movimiento de la
voluntad para proyectar y proyectarse. Este filósofo tiene en cuenta algunos elementos ya estructurados en la mismidad
del individuo quien debe decidir. Esta motivación afectiva ya incluye el deseo, lo amable o lo odioso que modifican
una simple receptividad teórica. Los diferentes elementos de la perspectiva con- vergen en una noción global que es el
carácter. El carácter abarca, en totalidad, los diferentes aspectos de los sentimientos, perspectivas, amor,
perseverancia o inercia. Es, pues, la totalidad finita de nuestra existencia. La finitud del carácter denota -la apertura
limitada en nuestro campo de motivaciones- (id, p.108). El resultado es nuestra actual limitación tanto en la libertad
como en la actividad: nuestras motivaciones quedan reducidas al limitado campo de nuestras perspectivas. A pesar de
ello, el carácter está abierto a todas las posibilidades humanas. En esto consiste nuestra humanidad:

en tener la posibilidad de acceso a lo humano que nos rodea en todos los demás seres intelectuales y concientes. -La
abertura de nuestro campo de motivaciones significa que, en principio, somos accesibles a todos los valores, de todos los
humanos a través de todas las culturas- (id, p.

108). Somos parte de esta huma- nidad y la percibimos desde nuestra perspectiva. Esto significa que la totalidad es vista
por nosotros en forma parcial: en esto consiste nuestra limitación. Ricoeur considera el carácter como algo inmutable,
una especie de destino, que tiene que ver con la herencia. Sin embargo, esto no es más que el origen cero de la
percepción. Sin embargo, puede ocurrir que nuestra vida se oriente hacia una nueva constelación de estrellas: entonces
toma como guía un nuevo núcleo de valores. De este modo, a pesar de la herencia inmutable, la persona conserva su
apertura hacia toda la humanidad.

no es más que un discurso, mental o verbal, sobre los valores pues, tenemos dos mundos, el existencial y el lógico.
Nunca lograremos hacer coincidir estos dos niveles de realidad, pero tampoco los podemos separar del todo. Sería vano
hablar de valores, sin hacer referencia constante a la experiencia que cada persona conserva en sí misma y en su
memoria de la realidad de los valores y, en particular, de aquellos valores que dan significado a la vida de uno mismo. Un
discurso axiológico, carente de esta referencia sería un discurso vacío, o sin contenido: no basta pronunciar juicios sobre
valores y referirse a conceptos axiológicos, si no se rompe la barrera lingüística para alcanzar la realidad del valor en sí, tó
áxion (lo valioso). Análogamente, la captación y la realización de valores por parte de una persona humana sufrirían de
una ceguera teórica, sin el discurso axiológico, con lo cual se evidencia que ambos niveles deben coexistir en la persona
humana.

LOS VALORES

Y LA AXIOLOGÍA
Como ha quedado claro anteriormente, por la contraposición entre valores y el discurso sobre los mismos, los valores
se dan en el ámbito de la vida: se viven y se producen; en cambio, la axiología pertenece al pensar y al hablar
acerca de valores. Toda axiología o teoría de los valores,

Entonces se nos pone la pregunta:

¿qué relación hay entre estos dos niveles? No basta decir que ambos son parte de un mismo yo y este yo es quien
capta los diferentes valores, como entidades concretas y particulares y, al mismo tiempo, los piensa y discurre sobre los
mismos con conceptos y juicios abstractos y generales. El yo, en persona, como unidad viviente y pensante,

escoge entre los que desea realizar y organiza su actividad para efectuarlos y el mismo yo juzga acerca de las razones y
objetivos que se propone en su propia praxis activa y axiológica. Sin la intervención de la persona, no habría ni captación,
ni realización de valores, entendiendo por persona esta unidad consciente sumergida en la existencia humana y
mundana. La persona puede ser simplemente un sujeto individual singular, como también una persona colectiva, un yo
generalizado por un grupo humano identificado, en la unidad de vida, los ideales, intereses, valores y cultura. En ambos
casos el sujeto, individual o colectivo, ejerce una función deter- minante en la captación y en la creación de los valores.

6.1 LOS VALORES EN LA CONCIENCIA VIVIENTE Y EN LA PRAXIS

Este no es sólo el nivel fundamental en el que los valores llegan a la conciencia es también el nivel de la ejecución y de la
aportación humana a la realidad, de la creatividad y de la construcción del mundo humano intersubjetivo. Es
importante visua- lizar la sustancia densa y vital en la que se ejerce este doble proceso de la individuación y ejecución
de los valores en el estado más consistente de la conciencia de una persona viviente. Este es el verdadero mundo de los
valores, en donde los valores nacen, existen y se multiplican. Basta pensar en la conducta social de una

comunidad donde el hombre nace, se casa, trabaja y construye una ciudad de paz, de conocimientos y de arte, para
descubrir la complejidad y pluralidad de este doble proceso de recibir y dar al mismo tiempo y por todos los miembros
de la comunidad. El carácter esencial de este nivel es su particularidad. Cada valor percibido y cada valor ejecutado es
siempre un valor particular y único: por una parte, la fiesta de cumpleaños, la alegría de una boda, el estudio de una
asignatura, la adquisición de una habilidad (valores asumidos) y, por otra parte, la escultura de un artista, la página de
un poeta, el edificio de un arquitecto, el trabajo de un campesino, el objeto producido por un taller (valores ejecutados).
C. I. Lewis coloca una tercera activi- dad, intermedia entre captación y ejecución: -la proyección de un valor adquirido
hacia una posible ejecución- (id, p. 394). En los tres momentos indicados se conserva el carácter particular y concreto
del valor. Siempre se trata de un acto individual, una cosa, un hecho, una relación, que hacen florecer un valor. En esta
particularidad concreta reside toda la fuerza del valor, por la cual este valor único es apreciado, deseado y ya posee, en sí
mismo, el modelo de la ejecución y la fuerza para desencadenar el deseo. Por esto, una escena de película de Ingmar
Bergman se refleja de inmediato en la existencia de una persona; un

momento onírico de Federico Fellini se hace vivencia del presente en mi propia vida. Este valor particular y concreto, de
inmediato y sin razo- namiento previo, se inserta en la existencia de uno, por su poder de efectuación y el deseo que
despierta. Por su propia fuerza se presenta como posibilidad de ejecución. Sin embargo, es una posibilidad que puede
ser considerada, reubicada, sometida a un análisis y crítica, en el contexto de la vida y de los medios de la ejecución real.
La pregunta que nos surge, ahora, es la siguiente: ¿Puede este nivel de captación y ejecución actuar de una manera
autónoma sin consultar eventuales conceptos especulativos del conocimiento, previos a una posible decisión? Este
podría ser el caso del miedo irresistible que se genere en una situación repentina y fatal; o de un sentimiento de
compasión de cara a una necesidad extrema a la vista, que provoca la oferta de ayuda. Parece que, en casos similares, la
captación del valor y la ejecución no consultarían ninguna instancia teórica previa. Si esto fuera cierto, significaría que el
mundo de los valores, en el que nuestra vida está sumergida a cada instante y en todo lugar de nuestra existencia,
tendría el poder de plasmar nuestras personas, tanto y más que el mundo de los hechos y de las cosas. Aunque esto
pudiera darse en algún caso

extremo, no es la forma normal de operación del yo. El yo perdería su unidad si una región de su fuerza vital se
desarrollara de una manera independiente. La persona no vive sólo de valores sino de sus propios pensamientos, por lo
cual será ne- cesario que exista una constante correlación entre el nivel de captación y el de ejecución de valores con el
nivel especulativo de los conceptos y juicios de valor. La voluntad de actuar no estaría condicionada sólo por el deseo y
la libertad, sino por la razón especulativa: memoria y visión de la totalidad de la conciencia y, en primer lugar, por la
axiologla.

6.2 EL NIVEL DEL DISCURSO AXIOLÓGICO Los conceptos y los juicios de valor integran todo el campo axiológico y

relacionan los valores con las demás

dimensiones especulativas del ser humano. El discurso-axiológico cons títuye, por sí, toda una región de pensamiento
humano pero, no tendru ningún poder sobre la praxis, si nc se conectara con el nivel real de la captación y efectuación de
los valores. La razón está en su generalidad. Todo discurso de la mente y de las palabras está condenado a la esterilidad
por su propia virtud: la de ser general y abstracto. El discurso crea su propio mundo especulativo, un mun- do de
pensamientos, de juicios y de razones, que nunca alcanza el nivel real de la vida, concreto y particular, como el de los
valores.

Afortunadamente, la conciencia del yo es la misma conciencia que pien- sa y razona y, al mismo tiempo, decide y
actúa. El yo es sí mismo en ambos casos, es mediador por su unidad: procesa los conocimientos de los seres y también
reacciona a la presentación experimental de los valores. Esto significa que cada persona y, en particular, cada filósofo
puede desarrollar su propia axiología: una teoría especulativa acerca de los valores pero, si ésta no se ajusta al nivel del
valor (de tó áxion) y de la praxis (a la vivencia de los valores), crearía un conflicto interno al propio yo. Habría una teoría
del valor, por un lado, y una práctica de valores por otro. Los conceptos y los juicios de valor (la axiología) deben
formularse necesariamente sobre la base de la captación empírica de los valores (las vivencias). La mediación del yo
consiste precisamente en mediar entre lo general del discurso y lo particular de los valores: ambos ni- veles coinciden
únicamente en la conciencia del yo. Los cuatro ele- mentos que se han caracterizado al comienzo de este estudio:
libertad, inteligencia, sentimiento y voluntad, elaboran el mundo interior del yo, un mundo encarnado en la realidad del
yo, con sus pensamientos, deseos, valores, recuerdos y proyectos; un mundo tan grande que es comparable al cosmos
que nos rodea. Nada extraño, por tanto, que en este gran mundo convivan ideas generales con

ideas particulares, razonamientos, deseos y emociones; valores parti- culares con conceptos y juicios de valor, generales
y abstractos, acerca de valores particulares y expresiones de la praxis. Es el mundo interior de la persona humana.
Se puede preguntar: ¿cuál es la con- secuencia de esta dualidad, en- tre axiología y valor, [que, por otra parte, se
encuentra también entre pensamientos y experiencias] en un yo individual? La primera consecuencia es la
perfectibilidad de la persona humana. La persona reflexiona espe- culativamente sobre valores, pero se guía por su
percepción real del valor y, a menudo, lo realiza con su praxis. Esto significa que el yo humano no es sólo un yo
inteligente sino un valor que se perfecciona en razón de su experiencia empírica y su voluntad de realización. La persona
humana, singular o colectiva, percibe los valo- res y reflexiona sobre los mismos tomando sus decisiones para una
continua transformación de su ser pero hay también una consecuencia que puede ser negativa. Nadie pue- de cambiar
su percepción de los valores, como nadie puede cambiar su percepción de la vista, del oído, del calor y del frío. Sin
embargo, se puede cambiar la interpretación especulativa de los valores (el discurso), es decir, la axiología. Ésta puede
ser condicionada por la memoria, las inclinaciones pa- sionales, los hábitos previos y, so-

bre todo, a nivel de personalidades colectivas, a nivel de información, comunicación y educación. No son los valores los
que se vuelven sub- jetivos. Son las interpretaciones y las axiologías que pueden sumergir al ser humano en un caos
axiológico. Estos condicionamientos surgen ge- neralmente de las costumbres o de la cultura de una particular comuni-
dad humana que impone privilegios y prioridades que predeterminan el jui- cio de valor en su misma percepción; es
decir, se colocan en la categoría de prejuicio que altera los juicios de valor. En este caso, es necesaria una crítica de los
prejuicios para restablecer el orden natural de los valores.

6.3 SOLIDARIDAD DEL DISCURSO CON LA PRAXIS

Los dos niveles en la unidad del sujeto racional constituyen un solo mundo de ser y valor, de reflexión y de acción. Por
tanto, es preciso en- focar la interrelación e interferencia de las dos dimensiones: práctica y teórica, nivel de vivencia y
nivel de pensamiento. Para comprender el flujo de relaciones que entretejen las actividades de ambos niveles, es
necesario considerar al mismo tiempo las articulaciones del proceso que se encuentran en ambos y sus puntos de
intersección que permiten al yo actuar en ambas facultades como único sujeto.

Supongamos un ejemplo que nos facilite seguir los momentos de la praxis y su complementación axio-lógica.
Observo un maestro X impartiendo clase a un grupo de alumnos. Este es el punto de partida de todos los valores: la
experiencia particular de este hecho lleva consigo el valor (enseñar se me da como valor). En mi mente se graban tan-
to la imagen del hecho, como la impresión del valor; además, se da el concepto de enseñar, como expresión mental de
este conocimiento y los posibles juicios relativos a este y otros conocimientos análogos. Al mismo tiempo, puedo
conceptualizar el valor particular y reflexionar sobre este valor con mi actividad intelectual: estoy elaborando conceptos
y juicios de valor. También el valor ha sido grabado en la memoria y puedo recordar su impresión y su vivencia.
Entonces, ya poseo memoria de un conocimiento y memoria de un valor al mismo tiempo y puedo acudir, como
sujeto, a los dos tipos de me- moria; puedo acudir, a la vez, a la imagen del hecho y a la impresión del valor. Las dos
actividades anteriores pertenecen al discurso interno de la mente que puede también convertirse en discurso lingüístico
y oral o escrito. De este modo, todo lo captado ha sido intelectualizado, tanto el ser como el valor. Pienso en esta acción
de enseñar y reflexiono sobre el valor de enseñar. Como sujeto, puedo expresar juicios tanto sobre el hecho
como sobre el valor. Puedo colocar este valor particular en el conjunto de mis experiencias de valores y en el conjunto de
mis conocimientos de los seres así como organizar mi mente como un mundo coordinado y unitario, derivando mis
propias conclusiones y decisiones.

Este discurso generalizado de seres y de valores plantea al individuo la búsqueda de sentido de toda la reali- dad
conocida y apreciada y constituye el fundamento de su evolución per- sonal y de su actuación en el mundo. Entonces, la
persona humana po- drá dirigir sus pensamientos y su actividad y tomar las medidas que considere convenientes.
Éstas podrán ser: desarrollar sus conocimientos científicos, realizar trabajos, pro- yectar sus actuaciones sociales o, bien,
podrá decidir, conocer otros valores, compararlos, relacionarlos, organizar sistemas de valores o, bien, llevar a la práctica
cierto tipo de valores. Entonces, será el yo el único sujeto responsable de sus decisiones y actuaciones, de sus propias
conquistas y de su evolución. Para regresar al ejemplo propuesto, del maestro que enseña a sus alumnos: el yo puede
discurrir sobre el problema educativo, comparar este valor con otros similares captados en otras ocasiones y desarrollar
toda una teoría axiológica de la educación, sin rebasar el ámbito del discurso. Al contrario, si decido imitar al maestro y

realizar un tipo de enseñanza similar, entonces no sólo aprecio este valor sino que lo llevo a la práctica, lo convierto en
praxis de mi existencia: efectúo un valor. Este puede ser el punto final del proceso en el que han intervenido: inteligencia,
sentimiento del valor, memoria del hecho y memoria del valor, y la voluntad de actuar movido por el deseo de este valor.
Como puede verse, tanto el discurso como la praxis se efectúan en los límites y condicionamientos de la cultura real en
la que el sujeto vive y piensa pero, tales límites y condicionamientos, en condiciones normales pueden ser sometidos
a análisis y críticas de la conciencia como, en general, los prejuicios. De este modo, la captación y ejecución de los
valores pueden ser restituidas a sus condiciones originarias.

El camino que se ha descrito es seguramente posible pero, a menudo, nuestra forma de actuar es más rápida y directa.
Entonces, al ver el valor de este maestro que enseña, siento el impulso a imitarlo por la fuerza del valor que se me da.
Sin reflexionar ulteriormente, busco el modo de imitarlo y realizo yo mismo el valor de enseñar, sin mayores
especulaciones. Este otro ciclo abreviado del proceso tiene su punto de partida en la misma experiencia del valor y
continúa de inmediato con la decisión de poner en práctica este valor. En este caso, la captación del valor y su realización

no salen del nivel de la praxis y no apelan a ningún discurso axiológico. En esta forma se realizan muchos de los valores
estéticos, morales, políticos. Un artista, indignado por una injusticia, busca de inmediato expresar su sentimiento en una
obra; entonces, se unen el valor estético y el valor moral. Una persona, en contacto con la miseria de un semejante, es
movido de inmediato a una acción que le alivie. Esto sucede frecuentemente cuando cierto tipo de valores está
firmemente establecido en la sociedad en la que uno vive. En general, puede afirmarse que la existencia de los valores en
la persona humana, no constituye un elemento perturbador o disociador, sino que significa la múltiple fuerza de la vida
espiritual para su desarrollo personal y social.

a partir de la experiencia y de ur conocimiento intuitivo de los valores. Por el método fenomenológico que se ha
adoptado, el filósofo clave para entender los valores es Edmund Husserl quien no ha desarrollado una ética, pero ha
realizado un análisis tan detallado del conocimiento que en él aparecen claramente los va- lores y su génesis. Los
valores, para Husserl, se intuyen en el cono- cimiento del ser. Sin embargo, los conocimientos y juicios de los valores se
distinguen evidentemente de los conocimientos y juicios del ser. Los juicios de valor tienen el carácter de juicios téticos
(relacionados con la acción y la voluntad); los juicios del conocimiento especulativo tienen el carácter de juicios dóxicos
(o de opinión). Gracias al análisis de las esencias de Husserl, pudo Max Scheler desarrollar toda una teoría de los
valores en su libro: Formalismo

LOS FILÓSOFOS

DELAAXIOLOGÍA

Pese a que muchos filósofos llegan a la consideración del valor como tal, a partir de los valores morales, necesarios para
establecer las normas éticas, todos acaban por hacer referencia a los valores en general como fundamento necesario de
los valores específicos de la moralidad. Los más importantes filósofos del siglo XX han desarrollado alguna reflexión
sobre los valores. Los más célebres desarrollan sus teorías de los valores

en la Ética y la Ética material de los Valores así como en La Revolución de los valores. Scheler cree fundar un apriorismo
ético material; es decir, determinado por la experiencia. Este filósofo sitúa al lado del apriorismo del pensamiento o a
príorí intelectual, un apriorismo emotivo, del sentimiento, un sentimiento primario de los valores. Por esto, habla de un
orden material apriorístico que corresponde un poco al esprít de finesse de Pascal. Por su materialidad, el valor precede
a la ley. Según su filosofía, los valores no son significaciones aprehensibles

por la razón: éstos se consiguen por una intuición emocional, son e-sencias pero no-significativas. Los valores son
esencias y su jerarquía representa una conexión de esencias, pero sus conexiones son dadas antes de toda experiencia;
es decir, apriorísticamente. Por esto habla de materialidad de los valores. Su jerarquía es dada necesariamente por la
intuición de valores pero los valores morales no son parte de esta jerarquía; están situados fuera del orden cualitativo de
los valores. Se encuentran necesariamente ligados a los actos que realizan la existencia. Acto moral es todo aquel que
tiende a realizar un valor positivo, mientras que es inmoral, si tiende a la realización de un valor negativo.

También Nicolai Hartmann, con Ética, se coloca en la corriente fe-nomenológica y su teoría de los valores parte de la
experiencia. Para Hartmann, la persona se da en la correlación yo-tu, siendo el sujeto un supuesto de la persona. El
hombre, como sujeto, es un ser ontológico y, como persona, es un ser axiológico que, por sus actos, es portador y
realizador de valores. La persona es mediadora entre los valores y la realidad; este es su deber axiológico supremo. En
contra de Kant, opina que la norma y el deber están fundados en el ser independiente de los valores; por tanto, el valor
precede el deber y lo condiciona. Dice: Los

valores son ¡deas platónicas, forman parte de este otro reino del ser, descubierto por Platón aprehensible por intuición
espiritual, aunque no visible con los ojos, ni palpable con las manos (Ética, p. 108). No hay tras- mutación de valores
porque son por sí mismos inmutables. Su esencia es eterna e independiente de la historia, lo que cambia es únicamente
la conciencia de los valores por sus condicionamientos externos.

Para el filósofo alemán, Johannes Erich Heyde, en Valor, una Funda-mentación Filosófica, el valor es una noción
de relación, no de esencia; es relación de un objeto con un sujeto. Los estudios de Heyde, por la precisión de sus
conceptos y determinaciones, ha contribuido al desarrollo del conocimiento de los valores y considera el valor en su
relación con la conciencia personal: el valor es el signo de esta relación. Se puede hablar de valores objetivos y
absolutos en el sentido que son independientes de toda particularidad individual de los sujetos.

El filósofo Alfred Vierkandt, en El Carácter Irracional en la Formación de los Valores, coloca los valores en la historia y el
ambiente social. Hay muchos elementos que contribuyen a la formación de los valores: el sentimiento primario, la
tradición, la condensación y el desplazamiento. Por la tradición, la apreciación se

traslada de una persona a otra; la condensación se refiere al hecho de que la percepción de los valores deja huella en
nuestra conciencia; el desplazamiento es la capacidad de la mente de asociar los valores y desplazarlos de un objeto a
otro. La historia tiene la capacidad de irradiar los valores desde un núcleo central y formar ambientes privilegiados para
desarrollar ciertos valores de una comunidad particular; esto marca el carácter axiológico de las comunida- des que se
distinguen con particulares valores: algunos estéticos, otros inte- lectuales, otros sociológicos. De todos modos, los
valores pertenecen a un orden irracional y su formación es un proceso histórico. Hay valores históricos que pesan sobre
nuestra cultura. La tarea de nuestra sociedad es la de encontrar, en cierta medida, la racionalización necesaria.

William Stern es un gran psicólogo del tiempo moderno y concibe la axiología como un personalismo crí- tico, diferente
del personalismo de Scheler y Hartmann en sus obras Persona y Cosa así como en Filosofía de los Valores. También su
base es experimental, pero pone de relieve los elementos inmanentes de la per- sona: sustancialídad, individualidad y
causalidad. Esto explica que la persona posea su propio finalismo, una teleología inmanente. La meta- física de Stern
coloca al individuo en una búsqueda eternamente en

movimiento. Sólo hay dos puntos fijos: 1°, la creencia en que el mundo existe y tiene valor, un a priorí axiológico; 2°, la
conciencia de buscar ese mundo con su ser y valor, un a priorí objetivo. Hay una relación entre el sujeto que cree en los
valores y los objetos que reciben su apreciación. La realización de los valores es el fin primario del hombre. Este se realiza
como valor antes que como pensar; el yo se pone como centro axiológico de un mundo axiológico. Hay un valor
fundamental que se llama valor propio y se identifica con la persona. Además, hay valores irradiados y valores de
servicio. El valor propio se irradia sobre todos sus componentes, porque cada valor irradiado participa de la totalidad que
es el valor propio. Hay valores de servicio cuando es necesario utilizar medios para la realización del valor.

Gabriel Marcel (El Misterio del Ser) es otro de los filósofos en el que los valores ocupan un lugar fundamental. El valor,
como tal, es esencialmente cautivador; afecta al que lo posee, lo descubre, lo realiza, pertenece al

¿quién? Con el valor estamos en el corazón mismo de la experiencia con sus peligros y angustias (p. 238). La vida no se
deja conceptualizar por completo. Las cosas son extrañas frente a nosotros, inertes como lo es la materia pero está
atada a nuestra realización personal. El tener, como tal, queda trascendido al centro de

esta creación: es el yo el que se transforma. El plano del simple tener lo que somos puede ser trascendido y esto es por
medio del amor. El amor gravita alrededor de cierta posición que no es ni la de mí mismo, ni la de otro como otro; es la
que se denomina un Tú. -El amor, en tanto que distinto del deseo, subordina el sí mismo a una realidad superior: Esta
realidad yace en el fondo de mí mismo y es más que mí mismo- (p.

244). El amor, en cuanto rompe la tensión entre mí mismo y el otro, se establece como el dato ontológico esencial; es el
momento en que el ser justifica y fundamenta la realización del valor. Ahí es donde aparece lo real. Cuanto más nos
elevamos y accedemos a la realidad, tanto más nos transformamos en nosotros mismos, entramos en la esfera del ser;
estamos entrando a la esfera del misterio.

El filósofo francés Jean Paúl Sartre (La Náusea, El Ser y la Nada, Los Caminos de la Libertad) también per- tenece a la
fenomenología del valor. Es dominado por una preocupación sociológica política, la dialéctica marxista y el ambiente de
depresión consiguiente a la Segunda Guerra Mundial. Su concepción de los valo- res es condicionada por una teoría del
conocimiento que coloca a la existencia personal como un ser fundamental. Consecuentemente, pa- ra este filósofo, la
libertad subjetiva

humana es el valor principal que debe ser defendido como un absoluto. La libertad humana es reconocida como un
valor, no porque tenga un contenido o una razón en sí misma, sino porque es función de la vida, como ésta lo es de la
existencia. Siguen existiendo en Sartre los grandes temas axiológicos como los que se refieren a la justicia, los que se
refieren al amor, al matrimonio, a la conducta social, a la responsabilidad, al arte, a la dignidad y a la acción política que
revelan la respuesta de una persona humana, al otro yo. Él las considera como opciones en la vida del individuo. Siguen
existiendo en él los contravalores: el deseo, el engaño, la mala fe, la traición, la crueldad, la conciencia de su propia nada.
Todos los posibles valores se frustran frente a la imposibilidad de realizar el máximo de los valores que es la libertad
humana.

El filósofo Alfred North Whitehead desarrolló su principal actividad en los Estados Unidos y, desde su origen identificado
con el Positivismo Lógico, evolucionó en el sentido de asumir posiciones muy cercanas a la fenomenología. En
"ModesofThougt", reflexiona sobre la experiencia de una persona cualquiera en su quehacer diario. Analizando la
experiencia encuentra uno de los factores irreductibles en la importancia. Esta da significado a una multiplicidad de otras
nociones. Es una noción a la vez

necesaria e indeterminada; indetermi- nada en su contenido y necesaria con-ceptualmente. Sus equivalentes: precio,
valor, peso, gravedad, se contraponen semánticamente a: Insignificancia, futilidad, vanidad, levidad, que establecen
múltiples series especulares de contrarios, entre los que se sitúan las medidas intermedias y abren ilimitados campos a
las percepciones de la experiencia. La importancia adquiere infinitas facetas con tal de que se ponga atención a todas
las dimensiones de su territorio: en la experiencia, en el mundo físico, emocional, estético,

ético y social. La importancia viene hacia nosotros desde el interior del ser. C. I. Lewis ("An analysis of Knowledge and
Valuation") enfoca precisamente los valores y la eva- luación como fundamento previo a cualquier teoría moral. La
Tercera parte de este libro encuentra los valores en la experiencia, más allá de cualquier juicio de valor y de la
subjetividad u objetividad y considera que el descubrimiento de los valores es una actividad empírica de un
conocimiento específico que el autor llama saber.
LOS VALORES MORALES Todos los filósofos que se han citado como axiólogos, de hecho, parten de la axiología
general pero, de repente y casi necesariamente, se desplazan a los valores morales y la gran mayoría de ellos
escribe un libro de Ética. En nuestro planteamiento, hasta ahora, se ha evitado hacer referencia a los valores
morales, para no distorsionar la visión general de los valores. Una teoría general vale por sí misma, en todos sus
horizontes y se aplica a toda clase de valores. Sería un reducir el horizonte humano, si se dejaran de desarrollar todos
los campos; es decir, todas las cualidades de los valores. Cada campo axiológico responde a una perspectiva
pero cada horizonte axiológico interfiere necesariamente con todos los demás horizontes; no puede haber una
consideración aislada que separe un campo de otro, la comparación y la interferencia de

un horizonte con otro es esencial

para el equilibrio del ser humano y la racionalidad de sus decisiones. No puede hablarse de valores útiles o de valores
morales, sin considerar su relación con los valores estéticos, económicos, políticos, o los valores sociales. No puede
enfocarse el valor cultural, sin relacionarlo con todos los elementos que lo integran que, a su vez, son valores. Por ello,
aunque enfoquemos de manera específica los valores morales, no podemos olvidar que éstos se entrelazan con todos los
demás campos axiológicos y forman un todo que define nuestra existencia. Una sociedad como la nuestra en la que ha
sido ignorada y destruida gran parte de los valores, ha cometido el error de aislar la consideración de los valores morales
y de absolutizar algunos valores particulares, en daño de muchos otros. Absolutizar, en este caso, significa aislar,
desconectar, fragmentar, distorsionar el significado de un valor, descomponiendo la uni- dad de la vida.

Una prueba clara de la complejidad de los valores está en el hecho de que el aspecto moral se encuentra prácticamente
en todas las demás clases de valores. No hay calidad de valor sin cualidad moral. La dignidad fundamental de la persona
humana, en su relación con los diferentes tipos de valores (económicos, sociales, estéticos, religiosos, psicológicos)
reconoce en esta relación el nexo axiológico que brota de su propia conciencia. El valor moral nace de esta íntima
conexión de la vida con la dignidad personal del individuo. No es posible hablar de una moralidad a secas, sin referirla a
esta relación vital de un yo. El valor general de la moralidad nace precisamente aquí, en este compromiso del ser
inteligente y libre con la vida. Universal no significa total, sino una posibilidad sin límites a partir de la conciencia del
sujeto y de todos los sujetos. Más que universal, habría que llamarlo general, en tanto se conoce su dato inmediato pero
se desconoce el límite de sus posibilidades. Cada individuo capta los diferentes valores morales y puede comprobar
experimentalmente que estos valores se extienden a todos los demás hombres. Esto crea la generalidad del valor moral
y la conciencia general de tales valores, entre personas humanas. No es que la concordancia entre conciencias genere el
valor, sino que los valores generan su propia generalidad. Tal compromiso parte de un solo individuo

humano y se extiende a la humanidad existente en toda su amplitud; se trata, pues, de la misma moralidad, que es
personal y colectiva el mismo tiempo: valor personal y valor humano.

CARÁCTER DE LA MORALIDAD
El valor moral es inherente a la conducta de una persona humana en cuanto ésta es guiada por un principio de
coherencia con lo que esta persona es y exige ser en el futuro. La moralidad posee dos vertientes: la primera
consiste en captar los valores morales; la segunda, en llevarlos a la práctica en la conducta cotidiana. Esto
significa que la moralidad se funda en la captación del valor moral pero se expresa en la realización de los valores
morales por parte de cada individuo. El segundo aspecto es el que va bajo la denominación corriente de
moralidad. Se ha ha- blado mucho de principios morales, de normas morales que obligan a cierta conducta, normas
que deben ser generales y comunes a todos los hombres. Se habla de un imperativo categórico (como en el caso de la
ética kantiana) pero, estas normas que no son más que formulaciones de principios teóricos, carecen de contenido real
si no se reportan a una base experimental. En este caso, la base experimental es la captación de los valores morales.
Esta

base

experimental es la realización de la bondad o maldad de la vida en toda su amplitud, incluyendo esencialmente la vida
de las personas humanas. Los valores morales son los que constituyen o impiden el bien o el mal en la vida y se realizan
en la conducta responsable de un individuo. La mo- ralidad es un carácter de la conducta humana en cuanto tal:
consciente y responsable.

Ahora bien, ¿en qué consiste esta conciencia y responsabilidad? Con- siste en realizar acciones de acuerdo con lo que el
ser humano es, como totalidad, en el presente y en el futuro. Esto implica dos cosas: un compromiso y una
coherencia. Cohe- rencia con lo que una persona es en cuanto tal y con lo que ha asumido en su ser; compromiso con su
realización en el futuro. En estas dos dimensiones se articula la conducta moral. Cohe- rencia puede expresarse en forma
positiva, como: adherir a aquello que ya se ha captado y aceptado res- ponsablemente. En forma negativa, significa
rechazar aquello a lo cual no se podría adherir. La coherencia de que se habla es coherencia en la acción. Esto supone
que el individuo esté captando y realizando un valor moral. Sin esto, no habría ni un punto de referencia ni un imperativo
moral. Sin esto, no habría ni compromiso y responsabilidad con la vida, ni un criterio para la coherencia moral. Con esto
se establece un criterio universal

de moralidad: la valoración moral y la acción coherente. El valor moral se convierte, entonces, en el punto firme de
referencia para establecer una norma moral general y dar contenido a esta norma. Esto implica que un valor moral
particular sea puesto en relación con la totalidad de la buena vida, del individuo y de la colectividad.

El valor moral, intuido directamente, no es sometible a discusión pero, el objetivo según el cual éste se realiza así como
la importancia de este particular acto de moralidad pueden ser analizados críticamente, en el sentido de descubrir su
racionalidad con referencia a la totalidad de la experiencia en la cual se incluye. Toda realización de un acto moral está
incluida en el horizonte global de la vida humana; es decir, de la totalidad de experiencias de valores morales y puede
contribuir o impedir su plena realización. La totalidad de experiencia posee la prioridad sobre un caso particular de
experiencia in- cluido en ella.

ORIGEN DE LOS VALORES MORALES


3.1 LA INTUICIÓN DE LOS VALORES MORALES

Los valores morales se perciben como todos los demás valores a través de la experiencia, con la

intuición de valores. Es una intuición cualitativamente distinta de los demás campos de valores. Esto significa que los
valores morales se dan en la intuición, a la par de los valores estéticos, sociales, políticos, económicos, etc., pero el
carácter que se percibe, en este caso, es la dimensión ética del ser. Será un ser digno o indigno, bueno o malo, justo o
injusto, humano o inhumano, amable u odioso, estimable o repugnante, respetuoso o vulgar, atento o cruel. El carácter
de moralidad está en cada una de estas determinaciones de los entes, hechos y relaciones. Estas oposiciones no son
realmente alternativas de sí o no; son sólo diver- sidades que pueden ser combinadas en diferentes formas. Toda esta
terminología que refleja la realidad experimental, nos introduce al campo existente de los valores morales.

Cuando se habla de ser en la per- cepción de la moralidad, se indica cualquier hecho, gesto, escrito, obra o producto,
relacionado con la persona, mi persona o la de los demás, con la propiedad de ser digno, justo, bueno, humano, etc.
Todo ser, en general, aparte de excepciones, es portador de valores morales, más o menos evidentes. La dimensión ética
se percibe tanto con relación a la apreciación del valor, como al deseo de realizarlos. El valor moral, por sí, tiende a ser
modelo, posee en sí una fuerza de atracción que estimula a la

imitación. Por tanto, se refiere directa o indirectamente a nuestra propia conducta. Por esta razón, hablar de valores
morales es hacer referencia, cuando menos implícitamente, a la conducta moral de las personas. Si alguien choca mi
carro por no haber respetado las reglas del tránsito, no sólo me produce dolor por el daño, suscita mi indignación por
su falta moral y el sentimiento ético; provoca en mí el deseo de corrección: el hecho és moralmente detestable. Si un
joven gasta sus bienes para atender a su madre enferma, no sólo suscita mi admiración por la generosidad, sino que se
me da como modelo: un deber-ser a imitar, por el valor ético que se encierra en su acción. Unos forajidos, al amanecer,
apresan a una criada que está barriendo la acera y la empujan dentro del portón abierto, con la evidente intención de
robar y violar y, una persona que ve la escena, empieza a gritar desesperadamente hasta despertar a todo el vecindario
hasta que los asaltantes se asustan y abandonan a la víctima. La ac- ción inmoral, contraria a la libertad y dignidad de la
persona, ha sido percibida como valor negativo y ha suscitado la indignación exponiendo el observador al peligro pero
sintió la fuerza del poder moral que lo movió a usar los medios a su alcance para corregir el mal. Del mismo modo actúa
el poder del valor moral de cara a las crueldades, torturas, injusticias

y desórdenes de toda clase y, en

sentido positivo, los valores morales obligan a la conciencia con su propio poder y la mueven a tomar decisiones para su
realización. Entonces, la intuición de los valores morales es el fundamento de la moralidad y de la conducta moral de una
persona.
3.2 LA EDUCACIÓN ACERCA DE LOS VALORES MORALES

Como en todo caso de intuición, la capacidad de ver, de captar tales valores puede ser perfeccionada con el ejercicio,
la educación, la comu-nicación interpersonal. Esta capacidad de ver, puede también disminuir o ser eclipsada por las
pasiones, por la presión social, por una manipulación de los principios éticos, por una conducta desordenada y ajena a
la conciencia. Estas desviaciones quizás sean incorregibles con relación a una persona particular pero pueden ser
eliminadas en una sociedad en la que se busque suscitar y enfocar la conciencia moral, con el análisis, el diálogo, la
comunicación y el estudio; es decir, con reforzar la capacidad de captación de estos valores. En este sentido, la educación
escolar y los medios de comunicación, juntos pue- den significar un centro de irradiación y de conocimiento de los
valores morales, cuando se tematicen, se discutan, se ejemplifiquen en la escuela y en los medios, los principales valores
morales. Como para todos los demás

valores, es posible conceptualizarlos, transformarlos en juicios, analizarlos como esencias, teniendo en cuenta que tales
conceptos no son valores morales, sino representaciones de valores morales. El valor moral está en su particular vivencia
ética.

3.3 LOS VALORES MORALES

Y LOS DERECHOS FUNDAMENTALES

A menudo se habla de derechos fundamentales del hombre que deben ser respetados y aplicados. Como tales, han sido
especificados por las Naciones Unidas pero los derechos no son más que formulaciones jurídicas, aún cuando se habla de
derechos humanos primarios. No existe ningún derecho si no se fundamenta en un valor que lo justifique. Aún, en este
sentido, los valores morales poseen unafunción originaria no reemplazable por ninguna otra. Cualquier persona
particular, como mi yo, puede com- probar experimentalmente en sí misma y en otros yos, la existencia y percepción de
los valores morales fundamentales. Esto de comprobar se refiere tanto a la capacidad repetible de la experimentación y
de la intuición así como a la posibilidad de entablar discusiones sobre la validez y generalidad de estas per- cepciones:
esto se refiere a grupos humanos reducidos y a comunidades organizadas, sin limitaciones, hasta la totalidad de las
personas humanas en la globalización.

FUNDAMENT0 DE L0S VALORES MORALES La moralidad, por la naturaleza del valor como tal, brota de la vida

misma y se hace consciente en la intuición del valor. Además, todo valor moral se reconoce en algún caso o situación
particular de la vida. La entidad capacitada para coordinar, comparar y generalizar los valores es la conciencia en su
realidad concreta, el yo. Los valores morales, a la par de los demás valores, no se encuentran como calidades
generalizadas, sino como existentes en su particularidad existencial. El ser humano, como yo y como conciencia, es el
único responsable de conocer, apreciar y realizar lo moral y generalizarlo como Ethos, como moralidad. El Ethos, lo ético,
en sentido general y en sentido estricto, se encuentra en el hombre. No tiene sentido buscar el Ethos en las cosas o en
las relaciones entre las cosas, sólo entre personas y personas así como entre cosas y personas. Únicamente ahí se
encuentra el valor moral y éste es de tipo particular. No hay moralidad en las cosas, sólo valores morales que remiten a
las personas. Esto no impide que se construya una teoría de la moralidad y se dicten normas generales pero éstas no
tendrán más valor que el de su generalización.
Los grandes trágicos griegos, como los modernos, y los mejores autores

de películas, como Ingmar Bergman, Federico Fellini y F. Spielberg, son también grandes favorecedores del Ethos. M.
Heidegger, tan reacio en admitir los valores aparte del ser, entiende el Ethos como la morada del hombre. El hombre vive
en lo ético. En este sentido, interpreta la famosa frase atribuida a Heráclito, mientras estaba calentándose en el fogón de
su choza un día de invierno. Los turistas pensaban que fuera indigno visitar al gran filósofo, estando él en esta actitud
casera de calentarse junto al fuego. Heráclito les dice aquí también habitan los dioses. Habitan, quiere decir, el Ethos es
la casa del ser y éste se encuentra en cualquier lugar donde el hombre habita, en el ser, está en la dignidad moral, en los
momentos más simples y ordinarios de la vida.

4.1 LA INTUICIÓN DEL VALOR MORAL

Lo moralmente válido e importante se capta en la intuición. Es un tipo particular de intuición en la que la dimensión
ética se descubre por sí misma. Cuando se habla de bue- no, justo, digno, noble, etc., o sus contrarios para indicar un
valor moral, sólo se hace referencia a nombres que expresan conceptos que pretenden representar valores morales.
Como en todos los demás valores, también se da un doble movimiento en la construcción de la moralidad. El primero
detecta su existencia; el segundo realiza valores

morales. El primer movimiento consiste en la captación intuitiva y completa de la moralidad por parte de los seres
humanos. Capto moralidad en los dones de la naturaleza, en los recursos materiales, en la realidad del espíritu,
inteligencia y afecto; hay moralidad en los gestos de colaboración, en la paz, en el respeto, en la bondad, en el trabajo,
en la ciencia y en el arte. No es la coincidencia de opiniones morales la que genera la validez de la moralidad sino, lo
contrario, el valor moral exige al hombre ex- presar su adhesión y brindar su consentimiento, más allá de todas las
diferencias de razas, culturas y situaciones. El sistema de valores morales se extiende tanto como el sistema de valores
en general. Naturalmente, los valores morales se intuyen gradualmente de acuerdo con los demás valores. Igualmente,
un valor moral particular busca ser colocado en armonía con los demás y diferentes valores morales; se trata, pues, de
un sistema de sistemas que nos da una idea de la complejidad de este problema.

4.2 LA REALIZACIÓN DEL VALOR MORAL El segundo movimiento pertenece a la acción de un individuo, quien

percibe la fuerza vital de los valores

morales y decide realizarlos. Como los demás valores, el valor moral es una fuerza, una calidad potencial que estimula a
la conciencia a pasar a la acción. Un valor moral particular,

aunque no se dé como modelo, mue- ve la conciencia que lo aprecia, a la realización. La conciencia no sólo capta el valor
moral, sino también el deberseráe\ valor moral. Experimento el acto de un juez pronunciando una sentencia justa; no
sólo capto el valor del acto, sino también su deber-ser, del mismo modo, si veo una madre protegiendo a su
niño pequeño, capto el valor moral y su deber ser. Hay un deber ser, meramente axiológico y un deber ser moral. El
deber ser moral es comprendido por la conciencia al procesar el valor moral. La conciencia ve el deber ser moral
como un crecimiento moral de sí misma, una dinámica estructural de su personalidad. No habría moralidad sin un valor
moral que la fundamente pero tampoco habría moralidad sin una conciencia que lo aprecie y reconozca el deber-ser del
acto moral. Por esta razón, la moralidad está tan vinculada con la educación a la virtud. Educarse es entrenarse a dar
respuesta al desafío de los valores morales.
4.3 ELETHOS

Toda realización de un valor moral logra añadir una dimensión a la es- tructura moral de la persona hu- mana. Realizar
valores morales es realizarse a sí mismo como conciencia y espiritualidad pero es también un ampliar el ámbito de la
vida moral para los demás hombres. Realizar un acto de justicia es también proclamar

delante de toda la humanidad que la justicia es un alto ideal para el hombre. El ser humano no es sólo una
potencialidad frente a los valores del mundo natural; el ser humano compendia en sí el conjunto de los valores
morales que la humanidad realiza día tras día, en el ámbito de los pequeños grupos como también en la asamblea
general de los pue- blos. El Ethos es un fenómeno hu- mano distintivo y necesario de la humanidad. El valor moral llama
al Ethos. El Ethos es la respuesta a la llamada moral de la vida. Entonces, puede decirse que, sin ética, la humanidad
traiciona la vida.

cubrir las estructuras esenciales a priori. No sólo estas, también co- nocemos nuestras propias ideas, conocimientos,
voluntades, deseos, amores y odios... y nuestra historia que ha dado origen a los que somos hoy: nuestra mismidad. A
partir de ello, la libertad nos abre camino para nuestra constante evolución. Mi mismo ser puede ser otro, según el
esquema de la mónada abierta de Husserl (Med. Descartes, V° §

48). Toda realización de valores por parte de un individuo humano queda incorporada a su ser y contribuye a esta
evolución; se convierte en parte de su historia. Los valores morales, por ser los más universales y encontrarse en
diverso grado en

EL VALOR MORAL

Y LA PERSONA HUMANA

¿Qué significa la moralidad, desde el punto de vista del ser personal humano? La persona, mi yo racional, como se vio
anteriormente se nos da como el primero y principal valor, no porque se perciba directamente en uno, sino por verse en
los demás individuos humanos. Alicia en el país de las maravillas no puede ver el otro lado del espejo. Sólo podemos
ver una imagen de nosotros mismos, un reflejo desde los demás pero, de los demás, vemos la realidad presente en
nuestra intuición. En ellos percibimos el máximo valor. En nosotros mis- mos, como en ellos, podemos ana- lizar la
realidad experimental y des-

todos los seres, entonces, plantean

el particular problema de su relación con la persona humana.

Como se ha visto en la f undamentación de todos los valores, el valor esencial de la persona humana es su propia
dignidad personal. No hay duda de que todos los valores perfeccionan a esta persona y le ofrecen la oportunidad de
crecer intelectual y emocionalmente así como a realizarse en el mundo según todas las dimensiones pero, el valor moral
en su realización, es el que corresponde de manera más profunda a ese valor esencial que es la dignidad del ser humano.
Dignidad significa la armonía del ser, su relación de superioridad con todos los demás seres y la plenitud de su
realización.
El valor moral es el que corresponde a esta dignidad y la inserta en la ar- monía total del universo, desde las mínimas
expresiones de la vi- da en el mundo físico, hasta las máximas expresiones de esta misma vida en los niveles superiores
de inteligencia, creatividad, nobleza y justicia, honradez y mérito, tanto con relación al individuo mismo, como en su
calidad de miembro de una comunidad racional.

La moralidad establece la base de una convivencia pacífica entre seres humanos; resuelve los posibles con- flictos de
intereses apelando a sus valores superiores; brinda la base para la colaboración y la promoción mutua entre el yo y los
otros yos en un mundo común reconocido como propiedad de todos. Sobre esta base de dignidad nacen el respeto, la
bondad, la generosidad, la rec- titud de intenciones, la fidelidad en las circunstancias más difíciles. La moralidad de una
persona se complementa con la moralidad de la comunidad humana en la que ésta vive, desde los grupos mínimos hasta
las grandes culturas.

Además, hay un aspecto más decisivo que consiste en la relación entre el ser y el valor. Como se ha analizado, el valor
nace del ser y se desprende del ser para ofrecer a la libertad humana el mérito y la oportunidad de autorrealizarse.
Ahora bien, siendo

que el valor moral está presente en diferentes medidas en la captación de todos los seres, es el valor primario y, es
humano, en sentido más radical. El valor moral no sólo es general en su extensión, sino que es también el más humano
en su realización y, puesto que la efectuación de los valores morales afecta toda la vida humana, constituye la atmósfera
global en la que el individuo se desarrolla y llega a su plenitud. Esto significa que el valor moral, nacido en el ser, vuelve a
reunirse con el ser a través de la conciencia y la autoafirmación de la persona humana; es decir, preside a la constitución
y el crecimiento del ser humano en cuanto tal. Yo me constituyo como ser digno en mí mismo por la realización de los
actos morales. Lo cual implica que, desde un punto de vista metafísico, los valores morales indican claramente la
trayectoria señalada a todo ser humano. Porsu moralidad, el individuo humano se perfecciona a sí mismo
individualmente y, como miembro del conjunto total comunitario, posee el mérito de que la humanidad, en su conjunto
alcance la excelencia y las metas más elevadas de su proceso.

LOS VALORES MORALES EN LA SOCIEDAD

La consideración de los valores morales puede ser enfocada desde la sociedad, en su conjunto, como

comunidad de seres humanos exis- tentes y situados en la superficie del planeta tierra. Hasta ahora, se ha considerado el
valor moral como percibido por una persona individual y realizado por esta misma persona pero la perspectiva sobre los
valores morales puede trasladarse al conjunto de los seres humanos relacionados entre sí y con el mundo natural. La
percepción de los valores, que es el fundamento básico original para la captación y realización de valores morales, es
seguramente individual y personal. Sin embargo, existe tam- bién una percepción generalizada de los valores que se
formaliza en la comunicación interpersonal entre individuos y entre grupos humanos.

Sobre esta base de una percepción y comunicación generalizada de valores morales y el consiguiente discurso también
colectivo y generalizado so- bre la moralidad, podemos enfocar esta nueva perspectiva. ¿Cómo percibe y piensa la
sociedad los va-lores morales? La respuesta a esta pregunta, aunque no sea obvia, es seguramente orientadora. La
sociedad humana conceptúa los valores morales como un conjunto fundamental de realidades que se expresan en
normas generales para ordenar a la sociedad misma y orientarla hacia una situación general de bienestar y de
comunicación re- cíproca. En este sentido, se ad- mite que hay una moralidad para

los estados y una para la totalidad de las naciones, para regular las interrelaciones entre las más débiles y las más
fuertes. Dicho de un modo sencillo, para la sociedad, los valores morales son la base para crear una sociedad pacífica,
bien ordenada y feliz a nivel de unidades más modestas y de unidades globales. En esta consideración se suponen dos
cosas. Primero, existe la percepción de valores morales que se han comunicado entre personas y entre grupos hasta
formar una dimensión moral en las sociedades nacionales e internacionales. Segundo, estos valores morales se han
formalizado a través de normas, del reconocimiento de deberes y derechos, y de con ven ios internacionales. La primera
realidad confluye en la segunda que se expresa en términos de deberes y de obligaciones.

Supuesto lo anterior, se consigue que necesariamente la moralidad social posea el objetivo muy preciso de organizar a la
sociedad humana en modo tal que, en ella, las personas puedan encontrar las condiciones de una vida confortable y
gocen de los recursos necesarios para su crecimiento libre y su desarrollo. Esto nos obliga a considerar la sociedad
humana, en su conjunto, en el contexto de recursos y situaciones que ofrezca el mundo natural. Esta totalidad
compuesta por personas inteligentes y libres, es el punto de partida para

aplicar a todos los niveles los criterios morales. Consecuentemente, la so- ciedad debe ser organizada de tal forma
que sean respetados los valores personales y colectivos de los individuos. El filósofo alemán Jürgen Habermas, en sus
obras (sobre todo, Teoría de la acción comunicativa así como en Teoría y Praxis) realiza un admirable análisis de los
intereses humanos y del proceso para conseguir el consenso entre comunidades y resolver los conflictos de intereses
que puedan surgir en la sociedad. Para Habermas, se llega a la moralidad como a una superestructura que produce la
auto-identificación de los individuos humanos. Es un largo proceso de elevación que se consigue por la conciliación de
conocimientos e intereses pero éstos se fundan en condiciones subyacentes que presuponen la comunicación libre y
auténtica; es decir, moral, no ma- nipulada. Ésta, a su vez, se efectúa en una sociedad democrática, libre de injusticias
sociales y dominaciones de grupos de poder. A esto se llega desde las condiciones necesarias para la conservación de la
especie humana en ciertos momentos de su evolución histórica. Sin embargo, a su vez, la evolución histórica supone
haber alcanzado cierto momento en la evolución biológica lo cual, en su conjunto, es prácticamente impo- sible de
demostrar. Supone la uni- versalidad y necesidad de esta evo- lución. Encuentra su raíz última en

la dialéctica materialista de Marx. Esta base metafísica no es prueba ni es fundamento de la evolución biológica. En su
conjunto, el proceso trazado por Habermas carece de la intuición de valores; para ser científico en su teoría, deja de ser
experimental. Es cierto que pueden lograrse consensos parciales; en de-terminados fundamentos sobre la percepción
experimental de los valores ofrece, al contrario, una base en la que se encuentra la visión global de la humanidad y
permite llegar a leyes sociales que puedan concordar circunstancias pero éstos dejan de tener valor ante las
condiciones ge- nerales de la humanidad total: el derecho y deberes de la totalidad para un orden mundial, justo y
efectivo. En tal modo, los valores morales son el fundamento de una sociedad orientada al beneficio de todos sus
integrantes, sin ignorar las diferentes situaciones históricas y culturales.

UN MUNDO DE VALORES MORALES Con sólo analizar el horizonte de la vida, comprobamos que el mundo

está lleno de valores morales. Desde la existencia de la naturaleza física, en su relación con la vida, es implicada la
presencia humana y, consecuentemente, su moralidad. Te- niendo en cuenta la totalidad del ser terrestre y la gran masa
humana que lo habita, surgen valores humanos

fundamentales como el derecho a la vida, no sólo de los hombres, sino también de todos los demás vivientes, en
relación con el hombre. De allí surge la ecología como conocimiento del ambiente y el deber del ser humano para
conservarlo en su integridad, desarrollarlo y defenderlo de la con- taminación y de la extinción de todas las especies
vivientes. Hoy, es uno de los que afectan la humanidad entera, por el exceso de población y la necesidad de eliminar los
desechos contaminantes, precisamente por fun- darse éste en uno de los principales derechos, el de la vida; el valor
moral de las relaciones entre seres terrestres y vida humana. Este valor crece y se multiplica cuando se piensa en la
necesidad de alimentación, agua, aire limpio que pesa cada día más sobre el horizonte de la comunidad humana
viviente. Cada una de estas necesidades forma un sistema de se- res que deberían ser aprovechados por la totalidad de
la especie humana y, por tanto, constituyen una relación personal con cada individuo. De allá nace el deber moral con
carácter ge- neralizado e intersubjetivo. En este caso no caben discusiones o dudas, sobre objetividad o subjetividad de
los valores morales o de los juicios de valor. Estos valores son tan generales y tan complejos que forman sistemas
objetivos de valores que obligan a la humanidad entera. A este se le puede denominar un sistema globalizado de valores
morales.

En un ámbito más reducido puede enfocarse un sistema social de valores morales. Es el que se desarrolla a partir de una
comunidad cultural. En la interrelación al interior de un grupo o entre diferentes grupos, los valores morales se asocian a
los hechos sociales de la interdependencia y de la comunicación: el trabajo, la propiedad de los bienes, la economía, la
justicia, la creación artesanal e industrial, el comercio, la vivienda, la educación y la salud. Todos los hechos socia- les
forman un sistema, en cuanto fenómenos de relación entre per- sonas, a nivel de la necesidad fun- damental de la
convivencia. El valor moral del trabajo se desprende de la importancia vital que esta actividad ocupa en la vida de los
individuos y de las familias. No es sólo una importancia axiológica general sino específica de lo moral, porque se intuye
como la causa de actitudes y de expresiones de bondad, paz, comprensión, amor, etc. Trabajar es una actividad
moralmente digna porque implica el compromiso de las facultades intelectuales, la libertad, la voluntad del individuo y
su entrega a otras personas y se da en sus vivencias como valor moral.

De allí surge el derecho al trabajo, como consecuencia inmediata del valor moral de esta actividad humana. El trabajo
produce la energía necesaria para que la persona individual y la colectividad se desarrollen y alcancen el pleno
poder de su madurez en el devenir social. Éste brilla en la conciencia como valor moral primario. De este mismo
dimana el deber del trabajo como obligación hacia la colectividad y su responsabilidad hacia el bien común. En la
misma línea se colocan el deber a la generosidad para con los demás, el deber de la colaboración en obras comunes, de
la ayuda mutua, el deber de la comunicación de los conocimientos, el deberde las iniciativas de paz. Toda praxis social
lleva en sí un valor moral, precisamente porque se intuye como tal. Esta insistencia en la intuición del valor moral no
excluye que sobre esta base se expidan normas morales precisas, respaldadas por la comunicación interpersonal, el
diálogo, el análisis conceptual. Se llega, por tanto, a establecer normas morales generalizadas y reconocidas como
válidas por la comunidad nacional y la internacional pero donde la intuición de los valores morales brilla con toda su
dignidad, es en la conciencia particular de cada persona.

Cada individuo humano, quien per- cibe el inmenso horizonte de todos los valores, capta al mismo tiempo los valores
morales en conexión con los demás seres y con todos los demás valores. En el ámbito de su libertad, el individuo no
sólo intuye los valores morales que lo vinculan con la sociedad y con la comunidad humana

global. Al mismo tiempo, capta la llamada de los valores morales pa- ra su realización. Entonces, es cuan- do este
individuo personal ve la necesidad de ajustar su conducta moral con los valores que percibe en su intimidad y se refieren
a sí mismo. En ese momento aplica sus estructuras a priorí para transformarse a sí mismo y evolucionar racionalmente
en un mundo perfectible. Podría decirse que la evolución moral de una per- sona humana hacia una perfección
propuesta por los valores morales, es la respuesta a la que Heidegger consideraba la llamada del ser, una llamada a ser
más, a ser diferente, a ser superior, en la medida en que los valores morales lo indican. El ser humano es llamado por la
piedad, la justicia, la delicadeza, la paciencia, la fe, la bondad, como contrapuestos del deseo desbordado de la pasión,
de la violencia, del egoísmo ciego.

Los valores morales llaman al individuo a una praxis digna de la comunidad de personas racionales. Se conceptúan,
entonces, los valores morales ind- ividuales y los valores morales colec- tivos como configuraciones que esta- blecen no
sólo los límites negativos que aseguran a las comunidades una existencia pacífica y honrada, sino que también abren las
posibilidades de una evolución coherente con la racionalidad personal y global.
n la introducción a los valores se ha puesto el énfasis en la captación y el análisis del

valor en cuanto tal, como calidad

inherente al ser que se desprende de la experiencia de cada ente particular. Consecuentemente, los valores se dan al ser
humano, a mi propio yo en particular, como dimensiones de lo humano, como momento previo a toda consideración
intelectual y a todo prejuicio cultural o social. Se experimentan de inmediato, como la lluvia, el sol, la luz, el sonido, el
calor y el frío. Están más allá de lo subjetivo y de lo objetivo: simplemente se dan. A esta clase de valores, previos a toda
consideración moral o estética, social o utilitaria, los llamamos valores naturales.

Enelapartadoanteriorsehantipificado, en sus raíces, cuatro estructuras fun- damentales en cada individuo: la


inteligencia, el sentimiento, la voluntad y la libertad. En su realidad existencial

pueden considerarse estas cuatro estructuras como los valores radicales sobre los cuales se fundamentan todos los
demás: El conjunto de necesidades vitales que van del hambre de alimento, el agua, el aire, el espacio vital,
corresponden a la voluntad como deseo: es la necesidad de vivir con todos sus atributos. A la estructura de la
inteligencia corresponde la raíz del valor humano como racionalidad, con sus implicaciones inmediatas de verdad,
originalidad, comunicación y diálogo: es la excelencia especulativa y hablante del hombre como raíz fundamental de
valores igualmente necesarios. Al sentimiento le corres- ponde el aprecio, lo más elevado, las emociones profundas que
podemos tipificar como dignidad, con su exigen- cia de justicia, de consideración de relaciones y afinidades con otros, y
la armonía comunitaria. Por último, a la estructura de la libertad, del poder ser, le corresponde la raíz de los valores de
acción, asociación, trabajo y vida

política. Este conjunto de valores básicos son los que constituyen el ámbito de todo ser humano, el hori- zonte en que
cada persona se sitúa y busca desarrollarse. La unidad de cada uno de estos valores define lo que llamamos naturaleza
humana o simplemente lo humano, lo cual nos autoriza a sintetizar de este modo los cuatro valores humanos radicales:
la vida, la racionalidad del individuo, la dignidad humana y la libertad de todo hombre. Son valores objetivos y
universales, el sustrato común de lo humano, a los que nadie pensaría en renunciar pero no se trata de valores morales;
simplemente se dan como valores. Son exigencias que implican una posible actividad humana que les corresponda;
brotan directamente del ser pero no son todavía acciones humanas. El mundo moral nace como cumplimiento de estas
exigencias naturales, como realización de activi- dades concientes que realicen estos valores. Este nivel de acción no
debe confundirse con el nivel del juicio y de la especulación donde se dan los juicios de valor moral.

Por otra parte, como actividad pen- sante y especulativa, los juicios de valor están condicionados por nuestra propia
historia personal, por la cultura y otros intereses en que nuestra vida concreta se encuentra sumergida y relacionada. Ser
condicionados no significa necesariamente volverse subjetivos o arbitrarios. La cultura y

nuestras propias experiencias previas pueden modificar la intensidad de un valor o cambiar las relaciones que exaltan o
deprimen la captación de un valor, o agregar condiciones que alteran nuestra catalogación o escala valorativa. Tales
modificaciones puden alterar el orden en el que colocamos los valores pero no eliminan la intui- ción primitiva e
inmediata del valor natural. Estas variaciones pueden ser perfectamente estudiadas y anali- zadas descriptivamente.
Esto es posi- ble precisamente por encontrarse en la experiencia directa el punto de referencia obligado y general. No so-
lamente es imposible, entre ciegos, entablar una discusión sobre colores, sino que también es imposible discutir con
cualquiera sobre el mejor modo de guiar un avión, sin haber recibido ningún entrenamiento al respecto. En ambos casos
debe haber una experiencia previa a la cual referirse. En el primer ejemplo, tal experiencia es imposible; en el segundo
es teó- ricamente posible pero no real. En el caso de los valores, tal experiencia previa es generalmente posible, real y
previa a todo juicio de valor.

Aesta experiencia previa es necesario referirse para encontrar un punto de referencia seguro y general para un análisis
de los juicios de valor. A este nivel inmediato de captación de valores se le denomina nivel de los valores naturales.
Entendido de esta forma, el valor natural es el que

se da en la experiencia inmediata y puede ser modificado por el fenómeno cultural o de otra naturaleza. Puedo comparar
mi experiencia de valores con la experiencia de otra persona y comunicarnos de experiencia a ex- periencia con la misma
objetividad con que nos comunicamos la experiencia de los fenómenos meramente cog- noscitivos y encontrar un
acuerdo entre nuestras recíprocas experiencias y el lenguaje correspondiente. Si nos limitamos a los valores humanos
fun- damentales, no es difícil encontrar un acuerdo entre los habitantes del planeta.

Sindudajavidaesunvalorprimariocon todos los atributos que le acompañan: las necesidades vitales. En segundo lugar, la
persona humana como racio- nalidad, se da también como valor básico, implicando su necesidad de verdad, de
comunicación entre seres humanos, el diálogo y la posibilidad de expresarse. De inmediato se nos da la dignidad
humana como carácter que distingue el hombre de cualquier otro ser del mundo y, consecuentemente, su exigencia de
respeto, consideración, y justicia. El cuarto valor originario es seguramente la libertad, como condición ineludible para el
ejercicio de la racionalidad. Esta implica la capacidad de movimiento, de asociación y de trabajo. Más que de cuatro
valores; se trata aquí de cuatro raíces de las que brotan otros valores que abren al hombre

nuevas perspectivas de vida y de acción. Entre ellos se encuentran los valores culturales, morales, estéticos,
instrumentales, económicos, políticos y sociales. De todos ellos, la vida con sus dimensiones esenciales es el común
denominador.
VALORES
VALORES MORALES NATURALES

Los valores naturales son previos a todo juicio de valor. Entre las diversas categorías de valores naturales, nos
limitaremos a analizar los valores morales:

los valores morales naturales. Para tener acceso a los valores morales naturales, es imprescindible regresar a la
experiencia. En este caso, como en los anteriores, es preciso no confundir la experiencia del valor con los juicios de valor,
pertenecientes a una axiología; en este caso, a una ética: la primera es vivencial, la segunda es especulativa; la primera
pertenece a la vida, la segunda al discurso. Aún los valores morales, para que sean naturales, deberán verse en su
inmediata presentación como experiencia inmediata previa a toda reflexión e ideología; es decir, antes de que se
conviertan en valores morales teóricos, en un discurso. Los valores morales son valores de la conducta humana; por
tanto, se realizan en el ámbito de la actividad libre y consciente de un individuo. Veo un vecino sufriendo hambre y
decido socorrerlo con alimento. Oigo que se le cayó la casa por un deslave del monte y ayudo con cobijas y láminas para
proporcionarle una protección inmediata. Advierto el deterioro ambiental de esta aldea donde las aguas negras corren a
nivel del suelo; entonces, intervengo para iluminar a la comunidad acerca de este problema y colaboro al saneamiento
del ambiente. Veo un joven correr con su vehículo por una carretera que ha sido obstruida por un derrumbe y le advierto
para proteger su vida de un peligro. Un maestro con admirable paciencia transmite a sus escolares el arte de leer y
escribir. Un diputado presenta una ley para corregir abusos. Un periodista lucha con habilidad para poner en claro la
verdad de un hecho. Los anteriores son valores morales que se experimentan en su realidad anterior a cualquier
consideración ética. De hecho, son actividades que hacen efectivos los valores humanos. Se trata, entonces, de valores
morales. Los ejemplos de esta clase pueden multiplicarse sin límites y nos conducen a la visión experimental de la
moralidad.

1.1 UNA ÉTICA NATURAL

Los valores morales naturales pertenecen a todas las dimensiones de la vida, como expresión de la conciencia humana y
de su libre actividad; sin embargo, a este nivel siempre se trata de casos particulares percibidos individualmente. Si se
pretende generalizar el conocimiento de los valores morales, es necesario hablar de una ética; es decir, elevarnos al nivel
del conocimiento y del discurso moral. Un discurso de ética natural parte de la consideración de los valores morales
naturales que cada persona experimenta intuitivamente, los conceptualiza y los expresa con juicios morales. Entonces,
todo discurso de moral natural es un valor de segunda mano, por decirlo así, un discurso que para regirse con fuerza
debe apoyarse sobre sus fundamentos que son los valores morales naturales. Puede discurrirse de la bondad y de la
justicia en la política, pero sólo con referencia a la experiencia de valores políticos y de justicia natural; es decir, a casos
particulares de percepción de valores morales. El olvido de esta estricta vinculación resultaría en una teoría sin
fundamento real; es decir, una ética especulativa, en gran medida ajena a la realidad moral de los valores humanos. Un
caso clamoroso es el de la ética kantiana, pero, también la ética platónica, la estoica, la materialista, y la ética social
cometen el mismo error; es decir, son ajenas a los valores morales naturales. En general, las éticas históricas confunden o
identifican el discurso ético con la percepción real de los valores y, consecuentemente, caen en abstracciones en lugar de
descansar sobre los valores reales. Una ética axiológica está obligada a esta constante referencia de los juicios morales
con la experiencia de los valores. Es más fácil encontrar la referencia a valores morales naturales en el código de
Hammurabi y en la Ética eudemológica de Aristóteles que en la ética Hegeliana o Marxista, pero, en este momento,
interesa más reflexionar sobre los valores morales naturales recopilados por las diferentes teorías éticas que sobre los
diferentes discursos éticos. De hecho, estos valores nos refieren nuevamente a la experiencia. Señalaremos algunos
grupos de valores morales naturales que nos sirvan de punto de partida para una comparación de los valores con la
evolución representada por los valores cristianos. Una ética de valores morales naturales (o simplemente ética-natural)
deberá construirse como respuesta de la conducta humana a los valores naturales fundamentales; es decir, a las cuatro
raíces fundamentales de valores que se han detectado con el simple análisis de los valores humanos necesarios
experimentados: la vida, la racionalidad, la dignidad del individuo y su libertad, intuidos como valores morales con la
exigencia de ser ejecutadas. ¿Cuáles serán las respuestas de la conducta a estas raíces axiológicas y a sus inmediatas
conexiones, concebidas como valores morales? Intentemos, por claridad, un esquema de dos columnas, simplemente
para visualizar los valores morales naturales. A cada valor natural le corresponde alguna respuesta; es decir, una acción
humana responsable la cual perciba el valor humano y, a la vez, capte el valor moral correspondiente. Los valores, como
tales, poseen por sí, la fuerza para mover la voluntad con el deseo, pero no se hacen efectivos sino a través de la
conciencia y la voluntad de acción del propio yo; por este medio se expresan en la conducta moral. La que mueve a la
acción moral es la conciencia moral la cual reacciona frente al valor moral. Sin conciencia moral cualquier clase de
conducta carecería de responsabilidad moral y, sin la conciencia, a secas, carecería simplemente de responsabilidad.

La relación entre valores naturales y valores morales, también naturales, puede ser la siguiente:

Es cierto que los valores naturales piden, por sí, que sean ejecutados los valores morales correspondientes, pero esto
sólo se realiza a nivel especulativo y no serviría mucho para organizar la realidad de la existencia humana. Conectar las
dos series anteriores como una necesidad y confundir los valores naturales con los valores morales correspondientes, ha
sido un error cometido por muchos filósofos que no han separado las dos series y han desarrollado una ética de tipo
intelectualísitico, fundada en las necesidades naturales y no en los valores morales. Tenemos que partir de otro punto
claramente distinto: el nivel de la percepción. Los valores morales se perciben como tales en la experiencia y no se
apoyan en la necesidad de los valores naturales, sino muy indirectamente. El amor, la fidelidad, la nobleza, el poder y
todos sus valores derivados se aprecian, por sí, en sí mismos y con sus numerosas aplicaciones. Además, poseen en la
intuición su propia necesidad; es decir, que llevan en sí la exigencia de su realización. Observemos las dos columnas. La
de la izquierda enumera los valores naturales, universales en el sentido que son propios de una necesidad natural. Sin su
realización, el ser humano no podría vivir o estaría gravemente limitado y dañado en su propia existencia humana. To-
dos los valores de esta serie son simplemente instrumentales; son va- lores de uso. El aire puede ser respirado, pero es
independiente de la respiración; lo mismo dígase del alimento, del movimiento, del trabajo, etc. Los valores naturales no
son valores morales. Entonces, ¿son independientes los valores de la serie de la izquierda y ajenos a la serie de valores
de la derecha? Por supuesto que no. Hay una vinculación, pero no hay una implicación. Los valores originarios de la serie
de izquierda exigen que se les dé una respuesta, pero no lo implican. Se da la necesidad originaria pero no se da
necesariamente la respuesta. Entre la serie de la izquierda y la de la de- recha interviene la conciencia, pero la conciencia
puede ser simplemente una conciencia intelectual y no moral. Sería como ver la necesidad y no sentir ningún impulso a
satisfacerla. Para que se convierta en conciencia moral debe recurrir a otra fuente de percepciones: la percepción de los
valores morales; es decir, partir de la segunda columna, la de la derecha. Pero, entonces, es necesario que los valores
morales tengan validez y fuerza en sí mismos. El amor, la fidelidad, la nobleza y el poder valen por sí mismos, como
grandes capítulos de la moralidad, juntamente con los demás valores morales derivados. Todos se perciben
intuitivamente en la experiencia humana y constituyen el fundamento de la moralidad natural. Entonces, puede
olvidarse por un tiempo la columna izquierda y analizar únicamente la columna de la derecha: la de los valores morales
naturales. Con esto se replantea la moralidad sobre la experiencia personal de cada individuo humano con relación al
valor moral. Entonces, cada valor moral es una realidad existencial que cada hombre capta en su experiencia individual;
por tanto, es un valor concreto y particular, previo a toda consideración especulativa o intelectual y previa a todo
lenguaje, incluyendo la palabra interior de cada uno. Esto no impide que mi propia experiencia pueda evaluar y
comparar un valor moral con otro valor moral, una cualidad familiar con una cualidad social, un valor moral de un
individuo y el de una comunidad o de una entidad colectiva. Hay moralidad en una mamá que alimenta su bebé y hay
moralidad en un hombre que defiende a su familia de un agresor. Hay moralidad en un taxista que traba- ja para ganarse
el pan y hay moralidad en un ingeniero que levanta un edificio con responsabilidad. Estos ejemplos nos ayudan a
comprender si nos concentramos sólo en el valor de una determinada acción que se nos da como un valor moral. El
universo de los valores morales nace precisamente en esta contemplación de la acción moral en sus infinitas formas y
circunstancias. Nos referimos a la conducta de cada individuo, en las diferentes circunstancias de tiempo y de espacio, de
edad y de habilidades. Entonces, se nos hace claramente ética tanto la actividad científica como la artística, la de los
investigadores y la de los administradores con tal que su acción, en concreto y en armonía con los demás valores, se nos
revele como moralmente válida. Todo esto se refiere únicamente a la captación originaria de los valores morales.

1.2 REALIZACIÓN DE LOS VALORES MORALES NATURALES

En consecuencia, podemos establecer dos circuitos con relación a la actividad moral personal, a partir de los valores
morales naturales. El primero es un circuito breve, inmediato; el segundo, un circuito más largo y complejo. Veamos el
circuito corto. Consiste en percibir un valor natural como ético y sentir el impulso a realizarlo personalmente. En tal caso,
se pasa de inmediato del modelo a la acción. El modelo es un valor moral percibido como tal. Veo personas sufriendo por
el frío y algunos entregándoles cobijas para protegerlos. Yo mismo capto el valor y lo pongo en práctica ayudando con
mis propios medios. Se pasa de inmediato de la captación de un valor a su realización con una acción consciente del
valor. Se dan los dos niveles: capto el valor moral y realizo un valor moral. No se apela ni a un juicio moral ni a una ley
moral; simplemente se actúa bajo la fuerza y el impulso del valor moral. Esto sucede también en los actos heroicos de
moralidad. Un acto heroico de acción moral ni siquiera apela a una ley, se entrega por el valor mismo del acto moral en
sí. El acto citado del Dr. Borboug quien se tira al agua para salvar a sus hijas, y lo logra, perdiendo él mismo la vida, no
apela a ninguna ley moral universal; actúa en el circuito corto: el valor moral de su acción no tiene precio. El R Damiano,
en Molokai, se entrega a la lepra con tal de salvar a los leprosos. Lo mismo sucede con estos argelinos que perecen a
diario en el mar de Sicilia en embarcaciones absolutamente inadecuadas; sólo se entregan al heroísmo de una mejor
vida. Pero sin recurrir a los casos extremos, comprobamos en nuestra realidad diaria nuestra actitud de entrega a valores
que nos comprometen sin recordar siquiera la existencia de una norma moral. La moralidad existe por los valores y
nuestra realización de los mismos.

El segundo circuito, o circuito largo, consiste en la captación de un valor moral el cual, sin desaparecer, me permite
compararlo con otros casos similares y con otras clases de valores morales, de mi experiencia, antes de tomar la decisión
y realizar yo mismo el valor. Entre la percepción del valor moral y su ejecución interviene un análisis de la conciencia
moral; es decir, interviene el discurso ético y el juicio moral. Es importante el inciso sin desaparecer en el sentido de que
el discurso sobre el valor, los juicios de valor y la misma ejecución de un valor, corren por cuenta de la energía captada en
la percepción del valor. Si desapareciera el valor de nuestra experiencia, todo discurso sería abstracto y sin fuerza. En el
círculo largo, no es sólo un especial valor que esté presente el responsable de una decisión. Se da al mismo tiempo la
memoria de otras experiencias previas y colaterales de ese valor las cuales contribuyen a trazar un horizonte de valores
entre los que la conciencia individual es capaz de elegir para tomar una decisión de acción.

La experiencia humana es a menudo múltiple y la percepción de diferentes valores se da al mismo tiempo, incluyendo
el valor moral entre otros. Esto ofrece a la conciencia individual la posibilidad de comparar ordenadamente los
diversos impulsos y tomar la decisión correspondiente, fruto de una consideración global del yo, como dueño y señor de
sus propias estructuras a priori y de su horizonte experimental. El discurso axiológico, por ser especulativo, no considera
únicamente valores morales, sino su conexión con los valores naturales fundamentales, los que se han colocado en la
columna de la izquierda. El discurso se efectúa a nivel de conceptos, juicios y razonamientos de la mente, en la
unidad de la conciencia racional. Esto significa la posibilidad de interrelacionar experiencias axiológicas con
conocimientos especulativos de toda clase: argumentaciones sobre el ser, la historia, la cultura y la sociedad. La
presencia de valores morales no crea un mundo separado de la unidad de la persona y su racionalidad. De este modo se
capta de inmediato la relación entre los valores morales naturales y la necesaria conexión con los valores fundamentales.
En realidad, el amor es una exigencia de la vida misma cuyas necesidades para un ser humano son ineludibles. El amor se
funda en la necesidad de subsistir, de poseer un espacio vital, de tener acceso a los alimentos y a la educación; de
realizar en plenitud las potencialidades de la vida de un individuo. A este nivel no se discute de derechos previos o de
costumbres porque la necesidad del amor brota de la vida misma en su total extensión.

¿Por qué deberíamos dar de comer al que tiene hambre? Porque el valor del amor no tiene otro que se le compare:
amor es amar la vida por lo que ella es. Sin duda, socorrer a esta clase de necesidades no es más que amar la vida
misma. Entonces, el amor se convierte en una ley universal de la que todo ser humano participa, a menos que haya
dejado de poseer una conciencia moral. Del amor derivan los demás valores conexos: el servicio a la vida, los proyectos
de desarrollo, la colaboración entre individuos y grupos, el cuidado de la salud y el medio ambiente, y la educación. Por
esto se nos dan como valores morales tanto el cuidado de los padres hacia los hijos, como las acciones políticas y
económicas tendientes a favorecer la vida en toda su extensión, el proceso educativo y el esfuerzo para alcanzar nuevas
metas y la seguridad de los individuos. Sin duda, se trata de valores morales naturales, por dos razones: porque se captan
como tales y, además, están en directa conexión con las necesidades de la vida. La primera razón está en la realidad
moral intuitiva; la segunda es fruto de una reflexión; es decir, del discurso axiológico y de una ética. En consecuencia, la
acción moral natural consiste en la realización de un valor moral, sea ésta el resultado de un circuito corto o largo; es
decir, sea una decisión movida directamente, y sin intermediarios, por un valor moral percibido o, bien, tras una
consideración más compleja sobre la base de un valor moral. Si descuidamos el circuito corto, como un proceso de
acción moral menos frecuente, nos quedaremos con el circuito largo como proceso normal de una acción moral natural.

De la fidelidad, como respuesta a la racionalidad del ser humano individual, derivan, la rectitud de la actividad
consciente, la verdad como valor moral supremo de la fidelidad racional, la coherencia, armonía racional de la actividad
responsable, y realización efectiva de la dignidad de la persona. Si empleamos una persona a nuestro servicio, le
exigimos fidelidad, que es rectitud, verdad y coherencia. La falta de estos valores morales la percibimos como una ofensa
directa a nuestra calidad de seres racionales y una deshonra para el individuo que incurra en tales faltas. Rectitud y
verdad abren el camino del diálogo y de la relación interpersonal, como expresión más elevada de la unidad de
pensamiento y de acción, para crear un mundo racionalmente válido y constituir el valor de la vida como expresión
cultural. Como nobleza se realizan los valores morales de justicia, respeto y bondad hacia los demás. La nobleza sintetiza
estos valores, pero también los tipifica. Crea el ideal de las relaciones entre persona y persona para crear entre todos un
clima deseable y satisfactorio de entendimiento y alegría de la vida que tiende hacia lo sublime. Casi ¡o peor que pueda
decirse de un hombre es que falte de nobleza; de él puede esperarse cualquier engaño o traición, negocios sucios y
trampas, odio y agresión personal. El punto de referencia en los simples valores naturales es la dignidad la cual exige la
nobleza en la conducta y en el pensamiento. Sin embargo, la nobleza vale por sí misma. Ella, por sí, expresa en todo su
esplendor la dignidad; es el valor moral el que reluce. La justicia no es sólo una distribución equitativa de bienes; es el
reconocimiento de la nobleza del otro, la aceptación de su personalidad. El hombre justo se desempeña en una esfera de
valores elevados que pertenecen al espíritu. Es justo en sus juicios, en sus afectos, en sus proyectos. El hombre justo no
se deja engañar por apariencias, penetra en lo profundo. La bondad es la cara gratuita de la nobleza. Su valor es más alto
al esfuerzo material que puede comportar. Su presencia hace soñar en una humanidad superior. La bondad es correlativa
a la falibilidad humana, personal y colectiva; se da como restauración de lo defectuoso, al mismo tiempo que eleva lo
más acabado. Va más allá del límite, ensancha el horizonte de las posibilidades de vida. Como poder se especifican las
acciones constructivas de una realidad nueva: la movilidad, la ayuda, la acción social, la creatividad. La movilidad
humana en la geografía del planeta y fuera de él, es un valor moral que estimula a la conquista de otros seres, al
descubrimiento de otras verdades con la ciencia, el arte, la literatura. La libertad humana exige su correspondiente
poder, el valor natural exige el valor moral. Sin embargo, el poder como tal, o la fuerza para la realización de obras
humanas, ya es en sí un valor moral que determina la moralidad de la acción correspondiente. Es la acción moral del que
progresa hacia una meta, por el mero hecho de perfeccionarse conscientemente a sí mismo. Es el rompimiento de
barreras del que ayuda al prójimo a remediar un defecto o alcanzar una meta ideal. Es el valor moral de quien toma
conciencia de su posición en la sociedad y se determina a actuar conscientemente para el objetivo común, con un
verdadero acto social. Es también el valor moral de quién a través del arte, de cualquier clase, amplía el horizonte
humano descubriendo nuevos mundos ideales y, el gozo, la armonía que dimana de las obras: arquitectura, escultura,
pintura, literatura. Estos ejemplos experimentales son suficientes para introducirnos a este ilimitado mundo de valores
morales del poder.

1.3 LA LEY MORAL NATURAL

Al generalizar el proceso de acciones morales aplicándolo a casos y circunstancias análogos, en la actividad moral de los
individuos y de las colectividades, permanece todavía, en su actualidad, todo el peso y vigor, y el impulso de los valores
morales percibidos. A esta poderosa llamada del valor moral generalizado, la conciencia la conceptúa como la obligación
de una actividad moral. La obligación moral deriva directamente de los valores morales en cuanto tales, en su realidad
existencial, es una llamada del universo de valores morales o moralidad en general. Tal obligación se formula en términos
generales como una ley que obliga la conciencia por el vigor del valor moral. Esta define teóricamente, en las diversas
circunstancias, la obligación moral que, a su vez, puede ser concebida en forma de norma ética general, para las
principales actividades de un individuo humano, la que va bajo la denominación de ley moral natural.

La ley moral natural pertenece al orden del discurso moral. No excluye el orden vivencial de la percepción de los valores,
pero se elabora en el orden conceptual. Es relativamente fácil desarrollar una teoría axiológica agrupando y
generalizando las estructuras de la acción moral en general pero esta ley carece de valor si no se le refiere
constantemente a la experiencia real de los valores morales y a la conducta establecida por las comunidades sobre la
base de estas experiencias de vida. Precisamente, por su carácter especulativo, la ley moral posee la visión de todos los
campos de valor y los del conocimiento teórico de los seres. Tiene en cuenta las relaciones entre las diferentes
cualidades de los valores y las demás dimensiones del ser humano. El ser humano es una unidad racional y física, por
tanto, la ley moral natural se elabora en la unidad de todas las dimensiones humanas de acuerdo con la conciencia moral
de cada persona. Podemos recordar, como ejemplos, las leyes morales formuladas por las civilizaciones más antiguas que
conocemos. Por una parte, los imperios babilónicos y Egipto. Las leyes que regulan la conducta moral en estos grandes
imperios pueden ser consideradas como leyes morales naturales, aun cuando pretendan fundarse en mitos y creencias.
No consta que ninguna de ellas apele a una especial revelación de la divinidad. Los mitos son más bien proyecciones de
las mismas costumbres organizadas a lo largo de los siglos por estas civilizaciones. Por otra parte, los casos más recientes
de las repúblicas griegas nos dan un modelo históricamente comprobado de leyes morales establecidas sobre
especulaciones teóricas. Es sintomático el caso de las ciudades del sur de Italia, las cuales encargaban a los filósofos la
tarea de establecer las normas morales de sus ciudadanos, opinando que estas serían las más apropiadas para el buen
orden de la vida comunitaria. También el mundo griego, tan impactado por dioses y mitos, no establece las leyes morales
sobre el conocimiento de los mitos sino sobre un discurso racional que apela a la experiencia humana de valores
morales. Bastará con pensar en Platón y en Aristóteles, en los epicúreos y los estoicos. En el Occidente, las últimas
recopilaciones de leyes que reflejan una moral simplemente natural son las de los emperadores romanos hasta la
recopilación de Justiniano. Al contrario, en el Oriente (China, Japón, India, Indonesia), las normas morales corrientes
pueden considerarse todavía (en el siglo XXI) como principios de ley natural, fundadas en los valores morales naturales.
De éstas se excluye la conducta de ciertos poderes políticos, impuestas por ideologías totalitarias como, por ejemplo, la
marxista o los varios tipos de imperialismo. No se puede negar que la ley moral natural tenga sus orígenes en la
percepción experimental de los valores de la misma vida, aunque en sus formulaciones históricas hayan sido plasmadas
por las tradiciones de los diferentes pueblos, sus culturas y sus especulaciones teóricas acerca del ser humano y de la
sociedad. Esto explica las variaciones que se hayan establecido en los diferentes lugares. A pesar de ello, sin duda, existe
un núcleo fundamental, común a todas estas variantes y esto, presumiblemente, es debido a la percepción de los
valores, uniforme en sus raíces, para todo individuo de la especie humana. Esta uniformidad básica de los valores
morales naturales es la que, todavía en nuestro tiempo, hace posible el acuerdo entre los diferentes pueblos y estados
para establecer principios aceptables de derecho nacional e internacional. Un discurso sobre valores morales
completamente diferente en sus bases es el que se realiza acerca de los valores cristianos. Estos no niegan los valores
naturales, pero apelan a un criterio de juicio completamente nuevo: la revelación divina.
II. LOS VALORES MORALES BÍBLICOS

El punto de divergencia entre valores morales naturales y valores morales cristianos se encuentra en la fe revelada. El
cristianismo profesa una fe revelada por Dios a través de acontecimientos de la historia y de la comunicación oral,
atribuida directamente a Dios, el autor de la creación. Pero la fe es un acto racional intelectual y no cambia
sustancialmente la percepción de los valores como acto intuitivo de la vida. Al contrario, la fe supone que los valores
naturales hayan sido percibidos como un punto de referencia natural universal. Como hay un discurso natural que se
desarrolla sobre los valores morales percibidos intuitivamente, así hay un discurso moral iluminado por la fe. La
diferencia, entonces, no estará en la percepción de los valores, sino en los juicios morales como parte de un discurso
realizado desde los conocimientos de la fe. De este modo, el discurso sobre valores morales naturales se amplía para
incorporar nuevos principios, derivados, no de la simple razón, sino de la fe en la revelación.

El cristianismo reconoce sus orígenes en la tradición religiosa de Israel, llamado en la Biblia el "pueblo de Dios", guiado
en su historia y pensamiento, por la revelación de Dios, desde Abraham hasta Jesucristo. La fe en la revelación de la
palabra del Creador, no modifica la captación experimental de los valores morales, ni los principios básicos del juicio
moral. Al contrario, los supone y los incorpora a los preceptos positivos de la ley divina, ampliando en algunos casos la
conciencia del valor moral y el discurso correspondiente. Entonces, habrá que entender la moral cristiana como una
redefinición y un reenfoque de la moral natural. La presencia del Creador en la fe cristiana, replantea todos los juicios de
valor con relación a esta presencia y a las revelaciones que se hayan dado en la historia, de su forma trascendente de
restablecer sus relaciones con el ser humano. Se trata de una realidad divina que se sobrepone a la existencia de cada
persona y que afecta todo el discurso de la axiología y, particularmente, los juicios morales. No hay quien dude que un
asesinato de alguna persona sea un contravalor moral. Sin embargo, en la tradición pagana (natural) se había introducido
la creencia de que matar un hijo ofreciéndolo en sacrificio a la divinidad, se consideraba un valor moral (recordemos el
sacrificio de la hija Ifigenia, por parte del rey Agamenón). Dios le demuestra a Abraham que no es esta la interpretación
auténtica. Dios no quiere sacrificios humanos sino la obediencia del hombre, fundada en la fe. Es reafirmado el juicio
moral natural. Hay casos en que la fe introduce valores superiores que modifican limitadamente la ley moral natural. Así,
Dios justifica la conquista de otros pueblos y otras tierras para realizar un plan sobrenatural pero estas excepciones,
explícitamente establecidas, no eliminan la ley moral natural, sino que indirectamente la reafirman. En este caso
particular no destruyen el derecho corriente de cada uno a defender su propiedad. Puede decirse que la moral cristiana
añade nuevos valores morales a los naturales. Estos nuevos no se originan en la experiencia sino en la revelación. En
general, la innovación deriva de la relación entre el hombre como criatura y Dios en cuanto creador; una relación que
puede cambiar el dictamen de la conciencia moral. Los carros del Faraón y su poder abatieron (Yahvé) y sus mejores
jinetes se ahogaron en el mar. La destrucción es atribuida de inmediato a Dios. Has conducido al pueblo en tu gracia, al
pueblo que has salvado; lo condujiste por tu poder hasta las moradas santas (Ex. 5, 4-10).

La fe cristiana en Dios creador establece de una vez dos extremos: el origen del hombre y su destino final. El origen
ilumina la manera especial del hombre dentro de la creación, partiendo de su especial relación con Dios: el hombre es
imagen de Dios. El ser humano se coloca así, como el valor máximo entre todos los demás valores naturales, relacionado
de inmediato con el valor divino. Todo el discurso ético queda enfocado desde esta perspectiva, y la realización de los
valores morales se ordena dentro de este sistema, humano y divino: Dios y el hombre como imagen de Dios. El hombre
es puesto en una relación especial con las cosas y los seres vivos creados: para que dominen sobre los peces del mar, los
pájaros del cielo, el ganado, todos los animales del campo y todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra (Gen.1, 26;
Sal. 8, 7). Cuando el hombre se relaciona con las cosas del mundo, sea por su trabajo, en la comida o con ocasión de los
descubrimientos, tal relación llega a ser siempre con Dios que es su creador y que le ha confiado las cosas (Wolf, p. 216).
Ser imagen de Dios implica poseer sobre todas las cosas un "señorío"; es decir, el dominio y, al mismo tiempo, la
responsabilidad por cuidar del orden de las cosas naturales. Se trata de una participación, como de un plenipotenciario
consciente de su responsabilidad.
Si la necesidad de la vida implica el amor en la moral natural, la fe añade este sentido de responsabilidad, por la
semejanza que el hombre posee con el Creador. Esta responsabilidad implica una sabiduría colectiva, por la cual el
dominio del mundo no se le confía a un individuo particular sino a la comunidad de los hombres. Además, el amor con el
que se debe administrar por encargo de Dios es bisexual: los hombres se completan en el amor. Precisamente, siendo los
unos con los otros es como son imagen de Dios; una moral que fundamenta la mutua dependencia de los hombres.
Cumplirán con su tarea en la creación como imagen de Dios únicamente ayudándose y complementándose como varón y
mujer. Los hombres deben engendrar hijos y aumentar la humanidad. El crecimiento de la humanidad y el dominio de la
tierra y los animales están unidos de una manera recíproca (Wolf, p. 219). Por tanto, la administración del mundo se ha
confiado a una humanidad grande con la pluralidad de sus miembros. En el dominio se incluye toda la tierra, los
animales del mar y del cielo. Es maravilloso cómo el hombre domina lo que se mueve en las tan misteriosas sendas de
los mares y del aire. Agrandando este panorama se incluye toda la tarea de la cultura la cual se extiende a todos los
lugares y todos los tiempos; no hay acción humana que no esté incluida. La moral cristiana rescata el valor de toda la
actividad técnica e industrial, artística y especulativa. A cada sector de la cultura pertenece un valor moral, precisamente
en virtud del orden primigenio impuesto por la semejanza del creador. Toda la historia, todo esfuerzo humano está bajo
este signo, bajo esta sentencia WW/ca (Kohler, p. 112).

VALOR MORAL DEL HOMBRE

Especialmente, el hombre está penetrado por la moralidad que le confiere el creador. El término que sintetiza su valor es
el corazón que se identifica con la razón. Se habla del corazón de Dios, del corazón del mar, del corazón del cielo y del
corazón humano. Denota el interior, el valor de la vida, la conciencia, la responsabilidad que determina la conducta
moral; una responsabilidad que a veces gime por la angustia. Son caminos inexplorados de lo profundamente oculto, tan
profundos como el corazón del mar, la alta mar, inmensa, desconocida; como el corazón del cielo de alturas inalcanzables
para el hombre. El monte ardía en fuego hasta el corazón del cielo (Dt. 4, 11). Es precisamente Dios el que mira más allá
de lo que ven los ojos y se fija en el corazón (I Sam. 16, 7). La moralidad adquiere el valor supremo de la inteligencia y de
la voluntad humana. La que supera la palabra y se fija en los corazones. Supera un intelectualismo mecánico para
implicar la esfera de los sentimientos; compromete el deseo interior, oculto. Un corazón confiado es vida del cuerpo
(Prov.14, 30). Se guía según los preceptos divinos: Que tu corazón no envidie a los pecadores (Prov. 23, 17). Una
moralidad que alegra, da vida y coraje, hace desaparecer el miedo, con tal que siga los dictámenes profundos del corazón
y no los superficiales de los caprichos: que no suceda que el corazón haya corrido tras sus ojos (Núm. 15, 39).

La Biblia sitúa al hombre ante alter- nativas que hay que reconocer. Es una función del espíritu la de conseguir
conocimiento. No es un conocimiento teórico sino una entrega de la voluntad a la sabiduría. El conocimiento debe llevar
a una conciencia duradera. El conocimiento moral es grabado con punta de diamante, en la tabla de su corazón (Jer.
17,1). El conocimiento implica una decisión; es difícil separar el conocer del elegir, oír y obedecer; la teoría de la praxis.
La conciencia moral es estímulo para la voluntad. Los aspectos de lo consciente y de lo voluntario se han de considerar
necesariamente en conexión. El amor de Dios lleva a servirlo con todas las fuerzas. La acción moral se vuelve obediencia;
el conocimiento de Dios se vuelve inclinación consciente a una obediencia total incondicionada. La moralidad del
hombre eleva su ser hacia la dignidad del mismo Dios. El corazón de Dios es medido con relación al hombre y es el
órgano de su conocimiento con que se mide al hombre. Has obrado celosamente, lo que es bueno a mis ojos, y
totalmente como está en mi corazón (I Sam. 2,35). Responde a su voluntad lo que es bueno a sus ojos, que no se pueden
engañar; la presencia de sus ojos indica el cuidado de Dios, el interés y el afecto.

LO ESENCIAL DEL HOMBRE

La vida se manifiesta en el hombre esencialmente como aliento, su movimiento es sensible, corpóreo. También el cuerpo
se reviste, entonces, de moralidad porque en su interior se realiza el conocimiento y su relación con Dios, por analogía
con su corazón. ¿Qué es el hombre, que en tanto lo tengas que pongas tu corazón en él? (Job 7, 17) En el cuerpo está la
sangre, en la que reside la vida, una vida que pertenece a Dios y, por tanto, cualquier hecho de sangre envuelve una
responsabilidad frente a Dios. La sangre de las víctimas se rocía para santificar los altares, pero no se puede comer
porque contiene la vida que pertenece a Dios. Se puede comer la carne, pero la sangre es de Dios. La sangre de los
pobres es valiosa, por ello merecen respeto. La sangre derramada de Abel habla a Dios, al faltar su palabra, clama
venganza y Yahvé la escucha. Todo derramamiento de sangre está supeditado a Yahvé, por esto es crimen, culpa.

El cuerpo posee su interior que pertenece a la esencia del hombre, del cual procede la conducta moral: Las palabras del
cizañero son como golosinas, bajan a las interioridades del cuerpo (Prov. 18, 8). En él hay estancias oscuras y Yahvé las
escruta. Compromete lo físico y lo psíquico. Entonces, se exacerbó mi corazón y sentí mis riñones fuertemente punzados
(Sal. 73, 21). Los órganos internos del cuerpo están en relación con los sentimientos que iluminan el sentido de la
conciencia y responden al deseo de conocer los misterios trascendentes de la vida,

presentes o futuros, la aprobación o el rechazo de la divinidad. ¿Hasta cuándo albergarán en tu interior los perversos
pensamientos? (Jer. 4,14) Las vísceras, el hígado, la hiel, los riñones, son órganos internos que se nombran para localizar
los anhelos del alma o la buena conciencia, como para especificar el fenómeno intuitivo de los valores morales... Mis
riñones exultan, cuando mis labios hablan lo que es justo (Prov. 23,16).

También los caracteres externos del cuerpo se incorporan a la vida de la conciencia. Los brazos significan la fuerza
utilizada para el bien o el mal. Con los dedos se hacen señas misteriosas o se modelan ídolos que disgustan a la
divinidad. La cabeza es imagen de todo lo superior y, el inclinarla, denota la humillación ante el Señor. La belleza del
aspecto es argumento para apreciar la virtud de la persona, pero la belleza era completa sólo cuando estaba Yahvé con
él. No hay belleza valiosa sin la sabiduría. Engañosa es la gracia, pasajera la belleza; una mujer sabia, esa ha de ser
alabada (Prov. 31, 30). El valor moral es el criterio para juzgar al ser humano. Jerusalén puede tener belleza, pero puede
caer en la prostitución (Ez 16, 14). Entonces será objeto de acusación. También las facultades físicas, el ver y oír son
dones del Señor. Oír es para saber escuchar. Así determina el oír, la conducta y el destino del hombre.

Por esto pide Salomón un corazón presto a la escucha. El hombre que deja de escuchar y se confía a sí mismo, sólo se
aleja de Dios. Quien mantiene su oído alejado de escuchar la sabiduría, hasta su oración es una abominación (Prov. 28,
9). La verdadera manifestación de lo humano es el lenguaje. No conviene que esté solo, porque su naturaleza es el hablar
y dialogar. Con la palabra el hombre se hace totalmente hombre. Da nombre a todos los animales (Gen.2, 18). Transmite
la palabra de Dios al Faraón. Manzana de oro en bandejas de plata es una palabra dicha a tiempo (Prov. 25,11).

El tiempo es la medida de la historia de Yahvé. El día en que Yahvé creó tierra y cielo (Gen 2,4). Cada tiempo se concibe
como una etapa para la acción de Dios; no es el tiempo del calendario. Cada período empieza como algo nuevo. La
visión de la alianza es el presente; al contrario, el futuro es una posibilidad oscura que está detrás de la espalda, detrás
de uno. Éste va hacia el futuro como si uno caminara hacia su espalda. El tiempo del hombre es determinado por el
hecho de ser creado del barro de la tierra; es una donación limitada. Es marcado por períodos en los que se invoca el
nombre del Señor y otros en los que el hombre se prostituye. Cada período es nuevo y no se ha perdido en el pasado; en
cambio, debe estar delante del hombre creyente. Piensa y no olvides, como irritaste a Yahvé, en la estepa (Deut.9, 7).
Esta historia no está en el pasado, o sea, detrás de uno sino en el presente, delante de uno, para que el creyente se
oriente por ella, por el camino que ésta indica, por lo que Dios coloca ante él. La enseñanza del pasado se convierte en
ley. La historia y el tiempo pertenecen a Dios quien dura siempre y vive en el presente. Lo oculto está ante Yahvé, y lo
manifiesto vale para nosotros y nuestros hijos para siempre (Deut.29, 28).

LA MORAL MATRIMONIAL

La vida matrimonial es sometida al orden general dispuesto por Dios. El marco en el que se desarrolla esta vida, es la
familia grande, en la que todos los miembros son responsables. El marido paga por su esposa, pero la relación entre ellos
debe ser amistosa. La esposa es la mujer de su alianza en cuyo pacto ha sido testigo Yahvé. La solidez de su fidelidad es
sancionada por la alianza entre Dios y su pueblo Israel, como alegoría de una historia de amor. Por tanto, la obligación de
fidelidad en el matrimonio es fundada en el derecho divino. La alianza entre la mujer de la juventud (Prov. 5, 8) y el
marido de la juventud (Joel 1, 8) se cumple en forma monogámica. Que fu fuente sea bendita, alégrate con la mujer de
tu juventud (Prov. 5, 18). También para concubinas y esclavas se establecían normas y obligaciones. Para evitar que
fueran tratadas como mercancía (Ex. 21, 7). La relación amorosa entre marido y mujer no era algo secundario. Aún las
esclavas tenían derecho a ser amadas. El modelo se encuentra en Génesis 2, 18: hombre y mujer se pertenecen
mutuamente; esta sociedad es necesaria; la relación entre ellos es personal y atractiva. Uno se pertenece al otro de
manera mutua y exclusiva como lo proclama el cantar de los cantares: Yo pertenezco a mi amado y mi amado me
pertenece (6, 3). La relación única entre Israel y Yahvé prohíbe el adulterio (Ex. 20, 3). No prestes atención a una mujer
mala... sus pasos se encaminan al sol (Prov.5,2). Se condena la promiscuidad y la pasión violenta, así como lo meramente
sexual, como desordenado. Afecta la visión total y el compañerismo exclusivo. También condena el libertinaje y la
homosexualidad. Al contrario, la generación de los hijos es un valor en sí misma y es objeto de un mandamiento (Gen.
12, 2). La promesa a Abraham, de que se harán un gran pueblo, es conforme con la tarea asignada al hombre, pero la
multiplicación es efecto de la bendición de Yahvé. Se les señala a los padres la tarea de la educación de los hijos. El hijo
obra prudentemente observando la conducta y las enseñanzas de la madre y del padre. Por eso, deberán reprimir su
cólera y ser responsables de la seguridad de sus hijos.

LA MORAL SOCIAL

El pueblo era considerado una hermandad. Se extendía a todos los pueblos del oriente medio, como pueblos
hermanos y, sus pactos, eran pactos de hermanos, pero, entre las doce tribus, había una especial hermandad, todas
estaban orientadas en la misma historia de la salvación (Jos. 24). En el Deuteronomio se enseña cómo debe comportarse
un israelita con otros. No cerrarás tu corazón ni tu mano ante tu hermano (Dt. 15, 1). Y esto se refiere tanto a los
miembros de su pueblo, como a extranjeros que habiten entre ellos. No odiarás a tu hermano en tu corazón (Lev. 19, 17).
El amor al próximo se funda en la hermandad de las personas, como fenómeno humano general. No importa si las
estructuras sociales son diferentes, no hay razón para odiarse, como en el caso ejemplar de Caín y Abel, de un labrador y
un pastor. El extranjero que es vuestro huésped será para vosotros como uno de los del país (Lev. 19, 34). El amor al
prójimo debe superar el egoísmo que se concentra en sí mismo, con lo cual perfecciona el valor natural de querer la vida
y desarrollar la acción social. Por esta razón, estimula a cumplir con una fidelidad más grande, que la que se ha señalado
entre los valores naturales. Hay amigo que es más adicto que un hermano (Prov. 18, 24). Por la dignidad de la persona
humana, el amor, la fidelidad, la nobleza y la ayuda valen por sí mismas. Tal fue el amor de David por Jonatan.

Aun cuando el hombre está en condición de esclavo, posee todavía su dignidad que debe ser respetada. Israel reconoce
el dominio del hombre sobre el hombre, pero lo lamenta. Los esclavos en ciertas ocasiones deben ser liberados. Se
puede hablar de una revolución en las relaciones entre señores y siervos; vive en esta contraposición con la atmósfera
con el propio ambiente. Este dominio está excluido por la enseñanza del hombre como imagen de Dios. Sugiere a los
reyes que escuchen el consejo de los representantes populares y condena el poder absoluto de los Faraones de Egipto;
como en el caso de Jeroboam (I Re. 12, 10). Se cuenta con que la tierra es propiedad de Dios y está concedida en
usufructo al hombre. Cada siete años debe permitírsele que descanse y que su producto espontáneo se abandone a los
pobres y a las fieras del campo. El poder regio es limitado. Las funciones jurídicas han sido trasladadas a los jueces.

El cuarto de los valores naturales fundamentales, el poder, ha sido interpretado por la ley (Deut. 16,18).

La ley establece que la jurisprudencia se confía a un juez elegido de entre los sacerdotes levíticos; los asuntos bélicos a la
junta del ejército con los sacerdotes. Se asegura la libertad de los ciudadanos y también a aquellos que han sido
reducidos a la esclavitud por deudas; deben ser tratados como un trabajador asalariado y deben ser liberados cuando
se termine el período de su condena, una vez que se les haya obsequiado abundantemente. Es consecuencia del
recuerdo permanente de la liberación de Egipto. Cada siete veces, siete años, se celebra el año de la liberación. Cada uno
puede volver a su clan y puede reclamar otra vez la posesión de sus tierras. La educación y la sabiduría son parte de este
poder. Se llama sabio al que posee un determinado oficio: técnica de la fundición, orfebrería y escultura, hilandería, la
navegación, la política y el arte bélico. Igualmente es sabio el maestro porque ejerce el poder de la mente. La sabiduría
es el verdadero poder de la sociedad y supera la violencia y la riqueza.

El poder individual está vinculado estrechamente con el círculo familiar y social. Las grandes familias son miembros de
un clan; estos forman las tribus. Las tribus, en un tiempo seminómada, forman una comunidad peregrinante; luego,
habitan con sus clanes en una región. El individuo no puede estar solo. Soledad significa abandono y marginación. El
hombre está destinado a vivir en el mundo. Dios se encarga de salvar la comunidad para que viva. Por esta razón, todo
hombre está llamado a la colaboración, al acto social propiamente dicho, hasta llegar a ordenar que se ame al prójimo
como sí mismo (Lev. 19, 17). La meta última de este trato humano debe alcanzar todos los pueblos. El hombre es
llamado a dominar las fuerzas de la naturaleza, con su poder y creatividad, pero no debe convertirse en víctima de las
cosas. Esto sucedió con Noé quien se emborrachó; con Sansón quién fue vencido; con Nabucodonosor, reducido a la
locura, con Jeroboam abandonado por las diez tribus. El destino del hombre es el de regir la tierra con sabiduría y, con
eso, reflejar la imagen de Dios.

Los valores morales cristianos incorporan los valores morales transmitidos por el Antiguo testamento. Sin embargo, el
Evangelio que recoge la enseñanza de Jesucristo aporta una nueva fuente de valores que perfeccionan el discurso ético.
La moral del Evangelio establece un nuevo concepto de Dios y un nuevo destino del ser humano. Jesucristo, siendo
verdadero hombre, habla de Dios como de su Padre y establece así un nuevo tipo de relaciones entre los que seguirán su
doctrina, y el Dios Padre que se proclama en ella. En la Moral Evangélica hay dos principios nuevos que se desprenden de
la revelación de Jesucristo y modifican la concepción antropológica del Antiguo Testamento.

El primer principio se refiere al origen del ser humano; otro, a su destino final. En la mente y las palabras de Jesús, un
hombre no es sólo criatura de Dios, sino que debe considerar a Dios como su Padre. Dios no es sólo Padre de Jesús
(hombre y Dios) sino que es Padre para cada uno de los seres humanos. No es una paternidad global que afecte a la
totalidad del pueblo escogido. Ahora es padre para todos y para cada uno en particular. Esto establece una nueva
relación con el Creador: una relación de confianza y seguridad, pero, también, una relación de fidelidad y de
responsabilidad mucho más fuertes, así como la conciencia de una identidad espiritual que debe madurar por una
conducta ajustada a los ideales propuestos por Jesús. Uno solo es vuestro padre, el del cielo (Mt. 23, 9). Él quería que el
honrar con el nombre del Padre fuese algo que quedara reservado sólo para Dios (Joaq. Jeremías p. 87). Dios Padre se
preocupa por las cosas que necesita el hombre: Bien sabe vuestro Padre celestial, la necesidad que de ellas tenéis (Mt. 6,
25). El segundo principio novedoso consiste en el destino señalado para los hombres. Cada persona está destinada al
encuentro sobrenatural con el Padre y a conocerlo con una estricta vinculación de vida, en el estadio final de su
existencia eterna. Consecuentemente, toda la existencia del cristiano queda marcada en su conducta por la esperanza en
la vida eterna. Por esto, les dirá Jesús: Sean perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt. 5, 48). Este ideal se
expresa en el capítulo 17 de San Juan como unidad. Que sean uno, como nosotros somos uno (Jn. 17,22). Esta
perspectiva le daba a la vida un significado realmente diferente de todo lo que se había predicado anteriormente. El
cristiano deberá vivir como un ser espiritual quien se prepara para una vida nueva que pertenece a Dios. Lo nuevo del
Evangelio, tanto frente al mundo griego como al judío, es que para Jesús, Dios es el siempre presente y el totalmente
cercano: el Señor y Padre que abraza, delimita, y plantea sus exigencias a cada uno (Shelkkle, p. 147).

LA MORAL DE LA BUENA NUEVA

La buena nueva que Jesús anuncia a los pobres se expresa en las Bienaventuranzas: Tenéis participación en el reino de
Dios (Le.6,20). Los pecadores están invitados al banquete de Dios. A través de las parábolas se demuestra que sucede la
remisión de las deudas. Se describe el padre que corre al encuentro del hijo perdido. El mismo Jesús se sienta a la mesa
con publícanos y pecadores. Jesús propone un nuevo modelo de relaciones con Dios y con el prójimo. Por eso, dirige su
atención a los ricos, quienes están más lejos de Dios que los pecadores. Con esto reprocha a los que tienen un muy buen
concepto de sí mismos, confían en su propia piedad, pero, de facto, no son obedientes; no están dispuestos a secundar
los llamamientos de Dios porque son despiadados hacia sus hermanos pobres; porque hablan de perdón, pero no tienen
ni idea de lo que esto significa. Frente a su palabra puede haber una doble reacción: en unos produce los ojos abiertos
para captar el misterio de Dios; en otros, rechazo. Los que no comprenden el misterio de la palabra de Jesucristo quedan
con obcecación. Puesto que el Evangelio ofrece la máxima salvación, produce al mismo tiempo la máxima perdición.
Jesús llama al arrepentimiento porque el tiempo se va a terminar. En la parábola de las diez vírgenes, se cierra
definitivamente la puerta. La llamada está acompañada por una amenaza. El peligro afecta a las personas que están allí
presentes. Convertios, el hacha está puesta a la raíz de la higuera estéril.

El hombre debe aprovechar el tiempo antes de que sea demasiado tarde. Ha comenzado ya la era del cumplimiento; el
reino de Dios se está manifestando aquí y ahora. Para convertirse, en primer lugar, debe afirmar su propia culpa. El
modelo es el hijo pródigo quien reconoce su pecado; o el publicano en el templo, quien no se atrevía ni a alzar los ojos al
cielo (Le. 18,13). Esta afirmación de la culpa no debe hacerse únicamente ante Dios, sino también ante los hombres:
pedir perdón al hermano (Le. 17,4); confesar públicamente los pecados (19, 8) pero la conversión exige también el
apartarse del pe- cado: que el publicano se abstenga del engaño; que el rico deje de estar dominado por Mamón; al
vanidoso le exige que se aparte de su vanidad y, el que haya cometido injusticia contra alguien, que la repare. Jesús
anuncia el reino de Dios. La diferencia con el antiguo testamento consiste en que el reino anunciado para el judaismo
antiguo era el señorío de Dios sobre Israel, mientras el que anuncia Jesús es el reino final sobre todos los pueblos, pero,
la idea de reino es dinámica, ya actúa en el presente. Jesús utiliza los símbolos bíblicos para anunciar que comienza el
tiempo de salvación. Estos son: la luz, al encender la lámpara de aceite huyen las tinieblas; la cosecha, indica la
abundancia y la exuberante riqueza de este tiempo; la higuera que reverdece es símbolo del paso de la muerte a la vida;
el vino nuevo significa el tiempo nuevo; el vestido de fiesta que se le entrega al hijo recuperado, es la nueva vida como el
pan de vida, el agua de vida. La oferta de salvación que Jesús hace a los pobres resulta escandalosa: los pobres son
evangelizados. Este anuncio que está en el corazón de la predicación de Jesús contrasta con la concepción de los elegidos
de Israel que son los privilegiados de la ley; los únicos con capacidad para salvarse. Jesús trajo la buena nueva a
publícanos y pecadores. Estos no eran sólo los que menospreciaban notoriamente el mandamiento de Dios, sino los que
ejercían profesiones menospreciadas: los jugadores de azar, los usureros, los recaudadores de impuestos, los publícanos,
los pastores asalariados, las rameras, los hombres tramposos, rapaces, adúlteros, ladrones y cambistas. Es- tos eran los
pobres a quienes se les anunciaba la salvación. La razón de este escándalo no era de tipo ritual, tampoco era de tipo
político, sino era únicamente de tipo moral. A veces se les llama los pequeños, como personas incultas o retrasadas;
eran, entonces, personas difamadas o que gozaban de baja reputación y, según el pensamiento de la época, no tenían
acceso a la salvación. Los pobres a quienes se anuncia la salvación son también los fatigados y agobiados por el peso (Mt.
11,28); los pobres que saben que están por completo a la merced de Dios: los que tienen hambre, los que lloran, los
enfermos, los que están agobiados por el peso, los últimos, los sencillos, los perdidos. Jesús contempla con infinita
misericordia a estos mendigos ante Dios. A éstos contrapone las parábolas de la misericordia, de encontrar a los que se
habían perdido, de la liberación de los cautivos, del recibimiento en la casa del Padre. Él mismo demuestra con las obras
ese rescate; restituye la vista, hace caminar a los tullidos, sana a los enfermos, resucita a muertos y, lo más escandaloso,
come con los pecadores y elige varios de sus discípulos entre ellos. A estos está destinado el anuncio del reino mientras a
los justos, cuya justicia es meramente exterior, por la obediencia a la ley. El hijo perdido es reinstalado en sus derechos;
el que se había quedado en el hogar se entibia en sus relaciones con el padre. Esto aparece claramente como el final, el
momento escatológico, ilumina la vida de quienes aceptan la revelación. En ese tiempo no sólo se halla la ilimitada
soberanía de Dios, sino también su misericordia. Los pobres han recibido, con la revelación de Jesús, una riqueza frente a
la cual palidecen todos los demás valores.

LA LUZ DEL CREPÚSCULO

La segunda fuente de moralidad de los Evangelios es seguramente la perspectiva del destino final. Desde este fenómeno
futuro se proyecta una luz hacia el presente, que determina la conducta moral de los creyentes. El Apocalipsis no es
solamente una imaginación dramática de los acontecimientos escatológicos, sino una fuente de inspiración y advertencia
para la conducta del hombre actual. El evangelista Marcos pinta una descripción detallada acerca de lo que viene; es una
gran profecía de perdición. Esta consiste en el peligro de que la misma fe sea adulterada, en destrucciones físicas, como
guerras y terremotos, hambres y persecuciones. La primera destrucción será la del templo que será abandonado y sus
seguidores buscarán refugio en el desierto. Será la catástrofe de Israel. Por último, el mismo universo material se
derrumbará para que triunfe a su regreso el Hijo del Hombre. Además, hay un elemento de sorpresa: nadie conoce el día
ni la hora en que todo esto acontezca; el cristiano debe estar preparado, es decir, su conducta debe ser digna del
momento final (Me. 13, Los evangelistas Mateo y Lucas hablan de un tiempo de preparación, lleno de angustias y
calamidades. El final llegará repentinamente, como el rayo, como el diluvio. Jesús dice a las mujeres que lloran por su
pasión, que deberían entonar lamentos para sí mismas y sus propios hijos. Viene la espada de la justicia. El reino de Dios
no viene sino con sufrimiento. Después vendrá la suprema perdición. Este último acto será algo que trasciende la
historia. Habrá separación de buenos y malos; esta separación alcanzará a cada uno en lo personal. Uno será tomado y
otro dejado. Contra esta sentencia no hay apelación posible. A la angustiosa pregunta de si serán pocos los escogidos,
Jesús contesta con una exhortación a entrar por la puerta estrecha. Esta amenaza ofrece a la vida del cristiano la
oportunidad para prepararse y cumplir con el Señor. ¡Convertíos! Todavía dura el último plazo de gracia; ya el hacha está
puesta a la raíz de la higuera estéril (Le. 13, 6). La inseguridad del final no se refiere tanto a la dilación de la espera,
cuanto a la gravedad de la catástrofe y a la necesidad de estar preparados; es decir, conservar una actitud moral y un
comportamiento digno de este momento fatal (M. 24,1-3).

EL PECADO COMO ANTÍTESIS DE MORALIDAD

Para confirmar la necesidad de un cambio y una fidelidad auténtica al reino, Jesús impreca a tres clases de personas: a
los sacerdotes, los escribas y los fariseos. El gesto de Jesús que provoca de inmediato la reacción de los sacerdotes es la
purificación del templo. Toma un manojo de cuerdas y agrede a los comerciantes que han invadido al templo con sus
negocios. La purificación del templo era una acción simbólica profética. Con ella se condenaba el formalismo superficial
de los actos litúrgicos y la falta de espiritualidad que se revelaba en menosprecio a la casa de Dios como casa de oración,
por haber organizado un mercado en el lugar santo. Sus enemigos lo llamarán un falso profeta. A los escribas, como
teólogos eruditos en la interpretación de la ley y jueces, dedicados a embaucar a los desvalidos aprovechándose de sus
conocimientos jurídicos. A ellos les reprocha la ambición, el deseo de los mejores puestos, el acaparar para sí la gloria
debida sólo a Dios. Les critica por imponer cargas pesadas a los fieles, mientras ellos no las mueven ni con un dedo. En
una palabra, predican la voluntad de Dios, pero no la cumplen. A los fariseos les reprocha una observancia meramente
exterior. Los fariseos son laicos y se precian de representar los auténticos y únicos israelitas observantes. Ellos son fieles
en cosas mínimas, mientras transgreden la esencia de la ley. Son cumplidores por fuera, pero su corazón es impuro.
Ofrecen dinero a los pobres y practican las oraciones diarias, pero todo lo hacen al servicio de su gana de figurar; por
tanto, no es más que hipocresía.

Los tres grupos se ocupan del culto, de la gloria de Dios, pero sus almas están en especial peligro, porque no consideran
la gravedad del pecado. Jesús hace despertar bruscamente en ellos la idea del pecado. Son personas piadosas que se
encuentran alejadas de Dios. Ellos piensan que están por encima del nivel de los pecadores y desprecian a los demás (Le.
18,11). Cuando no se toma en serio el pecado, el hombre piensa demasiado bien de sí mismo. Se siente seguro de sí; se
siente justo por sí mismo y deja de tener amor. Los fariseos estaban convencidos que pertenecían al verdadero pueblo de
salvación. Jesús los condena con imágenes expresivas: frutos malos, ovejas perdidas, sepulcros llenos de huesos de
muertos, dracma extraviada. Jesús denuncia el pecado en su origen: en la palabra, en el deseo. No es lo que entra en el
hombre aquello que contamina el hombre, sino lo que sale de él: los malos deseos, las agresiones, las infidelidades. No
sólo el homicidio, sino cualquier palabra injuriosa merece la pena de muerte. El pecado de la lengua es lo único que
mancha al hombre (Rom.14,14). Esta radicalización se aplica también a la esfera sexual. Aún, la menor falta, la mirada
codiciosa a la mujer casada, es pecado; un pecado que pone a su autor bajo el juicio de Dios (Mt. 5, 28).

El pecado precisa del perdón de Dios. A diferencia de la tradición del Antiguo Testamento, en donde eran numerosos los
pecados que no se podían perdonar, Jesús afirma que todos los pecados pueden ser perdonados por Dios, exceptuado el
pecado contra el Espíritu Santo. El Espíritu actúa en el reino; por tanto, el pecado contra el Espíritu es el pecado contra
Dios que se revela. No es lícito resistir a la revelación de Dios. No se trata de un determinado delito moral, sino que el
único pecado imperdonable es el pecado que surge con la revelación. En una situación análoga se encuentran las
personas que, por considerarse buenas en sí, desprecian y condenan a los que han caído en pecado. Las personas
devotas que piensan demasiado bien de sí mismas se encuentran mucho más lejos de Dios que los pecadores
reconocidos. Jesús pronuncia severos juicios contra tales personas que observan rigurosamente los preceptos y
condenan a los demás. Las numerosas palabras de juicio que leemos en los evangelios van dirigidas no contra los que
cometían adulterio o engañaban, o robaban, sino contra los que condenaban enérgicamente el adulterio y expulsaban
de la comunidad a los mentirosos y engañadores. Los llamaba: ¡raza de víboras! (Mt. 12, 34) En Lucas, capítulo 18,
quien agrada a Dios no es el fariseo practicante, sino el publicano quien se ha humillado.

La palabra esencial es la de conversión. Jesús ve la gente que corre hacia la perdición y les advierte a que se conviertan
pronto; que aprendan a ser buenos administradores, que preparen sus lámparas en la espera del esposo, porque la
puerta se cerrará irrevocablemente. La conversión no es sólo arrepentimiento; es apartarse de la culpa. Es dejarse
rescatar por Dios; la penitencia es un ser vencido por la Gracia de Dios. Jesús habla de un nuevo pueblo usando la
imagen de un rebaño, de los invitados a una boda, de un pastor fiel que guía a sus ovejas y las defiende de la dispersión.
Jesús come con ellos y los llama sus hermanos. De este modo, convierte la comunidad en una familia, comparte el pan y
los pescados con miles, distribuyéndolos como hace el padre de familia. Los apóstoles forman una comunidad y las
mujeres que lo siguen y le costean los gastos, forman también otra comunidad. Es una comunidad abierta que incorpora
nuevos miembros sin limitaciones. A veces se adelanta a la conversión y ofrece su ayuda: a la viuda de Naim,

LA NUEVA COMUNIDAD

La nueva fe establecida por Jesucristo tiende a crear un nuevo tipo de comunidad humana en la que prevalezca el amor.
La fe predicada por Jesús implica la confianza en Él. Es la confianza de la mujer enferma que toca su vestido, sabiendo
que Él la va a sanar; es la confianza del centurión que se considera indigno de recibir a Jesús, pero confía en que sanará a
su criado. Esta confianza es tal que, donde pasa Jesús, deja detrás de sí algún grupo de discípulos quienes con sus
familiares han reconocido su poder. Estos grupos de creyentes se hallan en todo el país y forman la base de una nueva
comunidad que ejerce la caridad y practica la vida espiritual según la enseñanza del Maestro.

Al paralítico de la piscina. Jesús abre de par en par las puertas, llama a todos sin excepción, lo mismo que una gallina
acoge bajo sus alas a todos los polluelos, todos están invitados al banquete. La comunidad es animada por la nueva
relación con Dios: Dios es el Padre. La paternidad de Dios constituye el reino. Él es quien perdona y concede la gloria; su
compasión es ilimitada. Por tanto, la filiación es la característica única del reino. Los discípulos saben que la voluntad del
Padre es que ninguno de los pequeños se pierda.

La comunidad posee la conciencia de esta filiación. El Padre sabe lo que sus hijos necesitan (Mt. 6, 8) y se preocupa por
ellos. Precisamente a los más pequeños es a quienes Dios más protege. Aún el sufrimiento aparece en una luz nueva
cuando uno sabe que es hijo de Dios. El elemento de cohesión de la nueva comunidad es la oración. Jesús practica con
sus apóstoles la costumbre de los tres tiempos de oración de la ley, pero añade una oración constante, en ciertos lugares
y horas. Sobre todo, es importante la acción de gracias en los acontecimientos fundamentales, los milagros, las comidas
comunitarias. El Padre Nuestro es como un emblema que caracteriza a la comunidad de los creyentes en Jesús del mismo
modo que un tipo de oración había caracterizado a la comunidad de los discípulos de Juan el Bautista. El pan que se pide
en el Padre Nuestro no es simplemente el que se necesita hoy, sino el pan futuro que es el pan de la vida, el mañana de
Dios, el tiempo final. La comunidad queda orientada, definitivamente, al momento escatológico. La última frase de la
oración, no nos induzcas en tentación se refiere esencialmente a la tentación final, al peligro de perderse de la
comunidad. El sentido es no permitas que caigamos; y la tentación suprema es el peligro de perderse, de que la
comunidad se extravíe. Es el grito final que pide la perseverancia, la realización del fin último; es un pedir que se realice
el reino.

La comunidad en el reino ha transformado sus relaciones interpersonales; esto afecta el modo de concebir los bienes, a
los niños y a las mujeres. La mujer en el matrimonio adquiere el mismo estatus del varón. Ya no está pendiente de la
voluntad del marido y de un posible repudio porque el matrimonio es estable y único. Se niega, formalmente, la
posibilidad de una disolución. Dios es quien une a las parejas y no quiere que los hombres separen lo que Él ha unido
(Me. 10,9). El modelo de estima es dado por la actitud de Jesús hacia las mujeres. Hay muchos relatos en que Jesús se
encuentra con mujeres: Marta y María, la Samaritana, la viuda de Naim, la enferma, la Magdalena (Le. 7, 36; Me. 1,31).
Las mujeres se encuentran en el auditorio de Jesús, y merecen su atención; lo siguen a Jerusalén, lo asisten hasta la
última hora. Se rompe la costumbre de la separación y de la exclusión. Con esto se exige que los discípulos sepan
dominar sus pasiones, que impongan su disciplina incluso sobre la mirada y sean auténticos y limpios en sus
pensamientos. Los niños han dejado de ser menos importantes, hasta se colocan como modelos por su sencillez. Jesús
ama a los niños y se preocupa por evitar el escándalo que los podría corromper; a ellos promete la salvación. Un puesto
particular lo ocupan los bienes materiales con relación a la comunidad que vive en el reino. El hombre se hace
independiente de los bienes materiales o externos.

En contraposición, esta separación exalta el valor de la persona humana por encima de todo lo terreno. Esta
independencia mejora las relaciones interpersonales, inclina el alma hacia las personas de los pobres y desvalidos. No es
la cantidad material de cosas la que es valorizada sino el corazón. Se confirma con las parábolas del juez injusto, de la
moneda perdida o del donativo de la viuda. La vida de Jesús y de sus discípulos demuestra este desinterés y la sencillez
de sus necesidades. Por su cuenta, Jesús no posee ni una piedra sobre la cual apoyar su cabeza y, constantemente,
exhorta a que se socorran a los pobres. Los pobres se hallan cerca del reino de Dios. Las palabras de Jesús en contra de
las riquezas son duras. Se refieren a los ricos despiadados que crean barreras sociales. Los bienes terrenos son cosas
perecederas. Esto se ve en la parábola del señor que manda construir nuevos graneros, sin pensar que lo va a perder
todo. Los ladrones los roban, la polilla los carcome (Mt. 6, 10). La indiferencia hacia los bienes materiales crea una nueva
imagen de la comunidad cristiana, una ciudad dedicada al servicio de Dios y al cumplimiento de sus mandamientos, lo
cual debe caracterizar la vida cotidiana del trabajo y de las relaciones sociales.

LA LEY DEL AMOR

El conectivo de la nueva comunidad ideada por Jesucristo es el amor. Quien pertenezca al reino se encuentra bajo la ley
divina de una nueva creación. Conjuntamente con el amor a Dios se exige el amor al prójimo (Me. 12,28). Sin duda, se
había hablado de eso en el Antiguo Testamento, pero nunca se había expresado con la fuerza con que lo anuncia Jesús,
como condición indispensable. No se puede amar a Dios invisible sino a través del amor al prójimo. Los ejemplos puestos
en las parábolas transforman los conceptos tradicionales. El buen samaritano no sólo es un extranjero, sino un hereje y,
sin embargo, es reconocido como modelo de caridad. El amor no se manifiesta sólo en palabras, sino en la capacidad
para dar (Mt. 5, 42) y en toda clase de obras. En el caso de la Magdalena, hay un contraste entre el amor y las simples
reglas sociales. Ese amor rebasa todas las barreras y se dirige hasta los enemigos. En la parábola de los dos litigantes,
ambos están invitados a buscar un acuerdo previo porque el juicio final de Dios sería muy severo. La razón profunda de
este amor al prójimo es el amor al mismo Jesucristo. El amor puede llegar hasta un sacrificio total para seguir a Cristo. El
que ama su propia vida más que a Cristo la perderá, mientras que el que pierde su vida por Él, la salvará.

No se trata, por tanto, del amor que se ha considerado entre los valores morales naturales y fundamentales. Este amor
posee su propia motivación y excelencia en la presencia de Jesucristo: estaré con ustedes todos los días hasta el final del
mundo. Con el amor al prójimo, no se busca la recompensa como un mérito que se le debe a la buena acción sino
únicamente la realización del reino. Frente a Dios, somos como esclavos que cumplen con su deber y no reciben ningún
salario. La ¡dea de recompensa ha sido superada por completo. Sin embargo, Dios retribuye aún los mínimos gestos de
amor, como el de dar aunque sea un vaso de agua. En el juicio final cuando Jesús reconozca las buenas obras como parte
de este amor, los justos se extrañarán sorprendidos del sentido que Jesús les atribuye. Toda buena acción de amor ha
sido un reconocimiento de la presencia de Jesucristo. Haber descubierto el reino es el verdadero tesoro escondido; este
vale más que cualquier otro bien: el reino de Dios inunda de alegría a todos sus fieles. Si Zaqueo promete la mitad de sus
bienes para los pobres, no es porque espere una recompensa, sino porque ha comprendido el mensaje de Jesús y se ha
entusiasmado por Él, por el reino y por su justicia. Los demás bienes han perdido valor frente a la perspectiva del reino.

UNA MORALIDAD IDEAL: LAS BIENAVENTURANZAS

A pesar de que Jesús no desarrolla una teoría moral, aclara todos los valores éticos que perfeccionan la moral del
Antiguo Testamento. Sin embargo, hay un momento en que la visión del reino propone un ideal de conducta que
trasciende toda norma positiva y transforma la visión de una comunidad humana natural en una creyente: esto se da en
las Bienaventuranzas. El nuevo espíritu ha de ser amable, generoso, recto, sencillo y, por encima de todo, sincero, sobrio,
prudente, juicioso. El espíritu de cada uno debe tratar de imitar, conscientemente, a su perfecto Padre celestial. En los
episodios ya citados y las parábolas, Jesús perfecciona o completa el decálogo del Antiguo Testamento: la tabla de los
diez mandamientos. La ley no pasará antes; al contrario, sus mandamientos morales permanecerán, más la plenitud de
los tiempos exige una nueva perspectiva. En Mateo y Lucas, Jesús expone en forma igualmente sintética una nueva tabla
de moralidad: las cualidades del verdadero discípulo. En lugar de establecer preceptos, diseña actitudes ideales las
cuales responden a una invitación a la felicidad. Bien- aventurados es un término que combina la alegría espiritual con el
cumplimiento práctico. Los ideales de la nueva tabla comienzan con una invitación a la gracia que ilumina y eleva. El
discípulo debe aspirar a la felicidad en medio de la pobreza, privación, llantos y persecución. Esto es consecuencia de la
oposición entre el espíritu de Jesús y el espíritu del mundo. El medio para hacerle frente es con la bondad y el amor
sobrehumano: es el amor filial hacia el Padre que incluye la indiferencia hacia las consideraciones terrenas y pide una
entrega absoluta. Declara bienaventurados a los pobres; en cuanto sus disposiciones interiores se han despojado de los
intereses propios y de los egoísmos; de las condiciones materiales como fuentes de felicidad. Jesús invita a la
mansedumbre; es decir, a la resistencia imperturbable frente a la adversidad. Pide fortaleza de cara al problema del
sufrimiento. Exalta el ávido deseo de justicia. Esta justicia es la misma justicia divina que establece la ordenación de los
acontecimientos y la preocupación por los que sufren atropellos y marginación. La persecución por la justicia es la que se
sufre por conservar la jerarquía de los valores más altos. La historia está llena de estas persecuciones. En Mateo significa
a menudo las buenas relaciones con Dios, que se logran aceptando su voluntad; Jesús insiste en que los discípulos deben
esforzarse por algo más elevado. La misericordia es un tema muy frecuente en los Evangelios donde aparece como un
sublime valor moral. Puede tener un aspecto material que se realiza con la limosna y un aspecto psicológico que
encuentra su expresión en el perdón. Siempre se trata de prestar ayuda activamente. El valor interno más elevado se
encuentra en la pureza del corazón y se manifiesta principalmente a través del lenguaje que delata los pensamientos y
los deseos de las personas. Su efecto es la cercanía de la presencia divina y la transformación de la vida en un
conocimiento más profundo de su misterio. En la vida práctica, Jesucristo indica el ideal de la promoción del bien común
a todos, lo cual se sintetiza con la palabra paz. Los que se dedican a promover la paz, la armonía y la bondad entre las
personas se acercan a la misma sabiduría divina. Para los escépticos resulta difícil entender el carácter paradójico dé las
bienaventuranzas que indican un ideal que transforma las relaciones entre las personas y da origen a una revolución
social moral que aún no ha llegado a su plenitud, pero abre un camino claramente trazado. Se oponen a las clases de
valoraciones del mundo pagano precristiano y establece los conceptos de un nuevo ideal de conducta. La negación de las
valoraciones exteriores de las riquezas y de las oportunidades sociales es superada todavía por el menosprecio de los
logros personales meramente egoístas y que se defienden, de ordinario, con la autoafirmación y la emulación más o
menos agresivas. Los verdaderos discípulos se con- vierten, entonces, en promotores de una forma social más perfecta y
de una organización comunitaria dominada por el amor inspirado por el Espíritu. Estos serán como la sal que da sabor a
todos los alimentos o la lámpara que ilumina a todos los de la casa. Viviendo de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, los
hombres manifestarán, en la tierra, la bondad de su padre que está en los cielos. Ellos construirán la ciudad sobre el
monte que, como una nueva Jerusalén, se verá de lejos como un faro para todos los que caminan en el desierto y
encontrarán en ella la luz y la vida. La organización de las bienaventuranzas sigue un movimiento des- de lo más sensible
hacia lo más intelectual y espiritual. El primer nivel es el de los bienes humanos que se buscan para la satisfacción
personal como las riquezas y los honores. Éstos proporcionan el gozo y la práctica de las pasiones de la autoafirmación
como la soberbia y la ira o el afán de placeres afectivos o sensibles. A estos se contrapone la pobreza del espíritu y la
libertad de la pobreza material. Se domina el orgullo personal con la mansedumbre y, el desorden pasional, con la
fortaleza en el sufrimiento. Para tal transformación intervienen los dones del Espíritu Santo, el temor de Dios, el don de
la fortaleza y el don de la ciencia, que elevan la dimensión espiritual del alma. Se trata, entonces, de derribar cualquier
obstáculo que corte el camino hacia la plenitud de los valores eternos.

Una etapa más avanzada es la que se especifica como capacidad activa del cristiano, que establece un orden de
propiedades conforme con la justicia: dar a cada uno lo que se le debe, tanto en lo material como en lo divino y se
entrega a obras de benevolencia espontáneas que imitan la generosidad del creador. Bienaventurados los que tienen sed
de justicia y que cultivan la misericordia. Esta actitud sobre humana corresponde a los dones del Espíritu Santo indicados
como de la piedad y del consejo, transformándolos en valores morales superiores. Con esto, la actividad del cristiano
espiritualiza la acción social, y le confiere el carácter de bienaventuranza o acción en la gracia.

La máxima apertura hacia la plenitud del espíritu y la auto transparencia del alma santificada consiste en la purificación
que desarrolla en el hombre la capacidad de la contemplación mística: bienaventurados los de corazón puro. Ellos
alcanzarán la visión auténtica de la realidad divina. Esta etapa espiritual no es ajena a su presencia activa en el mundo.
Poseerán la paz quienes se pongan en resguardo de las perturbaciones y de las desavenencias con su prójimo. Entonces,
bienaventurados los pacificadores, los que instauran la armonía de los espíritus. Este el grado más elevado de imitación
de las perfecciones divinas e implica la intervención de la gracia que es el Espíritu de Dios; un espíritu de inteligencia que
organiza y ordena; de una sabiduría que trasciende las limitaciones humanas.

La moral de las bienaventuranzas sumerge al ser humano en una atmósfera de valores que trascienden toda obligación
de una ley y lo absorben en el poder sobrenatural de la Gracia; es decir, del Espíritu Santo que Jesús ha prometido como
su propio don personal a todos aquellos que se incorporan a la vida divina de la Salvación. El haber aproximado las
bienaventuranzas a los dones del Espíritu fue sugerencia de San Ambrosio, recogida por San Agustín y sistematizada por
Santo Tomás. Con ello, se adquiere un sentido más profundo del Evangelio y se complementa la dimensión psicológica de
la vida contemplativa y de la realidad divina del alma humana. Se completa así el horizonte de los recursos que el
Evangelio ofrece para la enseñanza y la práctica de las metas más elevadas de la vida espiritual.

Dicho de una forma general, la transformación de la moral del Antiguo Testamento en moral cristiana cambia la
perspectiva en la que se coloca el valor moral. Se pasa desde una valoración absoluta de la ley, que debía ser aceptada y
cumplida según su letra y formulación, a la valoración fundamental y total de la vida divina del alma iluminada por la fe y
el Espíritu. Se pensaba que la Ley era el compendio de toda la sabiduría humana y divina, una revelación de Dios mismo,
una guía completa y segura de conducta. La misión de Jesús no era la de anular o eliminar la Ley del Antiguo
Testamento, sino de darle el complemento necesario para transformar la conducta de sus discípulos. Darle plenitud no
significa simplemente darle un cumplimiento con exactitud y fidelidad; significa darle verdad. Jesús utiliza la palabra
Amén que penetra hasta el interior de la Ley y le ofrece un contenido nuevo y derivado directamente de la sabiduría del
Padre. Con ello, se lleva a plenitud el consejo de Jesús: sean perfectos como lo es el Padre celestial. Como cima de las
promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que Él presta y tener la
experiencia de Dios en la propia vida.

LA EVOLUCIÓN DE LOS VALORES MORALES

Al final de este recorrido cabe preguntarse si desde un mundo meramente natural hasta la fe del Antiguo Testamento y la
renovación de los Evangelios, ha habido realmente un cambio en los valores o, únicamente, un cambio en el discurso
sobre los valores. Sin duda, en la moral espiritual cristiana se han enfocado nuevos valores o, cuando menos, aspectos
más detallados de los valores naturales. La fe ha aumentado en los seguidores de Cristo, así como la capacidad por
captar experimentalmente los va- lores ya conocidos. Se ha revalidado la bondad, la misericordia, la autenticidad, la
honradez, la misericordia y la generosidad, pero lo que ha cambiado radicalmente a través de la fe, tanto en la moral del
Antiguo Testamento y sobre todo en la valoración moral del Evangelio, ha sido el discurso sobre los valores. Ha sido
introducida la idea de la Creación y la de la responsabilidad humana frente al creador. Además, la ¡dea de un Creador
lejano ha sido sustituida por la de un Padre solícito por cada persona y de la fidelidad del ser humano hacia su amor y al
destino final que Dios le ha fijado. En este contexto, el discurso sobre valores entra a un proceso de elevación cuya
cumbre son las bienaventuranzas. Para la persona que viva esta fe no se trata de aprender teóricamente nuevos valores,
sino de adquirir una nueva capacidad perceptiva por la cual estos valores dejan de ser simplemente parte de un discurso
y se vuelven tan reales, en su percepción, como los valores naturales.

En todo caso, no es posible olvidar que, tanto los valores del Evangelio como los más genéricamente cristianos, remiten
necesariamente a los valores morales naturales de todo ser humano. Sin este fundamento y sin la referencia constante a
los valores morales naturales, los demás valores agregados pertenecerían a un discurso vacío, en el sentido que no
tendrían referencia a una experiencia, sino a una fe o a un razonamiento. Sin la experiencia directa del mundo natural,
podría sustituirse una ley moral por otra, por cuanto más perfecta, sin que ésta tuviera la fuerza que emana de los
valores mismos. Por otra parte, la fe misma puede constituirse en valor y fundamentar, por su cuenta, los nuevos valores.
Si los valores naturales se ofrecen por sí mismos en la experiencia de los seres, una fe que aclara el sentido de estos seres
puede, al mismo tiempo, ampliar la capacidad de experiencia de valores.

Supongamos un ejemplo. La misericordia, como valor evangélico vinculado con la fe en Jesucristo, precisamente en
virtud de esta fe, aumenta en la conciencia del creyente la capacidad para percibir en un valor moral natural, como el
aprecio hacia la persona de otro hombre, una dignidad más profunda, capaz de determinar su valoración desde nuevos
puntos de vista. Lo convierte, así, en un valor evangélico con doble fuerza y poder para mover la libertad humana y el
deseo que polariza la voluntad hacia su cumplimiento. En este sentido, la fe predicada por Jesucristo, rodeado de
apóstoles y de grandes muchedumbres, no fue una fe esencialmente especulativa o un mero discurso, sino una vivencia
transmitida por el contacto diario en la vida de bondad, generosidad, curaciones y el ejercicio de la caridad. Pero ésta no
se daría si no constituyera ella misma una experiencia y, por tanto, capaz de convertir los valores morales naturales en
valores morales evangélicos. No es que la fe invente nuevos valores, sino que amplía el horizonte de la visión humana de
los valores; hace descubrir la calidad axiológica en realidades que, sin la fe, quedarían en plena oscuridad. En este
sentido, los valores morales naturales nunca dejan de ser el fundamento vivencial aún de los valores evangélicos.

Al contrario, una fe desarraigada de la experiencia natural de las cosas, de las personas y de sus valores, incluyendo los
valores morales, se convertiría en una simple doctrina; es decir, en un discurso sin carácter axiológico, sin fuerza para
determinar la adhesión de la voluntad y la aprobación decisiva de la conciencia y, en último término, sin valor. Podría
formularse como ley moral pero no poseería el valor que arrastra y efectúa. Esta posibilidad no es una simple ocurrencia
sino una aterradora perspectiva con relación a la conducta moral del hombre. Ya se vio anteriormente que las culturas y
las costumbres introducidas en algunos pueblos pueden deformar o, mejor dicho, enmascarar la percepción originaria de
los valores; pero no es este el problema. En ningún caso, las desviaciones introducidas por las culturas en la
consideración de los valores, es decir, en el discurso sobre valores morales, pueden eliminar la capacidad innata y
originaria de la percepción auténtica de los valores fundamentales. Por ejemplo, el presidente Bush puede engañar a
todo el pueblo americano, y a medio mundo, sobre la existencia en Irak de bombas de destrucción masiva y así
desencadenar una guerra, como si ésta fuera un valor, sin que, por otra parte, el pueblo americano deje de percibir que
la verdad es un valor y la mentira una indignidad; y que asesinar al prójimo, cuando no sea en defensa propia, es un
crimen.

La percepción de los valores no es un fenómeno primariamente cultural sino fundamental y natural. Para recordar a
Claude Lévi-Strauss, el más famoso antropólogo del siglo XX, naturaleza y cultura son dos términos antitéticos y
dialécticos que pueden entrelazarse, pero nunca confundirse. La cultura ya es, en sí, una interpretación de la naturaleza,
pero siempre la supone y nunca la puede sustituir. Más allá de las interpretaciones culturales de ciertos valores morales
está siempre la percepción auténtica y natural de los valores. Por esta razón, los valores naturales estarán siempre a la
base de una valoración de los seres del mundo, aunque se le añada la fe evangélica para descubrir nuevos aspectos de
estos valores. La fe no es sólo un agregado esencial a la inteligencia; es también un discurso axiológico renovado, el cual
resultaría ininteligible sin la correspondencia a una realidad de valores descubiertos en la misma vida. Todo discurso
acerca de valores morales, aunque se trate de los sublimes valores morales de las bienaventuranzas, para ser efectivo,
apela a una experiencia moral implícita en la moral natural de nuestra viviente existencia.

Quizás sea necesario regresar con la mente al esquema propuesto en la primera página de nuestra Introducción a los
Valores, donde se analizan las estructuras del ser humano consciente. No hay fundamento para atribuir al hombre una
especie de instinto moral primordial que guíe sus decisiones en las actividades libres de su persona; es decir, para hacer
juicios morales y realizar los actos correspondientes. Los valores evangélicos alejados de la experiencia de la vida,
dejarían de ser valores para convertirse en meras verdades intelectuales o, si se prefiere, en leyes o en normas de vida,
carentes de la fuerza que estimula el deseo y mueve la libertad a la acción.

El yo humano, como persona consciente, es el árbitro final que percibe a la vez la luz de la inteligencia y la fuerza del
valor, trátese de valores meramente naturales, de valores morales, como de los valores evangélicos. No puede haber una
ruptura en la continuidad de la conciencia y la percepción de las inclinaciones hacia el bien o en contra del mal. La misma
persona humana se enfrenta con las verdades de los seres experimentales y las verdades de la fe. En ambos casos, el ser
descubre su componente axiológico, tanto en el nivel natural como al nivel de la fe revelada. Ambos conocimientos
poseen su continuidad histórica y su coherencia intelectual y hacen referencia a una experiencia originaria de los valores.

Como no hay contradicción entre las verdades naturales y científicas y las verdades de la fe, sino que unas se insertan
necesariamente en las otras; del mismo modo no hay desconexión entre los valores morales naturales y los valores
morales de la fe. En ambos casos hay una continuidad en la experiencia de las cosas y personas cuyos valores surgen en
la conciencia por una simple visión natural o, bien, por una visión iluminada por la fe. No hay discontinuidad entre el
valor que hemos llamado el amor que surge de inmediato de la vida y nos mueve a la solidaridad y a la promoción de la
vida misma, y el amor al prójimo que surge de un mandamiento del Antiguo Testamento o de un precepto evangélico. No
hay discontinuidad, pero sí hay un cambio de percepción al introducir el conocimiento de Dios como Creador de Todos y
el aporte de Jesús quien declara que Dios es Nuestro Padre. En el cambio, el valor natural ha sido colocado en un
horizonte totalmente nuevo y la percepción del valor ha sido enriquecida por una motivación más profunda pero no se
ha eliminado, sino potenciado el valor experimentado en la vida misma.

El ejemplo anterior debe aplicarse a toda la serie de los valores evangélicos. Esta continuidad y complementariedad se
hacen efectivas en toda la gama de los valores cristianos y evangélicos. Si elimináramos la percepción de los valores
naturales implícitamente involucrados en los valores cristianos y evangélicos, nuestro discurso axiológico se vaciaría de
sentido. Aún, en el caso en que los valores evangélicos nos obliguen a modificar nuestra percepción de los valores
naturales, siempre lo haría con referencia a estos mismos valores experimentados y, en su contexto, con la totalidad de
los valores humanos. Por ejemplo, quien no haya vivido en contacto con los pobres y no haya percibido el valor de la
compasión, no podría nunca captar el valor de la bienaventuranza correspondiente. El que no haya percibido el horror de
una injusticia grave, simplemente humana, sería incapaz de sentir y comprender el valor de lo que es tener hambre y sed
de justicia. El mundo de los valores evangélicos incorporados al mundo de los valores naturales no son elementos de
disgregación para la conciencia humana, sino horizontes nuevos que la elevan en su potencialidad. El mismo yo está
llamado a crecer hacia dimensiones que superan el horizonte terrestre de sus experiencias entre los seres mundanos,
pero, en ningún momento, estas experiencias de seres y de valores se vuelven obsoletas; al contrario, continúan siendo
material necesario para la construcción de mundos nuevos, así como los metales se vuelven cohetes para el espacio y los
colores se vuelven cuadros artísticos y las palabras se vuelven literatura. Anteriormente se han escrito decenas y, quizás,
más libros sobre moral en general y sobre moral cristiana en particular, pero poco se ha escrito sobre valores. No
pretendemos afirmar que los valores no estuvieron involucrados en la búsqueda de éticas de carácter universal. Esto se
hizo sin enfocar el valor en sí mismo y en su específico modo de darse a la conciencia humana. Se ha considerado el valor
como algo perteneciente a la esfera psicológica y extraño al alcance de consideraciones fundamentales; sin embargo, la
discusión sobre los valores y su naturaleza se ha vuelto insoslayable en nuestros días. Vemos, con claridad, que hoy se
enfocan directamente los valores y se comprueba su necesidad. A pesar de esto, ni se ha desarrollado un lenguaje
apropiado, ni se ha trazado una metodología que permita a la comunidad humana, en general, adquirir y realizar los
grandes valores de la vida. Tampoco se ha trazado una distinción neta entre la percepción de los valores como vivencia
con su poder de comunicación interpersonal y el discurso sobre los valores con la universalidad de su abstracción. Esta
confusión hace difícil la investigación de los valores y, más todavía, la educación en los mismos. Como hemos visto, la
percepción de los valores no es algo separado de la realización de los mismos. Hay una cadena de interdependencia
entre percepción de valor, inteligencia del ser, compromiso de la libertad y decisión consciente que desencadena la
fuerza de la voluntad para realizar los valores percibidos.

La intervención de la conciencia en esta cadena de eventos es la que compromete la libertad y la personalidad humana y
le da carácter a su actuación. Este carácter puede ser meramente racional humano o, bien, insertado en la fe; es decir,
relacionado con el principio trascendente, que es Dios y el destino escatológico de la vida, que es la planificación de los
valores. La conciencia del individuo es la que posee el horizonte completo de lo humano que incluye los conocimientos
del ser y la totalidad de los valores y toma sus decisiones y responsabilidades libres en el conjunto de este horizonte.

El haber determinado algunos de los valores fundamentales de lo humano no es suficiente para resolver todos los
problemas de conducta de las circunstancias corrientes de la vida. Este hecho nos abre una perspectiva de trabajo y de
búsqueda para el conocimiento y la ejecución de los valores. El mundo de los valores, y no sólo de los valores morales, se
presenta, así como un mar abierto que espera la determinación de las rutas. Puede avanzarse en diferentes direcciones
sin que se agoten definitivamente las posibilidades de conquista. Esto se expresa fácilmente con una afirmación tal como
decir que el hombre es perfectible. Se podrían establecer excelentes normas morales universales, pero, sin la fuerza de
los valores, el hombre seguiría enredado en un discurso sin una fuerza para romper la barrera de su propia
irresponsabilidad.

La conciencia individual de un ser humano particular no es una monada en el sentido de un globo aislado e
incomunicado. Está en constante comunicación intelectual con los demás hombres, en el sentido de dar y recibir
conocimientos, pero también está comunicado con los demás a través de los valores. No existe tal separación como de
una clase de hombres científicos enteramente entregados al conocimiento e ignorantes de los valores y, otra clase, la de
hombres entregados al sentimiento de los valores e ignorantes del conocimiento meramente científico o especulativo. En
realidad, aún la investigación científica más fría y objetiva está guiada por los valores que la motivan y la estimulan.
Tampoco existe una percepción de valores meramente sentimental y ajena a los conocimientos especulativos y a la
concepción de los seres. Las dos dimensiones cognoscitivas pertenecen a la misma persona y se comunican de un
individuo a otro. Lo que se dice de los valores, en general, con igual razón debe aplicarse a los valores morales. Hay un
componente moral también en la actividad científica, como hay un componente cognoscitivo en toda decisión moral.
Esta compleja realidad coloca a los valores morales en toda situación vivencial de la existencia de la persona humana en
el mundo. Sería irracional intentar fugarse y evitar confrontar la doble alternativa. Como seres humanos, estamos
comprometidos en dos empresas noéticas: una, como tarea objetiva de la razón y de la ciencia; otra, como intento de
comprender nuestra propia existencia en el mundo de la vida y de la conducta.

Dr. Antonio Gallo Armosino, S J

Guatemala, octubre de 2005

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