La amortajada, en la vida y en la muerte
Al comenzar a leer La amortajada (1938) de María Luisa Bombal (Chile,1910), llama la
atención el tratamiento de los personajes y los espacios en los que se desenvuelven, pero,
sobre todo, la exploración de la interioridad de la protagonista Ana María, una mujer
intensa en cuanto a sentimientos y emociones que se ve sometida, en ciertos momentos de
la trama, a las acciones –y decisiones—de los personajes masculinos, especialmente de su
esposo, Antonio.
Irónicamente esa intensidad discursiva es contada a partir de la muerte de la
protagonista, la voz narrativa nos advierte desde el principio que estamos ante un escenario
fúnebre y todo lo que viene a continuación es un repaso de su vida y la prolongación de ese
espacio de velación, las personas presentes ahí fungen como puntos de acceso a la memoria
de la amortajada. Por eso, podemos mirar de manera anacrónica los distintos sucesos y los
pasajes más importantes de Ana María y, desde ahí, interiorizar en su condición femenina y
en las relaciones que forjó con distintos hombres y demás familiares y amigos.
Las descripciones de los espacios en la historia resultan relevantes, pues parecen dar
al ambiente una sensación de opacidad, que, complementadas con el sopor interior de la
protagonista, configuran ese simbolismo de lo mortuorio en ella. María Luisa está muerta,
ya sea desde el espacio físico descrito como su funeral o desde sus recuerdos. La narración
presenta cambios de voces, por eso lo relatado se extiende, los distintos visillos en el
mundo textual intensifican ese sentimiento de resignación:
“Pasaron años. Años en que se retrajo y se fue volviendo día a día más limitada y mezquina.
¿Por qué, por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser siempre un hombre en el
eje de su vida?
Los hombres, ellos, logran poner su pasión en otras cosas. Pero el destino de las mujeres es remover
una pena de amor en una casa ordenada, ante una tapicería inconclusa.”
A pesar de que en ciertos pasajes María Luisa expresa ciertos resabios de alegría, su
condición de subordinada la ata desde la niñez y adolescencia a las figuras masculinas de su
existencia y, cuando se atreve a establecer una ruptura, un determinismo interior la hace
regresar a ese estado de sometimiento de la que parece no librarse nunca:
“Qué absurda, qué lejana debió parecerle a Antonio, en aquel momento, la pasión que
abrigó por la muchacha ahora despeinada y flaca que sollozaba a sus pies y le rodeaba la cintura con
los brazos.
La cara hundida en la chaqueta de un hombre indiferente, ella buscaba el olor, la tibieza del
fervoroso marido de ayer.
Recuerda y siente aún sobre la nuca una mano perdonadora que la apartaba, sin embargo,
dulcemente…
Y así fué luego y siempre, siempre.”
La postura final de María Luisa, el amortajamiento, se define como un estado de
enrollamiento, una envoltura que ata al cadáver antes de enviarse al sepulcro. Y es esa
situación la que parece acompañarla en toda la diégesis, una mujer estrujada que se ciñe a
otras determinaciones y sólo encuentra una especie de liberación hasta que es enterrada y la
oscuridad se deshace en una contemplación de la muerte, ese descanso de la vida y sus
dolencias.
Alessander A. Segovia Haas
MLH/COLSAN