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Creación del Universo y los Dioses Griegos

Este documento narra el origen del universo según la mitología griega. Describe cómo surgieron las primeras deidades a partir del caos original, incluyendo a Gea (la Tierra), Urano (el Cielo) y sus hijos. Urano rechazaba y encarcelaba a la mayoría de los hijos de Gea en el Tártaro, lo que enfurecía a Gea. A pesar de tener hijos perfectos como los titanes, Urano seguía sin estar conforme y los encerraba igualmente.
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Creación del Universo y los Dioses Griegos

Este documento narra el origen del universo según la mitología griega. Describe cómo surgieron las primeras deidades a partir del caos original, incluyendo a Gea (la Tierra), Urano (el Cielo) y sus hijos. Urano rechazaba y encarcelaba a la mayoría de los hijos de Gea en el Tártaro, lo que enfurecía a Gea. A pesar de tener hijos perfectos como los titanes, Urano seguía sin estar conforme y los encerraba igualmente.
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1

Érase que no era. Había una vez que no había nada; anterior al no, pero a la
vez era el sí y el no. Por no haber, ni había tiempo: un reloj se habría vuelto
loco porque no habría tenido nada que medir. Ni noche ni día, ni silencio ni
ruido, ni abajo ni arriba, ni afuera ni adentro. Y a esto, fuese lo que no fuese,
muchos miles de años después, los griegos le llamaron Caos, es decir, vacío
que ocupa un vacío.
Sin embargo, la nada debía de ser todo; porque de aquella masa cruda, de
aquel bulto sin vida, sin tiempo y sin forma surgió Gea, la Madre Tierra, la
primera deidad que haya existido.
Al parecer, surgió por pura chiripa. Y también por división espontánea, a la
manera en que se reproducen las amebas, emergieron Nix, Érebo, Éter y
Hemera: la noche, la oscuridad, el aire puro y el día. Hay quien dice que
también entonces apareció Eros, el deseo que trae la vida, pero Afrodita
mantendría siempre una opinión muy distinta al respecto.
Ninguna de estas divinidades primitivas poseía una forma que nos resulte
familiar y ni siquiera la tierra o el universo se parecían a la idea que nosotros
tenemos de ellos; por eso es imprescindible echarle imaginación.
El caso es que Gea debía de tener un espíritu maternal fuera de lo común
y, además, se aburría con aquellos extraños parientes que le habían tocado
en suerte. Lo cierto es que ninguno de ellos era como para irse de fiesta: Nix
y Érebo andaban siempre con un semblante tenebroso, nada amable, eran
fríos, indiferentes y antipáticos; y Éter y Hemera eran tan vanidosos, tan
limpios y tan previsibles que a Gea le resultaban insoportables. Los cuatro
se comportaban como enormes babosas3, lentos, pesados e indiferentes.
Un día la Madre Tierra le dijo a Érebo: —¡Me encantaría que alguien me
diese un masaje, tengo la espalda tensa!
La oscuridad la miró con sus ojos vacíos y dijo: —¡Ggrrgg!
Gea le quedó claro desde ese momento, y para los restos, que todos eran
poco habladores y que ninguno estaba por la labor de complacerla; y
también que ella debía de ser la rara del grupo, puesto que no se
conformaba con aquella existencia insulsa, vacía y ociosa.
2

Sin duda, la Madre Tierra necesitaba mayor actividad. Así que por sus
propios medios, por fisión o por
mitosis4 o como fuera, se creó a sí misma un vientre muy profundo, al que
llamó Tártaro, e hizo germinar de sus entrañas a dos hijos la mar de
extraños: Ponto y Urano. El primero le salió un poco torpe, sin brío ninguno,
temeroso, pusilánime5 y bastante pavo: era de agua salada y grande hasta
decir basta, pero no tenía vida; y se quedó adormilado en la profundidad,
bajo su madre, lo más pegadito a ella que pudo, justo por encima del
Tártaro. Pero el segundo, Urano, saltó de Gea con una gran energía, tanto
que apartó a codazos a las tinieblas, la noche y todo lo que se le puso por
delante: era de cielo, enorme, tan grande o más que su madre, y nada más
nacer se combó sobre ella como una cúpula gigantesca y la cubrió de
estrellas.
Y, de momento, así quedó formado el universo que conocieron los griegos.
Quienes lo vieron cuentan que la Madre Tierra era el centro, una especie de
disco que flotaba sobre su hijo Ponto, y estaba cubierta por Urano, el cielo,
una semiesfera transparente semejante a una quesera, donde se
encontraban sujetas las estrellas. El agua salada también la rodeaba y
entraba en su interior formando lo que mucho más tarde se conocería como
mar Mediterráneo. Por debajo de Gea y del agua se encontraba el Tártaro,
el Inframundo, un reino de oscuridad, el vientre más profundo de la tierra,
que conectaba con la superficie a través de cavernas insondables y ríos
subterráneos.
-¡Qué montes más bonitos tienes, Gea! —la galanteaba Urano, guiñándole
sus astros—. ¡Y qué valles! ¡Qué arboledas! ¡Qué hermosa eres!
—¡Pero qué cosas me dices, niño! —se ruborizaba Gea. A veces, Urano se
ponía tierno y descendía amorosamente sobre ella. A la joven Madre Tierra
le en- cantaba: por fin tenía a alguien con su misma naturaleza vitalista, con
quien compartir existencia e ilusiones.
Así estuvieron algunos miles de años, aunque ninguno se dio cuenta de eso
porque, como hemos dicho, aún no existía el tiempo. Fue un noviazgo en-
tretenido: el dios del cielo era fogoso, apasionado y divertido; la hacía reír
constantemente y Gea, desde luego , se sentía feliz con su consorte. Se
deseaban y se amaban y siempre estaban juntos, porque ninguno podía
pasar sin el otro; y como no tenían otra cosa que hacer, ni en qué pensar, la
Madre Tierra se puso a tener montones de hijos.
3

Los primeros fueron Briareo, Coto y Giges, tres gigantes con cien brazos y
cincuenta cabezas cada uno, a los que su propio padre llamaba
despectivamente centimanos, hecatónquiros o, sencillamente, cien-brazos.
—Pero ¿esto qué es? —se quejaba Urano—. ¿Qué clase de hijos me has
dado?
Gea, un poco avergonzada, le contestaba con tono de disculpa:
—¡No sé qué ha ocurrido! Debe de ser la falta de práctica en hacer hijos con
otro. Hasta ahora yo misma me las había apañado, pero ahora es distinto.
Pero ¿a que son hermosos?
Hermosos sí eran, y grandes como trasatlánticos, pero tenían un aspecto
espantoso: su fealdad estaba también multiplicada por cincuenta.
—¡Mira el lío que se hacen! —gritaba desesperado Urano.
La verdad es que tampoco habían salido muy lis- tos, a pesar de tener tantas
cabezas: se hacían unos nudos terribles con los cuellos y, cuando miraban,
cada uno de los cien ojos se iba para un lado.
—¡Ten paciencia, querido, ya aprenderán; espera a que crezcan! —le
animaba la maternal Gea.
—¡¿Más?! ¿Aún van a crecer más? ¡Quítalos de mi vista inmediatamente!
¡No quiero volver a verlos ja- más! —le exigió el dios del cielo.
Y la Madre Tierra, por no escuchar más reproches, los ocultó en el Tártaro,
la parte más profunda de su vientre y, durante un tiempo, se mantuvo
distante y entristecida.
Sin embargo, Urano sí se sentía satisfecho con la rápida y eficaz respuesta
de su esposa; por lo que pronto volvió a visitarla.

-¡Anda, querida, no estés triste! —le decía entre arrumacos—. ¡Olvídate de


esos hijos tan destartala- dos! Verás como los próximos nos salen mejores.
De su nueva unión nacieron Brontes, Arges y Estéropes, los cíclopes; pero si
con los primeros se habían pasado de largo, con estos se quedaron cortos.
También eran gigantes, pero con dos brazos y una sola cabeza y, puestos a
reducir, con un ojo solo en mitad de la frente.
A Urano le gustaron un poco más, pero no los so- portaba: eran
maleducados y tan inquietos que le ponían nervioso.
—¿¡Queréis dejar de hacer ruido!? ¡Aquí no hay quien descanse! ¡Gea, diles
a tus hijos que se estén quietos de una maldita vez! —gritaba enojadísimo
el dios del cielo.
Los cíclopes tenían un temperamento horrible, es cierto, y eran fuertes y
poderosos; pero en cuanto nacieron se pusieron a mover las montañas de
sitio, re- organizar los bosques y a construir todo tipo de cacharros.
—¡Estos son listos y creativos! —le replicaba Gea, temiendo que Urano le
montase una de las suyas.
Sí, los chavales eran creativos, pero con ellos no había dios que pudiese
echar una siesta: siempre estaban con su yunque y su martillo dale que dale
in- ventando artefactos o cimentando ríos.
—¡Harto me tienen! —le dijo un día Urano a su esposa—. ¿Es que no sabes
hacer hijos en condiciones? ¡Se acabó! ¡No aguanto más: ellos o yo!
¡Devuélvelos a tu vientre y que no salgan más de él!
4

La pobre Gea hizo lo que le exigía su marido: recogió a los cíclopes y los
devolvió a sus profundidades, a la oscura mazmorra del Tártaro, junto a los
hecatónquiros. Le obedeció una vez más, sin rechistar, pero ella también
empezaba a hartarse de los caprichos y la rudeza del exigente dios del cielo
estrellado y, sobre todo, de que rechazase y se burlase de sus hijos.
Enfadadísima con Urano, barajó otras posibilidades. Pensó incluso en buscar
nuevo esposo y probó con Ponto y hasta con Éter. Con Ponto tuvo varios
hijos e hijas horribles, espantosos monstruos acuáticos con cuerpo de
ballena o cola de pez; y a Éter le dio una hija perezosa y holgazana y tan
desagradable que, en cuanto nació, se escondió en una cueva y nunca volvió
a salir de ella, salvo en contadas ocasiones.
Poco después, viendo que los resultados no habían sido mejores con otros
amantes, Gea volvió a dejarse querer por Urano; y de tal reencuentro nacie-
ron más hijos.
No se sabe si fue porque esta vez pusieron más es- mero, o si fue solo
porque la experiencia les había enseñado; pero el caso es que los nuevos
infantes les salieron prácticamente perfectos, al menos desde un punto de
vista humano, ya que nosotros, los mortales, seríamos hechos precisamente
como curiosas miniaturas de esos hijos, como veremos más adelante.
Fueron doce en total, seis titanes y seis titánides, y eran sin duda mejor
parecidos que todos los anteriores, guapetones incluso, lo mejor que habían
hecho juntos; pero Urano seguía sin estar conforme con ninguno de ellos.
Los miraba por un lado, les daba vuelta, los observaba por el otro:
—Este es enclenque, aquella me da mal rollo, ese de ahí me ha mirado mal…
Y unos por un motivo, los otros por otro, al instante de nacer o muy poco
después los fue encerrando junto a sus hermanos mayores en las
profundidades del Tártaro.
La Madre Tierra estaba desesperada. Paría, se los mostraba a su marido y
se los volvía a guardar en su seno; así doce veces, un hijo tras otro.
Y el caprichoso Urano regresaba cada noche a buscarla en plan cariñoso, la
piropeaba y adulaba de mil maneras, que para eso sí tenía maña el muy ta-
rambana:
¡Con lo bonita que tú eres, Gea! ¡Anda, cariño, tú no te angusties por nada!
—¡Quiero a mis hijos conmigo! —le reclamaba ella.—Contigo están —le
decía sonriéndole seductora-
mente—: en tu vientre los llevas a todos, ¿no?
—Ya sabes a lo que me refiero —le suplicaba ella descorazonada—: ¡los
quiero fuera de mí, poder abrazarlos, conversar con ellos!
—Los próximos, quizá —le dijo él blandamente, acariciándola con todas sus
estrellas.
—¿Cómo los próximos? —se alarmó la Madre Tierra.
—¡Los próximos, querida, nos van a quedar que ni pintados!
Fue entonces cuando Gea, harta de parir y no acertar con los gustos de su
marido, decidió que era el momento de poner fin a sus relaciones,
definitiva- mente.
Esperó a que Urano se durmiese y rescató del Tártaro a su hijo menor, el
que le parecía el más decidido de todos los titanes.
—Crono, hijo mío —le dijo—: ¿a ti te gusta tu vida? La pregunta se las traía.
—¡… Psssch! —hizo Crono—. No sabría qué decirte, madre. El sitio donde
vivo no está mal; tal vez un poco oscuro.
—¿Y no te gustaría salir de una vez de él? —¡Naturalmente! Pero creo que
a papá no le gustamos.
—¿Harías lo que yo te pidiera?
—Bueno —dijo él no muy convencido—, ¿qué habría que hacer?
Gea le alargó una hoz de sílex6 y le dijo suave- mente:
—Castrar a tu padre.
A Crono se le cayó la hoz de la mano: lo último que habría imaginado es que
su madre fuera a hacer- le tal proposición.
—¡Ostras, madre! —exclamó—. ¿Y no hay otra so- lución menos definitiva?
—No la hay —le aseguró Gea—. Es el único modo que se me ocurre para
que Urano pierda su poder, para recuperar a todos mis hijos y para que deje
de una vez de importunarme.
—¿Estás segura de lo que me estás pidiendo? —trataba de hacerla
reflexionar Crono.
—¡Absolutamente! —le confirmó la Madre Tierra—. Y si lo consigues, tú
serás el nuevo rey del universo.
La oferta no era mala; al contrario: abandonar el Tártaro y convertirse en el
rey del universo a Crono le pareció una muy buena idea. Así que recogió la
hoz y se fue en busca de su padre.
La escena debió de ser terrible.
5

Mientras dormía Urano, el obediente Crono se acercó a él, inflingiéndole un


certero tajo. Y Crono, sin saber qué hacer con aquello que tenía en la mano,
lo tiró al mar y observó cómo el mutilado miembro de su padre era
arrastrado por las corrientes marinas. Sin embargo, cuando lo hizo, no pudo
evitar que algunas gotas de sangre se derramasen sobre Gea. Y, fecunda- da
prodigiosamente por aquellas gotas, al momento, la Madre Tierra engendró
a las tres erinias, unas furias que nacieron con un humor de perros, a una
docena de gigantes tan feos como los anteriores y a las melíades, unas
ninfas bastante más complacientes que sus hermanas. Urano, como
podemos imaginar, se quedó para el arrastre y nunca más volvió a meter las
narices en los asuntos de la Tierra ni en los de sus hijos.
Gea estalló de felicidad: dejó salir a cíclopes, hecatónquiros y titanes de su
profundo y oscuro vientre y por fin pudo verles a todos reunidos.
¡Qué bellos sois todos, hijos míos! —les dijo—. Cada uno en vuestro estilo,
¡qué bellos sois! Su amor de madre era incondicional. Crono, el primer dios
del Tiempo que existió, fue felicitado como un héroe por haber llevado a
cabo la difícil misión de castrar y destronar a Urano y fue re- conocido por
todos como su nuevo soberano, y él, in- vestido con tal autoridad, pronto se
puso a organizar el imperio.
Fue un no parar. Lo primero que hizo fue elegir un lugar equidistante entre
el reino celestial y su madre Gea para establecer la sede de su gobierno, y
el escogido fue el monte Olimpo, puesto que reunía las mejores
condiciones: hundía sus raíces en la tierra a la vez que su cima sobrepasaba
las nubes y casi rozaba la bóveda del cielo.
6

Después distribuyó los ministerios entre sus hermanos, constituyendo así el


primero de los Consejos que habría en el Olimpo: a Océano, el primogénito,
le otorgó potestad sobre las aguas que circundaban la tierra,
encomendándole que con ayuda de Tetis le die- se vida a Ponto, el viejo y
estéril mar nacido de Gea. A Crío le encargó que cuidase de los rebaños y
las manadas de animales; a Temis la hizo administradora de las leyes divinas
y la encargó de proteger el orden; a Hiperión lo responsabilizó de mantener
el fuego de los astros…; y así a Ceo, Jápeto, Febe, Mnemósine y Tía, a cada
cual según sus gustos y capacidades, les concedió sus futuros cometidos.
Así, a la manera de una empresa, comenzaría a funcionar el nuevo gobierno
del mundo, basado en dos principios: por una parte, la responsabilidad
compartida del Consejo en la dirección de las principales cuestiones que se
planteasen y, por otra, el reconocimiento de la autoridad suprema de Crono
en caso de que alguna vez no hubiese acuerdo en el Consejo.
En ese organigrama empresarial, de los doce titanes y titánides, el nuevo
soberano y diez más ya estaban, pues, colocados, cada uno con sus
respectivos poderes y atribuciones. Pero a Rea, la menor de las titánides,
Crono la dejó, a propósito, sin darle ninguna ocupación.
—¿Y a mí? —le preguntó la joven un tanto descorazonada.
—¡Ah! ¿Rea? —se hizo el olvidadizo Crono—. No había pensado en ti.
Rea se puso triste y comenzó a hacer pucheros como una niña.
—Yo también quiero un cargo, como mis herma- nos y hermanas —le dijo
entre sollozos—. Soy inteligente y trabajadora. ¡No es justo que me quede
sin nada!
Crono meneó la cabeza, como si estuviese contrariado.
—Pues eso no va a ser posible —le dijo. —Pero ¿por qué no? —le preguntó
Rea. Crono ahora le sonrió y le dijo: —Porque tengo para ti otros planes. La
joven abrió mucho sus grandes ojos negros y le preguntó un poco turbada:
—¿Para mí? ¿Cuáles son esos planes?
—Quiero que seas la madre de mis hijos —le in- formó el nuevo rey con
toda solemnidad—. Tú serás la esposa de Crono y reina de todos.
Su decisión era firme. Y Rea la aceptó sin pensárselo. —¡Sí quiero! —dijo la
joven titánide.
Al momento, la alegría estalló entre los presentes y todos felicitaron a la
nueva pareja.
7

Las bodas se celebraron rápidamente, con un gran regocijo. Los novios iban
descalzos y coronados de flores e hicieron sus juramentos sagrados delante
de Gea, la felicísima madre de todos. El banquete tuvo dos partes: primero
comieron hasta no poder más, como si todos sintiesen la necesidad de
compensarse a sí mismos por el tiempo que habían esta- do encerrados en
el Tártaro sin poder disfrutar de nada; y, una vez saciados, bebieron néctar,
leche e hi- dromiel7 sin medida durante semanas. Hubo regalos y juegos y
todos cantaron y bailaron hasta no poder tenerse en pie.
Gea estaba tan eufórica que los bosques reverdecieron, los ríos se
desbordaron y todos los pájaros del mundo se alzaron en vuelo como
muestra de alegría. Y, como una consecuencia más de su regocijo, de las
propias entrañas de la Madre Tierra nació la primera raza de mortales.
Brotaron como calabacines. Eran réplicas de los poderosos titanes e,
inmediatamente, poblaron los prados y los bosques. Como la tierra se sentía
contenta, gozaban de primavera perpetua; y como los campos fructificaban
sin necesidad de que los cultivasen, vivían sin preocupaciones, andaban
desnudos, recolectaban frutas silvestres y miel, bebían leche de cabra y, al
igual que los dioses, no envejecían. La muerte era un sueño largo y
placentero del que, en determinadas circunstancias, algunos podían
despertar. Eran tan dichosos que a aquel tiempo se le llamó la Edad de Oro.
Y, desde el mismo momento en que fueron creados, se convirtieron en
súbditos de Crono, al que obedecían y respetaban.
reinado de Crono había comenzado, pues, con todas las bendiciones. Todos
creyeron entonces que duraría para siempre. Sin embargo, el nuevo sobera-
no tomaría poco después algunas decisiones que echarían por tierra tales
previsiones.
Es cierto que había organizado su reino de manera generosa: lejos de
convertirse en un tirano, había distribuido el poder entre sus hermanos y
hermanas y parecía un rey justo; pero se había olvidado de los cíclopes y los
cien-brazos. Y, como no les había tenido en cuenta en el reparto y se
consideraban con idénticos derechos que los titanes, todos ellos se sin-
tieron discriminados.
Este había sido el primer gran error de Crono, aunque no el más importante.
Como es lógico, y puesto que ellos también eran hijos legítimos de Gea y
Urano, pronto los cíclopes comenzaron a quejarse y a amenazar incluso con
to- mar por la fuerza el trono de Crono.
—¡O esta tremenda injusticia se corrige de inmediato o adoptaremos
medidas terribles! —gritaban los tres cíclopes al unísono, tratando de
presionar al rey. Por su parte, los hecatónquiros no se quejaban,
pero la expresión de sus trescientas caras dejaba claro que tampoco a ellos
les había gustado la distribución y que, si se diera el caso, se unirían a los
cíclopes para derrocar al olvidadizo dios del tiempo.
Ante esta situación Crono cometió su segundo error y, seguramente, este
fue aún peor que el anterior: en vez de mostrarse conciliador y generoso,
en vez de atender las demandas de sus gigantescos hermanos, lo que hizo
fue devolverlos al Tártaro y, una vez encerrados en las entrañas de la tierra,
colocó a Campe, un monstruo terrible y poderoso, como car- celera para
que ni la propia tierra pudiese nunca liberarles.
Esto, naturalmente, a Gea no le gustó nada. Su felicidad acabó justo en ese
instante. Entonces fue cuando la Madre Tierra, irritadísima con el desapren-
sivo Crono, se plantó ante él y le habló:
—¡Me equivoqué al elegirte! Eres un rey injusto, un hijo desagradecido y un
hermano desalmado. Por tu crueldad, Crono, yo te maldigo: pronto te
nacerá un hijo que te destrone como tú has destronado a tu padre; y, lo
mismo que tú has encerrado en el Tártaro a tus hermanos mayores, tú serás
también encerrado en él para siempre.
8

El tono que empleó Gea hubiera asustado a cual- quiera, pero Crono
continuó con sus ocupaciones, como si no diese la menor importancia a lo
que había escuchado. Y la verdad es que trataba de gobernar
prudentemente: aunque actuaba como un súper dios, permitía que, bajo su
autoridad general, como hemos dicho, cada uno de los titanes administrase
sus dominios a su manera, sin más injerencias del rey que las estrictamente
necesarias. Todos estaban satisfechos: se respetaban, se ayudaban y se
divertían juntos.
Y así, con esta aparente normalidad, transcurrió algún tiempo.
Pero cuando Rea tuvo a su primera hija, Crono demostró que sí había
tomado buena nota de lo que le dijo Gea y, desde luego, que le había
preocupado mucho.
—Querido Crono —le anunció la ilusionada Rea, su esposa, ofreciéndole la
recién nacida—: te presen- to a Hestia, nuestra primera hija: ¡bendícela! Y
pidamos a Gea que después de ella nuestro reino se vea honrado por más
hijos.
—¡Trae a ver! —dijo él, cogiendo a Hestia en los brazos.
Observó a la bebé: tenía una carita redonda y sonrojada, los ojos
entreabiertos y las manitas cerradas sobre el pecho. Se la veía preciosa. A
su vez, Rea mi- raba amorosamente a su marido, esperando que le hablase,
que la felicitase o que la abrazase agradecido por haberle hecho padre.
Nada de eso sucedió. Por el contrario, ante la mi- rada aterrorizada de Rea,
Crono abrió la boca y se tragó a la niña sin masticarla siquiera.
—¡Pero qué haces! —trató de impedírselo Rea. Pero ya era tarde: Hestia
había desaparecido, con pañales y todo. Crono se relamió, eructó y le dijo:
—No quiero hijos. ¡Ni uno más!
—Cuando nos casamos sí querías —le recordó Rea.
¡Pero ya no! ¡Y no se hable más del asunto!
Era evidente que ser destronado por uno de sus propios descendientes no
entraba en sus planes de momento, ni mucho menos; y que, para evitar que
la maldición de Gea se cumpliera, no se le había ocurrido otra cosa que
comerse a los niños en cuanto naciesen. Así, después de Hestia,
sucesivamente, conforme
Rea los daba a luz, él los hacía desaparecer; y bocado a bocado, eructo tras
eructo, se fue tragando a Deméter, Hera, Hades y Posidón. También el
zampón Crono consideraba que eso no resultaba elegante, pero de ese
modo creía asegurarse la permanencia en el trono del universo.
Alguien pensará que podría haberles enviado al Tártaro, como Urano había
hecho anteriormente con el dios del tiempo y sus hermanos; pero nadie
mejor que Crono sabía que el Tártaro no era más seguro que su propia
barriga.
Sin embargo, se equivocaba: este fue su tercer y último error.

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