El Servicio en La RCC
El Servicio en La RCC
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EL SERVICIO EN LA RENOVACION CARISMATICA CATOLICA
Enseñanza
«5 Yo soy la vid, ustedes las ramas. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho
fruto; porque sin mí no pueden hacer nada. 6 El que no permanece unido a mí, es arrojado fuera, como las
ramas que se secan y luego son amontonadas y arrojadas al fuego para ser quemadas.
7
Si permanecen unidos a mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo tendrán. 8 Mi
Padre recibe gloria cuando producen fruto en abundancia, y se manifiestan como discípulos míos.
9
Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. 10 Pero sólo permanecerán
en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos, lo mismo que yo he puesto en práctica los mandamientos
de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Les he dicho todo esto para que participen en mi alegría, y su alegría
sea completa.
12
Mi mandamiento es éste: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 13 Nadie tiene amor más
grande que quien da la vida por sus amigos. 14 Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. 15 En
adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré
amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.
16
No me eligieron ustedes a mí, fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den
fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. 17 Lo que yo les mando
es esto: que se amen los unos a los otros» (Juan 15).
– La Unidad:«El que permanece unido a mi, como yo estoy unido a él...» (v. 5). El discípulo
de Jesús no sólo debe estar en contacto con él. Debe estar unido a él. Cristo es quien nos da la fuerza, la
unción. Es quien nos da la vida que transmitimos a los demás. Esto significa tener una relación muy estrecha
con él.
– El Amor:«Mi mandamiento es éste: Ámense los unos a los otros...» (v. 12). «Lo que yo les
mando es esto: que se amen los unos a los otros» (v. 17). Ese amor se expresa en comunidad, no viviendo
aisladamente, buscando únicamente satisfacer las propias necesidades. El verdadero amor se da y se
comparte.
– La Fe:«Si permanecen unidos a mí... pidan lo que quieran y lo tendrán» (v. 7). «...Así, el
Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre» (v. 16). La fe está muy relacionada al servicio, pues gracias
a ellas podremos vencer los obstáculos que surjan al intentar cumplir nuestra misión.
– La Alegría:«Les he dicho todo esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea
completa» (v. 11). El servir al Señor y a nuestros hermanos no tiene que ser tomado como un sacrificio, más
bien debe ser para nosotros motivo de gran alegría y satisfacción, pues sirviendo me estoy realizando como
persona y como cristiano.
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– La Fidelidad:«Pero sólo permanecerán en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos,
lo mismo que yo he puesto en práctica los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (v. 10).
Aquí, la fidelidad es una conjunción de obediencia y perseverancia. Nótese que para Jesús, perseverar no es
mantenerse firme penosamente en medio de los sufrimientos, o llevar una vida llena de sacrificios sin
retribución alguna, sino que es simplemente “permanecer en su amor”.
De la servidumbre al servicio
La historia del pueblo de Dios nos enseña que éste vivía en la esclavitud en Egipto, viviendo una cruel
servidumbre: «Los egipcios esclavizaron cruelmente a los israelitas» (Ex 1, 13). Este trabajo obligado era
indigno para el pueblo que el Señor había elegido. Pero Dios los libró de dicha servidumbre, convirtiéndolos
nuevamente en personas libres. Pero, ¿para qué los hizo libres?
«Libraré a mi pueblo del yugo de la esclavitud y no volverá a ser esclavo de extranjeros. Y me servirá a mí, su
Señor y Dios» (Jr 30, 8–9). «Y éste es el juramento que había hecho a nuestro padre Abraham: que nos
libraría de nuestros enemigos, para servirle a él sin temor alguno» (Lc 1, 73–74). «Una vez libres de la
esclavitud del pecado, ustedes han entrado al servicio de una vida de rectitud» (Rm 6, 18). Dios convirtió
nuestra servidumbre en servicio. Somos libres para serviral Señor, no para otra cosa. Además, el servicio
mismo es liberador y es la mejor forma de mantenernos libres.
El servicio en comunidad
Con líderes maduros, tendremos comunidades maduras. Las comunidades maduras son aquellas en las que
cada uno de sus miembros ha descubierto qué “rama” de la vida es; es decir, cómo y dónde quiere Jesús que
le sirvamos, y habiéndolo descubierto, se ha puesto a trabajar comprometidamente para la construcción del
Reino de Dios.
Esta es la voluntad de Cristo: «Ustedes saben que quienes figuran como jefes de las naciones las gobiernan
tiránicamente y que sus dirigentes las oprimen. No debe ser así entre ustedes. El que quiera ser importante
entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea esclavo de todos. Pues
tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos» ( Mc
10, 42–45). Jesús mismo se pone como ejemplo de servidor. Si él lo hizo, nosotros, que nos llamamos
discípulos suyos, no podemos menos que hacer lo mismo: «El que dice que está unido a Dios, debe vivir
como vivió Jesucristo» (1 Jn 2, 6). En ese sentido, quería que sigamos su ejemplo: «Mi Padre no cesa nunca
de trabajar, por eso yo trabajo también todo el tiempo» (Jn 5, 17).
En un Grupo de Oración o comunidad cristiana, el ambiente más adecuado para desarrollar permanentemente
nuestro servicio son los ministerios. Cuando servimos así, en equipo, tenemos, como lo dice Pablo, «los
mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (Flp 2, 5).
Nosotros somos administradores de los dones y gracias de Dios, y es nuestro deber emplearlos al servicio de
nuestros hermanos: «Cada uno ha recibido su don; póngalo al servicio de la multiforme gracia de Dios. El que
habla, que lo haga conforme al mensaje de Dios; el que realiza un servicio, hágalo con la fuerza que Dios le
ha concedido, a fin de que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el
poder por siempre. Amén» (1 Pe 4, 10–11). No sólo digamos: “Gloria a ti, Señor”. Démosle la debida gloria
al Señor sobre todo con nuestros frutos (Cf. Jn 15, 8).
Servicio y santificación
Los líderes de una comunidad deben trabajar básicamente para una cosa: para que todos los miembros del
Grupo conozcan a Jesucristo, se santifiquen y así, alcancen su salvación.
Todo cristiano debe ser consciente de que su vocación es la santificación (Cf. 1 Tes 4, 3). El que no aspire a
santificarse, no podrá ser un discípulo de Cristo. Pero, ¿cómo obtendremos la santidad?
La santidad pasa, ineludiblemente, por el servicio consagrado a Dios y a nuestros hermanos. La diferencia
entre unos y otros será, entonces, en la forma en que el Señor quiere que nos santifiquemos, es decir, la
manera concreta en que quiere él que le sirvamos. Cada santo que conocemos y que admiramos, alcanzó la
santidad precisamente siguiendo fielmente el plan de Dios para su vida, sin sustituirlo por uno propio y
personal.
¿QUÉ ES UN MINISTERIO?
Enseñanza:
1. ¿QUÉ SON LOS MINISTERIOS?
La palabra griega diaconía (propiamente: “el servicio en un banquete”), se utiliza en la Biblia indistintamente
con el significado tanto de servicio como de ministerio. La expresión latina “ministrare”, significa,
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precisamente, servir. “Ministerio” en el Nuevo Testamento quiere decir servicio. La Palabra de Dios resalta la
importancia del ministerio al servicio de la salvación (cf. 2 Co 11, 14–15), del evangelio (Ef 3, 5–7; Col 1,
23), y de la nueva alianza (2 Co 3, 6).
Hay dos formas de enfocar nuestro ministerio. La primera, de manera personal. En este sentido, nuestro
ministerio es nuestro servicio, nuestro apostolado, el encargo o misión que hemos recibido del Señor; como
por ejemplo, la enseñanza, la música, el pastoreo, la intercesión, el apostolado de enfermos, el servicio de
ambientación, la predicación, etc. Todo esto puede considerarse como nuestro ministerio personal o
apostolado. Es muy importante que todos tengamos muy claro cuál es el ministerio que hemos recibido del
Señor.
En el plano comunitario, es decir, dentro de un Grupo de oración o una comunidad cristiana, un ministerio es
un equipo de hermanos de la comunidad que, compartiendo un mismo carisma, y de manera permanente y
comprometida, realizan un servicio o una tarea específica dentro o fuera del grupo de oración, como parte de
su crecimiento personal y comunitario.
– Es un equipo, porque trabajan de una manera conjunta, coordinada, comunitaria, no de una manera
aislada ni individualista, sin buscar protagonismos de nadie, en donde el aporte de todos sus integrantes es
importante.
– De manera permanente y comprometida, porque no se trata de una labor ocasional y temporal. Exige
tiempo, dedicación y hasta sacrificio de nuestra parte. Sin entrega ni compromiso, no podremos hablar de
ministerio.
– Un servicio o tarea específica, porque la labor de todo ministerio tiene que estar debidamente
delimitada para así tener claros sus objetivos y metas. Si hacemos “de todo un poco”, terminaremos sin hacer
nada bien.
– Dentro o fuera del grupo de oración, pues si bien la labor del ministerio se dirige preferentemente a
la propia comunidad que integran, puede además proyectarse al resto de la comunidad eclesial (parroquia o
diócesis). El ministerio de música, por ejemplo, se encarga de crear un clima de alabanza dentro de la reunión
de oración, pero además, podría apoyar en la liturgia dominical. El ministerio de enseñanza, se ocupa de la
formación de la asamblea, pero puede proyectarse además a la parroquia formando equipos de catequesis de
primera comunión o confirmación.
– Como parte de su crecimiento personal y comunitario, pues el ejercicio de nuestros carismas, de una
manera responsable, dedicada, con amor y espíritu de servicio, producen un crecimiento y madurez en la
persona y en la propia comunidad, y producen nuestra santificación.
3. Tipos de ministerios
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Según el actual Estatuto de la RCC, existen dos tipos de Ministerios. El primero –y el más común–, es el
Ministerio de Servicio (art. 20º, 41º – 43º, 60º – 63º). El segundo, es el Ministerio Carismático (art. 80º – 85º).
a. LOS MINISTERIOS DE SERVICIO: Son los Ministerios que internamente tienen los grupos de
oración, las Coordinaciones Zonales, Parroquiales, Diocesanas y Nacional, y pertenecen a la estructura
organizativa a la que corresponden. Por ejemplo, un grupo de oración o Parroquia u Coordinación puede
contar con los ministerios de música (alabanza), enseñanza, acogida (Asamblea), intercesión, sanación, etc.
En ese caso, se dice: «Ministerio de Acogida del grupo de oración X», «Ministerio de Enseñanza Zonal»,
«Ministerio de Música de la parroquia o Coordinación Diocesana de...». Un grupo de oración o Coordinación
puede y debe tener los Ministerios de Servicio que disciernan que son necesarios. Un ministerio de servicio
grupal está integrado por miembros comprometidos del grupo de oración; por tanto el ministerio pertenece y
depende del grupo y sigue los lineamientos que su equipo de Servidores, encabezado por el Responsable del
grupo, le precisen.
Es importante señalar que no existen jerarquías ni línea de autoridad entre los diferentes niveles de
un mismo Ministerio de Servicio. Es decir que, por ejemplo, un Ministerio de Música Diocesano no tiene
autoridad directa sobre un Ministerio de Música Zonal, ni un Ministerio de Enseñanza grupal debe obediencia
a un Ministerio de Enseñanza Zonal. Cada uno responde ante el nivel en que se encuentra: el Ministerio de
servicio grupal sigue los lineamientos únicamente de su equipo de Servidores del grupo, el Ministerio Zonal
sigue lo que le indica su Coordinación Zonal, y así sucesivamente. Los Responsables de los Ministerios
Zonales y Diocesanos, integran su respectiva Coordinación, con voz y voto (Estatuto de la RCC, arts. 30º y
35º).
Es importante, entonces, que los miembros del Ministerio Carismático disciernan bien su llamado
concreto, y que estén insertados en una diócesis específica, donde ejercerán preferentemente su labor
(Estatuto de la RCC, art. 82º). El Ministerio Carismático, en ese sentido, empieza a ejercer su servicio
oficialmente en el momento en que su constitución es aprobada por el Coordinador Diocesano de la RCC
respectivo. Se recomienda que los Ministerios Carismáticos cuenten con objetivos y normas de trabajo y
organización explicitadas en un documento escrito, el cual debe ser revisado y aprobado por su Coordinador
Diocesano de la RCC. Se recomienda también que cada Ministerio Carismático cuente con su respectivo
asesor. También es importante que los miembros del Ministerio Carismático sigan participando de su grupo
de oración o comunidad.
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Si el Señor nos dio un carisma, hemos recibido de Él además el ministerio en el cual se ejerce dicho carisma.
Y si se nos confió un ministerio, es porque recibimos el encargo, la misión de realizar un servicio en la
Iglesia:
“Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un «miembro de la
Iglesia», a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el
bien de todos” (Juan Pablo II, exhortación apostólica Christifideles laici, 28).
ORIGINAL.- Es para mí. Cada uno recibe su propia misión, que es específica y diferente muchas
veces a la de los demás.
INSUSTITUIBLE.- Porque no puedo cambiarla por otra. Si el Señor nos quiere santificar de una
forma, no tenemos por qué cambiar su plan y tomar otro camino, así nos parezca este otro “más provechoso”
para nosotros.
INDELEGABLE.- Pues no debo delegarla a otro. No puedo pretender que otro haga lo que me toca
hacer a mí. Lo que el Señor me encomendó a mí, sólo yo tengo que hacerlo. Si no lo hago, se quedará sin
hacer.
Enseñanza:
Leamos con atención estas palabras:
«Y fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y
doctores. Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo,
hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que logremos
ser hombres perfectos, hasta que consigamos la madurez conforme a la plenitud de Cristo. Así que no seamos
niños caprichosos, que se dejan llevar de cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos,
que son maestros en conducir al error. Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo
hacia aquel que es la cabeza, Cristo. A él se debe que todo el cuerpo, bien cohesionado y unido por medio de
todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y edificándose
a sí mismo en el amor» (Ef 4, 11–16).
Cada uno está en el ministerio al que ha sido llamado por Cristo.- “Y fue también él quien constituyó
a unos apóstoles,...”. No somos nosotros quienes “escogimos” nuestro servicio: “Ustedes no me escogieron a
mí. Soy yo quien los escogí a ustedes y los he puesto para que vayan y produzcan fruto, y ese fruto
permanezca” (Jn 15, 16). Fue Él quien nos llamó, escogió, nos dio la misión y nos confió el ministerio
conforme a su voluntad. Nosotros la acatamos y confiamos en su dirección. Nunca olvidamos que fuimos
enviados por el Señor, quien determinó cuál sería nuestra misión, y es a Él a quien tendremos que rendir
cuentas de lo bien o mal que lo hayamos hecho.
Preparados por el Señor para el trabajo en el ministerio.- “Capacita así a los creyentes para la tarea
del ministerio...”. Si recibimos formación a través de Seminarios de Vida en el Espíritu, cursos, enseñanzas,
jornadas, la Escuela de Líderes, etc., es porque el Señor nos está preparando para que trabajemos en nuestro
ministerio, no sólo para que “sepamos más”. Y lo mejor que ha hecho para darnos la capacidad de trabajar en
la construcción de su Reino es el habernos dado su Espíritu Santo a través del Bautismo y la Confirmación.
Teniéndolo a Él en su interior, nadie puede decir “no estoy preparado para hacer la obra del Señor”.
Producen unidad y comunión.- “Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe...”. Nuestro servicio
comprometido nos une más al Señor y entre nosotros, y nos conducen a conocerlo, pues el servicio es el
camino más hermoso para conocer al Señor. Cuando cada miembro está en su lugar, entonces hay cohesión en
el cuerpo; pero cuando cada uno hace lo que quiere, el cuerpo está desintegrado: “El ojo no puede decir a la
mano: no te necesito. Ni tampoco la cabeza puede decir a los pies: no los necesito” (1 Co 12, 21).
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Producen madurez en Cristo.- “Hasta que logremos ser hombres perfectos, hasta que consigamos la
madurez adulta conforme a la plenitud de Cristo”. Cuando en una comunidad o Grupo de oración existen
ministerios bien constituidos, este es un claro signo de la madurez de dicha comunidad. Los grupos que aún
no han logrado organizarse debidamente y los ministerios brillan por su ausencia, son inestables, pues sus
integrantes no se han desarrollado en su carisma.
La comunidad estará más protegida frente a los errores y pruebas.- “Así que no seamos niños
caprichosos...”. Los niños son ingenuos y pueden caer en cualquier trampa. La madurez, en cambio, produce
estabilidad y seguridad en la fe. Cuando llegue la prueba, la casa (el Grupo de oración) no se desplomará
porque está construida sobre la Roca, que es Cristo, y porque al ejercer cada uno su ministerio, dejaron de ser
niños en la fe.
Creceremos hacia Cristo.- “Crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo”. Cuando el amor
entre los hermanos es auténtico, entonces hay servicio comprometido, y Cristo está cada vez más presente
entre ellos. Cuando el crecimiento es hacia Cristo, entonces podemos hablar de madurez; de lo contrario, no
se ha crecido, sino se ha engordado.
El Señor organiza su Cuerpo.- “A él se debe que todo el cuerpo, bien cohesionado y unido por medio
de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y
edificándose a sí mismo en el amor”. En un cuerpo, nada sobra, pues cada miembro cumple una misión
específica. Cuando el Señor edifica, se encarga de que en la comunidad nadie sobre, distribuyendo los
carismas y ministerios según la necesidad real del cuerpo. En la comunidad todos son útiles, todos tienen su
carisma y su ministerio. Todos son parte del cuerpo, la parte que el Señor le asignó y, como tales, tienen que
cumplir una determinada función. Cada uno tiene una tarea, un servicio que dar, tenga o no un “cargo”,
porque esa es la voluntad del Señor, y los grupos de oración deben estar organizados de tal manera que
permitan incorporar a cada hermano para que sea un miembro activo del cuerpo. Y todos los carismas, todos
los ministerios, están sujetos a la única ley que los gobierna: el amor. Sin amor, no son nada. Con amor,
edifican, producen madurez y santidad.
Como no será suficiente, algunos hermanos que recibieron el encargo en otro ministerio (música,
acogida, intercesión o cualquier otro), buscarán cubrir ese vacío, pero como no tienen el carisma respectivo,
su labor no tendrá la efectividad propia de quien sí tiene el carisma para hacerlo.
Al descuidar estos últimos hermanos su ministerio, dejarán otro vacío que intentará ser llenado por
otros hermanos que tampoco tienen el carisma para hacerlo adecuadamente.
Resultado: Toda la vida del cuerpo se trastorna. Muchos están haciendo lo que no deben o no fueron llamados
a hacer, y la comunidad no puede alcanzar su madurez.
Recordemos que una de las principales virtudes de un buen líder es el saber reconocer (discernir) los carismas
de los miembros de su comunidad. Así, podrá colocar a cada miembro en el ministerio al cual el Señor lo
haya llamado a servir. Pero si el líder no se da cuenta de qué dones han recibido los hermanos de su grupo,
entonces les asignará tareas o funciones que no les corresponden. Lo lamentable sería que alguien esté
esforzándose durante años realizando tareas que no estaban en el plan de Dios para su santificación.
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No se trata de que todos hagan todo, porque así nada harán bien. Lo importante es estar donde el Señor quiere
que estemos, haciendo lo que el Señor quiere que hagamos. Tampoco quiere esto decir que sólo haremos lo
que corresponde a nuestro ministerio, porque nos especializamos en ello. Muchas veces surgen imprevistos y
será necesario que realicemos algo diferente a nuestro ministerio, así no creamos tener el carisma respectivo,
y tendremos que hacerlo poniendo todo de nuestra parte para realizar este servicio bien hecho. Pero lo
importante es que reconozcamos claramente nuestro ministerio y le demos prioridad sobre otros servicios, sin
descartar el apoyar otras actividades en las que sea necesaria nuestra participación.
Eres miembro del Cuerpo de Cristo, pero: ¿Ya has descubierto qué parte del Cuerpo de Cristo eres?
Enseñanza:
CÓMO ELEGIR LOS MINISTERIOS
La creación de cada ministerio debe discernirse bien y esto sólo se hace comunitariamente, esto es, a nivel del
Equipo de Servidores. Lo primero que debe determinarse es la necesidad real de que ese servicio debe
realizarse en la comunidad. No deben formarse los ministerios caprichosamente, o porque los demás grupos
los tienen y “no nos podemos quedar atrás”.
Por ejemplo, si se hace necesario que en el grupo de oración exista un equipo encargado permanente de dirigir
la música y la animación, y enseñe nuevos cantos a la asamblea, se forma el ministerio de Música, integrado
por varios hermanos con el carisma de la música y la animación, que se dedicarán a esa labor específica.
De igual manera, si notamos que el Señor está enviando cada semana hermanos nuevos al grupo de oración,
ha llegado el momento de formar el ministerio de Acogida, pues cada hermano nuevo se merece una adecuada
bienvenida y su respectivo seguimiento.
Es importante discernir, antes de establecer un ministerio, si el Señor ha dado ese carisma a miembros de la
comunidad. Si ello ocurre, es un signo de que el Señor quiere instituir este ministerio en el grupo de oración.
El siguiente paso es llamar a las personas que lo integrarán.
a. Una clara conversión. Es decir, que sean renovados en Cristo. No puede ser alguien que recién está
asistiendo al grupo de oración, así manifieste ciertas habilidades para desempeñar este servicio (la excepción
sería si este hermano “nuevo” ya ha pertenecido a otro grupo de oración y ha tenido antes la experiencia de
conocer al Señor). Lo más aconsejable es que, para que alguien se integre a un ministerio, debe haber
recibido, por lo menos, el Seminario de Vida en el Espíritu completo.
b. Identificación con el grupo de oración. Debe tratarse de hermanos que se sientan verdaderamente
parte del grupo de oración, que tengan una identificación con él. No es recomendable llamar a hermanos que,
a pesar de tener la capacidad de ejercer el ministerio, no muestran mayor identificación con el grupo de
oración y la RCC, y asisten por igual a otros grupos carismáticos o de otro movimiento sin tener en claro
dónde quieren servir comprometidamente. Quien integra un ministerio debe ser alguien que sienta claramente
que el Señor le llamó a servir siendo parte de esta comunidad.
c. Deseo de servir. Uno puede tener el carisma y habilidades innatas para desarrollar una determinada
tarea, pero si no muestra disponibilidad, docilidad y deseo de servir al Señor y a sus hermanos aún a costa de
muchos sacrificios y privaciones, no debe ser llamado a un ministerio. El trabajo en un ministerio representa
para el cristiano el ejercicio responsable, permanente y comprometido de su carisma. A alguien que pertenece
a un ministerio se le pueden permitir muchas cosas (errores, faltas, dudas, etc.) pero nunca el que no tenga el
deseo de servir. La Palabra del Señor nos exhorta: “En el cumplimiento del deber: no sean flojos. En el
Espíritu sean fervorosos, y sirvan al Señor” (Rm 12, 11).
d. La manifestación del carisma correspondiente. El carisma nos capacita para desarrollar la tarea del
ministerio, es la “herramienta” que necesitamos para realizar ungidamente dicha labor. Si uno no tiene el
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carisma, entonces será inútil que pertenezca a dicho ministerio. Podrá apoyar eventualmente, como un acto de
amor, pero no dedicarse a dicho ministerio.
Es fundamental que el Responsable del Ministerio sea alguien que sepa descubrir quiénes son los hermanos
de la comunidad que tienen las características antes mencionadas para integrar su ministerio, y
¡LLAMARLOS!
LA INCORPORACIÓN AL MINISTERIO
La mejor forma es que el propio Responsable del ministerio se encargue de invitar personalmente a quienes
ha discernido que deben incorporarse al equipo. No es bueno hacer invitaciones generales a la asamblea:
“¿Quién quiere pertenecer al ministerio de...?”, o: “La reunión del ministerio X es tal día; los que quieran ir,
vayan nomás...”. Esto podría ocasionar que se incorporen personas que no deberían estar en el ministerio y
luego pueden dificultar la marcha del equipo.
Al momento de llamar al hermano, el Responsable del ministerio ha de explicarle claramente en qué consiste
la labor a la que ha sido convocado y quiénes integran el equipo.
No debe presionarlo a aceptar inmediatamente la invitación, sino darle el tiempo que necesite para contestar.
Si la respuesta es afirmativa, el Responsable debe acogerla con alegría y en la siguiente reunión del ministerio
presentarlo formalmente como integrante del mismo y orar por él (imponiéndole las manos) para que el Señor
le dé la unción que necesita para cumplir su misión en la comunidad.
El paso siguiente es capacitar adecuadamente al nuevo integrante del ministerio, sin exigirle demasiado, pero
a la vez transmitiéndole la confianza y el apoyo necesario.
LA FORMACIÓN EN EL MINISTERIO
Siendo los carismas gracias de Dios, éstos no se reciben como fruto de nuestros méritos personales. Son
regalos del Señor para nosotros, y sobre todo, para la comunidad.
En este sentido, se dice que son “extraordinarios”, porque la capacidad que recibimos para realizar un servicio
determinado –sanación, enseñanza, intercesión, etc.–, no procede de nuestras capacidades humanas, aunque
muchas veces se apoyen en ellas.
Sin embargo, el hecho de que esta “fuerza” recibida sea “sobrenatural” (porque su fuente es el Señor), no
quiere decir que no debamos formarnos en el adecuado ejercicio de nuestro carisma.
Cada carisma lo recibimos como una semilla, y es nuestra responsabilidad hacerlo desarrollar a través de la
práctica y la formación.
Está claro que la capacidad no procede de la formación; es decir, que no voy a tener o hacer aumentar en mí,
por ejemplo, el carisma de la sanación, porque haya leído varios libros sobre este tema. Pero la formación
constante me ayudará mucho para conocer este carisma, saber en qué consiste, cómo ejercerlo adecuadamente
para mayor provecho de mi comunidad, y cómo desarrollarlo.
La falta de formación acerca de un carisma nos puede llevar a cometer muchos errores al tratar de usarlo, así
lo hayamos recibido de una manera notoria.
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Evaluar su labor.
Formarse, tanto en temas generales de doctrina cristiana y espiritualidad carismática, como en lo
referente a su labor concreta (cómo realizar bien su trabajo en el ministerio).
Preparar las actividades propias de su ministerio.
Enseñanza:
«Uno solo es el Espíritu, y reparte sus dones a cada uno como desea» (1 Co 12, 11).
Con todo esto, puedes darte cuenta de que el descubrimiento de los dones tiene que ver más con una actitud
abierta, sincera y decidida del creyente que con una actuación sobrenatural de Dios. El creyente actúa y
practica, Dios confirma y enseña.
1ª Corintios 12, 31 y 14, 1 nos dice: «Aspiren a los dones mejores...». ¿A cuáles se refiere? A los que
más necesitamos en el grupo (comunidad).
Según 1ª Corintios 14, 13 podríamos pedir uno como complemento de otro don, como es el caso del
don de Interpretación de lenguas.
En este caso, se trata de la Comunidad quien discierne qué carismas necesita y los pide al Señor en
comunidad y para la Comunidad.
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discernimiento y sobre todo fe para y amor para ejercer dicho carisma con quienes Él quiera y en la forma que
Él señale.
Es fundamental que tengamos la visión del plan de Dios para nuestra vida, y dónde encaja el carisma recibido
en dicho plan. El descubrir la voluntad de Dios es aún más importante que conocer qué carismas tenemos.
Esta voluntad de Dios, que se expresa en una misión concreta, nos la va mostrando progresivamente,
conforme tengamos las actitudes anteriormente mencionadas.
Enseñanza:
6.1 EL MINISTERIO DE ACOGIDA
A. FUNCIÓN DEL MINISTERIO
Se brindará una cálida y fraternal bienvenida a los hermanos nuevos, realizada por personas
adecuadas y preparadas para realizar dicha tarea.
Habrá un adecuado seguimiento de los hermanos nuevos. Ellos, por su parte, se sentirán mejor
atendidos, pues recibirán así un pastoreo inicial.
Los integrantes del Ministerio de Acogida despejarán todas las dudas del hermano nuevo sobre el
porqué y el sentido de la reunión de oración y de todo lo que en ella se realiza, así como qué es la RCC y cuál
es su misión y objetivos.
Los hermanos que han recibido el carisma de la Acogida, se desarrollarán en su don a través de su
servicio en el Ministerio, y así irán alcanzando una mayor madurez como cristianos.
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Ser una persona plenamente identificada con el grupo de oración y con la RCC, pues la bienvenida
que dará a los hermanos nuevos la hará no a título personal sino a nombre de toda la comunidad. Por ello,
tiene que ser también una persona conocida por los demás integrantes del grupo para que así se sientan
debidamente representados por quien está dando la bienvenida.
Que sea una persona alegre, sencilla, comunicativa, que sepa transmitir confianza al hermano nuevo,
sin dar preferencia a algunos nuevos por su apariencia exterior; detallista, cariñosa, afectuosa, pero sin caer
en ser “melosa” y exagerada en sus muestras de afecto, y que no tenga tendencia a llamar la atención, al
“palabreo” y el emocionalismo.
Que conozca muy bien qué es un grupo de oración y lo que en él se realiza; incluso, que conozca la
historia de la Renovación y la historia propia del grupo.
Que tenga el carisma de la acogida y que sobre todo, que sea una persona llena de amor.
Encargarse de brindar una cálida y fraternal bienvenida a los hermanos nuevos, y de la acogida en la
entrada (puerta) del lugar o ambiente donde se realiza la reunión.
Los miembros del Ministerio han de interesarse por los hermanos nuevos, apuntar claramente sus
datos: nombre, dirección, teléfono, fecha de su cumpleaños.
Brindar un pastoreo inicial a los hermanos nuevos del grupo de oración, que se prolongue en lo
posible hasta su participación en un Seminario de Vida en el Espíritu. El contenido de este “pastoreo” puede
estar centrado en explicar qué es un grupo de oración, qué se realiza en ella, la importancia de la oración de
alabanza, de leer la Palabra de Dios, etc., además de buscar conocer más de cerca al hermano y cuáles son sus
motivaciones e inquietudes actuales.
Nota.- Por «pastoreo» generalmente se suele entender muchas cosas, que van desde consejería hasta dirección
espiritual. Lo que aquí vamos a desarrollar corresponde más a lo que en los años recientes se viene
conociendo como «acompañamiento espiritual», dirigido fundamentalmente a aquellos hermanos de la
comunidad que ya tienen una permanencia estable en el grupo de oración, sobre todo, a quienes culminaron el
Primer nivel de Formación. Por lo tanto, no se tratará aquí sobre el pastoreo que se desarrolla durante los
cursos del Primer nivel de Formación.
El Responsable y los servidores podrán conocer más profundamente a los hermanos de la asamblea:
sus necesidades, su problemática, su percepción sobre lo que se hace en el grupo de oración, sus aspiraciones,
etc., y de acuerdo a ello, orientarlos mejor a fin de comprometerlos con algún ministerio determinado.
Este pastoreo personal ayudará a identificar los líderes naturales que aparecen en toda comunidad,
para luego hacerles un seguimiento especial.
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El pastoreo constituye un excelente complemento de la formación general que reciben los hermanos
en la asamblea, adaptándola el pastor a las necesidades concretas del hermano al que está pastoreando. De
esta manera, se nivelarán o atenuarán las diferencias de crecimiento y compromiso existentes en toda
asamblea.
Mediante un buen pastoreo que involucre a la mayor cantidad posible de hermanos de la asamblea,
ésta se convertirá cada vez más en una auténtica comunidad de hermanos en la fe. El grupo será
verdaderamente un cuerpo, en donde lo que hace o le ocurre a uno, afecta a los demás, pues nos sentimos
mutuamente comprometidos: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro recibe honores,
todos se alegran con él” (1 Co 12, 26). Así, todos alcanzamos a ser “un solo cuerpo y un mismo espíritu” (Ef
4, 4).
Lo que tiene que hacer el ministerio es, básicamente, ayudar a que la persona pastoreada encuentre
dónde servir y desarrollarse mejor, para que así pueda vivir plenamente su vocación cristiana. Para ello, tiene
dos posibilidades: en el primer caso, si la persona pastoreada no está debidamente comprometida, discernir
con ella las causas de su pasividad y motivarla a que se comprometa en un servicio concreto, ayudándole a
decidirse y empezar a trabajar activamente; el segundo caso, es que la persona esté saturada de actividades y
comprometida en muchas cosas; allí el pastor tendría que ayudar a la persona a que encuentre un orden en su
servicio y se desligue de aquello a lo cual el Señor no le ha llamado a hacer, a fin de que se concrete en
cumplir la misión recibida.
Ser una persona plenamente identificada con la Iglesia católica, su grupo de oración, con la RCC y
con la espiritualidad carismática.
Conocedora de cuál es el plan de Dios para su vida, consciente de sus carismas y de su ministerio,
para que así pueda ser capaz de ayudar a otros a descubrir su propia vocación y misión.
Con pleno conocimiento y comunión con lo que enseña la Palabra de Dios y el Magisterio de nuestra
Iglesia, en especial sobre determinados temas controversiales: posición de la Iglesia frente al aborto, la
esterilización, el divorcio; la veneración a María y a los santos; las imágenes; el sacramento de la
Reconciliación; la autoridad del Papa y los obispos, etc.
Que sepa escuchar, aconsejar y que sea discreto. No debe entrometerse en la vida del hermano, sino
saber de él lo que necesita para poder encaminarlo y animarlo a seguir al Señor.
Que sienta verdadero amor por el hermano que pastorea. Que desee su bien en todo momento, sin
llegar a un apego excesivo ni crear lazos innecesarios de dependencia. Cuando llegue el momento de terminar
el pastoreo formal, que pueda dejar ir al hermano libremente y animarlo a continuar.
Escuchar, acompañar, orientar, afianzar en la fe, animar, aconsejar a los hermanos que tiene a su
cargo durante un periodo determinado (por lo menos hasta que esté realmente comprometido con la
comunidad).
No pastorear a la vez a más de cuatro hermanos, para así poder darles la adecuada atención.
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No hacer el pastoreo demasiado extenso. Se recomienda que dure entre seis meses y un año.
Hay que evitar la dependencia de la persona pastoreada con respecto al pastor. No es aconsejable una
relación basada en el paternalismo. Más bien, la relación pastor–“oveja” ha de ser cada vez menos directiva.
El pastor ha de sugerir (sin imponer) a quien pastorea lo que debe hacer en ciertos casos, pero
tratando de que la persona llegue por sí misma a dicha conclusión. Esto último es siempre lo mejor. El decirle
en cada caso de una manera directa y explícita qué debería hacer, fomenta la dependencia con respecto al
pastor, y evita que la persona pastoreada realice su propio discernimiento y tome sus propias decisiones.
Se exige siempre absoluta discreción con respecto a lo compartido durante las sesiones de pastoreo.
No confundir consejería con pastoreo. La consejería es circunstancial. Se recurre a ella cuando existe
una duda o dificultad, y finaliza cuando ésta queda superada. El pastoreo no depende de si la persona tiene un
problema determinado. Es una guía para poder dar mayor fruto y encaminar la vida de la persona, aunque
puede incluir en determinadas ocasiones de consejos por parte del pastor.
El primer deber del pastor con respecto a la persona a quien pastorea, es orar por ella.
F. Bibliografía recomendada
GARCÍA LLERENA cjm, P. Carlos; El pastoreo en los grupos de oración; Renovación Carismática
Católica del Perú, Lima, 1996.
RAMOS s.j., P. Francisco; El acompañamiento espiritual. Cómo el hermano ayuda a otro hermano
en el camino de la Renovación; Colección Fuente de Vida Nº 31, 2ª edición; Quito, 1996.
SASTRE GARCÍA, Jesús; El acompañamiento espiritual. Para la pastoral juvenil y vocacional; Ed.
San Pablo, 3ª edición, Madrid, 1993.
El ministerio de Intercesión es un arma poderosa a fin de alcanzar la realización del Plan de Dios
para la comunidad y para mantenerla protegida de todo mal o perturbación que pudiera interferir dicho Plan.
Producto de la oración de este Ministerio y escuchada por nuestro Señor, muchos hermanos
beneficiados con su oración compartirán al resto de la asamblea las maravillas del amor de Dios y la
importancia de orar juntos.
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C. CARACTERÍSTICAS DE QUIEN INTEGRA EL MINISTERIO
Deben ser personas de oración continua, que crean firmemente en el poder de la oración realizada
con fe y en comunidad.
Que no sean egoístas, sino que más bien estén siempre dispuestos a servir orando por los demás.
Que sean personas atentas, despiertas, vigilantes y observadoras, para que puedan orar por las
necesidades del grupo: que puedan darse cuenta de las pruebas que está pasando o están por venir, así éstas no
sean claramente visibles (saber interpretar las «señales de los tiempos»).
Que tengan una íntima relación con el Señor que les permita orar confiadamente, sin temor, ni
lamentaciones ni rollos extensos.
Que se acomoden a las diversas formas de orar; es decir, sin encasillarse en una sola manera.
La alabanza al Señor a través de la música estará dirigida por hermanos ungidos y preparados para
realizar dicho servicio.
Los miembros del ministerio instruirán a los demás hermanos de la asamblea sobre la importancia de
alabar a Dios a través de la música, las maneras de hacerlo, así como les enseñarán los cantos nuevos y la
manera de interpretarlos.
Los miembros del ministerio se desarrollarán en su carisma y, por lo tanto, madurarán como
cristianos y contribuirán a la mayor madurez de toda la comunidad.
Tener un marcado espíritu de alabanza al Señor, con una experiencia incuestionable y profunda del
amor de Dios que haya transformado su vida.
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Debe ser una persona de oración y no un activista que sólo va a tocar un instrumento pero que no
vive la reunión. Ha de ser alguien abierto a la conducción del Espíritu, atento a discernir en cualquier
momento lo que el Espíritu Santo quiere hacer en las personas y lo que éstas necesitan.
Con muchos deseos de aprender, para así ejercer su ministerio cada vez mejor. Esto implica incluso
una buena disposición a recibir observaciones y críticas sobre su labor de parte de sus hermanos.
Que sepa trabajar en equipo, sin buscar sobresalir sobre los demás (figuración).
La evangelización dentro y fuera del grupo de oración se desarrollará en equipo, evitando así
protagonismos. El Ministerio debe discernir cuál de sus integrantes es la persona más idónea para dar un
determinado tema, ofreciéndole a dicha persona orientaciones para hacerlo lo mejor posible. Igualmente, una
vez dado el tema, los integrantes del Ministerio podrán evaluar objetivamente y con amor la enseñanza
realizada, señalándole a quien dio dicha enseñanza cuáles fueron los aspectos positivos y negativos, para así
mejorar cada vez más en su labor. Lo fundamental, es que orarán unos por otros para apoyarse mutuamente
antes, durante y después de cada enseñanza.
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hermanos del grupo de oración. Así, ya no se recarga la labor de todo el Equipo de Servidores, que puede
confiar al Ministerio de Enseñanza la organización y ejecución de estos eventos.
Son los que llevan la Buena Nueva y anuncian la salvación. Son ellos los que echan la semilla en todos los
que les oyen. Son los sembradores que muchas veces no ven el resultado de su trabajo, ya que la semilla
germina cuando Dios lo decide. Los evangelizadores están llevando a cabo la labor que nos encargó el Señor
en Mc16, 15: “Id y anunciad la Buena Nueva”. Para realizar esta labor no se necesita tener grandes
conocimientos de doctrina, ni siquiera de la Biblia. Basta –en nuestro caso de la RCC– haber hecho un
Seminario de Vida en el Espíritu y haber tenido un encuentro personal con Cristo vivo.
B. LOS MAESTROS
Ellos enseñan a los ya evangelizados lo que Jesús nos reveló y la forma en que nos enseñó a seguir sus
huellas, así como la forma en que deberemos reaccionar en cada circunstancia de la vida según su ejemplo.
Los Maestros cumplen con el mandato del Señor en Mt28, 19: “Id y haced discípulos”.
D. LOS CATEQUISTAS
Ellos llevan al conocimiento progresivo de la fe. Tienen éxito si previamente la persona a catequizar ha
sido evangelizada, es decir, conoce a Dios y se prepara para pertenecer a su Iglesia tomando su lugar en el
Cuerpo de Cristo, donde con seguridad le corresponde un lugar. Conducen a ser un verdadero católico.
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24. Saber preparar para recibir los sacramentos y conocer el para qué y la importancia de cada uno de
ellos.
25. Estar subordinado o encargado de su labor por el párroco o persona con autoridad.
26. Tener paciencia y estar dispuesto a ensayar diferentes métodos para conseguir el éxito en su misión.
27. Valorar este trabajo que, como “broche de oro”, hace conocer a fondo la Iglesia que Cristo fundó,
haciendo de los evangelizados, pastoreados y exhortados, cristianos – católicos.
Paz y experiencia del amor del Señor (comunica paz, alegría interna y da lugar a vivir el amor de
Dios en nuestras vidas). Y hoy, como ayer, todos los“curados” quieren seguirlo.
o Anestesia divina: No siempre las personas se curan, mas disminuyen sus dolores o
desaparecen, dando lugar a la alabanza de gratitud.
o Intercede para que el médico descubra la causa de las enfermedades y acierte con el
tratamiento del enfermo.
o Sanidad interior: Se considera como prioritaria, dado el ritmo estresante de nuestro siglo.
o Liberación de hábitos nocivos: Drogas, alcohol, etc.
o Ayuda a tener visión para organizar mejor la vida y así tener salud.
o Ayuda a solucionar o sobrellevar problemas que influyen en nuestra salud física: artritis,
rencores, hipertensión arterial, etc.
o Curación de enfermedades físicas.
o MEDIO DE EVANGELIZACIÓN.
o
C. BENEFICIOS DE ORAR EN EQUIPO
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Apoyo mutuo.
Uso de los diferentes carismas en forma complementaria.
Favorece la humildad: no hay un sanador. Hay un equipo.
Favorece el clima de amor y oración previa necesaria.
Permite el crecimiento de sus miembros.
VISIÓN: Tener una idea clara de los planes de Dios para su vida.
MISIÓN: Sentirse verdaderamente llamado y enviado por el Señor. Portador de las Buenas Nuevas.
UNCIÓN: Fuerza y dirección del Espíritu. Se debe manifestar el don (o dones) que le haya dado el
Señor para servir en el ministerio.
UNIÓN: Tener sentido de unidad; formar un solo cuerpo con sus hermanos del ministerio y del
grupo de oración.
EQUILIBRIO: Ha de ser una persona equilibrada emocionalmente.
DISCIPLINA: Oración, sacramentos, ayuno. No debe descuidarse.
DISPOSICIÓN: Tiempo, cosas, capacidades, etc.
SENCILLEZ: Que no sea una persona racionalista sino abierta alas maravillas del Señor.
SED DE APRENDER: Una persona sedienta de aprender cosas que le ayuden en su ministerio:
acudir a información sobre medicina, psicología, sanación, conformación y funcionamiento del organismo,
estudios sobre la conducta humana, etc.
F. CÓMO ORAR EN EL MINISTERIO DE SANACIÓN
52. Jesús depende de ti, no de tu habilidad sino de tu disponibilidad. Tu pobreza espiritual no debe
causarte alarma, sino más bien aumentar tu confianza y dependencia del Señor.
53. Pedirle que te purifique con su sangre preciosa de todos tus pecados y egoísmos para que puedas ser
un instrumento eficaz.
54. Pedirle que te colme de su presencia hasta que sea Jesús quien piense con tu mente, mire a través de
tus ojos, escuche con tus oídos y hable con tu voz; quesea Jesús quien ame desde tu corazón, bendiga y sane
con tus manos.
55. Pedirle que aumente nuestra fe, la del enfermo y la de quienes lo acompañan.
56. Pedir discernimiento.
57. No improvisar la oración.
58. Recordar que somos siervos inútiles, que queremos glorificar al Señor a través de nuestro servicio.
59. Cuando el Señor llama a alguien a una misión, le envía equipado con Su gracia y dones de su
Espíritu.
60. A veces el Señor se vale de los carismas y otras de algo más precioso: el amor, la unión y la armonía
del grupo orante. Según el padre E. Tardiff, la primera cualidad de un Ministerio de Sanación es el amor y la
compasión por el dolor ajeno.
61. Como en todo equipo, cada uno tiene una tarea, la cual el Señor nos va delegando a cada uno: uno
dirige la oración, otro intercede, otro impone manos, etc. Para ello, debemos orar y compartir como equipo.
62. No debemos presentarnos como personas extraordinarias, ni hacer promesas de curaciones
inmediatas y totales.
63. Evangelizar – catequizar al enfermo y a su familia: es Dios que lo ama actuando, sanándolo.
64. Orar unos por otros una vez finalizada la oración por el/los enfermo/s.
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69. Manda alejarse a la enfermedad: Lc4, 38–39
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