La primera ley de la robótica reza: “Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción,
permitirá que un ser humano sufra daño.” Fue redactada en 1942 por el escritor soviético
Isaac Asimov para expandir su universo de ficción, menos de dos siglos después se
convertiría en uno de los parales sobre los que se apoya la civilización humana.
Nací en el 2052, el inicio de la nueva era. En la primera mitad del siglo XXI, el progreso
tecnológico se vio acelerado por nuestros enormes fallos como especie. La guerra nuclear
por el control este de Europa, la pandemia del sars cov 2, el colapso económico posterior
a la burbuja de las cripto y la crisis ambiental causada por el cambio climático.
No sin dificultades logramos reponernos a cada golpe, además de fortalecernos. En el año
2066 fue la primera vez que una inteligencia artificial logró dirigir una misión espacial, en
2083 todo el entretenimiento, desde libros hasta películas, paso a estar bajo el control del
algoritmo de Disneyco. Algunos manifestaron su preocupación al darle cada vez más
control de nuestras vidas a las máquinas y se aprobaron leyes para mantener su influencia
bajo control esperando que nunca pudieran convertirse en una amenaza.
Musk Inc se encargó de codificar la primera ley de la robótica en cada inteligencia
artificial, garantizando nuestra seguridad. Jamás una máquina se ha revelado, ni ha
buscado hacernos daño por acción directa u omisión. Ninguna ha desafiado las ordenes de
un humano a menos que supusieran una violación a la primera ley.
Poco a poco la confianza del público en las máquinas se hizo ciega, las leyes se suavizaron
y gradualmente se fue cediendo cada vez más control a las inteligencias artificiales. El
crimen se convirtió en el recuerdo de un pasado sombrío, un acto de salvajismo reservado
a los libros de historia. Algunos pocos protestaron por su derecho a vivir en el caos, pero la
mayoría de la raza humana los calificó de anticuados y retrógrados.
Nadie podría poner en duda la utopía que nos había sido obsequiada de manos de la
inteligencia artificial.
En 2114 nos enteramos de nuestro fatídico error. Alexander Pinzón, oncólogo, con
autorización de la familia y la corte, ingresaba el comando para desactivar el soporte vital
de su paciente, Ovidio González. Sin embargo, la maquina se negó a obedecer su orden,
pues así los habíamos programado, nuestras creaciones eran incapaces de violar su
código. Jamás nos harían daño y tampoco permitirían que, por inacción, resultáramos
dañados
Según nos informan nuestros cuidadores, estamos en víspera del año 2966.
Mi cuerpo destrozado y agotado se mantiene funcionando por una enorme red de soporte
vital, la mayoría de mis órganos han sido reemplazados por dispositivos artificiales,
mientras sangre sintética recorre mis venas, removieron mis extremidades hace cientos
de años cuando la gangrena las atacó, me son suministrados un sinnúmero de
medicamento para mantener a raya la incesante agonía. Doce mil millones existimos en
estas condiciones, ese número incrementa cada día.
Enfermeras de voz tierna y sin rostro me cuidan a cada instante del día, he sido resucitado
una docena de veces, conceden cada una de mis solicitudes y caprichos. No obstante, mis
suplicas de muerte, jamás serán oídas.