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José María Linares: Dictador de Bolivia

José María Linares fue un político y caudillo boliviano que ocupó varios cargos políticos importantes como diputado, prefecto de Potosí y ministro. Fue el primer presidente civil de Bolivia y gobernó como dictador entre 1857 y 1861. Impuso el orden de manera implacable y ejecutó a varios opositores, incluyendo al fraile franciscano Juan Manuel Pórcel, lo que generó gran impopularidad hacia su gobierno.
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José María Linares: Dictador de Bolivia

José María Linares fue un político y caudillo boliviano que ocupó varios cargos políticos importantes como diputado, prefecto de Potosí y ministro. Fue el primer presidente civil de Bolivia y gobernó como dictador entre 1857 y 1861. Impuso el orden de manera implacable y ejecutó a varios opositores, incluyendo al fraile franciscano Juan Manuel Pórcel, lo que generó gran impopularidad hacia su gobierno.
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JOSÉ MARÍA LINARES

Nació en Ticala, finca de Potosí, el 10 de julio de 1808. Perteneció a la noble y acaudalada familia
de los condes de Casa Real y Señores de Rodrigo en Navarra, emparentados con la clase española.
Se educó en la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Fue su
carácter inflexible desde su juventud, una de las características de sus actos, tanto en lo personal
como en lo político. Todo ello lo puso en su actuación política en la que gastó toda su fortuna hasta
morir en la miseria. Ocupó desde su juventud cargos políticos de lustre: diputado, prefecto de
Potosí, Ministro de Estado del General Velasco, y Ministro Plenipotenciario. Le correspondió como
Ministro de Bolivia en España, firmar el Tratado en que la madre patria reconoció oficialmente la
independencia de Bolivia. A su regreso al país salió elegido diputado y a poco Presidente del Poder
Legislativo. Pronto se convirtió en uno de los caudillos más importantes de os áulicos: Ruperto
Fernandez, Manuel Antonio Sánchez y el General Achá. Murió seis meses después en su exilio de
Valparaíso (Chile) el 23 de octubre de 1861.(1)

GOBIERNO Y DICTADURA DE LINARES (1857-1861)

Esperado hace varios años y reclamado por las gentes que querían para el país “orden y justicia” -
según comenta Mesa Gisbert-, subió al poder este caudillo que fue el primer civil en el gobierno de
Bolivia. Austero y emprendedor, Linares significaba una nueva modalidad de pensamiento alejado
en principio de lo militar y buscando en el civilismo y la ley los orígenes del poder. La base de su
filosofía era el imperio de la moral en el poder, un gobierno moralista que creía en la
implacabilidad de la acción de la justicia sobre quienes transgredían la ley. Por ello -agrega Mesa
Gisbert-, atento a los sucesos precedentes en el país durante los últimos dieciocho años, a los
pocos meses de su arribo al poder el 31 de marzo de 1858, sin ningún escrúpulo ni cargo de
conciencia se declaró DICTADOR y comunicó al país que nadie podía criticar ni censurar sus actos.

Sin embargo, no tardó la oposición en volver a las rutinarias subversiones y conspiraciones contra
el gobierno de turno. En efecto, el 11 de marzo de 1858, el infatigable conspirador Mariano
Melgarejo, que había ayudado a Linares en sus andanzas revolucionarias contra los anteriores
gobernantes Belzu y Córdova, fue el primer insurrecto en Cochabamba contra el nuevo gobierno.
Sin embargo, y atribuyendo su desmán al alcohol, fue sobreseído (liberado) por el tribunal que lo
juzgó.

Fue así que el 10 de agosto del mismo año, y esta vez en La Paz, se produjo un motín en apoyo del
general Belzu por un grupo de belcistas (sus partidarios) que atacaron el palacio de gobierno,
matando a un General de nombre Prudencio. El intento fue sofocado con la muerte del Señor Justo
Quiroz. Apresados los revolucionarios fueron juzgados y condenados a muerte: el religioso
franciscano Fray Manuel Pórcel, el mayor José María Blanco, el teniente Rafael Clinger y además
tres sargentos.

El fraile fue degradado por el obispo Mariano Fernández Córdoba y, pese a numerosos pedidos de
damas del propio obispo y otras personas, se realizó la ejecución el 1º de septiembre del mismo
año. A partir de ese momento, la impopularidad del Dictador se hizo patente y el resto de tiempo
de su gobierno tuvo que enfrentar otras siete revoluciones escalonadas a través de los años 1858 a
1861.(2)

SENTENCIA Y EJECUCIÓN DEL FRAILE JUAN MANUEL PÓRCEL(*)


Dispuesto a sostener el orden público, castigando la insurgencia, el hombre enérgico ordeno la
organización de un severo proceso para establecer la culpabilidad de los comprometidos en el
motín. Un Consejo de Guerra integrado por siete militares prestigiosos y el temible fiscal, debía
juzgar a los sediciosos. Fue así que, obrando de manera diligente, éste tribunal pronunció el fallo a
los pocos días de iniciadas sus tareas, y condenaba a la pena capital a diecisiete personas, entre las
cuales se encontraban el fraile franciscano Juan Manuel Pórcel, Doña Francisca Asín, heredera de
ilustre familia y doña Juana Sánchez Zambrana, admirada por su arrogante belleza.(3)

El 31 de agosto se envió el proceso al poder ejecutivo para la sentencia definitiva. El mismo día el
Dictador convocó urgentemente al Consejo de Ministros integrado por don Tomás Frías, don
Ruperto Fernández, don Manuel Buitrago, don Lucas Mendoza de la Tapia y el general Lorenzo
Velasco Flor, tres de los cuales, los primeros -según nos relata Alcázar-, se pronunciaron por la pena
de muerte, en breve debate en el que se impuso el criterio del inflexible Dictador.

La sentencia fatal recayó en el padre Pórcel, el sargento mayor José María Blanco, el teniente
primero Rafael Clinger, los sargentos Félix Salvatierra, Eustaquio Cabero y el comandante Manuel
Pacheco, nombre éste que no figuraba en la lista trágica enviada por el Consejo de Guerra (y que
posiblemente haya sido impuesto por libre arbitrio del Dictador, según se puede apreciar). Todos
ellos, decía la sentencia “serán puestos a disposición del Comandante General para que sean
pasados por las armas en la forma ordinaria, a horas diez del día de mañana, en el mismo lugar
donde se perpetró el delito…”. A los otros condenados -las dos mujeres entre ellos- “deseando el
Gobierno economizar sangre”, les conmutaba la pena de muerte por los años de reclusión, según
nos detalla el citado autor.

Es la ley del fuerte. En la historia de todos los tiempos -reflexiona Alcázar-, el vencedor se arroga el
derecho de juzgar, castigar, condenar, matar, a los que han perdido la partida en ese juego de azar
de las contiendas políticas que tiene su moral y justicia convencionales: de un lado aparecen los
justos, los limpios, los puros, los patriotas; esos son los vencedores. Del otro lado, están los
criminales, los réprobos, los traidores, es decir, los vencidos. Las sentencias de muerte produjeron
honda consternación. Sin embargo, Linares se mantuvo inflexible, sordo a los pedidos de
clemencia, amurallado en la soledad de su despacho cerrado a toda intercesión. Era su propósito -
según criterio de Alcázar- sentar el precedente ejemplarizador para curar el mal endémico de las
mal llamadas revoluciones, motines cuarteleros que tenían por objeto dar paso a mandones
ignaros y audaces que surgían de las cartucheras de los soldados, trampolín para alcanzar en esas
épocas, el primer puesto público del país.(4)

Referencias:

1) MESA, José; GISBERT, Teresa y MESA GISBERT, Carlos D. “Historia de Bolivia”. Segunda Edición
corregida y actualizada. La Paz (Bolivia): Editorial Gisbert y Cía., S.A., 1998. Pág. 391.

2) MESA, José; GISBERT, Teresa y MESA GISBERT, Carlos D. Obra Citada. Pág. 393.

(*) Para brindar mayores detalles acerca de los sucesos que sobrevinieron a ésta insurgencia en
contra del Dictador, hemos creído pertinente consultar la obra “Páginas de Sangre” del historiador
Moisés Alcázar, que precisamente nos brinda interesantes datos acerca de la sentencia y ejecución
de aquellos que intervinieron en aquella ocasión, todo lo cual lo resumimos en éste acápite.

3) “Inusitado fue el revuelo en las esferas sociales al conocer la draconiana sentencia, asentada en
confesiones arrancadas entre angustias de muerte y tormento. ¿Se derramaría la sangre de un
sacerdote ungido por los óleos sagrados? Nadie quería creerlo. Esa sociedad apegada a la fe
religiosa, suponía al representante de Cristo fuera del alcance de las pasiones terrenas.” (ALCÁZAR,
Moisés. “Páginas de Sangre. Episodios trágicos de la Historia de Bolivia”. Quinta Edición. La Paz
(Bolivia): Editorial Juventud, 1988. Pág. 69).

4) ALCÁZAR, Moisés. Obra Citada. Págs. 69-70.

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