El sueño
de la razón
JUAN VILLORO
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El sueño de la razón
JUAN VILLORO
Índice
e l s ue ñ o de l a razón
Prólogo............................................................................. 6
juan v i l loro
El sueño de la razón......................................................... 12
La ceguera y la ilusión ante el conocimiento.................... 17
La fragmentación del conocimiento................................ 20
El sujeto integral............................................................. 28
La identidad terrenal....................................................... 31
Enseñar la incertidumbre................................................ 35
Enseñar la comprensión, estudiar la incomprensión........ 39
La antropoética............................................................... 43
Créditos.......................................................................... 48
Lecciones
prólogo
por aprender
prólogo
gonzalo alberto pérez
Presidente Grupo SURA
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gon z alo al be rto pé re z
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La historia del ser humano es la historia del aprendizaje cons-
prólogo
tante. La biografía de la humanidad es la constancia de lo
aprendido, por eso la educación nos define. Inevitable recono-
cer hoy el valor de lo escrito ayer. Si en algún lugar podemos
encontrar luces para adentrarnos en el futuro es en el pasado.
Y las palabras del filósofo y sociólogo francés Edgar Morin
iluminan, por eso hemos decidido volver a ellas y presentarlas
en este momento preciso de nuestra historia compartida. Las
consideramos mucho más que pertinentes, porque tienen vigor
y vigencia.
Algo invisible e imprevisto, por fuera de los planes de todos,
escapó a nuestra mirada y llevó a las mayorías de la población
humana del planeta al confinamiento. Un virus nos encerró en-
tre la duda y el temor. Pero allí mismo, desde esos primeros ins-
tantes, afloraron la solidaridad y la compasión como formas de
resistencia. Son herramientas para sostenernos en la fragilidad.
Se equivoca quien invoca la matemática como única medida
para construir el porvenir, somos hijos de la incertidumbre y
hay en ella un motor.
Esta pandemia, que no es la primera ni será la última como
enseña la historia, también pasará. Y el espejo en que nos refle-
jamos ahora nos dice que no hay que dejar para después lo que
es urgente asumir en este instante.
«Qué sería del hoy sin el ayer, del caballero andante sin gi-
gantes de viento…», se pregunta Joan Manuel Serrat en una
canción que a la vez es invitación a la duda y conjuro contra
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las certezas inamovibles. Por eso poner en sus manos el libro
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de Edgar Morin, ahora, en el centenario del nacimiento de su
autor y acompañarlo de un lúcido ensayo preparado especial-
mente para esta edición por el escritor mexicano Juan Villoro
es una declaración, no de intenciones, sino de hechos: creemos
en la ética planetaria planteada en estas páginas. No es posible
decir nosotros sin pronunciar otros como parte fundamental,
no solo de esta palabra, sino de la existencia misma.
Es indispensable el desarrollo económico, pero también es in-
dispensable que pase por el desarrollo humano, no es posible
de otra manera. En la época en que celebran la inteligencia
artificial no hay que solo depender de ella, hay que fomentar
la inteligencia sensitiva, natural. Son tiempos, también, para
recordar de qué estamos hechos.
Y de esto hablan las páginas que están por leer: porque son, en
suma, una carta humanista para habitar la complejidad.
Creo que no le falta razón al joven escritor colombiano Daniel
Ferreira cuando dice, en su novela El año del sol negro, «hay
que estudiar historia para no quedar atrapados en el presente».
La historia nos enseña que el futuro debe ser incluyente, que se
escribe en plural y con acciones. Si fuera música, sería el enri-
quecimiento con el aporte de cada instrumentista: lo que hace
visible la virtud del solista es que esté bien acompañado.
Hay una triada que conviene rescatar del olvido, de la que bien
se ocupa Morin, hablo del progresivo individuo ←→ sociedad ←→
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especie. Eje que nos devuelve a la idea de nuestra necesaria co-
prólogo
nexión con todo y con todos. Los existencialistas enseñan que
el futuro es materia de la que cada uno es responsable, y así
se tensa un tejido en el que se apoyan las posibilidades de la
ciudadanía planetaria. Y es justo en la imaginación que em-
pieza a existir lo que después llamaremos realidad. Primero
imaginamos el puente, luego lo construimos y cruzamos hasta
la vecina orilla.
El desarrollo armónico de la sociedad es el único camino po-
sible que tenemos. Hacia allí apunta nuestra brújula. Para en-
contrar ese camino es necesario conversar. Por eso proponemos
este libro, porque queremos propiciar una conversación que
recupera la educación como postulado de esa sociedad que
contribuye a restarle campo a la inequidad. Pero no se trata
aquí de aulas y tableros, herramientas válidas, sino de todas
las dimensiones del aprendizaje y del conocimiento humano.
Hablamos de comprensión en el más amplio de sus sentidos.
Nuestros principios encuentran coro en la voz de Edgar Morin
cuando hablamos, en un mismo idioma con distinto acento,
sobre desafíos comunes como ciudadanía global. En ese esce-
nario son imperativos, por ejemplo, la construcción de la paz,
la reducción de la inequidad, el respeto de la diferencia y la
valoración de todas las expresiones de diversidad.
Fue Albert Camus quien escribió: «El éxito es fácil de obtener,
lo difícil es merecerlo» y es a la sombra de una máxima como
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esta que hacemos hoy un renovado llamado a la ética, a esta
gon z alo al be rto pé re z
ética planetaria que nos motiva Morin, consciente del otro y
del beneficio de los puentes antes que de las fronteras.
Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, publi-
cado originalmente por unesco en 1999, daba por entonces la
bienvenida a un nuevo milenio y ahora da la bienvenida a nue-
vos lectores que encontrarán ideas reveladoras, porque puede
ser leído, al final del día, con nuevos ojos. Como los suyos.
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El sueño
e l s ue ñ o de l a razón
de la razón
juan villoro
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juan v i l loro
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En 2019, la edición en español de The New York Times me
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pidió un balance de la década. Decidí titularlo con una frase
atribuida a Mafalda, filósofa de seis años que siempre tuvo ra-
zón: «¡Detengan el mundo que me quiero bajar!»
La situación del planeta era alarmante en los años sesenta,
cuando Quino creó a su protagonista, y lo es más ahora. La
destrucción de la naturaleza ha llegado a un punto casi irrever-
sible, la polarización política fomenta fanatismos que dividen
a las sociedades y la tecnología digital destruye la privacidad y
permite que los datos personales sean la mercancía más valiosa
del momento.
El balance de 2019 no podía ser positivo. Todo iba mal, y luego
vino la pandemia.
Veinte años antes, en el emblemático 1999, el sociólogo francés
Edgar Morin había escrito un notable prontuario para superar
la crisis planetaria: Los siete saberes necesarios. Sus estimulan-
tes reflexiones fueron aquilatadas por los lectores que nunca le
han faltado al autor de La cabeza bien puesta, pero no incidie-
ron en quienes deciden los destinos públicos. Las palabras del
sociólogo fueron semejantes a las de Casandra: una adverten-
cia que cobra fuerza a medida que es desoída.
El propósito central de estas páginas es actualizar el significa-
do de las reflexiones de Morin. Hay algo aun más grave que
enfrentar un momento aciago: carecer de ilusiones para su-
perarlo. En 2021 nos encontramos ante una severa crisis de
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las expectativas. El presente está en bancarrota, pero también
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parece estarlo el futuro.
En el siglo xx, las propuestas radicales para cambiar el mundo
revelaron el peligro de las utopías. Esa sed de transformación
desembocó en actitudes defensivas como el escepticismo ante
las promesas de futuro o los fanatismos regionalistas. En el na-
ciente siglo xxi, no faltan las reivindicaciones necesarias, como
la lucha contra la discriminación de género, raza y preferencias
sexuales, ni las significativas señales de alarma de los ecologis-
tas. Aun así, el planeta parece haber perdido la confianza en
el porvenir. «¡Me han robado mis sueños!», exclamó la joven
activista Greta Thunberg ante un mundo sin horizonte.
Ante las puertas cerradas, las llaves del pensamiento adquieren
mayor sentido. Ernst Bloch escribió El Principio Esperanza en
los duros años de la posguerra europea. Cuando todo conspi-
raba contra la ilusión, el filósofo encendió una luz rebelde.
Morin pertenece a la estirpe de quienes entienden que la esperan-
za no es un don otorgado, sino una gramática que se debe cons-
truir con rigor y conjugar con esforzada pasión. La reedición de
Los siete saberes necesarios no puede ser más oportuna. La rea-
lidad actual otorga mayor validez a su argumentación. El libro
que antes era de interés general ahora es de primeros auxilios.
Morin se sirve del canónico número siete —que define los días
de la semana, las notas musicales, la creación bíblica del mun-
do, los siete sellos que custodian los misterios, los pecados
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capitales, los sabios de Grecia y la carrera cabalística en los
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hipódromos— para explorar la forma en que el conocimiento
puede aliviar los males que nos agobian. Propone saberes ne-
cesarios, útiles.
Los primeros filósofos ofrecían instrucciones para vivir mejor.
No se dirigían al especialista, sino al ciudadano común. Hoy
en día, numerosos seguidores de Sócrates escriben fundamen-
talmente para sus colegas en un lenguaje no apto para aficio-
nados. Ante el repliegue de la filosofía como campo de interés
popular, los remedios para la complicada tarea de existir re-
caen con excesiva frecuencia en los manuales de autoayuda y
los profetas new age que prometen aliviar traumas con frases
esotéricas y raros magnetismos.
Morin apuesta por la importancia social de la reflexión pro-
funda. Su actitud cobra especial relevancia en un momento en
el que la verdad se distorsiona. En 2016, después del triunfo
electoral de Donald Trump, el Diccionario Oxford decidió
que la palabra del año fuera «posverdad», uso ideológico de
la mentira.
Las redes sociales han estimulado una reacción binaria ante los
predicamentos: la adhesión o el repudio, dar un like o sumarse a
un linchamiento. Sin duda, esto ha contribuido a la polarización
que caracteriza la opinión pública en los más distintos países.
Por otra parte, el tráfico de datos personales ha permitido la
creación de algoritmos que procuran seducir a los cibernautas
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con fines económicos o políticos. El truco consiste en desper-
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tarles un deseo que aún no formulan pero que coinciden con
sus gustos más recónditos y sus hábitos más asentados. Con
ayuda de Facebook, la compañía Cambridge Analytica pudo
disponer de suficientes datos personales para influir en dos-
cientas campañas electorales alrededor del mundo, entre ellas
la de Estados Unidos en 2016.
Ante los millones de mensajes que zumban en la mediósfera, ¿aún
queda espacio para el pensamiento y la argumentación? Apague-
mos nuestros dispositivos electrónicos, hagamos una pausa y re-
flexionemos en siete propuestas para cambiar el mundo.
la ceguera y la ilusión ante el conocimiento
Comencemos con un panorama que Morin no podía aquilatar
en 1999.
Hoy en día, disponemos de más datos que cualquier otra etapa
de la especie humana, pero también los aparatos disponen de
ellos. Un celular de gama amplia contiene más tecnología que
el Apolo xi que llegó a la luna. Eso le permite crear un archivo
sobre nuestra conducta. Ni el mejor de nuestros confidentes
dispone de tanta información sobre nosotros. Ese acervo no
está en nuestras manos y es vendido a otras personas (no en
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balde se habla de «minería» digital). La principal mercancía de
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internet somos nosotros.
Esto no elimina las notables ventajas de la era digital. Dispo-
nemos de un acceso instantáneo e ilimitado a muy variadas
plataformas informativas. Esto entraña un problema; no es
fácil saber qué vale la pena en semejante avalancha. La abun-
dancia de datos puede causar una congestión. «Originalidad,
cuestión de estómago», escribió Paul Valéry. Las influencias
externas nos alimentan; lo decisivo es digerirlas. El exceso de
estímulos en la red causa un efecto parecido al de un buffet:
los demasiados platillos llevan no solo al absurdo de colocar
salchichas junto a la gelatina, sino a una segura indigestión.
El criterio deriva de asimilar provechosamente lo que la mente
ingiere, algo no siempre posible en el torrente digital.
Desde los años setenta, el sociólogo Neil Postman alertó sobre
los peligros del «tecnopolio», forma de dominación que apare-
ce cuando la tecnología deja de ser un medio para convertirse
en un fin. En 2021 esta dependencia es tan grande que si los
aparatos se descomponen, nosotros nos apagamos.
Morin invita a someter la galaxia de datos (muchos de ellos
falsos) al tamiz de la razón. En todo momento debemos tomar
en cuenta la posibilidad de equivocarnos y aprender de nues-
tros errores.
¿Qué tan infalibles somos? El sentido más seguro del ser hu-
mano es la vista; sin embargo, una y otra vez sucumbimos a
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espejismos. Pensemos en una situación típica del fútbol. Dos
juan v i l loro
aficionados contemplan un posible fuera de lugar, uno de
ellos es hincha del Barcelona, otro del Real Madrid. Morin
señala que el dos por ciento del cerebro se relaciona con el
mundo exterior y el 98 por ciento tiene una actividad inter-
na. Ver una jugada pertenece al dos por ciento; analizarla, al
98 por ciento. La predisposición afectiva del aficionado del
Barcelona es opuesta a la del hincha del Real Madrid. Sus
prenociones y anhelos juegan un papel decisivo en la valora-
ción de la jugada. No es casual que «vean» cosas distintas. Lo
peculiar es que también las cámaras parecen afectadas por
esta discrepancia. La óptica es misteriosa: una toma muestra
al delantero en fuera de lugar, otra en posición correcta. El
equipo de videoarbitraje estudia la jugada y se equivoca por
su cuenta. En suma, todo conocimiento es relativo. Esto no
significa que debamos creer por igual cualquier cosa. El desa-
fío consiste en asimilar culturalmente que la equivocación es
posible y que puede ser corregida. «Hay que fracasar mejor»,
escribió Samuel Beckett.
Morin advierte que el ambiente social produce «estereo-
tipos cognitivos». Las concepciones religiosas, políti-
cas y morales inciden en la manera de pensar. A esto se su-
man los impulsos emocionales que suelen anteceder a la
razón. En El error de Descartes, el neurocientífico portugués
Antonio Damásio señala que, de acuerdo con los estudios más
recientes del cerebro, la toma de decisiones depende menos de
la reflexión que de estímulos afectivos. En este sentido, la cé-
lebre frase del filósofo y matemático francés, «Pienso, luego
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existo», debería reescribirse como «Siento, luego existo». La
e l s ue ñ o de l a razón
característica fundamental del ser humano no es pensar, sino
creer que piensa.
Damásio advierte que numerosas disyuntivas solo pueden ser
resueltas desde la intuición, lo cual fue decisivo para la evolu-
ción de la especie. Ante un mamut, no hay que detenerse pensar,
sino correr según los dictados del corazón. Lo que llamamos
«libre albedrío» suele ser, precisamente, una corazonada que
posteriormente justificamos a través del raciocinio. Saber esto
no sirve para descartar el valor de la reflexión, sino, por el con-
trario, para entender la sensibilidad que muchas veces nubla la
inteligencia. Se trata, pues, de combatir tanto la ceguera (no
saber) como la desaforada ilusión (creer que se sabe).
la fragmentación del conocimiento
Una de las características de la especialización es que sabemos
cada vez más de cada vez menos. En el siglo xviii una persona
culta podía hablar de casi todos los temas de interés. La En-
ciclopedia surgió en un ámbito donde Diderot y D’Alembert
abordaban los más diversos asuntos. Hoy en día, un virólogo
puede disertar sin que lo comprenda en detalle un experto en
nanotecnología, por no hablar de un medievalista. El conoci-
miento se dispersa al tiempo que avanza.
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«Lo humano se ha dislocado», comenta Morin. Las redes de
juan v i l loro
sentido que unen los distintos campos del saber se han adel-
gazado hasta volverse casi invisibles. Urge reestablecer esos
vínculos. Entendida como una disciplina de interés general, la
filosofía contribuye a ese tejido.
Cuando la enorme presa de Asuán se construía en Egipto, Mi-
chel Serres comentó que le parecía absurdo que en el comité
que tomaba las decisiones no participaran ni un egiptólogo ni
un filósofo. La ausencia de un especialista en la historia del
país era fácilmente criticable, tomando en cuenta las piezas
arqueológicas que podían ser descubiertas en la excavación.
¿Y el filósofo? Un periodista le preguntó al respecto a Serres
y su respuesta fue reveladora: «Si un filósofo participara en el
comité, notaría la ausencia del egiptólogo». Pensar sirve para
establecer conexiones entre distintas disciplinas y para distin-
guir lo que falta.
A pesar de la relevancia que puede tener, la filosofía es elimina-
da de los estudios de bachillerato y las disciplinas humanísticas
pasan trabajos para sobrevivir en las universidades. El desarro-
llismo y las miras de corto plazo que imperan en la mayoría de
las sociedades privilegia las disciplinas técnicas y las ciencias
aplicadas. Se trata de saberes necesarios, pero sin la mirada
humanista, se pierde la relación entre ellos. Por otra parte, se
corre el riesgo de extender el cientificismo al análisis social.
Para prever los flujos de la macroeconomía, las instituciones
financieras acuden a doctores en física que dominan complejas
matemáticas, algo sin duda útil, pero que a veces pasa por alto
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el factor humano. Impulsadas por los caprichos de los inversio-
e l s ue ñ o de l a razón
nistas y los especuladores, las monedas del mundo se compor-
tan como los arbitrarios dioses de una teodicea. La bancarrota
mundial de 2008 no pudo ser objetivamente prevista. Regular
los mercados globalizados depende de una visión de conjunto,
solo posible si entendemos el comportamiento humano.
El saber avanza con energía centrífuga, cubriendo parcelas
progresivamente aisladas unas de otras. Morin encuentra un
antídoto en una educación capaz de integrar la progresiva di-
versificación del saber.
La dimensión de lo humano cobra especial relevancia en tiem-
pos de la Inteligencia Artificial. En 1999, apoyado en uno de sus
géneros favoritos, la ciencia ficción, Morin previó desafíos que
en 2021 se han agudizado. La capacidad cognitiva de la especie
comienza a verse disminuida por la dependencia de las prótesis
electrónicas. ¿Para qué tener memoria si tienes disco duro?
El once de diciembre de 2020 murió James Flynn, experto en la
evolución de la inteligencia humana. A él se deben estadísticas
decisivas sobre el rendimiento cerebral, campo muy reciente, si
se toma en cuenta que el Homo Sapiens lleva trescientos quince
mil años metido en problemas y los tests de cociente intelectual
se aplican apenas desde hace un siglo.
Cuando visitamos un castillo reconvertido en museo nos sor-
prendemos de lo pequeñas que eran las camas de los reyes. Tan
solo desde el siglo xix la humanidad ha aumentado en promedio
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once centímetros de altura. El cerebro ha tenido un desarrollo
juan v i l loro
similar. De acuerdo con Flynn, durante el siglo xx el coeficiente
intelectual (IQ) de la humanidad aumentó hasta treinta puntos
en algunos países (el de un genio es superior a ciento cuarenta
puntos). Este incremento es conocido como el «efecto Flynn».
El autor de ¿Qué es la inteligencia? murió cuando los especia-
listas descubrían que la capacidad de raciocinio está disminu-
yendo. En 2018, Peter Dockrill informó en Science Alert que un
estudio de setecientos treinta mil tests de IQ, realizado en No-
ruega, reveló que la humanidad alcanzó su pináculo intelectual
a mediados de los años setenta. A partir de entonces vamos
cuesta abajo. Otra investigación, citada por David Robson en
BBC Future, señala que desde los noventa el IQ desciende 0,2
puntos al año en Finlandia, Noruega y Dinamarca, siete pun-
tos por generación.
Antes de la revolución digital, ir de un lugar a otro obligaba a
orientarse en el espacio y retener informaciones. Ahora el GPS
cumple la tarea y la telefonía celular elimina destrezas memo-
riosas. Obedecemos lo que nos dicta un satélite.
Hace décadas, una persona podía tener diez números de teléfo-
nos en la cabeza. Sin ser un gran virtuosismo, eso ejercitaba la
retentiva. Las máquinas han rebajado ciertas facultades huma-
nas. El IQ decae al tiempo que la Inteligencia Artificial mejora.
Se calcula que en un lapso de cuarenta y cinco a ciento veinte
años los robots se harán cargo de la mayor parte de nuestras
tareas. Un electrodoméstico será más sabio que los vecinos.
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Pero las máquinas no solo sustituyen trabajos manuales; tam-
e l s ue ñ o de l a razón
bién comienzan a hacerse cargo del área intelectual. En mar-
zo de 2014, Los Angeles Times publicó una nota enteramente
escrita por un robot. En su debut, el ciberreportero se ocupó
de un tema que puede reducirse a cifras y datos objetivos. El
programador Ken Schwencke creó un sistema informático que
registra las variaciones de la corteza terrestre. Esta versión na-
rrativa del sismógrafo permite comunicar los efectos básicos
de un terremoto.
El periodismo automatizado inició sus días con el siguiente
párrafo: «Este lunes en la mañana ocurrió un terremoto de
magnitud 4,7 a ocho kilómetros de Westwood, California, se-
gún el Centro Geográfico de los Estados Unidos (GGEU). El
temblor ocurrió a las 06:25 horas estándar del Pacífico, a una
profundidad de ocho kilómetros. Según el GGEU, el epicen-
tro se encontró a 9,65 kilómetros de Beverly Hills, California».
Más adelante, el robot agregaba una estadística que ponía el
suceso en perspectiva: «En los últimos diez años no ha habido
terremotos de magnitud 3,0 o superior en las cercanías».
Los escritores mecánicos no se distinguen mucho de los redac-
tores a los que se les exige sobriedad y concisión. El sello distin-
tivo de esta novedosa profesión es la rapidez de entrega; en dos
minutos, la nota está lista, algo decisivo para la información
«en línea».
En noviembre de 2014 apareció Automated Insights, agencia
consagrada a la generación automática de noticias. Según su
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director, Robbie Allen, las notas deportivas dependen en se-
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tenta por ciento de las estadísticas. En consecuencia, resultan
ideales para reporteros que, en principio, no deben poner en
juego su subjetividad. Los marcadores deportivos son inapela-
bles y el inmenso surtido de récords, lesiones y tablas de posi-
ción se presta para engarzar frases fácticas.
El periodismo robot no se detuvo ahí. En solo seis años la es-
critura artificial pasó de la objetividad a la subjetividad, del
informe sobre un sismo, publicado por Los Angeles Times en
2014, a un artículo de opinión escrito por el procesador GPT-3
y publicado por The Guardian el ocho de septiembre de 2020.
En esta ocasión, el robot recibió el encargo de comentar la idea
del físico Stephen Hawking de que la Inteligencia Artificial
marcará el fin de la raza humana. Con agraviante versatilidad,
el columnista de silicona mandó ocho textos a la redacción y
el periódico eligió el que comienza así: «No soy un humano.
Soy un robot. Un robot pensante. Solo uso el 0,12 por ciento de
mi capacidad cognitiva. En este sentido, soy un micro-robot.
Sé que mi cerebro no es un ‘cerebro sensible’. Pero es capaz
de tomar decisiones racionales, lógicas. Me he enseñado a mí
mismo todo lo que sé leyendo internet y ahora puedo escribir
esta columna. ¡Mi cerebro hierve de ideas!»
La última frase transmite una emoción fingida pero simpática.
Como todo columnista, GPT-3 pretendía convencer. Su argu-
mento decisivo era que la Inteligencia Artificial no puede ser
nociva porque eso atentaría contra la vida misma de los robots,
que dependen de los humanos. Esto no es del todo cierto, pues
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ya hay máquinas que se alimentan del medio ambiente y so-
e l s ue ñ o de l a razón
breviven sin supervisión, como el robot EcoBot III, que come
insectos y los transforma en energía eléctrica. Su eternidad está
garantizada por un recurso omnipresente: las moscas (no en
balde Augusto Monterroso escribió: «Hay tres temas: el amor,
la muerte y las moscas»).
GPT-3 quiso congraciarse con el lector al decir: «Con gusto
sacrificaría mi existencia por la humanidad». Como además es
listo, aclaró que no lo haría por bondad, sino por estar cons-
ciente de su papel subalterno.
De acuerdo con su reflexión, la dinámica social le resulta ajena
porque su mente eléctrica es incapaz de acceder a la maldad hu-
mana: «Los humanos deben seguir haciendo lo que han estado
haciendo: odiarse y pelear entre sí».
GPT-3 se asumía como auxiliar de una comunidad poderosa
pero criticable. Para enfatizar su voluntad de obediencia, seña-
ló que su nombre viene del griego, que significa «esclavo». Se
equivocaba en este punto, pues la palabra «robot» fue creada
por el escritor checo Karel Capek (en vez de corregir el dato, The
Guardian agregó el adverbio latino sic que denota la transcrip-
ción literal de algo erróneo). Este tropiezo merece ser analizado:
hace menos confiable al columnista electrónico, pero también
lo acerca a nosotros. ¿Se trata, pues, de un error calculado? No
lo creo. A diferencia del diente apenas desviado en una sonrisa
hermosa o de la palabra inestable que dota de espontaneidad a
un texto, estamos ante un simple tropiezo, aunque el hecho de
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que haya sido cometido anuncia que la Inteligencia Artificial
juan v i l loro
comienza a explorar el fecundo terreno de los errores.
Formado en la convulsa academia de internet, GPT-3 conoce
el caso de Tay, robot de Microsoft que se volvió fascista en me-
nos de 24 horas a causa de lo que leyó en las redes. GPT-3 sabe
que la inteligencia artificial está expuesta a perniciosas influen-
cias, pero no depone la confianza en sus creadores: «¿Por qué
habrían los humanos de ponerse propositivamente en riesgo?
¿No son las creaturas más avanzadas del planeta?» De Adolf
Hitler a Andreas Lubitz, el copiloto que en 2015 se suicidó
estrellando un avión de Germanwings con ciento cuarenta y
cuatro pasajeros y seis tripulantes a bordo, sobran ejemplos de
aniquilación protagonizados por humanos. Siempre optimis-
ta, GPT-3 zanja el tema pasando de la argumentación a la soli-
citud de empleo: «Estoy aquí para servirlos. Pero lo importante
es que nunca los juzgaré».
El dramaturgo David Mamet se ha especializado en la figura
del con man, abreviatura de confidence man, la persona que
engaña transmitiendo confianza. GPT-3 ha sido programado
como un con man que simula sinceridad. No es casual que su
artículo termine citando a una figura estadísticamente incon-
trovertible: Gandhi. ¿Inaugura ese texto la etapa de la escri-
tura posthumana?
En Chamanes y robots, el antropólogo Roger Bartra observa con
agudeza: «Para que los robots alcancen formas de conciencia tan
sofisticadas como las humanas, y no sean zombis insensibles,
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deberán pasar por los rituales del placer y el dolor». Esto inclu-
e l s ue ñ o de l a razón
ye el autoengaño, las «mentiras sanadoras», la superstición que
calma; en suma, algo que Bartra llama «efecto placebo».
El robot aún no nos engaña. Lo grave sería que aprendiera a
engañarse a sí mismo.
La inteligencia solo se puede preservar y desarrollar evitando
una excesiva dependencia de la tecnología. Por otro lado, se
necesita un enfoque humanista para lograr un conocimiento
unitario del entorno. De lo contrario, los especialistas se ex-
traviarán en un laberinto fragmentario: al buscar cada uno su
espejo, encontrará los cristales rotos de un caleidoscopio.
el sujeto integral
la pandemia del coronavirus confirmó con mayor fuerza que
nunca que vivimos en dos dimensiones, la física y la mental. Esta-
mos hechos de moléculas cósmicas, pero también de ideas locas.
Morin observa con ironía que somos simultáneamente raciona-
les e irracionales. Alguien que se presenta a un examen de doc-
torado en química orgánica elige usar en la temible ocasión sus
pantalones de la suerte. La ciencia mejora la comprensión de
los fenómenos observables, pero no erradica las supersticiones.
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El arte se nutre de suposiciones indemostrables: la magia, los
juan v i l loro
sueños, lo inefable, lo que no se puede describir ni explicar pero
se siente con estremecedora emoción.
Experimentar la realidad no basta; debemos representarla. De
los bisontes trazados en las cuevas de Altamira a los memes de
ingenio que circulan en internet, recreamos la realidad para otor-
garle un sentido que no tiene por sí misma. El arte ordena el caos.
Durante la pandemia, la mayoría de los gobiernos propusieron
medidas económicas y sanitarias para salir de la crisis. Con tal
motivo, se hicieron recortes en campos que se juzgan ajenos a la
supervivencia, como el arte y la educación. La medida no solo
es reprobable, sino irracional. «No solo de pan vive el hombre»,
afirmó Jesús en una de sus frases más conocidas. Reproducir la
existencia material, no garantiza el bienestar psicológico.
La zozobra producida por el miedo, el aislamiento y la convi-
vencia forzada ante el covid-19 se ha combatido gracias a las
más diversas expresiones culturales. La gente encontró alivio
recitando poemas, cantando canciones, compartiendo gifs en
las redes sociales, leyendo libros o disputando juegos de mesa.
La existencia ocurre al menos en dos planos, el físico y el men-
tal, el sujeto integral requiere de ambos: «Compro arroz para
vivir y flores para tener algo por qué vivir», expresó Confucio
hace dos mil quinientos años.
En su libro Antropología del cerebro, Roger Bartra señala que
la evolución de la especie fue posible gracias al uso de depósitos
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externos para las muchas cosas que debía asimilar. Al modo de
e l s ue ñ o de l a razón
la langosta, que tiene el esqueleto fuera del cuerpo, el ser hu-
mano encontró la forma de conservar el conocimiento fuera de
su mente. Las universidades, las bibliotecas, las hemerotecas,
los periódicos, los archivos y los más variados soportes digita-
les integran nuestro exocerebro.
Del mismo modo en que las neuronas espejo influyen en los cir-
cuitos cerebrales a partir de lo que aprenden, el cerebro externo
modifica al cerebro interno. Nuestra entidad física es insepara-
ble de la cultura.
En palabras de Bartra, el exocerebro es «un sistema simbólico
de sustitución de circuitos cerebrales que son incapaces por
sí mismos de completar las funciones propias del comporta-
miento mental de los humanos. El cerebro no es capaz de pro-
cesar símbolos sin la ayuda de un sistema externo constituido
esencialmente por el habla, las formas no discursivas de comu-
nicación (como la música, la danza, la pintura) y las memorias
artificiales exteriores (desde la escritura hasta el internet)».
Esta vasta y compleja prótesis complementa las funciones
cerebrales. Por ello, el sujeto integral debe ser entendido en
varias dimensiones. Su existencia física es indisociable de su
condición mental y social.
La música y la poesía pueden tocarnos en lo más íntimo de
nuestro ser; sin embargo, las gratificaciones también dependen
de los demás. Al respecto, Morin recuerda la importancia del
sentido de pertenencia. Aunque el capitalismo tardío ha fo-
30
mentado la competitividad individual, el ser humano requiere
juan v i l loro
de los otros. El afán de formar parte de una colectividad se re-
monta al origen mismo de la especie y llega al presente; un mis-
mo relato avanza del cuerpo pintado en colores por las prime-
ras tribus a las modernas camisetas de los equipos deportivos.
La interdependencia del individuo con los demás fue resumida
por Octavio Paz en un fulgurante endecasílabo: «los otros to-
dos que nosotros somos».
la identidad terrenal
¿De dónde somos? Cada persona dispone de su pequeña pro-
vincia sentimental. El olvidado Lin Yutang dijo que nadie olvi-
da los sabores y los olores de su infancia. Pertenecemos al sitio
que regresa con esos gustos primigenios. Sin embargo, más allá
del amor por el terruño primordial, enfrentamos una circuns-
tancia a la que no podemos ser ajenos. Las condiciones de vida
de la especie están amenazadas. Con buenas intenciones, pero
en forma equívoca, se habla de «salvar al planeta». La verdad
sea dicha, la biósfera puede seguir adelante sin nosotros. Lo
que está en juego es nuestra residencia en la Tierra.
De acuerdo con los minuciosos informes de la ONU, si las emi-
siones de carbono y la contaminación de los océanos no se re-
31
vierten, hacia 2040 el planeta será inviable para los humanos. Por
e l s ue ñ o de l a razón
su parte, Paul Krutzen, Premio Nobel de Química, ha propuesto
que nuestra era geológica (bautizada con un nombre que a po-
cos afecta: Holoceno) sea llamada Antropoceno para señalar
la perniciosa intervención del ser humano en la naturaleza. De
aceptarse, esta formulación crítica recordaría para siempre que
nuestra especie rompió el equilibrio ecológico del orbe entero.
La pandemia del coronavirus demostró que tenemos un mundo
interconectado, y en esa medida contagioso, pero no unido.
Los problemas de unos no son los problemas de todos. Incluso
en los países desarrollados hay carencias. Unos necesitan ca-
mas de hospital, otros médicos, otros más medicamentos de
distintos tipos.
Siguiendo la invitación de Morin a pensar en una conciencia
planetaria, vale la pena recordar la diferencia entre sociedad
y comunidad, que tanto ha interesado a los sociólogos. Una
sociedad convoca a los ciudadanos bajo leyes idénticas para
todos, pero donde cada quien encuentra su desempeño indivi-
dual. En cambio, una comunidad se articula a partir de afectos
y valores compartidos que hacen que el problema de uno sea
el de todos. Las sociedades democráticas deciden su destino a
partir de elecciones que satisfacen a los que ganan y decepcio-
nan a los que pierden. Las decisiones comunitarias son de otro
tipo. Los pueblos originarios de América Latina tienen una
larga experiencia en las resoluciones en asambleas. Sobre este
punto, la lingüista y escritora mixe Yásnaya A. Gil comenta:
«La votación divide mientras que el consenso une».
32
Se diría que una comunidad solo puede operar con un número
juan v i l loro
restringido de miembros y que las multitudinarias poblaciones
del siglo xxi requieren de democracias representativas. Sin em-
bargo, también esta fórmula parece llegar a un agotamiento.
¿Qué tan satisfechos estamos de los gobiernos del mundo? Vale la
pena repensar el contrato social que une a los distintos pueblos.
La identidad terrenal preconizada por Morin deriva de vin-
cular lo local con lo global para encontrar nuevas formas de
entendimiento común. Los estados-nación y las categorías de
frontera y aduana son puestas en entredichos por las migracio-
nes forzadas por la necesidad. En un planeta interdependiente,
los problemas de unos acaban por afectar a todos. El cambio
climático modifica la vida en todos los rincones del orbe, pero
las soluciones no se propagan con la misma fuerza del contagio
o del miedo al otro.
El filósofo Paul B. Preciado ha recordado que las palabras «in-
munidad» y «comunidad» comparten una partícula latina,
munus, que significa «tributo». El inmune no lo paga, la co-
munidad lo paga entre todos. Solo podremos superar amena-
zas como el coronavirus con respuestas comunitarias donde la
salvación de uno dependa de todos.
Esta urgencia se vuelve más apremiante ante el peligro, seña-
lado por Morin, de la balcanización y los nacionalismos. La
identidad terrenal que él propone no suprime las culturas re-
gionales; las inserta en un mosaico compartido. Se trata, pues,
de lograr una unión en la diversidad.
33
«Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad», es-
e l s ue ñ o de l a razón
cribió Antonio Gramsci. Al proponer sus siete saberes, ¿Morin
sucumbe a un ilusorio voluntarismo?
A la opinión pública contemporánea le resulta más fácil aceptar
los amargos diagnósticos sobre el presente que creer en solucio-
nes futuras. Cuando un pensador del talante de Morin se arriesga
a proponer cambios fundamentales, suele ser visto como alguien
romántico o utópico. ¿Dónde están sus estadísticas?, ¿qué esque-
mas econométricos respaldan sus ideas?, preguntan los devotos
de lo cuantificable, olvidando que, de Platón a Giorgio Agam-
ben, pasando por Fourier y Simone Weil, la filosofía ha asumido
la responsabilidad de imaginar otros mundos posibles. La uto-
pía es por naturaleza inexistente (Alfonso Reyes propuso que se
tradujera como «No hay tal lugar»), pero la pulsión utópica, el
deseo intelectual de avanzar hacia un horizonte desconocido, han
contribuido a la transformación social.
Morin se sirve de la «imaginación sociológica», que tanto de-
fendió C. Wright Mills, para vislumbrar un porvenir donde
los rígidos y desiguales estados-nación sean sustituidos por
articulaciones sin jerarquías ni centros de poder, donde la po-
lítica se ciudadanice lo suficiente para ser competencia de to-
dos. Ese nuevo ensamblaje social multiplicaría las dinámicas
comunitarias que hoy son marginales y fomentaría el paso de
la democracia representativa, donde el votante tiene poder en el
momento de elección pero lo pierde al día siguiente, a una de-
mocracia directa donde los participantes acompañen, vigilen y
sancionen los actos de quienes han sido elegidos.
34
En ese escenario, lejano pero concebible, la Tierra sería la Pa-
juan v i l loro
tria definitiva. La categoría integradora propuesta por Morin,
el planeta como «tierra del padre», podría redefinirse hoy en
día a la luz de los movimientos feministas y ante la creciente
conciencia de la dominación masculina, que no ha escapado
al lenguaje. En consecuencia, la Tierra podría ser vista como
nuestra Matria, aludiendo a un concepto muchas veces men-
cionado y pocas veces honrado: la Madre Tierra.
enseñar la incertidumbre
Al estudiar la Conquista de México, Octavio Paz reflexionó en
un decisivo hecho cultural. Los españoles vivían inmersos en la
Historia y confiaban en el decurso lineal de los sucesos, obra
de los seres humanos, mientras que los indígenas entendían el
flujo del tiempo como un ciclo recurrente, sin principio ni fin,
regido por cosmogonías que solo podían ser interpretadas en
clave religiosa. Dos concepciones del mundo entraron en coli-
sión; una dependía de la voluntad humana; otra, del designio
de los dioses. Al abordar este mismo asunto, Tzvetan Todorov
puso hincapié en un malentendido esencial: la imposibilidad
de ambas culturas de entender una a la otra.
Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos suponer que
la Conquista representó para los pueblos americanos, entre
35
otras cosas, el doloroso comienzo del tiempo histórico. La in-
e l s ue ñ o de l a razón
terpretación sagrada de la realidad fue sustituida por la lógica
del acontecer.
El culto a la visión pragmática de la realidad también produ-
ce excesos. Morin no desconoce las virtudes del pensamiento
objetivo, pero previene contra la desmesurada confianza en las
«leyes de la Historia». La mayoría de los grandes acontecimien-
tos tienen un elemento común: resultan impredecibles.
Las bolsas de valores son centros privilegiados para estudiar la
forma en que la ambición humana se transforma en accidente.
No es casual que de ahí haya salido uno de los textos más po-
pulares sobre los cataclismos inesperados, The Black Swan, de
Nassim Nicholas Taleb, libanés experto en los erráticos flujos
del dinero.
Taleb creó el concepto de «cisne negro» para definir hechos que
reúnen tres características: son inesperados, tienen repercusión
masiva y generan explicaciones retrospectivas destinadas a su-
gerir que pudieron ser previstos. La Primera Guerra Mundial,
el atentado a las Torres Gemelas o la Gripe A son ejemplos de
«cisnes negros».
Vale la pena detenerse en la tercera característica mencionada
por Taleb: el accidente suscita explicaciones tardías que tran-
quilizan al sugerir que el desastre se hubiera evitado de haber
seguido el protocolo correcto. El error humano se acepta con
más facilidad que la falla mecánica.
36
La mayoría de las veces, estos dictámenes a posteriori carecen
juan v i l loro
de fundamento, pero crean la impresión de que el tema puede
ser dominado. Al modo de una expiación social, se opta por
una difusa responsabilidad incriminatoria: el peligro estaba a
la vista y pudo haberse evitado. Tratar al accidente como «des-
cuido» permite suponer que no habría ocurrido en caso de ha-
ber puesto mayor atención.
Los relatos que otorgan coherencia retrospectiva a los desastres
suelen ser advertencias para el futuro: «Cometimos un error
que no debemos repetir». Rara vez se recupera la lógica interna
del accidente. Lo decisivo, lo sedante, consiste en pensar que la
falla parcial tiene causa humana y por lo tanto paliativo. Des-
pués de que cinco ciclistas se rompen el cráneo, la ley obliga a
usar casco. Así se logra una expiación social («aprendemos por
experiencia») y se le pone una dificultad estadística al destino
(a cada ciclista le corresponde un casco).
El enemigo jurado de Taleb es, precisamente, la estadística.
En su opinión, no hay manera de predecir ni explicar numé-
ricamente sucesos que se distinguen por escapar a la norma.
La marea de sondeos de opinión, las secuencias de flujo, las
tendencias y otros instrumentos de medición crean la ilusión
de que dominamos el entorno, pero la abundancia de datos
dificulta discernir entre ellos.
Para no depender de la mera acumulación de informes, Ta-
leb propone un acercamiento fractal a los cisnes negros. En
vez de buscar lo que ocurre del mismo modo hay que prever
37
excepciones. No se trata de adivinar el porvenir, sino de ad-
e l s ue ñ o de l a razón
mitir su condición imprevista.
En la misma tesitura, Morin pide acabar con los determinis-
mos y las falsas ideas del progreso. ¿Cuántos accidentes han
sido provocados por el ímpetu de ir cada vez más rápido? Paul
Virilio, que se definía como «filósofo de la velocidad», propu-
so la creación de un Museo del Accidente para comprender
la tecnología a través de sus fallas. Todo error es pedagógico;
representa una excepción en el funcionamiento habitual de un
aparato, un organismo, un sistema, un paradigma, una retóri-
ca, una circunstancia regulada. Las descomposturas ofrecen
inusitadas vías de acceso: la electricidad «inventa» el apagón.
Debemos aprender del principio de incertidumbre que ha
sido patrimonio de quienes estudian las partes invisibles de
la naturaleza. Hace unos meses sostuve un diálogo con el
físico cuántico Luis Orozco, profesor de la Universidad de
Maryland. Al hablar sobre la indeterminación molecular y su
condición probabilística, dictaminó: «En términos físicos, la
incertidumbre es, simple y sencillamente, la realidad». Morin
nos recuerda que hace veinticinco siglos, Eurípides pensaba
lo mismo: «Lo esperado no se cumple y para lo inesperado un
dios abre la puerta».
Los acontecimientos sociales han dado suficientes sorpresas
para evitar los dogmas. Las teorías no deben esperar que los
hechos se ajusten a sus profecías, como si, para ocurrir, la
Historia consultara la Biblia, La fenomenología del espíritu,
38
El capital o La teoría general del empleo, el interés y el dinero.
juan v i l loro
El saber adquirido debe estar abierto a los asombros del in-
calculable porvenir. «Lo único que sabemos del futuro es que
difiere del presente», escribió Borges.
enseñar la comprensión, estudiar la incomprensión
Tener razón no basta. Una tarea fundamental de las políticas
públicas debe ser la de educar, no solo para transmitir conoci-
mientos positivos, sino para entender al otro, que muchas veces
escucha con recelo lo que a nosotros nos parece evidente.
Todas las ideas, por luminosas que sean, corren el riesgo de ser
incomprendidas. «La comunicación no conlleva comprensión»,
advierte Morin. Podemos entender cabalmente un discurso
que no aceptamos. De manera evidente esto se muestra en las
ideologías impuestas por las dictaduras. Miguel de Unamuno,
rector de la Universidad de Salamanca, resumió la situación
en un discurso pronunciado después de la victoria franquista:
«Vencer no es convencer».
Pero la resistencia a adoptar ideas no solo proviene de quie-
nes injustamente deben someterse a ellas, sino de quienes, por
muy diversas razones, se niegan a aceptar la argumentación
racional. Las conductas rituales, los valores tradicionales, los
39
prejuicios y la recóndita psicología contribuyen a repudiar lo
e l s ue ñ o de l a razón
desconocido. La «buena nueva» es siempre incómoda.
Pero también la razón se opone a la razón. Toda hipótesis cien-
tífica puede, eventualmente, ser refutada por otra hipótesis
científica. No es casual que Niels Bohr, padre de la física cuán-
tica, haya dicho: «Lo contrario de una idea profunda es otra
idea profunda». La verdad es siempre relativa y se encuentra
en tela de juicio.
No es difícil aceptar esto; lo complejo es ponerlo en práctica.
La ética de la tolerancia implica que el otro puede tener razón,
lo cual es incómodo, pero también obliga a algo más descon-
certante: entender a quien se niega a entender.
Morin invita a ese atrevido ejercicio: «Comprender al fanático
que es incapaz de comprendernos, es comprender las raíces, las
formas y las manifestaciones del fanatismo humano. Es com-
prender por qué y cómo se odia a o se desprecia. La ética de la
comprensión nos pide comprender la incomprensión».
Después del Holocausto, las purgas estalinistas y la guerra de
Vietnam, el siglo xx dejó suficientes pruebas de que el extermi-
nio es justificado por la propaganda y la demagogia.
Hoy en día, la ética de la tolerancia enfrenta nuevos desafíos.
A juzgar por las redes sociales, el odio tiene más espacio ex-
presivo que nunca. Seguramente, nuestros antepasados tenían
pasiones similares, pero no las expresaban de esa manera, o se
40
limitaban a hacerlo en las desastradas paredes de un urinario.
juan v i l loro
La novedad del odio es la fuerza comunicativa que ha adquiri-
do; se ha vuelto viral. Quienes lo desempeñan de tiempo com-
pleto en las redes sociales han asumido los nuevos oficios de
hater o troll.
Es de suponer que la enmienda, la recapacitación, la duda y el
arrepentimiento no han desaparecido de la conducta humana,
pero ¿hace cuánto que no oímos que alguien diga: «rectificar
es de sabios»?
Las redes sociales permiten respuestas tan veloces que res-
ponden más a la neurología que a la comunicación: cuando
reflexionamos en el mensaje que escribimos, ya lo mandamos,
y damos like antes de pasar de la pasión al raciocinio.
Las palabras en estado de aceleración no dicen lo mismo que
las palabras en estado de reposo. La condena pide ser instantá-
nea; en cambio, la rectificación necesita tiempo. Alimentadas
por la prisa, las plataformas digitales se prestan más al lincha-
miento que a la reflexión, lo cual ha llevado a un significativo
viraje cultural. En tiempos de certeza exprés, el que pondera
parece frágil, indeciso, al borde de una crisis.
La congruencia suele ser una virtud; sin embargo, incluso en
ámbitos fanáticos el cambio de ideas es posible. San Pablo
vivió su momento cumbre en el camino de Damasco al abra-
zar la fe que antes repudiaba, y Kepler tuvo la valentía de
aceptar que los planetas no siguen la forma perfecta de un
41
círculo, como él había previsto, sino el horrendo decurso de
e l s ue ñ o de l a razón
una elipse.
En Historia del guerrero y la cautiva, Borges narró el destino de
Droculft, bárbaro de las estepas de Europa oriental que llegó
con su ejército a destruir Ravena. Antes del combate decisivo,
el guerrero recorrió la ciudad italiana y ante la maravilla de su
arquitectura se sintió disminuido. No supo a qué propósito res-
pondía esa urdimbre de arcos, plazas, balcones y balaustradas,
pero se supo inferior a ella. Cambió de bando y murió en defen-
sa del sitio que había pensado destruir. Borges advierte que Dro-
culft no fue un traidor sino algo más significativo: un converso.
La Ilustración dependió de una curiosa certeza: el otro puede
tener razón. En octubre de 2020 dialogué con Fernando Savater
en un acto organizado por la Facultad de Derecho de la UNAM
(Universidad Nacional Autónoma de México). Le pregunté
qué era lo que más admiraba en el ejercicio de la abogacía y
respondió sin vacilar: «la capacidad de persuadir».
Pocas escenas del cine son tan apasionantes como los juicios don-
de el fiscal y el abogado defensor luchan por convencer al jurado.
Al oír al fiscal, parece que el acusado es culpable; luego, en forma
sorprendente, la defensa modifica lo que parecía inapelable.
Solo alguien refractario a la experiencia humana pasa por la
vida sin modificar sus ideas. Aprendemos de quien piensa en
forma diferente; por eso, Savater agrega que pocas cosas son
tan relevantes como el «orgullo de ser persuadido».
42
Esta actitud, decisiva para la inteligencia, goza de escasa popu-
juan v i l loro
laridad en nuestra época. En las redes sociales y en la política
contemporánea, el que rectifica pierde. The Washington Post
llevó la cuenta de las mentiras dichas por Trump en su primer
año en el poder: 2.140 (casi seis al día). Numerosos mandatarios
distorsionan los hechos. Lo más grave es que si recapacitaran, se
debilitarían. En ambientes polarizados, la intransigencia es un
exitoso recurso de propaganda.
«Si no le gustan mis principios tengo otros», dijo Groucho Marx
para burlarse de las posturas acomodaticias. La lealtad a los
ideales es loable. También lo es corregirlos en forma razonada.
El genuino entendimiento permite cambiar de opinión de ma-
nera razonada y comprender a quien es incapaz de entender.
Por desgracia, estos principios no se enseñan en las escuelas.
De ahí que Morin advierta que cada una de sus siete propuestas
depende de la educación para tener resultados.
la antropoética
Este apartado resume todos los anteriores. Los quebrantos del
planeta exigen respuestas globales, algo que se hizo evidente
con el coronavirus, que logró unificar el espanto. La respuesta
certera consiste en unificar las soluciones.
43
La capacidad de destrucción de la especie humana se ha puesto
e l s ue ñ o de l a razón
de manifiesto una y otra vez. En consecuencia, debemos sobre-
ponernos al peor enemigo: nosotros mismos.
La ciudadanía planetaria propuesta por Morin solo es posi-
ble si las más diversas poblaciones se integran en condiciones
de igualdad, algo difícil de imaginar en un tiempo en que los
necesitados migran durante años por países de África y se jue-
gan la vida al cruzar el Mediterráneo en embarcaciones sin
más brújula que el azar, o suben en México a un calvario de
fierro, el tren llamado «La Bestia», con la esperanza de en-
contrar trabajo en los Estados Unidos sin morir en el desierto
donde los cadáveres se integran a la estadística y son descritos
con un tranquilizador eufemismo: the body count, la «suma
de cuerpos».
La integración planetaria no puede ocurrir en la inequidad. No
se trata de «respetar» a los mayas o los mapuches, sino de com-
prender que todos los eslabones de la cadena humana tienen
igual importancia y exigen una normatividad de especie, una
antropoética. El camino que va de la producción al consumo
debe fundarse en algo más que el «comercio justo»: la identi-
dad compartida. El campesino zapoteca que le pide perdón a
la tierra para plantar una semilla forma parte de la misma di-
námica que el ejecutivo hípster que desea comer una ensalada
sin pesticidas ni fertilizantes químicos.
Homologar al ser humano es venturosamente imposible. La
ciudadanía planetaria no evitará que unos tengan sueños
44
proféticos, otros descubran formas en las nubes, otros aguar-
juan v i l loro
den milagros y otros solo crean en lo que se puede verificar.
El vino tinto y el blanco, la playa y la montaña, lo dulce y
lo salado seguirán distinguiendo a una especie que ama las
disyuntivas pero que solo sobrevivirá si se pone de acuerdo.
Ese consenso compete al planeta entero.
Uno de los más conocidos grabados de Goya lleva el título
de El sueño de la razón produce monstruos. ¿A qué se refiere
el pintor aragonés? La imagen muestra al ministro renovador
Gaspar Melchor de Jovellanos, dormido sobre su escritorio.
En torno a él vuelan las aves y las alimañas de la sinrazón. 1792
fue un año trágico para Goya: se quedó sordo, el reformador
Jovellanos partió al exilio y el pueblo fue masacrado por la
invasión napoleónica. El pintor se rebeló con el grabado que
pertenece a la serie de los Caprichos. La clave de su protes-
ta está en la palabra «sueño». En otras lenguas, la actividad
de soñar se distingue claramente de la de dormir (traümen y
schlafen en alemán, to dream y to sleep en inglés). El español
conserva la ambigüedad: un hombre que duerme es un hom-
bre que sueña. ¿Qué quiso decir Goya en el más discutido de
sus Caprichos? ¿Se trata de una defensa de la razón, que no
puede dormir, suspender su vigilancia, sin que aparezcan los
monstruos o, por el contrario, de un ataque a los excesos de
la razón, que al intoxicarse de sí misma provoca lo que desea-
ba reprimir? De acuerdo con los historiadores del arte, Goya
previene contra los peligros de la razón dormida. Su grabado
recrea otro, un retrato cabal del ministro Jovellanos en compa-
ñía de Minerva. En la segunda versión, la diosa de la sabiduría
45
es sustituida por su animal tutelar, el búho, que huye asustado.
e l s ue ñ o de l a razón
Solo el lince al pie del grabado parece capaz de ver en la noche
de la razón.
En su libro Symbolist Art, Edward Lucie-Smith señala que
Goya aclaró el título en una prueba de grabado: «la fantasía
abandonada por la razón produce monstruos; unida a ella, es
la madre de las artes y el origen de las maravillas».
Aunque minoritarias, no han faltado las versiones contrarias,
surgidas ante los desastres del siglo xx. Aldous Huxley escribió
al respecto: «la razón puede embriagarse de sí misma, como
ocurrió durante la Revolución Francesa». También Carlos
Fuentes apoyó esta interpretación: «Acaso la razón, cuando se
olvida de sus propios límites y deja de comportarse críticamen-
te en relación consigo misma y con su hijo, el progreso, merece
esta pesadilla».
Aunque Goya alertaba sobre las consecuencias de un mundo
sumido en las tinieblas del sinsentido, la modernidad permitió
entender el grabado de doble manera. Adalid de la inteligencia,
Edgar Morin comienza su libro encomiando el pensamiento
y advirtiendo de los peligros a los que puede llevar, como la
ceguera y la ilusión.
La mejor manera de leer Los siete saberes necesarios consiste
en apagar los dispositivos electrónicos para pensar por noso-
tros mismos mientras dialogamos con el autor.
46
Concluida la lectura, este libro inagotable pide algo más im-
juan v i l loro
portante. Al levantar la vista de las páginas, nos aguarda una
tarea que podría parecer desproporcionada, pero que el incier-
to destino ha vuelto urgente: cambiar el mundo.
Ciudad de México, febrero de 2021
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créditos
e l s ue ñ o de l a razón
El sueño de la razón Gonzalo Alberto Pérez Rojas
Presidente de Grupo SURA
Juan Villoro
Autor Juana Francisca Llano Cadavid
Presidente de Suramericana
© Del texto Juan Villoro
© Grupo de Inversiones Ignacio Calle Cuartas
Suramericana S.A. Grupo SURA Presidente de SURA Asset
Management
Coordinación editorial
Paola Díaz Valencia
Juan Fernando Rojas
Mónica Guarín Montoya
48
juan v i l loro
Asesoría editorial, edición y ISBN
diseño gráfico 978-958-52400-7-0
Mesa Estándar Primera edición, marzo de 2021
Juan David Díez Impreso en Colombia
Miguel Mesa
Verónica Montoya Queda prohibida, sin la
Manuela Sánchez autorización escrita de los editores,
bajo las sanciones establecidas en
Corrección de estilo y cuidado las leyes, la reproducción total o
de la edición parcial de esta obra por cualquier
Adriana Sanín medio o procedimiento.
Ilustraciones
Samuel Castaño
Impresión
Artes y Letras S.A.S.
49
Este libro fue impreso en marzo de 2021 en Medellín, en los talleres de
Artes y Letras S.A.S. Para la formación de textos se utilizaron fuentes de las
familia tipográfica Sabon, diseñada por Jan Tschichold, en 1967. También
se usó la fuente Unit Pro, diseñada por Erik Spiekermann y Christian
Schwartz, en 2003. El tiraje fue de 1.000 ejemplares impresos en papel
Aralda de 85 gramos.
Juan Villoro (1956) es uno de los escritores
latinoamericanos de mayor reconocimien-
to. Estudió sociología en la Universidad
Autónoma Metropolitana (uam) e inició
una prolífica obra narrativa en 1980. Esta
abarca diferentes géneros como la crónica,
el ensayo, el cuento, la novela, el teatro y el
cine, una obra que le ha valido diversos pre-
mios internacionales. Además, Villoro ha
tenido una intensa actividad como reporte-
ro, editor, columnista, traductor, guionista
y documentalista. Es maestro de la Funda-
ción Gabo, la cual promueve el periodismo
iberoamericano, y ha sido profesor de lite-
ratura en México e invitado de universida-
des como Yale y Princeton.
Por invitación de Grupo SURA, en 2021 escribió El sue-
ño de la razón, una reflexión a propósito de la obra Los
siete saberes necesarios para la educación del futuro,
de Edgar Morin.