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a101+Plantilla+Razon Critica

Este documento resume el contexto histórico del mito de El Dorado y su relación con la conquista española de Suramérica entre 1514 y 1549. Se divide este periodo en dos fases: la primera de conquista primitiva y saqueo de oro de las sociedades indígenas entre 1514-1533, y la segunda de exploraciones sistemáticas en busca de minas de oro y el mito de El Dorado entre 1529-1549, impulsadas desde los nuevos centros de poder en Quito y Bogotá. El documento analiza estas dos
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a101+Plantilla+Razon Critica

Este documento resume el contexto histórico del mito de El Dorado y su relación con la conquista española de Suramérica entre 1514 y 1549. Se divide este periodo en dos fases: la primera de conquista primitiva y saqueo de oro de las sociedades indígenas entre 1514-1533, y la segunda de exploraciones sistemáticas en busca de minas de oro y el mito de El Dorado entre 1529-1549, impulsadas desde los nuevos centros de poder en Quito y Bogotá. El documento analiza estas dos
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Núm.

16 (2024)
https://doi.org/10.21789/22561498.2011 ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN

USOS Y ABUSOS DEL INDIO DORADO (1514 -1549)

USES AND ABUSES OF THE GOLDEN INDIAN (1514 -1549)

USOS E ABUSOS DO ÍNDIO DOURADO (1514 -1549)

Andrés Castro Roldán


Universidad de Rennes 2, Francia.
[email protected]

Fecha de recepción: 7 de octubre de 2022


Fecha de aceptación: 20 de marzo de 2023
Disponible en línea: 17 de mayo de 2023

Sugerencia de citación: Castro Roldán, A. (2024). Usos y abusos del indio dorado (1514-1549).
Razón Crítica, 16, 1-15. https://doi.org/10.21789/25007807.2011

Resumen
Este artículo pone en perspectiva la búsqueda de oro en la conquista de Tierra Firme con el mito del
Dorado. Se interesa especialmente en la primera mitad del silgo XVI, cuando tuvieron lugar las exploraciones
territoriales más importantes del subcontinente (Perú, Nuevo Reino de Granada), se pusieron en marcha
políticas de control migratorio y de exploración y se redactaron las primeras noticias y crónicas de la Conquista
de Suramérica.
Palabras clave: conquista; exploración; El Dorado; indio dorado; tesoro; ciencias sociales.

Abstract
This article puts into perspective the search for gold in the conquest of Tierra Firme through the myth
of El Dorado. It focuses especially on the first half of the 16th century, when the most important territorial
explorations of the subcontinent took place (Peru, New Kingdom of Granada), the first migration control and
exploration policies were established, and the first news and chronicles of the Conquest from South America
were written.
Keywords: Conquest; Exploration; El Dorado; Golden Indian; Treasure; Social sciences.

Resumo
Este artigo coloca em perspectiva a busca de ouro na conquista de terra firme com o mito do Dourado.
Interessa-nos especialmente na primeira metade do século 16, quando ocorreram as explorações territoriais
mais importantes do subcontinente (Peru, Novo Reino de Granada), iniciaram políticas de controle migratório
e de exploração, e foram redigidas as primeiras notícias e crônicas da Conquista da América do Sul.
Palavras-chave: conquista; exploração; El Dorado; índio dourado; tesouro; ciências sociais.
Andrés Castro Roldán (2024). https://doi.org/10.21789/22561498.2011

Este ensayo pretende comprender el contexto histórico que explica el nacimiento del
mito del Dorado, así como su relación con la conquista española de América del Sur. Aunque se
trata de un intento de explicación más general que pretende poner el mito en perspectiva
histórica siguiendo las reflexiones propuestas por Demetrio Ramos Pérez1 (1973), este trabajo
no desconoce el periodo anterior (1514-1533), también llamado de conquista primitiva, que
arroja luces al conjunto de la problemática. El foco será, entonces, puesto en la primera mitad
del siglo XVI en Tierra Firme (la actual costa caribeña de Panamá, Colombia y Venezuela),
lugar desde donde se organizaron todas las expediciones al Pacífico, al Perú, al interior de los
Andes colombianos y a las tierras bajas del extremo norte del continente.

No ahondaremos en el periodo que comprende la primera mitad del siglo XVII ni en la


región de Bogotá y sus lagunas, lugar y tiempo donde la historiografía colombiana sitúa con
frecuencia el origen del mito. En realidad, El Dorado bogotano no es más que un avatar tardío
que se cristalizó con los cronistas posteriores a la conquista del Nuevo Reino y se consolidó en
el siglo XIX cuando las élites cachacas se interesaron en el patrimonio orfebre nacional. Las
siguientes reflexiones se fundamentan en el examen y el cruce de varias tesis propuestas por la
historiografía clásica (1915-2011), en la lectura de Gonzalo Fernández de Oviedo (1535-1556) y
en el examen de algunas fuentes de archivos impresos propuestas por Juan Friede a partir de
los años cincuenta.

Aunque la historia de la sed de oro española empieza con Cristóbal Colón, dejaremos de
lado el ciclo antillano, que ya para 1520 se encontraba en plena decadencia, para concentrarnos
en el periodo posterior y en el teatro dramático de la conquista de Tierra Firme. Esto supone
subrayar dos fenómenos estrechamente relacionados: por un lado, la expoliación de las
sociedades orfebres prehispánicas de este territorio por las empresas de conquista; y, por el
otro, la prospección minera de territorios potencialmente ricos en oro. Así, es posible distinguir
esquemáticamente dos periodos consecutivos —pero a menudo concomitantes— de esta
conquista: una primera empresa que llamaré la conquista primitiva del oro o de entradas
y cabalgadas (1514-1533) y una posterior que podríamos llamar de exploración sistemática
y que Demetrio Ramos llama de expediciones doradistas (1529- 1549).

El primer periodo refiere a las empresas europeas en la costa del Caribe entre los años
1514 y 1533. La fecha de 1514 corresponde al asentamiento de los españoles en la región del
Darién, en la gobernación de Castilla del Oro otorgada por la Corona a Pedrarias Dávila, donde
se fundó Santa María la Antigua, la primera "ciudad" en el continente sudamericano. Aunque el
objetivo principal de la Corona era ordenar el territorio con un poblamiento más perenne a
partir de un proyecto de extracción minera aluvial más organizado, en realidad, como en el
caso de muchas otras fundaciones efímeras de la misma época, su finalidad continuó siendo la
exploración anárquica del territorio y, sobre todo, la extorsión y el saqueo de los pueblos
orfebres, que permitió el rápido enriquecimiento de los primeros conquistadores españoles,
entre ellos el propio Francisco Pizarro, luego conquistador del Perú.

1
Las llamadas exploraciones sistemáticas, asociadas a la prospección minera y al mito de El dorado, han sido
escrupulosamente abordadas por el trabajo de Demetrio Ramos (1973), quien es el primero en trazar un cuadro
histórico completo del nacimiento del mito y su relación con la exploración territorial de Tierra Firme.

2
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El periodo comprendido entre 1528-1533, que define los contornos finales de esta
primera fase de conquista, corresponde a los años en los que la compañía comercial alemana de
los Welser, con sede en Santo Domingo, dominó el Caribe español2. Su modelo protocapitalista
de casa comercial característico de la expansión colonial europea fomentó esta conquista
privada comprando y fundiendo sistemáticamente el oro robado por los españoles a los indios,
al mismo tiempo que propició la exploración del interior del continente vendiendo
herramientas, caballos y artículos europeos a los españoles que emprendían expediciones con
el propósito, muchas veces abortado, de encontrar y explotar minas de oro.

El segundo periodo, que mantiene fuertes vínculos con el primero, es contemporáneo o


posterior al descubrimiento de Perú y del Nuevo Reino de Granada (1529-1549). Se trata de un
intento por coordinar una penetración más sistemática desde Tierra Firme, proceso que
continuó durante las dos décadas siguientes a la Capitulación de Toledo de 1529. Las
exploraciones se iniciaron no solo desde las cuatro nuevas gobernaciones concedidas por
Carlos V en Santa Marta (1528), Coro (1529), Paria (1530) y Cartagena (1533), sino también
desde los dos grandes epicentros posteriores a la conquista de los Andes septentrionales: Quito
(1534) y Bogotá (1537). El límite temporal de este periodo es el año 1549, fecha en la que se
fundó la Real Audiencia de Santa Fé e hito historiográfico del final de la conquista y del inicio
del periodo colonial. También fue a partir de esta fecha que se empezaron a aplicar las
restricciones de las Leyes Nuevas (1542).

Las exploraciones hacia la cordillera y las tierras bajas buscaron incentivar la política de
conquista y la prospección minera del territorio, una situación que vio aumentar la promesa de
riquezas a medida que disminuía la capacidad real de enriquecimiento. Entre 1529 y 1541, las
expediciones más importantes tuvieron lugar hacia la cordillera de los Andes y su lado oriental,
es decir, hacia los inmensos confines que se extienden desde Tierra Firme hacia las llanuras del
Orinoco y la selva amazónica. Salvo para el caso de Bogotá, fueron en su mayoría fracasos y
pueden asociarse más fácilmente con la aparición del espejismo del oro, encarnado por la
figura del indio dorado. No obstante, los primeros años de la década de 1540 fueron también
un periodo de exploración minera en el norte de los Andes: los yacimientos de oro más
importantes de los valles interandinos se descubrieron en la región de Cauca y Popayán, en la
vertiente occidental de la cordillera central en estos años.

Los indios dorados antes de El Dorado (1514-1533)


El fenómeno del enriquecimiento español con el oro amerindio ha sido ampliamente
tratado en la historiografía desde principios del siglo XX: ha sido abordado en particular por los
estadounidenses Clarence Haring3 (1915) y Earl J. Hamilton4 (1975) desde una perspectiva

2
Según Juan Friede (1961), los alemanes establecieron su principal puesto comercial en la isla de Santo Domingo en
1528 y durante casi 5 años monopolizaron el comercio y la recuperación del oro de las empresas conquistadoras de
Tierra Firme (p. 132).
3
Haring, C. (1915). American Gold and Silver Production in the First Half of the Sixteenth Century [Producción
estadounidense de oro y plata en la primera mitad del siglo XVI]. The Quarterly Journal of Economics, 29(3), 433-
479.
4
Hamilton, E. J. (1975). El Tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650. Ariel.

3
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economicista, mientras que el modelo social de la empresa de conquista en Tierra Firme ha


sido estudiado por Néstor Meza Villalobos5 (1937), Mario Góngora6 (1961) y más recientemente
por Carmen Mena García7 (2011) en un trabajo muy completo sobre la región de Castilla del
Oro.

La explotación de las primeras minas en las grandes Antillas hasta 1520, la subsiguiente
recuperación de los tesoros indios de Tierra Firme y la posterior conquista del Perú y del
Nuevo Reino tuvieron importantes consecuencias en Europa, como pone de manifiesto el ya
clásico trabajo de Hamilton: las reservas de oro europeas se multiplicaron por ocho en la
primera mitad del siglo XVI, marcando el inicio de la era moderna. Esto provocó una revolución
en los precios, que aumentaron de forma espectacular, llegando a alcanzar el 50 % en el primer
cuarto del siglo8. En 1516, Pedro Mártir de Anghiera calculó la producción de oro solo en La
Española en 400 000 ducados al año, el equivalente a 1,3 toneladas9. Más tarde, en 1525,
Gaspar Contarini, embajador veneciano ante la corte española, estimó las entradas americanas
de la Corona en 100 000 ducados al año o 355 kilos de oro, lo que suponía una producción total
de 1,7 toneladas al año10.

En Tierra Firme, el atesoramiento del oro supuso tres fenómenos que se desarrollaron
de manera paralela en esta primera fase de la conquista primitiva y que posteriormente se
erigieron en modelos de comportamiento colectivo de las huestes de conquista en el Perú y en
Bogotá y, más tarde, de los propios colonos españoles. El primero de ellos es el rescate, palabra
que en el español del siglo XVI vale por “transacción comercial”. Generalmente, se trataba del
trueque de orfebrería por hachas, cuchillos y abalorios, lo que suponía una relación de amistad
entre españoles e indios. Oigamos a Cieza de León, testigo de uno de estos rescates en la región
de Quimbaya.

A mí me ha acaecido, escribe, vender a indio una hacha pequeña de cobre, y darme él por ella tanto
oro fino como la hacha pesaba, y los pesos tampoco iban muy por el fiel. Pero ya es otro tiempo y
saben bien vender lo que tienen, y mercar lo que han menester.11

El segundo, denominado ranchadas o cabalgadas, implicaba entradas militares


violentas que utilizaban el robo, la extorción, la captura y la tortura de caciques para recuperar
los tesoros de los templos y las joyas corporales, acciones que eran consideradas botín de
guerra en aplicación de requerimiento. El tercero y último era el guaqueo, guaquería o saqueo
de tesoros, en particular el de las tumbas y los entierros. También aquí se aplicaba el derecho
de guerra o el antiguo derecho romano sobre bienes mostrencos.

5
Meza Villalobos, N. (1937). Formas y motivos de las empresas españolas en América y Oceanía. Publicaciones de
la Academia Chilena de la Historia.
6
Góngora, M. (1961). Los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509- 1530). Fisonomía histórico-social de un
tipo de conquista. Universidad de Chile y Centro de Historia Colonial.
7
Mena García, C. (2011). El oro del Darién, entradas y cabalgatas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526).
Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
8
Haring, 1915, p. 205.
9
Haring, 1915, p. 435.
10
Haring, 1915, p. 434.
11 Cieza de León, 1553, p 139.

4
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En todos estos casos, los objetos más preciados eran los que llevaban los indios en su
cuerpo. De ahí que la primera y más antigua acepción de El Dorado no sea la de un territorio
rico y remoto por descubrir, ni la de escondidijo o lugar oculto —según la definición de la
palabra tesoro en Covarrubias (1611)12—, sino la de un individuo vestido de oro, un señor
dorado. Los indios dorados no eran una fábula en este periodo, eran la realidad de la Tierra
Firme en los años de esta primera fase de conquista primitiva.

Los estudios del mito de El Dorado, que con demasiada frecuencia sitúan su
interpretación en el marco de las leyendas de la antigüedad grecolatina, de las incaicas o
muiscas, o de los más descabellados sueños de riqueza, suelen omitir este hecho evidente: los
señores étnicos, caciques, jefes, sacerdotes y dignatarios amerindios adornaban sus cuerpos
con objetos de oro: pectorales, collares, brazaletes, narigueras, orejeras, aretes, cascos y
diademas. Eran objetos de uso habitual de los caciques en una infinidad de pueblos orfebres de
las regiones de Panamá, el Darién, Cartagena, Santa Marta, Antioquia, Magdalena y Cauca, e,
inclusive, entre las etnias costeras del Perú, como atestiguan los espectaculares adornos
corporales de oro de las culturas chavin, lambayeque y mochica de la magnífica colección del
Museo Larco de Lima.

Estas joyas eran los objetos más codiciados, ya que a menudo eran de oro fino (oro
puro), a diferencia de los demás objetos de oro descritos en los tesoros de conquista de este
periodo, como las estatuillas antropomorfas o zoomorfas, que tenían un uso ritual y que se
describen genéricamente en los documentos como águilas y cemíes. Estas figuritas votivas
solían estar hechas, según la expresión de la época, de oro de chafalonía u oro bajo (de pocos
quilates), porque estaba rebajado con una aleación de cobre, una práctica muy común en el
territorio. A menudo, estas piezas podían pasar por oro puro porque los indios practicaban una
técnica conocida como “dorado”, que consistía en sumergirlas recién fundidas en un ácido para
resaltar su brillo. Este tipo de técnica de aleación y dorado fue denominada por los taínos como
guanines, caricurie o tumbaga13.

Pedro Cieza de León (1553), presente en la expedición de Vadillo de Urabá a Cali en


1538, y quien describe con precisión los indios de Cartagena, Darién, Antioquia y Cauca,
subraya con frecuencia la presencia de estos objetos de oro fino en el cuerpo de hombres y
mujeres “enjaezados con sus joyas de oro”, tanto de señores o principales como de simples
vasallos o soldados. En el Darién, por ejemplo, aunque muchos iban desnudos “las partes
deshonestas traían atadas con unos hilos unos caracoles de muy fino oro”.14 En Anserma, cerca
del territorio quimbaya, “las mujeres traen los cabellos muy peinados, y en los cuellos muy
lindos collares de piezas ricas de oro, y en las orejas sus zarcillos, las ventanas de las narices se
abren para poner unas como peloticas de oro fino”.15 En Cali,

12 de Covarrubias, Sebastián. (1611). Tesoro de la lengua castellana según la impresión de 1611 con las adiciones de
Benito Remigio Noydens publicadas en la de 1674. Edición presentada por Martín de Riquer. Horta. 1943.
13 Al etnólogo francés Paul Rivet (1919) se le atribuye uno de los estudios arqueológicos más completos sobre la

orfebrería precolombina en Suramérica. Durante más de 20 años, estudió y examinó estos objetos de oro de las
Antillas, Panamá, Cosa Rica, Colombia, Ecuador y Perú. Fue el primero en observar el uso sistemático de aleaciones
de cobre y oro en las sociedades amerindias de esta parte del continente.
14 Cieza de León, 1553, p. 31.
15 Cieza de León, 1553, p. 52.

5
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traen ellos y ellas abiertas las narices y puestos en ella unos que llaman caricuris que son a manera de
clavos retorcidos de oro tan gruesos como un dedo (…). A los cuellos se ponen también unas
gargantillas ricas y bien hechas de oro fino.16

En la provincia de Arma los soldados llevaban “coronas y unas patenas en los pechos y
muy lindas plumas, y brazales y otras muchas joyas (…). Cuando los descubrimos la primera
vez que entramos se vieron indios armados de oro de los pies a la cabeza”.17 El cronista también
describe cuidadosamente los ritos funerarios de estas regiones cuando implicaban la existencia
de joyas de oro fino y relata la guaquería de tumbas en el Zenú, cerca de Cartagena de Indias y
en la región quimbaya.

En la provincia de Panamá y Darién, y según los cálculos realizados por Mario


Góngora18, el tesoro de objetos indígenas de oro entre 1514 y 1526 ascendía a una media de 100
kilos por año; los ejemplos en los archivos de repartos de tesoro según el modelo de la empresa
de conquista son numerosos. Para dar solo tres ejemplos, mencionaré los casos más tardíos de
Santa Marta, Cartagena y Coro, que son interesantes porque implican un aumento en la
recuperación de tesoros amerindios de las conquistas de Perú y del Nuevo Reino19, y que
coinciden con el pico de producción de oro propuesto por Haring (1531-1539).

La minuciosa investigación realizada al respecto por Juan Friede20 sobre el territorio de


Santa Marta en la primera mitad del siglo XVI a partir de los documentos del Archivo de Indias
de Sevilla arroja luz sobre esta situación. Un documento de 1528, que sigue el juicio a Rodrigo
Álvarez Palomino, gobernador de esa ciudad, por un mercader de Santo Domingo que le
suministraba armas, alimentos y ropa a cambio del oro de los indios, aporta información
significativa al respecto. En uno de los interrogatorios consta que Álvarez Palomino había
pedido al cacique de Cocanoa, “el cual cacique le dió una plancha, que se ciñe en el cuerpo de
oro fino, que era ancha como tres dedos, que podía pesar cien pesos de oro fino, poco más o
menos”.21 En cuanto al oro de chafalonía, utilizado por los indios para hacer figuritas rituales,
hay varios testimonios concordantes en el mismo documento. Se trataba de águilas, pájaros y
guanines, papagayos, cascabeles, ranas y otras figuras de poco valor, subraya el documento.

Al año siguiente, García de Lerma, gobernador de Santa Marta, organizó una cabalgada
en el gran pueblo de Pocigueica; el botín recuperado fue de 38 kilos de oro. Tras reservar una
quinta parte para él (7,8 kilos) y otra para el rey, dio un kilo a cada uno de los 6 jinetes de la
expedición y a los 10 soldados de a pie, lo que equivale a 420 gramos22; y se repartieron 4,6
kilos de oro entre los 150 vecinos y soldados de Santa Marta a razón de 5 a 15 pesos de oro por

16 Cieza de León, 1553.


17 Cieza de León, 1553, p. 57.
18 Góngora, 1961, p. 21.
19 Haring, 1915, p. 447.
20 Entre 1948 y 1950 Juan Friede recibió el encargo de la Academia Colombiana de Historia para realizar la primera

y más importante recopilación de documentos sobre la conquista del Nuevo Reino de Granada en el Archivo General
de Indias de Sevilla.
21 AGI, Santafé 122, Cuaderno 2, fol. 17, citado en Friede, 1951, p. 199.
22 Friede, 1955, pp. 75-77.

6
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cabeza23. Ese mismo año, el gobernador emprendió otra entrada en el poblado indígena de
Buritaca; tres de sus hombres de confianza encontraron allí un centenar de tumbas, en las que
se hallaron más de 30 kilos de oro de buena calidad24.

Lo mismo ocurrió en la región de Cartagena de Indias, donde cientos de tumbas cenúes


fueron saqueadas desde 1533, lo que contribuyó a la fama de las riquezas de Tierra Firme, que
aparece claramente en los mapas protestantes editados en Europa en el siglo XVI bajo el
nombre de Provincia de Castilla del Oro. En Coro, el botín recuperado por el alemán Ambrosius
Ehinger, su primer gobernador, fue aún más importante: en la ranchada que organizó al país de
los pacabuyes en 1531 (actual ciénaga de Zapatosa en Magdalena) consiguió amasar por guerra
y violencia más de 100 kilos de oro en pocos meses25.

Es muy probable, pues, que las palabras dorado, indio dorado o el dorado se utilizaran
ya desde esta época para designar a estos caciques o señores. La codicia por los adornos
corporales que llevaban habría constituido el punto más destacado de esta primera fase
primitiva de las expediciones de extorción, guerra y saqueo tanto de señores étnicos vivos,
como de antiguos señores enterrados, que enriquecieron cuantiosamente a cientos de
conquistadores antes de la aparición del gran tesoro inca de Atahualpa en 1533.

La migración como corolario del tesoro y la aparición del primer indio


dorado de papel (1534)
Las cifras de Tierra Firme son irrisorias si se comparan con los tesoros recogidos
durante la conquista de Perú y del Nuevo Reino: entre 6 y 10 toneladas de oro para el rescate de
Atahualpa y el saqueo de Cuzco (1531-1534), y entre 840 kilos y una tonelada para el caso de
Bogotá y Tunja (1537-1539). Gonzalo Fernández de Oviedo escribe lo siguiente en 1535, justo
un año después de la llegada del tesoro peruano a Sevilla:

Puede ser cosa más clara y visible para verificación de lo que digo de su potencia y tesoros que haberle
dado sus capitanes y gente en el mar austral de estas Indias (en un solo día), el año de 1533, con la
prisión del rey Athabaliba, cuatrocientos mil pesos de oro de valor, en oro y plata de solo su quinto, y
quedar un millón y seiscientos mil pesos de oro de valor, en solo estos dos metales, para partir entre
los pocos españoles que allí se hallaron? y ved cuán pocos en número fueron estos cristianos, que el
caballero cupo a nueve mil castellanos de oro de parte y tal hubo que a quince y a veinte y a cincuenta
mil, si era capitán; y el más mínimo infante a pie, a tres y a cuatro mil pesos de oro de parte (...) ¿Cuál
saco de Génova?... ¿cuál de Milán? ¿cuál de Roma? ¿cuál prisión del rey Francisco de Francia? Qué
presa o despojo grande del rey Moteçuma en la Nueva España... Ya todo lo de Cortés parece noche con
la claridad que vemos, en cuanto a la riqueza de la mar del Sur.26

Estos dos acontecimientos explicarían por si solos el aumento de la curva de Haring. En


efecto, la media anual pasa de 515 kilos a casi 700 kilos entre 1531-1539. Las consecuencias de
este aumento no solo fueron el enriquecimiento de Europa. También transformaron

23 Un peso de oro equivalía a 4,6 gramos de oro.


24 Friede, 1955, pp. 59 y 236.
25 Castro Roldán, 2019, p. 96.
26
Oviedo, 1851, p. 50

7
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radicalmente las circunstancias de la conquista. El año 1534 es emblemático de estos cambios.


Marcó la difusión de las primeras descripciones del tesoro del Perú en Europa, pero también, y
como veremos más adelante, la aparición de las primeras noticias escritas del indio dorado en
territorio americano.

Cuando Hernando Pizarro regresó a España en 1533 con el quinto del tesoro de
Atahualpa, la noticia de las riquezas del Nuevo Mundo corrió como la pólvora por Europa. Los
dos textos inaugurales se publicaron en Sevilla al año siguiente: el primero, Conquista del Perú,
Llamada la Nueva Castilla, atribuido a Cristóbal de Mena, se publicó en abril de 1534, en
octubre se tradujo al italiano y se publicó en Venecia con textos de Pedro Martyr y Gonzalo
Fernández de Oviedo27, luego se tradujo al francés y se publicó en Lyon en 1535; el segundo, de
Francisco de Jerez, se publicó en Sevilla solo unos meses después bajo el título Verdadera
relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco llamada la Nueva Castilla Año del
parto virginal mil y quinientos y treinta y cuatro, este texto se publicó también en Lyon ese
mismo año con el título Les Nouvelles Certaines des Isles du Pérou, y en Venecia al año
siguiente.

La abundancia de publicaciones que siguió entre 1540 y 1560 da fe de la locura por el


oro americano y pone de manifiesto el impacto de este acontecimiento en Europa. Su punto
culminante será el famoso relato del viaje de Walter Raleigh a la Guayana española en 1595. Se
trata del último avatar del mito en el siglo XVI, un paradigma de ensoñaciones y fantasías que
buscaba incentivar la conquista inglesa en la Guayana. El texto conocerá un éxito editorial sin
precedentes en Europa gracias a los grabados de Theodore De Bry —entre los cuales se
encuentra el indio dorado que, como veremos, proviene de la famosa descripción de Gonzalo
Fernández de Oviedo— y a la elegante pluma de este aristócrata inglés que había sabido
ganarse los favores de la reina Elisabeth. Fue publicado por primera vez en Londres por el
impresor Robert Robinson en 1596, bajo el título pomposo de El Descubrimiento del bello
grande y rico imperio de Guayana con un discurso sobre la magnífica y opulenta ciudad de
Manoa nombrada por los Españoles El Dorado. Esta obra conoció tres nuevas ediciones en
Inglaterra antes de 1599 y, en un lapso de cinco años, fue traducida al francés y publicada una
vez en lengua holandesa, cinco en lengua alemana y dos veces en latín.

El afán exacerbado de lucro provocado por la noticia de estos tesoros reales implicó una
racha de nuevas exploraciones desde 1540 que fueron financiadas con mayores capitales, lo que
disparó el aumento de los precios, afectó a los menos pudientes y estimuló los flujos
migratorios desde España, las Antillas y Tierra Firme hacia Perú y el territorio del Nuevo
Reino. En la década de 1970, Peter Boyd-Bowman (1975)28 cifró en 11 859 personas el número
de emigrantes españoles identificados que fueron a Perú durante el siglo XVI. Si bien las cifras
que aporta deben considerarse más elevadas —debido a que no tiene en cuenta los flujos
ilegales, a que no aparecen identificados por región de origen y a que tampoco aparecen los
flujos migratorios desde las Antillas y Tierra Firme—, son interesantes porque están divididas

27
Porras Barrenchea, R. (1997). Relaciones italianas de la conquista del Perú. Instituto Italo-Latino Americano.
28
Boyd-Bowman, P. (1975). Patterns of Spanish emigration to the Indies until 1600 [Patrones de emigración
española a las Indias hasta 1600]. The Hispanic American Historical Review, 56(4), 580-604.

8
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por periodos, lo que permite observar un crecimiento medio constante entre la primera fase de
conquista y las inmediatamente posteriores: el número de emigrantes es de 1 342 para el
periodo entre 1530-1539 y de 3 248 para el periodo entre 1540-1559.

Esta situación debe relacionarse con la fiebre del oro y con las exploraciones que
siguieron a partir de la década de 1540, en las que se cristalizó el mito de El Dorado en torno a
la exploración de las tierras bajas orientales desde Quito y Bogotá. Demetrio Ramos (1973)
sitúa la aparición del indio de oro en la ciudad de Quito entre 1534 y 1535, basándose en
documentos de archivo de las conquistas de Sebastián de Benalcázar al norte de esta ciudad. El
Dorado es aquí un señor o curaca quillacinga (en quechua, el indio con nariguera en forma de
luna), un señor étnico que fue guía en las campañas que empujaron a Benalcázar hacia el norte
y que llevaron a la fundación de las ciudades de Cali (junio de 1536), Pasto (febrero y marzo de
1537) y Popayán (agosto de 1537), y luego a su llegada a Bogotá en 1539.

Se trataba de un indio principal, de un curaca aliado del inca Rumiñahui, quien por su
porte y prestancia aparece con frecuencia en las probanzas de méritos y servicios de las
conquistas hacia el norte de Quito como el indio dorado, sin duda por la nariguera y los
adornos corporales que llevaba. Después de la captura del inca Rumiñahui, el quillacinga
parece haberse decidido a colaborar con los españoles, probablemente después de haber sido
torturado para obtener información sobre el supuesto tesoro faltante de Atahualpa, escondido
según los españoles en algún lugar al norte de Quito. El título de conquista que aparece en los
documentos de la expedición de Benalcázar es “conquista de quillacinga y cundelumarca”29, y
se refiere a las primeras pretensiones de la expedición: explorar el valle del Cauca y la selva del
actual Pacífico colombiano, una de las zonas auríferas más importantes de la actual Colombia.

El nombre quillacinga aparece posteriormente como topónimo de los indios de Pasto en


muchos documentos coloniales del siglo XVI y el de cundelumarca será asociado con la
expedición a Bogotá, cuando Benalcázar atraviesa la cordillera central, sobrepasando los
límites del adelantamiento que Pizarro le había otorgado. Esta confusión de los objetivos de
conquista generó un error histórico e hizo decir a los cronistas del siglo XVII (Castellanos,
Simón, Herrera y Fernández de Piedrahita) que el indio dorado era originario de Bogotá. De
hecho, hoy en día Cundinamarca designa al departamento alrededor de Bogotá. Sin embargo,
el nombre cundelumarca proviene de la geografía inca, se trata de una de las cuatro direcciones
del Tahuantinsuyo, el océano Pacífico (Cundi), mientras que la dirección opuesta es el Anti, es
decir, la selva amazónica. Es importante señalarlo porque es precisamente hacia estas regiones
inhóspitas que se lanzarán las expediciones doradistas, como veremos más adelante.

Según Ramos, la instrumentalización del mito como forma de estímulo para estas
expediciones solo se hace visible en los archivos y crónicas a partir de la década de 154030. Sin
embargo, aunque esta observación es en general correcta, Ramos omite un dato importante
aportado por Friede: existe un hecho anterior o, al menos, contemporáneo a los sucesos

29 Ramos, 1973, p. 319.


30
Ramos, 1973, pp. 5, 273, 283 y 285.

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ocurridos en Quito —la captura del inca Rumiñahui y la colaboración del indio dorado
quillacinga—, que proviene de las autoridades de las Antillas españolas. Se trata, pues, de la
primera aparición escrita y atestiguada de El Dorado, fechada en el famoso año de 1534.

Este Dorado de papel, imaginario e indeterminado aparece como un instrumento de


control de los flujos migratorios desde Tierra Firme hacia Perú. El 30 de enero de ese año, los
miembros de la Audiencia de Santo Domingo informaron al Consejo de Indias de su
preocupación por una posible desbandada de la gente de Tierra Firme, “habíamos de tener
trabajo para detener la gente de estas islas y aún de todas las tierras comarcanas”, tras las
recientes noticias de Perú “porque toda la gente generalmente está muy alterada con
pensamiento de irse a aquella tierra”31.

En la misma carta, la Audiencia autorizaba una expedición para buscar El Dorado al


sur, fomentando así la exploración de una nueva ruta terrestre hacia Perú desde Tierra Firme
“para buscar el dorado en el paraje de enfrente de esta isla y de la de San Juan, entrando por
ella en línea recta al sur”. De este modo, los miembros de la Audiencia pretendían evitar una
estampida hacia Panamá y Perú. Es muy posible que la información sobre este “dorado de
Quito” llegara a la Audiencia ya en 1533, probablemente desde Panamá, pues se sabe que el
barco de Gonzalo Pizarro en su camino hacia España no se detuvo en Santo Domingo.32

Gonzalo Fernández de Oviedo y la aparición de un Dorado


programático (1541)
Como bien señalan reconocidos especialistas como Bernard Lavallé33 y Jean Pierre
Sánchez34, el rol de Gonzalo Fernández de Oviedo, el príncipe de los cronistas de Indias, es
fundamental en la construcción del mito de El Dorado. Ya no se trata aquí, directamente, de los
indios dorados reales de la conquista primitiva, sino de un indio dorado de papel, pensado y
construido a partir de la experiencia de años de presencia en Tierra Firme y de un hecho real
magnificado por la crónica para constituir el mito. En el otoño de 1532, cuando Oviedo tenía 54
años, regresó de España para establecerse como cronista oficial del rey en Santo Domingo. Era
su tercer viaje al Nuevo Mundo desde su primera incursión en 1514. La orden real de su
nombramiento decía: “mandando que como hombre constituido para reposar, descanse ya en
su casa, recoligiendo y escribiendo”35. Los inicios de su carrera como historiador hay que
situarlos en torno a 1526, cuando publicó en España el Sumario de la Historia Natural de las
Indias. La primera y única parte de su Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-
Firme del Mar Océano se publicó en Sevilla en 1535, justo un año después de los primeros
relatos de Perú.

31 Friede, 1966, p. 33.


32 Friede, 1966, p. 48
33 Lavallé, B. (2011). Eldorados d’Amérique [El Dorado de América]. Payot.
34 Sánchez, J-P. (1996). Mythes et légendes de la conquête de l’Amérique [Mitos y leyendas de la conquista de

América]. Pur.
35 Amador de los Ríos, J. (1851). Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés por José Amador de los

Ríos. En G. Fernández de Oviedo y Valdés, Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra-Firme del Mar
Océano (1535-1556) (pp. 10-108) (Vol. II). Imprenta de la Real Academia de la Historia.

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La especial atención que el cronista presta al oro es evidente en esta edición de 1535.
Oviedo dedica once largos párrafos a la extracción de oro en un capítulo titulado “de los
metales y minas que hay de oro en esta isla Española (...); y decirse ha así mismo de la manera
que se tiene en el coger del oro”. El elemento más notable al respecto es la aparición por
primera vez en las crónicas del indio dorado. Aunque la parte de la obra de Oviedo en la que
aparece nunca fue publicada en el siglo XVI, no es menos cierto que es una pieza clave en la
construcción de su fama en la galaxia Gutenberg, pues el indio dorado, junto con el relato de las
Amazonas, aparece también en una carta enviada al Cardenal Bembo en Roma en 154336.

Sin lugar a dudas, la influencia de su pluma en los cronistas posteriores generó los
avatares del mito en las crónicas de Juan de Castellanos (1589), Sir Walter Raleigh (1596),
Antonio de Herrera (1615), Fray Pedro Simón (1621), Juan Rodríguez Freyle (1636) y Lucas
Fernández de Piedrahita (1688). La importancia de los escritos de Oviedo radica, por un lado,
en que fue un observador privilegiado de la situación en Tierra Firme, viviendo en la villa de
Santa María la Antigua, donde se estableció en 1514; luego en Nicaragua en 1527; y más tarde
en Santo Domingo, donde residió hasta su muerte en 1557, con el único objetivo de recopilar
los testimonios y documentos de los actores más importantes de la conquista de Sudamérica.
Por otro lado, es necesario subrayar la función que había desempeñado entre 1514 y 1533
cuando fue veedor de las fundiciones del oro, una especie de comisario nombrado por la
Corona para supervisar la legalidad de los procedimientos de fundición de los objetos indígenas
de oro recuperados por los conquistadores.

El indio de oro propuesto por Oviedo procede, pues, de su experiencia en Tierra Firme
y más directamente de los testimonios que los hombres de Sebastián de Benalcázar le dieron en
persona cuando pasaron por Santo Domingo de camino a España en 1541. Esta vez ya no era el
indio quillacinga, el señor étnico real que aparece en los documentos estudiados por Demetrio
Ramos37 a propósito de la situación de Quito en 1534, sino un jefe indio aún no conocido por
los españoles que se relacionó con la expedición de Gonzalo Pizarro a la Amazonía (1541).
Oviedo proponía una versión en la que el indio dorado ya no era ni el indio de Tierra Firme ni
de Perú, sino otro personaje cuya particularidad era su exotismo y la rareza de sus usos, “cosa
peregrina, inusitada y nueva y más costosa”, pues iba desnudo y solía empolvarse con oro antes
de lavarse el cuerpo en abluciones rituales.

La narración de Oviedo, a todas luces una construcción, refleja un razonamiento mucho


más argumentado en el que se puede vislumbrar la lógica de la prospección minera. En su
mente, el indio de oro se desplaza de Tierra Firme y de las montañas andinas a la vertiente
oriental (Anti/selva) u occidental (cundi/pacífico), lo que recuerda la oposición geográfica
entre las montañas andinas y la selva tropical amazónica o el pacífico selvático del norte del
Ecuador, una distinción cultural entre los indios de los Andes (Quito, quillacinga) y los de la
selva o el mar pacífico. Los amerindios del altiplano se vestían y adornaban con objetos de oro,
como pectorales y brazaletes, de factura muy refinada y similares a los de Perú. Al respecto, la
descripción de Oviedo evoca una cultura material compleja y el trabajo muy elaborado de los

36 Castro Roldan, 2019, p. 125.


37 Ramos, 1973, pp. 281-321; Oviedo, 1855, tomo 4, p. 383.

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orfebres, a diferencia de su indio dorado, desnudo, que evoca las prácticas más habituales de
las regiones cálidas, donde era posible encontrar minas aluviales más fácilmente según la
teoría, clásica en la época, del oro equinoccial. Oviedo escribe:

Se ha de tener por cierto (según parece por el efecto) que la mayor parte del oro nace en las cumbres y
mayor altura de los montes; pero criase y engendrase en las entrañas de la tierra; y así como lo pare o
echa fuera de sí, por la abundancia de la materia en las cumbres, las aguas de las lluvias después, poco
a poco, con el tiempo lo traen y abajan a los arroyos y quebradas de agua que nacen de las sierras; no
obstante que muchas veces se halla en los llanos que están desviados de los montes. Y cuando esto
acaece, todo lo circundante es tierra de oro, y se halla mucha cantidad por todo aquello. Pero por la
mayor parte y más continuamente se halla el oro en las faldas de los cerros y en los ríos mismos y
quebradas, porque ha mucho tiempo que se recoge en ellos.38

El polvo que el Dorado de Oviedo utiliza para ungir su cuerpo está relacionado con las
finas pepitas de oro de las minas aluviales que se encuentran en los ríos de las regiones
húmedas del trópico39 en las estribaciones cordilleranas y en las selvas y llanos adyacentes. En
otra parte de su Historia, Oviedo destaca el valor de este polvo de oro en contraste con el oro de
chafalonía de los tesoros indígenas de Tierra Firme:

No hablo aquí del oro que se ha habido por rescate, o en la guerra, ni en lo que de su grado o sin él han
dado los indios en estas islas o en Tierra-Firme; porque ese tal oro ellos lo labran y lo suelen mezclar
con cobre y con plata, y lo abajan, según quieren, y así es de diferentes quilates y valores. Mas hablo
del oro virgen, en quien la mano mortal no ha tocado o hecho esas mixturas, como adelante diré en el
proceso de esta materia.40

El Dorado de Oviedo es, por tanto, contemporáneo y sintomático de las primeras


prospecciones mineras que se realizaron desde Quito y Bogotá tanto hacia las tierras bajas
orientales (los Llanos y la selva amazónica), como hacia los valles interandinos desde Quito
(valle del Cauca) y Bogotá (valle del Magdalena). La primera caída de la producción de oro en la
curva de Haring (1539) coincide exactamente con este periodo. El mantenimiento de la
producción de oro en el período 1539-1545 corresponde, también, al primer auge del oro en las
minas de los valles del Cauca y de la vertiente occidental de la cordillera Central (Neiva e
Ibagué)41.

  

Tanto la primera ocurrencia de El Dorado en Santo Domingo en 1534, como la posterior


invención de Oviedo en 1541 constituyen una prueba interesante sobre el uso político del mito
en los años siguientes, cuando se produjo un aumento significativo de los flujos migratorios y la

38 Oviedo, 1851, tomo 1, p. 183.


39
Oviedo, 1855, tomo 4, p. 383.
40
Oviedo, 1851, tomo 1, p. 186.
41
Colmenares, 1978, pp. 281-285.

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consiguiente disminución de tesoros. Mientras la emigración desde España se mantenía


constante o, incluso, aumentaba, la curva del oro experimentó una caída vertiginosa: se redujo
casi a la mitad entre 1539 y 1540 (de 677 kilos a 383 kilos) y luego volvió a reducirse a la mitad
en 1545 (de 383 kilos a 126 kilos) para estancarse en 10 kilos anuales a finales de la década de
1560. Este fenómeno es más que lógico: la población europea aumentaba, mientras el oro de los
indios disminuía. Las oportunidades de riqueza se fueron agotando a medida que la publicidad
de El Dorado se fue consolidando como el argumento motor de un sinnúmero de expediciones
fallidas hacia la Amazonía en busca de tribus orfebres que robar, pero, sobre todo, de minas de
aluvión que explotar.

El año 1541 es, en este sentido, bastante revelador. Se organizaron tres expediciones
hacia la vertiente oriental desde Quito, Coro y Bogotá. La más conocida fue la expedición de
Gonzalo Pizarro al Amazonas, quien partió desde Quito en febrero en busca del “país de la
canela” y El Dorado. La expedición de Philippe Von Hutten partió de la costa venezolana en
agosto hacia los Llanos y luego hacia la Amazonía con propósitos similares, mientras que la de
Hernán Pérez de Quesada salió de Bogotá en la misma dirección en septiembre. Estas tres
expediciones fueron rotundos fracasos.

Un ejemplo posterior del uso político del mito lo encontramos en 1552 en un contexto
equivalente, en la recién creada Audiencia de Bogotá. Fue una autorización excepcional, pues
ya en 1549 el rey de España había prohibido las expediciones punitivas y el uso de la palabra
conquista, reemplazada por pacificación. Por iniciativa de los vecinos, se organizó una
expedición a los Llanos en busca de El Dorado, sin que los funcionarios creyeran demasiado en
ello: “entendíamos que aquella era la vía del Dorado, si es verdad que lo hay”42. El motivo
aducido fue el aumento demográfico, que afectó a los habitantes de Bogotá, “por la mucha
gente ociosa que allí se había acumulado”, ya que dos años antes, y para evitar la llegada de
más europeos al Perú, la Corona había cerrado el paso del camino real que unía la costa
caribeña con Panamá, desviando así el flujo migratorio hacia Cartagena y Bogotá43.

Otro ejemplo interesante es el de la expedición de Pedro de Ursúa al Amazonas en


1560. El título de El Dorado y Omagua se utilizó de nuevo aquí para nombrar una expedición
cuyo objetivo era aliviar el excedente de población ociosa y potencialmente peligrosa —se
hablaba por ese entonces de “descargar la tierra”44—. En esa época, el Perú contaba con más de
8 000 europeos, de los cuales solo 500 tenían encomiendas y menos de 1 000 tenían oficio.

Aunque la Historia ha asociado al indio dorado a los espejismos de riqueza que


impulsaron las expediciones orientales de la década de 1540 y las posteriores, que fueron
repetidas frustraciones y amargos fracasos, es necesario recordar el uso operativo que tuvo en
los flujos migratorios y en la prospección de las minas de aluvión americanas que, en cierta
medida, fueron exitosas durante el siglo XVI con la producción minera del oro de los Andes
occidentales en la gobernación de Popayán. También hay que subrayar la realidad que supuso

42 Friede, 1952, p. 461.


43 Ramos, 1973, p. 454.
44 Castro Roldán, 2019, p.111.

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en los primeros años de la Conquista de Tierra Firme: multitud de indios dorados tuvieron en
su momento una existencia real. Como muchos fenómenos hermosos del Nuevo Mundo, hoy
son un recuerdo lejano que solo es visible en las vitrinas de los museos y en las páginas de los
libros.

Referencias
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