La Legión Perdida de Craso en China
La Legión Perdida de Craso en China
La legión perdida de Craso, o simplemente la legión perdida, es el nombre con que se conoce a una hipotética
legión romana compuesta por parte de los cerca de 10.000 legionarios hechos prisioneros tras la batalla de
Carras por los partos en el año 53 a. C. Esta legión, «perdida» para los historiadores romanos, reaparecería
supuestamente en las crónicas chinas en el año 36 a C.
Contenido
[ocultar] 1 Los hechos
2 La hipótesis de Liqian
3 La Legión perdida en la literatura
4 Referencias
5 Enlaces externos
Durante la época del agitado triunvirato de Julio César, Pompeyo y Craso, éste último se hizo cargo de la
campaña contra los partos y avanzó por la actual Turquía al frente de un imponente ejército de 42.000
soldados; los romanos que lidera están compuestos por siete legiones, 4.000 arqueros y 4.000 jinetes galos, y
se creen capaces de escarmentar a la temida caballería parta, que es el cuerpo principal del ejército enemigo.
Pero éstos fueron derrotados en Carras (la actual Harrán, Turquía) por el ejército parto, siendo humillado el
ejército más poderoso del mundo de entonces, dieron muerte al triunviro Craso e hicieron prisioneros a más
de 10.000 de sus soldados.
A caballo entre la realidad y la leyenda, se sabe por Plutarco y Plinio el Viejo que estos hombres fueron
conducidos al extremo oriental del Imperio parto, en la antigua Bactriana (el actual Afganistán), siendo la
mayoría esclavizados o condenados a trabajos forzados. Pero los partos conservaron algunas unidades
dispuestas a seguir combatiendo a cambio de no ser condenados a muerte o a la esclavitud. Así, una parte de
la legión cautiva fue mandada a las proximidades del río Oxus (hoy Amu Daria) en la Bactriana (el actual
Turkmenistán) para luchar contra los hunos, desapareciendo allí su rastro. El caso es que, tras la firma de la
paz entre romanos y partos en el año 20 a. C., se estableció el retorno de los prisioneros, pero ya entonces se
desconocía totalmente dónde estaban los efectivos supervivientes de las derrotadas legiones de Carras, pese
a los esfuerzos que se dedicaron a su recuperación de los soldados apresados.
En 1955, el historiador y sinólogo estadounidense Homer Hasenpflug Dubs, en una conferencia impartida en
Londres titulada «Una ciudad romana en la antigua China», afirmó haber encontrado el destino de estos
legionarios, encajando los datos de Plutarco y Plinio el Viejo con las crónicas históricas de la dinastía Han,
que reinó en el Imperio Han de China entre los años 25 y 220 de nuestra era.
Según este investigador, la legión perdida reaparece en las crónicas chinas de la dinastía Han en el año 36 a.
C.1 En ese año el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en los territorios fronterizos
occidentales, la actual provincia de Xinjiang, contra los nómadas xiongnu, antecesores de los hunos, por
Bactria y el río Oxus. Las crónicas de esta campaña, que nos ha llegado a través del historiador y biógrafo del
general chino Gan Yanshou, Ban Gu, que participó en aquella contienda, han hecho pensar a algunos
expertos que los defensores de la ciudad de Zhizhi (actual Dzhambul, cerca de Taskent, en Uzbekistán), eran
miembros de la legión perdida.
En ellas se menciona una batalla librada por esta ciudad entre el ejército chino y un extraño contingente
constituido por soldados veteranos, muy disciplinado y protegido en una fortaleza de madera de forma
cuadricular que protegía el asentamiento. Se señala que éstos usaban fortificaciones de empalizadas
rectangulares2 y que entraban en combate perfectamente organizados («alineados y desplegados en una
formación como de escamas de pescado») en la puerta de la ciudad, lo que recuerda a la testudo romana, en
la que los infantes se protegen unos a otros formando con los escudos una especie de coraza.
La ciudad de Zhizhi fue tomada finalmente y los 1.000 prisioneros extranjeros fueron deportados a China y
asentados en la ubicación de la actual Yongchang (provincia de Gansu, China), en el desierto del Gobi, para
proteger las fronteras del imperio chino y a sus habitantes de las incursiones tibetanas.
Pero el antiguo nombre de Zhelaizhai, que se encuentra en la provincia de Gansu, ha terminado por sacar a la
luz al cabo de dos mil años la historia de la legión perdida. El nuevo lugar en que fueron asentados los
prisioneros fue llamado por decreto imperial Li-Jien o Liqian<; el topónimo, documentado por primera vez en el
año 5 d. C., no es sino una variante china de «Legión», un nombre que además era el usado por los chinos
para referirse a Roma desde que los antiguos chinos tuvieron noticias de su opulencia y poder a través de sus
comerciantes en Alejandría. Además, llama la atención este topónimo pues era extremadamente raro que los
chinos diesen a sus ciudades nombres extranjeros. Años más tarde, siguiendo la tendencia confuciana a la
rectificación de los nombres, el lugar fue renombrado como Jie-lu, que significa "cautivos".
Algunos creen que los descendientes de este contingente fue derrotado y arrasado en el siglo VIII por tropas
tibetanas, que en aquel entonces eran mercenarios terribles, auténticos señores de la guerra, pero los
estudios genéticos hechos en Li Jian dan pie a pensar otras cosas.
En 2001 los diarios Los Angeles Times y L'Express sacaron a la luz unos datos que identificaban un poblado
remoto como punto final de la aventura de los legionarios de Craso, demostrando importantes diferencias
físicas entre los nativos de la zona y el resto de los chinos. Desde entonces, los análisis de ADN realizados
por la Universidad de Lanzhou confirman que un 46 por ciento de los habitantes de Zhelaizhai -entre los que
hay ciudadanos con ojos azules y verdes, pelos rizados y/o de color castaño y pelirrojo, y gente con narices
aguileñas- mostraban una curiosa afinidad genética con poblaciones europeas, según informó el semanario
francés.2 Hace años se encontraron en torno a cien esqueletos de hace más de mil años con una altura
promedio superior a los 180 centímetros.3
A pesar de que la existencia de la legión perdida pueda estar más allá del mito, la realidad es que, aun con las
posibles evidencias bibliográficas; los análisis de ADN realizados a la población y los restos romanos
encontrados en excavaciones arqueológicas (monedas, cerámica, cascos y una gran piedra cúbica que
alberga misteriosos restos de estilo occidental. También se sabe de restos de una fortaleza, con 30 metros de
longitud y medio de alto, que según los nativos hasta hace poco más de 30 años, medía más de 100 metros
de longitud y era mucho más alta), no existen certezas concluyentes de presencia romana durante este
periodo en la China imperial, teniendo en cuenta que Li-Jien fue un puesto avanzado que estuvo localizado
dentro de la antigua ruta de la seda.
El escritor italiano de novela histórica Valerio Massimo Manfredi basa su último relato, El Imperio de los
Dragones, en estos hipotéticos hechos.
Ben Kane trata la historia de esta legión en su trilogía formada por "The Forgotten Legion"("La Legión
olvidada", ediciones B, 2009),"The Silver Eagle"("El Águila Plateada", aún sin traducir) y su tercera parte, aún
no publicada.
[editar] Referencias
Cuando estalló el motín de la India, y muy poco antes del asedio de Delhi,
un regimiento de caballería irregular indígena hallábase estacionado en
Peshawar, en la frontera de la India.
Ese regimiento se contagió de lo que John Lawrence calificó por aquel
entonces de “manía general”, y se habría pasado a los rebeldes si se le
hubiera dado la ocasión de hacerlo. Esa ocasión no llegó, porque cuando el
regimiento emprendió su marcha hacia el Sur, se vio empujado por el resto
de su cuerpo de ejército inglés, que lo metió por las colinas del Afganistán,
donde las tribus recién conquistadas se volvieron contra él lo mismo que
lobos contra el macho que guía el rebaño de cabras. Fue perseguido, con el
ansia de arrebatarle sus armas y equipo, de monte en monte, de cañada en
cañada, pendiente arriba y pendiente abajo, por los cauces secos de los
ríos y contorneando los grandes peñascos, hasta que desapareció lo mismo
que desaparece el agua en la arena; ése fue el final de aquel regimiento
rebelde y sin oficiales. El único rastro que queda hoy de su existencia es
una lista de nombres escrita con limpia letra redondilla y autenticada por un
oficial que firmó Ayudante del que fue regimiento de caballería irregular. El
papel del documento está amarillo por efecto de los años y del polvo, pero
en el reverso del mismo puédense leer aún las líneas escritas con lápiz por
John Lawrence, que dicen así: “Tómense las medidas necesarias a fin de
que los dos oficiales indígenas que permanecieron leales no se vean
desposeídos de sus tierras. –– J. L.”
Sólo dos entre los seiscientos cincuenta sables estuvieron a la altura del
deber, y John Lawrence halló tiempo para acordarse de sus merecimientos
en medio de todas las angustias de los primeros meses de, la rebelión. Este
episodio ocurrió hace más de treinta años, y los guerreros de las tribus del
otro lado de la frontera del Afganistán que ayudaron a aniquilar el regimiento
son en la actualidad ancianos. De cuando en cuando algún hombre de
barba blanca habla de la parte que tuvo en la degollina, y suele decir:
“Cruzaron muy orgullosos la frontera, invitándonos a sublevarnos y a matar
a los ingleses, para luego dirigirnos todos a participar en el saqueo de Delhi.
Los ingleses sabían que aquellos hombres eran unos fanfarrones y que el
Gobierno daría pronta cuenta de aquellos perros de las tierras bajas. En
vista de ello, acogimos al regimiento de indostánicos con buenas palabras, y
conseguimos que no se movieran de donde estaban hasta que los de las
guerras encarnadas vinieron contra ellos encorajinados y furiosos. Entonces
aquel regimiento se metió un poco más dentro por nuestros montes para
escapar de la cólera de los ingleses, y nosotros tomamos posiciones en sus
flancos, acechando desde las laderas de los montes hasta el momento en
que estuvimos seguros de que tenían cortada la retirada. Entonces nos
lanzamos sobre ellos porque queríamos despojarlos de sus ropas, de sus
monturas, de sus rifles y de sus botas…, sobre todo de sus botas. Hicimos
una gran matanza… Una matanza sin ninguna prisa.”
Al llegar a este punto, el anciano se frotará la nariz, agitará sus largos
bucles retorcidos, se relamerá los labios barbudos y sonreirá hasta exhibir
las encías de sus dientes amarillos. Luego seguirá diciendo:
“Sí; los matamos porque teníamos necesidad de su equipo y porque
sabíamos que Dios había entregado sus vidas en nuestras manos para que
pagasen el pecado que habían cometido… El pecado de haber sido
traidores a la sal que habían comido. Cabalgaron arriba y abajo, por los
valles, tropezando y dando tumbos en sus sillas, al mismo tiempo que
vociferaban pidiendo a gritos misericordia. Nosotros los fuimos empujando
lentamente, igual que a un rebaño, hasta que estuvieron todos reunidos en
un solo lugar, en el valle llano y ancho de Sheor Kot. Muchos habían muerto
de sed, pero quedaban todavía muchos más y eran incapaces de ofrecer
resistencia. Nos metimos entre ellos, arrojándolos del caballo a tierra con
nuestras manos hasta dos a un tiempo, y aquellos de nuestros muchachos
que eran nuevos en el manejo de la espada los mataron. La parte que me
correspondió en el botín fue ésta y ésta…, tantos fusiles y tantas monturas.
En aquel entonces las escopetas eran muy apreciadas. Hoy robamos rifles
que pertenecen al Gobierno y despreciamos las armas que no tienen el
cañón rayado. Sí, sin duda alguna que borramos a aquel regimiento de la
faz de la tierra, e incluso el recuerdo de aquella acción está ya casi
olvidado. Pero dicen algunos hombres…”
Al llegar a este punto, el relato se corta bruscamente y resulta imposible
averiguar qué dicen los hombres del otro lado de la frontera. Los afganos
fueron siempre una raza muy callada y preferían con mucho cometer una
mala acción a soltar prenda respecto a lo que habían hecho.
Permanecían tranquilos y se comportaban muy bien durante muchos
meses, y de pronto, una noche cualquiera, sin decir palabra ni enviar
advertencia, atacaban un puesto de Policía, rebanaban la cabeza a un par
de guardias, se precipitaban sobre una aldea, raptaban tres o cuatro
mujeres y se retiraban, bajo el rojizo resplandor de las chozas que ardían,
arreando delante de ellos el ganado vacuno y cabrío para llevárselo a sus
montes desolados. En esas ocasiones el Gobierno de la India recurría casi
a las lágrimas. Empezaba a por decir: “Por favor, sed buenos y os
perdonaremos.” La tribu que había tomado parte en el último desaguisado
se llevaba colectivamente el dedo pulgar a la nariz y contestaba con rudeza.
Entonces el Gobierno decía: “¿No sería preferible para vosotros que
pagaseis una pequeña suma por aquellos pocos cadáveres que la otra
noche dejasteis al retiraros?” Al llegar a ese punto la tribu contemporizaba,
recurría a la mentira y a las fanfarronadas, y algunos de los hombres más
jóvenes, simplemente para demostrar su desdén hacia la autoridad,
realizaban otra incursión contra otro puesto de Policía y disparaban sus
armas contra alguno de los fuertes construidos de barro en la frontera; si la
suerte los acompañaba, mataban a algún oficial inglés auténtico. Entonces
el Gobierno decía: “Tened cuidado, porque si os empeñáis en seguir esa
línea de conducta perderéis con ello.”
Si la tribu estaba bien enterada de lo que ocurría en la India, presentaba sus
excusas o contestaba con rudeza, según que las noticias que poseía le
indicaban si el Gobierno andaba atareado en otros menesteres o se hallaba
en condiciones de dedicar toda su atención a las hazañas de la tribu. Había
algunas tribus que sabían con exactitud hasta qué número de muertos
podían llegar. Pero otras se exaltaban, perdían la cabeza y le decían al
Gobierno que viniese a vérselas con ellos. El Gobierno, con dolor y
lágrimas, y con un ojo puesto en el contribuyente británico de Inglaterra, que
se empeñaba en considerar tales ejercicios militares como atropelladoras
guerras de anexión, preparaba una costosa brigadilla de campaña y algunos
cañones, y despachaba todo hasta los montes para arrojar a la tribu
culpable fuera de sus valles en que crecía el maíz y obligarla a refugiarse en
la cima de los montes, en donde no encontraban nada que comer. Entonces
la tribu reunía todas sus fuerzas y entraba gozosa en campaña, porque
sabía que sus mujeres serían siempre respetadas, que se cuidaría de sus
heridos, sin someterlos a mutilaciones, y que en cuanto quedase vacío el
talego de maíz que cada hombre llevaba a cuestas le quedaba siempre el
recurso de rendirse y de entrar en tratos con el general inglés, a pesar de
que se hubiesen conducido como auténticos enemigos.
Llegados a un acuerdo, y después que hubiesen pasado años, muchos
años, la tribu pagaría al Gobierno el precio de la sangre, moneda a moneda,
y entretendría a los hijos contándoles que habían matado a los soldados de
guerrera roja por millares. El único inconveniente de esta clase de guerra
excursionista era la debilidad de los hombres de guerreras rojas, que no
llegaban jamás a volar solemnemente, a fuerza de pólvora, las torres
fortificadas y los refugios de los rebeldes. Las tribus consideraban esta
conducta como una ruindad.
Entre los jefes de las tribus más pequeñas ––de aquellos clanes poco
numerosos que conocían al penique el gasto que representaba poner en
campaña contra ellos a las tropas blancas––, contábase un sacerdote––
bandido jefe, al que vamos a llamar el Gulla Kutta Mullah. Sentía por los
asesinatos de frontera un entusiasmo tal, que había llegado a convertirlos
en obras de arte casi nobles. Mataba por pura maldad a un mensajero
portador del correo, o atacaba con fuego de rifle un fuerte de barro en el
momento en que, según él lo sabía, nuestros hombres necesitaban dormir.
En sus épocas de descanso iba de visita a las tribus vecinas, esforzándolas
por arrastrarlas a cometer actos malvados. Tenía, además, una especia de
hotel para los demás fugitivos de la justicia en su propia aldea, situada en
un valle llamado Bersund. Todo asesino que se respetase a sí mismo tenía
que recalar en Bersund, si había actuado por aquella parte de la frontera,
porque todos consideraban esa aldea como lugar completamente seguro.
La única vía de acceso al valle era un estrecho desfiladero, que podía
convertirse en trampa mortal en menos de cinco minutos. Estaba rodeado
de altos montes, considerados inaccesibles para todos cuantos no hubiesen
nacido en la montaña. Allí vivía el Gulla Kutta Mullah con gran pompa, como
jefe de una colonia de casuchas de barro y de piedras, y no había casucha
en que no colgasen como trofeos un trozo de guerrera roja o lo robado a
algún muerto. El Gobierno tenía el más vivo interés en capturar a ese
hombre, y en cierta ocasión lo invitó formalmente a que saliese del valle y
se dejase ahorcar para responder de unos pocos de los asesinatos en que
había participado de una manera directa. Pero él contestó:
–– Yo vivo a sólo veinte millas, en un vuelo de cuervo, de vuestra frontera.
Venid por mí.
El Gobierno le contestó:
–– Algún día iremos, y será ahorcado.
El Gulla Kutta Mullah se olvidó del incidente. Sabía que la paciencia del
Gobierno era tan larga como un día de verano; pero no había caído en la
cuenta de que su brazo era tan largo como una noche de invierno. Meses
después, cuando reinaba la paz en las fronteras y toda la India estaba
tranquila, el Gobierno se despertó un instante de su sueño y se acordó del
Gulla Kutta Mullah y de sus trece fugitivos de la justicia. Enviar contra él
aunque sólo fuese un regimiento se había considerado como altamente
impolítico…, porque los telegramas que se enviarían a Inglaterra lo
convertirían en guerra seria… Eran tiempos en que había que obrar en
silencio y con rapidez, y, sobre todo, sin derramar sangre.
Es preciso informar al lector de que en la frontera noroeste de la India se
halla desparramada una fuerza militar de unos treinta mil hombres de
infantería y de caballería, cuya misión consiste en vigilar calladamente y sin
ostentación a las tribus que tienen frente a ellos. Van y vienen, en marchas
y contramarchas, desde un pequeño puesto desolado hasta otro; lo tienen
todo dispuesto para lanzarse al campo a los diez minutos de recibida la
orden; la mitad de esa fuerza está siempre metida en un zafarrancho
cuando la otra mitad acaba de salir del mismo, en un punto o en otro de la
monótona línea; las vidas de esos hombres son tan duras como sus propios
músculos, y los periódicos no hablan nunca de ellos. El Gobierno entresacó
sus hombres de esta fuerza.
En una posición en que la Patrulla Montada Nocturna hace fuego como
primer aviso a los malhechores, y donde los trigales se balancean en largas
olas bajo nuestra fría luna norteña, estaban cierta noche los oficiales
jugando al billar en la casa de paredes de barro del club, cuando le llegó la
orden de que tenían que formar en el cuadrilátero de ejercicios para realizar
un entrenamiento nocturno. Refunfuñaron y se dirigieron a sacar al aire libre
a sus fuerzas, formadas por un centenar de ingleses, doscientos gurkhas y
cosa de un centenar de jinetes de la mejor caballería indígena del mundo.
Cuando estuvieron formados en el cuadrilátero de maniobras se les
comunicó, cuchicheando, que tenían que salir en el acto para cruzar los
montes y caer sobre Bersund. Las tropas inglesas se apostarían alrededor
de los montes, a un lado del valle; los gurkhas se apoderarían del
desfiladero y de la trampa mortal, y la caballería, después de un largo
rodeo, saldría a espaldas del gran círculo de montañas y podría, si se
ofrecía alguna dificultad, cargar cuesta abajo contra los hombres del Mullah.
Pero había órdenes rigurosísimas de que de ningún modo hubiese lucha ni
alboroto.
Tenían que regresar por la mañana al puesto, con sus cartucheras intactas,
trayendo amarrados en medio de ellos al Mullah y a sus trece bandidos. Si
salían con éxito de la empresa, nadie se enteraría de ella ni daría
importancia a lo realizado; pero el fracaso equivaldría probablemente a una
pequeña guerra fronteriza, en la que Gulla Kutta Mullah adoptaría el papel
de jefe popular que hacía frente a una gran potencia atropelladora, y no el
que verdaderamente le correspondía: el de un asesino vulgar de la frontera.
Reinó acto seguido el silencio, interrumpido tan sólo por el chasquido
metálico de las agujas de las brújulas y de las tapas de los relojes, cuando
los jefes de las
columnas comparaban datos y marcaban situaciones y horas en que tenían
que coincidir. Cinco minutos después el cuadrilátero de maniobras estaba
desierto; las guerreras verdes de los gurkhas y los capotes de las tropas
inglesas se habían esfumado en la oscuridad, y la caballería se alejaba al
paso en medio de una llovizna cegadora.
Más adelante veremos lo que hicieron los ingleses y los gurkhas. La tarea
más pesada correspondía a los hombres de a caballo, que tenían que hacer
una larguísima caminata, desviándose de los lugares habitados. Muchos de
los jinetes eran nacidos en aquella región y estaban ansiosos de pelear
contra los de su propia sangre, y había algunos oficiales que habían
realizado con anterioridad incursiones particulares y sin sello oficial
por aquella zona montañosa. Cruzaron la frontera, encontraron el lecho
seco de un río y avanzaron por él al trotecito, se metieron al paso por una
garganta pedregosa, se arriesgaron, al amparo de la niebla, a cruzar un
montecito bajo; contornearon otro monte, dejando las huellas profundas de
los cascos en una tierra arada; avanzaron tanteando por otro lecho de río,
salvaron a buen paso la garganta de una estribación, pidiendo a
Dios que nadie oyese el relinchar de sus caballos, y de ese modo fueron
avanzando entre la lluvia y la oscuridad hasta dejar Bersund y su cráter de
colinas un poco atrás y hacia la izquierda; es decir, que había llegado el
momento de torcer el rumbo. La cuesta del monte que dominaba la
retaguardia de Bersund era escarpada, e hicieron alto para cobrar resuello
en un valle ancho y llano que había debajo de la cima. En realidad, lo que
ocurrió fue que los jinetes tiraron de la rienda; pero los caballos, a pesar de
su fatiga, rehusaron detenerse. Se oyeron tacos irreverentes, tanto más
irreverentes cuanto que se pronunciaban cuchicheando, y se escuchaba el
crujir de las sillas en la oscuridad al dar empujones hacia adelante los
caballos.
El suboficial que iba en la retaguardia de un grupo se volvió en su silla y dijo
en voz muy baja:
–– Carter, ¿qué diablos anda usted haciendo en la retaguardia? Haga subir
a sus hombres.
Nadie contestó, hasta que un soldado dijo:
–– Carter Sahib está en la vanguardia y no aquí. Detrás de nosotros no hay
nada.
–– ¡Ya está! exclamó el suboficial––. El escuadrón se está pisando su
propia cola.
En ese momento, el comandante que mandaba la fuerza vino hacia la
retaguardia, lanzando tacos entre dientes y pidiendo la sangre del teniente
Halley, que era precisamente el suboficial que acababa de hablar, y al que
el comandante habló así:
–– No pierda de vista a su retaguardia. Se han extraviado algunos de sus
condenados ladrones. Ellos están a la cabeza del escuadrón, y usted es un
idiota por dondequiera que se le mire.
–– ¿Daré orden a mis hombres de echar pie en tierra? –– preguntó, huraño,
el suboficial porque se sentía mojado y frío.
–– ¿Que echen pie a tierra? ––exclamó el comandante–– ¡Vive Dios que lo
que debe hacer es apartarlos a latigazos! Los está usted desperdigando por
todo este lugar. ¡Ahora tiene usted a sus espaldas un grupo!
El suboficial dijo con serenidad:
––Eso es lo que yo también creía, pero todos mis hombres están aquí,
señor. Sería mejor que hablase a Carter.
–– Carter Sahib le envía un saludo y desea saber la causa de que el
regimiento se haya detenido ––dijo un jinete al teniente Halley.
–– Pero ¿dónde diablos está Carter? ––preguntó el comandante.
–– Está ya en vanguardia, con su escuadrón ––fue la respuesta.
–– Pero ¿es que estamos paseándonos en círculo, o nos hemos convertido
en el centro de toda una brigada? ––exclamó el comandante.
Para entonces reinaba el silencio a lo largo de toda la columna. Los caballos
permanecían tranquilos; pero por entre el susurro de la llovizna que caía, los
hombres oían el pataleo de gran número de caballos que avanzaban por un
terreno rocoso.
––Nos están siguiendo subrepticiamente ––exclamó el teniente Halley.
–– Aquí no tienen caballos, y, además, habrían hecho fuego para ahora ––
exclamó el comandante––. Son…, son los caballitos de los aldeanos.
––En ese caso nuestros caballos habrían relinchado hace ya rato, haciendo
fracasar el ataque, porque deben llevar cerca de nosotros lo menos media
hora ––dijo el suboficial.
–– Es cosa rara que nosotros no olfateemos los caballos ––dijo el
comandante humedeciendo un dedo y frotándolo contra su nariz, al mismo
tiempo que olfateaba a contra viento.
–– En todo caso, es un mal principio ––dijo el suboficial sacudiendo la
humedad de su capote––. ¿Qué haremos, señor?.
–– Seguir adelante ––dijo el jefe––. Hemos de echarle el guante esta noche.
La columna avanzó vivamente unos cuantos pasos. Luego se escuchó un
taco, brotó una lluvia de chispas azules al chocar los cascos herrados sobre
una cantidad de piedras pequeñas, y uno de los jinetes rodó por el suelo
con un ruido metálico de todo el equipo, que habría sido suficiente para
despertar a los muertos.
–– Ahora sí que hemos hecho las diez últimas ––dijo el teniente Halley––.
Todos los que viven en la ladera del monte han debido despertarse, y
tendremos que escalarlo haciendo frente a un fuego de fusilería. Estas son
las consecuencias de intentar empresas nocturnas propias de chotacabras.
El jinete caído se levantó tembloroso y trató de explicar que su caballo
había tropezado en uno de los montículos que con frecuencia es costumbre
levantar con piedras sueltas en el lugar en que alguien ha sido asesinado.
No hacía falta andarse con razones. El robusto corcel australiano del
comandante fue el que tropezó a continuación, y la columna hizo alto en un
terreno que parecía ser un auténtico cementerio de montículos, que
tendrían todos unos dos pies de altura. No entramos en detalles de las
maniobras del escuadrón. Los jinetes decían que aquello producía la
sensación de estar bailando rigodones a caballo sin previo entrenamiento y
sin acompañamiento de música.
Por último, los caballos, rompiendo filas y guiándose por sí mismos, salieron
de los túmulos y todos los hombres del escuadrón volvieron a formar y
tiraron de la rienda de sus cabalgaduras algunas yardas más arriba, en la
cuesta del monte. Entonces, según el relato del teniente Halley, tuvo lugar
otra escena muy parecida a la que acabamos de describir. El comandante y
Carter estaban empeñados en que no habían formado en las filas todos los
hombres y que quedaban algunos en la retaguardia dando tropezones y
produciendo ruidos metálicos entre los montículos de los muertos. El
teniente Halley fue llamando por sus nombres otra vez a sus soldados y se
resignó a esperar. Más adelante me contó lo que sigue:
–– Yo no acertaba a comprender qué ocurría, y tampoco se me daba mucho
de ello. El estrépito que armó aquel jinete al caer tenía que haber alarmado
a toda la región, y yo habría jurado que éramos perseguidos furtivamente a
retaguardia por un regimiento entero, por un regimiento que armaba un
estrépito como para despertar a todo el Afganistán. Permanecía muy tieso
en mi silla, pero no ocurrió nada.
Lo misterioso de aquella noche era el silencio que se observaba en la ladera
del monte. Todos sabíamos que el Gulla Kutta Mullah tenía sus casitas de
centinelas en la ladera exterior del monte, y todos esperábamos que para
cuando el comandante se hubiese calmado a fuerza de tacos, aquellos
hombres que estaban de guardia habrían abierto fuego contra nosotros. Al
no ocurrir nada, se dijeron todos que las ráfagas de la lluvia habían
amortiguado el ruido de los caballos, y se lo agradecieron a la Providencia.
Por último, el comandante quedó convencido: a) de que no había quedado
nadie rezagado entre los montículos, y b) de que no era seguido en la
retaguardia por un cuerpo numeroso y fuerte de caballería. Los hombres
estaban ya completamente malhumorados, los caballos estaban inquietos y
cubiertos de espuma, y todo el mundo anhelaba la llegada del día.
Iniciaron la subida hacia lo alto del monte, llevando cada hombre con mucho
tiento su montura. Antes que hubiesen salvado las cuestas inferiores, o de
que hubiesen empezado a tensarse los petos, estalló a sus espaldas una
tormenta de truenos que fue retumbando por los montes bajos y ahogando
cualquier clase de ruido, como no fuese el de un disparo de cañón. El
resplandor del primer relámpago puso a su vista las costillas desnudas de la
ladera del monte, la cima, que se destacaba en un color azul acerado sobre
el fondo del cielo negro; las líneas delgadas de la lluvia que caía, y a pocas
yardas de su flanco izquierdo, una torre de guardia afgana, de dos pisos,
construida de piedra, y a la que se entraba por una escalera que colgaba
del piso superior. La escalera estaba levantada, un hombre armado de un
rifle avanzaba el cuerpo fuera del antepecho de la ventana. La oscuridad y
el trueno se echaron encima en ese momento, y cuando se restableció la
calma gritó una voz desde la torre de guardia:
–– ¿Quién va allá?
La caballería permaneció inmóvil, pero todos sus hombres empuñaron cada
cual su carabina y se situaron a un costado de sus caballos. De nuevo gritó
aquella voz:
–– ¿Quién va allá? ––y luego, en tono más agudo––: ¡Oh hermanos, dad la
alarma!
Pues bien: cualquiera de aquellos jinetes habría preferido morir dentro de
sus altas botas antes que pedir cuartel; pero la realidad es que la respuesta
a la segunda intimación fue un largo gemido de: “¡Marf Karo! ¡Marf Karo!”,
que significa “¡Tened compasión! ¡Tened compasión!” Eso fue lo que gritó el
regimiento que trepaba.
Todos los hombres del cuerpo de caballería permanecieron mudos de
asombro, hasta que los más fornidos empezaron a cuchichear entre sí:
–– Mir Khan, ¿fue tu voz la que oí?… Abdullah, ¿fuiste tú quien llamó?
El teniente Halley permanecía en pie junto a su corcel, esperando. Mientras
no sonase un tiro todo iba bien. El resplandor de otro relámpago iluminó
aquel grupo de caballos jadeantes y de cabezas inquietas, y junto a ellos a
los hombres de ojos como globos blancos, que miraban muy abiertos, y a la
izquierda de ellos la torre de piedra. Esta vez no apareció cabeza alguna en
la ventana; el tosco postigo, reforzado de hierro, capaz de resistir a un tiro
de rifle, estaba cerrado. El comandante dijo:
–– Avanzad. Por lo menos lleguemos a la cumbre.
El escuadrón avanzó dificultosamente; los caballos agitaban las colas y los
hombres tiraban de las riendas, mientras rodaban por la pendiente las
piedras y volaban por todas partes las chispas. El teniente Halley afirma que
en toda su vida no oyó hacer tanto ruido a un escuadrón. Asegura que
treparon como si cada caballo hubiese tenido ocho patas y otro caballo de
reserva a sus espaldas. Ni aún entonces se oyó voz alguna en la torre de
guardia, y los hombres se detuvieron agotados en el camellón de la cima,
desde el que podía verse la sima tenebrosa dentro de la cual quedaba al
aldea de Bersund. Se aflojaron las cinchas, se levantaron las cadenillas de
las barbadas, se ajustaron las sillas de montar y los hombres se dejaron
caer al suelo entre las piedras. Ocurriese lo que ocurriese, ellos ocupaban
ahora una posición dominante para defenderse de cualquier ataque.
Cesaron los truenos, y con los truenos cesó la lluvia, y todos ellos se vieron
envueltos por la oscuridad tupida y suave de una noche invernal antes que
despuntase el día. Todo estaba en silencio, oyéndose únicamente el ruido
del agua que corría por las cañadas de las laderas de la montaña. Oyeron el
ruido que hizo al abrirse el postigo de la torre de guardia, que quedaba por
debajo de ellos, y la voz del centinela, que gritaba:
–– ¡Oh Hafiz Ullah !
El eco repitió varias veces la última sílaba: “¡la––la––la!” A esa llamada
contestó el vigilante de la torre de guardia que se ocultaba al otro lado de la
curva del monte:
–– ¿Qué ocurre, Shahbaz Khan?
Shahbaz Khan contestó en el tono agudo que empleaban los montañeses:
–– ¿Has visto?
El otro contestó:
–– Sí, y que Dios nos guarde de los espíritus malos.
Hubo una pausa, y al cabo de ella se oyó gritar:
–– Hafiz Ullah, estoy solo. Ven a hacerme compañia.
–– Shahbaz Kahn, yo también estoy solo, pero no me atrevo a abandonar
mi puesto.
–– Eso es mentira; tienes miedo.
Hubo otra pausa más larga y a continuación:
–– Tengo miedo. ¡No hables! Siguen todavía debajo de nosotros. Reza a
Dios y duerme.
Los soldados de caballería escuchaban atónitos, porque no comprendían
que por debajo de las torres de guardia hubiese otra cosa que tierra y
piedra.
Shahbaz Khan empezó a gritar de nuevo:
–– Están debajo de nosotros. Los veo. ¡Por amor de Dios, ven a hacerme
compañía, Hafiz Ullah! Mi padre mató a diez de ellos. ¡Ven y hazme
compañía!
Hafiz Ullah contestó en voz muy fuerte:
–– El mío estuvo libre de pecado. Escuchad, vosotros, hombres de la
noche: ni mi padre ni nadie de mi sangre tuvieron parte en aquel crimen.
Shahbaz Khan, sufre tú tu propio castigo.
–– Habría que tapar la boca a esos hombres, que están cacareando igual
que gallos ––dijo el teniente Halley, castañeteando debajo de su roca.
Apenas se había dado media vuelta para exponer a la lluvia la otra mitad de
su cuerpo, cuando un afgano barbudo, de largas guedejas en tirabuzones,
maloliente, que subía monte arriba a todo correr, cayó en sus brazos. Halley
se sentó encima de él y le metió por la boca toda la empuñadura de la
espada que cupo dentro de la misma. Luego le dijo alegremente:
–– Si gritas, te mato.
El hombre estaba tan aterrorizado, que ni a hablar acertaba. Quedó en el
suelo temblando y gruñendo. Cuando Halley le quitó de entre los dientes el
puño de la espada, el afgano seguía sin poder articular palabra, pero se
aferró al brazo de Halley, palpándolo desde el codo hasta la muñeca, y
jadeando:
¡El Rissala! ¡El Rissala muerto! ¡Está allá abajo!
–– No; el Rissala, el Rissala, vivo y muy vivo, está aquí arriba ––dijo Halley
soltando su brida de aguada y atando con ella las muñecas del afgano.
¿Cómo fuisteis tan estúpidos que nos dejásteis pasar?
–– El valle está lleno de muertos ––dijo el afgano––. Es mejor caer en
manos de los ingleses que en las de los muertos. Allá abajo éstos van y
vienen de un lado para otro. Los vi a la luz de los relámpagos.
Al cabo de un rato recobró un poco de serenidad, y dijo cuchicheando,
porque Halley le tenía aplicada al estómago la boca de su pistola:
–– ¿Qué es esto? Entre nosotros no hay guerra, y el Mullah me matará por
no haber visto pasar a ustedes.
No tengas cuidado ––le dijo Halley––. Venimos a matar a Mullah, con la
ayuda de Dios. Le han crecido demasiado los colmillos. Nada te pasará a ti,
a menos que la luz del día nos haga ver que tienes una cara que está
pidiendo la horca por los crímenes cometidos… ¿Y qué es eso del
regimiento muerto?
–– Yo sólo mato del lado de acá de mi frontera –– dijo el hombre, denotando
un inmenso alivio––. El regimiento muerto está ahí abajo. Los hombres
vuestros han debido de pasar por sus tumbas en la subida: son
cuatrocientos hombres muertos sobre sus caballos, que tropiezan y dan
tumbos entre sus propias sepulturas, entre los montecillos de piedra…;
todos ellos hombres a los que nosotros matamos.
–– ¡Fiu! ––exclamó Halley––. Eso explica que yo haya maldecido a Carter y
que el comandante me haya maldecido a mí. ¿De modo que son
cuatrocientos sables, verdad? No es de extrañar que nosotros nos
imaginásemos que se habían agregado a nuestra tropa un buen número de
extras. Kurruk Shah ––cuchicheó a un oficial indígena de pelo entrecano
que estaba tumbado a pocos pasos de Halley––, ¿oíste hablar de un
Rissala muerto entre estas montañas?
Kurruk Shah contestó con un glogloteo de risa:
–– Desde luego que sí. ¿Cómo, de no haberlo sabido, habría pedido a gritos
cuartel cuando la claridad del relámpago nos descubrió a los vigías de las
torres, yo, que he servido a la reina durante veintisiete años? Siendo yo
joven presencié la matanza en el valle de Sheor––Kot, ahí abajo, a nuestros
pies, y conozco la leyenda que nació de ese hecho. ¿Pero cómo es posible
que los fantasmas de los infieles prevalezcan contra nosotros los
creyentes? Aprieta un poco más fuerte las muñecas de ese perro, Sahib.
Los afganos son igual que las anguilas.
–– Pero hablar de un Rissala muerto es decir una tontería ––dijo Halley,
dando un tirón a la muñeca de su cautivo––. Los muertos están muertos…
Estate quieto, sag.
El afgano se retorció.
–– Los muertos están muertos, y por esa razón van y vienen de un lado a
otro por la noche. ¿Qué falta hace hablar? Nosotros somos hombres, y
tenemos ojos y oídos. Ustedes dos pueden ver y oír a esos muertos al pie
de la colina ––dijo Kurruk Shah con mucha compostura.
Halley miraba asombrado y permaneció largo rato escuchando con
atención. El valle estaba lleno de ruidos ahogados, como ocurre en todos
los valles por la noche; pero sólo Halley sabe si él vio o escuchó cosas que
se salían de lo natural, y no le gusta hablar acerca del tema.
Por último, cuando iba a despuntar el día, subió hacia lo alto un cohete
verde lanzado en el lado opuesto del valle de Bersund, a la entrada del
desfiladero, para hacer saber que los gurkhas ocupaban ya su posición.
Una luz roja de la infantería, que estaba colocada a derecha e izquierda,
respondió a la señal, y la caballería encendió una bengala blanca. Los
afganos duermen hasta muy tarde durante el invierno, y era ya pleno día
cuando los hombres de Gulla Kutta Mullah empezaron a salir de sus
casuchas frotándose los ojos. Entonces vieron a hombres de uniformes
verdes, rojos y pardos apoyados en sus fusiles y muy lindamente dispuestos
alrededor del cráter de la aldea de Bersund, formando un cordón que ni
siquiera un lobo habría sido capaz de romper. Se frotaron todavía más los
ojos cuando un joven de cara sonrosada, que ni siquiera pertenecía al
Ejército, sino que representaba al Departamento Político, avanzó monte
abajo con dos ordenanzas, llamó con unos golpes a la puerta del Gulla
Kutta Mullah y le dijo tranquilamente que saliese afuera y se dejase atar,
para mayor comodidad durante el transporte. Este mismo joven fue de
casucha en casucha, dando ligeros golpecitos con el bastón, aquí a un
bandolero y allí a otro; en el momento en que lo señalaba con su bastón,
cada uno de esos individuos era amarrado, y miraba con ojos de asombro y
desesperanza a las alturas circundantes, desde las que los soldados
ingleses miraban hacia el valle con despreocupación. Únicamente el
Mullah trató de desahogarse con maldiciones y frases gruesas, hasta que el
soldado que le estaba amarrando las muñecas le dijo:
–– ¡Ni una palabra más! ¿Por qué no saliste al frente cuando se te ordenó,
en lugar de tenernos en vela toda la noche? ¡Vales menos que el
barrendero de mi cuartel, viejo narciso de cabeza blanca! ¡Andando!
Media hora después las tropas se habían marchado de la aldea, llevándose
al Mullah y a sus trece amigos. Los atónitos aldeanos contemplaban con
dolor el montón de mosquetes rojos y de espadas hechas pedazos,
diciéndose cómo habían podido ellos calcular tan equivocadamente la
paciencia del Gobierno de la India.
Fue una operación pequeña y bonita, llevada a cabo limpiamente, y los
hombres que en ella habían tomado parte recibieron una expresión, no
oficial, de agradecimiento por sus servicios.
Sin embargo, yo creo que corresponde una buena parte del mérito a aquel
otro regimiento cuyo nombre no figuró en la orden del día de la brigada y
cuya mera existencia corre peligro de caer en el olvido.
Año 53 a.C.
Año 36 a.C.
.
Legionarios en la base de la columna Antonina
¿ Se imaginan ustedes que los dos imperios más importantes del mundo de
hace 2000 años, el Imperio Romano y el Chino, estuvieron alguna vez en
contacto?Existen dos evidencias al respecto, una de ellas bien
documentada, y otra producto de realidad mezclada con leyenda. Esta
última ha sido reactualizada a través de la última novela de Massimo
Manfredi, el autor de la trilogía "Alexandros", llamada "El Imperio de los
Dragones".
Veamos qué hay al respecto.
Existió un primer contacto diplomático documentado a través del libro chino
Hou Hanshu (libro de la historia china de la dinastía Han), a través del viaje
de una embajada romana enviada por un emperador en el 166 d.c. Se
presume que dicho emperador pudo haber sido Marco Aurelio (161-180
d.c.), el padre del cruel emperador Cómodo en la película Gladiador, a quien
su hijo asesina en un abrazo, aunque se ha postulado también que pudo
haber sido su predecesor Antonino Pío. La confusión ha surgido porque el
Hou Hanshu llama al emperador lejano An Tun, de Antonino, nombre que
ambos emperadores llevaban y que es el nombre de la dinastía que los
incluyó. Lo curioso es que, de parte romana, no existen documentos que
mencionen esta embajada.
En fin, la misión diplomática habría llegado desde el sur, probablemente por
mar, entrando a China por la frontera de Jinan o Tonkin y llevaba como
presentes cuernos de rinocerontes, marfil y caparazones de tortugas que
pudo haber adquirido en el Asia Meridional. No se descarta que estos
representantes romanos hayan sido más bien comerciantes independientes
que se hayan "avivado" haciéndose pasar por representantes oficiales del
Imperio para ser mejor recibidos.
La misión arribó a Luoyang, entonces capital china, en 166 d.c. y fue
recibida por el emperador Huan de la dinastía Han (202 a.c.-220 d.c.). Casi
al mismo tiempo y posiblemente a través de esta embajada, los chinos
adquirieron un tratado de astronomía romano, a cuyo imperio llamaron Da
Qin.
A partir del siglo III se encuentra un texto chino, llamado Weilue, que
describe una serie de productos del mperio Romano así como las rutas
comerciales entre ambos.
Pero pudo haber existido un contacto anterior entre ambos imperios,
aunque no de carácter diplomático precisamente. Veamos la historia.
Nos remontamos al año 53 a.c., año en el cual las legiones romanas de
Licinio Craso (uno de los triunviros junto a Julio César y Pompeyo) sufrieron
una aplastante derrota a manos de los partos (imperio que abarcaba los
actuales Irán, Irak y parte de Turquía) en la batalla de Carrhae. Dicha
derrota fue desastrosa para Roma, que dejó en el campo a 20 mil soldados
muertos (incluyendo al propio Craso) y 10 mil prisioneros. De acuerdo a
escritos de Plinio y Pluatrco, algunos prisioneros aceptaron unirse al ejército
parto para no ser muertos o esclavizados. Así, esta nueva legión fue
enviada a Bactria (actual Afganistán) a defender los límites del imperio parto
a orillas del rio Oxus (Amu Darya) y enfrentarse a los predecesores de los
hunos que habitaban en las cercanías. Desde entonces se pierde la pista de
esta legión de la historia, y así, en el año 20 a.c. , cuando se firma la paz
entre una Roma victoriosa y el Imperio Parto, estos prisioneros no pueden
ser devueltos a Roma pues se ignora su destino final.
Pero una posible pista acerca de esta "legión perdida" surge en el año 36
a.c., 17 años después de Carrhae. En ese año, el general chino Gan
Yanshou emprendió una campaña contra los fronterizos Xiong-nu en la
región occidental de Sinkiang. El historiador Ban Gu narra el encuentro de
este ejército con unos extraños y desconocidos soldados veteranos , que
construían fortalezas de empalizadas cuadradas, y luchaban protegidos por
escudos, tal como lo hacían las legiones romanas. Una vez derrotados por
el general chino en Zhi Zhi, en premio a su valor en combate, se permitió a
unos 1000 a 1500 sobrevivientes establecerse en territorio chino, fundando
éstos la aldea de Li Jien, en la provincia de Gansu (se llamó Li Jien a estos
soldados, palabra tal vez derivada de "legión", nombre que se daban a si
mismos).
Algunos creen que los descendientes de este contingente fué derrotado y
arrasado en el siglo VIII por tropas tibetanas, que en aquel entonces eran
mercenarios terribles, auténticos señores de la guerra, pero los estudios
genéticos hechos en Li Jian dan pie a pensar otras cosas. Por un lado, hay
diferencias físicas muy importantes entre los nativos de la zona y el resto de
los chinos; se ha comprobado que un 46% de sus habitantes tienen rasgos
claramente de origen europeo: ojos azules y verdes, pelos rizados y/o de
color castaño, y hasta narices aguileñas; hace años se encontraron en torno
a cien esqueletos de hace más de mil años con una altura promedio
superior a los 180 centímetros. Y si se buscan pruebas más bien
arqueológicas, en Liqian quedan los restos de una fortaleza, con 30 metros
de longitud y medio de alto, que según los nativos hasta hace poco más de
30 años, medía más de 100 metros de longitud y era mucho más alta... toda
una lástima que haya sobrevivido milenios y la hayamos perdido en tan
poco tiempo. También se han encontrado restos, como una gran piedra
cúbica que alberga misteriosos restos de estilo occidental.
Si bien es cierto que muchos de estos argumentos pueden ser rebatidos y
explicados por otras causalidades, creo que la combinación de todos
conforma una teoría apasionante. Yo creo que Roma y China se
encontraron en Zhizhi, que los romanos lucharon fieramente en aquel lugar
del lejano Oriente, y que la legión perdida finalmente alcanzó con honor su
merecida libertad.
Eduardo said...
Hola amigos... podéis ver la principal fuente de información en mi web
personal, en el apartado de Romanos en China: [Link]
La historia de la legión perdida no se novela en el libro de Manfredi, sale a
colación el tema, pero está desenvuelto en torno al siglo III d.C. La novela
sobre la legión perdida estoy a punto de publicarla yo mismo. La veréis
anunciada en mi web en los próximos meses. Espero que os guste. Un
saludo amig@s!!
Edu!!!