EGUZKILORE
Número 27.
San Sebastián
2013
121-148
SUSPENSIÓN ESPECIAL PARA
DROGODEPENDIENTES1
¿EXISTEN POSIBILIDADES PARA UNA MAYOR APLICACIÓN?
OBSTÁCULOS Y ORIENTACIONES DE FUTURO*
Nahia ZORRILLA MARTÍNEZ1
Universidad Pompeu Fabra
Resumen: El presente trabajo sugiere la necesidad de ampliar la aplicación de la suspensión de la pena de pri-
sión para drogodependientes a un número mayor de penados. En un primer apartado, se aporta un conjunto
de evidencias que permiten presumir que la suspensión especial se aplica menos de lo que podría aplicarse.
En el segundo apartado, se ofrecen algunos argumentos que podrían explicar la limitación de este recurso:
una regulación legal confusa, la falta de un informe criminológico-social previo a la sentencia y determinadas
características de nuestra cultura judicial. Y finalmente, se exponen tres elementos vinculados con el proceso
de individualización legal y judicial, cuya adopción en nuestro país permitiría incrementar tanto la credibilidad
como la extensión de esta pena comunitaria: la Therapeutic Jurisprudence, los Drug Treatment Courts y el
Pre-Sentence Report.
Laburpena: Lan honek iradokitzen du gero eta zigortu gehiagori eten beharko litzaiekeela drogaren
menpekoei aplikatzen zaien espetxe-zigorra. Lehenengo atalean, hainbat ebidentzia aurkezten dira erakusteko
etete berezia aplikatu daitekeenetan baino gutxiagotan aplikatzen dela. Bigarren atalean, baliabide horren
muga azal dezaketen hainbat argumentu eskaintzen dira: lege-erregulazio nahasia, sententzia baino
lehenagoko txosten kriminologiko-sozial baten gabezia eta gure kultura judizialaren ezaugarri zehatzak. Eta,
azkenik, indibidualizazio-prozesu legalarekin eta judizialarekin lotutako hiru elementu azaltzen dira. Horiek
gure herrialdeetan txertatzeak ahalbidetuko luke areagotzea zigor komunitario horren sinesgarritasuna eta
hedapena: Therapeutic Jurisprudence, Drug Treatment Courts eta Pre-Sentence Report.
* El presente trabajo de investigación se ha desarrollado como parte del Máster en Criminología y Ejecu-
ción Penal de la Universidad Pompeu Fabra, bajo la supervisión de la profesora Ester Blay, a quien agradezco
profundamente su supervisión, orientación y apoyo a lo largo de todo el proceso. Agradezco, a su vez, a Elena
Larrauri sus constantes aportaciones así como el impulso para que este proyecto se haya hecho efectivo. Y
finalmente, quisiera agradecer al juez J.A. Rodríguez Saez (Juzgado de lo Penal nº 21 de Barcelona) por su
gran disponibilidad y asesoramiento en la fase inicial de este proyecto.
1. Este trabajo ha obtenido el Premio Pinatel al mejor trabajo de investigación criminológica, otorgado
por el Instituto Vasco de Criminología y patrocinado por Kutxa, en su edición 2012.
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Résumé : Le travail qui suit sugère le besoin d’élargir l’application à un nombre supérieur de peinés de
la suspension de la peine de prison aux toxicomanes. D’abord, on apporte un ensemble d’evidences qui
permetent présupposser que la suspension spéciale s’applique moins de ce qu’on pourrait le faire. Après, on
montre quelques arguments qui pouraient expliquer la limitation de ce recours: une régulation légal confuse,
le défaut d’un rapport criminel-social préalable à la sentence et des caracteristiques déterminées de notre
culture judiciale. Et en dernier, on expose trois élements liés au procés d’individualitation légale et judiciale,
dont son adoption dans notre pays permetrait augmenter tant la credibilité comme l’extension de cette peine
communautaire: la Therapeutic Jurisprudence, les Drug Treatement Courts, et le Pre-Sentence Report.
Summary: This work suggests the need to broaden the application to a greater number of convicted persons
of suspended prison sentence for drug addicts. In the first part a body of evidence is provided, which justifies
the assumption that special suspension is less applied than it might. In the second part several arguments
are presented, which could explain the limitation of this tool: an unclear legal regulation, the lack of a pre-
sentence socio-criminal report and certain characteristics of our legal culture. And lastly, three elements linked
to the legal and judicial individualization process are presented; the adoption in our country would increase
the credibility and spread of this community punishment: the Therapeutic Jurisprudence, the Drug Treatment
Courts and the Pre-Sentence Report.
Palabras clave: Drogodependientes, informe criminológico-social, artículo 87 Código penal.
Gako-hitzak: drogaren menpekoak, txosten kriminologiko-soziala, Kode penaleko 87. artikulua.
Mots clef : Toxicomanes, rapport criminel-social, article 87 du Code Pénal.
Key words: Drug addicts, criminology-social report, article 87 of the Penal Code.
ÍNDICE
0. INTRODUCCIÓN
1. APLICACIÓN DEL art. 87CP
2. ¿POR QUÉ SU ESCASA APLICACIÓN?
2.1. REGULACIÓN LEGAL CONFUSA: FUNDAMENTO E INTERPRETACIÓN DEL ART. 87CP
2.2. FALTA DE UN INFORME CRIMINOLÓGICO-SOCIAL
2.3. CULTURA JUDICIAL
3. ¿CÓMO AUMENTAR LA CREDIBILIDAD Y EXTENSIÓN DE LA SUSPENSIÓN ESPECIAL?:
PROPUESTAS DE FUTURO BASADAS EN LA EVIDENCIA
3.1. THERAPEUTIC JURISPRUDENCE
3.2. DRUG TREATMENT COURTS
3.3. PRE-SENTENCE REPORT
4. CONCLUSIONES Y ORIENTACIONES DE FUTURO
BIBLIOGRAFÍA
0. INTRODUCCIÓN
En los últimos años se ha producido un aumento de la población reclusa en
España (González Sánchez, 2011; Cid, 2008)2, en un contexto en que la tasa de
2. Es cierto que la tasa de encarcelamiento se ha multiplicado en las últimas tres décadas, pasando
de haber 8440 presos en 1975 a haber cerca de ocho veces más en 2007, alcanzando en 2010 más de
76.000 internos (GONZÁLEZ SÁNCHEZ, 2011:04:03). No obstante, las últimas tendencias apuntan un
cambio de dirección, con un ligero descenso a partir de 2010-11, disminuyendo en 6.000 personas la
población penitenciaria de 2010 hasta ahora (SGIP, Fondo documental, 2012). Fenómeno similar tiene lugar
en Cataluña a partir de 2011 (Departament de Justícia, Descriptors Estadístics Serveis Penitenciaris, 2012).
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delitos (Díez Ripollés, 2006) y la reincidencia penal permanecen relativamente esta-
bles (González Sánchez, 2011). Contradictoriamente, son múltiples las investigaciones
criminológicas que advierten del error de emplear la prisión como remedio punitivo
principal, dado su carácter aflictivo y escasa efectividad a nivel de reincidencia (Cid,
2007).
En un intento por ampliar las respuestas punitivas, con la entrada en vigor del
nuevo Código Penal (LO10/1995) se amplía el catálogo de penas alternativas3 a la
prisión. La promulgación del Código Penal vigente aspiraba a “una reforma total del
actual sistema de penas, de modo que permita alcanzar, en lo posible, los objetivos de
resocialización que la Constitución le asigna. El sistema (…) simplifica, de una parte,
la regulación de las penas privativas de libertad, ampliando, a la vez, las posibilidades
de sustituirlas por otras que afecten a bienes jurídicos menos básicos” (Exposición de
motivos, LO10/1995).
Sin embargo, a pesar de todos los avances preconizados, aun existen restriccio-
nes que impiden consolidar la credibilidad y el alcance práctico que las alternativas a
la prisión merecen.
En este contexto de superpoblación penitenciaria en el que nos encontramos,
numerosos investigadores apuntan a la efectividad de intervenir con delincuentes de
riesgo en la comunidad (Cid, 2007; Lipsey y Wilson 1998, cit. por Mcguire, 2008;
Cid y Tébar, 2010; Marlowe, 2011). Uno de los colectivos de mayor riesgo lo cons-
tituyen, precisamente, los delincuentes drogodependientes pues su probabilidad de
cometer un delito es de 3 a 4 veces mayor que en los no consumidores (Bennett,
Holloway, y Farrington, 2008:217)4. Debido a la correlación5 delincuencia-drogo-
dependencia, la literatura empírica no cesa de subrayar la eficacia de intervenir con
delincuentes drogodependientes en libertad (McIvor, 2010), lo que ha tenido su
impacto en el diseño de políticas criminales de numerosos países (ej. EEUU, Canadá
o Reino Unido).
España, por su parte, entre las alternativas al ingreso en prisión, introdujo la sus-
pensión de la ejecución para penados drogodependientes (art. 87CP). Se trata de una
pena comunitaria, también conocida como suspensión “especial o extraordinaria”,
3. Aunque el concepto de penas alternativas se ha empleado frecuentemente para todo tipo de sanciones
penales distintas a la prisión, no debe confundirse con el término «pena comunitaria». Este último es más
preciso al referirse a sanciones llevadas a cabo en la comunidad y que impliquen algún tipo de intervención,
tratamiento, programa formativo con supervisión por técnicos y agentes especializados (BLAY y LARRAURI,
2011). Baste como ejemplo que la suspensión especial para drogodependientes es una pena comunitaria, y
no la multa o la suspensión de condena ordinaria.
4. La fuerza de la correlación varía en función del tipo de sustancia, siendo la probabilidad 6 veces mayor
en consumidores de crack seguido de usuarios de heroína y cocaína, mientras que la probabilidad de cometer
delitos desciende en consumidores de marihuana o anfetaminas. A su vez, tal probabilidad de implicación
criminal difiere en función de otras variables individuales y es más o menos fuerte según el tipo de delito
cometido (BENNETT, HOLLOWAY, & FARRINGTON, 2008:217).
5. Correlación no implica causalidad. Aunque no quepa duda de la asociación existente entre drogas,
alcohol y delincuencia, este vínculo ni es directo ni causal, sino que median otras múltiples variables de carácter
personal, social o cultural. Véase la complejidad de tal correlación y los hallazgos empíricos al respecto en:
SOUTH (2007), RODRÍGUEZ DÍAZ et al. (1997) y SANTAMARÍA HERRERO y CHAIT (2004).
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que faculta al juez a suspender la pena privativa de libertad impuesta en sentencia,
siempre que ésta no supere los 5 años y el penado haya cometido el delito a causa de
su drogodependencia (a las sustancias del art. 20.2CP). El plazo de suspensión será
de 3 a 5 años, y estará condicionado a no delinquir ni abandonar, en su caso, el trata-
miento de deshabituación durante el mismo.
El fundamento específico que posee la realización de un tratamiento rehabi-
litador bajo el art. 87CP, cumple tanto una función preventivo especial como pre-
ventivo general que hace innecesario e, incluso, contraproducente, el ingreso en
prisión dado el carácter aflictivo de la misma y adición de condiciones criminológicas
a penados con algún tipo de drogodependencia (Corcoy y Mir, 2011:223; Muñoz
Sánchez et al., 20116). De ahí, la conveniencia, en el marco de un modelo rehabilita-
dor, de extender su aplicación a todo aquel penado que cumpla los requisitos para su
concesión.
A pesar de que la LO 15/2003 ampliara la aplicación de esta medida, al eli-
minar el requisito de no disponer de antecedentes penales y posibilitar su aplicación
a penas de hasta 5 años de prisión (de la Cuesta y Muñagorri, 2009), las revisio-
nes empíricas realizadas hasta la fecha (como veremos más adelante) dan cuenta de
las restricciones que afectan a esta clase de suspensión. Y es, precisamente, en este
punto en el que se centra la primera parte del trabajo presente.
Como veremos en este primer apartado, existen dos fuentes principales de
evidencias que avalan el escaso recurso a esta medida: por un lado, las estadísticas
oficiales en materia de privación de libertad y penas alternativas; y por otro, la investi-
gación científica y criminológica, que arroja argumentos convincentes sobre las limita-
ciones prácticas que envuelve el artículo 87CP.
En la segunda parte del trabajo se ofrecen, sobre la base de la evidencia empí-
rica, un conjunto de orientaciones y prácticas elementales cuya adopción, a mi juicio,
permitiría incrementar tanto la credibilidad como el recurso a la suspensión especial
para drogodependientes por parte de la judicatura española.
1. APLICACIÓN DEL ART. 87CP
Resulta realmente complicado conocer con certeza la aplicación que se hace de
las penas comunitarias. Teniendo en cuenta los problemas de fiabilidad que presentan
las estadísticas policiales y judiciales en España (Larrauri, 2011; Aebi y Linde, 2010;
Díez Ripollés, 2006)7 y que la estadística judicial española no ofrece información
adecuada sobre las sanciones penales que han sido efectivamente ejecutadas (Cid-
Larrauri, 2002), existe poco margen para una explicación científica de la evolución de
la delincuencia y del sistema de justicia penal.
6. Los datos revelan que llevar a cabo el tratamiento de deshabituación en la comunidad no sólo reduce
la probabilidad de reincidencia sino que aumenta las posibilidades de reinserción mucho más que la pena de
prisión (MUÑOZ SÁNCHEZ et al., 2011:4).
7. Véase: ESCOBAR (2010:268), para una reflexión crítica en torno a la falta de transparencia de las
cifras oficiales españolas en materia de delincuencia.
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En el caso de la suspensión especial la tarea se complica aún más, pues se trata
de una pena comunitaria que, a diferencia de otras (como los trabajos en beneficio
de la comunidad o la localización permanente), se aplica tras imponer en sentencia
una condena de prisión, y este hecho no se refleja de modo preciso en los datos
oficiales8. El INE, por ejemplo, solamente nos ofrece el número de personas conde-
nadas a prisión sin referirse a las suspensiones posteriores. Por su parte, la estadística
oficial sobre Medidas Penales Alternativas (MPA) del Departament de Justícia de la
Generalitat de Catalunya tampoco contiene información sobre el uso que se hace de
la suspensión extraordinaria (a diferencia del TBC, multa o probation con programa
formativo).
Este vacío informativo, junto con la falta de publicidad de los datos, obstacu-
liza la posibilidad de emitir un juicio fiable sobre su escasa utilización. En cualquier
caso, a continuación se presentan una serie de datos empíricos9 que, analizados de
forma conjunta (y a pesar de las limitaciones metodológicas), permiten presumir que
el art. 87CP tiene una aplicación limitada:
Los pocos datos que conocemos acerca de la suspensión nos dicen que en com-
paración con otras medidas de probation, la dirigida a drogodependientes se aplica
relativamente poco10.
Pero más que su empleo mayor o menor frente a otras penas comunitarias, lo
realmente interesante es conocer su nivel de aplicación en comparación con la pena
de prisión. Los únicos datos que disponemos relativos a la suspensión para drogode-
pendientes, muestran que entre las personas con antecedentes que cumplen los requi-
sitos, únicamente el 38% disfruta de esta medida (Cid - Larrauri et al., 2002).
Aunque este dato nos acerque algo más al uso que se hace de la probation
para drogodependientes, no deja clara la proporción total de personas, con o sin
8. Debido al déficit que presentan las estadísticas oficiales, los pocos estudios nacionales que contemplan
la suspensión especial, extraen información no publicada de otras fuentes, ya sea de los datos cedidos por
Juzgados de lo Penal (ej. DE LA CUESTA y MUÑAGORRI, 2009; IReS, 2009), del Registro Central de
Penados y Rebeldes, que requieren su cesión por el Ministerio de Justicia (ej. CID, 2005:230), entre otros.
9. La mayoría de datos que aquí se presentan pertenecen a investigaciones empíricas cuyo foco de
interés principal no es el art. 87CP, pero se ha recurrido a las mismas por no disponer de excesiva en
investigación en este sentido y contener información relevante al objetivo de este apartado.
10. Según CID-LARRAURI et al. (2002), de las personas condenadas a pena alternativa sólo a un 6% se
le aplica probation. Y del total de condenados a probation, únicamente el 19% en 2007 recibía un programa
de deshabituación de drogodependencias, frente a un 46% con programa formativo de violencia doméstica y
23% relativo a seguridad vial (CID, 2009:72). Si atendemos a su evolución en comparación con otros tipos
de probation, destaca un recurso cada vez menor a esta medida en los últimos años. Del total de condenas a
probation, las que incluyen un programa de deshabituación han pasado del 54% en 1996 al 19% en 2007
(Cid, 2009:72). Cabe destacar que al comparar la tasa de aplicación del art. 87CP con respecto a otras
medidas de probation, resulta necesario considerar el impacto de las reformas legislativas en la distribución
de estas penas comunitarias. La Ley Orgánica 1/2004 de Protección Integral contra la Violencia de Género,
estableció la obligación de participar en un programa formativo en los casos de suspensión de condena
por delitos de violencia de género, constatándose en la práctica un incremento notorio de suspensiones, en
especial, en delitos de maltrato ocasional (LARRAURI, 2010). Quizá haya sido este aumento, junto con la
posibilidad de aplicar el TBC a delitos de seguridad vial a partir de 2007, lo que haya relegado la suspensión
para drogodependientes a un segundo plano.
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antecedentes, que están en prisión pudiendo disfrutar del art. 87CP. Así, cuando el
juez tiene la posibilidad de suspender la pena a un sujeto que cometió el delito a causa
de su drogodependencia ¿cuál es la reacción más habitual: enviarle a prisión o sus-
pender la pena?
Para dar respuesta a este interrogante, podríamos considerar dos alternativas
posibles (ninguna de ellas libre de fallos metodológicos ni de errores de generaliza-
ción). Una de las opciones pasa por tener acceso a una muestra lo suficientemente
extensa y representativa de expedientes judiciales con penados que cumplan los requi-
sitos para aplicar el art. 87CP, y registrar las ocasiones en las que se concede la sus-
pensión especial. Otra de las opciones posible es analizar la proporción de personas
que cumplen una pena de prisión de hasta 5 años y que haya cometido el delito a
causa de su drogodependencia. Debido a las dificultades prácticas11 que implica la pri-
mera opción, trataremos de abordar la segunda.
¿Cuántos penados drogodependientes están en prisión pudiendo cumplir
una pena comunitaria bajo la suspensión extraordinaria?
En primer lugar, sabemos que cerca del 98% de condenas de prisión impues-
tas no superan los 5 años de prisión (INE, Estadística de condenados 2010) y que
una proporción considerable de la población penitenciaria presenta problemas de
drogodependencia12.
Sin embargo, no todo el que tiene problemas adictivos cumple las condiciones
para la suspensión de la pena. La cuestión relevante es: 1) cuántos presentan el pro-
blema adictivo en el momento de cometer el delito (no antes, después o en prisión)
y 2) cuántos de ellos han sido penados con una pena igual o inferior a 5 años de
prisión.
Para dar respuesta a ambos interrogantes, es necesario conocer el papel que
ocupa la drogodependencia en los delitos castigados con pena de prisión inferior a 5
años.
Para responder a la primera cuestión, cabe mencionar dos estudios al respecto.
El primero es un estudio de Santamaría y Chait (2004:212) que, de una muestra de
internos drogodependientes, detectó que cerca del 80% comete el delito (por el que
actualmente están cumpliendo condena) en estado de intoxicación. Y el segundo, y
más preciso, un estudio del Gobierno Vasco (Elzo et al., 1992) en el que, del análisis
exhaustivo de sentencias contenidas en la Administración de Justicia13, se concluyó
11. Debido a la falta de acceso a expedientes judiciales, no se pudo realizar una comparativa inter-
grupos (prisión vs. suspensión especial) por lo que, en el momento, se optó por desechar esta primera opción.
12. En este sentido, la Encuesta Estatal de Salud y Drogas entre los Internados en Prisión (ESDIP,
2006) revela que casi el 80% de los internos consume alcohol y drogas el mes anterior a su ingreso, siendo el
grupo mayoritario (42%) el constituido por personas que consumen heroína y cocaína (cit. por SGIP, Circular
3/2011).
13. El estudio de estos autores analiza el conjunto de sentencias (vinculadas con conductas constitutivas
de delito, excluyendo las faltas) emitidas por las AAPP y Juzgados de Primera Instancia e Instrucción de la
Comunidad Autónoma Vasca durante un año (de 1987 a 1988).
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que el porcentaje de delincuencia inducida o funcional14 oscila entre el 12,07% y el
20,13%.
Una vez analizada la proporción de personas que cometen el delito a causa de su
adicción, debemos considerar la segunda cuestión, esto es: la condena impuesta a las
mismas. Podría ser que estas personas hubieran cometido delitos graves en los que la
duración de la condena y gravedad del delito no dejaría margen para la suspensión.
En cambio, la evidencia sugiere que la mayor incidencia de la drogodependencia tiene
lugar en los delitos contra la propiedad (Elzo et al., 1992) cuya condena es suscepti-
ble de suspensión, por no exceder generalmente de los 5 años de prisión15.
Si retomamos la investigación de Santamaría y Chait, (2004:212), del total de
personas que cometieron el delito debido a su adicción, más de un 60% de los mis-
mos cometió el delito de robo con fuerza. En la misma línea, los datos de la Fiscalía
General del Estado estiman que entre un 70-80% del total de robos registrados son
cometidos por toxicómanos (Leganés, 2010:513).
Por su parte, Muñoz - Díez Ripollés (2002), en una investigación realizada para
el Consejo General del Poder Judicial, observaron que del total de sentencias del
Tribunal Supremo vinculadas con drogas16, un 20%17 de los inculpados cometen deli-
tos contra el patrimonio y, en todos ellos, se menciona que el inculpado era adicto o
consumidor de drogas y, generalmente, se alega (se acredite o no) la adicción como
atenuante o eximente del delito. A pesar de no conocer a ciencia cierta cuántas de
las alegaciones por drogodependencia se adoptan o desestiman, lo que sí sabemos es
que de las que se recogen finalmente en el fallo, la mitad están vinculadas con delitos
contra el patrimonio (Muñoz - Díez Ripollés, 2002:148).
Tal y como podemos observar, la comisión del delito a causa de la drogodepen-
dencia tiene su mayor manifestación en los delincuentes contra la propiedad. Por tra-
tarse de esta tipología delictiva, la pena de prisión no excederá de 5 años. Por tanto,
de acuerdo a las evidencias, esta tipología delictiva parece ser el perfil de personas a
las que potencialmente les resultaría aplicable el 87CP.
14. Con delincuencia inducida o funcional los autores se refieren a delincuencia vinculada con la
drogodependencia: originada en la intoxicación por alcohol o sustancias tóxicas, en el primer caso, o a aquella
realizada con la finalidad de lograr fondos necesarios para satisfacer la necesidad de consumo, en el segundo
(ELZO et al., 1992:31). Que sólo un máximo de 20% de delitos estén vinculados a la problemática de la droga,
por escaso que pudiera parecer, no lo es tanto si consideramos que en nuestra legislación no es obligatorio un
Informe social o criminológico para dictar sentencia y no tiene por qué recogerse este extremo si es que no
tuvo relevancia suficiente en la comisión del delito, o si no lo solicita ninguna de las partes.
15. Véase las penas de prisión correspondientes al TÍTULO XIII, “Delitos contra el patrimonio y el
orden socioeconómico”, del Código Penal (LO 10/1995). Salvo en algunos supuestos (como los previstos
en los art. 250.2 o art. 260.1), la mayoría de penas establecidas para los delitos tipificados en el Tit. XIII no
superan los 5 años.
16. Entre los inculpados relacionados con drogas se incluyen los siguientes supuestos: a) consta que son
adictos a las drogas; b) que consumieron drogas ; c) se alega a dicción, aunque ésta no se acredite ; d) delitos
CSP, sean o no adictos o consumidores ; e) otros supuestos con hechos vinculados a las drogas.
17. El porcentaje de delitos contra el patrimonio en los que se aprecia adicción, consumo o similar,
varia de juzgado en juzgado. Mientras que en las sentencias de las Audiencias Provinciales alcanza el 25%, este
porcentaje disminuye al 15% en juzgados de lo penal (MUÑOZ - DÍEZ RIPOLLÉS, 2002).
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Paradójicamente, los delincuentes contra la propiedad suponen alrededor del
40% de la población reclusa penada (SGIP, 2011) y constituyen la mayor parte de
la población penitenciaria con problemas de drogas (Martín y Méndez, 2008:46;
Santamaría y Chait, 2004:211)18.
¿Qué es lo que no encaja?
1. Si hay algo que caracteriza a los delincuentes contra la propiedad son los
elevados índices de reincidencia que presentan (Rodríguez Díaz et al.,
1997:590; García García, 1999:100)19.
2. En caso de reincidencia la aplicación de esta medida se ve reducida (Cid-
Larrauri et al., 2002), en más de la mitad.
En resumen, teniendo en cuenta que…
a. son los delincuentes contra la propiedad los que mejor encajan en el propó-
sito del art. 87 (en los que más se observa la incidencia de la drogodependen-
cia en la comisión delictiva –delincuencia funcional e inducida– y la pena
impuesta a los mismos es susceptible de suspensión, por no superar los 5
años de prisión),
b. éstos, por lo general, presentan mayores índices de reincidencia,
c. la suspensión especial para drogodependientes se ve restringida si el penado
tiene antecedentes,
d. es este perfil de delincuente el que representa un 40% de la población reclusa
condenada,
…podemos presumir que se está haciendo un empleo limitado de la suspen-
sión extraordinaria debido al conjunto de penados que, cumpliendo los criterios
necesarios para su disfrute, están cumpliendo una pena de prisión.
2. ¿POR QUÉ SU ESCASA APLICACIÓN?
Tras observar, aunque con limitaciones metodológicas, la aplicación restringida
de la suspensión especial para drogodependientes, cabe preguntarse el ¿por qué?
En los siguientes apartados, se abordan tres elementos que, bajo mi criterio,
podrían explicar que la suspensión especial no se extienda a un número mayor de
penados: una regulación deficitaria, la falta de un informe social previo a la sentencia
y algunas características de la cultura judicial.
18. De hecho, las características más frecuentes en internos drogodependientes son además de una
edad comprendida entre 21 y 30 años y contar con varios ingresos en prisión, estar condenado por robo con
violencia o intimidación (GARCÍA GARCÍA, 1999:100).
19. Independientemente del tipo de delito, no debemos olvidar que el drogodependiente que delinque
generalmente lo hace con el fin de cubrir sus necesidades de consumo, lo que conduce en la mayoría de los
supuestos a la referida habitualidad delictiva (HERRERO, 2002:39).
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2.1. Regulación legal confusa: fundamento e interpretación del art. 87Cp
De modo resumido, y como aclaración previa, la suspensión de condena para
drogodependientes (art. 87CP) exige una serie de condiciones y requisitos:
1. Pena privativa de libertad no superior a 5 años.
2. Que se haya cometido el delito a causa de su dependencia a sustancias previs-
tas en el art. 20.2CP.
3. Disponer de un certificado por centro o servicio público o privado debida-
mente acreditado u homologado, que el condenado se encuentra deshabi-
tuado o sometido a tratamiento para tal fin en el momento de decidir sobre la
suspensión.
4. Informe médico en el que consten los extremos anteriores.
5. En caso de de ser reincidente, se valorarán las circunstancias del hecho y del
autor.
6. Quedará condicionada a no delinquir en el período que se señale (entre 3 y 5
años), y de estar sometido a tratamiento a no abandonarlo en dicho periodo.
7. Se revocará la suspensión en caso de incumplir cualquiera de las condiciones
impuestas.
8. Transcurrido el plazo de suspensión sin haber delinquido el sujeto, el Juez o
Tribunal acordará la remisión de la pena si se ha acreditado la deshabituación
o la continuidad del tratamiento del reo. De lo contrario, ordenará su cumpli-
miento, salvo que, oídos los informes correspondientes, estime necesaria la
continuación del tratamiento; en tal caso podrá conceder razonadamente una
prórroga del plazo de suspensión por tiempo no superior a dos años.
En este apartado, centraré el objeto de la discusión en algunos de los criterios
cuya difusa interpretación o incorrecto planteamiento, podrían disminuir los casos en
los que un juez opta por la suspensión extraordinaria.
Certificado de Deshabituación
Se exige “(…) que se certifique suficientemente, (…) que el condenado se
encuentra deshabituado o sometido a tratamiento para tal fin en el momento de deci-
dir sobre la suspensión” (art. 87.1. 1ª CP).
Uno de los problemas que plantea el certificado de deshabituación es el
momento de solicitarlo. Es cierto que existen interpretaciones flexibles que consideran
que el certificado puede solicitarse con posterioridad. El art. 801.3LECr, por ejem-
plo, dispone que en juicios rápidos con sentencia de conformidad, bastará con un
compromiso del acusado de obtener la certificación del centro en un plazo prudencial
estimado por el juez (Corcoy y Mir, 2011:221) y, en la práctica, también se admite
que el tratamiento se acredite en periodo de ejecución (AAP Valencia, nº 217/1998,
Sección 5ª, de 4 de Nov., cit. por Magro y Solaz, 2009).
Pero ¿hasta qué punto se adopta esta interpretación flexible en la práctica? Por
ejemplo, la AAP Madrid nº 72/2012, Sección 2ª, de 7 de febrero, no considera
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que el plan terapéutico emitido por el centro sea sufi ciente para asumir que el
penado esté siguiendo un tratamiento de deshabituación; el auto interpreta que
« (…) el informe habla constantemente en referencia a situaciones hipotéticas, que
todavía no quedan plasmadas en la realidad », por lo que se deniega el beneficio del
art. 87CP. En la AAP Madrid, nº 120/2012, Sección 15, de 20 de febrero, el cen-
tro de deshabituación certificó que el penado había realizado tratamiento durante
10 meses. Sin embargo, en el momento de decidir sobre la suspensión el penado
había abandonado el tratamiento por motivos de traslado laboral, y el hecho de
no reanudarlo en su nueva localidad llevó a denegar la suspensión. En este último
caso, aunque el condenado abandonara el tratamiento, podría haberse contemplado
su «compromiso» de reiniciarlo y, más aún, si se observa un importante vínculo
social (como es un contrato laboral) y un largo periodo de tratamiento ininterrum-
pido. A mi modo de ver, ninguno de los casos contiene una lectura flexible sobre el
certificado.
Bajo mi comprensión, alguien cuya motivación delictiva se origina en esta pro-
blemática, de no recibir orientación y apoyo profesional a lo largo del proceso, difícil-
mente estará siguiendo un tratamiento continuado en el momento de decidir sobre la
suspensión.
A mi juicio, mientras no exista un consenso normativo respecto al certificado, lo
que se entiende por “deshabituado”, “realizar un tratamiento” o el “compromiso del
sujeto” puede ser objeto de múltiples interpretaciones.
Discrecionalidad en reincidentes: Peligrosidad/“Circunstancias del
hecho y del autor”
El apartado segundo (art. 87.2CP) dispone que en caso de que “el condenado
sea reincidente, el Juez o Tribunal valorará, por resolución motivada, la oportunidad
de conceder o no el beneficio de la suspensión de la ejecución de la pena, atendidas
las circunstancias del hecho y del autor”.
A pesar de la ampliación de la medida a reincidentes con el CP vigente, este
apartado denota aún resquicios del art. 93bis del derogado código, en el que se
negaba esta posibilidad al reo habitual. El énfasis en la valoración del “hecho
y autor” sólo en reincidentes, parece esconder dos razonamientos del legislador:
primero, la creencia de que la reincidencia es signo de peligrosidad criminal; y
segundo, el temor a parecer excesivamente “blando” ante tales perfiles “peligrosos”
(Herrero, 2002:39).
Coincido plenamente con Herrero (2002) en que resulta absurdo poner lími-
tes en casos de peligrosidad, dado que el fin primordial del 87CP es la deshabitua-
ción como un modo de prevenir futuros delitos, y en que el precepto legal en ningún
momento alude a la citada peligrosidad, razón de más para basar la decisión en crite-
rios rehabilitadores, en lugar de incapacitadores.
A su vez, la peligrosidad criminal es un concepto que resulta amplio, abstracto
y sujeto a múltiples interpretaciones. Y a pesar de todo ello, y aunque determinadas
sentencias se hayan referido a la peligrosidad del hecho delictivo cometido (STS, Sala
2ª nº 208/2000 de 18 de Feb.), en la ley no se explicita a qué se refiere tal concepto
de “peligrosidad criminal”, (cit. por Magro y Solaz, 2007).
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Suspensión especial para drogodependientes 131
Ante tal ambigüedad, el juez puede valorar la peligrosidad criminal a su criterio20.
Y en función de la comprensión que tenga de la peligrosidad, así será su sentencia
(más o menos punitiva).
Pueden identificarse dos posturas jurisprudenciales al respecto. La primera pos-
tura considera los antecedentes penales un indicador suficiente acerca de la peligro-
sidad de la persona (y por tanto, no cabría imponer una sanción alternativa a una
persona con antecedentes penales). La segunda considera que deben tenerse en
cuenta, además, aspectos relativos a la situación personal y social de la persona para
hacer tal estimación (Cid, 2009:131). Esta última interpretación, al contemplar fac-
tores susceptibles de cambio (Cid, 2009) como por ejemplo, la actividad laboral,
vínculos sociales o familiares21 confía en el potencial de las penas comunitarias para
impulsar el cambio y facilitar el desistimiento.
Normalmente, “respecto a las circunstancias personales del autor”, si bien en
algún caso se valoran otras circunstancias, existe la tendencia a valorar únicamente
los antecedentes penales y la reincidencia (Larrauri, 2012). Y cuando se dispone de
antecedentes, como ya hemos mencionado, únicamente se aplica la suspensión en
el 38% de los casos (Cid-Larrauri et al., 2002). A su vez, en una investigación reali-
zada en la Comunidad Autónoma Vasca, del total de la muestra a los que se aplicó el
art. 87CP, la mayoría eran sujetos “de bajo riesgo” y tan sólo un 4,6% de los mismos
había sido castigado con una pena de prisión de más de 3 años (San Juan et al.,
2009:78).
No sabemos a ciencia cierta cuál de las dos interpretaciones sobre la peligro-
sidad predomina en la práctica, pero sí que los antecedentes penales y longitud de
la condena de prisión impuesta en sentencia reducen las probabilidades de conceder
el 87CP. Estos datos sugieren el predominio de actitudes proporcionalistas que se
decantan más por aplicar una pena acorde al delito y antecedentes que a la medida
más efectiva en orden a rehabilitar.
Revocación y duración del plazo de suspensión
Otro de los problemas que envuelve la regulación de la suspensión especial es
la condición de no abandonar el tratamiento hasta su finalización (art. 87.5CP)22.
Pero, ¿qué se entiende por abandono del tratamiento? ¿Recaída es lo mismo que
abandono?
El poco desarrollo normativo junto con la escasa precisión del legislador al elaborar
este criterio, podría dar lugar a confusión y llevar a revocar la medida en el peor de los
casos. A pesar de que la ley pretendiera enfatizar una finalidad preventivo-especial, no se
han tenido en cuenta determinados criterios psicosociales en la elaboración de la norma
20. Los jueces parecen tener sus propias ideas acerca de la peligrosidad y no es extraño que recurran a
criterios personales o morales para estimar el riesgo de reincidencia del penado (Beyens y Scheirs, 2010:318).
21. Tales circunstancias se han vinculado con el desistimiento de la actividad delictiva (véase SAMPSON
y LAUB, 1990; HEPBURN y GIFFIN, 2004; SAVOLAINEN, 2009).
22. En la jurisprudencia, los casos sobre revocación de probation para drogodependientes son los que
más frecuentemente llegan a las Audiencias (CID, 2009:136).
EGUZKILORE – 27 (2013)
132 Nahia Zorrilla Martínez
y se han ignorado aspectos tan fundamentales como la problemática específica de la
drogodependencia, la recaída como aspecto frecuente en el proceso de rehabilitación,
interrupciones en el proceso de la abstinencia, o factores individuales que diferencian la
duración de un tratamiento de deshabituación (De la Cuesta y Muñagorri, 2009).
Claro ejemplo de ello es el plazo de suspensión establecido para el que cumple
esta pena comunitaria. Un plazo de tres a cinco años sin abandonar el tratamiento
difícilmente se cumplirá con éxito, de no ser flexible y modificable en función de la
evolución de la persona.
Por otro lado, el artículo 87CP permite al juez ampliar el plazo de suspensión
en dos años más, en aquellos supuestos en los que, transcurrido el plazo máximo el
penado aún no ha alcanzado la deshabituación. Así, aunque el periodo de prueba
transcurra con éxito (sin haber delinquido y habiendo cumplido las reglas de con-
ducta), no se produce una remisión automática de la pena como ocurre en la sus-
pensión ordinaria (San Juan et al., 2009:38). En su lugar, la supervisión, el control
y, con ello, las posibilidades de revocación siguen en pie sobre la base de objetivos
terapéuticos que, a mi criterio, traspasan la línea de la esfera judicial-penal.
Para finalizar, cabe mencionar los casos de abandono definitivo del tratamiento,
donde el legislador ha optado por no abonar el tiempo efectivamente cumplido en un
centro de deshabituación. De modo que, incluso si una persona ha cumplido riguro-
samente y de forma continuada el tratamiento durante años, pero lo abandona antes
del plazo indicado, se impondrá la pena de prisión original ignorando el tiempo de
proceso terapéutico que ha continuado hasta la fecha (Herrero, 2002:38), así como
el lapso de tiempo sin delinquir.
Querría pensar que un análisis más profundo de la práctica judicial y la coordina-
ción con tales centros revelasen una realidad un tanto diferente y quizá una práctica
más flexible en torno a lo que se entiende por abandono o incumplimiento de este
tipo de medida. No obstante, vistas todas las exigencias requeridas para aplicar esta
medida, en muchos de los casos seguirá siendo más sencillo y más favorable para
el condenado acudir a otro tipo de sustitutivos de la pena, ya sea la apreciación de
una circunstancia modificativa de la responsabilidad penal acompañada de medidas de
seguridad, ya la suspensión ordinaria u otras formas sustitutivas de ejecución (de Paúl
Velasco, 1996).
En definitiva, si uno repara en la redacción del precepto legal, no es de extrañar
que los obstáculos se inicien incluso antes de aplicar la norma a un caso concreto.
Cuando las posibilidades de interpretación permiten adoptar criterios tan dispares a
la hora de aplicar una pena comunitaria y, más aún, en una cultura judicial acostum-
brada a un margen limitado de discrecionalidad, es de esperar que se adopten prácti-
cas mayoritariamente conservadoras.
2.2. Falta de un informe criminológico-social
Además de la regulación legal, otro de los problemas que plantea la aplicación
de la suspensión especial es la escasa información disponible en el momento de deter-
minación de la pena, teniendo en cuenta la facultad discrecional del juez para escoger
entre una pena comunitaria o la prisión.
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Suspensión especial para drogodependientes 133
En España, a diferencia de otros países (como Bélgica, Canadá o Dinamarca),
no existe tradición de un Informe Social previo a la sentencia23 que permita analizar
los factores de riesgo y protección que influyen en la posibilidad de reincidencia del
penado. A pesar de que la jurisdicción española realiza un pronóstico de reincidencia
del delincuente, no emplea métodos de valoración del riesgo aportados por la crimi-
nología clínica, sino que basa su decisión en un historial delictivo sin antecedentes
penales, actitud favorable del Fiscal hacia la sanción alternativa o el pago de la res-
ponsabilidad civil (Cid, 2009), es decir, factores estrictamente jurídico-penales. Esta
falta de información puede aumentar el riesgo de motivar la sentencia atendiendo más
a la retribución y prevención general que a la rehabilitación del penado (Cid, 2009).
Teniendo en cuenta que los pre-sentence report24 permiten hacer frente a tales
problemáticas y que cuentan con gran respaldo empírico (ej. Beyens y Schairs, 2010;
Field y Tata, 2010), resulta increíble que sea una práctica ignorada o poco discutida
en el debate político-criminal.
Es más, no sólo se ignora la existencia de tales informes25 sino que la normativa
vigente ha dado un paso atrás al respecto. Si antes se recogía la posibilidad de los
jueces de solicitar este tipo e informes (RD 515/2005), actualmente el RD 840/2011
ha suprimido esta mención.
Estos informes según el RD 515/2005, aunque no fueran vinculantes, podían
solicitarse por los Jueces antes del juicio oral para orientar su decisión. Los fiscales,
por su parte, podían solicitarlos durante el curso de las diligencias. Y finalmente, una
vez recaída sentencia, la autoridad judicial podía pedirlos a los efectos de revisión de
medidas, suspensión de condena, sustitución u análoga exigiera tener conocimiento
de la situación social del penado (art. 28.3).
Sin embargo, el informe psico-social no parece haber sido promovido entre
la cultura judicial. Si atendemos, por ejemplo, al estudio realizado en Cataluña por
Larrauri (2010:10), los jueces apenas solicitan este tipo de informes (elaborados en
este caso, por el EATP o Equip d’Assesorament Tècnic Penal)26 y, en la mayoría de
casos, desconocen su existencia, la persona que ha de solicitarlo o su función especí-
fica (Larrauri, 2010; 2012).
23. Véase en LARRAURI (2012) la infrautilización de los Informes pre-sentencia y las razones que
ofrecen los jueces sobre su escasa presencia en la jurisdicción española.
24. En consonancia con FIELD y TATA (2010:238), emplearé el término Pre-Sentence Report como
un concepto genérico internacional, referido a aquellos informes que asesoran e informan al juez, entre otros
extremos, acerca de: la situación socio-personal, carácter, estado físico y mental del imputado, así como de la
adecuación de aplicar una u otra medida en sentencia (o en nuestro caso, de forma posterior a la sentencia).
25. El único informe al que hace referencia la suspensión extraordinaria es al informe médico forense
(art. 87.1CP).
26. En el resto del Estado (Administración General del Estado), esta función se atribuía a los Servicios
Sociales Penitenciarios en el derogado RD 515/2005 (art. 28.1).
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134 Nahia Zorrilla Martínez
Los únicos casos en los que los jueces solicitan un informe es cuando se obser-
van indicios de drogodependencia y se trata del informe médico-forense27 que tiene
una mera función pericial dirigida a probar la culpabilidad de la persona (Larrauri,
2012:13).
Los motivos que expresan los jueces para no solicitar este tipo de informes son
varios (Larrauri, 2012). Muchos jueces simplemente desconocen de su existencia o
creen que deben ser otras figuras las que lo soliciten (el Fiscal, las partes o el juez de
instrucción) o que debe solicitarse en otros momentos del proceso. Algunos conside-
ran que el contenido del informe no afectará al tipo de pena a imponer. Y frecuente-
mente justifican no recurrir a estos informes por el exceso de presión y sobrecarga de
trabajo.
Si la situación en 2008 parecía mejorar levemente por el incremento en la solici-
tud de informes psico-sociales (Larrauri, 2010:10), la aprobación del RD 840/2011
que suprimió (sin justificación alguna) la referencia a este tipo de informes, cierra aún
más las puertas a la individualización judicial y, con ello, a la aplicación informada y
asesorada de las penas comunitarias.
2.3. Cultura judicial
Algunas notas características de nuestra cultura judicial también podrían contri-
buir a explicar la escasa utilización de la suspensión para drogodependientes.
Nuestro modelo de alternativas, de carácter continental, a diferencia del anglosa-
jón, no cree ni confía lo suficiente en la capacidad de la comunidad y las penas alter-
nativas para rehabilitar al penado (Cid-Larrauri, 2005). Aunque la suspensión para
drogodependientes apareció antes que otras penas comunitarias, sigue sin gozar de
credibilidad suficiente para rehabilitar a penados de riesgo medio.
Por otra parte, en España, a diferencia de otras culturas judiciales (como la
belga, por ejemplo) en las que se valora enormemente la discrecionalidad del juez
y la oportunidad de individualización de los casos (Beyens, 2000, cit. por Beyens,
2010:313), existe una gran «desconfianza del legislador hacia el órgano jurisdiccional
a la hora de determinar la pena concreta» (Feijoo, 2007:3). Esta desconfianza se tra-
duce en menos margen de decisión para el juez; y en los casos en que dispone mayor
flexibilidad (como en el art. 87CP), no existe una regulación suficiente y se carece de
información psico-social para individualizar adecuadamente la pena.
En este contexto, el juez tiende a protegerse, opta por valorar criterios de natu-
raleza legal (como los antecedentes, reincidencia, hechos probados…) que, al fin y al
cabo, son los que rigen para aplicar la mayoría de penas, y delega en otras figuras
27. Incluso el informe médico forense corre el peligro de desaparecer en caso de que las reformas que
plantea el Anteproyecto de Reforma del Código Penal entren en vigor finalmente. La nueva redacción del
art. 80.1CP que plantea el Anteproyecto, amplía el conjunto de criterios que ha de valorar el juez a la hora de
conceder la suspensión (entre ellos, personalidad, circunstancias familiares y sociales...). Sin embargo, omite
cualquier mención expresa a los informes psicosociales necesarios que deben recabarse a tal efecto; es más, la
nueva redacción que se plantea para la suspensión especial (prevista en el art. 80.5CP), únicamente dispone
que el “juez (…) podrá ordenar la realización de las comprobaciones necesarias (…)” eliminando del precepto
el informe médico-forense (preceptivo, en el vigente art. 87CP).
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Suspensión especial para drogodependientes 135
la responsabilidad de analizar la particularidad de la persona (y adaptar a ella la res-
puesta penal o su ejecución). Por tanto, en los casos en que consten antecedentes y
no exista información extralegal adicional28 que ofrezca un mínimo de contacto con la
historia del sujeto a quien va destinada la decisión, la tendencia mayoritaria por parte
de los jueces será la imposición de una pena de prisión (Cid - Larrauri, 2002:59).
Por otra parte, en el sistema punitivo español parece que la necesidad de indivi-
dualización ocupa un rol mucho más amplio en la fase de ejecución de la pena, y no
antes. Si uno repara, por ejemplo, en el Reglamento Penitenciario y en las diversas
Circulares que existen en materia de drogodependencias, queda patente la obligatorie-
dad de los técnicos y profesionales de individualizar la intervención una vez el penado
presenta esta problemática29. Así, la ejecución de una pena se adaptará progresiva-
mente a las necesidades y evolución que presente un sujeto.
Lo mismo ocurre con la valoración de la Peligrosidad Criminal. En el proceso
de ejecución de la pena se emplean numerosas herramientas de evaluación del
riesgo (entre ellas, la TVR “Tabla de Valoración del Riesgo” o, más recientemente, el
SAVRY, en justicia juvenil) que permiten hacer una predicción individual del riesgo de
reincidencia de una persona. Estos instrumentos tienen en cuenta variables de natura-
leza dinámica (familiares, laborales, personales, entre otros) que influyen en el proceso
de desistimiento de la persona y se realizan, por lo general, a la hora de conceder
ciertos espacios de libertad al penado.
La cuestión es ¿por qué no se han desarrollado similares estrategias en la fase
de individualización judicial? ¿La individualización no debería de regir por igual
en la determinación judicial de una pena? ¿Por qué hay gran participación de téc-
nicos sociales en la ejecución y no en fases previas? ¿Acaso el juez es conocedor
de todas las variables que han incidido en la incursión delictiva de un sujeto?
La respuesta a todas estas cuestiones requiere de una investigación más pro-
funda. De momento, lo único que podemos afirmar es que el legislador, por uno u
otro motivo, no considera importante que determinadas circunstancias se analicen
antes de aplicar una pena a un sujeto concreto; circunstancias que, más adelante,
durante el proceso de ejecución, se recogerán en informes obligatorios de segui-
miento, cuando ya sea demasiado tarde para modificar la decisión judicial.
28. En otros países a pesar de que el Informe Social suponga una pieza clave, también siguen siendo
los factores legales como la trayectoria delictiva o historial previo de probation (vs. extralegales: circunstancias
económicas, situación socio-familiar…) los que asumen mayor peso en el proceso sentenciador (FIFTAL
ALARID y MONTEMAYOR, 2010:130).
29. Véase, por ejemplo, la obligatoriedad de señalar la drogodependencia como factor relevante
en el Programa Individualizado de Tratamiento y en los informes emitidos por la Junta de Tratamiento
(Instrucción 09/2007), la obligatoriedad de contar en cada Centro Penitenciario con programas diversos de
Deshabituación, Reducción de Daños, Educación para la Salud (art. 116 RP, I 3/2011 de Intervención General
en materia de Drogas; I 5/2001 Programas de Intercambio de Jeringuillas ; I 16/2011 Protocolo de Atención
Individualizada en el medio penitenciario) así como la prestación de este servicio en medio abierto (art. 182
RP, art. 83RP) o la continuidad post-penitenciaria de servicios de toxicomanías.
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136 Nahia Zorrilla Martínez
3. ¿CÓMO AUMENTAR LA CREDIBILIDAD Y EXTENSIÓN DE LA
SUSPENSIÓN ESPECIAL?: PROPUESTAS DE FUTURO BASADAS EN
LA EVIDENCIA
Una vez analizados algunos de los obstáculos que rodean al art. 87CP, a conti-
nuación, se exponen tres instituciones del ámbito comparado vinculadas al proceso de
individualización legal y judicial. Son tres elementos que cuentan con un amplio desa-
rrollo y respaldo empírico sobre su efectividad, fundamentalmente en países anglo-
sajones, y cuya adopción en nuestro país permitiría incrementar tanto la credibilidad
como la aplicación de la suspensión especial para drogodependientes.
3.1. Therapeutic Jurisprudence
El primer aspecto que puede llegar a restringir la suspensión especial es la ley
penal. Ya hemos observado que su redacción y contenido pueden llevar a confusión y
limitar su ámbito de aplicación.
Una de las aproximaciones que ofrece una perspectiva global sobre el impacto
de la ley y su aplicación es la “Jurisprudencia Terapéutica” (TJ, en adelante). Wexler
y Winnick (1991), creadores de la TJ, sugieren que la ley en sí misma puede llegar a
ejercer una función terapéutica. Según estos autores, tanto las normas legales, como
los procedimientos establecidos así como los roles asumidos por los distintos actores
judiciales, tienen consecuencias sobre el bienestar de las personas que entran en con-
tacto con el mundo jurídico, y estas consecuencias pueden ser beneficiosas o perjudi-
ciales para el individuo.
La JT adopta un enfoque global que trata de estudiar el impacto del sistema legal
sobre el bienestar psicológico de las personas y, en consecuencia, sugiere cambios en
elementos y prácticas jurídicas existentes (Wexler, 1996). La TJ sirve de herramienta
para lograr una perspectiva diferente en asuntos legales y judiciales, revelando, por lo
general, cuestiones previamente desconocidas o inconscientes para los actores inter-
vinientes (Hora, Schma y Rosenthal, 1998:444). Y aunque se trate de un enfoque
amplio, la TJ asienta las primeras ideas para generar cambios en normas legales y
prácticas judiciales disfuncionales.
¿Qué podría aportarnos la TJ?
Ya hemos visto que la ley, de algún modo, deja de lado aspectos de naturaleza
psíquica, social u otras variables dinámicas que podrían informar acerca de la conve-
niencia de aplicar el art. 87CP, fijar unas u otras reglas de conducta o establecer un
plazo de suspensión flexible y ajustado a las características del drogodependiente. La
ley, en este caso, estaría perjudicando al bienestar no sólo del propio penado (por
aplicar, por ejemplo, una pena prisión que agrave su problema adictivo) sino también
al de la sociedad, pues cuanto menos rehabilite la pena impuesta, mayor probabilidad
de reincidencia.
En el caso nos ocupa, la TJ supone una primera iniciativa para modificar aque-
llas normas y prácticas del sistema judicial-legal que restrinjan la aplicación y dificulten
el cumplimiento del art. 87CP. En concreto, podrían plantearse cuestiones como las
siguientes:
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Suspensión especial para drogodependientes 137
1. Cambios legislativos: incorporación de criterios psico-sociales en la norma30,
obligatoriedad de contar con un informe social previo a dictar sentencia, des-
penalizar comportamientos que traspasen la barrera de lo legal (ej. abandono
del tratamiento), flexibilizar los plazos de suspensión según la evolución del
penado, ofrecer alternativas distintas a la prisión en casos de revocación, etc.
2. Ofertar sesiones educativas a los operadores jurídicos en materia de drogode-
pendencias y problemáticas asociadas. Cuanto más conocimiento se tiene del
problema del otro, más se favorece la empatía y se castiga en menor medida.
Bajo mi punto de vista, cuanto mayor sea el conocimiento del juez en torno
al problema adictivo de una persona, más se favorecerá la aplicación de una
pena comunitaria como la suspensión especial.
3. Fomentar el diálogo multidisciplinar entre los diferentes actores implicados
(penados, jueces, fiscales, servicios sociales, centros de atención socio-sanita-
ria, agentes de probation o supervisores de ejecución medidas alternativas).
Este diálogo puede ayudar a atribuir adecuadamente determinadas funcio-
nes (como la de solicitar un informe social o elaborarlo), proponer cambios
normativos y promover el aprendizaje recíproco entre diferentes esferas
profesionales.
4. Facilitar la participación de la comunidad en la ejecución de la probation para
drogodependientes31. Una mayor participación comunitaria podría ayudar a
reducir la desconfianza y los mitos hacia estos delincuentes, fomentar la inte-
racción de la sociedad con la red penal y, en últimas, crear mayor solidaridad
con este colectivo.
Es cierto que la implantación de estas propuestas no resulta fácil de compaginar
con la actual sobrecarga de trabajo en el sistema de justicia penal32. Sin embargo, la
TJ supone un primer paso para cambiar el tratamiento penal de las drogodependen-
cias, que permite adoptar un prisma diferente ante la ley y las penas, valorando no
sólo su proporcionalidad o utilidad, sino también su perjuicio o beneficio para sus
destinatarios.
30. Teniendo en cuenta que los delincuentes drogodependientes presentan una variada sintomatología
clínica y diversa propensión antisocial, las disposiciones legales dirigidas a los mismos debieran ser igualmente
heterogéneas (MARLOWE, 2011:285).
31. Cabe destacar a este respecto los conocidos como “Círculos de Apoyo”, cuya implantación está en
fase de prueba en Cataluña (Departament de Justícia, 2012). Este modelo, implantado en Canadá (también en
Reino Unido y algunos estados de EEUU), ha diseñado los Circles of Support and Accountability (COSA),
es decir, una red de voluntarios que presta su apoyo y seguimiento a condenados por delitos contra la libertad
sexual una vez alcanzan la libertad para favorecer su reinserción social. Cataluña, mediante la iniciativa europea
Circles 4EU se plantea incorporarlos en la fase de libertad vigilada. Ante tal situación y vista la eficacia y el
respaldo que tienen en numerosos países (véase WILSON et al., 2009), la pregunta es, ¿por qué no extenderlo
al marco del art. 87?
32. No faltan investigaciones que denuncien la actual sobrecarga del sistema penal y un cambio de
actuación hacia prácticas cada vez más estandarizadas y tailoristas. Véase, por ejemplo: BLAY (2010),
GREGORY (2010) o LARRAURI (2012).
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138 Nahia Zorrilla Martínez
3.2. Drug Treatment Courts
Los Drug Treatment Courts (o Tribunales de Drogas) suponen un claro ejem-
plo y un salto significativo de la teoría a la práctica en lo que a justicia terapéutica
se refiere (Fulton Hora, Schma y Rosenthal, 1998:448). Éstos tienen como misión
reducir el abuso de drogas y la delincuencia asociada a través de alternativas terapéu-
ticas distintas del sistema judicial tradicional (McIvor, 2010)33. Así, por ejemplo, a la
persona acusada de mera posesión de drogas se le puede ofrecer la posibilidad de
recibir tratamiento en lugar de una pena de prisión. El juez del caso es el responsa-
ble de supervisar la ejecución de la medida impuesta, ya sea un análisis aleatorio de
consumo de drogas ya sea la asistencia a un programa de deshabituación. Uno de los
aspectos que se fomenta es la responsabilidad personal y la posibilidad de que cada
participante elija el camino hacia su propia recuperación34.
A pesar de las diferencias entre unas y otras jurisdicciones35, los DTCs com-
parten como ideal, el ofrecer a drogodependientes delincuentes (no-violentos) un
tratamiento y supervisión intensiva, en el que todos los agentes intervinientes (jue-
ces, fiscales, agentes de probation, terapeutas…) asuman el peso de la intervención
(Fulton Hora et al., 1998:452). Los DTC son tribunales especializados en los que,
generalmente, existe un juez supervisor de los casos que ha sido formado en drogode-
pendencias (Rempel, Green y Kralstein, 2012).
Una vez el delincuente acepta participar, se diseña un programa terapéutico indi-
vidual que incluye contactos directos y conversaciones con el juez, que será el respon-
sable de responder a su evolución, incentivando por los progresos o sancionando los
incumplimientos acordados (Rempel et al., 2012:166).
Los DTC, aun con debilidades y críticas36, presentan una serie de ventajas que,
bajo mi óptica, sirven como ejemplo a nuestro sistema de justicia penal:
1. Inmediatez del tratamiento. En nuestro sistema penal el juicio puede lle-
gar a demorarse años desde la comisión del hecho delictivo, lo que disminuye
el efecto intimidatorio de cualquier pena, además de obstaculizar el cumpli-
miento del programa rehabilitador.
33. En 1989, desde que se establece en Miami (Florida) el primer Tribunal de Tratamiento de Drogas
(Drug Treatment Court), no cesa de incrementarse su implantación en Estados Unidos (FULTON HORA y
STALCUP, 2008:725).
34. Información recabada de la DEA o Drug Enforcement Administration de EEUU, disponible en:
http://www.justice.gov/dea/ongoing/treatment.html
35. En algunas jurisdicciones existen los Drug Courts (DC) y, en otras, los Drug Treatment Court
(DTC). Resulta fácil, en mi opinión, emplear ambos términos indistintamente, cuando en realidad no son
equiparables. El primero hace referencia a un Tribunal que, a pesar de asumir casos penales vinculados con
drogas, mantiene la filosofía y procedimientos de cualquier tribunal ordinario, sin enfatizar especialmente una
pretensión rehabilitadora. El segundo, en cambio, trata de atajar y abordar la problemática de fondo que afecta
a la persona: la drogodependencia (FULTON HORA, SCHMA y ROSENTHAL, 1998:452).
36. A mi juicio, puede criticarse su aplicación restrictiva a delincuentes no violentos, cuya agresividad
pudiera ser una manifestación o síntoma del problema adictivo (en lo que respecta a la asociación entre
el consumo de alcohol y drogas y violencia, véase BOLES y MIOTTO, 2003). En este caso, estaríamos
censurando su disfrute a perfiles de alto riesgo en los que la evidencia empírica (véase, Marlowe, 2011) ha
demostrado el doble de beneficios que en perfiles de menor riesgo.
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2. Especialización y formación judicial en problemas adictivos (Rempel
et al., 2012)37. Disponer de Tribunales especializados agilizaría la decisión de
suspender o no la pena a personas que cometieron el delito a causa de su
adicción, además de individualizar la medida a sus necesidades particulares.
3. Reducción de la reincidencia38 y otras problemáticas psicosociales asocia-
das (ej. problemas socioeconómicos y conflicto familiar)39. Esta efectividad es
una de las mayores ventajas que presentan los DTC, teniendo en cuenta que
uno de los perfiles con mayor adecuación al art. 87CP (el delincuente contra
la propiedad), presenta elevados índices de reincidencia.
4. Coordinación y participación de todos los actores implicados (incluido, el
sometido a tratamiento).
5. Primacía de la rehabilitación sobre otras medidas penales (como la
prisión).
6. El incumplimiento o abandono del tratamiento no conlleva, necesariamente,
la amenaza de una pena de prisión.
Con respecto a esta última ventaja, nuestros tribunales debieran estar lo sufi-
cientemente preparados para aplicar otra pena comunitaria una vez la primera falló
(Asworth, 2007:1019). Para aplicar este criterio en nuestro caso (art. 87CP), debié-
ramos primero cambiar la regulación legal en materia de revocación. Algunos auto-
res (ej. Wodahl et al., 2011:221) apuestan por implantar un sistema de sanciones
graduadas, de modo que los agentes de probation, puedan individualizar las conse-
cuencias de la revocación en función del tipo de incumplimiento más o menos grave
en cada caso. Y es que cuando una sanción penal es incumplida atribuimos la total
responsabilidad al penado y, sin ánimo de excluirle de responsabilidad, considero que
quizá el sistema o sus actores han podido fallar en el conjunto de intervenciones lleva-
das a cabo. Quizá hubiera sido necesario un tratamiento de deshabituación diferente,
intervención intensiva en la red socio-familiar, una suspensión ordinaria si el penado
ya está deshabituado u otras respuestas dirigidas a la reinserción.
Además de las ventajas señaladas, se ha visto que el diálogo existente en los
DTC entre jueces y penados puede ejercer un impacto positivo en el cumplimiento de
la medida. A diferencia del tribunal ordinario que juzga y condena, en el DTC el juez
interactúa con el penado, le ofrece un feedback periódico acerca de su evolución, le
premia o castiga al respecto (Rempel et al., 2012), se esfuerza por escucharle e impo-
ner la medida más justa. Esta interacción positiva entre el juez y el penado, mejora el
proceso, la percepción de la pena como más justa, estimula el cambio y procura índi-
ces mayores de cumplimiento de la pena (McIvor, 2009:45).
37. A este respecto el Plan Nacional Sobre Drogas ya ha destacado la necesidad de formar a operadores
jurídicos en materia de drogodependencias (PNSD, 2009:85).
38. Los tres meta-análisis realizados hasta la fecha han mostrado una reducción global de la reincidencia
del 7.5 al 13.5% (GUTIERREZ-BOURGON, 2009 :1).
39. Véase REMPEL y GREEN (2012), para un análisis más preciso en torno a las mejoras psico-sociales
derivadas de la participación en un DTC.
EGUZKILORE – 27 (2013)
140 Nahia Zorrilla Martínez
Todas éstas constituyen ideas vinculadas a la procedural justice (o justicia proce-
dimental), es decir, la idea según la cual las personas tendemos a pensar que hemos
sido tratadas justamente no tanto en función de los resultados, sino de la justicia del
proceso (Tyler, 1990, cit. por McIvor, 2009). La justicia procedimental aumenta la
percepción de legitimidad40 de las autoridades que imponen las normas y las senten-
cias, y el nivel de cumplimiento de las mismas.
3.3. Pre-Sentence Report41
El primer paso hacia la solución de un problema es comprenderlo en todas sus
dimensiones; si deseamos predecir y estimar la peligrosidad de una persona, la evo-
lución de su comportamiento, o los cambios potenciales en su estilo de vida, resulta
necesario conocer las aquellas circunstancias que han dado forma a su comporta-
miento pasado y presente, y es esto es, en buena parte, lo que nos aporta el Pre-
Sentence Report (Stinchcomb y Hippensteel, 2001:164).
El Pre-Sentence Report (PSR, en adelante) es un informe social y criminológico
a disposición del juez que no sólo procura mayores garantías en sus decisiones (clari-
ficando y argumentando las vías penales más idóneas para la reinserción de un sujeto
concreto), sino que le ofrece la posibilidad de dotar a su decisión de contenido más
allá del puramente legal, en el reto de imponer una pena comunitaria.
El PSR, aunque variable según la jurisdicción, contiene información acerca de la
peligrosidad y circunstancias del penado, gravedad del delito, un resumen acerca de
las penas legalmente aplicables, una recomendación a favor o en contra de la prisión
y las condiciones, duración y reglas de conducta a imponer en caso de aplicar una
pena de probation (Petersilia, 1997:161).
¿Por qué apostar por el PSR?
A mi juicio, supone una herramienta que puede marcar la diferencia en el pro-
ceso sentenciador y, en especial, en aquellos casos en que una persona presenta pro-
blemas de drogodependencia en el momento de imponer una pena. En el ámbito
comparado, existe evidencia suficientemente convincente como para apostar por el
PSR en nuestro sistema judicial:
1. La investigación en repetidas ocasiones ha demostrado que el juez conoce muy
poco sobre la historia vital del penado y que la poca información que dispone se
limita a lo previsto en el PSR (Petersilia, 1997:161; en España, Larrauri, 2012).
2. Cuando el juez se enfrenta a la decisión de imponer prisión o probation, el
PSR aumenta su confianza y credibilidad por la pena comunitaria, disminu-
yendo su preferencia por la prisión (Gelsthorpe y Raynor, 1995:197).
40. Entre las prácticas que aumentan la legitimidad percibida de los jueces y el cumplimiento de la pena
están: la “eticidad” (cortesía, respeto y preocupación por el otro), el esfuerzo por ser justo o la “representación”
(escuchar, informar sobre el proceso, premiar…) (MCIVOR, 2009).
41. John AUGUSTUS, conocido como “padre de la probation”, desarrolló e impulsó ideas y prácticas
como el “pre-sentence investigation” (PSI) o pre-sentence report, los informes judiciales y las reglas de
conducta o supervisión, entre otras (PETERSILIA, 1997:155).
EGUZKILORE – 27 (2013)
Suspensión especial para drogodependientes 141
3. El PSR supone la principal vía en que una sentencia es capaz de combinar
aspectos legales y sociales de justicia (Field y Tata, 2010:235). El PSR aporta
información capaz de estimar una pena justa/proporcional no sólo al hecho
cometido sino a sus circunstancias socio-personales. Si el informe aporta al
juez información extralegal, como la historia toxicofílica de la persona, trata-
mientos de deshabituación previos, situación socio-familiar y laboral o trayec-
toria de vida, quizá su criterio sobre la pena más justa varíe.
4. Lejos de límites preventivo-generales o retribucionistas, lo que realmente guía
la respuesta son las condiciones personales y sociales del individuo (Wandall,
2010:336). El PSR podría evitar posturas judiciales conservadoras que reduz-
can la aplicación del art. 87CP a penados de bajo riesgo, pues se trata de un
informe que valora qué pena resulta más adecuada en orden a rehabilitar, más
que a castigar.
5. Se trata de un informe muy valorado en Europa para extender el empleo de
penas comunitarias (Tata et al., 2008, cit. por Larrauri, 2012).
6. Ofrece respuestas que se inspiran más en la capacidad de cambio del penado
que en la amenaza de una pena de prisión (Stinchcomb y Hippensteel,
2001:164).
7. Y lo que es más importante, el informe detecta la drogodependencia antes de
imponer una pena de prisión, sin necesidad de aportar certificados de trata-
miento por parte del penado o recurrir la sentencia en casos en los que esta
circunstancia se ha pasado por alto.
En este sentido, Larrauri (2012) señala el error de detectar problemas de drogas
y alcohol cuando la pena ya se está ejecutando, y no antes. A estas personas no se les
deriva a un programa de deshabituación porque tal problemática no ha sido detectada
con anterioridad (los jueces de ejecución lo atribuyen al penal y el juez penal al de instruc-
ción, etc.). En estos supuestos se ha impuesto una pena proporcional al hecho cometido
pero no a la culpabilidad (mermada debido a la drogodependencia o intoxicación), lo que
menoscaba el principio de proporcionalidad del imputado (Larrauri, 2012:19). Por tanto,
el PSR es defendible incluso desde el principio de proporcionalidad (Larrauri, 2012).
A su vez, en la judicatura española ya hay jueces que empiezan a reclamar apoyo
y asesoramiento cuando se enfrentan a problemas de carácter psicológico. En un
estudio realizado por el IReS (2009), por ejemplo, en torno a una muestra de expe-
dientes de suspensión extraordinaria, se constata la necesidad y valoración positiva
por parte de jueces y fiscales de los informes psico-sociales “no sólo en la fase de jui-
cio-sentencia y ejecutoria sino que la necesidad de éstos se hace extensiva a cada una
de las fases del proceso judicial-penal, incluida la de detención” (IReS, 2009:103).
En resumen, existen beneficios considerables derivados del empleo del PSR y,
a pesar de la poca investigación al respecto en España, si finalmente se apuesta por
generalizarlo, su implantación en nuestro sistema judicial no supone una innovación
tan radical puesto que se trata de un mecanismo necesario y bien extendido en justicia
juvenil (LORPM 5/2000)42.
42. Como bien manifestó un asesor del Equipo Técnico de Menores de Catalunya (En LARRAURI,
2012:19), resulta absurdo solicitar este informe antes de los 18 años e ignorarlo pasada esta edad.
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142 Nahia Zorrilla Martínez
4. CONCLUSIONES Y ORIENTACIONES DE FUTURO
El primer obstáculo con que se encuentra la suspensión especial es la ley en
sí misma. La redacción del art. 87CP puede llevar, en ocasiones, a confusión y, en
otras, a limitar la aplicación de la medida a penados de bajo riesgo.
La confusión viene cuando se exige el certificado de tratamiento/deshabituación
en el momento de sentencia pero en la práctica se admiten otro tipo de interpretacio-
nes. Tampoco queda claro cuándo el abandono de tratamiento es motivo suficiente
para revocar la medida y aplicar la prisión, ni si el periodo de deshabituación coincide
con el de la suspensión o es flexible. A estos problemas se añade el de no abonar el
tiempo transcurrido en terapia cuando se produce un abandono definitivo.
El legislador también ha querido subrayar la valoración especial que ha de
hacerse de las “circunstancias del hecho y autor” en reincidentes, un criterio que en
algunos casos se limita a los antecedentes y se confunde con la peligrosidad del sujeto.
En la práctica, el perfil que mejor parece encajar con el art. 87CP es el delin-
cuente contra la propiedad, por una comisión delictiva marcada por la drogodepen-
dencia y por la duración de la condena que se le impone. Sin embargo, delincuencia
contra la propiedad y reincidencia están muy vinculados. Y como se ha visto, en
casos de reincidencia la suspensión especial no se aplica ni en la mitad de los casos,
dada su “peligrosidad”. La ley no aclara este último concepto y como asesoramiento
al juez, únicamente exige el informe médico forense. Esta prueba pericial prueba
la culpabilidad, y por tanto, es garante del principio de proporcionalidad, pero no
aporta suficiente información para orientar la pena más acorde a la rehabilitación
(prevención especial). La escasa tradición de un informe social y su eliminación en el
RD 840/2011 contribuyen a dificultar la individualización judicial y la aplicación infor-
mada de esta pena comunitaria.
Ante todas estas problemáticas, las aportaciones de perspectivas como la “juris-
prudencia terapéutica” (JT) pueden sentar las primeras bases para generar cambios
en normas y prácticas disfuncionales. Si realizamos una lectura del art. 87CP a partir
de la perspectiva de la JT, se evidencia que algunos elementos de la regulación y la
aplicación judicial del art. 87CP tienen un impacto perjudicial sobre el bienestar del
individuo. Aun así, no es tarde para el cambio, para incorporar criterios psicosociales
en la norma, formar a los jueces en drogodependencias, apostar por una colabora-
ción multidisciplinar y, en definitiva, para que la ley en sí misma adquiera una función
terapéutica.
En este trabajo se proponen, además, dos instituciones concretas de fácil convi-
vencia con la TJ: los Drug Treatment Courts y el Pre-sentence report.
Los DTC ofrecerían una respuesta judicial especializada a la compleja y variada
problemática de las drogodependencias, flexibilizarían las respuestas ante el incumpli-
miento, aumentaría la percepción de legitimidad del juez y de la pena propiciando, en
consecuencia, mayores índices de cumplimiento.
El PSR, por su parte, proporcionaría una mayor riqueza de datos a disposi-
ción del juez y una mejor orientación sobre la medida (modalidad de programa,
duración, tipo de centro…) más ajustada a la problemática adictiva del sujeto. Con
dicho asesoramiento en el proceso sentenciador, se reforzaría la individualización
EGUZKILORE – 27 (2013)
Suspensión especial para drogodependientes 143
judicial, en lugar de a la fase posponerla a la fase de ejecución. Al contar con
mayor información y detectar los problemas adictivos previamente a la imposición
de la sentencia, el PSR actuaría no sólo como garante de la reinserción del penado
sino también del principio de proporcionalidad. Al mismo tiempo, la información
que aporta el PSR aumenta la seguridad en los casos de discrecionalidad judicial,
pudiendo aumentar la confianza y credibilidad del juez por la suspensión especial
como un recurso capaz de rehabilitar a delincuentes de riesgo medio mejor que la
prisión.
En definitiva, de nada sirve haber ampliado las posibilidades de aplicación del
art. 87CP si en la práctica su uso sigue siendo restringido.
Sabiendo que el delincuente contra la propiedad (perfil muy vinculado a pro-
blemas adictivos y de fácil adecuación al 87CP) supone un 40% de la población
encarcelada y que la intervención con drogodependientes resulta más efectiva en la
comunidad, ¿por qué no aumentar su aplicación a este colectivo?
Sabiendo que la problemática de la adicción puede ignorarse y que resulta un
factor clave a tratar para evitar la reincidencia, ¿por qué no apostar por Informes
Sociales que aseguren su detección precoz?
Sabiendo que los Tribunales Especializados en Drogas, de algún modo, poten-
cian el diálogo entre juez y penado y aumentan la percepción de la pena como justa
¿por qué no promover el asesoramiento y especialización de jueces en materia de
drogodependencias?
Y para acabar, si realmente el primer obstáculo en la aplicación de esta pena
comunitaria comienza en la ley ¿por qué no cambiarla?
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pp. 207-226.
Legislación y normativa de referencia
Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal.
Título XIII, “Delitos contra el patrimonio y el orden socioeconómico”
Capítulo III, Título III “De las formas sustitutivas de la ejecución de las penas privativas de liber-
tad y de la libertad condicional”
Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la Responsabilidad Penal de los
Menores. Disponible en: http://noticias.juridicas.com/base_datos/Penal/lo5-2000.
html
Anteproyecto de Ley Orgánica por la que se modifica la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de
noviembre, del Código Penal (art. 80 y ss.)
Real Decreto 515/2005
Real Decreto 840/2011
Normativa adicional
Instrucción 3/2011. Plan de Intervención General en materia de drogas en la Institución
Penitenciaria. SECRETARÍA GENERAL DE INSTITUCIONES PENITENCIARIAS,
Disponible en:
http://www.institucionpenitenciaria.es/web/portal/documentos/instrucciones/index.
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Estrategia Nacional Sobre Drogas 2009-2016. Disponible en:
http://www.pnsd.msc.es/novedades/pdf/EstrategiaPNSD2009-2016.pdf
Jurisprudencia
AAP Madrid nº 72/2012, Sección 2ª, de 7 de febrero
AAP Madrid, nº 120/2012, Sección 15, de 20 de febrero
EGUZKILORE – 27 (2013)
148 Nahia Zorrilla Martínez
Fuentes estadísticas
SECRETARÍA GENERAL DE INSTITUCIONES PENITENCIARIAS, Fondo documental, esta-
dística penitenciaria (2012).
Población penitenciaria 2005-2012.
Tipología delictiva de la población reclusa penada por Ley Orgánica 10/1995
Disponible en:
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DEPARTAMENT DE JUSTÍCIA, descriptors estadístics (2012):
Evolució de la població a presons. Històric.
Evolució de la població a presons. Últim dia de cada mes.
Disponible en:
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INE (Instituto Nacional de Estadística)
EGUZKILORE – 27 (2013)