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Figuras Ocultas - Jason Rekulak

Mallory acepta participar en un estudio en la Universidad de Pensilvania donde debe detectar cuando unos hombres la miran mientras lleva los ojos vendados, logrando detectar las miradas con gran precisión. La investigadora que la entrevista luego de los experimentos queda sorprendida por su habilidad y le ofrece continuar participando, aunque Mallory no vuelve a saber de ella.

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Figuras Ocultas - Jason Rekulak

Mallory acepta participar en un estudio en la Universidad de Pensilvania donde debe detectar cuando unos hombres la miran mientras lleva los ojos vendados, logrando detectar las miradas con gran precisión. La investigadora que la entrevista luego de los experimentos queda sorprendida por su habilidad y le ofrece continuar participando, aunque Mallory no vuelve a saber de ella.

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Recién salida de rehabilitación por su pasada adicción a las drogas, Mallory

Quinn acepta un trabajo como niñera para Ted y Caroline Maxwell.


A Mallory de inmediato le encanta su trabajo, le da justo la estabilidad que
buscaba. Y adora a Teddy, un niño tímido que va a todas partes con su
cuaderno de bocetos y su lápiz. Sus dibujos muestran cosas normales: árboles,
conejos, globos… Bueno, y a veces también a una mujer de aspecto extraño,
su amiga imaginaria.
Poco a poco, los dibujos de Teddy se vuelven cada vez más siniestros y sus
figuras de palo se convierten en ilustraciones realistas, cuya destreza supera la
de cualquier niño de cinco años. Es entonces cuando Mallory empieza a
preguntarse no solo por el contenido de las ilustraciones, sino también por el
autor. Porque ¿y si realmente no es Teddy quien las está haciendo? ¿Y si se
trata de… alguien más?

Página 2
Jason Rekulak

Figuras ocultas
ePub r1.1
Titivillus 04.08.2023

Página 3
Título original: Hidden Pictures
Jason Rekulak, 2022
Traducción: Ana Isabel Sánchez

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

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A Julie

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Hace unos años, me estaba quedando sin dinero, así que me presenté
voluntaria para un estudio de investigación en la Universidad de Pensilvania.
Las indicaciones me llevaron al centro médico del campus, en West Philly, y
a un enorme auditorio lleno de mujeres, todas de entre dieciocho y treinta y
cinco años. No había sillas suficientes y fui de las últimas en llegar, de modo
que tuve que sentarme en el suelo, tiritando. Había café y dónuts de chocolate
gratis, además de una televisión grande que emitía El precio justo, pero casi
todo el mundo estaba mirando el móvil. El ambiente era muy parecido al del
Departamento de Tráfico, con la diferencia de que allí a todas iban a pagarnos
por horas, así que a nadie le importaba tener que esperar todo el día.
Una médica con una bata de laboratorio blanca se levantó y se presentó.
Dijo que se llamaba Susan o Stacey o Samantha y que era miembro del
programa de Investigación Clínica. Leyó todas las limitaciones de
responsabilidad y advertencias habituales y nos recordó que la remuneración
se daría en forma de tarjetas regalo de Amazon, nada de cheques ni de dinero
en efectivo. Un par de personas refunfuñaron, pero a mí me dio igual; tenía un
novio que me compraba las tarjetas regalo por ochenta centavos el dólar, así
que lo tenía todo solucionado.
Cada pocos minutos, Susan (creo que era Susan, ¿no?) decía un nombre
de los del portapapeles y una de nosotras abandonaba la sala. Nadie volvía.
Pronto quedaron muchos asientos libres, pero seguí sentada en el suelo
porque no me creía capaz de moverme sin vomitar. Me dolía el cuerpo y tenía
escalofríos. Pero al final se corrió la voz de que no hacían exploración previa
—es decir, de que nadie iba a hacerme un análisis de orina ni a tomarme el
pulso ni a hacer ninguna otra cosa que pudiera inhabilitarme—, así que me
metí una de 40 en la boca y la chupé hasta que la capa amarilla y cerosa
desapareció. Luego me la escupí en la palma de la mano, la machaqué entre
los pulgares y me esnife alrededor de un tercio. Lo justo para volver a
activarme. El resto fue a parar a un trozo diminuto de papel de aluminio, para

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más tarde. Y, después de eso, dejé de tiritar, y esperar en el suelo ya no me
parecía tan horrible.
Unas dos horas más tarde, la médica al fin dijo mi nombre —«¿Quinn?
¿Mallory Quinn?»— y, arrastrando mi pesada parca de invierno por el suelo
detrás de mí, recorrí el pasillo hasta donde ella me esperaba. Si se dio cuenta
de que estaba colocada, no lo dijo. Se limitó a preguntarme mi edad
(diecinueve años) y mi fecha de nacimiento (3 de marzo) y luego comparó
mis respuestas con la información del portapapeles. Y supongo que decidió
que estaba lo bastante sobria, porque me guio por un laberinto de pasillos
hasta una sala pequeña y sin ventanas.
Había cinco hombres jóvenes sentados en una hilera de sillas plegables;
todos tenían la mirada clavada en el suelo, así que no podía verles la cara.
Pero decidí que eran estudiantes de medicina o residentes: llevaban un pijama
de médico como recién sacado de la bolsa, aún arrugado y de un azul marino
brillante.
—Muy bien, Mallory, colócate en la parte delantera de la sala, por favor,
de cara a los chicos. Justo ahí, en la X, perfecto. Vale, antes de ponerte la
venda, deja que te cuente lo que va a pasar.
Y me di cuenta de que la mujer tenía un antifaz negro en la mano, uno de
esos de algodón suave, como los que mi madre se ponía a la hora de
acostarse.
Me explicó que, en ese instante, todos los hombres estaban mirando al
suelo, pero que en algún momento a lo largo de los próximos minutos, me
mirarían el cuerpo. Mi función consistía en levantar la mano si sentía «la
mirada masculina» sobre mi persona. Me dijo que mantuviera la mano alzada
durante todo el tiempo que durara la sensación y que la bajase cuando esta
desapareciera.
—Lo haremos durante cinco minutos, pero, cuando terminemos, puede
que necesitemos que repitas el experimento. ¿Alguna pregunta antes de
empezar?
Empecé a reírme.
—Sí, ¿habéis leído Cincuenta sombras de Grey? Porque estoy casi segura
de que esto es el capítulo doce.
Fue un intento de hacer un poco de humor ligero y Susan sonrió para ser
educada, pero ninguno de los chicos me estaba prestando atención. Todos
estaban jugueteando con sus respectivos portapapeles y sincronizando los
cronómetros. El ambiente en el aula era muy profesional. Susan me colocó el

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antifaz sobre los ojos y luego ajustó la tira para que no me apretara
demasiado.
—De acuerdo, Mallory, ¿está bien ajustado?
—Perfecto.
—¿Y estás preparada para empezar?
—Sí.
—Pues comenzaremos cuando cuente tres. Caballeros, preparen los
relojes. Y… un, dos, tres.
Me resultó muy extraño quedarme ahí plantada durante cinco minutos,
con los ojos vendados, en una sala sumida en el más absoluto de los silencios,
sabiendo que unos tíos podían estar mirándome las tetas o el culo o lo que
fuera. No había ni ruidos ni pistas que me ayudaran a adivinar lo que ocurría.
Pero, sin duda, sentí que me miraban. Subí y bajé la mano varias veces y me
pareció que los cinco minutos duraban una hora. Cuando terminamos, Susan
me pidió que repitiera el experimento y volvimos a hacerlo desde el principio.
¡Y luego me pidió que hiciese el experimento por tercera vez! Cuando por fin
me quitó la venda, todos los chicos se pusieron de pie y empezaron a aplaudir,
como si acabara de ganar un Oscar.
Susan me explicó que llevaban toda la semana haciendo aquella prueba
con cientos de mujeres, pero que era la primera que obtenía una puntuación
casi perfecta, la primera que informaba de la mirada tres veces con un 97 %
de precisión.
Les dijo a los hombres que se tomaran un descanso y luego me hizo pasar
a su despacho y empezó a hacerme preguntas. En concreto: ¿cómo sabía que
los hombres me estaban mirando? Y no pude expresarlo con palabras,
simplemente lo sabía. Era como una sensación de aleteo en la periferia de mi
atención…, una especie de sentido arácnido. Diría que hay muchas
probabilidades de que tú también lo hayas sentido, de que sepas justo a qué
me refiero.
—Además, hay una especie de sonido.
Abrió los ojos como platos.
—¿En serio? ¿Oyes algo?
—A veces. Es muy agudo. Como cuando un mosquito te zumba
demasiado cerca de la oreja.
Cogió el portátil tan rápido que casi se le cae. Escribió un montón de
notas y me preguntó si estaría dispuesta a volver al cabo de una semana para
hacer más pruebas. Le dije que, por veinte dólares la hora, volvería todas las
veces que quisiera. Le di mi número de móvil y me prometió que me llamaría

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para concertar una cita…, pero esa misma noche cambié mi iPhone por cinco
pastillas de oxicodona de 80, así que no tuvo forma de localizarme y nunca
volví a saber de ella.

Ahora que estoy limpia, me arrepiento de un millón de cosas, y haber


utilizado mi iPhone como moneda de cambio es de la que menos. Pero a
veces me acuerdo del experimento y empiezo a hacerme preguntas. He
tratado de localizar a la médica en internet, pero, como ya ha quedado claro,
ni siquiera recuerdo su nombre. Una mañana cogí el autobús hasta el centro
médico de la universidad e intenté dar con el auditorio, pero ahora el campus
es totalmente distinto; hay un montón de edificios nuevos y todo está
revuelto. He intentado buscar en Google frases como «detección de la
mirada» y «percepción de la mirada», pero todos los resultados dicen que esos
fenómenos no existen: no hay pruebas que demuestren que alguien tenga
«ojos en la nuca».
Y supongo que me he resignado al hecho de que en realidad el
experimento no sucedió, de que es uno de los muchos recuerdos falsos que
adquirí mientras consumía oxicodona, heroína y otras drogas. Mi padrino,
Russell, dice que los recuerdos falsos son habituales entre los adictos. Dice
que el cerebro de los adictos «recuerda» fantasías felices para que evitemos
obsesionarnos con los recuerdos reales: todas las cosas vergonzosas que
hicimos para colocarnos, todas las mierdas con las que dañamos a las buenas
personas que nos querían.
—Tú solo escucha los detalles de la historia —me señala Russell—: llegas
al campus de una prestigiosa universidad de la Ivy League. Estás puesta hasta
el culo de pastillas y a nadie le importa. Entras en una sala llena de médicos
jóvenes y guapos. Luego se pasan quince minutos mirándote el cuerpo ¡y
estallan en una ovación cerrada! ¡Venga ya, Quinn! ¡No hay que ser Sigmund
Freud para verlo!
Y tiene razón, por supuesto. Una de las cosas más difíciles de la
recuperación es aceptar el hecho de que ya no puedes fiarte de tu cerebro. De
hecho, tienes que entender que tu cerebro se ha convertido en tu peor
enemigo. Te llevará a tomar malas decisiones, invalidará la lógica y el sentido
común y deformará tus recuerdos más preciados hasta convertirlos en
fantasías imposibles.
Pero aquí van unas cuantas verdades absolutas:
Me llamo Mallory Quinn y tengo veintiún años.

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Llevo dieciocho meses en recuperación y puedo afirmar con sinceridad
que no tengo ningún deseo de consumir alcohol ni drogas.
He seguido los Doce Pasos y he entregado mi vida a mi señor y salvador
Jesucristo. No me verás repartiendo biblias por las esquinas, pero rezo a
diario para que Él me ayude a mantenerme sobria, y hasta ahora está
funcionando.
Vivo en el noreste de Filadelfia, en Safe Harbor, un hogar municipal para
mujeres en fases avanzadas del proceso de recuperación. Lo llamamos «hogar
de requeteinserción», en lugar de «hogar de reinserción», porque todas hemos
demostrado nuestra sobriedad y nos hemos ganado muchas libertades
personales. Nos hacemos la compra, nos preparamos las comidas y no
tenemos muchas normas agobiantes.
De lunes a viernes, soy maestra auxiliar en la Escuela Infantil de la Tía
Becky, una casa adosada infestada de ratones y con sesenta pequeños
alumnos de entre dos y cinco años. Dedico buena parte de mi vida a cambiar
pañales, repartir galletitas saladas con forma de pez y poner los DVD de
Barrio Sésamo. Después del trabajo salgo a correr y luego asisto a una
reunión, o me limito a quedarme en Safe Harbor con mis compañeras de piso
y a ver con ellas películas del Hallmark Channel como Rumbo al amor o En
mi corazón para la eternidad. Ríete si quieres, pero te garantizo que en una
película del Hallmark Channel jamás verás a una prostituta esnifando líneas
de polvo blanco. Porque no necesito que esas imágenes me ocupen espacio en
el cerebro.
Russell aceptó ser mi padrino porque yo antes era corredora de fondo y él
tiene un largo historial como entrenador de velocistas. Fue segundo
entrenador del equipo de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1988.
Más tarde, llevó a los equipos de Arkansas y Stanford a los campeonatos de
atletismo y atletismo en pista cubierta de la NCAA. Y más tarde aún,
atropelló a su vecino de al lado mientras iba colocado de metanfetaminas.
Russell cumplió cinco años de condena por homicidio involuntario y después
se ordenó pastor. Ahora es padrino de cinco o seis adictos a la vez, la mayoría
de ellos atletas descarriados como yo.
Russell me motivó para empezar a entrenar de nuevo (él lo llama «correr
para recuperarse») y todas las semanas me prepara entrenamientos
personalizados en los que alterna las carreras largas y las carreras cortas y
rápidas a lo largo del río Schuylkill con las pesas y el acondicionamiento
físico en el YMCA. Russell tiene sesenta y ocho años y una cadera artificial,
pero todavía levanta noventa kilos y los fines de semana se viene a entrenar

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conmigo, me aconseja y me anima. Se pasa la vida recordándome que las
atletas femeninas no alcanzan su máximo apogeo hasta los treinta y cinco
años, que todavía me queda mucho tiempo para llegar a mis mejores años.
También me anima a planificar mi futuro, a empezar de cero en un
entorno nuevo, lejos de los viejos amigos y de las viejas costumbres. Por eso
me ha concertado una entrevista de trabajo con Ted y Caroline Maxwell, unos
amigos de su hermana que acaban de mudarse a Spring Brook, Nueva Jersey.
Están buscando a una niñera que cuide a su hijo de cinco años, Teddy.
—Hasta hace poco vivían en Barcelona. El padre trabaja en el sector de la
informática. ¿O en el del comercio? En algo en lo que se gana mucho, no
recuerdo bien los detalles. El caso es que se han mudado aquí para que Teddy,
el niño, no el padre, empiece el colegio en otoño. Educación Infantil. Así que
quieren que te encargues de él hasta septiembre. Pero ¿y si las cosas van bien?
¿Quién sabe? A lo mejor se quedan contigo.
Russell se empeña en llevarme en coche a la entrevista. Es uno de esos
tipos que siempre se visten para ir al gimnasio, incluso cuando no van a hacer
deporte. Hoy lleva un chándal negro de Adidas con rayas blancas a los lados.
Ahora mismo estamos en su todoterreno, circulando por el carril izquierdo del
puente Ben Franklin, adelantando un montón de coches, y yo me aferró a la
agarradera del uf-mierda y me miro el regazo para intentar no perder los
nervios. No me gustan mucho los coches. Voy a todas partes en autobús y en
metro, y esta es la primera vez desde hace casi un año que salgo de Filadelfia.
Solo nos hemos adentrado unos quince kilómetros en los barrios de la
periferia, pero me siento como si hubiera despegado hacia Marte.
—¿Qué te pasa? —me pregunta Russell.
—Nada.
—Estás tensa, Quinn. Relájate.
Pero ¿cómo voy a relajarme cuando hay un autobús enorme
adelantándonos por la derecha? Es como el Titanic sobre ruedas y está tan
cerca que podría sacar la mano por la ventanilla y tocarlo. Espero hasta que el
autobús avanza y soy capaz de hablar sin gritar:
—¿Qué sabes de la madre?
—Caroline Maxwell. Es médica del hospital de veteranos en el que
trabaja mi hermana Jeannie. Por ahí me llegó su nombre.
—¿Cuánto sabe de mí?
Se encoge de hombros.
—Sabe que llevas dieciocho meses limpia. Sabe que cuentas con mi
recomendación profesional sin reservas.

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—No me refiero a eso.
—No te preocupes. Le he contado toda tu historia y tiene ganas de
conocerte. —Debo de parecer escéptica, porque Russell insiste—: Esta mujer
se gana la vida trabajando con adictos. Y sus pacientes son veteranos
militares, miembros de las fuerzas de operaciones especiales con traumas de
la guerra de Afganistán, muy jodidos. No me malinterpretes, Quinn, pero,
comparada con la de esa gente, tu historia no da tanto miedo.
Un imbécil tira una bolsa de plástico por la ventanilla de su Jeep y no
tenemos hueco para maniobrar, así que chocamos contra la bolsa a cien
kilómetros por hora y se oye un ¡POP! estruendoso, de cristales rotos. Es
como la explosión de una bomba. Russell tan solo estira la mano hacia el aire
acondicionado y lo sube dos números más. Sigo mirándome el regazo hasta
que oigo que el motor reduce la velocidad, hasta que siento la suave curva de
la rampa de salida.
Spring Brook es una de esas pequeñas localidades del sur de Jersey que
existen desde la época de la Revolución Estadounidense. Está llena de
antiguas casas de estilo colonial y victoriano con banderas de Estados Unidas
colgadas en el porche delantero. Las calles están bien pavimentadas y las
aceras, inmaculadas. No hay ni una pizca de basura en ningún sitio.
Nos paramos en un semáforo y Russell baja las ventanillas.
—¿Lo oyes? —me pregunta.
—No oigo nada.
—Exacto. Es un lugar tranquilo. Perfecto para ti.
El semáforo se pone en verde y entramos en un tramo de tres manzanas
con tiendas y restaurantes: un local de comida tailandesa, una tienda de
batidos, una pastelería vegana, una residencia de día para perros y un estudio
de yoga. Hay una academia de refuerzo escolar —el Liceo Matemático— y
una pequeña librería café. Y, por supuesto, hay un Starbucks con un centenar
de adolescentes y preadolescentes delante, todos ellos toqueteando su iPhone.
Parecen los protagonistas de un anuncio de Target, llevan ropa colorida y
calzado nuevecito.
Entonces Russell gira hacia una calle secundaria y circulamos ante una
sucesión de perfectas casas de clase media. Hay árboles altos y majestuosos
que dan sombra a las aceras y llenan la atmósfera de color. Hay carteles con
letras grandes que dicen: aquí viven niños, ¡baja la velocidad! y, cuando
llegamos a un cruce de cuatro carriles, un guardia de tráfico sonriente y con
un chaleco de seguridad fosforito nos hace señas para que pasemos. Todo está

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tan perfectamente detallado que parece que estemos atravesando un plató de
cine.
Al final, Russell se detiene en el arcén y aparca el coche a la sombra de un
sauce llorón.
—Vale, Quinn, ¿preparada?
—No lo sé.
Bajo la visera y contemplo mi reflejo en el espejo. Por sugerencia de
Russell, me he vestido de monitora de campamento de verano: llevo una
camiseta verde con cuello de barco, unos pantalones cortos caqui y unas
inmaculadas zapatillas de loneta blanca. Antes tenía el pelo largo hasta la
cintura, pero ayer me corté la coleta y la doné a una organización benéfica
contra el cáncer. Lo único que queda es un corte bob negro e informal y ya no
me reconozco.
—Aquí van dos consejos gratuitos —dice Russell—: primero, asegúrate
de decirles que el niño es superdotado.
—¿Cómo sabré si lo es?
—Eso da igual. En esta ciudad, todos los niños son superdotados. Solo
tienes que encontrar la forma de introducirlo en la conversación.
—Vale. ¿Cuál es el otro consejo?
—Bueno, ¿si la entrevista va mal o si crees que no terminan de verlo
claro? Siempre puedes ofrecerles esto.
Abre la guantera y me enseña algo que la verdad es que no quiero
llevarme al interior de la casa.
—Uf, Russell, no sé.
—Llévatelo, Quinn. Considéralo un as en la manga. No es obligatorio
jugarlo, pero puede que lo necesites.
Y durante la rehabilitación me han contado las suficientes historias de
terror como para saber que lo más probable es que tenga razón. Cojo el
estúpido chisme y lo embuto en lo más profundo de mi bolso.
—Muy bien —asiento—. Gracias por traerme.
—Oye, te espero en el Starbucks. Dame un toque cuando termines y te
llevo a casa.
Insisto en que no es necesario, le digo que volveré a Filadelfia en tren y le
repito que se marche ya, antes de que el tráfico empeore.
—Vale, pero llámame cuando acabes —replica Russell—. Quiero que me
cuentes todos los detalles, ¿entendido?

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Fuera del coche, la tarde de junio es calurosa y húmeda. Russell toca el


claxon mientras se aleja y me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás. El
hogar de los Maxwell es una gran casa victoriana clásica, de tres plantas, con
revestimientos de madera amarilla y molduras blancas de pan de jengibre.
Tiene un enorme porche que la rodea por completo, con muebles de mimbre y
macetas llenas de flores amarillas: margaritas y begonias. La parte trasera de
la propiedad da a un bosque grande —¿o tal vez una especie de parque?—, así
que los trinos de los pájaros reverberan en la calle y oigo los zumbidos, los
chirridos y los cantos de los insectos.
Recorro el camino de losas y subo los escalones que llevan a la parte
delantera del porche. Llamo al timbre y me abre un niño pequeño. Tiene el
pelo rojizo anaranjado y totalmente de punta. Me recuerda a un muñeco Troll.
Me pongo en cuclillas para que quedemos a la misma altura.
—A ver si lo adivino…, ¿a que te llamas Teddy?
El niño me dedica una sonrisa tímida.
—Yo me llamo Mallory Quinn. ¿Está tu…?
Se da la vuelta, sube corriendo las escaleras hasta el primer piso y
desaparece.
—¿Teddy?
No sé muy bien qué hacer. Delante tengo un vestíbulo pequeño y un
pasillo que lleva a la cocina. Veo un comedor (a la izquierda) y una sala de
estar (a la derecha) y unos preciosos suelos de pino (por todas partes). Me
llama la atención el aroma fresco y limpio del aire acondicionado central,
mezclado con un toque de limpiador para madera de la marca Murphy Oil,
como si alguien acabara de fregar a fondo los suelos. Todos los muebles
parecen modernos y nuevos, como recién llegados de la sala de exposiciones
de Crate and Barrel.
Llamo al timbre, pero no suena. Lo aprieto tres veces más. Nada.
—¿Hola?

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En el extremo opuesto de la casa, en la cocina, veo la silueta de una mujer
que se percata de mi presencia al volverse.
—¿Mallory? ¿Eres tú?
—¡Sí! ¡Hola! He intentado llamar al timbre, pero…
—Ya, perdona. Tenemos que arreglarlo.
Antes de que me dé tiempo a plantearme cómo se habrá enterado Teddy
de que había llegado, la mujer echa a andar hacia mí para recibirme. Tiene los
andares más elegantes que he visto en mi vida: se mueve sin hacer ruido,
como si apenas rozara el suelo con los pies. Es alta, delgada y rubia, tiene la
piel clara y unos rasgos suaves que parecen demasiado delicados para ser de
este mundo.
—Soy Caroline.
Le tiendo la mano, pero ella me saluda con un abrazo. Es una de esas
personas que rezuman calidez y compasión y me estrecha contra sí un
segundo más de lo necesario.
—Me alegro mucho de que hayas venido. Russell nos ha hablado
maravillas de ti. ¿Es verdad que llevas dieciocho meses limpia?
—Dieciocho y medio.
—Increíble. ¿Después de todo lo que has pasado? Es extraordinario.
Tienes que sentirte muy orgullosa de ti misma.
Y ahora me preocupa ponerme a llorar, porque no esperaba que me
preguntara por la recuperación tan de inmediato, nada más llegar, incluso
antes de pisar el interior de su casa. Pero también es un alivio quitármelo ya
de encima, poner mis peores cartas sobre la mesa desde el principio.
—No ha sido fácil, pero cada día es más sencillo.
—Eso es justo lo que les digo a mis pacientes. —Da un paso atrás, me
examina de arriba abajo y sonríe—. ¡Y mírate ahora! ¡Rebosas salud por
todos los poros!
Dentro de la casa hay una agradable temperatura de veinte grados, un
bienvenido descanso del bochorno exterior. Sigo a Caroline cuando pasa ante
la escalera y por debajo del rellano de la primera planta. Su cocina está llena
de luz natural y parece el escenario de un programa de cocina de Food
NetWork. Hay un frigorífico grande y otro pequeño, y la cocina de gas
dispone de ocho fuegos. El fregadero es una especie de abrevadero, tan
amplio que requiere de dos grifos distintos. Y hay decenas de cajones y
armarios, todos de diferentes formas y tamaños.
Caroline abre una puerta minúscula y me doy cuenta de que se trata de un
tercer frigorífico, este en miniatura, lleno de bebidas frías.

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—A ver, tenemos agua con gas, agua de coco, té helado…
—Un agua con gas, por favor. —Me doy la vuelta para maravillarme ante
el ventanal que ocupa toda una pared y da al jardín trasero—. Esta cocina es
preciosa.
—Es enorme, ¿a que sí? Demasiado para tres personas. Pero nos
enamoramos del resto de la casa, así que nos lanzamos a por ella. Tenemos un
parque justo detrás, ¿te has fijado? A Teddy le encanta ir a corretear por el
bosque.
—Debe de ser divertido.
—Pero nos pasamos el día mirando si tiene garrapatas. Estoy pensando en
comprarle un collar antipulgas.
Acerca un vaso al dispensador de hielo, que emite un tintineo suave —
igual que el carrillón de viento que tiene en el porche— y suelta decenas de
diminutas perlas de hielo cristalino. Me siento como si acabara de presenciar
un truco de magia. Llena el vaso de agua con gas y me lo da.
—¿Te apetece un sándwich? ¿Te preparo algo?
Niego con la cabeza, pero aun así Caroline abre el frigorífico grande y
revela todo un festín de comida. Hay jarras de leche entera y de leche de soja,
cartones de huevos marrones de gallinas criadas en libertad, tarros de medio
kilo de pesto y de humus y de pico de gallo. Hay cuñas de queso y botellas de
kéfir y mallas blancas a reventar de verduras de hoja verde. ¡Y la fruta!
Envases gigantes de fresas y arándanos, de frambuesas y moras, de melón
blanco y melón verde. Caroline coge una bolsa de zanahorias baby y medio
kilo de humus y luego cierra la nevera con el codo. Me fijo en que hay un
dibujo infantil pegado a la puerta, un retrato tosco e inexperto de un conejito.
Le pregunto si el responsable es Teddy y Caroline asiente.
—Llevamos seis semanas en esta casa y ya nos está soltando indirectas de
que quiere una mascota. Le he dicho que tenemos que terminar de deshacer
las cajas.
—Parece superdotado —le digo, y me preocupa que las palabras suenen
forzadas, haber ido demasiado lejos demasiado pronto.

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Pero ¡Caroline me da la razón!
—Sí, desde luego. Va muy avanzado respecto a otros niños de su edad.
Nos lo dice todo el mundo.
Nos sentamos a una mesa pequeña situada en un rincón con banquetas y
me pasa una hoja de papel.
—Mi marido te ha impreso unas cuantas pautas generales. Nada
exagerado, pero así ya nos lo quitamos de encima.

NORMAS DE LA CASA
Nada de drogas.
Nada de alcohol.
Nada de tabaco.
Nada de palabrotas.
Nada de pantallas.
Nada de carne roja.
Nada de comida basura.
Nada de recibir visitas sin permiso.
Nada de colgar fotos de Teddy en las redes sociales.
Nada de religión ni supersticiones. Enseña ciencia.

Debajo de la lista impresa, hay una undécima regla escrita a mano con una
delicada caligrafía femenina:

¡Diviértete!

Caroline empieza a disculparse por las normas antes de que haya


terminado siquiera de leerlas.
—La verdad es que la número siete no la cumplimos. Si quieres hacer
magdalenas o comprarle un helado a Teddy, no pasa nada. Pero nada de
refrescos. Y mi marido ha hecho mucho hincapié en la número diez. Es
ingeniero. Trabaja en el campo de la tecnología. Así que la ciencia es muy
importante para nuestra familia. No rezamos y no celebramos la Navidad. Si
una persona estornuda, ni siquiera le decimos «Jesús».
—¿Y qué le decís?

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—Gesundheit. O «salud». Significa lo mismo.
Percibo un deje de disculpa en su voz y veo que le lanza una mirada a la
crucecita de oro que llevo colgada al cuello, un regalo de mi madre el día de
mi primera comunión. Le aseguro a Caroline que sus «Normas de la casa» no
serán un problema.
—La religión de Teddy es asunto vuestro, no mío. Yo solo estoy aquí para
proporcionarle un entorno seguro, afectuoso y enriquecedor.
Parece aliviada.
—Y para divertirte, ¿no? Esa es la regla número once. ¿Que alguna vez te
apetece planear una salida especial a un museo o a un zoológico? Lo pagaré
todo encantada.
Hablamos un rato sobre el trabajo y las responsabilidades que conlleva,
pero Caroline no me hace muchas preguntas personales. Le cuento que me
crie en South Philly, en la calle Shunk, justo al norte de los estadios. Vivía
con mi madre y mi hermana pequeña y trabajaba de canguro para todas las
familias de mi bloque. Asistí al Instituto Central y acababan de concederme
una beca deportiva completa para la Penn State cuando mi vida descarriló. Y
Russell debe de haberle contado a Caroline el resto, porque no me hace
repetir las cosas desagradables.
En realidad se limita a decir:
—¿Vamos a buscar a Teddy? Así vemos cómo os lleváis.
La sala de estar está justo al lado de la cocina. Es una habitación familiar
acogedora e informal, con un sofá esquinero, un baúl lleno de juguetes y una
mullida alfombra de pelo largo. Las paredes están forradas de estanterías y de
marcos con carteles de la Ópera Metropolitana de Nueva York: Rigoletto,
Pagliacci y La Traviata. Caroline me explica que son las tres producciones
favoritas de su marido, que iban mucho al Lincoln Center antes de tener a
Teddy.
El niño está tirado en la alfombra con un cuaderno de espiral y varios
lápices amarillos del número dos. Al verme, levanta la vista y esboza una
sonrisa traviesa… Luego vuelve enseguida a su obra artística.
—Vaya, hola otra vez. ¿Estás haciendo un dibujo?
Se encoge de hombros con un gesto muy exagerado, todavía demasiado
cohibido para responderme.
—Cariño, cielo —interviene Caroline—. Mallory acaba de hacerte una
pregunta.
Teddy vuelve a encogerse de hombros y acerca la cara al papel hasta casi
rozar el dibujo con la nariz, como si estuviera intentando desaparecer en su

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interior. Entonces estira la mano izquierda para coger un lápiz.
—¡Anda, veo que eres zurdo! —le digo—. ¡Yo también!
—Es un rasgo común en los líderes mundiales —apunta Caroline—.
Barack Obama, Bill Clinton, Ronald Reagan… Todos son zurdos.
Teddy cambia de postura para que no me asome por encima de su
hombro, para que no vea en qué está trabajando.
—Me recuerdas a mi hermana pequeña —le comento—. Cuando tenía tu
edad, le encantaba dibujar. Tenía un táper gigante lleno de lápices de colores.
Su madre mete la mano debajo del sofá y saca un táper gigante lleno de
lápices de colores.
—¿Como este?
—¡Justo!
Caroline tiene una risa ligera y agradable.
—Una anécdota curiosa: cuando vivíamos en Barcelona, éramos
incapaces de hacer que Teddy cogiera un lápiz, no lo conseguimos ni una sola
vez. Le comprábamos rotuladores, pintura de dedos, acuarelas… Daba igual,
no mostraba ningún interés por lo artístico. Pero ¿en el momento en que
regresamos a Estados Unidos y nos mudamos a esta casa? De repente, es
Pablo Picasso. Ahora dibuja como un loco.
Caroline levanta la parte superior de la mesa de centro y veo que también
hace las veces de algo parecido a un baúl. Saca un fajo de papeles de unos tres
centímetros de grosor.
—Mi marido se burla de mí por guardarlos todos, pero no puedo evitarlo.
¿Quieres verlos?
—Desde luego.
En el suelo, Teddy ha dejado de mover el lápiz. Ha tensado el cuerpo. Me
doy cuenta de que nos está escuchando con detenimiento, de que toda su
atención está centrada en mi reacción.
—Oooh, este primero es una preciosidad —le digo a Caroline—. ¿Es un
caballo?
—Sí, eso creo.
—No, no, no —dice Teddy, que se levanta del suelo de un salto y se
coloca a mi lado—. Es una cabra, porque tiene cuernos en la cabeza, ¿ves? Y
barba. Los caballos no tienen barba.
Luego se me sienta en el regazo y pasa la página para que me fije en el
siguiente dibujo.
—¿Es el sauce llorón de ahí delante?
—Sí, exacto. Si lo escalas, se ve un nido de pájaros.

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Sigo pasando páginas y Teddy no tarda en relajarse entre mis brazos y
apoyarme la cabeza en el pecho. Me siento como si estuviera acunando a un
cachorro enorme. Su cuerpo desprende calor y huele a ropa recién salida de la
secadora. Caroline está sentada a un lado, observando nuestra interacción, y
parece satisfecha.
Todos los dibujos son bastante típicos de un niño de su edad: muchos
animales, mucha gente sonriente en días soleados. Teddy analiza mi reacción
a cada uno de ellos y absorbe mis elogios como una esponja.
Caroline se sorprende al encontrar este último dibujo en la pila.
—Tenía intención de apartarlo —admite, pero ahora ya no tiene más
remedio que explicármelo—. Estos son Teddy y su… amiga especial.
—Anya —explica el niño—. Se llama Anya.
—Eso, Anya —dice Caroline, que me guiña un ojo para animarme a
seguirle el juego—. Todos queremos mucho a Anya porque juega con Teddy
mientras mamá y papá están trabajando.
Entiendo que Anya debe de ser una especie de compañera de juegos
imaginaria y algo rara, así que intento decir algo agradable:
—Seguro que es genial tener a Anya en casa. Sobre todo si eres un niño
pequeño en un pueblo nuevo y todavía no conoces a nadie más.
—¡Justo! —Caroline se siente aliviada de que haya comprendido la
situación tan de inmediato—. Eso es justo lo que pasa.
—¿Anda Anya por aquí ahora? ¿Está en esta habitación?
Teddy echa un vistazo en torno a la sala de estar.
—No.

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—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿La verás más tarde, esta noche?
—La veo todas las noches —responde Teddy—. Duerme debajo de mi
cama para que la oiga cantar.
Entonces nos llega un tintineo desde el vestíbulo y oigo que la puerta
delantera se abre y se cierra. Una voz de hombre grita:
—¿Hola?
—¡En la sala de estar! —grita a su vez Caroline, que después mira a
Teddy—. ¡Papá está en casa!
Teddy se levanta de un salto de mi regazo y sale corriendo a saludar a su
padre. Le devuelvo los dibujos a Caroline.
—Son… interesantes.
Ella niega con la cabeza y se ríe.
—No está poseído, lo juro. Es solo que está pasando por una fase muy
rara. Y muchos niños tienen amigos imaginarios. Mis colegas de pediatría
dicen que es muy común.
Me da la impresión de que se siente avergonzada y me apresuro a
asegurarle que, por supuesto, es perfectamente normal.
—Seguro que es por la mudanza. Se la ha inventado para tener a alguien
con quien jugar.
—Sí, pero ojalá no tuviera una pinta tan rara. ¿Cómo voy a colgar esto en
el frigorífico? —Caroline pone el dibujo bocabajo y lo entierra entre el resto
de la pila—. Pero el caso es, Mallory, que estoy convencida de que en cuanto
empieces a trabajar aquí se olvidará de ella. ¡Estará pasándoselo demasiado
bien con su nueva niñera!
Y me encanta cómo habla, como si la entrevista ya hubiera terminado, el
trabajo ya fuese mío y ahora solo estuviéramos aclarando los detalles.
—Seguro que los parques infantiles de la zona están llenos de niños —le
digo—. Me aseguraré de que Teddy tenga montones de amigos de verdad
antes de que empiece el colegio.
—Perfecto —contesta. Unos pasos se acercan por el pasillo y Caroline se
acerca más a mí—. Una cosa, quería advertirte sobre mi marido. No se siente
muy cómodo con tu historia. ¿Por lo de las drogas? Así que buscará razones
para rechazarte. Pero no te preocupes.
—Entonces, ¿qué tengo que…?
—Y otra cosa: llámalo señor Maxwell. No Ted. Eso le gustará.

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Sin darme la oportunidad de preguntarle qué significa todo eso, Caroline
se aparta y su marido entra cargando con un sonriente Teddy en brazos. Ted
Maxwell es más viejo de lo que esperaba, como mínimo diez o quince años
mayor que Caroline, alto y delgado, con el pelo gris, gafas de montura oscura
y barba. Lleva unos vaqueros de diseño, unos zapatos Oxford arañados y un
blazer encima de una camiseta de cuello de pico: uno de esos atuendos que
parecen informales, pero que cuestan diez veces más de lo que te imaginas.
Caroline lo saluda con un beso.
—Cariño, esta es Mallory.
Me pongo de pie y le estrecho la mano.
—Hola, señor Maxwell.
—Siento llegar tarde. Me ha surgido un imprevisto en el trabajo. —
Caroline y él intercambian una mirada y me pregunto si le surgen imprevistos
a menudo—. ¿Cómo va la entrevista?
—Muy bien —responde Caroline.
—¡Muy muy bien! —exclama Teddy. Se escabulle de entre los brazos de
su padre y vuelve a sentarse en mi regazo, como si yo fuese Papá Noel y él
quisiera contarme lo que ha escrito en su carta esta Navidad—. Mallory, ¿te
gusta jugar al escondite?
—Me encanta jugar al escondite —le digo—. Sobre todo en las casas
grandes y antiguas con muchas habitaciones.
—¡Cómo la nuestra! —Teddy mira la sala de estar con los ojos muy
abiertos—. ¡Tenemos una casa grande y antigua! ¡Con muchas habitaciones!
Le doy un apretón suave.
—¡Perfecto!
Ted no parece cómodo con el rumbo que ha tomado la conversación.
Agarra a su hijo de la mano y lo baja de mi regazo.
—Oye, peque, esto es una entrevista de trabajo. Una conversación muy
seria entre adultos. Mamá y papá tienen que hacerle a Mallory unas cuantas
preguntas importantes. Así que ahora tienes que ir arriba, ¿vale? Ponte a jugar
a los LEGO o…
Caroline lo interrumpe:
—Cielo, ya lo hemos hablado todo. Iba a llevarme a Mallory fuera para
enseñarle la casita de invitados.
—Tengo varias preguntas más. Dame cinco minutos.
Ted le da un empujoncito a su hijo para que se vaya. Después se
desabrocha la chaqueta y se sienta frente a mí. Ahora veo que no está tan

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delgado como me había parecido —tiene un poco de barriga—, pero el peso
extra le sienta bien. Le da aspecto de estar bien alimentado, bien cuidado.
—¿Has traído una copia de tu currículo?
Niego con la cabeza.
—No, perdón.
—Tranquila. Debo de tenerlo por aquí, en alguna parte. —Abre su maletín
y saca una carpeta repleta de documentos. Mientras rebusca en ella, me doy
cuenta de que está llena de cartas y currículos de otras aspirantes. Habrá unos
cincuenta—. Aquí está, Mallory Quinn. —Y cuando saca mi currículo del
montón, veo que está cubierto de anotaciones manuscritas—. Fuiste al
Instituto Central, pero no a la universidad, ¿verdad?
—Todavía no —le digo.
—¿Vas a matricularte en otoño?
—No.
—¿Primavera?
—No, pero espero poder hacerlo pronto.
Ted mira mi currículo y luego entorna los ojos y ladea la cabeza, como si
no terminara de encontrarle sentido.
—Aquí no dice que hables ningún idioma extranjero.
—No, lo siento. A no ser que cuente el de South Philly, claro. ¿Qué pasa,
tíos, nos manducamos un Philly cheesesteak?
Caroline se echa a reír.
—¡Qué gracia!
Ted se limita a marcar sus notas con una X negra y pequeña.
—¿E instrumentos musicales? ¿Algo de piano o violín?
—No.
—¿Artes visuales? ¿Pintura, dibujo, escultura?
—No.
—¿Has viajado mucho? ¿Has estado en el extranjero?
—Fuimos a Disney cuando tenía diez años.
Marca mi currículo con otra X.
—¿Y ahora trabajas para tu tía Becky?
—No es mi tía. Solo es el nombre de la escuela infantil: Escuela Infantil
de la Tía Becky.
Revisa sus notas.
—Cierto, cierto, ahora lo recuerdo. Es una empresa que recibe
subvenciones por emplear a personas en proceso de recuperación. ¿Sabes
cuánto les paga el estado por ti?

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Caroline frunce el ceño.
—Cariño, ¿crees que es relevante?
—Solo tengo curiosidad.
—No me importa responder —le aseguro a Caroline—. El estado de
Pensilvania paga un tercio de mi salario.
—Pero nosotros lo pagaríamos entero —observa Ted, y empieza a
garabatear cifras en los márgenes para llevar a cabo algún tipo de cálculo
elaborado.
—Ted, ¿tienes alguna pregunta más? —interviene Caroline—. Porque
Mallory lleva aquí mucho rato. Y todavía tengo que enseñarle la parte de
atrás.
—No, ya está. No necesito saber más. —No puedo evitar fijarme en que
pone mi currículo en el ultimísimo lugar del montón—. Ha sido un placer
conocerte, Mallory. Gracias por venir.

—No le hagas caso a Ted —me dice Caroline apenas unos instantes después,
cuando salimos de la cocina por las puertas correderas de cristal que dan al
jardín de atrás—. Mi marido es muy inteligente. Es un mago de los
ordenadores. Pero, socialmente, es torpe y no entiende nada del proceso de
recuperación. Cree que contigo correríamos un riesgo demasiado elevado.
Quiere contratar a una estudiante de Penn, una niña prodigio con unas notas
espectaculares. Pero lo convenceré de que mereces una oportunidad. No te
preocupes.
Los Maxwell tienen un jardín trasero grande, cubierto de césped verde y
exuberante, rodeado de árboles altos y de arbustos y macizos de flores
rebosantes de color. La atracción principal del jardín es una magnífica piscina
con tumbonas y sombrillas alrededor, algo parecido a lo que te encontrarías
en un casino de Las Vegas.
—¡Esto es precioso!
—Nuestro oasis privado —comenta Caroline—. A Teddy le encanta jugar
aquí fuera.
Caminamos por el césped y noto la hierba firme y elástica, como la
superficie de un trampolín. Caroline señala un camino minúsculo al final del
jardín y me dice que baja hasta Hayden’s Glen, una reserva natural de ciento
veinte hectáreas entreverada de senderos y arroyos.
—No dejamos que Teddy vaya solo, por los riachuelos. Pero tú puedes
llevarlo siempre que quieras. Solo hay que tener cuidado con la hiedra

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venenosa.
Ya hemos cruzado casi el jardín cuando al fin veo la casita de invitados,
que está medio escondida detrás de los árboles, como si el bosque estuviera
en proceso de devorarla. Me recuerda a la casita de chocolate del cuento de
Hansel y Gretel; es un chalé suizo en miniatura, con revestimientos de madera
rústica y el tejado en forma de A. Subimos tres escalones hasta un pequeño
porche y Caroline abre la puerta principal.
—El propietario anterior guardaba aquí el cortacésped. Lo utilizaba como
cobertizo para las herramientas del jardín. Pero te lo he arreglado.
Por dentro, la casita consiste en un solo espacio, pequeño pero
inmaculadamente limpio. Las paredes son blancas y el armazón del tejado
queda a la vista: unas gruesas vigas marrones que se entrecruzan en el techo.
Los suelos de madera están tan limpios que me entran ganas de quitarme las
zapatillas. A la derecha hay una cocina diminuta; a la izquierda, la cama de
aspecto más cómodo que he visto en mi vida, con un edredón blanco y
mullido y cuatro almohadas enormes.
—Caroline, esto es increíble.
—Bueno, sé que no es muy grande, pero pensé que, después de pasarte
todo el día con Teddy, agradecerías la privacidad. Y la cama es nueva. Tienes
que probarla.
Me siento en el borde del colchón, me recuesto y es como caer en una
nube.
—Madre mía.
—Es el sobrecolchón Brentwood. Con tres mil muelles que se te adaptan
al cuerpo. Ted y yo tenemos uno igual en nuestro dormitorio.
En el otro extremo de la casita hay dos puertas. Una da acceso a un
armario poco profundo forrado de estanterías; la otra es el baño más diminuto
del mundo, con una ducha, un inodoro y un lavabo con pedestal. Entro y
descubro que tengo la altura justa para caber bajo la alcachofa de la ducha sin
tener que agacharme.
La visita completa no dura más de un minuto, pero me siento obligada a
dedicar algo más de tiempo a inspeccionarlo todo. Caroline ha equipado la
casita con decenas de pequeños y ponderados detalles de diseño: una lámpara
de lectura junto a la cama, una tabla de planchar plegable, un cargador USB
para móviles y un ventilador de techo para hacer circular el aire. Los armarios
de la cocina están abastecidos de los utensilios básicos: platos y vasos, tazas y
cubiertos, todo ello de la misma calidad que los que utilizan en la casa
principal. También hay algunos ingredientes sencillos para cocinar: aceite de

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oliva, harina, bicarbonato sódico, sal y pimienta. Caroline me pregunta si me
gusta cocinar y le digo que todavía estoy aprendiendo.
—Yo también —reconoce entre risas—. Podemos intentarlo juntas.
Entonces oigo unos pasos pesados en el porche y Ted Maxwell abre la
puerta. Se ha cambiado el blazer por un polo de color aguamarina, pero, a
pesar de la ropa informal, sigue resultando una figura intimidante. Tenía la
esperanza de terminar la entrevista sin volver a verlo.
—Teddy te necesita para una cosa —le dice a Caroline—. Ya termino yo
de enseñarle esto.
Y es incómodo, porque ya he visto todo lo que hay que ver, pero Caroline
sale por la puerta antes de que me dé tiempo a abrir la boca. Ted se queda ahí
plantado, mirándome, como si pensara que voy a robar las sábanas y las
toallas.
Sonrío.
—Es todo precioso.
—Es un apartamento para una sola persona. Nada de recibir visitas sin
permiso. Y, por supuesto, nada de invitar a gente a pasar la noche. Sería
demasiado confuso para Teddy. ¿Te supone algún problema?
—No, no estoy saliendo con nadie.
Niega con la cabeza, molesto porque no he entendido lo que me quería
decir.
—Legalmente, no podemos prohibirte que salgas con alguien. Pero no
quiero que haya extraños durmiendo en mi jardín.
—Lo comprendo. Me parece bien. —Y quiero creer que esto es un
avance, que hemos dado un pasito más hacia establecer una relación laboral
—. ¿Tiene alguna inquietud más?
Sonríe con arrogancia.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Todo el que sea necesario. Quiero este trabajo.
Se acerca a la ventana y señala hacia un pino pequeño que hay fuera.
—Deja que te cuente una historia. El día en que nos mudamos a esta casa,
Caroline y Teddy encontraron una cría de pájaro bajo ese árbol. Debía de
haberse caído del nido. A lo mejor lo empujaron, ¿quién sabe? El caso es que
mi esposa, que tiene un corazón enorme, buscó una caja de zapatos, la llenó
de trozos de papel y comenzó a alimentar a la cría de pájaro con un
cuentagotas lleno de agua azucarada. Mientras tanto, yo tengo a los de la
mudanza en la entrada, estoy intentando desembalar toda la casa para que
podamos empezar una vida juntos, pero Caroline le está diciendo a Teddy que

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van a cuidar al pajarito hasta que se ponga bueno y un día pueda echar a volar
sobre las copas de los árboles. Por supuesto, a Teddy le encanta la idea. Le
pone al pájaro el nombre de Robert y va a verlo cada poco rato, lo trata como
a un hermanito. Pero, al cabo de cuarenta y ocho horas, Robert está muerto. Y
te juro, Mallory, que Teddy se pasó una semana llorando. Estaba destrozado.
Por un pajarito. Así que la moraleja es que debemos tener mucho cuidado con
la persona a la que invitamos a vivir con nosotros. Y, dado tu historial, me
preocupa que seas una apuesta demasiado arriesgada.
¿Y cómo puedo discutírselo? Es un trabajo bien pagado y Ted tiene una
carpeta llena de solicitudes de mujeres que nunca han sido drogadictas. Podría
contratar a una saludable estudiante de enfermería formada en RCP o a una
mujer hondureña con cinco nietos que da clases de español mientras prepara
enchiladas verdes caseras. Con opciones así, ¿por qué arriesgarse conmigo?
Me doy cuenta de que ahora mi mejor opción es jugar el as que tengo en la
manga, el regalo que Russell me ha hecho a última hora, antes de salir de su
coche.
—Creo que tengo una solución. —Rebusco en mi bolso y saco una cosa
que parece una tarjeta de crédito de papel con cinco lengüetas en la parte
inferior—. Esto es un test que detecta los rastros de droga en la orina. Cuestan
un dólar en Amazon y los pagaré con gusto de mi propio sueldo. Detectan la
metanfetamina, los opiáceos, las anfetaminas, la cocaína y el THC. Los
resultados tardan cinco minutos y me someteré de manera voluntaria a ellos
todas las semanas, en días aleatorios de su elección, para que nunca tenga que
preocuparse por ello. ¿Eso le tranquilizaría?
Le ofrezco la tarjeta a Ted y él la sostiene a cierta distancia, como si le
diera asco, como si ya goteara orina amarilla y caliente.
—No, verás, este es justo el problema —dice—. Pareces una buena
persona. Te deseo lo mejor, de verdad. Pero quiero una niñera que no tenga
que hacer pis en un vaso todas las semanas. Lo entiendes, ¿verdad?

Espero en el vestíbulo de la casa principal mientras Ted y Caroline discuten


en la cocina. No oigo los detalles de la conversación, pero está bastante claro
quién defiende qué. La voz de Caroline es paciente y suplicante; las
respuestas de Ted son cortas, duras y abruptas. Es como escuchar un violín y
un martillo neumático.
Cuando por fin regresan al vestíbulo, ambos tienen la cara enrojecida y
Caroline fuerza una sonrisa.

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—Nos sentimos mal por tenerte aquí esperando —dice—. Seguiremos
hablando y ya te llamaremos, ¿vale?
Todos sabemos lo que significa eso, ¿verdad?
Ted abre la puerta y prácticamente me empuja hacia el calor sofocante del
verano. En la parte frontal de la casa hace mucho más calor que en el jardín
trasero. Me siento como si estuviera en la frontera entre el paraíso y el mundo
real. Hago de tripas corazón y les doy las gracias por la entrevista. Les digo
que me encantaría que me tuvieran en cuenta para el puesto, que me gustaría
muchísimo trabajar con su familia.
—Si puedo hacer cualquier otra cosa para que se sientan más cómodos,
espero que me lo pidan.
Y están a punto de cerrar la puerta cuando el pequeño Teddy se cuela
entre las piernas de sus padres y me entrega una hoja de papel.
—Mallory, te he hecho un dibujo. Es un regalo. Puedes llevártelo a casa.
Caroline se asoma por encima de mi hombro y la oigo coger una gran
bocanada de aire.
—¡Ay, Teddy, es muy bonito!
Sé que solo son un par de figuras de palo, pero el dibujo rezuma una
dulzura que me llega al corazón. Me agacho para mirar a Teddy a los ojos y
esta vez no se encoge ni huye.
—Me encanta este dibujo, Teddy. En cuanto llegue a casa, lo colgaré en
mi pared. Muchas gracias.
Me acerco para darle un abrazo rápido y él me da uno grande, me rodea el
cuello con los bracitos y me entierra la cara en el hombro. Hace meses que no
mantengo un contacto físico tan prolongado y me doy cuenta de que estoy
empezando a emocionarme; se me escapa una lágrima por el rabillo del ojo y
me la enjugo entre risas. Puede que el padre de Teddy no crea en mí, puede
que piense que no soy más que otra yonqui condenada a recaer, pero su
adorable hijito cree que soy un ángel.
—Gracias, Teddy. Gracias, gracias, gracias.

Me tomo con calma el trayecto hasta la estación de tren. Paseo por las aceras
sombreadas, entre niñas que dibujan con tiza en el suelo, adolescentes que
lanzan a canasta en los caminos de entrada y aspersores que hacen ¡fiz!, ¡fiz!,
¡fiz!, ¡fiz! Atravieso la pequeña zona comercial, paso ante la tienda de batidos
y ante la multitud de adolescentes de la puerta del Starbucks. Imagino lo
agradable que debe de ser criarse en Spring Brook, en un pueblo donde todo

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el mundo tiene dinero suficiente para pagar las facturas y nunca pasa nada
malo. Y me gustaría no tener que irme.

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Entro en el Starbucks y me pido una limonada de fresa. Como adicta en
recuperación, he decidido evitar todo tipo de estimulantes psicoactivos,
incluida la cafeína (aunque no estoy loca del todo: sigo haciendo una
excepción con el chocolate, que solo contiene un par de miligramos). Estoy
ensartando la tapa con la pajita cuando reconozco a Russell en el otro extremo
de la sala, tomándose un café solo y leyendo las páginas de deportes del
Philadelphia Inquirer. Debe de ser el último hombre de Estados Unidos que
aún compra el periódico impreso.
—No tendrías que haberme esperado —le digo.
Cierra el diario y sonríe.
—Tenía el presentimiento de que harías una parada aquí. Y quiero saber
cómo te ha ido. Cuéntamelo todo.
—Ha sido horrible.
—¿Qué ha pasado?
—Tu as en la manga ha sido un desastre. No ha funcionado.
Russell se echa a reír.
—Quinn, la madre ya me ha llamado. Hace diez minutos. En cuanto has
salido de su casa.
—¿Ah, sí?
—Tiene miedo de que alguna otra familia le robe la oportunidad de
contratarte. Quiere que empieces cuanto antes.

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Tardo diez minutos en recoger mis cosas. No tengo muchas pertenencias, solo
algo de ropa, unos cuantos artículos de aseo y una biblia. Russell me regala
una maleta de segunda mano para que no tenga que llevármelo todo en una
bolsa de basura. Mis compañeras de piso en Safe Harbor me organizan una
triste fiesta de despedida, con comida china a domicilio y una tarta
rectangular de ShopRite. Y solo tres noches después de la entrevista de
trabajo, dejo Filadelfia y regreso a Fantasilandia, lista para empezar mi nueva
vida de niñera.
Si Ted Maxwell sigue albergando dudas sobre mi contratación, se le da
muy bien disimularlas. Teddy y él van a recogerme a la estación de tren y el
niño lleva un ramo de margaritas amarillas.
—Las he elegido yo —dice—, pero las ha pagado papá.
Su padre insiste en llevarme la maleta hasta el coche y, durante el trayecto
hasta la casa, me dan una vuelta corta por el barrio para enseñarme dónde
están la pizzería, la librería y una antigua vía ferroviaria muy frecuentada por
corredores y ciclistas. No queda ni rastro del antiguo Ted Maxwell, el
ingeniero incapaz de sonreír que me sometió a un interrogatorio sobre lenguas
extranjeras y viajes internacionales. El nuevo Ted Maxwell es alegre e
informal («¡Por favor, llámame Ted!») e incluso su ropa parece más relajada.
Lleva una camiseta de fútbol del Barcelona, unos vaqueros anchos y unas
New Balance 995s impecables.
Esa misma tarde, Caroline me ayuda a deshacer la maleta y a instalarme
en la casita. Le pregunto por la abrupta transformación de Ted y se ríe.
—Ya te dije que entraría en razón. Ve lo bien que le caes a Teddy. Mejor
que cualquiera de las demás personas que entrevistamos. Ha sido la decisión
más fácil que hemos tomado en la vida.
Cenamos todos juntos en el patio embaldosado del jardín trasero. Ted
prepara su especialidad —brochetas de gambas y vieiras a la parrilla—,
Caroline sirve té helado casero y Teddy corretea por el césped dando vueltas

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como un derviche, todavía alucinado de que haya ido a vivir con ellos a
tiempo completo, todos los días, durante todo el verano.
—¡No me lo creo, no me lo creo! —exclama, y luego cae de espaldas al
césped, delirantemente feliz.
—Yo tampoco me lo creo —le digo—. Me alegro mucho de estar aquí.
Ni siquiera nos hemos tomado el postre cuando ya me han hecho sentir
como un miembro más de la familia. Caroline y Ted comparten un afecto
amable y relajado. Se terminan las frases, los dos cogen comida del plato del
otro y juntos me cuentan la encantadora historia de cuento de hadas de cómo
se conocieron en la Barnes & Noble del Lincoln Center hace unos quince
años. A mitad del relato, Ted le posa una mano en la rodilla a su mujer de
forma instintiva, Caroline se la cubre con la suya y ambos entrelazan los
dedos.
Incluso sus desacuerdos resultan divertidos y simpáticos. En plena cena,
Teddy anuncia que tiene que ir al baño. Me levanto para acompañarlo, pero
Teddy me hace un gesto con la mano para impedírmelo.
—Tengo cinco años —me recuerda—. El baño es un lugar íntimo.
—Muy bien dicho —lo felicita Ted—. No te olvides de lavarte las manos.
Vuelvo a sentarme, sintiéndome un poco ridícula, pero Caroline me dice
que no me preocupe.
—Teddy está en una nueva fase. Está ejerciendo su independencia.
—Y hasta sigue fuera de la cárcel —añade Ted.
A Caroline parece molestarle el comentario jocoso. No entiendo a qué se
refiere, así que ella me lo explica:
—Hace unos meses, tuvimos un incidente. Teddy se puso a… presumir
ante un par de niños. Vamos, que se estaba exhibiendo. Es un
comportamiento típico de un niño pequeño, pero para mí era nuevo, así que
puede que reaccionara de una forma algo extrema.
Ted se ríe.
—Puede que lo llamaras agresión sexual.
—Si fuera un hombre adulto, sería una agresión sexual. Ese era mi
argumento, Ted. —Caroline se vuelve hacia mí—. Pero estoy de acuerdo en
que podría haber elegido mis palabras con más cuidado.
—El crío no sabe ni atarse los zapatos —dice Ted— y ya es un
depredador sexual.
Caroline le aparta la mano de su rodilla con un gesto exagerado.
—El caso es que Teddy aprendió la lección. Las partes íntimas son
íntimas. No se las enseñamos a los desconocidos. Y ahora vamos a enseñarle

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lo que son el consentimiento y los tocamientos inapropiados, porque es
importante que aprenda estas cosas.
—Estoy totalmente de acuerdo —asiente Ted—. Te prometo, Caroline,
que será el chico más ilustrado de su clase. No tienes que preocuparte.
—Es un niño muy dulce —le aseguro—. Y criándolo vosotros no me cabe
duda de que todo irá bien.
Caroline le coge la mano a su marido y vuelve a ponérsela en la rodilla.
—Sé que tienes razón. Pero me preocupo por él de todas formas. ¡No
puedo evitarlo!
Y la conversación no pasa de ahí porque, en ese momento, Teddy vuelve
corriendo a la mesa, sin aliento, con los ojos desorbitados y dispuesto a jugar.
—¡Hablando del rey de Roma! —exclama Ted, riendo.

Cuando terminamos el postre y llega la hora de meterse en la piscina, me veo


obligada a admitir que no tengo bañador, que llevo sin ir a la piscina desde el
instituto. Así que, al día siguiente, Ted me da un anticipo de quinientos
dólares a cuenta de mi futuro sueldo y Caroline me lleva al centro comercial a
comprarme un bañador de una pieza. Y esa misma tarde, se pasa por mi casita
con una docena de prendas colgadas en perchas, vestidos y blusas muy
bonitos de Burberry, Dior y DKNY, todos nuevos o apenas usados. Dice que
ya se le han quedado pequeños, que ha engordado y ahora usa una 38, y que
puedo quedarme con la ropa antes de que la dé a la beneficencia.
—Además, vas a pensar que estoy paranoica, pero te he comprado esto.
—Me entrega una linternita rosa con dos puntas metálicas que sobresalen de
la parte superior—. Por si sales a correr de noche.
La enciendo y se produce un fuerte chisporroteo eléctrico; me sobresalto
tanto que lo dejo caer de inmediato y el aparato se estampa contra el suelo.
—¡Perdón! Creía que era…
—No, no, tendría que habértelo advertido. Es una Vipertek Mini. Para que
te la cuelgues del llavero. —Recoge la pistola de descarga eléctrica del suelo
y me muestra sus características. Hay unos botones etiquetados como luz y
descarga, además de un interruptor de seguridad con posiciones de encendido
y apagado—. Dispara diez mil voltios. ¿Probé la mía con Ted? ¿Solo para ver
si funcionaba? Me dijo que era como si le hubiera caído un rayo encima.
No me sorprende descubrir que Caroline lleva un arma de defensa
personal. Me ha comentado que muchos de sus pacientes del hospital de
veteranos tienen problemas de salud mental. Pero no consigo entender por

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qué iba a necesitar yo una pistola de descarga eléctrica para salir a correr por
Spring Brook.
—¿Hay mucha delincuencia por aquí?
—Muy poca. Pero ¿hace dos semanas? Una chica de tu edad sufrió un
robo con violencia en su coche. En el aparcamiento de Wegmans. Un tío la
obligó a conducir hasta un cajero automático y sacar trescientos dólares. Así
que supongo que más vale prevenir que curar, ¿no?
Se queda a la espera, expectante, y me doy cuenta de que no se dará por
satisfecha hasta que saque mi llavero y le enganche el dispositivo. Me siento
como si mi madre estuviera cuidándome de nuevo.
—Me encanta —le digo a Caroline—. Gracias.

El trabajo en sí es bastante fácil y me adapto rápidamente a mi nueva rutina.


Un día típico es más o menos así:
6:30. Me despierto temprano, sin necesidad de alarma, porque el bosque
cobra vida con el canto de los pájaros. Me pongo una bata y me preparo un té
caliente y avena, y luego me siento en el porche a ver salir el sol sobre la
piscina. Veo todo tipo de animales silvestres alimentándose al borde del
jardín: ardillas y zorros, conejos y mapaches, algún que otro ciervo. Me siento
como Blancanieves en los dibujos animados antiguos. Empiezo a dejar fuera
platos de arándanos y pipas de girasol para animar a los animales a sumarse a
mí a la hora de desayunar.
7:30. Cruzo el jardín y entro en la casa grande por las puertas correderas
del patio. Ted se marcha pronto a trabajar, así que ya se ha ido. Pero Caroline
insiste en servirle un desayuno caliente a su hijo. Teddy tiene predilección por
los gofres caseros y ella se los prepara en un chisme especial con forma de
Mickey Mouse. Yo limpio la cocina mientras Caroline se arregla para ir a
trabajar y, cuando por fin llega la hora de que mamá se vaya, Teddy y yo la
seguimos hasta la entrada y le decimos adiós con la mano.
8:00. Antes de poder empezar nuestro día en serio, Teddy y yo tenemos
que encargarnos de un par de tareas menores. En primer lugar, tengo que
prepararle la ropa a Teddy, pero es fácil, porque siempre se pone lo mismo. El
niño tiene un amplio armario lleno de preciosas prendas de Gap Kids, pero
insiste en ponerse siempre la misma camiseta morada a rayas. Caroline se
cansó de lavarla, así que volvió a The Gap y le compró otras cinco iguales.
Está dispuesta a seguirle el juego, pero me ha pedido que «favorezca con
cariño» otras opciones. Cuando le preparo la ropa, tengo que ofrecerle un par

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de alternativas distintas, pero él siempre se queda con la misma camiseta de
rayas moradas. Después, lo ayudo a cepillarse los dientes, espero fuera del
cuarto de baño mientras hace sus necesidades y ya estamos listos para
empezar el día.
8:30. Intento estructurar todas las mañanas en torno a una gran actividad o
salida. Paseamos hasta la biblioteca para asistir a un cuentacuentos o vamos al
supermercado a comprar ingredientes para hacer galletas. Teddy es fácil de
complacer y nunca se opone a mis sugerencias. Cuando le digo que tengo que
ir al pueblo a comprar pasta de dientes, reacciona como si fuéramos al parque
de atracciones Six Flags. Es una delicia de niño: inteligente, cariñoso y lleno
de preguntas alucinantes: ¿Qué es lo contrario de cuadrado? ¿Por qué las
niñas tienen el pelo tan largo? ¿Todo lo que hay en el mundo es «real»?
Nunca me canso de oírlo. Es como el hermano pequeño que nunca tuve.
12:00. Tras nuestra actividad matutina, preparo una comida sencilla:
macarrones con queso o bagels de pizza o nuggets de pollo. Teddy se va a su
habitación para su hora de descanso y yo me tomo un rato para mí. Leo o
escucho un podcast con los auriculares puestos. A veces me tumbo en el sofá
y me echo una siesta de veinte minutos. Al final, Teddy baja y me despierta, y
siempre tiene uno o dos dibujos nuevos que enseñarme. Suele ilustrar nuestras
actividades favoritas: nos dibuja paseando por el bosque o jugando en el
jardín de atrás o pasando el rato en mi casita. Tengo esos dibujos en la puerta
de mi nevera, una galería de sus progresos artísticos.
14:00. Normalmente es la hora más calurosa del día, así que nos
quedamos dentro jugando a Serpientes y escaleras o a Ratonera y luego nos
embadurnamos de crema solar y salimos a la piscina. Teddy no sabe nadar (y
a mí tampoco se me da muy bien), de modo que me aseguro de que se ponga
los manguitos antes de meternos en el agua. Luego jugamos al pilla pilla o
hacemos una guerra de espadas con los churros de la piscina. O nos subimos a
la enorme colchoneta hinchable y simulamos estar en Náufrago o en Titanic.

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17:00. Caroline llega a casa y yo le resumo mi día con Teddy mientras
ella empieza a preparar la cena. Luego salgo a correr una distancia que varía
entre cinco y trece kilómetros, dependiendo de las recomendaciones de
Russell. Me cruzo con todo tipo de personas en su acera o regando el jardín, y
la gente da por hecho que soy una de las residentes de Spring Brook. Algunos
vecinos incluso me dicen hola y me saludan con la mano, como si llevara
viviendo aquí toda la vida, como si dedujesen que soy la hija de alguien que
ha vuelto de la universidad a pasar las vacaciones de verano. Y me encanta
cómo me hace sentir eso, la sensación de comunidad, como si al fin hubiera
llegado al lugar al que pertenezco.
19:00. Después de correr, me doy una ducha rápida en el baño más
pequeño del mundo y me preparo una cena sencilla en la diminuta cocina de
la casita. Una o dos veces a la semana, me acerco al centro del pueblo para
conocer las tiendas y los restaurantes de la zona. O asisto a una reunión
abierta en el sótano de la iglesia de Nuestra Señora Redentora. Los
moderadores son muy buenos y los participantes son simpáticos, pero siempre
soy al menos diez años más joven que el resto del círculo, así que no espero
hacer muchos amigos nuevos. Desde luego, no me quedo a la «reunión de
después de la reunión», cuando todo el mundo se va al Panera Bread de la
esquina para quejarse de sus hijos, sus hipotecas, sus trabajos, etc. Al cabo de
solo dos semanas viviendo con los Maxwell, a salvo de todas las tentaciones,
ya ni siquiera sé si sigo necesitando las reuniones. Creo que puedo sobrellevar
las cosas yo sola.
21:00. A esta hora suelo estar ya en la cama leyendo un libro de la
biblioteca o viendo una película en el móvil. Me he hecho un regalo y me he
suscrito al Hallmark Channel para poder ver un número ilimitado de películas
románticas por 5,99 dólares al mes, y son la manera perfecta de relajarse al
final del día. Cuando apago la luz y apoyo la cabeza en la almohada, me
deleito con el consuelo de los felices para siempre, de las familias reunidas y
los sinvergüenzas enviados a freír espárragos, de los tesoros recuperados y el
honor restaurado.
Puede que todo esto parezca un aburrimiento. Sé que no es física cuántica.
Soy consciente de que no estoy cambiando el mundo ni curando el cáncer.
Pero, después de todos los problemas que he tenido, siento que he dado un
gran paso adelante y me siento orgullosa de mí misma. Tengo un lugar donde
vivir y un sueldo fijo. Cocino comidas nutritivas y ahorro doscientos dólares a
la semana. Considero que mi trabajo con Teddy es importante. Y me siento
validada por la confianza absoluta que Ted y Caroline depositan en mí.

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En especial por la de Ted. No lo veo mucho durante el día, porque se
marcha a la oficina todos los días a las seis y media. Pero a veces lo veo por la
noche, cuando vuelvo de correr. Está sentado en el patio con el portátil y una
copa de vino o en la piscina haciendo largos y me hace señas para que me
acerque y preguntarme por mi carrera. O me pregunta por mi día con Teddy.
O me pregunta mi opinión sobre alguna marca de consumo aleatoria: Nike,
PetSmart, Gillette, L. L. Bean y demás. Ted me explica que su empresa diseña
«programas back-end» para grandes corporaciones de todo el mundo y que
siempre está buscando nuevas firmas. «¿Qué opinas de Urban Outfitters?»,
me pregunta; o «¿Has cenado alguna vez en un Cracker Barrel?». Y luego
escucha mis respuestas con atención, como si mis ideas pudieran influir de
veras en sus decisiones comerciales. Y es halagador, la verdad. Aparte de
Russell, no es que me haya topado con mucha gente a la que le importe lo que
pienso. Así que siempre me alegra ver a Ted, y siempre siento una pequeña
descarga eléctrica cuando me invita a charlar con él.
Paradójicamente, la única persona que me da problemas en mi nuevo
trabajo es la única persona que no existe: Anya. La mejor amiga imaginaria
de Teddy tiene la molesta costumbre de desautorizar mis instrucciones. Por
ejemplo, un día le pido a Teddy que recoja su ropa sucia y la ponga en el
cesto de la lavadora. Dos horas más tarde, vuelvo a su habitación y la ropa
sigue esparcida por el suelo. «Anya dice que tendría que recogerla mi madre
—me explica el niño—. Anya dice que ese es su trabajo».
En otra ocasión estoy friendo cuadraditos de tofu crujiente para comer y
Teddy me pide una hamburguesa. Le digo que no puede ser. Le recuerdo que
su familia no come carne roja porque es mala para el medio ambiente, puesto
que el ganado es una de las mayores fuentes de gases de efecto invernadero.
Le sirvo un plato de tofu y arroz blanco y Teddy se limita a remover la
comida con el tenedor. «Anya cree que la carne me encantaría —dice—.
Anya cree que el tofu es una basura».
A ver, no soy ninguna experta en psicología infantil, pero entiendo lo que
Teddy está haciendo: utilizar a Anya como excusa para salirse con la suya. Le
pido consejo a Caroline y me dice que solo tenemos que tener paciencia, que
el problema acabará solucionándose solo. «Ya está mejorando —insiste—.
Cuando vuelvo a casa del trabajo, siempre es “Mallory esto” y “Mallory lo
otro”. Llevo una semana sin oír el nombre de Anya».
Pero Ted me insta a adoptar una actitud más firme.
«Anya es un incordio. En esta casa las reglas no las pone ella, las
ponemos nosotros. La próxima vez que Anya comparta sus opiniones,

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recuérdale a Teddy que su amiga no es real».
Me decido por un enfoque que está a medio camino entre esos dos
extremos. Una tarde, mientras Teddy está arriba en la hora de descanso,
horneo una bandeja de sus galletas de canela favoritas. Y, cuando baja con un
dibujo nuevo, lo invito a sentarse a la mesa. Acerco las galletas y dos vasos de
leche fría y, con aire despreocupado, le pido que me cuente más cosas de
Anya.
—¿A qué te refieres?
Se muestra receloso al instante.
—¿Dónde os conocisteis? ¿Cuál es su color favorito? ¿Qué edad tiene?
Teddy se encoge de hombros, como si todas esas preguntas fueran
imposibles de contestar. Pasea la mirada por la cocina, como si de repente
fuera reacio a mirarme a los ojos.
—¿Trabaja?
—No lo sé.
—¿Qué hace durante el día?
—Tampoco lo sé.
—¿Sale alguna vez de tu dormitorio?
Teddy mira hacia una silla vacía al otro lado de la mesa.
—A veces.
Miro la silla.
—¿Está aquí ahora? ¿Sentada con nosotros?
Niega con la cabeza.
—No.
—¿Quiere una galleta?
—Anya no está aquí, Mallory.
—¿De qué habláis Anya y tú?
Teddy acerca la nariz al plato hasta colocar la cara a escasos centímetros
de las galletas.
—Sé que no es real —susurra—. No tienes que demostrármelo.
Parece triste y decepcionado y, de pronto, me siento culpable, como si
acabara de amedrentar a un niño de cinco años para que admita que Papá
Noel no existe.
—Oye, Teddy, mi hermana pequeña, Beth, tenía una amiga como Anya.
Su amiga se llamaba Cassiopeia, ¿a que es un nombre precioso? Durante el
día, Cassiopeia trabajaba para un espectáculo de Disney On Ice que viajaba
por todo el mundo. Pero por las noches volvía a nuestra casa de South Philly

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y dormía en el suelo de nuestro dormitorio. Tenía que andarme con cuidado
de no pisarla, porque era invisible.
—¿Beth creía que Cassiopeia era real?
—Fingíamos que Cassiopeia era real. Y funcionaba bien porque Beth
nunca la utilizaba como excusa para romper las reglas. ¿Lo entiendes?
—Supongo —murmura Teddy, y luego se revuelve en la silla como si
tuviera un dolor repentino en el costado—. Tengo que ir al baño. Tengo que
hacer caca.
Entonces se baja de la silla y sale corriendo de la cocina.
No ha tocado la merienda. Tapo las galletas con film plástico y guardo su
vaso de leche en el frigorífico para más tarde. Luego me acerco al fregadero y
lavo los platos. Cuando por fin termino, Teddy sigue en el baño. Me siento a
la mesa y me doy cuenta de que todavía no he admirado su último dibujo, así
que cojo la hoja de papel y la pongo bocarriba.

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4

Los padres de Teddy tienen reglas muy estrictas sobre las pantallas, así que
nunca ha visto Star Wars ni Toy Story ni cualquiera de las películas que otros
niños adoran. Ni siquiera le permiten ver Barrio Sésamo. Pero, una vez a la
semana, los Maxwell se reúnen en la sala de estar para pasar una noche de
cine en familia. Caroline prepara palomitas y Ted pone una película con
«auténtico mérito artístico», cosa que normalmente significa que es antigua o
tiene subtítulos en otros idiomas, y te prometo que la única de la que has oído
hablar es El mago de Oz. A Teddy le encanta la historia y afirma que es su
película favorita de todos los tiempos.
Por eso, cuando estamos fuera, en la piscina, muchas veces jugamos a un
juego de simulación llamado Tierra de Oz. Nos aferramos a la balsa
salvavidas hinchable y Teddy hace de Dorothy y yo de todos los demás
personajes de la película: Toto, el Espantapájaros, la Bruja del Oeste y todos
los Munchkins. Y no es por presumir, pero toco todos los registros, canto y
bailo y agito las alas de mono volador y actúo como si fuera la noche del
estreno en Broadway. Tardamos casi una hora en llegar al final de la historia,
cuando la balsa se convierte en un globo aerostático que lleva a Teddy-
Dorothy de vuelta a Kansas. Y, para cuando terminamos y hacemos las
reverencias, tengo tanto frío que me castañetean los dientes. Necesito salir del
agua.
—¡No! —exclama Teddy.
—Lo siento, Osito Teddy, me estoy congelando.
Extiendo una toalla en el bordillo de cemento que rodea la piscina y me
tumbo a secarme al sol. Las temperaturas se han disparado hasta casi los
treinta y cinco grados; el sol tiene fuerza y no tarda en quitarme el frío. Teddy
sigue chapoteando allí cerca. Su nuevo juego consiste en llenarse la boca de
agua y luego escupirla, como si fuera un querubín alado en una fuente.
—No hagas eso —le digo—. Tiene cloro.
—¿Y me pondría enfermo con el cloro?

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—Si tragas mucho, sí.
—¿Y me moriría?
De repente está muy angustiado. Niego con la cabeza.
—Si te bebieras toda la piscina, sí, seguramente morirías. Pero mejor no
beber ni una gota, ¿vale?
Teddy se encarama a la colchoneta inflable y rema hasta el borde de la
piscina, de manera que ambos quedamos tumbados en paralelo: él en la
colchoneta y yo en el bordillo.
—¿Mallory?
—¿Sí?
—¿Qué pasa cuando la gente se muere?
Lo miro. Tiene la vista clavada en el agua.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, ¿qué le pasa a la persona que hay dentro del cuerpo?
Ahora, como es obvio, tengo fuertes convicciones respecto a este tema.
Creo en la vida eterna. Sé que mi hermana pequeña, Beth, está rodeada de
ángeles y obtengo mucha fuerza de ello. Y sé que algún día, si tengo suerte,
nos reuniremos en el cielo. Pero no comparto nada de esto con Teddy.
Todavía recuerdo mi entrevista de trabajo y la regla número diez: nada de
religión ni de supersticiones. Enseña ciencia.
—Creo que tendrías que preguntárselo a tus padres.
—¿Por qué no puedes decírmelo tú?
—Porque no tengo clara la respuesta.
—¿Es posible que haya personas que mueren, pero siguen vivas?
—¿Cómo los fantasmas?
—No, no, sin dar miedo. —Le está costando expresarse, supongo que
como a todos cuando intentamos hablar de estas cosas—. ¿Hay alguna parte
de la persona que se mantenga viva?
—Esa es una pregunta importante y complicada, Teddy. Insisto en que
creo que tienes que hacérsela a tus padres.
Está frustrado por mi falta de respuesta, pero parece resignarse al hecho
de que no voy a ayudarlo.
—Vale, entonces, ¿podemos volver a jugar a Tierra de Oz?
—¡Pero si acabamos de terminar!
—Solo la escena del deshielo —dice—. Solo el final.
—Vale. Pero no voy a volver a meterme en el agua.
Me levanto, me echo la toalla sobre los hombros y me la ato como si fuera
una capa de bruja. Doblo los dedos en forma de garras crispadas y suelto una

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carcajada maníaca.
—¡Te atraparé, bonita mía, y a tu perrito también! —Teddy me salpica
con agua y grito tan fuerte como para asustar a los pájaros de los árboles—.
¡Oh, rata maldita! ¡Oh, mira lo que has hecho! —Con grandes dotes
dramáticas empiezo a dejarme caer sobre el suelo del patio, agitando los
brazos y retorciéndome de dolor—. ¡Me derrito! ¡Me derrito! ¡Oh, qué
mundo, qué mundo!
Teddy se ríe y aplaude mientras me desplomo de espaldas, cierro los ojos
y saco la lengua. Doy unas últimas sacudidas con las piernas y después me
quedo inmóvil.
—Eh…, ¿señorita?
Abro los ojos.
Hay un joven a menos de metro y medio de distancia, al otro lado de la
valla de la piscina. Tiene un cuerpo enjuto aunque fornido, lleva unos
pantalones caqui manchados de hierba, una camiseta de Rutgers y unos
guantes de trabajo.
—Vengo de El Rey del Césped. ¿Los jardineros?
—¡Hola, Adrián! —exclama Teddy, que se dirige al hombre en español.
Adrián le guiña un ojo.
—Hola, Teddy. ¿Cómo estás? —le contesta el jardinero en el mismo
idioma.
Intento cubrirme el cuerpo con la toalla, pero ya estoy tumbada sobre ella,
así que termino agitándome y pataleando como un escarabajo panza arriba.
—Voy a sacar el cortacésped grande si no le importa. Solo quería avisar.
Hace bastante ruido.
—Ningún problema —le digo—. Podemos meternos dentro.
—¡No, tenemos que quedarnos a verlo! —exclama Teddy.
Adrián se va a por el cortacésped y yo miro a Teddy.
—¿Por qué tenemos que quedarnos a verlo?
—¡Porque me encanta el cortacésped grande! ¡Es alucinante!
Oigo que el cortacésped se acerca antes de verlo llegar: un ruidoso motor
de gasolina que retumba en el silencio de nuestro santuario del jardín trasero.
Y entonces Adrián aparece moviéndose a toda velocidad por el lateral de la
casa, montado en una máquina que está a medio camino entre un tractor y un
kart. Va de pie en la parte trasera y se inclina sobre el volante, como si
estuviera compitiendo con un quad, mientras va dejando franjas de hierba
recién cortada a su paso. Teddy sale de la piscina y corre hacia la valla para
verlo mejor. El jardinero se está luciendo: toma las curvas demasiado rápido,

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conduce marcha atrás e incluso se coloca la gorra sobre los ojos para conducir
a ciegas. No es el mejor ejemplo para un niño pequeño, pero Teddy está
fascinado; lo mira con la boca abierta como si fuera una actuación del Circo
del Sol. Para su gran número final, Adrián acelera circulando marcha atrás,
pero, de pronto, cambia la posición de la palanca de cambios y comienza a
avanzar hacia nosotros haciendo un caballito; mantiene el cortacésped
elevado durante tres aterradores segundos para que veamos los giros furiosos
de las cuchillas. Y entonces, con un estruendo espectacular, toda la máquina
cae y se detiene a escasos centímetros de la valla de la piscina.
Adrián se baja de un salto por un lado y le ofrece las llaves a Teddy.
—¿Quieres llevarla a dar una vuelta?
—¿En serio? —pregunta Teddy.
—¡No! —les digo—. Desde luego que no.
—Tal vez cuando cumplas seis años —dice Adrián, que le guiña un ojo
—. ¿Vas a presentarme a tu nueva amiga?
Teddy se encoge de hombros.
—Esta es mi niñera.
—Mallory Quinn.
—Encantado de conocerte, Mallory.
Se quita el guante de trabajo y me tiende la mano, y hay algo
extrañamente formal en el gesto, sobre todo porque yo estoy en bañador y él,
cubierto de manchas de barro y briznas de hierba cortada. Es mi primera pista
de que podría ser algo más de lo que aparenta. Le noto el interior de la palma
de la mano endurecido, como el cuero.
De repente, Teddy se acuerda de algo y empieza a toquetear la puerta de
seguridad infantil de la piscina para intentar abrirla.
—¿Adónde vas?
—Le he hecho un dibujo a Adrián —exclama—. Está dentro. Arriba, en
mi habitación.
Levanto el pestillo para que pueda salir y Teddy echa a correr por el
césped.
—¡Tienes los pies mojados! —le recuerdo—. ¡Ten cuidado con las
escaleras!
—¡Vale! —me grita.
Adrián y yo nos vemos obligados a mantener una conversación incómoda
hasta que vuelva Teddy. Es muy difícil precisar su edad. Tiene un cuerpo a
todas luces adulto —alto, delgado, bronceado, musculoso—, pero la cara

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sigue siendo la de un crío, además de algo tímida. Podría tener cualquier edad
comprendida entre los diecisiete y los veinticinco años.
—Adoro a este niño —dice Adrián—. Aprendió algo de español en
Barcelona, así que intento enseñarle frases nuevas. ¿Lo cuidas a tiempo
completo?
—Solo durante el verano. Empieza el colegio en septiembre.
—¿Y tú? ¿Adónde vas?
Me doy cuenta de que me ha tomado por una estudiante como él. Debe de
pensar que soy una vecina, que vivo aquí, en Spring Brook, donde todas las
jóvenes van a la universidad para licenciarse. Empiezo a corregirle, pero no sé
cómo decirle «no voy a ninguna parte» sin parecer una fracasada. Sé que
podría compartir mi horrible historia, pero, por continuar con el tono trivial de
la charla, me limito a dejarme llevar por su suposición. Finjo que mi vida no
se descarrió y que todo ha salido según lo previsto.
—Penn State. Estoy en el equipo femenino de campo a través.
—¡Venga ya! ¿Eres atleta de la Big Ten Conference?
—En teoría, sí. Pero los que se llevan toda la gloria son los del equipo de
fútbol. A nosotras no nos verás nunca en la ESPN.
Sé que está mal mentir. Una gran parte de la recuperación —puede que la
más importante— es aceptar tu pasado y reconocer los errores que has
cometido. Pero tengo que decir que me siento muy bien al lanzarme a la
fantasía, al fingir que sigo siendo una adolescente normal con sueños
adolescentes normales.
Adrián chasquea los dedos, como si acabara de establecer una conexión
repentina.
—¿Sales a correr por la noche? ¿Por el barrio?
—Sí, esa soy yo.
—¡Te he visto entrenar! ¡Eres muy rápida!
Y siento curiosidad sobre por qué los jardineros trabajarán de noche en el
vecindario, pero no me da tiempo a preguntárselo porque Teddy ya vuelve
corriendo por el jardín, aferrado a una hoja de papel.
—Aquí está —dice, jadeante y sin aliento—. Te lo tenía guardado.
—¡Caray, chico, esto es increíble! —declara Adrián—. ¡Mira qué gafas de
sol me has puesto! Estoy guapo, ¿eh?
Me enseña el dibujo y tengo que reírme. Parece el muñeco de palo del
juego del Ahorcado.
—Muy guapo —convengo.

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—Muy guapo —le dice Adrián a Teddy en español—. Esa es tu nueva
palabra de la semana. Significa superatractivo.
—¿Muy guapo?
—¡Bueno! ¡Perfecto!

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Al otro lado del jardín, un hombre mayor aparece caminando por un
lateral de la casa de los Maxwell. Es bajito, tiene la piel morena y arrugada y
el pelo canoso y muy corto. Grita el nombre de Adrián y queda claro que no
está contento.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Adrián lo saluda con la mano y luego se gira hacia nosotros con una
expresión divertida.
—Es El Jefe. Tengo que irme. Pero volveré dentro de dos semanas,
Teddy. Gracias por el dibujo. Y buena suerte con los entrenamientos,
Mallory. Estaré atento para verte en la ESPN, ¿de acuerdo?
—¡Deprisa! —grita el hombre—. ¡Ven aquí!
—¡Vale, vale! —grita a su vez Adrián.
Se sube al cortacésped, lo pone en marcha y cruza el jardín en cuestión de
segundos. Lo oigo disculparse en español, pero el viejo chilla más alto que él
y continúan discutiendo mientras desaparecen por el lateral de la casa.
Conservo algunos conocimientos rudimentarios de español de cuando iba al
instituto —todavía recuerdo lo que quiere decir El Jefe—, pero hablan
demasiado rápido para que pueda seguirles el ritmo.
Teddy parece preocupado.
—¿Se ha metido Adrián en un lío?
—Espero que no.
Entonces echo un vistazo en torno al jardín trasero y me maravillo al ver
el aspecto fantástico que tiene el césped recién cortado pese a las temerarias y
veloces payasadas de Adrián.

Los Maxwell tienen una pequeña ducha exterior en la parte trasera de la casa
para quitarse el cloro después de la piscina. Es una diminuta caseta de
madera, del tamaño de una cabina telefónica antigua, y Caroline la mantiene
abastecida de champús y geles corporales absurdamente caros. Teddy entra el
primero y yo le grito instrucciones desde el otro lado de la puerta, le recuerdo
que se aclare el pelo y escurra el bañador. Cuando termina, sale arrastrando
los pies y enrollado en una toalla de playa.
—¡Soy un burrito vegetariano!
—Eres adorable —le digo—. Ve a vestirte y nos vemos arriba.
Estoy colgando la toalla y preparándome para entrar en la caseta cuando
oigo que una mujer me llama por mi nombre.
—Eres Mallory, ¿verdad? ¿La nueva niñera?

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Me doy la vuelta y veo a la vecina de los Maxwell cruzando el jardín a
toda prisa; es una anciana baja, con las caderas anchas y andares
tambaleantes. Caroline me ha advertido que es muy rara y que apenas sale de
su casa y, sin embargo, aquí está, con un vestido hawaiano aguamarina y
cubierta de joyas: cadenas de oro con colgantes de cristal, enormes pendientes
de aro, pulseras tintineantes y anillos de piedras preciosas en los dedos de las
manos y de los pies.
—Soy Mitzi, cariño, ¿la que vive aquí al lado? Y como eres nueva en el
barrio, quiero darte un consejo amistoso: cuando vengan esos jardineros…, no
tendrías que sentarte junto a la piscina. Con todo a la vista. —Hace un gesto
que abarca mi torso—. Esto es lo que solíamos llamar una provocación.
Se acerca y me llega un característico olor a cuerda quemada. O necesita
un baño o va puestísima de maría, o posiblemente ambas cosas.
—¿Perdone?
—Tienes una bonita figura y entiendo que quieras lucirla. Y es un país
libre, soy liberal y defiendo que tienes que hacer lo que te haga sentir bien.
Pero, cuando esos mexicanos pasen por aquí, tienes que mostrar un poco de
discreción. Un poco de sentido común. Por tu propia seguridad. ¿Me sigues?
—Empiezo a responder, pero no se calla—: Puede que suene racista, pero es
cierto. Esos hombres ya infringieron la ley una vez, cuando cruzaron la
frontera. Así que si un delincuente ve a una chica guapa sola en un jardín
trasero, ¿qué lo detiene?
—¿Me lo está diciendo en serio?
Me agarra de la muñeca para subrayar sus comentarios y me doy cuenta
de que le tiembla la mano.
—Princesa, te lo estoy diciendo muy en serio. Tienes que tapar bien tus
partes.
Desde las alturas, Teddy me llama a través de la mosquitera de la ventana
abierta de su habitación:
—Mallory, ¿podemos comernos un polo?
—Cuando me duche —le respondo—. Cinco minutos.
Mitzi saluda a Teddy con la mano y el niño se aparta de la ventana.
—Es un niño guapísimo. Tiene una carita preciosa. Pero los padres no son
santo de mi devoción. Un poco engreídos para mi gusto. ¿No te da esa
sensación?
—Bueno…
—El día en que se mudaron, les preparé una lasaña. Para ser una buena
vecina, ¿vale? Se la llevo a la puerta delantera y ¿sabes lo que me soltó ella?

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Me dice: «Lo siento, pero no podemos aceptar su regalo». ¡Por la carne
picada!
—A lo mejor…
—Perdona, cielo, pero una situación de ese estilo no se maneja así.
Sonríes, das las gracias, te llevas la lasaña dentro y la tiras. No me la tiras a la
cara. Eso es de mala educación. ¡Y el padre es aún peor! Debe de volverte
loca.
—La verdad…
—Bah, todavía eres una cría. Aún no tienes calada a la gente. Yo soy una
persona cálida, muy empática, me gano la vida leyendo auras. Verás que hay
clientes llamando a mi puerta a todas horas, pero no te preocupes, no hay
nada turbio. Perdí todo el interés después de la histerectomía. —Me guiña un
ojo—. ¿Y qué te parece la casita de invitados? ¿No te pones nerviosa
durmiendo sola ahí fuera?
—¿Por qué tendría que ponerme nerviosa?
—Por la historia.
—¿Qué historia?
Y, por primera vez en nuestra conversación, Mitzi se queda sin palabras.
Se agarra un mechón de pelo y empieza a retorcérselo entre los dedos hasta
que consigue aislar un solo cabello. Entonces se lo arranca de raíz y lo lanza
hacia atrás por encima del hombro.
—Pregúntaselo a los padres, mejor.
—Acaban de mudarse aquí. No saben nada. ¿A qué se refiere?
—Cuando era niña, llamábamos a tu casita de invitados la Casa del
Diablo. Nos retábamos a asomarnos por las ventanas. Mi hermano me daba
una moneda de veinticinco centavos si me subía al porche y contaba hasta
cien, pero siempre me acobardaba.
—¿Por qué?
—Mataron a una mujer. Annie Barrett. Era artista, pintora, y tu casa era su
estudio.
—¿La mataron en la casita de invitados?
—En realidad nunca encontraron el cadáver. Fue hace mucho tiempo,
justo después de la Segunda Guerra Mundial.
La cara de Teddy reaparece en la ventana del primer piso.
—¿Han pasado ya cinco minutos?
—Casi —le digo.
Cuando vuelvo a mirar a Mitzi, ya está cruzando el jardín en dirección
contraria.

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—No hagas esperar al angelito. Que disfrutéis de vuestro helado.
—Espere, ¡cuénteme el resto de la historia!
—No hay resto de la historia. Tras la muerte de Annie (o tras su
desaparición, quién sabe), su familia convirtió la casita en un cobertizo de
jardín. No dejaban que nadie se alojara ahí. Y así ha sido desde entonces,
desde hace setenta y tantos años. Hasta este mes.

Caroline llega a casa con el monovolumen lleno de comida, así que la ayudo a
descargar y a vaciar las bolsas. Teddy está arriba, dibujando en su habitación,
así que aprovecho para preguntarle por la historia de Mitzi.
—Ya te dije que estaba chiflada —replica Caroline—. Cree que el cartero
abre sus facturas de la Visa con vapor para enterarse de su calificación
crediticia. Está paranoica.
—Me ha dicho que mataron a una mujer.
—Hace ochenta años. Este barrio es muy antiguo, Mallory. Todas estas
casas tienen alguna historia de terror. —Caroline abre el frigorífico y carga el
cajón de las verduras con espinacas, col rizada y un manojo de rábanos con
tierra aún pegada a las raíces—. Además, los propietarios anteriores vivieron
aquí cuarenta años, así que está claro que no tuvieron ningún problema.
—Ya, eso es cierto. —Meto la mano en una bolsa de lona del
supermercado y saco un paquete de seis latas de agua de coco—. Pero usaban
la casita de cobertizo para las herramientas, ¿verdad? Ahí fuera no dormía
nadie.
Caroline parece exasperada. Intuyo que ha tenido un día largo en la clínica
de veteranos, que no le hace gracia que la embosquen con preguntas nada más
entrar por la puerta.
—Mallory, es probable que esa mujer se haya drogado más que todos mis
pacientes juntos. No sé cómo sigue viva, pero desde luego no está bien de la
cabeza. Tiene los nervios destrozados, es un desastre y está paranoica. Y
como alguien que se preocupa por tu sobriedad, te recomiendo
encarecidamente que limites el contacto con ella, ¿vale?
—No, ya lo sé —le digo, y me siento mal, porque es lo más cerca que
Caroline ha estado nunca de gritarme.
No vuelvo a hablar después de eso, me limito a abrir la despensa y a
guardar cajas de arroz arborio, cuscús y galletas integrales. Almaceno bolsas
y más bolsas de copos de avena, almendras crudas, dátiles turcos y extrañas
setas resecas. Después de vaciar todas las bolsas, le digo a Caroline que me

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voy. Debe de percibir que todavía estoy disgustada, porque se acerca y me
pone una mano en el hombro.
—Oye, tenemos una habitación de invitados estupenda en la segunda
planta. Si quisieras trasladarte aquí, te recibiríamos con los brazos abiertos.
Teddy se pondría loco de contento. ¿Qué te parece?
Y a saber por qué, como ya me ha pasado un brazo por los hombros,
aquello se convierte en una especie de abrazo.
—Estoy bien ahí fuera —le aseguro—. Me gusta tener mi propio espacio.
Es una buena forma de practicar para el mundo real.
—Si cambias de opinión, solo tienes que decirlo. Siempre eres bienvenida
en esta casa.

Esa noche me pongo mis zapatillas buenas y salgo a correr. Espero a que
anochezca, pero el tiempo sigue siendo húmedo y asqueroso. Me sienta bien
forzarme, correr a pesar del dolor. Russell tiene un dicho que me encanta:
dice que no sabemos cuánto es capaz de soportar nuestro cuerpo hasta que le
imponemos exigencias crueles. Pues bien, esa noche me exijo muchísimo.
Hago sprints por las aceras del barrio, corro entre las sombras de las farolas y
las bandadas de luciérnagas, ante el eterno zumbido de los aires
acondicionados centrales. Completo 8,4 kilómetros en treinta y ocho minutos
y regreso a casa delirantemente agotada.
Me doy otra ducha —esta vez en el pequeño y estrecho cuarto de baño de
la casita de invitados— y luego me preparo una cena sencilla: una pizza
congelada calentada en el horno tostador y medio litro de helado Ben &
Jerry’s de postre. Siento que me lo merezco.
Cuando termino con todo, son más de las nueve de la noche. Apago todas
las luces excepto la lámpara de mi mesita de noche. Me meto en la gran cama
blanca con el móvil y me pongo una película de Hallmark llamada Romance
en invierno. Sin embargo, me cuesta concentrarme. No sé muy bien si es
porque ya la he visto antes o porque la historia es idéntica a la de otra decena
de películas de Hallmark. Además, hace un poco de calor dentro de la casa,
así que me levanto y abro las cortinas.
Hay una ventana grande junto a la puerta de entrada y otra más pequeña
encima de mi cama y, por las noches, las dejo abiertas para que haya
corriente. El ventilador del techo gira en círculos lentos y perezosos. Fuera, en
el bosque, los grillos chirrían y a veces oigo a los animales pequeños que se
pasean por el bosque, pisadas suaves que hacen crujir las hojas muertas.

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Me vuelvo a acostar y pongo la película desde el principio. Cada sesenta
segundos, más o menos, una polilla choca contra las mosquiteras de las
ventanas, atraída por la luz. Oigo un toc, toc, toc en la pared de detrás de mi
cama, pero sé que no es más que una rama; hay árboles cerca de tres de los
cuatro lados de la casa y rozan las paredes cada vez que se levanta el viento.
Miro hacia la puerta y me aseguro de que está bien cerrada, y lo está, pero es
una cerradura muy endeble, nada que pudiese detener a un intruso decidido.
Y entonces oigo el ruido; una especie de zumbido de alta frecuencia,
como un mosquito que me volase demasiado cerca del oído. Lo espanto con
la mano, pero al cabo de unos segundos reaparece, una mota gris que
revolotea en mi visión periférica, siempre fuera de mi alcance. Y recuerdo a la
médica de la Universidad de Pensilvania y el experimento de investigación
que en realidad no ocurrió.
Y es la primera noche que siento que tal vez alguien me esté observando.

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Mis fines de semana son bastante tranquilos. Por lo general, Caroline y Ted
planean actividades familiares: se acercan a la costa para pasar el día en la
playa o llevan a Teddy a algún museo de la ciudad. Y siempre me invitan,
pero nunca voy porque no quiero entrometerme en su dinámica familiar. Así
que, durante esos días, me entretengo como puedo en la casita de invitados,
intento mantenerme ocupada, por eso de que las manos ociosas invitan a la
tentación y demás. Los sábados por la noche, mientras millones de jóvenes de
todo el país beben, coquetean, ríen y hacen el amor, yo me arrodillo ante el
retrete con una botella de lejía Clorox y froto la lechada del suelo del baño.
Los domingos no son mucho mejores. He probado todas las iglesias locales,
pero hasta ahora ninguna me encaja. Siempre soy veinte años más joven que
los demás y odio cómo me miran los otros feligreses, como si fuera una
especie de rareza zoológica.
A veces me siento tentada de volver a las redes sociales, de reactivar mis
cuentas de Instagram y Facebook, pero mis consejeros de Narcóticos
Anónimos me han advertido que me mantenga alejada de ellas. Dicen que
esos sitios conllevan sus propios riesgos de adicción, que causan estragos en
la autoestima de los jóvenes. De modo que trato de entregarme a los placeres
sencillos del mundo real: correr, cocinar, dar un paseo.
Pero siempre estoy más contenta cuando el fin de semana se acaba y por
fin puedo volver al trabajo. El lunes por la mañana, llego a la casa principal y
me encuentro a Teddy bajo la mesa de la cocina, jugando con unos animales
de granja de plástico.
—¡Hola, Osito Teddy! ¿Cómo estás?
Levanta una vaca de plástico y muuuge.
—Venga ya, ¿te has convertido en vaca? Caray, ¡entonces hoy soy la
canguro de una vaca! ¡Qué emocionante!
Caroline entra en la cocina a toda velocidad, aferrada a las llaves del
coche, el móvil y varias carpetas llenas de papeles. Me pregunta si puedo

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acompañarla un momento al vestíbulo. Una vez que estamos a una distancia
segura de Teddy, me explica que el niño ha mojado la cama y que sus sábanas
están en la lavadora.
—¿Te importaría pasarlas a la secadora cuando estén listas? Ya le he
puesto unas limpias en la cama.
—Claro que no me importa. ¿Teddy está bien?
—Sí, solo un poco avergonzado. Últimamente le pasa mucho. Es el estrés
de la mudanza. —Coge su cartera del armario del pasillo y se la echa al
hombro—. Pero no le digas que te lo he comentado. No quiere que lo sepas.
—No diré una palabra.
—Gracias, Mallory. ¡Nos salvas la vida!

La actividad favorita de Teddy por las mañanas es explorar el «Bosque


Encantado» que limita con la propiedad de su familia. Los árboles forman un
dosel denso sobre nuestra cabeza, por lo que incluso en los días más calurosos
se está más fresco en el bosque. Los senderos no están marcados ni
señalizados, así que les hemos inventado nombres de cosecha propia. El
Camino de Baldosas Amarillas es la ruta plana y de tierra compacta que
comienza detrás de mi casita y avanza en paralelo a las casas de la calle
Edgewood. La seguimos hasta un enorme peñasco gris llamado Huevo de
Dragón y luego nos desviamos hacia el Paso del Dragón, un sendero más
pequeño que serpentea entre una densa maraña de arbustos espinosos.
Tenemos que caminar en fila india, con las manos extendidas, para no
arañarnos. Este camino nos lleva por un valle hasta el Río Regio (un arroyo
fétido y casi estancado que apenas cubre hasta la cintura) y el Puente
Musgoso, un tronco de árbol largo y podrido que salva la distancia entre
ambas orillas y está cubierto de algas y hongos extraños. Pasamos de puntillas
por el tronco y seguimos el sendero hasta el Árbol de las Habichuelas
Mágicas, el más alto del bosque, con unas ramas que tocan el cielo.
O al menos eso es lo que le gusta decir a Teddy. Mientras paseamos,
inventa elaboradas historias, narra las aventuras del príncipe Teddy y la
princesa Mallory, unos valientes hermanos separados de la familia real que
buscan el camino de vuelta a casa. A veces caminamos toda la mañana sin ver
ni a una sola persona. De vez en cuando, un paseador de perros o dos. Pero
rara vez niños, y me pregunto si será esa la razón por la que a Teddy le gusta
tanto.
En cualquier caso, no le menciono esta teoría a Caroline.

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Tras dos horas dando tumbos por el bosque, se nos ha abierto el apetito
para comer, de modo que regresamos a la casa y preparo unos sándwiches de
queso fundido. Luego Teddy sube a la habitación para la hora de descanso y
yo me acuerdo de que sus sábanas siguen en la secadora, así que subo al
lavadero.
Al pasar por delante de la habitación de Teddy, lo oigo hablar solo. Me
detengo y pego la oreja a su puerta; sin embargo, solo distingo palabras y
fragmentos sueltos. Es como escuchar un lado de una conversación telefónica
en la que la otra persona es la que más habla. Hay silencios entre sus
intervenciones, algunas más largas que otras.
—¿A lo mejor? Pero…
—………………
—No lo sé.
—………………
—¿Nubes? ¿De las grandes? ¿Cómo de algodón?
—………………………………
—Lo siento. No te ent…
—………………… ………………… ………………… …………………
………………… ………………… …………… …
—¿Estrellas? Vale, ¡estrellas!
—………………… ………………… ……………… ………………
……
—Muchas estrellas, entendido.
—……………… ………………… ……………… ………………
………………… ……………… ………………… …………………
……………… ………………
Y siento tanta curiosidad que estoy tentada de llamar a la puerta, pero
entonces empieza a sonar el teléfono de la casa, así que me aparto de la puerta
y bajo las escaleras corriendo.
Tanto Ted como Caroline tienen móvil, pero insisten en pagar también
una línea fija para que Teddy pueda llamar a emergencias en caso de
necesidad. Contesto y la persona que llama se identifica como la directora del
Colegio de Infantil y Primaria Spring Brook.
—¿Hablo con Caroline Maxwell?
Le digo que soy la niñera y me recalca que no es nada urgente. Dice que
llama para darles personalmente la bienvenida a los Maxwell al sistema
escolar.

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—Me gusta hablar con todos los padres antes del primer día. Suelen estar
muy preocupados.
Anoto su nombre y número y me comprometo a hacerle llegar el mensaje
a Caroline. Un rato después, Teddy entra en la cocina con un dibujo nuevo.
Lo deja bocabajo en la mesa y se encarama a una silla.
—¿Puedo comerme un pimiento verde?
—Por supuesto.
Los pimientos verdes son el aperitivo favorito de Teddy y Caroline los
compra por decenas. Saco uno de la nevera, lo lavo con agua fría y le arranco
el tallo. Después, le quito la parte de arriba, que crea una especie de anillo, y
corto el resto del pimiento en tiras que el niño pueda comerse casi de un
bocado.
Estamos sentados a la mesa, Teddy encantado mordisqueando su
pimiento, cuando me fijo en su última ilustración. Es un dibujo de un hombre
que camina de espaldas por un bosque denso y enmarañado. Lleva a una
mujer agarrada por los tobillos, arrastra su cuerpo inerte por el suelo. Al
fondo, entre los árboles, hay una luna creciente y muchas estrellas pequeñas y
temblorosas.
—Teddy, ¿qué es esto?
Se encoge de hombros.
—Un juego.
—¿Qué tipo de juego?
Le da un mordisco a una tira de pimiento y responde mientras mastica:
—Anya representa una historia y yo la dibujo.

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—¿Como en el Pictionary?
A Teddy se le escapa la risa y rocía la mesa de pequeñas salpicaduras de
pimiento verde.
—¿¡El Pictionary!? —Se recuesta contra el respaldo de la silla, muerto de
risa, y yo cojo un trozo de papel de cocina para limpiar el desastre que acaba
de formar—. Anya no sabe jugar al Pictionary.
Poco a poco, lo convenzo para que se calme y beba un sorbo de agua.
—Cuéntamelo otra vez desde el principio —le pido, e intento mantener un
tono de voz ligero. No quiero que parezca que estoy perdiendo los nervios—.
Explícame cómo funciona el juego.
—Ya te lo he dicho, Mallory: Anya representa la historia y yo tengo que
dibujarla. Nada más. Ese es el juego.
—¿Y quién es el hombre?
—No lo sé.
—¿Ese hombre le hizo daño a Anya?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Pero ¡no es el Pictionary! ¡Anya no sabe
jugar a juegos de mesa!
Y entonces se deja caer de nuevo contra el respaldo de la silla, presa de
otro ataque de risa, de esas carcajadas felizmente despreocupadas que solo los
niños son capaces de soltar. Es tan alegre y genuina que supongo que pesa
más que cualquiera de mis posibles inquietudes. Está claro que no hay nada
que preocupe a Teddy. Parece tan feliz como cualquier otro niño que haya
conocido en mi vida. Se ha creado una extraña amiga imaginaria y juegan
juntos a extraños juegos imaginarios, ¿qué problema hay?
Todavía se está retorciendo en la silla cuando me pongo de pie y me llevo
el dibujo al otro lado de la cocina. Caroline guarda una carpeta en el cajón de
las facturas y me ha pedido que meta allí los dibujos de Teddy para
escanearlos en el ordenador.
Pero Teddy ve lo que estoy haciendo.
Deja de reírse y niega con la cabeza.
—Ese no es para mamá y papá. Anya dice que quiere que lo tengas tú.

Esa noche, camino un kilómetro y medio hasta el centro comercial en el que


hay un Best Buy y me gasto parte de mi sueldo en una tablet barata. A las
ocho estoy de vuelta en la casita de invitados. Cierro la puerta con llave, me
pongo el pijama y me meto en la cama con mi juguete nuevo. Tardo solo unos
minutos en configurarla y conectarla a la red inalámbrica de los Maxwell.

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Mi búsqueda de «Annie Barrett» genera dieciséis millones de resultados:
listas de boda, estudios de arquitectura, tiendas de Etsy, tutoriales de yoga y
decenas de perfiles de LinkedIn. Busco de nuevo «Annie Barrett + Spring
Brook» y «Annie Barrett + Artista» y «Annie Barrett + muerta + asesinada»,
pero ninguna de esas combinaciones arroja ningún resultado útil. No hay
constancia de su existencia en internet.
Fuera, justo por encima de mi cabeza, algo choca contra la mosquitera de
la ventana. Sé que es una de las polillas gordas y marrones que hay por todo
el bosque. Tienen el color y la textura de la corteza de los árboles, así que se
camuflan con facilidad, pero desde mi lado de la mosquitera lo único que veo
son los vientres viscosos y segmentados, tres pares de patas y dos antenas
nerviosas. Sacudo la mosquitera hasta que se sueltan, pero se limitan a
revolotear unos segundos por allí cerca y luego vuelven. Me preocupa que
encuentren algún agujero en la mosquitera y se cuelen por él, que migren a mi
lámpara de noche y la invadan.
Junto a la lámpara está mi dibujo de Anya, en el que la arrastran por el
bosque. No sé si me habré equivocado al quedármelo. A lo mejor tendría que
habérselo dado a Caroline en cuanto ha entrado por la puerta. O, mejor aún,
podría haberlo arrugado hasta convertirlo en una bola y haberlo tirado a la
papelera de reciclaje. Odio cómo le ha dibujado Teddy el pelo, la longitud
obscena de sus largos mechones negros, arrastrados detrás de su cuerpo como
vísceras. Algo en mi mesita de noche emite un chillido y me levanto de la
cama de un salto antes de caer en que solo es mi teléfono: una llamada
entrante con el volumen demasiado alto.
—¡Quinn! —exclama Russell—. ¿Es demasiado tarde para llamarte?
Qué pregunta tan típica de Russell. Son solo las nueve menos cuarto, pero
él defiende que cualquier persona que se tome en serio el deporte tendría que
estar en la cama con las luces apagadas antes de las nueve y media.
—No, tranquilo —le digo—. ¿Qué pasa?
—Te llamo para preguntarte por el isquiotibial. El otro día me dijiste que
lo notabas tenso.
—Ya está mejor.
—¿Cuánto has corrido esta noche?
—Seis kilómetros y medio. Treinta y un minutos.
—¿Estás cansada?
—No, estoy bien.
—¿Preparada para forzarte un poco más?

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Soy incapaz de dejar de mirar el dibujo, la maraña de pelo negro que se
arrastra tras el cuerpo de la mujer.
¿Qué clase de niño dibuja algo así?
—¿Quinn?
—Sí, perdón.
—¿Va todo bien?
Oigo el zumbido de un mosquito y me doy un manotazo en el lado
derecho de la cara, con fuerza. Entonces me miro la palma con la esperanza
de ver unos restos negros y aplastados, pero tengo la piel limpia.
—Sí, todo bien. Solo estoy un poco cansada.
—Acabas de decirme que no estabas cansada.
Y su voz cambia ligeramente de marcha, como si de pronto se percatara
de que está pasando algo.
—¿Cómo te trata la familia?
—Son fantásticos.
—¿Y el niño? ¿Tommy? ¿Tony? ¿Toby?
—Teddy. Es un encanto. Nos lo estamos pasando bien.
Durante un instante, me planteo contarle a Russell la historia de Anya,
pero no sé por dónde empezar. Si le cuento la verdad desnuda, seguro que
piensa que estoy consumiendo de nuevo.
—¿Estás cortocircuitando? —pregunta.
—¿Qué quieres decir?
—¿Sufres lapsos de memoria? ¿Olvidos?
—No, al menos que yo recuerde.
—Hablo en serio, Quinn. Sería normal, dadas las circunstancias. El estrés
del trabajo nuevo, de vivir en un sitio nuevo.
—Mi memoria está perfecta. Hace mucho tiempo que no tengo esos
problemas.
—Bien, bien, bien. —Ahora lo oigo teclear en el ordenador para
introducir ajustes en la hoja de cálculo de mis ejercicios—. Y los Maxwell
tienen piscina, ¿verdad? ¿Te dejan usarla?
—Claro.
—¿Sabes cuánto mide, aproximadamente?
—¿Unos nueve metros?
—Voy a enviarte unos vídeos de YouTube por correo electrónico. Son
ejercicios de natación. Un entrenamiento cruzado de bajo impacto, fácil. Dos
o tres veces a la semana, ¿de acuerdo?
—Vale.

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Mi voz sigue teniendo algo que no le convence del todo.
—Y llámame si necesitas cualquier cosa, ¿vale? No estoy en Canadá.
Estoy a cuarenta minutos en coche.
—No te preocupes, entrenador. Estoy bien.

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Se me da bastante mal nadar. Cuando era pequeña, teníamos una piscina


pública en el barrio, pero durante el verano era igual que un zoológico,
centenares de niños gritando y apiñados cuerpo a cuerpo en un metro de agua
grasienta. Era imposible hacer largos, apenas había espacio para flotar de
espaldas. Mi madre nos advertía a mi hermana y a mí que no metiéramos la
cabeza debajo del agua porque le daba miedo que pilláramos una
conjuntivitis.
Así que no me apetece mucho hacer los nuevos ejercicios de Russell. Son
más de las diez de la noche del día siguiente cuando por fin salgo a la piscina.
El jardín trasero de los Maxwell es un lugar extraño al anochecer. Estamos a
tiro de piedra de Filadelfia, pero a esta hora de la noche es como si
estuviéramos en pleno campo, en lo más profundo de una zona rural. La única
luz proviene de la luna, las estrellas y los focos halógenos del fondo de la
piscina. El agua es un agua inquietante. La superficie es de un azul neón
trémulo, como plasma radiactivo, y proyecta sombras extrañas en la parte
trasera de la casa.
Es una noche cálida y resulta agradable sumergirse en el agua fresca.
Pero, cuando salgo a la superficie para coger aire y abro los ojos, juraría que
el bosque ha avanzado; da la impresión de que, a saber cómo, todos los
árboles se han acercado. Incluso el coro de grillos me parece más estridente.
Sé que es solo una ilusión, que el nuevo ángulo de visión ha alterado mi
percepción de la profundidad y borrado los seis metros de césped que separan
la valla de la piscina de los primeros árboles. Aun así, me inquieta.
Me agarro al borde de la piscina y caliento con cinco minutos de patadas
bajas. En la casa grande, todas las luces de abajo están encendidas y veo el
interior de la cocina, pero ni rastro de Ted y Caroline. Seguro que están
sentados en la sala de estar con una copa de vino y un libro, que es como
pasan la mayoría de las noches.

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Después de calentar, tomo impulso en la pared y empiezo a dar torpes
brazadas de crol. Aspiro a hacer diez largos, ida y vuelta. Pero, a mitad del
tercero, ya sé que no voy a terminarlos. Me arden los deltoides y los tríceps;
mi tren superior está en una forma lamentable. Se me empiezan a tensar hasta
las pantorrillas. Hago un gran esfuerzo para terminar el cuarto largo y, a mitad
del quinto, tengo que parar. Me aferró al borde de la piscina para intentar
recuperar el aliento.
Y entonces, en el bosque, oigo un ligero crac.
Es el ruido de una persona que apoya todo el peso sobre una rama seca,
que la presiona con fuerza hasta que la madera se parte. Me vuelvo hacia los
árboles, escudriño las sombras con los ojos entornados y no veo nada. Pero
oigo algo o a alguien: pasos suaves que avanzan por las hojas secas, que se
dirigen hacia mi casita…
—¿Cómo está el agua?
Me doy la vuelta y es Ted, que está abriendo la puerta de la piscina; va sin
camiseta y lleva un bañador tipo bermuda y una toalla echada al hombro.
Hace ejercicio en la piscina varias noches a la semana, pero nunca lo había
visto salir tan tarde. Me acerco a la escalera y le digo:
—Estaba a punto de salirme.
—No hace falta. Tenemos espacio de sobra. Tú empieza por ahí, que yo
empiezo por aquí.
Lanza la toalla hacia una silla y luego se deja caer al agua desde el borde
de la piscina sin siquiera inmutarse. Y entonces, a su señal, comenzamos a
nadar en líneas paralelas desde extremos opuestos de la piscina. En teoría,
solo deberíamos cruzarnos una vez, en el centro de los carriles, pero la
velocidad de Ted es una locura y, al cabo de un minuto, me ha doblado. Está
en una forma excelente. Mantiene la cara sumergida durante casi toda la
longitud de la piscina, así que ni siquiera tengo claro cómo respira. Se mueve
como un tiburón, sin apenas hacer ruido, mientras que yo me revuelvo y
sacudo como un pasajero borracho que se ha caído por la borda de un crucero.
Sobrevivo a duras penas a otros tres largos antes de abandonar. Ted sigue
nadando y completa otras seis vueltas antes de detenerse a mi lado.
—Eres muy bueno —le comento.
—Era mejor en el instituto. Teníamos un entrenador estupendo.
—Qué envidia. Yo estoy aprendiendo en YouTube.
—En ese caso, ¿puedo darte un consejo que no me has pedido? Respiras
demasiado. Tienes que respirar cada dos brazadas. Siempre a la izquierda o a
la derecha, lo que te resulte más cómodo.

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Me anima a probarlo, así que cojo impulso apoyándome en la pared y
cruzo la piscina siguiendo sus indicaciones. Los resultados son instantáneos.
Respiro la mitad y me muevo el doble de rápido.
—Mejor, ¿verdad?
—Mucho mejor. ¿Algún consejo más?
—No, acabo de darte el mejor que tengo. La natación es el único deporte
en el que los entrenadores te gritan por respirar. Pero, si sigues practicando,
mejorarás.
—Gracias.
Me agarro a la escalera de la piscina y salgo, dispuesta a dar la noche por
terminada. El bañador se me sube y bajo la mano enseguida para volver a
colocármelo en su sitio, pero al parecer no soy lo bastante rápida.
—Eh, ¡arriba los Flyers! —exclama Ted.
Se refiere al pequeño tatuaje que tengo en la base de la cadera. Es la cara
de ojos alocados de Gritty, la mascota naranja y peluda del equipo de la NEIL
de Filadelfia. Se lo he ocultado a los Maxwell con gran cuidado, y me enfado
conmigo misma por haber cometido un descuido.
—Es un error —le aclaro—. En cuanto ahorre, me lo quitaré con láser.
—Pero ¿te gusta el hockey?
Niego con la cabeza. No he jugado en la vida. Ni siquiera he visto un
partido. Pero, hace dos años, me hice amiga de un hombre mayor que tenía
tanto un amor inquebrantable por el deporte en cuestión como fácil acceso a
productos farmacéuticos que solo podían obtenerse con receta. Isaac tenía
treinta y ocho años y su padre había jugado en los Flyers en la década de los
setenta. El hombre había ganado mucho dinero y muerto joven, así que su hijo
estaba dilapidando su fortuna poco a poco. Éramos un par las que vivíamos en
el piso de Isaac, dormíamos en el suelo y de vez en cuando compartíamos su
cama, así que, básicamente, me hice el tatuaje para impresionarlo, con la
esperanza de que pensara que era guay y me dejara seguir allí. Pero el plan
fue un fracaso. Tuve que esperar cinco días para quitarme el apósito y,
durante ese tiempo, arrestaron a Isaac por posesión de estupefacientes y su
casero nos echó a todos a la calle.
Ted sigue esperando una explicación.
—Fue una estupidez —le digo—. No sabía muy bien lo que hacía.
—Bueno, no eres la única. Caroline también tiene un tatuaje del que
quiere deshacerse. Pasó por una fase artística en la universidad.
Es un detalle que comparta algo así, pero no me hace sentir mejor. Estoy
convencida de que el tatuaje de Caroline es de muy buen gusto. Seguro que es

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una rosa, una luna creciente o un kanji chino significativo, no un monstruo
extraño y con los ojos saltones. Le pregunto a Ted dónde tiene escondido el
tatuaje su mujer, pero me interrumpe otro fuerte crujido.
Ambos nos giramos hacia el bosque.
—Hay alguien ahí fuera —le advierto—. Ya he oído pasos antes.
—Debe de ser un conejo —responde.
Se oye otro chasquido y luego un alboroto rápido y alarmado, el
sobresalto de un animal pequeño que echa a correr por el bosque.
—Eso sí era un conejo. Pero antes, antes de que salieras, el ruido era más
fuerte. Parecía una persona.
—Habrá sido algún adolescente. Me imagino que a los chicos de instituto
les gustarán estos bosques.
—Por la noche es peor. A veces estoy acostada en la cama y los oigo
como si estuvieran justo al lado de mi ventana.
—Que Mitzi te haya llenado la cabeza de historias extrañas tampoco
ayuda. —Me guiña un ojo—. Caroline me ha contado lo de vuestro encuentro.
—Es una persona interesante.
—Yo me mantendría alejado de ella, Mallory. ¿Todo ese rollo de las
supuestas lecturas de energía? ¿Los desconocidos que aparcan en su camino
de entrada, que llaman a su puerta trasera? ¿Qué pagan en efectivo? A mí me
escama. No me fío de ella.
Salta a la vista que Ted no ha pasado mucho tiempo en compañía de
videntes. Cuando era pequeña, tenía una vecina, la señora Guber, que echaba
las cartas del tarot en la trastienda de la pizzería del barrio. Era legendaria por
haber predicho que una de las camareras ganaría cien mil dólares en un boleto
de rasca y gana. También aceptaba consultas sobre propuestas de matrimonio,
novios adúlteros y otros asuntos del corazón. Mis amigos y yo la llamábamos
El Oráculo y confiábamos más en ella que en la portada del Inquirer.
Pero no espero que Ted entienda nada de esto. Este hombre no quiere
saber nada ni siquiera de la existencia del Ratoncito Pérez. Hace unas cuantas
noches, Teddy escupió una muela suelta y su padre se limitó a meter la mano
en la cartera y sacar un dólar: nada de misterios, nada de ceremonias, nada de
entrar de puntillas en el dormitorio de madrugada para evitar que lo
descubran.
—Es inofensiva.
—Creo que trafica con droga —me dice Ted—. No puedo probarlo, pero
la estoy vigilando. Tienes que tener cuidado con ella, ¿vale?
Levanto la mano derecha.

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—Palabra de scout.
—Te lo digo en serio, Mallory.
—Lo sé. Y te lo agradezco. Tendré cuidado.
Estoy abriendo la verja de la piscina, dispuesta a marcharme, cuando veo
que Caroline está cruzando el jardín, aún vestida con su ropa de trabajo, con
un cuaderno y un lápiz en la mano.
—Mallory, espera. ¿Recibiste ayer una llamada del colegio de Teddy?
Me doy cuenta enseguida de que he metido la pata. Recuerdo la llamada y
recuerdo haber anotado el número de la directora en un papelito. Pero
entonces Teddy entró en la cocina con aquel dibujo tan raro y debí de
distraerme.
—Sí, de la directora —contesto—. Tengo el mensaje en mi casa. Seguro
que no lo he sacado del bolsillo de los pantalones. Voy a buscarlo…
Caroline hace un gesto de negación.
—No hace falta. Acaba de enviarme un correo electrónico. Pero me habría
venido bien que me dieras el mensaje ayer.
—Lo sé. Perdona.
—Si nos saltamos un solo plazo, Teddy perderá la plaza. Su clase de
infantil tiene una lista de espera de treinta alumnos.
—Sí, lo sé…
Me corta:
—Deja de decir «lo sé». Si lo supieras de verdad, me habrías dado el
mensaje. La próxima vez, ten más cuidado.
Se da la vuelta y vuelve a la casa, y yo me quedo perpleja. Es la primera
vez que me grita de verdad. Ted sale a toda prisa de la piscina y me pone una
mano en el hombro.
—Oye, no te preocupes.
—Lo siento, Ted, me siento fatal.
—Está enfadada con el colegio, no contigo. Nos están ahogando en
papeleo. Vacunas, alergias, perfiles conductuales… Esa mierda de matrícula
de Educación Infantil tiene más páginas que mi declaración de la renta.
—Ha sido un error involuntario —le aseguro—. Anoté el número de
teléfono, pero me distraje con algo que me dio Teddy.
Estoy tan desesperada por arreglar las cosas que empiezo a describirle el
dibujo, pero Ted continúa hablando por encima de mí. Parece ansioso por ir a
la casa. Distingo la forma de Caroline al otro lado de la puerta corrediza de
cristal, observándonos.

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—Se le pasará, no te preocupes —me dice—. Mañana ni siquiera se
acordará.
Su tono de voz es relajado, pero se aleja a toda velocidad. Mientras cruza
el jardín, su forma se aplana hasta convertirse en una silueta y, cuando llega
adonde está Caroline, la abraza. Ella estira la mano hacia el interruptor de la
luz y, a partir de ese momento, ya no veo nada más.
Se levanta una pequeña brisa y empiezo a temblar. Me envuelvo la toalla
alrededor de la cintura y regreso a mi casa. Cierro la puerta con llave y me
estoy poniendo el pijama cuando vuelvo a oír los pasos, pisadas ligeras que
aplastan la hierba blanda… Solo que esta vez están justo al otro lado de mi
ventana. Descorro las cortinas e intento atisbar el exterior, pero a través de la
mosquitera solo veo polillas viscosas que se retuercen.
«Un ciervo —me digo—. No es más que un ciervo».
Cierro las cortinas, apago las luces, me meto en la cama y me tapo hasta la
barbilla. Fuera, la cosa se mueve justo por detrás de mi cama; la oigo moverse
al otro lado de la pared, inspeccionando la casita, rodeando el perímetro,
como si buscara una forma de entrar. Aprieto el puño y golpeo la pared con la
esperanza de que un buen ruido repentino lo espante.
En lugar de escapar, se mete bajo la casa, araña la tierra, se embute bajo
las tablas del suelo. No sé cómo es posible que algo quepa ahí abajo. La
construcción no puede estar a más de cuarenta y cinco centímetros del suelo.
Es imposible que sea un ciervo, pero los ruidos son de algo grande, de algo
del tamaño de un ciervo. Me siento en la cama y pisoteo el suelo, sin
resultados. «Largo», grito, esperando que el ruido lo ahuyente.
Sin embargo, la cosa sigue escarbando, se adentra cada vez más bajo la
casa, repta hacia el centro de la habitación. Me levanto y enciendo las luces.
Luego me pongo a cuatro patas y aguzo el oído, intento seguir la trayectoria
del ruido. Aparto la alfombra y descubro una forma cuadrada recortada en las
tablas del suelo: un panel de acceso lo bastante grande como para que una
persona se cuele por él. No hay bisagras ni asideros, solo dos ranuras de
forma ovalada que permiten que alguien agarre el panel y lo levante.
Supongo que si no fuera tan tarde —y si Caroline no estuviese ya
enfadada conmigo— habría llamado a los Maxwell para pedirles ayuda. Sin
embargo, estoy decidida a solucionar el problema yo sola. Voy a la cocina y
lleno de agua una jarra de plástico. Esta cosa, sea lo que sea, no puede ser tan
grande como parece. Sé que los ruidos pueden resultar engañosos, y más en la
oscuridad, y más a altas horas de la noche. Me arrodillo en el suelo e intento
levantar el panel, pero no se mueve. La humedad del verano ha expandido la

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madera y la ha atascado. Así que aplico toda mi fuerza a un lado y tiro con
ambas manos haciendo caso omiso del dolor que siento en los dedos, de la
madera seca y afilada que se me clava en la piel sensible. Por fin, con un
fuerte estallido y una nube de polvo gris, el panel salta del suelo como el
corcho que sale despedido de una botella de champán. Lo agarro y me lo
acerco al pecho, lo utilizo a modo de escudo. Luego me inclino hacia delante
y me asomo al agujero.
Está demasiado oscuro y no veo nada. La tierra que hay más abajo es
árida e inerte, como la ceniza que queda después de una hoguera de
campamento. La casita está en silencio. La criatura, fuera lo que fuese, se ha
desvanecido. No hay nada que ver ahí abajo, solo montones de polvo gris
salpicado de manchas negras. Noto que tengo la respiración contenida y
exhalo con alivio. El ruido que he hecho al abrir la trampilla habrá asustado a
la cosa.
Pero entonces la ceniza se mueve y las manchas negras parpadean y me
doy cuenta de que estoy mirando a la criatura a los ojos, que se levanta sobre
las patas traseras para llegar hasta mí y muestra unas garras feas y rosas, unos
dientes largos y afilados. Grito, un chillido estridente que perfora la noche.
Entonces cierro el panel de golpe y me siento sobre él, utilizo todo el peso de
mi cuerpo para bloquear la trampilla. Aporreo los bordes con los puños para
intentar meter la madera deformada a la fuerza en su sitio, pero ya no encaja.
Caroline entra en mi casa al instante, tras abrir la puerta con su llave. Lleva
puesto un camisón y Ted entra justo detrás de ella, sin camisa, vestido con
unos pantalones de pijama. Oyen los ruidos de debajo de la casa, la agitación
bajo las tablas del suelo.
—Es una rata —les digo, y uf, cómo me alivia que estén aquí, haber
dejado de estar sola—. Nunca había visto una rata tan grande.
Ted coge la jarra de plástico llena de agua y se la lleva fuera mientras
Caroline me pone una mano en el hombro, me calma y me asegura que todo
va a ir bien. Juntas giramos el panel noventa grados para que vuelva a encajar
en el hueco de la trampilla y luego yo lo mantengo en su sitio mientras ella
pisotea las esquinas para ajustarlas bien. Incluso después de que termine, me
da miedo moverme de donde estoy, me da miedo que el panel vaya a salir
volando del suelo. Ella se queda a mi lado, sosteniéndome, hasta que oímos
un chapoteo de agua a través de la ventana abierta.
Un momento después, Ted vuelve con la jarra vacía.
—Era una zarigüeya —anuncia sonriendo—, no una rata. Se movía muy
rápido, pero la he atrapado.

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—¿Por qué estaba debajo de la casa?
—Hay un agujero en el enrejado de la pared oeste. Creo que hay un
trocito podrido. —Caroline frunce el ceño y empieza a decir algo, pero Ted se
le adelanta—: Sí, lo sé. Mañana lo arreglo. Iré a Home Depot.
—Mañana a primera hora, Ted. ¡Esa cosa le ha dado a Mallory un susto
de muerte! ¿Y si la hubiera mordido? ¿Y si tenía la rabia?
—Estoy bien —le digo.
—Está bien —confirma Ted, pero Caroline no parece convencida. Se
queda mirando la trampilla del suelo.
—¿Y si vuelve?
Aunque es casi medianoche, Caroline insiste en que Ted vaya a buscar su
caja de herramientas a la casa grande. Insiste en que clave la trampilla a las
tablas del suelo para que nada pueda entrar a la fuerza en la casa. Mientras
esperamos a que termine, pone agua a hervir en los fogones y prepara
infusiones de manzanilla para los tres; después, los Maxwell se quedan unos
minutos más de lo necesario, solo para asegurarse de que me siento tranquila,
relajada y segura. Los tres nos sentamos en el borde de mi cama y charlamos,
contamos anécdotas y al final hasta nos reímos, y es como si la reprimenda
por la llamada telefónica no hubiera ocurrido jamás.

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7

El día siguiente es un 4 de Julio caluroso y húmedo y me obligo a correr una


distancia larga, trece kilómetros en setenta y un minutos. En el camino de
vuelta, paso por delante de una casa que Teddy y yo hemos empezado a
llamar el Castillo de las Flores. Está a tres manzanas de la propiedad de los
Maxwell y es una gigantesca mansión blanca con un camino de entrada en
forma de U y un jardín rebosante de flores de colores: crisantemos, geranios,
lirios de día y muchas otras. Me fijo en que hay unas flores nuevas de color
naranja que trepan por un enrejado en el jardín delantero, así que me interno
unos pasos en el camino de entrada para verlas más de cerca. Son unas flores
muy extrañas y peculiares —parecen conos de tráfico en miniatura— y les
saco unas cuantas fotos con el móvil. Pero entonces la puerta principal se abre
y sale un hombre. Por el rabillo del ojo, veo que lleva un traje y presiento que
ha salido a echarme de su propiedad, a gritarme por entrar en ella sin permiso.
—¡Eh!
Vuelvo a la acera y hago un patético gesto de disculpa, pero ya es
demasiado tarde. El hombre ya ha echado a andar y viene hacia mí.
—¡Mallory! —me llama—. ¿Cómo estás?
Y es entonces cuando caigo en que ya lo he visto antes. Estamos a más de
treinta grados, pero Adrián parece muy cómodo con su traje de color gris
claro, como esos tíos de las películas de Ocean’s Eleven. Bajo la chaqueta
lleva una camisa blanca almidonada y una corbata azul regio. Sin la gorra,
veo que tiene una mata de pelo oscuro y abundante.
—Perdona —le digo—. No te había reconocido.
Baja la mirada hacia el traje, como si se hubiera olvidado de que lo
llevaba puesto.
—¡Ah, sí! Tenemos una historia esta noche. En el club de golf. Van a
darle un premio a mi padre.
—¿Vives aquí?
—Es la casa de mis padres. Yo he venido a pasar el verano.

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La puerta delantera se abre y salen sus padres: su madre, alta y elegante,
con un vestido azul regio, y su padre, con un esmoquin negro clásico con
gemelos de plata.
—¿Ese es El Jefe?
—Es El Rey del Césped. Nos encargamos de la mitad de los jardines del
sur de Jersey. Durante el verano dirige un equipo de ochenta hombres, pero te
juro, Mallory, que soy el único al que le grita.
Sus padres se dirigen hacia un BMW negro aparcado en la entrada, pero
Adrián les hace señas para que se acerquen a nosotros. Ojalá no lo hubiera
hecho. ¿Sabes esas corredoras que aparecen en los anuncios de Tampax, que
terminan los entrenamientos con un cutis resplandeciente y el pelo listo para
salir a desfilar por la pasarela? Después de trece kilómetros a treinta y dos
grados, no me parezco en nada a ellas. Tengo la camiseta empapada de sudor,
el pelo despeinado y grasiento y la frente moteada de cadáveres de mosquitos.
—Mallory, estos son mi madre, Sofia, y mi padre, Ignacio. —Me seco la
palma de la mano en los pantalones cortos antes de tendérsela—. Mallory es
la niñera de los Maxwell. La nueva familia de Edgewood. Tienen un niño
pequeño que se llama Teddy.
Sofia me mira con desconfianza. Va tan bien vestida y perfectamente
peinada que me parece imposible que haya sudado ni una sola vez en los
últimos treinta años. Pero Ignacio me saluda con una sonrisa amable.
—¡Debes de ser una atleta muy dedicada para salir a correr con tanta
humedad!
—Mallory es corredora de fondo en Penn State —explica Adrián—. Está
en el equipo de campo a través.
Y me estremezco ante la mentira porque ya me había olvidado de ella. Si
Adrián y yo estuviéramos solos, me sinceraría y confesaría, pero ahora no
puedo decir nada, no con sus padres mirándome de hito en hito.
—Seguro que eres más rápida que mi hijo —contesta Ignacio—. ¡Tarda el
día entero en segar dos jardines traseros!
Luego se ríe a carcajadas de su propia broma mientras Adrián cambia el
peso del cuerpo de un pie a otro, avergonzado.
—Es humor de jardinero. Mi padre se considera comediante.
Ignacio sonríe con ganas.
—¡Tiene gracia porque es verdad!
Sofia analiza mi aspecto y estoy convencida de que me cala enseguida.
—¿En qué curso estás?
—En el último. A punto de terminar.

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—¡Como yo! —exclama Adrián—. Voy a Rutgers, en Nuevo Brunswick,
y estudio ingeniería. ¿Qué estudias tú?
Y no tengo ni idea de cómo responder a esta pregunta. Mi planificación
universitaria se centró exclusivamente en los entrenadores, los ojeadores y la
financiación del Título IX. No llegué al punto de plantearme qué iba a
estudiar en realidad. ¿Empresariales? ¿Derecho? ¿Biología? Ninguna de esas
respuestas parece creíble, pero estoy tardando demasiado en responder y
todos me están mirando y tengo que decir algo, lo que sea.
—Enseñanza —digo.
Sofia parece escéptica.
—¿Educación, quieres decir?
Pronuncia la palabra «e-du-ca-ción» despacio, como si sospechara que es
la primera vez que la oigo.
—Sí. De niños pequeños.
—¿Educación primaria?
—Exacto.
Adrián está encantado.
—¡Mi madre es profesora de cuarto! Ella también estudió educación.
—¡Anda!
Y menos mal que estoy roja de haber corrido, porque estoy convencida de
que me arde la cara.
—Es la más noble de las profesiones —afirma Ignacio—. Has hecho una
elección maravillosa, Mallory.
A estas alturas estoy desesperada por cambiar de tema, por decir algo —
cualquier cosa— que no sea una mentira.
—Tenéis unas flores preciosas —les comento—. Todos los días, cuando
salgo a correr, paso por delante de vuestra casa para verlas.
—Entonces aquí va la pregunta del millón —responde Ignacio—: ¿cuál te
gusta más?
Adrián me explica que se trata de un juego que sus padres les proponen a
todas las visitas:
—La idea es que tu flor favorita dice algo sobre tu personalidad. Como
una especie de horóscopo.
—Son todas preciosas —les digo.
Sofia se niega a dejar que me escaquee:
—Tienes que elegir una. La que más te guste.
Así que señalo las flores naranjas que acaban de salir, las que trepan por el
enrejado.

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—No sé cómo se llaman, pero me recuerdan a unos conos de tráfico
pequeñitos y naranjas.
—Trompetas trepadoras —dice Adrián.
Ignacio parece encantado.
—¡Nadie elige nunca las trompetas trepadoras! Es una flor preciosa, muy
versátil y que requiere de pocos cuidados. Le das un poco de sol y de agua,
sin prestarle demasiada atención, y se cuida sola. Es muy independiente.
—Y una especie de mala hierba —añade Sofia—. Cuesta un poco
controlarla.
—¡Eso se llama vitalidad! —exclama Ignacio—. ¡Es bueno!
Adrián me lanza una mirada exasperada —«¿Ves lo que tengo que
aguantar?»— y su madre les recuerda que van a llegar tarde, que tienen que
ponerse ya en marcha. Así que nos despedimos deprisa y nos decimos lo
encantados de conocernos que estamos, y entonces reanudo el camino a casa.
Unos segundos después, el BMW negro me adelanta e Ignacio toca el
claxon mientras Sofia mantiene la vista clavada en el frente. Adrián me saluda
con la mano a través de la ventanilla trasera y vislumbro al niño que fue, que
viajaba con sus padres en el asiento trasero del coche, que montaba en
bicicleta por estas aceras sombreadas, que aceptaba estas hermosas calles
arboladas como una especie de derecho de nacimiento. Tengo la sensación de
que su infancia fue perfecta, de que ha vivido la vida sin ningún tipo de pesar.
Por alguna razón, he llegado hasta los veintiún años sin haber tenido
nunca un novio de verdad. Es decir, he estado con hombres —cuando eres
una mujer de aspecto razonablemente normal adicta a las drogas, siempre hay
una forma infalible de conseguir más drogas—, pero nunca he tenido nada
parecido a una relación tradicional.
Pero, en la versión de mi vida del Hallmark Channel —en una realidad
alternativa en la que unos padres bondadosos, acaudalados y educados como
Ted y Caroline me criaron en Spring Brook—, mi novio ideal sería alguien
muy parecido a Adrián. Es guapo, es divertido, es trabajador. Y mientras
camino empiezo a hacer cálculos mentales, a intentar determinar cuándo
habrán pasado dos semanas completas y volverá a trabajar en el jardín de los
Maxwell.

Spring Brook está lleno de niños pequeños, pero no ha habido suerte cuando
se los he presentado a Teddy. Al final de nuestra manzana hay un gran parque

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infantil lleno de columpios, giradores y críos de cinco años que chillan y
gritan…, pero Teddy no quiere saber nada de ellos.
Un lunes por la mañana, estamos sentados en un banco del parque
observando a un grupo de niños pequeños que «conducen» sus Hot Wheels
por un tobogán. Animo a Teddy a que se acerque a jugar con ellos y me dice:
—No tengo Hot Wheels.
—Pídeles que compartan los suyos.
—No quiero compartirlos.
Se repantiga a mi lado en el banco, cabreado.
—Teddy, por favor.
—Quiero jugar contigo. No con ellos.
—Necesitas amigos de tu edad. Empiezas el colegio dentro de dos meses.
Pero no hay forma de convencerlo. Pasamos el resto de la mañana
jugando a los LEGO en casa y luego come y sube a su habitación para la hora
de descanso. Sé que debería aprovechar este rato de inactividad para limpiar
la cocina, pero me cuesta encontrar la energía necesaria. No había dormido
bien la noche anterior —los fuegos artificiales del 4 de Julio se prolongaron
hasta muy tarde— y discutir con Teddy me ha dejado con una sensación de
derrota.
Decido tumbarme en el sofá unos minutos y lo siguiente de lo que soy
consciente es de que Teddy está de pie a mi lado, sacudiéndome para que me
despierte.
—¿Podemos ir ya a bañarnos?
Me incorporo y noto que la luz de la habitación ha cambiado. Son casi las
tres.
—Sí, claro, ve a por el bañador.
Me da un dibujo y sale corriendo de la habitación. Es el mismo bosque
oscuro y enmarañado del dibujo anterior, pero esta vez el hombre está
echando tierra en un agujero enorme y el cuerpo de Anya yace desplomado en
el fondo.
Teddy vuelve a la sala de estar con el bañador puesto.
—¿Vamos?
—Un segundo, Teddy. ¿Qué es esto?
—¿Qué es qué?
—¿Quién es esta persona, la del agujero?
—Anya.
—¿Y quién es el hombre?
—No lo sé.

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—¿Está enterrándola?
—En un bosque.
—¿Por qué?
—Porque le ha robado la niña a Anya —dice Teddy—. Oye, ¿puedo
comer un poco de sandía antes de bañarnos?
—Claro, Teddy, pero ¿por qué…?
Es demasiado tarde. Ya va dando saltos hacia la cocina para abrir la
nevera. Lo sigo y me lo encuentro de puntillas, intentando llegar al estante
superior y a un trozo de sandía roja y madura. Lo ayudo a llevarla hasta la
tabla de cortar y luego le corto una rodaja con un cuchillo de chef. Teddy no
espera a que le ponga un plato; la coge y empieza a comérsela.
—Oye, Osito Teddy, ¿qué más te ha contado Anya sobre lo del dibujo?
Tiene la boca llena de sandía y el jugo rojo le chorrea por la barbilla.
—El hombre cavó un agujero para que nadie la encontrara —responde, y
se encoge de hombros—. Pero supongo que consiguió salir.

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Esa noche toda la familia sale a cenar. Caroline me invita a ir con ellos, pero
le digo que tengo que salir a correr y luego holgazaneo en la casita hasta que
oigo que arranca el coche y lo saca marcha atrás por el camino de entrada.
Luego cruzo el césped hasta la casa de al lado.
Mitzi tiene una de las casas más pequeñas de la manzana, un rancho de
ladrillo rojo con tejado metálico y cortinas enrollables bien echadas en todas
las ventanas. Encajaría a la perfección en mi antiguo barrio de South Philly,
pero aquí, en el adinerado Spring Brook, parece un engendro. Los canalones
oxidados están combados, las malas hierbas han invadido las grietas de la
acera y al jardín lleno de calvas no le iría mal la ayuda de El Rey del Césped.
Caroline ha comentado en más de una ocasión que está deseando que Mitzi se
mude a otro sitio para que un constructor tire la casa abajo y la levante de
cero.
Hay una nota manuscrita pegada a la puerta delantera: BIENVENIDOS,
CLIENTES. USEN LA PUERTA DE ATRÁS, POR FAVOR. Tengo que
llamar tres veces para que Mitzi al fin responda. Mantiene la cadena echada y
se asoma por la rendija de un par de centímetros de ancho.
—¿Sí?
—Soy Mallory. ¿La vecina de al lado?
Quita la cadena y abre la puerta.
—¡Jesús, María y José, me has dado un susto de muerte! —Lleva un
kimono morado y un bote de gas pimienta en la mano—. ¿Cómo se te ocurre
ponerte a aporrear la puerta a estas horas?
Son poco más de las siete y las niñas que viven un poco más allá siguen
en la acera jugando a la rayuela. Le ofrezco un platito de galletas envueltas en
film.
—Teddy y yo hemos hecho galletas de jengibre.
Abre los ojos como platos.
—Prepararé una cafetera.

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Me agarra de la muñeca y tira de mí hacia un salón oscuro; tengo que
parpadear para adaptarme a la penumbra. La casa está sucia. El aire está
impregnado de un olor a cerrado y mofeta que es en parte cannabis y en parte
vestuario de instituto. El sofá y los sillones están envueltos en fundas de
plástico transparente, pero distingo una capa de mugre sobre las superficies,
como si llevaran meses sin limpiarse.
Mitzi me guía hasta la cocina y la parte trasera de su casa me resulta un
poco más agradable. Las cortinas están abiertas y las ventanas dan al bosque.
Tiene plantas de araña colgadas del techo en cestas por cuyos lados se
derraman los largos zarcillos foliáceos. Los armarios y los electrodomésticos
son de los ochenta y todo tiene un aire familiar, acogedor, como las cocinas
de mis vecinos de South Philly. Sobre la mesa de formica de la cocina hay
extendidas hojas de periódico y varias piezas de metal negro engrasadas, entre
ellas un muelle, un cerrojo y una mira. Si una persona ensamblara esas piezas
en el orden correcto, sé que el resultado sería una pistola.
—Me has pillado limpiándola —explica Mitzi y, con un movimiento
circular del brazo, lo empuja todo hacia un lado de la mesa y mezcla las
piezas—. Bueno, ¿cómo tomas el café?
—¿Tiene descafeinado?
—Puaj, no, nunca. Eso son un montón de productos químicos servidos en
taza, nada más. Esta noche nos tomaremos un buen Folgers chapado a la
antigua.
No quiero explicarle que estoy inmersa en un proceso de recuperación, así
que le digo que soy muy sensible a la cafeína. Mitzi me promete que una
tacita no me hará daño y supongo que tiene razón.
—Con leche si tiene.
—Te pondré también un poco de nata. Tiene más sabor.
En la pared hay un viejo reloj con forma de gato de sonrisa traviesa que
marca los segundos moviendo la cola de un lado a otro. Mitzi enchufa una
antigua cafetera Mr. Coffee y le llena el depósito de agua.
—¿Cómo te va todo ahí al lado? ¿Te gusta el trabajo?
—Sí, me va bien.
—Esos padres deben de volverte loca.
—Son majos.
—No tengo ni idea de por qué trabaja esa mujer, si te digo la verdad.
Estoy segura de que el marido gana dinero de sobra. Y ya sabes que en el
hospital de veteranos no pagan bien. Así que ¿por qué no se queda en casa?
¿A quién trata de impresionar?

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—A lo mejor…
—Hay mujeres que no quieren ser madres, eso es lo que pienso. Quieren
tener hijos, quieren fotos bonitas para colgarlas en Facebook. Pero ¿quieren la
experiencia real de la maternidad?
—Bueno…
—Una cosa te digo: el crío es adorable. Para comérselo. Se lo cuidaría
gratis si me lo pidieran amablemente, si me trataran con un mínimo de
educación. ¡Pero ese es el problema de los milenarios! ¡Que no tienen
valores!
Sigue hablando mientras esperamos a que se haga el café, compartiendo
sus frustraciones respecto al Whole Foods Market (demasiado caro), las
víctimas del #MeToo (quejicas y demasiado exigentes) y el horario de verano
(no se menciona en ningún punto de la Constitución). Empiezo a preguntarme
si esta visita no habrá sido un error. Necesito hablar con alguien y no tengo
claro que Mitzi vaya a escucharme. Estoy desarrollando una teoría sobre los
dibujos de Teddy, pero no quiero preocupar a Russell y, desde luego, no
puedo contársela a los Maxwell; son unos ateos tan devotos que sé que jamás
se tomarían mis ideas en serio. Mitzi es mi última y única esperanza.
—¿Me cuenta alguna cosa más sobre Annie Barrett?
Eso la hace callar de inmediato.
—¿Por qué quieres saber más de ella?
—Por pura curiosidad.
—No, princesa, es una pregunta muy específica. Y perdona que te lo diga
así, pero tienes una pinta horrible.
Le hago prometer a Mitzi que no dirá nada —sobre todo a los Maxwell—
y luego coloco los últimos trabajos artísticos de Teddy sobre la mesa.
—Teddy está haciendo unos dibujos muy raros. Dice que las ideas se las
da su amiga imaginaria. Se llama Anya y lo visita en su habitación cuando no
hay nadie más con él.
Mitzi examina los dibujos y una sombra le oscurece el rostro.
—¿Y por qué me preguntas por Annie Barrett?
—Bueno, es que los nombres son muy parecidos. Anya y Annie. Sé que
es normal que los niños tengan amigos imaginarios, es algo muy común. Pero
Teddy dice que fue Anya quien le pidió que hiciera estos dibujos. Un hombre
arrastrando a una mujer por un bosque. Un hombre enterrando el cuerpo de
una mujer. Y luego Anya le pidió a Teddy que me diera los dibujos a mí.
Se hace el silencio en la cocina, el silencio más largo que he
experimentado hasta ahora en presencia de Mitzi. Solo oigo el gorgoteo de la

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Mr. Coffee y el tictac constante de la cola del reloj de gato. Mitzi estudia las
ilustraciones con detenimiento, casi como si intentara ver a través de ellas,
más allá de las marcas de lápiz y entre las fibras del papel. No tengo claro que
entienda a qué me refiero exactamente, así que se lo explico con más detalle:
—Sé que parece una locura, pero empiezo a preguntarme si el espíritu de
Anya no estará ligado de alguna manera a la propiedad de los Maxwell. Si no
estará intentando comunicarse a través de Teddy.
Mitzi se pone de pie, se acerca a la cafetera y llena dos tazas. Con las
manos temblorosas, las traslada a la mesa. Me sirvo un poco de nata y bebo
un sorbo; es el café más fuerte y amargo que he probado en mi vida. Aun así,
me lo bebo. No quiero ofenderla. Estoy desesperada por que alguien escuche
mi teoría y me diga que no estoy loca.
—He leído algo al respecto —declara al final Mitzi—. Desde un punto de
vista histórico, los niños siempre se han mostrado más receptivos a la
comunidad de los espíritus. La mente de un crío no dispone de todas las
barreras que levantamos los adultos.
—Entonces, ¿es posible?
—Depende. ¿Les has comentado algo a sus padres?
—Son ateos. Piensan…
—Ya, ya lo sé, piensan que son más listos que los demás.
—Quiero investigar más antes de sentarme a hablar con ellos. Intentar atar
cabos. Puede que en estos dibujos haya algo que se solape con la historia de
Annie Barrett. —Me inclino sobre la mesa, hablo más rápido. Ya siento la
cafeína despertándome el sistema nervioso central. Mis pensamientos se
vuelven más nítidos, se me acelera el pulso. El sabor amargo ya no me
molesta y bebo otro sorbo—. Según Teddy, el hombre de los dibujos le robó
una niña a Anya. ¿Sabe si Annie tenía hijos?
—Es una pregunta muy interesante —comenta Mitzi—. Pero la respuesta
te quedará más clara si empiezo por el principio. —Se recuesta contra el
respaldo de la silla, se pone cómoda y se mete una galleta en la boca—. Y
recuerda que Annie Barrett murió antes de que yo naciera. Son solo historias
que oía cuando era pequeña, así que no puedo garantizarte que sean
completamente ciertas.
—No pasa nada. —Bebo otro sorbo de café—. Cuéntemelo todo.
—El propietario original de vuestra casa era un hombre llamado George
Barrett. Trabajaba de ingeniero para DuPont, la empresa química, en
Gibbstown. Estaba casado y tenía tres hijas. Su prima Annie se vino a vivir
aquí en 1946, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Se mudó a tu

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casita de invitados y la utilizaba como una especie de estudio y, a la vez, casa
de huéspedes. Tenía más o menos tu edad y era muy guapa, con el pelo largo
y moreno, toda una preciosidad. Los soldados que vuelven de Europa
empiezan a perder la cabeza por ella, se olvidan por completo de sus novias
del instituto. Se pasan noche y día rondando la casa de George, preguntándole
si su prima tiene un rato para hablar.
»Pero Annie es tímida, es callada y reservada. No sale a bailar ni va al
cine, rechaza todas las invitaciones. Ni siquiera va a la iglesia, cosa que
estaba muy mal vista en aquella época. Se pasa el día encerrada en su casita,
pintando. O paseando por Hayden’s Glen en busca de paisajes que dibujar. Y
así, poco a poco, el pueblo termina poniéndose en su contra. Se corre el rumor
de que es madre soltera, de que dio a su hijo en adopción y se mudó a Spring
Brook deshonrada. Los rumores no hacen más que empeorar. La gente dice
que es bruja y que atrae a todos los maridos hacia el bosque para acostarse
con ellos. —Mitzi se ríe de lo absurda que es la idea—. Porque así es como
hablan las mujeres, ¿no? ¡Estoy segura de que las madres de esta manzana
dicen lo mismo de mí! —Toma otro sorbo de café y continúa—: El caso es
que un día George Barrett se acerca a la casita, llama a la puerta, no obtiene
respuesta. Entra y hay sangre por todas partes. Encima de la cama, por las
paredes. «Hasta en las vigas», le dijo a mi padre. Pero no hay cadáver. No hay
ni rastro de Annie por ninguna parte. George llama a la policía y todo el
pueblo registra el bosque, peina los senderos, pasa redes por el arroyo; se
traen perros de búsqueda y toda la parafernalia. ¿Y sabes lo que encontraron?
Nada. Se había desvanecido. Fin de la historia.
—¿Ha vivido alguien más en la casita desde los años cuarenta?
Mitzi niega con la cabeza.
—Mis padres me contaron que George estuvo a punto de tirarla abajo para
borrar el recuerdo de la tragedia. Al final la convirtió en un cobertizo para
herramientas. Y como ya te dije, cuando yo era pequeña, en los años
cincuenta y sesenta, la llamábamos la Casa del Diablo. Todos le teníamos
miedo. Pero no era más que un cuento, una leyenda urbana en nuestro propio
jardín. Nunca vi nada que me asustara de verdad.
—¿Y los siguientes propietarios? ¿Los que vivieron en la casa después de
la muerte de George?
—Bueno, cuando George murió, su esposa les vendió la casa a Butch y
Bobbie Hercik. Fueron vecinos míos durante cuarenta años. Ellos
construyeron la piscina en la que os bañáis Teddy y tú. Nos llevábamos muy
bien, éramos muy amigos.

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—¿Tenían hijos?
—Tres niñas, dos niños y cero problemas. Y yo era amiga íntima de
Bobbie. Si a sus hijos les hubiera dado por dibujar muertos, me lo habría
contado. —Mitzi bebe otro sorbo de café—. Por supuesto, tuvieron la
sensatez de dejar la casita de invitados tranquila. Puede que, cuando los
Maxwell la arreglaron, perturbasen algo. A lo mejor han liberado algún tipo
de energía hostil.
Me imagino abordando a Ted y a Caroline y advirtiéndoles que han
puesto en libertad a un espíritu malévolo. Tengo bastante claro que
empezarían a buscar una niñera nueva en Craigslist de inmediato. Y ¿qué
haría yo entonces, adonde iría? Los latidos del corazón se me aceleran, como
un motor que se revoluciona en punto muerto, y me llevo una mano al pecho.
Tengo que relajarme.
Tengo que calmarme.
Tengo que dejar de beber café.
—¿Puedo ir al baño?
Mitzi señala de nuevo hacia la sala de estar.
—La primera puerta a la izquierda. La luz se enciende tirando de una
cuerda, la verás.
El cuarto de baño es pequeño y estrecho y tiene una antigua bañera con
patas de garra envuelta entre cortinas de vinilo. En cuanto enciendo la luz, un
pececillo de plata sale huyendo por el suelo de baldosas y desaparece por una
grieta de la lechada. Me inclino sobre el lavabo, abro el grifo y me lavo la
cara con agua fría. Se me estabiliza el ritmo cardíaco y alargo la mano para
coger una toalla de invitados. Sin embargo, descubro que están todas
cubiertas de una fina película de polvo, como si hiciera años que nadie las
toca. Hay un albornoz de rizo rosa colgado de la parte de atrás de la puerta y
recurro a una de sus mangas para secarme la cara.
Entonces abro el botiquín de Mitzi y echo un vistazo rápido. Cuando
estaba en el instituto, siempre husmeaba en los baños de los demás, porque te
sorprendería la cantidad de medicamentos con receta que la gente dejaba
descuidados; robaba pastillas y a veces botes enteros sin que nadie llegara a
sospechar siquiera. Y supongo que, con el corazón desbocado y las piernas
temblorosas, me siento como si hubiera vuelto al instituto. El botiquín de
Mitzi parece una puñetera farmacia: cuatro estantes repletos de bastoncillos y
bolas de algodón, apósitos medicinales y vaselina, pinzas, antiácidos y tubos
medio aplastados de antifúngicos e hidrocortisona. Además de una decena de
botes anaranjados de medicamentos con receta, desde pastillas para el

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colesterol y el tiroides hasta amoxicilina y eritromicina. Y muy muy muy al
fondo, escondida detrás de todo lo demás, está mi vieja amiga la oxicodona.
Tenía la corazonada de que encontraría unas cuantas pastillas. Hoy en día,
casi todo el mundo tiene oxicodona en su casa, un bote a medio terminar que
le sobró tras una intervención quirúrgica menor. Y poca gente se da cuenta
cuando esas pastillas desaparecen…
Quito el tapón y escudriño el interior del bote: vacío. Entonces Mitzi da
unos golpecitos con los nudillos en la puerta y casi se me cae todo al lavabo.
—Sujeta bien la manilla cuando tires de la cadena, ¿vale? La cisterna no
va bien.
—Vale —le digo—. Tranquila.
Y, de repente, estoy furiosa conmigo misma por fisgonear, por reincidir.
Siento que Mitzi me ha pillado con las manos en la masa. Le echo la culpa al
café, no tendría que habérmelo tomado. Dejo el bote de nuevo en su sitio,
abro el grifo y bebo largos tragos de agua fría con la esperanza de diluir las
toxinas de mi organismo. Estoy avergonzada: diecinueve meses sobria y
husmeando en el botiquín de una anciana. ¿Qué diablos me está pasando?
Tiro de la cadena y no suelto la manilla hasta que cae toda el agua.
Cuando vuelvo a la cocina, Mitzi me está esperando con un tablero de
madera cubierto de letras y números encima de la mesa. Me doy cuenta de
que es una especie de ouija, pero no se parece en nada a los endebles juegos
de cartón que recuerdo de las fiestas de pijamas de la infancia. Es un grueso
bloque de arce grabado con símbolos arcanos. Se parece más a una tabla de
cortar que a un juguete.
—He pensado una cosa —me dice Mitzi—: si hay un espíritu que quiere
decirte algo, eliminemos al intermediario. Mejor nos saltamos a Teddy y
contactamos con ella.
—¿Cómo una sesión de espiritismo?
—Prefiero el término «reunión». Pero aquí no. Obtendremos mejores
resultados en tu casa. ¿Te parece bien mañana?
—Tengo que cuidar de Teddy.
—Claro, ya lo sé, pero es que necesitamos que Teddy participe. El espíritu
se ha unido a él. Tendremos muchas más oportunidades de establecer
comunicación si el niño está con nosotras.
—Ni hablar, Mitzi. No puedo.
—¿Por qué no?
—Sus padres me matarían.
—Ya hablo yo con ellos.

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—No, no, no —le pido, y el pánico me tiñe la voz—. Me ha prometido
que no les diría nada. Por favor, Mitzi, no puedo perder este trabajo.
—¿Por qué estás tan preocupada?
Le cuento lo de las «Normas de la casa» durante mi entrevista de trabajo,
que me han contratado para enseñar ciencia, no religión ni supersticiones.
—No puedo llevar a Teddy a una sesión de espiritismo. Si estornuda, ni
siquiera puedo decirle «Jesús».
Mitzi les da unos golpecitos con el dedo a los dibujos.
—Estos dibujos no son normales, cariño. En esa casa está pasando algo
raro.
Recojo las creaciones de Teddy, las guardo en mi bolso y le doy las
gracias a Mitzi por el café. El pulso se me está acelerando de nuevo: más
palpitaciones. Le agradezco el consejo a mi anfitriona y abro la puerta trasera
para irme.
—Usted no les diga nada, ¿vale? Confío en que me guarde el secreto.
Cubre su tablero de madera con una funda de terciopelo negro.
—Mi oferta sigue en pie si cambias de opinión. Y te garantizo que lo
harás.

Estoy de vuelta en la casita de invitados antes de las ocho de la tarde, y a las


cuatro de la mañana sigo despierta. Es imposible dormir. El café ha sido un
error tremendo. Pruebo todos los trucos habituales —respiraciones profundas,
un vaso de leche tibia, una larga ducha caliente—, pero nada me ayuda. Los
mosquitos son implacables y la única manera de acallarlos es tapándome la
cabeza con las sábanas y dejando al descubierto los pies descalzos. Estoy muy
decepcionada conmigo misma. Es increíble que me haya puesto a rebuscar en
su puñetero botiquín. Doy vueltas y más vueltas en la cama y me obsesiono
con los dos minutos que he pasado en el baño de Mitzi, intentando determinar
el momento exacto en que mi cerebro activó el piloto automático. Me creía
capaz de controlar mi adicción, pero, al parecer, sigo siendo Mallory-
Cualquier-Cosa-Por-Un-Tiro, sigo asaltando los botiquines en busca de
maneras de colocarme.
La alarma me despierta a las siete de la mañana, me siento grogui y
avergonzada… y decidida a no recaer de nuevo.
Se acabó el café, para siempre.
Se acabó la obsesión con los dibujos.
Y se acabó el hablar de Annie Barrett.

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Por suerte, cuando llego a la casa grande, hay una nueva crisis para
distraerme. Los lápices de carboncillo favoritos de Teddy han desaparecido y
no los encuentra por ninguna parte. Vamos dando un paseo hasta la tienda de
manualidades para comprarle unos nuevos y, en cuanto volvemos a casa, sube
corriendo a su habitación para la hora de descanso. Yo sigo agotada por mi
noche de insomnio, así que me arrastro hasta la sala de estar y me desplomo
en el sofá. Mi intención es cerrar los ojos durante solo unos minutos, pero una
vez más Teddy tiene que sacudirme para que me despierte.
—¡Te has echado la siesta otra vez!
Me pongo en pie de un salto.
—Perdona, Osito Teddy.
—¿Vamos a bañarnos?
—Pues claro. Ponte el bañador.
Me siento mil veces mejor. He dormido el tiempo justo para recargar las
pilas, para volver a una normalidad estándar. Teddy se va corriendo a por su
bañador y veo que ha dejado otro dibujo bocabajo en la mesita de café. Y sé
que tendría que dejarlo ahí. Dejar que sean sus padres quienes se ocupen de
él. Pero no puedo evitarlo. Me puede la curiosidad. Le doy la vuelta al papel y
podría decirse que esto es la gota que colma el vaso.
Sé que hay muchos tipos de padres: padres liberales y padres
conservadores, padres ateos y padres religiosos, padres helicóptero y padres
adictos al trabajo y padres totalmente tóxicos. Y sé que todos estos padres
distintos tienen ideas muy dispares sobre la mejor manera de criar a los hijos.
Pero cuando analizo el dibujo y veo a Anya con los ojos cerrados y apretados
y dos manos estrujándole el cuello con fuerza… Bueno, creo que todos los
padres estarían de acuerdo en que esto es una puta locura.

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9

Caroline vuelve del trabajo a las cinco y media y resisto la tentación de


emboscarla en cuanto entra por la puerta. Está ocupada, distraída, tiene que
saludar a su hijo y empezar a preparar la cena. Por eso, cuando me pregunta
por nuestro día, me limito a sonreír y le digo que todo va bien.
Salgo a correr, pero sigo cansada de la noche anterior y me rindo al cabo
de treinta minutos. Paso por el Castillo de las Flores, pero no hay rastro ni de
Adrián ni de su familia. Vuelvo a casa y me ducho; caliento un burrito
congelado en el microondas e intento perderme en una película de Hallmark.
Pero estoy demasiado distraída para concentrarme. Mi mente vuelve una y
otra vez al último dibujo, a la imagen de las manos que le aprietan la garganta
a Anya con todas sus fuerzas.
Espero hasta las nueve, hasta que no me cabe duda de que Teddy estará
dormido en su habitación. Entonces cojo los tres dibujos más recientes y salgo
de la casita. El viento me trae unas voces que susurran y reconozco a dos
figuras sentadas en el exterior, junto a la piscina. Ted y Caroline van vestidos
con sendas batas blancas y comparten una botella de vino. Parecen una de
esas parejas felices que salen en los anuncios de cruceros, como si acabaran
de embarcarse en una travesía de siete días en un crucero de Royal Caribbean.
Caroline está recostada sobre el regazo de Ted y él le masajea los hombros
con suavidad.
—Solo un chapuzón rápido —le sugiere él—. Para relajarte.
—Ya estoy relajada.
—Entonces, ¿vamos subiendo?
—¿Y qué pasa con Teddy?
—¿Cómo que qué pasa con Teddy? Está dormido.
Avanzo con ligereza por la hierba suave y mullida y ya he cruzado medio
jardín cuando piso un aspersor con el talón. Se me tuerce el tobillo, me caigo
sobre el coxis y me golpeo el codo contra el suelo. No puedo evitarlo: grito de
dolor.

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Caroline y Ted se acercan corriendo por el jardín.
—¿Mallory? ¿Estás bien?
Me estoy tapando el codo con la mano; el dolor es tan repentino y
punzante que estoy segura de que estoy sangrando. Pero, cuando aparto los
dedos para mirar, veo que la piel solo está magullada, no abierta.
—Estoy bien. Solo me he tropezado.
—Tenemos que acercarte a la luz —dice Ted—. ¿Puedes ponerte de pie?
—Solo necesito un minuto.
Ted no espera. Me pasa un brazo por debajo de las rodillas, se yergue y
me levanta como si fuera una cría. Me lleva hasta la zona de la piscina y me
deposita con delicadeza en una silla del patio.
—Estoy bien —les aseguro—. De verdad.
Caroline me inspecciona el codo de todas maneras.
—¿Qué hacías en el jardín? ¿Necesitabas algo?
—Puede esperar.
Pese a todo, he conseguido no soltar ninguno de los tres dibujos y
Caroline los ve.
—¿Los ha hecho Teddy?
En este preciso instante, decido que ya no tengo nada que perder.
—Me ha pedido que no os los enseñe. Pero creo que convendría que les
echarais un vistazo.
Caroline mira los dibujos y se le demuda la cara. Luego le mete los
papeles en la mano a su marido con brusquedad.
—Esto es culpa tuya —le suelta.
Ted ve el primer dibujo y se echa a reír.
—Madre mía. ¿A esta persona la están estrangulando?
—Sí, Ted, la están asesinando y están arrastrando su cadáver por un
bosque, y me gustaría saber de dónde ha sacado esas ideas tan horribles
nuestro dulce hijito.
Ted levanta ambas manos en señal de rendición.
—Los hermanos Grimm —me explica—. Le leo un cuento diferente cada
noche.
—Y no son las versiones de Disney —me dice Caroline—. Las historias
originales son mucho más violentas. ¿Sabes esa escena de Cenicienta en la
que la hermanastra malvada se prueba el zapatito de cristal? En el original, se
corta los dedos de los pies para que le entre. El zapatito se llena de sangre. ¡Es
horroroso!
—Es un niño, Caroline. ¡A los niños les encantan esas cosas!

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—Me da igual. No es sano. Mañana iré a la biblioteca y sacaré unos
cuantos libros de cuentos de Disney. Sin estrangulamientos, sin asesinatos,
solo diversión sana y apta para todos los públicos.
Ted inclina la botella de vino y se sirve una copa extragrande.
—Eso es justo lo que yo entiendo por horror —replica—. Pero ¿qué sé
yo? Al fin y al cabo, no soy más que el padre del niño.
—Y yo la psiquiatra colegiada.
Me miran como a la espera de que elija un bando, de que decrete cuál de
los dos padres tiene razón.
—No creo que tenga nada que ver con un cuento de hadas —les contesto
—. Teddy dice que saca estas ideas de Anya. Que es Anya quien le dice lo
que tiene que dibujar.
—Pues claro, a ver qué va a decir si no —responde Caroline—. Sabe
perfectamente que estos dibujos nos parecerán intolerables. Sabe que está mal
dibujar a mujeres estranguladas, asesinadas y enterradas. Pero, si Anya le dice
que no pasa nada, entonces tiene permiso para hacerlos. Es capaz de alcanzar
una especie de disonancia cognitiva.
Ted asiente a las palabras de su mujer, como si todo siguiera una lógica
impecable, pero yo no tengo ni idea de qué está diciendo. ¿Disonancia
cognitiva?
—Según Teddy, está dibujando la historia de Anya. Dice que el hombre
de los dibujos le robó una niña a Anya.
—Eso es un clásico de los hermanos Grimm —explica Ted—. En la mitad
de sus cuentos hay niños desaparecidos. «Hansel y Gretel», «El flautista de
Hamelin», «La muerte madrina…».
—¿«La muerte madrina»? —Caroline niega con la cabeza—. Por favor,
Ted. Esos cuentos son demasiado fuertes. Tienes que dejar de contárselos.
Ted echa otro vistazo a los dibujos y por fin se rinde.
—Vale, de acuerdo. A partir de ahora, me limitaré a los del Dr. Seuss. O a
los de Richard Scarry. Pero me niego a leerle esos horribles Osos Berenstain,
ahí está mi límite. —Le pasa un brazo por los hombros a Caroline y la
estrecha contra él—. Tú ganas, cariño, ¿vale?
Y actúa como si el asunto ya estuviera resuelto, como si hubiera llegado el
momento de que todos entráramos y diésemos la noche por finalizada. Pero
me preocupa que, si no hago la pregunta ahora, quizá no se me vuelva a
presentar la oportunidad.
—Se me acaba de ocurrir otra posibilidad —les digo—. ¿Y si Anya es
Annie Barrett?

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Caroline está confusa.
—¿Quién?
—La mujer a la que asesinaron en la casita. En la década de 1940. ¿Y si
Teddy se va a su dormitorio en la hora de descanso y se comunica con su
espíritu?
Ted rompe a reír como si lo que acabo de decir fuera un chiste y Caroline
le lanza otra mirada de enfado.
—¿Lo dices en serio? ¿Te refieres a un fantasma o algo así?
Ahora ya no hay vuelta atrás. Tengo que presentar mi caso:
—Los nombres son muy parecidos. Annie y Anya. Además, me dijisteis
que en Barcelona a Teddy no le gustaba nada dibujar, pero que, en cuanto
volvisteis a Estados Unidos y os mudasteis a esta casa en la que Annie Barrett
desapareció, empezó a dibujar como un loco. Esas fueron tus palabras
exactas: «como un loco».
—Solo fue una forma de decir que tiene una imaginación muy activa.
—Pero habla con alguien. En su habitación. Me pongo a escuchar junto a
la puerta y mantiene largas conversaciones con alguien.
Caroline entorna los ojos.
—¿Y también oyes al fantasma? ¿Oyes la voz triste y siniestra de Annie
Barrett dándole indicaciones artísticas a mi hijo? —Reconozco que no y
Caroline reacciona como si eso demostrara algo—. Porque está hablando
consigo mismo, Mallory. Es un signo de inteligencia. Los niños superdotados
lo hacen mucho.
—Pero ¿qué me dices del resto de sus problemas?
—¿Problemas? ¿Teddy tiene problemas?
—Moja la cama. Se pone la misma camiseta de rayas todos los días. Se
niega a jugar con otros niños. Y ahora dibuja a una mujer a la que están
asesinando. Si sumas todo eso, Caroline, no sé. Estoy preocupada. Creo que
tendríais que llevarlo al médico.
—Yo soy médico —masculla Caroline, y, demasiado tarde, advierto que
he metido el dedo en la llaga.
Ted coge la copa de vino de su mujer y se la llena.
—Toma, cariño.
Ella la rechaza con un gesto de la mano.
—Soy más que capaz de evaluar el estado de la salud mental de mi hijo.
—Lo sé…
—¿Ah, sí? Pues no lo parece.

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—Solo estoy preocupada. Teddy es un niño muy cariñoso, noble e
inocente. Pero es como si estos dibujos vinieran de otro sitio. Me resultan
sucios. Impuros. Mitzi cree…
—¿Mitzi? ¿Le has enseñado estos dibujos a Mitzi?
—Cree que a lo mejor alterasteis algo. Cuando renovasteis la casita de
huéspedes.
—¿Has hablado con Mitzi antes de acudir a nosotros?
—¡Porque sabía que reaccionarías así!
—Si te refieres a racionalmente, entonces sí, tienes razón, no me creo ni
una palabra de lo que dice esa mujer. Y tú tampoco deberías. Es una yonqui,
Mallory. ¡Es una puta colgada de mierda!
Y las palabras se quedan suspendidas en el aire entre nosotros. Nunca
había oído a Caroline decir palabrotas. Nunca la había oído usar ese tipo de
lenguaje para referirse a un adicto.
—Mira —interviene Ted—, agradecemos tu preocupación, Mallory. —Le
pone una mano en la rodilla a su esposa—. ¿Verdad, cariño? Creemos sin
reservas en el valor de la comunicación sincera.
—Pero no vamos a culpar a los fantasmas de que Teddy moje la cama —
declara Caroline—. Lo entiendes, ¿no? El estado me quitaría la licencia para
ejercer. Mojar la cama es normal. Ser tímido es normal. Tener una compañera
de juegos imaginaria es normal. Y estos dibujos…
—¿Mamá?
Todos nos volvemos y ahí está Teddy, al otro lado de la valla de la
piscina, vestido con su pijama de camiones de bomberos y aferrado a su
muñeco de Godzilla. No tengo ni idea de cuánto rato lleva ahí esperando ni de
cuánto ha oído.
—No puedo dormir.
—Vuelve a tu habitación e inténtalo otra vez —le responde Caroline.
—Es tarde, campeón —insiste Ted.
El niño se mira los pies descalzos. La luz de la piscina proyecta un brillo
azul turbio sobre su cuerpo. Parece angustiado, como si no quisiera volver
solo.
—Venga —le apremia Caroline—. Dentro de veinte minutos iré a ver
cómo estás. Pero tienes que intentarlo solo.
—Y una cosa más, peque —le dice Ted—. Se acabaron los dibujos de
Anya, ¿vale? Estás asustando a Mallory.
Teddy se vuelve hacia mí, dolido, con los ojos abiertos como platos por la
traición.

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—No, no, no —le digo—. No pasa nada…
Ted levanta los tres dibujos.
—A nadie le apetece ver estas cosas, cielo. Dan demasiado miedo. A
partir de ahora, dibuja cosas bonitas, ¿vale? Caballos, girasoles.
Teddy se da la vuelta y echa a correr por el césped.
Caroline mira a su marido con el ceño fruncido.
—No tendrías que habérselo dicho así.
Ted se encoge de hombros y bebe otro sorbo de vino.
—Alguien tenía que decírselo, tarde o temprano. Empieza el colegio
dentro de dos meses. ¿Crees que sus profesores no tendrán las mismas
preocupaciones?
Caroline se pone de pie.
—Me voy dentro.
Yo también me levanto.
—Caroline, lo siento. No pretendía ofenderte. Solo estaba preocupada.
No se detiene ni se da la vuelta, se limita a seguir caminando por el
césped hacia la casa.
—No pasa nada, Mallory. Buenas noches.
Pero está claro que sí pasa algo. Esto es aún peor que la última vez que me
gritó. Está tan enfadada que ni siquiera me mira. Y me siento ridícula por
echarme a llorar, pero no puedo evitarlo.
¿Por qué he tenido que mencionar a Mitzi?
¿Por qué no he sido capaz de cerrar el pico?
Ted me acerca a él y deja que le apoye la cabeza en el pecho.
—Oye, no pasa nada, solo has sido sincera. Pero, cuando se trata de criar
a los hijos, la madre siempre tiene razón. Incluso cuando se equivoca.
¿Entiendes lo que quiero decir?
—Es que me preocupa…
—Déjale las preocupaciones a Caroline. Ya se preocupará ella bastante
por las dos. Es muy protectora con Teddy, ¿no lo has notado? Nos costó
mucho tiempo tenerlo. Fue muy duro. Y esa experiencia… supongo que le
dejó un sentimiento de inseguridad. Y ahora, además de todo eso, ha vuelto al
trabajo, ¡una razón más para sentirse culpable! Así que, cada vez que algo va
mal, mi mujer se lo toma de una manera muy personal.
No me lo había planteado antes, pero todo lo que me está diciendo Ted
suena veraz. Por las mañanas, cuando Caroline sale corriendo por la puerta
hacia el trabajo, siempre parece culpable por tener que marcharse de casa.
Puede que incluso celosa de que sea yo quien se queda y prepara magdalenas

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con Teddy. He estado tan ocupada admirando a Caroline que nunca me había
parado a pensar que tal vez me tenga envidia.
He conseguido recuperar el aliento y dejar de llorar. Ted está ansioso por
volver a su casa, por ver a su mujer, y yo tengo una petición más antes de que
se vaya. Le entrego los tres dibujos y me eximo de toda responsabilidad.
—¿Te importaría llevártelos para que no tenga que verlos más?
—Para nada. —Ted dobla las páginas por la mitad y luego las rompe en
pedazos—. No tendrás que volver a ver estos dibujos.

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Duermo mal y me despierto sintiéndome fatal. Caroline Maxwell me ha


tratado mejor de lo que merezco —me ha acogido en su casa, me ha confiado
a su hijo, me ha dado todo lo que necesito para empezar una nueva vida— y
no soporto saber que está enfadada conmigo. Me quedo tumbada en la cama
imaginando cien formas diferentes de pedirle perdón. Y llega un momento en
que no puedo seguir posponiéndolo, tengo que salir de la cama y enfrentarme
a ella.
Cuando llego a la casa principal, Teddy está debajo de la mesa de la
cocina, en pijama, jugando con sus piezas de construcción de Lincoln Logs.
Caroline está junto al fregadero de la cocina, lavando los platos del desayuno,
y me ofrezco a sustituirla.
—También quería decirte que lo siento.
Caroline cierra el grifo.
—No, Mallory, soy yo la que lo siente. Había bebido demasiado vino y
me equivoqué al perder los nervios contigo. Llevo toda la mañana dándole
vueltas al tema.
Abre los brazos, me rodea con ellos y las dos nos disculpamos de nuevo,
al mismo tiempo. Y entonces nos reímos juntas y sé que todo irá bien.
—Sigues siendo bienvenida aquí, en la casa principal —me recuerda—.
Podrías instalarte en el dormitorio contiguo al de Teddy. Te lo tendría
preparado en un día.
Pero no quiero causarle más molestias.
—La casita es perfecta —le aseguro—. Me encanta vivir ahí fuera.
—Vale, pero si cambias de opinión…
Le quito el paño de cocina de la mano y señalo el reloj del microondas
con un gesto de la cabeza. Son las 7:27 y sé que a Caroline le gusta estar en
marcha a las 7:35, antes de que el tráfico se vuelva horrendo.
—Ya termino yo —le digo—. Vete a disfrutar de tu día.

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Caroline se va a trabajar y yo me pongo manos a la obra. En realidad, no
hay mucho que fregar, solo unas cuantas tazas, cuencos de cereales y las
copas de vino de la noche anterior. Después de meterlo todo en el lavavajillas,
me pongo a cuatro patas y gateo hasta meterme bajo la mesa de la cocina.
Teddy ha construido una granja de dos pisos con los Lincoln Logs y ahora la
está rodeando de diminutos animales de plástico.
—¿A qué estamos jugando?
—Son una familia. Viven juntos.
—¿Puedo ser el cerdo?
Se encoge de hombros.
—Si quieres.
Empiezo a mover el cerdo entre el resto de los animales mientras hace
piii, piii, piii, como si fuera un coche. Normalmente a Teddy le encanta esta
broma. Le encanta que haga que los animales toquen el claxon como un
camión o traqueteen como un tren, ¡chu, chu! Pero esta mañana me da la
espalda. Y, por supuesto, sé lo que le pasa.
—Oye, Teddy. Quiero hablar contigo de lo que ocurrió anoche. Creo que
tu padre me malinterpretó, porque adoro todos tus dibujos. Incluso los de
Anya. Siempre tengo muchas ganas de ver lo que has creado.
Teddy acerca un gato de plástico a una pata de la mesa y lo empuja hacia
arriba, como si estuviera trepando a un árbol. Intento situarme delante de él,
forzar el contacto visual, pero el niño se vuelve hacia otro lado.
—Quiero que sigas compartiendo tus dibujos conmigo, ¿vale?
—Mamá me ha dicho que no lo haga.
—Pero yo te digo que sí. No pasa nada.
—Dice que no estás bien y que los dibujos que dan miedo podrían ponerte
enferma de nuevo.
Me yergo tan rápido que me doy un golpe en la cabeza contra la parte
inferior de la mesa. El dolor es ardiente y, durante unos segundos, no puedo
moverme. Solo puedo cerrar los ojos con fuerza y llevarme la mano al cuero
cabelludo.
—¿Mallory?
Abro los ojos y veo que por fin me está prestando atención. Parece
asustado.
—Estoy bien —le respondo—. Y necesito que me escuches muy
atentamente. Nada de lo que hagas me llevará a ponerme enferma. No tienes
que preocuparte por eso. Estoy más que sana.

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Teddy hace que un caballo me suba galopando por la pierna y me lo
aparca en la rodilla.
—¿Te has hecho mucho daño en la cabeza?
—No, tranquilo —le digo, aunque me palpita una barbaridad y noto que
me está saliendo un chichón—. Solo tengo que ponerme algo encima.

Paso los siguientes minutos sentada a la mesa de la cocina, presionándome


contra la coronilla una bolsa tamaño sándwich llena de hielo. A mis pies,
Teddy sigue jugando con sus animales de granja. Cada criatura tiene voz y
personalidad propias. Están el señor Cabra, que es un testarudo, y Mamá
Gallina, la mandona; un valiente semental negro y un patito muy tonto; más
de una decena de personajes en total.
—No quiero hacer mis tareas —protesta el caballo.
—Pero las normas son las normas —le contesta Mamá Gallina—. ¡Todos
tenemos que cumplirlas!
—No es justo —se queja el señor Cabra.
Y continúa hablando sin parar: la conversación pasa de las tareas a la
comida y de la comida a un tesoro secreto enterrado en el bosque, detrás del
granero. Me impresiona la capacidad de Teddy para recordar los distintos
personajes y sus respectivas voces. Pero, como no podía ser de otra manera,
esto es justo lo que Ted y Caroline llevan repitiéndome desde el principio: su
hijo tiene una imaginación extremadamente activa. Punto.

Esa misma tarde, cuando Teddy sube a su habitación para la hora de


descanso, espero unos minutos antes de seguirlo. Cuando pego la oreja a la
puerta de su dormitorio, ya está en plena conversación.
—… también podríamos construir un fuerte.
—O jugar al pillapilla.
—………………
—No, no puedo. No me dejan.
—………………………
—Me han dicho que no.
—……………… ………………… ………………… ………………
………………… ………………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………

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……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……
—Lo siento, pero…
—……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… …………………
………………… ……………… ……………… ………………
……………… …………
—No te entiendo.
—……………… ……………… ……………… ………………
…………… ……………… ……………… ……………… ………………
………………… ………………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… …………
Entonces Teddy se echa a reír, como si ella le hubiera propuesto algo
ridículo.
—Supongo que podríamos intentarlo.
—……………… ……………… ……………… ………………
……………… ………………… ……………… ………………
………………… ………………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………
—¿Cómo lo…? Vale. Muy bien.
—……………… ……………… ……………… ………………
……………… …………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ……………… ……………… ………………
……………… ……………… ………………
…………………………………
—¡Uy, está frío!
Ya no vuelve a hablar después de eso, pero, cuando aguzo el oído para
intentar enterarme de qué está pasando, detecto una especie de susurro, el
ruido de un lápiz que roza un papel.
¿Está dibujando?
¿Está dibujando otra vez?
Bajo las escaleras, me siento a la mesa de la cocina y espero.
Por lo general, la hora de descanso no dura mucho más de eso, una hora,
pero esta vez Teddy se queda en su habitación el doble de tiempo. Y, cuando

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finalmente baja a la cocina, lo hace con las manos vacías.
Le sonrío.
—¡Por fin!
Se encarama a una silla de la cocina.
—Hola.
—¿Hoy no hay dibujo?
—¿Puedo comer queso y galletas saladas?
—Claro.
Me acerco al frigorífico y le preparo un plato.
—Bueno, ¿qué has estado haciendo arriba?
—¿Me das leche?
Le sirvo una taza pequeña de leche y lo llevo todo a la mesa de la cocina.
Cuando estira la mano para coger una galleta salada, me fijo en que tiene las
palmas y los dedos cubiertos de manchurrones negros.
—Creo que tendrías que lavarte las manos —sugiero—. Parece que las
tienes manchadas de lápiz.
Se acerca corriendo al fregadero y se las lava sin hacer ningún
comentario. Luego vuelve a la mesa y empieza a comerse las galletas saladas.
—¿Quieres jugar con los LEGO?
Los siguientes días son bastante normales. Teddy y yo llenamos las horas
con LEGO y espectáculos de marionetas, con plastilina PlayDoh y
manualidades Shrinky Dinks, con libros para colorear y construcciones de
Tinkertoys e interminables excursiones al supermercado. Es valiente y
aventurero con la comida y le gusta probar alimentos extraños y exóticos.
Algunos días vamos paseando hasta el Wegmans y compramos jicama o un
kumquat, solo para ver a qué saben.
Es uno de los niños más curiosos que he conocido y le encanta desafiarme
con preguntas imponderables: ¿Por qué hay nubes? ¿Quién inventó la ropa?
¿Cómo funcionan los caracoles? Me paso el día echando mano del móvil para
consultar la Wikipedia. Una tarde, en la piscina, Teddy me señala el pecho y
me pregunta por qué tengo unos bultos que se me marcan con el bañador. No
le doy mucha importancia. Le contesto que son parte de mi cuerpo y que el
agua fría los endurece.
—Tú también los tienes —le digo.
Se ríe.
—¡No, mentira!
—¡Que sí! Todo el mundo los tiene.

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Más tarde, cuando me estoy quitando el cloro en la ducha exterior, lo oigo
llamar a la puerta de madera.
—Oye, Mallory…
—¿Sí?
—¿Te ves tus partes?
—¿A qué te refieres?
—Si miras hacia abajo, ¿te las ves?
—Es difícil de explicar, Teddy. ¿No del todo?
Hay un silencio largo.
—Entonces, ¿cómo sabes que están ahí?
Me alegro de que haya una puerta entre nosotros, porque así no me verá
reírme.
—Lo sé sin más, Teddy. Estoy segura de que están ahí.
Esa noche le cuento el incidente a Caroline y, en lugar de reírse, se
muestra alarmada. Al día siguiente vuelve a casa con una pila enorme de
libros ilustrados con títulos como ¡Es perfectamente normal! y ¿De dónde
vine? Son mucho más explícitos que los libros que yo tuve de pequeña. Hay
definiciones detalladas del sexo anal, el cunnilingus y la expresión de género.
Con dibujos a todo color y demás. Comento que me parece demasiado para
una criatura de cinco años, pero Caroline no está de acuerdo. Dice que es
biología humana básica y que quiere que Teddy conozca esas realidades a una
edad temprana para que después no reciba información errónea de sus
amigos.
—Lo entiendo, pero ¿el cunnilingus? Tiene cinco años.
Caroline le echa un vistazo a la cruz que llevo colgada del cuello, como si,
por alguna razón, ese fuera el problema.
—La próxima vez que tenga preguntas, mándamelo a mí. Quiero
respondérselas yo.
Intento asegurarle que soy muy capaz de responder a las preguntas de
Teddy, pero me deja claro que la conversación ha terminado. Ya está
abriendo los armarios de la cocina y sacando con gran estruendo cazuelas y
sartenes para preparar la cena. Es la primera noche desde hace tiempo que no
me invita a quedarme para compartirla con ellos.

Los ratos de descanso de dos horas son cada vez más frecuentes y no sé a qué
dedica Teddy ese tiempo. A veces me acerco a su puerta y lo oigo hablar solo,
extraños fragmentos de conversación sin sentido. O lo oigo afilar lápices o

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arrancar páginas de su bloc de dibujo encuadernado en espiral. Está claro que
sigue dibujando… y que, de alguna manera, nos oculta el resultado a sus
padres y a mí.
Así que el viernes por la tarde decido fisgonear un poco. Espero a que
Teddy vaya al baño, porque sé que entonces tendré por lo menos diez o
quince minutos (pasa mucho rato sentado, hojeando un montón de libros
ilustrados). En cuanto lo oigo cerrar la puerta, subo corriendo al primer piso.
Teddy tiene un dormitorio muy soleado que siempre huele un poco a
orina. Hay dos ventanas grandes que dan al jardín trasero y Caroline me ha
dado instrucciones de que las mantenga abiertas todo el día, aunque tengamos
puesto el aire acondicionado central, creo que porque eso ayuda a reducir el
olor. Las paredes están pintadas de un alegre color azul cielo y adornadas con
pósteres de dinosaurios, tiburones y personajes de La LEGO película. El
mobiliario de Teddy consiste en una cama, una estantería baja y una cómoda,
así que cualquiera pensaría que registrar su habitación sería una tarea rápida.
Sin embargo, tengo bastante experiencia escondiendo cosas. Durante mi
primer año de consumo de oxicodona, aún vivía en casa y tenía pequeños
alijos de pastillas y de parafernalia relacionada con las drogas diseminados
por todo mi cuarto, embutidos en lugares en los que a mi madre jamás se le
ocurriría buscar.
Retiro la alfombra, aparto los libros de ilustraciones, saco los cajones de
la cómoda y miro dentro de las cavidades vacías. Sacudo las cortinas y me
subo a la cama para inspeccionar bien la doselera. Hurgo entre la montaña de
peluches apilados en un rincón de la habitación: un delfín rosa, un burro gris
deshilachado, una decena de Beanie Babies de Ty. Quito las sábanas, meto la
mano debajo del sobrecolchón y, por último, levanto el colchón entero del
armazón y lo pongo de lado para tener una visión clara del suelo.
—¿Mallory? —Teddy me llama desde el otro lado de la puerta del aseo de
la planta baja—. ¿Puedes traerme papel higiénico?
—¡Un segundo!
Aún no he terminado. Todavía tengo que registrar el armario. Rebusco
entre las adorables prendas que nunca convencemos a Teddy de que se ponga:
preciosas camisas con cuello, pantalones chinos y vaqueros de diseño en
miniatura, cinturones de cuero diminutos para su cintura de cincuenta y cinco
centímetros. Atisbo tres juegos de mesa en el estante superior del armario
—Cluedo, Ratonera y Sorry!— y estoy segura de haber encontrado la cueva
del tesoro. Pero entonces abro las cajas y sacudo los tableros y lo único que
veo son fichas y tarjetas de juego. Ni un dibujo.

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—¿Mallory? ¿Me has oído?
Vuelvo a guardar los juegos de mesa en el armario, cierro la puerta y
compruebo que la habitación sigue más o menos como antes de que entrara.
Luego cojo un rollo de papel higiénico del lavadero y bajo a toda prisa al
baño de la planta baja.
—Aquí tienes —le digo.
Abre un poco la puerta, lo justo para que pueda pasarle el papel.
—¿Dónde estabas? —pregunta.
—Recogiendo un poco la casa.
—Vale.
Cierra de nuevo y oigo el clic del pestillo de botón.

Me paso el fin de semana convencida de que me estoy comportando como


una paranoica. No tengo pruebas de que Teddy siga dibujando. Los rasgueos
que oigo en su habitación podrían ser cualquier cosa. Las motas negras de los
dedos podrían ser tierra de nuestros proyectos de jardinería o la mugre
habitual en un niño de cinco años. Todo lo demás parece ir bien, así que ¿de
qué me preocupo?
El lunes por la mañana, me despierto con el ruido de los camiones de
recogida de desechos mientras llevan a cabo su lento y estrepitoso avance por
la calle Edgewood. Vienen dos veces a la semana: los lunes para vaciar los
contenedores de reciclaje y los jueves para recoger la basura normal. Y en ese
instante caigo en la cuenta del único sitio en el que no se me ocurrió buscar:
la papelera del despacho que Ted tiene en la primera planta. Teddy tiene que
pasar por delante de él para llegar a las escaleras. Sería un buen sitio para
deshacerse de los dibujos al salir de su dormitorio.
Me levanto de la cama de un salto, agradecida por haber dormido en
pantalones cortos y camiseta, y salgo corriendo por la puerta hacia el césped.
La hierba aún está mojada por el rocío de la mañana y casi me resbalo al
doblar la esquina de la casa. El camión está a tres puertas, de modo que solo
tengo un minuto. Corro hasta el final del camino de entrada, hasta donde Ted
saca los contenedores azules —uno para el metal y el vidrio, el otro para el
papel y el cartón— todos los domingos por la noche. Meto las manos hasta el
fondo, entre jirones de correo basura y facturas de servicios públicos, menús
de comida para llevar y extractos de tarjetas de crédito, y una pila enorme de
catálogos de venta por correo: Title Nine, Lands’ End, L. L. Bean, Vermont
Country Store. Llegan cada día por decenas.

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El camión de reciclaje se detiene a mi lado y un tipo delgado que lleva
puestos unos guantes de trabajo me sonríe. Tiene un tatuaje de un dragón
enroscado en torno al bíceps.
—¿Se le ha perdido algo?
—No, no —le digo—. Ya puede llevárselo.
Pero entonces el hombre agarra el contenedor y todos los papeles del
interior se desplazan hasta dejar al descubierto una bola gigante de papel
arrugado, con los típicos bordes de confeti de los dibujos de Teddy.
—¡Espere!
Me acerca el contenedor para que pueda coger la bola y me la llevo de
vuelta a la casita por el camino de entrada.
Una vez dentro, hiervo agua, me preparo una taza de té y me siento a
examinar los papeles. Es casi como pelar una cebolla. Hay nueve hojas en
total e intento alisarles las arrugas con la palma de la mano. Los primeros
dibujos no se parecen a nada. Son solo garabatos. Pero, a medida que voy
pasando las páginas, veo más control y más detalles. La composición mejora.
Hay luces y sombras. Es como el cuaderno de bocetos de una extraña obra en
proceso de creación; hay varias páginas repletas de dibujos, muchos de ellos a
medio terminar.

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Y lo siento mucho, pero es imposible que estos dibujos los haya hecho Teddy.
La mayoría de los adultos no son capaces de dibujar así de bien, así que
mucho menos un niño de cinco años que duerme con animales de peluche y
solo sabe contar hasta veintinueve.
Pero ¿cómo han acabado si no en el contenedor de reciclaje?
¿Los ha hecho Ted? ¿O Caroline?
¿Acaso los Maxwell estudian ilustración en su tiempo libre?
Todas mis preguntas llevan a más preguntas y no tardo en desear con
todas mis fuerzas no haberme levantado de la cama. Ojalá hubiera dejado que
los camiones de recogida de desechos se llevaran las pistas, porque así no
tendría que preguntarme qué significan.
Paso el lunes aturdida —LEGO, macarrones con queso, hora de descanso,
piscina—, pero al anochecer estoy decidida a llevar a cabo una investigación
seria. Me ducho, me lavo el pelo y me pongo una de las prendas más bonitas
de Caroline, un vestido midi azul con unas preciosas flores blancas. Luego
camino un kilómetro y medio hasta El Cuentista, la librería independiente de
Spring Brook.
Me sorprende encontrármela llena un lunes por la noche: un autor del
barrio acaba de terminar una presentación y el ambiente es alegre, como el de
una fiesta. La gente bebe vino en vasos de plástico y come tarta en platitos de
papel. Tengo que abrirme paso entre la multitud para llegar a la sección de
crianza, pero agradezco la gran cantidad de distracciones; no quiero que
ningún dependiente se ofrezca a ayudarme a encontrar algo. Si se enteraran de
lo que estoy investigando, pensarían que estoy loca.
Cojo unos cuantos libros y salgo por la puerta trasera al gran patio de
ladrillo, una cafetería abarrotada y rodeada de luces navideñas parpadeantes.
Hay una barra pequeña en la que venden aperitivos y bebidas, y también hay
una adolescente muy seria —sentada en un taburete con una guitarra acústica
y ataviada con un mono— que canta «Tears in Heaven». Soy incapaz de

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escuchar esa canción sin recordar el velatorio de mi hermana; formaba parte
de una lista de reproducción que se repetía en bucle una y otra vez. La
canción no para de asaltarme por sorpresa en los supermercados y los
restaurantes e, incluso después de mil veces, sigue teniendo el poder de
hacerme llorar. Pero la versión de esta chica es más animada que la original
de Eric Clapton. El hecho de que sea tan joven hace que la canción resulte
casi esperanzadora.
Me acerco a la barra y pido una taza de té y una pasta, pero entonces
descubro que no tengo manos suficientes para llevarlo todo. Además, las
mesas están ocupadas y no parece que haya nadie deseando marcharse, así
que me cuesta creerme la suerte que tengo cuando veo a Adrián sentado solo
a una mesa para dos leyendo una novela de Star Wars.
—¿Puedo sentarme aquí?
Y es curioso, pero esta vez es él quien no me reconoce a mí, no de
inmediato, no con el precioso vestido de quinientos dólares de Caroline.
—¡Sí! ¡Claro! ¡Mallory! ¿Cómo estás?
—No tenía ni idea de que esto fuera a estar tan lleno.
—Siempre hay bastante gente —me responde Adrián—. Es el tercer lugar
más concurrido de Spring Brook.
—¿Cuáles son los otros dos?
—El primero es el Cheesecake Factory, obviamente. El segundo es el bufé
del supermercado Wegmans. —Se encoge de hombros—. No tenemos mucha
vida nocturna.
La chica de la guitarra termina «Tears in Heaven» y recibe un aplauso
tibio, pero Adrián le dedica una ovación larga y estruendosa y la cantante
lanza una mirada irritada hacia nuestra mesa.
—Es mi prima Gabriella —aclara—. Tiene solo quince años, ¿no es
increíble? Se presentó aquí con su guitarra y le dieron trabajo.
Gabriella se acerca al micrófono y anuncia que va a pasar a los Beatles, y
entonces empieza a cantar una tierna versión de «Blackbird». Me fijo en el
libro que está leyendo Adrián. En la cubierta aparece Chewbacca disparando
láseres contra un ejército de robots y el título está estampado en gigantescas
letras plateadas: La venganza de los wookiees.
—¿Es bueno?
Adrián se encoge de hombros.
—No es canon, así que se toman muchas libertades. Pero si te gustó La
venganza de los ewoks, este te encantará.
No puedo evitarlo, me echo a reír.

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—Eres todo un personaje. Tienes pinta de jardinero, con ese moreno de
camionero y las uñas llenas de tierra. Pero resulta que en realidad eres un niño
de club de campo y un friki de Star Wars.
—Me paso el verano arrancando malas hierbas. Necesito un poco de
entretenimiento escapista.
—Lo entiendo. Yo me pongo el Hallmark Channel por el mismo motivo.
—¿En serio?
—Muy en serio. He visto las cinco pelis de la serie Murder, She Baked. Y
no comparto esta información con mucha gente, así que confío en que la
mantengas en secreto.
Adrián hace el gesto de cerrarse una cremallera sobre la boca.
—Tu secreto está a salvo conmigo —dice—. ¿Qué estás leyendo tú? —
No tengo que responder a la pregunta, porque mis libros ya están sobre la
mesa y Adrián ve los títulos de los lomos: Psicopatología infantil y La
enciclopedia de los fenómenos sobrenaturales—. ¿Así te relajas después de
una larga jornada trabajando de niñera?
—Si te cuento por qué me estoy leyendo estos libros, pensarás que estoy
loca.
Adrián cierra La venganza de los wookiees y lo aparta para centrar en mí
toda su atención.
—Todas mis historias favoritas empiezan con una advertencia de ese tipo
—replica—. Cuéntamelo todo.
—Es una historia muy larga.
—No tengo que irme a ningún sitio.
—Te lo advierto. Puede que la librería cierre antes de que termine.
—Empieza por el principio y no omitas ningún detalle —insiste—. Nunca
se sabe lo que terminará siendo importante.
Así que le hablo de mi entrevista de trabajo con los Maxwell, de la casita
de invitados, de mi rutina diaria con Teddy. Le describo la evolución de los
dibujos del niño y las extrañas conversaciones que tienen lugar en su
habitación. Le cuento mis debates con Mitzi y con los Maxwell. Le pregunto
si conoce la historia de Annie Barrett y él me asegura que todas las personas
que se han criado en Spring Brook conocen la historia de Annie Barrett. Por
lo que se ve, es el hombre del saco de la zona, siempre dispuesta a cazar a los
niños que se pierden en el bosque al anochecer.
Y después de casi una hora de charla (y después de que su prima recoja la
guitarra y se vaya a casa, después de que todas las mesas que nos rodean se
vacíen y solo quedemos Adrián y yo y el personal de la cafetería limpiando

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las mesas), busco en mi bolso y saco mi último descubrimiento, los dibujos
del contenedor de reciclaje.
Adrián pasa las páginas, asombrado.
—¿Dices que estos dibujos los ha hecho Teddy? ¿Teddy, que tiene cinco
años?
—Ese papel es de su bloc de dibujo. Y lo oigo dibujar en su dormitorio.
Sale con los dedos manchados de lápiz. Lo único que se me ocurre es… —Le
doy unos golpecitos a La enciclopedia de los fenómenos sobrenaturales—. A
lo mejor está canalizando a alguien. Tal vez el espíritu de Annie Barrett.
—¿Crees que Teddy está poseído?
—No. Esto no es El exorcista. Annie no está intentando destruir el alma
de Teddy ni apoderarse de su cuerpo. Solo quiere que le preste una mano. La
usa durante la hora de descanso, cuando él está solo en su cuarto. Y durante el
resto del día, lo deja tranquilo.
Me quedo callada, a la espera de que Adrián se ría o se burle de mí. Sin
embargo, como no dice nada, le resumo el resto de mi teoría:
—Annie Barrett es una buena artista. Ya sabe dibujar. Aunque es la
primera vez que dibuja con el brazo de otra persona. Por eso sus primeros
intentos son pésimos, meros garabatos. Pero, tras un par de páginas, mejora.
Aumenta el control y hay más detalles. Textura, luz y sombra. Comienza a
dominar su nueva herramienta: la mano de Teddy.
—¿Y por qué acabaron estas páginas en la basura?
—No sé, puede que las tirara Anya. O tal vez Teddy. Se ha vuelto muy
reservado con sus dibujos.
Adrián vuelve a revisar los dibujos, esta vez estudiándolos con más
detenimiento. Les da la vuelta a varios, buscando algún significado más
profundo en los garabatos.
—¿Sabes a qué me recuerdan? A esos pasatiempos ilustrados de la revista
infantil Highlights, esos en los que el artista esconde algún objeto en el fondo.
Por ejemplo, el techo de la casa es en realidad una bota o una pizza o un palo
de hockey. ¿Te acuerdas de ellos?
Sé muy bien a qué pasatiempos se refiere —a mi hermana y a mí nos
encantaban—, pero opino que estos dibujos son más claros y directos. Señalo
el dibujo de la mujer que grita de angustia.
—Creo que esto es un autorretrato. Creo que Annie está dibujando la
historia de su asesinato.
—Bueno, hay una forma muy sencilla de averiguarlo: nos hacemos con
una foto de la verdadera Annie Barrett, la comparamos con la mujer de este

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dibujo y vemos si coinciden.
—Ya la he buscado. En internet no hay nada.
—Pues, por suerte para ti, mi madre trabaja en la Biblioteca Pública de
Spring Brook durante los veranos. Tienen un archivo enorme de historia de la
ciudad. Un sótano entero lleno de materiales. Si hay una foto de Annie Barrett
en algún sitio, es allí.
—¿Podrías preguntárselo? ¿Le importaría?
—¿Estás de coña? Estas cosas le dan la vida. Es profesora y bibliotecaria
a tiempo parcial. Si le digo que estás investigando la historia local, se
convertirá en tu nueva mejor amiga.
Promete preguntárselo a primera hora de la mañana y, ahora que he
compartido mis problemas, me siento mucho mejor.
—Gracias, Adrián. Me alegro de que no creas que estoy loca.
Se encoge de hombros.
—Creo que hay que plantearse todas las posibilidades. «Cuando eliminas
lo imposible, lo único que queda, por improbable que sea, debe ser la
verdad». Lo dice Spock en Star Trek VI, pero parafraseando a Sherlock
Holmes.
—Madre mía. —Me río—. Qué pedazo de friki.

Volvemos andando a casa en la oscuridad y tenemos las aceras para nosotros


solos. El barrio transmite seguridad, calma, paz. Adrián me hace de guía
turístico y me señala las casas de sus compañeros de instituto más famosos,
como El Tío Que Se Cargó El Todoterreno De Sus Padres y La Chica Que
Tuvo Que Cambiarse De Instituto Tras Un Escandaloso Vídeo De TikTok.
Me da la sensación de que conoce a todo el mundo de Spring Brook, de que
sus años de instituto fueron como uno de esos dramas adolescentes
superficiales de Netflix, una de esas telenovelas tontas en las que todos son
guapos y el resultado de un partido de fútbol escolar tiene consecuencias que
te cambian la vida.
Luego señala una casa en una esquina y me dice que ahí es donde se crio
Tracy Bantam.
—¿Tendría que saber quién es?
—La base de las Lady Lions. El equipo de baloncesto femenino de la
Penn State. Supuse que os conoceríais.
—La Penn State es enorme —le digo—. Tiene cincuenta mil alumnos.
—Ya, pero me imaginé que las deportistas iríais a las mismas fiestas.

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No le contesto de inmediato. Me está brindando la oportunidad perfecta
para sincerarme. Debería decirle que fue una broma tonta, un juego que hago
con los desconocidos. Aclararle la verdad antes de que nuestra relación vaya
más allá. Creo que es posible que lo entienda.
Aunque no puedo contarle a Adrián parte de la verdad sin contarle toda la
verdad. Si le confieso que nunca he ido a la universidad, tendré que explicarle
a qué he dedicado los últimos años… Y ni por asomo estoy lista para hablar
de eso justo ahora, cuando estamos teniendo una conversación tan agradable.
Así que cambio de tema.
Llegamos al Castillo de las Flores, pero Adrián dice que me acompañará a
casa y yo no me opongo. Me pregunta de dónde soy y le sorprende saber que
me crie en South Philly, que veía el Citizens Bank Park desde la ventana de
mi habitación.
—No tienes pinta de ser de la ciudad.
Le contesto con mi mejor imitación de Rocky Balboa:
—¿Qué pasa, Adrián? ¿Te crees que todos hablamos así?
—No es por el acento. Es por tu actitud. Eres muy positiva. No estás
hastiada como todos los demás.
«Ay, Adrián —pienso—. No tienes ni idea».
—¿Tus padres siguen en South Philly? —me pregunta.
—Solo mi madre. Se separaron cuando era pequeña y mi padre se mudó a
Houston. Apenas lo conozco.
Todo esto es cierto, así que creo que mi respuesta suena bastante
convincente. Pero entonces Adrián me pregunta si tengo hermanos.
—Solo una hermana. Beth.
—¿Mayor o menor?
—Menor. Tiene trece años.
—¿Va a tus competiciones?
—Siempre. Son tres horas de coche, solo la ida, pero si corro en casa mi
madre y mi hermana no se lo pierden.
Y se me quiebra la voz. No sé por qué le estoy diciendo todas estas cosas.
Quiero ser sincera con él, tener una relación de verdad; sin embargo, no hago
más que acumular mentiras.
Pero, mientras camino por estas aceras iluminadas por la luz de luna con
este cortador de césped tan simpático y atractivo, es demasiado fácil
abandonarse a la fantasía. Siento que mi verdadero pasado está a un millón de
kilómetros de distancia.

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Cuando por fin llegamos a la casa de los Maxwell, todo está oscuro. Son
más de las diez y media y ya deben de estar acostados. Seguimos el
minúsculo sendero de losas que rodea el lateral de la casa hasta la parte de
atrás, donde la oscuridad es todavía mayor y solo contamos con la luz azul
titilante de la piscina para guiarnos.
Adrián entorna los ojos y mira hacia el otro lado del jardín, intenta
distinguir la silueta de mi casita entre los árboles.
—¿Dónde está tu casa?
Yo tampoco la veo.
—Por ahí detrás, entre esos árboles. Había dejado la luz del porche
encendida, pero debe de haberse fundido la bombilla.
—Vaya. Qué raro.
—¿Sí?
—¿Después de las historias que acabas de contarme? No sé.
Cruzamos el jardín hasta la casa y Adrián espera en el césped mientras
subo los escalones del porche. Trato de girar el pomo de la puerta y veo que
sigue cerrada, así que busco las llaves. De repente, le agradezco mucho a
Caroline que insistiera en que me colgase la pistola de descarga eléctrica en el
llavero.
—Voy a asomarme dentro un momento. ¿Te importaría esperar?
—En absoluto.
Abro la puerta con la llave, meto la mano en el interior de la casa y
acciono el interruptor de la luz del porche: ya no hay duda, se ha fundido.
Pero la del interior funciona bien y la casita está tal como la dejé. No hay
nada en la cocina ni en el baño. Incluso me arrodillo y echo un vistazo rápido
debajo de la cama.
—¿Todo bien? —pregunta Adrián.
Vuelvo a salir.
—Sí. Solo necesito una bombilla nueva.
Promete que me llamará cuando tenga más información sobre Annie
Barrett. Me quedo mirándolo mientras cruza el jardín y rodea el lateral de la
casa hasta desaparecer de vista.
Y, cuando me vuelvo para entrar, rozo una fea piedra gris del tamaño de
una pelota de tenis con el pie. Bajo la mirada y me doy cuenta de que estoy
pisando papel, tres hojas con los bordes irregulares, y de que la piedra las
mantiene en su sitio. De espaldas a la puerta, me agacho y las recojo.
Luego entro, cierro la puerta con llave y me siento en el borde de la cama.
Paso las páginas de una en una. Son como los tres dibujos que Ted Maxwell

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hizo pedazos, como los tres dibujos que me juró que no volvería a ver nunca.
Solo que esta vez los ha creado una mano distinta. Son más oscuros y más
detallados. Están tan recargados de lápiz y carboncillo que el papel se ha
deformado y doblado. Un hombre está cavando una tumba. Llevan a una
mujer a rastras por el bosque. Y alguien mira hacia arriba desde el fondo de
un agujero muy profundo.

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A la mañana siguiente, cuando llego a la casa principal, Teddy me está


esperando junto a las puertas correderas de cristal que dan al patio con un
cuaderno pequeño y un lápiz.
—Buenos días y bienvenida a mi restaurante —dice—. ¿Cuántos
comensales son?
—Solo uno, monsieur.
—Por aquí.
Todos sus peluches están sentados en sillas alrededor de la mesa de la
cocina. Teddy me acompaña hasta un asiento vacío entre Godzilla y Elefante
Azul. Me aparta la silla y me tiende una servilleta de papel. Oigo a Caroline
en el piso de arriba, corriendo frenéticamente de un lado a otro de su
habitación. Parece que va a salir tarde de casa otra vez.
Teddy permanece inmóvil a mi lado, con el lápiz y la libreta en la mano,
listo para apuntar mi pedido.
—No tenemos carta —me informa—. Podemos prepararle lo que quiera.
—En ese caso, tomaré huevos revueltos. Con beicon, tortitas, espaguetis y
helado. —La broma le hace reír, así que la exprimo al máximo—: Y
zanahorias, hamburguesas, tacos y sandía.
Teddy se parte de risa. Este crío siempre consigue que me sienta como
Kate McKinnon en Saturday Night Live, como si todo lo que hago fuera oro
para la comedia.
—¡Lo que usted diga! —exclama, y se va dando tumbos hacia su baúl de
juegos para llenarme el plato de comida de plástico.
El teléfono fijo empieza a sonar y Caroline me grita desde arriba:
—Deja que salte el contestador, por favor, ¡no tengo tiempo!
Al cabo de tres timbrazos, la máquina se activa y oigo que empiezan a
dejar un mensaje: «¡Buenos días! Soy Diana Farrell, del Colegio de Infantil y
Primaria Spring Brook…».

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Es la tercera llamada en una semana y Caroline entra en tropel en la
cocina para intentar contestar antes de que cuelguen. «Hola, soy Caroline».
Me lanza una mirada de exasperación —«¿No te parece increíble lo de este
puñetero sistema escolar?»— y después se lleva el teléfono a la sala de estar.
Entretanto, Teddy me trae un plato lleno hasta los topes de juguetes: huevos
de plástico, espaguetis de plástico y varias bolas de helado de plástico.
Sacudo la cabeza y finjo estar indignada.
—¡Estoy segura de que he pedido beicon!
Teddy se ríe otra vez, cruza la habitación corriendo hacia su baúl de
juguetes y vuelve con una tira de beicon de plástico. Aguzo el oído para
intentar enterarme de la llamada de Caroline, pero no dice gran cosa. Es como
las conversaciones que oigo durante la hora de descanso en la habitación de
Teddy, en las que la otra persona es la que más habla. Ella solo dice: «Claro,
claro» y «Por supuesto» y «No, gracias a usted».
Finjo atiborrarme de comida de plástico como un cebón en un comedero.
Hago un montón de ruidos, resoplo y gruño, y Teddy estalla en carcajadas.
Caroline entra en la cocina con el teléfono inalámbrico y vuelve a colgarlo en
la horquilla.
—Era la directora de tu nuevo cole —le cuenta a Teddy—. ¡Tiene muchas
ganas de conocerte!
Luego le da un abrazo grande y un beso y se marcha a toda prisa, porque
ya son las 7:38 y llega tardísimo.
Cuando termino de «comerme» el desayuno, pago la cuenta de mentira
con dinero de mentira y le pregunto a Teddy qué le apetece hacer. Y deduzco
que le apetece mucho seguir con las cosas de mentira, porque quiere volver a
jugar al Bosque Encantado.
Seguimos el Camino de Baldosas Amarillas y cruzamos el Paso del
Dragón para llegar al Río Regio. Luego trepamos por las ramas del Árbol de
las Habichuelas Mágicas hasta que nos encontramos a tres metros del suelo.
Hay un agujero no muy grande en una de las ramas y Teddy lo llena con
mucho cuidado de piedras pequeñas y palos afilados: un arsenal de armas, por
si alguna vez nos atacan los trasgos.
—Los trasgos no pueden trepar a los árboles porque tienen los brazos
demasiado cortos —me explica Teddy—. Así que podemos escondernos entre
estas ramas y tirarles piedras.
Pasamos la mañana inmersos en un juego de invención e improvisación
sin fin. En el Bosque Encantado, todo es posible, nada está prohibido. Teddy
se detiene a orillas del Río Regio y me dice que me convendría beber de sus

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aguas. Dice que el río tiene propiedades mágicas que evitarán que nos
capturen.
—Ya tengo un litro en la casita —le digo—. Lo compartiré contigo
cuando lleguemos.
—¡Perfecto! —exclama.
Y luego se aleja dando saltos por el camino, encabezando la marcha hacia
el siguiente descubrimiento.
—Por cierto —grito a su espalda—, encontré los dibujos que me dejaste.
Teddy se vuelve y sonríe, a la espera de que le dé más detalles.
—Los dibujos que me dejaste en el porche.
—¿Los de los trasgos?
—No, Teddy, los de cuando entierran a Anya. Están muy bien hechos.
¿Te ayudó alguien?
Ahora parece confuso, como si hubiera cambiado las reglas del juego de
golpe y sin avisar.
—Ya no dibujo a Anya.
—No pasa nada. No estoy enfadada.
—Pero es que no he sido yo.
—Los dejaste en el porche. Debajo de una piedra.
Levanta las manos en un gesto de exasperación.
—¿Podemos jugar al Bosque Encantado normal, por favor? Esta otra
forma no me gusta.
—Vale.
Me doy cuenta de que quizá haya mencionado el tema en un momento
poco oportuno. Pero, cuando regresamos a casa para comer, ya no quiero
volver a sacarlo. Preparo unos nuggets de pollo para los dos y Teddy sube a
su habitación para la hora de descanso. Espero un ratito y luego lo sigo y pego
la oreja a la puerta de su habitación. Y oigo el susurro del lápiz que se mueve
por la página, ris ras, ris ras, ris ras.
Esa misma tarde, Russell me llama y me invita a cenar. Aún estoy cansada
de la noche anterior, así que le sugiero posponerlo, pero Russell me dice que
se marcha dos semanas de vacaciones: tiene que ser esta noche.
—He encontrado un restaurante cerca de tu casa. Un Cheesecake Factory.
Casi me entra la risa, porque Russell insiste mucho en la alimentación
saludable. Su dieta se basa casi exclusivamente en plantas y proteínas, nada
de azúcares añadidos ni carbohidratos, solo alguna que otra cucharada
esporádica de chips de algarroba y miel orgánica.
—¿Un Cheesecake Factory? ¿En serio?

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—Ya he reservado mesa. A las siete y media.
Una vez que Caroline llega a casa, me ducho, me pongo un vestido y,
cuando estoy a punto de marcharme, cojo los últimos dibujos de Teddy. Y
entonces me detengo en la puerta, vacilante. Después de haber compartido
toda la historia con Adrián en la librería, sé que necesitaría una hora para
contárselo todo. De manera que decido dejar el montón de papeles en la
casita. Quiero que Russell se sienta orgulloso de mí. Quiero proyectar la
imagen de una mujer fuerte y capaz que avanza en su recuperación. No quiero
cargarlo con mis preocupaciones. Guardo los dibujos en la mesita de noche.
El restaurante es grande, está lleno de gente y bulle de energía: el típico
Cheesecake Factory. La recepcionista me acompaña a la mesa en la que
Russell me está esperando. Lleva puesto un chándal azul marino y sus
zapatillas HOKA favoritas, las que usó para correr la maratón de Nueva York.
—¡Al fin! —Me da un abrazo y me mira de arriba abajo—. ¿Qué te ha
pasado, Quinn? Tienes muy mala cara.
—Gracias, entrenador. Tú también estás estupendo.
Nos acomodamos en nuestros respectivos asientos y pido agua con gas.
—Lo digo en serio —insiste—. ¿Duermes bien?
—Estoy bien. La casita es un poco ruidosa por las noches. Pero no está
mal del todo.
—¿Se lo has dicho a los Maxwell? A lo mejor pueden hacer algo.
—Me ofrecieron una habitación en la casa principal. Pero ya te he dicho
que estoy bien.
—No puedes entrenar si no descansas.
—Ha sido solo una mala noche. Lo juro.
Intento desviar el tema hacia la carta, que tiene el número de calorías y la
información nutricional debajo de cada plato.
—¿Has visto la pasta a la napolitana? Tiene dos mil quinientas calorías.
Russell se pide una ensalada verde mixta con pollo a la parrilla y el
aderezo de vinagreta aparte. Yo me pido la Glamburguesa con guarnición de
patatas fritas. Hablamos un poco de sus inminentes vacaciones, dos semanas
en Las Vegas con su amiga especial, Doreen, que es entrenadora personal en
el YMCA de Russell. Pero noto que sigue preocupado. Cuando terminamos
de comer, vuelve a dirigir la conversación hacia mí.
—¿Qué tal te va Spring Brook? ¿Cómo son las reuniones de Narcóticos
Anónimos?
—Son de gente mayor, Russell. Sin ánimo de ofender.
—¿Vas una vez a la semana?

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—No me hace falta. Estoy estable.
Me doy cuenta de que no le gusta la respuesta, pero no me critica.
—¿Y has hecho alguna amiga? ¿Has conocido a alguien?
—Sí, nos vimos anoche.
—¿Y dónde la conociste?
—Es un chico, estudia en Rutgers y ha venido a pasar el verano en casa de
sus padres.
Mi padrino entorna los ojos, preocupado.
—Es un poco pronto para empezar una relación, Quinn. Apenas llevas
dieciocho meses sobria.
—Solo somos amigos.
—Entonces, ¿sabe que estás sobria?
—Sí, Russell, ese fue nuestro primer tema de conversación. Le conté que
casi me muero de una sobredosis en el asiento trasero de un Uber. Luego
hablamos de las noches que dormí en la estación de tren.
Se encoge de hombros, como si charlar de esas cosas a la primera de
cambio fuera lo más sensato.
—He apadrinado a muchos universitarios, Mallory. Los campus, las
fraternidades, las borracheras… son un criadero de adictos.
—Pasamos una noche muy tranquila en una librería. Bebimos agua con
gas y escuchamos música. Luego me acompañó a casa de los Maxwell.
Estuvo bien.
—Tendrías que contarle la verdad la próxima vez que lo veas. Es parte de
tu identidad, Mallory, debes aceptarlo. Cuanto más esperes, más difícil te
resultará.
—¿Para esto me has invitado a cenar, para soltarme un sermón?
—No, te he invitado porque Caroline me ha llamado. Está preocupada por
ti.
Me quedo de piedra.
—¿En serio?
—Me ha dicho que empezaste muy bien. Que eras como «una dinamo»,
Quinn. Estaba muy contenta con tu trabajo. Pero dice que los últimos días ha
notado un cambio. Y siempre que oigo esas palabras…
—No estoy consumiendo, Russell.
—Vale, bien, eso es bueno.
—¿Te ha dicho Caroline que estoy consumiendo?
—Me ha dicho que últimamente actúas de forma extraña. Te vio en la
calle a las siete de la mañana rebuscando en sus cubos de basura. ¿Se puede

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saber qué narices hacías?
Deduzco que Caroline debió de verme a través de la ventana de su
habitación.
—Nada. Había tirado una cosa por error y tenía que recuperarla. No es
para tanto.
—Dice que te ha dado por hablar de fantasmas. ¿Crees que su hijo está
poseído o algo así?
—No, no he dicho eso en ningún momento. Me ha malinterpretado.
—Según ella, te estás haciendo amiga de una adicta que vive en la casa de
al lado.
—¿Te refieres a Mitzi? He hablado con ella dos veces. En cuatro
semanas. ¿Se supone que ya somos mejores amigas?
Russell me hace un gesto para que baje la voz. Pese a lo abarrotado que
está el comedor y lo ruidoso que es, algunas de las personas que nos rodean se
han girado para mirarnos.
—Solo he venido a ayudarte, ¿vale? ¿Quieres que hablemos de algo?
¿Puedo contárselo? ¿Puedo exponerle mis preocupaciones sobre Annie
Barrett? No, no puedo. Porque sé que todas esas preocupaciones suenan
ridículas. Y yo solo quiero que mi padrino esté orgulloso de mí.
—Sí, hablemos del postre. Creo que voy a pedirme la tarta de queso con
avellanas y chocolate.
Le ofrezco una carta plastificada, pero no la acepta.
—No cambies de tema. Necesitas este trabajo. Si te despiden, no podrás
volver a Safe Harbor. Tienen una lista de espera más larga que tu brazo.
—No voy a volver a Safe Harbor. Voy a hacer un trabajo increíble y
Caroline les hablará maravillas de mí a todos sus vecinos. Estoy segura de
que, cuando termine el verano, se quedará conmigo. Y si no, me iré a trabajar
para otra familia de Spring Brook. Ese es el plan.
—¿Y el padre? ¿Cómo es Ted?
—¿Qué quieres decir?
—¿Es majo?
—Sí.
—¿Es «demasiado» majo? ¿Puede que un poco sobón?
—¿De verdad acabas de usar la palabra sobón?
—Ya sabes a qué me refiero. Hay hombres que a veces pierden de vista
los límites. O que los ven, pero no les importan.
Recuerdo mi clase de natación de hace dos semanas, la noche en que Ted
elogió mi tatuaje. Creo que me puso una mano en el hombro, pero tampoco es

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que me toquetease el culo.
—No es un sobón, Russell. Todo va bien. Estoy bien. Todos estamos bien.
¿Podemos pedir ya el postre, por favor?
Esta vez acepta la carta a regañadientes.
—¿Cuál querías pedir?
—La de avellanas y chocolate.
Le da la vuelta a la carta para consultar el índice que registra la
información nutricional.
—¿Mil cuatrocientas calorías? ¿Estás de coña?
—Y noventa y dos gramos de azúcar.
—Cielo santo, Quinn. En este restaurante debe de morir gente todas las
semanas. Les dará un ataque al corazón cuando salgan hacia el coche. Tendría
que haber sanitarios en el aparcamiento, esperando para reanimarlos.
Nuestra camarera ve a Russell ojeando los postres. Es una adolescente
sonriente y alegre.
—¡Parece que a alguien le apetece una tarta de queso!
—Ni hablar —responde él—. Pero mi amiga sí va a pedirse una. Ella aún
está sana y fuerte y tiene toda la vida por delante.
Después del postre, Russell insiste en llevarme en coche a casa de los
Maxwell para que no tenga que cruzar la carretera de noche. Son casi las
nueve y media cuando nos detenemos justo delante.
—Gracias por la tarta de queso —le digo—. Disfruta de las vacaciones.
Abro la puerta del coche, pero Russell me detiene.
—Oye, ¿seguro que estás bien?
—¿Cuántas veces vas a preguntármelo?
—Pues dime por qué estás temblando.
¿Que por qué estoy temblando? Porque estoy nerviosa. Tengo miedo de
llegar a la casita y encontrarme más dibujos en el porche, por eso tiemblo.
Pero no pienso contarle nada de esto a Russell.
—Acabo de meterme cincuenta gramos de grasa saturada en el cuerpo.
Está entrando en choque.
Su expresión es de escepticismo. Es el clásico dilema del padrino: tienes
que confiar en tu apadrinado, tienes que demostrarle que crees en él y que
tienes una fe absoluta en su recuperación. Pero, cuando empieza a actuar de
forma extraña —cuando se pone a temblar dentro de un coche en una calurosa
noche de verano—, tienes que ser el malo de la película. Tienes que hacerle
las preguntas difíciles.
Abro la guantera y sigue llena de test antidroga.

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—¿Quieres que me haga un test?
—No, Mallory. Claro que no.
—Es obvio que estás preocupado.
—Lo estoy, pero confío en ti. Esos tests no son para ti.
—Me lo haré de todos modos. Quiero demostrarte que estoy bien.
Tiene un paquete de vasos de papel rodando por el suelo del asiento
trasero del coche, así que me agacho y cojo uno. Russell coge un test de la
guantera y los dos salimos del coche. Más que nada, quiero que me acompañe
hasta la casita. Me da miedo volver sola.
Una vez más, el jardín trasero está oscuro. Todavía no he cambiado la
bombilla fundida del porche.
—¿Adónde vamos? —pregunta Russell—. ¿Dónde está tu casa?
Señalo los árboles.
—Ahí atrás. Ahora la verás.
Nos acercamos y empiezo a distinguir la silueta. Ya llevo las llaves en la
mano, así que disparo la pistola de descarga eléctrica para probarla y emite un
fuerte estallido crepitante que ilumina el jardín como un relámpago.
—¡Por Dios! —exclama Russell—. ¿Qué coño es eso?
—Una pistola eléctrica que me regaló Caroline.
—En Spring Brook no hay delincuencia. ¿Para qué quieres una pistola
eléctrica?
—Es madre, Russell. Se preocupa por las cosas. Le prometí que la pondría
en el llavero.
La pistola lleva incorporada una diminuta linterna LED y la utilizo para
examinar el porche de la cabaña: no hay ni más piedras ni más dibujos. Abro
la puerta con la llave, enciendo las luces y guío a Russell hacia el interior de
la casita. Pasea la mirada por la habitación; en principio, está admirando la
decoración, pero Russell tiene mucha experiencia como padrino y sé que
también la está escudriñando en busca de indicios de complicaciones.
—Es preciosa, Quinn. ¿Te has encargado tú de hacer todo el trabajo?
—No, los Maxwell la decoraron antes de que me mudara. —Le quito el
vaso de papel de la mano—. Dame un minuto. Ponte cómodo.
Puede que esto de llegar a casa después de una buena cena, orinar en un
vaso de papel y luego compartir ese vaso con un amigo cercano para que
analice su contenido te parezca asqueroso. Pero, en cuanto pasas una
temporada en rehabilitación, te acostumbras enseguida. Entro en el baño y
hago lo que tiene que hacerse. Luego me lavo las manos y vuelvo con la
muestra.

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Russell me espera con actitud nerviosa. Creo que, como mi sala de estar
es también mi dormitorio, se siente un poco incómodo, como si hubiera
violado algún tipo de protocolo padrino-apadrinada.
—Solo lo hago porque te has ofrecido —me recuerda—. En realidad no
estoy preocupado.
—Lo sé.
Sumerge el test en el vaso y lo mantiene así hasta que las tiras se saturan.
Luego lo coloca encima del propio vaso y esperamos los resultados. Mientas
tanto, me habla un poco más de sus vacaciones, de que tiene la esperanza de
poder bajar a pie al fondo del Gran Cañón si sus rodillas cooperan. Pero no
tenemos que esperar mucho. Las ventanas de control del test muestran una
sola línea para los negativos y dos para los positivos, y los resultados
negativos siempre aparecen enseguida.
—Limpia como una patena, tal como me habías dicho. —Coge el vaso, se
lo lleva al cuarto de baño, lanza la orina al retrete y tira de la cadena. Después
lo arruga y lo mete en lo más profundo de la papelera, junto con la tarjeta del
test. Por último, se lava las manos, paciente y metódicamente, con agua
caliente—. Estoy orgulloso de ti, Quinn. Te llamaré cuando vuelva. Dentro de
dos semanas, ¿vale?
En cuanto se marcha, cierro la puerta con llave y me pongo el pijama,
llena de deliciosa tarta de queso y sintiéndome bastante orgullosa de mí
misma. Había dejado la tablet cargando en la cocina y, como aún es
temprano, creo que voy a ponerme una peli. Sin embargo, cuando me acerco a
la encimera para desenchufar la tablet, veo los dibujos que tanto temía. No
están sujetos con una piedra en el porche, sino con imanes en la nevera.
Los arranco del frigorífico y los imanes repiquetean contra el suelo. Las
páginas están reblandecidas por la humedad y un poco calientes, como si
acabaran de salir de un horno. Las pongo bocabajo en la encimera para no
tener que verlas.
Luego recorro la casa a toda velocidad y cierro las dos ventanas. La noche
que se avecina será cálida y sofocante y es muy probable que la pase en vela,
pero, después de este descubrimiento, no pienso correr ningún riesgo. Aparto
la alfombra y reviso la trampilla del suelo: sigue bien clavada. Luego arrastro
la cama hasta el otro lado de la habitación y la utilizo para bloquear la puerta.
Si alguien intenta abrirla, chocará contra el pie de la cama y me despertará.
Tal como yo lo veo, hay tres posibles formas de que estos dibujos hayan
acabado en mi nevera.

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1: Los Maxwell. Sé con certeza que tienen una llave de la casita de
invitados. Supongo que cabe la posibilidad de que Ted o Caroline hayan
hecho los dibujos y luego —mientras yo estaba cenando con Russell— uno de
ellos haya entrado para colgarlos en la nevera. Pero ¿por qué? No se me
ocurre ni una sola razón plausible para que alguno de los dos haga algo así.
Soy la responsable de la seguridad y el bienestar de su hijo. ¿Por qué iban a
querer hacerme luz de gas, hacer que sienta que me estoy volviendo loca?
2: Teddy. Puede que esta dulce criatura de cinco años les haya robado la
llave de repuesto a sus padres y luego se haya escabullido de su dormitorio,
cruzado el jardín trasero a hurtadillas y entrado en la casita a dejar los dibujos.
Pero, para creerte esta teoría, también tienes que creerte que Teddy es una
especie de prodigio artístico mágico que ha pasado de dibujar figuras de palo
a crear ilustraciones tridimensionales realistas y con luces y sombras
convincentes. Todo ello en cuestión de días.
3: Anya. No tengo ni idea de lo que ocurre en la habitación de Teddy
durante la hora de descanso, pero ¿y si Anya lo está controlando de verdad?
¿Y si toma posesión de su cuerpo y usa la mano del niño para hacer estos
dibujos? ¿Y si luego, de alguna forma, «traslada» los dibujos terminados a mi
casa?
Lo sé, lo sé: parece una locura.
Pero ¿cuando analizo las tres teorías?, ¿cuando las comparo entre sí? La
explicación más imposible parece la más probable.
Y esa noche, mientras doy vueltas en la cama luchando por conciliar el
sueño, se me ocurre una manera de demostrar que tengo razón.

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Al día siguiente, durante la hora de la comida, bajo al sótano de los Maxwell


y empiezo a abrir cajas. Aún les faltan muchas por desembalar tras la
mudanza y solo tengo que mirar en tres antes de encontrar lo que estoy
buscando. Sabía que los Maxwell tendrían un vigilabebés y, para mi deleite,
parece bastante moderno. El transmisor es una cámara HD con visión
nocturna por infrarrojos y objetivos normal/gran angular. El receptor es una
pantalla grande, del tamaño aproximado de un libro de bolsillo. Lo meto todo
en una caja de zapatos pequeña y lo subo. Cuando vuelvo a la cocina, Teddy
me está esperando.
—¿Qué estabas haciendo en el sótano?
—Curioseando, nada más —le digo—. Vamos a prepararte unos raviolis.
Espero hasta que se distrae con la comida y entonces subo a escondidas a
su dormitorio y busco un buen escondite para la cámara. Me he dado cuenta
de que, si quiero saber de dónde salen los dibujos, tengo que ver de dónde
salen, tengo que ver el interior de su habitación durante la hora de descanso.
Pero ocultar la cámara no es fácil. Es grande, aparatosa y difícil de
esconder. Y lo que es aún peor: tiene que estar conectada a un enchufe. Pero
encuentro la solución en la montaña de peluches de Teddy: entierro la cámara
con mucho cuidado de manera que el objetivo asoma entre Snoopy y Winnie
the Pooh. Compruebo que está enchufada y configurada para transmitir y
luego beso la cruz que me cuelga del cuello para rogarle a Dios que Teddy no
note nada raro.
Vuelvo a la cocina y me siento con Teddy hasta que termina de comer.
Esta mañana está muy charlatán. Se queja de tener que ir a la peluquería —
Teddy odia ir a la peluquería, dice que quiere dejarse el pelo largo, como el
León Cobarde—, pero apenas le hago caso. Estoy demasiado ansiosa. Estoy a
punto de obtener respuestas a muchas de mis preguntas, pero no sé si estoy
preparada para ellas.

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Al cabo de lo que me parecen horas, Teddy acaba de comer y lo mando
arriba a descansar. Entonces salgo corriendo hacia la sala de estar y conecto el
receptor del vigilabebés. El dormitorio de Teddy está justo encima, así que
tanto el audio como las imágenes son muy nítidos. La cámara está orientada
hacia la cama y veo la mayor parte del suelo, los dos sitios donde es más
probable que se siente a dibujar.
Oigo que la puerta de la habitación se abre y se cierra. Teddy aparece en
el encuadre por la derecha, se acerca al escritorio y coge el bloc de dibujo y la
caja de lápices. Luego se sube de un salto a la cama. Oigo el suave paf del
colchón a través del receptor y del techo, como si lo estuvieran
retransmitiendo en estéreo.
Teddy se sienta con la espalda apoyada contra el cabecero y dobla las
piernas para apoyarse el cuaderno en las rodillas. Coloca una hilera de lápices
en la mesita de noche que tiene al lado. Luego saca un sacapuntas en
miniatura, de esos que recogen las virutas en una cúpula de plástico
transparente. Hace girar un lápiz en su interior —crac, crac, crac— y lo saca,
examina la punta y considera que no está lo bastante afilada. Vuelve a meter
el lápiz —crac, crac— y entonces decide que ya está listo.
Aparto la mirada un instante —el tiempo justo para beber un sorbo de
agua— y, cuando vuelvo a mirar, el vídeo tiembla, se para y se salta
fotogramas, como si no pudiera seguirle el ritmo al audio. Continúo oyendo
los ruidos del sacapuntas, pero el vídeo se ha quedado paralizado en una
imagen de Teddy cogiendo un lápiz.
Y luego una sola palabra, pronunciada en voz baja, no mucho más alta
que un susurro:
—Hola.
La sigue un rápido siseo de interferencias. El vídeo avanza deprisa y se
congela otra vez. Las imágenes se han vuelto borrosas, de baja resolución.
Teddy ha levantado la vista del bloc de dibujo y mira hacia la puerta del
dormitorio, hacia alguien o algo que queda justo fuera del encuadre.
—Preparar los lápices —dice, y luego se ríe—. ¿Los lápices? Para
dibujar.
Hay un siseo de interferencias más largo y el ruido sube y baja con un
ritmo que me recuerda al de la respiración. Algo crepita y restalla en el
micrófono y la imagen vuelve a dar un salto hacia delante. Ahora Teddy está
mirando directamente a la cámara y el tamaño de su cabeza se ha duplicado.
Es como un reflejo en un laberinto de espejos: los rasgos faciales se le han

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estirado hasta proporciones imposibles; los brazos son como aletas pequeñas,
pero la cara es enorme.
—Con cuidado —susurra—. Despacio.
Las interferencias se intensifican. Intento bajar el volumen, pero la ruleta
no funciona; el sonido se vuelve cada vez más estridente hasta que lo oigo por
todas partes, como si hubiera escapado del altavoz y hubiese invadido la sala
de estar. El vídeo vuelve a avanzar y veo a Teddy despatarrado sobre el
colchón, con los brazos extendidos y el cuerpo entero convulsionando. Oigo
los pum, pum, pum de la cama en el techo.
Salgo corriendo de la salita de estar, atravieso el vestíbulo y subo las
escaleras hasta el primer piso. Agarro el pomo de la puerta de Teddy, pero no
gira, está atascado, está cerrado.
O hay algo que me impide abrirlo.
—¡Teddy!
Aporreo la puerta con los puños. Luego doy un paso atrás y le pego una
patada, como he visto hacer a la gente en las películas, pero lo único que
consigo es que me duela el pie. Intento tirar la puerta abajo con el hombro y
me hago tanto daño que me tiro al suelo y me agarro el costado. Y entonces
me doy cuenta de que veo el interior de la habitación de Teddy. Hay una
rendija de algo más de un centímetro bajo la puerta. Me tumbo de lado, apoyo
la cabeza en el suelo, guiño un ojo y me acerco al hueco. El hedor me
abruma; una vaharada tóxica de amoníaco concentrado que emana de la
habitación como el aire caliente de un tubo de escape. Me llena la boca y me
aparto dando vueltas por el suelo, tosiendo, conteniendo las arcadas y
agarrándome la garganta como si me hubieran disparado con un espray de
pimienta. Las lágrimas me ruedan por la cara. El corazón me va a mil por
hora.
Y mientras estoy tumbada en el pasillo sorbiéndome la nariz e intentando
recuperarme, intentando hacer acopio de la energía que requiere algo tan
sencillo como sentarme, oigo que el minúsculo mecanismo del pomo de la
puerta emite un clic.
Me pongo en pie a duras penas y abro la puerta. La fetidez me golpea de
nuevo: es ese olor a orina, extremadamente concentrado, suspendido en el aire
como el vapor de una ducha. Me levanto la camisa y me tapo la boca con ella.
Teddy no parece notar la peste; permanece ajeno a mis gritos. Está sentado en
su cama con un cuaderno de dibujo en el regazo y un lápiz en la mano
derecha. Trabaja deprisa, trazando gruesas líneas negras por la página.
—¡Teddy!

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No levanta la vista. No da señales de haberme oído. Sigue moviendo la
mano, cubriendo la página de oscuridad, sombreando el negro cielo nocturno.
—Oye, Teddy, ¿estás bien?
Sigue sin hacerme caso. Doy otro paso hacia su cama y, sin querer, piso
uno de sus animales de peluche, un caballo de felpa que emite un relincho
agudo y estruendoso.
—Teddy, mírame.
Le pongo una mano en el hombro y, cuando al fin alza la vista, veo que
tiene los ojos completamente blancos. Las pupilas se le han dado la vuelta.
Pero sigue moviendo la mano, dibujando sin ver. Lo agarro por la muñeca y
me impacta el calor que transmite su piel, la fuerza contenida en el brazo. En
circunstancias normales, su cuerpo es blando y flexible, como el de un
muñeco de trapo. Muchas veces bromeo diciéndole que tiene los huesos
huecos, porque pesa tan poco que lo levanto del suelo y lo hago girar en
círculos. Pero ahora una energía extraña le vibra bajo la piel; es como si
tuviera los músculos contraídos, es como si fuese un pequeño pitbull a punto
de atacar.
Entonces los ojos le vuelven de golpe a su sitio.
Me mira y parpadea.
—¿Mallory?
—¿Qué estás haciendo?
Se da cuenta de que tiene un lápiz en la mano y lo deja caer al instante.
—No lo sé.
—Estabas dibujando, Teddy. Te he visto. Te temblaba todo el cuerpo.
Como si te hubiera dado un ataque.
—Perdón…
—No te disculpes. No estoy enfadada.
Le tiembla el labio inferior.
—¡Ya te he pedido perdón!
—¡Cuéntame de una vez qué ha pasado!
Y sé que le estoy gritando, pero no puedo evitarlo. Estoy demasiado
asustada por todo lo que veo. Hay dos dibujos en el suelo y un tercero en
proceso en el bloc de dibujo.
—Teddy, escúchame. ¿Quién es esta niña?
—No lo sé.
—¿Es la hija de Anya?
—¡No lo sé!
—¿Por qué dibujas estas cosas?

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—No he sido yo, Mallory, ¡te lo juro!
—Entonces, ¿por qué están en tu habitación?
Respira hondo.
—Sé que Anya no existe. Sé que no está aquí de verdad. A veces sueño
que dibujamos juntos, pero, cuando me despierto, nunca hay dibujos. —Tira
el bloc hacia el otro extremo de la habitación, como si intentara negar su
existencia—. ¡No tendría que haber dibujos! ¡Solo los soñamos!
Y entonces comprendo lo que está pasando: Anya debe de llevarse los
dibujos de la habitación antes de que Teddy despierte para que el niño no
tenga que verlos. Y yo me he presentado aquí y he interrumpido su proceso
habitual.
Todo esto es demasiado para Teddy, que estalla en lágrimas, así que lo
estrecho entre mis brazos y su cuerpo vuelve a ser suave y blando; vuelve a
parecer un niño normal. Me doy cuenta de que le estoy pidiendo que me
explique algo que no entiende. Le estoy pidiendo que explique lo imposible.
Posa la mano derecha sobre la mía y veo que tiene los deditos llenos de
marcas sucias de lápiz. Lo abrazo con fuerza, lo calmo y le aseguro que todo
va a salir bien.
Pero, en realidad, no lo sé.
Porque lo que sí sé a ciencia cierta es que Teddy es zurdo.

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14

Esa noche, Adrián viene a casa y, juntos, revisamos las ilustraciones. Hay
nueve dibujos en total: los tres que dejaron en el porche, los tres que colgaron
en la nevera y los tres que me he llevado hoy de la habitación de Teddy.
Adrián no deja de recolocar las páginas, como si intentara ponerlas en el
orden adecuado, como si existiese una especie de secuencia mágica que
pudiera revelarnos una historia. Pero yo llevo toda la tarde pensado en ellas y
sigo sin encontrarles sentido.
Está anocheciendo y el sol casi se ha puesto. En el jardín trasero flota un
aire brumoso y gris. El bosque está lleno de luciérnagas que parpadean. Al
otro lado, en la casa grande, a través de las ventanas de la cocina, veo a
Caroline cargando el lavavajillas; está recogiendo los platos de la cena
mientras Ted está arriba, acostando a su hijo.
Adrián y yo estamos sentados el uno al lado del otro en los escalones de la
casita, tan pegados que nuestras rodillas casi se rozan. Le cuento mi
experimento con la cámara para bebés, que he visto a Teddy dibujar sin usar
los ojos, sin usar la mano dominante. Y Adrián tendría todo el derecho a
decirme que estoy loca —sé que mi historia parece una locura—, así que me
siento aliviada cuando me toma en serio. Se acerca los dibujos a la cara y
tose.
—Dios, apestan.
—Así es como huele la habitación de Teddy. No siempre, pero sí muchas
veces. Caroline dice que moja la cama.
—No creo que sea pis. El verano pasado, tuvimos que ir a trabajar al
condado de Burlington…, ¿cerca de los Pine Barrens? Un tipo nos contrató
para limpiarle un terreno vacío. Eran dos mil metros cuadrados de tierra
agreste y las malas hierbas eran más altas que tú; tuvimos que cortarlas con
machete, literalmente. Y no te creerías la cantidad de basura que había: ropa
vieja, botellas de cerveza, bolos, las porquerías más extrañas que puedas
imaginarte. Pero lo peor que nos encontramos fue un ciervo muerto. En pleno

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julio. Y nos habían contratado para limpiar el terreno, así que tuvimos que
meterlo en una bolsa y sacarlo de allí. No entraré en detalles, Mallory, pero
fue horrible. Y lo que nunca olvidaré (y es lo que siempre dicen en las
películas, pero es cierto) es el olor. Era horroroso. Olía como estos dibujos.
—¿Qué hago?
—No lo sé. —Coge la pila de dibujos y la deja a cierta distancia, como si
estar sentados tan cerca de ella no fuera seguro—. ¿Crees que Teddy está
bien?
—No tengo ni idea. Fue rarísimo. Le ardía la piel. Y, cuando lo toqué, ni
siquiera parecía Teddy. Parecía… otra cosa.
—¿Se lo has dicho a sus padres?
—¿Y qué les digo? ¿«Creo que vuestro hijo está poseído por el fantasma
de Annie Barrett»? Ya lo intenté. Se pusieron como locos.
—Pero ahora es distinto. Tienes pruebas. Todos estos dibujos nuevos. Es
lo que tú misma dices: es imposible que Teddy los haya hecho sin ayuda.
—Pero no puedo probar que es Anya quien lo ayuda. No puedo demostrar
que se está colando en mi casa para colgarlos en la puerta del frigorífico. Es
una locura.
—Pero eso no significa que no sea verdad.
—No conoces a sus padres tanto como yo. No me creerán. Tengo que
seguir investigando, necesito pruebas reales.
Estamos bebiendo agua con gas y compartiendo un cuenco enorme de
palomitas de microondas, lo mejor que he podido ofrecerle sin haberlo
previsto. Me siento un tanto incompetente en lo que a mis habilidades como
anfitriona se refiere, pero a Adrián no parece importarle. Me pone al día de
cómo van las cosas en la Biblioteca Pública de Spring Brook. Su madre ha
empezado a buscar en los archivos, pero todavía no ha encontrado nada.
—Dice que los archivos son un caos. Escrituras de propiedades,
periódicos viejos, no hay nada organizado. Cree que tardará al menos otra
semana.
—No tengo otra semana, Adrián. Esta cosa…, este espíritu, fantasma o lo
que sea, se cuela en mi casa siempre que quiere. Algunas noches siento que
me observa.
—¿Qué quieres decir?
Nunca he terminado de encontrar las palabras necesarias para describir lo
que percibo, esa extraña sensación de aleteo en la periferia de los sentidos, en
ocasiones acompañada de un zumbido agudo. Estoy tentada de mencionar el
experimento de investigación de la Universidad de Pensilvania, de

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preguntarle a Adrián si alguna vez ha oído hablar de términos como
«detección de la mirada». Pero no quiero hablar de nada que desvíe la
conversación hacia mi pasado. Ya le he contado demasiadas mentiras; sigo
batallando por encontrar la mejor manera de sincerarme.
—Tengo una idea —dice—. Mis padres tienen un apartamento pequeño
encima del garaje. Ahora mismo no lo está usando nadie. Podrías quedarte allí
unos días. Seguirías trabajando aquí, pero dormirías en lugar seguro hasta que
aclaremos qué está pasando.
Intento imaginarme explicándoles la situación a los Maxwell, diciéndole a
Teddy, con sus cinco años, que me mudo porque me da demasiado miedo
vivir en su jardín trasero.
—No voy a marcharme. Me contrataron para cuidar a Teddy y voy a
quedarme aquí y a cuidar a Teddy.
—Entonces me quedo yo a dormir.
—Déjate de bromas.
—Dormiré en el suelo. Sin cosas raras, solo como medida de seguridad
adicional. —Lo miro y la oscuridad es casi total, pero estoy segura de que se
ha sonrojado—. Si el fantasma de Annie Barrett se cuela en tu casa, tropezará
conmigo, me despertará y hablaremos con ella los dos juntos.
—¿Te estás riendo de mí?
—No, Mallory, estoy intentando ayudarte.
—Tengo prohibido invitar a gente a pasar la noche. Es una de las
«Normas de la casa».
Adrián baja la voz y me susurra:
—Me levanto a las cinco y media todas las mañanas. Me marcharé antes
de que amanezca. Antes de que los Maxwell se despierten. No se enterarían.
Y quiero decirle que sí. Me encantaría seguir hablando con Adrián hasta
altas horas de la noche. Lo cierto es que no quiero que se vaya a casa.
Pero lo único que me lo impide es la verdad. Adrián sigue pensando que
está ayudando a Mallory Quinn, corredora de campo a través becada y
estudiante universitaria.
No es consciente de que soy Mallory Quinn, exyonqui e inútil redomada.
No sabe que mi hermana está muerta y que mi madre no me habla, que he
perdido a las dos personas que más significaban para mí en este mundo. Y soy
incapaz de decírselo. Apenas soy capaz de reconocerlo para mis adentros.
—Venga, Mallory. Di que sí. Estoy preocupado por ti.
—No sabes nada de mí.
—Pues habla conmigo. Cuéntame. ¿Qué tendría que saber?

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No puedo decírselo ahora, justo en el momento que necesito su ayuda más
que nunca. Tengo que mantener mi historia en secreto durante unos días más.
Y luego juro que se lo contaré todo.
Me pone una mano en la rodilla con suavidad.
—Me gustas, Mallory. Déjame ayudarte.
Me doy cuenta de que se está armando de valor para dar el primer paso.
Hace mucho tiempo que nadie intenta besarme. Y quiero que me bese, pero,
al mismo tiempo, no quiero que lo haga, así que me quedo paralizada,
inmóvil, mientras él se vuelve despacio hacia mí.
Y entonces, al otro lado del jardín trasero, las puertas correderas de cristal
de la casa grande se abren y Caroline Maxwell las atraviesa con un libro, una
botella de vino y una copa de tallo largo en las manos.
Adrián se aparta y carraspea.
—En fin, es tarde.
Me pongo de pie.
—Sí.
Atravesamos el jardín y rodeamos el lateral de la casa principal siguiendo
el camino de losas hasta la entrada para dos coches de los Maxwell.
—Mi oferta sigue en pie si cambias de opinión —comenta Adrián—.
Aunque no creo que debas preocuparte.
—¿Por qué no?
—Bueno, esa cosa…, ese espíritu, fantasma o lo que sea…, ¿la has visto
alguna vez?
—No.
—¿Y la oyes? ¿Oyes gemidos o ruidos extraños? ¿Susurros en plena
noche?
—Nunca.
—¿Y te desordena las cosas? ¿Te tira cuadros de la pared, da portazos, te
enciende las luces?
—No, no hace nada de eso.
—Justo. Ha tenido muchas oportunidades de asustarte. Y o no puede o no
quiere. Creo que está intentando comunicarse. Creo que habrá más dibujos y,
una vez que los tengamos todos, entenderemos lo que está intentando
decirnos.
¿Estará en lo cierto? No tengo ni idea. Pero agradezco la calma y la
seguridad de su voz. Hace que mis problemas parezcan perfectamente
manejables.
—Gracias, Adrián. Gracias por creerme.

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Cuando estoy a punto de llegar de nuevo a la casita, Caroline me llama
desde el patio.
—Veo que has hecho un amigo. Espero no habértelo asustado.
Cruzo el jardín para no tener que gritar.
—Es uno de tus jardineros. Trabaja para El Rey del Césped.
—Ya, ya lo sé, conocí a Adrián hace unas semanas, justo antes de que te
mudaras. Teddy se quedó muy impresionado con su tractor. —Bebe un sorbo
de su vino—. Es monísimo, Mallory. ¡Menudos ojos!
—Solo somos amigos.
Se encoge de hombros.
—No es asunto mío. Pero desde aquí parecía que estabais muy pegaditos
el uno al otro.
Noto que me sonrojo.
—Puede que un poco…
Caroline cierra el libro, lo deja a un lado y me anima a sentarme.
—¿Qué más sabemos de él?
Le explico que vive a tres manzanas, que trabaja en la empresa de su
padre, que estudia ingeniería en la Universidad Rutgers, en Nuevo Brunswick.
—Le gusta leer. Me lo encontré en una librería. Y creo que conoce a todos
los habitantes de Spring Brook.
—¿Y las señales de alerta? ¿Qué defectos tiene?
—Creo que todavía no le he encontrado ninguno. ¿Que es un poco friki de
Star Wars? Me refiero a que no me sorprendería que se disfrazara y fuese a
esas convenciones.
Caroline se ríe.
—Si ese es su peor defecto, yo me pondría un disfraz de princesa Leia y
me abalanzaría sobre él. ¿Cuándo vais a volver a veros?
—No lo sé.
—A lo mejor tienes que dar tú el siguiente paso. Invítalo a la casa. Podéis
bañaros en la piscina, hacer un pícnic. Estoy segura de que a Teddy le
encantaría jugar con él en el agua.
—Gracias —le digo—. A lo mejor lo hago.
Continuamos sentadas unos instantes, sumidas en un silencio cómodo,
disfrutando de la quietud de la noche. Entonces Caroline vuelve a coger el
libro, un viejo volumen de bolsillo muy manoseado y lleno de anotaciones.
En la cubierta, una Eva desnuda tiende la mano hacia la manzana en el jardín
del Edén mientras la serpiente merodea por allí cerca.
—¿Es la Biblia?

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—No, es poesía. El Paraíso perdido. Me encantaba cuando iba a la
universidad, pero ahora no soy capaz de leer ni una sola página. Ya no tengo
paciencia. Es como si la maternidad hubiera acabado con mi capacidad de
atención.
—Yo tengo el primer tomo de Harry Potter en la casita. Lo saqué de la
biblioteca para leérselo a Teddy, pero si quieres te lo presto.
Caroline sonríe como si le hubiera hecho gracia el comentario.
—Creo que voy a acostarme. Se está haciendo tarde. Buenas noches,
Mallory.
Se mete dentro y salvo la larga distancia que me separa de la casita
atravesando el jardín. Una vez más, oigo pasos que vagan por Hayden’s Glen
—más ciervos o más adolescentes borrachos o más muertos, ¿quién sabe?—,
pero ese ruido ya no me asusta.
Porque he decidido que Adrián tiene razón.
No tengo que tener miedo de Anya.
No está intentando hacerme daño.
No está intentando asustarme.
Está intentando decirme algo.
Y creo que ha llegado el momento de prescindir del intermediario.

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A la mañana siguiente, le digo a Teddy que Adrián va a venir a casa a la hora


de comer y que haremos una fiesta en la piscina, y nos ponemos a preparar un
gran banquete para el pícnic: sándwiches de pollo a la parrilla, ensalada de
pasta, ensalada de fruta y limonada recién exprimida. Teddy lo saca todo con
mucho orgullo a la zona de la piscina y yo abro las sombrillas del patio para
que podamos comer a la sombra.
Ya he informado a Adrián del plan y ha accedido a cuidar de Teddy
mientras Mitzi y yo probamos suerte con la ouija. Llega a las doce, puntual,
vestido con un bañador y una camiseta roja del equipo de su universidad, los
Scarlet Knights. Teddy echa a correr por el bordillo de la piscina para ir a
recibirlo. Aunque mide menos de uno veinte, Teddy, a saber cómo, ha
aprendido a abrir la puerta de seguridad infantil. Entonces adopta el papel de
maître, le da la bienvenida a Adrián a nuestro «restaurante» y lo acompaña a
nuestra mesa.
Adrián se asombra ante el gran despliegue de comida.
—¡Me encantaría poder quedarme aquí todo el día comiendo! Pero El Jefe
me da solo una hora. Si tardo más, vendrá a buscarme, y eso no nos conviene
ninguno de los tres.
—Comeremos rápido para bañarnos —le dice Teddy—. ¡Así podremos
jugar a Marco Polo!
Le doy un montón de instrucciones a Adrián. Le recuerdo mil veces que
Teddy tiene que ponerse los manguitos, que la piscina cubre demasiado para
él, incluso en la parte menos profunda. Estoy demasiado nerviosa para comer.
No dejo de lanzar miradas a la casita, donde Mitzi lleva trabajando alrededor
de una hora para preparar «la reunión». No está del todo segura de que el plan
vaya a funcionar. Lo ideal sería, dice, que Teddy se sentara con nosotras a la
mesa de la ouija. Pero está de acuerdo en que tener al niño a unos veinte
metros podría acercarse mucho, y ese es el máximo riesgo que estoy dispuesta
a correr.

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Como Teddy se muere de ganas de bañarse, se come solo medio sándwich
y dice que no tiene más hambre. Y Adrián sabe que yo estoy impaciente por
empezar, así que mastica deprisa y después levanta a Teddy del suelo con un
solo brazo.
—¿Preparado, señor T?
El crío se pone a chillar de alegría.
Ahora viene la parte complicada:
—Teddy, ¿te importaría quedarte un ratito con Adrián? Tengo que hacer
una cosa en la casita.
Tal como esperaba, Teddy pierde la cabeza por completo. Sale corriendo
hacia la otra punta de la piscina agitando los brazos como un loco,
emocionadísimo porque Adrián —¡Adrián!— va a hacerle de canguro.
—Por favor, vigílalo bien. No lo pierdas de vista ni un segundo. Si le pasa
algo…
—No pasará nada, tranquila —me promete Adrián—. Eres tú quien me
preocupa. ¿Es la primera vez que usas una ouija?
—La primera vez desde que acabé la primaria.
—Ten cuidado, ¿vale? Grita si necesitas cualquier cosa.
Niego con la cabeza.
—No os acerquéis a la casita ni de lejos. Aunque nos oigáis gritar. No
quiero que Teddy se entere de lo que estamos haciendo. Si se lo cuenta a sus
padres, se desquiciarán.
—Pero ¿y si surge algún problema?
—Mitzi dice que lo ha hecho cientos de veces. Que es totalmente seguro.
—¿Y si Mitzi se equivoca?
Le aseguro que todo va a ir bien, pero no sé si parezco muy convencida.
Mitzi ya me ha llamado seis veces al móvil esta mañana para informarme de
las precauciones y restricciones importantes. Me ha prohibido ponerme tanto
joyas como perfume. Nada de maquillaje, ni de sombreros, ni de pañuelos, ni
de zapatos abiertos. La he notado más maníaca en cada conversación. Me ha
explicado que se sirve del THC para «desbloquear» los circuitos neuronales y
me preocupa que tanto cannabis la haya vuelto paranoica.
Teddy vuelve corriendo hacia nosotros, se estampa contra las rodillas de
Adrián y está a punto de tirarlo a la piscina.
—¿Habéis acabado de hablar? ¿Nos bañamos ya?
—Pasáoslo bien —les digo—. Vuelvo en un ratito.
Cuando llego a la casita, Mitzi ya ha terminado con los preparativos. Hay
una pila de libros de consulta sobre la encimera de la cocina y ha colgado una

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tela negra y pesada delante de las ventanas para tapar la luz solar. Una vez
que entro y parpadeo varias veces para adaptarme a la oscuridad, la atisbo
asomándose al exterior para ver a Adrián quitándose la camiseta.
—Vaya, vaya, vaya. ¿De dónde has sacado a este apuesto Scarlet Knight?
Al parecer no reconoce a Adrián sin el uniforme de jardinero, no se da
cuenta de que es el mismo hombre al que tachó prácticamente de violador
hace apenas unas semanas.
—Vive aquí cerca.
—¿Y te fías de él para que se encargue del niño? ¿No nos molestarán?
—No habrá problema.
Cierro la puerta y es como si me encerrara en una tumba. La atmósfera
está cargada del olor silvestre de la salvia quemada; Mitzi me explica que eso
reducirá las interferencias de espíritus hostiles. Ha distribuido por la
habitación cinco o seis velas votivas que nos proporcionan la luz justa para
poder trabajar. La mesa de la cocina está cubierta por un mantel negro y la
ouija de madera ocupa justo el centro, rodeada por un anillo de diminutos
cristales granulados.
—Sal marina —señala Mitzi—. Es una precaución un tanto excesiva,
pero, como es tu primera vez, no quiero correr ningún riesgo.
Antes de empezar, Mitzi me pregunta si puede echarles un vistazo a todos
los dibujos que he recibido. A estas alturas, he acumulado una buena
colección; esta misma mañana, al despertarme, he encontrado tres nuevos
tirados en el suelo, como si los hubieran metido por debajo de la puerta.
A Mitzi parece preocuparle sobre todo el último dibujo, por el perfil del
rostro de la mujer. Señala la silueta que aparece en el horizonte.
—¿Quién es esta persona que camina hacia ella?
—Yo creo que se está alejando.
Mitzi se estremece, asaltada por un escalofrío, y luego se sacude para
librarse de él.

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—Pues supongo que tendremos que preguntárselo. ¿Lista?
—No lo sé.
—¿Tienes que ir al baño?
—No.
—¿Has apagado el móvil?
—Sí.
—Entonces estás lista.
Nos sentamos a la mesa en extremos opuestos. Hay una tercera silla entre
nosotras, vacía, que queda reservada para Anya. En la oscuridad de la casita,
tengo la impresión de que ya no estoy en Spring Brook. O, más bien, tengo la
impresión de que estoy y no estoy en Spring Brook a la vez. El aire ha
cambiado: se ha vuelto más espeso, más difícil de respirar. Sigo oyendo la
risa de Teddy, a Adrián gritando «¡Bomba va!» y el chapoteo del agua en la
piscina, pero todos esos ruidos me llegan ligeramente distorsionados, como si
los oyera a través de una conexión telefónica defectuosa.
Mitzi coloca un pequeño puntero con forma de corazón en el centro del
tablero y me invita a poner los dedos en un lado. La parte inferior del puntero
cuenta con tres ruedecitas con unos diminutos anclajes de latón; el más
mínimo roce hace que se aleje de mí rodando.
—Ten cuidado, no hay que empujarla —me advierte Mitzi—. Tiene que
ser la herramienta la que haga el trabajo.
Doblo los dedos para intentar relajarlos.
—Perdón.
Mitzi pone los dedos en el lado contrario del puntero. Después, cierra los
ojos.
—Bien, Mallory, voy a iniciar la conversación. Yo estableceré el
contacto. Pero, una vez que hayamos entablado una buena relación, tú le harás
las preguntas. De momento, cierra los ojos y relájate. Respira hondo, inhala
bocanadas de aire purificador por la nariz y exhala por la boca.
Estoy nerviosa y un poco cohibida, aunque la voz de Mitzi me tranquiliza.
Me sorprendo imitándola, copiando su postura y su manera de respirar. El
incienso me relaja los músculos y me acalla los pensamientos. Mis
preocupaciones y angustias cotidianas —Teddy, los Maxwell, correr, seguir
sobria— empiezan a disiparse.
—Bienvenidos, espíritus —dice Mitzi, y doy un respingo en mi asiento,
sobresaltada por el volumen de su voz—. Este es un lugar seguro.
Agradecemos vuestra presencia. Os invitamos a uniros a nosotras para
conversar.

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Desde el exterior siguen llegándome los ruidos de la piscina, un estruendo
de pataleos y chapoteos frenéticos. Pero luego me concentro más y consigo
bloquearlos. Relajo las yemas de los dedos y mantengo el contacto con el
puntero sin aplicar ningún tipo de presión.
—Annie Barrett, deseamos hablar con Annie Barrett —dice Mitzi—.
¿Estás ahí, Annie? ¿Nos oyes?
Cuanto más tiempo paso sentada en la silla con respaldo de madera, más
consciente soy de todos los puntos en los que entra en contacto con mi
cuerpo: el asiento bajo el trasero, el travesaño que me presiona las paletillas.
Clavo la mirada en el puntero, a la espera del más mínimo indicio de
movimiento. La salvia ardiente crepita y restalla.
—¿Y Anya? ¿Hay alguna Anya presente? ¿Nos oyes, Anya?
Me pesan los párpados y me permito cerrarlos. Me siento como si me
estuvieran hipnotizando o como si hubiese llegado a esos últimos momentos
del día, cuando estoy tumbada en una cama cálida bajo una manta cómoda, a
punto de quedarme dormida.
—¿Estás ahí, Anya? ¿Quieres hablar con nosotras?
No hay respuesta.
Ya no oigo los ruidos del jardín trasero. Solo oigo la respiración pesada de
Mitzi.
—Déjanos ayudarte, Anya. Por favor. Te escuchamos.
Y entonces algo me roza la nuca. Como si una persona hubiera pasado por
detrás de mi silla. Me giro y no hay nadie. Sin embargo, cuando vuelvo a
mirar el tablero de la ouija, siento que hay alguien a mi espalda, inclinado
sobre mí. Un mechón de pelo largo y suave se desliza junto a mi mejilla y me
acaricia el hombro. Y entonces un peso invisible me empuja la mano, una
presión delicada y firme que hace avanzar el puntero. Una de las ruedas emite
un chirrido leve, como el grito suave de un ratón.
—¡Bienvenido, espíritu! —Mitzi me sonríe y noto que no tiene ni idea de
lo que está pasando; está claro que ella no ve ni siente lo que sea que tengo
detrás—. Gracias por contestar a nuestra llamada.
Un aliento cálido me hormiguea en la nuca y se me pone la piel de gallina.
Me presionan más la mano y la muñeca, guían el puntero por el tablero
trazando círculos lentos.
—¿Eres Anya? —pregunta Mitzi—. ¿Estamos hablando con Anya?
La ouija está ilustrada con el alfabeto tradicional y los números del cero al
nueve, y en las esquinas superiores aparecen las palabras sí y no. Observo de
forma pasiva, como una espectadora, mientras el puntero se detiene un

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instante en la letra I, luego vuelve a la G y después a la E. Mitzi mantiene
cuatro dedos sobre el puntero, pero en la mano libre sujeta un lápiz para
transcribir los resultados en un cuaderno: «¿I-G-E?». Tiene la frente perlada
de sudor. Me mira y niega con la cabeza, impertérrita.
—Habla despacio, espíritu —dice—. Tenemos mucho tiempo. Deseamos
comprenderte. ¿Eres Anya?
El puntero se desplaza a la N y luego a la X y la O.
—Te estás apoyando —susurra Mitzi, irritada, y me doy cuenta de que me
está hablando a mí.
—¿Qué?
—En la mesa. Estás empujando, Mallory.
—No soy yo.
—Recuéstate en la silla. Siéntate con la espalda recta.
Estoy demasiado asustada para discutir con ella, para decirle la verdad.
No quiero interrumpir lo que sea que esté ocurriendo.
—Espíritu, ¡agradecemos tu mensaje! Agradecemos cualquier
información que quieras compartir.
Noto más presión en mi mano y el puntero se mueve más rápido, gira con
brusquedad por el tablero, se detiene en una letra aleatoria tras otra, una
retahíla de interferencias espirituales: L-V-A-J-X-S. Mitzi sigue anotándolo
todo, pero cada vez está más enfadada. Los resultados parecen una sopa de
letras.
El puntero de madera vibra de energía, como el latido acelerado del
corazón de un animalillo asustado. Vuela por el tablero y Mitzi apenas puede
seguirle el ritmo tomando notas con una sola mano. La atmósfera es tan densa
que resulta sofocante; me lloran los ojos y no sé por qué no se ha activado el
detector de humos. Entonces Mitzi aparta los dedos y el puntero sigue
moviéndose. Mi mano lo empuja hacia el otro lado del tablero y sale volando
por el borde de la mesa hasta caer al suelo. Mitzi se pone de pie, furiosa.
—¡Lo sabía! Estabas empujándolo. No has parado de empujarlo en todo el
rato.
El peso abandona por completo mi mano y, de repente, salgo del trance.
La habitación vuelve a enfocarse de golpe. Son las doce y cuarenta y cinco de
la tarde del miércoles, oigo a Adrián contando en el jardín trasero —«Seis
Misisipi, siete Misisipi…»— y Mitzi me está fulminando con la mirada.
—Ha sido Anya. No yo.
—Te he visto, Mallory. ¡Te he visto hacerlo!
—¡Ocho Misisipi!

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—Anya me movía la mano. Me estaba guiando.
—Esto no es una fiesta de pijamas. No es un juego. Es mi forma de
ganarme la vida, ¡me lo tomo muy en serio!
—¡Nueve Misisipi!
—Me has hecho perder el tiempo. ¡Me has hecho perder el día entero!
Y, de pronto, estoy parpadeando para protegerme de la luz del día. La
puerta de la casita se ha abierto de par en par y el pequeño Teddy está en el
porche, escudriñando la oscuridad. Se lleva un dedo a los labios: un gesto
para que nos callemos. Más allá, en el jardín, Adrián grita:
—¡Diez Misisipi! Allá voy.
Teddy entra y cierra la puerta con cuidado a su espalda. Luego echa un
vistazo en torno a la casa y se extraña al ver las velas votivas, las ventanas
oscurecidas y la mesa de cocina con su anillo de sal marina.
—Cielo, esto se llama ouija —le dice Mitzi, que lo invita a examinarla
más de cerca—. Bien utilizada, es una herramienta de comunicación. Para
hablar con los muertos.
Teddy me mira en busca de confirmación, como si pensara que Mitzi no
le está diciendo la verdad.
—¿En serio?
—No, no, no. —Ya me he levantado de la silla y lo estoy guiando de
vuelta hacia la puerta—. Es solo un juguete. Un juego. —Lo último que
necesito es que Teddy les hable a sus padres de una sesión de espiritismo—.
Solo estábamos de broma. No es real.
—Es muy real —afirma Mitzi—. Si respetas sus poderes. Si te la tomas en
serio.
Abro la puerta y veo a Adrián al otro lado del jardín, buscando a Teddy
entre los árboles de Hayden’s Glen.
—¡Está aquí! —le grito.
Se acerca trotando y Teddy echa a correr de inmediato; cruza el césped a
toda velocidad, aún metido en el juego del escondite.
—Perdonad —dice Adrián—. Le había dicho que se quedara en la zona de
la piscina. Espero que no os haya fastidiado nada.
—Ya estaba fastidiado de antes —replica Mitzi. Está recogiendo sus
cosas, apagando las velas y amontonando las bandejas de incienso—. En esta
casa no hay espíritus. Nunca los ha habido. Todo esto no es más que una
historia que Mallory se ha inventado para llamar la atención.
—Mitzi, ¡eso no es cierto!

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—He utilizado esta ouija cientos de veces. Nunca se había comportado
así.
—Te juro que…
—Júraselo al Scarlet Knight este, ¿vale? Llora sobre su hombro a ver si le
das pena. Pero a mí no me hagas perder más el tiempo.
Se guarda los libros en el bolso y sale de la casa como un huracán, a punto
de tropezar al bajar los escalones del porche.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunta Adrián.
—Anya ha estado aquí, Adrián. Estaba dentro de la casita. Te juro que la
he sentido agachada sobre mí. Moviéndome el brazo. Pero las letras eran un
galimatías. No hemos descifrado ni una palabra. Y entonces, justo en medio
de la sesión, Mitzi ha perdido los papeles y se ha puesto a gritarme.
Desde el porche, observamos a Mitzi avanzar haciendo eses por el césped,
virando hacia la izquierda y luego inclinándose hacia la derecha, incapaz de
caminar en línea recta.
—¿Está bien? —pregunta Adrián.
—Bueno, está bastante colocada, pero se supone que es parte de su
proceso.
Un Teddy alicaído camina hacia nosotros por el jardín. Es como si
comprendiera que ha ocurrido algo malo, que los mayores están disgustados.
Con voz esperanzada, pregunta:
—¿A alguien le apetece perseguirme?
Adrián se disculpa por marcharse, pero dice que tiene que irse.
—Si no vuelvo ya, El Jefe se volverá loco.
—Yo te persigo —le digo a Teddy—. Danos solo un minuto.
Está claro que no es la respuesta que Teddy esperaba. Se aleja a zancadas
por el jardín hasta la zona de la piscina, molesto con ambos.
—¿Estás bien? —me pregunta Adrián.
—Sí. Solo espero que Teddy no les diga nada a sus padres… Pero estoy
bastante convencida de que lo hará.

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Después de la fiesta en la piscina, Teddy sube a su habitación para la hora de


descanso y yo me quedo abajo, en la sala de estar. A lo mejor no me conviene
saber lo que está haciendo ahí arriba. Puede que las cosas me vayan mejor si
dejo de hacer tantas preguntas.
Por la tarde, damos un largo paseo por el Bosque Encantado. Seguimos el
Camino de Baldosas Amarillas hasta el Paso del Dragón y bajamos al Río
Regio mientras intento contarle una nueva historia sobre la princesa Mallory y
el príncipe Teddy. Pero de lo único de lo que quiere hablar el príncipe Teddy
es de las ouijas: ¿Llevan pilas? ¿Cómo encuentran a la persona muerta? ¿Son
capaces de encontrar a cualquier persona muerta? ¿Encontrarían a Abraham
Lincoln? Le contesto «no lo sé» una y otra vez y espero que pierda el interés.
Sin embargo, me pregunta cuánto cuesta comprar una ouija, si puedes
fabricarte una.
Caroline vuelve del trabajo a su hora habitual y yo me marcho enseguida a
correr, deseosa de alejarme de la casa y de quemar el estrés. Son casi las siete
cuando vuelvo. Ted y Caroline me están esperando en el porche y, en cuanto
les veo la cara, sé que lo saben.
—¿Cómo te ha ido el entrenamiento? —me pregunta Ted con un tono
jovial, como si estuviera decidido a no agriar las cosas.
—Bastante bien. Más de catorce kilómetros.
—Catorce kilómetros, ¿en serio? Es increíble.
Pero Caroline no tiene ningún interés en nuestras charlas triviales.
—¿Quieres contarnos algo?
Me siento como si me hubieran mandado al despacho del director y me
hubiesen obligado a vaciarme los bolsillos. Lo único que se me ocurre es
hacerme la tonta:
—¿Qué pasa?
Me pone una hoja de papel en las manos.

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—He encontrado este dibujo antes de cenar. Teddy no quería
enseñármelo. Ha intentado escondérmelo, pero he insistido. Así que míralo y
dime por qué no deberíamos despedirte en el acto.
Ted le pone una mano en el brazo.
—No exageremos.
—Déjate de paternalismos, Ted. Pagamos a Mallory para que cuide a
nuestro hijo, pero resulta que lo ha dejado con el jardinero para ponerse a
jugar a la ouija. Con la porrera de la casa de al lado. ¿En qué estoy
exagerando?
El dibujo no se parece en nada a las ilustraciones oscuras y siniestras que
me han ido dejando en el porche y en la nevera. No son más que unas cuantas
figuras de palo de las de Teddy: yo y una mujer enfadada, que obviamente es
Mitzi, alrededor de un rectángulo cubierto de letras y números.
—¡Lo sabía!
Caroline entorna los ojos.
—¿Qué sabías?

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—¡Que Anya ha estado en la sesión de espiritismo! Mitzi me ha acusado
de empujar el puntero ese, ¡pero era Anya! Era ella quien lo movía. Teddy la
ha visto. ¡El dibujo lo demuestra!
Caroline está perpleja. Se vuelve hacia Ted y él levanta las manos para
rogarnos que nos calmemos.
—Vamos a respirar hondo todos, ¿vale? Acláranos qué estás diciendo.
¿Cómo no van a estar desconcertados? Ellos no han visto todo lo que he
visto yo. Si no les enseño los dibujos, no me creerán jamás. Abro la puerta de
la casita y les pido que me sigan adentro. Saco la pila de dibujos y los
extiendo sobre la cama formando una cuadrícula.
—Miradlos bien. Reconocéis el papel, ¿verdad? ¿De los blocs de dibujo
de Teddy? El lunes pasado me encontré los tres primeros dibujos en el
porche. Le pregunté a Teddy y me dijo que no tenía nada que ver con ellos.
La noche siguiente, salí a cenar con Russell. La puerta de la casita estaba
cerrada con llave. Pero, cuando volví, había tres dibujos más en el frigorífico.
Así que escondí una cámara en el dormitorio de Teddy…
—¿Que hiciste qué? —pregunta Caroline.
—Un vigilabebés. El del sótano. Puse la cámara en su habitación durante
la hora de descanso y lo vi dibujar. —Señalo las tres hojas siguientes—. Lo vi
hacer estos de aquí. Con la mano derecha.
Caroline niega con la cabeza.
—Lo siento, Mallory, pero estamos hablando de un niño de cinco años.
Todos estamos de acuerdo en que Teddy es superdotado, pero es imposible
que sea capaz…
—No me estás entendiendo. Estos dibujos no los hizo Teddy. Los hizo
Anya. El espíritu de Annie Barrett. Visita a Teddy en su dormitorio. Lo usa
como si fuera una marioneta. No sé cómo, toma el control de su cuerpo, hace
estos dibujos y me los trae aquí. Porque me está diciendo algo.
—Mallory, frena un poco —interviene Ted.
—Hemos probado con la sesión de espiritismo para que Anya deje en paz
a Teddy. Quería comunicarme con ella. Dejar al niño al margen. Pero ha
salido mal. No ha funcionado. —Guardo silencio mientras me sirvo un vaso
de agua y me lo bebo de un trago—. Sé que parece una locura, pero aquí
tenéis las pruebas que necesitáis. Mirad estos dibujos. Empiezan a tomar
forma, cuentan una historia. Ayudadme a encontrarle sentido, por favor.
Caroline se deja caer en una silla y entierra la cara entre las manos. Ted
consigue mantener la compostura, como si estuviese decidido a resolver la
conversación.

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—Estamos más que dispuestos a ayudarte, Mallory. Me alegro de que te
estés mostrando tan abierta y sincera con nosotros. Pero, antes de que les
encontremos sentido a estos dibujos, tenemos que ponernos de acuerdo en un
par de cosas, ¿vale? Y la más importante es que los fantasmas no existen.
—No puedes demostrarlo.
—¡Porque las negativas no pueden demostrarse! Mira la otra cara de la
moneda, Mallory: no tienes pruebas de que el fantasma de Annie Barrett sea
real.
—¡La prueba son estos dibujos! Están hechos en las hojas del bloc de
Teddy. Si no los ha dibujado él, si Annie no los ha traído como por arte de
magia hasta mi casa, ¿cómo han llegado aquí?
Veo que la atención de Caroline se ha desviado hacia la mesita de noche
que hay junto a la cama, donde tengo el móvil, la tablet, la biblia… y el bloc
de dibujo en blanco que Teddy me regaló hace un mes, cuando empecé a
trabajar para los Maxwell.
—Venga ya —le suelto—. ¿Crees que los estoy haciendo yo?
—No he dicho eso en ningún momento —contesta.
Pero entiendo el funcionamiento de su mente, veo que está sopesando la
teoría.
A fin de cuentas, ¿no era yo propensa a los lapsos de memoria?
¿No desapareció una caja de lápices de Teddy la semana pasada?
—Preguntémosle a vuestro hijo —les propongo—. Él no os mentirá.
Solo se tarda un minuto en cruzar el jardín y subir a la habitación de
Teddy. Ya se ha lavado los dientes y se ha puesto el pijama de camiones de
bomberos. Está sentado en el suelo junto a su cama, construyendo una casa
con las piezas de Lincoln Log y llenando las habitaciones de animales de
granja de plástico. Nunca nos habíamos encarado así a él: entrando los tres
juntos en su habitación, agitados y nerviosos. Se percata enseguida de que
algo va mal.
Ted se acerca a la cama y le alborota el pelo.
—Hola, grandullón.
—Tenemos que hacerte una pregunta importante —dice Caroline—. Y
necesitamos que nos digas la verdad. —Coge los dibujos y los esparce por el
suelo—. ¿Los has hecho tú?
Teddy niega con la cabeza.
—No.
—No se acuerda de que los ha hecho porque entra en una especie de
trance —le explico—. Como en un sueño crepuscular.

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Caroline se arrodilla junto a su hijo y empieza a jugar con una cabra de
plástico para intentar relajar la situación.
—¿Los haces con ayuda de Anya? ¿Te va diciendo lo que tienes que
hacer?
Miro a Teddy de hito en hito, intento que establezca contacto visual
conmigo, pero el niño no se vuelve hacia mí.
—Sé que Anya no existe —les dice a sus padres—. Es solo una amiga
imaginaria. Sería imposible que hiciera dibujos de verdad.
—Totalmente imposible —asiente Caroline. Le pasa un brazo por los
hombros y lo estrecha contra sí—. Tienes toda la razón, cariño.
Y empiezo a sentir que me estoy volviendo loca. Es como si todos
estuviéramos pasando lo obvio por alto a propósito, como si de repente
hubiéramos decidido ponernos de acuerdo en que 2 + 2 = 5.
—Pero oléis algo raro en este dormitorio, ¿no? Mirad a vuestro alrededor.
Las ventanas están abiertas, está puesto el aire acondicionado, las sábanas
están limpias, las he lavado hoy, las lavo todos los días, pero aquí siempre
huele mal. Como a azufre, como a amoníaco. —Caroline me lanza una mirada
de advertencia, pero no está entendiendo a lo que me refiero—. ¡No es culpa
de Teddy! ¡Es Anya! ¡Es su olor! El olor de la podredumbre, es…
—Para —me pide Ted—. Deja de hablar, por favor. Entendemos que
estás alterada. Lo comprendemos, ¿vale? Pero, si queremos arreglar este
problema, tenemos que partir de hechos. De verdades absolutas. Y si te soy
sincero, Mallory, yo no noto ningún olor raro en esta habitación. Creo que el
dormitorio de Teddy huele muy bien.
—Yo también —interviene Caroline—. El olor de su habitación es
completamente normal.
Y ahora ya no me cabe duda de que me estoy volviendo loca.
Tengo la sensación de que Teddy es mi única esperanza, pero sigo sin
conseguir que me mire.
—Venga, Teddy, tú y yo lo hemos hablado. Tú sabes lo del olor, me
dijiste que era Anya.
Se limita a negar con la cabeza y a morderse el labio inferior y, de pronto,
rompe a llorar.
—Sé que no es real —le dice a su madre—. Sé que es de mentira. Sé que
es imaginaria.
Caroline lo abraza.
—Claro que sí —le contesta para tratar de reconfortarlo, y luego se gira
hacia mí—. Es mejor que te vayas ya.

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—Espera…
—No. Ya hemos hablado bastante. Teddy tiene que meterse en la cama y
tú tienes que marcharte a la casita.
Y, con Teddy hecho un mar de lágrimas, me doy cuenta de que
seguramente tenga razón, de que no puedo hacer nada más por él. Recojo los
dibujos y salgo del dormitorio. Ted me sigue escaleras abajo hasta la planta
inferior.
—Os está mintiendo —le digo—. Os está diciendo lo que queréis oír para
que no os enfadéis con él. Pero no se lo cree. Se ha negado a mirarme.
—A lo mejor le daba miedo mirarte —replica Ted—. A lo mejor le daba
miedo que fueras tú quien se enfadase si decía la verdad.
—Y ahora ¿qué? ¿Vais a despedirme?
—No, Mallory, por supuesto que no. Creo que solo necesitamos
aprovechar esta noche para que se enfríen los ánimos. Para despejarnos las
ideas. ¿Te parece bien?
¿Me parece bien? No lo sé. No creo que necesite despejarme las ideas.
Sigo convencida de que yo tengo razón y ellos se equivocan, de que he
reunido casi todas las piezas del rompecabezas y ahora solo tengo que
encajarlas en el orden correcto.
Ted me rodea con los brazos.
—Escúchame, Mallory: aquí estás a salvo. No corres ningún peligro.
Jamás permitiré que te ocurra nada malo.
Todavía estoy sudada tras la carrera —seguro que huelo fatal—, pero Ted
me aprieta contra sí y me acaricia el pelo de la coronilla con la mano. Y, en
solo unos instantes, el gesto pasa de reconfortante a incómodo; siento el
hormigueo de su aliento cálido en el cuello, siento hasta el último centímetro
de su cuerpo pegado al mío y no sé cómo liberarme de su abrazo.
Pero entonces oímos que Caroline se acerca dando zancadas por el pasillo.
Ted se aparta de golpe y yo echo a andar en dirección contraria para
escabullirme por la puerta de atrás sin tener que volver a ver a su esposa.
No sé qué acaba de pasar, pero creo que Ted tiene razón.
Está claro que alguien necesita aprovechar la noche para que se le enfríen
los ánimos.

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17

Cuando vuelvo a la casita, tengo un mensaje de Adrián en el móvil. Dos


palabras: buenas noticias. Lo llamo y contesta al primer toque.
—Han encontrado algo en la biblioteca.
—¿Algo como una foto de Annie Barrett?
—Mejor. Un libro de sus obras.
Oigo voces de fondo, hombres y mujeres que se ríen, como si Adrián
estuviera en un bar.
—¿Quieres que quedemos?
—Sí, aunque necesito que vengas aquí, a casa de mis padres. Tienen
invitados y les prometí que cenaría con sus amigos. Pero, si vienes, me libraré
de la sobremesa.
Todavía no me he quitado la ropa de correr, no he hecho ni un solo
estiramiento y, después de 14,13 kilómetros, tengo un hambre y una sed de
locos; pero le digo que estaré allí en media hora. No voy a morirme por no
estirar un día.
Me bebo otro vaso de agua de un trago, me preparo un sándwich rápido y
me meto en la ducha. Tres minutos después, me estoy poniendo una de las
prendas más bonitas de Caroline: un minivestido verde menta con un
estampado de florecitas blancas. Luego me dirijo a toda prisa al Castillo de
las Flores.
Me siento aliviada cuando es Adrián y no alguno de sus padres quien me
abre la puerta. Lleva la típica ropa informal de un chico de club de campo: un
polo rosa metido por dentro de unos pantalones chinos con cinturón.
—Justo a tiempo —comenta—. Acabamos de servir el postre. —Luego se
acerca un poco más a mí y me susurra—: A todo esto, mis padres me han
preguntado por qué estábamos tan interesados en Annie Barrett, así que les he
dicho que has encontrado unos bocetos en la casita, escondidos debajo del
suelo de madera, y que estás intentando averiguar si son de Annie. Me pareció
más fácil contarles una mentira piadosa que contarles la verdad.

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—Lo entiendo —le digo, y es cierto: lo comprendo más de lo que podría
imaginarse.
El Castillo de las Flores es mucho más grande que la casa de los Maxwell,
pero por dentro parece más pequeño, cálido e íntimo. Todas las estancias
están decoradas con muebles de estilo rústico contemporáneo; las paredes
están adornadas con retratos familiares y mapas de América Central y del Sur;
da la sensación de que la familia lleva años viviendo aquí. Pasamos por
delante de un piano vertical y de una vitrina llena de objetos de cerámica, y en
todas las ventanas crecen frondosas plantas de interior. Quiero detenerme y
curiosearlo todo, pero Adrián se adentra en un comedor ruidoso, con unas
diez o doce personas maduras. Están sentadas en torno a una mesa cubierta de
copas de vino y platos de postre. Hay cinco conversaciones diferentes
desarrollándose a la vez y nadie se da cuenta de que hemos llegado hasta que
Adrián agita las manos y les llama la atención.
—Gente, esta es Mallory —dice—. Está trabajando de niñera para una
familia de la calle Edgewood durante el verano.
Desde la cabecera de la mesa, Ignacio levanta su copa para brindar y se
salpica la mano y la muñeca de vino tinto.
—¡Y es atleta de la Big Ten Conference! Es corredora de fondo en Penn
State.
Los invitados reaccionan como si fuera Serena Williams recién salida de
mi última victoria en Wimbledon. La madre de Adrián, Sofia, comienza a
rodear la mesa con una botella de Malbec, rellena las copas y después me
pone una mano solidaria en el hombro.
—Disculpa a mi marido —dice—. Está un poco achispado.
—Quiere decir que está un poco bebido —me traduce del español Adrián,
y luego va señalando uno por uno a los comensales para presentármelos.
Son demasiados nombres para que los recuerde: están el jefe del
Departamento de Bomberos de Spring Brook, una pareja de lesbianas que
regentan la panadería del pueblo y un par de vecinos de la misma calle.
—Creo que has venido a por un libro de la biblioteca, ¿no? —dice Sofia.
—Sí, pero no quiero interrumpir…
—Por favor, conozco a esta gente desde hace treinta años. ¡Ya no tenemos
nada que contarnos! —Sus amigos se echan a reír y Sofia coge una carpeta de
la encimera—. Vamos a hablar al jardín.
Abre una puerta corredera de cristal y la sigo hasta el jardín trasero más
extravagante que he visto en mi vida. Estamos en pleno mes de julio y todo
está floreciendo: hortensias azules, zinnias de un rojo intenso, lirios de día

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amarillos y un sinfín de flores exóticas que no había visto nunca. Hay bancos,
peldaños y arcos cubiertos de campanillas moradas; hay bebederos para
pájaros, caminos de ladrillo e hileras de girasoles más altos que yo. En el
centro hay un cenador de cedro con una mesa y sillas, y vistas a un estanque
koi con una cascada que murmulla suavemente. Me gustaría disponer de más
tiempo para admirarlo todo —me siento como si estuviera paseando por
Disneyland—, pero noto que para Adrián y Sofia no es más que su jardín
trasero, nada extraordinario.
Nos metemos bajo el cenador y Adrián enciende la guirnalda de luces que
cuelga del techo con una aplicación del móvil. Luego tomamos asiento y
Sofia entra enseguida en materia.
—Es un proyecto difícil de investigar. El primer desafío es que la historia
es muy antigua, por lo que no hay nada en internet. El segundo es que Annie
Barrett murió justo después de la Segunda Guerra Mundial y todos los
periódicos seguían muy centrados en Europa.
—¿Y los locales? —pregunto—. ¿Había algún tipo de diario local en
Spring Brook?
—El Herald —responde asintiendo—. Se publicó desde 1910 hasta 1991,
pero perdimos los microfilmes en un incendio. Todo quedó reducido a humo.
—Hace un gesto de «¡puf!» y le atisbo un pequeño tatuaje en el antebrazo
izquierdo: una esbelta rosa de tallo largo. Es de muy buen gusto y elegante,
pero, aun así, me sorprende—. He buscado los ejemplares físicos en la
biblioteca, pero no ha habido suerte. Nada anterior a 1963. Así que concluí
que había llegado a un callejón sin salida, pero uno de mis compañeros de
trabajo me remitió a la estantería de autores locales. Por lo general, siempre
que alguien del pueblo publica un libro, pedimos un ejemplar. Por pura
cortesía. Suelen ser novelas de misterio y memorias, pero a veces hay algo de
historia local. Y ahí es donde encontré esto.
Dentro de la carpeta, busca un volumen muy fino —más bien un panfleto
—, de unas treinta páginas, con la cubierta de cartulina y encuadernado con
unas grapas industriales gruesas y oxidadas. La portada parece elaborada con
una máquina de escribir de las de antes:

OBRAS COMPLETAS DE
ANNE C. BARRETT
(1927 - 1948)

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—No constaba en el sistema informático —continúa Sofia—. No creo que
este libro se haya prestado en los últimos cincuenta años.
Me lo acerco a la cara. Desprende un olor rancio y acre, como si se le
estuvieran pudriendo las páginas.
—¿Por qué es tan pequeño?
—Lo autopublicó su primo. Hizo una tirada pequeña solo para los amigos
y familiares, y supongo que alguien debió de donar un ejemplar a la
biblioteca. Hay una nota de George Barrett en la primera página.
La cubierta parece vieja y frágil al tacto, como una cáscara seca, a punto
de resquebrajárseme entre los dedos. La abro con cuidado y empiezo a leer:

En marzo de 1946, mi prima Anne Catherine Barrett abandonó


Europa para comenzar una nueva vida aquí, en Estados Unidos. Como
gesto de bondad cristiana, mi esposa Jean y yo convidamos a «Annie» a
vivir con nuestra familia. Jean y yo no tenemos hermanos y nos apetecía
compartir nuestro hogar con otro pariente adulto, con alguien que nos
ayudara a criar a nuestras tres hijas pequeñas.
Annie tenía solo diecinueve años cuando llegó a Estados Unidos.
Era muy bella, pero, como muchas otras jóvenes, también muy necia.
Jean y yo hicimos innumerables esfuerzos para introducir a Annie en la
sociedad de Spring Brook. Soy edil del ayuntamiento y también soy
miembro de la junta parroquial de la Iglesia de San Marcos. Mi esposa
Jean es muy activa en el Club de Mujeres del pueblo. Nuestros amigos
más cercanos acogieron a mi prima en la comunidad con muchas
invitaciones amables y atentas, pero Annie las rechazó todas.
Era boba y solitaria y se autodenominaba artista. Dedicaba todo su
tiempo libre a pintar en la casita de campo o a pasear descalza por el
bosque que hay detrás de nuestra propiedad. A veces la veía ponerse a
cuatro patas, como los animales, para observar orugas u olisquear
flores.
Jean confeccionó la breve lista de tareas que Annie debía llevar a
cabo a cambio del alojamiento y la comida que le proporcionábamos.
La mayoría de los días, dichas tareas quedaban inconclusas. Annie no
mostraba ningún interés por formar parte de nuestra familia, ni por
formar parte de nuestra comunidad, ni siquiera del gran experimento
americano.
Tuve muchos altercados con Annie debido a sus decisiones. Muchas
fueron las veces que le advertí que se estaba comportando de forma

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irresponsable o incluso inmoral, que tantas malas decisiones
terminarían pasándole factura. No es motivo de satisfacción para mí
saber que las circunstancias me han dado la razón.
El 9 de diciembre de 1948, mi prima fue atacada y secuestrada en la
casita de invitados situada al fondo de nuestra propiedad. Mientras
escribo estas palabras, casi un año entero después, la policía local la da
por muerta y me temo que su cadáver está enterrado en algún punto de
las ciento veinte hectáreas de bosque que hay detrás de mi casa.
Tras esta tragedia, muchos de mis vecinos de Spring Brook nos han
tendido la mano ofreciéndonos sus oraciones y su amistad. He
compilado este libro como muestra de agradecimiento por su apoyo. A
pesar de mis diferencias con mi prima, siempre creí que poseía cierta
chispa creativa y este volumen es un tributo a sus escasos logros. Aquí
se recogen todos los cuadros terminados que Anne Catherine Barrett
dejó en el momento de su fallecimiento. Cuando ha sido posible, he
incluido los títulos y las fechas de composición. Que estas obras sirvan
de homenaje a una triste y trágica vida truncada.

George Barrett
Noviembre de 1949
Spring Brook, Nueva Jersey

Empiezo a pasar las páginas. El libro está lleno de fotografías borrosas en


blanco y negro de los lienzos de Annie. Unos cuadros llamados Narcisos y
Tulipanes tienen rectángulos irregulares que no se parecen en nada a una flor.
Y en otro llamado Zorro aparecen unas líneas diagonales que atraviesan el
lienzo como cuchilladas. No hay nada ni remotamente realista en el libro, solo
formas abstractas y salpicaduras y manchas de pintura, como obras recién
sacadas de una actividad artística infantil en una feria.
Me llevo una decepción enorme.
—No se parecen en nada a los dibujos que he encontrado.
—Pero una cosa es la pintura y otra, el dibujo —señala Sofía—. Algunos
artistas utilizan estilos diferentes para medios diferentes. O les gusta variar,
sin más. Uno de mis favoritos, Gerhard Richter, se pasó toda su vida
profesional alternando entre obras muy abstractas y obras muy realistas. A lo
mejor a Annie le gustaban las dos cosas.

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—Aunque eso sea cierto, el libro no me ofrece ninguna respuesta.
—Pero espera —dice Sofia—, todavía tengo que enseñarte una cosa más.
Ayer llamé al juzgado, porque es allí donde guardan los testamentos antiguos.
Son de dominio público, cualquiera puede consultarlos. Y te asombrarías de
las cosas que la gente está dispuesta a compartir después de muerta. —Abre la
carpeta y saca un par de fotocopias borrosas—. No esperaba que Annie
Barrett tuviera testamento, puesto que murió demasiado joven; pero sí
encontré las últimas voluntades de George Barrett. Falleció en 1974 y se lo
dejó todo a su esposa, Jean. Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes.
Jean se mudó a Florida y vivió allí hasta 1991. Cuando murió, le legó la
mayor parte de su patrimonio a sus hijas. Pero también le dejó cincuenta mil
dólares a una sobrina, Dolores Jean Campbell, de Akron, Ohio. ¿Sabes por
qué me sorprende eso?
Y enseguida entiendo por qué el libro es una revelación tan importante.
—Porque Jean y George no tenían hermanos. Lo dice en la introducción.
—¡Exacto! Entonces, ¿quién es esa sobrina misteriosa y de dónde ha
salido? Me planteé lo siguiente: ¿y si Jean llama «sobrina» a esa chica, pero,
en realidad, es la hija de una prima? ¿Y si es una consecuencia del
comportamiento «irresponsable» e «inmoral» de Annie? Empecé a
preguntarme si la historia no sería más complicada de lo que George nos da a
entender. A lo mejor Jean se sentía en la obligación de hacerse cargo de la
niña.
Me pongo a hacer cálculos mentales.
—Si Dolores nació en 1948, no sería tan mayor. Podría seguir viva.
—En efecto, así es. —Sofia me pasa un cuadradito de papel por encima de
la mesa. Tiene escrito el nombre «Dolores Jean Campbell» y un número de
teléfono de diez dígitos—. Es el prefijo de la zona de Akron, en Ohio. Vive
en una comunidad de jubilados llamada Rest Haven.
—¿Has hablado con ella?
—¿Y privarte de la emoción de llamar a ese número? Ni hablar, Mallory.
Pero tengo mucha curiosidad por saber quién contesta al teléfono. Me
encantará que me cuentes lo que descubras.
—Gracias. Esto es genial.
Desde el interior de la casa, nos llega un ruido de cristales rotos seguido
de un estallido de risas estruendosas. Sofia mira a su hijo.
—Creo que tu padre se ha puesto a contar chistes verdes de nuevo. Tendré
que volver antes de que me deje en ridículo. —Se levanta—. Oye, ¿me decís
otra vez por qué os interesa tanto todo esto?

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—Mallory ha encontrado unos dibujos en su casa —responde Adrián—.
Escondidos bajo el suelo. Ya te lo he contado.
Sofia se echa a reír.
—Mijo, mentías fatal a los cuatro años y ahora, aún peor. Esta mañana me
has dicho que Mallory había encontrado los dibujos en un armario.
—Bajo el suelo de un armario —insiste Adrián.
Sofia me lanza una mirada que dice: «Lo de este chico es increíble».
—Si no queréis contármelo, no pasa nada. Pero voy a sugeriros que
tengáis mucho cuidado. Si empezáis a meter las narices en secretos familiares,
a lo mejor alguien os las muerde.

Siento la tentación de llamar a Dolores de inmediato, pero es tarde, casi las


diez, y Adrián me dice que su reacción será mejor por la mañana.
—Seguro que está durmiendo.
Sé que tiene razón, pero estoy impaciente. Necesito información y la
necesito ya. Le cuento mi último enfrentamiento con los Maxwell.
—Les he enseñado los dibujos de Anya. Les he explicado que no dejan de
aparecer en la casita de invitados. Pero no me creen, Adrián. A ver, ¡claro que
no me creen! Parece una locura. Sé que parece una locura. Caroline se ha
comportado como si creyera que soy yo la que hace los dibujos, como si me
lo estuviera inventando todo para llamar la atención.
—Vamos a demostrar que dices la verdad —me asegura Adrián—. Pero
antes tendríamos que entrar en casa y comernos unos churros.
—¿Por qué?
—Porque están riquísimos y harán que te olvides de tus problemas. Fíate
de mí.
Cuando regresamos a la casa, descubrimos que la cena ha subido de
revoluciones. Han sintonizado una emisora de grandes éxitos en el equipo de
música, todo el mundo se ha trasladado al salón e Ignacio parece más
achispado que nunca. Está haciendo una demostración de pasodoble, un baile
que dice que domina desde que era joven, y, sorprendentemente, Sofia es su
compañera de juegos: agita la falda y le sigue la corriente. Los invitados les
aplauden y vitorean y Adrián se limita a negar con la cabeza, avergonzado y
exasperado.
—Siempre que invitan a gente a casa pasa lo mismo —dice—. A mi padre
le encanta hacer el payaso.

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Cogemos dos aguas con gas de la nevera y después Adrián llena un plato
de churros, los rocía con salsa de chocolate y me lleva de nuevo fuera para
enseñarme el jardín. Dice que su padre lleva treinta años trabajando en él, que
es su Versalles personal.
—¿Qué es un Versalles?
—Pues… ¿el palacio?, ¿en Francia?
Parece sorprendido de que nunca haya oído hablar de él, pero ¿qué quieres
que te diga? La gente de South Philly no dedica mucho tiempo a debatir sobre
la monarquía francesa. De todas maneras, no quiero quedar como una idiota,
así que le suelto más mentiras:
—Ah, Versalles —digo entre risas—. No te había oído bien.
Deambulamos por los senderos y Adrián me desvela todos los secretos del
jardín: la familia de cardenales que anida en el guindo. Una pequeña
hornacina con una imagen de la Virgen María para rezar en privado. Y un
banco de madera a orillas del estanque koi, junto a la cascada. Nos detenemos
y compartimos nuestros churros con los peces. Debe de haber unos siete u
ocho, que aparecen y desaparecen de la superficie del agua, siempre con la
boca abierta.
—Qué sitio tan especial.
Adrián se encoge de hombros.
—Sería más feliz con una piscina. Como la de los Maxwell.
—No, esto es mejor. Tienes suerte.
Siento que me pone una mano en la cintura y, cuando me vuelvo para
mirarlo, me besa. Sus labios tienen un sabor dulce, a canela y chocolate, y
quiero atraerlos más hacia mí, quiero besarlo otra vez.
Pero antes tengo que decirle la verdad.
Le pongo una mano en el pecho.
—Espera.
Se queda quieto.
Me mira a los ojos, esperando.
Y lo siento, pero no sé cómo decírselo. La escena es demasiado perfecta:
las lucecitas suaves parpadean, el rumor de la cascada parece música y el olor
de las flores es embriagador. Es otro momento perfecto que no soy capaz de
obligarme a fastidiar.
Porque está claro que he pasado el punto de no retorno. Mentirle a Adrián
ya fue terrible. Pero es que ahora ya les he mentido a sus padres e incluso a
los amigos de sus padres. En cuanto esas personas se enteren de la verdad,
será imposible que me acepten. Mi relación con Adrián no tiene la más

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mínima posibilidad. Somos como una de las burbujas de jabón con las que
juega Teddy: mágicas, flotantes, más ligeras que el aire… y condenadas a
explotar.
Se da cuenta de que algo va mal y se aparta.
—Perdona. Creo que he malinterpretado la situación. Pero, si hablo
mucho rato y muy deprisa, podremos actuar como si no hubiera ocurrido,
¿verdad? —Se yergue, con una expresión avergonzada en la cara—. Tenemos
una mesa de pimpón en el garaje. ¿Te apetece jugar?
Lo agarro de la mano y vuelvo a tirar de él hacia el banco. Esta vez, soy
yo la que lo besa. Le pongo una mano en el corazón y me apoyo sobre su
cuerpo para que no le queden dudas sobre lo que siento.
—No —le digo—. No quiero irme de aquí.

Pero al final me voy.


La cena se disuelve hacia las diez y media de la noche. Desde nuestro
banco, entre las sombras del jardín, oímos puertas de coches que se cierran,
motores que arrancan e invitados que se alejan por el imponente camino de
entrada circular.
Adrián y yo nos quedamos en el jardín hasta pasada la medianoche. Hacia
esa hora, todas las luces de la casa se apagan; parece que sus padres se han
ido a la cama y decido que ya es hora de marcharme.
Adrián se ofrece a acompañarme a casa. Le digo que no es necesario, que
son solo unas cuantas manzanas, pero él insiste.
—Esto no es el South Philly, Mallory. De noche, las calles de Spring
Brook se vuelven muy peligrosas.
—Llevo una pistola de descarga eléctrica en el llavero.
—Eso no le llega a la suela del zapato a una madre borracha al volante de
un monovolumen. Me sentiría mucho mejor si te acompañara a casa.
El silencio reina en el barrio. Las calles están vacías, las casas están
oscuras. Y, en cuanto salimos del jardín, siento que se ha roto un hechizo.
Cuando la casa de los Maxwell aparece ante nuestra vista, me acuerdo de
todos mis problemas anteriores, me acuerdo de la persona que soy en
realidad. Y, una vez más, me siento en la obligación de ser sincera. Puede que
no sea capaz de reunir el valor necesario para contárselo todo… Esta noche
no, todavía no. Pero quiero decirle al menos una cosa que sea cierta.
—Hace tiempo que no tengo novio.
Se encoge de hombros.

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—Yo nunca he tenido novio.
—Solo digo que no deberíamos precipitarnos. Hasta que nos conozcamos
mejor. Que nos tomemos las cosas con calma.
—¿Qué haces mañana por la noche?
—Hablo en serio, Adrián. Puede que descubras cosas de mí que no te
gusten nada.
Me coge de la mano y la aprieta.
—Quiero descubrirlo todo de ti. Quiero dejar la ingeniería y
especializarme en Mallory Quinn, descubrir todo lo que pueda.
«Uf, no tienes ni idea —pienso—. De verdad que no tienes ni idea».
Me pregunta si he ido alguna vez al Bridget Foy’s, su restaurante favorito
de toda Filadelfia. Le digo que hace seis semanas que no piso Filadelfia y que
no tengo ninguna prisa por volver a hacerlo.
—Vale, ¿y qué te parece Princeton? La ciudad, no la universidad. Hay un
sitio de tapas que está muy bien. ¿Te gustan las tapas? ¿Reservo mesa?
Para entonces, ya hemos cruzado el jardín de los Maxwell y estamos en la
puerta de mi casa y, por supuesto, le digo que sí, que estaré lista a las cinco y
media.
Y entonces volvemos a besarnos y, si cierro los ojos, es fácil fingir que
estamos otra vez en los jardines del castillo, que soy Mallory Quinn,
superestrella del campo a través, y que tengo un futuro prometedor y ni una
sola preocupación en la vida. Estoy apoyada contra un lado de la casita.
Adrián me acaricia el pelo con una mano y me sube la otra por la pierna, la
desliza bajo el vestido y no sé cómo voy a decirle la verdad, en serio que no
lo sé.
—Esto no es tomarse las cosas con calma —le digo—. Tienes que irte ya
a casa.
Me aparta las manos del cuerpo, da un paso atrás y respira hondo.
—Volveré mañana.
—A las cinco y media —le digo.
—Hasta entonces. Buenas noches, Mallory.
Me quedo en el porche, lo veo cruzar el jardín hasta desaparecer en la
oscuridad de la noche y sé que debo decirle la verdad. Decido que se lo
contaré todo durante la cena de mañana en Princeton. Así, aunque se enfade,
no podrá abandonarme, se sentirá obligado a traerme de vuelta a casa. Y
durante ese rato quizá consiga convencerlo de que me dé una segunda
oportunidad.

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Entonces abro la puerta de la casita, enciendo la luz y me encuentro a Ted
Maxwell tumbado en mi cama.

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Se incorpora y se tapa los ojos para protegerse de la luz.


—Por Dios, Caroline, apaga.
Su voz es una octava más grave que de costumbre, espesada por el sueño.
No me muevo del umbral.
—Soy Mallory.
Separa un poco los dedos para echar un vistazo a su alrededor y se
sorprende de encontrarse en mi casa, en mi cama, bajo mis sábanas.
—Uf, Dios. Uf, joder. Lo siento.
Baja las piernas de la cama, se pone de pie y pierde el equilibrio de
inmediato. Se agarra a la pared para estabilizarse y espera a que la habitación
deje de dar vueltas. Ted está tan borracho que no parece darse cuenta de que
no lleva pantalones, de que está pegado a la pared vestido con un polo y unos
calzoncillos negros. Hay unos pantalones chinos grises tirados a los pies de la
cama, como si se los hubiera quitado justo antes de acostarse.
Dice:
—Esto no es lo que parece.
Lo que parece es que la policía está a punto de cachearlo: tiene las piernas
separadas y las manos apoyadas contra la pared.
—¿Quieres que vaya a buscar a Caroline?
—¡No! Madre mía, no. —Se gira para mirarme—. Solo necesito que…
Dios, no, por favor. —Vuelve a mirar hacia la pared y se estabiliza—. ¿Me
traes un vaso de agua?
Entro en la casita y cierro la puerta a mi espalda. Me acerco al fregadero y
lleno uno de los vasitos de plástico que le sirvo a Teddy. Tiene dibujos de
osos polares y pingüinos. Se lo llevo a Ted y capto el olor a alcohol que
desprende: apesta a whisky y a sudor rancio. Se bebe el agua, aunque se vierte
la mayoría por el cuello y el pecho. Vuelvo a llenarle el vaso y esta vez
consigue llevarse la mayor parte del contenido a la boca. Sin embargo, su

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cuerpo sigue anclado a la pared, como si no estuviera del todo preparado para
enfrentarse a la gravedad.
—Ted, ¿por qué no te quedas aquí? Yo me iré a la casa grande y dormiré
en el sofá.
—No, no, no, tengo que volver.
—En serio, creo que tendría que ir a buscar a Caroline.
—Ya estoy mejor. El agua me ha ayudado. Mira.
Se endereza y da un paso tambaleante hacia mí. Luego estira un brazo, lo
agita, desesperado por que lo ayude. Lo agarro de la mano y lo guío hasta los
pies de la cama. Se desploma sobre el colchón y no me suelta hasta que me
siento a su lado.
—Cinco minutos —promete—. Estoy cada vez mejor.
—¿Quieres más agua?
—No, no quiero vomitar.
—¿Y un paracetamol?
Necesito una excusa para levantarme y alejarme de él, así que voy al baño
y vuelvo con tres aspirinas infantiles masticables. Se las pongo en la sudorosa
palma de la mano y él las desmenuza con esmero entre los dientes.
—Caroline y yo hemos discutido. Solo necesitaba un poco de espacio,
estar solo un rato para tranquilizarme. Vi que tenías la luz apagada y me
imaginé que habrías salido. No pretendía quedarme dormido.
—Lo entiendo —le digo, aunque no es cierto, no tengo ni la menor idea
de por qué se ha metido en mi cama.
—Claro que lo entiendes. Eres una persona muy empática. Por eso eres
tan buena madre.
—Todavía no soy madre.
—Serías tan buena madre. Eres amable y cariñosa, y tu hijo sería tu
máxima prioridad. Tampoco es que sea física cuántica. ¿Ese vestido es de
Caroline?
Me recorre el cuerpo de arriba abajo con la mirada y me meto detrás de la
encimera de la cocina, agradecida por poder interponer una barrera entre
nosotros.
—Me regaló algo de ropa el mes pasado.
—Desechos. Prendas usadas. Te mereces algo mejor, Mallory. —Farfulla
unas cuantas frases que no alcanzo a entender, salvo la última—: Estás
atrapada en esta pocilga asquerosa y ahí fuera hay un mundo enorme.
—A mí me gusta este sitio. Me gusta Spring Brook.

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—Porque no conoces nada más. Si hubieras viajado, si hubieras estado en
la isla de Whidbey, lo entenderías.
—¿Dónde está eso?
Me explica que forma parte de un conjunto de islas que hay en el Pacífico,
al noroeste del país.
—Pasé un verano allí cuando estaba en la universidad. El mejor verano de
mi vida. Trabajaba en un rancho, me pasaba todo el día al sol y por la noche
nos sentábamos en la playa a beber vino. Nada de televisores ni de pantallas.
Solo buena gente, naturaleza y el paisaje más bonito que hayas visto en tu
vida.
Entonces se fija en los pantalones chinos que hay encima de la colcha y es
como si entendiera que le pertenecen, que tendrían que estar tapándole las
piernas. Los coge, los sacude y se los acerca a los pies, pero se le caen al
instante. Me doy cuenta de que voy a tener que ayudarlo. Me arrodillo ante él
y levanto los pantalones para que se los ponga: primero una pierna y luego la
otra. Se los sube justo por encima de las caderas y luego me mira a los ojos.
—Te juro, Mallory, que si vieras el estrecho de Puget, te olvidarías de
Spring Brook en cinco minutos. Te darías cuenta de que Spring Brook es un
estercolero, de que es una trampa.
En realidad no estoy prestando atención a nada de lo que dice. Cuando te
crías en South Philly, te topas con muchos borrachos en muchas ocasiones y
aprendes que la mayor parte de lo que dicen son tonterías. Ninguno de los
comentarios de Ted significa nada.
—Spring Brook es muy bonito. Y aquí tienes una vida maravillosa, una
familia preciosa, una esposa preciosa.
—Caroline duerme en el cuarto de invitados. Se niega a tocarme.
Lo dice balbuceando, con la mirada clavada en los pantalones, por lo que
me resulta sencillo fingir que no lo he oído.
—Tienes una casa preciosa —continúo.
—La compró ella, no yo. Este es el último lugar del mundo que yo habría
elegido para vivir.
—¿A qué te refieres?
—El padre de Caroline era muy rico. Podríamos permitirnos vivir en
cualquier sitio: en Manhattan, en San Francisco, donde fuera. Pero ella quería
Spring Brook y aquí estamos, en Spring Brook. —Habla como si los
acontecimientos hubieran escapado a su control—. No me malinterpretes,
Mallory. Caroline es buena persona. Tiene un corazón enorme y haría

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cualquier cosa por el bienestar de Teddy. Pero esta no es la vida que yo
quería. Jamás pedí nada de esto.
—¿Quieres más agua?
Niega con la cabeza, como si no me estuviera enterando de algo esencial.
—No te estoy pidiendo que cuides de mí. Te estoy diciendo que yo
cuidaría de ti.
—Lo entiendo. Y me lo pensaré. Pero, ahora mismo, tengo que llevarte a
casa. Caroline debe de estar preocupada.
Ted se muestra cada vez más incoherente: dice algo sobre el lago Séneca,
sobre la región de los vinos, sobre escapar de todo. Logra ponerse en pie sin
mi ayuda y luego termina de subirse los pantalones y se los abrocha.
—Tendríamos que quemarlos.
—Mañana —le digo—. Ya los quemaremos mañana.
—Pero no en la casita de invitados. —Señala el detector de humos que
hay en la pared—. El cableado es muy antiguo, así que hay que tener mucho
cuidado. Es delicado, frágil. No lo arregles sola. Pídeme ayuda.
Abro la puerta de la casita y Ted sale al porche haciendo eses. No sé muy
bien cómo consigue bajar los tres escalones que llevan al césped sin
tropezarse y luego se adentra en la oscuridad, camino de la casa grande.
—Buenas noches —grito a su espalda.
—Ya veremos —responde él.
Cierro la puerta de mi casa y echo la llave. Veo un montón de pañuelos de
papel arrugados en la mesita de noche, junto a mi cama. Los recojo con un
trozo de papel de cocina y los meto en el fondo del cubo de la basura. Luego
quito las mantas y las sábanas y descubro tres de mis sujetadores mezclados
con todo. No sé cómo han acabado en mi cama y no quiero saberlo. Mañana
lo pondré todo a lavar e intentaré olvidarme de que esto ha ocurrido.
Como no tengo más sábanas, extiendo las toallas de baño sobre el colchón
y me acuesto sobre ellas. No es tan incómodo como parece. Solo tengo que
cerrar los ojos para transportarme al hermoso jardín del castillo, con sus
cascadas susurrantes y sus arcos florales de dulce aroma. Nada va a
estropearme esta noche: ni mi discusión con Caroline por la sesión de
espiritismo ni, desde luego, encontrarme a Ted en mi casa. Y, antes de
dormirme, le pido a Dios que me perdone por haberle mentido a Adrián. Le
pido que me ayude a encontrar las palabras adecuadas para decirle la verdad.
Rezo por que Adrián vea más allá de las cosas horribles que he hecho, por
que me vea como la persona que soy ahora y no como el desastre que era
antes.

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A la mañana siguiente, llego a la casa grande y me encuentro a Caroline y a


Ted vestidos para marcharse a trabajar y sentados a la mesa con banquetas
que hay en un rincón de la cocina. Caroline se está tomando un té y Ted un
café solo, y se miran el uno al otro sumidos en un silencio sepulcral. Noto que
me están esperando.
—¿Te sientas con nosotros? —pregunta Caroline—. Ted quiere decirte
algo.
El aspecto de Ted es lamentable. Está clarísimo que tiene resaca. Tendría
que estar arriba, en la cama. O arrodillado en el baño, abrazado al inodoro.
—Quiero disculparme por mi comportamiento de anoche. Fue inaceptable
y…
—Ted, no pasa nada. Ya está olvidado.
Caroline niega con la cabeza.
—No, Mallory, no vamos a fingir que no ha ocurrido. Tenemos que
aceptar sin reservas lo que sucedió anoche.
Ted asiente y continúa, obediente, como si estuviera recitando una especie
de declaración pública memorizada.
—Mis acciones fueron arrogantes e irrespetuosas. Me avergüenzo de mi
comportamiento y estoy haciendo un ejercicio de introspección para entender
por qué elegí abusar de mi privilegio.
—Disculpa aceptada —les digo—. No hace falta que sigas. Me sentiría
mejor si pasáramos página sin más, ¿de acuerdo?
Ted mira a Caroline y ella se encoge de hombros. Bien.
—Gracias por comprenderlo, Mallory. Te prometo que no volverá a
ocurrir.
Se levanta, coge el maletín y después se dirige hacia el vestíbulo,
tambaleante. Unos instantes después, oigo que la puerta delantera se cierra de
golpe y el ruido del coche que arranca en la entrada.

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—Le da miedo que nos demandes —me explica Caroline—. ¿Me cuentas
lo que ocurrió, por favor? Con tus propias palabras.
—Caroline, te prometo que no fue nada. Anoche fui a casa de Adrián
porque sus padres daban una fiesta. Volví pasadas las doce y Ted estaba en la
casita. Estaba borracho. Me dijo que habíais discutido y que necesitaba un
lugar tranquilo para calmarse.
—Pensé que estaba aquí abajo, durmiendo en el sofá.
—En cuanto llegué a casa, se disculpó y se marchó. Eso fue todo.
—¿Te contó por qué discutimos?
—No, solo me dijo que eras buena persona, que tenías buen corazón. Que
harías cualquier cosa por tu familia.
—¿Y?
—Y nada más. No se le entendía mucho. Se puso a hablar de no sé qué
isla. ¿De un sitio al que fue a pasar un verano cuando estaba en la
universidad?
—«Trabajar al sol y dormir bajo las estrellas» —dice Caroline, y me doy
cuenta de que está imitando a su marido, burlándose un poco de él—. Siempre
que se emborracha, se pone a hablar de la isla de Whidbey.
—No fue nada. Le di agua y aspirinas infantiles, le abrí la puerta y se fue.
Fin de la historia.
Me escudriña la cara como si estuviera buscando pistas.
—Me da vergüenza hacerte la siguiente pregunta, pero, como
técnicamente eres mi empleada, creo que no me queda otra opción. ¿Intentó
algo?
—No. En absoluto.
A ver, supongo que podría comentarle que se había quitado los
pantalones, que había rebuscado en mi cajón de la ropa interior y que había
hecho a saber qué en mi cama antes de que yo llegara. Pero ¿qué sentido
tendría? La pobre Caroline ya parece estar bastante hecha polvo y Ted se ha
disculpado. No le encuentro la lógica a prolongar la agonía. Yo, desde luego,
no pienso dimitir por lo que ha pasado.
—Caroline, te juro que no me puso la mano encima. Ni por asomo.
Deja escapar un largo y profundo suspiro.
—Ted ha cumplido cincuenta y tres años este verano. Estoy segura de que
has oído hablar de los hombres y su crisis de la mediana edad. Empiezan a
cuestionarse todas las decisiones que han tomado. Y, además, su empresa está
pasando una mala racha y eso le está afectando al ego. Tenía la esperanza de
contratar a más gente este otoño, pero parece dudoso.

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—¿Es una empresa grande?
Me lanza una mirada divertida.
—Le gustaría tener una plantilla de cuarenta personas, pero ahora mismo
está él solo. Es una cruzada individual.
¿Está él solo? Tenía la impresión de que trabajaba en el centro de la
ciudad, en un rascacielos enorme lleno de secretarias, ordenadores
sofisticados y ventanales con vistas a Rittenhouse Square.
—Me dijo que trabaja con Cracker Barrel. Y con Yankee Candle. Grandes
empresas.
—Se ha reunido con ellas —me explica Caroline—. Se presenta ante
diferentes empresas y les ofrece hacerse cargo de su página web. Dirigir la
parte de comercio electrónico. Pero es difícil conseguir ese tipo de clientes
cuando eres solo una persona.
—Me ha hablado de varios compañeros de trabajo. De unos tipos
llamados Mike y Ed. Dice que comen todos juntos todos los días.
—Sí, comparten el mismo espacio de coworking, uno de esos despachos
donde la gente alquila una mesa que paga todos los meses. Ted necesita tener
una dirección postal en la ciudad. En su campo es muy importante dar buena
impresión, aparentar que eres más importante de lo que eres en realidad. Este
verano ha sufrido mucho estrés… y creo que anoche viste las primeras grietas
en la fachada.
Se le quiebra la voz y caigo en que está preocupada no solo por Ted, sino
también por su matrimonio, por su familia. Y de verdad que no tengo ni idea
de qué decirle. Me alivia oír los pasos de Teddy bajando las escaleras.
Caroline endereza la espalda y se enjuga los ojos con una servilleta.
El niño entra en la cocina con un iPad en las manos. Desliza el dedo por la
pantalla y el aparato responde con explosiones estruendosas y cacofónicas.
—¡Hola, Osito Teddy! ¿Qué es eso?
No levanta la vista de la pantalla.
—Me lo regaló mamá anoche. Antes era de papá, pero ahora es mío.
Coge un vaso de plástico y lo llena de agua en el fregadero. Sin más
explicación, se lleva el vaso y el iPad a la sala de estar.
—Teddy va a dejar de dibujar durante una temporada —dice Caroline—.
En vista del lío que se ha formado, creemos que necesita nuevos intereses. Y
en la App Store hay un montón de recursos educativos: juegos de
matemáticas, de lectura fonética, incluso de idiomas extranjeros. —Cruza la
cocina y abre un armario situado encima de la nevera, muy lejos del alcance
de Teddy—. Ayer recogí todos sus lápices de colores y rotuladores y los metí

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aquí. Está tan entusiasmado con el iPad que ni siquiera creo se haya dado
cuenta.
Sé que la primera norma de una niñera es no cuestionar nunca a la madre,
pero no puedo evitar pensar que esto es un error. Teddy disfrutaba mucho
dibujando y creo que negarle ese privilegio es una equivocación. Y lo peor:
siento que todo esto es culpa mía, porque no fui capaz de callarme lo de
Annie Barrett.
Caroline advierte mi decepción.
—Es un experimento. Solo durante un par de días. A lo mejor nos ayuda a
entender lo que está pasando. —Cierra la puerta del armario, como si el
asunto estuviera zanjado—. Pero, bueno, cuéntame lo de la fiesta en casa de
Adrián. ¿Te lo pasaste bien?
—Muy bien. —Y supongo que me alegro de cambiar de tema, porque no
he parado de pensar en nuestra cita para cenar desde que me he levantado de
la cama—. Vamos a salir esta noche. Quiere llevarme a Princeton, a un
restaurante de tapas.
—Oooh, esos sitios son muy románticos.
—Me recogerá a las cinco y media.
—Entonces intentaré volver pronto a casa. Así tendrás más tiempo para
arreglarte. —Mira la hora—. Ostras, tengo que irme ya. ¡Me alegro mucho
por ti, Mallory! ¡Te lo vas a pasar genial esta noche!

Cuando Caroline se va, me encuentro a Teddy sentado en la sala de estar,


absorto en una partida de Angry Birds. Utiliza un dedo para estirar y después
soltar un tirachinas gigante; lanza pájaros de colores contra una serie de
estructuras de madera y acero ocupadas por cerdos. Con cada nuevo ataque,
se oye una cacofonía de chillidos, explosiones, golpes, estallidos y silbidos.
Me siento frente a Teddy y doy una palmada.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer esta mañana? ¿Un paseíto por el Bosque
Encantado? ¿O montamos un concurso de repostería?
Se encoge de hombros sin dejar de deslizar el dedo furiosamente por el
iPad.
—Me da igual.
Uno de los pájaros no da en el blanco y Teddy frunce el ceño, frustrado
por los resultados. Se encorva más sobre la pantalla, casi como si intentara
desaparecer dentro de ella.
—Venga, Teddy. Deja ya el juego.

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—No he terminado.
—Mamá dice que es para la hora de descanso. No quiere que te pases toda
la mañana con él.
Se vuelve y me da la espalda, protege la tablet con su cuerpo.
—Solo otro nivel.
—¿Cuánto dura un nivel?
Resulta que otro nivel dura media hora larga. Cuando termina, Teddy me
suplica que ponga a cargar el iPad para que luego tenga batería.
Pasamos la mañana correteando por el Bosque Encantado. Intento
inventarme una nueva aventura del príncipe Teddy y la princesa Mallory,
pero el niño solo quiere hablar de las estrategias del Angry Birds. Los pájaros
amarillos son los mejores para atacar las estructuras de madera. Los pájaros
negros destruyen los muros de hormigón. Los pájaros blancos aceleran
cuando han dejado caer los huevos bomba. En realidad no es una
conversación: Teddy se limita a recitar una serie de hechos y datos, como si
estuviera intentando organizarse las normas en la cabeza.
Atisbo un destello plateado en un lecho de hojas y me arrodillo para
investigar. Es la mitad inferior de una flecha; la parte inferior, la de las
plumas, ha desaparecido, y solo queda el astil de aluminio con una punta en
forma de pirámide.
—Es un misil mágico —le digo a Teddy—. Se usa para matar trasgos.
—Qué guay —comenta Teddy—. Además, el pájaro verde es como un
búmeran. Hace el doble de daño cuando ataca, así que es con el primero que
me gusta jugar.
Le propongo que vayamos de excursión hasta el Árbol de las Habichuelas
Mágicas y añadamos la flecha a nuestro arsenal de armas. Teddy accede, pero
su participación es poco entusiasta. Es como si se limitara a matar el tiempo, a
agotar la cuenta atrás hasta que termine la mañana y volvamos a casa.

Le ofrezco a Teddy prepararle lo que quiera para comer, pero dice que le da
igual, así que le hago un sándwich de queso fundido. Mientras se lo come a
toda velocidad, le recuerdo que no es obligatorio que use el iPad durante la
hora de descanso. Le sugiero que podría entretenerse jugando con los LEGO,
con los Lincoln Logs o con los animales de granja. Y me mira como si
estuviera intentando timarlo, como si quisiese engañarlo para arrebatarle un
privilegio que se ha ganado por derecho.
—Gracias, pero voy a seguir con mi juego —dice.

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Se lleva la tablet a su dormitorio y, al cabo de unos minutos, subo las
escaleras hasta la primera planta y pego el oído a la puerta de su habitación.
No se oyen palabras susurradas ni conversaciones a medias. Solo las
carcajadas esporádicas de Teddy y los ruidos de los tirachinas que se estiran,
los pájaros que graznan y los edificios que estallan. El niño parece loco de
contento, pero hay algo en su alegría que me entristece. Siento que se ha
perdido algo mágico de la noche a la mañana, como si alguien hubiera
pulsado un interruptor.
Vuelvo a la planta baja, saco el móvil y marco el número de la comunidad
de jubilados Rest Haven. Le digo a la recepcionista que quiero hablar con una
de las residentes, Dolores Jean Campbell. Oigo varias señales de llamada
antes de que me salte un mensaje de voz predeterminado.
—Eh… Hola, me llamo Mallory Quinn. No nos conocemos, pero creo que
a lo mejor puede ayudarme. —Caigo en la cuenta de que no tengo ni idea de
cómo explicarle la pregunta, de que tendría que haber ensayado lo que iba a
decirle antes de llamar, pero ahora ya es demasiado tarde y tengo que salir de
esta como pueda—. Me gustaría saber si su madre fue una mujer llamada
Annie Barrett. De Spring Brook, Nueva Jersey. Porque, si es así, me
encantaría hablar con usted. ¿Puede devolverme la llamada, por favor?
Le dejo mi número y cuelgo con la sensación de haber llegado ya a un
callejón sin salida. Estoy convencida de que nunca volveré a saber de ella.
Recojo los platos de la comida y friego la cocina con un estropajo
enjabonado; froto las encimeras, intento hacer cosas útiles. Me siento más
vulnerable que nunca en mi trabajo. Es como si cada día trajera una nueva
razón para que Caroline me sustituya.
Así que me ocupo de tareas que no entran dentro de las responsabilidades
de mi puesto. Barro y friego los suelos, limpio el interior del microondas.
Abro el horno tostador y vacío la bandejita de migas. Saco los dispensadores
de jabón líquido de debajo del fregadero y los relleno; luego me subo a una
silla y limpio el polvo del ventilador de techo.
Todas estas labores insignificantes hacen que me sienta mejor, pero no
tengo claro que Caroline vaya a darse cuenta de que las he hecho. Llego a la
conclusión de que tengo que hacer algo más grande y ambicioso, algo que sea
imposible que se le pase por alto. Me voy a la sala de estar y me tumbo en el
sofá a plantearme todas las opciones y entonces se me ocurre la idea perfecta:
me llevaré a Teddy al supermercado, compraremos un montón de comida y
les prepararemos una cena sorpresa a sus padres. Lo dejaré calentándose en el
horno para que se lo puedan comer en cuanto lleguen a casa. Hasta les pondré

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la mesa para que no tengan que mover ni un dedo. Solo tendrán que entrar en
casa, sentarse a disfrutar de una comida deliciosa y agradecer que yo forme
parte de su familia.
Pero, antes de que pueda poner en práctica la idea, antes de que me dé
tiempo a sentarme y empezar a hacer la lista de la compra, me quedo
dormida.
No estoy segura de cómo sucede. No estoy especialmente cansada, solo
quería cerrar los ojos un minuto. Pero lo siguiente que recuerdo es que estoy
soñando con un lugar de mi infancia, un pequeño parque de atracciones
familiar llamado El País De Los Cuentos. Se construyó en la década de los
cincuenta como homenaje a los cuentos de hadas clásicos y las rimas
infantiles de Mamá Oca. Los niños podían trepar a un árbol de habichuelas
mágicas, visitar a los tres cerditos y saludar por la ventana a la vieja que vivía
en un zapato, una marioneta animatrónica que chirriaba y tenía los ojos
inertes abiertos como platos.
En mi sueño, paso con Teddy por delante del carrusel. El niño está
emocionadísimo y me suplica que le guarde todos los lápices y las ceras de
colores para poder empezar a montarse en las atracciones. Me vacía una caja
entera en las manos, son muchos más de los que puedo sostener y se me caen
al suelo. Intento metérmelos en los bolsillos porque me resulta imposible
cargar con todos, pero, cuando termino de recogerlos, Teddy no está. Lo he
perdido entre la multitud. Mi sueño se ha convertido en una pesadilla.
Empiezo a correr por el parque, moviéndome con dificultad entre los
demás padres, gritando el nombre de Teddy y buscándolo por todas partes. El
País De Los Cuentos está lleno de niños de cinco años y, por detrás, todos
parecen idénticos, cualquiera de ellos podría ser Teddy, no lo encuentro en
ningún sitio. Reúno a unos cuantos padres y les suplico que me ayuden, por
favor, por favor, ayúdenme, y se quedan horrorizados. «Esto es
responsabilidad tuya —me dicen—. ¿Por qué íbamos a ayudarte?».
No me queda más remedio que llamar a los Maxwell. No quiero contarles
lo que ha ocurrido, pero es una emergencia. Saco el móvil y ya estoy
llamando a Caroline cuando, de repente, ¡lo veo! Justo en el otro extremo del
parque, sentado en los escalones de la casita de Caperucita Roja. Me abro
paso a codazos entre el gentío, intento avanzar lo más rápido posible. Pero,
cuando llego a la casita, el niño ya no es Teddy. Es mi hermana, Beth. Lleva
una camiseta amarilla, unos vaqueros desgastados y unas zapatillas Vans a
cuadros blancos y negros.

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Corro hacia ella, la abrazo y la levanto del suelo. No me puedo creer que
esté aquí, ¡está viva! La aprieto tan fuerte que le entra la risa y la luz del sol se
le refleja en la ortodoncia.
—¡Creía que estabas muerta! ¡Pensé que te había matado!
—No seas idiota —dice, y mi sueño es tan realista que hasta la huelo.
Huele a coco y a piña, como las bombas de baño de piña colada que sus
amigas y ellas compraban en Lush, la carísima tienda de jabones del Centro
Comercial Rey de Prusia.
Me explica que el accidente no fue más que un enorme malentendido y
que llevo todo este tiempo sintiéndome culpable por nada.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, Mal, por millonésima vez: estoy perfectamente. Y ahora, ¿nos
montamos en el castillo hinchable?
—¡Sí, Beth, sí! Donde quieras. ¡En todo lo que quieras!
Pero entonces vuelve Teddy, me tira del brazo, me sacude con suavidad
para que me despierte. Abro los ojos: estoy tumbada en el sofá de la sala de
estar y el niño me tiende el iPad.
—Se ha apagado otra vez.
Debe de haberse equivocado. Le he cargado el iPad antes de comer y la
batería estaba al máximo. Pero, cuando me incorporo, me doy cuenta de que
la luz de la sala de estar es mucho más oscura; el sol ya no entra por las
ventanas orientadas al norte. El reloj que hay en la repisa de la chimenea dice
que son las 17:17, pero no puede ser cierto, es imposible.
Cojo mi móvil y veo que en realidad son las 17:23.
Me he pasado cuatro horas durmiendo.
Y los Maxwell llegarán a casa en cualquier momento.
—Teddy, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no me has despertado?
—He llegado al nivel treinta —responde con orgullo—. ¡He conseguido
ocho plumas nuevas!
Tengo las manos muy sucias. Tengo manchas de tizne negro en los dedos
y en las palmas, como si hubiera estado cavando en el jardín. Un cabo de
lápiz desgastado descansa sobre mi regazo y hay más lápices, rotuladores y
ceras esparcidos por el suelo, todo el material artístico que Caroline había
escondido en la cocina.
Teddy mira en torno a la sala de estar con cara de asombro.
—Mamá va a enfadarse mucho.
Sigo su mirada y veo que las paredes están cubiertas de dibujos, de
muchos muchos dibujos, densos y detallados, desde el suelo hasta el techo.

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—Teddy, ¿por qué has pintado las paredes?
—¿Yo? ¡Yo no he hecho nada!
Pues claro que no ha hecho nada. ¡Es imposible que haya sido él! ¡No es
tan alto! No es Teddy quien tiene las manos embadurnadas de carboncillo y
grafito. Me levanto y cruzo la habitación para observarlos más de cerca. Estos
dibujos son de Anya, no me cabe la menor duda. Cubren todas las paredes,
ocupan los huecos en blanco entre las ventanas y los termostatos y los
interruptores de la luz.
—¿Mallory? ¿Estás bien?
Me está tirando del bajo de la camisa y no, no estoy bien.
Por supuesto que no estoy bien.
—Teddy, escúchame. Tenemos que arreglar esto antes de que mamá y
papá vuelvan a casa. ¿Tienes gomas de borrar en tu habitación? ¿Gomas de
borrar grandes y rosas?
Desvía la mirada hacia los lápices, las ceras y los rotuladores del suelo.
—Eso es lo único que tengo. Pero ya no puedo usar esas cosas. No puedo
usarlas hasta que lleguemos al fondo del asunto.
De todas maneras, ya es demasiado tarde. Oigo un coche que se detiene en
el camino de entrada. Miro hacia fuera y veo no solo a Ted y Caroline, sino
también a Adrián. Está aparcando la camioneta de la empresa de jardinería
delante de la casa. Ahora mismo tendría que estar poniéndome uno de los
vestidos de tirantes de Caroline, arreglándome para mi gran cita en Princeton.

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—Vete arriba, Teddy.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que estés aquí.
—¿Por qué?
—Por favor, vete arriba, ¿de acuerdo? —Hay un cable USB en la mesita
de centro y se lo paso—. Vete a tu habitación a cargar el iPad.
—Vale, guay.
Coge el iPad y el cable y se marcha corriendo de la sala de estar, como si
creyera que se está saliendo con la suya. Oigo el golpeteo de sus piececitos,
que se dirigen a toda prisa hacia su dormitorio en la primera planta.
Y luego el ruido de la puerta delantera al abrirse, el suave roce del burlete
al deslizarse por el suelo de baldosas. Oigo a Caroline hablando con Adrián,
dándole la bienvenida a su casa.
—¿Dónde vais a cenar?
—En un restaurante de tapas muy bueno —dice—. Hacen unas patatas
bravas riquísimas.
—Ummm, ¿qué son? —pregunta Ted.
—Son las mejores patatas fritas del mundo, se lo garantizo, señor
Maxwell.
Sé que tengo que interceptarlos y prepararlos de alguna manera para lo
que he hecho. Entro en la cocina y Caroline le está preguntando a Adrián si
quiere algo de beber. El armario de encima del frigorífico sigue abierto,
saqueado, pero Caroline todavía no se ha dado cuenta.
Y Adrián está tan guapo que casi se me parte el corazón. Parece que acaba
de salir de la ducha. Tiene el pelo un poco húmedo y se ha puesto ropa
elegante: unos vaqueros oscuros y una camisa blanca almidonada. Nadie ve
que estoy en la cocina hasta que anuncio mi presencia.
—Ha pasado una cosa.
Caroline me mira de hito en hito.
—¿Mallory?
—¿Qué te ha pasado en las manos? —pregunta Ted.
Adrián se coloca a mi lado enseguida.
—¿Estás bien?
Sé que él es mi única esperanza.
Es el único que a lo mejor me cree.
—Esto va a pareceros una locura, pero os juro que es verdad. A la hora
del descanso, cuando Teddy ha subido a su habitación, me he notado cansada
y me he tumbado un momento en el sofá. Solo quería cerrar los ojos unos

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minutos, pero, no sé cómo, el espíritu de Anya se ha hecho con el control de
mi cuerpo.
Caroline sigue mirándome.
—¿Qué?
—Lo sé. Sé que parece una locura. Pero, mientras dormía, me ha hecho
sacar todos los lápices, rotuladores y ceras. —Señalo el armario vacío de
encima del frigorífico—. Y, como te habías llevado el papel, me ha obligado
a dibujar en las paredes. No ha podido entrar en Teddy, así que se ha metido
dentro de mí.
Adrián me rodea la cintura con un brazo.
—Eh, tranquila. Ya estás a salvo. Vamos a resolver esto.
Caroline me hace a un lado con brusquedad y entra en la sala de estar.
Todos la seguimos. Ahoga un grito mientras mira las paredes sin dar crédito a
lo que ve.
—¿Dónde está Teddy?
—En su habitación. Está bien.
Caroline mira a su marido y este sube las escaleras a toda prisa.
Intento repasar la tarde con Caroline:
—El niño subió a su habitación a la una para hacer la hora de descanso.
Le dejé llevarse el iPad, tal como me habías dicho. No ha bajado hasta hace
diez minutos, justo cuando habéis llegado a casa.
—¿Cuatro horas? —me pregunta.
Le enseño a Adrián la mano derecha, cubierta de grafito, carboncillo y
ampollas.
—Soy zurda, igual que Teddy. Es imposible que haya hecho esto sola.
Son iguales que los dibujos de la casita de invitados.
—¡Sí, exacto! El estilo es idéntico. —Saca el móvil y comienza a recorrer
la habitación sacándoles fotos a las distintas escenas—. Lo primero que
tenemos que hacer es compararlos con el resto de los dibujos. Ver cómo
encajan en la secuencia.
—No —replica Caroline—. Lo primero que vamos a hacer es un análisis
toxicológico. Ahora mismo. O llamo a la policía.
Adrián la mira extrañado.
—¿Un análisis toxicológico?
—No sé cómo he podido dejarte sola con nuestro hijo. ¡No sé cómo he
podido confiar en ti! ¿En qué coño estaba pensando?
—No estoy consumiendo —le digo. Intento hablar en voz baja, como si
así fuera posible mantener la conversación en un aparte. Como si Adrián no

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estuviera ahí mismo, escuchándolo todo—. Te lo juro, Caroline, estoy limpia.
—Entonces no tendrás ningún problema en hacerte el test. Cuando
empezaste a trabajar aquí, aceptaste someterte a una prueba aleatoria todas las
semanas. Nos lo ofreciste tú. En los días que nosotros escogiéramos. —Me
agarra de la muñeca y me estudia el brazo en busca de marcas—. Creo que
tendríamos que haber empezado mucho antes.
Ted vuelve a la planta baja y, con una sola mirada, le asegura a Caroline
que Teddy está bien. Entretanto, Adrián intenta convencer a Caroline de que
ha entendido mal la situación.
—Señora Maxwell, no sé de qué está hablando, pero Mallory no se droga.
¿De verdad cree que tendría una beca deportiva si consumiera heroína? Los
de la Penn State la echarían del equipo en un abrir y cerrar de ojos.
La habitación se sume en un silencio incómodo y me doy cuenta de que
Caroline me está dando la oportunidad de explicarme. Noto que se me están
llenando los ojos de lágrimas porque no era así como debía ocurrir.
—Vale, espera un segundo —le murmuro a Adrián—. Porque el caso es
que no he sido del todo sincera contigo.
No deja de rodearme con los brazos, pero sí empieza a hacerlo con menos
fuerza.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Iba a contártelo esta noche.
—¿A qué te refieres?
Y sigo sin ser capaz de decírselo.
Sigo sin tener ni idea de por dónde empezar.
—Mallory no estudia en la Penn State —interviene Ted—. Ha pasado los
últimos dieciocho meses rehabilitándose en un hogar de reinserción.
Consumía calmantes y heroína.
—Además de otras drogas que ni siquiera recuerda —añade Caroline—.
El cerebro tarda en sanar, Mallory.
Ahora Adrián ya no me abraza. Ahora soy solo yo quien se aferra a su
cuerpo como un monstruo enorme, triste y patético, como un parásito. Me
aparta para poder verme la cara.
—¿Eso es verdad? —pregunta.
—No estoy consumiendo nada —le contesto—. Te lo juro, Adrián, el
próximo martes hará veinte meses que estoy limpia.
Pero da un paso atrás como si lo hubiera golpeado. Caroline le pone una
mano en el hombro, con suavidad.

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—Debe de ser difícil enterarse de algo así de esta manera. Dábamos por
hecho que Mallory había sido sincera contigo sobre su pasado. Creíamos que
te había contado la verdad.
—No, para nada.
—Adrián, trabajo con muchos adictos en el hospital de veteranos. Son
buenas personas y nuestro principal objetivo es reintegrarlos en la sociedad.
Pero a veces no es el momento oportuno. A veces nos precipitamos y los
sacamos al mundo cuando todavía no están preparados.
Levanto la mirada hacia Caroline, furiosa.
—¡Eso no es lo que está pasando aquí! No estoy drogada. ¡Joder, que no
soy ilustradora! Te lo juro, Caroline, en esta casa hay algo raro. A tu hijo se le
aparece el fantasma de Annie Barrett, que ahora me persigue a mí, y este es su
mensaje. —Hago un gesto para abarcar toda la habitación, todas las paredes
—. ¡Esta es su historia!
Y sé que debe de parecer que estoy loca, que debo de hablar como una
loca, porque Adrián me mira con una especie de desconcierto en la cara.
Como si me estuviera viendo por primera vez.
—Pero ¿lo demás es cierto? —pregunta—. ¿Has vivido en un hogar de
reinserción? ¿Consumías heroína?
Estoy demasiado avergonzada para responder, pero él me lee la verdad en
la cara. Adrián se da la vuelta y sale de la habitación. Hago amago de
seguirlo, pero Caroline me bloquea el paso.
—Deja que se marche, Mallory. No se lo pongas aún más difícil.
Me giro hacia la ventana y veo a Adrián cruzar el sendero de losas con la
cara transida de dolor. A mitad del camino de entrada, empieza a trotar, como
si estuviera impaciente por alejarse de mí cuanto antes. Se sube a una
camioneta negra y arranca enseguida.
Cuando vuelvo a mirar a Caroline, tiene un bote de plástico en la mano.
—Vamos. Terminemos con esto cuanto antes.
Me acompaña al aseo. Entro y me doy la vuelta para cerrar la puerta, pero
ella me lo impide, niega con la cabeza. Como si le preocupara que fuera a
manipular la muestra, como si pensase que llevo frascos de orina limpia
encima por si acaso. Caroline tiene el detalle de girar la cabeza mientras me
bajo los pantalones y me acuclillo sobre el inodoro. Me he sometido a estas
pruebas cientos de veces, tengo mucha práctica en la recogida de muestras.
Soy capaz de llenar un recipiente de ciento veinte mililitros sin derramar ni
una gota. Lo dejo en el borde del lavabo, me subo los pantalones cortos y me
lavo las manos. El agua sale negra y llena la pila de residuos granulados. Cojo

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la pastilla de jabón para frotarme los dedos y las palmas, pero el grafito se
adhiere a mi piel como si fuera tinta, como manchas que no saldrán jamás.
—Te espero en la sala de estar —dice Caroline—. No empezaremos hasta
que llegues.
Mis múltiples lavados de manos dejan un cerco sucio y gris en el
inmaculado lavabo de pedestal blanco. Otra cosa por la que sentirme culpable.
Intento limpiarlo con papel higiénico y luego me seco las manos en los
pantalones.
Cuando llego a la sala de estar, Caroline y Ted están sentados en el sofá y
tienen mi muestra de orina en la mesita de centro, encima de un trozo de
papel de cocina. Caroline me enseña un test aún envuelto en celofán para
demostrarme que no lo han manipulado. Luego desenvuelve la tarjeta, deja las
cinco tiras reactivas al descubierto y las sumerge en el bote.
—Oye, entiendo por qué estáis haciendo todo esto, pero no va a salir
positivo. Os lo juro. Llevo veinte meses sobria.
—Y queremos creerte —afirma Caroline, que luego desvía la mirada
hacia los dibujos de las paredes—. Pero tenemos que entender qué ha pasado
hoy aquí.
—Ya os he dicho lo que ha pasado. Anya se ha hecho con el control de mi
cuerpo. Me ha usado como si fuera una marioneta. ¡Yo no he hecho los
dibujos! ¡Ha sido ella!
—Si vamos a hablar de esto —dice Caroline—, tenemos que mantener la
calma. No podemos gritarnos los unos a los otros.
Cojo aire.
—Vale. De acuerdo.
—A ver, antes de que empezaras a trabajar aquí, mantuvimos una larga
charla con Russell sobre tu historia. Nos habló de tus dificultades: los falsos
recuerdos, los lapsus…
—Esto es distinto. Ya no tengo esos problemas.
—Sabes que hace apenas unos días que Teddy perdió su caja de lápices de
dibujo. Me vino llorando, estaba muy disgustado porque no los encontraba
por ninguna parte. Y, poco después, todos esos dibujos empiezan a aparecer
por arte de magia en tu casa. ¿No te parece una coincidencia extraordinaria?
Miro el bote. Solo ha pasado un minuto. Todavía es demasiado pronto
para que haya resultados.
—Caroline, soy casi incapaz de dibujar una línea recta. Tuve una
asignatura de educación artística en el instituto. Aprobé por los pelos. Es
imposible que yo haya hecho esto, no se me da tan bien.

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—Mis pacientes siempre dicen lo mismo: «¡No sería capaz de aprender a
dibujar ni aunque me fuera la vida en ello!». Pero luego prueban la terapia
artística y los resultados son asombrosos. Crean imágenes increíbles para
tratar sus traumas. Para procesar verdades que aún no están preparados para
afrontar.
—No es eso.
—Mira a la mujer de los dibujos. Es joven, es alta. Tiene una complexión
atlética. No para de correr, Mallory. ¿No te recuerda a nadie?
Veo adonde quiere llegar, pero se equivoca.
—No es un autorretrato.
—Es una representación simbólica. Una metáfora visual. Has perdido a tu
hermana pequeña. Estás alterada, tienes miedo, estás desesperada por
recuperarla…, pero ya es demasiado tarde. Ha caído en un valle de la muerte.
—Se mueve por la sala de estar mientras dirige mi atención de un cuadro a
otro—. Y entonces un ángel viene a ayudarla; no es que sea una metáfora
demasiado sutil, ¿no? El ángel guía a Beth hacia la luz y tú no puedes
detenerlos. Beth ha cruzado al otro lado, no va a volver nunca. Lo sabes muy
bien, Mallory. Está todo aquí, en la pared. Esta no es la historia de Anya. Es
la tuya. Es la de Beth.
Niego con la cabeza. No quiero meter a Beth en esto. Ni siquiera quiero
que Caroline pronuncie su nombre.
—Sabemos lo que pasó —continúa—. Russell nos contó tu historia y es
terrible, Mallory. Lamento mucho que sucediera. Sé que cargas con mucha
culpa, con mucho dolor. Pero si no abordas esos sentimientos, si te limitas a
seguir reprimiéndolos… —Señala mis creaciones artísticas a lo largo y ancho
de la sala—. Son como el vapor bajo presión, Mallory. Buscarán grietas y
encontrarán una forma de escapar.
—¿Y los demás dibujos? ¿Y el dibujo de la mujer a la que están
estrangulando?
—Un concepto abstracto hecho literal —declara Caroline—. Tal vez sean
la pena o la adicción. El dominio que las drogas ejercen sobre tu cuerpo.
—¿Y la mujer a la que arrastran por el bosque?
—¿No será que hay alguien que te ha sacado del peligro? ¿Un padrino o
un mentor, como Russell?
—Entonces, ¿por qué me entierra?
—No te está enterrando, Mallory. Te está liberando. Extrayéndote de una
montaña de heroína y devolviéndote a la sociedad. ¡Y mírate ahora!

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Caroline le da la vuelta a la tarjeta del test para que vea los resultados. Las
cinco pestañas —los indicadores de THC, opioides, cocaína, anfetaminas y
metanfetamina— han dado negativo.
—Veinte meses sobria —dice Ted—. ¡Bravo!
—Estamos muy orgullosos de ti —dice Caroline—. Pero está claro que te
queda mucho trabajo por hacer, ¿no crees?
No sé qué decir.
Estoy de acuerdo en que hay unos cuantos paralelismos muy
desconcertantes entre los dibujos de Anya y mi historia personal.
Y sí, he tenido dificultades con los lapsos de memoria, los falsos
recuerdos y todas las demás secuelas psicológicas de la adicción a las drogas.
Pero en la casita de invitados hay doce dibujos más que apestan a muerte
y solo hay una responsable.
—Esto lo ha dibujado Anya. No yo.
—Anya es una amiga imaginaria. Teddy sabe que no es real. Entiende que
no existe de verdad.
—Teddy está asustado y confundido y repite todo lo que le enseñáis. Sé
que los dos fuisteis a universidades estupendas y que creéis que entendéis
todo lo que pasa en este mundo. Pero con lo de estos dibujos estáis
equivocados, estáis equivocados con esta casa y estáis equivocados con
Teddy. ¡Están pasando mierdas rarísimas justo delante de vuestras narices y
os negáis a aceptarlo!
A estas alturas, ya estoy gritando, no puedo evitarlo. Pero Ted y Caroline
no se inmutan. Me doy cuenta de que han dejado de escucharme, de que están
más que dispuestos a pasar página de una vez.
—Creo que tenemos que asumir la discrepancia —me dice Caroline—. A
lo mejor es un fantasma y a lo mejor es la culpa. Da igual, Mallory. Lo más
importante de todo esto es que has dejado a nuestro hijo sin supervisión
durante cuatro horas y que ya no confío en ti para que lo cuides.
Ted está de acuerdo en que «es necesario un cambio» y Caroline dice que
es bueno pensar en este momento como en una encrucijada, una oportunidad
de mejorar las cosas para todos.
Y los dos se muestran tan positivos, tan comprensivos y alentadores, que
tardo un momento en darme cuenta de que me están despidiendo.

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20

Hace diez minutos que he vuelto a la casita cuando empieza a sonarme el


móvil.
Es Russell. Me llama desde un pequeño motel de la Ruta 66, situado en
algún rincón del desierto entre Las Vegas y el Gran Cañón. Tiene mala
cobertura y la línea crepita y restalla.
—¡Quinn! ¿Qué ha pasado?
—Creo que me he quedado sin trabajo.
—No, ¡está claro que te has quedado sin trabajo! Caroline me ha enviado
fotos de tu chifladura de proyecto artístico. ¿Qué narices está pasando allí?
—Hay algo en esta casa, Russell. Una especie de presencia. Primero fue a
por Teddy y ahora viene a por mí.
—¿Una presencia? —La mayoría de los días, Russell es una fuente de
energía y entusiasmo inagotable, pero de repente parece cansado y un poco
decepcionado—. ¿Te refieres a algo así como un fantasma?
—No estoy consumiendo. Caroline me ha hecho una prueba.
—Lo sé.
—Esto es otra cosa. Es…
El siseo de las interferencias nos interrumpe y, durante unos instantes,
tengo miedo de haberlo perdido. Entonces vuelvo a oír su voz:
—Tienes que ir a una reunión. ¿Qué hora es ahí? ¿Las seis y media? Y es
viernes por la noche… Prueba en Nuestra Señora Redentora. Empiezan a las
siete, creo.
—No necesito ir a una reunión.
—¿Tienes alguna amiga a la que llamar? ¿Alguien con quien puedas
quedarte esta noche? No quiero que la pases sola. —Y supongo que de mi
silencio deduce que no tengo a nadie a quien recurrir—. Vale, escucha. Voy
para allá.
—¡No!

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—No pasa nada. De todas formas, no me gusta nada este sitio. El clima es
imposible. Tengo que correr siempre dentro, en la cinta, porque si sales al
exterior más de diez minutos, el calor te para el corazón.
Me explica que necesitará dos o tres días para venir a buscarme. Está de
camino del Gran Cañón, así que tendrá que volver en coche a Las Vegas y
comprarse otro billete de avión.
—Así que a lo mejor el domingo, pero el lunes seguro que estoy ahí. Solo
tienes que aguantar hasta el lunes, ¿vale? Doreen y yo iremos a por ti. Puedes
quedarte unas semanas en casa, iremos a que te hagan una revisión médica.
Buscaremos un plan b.
—Gracias, Russell.
Dejo caer el móvil al suelo y cierro los ojos. Sé que tendría que salir de la
cama, que tendría que ir a una reunión o, como mínimo, hacerme la cena.
Pero fuera de la casita de invitados se ha puesto a llover, es una de esas
abruptas tormentas de verano que salen como de la nada. El viento azota el
techo y el agua cae en cascada por las ventanas. Estoy atrapada aquí dentro y
me gustaría tener a alguien a quien llamar. Me da miedo el largo fin de
semana que tengo por delante, la larga y solitaria espera hasta que Russell
venga a buscarme. Mis únicas amigas están en Safe Harbor, pero me da
demasiada vergüenza contarles lo que he hecho.
También están mis amigos de antes de Safe Harbor, claro. He borrado sus
nombres y sus números de mis contactos, pero no me costaría localizarlos.
Filadelfia está a treinta minutos en tren de Spring Brook. Si consiguiera llegar
hasta la avenida Kensington, sé que reconocería muchas caras, viejos amigos
que se alegrarían de verme, dispuestos a recibirme en casa. Tengo mil
doscientos dólares en la cuenta corriente. Puedo recoger y marcharme, porque
aquí nadie me echaría de menos jamás.
Excepto Teddy.
Teddy sí me echaría de menos, estoy segura.
No puedo irme sin despedirme de él.
Tengo que quedarme el tiempo necesario para explicárselo todo, para
dejarle claro que nada de esto ha sido culpa suya.
Y por eso me quedo en mi perfecta casita de campo, en el sitio más bonito
en el que he vivido, un recuerdo maravillosamente decorado de todo lo que
acabo de perder. Llueve sin parar y el zumbido de mi cerebro es más
estruendoso que nunca, como si tuviera la cabeza llena de mosquitos. Me tapo
la cara con una almohada y grito, pero nada acalla el ruido.

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Esa noche duermo diez, doce, catorce horas. Cada vez que me despierto,
me acuerdo de lo que ha pasado y me atrinchero bajo las sábanas hasta que
me quedo dormida de nuevo.
A las diez de la mañana del sábado, me levanto y me arrastro hasta la
ducha. Hace que me sienta mejor, al menos un poco. Después salgo al porche
y hay una piedra sujetando una hoja de papel contra el suelo.
«Por el amor de Dios —pienso—, me estoy volviendo loca de verdad».
Pero solo es una nota de Caroline:

Querida Mallory:
Ted y yo nos llevamos a Teddy a la playa. Le hemos dicho que vas a
mudarte y, como no podía ser de otra manera, está disgustado.
Esperemos que pasar un día en la playa y montarse en las atracciones del
paseo marítimo se lo quiten de la cabeza. Volveremos tarde, así que
tienes la piscina y el jardín para ti sola.
Por otro lado, Russell ha llamado esta mañana para contarnos
novedades. Ha reservado un billete de avión para mañana por la noche y
vendrá a recogerte el lunes por la mañana, entre las diez y las once.
Nos gustaría dedicar la tarde de mañana a celebrar el tiempo que has
pasado con nuestra familia; habrá piscina, cena, postre y todo lo demás.
Empezaremos más o menos a las tres, si te va bien. Por favor, llámame si
necesitas algo o si simplemente quieres hablar. Cuenta conmigo para
apoyarte durante esta transición.
Con cariño,
Caroline

Me acerco a la casa grande para tomarme un zumo de naranja, pero,


cuando marco mi código de acceso en el teclado, no funciona. Claro que no
funciona. Puede que Ted y Caroline se fíen de mí para que ande por el jardín
trasero, pero ni de broma van a dejar que vuelva a entrar en su casa, no
después de que les pintara todas las paredes.
Sé que tendría que salir a correr. Sé que me sentiría mejor si saliera e
hiciese unos cuantos kilómetros. Pero estoy demasiado avergonzada para salir
de aquí, demasiado avergonzada para que me vean la cara en el barrio.
Imagino que la noticia de mi engaño ha corrido como la pólvora y que ya no
queda nadie en Spring Brook que no sepa mi secreto. Vuelvo a la casita, me
sirvo un tazón de cereales Cheerios y después me acuerdo de que no tengo
leche. Me los como sin nada, con los dedos. Me tumbo en la cama con la

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tablet y entro en el Hallmark Channel para echarle un vistazo a la lista de
películas, pero de repente todas me parecen hipócritas, horribles y espantosas;
llenas de falsas promesas y finales felices de pacotilla.
Llevo diez minutos viendo una llamada La Navidad de una adicta a los
zapatos cuando oigo pasos en el porche y un golpeteo suave en la puerta.
Imagino que es Mitzi, que viene a disculparse por su comportamiento durante
la sesión. Grito «estoy ocupada» y subo el volumen de la tablet.
La cara de Adrián aparece en la ventana.
—Tenemos que hablar.
Me levanto de un salto de la cama y abro la puerta.
—Sí, es cierto que tenemos que hablar, porque…
—Aquí no —dice—. Tengo la camioneta ahí delante. Vamos a dar una
vuelta.

No me dice adonde vamos, pero, en cuanto llegamos a la rampa de acceso a la


295, lo adivino. Nos incorporamos al tráfico de la autopista, enlazamos con la
76 Oeste y cruzamos el puente Walt Whitman, que se eleva por encima de los
astilleros y los puertos del río Delaware. Vamos a South Philly. Adrián me
está llevando a casa.
—No tienes por qué hacerlo. Da la vuelta.
—Ya casi estamos —me dice—. Solo faltan cinco minutos.
Es demasiado pronto para que haya un partido de fútbol y los Phils, el
equipo de baloncesto, deben de estar fuera de la ciudad, porque la autopista
está despejada, sin tráfico. Adrián toma la salida de la avenida Oregón. No
deja de lanzarle miradas al GPS, pero, desde aquí, yo podría guiarlo con los
ojos cerrados. Sigo recordando todas y cada una de las calles, de las señales
de stop y de los semáforos. Todos los comercios de antes siguen aquí: los
restaurantes de comida rápida y los puestos de bocadillos cheesesteak, los
supermercados asiáticos y las tiendas de móviles, el bar de deportes/club de
striptease que reclutó a dos de mis compañeras de clase nada más salir del
instituto. Nadie confundiría jamás mi antiguo barrio con Spring Brook. Las
calles están llenas de baches; las aceras, llenas de cristales rotos y huesos de
pollo. Pero muchas de las casas tienen un revestimiento de aluminio nuevo y
mejor aspecto del que recordaba, como si la gente hubiera hecho un esfuerzo
por ponerlo bonito.
Adrián se detiene en la esquina de la Octava con Shunk. Supongo que
habrá encontrado mi dirección en internet, porque estamos justo delante de la

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casa achaparrada e idéntica a las demás a la que antes llamaba hogar. Han
rejuntado los ladrillos, le han dado una nueva mano de pintura a las
contraventanas y hay hierba verde y brillante en lo que era nuestro «jardín» de
grava blanca. Junto a la puerta delantera hay un hombre subido a una escalera
de mano; lleva unos guantes de trabajo y está sacando las hojas muertas de los
canalones.
Adrián empieza a maniobrar para aparcar y enciende las luces de
emergencia. No he vuelto a ver a ninguno de mis vecinos desde el instituto y
tengo miedo de que me reconozcan. Las casas están apiñadas las unas contra
las otras y no me cuesta imaginar que todos abren la puerta a la vez y salen en
tropel para mirarme de arriba abajo.
—Arranca, por favor.
—¿Es aquí donde te criaste?
—Ya sabes que sí.
—¿Quién es el hombre de la escalera?
—No lo sé. Arranca, ¿vale?
El hombre de la escalera se vuelve y nos observa con atención. Es un
señor maduro, calvo, no muy alto, y va vestido con una camiseta de los
Eagles.
—¿Queréis algo?
No lo he visto en mi vida. A lo mejor mi madre ha contratado a un
manitas. Aunque lo más probable es que haya vendido la casa y se haya
mudado, que este hombre sea el nuevo propietario. Le hago un gesto de
disculpa con la mano y me giro hacia Adrián.
—Si no te pones en marcha ahora mismo, me bajo de la camioneta y me
vuelvo a Spring Brook caminando.
Arranca y pasamos el semáforo en verde. Lo guio entre el tráfico hasta el
parque FDR, el lugar preferido de todo South Philly para hacer pícnics, fiestas
de cumpleaños y fotografías de boda. Cuando éramos pequeños, todos lo
llamábamos «los Lagos», porque está salpicado de estanques y lagunas. El
más grande es el lago Meadow y a su lado encontramos un banco con buenas
vistas. A lo lejos, en el horizonte, recortadas contra el cielo gris, vemos las
calzadas elevadas de la Interestatal 95, seis carriles llenos de coches que
circulan a toda velocidad hacia y desde el aeropuerto. Y durante mucho rato
no decimos una sola palabra, porque ninguno de los dos sabe por dónde
empezar.
—Lo de la beca no era mentira —le digo—. En el instituto, acabé una
carrera de cinco kilómetros en quince minutos veintitrés segundos. Fui la

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sexta chica más rápida de Pensilvania. Puedes buscarlo en Google.
—Ya lo he hecho, Mallory. El día en que nos conocimos, volví a casa
corriendo y busqué a todas las Mallory Quinn de Filadelfia. Encontré tus
estadísticas del instituto, lo justo para que tu historia me resultara creíble. —
Entonces se echa a reír—. Pero no había nada en Twitter, nada en las redes
sociales. Me pareció que esa aura de misterio era maravillosa. Las chicas de
Rutgers se pasan las veinticuatro horas del día en Instagram publicando fotos
glamurosas e intentando pescar cumplidos. Pero tú eras diferente. Pensé que
eras una persona segura de sí misma. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que
pudieras estar ocultando algo.
—Fui sincera sobre casi todo.
—¿Cómo que «casi todo»? ¿Qué significa eso?
—Solo te mentí sobre mi pasado. Todo lo demás es cierto. Lo de los
dibujos de Anya es verdad. Y, desde luego, lo que siento por ti también. Iba a
contártelo todo anoche, durante la cena, lo juro.
No dice nada. Se limita a contemplar el lago. No muy lejos de nosotros,
unos niños juegan con un dron. Parece un OVNI en miniatura con ocho
hélices que giran furiosamente y, cada vez que pasa ante nosotros, suena igual
que un enjambre de abejas. Deduzco que Adrián está esperando a que
continúe, que me está dando la oportunidad de confesar. Respiro hondo.
—Vale, pues resulta…

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Todos mis problemas empezaron con una simple fractura por estrés del sacro:
una rotura minúscula en el hueso con forma de triángulo que tenemos en la
base de la columna vertebral. Eso ocurrió en septiembre de mi último año de
instituto y el tratamiento que me recomendaron fueron ocho semanas de
reposo justo al inicio de la temporada de campo a través. Era una mala
noticia, pero no un desastre absoluto. La lesión era común entre las corredoras
jóvenes, fácilmente tratable y no afectaría a la oferta que me había hecho la
Penn State. Los médicos me recetaron oxicodona para el dolor: un solo
comprimido de cuarenta miligramos dos veces al día. Todo el mundo decía
que estaría recuperada para las competiciones de pista cubierta de noviembre.
Seguí yendo a los entrenamientos: cargaba con el equipo y ayudaba a
anotar las marcas de todo el mundo, pero me resultaba difícil ver a mis
compañeras de equipo desde la barrera, sabiendo que tendría que estar
corriendo junto a ellas. Además, como tenía más tiempo libre, mi madre
esperaba que hiciera más cosas en casa. Que cocinara, limpiara, fuese a la
compra y cuidase más a mi hermana.
Nos había criado sola. Era bajita, tenía sobrepeso y se fumaba un paquete
de cigarrillos al día a pesar de que trabajaba en el Hospital Mercy como
administradora de facturación y, por tanto, conocía los riesgos que eso
conllevaba para la salud. Beth y yo siempre estábamos detrás de ella para que
lo dejara, le escondíamos los paquetes de Newport bajo el sofá o en otros
lugares en los que jamás se le ocurriría buscar. Le daba igual: salía y se
compraba otro. Nos decía que fumar era su estrategia de afrontamiento, que
teníamos que dejar de darle la lata. Siempre nos recordaba que no teníamos ni
abuelos ni tías ni tíos y que, desde luego, no había un segundo marido en el
horizonte, así que las tres teníamos que apoyarnos las unas en las otras. Ese
fue nuestro gran estribillo desde pequeñas: apoyarnos las unas en las otras.
Tres o cuatro sábados al año, el hospital llamaba a mi madre para que
hiciera unas cuantas «horas extras obligatorias por sorpresa» y resolviese los

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conflictos de facturación pendientes a los que nadie era capaz de encontrarles
sentido. Un viernes por la noche, la llamaron y nos avisó de que tendría que ir
a trabajar al día siguiente. Luego me dijo que tendría que llevar a mi hermana
a El País de los Cuentos.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Porque prometí que la llevaría.
—Llévala el domingo. El domingo no trabajas.
—Pero Beth quiere ir con Chenguang y Chenguang solo puede el sábado.
Chenguang era la mejor amiga de mi hermana, un bicho raro con el pelo
rosa que se dibujaba bigotes de gato en las mejillas. Beth y ella formaban
parte de una especie de club de anime.
—¡Mañana tengo una competición! En Valley Forge. No volveré hasta las
tres.
—No vayas a la competición —sentenció mi madre—. No vas a
participar. El equipo no te necesita.
Intenté explicarle a mi madre que mi presencia suponía un gran estímulo
psicológico para mis compañeras, pero no se lo creyó.
—Mañana te llevarás a Beth y a Chenguang a El País de los Cuentos.
—¡Son demasiado mayores para ir! ¡Es un parque de atracciones para
niños!
—Es un gesto irónico. —Mi madre abrió la puerta trasera, encendió un
cigarrillo y exhaló el humo a través de la mosquitera—. Saben que son
demasiado mayores para ir, por eso quieren hacerlo.
Se encogió de hombros como si fuera algo perfectamente racional.
A la mañana siguiente —la mañana del sábado 7 de octubre—,
Chenguang llegó a nuestra casa vestida con una camiseta amarilla con un
unicornio blanco lleno de brillantina y unos vaqueros desgastados. Se estaba
comiendo una bolsa de gominolas ácidas con forma de espagueti y me ofreció
probarlas. Negué con la cabeza y le dije que preferiría morirme. Cuando Beth
bajó, llevaba la misma camiseta de unicornio y los mismos vaqueros. Al
parecer, habían planeado de antemano ir vestidas igual y todo aquello
formaba parte de nuestra extraña aventura friki.
Insistí en salir de casa a las nueve de la mañana. Mi plan era hacer el
trayecto mientras mis compañeras competían y luego llamar para enterarme
de los resultados en cuanto llegáramos al parque de atracciones. Pero
Chenguang tenía una picadura de araña que le molestaba muchísimo, así que
tuvimos que parar en una farmacia Walgreens para comprar un
antihistamínico. Eso nos retrasó media hora y no cruzamos el puente Walt

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Whitman hasta las nueve y media, no nos incorporamos a la autopista de
Atlantic City hasta las nueve y cuarenta y cinco. Había tres carriles de coches
empeñados en llegar a la costa de Jersey a ciento treinta kilómetros por hora.
Llevaba las ventanillas bajadas y la emisora Q102 sintonizada a todo volumen
para no tener que oír las risitas de Beth y Chenguang en el asiento trasero.
Cotorreaban sin parar, se interrumpían y hablaban la una por encima de la
otra constantemente. Yo había dejado el móvil en la consola central del
coche, entre los dos asientos delanteros. Lo tenía cargando en el adaptador del
mechero. Por encima del estruendo de la música, oí el pitido de un mensaje de
texto entrante… Y luego de otro y otro más. Supe que debía de tratarse de mi
amiga Lacey, que opinaba que para qué mandar un solo mensaje cuando
podías mandar cinco. Por delante de mí, la carretera estaba despejada. Bajé la
mirada hacia el teléfono, hacia las notificaciones que iban apareciendo en la
pantalla:

HOSTIA
JODER
!!!!!!!!

no te vas a creer quién ha quedado tercera.


El reloj del salpicadero marcaba las 9:58. Me di cuenta de que la carrera
de las chicas ya debía de haber terminado y de que Lacey me estaba haciendo
el favor de enviarme los resultados. Volví a mirar la carretera y luego cogí el
teléfono con una mano, introduje la contraseña y tecleé mi respuesta con
mucho cuidado: DÍMELO.
En un lado de la pantalla emergieron tres puntos parpadeantes que
indicaban que Lacey me estaba contestando. Recuerdo que Ed Sheeran
cantaba en la radio «Castle on the Hill». Y recuerdo que miré por el espejo
retrovisor. Tenía un todoterreno pegado al parachoques, como si el conductor
se me quisiera echar encima, así que, sin pensarlo mucho, aceleré para
aumentar un poco la distancia. También por el retrovisor, vi a Beth y a
Chenguang compartiendo un único espagueti de gominola. Se lo comían cada
una por un extremo, como los perros de La dama y el vagabundo. Se reían
como lunáticas y recuerdo que pensé: «¿Qué coño les pasa a estas? ¿Cómo va
a ser este un comportamiento adolescente normal?». Y entonces el móvil me
vibró en la palma de la mano para avisarme de que Lacey había respondido.

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Y de pronto era miércoles y me desperté en un hospital de Vineland,
Nueva Jersey. Tenía la pierna izquierda rota, tres costillas fisuradas y el
cuerpo amarrado a media decena de monitores y máquinas. Mi madre estaba
sentada junto a mi cama, aferrada a un cuaderno de espiral. Intenté sentarme,
pero no podía moverme. Estaba muy confusa. Mi madre empezó a decir cosas
que no tenían sentido. Había una bicicleta en la autopista. Una familia llevaba
las cosas para la playa sujetas a la parte trasera del todoterreno, pero entonces
se les soltó una bicicleta de montaña y todos los coches dieron un volantazo
para esquivarla. Pregunté «¿Dónde está Beth?», y a mi madre se le desfiguró
el rostro. Y entonces lo supe.
El conductor que iba delante se rompió la clavícula. Los ocupantes del
todoterreno que circulaba detrás de mí sufrieron lesiones leves. Chenguang
salió ilesa del accidente, sin un solo rasguño. Mi hermana fue la única víctima
mortal, pero los médicos decían que yo había quedado en un segundo puesto
muy ajustado. Lo primero que me decía todo el mundo era que no debía
sentirme culpable, que yo no había hecho nada malo. Todo el mundo le
echaba la culpa a la familia de la bicicleta de montaña. Unos cuantos policías
vinieron a verme al hospital, pero no llegó a iniciarse ningún tipo de
investigación formal. En algún momento durante la vuelta de campana, mi
móvil había salido disparado por la ventanilla. O bien quedó pulverizado por
el choque o bien desapareció entre las altas flores silvestres de color morado
que crecían junto al arcén de la carretera. Nunca llegué a enterarme de quién
había quedado en tercer lugar.

Dos semanas más tarde, salí del hospital con una nueva receta de oxicodona
que debía tomar «a demanda según el dolor», pero sentía dolor a todas horas,
todos los días, desde el momento en que me despertaba hasta el instante en
que me desplomaba sobre la cama. Las pastillas lo mitigaban un poco y les
suplicaba a los médicos que me renovaran la receta —solo para poder pasar
Halloween, Acción de Gracias, Navidad—, pero cuando llegó febrero ya
caminaba bien y me cortaron el grifo.
El dolor era peor que cualquier otra cosa que hubiera experimentado en
mi vida. Eso es lo que la gente no entiende de la oxicodona o, al menos, lo
que no entendíamos por aquel entonces. A lo largo de varios meses, la droga
me había reconfigurado el cerebro por completo, se había ido apropiando
cada vez de más receptores del dolor y ahora ya la necesitaba hasta para
existir. No podía dormir, ni comer, ni concentrarme en clase. Y nadie me

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había advertido que aquello iba a suceder. Nadie me había dicho que me
esperaba una batalla así.
Entonces fue cuando empecé a presionar a mis compañeros de clase, a
pedirles que husmearan en los baños, en el dormitorio de sus padres. Te
sorprendería saber cuánta gente tiene oxicodona en su casa. Y, cuando esas
fuentes también se agotaron, tenía una amiga con un novio que conocía a un
tío. Comprarle oxicodona a un traficante es algo bastante fácil de racionalizar.
A fin de cuentas, eran las mismas pastillas que los médicos me habían
obligado a tomar. Estaba comprando medicamentos, no drogas. Pero el precio
era escandaloso y al cabo de un mes había dilapidado todos mis ahorros. Pasé
tres días horribles sufriendo sudores fríos y náuseas hasta que uno de mis
nuevos amigos consumidores de pastillas me presentó una alternativa más
barata y sensata.
Heroína es una palabra que da mucho miedo, pero provoca la misma
sensación que la oxicodona a un precio mucho menor. Solo hay que superar
los remilgos respecto a las agujas. Por suerte, en YouTube había un montón
de vídeos que me ayudaron: tutoriales (en teoría para diabéticos) que te
enseñaban a encontrar la vena y a retirar el émbolo con cuidado en el
momento justo, a asegurarte de que habías entrado en contacto con el torrente
sanguíneo. Y, una vez que lo aprendí, todo empezó a ir de mal en peor.
Terminé el instituto, a duras penas, gracias a los profesores comprensivos
que se compadecían de mí. Pero todos los entrenadores comprendieron lo que
estaba pasando y, por alguna razón, Penn State se desentendió de su oferta. Le
echaron la culpa al accidente de coche y a mis lesiones; me dijeron que, por
mucha fisioterapia que hiciera, no estaría lista para el otoño, y ni siquiera
recuerdo haberme sentido decepcionada. Ni siquiera recuerdo el momento en
que me dieron la noticia. Para cuando se pusieron en contacto con mi madre,
yo ya estaba pasando las noches en Northern Liberties, durmiendo en el sofá
de mi nuevo amigo Isaac, que al parecer tenía treinta y ocho años.
Después del instituto, hubo un largo período de tiempo en el que
básicamente vivía para consumir drogas y conseguir dinero para comprar
más…, las que fueran. Si no había ni oxicodona ni heroína, probaba cualquier
cosa que estuviese disponible en la carta. Mi madre dedicó mucho tiempo y
dinero a intentar ayudarme, pero yo era joven y guapa y ella estaba vieja,
arruinada y gorda: no tenía ni la más mínima posibilidad. Un día se subió al
autobús 17 y le dio un ataque al corazón, casi se muere antes de que la
ambulancia llegara al hospital. Y yo no me enteré hasta seis meses más tarde,

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hasta que acabé en rehabilitación e intenté llamar a mi madre para contarle la
buena noticia. Dio por hecho que quería dinero y me colgó.
Volví a llamarla un par de veces más, pero nunca me contestaba, así que
le dejaba largos mensajes de voz divagantes en los que le confesaba que el
accidente había sido única y exclusivamente culpa mía y le pedía perdón por
todo. A esas alturas, ya vivía en Safe Harbor y estaba sobria, pero, por
supuesto, mi madre no me creía. Yo tampoco me habría creído. Al final, un
día me cogió el teléfono un hombre. Me dijo que se llamaba Tony, que era
amigo de mi madre y que ella no quería saber nada de mí. Y la siguiente vez
que llamé, el número estaba desconectado.
Hace dos años que no hablo con mi madre. No sé muy bien qué habrá sido
de ella. Lo que sí sé es que tengo muchas muchas razones para dar gracias.
Doy gracias por no haber contraído nunca el VIH ni la hepatitis. Doy gracias
por que no me hayan violado nunca. Doy gracias por la conductora de Uber
que me reanimó con naloxona cuando me desmayé en el asiento trasero de su
Prius. Doy gracias por el juez que me mandó a rehabilitación en lugar de a la
cárcel. Y doy gracias por haber conocido a Russell, por que aceptara ser mi
padrino y por que me motivase para empezar a correr de nuevo. Nunca habría
llegado tan lejos sin su ayuda.
Adrián no interrumpe mi historia con preguntas. Se limita a dejarme
hablar sin parar hasta que por fin llego a mi tesis principal:
—Siempre me sentiré culpable por lo que ocurrió. Todo el mundo culpa al
conductor que llevaba la bicicleta de montaña, pero si yo hubiera estado
prestando atención…
—Eso no lo sabes, Mallory. Puede que la hubieras esquivado y puede que
no.
Pero sé que tengo razón.
Siempre sabré que tengo razón.
Si retrocediera en el tiempo y lo repitiese todo, solo tendría que
cambiarme de carril o dar un volantazo o frenar de golpe para que todo
siguiera igual.
—Compartíamos habitación, ¿te lo había dicho ya? Dormíamos en literas
y lo odiábamos, no parábamos de quejarnos a nuestra madre. Le decíamos
que éramos las únicas chicas de la calle que tenían que compartir habitación y
¡ni siquiera era cierto! Pero la cosa es que después del accidente, el día en que
salí del hospital, mi madre me llevó a casa y subí las escaleras y…
No consigo contarle el resto. No soy capaz de contarle que la habitación
estaba demasiado silenciosa sin Beth, que no podía dormir sin oír su

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respiración y el crujido de sus sábanas.
—Debe de ser duro —musita Adrián.
—La echo mucho de menos. Todos los días. A lo mejor te mentí por eso,
Adrián, no lo sé. Pero te juro que nunca te he mentido acerca de nada más. No
te he mentido acerca de lo que siento ni de los dibujos. No recuerdo haberlos
hecho, pero supongo que tuve que ser yo. Sé que es la única explicación
lógica. Me voy de Spring Brook el lunes. Me iré a vivir con mi padrino una
temporada. Intentaré recuperar los tornillos que me faltan. Siento haberme
comportado como una psicópata.
Hemos llegado a la parte de la conversación en la que espero que Adrián
diga algo; quizá no «te perdono», sé que eso es pedir demasiado, pero sí algún
tipo de agradecimiento por haberle desnudado mi alma hace un momento, por
haber compartido con él una historia que nunca había compartido con nadie
fuera de las reuniones de Narcóticos Anónimos.
Sin embargo, se levanta y dice:
—Tenemos que irnos.
Caminamos por la hierba hacia el aparcamiento. Hay tres niños pequeños
jugando junto a la camioneta de Adrián, apuntándose con los dedos y
disparando balas imaginarias. Cuando nos acercamos, salen corriendo por el
asfalto del aparcamiento, gritando, dando voces y agitando los brazos como
locos. Me recuerdan a los niños del parque infantil grande. Tienen entre cinco
y seis años y no se parecen en nada a Teddy, tan tranquilo e introspectivo,
siempre aferrado a sus libros ilustrados y sus cuadernos de dibujo.
Adrián no dice nada hasta que estamos dentro de la camioneta. Arranca el
motor y enciende el aire acondicionado, pero no mete la marcha.
—Oye, ayer cuando me marché de tu casa estaba muy cabreado. No
porque me hubieras mentido, que ya es bastante grave, sino porque les habías
mentido a mis padres y a sus amigos. Me has avergonzado, Mallory. No sé si
seré capaz de contárselo alguna vez.
—Lo sé, Adrián. Perdóname.
—Pero el caso es que, cuando me marché, no fui capaz de volver a casa.
Mis padres sabían lo de nuestra cita y no me apetecía verlos, no quería tener
que contarles que había sido un fracaso. Así que me fui al cine. Están
poniendo la nueva película de Marvel y me pareció una buena manera de
matar el tiempo. De hecho, la vi dos veces para llegar a casa más tarde de
medianoche. Y, cuando por fin subí a mi habitación, esto me estaba esperando
en el escritorio.

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Estira la mano por encima del asiento, abre la guantera y saca una hoja de
papel cubierta de lápiz oscuro.
—¿Qué me dices ahora de lo de sentir que estás perdiendo la cabeza?
Supongo que, aunque mis padres no se moviesen de casa en toda la noche, es
posible que te colaras, encontrases mi dormitorio y dejaras este dibujo en mi
escritorio. Supongo que también es posible que Teddy, a sus cinco años,
entrase a hurtadillas en mi casa. O que fueran sus padres. Pero no lo creo,
Mallory. —Adrián niega con la cabeza—. Creo que la explicación más
plausible es que tienes razón desde el principio: es Anya quien hace estos
dibujos. Y quiere que yo también sepa que dices la verdad.

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Volvemos a Spring Brook y nos ponemos manos a la obra de inmediato. Cojo


todos los dibujos que he ido encontrando en la casita, además de los tres que
me llevé del dormitorio de Teddy. Adrián tiene el único que le dejaron anoche
en el escritorio y las fotos que sacó en la sala de estar de los Maxwell. Ya ha
impreso las imágenes para que podamos añadirlas a la secuencia. Faltan
menos de cuarenta y ocho horas para que Russell venga a recogerme y, antes
de que eso ocurra, estoy decidida a convencer a los Maxwell de que decimos
la verdad.
Extendemos los dibujos en la zona embaldosada de la piscina y utilizamos
piedras o puñados de grava suelta para que no se vuelen. Luego pasamos
media hora moviéndolos de un lado a otro, intentando ordenarlos, buscando
algún tipo de relato que tenga sentido.
Después de mucho ensayo y error, llegamos a esto:

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—La primera imagen es el globo aerostático —comienzo—. Estamos en
una especie de parque o campo. Una zona con muchos espacios al aire libre.
De cielos despejados.
—Entonces está claro que no es Spring Brook —dice Adrián—. Hay
demasiado tráfico aéreo procedente de Filadelfia.

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—Vemos a una mujer pintando un cuadro del globo aerostático.
Supongamos, de momento, que se trata de Anya. A juzgar por el vestido sin
mangas, deduzco que es verano, o a lo mejor que estamos en un clima más
cálido.

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»Hay una niña cerca, entreteniéndose con unos juguetes. Es posible que
sea su hija. Teddy me dijo que Anya tiene una hija. No parece que le esté
prestando mucha atención.

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»Entonces aparece un conejo blanco

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»La niña siente curiosidad. Está jugando con un conejo de peluche, pero
acaba de ver uno de verdad.

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»Así que lo sigue hasta un valle…

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»… pero Anya no se da cuenta de que su hija se marcha. Está absorta en
su trabajo. Vemos a la niña al fondo, en el horizonte. Alejada de sus juguetes.
¿Te parece una historia lógica, hasta ahora?
—Creo que sí —contesta Adrián.

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—Vale, porque a partir de este momento es cuando se vuelve un poco
confusa. Algo va mal. El conejo ha desaparecido, la niña parece perdida.
Puede que esté herida. Puede que incluso esté muerta. Porque en el siguiente
dibujo…

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»Pero alguien intenta detenerlos. Alguien los persigue.

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—Es Anya —dice Adrián—. Lleva el mismo vestido blanco.
—Exacto. Corre para salvar a su hija, para evitar que se la lleven.

»Se le acerca un ángel.

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»Y el ángel guía a la niña hacia la luz.

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»Pero Anya llega demasiado tarde. El ángel no quiere devolvérsela.

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—O no puede devolvérsela —puntualiza Adrián.
—Justo. Ahora hay un vacío en la historia.

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»El ángel y la niña han desaparecido. Ya no los vemos. Y ahora hay
alguien estrangulando a Anya. Esta es la única pieza del puzle que todavía no
tenemos.

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»El tiempo pasa. Es de noche. El caballete de Anya está abandonado.

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»Un hombre llega al bosque. Lleva unas herramientas que parecen un pico
y una pala.

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»El hombre arrastra el cuerpo de Anya por el bosque…

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»Cava un agujero con la pala…

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»Y luego entierra el cadáver.
—O sea que el hombre estranguló a Anya —concluye Adrián—. No tiene
por qué ser así.
—Es el que traslada el cuerpo. El que la entierra.
—Pero la historia comienza de día. El hombre no aparece hasta más tarde,
hasta que es de noche.
Adrián empieza a mover los dibujos de nuevo, a organizarlos en un orden
distinto, pero he probado todas las secuencias posibles y esta es la única que
tiene algún sentido.
Sin embargo, todavía falta algo. Es como la sensación de haber hecho un
rompecabezas entero, de haber ensamblado toda la escena y al final descubrir
que a la caja le faltan tres o cuatro piezas, y son justo las del medio.
Adrián hace un gesto de desesperación.
—¿Por qué no es más clara? ¿Por qué no se olvida de esta mierda de
dibujos y nos lo dice con palabras? «Me llamo Rumpelstiltskin. Mi asesino
fue el archiduque». O quien fuese. ¿Por qué es tan críptica?
No es más que una forma de desahogarse, pero caigo en que nunca me he
parado a hacerme esta pregunta: ¿por qué Anya es tan críptica?
¿Por qué no utiliza palabras en lugar de utilizar a Teddy para hacer
dibujos? ¿Por qué no escribe una carta? A menos que…
Pienso en las conversaciones unilaterales que he escuchado en la
habitación de Teddy, en los juegos de adivinanzas con los que pasaba el rato
durante la hora de descanso.
—Teddy dice que Anya habla raro, que le cuesta entenderla. ¿Y si no
habla nuestro idioma?
Adrián parece dispuesto a descartar la idea de inmediato, pero entonces
coge el libro de la biblioteca: Obras completas de Anne C. Barrett.
—Vale, vamos a pensarlo un minuto. Sabemos que Annie vino de Europa
tras la Segunda Guerra Mundial. Puede que no hablara nuestro idioma. A lo
mejor ni siquiera se llamaba así. Quizá Barrett sea una versión
occidentalizada de algo como Baryshnikov, uno de esos apellidos de la
Europa del Este largos e imposibles de pronunciar. Y la familia se lo cambió
para integrarse mejor.
—Exacto —asiento, entusiasmada con la teoría—. George escribe como si
llevara mucho tiempo en Estados Unidos. Ya está asimilado. Es diácono en la
iglesia, concejal en el ayuntamiento. Pero, de repente, su prima la bohemia se
presenta en Spring Brook. Anya le recuerda de dónde viene y George se

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avergüenza de ella. Su introducción al libro no podría ser más
condescendiente, no para de hablar de sus escasos logros y su necedad.
Adrián chasquea los dedos.
—¡Y eso explica lo de la ouija! ¡Me dijiste que sus respuestas eran un
galimatías! Te referiste a ellas como una «sopa de letras». Pero ¿y si estaba
hablando en otro idioma?
Pienso en la reunión, en la sensación de estar sepultada en la casita de
campo, en el puntero que me temblaba bajo las yemas de los dedos.
Sabía que no estábamos solas.
Sabía que alguien me estaba moviendo la mano y eligiendo cada letra a
propósito.
—Mitzi lo anotó todo —le digo.
Atravesamos el jardín trasero y llegamos a casa de Mitzi. Golpeo la puerta
delantera con los nudillos, pero no obtenemos respuesta. Rodeamos la casa
hasta la parte de atrás, hasta la entrada posterior que utilizan sus clientes. La
puerta está abierta y vemos la cocina a través de la puerta mosquitera, vemos
la mesa de fórmica a la que me senté a tomar café con ella. Aporreo la puerta
mosquitera y el reloj de pared con forma de gato me mira fijamente,
moviendo la cola sin parar. Oigo la televisión en el interior de la casa, un
anuncio de dólares de oro conmemorativos: «Estas monedas son muy
apreciadas por los coleccionistas y se garantiza que mantendrán su valor…».
Grito el nombre de Mitzi, pero es imposible que me oiga por encima de la
voz que intenta vender las monedas.
Adrián intenta girar el pomo y la puerta se abre.
—¿Qué opinas?
—Opino que está paranoica y tiene un arma. Si no nos oye y la asustamos,
lo más probable es que nos vuele la cabeza.
—También existe la posibilidad de que esté herida. Quizá se haya
resbalado en la ducha. Se supone que, si una persona mayor no viene a abrirte
la puerta, tienes que entrar a ver cómo está.
Vuelvo a llamar, pero Mitzi sigue sin contestar.
—Ya volveremos más tarde.
Pero Adrián insiste en abrir la puerta y gritar:
—Mitzi, ¿estás bien?
Entra en la casa y ¿qué otra opción me queda? Ya son más de las tres de la
tarde y el día está transcurriendo demasiado rápido. Si Mitzi tiene
información que pueda ayudarnos, la necesitamos cuanto antes. Mantengo la
puerta abierta y lo sigo al interior de la vivienda.

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La cocina apesta. Huele a que va siendo hora de sacar la basura, o tal vez
sea la pila de platos sucios amontonados en el fregadero. En los fogones hay
una sartén llena de grasa de beicon solidificada. Hay huellas de patas
pequeñitas repartidas por toda la encimera y no quiero pensar en la cantidad
de alimañas que deben de vivir tras las paredes.
Sigo a Adrián hasta el salón. El televisor está sintonizado en la cadena
Fox News y los presentadores discuten con un invitado sobre las últimas
amenazas contra la seguridad de Estados Unidos. Se están gritando —gritan
los unos por encima de los otros—, así que cojo el mando a distancia y
silencio el volumen.
—¿Mitzi? Soy Mallory. ¿Me oyes?
Sigue sin haber respuesta.
—A lo mejor ha salido un rato —sugiere Adrián.
¿Dejándose la puerta trasera abierta? Imposible, Mitzi no haría algo así.
Me dirijo hacia el fondo de la casa y echo un vistazo en el baño: nada. Por fin
llego a la puerta del dormitorio. Llamo varias veces, grito su nombre y al final
la abro.
En el interior de la habitación, las cortinas están echadas, la cama está sin
hacer y hay ropa tirada por el suelo. El aire está cargado, huele a rancio y me
da miedo tocar las cosas. La puerta choca contra una papelera de mimbre, la
hace caer de costado y salen varios montones de pañuelos de papel arrugados.
—¿Hay algo? —pregunta Adrián.
Me arrodillo y miro debajo de la cama por si acaso. Hay más ropa sucia,
pero ni rastro de Mitzi.
—Aquí no está.
Al levantarme, me fijo en la mesita de noche de Mitzi. Además de una
lámpara y un teléfono, veo un puñado de bolas de algodón, una botella de
alcohol desinfectante y un torniquete de látex.
—¿Qué es? —pregunta Adrián.
—No lo sé. Seguro que no es nada. Hay que irse.
Volvemos a la sala de estar y Adrián encuentra el cuaderno en el sofá,
metido debajo de la pesada ouija de madera.
—Ese es —le digo.
Paso páginas con listas de la compra y de tareas pendientes y por fin llego
a la última hoja escrita: las notas de la sesión de espiritismo. Arranco la
página del cuaderno y se la enseño a Adrián.

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Estudié español en el instituto y tenía amigos que hacían francés y
mandarín, pero estas palabras no se parecen a nada que haya visto.

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—El nombre de Anya suena a ruso —dice Adrián—. Pero estoy bastante
convencido de que esto no es ruso.
Saco el móvil y busco IGENXO en Google solo para asegurarme… y tal
vez sea la primera vez que hago una búsqueda que no me devuelve ni un solo
resultado.
—Si Google no la conoce, está claro que no es una palabra.
—¿Y si es una especie de criptograma? —plantea Adrián—. Uno de esos
jeroglíficos en las que cada letra se sustituye por otra distinta.
—Acabamos de decidir que no sabe hablar nuestro idioma —le respondo
—. ¿En serio crees que se está inventando acertijos?
—No son complicados si te sabes los trucos. Dame un minuto.
Coge un lápiz y se sienta en el sofá de Mitzi, decidido a descifrar el
código.
Empiezo a husmear por el salón mientras intento imaginarme por qué
Mitzi habrá salido de casa dejándose la televisión encendida y la puerta
trasera abierta, y entonces algo cruje bajo mi zapatilla. Es como si hubiera
pisado un escarabajo, un insecto pequeño con un caparazón duro y
quebradizo. Levanto el pie y veo que en realidad es un tubo de plástico fino,
naranja y cilíndrico, de unos cinco centímetros de largo.
Lo cojo y Adrián levanta la vista de su tarea.
—¿Qué es eso?
—El capuchón de una aguja hipodérmica. Creo que se ha estado
inyectando. Espero que con insulina, pero estamos hablando de Mitzi, así que
a saber.
Continúo moviéndome por la habitación y descubro otros tres capuchones
de aguja: en una estantería, en una papelera, en el alféizar de una ventana. Si
les sumamos el torniquete de goma, estoy casi segura de que podemos
descartar la diabetes.
—¿Has terminado ya?
Miro el cuaderno de Adrián y no parece que haya hecho ningún avance.
—Este es de los difíciles —admite—. Por lo general, tienes que buscar la
letra más frecuente y sustituirla por la e. En este caso, hay cuatro equis, pero
cambiarlas por es no sirve de nada.
Creo que está perdiendo el tiempo. Si tengo razón en cuanto a la barrera
lingüística de Anya —y estoy casi convencida de que la tengo—,
comunicarse en nuestro idioma ya le resultaría bastante difícil. No se pondría
encima a escribir en código. Le convendría facilitarnos las cosas lo máximo
posible, no complicárnoslas. Intentaría aclararnos su mensaje.

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—Dame otro minuto —dice él.
Y entonces llaman a la puerta trasera.
—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?
Es una voz de hombre, desconocida.
¿Quizá sea uno de los clientes de Mitzi, que viene a visitarla para que le
lea el aura?
Adrián se guarda la hoja de papel en el bolsillo. Y, cuando entramos en la
cocina, veo que el hombre que hay en la puerta trasera lleva puesto un
uniforme de policía.
—Voy a tener que pedirles que salgan de inmediato.

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El policía es joven —no puede tener más de veinticinco años— y lleva el pelo
rapado, unas gafas de sol oscuras y sus enormes brazos cubiertos de tatuajes.
No le queda ni un centímetro de piel vacío entre las muñecas y las mangas de
la camisa: es todo barras y estrellas, águilas calvas y pasajes de la
Constitución.
—Hemos venido a ver cómo estaba Mitzi —le explica Adrián—. La
puerta estaba abierta, pero ella no está.
—Y ¿qué? ¿Habéis entrado sin más? ¿Os ha parecido que estaría bien
echar un vistazo? —Ofrece esta teoría como si fuera absurda, aunque es justo
lo que ha ocurrido—. Quiero que abráis la puerta y salgáis muy despacio,
¿entendido?
Me fijo en que hay dos policías más en el borde del jardín, tendiendo
largas cintas de plástico amarillo de árbol a árbol. Más allá, en el bosque,
capto atisbos de movimiento, chaquetas con superficies reflectantes. Oigo a
hombres que se gritan descubrimientos los unos a los otros.
—¿Qué pasa? —pregunta Adrián.
—Las manos en la pared —ordena el policía.
—¿En serio?
Adrián está perplejo; está claro que es su primera experiencia con los
cacheos.
—Tú solo haz lo que te dice —le digo.
—Esto es una mierda, Mallory. ¡Llevas unos pantalones cortos de deporte,
ahí no puede esconderse un arma!
Pero la mera mención de la palabra arma hace que la confrontación se
intensifique. Ahora los dos policías de la cinta amarilla vienen hacia nosotros
con cara de preocupación. Me limito a seguir las instrucciones y a hacer lo
que me dicen. Apoyo la palma de las manos en la pared de ladrillos, agacho la
cabeza y miro el césped mientras el agente me da palmaditas en la cintura.
Adrián se coloca a mi lado de mala gana y apoya las manos en la pared.

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—Qué mierda más grande.
—Cállate —le espeta el policía.
Y si no me diera miedo hablar, le diría a Adrián que en realidad el policía
está siendo majo; he conocido policías en Filadelfia que, antes de que te diera
tiempo a saludar, ya te tenían inmovilizada, esposada y en el suelo con la cara
pegada a la grava. Me da la impresión de que Adrián piensa que no tiene que
hacerles caso, de que por alguna razón se cree que está por encima de la ley.
Entonces un hombre y una mujer doblan la esquina de la casa y se acercan
a nosotros. El hombre es alto y blanco y la mujer es baja y negra; ambos están
algo rechonchos y en baja forma. Me recuerdan a los orientadores de mi
instituto. Van vestidos con trajes sin duda sacados de las estanterías de unos
grandes almacenes como Marshalls o TJMaxx y los dos llevan una placa de
inspector colgada del cuello.
—Eh, Darnowsky, vamos —grita el hombre—. ¿Qué le estás haciendo a
esa chica?
—¡Estaba en la casa! Habíais dicho que la víctima vivía sola.
—¿Víctima? —pregunta Adrián—. ¿Mitzi está bien?
En lugar de responder a nuestras preguntas, nos separan. El inspector
hombre se lleva a Adrián al otro lado del jardín, mientras que la mujer me
invita a sentarme a una oxidada mesa de jardín de hierro forjado. Abre la
cremallera de su riñonera, saca una lata de caramelos Altoids y se mete uno
en la boca. Luego me ofrece la caja abierta, pero la rechazo.
—Soy la inspectora Briggs y mi compañero es el inspector Kohr. Nuestro
joven ayudante, el del circo de los tatuajes, es el agente Darnowsky. Me
disculpo por su exceso de entusiasmo. Es el primer cadáver que tenemos
desde hace un tiempo, así que todo el mundo está un poco nervioso.
—¿Mitzi está muerta?
—Me temo que sí. Un par de críos la encontraron hace una hora tirada en
el bosque. —Señala hacia allá—. Se la vería desde aquí si esos árboles no
estuvieran ahí en medio.
—¿Qué ha pasado?
—Empecemos por tu nombre. ¿Quién eres, dónde vives y de qué conoces
a Mitzi?
Le deletreo mi nombre, le enseño mi carné de conducir y le señalo la
casita al otro lado del jardín. Le explico que trabajo para la familia de al lado.
—Ted y Caroline Maxwell. Soy su niñera y vivo en su casa de invitados.
—¿Dormiste allí anoche?
—Como todas las noches.

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—¿Oíste algo rato? ¿Algún ruido?
—No, pero me acosté temprano. Y llovía mucho, eso sí lo recuerdo. Con
el viento y los truenos, no oía nada. ¿Cuándo cree que…?
No consigo obligarme a pronunciar la palabra «murió»; todavía no me
creo que Mitzi esté muerta.
—Acabamos de empezar a investigar —dice Briggs—. ¿Cuándo fue la
última vez que la viste?
—Anteayer. El jueves por la mañana. Vino a mi casa alrededor de las
once y media.
—¿Para qué?
Me da vergüenza decirlo en voz alta; aun así, le cuento la verdad:
—Mitzi era vidente. Tenía la teoría de que la casita de invitados estaba
embrujada. Así que llevó su ouija… ¿para contactar con los espíritus? E
intentamos establecer contacto.
Parece que a Briggs le hace gracia.
—¿Funcionó?
—No lo tengo claro. Salieron unas cuantas letras, pero no tienen mucho
sentido.
—¿Te cobró?
—No, se ofreció a ayudarme gratis.
—¿Y a qué hora terminasteis?
—A la una. Estoy segura porque Adrián vino durante su descanso para
comer y tuvo que marcharse para volver al trabajo. Y esa fue la última vez
que vi a Mitzi.
—¿Recuerdas qué llevaba puesto?
—Unos pantalones grises y un top morado. De manga larga. Todo muy
suelto y ancho. Y un montón de joyas: anillos, collares, pulseras. Mitzi
siempre lleva muchas joyas.
—Eso es interesante.
—¿Por qué?
Briggs se encoge de hombros.
—Porque ahora no lleva ninguna. Ni siquiera lleva zapatos, solo un
camisón. ¿Mitzi era de las que salían a la calle en camisón?
—No; de hecho, diría que era todo lo contrario. Le daba mucha
importancia a su apariencia. Tenía un estilo peculiar, pero era su estilo, no sé
si me explico.
—¿Es posible que tuviera demencia?

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—No. Mitzi se preocupaba por muchas cosas, pero la cabeza le
funcionaba perfectamente.
—Bueno, ¿y qué hacías ahora mismo en su casa?
—Pues es posible que le parezca una tontería, pero quería hacerle a Mitzi
una pregunta sobre la sesión de espiritismo. Nos había surgido la duda de si el
espíritu no estaría utilizando un idioma distinto y por eso las letras no tenían
sentido. Queríamos consultarle a Mitzi si cabía esa posibilidad. La puerta
trasera estaba abierta, así que sabía que tenía que estar en casa. Adrián pensó
que a lo mejor se había hecho daño y entramos a ver si estaba bien.
—¿Has tocado algo? ¿Has manipulado alguna de sus pertenencias?
—He abierto la puerta del dormitorio para ver si estaba acostada. Y creo
que he silenciado el televisor. Lo tenía tan alto que era lo único que oíamos.
Briggs baja la mirada hacia mi cintura y me doy cuenta de que me está
escudriñando los bolsillos.
—¿Has cogido algo de la casa?
—No, claro que no.
—En ese caso, ¿te importaría vaciarte los bolsillos y sacarlos hacia fuera?
Creo que dices la verdad, pero todos saldremos beneficiados si lo compruebo.
Me alegro de que sea Adrián el que se ha quedado con las notas de la
sesión de espiritismo, porque así no tendré que mentir sobre ellas.
—De momento no tengo más preguntas —continúa—. ¿Tienes alguna
información que pueda resultarme útil?
—Ojalá. ¿Sabe lo que le ha ocurrido?
Se encoge de hombros.
—No hay indicios de agresión. No creo que nadie la haya atacado. Y
cuando encuentras el cadáver de una persona mayor al aire libre, vestida con
la ropa de dormir, suele ser algún tipo de error con la medicación. O se han
confundido de pastillas o han doblado la dosis. ¿Te comentó alguna vez si
seguía algún tratamiento?
—No —le digo, y es una respuesta sincera.
Me siento tentada de mencionar los capuchones de aguja, el torniquete y
el penetrante olor a cuerda quemada que seguía a Mitzi como una nube. Pero
seguro que Briggs descubre esas cosas por sí misma después de una breve
visita a la casa.
—Bien, agradezco el tiempo que nos has dedicado. ¿Te importaría
mandarme a los Maxwell, a Ted y a Caroline? Quiero hablar con todos los
vecinos.

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Le explico que se han ido a pasar el día a la playa, pero le facilito sus
respectivos números de móvil.
—No conocían muy bien a Mitzi, pero estoy segura de que colaborarán en
lo que puedan.
La inspectora se da la vuelta para marcharse, pero se lo piensa mejor y
regresa.
—Esta última pregunta se desvía un poco del asunto que nos ocupa, pero
tengo que saberlo: ¿de quién era el fantasma con el que queríais contactar?
—Se llamaba Annie Barrett. En teoría vivió en la casita de invitados en la
década de 1940. La gente dice…
Briggs empieza a asentir.
—Ya, conozco bien la historia de Annie Barrett. Soy de la zona, me crie
en Corrigan, al otro lado de este bosque. Pero mi padre siempre dijo que era
una patraña. Así se refería él a las historias inventadas, a las trolas.
—Annie Barrett existió de verdad. Tengo un libro con sus cuadros. Todos
los habitantes de Spring Brook la conocen.
La inspectora Briggs parece a punto de discrepar, pero al final se muerde
la lengua.
—No seré yo quien estropee una buena historia. Sobre todo cuando, ahora
mismo, hay un misterio aún mayor en ese bosque. —Me entrega una tarjeta
de visita—. Si se te ocurre cualquier otra cosa, llámame.

Adrián y yo pasamos aproximadamente la siguiente hora sentados junto a la


piscina, observando el circo que se ha montado en el jardín trasero de Mitzi y
esperando que se produzcan novedades. Está claro que su muerte es todo un
acontecimiento en Spring Brook, porque el jardín está repleto de policías,
bomberos, personal sanitario y un hombre al que Adrián identifica como el
alcalde. Nadie parece hacer gran cosa: solo hay un montón de gente charlando
y deambulando de un lado a otro. Pero, al final, cuatro sanitarios de rostro
sombrío salen del bosque cargando con una camilla sobre la que descansa una
bolsa de polivinilo con la cremallera cerrada y, poco después, la multitud
comienza a dispersarse.
Caroline llama desde la playa para ver cómo me va. Dice que la
inspectora Briggs ya la ha llamado y que la noticia la ha dejado
«completamente destrozada».
—A ver, está claro que no me caía muy bien, pero no le desearía una
muerte así a nadie. ¿Saben ya qué ha pasado?

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—Creen que podría tratarse de un error con la medicación.
—¿Sabes qué es lo más raro? Que el jueves por la noche oímos a Mitzi
gritar. Ted y yo estábamos junto a la piscina. Estábamos discutiendo, cosa que
supongo que ya sabes. Y, de repente, oímos a Mitzi gritarle a alguien en su
casa. Le chillaba a una persona que se marchase, que no era bienvenida. Nos
enteramos de todo lo que decía.
—¿Qué hicisteis?
—Pues estaba a punto de llamar a la policía. De hecho, ya había marcado
el número de emergencias y estaba esperando a que me contestaran. Pero
entonces vi salir a Mitzi. Iba en camisón y había cambiado el tono de voz
radicalmente. Llamaba a la persona en cuestión, le pedía que la esperara.
«Quiero ir contigo», le decía. Y me dio la sensación de que las cosas se
habían arreglado, así que colgué y me olvidé del asunto.
—¿Viste a la otra persona?
—No, di por hecho que sería un cliente.
Me parece poco probable. No creo que Mitzi recibiera clientes en su casa
a esas horas de la noche. La primera vez que fui a verla, eran solo las siete de
la tarde y me dijo que cómo se me ocurría presentarme allí tan tarde.
—Oye, Mallory, ¿quieres que volvamos antes a casa? Me da cosa que
estés sola, que estés pasando por esto sin nadie que te apoye.
Prefiero no mencionarle que Adrián está sentado justo a mi lado, al borde
de la piscina, analizando las notas que nos hemos llevado de casa de Mitzi y
aún decidido a descifrarlas.
—Estoy bien —le respondo.
—¿Segura?
—Quedaos todo el tiempo que queráis. ¿Teddy se lo está pasando bien?
—Está triste porque te vas, pero el mar es una distracción agradable. —
Oigo a Teddy de fondo, entusiasmado, chillando que ha capturado algo en su
cubo de playa—. Un segundo, cariño, estoy hablando con Mallory…
Le digo que vaya a divertirse y que no se preocupe por mí y finalizo la
llamada. Luego le repito toda la conversación a Adrián, en especial lo relativo
a la misteriosa visita nocturna de Mitzi.
Su reacción me hace pensar que los dos estamos dándole vueltas a la
misma conclusión y que a ambos nos da demasiado miedo plantearla en voz
alta.
—¿Crees que ha sido Anya? —pregunta.
—Mitzi jamás recibiría a un cliente en camisón. Sin joyas. Era muy
vanidosa, cuidaba su aspecto.

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Adrián mira a los policías y los sanitarios que aún pululan por el bosque.
—Entonces, ¿qué crees que ha pasado?
—No tengo ni idea. Siempre me he dicho que Anya no es violenta, que es
una especie de espíritu benévolo, pero no es más que una suposición. Lo
único que sé a ciencia cierta es que fue brutalmente asesinada, que alguien
arrastró su cadáver por un bosque y la tiró a una zanja. A lo mejor está
cabreada, quiere vengarse de los habitantes de Spring Brook y Mitzi es la
primera persona a por la que va.
—Vale, pero ¿por qué ahora? Mitzi vivía aquí desde hace setenta años.
¿Por qué ha esperado Anya todo este tiempo para iniciar la matanza?
Es una pregunta razonable. No tengo ni idea. Adrián mordisquea el
extremo del lápiz y vuelve concentrarse en el revoltijo de letras, como si
tuviesen la respuesta a todas nuestras preguntas. En la casa de al lado, el circo
va llegando poco a poco a su fin. Los bomberos se han ido y los vecinos han
ido marchándose a casa. Solo quedan unos cuantos policías, y lo último que
hacen es sellar la puerta trasera con dos largas tiras de cinta amarilla de no
pasar. Las cruzan en el centro para formar una X gigante, una barrera entre la
casa y el mundo exterior.
Entonces bajo la mirada hacia las notas de Mitzi y de repente la solución
me resulta obvia.

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—Las equis —le digo a Adrián—. No son equis. —¿A qué te refieres?
—Anya sabía que no hablábamos su idioma. Así que puso equis entre las
palabras, como barreras. Son espacios, no letras.

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—¿Dónde?
Le quito el lápiz y vuelvo a copiar las letras colocando cada palabra en
una línea.
—Esto sí se parece a un idioma —digo—. Algo eslavo. ¿Ruso? ¿Polaco,
quizá?
Adrián abre el móvil y mete la primera palabra en Google Translate. Los
resultados son instantáneos: i’gen es en húngaro. A partir de ahí, es fácil
traducir el mensaje entero: SÍ X CUIDADO X LADRÓN X AYUDA X
FLOR.

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—¿Ayuda flor? —pregunta Adrián—. ¿Qué significa eso?
—No sé. —Pienso en los dibujos que saqué de la papelera de reciclaje…
¿No había una página con flores?—. Pero esto explica claramente por qué se

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comunica con dibujos. Su lengua materna es el húngaro.
Adrián vuelve a coger el móvil y saca una foto.
—Tienes que enviársela a Caroline. Es la prueba de que no te estás
inventando las cosas.
Me gustaría tener la seguridad de este chico.
—Esto no prueba nada. No son más que un montón de letras que
cualquiera podría haber apuntado en un papel. Me acusará de haberme
comprado un diccionario de húngaro.
Pero él no se inmuta. Sigue releyendo las palabras una y otra vez, como si
esperara encontrarles algún significado secundario más profundo.
—Tienes que tener cuidado, tienes que estar atenta al ladrón. Pero ¿quién
es el ladrón? ¿Qué ha robado?
El puzle tiene tantas piezas que me está empezando a doler la cabeza. Me
siento como si estuviéramos intentando encajar una ficha cuadrada en un
agujero redondo… o tratando de imponerle una solución muy sencilla a un
problema muy complicado. Estoy haciendo tal esfuerzo por abstraerme y
pensar que me fastidia que mi móvil empiece a sonar y me desconcentre.
Pero entonces veo el nombre que aparece en la pantalla.
La comunidad de jubilados Rest Haven, de Akron, Ohio.

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—¿Eres Mallory?
—¿Sí?
—Hola, soy Jalissa Bell, del Rest Haven de Akron. ¿Nos llamaste ayer
preguntando por la señora Campbell?
—Eso es, ¿puedo hablar con ella?
—Bueno, es complicado. Podría ponerte a la señora Campbell al teléfono,
pero la conversación no llegaría a ningún lado. Padece una demencia
avanzada. Soy su cuidadora desde hace cinco años y la mayor parte de las
mañanas no me reconoce. Dudo mucho que pudiera responder a tus
preguntas.
—Solo necesito unos cuantos datos básicos. ¿No sabrás cómo se llamaba
su madre, por casualidad?
—No, cariño, lo siento. Pero, aunque lo supiera, tampoco podría decírtelo.
—¿Te ha hablado alguna vez de una herencia? ¿De que recibió una
importante suma de dinero de su tía Jean?
Se echa a reír.
—Eso sí que no podría decírtelo. ¡Hay leyes de protección de datos! Me
quedaría sin trabajo.
—Claro. Perdón.
Supongo que percibe la desesperación de mi voz, porque me ofrece una
solución intermedia:
—Mañana hay horas de visita, desde las doce del mediodía hasta las
cuatro. Si de verdad quieres hablar con la señora Campbell, pásate por aquí y
te la presento. Las visitas son buenas para los pacientes, les mantienen el
cerebro activo, les estimulan las neuronas. Pero no vengas con grandes
expectativas, ¿vale?
Le agradezco la llamada y cuelgo. Akron está a más de seis horas de aquí
y solo me quedan esta noche y mañana para convencer a los Maxwell de que

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digo la verdad. Se lo explico todo a Adrián y está de acuerdo conmigo en que
no debo perder el tiempo persiguiendo posibilidades remotas.
Si mi problema tiene solución, tendré que encontrarla aquí mismo, en
Spring Brook.

Por la noche, vamos dando un paseo hasta el bistró del pueblo, un pequeño
restaurante con el mismo tipo de comida que te servirían en una buena
cafetería de Jersey, pero con una iluminación interior suave, una barra
completa y un trío de jazz, por eso todo cuesta el doble de lo que te
esperarías. Y, después de cenar, caminamos sin rumbo por el barrio porque
ninguno de los dos tiene ganas de dar la noche por finalizada. Adrián insiste
en que irá a visitarme a Norristown y me dice que, por supuesto, podré venir a
Spring Brook a verlo siempre que quiera. Pero sé que sin el trabajo me sentiré
diferente; me sentiré como una intrusa, como si ya no encajara en este lugar.
Ojalá hubiese alguna forma de convencer a los Maxwell de que les he dicho
la verdad.
Adrián me agarra la mano y la aprieta.
—A lo mejor encontramos dibujos nuevos cuando lleguemos a la casita
—dice—. Pistas nuevas que nos ayuden a encontrarle más lógica a todo esto.
Pero teniendo en cuenta que Teddy se ha pasado el día fuera, en la playa,
me parece que es poco probable.
—Anya no es capaz de dibujar sola —le recuerdo—. Necesita unas
manos. Necesita trabajar a través de un médium.
—Pues entonces tendrías que ofrecerte voluntaria, darle la oportunidad de
terminar la secuencia.
—¿Y cómo lo hago?
—Volvemos a tu casa, cierras los ojos y la invitas a entrar en tu cuerpo.
Ayer funcionó, ¿no?
El mero hecho de pensar en el episodio de la sala de estar me provoca un
escalofrío.
—No es algo que me muera de ganas de volver a experimentar.
—Estaré a tu lado para asegurarme de que no te pasa nada.
—¿Quieres verme dormir?
Se ríe.
—Si lo dices así, suena un poco raro. Solo te estoy proponiendo quedarme
para ver que todo va bien.

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No me hace mucha gracia la idea, pero se está haciendo tarde y apenas me
quedan opciones. Adrián está convencido de que faltan uno o más dibujos en
la secuencia… Y, como Teddy no ha estado en todo el día, alguien tiene que
prestarle su tiempo y sus manos a Anya para que termine de contar su
historia.
—¿Y si me duermo y no pasa nada?
—Pues me espero una hora y, si no ocurre nada, me marcho. O, si lo
prefieres, podría… —Se encoge de hombros—. Podría quedarme hasta
mañana.
—No quiero acostarme contigo esta noche. Es demasiado pronto.
—Lo sé, Mallory. Solo pretendo ayudar. Dormiré en el suelo.
—Además, no me dejan invitar a nadie a pasar la noche. Es una de las
«Normas de la casa».
—Pero es que ya te han despedido… —me recuerda Adrián—. No creo
que tengamos que seguir obedeciendo sus normas.

Paramos en una tienda para que Adrián se compre un cepillo de dientes.


Vemos que tienen una pequeña sección de papelería, así que nos hacemos
también con un bloc de dibujo, una caja de lápices y un rotulador grueso de la
marca Sharpie. Puede que el material no sea del gusto de Anya, pero tendrá
que conformarse.
Llegamos a la casita y me siento obligada a enseñársela a Adrián, lo cual
me lleva nada más y nada menos que tres segundos enteros.
—Es bonita —comenta.
—Lo sé. Voy a echarla de menos.
—No pierdas la esperanza todavía. Creo que este plan tiene muchas
posibilidades de funcionar.
Pongo un poco de música y nos pasamos más de una hora hablando
porque nos sentimos muy incómodos con lo que vamos a intentar. Si me
hubiera traído a Adrián a casa para acostarme con él, sabría exactamente lo
que hay que hacer. Pero nos estamos preparando para algo que parece aún
más íntimo y personal.
A medianoche, por fin he hecho acopio de valor para irme a la cama. Me
meto en el baño y me pongo unos shorts de deporte suaves y una camiseta
vieja del Instituto Central. Me paso el hilo dental y me cepillo los dientes, me
lavo la cara y me doy crema hidratante. Y luego vacilo antes de abrir la puerta
porque me siento un poco tonta, como si fuera a presentarme en ropa interior.

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Me gustaría tener un pijama más bonito, algo mejor que una camiseta
harapienta, con agujeritos alrededor del cuello.
Cuando salgo del baño, veo que Adrián ya me ha abierto la cama. Ha
apagado todas las luces salvo la de la lámpara que hay junto a la cama. El
cuaderno de dibujo y los lápices están en la mesilla de noche, al alcance de la
mano por si me asalta la inspiración… o alguna otra cosa.
Él está en la cocina, de espaldas a mí, sacando una lata de agua con gas de
la nevera. No se percata de mi presencia hasta que estoy justo detrás de él.
—Creo que ya estoy preparada.
Se da la vuelta y sonríe.
—Eso parece.
—Espero que no te aburras demasiado.
Me enseña el móvil.
—Tengo el Call of Duty. Me iré a Uzbekistán a rescatar rehenes.
Me pongo de puntillas y le doy un beso.
—Buenas noches.
—Buena suerte —me contesta.
Me meto en la cama y me tapo con las sábanas. Adrián se acomoda en una
silla en la otra punta de la casa. Con el ventilador del techo girando y el ruido
de los grillos que chirrían tras la ventana, apenas soy consciente de su
presencia. Me tumbo de lado, mirando a la pared, y enseguida me doy cuenta
de que, después de dos días tan largos y agotadores, no me va a costar nada
dormirme. En cuanto pongo la cara en la almohada, siento que todo el estrés
se evapora; siento que se me relajan los músculos, que se me afloja el cuerpo.
Y pese a que Adrián está a apenas unos metros, es la primera noche en mucho
tiempo en la que no me siento observada.
Solo recuerdo uno de mis sueños. Estoy en el Bosque Encantado, tumbada
en un sendero de tierra compacta y mirando hacia el negro cielo nocturno.
Mis piernas no tocan el suelo. Una figura sombría me tiene agarrada por los
tobillos y me arrastra por un lecho de hojas secas. Tengo los brazos estirados
por encima de la cabeza. Siento que rozo piedras y raíces con los dedos, pero
soy incapaz de aferrarme a ellos; es como si estuviera paralizada, incapaz de
impedir lo que está sucediendo.
Y de pronto estoy mirando hacia arriba desde el fondo de un agujero; es
como si me hubiera caído a un pozo. Tengo el cuerpo retorcido como un
pretzel. El brazo izquierdo se me ha quedado aprisionado bajo la espalda y las
piernas, abiertas de par en par. Sé que tendría que dolerme más de lo que me
duele, pero por alguna razón estoy dentro y fuera de mi cuerpo a la vez. Muy

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por encima de mí, hay un hombre asomado al interior del agujero. Algo suave
y pequeño me golpea el pecho. Resbala y veo que es un juguete, un conejo de
peluche. Lo siguen un oso de peluche y una pelotita de plástico.
—Lo siento —dice el hombre, y su voz suena hueca, como si hablara bajo
el agua—. Lo siento muchísimo.
Entonces un terrón de tierra me golpea la cara. Oigo el choque suave de
una pala que se clava en un montículo de arena y luego me caen más tierra y
más piedras encima. Oigo los gruñidos del hombre; siento el peso que se me
va acumulando en el pecho, la presión creciente sobre mi cuerpo, y luego ya
no veo nada. Solo hay oscuridad.
En ese momento, intento abrir los ojos y estoy de nuevo en la casita de
invitados. Las luces están apagadas y el reloj de mi mesilla de noche marca
las 3:03. Estoy tumbada en la cama, aferrada a un lápiz con la punta rota. Pese
a la oscuridad, distingo que las sillas de la cocina están vacías; supongo que
Adrián se habrá cansado de esperar a que ocurriera algo y se habrá ido a casa.
Me levanto para asegurarme de que ha dejado la puerta cerrada. Me
destapo, bajo los pies al suelo y es entonces cuando veo a un Adrián de torso
desnudo durmiendo allí mismo, tumbado en paralelo a mi cama, utilizando a
modo de almohada su propio brazo doblado y su camiseta hecha una bola.
Me agacho y lo sacudo con suavidad por el hombro.
—Oye.
Se incorpora al instante.
—¿Qué pasa?
—¿Ha funcionado? ¿He dibujado algo?
—Bueno, sí y no.
Enciende la lámpara pequeña y abre el bloc de dibujo por la primera
página. Está cubierta casi por completo de garabatos; la superficie del papel
ha quedado arrasada por el grafito. Solo hay dos manchitas blancas: dos
lugares en los que la punta del lápiz ha atravesado el papel y se ve la página
en blanco que hay debajo.
—Era poco más de la una —explica Adrián—. Llevabas dormida
alrededor de una hora. Estaba a punto de rendirme y echarme a dormir, así
que apagué las luces y me tumbé en el suelo. Y entonces oí que te dabas la
vuelta y cogías el cuaderno. Ni siquiera te has sentado. Has hecho el dibujo
tumbada en la oscuridad.
—No sé si podemos considerarlo un dibujo.
—A lo mejor Anya nos está diciendo que ya ha terminado. Que no hay
más dibujos y ya tenemos todo lo que necesitamos.

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Pero no puede ser. Todavía falta algo, estoy segura.
—He soñado que estaba en el fondo de un agujero. Un hombre me echaba
tierra encima con una pala. A lo mejor este dibujo es la tierra.
—A lo mejor, pero ¿en qué iba a ayudarnos eso? ¿Qué información
sacamos de un dibujo de tierra?
Me levanto para coger el resto de las hojas. Quiero extenderlas en el suelo
y ver cómo encajarían estos garabatos negrísimos en la secuencia. Adrián me
insiste en que me eche a dormir.
—Tienes que descansar, Mallory. Mañana es nuestra última oportunidad
de resolver todo esto. Métete en la cama.
Vuelve a convertir su camiseta en la almohada más triste del mundo y se
tumba de nuevo en el suelo de madera. Cierra los ojos y yo dejo de pensar en
Anya el tiempo justo para fijarme en la parte superior de su cuerpo. Está
bronceado y musculado, la consecuencia natural de llevar todo el verano
trabajando al aire libre. Seguro que, si se me cayera una moneda sobre sus
abdominales, rebotaría. Ha sido bueno y comprensivo conmigo y puede que
tenga el mejor físico que le haya visto a un hombre en mi vida y, como una
idiota, le he hecho dormir en el suelo.
Adrián abre los ojos y se da cuenta de que sigo mirándolo.
—¿Apagas la luz?
Me agacho, le acarició el pecho con los dedos y le agarro la mano.
—Vale —contesto—. Pero antes quiero que subas aquí.

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Me despierto y noto que huele a mantequilla y canela. Adrián ya está vestido


y moviéndose de un lado a otro por la cocina. Ha encontrado las manzanas
Granny Smith de mi despensa y está junto a los fogones con una espátula en
la mano, dándole la vuelta a una especie de tortita. Miro el reloj y son poco
más de las siete y media de la mañana.
—¿Por qué te has levantado tan pronto?
—Me voy a Akron a ver a Dolores Campbell. Si salgo ya, Google dice
que llegaré antes de las dos.
—Es una pérdida de tiempo. Vas a tragarte seiscientos cincuenta
kilómetros para hablar con una mujer que no es capaz de reconocer ni a su
propia enfermera.
—Es nuestra última pista. Voy a llevarme los dibujos y el libro de la
biblioteca. Se los enseñaré para ver si le provocan algún tipo de reacción.
—No le provocarán nada.
—Seguro que tienes razón, pero voy a intentarlo de todos modos.
Está tan decidido que me siento obligada a ir con él, pero ya me he
comprometido a pasar la tarde con Teddy.
—Yo tengo que quedarme. Me han preparado una fiesta.
—Tranquila. Acabo de descargarme un audiolibro nuevo, El heredero del
jedi. Me durará todo el viaje hasta Akron, el de ida y el de vuelta. —Me
acerca una taza de té y un plato de tortitas de manzana con canela y me pide
que me siente en la cama—. A ver qué te parecen. La receta es de mi padre.
Me incorporo, pruebo un bocado y, en efecto, están buenísimas: dulces y
ácidas, mantecosas y deliciosas, incluso mejores que los churros.
—Están increíbles.
Se agacha y me besa.
—Hay más en la cocina. Te llamo cuando esté de camino y te cuento lo
que haya averiguado.

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Me entristece un poco que se vaya. Tengo casi todo el día por delante
hasta que la fiesta de la piscina empiece a las tres. Pero intuyo que no habrá
manera de convencer a Adrián de que no haga el viaje, que seguiría cualquier
pista hasta el fin del mundo con tal de evitar que me vaya de Spring Brook.

Dedico la mañana a recoger mis cosas. No tardo mucho. Hace seis semanas
que llegué a Spring Brook con una maleta de segunda mano y unas cuantas
prendas de ropa. Ahora, gracias a la generosidad de Caroline, tengo un fondo
de armario mucho más grande…, pero nada con lo que llevarme la ropa
nueva. Así que doblo sus vestidos de quinientos dólares con mucho cuidado y
los meto dentro de una bolsa de basura de cuarenta litros, lo que mis amigas
de Safe Harbor llamaban una maleta de vida sobria.
Luego me pongo las zapatillas y salgo a correr por última vez por el
barrio. Intento no pensar en lo mucho que voy a echar de menos Spring
Brook: las tiendecitas y los restaurantes pequeños, las casas con detalles
ornamentales, el césped y los jardines cuidados. Ya he estado otras veces en
el apartamento que Russell tiene en Norristown y su barrio no es tan bonito.
Vive en la décima planta de un rascacielos que está junto a un parque de
oficinas y un centro de distribución de Amazon. El complejo está rodeado de
autopistas, muchos kilómetros de asfalto y hormigón humeantes. No es un
sitio agradable bajo ningún concepto, pero por lo visto es donde debo estar.
La fiesta en la piscina es un gesto bonito, supongo. Caroline distribuye
unas cuantas serpentinas mustias por el jardín trasero y Teddy y ella cuelgan
una pancarta casera que dice «Gracias, Mallory». A Ted y a Caroline se les da
bien fingir que no me han despedido. Todos nos comportamos como si me
marchara por decisión propia y eso hace que la tarde resulte menos incómoda.
Caroline se queda en la cocina, preparando la comida, mientras yo me baño
en la piscina con Ted y Teddy. Los tres competimos en una serie de carreras
tontas que siempre gana Teddy. Pregunto en voz alta si Caroline no necesitará
ayuda —si no le apetecerá darse un baño— y entonces me doy cuenta de que
no la he visto meterse nunca en la piscina.
—El agua le pica —dice Teddy.
—El cloro —explica Ted—. He probado a ajustar el equilibrio del pH,
pero no funciona nada. Tiene una piel supersensible.
Son las cuatro y aún no sé nada de Adrián. Pienso en enviarle un mensaje,
pero entonces Caroline nos llama y anuncia que la cena está lista. En la mesa
hay jarras de agua con hielo y de limonada recién exprimida, además de un

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montón de comida sana: brochetas de gambas a la parrilla, una ensalada de
cítricos y marisco, fuentes de calabaza y espinacas recién cocidas al vapor y
mazorcas de maíz. Está claro que ha puesto mucho esfuerzo y cariño en todo
e intuyo que se siente culpable por haberme echado. Empiezo a preguntarme
si se estará replanteando mi futuro, si habrá todavía alguna posibilidad de que
me permita quedarme. Teddy me habla con voz animada de su día de playa y
de las atracciones del paseo marítimo. Me cuenta lo del tiovivo y lo de los
coches de choque, y también lo del cangrejo que le pellizcó los dedos de los
pies en el mar. Sus padres intervienen con sus propias anécdotas y da la
sensación de que estamos compartiendo una estupenda conversación familiar,
de que todo vuelve a ser normal.
A la hora del postre, Caroline saca coulants de chocolate: unos
minipasteles rellenos de ganache espeso y caliente y coronados con una bola
de helado de vainilla. Están perfectos y, cuando pruebo el primer bocado,
jadeo, literalmente.
Todos se ríen de mi reacción.
—Lo siento —digo—. Pero es lo mejor que he probado en mi vida.
—Vaya, ¡qué bien! —exclama Caroline—. Me alegro de que podamos
rematar el verano con este broche de oro.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que no ha cambiado nada.

Me ofrezco a ayudar a recoger los platos, pero Ted y Caroline insisten en


hacerse cargo de la limpieza ellos solos. Me recuerdan que soy la invitada de
honor y me animan a irme a jugar con Teddy, así que el niño y yo volvemos a
la piscina y hacemos una última ronda de nuestros juegos favoritos:
Náufrago, Titanic y El mago de Oz. Y luego nos tumbamos el uno al lado del
otro en la colchoneta y flotamos durante un buen rato.
—¿Norristown está muy lejos? —pregunta Teddy.
—No mucho. A menos de una hora.
—Entonces, ¿podrás seguir viniendo a visitarnos cuando haya fiestas en la
piscina?
—Eso espero —le digo—. No lo sé.
¿La verdad? Dudo que vuelva a verlo. A Ted y a Caroline no les costará
encontrar una niñera nueva y, por supuesto, será guapa, inteligente y
encantadora, y Teddy se lo pasará bomba con ella. Me recordarán como una
extraña nota a pie de página en la historia familiar: la niñera que solo duró
siete semanas.

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Y esta es la parte que escuece de verdad: sé que dentro de muchos años,
cuando Teddy traiga a su novia de la universidad a casa para celebrar Acción
de Gracias, mi nombre será un chiste del que reírse durante la cena. Me
recordarán como la niñera loca que pintó las paredes, la que creía que la
amiga imaginaria de Teddy era real.
Continuamos tumbados en la colchoneta y contemplamos la magnífica
puesta de sol. Todas las nubes se han teñido de rosa y morado; el cielo parece
un cuadro que podría estar expuesto en un museo.
—Pero podemos ser amigos por correspondencia —le prometo—: tú me
envías dibujos y yo te escribo cartas.
—Eso estaría bien.
Señala un avión que sobrevuela el horizonte dejando largas estelas de
vapor blanco tras él.
—¿A Norristown hay que ir en avión?
—No, peque, no hay aeropuerto.
Se lleva una decepción.
—Algún día montaré en avión —asegura—. Papá dice que los grandes
van a ochocientos kilómetros por hora.
Me río y le recuerdo a Teddy que ya ha montado en avión.
—Cuando volviste de Barcelona.
Niega con la cabeza.
—Volvimos en coche.
—No, irías en coche hasta el aeropuerto, pero luego te subiste a un avión.
Nadie puede viajar en coche desde Barcelona hasta Nueva Jersey.
—Nosotros sí. Tardamos toda la noche.
—Está en otro continente. Hay un océano enorme en medio.
—Han construido un túnel submarino —replica—. Con unas paredes
supergruesas para que te protejan de los monstruos marinos.
—Venga ya, te lo estás inventado.
—¡Pregúntaselo a mi padre, Mallory! ¡Es verdad!
Y entonces oigo que mi móvil empieza a sonar fuera de la piscina. Tengo
el volumen al máximo para que no se me escape la llamada de Adrián.
—Vuelvo enseguida —le digo a Teddy.
Me bajo de la colchoneta y nado hasta el bordillo de la piscina, pero no
llego a tiempo. Cuando cojo el teléfono, la llamada ya se ha desviado al
buzón de voz.
Veo que Adrián me ha enviado un mensaje con una fotografía. Es una
mujer negra de avanzada edad, vestida con una fina rebeca roja y sentada en

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una silla de ruedas. Tiene una expresión ausente en el rostro, pero va bien
peinada. Parece que la cuidan y asean con esmero.
Entonces me llega una segunda foto: la misma mujer posando junto a un
hombre negro de unos cincuenta años. Él la rodea con un brazo e intenta
dirigir la atención de la mujer hacia la cámara, que mire al objetivo.
Adrián vuelve a llamar.
—¿Has recibido las fotos?
—¿Quiénes son estas personas?
—Son Dolores Jean Campbell y su hijo, Curtis. La hija y el nieto de
Annie Barrett. Acabo de pasar dos horas con ellos. Curtis viene todos los
domingos a visitar a su madre. Y no habíamos entendido nada.
Esto es imposible.
—¿Annie Barrett era negra?
—No, pero tampoco era húngara. Nació en Inglaterra.
—¿Es británica?
—Tengo a su nieto justo a mi lado. Voy a pasarte a Curtis para que te lo
cuente de primera mano, ¿vale?
Teddy me mira fijamente desde la piscina, aburrido, impaciente por que
vuelva a jugar con él. Articulo las palabras «cinco minutos» moviendo solo
los labios y el niño se sube a la colchoneta y empieza a patalear con los pies
diminutos para impulsarse por el agua.
—Hola, Mallory, soy Curtis. ¿Es verdad que estás viviendo en la casita de
la abuela Annie?
—Eso creo, sí.
—En Spring Brook, Nueva Jersey. Detrás de Hayden’s Glen, ¿no? Tu
amigo Adrián me ha enseñado unas cuantas fotos. Pero no tienes que
preocuparte, mi abuela no se te está apareciendo.
Estoy muy confusa.
—¿Cómo lo sabes?
—Mira, lo que pasó fue lo siguiente: mi abuela Annie se mudó de
Inglaterra a Spring Brook después de la Segunda Guerra Mundial, ¿no?, y se
fue a vivir con su primo George. La casa de George estaba en el lado este de
Hayden’s Glen, que por aquel entonces era muy de blancos y muy de ricos.
Mi abuelo Willie, por el contrario, vivía en el lado oeste de Hayden’s Glen, en
un barrio llamado Corrigan, la zona de la gente de color. Trabajaba en una
gasolinera Texaco y, cuando acababa la jornada, bajaba caminando hasta el
arroyo para pescarse la cena. Al abuelo le encantaba pescar, comía truchas y
percas todos los días si picaban. Un día ve a una preciosa chica blanca

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caminando descalza y con un bloc de dibujo en las manos. Ella lo saluda, pero
el abuelo decía que le dio demasiado miedo mirarla. Porque, bueno, estamos
en 1948, ¿recuerdas? ¿Que eres un hombre negro y una mujer blanca te
sonríe? Miras para otro lado. Pero la abuela Annie es de Cresscombe, un
pueblo costero del Reino Unido que está lleno de inmigrantes caribeños, así
que los negros no le dan miedo. Saluda al abuelo todas las tardes. A lo largo
del año siguiente se hacen amigos y, al final, algo más que amigos. El abuelo
no tarda en empezar a cruzar el bosque a hurtadillas en plena noche para
poder visitar a la abuela en la casa en la que ahora vives tú. ¿Me sigues?
—Creo que sí. —Lanzo una mirada hacia la piscina para ver cómo está
Teddy. El niño sigue flotando en la colchoneta y me siento culpable por no
hacerle caso durante el último día que voy a pasar con él, pero tengo que
enterarme del resto de la historia—. ¿Qué pasó?
—Bueno, un día Annie va a ver a su primo George y le confiesa que está
embarazada. Aunque en aquella época no debió de usar esa palabra, debió de
decirle que estaba «encinta». Le cuenta a George que el padre es Willie, que
va a casarse con él a escondidas y que después se mudarán al oeste, a Ohio, y
vivirán en la granja de la familia de Willie, donde seguro que nadie los
molesta. Y Annie es tan terca que George sabe que no puede hacer nada por
impedírselo.
—¿Y qué pasó luego?
—Pues que George se pone hecho una furia, claro. Le dice que el bebé
será una abominación. Que su matrimonio no contará a los ojos de Dios. Le
dice que estará muerta para él y que la familia se negará a reconocer siquiera
su existencia. Y Annie le contesta que no pasa nada, que en realidad tampoco
los ha querido nunca. Así que recoge sus cosas y desaparece, lo cual pone a
George en una situación muy embarazosa. Él es un pilar de la comunidad, ¡es
diácono de la iglesia!, no puede decirle a la gente que su prima se ha fugado
con un hombre de color. Prefiere morir a que la verdad salga a la luz, así que
se inventa una historia. Va a una carnicería y compra dos cubos de sangre de
cerdo. Entonces no existía la ciencia forense y la sangre era sangre. La
esparce por toda la cabaña, tira los muebles al suelo, hace que parezca que
alguien ha saqueado el lugar. Luego llama a la policía. El pueblo entero
participó en la búsqueda y hasta pasaron redes por el arroyo, pero nunca
encontraron el cadáver porque nunca hubo cadáver. La abuela lo llamaba la
Gran Evasión. Pasó los siguientes sesenta años en una granja cerca de Akron.
Tuvo a mi madre, Dolores, en 1949, y a mi tío, Tyler, en 1950. Cuando
murió, tenía cuatro nietos y tres bisnietos. Vivió hasta los ochenta y un años.

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Curtis cuenta la historia con seguridad y convicción, pero sigo sin dar
crédito.
—¿Y nadie llegó a enterarse de la verdad? La gente de Spring Brook
sigue creyendo que la mataron, Annie es el hombre del saco del pueblo. Los
niños pequeños dicen que merodea por el bosque.
—Yo diría que Spring Brook no ha cambiado mucho desde la década de
los cuarenta. Por aquel entonces era una zona de ricos, aunque supongo que
ahora se dice «acomodada». Las palabras cambian, pero la realidad es la
misma. Sin embargo, si te acercas a Corrigan, encontrarás a muchas personas
que saben la verdad.
Recuerdo mi conversación con la inspectora Briggs.
—Creo que ya conocí a una, pero no la creí.
—Bueno, espero que esto te tranquilice —dice Curtis—. Mi mujer me
está esperando en el coche, te paso de nuevo a tu amigo.
Le doy las gracias a Curtis y le da el teléfono a Adrián.
—Increíble, ¿no?
—¿Nos habíamos equivocado en todo?
—A Annie Barrett no la asesinaron, Mallory, nuestro fantasma no es ella.
Todos esos dibujos tienen que ser de otra persona.
—¿Teddy? —Levanto la vista y veo a Caroline Maxwell al borde de la
piscina, llamando a su hijo—. Se está haciendo tarde, cariño, es hora de
ducharse.
—¿Cinco minutos más? —le pide él.
Le hago un gesto a Caroline para indicarle que yo me ocuparé del niño.
—Tengo que colgar —le digo a Adrián—. ¿Quieres pasarte cuando
llegues a casa, ya que es mi última noche?
—Si no te importa esperarme hasta tarde… El GPS dice que no llegaré
antes de medianoche.
—Te espero. Buen viaje.
La cabeza me da vueltas. Me siento como si acabara de estamparme
contra una pared de ladrillos. De pronto, soy consciente de que me he pasado
las últimas semanas persiguiendo una pista que no llevaba a ninguna parte y
de que ahora tengo que replantearme todo lo que sé sobre Anya.
Pero antes tengo que sacar a Teddy de la piscina.
—Vamos, Osito Teddy, a la ducha.
Cogemos las toallas y nos encaminamos hacia la caseta de la ducha
exterior. Hay un banco pequeñito al lado y Caroline ha dejado allí el pijama
de camiones de bomberos de Teddy y la ropa interior limpia. Abro la puerta y

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dejo correr el agua, ajusto los grifos hasta que la temperatura es agradable.
Entonces el niño entra y echa el pestillo de la puerta, y yo me quedo fuera
sujetándole la toalla. Su bañador cae sobre el suelo de cemento con un
chapoteo húmedo y luego Teddy me lo pasa dándole patadas con los pies
diminutos. Retuerzo la prenda de poliéster con las manos para escurrirle el
agua. Después miro hacia la casa de Mitzi, al otro lado del jardín. Las luces
de la cocina están encendidas, la inspectora Briggs ha vuelto a la escena del
crimen. Está paseándose por la parte de atrás con una especie de barra
metálica, hurgando en la tierra, tomando medidas. La saludo con la mano y se
acerca.
—Mallory Quinn —me dice—. Tengo entendido que mañana te vas de
Spring Brook.
—No me han ido bien las cosas.
—Eso mismo me dijo Caroline. Aunque me sorprendió un poco que no
me lo hubieras comentado, la verdad.
—No surgió.
Espera a que me explique, pero ¿qué quiere que le diga? No es que esté
orgullosa de que me hayan despedido. Intento cambiar de tema.
—Acabo de hablar por teléfono con el nieto de Annie Barrett, un hombre
llamado Curtis Campbell. Vive en Akron, Ohio. Me ha asegurado que su
abuela Annie vivió hasta los ochenta y un años.
Briggs sonríe.
—Ya te dije que esa historia era una trola. Mi abuelo se crio con Willie,
salían a pescar juntos.
Teddy nos interrumpe llamándome desde el interior de la caseta.
—Oye, Mallory…
—Estoy aquí, peque.
Parece muy asustado.
—Hay un bicho en el jabón.
—¿Qué tipo de bicho?
—Uno grande. Un ciempiés.
—Échale agua.
—No puedo, necesito que lo hagas tú.
Quita el pestillo de la puerta y retrocede hasta el rincón más alejado de la
ducha para no estorbarme. Estiro la mano hacia la pastilla de jabón Dove,
esperando encontrarme con algún bicho asqueroso arrastrándose sobre él,
pero no hay nada.
—¿Dónde está?

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Teddy niega con la cabeza y me doy cuenta de que el bicho no era más
que una estratagema, una excusa para hacerme abrir la puerta. Susurra:
—¿Va a arrestarnos?
—¿Quién?
—La mujer policía. ¿Está enfadada con nosotros?
Me quedo mirando a Teddy, desconcertada. Esta conversación no tiene
ningún sentido.
—No, Teddy, todo va bien. No van a arrestar a nadie. Termina de
ducharte, ¿vale?
Cierro la puerta y él vuelve a echar el pestillo a mi espalda.
La inspectora Briggs sigue esperando.
—¿Todo bien?
—Sí, no le pasaba nada.
—Me refiero a ti, Mallory. Es como si acabaras de ver un fantasma.
Me dejo caer en una silla para intentar ordenar mis pensamientos y le digo
que todavía estoy alterada por la llamada telefónica.
—Estaba convencida de que habían asesinado a Annie Barrett. Es
increíble que la gente lleve setenta años difundiendo esta historia.
—Bueno, la verdad no da muy buena imagen de Spring Brook. Si el
pueblo hubiera sido un poco más tolerante, es posible que Willie y Annie se
hubieran quedado. Tal vez George no hubiese sentido la necesidad de
inventarse una escena del crimen. —Briggs se echa a reír—. ¿Sabes que en mi
departamento todavía hay gente que cree que el asesinato fue real? Les cuento
la verdad y actúan como si lo hiciera por meter cizaña: una policía negra que
quiere jugar la carta racial. —Se encoge de hombros—. Como sea, no quiero
robarte mucho tiempo, solo tenía una pregunta rápida. Encontramos el móvil
de Mitzi en su cocina. Se había quedado sin batería, pero localizamos un
cargador y lo encendimos de nuevo. Parece que estaba escribiéndote un
mensaje. Yo no le encuentro ningún sentido, pero puede que tú sí. —Consulta
su bloc de notas entornando los ojos y mirándolo por encima de las gafas de
lectura—. Dice lo siguiente: «Tenemos que hablar. Me había equivocado con
lo de antes. Anya no es un nombre, es…». —Briggs se detiene y me mira—.
Hasta ahí llegó. ¿Significan algo para ti estas palabras?
—No.
—¿Y lo de Anya? ¿Es posible que sea una errata?
Señalo la caseta de la ducha con un gesto de la cabeza.
—Anya es el nombre de la amiga invisible de Teddy.
—¿Su amiga invisible?

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—Tiene cinco años y mucha imaginación.
—¡Sé que no es real! —grita él desde dentro—. Sé que es una fantasía.
Briggs frunce el ceño, desconcertada por el críptico mensaje. Luego pasa
unas cuantas páginas del bloc de notas.
—Ayer hablé con Caroline Maxwell y dice que el jueves por la noche oyó
que Mitzi discutía con alguien. La vio salir de su casa en camisón alrededor
de las diez y media de la noche. ¿Tú no oíste nada?
—No, pero porque había salido; estaba en casa de Adrián, a tres manzanas
de aquí. Sus padres habían organizado una fiesta. —A las diez y media de la
noche del jueves, estaba sentada en los jardines del Castillo de las Flores,
desperdiciando el tiempo con las Obras completas de Annie C. Barrett—.
¿Sabe ya el forense cómo murió Mitzi?
Briggs baja la voz para que Teddy no la oiga:
—Por desgracia, parece que tuvo que ver con las drogas. Una lesión
pulmonar aguda derivada de una sobredosis que se produjo durante la noche
del jueves o la madrugada del viernes. Pero no se te ocurra andar
publicándolo en Facebook, mantenlo en secreto durante unos días.
—¿Fue heroína?
Se sorprende.
—¿Cómo lo has sabido?
—Es una mera suposición. Vi unas cuantas cosas en su casa. Había
capuchones de jeringuillas por la sala de estar.
—Pues has supuesto bien —contesta Briggs—. No se habla de las
personas mayores que consumen drogas duras, pero los hospitales de
Filadelfia ven casos todas las semanas. Es más común de lo que crees. A lo
mejor fue un traficante quien vino a visitarla, a lo mejor discutieron. Todavía
estamos investigándolo. —Me tiende otra tarjeta de visita, pero le digo que
aún conservo la primera—. Si se te ocurre cualquier otra cosa, me llamas,
¿vale?
Cuando Briggs se marcha, Teddy abre la puerta de la caseta, limpio como
los chorros del oro y vestido con su pijama de camiones de bomberos. Le doy
un abrazo y le digo que nos veremos mañana por la mañana para despedirnos.
Luego lo acompaño hasta la casa y lo mando dentro.
Consigo mantener la compostura hasta que entro en la casita y cierro la
puerta con llave a mi espalda. Entonces me desplomó sobre la cama y entierro
la cara en la almohada. En los últimos treinta minutos se han producido tantas
revelaciones importantes que ni siquiera soy capaz de empezar a procesarlas.

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Me siento demasiado abrumada. Las piezas del puzle parecen más dispersas
que nunca.
Pero hay una cosa que sé con certeza: los Maxwell me han estado
mintiendo.

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Espero a que anochezca, a asegurarme de que Teddy está dormido en la cama,


y entonces entro en la casa grande para hablar con Ted y Caroline. Están
sentados en la sala de estar, cada uno en un extremo del sofá, rodeados de
todos mis extravagantes dibujos de bosques oscuros, niñas perdidas y ángeles
alados. En una esquina de la habitación hay sábanas viejas y varios materiales
de pintura: rodillos, masilla para las juntas, ocho litros de blanco atrio de la
marca Benjamín Moore. Como si tuvieran pensado pintar por la mañana,
después de que Russell me aleje de aquí.
Caroline se está tomando una copa de vino y tiene una botella de merlot
Kendall-Jackson al lado. Ted sujeta entre las manos una taza de infusión
caliente y sopla con cuidado sobre ella. Están escuchando una emisora de
yatch rock en el altavoz Alexa. Parecen alegrarse de verme.
—Esperábamos que vinieras —dice Caroline—. ¿Has terminado de hacer
las maletas?
—Casi.
Ted me tiende su taza, me anima a olerla.
—Acabo de hervir de agua para hacer una infusión de ginkgo biloba. ¿Te
sirvo una taza?
—No, gracias.
—Creo que te gustaría, Mallory. Es buena para la inflamación después de
los entrenamientos largos. Voy a traértela.
Ya no es un ofrecimiento. Se marcha a toda prisa a la cocina y juro que
veo una sombra de fastidio en el rostro de Caroline.
Sin embargo, solo dice:
—Espero que te haya gustado la cena.
—Sí. Ha estado muy bien. Gracias.
—Me alegro de que hayamos podido despedirnos como es debido. Y creo
que ha sido bueno para Teddy, porque así tendrá la sensación de que se ha
cerrado una etapa. Es importante para los niños.

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Se hace un silencio incómodo. Sé qué preguntas debo hacer, pero quiero
esperar a que Ted vuelva porque así podré ver las reacciones de ambos. Paseo
la mirada por la habitación y termino posándola en dos dibujos que, de alguna
manera, se me habían pasado por alto. Son pequeños y están bastante cerca
del suelo, así que no me sorprende que Adrián y yo no los viéramos. Están al
lado de un enchufe; de hecho, uno de los dibujos está compuesto alrededor
del enchufe, como si la electricidad saliera de la toma de corriente y se
adentrase en él. El ángel blande una especie de varita mágica, la aprieta contra
el pecho de Anya y la rodea con un campo de energía que la paraliza.
—¿Eso es una pistola de descarga eléctrica Vipertek?
Caroline me sonríe por encima de la copa de vino.
—¿Cómo dices?
—Estos dibujos de aquí. El viernes no los vi. ¿La varita no se parece a tu
Vipertek?

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Caroline coge la botella de vino y se llena la copa hasta arriba.
—Si nos ponemos a interpretar todos los símbolos de estos dibujos, va a
ser una noche larga.
Pero sé que no son símbolos. Son parte de la secuencia, son las piezas que
faltan. Adrián tenía razón respecto a los crípticos garabatos negros. «Anya
nos está diciendo que ya ha terminado —dedujo—. Que no hay más dibujos y
ya tenemos todo lo que necesitamos».
Ted vuelve menos de un minuto después con una taza de humeante
líquido gris. Parece agua sucia del cubo de la fregona y huele a tienda de
mascotas. Cojo un posavasos y la dejo en la mesita de centro.
—No hace falta que repose —dice Ted—. Te la puedes beber en cuanto se
haya enfriado un poco.
Luego se sienta junto a su mujer y coge el portátil para cambiar a Marvin
Gaye por Joni Mitchell y su «Both Sides Now», esa canción sobre hileras
flotantes de cabello de ángel y castillos de helado en el aire.
—Me he enterado de una cosa interesante —les cuento—. Mitzi me
estaba enviando un mensaje justo antes de morir. Quería que supiera que
Anya no es un nombre. Es otra cosa. La inspectora Briggs no lo entendía.
—Pero está claro que sí es un nombre —replica Ted—. Es el diminutivo
ruso de Anna, muy común en Europa del Este.
—Sí, bueno, he probado a traducirlo con Google Translate. Y al parecer
es una palabra húngara. Significa «mami». No «madre», sino «mami». Como
lo diría un niño. ¿No os parece raro?
—No lo sé —contesta Caroline—. ¿A ti sí?
—Es mejor tomarse la infusión caliente —insiste Ted—. Disminuye la
mucosidad de los senos nasales.
—¿Y sabéis qué otra cosa me parece rara? Que Teddy dice que nunca ha
montado en un avión, aunque hace tres meses que volvisteis de Barcelona.
Según American Airlines, ese vuelo dura ocho horas. Lo he comprobado.
¿Cómo es posible que un niño se olvide del viaje en avión más largo de su
vida?
Caroline empieza a responder, pero Ted se pone a hablar enseguida por
encima de ella:
—Uf, es una anécdota curiosa. Como Teddy estaba nervioso por el viaje,
decidí darle un antihistamínico, porque dicen que ayuda a dormir a los niños.
El caso es que no sabía que Caroline ya le había dado otro, así que se tomó
una dosis doble. Estuvo todo el día fuera de combate. No se despertó hasta
que llegamos al coche de alquiler.

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—¿En serio, Ted? ¿Esa es tu explicación?
—Es la verdad.
—¿Una dosis doble de antihistamínicos?
—¿Qué estás insinuando, Mallory?
Se obliga a sonreír y me suplica con la mirada que deje de hacer
preguntas.
Pero ya no puedo parar.
Todavía tengo que hacerles la más importante.
La pregunta que lo explicará todo.
—¿Por qué no me habéis dicho que Teddy es una niña?
Observo la reacción de Caroline con mucha atención y, si deja translucir
algo, es una especie de indignación arrogante.
—Bueno, para empezar, el enunciado de tu pregunta nos resulta ofensivo.
¿Entiendes por qué?
—Lo he visto en la ducha, cuando nos hemos salido de la piscina. ¿Creíais
que no iba a descubrirlo nunca?
—Has estado a punto de no hacerlo —dice Ted con tristeza.
—No es ningún secreto —asegura Caroline—. Desde luego, no nos
avergonzamos de su identidad, pero no sabíamos cómo te lo tomarías. Está
claro que Teddy nació niña, y así lo criamos durante tres años. Pero luego nos
dejó claro que se identificaba como niño. De manera que sí, Mallory, le
permitimos expresar su género a través de la ropa y el peinado. Y, por
supuesto, le dejamos escoger un nombre más masculino. Quiso el nombre de
su padre.
—Hay muchas investigaciones interesantes sobre los niños transgénero —
dice Ted, que sigue suplicándome con la mirada que, por favor, ¡por favor!,
cierre la puta boca—. Tengo varios libros en mi despacho, por si te interesa.
Y lo más delirante es que creo que de verdad esperan que finja que todo
esto es verosímil.
—¿Me estáis diciendo que vuestro hijo de cinco años es transgénero y que
la única razón por la que yo no lo sabía es que no había surgido el tema?
—Sabíamos que reaccionarías así —replica Caroline—. Sabíamos que
tenías fuertes convicciones religiosas…
—No tengo ningún problema con las personas trans…
—Entonces, ¿por qué estás montando este escándalo?
He dejado de escucharla. Mi mente ya se ha desbocado. Porque, de
pronto, empiezo a entender que todas las manías y comportamientos extraños
de Teddy han cobrado sentido. Su empeño por evitar a los niños del parque

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infantil. Sus crisis de gritos cada vez que Ted lo obligaba a ir a la peluquería.
Su obsesión por llevar siempre la misma camiseta morada a rayas. Es de un
morado muy claro, casi lavanda, el color más femenino de su armario.
Y todas esas preguntas tan fastidiosas del colegio acerca de la matrícula
de Educación Infantil…
—No tenéis cartilla de vacunación —me doy cuenta—. Puede que sí
tengáis el certificado de nacimiento, porque seguro que pagando hay algún
modo de comprar una falsificación. Pero los colegios de Spring Brook son
muy estrictos con las vacunas. Quieren que un médico les envíe directamente
los datos. Y no sois capaces de conseguirlos. Por eso el colegio no para de
llamar.
Ted niega con la cabeza.
—Eso no es cierto. En Barcelona teníamos una excelente pediatra…
—Deja de hablar de Barcelona, Ted. No has estado en Barcelona en tu
vida. Tu español es horrible. ¡No sabes ni decir «patata»! No sé dónde habréis
estado escondidos estos tres últimos años, pero no ha sido en Barcelona.
Si no estuviera tan alterada, tal vez me hubiera dado cuenta de que de
repente Caroline se ha quedado muy callada. Ha dejado de hablar y ahora se
limita a observar y escuchar.
—Le habéis robado una hija a alguien. La habéis vestido de niño, la
habéis criado para que crea que es un niño. Y, de momento, os estáis saliendo
con la vuestra porque solo tiene cinco años. Porque su mundo es muy
pequeño. Pero ¿qué pasará cuando vaya al colegio? ¿Cuándo haga amigos?
¿Cuándo sea mayor y las hormonas empiecen a hacer su trabajo? ¿Cómo es
posible que dos personas con estudios universitarios hayan pensado que
podría salirles bien algo así? Tendríais que estar…
Y me interrumpo a media frase, porque la palabra que iba a usar es
«locos».
Comprendo que tengo que dejar de hablar, que estoy compartiendo mis
conclusiones con las personas equivocadas. ¿De verdad esperaba que los
Maxwell se pusieran de acuerdo conmigo? ¿Que confesasen y admitiesen
todo lo que han hecho mal? Tengo que marcharme enseguida, tengo que irme
a buscar a la inspectora Briggs y contárselo.
—Debería irme a hacer la maleta —les suelto como una idiota.
Y me pongo de pie, como si fueran a dejarme salir de aquí.
—Ted —lo llama Caroline con voz tranquila.
Estoy a medio camino de la puerta cuando un cristal me estalla en pedazos
contra la sien. Caigo de bruces y el móvil se me escapa de entre las manos.

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Algo húmedo me corre por la cara y el cuello. Intento detener la hemorragia y
la mano se me tiñe de rojo. Estoy cubierta de merlot Kendall-Jackson.
A mi espalda, oigo reñir a los Maxwell.
—Está en la cocina.
—En la cocina ya he mirado.
—En el cajón grande. ¡Donde guardo los sellos!
Al salir de la habitación, Ted pasa con mucho cuidado por encima de mi
cuerpo, se esfuerza en no pisarme pese a que acaba de romperme una botella
en la cabeza. Pasa de largo junto a mi móvil, que está tumbado bocabajo en la
alfombra. Tengo un botón de emergencia en la pantalla de inicio, una
aplicación que, con un solo toque, enviará la dirección de los Maxwell a un
centro de llamadas de emergencia. Pero no llego a cogerlo y estoy demasiado
magullada para levantarme. Lo máximo que puedo hacer es clavar los dedos
de las zapatillas de deporte en el suelo y empujarme, arrastrarme por el suelo
sobre el vientre.
—Se está moviendo —dice Caroline—. O intentándolo.
—Un segundo —contesta Ted.
Estiro la mano hacia el teléfono y me doy cuenta de que mi percepción de
la profundidad está muy alterada. Ya no está a unos centímetros de mí, de
repente está en medio del pasillo, a una distancia equivalente a un campo de
fútbol. Oigo que Caroline se acerca caminando desde atrás, oigo que sus
zapatos hacen crujir las esquirlas de cristal roto. Ya no la reconozco. Ya no es
la madre buena y cariñosa que me acogió en su casa y me animó a creer en mí
misma. Se ha convertido en… otra cosa. Su mirada es fría y calculadora. Me
observa como si fuese una mancha en el suelo, un defecto que hay que borrar.
—Caroline, por favor —le murmuro, pero no consigo hablar bien, arrastro
las palabras sin que apenas se entiendan.
Levanto la voz y lo intento de nuevo, aunque no articulo. Parezco un
juguete que se está quedando sin batería.
—Chis —me dice al mismo tiempo que se lleva un dedo a los labios—.
No vayamos a despertar a Teddy.
Me tumbo de lado y noto que los fragmentos irregulares de cristal se me
clavan en la cadera. Caroline trata de rodearme sin acercarse demasiado, pero
estoy desplomada en la entrada del pasillo, impidiéndole el paso. Doblo la
rodilla derecha y doy gracias a Dios de que se mueva como debe. Levanto el
muslo derecho hasta el tronco y, cuando Caroline al fin se atreve a pasar por
encima de mí, le pego una patada: la parte plana de mi talón impacta contra su

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espinilla. Se oye un crujido estruendoso y Caroline se derrumba de inmediato,
se desploma sobre mí.
Y sé que puedo con ella. Sé que soy más fuerte que ella y que Ted juntos.
Llevo los últimos veinte meses preparándome para este momento. He corrido,
nadado y comido bien. He hecho cincuenta flexiones cada dos días mientras
Ted y Caroline se sentaban a beber vino y no hacer nada. Así que no pienso
quedarme de brazos cruzados y rendirme. El antebrazo de Caroline aterriza
cerca de mi cara y le clavo los dientes, aprieto con fuerza. Ella deja escapar
un grito de sorpresa, aparta el brazo de un tirón e intenta reptar hacia mi
móvil. La agarro por la espalda del vestido y tiro: el algodón suave se rasga
como si fuera papel y le deja al descubierto el cuello y los hombros. Y es
entonces cuando por fin veo su tan denostado tatuaje de la universidad, el de
su etapa artística, cuando estaba obsesionada con John Milton y El Paraíso
perdido.
Son un par de enormes alas emplumadas, justo entre los omóplatos. Alas
de ángel.
Ted vuelve a toda prisa de la cocina. Tiene la pistola de descarga eléctrica
en la mano y le grita a Caroline que se aparte de su camino. Vuelvo a levantar
la pierna, sé que es mi única esperanza. Si lo tiro al suelo, a lo mejor se le cae
la pistola, a lo mejor puedo…

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Parpadeo varias veces y me despierto en la oscuridad.


Entre las sombras, distingo varias formas familiares: mi cama, mi mesita
de noche, un ventilador de techo inmóvil, las gruesas vigas de madera que
tengo encima.
Estoy en la casita de invitados.
Estoy sentada en una silla de respaldo duro y me arden los senos nasales.
Es como si me los hubieran enjuagado con cloro.
Intento ponerme en pie, pero descubro que me han privado del uso de los
brazos; tengo las muñecas cruzadas a la espalda, retorcidas en ángulos
dolorosos y atadas con fuerza a la silla.
Muevo los labios para pedir ayuda, pero me han rodeado la cabeza con
algún tipo de correa y me han embutido un paño en la boca, una bola húmeda
del tamaño de una manzana. La presión que siento en la mandíbula es
insoportable.
Cuando me doy cuenta de todo lo que no puedo hacer, se me tensan los
músculos y se me acelera el ritmo cardíaco: no puedo moverme, no puedo
hablar, no puedo gritar, ni siquiera puedo apartarme el pelo de la cara. Sin la
reacción de lucha o huida, solo queda el pánico. Estoy tan asustada que casi
vomito; menos mal que no lo hago, porque habría muerto ahogada.
Cierro los ojos y rezo una oración rápida. «Por favor, Dios, ayúdame.
Ayúdame a saber qué hacer». Luego respiro larga y profundamente por la
nariz, me lleno los pulmones al máximo antes de volver a soltar el aire. Es un
ejercicio de relajación que aprendí en rehabilitación y que me ayuda a
mantener a raya la ansiedad. Me ralentiza el pulso y me calma los nervios.
Repito el ejercicio tres veces.
Y entonces me obligo a pensar.
Todavía tengo alguna posibilidad. No me han atado las piernas. Quizá
consiga ponerme de pie, pero, en ese caso, llevaré la silla amarrada a la

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espalda, como un caparazón de tortuga. Caminar me resultará lento e
incómodo, pero tal vez no haya que descartarlo del todo.
Puedo girar la cabeza a izquierda y derecha. Llego a atisbar el reloj LED
que brilla en el horno microondas de la cocina: 23:07. Adrián llegará sobre la
medianoche. Ha prometido pasarse a verme. Pero ¿y si llama a la puerta de la
casita y no le contesta nadie? ¿Es posible que intente entrar de todos modos?
No, no lo creo.
No, salvo que pueda hacerle una señal.
No llego a tocarme los bolsillos, pero estoy segura de que me los han
vaciado. No tengo el móvil. Ni las llaves. Ni la pistola de descarga eléctrica.
Pero hay un cajón lleno de cuchillos en la cocina. Si lograra de algún modo
coger un cuchillo y cortar las ligaduras, me libraría de la silla y dispondría de
un arma.
Coloco los pies en el suelo y me inclino hacia delante para intentar
levantarme, pero mi centro de masas me lo impide. Me doy cuenta de que mi
única esperanza es lanzarme hacia delante con el impulso suficiente para
levantarme. Tengo miedo de volcar y estamparme contra el suelo.
Todavía estoy intentando armarme de valor para intentarlo cuando oigo
pasos fuera de la casita, pasos que suben los desgastados escalones de
madera. Entonces la puerta se abre hacia dentro y Caroline enciende la luz.
Lleva el mismo vestido de cuello redondo que antes, pero ahora también
se ha puesto unos guantes de látex azules. Se ha echado al hombro una de sus
preciosas bolsas de tela, una de esas que te llevas al supermercado para evitar
que los residuos de plástico invadan los océanos. Parece sorprenderse al
verme despierta. Deja la bolsa de tela en la encimera de la cocina y empieza a
sacar lo que contiene: un encendedor de varilla para la barbacoa, una
cucharilla de metal, una jeringuilla pequeña con un capuchón de plástico
naranja.
No paro de suplicarle en ningún momento, aunque soy incapaz de formar
palabras y solo emito sonidos. Intenta no hacerme caso y concentrarse en su
trabajo, pero me doy cuenta de que la estoy poniendo nerviosa. Al final, me
pasa la mano por detrás de la cabeza y la correa se afloja; escupo el trapo
mojado y me rueda por el regazo hasta caer al suelo con un plaf.
—No grites —me dice—. Habla en voz baja.
—¿Por qué me haces esto?
—He intentado ofrecerte una despedida agradable, Mallory. Te he
preparado mi ensalada de marisco. He colgado serpentinas. Hasta pensábamos

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pagarte una indemnización por despido, un mes de sueldo. Ted y yo íbamos a
sorprenderte con el cheque mañana por la mañana.
Sacude la cabeza con tristeza y luego saca de la bolsa de tela una bolsita
de plástico llena de polvo blanco.
—¿Qué es eso?
—Esta es la heroína que has robado de casa de Mitzi. Te la llevaste ayer
por la tarde, cuando registraste su habitación.
—Eso no es cierto…
—Claro que sí, Mallory. Todavía arrastras mucho dolor. Te has hecho
pasar por estudiante universitaria, por estrella del atletismo, y eso te está
generando mucha ansiedad. Y luego está la presión de haber perdido tu
empleo, tu sueldo y el lugar donde vivías. Tanto estrés te ha hecho recaer.
Sé que en realidad no se lo cree, que solo está ensayando una historia.
Continúa:
—Estabas desesperada por un chute y sabías que Mitzi consumía, así que
te colaste en su casa y encontraste su alijo. Sin embargo, no te diste cuenta de
que la heroína estaba cortada con fentanilo. Dos mil microgramos, suficiente
para matar a un caballo. Se te saturaron los receptores opioides y dejaste de
respirar.
—¿Eso es lo que vas a contarle a la policía?
—Eso es lo que van a deducir. Basándose en tu historia. Y en la autopsia.
Mañana por la mañana, llamaré a tu puerta para ver si necesitas ayuda con las
maletas. Cuando no contestes, entraré con mi llave. Te encontraré tumbada en
la cama con una aguja clavada en el brazo. Gritaré y llamaré a Ted. Él te
presionará el pecho, intentará hacerte la RPC. Llamaremos a emergencias,
pero los médicos dirán que llevas horas muerta. Dirán que no podríamos
haber hecho nada. Y, como somos tan buenas personas, nos aseguraremos de
que tengas un buen entierro y una lápida. Junto a la de tu hermana. De lo
contrario, Russell tendría que hacerse cargo de los gastos, y eso no me parece
justo.
Caroline abre la bolsita de plástico y la vuelca con mucho cuidado sobre
la cuchara hasta llenarla de polvo blanco. Apoya los codos en la encimera,
concentrada en su trabajo, y vuelvo a ver el tatuaje que tiene justo debajo del
cuello.
—Tú eres el ángel de los dibujos. Atacaste a Anya con la Vipertek y luego
la estrangulaste.
—Fue en defensa propia.

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—No se estrangula a alguien en defensa propia. La asesinaste. Le robaste
a su hija. ¿Cuántos años tenía? ¿Dos? ¿Dos y medio?
A Caroline se le escapa la cucharilla de entre los dedos; aterriza con un
estrépito metálico sobre la encimera. El polvo se extiende por todas partes y
ella niega con la cabeza, irritada.
—No finjas que entiendes la situación. No tienes ni idea de lo que he
pasado.
Coge una espátula de plástico y la pasa despacio por la encimera hasta
formar un pequeño montículo con la heroína.
—Sé que Ted te ayudó —le digo—. Sé que él es el hombre de los dibujos.
Tú mataste a Anya y te llevaste a su hija. Y luego mandaste a Ted a enterrar
su cadáver. ¿Cuándo ocurrió, Caroline? ¿Dónde estabas viviendo?
Vuelve a sacudir la cabeza y se ríe.
—Sé a qué estás intentando jugar. Lo usamos mucho en terapia. No vas a
librarte de esto por mucho que hables.
—Ted y tú tenías problemas. Me contó que pasasteis años intentando
concebir. ¿Era el último recurso, robar un bebé?
—Yo rescaté a ese bebé.
—¿Qué significa eso?
—Da igual. Lo hecho hecho está y hay que pasar página. Siento que no
vayas a seguir formando parte de nuestra familia.
Caroline vuelve a verter el polvo con cuidado en la cuchara y luego coge
el mechero de varilla. Pulsa el botón varias veces antes de que genere una
pequeña llama azul y veo que le tiemblan las manos.
—¿Teddy se acuerda de algo?
—¿Tú qué crees, Mallory? ¿Lo ves traumatizado? ¿Lo ves triste o infeliz?
No, no recuerda nada. Es un niño feliz y equilibrado y me ha costado mucho
conseguir que llegue hasta donde está. Jamás sabrá todo lo que he sacrificado
por él. Y no me importa.
Mientras Caroline habla, el polvo de la cucharilla humea, se ennegrece y,
finalmente, se licúa. La heroína de la Costa Este no huele mucho, pero capto
el tufo de algo químico; puede que sea el fentanilo o puede que algún otro
aditivo letal. Recuerdo haber oído hablar de un traficante de drogas de
Camden que, según decían, cortaba sus productos con limpiador Ajax.
Caroline deja el mechero y coge la jeringuilla. Hunde la aguja en la parte
cóncava de la cuchara y luego tira despacio del émbolo para llenar la jeringa
de un fango marrón y enfermizo.
—Se acuerda del conejo —le cuento.

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—¿Cómo dices?
—En los dibujos de Anya aparece una niña pequeña persiguiendo a un
conejo, una niña que sigue a un conejo blanco hacia un valle. Y ahora piensa
en mi entrevista de trabajo, Caroline. El primer día que vine aquí, tenías uno
de los dibujos de Teddy colgado en el frigorífico: un dibujo de un conejo
blanco. Tal vez recuerde más de lo que crees.
—Los dibujos de Anya son mentira. No puedes fiarte de ellos.
—Me ha costado mucho entenderlos. Pero creo que por fin los he puesto
en el orden correcto. Están en la carpeta, en mi mesita de noche. Muestran
exactamente lo que ocurrió.
Caroline mete la mano en la bolsa de tela y saca un torniquete de goma.
Lo estira entre las manos, como si se estuviera preparando para atármelo en el
brazo. Pero entonces se deja llevar por la curiosidad. Se acerca a la mesita de
noche, abre la carpeta y empieza a hojear los papeles.
—¡No, no! ¿Ves?, ¡estos dibujos son muy injustos! Esta es su versión de
la historia, pero ¿y si hubieras visto la mía? ¿Y si tuvieras una visión global?
Lo entenderías mucho mejor.
—¿Cuál es la visión global?
—No digo que no me sienta culpable. Claro que me siento culpable.
Tengo remordimientos, no estoy orgullosa de lo que ocurrió. Pero no me dejó
otra opción.
—Enséñame a qué te refieres.
—¿Cómo dices?
—En el cajón de la mesita de noche hay un bloc y un lápiz. Dibuja lo que
pasó. Enséñame tu versión de la historia.
Porque necesito ganar todo el tiempo posible.
Tiempo para que Adrián vuelva a Spring Brook, venga a casa, llame a la
puerta y se dé cuenta de que algo va mal, muy mal.
¡Y creo que Caroline quiere hacerlo! Parece deseosa de contarme su
versión de los hechos. Pero es lo bastante lista como para darse cuenta de que
la están manipulando.
—Estás intentando que me incrimine. Quieres sacarme una confesión, que
la dibuje para que la policía la encuentre y me arreste. ¿Va por ahí la idea?
—No, Caroline, solo intento entender lo que ocurrió. ¿Por qué necesitaba
Teddy que lo rescataran?
Coge el torniquete una vez más y se coloca detrás de mi silla, pero no
consigue atármelo en el brazo. Le tiemblan demasiado las manos.

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—A veces esa mujer se me mete en la cabeza y es como un ataque de
pánico. Se me pasará en un par de minutos. —Se sienta en el borde de la
cama y se tapa la cara con las manos. Respira hondo, se llena los pulmones de
aire—. No espero que te compadezcas, pero todo esto ha sido muy difícil para
mí. Es como una pesadilla que no termina nunca.
Jadea. Se agarra las rodillas y las aprieta con fuerza, como si pudiera
calmarse a base de fuerza de voluntad.
—Ted y yo vivíamos en Manhattan. En Riverside Heights, en el Upper
West Side. Yo trabajaba en el Hospital Monte Sinaí, tenía treinta y cinco años
y ya estaba quemada. Mis pacientes tenían muchos problemas. Hay
demasiado dolor en el mundo, demasiada tristeza. Y Ted odiaba su aburrido
trabajo de informático.
»Supongo que éramos dos personas muy infelices que intentaban quedarse
embarazadas, y no lo conseguíamos, y ese fracaso nos hacía aún más
infelices. Probamos todos los métodos habituales: la inseminación artificial, la
fecundación in vitro, los ciclos de clomifeno. ¿Te suenan estas cosas? —
Caroline niega con la cabeza—. Da igual. No nos funcionó nada. Los dos
trabajábamos muchísimo, aunque ni siquiera necesitábamos el dinero, porque
mi padre me había dejado una fortuna. Por eso al final dijimos: «A la mierda,
dejamos el trabajo y nos cogemos un año sabático». Nos compramos una casa
al norte del estado de Nueva York, en el lago Séneca. La teoría era que tal
vez, estando más relajados, lográramos concebir.
»El único problema es que, cuando llegamos allí, no tenemos ni un solo
amigo. No conocemos a nadie, somos solo Ted y yo metidos en aquella
cabaña todo el verano. El caso es que Ted empieza a interesarse por la
elaboración del vino y se apunta a clases con un viticultor local. Pero yo estoy
aburridísima, Mallory. No sé qué hacer con mi vida. Pruebo con la escritura,
la fotografía, la jardinería, la panificación, pero nada me convence. Y, para mi
gran horror, llego a la conclusión de que no soy una persona creativa. ¿No te
parece terrible descubrir algo así sobre una misma?
Intento parecer comprensiva y la animo a continuar. Por su forma de
hablar, cualquiera diría que somos una madre y una hija charlando mientras se
toman un café con bizcochos en el Panera Bread. Nadie pensaría que yo estoy
en una silla con los brazos atados a la espalda y que Caroline no para de
juguetear con una jeringa cargada, que no para de darle vueltas con
nerviosismo entre los dedos.
—Lo único que me alegra un poco es salir a caminar. Hay un parque lleno
de preciosos senderos sombreados en el lago Séneca, y allí fue donde conocí a

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Margit. Ese es el verdadero nombre de Anya: Margit Baroth. La veía sentada
a la sombra de un árbol pintando paisajes. Tenía mucho talento y supongo que
la envidiaba un poco. Y siempre se llevaba a su hija. Tenía una niña de dos
años llamada Flora. Margit la dejaba sentada en una manta y, luego, durante
dos o tres horas seguidas, no le hacía ni caso. Le daba el móvil a la cría y la
desatendía por completo. Y no lo hizo solo una o dos veces, Mallory. ¡Las
veía todos los fines de semana! ¡Esa era su rutina! Me enfadaba cada vez que
pasaba por delante de ellas. Es que, a ver, una niña perfecta, una niña
preciosa, ávida de atención, ¡y la madre se dedica a atiborrarla de vídeos de
YouTube! ¡Como si fuera una carga! He leído muchas investigaciones sobre
el tiempo de pantalla, Mallory. Es veneno para la imaginación de los niños.
»Así que, después de verlas unas cuantas veces, decidí intervenir. Me
acerqué a la manta e intenté presentarme, pero Margit no tenía ni idea de qué
le estaba diciendo. Me di cuenta de que no hablaba nuestro idioma e intenté
transmitirle mi mensaje con mímica, intenté mostrarle que estaba siendo una
madre horrible. Y supongo que no le sentó bien. Ella se enfadó, yo me enfadé,
y no tardamos en empezar a gritarnos, yo en inglés y ella en húngaro, hasta
que al final vinieron a separarnos. Tuvieron que interponerse literalmente
entre nosotras.
»Tras aquel incidente, intenté salir a caminar por parques y rutas
diferentes. Pero era incapaz de dejar de pensar en la niña. Sentía que le había
fallado, que había tenido una oportunidad de intervenir y la había
desperdiciado. Un día, puede que unos dos meses después de la discusión,
volví al lago. Era sábado por la mañana y había un maravilloso festival de
globos aerostáticos. Lo celebran todos los meses de septiembre, participan
miles de personas y el cielo se llena de un montón de formas grandes,
brillantes y coloridas. Algo perfecto para la imaginación de una cría, ¿no? Y
Margit está pintando uno de los globos, pero la pequeña Flora tiene la vista
clavada en el móvil. Está sentada en la manta y el sol le quema los brazos y
los hombros.
»Y mientras la observo, cada vez más enfadada, me doy cuenta de una
cosa. Veo un conejo que sale dando saltos del suelo. Debía de tener la
madriguera allí mismo. Pegó un brinco entre la hierba y se sacudió, y Flora lo
vio. «¡Anya, Anya!», llamó, y señaló al conejo riendo, pero Margit no se
volvió. Estaba demasiado absorta en su cuadro. No se fijó en que su hija se
había levantado y había echado a andar, en que Flora estaba cruzando un
campo y bajando hacia un valle. Hacia un arroyo, Mallory. Tenía que hacer
algo, ¿no? No podía dejar pasar por alto lo que estaba ocurriendo. Seguí a

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Flora hacia el valle y, para cuando llegué a su lado, la niña estaba totalmente
perdida. Lloraba a mares, histérica. Me arrodillé junto a ella y le dije que no
pasaba nada. Le dije que sabía dónde estaba su mamá y me ofrecí a llevarla
de nuevo con ella. Y de verdad que esa era mi intención, Mallory. Mi
intención era devolver a Flora.
Casi pierdo el hilo de la historia porque recuerdo la ouija y su críptico
mensaje y me doy cuenta de que deposité demasiada confianza en Google
Translate. El mensaje no era AYUDA FLOR, era AYUDA A FLORA. Que
ayudase a su hija.
—Solo quería pasar un ratito con ella —continúa Caroline—, dar un
paseo corto y prestarle algo de atención. Supuse que a su madre no le
importaría, que ni siquiera se daría cuenta de que la niña había desaparecido.
Allí cerca había un pequeño sendero que se adentraba en un bosque, y hacia
allá que nos fuimos, al bosque. Pero Margit sí se dio cuenta de que Flora
había desaparecido. La buscó por todas partes y, no sé cómo, al final nos
encontró. Nos siguió hasta el interior del bosque y, en cuanto me reconoció,
se puso hecha una furia. Empezó a gritar y a agitar los brazos como si
estuviera dispuesta a pegarme. Y yo siempre salgo a caminar con la Vipertek,
la llevo encima por seguridad personal, así que la utilicé para defenderme.
Solo le disparé una vez, para que se apartara, pero supongo que debía de tener
algún tipo de trastorno neurológico, porque cayó al suelo y ya no pudo
levantarse. Empezó a tener convulsiones. Se orinó encima, le temblaban los
músculos. La pobre Flora estaba aterrorizada. Y yo sabía que tenía que llamar
a emergencias, pero también sabía lo que iba a parecer. Sabía que, si Margit
contaba su versión de la historia, la gente la malinterpretaría.
»Así que cogí a Flora y me la llevé detrás de un árbol. Le dije que se
sentara y cerrase los ojos… para que no viera lo que pasó a continuación. Y si
quieres que te diga la verdad, no recuerdo nada de lo demás. Esa es la belleza
de la mente humana: bloquea todo lo malo. Sabes muy bien a qué me refiero,
¿no?
Espera a que le responda y, como no lo hago, sigue hablando:
—El caso es que oculté el cuerpo con hojas y me llevé a Flora a casa en
mi coche. Le conté a Ted lo que había ocurrido y él quiso llamar a la policía,
pero lo convencí de que lo arreglaríamos todo.
Estábamos en el norte del estado, en medio de la nada. La mujer era
inmigrante y no sabía hablar inglés, supuse que sería la señora de la limpieza
de alguna casa. Pensé que si escondíamos el cadáver y nos quedábamos con la
niña, nadie se percataría de la desaparición. O que la gente se imaginaría que

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se había marchado con su hija. Las mujeres lo hacen mucho. Así que mandé a
Ted al parque, recogió el caballete, la manta y los juguetes de Flora y lo
enterró todo en el bosque. Junto con el cuerpo, claro. Estuvo fuera toda la
noche. Tardó una eternidad. No volvió hasta que ya había amanecido.
»Y ahí debería haber terminado la cosa, si no fuera porque resulta que el
hermano de Margit es todo un pez gordo en el lago Séneca. Es el dueño de
una ridícula granja de cabras por la que los veraneantes sienten predilección.
Les había pagado el viaje desde Hungría hasta Estados Unidos a Margit y a su
marido, József, para que trabajasen para él. Y lo que es aún peor: ni siquiera
se me pasó por la cabeza pensar que Margit debía de haber llegado hasta el
lago en algún tipo de vehículo. Un Chevy Tahoe con asiento de seguridad
para niños, al parecer. La policía lo encontró en un aparcamiento y recurrió a
la unidad canina. Dos horas más tarde, ya habían encontrado el cadáver.
»De repente, toda la comunidad está buscando a una cría de dos años que
ha desaparecido, a la niña que no para de gritar y llorar en mi cabaña. Así que
salgo corriendo al Target y le compro un montón de ropa de niño. Sudaderas
deportivas. Camisetas con jugadores de fútbol. Después cojo unas tijeras y le
rapo el pelo. Y te juro que fue como darle a un interruptor: solo le había
cambiado el peinado, pero cualquiera habría jurado que era un niño.
Caroline ya respira con normalidad y las manos han dejado de temblarle.
Cuanto más habla, mejor aspecto tiene, como si estuviera liberando su
conciencia de una carga terrible.
—Entonces nos metimos en el coche y nos marchamos. No teníamos
ningún plan. Solo teníamos que alejarnos; cuanto más, mejor. No paramos de
conducir hasta que llegamos a Virginia Occidental, a un pueblo llamado
Gilbert. Cuatrocientos habitantes, todos jubilados en sillas de ruedas. Escribí a
nuestros amigos por correo electrónico y les dije que nos habíamos mudado a
Barcelona, que a Ted le había surgido una oportunidad que no podía dejar
escapar. Alquilamos una casa con cuatro hectáreas de terreno, sin vecinos, un
lugar tranquilo donde pudiéramos concentrarnos en nuestro bebé.
»Y Mallory, te juro que fue el año más difícil de mi vida. Teddy se negó a
abrir la boca durante seis meses. Estaba muy asustado. Pero fui paciente.
Trabajaba con él a diario, le dedicaba amor, atención y afecto. Llené nuestra
casa de libros, de juguetes y de alimentos saludables y empezamos a avanzar.
Empezó a salir de su caparazón. Aprendió a aceptarnos y a confiar en
nosotros, y ahora nos quiere, Mallory. La primera vez que me llamó mamá,
rompí a llorar.

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»Al cabo de un año, habíamos hecho progresos increíbles. Empezamos a
mostrar a Teddy en público en paseos breves o viajes al supermercado.
Salidas familiares normales. Y era perfecto. Si no nos conocías, era imposible
que te imaginaras por todo lo que habíamos pasado.
Y entonces se le quiebra la voz, como si sintiera nostalgia por una época
en la que todavía tenía esperanza.
—¿Qué pasó?
—Jamás pensé que Margit pudiera encontrarnos. Siempre he sido atea,
nunca he creído en ningún tipo de mundo espiritual. Pero, tras nuestro primer
año en Virginia Occidental, Teddy comenzó a recibir la visita de una mujer
con un vestido blanco que lo esperaba en su dormitorio durante la hora de la
siesta.
—¿La veías?
—No, nunca. Solo se muestra ante Teddy. Pero la sentía, percibía su
presencia, notaba su asqueroso hedor putrefacto. Le dijimos a Teddy que era
una amiga imaginaria, que no era real, pero que no pasaba nada por fingir que
sí lo era. Él era muy pequeño, se lo creyó sin más.
—¿Margit fue alguna vez a por ti, para vengarse?
—Uy, le encantaría, me mataría si pudiera. Pero tiene unos poderes muy
limitados. Por lo visto, es capaz de mover el puntero de una ouija y de agarrar
un lápiz, pero poco más.
Intento imaginar el tedio de estar atrapada en una casa solitaria con cuatro
hectáreas de terreno en plena zona rural de Virginia Occidental, sin más
compañía que la de mi marido, una niña secuestrada y un espíritu vengativo.
No sé cuánto tiempo habría durado sin perder la cabeza.
—Sabía que no podíamos quedarnos en «Barcelona» para siempre.
Necesitábamos seguir con nuestra vida. Yo quería vivir en un sitio bonito y
con buenos colegios para que Teddy tuviese una infancia normal. Así que nos
mudamos aquí en abril y, a mediados de mayo, Anya ya estaba de vuelta en la
habitación de Teddy cantándole nanas húngaras.
—¿Os siguió?
—Sí. No sé cómo. Solo sé que huir de ella no es una opción. Anya nos
seguirá adondequiera que vayamos. Fue entonces cuando tuve la gran
revelación: involucrar a una tercera parte, buscar a una nueva compañera de
juegos que le disputara a Anya la atención de Teddy. Tú eras la candidata
perfecta, Mallory: joven, atlética, llena de energía. Inteligente, pero no
demasiado. Y tu historial de consumo de drogas era todo un plus. Sabía que
eras insegura, sabía que, si veías algún disparate, dudarías de tu propio juicio,

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al menos durante un tiempo. Pero no contaba con esos dibujos absurdos.
Jamás me imaginé que fuese a encontrar una forma de comunicarse.
Caroline parece agotada, como si acabara de revivir los tres últimos años
de su vida. Vuelvo a mirar el reloj por el rabillo del ojo y veo que son solo las
23:37. Necesito que siga hablando.
—¿Y Mitzi? ¿Qué le pasó?
—Lo mismo que te está pasando a ti. El jueves pasado, un par de horas
después de vuestra sesión de espiritismo, Mitzi se presentó en nuestra casa,
aterrada. Nos dijo que la conexión de la ouija no se rompía, que el puntero
giraba en círculos y deletreaba la misma palabra una y otra vez: ovakodik,
ovakodik, ovakodik. Nos llevó a su casa y nos lo enseñó. Había descubierto
que significaba «cuidado». Nos dijo que estabas en lo cierto desde el
principio, Mallory: nuestra casa estaba embrujada y necesitábamos ayuda.
Ted y yo volvimos a casa y discutimos sobre la mejor forma de proceder, pero
al final lo convencí de que agarrara a Mitzi mientras yo le inyectaba una
sobredosis. Luego él arrastró el cadáver hasta el bosque y yo esparcí un
montón de capuchones de agujas por el salón y dejé el torniquete en la
mesilla. Lo justo para que la policía atara cabos. Luego nos inventamos lo de
que Mitzi había tenido un visitante nocturno para que la historia no quedara
demasiado perfecta.
Vuelvo a mirar el reloj —solo ha pasado otro minuto— y, esta vez,
Caroline me pilla.
—¿Qué haces? ¿Por qué miras la hora?
—Por nada.
—Me estás mintiendo, pero da igual.
Se pone de pie y coge el torniquete. No le tiemblan las manos. Se mueve
con una seguridad y un control renovados, me pasa la goma por el brazo y la
ata con fuerza. Unos instantes después, empiezo a notar que los músculos me
hormiguean.
—Por favor, no lo hagas.
—Lo siento, Mallory. Ojalá las cosas hubieran salido de otra forma.
Siento que me golpea la sangradura del brazo con unos dedos suaves y
enguantados, que incita a mis venas a hincharse y cooperar. Noto que va en
serio, que tiene intención de llegar hasta el final.
—Te sentirás culpable durante el resto de tu vida —le digo, y estoy tan
asustada que balbuceo—. Te odiarás. Serás incapaz de vivir contigo misma.
No sé por qué creo que, asustándola, voy a conseguir que cambie de
opinión. Mi advertencia solo la enfada. Siento un pinchazo doloroso cuando

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la aguja me rompe la piel y perfora la vena.
—Míralo por el lado bueno —me responde—. A lo mejor vuelves a ver a
tu hermana.
Y entonces baja el émbolo y me inyecta dos mil microgramos de heroína
y fentanilo, suficiente para matar a un caballo. Se me agarrota el cuerpo
cuando siento el primer escalofrío familiar, como si alguien hubiera puesto un
cubito de hielo en el lugar de la inyección. Lo último que veo es a Caroline
saliendo a toda prisa por la puerta y apagando las luces. Ni siquiera se queda a
verme morir. Cierro los ojos y le ruego a Dios que me perdone, por favor,
perdóname. Me siento como si cayera hacia atrás con la silla, como si la silla
y mi cuerpo hubiesen atravesado el suelo y ahora estuviera suspendida en el
espacio, ingrávida. La heroína intravenosa es rapidísima y no sé por qué sigo
consciente. ¿Cómo es posible que siga respirando? Pero entonces abro los
ojos, veo a Margit esperando en las sombras y sé que ya he muerto de
sobredosis.

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28

Flota en una especie de niebla, es una mujer vestida de blanco con una
larga cabellera negra peinada con raya en medio. Lleva el vestido manchado
de trocitos de hojas y tierra. La oscuridad le oculta el rostro y tiene la cabeza
inclinada hacia un lado, como si no pudiera mantenerla erguida. Pero ya no
tengo miedo. Si acaso, me siento aliviada.
Intento levantarme e ir hacia ella, pero sigo sentada en la silla. Sigo
teniendo las muñecas atadas a la espalda.
Y entonces me asalta un pensamiento aterrador:
¿Es esta mi vida después de la muerte?
¿Es este mi castigo por el tiempo que he pasado en la tierra? ¿Una
eternidad sola, en una casita vacía y amarrada a una silla de madera con el
respaldo duro?
—No sé qué tengo que hacer —susurro—. ¿Me ayudas, por favor?
Margit se acerca sin llegar a caminar. Soy consciente de su olor, esa
mezcla pestilente de azufre y amoníaco, pero ya no me molesta. Agradezco
tanto su presencia que el olor casi me reconforta. Cuando Margit pasa ante la
ventana, la luz de la luna le ilumina el rostro y el cuerpo. Y veo que, más allá
de los arañazos, los moratones negros y el cuello roto, más allá de los
enganchones y los desgarros del vestido, es una mujer asombrosamente bella.
—Tienes que ayudarme, Margit. Eres la única que puede ayudarme. Por
favor.
Hace un esfuerzo por levantar la cabeza, como si intentase escucharme
con más atención, pero se le vuelve a caer como si fuera una flor con el tallo
roto. Me pone una mano en el hombro, pero no siento ningún contacto ni
presión externa. Más bien me invade una abrumadora sensación de pena y
culpa. En mi mente, veo un lugar que nunca he visitado: un campo junto a un
lago, un lienzo en un caballete, una niña en una manta. Lo conozco de los
dibujos: de uno de los que Margit me dejó en el porche y de uno de los de la
pila de Teddy que Caroline guarda en la sala de estar. Soy capaz de evocar

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ambas imágenes de memoria, la misma escena representada por dos artistas
distintos.

Y, mientras miro a la mujer y a la niña, siento el dolor de Margit con la


misma intensidad que el mío: «Tendría que haber prestado más atención. No
tendría que haberme distraído tanto. Si hubiera tenido un poco más de
cuidado, todo seguiría igual». Aunque puede que sea mi propio dolor, porque
también oigo a Margit decir: «La culpa no es tuya, haz las paces con el
pasado, perdónate». No sé si la estoy consolando yo o si me está consolando
ella a mí, no sé dónde acaba mi culpa y dónde empieza la suya. A lo mejor es
un dolor del que no nos libraremos nunca, ni siquiera cuando hayamos
muerto.
Entonces la puerta se abre y Ted enciende las luces.
Ve las lágrimas que me ruedan por las mejillas y se le demuda el rostro.
—Dios mío —farfulla—. Lo siento mucho, Mallory. No te muevas de ahí.
Busco a Margit, pero se ha desvanecido.
Sigo en la casita de invitados.
No estoy en una especie de más allá nebuloso y etéreo, sigo en Spring
Brook, Nueva Jersey, atada a una silla de madera y con los pies en el suelo. El
reloj del microondas marca las 23:52.

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Aún siento un frío glacial en la sangradura del brazo, donde Caroline me
ha clavado la aguja, pero estoy vivita y coleando y en absoluto colocada.
—Me ha drogado. Tu mujer…
—Talco para bebés —contesta Ted—. He cambiado la heroína por talco
para bebés. No te pasará nada. —Se mueve detrás de mí, forcejea con las tiras
de tela que me atan las muñecas a la silla—. Madre mía, cómo se ha pasado
con estos nudos. Necesito un cuchillo.
Se acerca a la cocina y empieza a rebuscar en el cajón de los cubiertos.
—¿Qué estás haciendo?
—Protegerte, Mallory. Siempre te he protegido. ¿No recuerdas tu
entrevista de trabajo, todas aquellas preguntas bordes y desagradables sobre
tus títulos? Intentaba ahuyentarte. Intenté ahuyentar a todas las candidatas.
Pero tú fuiste muy persistente, tenías muchas ganas de trabajar aquí. Y
Caroline pensaba que serías la solución a todos nuestros problemas.
Vuelve con un cuchillo de sierra y corta rápidamente las ataduras. Los
brazos me caen a ambos lados y puedo moverlos otra vez con libertad.
Despacio, con cuidado, me llevo los dedos al bulto palpitante de la cabeza y
noto que tengo trocitos de cristal pegados al cuero cabelludo.
—Perdóname por haberte tirado la botella. Pararemos en una gasolinera y
te pondremos hielo. —Ted abre la puerta del armario y se alegra mucho de
ver las perchas vacías—. ¡Ya tienes la maleta hecha! Perfecto. La mía está en
el coche, podemos irnos ya mismo. Creo que pasaremos toda la noche
conduciendo, luego ya buscaremos un hotel para descansar. Y después
seguiremos hacia el oeste. He encontrado una casa preciosa en Airbnb, solo
para empezar. Te va a encantar, Mallory, tiene unas vistas espectaculares del
estrecho de Puget.
—Ted, frena un poco, ¿de qué estás hablando?
Se echa a reír.
—Claro, es cierto, llevo tanto tiempo planeándolo que me olvidaba de que
no hemos terminado de comentarlo. Pero sé lo que sientes por mí, Mallory.
Yo siento lo mismo y estoy dispuesto a obedecer a esos sentimientos.
—¿Ah, sí?
—He cancelado mi plan de jubilación, tengo ochenta mil dólares en una
cuenta bancaria que Caroline no puede tocar. Eso nos bastará para empezar de
cero, para forjarnos una nueva vida en el estado de Washington. En la isla de
Whidbey. Pero tenemos que irnos ya. Antes de que vuelva para limpiar.
—¿Por qué le tienes tanto miedo?

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—¡Ha perdido la cabeza! ¿Aún no te has dado cuenta? Acaba de intentar
matarte. Tampoco vacilará en matarme a mí. Y si se lo cuento a la policía, iré
a la cárcel. Así que tenemos que escaparnos. Ya. Si dejamos al niño, no nos
seguirá.
—¿Quieres dejar a Teddy?
—Lo siento, Mallory. Sé que lo quieres. Yo también lo quiero mucho, es
un encanto. Pero no puede venir. No tengo ganas de que Caroline y Margit
nos persigan por todo el país. El niño se queda aquí con sus dos mamás. Que
se peleen entre ellas, que luchen hasta la muerte, me da igual. Ya no aguanto
esta mierda. No quiero seguir aquí ni un minuto más. Esta pesadilla se acaba
esta noche, ¿lo entiendes?
Fuera de la cabaña, oímos el chasquido de una ramita y Ted se acerca a la
ventana para asomarse al exterior. Luego niega con la cabeza para avisarme
de que es una falsa alarma.
—Ahora, por favor, necesito que intentes ponerte de pie. ¿Quieres que te
ayude? —Me tiende la mano, pero la rechazo con un gesto de la mía y
consigo ponerme en pie yo sola—. Muy bien, Mallory. Genial. ¿Tienes que ir
al baño? Porque no habrá mucha cosa abierta después de medianoche.
En efecto, tengo que ir al baño, pero solo porque necesito un lugar
tranquilo para intentar aclarar mis pensamientos.
—No tardaré nada.
—Ve lo más rápido posible, ¿vale?
Cierro la puerta del baño, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara con
agua fría. ¿Qué narices voy a hacer? Me palpo los bolsillos, pero, como no
podía ser de otra forma, están vacíos. Registro el botiquín y busco en la
ducha: no hay nada que pueda utilizar para defenderme. Lo más parecido a un
arma que tengo son unas pinzas.
En el baño hay una minúscula ventana con mosquitera, de apenas unos
centímetros de alto, colocada cerca del techo para que sirva de ventilación.
Cierro el asiento del inodoro y me encaramo a él. La ventana está orientada
hacia el sur, hacia Hayden’s Glen, con vistas a las sombrías zarzas del
bosque. Consigo arrancar la mosquitera, tirarla por la ventana y que caiga en
el suelo del bosque. Sin embargo, aunque fuera lo bastante fuerte como para
alzarme hasta ella, me resultaría imposible atravesarla.
Ted llama a la puerta.
—¿Mallory? ¿Te queda mucho?
—¡Ya casi estoy!

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Tengo que irme con él. No tengo alternativa. Me subiré a su Prius,
sonreiré mientras me describe el estado de Washington y la isla de Whidbey,
intentaré aparentar entusiasmo por nuestra nueva vida juntos.
Pero la primera vez que paremos para echar gasolina o para comprar
comida o agua, buscaré a un agente de policía y gritaré como una posesa.
Cierro el grifo. Me seco las manos en una toalla.
Luego abro la puerta.
Ted está ahí de pie, esperando.
—¿Preparada?
—Creo que sí.
—¿Crees que sí?
Desvía la mirada hacia algo situado detrás de mí. Se asoma al cuarto de
baño y me pregunto qué estará viendo. ¿He dejado huellas encima del asiento
del inodoro? ¿Se ha dado cuenta de que la mosquitera de la ventana ha
desaparecido?
Lo rodeo con los brazos, le apoyo la cabeza en el pecho y lo estrecho con
todas mis fuerzas.
—Gracias, Ted. Gracias por rescatarme. No sabes cuánto lo deseaba.
Mi arrebato de afecto le hace dar un respingo. Me atrae aún más hacia sí y
se agacha para darme un beso en la frente.
—Te prometo, Mallory, que jamás te defraudaré. Me esforzaré por hacerte
feliz a diario.
—Entonces, vámonos de aquí.
Voy a coger mi maleta y mi bolsa de basura llena de ropa, pero Ted
insiste en cargarlas él, una en cada mano.
—¿Estás segura de que no necesitas nada más?
—Ted, no tengo nada más.
De nuevo, me sonríe con amor y afecto verdaderos, y tengo la impresión
de que está a punto de decir algo muy tierno cuando se oye un fuerte POP y
una bala le atraviesa el hombro izquierdo, le hace perder el equilibrio y
salpica la pared de sangre. Grito y se oyen tres POP más, y aún estoy gritando
cuando Ted se desploma sobre la maleta, con las manos sobre el pecho, la
sangre manándole entre los dedos.
Caroline está de pie junto a la ventana abierta de la casita, apuntándome
con la pistola de Mitzi. Me está diciendo que me calle, pero no capto sus
palabras hasta la cuarta o quinta vez. Abre la puerta y, con un ligero
movimiento del cañón de la pistola, me indica que me vuelva a sentar en la
silla.

Página 320
—¿Lo decías en serio? —me pregunta—. ¿De verdad te ibas a escapar
con él?
Ni siquiera oigo las preguntas. Sigo mirando a Ted, que está tirado en el
suelo y no consigue hablar por más que se esfuerce. Es como si de pronto se
hubiera vuelto tartamudo. Le tiemblan los labios, como cuando intentas
pronunciar una palabra difícil, y babea sangre que le va tiñendo de rojo la
barbilla y la camisa.
—Verás, yo creo que era mentira —continúa Caroline—. Creo que ahora
mismo serías capaz de decir cualquier cosa con tal de salir de aquí. Pero te
aseguro que Ted iba en serio. Te tenía el ojo echado desde que llegaste. —
Señala el detector de humos blanco incrustado en la pared de la cocina de la
casa—. ¿Te has preguntado alguna vez por qué esa alarma contra incendios
nunca saltaba, ni siquiera aunque se te quemara la cena?
No respondo y ella golpea la encimera de la cocina con la culata de la
pistola, tres porrazos fuertes.
—Mallory, te he hecho una pregunta. ¿Te has dado cuenta de que el
detector de humos no funciona?
¿Qué coño quiere que le diga? Me está apuntando a la cara con una pistola
y estoy demasiado aterrada para responder; me da miedo que mi primera
palabra incorrecta haga que apriete el gatillo. Tengo que mirar al suelo para
ser capaz de reunir el valor necesario para hablar.
—Ted me dijo que el cableado de la casita era antiguo.
—Es una webcam, tontita. Ted la instaló justo después de tu entrevista, y
también un amplificador de señal para que llegara a nuestra red wifi. Decía
que quería controlarte, asegurarse de que no estabas consumiendo drogas.
Una «medida de precaución», ¿no? Pero, venga ya, no soy imbécil. Algunas
noches, en lugar de acostarse, se pasaba las horas muertas en su despacho,
rezando para que te metieras en la ducha. Siempre me pregunté si lo sabías, si
te sentías observada.
—Creía que era Anya.
—No, la mami pasa las noches con su bebé. El que te observaba era este
de aquí, nuestro señor Hombre de Familia, nuestro señor Padre del Año.
Ted niega con la cabeza, como si quisiera contradecirla, como si estuviese
desesperado por que yo sepa la verdad. Pero, cuando abre la boca, lo único
que sale es más sangre que le corre por la barbilla y el pecho.
Me vuelvo hacia Caroline, que sigue apuntándome con la pistola.
Quiero tirarme al suelo, hacerme un ovillo y pedir clemencia.
—Por favor —suplico con las manos levantadas—. No se lo diré a nadie.

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—Ya lo sé. Has matado a Ted con el arma que robaste de casa de Mitzi.
Luego tú y yo forcejeamos, pero conseguí arrebatarte la pistola. Cogiste un
cuchillo del cajón de la cocina, así que no tuve más remedio que dispararte.
Fue defensa propia. —Echa un vistazo en torno a la casita, como tratando de
elaborar la coreografía exacta de la secuencia—. A ver, ponte más cerca de la
nevera. Al lado del cajón de los cubiertos. —Me apunta con la pistola—.
Venga, no me hagas repetírtelo.
Se acerca a mí —el arma se acerca a mí— y yo retrocedo, me adentro en
la zona de la cocina.
—Muy bien, así está mejor. Ahora estira la mano y abre el cajón. Sácalo
del todo. Perfecto. —Se desplaza hasta el extremo opuesto de la encimera y se
agacha para estudiar desde allí el juego de cuchillos—. Creo que tendrías que
coger el de chef. Es el grande, el del final. Agárralo por el mango. Sujétalo
con fuerza.
Estoy tan asustada que apenas puedo moverme.
—Caroline, por favor…
Niega con la cabeza.
—Venga, Mallory. Ya casi ha acabado. Estira la mano y coge el cuchillo.
Y en los límites de mi visión periférica, justo por encima de su hombro,
todavía veo la sangre que chorrea por la pared. Pero Ted ya no está allí. Ha
desaparecido.
Estiro la mano. Agarro el cuchillo. Cierro los dedos alrededor del mango.
Es muy difícil hacer algo cuando te han dicho que es lo último que vas a
hacer.
—Eso es —dice—. Ahora levántalo.
Entonces da un grito y cae al suelo —Ted ha arremetido contra sus
piernas— y sé que este es mi momento. Como una idiota, suelto el cuchillo,
porque no quiero perder ni un segundo en sacarlo del cajón.
Echo a correr.
Abro la puerta a toda velocidad y, detrás de mí, se oye una explosión: un
disparo que retumba contra las paredes de la cabaña. Bajo del porche de un
salto y acelero por el césped. Durante tres aterradores segundos, estoy en una
posición del todo vulnerable, soy una silueta que se desplaza por un enorme
espacio abierto, así que me preparo para la siguiente explosión.
Pero no llega. Me escabullo entre las sombras del lateral de la casa
grande, dejo atrás los cubos de basura y los contenedores de reciclaje.
Atravieso el jardín delantero y me detengo al final del camino de entrada para
dos coches. Todas las casas vecinas están a oscuras. Todo el mundo está

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dormido. Nadie anda por la calle Edgewood después de medianoche. Y no me
atrevo a llamar a la puerta de ningún vecino, no tengo ni idea de cuánto
tardarán en bajar a abrir. Ahora mismo, mi mejor baza es la velocidad, poner
más distancia entre Caroline y yo. Si esprinto, llegaré al Castillo de las Flores
dentro de tres minutos, aporrearé la puerta y gritaré para que los padres de
Adrián me ayuden.
Pero, en ese momento, le echo un vistazo a la casa de los Maxwell y me
doy cuenta de que Teddy sigue profundamente dormido en la primera planta,
ajeno al caos que reina en su jardín trasero.
¿Qué pasará cuando Caroline se dé cuenta de que he escapado?
¿Sacará a Teddy, lo meterá en el coche y huirá a Virginia Occidental? ¿O
a California? ¿O a México?
¿Hasta dónde será capaz de llegar para proteger su secreto?
Desde la casita, me llega otro disparo. Quiero conservar la esperanza.
Quiero creer que Ted ha logrado arrebatarle el arma a su esposa de alguna
manera. A lo mejor, en sus últimos momentos de agonía, nos ha concedido a
Teddy y a mí una oportunidad de escapar.
Pero si no es así… Bueno, aún tengo tiempo de arreglar las cosas. Soy
rápida corriendo. Fui la sexta chica más rápida de Pensilvania. Vuelvo a
rodear el lateral de la casa hasta el jardín trasero y, gracias a Dios, la puerta
corredera de cristal de la cocina está abierta.
Entro en la casa y echo el pestillo. La planta baja está a oscuras. Atravieso
el comedor corriendo y subo al primer piso por la escalera de atrás. Irrumpo
en el dormitorio de Teddy, pero no enciendo la luz. Lo destapo y lo sacudo
para que se despierte.
—Levanta, Teddy, tenemos que irnos.
Me aparta de un empujón y entierra la cara en la almohada, pero no tengo
tiempo para andarme con mimos. Lo saco de la cama y gruñe en señal de
protesta, todavía medio dormido.
—¡Mallory!
Caroline ya está dentro de la casa, llamándome desde el vestíbulo. La oigo
subir los escalones de madera. Echo a correr en dirección contraria, bajo de
nuevo a la cocina por la escalera trasera. Teddy no puede pesar más de veinte
kilos, pero casi se me cae de todas formas; me lo echo al hombro, lo agarro
con fuerza y salgo corriendo al jardín trasero.
En el exterior, el silencio es absoluto. Solo oigo el suave chapoteo del
agua de la piscina, el canto ocasional de una cigarra y mi propia respiración
agitada. Pero sé que Caroline viene a por mí. Si no está cruzando el interior de

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la casa, está avanzando por uno de los laterales. Mi ruta más segura es hacia
delante, hacia el Bosque Encantado. La travesía a través del jardín es larga,
pero no creo que Caroline me dispare, no mientras lleve a Teddy en brazos. Y
una vez que lleguemos a los árboles, podremos huir.
Teddy y yo nos hemos pasado el verano explorando estos bosques. Nos
conocemos todos los senderos, los atajos y los caminos sin salida, y la luz de
la luna nos ilumina lo justo para guiarnos. Lo agarro aún con más fuerza y
después me precipito hacia las zarzas, me abro camino entre las ramas, las
enredaderas y los arbustos espinosos hasta que llegamos al familiar terreno
del Camino de Baldosas Amarillas. El sendero va desde el este hacia el oeste,
avanza en paralelo a todos los jardines traseros de Edgewood. Lo seguimos
hasta el gran peñasco gris del Huevo de Dragón y a continuación giro hacia el
Paso de Dragón. Oigo pasos estrepitosos a mi espalda, pero en la oscuridad he
perdido la noción de la distancia y la perspectiva. No sé si tengo a Caroline
respirándome en la nuca o a cien metros. También oigo el débil ulular de las
sirenas de la policía, demasiado tarde. Si me hubiera ido corriendo al Castillo
de las Flores, ya estaría a salvo.
Pero tengo a Teddy bien apretado entre los brazos y eso es lo único que
importa. No permitiré que le ocurra nada.
El Río Regio hace más ruido en la oscuridad y agradezco el estruendo,
porque oculta mis pasos. Pero entonces llegamos al Puente Musgoso y creo
que no podré hacerlo. El tronco es demasiado estrecho y está totalmente
cubierto de musgo, no puedo cargar con Teddy hasta el otro lado.
—Osito Teddy, escúchame. Necesito que lo cruces a pie.
Niega con la cabeza y se abraza más a mí. No sabe lo que está ocurriendo,
pero está aterrorizado. Intento bajarlo al suelo, pero sigue rodeándome el
cuello con los brazos. Cada vez hay más sirenas de policía ululando a lo lejos;
ya deben de haber llegado a casa de los Maxwell. Lo más seguro es que algún
vecino haya oído los disparos y haya llamado a emergencias. Pero están
demasiado lejos para ayudarme.
Un estrecho rayo de luz blanca atraviesa el bosque. El haz de luz de la
linterna de la Vipertek de Caroline. No sé si me ha visto, pero tengo que
seguir avanzando. Agarro bien a Teddy y doy un paso hacia el puente, luego
otro. Veo lo suficiente como para distinguir la forma del tronco, pero no toda
su superficie. No distingo qué partes están podridas o salpicadas de musgo
resbaladizo. Debajo de nosotros, el agua corre deprisa; debe de cubrir
alrededor de un metro. Cada vez que doy un paso, estoy convencida de que
voy a resbalarme por los lados, pero, no sé muy bien cómo, consigo mantener

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el equilibrio. Trepo por el sendero y consigo llegar al pie del Árbol de las
Habichuelas Mágicas antes de que me fallen los brazos. No puedo seguir
cargando con Teddy ni un segundo más.
—Peque, necesito que subas tú solo. —Señalo nuestro escondite en las
ramas del árbol—. Venga, empieza a trepar.
Está demasiado petrificado para moverse. Recurriendo a mis últimas
fuerzas, lo levanto hacia el árbol y, por suerte, se agarra a una rama para
estabilizarse. Entonces le empujo hacia arriba y, despacio, vacilante, empieza
a moverse.
El haz de la linterna se pasea por la base del árbol; Caroline está en el río,
se está acercando. Me agarro a la rama más baja y me encaramo al árbol, sigo
a Teddy hasta que alcanzamos lo que llamamos la Cubierta de Nubes. Me
gustaría que pudiéramos trepar aún más arriba, pero no hay tiempo y no me
atrevo a correr el riesgo de hacer ruido.
—Aquí estamos bien —susurro. Le rodeo la cintura con los brazos, lo
atraigo hacia mí y le pego la boca al oído—. Ahora solo tenemos que estar
muy callados, ¿vale? ¿Estás bien?
No dice nada. Le tiembla el cuerpo; está tan tenso como un resorte. Es
como si entendiera que no, que aquí no estamos bien, que algo va muy mal,
fatal. Bajo la mirada hacia el suelo y pienso que ojalá hubiéramos trepado aún
más. Estamos a solo dos o tres metros por encima del sendero y, si Caroline
sigue el camino, pasará justo por debajo de nosotros. Si a Teddy se le escapa
aunque solo sea un gemido…
Meto la mano en el hueco, rebusco en nuestro arsenal de piedras y pelotas
de tenis hasta que encuentro la flecha rota, el astil corto y astillado con la
punta afilada en forma de pirámide. Sé que es un arma inútil, pero me
reconforta tener algo —cualquier cosa— en la mano.
Y entonces la veo venir. Caroline está encima del Puente Musgoso y
avanza hacia nosotros iluminando el sendero con la linterna. Le susurro a
Teddy que tenemos que estar muy callados. Le digo que va a ver a su mamá,
pero que tiene que prometerme que no dirá nada. Y por suerte no hace
ninguna pregunta, porque Caroline sube por el sendero y se detiene justo
debajo de nuestro árbol. Se oyen voces a lo lejos, voces de hombre, gritos. Un
perro que ladra. Caroline se vuelve para mirar hacia atrás. Parece entender
que se le está acabando el tiempo. Estoy tan asustada que contengo la
respiración. Y agarro a Teddy con tanta fuerza que no puede evitar soltar un
pequeño grito de protesta.

Página 325
Caroline mira hacia arriba. Dirige su linterna hacia el árbol y brilla tanto
que tengo que protegerme los ojos.
—¡Ay, Teddy, menos mal! ¡Ahí estás! ¡Mamá te ha estado buscando por
todas partes! ¿Qué haces ahí arriba?
Veo que sigue teniendo la pistola en la mano contraria, que la lleva tan
tranquila, como si fuera un iPhone o una botella de agua.
—Quédate aquí —le digo a Teddy.
—No, Teddy, por favor, ahí arriba no estás a salvo —interviene Caroline
—. Mallory se equivoca. Tienes que bajar para que volvamos a casa. ¡A estas
horas tendrías que estar durmiendo!
—No te muevas —le pido al niño—. Aquí estarás bien.
Pero siento que se mueve hacia ella instintivamente, atraído por el sonido
de su voz. Lo agarro por la cintura y me sorprende el calor que desprende su
cuerpo. Está ardiendo, como si tuviera fiebre.
—Teddy, escúchame —insiste Caroline—. Tienes que apartarte de
Mallory. Está muy enferma, ha sufrido lo que se llama un brote psicótico. Por
eso se puso a dibujar por las paredes. Le ha robado una pistola a Mitzi y ha
herido a tu padre con ella, y ahora está intentando quedarse contigo para ella
sola. La policía está en nuestra casa y nos está buscando, así que es mejor que
bajes de ahí. Vamos a contarles lo que ha pasado. Deja a Mallory en el árbol,
que nosotros vamos a arreglar todo esto.
Pero es imposible que Caroline vaya a dejarme en el árbol. Ya me ha
contado demasiado. Me ha dicho el nombre de la verdadera madre de Teddy:
se llamaba Margit Baroth y la asesinaron cerca del lago Séneca. Si la policía
investiga mi historia aunque solo sea mínimamente, descubrirá que estoy
diciendo la verdad. A Caroline no le queda más remedio que matarme en
cuanto consiga que Teddy baje del árbol. Y luego contará que ha sido en
defensa propia. Y yo nunca sabré si se sale con la suya, porque estaré muerta.
—Venga, cariño, tenemos que irnos. Dile adiós y baja.
El niño se zafa de mis brazos y se desliza por la rama.
—¡Teddy, no!
Y cuando se vuelve para mirarme, le veo el blanco de los ojos. Las
pupilas se le han ocultado en el interior de las cuencas. Estira la mano
derecha, me quita la flecha y entonces baja del árbol de un salto. Caroline
levanta los brazos, como si pensara que es capaz de cogerlo. Sin embargo, se
desploma bajo el peso del crío y cae hacia atrás. La pistola y la linterna se le
escapan volando de las manos y desaparecen entre los arbustos. Con un golpe

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repugnante, aterriza de espaldas en el suelo sujetando a Teddy contra su
pecho, protegiéndolo de la caída.
—¿Estás bien? Teddy, cielo, ¿estás bien?
El niño se incorpora hasta quedar sentado a horcajadas sobre la cintura de
Caroline. Ella sigue preguntándole si está bien cuando Teddy le clava la
flecha en un lado del cuello. Creo que Caroline no se da cuenta de que la ha
apuñalado hasta que el crío saca la flecha y se la vuelve a clavar tres veces
más, chop, chop, chop. Para cuando Caroline empieza a gritar, ya ha perdido
la voz; lo único que emite es un aullido húmedo.
Grito «¡No!», pero Teddy no se detiene; mejor dicho, Margit no se
detiene. No controla todo el cuerpo de su hijo, solo la mano y el brazo
derechos, pero el factor sorpresa le ha dado ventaja y Caroline se ahoga, se
está atragantando con su propia sangre. Los perros ladran más fuerte, atraídos
por el clamor del forcejeo. Los hombres del bosque se acercan cada vez más.
Dicen que vienen a ayudarnos, nos gritan que hagamos más ruido. Bajo del
árbol lo más deprisa que puedo y aparto a Teddy del cuerpo de Caroline. Noto
el tacto caliente de su piel, como una olla hirviendo en un fogón. Caroline
está tumbada de espaldas, pataleando, aferrada a lo que le queda de cuello, y
Teddy está cubierto de sangre y de trozos de carne. Le manchan el pelo, la
cara, le gotean por el pijama. Y, por alguna razón, tengo la claridad mental
necesaria para pensar con tino, para entender lo que ha ocurrido. Sé que
Margit acaba de salvarme la vida. Y que, si no actúo con premura, Teddy se
pasará el resto de la suya en una institución.
Sigue teniendo la flecha en la mano derecha. Lo levanto del suelo y lo
abrazo, lo aprieto contra mí para que la sangre de su ropa impregne la mía. Y
luego lo bajo por el sendero hasta la orilla del Río Regio. Entro en el agua y el
pie se me hunde en el lodo musgoso y blando. Doy otro paso, y otro, me
adentro cada vez más en el lecho hasta que el agua me llega a la altura de la
cintura y el impacto del frío hace que Teddy se despierte sobresaltado. Sus
pupilas vuelven al lugar que les corresponde y su cuerpo se relaja entre mis
brazos. Deja caer la flecha, pero logro atraparla antes de que caiga al agua y la
pierda de vista.
—¿Mallory? ¿Dónde estamos?
Teddy está aterrorizado. Imagínate que sales de un trance y te encuentras
en un bosque oscuro, metido hasta el cuello en un arroyo helado.
—No pasa nada, Osito Teddy. —Le echo agua en las mejillas para
quitarle toda la sangre posible—. No va a pasarnos nada. Todo saldrá bien.
—¿Estamos soñando?

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—No, peque, lo siento. Esto es real.
Señala la orilla del río.
—¿Por qué hay un perro?
Es un perro grande, un retriever negro que lo olfatea todo furiosamente y
ladra como un loco. Varios hombres salen corriendo del bosque, van vestidos
con ropa reflectante y llevan linternas.
—¡Los hemos encontrado! —grita uno de ellos—. ¡Una mujer y un niño,
junto al arroyo!
—Señorita, ¿está herida? ¿Está sangrando?
—¿El niño está bien?
—Ya está a salvo, señorita.
—Deje que la ayudemos.
—Vamos, campeón, dame la mano.
Pero Teddy me abraza la cintura con más fuerza, se me engancha a la
cadera. Por el otro lado del río, se acercan más policías y más perros, nos
rodean por todos los flancos.
Y entonces se oye una voz de mujer que grita desde más lejos:
—¡Aquí hay otra! Mujer adulta, sin pulso ni respiración, ¡múltiples
heridas de arma blanca!
Ahora nos tienen acorralados, un anillo de linternas que avanza desde
todas partes. No tengo claro quién está al mando porque todo el mundo habla
a la vez: no pasa nada, estáis a salvo, tranquilos, pero ven la sangre que nos
empapa la ropa y me doy cuenta de que se están poniendo nerviosos. Teddy
también está muy nervioso. Le susurro al oído:
—No te preocupes, Osito Teddy. Han venido a ayudarnos.
A continuación lo llevo a la orilla del río y lo poso suavemente en el
suelo.
—Tiene algo en la mano.
—Señorita, ¿qué tiene en la mano?
—Enséñenoslo, por favor.
Uno de los policías agarra a Teddy del brazo, tira de él para ponerlo a
salvo y todos empiezan a gritar otra vez. Todos quieren que salga despacio
del agua, que deje la flecha en el suelo y, a todo esto, ¿llevo algún arma más?
Pero he dejado de prestarles atención porque he visto otra figura a lo lejos,
más allá del anillo de policías. La luz de la luna se refleja en su vestido blanco
y la cabeza le cuelga hacia un lado. Levanto la mano izquierda para
mostrarles la flecha rota.
—He sido yo —les digo—. Lo he hecho yo.

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Entonces estiro el brazo y la dejo caer al suelo. Y, cuando vuelvo a
levantar la mirada, Margit ya no está.

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UN AÑO DESPUÉS

Me ha costado mucho poner esta historia por escrito, y seguro que a ti te ha


costado aún más leerla. He estado a punto de tirar la toalla muchas veces,
pero tu padre me suplicó que siguiera adelante con la narración ahora que aún
conservaba los detalles frescos en la memoria. Estaba convencido de que
algún día, dentro de diez o veinte años, querrías saber la verdad sobre lo que
ocurrió aquel verano en Spring Brook. Y también quería que te enteraras de
todo por mí, no por algún estúpido podcast sobre crímenes reales.
Porque Dios sabe que ha habido muchos podcasts. Ha habido noticias de
última hora, titulares en busca de clics, chistes en programas nocturnos y
memes a montones. En las semanas posteriores a tu rescate, me llamaron de
Dateline, de Good Morning América, de Vox, de TMZ, de Frontline y de
decenas de sitios más. No tengo ni idea de cómo conseguirían mi móvil los
productores, pero todos me prometieron lo mismo: dejarme contar mi versión
de la historia, permitirme defender mis acciones con mis propias palabras y la
mínima interferencia. También me prometieron una pasta gansa si accedía a
concederles una entrevista exclusiva.
Pero, tras una larga conversación con tu padre, ambos decidimos
mantenernos alejados de los medios de comunicación. Hicimos una
declaración pública conjunta alegando que ya te habías reunido con tu familia
y que necesitabas tiempo para sanar, y que nosotros solo queríamos que nos
dejaran en paz. Luego los dos cambiamos de número de teléfono y de
dirección de correo electrónico y esperamos que la gente se olvidara de
nosotros. Tardaron unas semanas, pero lo hicieron. Con el tiempo, surgieron
noticias más importantes. Un chiflado tiroteó un supermercado en San
Antonio. Los trabajadores del departamento de limpieza de Filadelfia se
pusieron en huelga durante ocho semanas. Una mujer canadiense dio a luz a
octillizos. Y el mundo pasó página.
Mis primeros intentos de contar esta historia no llegaron a ninguna parte.
Recuerdo sentarme ante un cuaderno en blanco y quedarme paralizada. Hasta
ahora, lo más largo que había escrito era un trabajo de cinco páginas sobre

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Romeo y Julieta en el instituto. Así que la idea de escribir un libro —un libro
entero de verdad, como un Harry Potter— me parecía demasiado épica. Pero
le comenté esas dificultades a la madre de Adrián y me dio buenos consejos.
Me dijo que no tenía que intentar escribir un libro, que solo tenía que
sentarme delante del portátil y contar la historia, frase a frase, utilizando el
mismo lenguaje que habría utilizado para contársela a una amiga mientras nos
tomábamos un café. Me dijo que no pasaba nada por no parecer J. K.
Rowling. Que bastaba con parecer Mallory Quinn, de Filadelfia. Y una vez
que acepté esa idea, las frases empezaron a fluir muy rápido. No me creo que
esté mirando un archivo con nada más y nada menos que noventa mil
palabras.
Pero, bueno, ¡ya me estoy adelantando a los acontecimientos!
Tendría que volver atrás y explicarte unas cuantas cosas.
Ted Maxwell murió en el suelo de la casita como resultado de las heridas
de bala que había recibido. Su esposa, Caroline, murió apenas media hora
después a los pies del Árbol de las Habichuelas Mágicas. Confesé que la
había apuñalado, actuando en defensa propia, con la flecha rota
(técnicamente, un virote diseñado para ballestas) que habíamos encontrado en
el bosque unas semanas antes. Caroline podría haber sobrevivido si la punta
afilada no le hubiera roto la arteria carótida, pero, cuando llegaron los
sanitarios, ya era demasiado tarde.
A ti y a mí nos llevaron a la comisaría de Spring Brook. A ti te metieron
en un comedor con una trabajadora social con cara de sueño y una cesta de
animales de peluche, mientras que a mí me metieron en una celda sin
ventanas con una cámara de vídeo, micrófonos y una serie de inspectores cada
vez más hostiles. Para mantenerte a salvo, conté solo una versión parcial de
mi historia. No les hablé de los dibujos de tu madre. No les dije que me había
ido dando pistas para ayudarme a entender lo que había ocurrido. De hecho,
no mencioné a tu madre en ningún momento. Fingí que había descubierto los
secretos de los Maxwell yo sola.
La inspectora Briggs y sus compañeros se mostraron escépticos. Sabían
que les estaba ocultando algo, pero yo me mantuve firme en mi versión de los
hechos. Aunque sus voces se volvían cada vez más estruendosas, aunque sus
preguntas se tornaban cada vez más y más hostiles, yo seguía dándoles las
mismas respuestas improbables. Durante unas cuantas horas, estuve bastante
convencida de que me acusarían de doble homicidio, de que me pasaría el
resto de la vida en la cárcel.

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Pero, antes de que saliera el sol, ya estaba claro que mi historia contenía al
menos varios elementos verdaderos:
Una trabajadora social confirmó que Teddy Maxwell tenía, en efecto, la
anatomía de una niña de cinco años.
Una niña llamada Flora Baroth aparecía en el registro del Centro Nacional
para Menores Desaparecidos y Explotados y Teddy Maxwell encajaba con
todas sus características físicas identificativas.
Una consulta en línea del registro de la propiedad confirmó que los
Maxwell se habían comprado una cabaña en el lago Séneca solo seis meses
antes de la desaparición de Flora.
Un rápido vistazo a los pasaportes de Ted y Caroline (encontrados en una
cómoda del dormitorio principal) corroboró que no habían viajado nunca a
España.
Y cuando lo llamaron por teléfono, tu padre, József, verificó varios
detalles clave de mi historia, entre ellos la marca y el modelo del Chevy
Tahoe de su esposa, información que nunca se había hecho pública.
A las siete y media de la mañana siguiente, la inspectora Briggs salió al
Starbucks de al lado para traerme una infusión y un sándwich de huevo y
queso. También invitó a Adrián a unirse a nosotros en la sala de
interrogatorios. El chico se había pasado toda la noche esperando en el
vestíbulo, sentado en un incómodo banco de metal. Me abrazó con tanta
fuerza que me levantó del suelo. Y, una vez que ambos dejamos de llorar,
tuve que volver a contarle la historia desde el principio.
—Perdóname por no haber llegado antes —se lamentó. Por lo visto,
Adrián era la persona que había llamado a la policía cuando llegó a la casita
de invitados y se encontró a Ted Maxwell muerto en el suelo—. No tendría
que haberme ido a Ohio —continuó—. Si me hubiera quedado contigo en
Spring Brook, no habría ocurrido nada de esto.
—O a lo mejor estaríamos muertos los dos, Adrián. No te obsesiones con
los escenarios de «qué habría pasado si…». No te culpes.
Desde el lago Séneca hasta Spring Brook se tardan unas cinco horas, pero
aquella mañana tu padre hizo el viaje en tres y media. No puedo ni
imaginarme lo que se le pasaría por la cabeza mientras conducía a toda
velocidad por la interestatal. Adrián y yo seguíamos en la comisaría,
atiborrándonos de bollos azucarados para mantenernos despiertos, cuando tu
padre llegó. Todavía recuerdo el momento exacto en que la inspectora Briggs
lo hizo entrar en la sala. Era alto y delgado, tenía el pelo desgreñado, la barba
descuidada y los ojos llorosos y hundidos. Al principio pensé que sería un

Página 332
delincuente de una celda vecina, pero iba vestido de granjero, con unas botas
de trabajo, unos pantalones de lona y una camisa de franela abotonada. Se
arrodilló, me cogió de la mano y rompió a llorar.

Podría escribir un libro entero sobre lo que sucedió a continuación, pero


intentaré ser breve. Tu padre y tú os marchasteis al lago Séneca y Adrián
volvió a Nuevo Brunswick para cursar su último año en Rutgers. Me invitó a
irme con él, a vivir gratis en su apartamento hasta que decidiera cómo iba a
ser la siguiente etapa de mi vida. Pero todo mi mundo estaba patas arriba y
me dio miedo asumir compromisos tan grandes en un momento de debilidad,
así que me mudé a la habitación de invitados de mi padrino en Norristown.
Puede que creas que un hombre de sesenta y ocho años no es el
compañero de piso ideal, pero Russell era tranquilo y limpio y siempre tenía
la despensa repleta de una innumerable variedad de proteínas en polvo.
Acepté un empleo en una tienda de deportivas, por eso de ganar algo de
dinero. Mis compañeros de trabajo tenían un pequeño club de corredores y
empecé a salir a entrenar con ellos dos o tres mañanas a la semana. Encontré
una iglesia que me gustaba, con muchos feligreses de entre veinte y treinta
años. Empecé a asistir de nuevo a las reuniones de Narcóticos Anónimos, a
compartir mis historias y experiencias con el objetivo de ayudar a los demás.
Quise ir a visitarte en octubre, por tu sexto cumpleaños, pero tus médicos
lo desaconsejaron. Decían que aún estabas demasiado frágil y vulnerable, que
todavía estabas «ensamblando» tu verdadera identidad. Me dieron permiso
para hablar contigo por teléfono, pero solo si tú iniciabas la conversación, y
nunca mostraste ningún interés en charlar conmigo.
Aun así, tu padre me llamaba una o dos veces al mes para ponerme al día
de tus progresos e intercambiábamos muchos correos electrónicos. Me contó
que los dos compartíais una enorme casa de campo con tus tíos y tus primos y
que, en lugar de ir al colegio, asistías a un montón de programas de terapia:
terapia artística, terapia de conversación, terapia musical, marionetas, juegos
de rol, de todo. A tus médicos les asombraba que no conservaras ningún
recuerdo de cuando te saqué de la cama, te llevé hasta el bosque y te obligué a
subirte a un árbol. Llegaron a la conclusión de que tu cerebro había reprimido
esos recuerdos como respuesta al trauma.
Tu padre era la única persona que sabía lo que había ocurrido realmente
en el bosque aquella noche. Le conté toda la historia y, por supuesto, le
pareció una locura, pero una vez que le envié las copias de los dibujos de tu

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madre, con su inimitable estilo, no le quedó ninguna duda de que le estaba
diciendo la verdad.
Tus médicos te ofrecieron una versión muy resumida de los hechos. Te
informaron de que habías nacido siendo una niña llamada Flora y de que tus
verdaderos padres eran József y Margit. Te explicaron que Ted y Caroline
eran dos personas muy enfermas que habían cometido muchos errores, el
mayor de los cuales había sido separarte de tus padres. Su segundo mayor
error había sido vestirte con ropa de niño y cambiarte el nombre de Flora a
Teddy. A partir de ese momento, te dijeron los médicos, podías elegir
llamarte Flora o Teddy o ponerte un nombre nuevo, y también podías elegir
vestirte de niño, de niña o un poco de cada. Nadie te presionó para que
tomaras decisiones rápidas. Te animaron a tomarte el tiempo que necesitaras
y a escoger lo que te hiciese sentir mejor. Te advirtieron que era muy
probable que te pasaras años luchando con tu identidad de género, pero en eso
se equivocaron. A las ocho semanas, ya estabas pidiéndole a una prima que te
prestara sus vestidos, trenzándote el pelo y respondiendo al nombre de
«Flora», así que no hubo mucha confusión. En el fondo, creo que siempre
supiste que eras una niña.

Unos días antes de Halloween, contesté al teléfono y me quedé atónita al


escuchar la voz de mi madre. Dijo mi nombre e, inmediatamente después,
rompió a llorar. Al parecer, había seguido nuestra historia en las noticias y
llevaba semanas intentando encontrarme, pero, con tantos esfuerzos por evitar
a la prensa, me había vuelto imposible de localizar. Me dijo que estaba
orgullosa de mí por haber recuperado la sobriedad, que me echaba de menos y
que si por favor me plantearía ir a cenar a casa. Mantuve la compostura el
tiempo justo para preguntarle: «¿Cuándo?», y ella me contestó: «¿Qué estás
haciendo ahora mismo?».
Mi madre por fin había dejado de fumar y estaba estupenda, y me
sorprendió descubrir que se había vuelto a casar. Su nuevo marido, Tony —el
hombre al que había visto subido en la escalera, quitando las hojas de los
canalones—, era una joya. Se habían conocido en un grupo de apoyo después
de que Tony perdiera a su hijo por culpa de las metanfetaminas. Tenía un
buen trabajo como gerente en una tienda de pinturas Sherwin-Williams y
canalizaba la energía que le sobraba llevando a cabo proyectos de mejora del
hogar. Había pintado todas las habitaciones de la casa y había rejuntado todos
los ladrillos de la fachada. Había renovado el baño por completo, poniendo

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una ducha y una bañera nuevas, y había convertido mi antiguo dormitorio en
una sala de entrenamiento con una bicicleta estática y una cinta de correr. La
mayor sorpresa fue saber que mi madre había empezado a correr. Cuando
estábamos en el instituto, Beth y yo éramos incapaces de levantarla del sofá,
pero ahora corría kilómetro y medio en nueve minutos. Ahora tenía
pantalones cortos de licra y un Fitbit y todo el rollo.
Mi madre y yo nos sentamos en la cocina y nos pasamos toda la tarde y
hasta altas horas de la noche hablando. Me había preparado para contarle toda
la historia de los Maxwell, pero ya conocía la mayoría de los detalles. Tenía
una carpeta gigante llena de reportajes que había impreso tras leerlos en
internet. Había recortado los artículos del Inquirer y los había pegado en un
álbum. Decía que se había convertido en una celebridad de pacotilla, que
todos mis antiguos vecinos estaban muy orgullosos de mí. Llevaba una lista
de las personas que habían llamado a casa con la esperanza de volver a
establecer contacto conmigo: amigos del instituto, antiguas compañeras de
equipo y entrenadores, mis compañeras de piso en Safe Harbor. Mi madre
había anotado con esmero los nombres y números de todos.
—Deberías llamar a esta gente, Mallory, contarles cómo te va. Ah, ¡casi
me olvido de lo más raro! —Cruzó la cocina en dirección al frigorífico y
quitó un imán para coger una tarjeta de visita: Doctora Susan Lowenthal, de
la Facultad de Medicina Perelman, Universidad de Pensilvania—. ¡Esta mujer
hasta vino a casa! Dice que te conoció en una especie de proyecto de
investigación y que se ha pasado años tratando de localizarte. ¿De qué narices
habla?
Le dije que no lo sabía muy bien, me guardé la tarjeta en la cartera y
cambié de tema. Todavía no he reunido el valor necesario para llamarla. No
tengo claro si quiero saber lo que la doctora Lowenthal tenga que decirme.
Desde luego, no quiero recibir más atención pública ni hacerme más famosa.
Ahora mismo, solo quiero que la vida sea normal.

A finales de julio —un año después de que nos marcháramos de Spring Brook
— estaba preparándolo todo para mudarme a una residencia para exadictos en
la Universidad de Drexel. Llevaba treinta meses limpia y me sentía muy bien
con mi proceso de recuperación. Tras un año reflexionando sobre mis
siguientes pasos, había decidido ir a la universidad y estudiar para hacerme
profesora. Quería trabajar en un colegio, a poder ser en un aula de educación
infantil. Hablé con tu padre por enésima vez y le pregunté si sería posible que

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te visitara en verano. Y en esta ocasión, milagrosamente, tus médicos dijeron
que sí. Opinaban que te estabas adaptando bien a tu nueva vida y estuvieron
de acuerdo en que sería sano que volviéramos a conectar.
Adrián me propuso que convirtiéramos la visita en unas vacaciones,
nuestro primer gran viaje juntos. Nos habíamos mantenido en contacto
durante todo el curso, mientras él terminaba sus clases en Rutgers. Se graduó
en mayo y consiguió un trabajo en el conglomerado mediático Comcast, con
sede en uno de los grandes rascacielos del centro de Filadelfia. Adrián sugirió
que te visitáramos en el norte del estado de Nueva York y luego siguiéramos
hacia las cataratas del Niágara y Toronto. Preparó una nevera enorme llena de
cosas para picar y elaboró una lista de canciones para el coche y yo llevé una
bolsa de regalos para compartirlos contigo.
Vivías al oeste del lago Séneca, en un pueblo llamado Deer Run, y tu
nuevo barrio no se parecía en nada a Spring Brook. No había Starbucks ni
zonas comerciales ni grandes supermercados, solo largas extensiones de
bosques y tierras de cultivo, con pocas casas y muy separadas entre sí. El
último kilómetro de nuestro viaje transcurrió por un serpenteante camino de
grava que llevaba a la puerta de Granjas Baroth. Tu padre y tu tío criaban
cabras y pollos y tu tía les vendía leche, huevos y queso a los turistas
adinerados de los lagos Finger. Tu nuevo hogar era una amplia casa de
madera de dos pisos con el tejado verde. Las cabras pastaban en un cercado
próximo y oía a las gallinas cacarear en el granero. Todo me resultaba
extrañamente familiar, aunque tenía la certeza de que nunca había estado en
un lugar así.
—¿Lista? —preguntó Adrián.
Estaba demasiado nerviosa para responder. Me limité a coger mi bolsa de
regalos, subí los escalones que conducían a la puerta principal y llamé al
timbre. Respiré hondo y me preparé para el impacto de verte siendo niña. Me
daba miedo reaccionar de forma extraña, de hacer algo que te avergonzara, o
que me avergonzara a mí o que nos avergonzara a ambas.
Pero fue tu padre quien abrió. Salió al porche y me recibió con un abrazo.
Había cogido algo de peso, gracias a Dios, puede que cinco o seis kilos. Iba
vestido con unos vaqueros limpios, una camisa de franela suave y unas botas
negras. Empezó a estrecharle la mano a Adrián…, pero al final también lo
abrazó.
—Pasad, pasad —nos instó entre risas—. Me alegro de que estéis aquí.
El interior de la casa era todo maderas cálidas y muebles rústicos, con
grandes ventanales con vistas a radiantes pastos verdes. Tu padre nos llevó a

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la gran sala, una especie de salón-cocina-comedor con una chimenea de
piedra gigantesca y unas escaleras que zigzagueaban hasta la primera planta.
Había naipes y piezas de puzles esparcidos por todos los muebles. Tu padre se
disculpó por el desorden; me dijo que tus tíos habían tenido que marcharse
por una emergencia laboral y que lo habían dejado solo con todos los niños.
Os oía jugando en el piso de arriba, gritando y riendo, cinco voces jóvenes
hablando a la vez. Tu padre pareció exasperarse, pero le aseguré que no
pasaba nada, que era maravilloso para mí saber que tenías amigos.
—No tardaré en llamar a Flora —dijo—. Pero, antes, vamos a relajarnos.
—Le sirvió un café a Adrián y a mí me preparó una infusión. También
preparó una bandeja con pastelitos rellenos de albaricoque—. Se llaman
kolache —dijo—. Coged, por favor.
Su inglés había mejorado muchísimo a lo largo del último año. Seguía
teniendo un acento inconfundible, pero, para ser alguien que apenas llevaba
unos años en el país, me pareció que lo hablaba estupendamente. Me fijé en el
enorme cuadro que colgaba sobre la chimenea, un lago tranquilo en un
plácido día de sol. Le pregunté si era obra de tu madre y me contestó que sí, y
luego nos hizo un recorrido por la gran sala para mostrarnos sus otros
cuadros. Los tenían colgados en la cocina, en el comedor, en la escalera…,
por toda la casa, en realidad. Tu madre tenía mucho talento y tu padre estaba
orgullosísimo de ella.
Pregunté si seguías dibujando, si te seguía interesando el arte, y tu padre
me dijo que no.
—Los médicos hablan del mundo de Teddy y el mundo de Flora. Y no se
parecen en mucho. El mundo de Teddy tenía piscinas. El mundo de Flora
tiene lagos Finger. El mundo de Teddy tenía muchos dibujos. El mundo de
Flora tiene muchos primos que ayudan a criar animales.
Me daba un poco de miedo formular mi siguiente pregunta, pero sabía que
me arrepentiría si no lo hacía.
—¿Y qué hay de Anya? ¿Forma parte del mundo de Flora?
Tu padre negó con la cabeza.
—No, Flora ya no ve a su anya. —Durante solo un instante, me da la
sensación de que parece decepcionado—. Pero es mejor así, claro. Así es
como deben ser las cosas.
No supe cómo responder, así que miré hacia fuera, hacia unas cinco o seis
cabras que pastaban en la hierba. Seguía oyendo a tus primos mientras
jugaban arriba y, de repente, reconocí el tono y la cadencia de tu voz. Era tal
como la recordaba. Tus primos estaban representando escenas de El mago de

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Oz. Tú eras Dorothy y una de tus primas era la alcaldesa de Pequeñilandia, así
que estaba inhalando helio de un globo para que le cambiara la voz. «¡Id a ver
al mago!», graznó, y todos estallasteis en carcajadas.
Entonces los cinco bajasteis cantando «Vamos a ver al mago». El mayor
de tus primos tenía doce o trece años y la más pequeña era una niña que aún
llevaba pañal. El resto estaban en algún punto intermedio. Y, aunque tenías el
pelo más largo y llevabas un vestido azul vivo, te reconocí de inmediato. Tu
cara seguía siendo la misma. Todo lo que la rodeaba era distinto, pero los
rasgos suaves y dulces seguían ahí. Llevabas un bastón de majorette y lo
agitabas por encima de la cabeza.
—¡Flora, Flora, espera! —te llamó tu padre—. Tenemos invitados.
Mallory y Adrián. De Nueva Jersey, ¿recuerdas?
Los demás niños se detuvieron y nos miraron boquiabiertos, pero tú
evitaste el contacto visual.
—Vamos fuera —explicó el mayor—. Vamos a la Ciudad Esmeralda y
ella es Dorothy.
—Flora se queda —repuso József—. Que haga otro de Dorothy.
Todos empezaron a protestar y a enumerar las razones por las que aquello
era injusto y poco práctico, pero József los echó por la puerta.
—Flora se queda. Los demás volved más tarde. Media hora. Id a jugar
fuera.
Te sentaste junto a tu padre en el sofá, pero seguiste sin mirarme. Me
resultó extraordinario lo mucho que un vestido azul y el pelo algo más largo
cambiaban mi manera de percibirte: unos cuantos indicios sutiles y mi cerebro
hizo el resto del trabajo, pulsó todos los interruptores. Antes eras un niño.
Ahora eras una niña.
—Flora, estás preciosa —te dije.
—Muy bonita —comentó Adrián en español—. También te acuerdas de
mí, ¿verdad?
Asentiste con la cabeza, pero mantuviste la mirada clavada en el suelo.
Me recordó al día en que te conocí, durante mi entrevista de trabajo.
Continuaste dibujando en tu bloc, te negabas a establecer contacto visual. Y
tuve que esforzarme un poco para que rompieras a hablar. Sentí que
volvíamos a ser dos extrañas, que teníamos que empezar de cero.
—Me han dicho que el mes que viene ya irás al cole de primaria, ¿te hace
ilusión?
Te encogiste de hombros.

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—Yo también voy a ir al cole y también iré a primero, aunque en la
Universidad de Drexel. Estudiaré Educación y seré maestra de infantil.
Tu padre pareció alegrarse sinceramente por mí. Dijo «¡Qué buena
noticia!» y nos habló durante varios minutos de sus estudios de Ciencias
Agrícolas en Hungría, en la Universidad de Kaposvár. Y me dio la sensación
de que se excedía, de que intentaba hablar para llenar los silencios
incómodos.
Así que probé un enfoque distinto:
—Te he traído regalos.
Pasé la bolsa de la compra por la habitación y juro que nunca había visto a
una criatura tan asustada de recibir regalos. De hecho, te apartaste de la bolsa,
como si pensaras que iba a estar llena de serpientes.
—Flora, esto es bueno —intervino tu padre—. Abre la bolsa, por favor.
Arrancaste el papel de regalo del primer paquete, una caja de lápices
acuarelables con una gran gama de colores. Te expliqué que funcionaban
como los lápices normales, pero que, si añadías una gota de agua, podías
pasar un pincel por encima y el efecto era parecido al de la pintura.
—La señora de la tienda de manualidades dijo que son muy divertidos.
Por si quieres volver a dibujar.
—Y preciosos colores —comentó tu padre—. ¡Qué regalo tan bonito y
considerado!
Sonreíste y dijiste «gracias», y luego arrancaste el papel del siguiente
regalo: seis frutos amarillos y cerosos metidos en una caja de papel de seda
blanco.
Me miraste a los ojos, esperando una explicación.
—¿No te acuerdas, Flora? Son carambolas, del supermercado. ¿Te
acuerdas del día que compramos una carambola? —Me volví hacia tu padre
—. Algunos días íbamos al supermercado por la mañana y dejaba que Flora
comprara lo que quisiese, cualquier cosa de comer siempre que fuese un
alimento que no hubiéramos probado nunca y que costase menos de cinco
dólares. Así que un día eligió una carambola y nos encantó. ¡Era lo más rico
que habíamos probado en la vida!
Y fue entonces cuando empezaste a asentir, como si la historia te sonara
de algo, pero no tenía claro que la recordaras de verdad. Y para entonces ya
estaba muerta de vergüenza. Quise recuperar la bolsa —no quería que
abrieras el último regalo—, pero llegué demasiado tarde. Arrancaste el papel
y encontraste un librito titulado Las recetas de Mallory que había impreso en
una copistería. Había escrito los ingredientes y las instrucciones de todos los

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postres que habíamos cocinado juntas: las magdalenas y los brownies de
queso crema, las barritas de galletas mágicas y el pudín de chocolate casero.
—Por si alguna vez quieres volver a comerlos. Por si quieres probar
alguno de nuestros antiguos postres favoritos.
Y me diste las gracias, con mucha educación, pero supe que el libro se
guardaría en una estantería y no se volvería a tocar.
De repente, vi dolorosamente claro por qué tus médicos no querían que te
visitara: porque tú no querías que te visitara. Estabas intentando olvidarme.
No sabías a ciencia cierta qué había pasado en Spring Brook, pero sabías que
era malo, sabías que el tema incomodaba a los adultos, sabías que la gente era
más feliz hablando de otras cosas. Así que estabas pasando página,
adaptándote a tu nueva vida. Y, con un asombroso golpe de lucidez,
comprendí que yo nunca formaría parte de ella.
La puerta delantera se abrió y tus primos entraron de nuevo en la casa
cantando con voz triunfal «¡Ding-Dong! ¡La bruja ha muerto!» mientras
subían patrullando a la primera planta. Te volviste hacia tu padre con una
expresión suplicante en la cara y él se puso rojo. Estaba avergonzado.
—Esto es de muy mala educación —susurró—. Mallory y Adrián han
hecho un viaje muy largo para venir a vernos. Te han traído regalos muy
generosos.
Pero decidí liberarte.

—No pasa nada —aseguré—. No importa. Me alegro de que tengas tantos


amigos, Flora. Me hace muy feliz. Sube a jugar con ellos. Y buena suerte en
primero, ¿vale?
Sonreíste y dijiste:
—Gracias.
Y habría agradecido que también me dieras un abrazo, pero tuve que
conformarme con un adiós rápido desde el otro lado de la habitación. Luego
subiste las escaleras a toda prisa detrás de tus primos y te oí sumarte a ellos
para cantar alegremente el final de la canción gritando más que ninguno de
ellos: «¡Ding-Dong, la bruja malvada ha muerto!». Y entonces todos
estallasteis en gritos y risas mientras tu padre se miraba las botas.
József nos ofreció más infusiones y café y nos dijo que esperaba que aun
así nos quedáramos a comer. Nos explicó que tu tía Zoé había hecho paprikas,
una especie de guiso de cabra servido con fideos de huevo. Pero le dije que
era mejor que nos fuéramos. Le expliqué que íbamos a viajar hasta Canadá,

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que íbamos a ver las cataratas del Niágara y Toronto. Adrián y yo alargamos
la visita el tiempo justo para no resultar maleducados y después recogimos
nuestras cosas.
Tu padre se dio cuenta de que me había llevado una decepción.
—Lo intentaremos de nuevo dentro de unos años —me prometió—.
Cuando haya madurado, cuando sepa toda la historia. Sé que tendrá
preguntas, Mallory.
Le di las gracias por dejarme verte. Luego le di un beso en la mejilla y le
deseé buena suerte.
Una vez fuera, Adrián me rodeó la cintura con un brazo.
—No pasa nada —le dije—. Estoy bien.
—Se la ve muy bien, Mallory, es feliz. Vive en una granja preciosa
rodeada de su familia y de naturaleza. Es un sitio muy bonito.
Y yo sabía que todo eso era cierto, pero aun así…
Supongo que me esperaba otra cosa.
Seguimos el sinuoso camino de grava hasta llegar a la camioneta de
Adrián. Él se acercó al lado del conductor y abrió las puertas. Y yo ya estaba
a punto de agarrar la manija cuando oí unos pasos suaves que corrían hacia mí
y sentí el impacto de todo tu cuerpo al estamparse contra mis caderas. Me di
la vuelta y me rodeaste la cintura con los brazos, me enterraste la cara en el
vientre. No dijiste nada, pero no era necesario. Y nunca he agradecido tanto
un abrazo.
Entonces te apartaste y volviste corriendo a la casa, no sin antes
embutirme en las manos una hoja de papel doblada: un último dibujo para
despedirte. Y esa fue la última vez que te vi.
Pero sé que tu padre tiene razón.
Algún día, en el futuro, dentro de diez o veinte años, sentirás curiosidad
acerca de tu pasado. Leerás el artículo de la Wikipedia sobre tu secuestro,
descubrirás los rumores que rodean el caso, puede que incluso detectes una o
dos incoherencias en el informe oficial de la policía. Tal vez te preguntes
cómo es posible que los Maxwell engañaran a tanta gente durante tanto
tiempo, o que una adicta de veintiún años consiguiese encajar todas las piezas
del puzle. Tendrás preguntas sobre lo que ocurrió de verdad en Spring Brook.
Y, cuando llegue ese día, este libro estará esperando.
Yo también estaré esperando.

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AGRADECIMIENTOS

Me alegro mucho de que Will Staehle y Doogie Horner aceptaran encargarse


de los dibujos de este libro mucho antes de que yo tuviera un contrato, un
manuscrito o siquiera una idea clara de en qué tendrían que consistir los
dibujos. Gracias, chicos, por vuestra confianza en este proyecto, por las
magníficas ilustraciones y por hacerme compañía durante el confinamiento.
La doctora Jill Warrington compartió conmigo sus valiosos conocimientos
sobre la adicción, el proceso de recuperación y los analgésicos con receta, y
su hija Grace me alertó acerca de unos cuantos errores embarazosos incluidos
en el primer borrador. Rick Chillot y Steve Hockensmith me ofrecieron
lecturas atentas y buenas ideas. Nick Okrent colaboró en la investigación
sobre los cuentos de hadas. Deirdre Smerillo me ayudó con las cuestiones
legales. Jane Morley me proporcionó información sobre las carreras de fondo.
Y Ed Milano me brindó otra perspectiva sobre la adicción y la recuperación.
Doug Stewart es un gran tipo y un fantástico agente literario. Me presentó
a Zack Wagman, un corrector estupendo que me sugirió muchas formas
inteligentes de mejorar este libro. Gracias también a Maxine Charles, Keith
Hayes, Shelly Perron, Molly Bloom, Donna Noetzel y todos los trabajadores
de Flatiron Books; a Darcy Nicholson, de Little Brown UK; a Brad Wood y el
resto del equipo de ventas de Macmillan; a Szilvia Molnar, Danielle
Bukowski y María Bell, de Sterling Lord Literistic; a Rich Green y Ellen
Goldsmirh-Vein, del Gotham Group; a Caspian Dennis, de Abner Stein; a
Dylan Clark, Brian Williams y Lauren Foster, de Dylan Clark Productions; y
a Mandy Beckner y Liya Gao, de Netflix.
Ante todo, le doy las gracias a mi familia, en especial a mi madre (que
trabajó de niñera), a mi hijo Sam (corredor de campo a través) y a mi hija
Anna (que no ha parado de dibujar desde la primera vez que fue capaz de
coger un lápiz). No podría haber escrito esta novela sin ellos. Ni sin mi mujer,
Julie Scott, a quien le dedico este libro y todo mi amor. Muchos besos.

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JASON REKULAK nació en Nueva Jersey, Estados Unidos, y en la
actualidad reside en Filadelfia. Ha sido durante muchos años editor del sello
independiente Quirk Books. En 2017 publicó su primera novela, La fortaleza
imposible, y en 2022 obtuvo un gran éxito de crítica y ventas con Figuras
ocultas, traducida a una veintena de idiomas.

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